Pequeños momentos cotidianos de nuestros 40 días en Bali

How we spend our days is, of course, how we spend our lives.
What we do with this hour, and that one, is what we are doing.
(Annie Dillard)

Parte 1: 10 días en Seminyak

Llegamos a Indonesia a fines de diciembre. Cuando empezamos a descender sobre el aeropuerto de Denpasar le pregunté a L si el avión se estaba cayendo. Yo no quería viajar a Bali. La primera vez que vine, en el 2010, no me gustó. La segunda vez que vine, en el 2011, tampoco me gustó. Pero acepté volver porque L ama el surf y yo amo a L —lo cual no quiere decir que no haya elaborado teorías conspirativas acerca de todas las cosas horrorosas que nos iban a pasar en Bali, incluyendo dengue, estafas, accidentes aéreos y tiburones asesinos. En el aeropuerto nuestro equipaje tardó más de una hora en aparecer, no aceptaron mi billete de 100 dólares porque era “muy antiguo” y tuvimos que empezar a regatear apenas salimos a la calle. Nos pedían 250.000 rupias por un viaje que, según nos había dicho la dueña del guesthouse donde nos quedaríamos los primeros días, no costaba más de 80.000. Cerramos con un conductor por 150.000 y en el trayecto nos contó que había vivido diez años en Estados Unidos, trabajando en cruceros, pero decidió volver a Bali por homesickness: extrañaba su isla. “Aunque esto cambió mucho en los últimos años”, nos dijo.

Bali tiene una cultura muy distinta al resto de Indonesia, debido a su historia y religión (les recomiendo mucho leer al respecto). Pero, a la vez, es uno de los destinos más turísticos del mundo, y eso tiene sus efectos.

Estuvimos 10 días en un guesthouse en Seminyak, cerca de Kuta, zona a la que me había prometido no volver jamás. La dueña era una javanesa casada con un francés, a quien queríamos conocer pero nunca vimos. “Está en Francia, no sé cuándo va a volver”, nos dijo ella, y no me animé a preguntar más. Una mañana, una de sus hijitas franco-indonesias me agarró la mano y me llevó a dar vueltas por el jardín. Le dije hello y no contestó, le dije bonjour y se hizo la tonta, le pregunté “bahasa?” (¿indonesio?) y me respondió “yaaa!” (sí) como queriendo decir por fin le acertaste al idioma. Después entró a nuestra casa y se quiso llevar todas mis washi tapes. Se me subió a upa —me sorprendió lo livianita que era— y me indicó con el dedo hacia dónde debía moverme para transportarla. A la mamá le dio vergüenza y le dijo que se baje. Me preguntó si teníamos hijos. Le dije que no. “Mejor esperen”.

Todos los días caminamos veinte minutos hasta la playa siguiendo una vereda que dibujaba una S. Una vereda: algo raro en Indonesia, donde la gente va en moto a cualquier lugar que quede a más de cincuenta metros. En el camino veíamos restaurantes de western foodwarungs (puestos de comida local), ofrendas pisoteadas, resorts all inclusive, villas con cuartos en alquiler, templos entre medio de las casas y estatuas cubiertas con sarongs cuadriculados. Íbamos esquivando motos, vendedores y perros. Al llegar a la playa nos sacábamos las ojotas y la arena nos quemaba los pies. El mar estaba más caliente que el aire. Los días de marea baja, el agua se llenaba de plásticos y papeles que se me enganchaban en las piernas y me hacían pensar, por unos segundos, que un pez me había tocado. Yo me quedaba nadando una media hora y salía, me acostaba en la arena y lo esperaba a L mientras bajaba el sol. Vimos el atardecer 10 días seguidos y nunca dejó de impresionarme el color rosa del cielo y la consistencia firme de las nubes. Aparecieron barcos-barriletes y los dibujé mentalmente mientras comía arroz con tofu en un paquetito armado con papel madera. Fueron días de andar sin teléfono, de leer revistas en la playa y quedarnos dormidos sobre la arena mientras se hacía de noche y sentíamos las pisadas de la gente que llegaba para ir a alguno de los bares de la costa.

El barco pirata barrilete.

Festejamos año nuevo caminando sin rumbo por las calles de Seminyak hasta las 2 de la mañana. Vimos grupos de extranjeros bailando canciones de Katy Perry en la calle frente a algún bar y le dije a L, con tono de documental: “Aquí podemos observar las tradiciones típicas de la isla de Bali”. Contamos la cantidad de veces que alguien nos dijo “yes, motorbike?” y al número 30 nos cansamos. El primero de enero fue domingo y la playa estaba llena de vendedores ambulantes de cornetas con forma de dragón y de familias reunidas frente al agua. Hubo fuegos artificiales durante el día y música electrónica desde temprano. L me contó que en las discotecas de St. Tropez hay gente que compra botellas de champagne de 10.000 euros y el mozo las trae en una bandeja con velas-bengala mientras el dj corta la música y pone una canción especial. Nos divertimos imitando ese momento. Me metí al mar con ropa porque me sentí muy observada, había mujeres nadando con el velo. Vi cómo un nene le pegaba arena en la cola a su mamá mientras ella hablaba con una amiga. Vi el mar sin olas. Esa noche volvimos caminando, frenamos a comprar comida y el dueño de un restaurante me regaló un vaso de jugo de sandía mientras esperaba mi nasi campur. Sentí que empezaba a reconciliarme con Bali, que ya no le pedía tanto y, a cambio de eso, la isla me daba más.

Durante esos días soñé mucho y muy vívido. Soñé que en Bali había vendedores ambulantes de lápices de colores y que el aire acondicionado se desprendía de la pared y se caía sobre una mesa. Una mañana salí a buscar la ropa que habíamos dejado en el laundry y a mitad de camino me di cuenta de que me había olvidado dónde era. Volví al guesthouse y le pregunté a la dueña si conocía una lavandería cerca, no estaba segura pero me subió a su moto y salimos a buscarla. Creo que es por ahí, le dije cuando me pareció reconocer una calle entre tantas calles iguales. Era tan angosta que no había espacio para un peatón y una moto a la vez. Muy cerca las ramas de un árbol formaban una cortina que caía sobre el camino de tierra. Se volvía a cumplir la teoría: basta con salir de las calles principales para descubrir que Bali es, en realidad, un lugar muy tranquilo. Nuestra bolsa de ropa era una de las 200 bolsas que debía haber en ese lugar, que parecía un pelotero de bollos de sábanas.

Nos mudamos a otra casa que habíamos alquilado por internet y nos dimos cuenta de que fue un error reservar sin ver. Habíamos venido a Seminyak porque al parecer había buenas olas, pero no había. Decretamos que era momento de irnos de esa zona cuando, a la mañana siguiente, un coro de mujeres que repetía “yes hello massaaaage?” cada cinco minutos me despertó, como si hubiese apretado el botón de snooze. Nos quedaba un mes antes de que saliera el avión a París y decidimos ir a Canggu, un lugar que conocí leyendo un blog. Alquilamos una moto, manejamos una hora por un tráfico complicadísimo que parecía de un videojuego de realidad virtual y cuando llegamos entendimos todo. Era ahí, era ahí donde teníamos que estar. Canggu nos pareció un paraíso, casi como un fragmento de una publicidad engañosa de esas que quieren convencerte de que mudarte a este barrio privado puede ser lo mejor que te pase en la vida. Había olas, surf, pelos al viento, terrazas de arroz, poco tráfico y un espacio de coworking que parecía salido de la fantasía de cualquier nómada digital, con pileta, un gato y muchos enchufes. Fue bastante incómodo cancelar la reserva de Seminyak pero la dueña entendió y llegamos a un acuerdo. Al día siguiente nos mudamos. Antes de dejar Seminyak, L fue a sacar plata del cajero. Cuando volvió me dijo que le habían pasado dos cosas: un tipo intentó distraerlo con el cuento de la moto y una mujer le ofreció massage with happy ending por 7 dólares.

“Venga a vivir a Canggu”

Parte 2: 30 días de quietud en Canggu

Alquilamos un cuartito a 200 metros de la playa y no nos movimos de Canggu por un mes. Recuperé —o creé— rutinas que el movimiento no me permitía tener y encontré pequeños momentos de felicidad en esas repeticiones cotidianas: nadar, caminar, ir al coworking, hacer journaling, leer. Repeat. Escribí todos los días las cuatro escenas en mi cuaderno, como quien está a cargo de la bitácora de un transatlántico, y fui armando mis scrapbooks de momentos, fotos, dibujos y frases.

Llenar cuadernos me salva.

En nuestros 30 días de quietud en Bali:

guardé las zapatillas debajo de la cama y anduve todo el mes en ojotas o descalza,

nadé todas las mañanas y trabajé todas las tardes,

me hice socia de un coworking por primera vez en mi vida y fui todos los días a la oficina por caminos rodeados de plantaciones de arroz,

me propuse ser más productiva y más agradecida, y empecé a dibujar tomates para contabilizar mis horas de trabajo,

incursioné en el bullet journaling y cuando me di cuenta estaba escribiendo mi vida en tres cuadernos a la vez, otra vez (¿cuándo fue que volví a dividirme?),

una noche alguien se confundió y se llevó mis ojotas de la puerta del coworking y yo supongo que me llevé las suyas (al día siguiente las trajo e hicimos el intercambio sin vernos),

me reencontré de a poco con Indonesia, fui recordando palabras en bahasa como quien encuentra cajas con cosas que alguna vez le pertenecieron y de las que no tenía registro mental,

de a ratos me sentí más en Java que en Bali, sobre todo cuando fuimos para el sur y escuché —o me pareció escuchar— el canto de una mezquita, y pensé en lo curioso de que el destino me hubiese traído a Indonesia otra vez,

alquilamos una moto y descubrimos el rice field shortcut por el que va todo el mundo para acortar camino —y una vez lo vimos lleno de patos—,

fui a la playa todas las mañanas y tuve que acostumbrarme a entrar corriendo al mar en el momento exacto, como quien se mete a saltar una soga que ya está en movimiento, para que las olas no me rompieran encima —descubrí que para esto es mucho mejor la malla entera que la bikini—,

también tuve que acostumbrarme a hacer la plancha entre surfers, a nadar entre olas desordenadas y a salir del mar sin anteojos y tener que adivinar, por los contornos del paisaje, dónde había dejado mis cosas —una señora que atendía en un warung me vio achinando los ojos y me hizo señas de que mi toalla y mis ojotas estaban allá, mientras se reía a carcajadas y le contaba a sus amigas—,

googleé: can sharks smell my period and will they eat me? —no—,

vino a visitarnos Nita, una amiga Indonesia, y festejamos mis nueve años de viajera en una playa con agua transparente a la que llegamos por una autopista que iba sobre el mar —después de nadar en ese mar no quise volver al nuestro, revuelto y oscuro—,

La playa de Nusa Dua

empezó a obsesionarme una pregunta: ¿dónde vamos a vivir?, ¿cuándo nos vamos a establecer?, ¿y si nos quedamos en Bali?

una noche empezó la lluvia y L me despertó para mostrarme que en el techo de nuestro baño había un gecko pegado cabeza abajo,

a partir de ese día llovió todos los días y yo aproveché para trabajar más,

todo se llenó de olor a humedad, la ropa dejó de estar seca,

varias veces caminé los 15 minutos de trayecto al coworking bajo la lluvia y, como los impermeables se agotaron rápido en todos los minimercados del pueblo, volví al guesthouse tapada con una bolsa de consorcio, como un fantasma negro por las calles de tierra, iluminada por la linterna de mi teléfono,

en alguna de esas caminatas a oscuras me pregunté cómo sería el mundo si viajar fuese obligatorio,

El coworking

fui a una charla de salud mental para nómadas digitales y me dieron ganas de apropiarme del micrófono y preguntar si a alguien le habían pasado las mismas cosas que a mí, pero no me animé —la charla no profundizó demasiado—,

anoté esta frase de una charla TED en mi cuaderno: “Life does not give you what you ask for. It gives you the people, places and situations to develop what you ask for”,

acariciamos vacas, vimos mariposas, un cachorrito abandonado nos llenó de besos —una familia lo adoptó—, los tres perros del guesthouse se metieron casi todas las tardes debajo de nuestra cama, un cangrejo negro quiso entrar a nuestro cuarto y le bloqueé el paso, un ratón se escondió debajo de un trapo en el jardín, vi al gato del coworking tomando agua de los vasos de gente distraída, nos mostraron un perrito bebé que cabía en la palma de la mano, vimos un pececito negro con puntos naranjas debajo de una piedra en el fondo del mar,

seguí soñando mucho: soñé que alguien me daba una bola de cristal con Minions adentro, soñé con “el colectivo en el que se escapan los maridos” (L aprovechaba que yo bajaba en una estación de servicio para ir al baño y el colectivo seguía camino sin mí, directo a Francia, con otros maridos que también huían),

pensé espontáneamente en un payaso,

cargamos nafta en botellas de Absolut y fui capaz de decirle a una señora, en indonesio, que nos diera una más,

no volví a escuchar “yes, motorbike?” cada 5 metros,

encontré un rey de trébol abandonado,

escuché todos los días a la dueña del guesthouse preguntarme: “Aniko, where you go?” cada vez que me veía salir, tomamos una cerveza en su warung en la playa, fuimos al cumpleaños de una de sus hijas y la vimos armar las ofrendas cada mañana —me abrazó fuerte cuando nos fuimos y me hizo prometerle que volveríamos en junio—,

vi pasar un camión bajo la lluvia con un grupo de balineses haciendo música en el acoplado, debajo de lonas,

oímos música nocturna en los templos y vimos pequeñas celebraciones ocasionales,

escuchamos el sonido de los geckos y el croar de los sapos antes de la lluvia,

festejamos el cumple de 30 de una chica alemana del guesthouse y cuando los mozos del restaurante le cantaron el feliz cumpleaños en indonesio me dieron ganas de llorar,

el agente que nos renovó la visa miraba muy intenso a los ojos, como con intenciones de hipnotizador, pero tardó tanto en hacer el trámite que casi nos vamos del país sin pasaporte,

El feliz cumpleaños en indonesio

en el coworking me vi rodeada de gente como yo, nómadas digitales de todas partes del mundo, personas que también combinan viajes y trabajo, y sentí que por primera vez en mucho tiempo pertenecía a algo que no era virtual,

entendí que viajar por Bali y vivir en Bali son dos experiencias muy distintas, que vine con tan pocas expectativas que esta visita superó a las anteriores, que el viaje siempre es subjetivo y esta vez descubrí mucho aunque no haya recorrido nada —”I’m not a good tourist”, nos dijo un esloveno que solo vino a Bali a surfear—,

pensé que todos mis días en Bali habían sido más o menos parecidos hasta que releí mis cuadernos y me encontré con este álbum de figuritas de cotidianidad y entendí que estar quieta también es estar en movimiento.

[box type=star] Algunos datos y consejos para visitar Bali:

  • Bali me parece un muy buen lugar para nómadas digitales. Hay espacios de coworking en Canggu y en Ubud y una comunidad de gente muy interesante. Canggu está en la costa y es más de surfers, Ubud está en la montaña y es más de yoga. No les recomiendo Kuta, Seminyak hasta ahí, pero no volvería a quedarme en esa zona, hay lugares mucho más tranquilos, baratos y menos turísticos.
  • Se consigue alojamiento mensual desde 4.500.000 rupias/mes/habitación (aprox. 335 usd por un cuarto para dos personas). Alquilar una moto cuesta unas 750.000 RP por mes (55 usd). El coworking al que fuimos cuesta 100 usd por mes, aunque hay planes más caros y más baratos. Comer puede ser barato o muy barato, según el tipo de comida que elijan: por un plato en un warung solíamos pagar unas 20.000-35.000 rp (1.50 a 2.50 usd), en un restaurante entre 50 y 100.000 (3.50 – 7.50 usd).
  • Consulten si necesitan más info y, si veo que hay muchos interesados, armaré una mini guía práctica de Bali. [/box]

Mi primera exposición de fotos en Yogyakarta, Indonesia

Lo bueno de frenar el viaje y establecerse en un lugar es que uno empieza a conocer gente y rincones a los que jamás hubiese llegado estando solamente de paso en la ciudad.

Si hace tres semanas alguien me hubiese dicho que iba a conocer a una mujer española que vive acá en Yogyakarta hace 25 años y tiene un centro de cultura española donde enseña el idioma y cocina comida típica… no lo hubiera creído. Y si me hubiesen dicho, además, que esa mujer iba a tener “una pared de más” pensada para exponer fotos de viajeros… iba a pensar que era un chiste de mal gusto. Pero así fue, y todo gracias a Facebook.

Casi no sabemos quién agregó a quién, pero entramos en contacto por otro contacto en común, de casualidad. Cuando leí el perfil de Paloma y descubrí que era española, vivía en Yogyakarta, estaba casada con un indonesio y tenía dos hijos, la contacté. Me dio mucha curiosidad conocerla. Y así fue como llegué a Sheila Corner, el restaurante/instituto español del que es dueña. Gracias a ella, en pocos días conocí argentinos, chilenos y más españoles que también viven en esta ciudad de Indonesia, así como indonesios que están estudiando español para aplicar a becas en España o América latina. Al final, no estamos tan lejos.

Sheila Corner de afuera

Paloma me dijo que había visto mi blog y le habían gustado mucho mis fotos, y así, tampoco sé bien cómo fue, surgió la idea de colgar algunas fotos de mi viaje por Asia en esa pared de más. La consigna: que no fuesen fotos de Indonesia, solamente de otros países asiáticos.

El primer paso, y tal vez el más difícil, fue seleccionar las fotos. Si les digo que tengo más de 15.000 fotos de Asia no estoy exagerando (creo que son más). Algunas me gustan, otras me parecen normales, algunas tienen mucho valor “emocional”, otras no me parecen gran cosa. Así que por ser mi primera vez, decidí elegir las que tienen más valor emocional, por haber sido sacadas en “momentos especiales”. Esta fue la selección final, en total colgué doce:

Empezando de arriba, de izquierda a derecha, las fotos son de Laos, China, Hong Kong, Hong Kong, Camboya, Camboya, Laos, Macau, China, Vietnam, Filipinas, Malasia.

El siguiente paso fue imprimirlas. Encontré un lugar donde imprimen en papel Kodak en una hora y salen muy bien. Cada foto en 20 x 30 cm me costó 5500 rupias (65 centavos de dólar o 2,65 pesos argentinos). La calidad es excelente, pero para la próxima quiero imprimirlas un poco más grandes.

Después, el enmarcado. Acá en Yogyakarta hay una zona donde se hacen piguras (marcos) a pedido, son pequeños talleres que dan a la calle, donde se puede ver a los hombres trabajando la madera en las veredas. Me recomendaron uno de esos puestitos así que ahí fui.


Temía que me cobraran “extra” por ser extranjera, pero el precio, en mi opinión, fue justo. Le pedí al marquero que montara las fotos sobre un bastidor de madera negro (no sé cuál es el término correcto para esto) y le dejara un extra de un centímetro por lado para crear un marquito negro. No le puse ni cristal ni plástico por delante porque me parecía que opacaba un poco la foto y que iba a ser demasiado. Total por marco: 10.000 rupias (1,17 USD o 4,80 pesos argentinos). Ni tuve que pedir descuento, fue el precio que me dijo de entrada y lo acepté.

