Mapa de emociones de Buenos Aires

Hace casi dos años, cuando nos conocimos en Madrid, K. me preguntó qué le recomendaba ver en Buenos Aires. Ella estaba por mudarse de manera definitiva a mi ciudad y quería tener una lista de lugares para recorrer. No me acuerdo bien qué palabras usó, pero me dijo que quería conocer rincones que fuesen especiales para mí y no los que aparecen en todas las guías. Unos días antes, yo había encontrado [eafl id=”21143″ name=”Viajes experimentales” text=”el libro de Viajes experimentales de Lonely Planet”] en la biblioteca de unos amigos y me había anotado algunos juegos que me gustaban, entre ellos el Hilo de Ariadna, que propone algo así:

[box]Consigna: deja que Ariadna te guíe por el laberinto de una ciudad nueva.

Instrumentos: Ariadna, una amiga, una amiga de una amiga, o una Ariadna sacada al azar de la guía telefónica. Nota: no es necesario que se llame Ariadna.

Método:
1) encontrá un teléfono
2) llamá a Ariadna
3) pedile una lista de sus diez lugares preferidos (o los que quiera compartir) de la ciudad donde vive. Nota: no tienen que ser lugares de interés turístico sino lugares especiales para ella.
4) marcá estos lugares en el mapa y unilos con una línea. Este es tu hilo de Ariadna.
5) seguilo.[/box]

Durante varios días, en 2014, le preparé el Hilo de Ariadna versión Ciudad de Buenos Aires a K. y al final nunca se lo mandé. Así que acá está, tarde pero seguro. No les recomiendo que lo sigan, no van a encontrar nada extraordinario, solo espacios vacíos. Viajar con un mapa de emociones es como perseguir fantasmas ajenos: uno va a una calle, plaza o intersección a ver algo que existe y a la vez no. Pero tal vez, pienso ahora, su fuerza está ahí, en lo que evoca, en eso que sabemos que fue y que ya no está. Las esquinas y rincones de la ciudad dejan de ser coordenadas anónimas y toman otra consistencia: son el escenario de cosas que pasaron alguna vez, cosas chiquitas, mundanas, insignificantes para el resto de la gente pero importantes en la vida de uno de sus habitantes. Y saber eso, quizá, nos hace sentir menos solos. Y al final las ciudades son eso, hilos de Ariadna que se entretejen y forman telarañas y nos atraviesan a todos.

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* Avenida Santa Fe y Paraná, a mitad de cuadra

Era viernes a las seis de la tarde, hora pico, la gente iba y venía por Santa Fe cargando bolsas, hablando por teléfono, mirando vidrieras. Estaba medio perdida así que frené contra una pared y me agaché para sacar la Guía T —una guía de bolsillo con los mapas de Buenos Aires— de la mochila. Siempre fui desorientada, incluso en calles por las que caminé toda la vida. Cuando me levanté, enfrente mío había frenado un chico pelado y vestido de naranja. “¿Te puedo mostrar unos libros que estoy vendiendo?”, me preguntó. Yo acababa de publicar mi primer libro, cómo iba a decir que no. Me dio uno que hablaba de lo que pasa después de la muerte. Me quedé en silencio. “Se acaban de morir dos personas muy importantes para mí y necesito respuestas”, le dije. El chico era hare krishna. Nos quedamos charlando y descubrimos que teníamos amigos en común. No sé qué más me dijo, solo recuerdo una frase porque la anoté: “La infelicidad proviene del apego”. Le compré uno de sus libros por quince pesos. Esa escena, para mí, ocurrió en otro plano: nosotros hablando de la muerte, en paz, mientras alrededor empezaba la vorágine del fin de semana. Fue como levitar un ratito.

Vista de la calle Santa Fe, aunque a otra altura

Vista de la calle Santa Fe, aunque a otra altura

* Arenales casi llegando a Aráoz

Ahí, medio escondida, hay una pileta de natación. Ya perdí el rastro del nombre, porque en estos 15 años tuvo muchos. Cuando yo iba se llama Palermo Acuarel. Entrando al hall hay un bar, al fondo, y al lado una especie de cúpula rectangular de vidrio que ocupa casi toda la planta baja. A través de ese vidrio se ve, en el piso de abajo, lo que sería el subsuelo, la pileta. En esa pileta aprendí a nadar, pasé colonias de verano jugando al waterpolo y parte de mi adolescencia entrenando para torneos. Tuve muy buenos amigos a los que casi no volví a ver. Una vez le pedí a una amiga que fuese a sacarme fotos —con cámara a rollo, todavía— para tener alguna del chico que me gustaba. No sé dónde quedó ese álbum ni si sobrevivió a mis ataques de limpieza. Cada vez que paso por alguna pileta y siento el calorcito del olor a cloro, me acuerdo de Palermo Acuarel.

No tengo fotos de todos estos lugares, así que algunas son de otros rincones que también me gustan. Esta es de San Telmo, Carlos Calvo casi Paseo Colón.

No tengo fotos de todos estos lugares, así que algunas son de otros rincones que también me gustan. Esta es de San Telmo, Carlos Calvo casi Paseo Colón.

* Paredón rojo sobre la calle Thames, en Palermo Viejo

Pasé tres años de mi vida almorzando contra esa pared. Éramos casi siempre las mismas cuatro chicas y nos reuníamos ahí durante la hora de recreo largo del colegio. Nos sentábamos en la vereda, afuera del edificio, contra esa pared medio bordó y usábamos las heladeritas como mesa. Mi mamá solía mandarme patitas de pollo o milanesas, otras veces comprábamos pizza o sandwiches en el quiosco de la esquina. La frase célebre era: “Me canto los bordes de Ani”, porque yo siempre dejaba el final de la pizza en el plato. Nunca faltaba la manzana apurada de mi amiga Sofi. Ella comía rápido y yo lento, así que siempre nos reíamos de que cuando yo empezaba a abrir el tupper, ella ya estaba pelando la manzana. De todos los años de colegio, ese debe haber sido el lugar más feliz que tuve. Hace poco volví a pasar y la pared me pareció distinta, como desteñida y más chica.

Al final una misma ciudad significa distintas cosas para cada uno. Todos la miramos desde un ángulo distinto.

Al final una misma ciudad significa distintas cosas para cada uno. Todos la miramos desde un ángulo distinto.

* Plaza Roma, sobre la calle Bouchard

No sé si sigue estando en el mismo lugar, pero en esa plaza había un banco y en ese banco me senté el día que salí de la antigua redacción de La Nación, dos semanas antes de irme de viaje por primera vez, en el 2008. Había tenido una reunión en el diario y me habían propuesto escribir un blog de viajes que iba a salir publicado en la web del diario. Dije que sí. Y cuando salí del edificio me tuve que sentar en ese banco de los nervios. Ese blog lo iba a ver mucha gente, y yo nunca había viajado ni escrito blogs. En el cuaderno que llevaba encima, escribí: “Siento que hoy es el antes de un después”.

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* Pampa y Figueroa Alcorta

Sri Ravi Shankar estaba en Buenos Aires y yo también. Habían anunciado que haría una meditación masiva y, si bien no sabía meditar ni era fan de este señor, fui. El punto de encuentro era el espacio abierto de Pampa y Figueroa Alcorta, pero cuando llegamos no había nadie. Un auto frenó al lado nuestro y unos chicos nos preguntaron si sabíamos dónde era la meditación. Habíamos escuchado al pasar que era por ahí cerca, así que les dijimos y les pedimos si podíamos ir con ellos. Nos subimos al auto. Fue la primera vez que hice algo muy parecido al autostop en plena ciudad.

