Me cansé de viajar

Chan. (Si te estás preguntando y ahora qué y te mata la intriga, andá a la segunda parte del post.)

Alguna tarde del 2007, cuando todavía me faltaban unos meses para terminar la universidad, decidí que apenas rindiera el último final me iba a ir de viaje sin fecha de vuelta. Estaba trabajando en una revista y usaba cada rato libre para escribir en mi blog (otro, en el que solía mencionar que tenía muchas ganas de viajar) y para googlear fotos de los lugares que quería conocer. Irme de viaje era mi obsesión y no imaginaba mi futuro en una oficina o viviendo días iguales. Necesitaba construir una vida en movimiento y no quería quedarme con la duda de qué hubiese pasado si, por más miedos que tuviera.

El 28 de enero de 2008, con 22 años, me tomé un colectivo de ida a Bolivia y di por iniciada mi vida de viajera (así empieza la contratapa de “Días de viaje”, donde cuento todo esto con mucho más detalle). Entre ese día y hoy hice y viví muchísimo más de lo que me hubiese imaginado:

viajé sola por más de 40 países,
me quedé más de 200 veces en casas de familia alrededor del mundo,
me animé a hablar con extraños y a fotografiarlos,
probé comidas de todos los continentes,
acampé en el desierto,
me invitaron a casamientos y cumpleaños,
viajé por China sin entender nada,
descubrí mis raíces en España y en Hungría (incluso intenté estudiar húngaro),
me enamoré,
me desenamoré (y me animé a compartir varias de esas historias en “El síndrome de París”, mi segundo libro),
atravesé Europa en auto con un chico que recién conocía y que terminó siendo mi marido,
vi la aurora boreal desde un bosque sueco,
viajé en barco, en crucero, en helicóptero, en avión, a dedo, en camiones, en tractores,
tuve dengue, sabañones, fiebre, me corté, me caí, me esguincé,
tuve un período de muchísima tristeza,
conocí a algunas de las personas más importantes de mi vida,
me despedí de algunas de las personas más importantes de mi vida,
logré llevar mi trabajo en la mochila y vivir de lo que más me gusta,
publiqué varios libros,
di una charla TEDx,
me invitaron a viajes de prensa,
llené 43 cuadernos (y contando),
di talleres,
conté todo en este blog,
recibí comentarios haters,
recibí comentarios inspiradores, llenos de amor y gratitud (gracias por eso),
volví varias veces a Buenos Aires,
tuve la vida que siempre soñé y entendí, a la vez, que no era ideal ni perfecta.

Mural visto en Madeira (Portugal)

Pero alguna tarde del 2017, en alguna parte del mundo, me cansé de vivir así. Me cansé de trasladarme, de mudarme, de empacar y desempacar, de llegar a tiempo a los trenes, de buscar dónde dormir y a la vez dónde trabajar, de no tener un espacio propio, de no tener mi biblioteca, de tener mis cosas dispersas en distintos lugares, de no ver a mis amigos y a mis sobrinos, de no poder encarar proyectos largos porque nunca me quedo varios meses en el mismo lugar. Sé que ya escribí sobre esto antes, pero durante este último viaje le dije demasiadas veces a L, llorando, no me quiero volver a mudar, quiero una casa, hasta acá llegué y algo adentro mío me dijo: “Esto así no va más”.

Me siento igual que en el 2007, cuando miraba fotos y soñaba con viajar, pero al revés: ahora miro casas y sueño con vivir ahí. Abro con más emoción un cuaderno en blanco que un mapa, entro con más ganas a un departamento en alquiler que a un hotel, me motiva más armar mi escritorio que hacer la mochila. Ya no quiero andar girando “como bola sin manija” (dirían), ya no quiero vivir sin rumbo fijo. Me cansé. Necesito una base, un ancla, un nido. Y si no escucho este llamado interno, tan fuerte como el “quiero viajar” de hace 10 años, no voy a ser feliz, voy a seguir viajando por inercia, por miedo a cerrar una etapa que empezó como el sueño más grande de mi vida pero que ya no me motiva como antes, y no voy a crear cosas que valgan la pena porque no voy a estar alineada con lo que quiero ser.

Y no saben lo difícil que es para mí escribir esto y el miedo que voy a tener cuando haga click en el botón de “Publicar”, pero siento que si no soy honesta (conmigo y con ustedes), si hago de cuenta que todo sigue como siempre, me voy a quedar trabada en algo que ya no soy y voy a terminar dejando este blog porque no me voy a sentir identificada con él (¿crisis de 7 años con el blog? No sos vos, soy yo, te lo juro), y no quiero que eso pase. Y como siempre escribí desde mis emociones y desde la sinceridad, no puedo hacer de cuenta que ahora no está pasando nada. Necesito dejar todo esto por escrito para cerrar una gran década y poder abrir otra. Así que eso: dejo los viajes para volver a la oficina (ese sería el título marketinero de este post). La diferencia es que esta oficina va a ser un espacio de trabajo diseñado por mí, en mi casa, en el lugar del mundo que elija, con las horarios que quiera, decorado a mi manera y para hacer cosas que no estaría haciendo si no me hubiese ido de viaje por casi 10 años.

¿Y ahora qué?

¿Y ahora? ¿Qué va a pasar con el blog? ¿Qué va a pasar con nosotros?, se estarán preguntando ustedes, si es que todavía queda alguien leyendo o ya dieron un portazo masivo y me dejaron sola para siempre. ¿Qué implica todo esto? (Spoiler: va a haber Viajando por ahí para rato.)

Primero, que voy a quedarme quieta y voy a armar mi espacio de trabajo para poder enfocar todas mis energías en crear y compartir. Quiero devolver todo lo que aprendí durante estos 10 años, quiero crear para mí y para ustedes, quiero escribir más que nunca, quiero responder a sus preguntas y sus miedos, quiero compartir todo lo que sé acerca de viajar, de escribir y de ser nómada digital. Mi objetivo es inspirarlos a que si quieren viajar, viajen (y de la manera más suya posible), y si no quieren viajar, no viajen y se queden quietos haciendo lo que aman. Como adelanto les cuento que en septiembre sale mi primer journal de viajes, hecho a dúo con María Luque, del que ya les iré mostrando cositas y que vamos a presentar en Buenos Aires (pronto preventa!), también que estoy por firmar contrato con una editorial argentina para hacer un lindísimo proyecto de libros para el año que viene y que estoy preparando, por fin, mis cursos y workshops online.

Segundo, esta decisión implica que me llegó el momento de elegir dónde vivir, al menos por unos años, y con L tenemos todas las fichas puestas en Biarritz (Francia). Nos gusta la idea de vivir frente al mar y de estar en Europa y a ambos nos gusta esta ciudad para, en un tiempo, tener familia. Ahora mismo estamos acá, buscando casa, aunque está difícil porque hay muchísima demanda y poca oferta. Hace unos días fuimos a ver el departamento de nuestros sueños: entramos y fue amor a primera vista, ya nos veíamos viviendo ahí… nosotros y 20 postulantes más. Al final no nos lo dieron (por eso anduve medio triste esta última semana), así que seguimos buscando. La idea es establecernos en Biarritz y pasar varios meses al año en Buenos Aires.  Ahora en julio nos vamos tres meses a Buenos Aires y en octubre volvemos a Francia con la idea de quedarnos acá de manera indefinida.

Nos quedaremos por acá…

Tercero: no voy a dejar de viajar (y lo subrayo porque sé que lo tengo configurado en el ADN). Lo que quiero y necesito es dejar de moverme de manera tan constante y pasar a ser una nómada part-time (u ocasional). Quiero seguir viajando pero de otra forma: quiero hacer viajes más cortos, con ida y vuelta (en lo posible sin tecnología), y durante esos días enfocar todas mis energías en explorar, en conocer, en documentar, en fotografiar, en interactuar con el lugar y no en estar pensando dónde voy a vivir después de ese viaje, si voy a tener internet o no, qué va a ser de mí y todo eso que me está pasando ahora. Quiero poder decir “me voy una semana a explorar Estambul” e irme con la emoción del 2008, a perderme en la ciudad y a disfrutar de ese viaje “en estado puro”. Y para eso necesito frenar y tener una base. Necesito volver a hacer de los viajes algo extraordinario y no parte de mi rutina, porque así como los estoy viviendo hoy, ya no los disfruto.

Y por último: no voy a dejar de escribir de viajes (tengo mucho material por subir todavía), aunque también escribiré acerca de otras cosas (en escribir.me, no se preocupen, que para eso está). Me quedan muchos libros por delante. Que empiece la década creativa.

Cierro con esta frase del libro “Nos vamos”, de Power Paola.

Y con una foto mía, que hace mucho que no doy la cara (estoy más arrugada que hace 10 años, eso seguro).

Si quieren enterarse de todo lo que se viene, los invito a suscribirse a mi newsletter. Pronto estaré anunciando preventa y talleres en Buenos Aires. :)

Ah! Y hay promo en la Tienda para celebrar a Biarritz: si compran dos o más libros les mando una postal escrita a mano desde acá, de regalo, para ustedes o para un amigo.

10 consejos para futuros nómadas digitales

**Spoiler alert: se viene un post largo. Hacete un té y ponete cómodo.**

La primera vez que conocí a un nómada digital fue en la sala común de un hostel de Panamá City en el 2008. Yo recién llegaba de una caminata por el centro histórico y él estaba sentado frente a su laptop. Como suele pasar en los hostels, nos hicimos las preguntas típicas: de dónde sos, dónde estuviste, a dónde vas después, a qué te dedicás. No recuerdo su nombre, solo que era canadiense y que se presentó como periodista de viajes. Me contó que viajaba por el mundo hacía cuatro años y se financiaba vendiendo artículos a revistas y guías de viajes. “Voy a un lugar, busco una historia y le propongo la nota a varias revistas que encuentro por internet o con las que ya tengo contacto. Muchas veces no me responden, pero casi siempre hay alguna a la que le interesa comprar mi artículo. Con eso genero el dinero suficiente para poder seguir viajando y a veces hasta gano extra”.

Me quedé con la boca abierta. Me impresionó tanto que, un rato después, anoté todo el diálogo en mi cuaderno para no olvidarme nunca. No podía creer que fuera posible. Yo había salido unos meses antes de Buenos Aires con el objetivo de vivir así, de financiar mis viajes a través de la escritura, pero no conocía (al menos no personalmente) a nadie que lo hubiese logrado. El término “nómada digital” ni existía (o al menos no se conocía demasiado), había pocos blogs y esta idea de trabajar por internet era algo bastante nuevo. Él nunca lo supo, pero así como la chica boliviana del tren me inspiró a viajar en búsqueda de más experiencias de hospitalidad, el canadiense me demostró que era posible viajar y trabajar a distancia.

consejos para nomadas digitales vivir viajando

Hace unos meses, en un espacio de coworking de Bali, compartí mesa de trabajo con un brasilero y, en algún descanso, nos pusimos a charlar. Fue como en el hostel: de dónde sos, dónde viviste antes, dónde vas a vivir después, a qué te dedicás. “Soy nómada”, me dijo, y me lo tomé con total naturalidad. Me habló de asistentes virtuales, de las apps que usaba para trabajar, de las webs de economía colaborativa con las que se maneja, de sus negocios online.

Pasaron menos de diez años desde el encuentro en el hostel panameño y las cosas cambiaron mucho: hoy hay cada vez más gente que decide combinar un estilo de vida nómada con un trabajo a distancia o un negocio en internet. Durante estos nueve años conocí a muchos viajeros que viven así, y yo, en algún momento y sin darme cuenta, también muté de mochilera a nómada digital. Y como últimamente muchos de ustedes me escriben pidiéndome consejos para ser nómadas digitales, decidí hacer este post basado en las cosas que aprendí durante estos años de viajar lento y con mi oficina a cuestas. Ojalá les sirva. Ya saben que pueden dejar sus preguntas, consejos y experiencias en los comentarios. Y, no sé si hace falta aclararlo, pero todo esto está basado en mi experiencia y probablemente no sea igual para todo el mundo. Este es el primer post de una serie, así que dejo algunas cuestiones más prácticas para los próximos.

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10 consejos para futuros nómadas digitales:

Primero hay que ver qué entendemos por “nómada digital”

1) Ser nómada digital es un estilo de vida, no una profesión (y no es necesario ser blogger de viajes para vivir así)

Un nómada digital es una persona que puede hacer su trabajo desde cualquier lugar del mundo a través de internet (por eso lo de “digital”) y que elige cambiar de locación cada cierta cantidad de tiempo. Muchos creen que para ser nómada digital hay que ser blogger de viajes o que esa es la única manera de financiarse una vida en movimiento. Entiendo la confusión: los bloggers somos la cara visible y es lógico que a veces parezca que somos los únicos que vivimos así. Pero no, la movida es mucho más grande y hasta me animaría a decir que los bloggers de viaje no somos mayoría. Ser blogger, además, siempre tiene una profesión o pasión por detrás que sostiene al blog y le da su razón de ser: la escritura, la fotografía, los videos, el dibujo. En mi caso tengo este blog porque amo escribir, pero mis ingresos provienen de la venta de mis libros, de mis conferencias y de mis trabajos de generación de contenido, no del blog en sí (al menos no de manera directa).

Hay muchos trabajos que se pueden hacer a distancia: programación, diseño web/gráfico/editorial, desarrollo de apps, consultoría, auditorías, asistencia virtual, clases online, fotografía, video, edición y corrección literaria/periodística, traducción, coaching, ilustración, venta online, atención al cliente, periodismo, escritura. Es cierto que no todas las profesiones se pueden ejercer a distancia (por ahora), pero el campo de posibilidades es cada vez más amplio. El primer paso para definir tu futuro como nómada digital es preguntarte qué te gusta hacer y cómo podés combinar eso con el movimiento (en el post “Reflexiones acerca de vivir viajando o ¿Cómo puedo financiarme en el camino?” hablo en más profundidad acerca de eso). Y el segundo paso es empezar a buscar gente que ya lo haga (preguntar, googlear y leer a más no poder) y aprender de su ejemplo. Por eso, no creas que para poder trabajar a distancia tendrás que abrirte un blog y dedicarte a eso (a menos que quieras, y en ese caso te dejo estos 10 consejos).

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2) Tendrás que acostumbrarte a viajar mucho más lento (y enamorarte del concepto de slow travel)

En general cuando nos miran de afuera le prestan más atención al término “nómada” que a “digital”, como si lo de digital solo significara que llevamos una computadora en la mochila y la abrimos para chequear mails cuando nos aburrimos de abanicarnos con hojas de palmera o de ver otra maravilla del mundo. Yo me siento 25% nómada y 75% digital porque trabajo mucho más de lo que me muevo. Mi viaje, ahora, consiste en vivir en distintos lugares y en conocerlos desde mis rutinas cotidianas. Antes recorría un país en un mes, ahora prefiero quedarme tres meses en una misma ciudad o pueblo, pero llegué a este punto después de muchos años de moverme a distintas velocidades y de por fin darme cuenta de cuál era la ideal para mí.

En mi opinión (y según la experiencia de otros nómadas digitales que conocí en el camino), si querés trabajar a distancia mientras viajás vas a tener que moverte con mucha más lentitud que en un viaje “tradicional”. A mí me resulta muy difícil sentarme a trabajar si cambio de lugar cada dos o tres días y si tengo que estar readaptándome y reinstalándome (física y mentalmente) cada semana. Puedo escribir posts y artículos aunque me esté moviendo con frecuencia, pero me es imposible meterme en un proyecto más grande —como escribir un libro— si tengo que estar pensando a qué hora sale el próximo tren, dónde voy a dormir o si voy a tener una mesa en la que poder trabajar. Por eso, creo que tendrás que olvidarte de la idea de recorrer tres países en un mes (a menos que te tomes vacaciones) y enamorarte del slow travel.

En el post “Mis 9 años de viajera” reflexiono bastante acerca de este tema y en “Prácticas de slow travel en Kujukuri” hablo acerca de una de mis maneras preferidas de viajar.

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3) Elegí el destino en el que vas a vivir según tus intereses

Una de las cosas que más me gusta de ser nómada digital es que puedo elegir dónde vivir y desde dónde trabajar. Ese, para mí, es el mayor premio de este estilo de vida: la libertad de ubicación. Por ahora puedo decir que viví en Indonesia, Francia y Argentina, y ya tengo una lista de lugares en los que me gustaría instalarme al menos una temporada. En mi caso, las condiciones para elegir un lugar es que tenga mar (o pileta de natación), librería (en lo posible una papelería también), cafés, algún centro cultural y, si se puede, un espacio de coworking. En Biarritz, donde viví casi un año, conocimos a una pareja de argentinos que también trabaja a distancia: ella es diseñadora y él hace trabajos de marketing y desarrollo de apps y suelen quedarse de tres a seis meses en un mismo lugar. Además son surfers y siempre eligen el próximo destino en el que se van a instalar en función del surf, es decir que para que un lugar quede entre sus elegidos tiene que tener buenas olas.

Mi consejo es que elijas el lugar para hacer base según tus intereses. Hay quien elige Bali por el surf y quien lo elige por el yoga, hay quien hace “la ruta de los coworkings” y va a ciudades donde solo tiene oficinas compartidas y hay quien busca una movida cultural interesante. Si te gusta nadar, podés buscar algo cerca de la costa, si te gusta hacer trekking, un lugar metido en la naturaleza. Queda en cada uno investigar. Eso sí, hay dos factores más que hay que tener en cuenta antes de hacer la elección final:

* La conexión y acceso a internet (dependiendo del trabajo que hagas, tiene que ser muy buena o excelente, sino puede ser muy frustrante)

* Las visas y tiempos de estadía. Hay países en los que podés quedarte tres meses pero podés salir y volver a entrar de manera casi indefinida, hay países en los que solo podés quedarte tres meses en un período de seis meses, hay países en los que podés quedarte menos y hay países que ofrecen visas para freelancers (sé que en Berlín hay algo así) o working holiday visas. Toda la info que tengo al respecto la puse en este post: “Cuestiones pre-viaje: visas, pasaporte, pasajes de salida, tiempo de estadía y algunos consejos prácticos“. Lo mejor es que te asesores en la embajada del país correspondiente.

(Y como tercer factor, el costo de vida del país seguramente afectará tu decisión. Por algo muchos eligen quedarse en Tailandia, Indonesia u otros países del Sudeste Asiático, donde la vida es barata).

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[box type=star] Otra opción de nomadismo

Si no querés moverte de un país a otro constantemente pero querés tener una experiencia en el exterior, una buena opción es irte a Australia, Canadá, Nueva Zelanda o Irlanda a trabajar y/o estudiar. Si ese plan te interesa, el equipo de Nómadas puede ayudarte a concretarlo. Ellos te asesoran según tus planes e intereses (tienen acuerdos con escuelas y universidades), te ayudan a aplicar a la visa que se adecúe a tus necesidades, te reciben en el país de destino y te ayudan con los trámites para instalarte en la ciudad. [/box]

4) Aprovechá las webs de economía colaborativa para solucionar aspectos prácticos de tu estadía, como buscar casa.

¿Cómo hago para buscar alquiler en una ciudad en la que no conozco a nadie? ¿Cómo hago para conocer gente con mis intereses? ¿Cómo me entero de las actividades culturales del lugar? Cuando recién llegás al lugar en el que querés instalarte por un tiempo, lo mejor es recurrir a las webs de economía colaborativa (en este post explico qué son y doy una lista de varias que pueden servirte). Para buscar alquiler, lo mejor suele ser quedarte los primeros tres o cuatro días en un hostel o Airbnb y salir a recorrer el lugar para preguntar (o, lo ideal, conseguir housesitting y olvidarte del alojamiento). A veces hay dueños de Airbnb que están dispuestos a alquilarte su departamento por varios meses por una tarifa mucho más baja que la diaria, así que es cuestión de hablar. Meetup.com es una buena web para conocer gente con tus mismos intereses y los foros de Couchsurfing.com son buenos lugares para encontrar actividades y poder conocer gente (tanto locales como expatriados).

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5) Tendrás que generar tus rutinas de trabajo y aprender a ser organizado y productivo (porque nadie lo hará por vos)

Una de las cosas que más me enamoró de vivir viajando fue no tener rutinas, que cada día fuese distinto, que no existiese un límite claro entre vivir, viajar y escribir. Pero a medida que fui “profesionalizando” el viaje, por así decirlo, me di cuenta de que sin rutinas me costaba mucho ponerme a trabajar (la inspiración me llega, el 99% de las veces, cuando ya estoy sentada frente a la compu y no al revés) y que al no tener límites claros entre horas de trabajo y horas de descanso no le estaba dedicado a cada momento el tiempo que correspondía (en el post “El Monte Fuji en mi ventana” reflexiono acerca de esto). Creo que tuve el quiebre en Bali, cuando me hice socia de un espacio de coworking y pude diferenciar de manera “física” mi espacio de trabajo de mi espacio de descanso. Ahora trato de tener horarios más claros, de separar casa de oficina y de tomarme días (o al menos horas) de descanso, cosa que durante muchos años no hice.

Dicho esto, al ser nómada digital lo más probable es que seas tu propio jefe, que trabajes freelance para distintos clientes o que manejes tu propio negocio, es decir que no vas a tener cronogramas estrictos ni horarios fijos ni nadie que te recuerde que tenés que trabajar. Por eso, tendrás que aprender a ser organizado y productivo. No te preocupes, hay muchas herramientas que te van a ayudar en esto. Si bien tengo pensado hacer un post al respecto en el futuro, estas son algunas de las que uso y me sirven:

* Asana (para organizar listas de tareas por proyecto y compartirlas con otros miembros de tu equipo)
* Notion (la amo, es mi herramienta preferida ya que me permite tener todo mi espacio de trabajo organizado en un solo lugar) -> si te abrís una cuenta desde este enlace, tenés $10 de crédito
* Mi agenda y mi cuaderno (mi mejor herramienta de productividad es mi cuaderno)
* Bullet journal (“el sistema analógico para la era digital”)
* Invoice Ninja (buena herramienta para hacer cobros y manejar la contabilidad)
* Skillshare tiene varios cursos de productividad (si se suscriben a través de este enlace tienen 3 meses por $0.99)

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6) Una vez que te instales buscá espacios compartidos y formá tu comunidad (virtual y real). En otras palabras: no dejes de socializar.

Tener una comunidad me parece fundamental y necesario en muchos sentidos. Si bien está bueno conocer gente nueva todo el tiempo, también está bueno poder generar vínculos que no se desvanezcan cuando te subís al avión o cambiás de lugar. Vero Gatti (mi amiga e ilustradora de mis libros) me dijo: “No se puede crecer solo” y creo que es cierto tanto en lo laboral como en lo emocional. Tener un grupo de gente con quien puedas compartir tiempo y actividades en el lugar en el que te quedás a vivir es tan importante como tener un equipo de trabajo.

En algunos lugares del mundo (como Bali o Chiang Mai) es más fácil sentirse parte de una comunidad porque cada vez hay más nómadas digitales que se quedan a vivir ahí y a quienes podés conocer fácilmente en cualquier espacio de coworking. En otras partes del mundo es más difícil. Yo llegué a Biarritz sin conocer a nadie (y sin la idea de quedarme a vivir) y gracias a Couchsurfing conocí a L y a un montón de nómadas (en su mayor parte “analógicos”) que habían llegado desde distintas partes del mundo para trabajar ahí durante la temporada. Cuando nos quedamos a vivir, la mayoría se fue pero los que trabajaban a distancia se quedaron y fue lindo tener un grupo con quien juntarse a cenar y charlar. Otra buena opción para conocer gente en el lugar es tomar clases de algo que te interese: cocina, idiomas, dibujo. Aprender el idioma local es una muy buena opción para conocer tanto locales como extranjeros.

Y en cuanto a la comunidad virtual, depende un poco del trabajo que hagas y del ambiente en que te muevas, pero siempre es bueno conectarse con gente que se dedica a lo mismo y con quien podés compartir conocimientos y, quien sabe, hacer proyectos en conjunto. Hoy en día es más que posible formar equipos de trabajo a distancia y colaborar en proyectos desde distintas partes del mundo.

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App recomendada para nómadas en busca de coworkings: GetCroissant

Puede que te pase, como a mí, que te movés con frecuencia de un lugar a otro y sentís que no se justifica pagar un mes entero en un coworking para usarlo durante pocos días. O puede que te pase, también, que no quieras atarte a un coworking en particular y quieras ir a varios para conocer todas las opciones que ofrece la ciudad. Entonces, GetCroissant es una muy buena opción.

¿Qué es? GetCroissant es una app que funciona con un sistema de membresía flexible: pagás un fee mensual por una cantidad determinada de horas, y podés usar esas horas en casi todos los coworkings de la ciudad en la que estés. La app funciona en lugares como Buenos Aires, Barcelona, París, Londres, Los Ángeles, NY, Lisboa, Berlín, Ámsterdam, Tel Aviv y más. Yo la estoy usando en Ámsterdam (diciembre 2019) y estoy muy contenta porque puedo cambiar de coworking cuando quiera y, a la vez, descubrir zonas nuevas de la ciudad.

Los pasos a seguir son estos:

  1. Te registrás y elegís tu membresía (hay varias opciones según la cantidad de horas) -> En este enlace te regalo una semana de prueba gratuita para que uses GetCroissant y decidas si es para vos
  2. Abrís la app en el lugar del mundo en el que estés y te fijás qué coworkings ofrecen asientos para que vayas a trabajar.
  3. Vas al coworking que hayas elegido, hacés check-in desde la app y listo. Tenés un lugar en el que sentarte a trabajar, usar wifi y conocer gente.

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7) No dejes de invertir en tus herramientas de trabajo y en tu formación (aprovechá que hoy se puede seguir estudiando a distancia)

En este caso es difícil dar consejos específicos porque ser nómada digital no es una profesión sino un modo de vivir la profesión, entonces lo que se aplica a uno no se aplica a todos. Pero hay algo que me parece fundamental en cualquier profesión y que es necesario para crecer: invertir tiempo y dinero.

* Invertí en tu negocio: si tenés un sitio de ecommerce, por ejemplo, invertí en un buen hosting, en un diseño profesional, en una buena atención al cliente, en asesoramiento de marketing, en fotos de producto, en asistentes virtuales, en todo lo que te pueda ayudar a mejorar. En mi experiencia, lo barato siempre termina saliendo caro.

* Invertí en tus herramientas: me llevó tiempo armar mi kit de herramientas y seguramente lo seguiré cambiando según mis necesidades, pero ahora mismo trabajo con:

  • una MacBook Air de 11’’ (es chiquita, no pesa nada y hasta ahora nunca me falló. La tengo desde 2014).
  • libretas Moleskine para documentar mis viajes en papel (pasé por muchísimas marcas y a veces uso otras, pero en general me quedo con las Moleskine)
  • una cámara Fujifilm X100T (tuve réflex y en este último viaje decidí dejarla en casa porque me pesaba demasiado, esta Fujifilm es mucho más chica y liviana, así que la llevo siempre encima y ni me entero)
  • un disco duro externo Seagate de 1TB para hacer backups (lo tengo desde 2013 y tampoco me falló todavía)
  • También tengo herramientas online que pago mes a mes y que también son fundamentales para hacer mi trabajo (y también me llevó tiempo encontrar las que más se adecuaban a mis necesidades): mi hosting, Dropbox, mi herramienta de envío de newsletters, wordpress, GSuite.

* Invertí en tu formación: una de las cosas que no me gustaba de la idea de vivir viajando era sentir que no iba a poder estudiar más. Seré nerd pero soy muy fan de estudiar y aprender, si pudiera me la pasaría cursando carreras universitarias y haciendo talleres de todo lo que me interesa. Por suerte en estos últimos años surgieron un montón de plataformas de educación a distancia con las que puedo seguir aprendiendo (y con los mejores profesores): Skillshare y CreativeBug son las que uso, pero hay muchas (y cada vez habrá más).

8) Vivir en movimiento  puede traerte conflictos internos que no tendrías estando quieto. Es normal, solo tendrás que aprender a gestionarlos.

Hace unos meses asistí a una charla llamada “Salud mental para nómadas digitales”. Fui con muchas expectativas porque me parece un tema muy interesante y poco tratado y salí con la impresión de que fue todo muy técnico, muy poco bajado a la realidad y que faltó abrirse mucho más. Me dieron ganas de agarrar el micrófono y decir algo como: “Ok, muy linda la definición de manual de la depresión, pero ¿quién acá se sintió deprimido mientras viajaba? ¿A quién le cuestan las despedidas? ¿Quién siente que cada adaptación a un lugar es también una readaptación emocional? ¿Quién se siente homeless y sueña con un hogar, pero a la vez no quiere dejar de viajar? ¿Quién siente que tiene dos “yos” que tal vez nunca puedan convivir? ¿Quién siente que vivir en movimiento trae problemas o mambos o cuestiones que no pasan cuando estamos quietos?”. Pero claro, ese miedo que tengo de que nadie levante la mano me frenó. Algún día daré esa charla (o escribiré ese post).

Yo sí pienso que vivir de esta manera trae ciertos conflictos emocionales que de otra manera no aparecerían. Despedirse constantemente de la gente no es fácil (por etapas me vuelvo reacia a querer conocer gente nueva, por el solo hecho de que si me encariño sufriré cuando me despida), estar viviendo del otro lado del mundo y que se muera un amigo o familiar hace que el duelo sea más difícil de procesar (a mí me costó no “estar” físicamente en el mismo lugar cuando ocurrieron esas muertes), viajar en pareja trae discusiones que probablemente no existirían al estar quietos (hay que tomar decisiones conjuntas en ambientes nuevos y desconocidos, muchas veces en medio del shock cultural y climático y con cansancio, y todo eso puede ser un combo explosivo), la distancia hace que algunas amistades se reafirmen y que otras se terminen. Hablé bastante acerca de esto en mi post “El síndrome de París y el lado oscuro de los viajes” y en mi libro “El síndrome de París” y me parece que es un tema que se debería discutir más.

Por todo esto, creo que como nómadas digitales es muy necesario que cuidemos nuestra salud, tanto física como mental, de la manera que más le sirva a cada uno: hacer ejercicio, caminar, nadar, escalar, hacer yoga, meditación, terapia (hoy en día muchos atienden por Skype), coaching, lo que sea.

 

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Una opción alternativa para la salud en viaje: un seguro creado por nómadas para nómadas.

SafetyWing es una empresa estadounidense, fundada por noruegos, que está creando una red de contención para gente que trabaja de manera independiente desde cualquier lugar del mundo. Por el momento ofrecen un seguro médico de viaje, pero a futuro irán incorporando licencias pagas, jubilación y otro tipo de ayudas sociales de las que los nómadas digitales solemos quedar afuera. Su objetivo es construir una seguridad social global, siguiendo el modelo noruego.

El seguro médico que ofrecen funciona como suscripción: se paga cada 4 semanas y se puede cancelar en cualquier momento (incluso se puede contratar una vez que estás de viaje, o se puede contratar por pocos días). Cuesta 37 dólares las 4 semanas (si sos menor de 39 años y tu viaje no incluye EEUU, luego el precio varía según el rango de edad) y ofrece cobertura en todo el mundo (excepto Cuba, Irán y Corea del Norte). También te cubre en tu país de origen 30 días de cada 90 (si, por ejemplo, volvés de visita y te pasa algo mientras estás ahí). Para familias, se puede incluir un hijo gratis por padre (de entre 14 días y 10 años). Es una propuesta muy interesante y una buena alternativa para slow travelers y nómadas digitales.

Podés ver toda la info en su web: SafetyWing.

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9) Si empezás a hacer un trabajo a distancia y no ves resultados inmediatos, no abandones antes de tiempo: recordá que el crecimiento es un proceso lento

A veces me llegan mails que dicen: “Quiero ser como vos, ¿cómo hago?” o “Quiero vivir de la escritura, dame tips”, “Quiero tener un blog exitoso, ¿cuál es el camino a seguir?”. En general esperan una respuesta corta con un plan de acción concreto (“A + B = blog exitoso”) y tal vez se desilusionan cuando les digo que no tengo la respuesta… pero es que no la tengo. Cada cual está en su propio camino y yo solo puedo compartir mi experiencia y sugerir según mi aprendizaje.

En mi caso, tuve cinco blogs antes de tener Viajando por ahí (ninguno con fin profesional, porque en esa época ni me lo planteaba), pasé casi dos años mandando propuestas de artículos a revistas hasta que logré publicar algo, tardé tres años en generar ingresos estables a través de mi blog (y ni siquiera fue de manera directa, sino a través de la venta de mis libros), tengo escritos 42 cuadernos y “solo” saqué dos libros de todo eso, y me llevó unos cinco años ser cien por ciento location independent. Mientras tanto, cuando todavía no lograba generar ingresos estables, me la fui arreglando como pude: viajaba con muy poco presupuesto, hacía trabajos esporádicos (artículos, generación de contenido), hacía muchos canjes, dejaba de hacer muchas cosas (porque eran caras) y tenía varios trabajos a medio tiempo a la vez. Conclusión: lleva tiempo pero se puede. Cualquier negocio, blog, profesión lleva tiempo en desarrollarse y en volverse sostenible, pero si abandonás antes de tiempo por falta de resultados nunca sabrás si era posible.

10) Desconectate de vez en cuando. Tomate descansos y vacaciones.

Step away from the screen.
I repeat.

Si te vas a quedar con un solo consejo, que sea este: no te olvides de desconectarte. Ser nómada digital quiere decir que vas a pasar horas y horas por día frente a la computadora y que probablemente trabajes más de lo que pensabas, sobre todo al principio. Por eso es muy importante que te pongas límites, que definas tus horas y/o espacios de trabajo y que no te olvides de conectarte con el lugar en el que estás viviendo (recordá que por algo estás ahí). Así que usá tu tiempo libre para hacer cosas sin tecnología de por medio, salí a caminar, andá a correr, juntate a cocinar, disfrutá de la naturaleza, explorá el entorno y tomate vacaciones de vez en cuando. Tengo unos amigos que un mes al año se van de viaje de viaje sin computadoras. Con L queremos hacer lo mismo, próximamente.