La noche antes de ir a buscar las fotos enmarcadas soñé de todo: que me las habían enmarcado con un marco marrón y blanco de plástico, que habían cortado las fotos para que midieran 10 x 10 cm y les habían puesto un marco de 50 x 50. Tenía un poco de miedo. Pero no, quedaron re bien, tan lindas que quisiera enmarcar más y llevarlas a Buenos Aires, pero dudo que pueda (por el peso).

Finalmente las llevé terminadas a lo de Paloma, las colgamos y les escribí los cartelitos con la información correspondiente a cada una.

Anunciamos la “mini-expo” en facebook y en el pizarrón, debajo del señor del tarot que va todos los jueves :D

Paloma me sugirió que pusiera las fotos en venta. Fue difícil ponerles precio, ya que jamás vendí una foto así y no sé cómo se calcula (si alguien puede orientarme, estaría agradecida). Finalmente, cada foto quedó a 50.000 rupias (5,85 USD o 24 pesos argentinos), un precio accesible para “el bolsillo indonesio” (tengan en cuenta que acá se puede comer por menos de un dólar). Una chica las vio, le encantaron y me compró tres. No voy a poder llevarme muchas a Argentina, así que veremos si se vende alguna otra (quedan colgadas hasta el 24 de julio, yo me vuelvo el 26).

¿Qué sentí al ver mis fotos colgadas? Primero, algo de inseguridad: ¿y si a nadie le gustan? ¿si viene un fotógrafo “de verdad” y las ve? ¿qué opinará? También un poquito de orgullo: quedaron lindas. Y más que nada, melancolía: pensar que saqué esa foto en China, mientras caminaba por un pueblito de estilo tibetano, y esa otra en Vietnam, cuando anduve no sé cuántos kilómetros en bici y llegué al mar, ah, y esa en Malasia, cuando la mujer y su hija miraron hacia mi cámara, esa otra en Laos, en el medio de la nada…

Las fotos tienen eso: son momentos irrepetibles que pasan una vez y nunca más, y si no los atrapamos, no serán más que momentos efímeros. Y por más tecnología que exista, creo que ninguna pantalla, por más pulgadas y resolución que tenga, supera a las fotos en papel (así como, para mí, ningún reproductor digital será capaz de superar a los libros y ningún email será capaz de superar la sensación de leer una carta escrita a mano).

***

Aprovecho este post para presentarles el nuevo sitio en el que estuve trabajando estos días: “fragments of the world | Travel Photography”, mi portfolio de fotos. Este va a ser en inglés, pero como es de fotos no hace falta leer demasiado.

Ya está online y pueden verlo acá: www.anikovillalba.com
Hay varias galerías con fotos de personas, chicos, ciudades, arte callejero, religiones, vida callejera y trabajos.

También abrí una nueva página de Facebook exclusiva para las fotos, así que si quieren sumarse, hagan click acá. Sigo, también, con la página de Facebook de Viajando por ahí, por si no la vieron, pueden hacerlo acá: www.facebook.com/viajandoporahi

Y finalmente, les pido ayuda. Quiero exponer fotos en Buenos Aires, así que si saben de centros culturales, galerías, casas, bares, restaurantes, negocios, consultorios, lo que se les ocurra, donde pueda colgar fotos, ¡avisenme! Y si el lugar es fuera de Buenos Aires, también. Nunca se sabe. También aceptó datos y sugerencias de lugares donde imprimir y enmarcar fotos en Buenos Aires.

Limbo (esos días entre que terminás un viaje y volvés a tu casa)

Les confieso que esto de volver dentro de tan poco tiempo a Argentina me tiene como en limbo. Estoy totalmente bloqueada y sin poder escribir una palabra hace días, por eso mi pobre blog no se actualiza. No es que no quiera, es que no puedo.

No estoy así tanto por el hecho de volver, ya que en el fondo tengo ganas de estar un poquito allá y de reencontrarme con personas, costumbres y rincones que extraño. Pero estar viviendo en Indonesia me confunde: ¿estoy viajando o no estoy viajando? ¿Será que mi próximo viaje será “a Argentina”? ¿Yogyakarta, la ciudad de Indonesia donde vivo, se convirtió en mi “no viajar” y Buenos Aires, ciudad que conozco hace 25 años, será mi “próximo viaje”? ¿Esto sienten los expatriados al vivir afuera? Estoy confundida.

Estoy en alguna nube entre esto…

… y esto (ambas fotos son las vistas que tengo desde la ventana en Buenos Aires y en Yogyakarta, ustedes sabrán diferenciar cuál es cuál)

A fines de julio, si la ceniza me lo permite, estaré de vuelta en Argentina. Voy a festejar mis 26 allá, en pleno invierno, con chocotorta, piñata de alfajores y globos multicolor. Va a ser uno de los vuelos más largos de mi vida, creo que dos días, entre escalas y conexiones, y con la diferencia horaria siento que esos dos días voy a estar flotando en la nada (limbo a la décima potencia). Primero porque voy a estar en tránsito y no voy a “pertenecer” a ningún país en particular, solamente a una aerolínea (es decir que no voy a estar en un lugar ni en otro); segundo porque voy a viajar atrás en el tiempo, entonces tal vez cuando llegue voy a haber dormido tres noches en dos días, o algo así. Y con todas las emociones mezcladas que tengo en este momento sé que voy a llegar y no voy a entender nada. Todos a mi alrededor van a hablar mi idioma, algo que no me pasa hace meses, nadie me va a decir “lady lady transport”, me voy a horrorizar con lo caro que está todo y la ciudad que amo/odio ni se va a inmutar por mi regreso.

Por eso les digo: limbo. Todavía no me fui de Asia pero ya siento que estoy en semi-transición. Es lo que pasa cuando uno sabe que algo se está por terminar. Por momentos no puedo evitar pensar todo lo que voy a hacer allá, y por momentos no puedo evitar pensar todo lo que voy a extrañar de acá.

Cuando me fui de Buenos Aires, en abril de 2010, no tenía ningún plan. ¿Cuándo volvés? No sé. ¿Qué países vas a ver? No sé. ¿Volvés? No sé. Si quiero que mi día a día sea viajar, me es imposible planear de antemano cómo será mi vida. ¿Ustedes planean todo lo que van a hacer de acá a un año, qué ruta van a tomar para ir a tal lugar, qué van a comer, a quién van a conocer? Es imposible. Sin embargo todos me pedían respuestas y yo nunca las tuve. Sé que cuando vuelva me van a preguntar muchas cosas: ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Cuál es tu próximo destino? ¿Qué va a ser de tu vida? Por el momento lo único que sé es que este viaje a Buenos Aires no será un regreso sino una visita, un interludio, un corte en el medio, un respiro tal vez, un mini descanso y un reencuentro con la gente que quiero. Y después, Asia me espera otra vez.

Tengo varios planes para cuando vuelva a Argentina que ya les iré contando. Y si bien tengo muchas preguntas, hay algo de lo que estoy segura: después de 16 meses de ausencia, me va a ser imposible no mirar a Buenos Aires con otros ojos.

Bali parte IV: esos pequeños detalles

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

Si bien Bali no es mi isla preferida de Indonesia (que igualmente todavía no sé cuál es, porque me quedan unas 16.995 por conocer), tiene algunos detalles que me gustaron a pesar de tanto turismo y money-money.

* Barriletes (cometas)

Lo primero que noté al llegar a la isla fue que el cielo estaba cubierto de barriletes de todo tipo: con forma de pájaro, con forma de barco, con forma de barrilete “común”.

Dando vueltas en moto por la isla vimos a los chicos (y adultos) que remontaban esos barriletes desde las playas y terrazas de arroz, compitiendo para ver quién lo hacía llegar más alto y quién se mantenía más tiempo en el cielo.

No sé qué es, pero para mí los barriletes tienen cierto encanto y connotación de niñez, de inocencia. Son un entretenimiento sano en el que no se necesita más que viento para divertirse.

Cuando volvimos a Yogyakarta, noté que acá también hay muchísimos barriletes en el cielo. Y cuando pregunté, me respondieron: “Es temporada de barriletes”. Será porque ahora hay más viento, pero eso de la temporada de barriletes me sonó muy simpático.

* En moto por terrazas de arroz

Como comenté en el post anterior, en Bali el transporte local no está muy organizado y es poco accesible para los extranjeros. Una opción es alquilar un auto (o hacer tours con un grupo de gente en combis) y otra opción, que en mi opinión es la mejor, es alquilar una moto y recorrer el lugar libremente.

Así que eso hicimos, alquilamos una moto por tres días y anduvimos por caminos de tierra entre terrazas de arroz y árboles. No hay nada más lindo que sentir el viento en la cara y tener esa sensación de libertad que dan las motos. Y la verdad es que Bali tiene unos paisajes que vale la pena ver “en vivo” más que a través de la ventana.

* Ceremonias callejeras

Mientras íbamos en la moto por algún camino sin nombre, nos cruzamos con varias ceremonias callejeras. Sin turistas, sin guías, sin cámaras ni filmadoras (más que la mía). Como esta, por ejemplo, con esa música balinesa tan característica que se escucha a toda hora saliendo de los templos de la isla.


Muchos miraban o saludaban a la cámara, ya que yo era la única espectadora de aquella procesión. Y estas son las cosas que me gustan, encontrarme con ceremonias auténticas en medio de la nada.

* Los chicos

Si bien la experiencia en el templo Besakih me puso de muy mal humor (ver post anterior para saber de qué hablo), hubo un grupo de personitas que salvaron la tarde: estos chicos.

Apenas me vieron sacando fotos se acercaron corriendo y posaron riéndose como locos, sin pedirme nada a cambio más que ser fotografiados. Y como ellos hubo muchos más.

Si hay algo que comprobé en este viaje es que la alegría e inocencia de los chicos es algo universal, no importa de qué país vengan ni qué idioma hablen, siempre están dispuestos a jugar. Es con ellos con quienes me resulta más fácil comunicarme.

* Esas frases célebres

Si hiciera un audio compilado con las frases célebres escuchadas en Bali, la lista quedaría así:

– Miss? Taxi! Where you go? Taxi miss! Transport for you? Taxi!! (dicha por los taxistas cada vez que divisan a un extranjero a 100 metros de distancia o menos. Algunos, incluso, utilizan auxiliares visuales y muestran un cartel donde dice, en inglés, “You need taxi? PLEASE?”)

– Yeeeeeeees? What you waaant? (dicho por las mujeres cada vez que un extranjero entra a su negocio). Si uno comete el error de hacer contacto visual con alguna de las prendas de ropa o souvenirs, las mujeres cambiarán el “Yeeees?” por “for you lady, good price, you take it?”.

– Luki-Luki Lediii (traducción: “look look lady”, dicho por las balinesas que atienden el mercado de Ubud como una invitación “a entrar a su negocio, mirar y comprar”).

– Esta frase me mató, más que nada porque un grupo de mujeres se la dijo a Aji (que también es indonesio): “Hellooo boy… Can you speak indonesian?”, a lo que él respondió, en indonesio, “¡soy indonesio!”. Me reí media hora. Un montón de balineses le hablaron en inglés pensando que era extranjero. Escuché, también, a muchos balineses hablando en alemán, en chino, en francés y en japonés. Al parecer muchos aprenden japonés en el colegio y otros aprenden idiomas informalmente para poder venderle a los turistas.

Acá pongo una foto comodín de un lindo templo al lado del mar :)

* Magda y Manca

Magda es una polaca que se mudó a Bali hace poco más de un año. La conocí en marzo del año pasado, en una reunión de Couchsurfing en Kuala Lumpur, y fue ella quien me alojó la primera vez que fui a Bali. Quedamos en contacto y volvimos a encontrarnos en varias ciudades del Sudeste Asiático, así que ir a Bali también fue una excusa para visitarla. Nos alojó en su casa junto a otros couchsurfers y a su gata, Manca.

Y como siempre me pasa lo mismo, saqué fotos de Manca y no de mi amiga. Es que Manca era una gata especial, una de las más locas que conocí: para que se den una idea, no nos dejó en paz durante los días que estuvimos ahí, se colgó varias veces de mi brazo, derribó libros y bibliotecas, se subió al techo y maulló durante horas porque no sabía cómo bajarse y hasta le mordió la cola a Aji mientras dormía (?). Qué atrevida.

* El kecak

Vi el kecak (pronunciado ke-cha y también llamado “Canto del mono Ramayana”) por primera vez en la película Baraka (muy recomendada) y me impresionó muchísimo. Este es el fragmento de la película y de verdad que vale la pena:

httpv://www.youtube.com/watch?v=nAUoa9pmokA

Así que en Bali decidí ver este espectáculo, por más turístico que fuera (los kecak que son accesibles al público se cobran). Pagamos 75.000 rupias cada uno (8 dólares, precio fijo) y juro que no me arrepiento, fue uno de los “espectáculos” (no sé cómo llamarlo, porque si bien es una práctica tradicional, en el fondo fue un espectáculo) más conmovedores que vi. Por lo menos a mí me gustó muchísimo y se me puso la piel de gallina al escuchar a todos estos hombres haciendo música solamente con la repetición del cak-cak-cak (“chak-chak-chak”).

El kecak nació como una danza ritual que hacía entrar a los 150 hombres en trance y se utilizaba para realizar exorcismos; luego se convirtió en un drama musical que narra la batalla del príncipe Rama contra el rey Ravana. Les recomiendo que si van a Bali no dejen de verlo, a mí me pareció emocionante por ser una expresión tan… humana.

* Las ofrendas

Y por último, esas ofrendas que andan desparramadas por toda la isla son irresistibles por sus colores y sus formas. Cada mañana, los balineses ofrecen flores, arroz, comida e incienso a los dioses y espíritus para pedirles protección contra los demonios (no olvidar que en Bali la religión tiene un fuerte componente animista). Durante toda la mañana se puede ver a las mujeres dejando ofrendas en las entradas de sus casas y negocios y rezando.

Y cada tarde, las mujeres fabrican nuevas ofrendas con hojas y flores para dejar en las veredas la mañana siguiente. Estos cuadraditos de colores no duran más de un día. Muchas ofrendas mueren bajo las motos, otras son aplastadas por los peatones, otras caen al río o quedan en la basura. Su belleza —así como su existencia— es efímera.

Y al día siguiente, el rito se repite de manera incansable: las ofrendas son dejadas en las puertas y veredas para luego ser destruidas al final del día.

Bali parte III: una segunda oportunidad

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

Decidí darle otra oportunidad a Bali.

La primera vez que fui, hace un año, no me gustó demasiado. No quiero ser injusta: la isla es un lugar de enorme belleza natural, es excepcional por su historia, su cultura, sus ritos y sus tradiciones. Imaginen una islita de las 17 mil que conforman el archipiélago de Indonesia donde se practica una religión única en el mundo (el Hinduismo balinés), donde las ofrendas de colores inundan las veredas, donde las terrazas de arroz cubren de verde y amarillo las montañas, donde hay playas de arena blanca y mar transparente. Para muchos es la definición del Paraíso…

…pero para mí tiene un gran “problema” (o una gran responsabilidad) : es uno de los destinos turísticos más populares del mundo y eso, quiérase o no, influye en la forma en que los balineses se relacionan con los visitantes.

Como conté en la parte 1 de esta historia, hace un año, en Bali no importa si sos “turista cinco estrellas” o “viajero low cost”, a los ojos de los balineses, por el solo hecho de ser extranjero y haber llegado hasta ahí, sos alguien que tiene mucho dinero y está dispuesto a gastar lo que sea. Por eso ningún restaurante local (no me refiero a los turísticos, sino a los warung de comida local) tiene precios en los menúes, por eso los taxis tienen los precios recontrainflados, por eso incluso los bemos (el transporte local y más barato de la isla) triplican sus tarifas cuando el que se sube es extranjero.

Esta vez, a diferencia de la anterior, viajé a Bali con Aji, mi novio (indonesio, aunque de Java, pero por ende “no turista” o “menos turista” que el resto), pensando que la situación iba a ser distinta. No es lo mismo ser bule (extranjera) y viajar sola que ser bule y viajar con novio local. Nos fuimos en colectivo desde Yogyakarta, un viaje de 22 horas por el que pagamos 200.000 rupias (23 dólares) y que incluía comida, cruce en barco de Java a Bali y miradas curiosas de todos nuestros compañeros de colectivo. Me resulta entre incómodo y gracioso sentir cómo nos miran, mientras se preguntan cuál será nuestra relación (al parecer no es tan común ver a una bule con un indonesio en Java y una vez, incluso, le preguntaron a Aji si era mi guía turístico).Juro que no quiero quejarme, pero hubo varias cosas que opacaron un poco bastante el viaje, especialmente la experiencia en el templo Besakih, el más importante de la isla. Así que esta es mi catársis. Tal vez le sirva a quien esté por viajar para no caer en las mismas trampas que caímos nosotros.

* Sobre los medios de transporte

Llegamos a Ubung, una de las terminales de Denpasar (capital de Bali) y fuimos en busca de algún medio de transporte para ir a Ubud, el pueblo donde vive mi amiga Magda, una polaca que vendió su departamento de Varsovia y se instaló en Indonesia, quien nos iba a alojar. Sí, Ubud, el mismo pueblo de Comer, Rezar, Amar.

Uno de los mayores problemas que sufrimos en Bali, como mochileros que quieren gastar poco y viajar como la gente local, fue la falta de transporte organizado y la dificultad de acceder al transporte local. Para aquellos que estén dispuestos a gastar, hay taxis a toda hora, acosando cual tigres entre la maleza: la frase “Miss, Mister, taxi? Where you go? Taxi!” quedará resonando en sus cabezas como parte de la banda sonora de la isla; pero a mí no me parece justo pagar 100.000 rupias (10 dólares) por un viaje de 20 km que a los balineses les cuesta 5000 (ni un dólar). Viajar desde Denpasar hasta Ubud cuesta 10 dólares en taxi (y no hay manera de que aflojen con el precio), nosotros nos tomamos dos bemos y, tras negociar bastante, terminamos pagando 25.000 rupias cada uno (3 dólares) y tardamos el triple de tiempo. Además de que no hay transporte directo entre un lugar y otro, es muy difícil regatear con los balineses. La separación que hay entre locales y extranjeros se siente y mucho.

El día siguiente decidimos alquilar una moto e ir a recorrer la isla por nuestra cuenta. Una sabia decisión. Aji me pidió que “me escondiera” mientras él preguntaba los precios ya que si lo veían conmigo inmediatamente iban a triplicar la suma (algo que tuvimos que repetir antes de entrar a cada restaurante, mercado o bemo). Pero, curiosamente, a los balineses no les gusta alquilarle motos a indonesios que viajan “solos” por miedo a que se las roben, así que tuve que hacer una aparición triunfal y mostrar mi cara de extranjera para que el dueño de la moto se quedara más tranquilo (algo ridículo, porque en todo caso yo también puedo ser una ladrona de motos en potencia, por más extranjera que sea) (igual no lo soy eh, aclaro). Pagamos 35.000 rupias por día (4 dólares, lo cual me parece un buen precio) y recorrimos la isla con total libertad (usando el GPS de mi celular para no perdernos).