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Así fue la meditación masiva

Así fue la meditación masiva

* Ciudad Cultural Konex, La bomba de tiempo, cualquier lunes

La primera vez que fui, la entrada costaba siete pesos. Hoy está a más de setenta. Me llevó un chico con el que estaba saliendo y a partir de ese día empecé a ir cada vez que pude. La Bomba de Tiempo es una banda de percusión que improvisa sobre el escenario. Imposible que no te hagan bailar y volar. Ahora hace mucho que no voy, pero el patio del Konex es otro lugar repleto de recuerdos.

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* Salguero casi llegando a Figueroa Alcorta

Era mi primer día de trabajo como asistente de comunicación en el Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) y decidí ir en bicicleta. El último tramo, antes de llegar a Figueroa Alcorta, era en bajada así que fui medio rápido. Un taxi frenó de golpe y antes de darme cuenta me choqué de frente con la puerta del asiento atrás, que justo se había abierto. Muerta de vergüenza, le pedí disculpas a la pasajera. Cuando vi quién era me quise morir. La que iba en el asiento de atrás y a quien casi atravieso con mi bicicleta era mi jefa. Así empezaba nuestra relación (que después de eso fue excelente).

* Parque Las Heras

Debo haber pasado más horas en este parque que en ningún otro lugar de Buenos Aires. Empecé a ir en pañales, al principio gateaba por el pasto, después caminaba y corría. Lo que más me gustaba era la calesita, dar vueltas sobre esos caballos de madera que subían y bajaban, sacar la sortija y ganarme otra vuelta gratis. Más adelante empecé a andar en patines por la pista, me agarraba de una de las barras, que era más alta que yo, y dejaba que mis pies patinen y mi cuerpo se balancee. Más de grande se convirtió en un lugar de encuentro con amigos, un rincón donde tirarse un poco al sol entremedio de tanto edificio. Ahora, cada vez que estoy por el barrio, me siento un ratito en un banco y miro los árboles y los perros.

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Así era cuando iba a jugar a la plaza

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La calesita

* Esquina de Coronel Díaz y Juncal

Fue en el 2001, la noche antes del once de septiembre. Yo volvía del boliche con S. y sus amigos. Ese día nos habíamos puesto de novios. Creo que era como la cuarta vez que nos veíamos. Teníamos 16 años. S. y yo íbamos en el asiento de atrás, abrazados. Antes de bajarme me dio un beso, me miró y me dijo: “Me gustás mucho”. Era la primera vez que un chico me decía algo así. Me bajé enamorada y el auto se fue. Volvimos a vernos cada fin de semana durante casi un año. Al día siguiente mi mamá me despertó con la tele: “Mirá Ani, se están cayendo las Torres Gemelas”.

* Alguna esquina de la calle Piedras, en San Telmo

Íbamos caminando con dafne, la noche estaba lindísima, estábamos dando vueltas desde las tres o cuatro de la tarde. Para no olvidarnos nunca de ese día, me agarré de un farol y le dije a daf: “Vos acordate, siempre, que esta esquina te la regalé yo”. Me olvidé qué esquina era.

Ventanas de La Boca

Ventanas de La Boca

* La plazoleta del Obelisco

Este es uno de esos lugares porteños que va mutando según el día. El Obelisco no importa, importa lo que pasa debajo: festejos por partidos de fútbol, reuniones del club de fans de Justin Beiber, gente sacándose autofotos, gente a la que le roban la cámara, manifestaciones políticas, miles de bicicletas que se juntan ahí para la Masa Crítica, gente durmiendo. Yo una vez, desde ahí, vi dos arco iris juntos.

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El Obelisco con dos arco iris

* Humberto Primo 471

Acá participé por primera vez en un taller de narrativa y ficción.
Acá conocí a Pedro Mairal.
Acá sentí nervios al tener que leer mis textos frente a trece desconocidos.
Acá comí medialunas durante ocho viernes.
Acá conocí escritores que admiro.
Acá conocí al editor de mi próximo libro.
Acá nos hicieron salir a dar una vuelta por San Telmo con los ojos vendados.
Acá escuché sonidos a los que mis ojos nunca le habían prestado atención.
Acá festejé un cumpleaños.
Acá me peleé con un novio.
Acá estuvo el bar Orsai.

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* Avenida San Juan, pasando 9 de Julio

Un domingo salí a andar en bici por San Telmo y Barracas. Estaba pedaleando por Avenida San Juan, sola. Por la calle no venía nadie. Pasé al lado de un grupo de trabajadores que estaban arreglando algo en la vereda. Uno me gritó: “¡Dale, reina, que vas primera!”. Me aplaudieron.

* La Reserva Ecológica

Cuando descubrí que tenía la Reserva Ecológica tan cerca no pude creer que hubiera un lugar así en la ciudad, con caminos de tierra, árboles, río. Ir en bici a mitad de semana es como irse de viaje. Casi todos los caminos desembocan en el río. Hay un punto desde donde se ven los edificios de Puerto Madero, a lo lejos, tapados por la vegetación. Parece una escena post apocalíptica. En alguna parte de la Reserva, no sé precisar bien dónde, hay o había una cancha de cemento. Durante una época fui con paletas de playa a jugar. Ahora voy cuando quiero desenchufarme.

Buenos Aires después del apocalipsis

Buenos Aires después del apocalipsis

La Reserva Ecológica

La Reserva Ecológica

* El Paseo de la Historieta

Cuando iba a la facultad pasaba cerca, en los colectivos que iban por Paseo Colón, y cada vez que veía esas calles empedradas y llenas de árboles me daban ganas de bajarme. Después me olvidaba y a la mañana siguiente volvía a ver esos árboles y pensaba lo mismo. Durante el último año de carrera empecé a trabajar ahí cerca y me fui encontrando con las esculturas durante el horario de almuerzo, de casualidad. Cuando vinieron mis amigas de Perú me pidieron de ir a ver a Mafalda, así que fuimos hasta una de las esquinas del Paseo de la Historieta, a muy pocas cuadras de donde yo pasaba en colectivo todas las mañanas, y les saqué fotos. Nunca hice el paseo completo. Hoy, cuando terminé de escribir este post, L. me preguntó si la conocía a Mafalda. Obvio, fue mi respuesta, mientras sacaba el libro de [eafl id=”21144″ name=”Toda Mafalda” text=”Toda Mafalda”] de la biblioteca. Y me dijo: “Quiero ir a ver esto, vení, mirá”. Y me mostró fotos en Google de Mafalda sentada en un banco en la esquina de Defensa y Chile.

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* Los escalones del parque Lezama

El parque Lezama tiene muchas subidas y bajadas, también tiene mesas de ajedrez y una iglesia ortodoxa rusa enfrente. Entre todo eso hay una zona de escalones en anfiteatro donde la gente va a sentarse. Ahí pasé la tarde de mi cumpleaños número veintiocho. Me senté al sol y leí un libro de Kapuscinski. Esa mañana había llevado el manuscrito final de mi primer libro a imprenta.

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* Las paredes de Honduras, en Palermo Viejo

Todas las calles que cruzan o van paralelas a Honduras tienen arte callejero. Siempre quise pintar paredes y tuve una época en la que se me dio por hacer stencils. Fabriqué cuatro: el Submarino Amarillo, la cara de John Lennon de Imagine, Woodstock —el amiguito de Snoopy— con una flor, y la banana dibujada por Andy Warhol. Y salí de noche, con aerosoles de tres colores, guantes de látex y bicicleta, a llenar las paredes de Honduras de stencils. No sé si quedará alguno visible, fue hace muchos años. Una amiga, incluso, me pidió que le hiciera uno enfrente de su casa en Las Cañitas. Le hice un Woodstock con aerosol rosa. La última vez que pasé ya no estaba.

