Les presento mi primer journal: “Mapa subjetivo de viaje”, un diario para que ustedes completen durante sus viajes

¡Por fin! Estaba ansiosa por mostrárselos. Lo empecé a idear hace casi un año, en Bali, y después de mucho trabajo ya está listo. Con ustedes, mi primer journal creativo: Mapa subjetivo de viaje – Un diario para documentar lo cotidiano y lo extraordinario de tus viajes”.

¿Qué es un journal?

Sé que para muchos la palabra “journal” es una incógnita, así que les cuento de qué se trata. En inglés, journal significa “diario”, y se puede usar para referirse a un cuaderno en blanco o a un libro/cuaderno interactivo con consignas creativas para que el lector complete (como estos, por ejemplo: “Lista de journals para disparar la creatividad” y estos: “Journals para llevarse de viaje”). Los más conocidos en español son los de Keri Smith (autora de “Destroza este diario”), “Esto no es solo un diario” de Adam JK y la colección “642 cosas para escribir” de Chronicle Books. Yo soy muy pero muy fan de este género, y después de comprarlos y completarlos durante tres años decidí empezar a crearlos.

Mapa subjetivo de viaje es un diario interactivo con consignas y disparadores creativos, pensado para que te lo lleves de viaje y lo completes antes, durante y después de tu recorrido. ¿Por qué se llama “mapa subjetivo”? Porque así como yo una vez construí mi Mapa subjetivo de Biarritz, ahora les propongo a ustedes que llenen este diario de experiencias, historias, sensaciones y pensamientos y que llenen los mapas de cada lugar de significados personales y únicos.

¿Cómo se usa?

  1. Viajá. Cerca, lejos, por unos días, sin fecha de vuelta, a un lugar nuevo o a uno que conozcas de memoria. El destino es lo de menos. 
  2. Documentá: escribí, dibujá o inventá técnicas nuevas de documentación para llenar sus páginas. Las consignas son solo sugerencias, si alguna no te inspira, inventate otra. No hace falta que seas escritor ni dibujante ni fotógrafo, solo que tengas muchas ganas de dejar un registro visual y/o escrito de tus viajes.

 

Ejemplo de una doble página

 

Mapa subjetivo de viaje está dividido en 4 partes:

  1. El plan (mapa imaginario) -> con consignas y disparadores para que dejes por escrito todo lo que te pasa antes de salir de viaje
  2. El viaje (mapa de exploraciones) -> para registrar todo lo que vivís, pensás y sentís durante tu recorrido
  3. La vuelta (mapa de emociones) -> para seguir documentando una vez que volviste a tu casa
  4. Notas y recortes -> espacio vacío para que lo llenes de boletos, papeles, anotaciones, dibujos o lo que vos quieras guardar

Carátula de la parte 2

Este es su Manifiesto:

Y estas son algunas páginas del interior (que es a todo color! – hacé click para agrandar):

 

Las ilustraciones son de María Luque, una artista argentina que admiro mucho y que supo capturar desde el principio el espíritu del libro. ¡Gracias, María!

Gracias también a Vero Gatti, que me asesoró mucho en el diseño editorial, y a mi mamá que se encargó de que saliera súper bien impreso. ¡Ustedes lo van a ver en papel antes que yo! (Los ejemplares están en Bs As y yo en Francia).

Este es un libro muy especial para mí: es el primero que sale publicado bajo el sello editorial “Viajando por ahí” y el primero de una colección de journals para disparar la creatividad, ya sea de viaje o en casa.

Espero que los inspire a viajar a su ritmo, a observar todo, a coleccionar historias y momentos, a jugar, a divertirse y a hacer de su viaje algo único e irrepetible. Pueden compartir sus páginas en redes con el hashtag #mapasubjetivodeviaje. Y si saben de alguien que se esté por ir de viaje y a quien le pueda gustar completarlo, es una linda opción para regalar. <3 Apenas tenga el mío empezaré a completarlo!

[box type=info] Ficha del libro

Mapa subjetivo de viaje
{ Un diario para documentar lo cotidiano y lo extraordinario de tus viajes }

Género: journal de viajes (diario con consignas creativas)
Creado por: Aniko Villalba
Ilustrado por: María Luque
Páginas: 128
Interior: a color
Editorial: Viajando por ahí
Colección: Journals creativos
Edición exclusiva para Argentina[/box]

[box type=star] ¿Dónde se consigue?

Por el momento, “Mapa subjetivo de viaje” solo está a la venta en Argentina (ya que es la edición escrita en “argentino”, pronto haré la edición “neutra”) y se consigue a través de mi Tienda online (pronto estará disponible para el resto del mundo).

Si estás en CABA: podemos coordinar para que pases por nuestro domicilio a una cuadra del Alto Palermo (para eso, escribinos a tienda@anikovillalba.com).

Si sos del Interior: lo comprás a través de mi Tienda y te lo enviamos por correo (trabajamos con MercadoEnvíos, que llega en unos 3-5 días hábiles a tu casa). [/box]

El mapa de los días
(o Todo lo que cabe en un mismo lugar)

“Methinks that the moment my legs begin to move, my thoughts begin to flow.”

(Thoreau)

Hace unos días salí a sacar la basura —esta es la frase menos viajera de todo el blog— y me quedé mirando el mar. La casa que estamos alquilando por unos meses en Biarritz está a pocos metros de la playa de Port Vieux y en diagonal a la esquina donde L y yo nos dimos la mano por primera vez —a veces creo que estaba predestinada a quedarme acá—. Como quería despejarme un rato, me fui por una calle perpendicular y terminé en un parque que sube por una colina y tiene vista abierta al mar. No pisaba ese parque desde la primera vez que vine a Biarritz y me pregunté por qué nunca más había vuelto a pasear por ahí. A lo lejos vi un banquito al sol con vista a la Grande Plage y supe que ese sería mi spot cuando quisiera desconectarme por un rato. Desde ahí veo el faro, la piscine municipel y las mareas.

Mi nuevo lugar preferido

Esos somos L y yo! En Biarritz! Ilustrados y convertidos en cuaderno por los chicos de Marilú Cuadernos Alegres

También veo esto desde mi “spot”, si giro la cabeza.

Empecé natación otra vez. Hace un mes que voy a nadar dos veces por semana y cada vez que entro a la pileta me pasa lo mismo: el primer impacto con el agua le compite a los abrazos con L por mejor momento del día, pero hago dos piletas y pienso ohdiosmío ya me aburrí, cómo voy a hacer para aguantar más de 45 minutos acá adentro. En el agua no tengo libros, ni videos de youtube, ni paisajes, ni conversaciones, ni Netflix, ni cuadernos, ni mapas, ni ventanas que aceleren el tiempo o me distraigan de las repeticiones. Somos mi cuerpo, mi mente y yo en un loop que, mientras dura, parece infinito. Nadar es puro presente y si bien me parece el deporte más aburrido del mundo, lo practico desde que soy muy chica y es el único que mi cuerpo me pide —y mi cuerpo no es muy fan del deporte, la verdad—. Las idas y vueltas de la pileta me ponen en un estado meditativo. Nado, luego pienso, luego existo. Es un estado al que solo llego cuando camino durante al menos media hora sin plan ni apuro o cuando voy en un transporte por la ruta —no me estaría pasando lo mismo en un avión—.

Soy de las que necesitan el movimiento para pensar y sin embargo elegí uno de los trabajos más estáticos, que es escribir. Por más que parezcan actividades opuestas, nadar y escribir me resultan cada vez más similares: me cuesta tanto ir a nadar como sentarme a escribir —siempre hay una excusa o algo más importante que hacer—, pero cuando voy en contra de mis trolls mentales, cuando obligo a mi cuerpo a ir a la pileta o a sentarse en la silla, cuando entro en calor y voy agarrando el ritmo, ya no quiero frenar, me acuerdo por qué es que me gusta tanto hacer eso y me doy cuenta de que tanto en la natación como en la escritura, lo que cuenta, lo que hay que disfrutar, es esa práctica diaria —publicar, competir, son cosas que pasan de vez en cuando, como culminación de un entrenamiento largo—.

Casitas de Biarritz

La bajada a la Cote de Basques

Una de las cosas que más me cuesta hacer desde que decidí frenar es tener rutinas. Supongo que es la consecuencia de haber vivido 10 años de días todos distintos, sin horarios, con cambios constantes de escenario y sin demasiados planes a largo plazo (también es la consecuencia de ser una de esas personas que nunca puede hacer las cosas en orden, como leer un solo libro a la vez, estudiar capítulos de manera cronológica o usar los cuadernos de a uno). Así que estoy trabajando en eso, en tener hábitos. Desde que dije que me había cansado de viajar sentí que todo cambió de lugar, hubo una inclinación de algún eje planetario interior y tuve que realinearme en un sistema distinto, pasar de ser la viajera a ser otra cosa, permitir que todo a mi alrededor se reacomode para volver a funcionar en armonía. Si por diez años mi desafío fue vivir viajando, ahora es vivir escribiendo.

“Con la escritura hay que comprometerse” y “hoy voy a escribir” son mis dos mantras actuales. Los tengo escritos en papeles y pegados en la pared de mi escritorio compartido. No quiero olvidarme de lo que anoté en uno de mis cuadernos durante los tres meses que pasé —offline— en Buenos Aires: “Biarritz va a ser mi cuartito de escritura”, y por cuartito de escritura me refiero a un lugar al que iré solo para dedicarme a escribir, porque en Buenos Aires vivo de urgente en más urgente y me olvido de lo importante, de lo que quiero hacer ahora que estoy quieta. Siento que entré en la década de si vos no hacés que las cosas pasen no van a pasar, ya no vale el “dentro de un tiempo” o “seguro que en el futuro lo voy a hacer” (¿será cierto? ¿qué diré de mis 30 a los 40?).

Mi escritorio actual, cuando todavía no le había pegado tantas cosas en la pared

Cuaderno actual :)

Y un recordatorio diario (llavero de Adam JK)

Hace unos días encontré esto escrito en otro cuaderno, al que bauticé El cuaderno de las pequeñas observaciones cotidianas: “Cuando empecé a soñar con viajar, lo que más me atraía de ese estilo de vida era que mis días fuesen distintos. Durante casi 10 años lo fueron. Ahora que decidí frenar, tengo otro proyecto que me resulta igual de atractivo: diseñar mis días, crear el mapa ideal de mi cotidianidad. Puedo tener días distintos aunque esté quieta y aunque repita las mismas actividades: leer, escribir, aprender, enseñar, compartir. Son verbos expansivos, donde caben mundos enteros”. Así que acá estoy, aprendiendo a convivir con la quietud y todo lo que cabe en ella. Por ejemplo:

Todas las mañanas, cuando me despierto, lo primero que hago es fijarme si pasó el cartero. Él ya sabe quién soy (la que se pide cosas de Japón) y a veces, cuando L está fumando, le pasa los paquetes por la ventana. Otras veces los deja encajados en el buzón, sobresalidos.

Una vez por semana entro a la papeterie y miro todo.

Hay días que el mar tiene olas de tres metros y días que parece un lago. Cuando sale el sol, la playa se llena. (El viernes pasado hice mi casual Friday’s en la arena, metí los pies en el mar pero no el cuerpo entero).

El casual Friday’s

La Cote des Basques

Acá decoran el jardín público por Halloween (jamás lo hubiese imaginado)

Otra tarde miré el atardecer en la Cote des Basques en compañía de una amiga, cada una con una taza de té en la mano.

A veces hacemos asados con amigos argentinos y franceses y tomamos Fernet.

Si hay un cumpleaños, se festeja.

Hago journaling todos los días, decoro mis cuadernos, escribo con lápices de colores y pego cosas con washi tape.

Nos fuimos unos días a Londres porque había pasajes en oferta y no pude resistir.

Hay días en los que siento muchísimas ganas de acampar, de irme sin computadora ni teléfono ni nada y acampar durante diez días. Casi no viajo pero pienso en viajar.

La primavera duró hasta principios de noviembre. Todavía casi no llovió.

Cada vez que saco la basura me quedo mirando el mar. Me parece un sueño tenerlo tan cerca. Cuando sale el sol me voy a sentar a mi banco y me olvido por un rato del mundo.

El resto del tiempo nado o pienso en que tengo que ir a nadar, y también trato de convivir con la incomodidad de estar sentada, y escribo, o pienso que debería estar escribiendo.

Así es Biarritz vista desde el cielo


Aprovecho para contarles algunas novedades, ya que hace mucho que no vengo por acá:

* Ya lo mencioné en algún newsletter y red social, pero hace unas semanas registré Viajando por ahí como sello editorial. Por el momento es para seguir publicando mis libros pero bajo un nombre. Su primer título oficial será “Mapa subjetivo de viaje”, un journal de viajes (diario con consignas para que ustedes completen, ilustrado por María Luque) que en este mismo momento está en imprenta y sale a la venta en diciembre (¡ya avisaré! Si se quieren enterar, suscríbanse al blog). (Si te estás preguntando qué es un journal y para qué sirve, te invito a leer este post: Lista de journals para disparar la creatividad).

* Entre el 1 y el 12 de diciembre estaré en Medellín, Colombia. La primera semana voy de blogtrip y la segunda me quedo por mi cuenta para dar el Laboratorio creativo con Caro Chavate (taller de escritura y creatividad) y presentar mis libros.

* Hay ejemplares de mis libros disponibles en México, Costa Rica, Colombia y Uruguay (sin costo de envío o con un costo muchísimo menor). Ya no tenemos distribuidor oficial en Perú (si quieren más info me escriben por privado). Acá pueden ver todos los puntos de venta actuales.

* El año que viene empiezo con los cursos online. Este año en Buenos Aires di varios talleres presenciales de escritura y creatividad y creo que encontré mi verdadera vocación.

* Firmé contrato con la Editorial Atlántida para publicar mi segundo journal de viajes (muy distinto al que está por salir ahora), que saldrá a mediados del año que viene, así que estoy trabajando en eso.

* La semana que viene me voy a testear el viaje en tren de Barcelona a Lyon (sí, a testear, porque me contrataron de una empresa para viajar en tren y escribir acerca de eso).

* Si les gusta escribir, les recomiendo mucho el libro “Still writing”, de Dani Shapiro, su serie “Office hours” y esta columna de Leila Guerriero. También los invito a seguir el Instagram de escribir.me, mi blog de escritura creativa (pero solo si les gustan las washi tapes y aman los cuadernos).

Me cansé de viajar

Chan. (Si te estás preguntando y ahora qué y te mata la intriga, andá a la segunda parte del post.)

Alguna tarde del 2007, cuando todavía me faltaban unos meses para terminar la universidad, decidí que apenas rindiera el último final me iba a ir de viaje sin fecha de vuelta. Estaba trabajando en una revista y usaba cada rato libre para escribir en mi blog (otro, en el que solía mencionar que tenía muchas ganas de viajar) y para googlear fotos de los lugares que quería conocer. Irme de viaje era mi obsesión y no imaginaba mi futuro en una oficina o viviendo días iguales. Necesitaba construir una vida en movimiento y no quería quedarme con la duda de qué hubiese pasado si, por más miedos que tuviera.

El 28 de enero de 2008, con 22 años, me tomé un colectivo de ida a Bolivia y di por iniciada mi vida de viajera (así empieza la contratapa de “Días de viaje”, donde cuento todo esto con mucho más detalle). Entre ese día y hoy hice y viví muchísimo más de lo que me hubiese imaginado:

viajé sola por más de 40 países,
me quedé más de 200 veces en casas de familia alrededor del mundo,
me animé a hablar con extraños y a fotografiarlos,
probé comidas de todos los continentes,
acampé en el desierto,
me invitaron a casamientos y cumpleaños,
viajé por China sin entender nada,
descubrí mis raíces en España y en Hungría (incluso intenté estudiar húngaro),
me enamoré,
me desenamoré (y me animé a compartir varias de esas historias en “El síndrome de París”, mi segundo libro),
atravesé Europa en auto con un chico que recién conocía y que terminó siendo mi marido,
vi la aurora boreal desde un bosque sueco,
viajé en barco, en crucero, en helicóptero, en avión, a dedo, en camiones, en tractores,
tuve dengue, sabañones, fiebre, me corté, me caí, me esguincé,
tuve un período de muchísima tristeza,
conocí a algunas de las personas más importantes de mi vida,
me despedí de algunas de las personas más importantes de mi vida,
logré llevar mi trabajo en la mochila y vivir de lo que más me gusta,
publiqué varios libros,
di una charla TEDx,
me invitaron a viajes de prensa,
llené 43 cuadernos (y contando),
di talleres,
conté todo en este blog,
recibí comentarios haters,
recibí comentarios inspiradores, llenos de amor y gratitud (gracias por eso),
volví varias veces a Buenos Aires,
tuve la vida que siempre soñé y entendí, a la vez, que no era ideal ni perfecta.

Mural visto en Madeira (Portugal)

Pero alguna tarde del 2017, en alguna parte del mundo, me cansé de vivir así. Me cansé de trasladarme, de mudarme, de empacar y desempacar, de llegar a tiempo a los trenes, de buscar dónde dormir y a la vez dónde trabajar, de no tener un espacio propio, de no tener mi biblioteca, de tener mis cosas dispersas en distintos lugares, de no ver a mis amigos y a mis sobrinos, de no poder encarar proyectos largos porque nunca me quedo varios meses en el mismo lugar. Sé que ya escribí sobre esto antes, pero durante este último viaje le dije demasiadas veces a L, llorando, no me quiero volver a mudar, quiero una casa, hasta acá llegué y algo adentro mío me dijo: “Esto así no va más”.

Me siento igual que en el 2007, cuando miraba fotos y soñaba con viajar, pero al revés: ahora miro casas y sueño con vivir ahí. Abro con más emoción un cuaderno en blanco que un mapa, entro con más ganas a un departamento en alquiler que a un hotel, me motiva más armar mi escritorio que hacer la mochila. Ya no quiero andar girando “como bola sin manija” (dirían), ya no quiero vivir sin rumbo fijo. Me cansé. Necesito una base, un ancla, un nido. Y si no escucho este llamado interno, tan fuerte como el “quiero viajar” de hace 10 años, no voy a ser feliz, voy a seguir viajando por inercia, por miedo a cerrar una etapa que empezó como el sueño más grande de mi vida pero que ya no me motiva como antes, y no voy a crear cosas que valgan la pena porque no voy a estar alineada con lo que quiero ser.

Y no saben lo difícil que es para mí escribir esto y el miedo que voy a tener cuando haga click en el botón de “Publicar”, pero siento que si no soy honesta (conmigo y con ustedes), si hago de cuenta que todo sigue como siempre, me voy a quedar trabada en algo que ya no soy y voy a terminar dejando este blog porque no me voy a sentir identificada con él (¿crisis de 7 años con el blog? No sos vos, soy yo, te lo juro), y no quiero que eso pase. Y como siempre escribí desde mis emociones y desde la sinceridad, no puedo hacer de cuenta que ahora no está pasando nada. Necesito dejar todo esto por escrito para cerrar una gran década y poder abrir otra. Así que eso: dejo los viajes para volver a la oficina (ese sería el título marketinero de este post). La diferencia es que esta oficina va a ser un espacio de trabajo diseñado por mí, en mi casa, en el lugar del mundo que elija, con las horarios que quiera, decorado a mi manera y para hacer cosas que no estaría haciendo si no me hubiese ido de viaje por casi 10 años.