* Pagá por rezar y no te olvides de alquilar un sarong (sobre la mala experiencia en Pura Besakih)

Una tarde decidimos visitar Tanah Lot, un templo donde podés ver el atardecer frente al mar… junto con otros dos mil turistas. Hace tiempo que no veía un lugar tan repleto de gente y la verdad es que me sentí un poco agobiada. Vimos una larguísima fila de gente y pensamos que estaban esperando turno para entrar al templo (después nos enteramos que no se puede entrar a Tanah Lot), pero no: estaban esperando su turno para “rezar” (tras pagar “una donación obligatoria” previamente).

Al día siguiente viajamos una hora y media en la moto para conocer Pura Besakih, el “Templo Madre” de Bali, el más importante y sagrado para los balineses. Pero una experiencia que debería haber sido placentera nos terminó poniendo de muy mal humor (especialmente a mí). Esto fue lo que pasó (y, por lo que leí después en muchísimos blogs, no fuimos los primeros que caímos, aunque por suerte nos salió barato).

Cuando llegamos nos cobraron la entrada oficial: él, 10.000 rp (un dólar, por ser “local”), yo 15.000 rp (un dólar y medio por ser extranjera) y 5000 rp (50 centavos) por el estacionamiento. Hasta ahí bien. Fuimos en busca del estacionamiento y vimos a un grupo de balineses que nos hacía señas para que frenáramos, así que supusimos que teníamos que dejar la moto ahí. Desde ya les digo que NO: si ven a estos hombres haciéndoles señas, parados al lado de tres o cuatro motos (las de otros tres o cuatro salames que cayeron como nosotros), sigan de largo, ya que el verdadero estacionamiento está más arriba.

Lo primero que nos dijeron estos hombres es que no podíamos entrar solos al templo y que teníamos que contratar a uno de ellos de guía por 50.000 rupias (5 dólares). Mi amiga Magda, que vive en Bali hace tiempo, está de novia con un balinés y pasó por la misma experiencia, me aseguró que NO se necesita guía para entrar a Besakih, así que les dijimos que no. Pero siguieron presionando, no de manera amable, y me enojé: “¡No queremos guía! Mi amiga es balinesa y me dijo que NO necesitamos guía”. A lo que uno me respondió, con muy mal tono, que entonces solamente podíamos ir hasta la puerta y teníamos terminantemente prohibido entrar al templo. Enseguida, otro de estos hombres nos ató un pseudo-sarong (pareo para entrar a los templos, aunque este era un pedazo de mantel o cortina más que un sarong de verdad) a cada uno en la cintura (a pesar de que llevábamos pantalones largos, ya que la función de este sarong es tapar las piernas) y nos cobró 10.000 rupias por cabeza por el alquiler (si bien un dólar parece poco, en Indonesia 10.000 rupias para alquilar un sarong es una barbaridad). Después vimos a muchísimas personas que entraron sin sarong sin problemas, así que también caímos en la trampa. Consejo: llévense un sarong propio o digan que tienen uno guardado en la mochila, pero no alquilen nada. Y según leí en otro blog, el alquiler de sarong está incluido en la entrada oficial.

Cuando llegamos a la base del templo, tras una caminata de 15 minutos, aparecieron más balineses que nos quisieron obligar nuevamente a contratar un guía “porque había una ceremonia adentro y no podíamos ir solos”. (Aclaración: estos hombres NO son guías oficiales, los guías oficiales se pueden solicitar en la oficina donde se paga la entrada y el precio que cobran es entre 20.000 y 40.000 rp, y hay otros, incluso, que no cobran nada). Dijimos que no y subimos la escalera principal, cuando llegamos a las rejas, un balinés nos cerró el paso y nos dijo, otra vez, que si no pagábamos no entrábamos. Nos pidió 50.000 rupias por persona (5 dólares cada uno) para hacer de guía. Un abuso total de poder. Yo estaba enojadísima y le respondí, en indonesio (para que viera que no soy “nueva”), que como mucho le íbamos a pagar 10.000 cada uno y ahí medio que se asustó (según Aji, que escuchó la conversación, le dijo al amigo “Uy, esta chica vive acá y sabe”). Le pagamos 10.000 porque no nos quedó otra (el tipo no se movía de la puerta) y en vez de hacer de guía (como hacían todos los demás) nos acompañó diez pasos adentro y se fue, enojado porque no le habíamos dado más plata.

Es una pena que un templo tan lindo y “sagrado” esté tan corrompido por estos hombres. Consejo: si van a Besakih niéguense a pagar un guía ya que NO es necesario ni obligatorio. Leí de gente que llegó a pagar 50 DÓLARES (!) por el guía y 20 dólares por el sarong. Sean firmes y NIÉGUENSE, no sigamos fomentando a esta gente.

* Souvenirs y money-money

Para cerrar mi catársis balinesa, dos cosas más.

Una, apenas nos bajamos del bus en Denpasar, un taxista me vio y me dijo “money money money!”, a lo que yo me reí sarcásticamente con una expresión de “¡Ah no!”. El tipo enseguida me dijo “pagi pagi!” (que significa “mañana” o “buen día” en indonesio) como para demostrar que me había querido decir “morning, morning!”. Ambiguo. Lo dejo ahí.

Muy cerca de este cartel (“she give money” escrito de manera rústica) había una mujer que pedía plata por enseñarte a rezar Bali-style

Y dos, el mercado de Ubud está repleto de remeras, sarongs, vestidos, esculturas, pinturas y souvenirs típicos de Bali. Los precios, nuevamente, fluctuan según la cara y de la manera más extraña: una mujer, después de verme con Aji y charlar un rato, me pidió 125.000 rupias (¡casi 15 dólares!) por un pantalón pescador y, unos puestos después, un hombre me pidió (sin que yo le preguntara) 15.000 rupias (un dólar cincuenta) por el mismo pantalón. Increíble.

Mientras caminaba por el mercado pensé en cómo el turismo generó esa necesidad de comprar el souvenir para poder decir “yo estuve ahí”, especialmente en destinos Best-Seller como Bali. ¿Acaso la experiencia es más creíble si uno tiene un objeto que mostrar? ¿Acaso es imprescindible llevarse a casa una estatua de Buda o una remera de I Love Bali para tener un “mejor” recuerdo del viaje? A mi me alcanza con las fotos, con las personas y con los momentos vividos. Hace tiempo decidí no comprar más souvenirs.

***

En la parte IV y final de mi relato por Bali, hablaré de todos esos pequeños detalles que hacen que una visita a Bali valga la pena, a pesar de todo. Por suerte encontré varios, así que esta serie de posts tendrá final feliz.

Yogyakarta en 10 palabras – parte II

6. Multirreligión

Indonesia, a diferencia de lo que se cree, no es un país musulmán, sino que es un país de mayoría musulmana. El gobierno reconoce seis religiones oficiales: más del 85 por ciento de la población practica el Islam, y el resto es Protestante, Católico, Hinduista, Budista o Confucionista. Y Yogyakarta es uno de los lugares donde mejor se puede ver esta multirreligiosidad.

[singlepic id=2421 w=700 float=center] Musulmanas de visita en Borobudur, templo budista

Cinco veces al día (a las 4 am, a las 12 pm, a las 3 pm, a las 6 pm y a las 7 pm) todas las mezquitas de la ciudad anuncian, a través de un canto por altoparlantes, que es momento de rezar. Sin embargo, la ciudad no frena: muchos musulmanes se visten con su ropa tradicional para rezar (los hombres usan el sarong hasta los pies y el gorrito, las mujeres utilizan un velo blanco que les llega casi hasta la cintura) y caminan hacia la mezquita más cercana o realizan el rezo dentro de alguna musholla o “habitación exclusiva para rezar”; pero muchos otros siguen con su rutina, inmutables. Las mujeres son libres de decidir si utilizan el velo o no, y por lo que veo en la calle, la mitad lo usa y la mitad no. Hay quienes salen de su casa cada noche a las 4 am y caminan hacia la mezquita para ofrecer el primer rezo del día, hay quienes se despiertan por un rato y rezan sobre una pequeña alfombra al lado de la cama y hay quienes siguen durmiendo y jamás se enteran de nada. Eso sí, durante Ramadán, toda la población musulmana realiza el ayuno durante un mes; mientras hay sol, las calles están más vacías que de costumbre y los puestos de comida están cerrados, y una vez que el canto de las 6 anuncia que ya se puede romper el ayuno, todos salen a comer afuera con sus familiares o amigos.

[singlepic id=2433 h=700 float=center] Mi amigo Rheden vestido para rezar

[singlepic id=2429 w=700 float=center] Esta insignia con versos del Corán está colgada en todos los hogares musulmanes

Yogyakarta también es sede de dos de los monumentos religiosos más importantes de Indonesia. Borobudur es el monumento budista más grande del mundo, fue construido en el siglo 6 y tiene más de 500 estatuas de Buda; es Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Prambanan, construido en el siglo 9, es el templo hinduista más grande de Indonesia y uno de los más grandes del Sudeste Asiático.

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[singlepic id=2420 w=700 float=center] Prambanan, templo hinduista

7. Juventud

Yogyakarta es una ciudad llena de gente joven. Será porque es un centro universitario importante, será porque al ambiente “de juventud” atrae a más gente joven. ¿Qué habrá nacido primero: el huevo o la gallina, las universidades o la gente joven?

[singlepic id=2411 w=700 float=center] Bobby y Nita

En esta ciudad, todos salen a comer afuera, ya que los puestos de comida abundan y es más barato comprar comida que cocinar. Muchos puestitos se acomodan en las veredas y preparan alfombras para que la gente se siente a comer al costado de la calle, otros ponen sillitas alrededor de un carrito de venta de jugo o mesas alrededor de una cocina donde se preparan fideos y arroz. Y muchísimos lugares están abiertos las 24 horas.

[singlepic id=2430 w=700 float=center] Amigos reunidos en la calle

Hay bares, boliches, cafés, karaokes, heladerías recitales de bandas importantes, shows de música de bandas más chiquitas, ciclos de cine, exposiciones de fotografía, graffitis, arte callejero y cibercafés por todos lados. A veces incluso hay carnavales callejeros itinerantes con ruedas de la fortuna, algodones de azúcar y todo eso. Hay grupos andando en bicicleta por la ciudad, hay músicos itinerantes por la calle, hay fotógrafos a montones, hay rockeros, hay artistas.

Y hay un lugar llamado Alon-Alon, un parque donde todos se reúnen los fines de semana para andar en bicicleta, cruzar caminando entremedio de dos árboles con los ojos vendados (dicen que si lo hacés, se te cumple tu deseo) y tirar unos cositos de colores al cielo (realmente no tengo idea de cómo se llaman, pero son como pequeñas hélices de papel con luces en las puntas que se lanzan hacia arriba cual honda de Bart Simpson).

[singlepic id=2426 w=700 float=center] Preparando a una amiga para que camine con los ojos vendados entre dos árboles

[singlepic id=2410 w=700 float=center] Hasta el Che está presente en Yogya

8. Tradición

Creo que uno de los rasgos más característicos de Yogyakarta es la conservación de sus tradiciones, la mezcla entre lo antiguo y lo moderno. En esta ciudad se puede ver la cultura de Java en todo su esplendor: la mayoría de la gente habla bahasa indonesia (el idioma oficial del país) y basa jawa o “Javanese” (el idioma de la isla de Java); hombres y mujeres se visten con los sarong y camisas hechas con batik; aún se ven muchísimos becak (carritos empujados por bicicletas, como el de la foto) y vendedores de comida que van de un lado a otro empujando sus carritos de madera; hay muchos shows de wayang o títeres de sombras, una de las artes más famosas de Java.

[singlepic id=2432 w=700 float=center] Becak

[singlepic id=2412 w=700 float=center] Batik, la tela tradicional de Java

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Yogyakarta es, además, una de las pocas ciudades de Indonesia que aún tiene un sultán cumpliendo sus funciones de gobernador (el kraton o palacio de la familia real aún se mantiene en pie y puede ser visitado). También se pueden visitar los restos arquitectónicos de la época colonial holandesa (Indonesia fue colonia de Holanda hasta su independencia en 1945) y recordar los pocos años en que Yogyakarta fue la capital del país (entre 1945 y 1949).

[singlepic id=2417 w=700 float=center] “El monumento al arroz”

[singlepic id=2428 w=700 float=center] En el “Palacio de Agua”

[singlepic id=2424 w=700 float=center] La entrada al Kraton o Palacio del Sultán

[singlepic id=2415 h=700 float=center] Extraña combinación entre tradicional y moderno

9. Malioboro

Todas las ciudades tienen un lugar así: calle Florida en Buenos Aires, Khao San Road en Bangkok, “Backpacker Central” en cualquier pueblo de Asia. Son esas zonas dedicadas exclusivamente al turista, donde se reúne todo “lo mejor” que tiene una ciudad y se lo muestra comprimido en unos pocos metros (tan comprimido que pasa a ser abrumador).

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En Jalan Malioboro (“jalan” significa calle) se venden mochilas, vestidos, remeras, sandalias, cubremochilas, fundas, lo que se les ocurra hechas de batik (la tela con los dibujos tradicionales de Java), se venden anteojos imitación, se venden collares y pulseras. En las afueras de Malioboro (que es la calle principal de esta zona turística) está repleto de hostels, de bares, de cafés, de cibercafés, de hoteles. En Malioboro se vende todo tipo de comida en la calle (a precios más caros que en el resto de la ciudad), se vende McDonald’s, Pizza Hut y Dunkin’ Donuts, se cambia dinero, está la oficina de información turística. En Malioboro están estacionados todos los becak listos para ir a dar una vuelta, en Malioboro paran los trenes y colectivos. En Malioboro toda la gente local sabe decir “Hello lady”, “Good afternoon mister”. En Malioboro está lleno de bules (así nos llaman a los occidentales) y se escucha a toda hora la pronunciación Maliouuborrouu.

[singlepic id=2414 w=700 float=center] Puestos de venta de ropa

[singlepic id=2409 w=700 float=center] Uno de los tantos carritos de comida

En Malioboro, en mi opinión, se condensa lo mejor y lo peor de Yogyakarta, pero es uno de esos lugares que uno no puede dejar de conocer.

10. Bule (*persona occidental de piel blanca)

Y no puedo terminar este artículo sin mencionar el furor que hacemos nosotros, los bule que andamos perdidos en medio de tantos millones de indonesios. En esta ciudad hay muchísimos expatriados jóvenes trabajando como profesores de inglés o estudiando bahasa indonesia en universidades y cursos privados; también hay otros que se asentaron acá y pusieron un hostel o un café. Todos los bule tenemos que adaptarnos y, como mínimo, comprarnos una bici o una moto para andar por la ciudad y aprender el idioma.

Pero lo malo de ser bule en Indonesia es que por más de que hablemos el idioma, que tengamos amigos locales, que estemos totalmente inmersos en la realidad de este país… jamás dejaremos de ser bule. Podemos cambiar todo pero no podemos ocultar que somos occidentales, que venimos del otro lado del mundo, que tenemos un color de piel distinto. La reacción de cada indonesio hacia el bule es distinta: algunos nos admiran por nuestra “belleza” y “blancura” (?), otros nos ven como millonarios (y tontos) e intentan cobrarnos tres veces más de lo que algo vale, otros nos ven como personas demasiado liberales, otros creen que somos todos sucios, y el problema es que pocos nos ven como seres humanos (al respecto: hay un australiano que vive en Indonesia y que escribió un libro, en indonesio, llamado “Los bule también somos personas”). Debe haber tantos conceptos de bule como indonesios en este país.

Y para que entiendan lo que digo, estas son las reacciones que se generan cuando “uno de nosotros” va de visita a algún monumento turístico:

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Bonus track:

En alguna intersección de Yogya existe “Tugu”, un monumento cual mini obelisco al que todos van a sacarse fotos de noche. Dicen que si lo tocás, significa vas a volver a Yogyakarta. Cuando lo toqué, la primera vez que visité Yogyakarta, no tenía ninguna razón para volver y pensé: “Dudo que esto funcione, pero igual lo voy a hacer”. Y mirenme, estoy otra vez acá, por vez número mil. Creer o reventar.

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Pueden leer la primera parte de Yogyakarta en 10 palabras acá!

Yogyakarta en 10 palabras – parte I

De este año en Asia pasé casi la mitad en Yogyakarta (en Java Central, Indonesia; no confundir con Jakarta, la capital del país), así que me parece justo contarles un poquito más acerca de esta ciudad que se convirtió en mi hogar asiático.

No sé si les pasa, pero cuando algo se transforma en parte de nuestra rutina “normal”, nos cuesta más mirarlo desde afuera y con ojos de “novedad”. Así que voy a hacer de cuenta que vengo de un lugar muy muy lejano (lo cual es cierto) donde todo es totalmente distinto (lo cual, en parte, también es cierto) y les voy a contar acerca de esta ciudad también conocida como “Yogya”.

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1. Ciudad-pueblo

Probablemente esto me pase por ser “de la gran ciudad”, pero Yogyakarta, si bien tiene estatus de ciudad y tiene más de un millón de habitantes, a mí me sigue pareciendo un pueblo grande (algo que me encanta). Acá no hay ni un edificio, muchas calles transversales son de tierra y todos parecen conocer a todos. Las familias dejan la puerta de su casa abierta a toda hora y las rejas de entrada son simbólicas; cada vez que vamos a visitar a algún amigo, nos sacamos los zapatos en la puerta principal y entramos casi sin golpear ni pedir permiso. La gente realiza sus oficios en las veredas o en la entrada de las casas, todos comen en la calle, hombres y mujeres caminan a las 4 de la mañana con su vestimenta tradicional musulmana para ir a rezar a la mezquita. Tal vez por todo esto es que Yogyakarta sea un lugar tan seguro. Todos estacionan sus motos y dejan los cascos sobre el asiento (y cuando vuelven, todo sigue ahí). Hay muchos “hotspot” (wi-fi) de internet al aire libre donde la gente va con sus laptop y se sienta en una mesa al lado de la calle, de noche, a usar internet. Y no pasa nada.

[singlepic id=2406 h=700 float=center] Los chicos andan solos por la calle (y de fondo: Merapi, uno de los volcanes)

[singlepic id=2395 w=700] Familias sentadas en las vías para mirar cómo pasa el tren

2. Verde

Cada vez que me asomo a la ventana veo verde, verde y más verde. Esta ciudad tiene la suerte de estar en el trópico y de desbordar de vegetación. Ni hace falta que el gobierno se dedique a plantar arbolitos: acá lo verde invade sin que nadie lo pida. Las casas están rodeadas de palmeras bajas, los árboles de mango crecen frente a los supermercados, el pasto se escapa por los huequitos del asfalto, las terrazas de arroz se extienden al costado de la ruta. No hay que salir de la ciudad para sentir que uno está en medio de la naturaleza, Yogyakarta está inmersa en verde.