Nunca te olvides de que elegiste este estilo de vida para tener libertad y también para conocer lugares nuevos y experimentar otras culturas. Así que dejá el teléfono, alejate de la pantalla y volvé a ser nómada analógico al menos un rato cada día.


Mis 9 años de viajera: cómo viajo ahora, cuáles son mis miedos, qué cosas me cansaron y qué aprendí en estos años

El 28 enero de 2008, con 22 años y la carrera de Comunicación Social recién terminada, salí de mi casa con un pasaje de ida a Bolivia, una mochila, un cuaderno y el enorme deseo de vivir viajando. Tenía miedo, tenía muchas más preguntas que respuestas y no sabía qué iba a ser de mí, pero estaba convencida de que tenía que intentarlo. Hace unos días, el 28 de enero de 2017, se cumplieron nueve años de aquel día en que decidí dejar todo (o llevarme todo) y probar si podía hacer de los viajes mi estilo de vida.

Festejé mi noveno aniversario viajero en una playa de agua transparente en Bali —no siempre tengo tanta suerte los 28 de eneros— junto con L, mi marido, y Nita, una amiga indonesia a la que no veía hacía 7 años. Viajamos casi dos horas en moto para llegar a esa playa y, como a mí las ideas se me ocurren cuando estoy en movimiento, en el trayecto hice un resumen mental de lo que transité durante estos últimos años. Como el año pasado no publiqué post aniversario, el de hoy vale por dos.

Acá festejamos.

Estas son algunas de las cosas que aprendí, que cambiaron y que siento después de nueve años de vivir viajando:

* Cada vez quiero viajar más lento (o pasar varios meses en un mismo lugar)

Miro para atrás y veo que mi manera de viajar cambió mucho. Cuando empecé estaba desesperada por conocer todo. ¿Qué querés ver en tu viaje? TODO. Me recorría un país entero en un mes, daba vueltas por un continente durante un año sin parar, me movía cada cuatro o cinco días, iba de hostel en hostel y trataba de no perderme nada de lo que creía que “tenía que ver y hacer”. Si me quedaba más de un mes en un mismo lugar era por necesidad, por amor* o por cansancio, porque estar quieta (o volver a un lugar que ya había conocido) me parecía perder el tiempo. No sé si será la edad (31+) o que la velocidad me agotó, pero ya no puedo —ni quiero— viajar así. Ahora, cuanto más lento me mueva, mejor. Y cuanto más tiempo pase en un lugar en el que me siento bien, mucho mejor todavía. Cuando recién empecé, para mí esto no era viajar, porque viajar tenía que ver con el movimiento y el cambio constante, no con la estabilidad ni la quietud (aunque fuese en un lugar distinto a Buenos Aires). Pero después de quedarme nueve meses en un solo punto del mapa (en Biarritz, Francia, entre el 2014 y el 2015) me di cuenta de que me también me gusta —y necesito— estar quieta, tener mi escritorio, mis alacenas, la panadería del barrio, el mar a una cuadra, mi biblioteca, un buzón. Me gusta frenar y descubrir un lugar nuevo de a poco, a través de las rutinas cotidianas, y a la vez poder seguir mirándolo con ojos de extranjera.

(*lo del amor, especialmente el desamor, lo cuento en mi libro “El síndrome de París”)

* Hay días en los que daría todo por tener un hogar fijo y días en los que no cambio este estilo de vida por nada.

En mis días malos, mis frases de cabecera son: “me quiero ir a mi casa” y “ya no quiero viajar más”. Suelo decirlas cuando las cosas no salen como esperaba, cuando no me siento bien en el lugar que estoy (o conmigo misma) o cuando nos toca mudarnos de casa o ciudad. Estoy muy cansada de moverme de un lado a otro, de tener que buscar alojamiento, de empacar y desempacar y empacar y desempacar, de no tener un escritorio propio (a veces ni siquiera una mesa) y tener que inventarme un espacio de trabajo todos los días, de tener que llegar a tiempo a un tren, de tener todas mis pertenencias en el piso. Hay días en los que dejaría todo sin pensarlo para establecerme en un lugar y no moverme nunca más, pero hay otros días en los que me miro de afuera, me doy cuenta de que estoy pasando el tiempo como yo quiero, donde yo quiero y con quien yo quiero y entiendo que más allá de los cansancios ocasionales, no cambio esta libertad de desplazamiento por nada. Supongo que esta es la lucha interna con la que tendré que convivir toda mi vida. Por lo pronto, estamos entre dos opciones: hacer base semi-permanente en algún lado y hacer viajes cortos, o movernos cada seis meses.

Primera carta que encontré en este viaje (en Bali)

* Lo principal en mi vida ya no es viajar sino escribir (y trabajar).

Pasé de ser mochilera a ser nómada digital, que es lo que siempre había querido lograr: poder trabajar de lo que me gusta desde cualquier lugar del mundo a través de internet y ganar lo suficiente para poder seguir moviéndome de un lado a otro. Y a mí lo que más gusta y lo que más me importa es escribir, llenar cuadernos, hacer libros y compartir las cosas que me pasan con el objetivo de motivar a quienes también buscan tener un estilo de vida distinto. Empecé a viajar como excusa para encontrar temas de escritura y ahora siento que el viaje se convirtió en el complemento ideal, pero ya no en lo central de mi vida. ¿Esto quiere decir que voy a dejar de escribir de viajes? Para nada, es una de mis temáticas preferidas, pero sí quiere decir que ahora me doy permiso para escribir acerca de otras cosas.

Mi oficina portátil

* Entendí que sostener este estilo de vida nómada requiere mucho trabajo y que cuanto más profesionalizo lo que hago, menos tiempo tengo para viajar.

Parece contradictorio pero es así: me fui de viaje para huir de la vida de oficina y los horarios fijos y ahora resulta que trabajo más horas que nunca. Haber creado este blog me trajo un montón de oportunidades laborales, me permitió publicar mis libros, escribir en revistas, trabajar con editoriales, ser oradora y dar talleres, entre otras cosas, y si quiero seguir por ese camino, si quiero seguir creciendo y publicando libros y dando talleres y siendo oradora y generando contenido y profesionalizando los viajes tengo que trabajar en eso todos los días. Y si además quiero tener la libertad de elegir dónde vivir y de moverme adonde quiera cuando quiera, tengo que trabajar todavía más. Lo bueno es que amo trabajar porque hago lo que me apasiona y mi trabajo tiene que ver con quien soy, lo malo es que cuanto más profesionalizo, menos tiempo me queda para viajar. Hay momentos en los que extraño viajar sin tecnología y en los que quisiera poder pasar un mes sin tener que conectarme a internet, responder mails, manejar mi tienda, prender un teléfono, revisar mi blog o publicar en redes sociales. En cualquier momento me pido mis quince días de vacaciones y me voy de viaje sin ningún tipo de pantalla en el equipaje (lo tengo pensado, pero para eso tengo que empezar a delegar más, que es algo en lo que ya estoy trabajando).

* Ya no viajo sola (ni quiero hacer todo por mi cuenta)

Viajé sola durante seis años y me encantó. Creo que todos/as deberían viajar solos/as alguna vez en la vida, para mí fue una de las experiencias más enriquecedoras y de crecimiento personal que tuve, y es algo que sigo y seguiré haciendo, aunque de manera más esporádica. Hace dos años y medio me enamoré de un francés que conocí viajando y tomé la decisión de empezar una vida nómada de a dos. Me encanta tener con quien compartir lo que voy viviendo, reírme todos los días, tener rutinas de trabajo en conjunto (él es programador), pero no deja de ser un cambio enorme en mi vida y, por eso, un aprendizaje constante. Estoy aprendiendo a tomar decisiones de a dos, a encontrar un punto medio entre lo que cada uno quiere, a ceder y a respetar los espacios del otro. Y aunque estemos viviendo la vida que ambos queríamos tener, seguimos sin ponernos de acuerdo en muchas cosas. Ejemplo:

—Quiero vivir frente al mar.
—Yo también.
—Quiero un océano con olas para hacer bodyboard.
—Ah no, pero yo quiero un mar calmo y transparente para poder nadar.
—Bueno, vamos a (equis lugar con mar intermedio).
—Pero no tiene ciudad.
—Mejor, a mí me gustan los pueblos.

Y así.

A la vez, siento que llegué a un punto en el que ya no puedo hacer todo sola, laboralmente hablando. Hace unos meses participé en uno de los talleres de Vero Gatti, mi amiga ilustradora, y la escuché decir una frase que me quedó grabada: “No se puede crecer solo”. Durante muchos años hice todo sola: viajé sola, creé mi blog sola, escribí sola, hice todo el proceso de publicación de mis libros sola, organicé mis presentaciones sola, manejé todo sola. Y llegué a un límite. Quiero seguir creciendo y me doy cuenta de que para eso necesito ayuda, así que estoy en proceso de formar mi equipo de trabajo y de abrirme a colaboraciones.

Me gusta ir por el mundo de la mano.

* Superé muchos miedos iniciales pero sigo siendo muy miedosa

Los miedos que tenía antes de empezar a viajar desaparecieron: ya no me da miedo viajar a otro continente, ni irme con un pasaje de ida sin saber cuál va a ser mi ruta, ni no saber de qué voy a vivir, ni tener que hablar con extraños, ni que me estafen, ni no saber el idioma. Pero el miedo en sí nunca se me fue, es como un virus que muta y evoluciona a la par mía y va reapareciendo completamente adaptado a mi forma de ser actual. Por ejemplo, ahora me da miedo que el avión al que me subo se caiga, que el mosquito que me pique tenga dengue, que me pase algo en las manos, estar andando en moto y que no funcionen los frenos, tener un accidente espectacular y nunca visto en un tobogán acuático y pasar a formar parte de la lista de freak accidents de la historia (épico), que a L le pase algo cada vez que entra al mar a hacer bodyboard, que la gente que quiero se muera y yo esté lejos. También me da miedo la depresión, empezar a escribir un texto, publicar un libro nuevo, que no me respondan un mail importante, ser tan vulnerable, la primera clase de un taller, los primeros minutos de una charla y cada proyecto nuevo que empiezo. (Debería dedicarle un post solo a los mieRdos). Los miedos son adaptativos y los odio, pero también creo que la vida consiste en superarlos y que sin miedo no habría desafíos.

* No me iluminé ni llegué al Nirvana

Viajar me trajo muchísimas cosas buenas y me enseño cosas de mí y del mundo que de otra manera tal vez no hubiese aprendido, pero yo sigo siendo la misma. Me enojo, tengo días de mal humor, días en los que no quiero hacer nada, días en los que me siento invencible, días en los que quiero esconderme debajo de la cama, días en los que no quiero hablar con nadie, días en los que se me da por charlar con todo el mundo, días en los que todo me viene bien y días en los que todo me cae mal. Vivir viajando no es la panacea y me molesta ver cómo a veces se muestra este estilo de vida como algo ideal, perfecto o fácil cuando no lo es (me parece hasta irresponsable, porque puede generar mucha frustración en quien decide vivir así pensando que se le solucionarán todos los problemas). Los problemas siguen existiendo y, al igual que los miedos, son adaptativos: vivir en movimiento constante genera conflictos internos que tal vez no aparecen en quienes siempre están quietos. Me pasó y se los conté. Y me seguirá pasando mientras siga estando viva.

De todo este proceso de enamoramiento – desilusión – desidealización – aceptación – madurez hablé en mi segundo libro (y Vero lo supo captar muy bien a través de sus ilustraciones)

* Cada vez me siento más orgullosa de no haber escuchado a los que me dijeron que no se podía vivir así

Cuando miro para atrás me doy cuenta de que todo lo que logré y todo lo que tengo en mi vida hoy fue gracias a que hace nueve años me animé a dar el primer paso y no escuché toda la negatividad que me rodeaba. Me dijeron que me iba a pasar de todo por viajar sola, que nunca iba a tener pareja ni formar familia, que me iba a morir de hambre, que no iba a conseguir trabajo, que no iba a poder vivir de la escritura, que seguro iba a ser una mantenida, que quería ser una hippie de por vida y todo lo que ya les conté muchas veces. Lo más fácil hubiese sido resignarme, darles la razón, quedarme en mi casa y seguir el camino socialmente esperado, por eso agradezco haberle hecho caso a ese impulso inicial y haberme animado a probar qué pasaba. Y aún si me hubiese ido “mal” viajando, la experiencia hubiese sido un éxito. A veces me pregunto cómo sería mi vida hoy si el 28 de enero de 2008 no me hubiese animado a subirme a ese colectivo.

Y a veces no puedo evitar sentirme así:

* Y, por último, antes pensaba que para vivir viajando había que dejar todo. Ahora pienso que la palabra clave es “llevar”.

Antes creía que para vivir viajando había que renunciar al trabajo o estudios, despedirse de familia y amigos, vender todas las pertenencias, ponerse una mochila, comprarse un pasaje de ida y empezar de nuevo. Ahora pienso que la clave no está en dejar todo, sino en llevarse todo lo que uno ya es (o lo que puede llegar a ser) y combinar eso con el movimiento: idear un trabajo que se adapte a nuestra pasión, talentos y capacidades y hacerlo a distancia (en lo posible) o físicamente en otra parte del mundo, seguir estudiando por internet (gracias SkillshareCreativebug y Duolingo por existir), formar comunidades de amigos y colegas online y offline, mantener el contacto con las personas cercanas y seguir siendo quien uno es, aún estando de viaje. No hay que convertirse en otra persona para vivir viajando, tampoco hay que ser millonario o superhéroe. En estos años conocí a muchísima gente que vive así y lo que vi que tenían en común es que todos buscaron la manera de combinar lo que les apasiona con el movimiento, e invirtieron sus energías, recursos y tiempo en lograr ese objetivo. Y esa, creo, es una de las pocas maneras de lograr que este estilo de vida sea sostenible en el tiempo. Si antes decía que viajar debería ser una materia obligatoria para recibirse de humano, ahora digo que también debería ser obligatorio descubrir nuestro talento, ser fieles a lo que nos apasiona, no escuchar a los que dicen que no se puede y tener la libertad de elegir cómo queremos pasar nuestro tiempo.

Felices 9 años a mí y felices (casi) 7 años a mi blog. Les dejo algunos videos que me gustan:

(Si quieren seguir indagando en esto de “encontrar su pasión” les recomiendo el libro “El elemento” de Ken Robinson.)

Y el video que más me hizo reír el año pasado:

El Monte Fuji en mi ventana

“Mirá”. La chica que estaba parada en el pasillo del tren me tocó el hombro y me señaló la ventana. Parecía holandesa y viajaba con sus dos hijos rubios de cachetes muy rosas; yo iba distraída, leyendo, y si no hubiese sido por ella me lo perdía: el tren avanzaba a más de 300 kilómetros por hora y en mi ventana apareció el Monte Fuji completo. Era la primera vez que lo veíamos en dos meses y medio de viaje por Japón, pocos días antes de volar de Tokio a Kuala Lumpur. Tenía algunas nubes en la cima pero su forma simétrica era reconocible. El Monte Fuji debe ser una de las montañas más identificables del mundo, y por fin se dejó ver en el mismo horizonte que siempre estuvo tapado de bruma. Era mucho más grande de lo que me imaginaba y estaba más cerca de lo que pensé. Unos minutos después, desapareció.

Esta fue una de las fotos que le pude sacar mientras avanzábamos a toda velocidad.

Habíamos dudado si visitar la región del Monte Fuji o no. Nuestro plan original era quedarnos los tres meses trabajando a distancia desde Tokio, pero una vez que llegamos a Japón fue difícil no querer viajar. La excusa siempre era la misma: ya que estamos en ______, ¿por qué no vamos a _______? Total queda cerca. Lo que casi siempre nos terminaba frenando o limitando eran los precios: viajar por Japón es fácil y caro. Si vas con mucho presupuesto es ideal, si querés ahorrar te estresa. Al final llegamos hasta Hiroshima y en el camino de vuelta de Kansai a Tokio decidimos frenar en Kawaguchiko, uno de los cinco lagos ubicados cerca de la base del monte. Total nos queda de paso.

Segunda vista del Monte Fuji, esta vez desde el colectivo.

El tren nos dejó en la ciudad de Mishima, donde nos subimos al colectivo que iba a Kawaguchi. El Monte Fuji nos siguió durante las casi dos horas de trayecto, como la Mona Lisa que siempre te mira o la luna que parece moverse en la misma dirección que uno. Nos bajamos en la estación del pueblo, cruzamos la calle, nos apoyamos contra la pared de un restaurante y nos quedamos mirando hacia arriba durante varios minutos. Hacía 1°C pero no sentíamos el frío. Ahí estaba Fuji-san, más cerca que nunca, con la cima blanca y despejada, cubriendo la mitad del cielo. Durante los días siguientes, lo único que hice fue mirarlo desde distintos ángulos. Lo primero que aprendí del Monte Fuji: hay cosas que nunca voy a cansar de contemplar.

La estación de Kawaguchiko con el Monte de fondo

Mismo lugar, al día siguiente.

“La gran ola de Kanagawa”, de Hokusai

Durante muchos años tuve este dibujo de fondo de pantalla en mi computadora. Era mi obra preferida de Hokusai, un artista japonés que conocía poco pero me atraía mucho. Ahora me doy cuenta de que nunca miré el dibujo con atención, porque recién descubrí que lo del fondo no es una ola más, sino el Monte Fuji. El dibujo pertenece a las “36 vistas del Monte Fuji”, una serie de estampas hechas por el artista a sus 70 años, entre 1830 y 1833. El Monte Fuji es un símbolo cultural, geográfico y religioso de Japón y es considerado sagrado hace siglos. Los japoneses lo relacionan con la inmortalidad y hay una creencia, surgida del cuento del cortador de bambú, que dice que en la cima de la montaña está escondido el elixir de la vida eterna. Hokusai, como muchos otros artistas y poetas, tenía una obsesión con la montaña y durante varios años se dedicó a observarla y retratarla. Cuando pintó la ola, ya llevaba 64 años dibujando. Hokusai empezó su actividad artística a los 6 años y produjo más de 30.000 obras.

En el prólogo de la publicación de “Cien vistas del Monte Fuji”, otra serie de estampas, Hokusai escribió:

“A la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos poseerán vida propia”.

Murió a los 89 años. Ver el Monte Fuji a través de mi ventana, y ya no desde una pantalla, me hizo sentir conectada a la obra de un artista que admiro. Segundo aprendizaje del Monte Fuji: se necesita casi toda una vida para aprender a mirar un mismo elemento.

Tapa de alcantarilla vista en Kawaguchiko

Pasé los dos días siguientes yendo en colectivo por los cinco lagos. Hay un sistema de transporte hop-on hop-off que te permite bordear los lagos e ir subiendo y bajando en cada parada sin tener que volver a pagar el boleto. Cuando comprás el pase te dan un mapa con los puntos desde donde se ve el Monte. Fui a casi todos y cada vez que me lo encontré de frente fue como verlo por primera vez. Hasta me daban ganas de hacerle reverencias, de tirarle besos o de demostrarle, de alguna forma, lo imponente que era verlo en vivo.

Esta fue una de las primeras vistas, desde el Oishi Park

Vista con hojas de otoño

Estuvo despejado todos los días y aunque era diciembre, la temperatura llegó a los 20 grados

Al Monte Fuji le falta hablar, y si lo hiciera me hubiese dicho que me calle. Esos días andaba con la cabeza demasiado llena de pensamientos, preguntas y preocupaciones acerca del pasado y el futuro. Estaba dispersa, con la memoria a corto plazo de un mosquito, con la mente en otro lado, siempre pensando en lo que tenía que hacer después. Tenía un monólogo interno que parecía una ventana de Chrome en la que abría pestañas nuevas cada cinco segundos. Ahora que lo veo con un poco de perspectiva creo que estaba al borde del burnout. Me estaba costando mucho combinar el viaje con el trabajo, sentía que nos estábamos moviendo demasiado, salía a caminar pensando en que tenía que volver a trabajar y me sentaba a trabajar pensando en que me estaba perdiendo de muchas cosas. No terminaba de disfrutar por completo de una cosa ni de la otra. Tercer aprendizaje que me llevo de esos días de contemplación del Monte Fuji: estar quieto también es estar vivo. (Pero andá a decirle eso a mi yo-viajero que cree que el movimiento es lo único que vale).

Me compré estas tarjetitas en Nueva York y me voy anotando recordatorios.

Escribo todo esto desde Bali, donde vinimos a quedarnos quietos por un mes y medio, y me doy cuenta de que Japón fue un lugar de transición: de viajar sola a viajar en pareja, de viajar con mochila a sumar una valijita (para llevar cuadernos, acuarelas, lápices y cosas de papelería), de hacer Couchsurfing a hacer Airbnb, de viajar por lugares baratos a viajar por un lugar muy caro, de buscar ventanas con paisajes distintos a querer mirar lo mismo durante mucho tiempo, de querer seguir en la modalidad slow travel a controlar mis impulsos de querer ver y hacer todo. No es fácil encontrar el equilibrio como nómada digital, cuando los viajes y el trabajo se mezclan tanto, cuando no hay bordes entre una cosa y otra, cuando es uno el que tiene que manejarse los tiempos y cumplir con todo (estoy preparando un post al respecto). Japón fue fácil y difícil a la vez, y es uno de los países de los que más aprendizajes me llevo.

La belleza de lo cotidiano

Último otoño en Tokio

Unos días antes de que saliera nuestro vuelo a Kuala Lumpur (que me tuvo aterrorizada durante toda la semana previa) volvimos a Tokio en colectivo. El Monte Fuji nos siguió durante un rato y volvió a desaparecer para no mostrarse más, como si quisiera dejarme una última enseñanza: todo aparece y desaparece en el momento justo. Pasamos los últimos días en Tokio en un cuarto sin ventanas, disfrutando de cada detalle cotidiano como si fuese la última vez, con nostalgia y ganas de frenar el tiempo. Nos fuimos de Japón sin querer irnos y ambos prometimos que vamos a volver. Japón fue el lugar que me terminó de demostrar que sí, quiero seguir viajando, me encanta este estilo de vida y me gusta cambiar de entorno cada tanto, pero cada vez tengo más necesidad de hacer estadías más largas, de mudarme la menor cantidad de veces posible y de tener la misma vista en mi ventana, al menos durante tres o seis meses.

El último día en Tokio fuimos a caminar por Akihabara

Y yo miraba todo con nostalgia y pensaba en que iba a extrañar cada detalle.

Hasta la hora pico en el transporte público

Los carteles-comics.

La ropita para perros.

Los minions

Y la alegría que me dio una alcantarilla cubierta de hojas de otoño

[box type=star] Información útil para viajar al Monte Fuji:

  • El Monte Fuji es un volcán (entró en erupción por última vez en 1708) y es el pico más alto de Japón. Está ubicado a cien kilómetros de Tokio, desde donde se lo puede ver en un día despejado, y más de 300 000 personas lo suben cada año.
  • Cuándo subirlo: la época oficial de escalada es en verano, entre julio y agosto. Si bien durante el día hace calor, el clima de noche es muy frío, por lo que hay que llevar ropa adecuada. Está muy desaconsejado subir el Monte fuera de la temporada oficial, sobre todo sin experiencia previa.
  • Dónde dormir: lo más cómodo para explorar la región (escales el Monte o no), es hacer base en Kawaguchiko. Desde ahí salen los transportes para ir hasta la 5ta estación, el punto desde donde empezar a escalar, y para recorrer el resto de los lagos. Nosotros nos alojamos en Guesthouse Orange Cabin, un lugar recién abierto y a tres minutos caminando de la estación Kawaguchi. Tiene un living-comedor muy cómodo para usar como espacio de trabajo, pero la contra es que no hay cuartos compartidos.
  • Cómo llegar desde Tokio: lo más fácil y barato es ir en colectivo desde Shinjuku a Kawaguchiko Station (sale varias veces al día, tarda 1 hora 45 minutos y cuesta ¥1750).
  • Cómo moverse: nosotros compramos el “Sightseeing pass” del Fujikyuko Bus, válido por 2 días (¥1500 que se amortizan rapidísimo). Hay tres líneas (la roja, la verde y la azul) que hacen tres recorridos distintos. La roja es la que tiene más frecuencia y a la que se suben todos, bordea el lago Kawaguchi y es el recorrido más corto. Les recomiendo que no dejen de subirse a la línea azul e ir hasta el lago Shojiko, desde donde hay muy lindas vista del Monte Fuji. Pueden ver el mapa en la web de Fujikyuko.
  • Dónde comer: Kawaguchiko es un pueblo muy turístico y tiene muchas opciones de lugares para comer. Confieso que nosotros terminamos siempre en el 7-Eleven y Lawson, los minimercados, comiendo las bandejitas preparadas en el día (es lo más barato, entre ¥300 y 600).
  • Por si les divierte el dato, en Kawaguchiko hay un parque de diversiones con montañas rusas que rompen récords: la más larga, la más alta, la más rápida, la más empinada y cosas así, todas con vista al Monte Fuji. Se llama Fuji Q Highland.[/box]

Desafío Serbia Croacia #3: dejar que nos lleve el azar

[box type=”star”]Quizá pretender que el azar nos lleve es como pedirle a alguien que sea espontáneo o poner un cartel de prohibido prohibir. Este post es una reflexión acerca de cómo el concepto de azar cambia según el lugar del mundo, cómo cada región invita a ser viajada de manera distinta y cómo a veces hay que darle un empujón a las casualidades. Ah, y de cómo la letra S decidió todo lo que hicimos en un día en Serbia.[/box]

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Carta a una futura estudiante

“Hola Aniko. Mi nombre es Micaela, tengo 17 años y soy de la provincia de Córdoba, Capital. Quería contarte que vos me inspiraste mucho a tomar la gran decisión de qué voy a hacer por el resto de mi vida. Para mí vos sos mi modelo a seguir, realmente me encanta lo que hacés y espero que nunca dejes esto que tanto te apasiona. Este año ya termino la secundaria y tengo decidido estudiar Licenciatura en Comunicación Social, con sinceridad es algo que me asusta mucho, pero no voy a dejar que mis miedos o lo que la gente diga me frenen. Quisiera que me aconsejaras un poco sobre cómo debo tomarme las cosas, esto de empezar la facu, seguir mis sueños, hacer las cosas que me gustan.

Te agradezco desde mi corazón por hacer lo que hacés, por amar lo que hacés y sobre todo por compartir con tantas personas esto que hacés. Sos mi modelo a seguir, gracias. Te mando un saludo grande, muchísima suerte.

Mica.”

carta-a-una-futura-estudiante-1

Querida Mica:

Primero quiero decirte gracias: por dejarme compartir tu mail con mis lectores y por inspirarme a escribir este post. Que me veas como modelo a seguir me hace sentir halagada y a la vez me genera cierta responsabilidad. Estoy haciendo lo que me gusta, es cierto, pero no tengo muchos años de experiencia —recién voy a cumplir 30, y solo pasaron siete desde que terminé de estudiar— ni tampoco todas las certezas. Sin embargo, me vi reflejada en tus palabras y sentí que necesitaba escribirte a vos y a mi yo de 17 años. Así que acá van las palabras de alguien que estuvo en la misma que vos y que todavía sigue tratando de descifrar la vida. Espero que te sirvan.

* Es normal estar asustada. Yo también tuve miedo cuando pasé del colegio a la facultad. A diferencia de vos, yo no elegí la carrera, sino que ella me eligió a mí. Como no sabía qué estudiar hice un test de orientación vocacional y me salió Comunicación Social, una carrera que ni sabía que existía. Cuando leí el plan de estudios sentí que encajaba muy bien con mis intereses. Tenía un poco de todo: diseño, escritura, cine, radio, televisión, historia, literatura. Sin embargo, todavía no sabía a qué de todo eso podría dedicarme. No sabés lo nerviosa que me sentí el primer día de clases cuando los profesores nos dijeron que la carrera le daba mucha importancia a la escritura. A mí me encantaba escribir pero no me animaba a mostrarle mis textos a nadie, mucho menos a una clase entera. Pensé: “Ya está, acá es donde voy a descubrir que soy pésima en esto y que tendré que dedicarme a otra cosa”.

"La creatividad requiere coraje"

“La creatividad requiere coraje”

* Comunicación Social es una carrera muy amplia y puede que te sientas un poco perdida. De mi camada, creo que no hay dos egresados que estemos trabajando de lo mismo, y eso es lo lindo: tengo un amigo que se dedica al teatro, otra que escribe en distintos medios, otra que hace la comunicación corporativa de una empresa, otra es editora de una revista, yo viajo. Más allá de las especialidades, la carrera de Comunicación te da herramientas para interpretar la realidad y te enseña a transmitir un mensaje. Vos tendrás que buscar qué transmitir y cómo, pero no te sientas obligada a tener que trabajar en un lugar determinado o a dedicarte a algo específico solo porque tenés el título de licenciada en Comunicación.

"Lo lindo de aprender es que nadie te lo puede sacar"

“Lo lindo de aprender es que nadie te lo puede sacar”. Foto: Skillshare

* Puede que con el tiempo tus intereses vayan cambiando. Quizá entres a estudiar creyendo que te gusta una cosa y después descubras que hay otra que te gusta más. Permitite eso. También puede pasar que durante los cuatro o cinco años de la carrera sientas que no encontrás “lo tuyo”. Me pasó. Sabía que quería escribir pero no quería estar en una redacción ni en una oficina. También me gustaba la parte de diseño e imagen, pero no sabía cómo combinar todo. Al final encontré lo mío después de haber estudiado. Y todavía sigo descubriendo cosas nuevas que me gustan.

Lettering de Sean Wes

“¿Querés ser único? Tenés que hacer lo que otros no están haciendo, y eso da mucho miedo”. Lettering de Sean Wes

* Disfrutá mucho la carrera, ser estudiante es una etapa muy linda, pero no le hagas caso a los que te dicen que después de la universidad se te termina la joda. Me lo dijeron muchas veces: “Aprovechá los dos/tres meses de vacaciones porque nunca más en tu vida los vas a tener”, “disfrutá esta libertad porque después empieza la vida real”. La que define cómo va a ser tu vida real sos vos. Para algunos la vida real es tener un trabajo fijo, un sueldo a fin de mes y 15 días de vacaciones al año: si lo eligieron sabiendo que tenían otras opciones, está bien. Pero que no te hagan creer que esa es la única manera de vivir.

* Tampoco le hagas mucho caso a los que te digan que tu carrera no tiene futuro, que vas a morirte de hambre o que ya hay demasiada competencia en ese rubro. También me lo dijeron. Pero, ¿sabés qué?, somos billones de seres humanos en el mundo, claro que ya hay mucho de todo y es verdad que siempre habrá competencia, pero todos somos distintos y deberíamos enfocarnos en usar nuestros talentos para crear cosas que todavía no existen, para cambiar el mundo y para hacernos más felices entre todos. Sea cual sea tu vocación, combinala con tu personalidad, dale ese toque único que solo vos podés darle. Inspirate en el trabajo de otros, pero siempre proponete encontrar tu propio estilo. Aprovecho para recomendarte un libro que, para mí, debería ser lectura obligatoria en todas las escuelas: 'El elemento', de Ken Robinson

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“Sé vos mismo y poné algo lindo en el mundo”

 

* Tu trabajo no es tu empleo (work is not a job). Cuando estaba estudiando me estresaba pensar en entrar “al mundo laboral” porque, según tenía entendido, trabajar era algo horrible que había que hacer para ganar plata. Es decir: no era algo que diera placer o alegría, y me esperaban por lo menos cuarenta años de eso para poder retirarme y vivir la vida. No me convencía. Si bien mi mamá me educó para que me dedicara a lo que más me gustara, yo pensaba que ella lo había logrado porque tenía suerte —es artista—, pero que no sería mi caso. Después entendí que el trabajo va más allá del empleo de 9 a 5: es ese aporte positivo que solo vos podés darle al mundo, es tu pasión puesta en acción. Lleva tiempo, mucho esfuerzo y perseverancia, pero es posible vivir de lo que a una le gusta: todos podemos convertir nuestra pasión en nuestro trabajo. Es cuestión de creérselo y proponérselo.

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“No apuntes al éxito. Hacé lo que amás y vendrá de manera natural”

 

* Nunca dejes de educarte, aún cuando termines de estudiar. Esto no quiere decir que tengas que hacer masters y posgrados, hoy hay muchas manera de estudiar a distancia y de seguir aprendiendo en formas no tradicionales. Leé, investigá, sé autodidacta, practicá. Mirá muchas charlas TED: ahí, para mí, está la escuela del futuro. No tengas miedo de empezar a hacer algo solo porque no lo estudiaste en la facultad. Yo no estudié fotografía de manera formal y sin embargo saco fotos. Tampoco estudié diseño —si bien me quedé con las ganas— y es una de las cosas que más me gusta hacer.

* Sé emprendedora. Si no conseguís un trabajo, inventátelo. Si tu trabajo ideal no existe, sé la primera en hacerlo. No esperes a que te llegue la oportunidad perfecta: creala.

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“Hacelo con pasión o no lo hagas”

 

* No escuches a los que dicen que los sueños no se cumplen. Todo se puede y cualquier sueño se puede cumplir, pero tenés que proponértelo de verdad y poner muchas horas de trabajo y esfuerzo por detrás. La frase “hacé lo que amás y el universo conspirará a tu favor” es cierta, pero no te olvides de agregarle esto: “hacé lo que amás, poné toda tu energía y dedicación en eso, y el universo conspirará a tu favor”. Tampoco hagas propios los miedos ajenos: mucha gente no se anima a hacer lo que le gusta por miedo.

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“El único lugar donde el éxito viene antes que el trabajo es en el diccionario”

 

* Escuchá a quienes te aconsejen con amor y con experiencia. La envidia es muy destructiva y siempre habrá gente que querrá desalentarte: muchos no pueden tolerar que otros cumplan los sueños que ellos no se animaron a seguir e intentarán convencerte de nada es posible. Así que aprendé a tomar los consejos como de quien vienen y escuchá a quienes te hablen con el corazón.