¿Y ahora qué?

¿Y ahora? ¿Qué va a pasar con el blog? ¿Qué va a pasar con nosotros?, se estarán preguntando ustedes, si es que todavía queda alguien leyendo o ya dieron un portazo masivo y me dejaron sola para siempre. ¿Qué implica todo esto? (Spoiler: va a haber Viajando por ahí para rato.)

Primero, que voy a quedarme quieta y voy a armar mi espacio de trabajo para poder enfocar todas mis energías en crear y compartir. Quiero devolver todo lo que aprendí durante estos 10 años, quiero crear para mí y para ustedes, quiero escribir más que nunca, quiero responder a sus preguntas y sus miedos, quiero compartir todo lo que sé acerca de viajar, de escribir y de ser nómada digital. Mi objetivo es inspirarlos a que si quieren viajar, viajen (y de la manera más suya posible), y si no quieren viajar, no viajen y se queden quietos haciendo lo que aman. Como adelanto les cuento que en septiembre sale mi primer journal de viajes, hecho a dúo con María Luque, del que ya les iré mostrando cositas y que vamos a presentar en Buenos Aires (pronto preventa!), también que estoy por firmar contrato con una editorial argentina para hacer un lindísimo proyecto de libros para el año que viene y que estoy preparando, por fin, mis cursos y workshops online.

Segundo, esta decisión implica que me llegó el momento de elegir dónde vivir, al menos por unos años, y con L tenemos todas las fichas puestas en Biarritz (Francia). Nos gusta la idea de vivir frente al mar y de estar en Europa y a ambos nos gusta esta ciudad para, en un tiempo, tener familia. Ahora mismo estamos acá, buscando casa, aunque está difícil porque hay muchísima demanda y poca oferta. Hace unos días fuimos a ver el departamento de nuestros sueños: entramos y fue amor a primera vista, ya nos veíamos viviendo ahí… nosotros y 20 postulantes más. Al final no nos lo dieron (por eso anduve medio triste esta última semana), así que seguimos buscando. La idea es establecernos en Biarritz y pasar varios meses al año en Buenos Aires.  Ahora en julio nos vamos tres meses a Buenos Aires y en octubre volvemos a Francia con la idea de quedarnos acá de manera indefinida.

Nos quedaremos por acá…

Tercero: no voy a dejar de viajar (y lo subrayo porque sé que lo tengo configurado en el ADN). Lo que quiero y necesito es dejar de moverme de manera tan constante y pasar a ser una nómada part-time (u ocasional). Quiero seguir viajando pero de otra forma: quiero hacer viajes más cortos, con ida y vuelta (en lo posible sin tecnología), y durante esos días enfocar todas mis energías en explorar, en conocer, en documentar, en fotografiar, en interactuar con el lugar y no en estar pensando dónde voy a vivir después de ese viaje, si voy a tener internet o no, qué va a ser de mí y todo eso que me está pasando ahora. Quiero poder decir “me voy una semana a explorar Estambul” e irme con la emoción del 2008, a perderme en la ciudad y a disfrutar de ese viaje “en estado puro”. Y para eso necesito frenar y tener una base. Necesito volver a hacer de los viajes algo extraordinario y no parte de mi rutina, porque así como los estoy viviendo hoy, ya no los disfruto.

Y por último: no voy a dejar de escribir de viajes (tengo mucho material por subir todavía), aunque también escribiré acerca de otras cosas (en escribir.me, no se preocupen, que para eso está). Me quedan muchos libros por delante. Que empiece la década creativa.

Cierro con esta frase del libro “Nos vamos”, de Power Paola.

Y con una foto mía, que hace mucho que no doy la cara (estoy más arrugada que hace 10 años, eso seguro).

Si quieren enterarse de todo lo que se viene, los invito a suscribirse a mi newsletter. Pronto estaré anunciando preventa y talleres en Buenos Aires. :)

Ah! Y hay promo en la Tienda para celebrar a Biarritz: si compran dos o más libros les mando una postal escrita a mano desde acá, de regalo, para ustedes o para un amigo.

París sin síndrome

Ilustración:
José Luis García 

En un portarretratos con forma de corazón, en la casa de una señora en los suburbios de París, hay una foto donde aparezco yo.

Hasta hace unos días, esa señora y yo no nos conocíamos en persona y yo sabía menos de ella que ella de mí.

Sin embargo, cuando entré a esa casa y la señora me llevó del brazo y me mostró que tenía enmarcada una foto del día que L y yo nos casamos por civil en Buenos Aires, se me hizo un nudo en la garganta.

El portarretratos tenía varias fotos familiares y stickers navideños pegados en el marco, estaba apoyado sobre una estufa, al lado de un mueble con elefantes de adorno, una lámpara de mesa y una estampita de la Virgen.

En el living de la casa había alfombras, una cama de una plaza con almohadas de Marilyn Monroe y una biblioteca con cajas de lata con dibujos de la Belle Époque en los estantes.

La tele estaba prendida sin sonido en un reality show, en la mesa donde estábamos sentados había una bandejita con tazas de té, vasos con borde dorado y una pecera con forma de bowl y, en la ventana, una bandera de Francia.

La señora, abuela paterna de L, me agarró la mano y me preguntó en francés cuándo íbamos a tener hijos.

Y yo sentí, de repente, que volvía a tener abuela.

Así nos recibía París.

L y yo habíamos volado hacía unos días desde Bali y estábamos viviendo en las afueras de París, a unos 50 minutos del centro, en la casa de uno de sus tíos.

Durante los primeros días, el desajuste horario del jet-lag y el hambre atrasada de queso y baguette nos convirtió en dos salvajes que solo salían de la cueva en horarios raros y cuando no había nadie cerca para comer sandwiches de brie a oscuras en la cocina.

Yo aproveché el cansancio como excusa para interactuar poco —la verdad es que me daba muchísima vergüenza hablar en francés con gente que no fuese L— hasta que la inmunidad de los primeros días se me terminó y no me quedó otra que intentar comunicarme en un idioma que entiendo bastante pero que me cuesta mucho hablar.

Lo primero que me animé a decirle al tío de L fue que el café lo quería con leche (avec du lait), pero se ve que hablé con la boca demasiado abierta (no a la manera francesa) y mi pronunciación latina fue el hazmerreír de toda la semana.

¡Viva el queso!

Pasamos los días siguientes en familia L tiene 14 tíos y a muchos no los conocía— y nos fuimos acercando a París de a poco.

El primer domingo fuimos a un cumpleaños familiar en un departamento del arrondissement (distrito) 13 y, cuando L y sus primos salieron al balcón a fumar yo salí detrás de ellos, aunque no fume, para no quedarme sola entre tanta gente nueva y terminar siendo “la mudita” que solo sonríe (o que se comporta como en este video). (En mi defensa: no estaba preparada para conocer a tantos franceses de golpe, L me vendió el plan como “vamos a tomar un petit café a lo de mi primo” y cuando llegamos vi que era un cumpleaños infantil, que había como 20 personas, que no teníamos regalo y que yo era la peor vestida del lugar, y “la nueva”, además.)

El sol de invierno pegaba contra los edificios y la gente nos miraba desde la vereda: seis hombres en fila, fumando, y una chica en la punta, mirando para abajo.

Vi hombres con la baguette bajo el brazo, vi pasar el camión de la basura, vi a una señora paseando al perro, vi un domingo parisino y por primera vez me sentí parte de la ciudad.

De golpe empecé a sentirme en casa en un país que nunca me había interesado demasiado conocer. Es rara (y linda) la sensación de saber que ahora Francia es parte tan importante de mi vida como Argentina y que acá también tengo una familia.

El momento en la terraza

Cuando se me fue el jet-lag salí a dar paseos offline por el centro de París.

Como no tengo 3G en el teléfono en Francia, pude caminar sin caer en la mala costumbre de preguntarle todo a google.

París me pareció distinta a las otras veces que vine: más vacía, más amable, más colorida. Esta vez la recorrí siguiendo uno de mis mapas subjetivos —la ruta de las papelerías— y entre una parada y otra encontré arte callejero en casi todas las paredes y pequeños momentos cotidianos para guardar en mi cuaderno: una familia alimentando a los cisnes del Sena, un señor dándole de comer a las gaviotas en la fuente del Jardín de las Tulerías, un pato que le tiraba de la manga del pantalón para que le diera comida a él, un perrito ladrándole a los caballos de la policía, policías enojados y dos hombres cantando Hakuna Matata en francés en una plaza de Montmartre.

Esta fue la primera vez que estuve en París y entendí el 85 por ciento de lo que me decía la gente. Eso, para mí, es tener un superpoder.

Cuando lo conocí a L yo no hablaba una palabra de francés, apenas sabía decir bonjour y merci y ahí se terminaba mi conocimiento del idioma.

Esta vez, además, vine de mucho mejor humor, sin esa tristeza que no me dejaba ver, y los parisinos me parecieron muy simpáticos: los del correo me hablaron en español cuando compré estampillas para Argentina (“Prefiero el español que el inglés”, me dijo uno), en el metro me reí en complicidad con un francés cuando anunciaron por el altoparlante (y entendí) que se habían subido “tres pickpockets” al tren, una mujer me contó toda su vida y sus dramas en un negocio (y yo hice mi mejor fake French).

No hubo una vez que no sintiera que estaba caminando por una ciudad de película.

—Qué linda que está París, me repetí cada pocas cuadras, y después me pregunté:

— ¿Está linda o es linda?

Eso que a los extranjeros les cuesta tanto cuando aprenden español es para mí una de las cualidades más lindas de nuestro idioma: la sutil (y existencial) diferencia entre “ser” y “estar”.

Si digo que linda que es París estoy hablando de algo aceptado universalmente, de algo definitivo e inmutable, pero si digo qué linda que está París estoy hablando del momento presente, del ahora, de mi mirada, y en esta visita lo que definió a la ciudad fue eso: mi manera de verla.

La primera vez que vine a París, la ciudad no me encantó.

Y como estaba mundialmente aceptado que París es una ciudad que encanta, supuse que el problema lo tenía yo.

Unos meses después, haciendo carpooling con un francés-vietnamita, me enteré de la existencia del síndrome de París —la desilusión que sufren algunos japoneses cuando visitan París por primera vez— y me pareció una metáfora aplicable a mi experiencia —tanto con la ciudad como con los viajes— y al momento por el que estaba pasando.

Escribí un libro con ese título —“El síndrome de París”— y siempre hice énfasis en que no era un libro acerca de París, sino acerca de la desidealización, la maduración, el desenamoramiento y el yin-yang de los viajes y la vida.

Y así como durante una época pensé que yo jamás dejaría de ser la de “Días de viaje”, durante otra pensé que nunca dejaría ser la de “El síndrome de París”, que esa era la nueva Aniko que había llegado para quedarse y que París nunca estaría entre mis ciudades preferidas.

Tampoco pensé que el libro tuviera algo de París más que el título, hasta que volví a París después de haberlo publicado y entendí que la ciudad estaba mucho más ligada a mi proceso interno de lo que yo pensaba.

Vero, la ilustradora de ambos libros, lo expresó mejor que yo.

Esta vez París me encantó, pero tenía que volver para darme cuenta de que esa era una posibilidad y para dejar ir el pasado y las desilusiones.

Esta vez vine acompañada, sin duelo, sin tristezas existenciales y con un rumbo claro.

Y el círculo se cerró una tarde lluviosa en una papelería de París.

Mientras miraba cuadernos hechos a mano escuché a tres japonesas diciendo “ohhh kawaiii” (“ay, ¡qué lindo!) y entendí que el síndrome no lo sufren todos, que hay muchos japoneses que vienen por primera vez a París y les encanta, que todo este tiempo me había sentido identificada con una japonesa que nunca conocí y que acá había tres que me demostraban lo opuesto.

Entendí que todos tenemos una París personal que nos hace soñar y nos desilusiona, pero así es la vida.

Salí de la papelería cuando dejó de llover.

Me quedé parada en el boulevard, vi un rayo de luz cayendo sobre la vereda y saqué una foto.

Una chica se dio vuelta, se quedó mirando lo que yo veía y sonrió.

Esta París sin síndrome me parece doblemente bella.

El sol después de la lluvia

El síndrome de París en París. Foto: Brenda Espinola

[box type=star] Bonus track:

– La ilustración de portada es de José Luis García – Left Handed Graphic y fue hecha especialmente para este post. ¡Gracias José!

– Por si les interesa, esta es mi Ruta de las papelerías en París (encontré cosas muy pero muy lindas).

– Si están aprendiendo francés, les recomiendo la app Duolingo (con esa aprendí). También está bueno leer libros (me acabo de comprar ‘Le petit prince’ en francés) y escuchar música: yo escucho Stromae, Manu Chao (el disco en francés), Carla Bruni, Zaz y Georges Brassens.

– Si visitan París, no se olviden de una de las reglas más importantes: siempre decir bonjour cuando entran a un negocio (más info interesante en este video). Van a ver cómo cambia la actitud de la gente con ese pequeño saludo.

– Por último, si todo falla: se ponen a cantar Foux dou fa fa.[/box]

[box type=star] Links y descuentos e información para que disfrutes de tu viaje

Te regalo 25 euros para tu primera reserva en Airbnb.

Mi página favorita para encontrar los mejores vuelos hacia París es Skyscanner. Acá te cuento cómo podés encontrar los vuelos más baratos.

¿Querés leer algo inspirador antes de viajar o llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por Book Depository! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

Si querés abrir un blog de viajes para contar tu aventura y buscás hosting te recomiendo Siteground. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, ¡sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Pequeños momentos cotidianos de nuestros 40 días en Bali

How we spend our days is, of course, how we spend our lives.
What we do with this hour, and that one, is what we are doing.
(Annie Dillard)

Parte 1: 10 días en Seminyak

Llegamos a Indonesia a fines de diciembre. Cuando empezamos a descender sobre el aeropuerto de Denpasar le pregunté a L si el avión se estaba cayendo. Yo no quería viajar a Bali. La primera vez que vine, en el 2010, no me gustó. La segunda vez que vine, en el 2011, tampoco me gustó. Pero acepté volver porque L ama el surf y yo amo a L —lo cual no quiere decir que no haya elaborado teorías conspirativas acerca de todas las cosas horrorosas que nos iban a pasar en Bali, incluyendo dengue, estafas, accidentes aéreos y tiburones asesinos. En el aeropuerto nuestro equipaje tardó más de una hora en aparecer, no aceptaron mi billete de 100 dólares porque era “muy antiguo” y tuvimos que empezar a regatear apenas salimos a la calle. Nos pedían 250.000 rupias por un viaje que, según nos había dicho la dueña del guesthouse donde nos quedaríamos los primeros días, no costaba más de 80.000. Cerramos con un conductor por 150.000 y en el trayecto nos contó que había vivido diez años en Estados Unidos, trabajando en cruceros, pero decidió volver a Bali por homesickness: extrañaba su isla. “Aunque esto cambió mucho en los últimos años”, nos dijo.

Bali tiene una cultura muy distinta al resto de Indonesia, debido a su historia y religión (les recomiendo mucho leer al respecto). Pero, a la vez, es uno de los destinos más turísticos del mundo, y eso tiene sus efectos.

Estuvimos 10 días en un guesthouse en Seminyak, cerca de Kuta, zona a la que me había prometido no volver jamás. La dueña era una javanesa casada con un francés, a quien queríamos conocer pero nunca vimos. “Está en Francia, no sé cuándo va a volver”, nos dijo ella, y no me animé a preguntar más. Una mañana, una de sus hijitas franco-indonesias me agarró la mano y me llevó a dar vueltas por el jardín. Le dije hello y no contestó, le dije bonjour y se hizo la tonta, le pregunté “bahasa?” (¿indonesio?) y me respondió “yaaa!” (sí) como queriendo decir por fin le acertaste al idioma. Después entró a nuestra casa y se quiso llevar todas mis washi tapes. Se me subió a upa —me sorprendió lo livianita que era— y me indicó con el dedo hacia dónde debía moverme para transportarla. A la mamá le dio vergüenza y le dijo que se baje. Me preguntó si teníamos hijos. Le dije que no. “Mejor esperen”.

Todos los días caminamos veinte minutos hasta la playa siguiendo una vereda que dibujaba una S. Una vereda: algo raro en Indonesia, donde la gente va en moto a cualquier lugar que quede a más de cincuenta metros. En el camino veíamos restaurantes de western foodwarungs (puestos de comida local), ofrendas pisoteadas, resorts all inclusive, villas con cuartos en alquiler, templos entre medio de las casas y estatuas cubiertas con sarongs cuadriculados. Íbamos esquivando motos, vendedores y perros. Al llegar a la playa nos sacábamos las ojotas y la arena nos quemaba los pies. El mar estaba más caliente que el aire. Los días de marea baja, el agua se llenaba de plásticos y papeles que se me enganchaban en las piernas y me hacían pensar, por unos segundos, que un pez me había tocado. Yo me quedaba nadando una media hora y salía, me acostaba en la arena y lo esperaba a L mientras bajaba el sol. Vimos el atardecer 10 días seguidos y nunca dejó de impresionarme el color rosa del cielo y la consistencia firme de las nubes. Aparecieron barcos-barriletes y los dibujé mentalmente mientras comía arroz con tofu en un paquetito armado con papel madera. Fueron días de andar sin teléfono, de leer revistas en la playa y quedarnos dormidos sobre la arena mientras se hacía de noche y sentíamos las pisadas de la gente que llegaba para ir a alguno de los bares de la costa.

El barco pirata barrilete.

Festejamos año nuevo caminando sin rumbo por las calles de Seminyak hasta las 2 de la mañana. Vimos grupos de extranjeros bailando canciones de Katy Perry en la calle frente a algún bar y le dije a L, con tono de documental: “Aquí podemos observar las tradiciones típicas de la isla de Bali”. Contamos la cantidad de veces que alguien nos dijo “yes, motorbike?” y al número 30 nos cansamos. El primero de enero fue domingo y la playa estaba llena de vendedores ambulantes de cornetas con forma de dragón y de familias reunidas frente al agua. Hubo fuegos artificiales durante el día y música electrónica desde temprano. L me contó que en las discotecas de St. Tropez hay gente que compra botellas de champagne de 10.000 euros y el mozo las trae en una bandeja con velas-bengala mientras el dj corta la música y pone una canción especial. Nos divertimos imitando ese momento. Me metí al mar con ropa porque me sentí muy observada, había mujeres nadando con el velo. Vi cómo un nene le pegaba arena en la cola a su mamá mientras ella hablaba con una amiga. Vi el mar sin olas. Esa noche volvimos caminando, frenamos a comprar comida y el dueño de un restaurante me regaló un vaso de jugo de sandía mientras esperaba mi nasi campur. Sentí que empezaba a reconciliarme con Bali, que ya no le pedía tanto y, a cambio de eso, la isla me daba más.