Hay, además, todo tipo de frutas y verduras tropicales, conocidas y desconocidas: markisa (passion fruit), manggis (una fruta llamada mangostán que ya describí en este post junto con la dragon fruit), jambu (guava), papaya, alpokat (palta), salak (una fruta que parece estar recubierta por piel de serpiente) y otras frutas que son la cruza entre una pera y una manzana, entre un melón y una sandía… y el infame durien del cual hablaré en un post exclusivo más adelante. Pero como todo país tropical, hay que aprender a convivir con el calor sofocante y la lluvia de todas las tardes.

[singlepic id=2396 w=700] Una plantación de arroz al costado del camino

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3. Arte callejero

Si hay algo que me encanta de Yogya es la cantidad de arte callejero que hay desparramado por la ciudad. Hay mensajes políticos, mensajes ecologistas, mensajes religiosos, mensajes divertidos; hay arte tradicional indonesia, arte que quiere parecer occidental, arte con estilo hinduista, arte con estilo musulmán, arte con estilo. Cada vez que paso por el mismo lugar me encuentro con algún dibujo o color nuevo. Siempre tuve afición por el arte callejero ya que me parece muy libre y creo que dice mucho acerca de los habitantes de la ciudad. Y cada vez que veo un mural, graffiti, stencil, sticker o dibujito anónimo en la calle, freno para sacarle una foto (pueden ver este post de arte asiático, por ejemplo). Soy fan del arte callejero y juro que en mi otra vida fui artista de paredes.

Yogyakarta no solamente está repleta de colores, también está inundada de música. Muchos indonesios van en la moto con la guitarra colgada en la espalda, otros intentan ganarse la vida como músicos callejeros y tocan frente a cada puesto de comida día y noche, hay quienes tienen su propia banda y hacen mini recitales. Hace unos días, por ejemplo, nos reunimos con algunos couchsurfers de Yogya y terminamos viendo a una banda de jazz en el patio de una universidad, algo de lo que jamás me hubiese enterado de no ser por la gente local. Y en medio del show apareció un hombre que me parece trabaja en un puestito de comida, se sentó en el piano y cantó We are the champions y después agarró la guitarra y rockeó un Crazy Little Thing Called Love al estilo Freddy Mercury indonesio (salvando las distancias).

[singlepic id=2393 w=700] Música sobre ruedas

[singlepic id=2404 w=700] El Mercury indonesio

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4. Parkir sepeda motor (lean y verán)

Esto no es novedad, pero les cuento que en Indonesia la gente no camina. No, si para eso están las motos… Querés ir acá a dos cuadras a comprar algo: moto. Querés salir a respirar aire: moto. Querés ir al baño: moto. El que vende cascos debe ser millonario. Y lo interesante de que haya tanta moto es ver cómo todo se moldea en función de eso: en cada cuadra hay puestitos que venden nafta en botellas de Absolut Vodka, los estacionamientos están divididos en parkir mobil (espacio para autos) y parkir sepeda motor (para las motos), frente a cada puesto de comida hay un indonesio que te cuida la moto por 1000 rupias (10 centavos de dólar), cada tres cuadras hay alguien que se dedica a arreglarlas y más allá está el que te vende los stickers para tunearla. Acá no son tan extremos como en Vietnam donde podés ver familias enteras en una sola moto, pero muchas veces aparecen mamá, papá y el nene adelante a toda velocidad. Lo que me resulta más gracioso es ver a las mujeres que van en la parte de atrás con pollera larga (y por ende) sentadas de costado, con las dos piernas colgando hacia el mismo lado, mandando mensajes por el celular o leyendo un libro como si estuviesen en el sillón de su casa,

Ah, y no sé si hace falta que lo diga, pero la ecuación no caminemos + vamos en moto hasta al baño equivale a = acá no hay veredas. No se conoce el concepto de pasear por la vereda. El poco espacio que hay entre las casas y la calle se usa para sentarse a comer, a trabajar, a vender, a jugar, a cocinar, para lo que se los ocurra, menos para caminar. Y tampoco hay desnivel entre lo que sería esa vereda casi inexistente y la calle propiamente dicha: todo está a la misma altura.

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[singlepic id=2407 w=700] Observen la falta de veredas

[singlepic id=2398 w=700] Siestita

5. Warung

En Yogyakarta parece haber más puestos de comida que casas. Hay de todo tipo: restaurantes de comida Padang (de Sumatra) donde podés elegir la comida a través de la vidriera (los platos están apilados con todo a la vista), carritos al costado de la calle que venden martabak y kebabs, puestitos móviles re chiquitos de venta de licuados (un licuado por 5000 rupias o 50 centavos de dólar), puestitos fijos un poco menos chiquititos de venta de hamburguesas y sushi (todo con un toque indonesio, eso sí), restaurantes medio cerrados/medio al aire libre donde se puede comer los hot plates de carne o pescado… y los famosos warung o carpas al aire libre con mesitas y una cocina adentro donde todos se reúnen a comer nasi goreng (el arroz frito típico de Indonesia) o mie goreng (noodles fritos).

Y como si toda esta oferta de comida fuera poco, también hay vendedores ambulantes que dan vueltas día y noche por la ciudad ofreciendo snacks. Lo que más me gusta es que tienen un sistema de sonidos para anunciar qué están vendiendo: si escuchás que alguien golpea una lata con un palo, es porque vende noodles, si suena la canción pegajosa “sari roti, roti sari roti” es porque se acerca el vendedor de pan y si estás con ganas de comer arroz afiná el oído que ya se acerca el que toca las campanitas.

[singlepic id=2403 w=700] Las “carpas” de comida están en todas las veredas

[singlepic id=2399 w=700] Así son por dentro

[singlepic id=2400 w=700] Y los minicarritos

Podés leer la segunda parte acá: Yogyakarta en 10 palabras (parte 2)

El policial más bizarro de mi vida (o Cómo me robaron la computadora y la cámara en un tren en Indonesia)

Como anticipé en mi página de Facebook, hace dos días casi doy por terminado el blog. El mismo día que llegué a Indonesia me tomé el tren nocturno de Jakarta a Yogyakarta, me quedé dormida y cuando me desperté me habían robado la computadora, la cámara y casi todo el efectivo que tenía. Diez horas después, recuperé todo. Pero fueron las diez horas más estresantes y bizarras de todo mi viaje.

Escena 1: Minutos después de El Robo (4 am)

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Me desperté de golpe, no sé por qué. Miré a mi alrededor: seguía en el vagón número dos del tren que iba de Jakarta (capital de Indonesia) a la ciudad de Yogyakarta (a unas 10 horas al este, en medio de la isla de Java). El tren estaba frenado en una estación, yo me había acostado en mi asiento y en el de al lado, que estaba libre, y me había quedado dormida por unos minutos. Y confieso que como estaba viajando en el tren “ejecutivo” (25 dólares el pasaje, contra 16 dólares del tren “económico”) me descuidé e hice algo que jamás hubiese hecho en Argentina (ni en cualquier otro tren): me dormí y dejé las cosas en el piso, al lado mío, pero en el piso. Pensé: estoy en Indonesia, no creo que pase nada.

Me desperté con una sensación de urgencia y mi instinto me hizo buscar mis cosas con la mirada inmediatamente. En mis pies tenía la mochila grande con toda la ropa, una mochila de mano con la compu y libros y un bolsito con la cámara y la plata. Miré el bolsito y me di cuenta enseguida: a la vista, estaba demasiado vacío, faltaba el bulto que hace la cámara (una Nikon D90 bastante grandota y pesada). Lo levanté y me temblaron las piernas: estaba demasiado liviano. Lo abrí y sí, la cámara ya no estaba.

Enseguida miré mi mochila de mano y temí lo peor. Conozco su peso de memoria y cuando la levanté me di cuenta de que lo peor se había cumplido: también se habían llevado mi computadora (una Mac que me compré el año pasado en Malasia). Rogué y rogué que fuese un mal sueño, pero no, estaba pasando de verdad: me habían robado mis herramientas de trabajo, los textos y las fotos de todo un año, mis borradores, mis proyectos, mis ideas. ¿Y para qué? Para que alguien, en pocas horas, borrase todo el disco duro y vendiese mis cosas a un extraño. (Nota: si bien tengo un backup de todos los archivos en un disco duro externo, ese disco está formateado para Mac y no se puede ver en PC, y la verdad que en este momento no me da ni cerca el presupuesto para comprarme una Mac nueva, osea que iba a ser lo mismo que no tener nada. Y la depresión que me iba a agarrar no me la iba a curar nadie).

Me acuerdo de ese momento y todavía me angustio. Empecé a temblar y me puse a gritar: “Someone stole my things! Someone stole my laptop and my camera, please, please help me!”. Se despertó todo el vagón y el guardia de seguridad del tren, un indonesio muy joven y flaquito, apareció enseguida y me preguntó qué había pasado. Con ayuda de la pareja indonesia del asiento de al lado, expliqué todo y ellos tradujeron. Mientras tanto, en cada silencio, decía en castellano (loca): “No, no, no, esto no puede estar pasando! Hijo de puta, qué hijo de puta, no puedo creerlo, agghhh HIJO DE PUTA!!!” Incluso llegué a decirle a los pasajeros: “Por favor si alguno de ustedes tiene las cosas, les doy toda la plata que quieran, pero por favor, tengo todo mi trabajo ahí”.

Varios pasajeros dijeron que habían visto a un hombre sospechoso que había estado caminando por el vagón, el guardia se comunicó con sus compañeros que estaban en la estación (el tren seguía frenado) y me dijo que iban a buscar al culpable afuera del tren. Yo pensé: ya está, chau computadora, chau cámara y chau plata (el tipo también me había robado unos 130 dólares que tenía en efectivo, parte en rupias indonesias, parte en dólares de Singapur y parte en dólares de EEUU). También pensé que si encontraban las cosas había muchas chances de que no me devolvieran nada.

Como el ladrón me dejó mi celular (y unas pocas rupias en efectivo, ¿para que me tome el taxi habrá sido?), enseguida llamé a mi novio (Aji —con jota de John, no con jota de ají, eh—, indonesio) para avisarle. Él estaba despierto esperando que se hiciera la hora para ir a la estación de Yogyakarta a buscarme (el tren iba a llegar a eso de las 4.45 – 5 am), así que se fue enseguida a la estación para hablar con los de seguridad y ver si podía ayudarme desde ahí.

El tren arrancó y perdí todas las esperanzas. Era obvio que el ladrón ya se había bajado y como yo no sabía exactamente a qué hora había sido el robo, era muy probable que ya estuviese bien lejos de la escena. Además, ¿cómo iban a saber quién era, entre tanta gente? Y si lo encontraban, yo ya iba a estar en otra estación, ¿cómo iban a avisarme? Sentí que todo iba a quedar en la nada, que me habían dicho que iban a buscar al culpable sólo para complacerme, pero que una vez que el tren arrancara, todo quedaría en el olvido.

No se me cayó ni una lágrima (al fin y al cabo son objetos y no es la muerte de nadie), pero igual temblaba de angustia y me sentía una estúpida por no haber cuidado mejor mis cosas.

Escena 2: Llegada a Yogyakarta y persecución (5 am a 7 am)

El tren llegó a Yogyakarta (destino final) unos 45 minutos después y yo ya daba todo por perdido. Mi novio apareció enseguida en el vagón con un amigo y con otro guardia de seguridad. Nos bajamos, le volví a contar lo que había pasado y me fui al baño. Cuando volví, Aji me dijo: “Encontraron al sospechoso en la estación anterior y lo tienen detenido en la comisaría del pueblo, pero todavía no abrieron su mochila. Vamos ya para allá”.

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Así que nos fuimos en el auto: Aji, su amigo que lo había acompañado a la estación, el guardia de seguridad del tren y yo. Fueron las dos horas más largas de mi vida. Pensaba: ¿será el ladrón? ¿estarán mis cosas? ¿me las darán o se harán los vivos? A mitad de camino nos avisaron que, efectivamente, habían encontrado una computadora, una cámara y efectivo en la mochila del detenido. Al parecer uno de los guardias de seguridad del tren ya lo había fichado de antes y cuando le informaron acerca del robo, ni lo dudó y se fue en busca de este hombre. Lo persiguió en moto, y cuando lo encontró, el tipo ya estaba en la parada esperando el colectivo para irse a su casa y fugarse con mis cosas para siempre. El guardia de seguridad (vamos a decirle El Héroe) se jugó, siguió su instinto y acertó, porque si se hubiese equivocado, el culpable hubiese desaparecido y ahí sí chau cosas, chau blog, chau todo.

Lo que fue una eternidad después, llegamos a la estación de tren donde habían agarrado al tipo y entramos a la comisaría correspondiente.

Escena 3: Interrogatorio, llanto y devolución (7 am a 1 pm)

Los policías se presentaron uno por uno (primero había unos cuatro o cinco), me pidieron mi pasaporte y me dijeron que denunciara exactamente lo que me faltaba. La lista era la siguiente: Nikon D90, laptop Apple + cargador, 1 millón de rupias (que parece muchísimo pero son aproximadamente 100 dólares), 25 dólares y 14 dólares de Singapur (algo así como 12 dólares de EEUU).

Al rato (porque todo llevaba laaaargos minutos) me llevaron a otro cuarto y me mostraron una mochila. La abrieron y adentro estaba todo. TODO. De ahí pasamos a otra oficina donde me sentaron y me dijeron que necesitaban quedarse con las cosas para usarlas como “evidencia” para poder arrestar al tipo (lo tenían detenido en la oficina de al lado) y que el proceso llevaría entre 40 y 60 días. Recién después de que terminara el juicio iban a poder devolverme las cosas (pero como la visa turística en Indonesia dura un mes, era obvio que yo ya no iba a estar ahí y que las cosas se iban a “perder”).

En ese momento apelé a una de las armas femeninas más poderosas por excelencia: EL LLANTO. No pude contenerme y me largué a llorar, les dije que yo trabajaba con eso, que era escritora y fotógrafa, que escribía un blog, que vendía fotos, que por favor, que ahí tenía todo, que era mi trabajo. Aflojaron un poco y me dijeron que, “dadas las circunstancias”, iban a ver qué podían hacer. Me sirvieron té y un desayuno y me pidieron que me tranquilizara.

Tuvimos que esperar dos horas a que llegara otro oficial que al parecer hablaba inglés y me iba a explicar cómo era el proceso (hasta ese momento, Aji oficiaba de traductor). En ese rato estaba desconsolada, no podía creer que las cosas estaban ahí, tan cerca de mi mano, pero que no me las iba a poder llevar. Si no podía recuperar mi compu y la cámara, daba lo mismo que hubiesen atrapado al tipo o no, y creo que era aún peor saber que las cosas estaban ahí pero que las tenía que dejar.

Me dije a mí misma y le dije a Aji: Juro pero re juro que no me voy de esta oficina sin mi computadora y mi cámara, si es necesario apelaré a más llanto, a la embajada argentina, al escándalo y (si nada funciona) a la coima. La Policía indonesia también tiene fama de corrupta, pero como no sé muy bien cómo funcionan las cosas acá le pregunté a Aji qué opinaba él; si lo único que querían era plata, mi plan era decirles que se quedaran con los 130 dólares y me dieran el resto, y si eso no funcionaba, iba a llamar a la embajada para que me asesoraran. Aji me dijo que llorara un poco más si era necesario pero que lo dejara tantear la situación para ver qué onda. Y eso hizo, no sé qué les dijo, pero al rato (lo que me pareció una eternidad después) me dijeron que sí, que iba a poder llevarme mis cosas, pero que necesitaban quedarse con alguna evidencia para arrestar al tipo (no sé si esto es cierto o no) y me preguntaron con qué plata quería quedarme: con las rupias, con los dólares o con los dólares de Singapur. Elegí las rupias (100 dólares) y ellos se quedaron con 35 dólares “de evidencia” que, en teoría, “van a devolverme una vez que termine el proceso”. Ni me importa. Comparado con todo lo que podría haber perdido, 35 dólares no es nada.

Me tomaron toda la declaración, me sacaron fotos con los objetos robados, me hicieron muchas preguntas y unas 10 horas después del robo salí de la comisaría con la cámara, la computadora, parte de la plata y una sensación de que no podía creer todo lo que había pasado.

[singlepic id=2332 w=800] Happy Ending

El Bis-Bizarro: Preguntas, almuerzo y sesión de fotos

Hasta acá todo normal, como cualquier historia policial. Pero voy a recordarles dos cosas: soy una “bule” (extranjera occidental) en Indonesia y tengo un imán para lo bizarro. Así que entremedio de estas escenas pasaron otras cosas que le dieron bastante más gracia al asunto.

•    Primero, los policías (había como diez y una sola mujer) pensaban que Aji era “mi guía turístico” (???). Cuando dijo que era mi novio, inmediatamente empezaron a hacer preguntas: ¿y cómo se conocieron? ¿por Facebook? ¿por chat? ¿y hace cuánto tiempo que están juntos? ¿y cuándo se casan? Creo que les interesaba más eso que el robo en sí. Cuando nos fuimos de la comisaría, uno de los policías nos dijo “I support you!” (como diciendo que apoya nuestra relación) y el jefe superior me dijo, adelante de todos: “Bueno, y a ver si se casan pronto eh”.

•    Otro policía, el que nos hizo compañía mientras esperábamos a que llegara el que hablaba inglés, me mostró fotos de su mujer y de su hija, me dijo por señas que los indonesios eran “bien machos” (mejor ni describo esta parte), se sacó autofotos conmigo y, a pesar de todo, me hizo reir y le sacó tensión a la situación.

•    En algún momento, en la comisaría aparecieron dos que eran policías encubiertos. El jefe de la comisaría me preguntó si tenía hermanas, y cuando le dije que una de ellas tiene 18, me dijo LISTO, decile a tu hermana que venga a Indonesia que acá ya tiene novio (Daf, estás avisada, un agente secreto indonesio quiere tu mano).

•    Me sacaron demasiadas fotos y sospecho que no fue tanto por una “necesidad oficial” sino porque soy una bulé en Indonesia (y un bule —extranjero/a blanco/y y rubio/a— en Indonesia genera revuelo y admiración).

Finalmente, Aji y yo volvimos a Yogyakarta en una camioneta con siete de los policías. En el camino nos preguntaron dónde nos conocimos, después frenamos todos juntos para almorzar y, cuando llegamos, nos sacamos una foto grupal.

Qué día surrealista.

[singlepic id=2331 w=800] El que sonríe es el guardia de seguridad que me ayudó en el tren apenas me robaron.

[singlepic id=2325 w=800] Almorzando comida indonesia en la ruta (que, al margen, fue una de las rutas más lindas que recorrí, rodeada de plantaciones de arroz y mucho verde).

[singlepic id=2326 w=800] El team (el de gorra es el que agarró al tipo)

[singlepic id=2327 w=800] El team y yo con mi cara de “hace mil horas que no duermo” y el policía de atrás que me está dando de comer manzana (?)

Y aunque no lo crean, esto me hace querer aún más a Indonesia.

***

MÁS FOTOS DE ÚLTIMO MOMENTO:

Esta foto la saqué (a escondidas con el celular) después de que me dijeran de que iban a tener que quedarse con mis cosas como evidencia por 60 días. Quería tener alguna prueba para poder recuperarlas en el futuro.

