“Lo que más me gustó”. Sensaciones sudafricanas.

Hay una pregunta que me hacen siempre que vuelvo de un viaje y que nunca soy capaz de responder: “¿Y qué te gustó más?”. No puedo. Me anulo. Es imposible elegir una sola cosa, un solo lugar, así haya sido un viaje de dos días o un viaje de dos años. Muchos esperan que diga “lo que más me gustó fue tal lugar” y listo, todos contentos. Pero para mí no funciona así. Un viaje no es algo lineal: cuando viajo involucro todos los sentidos y eso hace que, casi siempre, “lo que más me gustó” no sea un lugar en sí sino la sonrisa de una nena que me saludó de lejos, o el olor de una comida que salía por la puerta abierta de una casa, o el viento frío que me pegaba en el huequito de mi cara que no estaba cubierto de ropa, o la expresión de la chica que se sentó bajo aquel cartel en aquella ciudad de la que nunca supe el nombre, o la sensación de felicidad que sentí al subirme al bus destartalado y ver cómo se movía el asfalto bajo mis pies.

Hace ya una semana que volví de Sudáfrica. Fue un viaje corto pero intenso. Vimos e hicimos tanto que los nueve días que parecieron un mes. Creo que casi no dormí. Apenas tuve tiempo de escribir. Lo bueno de los viajes lentos (esos que me gustan, los que duran meses) es que puedo ir procesando la información en el momento, de a poco. Lo bueno de los viajes cortos es que, a pesar de que me cuesta mucho “pensar en el viaje” cuando estoy allá, al volver a la vorágine de Buenos Aires soy capaz de descifrar “qué fue lo que me gustó más” sin siquiera proponérmelo. Lo único que tengo que hacer es dejar pasar unos días y ver qué sensaciones del viaje reaparecen sin que las busque ni las llame.

Esto es, entonces, “lo que más me gustó de Sudáfrica”. Sensaciones puramente subjetivas que reaparecieron en estos días mientras estaba en Buenos Aires y pensaba en otras cosas que no tenían nada que ver con el viaje a Sudáfrica.

***

1. Cosquillas en los pies 

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En Durban conocimos a Nnono, un local. Mientras charlábamos le pedí que me llevara a caminar por una township ya que tenía muchas ganas de conocer a la gente y poder hablar con ellos. Él me hizo una contrapropuesta: “Si te interesa, te puedo llevar a conocer la escuelita que dirige mi mamá hace 13 años”. ¿Una escuelita llena de niños sudafricanos, un lugar al que ningún “tour” podría llevarme? Siiiiii. Acepté enseguida. Al día siguiente nos encontramos y fuimos juntos. El colegio/comedor está ubicado en la township de Chesterville, en un territorio que le pertenece a la Iglesia de la zona, y le da educación y comida a casi 100 chicos de entre 2 y 6 años, casi todos ellos hijos de desempleados o de madres muy jóvenes. A la primera salita que entramos fue a la de dos años. La mayoría de los nenes estaban durmiendo, excepto dos que nos miraban con curiosidad. Me acerqué a ellos, me senté en el piso y le empecé a hacer cosquillas en los pies a uno. Se reía a carcajadas. Me dijo cosas en un idioma que no entendí y, cuando vio que le dejé de hacer cosquillas, le agarró el pie al amigo y me lo ofreció. Según la profesora, cuando me habló me dijo que tenía dos años, que le gustaba mi mochila y que su mamá le iba a regalar una igual.

2. Cantitos y poses

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Después entramos a las salitas de 3/4 y 5/6 años. Era más de la una del mediodía y los nenes ya estaban por volver a sus casas, pero no se fueron sin antes recibirnos con canciones y sonrisas. Una vez que entraron en confianza, no pararon de posar para las fotos. Creo que quiero dedicarme a la fotografía de niños. Es mi forma de comunicarme con ellos aunque no podamos hablar.

3. Sonrisas inmensas

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Me di cuenta después, cuando volví a mirar las fotos de aquel día. Ella aparecía siempre. Silenciosa, con su vestidito de jean, sus mangas blancas y esa sonrisa enorme, inmensa.

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Las sonrisas de ellas, en Soweto, también fueron de lo mejor que me llevo de mi viaje.

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Ella también sonrió una sonrisa inmensa cuando le dije que me gustaba su delantal y cuando le pedí permiso para sacarle otra foto, porque en la anterior había salido con los ojos cerrados. Por alguna razón, eso la hizo reír más aún.