Uno de mis stencils

Uno de mis stencils

Woodstock

Woodstock

Y más arte por Palermo Viejo

Y más arte por Palermo Viejo

* Una esquina de Microcentro, en la puerta de un banco

Durante mucho tiempo, no sé si seguirán, había una banda de ska que tocaba todas las tardes en la puerta de un banco en Microcentro, a esos de las seis de la tarde. Nunca me aprendí las coordenadas exactas porque me encantaba encontrármelos de casualidad, escuchar la música a lo lejos y buscarlos usando los oídos. Se reunía bastante gente alrededor, algunos bailaban. A mí me gustaba escucharlos por el contraste que generaba su música colorida con el gris del centro.

Una esquina cualquiera de Microcentro

Una esquina cualquiera de Microcentro

* Un escalón al lado de Güerrin, sobre la calle Corrientes

Descubrí las pizzerías del centro hace unos cuatro años, cuando unos amigos me invitaron a hacer la ruta de la pizza, un recorrido autogestionado que consiste en comer una porción de muzzarella en la barra de cada una de estas pizzerías (El Cuartito, Güerrin, Las Cuartetas, etc). Es la versión porteña de irse de tapas, aunque en un perímetro reducido y con mucha cerveza y muzzarella. Después de las masas críticas también solía ir a Güerrin: haber pedaleado seis horas merecía ese premio. Una vez fuimos varios, nos compramos una grande de muzzarella, nos sentamos afuera, en la vereda, y comimos la pizza ahí mientras la gente salía de los teatros. Era sábado a la noche. Comer en la calle mientras la gente hace su vida siempre me hace sentir de viaje. Creo que ese fue el día que vi cómo sacaban de baldes bolas enormes de muzzarella para hacer las pizzas.

* Pasaje Lanín, Barracas

Cuando internaron a T. en el Moyano, un hospital psiquiátrico para mujeres en Barracas, frené varias veces en este pasaje antes o después de ir a verla. Me daba paz. Es una calle con casas decoradas con mosaicos, y si te parás en el medio no escuchás ningún ruido de la ciudad.

Casas del Pasaje Lanín

Casas del Pasaje Lanín

* El 152

Estábamos volviendo de Martínez en el 152. Para pasar el tiempo, le leí textos en voz alta a mi pareja de aquel entonces. Uno de estos textos era Osito, una historia que había escrito para el taller de Pedro acerca de uno de los objetos que tengo hace más tiempo en mi vida: mi osito de peluche. Se lo leí medio bajito porque me daba vergüenza que alguien escuchara. Cuando terminé vi que el chico que estaba parado al lado nuestro nos miraba y sonreía. Creo que escuchó todo. Me miró y dijo: “¿Aniko Villalba?”. Era lector de mi blog. Me puse roja.

* Las bicisendas de Carlos Calvo y Billinghurst

Me encanta andar por estas bicisendas. La de Carlos Calvo casi siempre está vacía. Pasa por zonas de casas bajas y antiguas, almacenes y veredas arboladas. Va por una Buenos Aires donde el caos no se ve, donde el ritmo es otro. La de Billinghurst pasa, entre otros lugares, por un almacén de paredes verdes, en una esquina de Almagro. Frené muchas veces a mirarlo. Después me fui por dos años, y hace unos días volví a hacer el trayecto y no lo encontré.

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* Avenida 9 de Julio de madrugada y con lluvia

Eran las siete de la mañana. Había ido a una fiesta de casamiento y estaba caminando por la 9 de Julio con un amigo. Yo tenía un vestido negro con lunares blancos, corte princesa. Él estaba de traje. Llovía. La ciudad estaba gris. Nosotros caminábamos charlando debajo de mi paraguas rojo. Siempre quise que alguien sacara una foto de esa escena tan urbana. Parecía una publicidad de algún perfume.

9 de Julio de día

9 de Julio de día

* La casa de mis abuelos en Saavedra

Los recuerdos son difusos. Pasé muchos domingos ahí hasta que mis abuelos murieron, a mediados de los noventa. Me acuerdo de las cajitas con collares y anillos que tenía mi abuela, de la heladera antigua, de los pinceles de mi abuelo, de sus manos que temblaban, de las mantas tejidas y las cortinas y del olor a óleos y a tiempo. Hace poco, una lectora me escribió para contarme que había descubierto que vivía, justamente, en el departamento que había sido de mis abuelos.

* El río Paraná, en el Tigre

Pasé gran parte de los fines de semana de mi infancia en el Tigre. Yo lo daba por sentado hasta que me fui de viaje y entendí que tener un delta así tan cerca de la ciudad es un privilegio. Crecí remando en canoas, nadando sin ver el fondo, yendo al Paraná a pasar la tarde. Si pudiera hacer una X en el mapa argentino sería ahí, en la primera sección del río Paraná, cerca de la costa, en una canoa atada de un muelle ajeno, con la luz de la luna iluminando el agua y el río meciéndome. La gran mayoría de mis sueños tienen de escenario el Tigre.

Este arroyo sale al Paraná. Si lo habré nadado...

Este arroyo sale al Paraná. Si lo habré nadado…

Estas fotos me las mandó mi mamá un día de mucha niebla en el Tigre.

Estas fotos me las mandó mi mamá un día de mucha niebla en el Tigre.

En general los colores son estos

En general los colores son estos

* Todas las librerías de la ciudad

Buenos Aires es una gran librería. Si salgo a caminar, seguro que descubro una nueva. Y siempre entro, porque es inevitable, porque no puedo no entrar a esos paraísos que me generan ansiedad, angustia y felicidad todo a la vez. Hace poco volví al Ateneo de Callao y Santa Fe, ubicada dentro de un antiguo teatro y considerada una de las librerías más lindas del mundo. Me pareció que mudaron la sección de viajes. Antes estaba en un estante alto, ahora al ras del piso y medio escondida. Me acuerdo porque la última vez fui con una amiga peruana que me dijo: algún día tus libros estarán en esta sección.

Librería El Ateneo Grand Splendid (acá sí les recomiendo que vayan!)

Librería El Ateneo Grand Splendid (acá sí les recomiendo que vayan!)

* Una parrilla en Nueva Pompeya

Fuimos con mi papá a una imprenta por Avellaneda, después lo acompañé a buscar algo que había dejado arreglando y terminamos en Nueva Pompeya, los dos con hambre. Vamos a una parrilla, me dijo, vi una que me gustó. Dimos un montón de vueltas hasta que la encontramos. Entramos. Yo era la única mujer y me miraron. Estaban pasando cumbia, olía a carne. Comimos en platos de madera, yo un pollo con limón que no me pude terminar de lo grande, él una porción de asado. Y charlamos mucho. Le pregunté cosas de su infancia, de cómo se conocieron mis abuelos, por qué vinieron a Argentina. A los pocos días, él tuvo que volver por la zona y me llamó por teléfono: “Adiviná dónde estoy”. De fondo sonaba algo que parecía Gilda.

