Mini vacaciones en Lausanne en 3 actos

Acto 1: por qué de repente aparecí en Suiza

Hace cuatro meses me recetaron vacaciones.

Fue un lunes a la mañana. Me había sentado frente a la computadora para empezar a trabajar en mis múltiples proyectos (#WorkaholicEnRecuperación) y mi cuerpo no me dejó seguir. Me sentí tan abrumada por todo lo que tenía que hacer que no pude parar de llorar durante todo el día. A eso se le sumó una migraña que se activaba cada vez que miraba una pantalla, palpitaciones, insomnio, dificultad para tomar decisiones, olvidos constantes. Diagnóstico: burnout. Cura: vacaciones, entre muchas otras cosas (meditación, mindfulness, pantalla cero, valeriana, magnesio, naturaleza y terapia).

Durante los meses siguientes me dediqué a bajar el nivel de estrés: salí a caminar por los parques de Ámsterdam y a mirar a los patos, casi no usé el teléfono ni la compu, hice mucho journaling y scrapbooking, me leí como veinte libros, empecé a nadar cuatro veces por semana y nos fuimos unos días a Biarritz a ver amigos y el mar. Recién después de 10 años de viajes entendí la importancia de tomarse vacaciones, de irse de viaje solo con el fin de descansar y desconectar.

Casi en la etapa final de este proceso (la recuperación es larga, y todavía necesito controlarme para no pasarme con las autoexigencias) me llegó una invitación para ir de viaje de prensa a Lausanne, en Suiza, por tres días. Lausanne (o Lausana) es la cuarta ciudad más poblada de Suiza, después de Zurich, Ginebra y Basilea. Tiene 139.000 habitantes, y forma parte de Romandía, la Suiza francesa. Sé que suena lindo, pero irse de viaje de prensa equivale a irse de viaje de trabajo. Sin embargo, cuando vi en el programa que haríamos stand-up paddle, nadaríamos en el lago y aprenderíamos a hacer animalitos de chocolate dije sí. Eso para mí son vacaciones. Y así como siempre digo que cada uno tiene que viajar a su medida, también creo que cada cual tiene que armarse sus vacaciones en torno a lo que le gusta y le interesa.

Antes de planear un viaje (sea de descanso o de exploración), puede ser una buena idea hacer una lista de palabras que te gustaría que estén presentes durante esos días. Podés pensar en verbos o sensaciones que te gustaría hacer/experimentar en ese viaje. Las mías en general son: nadar, caminar, leer, dormir, música, cuaderno, comer, bosque. En la escapada a Lausanne tuve un poco de todo.

La vista del lago Lemán desde el avión

Las calles empinadas del centro de Lausanne

Caminata por los viñedos de Grandvaux

Stand-up paddle en el lago

Acto 2: #myLausanne (o cómo mi viaje estuvo hecho de mini sensaciones subjetivas)

En un viaje de prensa, como en un viaje organizado, hay un itinerario que seguir. Los días suelen estar cargados de actividades, paisajes, datos, comidas. Pero al final, cuando el viaje pasa y decanta, lo que queda son sensaciones. Igual que meses después de leer un buen libro: no recordamos tanto la trama ni cada detalle de los personajes, sino cómo nos sentimos mientras lo leíamos. Estas son algunas de las sensaciones que me quedan de esos tres días en Lausanne, sin un orden particular.

▸ El lago es como la Mona Lisa. Salí un viernes a la mañana de Ámsterdam, una hora y diez de vuelo, equipaje de mano. Unos minutos antes de aterrizar en Ginebra, vi el lago desde arriba. Me apoyé contra el respaldo de adelante para poder ver el paisaje a través del hueco que dejaba mi vecino de asiento. “La vista linda es del otro lado”, me dijo antes de volver a ponerse los auriculares, como si ese campo emparchado de verde y amarillo frente al agua turquesa no fuese especial. El lago Lemán es el más grande de Europa occidental, y está compartido por Suiza y Francia. Durante los tres días de viaje por Lausanne, siempre estuvo presente: como una franja en el horizonte, como vista desde un ventanal, como sostén de nuestras tablas de stand-up paddle. El lago Lemán es como la Mona Lisa : siempre te está mirando, por más que cambies de ángulo.

▸ Fondo de pantalla a gran escala. En el grupo éramos ocho: seis bloggers/instagrammers (Marion y Julienne de Francia, Marco de Italia, Julia de Alemania, Roselinde de Holanda, y yo), Aurore (de We like travel, quien nos invitó) y Sébastien (de Lausanne Tourisme). Compartimos tres días, brunchs, almuerzos, cenas, actividades y caminatas en grupo. El segundo día de viaje nos fuimos en tren a Grandvaux, a 10 minutos del centro de Lausanne, para caminar por los viñedos a orillas del lago y probar los vinos locales. Mientras bordeamos el lago desde arriba, yo solo pensaba en una cosa: acá es que sacaron las fotos de los salvapantallas que se usaban en las computadoras de los noventa. Prolijo como paisaje suizo. “¿Y se puede cruzar nadando?”, pregunté mientras miraba las montañas de Evián, del lado de enfrente. “Son 14 kilómetros pero es más peligroso de lo que parece, tiene mucha corriente”. El lago, mientras tanto, estaba inmóvil como una alfombra.

▸ Cada huequito lleva maracuyá. El maestro chocolatero agarró un molde rectangular con 24 huequitos ordenados en filas de 3 x 8. Cada huequito parecía hecho a medida del caparazón de un caracol. Puso el molde debajo de una canilla de chocolate negro (dijo que ese chocolate es más sano que el blanco o el chocolate con leche) hasta que se llenó, lo dio vuelta para que solo quedara una capa fina de chocolate pegada al interior de cada hueco y sacó el excedente con una espátula, como cuando te sirven una cerveza tirada y le cortan la espuma con un cuchillo. Puso el molde en el freezer por cinco minutos y lo volvió a traer para que rellenásemos cada futuro bombón con una mezcla de caramel y maracuyá. Todo el proceso me pareció uno de esos videos de ASMR para relajar el cerebro.

 

▸ Primero me temblaron las piernas. Dije que sí al viaje, más que nada, porque quería volver a hacer stand-up paddle. Lo probé en Sicilia, el año pasado, cuando fui a dictar el taller de escritura al barco, y recuerdo que pasé cada mañana dando vueltas en círculo alrededor del catamarán. Hace unos años intenté con el surf tradicional, pero no es lo mío. En el stand-up paddle encontré una combinación muy zen de estar en el agua, remar, hacer equilibrio y dejarme llevar. Esta vez me tocó hacerlo en un lago. Cuando me dieron la tabla me alejé de la costa sentada, remando como si estuviese en una canoa aplastada. Cuando me paré me temblaron los cuádriceps. Es un tembleque muy específico el del stand-up paddle, hace que la cadera baile un meneaito involuntario que puede hacerte caer al agua. Cuando por fin me estabilicé y empecé a remar pensé en comprarme uno para usar en los canales de Ámsterdam.

▸ El viento a vapor. Nunca me gustó el aire acondicionado. Tampoco soy muy fan de los ventiladores. Me gusta el viento natural, el que entra por la ventana de cualquier vehículo en movimiento, o el que me da en la cara cuando ando en bici o navego (en Ámsterdam tengo viento de sobra, a medida). Después de pasear por los viñedos y hacer stand-up paddle, volvimos de Cully —otra localidad frente al lago— a Lausanne en un barco a vapor. Nos instalamos en el segundo piso, cerca de la proa, y nos dejamos llevar mientras los pueblitos de las montañas se alejaban por los costados y el viento nos despeinaba. El capitán tocó el claxon cada vez que dejamos un puerto y todos nos sobresaltamos un poco (ese sonido nunca mejor descripto por David Foster Wallace en su ensayo acerca de los cruceros de lujo: “una flatulencia de los dioses”).

▸ El mapa engañoso de la ciudad-escalera. Lausanne está asentada sobre una pendiente y atravesada por cuatro ríos. Su centro está construido sobre tres colinas conectadas por puentes, y la ciudad tiene un desnivel de 500 metros. Eso quiere decir que un recorrido que parece directo puede convertirse en un trekking en dirección vertical. Sin embargo, caminar sigue siendo una buena opción —o subirse al metro que se maneja solo—. Lo bueno de las ciudades en escalera son las vistas: cada pocos metros hay una panorámica con vista al lago.

Barco a vapor

▸ Mientras mi libro se va a imprenta me tomo una cerveza en la terraza de moda. Suena mucho más glamoroso de lo que en realidad fue. No es que me fui a la terraza más cool a festejar, sino que el horario argentino de la entrega a imprenta del pdf de “Usted está aquí” (mi libro nuevo, hecho en conjunto con Vero Gatti) coincidió justo con el horario suizo en el que el itinerario marcaba un apero en el bar de moda de Lausanne. Dos años de trabajo para que justo todo se superponga así. Mientras traían otra ronda de IPAs y Aperol, tuve que revisar en la pantalla del teléfono que todo estuviese perfectísimo para dar el ok final. Ya había revisado todo cientoveinte veces antes, pero hay algo de ir a imprenta que me hace creer que tengo que mirar todo otra vez de cero.

▸ La flor falsa del día. Las flores son la brillantina de la naturaleza (?). Cada espacio público de Lausanne tiene alguna flor y olerlas hace bien. Resulta que yo con las flores no soy muy culta: me encantan pero no me sé los nombres de todas y muchas veces fui engañada (de lejos) por flores de plástico. Por eso cuando le pregunté al barman en uno de los puestos callejeros del Festival de la Cité (un festival callejero gratuito de música y comida) qué flor era esa que tenía en la barra y me dijo “la flor falsa del día” primero le creí, después me desilusioné y después supe que mentía. Hice un análisis minucioso del tallo, que no parecía falso, y de los pétalos, que no parecían de plástico, y llegué a la conclusión de que una parte del ramo era falsa y la otra era real.

▸ En unos minutos dejás de sentir el olor a queso. Cuando entramos al restaurante pensé que no iba a aguantar. Me preguntaron si había comido fondue antes y dije que no, creo que hubiese recordado ese olor (por fin entendí por qué le decimos “olor a queso” al olor de los pies). Es parte de la experiencia, me explicaron: “Lo vas a dejar de sentir en unos minutos, pero se te va a quedar impregnado en el pelo”. La fondue es una comida típica de Suiza, nació en el norte de los Alpes, cerca de la frontera franco-suizo-italiana. Al parecer los pastores y montañeros tenían la costumbre de calentar los pedazos de queso viejo para ablandarlos y comer algo caliente. La fondue de queso (porque también hay de chocolate) se prepara derritiendo una mezcla de quesos como el gruyere, comté, emmental y tomme de Savoie en vino blanco aromatizado. Para comerla, se hunden pedazos de pan sostenidos por un pincho de dos o tres puntas y se remueve formando un ocho para que la fusión de quesos no se corte (algo que yo no sabía, ya que moví el pincho formando cincos, sietes y noventa y nueves).

Las supuestas flores falsas

▸ Todavía me cuesta el francés. Hace cinco años que convivo con un francés (L) y todavía no puedo hablar bien su idioma. Lo leo, lo escucho, lo entiendo, pero cuando tengo que decir algo me trabo, no sé qué letras se pronuncian y cuáles no, me cuesta el sonido nasal y la erre gutural, siento que todos me van a burlar y me doy un poco por vencida antes de tiempo. En Francia soy la mudita (por eso le caigo tan bien a mi suegra, y eso me exime de la obligación de tener que hacer small talk). En Lausanne también hablan francés, pero las veces que les hablé inglés me respondieron sin problema. En un restaurante me hice la canchera y cuando me preguntaron si quería el menú en francés o en inglés dije en français y cuando llegó no entendí nada. Creo que era el equivalente suizo de esos lugares que sirven “deconstrucción de maracuyá con finas lonjas arboreas y pétalos aromatizados con salsa salvaje a base de aceto añejo y simulación de oliva”.

▸ Yo también me emocioné. El domingo, último día del viaje, fuimos a visitar el Museo Olímpico. La verdad —prejuicios míos— no tenía demasiadas expectativas. La muestra hace un recorrido por la historia de los Juegos Olímpicos: hay artefactos, la colección de antorchas, ropa, fotos, juegos. Hay varias salas con videos: en una muestran una compilación de los shows de apertura de distintos JJOO, y no sé si es porque la pantalla es gigante y la música muy emotiva, pero fue difícil no lagrimear al ver al mundo unido gracias al deporte. (Más tarde, yendo al aeropuerto, una de mis compañeras de viaje me confesó que ella también se emocionó con ese video, pero como estaba oscuro disimuló porque creyó que era la única).

▸ El escalón con moho. La última actividad del viaje fue ir a un bar frente al lago a tomar sol y nadar. Caminé descalza por el asfalto hasta el muelle, bajé por una escalera de metal, patinosa por el moho, me puse las antiparras (goggles) y me dejé caer al agua. Estaba a 22 grados: un microsegundo de impacto frío, después maridaje perfecto con los más de 30 grados del exterior. Nadé paralelo a la costa, esquivando colchonetas inflables. No se veía el fondo, solo unas algas de tres o cuatro metros que parecían lianas invertidas. Sin querer tragué agua y creo que me sorprendió que fuera dulce. El lago Lemán parece un mar. En el avión de vuelta le pedí consejos a la blogger holandesa acerca de lugares en los que nadar en aguas abiertas en Ámsterdam (una semana después se me dio: hubo ola de calor y me tiré al río en medio de la ciudad).

▸ Paraíso para los introvertidos. Leí que Lausanne (¿y Suiza, tal vez?) es un paraíso para los introvertidos, ya que hay muchas actividades para hacer en la naturaleza y en silencio. Si llegan a ir y se suben a un tren, no se pongan a leer ni se distraigan. Miren por la ventana. No se pierdan los paisajes. Me fui con un libro en la mochila (“Pájaros en la boca”, de Samanta Schweblin), con el plan de terminarlo en los transportes, y ni lo toqué.

 

Acto 3: info útil para tu viaje a Lausanne

Lausanne es un buen lugar para visitar si buscan vida al aire libre (el lago en verano me pareció un gran plan), buena gastronomía y vinos, una ciudad caminable y muchos pueblos cerca para visitar. Si van en verano, tiene el plus de poder disfrutar del Festival de la Cité, que es gratuito. Les dejo algunos datos útiles, basados en nuestro viaje de tres días por Lausanne.

  • Dormimos en: Hotel des Voyageurs, un hotel muy bien ubicado en el centro y con un buffet de desayuno muy completo.
  • Para movernos dentro de Lausanne usamos la Lausanne Transport Card (provista por el hotel). Con la tarjeta podés usar todos los medios de transporte público de manera gratuita. La solicitás al hacer tu reserva de hotel.
  • Para movernos de una ciudad a otra usamos el Swiss Travel Pass, un pase ilimitado y todo en uno que te permite viajar en tren, barco y buses en más de 90 ciudades y pueblos de Suiza y te da acceso gratuito a más de 500 museos.
  • La moneda es el franco suizo (CHF), que vale casi igual que el euro. Y sí, ¡Lausanne es caro! Suiza es un país caro en general, más que el resto de Europa. Si vas con poco presupuesto, podés buscar alternativas como hacer Couchsurfing, ir a meetups y hacer actividades gratuitas.

Actividades que hicimos durante nuestro viaje y que recomiendo:

    • Visitar la chocolatería Durig y hacer un taller de animalitos de chocolate.
    • Tomar un aperitivo al atardecer en The Great Escape, la terraza más popular de la ciudad (con muy buenas vistas).
    • Probar la fondue de queso en Pinte Besson, uno de los restaurantes más antiguos de la ciudad.
    • Pasear por el mercado matutino de frutas, verduras y flores de la Place de la Rippone (todos los miércoles y sábados del año)
    • Tomar el tren a Grandvaux y caminar por los viñedos de Lavaux hasta Cully, con vista al lago. Si te gusta el vino, hacer un wine tasting en la terraza de Domaine de la Croix Duplex.
    • Hacer stand-up paddle en el lago Lemán (podés alquilarlo en AlohaSup).
    • Tomar el barco de vapor de Cully a Lausanne (más info: http://www.cgn.ch)
    • Disfrutar el Festival de la Cité (si vas en julio), un festival callejero gratuito con música, espectáculos, teatro y comida.
    • Visitar el Museo Olímpico, dedicado a la historia de los Juegos Olímpicos (¡muy recomendado!).
    • Brunch en The Lacustre, con vista al lago.
    • Tomar algo, sentarte al sol o nadar en el lago a la altura de La Jetee de la Compagnie.

Mucha más información de Lausanne y todas sus actividades en www.lausanne-tourisme.ch

¡Muchas gracias Lausanne Tourisme y We Live Travel por la invitación!

Catadora de mares en un crucero por el Caribe

La primera vez que me subí a una lancha tenía pocos meses y mis papás dicen que no paré de llorar durante los cuarenta minutos de viaje. Suponían que me molestaba el ruido del motor, porque cuando lo apagaban me quedaba sonriendo tranquila mientras el agua nos mecía. Pasé los fines de semana de mi infancia y adolescencia en una casa frente al río, en el Delta del Paraná, a una hora de Buenos Aires. Ahí aprendí a remar en kayak y canoa, usé una tabla de bodyboard para barrenar las olas marrones de las lanchas colectivas, me animé a nadar sin poder ver lo que había debajo del agua, tomé algunas clases de esquí acuático, aprendí los nudos marineros más fáciles, practiqué saltos acrobáticos desde el muelle, sentí cómo un pescado se me prendía de la rodilla y hasta tuve de mascota a un pato. Pero nunca fui una chica de río. Cuando conocí el mar supe que, de todas las aguas que hay en el mundo, la del océano era mi preferida.

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Con mi papá nadando en el río, a pocos metros del Paraná

Crecí queriendo ser catadora de mares. Mientras durante el año escolar me conformaba con nadar en la pileta cerrada de mi barrio, esperaba ansiosa las siguientes vacaciones en la playa. No sé qué fue primero, si el huevo o la gallina de mar, pero mis papás siempre me llevaron de viaje al mar y yo nunca quise que me llevaran a otro lado. Conocí el mar frío y marrón de la costa argentina y el caliente y turquesa de las zonas tropicales, el mar tipo sopa de ciertas islas caribeñas y las olas energéticas de algunas playas uruguayas. Aún hoy, a mis 31, no sé qué mar gana la pulseada: el estático y transparente o el azul y oleado. Me cuentan que cada vez que íbamos a la playa yo agarraba mi botecito inflable, me sacaba la bikini y entraba al mar desnuda “para que no se me mojara la ropa”. No creo que haya sido un exhibicionismo temprano porque apenas entré en la adolescencia empecé a taparme con todo lo que encontraba, me parece que era un razonamiento típico de la infancia: la ropa de baño no me deja sentir el mar en todo el cuerpo, así que mejor me la saco. Siempre me sentí más en mi hábitat en el agua que sobre la tierra, y si me hubiesen dado la oportunidad de convertirme en sirenita y desaparecer para siempre en el fondo del océano hubiese aceptado. Supongo que fue en esta época cuando se me metió en la cabeza la idea de que algún día viviría frente al mar. Un Inception que empezó a plantarse hace más de 25 años.

Con mi prima Ceci y mi súper tabla en Punta del Diablo, Uruguay.

Con mi prima Ceci y mi tabla de chica mala en Punta del Diablo, Uruguay.

A los 15, cuando me preguntaron si quería fiesta o viaje, elegí viaje sin dudarlo. Fue una decisión muy fácil en una edad llena de decisiones difíciles. Empaqué mis cosas —ya ni recuerdo qué equipaje llevé— y viajé a Disney y a las Bahamas con un grupo de 500 —o mil, tampoco lo recuerdo ya— quinceañeras argentinas. Esa fue la primera vez que me subí a un crucero. Dieciséis años después, las imágenes que se me vienen a la mente son la alfombra mullida que tenía el barco, el ascensor —¡un ascensor que navega!—, el teléfono satelital por el que llamaba a mi casa, el fax que podíamos usar para mandar esa versión primitiva del email, los camarotes sin ventanas y un marinero de ojos celestes, del que todas estábamos enamoradas y que aparece más veces en las fotos que cualquier vista caribeña. Del resto casi no me acuerdo: sé que hubo una fiesta en la cubierta, ¿fuegos artificiales?, una parada en Bahamas, quemaduras de sol, peleas con desconocidas, una que dijo haber besado al marinero de ojos claros.

Las fotos del crucero de los 15 están en papel y en Buenos Aires, en mi compu solo encontré esta foto en el Caribe de cuando era chiquita

Las fotos del crucero de los 15 están en papel y en Buenos Aires, en mi compu solo encontré esta foto en el Caribe de cuando era chiquita

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Entre los 16 y los 31 seguí teniendo mis contactos esporádicos con el mar. A los 22 crucé de Colombia a Panamá en velero con tormenta eléctrica, tuve que agarrar el timón bajo la lluvia porque el polaco que había quedado a cargo no podía parar de vomitar, me quedé dormida mientras el velero subía y bajaba por olas que parecían montañas y pensé que no volvería a despertarme. Al otro día vimos delfines y entendí que si voy a morir en algún viaje, prefiero que sea sobre el agua y no en el aire. Me subí a otro velero en Rosario, tomé un ferry para ir a Uruguay, hice un recorrido fallido por la bahía de Halong en Vietnam, navegué a las islas Karimunjawa en Indonesia, crucé por agua a Marruecos. No volví a subirme a un crucero hasta Islandia, cuando Lau y yo intentamos irnos de polizonas hasta Groenlandia en un transatlántico que estaba amarrado en el pueblo. Una señora nos vio y nos invitó a bajarnos antes de poder cumplir nuestro plan delirante de hablar con el capitán y convencerlo de que nos lleve. Durante mis viajes metí los pies y nadé en mares y océanos de todas partes del mundo y finalmente me quedé a vivir frente al Atlántico, en Biarritz, con un francés que me explicó que él también necesita el mar para ser feliz. En esa época empecé a obsesionarme con la idea de volver a Argentina en un barco de carga y aprovechar esas tres semanas de desconexión para escribir el inicio de un libro en altamar.

En el cruce en velero de Colombia a Panamá vimos delfines nadando al lado del barco

En el cruce en velero de Colombia a Panamá vimos delfines nadando al lado del barco

En ese velero consideré la idea de quedarme a trabajar en un barco.

En ese velero consideré la idea de quedarme a trabajar en un barco.

En Japón, a menos de dos semanas de haber empezado el viaje con L, me llegó una invitación de Pullmatur, una empresa española de cruceros, para hacer un viaje de prensa de seis días por el Caribe en el Monarch, uno de sus buques insignia. Lo primero que pensé fue: es muy lejos, voy a tener doble jet-lag y no sé si podré superarlo. Mi cuerpo iba a quedarse rebotando entre husos horarios, confundido entre tanto vuelo de una parte del mundo a la otra, sobre todo porque hacía pocos días habíamos viajado de Nueva York a Tokio y todavía no me había terminado de recuperar de los mareos y el insomnio del cambio horario. Por otro lado en mi cabeza había un minion que ya se había puesto la bikini y el collar de flores y estaba haciendo el hula-hula con un cartel que decía free daikiris. Cuando Lau me dijo que a ella también la habían invitado acepté. El transatlántico groenlandés no sabe lo que se perdió.

El barco que sería nuestro hogar por seis días

El barco que sería nuestro hogar por seis días

Después de 24 horas de aviones y aeropuertos, un piloto que amagó con aterrizar y volvió a despegar porque la pista no estaba libre, un azafato que me contó chismes de avión, familias que lloraban frente a migraciones de México porque estaban por perder su conexión y un sábado vivido dos veces al estilo día de la marmota, llegué a Panamá City y me reencontré con Lau después de casi un año sin vernos. Mi cabeza ya no sabía dónde estaba pero el cuerpo me decía que el mar Caribe estaba ahí nomás. A las catadoras de mares se le erizan los pelos como a un gato cuando sienten la sal en el aire. Embarcamos la mañana siguiente en Colón y formamos clan con Maru Mutti y Adri Herrera, blogueras de viaje también. Así, en un barco-ciudad de 14 pisos, nacieron las #chicasdecrucero.

Lau, Maru, Adri y yo en el barco

Lau, Maru, Adri y yo en el barco

La vista desde la ventana de mi camarote

La vista desde la ventana de mi camarote

Mi camarote

Mi camarote

Si no escribiera en mi cuaderno todos los días no sé si podría diferenciar esos seis días de navegación en bloques de 24 horas. Subirme al crucero fue entrar a un micromundo flotante donde el tiempo se medía de otras maneras: las primeras horas en que el barco se movía y nos preguntábamos si era normal que el ascensor oscilara hacia los costados tipo péndulo, el simulacro del segundo día donde nos enseñaron qué hacer en caso de emergencia, las piñas coladas y caipiroskas de maracuyá peligrosamente disponibles a toda hora, la pileta vacía a la mañana y repleta al mediodía, el buffet en horario pico de desayuno y mis intentos veloces por servirme omelette antes de que se terminara la bandeja, una chica gritando como cacatúa en el pasillo, nosotras cuatro haciendo journaling con mi cartuchera llena de washi tapes contrabandeadas desde Japón, los pececitos voladores que se veían al atardecer, la ventana del camarote que me recordaba que siempre estábamos en movimiento, irme a dormir y despertarme en otra parte del mapa del mar.

El mapa del océano según Lewis Carroll (visto en el libro "Especies de espacios" de Georges Perec)

El mapa del océano según Lewis Carroll (visto en el libro “Especies de espacios” de Georges Perec)

 

La pileta

La pileta

La mesa donde nos sentábamos siempre a desayunar

La mesa donde nos sentábamos siempre a desayunar

Un búho misterioso

Un búho misterioso

Sillón con vista a Aruba

Sillón con vista a Aruba

Escribiendo en nuestros diarios con mucha concentración

Escribiendo en nuestros diarios con mucha concentración

Gané al Scrabble

Gané al Scrabble

Los quiebres en el fluir cotidiano del crucero lo marcaron las paradas que hizo el barco durante su recorrido. En este caso hubo dos: en Cartagena de Indias el día 2 y en Aruba el día 4. Volver a Cartagena me hizo acordar al 2008, cuando pasé diez días en Getsemaní, uno de sus barrios, esperando a que saliera algún velero hacia Panamá. Cartagena de Indias fue la ciudad donde festejé, sola, mis primeros cinco meses de viajera y fue, también, uno de los primeros lugares que me puse como meta (“llegar a Cartagena y llegar a México”). Aprovechamos el día libre para caminar por el centro histórico, Lau se comió una arepa con queso, caminamos por la muralla, nos sentamos en sillas en la vereda en Getsemaní y cruzamos pocas palabras con mochileros que estaban a mitad de su viaje por América Latina y que, en otro momento, podríamos haber sido nosotras. A la tarde volvimos a embarcar y junto con nosotras subieron 1500 personas —en su gran mayoría familias— que iniciaban su crucero en Colombia. A un barco así no se va en busca de soledad.