*Andá paso a paso, pero no pierdas de vista tus objetivos. Recién estás por empezar a estudiar, así que andá de a poco. Disfrutá la carrera, conocé gente, aprovechá que vas a estar rodeada de personas con tus mismos intereses, pensá proyectos con otros, formá sinergias, hacé contactos. Descubrí qué es lo que te hace sentirte en tu elemento y tené una meta, aunque parezca inalcanzable o sea a largo plazo. La mía, a los 17, era que me pagaran por escribir acerca de otras culturas, que viajar fuese mi trabajo. A muchos les parecía una idea ridícula, típica de una soñadora que todavía no había caído en la vida real. Pero siempre tuve ese objetivo en la cabeza e hice todo pensando en eso. Así que paciencia, puede que los resultados de tu esfuerzo tarden en llegar, pero si tenés una meta sabrás hacia dónde caminar.

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“Planeá en décadas, pensá en años, trabajá en meses, viví en días”. Por Gaping Void

 

* Como me dijo una vez un amigo: “Toda experiencia es un éxito”. Depende de vos tomártelo así. Te vas a equivocar un montón de veces, te van a poner notas injustas, te vas a poner nerviosa en algún examen, no vas a llegar a tiempo a una entrega, no te van a dar el trabajo. Miralo como un éxito y vas a ver que de todo se aprende, aunque en el momento dé bronca.

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* Y por último, no estás sola. Yo también tuve tu edad y también tuve miedo. Lo sigo teniendo, en realidad, pero un poco menos que antes. Pensá que todos empezamos de cero, ningún escritor nació con sus libros bajo el brazo, y lo mismo se aplica a otras profesiones. Lo más difícil es tomar la decisión de dar el primer paso. Después, si le ponés pasión y perseverancia, todo se va dando.

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Trabajá mucho y sé buena con la gente

 

Una de las cosas que más me gustó de tu mail es que me dijiste que ya sabés lo que vas a hacer el resto de tu vida, pero no me contaste qué. Sea escribir, sea viajar, sea comunicar, lo que me estás diciendo es que tu plan es dedicarte a lo que te haga feliz, así que nunca te olvides de eso, sigas el camino que sigas.

Te dejo una reflexión de Séneca (tené en cuenta que escribió esto en el siglo 1):

Oirás a la mayoría decir: «A partir de los cincuenta me retiraré a descansar, los sesenta años me librarán de obligaciones». ¿Pero quién te garantiza una vida lo bastante larga? ¿Quién dará permiso para que eso salga como dispones? ¿No te da vergüenza reservar para ti los remanentes de tu vida y destinar para el bien espiritual solo ese tiempo que no se puede dedicar a ninguna cosa? ¡Qué tarde es empezar a vivir justamente cuando la vida termina! ¡Qué olvido de nuestra mortalidad tan estúpido aplazar los planteamientos sensatos para los cincuenta o los sesenta años y pretender empezar la vida en un momento al que pocos logran llegar!

Un abrazo y gracias por escribirme,

Aniko

Siete
(Reflexiones en mi séptimo aniversario viajero)

[quote]“El número siete, por sus virtudes ocultas, tiende a realizar todas las cosas. Es el dispensador de la vida y fuente de todos los cambios, pues incluso la Luna cambia de fase cada siete días. Este número influye en todos los seres sublimes.” (Hipócrates)[/quote]

El siete y el dos siempre fueron mis números preferidos. No soy muy original: las estadísticas —que en este caso no tengo idea cómo se calculan— dicen que el siete es el número preferido de la mayoría de la población mundial. El siete me sirve para expresar cosas que otros números no me permiten: me gusta decir “llego en siete” o “dame siete minutos” cuando el cinco me parece muy corto y el diez demasiado completo. El siete indica algo que no se hace enseguida pero que tampoco lleva dos cifras de tiempo, aunque a veces eso de ser un número intermedio me pone en un limbo: tener 27 años, por ejemplo, me pareció una edad rara. Sentía que todavía estaba cerca de los 25 y a la vez acercándome a los 30, o sea que no estaba en un lugar muy definido. Tener 29 me gusta más: al menos sé que en un año cambio de década y que me acerco a una etapa distinta.

Cuadro by vero gatti y Luna

Cuadro by vero gatti y Luna

Muchos dicen que el siete es el número perfecto y que tiene poderes especiales. El siete está en todo. Los siete días de la semana, los siete planetas clásicos en la astrología, los siete pecados capitales, los siete colores del arco iris, los siete cielos del Islam, los siete sacramentos del Catolicismo, las siete edades del hombre según Shakespeare, las siete notas musicales, los siete mares, las siete vidas de los gatos, las siete diferencias, los siete chakras, los siete enanitos, siete años en el Tíbet, siete monos, el séptimo hijo varón, el mundo creado en siete días. La suma de las caras opuestas de los dados siempre da siete. Le dicen el número mágico porque está formado por la suma del tres —sagrado— y el cuatro —terrenal— y forma, entonces, un puente entre el cielo y la tierra.

Siete años en la ruta (en esta foto: Islandia)

Siete años en la ruta (en esta foto: Islandia)

En mi caso, ayer cumplí siete años de vivir viajando. El 28 de enero de 2008 me puse la mochila, tomé un bus de ida de Buenos Aires a La Quiaca —la frontera entre Argentina y Bolivia— y, sin tener mucha idea de lo que estaba haciendo, decidí que ese sería el primer día del resto de mi vida. Desde ese 28 de enero hasta hoy viajé por más de treinta países en cuatro continentes, viví en varias ciudades, escribí dos blogs de viajes con más de cuatrocientos posts, publiqué nosécuántos artículos de viajes en revistas, expuse fotos de viajes, fui columnista de viajes en programas de radio, di charlas de viajes y autopubliqué mi primer libro de relatos de viajes. Durante siete años puse todas mis energías en construir esa realidad que había elegido: ser viajera.

Candado budista en los puentes de París.

Candado budista en los puentes de París.

Pero dicen que algo pasa a los siete años. Hay una teoría psicológica que asegura que después de despertarte 2555 días junto a la persona que elegiste de pareja para toda la vida aparecen las dudas, preguntas y desilusiones: la famosa crisis o comezón del séptimo año de matrimonio. ¿Esto es lo que quiero para siempre? Nunca tuve una relación de siete años así que en ese aspecto no sé, pero sí sé que hace 2555 días me despierto con la misma etiqueta y con el mismo estilo de vida, ese que elegí hasta que la muerte nos separe solo por intuición, sin siquiera haberlo testeado antes. A veces pienso en lo fácil que usamos las palabras “para siempre”. A los veintidós años decreté, así de fresca, que viajaría para siempre, pero nunca pensé en todas las cosas que pasarían entre mis veintidós y el para siempre. Yo solo veía la meta: cumplir ese sueño.

Mensaje visto en Praga.

Mensaje visto en Praga.

Ondas luminosas. Esta foto la saqué en la exposición de Kusama en el Malba, Buenos Aires.

Ondas luminosas. Esta foto la saqué en la exposición de Kusama en el Malba, Buenos Aires.

En siete años, ese sueño dejó de ser una ilusión y se convirtió en algo corpóreo, y mi vida de viajes tuvo subidas y bajadas. Como vivir en movimiento me hace perder la noción del calendario, me gusta pensar en años-viaje y poder, así, diferenciar cada bloque de tiempo y recordar por qué cada año fue distinto.

El año uno empezó con la euforia del primer paso: esto es lo que siempre soñé ahora sí que seré feliz toda la vida. El año dos fue el del primer regreso y la depresión post-viaje: para qué volví, no sé si voy a poder seguir viajando, qué va a ser de mí. El año tres me fui a Asia y otra vez la euforia: esto es lo que siempre soñé ahora sí que seré feliz toda la vida bis. El año cuatro apareció la calma y logré cierta estabilidad: bueno, creo que ya puedo decir que me dedico a escribir desde cualquier lugar del mundo. El año cinco estuvo desbordado por la emoción y el agotamiento de escribir un libro: este es el resultado de hacer las dos cosas que más me gustan, pero cómo cansa. El año seis volví a viajar y tuve una sensación que intenté tapar durante mucho tiempo: esto no es lo que esperaba. Había empezado el proceso de desidealización de la vida soñada, una de las mejores cosas que me pasaron desde que me fui de Buenos Aires, ya que me permitió ver todo de manera más real. Y el año siete, este que se acaba de cumplir, es el de las preguntas: bueno, ya sé más o menos cómo son las cosas, ¿y ahora qué?

Por las calles de Salamanca, España.

Por las calles de Salamanca, España.

Cumplí siete años de viajera en un estado intermedio —típico del siete, diría—: viviendo en otro país. Es decir: ni del todo en mi casa, ni del todo de viaje, ni tan quieta, ni tan en movimiento. Ni sí ni no, ni blanco ni negro. ¿Qué estoy haciendo entonces? ¿Estoy viajando? ¿Estoy frenada? ¿Debería estar viajando? ¿Debería estar con ganas de viajar? ¿Debería volver? Siempre dije que iba a viajar toda la vida, pero ¿y si me canso? ¿Y si me aburro? ¿Y si ya no me motiva? ¿Y si de golpe aparecen otros intereses? De acá a “toda la vida” falta mucho, y hay un montón de otras cosas que me gusta hacer además de viajar. ¿Qué pasaría si les dedico más tiempo? ¿Si cambio de profesión? ¿Si cierro el blog, dejo de escribir y desaparezco de internet? ¿Podría ganarme la vida? ¿Lo mío es escribir sí o sí? ¿Y si cambio de rubro y pongo un negocio de algo? ¿Y si refloto ese sueño de irme a cosechar lechuga a una granja en Canadá? Pero a mí viajar me gusta, aunque tambiénETC. Esto de tener monólogos internos constantes es agotador.

Músico callejero en Praga, frente al muro de John Lennon.

Músico callejero en Praga, frente al muro de John Lennon.

Ojo de Magritte en Bélgica.

Ojo de Magritte en Bélgica.

Para mí, el superpoder del siete es que, cuando lo usás para contar años, marca un quiebre. Siete años es un tiempo considerable para estar en algo, aunque no llega a ser una década: si quiero arrepentirme, todavía estoy a tiempo. Obvio que a los diez años también puedo arrepentirme, pero el siete es más liviano, no es un número cerrado. Entonces me siento así, como si estuviese terminando un período de prueba, el test-drive: ya sé cuáles son las cosas que más me gustan de vivir viajando y cuáles son las que más me cuestan, ya sé en qué consiste y en qué no consiste este estilo de vida. Ahora puedo decidir si seguir o cambiar. O si seguir pero de otra manera. Si acelerar o desacelerar. Si dedicarle más tiempo a esto o a otras cosas. Las opciones son muchas. Y lo bueno es eso: que tengo opciones, que nadie me obliga a estar encadenada a nada.

Frente al reloj en París.

Frente al reloj en París.

Infinito (foto: Islandia)

Infinito (foto: Islandia)

Pero entre tantas preguntas, también tengo algunas certezas. Me demostré —a mí, no a otros— que puedo vivir con mis reglas, aunque esto de no tener manual de instrucciones hace que tenga que estar reescribiéndolas todos los días. También entendí que no tengo que impresionar a nadie ni cumplir expectativas ajenas. Antes sentía que tenía que hacer ciertas cosas —viajar / escribir de determinada manera— porque eso era lo que se esperaba de mí —”la viajera”—. Ahora siento que si mañana decido dejar de viajar no va a ser un fracaso sino un aprendizaje: quizá viajar no era lo mío, quizá necesitaba viajar para darme cuenta de cuánto necesitaba tener un hogar, o quizá necesitaba frenar para darme cuenta de cuánto me gusta viajar.

Visto en Cusco.

Visto en Cusco.

También sé que aunque esté de cumple viajero y tenga estas preguntas no voy a tomar decisiones porque no hay decisiones para tomar. Estoy acá, estoy escribiendo un libro. Después volveré a Buenos Aires, haré cosas allá, volveré a tener a mis amigos y a mi familia, estaré quieta un rato más. Y ahí la intuición, otra vez, me dirá qué hacer. Pero aunque entre en crisis o tenga dudas, cuando me proyecto me doy cuenta de que en mi futuro siempre veo viajes. Quiero hacer un viaje en auto por la Patagonia, quiero hacer un road trip por Estados Unidos y Canadá, quiero hacer dedo en Japón, quiero recorrer las islas de Oceanía en barco, quiero atravesar Asia Central. Quiero ir a muchos lugares. No sé a qué ritmo ni cuándo. No sé si escribiendo un blog o no. Pero todos esos planes de viajes están ahí y no los veo con intenciones de desaparecer.

En siete años les cuento.

cumple-viajes-13

Pizarrón en la casa de vero!

*

Epílogo:

El 28 a la noche le dije a L:

—Hoy cumplo siete años de vivir viajando.
—¿Por qué no me dijiste antes?
—Es que me acabo de dar cuenta.
—Me hubieses avisado y comprábamos una torta y brindábamos.

Y eso hicimos, aunque con un día de delay. Torta de chocolate y vino blanco para festejar una fecha que me parece más representativa que mi cumpleaños. Así que propongo que cada uno elija su fecha de cumpleaños —o de no-cumpleaños— en honor a algún acontecimiento importante. A mí me encantaría festejar cada 28 de enero como si fuese 29 de julio.

Buenos Aires.

Buenos Aires.

[box type=”star”]De vez en cuando escribo estos posts aniversario en honor a mis cumpleaños de viajera o al nacimiento de mi blog. Son estos:

Cuando te perdés en China, nunca sabés quién te puede encontrar (post número 100)
Doscientos viajes (post número 200)
“Detrás de los viajes” – Edición especial 300 posts
Mis cuatro años de viajera: cómo empecé, cómo trabajo y cómo me financio
Mis seis años de viajera: el Síndrome de París y el lado oscuro de los viajes [/box]

Desbalance de año nuevo

The whole future lies in uncertainty: live immediately.
(El futuro está sumido en la incertidumbre: vive de inmediato)
Séneca, De la brevedad de la vida. Escrito en el 55 d.C.

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Acá pasé Navidad este año, en un pueblo de Alsacia, Francia.

Iba a escribir un balance de fin de año pero preferí convertirlo en una reflexión de año nuevo. Si bien cambiar de año no me parece más que algo simbólico —no es que nuestra vida vaya a dar un vuelco solo por pasar del 31 de diciembre al 1 de enero— creo que es bueno usar este ritual de excusa para mirar hacia atrás y reflexionar y para mirar hacia adelante y proyectar. Es como el cambio de estaciones o el paso del día a la noche y de la noche al día: un ciclo necesario para poder ordenar nuestro tiempo y relatarnos nuestra historia.

En estas últimas semanas recibí varios mails con el mismo mensaje: “Envidio tu vida, yo no tuve las mismas oportunidades que vos”, “te odio de manera sana”, “me da rabia conocer vidas como la tuya”, “quiero vivir viajando pero no tengo el coraje”, “tu mundo es bucólico, romántico, envidiable y lejos de mi alcance”. A veces siento que cuando nos ven de afuera creen que porque nos fuimos de viaje nos metimos en una burbuja de felicidad lejos de la tristeza, los duelos, el sufrimiento, la soledad, la frustración, el cansancio, la falta de motivación, el desamor, la desilusión y los problemas. Como si, de golpe, tuviésemos la vida resuelta y nada nos afectara.

Las fotos de este post van a modo de resumen de los lugares que conocí en el 2014

Las fotos de este post van a modo de resumen de los lugares que conocí y los detalles que encontré en el 2014

Entiendo esos mails porque yo también, cuando miraba de lejos, pensaba que esta era una vida ideal. Me veía yendo de un lado a otro, escribiendo frente al mar, inspirada todos los días y con un único sentimiento constante: la felicidad. Y no es que no haga esas cosas o que no me sienta feliz, es que entremedio de esas actividades que tanto me gustan pasan un montón de otras cosas —léase: la realidad— que me siguen afectando sin importar el lugar del mundo en el que esté. Y este año que se acaba de ir fue uno de los más difíciles que me tocó pasar desde que empecé a vivir viajando.

Un nene en Cusco

Un nene en Cusco

2014 fue el año de los duelos. En pocos meses se murieron cinco personas muy cercanas. Todas fueron muertes inesperadas, una atrás de otra, como un dominó. Dos eran amigos que me había hecho viajando: él murió de un paro cardíaco, ella de leucemia. No tenían ni treinta años. La primera muerte, anterior a esas dos, me desencadenó emociones negativas que me costó mucho superar: además de pasarme meses llorando y tratando de entender por qué esa persona se había ido tan de golpe, durante mucho tiempo sentí que la vida había perdido sentido. ¿Para qué esforzarse tanto si al final nos vamos a morir? O ni siquiera al final: puede que nos vayamos mañana, sin aviso, y chau todo. ¿Por qué perdemos tanto el tiempo en cosas que no importan? ¿Será que la vida es pasarse los días sufriendo la muerte de los que amamos?

Un corazón por las calles de Cusco

Un corazón por las calles de Cusco

Hace unos días me topé, por varias vías, con el texto de Séneca “De la brevedad de la vida”. Séneca fue un filósofo, político, orador y escritor nacido en la actual Córdoba (España) durante el Imperio Romano. Escribió este tratado acerca de la vida, la muerte y nuestro uso del tiempo en el siglo 1 d.C. Muchos pasajes siguen siendo tan actuales que da miedo. A lo largo de este texto lo cito varias veces.

[quote]Oirás a la mayoría decir: «A partir de los cincuenta me retiraré a descansar, los sesenta años me librarán de obligaciones». ¿Pero quién te garantiza una vida lo bastante larga? ¿Quién dará permiso para que eso salga como dispones? ¿No te da vergüenza reservar para ti los remanentes de tu vida y destinar para el bien espiritual solo ese tiempo que no se puede dedicar a ninguna cosa? ¡Qué tarde es empezar a vivir justamente cuando la vida termina! ¡Qué olvido de nuestra mortalidad tan estúpido aplazar los planteamientos sensatos para los cincuenta o los sesenta años y pretender empezar la vida en un momento al que pocos logran llegar![/quote]

De Sudamérica me fui a Europa. Sentía que mi viaje tenía que seguir ahí. Madrid me ofreció color, pero yo seguía viendo un mundo gris.

De Sudamérica me fui a Europa. Sentía que mi viaje tenía que seguir ahí. Madrid me ofreció color, pero yo seguía viendo un mundo gris.

Durante el 2014 estuve tan triste que me costó mucho viajar. Me fui de Buenos Aires porque sabía que si me quedaba me iba a sentir peor. Confié en que el viaje me iba a curar, pero costó mucho. Salir de mi zona de confort me fue muy difícil, me sentí incómoda como huésped, me costó comunicarme con la gente porque no tenía nada para dar ni para decir, perdí la motivación con mi trabajo, dejé de disfrutar los viajes como antes. Y entendí, a la fuerza, que cuando estás mal, estás mal donde sea y aunque estés haciendo lo que más te gusta.

Tuve algunos remansos de alegría, como Altea, en España.

Tuve algunos remansos de alegría, como Altea, en España. Tampoco es que estuve mal todo el tiempo, pero mi sentimiento de base era la tristeza.

Puertas y dibujos

Puertas y dibujos

Arte callejero en Barcelona

Arte callejero en Barcelona

Rayuela en París

Rayuela en París

Liverpool

Liverpool

2014 fue el año de la soledad y la desilusión. Volví a lugares que me habían encantado y me desilusioné. Fui a lugares que quería conocer y me desilusioné. Viajé en pareja y no fue como esperaba. Me separé y volví a ser yo contra el mundo. Yo, sola, solitaria, en soledad. Como me costó viajar, me desilusioné de mí misma como viajera. Como tuve un bloqueo de escritura durante meses, me desilusioné como escritora. Me pregunté si estas actividades eran de verdad mi vocación o cosas que me habían salido bien por un tiempo pero que ya no me motivaban. Y aunque sé, como me dijo un amigo, que la vida es una rueda y a veces estamos arriba y a veces abajo, me costó confiar en que el tiempo cambiaría las cosas.

Soledad

Soledad

Ilustración: vero gatti

Ilustración: vero gatti

Pero un día, casi sin darme cuenta, la tristeza se empezó a ir. Una tarde, cuando terminé de escribir “El lado oscuro de los viajes”, llamé a mi mamá llorando para decirle lo sola y perdida que me sentía. Esa misma noche lo conocí a L. Fue inesperado y pensé que no iba a durar. Nos fuimos de road-trip juntos, de Francia a Hungría, y después de unos meses me pidió que me quedara un tiempo en Francia con él. Le dije que no, que yo viajaba y que tenía que seguir viajando y bla bla bla. Un blablabla que no me convenció ni a mí. Así que acepté frenar en Biarritz, en principio por unas semanas, para probar, y al poco tiempo la tristeza se aburrió y me dijo chau: “Yo sigo viaje, que la pases lindo”. El bloqueo creativo también se fue con ella y empecé a sentirme mejor. Y me di cuenta de que lo que necesitaba no era viajar sino frenar, escuchar a ese lado no-viajero mío y aceptar que necesito ese ciclo de viajar-frenar-viajar-frenar para encontrar mi equilibrio. Y entendí que la vida siempre nos manda lo que necesitamos, nos pone una solución del mismo tamaño que nuestro problema, una solución que está ahí pero que hay que saber ver.

Juro que la primera vez que vine no pensé que terminaría viviendo acá.

Juro que la primera vez que vine no pensé que terminaría viviendo acá.

Y ahora amo este mar.

Y ahora amo este mar.

Ahora, mirando en perspectiva, puedo decir que 2014 fue el año de los golpes pero también fue el año de algo que para mí terminó siendo lo más positivo: la desidealización. Casi siete años después de haber empezado me di cuenta de que viajar no me hizo llegar al nirvana ni alcanzar un estado de iluminación ni me convirtió en mejor persona o en superhéroe. Entendí que mi felicidad no está basada solo en el viaje en sí, sino en tener la libertad de poder elegir cómo vivir, y cómo y con quién pasar mi tiempo. Y al final, más allá de mi amor por los viajes, eso es lo que quiero transmitirles: que se puede vivir de otro modo, que somos libres de inventar nuestras reglas, que estamos acá para algo y que tenemos que aprender a ser dueños de nuestro tiempo. La vida se hace corta si la vivimos para otros o si la desperdiciamos tratando de cumplir expectativas ajenas. “La vida, si sabes usarla, es larga”, dijo Séneca en el siglo 1 d.C. Cuesta más, porque implica salirse del camino señalizado, pero se puede.

El viaje a Islandia fue otro remanso de felicidad en un año difícil.

El viaje a Islandia fue otro remanso de felicidad en un año difícil.

"Sé el cambio que quieres ver en el mundo"

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”

[quote]“Suelo extrañarme cuando veo a los unos pedir tiempo y a los otros, los solicitados, dispuestos a dárselo. Unos y otros atienden a aquello por lo que se pide el tiempo, ninguno al tiempo en sí: se pide como si no fuera nada, como si no fuera nada se da. Se juega con el bien más valioso de todos, pero los engaña el que sea un bien incorpóreo, el que no esté a la vista, de manera que se considera muy barato, más todavía, que su precio es casi nada.”[/quote]

[quote]“Créeme, es propio de un personaje grande y levantado por encima de los extravíos humanos no consentir en que le sorban ni una pizca de su tiempo, y su vida se hace larguísima justamente porque toda su extensión queda disponible para él solo.”[/quote]

Otro momento alegre fue el viaje que hice con mi prima Flavia y sus amigas por la Provenza francesa.

Otro momento alegre fue el viaje que hice con mi prima Flavia y sus amigas por la Provenza francesa.

Tan llena de flores y colores.

Tan llena de flores y colores.

Y macarrons. Comer macarrons fue una de las mejores cosas que me pasó este año.

Y macarrons. Comer macarrons fue una de las mejores cosas que me pasó este año.

En el 2014 me di cuenta, también, de que cada vez me considero menos viajera y más freelancer / trabajadora independiente / nómada digital / location-independent worker o como quieran decirle. Me siento cada vez más alguien que ama escribir y que busca el movimiento, la adaptación, la variedad cultural y el cambio de paisaje para inspirarse. También entendí que a la frase “Do what you love and the rest will come” (Hacé lo que amás y el resto vendrá solo) hay que agregarle otra cláusula: Do what you love, work hard, and the rest will come (Hacé lo que amás, trabajá mucho, y el resto vendrá solo). Aunque visto de lejos no lo parezca, todos los que están viviendo de su pasión pusieron muchísimas horas de trabajo invisible por detrás. Trabajo que no se siente como trabajo, ya que cuando uno hace lo que ama lo disfruta, pero que sigue requiriendo esfuerzo, empuje, constancia, dedicación y confianza en uno mismo.

Mensajes en el Muro de John Lennon, Praga

Mensajes en el Muro de John Lennon, Praga

Quedarme quieta en un lugar desencadenó muchas cosas:

1. Volví a tener una biblioteca y un buzón, combinación peligrosa, así que pude comprarme libros en papel. Esos libros me fueron llevando a otros libros y me hicieron descubrir a un montón de autores. Empecé a rodearme de cosas que me inspiran y así me desbloqueé.

2. Volví a estudiar. Este año descubrí dos páginas espectaculares que quiero compartir con ustedes: Duolingo, una web y aplicación gratuita para aprender idiomas con la que estoy estudiando francés, y Skillshare, una web con cursos online de fotografía, diseño y escritura, entre otras cosas, en la que estoy estudiando hand lettering (se paga por mes, pero lo vale. Si se suscriben a través de mi enlace, tienen un mes gratis). Aguante el aprendizaje autodidacta.

3. Estas webs, a la vez, me abrieron mundos nuevos: el de gente que vive haciendo lo que le gusta y que se agrupa en comunidades, reales o virtuales, para compartir sus logros, sus errores, su aprendizaje y su vulnerabilidad.

4. Volví a sentirme bien, en equilibrio, y eso me hizo sentirme lista para escribir otro libro. Que, supongo, es como decir que estoy lista para tener otro hijo.

El viaje a las raíces fue otro punto fuerte del 2014.

El viaje a las raíces fue otro punto fuerte del 2014.

El roadtrip a Budapest, también.

El roadtrip a Budapest, también.

Se convirtió en otra de mis ciudades preferidas.

Se convirtió en otra de mis ciudades preferidas.

Pero el punto más fuerte de toda esta desidealización y golpes de realidad que me dio el 2014 fue darme cuenta de que la vida es ahora: no cuando me compre tal cosa ni cuando vaya a tal lugar ni cuando publique tal libro ni cuando mi blog sea de tal manera ni cuando me reconozcan por tal cosa ni cuando termine de estudiar ni cuando tenga hijos ni cuando nada. La vida no es eso que te va a empezar a pasar cuando termines el colegio o la facultad, cuando te vayas de viaje, cuando tengas lo que te falta. La vida es esto, es ya, y si no te das cuenta se va rápido, se te escapa de las manos. How we spend our days is, of course, how we spend our lives, dijo Annie Dillard, escritora.

Imagen vista en Biarritz

Imagen vista en Biarritz

Por eso si querés viajar viajá, si querés dibujar dibujá, si querés hacer música hacé música, si querés construir cosas construí cosas, si querés contar tu historia contá tu historia. Pero no regales tu tiempo y no lo pierdas mirando a otros y diciendo qué envidia, qué linda vida que tenés, yo no puedo hacer lo mismo que vos. Basta de excusas, basta de pensar que no se puede, basta de dejar que los días te pasen por encima, basta de estar esperando un cambio para empezar a vivir como soñás, basta de piloto automático, basta de no ser conscientes de lo que nos pasa minuto a minuto. A uno de los chicos que me escribió el mail de “yo no puedo” le dije: “No mires mi mundo como romántico y envidiable, porque eso lo hace parecer irreal e inalcanzable, solo para unos pocos, y no es así: mi mundo es fruto de mis elecciones y es tan imperfecto como el tuyo o el de cualquier persona, porque es real. No tengo una vida perfecta, trabajé mucho para poder vivir así, y sabé que se puede”.

Let it snow, let it be

Let it snow, let it be

Así que feliz año nuevo, feliz no-año nuevo, feliz vuelta al sol. Festejen, no festejen, pásenlo como quieran. Pero acuérdense que estamos todos en el mismo barco, vamos todos al mismo lugar y no hay nada mejor que sentirse acompañado en este viaje.

[quote]“Nadie te restituirá esos años, nadie te devolverá tu propia persona. La vida seguirá su camino sin volver hacia atrás ni detener su carrera. No armará alboroto, no te dará ningún aviso de su velocidad: se deslizará callada. No será más larga por mandato del rey ni por aprobación del pueblo. Así como empezó a correr desde el primer día, seguirá corriendo sin hacer pausas. ¿Qué pasará? Tú habrás estado ocupado mientras la vida se aceleraba. Mientras tanto llegará la muerte, para la cual, lo quieras o no, habrás de tener tiempo de sobra.” *[/quote]

gapingvoid

Fuente: gapingvoid.com

* Todas las citas de este texto, como mencioné arriba, pertenecen a De la brevedad de la vida, de Séneca, escrito en el siglo 1 d.C. Les recomiendo mucho ese texto.

9 reflexiones acerca de vivir viajando
(o “¿Cómo puedo financiarme en el camino?”)

**Spoiler: no sé. Y este post tiene el prólogo más largo de la historia.
Poné el agua para el mate o preparate un café. O si querés la respuesta práctica, andá directo al final del texto.**

[box type=”star”]No existen fórmulas ni recetas mágicas para financiar un viaje o para vivir viajando. No hay pasos infalibles ni modelos a replicar. Nadie tiene el éxito ni el fracaso asegurado. Como con todo, financiar y autosustentar un estilo de vida viajero lleva tiempo, dedicación, trabajo y creatividad. No hace falta ser millonario ni sacarse la lotería para vivir en movimiento. Lo que sí hace falta es cambiar algunas concepciones.[/box]

Una de las preguntas que más recibo por mail y que más me cuesta responder es: “¿Me das ideas para financiarme mientras viajo?”. Más allá de los consejos que pueda darles para ahorrar en el camino, muchos de ustedes me preguntan otra cosa: “¿De qué puedo trabajar para mantenerme mientras viajo?”. Porque una cosa es ahorrar y otra es generar ingresos. Y creo que en el fondo la pregunta es: “¿Cómo puedo hacer para vivir viajando?”.

Ya sea para vivir viajando durante quince días, dos años o tres décadas, no hay una respuesta: hay muchas. Y como no tengo la solución adecuada para cada uno, decidí hacer este post con mis reflexiones acerca de este estilo de vida.

Empecemos

Empecemos

*

En muchos lugares del mundo, el sistema nos educa así: tenés que tener un título universitario para conseguir un trabajo, tenés que tener un trabajo fijo para cobrar un sueldo a fin de mes, tenés que tener un sueldo a fin de mes para poder vivir, alimentarte y comprarte cosas, tenés que ahorrar gran parte de ese salario para poder irte de vacaciones cuando el trabajo te lo permita, tenés que trabajar hasta los 65 para tener una jubilación y después podés disfrutar de la vida.

Vivir viajando derriba muchas de estas ideas.

Es lógico, si nos guiamos por ese modelo, sentir que si la plata no alcanza para llegar a fin de mes, menos va a alcanzar para un viaje largo. Por eso, para empezar a pensar en la financiación de un estilo de vida viajero, lo primero que hay que hacer es cambiar el paradigma.

Las reglas del juego son otras.

Las reglas del juego son otras.

1) Vivir viajando no es vivir de vacaciones. 

Esto ya lo repetí muchas veces en el blog, así que para quienes me leen de antes no es algo nuevo. Sé que, visto desde afuera, la imagen mental que muchos tienen del viajero es algo así: playa + jugo de coco + hamaca paraguaya + leve brisa + no stress. Díganme dónde firmo que yo también quiero una vida así. Bah, en realidad no.

Yo empecé con la idea de ser una viajera pura y dura: de dedicarme solo a viajar, a explorar y a conocer otras culturas. Lo hice durante varios meses, pero me di cuenta de que no podía separar mis ganas de viajar de mis ganas de comunicar, a través de textos y fotos, lo que iba encontrando en el camino. Viajar por viajar es muy lindo, pero después de un tiempo uno tiene necesidad de hacer algo con ese viaje, de transformarlo en otra cosa, de aportarle algo valioso a toda esa gente y a todo ese mundo que tan bien nos recibió (o de cambiar ese mundo que tan mal nos recibió). El trabajo, ese querer aportar algo, es parte de la naturaleza humana, y es gracias a eso que el mundo sigue girando. Y cuando te vas de viaje, el gen del trabajo no se apaga, al contrario: se activa. Por eso, creer que vivir viajando es lo mismo que estar de vacaciones permanentes es un error.

En estos siete años conocí mucha gente que vive como yo, en movimiento. Gente de todas partes del mundo y que trabaja en distintos rubros: cocineros, escritores, programadores, médicos, diseñadores, arquitectos, fotógrafos. Algunos se mueven de manera constante, otros son estacionales, algunos trabajan de manera independiente, otros van con contrato. Pero todos comparten esa ansiedad de moverse y de dedicarse a lo que más les gusta. Y todos lograron, cada uno a su ritmo y en su propio tiempo, generar una rutina de viaje-trabajo que les permite seguir viviendo así.

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2) Vivir viajando puede ser más barato que vivir en un lugar fijo.

También hablé de esto en otras ocasiones. Este vez pongo “puede ser” porque depende de la manera de viajar y de vivir de cada uno. Pero hago cuentas y a mí me sigue saliendo más barato estar en movimiento. ¿Por qué? No hay gastos fijos, uno solo paga lo que necesita en el momento (alojamiento, comida, transporte, visas), hay lugares donde el costo de vida es muy barato y otros donde estas necesidades básicas se pueden intercambiar por servicios.