Durante esos días soñé mucho y muy vívido. Soñé que en Bali había vendedores ambulantes de lápices de colores y que el aire acondicionado se desprendía de la pared y se caía sobre una mesa. Una mañana salí a buscar la ropa que habíamos dejado en el laundry y a mitad de camino me di cuenta de que me había olvidado dónde era. Volví al guesthouse y le pregunté a la dueña si conocía una lavandería cerca, no estaba segura pero me subió a su moto y salimos a buscarla. Creo que es por ahí, le dije cuando me pareció reconocer una calle entre tantas calles iguales. Era tan angosta que no había espacio para un peatón y una moto a la vez. Muy cerca las ramas de un árbol formaban una cortina que caía sobre el camino de tierra. Se volvía a cumplir la teoría: basta con salir de las calles principales para descubrir que Bali es, en realidad, un lugar muy tranquilo. Nuestra bolsa de ropa era una de las 200 bolsas que debía haber en ese lugar, que parecía un pelotero de bollos de sábanas.

Nos mudamos a otra casa que habíamos alquilado por internet y nos dimos cuenta de que fue un error reservar sin ver. Habíamos venido a Seminyak porque al parecer había buenas olas, pero no había. Decretamos que era momento de irnos de esa zona cuando, a la mañana siguiente, un coro de mujeres que repetía “yes hello massaaaage?” cada cinco minutos me despertó, como si hubiese apretado el botón de snooze. Nos quedaba un mes antes de que saliera el avión a París y decidimos ir a Canggu, un lugar que conocí leyendo un blog. Alquilamos una moto, manejamos una hora por un tráfico complicadísimo que parecía de un videojuego de realidad virtual y cuando llegamos entendimos todo. Era ahí, era ahí donde teníamos que estar. Canggu nos pareció un paraíso, casi como un fragmento de una publicidad engañosa de esas que quieren convencerte de que mudarte a este barrio privado puede ser lo mejor que te pase en la vida. Había olas, surf, pelos al viento, terrazas de arroz, poco tráfico y un espacio de coworking que parecía salido de la fantasía de cualquier nómada digital, con pileta, un gato y muchos enchufes. Fue bastante incómodo cancelar la reserva de Seminyak pero la dueña entendió y llegamos a un acuerdo. Al día siguiente nos mudamos. Antes de dejar Seminyak, L fue a sacar plata del cajero. Cuando volvió me dijo que le habían pasado dos cosas: un tipo intentó distraerlo con el cuento de la moto y una mujer le ofreció massage with happy ending por 7 dólares.

“Venga a vivir a Canggu”

Parte 2: 30 días de quietud en Canggu

Alquilamos un cuartito a 200 metros de la playa y no nos movimos de Canggu por un mes. Recuperé —o creé— rutinas que el movimiento no me permitía tener y encontré pequeños momentos de felicidad en esas repeticiones cotidianas: nadar, caminar, ir al coworking, hacer journaling, leer. Repeat. Escribí todos los días las cuatro escenas en mi cuaderno, como quien está a cargo de la bitácora de un transatlántico, y fui armando mis scrapbooks de momentos, fotos, dibujos y frases.

Llenar cuadernos me salva.

En nuestros 30 días de quietud en Bali:

guardé las zapatillas debajo de la cama y anduve todo el mes en ojotas o descalza,

nadé todas las mañanas y trabajé todas las tardes,

me hice socia de un coworking por primera vez en mi vida y fui todos los días a la oficina por caminos rodeados de plantaciones de arroz,

me propuse ser más productiva y más agradecida, y empecé a dibujar tomates para contabilizar mis horas de trabajo,

incursioné en el bullet journaling y cuando me di cuenta estaba escribiendo mi vida en tres cuadernos a la vez, otra vez (¿cuándo fue que volví a dividirme?),

una noche alguien se confundió y se llevó mis ojotas de la puerta del coworking y yo supongo que me llevé las suyas (al día siguiente las trajo e hicimos el intercambio sin vernos),

me reencontré de a poco con Indonesia, fui recordando palabras en bahasa como quien encuentra cajas con cosas que alguna vez le pertenecieron y de las que no tenía registro mental,

de a ratos me sentí más en Java que en Bali, sobre todo cuando fuimos para el sur y escuché —o me pareció escuchar— el canto de una mezquita, y pensé en lo curioso de que el destino me hubiese traído a Indonesia otra vez,

alquilamos una moto y descubrimos el rice field shortcut por el que va todo el mundo para acortar camino —y una vez lo vimos lleno de patos—,

fui a la playa todas las mañanas y tuve que acostumbrarme a entrar corriendo al mar en el momento exacto, como quien se mete a saltar una soga que ya está en movimiento, para que las olas no me rompieran encima —descubrí que para esto es mucho mejor la malla entera que la bikini—,

también tuve que acostumbrarme a hacer la plancha entre surfers, a nadar entre olas desordenadas y a salir del mar sin anteojos y tener que adivinar, por los contornos del paisaje, dónde había dejado mis cosas —una señora que atendía en un warung me vio achinando los ojos y me hizo señas de que mi toalla y mis ojotas estaban allá, mientras se reía a carcajadas y le contaba a sus amigas—,

googleé: can sharks smell my period and will they eat me? —no—,

vino a visitarnos Nita, una amiga Indonesia, y festejamos mis nueve años de viajera en una playa con agua transparente a la que llegamos por una autopista que iba sobre el mar —después de nadar en ese mar no quise volver al nuestro, revuelto y oscuro—,

La playa de Nusa Dua

empezó a obsesionarme una pregunta: ¿dónde vamos a vivir?, ¿cuándo nos vamos a establecer?, ¿y si nos quedamos en Bali?

una noche empezó la lluvia y L me despertó para mostrarme que en el techo de nuestro baño había un gecko pegado cabeza abajo,

a partir de ese día llovió todos los días y yo aproveché para trabajar más,

todo se llenó de olor a humedad, la ropa dejó de estar seca,

varias veces caminé los 15 minutos de trayecto al coworking bajo la lluvia y, como los impermeables se agotaron rápido en todos los minimercados del pueblo, volví al guesthouse tapada con una bolsa de consorcio, como un fantasma negro por las calles de tierra, iluminada por la linterna de mi teléfono,

en alguna de esas caminatas a oscuras me pregunté cómo sería el mundo si viajar fuese obligatorio,

El coworking

fui a una charla de salud mental para nómadas digitales y me dieron ganas de apropiarme del micrófono y preguntar si a alguien le habían pasado las mismas cosas que a mí, pero no me animé —la charla no profundizó demasiado—,

anoté esta frase de una charla TED en mi cuaderno: “Life does not give you what you ask for. It gives you the people, places and situations to develop what you ask for”,

acariciamos vacas, vimos mariposas, un cachorrito abandonado nos llenó de besos —una familia lo adoptó—, los tres perros del guesthouse se metieron casi todas las tardes debajo de nuestra cama, un cangrejo negro quiso entrar a nuestro cuarto y le bloqueé el paso, un ratón se escondió debajo de un trapo en el jardín, vi al gato del coworking tomando agua de los vasos de gente distraída, nos mostraron un perrito bebé que cabía en la palma de la mano, vimos un pececito negro con puntos naranjas debajo de una piedra en el fondo del mar,

seguí soñando mucho: soñé que alguien me daba una bola de cristal con Minions adentro, soñé con “el colectivo en el que se escapan los maridos” (L aprovechaba que yo bajaba en una estación de servicio para ir al baño y el colectivo seguía camino sin mí, directo a Francia, con otros maridos que también huían),

pensé espontáneamente en un payaso,

cargamos nafta en botellas de Absolut y fui capaz de decirle a una señora, en indonesio, que nos diera una más,

no volví a escuchar “yes, motorbike?” cada 5 metros,

encontré un rey de trébol abandonado,

escuché todos los días a la dueña del guesthouse preguntarme: “Aniko, where you go?” cada vez que me veía salir, tomamos una cerveza en su warung en la playa, fuimos al cumpleaños de una de sus hijas y la vimos armar las ofrendas cada mañana —me abrazó fuerte cuando nos fuimos y me hizo prometerle que volveríamos en junio—,

vi pasar un camión bajo la lluvia con un grupo de balineses haciendo música en el acoplado, debajo de lonas,

oímos música nocturna en los templos y vimos pequeñas celebraciones ocasionales,

escuchamos el sonido de los geckos y el croar de los sapos antes de la lluvia,

festejamos el cumple de 30 de una chica alemana del guesthouse y cuando los mozos del restaurante le cantaron el feliz cumpleaños en indonesio me dieron ganas de llorar,

el agente que nos renovó la visa miraba muy intenso a los ojos, como con intenciones de hipnotizador, pero tardó tanto en hacer el trámite que casi nos vamos del país sin pasaporte,

El feliz cumpleaños en indonesio

en el coworking me vi rodeada de gente como yo, nómadas digitales de todas partes del mundo, personas que también combinan viajes y trabajo, y sentí que por primera vez en mucho tiempo pertenecía a algo que no era virtual,

entendí que viajar por Bali y vivir en Bali son dos experiencias muy distintas, que vine con tan pocas expectativas que esta visita superó a las anteriores, que el viaje siempre es subjetivo y esta vez descubrí mucho aunque no haya recorrido nada —”I’m not a good tourist”, nos dijo un esloveno que solo vino a Bali a surfear—,

pensé que todos mis días en Bali habían sido más o menos parecidos hasta que releí mis cuadernos y me encontré con este álbum de figuritas de cotidianidad y entendí que estar quieta también es estar en movimiento.

[box type=star] Algunos datos y consejos para visitar Bali:

  • Bali me parece un muy buen lugar para nómadas digitales. Hay espacios de coworking en Canggu y en Ubud y una comunidad de gente muy interesante. Canggu está en la costa y es más de surfers, Ubud está en la montaña y es más de yoga. No les recomiendo Kuta, Seminyak hasta ahí, pero no volvería a quedarme en esa zona, hay lugares mucho más tranquilos, baratos y menos turísticos.
  • Se consigue alojamiento mensual desde 4.500.000 rupias/mes/habitación (aprox. 335 usd por un cuarto para dos personas). Alquilar una moto cuesta unas 750.000 RP por mes (55 usd). El coworking al que fuimos cuesta 100 usd por mes, aunque hay planes más caros y más baratos. Comer puede ser barato o muy barato, según el tipo de comida que elijan: por un plato en un warung solíamos pagar unas 20.000-35.000 rp (1.50 a 2.50 usd), en un restaurante entre 50 y 100.000 (3.50 – 7.50 usd).
  • Consulten si necesitan más info y, si veo que hay muchos interesados, armaré una mini guía práctica de Bali. [/box]

Mis 9 años de viajera: cómo viajo ahora, cuáles son mis miedos, qué cosas me cansaron y qué aprendí en estos años

El 28 enero de 2008, con 22 años y la carrera de Comunicación Social recién terminada, salí de mi casa con un pasaje de ida a Bolivia, una mochila, un cuaderno y el enorme deseo de vivir viajando. Tenía miedo, tenía muchas más preguntas que respuestas y no sabía qué iba a ser de mí, pero estaba convencida de que tenía que intentarlo. Hace unos días, el 28 de enero de 2017, se cumplieron nueve años de aquel día en que decidí dejar todo (o llevarme todo) y probar si podía hacer de los viajes mi estilo de vida.

Festejé mi noveno aniversario viajero en una playa de agua transparente en Bali —no siempre tengo tanta suerte los 28 de eneros— junto con L, mi marido, y Nita, una amiga indonesia a la que no veía hacía 7 años. Viajamos casi dos horas en moto para llegar a esa playa y, como a mí las ideas se me ocurren cuando estoy en movimiento, en el trayecto hice un resumen mental de lo que transité durante estos últimos años. Como el año pasado no publiqué post aniversario, el de hoy vale por dos.

Acá festejamos.

Estas son algunas de las cosas que aprendí, que cambiaron y que siento después de nueve años de vivir viajando:

* Cada vez quiero viajar más lento (o pasar varios meses en un mismo lugar)

Miro para atrás y veo que mi manera de viajar cambió mucho. Cuando empecé estaba desesperada por conocer todo. ¿Qué querés ver en tu viaje? TODO. Me recorría un país entero en un mes, daba vueltas por un continente durante un año sin parar, me movía cada cuatro o cinco días, iba de hostel en hostel y trataba de no perderme nada de lo que creía que “tenía que ver y hacer”. Si me quedaba más de un mes en un mismo lugar era por necesidad, por amor* o por cansancio, porque estar quieta (o volver a un lugar que ya había conocido) me parecía perder el tiempo. No sé si será la edad (31+) o que la velocidad me agotó, pero ya no puedo —ni quiero— viajar así. Ahora, cuanto más lento me mueva, mejor. Y cuanto más tiempo pase en un lugar en el que me siento bien, mucho mejor todavía. Cuando recién empecé, para mí esto no era viajar, porque viajar tenía que ver con el movimiento y el cambio constante, no con la estabilidad ni la quietud (aunque fuese en un lugar distinto a Buenos Aires). Pero después de quedarme nueve meses en un solo punto del mapa (en Biarritz, Francia, entre el 2014 y el 2015) me di cuenta de que me también me gusta —y necesito— estar quieta, tener mi escritorio, mis alacenas, la panadería del barrio, el mar a una cuadra, mi biblioteca, un buzón. Me gusta frenar y descubrir un lugar nuevo de a poco, a través de las rutinas cotidianas, y a la vez poder seguir mirándolo con ojos de extranjera.

(*lo del amor, especialmente el desamor, lo cuento en mi libro “El síndrome de París”)

* Hay días en los que daría todo por tener un hogar fijo y días en los que no cambio este estilo de vida por nada.

En mis días malos, mis frases de cabecera son: “me quiero ir a mi casa” y “ya no quiero viajar más”. Suelo decirlas cuando las cosas no salen como esperaba, cuando no me siento bien en el lugar que estoy (o conmigo misma) o cuando nos toca mudarnos de casa o ciudad. Estoy muy cansada de moverme de un lado a otro, de tener que buscar alojamiento, de empacar y desempacar y empacar y desempacar, de no tener un escritorio propio (a veces ni siquiera una mesa) y tener que inventarme un espacio de trabajo todos los días, de tener que llegar a tiempo a un tren, de tener todas mis pertenencias en el piso. Hay días en los que dejaría todo sin pensarlo para establecerme en un lugar y no moverme nunca más, pero hay otros días en los que me miro de afuera, me doy cuenta de que estoy pasando el tiempo como yo quiero, donde yo quiero y con quien yo quiero y entiendo que más allá de los cansancios ocasionales, no cambio esta libertad de desplazamiento por nada. Supongo que esta es la lucha interna con la que tendré que convivir toda mi vida. Por lo pronto, estamos entre dos opciones: hacer base semi-permanente en algún lado y hacer viajes cortos, o movernos cada seis meses.

Primera carta que encontré en este viaje (en Bali)

* Lo principal en mi vida ya no es viajar sino escribir (y trabajar).

Pasé de ser mochilera a ser nómada digital, que es lo que siempre había querido lograr: poder trabajar de lo que me gusta desde cualquier lugar del mundo a través de internet y ganar lo suficiente para poder seguir moviéndome de un lado a otro. Y a mí lo que más gusta y lo que más me importa es escribir, llenar cuadernos, hacer libros y compartir las cosas que me pasan con el objetivo de motivar a quienes también buscan tener un estilo de vida distinto. Empecé a viajar como excusa para encontrar temas de escritura y ahora siento que el viaje se convirtió en el complemento ideal, pero ya no en lo central de mi vida. ¿Esto quiere decir que voy a dejar de escribir de viajes? Para nada, es una de mis temáticas preferidas, pero sí quiere decir que ahora me doy permiso para escribir acerca de otras cosas.

Mi oficina portátil

* Entendí que sostener este estilo de vida nómada requiere mucho trabajo y que cuanto más profesionalizo lo que hago, menos tiempo tengo para viajar.

Parece contradictorio pero es así: me fui de viaje para huir de la vida de oficina y los horarios fijos y ahora resulta que trabajo más horas que nunca. Haber creado este blog me trajo un montón de oportunidades laborales, me permitió publicar mis libros, escribir en revistas, trabajar con editoriales, ser oradora y dar talleres, entre otras cosas, y si quiero seguir por ese camino, si quiero seguir creciendo y publicando libros y dando talleres y siendo oradora y generando contenido y profesionalizando los viajes tengo que trabajar en eso todos los días. Y si además quiero tener la libertad de elegir dónde vivir y de moverme adonde quiera cuando quiera, tengo que trabajar todavía más. Lo bueno es que amo trabajar porque hago lo que me apasiona y mi trabajo tiene que ver con quien soy, lo malo es que cuanto más profesionalizo, menos tiempo me queda para viajar. Hay momentos en los que extraño viajar sin tecnología y en los que quisiera poder pasar un mes sin tener que conectarme a internet, responder mails, manejar mi tienda, prender un teléfono, revisar mi blog o publicar en redes sociales. En cualquier momento me pido mis quince días de vacaciones y me voy de viaje sin ningún tipo de pantalla en el equipaje (lo tengo pensado, pero para eso tengo que empezar a delegar más, que es algo en lo que ya estoy trabajando).

* Ya no viajo sola (ni quiero hacer todo por mi cuenta)

Viajé sola durante seis años y me encantó. Creo que todos/as deberían viajar solos/as alguna vez en la vida, para mí fue una de las experiencias más enriquecedoras y de crecimiento personal que tuve, y es algo que sigo y seguiré haciendo, aunque de manera más esporádica. Hace dos años y medio me enamoré de un francés que conocí viajando y tomé la decisión de empezar una vida nómada de a dos. Me encanta tener con quien compartir lo que voy viviendo, reírme todos los días, tener rutinas de trabajo en conjunto (él es programador), pero no deja de ser un cambio enorme en mi vida y, por eso, un aprendizaje constante. Estoy aprendiendo a tomar decisiones de a dos, a encontrar un punto medio entre lo que cada uno quiere, a ceder y a respetar los espacios del otro. Y aunque estemos viviendo la vida que ambos queríamos tener, seguimos sin ponernos de acuerdo en muchas cosas. Ejemplo:

—Quiero vivir frente al mar.
—Yo también.
—Quiero un océano con olas para hacer bodyboard.
—Ah no, pero yo quiero un mar calmo y transparente para poder nadar.
—Bueno, vamos a (equis lugar con mar intermedio).
—Pero no tiene ciudad.
—Mejor, a mí me gustan los pueblos.

Y así.

A la vez, siento que llegué a un punto en el que ya no puedo hacer todo sola, laboralmente hablando. Hace unos meses participé en uno de los talleres de Vero Gatti, mi amiga ilustradora, y la escuché decir una frase que me quedó grabada: “No se puede crecer solo”. Durante muchos años hice todo sola: viajé sola, creé mi blog sola, escribí sola, hice todo el proceso de publicación de mis libros sola, organicé mis presentaciones sola, manejé todo sola. Y llegué a un límite. Quiero seguir creciendo y me doy cuenta de que para eso necesito ayuda, así que estoy en proceso de formar mi equipo de trabajo y de abrirme a colaboraciones.

Me gusta ir por el mundo de la mano.