Cartagena de Indias y sus paredes de colores

Cartagena de Indias y sus paredes de colores

El Casco Histórico

El Casco Histórico

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Nosotras

Nosotras

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En la muralla

Qué lindo que está el barrio de Getsemaní, no dejen de ir si pasan por Cartagena

Qué lindo que está el barrio de Getsemaní, no dejen de ir si pasan por Cartagena

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En el puerto había flamencos

En el puerto había flamencos

Última vista de Cartagena antes de volver a embarcar

Última vista de Cartagena antes de volver a embarcar

El jet-lag hizo que me despertara todos los días a las 6 —y que cayera muerta a las 9 de la noche— y pude aprovechar esas mañanas vacías para escribir y mirar el mar. El día 4 me desperté y desde mi cama se veía el centro de Aruba, una construcción que parecía una calesita y un mar turquesa que debería tener su propio color Pantone. Recorrimos los pocos kilómetros de la isla en jeep y vimos sus paisajes volcánicos y de cactus. Aruba es parte del Reino de los Países Bajos junto con Curaçao, Sint Maarten y los Países Bajos y está a 25 kilómetros al noroeste de Venezuela. Se habla papiamento, una lengua creole que proviene del español, portugués, neerlandés, inglés, francés y lenguas africanas. Llegamos un día después de que hubiese pasado el huracán Matthew y, según los locales, ese mar turquesa cristalino que veíamos a la distancia estaba turbio y no tenía su belleza de siempre. Mis antiparras no sirvieron porque, en efecto, no se veía nada, pero las cuatro flotamos felices en el Caribe y volvimos a embarcar con el pelo lleno de sal. Esas horas en Aruba me dejaron con ganas de más.

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El centro de Aruba, mezcla de latino y holandés

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La playa en la que nos bañamos

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Es cierto: lunes en Cartagena y miércoles en Aruba no es mi idea de slow travel ni me da mucho tiempo para conocer un lugar, pero la gracia del crucero, para mí, estuvo en navegar y no en frenar. Seis días viviendo sobre el agua, desayunando con vista al mar, escribiendo con vista al mar, charlando con vista al mar, viendo atardeceres sobre el mar. Ahí está mi slow travel, en hacer este trayecto en barco en vez de solucionarlo en pocas horas de avión. El anteúltimo día nos llevaron a conocer la cabina de mando y fue como entrar al backstage del gigante. Botones, radares, un teléfono rojo, mapas, compases y la bitácora de navegación. Cómo contener ese otro sueño de ser capitana. Desembarcamos en Colón y nos fuimos en auto a Ciudad de Panamá, donde aprovechamos el día para caminar por el Casco Viejo —está muy distinto a como lo recordaba—, comimos ceviche, contamos edificios y fuimos al aeropuerto desde el que cada una volvió al lugar del mundo en el que estaba antes de este paréntesis caribeño. Me pregunto en qué puerto me espera el próximo barco (o en qué orilla el próximo mar).

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La cabina de mando

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Ciudad de Panamá

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Arte callejero en el centro histórico de Panamá

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Me pareció que está todo mucho más restaurado y cuidado que en el 2008.

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Yo sí, y pueden seguirme xD

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Estos chicos me pidieron que les sacara una foto

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Creo que es la misma persona que no tiene Instagram

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Super Mario!

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El viaje en crucero fue cortesía de Pullmantur España.

[box type=”star”]Info útil para irse de crucero:

* Qué incluye un crucero. Pullmantur tiene cruceros por Europa, África, el Caribe y transatlánticos. La duración y costo depende de cada paquete, pero en general al comprar tu pasaje tenés incluido el camarote, la comida y las excursiones de todo el viaje, así como el vuelo hasta el puerto de salida (desde España). Hay cosas que se pagan aparte, como algunos tragos, snacks y bebidas o el wifi (sí, hay wifi, es satelital, un poco lento y caro, pero si necesitás trabajar, responder mails o estar comunicado, sirve).

* Cómo elegir un crucero: yo me inclino por los que duran más días y tienen menos paradas, pero porque me gusta navegar y disfruto estando sobre el crucero en sí. Tené en cuenta que las paradas en las ciudades son cortas, en general de algunas horas o medio día, y no te va a dar el tiempo para recorrer mucho, sino más bien para tener un pantallazo del lugar.

* Para tener en cuenta: cruzar de Europa al Caribe (o al revés) en transatlántico puede ser más barato que hacer el mismo cruce en avión. Además, el viaje dura al menos dos semanas, hace varias paradas e incluye todas las comidas. Eso sí, esta ruta tiene fechas más específicas que el resto de los cruceros. Yo tengo muchas ganas de hacer uno.

* Qué llevar: la ropa que necesites según el clima, abrigo (aunque sea verano, hay mucho aire acondicionado), algún vestido más arreglado (por si hay fiesta en el barco), protector solar, gorro, libros… Dentro del crucero hay algunas tiendas para hacer compras pero suelen ser más free shop que otra cosa. También te conviene llevar dólares o euros en efectivo para usar en las ciudades en las que bajes. [/box]

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De mi infancia en el río salió un cuento, “El pato de la infancia”, que hoy forma parte de la colección “Ríos”, una serie de doce relatos ilustrados y deplegables publicados por la Editorial Furiosa de Rosario, Argentina. Además, tuve la suerte de que mi lo cuento lo ilustrara María Luque. La colección completa se consigue en la tienda de la editorial.

Escape al principio del mundo

En el colegio odiaba geografía. Me parecía la materia más aburrida de la historia, no lograba retener las diferencias entre un fiordo, una península, una bahía o un archipiélago. Cuando la maestra me pedía que describiera las características de la cuenca hidrográfica del Congo Belga o las particularidades de los ecosistemas de la cordillera pre andina me ponía roja y la mente me quedaba en blanco. En las pruebas escritas me iba más o menos, la memoria nunca fue mi fuerte. Una vez estábamos dando examen y quedábamos pocos en la clase, eran las doce del mediodía y la maestra se quería ir a almorzar, así que cuando vio que no me salía la capital de Perú, me sopló la respuesta: “Sprite mmmm Limón”. Nunca más me la olvidé. Y supongo que en alguna clase nos preguntó cuál era la ciudad más austral del mundo y todos respondimos a coro, estirando las sílabas en un cantito: U-shua-ia.

Banco para mirar el mundo

Banco para mirar el mundo, en Ushuaia

Vine a Ushuaia por primera vez hace doce años, con mi familia, y quedé impactada. Era verano pero en todas las fotos aparezco con rompevientos, polar y bufanda. Los días eran largos y a las once de la noche el cielo seguía claro. Nunca había visto algo así. Las casas eran bajas, algunas de colores, las calles subían hacia las montañas y bajaban hacia el puerto. Había cruceros gigantescos anclados y un cartel de arte naif que decía “Ushuaia, fin del mundo”. El aire era frío. Visitamos el presidio, navegamos por el canal de Beagle, vimos lobos marinos, pingüinos, cormoranes, un faro rojo y blanco. Tomamos chocolate caliente. Ushuaia me pareció un lugar simple.

Hace unos meses, cuando empecé a pensar en volver a Argentina, supe que una de las ciudades que quería visitar antes que otras era Ushuaia. De golpe muchas señales apuntaban a ella: mails de lectoras desde esa latitud, conocidos que se instalaron acá, invitaciones que quedaron en el aire, artículos que me tocó escribir acerca de Ushuaia, Islandia que me recordaba a ella. Cuando llegué a Buenos Aires me di cuenta de que necesitaría hacer una escapada pronto. Lo que me asusta de la ciudad no es la cantidad de edificios sino la velocidad con que nos movemos entre ellos. Cuando estoy en Buenos Aires camino más rápido y siempre estoy ocupada, hago veinte cosas a la vez, me quejo de los servicios y siento cómo la ciudad trabaja para volver a expulsarme de a poco. Al mes de estar acá supe que necesitaba irme unos días a un lugar donde el tiempo tuviese otra consistencia, donde los días fuesen más anchos, donde pudiese hacer una cosa a la vez y estar presente en cada tarea.

Y terminé en Ushuaia

Y terminé en Ushuaia

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Como si me hubiesen leído la mente, la invitación formal a Ushuaia me llega por mail unas semanas después de mi regreso: el Hotel Los Cauquenes me invita a festejar su décimo aniversario junto a otros blogueros y periodistas en el fin del mundo. Digo que sí y unos días después me subo al avión que sale de madrugada desde Aeroparque, nuestro aeropuerto de cabotaje. Mi miedo a volar y yo nos estiramos en tres asientos y dormimos durante las cuatro horas de vuelo, menos en el aterrizaje que se mueve bastante por el viento. En el fin del mundo hay turbulencia, me digo, y lo tomo como parte del camino.

Desde el avión, llegando.

Desde el avión, llegando.

Cuando estamos llegando miro las montañas desde arriba y una señora me pide que saque fotos desde mi ventana con su cámara. Aterrizar en un paisaje blanco tiene un efecto terapéutico, aunque uno sepa que la gente que vive ahí también tiene preocupaciones y problemas, como cualquiera, ya de por sí el ritmo de la naturaleza nevada es otro.

Primeras imágenes

Primera imagen desde el avión

Primera imagen desde la combi

Primera imagen desde la combi

Así nos recibe Ushuaia

Así nos recibe Ushuaia

Nos vamos al hotel. La ventana de mi cuarto en Los Cauquenes da al Beagle, un canal interoceánico que separa Argentina y Chile. Nos dan la tarde libre pero no duermo: giro el sillón paralelo a la ventana y me quedo leyendo y escribiendo. No hace falta que me lleven a ninguna parte, con esto ya soy feliz.

Desde la ventana veo esto

Desde la ventana veo esto

Y en la mesita me acompañan ellos (mi minimalismo se está yendo por la borda)

Y en la mesita me acompañan ellos (mi minimalismo se está yendo por la borda)

Al día siguiente empieza octubre y nos vamos al bosque. Miramos los líquenes de los árboles con lupa, una nena hace sapito con una piedra en el lago, veo una cabaña entre los árboles pelados y empiezo a viajar por los recuerdos. La primera vez que estuve frente al cartel de “Acá se termina la ruta 3” no pensaba en Tierra del Fuego como un punto de partida ni de llegada. Era solo una provincia que estaba al borde del mapa. Después conocí gente que viajaba de Alaska a Ushuaia, de Ushuaia a Alaska, de Tierra del Fuego a la Antártida, y pensé que el fin del mundo no tenía tanto de fin.

En el bosque

En el bosque

Árboles quebrados

Árboles quebrados

Líquenes

Líquenes

Usted está aquí

Usted está aquí

Ushuaia es la capital de Tierra del Fuego y fue fundada en 1884 por Augusto Lasserre, un marino de la Armada Argentina nacido en Montevideo. Es la única ciudad argentina ubicada en el lado occidental de los Andes. Como no hubo delineación de calles ni manzanas hasta 1894, el pueblo, en un principio de pocos cientos de habitantes, se convirtió en un conjunto de casas de colores. La palabra Ushuaia proviene del idioma yagán —una lengua más rica que el inglés— y significa bahía profunda o bahía al fondo. Los yaganes o yámanas fueron uno de los pueblos aborígenes de estas tierras. Eran nómadas de mar, se desplazaban en canoas y se dedicaban a la caza de mamíferos marinos, recolección de mariscos y pesca. Hoy queda una sola mujer yagán.

“Acá no hay anfibios, reptiles ni insectos —nos dice Flor, una fueguina que nos acompaña durante la excursión por el Parque Nacional Tierra del Fuego—, por eso cuando los nenes van a otras provincias les tienen miedo a los bichos”. Tampoco hay tormentas eléctricas y la descomposición es muy lenta, una hoja tarda dos años en desaparecer. “Tenemos bastantes turbales, que son como esponjas, reservorios de agua. Todo lo que cae ahí adentro se preserva. Los yámanas los usaban como heladeras para guardar carne”.

Frenamos diez minutos y nos sentamos en un banco a tomar un café con muffins frente al lago Acigami.

Frente al lago Acigami

Frente al lago Acigami

“El viento patagónico rige los ciclos de la vida”, nos dice Flor un rato después, mientras nos embarcamos para navegar el Beagle. Está un poco picado y cada vez que salgo de la cabina el aire helado me hace volver a entrar. Pasamos por islotes con cormoranes y nidos con forma de bizcochuelo. Frenamos en un muelle a almorzar y vemos las barandas llenas de mejillones. Le saco fotos a un caballo marrón, de lejos, y uno blanco se acerca para entrar en el cuadro. Me acuerdo de los caballos de pelo largo que se nos acercaron en una ruta de Islandia para que los acariciemos. Pienso mucho en Islandia estando acá. Seguimos navegando, vemos lobos de mar, pingüinos no porque todavía no es época, y pasamos por el faro rojo y blanco que muchos llaman, de manera errónea, el faro del fin del mundo. Se llama Les Eclaireurs (Los iluminadores) y es de origen francés, el del fin del mundo de Julio Verne está en la Isla de los Estados. “Que no haya ruta y vos hagas tu ruta es una sensación de libertad”, escucho que dice el capitán, un apasionado por la navegación.

Navegando el canal de Beagle

Navegando el canal de Beagle

El faro Les Eclaireurs

El faro Les Eclaireurs

De cerca

De cerca

Lobos marinos, cormoranes y gaviotas

Lobos marinos, cormoranes y gaviotas

Los mejillones todos juntos

Los mejillones todos juntos

Y los dos caballos que posan

Y los dos caballos que posan

A la tarde vemos la ciudad de frente, a lo lejos, y siento que algo cambió. La arquitectura es distinta, hay una mezcla de estilos, las casas ya no tienen la misma altura. No es la Ushuaia de mis recuerdos. Días después, muchos habitantes de Ushuaia me repetirían que sí, que la ciudad creció mucho y no se respetó su estilo, que muchas cosas cambiaron. Ahora estamos parados a pocos metros de la pista del Aeroclub de Ushuaia y una avioneta nos pasa por encima para aterrizar. “Esos son cauquenes”, dice Franco, un cordobés que vive en la ciudad hace cuatro años, mientras señala dos pájaros. Uno es blanco y otro es marrón, son pareja: los cauquenes son monógamos y si quedan viudos no vuelven a buscar compañero. A lo lejos veo un barco en tierra, pintado, y de fondo las montañas nevadísimas. Respiro. Estoy acá.

Cauquenes

Cauquenes

El barco pintado

El barco pintado

De fondo, la ciudad

De fondo, la ciudad

Cuando avanzamos por el puerto para ir al Presidio veo un colectivo pintado de rosa, con flores, estacionado cerca del agua. Son viajeros, seguro, y deben haber llegado o estarán por salir. Vuelvo a entrar al Presidio, después de doce años, y me vuelve a dar impresión. La colonización penal de Ushuaia empezó en 1896 cuando las cárceles de Buenos Aires, hacinadas, enviaron hombres y mujeres a cumplir su condena al punto más austral e inhóspito del país. La construcción del presidio —hoy museo— empezó en 1902 por los mismos presos y la cárcel funcionó hasta 1947, cuando fue cerrada por considerarla inhumana. Acá venían delincuentes comunes, presos políticos y criminales peligrosos, como el Petiso Orejudo. Todos se vestían a rayas y estaban obligados a trabajar en carpintería, herrería, imprenta, mecánica, zapatería, tala de árboles, obras públicas. Un tren los llevaba hasta lo que hoy es el Parque Nacional Tierra del Fuego para recolectar madera. En el presidio, que hoy está refaccionado, queda un pabellón original, el número uno, que fue dejado tal cual. Entro y siento un frío que me atraviesa todas las capas de ropa. El aire sigue recargado de energía. El silencio es demasiado fuerte.

Uno de los pabellones del presidio, restaurado.

Uno de los pabellones del presidio, restaurado.

El pabellón histórico, que fue dejado tal cual.

El pabellón histórico, que fue dejado tal cual.

Volvemos al hotel, nos recibe el aire calentito. En Ushuaia el clima rige la vida. En invierno nieva y los días son cortos, en verano oscurece casi a medianoche y la temperatura casi nunca supera los 15 grados. Como en Islandia, las condiciones meteorológicas son impredecibles y cambian a lo largo del día: la lluvia, la nieve y el sol pueden convivir en las mismas 24 horas. La gente de Ushuaia habla de “el norte” para referirse al resto del país y cuando se presenta dice hace cuántos años que vive acá: 37, 25, 4. Algunos me dicen que son más de acá que de allá. Son pocos los nativos, muchos vinieron a buscar trabajo, a cambiar de vida, a viajar y quedarse, a ahorrar e irse. Cada cual me cuenta su historia, su versión de la vida: “En el sur hay mucho trabajo”, “Acá lo que falta es arraigo”, “Ushuaia es como un gran country”, “Acá nos conocemos todos pero mucha gente no saluda”, “Aunque el invierno sea duro, no cambio esta ciudad por nada”. Todas las ventanas tienen paisajes que parecen fondos de pantalla. Miro para afuera y el aire tan puro me adormece, es mi karma por ser de la ciudad. A mí la naturaleza me da ganas de siesta.

Dos días después me despido del grupo y me quedo en Ushuaia por mi cuenta. Tengo muchos motivos para estar acá.

El jardín de invierno, dentro de Los Cauquenes

El jardín de invierno, dentro de Los Cauquenes

Supongo que hace como veinte años en alguna clase de geografía me habrán hablado de todo esto, de los yaganes, de los turbales, de los cauquenes, del canal de Beagle, del penal, de la ciudad más austral del mundo. Tal vez anoté todo en un cuaderno azul forrado con papel araña y unos semanas después me lo olvidé. No me importa. Yo las cosas me las acuerdo cuando las vivo. Me gusta ser capaz de agarrar un mapa y describir el paisaje que vi por la ventana en cada ruta. Me hace más feliz encontrar similitudes entre Islandia y Ushuaia, o entre Tierra del Fuego y Laponia, que saberme sus características de memoria. Cuando volaba para acá pensé que venía al fin del mundo. Ahora me doy cuenta de que no. Acá, si mirás para arriba, empieza todo.

[box border=”full”]Vine a Ushuaia invitada por el Hotel Los Cauquenes para festejar sus diez años, con el apoyo de LAN Argentina. Les agradezco mucho la amabilidad y calidez con la que nos recibieron. Mi ventana con vista al Beagle debe ser una de las más lindas que me tocó.

Y para quienes tengan pensado venir para acá, les dejo algo de info útil:

  • Mucha gente me recomendó el libro “El último confín de la tierra”, escrito por Esteban Lucas Bridges y publicado por primera vez en 1948. Lucas Bridges fue hijo de un misionero anglicano y “el tercer nativo blanco de Ushuaia”. Creció entre las tribus indígenas de la isla y fue testigo de su estilo de vida, que dejó por escrito en esta obra. El libro es una mezcla de crónicas de viaje, biografía familiar, historia y relato antropológico. Es uno de los libros más completos acerca de Tierra del Fuego.
  • El Parque Nacional Tierra del Fuego está a 10 kilómetros de Ushuaia por la Ruta 3. La entrada general cuesta AR$140 y AR$40 para residentes de Argentina (datos de octubre 2015).
  • La ciudad se puede recorrer a pie. Hay transporte público pero no tiene mucha frecuencia. Para grupos, lo mejor es alquilar un auto e ir a recorrer los alrededores. También es común viajar a dedo.
  • Ushuaia es un muy buen punto de partida para ir en crucero a la Antártida. [/box]

Hay más fotos de este y otros viajes en mi Instagram.

“Lo que más me gustó”. Sensaciones sudafricanas.

Hay una pregunta que me hacen siempre que vuelvo de un viaje y que nunca soy capaz de responder: “¿Y qué te gustó más?”. No puedo. Me anulo. Es imposible elegir una sola cosa, un solo lugar, así haya sido un viaje de dos días o un viaje de dos años. Muchos esperan que diga “lo que más me gustó fue tal lugar” y listo, todos contentos. Pero para mí no funciona así. Un viaje no es algo lineal: cuando viajo involucro todos los sentidos y eso hace que, casi siempre, “lo que más me gustó” no sea un lugar en sí sino la sonrisa de una nena que me saludó de lejos, o el olor de una comida que salía por la puerta abierta de una casa, o el viento frío que me pegaba en el huequito de mi cara que no estaba cubierto de ropa, o la expresión de la chica que se sentó bajo aquel cartel en aquella ciudad de la que nunca supe el nombre, o la sensación de felicidad que sentí al subirme al bus destartalado y ver cómo se movía el asfalto bajo mis pies.

Hace ya una semana que volví de Sudáfrica. Fue un viaje corto pero intenso. Vimos e hicimos tanto que los nueve días que parecieron un mes. Creo que casi no dormí. Apenas tuve tiempo de escribir. Lo bueno de los viajes lentos (esos que me gustan, los que duran meses) es que puedo ir procesando la información en el momento, de a poco. Lo bueno de los viajes cortos es que, a pesar de que me cuesta mucho “pensar en el viaje” cuando estoy allá, al volver a la vorágine de Buenos Aires soy capaz de descifrar “qué fue lo que me gustó más” sin siquiera proponérmelo. Lo único que tengo que hacer es dejar pasar unos días y ver qué sensaciones del viaje reaparecen sin que las busque ni las llame.

Esto es, entonces, “lo que más me gustó de Sudáfrica”. Sensaciones puramente subjetivas que reaparecieron en estos días mientras estaba en Buenos Aires y pensaba en otras cosas que no tenían nada que ver con el viaje a Sudáfrica.

***

1. Cosquillas en los pies 

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En Durban conocimos a Nnono, un local. Mientras charlábamos le pedí que me llevara a caminar por una township ya que tenía muchas ganas de conocer a la gente y poder hablar con ellos. Él me hizo una contrapropuesta: “Si te interesa, te puedo llevar a conocer la escuelita que dirige mi mamá hace 13 años”. ¿Una escuelita llena de niños sudafricanos, un lugar al que ningún “tour” podría llevarme? Siiiiii. Acepté enseguida. Al día siguiente nos encontramos y fuimos juntos. El colegio/comedor está ubicado en la township de Chesterville, en un territorio que le pertenece a la Iglesia de la zona, y le da educación y comida a casi 100 chicos de entre 2 y 6 años, casi todos ellos hijos de desempleados o de madres muy jóvenes. A la primera salita que entramos fue a la de dos años. La mayoría de los nenes estaban durmiendo, excepto dos que nos miraban con curiosidad. Me acerqué a ellos, me senté en el piso y le empecé a hacer cosquillas en los pies a uno. Se reía a carcajadas. Me dijo cosas en un idioma que no entendí y, cuando vio que le dejé de hacer cosquillas, le agarró el pie al amigo y me lo ofreció. Según la profesora, cuando me habló me dijo que tenía dos años, que le gustaba mi mochila y que su mamá le iba a regalar una igual.

2. Cantitos y poses

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Después entramos a las salitas de 3/4 y 5/6 años. Era más de la una del mediodía y los nenes ya estaban por volver a sus casas, pero no se fueron sin antes recibirnos con canciones y sonrisas. Una vez que entraron en confianza, no pararon de posar para las fotos. Creo que quiero dedicarme a la fotografía de niños. Es mi forma de comunicarme con ellos aunque no podamos hablar.

3. Sonrisas inmensas

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Me di cuenta después, cuando volví a mirar las fotos de aquel día. Ella aparecía siempre. Silenciosa, con su vestidito de jean, sus mangas blancas y esa sonrisa enorme, inmensa.

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Las sonrisas de ellas, en Soweto, también fueron de lo mejor que me llevo de mi viaje.

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Ella también sonrió una sonrisa inmensa cuando le dije que me gustaba su delantal y cuando le pedí permiso para sacarle otra foto, porque en la anterior había salido con los ojos cerrados. Por alguna razón, eso la hizo reír más aún.

4. Al mar con ropa

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Cuando fuimos a Durban no pensé que me iban a dar tantas ganas de meterme al mar. Alquilamos bicis y salimos a pasear por la rambla. Yo, desprevenida, no me llevé traje de baño. Llegamos a la playa y decidimos bajar, aunque sea para tocar la arena con los pies. Caminamos un poco más y llegamos a la costa: no se puede estar en la playa y no meter los pies en el mar. Los metí. El agua estaba demasiado linda, pero yo estaba con ropa de calle, no de agua. Entré un poco más, el agua me llegaba por las rodillas y no dejaba de estar linda. Vi que mucha gente se bañaba, familias, hombres, mujeres, todos con ropa. Y ahí pensé: con la cantidad de veces que me metí al mar con ropa en Asia, no puedo no hacerlo acá. Además queda mejor que me meta con ropa antes que en bikini, por respeto. Y me metí. Y nadé con la ropa más incómoda del mundo, pero nadé un ratito en el mar.

5. El mercado indio-africano

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No pensé que Durban era una ciudad tan india. Es el lugar de Sudáfrica con mayor población proveniente de la India, y se nota. El mercado estaba repleto de especias y de saris. A la vez, sin embargo, había mujeres que hacían las típicas trencitas africanas y hombres que vendían estatuitas de jirafas. Una linda mezcla. Las dos mujeres de las fotos me llamaron la atención. La primera, de casualidad. Yo le estaba sacando una foto a las decoraciones de colores y ella fue y se sentó justo ahí, en el espacio vacío de mi foto. A la segunda la vi de lejos: me encantó la composición de colores que formaba con la pared de atrás. Me acerqué a ella, al principio con timidez (no quería molestarla), y le pregunté cuánto tiempo le llevaba confeccionar esa tela. “Una hora”, me dijo. Le pregunté si podía sacarle una foto trabajando. Sonrió y asintió.