La autofoto que se sacó el policía conmigo (con mi celular)

Y esta foto me la mandó un periodista indonesio por Facebook, es de no creer. La sacaron cuando detenían al tipo. Si se fijan bien, el policía de la izquierda es el mismo que se sacó la autofoto conmigo. Es más bizarro que un policial de Woody Allen.

Una bule de paseo en la feria de Yogyakarta

9 pm: La feria

El viernes pasado nos fuimos de paseo a la feria de Yogyakarta.

Una de esas ferias de pueblo, de película, con algodones de azúcar, casa embrujada, rueda de la fortuna y un samba con tracción a sangre.

Y eso que Yogyakarta no es lo que se dice “un pueblito”, pero este carnaval me hizo sentir metida en un universo paralelo bizarro.

Estos lugares siempre me parecieron entre surreales y tétricos.

Éramos cuatro: Aji (mi novio), su amigo Bobby, su novia Nita y yo, la bule.

Porque por más esfuerzo que haga, mientras sea blanca, rubia y/o extranjera, en Indonesia jamás dejaré de ser una bule.

Estacionamos las motos en medio del caos de Alon-Alon, parque donde se estableció este carnaval por un mes, y entramos. 3000 rupias cada uno (35 centavos de dólar).

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— ¡Onde-onde! Lo veo de lejos y me emociono.

Onde-onde es mi snack indonesio preferido, una pelotita con semillas de sésamo, hecho a base de no tengo idea qué, pero muy rico. Mientras frenamos en el puestito a comprar algunos, analizo la comida que ofrecen.

Gorengan (frituras como tofú frito o banana frita), martabak (un símil panqueque con distintos rellenos dulces o salados), telor (huevo que te preparan al gusto en el momento) y el tan difícil de conseguir y celestial onde-onde.

Seguimos caminando en dirección a la rueda de la fortuna y juro que dejo de escuchar lo que me hablan. Estoy embobada con los colores, la música, las calesitas, los globos, los autitos chocadores, el castillo inflable, los puestos de venta de helado y de algodón de azúcar, las luces, los cientos de objetos inservibles a la venta, las falsas muñecas Barbie, los colgantes de lata, los anillos, la gente sentada en el piso vendiendo figuritas para las motos, las mujeres cocinando sate (brochette de pollo o carne) en una mini fogata, los hombres pidiendo monedas con el sombrero.

Varias veces tienen que agarrarme del brazo para que no me choque con ningún poste ni me choque a algún vendedor.

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Frenamos frente a la versión local del “samba”, que por la cantidad de gente esperando parece ser el juego más popular de la noche. La diferencia con el samba argentino es que éste se encuentra más abajo en la escala evolutiva de sambas ya que no funciona con un motor sino gracias a cuatro indonesios que se dedican a hacerlo dar vueltas a pulmón. Se agarran de donde pueden y corren en círculos para que gire como una calesita. Y después, cuando ya ganaron velocidad, el exhibicionismo: se cuelgan de los caños con los pies o se suben al techo y siguen dando vueltas cual monos.

—Los indonesios están todos locos, le digo a Aji por vez número uno de la noche.

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Más tarde entramos a ver un show de motos de esos que les gustan a los hombres.

Nos asomamos por la boca de un pozo de unos 6 metros de profundidad para ver cómo dos indonesios dan vueltas por la pared interna del pozo en moto y en bicicleta. Exhibicionistas otras vez: el de la moto desafía la gravedad parado sobre el asiento o andando sin usar las manos y el de la bicicleta… simplemente está andando en bicicleta horizontalmente por una pared redonda sin caerse.

Insólito.

— Los indonesios están todos locos, le digo unas quince veces a Aji mientras me alejo de la boca del pozo por miedo a que la moto descarrile y salga volando hacia el público.

Mientras tanto veo que un indonesio se divierte sacando fotos de mi cara de susto.

Voy a empezar a cobrar por derecho de imagen.

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Los chicos me invitan a comer es goreng (literalmente, “hielo frito”), que en realidad no es lo que uno se imagina sino un helado bañado en chocolate caliente. MUY recomendable y por la módica suma de 1000 rupias (15 centavos de dólar).

Damos algunas vueltas más y nos vamos porque ya están cerrando. Un conductor de becak (bicitaxi) me ve y me dice:

— Miss, helicopter!

Me río. ¿Creerán que soy la reina de Java o qué? Lo gracioso de los indonesios es que si me ven acompañada de gente local, me miran bastante pero no se animan a decirme nada. Pero apenas Aji se distrae, atacan. En la feria un hombre me pasó al lado y me susurró un hello al oído intentando ser seductor, pero a mí me hizo reír. Y cada vez que voy sola por la calle, escucho de todo: desde mister mister hasta I love you.

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11.30 pm: Hamburguesas

Nos vamos los cuatro a comer hamburguesas a Big Burguer, como si en Buenos Aires fuésemos a comer un chori a la costanera.

A pesar de que entiendo cada vez más indonesio, todavía me falta mucho vocabulario como para mantener una conversación, así que ellos hablan en indonesio y Aji me traduce en inglés.

Empieza la indagación de siempre.

— ¿Dónde queda Argentina? ¿Qué idioma hablan? ¿Y qué comen? ¿Hay arroz? ¿Qué música escuchan? ¿Vivís en una ciudad o en un pueblo? ¿A dónde se van de vacaciones? Pero no parecés latina…

Si para nosotros “todos los asiáticos son chinos”, para ellos “todos los latinos son mexicanos”. Y continúa la indagación:

¿Hace cuánto te fuiste de Argentina? ¿Qué países conocés? ¿Preferís a los malayos o a los indonesios? ¿A dónde vas después? ¿Qué significa cabrón? ¿Cómo se dice I love you? ¡Decí algo en castellano! ¿Qué palabras usan para insultar?

“Hii-joo-dee-puu-táa”, intentan repetir con acento indonesio, haciendo pausas entre sílaba y sílaba.

— No, no, nosotros lo decimos más rápido, si lo dicen así el tipo ya se durmió.

— Hijodeputáhijodeputáhijodeputá, repiten con una velocidad que jamás escuché.

Me hacen reír. Me doy cuenta de que hace mucho tiempo que no estoy en una conversación en castellano. Siempre inglés o siempre escuchando idiomas que no entiendo.

Me preguntan si sé lo que es una bule. Si lo sabré… ¡No quiero ser bule!

Les cuento anécdotas de la primera vez que vine a Indonesia, cuando salía a recorrer y se me abalanzaban para pedirme una foto.

Los grupos de treinta boy-scouts o enfermeras musulmanas que se agrupaban alrededor mío y sacaban fotos con sus treinta cámaras.

El que me sacó una foto y después la puso en su perfil de Facebook.

Las chicas que disimuladamente me apuntaban con su celular para sacarme una foto “sin que me diera cuenta”.

Los hombres que gritaban emocionadísimos que yo era amiga de Maradona por el sólo hecho de ser argentina.

Los chicos que me perseguían en playas desiertas para sacarme una foto en bikini.

¿Por qué semejante obsesión con los extranjeros? Para los indonesios, me explican, especialmente para los chicos de colegio o para los que viven en pueblitos o aldeas, ver a un extranjero blanco es como ver a una estrella de cine. Hay muchos de ellos que incluso van a los monumentos turísticos solamente para hacer “bule-watching”.

Aji me dice que la próxima vez que me pidan una foto responda ¡bayar, bayar! lima puluh ribu (¡paguen, paguen! 50.000 rupias).

El amigo le dice algo en indonesio y se ríen:

— Él dice que también quiere una foto con vos.

— ¡Bayar, bayar! Respondo yo.

Terminamos las hamburguesas y el té frío y nos vamos en las motos.

En el camino vemos a dos chicos andando en motos enanas, algo que jamás había visto antes, y a uno andando en una bicicleta “sin cables”, de esas que se frenan con el pedal hacia atrás, que ahora al parecer está de moda por estos lados.

— Los indonesios están todos locos, vuelvo a decirle a Aji por enésima vez.

Será por eso que me gusta tanto este país.

Y entre tanta charla de bule y fotos, me olvidé de sacar una foto de los cuatro juntos.

La próxima vez será.

Viajando en una foto: agua

¿Qué es lo que tiene el agua que la hace tan especial?

Además de eso de que la necesitamos para vivir, de que somos dos tercios agua y de que el mundo, a su vez, es dos tercios agua (interesante que tengamos la misma proporción que el mundo…).

Pero el agua tiene algo, un nosequé que hace que nosotros, seres humanos, paguemos fortunas para poder nadar en los mares más transparentes, para ir en los cruceros más caros por el Caribe más cristalino, para tomar sol en la arena más blanca.

Parece ser que la arena sólo combina con el mar si esta es blanca y aquel es celeste, la gama de marrón con marrón no nos gusta tanto.

Tenemos nuestro propio Atlántico en las costas de Argentina, pero si nos aventuramos a bañarnos ahí pensamos, “Esto no es el verdadero mar, el verdadero mar está en el Caribe, donde puedo verme los pies mientras el agua me llega por la cintura…”.

Yo siempre fui como un pez: me siento mejor en el agua que en la tierra, ya sea nadando, navegando, esquiando o flotando boca arriba en un mar/río/lago/laguna/pileta/charco/bañadera.

Muchas veces sueño que la tierra no existe y todo es agua y a pesar de que no viajo en busca de playas, cuando encuentro una que me gusta más que el resto, me dedico a disfrutarla.

Y, sin planearlo ni saberlo, un día la encontré: LA Playa.

Me sumé (porque sí, por deporte, por inercia) a un tour de tres días por unas tal “Islas Karimunjawa” en Indonesia.

El precio era ridículamente barato: 10 dólares por día (con TODO incluido: alojamiento, comida, snorkeling, barco, futuro marido).

La belleza de un lugar NO es directamente proporcional a su precio, más bien diría que en muchos casos es inversamente proporcional a éste.

A veces creemos que si un lugar es carísimo, entonces debe valer la pena y que si algo es muy barato, hay que desconfiar.

No es así.

Y mi foto lo demuestra.

El mar de Karimunjawa es el más celeste/cristalino/transparente (y “barato”) que vi en mi vida, un mar en el que podés caminar kilómetros sin chocarte con ningún crucero turístico, bote-taxi o Duty Free Shop (diría que sin chocarte con ningún ser humano más que con los que van en el mismo bote).

Si hay un Paraíso para mí, es éste.

Y después de haber pasado unos pocos días de mi vida acá, creo que ya ninguna playa va a sorprenderme.

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Viajando en una foto: Caminando por ahí

En Indonesia la gente no camina.

Todos andan de acá para allá con sus scooters (motitos) y, por ende, las veredas son casi inexistentes y los peatones son la minoría más desprotegida.

Porque…

¿A quién se le ocurre caminar cuando se puede llegar más rápido en moto?

Visité Semarang unos días antes de tomar el barco a las islas Karimunjawa, contacté a La Reina de Couchsurfing de la ciudad, también conocida como Eni, quien aceptó alojarme por dos días en su casa.

Tuve mucha suerte: a Eni le gusta caminar (a mí me ENCANTA caminar), así que pasamos todo el día caminando por esta increíblemente húmeda ciudad.

¿Ya mencioné que en el Sudeste Asiático lo que mata es la humedad, no?

Visitamos un templo chino y comimos el famoso lumpia: un roll relleno con bambú (sic), pollo/cerdo y camarones, creado por los inmigrantes chinos de Semarang.

Fuimos a Lawang Sewu (“Mil puertas”), una construcción abandonada que perteneció a la primera compañía de ferrocarril de Java y que, en 1945, fue escenario de una de las batallas de independencia contra los japoneses.

Un lugar muy hermoso para sacar fotos (especialmente para mí que me gustan los lugares viejos y despintados) pero bastante tétrico también (lo pongo a la altura de la cárcel de Ushuaia).

Y después caminamos, caminamos, caminamos por ahí.

Y en algún momento del día llegamos a este barrio, sin autos, sin motos, con pocos vendedores callejeros, silencioso y con este hombre caminando descalzo hacia quién sabe dónde.

Es el lugar que más me quedó en la memoria de esta ciudad.

En mi perfil de Couchsurfing lo dejo bien aclarado: Si querés ser un buen “host” (anfitrión), por favor, no me lleves a los lugares turísticos, no me interesa ir a los monumentos, museos y edificios a los que va toda la gente.

Llevame a caminar por la ciudad, vamos a los barrios viejos, perdámonos en el mercado local, hablemos con los vendedores callejeros, vayamos en busca de las paredes más descascaradas de la ciudad.

Salgámonos del circuito tradicional, total, ¿qué puede pasar?

Seguramente encontremos mejores fotos que en los lugares “típicos”.

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Situaciones bizarras en Indonesia #3:
Los indonesios las prefieren rubias

Desde que volví a Indonesia hubo una cosa que me llamó la atención: ¿qué pasa que ya nadie me dice cosas en la calle, que nadie intenta sacarme fotos, que nadie me bombardea a “where are you from”? ¿Acaso perdí mi atractivo bulé?

Y después me di cuenta, claro: si siempre salgo a la calle con gente local, es lógico que nadie se atreva a hacer comentarios, pero en el momento en que quedo sola, empieza la avalancha otra vez.

Como la otra noche en el tren.

Me tomé el tren nocturno (de 7 pm a 5 am) para ir de Jakarta (la capital) a Yogyakarta.

Bisnis class.

Hay tres clases: Ekonomi —en la que vas parado, te la regalo—, Eksekutif —cuesta el doble que la Bisnis y te matan con el aire acondicionado— y la famosa Bisnis —buena relación precio-calidad: vas sentado de a dos, con ventiladores por todos lados—.

Me senté al lado de la ventana con la esperanza de que el asiento de al lado quedara vacío para poder estirarme y dormir un poco, y preparé mi iPod para que me acompañase durante la travesía.

Miro a mi alrededor y veo, en el asiento diagonal al mío, una mujer que no para de mirarme.

La miro fijo también y me sonríe, no sé con qué intención, así que no la miro más.

Minutos antes de arrancar se me sienta un hombre al lado. Me mira, me sonríe, me dice hello, le digo hello, hago un gesto con la cabeza y me pongo a escuchar música.

Todo bien pero no me da por hacer sociales con el vecino de asiento, más cuando sé que solamente quiere hablarme porque soy extranjera y “rubia”.

No pasan ni cinco minutos, es decir no llego ni a escuchar un tema entero, que veo que el hombre me está mirando y moviendo la boca, me habla.

Me saco los auriculares y lo miro.

Primera pregunta: Where are you from. Respondo usando mi poder de síntesis —”Argentina”— y vuelvo a escuchar música.

A los treinta segundos: And how long how you been in Indonesia. Repito el procedimiento: me alejo (ni siquiera me saco) los auriculares de la oreja, respondo en una palabra o menos, me pongo los auriculares nuevamente y miro por la ventana.

Pasa un minuto, pregunta número tres: Are you studying here or on holidays? Después de responderle decido apelar a un arma más poderosa: saco mi cuaderno y me pongo a escribir (con auriculares puestos, obvio).

Se pone a leer lo que escribo y escucho: Are you writing in English or in Spanish?

– Spanish, sonrisa falsa, escribo otra vez (con cara de concentradísima), sigue mirando la hoja.

Decido incrementar la artillería y saco un libro de Indonesio. Me pongo a estudiar.

– Oh, a book of indonesian grammar! Dejo de responder con palabras y empiezo a usar onomatopeyas: mhmmm.

Al rato: Do you have family here? Estoy a punto de decirle que estoy casada para que deje de hablarme.

Lo último que me dice es: You have to be careful because there are many thieves on this train. Listo, ¡me quedo más tranquila!

Al rato se duerme, gracias a Dios.

Yo sigo con mi iPod y mi cuaderno.

Media hora después escucho que alguien me habla por encima de la música. Es uno de los empleados del tren que camina por el pasillo ofreciendo kopi (café) en una bandeja. Lo miro, está parado al lado de mi asiento mostrándome el café, le hago un gesto con la mano diciendo “no, gracias” y sigo con mi música.

Pero el muchacho no sólo no se va sino que aprovecha esta oportunidad para practicar su inglés y me pregunta, intentando pronunciar lo más perfectamente posible: Hello miss, excuse me, would you like to have some coffee?

Me apiado y me saco los auriculares y con mi mejor sonrisa le digo “No, thank you“.

Para qué.

Excuse me miss, please, I would like to know where you come from.

Otra vez lo mismo no, por favor.

– Argentina.

– Oh! And can you speak English or just Spanish?

¿Por qué fui tan sincera? ¿Por qué no le respondí en castellano?

– And what are you doing here in Indonesia? And where do you live in Yogya? And how long will you stay here? And can you speak bahasa indonesia? And what is your favourite food? And do you have many friends? Todo con la bandeja en mano y el café que se le enfría.

El tipo frenó la venta para (intentar) charlar conmigo. Yo trataba de responder cada pregunta cerrando la conversación para que siguiera camino, pero no se daba por vencido.

– Ok miss, if you need anything just call me ok?

Hay días en los que solamente quiero escuchar mi música en paz.

En cualquier momento me pongo una peluca negra y empiezo a responder preguntas sólo en castellano.

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Juntando figuritas (o cómo estoy aprendiendo bahasa indonesio en Yogyakarta)

Aprender un idioma nuevo es como juntar figuritas, especialmente cuando se trata de palabras que jamás había escuchado en mi vida.

Cada vez que leo o escucho una palabra que desconocía, pregunto su significado, me la apropio, la escribo en mi cuaderno (“la pego en mi álbum”), la miro letra por letra, la vuelvo a mirar, me imagino en qué situaciones podría usarla e intento captarla en conversaciones cotidianas.

Esta última parte es la más importante: escuchar la palabra en algún contexto de la vida real me sirve para dejar de verla como un conjunto arbitrario de letras y entenderla como algo social con un significado específico.

Sino, no dejan de ser letras que “alguien” combinó de manera un tanto rara (un buen ejemplo de esto es la palabra nggak, que significa “no” por si se estaban preguntando y se pronuncia algo así como “engá”).

Estoy estudiando indonesio por mi cuenta, con dos libros, un diccionario inglés-indonesio (me resulta más fácil estudiar indonesio usando el inglés como base que el español), la televisión, la radio, los subtítulos de las películas, los carteles de la calle, el packaging de los productos y mis amigos.

Deberán pensar: ¡Pero a esta altura esta chica debe ser una experta!

No, voy de a poco, la cosa del indonesio es que a pesar de que usan el mismo alfabeto que nosotros y de que la pronunciación es casi igual al castellano, las palabras son inadivinables.

¿Quién diría que laki-laki significa hombre, wanita quiere decir mujer, penulis es escritor y jalan-jalan significa viajar?

Imposible intentar adivinar un cartel.

Por eso cada vez que escucho “en la vida real” una palabra que aprendí usando el diccionario, me emociono: Yo la sé, ¡la sé! ¡la tengo esa!

En este “juntar figuritas” obviamente aparecen las famosas FIGURITAS REPETIDAS, esas palabras que tooodos los extranjeros se aprenden como terima kasih (gracias), sampai jumpa (nos vemos), maaf (perdón), satu dua tiga (uno dos tres) y selamat malam (buenas noches).