Entonces, una de las primeras cosas a tener en mente es que no necesitás tanta plata para viajar. Es cierto que si querés volar a otro continente, el pasaje de avión es caro, pero nadie te impide cruzar en barco o ir por tierra. Hay muchas maneras de viajar y el avión no es el único medio que existe. Pero esto implica, también, cambiar el chip de la velocidad: cuanto más lento vayas, menos vas a gastar y más intensa va a ser tu relación con el camino. Hay ciertos gastos que son obligatorios: las visas, el seguro médico (en caso de llevar uno), la gasolina (en caso de viajar con vehículo propio), pero pensalos como una inversión inicial del viaje o como un gasto fijo y comparalos con los gastos que tenés ahora: seguro siguen siendo más bajos.

[box type=”tick”]- En mi post “Consejos para viajar barato o sin plata” doy más detalles y en el post “Desde un bus rojo” hablo acerca del slow travel.[/box]

Y este es el trailer de un documental que quiero ver hace tiempo… (pueden verlo acá.)

3) Tu trabajo no es tu empleo (work is not a job). 

workisnotajob

Fuente: workisnotajob.com

Hay gente que no se anima a vivir viajando porque tiene miedo de no conseguir trabajo. Otros tienen miedo de irse por un año y de que al volver nadie quiera contratarlos.

Primero hay que preguntarse qué es el trabajo. Yo estoy de acuerdo con los chicos de workisnotajob: nuestro trabajo no es nuestro empleo de 9 a 5, es nuestra pasión puesta en acción, eso que solo nosotros podemos contribuir al mundo. Pero si pensás en el trabajo como algo que tienen que darte y no como algo que podés generar por tu cuenta, puede que te sea más difícil conseguirlo.

Creo que pueden existir tantos trabajos como personas, ya que todos tenemos algo para ofrecer al mundo. Puede que tu trabajo soñado no exista, o que no encuentres a nadie que quiera contratarte para hacerlo, entonces sabés qué: inventalo, sé el primero en dedicarte a eso. El cliché es cierto: el que no arriesga, no gana. El mundo es de los que se animan a hacer algo distinto.

[box type=”tick”]Para leer más acerca del nuevo paradigma laboral, les recomiendo los libros “Rework: change the way you work forever” de David Heinemeier Hansson y “Ignore everybody: and 39 other keys to creativity” de Hugh Macleod. No sé si estos títulos están en castellano, por eso los comparto en inglés. Y este video también tiene buenas reflexiones acerca de lo que para muchos de nosotros es trabajar.[/box]

4) Podés trabajar desde cualquier lugar del mundo.

Uno de los cambios más grandes que generó internet es que cada vez se necesitan menos las oficinas y los jefes. Son cada vez más las profesiones que pueden practicarse desde cualquier lugar del mundo, a cualquier hora, frente a cualquier paisaje y de manera independiente. Uno puede tener su oficina donde quiera y ser su propio jefe.

Ya no hace falta, entonces, que hagas tu trabajo siempre desde el mismo lugar. Podés mantener tu empleo, si querés, irte de viaje y seguir trabajando en el camino. O podés renunciar a tu trabajo, y crearte uno que te permita hacer de cualquier espacio tu oficina.

Sé que esto (aún) no es aplicable a todas las profesiones, pero siempre existen alternativas. Un buen ejemplo es médicos sin fronteras y otras organizaciones “sin fronteras”. Y si tu profesión todavía no tiene una alternativa viajera, quizá es hora de que la inventes.

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Foto: Marruecos

5) No necesitás plata para todo.

Volvió la era del trueque. Yo creo que nunca se fue, pero ahora es más visible, también gracias a internet. Estamos muy acostumbrados al sistema capitalista-monetario: necesito algo, voy y lo compro. Pongo plata sin dar lugar a la posibilidad del trueque, porque así es más fácil y más rápido. Pero hay muchas cosas que se hacen por intercambio, o que se harían si hubiese un diálogo previo de por medio. 

En el mundo viajero hay muchas opciones de intercambio. Por ejemplo:

– Couchsurfing. Personas y familias de todo el mundo ofrecen alojamiento gratuito a los viajeros en sus casas. ¿Qué ganan? Compañía, conocer a alguien de otra cultura, aprender acerca de otras realidades, viajar sin viajar.

– Warmshowers. La versión de Couchsurfing para ciclistas.

– Housesitting. Mucha gente necesita que le cuiden la casa y/o las mascotas mientras no están, así que te permiten vivir sin costo ahí, siempre y cuando te hagas cargo de la casa, las plantas, los animales y el mantenimiento del lugar.

– HelpX. Intercambio de alojamiento y comida por trabajo. Una persona necesita que lo ayuden a pintar un cuarto de su casa, o que lo ayuden a practicar su español, o que le solucionen un problema técnico en la computadora. Y justo estás en su ciudad y resulta que tenés los conocimientos o las capacidades para hacer lo que él necesita. Lo contactás, coordinan y te quedas con él hasta que el trabajo esté hecho. Él, a cambio, te da comida y cama.

– Woofing. Trabajo en granjas orgánicas a cambio de alojamiento y comida.

– Find a crew. Hay gente que busca tripulación para sus barcos, lo que te permite trabajar a bordo y viajar gratis. Todavía no lo probé pero me parece una opción muy interesante.

– Autostop. Lo dijo Juan Villarino: “Todos nacemos con un boleto gratis a cualquier lugar del mundo, y lo tenemos en nuestro pulgar”. Salí a la ruta, estirá el brazo y pedí que te lleven. Siempre alguien frena.

– Gratiferias. Hay muchas gratiferias, reales y virtuales, en un montón de ciudades del mundo. También hay mucha gente dispuesta a intercambiar ropa u objetos que ya no usa.

– Patrocinios. Si tenés un proyecto sólido e interesante, podés conseguir esponsoreo de aerolíneas, hoteles, hostels, trenes, buses o empresas especializadas en tu rubro. Eso sí, lo importante es tener una propuesta que pueda interesarles.

Foto: Argentina

Foto: Argentina

[box type=”tick”] Les recomiendo 'La biblia del viajero', la mejor guía de Lonely Planet que leí. Está escrita por tres viajeros franceses y algunos de los temas que cubren en profundidad y de manera muy realista (y con mucha experiencia) son: autostop, barcostop, trenestop, avionestop, viaje en carguero, marcha a pie, recolección urbana, camping en entorno urbano, alojamiento organizado a cambio de trabajo e intercambio de casas. Un montón de temas que en otras guías no están mencionados o son desestimados por no ser tradicionales.

Todavía no lo terminé de leer, pero el libro 'The Moneyless Manifesto' de Marc Boyle pinta interesante. Hace más de tres años que este inglés vive sin dinero, y relata la experiencia en este libro. En cada capítulo habla de una temática distinta (la vivienda, la alimentación, la salud, la educación, entre otros) y cuenta qué alternativas existen para poder solucionarlas sin dinero de por medio. Se puede leer gratis en su web.[/box]

Foto: Indonesia

Foto: Indonesia

6) Dedicate a lo que más te gusta. Y hacelo en movimiento.

Todos nacemos con un talento. Sí, vos también, aunque estés moviendo la cabeza y diciendo que no. Algunos lo descubren de muy chicos, a otros les cuesta más encontrarlo, otros saben que lo tienen pero no lo siguen por miedo, porque creen que no son lo suficientemente buenos, porque sienten que a nadie le va a interesar lo que tienen para decir o mostrar, porque alguien los desmotivó o porque piensan que siempre habrá alguien mejor. Sí, puede que haya alguien mejor, pero ¿importa? Acá lo importante, me parece, es poder dedicarte a lo que te sale bien y te hace feliz, a eso que sentís que hacés sin trabajar. Creo también en la teoría del felicismo que propone Albert Casals (el viajero de Mon Petit, la peli que les recomendé antes): si hago lo que me hace feliz, también haré feliz a la gente que me rodea. Si hago lo que me inspira, también inspiraré al resto.

En una carta que ahora no tengo acá pero que me encantaría compartir, mi mamá me escribió, entre otros consejos: “No te dediques a una profesión por la plata, dedicate a lo que más te guste hacer y la plata va a llegar sola”, “Sé dueña de tu tiempo, no le regales tus horas de trabajo a otros”, “Hacé lo que te haga feliz”. Yo tenía trece años cuando me dio ese papel, y todavía lo tengo guardado en una cajita en Buenos Aires. Ella me educó para ser libre, y nunca me voy a cansar de agradecerle. *Se emociona*

¿Qué sentido tiene la vida si no somos libres y felices? Todas las muertes cercanas que sufrí este año me enseñaron una cosa: nos vamos demasiado rápido de acá. Mejor que aprovechemos el tiempo de la mejor manera posible. Basta de posponer los planes y la felicidad esperando un momento ideal que nunca va a llegar.

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No hay tarea que desestimemos más que la tarea de ser felices.

[box type=”tick”]- Les recomiendo (les pido) que lean el libro 'El elemento' de Ken Robinson. Habla acerca de ese talento con el que todos venimos al mundo y cuenta casos de personas que hoy son muy reconocidas en lo que hacen y que, alguna vez, también tuvieron dudas y empezaron de cero.

– También les recomiendo los libros 'Show your work' y 'Steal like an artist' de Austin Kleon. Muy interesantes para aquellos que quieran mostrar su trabajo a un público y no sepan cómo hacerlo.[/box]

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7) No tengas miedo.

Una de las personas más especiales que conocí este año fue la madre de una lectora de mi blog. Nos vimos una tarde o dos, pero conectamos mucho. Una de las cosas que me dijo antes de despedirme fue: “El opuesto del amor no es el odio, es el miedo”. Y esa frase me quedó grabada.

El miedo es un gran mecanismo de control. Nos meten miedo desde chicos. Miedo a lo que pasa afuera, miedo a la gente de otros barrios, miedo a la gente de otros países, miedo a las supuestas epidemias, miedo a no tener trabajo, miedo a quedarnos solos, miedo a fracasar, miedo a no ser nadie en la vida. Todo lo que no hacemos, no lo hacemos por miedo. Al menos en mi caso es así. Estoy escribiendo un libro nuevo y todavía me da miedo abrir el archivo y enfrentarme a las páginas en blanco. Me dan miedo muchas cosas, no soy nada valiente. Pero aprendí a no tenerle miedo al miedo, si es que eso tiene algún sentido.

Por eso, no tengas miedo de hacer algo nuevo, de salir, de probar. Si no te va bien, por lo menos lo intentaste.

[box type=”tick”]En este post hablo de otro miedo importante: El miedo a viajar (y por qué no hay que dejar que nos frene).[/box]

No tengas miedo de hacer realidad tus ideas.

No tengas miedo de hacer realidad tus ideas.

8) Usá la creatividad para todo.

Así como todos tenemos un talento, todos somos creativos. Sí, vos también, aunque estés negando otra vez con la cabeza. Crear es parte de la naturaleza humana. Ser creativo no es pintar un lindo cuadro o escribir un texto divertido: la creatividad generó todo lo que tenés a tu alrededor. Esa silla, la mesa, la computadora, la lámpara, el cepillo de dientes. Todo se le ocurrió alguna vez a alguien. Así que usá esa capacidad creativa para vivir. Y si querés dedicarte a viajar, usala para pensar qué podrías ir haciendo en el camino.

Me resulta difícil dar respuestas personalizadas cuando me piden ideas para financiar sus viajes. Es verdad que hay muchas cosas típicas que se pueden hacer (y las menciono al final), pero puede que esas no sean cosas que te gusten ni que quieras hacer. O puede que sean cosas que querés hacer por un tiempo, para empezar, pero no para siempre. Quizá lo que estás buscando, en realidad, es esa profesión ideal para combinar con tus viajes. Y esa es una búsqueda muy personal.

Mi recomendación es que no intentes replicar lo que hizo otro solo porque ves que tuvo éxito. Que a otra persona le haya ido bien no quiere decir que a todos nos vaya a ir igual. Por detrás tiene que haber una pasión muy específica, muchas horas de trabajo y perseverancia. Cada cual tiene que buscar su camino, aunque sea más difícil y requiera más trabajo.

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Tomá el ejemplo de otros como inspiración, y a la hora de pensar en tu propia financiación, preguntate: ¿En qué soy bueno? ¿Qué me gustaría hacer mientras viajo? ¿En qué quiero invertir mi tiempo?

Y cuando salgas a la ruta vas a darte cuenta de que esto de vivir viajando es como un pack en el que todo se mezcla: el trabajo, la pasión, el movimiento, la vida. Y al final todo termina siendo una misma cosa.

Algunos ejemplos de gente que pensó distinto:

Seguro que viste este video. Fue recontra viralizado. A Matt se le ocurrió hacer un bailecito en cada lugar del mundo que visitó, así que se grabó, los compiló, hizo un video y lo subió a youtube. Fue un éxito. Aparecieron marcas que se interesaron en él y lo mandaron a hacer una segunda vuelta al mundo, esta vez patrocinado, para que volviera a hacer su bailecito.

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Este empezó como un chiste. Zack Brown propuso un proyecto en Kickstarter, una plataforma de financiación colectiva: “Necesito 10 dólares para hacer una ensalada de papas”. Terminó juntando más de 55.000 dólares. Mirá las recompensas que ofrecía.

9) Podés educarte mientras viajás.

Muchos de ustedes me escriben preguntándome si les recomiendo estudiar una carrera universitaria antes de empezar a viajar o no. Y me ponen en un aprieto. No sé, depende de qué quieran estudiar: hay profesiones que necesitan muchos años de estudios y un título para poder practicarlas, hay profesiones que no precisan estudios universitarios pero sí estudios terciarios o cursos, hay profesiones que se aprenden al hacerlas. Entonces depende de cada uno y de sus objetivos personales.

Pero que elijan viajar y no estudiar de manera formal no quiere decir que no puedan educarse en el camino. La educación es fundamental y deberíamos aprender toda la vida, no solo durante la etapa de escolarización. Sin embargo, es muy difícil cambiar un sistema educativo que está tan arraigado en la sociedad y que está quedando tan obsoleto. De a poco están surgiendo nuevas voces y propuestas mucho más adaptadas a las necesidades y realidades del mundo actual (Hola, Ken Robinson, soy tu fan), y hoy, gracias a internet, podemos aprender muchas cosas por nuestra cuenta. Yo, por ejemplo, aprendí a programar ebooks a través de un curso online en video, también estoy cursando una carrera de escritura de viajes en inglés a distancia, la fotografía la aprendo de manera autodidacta con libros, tutoriales y práctica, lo poco que sé de programación también lo aprendo por internet y a la fuerza, estoy aprendiendo francés con una aplicación y trato de mejorar mi escritura leyendo todo lo que se me cruza en el camino.

Entonces, entendé que irte de viaje no equivale a posponer los estudios ni a dejar de estudiar. Puede que elijas estudiar antes, durante o después, eso ya es decisión tuya. Y el viaje nos permite hacer el curso de ingreso a una de las instituciones más importantes del planeta: la universidad de la vida.

[box type=”tick”]- En el post ¿A qué tengo que dedicarme para poder viajar? hablo un poco más acerca de estos temas.
– La web Unschoolery.com, de Leo Babauta, me parece muy interesante para quienes quieran saber más acerca del unschooling y del homeschooling o la educación en casa.
– Y la charla TED que les dejo abajo es de un chico que a los 13 años decidió dejar el colegio para hackear su educación.[/box]

https://www.youtube.com/watch?v=oL-FlUxthZc

Pablo Neruda

Pablo Neruda

Y una lechuza que te mira.

Y una lechuza que te mira.

*

Y si después de toda esta perorata (o el prólogo más largo de la historia al que me refería al principio) decís muy lindo todo pero dame consejos concretos para viajar y poder mantenerme en el camino, acá van algunas ideas:

1. Ahorrá. Si te hace sentir seguro, ahorrá todo lo que puedas, ahorrá durante meses o años (como hice yo antes de irme por primera vez: ahorré toda mi vida para eso) y salí con un colchón de plata por si acaso.

2. Aplicá a una Working Holiday Visa (visa de trabajo). Así, además de vivir en un país, vas a poder trabajar en el lugar.

3. Trabajá freelance. En Berlín dan visas especiales para los trabajadores independientes (más info en este post).

4. Trabajá por internet. Generá contenido, vendé fotos en bancos de imágenes, producí videos, sé community manager, tené tu empresa o emprendimiento online, tené un canal de youtube, escribí y vendé ebooks acerca de un tema en el que seas experto, trabajá haciendo traducciones.

5. Trabajá a cambio de alojamiento y comida. Ofrecete en los hostels y restaurantes. Cuidá casas mientras sus dueños no están. Mirá qué está pidiendo la gente en webs como HelpX.

6. Buscá trabajos diarios o temporarios. Ofrecete de extra en una película. Modelá. Da clases de idiomas. Trabajá en librerías (Shakespeare and Co., una librería de París, ofrece trabajos temporarios a estudiantes, por ejemplo). Ofrecete de pintor. Buscá trabajo en los festivales de música. Sé guía de turismo de un lugar que conozcas bien. Organizá free-walking tours.

7. Buscá patrocinadores que puedan estar interesados en tu trabajo o en tu viaje. Para eso, mi consejo, es que más allá de una idea tengas una propuesta sólida que ya esté funcionando y que les presentes algo que ya existe.

8. Vendé algún producto. Y acá las opciones son muchas: fotopostales, dibujos, cuadernos artesanales (a eso sí me gustaría dedicarme), libros artesanales, ropa, comida, bebidas.

9. Ofrecé un servicio. Charlas acerca de un tema en el que seas experto, cursos presenciales, cursos online, etc.

10. Hacé shows. Podés hacer shows callejeros a la gorra u ofrecerlos a cambio de alojamiento o comida. ¿Shows de qué? De lo que se te ocurra. Música, magia, burbujas, beatbox, danza, teatro, malabares con fuego, acrobacias. Siempre hay público para el arte.

11. Y hablá con la gente. Contá lo que estás haciendo, deciles que estás buscando trabajo, comentales que hacés shows de tal cosa, proponeles un intercambio, pediles ayuda. Nunca sabés a quién le podés caer en el momento justo y qué trabajo o trueque te pueden ofrecer.

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Mis conclusiones personales:

Vivir viajando es un estilo de vida holístico, hay que verlo como un todo, como algo integral. Como dije antes, todo termina siendo parte de lo mismo: la pasión, el talento, el trabajo, la financiación, el movimiento, la vida.

Y ser capaz de autosustentarte no quiere decir ganar fortunas, sino generar los ingresos necesarios para poder seguir manteniendo tu estilo de vida actual. Lo más gratificante, más allá de la cantidad de plata que ganes, es lograr crear una rueda que pueda seguir girando sola. Y cuando sos capaz de autosustentarte te das cuenta de que la cantidad de plata es relativa: ya no pensás en términos de mucho o poco, pensás en lo necesario para poder seguir viviendo así. 

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Ah, y no escuches a los que te dicen que no se puede. Todo se puede.

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Foto: Proyecto Calco

se-puede-frase

 


 

Volver sin volver

Querida Lau:

Acabo de volver de un viaje de tres semanas por Hungría, República Checa y Alemania. En realidad debería decirte: acabo de volver de un viaje de casi ocho meses por Europa. O podría decirte: acabo de volver de un viaje de un año por Sudamérica y Europa. Pero volver a dónde, te preguntarás, si como sabés estoy en Francia y no en Buenos Aires. Será que después de mucho viajar uno se da cuenta de que volver no implica ir a un lugar concreto, sino activar el modo sedentario y quedarse quieto en donde sea. O quizá me equivoco y la única manera de volver del todo es regresar al punto de partida, a nuestro lugar de origen, a la ciudad donde consideramos que está nuestro hogar. No lo sé. Y ya sabés que últimamente soy la campeona del no sé.

Acá estoy ahora.

Acá estoy ahora. La costa está llena de edificios, pero el resto del lugar son casitas.

Lindo, ¿no?

Lindo, ¿no?

Tiene mar...

Tiene mar…

Y playas enormes.

Y playas enormes.

Lo que sí sé es que estoy cansada. Muy. Ya hace un año (este 15 de octubre se cumple) que me fui de Buenos Aires. Hace un año que no paro de moverme: Argentina, Chile, Bolivia, Perú, España, Francia, Bélgica, Inglaterra, Francia otra vez, España otra vez, Islandia (nuestro viaje inolvidable y bizarro), Francia otra vez (nunca pensé que el destino me llevaría tantas veces a este país, si te soy sincera era uno de los que menos me llamaba conocer), Hungría, República Checa, Alemania y Francia una vez más. Viajé en avión, en tren, en auto, a dedo, en blablacar. Me quedé en hostels, en casas de lectores, en casas de amigos, en casas de familias, en campings, en hoteles. Salí de mi zona de confort (¡cómo me costó arrancar! ¿te acordás), me di cuenta de lo importante que es estar, pasé duelos y dolores, presenté mi libro en España, aprendí a hacer surf (y de paso me esguincé la muñeca derecha), viajé al pueblo donde nació mi mamá, fui a Liverpool en busca de algo beatle, encontré un comodín en Chileestudié húngaro, deliré con vos en Islandia, hice 2000 kilómetros en auto de Francia a Hungría, sufrí el síndrome de París, participé en Sant Jordi, cubrí el Sziget Festival en Budapestco-escribí otro libro. Muchas cosas en muchos meses. Pero hoy, recién hoy, puedo decirte que conseguí algo tan simple como un escritorio propio y privacidad para sentarme a escribir. Porque durante un año no paré de moverme y no paré de ser huésped. Y fue agotador. Vos lo sabrás.

¡Ah! Fui al museo del mazapán. Lejos: el mujer museo de mi vida. Tendrías que haber venido conmigo. Y como si fuera poco, está en Hungría.

¡Ah! Fui al museo del mazapán. Lejos: el mujer museo de mi vida. Tendrías que haber venido conmigo. Y como si fuera poco, está en Hungría.

Tenían un montóoon de figuras hechas en mazapán.

Tenían un montóoon de figuras hechas en mazapán.

A que ahora le tenés un poco más de cariño... (Ya sé lo que estás pensando: "Mientras no tenga que comérmelo...")

A que ahora le tenés un poco más de cariño… (Ya sé lo que estás pensando: “Mientras no tenga que comérmelo…”)

Este lugar se llama Sopron y fue uno de los que más me gustó en Hungría.

Este lugar se llama Sopron y fue uno de los que más me gustó en Hungría.

Tenía una "torre del fuego". llegamos justo el día de la fiesta del vino.

Tenía una “torre del fuego”. Llegamos justo el día de la fiesta del vino.

Te lo vengo diciendo hace un tiempo y sé que me entendés: me cansé de viajar. Bah, no de viajar en sí, sino de viajar tan rápido (si bien me considero del club de los slow travelers, creo que voy a tener que ir extra slow). ¿Sabés de qué me di cuenta? (Y hace tiempo que lo venía sospechando). Creo que necesito quedarme más tiempo en un mismo lugar (que me guste, obvio), vivir dos, tres, cuatro meses y después moverme a otro lado. Al menos por el momento. No sé cuánto durará este momento, pero así como antes deseaba estar avanzando por la ruta de algún país lejano, hoy sueño con tener un lugar tranquilo donde poder escribir, una cocina donde prepararme lo que me gusta, un grupo de amigos que no se desintegre cada dos semanas, una bici para dar vueltas por ahí, un mar que no cambie de lugar enseguida. Mi cuerpo me está pidiendo una sola cosa: quietud. Es la prueba de que nuestras necesidades van cambiando. Además tengo un ama de casa viviendo adentro mío y últimamente anda con ganas de salir a tomar aire. Hoy me desperté y fui caminando al super, después cociné, limpié y ordené todo tres veces (mi lado obse en todo su esplendor, diría Maru; yo creo que es mi procrastinación necesaria para después sentarme a escribir). Supongo que mi manera de vivir es ir alternando estados. Porque también sé que no podría quedarme para siempre acá (ni acá ni en otro lado).

Te mando algunas fotos de cosas lindas que me hicieron acordar a vos, como este elefantito en medio de una calle húngara.

Te mando algunas fotos de cosas lindas que me hicieron acordar a vos, como este elefantito en medio de una calle húngara.

O este gato que me observaba.

O este gato que me observaba.

El monumento a la soda (?)

El monumento a la soda (?)

Una señora en la ventana.

Una señora en la ventana.

Chicos mirando la ciudad (Praga)

Chicos mirando la ciudad (Praga)

Y una lámpara rara en una callecita de un pueblo austríaco en el que nos perdimos.

Y una lámpara rara en una callecita de un pueblo austríaco en el que nos perdimos.

El otro día me reencontré con una amiga de Budapest en Munich (¡es linda Munich! Fui al Oktoberfest, pero después te cuento) y nos fuimos a caminar y a charlar (cómo fluyen las palabras cuando uno camina, ¿no?). Le dije que para mí la vida es cambio constante, estamos en evolución permanente, el mundo no para de avanzar. Y entendí que algo importante para mi felicidad es escuchar mis necesidades y hacer lo posible para satisfacerlas. Hace tiempo que algo adentro mío no andaba del todo bien, y ayer, cuando el tren me dejó de vuelta en Francia, entendí lo que era. Necesitaba frenar, nada más. Necesitaba saber que durante un tiempo no estoy “obligada” a irme a ninguna parte (ya sé que nadie nos obliga, pero la inercia y esa adicción que generan los viajes hace que sea difícil frenar). Y ahora me siento feliz: feliz de poder poner mis cosas en estantes y en cajones, feliz de tener un mar que me espera todos los días a dos cuadras, feliz de tener una cocina propia, feliz (tan feliz) de tener un escritorio que es solamente mío y en el que puedo dejar todas mis cosas desparramadas. No sé cuánto tiempo me quedaré acá, quizá en unas semanas piro y me voy. Pero por ahora es lo que necesitaba.

Este fue mi escritorio en Zandt, un pueblito de la Baviera alemana. Un adelanto de mi escritorio actual, aunque con otra vista.

Este fue mi escritorio en Zandt, un pueblito de la Baviera alemana. Un adelanto de mi escritorio actual, aunque con otra vista.

Allá veía el valle bien verde. Acá si hago fuerza puedo ver el mar.

Allá veía el valle bien verde. Acá si hago fuerza puedo ver el mar.

Esta maceta me gustó (la encontré en Hungría)

Esta maceta me gustó (la encontré en Hungría)

Y esta chica escribía un mensaje en el muro de John Lennon, en Praga.

Y esta chica escribía un mensaje en el muro de John Lennon, en Praga.

Te cuento algo más. Hace unas semanas, mi alma (¿será el alma?) me está sugiriendo, así bajito, como quien no quiere la cosa: Ey… pst… Ani… ¿y si volvés un tiempito a Buenos Aires? ¿No tenés ganas? Allá tenés a tus amigas, a tu familia… Podés salir a andar en bici, ir a la Masa Crítica, encerrarte a escribir, salir a caminar. Ya sé que no hay mar y que la ciudad después de un tiempo te satura, pero sería por un ratito nomás. Capaz podés hacer cosas allá, presentar más libros, organizar alguna muestra de fotos. Podés pasar las fiestas allá y después ves. Sí, sí, Buenos Aires en verano es horrible, podés freír huevos sobre el asfalto, pero te ponés un buen ventilador y chau. ¿No te dan ganas? Y todos los días me lo repite, no sé si para convencerme de que todo fue idea mía o para ganarme por cansancio.

Y la verdad es que sí, quiero volver a Buenos Aires. Pero antes quiero hacer una prueba. Quiero ver qué pasa si me quedo quieta durante, ponele, dos o tres meses en un mismo lugar, con el modo viajero desactivado. Un viajar sin viajar, digamos. Mis candidatas son Biarritz (donde estoy ahora) y Barcelona. Porque al fin y al cabo lo que necesito es quietud, una rutina, un espacio donde trabajar. Entonces quiero ver si teniendo todo eso —fuera de Buenos Aires— todavía sigo con ganas de volver a Buenos Aires. Es que lo que necesito, también, es tener a mi familia y a mis amigos de siempre cerca, tenerlos a una caminata o un viaje en bondi de distancia, poder decirles “¿vamos a tomar algo?” y unas horas después hacerlo. En Europa también tengo amigos y familia, pero mientras yo me siga moviendo ellos también seguirán estando lejos. Aunque te confieso algo más (ya sé que soy una vueltera, pero ya me conocés): durante estas últimas semanas, mientras seguía en movimiento, pensé mucho en volver a Buenos Aires, pero ahora que estoy acá, instalada en mi casita temporaria, lo estoy pensando dos veces. Por un lado: sí, quiero. Quiero Buenos Aires amigos familia bici río cafecitos charlas. Por otro: me aterra la idea de subirme a un vuelo tan largo (¿te acordás cómo me puse durante el vuelo a Islandia? Pensé que se caía el avión) y tengo miedo de volver, de estar contenta un tiempito, de que Buenos Aires vuelva a enloquecerme (es tan linda pero tan neurótica) y de querer irme otra vez. ¡Además estoy viviendo frente al mar! El sueño de mi vida… Por eso, ya veré qué me dice esa vocecita durante estas semanas.

Por el momento pienso en tener una bici...

Por el momento pienso en tener una bici…

Y me acuerdo de todos los lugares que visité en este viaje. Como Munich.

Y me acuerdo de todos los lugares que visité en este viaje. Como Munich.

Munich otra vez.

Munich otra vez.

¡El Oktoberfest! Qué bueno que estuvo, era totalmente distinto a lo que esperaba.

¡El Oktoberfest! Qué bueno que estuvo, era totalmente distinto a lo que esperaba.

Regensburg también me pareció muy linda.

Regensburg también me pareció muy linda.

Y Hungría ni hablar. Esta foto me hace pensar en París, creo que por las chimeneas.

Y Hungría ni hablar. Esta foto me hace pensar en París, creo que por las chimeneas.

Test: ¿cuántos maniquíes hay en la foto?

Test: ¿cuántos maniquíes hay en la foto?

Me gustan los colores de esta foto.

Me gustan los colores de esta foto.

Y el frente de este negocio.

Y el frente de este negocio.

Y las dos mujeres de la mano.

Y las dos mujeres de la mano.

Te extraño. Me encantó tu carta. Me encanta ver que hay gente viajando de tantas formas. Porque con nosotros los viajeros pasa lo mismo que con personas de cualquier otra profesión (fah! profesión mandé!): cuando nos ven de lejos, piensan que todos viajamos igual, que todos somos mochileros o que todos somos escritores o que todos viajamos haciendo couchsurfing. Y no. Hay tantas maneras de desplazarse por el mundo, y lo lindo es que cada uno puede elegir (o inventar) la más acorde a su personalidad. No hay que ser mochilero como tampoco hay que ser escritor para poder viajar. Me llegan mails de gente con todo tipo de profesiones (¡hasta policías!) que quieren saber si es posible combinar su trabajo con los viajes. Yo les suelo responder que se puede, aunque no tengo la fórmula. El cómo ya depende de la creatividad de cada uno. Pero como poder, todo se puede. ¿No te parece?

Es cuestión de pensar positivamente.

Es cuestión de pensar positivamente.

¡Salud!

¡Salud!

Bueno Lau, te dejo. Me voy al barcito de la esquina a encontrarme con amigos. Ja. Ya soy una porteña cualquiera, aunque lejos de Buenos Aires. Hoy estoy feliz. Necesitaba volver a esto. Contame cómo sigue todo por Kosovo. Y cuando quieras huir de Juan por un rato, vení a visitarme. :)

Un abrazo,

Ani

Mis 6 años de viajera:
El síndrome de París y el lado oscuro de los viajes

Tardé dos semanas (y seis años) en parir este post. Después de varios años viajando y de casi 29 en este mundo necesitaba poner esta reflexión por escrito. ¿Es lindo viajar? Claro, pero no todo es color de rosa. Esta es mi catarsis.

Hace unas semanas iba a viajar a dedo sola por primera vez y no me animé. No sé, era viernes 13 y me dio cosa. Excusas (aunque estoy cada vez más cerca de hacerlo, lo juro). Así que entré en la web del carpooling francés (acá se llama covoiturage) y busqué a alguien que viaje de Vienne (donde estaba) a Antibes (un pueblito en la Provenza francesa al que fui a encontrarme con una prima). Seamos sinceros, hacer dedo o hacer carpooling (compartir coche y gastos con gente que hace el mismo trayecto y que uno contacta por internet) es casi lo mismo: te estás subiendo al auto de un desconocido. Lo que pasa es que ver el nombre de la persona en internet genera una ilusión de cercanía y que haya dinero de por medio te da una (falsa) sensación de seguridad. Nos refugiamos en el “si pago no me va a pasar nada” y no es así, pero el miedo nos hace creer que todo en la vida tiene que costar algo para ser legítimo.

Cuestión que busqué personas que hicieran el mismo trayecto que yo y elegí al conductor un poco al azar. O quizá fue intuición. Unas horas después, cuando me subí al auto, me di cuenta de que había elegido muy bien, y ahí me dije: por algo no me fui a dedo hoy. El chico en cuestión era francés-vietnamita, embajador de Couchsurfing —esta red social tiene representantes en distintas ciudades o países y se les dice embajadores—, había hecho viajes largos —de mochilero, a dedo— y tenía muchas historias que contar. Nos pusimos a hablar de nuestras experiencias de Couchsurfing y me contó una de las historias más raras que le tocó vivir con una huésped. 

No sé si tan rara como esto. (Para este post elegí fotos de Asia. Hace tiempo que no subo ninguna y es un continente que extraño mucho)

No sé si tan rara como esto. (Para este post elegí fotos de Asia. Hace tiempo que no subo ninguna y es un continente que extraño mucho)

Unos años atrás había recibido a una japonesa en su ex departamento en París. Ella había volado desde Tokyo y estaba cansada, así que la primera noche se fue a dormir temprano. Unas horas después, él se despertó de golpe: la chica estaba parada en la puerta de su habitación, mirándolo. Él se asustó pensando que iba a hacerle algo, pero no: la japonesa estaba muy deprimida y le dijo que quería suicidarse esa misma noche. Él intentó tranquilizarla, la abrazó, le pidió que no haga nada. Ella se volvió a su cuarto y lloró sola toda la noche. Él no pegó un ojo. A la mañana siguiente, cuando se despertó, la japonesa ya no estaba. Su perfil de Couchsurfing también había desaparecido. Durante dos años no supo nada, hasta que un día recibió un mail: la japonesa le escribió para decirle que estaba bien, le agradeció por salvarle la vida y le contó que después de esa noche en París había decidido cancelar su viaje por Europa y se había vuelto a Tokyo. Los médicos le dijeron que había sufrido el Síndrome de París.