6. Maracuyá alucinógeno

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Amo el maracuyá. Lo amo con toda mi alma y no me canso de comerlo. En Argentina no se consigue tanto como en otros países, así que cada vez que viajo aprovecho y me doy una sobredosis. En Sudáfrica me lo encontré de sorpresa en el primer desayuno y me comí cuatro al hilo. Me encanta la acidez del maracuyá. Me encanta morder las semillitas. Pero al verme comiendo maracuyá tan desaforadamente, mis compañeros de viaje empezaron a sospechar: “¿Por qué comés tanto maracuyá? ¿Tiene algo, no? Seguro que es alucinógeno”. No, no, es que me encanta. Más tarde, después de varios maracuyá más, nos fuimos al safari.

“Chicos, ustedes también ven el unicornio que baila detrás del elefante, ¿no?… ¿y el ave fénix? Qué raro, no me salen todos los animales en las fotos”. :D

7. Bunny chow

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El bunny chow debe ser uno de los platos más picantes que comí en mi vida. El que me pedí yo era de champignones y papa, pero hay con todo tipo de carne. A simple vista, es un pan lactal relleno. Pero lo lindo del bunny chow es su historia. Dicen que el plato nació en una esquina de Durban en los años 40. Durante el apartheid los indios no tenían permiso para comer en ciertos restaurantes y cafés, entonces los dueños indios de un local idearon ese plato para poder servir comida a sus compatriotas sin que nadie se diera cuenta. Simplemente “vaciaban” el pan, escondían la comida adentro, volvían a cerrarlo y lo entregaban por la puerta o ventana de atrás, como si fuese solamente un pan.

8. Ruido a mar

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Ir al Cabo de Buena Esperanza, el punto más austral del continente sudafricano, escuchar el ruido del mar durante largos minutos, sin aburrirme, y sentir que ahí se terminaba un enorme pedazo de nuestra Tierra.

9. Avril

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Avril es una de las personas que me llevo de este viaje. Ella apareció como nuestra guía en Ciudad del Cabo y nos terminó contando una historia enorme, la historia de su vida: el relato de una chica coloured (mestiza), hija de padre irlandés y madre india-sudafricana, con una hermana blanca en pleno apartheid. Nos contó cómo tenía que esconderse debajo de la cama cada vez que la White Police golpeaba la puerta, cómo (al no entender lo que estaba pasando) sentía que sus padres no la querían. Escribí toda su historia y la publicaré pronto, probablemente en el próximo post. Pero lo que más me llevo de ella, más allá de su relato, es su calidez, su sonrisa, su amabilidad y el enorme abrazo que me dio cuando nos despedimos.

10. Mandela

[singlepic id=7151 h=625 float=center] La celda donde estuvo preso Nelson Mandela

[singlepic id=7150 w=625 float=center] El bus en el cual se recorre Robben Island, la “isla-cárcel” durante el apartheid.

[singlepic id=7152 h=625 float=center] Nando estuvo preso con Mandela y nos contó cómo era la vida en prisión.

No lo conocí en persona, pero le seguí la huella. Entré a la casa en la que vivió, entré a la celda (mínima) en la que estuvo preso casi dos décadas de su vida, escuché el relato de otro sudafricano que estuvo preso con él, escuché a la gente llamarlo “papa” (por “padre”) con mucho amor, entendí lo importante que es la palabra “reconciliation” en Sudáfrica. Cuando volví a Buenos Aires vi la película Invictus (la recomiendo muchísimo) y no pude evitar llorar. Qué bueno que existan hombres como él, que dedican su vida a la humanidad.

Bis:

[singlepic id=7144 w=625 float=center] Vi este cartel y me di cuenta. Hace varias semanas que Nueva York me llama. Nunca fui, hace tiempo que quiero conocerla, y de repente me llama cada vez con más fuerza. No tengo nada planeado por ahora, pero me llama.

El idioma universal (que hace que el mundo siga girando)

Hoy me acordé del día que estudié el apartheid en la facultad. Fue en una clase de Historia, aunque aquel régimen había terminado hacía demasiado poco como para ser catalogado de “histórico”. Recuerdo que escuchaba las frases de la profesora con horror: “… blancos y negros no podían viajar en los mismos transportes ni vivir en los mismos barrios…”, “los negros no podían votar, no eran considerados ciudadanos sudafricanos”, “vivían en las peores condiciones y necesitaban pases o pasaportes para entrar a ciertas ciudades del país”… ¿Cómo era posible que el ser humano discriminara a los de su especie por algo tan superficial como el color de la piel? ¿Cómo era posible que esa segregación racista hubiese llegado a ser legal? ¿Cómo podía algo tan malo, tan tan malo, regular la vida de toda una sociedad? ¿A quién se le había ocurrido que “blanco era bueno” y “negro era malo”? ¿Cómo podía ser que se tratara a una raza como “inferior” y a otra como “superior”? No me entraba en la cabeza y, sin embargo, en algún lugar del mundo había ocurrido.

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A medida que fui creciendo —y que fui tomando conciencia de lo que ocurría en el planeta— me enteré de que existían atrocidades como las guerras, los genocidios, la tortura y la esclavitud y dentro mío se instaló un sentimiento de tristeza, rabia e impotencia que nunca más me abandonó. Escuchaba y leía acerca de esas cosas y sentía indignación por el comportamiento humano, impotencia por querer hacer algo para cambiar el mundo y no saber qué, odio hacia los que impulsaban pensamientos y acciones así y tristeza por un mundo que descubría tan lindo y tan horrible a la vez. No podía entender la necesidad de las guerras, no podía entender la discriminación, no podía entender cómo a un loco se le ocurría matar a cierto tipo de personas por la razón que fuere y arrasaba con una población entera como si nada. No podía y aún no puedo entenderlo. Es algo que me genera muchísima angustia y que nunca voy a poder aceptar. Hay cosas de este mundo que, de tan crueles, directamente me parecen absurdas. ¿Qué necesidad tiene el hombre de hacer estas cosas? 

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Por eso desde que llegué a Sudáfrica soy un manojo de emociones. En realidad soy así desde siempre y más desde que empecé a viajar y a ver todo lo bello y lo feo de este mundo, pero acá en Sudáfrica las emociones, de todo tipo, se me cruzaron. No sé cómo voy a hacer para traducir todo lo que me pasa por dentro, todos los estados que atravieso, a palabras. ¿Cómo convertir las emociones, esas sensaciones tan personales e intangibles, en algo tan acabado y racional como las palabras? ¿Cómo trasladar esta mezcla de sensaciones al papel? África me genera de todo. Y cuando digo “de todo” es, literalmente, de todo. No sé ni por dónde empezar. La procesión siempre me va por dentro, pero a veces necesito sacarla a respirar. Por eso escribo esta reflexión que ni sé en qué conclusión va a terminar (si es que va a tener conclusión). Pero necesito escribirla.

[singlepic id=7116 w=625 float=center] Primeras imágenes de Soweto

Después del safari de bienvenida nos fuimos a pasar dos días a Johannesburgo, la ciudad más grande de Sudáfrica. En el camino hicimos una parada en la Cuna de la Humanidad: un complejo de cuevas en el que se encontraron los restos fósiles de los seres humanos más antiguos del planeta (la “Señora Ples”, por ejemplo, vivió hace 2.3 millones de años y “Pie Pequeño” hace 3.3 millones). Hoy las cuevas son un centro arqueológico y turístico de Sudáfrica y caminar por ahí adentro es una experiencia bastante rara. Es rara porque ahí empezó todo. Todo mi mundo, todo lo que tengo hoy, todo lo que somos hoy, nació ahí, acá. La semilla humana fue plantada acá mismo, en este continente. Y mientras nosotros, un grupo de extranjeros “modernos”, caminábamos por un lugar con más de 3 millones de años de historia y veíamos todo con la visión de personas que llegaron 3 millones de años después, yo me preguntaba: ¿Se imaginaría el hombre de las cavernas que algún día alguien igual pero distinto a él caminaría por su casa? ¿Por dónde caminará el hombre dentro de 3 millones de años? ¿Habrá hombre? ¿Tendrá por dónde caminar? ¿Habrá mundo para aquel entonces? ¿O lo habremos destruido del todo?

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Seguimos rumbo a Joburg (así le dicen a Johannesburgo) con música africana de fondo y un paisaje verde en cada ventana de la combi. El conductor de la radio dijo, en algún momento del programa, una frase de la que solamente escuché esto: “…we are here in this beautiful planet called Earth, a beautiful place to live in…” y por primera vez sentí que alguien en la radio me hablaba a mí, a todos, a todo el planeta, sin importar dónde hubiésemos nacido. A medida que nos acercábamos a la ciudad comencé a ver algo que imaginé que iba a encontrar en África: vida callejera. Al costado de la ruta había puestos de venta de comida, hair salons, gente caminando, vendiendo, esperando, charlando, compartiendo… Muy Asia, me dije. No puedo evitar la comparación, aunque sean lugares completamente distintos.

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Estuvimos en Johannesburgo dos días y yo me prometí volver, aunque no a la ciudad en sí sino a Soweto, las “South Western Townships” de Joburg. Soweto es un área urbana ubicada a 24 km de Johannesburgo, en las afueras de la ciudad; tiene entre 3 y 4 millones de habitantes y es lo que en Sudáfrica se conoce como township: una zona de viviendas que entre fines del siglo 19 y finales del apartheid (1991) estuvo reservada exclusivamente para los “no-blancos”. Como los negros, los “coloureds” (gente de color, descendientes de padres mezclados, de los que hablaré en otro post) y los indios no podían vivir en los mismos barrios que los blancos, el gobierno los forzó a dejar sus casas y mudarse a las townships (que, a su vez, estaban separadas por grupos étnicos no-blancos). Soweto, en particular, fue construida por el gobierno en 1948 para alojar a la creciente población negra de Johannesburgo, pero las condiciones eran muy precarias: los habitantes vivían hacinados, las escuelas eran deficientes, los profesores no tenían estudios universitarios, no había agua potable ni electricidad en las casas.

[singlepic id=7075 w=625 float=center] Imágenes de Soweto hoy

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[singlepic id=7106 w=625 float=center] Hay todo tipo de construcciones…

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Soweto se hizo mundialmente conocida en junio de 1976, cuando ocurrió uno de los incidentes más tristes de la historia de Sudáfrica. El 6 de junio de 1976, unos 20.000 estudiantes de los colegios secundarios de Soweto salieron a la calle a protestar contra una de las últimas medidas del gobierno blanco. Los estudiantes negros no querían recibir su educación en afrikáans, el idioma de los afrikaneres o boeres (los sudafricanos blancos descendientes de los primeros colonos holandeses que llegaron a la zona, accedieron al poder y establecieron las leyes segregacionistas del apartheid), sino en sus propias lenguas africanas. Pero lo que empezó como una marcha pacífica se convirtió en una masacre: la policía ingresó a las calles de Soweto y mató a más de 500 estudiantes. El primero en morir fue Hector Pieterson, un estudiante de 13 años que se convirtió en un símbolo de la resistencia anti-apartheid. Uno de los museos más importantes tiene su nombre y resume la historia y la caída del régimen. Soweto fue uno de los principales motores de la resistencia anti-apartheid y en una de sus casas vivió, además, Nelson Mandela, uno de los hombres que más bien le hizo a este mundo. Mandela, en resumen, luchó contra el apartheid, sobrevivió a una encarcelación de 27 años, fue el primer presidente democráticamente electo de Sudáfrica (1994-1999), recibió el Premio Nobel de la Paz y fue el responsable de la reconciliación de Sudáfrica. Cuando llegó a la presidencia instó a su pueblo a no sentir rencor, a reconciliarse por el bien de sus hijos y del futuro del país.

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[singlepic id=7080 w=625 float=center] La casa de Mandela en Soweto (hoy es un museo)

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Llegué a Soweto llena de preguntas. ¿Seguiría siendo un barrio solamente de negros? ¿Sería peligroso para un turista blanco entrar ahí? ¿Cómo nos miraría la gente? ¿Les molestaría vernos caminar y sacar fotos? ¿Nos tratarían mal? ¿Tendrían rencor ante nosotros por el color de nuestra piel? Si bien no creo en las diferencias raciales sigo siendo una mujer occidental blanca, y para muchos mi aspecto puede generar prejuicios: “es blanca, seguro que es así o asá”. ¿Me mirarían con odio? ¿Lograría entablar algún tipo de conexión con la gente? ¿O la cercanía temporal del apartheid seguiría manteniendo una separación informal entre personas de distinto color? ¿Podría comunicarme de persona a persona o siempre seguiría siendo, para ellos, “una blanca”?

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[singlepic id=7086 w=625 float=center] Fragmentos de la nueva constitución sudafricana

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Recorrimos Soweto de maneras que no me esperaba. Caminamos un rato por una de las calles principales —la más turística— pero no vimos nada más allá de mercados y restaurantes puestos para los turistas y chicos que nos cantaban canciones a cambio de algunas monedas. Apenas nos desviamos por una callecita pudimos encontrarnos con un ambiente un poco más auténtico e interactuar, aunque sea mínimamente, con la gente. Yo llevaba la cámara colgando y varios me pidieron que les sacara una foto. Otros nos saludaron. Otros no nos dieron demasiada importancia. Yo solamente pensaba en las ganas que tenía de hacer Couchsurfing ahí, de dormir en una de esas casas, de compartir comida e historias con esa gente, de jugar con todos los chicos que veía sentados en las veredas. Al día siguiente recorrimos Soweto en cuatriciclo, otra experiencia rara. Ahí íbamos nosotros, los turistas, en cinco cuatriciclos en medio de las calles de tierra, en medio de la rutina de los habitantes de Soweto. Mirábamos la vida desde la velocidad de nuestro vehículo y yo temía que nos devolvieran miradas con bronca, que les molestara que estuviéramos ahí. Pero no. La reacción de la gente —especialmente de los niños— me sorprendió y me conmovió.

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[singlepic id=7078 h=625 float=center] “Take my picture!”

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Nene que nos cruzábamos, nene que nos saludaba emocionadísimo con las dos manos al grito de “hello, hello!”. Los más chiquitos incluso nos tiraban besos (¡besos!). Algunos querían darnos la mano. Todos, grandes y chicos, nos miraban pasar y nos sonreían, sonrisas cálidas y sinceras. Nosotros les devolvíamos el saludo y la sonrisa. Yo, más que andar en cuatriciclo, quería bajarme y caminar, tomarme mi tiempo, entablar alguna conversación… Y en un momento del “tour” tuvimos suerte: uno de los cuatriciclos se rompió y tuvimos que parar obligatoriamente al lado de una cancha de fútbol. De la nada aparecieron unos quince chicos de entre 3 y 9 años y nos empezaron a mirar con curiosidad. Me acerqué a ellos y los saludé; les pregunté cómo se llamaban y cuántos años tenían. Me respondían con timidez, pero me respondían. Les regalé dos bananas que tenía en la mochila y le dije que eran para todos, que las compartieran. Uno de los nenes las agarró, las cortó en pedacitos y los fue repartiendo entre todos. Cuando saqué la cámara se empezaron a reír. Les pregunté si podía sacarles fotos y me dijeron que sí. Al principio posaron con un poco de vergüenza, pero cuando les mostré la pantalla con las fotos se soltaron. Durante los veinte minutos que estuvimos ahí se fueron turnando para que les sacara fotos de a uno. Cuando nos fuimos me dijeron gracias, me saludaron con la mano y me regalaron más sonrisas. Y yo casi muero de amor. Había sido mi primer contacto directo con nenes africanos y ya sentía que quería llevármelos a todos. Lo que más me conmovió de la situación, de todos estos días, fue que nos recibieran con tanto amor. Después de todo lo que habían vivido sus padres, ellos (ni los chicos ni los grandes) no nos recibían con bronca ni con rencor (como pensé que pasaría). Nos recibían con amor. Con el tipo de amor que permite que el mundo pueda seguir girando a pesar de todo.

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Unos días después, en Durban (otra ciudad que visitamos), pasó algo que para mí resume un poco esta mezcla de emociones que siento. Fuimos a cenar a un restaurante/bar “de moda” ubicado en una de las township de la ciudad. Yo esperaba encontrarme con un lugar comunitario, creí que íbamos a comer con la misma gente de la township, pero no. El lugar estaba enclavado ahí pero no tenía nada que ver con los alrededores. Era el bar de moda y punto. Tenía un tipo en la puerta que decidía quién entraba y quién no y la música estaba a todo volumen, inundando la tranquilidad de los barrios. Nos sentamos en el segundo piso a comer y yo me fui un rato a mirar la vista desde un balcón. Abajo, a pocos metros, estaban las casas. Yo sentía algo que me ponía mal, sentía que nuestra presencia era una burla hacia la gente que vivía allá abajo, como un “hola, miren como comemos y nos divertimos mientras ustedes están ahí abajo con, tal vez, poco o nada para comer”. A la vez veía que la gente de la township estaba reunida afuera, charlando sentada en las puertas de las casas, y sentía unas tremendas ganas de salir del bar e irme a compartir un rato de su vida con ellos. En uno de los patios de las casas de abajo jugaba, sola, una nenita negra vestida de rosa. Debía tener unos 4 o 5 años. Yo la miraba, apoyada contra la baranda del balcón, hasta que miró hacia arriba y me vio. La saludé con la mano y le sonreí. Me devolvió el saludo con una sonrisa enorme, con tanta efusividad y tantas veces que la madre salió a ver qué hacía. Cuando la mujer miró hacia arriba y me vio, hizo lo mismo: me sonrió, una sonrisa inmensa, y me saludó efusivamente con la mano. Durante unos segundos, tal vez un minuto, nos miramos, nos sonreímos y nos saludamos. Yo, una extranjera, desde la terraza del bar de moda, ellas, madre e hija sudafricana, desde el patio de su casa. Estábamos muy cerca y muy lejos a la vez.

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En ese momento me dieron ganas de llorar: de tristeza, de emoción, de alegría. Y en ese momento me di cuenta de que son estas sonrisas espontáneas —este intercambio de amor que todos los seres humanos somos capaces de hacer y de ofrecer en cualquier lugar del mundo, sin importar el lenguaje, la raza ni la nacionalidad— las que hacen que nos reconozcamos como humanos, más allá de nuestras diferencias, y podamos, de a poquito, ir arreglando este mundo juntos.

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Cartas desde Sudáfrica

22 de marzo de 2013
Johannesburgo, Sudáfrica

Querido Blog:

¡Sorpresa! Casi un año después de mi última carta, vuelvo a escribirte desde un lugar impensado, aunque esta vez no me fui tan al norte del mundo ni estoy rodeada de auroras boreales. Te escribo desde el sur de un continente que ya pisé dos veces pero que no puedo decir que conozca. La primera vez fue cuando hice escala en Ciudad del Cabo y vi la ciudad desde el cielo. No conocí más que su aeropuerto, pero el paisaje que entró por mi ventana me pareció sublime. La segunda vez fue cuando viajé por Marruecos, aunque siento que Marruecos pertenece más a Medio Oriente, al mundo árabe, que a África. Por lo menos la imagen mental que tengo de África es otra y no tiene nada que ver con Marruecos. Muchas veces me pasa que la gente me pregunta si conozco África y mi primera reacción es decir que no, aunque dos segundos después, agrego: “Bah, en realidad sí, fui a Marruecos, pero siento que es una África distinta”.

Este es un continente al que no pensé que vendría tan rápido. Si existiese algo así como un videojuego del viajero, África sería el nivel avanzado. Al menos para mí. Si bien quiero conocer todo el mundo, tengo un orden secreto que nunca le dije a nadie: primero me encantaría recorrer toda Asia en colectivo, después navegar por Oceanía y cruzar en barco a América, de ahí bajar de Alaska a Antártida en motorhome, después recorrer Europa en tren y por último atravesar África por tierra. El día que me embarque en una gran vuelta al mundo quiero que ese sea mi recorrido. Y África no está al final porque no me tiente. Al contrario, creo que es un nivel avanzado de viaje. Siento que “hay que saber viajar” para recorrer África (no hablo de la África turística, sino de la África profunda). Siento que es una realidad más… real. Siento que es un continente atravesado por algo muy humano, por un sentimiento comunitario muy fuerte. Acá se vive de otra forma, la organización es otra, las personas se relacionan de otra manera. Nuestras raíces humanas están acá, el primer ser humano apareció en África. Un viaje por África es como un regreso a los orígenes y por eso quiero dejarlo para lo último, porque necesito estar preparada. Siento que este continente es un lugar que nos marca para siempre.

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Bueno, en conclusión, estoy en Sudáfrica. Vine por nueve días a un viaje de prensa junto a tres periodistas argentinos, invitados por la Embajada de Sudáfrica. Estoy en la punta del iceberg (invertido, si mirás el mapa) del continente africano. Esta vez vine para ver el trailer, la próxima (seguramente en unos años) volveré por mi cuenta y exploraré con mucho más tiempo y de otra manera. Salimos de Buenos Aires el miércoles; el vuelo duró nueve horas y nos depositó en Johannesburgo, la ciudad más grande del país. No sé qué me pasa, me parece que me estoy poniendo vieja, pero cada vez me pone más nerviosa subirme a un avión. No la paso bien durante el vuelo, cualquier turbulencia mínima me despierta y me da algo que parecen ser palpitaciones. Esto es algo nuevo y me pasa cuando hago vuelos intercontinentales, no tanto cuando hago vuelos cortos. Lo que me da miedo no es volar sino caer. Me da miedo pensar que si caigo desde ahí arriba no me salvo ni de casualidad. Ya sé que el avión es el medio de transporte más seguro (hay muchísimos menos accidentes y muertes por año que viajando por tierra), pero no puedo evitarlo. Es como la lotería. Lo más probable es que no me la gane, ¿pero y si tengo suerte? Así que la próxima vez que cruce el océano tengo dos opciones: o me tomo alguna pastilla para dormir (nunca en mi vida tomé una, temo no poder despertarme) o me voy en barco. Con lo que me gusta navegar… Soy mucho más feliz en el agua que en el aire.

Volviendo al vuelo, cuando llegamos a Johannesburgo eran las 9 de la mañana, hora local, pero para mi cuerpo seguían siendo las 5 de la mañana, hora argentina. Es decir que, como me pasa cada vez que duermo poco y cambio brúscamente de horario y de escenario, empecé a sentirme como dentro de un sueño. Todo lo que ocurría a mi alrededor parecía suceder en otro plano, como si estuviese en una especie de limbo y alguien estuviese poniendo y sacando escenografías rápidamente. Esto de cambiar de realidad en tan pocas horas es algo muy difícil de asimilar, al menos para mí. Mi cabeza empieza a funcionar raro: por un lado pienso “ah, sí, estoy en África”, pero por otro me cuesta mucho caer. Ayer, por ejemplo, nos fuimos directamente a la Reserva Pilanesberg para hacer un safari esa misma tarde. ¡Un safari! ¿Sabías que la palabra safari viene del Swahili y significa “viaje largo”? Ja… Aunque en el pasado se usaba para denominar a los viajes de caza; hoy, por suerte, en un safari se disparan cámaras y no armas, aunque los cazadores furtivos siguen siendo una gran y triste amenaza.

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Cuando llegamos al hotel, horas antes de hacer al safari, entré a mi cuarto y me encontré cara a cara con un IVNI (Insecto Volador No Identificado) que parecía una avispa pero tenía el tamaño de una llave. No sé por qué se me ocurre comparar un insecto desconocido con un objeto que no vuela, pero la verdad es que era tan alto como una llave de esas largas, de casa antigua. Estaba en el baño y no se quería ir. La chica del hotel que me había acompañado lo vio y pegó un grito, pero finalmente lo sacó. Welcome to Africa, donde todo probablemente es más salvaje que en cualquier otro lugar del mundo. Me fui a dormir una siesta para estar un poco más despierta para el safari y apenas apoyé la cabeza en la almohada empecé a soñar. Soñé que tenía dos arañas del tamaño de un plato caminando por las paredes. Primero veía a una y enseguida pensaba: Cierto que donde hay una araña, hay dos. Se iban. Al rato aparecía en el safari, que era sobre el agua, y mi cámara no funcionaba. No había forma de que enfocara o disparara, así que no podía sacar ninguna foto y nadie quería esperarme. Me desperté sobresaltada.

A las 4 y media de la tarde, por fin, nos fuimos de safari. Compartimos el vehículo con unas 20 personas de Estados Unidos y Europa. Nuestro guía, Henrick, era un guardaparques de la reserva muy apasionado por su trabajo. Nos contó —en inglés, uno de los 11 idiomas oficiales de Sudáfrica— que salíamos a esa hora porque era la hora en que muchos animales se despertaban y se dejaban ver. Nos dijo que teníamos grandes chances de ver a los Big Five de África —el león, el rinoceronte, el búfalo, el leopardo y el elefante— ya que todos convivían en los 572 km2 de la reserva, junto con otros animales como hipopotamos, jirafas, zebras, hienas, cocodrilos, antílopes, jabalíes y 360 especies de aves. Aunque todo dependía, obviamente, de ellos. Yo solamente pensaba: “¡Preparen a los leones que ya llegué!”. Amo a los gatos y si son grandes, más. Me encantan los animales y nunca había tenido la experiencia de verlos tan de cerca en su hábitat natural, así que estaba muy ansiosa y no me creía del todo lo que estaba pasando.

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El paseo por la reserva duró cuatro horas y fue irreal. Me sentí como dentro de un documental de vida salvaje. Vimos a cuatro de los Big Five (nos faltaron los leones). El primero que apareció fue el búfalo, que estaba pastando tranquilamente al costado de la ruta. Se acercó, nos miró un poco y ni se inmutó. Luego veríamos a varios en manada, descansando a lo lejos. En el camino vimos pasar a varios jabalíes, todos corriendo con la cola en alto. El guía nos explicó que “los Pumba” corren así para que el resto de la familia los vea cuando se escapan entre la maleza: la cola funciona de guía. Ellos parecían ser más tímidos, porque nos veían y salían corriendo. Seguimos camino y nos cruzamos antílopes, varias especies de aves y de zorros hasta que por fin las vimos: las cebras. Qué lindas que son las rayas de las cebras. La naturaleza no puede ser más perfecta… Un rato después vimos a uno escondido entre los árboles: ¡rinoceronte! Henrick nos contó que durante la noche se dedica a cuidar a los rinocerontes para protegerlos de los cazadores furtivos, quienes los matan solamente por sus cuernos. El cuerno del rinoceronte se vende en el mercado negro ya que se usa para fabricar adornos y para medicinas alternativas (se cree que tiene propiedades afrodisíacas). Hay comportamientos del ser humano que me indignan demasiado, y este sentimiento de bronca, tristeza e indignación ya me apareció varias veces durante estos pocos días de viaje, y no sólo relacionado a los animales, pero te iré contando de a poco.