4. Al mar con ropa

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Cuando fuimos a Durban no pensé que me iban a dar tantas ganas de meterme al mar. Alquilamos bicis y salimos a pasear por la rambla. Yo, desprevenida, no me llevé traje de baño. Llegamos a la playa y decidimos bajar, aunque sea para tocar la arena con los pies. Caminamos un poco más y llegamos a la costa: no se puede estar en la playa y no meter los pies en el mar. Los metí. El agua estaba demasiado linda, pero yo estaba con ropa de calle, no de agua. Entré un poco más, el agua me llegaba por las rodillas y no dejaba de estar linda. Vi que mucha gente se bañaba, familias, hombres, mujeres, todos con ropa. Y ahí pensé: con la cantidad de veces que me metí al mar con ropa en Asia, no puedo no hacerlo acá. Además queda mejor que me meta con ropa antes que en bikini, por respeto. Y me metí. Y nadé con la ropa más incómoda del mundo, pero nadé un ratito en el mar.

5. El mercado indio-africano

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No pensé que Durban era una ciudad tan india. Es el lugar de Sudáfrica con mayor población proveniente de la India, y se nota. El mercado estaba repleto de especias y de saris. A la vez, sin embargo, había mujeres que hacían las típicas trencitas africanas y hombres que vendían estatuitas de jirafas. Una linda mezcla. Las dos mujeres de las fotos me llamaron la atención. La primera, de casualidad. Yo le estaba sacando una foto a las decoraciones de colores y ella fue y se sentó justo ahí, en el espacio vacío de mi foto. A la segunda la vi de lejos: me encantó la composición de colores que formaba con la pared de atrás. Me acerqué a ella, al principio con timidez (no quería molestarla), y le pregunté cuánto tiempo le llevaba confeccionar esa tela. “Una hora”, me dijo. Le pregunté si podía sacarle una foto trabajando. Sonrió y asintió.

6. Maracuyá alucinógeno

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Amo el maracuyá. Lo amo con toda mi alma y no me canso de comerlo. En Argentina no se consigue tanto como en otros países, así que cada vez que viajo aprovecho y me doy una sobredosis. En Sudáfrica me lo encontré de sorpresa en el primer desayuno y me comí cuatro al hilo. Me encanta la acidez del maracuyá. Me encanta morder las semillitas. Pero al verme comiendo maracuyá tan desaforadamente, mis compañeros de viaje empezaron a sospechar: “¿Por qué comés tanto maracuyá? ¿Tiene algo, no? Seguro que es alucinógeno”. No, no, es que me encanta. Más tarde, después de varios maracuyá más, nos fuimos al safari.

“Chicos, ustedes también ven el unicornio que baila detrás del elefante, ¿no?… ¿y el ave fénix? Qué raro, no me salen todos los animales en las fotos”. :D

7. Bunny chow

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El bunny chow debe ser uno de los platos más picantes que comí en mi vida. El que me pedí yo era de champignones y papa, pero hay con todo tipo de carne. A simple vista, es un pan lactal relleno. Pero lo lindo del bunny chow es su historia. Dicen que el plato nació en una esquina de Durban en los años 40. Durante el apartheid los indios no tenían permiso para comer en ciertos restaurantes y cafés, entonces los dueños indios de un local idearon ese plato para poder servir comida a sus compatriotas sin que nadie se diera cuenta. Simplemente “vaciaban” el pan, escondían la comida adentro, volvían a cerrarlo y lo entregaban por la puerta o ventana de atrás, como si fuese solamente un pan.

8. Ruido a mar

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Ir al Cabo de Buena Esperanza, el punto más austral del continente sudafricano, escuchar el ruido del mar durante largos minutos, sin aburrirme, y sentir que ahí se terminaba un enorme pedazo de nuestra Tierra.

9. Avril

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Avril es una de las personas que me llevo de este viaje. Ella apareció como nuestra guía en Ciudad del Cabo y nos terminó contando una historia enorme, la historia de su vida: el relato de una chica coloured (mestiza), hija de padre irlandés y madre india-sudafricana, con una hermana blanca en pleno apartheid. Nos contó cómo tenía que esconderse debajo de la cama cada vez que la White Police golpeaba la puerta, cómo (al no entender lo que estaba pasando) sentía que sus padres no la querían. Escribí toda su historia y la publicaré pronto, probablemente en el próximo post. Pero lo que más me llevo de ella, más allá de su relato, es su calidez, su sonrisa, su amabilidad y el enorme abrazo que me dio cuando nos despedimos.

10. Mandela

[singlepic id=7151 h=625 float=center] La celda donde estuvo preso Nelson Mandela

[singlepic id=7150 w=625 float=center] El bus en el cual se recorre Robben Island, la “isla-cárcel” durante el apartheid.