Además de las parrillas, de Buenos Aires me gustan los mercados y las verdulerías (esta foto es del mercado de San Telmo)

Además de las parrillas, de Buenos Aires me gustan los mercados y las verdulerías (esta foto es del mercado de San Telmo)

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* El 39 que tomó otra ruta

Hace unos días me subí al 39 para ir al Ateneo y había una calle cortada, así que el conductor agarró otro camino. Fue raro ver esos edificios desde la ventana del 39. Estoy tan acostumbrada a su recorrido que con solo ver un pedacito de calle ya sé dónde estoy. Pero ese día todo era nuevo y mientras miraba por la ventana pensé que, en este momento, viajar ya no es lo que le da sentido a mi vida. Y también anoté: “Estando de viaje escribo blogs, en Buenos Aires escribo libros”.

Ya ni sé si esto lo vi o no desde el 39 alguna vez.

Ya ni sé si esto lo vi o no desde el 39 alguna vez.

El 39 no pasa por acá, pero aprovecho para poner esta foto porque es una de mis esquinas preferidas en San Telmo.

El 39 no pasa por acá, pero aprovecho para poner esta foto porque es una de mis esquinas preferidas en San Telmo.

* El balcón de mi casa, piso 18

Era viernes a la noche. Eme, una chica estadounidense que se estaba alojando en casa, se asomó a mi balcón y miró las luces de Buenos Aires. Vivo en el piso dieciocho del único edificio de la zona. De noche se ven luces rojas que se prenden y se apagan y una luz blanca que parece un faro. Eme se agarró de la baranda y dijo: “¡Esta ciudad está loca!”. Sí. Y eso explica tantas cosas.

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Ya que hablamos de Buenos Aires, de Pedro Mairal y de escenas post apocalípticas, les recomiendo muchísimo su libro "El año del desierto".

Y ya que hablamos de Buenos Aires, de Pedro Mairal y de escenas post apocalípticas, les recomiendo muchísimo su libro “El año del desierto”. Mientras lo lean van a sentir que Buenos Aires se transforma frente a sus ojos.

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “Guías de viajes para humanos”. En una época intenté amigarme con mi ciudad y lo escribí acá: Amigate con Buenos Aires, también en formato de serie. También le hice un mapa subjetivo a Biarritz, la ciudad francesa en la que viví casi 10 meses, el segundo lugar en el que pasé más tiempo después de Buenos Aires. Si tienen un hilo de Ariadna de su ciudad, mándenmelo, aunque sea de manera anónima, así contradigo mi propio consejo y lo sigo si me voy de viaje a ese lugar. Y para ver fotos en tiempo real de mis días en Buenos Aires, pueden seguirme en Instagram.[/box]

Geocaching: la búsqueda del tesoro más grande del mundo

Mañana, 2 de mayo, Geocaching cumple 15 años. Y lo único que me pregunto es cómo no lo descubrí antes. En realidad lo conocía, varias personas me habían hablado acerca de ese juego, pero nunca le di mucha importancia. Era como:

—¿Sabías que hay gente que esconde cosas en todas partes del mundo y da las coordenadas del GPS para que otros las encuentren?

Y yo:

—Ahhh, mirá.

Y nada. Aniko despertate.

Hace unos días estaba leyendo el libro “Turista lo serás tú”, de mis amigos de la Editorial Viajera, cuando la palabra geocaching volvió a aparecer en mi vida. Este libro propone más de setenta juegos para hacer mientras viajás. Uno de ellos, el 27, decía así:

“Tal vez no los hayas visto, pero tu ciudad está llena de tesoros. Tesoros reales aunque simbólicos: objetos ocultos en tarteras —tuppers— (protegidos así de las inclemencias climáticas) en coordenadas muy precisas. Han sido escondidos por personas, pero, paradójicamente, para que sean encontrados. Pero no por cualquiera: solo por aquellos que los busquen en páginas web creadas a tal efecto. Parece un juego, un acertijo, y es así: se trata del geocaching.”

Enseguida lo busqué en internet y me encontré con este video explicativo:

Para jugar, decía, se necesita un GPS o smartphone. Y claro, me dije, la última vez que escuché hablar acerca del geocaching no tenía smartphone, pero ahora sí, así que me bajé la aplicación enseguida para ver de qué se trataba. Se abrió un mapa de Biarritz —la app sabe dónde estás— y aparecieron como treinta puntos verdes. ¿Qué quería decir eso? Que en cada uno de esos puntos había un tesoro escondido. Empecé a saltar de emoción y le dije a L.: “¡Mirá esto, por favor! Biarritz está llena de cosas ocultas, hay tesoros, hay cajas que quizá tengan muñequitos de la infancia de alguien, dados, libros, cartas, secretos. Tengo que salir a buscarlos, esto es espectacular”. Él, que ya se acostumbró a verme levantar cosas del piso —naipes, piezas de rompecabezas, legos, papeles escritos, cintitas, bolsitas y etcétera— y de la basura —o de lo que otros consideran basura— se reía: “Es ideal para vos, era obvio que te iba a gustar”. Pero ese día llovía mucho, así que tuve que esperar.

Me fui hasta la Grande Plage

La Grande Plage de Biarritz, por acá cerca hay tesoros escondidos

Al día siguiente salí a caminar. Como cualquier cosa nueva, esto del geocaching me generaba algunas dudas. No voy a decir miedo, porque no era miedo, pero me daba no se qué estar buscando tesoros sola: ¿y si alguien me veía y pensaba que estaba loca? ¿y si me encontraba con otro geocacher en el mismo punto? ¿y si tenía que explicarle a alguien (¡en francés!) lo que estaba haciendo? Después leí que existe algo así como la ética del geocaching y que algunas de las reglas aceptadas son: no poner en peligro a otros, minimizar el impacto en la naturaleza, respetar la propiedad privada y evitar la sospecha pública.

Caminé hasta la playa diciéndome “no voy a hacer geocaching hoy, mejor empiezo otro día con alguien” pero no aguanté. Abrí la aplicación del teléfono y vi que muy cerca mío, a unos 100 metros, había un tesoro oculto. Miré la pista: “Está colgado”. Tendrían que haberme visto: empecé a caminar mirando para arriba, esperando encontrarme una caja colgada de algún árbol o de una pared. Al ser la primera vez, no me avivé de que la aplicación tenía un GPS incorporado que me iba indicando con una flecha hacia qué lado caminar. Yo solo veía mi punto moviéndose en el mapa y trataba de acercarlo lo más posible a ese punto verde. Cuando estuve a pocos metros, el teléfono empezó a vibrar: “¡Prestá atención! ¡Estas cerca!”. Busqué, busqué, busqué, pero no veía nada. Ni siquiera sabía qué estaba buscando.

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Pasé por un arbusto y vi un tubito verde muy chico, pero lo desestimé y seguí. Cuando estaba por darme por vencida, miré la foto de alguien que ya lo había encontrado. En la app de Geocaching hay un logbook o libro de visitas online: los que ya encontraron ese tesoro dejan algún comentario (sin spoilers) y a veces alguna foto de referencia. Cuando miré la foto me di cuenta de que el tubito verde era el tesoro. Volví, lo desenganché del arbusto —estaba agarrado con uno de esos alambres para cerrar el pan lactal—, lo abrí y adentro encontré un papel enrollado: era el libro de visitas (todos los caches tienen uno). Lo firmé con nombre y fecha y volví a engancharlo en la misma rama. No sé si alguien me vio ya que era una zona con mucha gente. Volví a casa contenta, pero quería más: quería cajas como las del video.