* Superé muchos miedos iniciales pero sigo siendo muy miedosa

Los miedos que tenía antes de empezar a viajar desaparecieron: ya no me da miedo viajar a otro continente, ni irme con un pasaje de ida sin saber cuál va a ser mi ruta, ni no saber de qué voy a vivir, ni tener que hablar con extraños, ni que me estafen, ni no saber el idioma. Pero el miedo en sí nunca se me fue, es como un virus que muta y evoluciona a la par mía y va reapareciendo completamente adaptado a mi forma de ser actual. Por ejemplo, ahora me da miedo que el avión al que me subo se caiga, que el mosquito que me pique tenga dengue, que me pase algo en las manos, estar andando en moto y que no funcionen los frenos, tener un accidente espectacular y nunca visto en un tobogán acuático y pasar a formar parte de la lista de freak accidents de la historia (épico), que a L le pase algo cada vez que entra al mar a hacer bodyboard, que la gente que quiero se muera y yo esté lejos. También me da miedo la depresión, empezar a escribir un texto, publicar un libro nuevo, que no me respondan un mail importante, ser tan vulnerable, la primera clase de un taller, los primeros minutos de una charla y cada proyecto nuevo que empiezo. (Debería dedicarle un post solo a los mieRdos). Los miedos son adaptativos y los odio, pero también creo que la vida consiste en superarlos y que sin miedo no habría desafíos.

* No me iluminé ni llegué al Nirvana

Viajar me trajo muchísimas cosas buenas y me enseño cosas de mí y del mundo que de otra manera tal vez no hubiese aprendido, pero yo sigo siendo la misma. Me enojo, tengo días de mal humor, días en los que no quiero hacer nada, días en los que me siento invencible, días en los que quiero esconderme debajo de la cama, días en los que no quiero hablar con nadie, días en los que se me da por charlar con todo el mundo, días en los que todo me viene bien y días en los que todo me cae mal. Vivir viajando no es la panacea y me molesta ver cómo a veces se muestra este estilo de vida como algo ideal, perfecto o fácil cuando no lo es (me parece hasta irresponsable, porque puede generar mucha frustración en quien decide vivir así pensando que se le solucionarán todos los problemas). Los problemas siguen existiendo y, al igual que los miedos, son adaptativos: vivir en movimiento constante genera conflictos internos que tal vez no aparecen en quienes siempre están quietos. Me pasó y se los conté. Y me seguirá pasando mientras siga estando viva.

De todo este proceso de enamoramiento – desilusión – desidealización – aceptación – madurez hablé en mi segundo libro (y Vero lo supo captar muy bien a través de sus ilustraciones)

* Cada vez me siento más orgullosa de no haber escuchado a los que me dijeron que no se podía vivir así

Cuando miro para atrás me doy cuenta de que todo lo que logré y todo lo que tengo en mi vida hoy fue gracias a que hace nueve años me animé a dar el primer paso y no escuché toda la negatividad que me rodeaba. Me dijeron que me iba a pasar de todo por viajar sola, que nunca iba a tener pareja ni formar familia, que me iba a morir de hambre, que no iba a conseguir trabajo, que no iba a poder vivir de la escritura, que seguro iba a ser una mantenida, que quería ser una hippie de por vida y todo lo que ya les conté muchas veces. Lo más fácil hubiese sido resignarme, darles la razón, quedarme en mi casa y seguir el camino socialmente esperado, por eso agradezco haberle hecho caso a ese impulso inicial y haberme animado a probar qué pasaba. Y aún si me hubiese ido “mal” viajando, la experiencia hubiese sido un éxito. A veces me pregunto cómo sería mi vida hoy si el 28 de enero de 2008 no me hubiese animado a subirme a ese colectivo.

Y a veces no puedo evitar sentirme así:

* Y, por último, antes pensaba que para vivir viajando había que dejar todo. Ahora pienso que la palabra clave es “llevar”.

Antes creía que para vivir viajando había que renunciar al trabajo o estudios, despedirse de familia y amigos, vender todas las pertenencias, ponerse una mochila, comprarse un pasaje de ida y empezar de nuevo. Ahora pienso que la clave no está en dejar todo, sino en llevarse todo lo que uno ya es (o lo que puede llegar a ser) y combinar eso con el movimiento: idear un trabajo que se adapte a nuestra pasión, talentos y capacidades y hacerlo a distancia (en lo posible) o físicamente en otra parte del mundo, seguir estudiando por internet (gracias SkillshareCreativebug y Duolingo por existir), formar comunidades de amigos y colegas online y offline, mantener el contacto con las personas cercanas y seguir siendo quien uno es, aún estando de viaje. No hay que convertirse en otra persona para vivir viajando, tampoco hay que ser millonario o superhéroe. En estos años conocí a muchísima gente que vive así y lo que vi que tenían en común es que todos buscaron la manera de combinar lo que les apasiona con el movimiento, e invirtieron sus energías, recursos y tiempo en lograr ese objetivo. Y esa, creo, es una de las pocas maneras de lograr que este estilo de vida sea sostenible en el tiempo. Si antes decía que viajar debería ser una materia obligatoria para recibirse de humano, ahora digo que también debería ser obligatorio descubrir nuestro talento, ser fieles a lo que nos apasiona, no escuchar a los que dicen que no se puede y tener la libertad de elegir cómo queremos pasar nuestro tiempo.

Felices 9 años a mí y felices (casi) 7 años a mi blog. Les dejo algunos videos que me gustan:

(Si quieren seguir indagando en esto de “encontrar su pasión” les recomiendo el libro “El elemento” de Ken Robinson.)

Y el video que más me hizo reír el año pasado:

Lo más raro, divertido y curioso que encontré durante mi viaje por Japón

Unos meses antes de viajar a Japón escribí una lista en mi cuaderno. La titulé “Búsqueda del tesoro bizarra” e incluí todas las cosas raras que quería encontrar en Japón. Algunas salieron de mi imaginario popular japonés, otras de lo que me fue diciendo la gente, otras de lo que leí en internet. Vista desde Buenos Aires y, sin haber viajado nunca a Japón, me parecía una lista bastante exhaustiva. Daba por sentado que no iba a encontrar cosas más raras que esas (y tal vez ni esas). Ja. Me alcanzaron unos días en Tokio para darme cuenta de que Japón parece un país salido de otro planeta y allá la normalidad es muy distinta a la que conozco. Les dejo algunas fotos de las cosas más raras, divertidas y curiosas que encontré durante mi viaje de tres meses por Japón, uno de los países más fascinantes que conocí hasta ahora. Seguramente me falten un montón de cosas más porque Japón es una fuente inagotable de sorpresas (me las cuentan en los comentarios).

Esta era la lista inicial, armada con ideas propias y de mis amigos. Encontré más pero me faltó tildarlas.

 

Y todo esto es lo que encontré:

Paraguas secándose en las veredas de Tokio (algo que no pensaba encontrar en una ciudad de 38 millones de habitantes). Me dijeron, además, que hay muchos paraguas “públicos” que se pueden usar y después devolver en el mismo lugar.

Paraguas mágicos. No vi el “superparaguas” ni los paraguas para los zapatos ni el paraguas al revés, pero entremedio de miles de paraguas transparentes (los más típicos en Japón) encontré algunos muy coloridos, como este. (Tokio)

Esponja para lavar los platos con cara de osito. Lo kawai (cute) está por todas partes, incluso en lo más cotidiano. (Tokio)

Manteca de cacao sabor a Fanta naranja. (Tokio)

Kit-kats y Oreos de té verde (el matcha o té verde es un clásico en Japón).

Una especie de selfie-stick para dar el pronóstico del tiempo (visto en una tele que parecía un portarretratos). Unos días después lo encontré a la venta, o sea que debe ser más común de lo que pensaba.

Máquinas para pedir la comida. Japón es el país más automatizado del mundo y las máquinas se usan, incluso, para pedir la comida en los lugares más tradicionales (marcás tu pedido en la botonera, se te imprime una especie de boleto con la orden y se lo das al cocinero).

Un auto muy compacto. Los autos japoneses son más chiquitos que los que se ven en Occidente, este es un caso extremo.

Caritas anti estrés (son adictivas). También vi con forma de baguette, banana, medialunas…

 Inodoros supersónicos. Es verdad: los inodoros japoneses están enchufados a la pared, tienen botoneras para controlar las distintas funciones, a veces se abren solos cuando te ven llegar y siempre tienen la tabla calentita. Todavía no saludan… creo.

 Máquinas para pescar peluches, muñecos, electrónica, chocolate y otras cosas. Están por todas partes (y siempre se ve gente tratando de sacar algo, sobre todo hombres de saco y corbata).

Perversiones.

Comida en miniatura (hay una obsesión con eso, lo vi a la venta en todas partes).

 Espacio público libre de humo. En Japón no se puede fumar en espacios públicos (excepto en las áreas asignadas), pero sí se puede fumar en los restaurantes. Una de las tantas contradicciones japonesas, en mi opinión.

 Sandalias con medias. Una vez un amigo chino me vio ponerme ojotas (sandalias) con medias (calcetines) y me dijo: “That’s so Japanese!”. Acá un primer plano de nuestro amigo Joji, que nos llevó a comer ramen en Tokio con este calzado.

¿Un bar donde te blanquean los dientes? ¿Servirán tragos con lavandina? Ni me animé a preguntar.

 Cat cafés. Lugares donde podés ir a acariciar gatos, hamsters, conejos, serpientes y búhos. (Tokio)

¡Tamagotchis! Siguen existiendo y seguramente son más avanzandos que los que conocí. Tuve uno en los noventa y lo ahogué en el bebedero del colegio (era de una amiga, la obligaron a desconectarlo y como no se podía apagar intentamos con otros métodos).

Caca y sangre de plástico para hacer jodas.

Chicos volviendo solos del colegio (andan solos por la calle desde los 6 años, incluso en una ciudad gigante como Tokio).

“Print yourself in 3D” (Imprimite en 3D). Tampoco me animé a preguntar. Además, una vez que te imprimiste, ¿qué hacés con la copia? ¿La ponés de adorno?

La mopa-zapatilla. Caminá y limpiá a la misma vez.

Animé sexy.

Monedas en una fuente. Ya sé que tirar monedas en las fuentes trae buena suerte, pero esto enceguecía.

Cosito” para calcar el relieve de las hojas (seguro que alguna vez lo hicieron con una moneda) (Nara)

Arte en las tapas de alcantarillas (con motivos típicos de cada ciudad). Esta la vi en Nara.

Máquinas expendedoras (en todas partes). Hay más de 6 millones en todo el país, esta la vi en Nara Park.

Ciervos cruzando la calle (en rojo!), en Nara.

El canasto-minion.

Carteles con animales como protagonistas.

El doble budín, souvenir típico de Osaka.

Detalles argentinos, en Osaka.

Carteras con caras (ni sé qué personaje es, que alguien me ilumine). (Osaka)

Réplicas gigantes en los frentes de los restaurantes de Osaka.

La entrada al país de las maravillas (en Osaka).

Comida kawai (porque en Japón todo puede ser aún más tierno).

Lámpara hecha de ositos Yummy.

Un show de baile de robots (en Tokio).

Godzilla. Está en Tokio y es ciudadano oficial de Japón.

Cuchillos del tamaño de un nene (en el mercado de pescado de Tokio).

Jardines en los entrepisos de los edificios (este estaba en un cuarto o quinto piso de Tokio)

Carteles en formato cómic.

Ronald McDonald mandando mensajes de texto frente a su local (capaz estaba poniendo un punto de encuentro). Fue el día de Halloween, vi a varios por la ciudad.

Cosplay en Harajuku (Tokio).

Una ceremonia tradicional (en Yoyogi Park).


El techo loco (es la entrada a un shopping en Tokio)

El pasajero misterioso (en el metro de Tokio).

Réplicas de comida en la entrada o vidriera de los restaurantes.

Sellos coleccionables en las estaciones de metro, lugares turísticos y otros puntos de la ciudad.

 

Traducciones muy cómicas de Google Translate.

Una alerta de emergencia que casi me da un paro cardíaco (vi esto en la pantalla de mi teléfono, seguido por el ruido de una alarma, y pensé que se venía un tsunami o terremoto. Al final era un simulacro, lo dice como siete veces en japonés, pero podrían haberlo puesto en inglés también!).

Media Coca-Cola.

Sushi de goma (dentro de una máquina de pescar muñecos).

Hotel de cápsulas (Tokio). No lo vi por dentro, pero cada rectángulo corresponde a una cápsula.

La escalera mecánica más corta del mundo (en Kawasaki). Tiene cinco escalones y no cumple ninguna función de accesibilidad, ya que justo después hay que seguir bajando por una escalera normal.

Hello Kitty hasta en la sopa (o, en este caso, cumpliendo funciones reflectantes, para avisar que hay una obra en construcción).

Fotos de actores en las máquinas expendedoras.

Remolinos de noodles (en el aeropuerto de Haneda).

Objetos perdidos (puestos donde se le cayeron al dueño, para que vuelva sobre sus pasos y los pueda encontrar)

El Kentucky Fried Chicken como lugar de celebración de Navidad (en Japón la Navidad es una fiesta romántica, medio similar a San Valentín).

Dinosaurios fabricados con cacharros.

Kadocchi, uno de los íconos de los domingos en Harajuku (Tokio). Forma parte del grupo de cosplay Hanmyo Project (me enteré de todo esto después de sacarle una foto, porque cuando lo vi no entendí quién o qué era).

Un minion en Yoyogi Park.

Perros con ropita.



Los Elvis de Yoyogi Park, japoneses que se juntan a bailar rockabilly todos los domingos.

Spiderman manejando un karting (cerca del Monte Fuji). También vi a Mario y Luigi. Pasó demasiado rápido.

Yoshi en un camión de basura (los camiones de basura son un tema aparte, van por la ciudad haciendo música, parecen camiones de helados).

Un parque de diversiones abandonado en Nara (se llamaba Nara Dreamland, estuvo abandonado diez años, pero cuando llegamos lo estaban demoliendo y había mucha seguridad, así que no pudimos entrar)

Traducciones un poco sugestivas.

Inodoro y lavatorio integrado (cuando tirás la cadena sale agua de la canilla).

Este señor con su valijita (en Osaka).

Exceso de packaging. Todo viene muy envuelto, la primera vez que compré un paquete de galletitas me encontré con que cada galletita estaba envuelta por separado.

Detalles tiernos en los tranvías.

Una calabaza gigante frente al mar. Es en Naoshima, una isla repleta de museos de arte contemporáneo e instalaciones artísticas, y es obra de Yayoi Kusama.

Sandwich de noodles. Paso.

Detalles tiernos en los trenes. Como ya dije más arriba, en Japón todo se puede enternecer aún más.

Un corazón.

Una especie de cinta transportadora para subir las bicicletas con facilidad.

Una isla habitada por más de mil conejos.

Cenicero de bolsillo.

Una escalera mecánica con curvas.

Especie de galletita rellena con forma de hoja (souvenir tradicional de Miyajima).

¿Mosquiteros? ¿Tules?

La cara de Obama hecha con grullas (en Hiroshima).

Este edificio (en Osaka).

Un parque de monos (en Kyoto).

Helado de té verde (en Kyoto).

Revistas para adultos en los 7-Eleven.

Un mapa del otoño (en Kyoto). Lo vimos en una de las estaciones de metro. Lo actualizaban cada día!

El gato sorprendido.

“Tokyo banana”. Un dulce de banana con forma de banana relleno de… banana.

Kit-kat de melón (no encontré los melones de cientos de dólares).

Las publicidades más raras, divertidas y/o indescifrables.

Un mapa del baño.

Esto.

Espantapájaros.

¡Lectoras de mi blog! Son mexicanas, me vieron caminando por Yoyogi Park y se acercaron a saludarme. Nunca jamás en mi vida pensé que me iba a encontrar lectores en Tokio.

¡Mi lector japonés! Cuando me mandó un mail diciéndome que me leía desde Osaka casi colapso. No pensé que tenía lectores japoneses!! Habla muy bien español y me dijo que practica mirando mis charlas (ya veo que se le pega el acento!).

Este muñeco.

 Snacks típicos japoneses.

Un cine erótico (así, tranquilísimo, en las calles de Osaka)


El colegiala de Osaka.


 Onsen (baños comunes con aguas termales). Son muy comunes en Japón y siempre hay uno para hombres y otro para mujeres. La primera vez que fui no sabía bien qué hacer, ya que hay un montón de reglas a seguir para asegurar la higiene del lugar (deberían adjuntar el manual de instrucciones con la entrada).

Sumo (no lo vimos en vivo pero sí todos los días en algún televisor que nos cruzábamos)

Baldes anti-incendios en las entradas de las casas (según leí, están solo en Kyoto, donde hay muchas construcciones de madera).

Sandalias para la casa y para el baño. Los japoneses se sacan los zapatos antes de entrar a la casa y tienen dos sandalias: para usar en la casa y para usar solamente en el baño.

Autoservicio (dejás ¥100 en la caja y sacás un poco de comida para los peces). Esto demuestra la confianza y seguridad que hay en Japón.

Prohibiciones de cosas que nunca se me hubiese ocurrido hacer pero que después de ver me dieron ganas.

¡Los expendedores de bombachas (ropa interior femenina) usadas! ¡No eran un mito! Los encontramos el último día en Tokio, en el subsuelo de un sex shop en Akihabara (lo que había en ese sex shop da para una parte 2)

Este videoclip que es furor en Japón (yo tampoco entiendo lo que acabo de ver, pero no me lo puedo sacar de la cabeza).

*

No encontré sandías cuadradas, no vi los ventiladores para enfriar los fideos, no fui a la isla de los gatos, no pude ver al abuelo colegiala que pasea por Yoyogi Park ni conocí a nadie que hubiese sufrido el síndrome de París (aunque con tanto fanatismo por lo francés, ya no me parece un síndrome tan raro). Tampoco caminé por el bosque de los suicidios ni me separé de L cuando visitamos la zona de Arashiyama (al parecer las parejas van ahí para terminar sus relaciones). No entramos a los maid-cafes ni a los butler-cafesNo coleccioné las firmas de los monjes ni fui a la estación de tren donde el “station master” es un gato. Pero encontré estos detalles y momentos que me llamaron la atención y me permitieron seguir armando el rompecabezas infinito que es Japón. Lo mejor de todo, es que si googlean “weird Japan” van a encontrar un montón de cosas más (les recomiendo la guía “Hidden Japan” de Atlas Obscura). Esto es solo la punta del iceberg de una de las culturas, para mí, más complejas y fascinantes del mundo.

¿Qué fue lo más raro que viste o te gustaría ver en Japón?

Los expedientes X de Viajando por ahí: el lado bizarro de tener un blog de viajes

El 2016 debe haber sido uno de los años más bizarros de los últimos tiempos y quiero despedirlo abriendo la caja de pandora de mi blog. Hoy quiero compartir el lado B (de Bizarro) de ser blogger de viajes. Bienvenidos a los expedientes X de Viajando por ahí. Quemar después de leer.

Aclaración: en Argentina usamos la palabra “bizarro” para decir que algo es muy raro.

*

En el 2010 me hice una pregunta con más inocencia que Heidi: voy a abrirme un blog de viajes, ¿qué es lo peor que puede pasar? Respuesta corta: gente que cree que soy una agencia de viajes y que tramito visas, otros que piensan que soy flogger y no entienden cómo puedo vivir de esto, comentarios haters acerca de mis cuadernos y mis washi tapes, plagios de otros bloggers y acusaciones de que en realidad yo los plagié a ellos, lectores enojados cuando hago algo distinto, puteadas por no responder un mail, pedidos constantes de difusión, propuestas laborales que parecen serias y terminan rozando lo turbio, tener un troll que también trollea a otras (nunca pensé que podía llegar a ponerme celosa por algo así).

