Acto 1: por qué de repente aparecí en Suiza

Hace cuatro meses me recetaron vacaciones.

Fue un lunes a la mañana. Me había sentado frente a la computadora para empezar a trabajar en mis múltiples proyectos (#WorkaholicEnRecuperación) y mi cuerpo no me dejó seguir. Me sentí tan abrumada por todo lo que tenía que hacer que no pude parar de llorar durante todo el día. A eso se le sumó una migraña que se activaba cada vez que miraba una pantalla, palpitaciones, insomnio, dificultad para tomar decisiones, olvidos constantes. Diagnóstico: burnout. Cura: vacaciones, entre muchas otras cosas (meditación, mindfulness, pantalla cero, valeriana, magnesio, naturaleza y terapia).

Durante los meses siguientes me dediqué a bajar el nivel de estrés: salí a caminar por los parques de Ámsterdam y a mirar a los patos, casi no usé el teléfono ni la compu, hice mucho journaling y scrapbooking, me leí como veinte libros, empecé a nadar cuatro veces por semana y nos fuimos unos días a Biarritz a ver amigos y el mar. Recién después de 10 años de viajes entendí la importancia de tomarse vacaciones, de irse de viaje solo con el fin de descansar y desconectar.

Casi en la etapa final de este proceso (la recuperación es larga, y todavía necesito controlarme para no pasarme con las autoexigencias) me llegó una invitación para ir de viaje de prensa a Lausanne, en Suiza, por tres días. Lausanne (o Lausana) es la cuarta ciudad más poblada de Suiza, después de Zurich, Ginebra y Basilea. Tiene 139.000 habitantes, y forma parte de Romandía, la Suiza francesa. Sé que suena lindo, pero irse de viaje de prensa equivale a irse de viaje de trabajo. Sin embargo, cuando vi en el programa que haríamos stand-up paddle, nadaríamos en el lago y aprenderíamos a hacer animalitos de chocolate dije sí. Eso para mí son vacaciones. Y así como siempre digo que cada uno tiene que viajar a su medida, también creo que cada cual tiene que armarse sus vacaciones en torno a lo que le gusta y le interesa.

Antes de planear un viaje (sea de descanso o de exploración), puede ser una buena idea hacer una lista de palabras que te gustaría que estén presentes durante esos días. Podés pensar en verbos o sensaciones que te gustaría hacer/experimentar en ese viaje. Las mías en general son: nadar, caminar, leer, dormir, música, cuaderno, comer, bosque. En la escapada a Lausanne tuve un poco de todo.

La vista del lago Lemán desde el avión

Las calles empinadas del centro de Lausanne

Caminata por los viñedos de Grandvaux

Stand-up paddle en el lago

Acto 2: #myLausanne (o cómo mi viaje estuvo hecho de mini sensaciones subjetivas)

En un viaje de prensa, como en un viaje organizado, hay un itinerario que seguir. Los días suelen estar cargados de actividades, paisajes, datos, comidas. Pero al final, cuando el viaje pasa y decanta, lo que queda son sensaciones. Igual que meses después de leer un buen libro: no recordamos tanto la trama ni cada detalle de los personajes, sino cómo nos sentimos mientras lo leíamos. Estas son algunas de las sensaciones que me quedan de esos tres días en Lausanne, sin un orden particular.

▸ El lago es como la Mona Lisa. Salí un viernes a la mañana de Ámsterdam, una hora y diez de vuelo, equipaje de mano. Unos minutos antes de aterrizar en Ginebra, vi el lago desde arriba. Me apoyé contra el respaldo de adelante para poder ver el paisaje a través del hueco que dejaba mi vecino de asiento. “La vista linda es del otro lado”, me dijo antes de volver a ponerse los auriculares, como si ese campo emparchado de verde y amarillo frente al agua turquesa no fuese especial. El lago Lemán es el más grande de Europa occidental, y está compartido por Suiza y Francia. Durante los tres días de viaje por Lausanne, siempre estuvo presente: como una franja en el horizonte, como vista desde un ventanal, como sostén de nuestras tablas de stand-up paddle. El lago Lemán es como la Mona Lisa : siempre te está mirando, por más que cambies de ángulo.