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Se hizo de noche temprano, pero lo último de la luz nos permitió ver a dos leopardos caminando a lo lejos. Primero vimos a uno solo, pero al ratito el segundo asomó la cabeza desde atrás de un arbusto. Avanzamos un poco más y, en una curva, la naturaleza nos regaló una imagen inolvidable: búfalos, zebras y rinocerontes se reunieron a tomar agua en el mismo charco. Aparecieron en fila, de la nada, compartieron el agua durante unos diez minutos y se fueron con sus respectivas manadas cada cual por su lado. El guía nos explicó que después de eso iban a refugiarse porque sabían que sus predadores se estaban despertando. Se hizo de noche, pero Henrick decidió extender el safari para que pudiéramos ver a dos de los animales más impactantes y, en mi opinión, bellos: los elefantes y las jirafas. Tuvimos suerte: pasaron por al lado de nuestro vehículo y se quedaron comiendo a pocos metros. Nunca había visto correr a una jirafa y me pareció uno de los animales con más gracia para moverse… Ya no había nada de luz, excepto la linterna de Hendrick, así que no pudimos apreciarlos tanto. Henrick nos pidió que no usáramos flash estando cerca de los elefantes porque podíamos hacerlos enojar, y si un elefante se enoja, no se salva nadie.

[singlepic id=7049 w=625 float=center] Había muy poca luz así que las fotos no me salieron muy bien.

[singlepic id=7050 w=625 float=center] ¿Lo ves asomando la cabecita?

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[singlepic id=7057 w=625 float=center] En estas ocasiones me gustaría tener una cámara mucho mejor…

[singlepic id=7058 h=625 float=center] La jirafa misteriosa. La luz es de la linterna del guía.

Volvimos al hotel a las 9.30 pm. Cuatro horas de safari no fueron suficientes, yo por mí lo haría todos los días durante varios meses más. Es una experiencia que espero poder repetir. La naturaleza es algo que me gusta cada día más. No puedo parar de imaginar, después de haber visto a los animales tan de cerca, a ellos (los animales) haciendo safari para mirarnos a nosotros. Me los imagino con binoculares mirándonos desayunar, trabajar y descansar, así como nosotros los miramos a ellos… ¿Por qué no?

Bueno, me despido por hoy. Tengo mucho que contarte pero no me salen las palabras. Tengo emociones muy mezcladas, así que espero poder ponerlas en orden durante estos días.

Saludos por allá,

A.

[singlepic id=7059 w=625 float=center] Este amiguito me miró de cerca mientras desayunaba en el hotel… Al final ellos también hacen safari, eh…

Rosario en movimiento

Recibí la pregunta tantas veces a lo largo de mi vida que ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que repetí la misma frase. ¡¿Cómo que no conocés Rosario?!, me dijeron una y otra vez amigos, conocidos y familiares. Y ante su mirada incrédula siempre respondí lo mismo: No, nunca fui… Fito tiene razón: Rosario siempre estuvo cerca (de Buenos Aires, a poco más de 300 km) pero yo, quién sabe por qué, nunca me digné a visitarla. La culpa inicial (si es que existe algo así) claramente la tiene mi mamá, que nunca me llevó cuando era chica. Ella, encima, fue a Rosario después de tenerme a mí (no sé si una o varias veces, tampoco sé si quiero saber), pero por alguna razón no me llevó. Qué atrevida. Ya se lo reproché el otro día: ¡¿por qué nunca me llevaste a Rosario?! Probablemente no era el momento.

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A lo largo de mi vida Rosario estuvo ahí, donde siempre, viviendo su propia existencia (al igual que cualquier otra ciudad del mundo, ya sea Delhi, ya sea París, ya sea Atenas, que no haya sido la mía). Eso es algo que me impresiona: lo de saber que en este mismo momento hay miles de ciudades viviendo su propia vida, alejadas de mi mirada (la película Baraka representa muy bien este sentimiento). Mientras yo estoy acá en Buenos Aires, en otro lugar llamado Kabul o Madrid o Santo Domingo pasan cosas, la gente camina, cocina, trabaja, se enamora, llora, ríe, muere, mata. Y todo ese movimiento y vida previa es lo que me hace sentir que viajar a una ciudad nueva es como llegar al cine cuando la película ya empezó. Durante esos primeros minutos en los que me enfrento a la historia por la mitad tengo que inferir (o preguntar en voz baja) qué fue lo que pasó antes de que yo apareciera por ahí. Mientras yo estoy quieta las ciudades se mueven, y eso es lo que hizo Rosario durante los 27 años en que no la visité. Se movió en todas las direcciones.

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Que no nos hayamos conocido en persona hasta hace poco no quiere decir que no me hayan hablado de ella a lo largo de los años. Rosario siempre estuvo presente en mis conversaciones. Tengo varios amigos y conocidos de Rosario. Tengo amigas que se fueron allá a estudiar o a festejar despedidas de soltera. Tengo lectores rosarinos. Creo que todos los argentinos que conozco se fueron a pasar aunque sea un fin de semana a Rosario alguna vez en su vida. Rosario es la ciudad natal de Messi, de Olmedo, de Antonio Berni, de Fontanarrosa, del Che Guevara, de Fito Páez y de tantos otros. Cuántas veces me dijeron: “Tenés que ir a Rosario, está tan linda, hay tanto para hacer…”. Y yo siempre pensaba: “Sí, ya iré, cuando sea el momento”. Pero el momento no llegaba y yo tampoco quería forzarlo. Sabía que Rosario me iba a avisar, ella iba a dejarme un mensaje en el contestador diciéndome: Che… ¿por qué no te venís? Y yo iría.

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[singlepic id=6858 w=625 float=center] Todas las fotos de este post son de Rosario. Esta es de un sector del Monumento a la Bandera

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Ese mensaje finalmente apareció una tarde de enero, en forma de email. La que me escribió en nombre de Rosario fue Yamile, la asesora turística de la Cooperativa Encuentro, una comunidad conformada por 22 mujeres artesanas de Rosario y de Villa Constitución. Yamile me invitaba a conocer, junto a otros viajeros, el trabajo de la Cooperativa y uno de sus últimos proyectos: la Posada Los Soles, una casa antigua restaurada, manejada por la Cooperativa bajo los preceptos del turismo comunitario y responsable. Me pareció interesante entrar en contacto con un grupo de gente que justamente buscara crear una movida de turismo alternativo en la ciudad así que acepté. El momento por fin había llegado, Rosario y yo cara a cara ya era un hecho inminente.

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[singlepic id=6896 h=625 float=center] Nidia y Marta son dos de las mujeres que forman parte de la Cooperativa Encuentro.

[singlepic id=6885 w=625 float=center] Nos recibieron en Villa Constitución con el desayuno y muchas historias.

Lo primero que sentí al llegar fue, como dije antes, que había entrado a la sala de cine con la película empezada. En Rosario pasaron muchas cosas de las que no estoy enterada. Es una ciudad que cambió mucho, aunque de qué formas aún no lo sé. Yo la conocí de cara al río, sin embargo varios me aseguraron que durante mucho tiempo le dio la espalda. Conocí el después de Pichincha, aquel barrio que fue famoso por sus prostíbulos y su ambiente. Llegué al bar El Cairo cuando Fontanarrosa ya no estaba. Encontré muchísimos mensajes escritos en las paredes, mensajes que hacían referencia a eventos pasados que todos conocían menos yo. Al igual que en Barcelona, en Rosario encontré un cadáver exquisito plasmado en todas las paredes de la ciudad: “Mi corazón sangra utopías… por vos”, “¡Basta!”, “Si te cela no te quiere”, “Movimiento anti mala onda”, “8N yo voy al Monumento”, “El capitalismo es inhumano”, “Ni botas ni votos”, “Todos flotan”… Encontré stencils y graffitis de bicicletas y hormigas en las paredes, haciendo referencia (me enteré después) a los 350 estudiantes rosarinos desaparecidos durante la Dictadura y a Pocho Lepratti, un militante social asesinado por la Policía de Santa Fé en el 2001 (pueden leer su historia y conocer el “trabajo de hormiga” que realizaba en los barrios humildes de Rosario acá).

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Mi sensación fue que había llegado tarde a muchas cosas y temprano a otras. Sentía que Rosario había vivido, se había movido mucho, y que aún le quedaba mucho camino por recorrer. Y a la que aún le faltaba moverse mucho por Rosario era a mí.

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Durante los primeros días, más que conocerla por tierra la conocí por agua. Gracias a las mujeres de la Cooperativa tuvimos la oportunidad de navegar por el Paraná en velero. Mientras agarraba el timón —porque me dejaron timonear un rato— recordé aquel cruce en barco de Colombia a Panamá, uno de los mejores viajes en barco de mi vida, y sentí esa libertad que solamente puede darme la brisa de mar o de río sobre la cubierta de un barco. Sentí ganas, otra vez, de salir a dar la vuelta al mundo en barco. Cuando me zambullí en el Paraná me acordé de todos los fines de semana que pasé en el Tigre, nadando en ese mismo río. Si de chica se me hubiese dado por construir una balsa y escapar, tal vez hubiese llegado a Rosario por río. Pero nunca se me ocurrió. Me sorprendía, ahora, ver ese mismo río que yo siempre relacioné con el Tigre, con mi infancia, con mis salidas en canoa y en barquito inflable, con toda una ciudad de fondo. El Paraná, para mí, siempre había sido el Paraná de las Palmas y había estado a pocos metros de mi casita del Delta, con muchos árboles y mucha nada a su alrededor. Verlo anexado a una ciudad era algo totalmente nuevo y me hacía pensar en lo lindo debía ser tener la naturaleza a tan pocos pasos de la cama, todos los días y no solamente los fines de semana…

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Los cuatro días en Rosario fueron una sobredosis de estímulos. Nadé en el río. Caminé por algunos de sus barrios. Vi sus cúpulas. Admiré su arquitectura. Aunque si bien vi e hice bastante, no puedo decir que ahora sí la conozca. Me falta mucho para eso. Digamos que en este primer viaje la miré de cerca, recorrí sus contornos —el río, algunas avenidas— pero todavía no me sumergí demasiado en ella. Siento que es una ciudad en la que hay que vivir para poder decir que se la conoce. Este viaje fue el principio de una conversación que, espero, durará años. Yo, por mi parte, le hablé bastante de mí. Durante uno de los días del viaje, junto con los chicos de Magia en el Camino y los Acróbatas en el Camino (y gracias a la enorme ayuda de las mujeres de la Cooperativa Encuentro) hicimos un evento multiartístico titulado Rosario Nómada: seis viajeros, un mundo. Presentamos una exposición conjunta de fotos, hicimos burbujas y magia y dimos tres charlas, una por pareja, contando nuestra historia. Al menos en mi caso, siento que esa fue mi manera de contarle a Rosario todo lo que estuve haciendo, todo lo que me moví, antes de conocerla.

[singlepic id=6898 h=625 float=center] Burbujas

[singlepic id=6901 w=625 float=center] Fotos

[singlepic id=6902 h=625 float=center] Puestito

Foto: Demian

El evento.

[singlepic id=6930 w=625 float=center] El frente de la Posada Los Soles, donde dormimos y realizamos el evento viajero

diariolacapital

Incluso salimos en el Diario La Capital de Rosario (¡y fuimos la noticia más leída!)

Uno de los mejores momentos que me llevo de Rosario, sin embargo, ocurrió hace unos días, cuando Damián y yo volvíamos en colectivo a Buenos Aires desde la provincia de Córdoba. Habíamos tomado el bus nocturno desde Villa Carlos Paz y, si todo salía bien, teníamos que estar en Buenos Aires a eso de las 8 de la mañana del día siguiente (el trayecto habitual es de unas 4 horas hasta Rosario y otras 4 horas hasta Buenos Aires). Pero algo pasó. En algún momento de la mañana el conductor nos despertó a todos para avisarnos que teníamos que cambiar de colectivo. Estábamos estacionados en un lugar que parecía ser un taller de reparación de ómnibus de larga distancia, así que nos bajamos obedientemente y cambiamos de vehículo. Escuché que alguien preguntaba “¿dónde estamos?”, pero la respuesta me la tapó un bocinazo inoportuno. Me senté contra la ventana y, mientras el colectivo se movía, miré hacia afuera y empecé a sacar conclusiones. No tenía idea ni dónde estábamos ni qué hora era. Sólo sabía que estábamos atravesando una ciudad para, seguramente, salir a la ruta. Desde mi ventana vi que la gente del lugar estaba empezando el día: algunos barrían la veredas, otros esperaban el colectivo, otros caminaban con sus maletines y carteras rumbo al trabajo. Bien, eso quería decir que serían aproximadamente las 7 u 8 de la mañana, horario en el que en teoría debíamos estar en Buenos Aires. Pero aquella ciudad que veía por la ventana no era Buenos Aires. ¿Dónde estábamos?

[singlepic id=6931 h=625 float=center] Pongo estas fotos a modo ilustrativo, ya que estaba tan dormida y sorprendida que ni siquiera se me ocurrió sacar una foto desde la ventana del colectivo…

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Al principio pensé que estábamos atravesando alguna gran ciudad de la Provincia de Buenos Aires, ¿pero cuál? El lugar me llamaba mucho la atención: las calles eran anchas, había ciclovías, casas muy lindas, mucha vida urbana. El juego de adivinar en qué lugar de Argentina estábamos me empezó a divertir. Busqué pistas en los carteles de los negocios, en los nombres de las calles: tal vez en algún cartel diría de qué localidad se trataba. Pero nada. La sensación era rarísima: realmente no tenía ni idea en qué lugar del mapa estábamos. Leí el nombre de una calle —Bv. Avellaneda— y decidí recordarlo para googlearlo más tarde. Todavía no me avivaba. Tampoco me avivé cuando vi el cartel verde que decía: “Buenos Aires 304 km, Santa Fé 173 km, San Lorenzo 29 km”. Nada. Ya hacía por lo menos 25 minutos que estábamos atravesando la ciudad desconocida y yo estaba disfrutando del city tour misterioso sin tener idea de dónde estaba. Seguía muy dormida. Al rato vi una bandera que decía “… por primera veS en Rosario…” y caí. Cuando agarramos Bv. Oroño todo me cerró. El colectivo se había atrasado cuatro horas y había tenido que hacer una parada técnica en el taller. El por qué no me importaba demasiado, lo que me importaba era la casualidad de lo que había sucedido: habíamos atravesado un camino que estaba fuera de nuestros planes y, gracias a eso, una ciudad desconocida había entrado por mi ventana y me había intrigado muchísimo. Y resultó ser que esa ciudad por la que me moví aquella mañana, medio dormida medio despierta, fue la mismísima Rosario.

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[box border=”full”]Gracias a las mujeres de la Cooperativa Encuentro por invitarnos a Rosario y por permitirnos conocer y ser parte de sus proyectos. Gracias también a todos los que fueron al evento “Rosario Nómada”. Esperamos repetir en algún momento en Buenos Aires.

La Posada Los Soles está ubicada en Corrientes 474, a tres cuadras del río, y es una buena opción de alojamiento en el centro de Rosario. Tiene cinco habitaciones, una sala de estar y una cocina-comedor. Pueden encontrarla en Facebook.

Para saber más acerca de la historia de la Cooperativa Encuentro, les recomiendo el post de Magia en el Camino: “Sacarte el delantal y ponerte los tacos”

En la segunda parte de esta entrega, burbujas y fotocharcos en Rosario. [/box]

puente (Lisandro me dio la mano)

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En algún lugar de la provincia argentina de San Juan vive un nene llamado Lisandro. Lo conocí hace dos semanas, cuando la combi en la que viajábamos frenó frente a su casa y él se asomó por la puerta con curiosidad. Estaba entretenido con una manivela y se quedó parado, mirándonos, con su juguete en la mano. Me bajé de la combi y mientras caminaba hacia él su mamá salió de la casa, lo alzó en brazos y me saludó amablemente. Me acerqué a ellos, les sonreí y Lisandro me agarró la mano. Duró pocos segundos, pero ocurrió: Lisandro, un nene que vive en algún lugar de San Juan, estiró su brazo y agarró mi mano. Después de eso me fui y nunca más nos volvimos a ver. ¿Lisandro se acordará, de acá a varios años, que cuando era chico le dio la mano a una desconocida que estaba de paso por su pueblo? ¿Ese pequeño gesto de contacto humano cambiará en algo su vida? Probablemente no de manera consciente.

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Cuando los miré de frente, a él y a su mamá, estuve muy tentada de sacarles una foto. Tenía la cámara colgada en el cuello y estaba a un “permiso” del disparo, pero no lo hice. Preferí llevarme la imagen en la retina y no en la cámara, preferí no poner un aparato en medio de nuestro pequeño gesto, preferí ser la única en tener la fotografía mental de ese momento, preferí mirar sin disparar. Me pareció lo más sincero. Para algunos puedo haberme perdido una gran foto; yo, en cambio, siento que gané un recuerdo. Sacar fotos es algo que me encanta, pero muchas veces necesito ponerme un freno y dejar que la imagen quede guardada solamente en mi memoria y no en una memoria SD.

Cuanto más viajo más lo compruebo: lo lindo de moverse por el mundo es entrar en contacto con su gente, es conocer a aquellos que habitan cada paisaje. Sería muy triste dar la vuelta al mundo y no encontrar más que escenarios vacíos, sería poco reconfortante llegar a pueblos y ciudades llenos de gente pero desprovistos de contacto humano. Lo que más me llena de viajar es conocer a toda esa gente que habita en cada milímetro del planisferio y ser capaz de encontrar puntos en común, ser capaz de tender puentes con y hacia ellos. Esos puentes que tendemos al viajar pueden estar construidos con palabras (charlas), con gestos (cuando el lenguaje no sirve), con sonrisas (ese idioma universal), con sentimientos o con algo tan simple como dos manos que se agarran. Seguramente Lisandro no recordará que formó un pequeño y adorable puente conmigo, pero estoy segura de que ese gesto quedará guardado en el inconsciente de ambos y nos impulsará a seguir tendiendo puentes con todas las personas que pasan por nuestro camino. Al fin y al cabo de eso se trata viajar/vivir, ¿no?

[box border=”full”]Este viaje fue posible gracias a Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de La Nación) y fue el primer viaje de prensa para bloggers realizado por un ente gubernamental de Argentina. [/box]

Cartas sueltas de una baraja sanjuanina

Soy una mujer de viajes largos, funciono mejor cuando paso más tiempo en un lugar que cuando lo visito de manera fugaz. Por eso los blogtrips (viajes “de prensa” para bloggers que duran, generalmente, de tres a siete días) son el trailer perfecto —me muestran fragmentos de la película y me dejan con muchas ganas de verla completa— y son, a la vez, armas de doble filo: sacian mi wanderlust (esas descomunales ganas de viajar) por un ratito, pero me dejan pidiendo más. Este viaje a San Juan fue algo así: durante los días que pasé en esa provincia argentina me sentí satisfecha, pero volví deseando haberme quedado más.

Me doy cuenta, también, de que me cuesta mucho más escribir acerca de un viaje corto que acerca de un viaje largo. En un viaje largo voy llenando cada lugar de significado de a poco, en un viaje corto me vuelvo a casa con pequeños fragmentos, con cartas sueltas de la baraja. Y no puedo evitar escribir así, fragmentado.

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Agua

Cuando la aridez es parte de la vida los problemas mundanos toman otro plano, se tornan insignificantes. En San Juan casi no llueve, todo es seco: los ríos (de algunos solamente quedan las cuencas), la vegetación, el paisaje, las casas (muchas están hechas de adobe). “El agua es un elemento muy importante acá”, nos dice un sanjuanino mientras la combi cruza un puente sobre lo que antes era un río. “Acá no llueve”, nos asegura más tarde. El clima es seco, sequísimo, y se siente en la piel. Cuando algo falta, todo tiene que ver con eso: acá hay poca agua y yo no puedo parar de pensar en las fuentes de los shoppings, en las lluvias torrenciales de Buenos Aires, en los mares furiosos, en el chorro que sale cada vez que abro la canilla de mi casa. Cada vez que veo verde me alegro, la situación no llega al extremo, la naturaleza sobrevive a todo, en San Juan todavía hay agua, aunque menos, mucha menos que en otras partes del mundo. Y no puedo evitar pensar en lo importante que es el agua en nuestro planeta y acordarme de ese libro de Kapuściński en el que cuenta cómo la vida de ciertas tribus africanas está marcada por el “ritual” de salir a buscar agua todas las mañanas. Agua como único elemento para sobrevivir. No tarjetas de crédito, ni autos caros, ni casas, ni seguros, ni nada. Agua. Dos tercios de lo que estamos hechos.

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“Ustedes son influenciadores”

¿Qué es ser un blogger? ¿En qué consiste esta nueva profesión? ¿Es realmente una profesión? ¿No es, en realidad, una plataforma nueva para mostrar algo que ya existe? Son las preguntas existenciales que nos hacemos los bloggers cuando nos reunimos a charlar de los temas que nos competen. Y estamos de acuerdo en algo: no somos solamente “bloggers” (porque para ser blogger abrís un blog y ya está), somos viajeros o escritores o fotógrafos o periodistas o cineastas (o lo que sea) que utilizan el blog como medio para mostrar su trabajo. Cualquiera puede tener un blog y eso no lo hace blogger. Pasa lo mismo con las cámaras de fotos: ¿cuántas cámaras de fotos hay en el mundo? ¿y cuántos fotógrafos?

Bueno, resulta que estábamos comiendo un asado en el Camping Los Cauquenes después de haber visitado Jáchal, un pueblito de 22.000 habitantes, sus molinos y sus casas de adobe. Estábamos en lo que se conoce como sobremesa (uno de los mejores momentos de la comida). Ya habíamos probado las empanadas, las ensaladas y la carne, ya habíamos escuchado una cueca, ya nos habíamos percatado de la admirable pasión que sienten los jachalleros por su tierra, ya nos habíamos sentido inmensamente bien recibidos en ese pueblito sanjuanino. De repente uno de los jachalleros que nos estaba acompañando por el día se sentó al lado nuestro y nos preguntó, con un interés muy sincero, acerca de nuestro trabajo y de nuestros blogs. Estaba maravillado y casi que sabía más términos bloggers que nosotros. Y cuando nos dijo, con entusiasmo, “Claro, ¡ustedes son influenciadores!” (y no nos dijo “ustedes de qué viven”, “qué es un blog”, “de qué trabajan” o algo parecido) casi le damos un abrazo bloguero grupal. Quién hubiese dicho que alguien nos iba a sorprender con ese término en San Juan, en medio de un asado, tan lejos de las computadoras, del wordpress y de los plugins.

No puedo decir mucho más acerca de Jáchal, ya que no lo recorrí lo suficiente. Lo que sí me queda en la memoria y aparece cada vez que escucho su nombre son las paredes de adobe resquebrajadas, el monumento a la Cacerola, los caballos con flequillo, la suavidad de la harina producida en los molinos, los ronroneos de un gato negro, la música de la guitarra y, por sobre todo, la calidez y la hospitalidad de su gente.

[singlepic id=6056 h=625 float=center] La ensalada del asado

[singlepic id=6053 h=625 float=center] musicalización 

[singlepic id=6004 w=625 float=center] mi amigo el gato

[singlepic id=6066 w=625 float=center] adobe

[singlepic id=6067 w=625 float=center] harina suave

[singlepic id=6072 h=625 float=center] caballo flequilludo

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Gracias Difunta Correa

“Gracias Difunta Correa por cumplir mi sueño”, “Gracias Difunta Correa por el favor recibido”, “Gracias Difunta Correa por mi casa”, “Gracias Difunta Correa por ayudarme a aprobar las materias”, “Gracias Difunta Correa por mandarme al amor de mi vida”, “Gracias Difunta Correa por mis siete hijos”. Las placas de agradecimiento son incontables y empapelan las paredes del santuario dedicado a Deolinda Correa, una de las figuras míticas del folclore argentino y chileno. Según dice la leyenda, Deolinda partió en busca de su marido con su bebé recién nacido en brazos; atravesó el desierto de San Juan y murió de sed, hambre y agotamiento bajo un algarrobo. Al día siguiente, cuando fue encontrada por un grupo de arrieros riojanos, su bebé seguía vivo: estaba apoyado sobre ella, amamantando de sus pechos, de lo que aún salía leche. El milagro se hizo conocido en la región y muchos paisanos de la zona comenzaron a peregrinar a su tumba, que con el tiempo se convirtió en un santuario. Aunque hoy, más que un santuario, parece un pequeño pueblito. Hay casitas, rosarios, vestidos de novia, camiones de juguete, fotos, cartas, patentes, flores, ruedas, cascos, cruces, cintitas, estatuas y agua, muchas botellas de agua para saciar su sed. La gente le pide cosas y luego vuelve para agradecerle. Gracias Difunta Correa por este viaje a tus tierras.

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Lugar sin vida

“El dinero mejor invertido es el que se usa en conocer la naturaleza”, nos asegura el guía mientras nos muestra un submarino natural formado por rocas. Es el día dos del viaje a San Juan y estamos entremedio de un grupo de turistas en el Parque provincial de Ischigualasto (también conocido como Valle de la luna). Los guías sanjuaninos me sorprenden para bien: todos los que conocimos hasta ahora tienen una faceta de la personalidad muy marcada (los hay comediantes, los hay energéticos, los hay apasionados por su trabajo). Este, por ejemplo, es el místico-filosófico (se le adjudican, también, frases como “Cuando uno supera el miedo se conoce a sí mismo”). “Ischigualasto”, nos explica, significa “lugar sin vida”. Pero que hoy no tenga vida no quiere decir que nunca la haya tenido: hace 200 millones de años, en este mismo territorio seco, árido y desolado había ríos, lagos, bosques y… dinosaurios. El Valle de la luna es un lugar muy importante a nivel científico y geológico por la gran cantidad de fósiles de dinosaurios que se hallaron en sus tierras. Y apenas escucho la palabra dinosaurios me acuerdo de mí misma cuando era chiquita y leía libros que hablaban de dinosaurios y soñaba, también, con ser paleontóloga (entre otras profesiones que quise ser, como astronauta, baterista y surfer).