[singlepic id=7152 h=625 float=center] Nando estuvo preso con Mandela y nos contó cómo era la vida en prisión.

No lo conocí en persona, pero le seguí la huella. Entré a la casa en la que vivió, entré a la celda (mínima) en la que estuvo preso casi dos décadas de su vida, escuché el relato de otro sudafricano que estuvo preso con él, escuché a la gente llamarlo “papa” (por “padre”) con mucho amor, entendí lo importante que es la palabra “reconciliation” en Sudáfrica. Cuando volví a Buenos Aires vi la película Invictus (la recomiendo muchísimo) y no pude evitar llorar. Qué bueno que existan hombres como él, que dedican su vida a la humanidad.

Bis:

[singlepic id=7144 w=625 float=center] Vi este cartel y me di cuenta. Hace varias semanas que Nueva York me llama. Nunca fui, hace tiempo que quiero conocerla, y de repente me llama cada vez con más fuerza. No tengo nada planeado por ahora, pero me llama.

El idioma universal (que hace que el mundo siga girando)

Hoy me acordé del día que estudié el apartheid en la facultad. Fue en una clase de Historia, aunque aquel régimen había terminado hacía demasiado poco como para ser catalogado de “histórico”. Recuerdo que escuchaba las frases de la profesora con horror: “… blancos y negros no podían viajar en los mismos transportes ni vivir en los mismos barrios…”, “los negros no podían votar, no eran considerados ciudadanos sudafricanos”, “vivían en las peores condiciones y necesitaban pases o pasaportes para entrar a ciertas ciudades del país”… ¿Cómo era posible que el ser humano discriminara a los de su especie por algo tan superficial como el color de la piel? ¿Cómo era posible que esa segregación racista hubiese llegado a ser legal? ¿Cómo podía algo tan malo, tan tan malo, regular la vida de toda una sociedad? ¿A quién se le había ocurrido que “blanco era bueno” y “negro era malo”? ¿Cómo podía ser que se tratara a una raza como “inferior” y a otra como “superior”? No me entraba en la cabeza y, sin embargo, en algún lugar del mundo había ocurrido.

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A medida que fui creciendo —y que fui tomando conciencia de lo que ocurría en el planeta— me enteré de que existían atrocidades como las guerras, los genocidios, la tortura y la esclavitud y dentro mío se instaló un sentimiento de tristeza, rabia e impotencia que nunca más me abandonó. Escuchaba y leía acerca de esas cosas y sentía indignación por el comportamiento humano, impotencia por querer hacer algo para cambiar el mundo y no saber qué, odio hacia los que impulsaban pensamientos y acciones así y tristeza por un mundo que descubría tan lindo y tan horrible a la vez. No podía entender la necesidad de las guerras, no podía entender la discriminación, no podía entender cómo a un loco se le ocurría matar a cierto tipo de personas por la razón que fuere y arrasaba con una población entera como si nada. No podía y aún no puedo entenderlo. Es algo que me genera muchísima angustia y que nunca voy a poder aceptar. Hay cosas de este mundo que, de tan crueles, directamente me parecen absurdas. ¿Qué necesidad tiene el hombre de hacer estas cosas? 

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Por eso desde que llegué a Sudáfrica soy un manojo de emociones. En realidad soy así desde siempre y más desde que empecé a viajar y a ver todo lo bello y lo feo de este mundo, pero acá en Sudáfrica las emociones, de todo tipo, se me cruzaron. No sé cómo voy a hacer para traducir todo lo que me pasa por dentro, todos los estados que atravieso, a palabras. ¿Cómo convertir las emociones, esas sensaciones tan personales e intangibles, en algo tan acabado y racional como las palabras? ¿Cómo trasladar esta mezcla de sensaciones al papel? África me genera de todo. Y cuando digo “de todo” es, literalmente, de todo. No sé ni por dónde empezar. La procesión siempre me va por dentro, pero a veces necesito sacarla a respirar. Por eso escribo esta reflexión que ni sé en qué conclusión va a terminar (si es que va a tener conclusión). Pero necesito escribirla.