▸ Fondo de pantalla a gran escala. En el grupo éramos ocho: seis bloggers/instagrammers (Marion y Julienne de Francia, Marco de Italia, Julia de Alemania, Roselinde de Holanda, y yo), Aurore (de We like travel, quien nos invitó) y Sébastien (de Lausanne Tourisme). Compartimos tres días, brunchs, almuerzos, cenas, actividades y caminatas en grupo. El segundo día de viaje nos fuimos en tren a Grandvaux, a 10 minutos del centro de Lausanne, para caminar por los viñedos a orillas del lago y probar los vinos locales. Mientras bordeamos el lago desde arriba, yo solo pensaba en una cosa: acá es que sacaron las fotos de los salvapantallas que se usaban en las computadoras de los noventa. Prolijo como paisaje suizo. “¿Y se puede cruzar nadando?”, pregunté mientras miraba las montañas de Evián, del lado de enfrente. “Son 14 kilómetros pero es más peligroso de lo que parece, tiene mucha corriente”. El lago, mientras tanto, estaba inmóvil como una alfombra.

▸ Cada huequito lleva maracuyá. El maestro chocolatero agarró un molde rectangular con 24 huequitos ordenados en filas de 3 x 8. Cada huequito parecía hecho a medida del caparazón de un caracol. Puso el molde debajo de una canilla de chocolate negro (dijo que ese chocolate es más sano que el blanco o el chocolate con leche) hasta que se llenó, lo dio vuelta para que solo quedara una capa fina de chocolate pegada al interior de cada hueco y sacó el excedente con una espátula, como cuando te sirven una cerveza tirada y le cortan la espuma con un cuchillo. Puso el molde en el freezer por cinco minutos y lo volvió a traer para que rellenásemos cada futuro bombón con una mezcla de caramel y maracuyá. Todo el proceso me pareció uno de esos videos de ASMR para relajar el cerebro.

 

▸ Primero me temblaron las piernas. Dije que sí al viaje, más que nada, porque quería volver a hacer stand-up paddle. Lo probé en Sicilia, el año pasado, cuando fui a dictar el taller de escritura al barco, y recuerdo que pasé cada mañana dando vueltas en círculo alrededor del catamarán. Hace unos años intenté con el surf tradicional, pero no es lo mío. En el stand-up paddle encontré una combinación muy zen de estar en el agua, remar, hacer equilibrio y dejarme llevar. Esta vez me tocó hacerlo en un lago. Cuando me dieron la tabla me alejé de la costa sentada, remando como si estuviese en una canoa aplastada. Cuando me paré me temblaron los cuádriceps. Es un tembleque muy específico el del stand-up paddle, hace que la cadera baile un meneaito involuntario que puede hacerte caer al agua. Cuando por fin me estabilicé y empecé a remar pensé en comprarme uno para usar en los canales de Ámsterdam.

▸ El viento a vapor. Nunca me gustó el aire acondicionado. Tampoco soy muy fan de los ventiladores. Me gusta el viento natural, el que entra por la ventana de cualquier vehículo en movimiento, o el que me da en la cara cuando ando en bici o navego (en Ámsterdam tengo viento de sobra, a medida). Después de pasear por los viñedos y hacer stand-up paddle, volvimos de Cully —otra localidad frente al lago— a Lausanne en un barco a vapor. Nos instalamos en el segundo piso, cerca de la proa, y nos dejamos llevar mientras los pueblitos de las montañas se alejaban por los costados y el viento nos despeinaba. El capitán tocó el claxon cada vez que dejamos un puerto y todos nos sobresaltamos un poco (ese sonido nunca mejor descripto por David Foster Wallace en su ensayo acerca de los cruceros de lujo: “una flatulencia de los dioses”).

▸ El mapa engañoso de la ciudad-escalera. Lausanne está asentada sobre una pendiente y atravesada por cuatro ríos. Su centro está construido sobre tres colinas conectadas por puentes, y la ciudad tiene un desnivel de 500 metros. Eso quiere decir que un recorrido que parece directo puede convertirse en un trekking en dirección vertical. Sin embargo, caminar sigue siendo una buena opción —o subirse al metro que se maneja solo—. Lo bueno de las ciudades en escalera son las vistas: cada pocos metros hay una panorámica con vista al lago.