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Al día siguiente salí a caminar temprano, algo que no hacía hace tiempo. Había estado mirando el mapa y vi que en Biarritz hay una laguna (ni sabía) y que en el bosque alrededor de esa laguna hay como cinco tesoros, varios de ellos cajas (la aplicación suele decir qué tamaño tiene el tesoro que estás buscando). El lugar estaba a 45 minutos caminando de mi casa, así que puse música y fui para allá. Llegué a una zona natural lindísima y pensé que, más allá de que encontrara las cajas o no, uno de los premios del Geocaching era aparecer en lugares así. Seleccioné la primera caja en la aplicación y el GPS me empezó a guiar. Primero me mantuve por el sendero, pero después la flecha me dijo que subiera y me metiera en el bosque. Me empecé a reír sola porque me sentía una boy-scout caminando entre la maleza. La pista decía: “Está en un árbol hueco”, pero como el GPS no es cien por ciento exacto, una vez que estás a pocos metros tenés que explorar todo. Así que me puse a mirar los árboles uno por uno, a buscarles huecos, hasta que por fin apareció mi primera caja.

Por calles así me fui llevando el GPS

Por calles así me fui llevando el GPS

Después entré acá

Después entré acá

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Encontré el árbol susodicho

Y la caja

Y la caja

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La abrí y me desilusioné. Estaba llena de publicidad (?): tarjetas ofreciendo servicios de peluquería y cosas así. Yo quería encontrarme objetos personales y con valor sentimental. Guardé todo donde estaba y me fui a buscar el próximo punto verde. El GPS me llevó por un camino que desembocó directo en la laguna. La pista de esta caja era: “Está debajo de una piedra”, así que me puse a levantar todas las piedras que encontré. Este tupper me gustó más: tenía una ficha de dominó, una pulsera, una flor seca, un pasaje de tren y un cuaderno para firmar. Dejé mi nombre y aporté una pulsera a la caja. Después me fui a sentar un rato frente a la laguna.

Para llegar a la segunda caja seguí por acá

Para llegar a la segunda caja seguí por acá

Y aparecí frente a la laguna

Y aparecí frente a la laguna

Después de revisar piedras, la encontré

Después de revisar piedras, la encontré

Caja que encontré en el bosque

Caja que encontré en el bosque

Ya que estaba ahí, aproveché para seguir paseando por el lago, busqué una caja más y volví a casa. En total estuve dos horas y media caminando en busca de tesoros.

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Si no hubiese sido por el geocaching, ni me enteraba de que tenía un lugar así tan cerca.

Si no hubiese sido por el geocaching, ni me enteraba de que tenía un lugar así tan cerca.

con patos y todo

con patos y todo

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Y bosque

Y bosque

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La tercera caja estaba acá

La tercera caja estaba acá

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Adentro de la caja había un aviso: “Si descubrís esto sin querer, por favor dejalo donde estaba, sin vandalizarlo. Esta caja forma parte de un juego mundial con GPS que se llama “geocaching”. Podés encontrar toda la información en el sitio web”

Supongo que esto se hace vicio muy fácil. En el libro de visitas online vi que alguien había escrito: “Lo encontré, es mi cache número 200″. Y me dije que qué pena que no supe de esto antes, porque hubiese buscado cosas en todos los países que estuve. Geocaching es la búsqueda del tesoro más grande del mundo: hay más de 200 millones de cosas escondidas en 200 países y territorios, así que se puede jugar casi en todos lados. Yo creo que de ahora en más, cada vez que llegue a un lugar nuevo, no aguantaré la tentación de abrir el mapa y ver cuántos puntos verdes hay a mi alrededor.

[box type=”star”]Más información del Geocaching

* Si bien la aplicación de Geocaching está por cumplir 15 años, este no es un juego nuevo. El geocaching es parecido al letterboxing, un juego que existe hace más de 160 años y que consiste en dejar cajas con sellos y dar las pistas a través de catálogos impresos o sitios webs. Luego, quien encuentra la caja usa el sello para estampar su propio cuaderno y demostrar el hallazgo.

* Dave Ulmer, de Oregon, fue el primero en esconder un cache y dar las coordenadas de GPS el 3 de mayo del 2000. Posteó la ubicación en una web y tres días después ya había registros de que dos personas lo habían encontrado. Hoy, en ese sitio, hay una placa conmemorativa.

* Yo estoy usando la aplicación de geocaching.com, pero hay varias webs que muestran dónde están los tesoros, como  opencaching.com o Open Caching Network (tienen distintas webs para distintas regiones del mundo).

* Hay un montón de otros juegos parecidos, también al aire libre, con pistas y en todo el mundo: book crossing, bike crossing, benchmarking… Ya los probaré y después les cuento.

* Y si quieren ideas para viajar distinto, les recomiendo “Turista lo será tú. Setenta y tantas propuestas para viajar de otra manera”, publicado por La editorial viajera (la misma de “Viajeras”). [/box]

Carta a una futura estudiante

“Hola Aniko. Mi nombre es Micaela, tengo 17 años y soy de la provincia de Córdoba, Capital. Quería contarte que vos me inspiraste mucho a tomar la gran decisión de qué voy a hacer por el resto de mi vida. Para mí vos sos mi modelo a seguir, realmente me encanta lo que hacés y espero que nunca dejes esto que tanto te apasiona. Este año ya termino la secundaria y tengo decidido estudiar Licenciatura en Comunicación Social, con sinceridad es algo que me asusta mucho, pero no voy a dejar que mis miedos o lo que la gente diga me frenen. Quisiera que me aconsejaras un poco sobre cómo debo tomarme las cosas, esto de empezar la facu, seguir mis sueños, hacer las cosas que me gustan.

Te agradezco desde mi corazón por hacer lo que hacés, por amar lo que hacés y sobre todo por compartir con tantas personas esto que hacés. Sos mi modelo a seguir, gracias. Te mando un saludo grande, muchísima suerte.

Mica.”

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Querida Mica:

Primero quiero decirte gracias: por dejarme compartir tu mail con mis lectores y por inspirarme a escribir este post. Que me veas como modelo a seguir me hace sentir halagada y a la vez me genera cierta responsabilidad. Estoy haciendo lo que me gusta, es cierto, pero no tengo muchos años de experiencia —recién voy a cumplir 30, y solo pasaron siete desde que terminé de estudiar— ni tampoco todas las certezas. Sin embargo, me vi reflejada en tus palabras y sentí que necesitaba escribirte a vos y a mi yo de 17 años. Así que acá van las palabras de alguien que estuvo en la misma que vos y que todavía sigue tratando de descifrar la vida. Espero que te sirvan.

* Es normal estar asustada. Yo también tuve miedo cuando pasé del colegio a la facultad. A diferencia de vos, yo no elegí la carrera, sino que ella me eligió a mí. Como no sabía qué estudiar hice un test de orientación vocacional y me salió Comunicación Social, una carrera que ni sabía que existía. Cuando leí el plan de estudios sentí que encajaba muy bien con mis intereses. Tenía un poco de todo: diseño, escritura, cine, radio, televisión, historia, literatura. Sin embargo, todavía no sabía a qué de todo eso podría dedicarme. No sabés lo nerviosa que me sentí el primer día de clases cuando los profesores nos dijeron que la carrera le daba mucha importancia a la escritura. A mí me encantaba escribir pero no me animaba a mostrarle mis textos a nadie, mucho menos a una clase entera. Pensé: “Ya está, acá es donde voy a descubrir que soy pésima en esto y que tendré que dedicarme a otra cosa”.