[singlepic id=7116 w=625 float=center] Primeras imágenes de Soweto

Después del safari de bienvenida nos fuimos a pasar dos días a Johannesburgo, la ciudad más grande de Sudáfrica. En el camino hicimos una parada en la Cuna de la Humanidad: un complejo de cuevas en el que se encontraron los restos fósiles de los seres humanos más antiguos del planeta (la “Señora Ples”, por ejemplo, vivió hace 2.3 millones de años y “Pie Pequeño” hace 3.3 millones). Hoy las cuevas son un centro arqueológico y turístico de Sudáfrica y caminar por ahí adentro es una experiencia bastante rara. Es rara porque ahí empezó todo. Todo mi mundo, todo lo que tengo hoy, todo lo que somos hoy, nació ahí, acá. La semilla humana fue plantada acá mismo, en este continente. Y mientras nosotros, un grupo de extranjeros “modernos”, caminábamos por un lugar con más de 3 millones de años de historia y veíamos todo con la visión de personas que llegaron 3 millones de años después, yo me preguntaba: ¿Se imaginaría el hombre de las cavernas que algún día alguien igual pero distinto a él caminaría por su casa? ¿Por dónde caminará el hombre dentro de 3 millones de años? ¿Habrá hombre? ¿Tendrá por dónde caminar? ¿Habrá mundo para aquel entonces? ¿O lo habremos destruido del todo?

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Seguimos rumbo a Joburg (así le dicen a Johannesburgo) con música africana de fondo y un paisaje verde en cada ventana de la combi. El conductor de la radio dijo, en algún momento del programa, una frase de la que solamente escuché esto: “…we are here in this beautiful planet called Earth, a beautiful place to live in…” y por primera vez sentí que alguien en la radio me hablaba a mí, a todos, a todo el planeta, sin importar dónde hubiésemos nacido. A medida que nos acercábamos a la ciudad comencé a ver algo que imaginé que iba a encontrar en África: vida callejera. Al costado de la ruta había puestos de venta de comida, hair salons, gente caminando, vendiendo, esperando, charlando, compartiendo… Muy Asia, me dije. No puedo evitar la comparación, aunque sean lugares completamente distintos.

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Estuvimos en Johannesburgo dos días y yo me prometí volver, aunque no a la ciudad en sí sino a Soweto, las “South Western Townships” de Joburg. Soweto es un área urbana ubicada a 24 km de Johannesburgo, en las afueras de la ciudad; tiene entre 3 y 4 millones de habitantes y es lo que en Sudáfrica se conoce como township: una zona de viviendas que entre fines del siglo 19 y finales del apartheid (1991) estuvo reservada exclusivamente para los “no-blancos”. Como los negros, los “coloureds” (gente de color, descendientes de padres mezclados, de los que hablaré en otro post) y los indios no podían vivir en los mismos barrios que los blancos, el gobierno los forzó a dejar sus casas y mudarse a las townships (que, a su vez, estaban separadas por grupos étnicos no-blancos). Soweto, en particular, fue construida por el gobierno en 1948 para alojar a la creciente población negra de Johannesburgo, pero las condiciones eran muy precarias: los habitantes vivían hacinados, las escuelas eran deficientes, los profesores no tenían estudios universitarios, no había agua potable ni electricidad en las casas.

[singlepic id=7075 w=625 float=center] Imágenes de Soweto hoy

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[singlepic id=7106 w=625 float=center] Hay todo tipo de construcciones…

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Soweto se hizo mundialmente conocida en junio de 1976, cuando ocurrió uno de los incidentes más tristes de la historia de Sudáfrica. El 6 de junio de 1976, unos 20.000 estudiantes de los colegios secundarios de Soweto salieron a la calle a protestar contra una de las últimas medidas del gobierno blanco. Los estudiantes negros no querían recibir su educación en afrikáans, el idioma de los afrikaneres o boeres (los sudafricanos blancos descendientes de los primeros colonos holandeses que llegaron a la zona, accedieron al poder y establecieron las leyes segregacionistas del apartheid), sino en sus propias lenguas africanas. Pero lo que empezó como una marcha pacífica se convirtió en una masacre: la policía ingresó a las calles de Soweto y mató a más de 500 estudiantes. El primero en morir fue Hector Pieterson, un estudiante de 13 años que se convirtió en un símbolo de la resistencia anti-apartheid. Uno de los museos más importantes tiene su nombre y resume la historia y la caída del régimen. Soweto fue uno de los principales motores de la resistencia anti-apartheid y en una de sus casas vivió, además, Nelson Mandela, uno de los hombres que más bien le hizo a este mundo. Mandela, en resumen, luchó contra el apartheid, sobrevivió a una encarcelación de 27 años, fue el primer presidente democráticamente electo de Sudáfrica (1994-1999), recibió el Premio Nobel de la Paz y fue el responsable de la reconciliación de Sudáfrica. Cuando llegó a la presidencia instó a su pueblo a no sentir rencor, a reconciliarse por el bien de sus hijos y del futuro del país.