Ya me las recontra sé, y cada vez que alguien me las enseña o me las dice pongo cara de “esa ya la pegué en el álbum hace rato, dame una más difícil”.

Igualmente son las primeras palabras que uno necesita saber cuando llega al país.

Después están las FIGURITAS INEXISTENTES (ni siquiera son “las difíciles”, sino que directamente no existen): el indonesio no tiene tiempos verbales ni géneros, las palabras no llevan artículos ni tampoco se les agrega una S si es plural, no hay tildes ni diéresis.

Dicho así, les parecerá el idioma de la selva, pero al contrario, es un idioma que dice lo necesario, es poco apalabrado y una vez que se capta la lógica, es muy simple de aprender.

Podría hacer el razonamiento inverso y preguntarme qué necesidad tenemos los hispanohablantes de separar las palabras en masculino y femenino y de tener tantos tiempos verbales.

Pero es así.

Cada idioma tiene sus características que lo hace único.

A medida que lleno el álbum me voy topando con FIGURITAS BILINGUES: palabras que son (casi) iguales y tienen el mismo significado en indonesio y en español.

Gratis significa que no pagás

Tinta es lo que lo ponés a la impresora

Permisi lo usás para pedir permiso

Sepatu es lo que te ponés en los pies

La meja tiene cuatro patas y sillas alrededor

Klakson es la bocina

Teh es eso que podés tomar con leche o con limón

Minggu es el amado domingo… y guarda que ahí viene la polisi.

Pero también hay palabras que suenan o se escriben igual que en español y tienen un significado completamente distinto: como lima que quiere decir cinco (yo siempre pienso en lima-limón), kursi que quiere decir silla o tukang que no recuerdo qué es pero me hace pensar en “tukang se vengde”. U

Una de las mejores: cuando van a sacar una foto, en vez de queso o cheese dicen… KEJUUU (pronunciado keyu).

Y aparecen obviamente, las FIGURITAS DIVERTIDAS, las que no me dejan descansar la imaginación y desarrollan mi capacidad de hacer asociaciones estúpidas.

Si escucho matahari (significa “sol” y la H se lee como J) inmediatamente me pongo a cantar la canción Aves de paso de Joaquín Sabina: “…A la Matajari a la Magdalena a Fátima y a Salomé…”.

Bulan (que significa mes) me la acuerdo porque me suena a Mulán, la película de Disney.

Barat (oeste) a mi me suena a Borat.

Y ni hablar de palabras como tangga, sepeda, pihat y cuci (la H se lee como J y la C se lee Ch).

A veces leo cualquier cosa y en vez de Rivoli veo un ravioli y en vez de cabe (“chabe”) leo “cabe” como en “te re cabe”.

Si veo gigi (pronunciado guigui y que significa dientes) me acuerdo de mi amiga peruana “shishi”, besar no me hace pensar en algo grande sino en darle besos a alguien, baca (leer) es como vaca mal escrito.

Y por último están esos carteles que directamente me hacen reír por lo absurdos que podrían llegar a ser: como el local de comida que se llama Pisangku (literalmente significa Mi Banana), el carrito en la calle que vende su delicioso ayam kentaky (ayam es “pollo” y lo de kentaky no es una especilidad sino un intento de parecerse a KFC), los carteles que anuncian por todos lados cuci mobil (quiere decir que te lavan el auto, no seamos mal pensados) y las peluquerías que ofrecen Blow 15.000 rp (calculo que será el secado de pelo).

Si hay algo que le gusta a todo el mundo es cambiar figuritas.

Cómo se dice tal cosa, cómo se dice tal otra.

Y ahí aparecen las FIGURITAS CODICIADAS.

Los amigos de mi novio quieren que les enseñe a decir culo y tetas, lo que me demuestra que los hombres son hombres en cualquier lugar del mundo y que todos juntan las mismas figuritas.

Ahí es cuando me siento poderosa: Ah no, esas te las cambio por lo menos por diez de las tuyas.

También están las FIGURITAS COMPLICADAS: ¿cómo les explico que mi apellido se pronuncia BISHALBA? Si cada vez que se me escapa un “sho” me miran con cara rara y no logran repetirlo.

Tendré que rendirme ante el Vi-i-alba o (como lo pronuncian acá) ViLalba.

Es muy gracioso además ver el razonamiento de la gente cuando digo que soy argentina.

Primero piensan que estamos en algún lugar de Europa y que hablamos o inglés o francés o italiano.

Algunos saben que hablamos español pero no tienen idea en qué lugar del mundo estamos, creen que somos una provincia de España o parte de Estados Unidos.

Hay quienes me sorprenden con un “hola señorita” o “uno dos tres cuatro cinco” (después me entero que lo aprendieron de las telenovelas y de las canciones de Ricky Martin… un-dos-tres-un-pasito-pa-lante-maria).

Si leen algo que escribí en español, lo leen con un acento totalmente mexicanizado y moviendo la mano cual italianos.

Cuando quieren hacerse los que hablan español, empiezan a agregarle una O a la terminación de todas las palabras: “makan-O” (makan es comer), “puasÓ” (puasa es ayunar), “tidur-O” (tidur es dormir).

Pero el premio mayor se lo lleva la vecina de mi amiga en Jakarta, una nena de unos tres o cuatro años.

Cuando me vio pasar por la puerta de su casa empezó a decirle a la hermana mayor “bule! bule!” (extranjera) y en vez de hablarme en indonesio o decirme hello, me habló, totalmente convencida de lo que estaba diciendo, en una mezcla de ballenés y alien: DAGABLUBLUBLA BLABLIBLU!

Y yo, para no ser menos, le seguí la conversación. BLAGABLUBLA!

¡Cuidado: caballo enojado!

Lugar que vende crédito para el celular

?

Gado-Gado es una comida: verduras con salsa de maní

Nasi nasi nasi: arroz arroz arroz

Intentando leer el diario durante la época del Mundial

Nasi liwet es un plato de arroz típico de Solo

La remera de Pringles made in Indo

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no-viajando por ahí (o Comiendo por ahí: Indonesia)

I.

Tengo que confesar que desde que llegué (o mejor dicho “me instalé”) en Yogyakarta, comencé a tener dudas sobre qué escribir en este blog.

Si bien las palabras me fluyen como nunca, parecen fluir hacia otros rumbos: me la paso traduciendo mis textos a inglés, escribo pensamientos de todo tipo en mi cuaderno, escribo y memorizo palabras en indonesio, escribo cartas para mis amigos…

Pero esto de no estar “viajando” (técnicamente) (en el próximo post debería hacer un Tratado sobre el Viajar para que se entienda qué significado le doy a este término) hace que, para mí, todo lo que me rodea pase a ser “normal”.

La comida de todos los días es normal, el arroz  a toda hora es normal, tener un novio indonesio musulmán y acompañarlo en el ayuno durante el mes de Ramadán es normal, la falta de veredas y las calles de tierra atestadas de motos que pasan por entre medio de las casas es normal, las mezquitas recitando el Corán cinco veces por día es normal, que me señalen en la calle y me miren fijo porque soy extranjera… ya es normal.

Y ahí es cuando me planteo: ¿entonces qué? ¿Será que les interesa que les cuente el día a día, la rutina del “no viajar” aún estando de viaje (porque, quiera o no, sigo del otro lado del mundo)?

Me parece que esta vez el desafío es mayor… y me gusta.

Es “fácil” llegar a una ciudad nueva, ver todo con ojos de niño, no perderse ni un detalle, absorber cada color y cada olor y volcar todo al papel (o a la pantalla) desesperadamente, para unos días o semanas después caer en una ciudad nueva y repetir el ciclo una vez más.

Pero cuando un país, un escenario, un paisaje se convierte en parte del día a día, ahí todo cambia.

Lo primero que pasa (y esto me lo advirtió una amiga polaca que se instaló en Bali hace unos meses y también frenó el ritmo de  viaje) es que empezás a extrañar todo y aparece ese sentimiento tan bien definido en inglés como homesickness.

El top tres: la familia, los amigos, LA COMIDA.

Lo que daría por una chocotorta, por ALGO con dulce de leche (un concepto inexistente en este sector del universo), por una bandeja de quesos, por una picada un viernes a la noche en algún barcito al aire libre, por una pizza y una buena charla en castellano, por un asado en familia en el Tigre, por una sesión de Family Guy con mi hermana, por un café laaargo con mi mejor amiga, por una salida a ver bandas con mis amigas, por todas esas cosas que consideraba “normales” y que ahora me faltan.

Si existiera la teletransportación, me iría por un fin de semana a Buenos Aires… y después volvería a Yogyakarta.

Tampoco es que me quiero volver aún, queda mucho camino por recorrer y nada me detiene.

II.

Dicho esto, paso al próximo tema.

Hace un tiempo prometí un post de comida y cumpliré.

La comida pasó a ser todo un tema en mi vida estos días, especialmente porque estoy viviendo el mes de Ramadán (en el que no se puede comer ni beber de 4.30 am a 6 pm) y existe ese síndrome llamado Uno Quiere Lo Que No Puede Tener.

Me está costando menos de lo que pensé, ya que es algo que quiero cumplir por respeto a mi novio y para aprender y entender acerca de su religión.

Durante Ramadán, el día empieza (o termina en mi caso, ya que siempre me voy a dormir tarde) con el sahur, la comida de las 3.30-4 de la mañana: como si nosotros nos despertáramos a esa hora y nos preparásemos un plato de fideos o un pollo con papas.

Es la “preparación” para el día de ayuno que se viene.

Algunas mujeres cocinan para toda la familia, la gente “joven” sale a comprar la comida en los puestitos callejeros, muchos se preparan el hipersimple Pop Mie (también conocido como Instant Noodles).

Después de esa cena/desayuno (llámenlo como quieran), todos (en teoría) van a la mezquita más cercana para el primer rezo del día o, en su defecto, sacan su alfombrita y rezan dentro de su cuarto.

Este rezo, a las 4.30 de la mañana, marca el comienzo de un nuevo día de puasa (ayuno).

Desde el momento en que las mezquitas comienzan a recitar el Corán, todos los musulmanes dejan de comer, beber, fumar, enojarse (sic) o tener relaciones hasta el rezo de las 17.45 – 18 (cuando se pone el sol) que indica que es momento de buka puasa (romper el ayuno).

Durante el día las actividades se desarrollan con normalidad, solamente que el ritmo es un poco más lento y los horarios laborales se acortan.

Ramadan es una manera de fortalecer la paciencia, la humildad, el autocontrol y la espiritualidad de las personas.

Es uno de los cinco pilares del Islam y obligatorio para los adultos y gente sana (las mujeres que están en período de lactancia, quienes están viajando, los enfermos y las mujeres que están menstruando deben abstenerse del ayuno).

¿Cómo lo vivo yo?

Depende del día.

El primer día me resultó muy fácil y hasta me sentí orgullosa de mí misma (quienes me conocen saben que tengo el récord de saquear heladeras a toda hora).

Hubo días que estuve a punto de adelantar todos los relojes, tomar la mezquita más cercana y recitar el Corán por altoparlantes yo misma para poder comer.

Hubo días que rompí el ayuno y comí.

Otros días no ayuné (por “temas femeninos”).

A veces no me tentaba absolutamente nada pensar que después de las 6 de la tarde me esperaba un buen plato de arroz

Otras veces no soporté la tentación de comerme la caja de brownies que me esperaba en la heladera (pero resistí).

Algunos días me invadió la melancolía de saber que mi premio consuelo no iba a ser un plato de ravioles o unas milanesas con puré.

Pero descubrí que si quiero, puedo.

Y que no hay mejor sensación que lograr lo que uno se propone.

El mejor momento del día, sin duda, es el de buka puasa, cuando el canto de las mezquitas anuncia a los gritos que es hora de comer.

A partir de las 15 o 16, las mujeres salen a la calle y compran la comida que compratirán más tarde con toda la familia: gorengan (los “snacks” fritos como pisang goreng -banana frita-, lumpia -rolls rellenos de verdura-, tahu goreng -tofú frito-, tempe), es buah (fruta cortada con hielo y un jugo dulce), roti y kue (panes rellenos y tortas), jus (jugos de frutas).

A las 18, momento de romper el ayuno, se opta más por lo dulce y la comida es más un aperitivo que un plato completo.

Como una picada de snacks indonesios.

A eso de las 19 o las 20, todos salen a cenar.

Me atrevo a decir que en Yogyakarta hay más puestitos/carritos/lugares de comida que otra cosa, es “El Negocio”: desde carpas improvisadas con lonas donde un grupo de hombres cocina en dos ollas enormes y sirve la comida en platos de plástico hasta restaurantes con menúes variadísimos, pasando por los famosos carritos callejeros que te preparan nasi goreng (arroz frito, el plato más tradicional de Java) en el acto.

Y lo lindo es que el comer se convierte en una actividad social: la gente joven sale en grupo en sus motos y come sentada en la vereda y sin zapatos, al lado de los puestitos callejeros, sobre alfombras especialmente preparadas para la ocasión.

Me imagino algo así en Buenos Aires: la gente te camina por encima del plato de arroz que te estás por comer, los autos te tocan bocina porque estiraste una pierna afuera de la alfombra y estás cuasi rozando el asfalto y cuando te querés ir te das cuenta de que te robaron los zapatos y de que la comida te salió extremadamente carísima.

Bendita seas Buenos Aires.

Lo mejor de la cuestión; acá la comida es UN REGALO.

Los precios van desde 5000 rupias (50 centavos de dólar) hasta 50.000 (como algo CARÍSIMO) (5 dólares).

Lo común es gastar entre 10.000 y 20.000 (de 1 a 2 dólares por plato, 50 centavos por las bebidas).

Inseguridad, ¿qué es eso? La gente camina de noche por la calle, ya sea para comprar comida, para ir a la mezquita a las 4 am, para juntarse con amigos, o lo que sea (los indonesios son millones y siempre están en la calle) y no-pasa-nada.

Más detalles en el próximo capítulo.

Vendedor ambulante de tofú frito

Se venden cocos en camiones

Mujer cocinando en un puestito

Mesitas ratonas en la calle (en Bandung)

Es buah

Te preparan pollo en el acto

A la búsqueda de snacks para romper el ayuno

Mie ayam

Otro de los miles de puestitos callejeros al paso

Frutas frutas frutas

Arroz pero del bueno

Y las famosas carpas improvisadas

Elegí tu propia comida y te la fríen en 5

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Vuelvo a Indonesia desde Macau

Hong Kong: 10.30 am, principios de julio de 2010

Esta vez no me ganan, esta vez me quedo sesenta días (y tal vez más).

Voy en el tranvía rumbo al Consulado de Indonesia en Hong Kong, con una carta de invitación en la mano, mi pasaporte, dos foto carnet, pasaje de entrada y de salida y algo de ansiedad.

El tema de las visas en Indonesia puede ser una complicación.

Lo más fácil es obtener lo que se conoce como Visa on Arrival: llegás al aeropuerto de Jakarta (por ejemplo), pagás 25 dólares, mostrás tu pasaje de salida y te dan un permiso para quedarte 30 días en el país, ni un día más (no hay posibilidad de extenderlo).

Para los que viajan como yo, sin planes, sin rutinas, sin fechas, ese límite se convierte en un obstáculo para conocer el país (por cada día “extra” que te quedes, te cobran unos cuantos dólares, y si te quedás más de 60 días con un permiso de 30, te pueden meter preso y prohibirte volver a entrar al país por varios años).

Pero Indonesia es gigantesco, ¿cómo pretenden que lo recorramos en treinta días?

Y no es solamente Indonesia: en Filipinas te dan un permiso de estadía por 21 días a cambio de 35 dólares, en Vietnam la visa de un mes con doble entrada cuesta 60 USD, la de Cambodia 25 USD, un mes en Laos 30 dólares, en China 45…

Podría decir que las dos cosas más caras del viaje son los pasajes aéreos de un país a otro (que, con aerolíneas baratas como Air Asia, Tiger Airways, JetStar, Lion Air, casi nunca superan los 100 USD ida y vuelta) y las visas.

Así que decidí que si vuelvo a Indonesia, vuelvo con tiempo.

Investigando descubrí la Visa Social, un permiso de 60 días para aquellos que van al país a visitar familiares o amigos.

Cuesta 50 dólares y puede ser extendida dos veces para quedarse un total de seis meses en el país.

Para aplicar se necesita un sponsor indonesio quien, en teoría, se hará cargo de todos los costos del viaje, y una carta de invitación al país.

Mi amiga Melati, a quien conocí la primera vez que estuve en Indonesia, me escribió la carta para que presentara en el Consulado.

Una vez ahí, una hongkonesa con cara poco alegre me pidió todos los papeles, fotocopias, fotos correspondientes, mis datos, qué hago, a qué me dedico, por qué viajo a Indonesia, dónde voy a vivir, etc.

Y por último me dio un glorioso papelito amarillo.

– Retire su pasaporte y su visa en cinco días hábiles entre las 14 y las 15 horas. Ni un minuto más ni un minuto menos.

Consulado de Indonesia en Hong Kong

Macau: 00.00, 19 de julio de 2010

Estoy sentada a orillas del lago de Macau, tomando algo con mis amigos Journey, Dan, Clancy, un chico polaco y más chicas de Macau.

Mi vuelo a Jakarta sale a las 2.35 am, pero no pasa nada, lo bueno de la isla de Macau es que todo queda tan cerca que podemos llegar al aeropuerto en colectivo en menos de 15 minutos y sin una gota de tráfico.

Nada de Ezeizas a dos horas.

Y si algo falla, lo tengo a Dan, mi amigo filipino que trabaja en la parte de seguridad del aeropuerto (o mini aeropuerto, porque es muy chiquito), conoce a todos y es capaz de frenar la partida de cualquier avión.

Journey (mi amiga china), Clancy (el macaense que nos alojó) y Dan me acompañan al aeropuerto a las 1 de la mañana.

Saben que estoy nerviosa por volver a Indonesia, por todo lo que implica (lo contaré en la siguiente historia…)

Saben que tengo miedo y ansiedad, por eso me acompañan y me despiden y me prometen que todo va a salir bien.

Muchas fotos, abrazos, planes de volver a encontrarnos en algún lugar de Asia o del mundo después, me voy hacia el mostrador de JetStar para hacer check-in.

Las aerolíneas de bajo costo tienen una gran ventaja (el precio), pero también tienen muchas reglas a seguir.

Una de las reglas de JetStar es que no realiza conexiones, me explico: si, por ejemplo, tenés que tomar dos vuelos de JetStar (como era mi caso), uno de Macau a Singapur y de ahí, tras unas horas de espera, otro vuelo a Jakarta, hay que hacer el check-in dos veces ya que JetStar no se encarga de realizar la conexión ni de enviar el equipaje directo al destino final.

Hay que despacharlo, buscarlo en Singapur (o en el destino intermedio que sea)  y volver a despacharlo.

OK, perfecto.

Pero cuando llegué al mostrador, el chico que me atendió me prometió y recontrareprometió que iba a mandar mi mochila directamente a Jakarta, sin necesidad de que yo volviera a despacharla en Singapur.

– Bueno, if you say so… But, are you REALLY sure? (Bueno, si vos lo decís… Pero… ¿Estás realmente seguro?)