Barco a vapor

▸ Mientras mi libro se va a imprenta me tomo una cerveza en la terraza de moda. Suena mucho más glamoroso de lo que en realidad fue. No es que me fui a la terraza más cool a festejar, sino que el horario argentino de la entrega a imprenta del pdf de “Usted está aquí” (mi libro nuevo, hecho en conjunto con Vero Gatti) coincidió justo con el horario suizo en el que el itinerario marcaba un apero en el bar de moda de Lausanne. Dos años de trabajo para que justo todo se superponga así. Mientras traían otra ronda de IPAs y Aperol, tuve que revisar en la pantalla del teléfono que todo estuviese perfectísimo para dar el ok final. Ya había revisado todo cientoveinte veces antes, pero hay algo de ir a imprenta que me hace creer que tengo que mirar todo otra vez de cero.

▸ La flor falsa del día. Las flores son la brillantina de la naturaleza (?). Cada espacio público de Lausanne tiene alguna flor y olerlas hace bien. Resulta que yo con las flores no soy muy culta: me encantan pero no me sé los nombres de todas y muchas veces fui engañada (de lejos) por flores de plástico. Por eso cuando le pregunté al barman en uno de los puestos callejeros del Festival de la Cité (un festival callejero gratuito de música y comida) qué flor era esa que tenía en la barra y me dijo “la flor falsa del día” primero le creí, después me desilusioné y después supe que mentía. Hice un análisis minucioso del tallo, que no parecía falso, y de los pétalos, que no parecían de plástico, y llegué a la conclusión de que una parte del ramo era falsa y la otra era real.

▸ En unos minutos dejás de sentir el olor a queso. Cuando entramos al restaurante pensé que no iba a aguantar. Me preguntaron si había comido fondue antes y dije que no, creo que hubiese recordado ese olor (por fin entendí por qué le decimos “olor a queso” al olor de los pies). Es parte de la experiencia, me explicaron: “Lo vas a dejar de sentir en unos minutos, pero se te va a quedar impregnado en el pelo”. La fondue es una comida típica de Suiza, nació en el norte de los Alpes, cerca de la frontera franco-suizo-italiana. Al parecer los pastores y montañeros tenían la costumbre de calentar los pedazos de queso viejo para ablandarlos y comer algo caliente. La fondue de queso (porque también hay de chocolate) se prepara derritiendo una mezcla de quesos como el gruyere, comté, emmental y tomme de Savoie en vino blanco aromatizado. Para comerla, se hunden pedazos de pan sostenidos por un pincho de dos o tres puntas y se remueve formando un ocho para que la fusión de quesos no se corte (algo que yo no sabía, ya que moví el pincho formando cincos, sietes y noventa y nueves).

Las supuestas flores falsas

▸ Todavía me cuesta el francés. Hace cinco años que convivo con un francés (L) y todavía no puedo hablar bien su idioma. Lo leo, lo escucho, lo entiendo, pero cuando tengo que decir algo me trabo, no sé qué letras se pronuncian y cuáles no, me cuesta el sonido nasal y la erre gutural, siento que todos me van a burlar y me doy un poco por vencida antes de tiempo. En Francia soy la mudita (por eso le caigo tan bien a mi suegra, y eso me exime de la obligación de tener que hacer small talk). En Lausanne también hablan francés, pero las veces que les hablé inglés me respondieron sin problema. En un restaurante me hice la canchera y cuando me preguntaron si quería el menú en francés o en inglés dije en français y cuando llegó no entendí nada. Creo que era el equivalente suizo de esos lugares que sirven “deconstrucción de maracuyá con finas lonjas arboreas y pétalos aromatizados con salsa salvaje a base de aceto añejo y simulación de oliva”.

▸ Yo también me emocioné. El domingo, último día del viaje, fuimos a visitar el Museo Olímpico. La verdad —prejuicios míos— no tenía demasiadas expectativas. La muestra hace un recorrido por la historia de los Juegos Olímpicos: hay artefactos, la colección de antorchas, ropa, fotos, juegos. Hay varias salas con videos: en una muestran una compilación de los shows de apertura de distintos JJOO, y no sé si es porque la pantalla es gigante y la música muy emotiva, pero fue difícil no lagrimear al ver al mundo unido gracias al deporte. (Más tarde, yendo al aeropuerto, una de mis compañeras de viaje me confesó que ella también se emocionó con ese video, pero como estaba oscuro disimuló porque creyó que era la única).