Cosas que pasan cuando ves las Torre Eiffel de cerca...

Cosas que pasan cuando ves las Torre Eiffel de cerca…

—¿El quéee?

—Yo tampoco lo conocía. Es algo que le pasa a muchos japoneses y asiáticos cuando viajan por primera vez a París. Tienen una imagen tan idealizada, romántica y perfecta de la ciudad, que cuando llegan y ven que es muy distinta a lo que se imaginaban les agarra una depresión y una tristeza muy fuertes. Muchos entran en crisis nerviosa y los tienen que tratar, pasa tanto que incluso hay médicos especializados en eso.

—No lo puedo creer. Aunque ahora que me lo decís, a mí me pasó algo parecido… En París me dio por llorar y no supe por qué. Creo que la primera vez que la visité también me desilusioné un poco, además me sentí muy sola y perdida. La ciudad me pareció grande y triste, pero me daba culpa hasta pensarlo: “Estoy en París, no puedo estar así”, me decía. Tal vez tuve el síndrome de París sin saberlo… Te digo que por un lado me deja más tranquila. Ahora cada vez que vuelvo me gusta un poco más, pero la primera vez no fue como esperaba.

Y esa es la cuestión: que muchas veces uno imagina algo, sueña con eso, idealiza todo y cuando finalmente lo alcanza, dice: “Esto no es como esperaba. ¿Será que soy yo?”, y hasta se siente culpable de esa desilusión.

La torre eiffel vietnamita

La torre eiffel vietnamita

La charla con el francés me hizo pensar en el síndrome de París aplicado a los viajes —y a la vida, ya que estamos— en general. Hay una imagen muy idealizada del viaje como estilo de vida —y del viajero también— y entiendo que visto de afuera pueda parecer “la vida perfecta”: muchas veces me dijeron eso, y yo también pensaba así antes de salir, pero les aseguro que no lo es. La vida perfecta no existe, dediques a lo que te dediques. Este es un estilo de vida muy enriquecedor y puede hacer muy feliz a quienes de verdad desean pasar los días así, pero no deja de ser una vida como la de cualquier otra persona, sólo que todo pasa en movimiento, en distintos escenarios y más rápido. Es muy fácil mirar de lejos al otro y sacar conclusiones acerca de lo que hace o deja de hacer —“esta chica que vive viajando no debe tener ni una preocupación en la vida, la envidio”—, y es muy fácil, también, caer en idealizaciones erróneas —“si yo viviera así sería feliz”, “seguro que si me voy de viaje se me soluciona todo”—, porque claro: “The grass is always greener on the other side” (el pasto siempre es más verde en el jardín del vecino).

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O adentro de la casa.

Hace tiempo que tenía necesidad de escribir este post, de ordenar todos estos pensamientos y sensaciones que me genera la vida nómada. Si hay algo que aprendí en estos seis años de viajera es que todo tiene su lado oscuro —no “malo”, sino menos conocido de antemano o poco visto de lejos—, y los viajes no son la excepción. No todo es color de rosa y esto también hay que decirlo. Vivimos en una época en la que se muestra casi exclusivamente lo lindo: todos somos fantásticos en nuestras redes sociales, todos tenemos esto y lo otro y somos recontramigos y miren qué enamorados que estamos y qué felices que se nos ve. Pero la vida tiene muchas subidas y bajadas y yo, viajando, las vivo igual que si estuviera en Buenos Aires. Por eso me parece bueno compartir este desahogo: para desidealizar un poco, para dar una visión más completa y realista y para hacernos compañía a la distancia —si es que a alguien más le pasa—.

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En el lado oscuro de los viajes entran muchas cosas: es como un cajón de sastre —cajón desastre— donde se guarda de todo, aunque el contenido y la cantidad de cada cosa dependen del dueño. Por eso, puede que todo esto me pase solo a mí. Aún así, comparto. Quizá alguien se sienta identificado.

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– Si te vas de viaje no se te resuelven todos los problemas. Para nada. Quizá se resuelven problemas relativos a la rutina de un lugar, pero aparecen problemas nuevos. Lo bueno del viaje es que la distancia le da otra perspectiva a las cosas, y eso puede ayudarte a enfrentarte a los conflictos de otra manera.

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– Si te vas de viaje no te vas a escapar de nada. Uno carga con sus mochilas donde sea que esté. Hay que aceptar eso y ver el viaje como una búsqueda, no como una escapatoria. Muchas personas me escriben diciéndome que si vivieran viajando, su vida sería perfecta: recuerden que no es una vacación constante, sino un estilo de vida.

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– Si te vas de viaje solo nunca vas a estar solo —si no querés—, pero también te va a pasar que vas a estar rodeado de gente y te vas a sentir existencialmente solo. El mundo es un lugar superpoblado, pero no siempre vamos a encontrar la compañía que nos haga sentir bien.

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– No todos los lugares que visites durante un viaje te van a gustar. Somos seres tan complejos y estamos atravesados por tantos factores que es muy difícil que un mismo lugar afecte de la misma manera a dos personas. Podés estar en la playa más linda del mundo y sentirte mal. O podés intentar replicar el camino que hizo otro y no verle el encanto.

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– No todas las personas que conozcas te van a caer bien. Eso no quiere decir que la gente sea mala, sino que con muchos no habrá feeling de ningún tipo —y te puede pasar con alguien que te está alojando en su casa, y es una situación bastante incómoda—.

O vas a conocer gente que te va a caer increíblemente bien y no vas a querer irte nunca más...

O vas a conocer gente que te va a caer increíblemente bien y no vas a querer irte nunca más…

– Ser huésped durante meses es cansador: muchas veces no tenés un espacio propio donde trabajar, tenés que respetar las reglas de quien te recibe, tenés que intentar estar de buen humor y no poner mala cara, a veces tenés que dejar la casa cuando tu anfitrión se va a trabajar, puede que no haya mucha onda con la persona que te aloja, puede que no tengas ganas de repetir las mismas historias cada vez que llegás a una casa nueva o puede que quieras pasar una semana sin ver ni hablar con nadie. En ese caso lo mejor es hacer una pausa en Couchsurfing y buscar opciones para estadías de largo plazo como Housesitting o un alquiler temporario.

Uno de mis tantos espacios de trabajo por el mundo

Uno de mis tantos espacios de trabajo por el mundo

– Viajar barato es cansador. El dinero hace todo más fácil —no digo que eso sea bueno, pero sí que simplifica—, tener que estar cuidando el presupuesto hace que uno tenga que esforzarse mucho y hacer un montón de sacrificios. Aunque, por otro lado, estoy convencida de que las mejores experiencias surgen cuando no hay papelitos ni monedas de por medio. Creo que la plata, en mi caso, me sirve para pagarme un espacio de trabajo cuando lo necesito y silencio cuando no tengo ganas de hablar.

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– Vivir viajando genera ciertos patrones obligados que hay que repetir sí o sí: como estás en movimiento constante, cada pocos días tenés que decidir a dónde vas después —esto no siempre es fácil—, tenés que buscar dónde quedarte —y hacer Couchsurfing, Housesitting, WWOOFing, HelpX o cualquier alojamiento a cambio de trabajo lleva su tiempo de investigación y emails previos—, tenés que ver cómo ir de un lugar a otro, tenés que estirar el presupuesto, tenés que encontrar la manera de comer barato pero no mal, tenés que dedicarle tiempo a tu trabajo —o encontrar uno nuevo en cada lugar—. Y a veces no tenés ganas de ir a ningún lado ni de decidir nada y lo único que querés es teletransportarte a tu casa por un rato. Viajar en sí también cansa y es normal que después de unos meses uno pierda el asombro por los lugares.

A veces querés tomarte un descanso de todo.

A veces querés tomarte un descanso de todo.

– Ser viajero/a hace que la gente te idealice. ¿Quién no sueña con viajar por el mundo? Todos los que tienen miedo de hacerlo depositan sus supuestas carencias en el que lo hace: “Seguro que él/ella es así o asá, seguro que a él/ella no le pasa tal cosa, seguro que tiene mucho/a (inserte-lo-que-usted-cree-que-necesita-para-irse-de-viaje-aquí) y a mí me falta eso”. Y los que viajamos somos gente común, no superhéroes, también tenemos nuestros miedos y carencias y fallas y debilidades, y ver eso también desilusiona a muchos. Quizá porque mientras veamos al que viaja como alguien que “es más así o asá” o que “tiene esto y lo otro” es más fácil decir “yo no puedo porque a mí me falta todo eso”, pero cuando vemos que la persona es alguien normal y que la única diferencia es que se animó, nos damos cuenta de que se nos terminaron las excusas y eso genera miedo.

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La visión de la madre es fantástica

– Trabajar de manera independiente es menos glamoroso de lo que se cree. Yo no lo cambio por nada, pero a veces me cuesta quedarme adentro mientras el resto de la gente se va a la playa; o me pone de mal humor estar resolviendo problemas técnicos del blog cuando podría estar sacando fotos; o siento que necesito frenar por unas semanas o meses para escribir otro libro y no sé dónde hacerlo; o busco un espacio de trabajo y no lo encuentro; o busco inspiración y no aparece durante semanas.

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– Vivir viajando hace que vayas de despedida en despedida. También hace que caigas en paracaídas en la vida de las personas durante un rato y que todos te vean y te traten como alguien que está de paso, con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Después te vas y la vida de esa gente sigue como siempre, y quizá vos te quedás un poquito más triste. Vas a tener muchos amigos, pero van a estar desparramados por el mundo y puede que no vuelvas a verlos durante años. Hay que ser fuerte para aceptar esto.

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– Si viajás puede pasar que te enamores de alguien estático —que no viaja ni quiere viajar— y que te quedes con él/ella y que después te des cuenta de que tu necesidad de movimiento es más fuerte que cualquier persona. O puede pasar que te enamores de alguien y que esa persona nunca se anime a pedirte que te quedes, por verte tan viajero/a, tan feliz, tan en tu hábitat. O puede pasar que se enamoren de tu estilo de vida, que te idealicen por eso, que te sigan y que descubran que no son compatibles para viajar juntos.

Con amigos en Macau.

Con amigos en Macau.

– Si decidís pasar el resto de tu vida viajando, en algún momento vas a sentir que necesitás hacer algo más, que viajar por viajar es lindo pero que hay que tener algún objetivo, aportarle algo al mundo, tener algún proyecto, ir en busca de algo, seguir algún tipo de ruta, tener un hilo conductor. Y eso no siempre es fácil de encontrar. Muchas veces podés sentirte a la deriva, en un limbo donde todos los caminos son posibles. Tener demasiadas opciones tampoco es fácil.

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– Vivir viajando hace que apagues el piloto automático y que tomes el control total de tu vida, y me parece que esta es una de las cosas más difíciles que nos toca: descubrir cómo queremos vivir, qué sentido queremos darle a nuestra existencia, cómo queremos relatarnos nuestra propia vida. Porque una vez que te das cuenta de que podés hacer lo que quieras y de que no tenés obligación de seguir ningún estilo de vida prefabricado, entendés que el único que decide sos vos y que ya no podés culpar a nadie por lo que sale mal ni estar esperando a que las cosas te pasen. Todo lo generás vos mismo, y eso es una responsabilidad enorme.

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– Si pasás mucho tiempo sin volver a tu lugar de origen, también puede que de golpe tengas mucha nostalgia de tu familia, de tus amigos, de tu ciudad y quieras volver por un rato. Y puede que vuelvas y te des cuenta de que, más allá de los abrazos y reencuentros, ya no tenés mucho para hacer ahí.

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– También puede pasar que se te muera alguien muy cercano y estés lejos. O que nazca un bebé y estés lejos. O que se case un amigo y estés lejos. O que a alguien que querés le pase algo bueno —o malo— y estés lejos. Puede pasar que nunca estés para ninguna de estas cosas y que tengas que acostumbrarte a eso y decirte que es una de las desventajas más tristes del estilo de vida que elegiste: que vas a estar lejos.

Pasé tantos cumpleaños lejos...

Pasé tantos cumpleaños lejos…

El viaje es un aquí y ahora constante y eso implica muchas cosas: tomar decisiones minuto a minuto, dejar que el azar haga lo suyo, confiar en el camino, olvidarte de tus planes, aceptar que si bien tenés el control de tu vida no tenés el control de lo que te espera, no preocuparte por lo que todavía no pasó ni estresarte por lo que podría llegar a pasar. Hoy un amigo me regaló una frase muy sabia que le dijeron cuando viajó por Israel: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.

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Pero por más lados oscuros que haya y por más días tristes o difíciles que tenga, todo esto vale la pena. Yo, por lo menos, no me veo viviendo de otra manera. Una vez un amigo me dijo: la vida es una rueda, a veces estás arriba y a veces estás abajo. Y con los viajes es lo mismo: es imposible estar arriba todo el tiempo por el solo hecho de que somos personas y no robots programados para ser felices las veinticuatro horas del día. Puede pasar que te vayas de viaje y pienses: “Esto no es lo que esperaba”. No: es la vida misma. Uno no deja de vivir por estar viajando.

Ilustración: Vero Gatti

Ilustración: Vero Gatti

Y sé, que al igual que muchos, no voy a poder frenar nunca. Porque viajar me hace sentirme viva. Porque la montaña rusa de emociones que me generan los viajes me hace sentir más viva aún. Porque necesito el movimiento para ser feliz —y para ser—. Porque necesito el cambio constante para definirme. Porque necesito, por sobre todo, sentirme libre. Y eso no se cura con nada.

[box type=”star”]ACTUALIZACIÓN abril de 2016: al final, de este post (y de dos años de viaje) salió un libro. Les presento “El síndrome de París”, mi segundo libro de narrativa de viajes. Lo consiguen en mi Tienda y hacemos envíos a todo el mundo.[/box]

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Un lego amarillo

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A veces sospecho que el mundo es el escenario de una gran búsqueda del tesoro en la que participamos todos. Las ciudades son patios de juegos donde la gente deja, tira o pierde cosas que para otros las encuentren, las miren, las levanten y se pregunten de dónde salieron, cómo llegaron hasta ahí, qué camino transitaron para haber quedado justo ahí, en medio de dos baldosas medio rotas, o justo ahí, en uno de los escalones de una iglesia, o justo ahí, en el acantilado de alguna alcantarilla. Las cosas abandonadas van pasando de mano en mano, se resetean cuando cambian de dueño, van reescribiendo su historia, se presentan anónimas, puro presente, con un pasado que sólo se puede intuir, imaginar o inventar.

Desde chica tengo la costumbre de caminar mirando hacia abajo, no sé si por timidez, por mala postura, porque en Buenos Aires hay muchas veredas rotas o para no pisar caca de perro. También puede que camine así para encontrar cosas. Antes no me animaba a levantarlas: lo que está en la calle es basura, está sucio, no se toca, no se levantan cosas de la calle, Ani. No sé cuándo crucé la barrera, tal vez cuando levanté el primer naipe abandonado en Laos, quizá cuando me animé a rescatar un paraguas de la basura en Portugal, tal vez cuando vi que mi vecino había tirado un montón de láminas con dibujos y le toqué timbre para preguntarle si no había sido un error, porque la acción de tirar arte a la basura puede ser bien metafórica pero a mí me genera algo raro: ¿lo dejaron ahí para que otro se lo apropie y lo disfrute? ¿O lo abandonaron porque ya no les transmite la emoción que en algún momento sintieron?

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En Barcelona siempre me encuentro cosas (esta es la vista desde una de las terrazas de Sant Jordi Rock Palace Hostel, lugar que fue mi refugio durante casi dos semanas en Barcelona)

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En París también.

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Hay relojes.

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Chimeneas que parecen instrumentos musicales.

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Y gente que interactúa con las estatuas.

En las calles del mundo, además de gente, hay muchas cosas. En Europa, por ejemplo, es costumbre dejar muebles que ya no se usan en las veredas. Mucha gente que conozco se armó la casa con mesas, sillas y cajoneras que encontró, impecables, en la puerta de algún edificio. Yo en París encontré todo menos muebles. Es que tampoco los buscaba, los muebles no forman parte de mi radar, no puedo amoblar mi mochila. Iba con la mirada abierta, sin buscar nada en particular, y encontré cosas como una bailarina con un brazo roto, un esqueleto sacando la lengua desde adentro de una furgoneta, conejitos de peluche que decidieron ahorcarse, un inodoro con la tapa levantada, una campera de cuero, un vómito en la escalera de Medianoche en París, una pelea callejera frente al Sacre Cour, una trenza cortada y tirada en el asfalto. Cada vez que salgo a caminar por París con vos me encuentro algo, le dije a J. No sé si será casualidad o qué.

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El conejito no pudo soportarlo

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Estas cosas aparecen sobre todo de noche.

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Por mirar el piso también encuentro caras en las cosas.

En Barcelona, hace unas semanas, encontré una pieza de rompecabezas. Estaba sola y era una pieza del medio, no un borde, una pieza que necesita a otras cuatro a su alrededor, una pieza con un dibujo como de flores, una pieza que quizá en ese momento sentía que me faltaba y que encajaba bien con mi vacío, una pieza que tengo guardada en la mochila pero que todavía no sé para qué me servirá. Y hace dos días encontré una pieza pero de Lego, un bloquecito de lego amarillo, rectangular y alargado, con cuatro circulitos arriba y cuatro huequitos abajo, una pieza de ingeniería. Lo levanté del piso sin pensarlo. Cuando tengo que pensarlo es porque ese objeto no está ahí para que yo lo levante. Me lo guardé en el bolsillo para analizarlo después.

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Alguien no va a poder terminar su rompecabezas.

Unos días después, a la una de la mañana, me senté en un escalón de la plaza del tripi y me puse a escribir en mi libreta acerca del lego amarillo. Barcelona tiene eso: podés salir a cualquier hora, sola, acompañada, a un bar, a un escalón, y sentarte a escribir, a cantar, a tocar la guitarra, a lo que quieras. Cada cual a su rollo y la ciudad como patio de juegos a la potencia. Dibujé el lego amarillo en una hoja y le empecé a sacar flechas y a escribir cosas que se me ocurrían, a intentar exprimirlo y vaciarlo de sentido, como a la naranja que Pedro nos puso aquella vez en medio de la mesa y nos hizo mirar de todas las maneras posibles para luego escribir acerca de ella.

Flecha: cuando era chica jugaba con un balde de legos, no sabía construir pero me gustaba encastrar las piezas. Flecha: ¿este de dónde salió? ¿Se le cayó de la mano/mochila/monopatín a un nene? Lo tiró a propósito, lo perdió. Flecha: nos educan para ser legos, piezas del sistema. Flecha: somos piezas distintas y nos necesitamos unos a otros para construir relaciones y armar redes y crear sinergias. Flecha: somos piezas indispensables en la vida del otro y de golpe dejamos de serlo. Flecha: los dos objetos que encontré en Barcelona sirven para construir, aunque ninguno sirve del todo por sí solo, ambos son parte de algo más grande. Flecha: ¿cómo se construye un lego? ¿Cuántos moldes hay? ¿Cómo se piensan las uniones? Determinado número de piezas sólo permite determinado número de uniones. Flecha: el lego no puede cambiar de forma, está condenado a ser la misma pieza por siempre. Nosotros vamos mutando y cambiando de rol. (…)

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La plaza del tripi

—¿Eres artista?

Levanté la cabeza y vi que un chico me miraba mientras escribía.

—Escribo.

—¿Qué escribes?

—Cosas que pienso.

—¿Sobre qué?

—Es que encontré objetos en la calle y estaba tratando de ver qué ideas me disparaban.

—¿Me lees algo?

—Es un borrador, no tiene mucha importancia…

Y me puse a leer: flecha flecha piezas sistema flecha niños flecha balde encastrar construir flecha mutando flecha.

—¿De dónde sos?

—De Italia, pero mi mamá es húngara.

—¡No! ¡Mi mamá también! Nunca me pasó esto, qué genial.

Y nos pusimos a hablar: Budapest húngaro agosto Roma no quiero volver todo es igual allá mamá húngara yo no hablo ella sí yo hablo un poco me gusta dibujar hago tatuajes yo escribo el lunes me voy a París un gusto conocerte que sigas bien.

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El mundo está lleno de gente que se encuentra y se desencuentra.

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Y cuando dos personas se enfrentan por primera vez pasa algo así. Es tanto lo que no vemos… (La ilustración es de Vero Gatti)

En la calle también se encuentran personas y, como los objetos, a primera vista venimos como reseteados, con una historia previa que el otro desconoce, con un montón de flechas invisibles que explican por qué nos comportamos como lo hacemos, por qué pensamos como pensamos, por qué buscamos lo que buscamos, por qué estamos justo en ese lugar de la vereda a esa hora y en esas coordenadas, pero las flechas y todos los globos de texto que salen de cada flecha están con la opacidad al cero por ciento, no se ven a simple vista, casi que ni se intuyen. Lo bueno es que, a diferencia de los objetos, entre personas podemos preguntarnos, escucharnos y dejar las suposiciones —casi siempre erróneas, porque es imposible adivinar con qué mochila carga el otro— de lado. Con los objetos no queda más que usar la imaginación.

Como en casa

Madrid me retiene. Doce días y contando. ¿Qué escribir cuando uno está de viaje pero se siente como en casa? Tal vez de eso: la sensación de casa que encuentro en distintas partes del mundo, la certeza de que los viajeros no tenemos una casa sino varias. Muchas veces me preguntan si no extraño mi casa, mi baño, mi cama. Siempre digo que no. Lo que extraño de Buenos Aires es a mi gente, mis amigos, mi familia, mis caminatas, San Telmo, la primavera, los diálogos que se escuchan en los bondis. No mi baño, ni mi cama, ni mis sábanas, ni nada de eso. Cuando uno vive viajando pasa que muchos lugares se convierten en eso que llamamos “casa”, y la casa que dejamos atrás, en mi caso Buenos Aires, pasa a ser una casa más y no la única. Y al final es peor porque no se extraña una sola casa sino unas diez o veinte y uno queda como con el extrañamiento (¿existe?) dividido.

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España es uno de esos lugares donde me siento (demasiado) en casa. Desde la primera vez que pisé Madrid sentí que estaba llegando a un país que no conocía pero que ya me era muy familiar y cercano. Es verdad que argentinos y españoles estamos muy ligados por la historia y que nuestra cultura es similar en muchas cosas, pero esas no son las únicas razones: lo que me hace sentirme como en casa son los amigos que siempre me esperan acá, la familia que me recibe los domingos, el parecido como de realidad paralela entre Buenos Aires y Madrid, el acento argentino que se escucha bastante, el acento español que tanto me gusta, esas calles tan aptas para caminar, los personajes bizarros que siempre se renuevan (esta vez me encontré con un Spiderman panzón en la Plaza Mayor y un Bart Simpson en el Bernabéu), esas letras de Sabina que cada vez entiendo mejor.

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Madrid está lluviosa y fría, por momentos con mucho viento. Voy abrigada y, si bien no me gusta el frío (corrección: cada vez me gusta un poquito más el frío, siempre y cuando se mantenga sobre cero grados), estoy disfrutando este invierno. Cuando me bajé del avión y sentí el aire fresco me dije: pero esto no es tan terrible, pensé que el choque iba a ser peor. En el vuelo desde Lima no dormí nada: uno porque despegamos de día y no tenía sueño y dos porque cada vez que cerraba los ojos y el avión hacía un mínimo temblor me agarraba pánico y me decía secae-secae-secae-secae (confirmado que cada vez me gusta menos volar). Lo bueno fue que en la lotería de los asientos me tocó estar al lado de una mujer peruana que me charló casi todo el viaje y me ayudó a distraerme. Hablamos de la vida (¿de qué más, sino?), de sus cinco años en Buenos Aires, de sus hijos, de sus historias, de mis historias, de nuestros miedos, de nuestros hogares originales y adquiridos. Lloramos y nos reímos, y en Barajas nos despedimos con un abrazo. Con un preludio así, era claro que estaba llegando a donde tenía que estar. 

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Durante estos doce días me la pasé de reencuentro en reencuentro, no sólo con otros sino conmigo y con mis ganas de caminar. Gracias Madrid por ser tan caminable, espero que todas las ciudades europeas sean así porque necesito mi meditación diaria y quiero volver a la fotografía callejera y al arte de estar en la calle. Viajar para mí es estar (o ser) en las calles de cada lugar. Cuando camino pienso tantas cosas que un día de estos voy a prender un grabador y hablar sola durante todo el recorrido para no perder el hilo de mi conversación. Si pudiera dibujarme creo que me haría caminando y dejando atrás un sendero de palabras sueltas.

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Hace unos días me reencontré con Samy, una amiga de la facultad (que cursó conmigo un año y se cambió a Periodismo) con la que no me veía hacía 10 (D-I-E-Z) años. Cuando me lo dijo la traté de exagerada: ¡qué van a ser diez años! Pero sí, empezamos la carrera en el 2004, o sea que llegué a esa edad donde puedo decir que tal cosa me pasó hace diez o quince años y acordarme del hecho como si hubiese sido antes de ayer (cosa que a los 22 no me pasaba). Y así como hace diez años empecé a estudiar en la universidad, hace seis años que empecé en la universidad de los viajes (y sigo en preescolar). Seis años no es nada (me encanta escuchar o leer a gente que cuenta que viaja hace treinta o cincuenta años, porque espero algún día poder decir lo mismo), pero es suficiente para empezar a sentir que esta es mi vida normal, que no me veo haciendo otra cosa y que espero poder dedicarme a esto hasta el último día de mi existencia.

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(yo también)

Ayer, Samy me entrevistó. Casi al final me preguntó cuáles fueron los mejores y peores momentos de estos seis años de vida viajera y le dije que era una pregunta tan difícil como responder qué país me gustó más. Creo que es como la vida misma: los viajes (por lo menos mis viajes) tienen algunos (pocos) momentos recontra-mega-híper felices y muchos (un montón) de momentitos (por llamarlos así) felices: cuando me quedo en una casa de familia, cuando viajo en un bus local y la gente me mira con curiosidad y me sonríe, cuando alguien me ayuda en la calle, cuando estoy frente a un paisaje que me gusta, cuando me reencuentro con un amigo, cuando me hago amigos nuevos, cuando pruebo una comida rica, cuando me llevan a hacer algo bien local, cuando salgo a sacar fotos, cuando estoy en una situación en la que jamás imaginé que iba a estar, cuando un lugar me sorprende… Después me puse a pensar en los momentos feos y lo primero que me salió fue mencionar los dos robos que viví, pero enseguida me retracté y le dije que no, que los robos son feos pero lo que se van son cosas, y que lo peor para mí son que se vayan las personas, conocer a alguien, despedirme y no saber cuándo ni dónde nos volveremos a ver. Lo más duro de viajar es estar emocionalmente preparada para despedirme de personas y lugares todo el tiempo y soñar con volver  (o será que soy demasiado sensible).

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Mucha gente me escribe diciéndome que si él o ella viviera viajando como yo, su vida sería “perfecta”. Y desde ya les digo que no: no es una vida perfecta. Es un estilo de vida extraordinario y muy enriquecedor, eso seguro, y que a muchos (no a todos) puede hacer muy feliz, pero está lejos de ser perfecto. Cuando uno viaja puede despojarse de todo menos de algo: uno mismo. Nuestros problemas, emociones, tristezas, miedos, inseguridades, todo se va de viaje con nosotros. Estando de viaje también se genera una rutina y hay días de todo tipo: alegres, de mal humor, de pereza, llenos de energía, vacíos, completos, aburridos, sorprendentes. Cada día es distinto, pero uno (o por lo menos yo) no puede estar cien por ciento feliz todo el tiempo. Y sé por experiencia que no es fácil pasar por una etapa de tristeza estando lejos de casa (de la casa que sea). Por eso me hace tan bien saber que mi casa (me gusta mucho la palabra en inglés: home) es algo que existe en muchos lugares del mundo y no sólo en la ciudad donde nací. Hay una canción muy linda que dice “Home is wherever I’m with you” (mi hogar es cualquier lugar donde esté con vos) que también podría decir algo así como “Home is wherever I feel good” (mi hogar es donde me siento bien).

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Cuando uno llega a casa se da cuenta enseguida. Puede pasar en cualquier lugar del mundo y se siente de manera instantánea: es pisar la ciudad, percibir como un calorcito (interior, supongo), sonreír y ver cómo muchas cosas adentro nuestro se alinean, es como dar un suspiro de “ahhh llegué” y sentirse bien. Y, en mi caso, es llegar sabiendo que en algún momento me iré en busca de lugares nuevos (porque es imposible querer dejar de viajar) y que siempre tendré un hogar más al cual volver. Gracias Madrid, si pudiera darte un abrazo y meter ahí adentro tus calles, barrios y personas, lo haría. Pero ahora sí, dejame ir, que quiero seguir camino.

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Justo cuando terminé de escribir este post recibí un mail de mi amigo Jaume (un asturiano que se pasó cinco años viajando y a quien conocí en Laos y volví a ver hace unos días en Madrid) con el enlace a este video. Mientras lo miraba asentía con la cabeza y sonreía sola: ¡sí! ¡tal cual! ¡me pasa también! Esta chica podría ser mi doble española. Se los dejo para que lo vean y entiendan un poquito más a quienes nacimos con el síndrome del eterno viajero.


[box border=”full”] Info útil para viajar por Madrid:

  • Transporte urbano: lo mejor para ir de un lugar a otro es caminar o usar el metro (tiene estaciones por toda la ciudad y es muy eficiente). El viaje cuesta € 1,50, pero lo mejor es comprar el abono de a diez viajes (cuesta € 12,20 y se puede usar en el metro y buses). Hay un metro que va de Barajas (el aeropuerto) al centro de la ciudad.
  • Si necesitás un mapa de la ciudad podés pedir uno en cualquier sucursal del Corte Inglés (hay por todos lados).
  • Alojamiento: me quedé en casas de amigos, pero según lo que vi en internet, la cama en un dormitorio compartido de un hostel empieza en € 10.
  • Comida: los menúes más económicos (entrada, plato principal, postre y bebida) cuestan entre € 6 y 10. Hay lugares más baratos como Los 100 montaditos (tiene más de 100 tipos de sandwiches y hay un día a la semana que cuestan € 0,50) o El museo del jamón (ambos tienen varias sucursales) pero son más para picar. Otra opción son las tapas. Si tenés cocina, lo más económico es comprar en el super y cocinar. Un café te cuesta alrededor de € 1, una caña (vaso de cerveza) desde € 1, un desayuno (café + bollería) € 2, una botella de 1/2 litro de agua unos € 0,60.
  • Durante febrero, casi todas las grandes tiendas de ropa están con rebajas (en algunas hasta del 80%), así que si venís sin ropa adecuada te recomiendo que la compres acá. Un lugar con precios más baratos es el Factory, un centro de outlets en San Sebastián de los Reyes. Y para ropa deportiva o de viaje, reconozco que el Decathlon tiene de todo.
  • En Madrid hay dos librerías de viajes (con guías de todas partes del mundo, libros de fotografía y literatura): Altair y De viaje. Si les gusta leer, les recomiendo que se den una vuelta y se reserven una tarde para estar metidos ahí adentro.
  • En Madrid están tres de los museos de arte más importantes del mundo (y todos tienen días y horarios de acceso gratuito): el Reina Sofía (la entrada cuesta € 8; se entra gratis lunes, miércoles, jueves, viernes y sábados de 19 a 21 h y domingos de 15 a 19 h), el Thyssen – Bornemisza (entrada € 10; se entra gratis los lunes de 12 a 16 h) y el Museo del Prado (entrada € 14; se entra gratis de lunes a sábado de 18 a 20 h y los domingos de 17 a 19 h). 
  • Una muy buena opción para seguir viaje por España (y pagar menos que trasladándose en bus de larga distancia) es usar blablacar.es, una web de carpooling para compartir coche (y pagar los gastos entre todos). Ya les contaré cómo me va con eso. [/box]

Otra vuelta al sol

Para mi amigo Javi, donde quiera que estés.
Gracias por haberte cruzado en mi camino.
Que sigas fluyendo a través de universos. 

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—Mira, ves cómo se apaga de un lado y se enciende del otro. El fuego siempre encuentra la manera de seguir quemando…

Tiro un último papel a nuestra fogata. Ya casi se está apagando, habrá durado una hora. Para prenderla hicimos un hueco no muy profundo en la arena, pusimos hojas de diario, maderas y ramas secas. Tardó unos minutos pero prendió bien.

—Cómo hipnotiza el fuego, ¿no? Es imposible dejar de mirarlo.
—Sí, como el mar. Yo creo que debe tener que ver con nuestros antepasados…
—Es que es un acto milenario. Desde que el hombre es hombre que se reúne alrededor del fuego.

Mirla y yo nos sentamos juntas y hacemos un ritual que suele hacerse acá en Perú en Año Nuevo: quemamos papelitos con cosas escritas. Cosas que queremos dejar atrás. Cosas del 2013 que no tienen por qué entrar al 2014. Miedos, sentimientos, inseguridades, tristezas, preocupaciones. Leemos algunos de los papelitos en voz alta y los vamos tirando a las llamas para que desaparezcan. Miramos cómo se doblan, se ponen negros y se desintegran. Quemo también algunas hojas de mi cuaderno. Me gusta la sensación, nunca lo había hecho. El fuego se pone muy amarillo y alto cuando le damos papel.

Estamos solas. Son más de las doce de la noche, ya es seis de enero y estamos a orillas del mar, frente a un Pacífico poco pacífico.