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[singlepic id=7080 w=625 float=center] La casa de Mandela en Soweto (hoy es un museo)

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Llegué a Soweto llena de preguntas. ¿Seguiría siendo un barrio solamente de negros? ¿Sería peligroso para un turista blanco entrar ahí? ¿Cómo nos miraría la gente? ¿Les molestaría vernos caminar y sacar fotos? ¿Nos tratarían mal? ¿Tendrían rencor ante nosotros por el color de nuestra piel? Si bien no creo en las diferencias raciales sigo siendo una mujer occidental blanca, y para muchos mi aspecto puede generar prejuicios: “es blanca, seguro que es así o asá”. ¿Me mirarían con odio? ¿Lograría entablar algún tipo de conexión con la gente? ¿O la cercanía temporal del apartheid seguiría manteniendo una separación informal entre personas de distinto color? ¿Podría comunicarme de persona a persona o siempre seguiría siendo, para ellos, “una blanca”?

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[singlepic id=7086 w=625 float=center] Fragmentos de la nueva constitución sudafricana

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Recorrimos Soweto de maneras que no me esperaba. Caminamos un rato por una de las calles principales —la más turística— pero no vimos nada más allá de mercados y restaurantes puestos para los turistas y chicos que nos cantaban canciones a cambio de algunas monedas. Apenas nos desviamos por una callecita pudimos encontrarnos con un ambiente un poco más auténtico e interactuar, aunque sea mínimamente, con la gente. Yo llevaba la cámara colgando y varios me pidieron que les sacara una foto. Otros nos saludaron. Otros no nos dieron demasiada importancia. Yo solamente pensaba en las ganas que tenía de hacer Couchsurfing ahí, de dormir en una de esas casas, de compartir comida e historias con esa gente, de jugar con todos los chicos que veía sentados en las veredas. Al día siguiente recorrimos Soweto en cuatriciclo, otra experiencia rara. Ahí íbamos nosotros, los turistas, en cinco cuatriciclos en medio de las calles de tierra, en medio de la rutina de los habitantes de Soweto. Mirábamos la vida desde la velocidad de nuestro vehículo y yo temía que nos devolvieran miradas con bronca, que les molestara que estuviéramos ahí. Pero no. La reacción de la gente —especialmente de los niños— me sorprendió y me conmovió.

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[singlepic id=7078 h=625 float=center] “Take my picture!”

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Nene que nos cruzábamos, nene que nos saludaba emocionadísimo con las dos manos al grito de “hello, hello!”. Los más chiquitos incluso nos tiraban besos (¡besos!). Algunos querían darnos la mano. Todos, grandes y chicos, nos miraban pasar y nos sonreían, sonrisas cálidas y sinceras. Nosotros les devolvíamos el saludo y la sonrisa. Yo, más que andar en cuatriciclo, quería bajarme y caminar, tomarme mi tiempo, entablar alguna conversación… Y en un momento del “tour” tuvimos suerte: uno de los cuatriciclos se rompió y tuvimos que parar obligatoriamente al lado de una cancha de fútbol. De la nada aparecieron unos quince chicos de entre 3 y 9 años y nos empezaron a mirar con curiosidad. Me acerqué a ellos y los saludé; les pregunté cómo se llamaban y cuántos años tenían. Me respondían con timidez, pero me respondían. Les regalé dos bananas que tenía en la mochila y le dije que eran para todos, que las compartieran. Uno de los nenes las agarró, las cortó en pedacitos y los fue repartiendo entre todos. Cuando saqué la cámara se empezaron a reír. Les pregunté si podía sacarles fotos y me dijeron que sí. Al principio posaron con un poco de vergüenza, pero cuando les mostré la pantalla con las fotos se soltaron. Durante los veinte minutos que estuvimos ahí se fueron turnando para que les sacara fotos de a uno. Cuando nos fuimos me dijeron gracias, me saludaron con la mano y me regalaron más sonrisas. Y yo casi muero de amor. Había sido mi primer contacto directo con nenes africanos y ya sentía que quería llevármelos a todos. Lo que más me conmovió de la situación, de todos estos días, fue que nos recibieran con tanto amor. Después de todo lo que habían vivido sus padres, ellos (ni los chicos ni los grandes) no nos recibían con bronca ni con rencor (como pensé que pasaría). Nos recibían con amor. Con el tipo de amor que permite que el mundo pueda seguir girando a pesar de todo.