▸ El escalón con moho. La última actividad del viaje fue ir a un bar frente al lago a tomar sol y nadar. Caminé descalza por el asfalto hasta el muelle, bajé por una escalera de metal, patinosa por el moho, me puse las antiparras (goggles) y me dejé caer al agua. Estaba a 22 grados: un microsegundo de impacto frío, después maridaje perfecto con los más de 30 grados del exterior. Nadé paralelo a la costa, esquivando colchonetas inflables. No se veía el fondo, solo unas algas de tres o cuatro metros que parecían lianas invertidas. Sin querer tragué agua y creo que me sorprendió que fuera dulce. El lago Lemán parece un mar. En el avión de vuelta le pedí consejos a la blogger holandesa acerca de lugares en los que nadar en aguas abiertas en Ámsterdam (una semana después se me dio: hubo ola de calor y me tiré al río en medio de la ciudad).

▸ Paraíso para los introvertidos. Leí que Lausanne (¿y Suiza, tal vez?) es un paraíso para los introvertidos, ya que hay muchas actividades para hacer en la naturaleza y en silencio. Si llegan a ir y se suben a un tren, no se pongan a leer ni se distraigan. Miren por la ventana. No se pierdan los paisajes. Me fui con un libro en la mochila (“Pájaros en la boca”, de Samanta Schweblin), con el plan de terminarlo en los transportes, y ni lo toqué.

 

Acto 3: info útil para tu viaje a Lausanne

Lausanne es un buen lugar para visitar si buscan vida al aire libre (el lago en verano me pareció un gran plan), buena gastronomía y vinos, una ciudad caminable y muchos pueblos cerca para visitar. Si van en verano, tiene el plus de poder disfrutar del Festival de la Cité, que es gratuito. Les dejo algunos datos útiles, basados en nuestro viaje de tres días por Lausanne.

  • Dormimos en: Hotel des Voyageurs, un hotel muy bien ubicado en el centro y con un buffet de desayuno muy completo.
  • Para movernos dentro de Lausanne usamos la Lausanne Transport Card (provista por el hotel). Con la tarjeta podés usar todos los medios de transporte público de manera gratuita. La solicitás al hacer tu reserva de hotel.
  • Para movernos de una ciudad a otra usamos el Swiss Travel Pass, un pase ilimitado y todo en uno que te permite viajar en tren, barco y buses en más de 90 ciudades y pueblos de Suiza y te da acceso gratuito a más de 500 museos.
  • La moneda es el franco suizo (CHF), que vale casi igual que el euro. Y sí, ¡Lausanne es caro! Suiza es un país caro en general, más que el resto de Europa. Si vas con poco presupuesto, podés buscar alternativas como hacer Couchsurfing, ir a meetups y hacer actividades gratuitas.

Actividades que hicimos durante nuestro viaje y que recomiendo:

    • Visitar la chocolatería Durig y hacer un taller de animalitos de chocolate.
    • Tomar un aperitivo al atardecer en The Great Escape, la terraza más popular de la ciudad (con muy buenas vistas).
    • Probar la fondue de queso en Pinte Besson, uno de los restaurantes más antiguos de la ciudad.
    • Pasear por el mercado matutino de frutas, verduras y flores de la Place de la Rippone (todos los miércoles y sábados del año)
    • Tomar el tren a Grandvaux y caminar por los viñedos de Lavaux hasta Cully, con vista al lago. Si te gusta el vino, hacer un wine tasting en la terraza de Domaine de la Croix Duplex.
    • Hacer stand-up paddle en el lago Lemán (podés alquilarlo en AlohaSup).
    • Tomar el barco de vapor de Cully a Lausanne (más info: http://www.cgn.ch)
    • Disfrutar el Festival de la Cité (si vas en julio), un festival callejero gratuito con música, espectáculos, teatro y comida.
    • Visitar el Museo Olímpico, dedicado a la historia de los Juegos Olímpicos (¡muy recomendado!).
    • Brunch en The Lacustre, con vista al lago.
    • Tomar algo, sentarte al sol o nadar en el lago a la altura de La Jetee de la Compagnie.

Mucha más información de Lausanne y todas sus actividades en www.lausanne-tourisme.ch

¡Muchas gracias Lausanne Tourisme y We Live Travel por la invitación!