– Yes, yes, straight to Jakarta (¡Sí sí, directo a Jakarta!)

– Ok…

Así que me subí al avión, escribí un ratito en mi cuaderno y me dormí.

Cuatro horas después, estaba de vuelta en Singapur.

A esperar unas cinco horas y otra vez a volar.

Esperando el colectivo para ir al aeropuerto de Macau

Jakarta: 12.15 pm – 19 de julio de 2010

Lo gracioso de Indonesia es que hay embotellamientos hasta adentro del aeropuerto.

El aeropuerto de Singapur por ejemplo, es enorme, está perfectamente bien señalizado, tiene colectivos que van de una terminal a otra, tiene hoteles, pileta de natación, negocios, restaurantes y mucha paz.

En el aeropuerto de Jakarta nadie te dice que primero tenés que ir a ese rincón a pagar la visa, que después tenés que hacer la cola eteeerna para migraciones en ese otro rincón, que tenés que buscar tu equipaje en alguna de esas ocho cintas, que tenés que tomarte el colectivo al centro en la salida E o F.

Hay que ingeniárselas.

Más aún con gente que casi no habla inglés.

Y lo del embotellamiento lo digo por la cantidad de gente que había para sellar el pasaporte cuando llegué.

Después de una hora de espera, pasaporte sellado, welcome miss y todas las formalidades aeroportuarias, voy en busca de mi mochila.

Y obvio: no está.

Me recorro todas las cintas, la espero hasta el final, pero jamás aparece.

¿Alguien se la habrá llevado? Lo dudo, no hay más que ropa sucia.

Me dejó nomás, prefirió quedarse en Singapur o tomarse un avión a Vietnam, quién sabe, tener una mejor vida sin mí.

Lo único que lamento es la remera que me regaló él, eso es irrecuperable, todo el resto se puede volver a conseguir.

Hago “la denuncia” en el sector de equipaje perdido, la mujer me asegura que mi mochila quedó en Singapur y que la mandarán en el próximo vuelo y de ahí directo a la casa de mi amiga.

No me amargo demasiado, al menos no tengo que cargarla hasta lo de mi amiga.

Salgo del aeropuerto y voy en busca del colectivo que me llevará a la casa de Melati.

Llueve a cántaros, se me abalanzan los indonesios para ofrecerme “taxi mister”, compro un juguito y me cobran tres veces más de lo que vale, no consigo comprar crédito para mi celular, el colectivo tarda más de 40 minutos en llegar y da vueltas una hora y media alrededor del aeropuerto para levantar más pasajeros, después tarda unas dos horas más en llegar hasta lo de mi amiga.

Definitivamente volví a Indonesia.

Cómo amo este país.

Epílogo: La mochila apareció con vida al día siguiente, aunque por unas horas deseé que nunca volviera… Está bueno perder todo, desprenderse del peso de lo viejo, encontrar una mochila nueva y llenarla de cosas distintas. Dejar el equipaje emocional atrás. Empezar de cero.

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Y pensar que casi pierdo el avión…

Mi estadía en Indonesia ya se vence, la visa que me pegaron en el pasaporte cuando entré al país me lo ordena: “Must leave the country by June 17th“.

Tengo mi pasaje a Manila en mano. Fecha de vuelo: 00.30 horas del día 17 de junio. Ni un día más ni un día menos.

Pienso amortizar los 25 dólares que me hicieron pagar para entrar. Al parecer es más fácil salir del país y volver a entrar que lograr una extensión de la visa por otro mes de permanencia. Y aunque quiera intentarlo no puedo porque ya tengo mi pasaje de salida a Manila (el que me obligaron a comprar en el aeropuerto de Singapur…).

Nunca me pasó esto de sentir que “tengo cinco minutos para abandonar la casa”, de que puedo pasar de “turista” a “ilegal” en menos de unas horas. Todos los países a los que viajé hasta ahora (me refiero en toda mi vida) me permitieron quedarme entre 60 y 90 días, y nunca pensé que el país que me da menos tiempo es en el que me gustaría pasar mucho más…

Indonesia es un país inmenso, y cuando digo inmenso quiero decir INMENSO.

Más de diecisiete mil islas conforman el archipiélago más grande del mundo… y yo solamente tuve tiempo de recorrer tres: Java, Karimunjawa y Bali.

Me faltó ir a Sumatra y a Lombok y a las Islas Gili y a Flores y a Papua y a Komodo y y y…

Tantos lugares que me quedan pendientes para la próxima. Es el gran problema de viajar: una vez que empiezo a conocer más en profundidad a un país y su gente, quiero conocer más y más, y dejo de pensar en el viaje actual para pensar en todo lo que quiero hacer “cuando vuelva”. El mundo es tan grande que las opciones nunca se agotan y no importa cuánto tiempo pase en una ciudad, pueblo o país: nunca lograré conocerlo del todo. Puedo ver esto de manera pesimista u optimista, a veces depende del día.

Pero lo cierto es que quiero volver a Indonesia para seguir explorando, para visitar a todos los amigos que me hice, para seguir aprendiendo el idioma.

**Actualización 2017: ¡Volví acompañada! Esas cosas locas de la vida…

Otra cosa nueva para mí: el idioma. Es la primera vez que viajo por países en los que no entiendo el idioma.

Viajar por Latinoamérica siendo argentina es muy fácil: puedo interactuar con la gente, puedo entender todo lo que me dicen, puedo pedir ayuda, puedo hacer preguntas, puedo resolver cualquier situación que requiera el habla como herramienta.

Pero en Asia el desafío de la comunicación forma parte de mi rutina… y es algo que me encanta.

En Tailandia directamente me resigné, los caracteres son imposibles y la pronunciación es aún más complicada.

En Malasia y Singapur no fue necesario aprender demasiadas palabras ya que el inglés es uno de los idiomas oficiales.

Pero Indonesia es distinto… En Bali todos hablan Inggris (inglés) o al menos entienden o al menos intentan, pero si uno se escapa del circuito turístico hay que prepararse para aprender algo de bahasa (bahasa significa “idioma” en indonesio) o hacer un máster avanzado en Dígalo con mímica.

Del mes que pasé en Indonesia, solamente dormí dos noches en un hostel (en Bali) y el resto de los días los pasé en casas de familia que conocí por medio de Couchsurfing.

Lo bueno de eso es que siempre tuve “traductores” para ayudarme: le pedí a mis nuevos amigos que me escribieran los números, los saludos, las comidas, las frutas, las verduras, los colores, las expresiones más comunes y me las fui aprendiendo.

Lo divertido fue cuando me quedé sola y tuve la necesidad de comunicarme con gente local que no sabe ni decir hola.

Ejemplo 1: estoy en el colectivo viajando de una ciudad a otra, antes de arrancar el chofer se me acerca y me hace una pregunta, a lo que le respondo, con toda certeza: “Terminal” (supuse que quería saber dónde me iba a bajar). Se va satisfecho y yo me río sola.

Ejemplo 2: estoy en el colectivo y necesito saber a qué hora voy a llegar a destino. Así que me acerco al señor, lo miro fijo y le digo “Solo” (nombre de la ciudad a la que voy) y señalo mi reloj (invisible, ya que no uso), a lo que me muestra los cinco dedos de la mano. Bien, llegaré a las 5 am.

En el camino me crucé con carteles graciosos como puestos que venden “friend potatoes” (papas amistosas) o que indican “See food here” (“Vea comida acá”, cuando lo que quisieron decir era Sea Food here, o “Comida de mar acá”).

Pequeños momentos de mi viaje que me hacen reír y disfrutar tanto estar viajando sola…

Bahasa indonesio es un idioma relativamente fácil, como conté anteriormente, no tiene tiempos verbales, no tiene reglas de acentuación, no tiene géneros. A veces logro inferir algunas conversaciones, pero por más fuerza que haga no logro leer el diario ni entender lo que dicen en la tele (así que en muchos casos uso mi imaginación).

Uno de mis objetivos es aprender este idioma algún día… PERO lo mejor del caso es que acá no se habla un sólo idioma, sino que cada isla tiene su propio lenguaje, el bahasa fue creado para unificar a los 250 millones de habitantes bajo una sola lengua nacional. Así que si aprendo bahasa después tendré que estudiar “Javanese”, “Balinese”, “Papuanese”…

Y aunque en estos países el idioma puede actuar como barrera, pero una vez que eso se supera (usando un inglés básico, google translate o personas dispuestas a oficiar de traductores) me doy cuenta de que en el fondo todos hablamos de lo mismo, solamente que usamos distintas palabras para expresarnos. El tema de los idiomas me fascina.

Otra cosa que me fascina son las religiones.

Si bien no soy una persona practicante, tengo mis propias ideas sobre los grandes temas a los que las religiones intentan responder, y me interesa mucho conocer cada una de esas respuestas, más aún si es de primera mano.

Si en Argentina la religión es lo de menos, en Asia la religión es primordial: distintas creencias pueden impedir amistades y matrimonios, distintas creencias pueden indicar qué tipo de comida se debe o no se debe comer, distintas creencias pueden indicar qué tipo de ropa se puede o no se puede usar.

En Indonesia todos tienen religión, a pesar de que no es un país musulmán como se cree, sino que es un país de mayoría musulmana. Hay católicos, hindúes, budistas y más. Y me resulta imposible no aprender sobre cada religión estando acá.

En Bali presencié celebraciones hindúes, en Solo “tomé una clase” de Islam para sacarme muchas dudas de encima, en toda la isla de Java escuché el canto de la mezquita cinco veces por día y vi a los musulmanes rezar.

Pero lo que más me asombra es la cantidad de amigos que me hice en este país.

¿Cómo podía imaginarme, estando en Argentina, que iba a conocer a personas tan especiales en un lugar tan alejado?

Nosotros no sabemos mucho de ellos y ellos no saben mucho de nosotros: las palabras que más se repiten sobre Argentina son “Football”, “Maradona”, “Messi” (están quienes me sorprenden con un “Milito” o “Zanetti”) y “telenovelas” (al parecer las telenovelas argentinas tienen mucho éxito por acá). Y qué sabemos nosotros de Indonesia más que “fábricas textiles”, “confección de zapatillas”, “tsunami”, “terremotos” y “Bali”.

Y les aseguro que a excepción de Bali, no vi ni viví ninguna de esas palabras.

Lo que viví fue un mes inmersa en la cultura local, con personas que ya forman parte de mi vida.

Como Rheden, mi host de Jakarta que me introdujo al idioma, me hizo probar las mejores comidas de su ciudad, me demostró que a los indonesios les encanta posar para las fotos (a todos, casi sin excepción), me invitó a pasar unos días con los couchsurfers locales en Karimujawa.

Como Melati, la chica musulmana que conocí en Karimunjawa, que me contó las historias más divertidas de sus alumnos (es profesora de inglés en un preescolar), me demostró que a los indonesios les encaaaanta el gossip (los chismes) y me hizo ver que ciertos sentimientos son universales.

Como Sitta, la chica-sirena que adora nadar y que me curó el malestar con su masaje magico, o Susy y su marido que con tanta calidez me recibieron en su hogar en Jepara.

Como Aji  y su familia que me recibieron en Solo y me adoptaron instantáneamente como su hija bulé…

Y pensar que todo empezó cuando decidí que quería dejar mi vida en Buenos Aires para irme “Asia Hacia” sin saber demasiado sobre la zona del mundo que estaba por conocer y me fui cruzando, “de casualidad”, con cada una de estas personas.

Ahora me doy cuenta de todo lo que me hubiese perdido si no tomaba aquel vuelo a Jakarta.

Jepara con Rheden, Sitta, Jenni, Susy y su marido

Yogyakarta

Fans de la Seleccion

Sitta, Jennie, Rheden y yo en Jepara

Con Annicha, Tadzio y Cynthia en Wonosari

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Bali parte dos: la cara (que yo vi)

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

 

Las ofrendas que los balineses realizan cada mañana para pedir protección a sus dioses

Las mujeres llevan todo tipo de cosas sobre la cabeza

Estos son sólo algunos de los colores que encontré por acá

En todas las cuadras me crucé con un grupo de balineses jugando a las cartas o al ajedrez en la vereda

Vendedores tradicionales frente a cadenas internacionales

Vendedoras ambulantes en la playa… Massage miss, Sarong Miss, Pedicure Miss… Special price for you

Mis vecinos riendo mientras me pedían que les sacara fotos

Una de las actividades más comunes en Bali: trabajar en las “Rice Fields”

Todo tipo de medicinas alternativas, para el cuerpo y alma, a la venta

Vestimenta típica de los balineses

Remando entre templos

Se vende nafta en botellas de vodka premium

Bali parte uno: la máscara

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

Hay que ver Avatar porque TODOS ven Avatar.

Hay que leer El Código Da Vinci porque TODOS leen El Código Da Vinci.

Hay que venir a Bali porque TODOS vienen a Bali.

Bali…

Seguramente muchos de ustedes ya está pensando, Ohh Bali, tierra mágica de hinduismo, playas coralinas y templos sagrados.

Confío en sus conocimientos de geografía, probablemente saben de qué país forma parte esta isla… ¿no?

Porque mucha gente que me crucé se refiere a Bali como “un país” y no como una pequeña porción del archipiélago más grande del mundo, también conocido como Indonesia.

Pero es un error perdonable, la culpa es de Bali por ser uno de los destinos turísticos más famosos del planeta, uno de esos lugares que perdió su status de pueblo/isla/ciudad y pasó a ser simplemente Un Lugar Que Hay Que Conocer Antes De Morir.

Bali genera expectativas, pone en funcionamiento la imaginación y los deseos: es imposible no esperar nada de Bali, es imposible no esperar algo sublime de un lugar que tiene tanta prensa. En mi caso, después de haber pasado dos semanas viajando por lugares no-turísticos de la isla de Java, después de haber vivido en casas de familia, después de haberme juntado casi únicamente con gente local, después de haber comido en los mercados por dos pesos y de haber viajado en colectivo por aún menos, llegar a Bali fue como caer en el boliche porteño top del momento.

Un estrés…

Miss miss, taxi! Miss miss, I take you, where you want to go? Special price for you!

Llegué a la terminal de Denpasar, capital de Bali, después de seis horas de viaje en barco, veinte horas de viaje en colectivo, cuarenta minutos de ferry y tres horas de colectivo más (datos cien por ciento reales, no exagero).

Apenas me bajé noté dos fenómenos económicos bastante curiosos: por un lado, una inflación galopante y, por otro, una constante e ilógica fluctuación de precios. Me explico: necesitaba ir de la terminal de Denpasar hasta Ubud, el pueblo “turístico-menos-turístico” de Bali, a menos de 20 kilómetros de distancia. ¿Saben cuánto me pidió un taxista por llevarme? 100.000 rupias (10 dólares). ¿Saben cuánto pagué por el periplo de barco-colectivo-ferry-colectivo? 200.000 rupias (20 dólares) (ahí tienen la inflación: en Bali el minuto de viaje cuesta mucho más).

Obviamente lo mandé a freír bananas (qué rico).

Cuando vio que me iba, me gritó de lejos con desesperación: “Miss miss, 60.000, 60.000 rp!” (segundo fenómeno: fluctuación ilógica de precios).

Me subí al transporte local, en el que por supuesto también me cobraron de más, aunque a una escala mucho menor, por más de que me perjuraron que estaba pagando “local price” (dos dólares) y llegué a Ubud dos horas después.

Sí, DOS HORAS para hacer 20 kilómetros.

Primero porque tuve que esperar a que la combi se llenara, segundo porque frenamos en cada esquina, tercero porque en el camino tuvimos que esquivar motos y peatones por doquier y cuarto porque tuve que hacer trasbordo a otra combi y pasar por el mismo operativo.

Pero es el precio de llegar a un lugar tan turístico: si pagás más, viajás bien, sino…

Señoras y señores, llegué a un lugar Best-Seller.

Un lugar que, además de generarme enojo me genera muchas reflexiones.

No estoy enojada con Bali, estoy enojada con Bali El Destino Turístico.

Siento que, por más que quiera, me va a ser imposible conocer esta isla a fondo, ver el lado más genuino y real de la gente y de su riquísima cultura. Porque la cultura está, Bali no es un mito, es un lugar con tradiciones milenarias y fascinantes, una isla hinduísta en medio de un país de mayoría musulmana, un lugar que desborda arte, música y rituales.

Pero me pregunto cuánto de lo que se muestra al turista es real y cuánto es solamente un espectáculo pre-armado que se repite incesantemente sin ningún tipo de significado profundo más que darle a la gente lo que vino a ver.

Quisiera atravesar la máscara de los balineses, dejar de ser vista como “un cajero automático andante” y entrar en verdadero contacto con la cultura local. Pero es muy difícil: no voy a lograrlo en estos seis días y creo que tampoco lo lograría en dos semanas, tal vez ni siquiera en un mes.

Me da bronca que el turismo prostituya tanto un lugar, que por ser turista/viajero todo cueste cinco veces más (y que no exista diferenciación entre turista y viajero), que los grandes negocios y restaurantes estén manejados por extranjeros, que respirar cueste tan caro, que el regateo sea una mentira, que los tours por “The Real Bali” sean también un espectáculo pre-armado, sólo que un poco más caros.

Pero estar en un lugar tan turístico (que justo resulta ser Bali, pero que bien podría ser Cancún o Hawai o Aspen o…), me hace pensar otra vez en que existen diferentes maneras de viajar y que si bien todas son más que respetables, yo ya sé cuál elegí y con cuál me siento más cómoda.

Se puede viajar como un verdadero turista, ir a resorts all-inclusive, comer platos típicos por cincuenta dólares y ver el lugar a través de la ventana de un colectivo, o se puede salir del circuito y viajar como un local.

Y en medio de estos dos extremos, obviamente existen los matices.

Estar acá también me ayuda a darle forma a la respuesta a una de las preguntas más recurrentes que recibo (y que me hago a mí misma): ¿Por qué viajás? ¿Qué buscás en tus viajes?

Sé lo que NO busco: no viajo en busca de fiesta, no viajo en busca de playa (solamente de vez en cuando, cuando tengo calor), no viajo en busca de deportes extremos, no viajo en busca de destinos populares, no viajo en busca de turistas.

Viajo en busca de cultura, viajo en busca de arte (de todo tipo), viajo en busca de paisajes que me atrapen, viajo en busca de lugares mágicos (subjetivamente mágicos) y viajo en busca de un contacto con personas que viven muy lejos de mi realidad cotidiana.

Viajo para ver el mundo con mis propios ojos.

Y pobre Bali, no tiene la culpa de estar tan promocionado…

Para hacer justicia, en la parte dos hablaré de Bali desde otro punto de vista, daré la otra cara de la moneda. Porque si existe un circuito turístico, eso quiere decir que también existe un “no-circuito turístico”, y aunque acá sea más difícil encontrarlo, trataré aunque sea de espiarlo por un rato.

Es que estar en Bali es como enamorarte de alguien que no te da bola: podés mirarlo todo lo que quieras, podés hablarle, podés interactuar, pero siempre habrá una pared que te impedirá conocer lo más profundo de esa otra persona.

Y lo peor es cuando sabés que debajo de la superficie hay mucho más de lo que podés ver.