A los 6 años de vivir viajando me di cuenta de que no todo era perfecto e ideal y les conté acerca del lado oscuro de los viajes. Ahora, a casi 7 años de tener Viajando por ahí, entendí que un blog también tiene sus facetas oscuras y desconocidas para el público general (y bastante impredecibles para quienes estamos del otro lado) y sentí que era momento de compartir todo esto con ustedes. Estoy llegando a la conclusión de que el mundo virtual es mucho más desquiciado que el real y que el anonimato de la pantalla hace que la gente actúe de maneras inexplicables.

Estas son algunas de las cosas más bizarras que me pasaron desde que tengo un blog de viajes. Si alguien me las hubiese anticipado, no sé si le hubiese creído.

  • Casi todos los días recibo mails de gente pidiendo que les arme un itinerario, les reserve un pasaje o les dé los nombres de todos los hostels en los que me quedé entre 2008 y 2012 (#nosoyunaagenciadeviajes)

  • Desde que publiqué un post acerca de visas, recibo consultas desesperadas al estilo “soy belga, mi marido es de Mozambique, vivimos en Australia, queremos viajar a Canadá, ¿necesitamos visa?” (¡no sé! #tampocosoyunaembajada #tepresentoaGoogle)

Todos los mails son reales.

  • Me llegan pedidos de difusión (o publicidad encubierta) casi todos los días (eso sí, disfrazados bajo el manto de “tengo algo que le va a interesar mucho a tus seguidores” seguido de un guiño de ojo), pero lo más cómico es que en general lo que quieren difundir/vender no tiene nada que ver con mi blog ni con mis intereses (como ofrecer los ventiladores a energía solar, por ejemplo… ¿O alguien andaba buscando eso?).

Auspicia este segmento.

  • Este año me llegaron propuestas de trabajo rarísimas, como: “importante revista” que tendrá una gran tirada en “importantes mercados” (?) quiere que esté presente como representante de marca en su evento de lanzamiento (que escriba para ustedes ni hablar, ¿no?).

¿Usted viene con la revista?

  • Cada vez que publico algo relacionado con la papelería y con mi amor por los cuadernos y washi tapes recibo algún comentario hater (qué paaaasaaa con el stationery). Hubo uno que me dijo que se le caía el alma a los pies de pensar que las papelerías eran mi alternativa a los museos (sí y qué) y que si quería encontrar temas interesantes acerca de los que escribir mejor hiciera otra cosa en vez de irme de shopping.

Siempre con nombres truchos, obviamente, pero con el IP puedo saber exactamente desde dónde me escribe… muejejeje

#TeMetésConLasWashiTapesTeMetésConmigo
*larga a los perros*

  • Me mato por hacer contenido de calidad, me paso días pensando, recopilando material, sacando fotos, escribiendo y editando un post, para que la gente llegue a mi blog buscando cosas como: 

¿Pero la conociste viajando?

Al de 80 lo banco!! Espero que hayas empezado a viajar. La consulta del doctor me preocupa.

 

Esto podría ser un sueño mío.

 

Depende en qué vayas…

  • Hay lectores que no toleran el cambio y se enojan cuando escribo algo distinto a lo de siempre / cuando no hablo de viajes / cuando viajo de manera distinta / cuando freno / cuando me tomo un café / cuando vuelvo / cuando me voy / etc y, antes de anunciarme que se van de mi blog para no volver jamás, me acusan de haber perdido mi esencia. Supongo que es como cuando un músico cambia de instrumento o saca un disco nuevo (“yo lo seguía desde el principio, ya no es lo que era”). #SeLlamaCrecer #LosBloggersTambiénTenemosSentimientos #EsenciaDeMaracuyá

Ohhh, bueno, seré tu blogger esclava y me dedicaré a hacer posts que te hagan feliz!

 

  • Tomo café de toda la vida, viaje o no viaje, pero la primera vez que subí una foto de una taza de café durante un viaje se armó revuelo como si hubiese estado comiendo una bandeja de sushi en un jacuzzi del hotel más caro de Europa (el café era más barato que en Buenos Aires):

  • Hay gente que cree que regalo cosas: una pareja me pidió una cámara de fotos para empezar a viajar y una chica me pidió que hiciera una colecta entre mis lectores para comprarle un pasaje a España y evitar que se suicidara. AJÁ…

  • Una chica me dijo que me fuera a la puta que me parió (literalmente) porque nunca le respondí su mail (no, mi marido y yo no queremos viajar con vos y me da miedo que me digas “decime donde estás que voy para allá”). Recomiendo leer este texto: “How to contact the author”.
  • Otra chica me dijo que mi libro le había parecido una mierda (“es lo más egocéntrico que leí, solo hablás de vos”) (no recuerdo si usó la palabra mierda, pero fue lo que me quedó en la cabeza). Creo que fue el único comentario que me hizo llorar (estaba pasando por un momento de mucha depresión y bueno… *se acuerda y llora otra vez*)

#I’veGotHurtFeelings #yalosuperé #nomedigancosasfeasporfavor

  • Un blogger de gastronomía me acusó de viajar financiada por el ex gobierno argentino. (?)

  • A veces las empresas me mandan propuestas copy-paste y me ponen otro nombre o se olvidan de “insertar-título-de-post-al-azar-aquí”

  • Hay gente que cree que porque mi blog es gratis yo trabajo gratis (estoy cansada de leer “no tenemos presupuesto para los escritores / oradores / bloggers” o “trabajar para nosotros te dará mucha exposición”).

  • Varias veces me copiaron posts enteros, conceptos, series, títulos y hasta contratapas (en general me entero porque me avisa algún lector). Cuando se lo hice notar amablemente a una de estas personas, me dijo que sentía que yo entraba todos los días a su blog para encontrar alguna similitud y acusarla. Tuve que aprender a tomarme la copia como una suma de homenaje y falta de creatividad, y seguir concentrándome en producir mejores cosas. Pero que me indigné, me indigné.

  • Una vez un post mío (“El día que me invitaron a un casamiento chino”) apareció subido a Taringa y el “autor” respondía los comentarios como si lo hubiese escrito él (aparecían las marcas de agua de mis fotos, pero él insistía con que la había pasado bárbaro en el casamiento con mi amiga Tippi).

Primer mail

Segundo mail. Sí, llamame cuando quieras así también te paso la info de las mejores pizzerías de Jakarta.

  • A veces me escriben lectores enojados preguntándome por qué no fui a su país (lo tomo como una demostración de amor).

Está entre los más de 150 países que me falta conocer, aunque México tiene prioridad porque fue el país al que quise llegar durante mi primer viaje y que al final no conocí.

  • Me han llegado a decir “Doctora”, “Profesora” y “Dibujante” al comienzo de algún mail. También me dijeron que querían que yo sea su musa.

Qué tierno! Aunque no sé en qué consistirá el rol de musa.

¡Eres una estafadora! No sé por qué me gasto en tapar los nombres si estos comentarios siempre vienen de perfiles falsos… Al menos decímelo en la cara, che! Capaz podemos terminar siendo amigos y podés aparecer en alguna de mis fotos.

  • Hace unos meses me hicieron una nota muy linda en Infobae, fueron a mi casa a filmar mis cuadernos, mis libros, mi espacio de trabajo. Cuando salió publicada entré a leerla, llegué a los comentarios y vi que el primero decía, con un uso magistral del idioma español y una amplia demostración de las capacidades bilingües de esta persona: “Torta detected”. Creo que escupí el té de la risa. Además, a cada mujer que comentaba, este usuario (falso, como siempre) le preguntaba si estaba enamorada de mí. Lamentablemente borraron su comentario inicial, pero todavía quedan algunas de sus respuestas. Fue el hazmerreír de mis alumnos durante la última clase del taller de documentación creativa.

  • Tengo un troll que suele aparecer de vez en cuando para decirme que deje de vender humo, que viajar es solo para los nenes de papá, que estoy vendiendo una vida que no existe y cosas así. Un día me di cuenta de que hacía mucho que no me comentaba y me pareció raro. Unas semanas después, de casualidad, lo vi comentando (a modo troll también) en el blog de otra viajera. ¡Me cambió por otra! ¡Pensé que lo nuestro era especial!

  • Varias veces me escribieron lectores diciéndome que estaban desilusionados: uno porque dije que me había cansado de viajar, otro porque me vio en un video y yo no era como se imaginaba (ouch). Tuve que aprender a no hacerme cargo de las expectativas ajenas y aceptar la regla del 30%: al 30% de la gente le gusta lo que hago, al 30% no, y al otro 30% ni le importa. Creo que ese fue uno de los desafíos más grandes que me trajo esto de compartir mi trabajo con tanta gente.

  • El spam es un mundo aparte. A veces miro los comentarios que entran a la carpeta de spam y encuentro joyitas como esta:

Le pueden escribir a su mail.

  • Y para cerrar con moño: descubrí que un ex se quería levantar a mis lectoras por Facebook (y les hablaba mal de mí, además, todo mientras estábamos juntos). Muy Black Mirror (gran serie que les recomiendo). Un divino. Me enteré porque una de ellas me mandó el chat (le estaré eternamente agradecida).

A todo esto, sumémosle que WordPress (o el hosting, o Google, o algo) siempre falla en los momentos más inoportunos (le encanta tirar errores el día de mi cumpleaños, por ejemplo, o justo cuando había dejado todo listo para desconectarme durante unos días), que hay hackers rusos capaces de generarme ataques de ansiedad desde la comodidad de su cama en Moscú, que me convertí en mi propia secretaria y que es mentira que no tengo jefe: hoy en día, cualquiera que trabaje en internet tiene que obedecerle, quiera o no, a las leyes y algoritmos cambiantes de San Google, que en cualquier momento va a ser más poderoso que todos los presidentes juntos.

Ahora, hablando en serio, esta bizarreada debe ser el 1% por ciento de lo que me llega todos los días a través de mails y redes sociales. En este mundo virtual tan desquiciado me siento muy afortunada de recibir tantos comentarios lindos, cartas y palabras de agradecimiento. Así que va mi GRACIAS para ustedes, los que están del otro lado y me siguen y me apoyan y me leen aunque sepan que soy una veleta y que cambio de planes cada dos minutos. Pongo todo mi amor y esfuerzo en lo que hago, y tal vez el precio de hacer y mostrar un trabajo tan personal sea recibir bizarreadas como estas (que me alegran el día, igualmente), pero el premio es poder conectar con gente que tiene los mismos sueños, pensamientos o ideas que yo y sentirme un poco menos sola en mis elecciones de vida. Y sin este blog nunca lo hubiese logrado.

Les deseo un 2017 lleno de sueños cumplidos o por cumplir.

Este año, Viajando por ahí tuvo más de 1 millón de visitas. ¡Gracias!

PD: lo mejor fue estar escribiendo este post y recibir un mensaje hater!

Una divina, ya le pregunté si está bien, me preocupa tanta bronca. Igualmente tendría que agradecerle porque fue gracias a ella que decidí armar este compilado. Feliz año, Valen!

PD2: decidí editar una parte de este post porque generó un conflicto con un lector y no fue mi intención ofender a nadie, así que le pido disculpas por eso.

PD3: una perlita que encontré medio tarde, pero que no quería dejar de poner acá:

Esperamos tu libro de historias viejeras entonces! besis!!

Si lo que no te mata te fortalece, tener un blog me hizo más fuerte que haberme ido de viaje sola por más de 40 países. ¿Algún blogger del otro lado? ¿Qué fue lo más bizarro que les llegó a través del blog?

“¿Qué vamos a hacer diez días acá?” – Prácticas de slow travel en Kujukuri

“La gente viene a Japón y recorre la isla… ¿ustedes por qué están quietos acá?”, nos pregunta Qiang, el dueño del hotel en el que vamos a quedarnos diez días. Estamos sentados en un escalón en la entrada del restaurante, frente a la calle de tierra. El cocinero chino nos acaba de invitar dos bowls de noodles, son las seis de la tarde y ya es de noche. Somos los únicos comensales, somos los únicos huéspedes del hotel y me animo a decir que somos los únicos extranjeros del pueblo. Kujukuri, un pueblo de surfers y pescadores ubicado a 60 kilómetros del centro de Tokio, en la prefectura de Chiba, está fuera de temporada. Las leyes del turismo racionalista y práctico indican que no tenemos nada que ver ni hacer acá, que elegimos mal, que estamos por perder nuestro tiempo limitado de estadía en Japón. “Nos gusta pasar varios días o semanas en un mismo lugar, además los dos trabajamos todos los días por internet así que necesitamos estar quietos”, le decimos a Qiang.

Kujukuri

Kujukuri

Vinimos a Kujukuri porque leímos que es lo más parecido a Hawaii cerca de Tokio y su playa forma parte de una de las costas más extensas de Japón: 66 kilómetros de océano Pacífico sin interrupciones, resorts ni condominios. Salimos a caminar por la orilla, que nos queda a una cuadra de nuestro cuarto. La arena es oscura, marrón. El mar también es marrón. La costa está llena de botellas, zapatillas perdidas, vidrios, cartones y peces muertos. Solo vemos a un pescador en bicicleta, hay muchas rocas, hay viento, está fresco, está nublado. Salimos y caminamos por una de las calles principales, paralela al mar. Los pocos lugares que hay para comer están cerrados, la opción más cercana y barata es el Family Mart, un minimercado con bandejas de comida preparada. No hay transporte público. Hay pachinko (algo así como el casino japonés). La zona está rodeada de bosque, caminamos esquivando las arañas mutantes que aparecen colgadas en mitad del aire. Son más grandes que la palma de mi mano, tienen rayas o puntitos amarillos y me retrotraen a mis fobias infantiles. No sabíamos que Japón era el país de los insectos-monstruo. Ya pagamos la reserva de diez días y no hay devolución. La chica urbana que tengo adentro se pregunta qué vamos a hacer diez días en un pueblo donde no hay nada para hacer.

El pachinko del pueblo (hasta eso estaba cerrado)

El pachinko del pueblo (hasta eso estaba cerrado)

El Family Mart Restaurant, como decimos con L. Los "conbini" son los minimercados japoneses, abiertos las 24 hs, donde se consigue la comida preparada más barata.

El Family Mart Restaurant, como decimos con L. Los “conbini” son los minimercados japoneses, abiertos las 24 hs, donde se consigue la comida preparada más barata.

Estas son las bandejitas de comida lista (tip por si viajan a Japón y quieren comer barato)

Estas son las bandejitas de comida lista (tip por si viajan a Japón y quieren comer barato, por 3 – 6 usd)

Algún lugar de Kujukuri

Algún lugar de Kujukuri

Y una casa

Y una casa

Es mi lucha interna de siempre. En el 2010, en Malasia, conocí a un francés que vivía viajando hacía cuatro años. En alguna charla me contó que había pasado varias semanas en Agra pero no había visto el Taj Mahal. Yo no podía entender. ¿Y para qué fuiste entonces? “No me interesa, busco otras cosas”, creo que me dijo. En ese momento yo viajaba para ver lo que había que ver: si estaba en Camboya, iba a Angkor, si estaba en Perú, iba a Machu Picchu, si estaba en Francia, iba a París. No sé si era lo que quería o no, pero me daba culpa no hacerlo y me sentía menos si no tachaba esos lugares de mi lista. Después pasaron muchas cosas: me aburrí de lo turístico, me cansé de viajar rápido, me cansé de viajar en general, me empezó a gustar más pasar el tiempo en librerías, papelerías y cafés, o paseando por los parques, o viviendo en la casa de alguien, o mirando la vida desde una vereda, o caminando sin rumbo que yendo de un museo, templo, ruina y monumento a otro. Dejé salir a la slow traveler que siempre había estado ahí y acepté que lo mío era viajar para vivir lo cotidiano en otras partes del mundo, no para tener grandes aventuras.

Fue un proceso largo el de entender que nadie me obliga a conocer los lugares más famosos, que no tengo por qué irme de viaje con una lista de imperdibles ajenos, que si voy a tal ciudad y no visito su atractivo principal no quiere decir que no haya conocido nada, que si voy a un país y decido quedarme tres meses en un solo lugar no quiere decir que no haya aprovechado bien el tiempo. Lo sé, lo acepto, lo entiendo, lo elijo y lo practico, pero a veces, todavía, a veces, me agarra la culpa y la ansiedad de hay mucho para ver, no me va a dar el tiempo, no sé qué hago en este lugar mientras debería estar viendo tal cosa en otro. Como si todos los lugares tuvieran que ser productivos o como si ver “lo que hay que ver” fuese sinónimo de “viajé a tal lugar”.

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A pesar de que la primera impresión no es la que esperábamos, nos quedamos en Kujukuri y al día siguiente decidimos darle una oportunidad al mar. Hay sol, me pongo la bikini, armo mi mochila de playa —armo mochilas hasta para ir al baño—, me llevo la libreta amarilla, la cartuchera, algunas washi tapes (mi nueva adicción, son como cinta scotchs con dibujos) y a Cookie Monster (lo rescatamos de una máquina de pescar peluches). Meto los pies en el mar, esperando que esté helado, y no me parece frío. Afuera hay bastante viento y no hace más de 18 grados, pleno otoño japonés, y yo, que soy muy friolenta, empiezo a avanzar por el agua, voy saltando las olas y termino metida adentro. Me sale un grito de alegría: “¡Estamos en el mar!”, salto entre la espuma, me sumerjo cuando pasa una ola, floto, nado. La oceanitis tiene una sola cura posible y es esta, catar mares. A mi alrededor los surfers atraviesan las olas con sus tablas y me acuerdo de la vez que me enamoré del surf y me esguincé la mano derecha la segunda clase. Desde ese día quedé un poco asustada, pero quiero darle otra oportunidad al surf. De golpe siento que está bueno haber salido un poco de la ciudad, volver a la naturaleza, bajar el ritmo, disminuir los estímulos.

Cookie buscando galletitas

Cookie buscando galletitas

Cookie se relaja

Cookie se relaja

Hago un poco de journaling

Hago un poco de journaling (eso con ven con una ballena es una washi tape!)

L se queda en el mar y yo camino por la orilla. Está lleno de almejas. Entremedio encuentro algo que no sé cómo se llama pero que ya vi una vez, en Indonesia, y que tengo guardado en mi cajita de tesoros recolectados durante mis viajes, en Buenos Aires. No sé si es un caracol o una piedra. Tiene dibujada una flor. Volvemos y googleo. No es fácil encontrarlo: “caracol con estrella”, “piedra con dibujo de flor”, “estrella de mar en una piedra” no me tiran los resultados que busco. De pronto aparece. Se llama sand dollar, sea biscuit o galleta de mar y es un animal de la familia de los erizos. Lo que tengo en mi mano es el esqueleto. Se les dice sand dollars porque parecen monedas antiguas, son fundamentales para el ecosistema marino y, cuando mueren, el mar los suele dejar en la costa. Es mi tesoro de Kujukuri.

Al final Cookie encontró su galletita de mar

Al final Cookie encontró su galletita de mar

El resto de los días son más o menos iguales: amanece a las 5 am, se escucha el ruido de la obra de enfrente, pasan pocos autos, miramos el mar por la ventana, vamos al mar, L se mete y yo me vuelvo enseguida porque hace frío, caminamos al Family Mart y comemos sentados en el estacionamiento, extraño tener cocina, extraño tener una casa, pasa alguien en bici, esquivamos arañas, trabajamos, pasa el camión de basura haciendo música, anochece a las 5 pm, me da sueño a las 9, me quedo dormida sobre el tatami mientras miro el capítulo de alguna serie.