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Unos días después, en Durban (otra ciudad que visitamos), pasó algo que para mí resume un poco esta mezcla de emociones que siento. Fuimos a cenar a un restaurante/bar “de moda” ubicado en una de las township de la ciudad. Yo esperaba encontrarme con un lugar comunitario, creí que íbamos a comer con la misma gente de la township, pero no. El lugar estaba enclavado ahí pero no tenía nada que ver con los alrededores. Era el bar de moda y punto. Tenía un tipo en la puerta que decidía quién entraba y quién no y la música estaba a todo volumen, inundando la tranquilidad de los barrios. Nos sentamos en el segundo piso a comer y yo me fui un rato a mirar la vista desde un balcón. Abajo, a pocos metros, estaban las casas. Yo sentía algo que me ponía mal, sentía que nuestra presencia era una burla hacia la gente que vivía allá abajo, como un “hola, miren como comemos y nos divertimos mientras ustedes están ahí abajo con, tal vez, poco o nada para comer”. A la vez veía que la gente de la township estaba reunida afuera, charlando sentada en las puertas de las casas, y sentía unas tremendas ganas de salir del bar e irme a compartir un rato de su vida con ellos. En uno de los patios de las casas de abajo jugaba, sola, una nenita negra vestida de rosa. Debía tener unos 4 o 5 años. Yo la miraba, apoyada contra la baranda del balcón, hasta que miró hacia arriba y me vio. La saludé con la mano y le sonreí. Me devolvió el saludo con una sonrisa enorme, con tanta efusividad y tantas veces que la madre salió a ver qué hacía. Cuando la mujer miró hacia arriba y me vio, hizo lo mismo: me sonrió, una sonrisa inmensa, y me saludó efusivamente con la mano. Durante unos segundos, tal vez un minuto, nos miramos, nos sonreímos y nos saludamos. Yo, una extranjera, desde la terraza del bar de moda, ellas, madre e hija sudafricana, desde el patio de su casa. Estábamos muy cerca y muy lejos a la vez.

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En ese momento me dieron ganas de llorar: de tristeza, de emoción, de alegría. Y en ese momento me di cuenta de que son estas sonrisas espontáneas —este intercambio de amor que todos los seres humanos somos capaces de hacer y de ofrecer en cualquier lugar del mundo, sin importar el lenguaje, la raza ni la nacionalidad— las que hacen que nos reconozcamos como humanos, más allá de nuestras diferencias, y podamos, de a poquito, ir arreglando este mundo juntos.

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Cartas desde Sudáfrica

22 de marzo de 2013
Johannesburgo, Sudáfrica

Querido Blog:

¡Sorpresa! Casi un año después de mi última carta, vuelvo a escribirte desde un lugar impensado, aunque esta vez no me fui tan al norte del mundo ni estoy rodeada de auroras boreales. Te escribo desde el sur de un continente que ya pisé dos veces pero que no puedo decir que conozca. La primera vez fue cuando hice escala en Ciudad del Cabo y vi la ciudad desde el cielo. No conocí más que su aeropuerto, pero el paisaje que entró por mi ventana me pareció sublime. La segunda vez fue cuando viajé por Marruecos, aunque siento que Marruecos pertenece más a Medio Oriente, al mundo árabe, que a África. Por lo menos la imagen mental que tengo de África es otra y no tiene nada que ver con Marruecos. Muchas veces me pasa que la gente me pregunta si conozco África y mi primera reacción es decir que no, aunque dos segundos después, agrego: “Bah, en realidad sí, fui a Marruecos, pero siento que es una África distinta”.

Este es un continente al que no pensé que vendría tan rápido. Si existiese algo así como un videojuego del viajero, África sería el nivel avanzado. Al menos para mí. Si bien quiero conocer todo el mundo, tengo un orden secreto que nunca le dije a nadie: primero me encantaría recorrer toda Asia en colectivo, después navegar por Oceanía y cruzar en barco a América, de ahí bajar de Alaska a Antártida en motorhome, después recorrer Europa en tren y por último atravesar África por tierra. El día que me embarque en una gran vuelta al mundo quiero que ese sea mi recorrido. Y África no está al final porque no me tiente. Al contrario, creo que es un nivel avanzado de viaje. Siento que “hay que saber viajar” para recorrer África (no hablo de la África turística, sino de la África profunda). Siento que es una realidad más… real. Siento que es un continente atravesado por algo muy humano, por un sentimiento comunitario muy fuerte. Acá se vive de otra forma, la organización es otra, las personas se relacionan de otra manera. Nuestras raíces humanas están acá, el primer ser humano apareció en África. Un viaje por África es como un regreso a los orígenes y por eso quiero dejarlo para lo último, porque necesito estar preparada. Siento que este continente es un lugar que nos marca para siempre.