El Valle de la luna da para ponerse místico y filosófico, no queda otra. Estar en un lugar así, tan de “inicio de los tiempos”, me hace pensar en cómo los seres humanos nos pasamos la vida estudiándonos, preguntándonos cómo funciona este planeta en el que aparecimos. ¿De dónde salimos? ¿Qué hacemos acá? ¿Cómo vamos a vivir esta vida que nos toco? Y lo que más chiquita me hace sentir es pensar que los dinosaurios habitaron la Tierra durante ciento cincuenta millones de años… y nosotros, al lado de ellos, nada. O sea que el mundo es más de ellos que de nosotros. ¿En el futuro aparecerá un nuevo ser no-humano que investigará los restos fósiles humanos? ¿Qué conclusiones sacarán de nosotros?

Ah, un dato para agregar al misticismo del lugar: las noches de luna llena se hacen recorridos en bici por Ischigualasto, y el guía nos aseguró que no se necesita ningún tipo de luz artificial. Otra que la Masa Crítica Nocturna.

[singlepic id=6069 w=625 float=center] El submarino

[singlepic id=6070 w=625 float=center] Anverso y reverso

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Bis: Burbujas sanjuaninas

Yo le dije: ¿Hacemos burbujas?

Y ella me dijo, emocionada, que sí.

Saqué mi pequeño burbujerito (no llevé el grande) esperando que se sorprendiera, y al final la que me sorprendió con su ingenio fue ella. Sopló por su bombilla y me regaló un racimo de burbujas sanjuaninas.

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[box border=”full”]Este viaje fue posible gracias a Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de Argentina). Cada viajero va creando su propia historia y va dotando a cada lugar de significados distintos y personales. Por eso siempre digo que cada cual lo relata de manera distinta (y, más importante aún, cada cual vive un viaje y un destino de manera completamente diferente). Por eso los invito a leer los relatos de los bloggers con los que viajé. Tal vez entre todos completemos el mosaico de San Juan. [/box]

De cabotaje

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Nunca me gustó mucho viajar en avión. No es que me dé miedo volar (ACTUALIZACIÓN 2014: me aterroriza volar), lo que no me gusta es el cambio abrupto y acelerado del paisaje. Te subís a un avión en un clima tropical —por ejemplo— y unas pocas horas después estás en medio del desierto (o de la selva, o de la ciudad, o de las montañas). ¿Y qué pasó entremedio? ¿Cómo fue mutando la geografía? ¿Cómo fueron variando los colores? Ni idea. Mientras vos mirabas The Big Bang Theory en la pantallita de tu asiento, el avión recorrió miles de kilómetros y vos te perdiste el camino. El avión es ideal para llegar rápido de un punto a otro del planeta, pero si hay algo que se saltea es la ruta, todo eso que hay entre el lugar de partida y el destino. Por eso me gusta tanto viajar en colectivo, en tren, en barco o en cualquier medio de transporte que vaya por tierra.

[singlepic id=6018 w=800 float=center] En el avión te perdés, por ejemplo, esto.

Este vuelo, particularmente, fue raro. Para empezar, casi lo pierdo. Me distraje charlando con mis compañeros de blogtrip y cuando escuché que por el altoparlante le decían a un tal Pasajero Villalba que ese era el último llamado para el vuelo a San Juan pensé, “¡Ah! ¡Hay otro Villalba en el vuelo!”, seguido de “¡Me llaman a mí! ¡A correr a la puerta de embarque que perdemos el avión!”. Eran las 5 de la mañana, a esa hora mi cabeza no funciona… además estoy acostumbrada a viajar en colectivo por Argentina y no en avión (por lo que supuse que si el vuelo salía a las 5.40, con estar a las 5.35 estaba bien)… Pero el vuelo fue raro, más que nada, porque el avión despegó de Aeroparque (el aeropuerto doméstico de Buenos Aires, ubicado en medio de la ciudad) y no de Ezeiza (el aeropuerto internacional, ubicado en el Gran Buenos Aires, en las afueras de la capital) y me permitió ver Buenos Aires, todavía de noche, iluminada por los faroles. Parecía una constelación gigante, un Join the dots formado por puntitos amarillos sobre una enorme hoja negra. Qué pedazo de ciudad, qué urbe monstruosamente grande, pensé mientras la miraba con un poco de amor y un poco de saturación (cansa, Buenos Aires cansa). Y el vuelo fue raro, también, porque cuando aterrizó no me dejó en otro país sino en otra parte de Argentina, y hacía mucho (por lo menos 10 años) que no me tomaba un avión para volar a otra provincia de mi país.

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Así que mientras yo miraba videos de Peter Capusotto —no se puede pedir nada mejor como entretenimiento en un vuelo—, el paisaje bajo mis pies cambiaba a toda velocidad cual película puesta en Fast-Forward: de húmedo a árido, de ciudad a campo, de chato a montañoso, de vorágine a lentitud. Una hora y cuarenta minutos después aterrizamos en la ciudad de San Juan, capital de la provincia del mismo nombre, ubicada en la región de Cuyo, en el centro oeste del país. Cinco minutos después empecé a sentir los labios y el pelo reseco: aunque mis ojos no lo hubiesen visto, mi cuerpo me estaba diciendo que sí, que efectivamente habíamos cambiado de ubicación y que estábamos en una de las zonas más áridas de Argentina. El clima de San Juan es algo que se siente en la piel.

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Por qué San Juan, se estarán preguntando. En realidad la elección del destino no fue mía sino de Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de La Nación) que me invitó junto a otros cinco bloggers a recorrer esta provincia del país. Un paréntesis: este fue, y lo digo con orgullo por haber participado, el primer blogtrip (viaje de prensa para bloggers) de Argentina realizado por un ente gubernamental, ¡un gran paso! Lo lindo de amar los viajes es que cualquier destino me viene bien: van a ver, pregúntenme si hay algún lugar al que no iría, seguro que adivinan la respuesta. Para mí, cualquier lugar fuera de Buenos Aires ya es un viaje (a veces, incluso, Buenos Aires se convierte en un viaje en sí). Así que cuando nos propusieron ir a San Juan, yo feliz. Viajando por ahí inaugura su Versión Cabotaje.

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Ahora que lo pienso, el vuelo fue raro y el viaje en sí también fue raro. Me explico. A lo largo de mi vida viajé por Argentina principalmente con mi familia (a destinos típicos como Iguazú, Calafate, Ushuaia, Mar del Plata, Córdoba, Entre Ríos y a otras partes del país a visitar familia) y con amigos (a otros destinos típicos también: Bariloche, Salta, Jujuy, Pinamar, Puerto Madryn, Gualeguaychú…). Pero desde que empecé a viajar VIAJAR, así como me gusta a mí (de manera independiente, como escritora, con mochila y en busca de la hospitalidad del ser humano), no hice ningún viaje por el interior del país. Me fui primero hacia otros rumbos, diciendo eso que decimos todos los viajeros acerca de nuestro país de origen: “Puedo viajar por mi país en cualquier momento, ya que siempre estará ahí”. Si bien no estoy de acuerdo en eso de que primero hay que recorrer el país de uno y después salir a conocer el resto del mundo (yo no elegí nacer en Argentina ni tampoco creo demasiado en fronteras ni banderas), tengo que aceptar que viajar por el propio país —y descubrir que hay una hospitalidad que habla el mismo idioma que nosotros— tiene otro sabor. Y como condimento extra, viajar por Argentina con bloggers argentinos fue una grata y divertidísima experiencia (como decíamos nosotros, este blogtrip se convirtió en un intento de Bloggeando por un Sueño).

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[singlepic id=6028 w=800 float=center] El equipo blogger y sanjuaninos que nos recibieron por allá

[singlepic id=6013 w=800 float=center] El elenco de Bloggeando por un Sueño

Los tres días del viaje parecieron tres semanas: vimos tanto en tan poco tiempo que todavía estoy deshilachando recuerdos. Visitamos Jáchal, sus calles de tierra y sus molinos; le dedicamos un día al Parque Nacional Ischigualasto, su Valle de la Luna y sus piedras-submarino; le agradecimos a la Difunta Correa e hicimos trekking en Ullum. Pero todo eso lo contaré en un post fotográfico. Ahora lo que tengo en mi cabeza es otra cosa.

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Durante todo el viaje tuve la sensación de estar mirando dos programas a la vez: por un lado el que tenía enfrente, en vivo y en directo (San Juan) y por otro el que pasaba constantemente por mi cabeza (y en el que me imaginaba qué estaría ocurriendo en Buenos Aires en el mismo momento). Si supiera hacer videos, en este momento ustedes le estarían dando Play y estarían viendo algo así: imágenes aceleradas de Buenos Aires, mucha gente cruzando la calle, subtes llenos, velocidad velocidad velocidad, filas de colectivos con barrabravas yendo a algún estadio, protestas cortes piquetes manifestaciones, gente gente gente, ruido, gritos, bocinas, lluvia, tormenta, inundaciones, mucha lluvia… intercaladas de tanto en tanto con imágenes de paisajes amplios y vacíos, campos inmensos, vacas y caballos, asados a la orilla del río, gente alrededor de un fogón y de una guitarra, lentitud, pueblos vacíos durante el horario de la siesta, perros durmiendo al sol, pan recién hecho, personas en bicicleta por rutas de tierra, aridez, mucha aridez…

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Viajar es lo más lindo del mundo, pero estoy convencida de que los viajeros necesitamos un psicólogo aparte. Este año, por ejemplo, inauguré los viajes cortos y tuve que adaptar mi cabeza a un “Ahora estás viajando – Ahora no” constante (y mucho más acelerado que de costumbre). Y en este viaje me pasó algo digno de ser analizado. Íbamos en la combi rumbo a algún destino de San Juan escuchando música. Calle 13, Manu Chao, Orishas (música muy “latina” que me recordaba mucho a mi viaje por América latina)… de repente: tema de los Fabulosos Cadillacs, “Demasiada presión”. Inmediatamente por mi cabeza pasó el siguiente pensamiento: “¡Acá también se escuchan los Fabulosos!”, seguido de un “Ah no, pará, SI ESTOY EN ARGENTINA”. :D

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[box border=”full”]Este viaje fue posible gracias a Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de La Nación) y fue el primer viaje de prensa para bloggers realizado por un ente gubernamental de Argentina. [/box]

Llenando la incógnita: Cosas que te pueden pasar si viajás a República Checa

“Espero que hayas podido llenar un poco la incógnita que era este país para tí”, me dice Vitek mientras conduce el coche por una ruta campestre, y agrega: “Eso es lo bonito de viajar”. Me lo dice así, en castellano, y se ríe. Si bien es checo, Vitek vivió dos años en Argentina (aunque era muy pequeño y casi no tiene recuerdos) y siete años en México. Él es mi guía durante mis dos últimos días en su país, y no sólo habla perfecto español, sino que parece saber absolutamente todo acerca de República Checa.

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[singlepic id=5921 w=800 float=center] El recuerdo de México que Vitek lleva en su auto a todos lados

Apenas salimos de Praga la ruta queda rodeada de verde. Tenemos unas tres horas de viaje por delante: Český Krumlov, el pueblo que vamos a visitar, está a unos 180 km de la capital. Vamos charlando sin parar: después de una semana hablando y pensando en inglés, un respiro de castellano no viene nada mal. Soy una catarata de preguntas. ¿Quién construyó ese edificio loco?, le pregunto todavía en Praga, cuando pasamos frente a la “Casa Danzante”. Vlado Milunić, un arquitecto croata-checo, junto con Frank Gehry, un arquitecto canadiense-estadounidense. Ah, ¿y todos esos lagos que se ven en la ruta son de verdad? No, la mayoría son lagos artificiales, creados por el hombre desde el siglo 16 para poder criar carpas; como el país no tiene salida al mar y se necesitaba tener peces para comer durante la Cuaresma y la Nochebuena, se crearon miles de lagos… ¿Cuál es el destino típico de los checos para irse de vacaciones? Supongo que a un lugar con mar, ¿no? Lo más común es viajar a Croacia, a Italia, a la Costa Brava de España, a las Islas Canarias… ¿Y acá en invierno hace mucho frío? Debe ser mágico ver todo nevado… En invierno la temperatura puede bajar hasta 20 grados bajo cero, aunque generalmente se mantiene entre los −5 y los 5ºC, cuando llega a −20ºC decimos que son “las heladas del Kremlin”.

[singlepic id=5953 w=800 float=center]  Manzanas en un camión

[singlepic id=5922 w=800 float=center] El pueblito al que nos dirigimos

Voy saltando de pregunta en pregunta, cambiando de tema constantemente, dejando que una historia me lleve a la otra. Pero no puedo parar de preguntar. Por mi manera de viajar, es muy raro que visite lugares con un guía, así que aprovecho sus conocimientos a más no poder. Mientras él me cuenta cosas, yo tomo nota en mi cuaderno. Vitek me habla de Kafka y de Kundera, del Socialismo con rostro humano y la Primavera de Praga, de la separación de “Chekia” y Slovakia. Él también me hace preguntas a mí: ¿Sabes de dónde surgió el término “bohemio”? Mmmm no, ¿de dónde? Y me cuenta. En resumen: el pueblo romani (o gitano) se trasladó a Europa desde el subcontinente indio a partir del siglo 11; sus habitantes se instalaron en distintos países del continente, entre ellos el antiguo Reino de Bohemia (región histórica que hoy forma parte de la República Checa), y llegaron a Francia alrededor del siglo 15. Como se creía que habían llegado desde Bohemia, se los llamó “bohemios”, y luego el término comenzó a utilizarse en la literatura francesa del siglo 20 para referirse a aquellos artistas que tenían un modo de vida no ortodoxo, más abierto y más libre. Interesante. ¿Tu nombre es húngaro, no?, me pregunta Vitek, y yo le respondo con muchísima alegría que sí (¡por fin alguien que no me pregunta si mi nombre es japonés!). Tengo una amiga que se llama Aniko, me dice. Yo pienso, feliz: ¡cuando viaje a Hungría seré una Aniko más del montón!

[singlepic id=5940 w=800 float=center]  Cosas bizarras encontradas por ahí…

Le pido a Vitek que me recomiende escritores, pintores, músicos y directores de cine checos. Él me va dictando nombres (nombres que todavía son una incógnita para mí, hasta que poco a poco, con el tiempo, los vaya llenando de contenido): Toyen, Emil Filla, Antonin Dvorak, Bedrich Smetana, Gustav Malev, David Černý (¡a ese sí lo conozco! vi varias de sus obras en las calles de Praga), Radůza, Neočekávaný dýchánek… Me recomienda que mire películas como Babileto, Zelary, Jizda y Nuda v Bnre (si alguien las vio, escucho comentarios).

 [singlepic id=5911 h=800 float=center] Visitamos también la casa-museo-taller de Josef Seidel, un fotógrafo checo  

Durante el primero de nuestros dos días de road trip visitamos Český Krumlov, un pueblito medieval ubicado sobre el río Vltava, en el sur de Bohemia (Bohemia y Moravia son las dos regiones históricas de República Checa, y en este viaje me tocó conocer Bohemia). Como vine al país con pase de prensa tengo acceso libre a todo (¡qué lindo! ¿cuándo saldrá un Pase Oficial de Blogger que valga tanto como el de prensa tradicional?). Mientras caminamos por las calles empedradas del centro histórico (que es bastante turístico, por cierto), Vitek me sigue contando historias acerca de su país. Así me entero que el hockey sobre hielo y el canotaje son dos de los deportes más practicados, que este pueblito formó parte de la ruta de la sal y hoy es Patrimonio de la Humanidad, que las marionetas son un arte y forma de entretenimiento muy antiguo del país y que el Hombre de agua es uno de los personajes clásicos de los cuentos y leyendas checas.

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[singlepic id=5918 h=800 float=center]  Subí a esa torre…

[singlepic id=5919 w=800 float=center]  … y vi algo así

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[singlepic id=5924 w=800 float=center]   Y más tarde vimos el pueblo desde otro ángulo (y otro y otro y otro más…)

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[singlepic id=5928 w=800 float=center]  Me fui a pasear por los jardines del castillo

[singlepic id=5929 w=800 float=center]  (me recibí de paparazzi)

[singlepic id=5930 w=800 float=center]  y sentí mucha paz…

Al día siguiente nos toca ir a Kutná Hora, una ciudad de Bohemia Central fundada en el siglo 12. Allí visitamos un lugar que recordaré como uno de los más extraños y peculiares de mi viaje: el Osario de Sedlec, una capilla católica decorada con entre 40.000 y 70.000 esqueletos humanos. Tras la Peste Negra y las Guerras Husitas del siglo 14 y 15, miles de personas fueron enterradas ahí, en el cementerio de la capilla de Sedlec. A principios del siglo 15 se construyó una iglesia gótica con una capilla que funcionaría de osario (un “osario” es un lugar destinado para reunir los huesos que se sacan de las sepulturas para volver a ser enterrados más adelante) y se le encargó la exhumación de los esqueletos a un monje semi-ciego. En 1870, la familia Schwarzenberg contrató a un tallador de madera para poner los huesos desenterrados en orden, y este fue el resultado.

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[singlepic id=5964 h=800 float=center]  El escudo de los Schwarzenberg…

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El road trip con Vitek (y mi viaje por República Checa) está llegando a su fin. Mientras volvemos hacia Praga nos ponemos a hablar de viajes: él me cuenta que viajó bastante por Europa y que hace poco fue a Chile para acompañar a un grupo de turistas checos. Conoce varios países, pero el que más le impactó fue Islandia por sus paisajes. Y ahí mismo me agarra otro síndrome viajero terrible: ese en el que ya estás de viaje pero te hablan de un lugar nuevo y enseguida te ponés a soñar con viajar a ese lugar. Será que los viajeros siempre estamos pensando en el próximo viaje… En algún momento del trayecto Vitek me dice lo de “llenar la incógnita” y me parece una manera muy certera de definir eso que nos pasa al viajar. Cada país nuevo y desconocido es, para mí, una incógnita que se llena solamente al viajar: puedo leer todo al respecto antes de irme, pero solamente en la ruta soy capaz de llenar un nombre de paisajes, de caras, de momentos, de comidas. Y ahí me pongo a pensar en cómo le fui dando contenido, durante poco más de una semana, a esa imagen mental (bastante vacía) que tenía de República Checa.

 [singlepic id=5944 w=800 float=center]  Durante este viaje caminé por pueblitos checos,

[singlepic id=5915 w=800 float=center]  Probé comida típica checa…

[singlepic id=5946 w=800 float=center]  … y húngara,

[singlepic id=5947 h=800 float=center]  Encontré mercados callejeros,

[singlepic id=5949 w=800 float=center]  Entré a iglesias de todos los estilos

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[singlepic id=5912 w=800 float=center]  Vi flores como estas…

[singlepic id=5983 w=800 float=center] y hasta encontré mi Lego-sueño! :)

Y algo que aprendí es que si bien hay varias figuritas repetidas a la hora de llenar incógnitas, lo cierto es que cada cual le da sentido a ese misterio que es un país nuevo a través de sus experiencias particulares (porque cada persona vive un viaje de manera distinta). Por eso creo que si viajás a República Checa te pueden pasar ciertas cosas “predecibles” o “esperables” (como cruzar el puente Carlos, ir a ver una obra de teatro negro, entrar a un castillo, comer pato al horno, cruzarte con algún lago artificial y tomar mucha cerveza), pero también pueden pasarte muchas otras cosas que probablemente no estaban en tus planes. Y eso es lo lindo de viajar.

——

Este viaje fue posible gracias a la invitación y organización de Czech Tourism. ¡Muchas gracias!

Viajando hacia atrás en República Checa: Un diario de viaje sin fechas específicas

Es más difícil, para mí, escribir acerca de un viaje una vez que se terminó. Cuando miro hacia atrás desde mi casa (o desde ese lugar que considero de “no-viaje”) los hechos se me superponen, los nombres se me mezclan, los días se condensan y forman “un gran día de viaje”, como si todo hubiese ocurrido durante las 24 horas más largas de mi vida. Una vez que se terminó, el viaje toma otra consistencia, se convierte en algo acabado, cerrado, en una especie de pelota que puedo mirar de lejos. Mientras estoy viajando, en cambio, todavía estoy dentro de esa pelota y veo todo de cerca: cada hecho me parece algo aislado, cada día me parece único y cada experiencia es nueva. Cuando ya se terminó, soy capaz de mirar “esa pelota de hechos, días y experiencias” desde otra perspectiva y con otros ojos (y eso me recuerda a la famosa frase de Steve Jobs: “You can only connect the dots looking backwards”/“Solamente podés unir los puntos mirando hacia atrás”).

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Generalmente escribo acerca de un viaje mientras estoy en ese viaje ya que me gusta tener las ideas frescas y estar metida dentro de lo que estoy escribiendo. Por eso viajo lento: para ir conociendo de a poco y tener tiempo de escribir todas las tardes. Sin embargo, cuando escribo acerca de un viaje mucho tiempo después, logro ver todo desde otra óptica y saco conclusiones que en el momento no se me hubiesen ocurrido. Ver un viaje hacia atrás (y creo que esto se aplica a la vida) me permite entender el por qué de muchas cosas.

En este momento estoy de vuelta en Buenos Aires. Los diez días que pasé en República Checa ya me parecen lejanos, como parte de un sueño que tuve en otra vida. Sufro, como cada vez que vuelvo a esta ciudad, el Síndrome de Viajera Duplicada (eso de sentir que vivo dos existencias paralelas: la Aniko-viajera y la Aniko-quenuncajamássaliódeBuenosAires). Por suerte mis cuadernos (siempre llevo por lo menos uno por viaje) y mis fotos me demuestran que todo fue real.

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(Mapita de la primera parte de mi recorrido por República Checa)

 ***

Pequeño diario de viaje por República Checa (escrito después, pero en presente como si estuviera allá, como si cada uno de estos días estuviera ocurriendo hoy)

Al viajar poco importa qué día de la semana es, qué mes, qué número. Lo que queda en nuestro recuerdo, mucho tiempo después de terminado el viaje, no son las fechas exactas, sino los acontecimientos, las experiencias vividas. Y da lo mismo que las cosas hayan ocurrido un lunes, un jueves o un sábado. Por eso en el pequeño diario de viaje que comparto a continuación no hay fechas específicas (aunque a los curiosos les cuento que todo esto me ocurrió en el transcurso de cuatro días).

***

El día que llovió en verano

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Llueve. Teóricamente estamos en el verano europeo, pero llegué yo y se largó a llover. Viajé a República Checa emocionada porque por fin, después de más de un año de otoño/invierno continuo, iba a volver al verano. No empaqué casi nada de ropa abrigada, mucho menos un paraguas, muchísimo menos una campera de lluvia. Después de un día (uno, solo uno) caluroso en Praga, volvió la lluvia a mi vida. Y justamente volvió hoy, el día que viajamos a Most, un pueblo que se dedica a la minería de carbón. Digo “viajamos”, así en plural, porque somos varios en el equipo: una canadiense, un inglés, un ruso, un sueco, una italiana y yo. Bloggers de viajes de todas partes del mundo que fuimos invitados por Czech Tourism a recorrer algunos de los principales destinos del país.

[singlepic id=5843 w=800 h= float=center]  ¡Hay equipo!

“The devils are having a wedding” (“Los demonios están festejando un casamiento”), nos dice uno de los checos que nos acompaña en la minivan, como explicación por la lluvia. Sí, todos los demonios se pusieron de acuerdo hoy para que se cayera el cielo. Nuestro Coal Safari (o “Safari del carbón”) por Most queda medio trunco: con lluvia es difícil ver el paisaje. Sin embargo, no puedo evitar pensar: me resulta tan interesante ver cómo el hombre se adapta a las características del medio en el que vive y hace de ellas su sustento y su modo de vida. Most es una ciudad en la que casi todos tienen algo que ver con la minería, así como hay otras ciudades donde casi todos tienen que ver con otros tipos de industrias y actividades.

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Pero hoy llueve y todo se ve un poco más gris (mi mente, incluso, está nublada). Más tarde tomo una sopa de ajo y un goulash y me siento mejor. La comida siempre me hace feliz.

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 ***

El día que entendí lo importante que es la cerveza

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La primera vez que la probé (habrá sido a los 13 o 14) me pareció muy amarga, demasiado. Con el tiempo aprendí a quererla, aunque tengo mis momentos con ella. Puedo no tomarla durante años o puedo tomarla muy seguido, y después de varias “cataciones” descubrí que si es artesanal me gusta mucho más (y descubrí, también, que puedo vivir perfectamente sin ella). Los checos, en cambio, la necesitan como nosotros al pan. Le dicen, incluso, “liquid bread” o “liquid gold” (“pan líquido” y “oro líquido”) y la toman a toda hora y en todo lugar. Por algo son el país con mayor cantidad de consumo de cerveza por habitante (¿lo sabían? ¡Yo no!). Así que acá la cerveza es mucho más que una bebida: es un elemento cultural fundamental en la existencia de cada checo.

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[singlepic id=5905 w=800 h= float=center] La ciudad de Žatec

En Žatec nos toca visitar un lugar que jamás pensé que iba a conocer: “El templo de la cerveza y del lúpulo” (Hop and Beer Temple). Conozco la simpática plantita que le da su aroma característico a la bebida y veo, en vivo y en directo, los ingredientes que luego se unirán para generar la cerveza.

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Más tarde nos trasladamos a Plzeň, ciudad cervecera por excelencia: allí fue creada, en 1842, la primera cerveza pilsen del mundo. Seguro que la probaron: es un tipo de láger pálida (y la marca de una cerveza uruguaya, también!). Tenemos suerte, justo llegamos a Plzeň para el Pilsner Fest, un festival de la cerveza que dura dos días donde hay bandas en vivo, comida y… mucha cerveza. Al día siguiente hacemos algo aún mejor: entramos a la Pilsner Urquell Brewery, la fábrica de cerveza que creó la primera pilsen del mundo y que actualmente produce una de las marcas más consumidas del país. La fábrica es tal como la imaginaba: espacios subterráneos fríos con enormes barriles donde la cerveza reposa hasta estar lista. No puedo parar de pensar en Homero Simpson y Peter Griffin nadando en barriles de cerveza artesanal.