Desde nuestra ventana

Desde nuestra ventana

Pero siempre hay un detalle cotidiano que hace la diferencia. Y los recopilo todos en mi cuaderno.

Una mañana, por ejemplo, nos despertamos a las 8 por una alarma rarísima que suena en el cuarto. Me doy cuenta de que es mi teléfono, lo agarro pensando que no puse ninguna alarma anoche y en la pantalla veo que dice “⚠️ Emergency Alert” y un montón de texto en japonés. Dos días atrás hubo un temblor de 5.3 grados y el cuarto se sacudió como una caja de cartón. Salto de la cama, grito “¡terremoto, terremoto!” por segunda vez en este viaje y con las manos temblando googleo Japan Emergency Alert iPhone. Al parecer, la Agencia Meteorológica de Japón desarrolló un sistema que te avisa por teléfono dos minutos antes de un terremoto o tsunami inminente. Japón es el país de los terremotos y es el país del orden, así que si avisan es porque se viene uno grande. Mi primer impulso es empacar mi cuaderno y las washi tapes (Save the washi tapes!). Digo: “No puedo creer que vinimos hasta Japón para estar en un terremoto”. La alarma vuelve a sonar y tengo miedo. Bajamos a la recepción, le mostramos el teléfono a uno de los que trabaja ahí pero es chino y no entiende el idioma. A todo esto ya pasaron más de dos minutos y la tierra no se mueve, no hay pánico en las calles, los surfers siguen entrando al mar, no hay olas, no hay animales corriendo hacia lugares altos, Kujukuri sigue inmóvil. Se me ocurre traducir el texto de la notificación y veo que dice, como seis veces, “simulacro”.

¿No se infartarían si se despiertan con esto?

¿No se infartarían si se despiertan con esto?

Una noche, buscando dónde comer, entramos a un restaurante al borde de la ruta. Esto no es Tokio y acá no hay nada señalizado en inglés, así que muchas veces tenemos que adivinar carteles, abrir puertas y rogar que no estemos entrando a una propiedad privada por error. El cocinero nos pregunta de dónde somos, cuando le digo Argentina hace una pausa, sonríe y pregunta “Argenchin?! OHHH, Argenchin! Maradona!”. Enseguida se acerca un señor que está cenando con su mujer y nos dice que su inglés no es bueno pero que quiere hacernos un regalo: un plato de ostras fritas. “Present from us, welcome to Japan”. Otra tarde volvemos a abrir una puerta sin saber si estamos entrando a un restaurante o a una casa y nos encontramos con una mezcla de ambos. Pido un plato de ramen desesperada, harta de tanta bandejita FamilyMartera. La señora que cocina se nos acerca a charlar y nos pregunta “Umi?” varias veces. Pongo umi en el traductor y descubro que significa mar en japonés.

El restaurante mezcla de cocina y de casa

El restaurante mezcla de cocina y de casa

Detalles del restaurante de la señora

Detalles del restaurante de la señora

¿Ven las arañas?

¿Ven las arañas?

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Una sola vez me doy este gusto

Una sola vez me doy este gusto

Y además:
aprovecho estos días tranquilos y sin tentaciones urbanas para trabajar,
procrastino textos urgentes y rediseño mi blog,
veo a un hombre de traje caminando por la playa,
me como un plato de fideos calentados en el microondas del 7-Eleven mientras camino por la calle (esta debe ser mi postal típica de Japón),
me canso de las bandejitas de comida del minimercado y me pido un set-o menu con todo: arroz, sopa, camarones gigantes fritos y cosas que no sé qué son (no quiero ni mirar la cuenta),
me la paso traduciendo menúes y etiquetas con la función fotográfica de Google Translate (gracias por existir, aunque a veces hagas traducciones rarísimas),
escuchamos gente hablando francés debajo de nuestra ventana y gritamos bonjour, pero nadie responde,
siento muchos deseos de tener una casa propia, de volver a nuestra vida en Biarritz, de hacer base,
intento meditar frente al mar pero me distraigo,
termino el primer cuaderno del viaje,
veo saltar peces,
me acuerdo de mis tardes de “viajoterapia” en Punta Negra frente al mar
y pienso que la viajoterapia bien podría ser una rama del slow travel.

Kujukuri me ayuda a entender que las ciudades me cargan de energía y los pueblos me ayudan a canalizarla.

En mi libro "El síndrome de París" definí las que para mí son las cuatro etapas de la viajoterapia (o de la sanación a través de un viaje)

En mi libro “El síndrome de París” definí las que para mí son las cuatro etapas de la viajoterapia (o de la sanación a través de un viaje)

Así quedó mi libreta después de un mes y medio de viaje.

Así quedó mi libreta después de un mes y medio de viaje.

¿Qué es y en qué consiste, entonces, el slow travel?

El slow travel no tiene tanto que ver con la velocidad del transporte que usemos para movernos, sino con la mentalidad con la que nos vamos de viaje. El slow travel propone:

* absorber la atmósfera de un lugar, vivir su cotidianidad de manera relajada, tratar de acercarse a la cultura local en vez de ir corriendo de un atractivo turístico a otro y tachando “imperdibles” de la lista

* dedicar todo el tiempo a un solo lugar o región en vez de tratar de ver la mayor cantidad de atractivos y ciudades en un mismo viaje

* desacelerar, respetar nuestros ritmos internos y no agotarnos mental y físicamente tratando de ver/hacer “todo”

* disfrutar el camino entre el punto A y el punto B y elegir medios de transporte adecuados para eso (“Travel, don’t just arrive”, dice Dan Kieran en su libro The idle traveler)

* tener el coraje de no hacer lo que hacen todos cuando visitan un lugar

* armar el itinerario (o el no-itinerario) en función a nuestros intereses personales y no según lo que la industria turística nos dice que “tenemos que ver”

* no tener todo planeado, dar lugar a la improvisación, estar abierto a experiencias nuevas e inesperadas

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Algunas prácticas de slow travel:

* Mirar lo que ya conocemos como si lo viéramos por primera vez, empezando por nuestra ciudad

* Caminar, andar en bicicleta, usar el transporte local

* Hacer estadías más largas en casas de gente a través de redes como Couchsurfing, Airbnb o Housesitting

* Conocer poco y de a poco

* Aceptar que a veces “no hacer nada” es hacer todo

* Sacarse de encima las culpas y los debería y no escuchar esa voz que nos dice “si estoy en _______ tengo que ir a ver ________”

* Permitir que el lugar decida qué nos quiere mostrar

* Entender que cada cual vive y construye su viaje personal e interior

Vivir.

Vivir.

[box type=”star”]Info útil para visitar Kujukuri y/o hacer slow travel:

  • Transporte: nosotros viajamos en el JR local (tren) desde Tokio hasta Togane, la estación más cercana a Kujukuri. El viaje dura una hora y cuarto y cuesta ¥1140 (11,40 usd). Si están viajando por Japón, la web Hyperdia es muy útil para armar los recorridos en tren.
  • Alojamiento: hicimos Airbnb por ¥2000 (20 usd) la noche cada uno. En Japón es muy difícil conseguir un alojamiento que baje de ese precio por persona. En teoría con Airbnb alquilás un cuarto en una casa de familia o un departamento entero, pero en Japón hay muchos hoteles o guesthouses que también usan esa red. Si se suscriben a Airbnb Book Depository, tendrán usd 33 de descuento en la primera reserva (y a la vez me estarán ayudando a viajar, ya que yo obtendré el mismo descuento).
  • Otra buena opción para practicar slow travel es hacer housesitting o cuidar casas mientras los dueños no están. Si quieren saber más acerca de esta modalidad, les recomiendo La guía de housesitting, la más completa en español. Pronto estaré escribiendo acerca de nuestra primera experiencia ya que acabamos de cuidar una casa en Tokio. Hay muchas redes que conectan cuidadores con dueños, nosotros estamos usando Trustedhousesitters.com.
  • Libros recomendados acerca de slow travel:
    • “The Idle Traveler”, de Dan Kieran, es uno de mis libros preferidos y resume muy bien la filosofía que implica viajar lento. Lo consiguen a través de Book Depository y Amazon.
    • “The Art of Travel”, de Alain de Botton, es otro libro que habla acerca del lado B de los viajes y cómo todo no siempre sale como esperamos. También se consigue a través de Book Depository y Amazon.
    • “Elogio de la lentitud”, de Carl Honoré, fue uno de los primeros libros de la movida slow, y si bien no es específicamente de viajes, pone en contexto al slow travel como parte de algo más grande. También se consigue a través de Book DepositoryAmazon.[/box]

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“El síndrome de París”, mi segundo libro, fue escrito frente al mar y es también una celebración a los viajes lentos, interiores y personales. En mi Tienda está toda la info para conseguirlo.

Todo lo que me llevo a Japón

Lo primero que sentí fue angustia. Cómo que ya nos vamos de Buenos Aires, no me puedo ir ahora, no me quiero ir ahora, qué voy a hacer con todo esto, con mis sobrinos que ya me dicen “tía”, mi escritorio nuevo, la luz miel que entra por la ventana a las diez de la mañana, los tés de durazno que tomo parada en la cocina, mis noches aprendiendo a dibujar, los journals que apilo en la mesa de luz, los talleres que doy en Buenos Aires, las presentaciones de mi libro que van a quedar pendientes, los colectivos que me llevan a cualquier punto de la ciudad, la china que me regala caramelos de dulce de leche cuando me ve con tos, las meriendas con amigas, las ilustraciones de Flow que pego en la pared, todo este espacio vital que me contiene. Yo sabía que el plan era un año acá y después Japón y después no sé pero tenía la ilusión de estirarlo, de que de golpe fuese 2017 y oh, seguimos acá, y de que de golpe fuese 2020 y oh, seguimos en Buenos Aires y mirá, nunca más nos fuimos y la escritora le ganó a la viajera definitivamente. Viajé durante dos años —durante ocho— buscando un hogar, solo para darme cuenta de que ese hogar estaba acá, en el punto de partida, de que me fui a dar la vuelta al mundo para poder volver a casa. Y ahora me toca irme otra vez, justo cuando me estaba acomodando. Sentí que estaban por sacarme de mi hábitat, como si fuese un peluche dentro de una máquina y un gancho estuviese a punto de agarrarme para tirarme por un hueco hacia otra realidad.

Estuve tres días así.

Qué hacer con tanto Buenos Aires

Qué hacer con tanto Buenos Aires

Al tercer día, algo en mi cabeza me dijo: “Pará. ¿Qué te pasa? A vos te gusta viajar. Tampoco es una tortura irse a Japón”. Y me puse a buscar pasajes. Miré todas las opciones que aparecían en los buscadores, comparé, intenté comprar uno y me rebotó la tarjeta y justo apareció Buenos Aires – Tokio con escala en Nueva York a muy buen precio. Ni lo pensé. Llamé por teléfono: “¿Nos pueden estirar la escala en NY para quedarnos una semana? ¿Por el mismo precio? Listo. Dame dos. Solo ida”. Fecha de partida: 6 de septiembre. Faltaban tres meses y diez días. De golpe sentí que me quedaban tres meses y diez días de vida (en Buenos Aires) y algo adentro mío se activó. Como si me hubiesen dado cuerda, empecé a organizar más presentaciones del libro, me decidí a dar los talleres de escritura creativa que venía posponiendo —“total voy a estar bastante en Buenos Aires”—, le mandé mensajes a mis amigas, en tres meses nos vamos quiero verte, terminé trabajos pendientes, empecé proyectos editoriales nuevos, ordené la casa, regalé cosas por Facebook, vendí otras por Mercado Libre, me puse a leer como hace tiempo no leía, sabiendo que mi biblioteca no se va conmigo. La urgencia de aprovechar el tiempo al máximo. Pensé: no puedo creer que nos vamos a Japón, y empecé a llenar páginas de mi cuaderno con cosas que quiero hacer y ver y encontrar en Japón.

Tenemos una cita.

Tenemos una cita.

Cuando digo que me puse a leer...

Cuando digo que me puse a leer…

...quiero decir: me puse a leer.

…quiero decir: me puse a leer.

Y me fui a Mar del Plata a presentar el libro, de paso.

Y me fui a Mar del Plata a presentar el libro, de paso.

Estuve así —sigo así, hiperactivada— varios días. Pero la angustia no se iba del todo y yo no entendía bien por qué. Lo hablé con mis amigas del colegio.

—Siento que vivo en una dualidad, soy dos personas: la viajera que quiere dar la vuelta al mundo y…

—…y Ani —me dijo Sofi, que me conoce desde sexto grado.

Sí. Y la Aniko de toda la vida que ama leer, escribir en cuadernos, usar resaltadores, tomar apuntes, socializar lo necesario y estar en casa (“Es que tu eres doméstica como un gato”, me dijo una de mis amigas peruanas). La Aniko-escriviviente que se potencia cada vez que vuelve a Buenos Aires y que hace de cuenta que nunca en su vida viajó (esto creo que ya lo expliqué en “viajera duplicada”). La Aniko que a veces piensa que quizá un día deje de viajar y muera aplastada por su propia biblioteca.

Esta es mi biblioteca, hermosamente ilustrada por María Luque.

Esta es mi biblioteca, hermosamente ilustrada por María Luque.

Y como si esto fuese “En Ushuaia todo se conecta” —En Buenos Aires todo se conecta o En internet todo se conecta—, a los pocos días recibí el mail de una hongkonesa que decía así:

Hola Aniko, ¿qué tal? Soy estudiante de 18 años en Hong Kong y acabo de leer su libro ‘Días de Viaje’. Mi profesora de español lo me dio como un regalo de graduación y verdaderamente es uno de los mejores regalos que he recibido en toda mi vida. (…) No sé si ha leído el libro 'The art of travel' por Alain de Botton, pero eso es mi biblia de viaje y pienso que a usted le gustaría mucho. Se trata de muchos temas incluso cómo capturar los momentos (a través de pintar, escribir, etc), cómo confrontar la realidad de no poder separar las tristezas de la vida cotidiana con la vida de viaje, por qué viajamos y más. Tiene muchos pensamientos en común con ese autor entonces sería interesante leerlo. (…)

Que me recomienden un libro es uno de los mejores regalos que me pueden hacer, así que salí corriendo a comprarlo (es una manera de decir, porque compré el ebook por Amazon, pero fui corriendo a mi cama para empezar a leerlo). Y entre las reflexiones de Alain de Botton empecé a entender lo que me pasaba: lo que me pone mal de irme de viaje, hoy, es perder todo lo que forma mi hogar, todos estos rituales diarios que fui descubriendo y construyendo de a poco y que me dan una felicidad cotidiana. Los journals, marcadores, lápices, cuadernos, las lecturas, los tés, mi cuartito azul: todo lo que tengo que dejar en Buenos Aires para empezar un nuevo viaje largo (porque pesa, porque uno no se lleva lo cotidiano de viaje, porque a quién se le ocurre cargar la mochila de journals, porque uno se va de viaje para hacer lo que no hace en casa). Y ahí pensé: “Pará. ¿Y quién dice que no me puedo llevar todo esto encima?”.

Mi cuartito azul, mi espacio de trabajo, mi refugio, mi lugar en el mundo.

Mi cuartito azul, mi espacio de trabajo, mi refugio, mi lugar en el mundo. ¿Cuándo inventarán una empresa que haga mudanzas de cuartos a otros países?

Mis revistas Flow.

Mis revistas Flow.

Mis cuadernos.

Mis cuadernos.

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Los cafés con amigas (las manos y el dibujo son de María Luque. El dibujo de abajo es mi copia del menú del bar).

Uno de los amores de mi vida: la hija de mi mejor amiga.

Uno de los amores de mi vida: la hija de mi mejor amiga. (A ella sí que no me la puedo llevar en la mochila… aunque si mi amiga se distrae…)

Este cielo que cambia.

Este cielo que cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Una luz que entra así.

Una luz que entra así.

Edificios que se ponen de este color.

Edificios que se ponen de este color.

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Amigas talentosas que hacen proyectos increíbles. Este dibujo es de Vero Gatti y aparece en su serie web “Psicosomática”.

Esa noche o la siguiente revisé mi primer diario de viajes, el del 2008, buscando ideas para escribir un artículo que me habían encargado de Costa Rica. Al releerme me encontré con los textos de alguien que ya no soy yo y entendí que viajar con 30 no va a ser lo mismo que viajar con 20 porque ahora busco y me importan otras cosas. Entendí también que nada me obliga a viajar como antes, que no tengo por qué quedarme atada al fantasma de mi antigua yo, que es momento de soltar mis reglas pasadas y crearme nuevas, de cambiar mi paradigma, de aceptar la transición: ya no “viajar liviana en busca de un hogar” sino “viajar lento y con el hogar encima”, llevármelo en el equipaje, aunque pese un poco más. Y darme cuenta de esto, por más que ahora me suena obvio, me alivió y me sacó la angustia. Tener la certeza de que siempre podré seguir eligiendo cómo viajar, de que no hay una manera correcta o incorrecta, me dio tranquilidad. “Ya encontré mi hogar: L, los cuadernos, los marcadores, los journals, los libros, mi espacio de trabajo. Que irme de viaje no implique perder todo lo que gané y lo que me hace bien”, escribí en mi cuaderno, seguido de: “En realidad nos vamos a trasladar la vida a Japón por un rato”.

Y a veces la transformación viene antes.

Y a veces la transformación viene antes.

El de Japón será el viaje de los cambios:
voy a cambiar mi equipo fotográfico por uno mucho más portátil y liviano,
voy a volver a la fotografía callejera,
voy a reducir todos mis cuadernos a uno solo
(estoy en pleno casting, eligiendo cuál se va conmigo),
voy a llevarme mis rituales cotidianos encima y veré si los puedo adaptar a mi vida allá,
voy a llevarme varios journals y los materiales para dibujar y colorear,
aunque me pesen en la mochila,
momento: ¿voy a llevar mochila?,
empiezo a pensar en otras opciones, aunque la mochila cuesta dejarla.
Ya no quiero moverme tan rápido, L tampoco,
aunque eso implique conocer menos ciudades.
Ya no puedo ser huésped constante.
Me tienta la idea de cuidar casas,
no me tienta: me parece ideal para este próximo viaje
porque como dice Maga, es una manera de viajar y estar en casa a la misma vez.
Nos vamos con pasaje de ida y con el plan de vivir varios meses en cada lugar.
No sé cuándo volveremos
pero sé que siempre existe la posibilidad de volver.
Quiero que mis principales ocupaciones en Japón sean caminar, sacar fotos, escribir:
llenar cuadernos y blogs, pensar en un futuro libro.
Quiero dejar de ser mi propia secretaria,
dejar de posponer tardes de escritura porque tengo que responder mails,
dejar de salir porque tengo que resolver cosas.
Quiero que Japón me devuelva el tiempo libre que Buenos Aires me saca.
Porque el viaje, me doy cuenta, me da eso: tiempo.
Tiempo que en Buenos Aires se llena de cosas urgentes y compromisos y encuentros que no puedo no concretar porque quién sabe cuánto tiempo estaré acá y todo eso.
Quiero reconectarme con mi yo viajero.
Quiero construir mi mapa subjetivo de cada lugar que visite.