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—Este mar no es muy ruidoso. No lo escucho desde tu casa…
—Es que tiene sus épocas… Desde que estás tú está tranquilo, pero es un mar bien pendejo. Cuando está en rojo llega a tener olas de cinco metros y la gente ni se acerca, lo mira de lejos. Es que se ha llevado a muchas personas… A mí siempre me ha cuidado, pero una vez me quiso matar. Tenía 21 o 22 años, fue antes de conocerlo a John, un día que estaba borracha. Tal vez me estaba castigando… Eran como las seis de la tarde y me metí al agua con mi primo Moncho. El mar estaba en rojo, con unas olas enormes, no sabes. Me arrastró hacia atrás y no podía salir a la costa porque las olas me iban a pegar. Mi primo no sé con qué cara me habrá visto porque empezó a nadar bien rápido y me sacó. Él ha sacado a mucha gente, siempre ha sido como un guardavidas acá en Punta Negra. Desde ese día que no me animo a meterme muy adentro.

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Todas las calles de Punta Negra son de tierra. Lo único asfaltado es la Panamericana que atraviesa el pueblo de norte a sur. Una ruta que suele ser tranquila pero que los fines de semana y feriados se llena de autos, mototaxis, combis y buses que van y vienen de Lima. Claro, cómo no escaparse a un mar que espera a menos de una hora de la ciudad. Pero hoy ya es noche de domingo y toda la playa está sucia. Vacía y sucia, como una casa después de una fiesta que estuvo llena de desconocidos.

—Tú no sabes lo que me molesta ver mi playa así de sucia.

Me imagino. A mí me molesta mucho y ni siquiera soy de acá.

Cuando la gente se volvió a Lima se ve que se olvidó de llevarse sus periódicos, sus cajas de comida vacías y sus vasos de plástico. Pocas veces estuve de este lado de la situación: casi siempre soy yo la que va a un pueblo o ciudad, visita y sigue de largo (y como generalmente me voy antes de que termine la fiesta, no llego a ver el desorden). Esta vez sí. Y pienso cómo se debe sentir la gente local en esos pueblos y playas que pasaron a ser más de los turistas que de ellos. Pienso en las ganas de irse que deben tener, o en las ganas de sacar a la gente a patadas. Por eso siento que ciertos lugares nunca deberían hacerse conocidos. Se arruinarían. La gente que llega de paso no suele cuidar lo ajeno. Hay poca conciencia del planeta (todo el planeta) como hogar. Cada cual cuida su ranchito y nada más. A veces ni eso.

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—Cuando era chica veníamos de noche con mi papá a mirar el mar, y cuando las olas rompían se veían unas chispitas, como unas lucecitas blancas en la orilla, te lo juro. Yo estaba así, no lo podía creer. Era la energía del mar que se hacía visible. Por eso creo que todo tiene vida: el fuego, el mar… Qué haría yo sin mi mar…

Me bañé pocas veces en el Pacífico, pero la primera vez fue en una playa a cinco minutos de Punta Negra. Si me dan a elegir, no sé con qué me quedo: mar caribeño transparente quietito sopa deliciosa versus océano poco pacífico con su agua más fría oscura y esas olas que me sacuden y me revuelcan. Me encanta el efecto pileta del Caribe pero también me encantan los mares con olas fuertes. Y el mar de este pueblo es especial. Es verdad que es un ser viviente, y me llena de energía.

 [singlepic id=7902 w=625 float=center] Cómo negar que este mar tiene vida…

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Podría estar horas mirando el mar. Me gusta ver cómo los delfines se acercan, muy de vez en cuando, a la costa. Me gusta ver cómo los pájaros sobrevuelan la cresta de una ola buscando peces, cambian de posición de repente y se zambullen al mar disparados como flechas: de cabeza y en un segundo. Me gusta ver cómo el mar alterna olas grandes con olas chiquitas y de repente se saca y le inunda las carpas a varias familias, arrastra ojotas y baldes y deja atrás una laguna donde los nenes se ponen a correr y saltar felices. Me gusta construir castillos y que el mar de vez en cuando los destruya. También me gusta que los cubra de agua y los deje tal cual estaban. Me gustan los pozos donde se forman piletitas artificiales. Me gustan más los mares con atardeceres que con amaneceres. Me gusta perseguir a los muymuys y ver cómo se esconden en la arena. Nico (el hijo de mi amiga) tiene tres años y les tiene miedo. Yo le digo: “Nico, ellos nos tienen miedo a nosotros. Esta es su casa y se la estamos invadiendo. Hay que tratarlos bien…”. Y ahí le agarra el falso coraje y me dice que sí le gustan los muymuys pero apenas se le acerca uno levanta los brazos para que lo saque lo más rápido posible de ahí.

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Seguimos sentadas. Hay un vientito y nos salpican las gotas de una ola.

—Qué lindo que es mi mar. Qué rica brisa nos mandó. No puedo creer cómo lo ensucian, por eso nunca vengo a la playa en Año Nuevo.

Nuestra fogata ya se apagó. La poca madera que trajimos sigue encendida, naranja, pero ya no hay llamas. Pienso: como seres humanos somos un reflejo del mundo, también tres cuartas partes de agua, cada uno un mini-mundo. Tal vez nuestra atracción por el fuego se deba al simple hecho de que nuestro planeta se la pasa paseando alrededor de una bola de fuego gigante todos los días.

Si bien no creo mucho en fechas, me gusta el concepto del año nuevo, me gusta festejar ese paso. Otra vez primero de enero, otra vez un año más. El planeta dio un giro completo y vuelve a empezar. Otra vez esa sensación de arrancar de cero. Otra vuelta al sol que nos llevamos de yapa.

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(*Nota: “de yapa”, en Argentina, es una expresión que se usa para decir “de regalo”.)

El miedo a viajar (y por qué no hay que dejar que nos frene)

Este es un post que empecé a escribir hace más de un año y dejé en borrador. Hoy lo encontré de casualidad, lo releí, y sentí que era hora de publicarlo. Sigo pensando igual que cuando lo redacté. Va en respuesta a todos los que me escriben contándome que quieren viajar pero tienen mucho miedo. Momento de autoayuda en Viajando por ahí.

[singlepic id=7871 w=625 float=center] Ilustración de mi amiga Vero Gatti que refleja muy bien el espíritu de este post…

Esto ya lo conté, pero viene al caso: en enero de 2008, unos días antes de salir de viaje por primera vez, me tiré en la cama de mi cuarto y me largué a llorar. Mi mamá vino a ver qué me pasaba y yo le dije, como una nena chiquita: “¡No me quiero ir! ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Tengo mucho miedo!”. Mi colectivo a Bolivia salía en tres días y yo empezaba a darme cuenta de lo que estaba por hacer. Acababa de terminar una carrera universitaria y en vez de seguir el camino socialmente esperado (universidad – trabajo fijo – buen sueldo – auto/casa – casamiento – hijos – jubilación) iba a irme de viaje por ahí, sola, sin rumbo, sin fechas, sin destino y con un plan de vida no convencional.

Todos esos miedos y prejuicios que habían intentando inculcarme y que yo no había querido escuchar aparecieron de golpe: empecé a convencerme de que estaba loca, de que iba derecho hacia el robo, el secuestro, la violación y una muerte segura (en ese orden). Una persona llegó a decirme que dudaba que yo volviera viva de ese viaje (qué lindo comentario para decirle a alguien que estaba por cumplir lo que más quería en su vida, ¿no?). Pero… ¿y si tenían razón? ¿Si me pasaba lo peor? ¿Si el mundo era un lugar tan malo como querían hacerme creer?

[singlepic id=7869 w=350 float=center]  “La preocupación le da una sombra grande a las cosas pequeñas” (de thingsweforget.blogspot.com)

1. “Quiero viajar pero tengo miedo”

Hace meses que recibo el mismo mail: personas de todas partes de América Latina (y que sean de América Latina es por una cuestión de idioma nomás, porque conocí gente que me dijo lo mismo en inglés) me escriben diciéndome que su mayor sueño es vivir viajando, que saben que serían felices haciéndolo pero que no son capaces de salir porque los frena (los paraliza) el miedo: “¿De qué voy a trabajar? ¿Y si me quedo sin plata? ¿Y si no me puedo comunicar con la gente? ¿Y si me pasa algo malo? ¿Y si me enfermo? ¿Y si me roban? ¿Y si me secuestran? ¿Y si…?”.

 [singlepic id=7880 w=625 float=center] Este nene me tenía miedo por verme tan distinta. Después entró en confianza y jugamos a sacar fotos durante un largo rato. Indonesia.

Es normal tenerle miedo a lo desconocido. Más aún cuando lo desconocido implica salir de la zona de confort, irse a lugares nuevos, vivir sin rutinas pre-armadas, sin caminos señalizados y sin una guía que explique paso a paso cómo hacerlo sin equivocaciones. Estamos acostumbrados a seguir una ruta de vida más o menos estándar y cuando nos salimos de ese camino aparecen cientos de dudas, preguntas y miedos. Y aparecen, también, personas que intentan convencernos de que estamos locos y de que lo que queremos hacer es imposible y, más allá de eso, muy peligroso. Los miedosos, perdonen que lo diga así, son ellos. Así que traten de no escucharlos demasiado.

 [singlepic id=7883 h=625 float=center] Sépanlo: no hace falta ser así para irse de viaje.

Lamentablemente, hoy es normal tenerle miedo a viajar. Digo “lamentablemente” porque me da mucha pena que sea así, ya que tenerle miedo a viajar implica, en gran parte, tenerle miedo al otro, al ser humano que vive dentro de un marco cultural distinto, que habla otro idioma y que tiene otras costumbres (si lo pienso, todos mis miedos en aquel entonces tenían que ver con el daño que otra persona pudiera inflingirme y no con “perderme” o “enfermarme” o “estar lejos de casa”). Y digo “es normal”, porque es un miedo que se genera gratuitamente y todos los días: en casa, por los medios de comunicación y su perpetuación de estereotipos falsos y nocivos (¿hace falta que dé ejemplos?); afuera, por los hoteles all-inclusive (parte de su negocio es hacerle creer a sus huéspedes que “afuera” —el pueblo, la ciudad— es peligroso y que la seguridad está “adentro” —en el hotel—). También es normal tener miedo de “quedarse sin dinero” o “no conseguir trabajo”, pero de eso hablo en otros posts…

[singlepic id=7887 h=625 float=center] En los medios suelen salir cosas así…

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[singlepic id=7888 w=625 float=center]  Yo, hasta hora, me encontré con sonrisas por todas partes.

[singlepic id=7891 w=625 float=center] Con pedidos de fotos

[singlepic id=7885 w=625 float=center] Con personas que compartieron su plato de comida conmigo

Cuántas veces me dijeron que no me crucé con gente mala “de casualidad” o que lo mío es una locura pero que tengo mucha suerte y por eso no me pasa nada. O sea que ya vengo con una racha de seis años y treinta+ países de buena suerte: ¡qué afortunada! ¿A quién le habré vendido el alma? ¿Cómo habré hecho para tener tantas experiencias buenas y tan pocas malas (que las tuve, eh)? No creo que se deba solamente a la suerte. Mejor dicho: no puede deberse solamente a la suerte.

 [singlepic id=7897 w=625 float=center] Lo cierto es que en todas partes del mundo la gente tiene su rutina, y todos quieren (queremos) vivir tranquilos…

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Viajando por América Latina conocí a una suiza que se había venido sola, de mochilera también, y le pregunté qué le habían dicho sus allegados ante su plan. Quería saber si esto del miedo a viajar era algo propio de Argentina o si también ocurría en otras partes del mundo. Me contó que su familia y sus amigos estaban preocupadísimos y que le habían dicho que en América Latina “todos eran guerrilleros y estaban armados” y que venirse era como una sentencia de muerte. Ella estaba viajando hacía meses y estaba muy feliz. En Asia pregunté si alguna vez habían soñado con ir a Sudamérica y me dijeron que era muy lejos y que les daba miedo.

 [singlepic id=7876 w=625 float=center] Pero si hacemos las mismas cosas que ustedes! 

[singlepic id=7875 h=625 float=center] Lo que cambia es el paisaje.

[singlepic id=7878 w=625 float=center] Y sí, es cierto que hay costumbres (muy) distintas, pero no por eso mejores o peores ni malas o buenas.

[singlepic id=7879 h=625 float=center] A mí me hubiese encantado haber pasado los domingos con mi familia mirando los trenes.

Lo lejano genera temor en todas partes del mundo: nosotros les tememos a ellos y ellos a nosotros, ¿y con qué fin? ¿Qué es lo que nos da miedo del otro? ¿Qué hay de bueno en tenernos miedo? Tal vez a muchos les sirva de excusa para nunca salir: “Mejor no me voy, a ver si me pasa algo…”. Mi filosofía siempre fue: “Si me tiene que pasar algo, me va a pasar en China o en la puerta de mi casa”. Cuando me dicen que soy muy valiente me causa un poco de gracia: soy muy miedosa e insegura en muchas cosas, y creo que más que valiente soy una chica que se anima porque quiere vivir feliz y cree en la bondad más allá de todo.

2. Las buenas noticias no salen en los diarios (a menos que sean demasiado extraordinarias)

[singlepic id=7874 w=625 float=center]  Esta historia, por ejemplo, debería haber salido en la tapa de algún diario malayo… “Chica perdida en Asia fue ayudada por familia indonesia”

Antes de salir de Buenos Aires sabía que además de viajar quería dedicarme a derribar prejuicios. Siempre me sonó a utópico e idealista, pero aún hoy sigo firme en esa misión con el objetivo de demostrar que ser “blanco”, “negro”, “asiático”, “musulmán”, “judío”, “hombre”, “mujer” no nos hace ser “buenos” o “malos”, “mejores” o “peores”. Con esto no quiero decir que la gente mala (o la maldad en sí) no exista, claro que existe y está en todas partes del mundo (todos somos una mezcla de bien y mal). No hace falta que les recuerde que pasan cosas horribles todos los días: hay guerras, matanzas, robos, asesinatos, secuestros, torturas, violaciones, injusticias y miles de actos nefastos que nos condenan como especie. Pero parece que sí hace falta que les recuerde que, entremedio, pasan millones de cosas buenas. Por eso uno puede dedicarse a ver solamente lo malo y no querer salir de su casa nunca más o uno puede dedicarse a ver (y generar) actos buenos y darse cuenta de que la bondad y la hospitalidad predominan.

[singlepic id=7881 w=625 float=center] Esta mujer me guió en su bicicleta cuando me perdí entre los arrozales en China.

Mi amiga Aldana (viajera también) me dijo una vez: “En el mundo hay mucha más gente buena que mala, lo que pasa es que la mala tiene más prensa”. Y no puedo estar más de acuerdo. Si una persona mata a otra, sale en todos los diarios. Pero las cientos de familias que me alojaron en sus casas, las miles de personas que me dieron de comer, las decenas de madres sustitutas que me cuidaron en el camino, todos los que me recibieron en su tierra con una sonrisa y me ayudaron a seguir camino no aparecen en ningún medio (en mi blog sí :) ). Toda esa bondad es invisible al resto del mundo y queda en el recuerdo de quienes formaron parte. Piensen: ¿acaso ustedes nunca participaron en actos buenos? Sí, todos los días (casi siempre son detalles que nos alegran el día y no un hecho, como nos hacen creer los medios, del estilo “un taxista encontró una valija con un millón de dólares y la devolvió”). ¿Y nunca se pusieron a pensar que si esas noticias son invisibles (en realidad, para el concepto actual de “noticia”, ni siquiera son noticia) es porque son las que más abundan (y las que menos venden)?

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Si yo escribiera un periódico (al estilo ce-ene-ene) de mis viajes, los titulares serían algo así: Cuatro chinas me invitaron a tomar el té y a pasar la tarde con ellas (y aunque no pudimos hablar en el mismo idioma nos reímos mucho), Una indonesia me abrazó mientras yo lloraba sobre su hombro, Una china me recibió en su departamento frente al mar y me dejó vivir con ella durante semanas a cambio de nada, Un chileno nos levantó en la ruta cuando hacíamos dedo, nos regaló su carpa y nos invitó a comer y dormir en su casaTuve dengue y la doctora guatemalteca me cuidó como si fuese su hija (y hasta hoy me sigue mandando mensajes por Facebook), 30 mujeres de todas partes del mundo se pelean por el título de madre sustituta :), Una nena camboyana se me subió encima mientras escribía en mi cuaderno y me hizo varias preguntas en su idioma, Un cocinero marroquí me regaló una galletita cuando me vio asomada a su local. Y podría seguir páginas y páginas…

[singlepic id=7899 w=625 float=center] Love is all around…

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[singlepic id=7892 w=625 float=center] y atardeceres también (este en Colonia, Uruguay)

Entonces les pregunto a todos los que me escriben con miedo a viajar: ¿miedo a qué? ¿Miedo a enfermarse? Puede ser, pero eso también les puede pasar en sus casas, y médicos hay en todas partes; ¿miedo a que les roben? pasa en todos lados; ¿miedo a no tener ingresos? tendrán que usar su ingenio y encontrar algo que les permita seguir camino (eso ya es tarea de cada uno); ¿miedo a perderse? siempre habrá mapas o personas a quienes pedirle indicaciones. Pero por favor no le tengan miedo al otro. Hay que ser precavido y confiar en el instinto siempre (porque aprovechadores hay en todos lados), pero nunca dejar de viajar por miedo a una nacionalidad, religión o grupo humano determinado.

 [singlepic id=7886 w=625 float=center] A primera vista, Marruecos fue uno de los lugares más exóticos que visité, y también uno de mis preferidos.

Es verdad: yo también tuve mucho miedo. Pero hoy miro hacia atrás y no me avergüenzo de lo que sentí, al contrario, creo que era lógico y normal tenerle miedo a lo desconocido. Nunca había viajado sola tanto tiempo, nunca me había ido de mochilera por países desconocidos, nunca había estado tan a la deriva, nunca había decidido cumplir mi sueño y todo eso me generaba temor. Esa fue la primera y única vez que lloré por miedo a viajar (después lloré por muchas otras cosas), pero tuve que experimentar eso que me daba tanto miedo para darme cuenta de que ese temor no hacía más que frenarme. Cuando empecé a viajar entendí que toda esa gente que yo veía como “desconocida, maléfica, sin rostro” eran seres humanos igual que yo, con sus sueños, felicidades, tristezas, trabajos, afectos, deseos y vidas (y con sus miedos también). No encontré monstruos que se hacían pasar por humanos, sino personas que se vestían distinto, que comían otras cosas, que hablaban de otra manera pero que en el fondo (en su esencia) eran como yo (y como vos).

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Por suerte decidí salir y hoy puedo escribirles todo esto, pero imaginen si hubiese hecho caso a todas esas voces y hubiese perdido el pasaje de ida a Bolivia… Este blog no existiría y yo sería una soñadora más, con muchas ganas de viajar pero con mucho miedo a hacerlo.

Yo no puedo asegurarles que no les pasará nada si se van de viaje, pero sí puedo asegurarles que si tienen muchas ganas de viajar por el mundo y no se van por miedo, es mucho más lo que se van a perder que lo que van a ganar quedándose en su casa.

 [singlepic id=7890 w=625 float=center]  Eso!

Tiempo de Ranchos

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Mirá cuando digamos, ¿te acordás de aquella vez que agarramos la camioneta y nos fuimos a pasar la tarde a Ranchos? Fue el primer viaje que hicimos con Rami, él tenía seis meses, y nosotras festejábamos nuestros 25 años de amistad (las bodas de plata). Yo había ido a Brandsen a visitarte, poco antes de irme de viaje largo, y se nos dio por hacer esa escapada los tres. Salir a la ruta fue como volver a respirar: hacía tiempo que no me movía de mi casa, había estado demasiados meses quieta, escribiendo mi primer libro, ¿te acordás? Tan quieta que sentía que no iba a volver a viajar, que no me iba a acordar de cómo hacerlo, tenía miedo de que los viajes hubiesen dejado de gustarme, miedo de no poder volver a escribir. Pero ese día todavía no pensaba en eso: el día de Ranchos pensaba en que tu bebé se había convertido en uno de los amores de mi vida (con solamente seis meses, ¿cómo fue capaz de lograr algo así?), pensaba en ese viaje que hicimos a Colonia (cuando alquilamos la moto y la ciudad estuvo vacía para nosotras), pensaba en que quería volver a viajar (pero como todavía tenía cosas que hacer en Buenos Aires, no lo pensaba tan seriamente).

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Ese día manejaste vos (yo tenía registro pero todavía no me animaba). Nos subimos a la camioneta, lo acomodamos a Rami atrás y salimos. De golpe aparecieron las nubes, esas nubes de ruta: gigantes, esponjosas, esperándonos sobre el horizonte. Al costado: las vacas, el verde, los camiones, el aire fresco, el silencio. La felicidad de la ruta fue inmediata, todavía me acuerdo. De vez en cuando me pedías que me fijara si Rami estaba bien, y como él iba mirando hacia atrás y yo no podía estirarme tanto, le sacaba una foto con mi teléfono y te decía que sí, que iba bien, que estaba sonriendo y se lo notaba feliz. De chiquito ya le gustaba viajar.

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En Ranchos no había nadie. Otra vez nos pasaba lo mismo: un pueblo vacío para nosotras. Un lugar repleto de paredes descascaradas, de bicis sin atar y de casas con las puertas abiertas (en Buenos Aires, mientras tanto, todos los noticieros hablaban de inseguridad). Almorzamos en el club del fondo. Yo me comí una tortilla de papas un poco chamuscada, y vos una suprema de pollo. Rami comió su banana pisada y me tentó: le copié el postre (ese postre tan de infancia). Después caminamos por el pueblo mientras él dormía la siesta.

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No sé cuánto habremos caminado: dos, tres horas. Era difícil saberlo en un lugar tan tranquilo. Nos sentamos en la plaza y pensamos en algo que nos dio un poco de vértigo: “En este mismo momento, el microcentro porteño es un caos, hay una marea de gente que va y viene, que se desarma y se desvanece entre bares y oficinas”. Pero nosotras estábamos en Ranchos, viviendo el tiempo a nuestro modo, disfrutando de la lentitud y de la calma típica de ciertos lugares donde el reloj no es el dueño de la vida. Yo tenía que tomar la combi de las cinco y media a Buenos Aires, pero decidimos no apurarnos para volver a Brandsen: era nuestro día, nuestro lugar, y si perdía la combi qué más daba, me iría con ustedes hasta Adrogué y tomaría algo desde ahí. Transporte siempre hay, los días cada vez son menos.

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En el camino de vuelta frenamos en la ruta. ¿O fue antes? Le cambiaste el pañal a Rami, le diste de comer, no dejamos que los horarios nos aceleraran el momento. Nos olvidamos del reloj. Cuando llegamos a Brandsen vimos que la combi estaba frenada en la parada del videoclub: todavía no se había ido. Habíamos llegado justo. Me subí y me fui para Buenos Aires. Nadie nunca llegó ni llegará tarde a ningún sitio, dijo una vez un sabio.

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Mirá cuando te diga: pensar que unas semanas después me fui de viaje. Fue el cuarto viaje largo, ¿sabés de cuál te hablo, no? Yo estaba muerta de miedo, muy insegura, llena de dudas: ¿y si no me gusta viajar? ¿Y si no me sale escribir? ¿Y si viajar ya no es lo mío? Seguramente te diré: no te lo conté, pero el primer día de viaje quise volver a mi casa e irme directo a Brandsen a verte, a abrazar a Rami, a quedarme ahí con ustedes y con mis inseguridades. Hasta que mi mamá, que siempre se da cuenta de todo, me dijo algo por teléfono y ahí aflojé: “Ani, en todos los viajes te pasa lo mismo: antes de irte te ponés mal y después te va bárbaro y no querés volver. Pero pensá que no te vas para siempre, te vas el tiempo que sea necesario. Además uno no puede pasar de negro a blanco sin grises, para alcanzar el verano hay que atravesar la primavera”. Esa tarde me fui un rato al río, me senté contra un árbol en la orilla y volví a escribir después de varias semanas de bloqueo.

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Gracias a esa catarsis escrita me di cuenta de que una de las cosas que más miedo me daba era perder los vínculos que había ido construyendo (o fortaleciendo) en Buenos Aires durante ese año y medio de sedentarismo. ¿Y si todo eso se perdía? ¿Y si, cuando volvía, Rami no se acordaba de mí? Las despedidas iban a matarme. Pero el día que te diga todo esto, seguramente habré entendido que en algunas cuestiones la mejor perspectiva la dan los años, no los kilómetros. Me habré dado cuenta de cómo me preocupaba por las cosas, cómo sufría innecesariamente, cómo suponía un futuro que no podía predecir. Y para ese entonces también habré comprobado que en cada una de mis vueltas a casa sentí lo mismo: que, entre las personas que quería y yo, el tiempo no había pasado, que la amistad no se había ido de viaje para siempre, sino que seguía ahí, intacta.

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Mirá cuando te pregunte, ¿te acordás de aquel día en Ranchos? Rami ni hablaba. Me la pasé sacándole fotos, y en una aparecimos reflejadas en sus ojos. “Así nos ve”, dijimos, y nos causó entre gracia e impresión. Y él todavía no podía respondernos con palabras, pero nos acompañaba, sentía nuestra amistad. ¿No te encanta saber que, por un rato, Ranchos fue nuestro lugar? El lugar donde volvimos a ponernos en contacto con lo que cada una necesitaba recuperar.

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Ciclos
(o el día que conocí a Carlos Páez Vilaró)

Siempre acabamos llegando a donde nos esperan
(José Saramago)

En el 2009, unos meses después de volver de mi primer gran viaje por América latina, decidí hacer un curso de re-orientación vocacional para ver cómo seguía con mi vida. Tal vez ese curso no era lo que necesitaba, pero buscaba respuestas y esos tests me parecieron el camino a la verdad. Quería saber si podría seguir viajando o si tendría que meterme en una oficina. Cuando le conté a los psicólogos que había viajado durante nueve meses y que quería seguir con ese estilo de vida, uno de ellos me dijo que yo vivía en una nave espacial y que era hora de que bajara a tierra. El comentario no me cayó para nada bien. Otra de las psicólogas me dijo que si quería lograr un cambio en el mundo tenía que hacerlo desde adentro, no podía huir del sistema, sino que tenía que meterme en cada sociedad y generar algo, en vez de sobrevolar y mirar desde lejos. Tampoco me gustó del todo (tengo la bendita manía de odiar que me digan lo que tengo que hacer). Durante nuestra última reunión me escribió un nombre en un papel y me dijo que investigara su historia de vida. El nombre era Carlos Páez Vilaró. Yo estaba tan enojada que llegué a mi casa y no investigué nada. Pasó el tiempo, volví a viajar y me olvidé.

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El año pasado el camino me llevó de vuelta a Punta del Este, ciudad uruguaya a la que había ido por primera y última vez diez años atrás. Y por alguna razón (supongo que porque si uno va a Punta del Este no puede NO ir a Punta Ballena) el camino desembocó en Casapueblo, la casa-museo de Carlos Páez Vilaró. Casi me quedo afuera porque no tenía demasiado presupuesto para la entrada, pero uno de los amigos con los que viajaba me invitó. Caminé por la casa —admirada, desde el principio, por tanto arte— y llegué a un microcine en el que estaban proyectando un documental que contaba la historia que yo no había querido investigar: la historia de Carlos Páez Vilaró, artista y viajero uruguayo. “Su mayor obra es su vida”, decía el locutor. Quedé tan impactada que casi me largo a llorar de emoción. Carlos —quien hoy es un niño de casi noventa años— dedicó su vida a viajar y a utilizar su arte como moneda de intercambio. Llenó cinco continentes de murales y colores, desparramó pedacitos de su alma por cada lugar que pisó. Después de ver ese video, se convirtió en uno de los cinco artistas a los que más admiro y que más me inspiran (junto con Ryszard Kapuściński —por su mirada—, Steve McCurry —por sus colores—, Haruki Murakami —por su cercanía— y Gabriel García Márquez —por su magia—).

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Hace unos meses fui a ver la muestra de Páez Vilaró en el Museo de Tigre y sentí que estaba frente al arte de un niño lleno de curiosidad, asombro y valentía. Escribí un post hablando de él y pensé en cómo me hubiese gustado hacérselo llegar. Pero no lo hice ni lo intenté. Y hoy (ayer, cuando escribí este post), hace pocas horas, para cerrar ese ciclo que se había abierto en el 2009, lo conocí en persona, le di ese post impreso y le regalé un libro (con la dedicatoria más larga de todos los libros que firmé hasta ahora). Escucharlo hablar acerca de su vida, sus viajes y su arte me devolvió el impulso y las ganas de escribir, algo que se me había apagado y que pensé que no iba a recuperar por un tiempo. Así son las cosas: uno conoce a quien tiene que conocer en el momento indicado. Hace cinco años tal vez no estaba preparada para escuchar su historia; anoche, sin saberlo, era lo que necesitaba.

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¿Y cómo fue que llegué por fin a Carlos Páez Vilaró (el real, la persona)? Lo conocí porque me invitaron a un evento de prensa —una degustación del vino “Ciclos”, inspirado en él y su arte— que se hizo en Casa Bengala, su casa de Tigre. ¿Quiénes me invitaron? Las chicas que hacían la prensa del evento. ¿Por qué me invitaron? Porque hace unos meses cubrí, para una revista en la que colaboro, un evento gastronómico en el que también trabajaban ellas (y porque además leen mi blog y les gusta lo que hago, y sin saberlo me hicieron uno de los mejores regalos). ¿Cómo llegué a cubrir aquel evento gastronómico? Porque una vez decidí seguir viajando —por más que me dijeron que estaba loca y que tenía que bajar a tierra— y abrí un blog y una editora lo leyó, le gustó y me pidió que escribiera para su revista. Si nunca me hubiese ido y abierto un blog, hoy no hubiese conocido a Carlos Páez Vilaró, no lo hubiese saludado, no le hubiese agarrado la mano (esa “alcancía de personas”, como le dice él), no le hubiese dado un libro (tampoco hubiese tenido un libro para darle), no le hubiese dicho gracias por compartir tanto arte, no me hubiese sentido tan feliz (y nerviosa) de estar cerca de alguien a quien admiro tanto.

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Durante su charla, Páez Vilaró contó que cuando era chiquilín su mamá le dio una valijita de cartón en la que él guardaba la merienda. Y dijo que, para cerrar el círculo de su vida, le gustaría volver a tener esa valijita y llenarla de temperas, pinceles y colores. Y gracias a él y a sus palabras recordé algo que sé hace tiempo pero que a veces olvido: que todo en la vida son ciclos. No importa lo que pase, mientras el mundo siga girando, el sol saldrá todos los días. Todo tiene principio y fin (un fin que, a su vez, trae nuevos principios). Todos atravesamos inviernos y primaveras una y otra vez. La vida es una rueda: a veces estamos arriba y a veces abajo. Hoy mi rueda está girando hacia su punto de partida, hacia mis raíces analógicas. Tengo necesidad de volver a lo real, de escaparme un poco de este mundo virtual que me parece ruidoso y acelerado, de volver a lo simple y a la lentitud, de volver a aprender cosas que se puedan hacer con las manos y que no impliquen teclados ni pantallas, de reencontrarme con otras artes que me gustan y que tengo abandonadas. Estoy en un momento triste, aceptando que una persona muy importante para mí ya no está en este mundo (aunque la siento muy cerca), aceptando que la muerte es parte del ciclo de la vida, y para asimilar eso mi cabeza me pide silencio. Por eso decidí cerrar los comentarios por un tiempo (largo o corto, no sé, iré viendo cómo me siento). Necesito reencontrarme con el camino, hablar más conmigo, volver a mi ciclo de viajera. Me acostumbré demasiado a Buenos Aires y tengo miedo de haberme olvidado de cómo se viaja. Así que haré de cuenta que tengo insomnio y aprenderé otra vez de cero. Supongo que es como andar en bicicleta: una de esas cosas que salen solas, incluso después de mucho tiempo de no hacerlas.

“Detrás de los viajes” – Edición Especial 300 Posts

Es sabido que todos los viajes tienen dos caras: una, la que se muestra y se cuenta con orgullo, y otra, la que queda oculta ya sea por ridícula, vergonzosa, impresentable o desopilante. En los 299 posts que publiqué en Viajando por ahí me presenté como una persona seria, formal y responsable (?), pero hay un lado mío que no conocen: el de chica torpe, despistada, amante de lo bizarro y paparazzi de gatos. Por eso en el capítulo de hoy quiero llevarlos al backstage de mis viajes, a todo lo que ocurre y ocurrió detrás de escena, a todas esas situaciones que nunca vieron la luz de sus pantallas y que merecen ser contadas. Así que pónganse cómodos, porque el de hoy va a ser un capítulo doble (o triple, como esos alfajores que tanto me gustan).

Esto es: “Detrás de los viajes, el backstage de Viajando por ahí”

backstage

Auspician este programa:

[singlepic id=7285 w=625 float=center] Club Sarasa: tragos 2 x 1 de 6.04 a 6.08 am, presentando carnet de videoclub asociado

[singlepic id=7307 w=625 float=center] Daisy Diva Clinic: lo mejor en depilación. Descuentos por cantidad.

[singlepic id=7304 w=625 float=center] Masaje Muy Bueno (satisfacción garantizada o le devolvemos su dinero en patacones chinos)

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Cosas que nunca conté porque no venían al caso

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* Casi me voy de viaje con un bigote postizo

Unos días antes de irme a Asia, un amigo vino a despedirme y me trajo uno de los regalos más originales de mi vida: un set de bigotes falsos (uno distinto para cada día de la semana). Yo elegí el que está de moda ahora (que no sé cómo se llama pero es un mostachón grueso y algo enrulado en las puntas) y me lo puse. En ese momento pensé: “¿Y si me lo llevo a Asia y salgo a caminar por la calle así, con bigote? Total, puedo decir que en Argentina a las mujeres les crece el bigote naturalmente, o que es la última moda en Occidente”. Era un intento desesperado por llamar la atención y no pasar desapercibida en Asia; además, me intrigaba ver qué situaciones se generaban alrededor de mi bigote. Finalmente me lo llevé pero no me animé a usarlo. La próxima me lo pongo y salgo a dar una vuelta, a ver qué pasa.