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[singlepic id=5874 w=800 h= float=center]  Dentro de la fábrica de cerveza

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[singlepic id=5982 w=800 h= float=center]  La cerveza en estado de reposo

[singlepic id=5981 w=800 h= float=center]  El sueño de cualquiera

[singlepic id=5854 w=800 h= float=center]  De noche, en el Pilsner Fest

[singlepic id=5879 w=800 h= float=center]  Puestos de cerveza tirada

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[singlepic id=5887 w=800 h= float=center]  Y los juegos locos del Festival

No puedo parar de pensar, además, en lo importante que es la cerveza culturalmente en todo el mundo: creo que no existe un país en el que no me hayan invitado a compartir una cerveza (incluso en países musulmanes donde teóricamente no se toma alcohol). La cerveza une culturas, porque por más que no sepamos casi nada del idioma de la persona que nos invitó a tomar cerveza en otra parte del mundo, hay una palabra que aprendemos enseguida: ¡Salud! En República Checa: Na zdravi!

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***

El día que me transporté a la Edad Media y entré a un castillo de verdad

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Estoy frente a un castillo de verdad por primera vez en mi vida. Está situado sobre una roca frente al río y fue construido en el siglo 13. El concepto de castillo no es algo novedoso: si bien nunca vi uno de verdad hasta hoy, puedo imaginármelo perfectamente. Culpa de las películas y los cuentos de hadas (todos, siempre, transcurrían en bosques encantados con castillos y princesas). Por suerte nunca me interesó demasiado vivir en uno, pero me parece más que llamativo poder espiar uno por dentro.

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Me resulta muy raro estar caminando por un lugar tan de cuento. Es una especie de paseo anacrónico por una postal. Desde el siglo 18 el castillo Orlik pertenece a la familia Schwarzenberg (para que se den una idea, el miembro más famoso de la familia fue Field Marshal Karl Philipp, Príncipe de Schwarzenberg, quien además de ser príncipe le ganó a Napoleón en la Batalla de Leipzig de 1813). Vamos de habitación en habitación y vemos armaduras, armas, lámparas, regalos de otros príncipes y mandatarios, trofeos de caza, sillas de terciopelo, escudos tallados, muebles antiguos… Trato de imaginar cómo es la vida en un castillo, pero pienso en dragones, en princesas encerradas en torres y en príncipes que llegan al rescate con su caballo y su espada.

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Después de caminar por los jardines del castillo nos vamos a Tábor, ciudad fundada en el siglo 15. Nos quedamos en Žižka Square, el pequeño centro histórico. Tenemos tiempo libre así que salgo a explorar. Está todo bastante vacío. Doblo por alguna esquina y aparecen dos perritos, parecen inofensivos pero me empiezan a ladrar y corren hacia mí. Huyo. Busco gatos pero no encuentro ninguno. ¡Quiero acariciar gatos checos! Hay hojitas secas por todas partes. Se viene el otoño. Se hace de noche así que vuelvo al hotel. Esa noche me entretengo mirando el centro histórico, iluminado, desde la ventana de mi cuarto. Esta vez la que está dentro del castillo soy yo.

 [singlepic id=5890 w=800 float=center]  Imágenes de Tábor

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 [singlepic id=5892 h=800 float=center]  Los perros asesinos :P

 [singlepic id=5893 w=800 float=center]  Otoño…

 [singlepic id=5900 w=800 float=center]  calles vacías

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 [singlepic id=5896 w=800 float=center]  Casitas de campo checas a lo lejos

 [singlepic id=5895 h=800 float=center]  Desde mi ventana.

Hay dos días más en este diario sin fechas: El día que me quedé sola en Praga (y le escribí una carta…) y El día que me fui de road-trip con un checo mexicano, pero ese lo contaré en el próximo post.

[box border=”full”]Viajé a República Checa invitada por Czech Tourism.[/box]

Querida Praga (Carta abierta a una ciudad)

Praga:

No te digo “Querida” —si bien está más que claro que sos una mujer con todas las letras— porque todavía no te conozco tanto como para llamarte así (aunque no creo que sea difícil quererte, viendo que emanás amor por todos los rincones). Podría llamarte “Estimada”, pero me parece demasiado formal para la pequeña relación que ya entablamos en estos poquitos días que pasamos juntas. No te digo “Adorada” porque me parece cursi, “Distinguida” es demasiado aristocrático, “Horonable” es muy gubernamental. Podría decirte “Bella” o “Encantadora”, pero por el momento te digo, simplemente, Praga. Creo que a las mujeres con nombres lindos hay que llamarlas sin apodos ni adornos, y vos, Praga, tenés uno de los nombres más lindos que escuché.

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Me hablaron muy bien de vos. Cuando conté que te venía a conocer, todos me dijeron que me ibas a encantar. Hubo consenso absoluto. ¿Cómo hacés? ¿Qué generarás en la gente para que te amen tanto? Todos los que te conocen sueñan con volver a verte…

Yo te conocí mientras soñaba despierta, después de un largo viaje en avión desde el sur del mundo. Cuando te vi por primera vez, te voy a ser sincera, me sentí un poco abrumada: demasiada belleza, demasiada gente, demasiado movimiento, demasiados estímulos para digerir a la vez. Para empezar a descubrirte te recorrí en segway, ese monopatín posmoderno que avanza, frena y retrocede obedeciendo los movimientos de nuestro cuerpo. ¿Qué sentirás cuando esas dos ruedas avanzan por tus empedrados? ¿Te hará cosquillas? ¿Te molestará? ¿Lo notarás? ¿O seguirás regia e imperturbable como siempre?

[singlepic id=5831 w=800 float=center] Lo primero que recuerdo de vos

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En tres horas te atravesé y pude ver tus esculturas raras, tu arte callejero, tu sobredosis de puentes, tus paredes pintadas, tus mensajes de amor y paz, tus castillos medievales, tus construcciones llenas de grandeza, tus fachadas góticas, barrocas y renacentistas, tus relojes, tus santos, tus cúpulas, tu río. Fue demasiada información en una sola mirada, pero pude, de a poco, empezar a asimilarte y desmenuzarte. Pude hacerte menos complicada y más cercana. Cuando, casi al final del recorrido en segway, frené en una esquina y miré una maceta con flores que colgaba de un farol me acordé que ya me había encontrado con vos en un sueño, tiempo antes de que nos viéramos en persona por primera vez. Será que estábamos destinadas a conocernos…

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Al día siguiente te vi desde lo alto, desde esa torre que te enorgullecés en proclamar “La segunda construcción más fea del mundo”. Te miré desde el piso 66 de la Torre de Televisión, acompañada por los bebés gigantes de David Černý, uno de tus tantos artistas (y amantes, seguramente). Te observé boquiabierta, hipnotizada, mientras me soplabas tu aire tibio en la cara de manera indiferente.

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Más tarde te volví a mirar de arriba, desde otro ángulo, y me cautivaste aún más. Me hiciste preguntarme si tanta belleza era posible o si eras solamente un espejismo, un escenario de algún cuento. No me lo olvido, fue en el parque Letná. Era domingo, estabas sin maquillaje y me demostraste que las mujeres más bellas son aquellas que no necesitan pintarse, como vos, porque ya brillan con luz propia.

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Si por la mañana te conocí por fuera, esa tarde viajé por tu corazón: el río Vltava. Te navegué en un barquito, pasé por debajo de uno de tus 18 puentes —el más imponente, ya sabés cuál—, entré a tus canales y saludé a los patos que hicieron de tus orillas su hogar. Ahí, en ese barco, vi fotos tuyas de joven, cuando todavía estabas en blanco y negro, y me enteré que a lo largo de tu historia sufriste: sin ir más lejos, hace diez años te inundaste… ¿Habrás tenido alguna pena que te desbordó el corazón? ¿Qué te pasó, Praga? ¿Por qué llorabas? Me hace feliz saber que sos una mujer fuerte y que una vez más sobreviviste a las adversidades de la vida.

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Y por fin, el tercer día pude hacer lo que más deseaba desde que te conocí: te caminé todo lo que me dieron los pies, recorrí un poco de tu alma. Salí con mapa porque no quería perderme nada, pero después de un rato lo guardé y dejé que vos me fueras llevando, que tus curvas me invitaran a doblar y tus arcos me invitaran a cruzarte. Y así fui explorando cada parte del rompecabezas de tu ser: empecé en Nové město, la zona de vos que llaman “Ciudad nueva”, si bien fue establecida en el siglo 14. Miré tus vidrieras en la Plaza de Wenceslao y cuando me di cuenta ya estaba en tu centro histórico, en pleno Staré město, tu zona más antigua, más admirada y probablemente más concurrida. Caminé, me perdí entre las construcciones y las callecitas empedradas. Me di cuenta, con algo de alegría, que cada vez que me salía de los recorridos sugeridos por el mapa casi no encontraba turistas, te tenía para mí sola por un ratito, éramos solamente vos y yo. Y así, caminando sin rumbo, aparecí en Josefov, el antiguo barrio judío. Crucé Karlův most, tu puente-monumento más famoso, ese por el que caminan todos los que te visitan, y llegué a Malá strana. Caminé hacia arriba para ver tu costado más vanidoso: tu castillo. Después bajé y algún momento me tomé el tranvía, no podía conocerte y no trasladarme sobre vos en tu vehículo más romántico. No sé dónde aparecí, pero por un rato estuve perdida en una zona más auténtica de vos, de esas donde los turistas ni se asoman.

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Praga, te conocí poco y, como estabas distraída, te robé muchas fotos. Aunque sé que estás muy acostumbrada a ser fotografiada… ¿No te cansás? ¿No deseás, en algún momento, que esté prohibido retratarte, aunque sea por un día?

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Y en estos pocos días saqué conclusiones, probablemente apresuradas, lo sé, porque no soy quién para definirte ni para decir quién sos, eso lo sabrás solamente vos. Pero mientras te miraba no pude evitar pensar en varias cosas.

Sos una ciudad del amor, Praga, definitivamente. Inspirás a las parejas a abrazarse y a besarse en cualquier parque y contra cualquier pared. Muchos llegan a vos solamente para sellar su amor, por eso estás llena de candados en las barandas y repleta de llaves en tu río. ¿Qué promesa le harás a los amantes, para que muchos viajen exclusivamente para casarse en tus iglesias? Sos romántica y tal vez por eso te buscan tanto, porque sos una mujer que seduce y que se deja seducir. Tu sensualidad se deja ver de noche en tus bares subterráneos, en tus conciertos de jazz, en tus vasos de absenta, en tu zona roja. Cada año, cuatro millones de extraños de todas partes del mundo duermen con vos, ¿a cuántos dejarás enamorados? Pero más importante: ¿vos de quién estarás enamorada?

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Sos arte, Praga, exudás arte por todos tus poros. Usás a tus artistas para expresar tu música, tu poesía, tus bailes, tus obras, tu literatura. ¿Te das cuenta de que en algún momento de tu vida tuviste a Kafka escribiendo en algún café? ¿Te das cuenta de que Kundera escribió historias donde sos tan protagonista como el resto de sus personajes? Fuiste, sos y serás la madre de grandes artistas, “Madre Praga”, ¿alguna vez lo habías pensado?

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Sos historia, Praga, historia viva. Tenés más de mil años y se nota. Parecés joven pero tu alma es muy antigua. Viviste muchas cosas, fuiste capital de un imperio, tuviste reyes —y por más que sus mujeres se pongan celosas, la Reina siempre fuiste vos—, fuiste testigo de guerras, fuiste el escenario de grandes hechos de la historia moderna, tuviste Primaveras y Revoluciones, te sometieron y te liberaron. Pero sobreviviste a todo, nadie logró destruirte.

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Parecés sacada de una película, Praga, ¿sos real? Yo te miro y me dejo llevar, hago de cuenta que existís y que estás enfrente mío, pero por momentos me pregunto si no serás más que un set de cine o el escenario de una obra de teatro que se está presentando hace diez siglos. Te vi desde arriba, desde abajo, desde los costados, pero sé que no te vi toda, que en el fondo sos una mujer que muestra mucho pero revela poco y que es muy difícil conocerte del todo.

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Me das insomnio. Cada noche, cuando me quiero ir a dormir, no puedo: estás en mi cabeza, me inspirás, me hacés pensar, me impulsás a prender la luz, agarrar mi cuaderno y anotar frases e ideas que se me vienen a la mente. Dejo siempre la ventana abierta, para seguir mirándote en sueños.

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Ahora sí, me despido, y esta vez sí te digo Querida Praga, ojalá que nos volvamos a encontrar cuando ambas seamos un poco más viejas. Confío en que vos me llamarás cuando sea el momento.

Aniko

[box border=”full”]Viajé a Praga gracias a la organización e invitación de CzechTourism.[/box]

Viaje onírico a Praga

Los viajes tienen una gran carga onírica. Llegar a un país nuevo se parece mucho a estar soñando —especialmente si el traslado entre un punto y otro se hace en avión—: de repente estás en un escenario desconocido, todo a tu alrededor está funcionando normalmente (“normalmente” para ese lugar) pero vos no conocés las reglas y sabés que puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. En un viaje, al igual que en un sueño, todo es impredecible. Yo llegué a República Checa hace poco más de 24 horas y todavía no entiendo muy bien dónde estoy ni qué está pasando.

[singlepic id=5822 w=625 float=center] Saludos desde Praga…

Les cuento rápidamente cómo es que caí en Praga sin aviso alguno. Hace unas dos semanas me llegó un mail de Czech Tourism, la oficina de turismo de República Checa, preguntándome si estaría interesada en realizar un blogtrip (viaje de prensa para bloggers) a su país. Me puse a saltar en una pata y cuando se me fue un poco la excitación les respondí muy profesionalmente que sí, que estaba interesada en conocer su país (iba a quedar muy desesperada si les decía que conocer Europa del Este es uno de mis mayores deseos en este mundo y que estuve a punto de viajar para allá en el 2010 pero finalmente desistí porque no me daba el presupuesto y cambié el destino por Asia pero siempre me quedé con ganas de Europa del Este porque mi mamá nació allá y mis raíces están ahí y que además me encanta Milan Kundera y Kafka también aunque no leí tanto de Kafka pero de Kundera sí y quiero conocer esa ciudad-escenario que tanto menciona en sus obras… Hubiese sido mucho).

Así que armé la mochila y me fui a Ezeiza para tomarme un avión que me depositaría en Praga en la módica suma de 20 horas de viaje (incluyendo una escala en Madrid).

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Los que me conocen bien saben que tengo todo un tema con los sueños (y en este post cuando hablo de “sueños” me refiero a esas imágenes que aparecen en nuestra cabeza cuando estamos dormidos). Siempre tuve cierto fanatismo por el mundo onírico: recuerdo mis sueños de manera muy vívida (algo que no a todos les pasa, y a los que sí apuesto a que son fans de los sueños como yo…), los escribo en un cuaderno hace más de tres años, de tanto en tanto tengo sueños que considero premonitorios o “reveladores” (me anuncian o explican ciertas cosas de mi vida) y hace poco tuve mi primer sueño lúcido (en el que pude controlar todas mis acciones). Además (no sé si esto es “bueno” o “malo”) a veces confundo sueños con realidad: es decir que no sé si algo realmente ocurrió o si solamente lo soñé. Jejeje seguramente se desilusionaron y están pensando que este blog no es más que el delirio de una loca que confunde la realidad con la fantasía. Pero no. Tampoco para tanto. Generalmente lo que no sé si ocurrió o no son pequeños detalles o diálogos.

Y acá me permito poner imágenes de Yellow Submarine, film de alto contenido onírico!

Durante el primer vuelo (Buenos Aires – Madrid) casi no dormí. Como viajé durante todo el día (desde las 12 del mediodía hasta las 12 de la noche) no tuve sueño así que me la pasé leyendo (¿hay algún otro fan de la revista Orsai por acá? Me leí los últimos dos números en el vuelo). El tema es que cuando llegué a España eran las 5 de la mañana (hora local) y mi vuelo a Praga salía a las 10 y 20, así que no sólo se me había acortado la noche, sino que aunque durmiera no iba a poder completar mis ocho horas necesarias de sueño. Iba a tener que dormir en el aeropuerto sí o sí.

No sé si vieron los asientos de la sala de espera de Barajas: están en fila pero tienen apoyabrazos que los separan y que no permiten que uno se acueste y se estire como la gente. Así que decidí hacerme contorsionista: okupé una fila de cinco asientos, puse la mochila de almohada y apoyé la cabeza en el primer asiento, doblé el torso como para esquivar el primer apoyabrazos, apoyé las rodillas en el tercer asiento, pasé una pierna por encima del siguiente apoyabrazos y la otra por debajo, puse la alarma del teléfono para las 9.30, me lo puse abajo de la oreja y me dormí. A partir de ese momento ya no puedo distinguir qué fue real y qué no.

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Mientras dormía se me sentaron cinco deportistas argentinos al lado, venían de jugar al tenis. ¿Por qué se sientan justo acá? ¿No ven que solamente quedan dos asientos y ustedes son como cinco? ¿No ven todo el espacio libre que hay en el resto del aeropuerto? Me miraron. “¡Esta sí que sabe contorsionarse! Mirá, está toda enroscada en el asiento”, decían a los gritos. Yo me moví como para darles a entender que escuchaba todo. De repente desaparecieron y yo me levanté. Quise mirar la hora en el teléfono pero no podía abrir los ojos, así que empecé a caminar dormida en busca de la puerta J (desde donde salía mi vuelo), pero era demasiado tarde, había perdido el vuelo. Al rato me desperté. Nueve y media, todavía estaba a tiempo. Por las dudas me apuré y me fui a embarcar.

En el pasillo de la manga, mientras subía con el resto de los pasajeros al avión, escuché la conversación de tres españoles (perdón pero no puedo evitar escuchar conversaciones ajenas y tomar nota mental de las partes interesantes o graciosas). Uno de ellos decía algo así: “(…) esta es la quinta vez que voy a Praga. Tú sabes que nosotros comemos como bestias, bueno pues una vez fui a comprar jamón y la chica me preguntó cuántas lonjas quería y yo le dije cariño, no quiero lonjas, dámelo todo. (…) No sé decir mucho en checo excepto cariño, cerveza y buen día. (…) Ah, hola, yo ya viajé contigo en otro vuelo (—le dice a la azafata—) aunque no recuerdo en cuál porque en lo que va del año ya me tomé 68 aviones”. ¡68! ¡La mier..!

El mundo de los sueños puede ser tan real como el mundo de la vigilia…

Llegué a mi asiento (ventana) en estado zombi y me quedé dormida antes de despegar. El vuelo entre Madrid y Praga duró tres horas que para mí fueron diez minutos. Me desperté con la voz del comandante: “Les habla su comandante, nos estamos acercando al aeropuerto de Praga. Afuera hace 28 grados, es un día espectacular. No hay lluvias como anunciaron. Les deseo buen viaje y que sean muy felices”. ¿De verdad dijo “día espectacular”? ¿De verdad nos deseó que seamos muy felices? Ahí es cuando mi mente no puede distinguir. Yo creo que sí pasó.

Vi las primeras imágenes de República Checa desde la ventana: casitas de techos rojos en medio del campo. Mientras descendíamos la mujer de adelante empezó a emitir un ruido que no sé si era llanto o risa, decía algo así como “aaaaayyy mitíaaa, ayyy mitíaaa” seguido de una carcajada que fácilmente podría haber sido llanto (o viceversa). A mí me dio cierta emoción pensar en lo cerca que estoy de Hungría, de la historia de mi familia, de mis raíces. Le debo un viaje largo a Europa del Este (está entre mis prioridades, aunque no será esta vez). Y cuando bajé del avión sentí que realmente estaba dentro de un sueño, como si alguien me hubiese depositado en un escenario que solamente existe en la imaginación de un cuentista…

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Mientras iba al hotel miraba por la ventana intentando absorber todo y mi cabeza no paraba: ah mirá, tienen tranvía, qué lindo, qué romántica es una ciudad con tranvía, esas casitas qué simpáticas, hay empedrado, me gusta eso, ah esos chicos están caminando con los jeans arremangados, qué lindo volver al verano por fin, después de tantos meses, siento nostalgia del presente como en ese poema de Borges, nostalgia del momento que estoy viviendo exactamente ahora, esa sensación de que ni llegué pero ya sé que quiero volver, eso de nunca estuve acá pero ya extraño, como si hubiera caminado por estas calles en otra vida…

  [singlepic id=5827 w=625 float=center] Hasta tienen un muro dedicado a John Lennon…

En el hotel me recibió Pavel, uno de los checos de Czech Tourism que nos está acompañando en este viaje, y nos fuimos a encontrar con el resto de los bloggers para hacer un tour por Praga en segway (si no saben lo que es el segway miren la foto que está a continuación). O sea que si hasta ese momento no entendía nada, cuando me subí al segway dije ya está, tengo que aceptar que todo esto es un sueño y listo, que sea lo que tenga que ser, porque yo ya no controlo nada de lo que está pasando acá. ¡En todos los blogtrips me pasa lo mismo, che! Me quedo dormida en el avión y empiezo a imaginar cosas, como cuando me fui a Laponia…

 [singlepic id=5826 h=625 float=center]  El famoso segway, un vehículo que se mueve con el equilibrio y el impulso de nuestro propio cuerpo

 [singlepic id=5828 w=625 float=center] Con poco más de tres horas de sueño encima, ver esculturas como estas en el medio de Praga hace que mi estado de ensoñación y de confusión de la realidad con lo onírico sea aún mayor…

 [singlepic id=5824 w=625 float=center] Sí, es exactamente lo que están viendo.

Anduvimos tres horas en segway por Praga (detalles de eso en el próximo post) y yo me sentía no sólo dentro de un sueño, sino también dentro de un film donde todo el escenario era tan perfecto que parecía irreal. Y en una esquina, mientras esperábamos que pasara el tranvía, me acordé: hace más o menos un mes soñé que andaba en segway por una ciudad que parece una maqueta. Se los juro. Y yo nunca había andado en segway en mi vida.

[box border=”full”]Viajé a República Checa invitada por Czech Tourism.[/box]

habitación 214 (momentos destacados del Sheraton blogtrip a Colonia)

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Significado del As de Oro según la interné (esa mujer a la que le creemos todo lo que dice):

“A grandes rasgos significa Ventura, Triunfo, Poder, Riqueza, Alegría. Según la leyenda esta carta anunció a Napoleón su futura gloria. Aparece como la más positiva de la baraja. Es una carta tan buena que algunos cartománticos ya dan por finalizada la sesión si sale. Vaticina el éxito total, la realización plena de todos los objetivos del consultante. Representa un excitante nuevo destino”.

(Este fue el resultado de poner en Google “significado as de oro” y entrar a la primera página de tarot de la lista. Es decir: dudosa veracidad, pero vale).

Bueno, resulta que el jueves pasado cuando salí de madrugada para tomarme el barco a Colonia (Uruguay) me encontré un ejemplar del As de Oro (baraja española) tirado en la calle a menos de dos cuadras de mi casa. Los que me leen hace un tiempo sabrán que me dedico a juntar naipes en distintas ciudades del mundo y que, cada vez que encuentro uno, algo bueno me pasa (como por ejemplo: esto). Hacía mucho que no encontraba uno y la verdad es que en Buenos Aires mi Naipe Mode se desactiva por completo, así que fue una sorpresa y una alegría verlo ahí esperándome (boca arriba, porque al parecer el significado de la carta es totalmente distinto si esta aparece boca abajo). Las cartas nunca mienten… (?)

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Como les conté el día que fundé el grupo de autoayuda virtual Viajeros Anónimos, tenía planeado irme a Uruguay hacía más de un mes para hacer un Road Tripping Uruguay de bloggers autogestionado. Pero en el medio pasaron muchas cosas y el viaje autogestionado se convirtió en un blogtrip con todas las letras: un viaje para bloggers (uno de los primeros que se realiza en Argentina) organizado por el Sheraton Colonia Golf & Spa Resort (con roaming cubierto por Claro Argentina, asistencia al viajero de assist-med y viaje en barco cortesía de Buquebus). Además, a los tres twitteros originales se le sumaron más bloggers, dospuntoceros y magos como los chicos de Magia en el Camino (Dino y Aldana), Walter Duer y Lucila Runnacles.

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[singlepic id=5421 w=800 float=center] Soy el señor Aniko, un empresario japonés 

Estos fueron los momentos cumbre (para mí) del Sheraton blogtrip Colonia que duró dos días y una noche.

* Desayuno improvisado on the boat

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Bien lo dijo (o mejor dicho lo twitteó) @marioalza: “@viajandoporahi (osea yo) sabe de desayunos improvisados en viajes”. Y no soy la única. Cualquiera que viaje low cost sabe de desayunos improvisados, de esos que se toman sentados con las piernas cruzadas, entre mochilas, sobre el pasto, en un escalón, en la vereda, en la entrada de alguna casa o, como nos tocó a nosotros, en el piso alfombrado del barco. Qué bien nos vino ese cafecito y esas medialunas a las 9 am, cuando ya hacía varias horas que estábamos levantados. Qué lindo es improvisar y sentarse en ronda con otros viajeros, qué lindo es sentir que la charla es tan interesante que el viaje de ida se pasa volando. El barco iba repleto: cualquier finde largo es una buena excusa para huir a Colonia, ese mundo empedrado, faroleado (¿se dirá así?) y silencioso tan cerca y tan lejos de Buenos Aires. Y nosotros no sólo estábamos entre los suertudos que se escapaban a Colonia, sino que tuvimos la suerte extra de poder quedarnos una noche en el Sheraton.

[singlepic id=5433 w=800 float=center] El Sheraton visto desde la cancha de golf

* Faaah!

Me gusta ver cuál es la expresión que usa la gente cuando está sorprendida. La clásica es “uaaaaaauuuu” o “uouuu”, pero a mí me salió decir FAH. Cuando puse la tarjeta en el picaporte y abrí la puerta de la habitación 214, entré y me dije a mí misma: Faaaah! Nadie me escuchó porque estaba sola, pero lo dije varias veces. Entré cual nena y me puse a revisar todo: abrí las puertas de los placares, miré lo que había adentro del frigobar, prendí la tele e hice zapping, abrí las cortinas, miré de cerca los frasquitos de shampú, saqué fotos del baño, me miré en todos los espejos. Casi me pongo a saltar sobre la cama pero me contuve. Lo que más me gustó de la 214: la vista al campo de golf (obvio) y el escritorio preparado para usar la compu (no soy la única que trabaja mientras viaja).