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Bueno, en conclusión, estoy en Sudáfrica. Vine por nueve días a un viaje de prensa junto a tres periodistas argentinos, invitados por la Embajada de Sudáfrica. Estoy en la punta del iceberg (invertido, si mirás el mapa) del continente africano. Esta vez vine para ver el trailer, la próxima (seguramente en unos años) volveré por mi cuenta y exploraré con mucho más tiempo y de otra manera. Salimos de Buenos Aires el miércoles; el vuelo duró nueve horas y nos depositó en Johannesburgo, la ciudad más grande del país. No sé qué me pasa, me parece que me estoy poniendo vieja, pero cada vez me pone más nerviosa subirme a un avión. No la paso bien durante el vuelo, cualquier turbulencia mínima me despierta y me da algo que parecen ser palpitaciones. Esto es algo nuevo y me pasa cuando hago vuelos intercontinentales, no tanto cuando hago vuelos cortos. Lo que me da miedo no es volar sino caer. Me da miedo pensar que si caigo desde ahí arriba no me salvo ni de casualidad. Ya sé que el avión es el medio de transporte más seguro (hay muchísimos menos accidentes y muertes por año que viajando por tierra), pero no puedo evitarlo. Es como la lotería. Lo más probable es que no me la gane, ¿pero y si tengo suerte? Así que la próxima vez que cruce el océano tengo dos opciones: o me tomo alguna pastilla para dormir (nunca en mi vida tomé una, temo no poder despertarme) o me voy en barco. Con lo que me gusta navegar… Soy mucho más feliz en el agua que en el aire.

Volviendo al vuelo, cuando llegamos a Johannesburgo eran las 9 de la mañana, hora local, pero para mi cuerpo seguían siendo las 5 de la mañana, hora argentina. Es decir que, como me pasa cada vez que duermo poco y cambio brúscamente de horario y de escenario, empecé a sentirme como dentro de un sueño. Todo lo que ocurría a mi alrededor parecía suceder en otro plano, como si estuviese en una especie de limbo y alguien estuviese poniendo y sacando escenografías rápidamente. Esto de cambiar de realidad en tan pocas horas es algo muy difícil de asimilar, al menos para mí. Mi cabeza empieza a funcionar raro: por un lado pienso “ah, sí, estoy en África”, pero por otro me cuesta mucho caer. Ayer, por ejemplo, nos fuimos directamente a la Reserva Pilanesberg para hacer un safari esa misma tarde. ¡Un safari! ¿Sabías que la palabra safari viene del Swahili y significa “viaje largo”? Ja… Aunque en el pasado se usaba para denominar a los viajes de caza; hoy, por suerte, en un safari se disparan cámaras y no armas, aunque los cazadores furtivos siguen siendo una gran y triste amenaza.

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Cuando llegamos al hotel, horas antes de hacer al safari, entré a mi cuarto y me encontré cara a cara con un IVNI (Insecto Volador No Identificado) que parecía una avispa pero tenía el tamaño de una llave. No sé por qué se me ocurre comparar un insecto desconocido con un objeto que no vuela, pero la verdad es que era tan alto como una llave de esas largas, de casa antigua. Estaba en el baño y no se quería ir. La chica del hotel que me había acompañado lo vio y pegó un grito, pero finalmente lo sacó. Welcome to Africa, donde todo probablemente es más salvaje que en cualquier otro lugar del mundo. Me fui a dormir una siesta para estar un poco más despierta para el safari y apenas apoyé la cabeza en la almohada empecé a soñar. Soñé que tenía dos arañas del tamaño de un plato caminando por las paredes. Primero veía a una y enseguida pensaba: Cierto que donde hay una araña, hay dos. Se iban. Al rato aparecía en el safari, que era sobre el agua, y mi cámara no funcionaba. No había forma de que enfocara o disparara, así que no podía sacar ninguna foto y nadie quería esperarme. Me desperté sobresaltada.

A las 4 y media de la tarde, por fin, nos fuimos de safari. Compartimos el vehículo con unas 20 personas de Estados Unidos y Europa. Nuestro guía, Henrick, era un guardaparques de la reserva muy apasionado por su trabajo. Nos contó —en inglés, uno de los 11 idiomas oficiales de Sudáfrica— que salíamos a esa hora porque era la hora en que muchos animales se despertaban y se dejaban ver. Nos dijo que teníamos grandes chances de ver a los Big Five de África —el león, el rinoceronte, el búfalo, el leopardo y el elefante— ya que todos convivían en los 572 km2 de la reserva, junto con otros animales como hipopotamos, jirafas, zebras, hienas, cocodrilos, antílopes, jabalíes y 360 especies de aves. Aunque todo dependía, obviamente, de ellos. Yo solamente pensaba: “¡Preparen a los leones que ya llegué!”. Amo a los gatos y si son grandes, más. Me encantan los animales y nunca había tenido la experiencia de verlos tan de cerca en su hábitat natural, así que estaba muy ansiosa y no me creía del todo lo que estaba pasando.