[singlepic id=7274 w=625 float=center] Este es el bigote en cuestión. En esta foto lo vemos pegado a la ventana del avión, rumbo a Bangkok.

 [singlepic id=7264 w=625 float=center] En Malasia encontré una barba que me quedaba bastante bien.

 [singlepic id=7267 h=625 float=center] Si la Mona Lisa lo hizo…

* Yo soy la que hace los Powerpoint de gatos

Tengo pocas obsesiones, pero cuando algo me fanatiza no puedo pensar en otra cosa, así que lo voy a decir yo antes de que se enteren por otro lado: amo a los gatos. Los amo tanto que quiero estrujarlos a todos. Antes de viajar no era tan así: no sé qué tendrán que ver los viajes ni qué habrá pasado en el medio, pero de repente me convertí en la loca de los gatos. Quiero tener veinte (todos con nombres de verdura) pero no puedo: si me voy de viaje y los dejo acá me van a odiar, y si me los llevo temo que también odien tanto traslado. Entonces, a falta de gato propio, me convertí en paparazzi de felinos callejeros y en catadora de suavidad de gatos ajenos. Si veo un gato en la calle tengo que acercarme, no puedo pasar al lado como si nada. Ellos se dan cuenta porque muchas veces se me acercan espontáneamente sin que los llame (para llamarlos uso varias técnicas: el “mish mish mish”, el “gatitooo, hola gatito, vení gatito”, o “hi kittyyy”) y otras veces huyen apenas me ven (se ve que se corrió la voz de que soy una Elvira —la de los Tiny Toons, la que estrujaba gatos— en potencia). Y yo no puedo evitar sacarles fotos y perseguirlos. Dicho esto, con todo el material que tengo estoy lista para empezar a mandar mails masivos con ppts repletos de fotos de gatos de todas las nacionalidades, así que si reciben un mail de una dirección desconocida, ya saben. Yo no tengo nada que ver.

 [singlepic id=7330 w=625 float=center] Esto para mí es la gloria

 [singlepic id=7317 w=625 float=center] No hace falta decir nada. El gato me está hablando con la mirada.

 [singlepic id=7318 w=625 float=center] Esta foto (se nota) fue sacada en mi mejor pose paparazzi

 [singlepic id=7319 w=625 float=center] Este gatito me persiguió durante un largo rato por las calles de Melaka (Malasia) y cuando le saqué la foto me sacó la lengua y me guiñó el ojo.

 [singlepic id=7320 w=450 float=center] Otro pobre gato que sintió su intimidad acosada por mi cámara

Este post tiene varios invitados. Su identidad será mantenida en el anonimato por cuestiones de seguridad.

Hoy habla acerca de mi amor por los gatos, Jxxn Pxblx Vxllxrxnx del blog “Acróbata del Comino” (comino con O):

[box border=”full”]”Tuve la oportunidad de compartir algunos kilómetros de ruta con Aniko en la provincia de San Juan. Fue algo así como el bonus track rutero de un blogtrip con más confort del que necesitábamos. Aniko, Laura y yo nos habíamos puesto como meta Tamberías, en la cordillera. El pobre ingeniero que nos levantó en la ruta se convirtió en la primera víctima del universo pata para arriba que proponíamos. Cuando viajábamos a dedo, a los conductores les parecía inverosímil que una persona pudiera viajar por el mundo dedicándose a escribir. Pero ahora éramos mayoría. Produce orgullo prestado escuchar de otro las palabras que podrían ser propias. Por eso, cada vez que Aniko afirmaba con toda naturalidad que su oficio era caminar por Indonesia con una mochila al hombro y contarlo, yo sonreía por dentro. Sonreía no sólo por la sorpresa de la audiencia, que no podía tildarla de loca porque éramos tres en la misma, sino porque lo decía con la florida distancia de su acento beatle. Imaginé que en cualquier momento un submarino amarillo llegaría para repatriarla a su propio mundo. Ese mundo donde los gatos se han extinguido, y por eso es necesario censar cuidadosamente y fotografiar a los que han quedado en esta Tierra. Que el mundo haga sus preguntas: Aniko construye su estilo de vida con la misma naturalidad con que acaricia gatos. En Tamberías pululaban cuantiosos felinos, y Aniko corría tras ellos, como siempre, cámara en mano. En ese viaje a San Juan tuve la certeza: si alguna vez israelíes y palestinos firmaban la paz y Aniko andaba cerca, no quedaría registro fotográfico. Seguramente se agachará a acariciar algún gato, llámese Mohamed o Shalom, justo en el momento del histórico apretón de manos.”[/box]

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* Le besé la mano a un filipino por error

En Manila me alojé en un casa de familia a la que caí por un amigo de un amigo de. La familia estaba compuesta por padre, madre, tres hijos y el abuelo (un señor que parecía tener más de 90 años y que no hablaba inglés, a diferencia del resto de los integrantes). En Asia se le demuestra mucho respeto a la gente mayor y es muy común que a los abuelos se los salude de otra forma, haciendo un gesto más cordial que entre personas de la misma edad. En el caso de Filipinas, a la gente mayor (y en muchos casos a los sacerdotes) se los saluda con la tradición del “mano, po”: el anciano o el cura extiende el brazo y deja la mano colgando hacia adelante, medio floja, y la otra persona acerca su frente a la mano y la apoya para recibir una especie de bendición. El problema fue que la primera vez que me encontré ante esa situación yo no tenía ni idea de que hacer porque nunca había visto a nadie hacer algo similar. Estaba sentada en la mesa de la cocina, dispuesta a desayunar, cuando apareció el abuelo (solo), me dijo algo que no entendí, extendió su brazo y dejó su mano colgando muy cerca de mi cara. Sin saber qué hacer, agarré y le besé la mano, como quien le besa los anillos al jefe de la mafia. Al rato, cuando vi a uno de los nenes hacer lo que yo tendría que haber hecho, me morí de risa y de vergüenza por dentro.

Así es como se debe saludar:

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Esto es lo que hice:

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* ¿En qué hotel me estoy quedando?

Esto ya lo dije varias veces pero es para que lo sepan: soy extremadamente desorientada. Si me dejan sola en medio de una ciudad (incluso en Buenos Aires) no tengo idea cuál es el norte ni para dónde tengo que caminar (creo que es una enfermedad). Me cuesta mucho leer un mapa (tengo que girarlo para que coincida con la realidad) y cuando me dan indicaciones me las olvido a los cinco minutos. Pero de alguna manera inexplicable siempre llego a destino.

El día que volé de Buenos Aires a Praga todo pasó muy rápido: yo no había dormido en toda la noche así que estaba medio sonámbula, como era un blogtrip (y todo estaba organizado de antemano) un taxi me pasó a buscar por el aeropuerto y me depositó en el hotel, ahí me recibió el de la oficina de turismo y enseguida nos fuimos a recorrer Praga y no volvimos al hotel en todo el día. Esa noche nos fuimos a ver un show de jazz a un bar; como yo estaba muy cansada dije que prefería volver al hotel a dormir, así que me despedí del resto de los bloggers y me fui del bar. Salí a la calle, caminé unos minutos y ahí me di cuenta de varias cosas: 1. No tenía ni idea dónde quedaba mi hotel, 2. No tenía ni idea de cómo se llamaba mi hotel, 3. No tenía ni idea en dónde estaba parada en ese momento, 4. No sabía cómo hacer para pedir indicaciones (si ni siquiera sabía el nombre del hotel, ¿indicación a dónde iba a pedir?), 5. No sabía cómo hacer para volver al bar donde estaba el resto del grupo (ya estaba perdida), 6. No tenía el número de teléfono de nadie, 7. Los lugares de internet ya estaban cerrados, 8. Había empezado a llover. 9. No tenía un mapa de Praga (tampoco sé si me hubiese servido). 10. No sabía hablar checo. La única palabra que recordé de golpe fue “Wenceslao”: en un momento de iluminación supe que mi hotel quedaba en un lugar llamado Wenceslao así que pregunté y, por suerte, estaba cerca. Caminé y reconocí el hotel por la fachada, pero juro que ese día creí que dormía afuera y que nunca más me invitarían a un blogtrip por tarada.

 [singlepic id=7314 w=625 float=center] ¿Ustedes podrían leer un mapa así? (es el de Kuala Lumpur, capital de Malasia)

 [singlepic id=7287 w=625 float=center] Acá me ven en un pueblito de Vietnam. Como me perdí decidí frenar un ratito a mirar los barcos…

 

Al respecto de mi desorientación (y de otros temas que no vienen al caso) da su testimonio Xndrxs Brxnnxr (también conocido como Xndx Xxldxlxqtdxlx) del blog rajoscopio.com

[box border=”full”] “Lo que nunca vio luz y todos quieren saber sobre el viajar por ahí”

“Nunca me voy a olvidar de cuando Aniko Villalba me robó el protagónico de los extras en una película de Hollywood que se rodó en el Sahara. Eran alrededor de las 15 hs., pero eso realmente no importa. Lo que sí viene al caso en estos momentos es que a pesar de semejante traición, ella sí parece haberlo olvidado.

526 días de masticarme la lengua tuvieron que pasar para que una visita a mi domicilio electrónico me sorprenda con la grata nueva: he sido cordialmente invitado a deslizar, compartir, vociferar y divulgar (según la gravedad de los hechos) lo que nunca vio luz y todos quieren saber sobre el viajar por ahí. Siendo que el correo en cuestión me es remitido por la mismísima susodicha, procedo a cumplir con mi deber, aunque no sin antes preguntarme: ¿habrá pisado Villalba el palito? Pues ya veremos…

Divulgar

¿Cómo hace una chica para viajar sola y a la buena de Dios por tierras desconocidas en donde mi madre, tu madre e incluso la madre de Aniko dirían que “el peligro acecha”? ¿Qué acaso no es eso lo que nos preguntamos todos? Después de dos meses y medio de sorprenderme cada día perdida, desorientada y sin la más remota idea de dónde estaba parada a pesar de que no nos hubiéramos movido más de unas pocas cuadras en pueblitos rectangulares de pocas manzanas que rodean una única plaza central, me di cuenta de que “a la buena de Dios” es la mejor respuesta.

Vociferar

Tal vez la más divertida faceta de Aniko, para quienes viajamos con ella y supimos descubrirla a tiempo, es su destreza acrobática para improvisar saltos ornamentales de pulida ejecución ante sustos de cualquier índole. Tanto el clásico “¡BUUUUUUU!” que emerge inesperado desde las tinieblas de un recoveco cuanto formas más básicas como el lanzamiento simulado de arácnidos al grito de “¡VENENOSA, VENENOSA!”, son infalibles y diversión certera por unos buenos minutos. Así que ya saben: callejones, túneles del SUBTE, la fila de un banco o cualquier otro lugar en donde se la crucen desprevenida, todos ellos son propicios para romper el hielo proponiendo este tipo de interacción. Ojo, estar preparado para un contraataque envalentonado.

Compartir

Otras de nuestras grandes creaciones juntos (además de momentos de viaje épicos) fue la invención del sirenear por la paz. Entusiasta y amante de lo bizarro, Aniko no dudó en sacar servilleta y bolígrafo de su bolsillo ni bien el proyecto se nos vino a la cabeza en una estación de metro de Barcelona. El manuscrito, de su puño y letra, consistía en un manifiesto que, con logo incluido, bajaba línea sobre el bien hacer de “Su Sirenidad Aniko” y “Su Sirenidad Andi”. ¿Una especie de secta? Tal vez. Lo cierto es que hoy en día miles de fotos de la Sta. Villaba en formato sirena alrededor del mundo descansan en la oscuridad de su hard drive. Aunque claro, habría que ver si aguantan de tal manera ante el clamor popular…

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Deslizar

El viajar por ahí, siendo una actividad con la que cuya protagonista involucra 100% su alma aventurera como su pasión, es un menester del cual nunca se sabe qué es lo que devendrá. Y como tal, las historias que depara muchas veces son tan fantásticas como escrupulosas. Un servidor no puede más que simular una amnesia temporaria para con algunas de las más picantes de ellas y cerrar su participación asegurando que sea a la buena de Dios, alterada ante la presencia de arácnidos voladores o entusiasmada ante el más ínfimo grado de ¿bizarrez? dé una idea, siempre va a ser una sonrisa y el dejarse querer por los lugareños los que hagan que el viajar por ahí siga siendo, y por muchos otros posts, un viajar próspero y feliz.

Pd. ¡Devolveme el protagónico de los extras, maldita!” [/box]

post-especial-300-aniko-villalba-2Una de mis primeras fotos en pose de sirena 

 

* Casi me mato dos veces andando en moto 

Lo único que sé manejar con ruedas es una bici. Autos, pf. Para nada. Hay muchos países (especialmente los asiáticos) donde la moto es el medio de transporte cotidiano, así que no quería quedarme con las ganas de subirme a una y dar unas vueltas por ahí. Pero como les dije recién: lo único que sé manejar es una bici. La primera vez que alquilé una motito fue en Colonia del Sacramento (Uruguay) con mi amiga Maru. Al principio no quisieron alquilarnos nada porque no teníamos registro, pero la segunda persona a la que le preguntamos accedió. Lo primero que nos preguntó fue: “Chicas, ¿saben manejar, no?”, a lo que yo respondí: “¡Pero claro! ¡Ps! ¡Por favor!”. La convencimos. Nos dio la llave, nos subimos a la moto, prendí el motor, aceleré demasiado rápido, la moto arrancó de golpe y no salimos disparadas de milagro. Por suerte nos fuimos a toda velocidad antes de que la mujer cambiara de idea. La segunda vez que alquilé una moto fue en Yogyakarta (Indonesia) para poder ir a ver unos templos que quedaban afuera de la ciudad. Me subí a la moto, me puse de conductora (tenía de copiloto a un francés con el que viajaba y que no se animaba a manejar) y arrancamos. “Qué vacía que está la calle”, le dije cuando doblamos por alguna avenida. Acto seguido, vi un malón de motos que venía directo hacia nosotros, de frente y por el mismo carril. No me había dado cuenta de que en Indonesia se maneja del otro lado.

  [singlepic id=7270 w=625 float=center] Con mis amigos en Indonesia

En el próximo bloque, una invitada asegura: “Aniko Villalba es una toquetona”. 

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— Tanda publicitaria (aprovechen para ir al baño) —

  [singlepic id=7266 w=625 float=center] Aniko Villalba come en “TULANG”. Calidad y servicio.

  [singlepic id=7325 w=625 float=center] Me corto el pelo en Salon de Port.
25% de descuento en alisado permanente presentando este post.

  [singlepic id=7324 w=625 float=center] Autobuses Aladdín. Con snack bar y películas de Rambo todo el camino.

  [singlepic id=7295 w=625 float=center] KeKa-GaDa Fast Food Service

– Fin de espacio publicitario –

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Seguimos en el especial: “Detrás de los viajes: El backstage de Viajando por ahí”.

Una de las preguntas que más me hacen es: “¿No te sentís sola cuando viajás? ¿Cómo te enfrentás a esos momentos?”. Y yo siempre respondo otra cosa, cuando en realidad lo que debería decir es:

* Cuando me siento sola entro a un supermercado

Muchas veces me preguntan si no me siento sola cuando viajo sola. Generalmente no: casi siempre estoy rodeada de gente, viajar solo hace que uno esté mucho más receptivo y abierto ante el mundo. Pero hay veces en los que la soledad pega. ¿Y qué hago en esos momentos? Entro a un supermercado. No voy con la intención de comprar nada, lo único que busco es deambular un rato sin tener que pensar demasiado. Los supermercados, por alguna razón, me hacen sentir segura y tranquila. Esto fue algo que hice mucho durante mi viaje por América latina. Después perdí la costumbre (o ya no me sentí tan sola). Pero entrar a un supermercado siempre me parece reconfortante. No me pasa lo mismo con los shoppings.

  [singlepic id=7281 w=625 float=center] Me gusta ver los productos en exposición…

  [singlepic id=7315 h=625 float=center] En realidad lo que más me gusta hacer, en esos momentos de soledad, es comer.

* Soy muy toquetona

No tengo declaraciones al respecto. Dejo que hable Lxxrx Lxzzxrxnx (del blog “Los Viajes de Enema”) una de las invitadas del capítulo de hoy:

[box border=”full”]La primera vez que lo noté estábamos en el Valle de la Luna. Aniko tocaba una de esas formaciones milenarias con una concentración que daba miedo interrumpir. Pasaba la mano con una suavidad propia de quien está prestando mucha atención. Se me ocurrió que a lo mejor entendía de geología más que el resto. En ese momento, apenas si nos conocíamos.

La segunda vez, estábamos arriba de un avión. Debíamos haber estado hablando de cualquier cosa, pero mis ojos se desviaron hacia sus dedos. Aniko estaba palpando una de esas mantitas que reparten las azafatas. Mientras ella seguía hablando, yo no podía dejar de observarla. Es cierto que esas frazadas son muy suaves, pero parecía que ella estuviese leyendo algún código braile impreso en el polyester.

La tercera vez no me aguanté. Estábamos en Portugal y Aniko caminaba muy cerca de la pared, rozando todos los azulejos de Aveiro con la yema de sus dedos. No llegué a increparla. Nuestras miradas se chocaron y empezamos a reír. Anticipando mi pregunta, se defendió, entre risas y vergüenza. “Bueno Laura, ¿qué querés? ¡Me encanta tocar todo!”. Se me despejaba el panorama, claro, pero semejante confesión hizo estallar aún más las risas. Ahí empecé a notar que mientras sus ojos viajan a la par de sus pies, los dedos de Ani bucean otros horizontes. A veces, confieso, me ponía incomoda. “Se mira y no se toca” fue el estandarte de mi infancia, y ser testigo de cómo Aniko iba por la vida rompiendo esa barrera me generaba inquietud. Después pensé en que, siendo hija de una pintora, el pecado era aún más terrible. También lo era su espontaneidad. No le importaba si eran cuadros, azulejos, montañas o gatos. Para completar su percepción, Ani tenía que acariciarlos.

Al final, ella se acostumbró a mis miradas inquisidoras y yo me acostumbre a su desparpajo dactilar. Ella tocó todo un poco menos, yo toqué todo un poco más. Le prometí que nunca iba a contar esto. Y ella me creyó sabiendo que, al final, este día llegaría. Aniko Villalba es una toquetona. [/box]

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Acá la vemos sintiendo la textura de un espejo

  [singlepic id=7303 w=625 float=center] ¿Ustedes no querrían tocar la superficie repleta de cuadraditos de esta pared? Yo lo hice y nadie puede sacarme el recuerdo de los dedos.

 

Frases que me dijo la gente por ahí (o que dije yo, da igual):

Creo que la pregunta que más veces respondí (después del clásico uear-ar-iu-from) es “¿y a qué te dedicás?”. Al explicar mi estilo de vida recibí reacciones y contestaciones de todo tipo. A continuación algunas de las frases más cómicas que me dedicaron al respecto (y al respecto de otras cosas también, porque esto es así: un desorden y una anarquía total).

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1. “Vos tenés la cabeza en un freezer”. Estábamos en un pueblito de la provincia de Buenos Aires, en la casa de una familia, junto con otros amigos viajeros. Cuando le conté a la mujer de la casa a qué me dedicaba, ella me miró con algo parecido a la indignación y su sentencia inmediata e irrefutable fue: “Disculpame, pero vos tenés la cabeza en un freezer”.

2. “You! Very good! Very good!”. Estaba en China, yendo a la casa de mi amiga Journey, pocos días antes de terminar mi viaje por ese país. Eran las 8 de la mañana y estaba haciendo trasbordo del tren al subte, sola. Me senté, acomodé la mochila grande en mis pies, y un chino que estaba sentado cerca mío me vio y enseguida se acercó a hablarme. Como vio que yo no entendía nada me empezó a hacer señas queriendo demostrar (muy exageradamente) su buena onda hacia mí. Cuando me vio ponerme la mochila grande se puso más eufórico todavía: “You! Very good! Very good!!”, me dijo mientras yo me bajaba del vagón y me reía sola.

3. “¡Qué cara de ojete!”, me dijo una vez una moza uruguaya mientras miraba la foto carnet de mi documento. Y tuvo razón.

4. “¿Y qué dice tu psicólogo?”. Esta, para mí, fue una de las frases más célebres que me dedicaron. Estábamos cenando en Sudáfrica, en pleno viaje de prensa, y una de las chicas de la mesa (que no era periodista ni bloguera) me preguntó, al escuchar acerca de mi estilo de vida: “¿Y qué dice tu psicólogo?”. ¡¿Por qué asumen que voy al psicólogo?! ¡No hago terapia! *pone cara de enojada y se va*

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5. “Los llevaría pero estoy cargando 60 pares de zapatos”. Estábamos haciendo dedo a la salida de Mar del Plata. Después de dos horas sin suerte, un auto frenó al lado nuestro, bajó la ventana y nos preguntó a dónde íbamos. “A Buenos Aires”, le dijimos. “Yo también, pero voy muy cargado, llevo 60 pares de zapatos, así que no puedo levantarlos”, nos dijo mientras mirábamos su auto vacío con desesperación. “Si dejan las mochilas los llevo, sino no”. Y arrancó y se fue.

6. “¡Esto es crot trip!” (leer con tono de “This is Sparta!”). Estábamos en pleno crot-trip (la antítesis del blogtrip, es decir, un viaje a dedo, con mochilas sucias de tierra, con carpa, con pocas mudas de ropa y con sandwiches que se comen en la vereda) perdidos en medio del campo bonaerense, buscando la ruta de vuelta a Rauch o esperando que algún auto pasara y nos levantara. Pero no había nadie y Rauch no aparecía. Caminamos durante una hora hasta que se hizo de noche y empezó a refrescar. No teníamos dónde dormir (no había ni espacio para armar la carpa) ni cómo volver. En ese momento, Juan Villarino, uno de los viajeros que formaba parte del grupo, dijo con muchísima emoción, golpeando la suela de su zapato contra el camino de tierra: “¡¡¡Esto es crot trip!!!”. Esto es viajar carajo.

7. “¡Eshte tío es el mejor!”. Intento de chamuyo (levante/seducción) en un boliche (discoteca) de Madrid. Yo estaba con una amiga y se nos acercaron dos españoles. Uno señaló al otro, intentó hacerse el casual y nos dijo, con total seguridad y con intención de “vendernos” a su amigo: ¡Este tío es el mejor! Fue como el clásico “Mi amigo es re simpático” que solía escuchar en los boliches porteños. Después, esa misma dupla nos dedicó más frases como: “Tú no eres Argentina, como mínimo polaca” y “¿Conocen a iaio?” (refiriéndose a Yayo y el Cuarteto Obrero).

8. “¿Y vos qué hacés? Sí, ya se que sos blogger, pero ¿qué hacés?”, me preguntó una vez un señor (no recuerdo su puesto) de una agencia de viajes. Cuando le expliqué, me dijo: “¡Ah! Es la fórmula para sacar viajes gratis: ser flogger” (Flogger con F).

9. “Te llamamos de la Municipalidad para avisarte que el mago y el burbujero están haciendo dedo”. Conversación teléfonica escuchada en un despacho de la Municipalidad de Tapalqué. La chica llamó a una maestra (que tenía que hacer esa ruta en auto) para avisarle que mi novio y Dino (el mago de Magia en el Camino) estaban esperando que alguien los levantara en la ruta (como éramos un grupo de seis nos habíamos dividido para viajar en dos autos).

10. “Alí, bienvenido”. Mi amigo Andi y yo estábamos un poco cansados de escuchar, por vez número mil, el clásico “Bienvenidos” de los marroquíes seguido (no siempre, pero casi) de un pedido de propina por algún servicio no solicitado. Así que un día terminamos de almorzar y, en un ataque de estupidez, envolvimos los platos sucios en el mantel de papel, como si fuese un regalo, y le dijimos (imaginariamente, no en su cara) a Alí (quien nos tenía un poco cansados) “Alí, bienvenido”, mientras le ofrecíamos los platos envueltos.

  [singlepic id=7273 w=625 float=center]

11. “¡Aniko, Aniko! ¡Te leemos!”, me gritaron dos chicos desde un auto en Rosario, mientras caminaba por Bv. Oroño. Frenaron al lado mío y, sin bajarse del auto, me sacaron una foto, y uno de ellos me dijo, refiriéndose al amigo: “Tiene que pagarme un almuerzo, porque le aposté que eras vos”.

12. “Where are you from?”, me preguntó un argentino en la calle, pocos días después de mi regreso de Asia, cuando me vio desorientada en busca de la parada del 39. Gran pregunta.

13. “Recto, recto, siempre recto”, nos respondió una señora en Barcelona cuando le preguntamos cómo llegar a la Gran Vía. Repitió su frase unas cinco veces y cuando empezó a cruzar la calle, en dirección opuesta a la nuestra, se dio vuelta y siguió repitiendo su mantra: “Recto, siempre recto”. Parecía la voz de un hada madrina que te da indicaciones cuando más las necesitás. Después, esa frase se deformó y empezamos a usarla para responder todo tipo de preguntas.

14. ” Si mañana se me aparece un marciano y me solicita que le explique cómo es la vida en el planeta Tierra… le daré tu dirección”, me escribió un lector. Ay. *Sonríe y se sonroja*

15. “Querido diario, hoy me quedé dormida”. El segundo día del blogtrip por República Checa me quedé dormida y llegué como 40 minutos tarde. Como viajaba con gente de otros países a la que no conocía me dio un poco de calor haberlos hecho esperarme. Más tarde uno de los chicos, cuando me vio escribiendo a mano en mi cuaderno, puso voz finita y dijo, intentando imitarme: “Dear Diary, today I overslept”. Je.

   [singlepic id=7278 w=625 float=center] Prohibido Trancarolear

16. “¡Dale reina, dale que vas primera!”. Piropo porteño. Iba andando en bici por Buenos Aires y agarré Av. San Juan, que justo estaba vacía. Había un grupo de albañiles trabajando y uno de ellos, cuando me vio llegar pedaleando, me gritó: “¡Dale reina que vas primera!”. Una de las mejores frases que me dijeron.

 17. “No entiendo el cinturón”. Estaba en el auto de unos amigos en Jerez (España) y me llevó unos diez minutos poder ponerme el cinturón de seguridad. Era raro y no entendía cómo iba. Cuando me di cuenta, Andi ya me había filmado en la lucha con la tecnología. El video, si bien es muy divertido de ver, “se extravió” así que “no lo encontré” y “no pude ponerlo en este post”. Una pena.

18. “Vos en diez segundos tenés que mirar todo, viste, y en esos segundos te fijás en las mochilas para ver si son bohemios o son crotos”. Lo que le pasó por la cabeza a un camionero antes de levantarnos en alguna ruta de Buenos Aires. Vio nuestras mochilas y decidió que nosotros éramos bohemios.

19. “Señorita, tiene un moco”. En Costa Rica, mi amiga Belu y yo nos hicimos bastante amigas de un tico al que apodamos Phil (porque siempre se hacía llamar por el apellido y como yo jamás me lo acordaba lo bauticé Phil). Este tico en cuestión, además, nunca dejó de tratarnos de usted (nosotras teníamos 22 años y el tendría 21). Un día estábamos nadando en el mar y en un momento una ola me revolcó; cuando salí del agua Phil me miró y, con mucha seriedad me señaló la nariz y me dijo: “Disculpe, tiene un moco”.

 20. “Anote”. Estaba en un almuerzo (en la casa de los familiares de quienes me alojaban) por el Día del Padre en Bogotá. En algún momento de la charla, le dije a uno de los señores que tomara nota de algo que le iba a decirle a continuación. Me expresé de la manera más respetuosa posible (incluso lo traté de usted) y le dije, como diríamos en Argentina: “Anote”. Y él se empezó a reír a lo loco. Como yo no entendía cuál era la gracia, le pregunté y el me respondió, risueño: “¿Qué me está diciendo? ¿Que tengo un ano muy grande?”. Y ahora cada vez que digo esa palabra me acuerdo de esa situación.

21. “La vida está hecha de historias: grandes, medianas, chiquitas. Puras historias”. Piedad, una de las primas asturianas de mi papá, tiene 89 años y es una de las personas más sabias (y cómicas) que conozco. Ella me regaló muchas frases (algunas muy delirantes), pero está es la que más me gustó. Aunque, mientras escribo esto, me acuerdo de que hubo otra frase que también me quedó muy grabada: Piedad estaba hablando con su prima Sarita (también de ochenta y tantos) y en algún momento de la charla me mencionaron (yo estaba presente), y Piedad dijo, riéndose: “Esta acaba de nacer”.

 [singlepic id=7311 w=625 float=center]

 [singlepic id=7312 w=625 float=center]

[box border=”full”] Sueño suelto: 

Una vez soñé que no sabía en qué lugar del mundo estaba, así que abría Google Maps y ponía “ver mi ubicación”. Pero justo me desperté así que nunca supe. [/box]

En el próximo bloque, otro invitado asegura: “Esta chica le entra al escabio que da miedo”.

[hr]

– Inicio de espacio publicitario –

 [singlepic id=7272 w=625 float=center] Cerveza Pinoy

 [singlepic id=7277 w=625 float=center] Peluquería El Chino Contento

[singlepic id=7297 h=625 float=center] El Mundo del Rock&Noodles

[singlepic id=7310 w=625 float=center] Cerámica e inodoros Isi Joum

[singlepic id=7308 w=625 float=center] Escobas Ambulantes (Promoción especial pague 3 lleve 2)

– Fin de espacio publicitario –

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 Experiencias de Couchsurfing y cosas que ni yo sabía de mí

Viajando hice mucho Couchsurfing: es decir, me quedé en casas de familia alrededor del mundo y recibí a viajeros de todas partes en mi casa. Si bien nunca tuve experiencias negativas (excepto una que rozó lo border, con un huésped que tenía Déficit de Atención —que, a todo esto, dicen que es un mito y que no existe como enfermedad— y que casi no se quiso ir de mi casa), viví muchas situaciones bizarras. Una de las más peculiares ocurrió justamente en Buenos Aires y con un amigo argentino, que quién sabe por qué me mandó una solicitud de Couchsurfing cuando lo único que debería haber hecho era pedirme permiso en persona en vez de escribirme vía Couchsurfing y después hacerse el desentendido. Dejo que él cuente la historia.

[box border=”full”]“Esta chica está enferma”

(Por Mxnxxl Gxtxxrrxz Xrxnx, creador de Proyecto Garco)

De todos mis no-viajes con Aniko (hace años que para mí Aniko es Ani, pero desde que la pegó en las redes me resulta mucho más fácil referirme a ella como Aniko (que es su nombre conocido) en lugar de Ani)… como venía diciendo, de todos mis no-viajes con Aniko, porque nunca viajamos juntos, quisiera compartir especialmente el siguiente:

Aniko, todos los sabemos, es adicta a los viajes y, como tal, está enferma, debemos reconocerlo. Comprobé la gravedad de sus síntomas la mañana del viernes 7 de octubre de 2011 cuando encontré un mail de ella confundido entre muchos otros de trabajo.

La noche anterior Ani había presentado, creo que por primera vez, una serie de fotos suyas en formato de exposición en la Universidad Austral. Después de la exposición, varios de los amigos y conocidos nos fuimos a comer unas pizzas y empanadas a su departamento, piso 18 en el barrio porteño de Balvanera. Éramos varios en la casa de la adictaalosviajes. Charla va, cerveza viene, la noche se estiró y con el paso de las horas se fue desatando una tormenta tan furiosa, tan lluviosa, tan escandalosa, tan de otra cosa, que algunos decidimos quedarnos a dormir en el depto.

A la mañana siguiente —el famoso viernes 7 de octubre de 2011— me fui silencioso de la casa. Afuera las calles estaban empapadas y el aire lleno de cafés y medialunas. Ni bien llegué a la oficina, me acomodé frente al escritorio, abrí el Outlook y entre todos los mails de trabajo apareció el siguiente.

De: Aniko Villalba
Para: Mamo
Asunto: Referencia Couchsurfing

Referencia: positiva

Manuel es muy educado. Me ayudó a lavar los platos cuando los invitados se fueron y halagó mi blog de viajes. Cuando se fue dejó el sillón armado. También trajo cepillo de dientes. Lo recomiendo como huésped.

O la otra versión:

Referencia: negativa

Manuel es un desubicado. Apareció en mi muestra de fotos. Vino a comer a mi casa de arriba, se comió la pizza del resto, se río de mis amigos y encima me cagó el baño. Se burló de mi espejo mientras se lavaba los dientes y como estaba tan ebrio quebró en mi sillón. No me quedó otra que alojarlo. Ni siquiera trajo chocolate.