"La creatividad requiere coraje"

“La creatividad requiere coraje”

* Comunicación Social es una carrera muy amplia y puede que te sientas un poco perdida. De mi camada, creo que no hay dos egresados que estemos trabajando de lo mismo, y eso es lo lindo: tengo un amigo que se dedica al teatro, otra que escribe en distintos medios, otra que hace la comunicación corporativa de una empresa, otra es editora de una revista, yo viajo. Más allá de las especialidades, la carrera de Comunicación te da herramientas para interpretar la realidad y te enseña a transmitir un mensaje. Vos tendrás que buscar qué transmitir y cómo, pero no te sientas obligada a tener que trabajar en un lugar determinado o a dedicarte a algo específico solo porque tenés el título de licenciada en Comunicación.

"Lo lindo de aprender es que nadie te lo puede sacar"

“Lo lindo de aprender es que nadie te lo puede sacar”. Foto: Skillshare

* Puede que con el tiempo tus intereses vayan cambiando. Quizá entres a estudiar creyendo que te gusta una cosa y después descubras que hay otra que te gusta más. Permitite eso. También puede pasar que durante los cuatro o cinco años de la carrera sientas que no encontrás “lo tuyo”. Me pasó. Sabía que quería escribir pero no quería estar en una redacción ni en una oficina. También me gustaba la parte de diseño e imagen, pero no sabía cómo combinar todo. Al final encontré lo mío después de haber estudiado. Y todavía sigo descubriendo cosas nuevas que me gustan.

Lettering de Sean Wes

“¿Querés ser único? Tenés que hacer lo que otros no están haciendo, y eso da mucho miedo”. Lettering de Sean Wes

* Disfrutá mucho la carrera, ser estudiante es una etapa muy linda, pero no le hagas caso a los que te dicen que después de la universidad se te termina la joda. Me lo dijeron muchas veces: “Aprovechá los dos/tres meses de vacaciones porque nunca más en tu vida los vas a tener”, “disfrutá esta libertad porque después empieza la vida real”. La que define cómo va a ser tu vida real sos vos. Para algunos la vida real es tener un trabajo fijo, un sueldo a fin de mes y 15 días de vacaciones al año: si lo eligieron sabiendo que tenían otras opciones, está bien. Pero que no te hagan creer que esa es la única manera de vivir.

* Tampoco le hagas mucho caso a los que te digan que tu carrera no tiene futuro, que vas a morirte de hambre o que ya hay demasiada competencia en ese rubro. También me lo dijeron. Pero, ¿sabés qué?, somos billones de seres humanos en el mundo, claro que ya hay mucho de todo y es verdad que siempre habrá competencia, pero todos somos distintos y deberíamos enfocarnos en usar nuestros talentos para crear cosas que todavía no existen, para cambiar el mundo y para hacernos más felices entre todos. Sea cual sea tu vocación, combinala con tu personalidad, dale ese toque único que solo vos podés darle. Inspirate en el trabajo de otros, pero siempre proponete encontrar tu propio estilo. Aprovecho para recomendarte un libro que, para mí, debería ser lectura obligatoria en todas las escuelas: [eafl id=”21083″ name=”El elemento” text=”‘El elemento’, de Ken Robinson”]

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“Sé vos mismo y poné algo lindo en el mundo”

 

* Tu trabajo no es tu empleo (work is not a job). Cuando estaba estudiando me estresaba pensar en entrar “al mundo laboral” porque, según tenía entendido, trabajar era algo horrible que había que hacer para ganar plata. Es decir: no era algo que diera placer o alegría, y me esperaban por lo menos cuarenta años de eso para poder retirarme y vivir la vida. No me convencía. Si bien mi mamá me educó para que me dedicara a lo que más me gustara, yo pensaba que ella lo había logrado porque tenía suerte —es artista—, pero que no sería mi caso. Después entendí que el trabajo va más allá del empleo de 9 a 5: es ese aporte positivo que solo vos podés darle al mundo, es tu pasión puesta en acción. Lleva tiempo, mucho esfuerzo y perseverancia, pero es posible vivir de lo que a una le gusta: todos podemos convertir nuestra pasión en nuestro trabajo. Es cuestión de creérselo y proponérselo.

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“No apuntes al éxito. Hacé lo que amás y vendrá de manera natural”

 

* Nunca dejes de educarte, aún cuando termines de estudiar. Esto no quiere decir que tengas que hacer masters y posgrados, hoy hay muchas manera de estudiar a distancia y de seguir aprendiendo en formas no tradicionales. Leé, investigá, sé autodidacta, practicá. Mirá muchas charlas TED: ahí, para mí, está la escuela del futuro. No tengas miedo de empezar a hacer algo solo porque no lo estudiaste en la facultad. Yo no estudié fotografía de manera formal y sin embargo saco fotos. Tampoco estudié diseño —si bien me quedé con las ganas— y es una de las cosas que más me gusta hacer.

* Sé emprendedora. Si no conseguís un trabajo, inventátelo. Si tu trabajo ideal no existe, sé la primera en hacerlo. No esperes a que te llegue la oportunidad perfecta: creala.

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“Hacelo con pasión o no lo hagas”

 

* No escuches a los que dicen que los sueños no se cumplen. Todo se puede y cualquier sueño se puede cumplir, pero tenés que proponértelo de verdad y poner muchas horas de trabajo y esfuerzo por detrás. La frase “hacé lo que amás y el universo conspirará a tu favor” es cierta, pero no te olvides de agregarle esto: “hacé lo que amás, poné toda tu energía y dedicación en eso, y el universo conspirará a tu favor”. Tampoco hagas propios los miedos ajenos: mucha gente no se anima a hacer lo que le gusta por miedo.

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“El único lugar donde el éxito viene antes que el trabajo es en el diccionario”

 

* Escuchá a quienes te aconsejen con amor y con experiencia. La envidia es muy destructiva y siempre habrá gente que querrá desalentarte: muchos no pueden tolerar que otros cumplan los sueños que ellos no se animaron a seguir e intentarán convencerte de nada es posible. Así que aprendé a tomar los consejos como de quien vienen y escuchá a quienes te hablen con el corazón.

*Andá paso a paso, pero no pierdas de vista tus objetivos. Recién estás por empezar a estudiar, así que andá de a poco. Disfrutá la carrera, conocé gente, aprovechá que vas a estar rodeada de personas con tus mismos intereses, pensá proyectos con otros, formá sinergias, hacé contactos. Descubrí qué es lo que te hace sentirte en tu elemento y tené una meta, aunque parezca inalcanzable o sea a largo plazo. La mía, a los 17, era que me pagaran por escribir acerca de otras culturas, que viajar fuese mi trabajo. A muchos les parecía una idea ridícula, típica de una soñadora que todavía no había caído en la vida real. Pero siempre tuve ese objetivo en la cabeza e hice todo pensando en eso. Así que paciencia, puede que los resultados de tu esfuerzo tarden en llegar, pero si tenés una meta sabrás hacia dónde caminar.

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“Planeá en décadas, pensá en años, trabajá en meses, viví en días”. Por Gaping Void

 

* Como me dijo una vez un amigo: “Toda experiencia es un éxito”. Depende de vos tomártelo así. Te vas a equivocar un montón de veces, te van a poner notas injustas, te vas a poner nerviosa en algún examen, no vas a llegar a tiempo a una entrega, no te van a dar el trabajo. Miralo como un éxito y vas a ver que de todo se aprende, aunque en el momento dé bronca.

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* Y por último, no estás sola. Yo también tuve tu edad y también tuve miedo. Lo sigo teniendo, en realidad, pero un poco menos que antes. Pensá que todos empezamos de cero, ningún escritor nació con sus libros bajo el brazo, y lo mismo se aplica a otras profesiones. Lo más difícil es tomar la decisión de dar el primer paso. Después, si le ponés pasión y perseverancia, todo se va dando.