Actualización: algunos años después… ¡volví a Bali! La importancia de una segunda oportunidad…

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Viaje a las islas Karimunjawa: el diario íntimo de una bulé

(Bulé: persona occidental de pelo rubio, piel blanca y rasgos “exóticos” que produce admiración y veneración entre la gente de Indonesia. Usos de la palabra: “Esa bulé es igual que las de la tele”, “Miren! Bulé! Bulé! Foto!”)

Cuando decidí unirme al viaje de Rheden (mi amigo y anfitrión de Jakarta) y otros couchsurfers a Karimunjawa, un grupo de islas al norte de Java, jamás imaginé que mi itinerario iba a ser tan distinto al “oficial”.

El plan consistía en pasar cuatro días en las islas “con amigos”, como si nosotros nos fuésemos un fin de semana largo a Mar del Plata o Pinamar, algo completamente normal y predecible.

Pero oh descubrimiento: lo que se considera normal en un rincón del mundo puede volverse raro y sorprendente para alguien que viene del otro.

Día 1: Ida a Karimunjawa

Itinerario Oficial

08.30: Reunión en el puerto de Jepara para tomar el barco a Karimunjawa

09.00: Salida del barco hacia las islas

15.00: Llegada a Karimunjawa

16.00: Tiempo libre

21.00: Cena

Itinerario Bulé

08.30: Reunión en el puerto de Jepara con mis compañeros de viaje: Rheden y Sitta, una chica musulmana, también couchsurfer de Jakarta. El organizador del viaje nos pide nuestros nombres para tacharlos de la lista.

Supe que algo pasaba cuando vi que al lado de mi nombre (escrito a mano) decía Bulé (escrito a máquina y tachado con la misma birome que luego escribió “Aniko”).

AJÁ.

¡Soy más que una simple bulé, che!

Sitta, Rheden y yo

09.00: Sale el barco hacia Karimunjawa.

Miro a mi alrededor: hay aproximadamente cien pasajeros, unos 20 serán de Couchsurfing. Edad promedio: 24. Cantidad de bulés: dos (yo y un chico muy rubio que se la pasa tocando canciones de Oasis y REM con la guitarra durante todo el viaje).

Me sacan algunas fotos disimuladamente.

11.00: ¿Falta mucho? Tengo sueño. Por lo menos unas cuatro horas más. Viajamos en la cubierta, con un calor de morirse. Los tripulantes improvisan un techo con un pedazo de lona y en el acto todos se amontonan debajo para disfrutar un cuadradito de sombra.

Rheden (algo así como mi traductor cultural) me explica que nadie quiere que su piel se vuelva más oscura por el sol, al contrario, muchos usan una crema especial para blanquearla. Él incluido.

13.00: Tengo hambre así que me doy una sobredosis de “snacks”: Onde-Onde (unas pelotitas rellenas de algo dulce, cubiertas de semillas de sésamo), Lemper (arroz pegajoso, como el del sushi, relleno de pedacitos de pollo, envuelto en hojas de banana), pan relleno (de banana o de salchicha o con gusto a pizza picante), torta de Pandan (verde y con hojas).

Después, a dormir un rato.

El famoso OndeOnde… tan rico

15.00: Llegada a Karimunjawa, isla principal del archipiélago.

Nos reunimos con el resto del grupo para ir todos juntos hacia la casa donde viviremos. Nos viene a buscar (por favor escuchen esta) EL TRENCITO DE LA ALEGRÍA. El mismo que usamos para ir por la noche porteña (o Argentina) previo a nuestra fiesta de egresados. Con un intento de Mickey dibujado en el frente, bocina musical y todo. No lo puedo creer. Le cuento a Rheden sobre el uso de este trencito en Argentina y él no puede creerlo.

17.00: Tiempo libre.

Quiero nadar, hace mucho calor.

Rheden, Sitta y yo vamos en busca de un pedacito de playa pero lo único que encontramos cerca de nuestra casa es el puerto.

Al parecer se corre la voz de que hay una bulé acercándose al muelle, así que de repente soy observada por todos los pescadores/marineros/capitanes que se asoman desde sus respectivos barcos.

Me saludan, me piden que les saque fotos, me miran, me miran, me miran.

– ¿Nadamos acá? me dice Rheden.

– ¿Bueno?

Pero voy a ser musulmana por un día y voy a nadar con ropa igual que ellos, ni loca nado en bikini frente a toda esta gente que no está acostumbrada a ver mujeres nadando en bikini.

Cuando los pescadores ven que nos acercamos al mar, todos se agrupan rápidamente en la rambla y se sientan a mirar “el show”: yo nadando.

Me sacan fotos, me señalan, me miran cual espectadores frente a la pantalla del cine, desde que entro hasta que salgo del agua. Me siento la orca de Mundo Marino, ¿tengo que hacer algún salto acrobático? Cuando salgo del agua, tengo que pasar obligatoriamente entre ellos y el grupo se divide en dos y forma una pasarela para que yo camine.

Le digo a Rheden que esto solamente pasaría en Argentina si la mujer que se tira al mar estuviera desnuda y regalando botellas de cerveza.

Miradas

Pescadores mirando el show

20.00: Camino hacia otro muelle y me siento con varias personas a mirar la luna. Sacamos fotos. Estoy tan agotada que nunca llego a la cena, muero en la cama antes.

Día 2: Snorkeling

Itinerario Oficial

04.30: Hora de rezar

07.00: Desayuno

08.00: Sale el barco que nos llevará a distintas islas a hacer snorkeling

16.00: Volvemos a Karimunjawa

17.00: Rezo y tiempo libre

Itinerario Bule

04.30: Escucho el canto de la mezquita vecina. Sigo durmiendo.

05.30: Escucho el canto del gallo adentro de la casa. Sigo durmiendo.

06.30: No soporto más el calor. Me levanto.

07.00: Está listo el desayuno: arroz con pescado. Paso. No me siento muy bien por el calor. La dueña de la casa se siente un poco ofendida porque no como lo que cocinó y piensa que hizo algo mal y que su comida es fea. ¿Cómo le explico en bahasa que no puedo comer pescado tan temprano?

07.30: Me olvidé de un pequeño detalle, acá todos nadan con ropa, hombres y mujeres, así que tendré que hacer lo mismo, pero no tengo un pantalón de tela que se seque rápido. Tendré que usar las babuchas de dormir. Voy en busca de un negocio como para comprar algún pantalón así nomás, pero no encuentro nada que me sirva.

07.45: Caminamos hacia el muelle y empiezo a sentirme muy mal, tengo ganas de vomitar. Me siento a mitad de camino y Sitta se ofrece a hacerme masajes con aceite de eucaliptus. Es una genia, me hace algún tipo de acupuntura o un hechizo, no sé, pero a los pocos minutos ya me siento mejor.

08.00: Sale el barco y me quedo dormida en la cubierta. Por suerte no sufro mareos en el mar, al contrario, el movimiento del agua me relaja y me hace sentir mejor.

09.00: Llegamos a la primera isla. Me siento mal. Nado un rato en bikini (después de pedirle permiso a Sitta quien nada con ropa y velo incluido), con el salvavidas puesto para disimular, pero me siento muy incómoda y salgo del agua. Todos nadan con ropa.

11.00: Volvemos al barco y vamos hacia otra isla. Duermo en el barco.

El barco que nos lleva de una isla a otra

12.00: Nos bajamos para almorzar en un muelle. Como un poco de arroz. Duermo en el muelle.

13.00: Me despierto y estoy sola, todos se fueron del muelle para no perturbar mi sueño (según me dijo Rheden más tarde). Camino hacia la playa donde están todos. Me duermo en la arena.

14.00: Todos nadan y se sacan fotos. Una chica ve que me siento mal y me trae un remedio natural hecho de plantas para sacar “el viento malo” de mi cuerpo. Me lo tomo. Sigo durmiendo.

15.00: Vamos a la última isla, un pedacito de arena en medio del mar. Esta vez nado con ropa, nos sacamos fotos, volvemos al barco. No entiendo cómo pueden soportar tener toda la ropa mojada y pesada pegada al cuerpo. Me siento incómoda.

La islita diminuta

Todos en la isla en medio del mar

16.00: Volvemos a Karimunjawa. Le pregunto a Rheden si conoce los Muppets y le digo que él me hace acordar a la rana René porque está todo vestido de verde. Nos reímos. Empiezo a sentirme mejor.

Sitta, la Rana Rheden y yo

17.00: En la casa, me pongo a charlar con Melati, una chica musulmana también. Le muestro fotos de mi viaje anterior y de Argentina. Escucho a los chicos de la isla leyendo el Corán en árabe al unísono. Muchos de los que están en la casa sacan su alfombra, se visten adecuadamente y rezan.

21.00: Después de cenar, Mel me dice que hay un grupo de chicos que quiere hablar conmigo para hacerme preguntas pero que no se animan a buscarme. Me acerco a donde están y los saludo. Me invitan a jugar a las cartas.

21.10: Rheden, mi traductor oficial, me traduce las preguntas que me hacen los chicos: Do you have Facebook? Do you have a cellphone? Do you have kids? Are you in a relationship? Do you miss your country? What do you think of indonesian men? Me río mucho.

21.30: El interrogatorio terminó, jugamos a las cartas, un juego llamado “Cangkulan” o (diggin the rice field), bastante simple de entender, pero no voy a explayarme en los detalles ahora. El que gana le pinta la cara de negro con madera quemada al que pierde. Si hay empate, hacen piedrapapelotijera versión china.

22.30: Anuncio que me voy a dormir. El juego se termina en el acto, el grupo se desarma, todos se van a dormir.

Los chicos del interrogatorio

Día 3: Más mar, más snorkeling, más islas

07.30: Soy yo otra vez, ya me siento mucho mejor. Me despierto con hambre, hasta que veo que me esperan cabecitas de pescado frito de desayuno. Paso. PERO: la dueña de casa me preparó una comida especial para mí. Huevo frito con noodles. Vamossss. Me lo devoro.

07.50: Mientras esperamos a que salga el barco, Mel me cuenta que los chicos con los que jugué a las cartas me pusieron un apodo: OndeOnde Girl (porque les dije que me gustaba comer OndeOnde), y que estaban pensando en regalarme OndeOnde para que me lleve en el colectivo a Bali. También me dice que hay dos que se enamoraron de mí y están compitiendo. AJÁ. Y que “nunca vieron a una bulé como yo”. Es peligroso halagar tanto a una leonina, es sabido que nos inflamos con este tipo de cosas.

08.00 – 17.00: Snorkeling at Paradise. El barco nos lleva a varias islas para hacer snorkel. Esta vez nado con un short y una remera, me siento mucho más cómoda que ayer. Veo los corales más lindos de mi vida, con pececitos de todos los colores. Llegamos al mar más transparente en el que nadé jamás, realmente un paraíso. Almorzamos. Seguimos con el snorkel. Me canso de nadar. Me duermo en el barco mientras el resto mira el atardecer y se saca fotos saltando de las palmeras.

El Paraiso. Nada mas que decir.

Snorkeling

18.30: Ceno GadoGado, verduras con salsa de maní.

20.00: Me reúno con los chicos otra vez a jugar a las cartas, pero esta vez no tenemos traductor así que intentamos entendernos en un inglés y bahasa rudimentario. Está complicado.

21.00: Melati y yo charlamos acerca de las reglas de las relaciones hombre-mujer en Indonesia y en Argentina. Dos mundos totalmente distintos.

23.00: Heme aquí subiendo esta historia para ustedes. El viaje todavía no terminó: mañana volvemos en el barco a Jepara (otras 6 horas) y de ahí sigo rumbo a Bali (como 15 horas más). Va a ser un largo día y pueden pasar muchas cosas divertidas y/o bizarras (de esas que suelen sucederme a mí…).

Los mantendré informados cuando llegue a Bali.

Cambio y fuera. Esta bule se despide por hoy.

Somos una gran familia

Actualización: consejos

Karimunjawa es un PARAÍSO. Desde Jakarta, se pueden algún tipo de trasporte hasta Jepara y de allí buscar el puerto y los barcos que van a Karimunjawa (¡intenten siempre ir temprano para comprar los boletos en el puerto!).

El tour me lo compró un amigo de Jakarta, viajamos con una empresa que trabaja exclusivamente con mochileros pero también se puede hacer todo por libre.

Karimunjawa es pequeño así que no hay problema en encontrar alojamiento allí mismo.

Para conocer las islas se le puede pagar cualquier pescador para que los lleve en su barquito a recorrer.

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Preguntas Frecuentes para viajar a Indonesia (y el Sudeste Asiático)

Todos los días recibo preguntas sobre el viaje que estoy haciendo por el Sudeste Asiático.

Este viaje que comenzó en Bangkok… ¡Y solo el destino sabe dónde terminará!

Algunas de mis amigos y familia, otras de gente que lee mi blog, muchas de personas que conozco mientras viajo, pero la mayor cantidad de cuestionamientos provienen de mí misma.

Así que decidí hacer una compilación al mejor estilo autoentrevista para despejar todo tipo de dudas, desde lo más básico hasta lo más complejo.

Siéntanse libres de preguntar lo que quieran. Me sentiré libre de responder o no.

¿Tenés calor cuando viajás por el Sudeste Asiático?

Ustedes no entienden. Quiero saltar en una bañadera llena de cubitos de hielo. Quiero meterme adentro de una heladera. Quiero arrastrarme sobre la nieve. Quiero trabajar en una fábrica de aire acondicionado.

¿Dónde estás?

En este momento estoy en Jepara, una pequeña ciudad en el centro-norte de la isla de Java, viviendo en lo de Susy y su marido, una pareja indonesia de Couchsurfing. El sábado estaré en Karimun Jawa, un conjunto de islas muy poco turístico, con un grupo de couchsurfers locales. Según me dijeron, no hay conexión a internet, así que sepan entender si me convierto en náufrago por un fin de semana.

¿Los de Couchsurfing te pagan por hacerles publicidad?

Ojalá.

Si hablo tanto de Couchsurfing es porque desde que me sumé mi viaje cambió por completo y porque me parece que vale la pena que todos conozcan esta comunidad.

No se trata, como muchos puedan creer, de “un hotel gratis”, se trata de vivir con los locales, de conocer su día a día, de meterse verdaderamente en la cultura y modo de vida de cada lugar. Formar parte de Couchsurfing es como tener amigos en países desconocidos, es una manera de sentirse menos solo en el mundo (literalmente) y de unir culturas.

¿Es seguro hacer Couchsurfing en el Sudeste Asiático?

Los couchsurfers asiáticos que conocí son muy hospitalarios y les encanta recibir extranjeros, cuanto más exóticos mejor.

Una buena noticia para los argentinos: como venimos de muy lejos, somos extremadamente exóticos para ellos. Pero, otra noticia, son gente como nosotros: comen, respiran, caminan, trabajan, se ríen, viven.

Obviamente, hay personas con las que me llevo muy bien y otras con las que está todo bien pero no hay tanta conexión.

Acá hay algunos links mis experiencias haciendo Couchsurfing en el Sudeste Asiático:

Una experiencia fallida en Couchsurfing

Viviendo con una profesora de Fïsica en Malasia

Alojada por un Japonés en el Sudeste Asiático

Mi experiencia usando Couchsurfing en Indonesia acá, y acá

Cosas que hice en Kuala Lumpur gracias a Couchsurfing

¿Cómo te comunicás en Indonesia?

La gran mayoría de la gente que está en Couchsurfing habla inglés (aunque sea muy básico), pero deben ser el uno por ciento de la población.

En Indonesia existen muchísimas lenguas, pero la oficial que une a los 250 millones de habitantes del país es el bahasa indonesio. Es un idioma simple, dentro de todo: no tiene masculino y femenino, no tiene tiempos verbales, la pronunciación no es rebuscada.

La mayoría de la gente no habla inglés, así que cada vez que encuentro a alguien que sí habla le pido que me traduzca el menú, escribo los nombres de cada cosa y los memorizo para la próxima vez que quiera comer.

Sé decir holaquetal, gracias, de nada, buenas noches, ¿cuánto cuesta?, not spicy please, uno dos tres cuatro cinco, izquierda derecha, extranjero, foto, sí, no, arroz, tofú, pollo, fideos, nos vemos, en bahasa…

Acá va: apa khabar?, terima kasih, sama sama, selamat malam, berapar?, tidak pedas, satu dua tiga empat lima, kirri, bule, foto, ia, tidak, nasi, tahu, ayam, mie, sampai jumpa.

Igualmente, como en cualquier lugar, las señas y el dígalo con mímica siempre ayudan.

¿Cuánto gastas por día viajando en Indonesia?

Indonesia es extremadamente barato, incluso para nosotros (Argentina: país con moneda devaluada).

No pago alojamiento porque hasta ahora siempre me quedé en casas de familia, pero tengo entendido que una noche en un hostel cuesta entre 3 y 5 dólares.

La comida es regalada:

  • Un plato de nasi goreng (el plato típico: arroz frito con huevo) cuesta 5000RP (50 centavos de dólar) en la calle o en los mercados
  • Un té frío, 1500RP (15 centavos de dólar)
  • En un restaurante “caro” los platos cuestan entre 20.000RP y 40.000RP (de 2 a 4 dólares).

En cuanto al transporte:

  • Moverse por una ciudad en combi o colectivo cuesta entre 1000RP y 3000RP (10 a 30 centavos de dólar)
  • Viajar de una ciudad a otra cuesta entre 5000RP y 10.000RP la hora de viaje (de 50 centavos a un dólar)
  • Alquilar una moto por 24 hs cuesta 4 dólares

Así que comiendo bien se puede sobrevivir perfectamente con un presupuesto de 5 a 8 dólares diarios.

Hay una clave muy importante: siempre, SIEMPRE, se puede viajar como un local (sin paquetes de por medio).

¿Es verdad que te la pasas comiendo perro, rata y sapo?

Que yo sepa, hasta ahora no ingerí semejantes cosas. Acá se come rana como si fuera pollo y dicen que es muy rica. También comen el cerebro de los animales, el corazón, el líquido de adentro de los huesos, la piel, el estómago, los ojos… No pongan cara de asco. Como me dijo una china: “No entiendo cuál es el problema, ustedes también comen animales como vaca y cerdo y no les da asco, entonces ¿por qué les parece mal que nosotros comamos eso?“.

Dicen que si uno come perro, los perros callejeros lo sabrán y seguirán a la persona que haya ingerido a alguno de sus amigos. No quiero ser paranoica, pero una vez en Malasia un perro me siguió por cuadras y cuadras.

¿Entonces qué comés? ¿Arroz?

En Indonesia dicen que un plato sin arroz no es comida. El arroz para ellos es como el pan para nosotros: va con todo.

Así que sí, como arroz, pero como muchísimas cosas más (por suerte).

Acá es imposible pasar hambre: hay comida a toda hora, en todo lugar y MUY barata.

Cada día como algo distinto, generalmente no decido antes, sino que me dejo sorprender. A veces comida china, a veces comida (un poco) picante, a veces pollo, a veces pescado, a veces fideos, a veces sopa, a veces dulce, a veces salado.

Cada persona que conozco me lleva a comer lo típico de su ciudad.

Temo volver rodando.

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