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El paseo por la reserva duró cuatro horas y fue irreal. Me sentí como dentro de un documental de vida salvaje. Vimos a cuatro de los Big Five (nos faltaron los leones). El primero que apareció fue el búfalo, que estaba pastando tranquilamente al costado de la ruta. Se acercó, nos miró un poco y ni se inmutó. Luego veríamos a varios en manada, descansando a lo lejos. En el camino vimos pasar a varios jabalíes, todos corriendo con la cola en alto. El guía nos explicó que “los Pumba” corren así para que el resto de la familia los vea cuando se escapan entre la maleza: la cola funciona de guía. Ellos parecían ser más tímidos, porque nos veían y salían corriendo. Seguimos camino y nos cruzamos antílopes, varias especies de aves y de zorros hasta que por fin las vimos: las cebras. Qué lindas que son las rayas de las cebras. La naturaleza no puede ser más perfecta… Un rato después vimos a uno escondido entre los árboles: ¡rinoceronte! Henrick nos contó que durante la noche se dedica a cuidar a los rinocerontes para protegerlos de los cazadores furtivos, quienes los matan solamente por sus cuernos. El cuerno del rinoceronte se vende en el mercado negro ya que se usa para fabricar adornos y para medicinas alternativas (se cree que tiene propiedades afrodisíacas). Hay comportamientos del ser humano que me indignan demasiado, y este sentimiento de bronca, tristeza e indignación ya me apareció varias veces durante estos pocos días de viaje, y no sólo relacionado a los animales, pero te iré contando de a poco.

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Se hizo de noche temprano, pero lo último de la luz nos permitió ver a dos leopardos caminando a lo lejos. Primero vimos a uno solo, pero al ratito el segundo asomó la cabeza desde atrás de un arbusto. Avanzamos un poco más y, en una curva, la naturaleza nos regaló una imagen inolvidable: búfalos, zebras y rinocerontes se reunieron a tomar agua en el mismo charco. Aparecieron en fila, de la nada, compartieron el agua durante unos diez minutos y se fueron con sus respectivas manadas cada cual por su lado. El guía nos explicó que después de eso iban a refugiarse porque sabían que sus predadores se estaban despertando. Se hizo de noche, pero Henrick decidió extender el safari para que pudiéramos ver a dos de los animales más impactantes y, en mi opinión, bellos: los elefantes y las jirafas. Tuvimos suerte: pasaron por al lado de nuestro vehículo y se quedaron comiendo a pocos metros. Nunca había visto correr a una jirafa y me pareció uno de los animales con más gracia para moverse… Ya no había nada de luz, excepto la linterna de Hendrick, así que no pudimos apreciarlos tanto. Henrick nos pidió que no usáramos flash estando cerca de los elefantes porque podíamos hacerlos enojar, y si un elefante se enoja, no se salva nadie.

[singlepic id=7049 w=625 float=center] Había muy poca luz así que las fotos no me salieron muy bien.

[singlepic id=7050 w=625 float=center] ¿Lo ves asomando la cabecita?

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[singlepic id=7057 w=625 float=center] En estas ocasiones me gustaría tener una cámara mucho mejor…

[singlepic id=7058 h=625 float=center] La jirafa misteriosa. La luz es de la linterna del guía.

Volvimos al hotel a las 9.30 pm. Cuatro horas de safari no fueron suficientes, yo por mí lo haría todos los días durante varios meses más. Es una experiencia que espero poder repetir. La naturaleza es algo que me gusta cada día más. No puedo parar de imaginar, después de haber visto a los animales tan de cerca, a ellos (los animales) haciendo safari para mirarnos a nosotros. Me los imagino con binoculares mirándonos desayunar, trabajar y descansar, así como nosotros los miramos a ellos… ¿Por qué no?

Bueno, me despido por hoy. Tengo mucho que contarte pero no me salen las palabras. Tengo emociones muy mezcladas, así que espero poder ponerlas en orden durante estos días.

Saludos por allá,

A.

[singlepic id=7059 w=625 float=center] Este amiguito me miró de cerca mientras desayunaba en el hotel… Al final ellos también hacen safari, eh…

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