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Trabajá mucho y sé buena con la gente

 

Una de las cosas que más me gustó de tu mail es que me dijiste que ya sabés lo que vas a hacer el resto de tu vida, pero no me contaste qué. Sea escribir, sea viajar, sea comunicar, lo que me estás diciendo es que tu plan es dedicarte a lo que te haga feliz, así que nunca te olvides de eso, sigas el camino que sigas.

Te dejo una reflexión de Séneca (tené en cuenta que escribió esto en el siglo 1):

Oirás a la mayoría decir: «A partir de los cincuenta me retiraré a descansar, los sesenta años me librarán de obligaciones». ¿Pero quién te garantiza una vida lo bastante larga? ¿Quién dará permiso para que eso salga como dispones? ¿No te da vergüenza reservar para ti los remanentes de tu vida y destinar para el bien espiritual solo ese tiempo que no se puede dedicar a ninguna cosa? ¡Qué tarde es empezar a vivir justamente cuando la vida termina! ¡Qué olvido de nuestra mortalidad tan estúpido aplazar los planteamientos sensatos para los cincuenta o los sesenta años y pretender empezar la vida en un momento al que pocos logran llegar!

Un abrazo y gracias por escribirme,

Aniko

Guía de viajes para humanos

[box type=”star”]Si sos humano (y no Google o un robot), esta guía es para vos. Es un único volumen: te sirve para viajes de cualquier duración y a cualquier lugar del mundo. Y es gratis. [/box]

Ya no uso la Lonely Planet. Me hace sentir culpable. Cada vez que leo todo lo que debería ver recorrer hacer probar olfatear me abrumo y pienso en todo lo que no voy a poder ver recorrer hacer probar olfatear. Las guías de ese estilo son muy útiles, pero a veces siento que están escritas para superviajeros: no sé si existe alguien capaz de ver todo lo que proponen. En estos nueve meses por Europa no usé ninguna, así que decidí hacer de cuenta que no existen. Soy feliz así, con mi slow travel. Y se me ocurrió hacer una guía alternativa para humanos que quieran viajar sin las guías tradicionales. Acá va.

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Aprender surf en diez pasos

1. Enamorarte del mar 

No recordar cuándo lo conociste ni qué día era pero sí lo que sentiste la primera vez que nadaste en agua salada. Recordar que ese día te prometiste —aunque todavía no entendías mucho de la vida y no creías que fuera posible— que algún día vivirías frente al mar. Que tus mejores momentos de la infancia estén ligados al mar: la tabla de morey con la que barrenabas, la lata que llenabas de caracoles para llevarte a casa, el barquito inflable en el que te chocabas con las olas, el traje de baño que dejabas en la orilla para que no se mojara mientras vos nadabas, tu papá persiguiéndote por el agua para subirte sobre sus hombros y revolearte, los berberechos que se asomaban en la arena húmeda, los pececitos de colores que veías a través de tus antiparras, las huellas que dejaban los cangrejos en la arena, los baldes que llenabas de agua y las palitas con las que hacías castillos. Que desde muy chica, la arena (a veces blanca, a veces negra, a veces fina, a veces muy gruesa, suave, áspera, en todas sus presentaciones), el aire pegajoso (tan típico de costa), el pelo enredado (y lleno de sal), las gaviotas (en la orilla o en la ciudad) y las olas (el mar tranquilo también, pero sobre todo las olas) sean tu sinónimo de felicidad.

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2. Enamorarte del surf sin darte cuenta

Viajar en busca del mar y ver —al principio sin notarlo— que en todas las playas donde hay olas también hay personas subidas en sus tablas. Que te parezca algo tan natural que los tomes como parte del paisaje, como si el día que hubiese nacido el mar también hubiesen nacido los surfistas, como si las tablas hubiesen salido del fondo del agua y las olas hubiesen escupido surfistas al formarse. Verlos en todas partes del mundo, a donde sea que viajes, y decirte que a vos también te gustaría surfear pero que seguro ya es tarde. Mirarlos con admiración y envidia, soñar con hacer lo mismo y poner la excusa de que tendrías que haber empezado de chica, que ahora ya sos grande y no vas a poder pararte. Sacarles fotos. Fotografiar no a ellos sino al surf y a tus ganas de aprenderlo. Practicar otros deportes de agua (darte cuenta de que para los de tierra no servís), hacer natación, esquí acuático, navegar, remar en botes, canoas y kayaks, hacer snorkel, dar vueltas carnero en el agua, tirarte de cabeza. Decirte: algún día, en otra vida, me dedicaré al surf. Y seguir con lo de siempre.

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3. Dejar que el surf te encuentre

Olvidarte del surf. Empezar a viajar, abrir un blog, escribir, estar en redes sociales, conectarte con otros viajeros, que te inviten a un encuentro bloguero en España, que sea en Gijón (tierra de tu familia paterna), que el evento incluya actividades extra a elección, que una de ellas sea “bautismo de surf”, que te apuntes a esa sin pensarlo, que te digas por qué no, si no pruebo no voy a saber si puedo. Acordarte de que una vez, allá por el 2008, lo intentaste en Ecuador y no pudiste. Decirte que la tabla era muy chica y que el que te quiso enseñar tenía otras intenciones y no te sentiste cómoda ni segura. Olvidarte de eso y hacer de cuenta que empezás de cero. Que llegue el gran día, tener miedo y nervios. Ir con un grupo de blogueros, ponerte el neoprene, llevar la tabla más grande, escuchar las instrucciones, practicar las posiciones y saltos sobre la arena, sentirte segura y con confianza. Entrar al mar, posicionarte, acostarte sobre la tabla, remar con los brazos, sentir cómo la ola te lleva y pensar que ese momento es sublime, que sentir la energía del agua que te empuja debe ser una de las mejores sensaciones del surf. No pararte a la primera ni a la segunda pero sí a la tercera o cuarta. Con timidez, con euforia, con emoción, con ganas de saltar de alegría. Pensar que quizá es la suerte del principiante. O no. Saber que venís practicando mentalmente y deseando esto hace 28 años. Querer hacerlo toda la vida.

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4. Quedarte con ganas de más

Sentirte como si te hubieses enamorado a primera vista de alguien. No querer separarte nunca más. Entender que las pasiones se descubren a cualquier edad. Darte cuenta de que la vida es ahora y no algo que empieza cuando termines de estudiar, cuando cambies de trabajo, cuando te mudes de casa o cuando viajes a otro país. Sentir que dos horas de surf fueron muy pocas. Contar los días que tendrás que esperar para volver a hacerlo. Contar los países por los que tendrás que pasar antes de volver a hacerlo. Imaginarte una vida de surf: furgoneta más tabla más viajes en busca de olas igual felicidad. Encontrar un hilo conductor en tu movimiento por el mundo. No querer irte a Barcelona ni a Islandia ni a Francia ni a ningún lugar lejos del mar: querer quedarte en Gijón tomando más clases de surf. Pero seguir camino.