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Sepan que si todavía no le vieron la cara a L es porque quiere mantenerse en el anonimato. Pero bueno, lo iré mostrando por partes (no le digan nada). Aquí: sus rulos. <3

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Así que allá vamos, dentro de pocos meses empiezo mi quinto viaje largo y ya hay varias propuestas e ideas: un viaje de prensa a China, un respiro del invierno en el sudeste asiático o en Fiji, por ejemplo, y después, tratar de armar el viaje en función de las casas que aparezcan para cuidar. Ya les contaré qué nos depara la vida en esa región del mundo.

En Ushuaia todo se conecta

(Este no es un texto para leer en diagonal.)

No es fácil describir una telaraña, sobre todo cuando tiene tantas uniones, así que voy a ponerme en el centro solo porque todas sus lineas me atraviesan. Soy Aniko, tengo 30 años, viajo, me dedico a escribir y estoy tan perdida como cualquiera. Tengo una vida y más o menos sé cómo quiero usarla, pero las dudas están siempre: sigo, me quedo, abro, cierro, pongo energías en esto o en lo otro, me dedico a mi carrera, a la pareja, a tener hijos, a escribir libros, a qué. Un día me llega una invitación para hacer un viaje de prensa a Ushuaia y digo que sí pero pido que me extiendan la vuelta así puedo quedarme unos días más por mi cuenta. El fin del mundo me parece el lugar ideal para desconectarme y terminar de escribir mi segundo libro, algo que vengo posponiendo desde que llegué a Buenos Aires porque siempre surgen cosas más urgentes. Cuando anuncio en mis redes sociales que voy a andar por Ushuaia, Claudia y Nicolás, viajeros y autores del blog Dale Viajá, me dicen que ellos están viviendo allá y que los contacte para lo que necesite. Les comento que estoy buscando una casa en el bosque donde poder encerrarme a escribir y me dicen que conocen el lugar perfecto. Me ponen en contacto con Mónica y Salvador, dueños de las Cabañas del Martial, que aceptan recibirme durante la parte dos de mi viaje. En la mochila guardo bastante abrigo. Lo que más me pesa son los libros y cuadernos que llevo aparte en una bolsita de tela: dos moleskine, el journal “Start where you are”, “Letters to my future self” y la revista Flow Mindfulness.

Ushuaia, "la ciudad del fin del mundo".

Ushuaia, “la ciudad del fin del mundo”.

Unos días después me encuentro en Aeroparque con el grupo de blogueros y periodistas con quienes haré el viaje de prensa organizado por Los Cauquenes. Cuando llegamos a Ushuaia me doy cuenta de que en el vuelo me abrieron la mochila que despaché y me robaron el cargador de la cámara. Me pongo mal, sin eso no voy a poder trabajar, no es un cargador que se consiga en cualquier lado. Esta es la señal número dos de una serie de actos fallidos tecnológicos que me empiezan a pasar en simultáneo: me olvidé el aparatito para transferir las fotos de la cámara a la compu, la batería del celular me dura solo tres horas, la pantalla de la compu está llena de rayas, el teléfono se me apaga y no responde. Durante esta parte del viaje la conozco a Dani Dini, una de mis compañeras. Me habían hablado de ella, es periodista de viajes y de lifestyle y enseguida pegamos buena onda. Son pocos los ratos que tenemos para charlar así que mantenemos una conversación fragmentada. Si bien no nos conocemos, siento que puedo contarle cosas importantes. Me dice que los treinta son un momento de cambios por el regreso de Saturno, que muchas cosas se definen y otras se dejan atrás, que es un proceso y ya voy a ver todo con más claridad. Me siento en el limbo total. Cuando dice Saturno pienso en Lily, mi astróloga, y en cómo ella me hablaba de los efectos de Saturno en mi signo.

El rincón que sería mi hogar durante los siguientes días.

El rincón que sería mi hogar durante los siguientes días.

Termina el viaje de prensa, el grupo vuelve a Buenos Aires y yo me voy a la casa de Claudia y Nicolás antes de mudarme a la cabaña en el bosque. Comemos milanesas y les cuento que me robaron el cargador de la mochila. Descubrimos que ellos tienen el mismo y ofrecen prestármelo mientras esté ahí. No es un cargador común así que la coincidencia me sorprende. Llamo a Nikon y me dicen que ese modelo no se importa, que quizá en treinta días. Trato de comprar uno afuera para que me lo traiga mi prima que está en Italia pero no me funciona la tarjeta. Me resigno, por el momento mi cámara tiene energía para sacar fotos, la que empieza a tener menos energía soy yo. Necesito descansar, me cuesta adaptarme a este cambio de ritmo, a la desaceleración. Me despido de los chicos y voy para las cabañas del Martial. La ruta está cubierta de nieve, acá todavía no hubo deshielo, así que camino despacio para no patinarme. Mientras entramos a la casa, Mónica me pregunta si me molesta que haya un gato. Al contrario. Me lo presenta: se llama Milo, tiene seis meses y enseguida se me cuelga de una pierna. Soy la primera huésped del Bed and Breakfast, Mónica y Salvador decidieron abrirlo, además de las tres cabañas que alquilan, porque sus hijos se fueron a estudiar a Buenos Aires y dejaron habitaciones vacías.

La entrada al B&B de Mónica y Salvador

La entrada al B&B de Mónica y Salvador

La cocina-comedor y, al fondo, un gatito que se acerca.

La cocina-comedor y, al fondo, un gatito que se acerca.

Milo.

Milo.

El camino de llegada

El camino de llegada

Esa noche cenamos y charlamos. El comedor está lleno de cuadros, pregunto quién los pintó. “Yo”, dice Mónica, y le comento que mi mamá también pinta. “¿Aniko Szabó? ¡Me encanta!”, me dice. “Cuando vi que te llamabas Aniko enseguida pensé en Aniko Szabó”, e incluso le dijo a su marido, por error, que Aniko Szabó iba a quedarse con ellos. Antes de viajar, mi mamá me habló de una pintora naif que vive en Ushuaia y que es muy conocida por acá. “Sí, Elsa Zaparart”, me dice Mónica, “pero ya no está más acá. Ella hizo el cartel de Ushuaia fin del mundo”. Le digo a Mónica que me avise cuando vaya a Buenos Aires así le regalo unas láminas de mi mamá, le pregunto en qué zona suele estar y resulta que fuimos vecinas toda la vida: su edificio queda enfrente del de mi mamá, tal vez ya nos cruzamos antes. Les cuento de mi viaje a Hungría y Mónica me comenta que conoce a un húngaro que vive en Perú. “Esperá, yo también, no me digas que se llama Viktor”, le digo. Lo buscamos en Facebook y sí. Hace unos años Viktor estaba de viaje por Ushuaia, pasó caminando por las cabañas, golpeó la puerta y se puso a charlar, y ahora les trae grupos de húngaros bastante seguido. Yo lo conocí en un cumpleaños en Lima porque es muy amigo del marido de una de mis mejores amigas peruanas. Cuando le cuento a Mónica que mi novio es francés, ella me habla de Manu, un francés que se quedó a vivir a pocos metros de las cabañas y puso un restaurante. “¿Sabías que en Francia hay un programa de televisión de viajes de aventura que se llama Ushuaia?”. Ya nada me sorprende.

Este es uno de los cuadros de mi mamá que más me gustan. Mucha gente, cuando escucha mi nombre, me relaciona enseguida con ella.

Este es uno de los cuadros de mi mamá que más me gustan. Mucha gente, cuando escucha mi nombre, me relaciona enseguida con ella.

Este es el cartel que pintó Elsa Zaparart, otra artista naif amiga de mi mamá.

Este es el cartel que pintó Elsa Zaparart, otra artista naif amiga de mi mamá.

Esa noche sueño que hay un terremoto y que veo caerse los edificios al lado mío. En el sueño estoy con mi amigo Pepe y él me va guiando para que no me lastime. Más tarde, Caro Chavate me manda un video desde Medellín en el que se ve su escritorio, una ventana, la lluvia y un papelito escrito por ella que dice “una cosa a la vez”. Con Caro estamos conectadas a la distancia sin conocernos. Vine a Ushuaia, más que nada, para volver a aprender a hacer una cosa a la vez, para estar presente en cada tarea y no dejar que mi cerebro se divida en veinte. No sé si alguna vez fui capaz de ir en contra de mis impulsos de multitasker. ¿Sin internet la vida era más simple? ¿O siempre fui dispersa y le echo la culpa a la tecnología? Milo el gato entra a mi cuarto, se sube a mi escritorio, pone las patas sobre el teclado y no sé cómo abre twitter. Apenas lo agarro ronronea y me deja apoyarlo sobre mi hombro mientras me lame el cachete. Es el gato más perro que conozco. Esa tarde viene Noelia, una lectora de Río Grande, a conocerme. Tomamos tés y hablamos de sus viajes y los míos. Le saco una foto a uno de sus tatuajes. Cuando se va me voy a dormir: estoy a punto de enfermarme, mi cuerpo no da más. Me despierto como a las siete de la tarde con fiebre y miro por la ventana cómo las montañas se ponen azules. Abajo, sobre la bahía, Ushuaia empieza a prender las luces. Siento que tengo todo el tiempo del mundo. Me quedo en la cama y empiezo a leer “Wild mind”, un libro de Natalie Goldberg acerca de la vida del escritor. Me quedo con esta idea: “Style in writing means becoming more and more present, settling deeper and deeper inside the layers of ourselves and then speaking, knowing what we write echoes all of us; all of who we are is backing our writing”. Nuestro estilo proviene de todo lo que somos, escribir tiene mucho que ver con vivir. Copio una frase de Hemingway en mi cuaderno violeta: “Write hard and clear about what hurts” (“Escribí fuerte y claro acerca de lo que te duele”).

Uno de los tatuajes de Noelia

Uno de los tatuajes de Noelia

Vista panorámica desde mi ventana.

Vista panorámica desde mi ventana.

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Mi escritorio en Ushuaia

El bosque a pocos pasos

El bosque a pocos pasos

La noción de mindfulness es algo que me persigue hace tiempo y que intento aplicar a mi vida, aunque a veces me olvido: quiero ser consciente de mis pensamientos y de lo que me pasa a cada momento. Salgo a caminar por la montaña. Me pongo toda la ropa que traje pero igual tengo frío: sweater de alpaca, polar, campera, bufanda, gorro, guantes, polainas. No duro más de veinte minutos afuera. Antes de entrar a la casa miro el bosque y se larga a nevar. Vuelvo a mi cuarto y me siento a escribir. Me falta un capítulo, el de Biarritz, para terminar mi libro y recién ahora tengo un poco más de distancia como para empezar a ordenar las ideas. Empiezo el borrador. Más tarde voy a la Casa de té, una cabaña roja en medio del bosque, a pocos metros de lo de Mónica, donde se sirven té y cosas ricas. Voy invitada por María, la dueña, que se enteró de que me estoy quedando en lo de Mónica y quiere conocerme porque es fan de mi mamá. Me pido “Nights in Paris”, un té blanco, con budín de limón y amapola y charlo con María. Es de Buenos Aires pero vive en Ushuaia hace 37 años y tiene la casa de té hace veinte. Recibe a gente de todo el mundo y a veces, cuando no hay espacio, los hace compartir mesa. Me muestra los anotadores, señaladores y pins que hace Cecilia, su diseñadora, y me ofrece de vender algunos de mis productos ahí. Mientras estamos charlando se nos acerca una de las chicas que trabaja ahí y nos muestra una servilleta con un dibujo que dejó un cliente en la mesa. Le saco una foto y la subo a mi Instagram. Lo van a enmarcar y a colgarlo junto con otro que dejó otra persona hace años. Sigo hablando con María, me cuenta que los carteles de la Casa de té los pintó Elsa Zaparart. Después voy a ver la tienda y me termino comprando un cactus tejido. Me acuerdo de mi cactus que murió, la única planta que tuve a mi cargo. Cuando me fui de viaje se lo dejé a cargo a otra persona y se secó. Este no se va a morir nunca.

La entrada a la Casa de té

La entrada a la Casa de té

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El dibujo que dejó un cliente.

El dibujo que dejó un cliente.

El dibujo que dejó otro cliente hace años (por unos segundos leí "Carcelona"...)

El dibujo que dejó otro cliente hace años (por unos segundos leí “Carcelona”…)

Mi cactus nuevo

Mi cactus nuevo

A la mañana siguiente bajo a la ciudad y la camino de una punta a la otra. Tardo más o menos cuarenta minutos. Me paro frente al cuadro de Elsa Zaparart, cerca del puerto, y ahí es cuando pienso que Ushuaia cambió, que ya no está como en mis recuerdos. Llueve y hace frío así que me voy a refugiar a lo de Claudia y Nicolas. Almorzamos y después Claudia y yo nos vamos a conocer a Laura, una arquitecta y encuadernadora fueguina que acaba de volver a Ushuaia después de quince años en Buenos Aires. A Laura la encontré por internet mientras buscaba información para mi post de cuadernos hechos en Argentina. Facebook me sugirió la página de la Tienda de cuadernos, en el muro vi que decía “mudamos el taller a Ushuaia” y me puse en contacto para ver si podía pasar a conocer. Además de ser fan de los cuadernos, la encuadernación es algo que cada vez me atrae más. Hace dos años hice un taller para aprender y me gustaría, algún día, fabricar los míos. Cuando llegamos a la casa, Laura nos recibe con té y me da un regalito: dos cuadernos hechos por ella, uno con el papel de conejitos que dije en mi otro blog que me gustaba y el otro con “escribir.me” recortado en la tapa. Le cuento que estuve en la Casa de té y me dice que su hermana trabaja con María. “¿Se llama Cecilia?”, le pregunto. Sí, es la diseñadora de la que me habló María. Cuando vuelvo a lo de Mónica le cuento que estuve con una chica que hace cuadernos y le comento que va a dar un taller de encuadernación. Quiere ir. Me pregunta cómo se llama la chica y cuando le doy la referencia de Cecilia, la hermana, me dice que conoce a los padres. En Ushuaia todos parecen conocerse. Si bien casi no salí a recorrer, me sorprende la cantidad de cosas que pasaron en estos días, todas las conexiones invisibles que se formaron a mi alrededor. “En Ushuaia todo pasa adentro de una casa”, me dice Mónica.

La ventana en lo de Claudia y Nicolás

La ventana en lo de Claudia y Nicolás

Los dos cuadernos que me regaló Laura

Los dos cuadernos que me regaló Laura

Un detalle de su espacio de trabajo

Un detalle de su espacio de trabajo

Esa noche cenamos y a la mañana siguiente nos despedimos. Quedamos en vernos en Buenos Aires. No terminé de escribir mi libro pero no me importa, no podría haber tenido un hogar mejor en Ushuaia. Vuelo de vuelta a Buenos Aires. En el avión miro el documental “Finding Vivian Maier” y no puedo creer las fotos que sacaba esa mujer. Vivian Maier fue una de las más grandes fotógrafas callejeras de la historia, sacó cientos de miles de fotos y nunca mostró ninguna. Las descubrieron tras su muerte, cuando un chico compró varios negativos en una subasta. También miro la serie de televisión “Brain games” acerca del funcionamiento del cerebro y me siento un poco más normal en mis déficits atencionales. Aterrizo en Buenos Aires y la telaraña se sigue expandiendo. Paso por el Patronato de la Infancia, donde mi mamá colabora hace más de treinta y cinco años en la producción y venta de tarjetas de navidad y calendarios de arte naif a beneficio de la institución. Me quedo un rato y ayudo a perforar calendarios. Como las quince páginas no entran juntas en la perforadora, separo el año en dos y me quedo con julio en la mano. Hago esta separación varias veces hasta que se me ocurre mirar el cuadro de ese mes: un paisaje de montañas que parece en Ushuaia, pintado por Elsa Zaparart.

Este.

Este.

Esa noche le mando un mensaje por Facebook a Marcos para avisarle que ya estoy en Buenos Aires. No nos conocemos, hace unos días pregunté en Facebook si alguien tenía un cargador Nikon en venta y él me dijo que tenía uno de más porque le habían robado la cámara. “Te lo regalo”. No lo puedo creer. Más tarde me llega el mensaje de Margarita, a quien tampoco conozco, que me cuenta que estuvo en Ushuaia con su novio en la misma fecha que yo. Nos cruzamos en la Casa de té sin saberlo. Esa tarde una amiga le pasó mi blog, Margarita me buscó en Instagram y vio que yo había posteado la foto de un dibujo en una servilleta. Ese dibujo lo había hecho su novio mientras tomaban el té. Margarita también es encuadernadora. Dos días después me reúno con Dan, creador del Club de viajeros La Boussole a quien conocí por otras casualidades antes de irme, para planear talleres y proyectos en conjunto. Le comento que estuve en Ushuaia, en el hotel Los Cauquenes, y me pregunta si la conozco a Dani Dini, que siempre suele ir a hacer prensa ahí. Son amigos. Reviso mis mails desde el teléfono y veo que el último post de Orsai habla acerca de esta incapacidad de mantener la atención que, al parecer, estamos sufriendo todos. Y no sigo porque esta telaraña no termina nunca.

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En una cena en lo de Mónica y Salvador, alguien dijo la palabra ecotono. Como nunca la había escuchado pregunté qué significaba. Es la zona de transición entre dos ecosistemas, una zona intermedia donde se mezclan y hacen un cambio gradual de uno a otro. “Desde el punto de vista sistémico, es en el ecotono donde se produce el mayor intercambio de energía”, dice Wikipedia. Por eso, estos limites suelen considerarse zonas de mayor riqueza e interés biológico. La energía fue un concepto muy presente durante mi paso por Ushuaia: las relaciones interpersonales como intercambios de energía. Hay algunas que demandan demasiado de un solo lado, otras que se retroalimentan, otras que se expanden juntas. Estoy aprendiendo a establecer relaciones circulares, a no permitir grandes gastos de energía. Y acá estoy, metida en un ecotono, luchando contra mis propios choques de fuerza, tratando de tenerme paciencia y transitando de a poco hacia un ecosistema distinto.

[box type=”star”]Si llegaste hasta acá, felicitaciones: tenés premios. Quiero compartir los enlaces a todas esas personas y libros que formaron parte de esta red y que me están acompañando, sin saberlo, en este cambio.