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[singlepic id=5443 w=800 float=center] La vista desde mi ventana…

Laura y Virginia (del Sheraton, quienes nos acompañaron al viaje) nos hicieron un recorrido por el hotel: entramos a los distintos tipos de cuartos (el “faaah” inicial se iba acrecentando a medida que aumentaba el tamaño de la habitación), conocimos el gimnasio y el spa, pasamos por los restaurantes y hasta hicimos una parada en el Sheratoons (el área pensada para los más chicos, en la cual TODOS nos quedamos un largo rato). Lo que más nos llamó la atención del Sheraton de Colonia es que, a simple vista, “no parece un Sheraton”. Estamos acostumbrados a ver este hotel en versión edificio en pleno centro de las ciudades más grandes del mundo. En Colonia es distinto: está a 7 km del centro histórico, es un edificio bajo, tiene mucho marrón y madera, tiene una enorme zona verde… Está integrado con el destino. Es como una casa de campo de lujo, pero sin que falte la calidez de la chimenea y el fueguito.

[singlepic id=5411 w=800 float=center] El área Sheratoons

[singlepic id=5428 w=800 float=center] El campo de golf

[singlepic id=5435 w=800 float=center] La pileta exterior

[singlepic id=5413 w=800 float=center] El área de spa

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* ¡A la pelotita!

Top 1 de momentos cumbres: bloggers de viaje jugando al golf. Corrección: bloggers de viaje intentando jugar al golf. Nos pusimos en fila y fuimos aprendiendo de a poco: cómo agarrar el palo correctamente, cómo realizar el swing, cómo pegarle a la pelotita blanca. Visto de lejos, creo que parecíamos la versión latina de Happy Gilmore (no me digan que no vieron esa peli…). A mí me encantó, aunque no emboqué una (lo máximo que logré fue pegarle con la pelotita dos veces casi seguidas al cartel que decía “No tirar del césped” y que claramente no estaba puesto ahí para que uno le pegara sino para pedirnos que no tiráramos el césped). Fue una gran manera de liberar tensiones, aunque después quedé agotada. El tiempo pasa volando cuando uno juega al golf.

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[singlepic id=5431 w=800 float=center] Lo blanco es el cartelito al que golpeé varias veces

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* Gastronómicas: Dame otro chivito / No tomo mate (pero ojalá lo hiciera) / Viva la grapamiel en invierno

Un viaje sin probar la comida local no es un viaje de verdad. La gastronomía es, para mí, un rasgo cultural fundamental del destino en cuestión, así que al viajar hay que olvidarse de las mañas y probar toda la comida autóctona que se pueda. Esa es mi premisa (y por eso suelo volver de cada viaje con varios kilos de más). En Uruguay hay varios imperdibles y, si bien son los obvios, por algo son tan famoso: el chivito, el mate y (mi más reciente descubrimiento) la grapamiel.

[singlepic id=5414 w=800 float=center] El chivito

El chivito es un sandwich de lomo (bien fino) con lechuga, tomate, jamón, queso y huevo frito. Lo del huevo frito, en mi opinión, es fundamental, porque lo divertido del chivito es que lo agarrás y chorrea huevo frito por todos lados. Además se acompaña con papas fritas o ensalada y es obligatorio comerlo con la mano (se disfruta más). Delicioso.

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Si yo tomara mate podría explicarles cuáles son las diferencias entre el mate argentino y el mate uruguayo. Pero como no tomo, no puedo. No puedo hablar de cosas que no experimenté. Sí puedo decirles que acá la preparación del mate es mucho más meticulosa y dedicada que en Argentina. Puedo decirles también que entre los 3 millones de uruguayos consumen 32 millones de kilos de yerba y toman 400 millones de litros de mate al año. Y puedo afirmar (porque lo veo todo el tiempo) que van todos con el termo abajo del brazo (incluso al shopping). Es una imagen que me encanta.

Y la grapamiel es eso mismo: grapa con miel. Ideal para este invierno frío.

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[singlepic id=5436 w=800 float=center] La cena…

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[singlepic id=5439 w=800 float=center] Y el postre

* Magia en el blogtrip

Tuvimos la tarde libre y cada cual se dedicó a lo suyo: algunos probaron el spa, otros el gimnasio, creo que algunos durmieron la siesta y otras se dedicaron a parlotear (ejem). El día terminó con cena y show de magia by Dino. Todavía sigo pensando cómo hizo para hacer aparecer pelotitas en mi mano cerrada (no me lo digan, si lo saben no me lo digaaaaan!). Finalmente me fui a dormir tras un día agotador, largo y lleno de cosas nuevas. La cama me abrazó, literalmente. Al día siguiente salimos en bici por el casco histórico de Colonia, pero eso queda para el próximo capítulo.

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[singlepic id=5447 w=800 float=center] Así de bien se duerme

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[box border=”full”]Agradecimientos:
Al Sheraton Colonia Golf & Spa Resort por la invitación y la organización del blogtrip.
A assist-med por acompañarnos con su servicio de asistencia al viajero.
A Claro Argentina por darnos el servicio de roaming y permitirnos estar constantemente conectados.
A Buquebus por llevarnos de Buenos Aires a Colonia.
Y a todos los bloggers y gente del Sheraton por la buena onda! [/box]

blogTripping La Plata | Parte 2: “Arte es lo que sobra”

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Sábado: blogtrip oficial

El trayecto de Buenos Aires a La Plata se me pasó volando. Creo que eso de tener que subirme a un bondi para ir a una ciudad afuera de mi ciudad ya hizo que el modo viajero estuviera en ON desde el minuto cero. En el colectivo éramos cinco: Aldana (de Magia en el Camino), Annie Burbano (bloguera colombiana), Senna y Arttu (una pareja finlandesa que se estaba quedando en casa) y yo. Aldana y yo charloteamos como loras y la hora y poco más de viaje parecieron cinco minutos. Ceeerca, La Plata siempre estuvo cerca. Ah no, perdón, eso era Rosario. :D

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Los chicos de LaPlataGO (organizadores del blogtrip) nos esperaban en Frankville (hostel y espacio cultural platense) con un desayuno típicamente argentino: mate y medialunas. Charlamos un poco acerca de La Plata (se las presenté en el post anterior) y empezamos el recorrido oficial en la República de los Niños, un parque temático que reproduce, a tamaño “niño”, una ciudad con todas sus instituciones (casa de gobierno, palacio de justicia, iglesia, puerto, teatro, restaurantes, parlamento, etc) así como construcciones típicas de distintas partes del mundo (del Taj Mahal a casitas alemanas). La síntesis de esa visita quedó plasmada en el video que compartí en el post anterior: “Volver a ser chicos”.

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La segunda parada fue uno de esos lugares que te dejan con la boca abierta de tantos estímulos: el Museo de La Plata, un museo de ciencias naturales con más de 3 millones (sí, millones) de objetos en su colección (aunque no todos están en exhibición). Lo que más me gustó (y podrán ver mi testimonio en uno de los videos que comparto más abajo) fueron los fósiles de dinosaurios (de chica era fan) y los sarcófagos y momias egipcias (de chica era fan también, y lo sigo siendo).

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El tercer lugar que visitamos fue uno que yo personalmente quería conocer hace tiempo: la Casa Curuchet, una vivienda diseñada por el arquitecto suizo Le Corbusier y construida entre 1949 y 1953 (la única obra de Le Corbusier en Sudamérica). Si vieron la película “El hombre de al lado” sabrán de qué les hablo, ya que todo el film transcurre en esa casa, y si no la vieron, consíganla ya mismo porque no tiene desperdicio (Víctor es uno de los mejores personajes de los últimos tiempos). La Casa fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1987 y es la actual sede del Colegio de Arquitectos de La Plata. Es una obra de arte hecha casa, aunque me decepcionó un poco ver lo descuidada que está.

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Parada número cuatro: Plaza Islas Malvinas, un parque y centro cultural en memoria a los caídos, construido sobre lo que fue el Regimiento 7 de Infantería. Ahí adentro nos encontramos con la primera sorpresa: una convención de modelismo y juegos de rol. Curioso, muy curioso.

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Y, finalmente, la Catedral. Los que la vieron en vivo lo sabrán: la Catedral de La Plata es imponente. Tiene un estilo neogótico, está inspirada en las catedrales de Amiens (Francia) y la de Colonia (Alemania) y está ubicada frente a la Plaza Moreno, en el centro de la ciudad. Y lo más interesante de esta zona de la ciudad son sus misterios…

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Hay varias historias no oficiales acerca de las estatuas que rodean la Catedral. Si las miran de cerca, esas inocentes mujeres de mármol (las cuatro estatuas que representan a las cuatro estaciones) están haciéndole “cuernitos” a la iglesia, y el arquero divino está apuntando con su (ex) arco y flecha hacia el templo (digo “ex” porque se lo robaron y nunca más apareció). Acá voy a dejar que hablen los platenses, que seguramente sabrán mucho más que yo al respecto… Lo que nos contó Pachi, dueño del hostel Frankville, es que existen varias teorías acerca de estas estatuas: hay quienes dicen que el gesto de cuernitos es solamente una casualidad y hay quienes afirman que fueron obra de los masones (una sociedad secreta perseguida por la Iglesia) y que la ciudad, si la miran bien, tiene muchísimos símbolos masónicos. Platenses: cuenten todo lo que sepan, que todo lo que tenga que ver con sociedades secretas y cosas místicas u ocultas me interesa mucho!

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En los siguientes dos videos queda hecho el resumen de nuestra visita.

http://vimeo.com/42594982
http://vimeo.com/42577132

Dirección: Axel Hochegger

Les voy a ser sincera. Cuando me llevan a ver algo determinado yo no puedo evitar mirar todo aquello que pasa en el medio. Me gusta observar el camino más que la meta, por así decirlo. Así que mientras íbamos en auto de un lugar a otro, yo me pasaba los trayectos mirando por la ventana y veía una cosa: arte callejero.

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Domingo: blogtrip no oficial

El domingo a la mañana, cuando ya nos estábamos por ir, sucedió una de esas casualidades que terminarían por desencadenar una serie de acontecimientos muy importantes en mi existencia (?). Nos despedimos de los chicos del hostel y alguien dijo, como al pasar, que más tarde había una movida artística muy copada (con muestras y bandas en vivo) en un lugar llamado C’est la vie. Como me interesó y no tenía ningún apuro ni nada importante que hacer en Buenos Aires, decidí quedarme a almorzar en La Plata e ir más tarde a C’est la vie para ver de qué se trataba. Empezaba el artblogtrip no oficial.

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Así que a eso de las 4 de la tarde, cuando el equipo oficial de blogtrippers ya se había vuelto a Buenos Aires, Santi, uno de nuestros anfitriones platenses blogtrippenses, y yo nos fuimos a ver qué era lo que se estaba tramando en aquella casita artística. Y me encontré con algo que me gustó demasiado: un centro cultural intervenido por artistas con muestras de fotos, ilustraciones, bandas en vivo y hasta un rincón para tomar el té y comer cosas ricas. Me hizo acordar mucho a Algún Lado, una movida artística porteña creada por mi amiga Vero Gatti (la ilustradora más genia de todas) que consistía en intervenir artísticamente lugares que estaban a punto de ser cerrados o demolidos para demostrar que ahí sólo importaba el hoy y ahora.

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Más tarde, después de hacer un mini recorrido de murales de la ciudad (que espero ampliar en mi próxima visita a La Plata), fui a conocer Meridiano V, un barrio con calles empedradas, casitas bajas, farolas, bodegones, bares, mercados, talleres, ferias, espectáculos, muestras, tiendas de diseño… Los vecinos rescataron las instalaciones de la Estación Provincial de tren de 17 y 71 y convirtieron la zona en el Circuito Cultural Meridiano V, un rincón con mucho arte y una linda movida cultural. Para hacer un paralelismo, muchos le dicen “el San Telmo de La Plata”. Y fue justamente ahí, en una feria de ropa y artesanías, donde las escuché: dos señoras pasaron al lado mío conversando, mientras miraban todo lo que estaba a la venta, y no sé qué habrá dicho la primera, pero la segunda le respondió, con total convicción: “Es que en La Plata, arte es lo que sobra”. Sí señora, tiene razón, ya lo veo. Y en los blogtrips como en la vida (?), lo mejor pasa fuera de programa. Por lo menos yo me quedé con muchas ganas de hacer un artblogtrip por La Plata (*ejem*) (a ver si lo organizamos).

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Y, para que vean que todo en la vida son casualidades, en C’est la vie conocí las ilustraciones de Gabi Rubí, decidí seguirlo en facebook para ver un poco más de su arte, vi que estaba haciendo una convocatoria de artistas para un ciclo cultural, le escribí para postularme, me dijo que sí y así fue como llegué a esto: mañana sábado expondré fotos en La Plata. Están todos invitados. :)

[box border=”full”]Datos útiles para visitar La Plata

Cómo llegar: las empresas de colectivo Costera Metropolitana y Grupo Plaza salen desde Retiro y hacen paradas en Paseo Colón y 9 de Julio.

Dónde quedarse: Frankville Hostel (Calle 46 n° 781 e/ 10 y 11).

Qué ver: La República de los Niños (ubicada en Gonnet), Casa Curutchet (Boulevard 53 Nº 320, entre 1 y 2), Centro Cultural Islas Malvinas, la Catedral (suban en el ascensor para ver la ciudad desde arriba!), Meridiano V, C’est la vie (Calle 55 entre 4 y 5). [/box]

Y pueden leer la primera parte de este blogTripping La Plata acá: “Allá es otro clima”.

blogTripping La Plata | Parte 1: “Allá es otro clima”

Un domingo de mayo a eso de las 5 de la tarde.

Voy en el asiento delantero de un auto paseando por La Plata. Diálogo vía mensaje de texto con mi mamá (sí, la pintora y futura twittstar):

—Ani, estás volviendo ya?
—No, por?
—Nada en particular. Hace frío allí?
—No, está re lindo!
—Ja Ja, allá es otro clima.
—Jajaja loca!

Al rato, otro mensaje de mi madre:

“Estás viajando por ahí?”

:D

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En La Plata pasan cosas raras.

Primero, cada vez conozco más gente que tiene algo que ver con La Plata. Muchos de mis amigos, compañeros y profesores de facultad son de La Plata. Muchos de mis lectores son de La Plata. Muchos bloggers (o “2.0’s” – dospuntoceros) son de La Plata. Mucha gente que conocí viajando vive y estudia en La Plata. Muchos amigos seguramente me van a decir (después de leer esto) que son de La Plata o que vivieron en La Plata o que estudiaron en La Plata y yo no estaba enterada. Uno de mis primos —que vivía en Entre Ríos— ahora vive en La Plata (y me visita mucho más seguido) :). Muchas grandes bandas de rock nacional nacieron en La Plata. Los recitales que antes se hacían en Buenos Aires ahora se hacen en el Estadio Único ¿de dónde? de La Plata. Mi mamá dio clases en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de La Plata (plástica y dibujo aplicado al diseño) durante ocho años (por eso me afirma con conocimiento de causa que “allá es otro clima”). De repente todos los caminos conducen a La Plata.

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Perdón, estoy siendo maleducada. Sé que muchos de ustedes no son argentinos y probablemente se están preguntando quién es esta famosa La Plata. Así que se las voy a presentar formalmente.

*Se sube al estrado*

*Toma el micrófono*

*Aclara la garganta*

Queridos lectores, les presento a La Plata. Nació el 19 de noviembre de 1882, fue ideada como capital provincial después de que la ciudad de Buenos Aires fuera declarada distrito federal en 1880 y es la única ciudad planificada del país (fue construida primero y habitada después). Hoy, efectivamente, es la capital de la Provincia de Buenos Aires y está 56 km al sudeste de la Ciudad de Buenos Aires (la capital del país). El casco urbano tiene más de 186.000 habitantes y el Gran La Plata, más de 650.000. La ciudad fue premiada en la Exposición Universal de París en 1889 como “Ciudad del futuro” y “Mejor realización construida”. Es, además, una ciudad de gran importancia universitaria y educativa: tiene varias instituciones académicas (entre ellas la Universidad Nacional de La Plata, una de las principales del país) y se destaca en ámbitos como la física, la astronomía y la biología. Es una ciudad muy verde y con muchísima vida cultural (y gran cantidad de museos, centros culturales, teatros y bibliotecas).

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En un ámbito un poco más personal, les cuento que físicamente es un cuadrado perfecto. Si la miran desde arriba, La Plata es una grilla más ordenada que una hoja cuadriculada. Es muy fácil orientarse, ya que las calles no tienen nombres sino números correlativos, lo cual permite sacar fácilmente la cuenta de cuánto hay que caminar para llegar de un punto a otro de la ciudad (las calles del casco urbano van del 1 al 31 y, paralelamente, del 32 al 71). Pero hay algo que la hace especial, misteriosa y diferente a otras: sus diagonales, esas calles que la atraviesan de norte a sur y de este a oeste y forman rombos en el mapa. Por eso, en la intimidad, muchos la llaman La ciudad de las diagonales.

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Adivinanza basada en un caso real: ¿Cómo reconocer a tres platenses en Buenos Aires? Respuesta: posicionarlos en alguna plaza de la ciudad de Buenos Aires y observar cómo se van caminando —sin darse cuenta— por las calles diagonales en vez de seguir la linea recta como el resto de los porteños. Puedo dar fe de esto ya que fui testigo y me causó mucha gracia. Adivinanza número dos: ¿Cómo reconocer a dos porteñas en La Plata? Respuesta: son esas que están perdidas en alguna diagonal, creyendo —inocentemente— que por tomar esa calle iban a acortar camino. Adivinanza número tres: ¿Cómo encontrar un parque en La Plata? Respuesta: caminar seis cuadras (hay bosques y plazas ubicadas exactamente cada seis cuadras).

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Pero si tuviera que hablarles de ella, de lo que realmente es y lo que realmente siente, les diría que La Plata es una ciudad joven que vive, respira y palpita. Es universitaria. Es artista. Es bohemia. Es política. Es intelectual. Está llena de murales, de colores y de ideas. Tiene hojitas de otoño (por lo menos en este momento) y rincones con aire de barrio (de ese barrio tan barrio y tan lindo que nos hace tanta falta en medio de la locura de Buenos Aires). Tiene mate, medialunas y ventanas abiertas. Tiene gente sentada en los parques y en las puertas. Tiene movidas culturales y musicales. Es una ciudad muy cercana a Buenos Aires pero a la vez muy distinta. Es una ciudad que, como me dijeron por ahí, nunca envejece.

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Es una vergüenza: la tuve ahí muy cerca toda mi vida y la conocí recién a los 21 años gracias a una amiga que es de allá y que por poco me arrastró. Eso nos pasa a todos, ¿no? Cuando algo está tan cerca pensamos que podemos ir “en cualquier momento” (“total está acá nomás”) y al final nunca vamos… Y ahora, tras mi segunda visita a La Plata me pregunto: ¿cómo puede ser? ¡¿cómo no la descubrí antes?! Ella tan La Plata y yo tan principiante…

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Para que entiendan cómo fue que volví a ir a La Plata después de cinco años les hago un breve resumen de acontecimientos.

Un día de 2010 abrí un blog de viajes y empecé a viajar y a escribir → A lo largo de los meses me fui contactando con bloggers de viaje argentinos y de España → uno de ellos (¡gracias, Gabi!) me invitó a dar una charla en algo llamado “tbm” (o Travel Blogger’s Meeting) (más específicamente, me invitó a la primera reunión de bloggers de viaje argentinos que se hizo en Buenos Aires a fines de 2011) → fui y hablé → en esa reunión conocí a los chicos de LaPlataGO (los ideadores y responsables del primer blogtrip que se realizó en Argentina, justamente a la ciudad de La Plata) y quedamos en contacto para hacer cosas en el futuro → en el medio viajé a España y a Marruecos → volví a Buenos Aires → justo (casi) todos los bloggers argentinos (¡y hasta Eddy Lara Brito! el creador del tbm) coincidimos en un evento de marketing y turismo en Buenos Aires → nos reencontramos y nos pusimos las pilas para hacer cosas otra vez → Y así surgió este blogTripping La Plata, un video-blogtrip de un fin de semana, en el que participé junto con Aldana de Magia en el Camino, Annie Burbano (blogger colombiana), Santiago Cravero Igarza y Mario Alza (los chicos de LaPlataGO e Identidades Digitales), Pachi (dueño del muy recomendado Frankville Hostel) y Axel Hochegger (quien estuvo a cargo de la filmación, edición y producción de tres excelentes videos, entre ellos, el que sigue). Denle play y pongan fullscreen. :)

Faltan más capítulos de esta historia. Pero sí, en La Plata, definitivamente, hay otro clima.

Continuará.

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Querido Blog: soñé, viajé y me desperté (en qué orden, no sé).

3 de abril, Barcelona

Querido Blog:

Para qué te voy a mentir. Podría hacer de cuenta que te escribo desde una ventana que da a algún bosque nevado de Suecia. Podría decirte que los renos pasean por enfrente de mi casa y que siento el olor de los árboles.

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Pero no.

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Te escribo sentada frente a una ventana que da a la plaza de toros de Barcelona, con la lluvia que no para de caer. Llegué hace unos días y la ciudad me atrapó otra vez (sigo tan enamorada de Barcelona como antes). Este regreso, sin embargo, fue distinto a mi regreso de Marruecos (acerca del cual todavía no te conté). Volver de Marruecos, fue raro. Fue gris. No sé si hablar de esto en esta carta… ¿O sí? Bueno, brevemente.

Te voy a contar un secreto: existe algo conocido como La Depresión Post Viaje. Bah, no sé si existe, pero a mí me pasa y por eso le puse ese nombre. Volver de un viaje implica pasar del movimiento constante a la quietud, de la incertidumbre a lo seguro, de ser el elemento novedoso en un lugar desconocido a ser una más en un lugar más que conocido. Volver de un viaje implica pasar de no saber dónde vas a dormir, dónde vas a comer, a quién vas a conocer, por dónde te va a llevar el camino, a tener todo más o menos ordenado y sin mucho lugar para la espontaneidad. Volver de un lugar tan intenso, colorido, bullicioso y acelerado como Marruecos acarrea una depresión (llamémosla tristeza, sensación de vacío, miedo a la inmovilidad) segura. ¿Sabés por qué? Yo creo que en cada viaje, en cada paisaje y en cada persona voy dejando un pedacito mío, un poquito de alma, por decirlo de alguna manera. Entonces cuando me voy siento que  dejo algo atrás, siento eso de “¡¿Qué hago acá?! Que alguien me explique en qué momento decidí volver y por qué”… Siento que parte de mí queda en un lugar al que nunca jamás volveré. Porque si bien puedo regresar al mismo lugar (físicamente), la experiencia va a ser distinta, la gente que voy a conocer va a ser otra, mi estado va a ser diferente (es imposible que un ser humano esté siempre igual). Por eso volver es tan difícil, ¿entendés? Este tema da para largo…

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Si bien mi regreso de Marruecos a Barcelona duró solamente cinco días (porque después de eso me fui a Suecia) y no fue el regreso tradicional (no volví a Buenos Aires sino a Barcelona, a una ciudad que me encanta y en la que todavía me queda muchísimo por descubrir), igualmente sufrí esa depresión. Y Suecia, ay Suecia… Ese viajecito fue la cura perfecta. Un viaje para curar la depresión post-viaje. ¿Quién lo hubiese dicho?

[singlepic id=4947 w=800 float=center] Bienvenidos…

Volví de Suecia mucho más tranquila. Y, pequeño detalle: enferma. Apenas me subí al avión de vuelta de Skellefteå empecé a estornudar y a sentirme bastante mal. Mi cuerpo dijo basta. Eso de estar casi dos meses girando por Marruecos, volver a Barcelona, irme a Suecia, dormir cuatro horas por día y pasar de los cero grados a los 25 en cuatro horas (que es lo que dura el vuelo de Laponia Sueca a Girona) me mató. Así que estuve todo el fin de semana en cama y recién hoy me siento un poco mejor. Pero como te decía, este regreso fue distinto. A pesar de estar enferma, volví de muy buen humor y con el alma contenta.

¿Dónde nos habíamos quedado en la carta anterior? Ah sí, el anteúltimo día de viaje, Miguel y yo volvimos en el auto de Tova y Bob (la pareja que nos alojó en su B&B) a Skellefteå para tomar el vuelo a Girona al día siguiente. A eso de las 8 pm nos reencontramos con David y Florent (nuestros otros compañeros de blogtrip que hicieron una ruta distinta a la nuestra) y hablamos eufóricos acerca de la aurora boreal, los renos (que nosotros no vimos pero ellos sí), la aurora boreal, su visita a los Sami, la aurora boreal, la experiencia de la moto de nieve, la aurora boreal, la comida y la aurora boreal otra vez. En algún momento la charla se puso muy divertida y a los cuatro nos agarró un ataque de risa. Y no eran solamente risas, eran carcajadas de esas que no podés contener y que te hacen llorar. Estuvimos diez minutos llorando de risa como cuatro salames, tratando de no hacer mucho ruido para no molestar al resto de los huéspedes. Otra gran medicina, la risa.

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Cuando terminamos de cenar decidimos salir a caminar un poco por la ciudad y adiviná qué: empezó a nevar. Para mí, que soy una principiante en esto de la nieve, ver cómo caen los copos del cielo es algo mágico. Agarramos cuatro paraguas y nos fuimos por ahí. Te juro que fue como si nos metiéramos adentro de una novela policial. Imaginate este ambiente: casas con puertas y ventanas totalmente cerradas, farolas empañadas en las veredas, la nieve que cae y se acumula, bicicletas estacionadas, silencio, ni un alma en la calle, cuatro extranjeros y cuatro paraguas, huellas misteriosas, un cementerio. Sí, había un cementerio al lado del hotel, con las lápidas hundidas en la nieve y todo. También vimos unas huellas rarísimas, de un par de zapatos estilo Aladdino (y de número, por lo menos, 45) y pisadas de un animal (¿un zorro tal vez? ¿Un Sasquatch de pies pequeños?). Yo subí a una montaña de nieve para sacar una foto y quedé enterrada casi hasta la cadera. Mirá, saqué algunas fotos, aunque no usé el trípode y salieron medio chungas.

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[singlepic id=4956 w=800 float=center] Esta fue de cuando quedé enterrada en la nieve y Miguel acudió al rescate.