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5. Confiar en que se reencontrarán

Dejar Gijón como quien se separa de un gran amor. Prometerte volver y seguir aprendiendo en ese mar, encapricharte con las olas del Cantábrico. Mientras tanto presentar un libro en Barcelona, viajar a dedo a París, desafiar a Islandia, frenar en Vienne, bajar a la Provenza francesa, ir a la caza del macarron perfecto. Dejar pasar un mes sin surf. Empezar a dudar: y si lo intento otra vez y no puedo, y si no es lo mío, mejor lo dejo ahí. Terminar un mini viaje por Francia y no saber a dónde ir. Recordar que alguien (una compañera de la facultad que no veías hacia años y que apareció en la presentación de tu libro) te dijo que para surfear vayas a Biarritz. Hacerle caso a las señales. Viajar ocho horas a Biarritz y enterarte (tarde) de que llegaste en una temporada sin olas. Darte cuenta de que hacer surf no es solo ir al mar, sino informarte, chequear las mareas, corroborar que haya olas, ir en la época adecuada. No poder tomar clases pero conocer gente que se dedica a eso que querés, que vive viajando y siguiendo las olas, que tiene la misma vida que vos pero además de mochila carga una tabla. Que te demuestren que es posible. Irte de road trip a Mundaka, otro punto importante de surf en el País Vasco, y que tampoco haya olas. Encarar hacia Gijón, seguir encaprichada con esa ciudad asturiana, saber que ahí te espera una tabla, una escuela y un mar que te gusta.

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6. Disfrutar el ritual

Manejar varias horas entre bosques y bajo la lluvia, frenar en estaciones de servicio y escuchar música en el auto hasta que deje de caer agua, seguir manejando por el paisaje verde, volver a pisar Gijón después de un mes, mirar el mar y decirte: es acá. Ir a la misma escuela, ser la más grande del curso y que no te importe. Querer empezar ya. Amar el ritual de ponerte el neoprene, por más húmedo y pegajoso que esté, que te encante subirte el cierre, dejar todos los objetos guardados, liberarte del teléfono del wifi del whatsapp, ponerte la tabla bajo el brazo y salir a la calle descalza y sin anteojos. Que caminar por el asfalto sin nada en los pies sea otro de los momentos sublimes del surf: sentir que estás yendo en contra de la rutina de la ciudad, que no vas vestida como la ciudad espera, que no vas calzada como la ciudad espera, que no vas a hacer lo que la ciudad espera. Pisar la senda peatonal descalza, medir la temperatura con la planta de los pies, esperar a que los ojos se te acostumbren a la falta de anteojos, que la vista se te adapte. Bajar por una de las escaleras hacia la playa, sentir el cambio de cemento a arena, de rugoso a suave, de caliente a fresco. Entrar en calor, trotar, estirarte, practicar los movimientos en la arena, atarte el invento en el pie izquierdo, ponerte la tabla bajo el brazo otra vez y caminar hacia el mar.

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7. Entender que el equilibrio es todo

Cruzar las primeras olas de frente, encontrar un hueco y ponerte de espaldas a la rompiente, acostarte sobre la tabla, mirar por sobre el hombro. Saber esperar. Darte cuenta de que una vez que el mar empieza a empujarte, la tabla te responde a vos y a nadie más. Si te acostás muy adelante se hunde, si te acostás muy atrás se levanta, si ponés el peso demasiado para un lado se da vuelta. Hay que encontrar el punto justo y esa debe ser una de las cosas más difíciles de lograr (en la vida, digo). Agarrar la ola, sentir cómo barrenás, acordarte de cuando tu mamá te enseñó a hacerlo de chiquita, agradecerle mentalmente porque debe ser por ella que no le tenés miedo al mar. Una vez que estás en la ola, intentar pararte.

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8. Caerte y levantarte

Caerte. Darte cuenta de que por más que haya sido amor a primera vista, esta relación va a ser difícil, que al principio todo parece fácil pero si uno quiere seguir tiene que trabajar, esforzarse, tomar el control, ceder, entrar en clima, encontrar el punto justo, llegar al equilibrio adecuado. Levantarte. Estar parada en la tabla y no saber muy bien qué hacer, hacia dónde mirar, cómo poner el cuerpo, hacia dónde apuntar los brazos. Distribuir mal el peso y caerte. Volver a entrar al mar arrastrando la tabla, cruzar las olas, pensar que pasás más tiempo encontrando la posición adecuada que encima de la ola, pero que no te importe, que te guste todo ese proceso. Ver venir una ola, subirte a la tabla, empezar a hacer brazadas, que el agua te empuje, estar fuera de equilibrio, caerte. Repetir otra vez. Caerte diez veces más. Que después de varios intentos todo salga bien: ola, equilibrio, brazadas, pararte, avanzar, pero que alguna parte de tu cuerpo no esté apuntando a dónde debería y caerte otra vez. Y al rato pararte por unos segundos, que la ola te lleve hasta la orilla, bajarte de un salto y sentir que todo valió la pena. Y volver a entrar al mar.

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9. Dejarte llevar

Sentir cómo te empieza a dar adicción. No poder parar. No pensar en otra cosa que en la próxima ola. Desear que las dos horas no terminen nunca. Alinear cuerpo y mente, concentrarte, controlar cada parte de tu cuerpo, escuchar lo que te dicen los instructores: las manos así, el peso más así, la vista arriba, mirá los edificios y no tus pies, mirá la ola, mirá Gijón. Darte cuenta de que el surf también es un ejercicio de la mirada: aprender a mirar el mar, aprender a mirar las olas, aprender a mirar sin anteojos. Sentir que el agua es tu elemento, que este deporte es una terapia, que las olas también son buenas para meditar, que el agua te despeja la cabeza, que lo que más te gusta del mar es ser parte de su energía. Dejarte llevar por la ola y por tus pensamientos: quién habrá sido el primero en mirar el mar y decirse que estaría bueno tener una tabla y fabricársela, cómo será dedicarse a esto profesionalmente, claro los chicos que nacen en el mar hacen surf casi de manera instintiva, pensar que fui a tantas playas con olas y no me animé a probar, pero yo siempre dije que mis dos vocaciones  frustradas (o no desarrolladas) son de baterista y surfer, y si me compro una combi y una tabla, y si me las compro.

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10. No abandonar

Salir del agua. Tener el cuerpo cansado, los ojos rojos, el pelo hecho un desastre, el traje pesado, los brazos sin fuerza, los músculos comprimidos, pero sentirte más liviana, caminar como flotando, disfrutar el estar descalza sobre el asfalto otra vez. Sacarte el traje con mucho trabajo, ducharte, vestirte. Saber que sos una principiante, que el equilibrio te cuesta, que quizá no vas a poder pararte en una tabla más chica, que te llevará mucho tiempo pasar a olas más grandes, pero sentir que estás aprendiendo y disfrutar ese proceso más que nada. Porque a veces nos hacen creer que uno solo aprende de chico, que lo que no aprendiste en tus primeros años no lo vas a aprender nunca y es mentira, nos pasamos la vida aprendiendo. Y cuesta, empezar algo nuevo cuesta, pero cuando hay voluntad, nada es imposible. Por eso, ante todo: no abandonar, pase lo que pase. Aunque te frustres, aunque te caigas, aunque te golpees, aunque te lesiones, aunque un mal movimiento te obligue a pasar semanas sin poder usar la mano derecha, aunque te preguntes por qué justo ahora y justo acá, aunque te dé rabia, aunque te cueste tipear con una sola mano, aunque te cueste ser con una sola mano. El mar seguirá ahí y tus ganas también. Mientras haya olas habrá oportunidades. Así que todo a su debido tiempo: a veces la vida tiene otros planes para nosotros (o por lo menos otra agenda) y uno entiende el por qué mucho después. Pero eso sí: no hay excusas que valgan para abandonar lo que nos motiva.

*

Me encapriché con Gijón, con el Cantábrico y con Tablas Surf School. Gracias por las clases y la buena onda. Volveré.

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