Ni bien terminé de leer su mail, abrí una nueva pestaña y tipié en Google: “amiga adicta a los viajes + deja referencia de couchsurfing cuando parás en su casa + ni siquiera tengo couchsurfing + hospital psiquiátrico Borda”

[singlepic id=7265 w=525 float=center]

Todo lo que dice Manuel es mentira. Yo (Aniko), como huésped, suelo dejar regalitos como este dibujo, cosa que él jamás hizo. Así que procedo a copiar las referencias (injuriantes y falsas, claro está) que me dejó Manuel después de aquel Couchsurfing no oficial:

Referencia: negativa

Aniko demostró ser lo peor de lo peor como anfitriona. Desde el vamos, me obligó a sacarme los zapatos sin siquiera consultarme si quería o no quería hacerlo. Le pedí un asesoramiento para comprar una mac y tardó 15 minutos en completarme la respuesta, despues de que yo mismo tuviera que retomar el tema unas 3 veces. Pretendio que esperara un colectivo a las 2 de la mañana en la esquina con mayor indice de criminalidad de San Telmo, Monserrat, Balvanera y el Bronx.

o la otra versión:

Referencia: Pésima

Aniko quiso acosarme a través de un mensaje privado en Facebook. Durante toda la noche me tuvo tirado en el piso sobre una alfombra llena de figuras psicodélicas (evidentemente esta chica, si se puede llamar chica, toma ácidos y es adicta a las drogas duras). Su departamento está en un piso 18, imposible dormir las noches de lluvia y viento, duelen los oídos. A media noche, cansado de no poder dormir, quise jugar un solitario y me encontré con que el único mazo de cartas que tiene es un rejunte pedorro de naipes aislados sin relación entre ellos. A la noche me anticipó, supongo que en joda, que podía servirme el desayuno cuando me levantara. A la mañana, ilusionado con salir a la calle bien alimentado, abrí su heladera y sólo encontré botellas de agua y una de Absolut (evidentemente, esta chica, si se puede llamar chica, además de ácido le entra al escabio que da miedo). [/box]

[singlepic id=7268 w=625 float=center] Absolut Petrol

 [singlepic id=7323 w=625 float=center] Manuel es el creador de Proyecto Calco (y esta foto la saqué yo en Marruecos)

 

 * Google quiere recoger margaritas

Viajando por China me hice amiga de tres chicas chinas con las que jamás pude hablar. No nos importó demasiado, igualmente viajamos juntas durante tres días y parecíamos amigas de toda la vida: caminábamos del brazo, nos sacábamos fotos, nos probábamos sombreros… Pero había veces en las que necesitábamos hablar y ahí usábamos la ayuda de un traductor de bolsillo o, si teníamos internet, de Google translate. Una vez estaba sentada en mi compu cuando una de ellas se me acercó y me empezó a hablar, pero al recordar que no podíamos comunicarnos agarró mi compu, abrió Google Translate y empezó a escribir en caracteres chinos. Era muy gracioso ver la traducción en tiempo real, ya que los caracteres chinos van cambiando de significado a medida que se le agregan otros al lado, entonces mientras ella escribía, yo leía algo así: “Quiero decirte algo” *ella seguía escribiendo* “Queremos ir a recoger margaritas al prado” *seguía escribiendo* y finalmente: “Nos vamos a comer, ¿venís?”. Me reí mucho pero no pude explicarle por qué.

[singlepic id=7309 h=625 float=center]

 

Esta edición especial está llegando a su fin, así que para cerrar este capítulo especial:

Cosas que ni yo sabía de mí hasta que empecé a viajar

1. Prefiero la letrina al inodoro. Cuando volví de Asia pensé seriamente en pedir que removieran el inodoro de mi baño y dejaran un agujero en el piso.

2. Hacer trekking me pone de mal humor. Siempre quedo última, siempre me canso antes que el resto y eso me hace putear. Es raro porque me encanta caminar y me encanta la naturaleza, pero el trekking “prediseñado” me exaspera: eso de saber que faltan equis cantidad de kilómetros para llegar es algo que me pone mal.

 [singlepic id=7322 w=625 float=center] Acá me ven con una leve cara de trekking

3. Soy muy poco fina comiendo con las manos. Me enchastro toda, sobre todo cuando como frutas en la calle, como el mango.

4. Me gusta rescatar cosas de la basura. En Portugal, por ejemplo, encontré un paraguas abandonado en un tacho de basura del metro, y me lo llevé. Vino bien porque llovía mucho. En España encontré unas calcomanías y las pegué con orgullo en mi cuaderno (tienen brillito y todo!)

5. Odio el frío y odio viajar a lugares donde hace mucho frío: primero porque me cuesta mucho salir de la cama a la mañana (además me cuesta mucho dormirme con frío), segundo porque se hace de noche muy rápido y siento que no aprovecho el día, tercero porque jamás tuve ropa adecuada para temperaturas extremas y tampoco sé elegirla.

6. Me gusta escuchar conversaciones ajenas y anotar frases sueltas para ver qué se forma.

7. Amo el mazapán. Si hay un premio a la Reina Nacional del Mazapán quiero postularme (siempre y cuando la corona esté hecha de mazapán y me la pueda comer).

8. Me gusta inventar cosas de Argentina. Como en Marruecos, por ejemplo, donde convencí a un marroquí de que en los lagos del sur de Argentina hay sirenas: son mujeres despechadas que prefirieron irse a vivir al fondo de algún lago que seguir en el mundo con los hombres. O como en España donde le dije a un estadounidense que en Argentina hablábamos al revés. Cuándo me preguntó “¿en serio?”, le aseguré: “ís, íS”.

9. No puedo vivir sin alfajores. Eso.

10. Cada vez me da más miedo volar. No me gustan los aviones, son medios de transporte mala onda. Varias veces escribí mi testamento mientras volaba en avión.

11. Le temo con toda mi alma a las sanguijuelas.

12. Amo dos cosas por sobre todas las demás:

[singlepic id=7326 w=625 float=center]

[singlepic id=7327 w=625 float=center]

[box border=”full”]Dice mi amiga Xlgx Mxrtxnxxrx:

Viajar por ahí con Ani fue hacer cada detalle vivido más inolvidable que el anterior. Reir de cosas tan inesperadas, admitir que mi adorada amiga es un imán de cosas bizarras, locas, alucinantes. Cómo olvidarme de las peripecias hechas para conseguir un descuento diciendo: “¿Jorge te llamas? Ese es el nombre de alguien que hace rebajas”. Burlarnos de nosotras mismas al vernos estafadas por una paisanita octogenaria que resultó más rápida de lo esperado a 3500 msnm y huyó subiendo una quebrada mientras nosotras la veíamos atónitas y sin aire para perseguirla. Viajar con Ani es encontrar historias -queriendo y sin querer-, es valorar el detalle inesperado, hacer de la casualidad un pequeño destino. [/box]

Y así termina esta edición alfajor triple de Viajando por ahí. Ojalá la hayan disfrutado. No sé si alguien habrá llegado hasta acá o abandonaron en el primer bloque, igualmente: gracias por acompañarme durante estos 300 posteos. Espero que vengan 300 más. La próxima edición especial será para el número 1000. Bah, tal vez festeje el post 500. Y por si querían saber novedades de mi libro (y si no querían también): ya falta muy poco. Lo terminé de escribir hace unas semanas así que estoy buscando imprenta para tenerlo listo antes del 29 de julio (mi cumple). Igualmente los mantengo informados. Cambio y fuera.

[hr]

Agradecimientos:

[singlepic id=7269 w=625 float=center] A Maradona, por estar presente hasta en la sopa y ayudarme a generar conversación con gente desconocida en todas partes del mundo.

[singlepic id=7290 h=625 float=center] Al conejo enmascarado, que fue quien me inspiró a levantar mi primer naipe en una ruta laosiana.

[singlepic id=7280 w=625 float=center] A Hello Kitty, por generarme una adicción temprana a los gatos.

[singlepic id=7300 h=625 float=center] A estos cuatro, por creer que pueden llegar a ser remotamente parecidos a Los Beatles.

[singlepic id=7302 w=625 float=center] A este señor, por brindarme el soporte técnico de mi blog.

[singlepic id=7301 w=625 float=center] A los alfajores, por existir.

[singlepic id=7292 w=625 float=center] A internet, por hacer todo esto posible.

[hr]

Iba a hacer una sección de

Bloopers

pero no sé si alguien llegó hasta acá y hasta yo estoy cansada, así que les hago un resumen de lo que iba a decir:

– En Penang metí el pie en un pozo, me caí contra el asfalto y me abrí la pera. Tuvieron que darme dos puntos y no me pude reír durante una semana.

– Haciendo sandboard me doblé las rodillas (?) (me las esguincé o algo así)

– Dos veces me vino a buscar una ambulancia. Ambas veces por error. No voy a entrar en detalles.

– En Marruecos me salieron sabañones en los dedos y no pude agarrar la cámara ni escribir durante varios días. Creí que me iban a tener que amputar las manos.

– Me caí al piso más veces de las que voy a confesar (la mayoría de las veces me patiné, otras veces me tropecé y en varios casos me choqué contra personas). Es que a veces me voy volando un poco y necesito que alguien tire de un piolín y me baje a tierra.

[hr]

Y para finalizar

No sé quién hizo esto, pero me parece un buen mensaje para cerrar. Si conocen al artista avisen así lo menciono.

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Niños de noventa años

Muchos años antes de imaginarme que podía dedicarme a viajar, decidí que de grande quería ser filósofa. La culpa la tuvo un libro que leí a los once o doce años y que me dejó un concepto grabado en la cabeza: “Filósofo es aquel que nunca deja de mirar el mundo con asombro”. Lo del asombro me llamó mucho la atención: sentía que el libro me hablaba a mí, que me estaba diciendo que, por más que estuviera creciendo, nunca dejara de ser una nena curiosa y nunca dejara de sorprenderme ante lo cotidiano, ante el mundo. El libro en cuestión era El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder, y esa frase aparecía en este texto que acabo de releer y del que transcribo algunos fragmentos:

«¿Dije ya que lo único que necesitamos para ser buenos filósofos es la capacidad de asombro? Si no lo dije, lo digo ahora: LO ÚNICO QUE NECESITAMOS PARA SER BUENOS FILÓSOFOS ES LA CAPACIDAD DE ASOMBRO. Todos los niños tienen esa capacidad. No faltaría más. Tras unos cuantos meses, salen a una realidad totalmente nueva. Pero conforme van creciendo, esa capacidad de asombro parece ir disminuyendo. ¿A qué se debe?

Veamos: si un recién nacido pudiera hablar, seguramente diría algo de ese extraño mundo al que ha llegado. Porque, aunque el niño no sabe hablar, vemos cómo señala las cosas a su alrededor y cómo intenta agarrar con curiosidad las cosas de la habitación.

(…)

Lo triste es que no sólo nos habituamos a la ley de la gravedad conforme vamos haciéndonos mayores. Al mismo tiempo, nos habituamos al mundo tal y como es. Es como si durante el crecimiento perdiéramos la capacidad de dejarnos sorprender por el mundo.

(…)

Por diversas razones, la mayoría se aferra tanto a lo cotidiano que el propio asombro por la vida queda relegado a un segundo plano.

Para los niños, el mundo —y todo lo que hay en él— es algo nuevo, algo que provoca su asombro. No así para los adultos. La mayor parte de los adultos ve el mundo como algo muy normal.

Precisamente en este punto los filósofos constituyen una honrosa excepción. Un filósofo jamás ha sabido habituarse del todo al mundo. Para él o ella, el mundo sigue siendo algo desmesurado, incluso algo enigmático y misterioso. Por lo tanto, los filósofos y los niños pequeños tienen en común esa importante capacidad. Se podría decir que un filósofo sigue siendo tan susceptible como un niño pequeño durante toda la vida.»

(fragmentos de El mundo de Sofía, Jostein Gaarder)

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Si bien finalmente elegí estudiar Comunicación y no Filosofía, nunca me olvidé de aquel anhelo ni del tema del asombro: viajar se convirtió en mi manera de poner esa mirada de asombro en funcionamiento. Volver de un viaje, a la vez, me enseñó a mirar con asombro el lugar que creía conocer de toda la vida.

Estas reflexiones me surgen porque esta semana fui a dar charlas a un colegio de Buenos Aires. Fue casi de casualidad. Hace unos meses acompañé a Damián a hacer shows de burbujas a ese colegio y alguien me preguntó a qué me dedicaba. No me acuerdo cómo fue la cadena, pero unos días después recibí la propuesta de la coordinadora de Literatura: dar charlas en las clases de Lengua y Literatura de primaria y secundaria para hablar acerca de mi escritura, para mostrarle a los chicos “una escritora más real”. Nunca había dado charlas en colegios, pero acepté igual, feliz de tener esa oportunidad. Cuando me mandaron el cronograma de horarios vi que iba a tener que dar varias charlas para los chicos del secundario (de 15 a 17 años) y dos charlas para los chicos de sexto grado de primaria (de 11/12 años). Dar charlas para alumnos del secundario me pareció más “lógico” (están en edad de pensar qué carrera quieren estudiar, a qué se quieren dedicar y creo que está bueno transmitirles que uno puede hacer de su talento un trabajo) pero dar charlas para chicos de sexto me hizo sentir un poco insegura. ¿De qué les iba a hablar? ¿Les interesaría escuchar acerca de mi escritura? ¿Les interesaría escuchar de viajes? Pensé que se iban a aburrir y que me iban a tirar papelitos.

Qué equivocada estuve.

[singlepic id=7234 h=625 float=center] Mostrando una foto de la aurora boreal.

Cuando entré a la clase me encontré con veinte chicos ansiosos. “¿Ella es la trotamundos?”, escuché que preguntó uno (otro, incluso, me preguntó antes de la charla, mientras estaban en recreo, “¿vos sos Aniko Villalba?”). La maestra les había dicho que miraran mi blog, así que cuando me paré adelante de la clase todos me conocían. Les empecé a contar mi historia (que siempre me gustó escribir y viajar, que un día decidí ponerme la mochila e irme a probar suerte, que viajé por equis cantidad de países, que me pasó tal y tal cosa) y ellos me sorprendieron con la cantidad (y calidad) de preguntas que me hicieron. Preguntas muy simples, muy humanas, algunas inocentes, todas muy sinceras, apelando al costado más sencillo de la vida, del mundo y de los viajes. Cuando les mostré fotos de otros países, de otras personas, de otros paisajes escuché un “guuuaauuu” generalizado y recibí más preguntas aún: “¿Y qué ropa fue la que más te gustó? ¿Y qué se come en China? ¿Y estuviste en Córdoba? ¿Cómo es el transporte público en Asia? ¿Y hubo algún lugar en el que te dieran ganas de quedarte a vivir? ¿Aprendiste a comer con palitos? ¿Y en qué te inspirás para escribir? ¿Y estuviste en algún lugar donde no pudieras comunicarte? ¿Te sentiste sola? ¿Qué escritores te inspiran? ¿Cuál era tu cuento preferido cuando eras chica? ¿Es difícil escribir? ¿Las fotos las preparás o las sacás sin planearlas? ¿Preferís escribir en primera persona o en tercera? ¿Vas con alguna idea del lugar o preferís escribir lo que sentís ahí?”. Y así. Preguntas y preguntas y más preguntas. Preguntas que hace tiempo no recibía ni me hacía.

[singlepic id=7255 w=625 float=center] Les recomendé a Kapuscinski y todo, a pedido de una de las chicas que, sin que yo me diera cuenta, me hizo una entrevista escrita y, cuando terminó la clase, me pidió que se la firmara.

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Una chica incluso me dijo, con total seguridad, después de escuchar mi historia: “Claro, viajar es parte de vos”. Se ve que lo entendió mejor que yo.

Antes de despedirnos nos sacamos una foto grupal y una de las chicas me dijo, riéndose: “Parecemos de otro país”, en referencia a lo que les había contado que pasaba en Indonesia, donde todos querían sacarse fotos conmigo por ser extranjera. Y, antes de irme, otra me dijo: “Tenés que volver”. Yo le dije: “Sí, vuelvo mañana a dar una charla para los chicos del secundario”. Y ella me respondió: “No, más adelante. Tenés que volver”.

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Salí recargada de energía y de felicidad. La curiosidad de los chicos me llenó el alma. Y después pensé: esto no debería parecerme algo raro, el ser humano es así, curioso por naturaleza, pero al crecer esa curiosidad se apaga. Y me pregunté lo mismo que se pregunta el filósofo en El mundo de Sofía: ¿por qué? ¿qué pasa en el medio? ¿Qué nos hace perder esa capacidad de asombro? ¿Por qué damos todo tan por sentado cuando crecemos? ¿Por qué tomamos el mundo como algo normal? ¿Por qué de adultos dejamos de hacer “guuuaauuu” cada vez que vemos algo sorprendente (cotidiano y sorprendente)?

[singlepic id=7249 h=625 float=center] Este paisaje, para mí, es sorprendente. Y lo veo hace 27 años.

[singlepic id=7237 w=625 float=center] El Museo de Tigre

Después de dar la charla, Damián y yo nos fuimos a caminar por Tigre. Seguimos el paseo Victoria, que va paralelo al río, y llegamos al Museo de Tigre, donde está la muestra de Carlos Páez Vilaró, un artista uruguayo al que admiro muchísimo y cuya historia conté en este post. La muestra se llama “El color de mis 90 años”: Páez Vilaró festeja sus noventa años en este mundo haciendo lo que más le gusta: pintando. Si bien ya había visto muchas de sus obras en Casapueblo (su casa en Punta del Este), las del Museo de Tigre me parecieron descomunales. Después me di cuenta por qué: Páez Vilaró, a sus noventa años, sigue pintando como un niño. Usa los colores como un niño, sin miedo, sin dudar, su trazo es muy firme, se nota que no piensa tanto sino que le hace caso a lo que siente. Páez Vilaró pinta con el alma y se nota. Pinta desde lo más profundo de su ser. Ama los colores, ama el mundo, ama el arte y lo demuestra. La exposición tiene decenas (tal vez cientos) de cuadros hechos este año, lo que me hizo preguntarme: ¿cuántos cuadros por semana pinta este hombre? Es tan prolífico que me asombra, me genera admiración. Ojalá yo pueda escribir la mitad de lo que él pinta. Ojalá yo también pueda ser una niña de noventa años algún día. Ojalá pueda seguir teniendo esa vitalidad y esa pasión para hacer lo que más me gusta durante toda mi vida, sin importar mi edad.

[singlepic id=7259 w=625 float=center] No pude sacar fotos adentro, pero les recomiendo muchísimo esta muestra.

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Después del museo nos quedamos mirando el río Luján, el mismo río y la misma vista que veo hace 27 años, ya que paso fines de semana en la isla (el delta del Paraná, ahí mismo en Tigre) desde que nací. Pero esa misma vista en otoño me pareció salida de una postal. Tener un paisaje así, un río así, tan cerca de una ciudad como Buenos Aires es algo irreal, digno de ser festejado.

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Mientras caminábamos de vuelta a la estación, le dije a Damián: “Tengo muchas ganas de verla a Abril”. Abril tiene cinco años y es una de las sobrinas de Maru, mi mejor amiga (una amiga a la que, justamente, conocí en el Tigre, cuando yo tenía tres años y ella ocho). A Abril la conocí hace unos meses, en el casamiento de Maru, y enseguida nos hicimos amigas. Jugamos juntas, le saqué fotos, charlamos. Después de eso no nos volvimos a ver, pero hace unas semanas Maru me contó que Abril encontró mi foto en una de las revistas de La Nación de enero y me reconoció (Nota: publiqué cuatro artículos de viajes en La Nación Revista de enero, uno por fin de semana, y en la firma apareció mi foto). Cuando la vio le pidió a la mamá que le consiguiera los cuatro números y se guardó las revistas en su mesa de luz. De vez en cuando, le pide a su mamá que se las lea antes de irse a dormir. Además de morir de amor, eso me generó ganas de empezar a escribir relatos de viajes para chicos, de comunicarme de manera más directa con ellos, así que tal vez, quién sabe, próximamente…

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Mientras pensaba en Abril le dije a Damián: “Es increíble como uno puede establecer conexiones así habiendo tanta diferencia de edad, ¿no? Porque ella es una nena, y yo…”. Supongo que yo también. Siempre me llevé muy bien con los chicos y con los grandes, pero a destiempo: cuando era chica me llevaba mejor con la gente grande, ahora me llevo mejor con la gente chica. Pero creo que tiene que ver con eso que creció adentro mío cuando leí lo de no perder la capacidad de asombro: ese día decidí que lo que quería, de grande, era seguir siendo una niña.

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*

Les recomiendo el texto Manual para ser niño, de Gabriel García Márquez.

El idioma universal (que hace que el mundo siga girando)

Hoy me acordé del día que estudié el apartheid en la facultad. Fue en una clase de Historia, aunque aquel régimen había terminado hacía demasiado poco como para ser catalogado de “histórico”. Recuerdo que escuchaba las frases de la profesora con horror: “… blancos y negros no podían viajar en los mismos transportes ni vivir en los mismos barrios…”, “los negros no podían votar, no eran considerados ciudadanos sudafricanos”, “vivían en las peores condiciones y necesitaban pases o pasaportes para entrar a ciertas ciudades del país”… ¿Cómo era posible que el ser humano discriminara a los de su especie por algo tan superficial como el color de la piel? ¿Cómo era posible que esa segregación racista hubiese llegado a ser legal? ¿Cómo podía algo tan malo, tan tan malo, regular la vida de toda una sociedad? ¿A quién se le había ocurrido que “blanco era bueno” y “negro era malo”? ¿Cómo podía ser que se tratara a una raza como “inferior” y a otra como “superior”? No me entraba en la cabeza y, sin embargo, en algún lugar del mundo había ocurrido.

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A medida que fui creciendo —y que fui tomando conciencia de lo que ocurría en el planeta— me enteré de que existían atrocidades como las guerras, los genocidios, la tortura y la esclavitud y dentro mío se instaló un sentimiento de tristeza, rabia e impotencia que nunca más me abandonó. Escuchaba y leía acerca de esas cosas y sentía indignación por el comportamiento humano, impotencia por querer hacer algo para cambiar el mundo y no saber qué, odio hacia los que impulsaban pensamientos y acciones así y tristeza por un mundo que descubría tan lindo y tan horrible a la vez. No podía entender la necesidad de las guerras, no podía entender la discriminación, no podía entender cómo a un loco se le ocurría matar a cierto tipo de personas por la razón que fuere y arrasaba con una población entera como si nada. No podía y aún no puedo entenderlo. Es algo que me genera muchísima angustia y que nunca voy a poder aceptar. Hay cosas de este mundo que, de tan crueles, directamente me parecen absurdas. ¿Qué necesidad tiene el hombre de hacer estas cosas? 

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Por eso desde que llegué a Sudáfrica soy un manojo de emociones. En realidad soy así desde siempre y más desde que empecé a viajar y a ver todo lo bello y lo feo de este mundo, pero acá en Sudáfrica las emociones, de todo tipo, se me cruzaron. No sé cómo voy a hacer para traducir todo lo que me pasa por dentro, todos los estados que atravieso, a palabras. ¿Cómo convertir las emociones, esas sensaciones tan personales e intangibles, en algo tan acabado y racional como las palabras? ¿Cómo trasladar esta mezcla de sensaciones al papel? África me genera de todo. Y cuando digo “de todo” es, literalmente, de todo. No sé ni por dónde empezar. La procesión siempre me va por dentro, pero a veces necesito sacarla a respirar. Por eso escribo esta reflexión que ni sé en qué conclusión va a terminar (si es que va a tener conclusión). Pero necesito escribirla.

[singlepic id=7116 w=625 float=center] Primeras imágenes de Soweto

Después del safari de bienvenida nos fuimos a pasar dos días a Johannesburgo, la ciudad más grande de Sudáfrica. En el camino hicimos una parada en la Cuna de la Humanidad: un complejo de cuevas en el que se encontraron los restos fósiles de los seres humanos más antiguos del planeta (la “Señora Ples”, por ejemplo, vivió hace 2.3 millones de años y “Pie Pequeño” hace 3.3 millones). Hoy las cuevas son un centro arqueológico y turístico de Sudáfrica y caminar por ahí adentro es una experiencia bastante rara. Es rara porque ahí empezó todo. Todo mi mundo, todo lo que tengo hoy, todo lo que somos hoy, nació ahí, acá. La semilla humana fue plantada acá mismo, en este continente. Y mientras nosotros, un grupo de extranjeros “modernos”, caminábamos por un lugar con más de 3 millones de años de historia y veíamos todo con la visión de personas que llegaron 3 millones de años después, yo me preguntaba: ¿Se imaginaría el hombre de las cavernas que algún día alguien igual pero distinto a él caminaría por su casa? ¿Por dónde caminará el hombre dentro de 3 millones de años? ¿Habrá hombre? ¿Tendrá por dónde caminar? ¿Habrá mundo para aquel entonces? ¿O lo habremos destruido del todo?

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Seguimos rumbo a Joburg (así le dicen a Johannesburgo) con música africana de fondo y un paisaje verde en cada ventana de la combi. El conductor de la radio dijo, en algún momento del programa, una frase de la que solamente escuché esto: “…we are here in this beautiful planet called Earth, a beautiful place to live in…” y por primera vez sentí que alguien en la radio me hablaba a mí, a todos, a todo el planeta, sin importar dónde hubiésemos nacido. A medida que nos acercábamos a la ciudad comencé a ver algo que imaginé que iba a encontrar en África: vida callejera. Al costado de la ruta había puestos de venta de comida, hair salons, gente caminando, vendiendo, esperando, charlando, compartiendo… Muy Asia, me dije. No puedo evitar la comparación, aunque sean lugares completamente distintos.

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Estuvimos en Johannesburgo dos días y yo me prometí volver, aunque no a la ciudad en sí sino a Soweto, las “South Western Townships” de Joburg. Soweto es un área urbana ubicada a 24 km de Johannesburgo, en las afueras de la ciudad; tiene entre 3 y 4 millones de habitantes y es lo que en Sudáfrica se conoce como township: una zona de viviendas que entre fines del siglo 19 y finales del apartheid (1991) estuvo reservada exclusivamente para los “no-blancos”. Como los negros, los “coloureds” (gente de color, descendientes de padres mezclados, de los que hablaré en otro post) y los indios no podían vivir en los mismos barrios que los blancos, el gobierno los forzó a dejar sus casas y mudarse a las townships (que, a su vez, estaban separadas por grupos étnicos no-blancos). Soweto, en particular, fue construida por el gobierno en 1948 para alojar a la creciente población negra de Johannesburgo, pero las condiciones eran muy precarias: los habitantes vivían hacinados, las escuelas eran deficientes, los profesores no tenían estudios universitarios, no había agua potable ni electricidad en las casas.

[singlepic id=7075 w=625 float=center] Imágenes de Soweto hoy

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[singlepic id=7106 w=625 float=center] Hay todo tipo de construcciones…

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Soweto se hizo mundialmente conocida en junio de 1976, cuando ocurrió uno de los incidentes más tristes de la historia de Sudáfrica. El 6 de junio de 1976, unos 20.000 estudiantes de los colegios secundarios de Soweto salieron a la calle a protestar contra una de las últimas medidas del gobierno blanco. Los estudiantes negros no querían recibir su educación en afrikáans, el idioma de los afrikaneres o boeres (los sudafricanos blancos descendientes de los primeros colonos holandeses que llegaron a la zona, accedieron al poder y establecieron las leyes segregacionistas del apartheid), sino en sus propias lenguas africanas. Pero lo que empezó como una marcha pacífica se convirtió en una masacre: la policía ingresó a las calles de Soweto y mató a más de 500 estudiantes. El primero en morir fue Hector Pieterson, un estudiante de 13 años que se convirtió en un símbolo de la resistencia anti-apartheid. Uno de los museos más importantes tiene su nombre y resume la historia y la caída del régimen. Soweto fue uno de los principales motores de la resistencia anti-apartheid y en una de sus casas vivió, además, Nelson Mandela, uno de los hombres que más bien le hizo a este mundo. Mandela, en resumen, luchó contra el apartheid, sobrevivió a una encarcelación de 27 años, fue el primer presidente democráticamente electo de Sudáfrica (1994-1999), recibió el Premio Nobel de la Paz y fue el responsable de la reconciliación de Sudáfrica. Cuando llegó a la presidencia instó a su pueblo a no sentir rencor, a reconciliarse por el bien de sus hijos y del futuro del país.

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[singlepic id=7080 w=625 float=center] La casa de Mandela en Soweto (hoy es un museo)

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Llegué a Soweto llena de preguntas. ¿Seguiría siendo un barrio solamente de negros? ¿Sería peligroso para un turista blanco entrar ahí? ¿Cómo nos miraría la gente? ¿Les molestaría vernos caminar y sacar fotos? ¿Nos tratarían mal? ¿Tendrían rencor ante nosotros por el color de nuestra piel? Si bien no creo en las diferencias raciales sigo siendo una mujer occidental blanca, y para muchos mi aspecto puede generar prejuicios: “es blanca, seguro que es así o asá”. ¿Me mirarían con odio? ¿Lograría entablar algún tipo de conexión con la gente? ¿O la cercanía temporal del apartheid seguiría manteniendo una separación informal entre personas de distinto color? ¿Podría comunicarme de persona a persona o siempre seguiría siendo, para ellos, “una blanca”?

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[singlepic id=7086 w=625 float=center] Fragmentos de la nueva constitución sudafricana

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Recorrimos Soweto de maneras que no me esperaba. Caminamos un rato por una de las calles principales —la más turística— pero no vimos nada más allá de mercados y restaurantes puestos para los turistas y chicos que nos cantaban canciones a cambio de algunas monedas. Apenas nos desviamos por una callecita pudimos encontrarnos con un ambiente un poco más auténtico e interactuar, aunque sea mínimamente, con la gente. Yo llevaba la cámara colgando y varios me pidieron que les sacara una foto. Otros nos saludaron. Otros no nos dieron demasiada importancia. Yo solamente pensaba en las ganas que tenía de hacer Couchsurfing ahí, de dormir en una de esas casas, de compartir comida e historias con esa gente, de jugar con todos los chicos que veía sentados en las veredas. Al día siguiente recorrimos Soweto en cuatriciclo, otra experiencia rara. Ahí íbamos nosotros, los turistas, en cinco cuatriciclos en medio de las calles de tierra, en medio de la rutina de los habitantes de Soweto. Mirábamos la vida desde la velocidad de nuestro vehículo y yo temía que nos devolvieran miradas con bronca, que les molestara que estuviéramos ahí. Pero no. La reacción de la gente —especialmente de los niños— me sorprendió y me conmovió.

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[singlepic id=7078 h=625 float=center] “Take my picture!”

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Nene que nos cruzábamos, nene que nos saludaba emocionadísimo con las dos manos al grito de “hello, hello!”. Los más chiquitos incluso nos tiraban besos (¡besos!). Algunos querían darnos la mano. Todos, grandes y chicos, nos miraban pasar y nos sonreían, sonrisas cálidas y sinceras. Nosotros les devolvíamos el saludo y la sonrisa. Yo, más que andar en cuatriciclo, quería bajarme y caminar, tomarme mi tiempo, entablar alguna conversación… Y en un momento del “tour” tuvimos suerte: uno de los cuatriciclos se rompió y tuvimos que parar obligatoriamente al lado de una cancha de fútbol. De la nada aparecieron unos quince chicos de entre 3 y 9 años y nos empezaron a mirar con curiosidad. Me acerqué a ellos y los saludé; les pregunté cómo se llamaban y cuántos años tenían. Me respondían con timidez, pero me respondían. Les regalé dos bananas que tenía en la mochila y le dije que eran para todos, que las compartieran. Uno de los nenes las agarró, las cortó en pedacitos y los fue repartiendo entre todos. Cuando saqué la cámara se empezaron a reír. Les pregunté si podía sacarles fotos y me dijeron que sí. Al principio posaron con un poco de vergüenza, pero cuando les mostré la pantalla con las fotos se soltaron. Durante los veinte minutos que estuvimos ahí se fueron turnando para que les sacara fotos de a uno. Cuando nos fuimos me dijeron gracias, me saludaron con la mano y me regalaron más sonrisas. Y yo casi muero de amor. Había sido mi primer contacto directo con nenes africanos y ya sentía que quería llevármelos a todos. Lo que más me conmovió de la situación, de todos estos días, fue que nos recibieran con tanto amor. Después de todo lo que habían vivido sus padres, ellos (ni los chicos ni los grandes) no nos recibían con bronca ni con rencor (como pensé que pasaría). Nos recibían con amor. Con el tipo de amor que permite que el mundo pueda seguir girando a pesar de todo.

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Unos días después, en Durban (otra ciudad que visitamos), pasó algo que para mí resume un poco esta mezcla de emociones que siento. Fuimos a cenar a un restaurante/bar “de moda” ubicado en una de las township de la ciudad. Yo esperaba encontrarme con un lugar comunitario, creí que íbamos a comer con la misma gente de la township, pero no. El lugar estaba enclavado ahí pero no tenía nada que ver con los alrededores. Era el bar de moda y punto. Tenía un tipo en la puerta que decidía quién entraba y quién no y la música estaba a todo volumen, inundando la tranquilidad de los barrios. Nos sentamos en el segundo piso a comer y yo me fui un rato a mirar la vista desde un balcón. Abajo, a pocos metros, estaban las casas. Yo sentía algo que me ponía mal, sentía que nuestra presencia era una burla hacia la gente que vivía allá abajo, como un “hola, miren como comemos y nos divertimos mientras ustedes están ahí abajo con, tal vez, poco o nada para comer”. A la vez veía que la gente de la township estaba reunida afuera, charlando sentada en las puertas de las casas, y sentía unas tremendas ganas de salir del bar e irme a compartir un rato de su vida con ellos. En uno de los patios de las casas de abajo jugaba, sola, una nenita negra vestida de rosa. Debía tener unos 4 o 5 años. Yo la miraba, apoyada contra la baranda del balcón, hasta que miró hacia arriba y me vio. La saludé con la mano y le sonreí. Me devolvió el saludo con una sonrisa enorme, con tanta efusividad y tantas veces que la madre salió a ver qué hacía. Cuando la mujer miró hacia arriba y me vio, hizo lo mismo: me sonrió, una sonrisa inmensa, y me saludó efusivamente con la mano. Durante unos segundos, tal vez un minuto, nos miramos, nos sonreímos y nos saludamos. Yo, una extranjera, desde la terraza del bar de moda, ellas, madre e hija sudafricana, desde el patio de su casa. Estábamos muy cerca y muy lejos a la vez.

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En ese momento me dieron ganas de llorar: de tristeza, de emoción, de alegría. Y en ese momento me di cuenta de que son estas sonrisas espontáneas —este intercambio de amor que todos los seres humanos somos capaces de hacer y de ofrecer en cualquier lugar del mundo, sin importar el lenguaje, la raza ni la nacionalidad— las que hacen que nos reconozcamos como humanos, más allá de nuestras diferencias, y podamos, de a poquito, ir arreglando este mundo juntos.

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