Y la mañana siguiente, después de cinco días en Laponia Suecia, tomamos el vuelo de RyanAir de vuelta a Girona. Se me pasó rapidísimo y, cuando me di cuenta, ya estaba de vuelta en Barcelona. Así que eso es todo, Blog. The Dream is Over, como cantaba una de mis personas preferidas. Se terminó este pequeño e intenso viaje onírico y próximamente vendrán otros distintos. Si bien vi muy poco de Suecia, puedo decirte que en este viaje aprendí varias cosas:

1. Que la naturaleza es un gran desestresante. A mí, por lo menos, me da muchísima paz y felicidad.

2. Que la risa es una de las mejores medicinas. Imaginate si todos nos dedicáramos a reírnos a carcajadas (de esas que te sacan las lágrimas) por lo menos una vez al día… El mundo sería un lugar mucho más relajado y alegre. Y si todos nos riéramos de nosotros mismos, aún mejor.

3. Que desde que te creé (o “te conocí”) empecé a conocer gente muy afín a mí, con los mismos sueños, con los mismos ideales, con la misma pasión por viajar. Así que gracias. Creo que no hubiese sido posible sin vos. Cuando empecé nunca me imaginé que iba a llegar a tener charlas de blogs, wordpress, blogtrips y viajes con otras personas (sin quedar como una loca que habla constantemente de blogs).

4. Que, como leí alguna vez, el mundo necesita gente que ame lo que hace. Las personas apasionadas por su trabajo no aportan más que cosas positivas, más allá de que se equivoquen y tropiecen de vez en cuando. Todos nacemos con un talento y creo que una de las misiones más importantes que tenemos es descubrirlo y aprovecharlo, sea cual sea. Si ofrecemos nuestro talento al mundo, estaremos haciendo algo para mejorarle la existencia a los demás y a nosotros mismos.

5. Que cada persona que me voy cruzando en el camino me enseña algo, ya sea acerca del mundo, de sí misma o de mí misma. De todos se aprende.

5. Que cuanto más viajo, siento que menos conozco. Es como el “sólo sé que no sé nada”. Cuando más mundo conozco, más me doy cuenta de que me queda muchísimo más por descubrir y que, probablemente, no me dará la vida para verlo todo.

 6. Que volver de un viaje es como despertar de un sueño. A veces podemos despertarnos con una sensación de felicidad, a veces con melancolía, a veces con tristeza, a veces con tranquilidad. Todo depende de cómo fue el sueño y de dónde nos despertamos.

Bueno Blog, me voy a pasear bajo la lluvia y aprovechar mis últimas dos semanas acá…

No creas que me olvidé: Feliz cumple. Felices dos años de vida. Ya te haré un post cumpleañero.

Nos vemos por ahí,

Aniko

[singlepic id=4959 w=800 float=center] Adopté a una geisha con superpoderes, ahora se dedica a viajar conmigo :)

Querido Blog: Hoy estuve en un bosque encantado
(y conocí a una gallina de nieve)

29 de marzo de 2012, Laponia Sueca

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[singlepic id=4856 w=800 float=center] Foto: Miguel Páez

Querido Blog:

Dormí menos de cuatro horas pero no me importa nada. Ayer vi la aurora boreal. Leíste bien: A-U-R-O-R-A-B-O-R-E-A-L. ¿Qué asunto mundano me puede importar después de haber visto algo así? La naturaleza es el mejor desestresante que existe, a mí no me vendan otra cosa porque no la compro.

Hoy tuvimos que dejar la casita del bosque para volver al centro de Piteå. Eso de despertarse con los árboles silenciosos al lado, la nieve y la luz del sol entrando por la ventana no tiene precio. ¿Sabías que esta zona de Suecia es el lugar con más bosques de todo el norte de Europa? El bosque de acá, a diferencia del de, por ejemplo, Sudamérica, crece muy lentamente: pueden pasar 100 años desde que los árboles son plantados hasta que se conforma el bosque. Por eso tenemos que cuidarlo. Creo que si todos los seres humanos tuvieran la posibilidad de despertarse por lo menos una vez en medio de un bosque y sentir la paz que transmiten los árboles, la naturaleza estaría mucho más cuidada. Porque nadie quiere hacerle daño a aquello que le hace feliz, ¿no te parece? A veces buscamos la felicidad durante toda la vida y no nos damos cuenta de que la naturaleza que nos rodea es suficiente para hacernos sentir bien. Cómo me gustaría tener un pedacito de bosque… Gunnar y Caroline (la pareja que nos alojó anoche) nos contaron que la mitad del bosque pertenece a pequeños propietarios, un cuarto pertenece al Estado y otro cuarto a grandes empresas. Pero todos son libres de caminar por todo el bosque. El problema al que se enfrentan ahora es que hay mucho bosque y poca gente, necesitan personas que estén dispuestas a trabajar ahí. ¿Vos tu sumás? Yo me quedaría eh…

[singlepic id=4842 w=800 float=center] En Piteå

[singlepic id=4846 w=800 float=center] Mar congelado

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[singlepic id=4780 w=800 float=center] Mucha mucha nieve (vista desde el bus)

No sabés: hoy nos entrevistaron para un programa de radio sueco. Fue en inglés, muy interesante: hablé acerca de la experiencia de ver la aurora boreal, acerca de mis viajes, de los lugares que más me gustaron, de lo que recomiendo ver en Argentina y Asia (¡todo!). Si me pasan el audio te lo mando así me escuchás. Nunca te conté de mi afición por la radio, ¿no? En el 2007 trabajé en un programa con amigos, tenía una columna semanal de curiosidades del mundo, era un segmento muy divertido y que casi siempre terminaba rondando lo bizarro (cuándo no). Desde que empecé a viajar me hicieron varias entrevistas y ahora en unos días (aprovecho para darte la primicia) empiezo como columnista (de viajes, obvio) en un programa de radio de Argentina que se llama “La suerte está echada” y que saldrá de lunes a viernes de 6 a 8 am en FM Touché (89.1). Empieza el 2 de abril (¡ya!), todavía no sé qué día de la semana saldré, así que te avisaré con tiempo para que me escuches. Pero esto de volver a hacer radio me pone feliz.

[singlepic id=4850 w=800 float=center] El chico que nos entrevistó

Hoy almorzamos en un resort en Piteå, mirando el mar (o, mejor dicho, el mar congelado). ¿Te hablé de la comida sueca ya? No me acuerdo, te conté tantas cosas… Acá se come muy sano. De desayuno muesli con yogur (que debe ser una de las cosas que más me gusta comer en este mundo), jugo de frutas, té o café, fiambres, panes y mermeladas de todas las “berrys”: rasberry, cranberry, cloudberry, blueberry. Los frutos del bosque, bah. Esta vez almorcé un poco de pescado con brócoli, tomate, choclo, morrón, queso y salsa de champignones. Mmmmmm, qué rico. También probamos el “Pitepalt”, una comida de supervivencia que apareció después de la Segunda Guerra Mundial para alimentar a la población: un pan hecho a base de harina, papas y sal y relleno con un poco de carne. Se come con mermelada y manteca y llena muchísimo, yo no pude comer ni la mitad. Hoy en día mantienen el Pitapalt más como tradición que por otra razón. Comí, también, una caritas felices con un sabor muy particular: regaliz y sal. Raras. Un sabor de esos que te generan muecas involuntarias.

[singlepic id=4840 w=800 float=center] ¡Cómo amo comer esto!

[singlepic id=4847 w=800 float=center] El almuerzo

[singlepic id=4848 w=800 float=center] El pitepalt

[singlepic id=4851 w=800 float=center] Las caritas :D

Después Miguel y yo tomamos el bus y nos fuimos de vuelta a Skellefteå (la ciudad a la que llegamos con el avión y donde pasamos la primera noche) para ir en coche hasta la casa de Tova y Bob, una pareja sueca que conocimos en el partido de hockey el día que llegamos. Tienen un Bed & Breakfast lindísimo en medio del bosque. Tengo un problema: cada lugar al que llego me gusta más que el anterior. Soy terriblemente enamoradiza de los paisajes y de los lugares, tengo que admitirlo. El otro día te contaba que mi paisaje preferido es el mar, ¿te acordás? Bueno, creo que ahora puedo decir que uno de los paisajes que más me inspiran son los bosques nevados. Son mágicos, de cuento. Me hacen sentir como adentro de una postal. Estando acá me dan ganas de encerrarme en una cabaña y dedicarme a escribir durante meses sin parar.

[singlepic id=4839 w=800 float=center] La casita en el bosque de Tova y Bob

[singlepic id=4816 w=800 float=center] ♥

[singlepic id=4811 w=800 float=center] Ellos

[singlepic id=4789 w=800 float=center] Tova preparando el agua caliente para el “hot tub”

[singlepic id=4804 w=800 float=center] Caminando por el bosque

Tova y Bob son una pareja muy cálida y agradable, personas con que las que quisiera compartir más tiempo. Ya les pedí que me adoptaran y que me dejen vivir en la casita de las gallinas: ya lo veo, me pongo un colchoncito ahí, una conexión a internet y listo, no me voy más. Siempre digo lo mismo, ¿no? Una de mis frases célebres debe ser “No me quiero ir” o “Acá me quedo”, es que viajando conozco tantos lugares que me atrapan… Como el bosque donde viven Tova y Bob, por ejemplo. Hoy comprobé que hay bosques encantados, bosques que pertenecen a los cuentos que leía de chica, donde no me sorprendería encontrarme hadas y seres viviendo en casitas en los árboles. Cuando estaba bajando el sol nos pusimos unos esquíes y nos fuimos los cuatro a hacer una caminata por la nieve hasta el lago congelado. Imaginate tener un lago así a unas tres cuadras de tu casa. No habría razón para no ser feliz. Tova y Bob no cierran su casa con llave. Impensado, ¿no? Tener la tranquilidad de que podés salir y nadie va a entrar a desvalijarte no tiene precio.

[singlepic id=4791 h=800 float=center] Un arroyito que está a la vuelta de la casa

[singlepic id=4794 w=800 float=center] La ruta que lleva hasta la cabaña

[singlepic id=4799 h=800 float=center] Cuando bajaba el sol nos pusimos los esquíes

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[singlepic id=4805 w=800 float=center] y nos fuimos a caminar por el bosque

[singlepic id=4821 w=800 float=center] a ver el lago

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[singlepic id=4823 h=800 float=center] y dejar nuestras huellas.

Acabo de volver del sauna, Blog. Acá todos tienen sauna en su casa, es algo muy común. Se calienta con fuego y tiene ventanas para disfrutar del paisaje mientras empezás a transpirar. Me contaron que en invierno es muy común usar el “hot tub” (la bañera de agua caliente) y después tirarte sobre la nieve (cuasidesnudo) para enfriar el cuerpo. Yo no sé si me animo a tanto. Ya es tarde, así que me voy a dormir y mañana sigo con esta carta.

[singlepic id=4845 w=800 float=center] La vista desde el sauna de Pite Havsbad, el resort que fuimos a conocer en Pitea antes de ir a lo de Tova y Bob

***

¡Buen día, Blog! ¡No sabés lo bien que dormí! El colchón de mi cama era muy mullido, tanto que cuando me acosté sentía que me hundía y que me iba directo al mundo de los sueños, como cuando Alicia cae por el hueco y llega al País de las Maravillas. Estoy pensando en rebautizarte eh, me parece que lo de Viajando por ahí ya fue, tendrías que llamarte Aniko en el País de las Maravillas. O Aniko en el Planeta de las Maravillas. Ese va a ser tu pseudónimo de ahora en más, así que cuando completes un formulario, acordate:

“Apellido y Nombre: Por ahí, Viajando.”

“Pseudónimo: Aniko en el País de las Maravillas”

“Edad: 2 años”

¡Ya cumplís dos años, Blog! Qué grande que estás…

[singlepic id=4814 w=800 float=center] La vista desde mi cama

[singlepic id=4815 h=800 float=center] La vista desde la otra ventana de mi cama

Bueno, eso: te decía que me acosté en la cama y viajé a un nivel de sueño más profundo (como en la película Inception: un sueño adentro de otro), porque aunque me haya despertado, todavía sigo soñando. Creo que una de las sensaciones más lindas al despertarse en invierno es mirar la naturaleza por la ventana, apoyar los pies sobre el piso de madera, ponerse las pantuflas y bajar las escaleras (en caso de que las haya, como en lo de Tova y Bob) para ir a desayunar algo calentito. Y si hay pan casero, jugo de frutas y yogur con cereales, mejor aún. El desayuno es uno de mis momentos preferidos del día.

[singlepic id=4829 w=800 float=center] Waffles con crema y mermelada

[singlepic id=4837 w=800 float=center] El hombrecito de nieve que hizo Tova

Hoy almorzamos waffles afuera. Después —no sé cómo no se me ocurrió antes— me senté a jugar en la nieve. Quise hacer un muñeco de nieve (nunca hice uno en mi vida… ¡no te digo que nunca me llevaban a la nieve de chiquita!), pero fracasé así que hice algo mejor: una gallina de nieve, con sus huevos y todo. ¡Los hombres de nieve ya fueron! Lo que se vienen son las gallinas. La mía empolló cinco huevos en pocos minutos, es una genia. Y encima no sé cómo hizo, pero los puso en exposición en un nidito, por si alguien los quería comprar. Además tenía una cresta guapísima (no me importa que las gallinas no tengan crestas, la mía tenía). Bob me preguntó si la quería envolver para llevármela a Barcelona. Lo pensé eh, pero tenía miedo de que no me dejaran subir al avión con animales (si hubiese estado en Marruecos la metía en cualquier baúl y listo). Además mirá si justo empezaban a nacer los pollitos en pleno vuelo, iba a ser un lío. Así que la dejé ahí con sus amigos: un conejo y un hombrecito muy simpático hechos por Tova. Estoy segura de que ahí va a ser muy feliz.

[singlepic id=4835 w=800 float=center] Mi gallinita

[singlepic id=4836 w=800 float=center] El conejo de Tova

[singlepic id=4798 w=800 float=center] Los scones (pan) que me enseñó a hacer Tova (¡ojalá me salgan tan ricos!)

A eso de las 4 de la tarde, Tova y Bob nos llevaron en auto de vuelta a Skellefteå. En el trayecto, Tova me dio su receta para hacer scons (un tipo de pan), así que lo intentaré. La cocina no es lo mío pero lo intentaré. Nos despedimos con un enorme abrazo. Qué lindo que es conocer gente así. Para mí viajar es esto: conocer personas y, sobre todo, aprender algo de cada uno que se cruza en mi camino. Por más mínimo que sea, creo que todos nos pueden enseñar algo valioso. La verdad que admiro el estilo de vida de esta pareja. Se siente que son felices y, a la vez, simples, que no necesitan más de lo que tienen. Te dejo su dirección por si los querés visitar, van a estar encantados de recibirte.

Te dejo por hoy. Mañana ya nos vamos de vuelta a Barcelona, pero no te preocupes que te voy a mandar una carta más desde este estado onírico en el que estoy flotando hace unos días…

Cuidate y sé feliz,

Aniko

[singlepic id=4787 w=800 float=center] ¡Me encanta esta valijita viajera!

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[box border=”full”] Viajé a Laponia Sueca invitada por VisitSweden. [/box]

Querido Blog: Hoy vi la aurora boreal

28 de marzo de 2012, Laponia (Suecia)

 Querido Blog:

Tapones de oído. Eso es lo que nos dieron como souvenir cuando entramos a la oficina de turismo de Piteå (la A con circulito se pronuncia como una O), el pueblito al que viajamos ayer desde Skellefteå. “If you ever miss the sound of the Swedish Lapland, just use this” (“Si algún día extrañan el sonido de Laponia Sueca, usen esto”) nos dijeron con picardía mientras nos daban la bolsita. El sonido del silencio. Buen marketing. Además es totalmente verídico: acá el silencio se escucha. Y creo que la nieve ayuda mucho. El blanco, descubrí, es un color muy silencioso.

[singlepic id=4738 w=800 float=center] En Piteå

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Por la mañana caminamos un rato por el centro de Piteå, por una zona donde se conservan las construcciones típicas del siglo 19. Son casitas de ensueño. Cuando yo era chica y dibujaba casitas de colores con techitos, chimeneas y arbolitos —intentando imitar las pinturas de mi mamá—, lo que estaba dibujando eran casitas suecas, solo que en ese momento no lo sabía. Es que acá todo es de ensueño: las calles nevadas, los árboles pelados, las ramas que forman dibujos contra el cielo, las casitas bajas de colores, los atardeceres. ¿Dónde estoy? Todavía no lo entiendo. Is this real life?, es la frase célebre de un niño dopado en youtube. Eso me pregunto yo: ¿esto es la vida real? Sí, la de todos los que viven acá y la mía en este momento. Estoy en un lugar donde, por decirte algo, las bicicletas no se atan. Las dejan ahí y cuando vuelven siguen ahí. Si yo la dejara suelta en Buenos Aires, cuando vuelvo ya está desarmada, empaquetada y vendida. Estoy en un lugar que está ubicado muy al norte del mundo, pero que también tiene verano, playa y —pocos días al año— 24 horas seguidas de sol. Un sol desenfrenado. Yo voy a hacer de cuenta que estoy despierta, pero como te dije ayer, sé que sigo soñando y que en cualquier momento me voy a despertar en las oficinas de Ryan Air, en el sector “Objetos perdidos” clasificada como “Pasajero/a No Reclamado/a”.

[singlepic id=4769 w=800 float=center] Acá pasamos la noche

[singlepic id=4766 w=800 float=center] y con esta vista desde la ventana.

Bueno, sigamos. Exactamente a las 12 del mediodía (¿o fue más tarde? es que no uso reloj y ni me molesté en prender el celular), Miguel —el otro blogger que viaja conmigo—, Mikael —un chico sueco de Piteå que nos mostró su ciudad— y yo nos fuimos en auto a Stormybergets Lantgård, una pequeña granja en las afueras de la ciudad, donde nos alojamos por una noche (desde ahí fue que te escribí ayer, sentada al lado de la ventana mirando el bosque). Nos recibieron Caroline y Gunnar, la pareja sueca dueña del B&B, su hija María, su perro Mile y su gato. Siento envidia, Blog. Siento envidia ante esta gente que vive tan en contacto con la naturaleza, que es capaz de autoabastecerse y que tiene tan pocas necesidades. ¿Lograré vivir así algún día? Sueño con tener mis propios cultivos, una bicicleta, un paisaje en mi ventana, una mesa donde sentarme a escribir y una conexión a internet (fundamental, sin ella no podría comunicarme más con vos y eso me haría sentir muy sola). Esto de viajar tanto tiene sus cosas buenas y sus cosas malas: por un lado, a medida que voy conociendo distintos modos de vida, me voy dando cuenta en qué tipo de lugares me siento mejor y en qué países me quiero quedar a vivir. El problema es que mis ganas de seguir viajando son más fuertes que cualquier paisaje, entonces no logro establecerme en ningún lugar. Por ahora. Pero cada vez tengo una idea más clara de cuál es “Mi lugar en el mundo” (que, creo yo, es un estado de ánimo geográfico, por así decirlo, que puede existir en varios puntos del mundo y no solamente en una ciudad específica).

[singlepic id=4742 h=800 float=center] Caroline

[singlepic id=4751 h=800 float=center] Gunnar

[singlepic id=4744 w=800 float=center] El bosque donde almorzamos

[singlepic id=4746 w=800 float=center] La comida

[singlepic id=4745 w=800 float=center] Hora del té

[singlepic id=4765 w=800 float=center] El gato

[singlepic id=4755 w=800 float=center] El perro

[singlepic id=4756 w=800 float=center] Las ovejas

[singlepic id=4759 h=800 float=center] Los caballos

Escuchate esta: hoy anduve en moto de nieve. La manejé yo solita. ¡Una adrenalina que te cagas! (ya te dije que estoy pasando mucho tiempo con españoles y se me pegan sus expresiones, tío). La sensación es casi como andar en moto de agua. La nieve estaba muy blanda y la moto se hundía bastante, entonces había que ir “rápido” sí o sí (igual no fui a más de 40 porque seguro me estrolaba contra algún árbol y te dejaba huérfano y la verdad que sos muy joven para que te adopten, quiero verte crecer unos años más). No sabés cómo se movía para los costados. Me quedaron los brazos temblando.

[singlepic id=4743 w=800 float=center] La famosa moto, muy popular por estos pagos.

A la noche, a eso de las 9, salimos a andar a caballo por el bosque con María, la hija de Caroline y Gunnar. Estábamos dando una vuelta cuando miramos al cielo y lo vimos (o por lo menos quisimos verlo): el principio (casi imperceptible) de una aurora boreal. Una nube gris, muy larga, que se extendía en diagonal por el cielo estrellado. María nos dijo que no estaba segura de que fuera una aurora, ya que la época terminó hace unas semanas y hace ya un tiempo que no veían ninguna. Pero yo no perdía las esperanzas. Cuando volvimos a la casa, Gunnar nos dijo, emocionadísimo: “¡Se viene una aurora! Vayan ya mismo a un lugar despejado para verla”. Así que nos abrigamos bien, agarramos cámaras y trípodes y nos fuimos cuesta arriba por la nieve en busca de un claro.

[singlepic id=4761 w=800 float=center] Por acá anduvimos a caballo pero de noche

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Nunca te lo conté, pero uno de los grandes sueños de mi vida, una de esas 10 cosas que tengo que hacer antes de morir, es ver una aurora boreal. La única que vi fue en la cocina de Skinner, en aquel capítulo de Los Simpsons que —estoy casi segura— cualquier argentino de mi edad recuerda: “¡Skinnerrrr! ¿Qué es ese humo que sale de su cocina?”, “Es el vapor de las hamburguesas que estoy cocinando”, “¿Hamburguesas? Creí que había dicho almejas”, “No, no, dije hamburguejas, hamburguejas al vapor”, ¡Skinnerrr! ¿Qué es ese resplandor?”, “Aurora boreal”, ¿Aurora boreal? ¿En esta época del año, a esta hora del día, en esta parte del mundo y ubicada específicamente en su cocina?”, “Ehhh, sí”, “¿Puedo verla?”, “No”. Era algo así, te lo escribo de memoria para que te des una idea de aquel célebre diálogo. Pero la verdad que nunca jamás te expresé mi deseo de ver la aurora porque pensé que era algo totalmente inalcanzable, algo que (con mucha suerte) iba a ver a los después de cumplir 60, cuando me ganara la lotería, viajara a algún país nórdico y me instalara en un silla día y noche a mirar el cielo.

[singlepic id=4774 w=800 float=center] Saqué varias fotos de la aurora, todas con una exposición de entre 15 y 25 segundos, algunas salieron bien y otras no tanto. 

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Subimos la montaña con Mile, el perro de la familia, un collie muy simpático, durante unos treinta minutos. Miguel se la pasó enterrándose en la nieve, yo no tanto, pero a veces pisaba partes blandas y quedaba atascada hasta la rodilla. Por suerte no hacía tanto frío (¿cero grados tal vez?). Le conté a Miguel que en los países nórdicos existe la leyenda del perro que se convierte en lobo cuando aparece la aurora boreal. Nah. Mentira, pero estaría bueno que existieran historias así, como la del lobizón o el chupacabras escandinavo. Caminamos por la oscuridad del bosque con dos linternitas atadas en la cabeza, cual documental de la Bruja de Blair. Llegamos a un claro y cuando miramos para arriba casi nos caemos de espaldas (por no decir de bak). Una luz verde cruzaba el cielo formando un arco inmenso. Esa luz avanzaba rápidamente, tomaba tintes violetas y a los pocos minutos se desintegraba. Enseguida aparecía otra, formando otro dibujo y hacía un recorrido distinto. Hice algunas fotos, pero la mejor imagen que me llevo es la que me quedó grabada para siempre en la cabeza. Ver la aurora boreal y ver el cielo estrellado en el desierto son las dos experiencias que me hicieron sentir realmente ínfima en el Universo. Era como si el cielo fuese un lienzo negro y alguien (el dios que más te guste) hubiese sacado un pincel y se hubiese puesto a hacer trazos verdes y violetas.

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Alguien me dijo que la aurora boreal emite un ruido y que hay personas que lo pueden oír. Yo no escuché nada, pero el perro no paró de ladrarle al cielo durante la hora u hora y media que estuvimos parados ahí. Yo estoy convencida de escuchaba el ruido o sentía algo distinto y por eso ladraba. Los animales son mucho más sabios que nosotros cuando se trata de comprender y escuchar a la Naturaleza. Miguel estaba medio harto del perro así que puso música. Aurora boreal musicalizada por Manu Chao. “No podría pedir más nada”, como dice la última de las calcos de Proyecto Calco (que, by the way, mi amigo Mamo no me mandó todavía, sino la sacaba frente a la aurora boreal y era la foto del siglo). Mientras hacía las fotos me senté en la nieve, me olvidé del frío y me quedé con la boca abierta. Nunca vi algo así en mi vida. Nunca. Nada se compara a la sensación de estar sentada en medio de un bosque nevado mirando un cielo lleno de estrellas que de repente se llena de trazos verdes y violetas. Podrían haber aparecido diez renos bailando salsa, cinco osos vestidos de mujer y cuatro zorros cantando canciones de Los Beatles que igualmente no les hubiese hecho caso. La aurora le gana a todo.

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Cuando volvimos a la casa nos dijeron que fue una de las auroras más grandes y lindas que habían visto en mucho tiempo. La palabra clave de Miguel para definir la aurora fue “brutal”. La mía, no sé. Creo que en aquel momento mi cabeza dejó de funcionar. Todavía no puedo creer lo inmensamente afortunada que soy. Estuve en el momento justo en el lugar perfecto, contra todas las probabilidades. Cuando pregunté retóricamente en Facebook si vería la aurora boreal en mi viaje a Laponia Sueca, hubo personas que me llegaron a decir algo como “No es época, Aniko, seguí participando”. Ves que si uno sueña las cosas con fuerza, los deseos se cumplen. Pero decime la verdad, Blog, ¿a quién le pagaste? ¿qué contactos moviste para que apareciera una aurora? ¿Quién te pasó la localización del botón secreto que enciende y apaga la aurora boreal? Porque dicen que está muy bien escondido… Fuiste vos, ¿no? Porque sino no me lo creo. Todavía no creo nada de todo esto. Es un sueño, ¿no? A ver, pellizcame.

Sí, estoy soñando.

Me voy a dormir (¿o tendría que decir “a seguir durmiendo”?). Mañana te escribo más.

Que duermas bien (¿los blogs duermen?),

Aniko

PD: No te mueras nunca.

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[box border=”full”] Viajé a Laponia Sueca invitada por VisitSweden. [/box]

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