  • Mónica y Salvador son los dueños de las Cabañas del Martial y están por inaugurar el Bed&Breakfast en su casa. Más allá de que la casa es cómoda, lindísima y acogedora, ellos son excelentes anfitriones. Si van, mándenles saludos de mi parte. :)
  • Claudia y Nicolás son los creadores del blog Dale Viajá. Hicieron un viaje largo por Sudamérica y ahora están por irse a Asia.
  • Elsa Zaparart es de Buenos Aires, vivió en Ushuaia y dejó muchas de sus obras de arte naif por allá. La próxima hago la ruta Zaparart. ;)
  • En La Cabaña Casa de té aproveché para pensar y bocetar algunas de las ilustraciones de mi próximo libro (que las hará Vero Gatti). Gracias María por recibirme y convidarme cosas ricas.
  • Aniko Szabó es mi mamá y fue un eslabón importante en varios de estos eventos. Algunas de sus obras aparecen en las tarjetas de navidad y calendarios del Patronato de la Infancia, una de las instituciones de bien público más antiguas de Argentina.
  • Laura de la Tienda de Cuadernos me hizo los cuadernitos tan lindos que aparecen en la foto de este post.
  • Dani Dini es periodista especializada en viajes, gastronomía y lifestyle. Urban Hunter Project es su blog.
  • A Caro Chavate la conocí por internet cuando su artículo “Renuncié y no me he muerto de hambre” se hizo viral y alguien me lo pasó. Desde ese día charlamos a la distancia y hasta escribimos una serie juntas: #100ideas (yo en escribir.me, mi blog de escritura, y ella en su blog).
  • El mindfulness o la conciencia plena es algo que trato de practicar todos los días, aunque a veces me olvido o me cuesta. Una de mis maneras es escribiendo en journals. A Ushuaia me llevé 'Start where you are', 'Letters to my future self' y la edición especial de mindfulness de Flow magazine.
  • Estoy leyendo el libro 'Wild mind' de Natalie Goldberg, autora que recomiendo a quienes les guste leer acerca del oficio de escribir.
  • Vi el documental “Finding Vivian Maier” en el avión y fue el antídoto perfecto contra el miedo a volar porque estuve boquiabierta durante toda la película. Cuenta cómo un chico descubrió que una niñera fue una de las fotógrafas callejeras más prolíficas de la historia pero nunca mostró sus fotos. También miré un capítulo de “Brain games”, una serie que investiga el cerebro y la percepción.
  • “La rana hervida en la olla” es el texto de Casciari (Orsai) que habla acerca de nuestro déficit de atención generalizado.
  • Si les interesa la astrología: “Saturno y la crisis de los 30” y esta nota que acabo de encontrar y veo que publicó Pauli Queija, compañera mía de facultad.
  • Cuando me enteré que en Buenos Aires existía un club de viajeros no lo podía creer. Se llama La Boussole (brújula en francés), está en Palermo, y próximamente estaré haciendo cosas con ellos!
  • Y por último, los invito a seguirme en Instagram. Es la red social que más me gusta y en la que quiero poner, de a poco, toda mi energía en esta nueva etapa.
  • PD: pueden leer el primer post de mi viaje a Ushuaia acá: Escape al principio del mundo.[/box]

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El miedo a volar (y qué hago para superarlo)

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Mucha gente se sorprende cuando digo que me da miedo volar. El avión es el medio de transporte que menos me gusta, aunque no nací con este miedo: hasta hace unos años, me encantaba tomar aviones. Orson Welles dijo que solo existen dos emociones en el avión: aburrimiento o terror. Yo no sentía ninguna, a mí volar me parecía divertido y no me generaba inseguridades. Empezó a gustarme menos cuando me di cuenta de que en el avión me perdía lo mejor: el cambio de paisaje. Así valoré la lentitud de ir por tierra y agua y empecé a ver los vuelos como algo poco natural (todos encerrados a miles de metros de altura), pero hasta ahí no tenía miedo. Hace tres años, cuando volvía de España a Argentina, pasé por una turbulencia muy fea. Había tormenta eléctrica en Buenos Aires y tuvimos que sobrevolar Ezeiza durante cuarenta minutos. El avión se sacudió tanto —sumado a los vómitos de la gente y a la visibilidad cero— que pensé que se iba a partir al medio y adiós mundo cruel. Le agarré la mano a mi compañera de asiento, cerré los ojos y, cuando aterrizamos en Buenos Aires, lloré.

Desde ese día me pongo muy nerviosa cuando estoy en un avión y trato de subirme lo menos posible. Un año y unos meses después volé de Perú a España, y por suerte me tocó una mujer al lado que me charló todo el viaje, me agarró la mano y me ayudó a distraerme. Unos meses después volé a Islandia, aunque el avión despegó con tormenta y también hubo bastante turbulencia y entré en pánico. Un año después volé a Croacia y la pasé mal todo el vuelo, hace unas semanas volé a Londres y a cada mínimo movimiento pensaba: se cae se cae se cae se cae. Me resulta muy incómodo sentir estas cosas y pasar por tanto estrés, pero a la vez es incontrolable. Los miedos son irracionales y la imaginación negativa no tiene límites. La fobia, además, suele agarrarme cuando ya estoy sentada adentro del avión, con el cinturón puesto, a punto de despegar. En ese momento pienso: “¿Por qué estoy acá otra vez? Me quiero bajar”. Cada movimiento me asusta, los pozos de aire me desesperan y lo único que pienso es en llegar a tierra firme lo más rápido posible para no tener que subirme a un avión nunca más en mi vida. Llegué a tener pensamientos como “vuelvo a Buenos Aires… si el avión no se cae”. Es horrible.

Lo que destaco de viajar en avión son las vistas

Lo que destaco de viajar en avión son las vistas, como esta de Laponia sueca

O esta, por aterrizar en Camboya

O esta, por aterrizar en Camboya

Hace unas semanas, el vuelo que más miedo me daba era el de vuelta de Francia a Buenos Aires: hacía escala en Madrid —en la mente del fóbico: dos despegues y dos aterrizajes— y yo no sabía cómo iba a hacer para soportar tantas horas metida ahí adentro, encerrada con las maquinaciones de mi cabeza. Varios me dijeron que me tomara pastillas para dormir, y lo pensé, pero nunca en mi vida tomé nada de eso y me daba miedo quedar demasiado sedada y no poder levantarme. También me dijeron que tomara una copa de vino, pero tenía miedo de que me generara el efecto contrario y en vez de relajarme me volviera paranoica. Quería subirme al avión, no enterarme de nada y bajarme, pero las opciones para lograr eso no me gustaban. Para que se entienda: lo que me da miedo no es volar, me da miedo caer y ser consciente de que me voy a morir en los próximos minutos. Esa es mi verdadera fobia: saber que me voy a morir y que no puedo hacer nada para evitarlo.

Sin embargo, el vuelo de vuelta a Argentina no fue tan terrible como pensé. Al contrario, hasta podría decir que, después de tres años, mi miedo disminuyó bastante. Imagino que no soy la única con estos temores —más de un cuarto de la población tiene miedo a volar, al parecer—, así que les comparto algunas de las técnicas que usé y seguiré usando para ir superándolo de a poco.

1. Me informé acerca del funcionamiento de los aviones

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Unas semanas antes de volar a Londres, con algo de nervios e insomnio, me puse a buscar información acerca del miedo a volar. Tenía tantas ganas de llegar a Londres pero tan pocas de tomar ese avión, que mi cabeza parecía un ring de boxeo: “Ay, quiero estar ya en esas librerías inglesas”, “sí, primero asegurate de que el avión llegue entero”, “no veo la hora de sentarme a leer en Waterstones”, “bueno, igual si perdés el vuelo porque te quedaste dormida tampoco sería tan terrible”, “libros, papelerías, buses rojos”, “turbulencia turbulencia turbulencia”. Quería cortarla con eso de una vez. Google, que a veces debería recibirse de psicólogo, me derivó a una web que me ayudó muchísimo: se llama Volando sin miedo y es un curso online gratuito para superar el miedo a volar.

Lo primero que decía era “este no es un curso para leer de manera apresurada”, creo que me lo leí casi todo entre esa noche y la mañana siguiente. Si tienen miedo a volar o quieren saber más acerca del funcionamiento de los aviones y las etapas de un vuelo, se los recomiendo mucho. Los textos, reflexiones y videos me ayudaron a derribar varios mitos que tenía metidos en la cabeza: por ejemplo, yo pensaba que a un avión se le podían quedar los motores en medio del aire y caer ahí mismo en picada (no pensé en que, en ese caso, las alas le sirven para planear), tampoco era consciente de que los transportes terrestres también tienen turbulencia (sientan los movimientos la próxima vez que vayan en auto o bus), no sabía que los aviones están preparados para soportar muchísima más turbulencia de la que existe de manera natural y que incluso pueden atravesar huracanes.

Viajé a Londres un poco más tranquila, aunque no del todo. Las estadísticas dicen que los aviones son el transporte más seguro del mundo, y es cierto, porque cada año despegan millones y son muy pocos los accidentes. Pero cuando hay un accidente suele ser terrible, y los medios de comunicación solo nos muestran eso. Sin embargo, si bien sé que es muy poco probable que tenga un accidente aéreo, en mi cabeza sigo pensando que es la lotería de la vida y que nada impide que la próxima que esté en una catástrofe sea yo.

 

2. Hago ejercicios de respiración durante el vuelo

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Uno puede leerse todos los textos de internet y sentirse más tranquilo, pero el momento de la verdad es cuando estás con el cinturón abrochado y a punto de despegar. Ahí es cuando hago los ejercicios de respiración. Cierro los ojos, me concentro en mis inhalaciones y exhalaciones e intento no pensar en otra cosa mientras el avión sube o se sacude un poco. Esto me ayuda mucho a tranquilizarme y a no pensar tanto, porque no hay nada peor que entrar en pánico en ese espacio cerrado.

 

3. Me distraigo con todo lo que encuentre

Como esta vista de Londres, por ejemplo

Como esta vista de Londres, por ejemplo

En mi experiencia, no hay nada mejor que distraerse durante el vuelo. Como no duermo mucho en los aviones, intento llevarme todos los juguetes para mantenerme entretenida: libros, revistas, películas en la compu, música, cuadernos. Si veo que el avión tiene pantallita en el asiento hago un bailecito de felicidad, aunque ya me haya visto todo. Y en general suelo tener suerte y me tocan compañeras de asiento muy charlatanas que me hacen cambiar mi foco de atención de “nos vamos a morir todos” a “contame más, quiero saber todo acerca de ese tema”.

En el vuelo de Francia a Madrid me levanté para ir al baño y mi compañera de asiento aprovechó para ir también. Cuando salimos justo estaban con los carritos de comida en los pasillos así que tuvimos que esperar un largo rato para poder volver a sentarnos, entonces charlamos de la vida durante cuarenta minutos frente a los baños. Cuando volvimos, el marido había aprovechado nuestra ausencia y se había hecho una cama con los tres asientos, y yo estaba mucho más tranquila que al despegar.

 

4. Trato de recordar cómo era no tener miedo

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En un vuelo muy largo, puede que las distracciones no sean suficientes o que necesite un rato de descanso de la pantalla. Además, si hay mucha turbulencia la siento igual, por más que esté mirando una película. Si veo que el miedo está por volver, me pongo a pensar en cómo era no tener miedo a volar. Antes me subía a un avión sin pensar en que se podía caer, y en realidad las chances de que me pasara algo eran las mismas, solo que al no tener miedo no me estresaba antes de tiempo. ¿Cómo hice para volar 33 horas de Asia a Argentina? Me aburrí mucho, pero no tuve miedo, me acuerdo, entonces trato de volver a ese estado mental pre-turbulencia traumática. Si estoy muy asustada, miro al resto de los pasajeros y a las azafatas: si tienen cara de que no pasa nada, me doy cuenta de que estoy exagerando y vuelvo a tranquilizarme.

 

5. Adopto identidades secretas

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Aunque suene ridículo, esta fue una de las técnicas que más me sirvió. En el primer tramo de la vuelta de Francia a Buenos Aires, mientras esperábamos que despegara el avión a Madrid, se subió un señor que volvía con atención médica. Creo que se había quebrado la pierna, así que tuvo que ir en los tres asientos de adelante, a dos filas del mío. Lo miré e imaginé que yo era la enfermera, y pensé: “No puedo ir con miedo, mi rol en este avión es cuidar a mi paciente”. Funcionó. Cada vez que me ponía nerviosa, pensaba: “Tranquila, vos estás acá para otra cosa, no para tener miedo”. Eso de sentir que tenía a otra persona (imaginariamente) a mi cargo, me hizo olvidarme de mis ansiedades y enfocar la atención en otras cosas.

En el vuelo siguiente, Madrid – Buenos Aires, lo llevé al extremo: “Soy azafata y hago esto todos los días, no puede darme miedo el trabajo que elegí”. Y volé tranquila, porque soy azafata (de a ratos piloto) y soy valiente.

 

6. Tengo diálogos imaginarios con mi mejor amiga

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Acá es cuando empiezan a dudar de la sanidad de quien escribe. Hola.

Mi mejor amiga y yo somos como hermanas y nos conocemos hace más de 27 años, así que ambas somos capaces de hablar con la otra sin que una esté presente. Ella también lo hace. Mientras iba en el avión a Londres decidí pasar el tiempo escribiendo, y me salió un diálogo imaginario con ella. Resulta que cuando tuve aquella turbulencia fea, la que me traumó, también estaba pasando por turbulencias sentimentales. Ambos hechos me marcaron y, como somos humanos y tendemos a recordar lo malo, me costó mucho olvidarme del sufrimiento.

En nuestro diálogo imaginario, mi mejor amiga me dijo, entre otras cosas: “Basta Ani, cada relación es distinta. Esto es como tu miedo a volar me parece… Tuviste una turbulencia una vez, y sí, fue horrible y pensaste que te morías, pero seguís acá, lo superaste, fue feo pero pasó. Ahora no podés subirte a todos los aviones pensando que va a pasar lo mismo, que se va a sacudir o se va a caer. Seguramente vuelvas a tener vuelos feos, pero si las condiciones meteorológicas son buenas entonces no te hagas la cabeza”. Y es cierto. Me tomé muchos aviones en mi vida y hubo uno que fue feo, y yo solo me acuerdo de ese.

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Tal vez crecer es volverse más consciente de la muerte y por eso todo da un poco más de miedo, pero también es aceptar que las cosas pasan por algo y que no somos tan importantes como para que justo nuestros aviones estén siempre en peligro. Los miedos están para superarlos. Y confío en que todavía me quedan muchos vuelos por delante.

[box]¿Alguien más por acá con miedo a volar? Cuenten sus técnicas para superarlo, si es que las tienen. Y sepan que no están solos![/box]

Carta de despedida a Biarritz

Me cuesta escribir esto sin ponerme triste. Llegué a Biarritz por primera vez hace poco más de un año, el verano pasado, sin saber que me quedaría a vivir por nueve meses, que caminaría tanto por estas calles, que vería el faro cubierto de niebla y cubierto de sol, que odiaría su lluvia y amaría su mar. Vine porque dos personas no conectadas entre sí me dijeron, casi con las mismas palabras, que si quería aprender surf tenía que ir a Biarritz, y a mí esa palabra se me quedó pegada. No sabía nada de Biarritz ni de surf y sin embargo vine, llegué un día en el que estaba a la deriva, en una época en la que me sentía sin rumbo y en la que todo me daba un poco igual. Y a primera vista la ciudad me pareció de las más lindas que vi, pero no me sentí cómoda y quise irme. Unas horas después conocí a alguien y las cosas cambiaron. Y me quedé. Nos quedamos. Nueve meses viviendo juntos acá.

Desde mi cuarto.

Desde mi cuarto.

La vista desde mi ventana

La vista desde mi ventana

Las postales frente a mi escritorio.

Las postales frente a mi escritorio.

Mis grullas.

Mis grullas.

Escribo esto todavía en Biarritz, sentada en mi escritorio de vidrio al lado de la ventana, con vista a un jardín que todavía es mi jardín, mirando la pared llena de postales que aún no despegué. Frené acá porque necesitaba esto: un espacio de trabajo, un hogar y un amor. Me sentía muy huésped y muy sola, y estaba cansada de moverme de un lado a otro sin parar. Mi límite de viaje en continuado es un año, después de eso ya me canso, pierdo la capacidad de asombro, no tengo ganas de ver lugares nuevos y me surge la necesidad de detenerme. Acá volví a tener la rutina que tanto necesitaba: empecé natación, fui al cine, llené las alacenas, jugué al Super Mario, miré películas, me abrí otro blog, recibí postales y escribí mucho, un montón. Escribí otro libro, aunque el capítulo de Biarritz todavía ni lo empecé, dicen que hay que escribir acerca de un lugar cuando uno ya se fue.

Además me compré libros.

Además me compré libros.

y zorritos.

y zorritos.

Amo mi jardín.

Amo mi jardín.

Recibí cartas.

Recibí cartas.

Y ahora me toca despedirme de prepo, porque no sé si nos iríamos si la situación fuese distinta. Acaba de empezar el verano, la mejor época del País Vasco, ya no llueve, el mar está calentito, la gente está contenta, hay luz hasta las diez de la noche y uno casi se olvida de que acá existió el invierno. Pasamos seis meses bajo lluvia, con caracoles trepando por las paredes, hongos expandiéndose por el techo, olor a humedad en el baño, las toallas siempre mojadas, sabañones en los pies, y ahora tenemos que irnos porque la dueña de la casa-cueva cuadruplica sus precios durante los meses de verano y si Biarritz ya era cara en invierno ahora es imposible. Mi casa-cueva ya no esta, será otra, será muchas. Se nos terminó el contrato, el primero que firmé con un chico, sin pensarlo, cuando me dijo quedate a vivir conmigo acá, estemos juntos, quiero estar con vos.

La playa

La playa

Una rotonda

Una rotonda

Cerca de casa

Cerca de casa

Durante estos meses en Biarritz me di cuenta de que el clima afecta mucho mi estado de ánimo. Tuve tristeza de invierno —autodiagnosticada—, lloré cada vez que llovía, me enojé cuando no salió el sol durante dos semanas, me dio rabia ver que el servicio meteorológico anunciaba lluvia con cien por ciento de probabilidades para los próximos diez días, dije un montón de veces que me iba para Argentina, que chau, que empaco todo y ya fue, que no quiero estar más acá, que estoy pasada por agua, que no me banco más el viento y esa garúa fina que me corroe. Me consolé con macarrons, con chocolate, con cafés con leche, con películas y series, con los abrazos de L. Me sentí mejor —y peor, por improductiva— quedándome en la cama hasta tarde, leyendo mis libros con dos frazadas encima. Aprendí que a veces eso también está bien, que no puedo estar todo el tiempo forzándome a hacer cosas, que los descansos son tan importantes como el trabajo.

Vidrieras

Vidrieras

Peluquería

Peluquería

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Cosas que veo en mis caminatas de todos los días

Cosas que veo en mis caminatas de todos los días

Aprendí a medir el paso del tiempo de otras maneras. En esta casa los relojes nunca estuvieron en hora y tampoco tuve calendarios, hasta hace poco, pero supe que los meses pasaban porque vi mi pared llenarse de postales, porque vi el ciclo de las mareas, porque a L. le crecían los rulos, porque el sol fue saliendo cada vez más temprano y escondiéndose más tarde. Supe que había empezado la primavera cuando escuché a dos pájaros cantar al lado de mi ventana a las tres de la mañana y recordé que ese sonido existía. Y ahí me di cuenta de que esta fue la primera vez que pasé un invierno, mejor dicho: que hiberné en una cueva. También me volví más friolenta, supongo que de tanto invierno, y un poco más miedosa, quizá por tanta lluvia.

Junto con la primavera llegó una inquilina nueva a la casa, y ahí empecé a practicar el arte de la paciencia y a decirme ya está, es hora de empacar, con nuestras cosas a otro lado, esta casa ya no es nuestro espacio. Así que me despido sin despedirme, porque todavía sigo acá, aunque en cuenta regresiva, tres, dos, uno. Caeré cuando estemos en la próxima ciudad, en algún lugar sin humedad y sin mar. Nunca, jamás, hubiese pensado que iba a quedarme a vivir en Francia. Ni aunque me lo hubiese dicho mi astróloga, que, si mal no recuerdo, alguna vez me lo mencionó. Tampoco pensé que iba a encontrar mi hogar en un chico francés, siempre dije que los franceses eran lindos pero que no los terminaba de entender, y mirá. Ahora nos toca ir a los dos a mi país, a construir otro hogar transitorio en Buenos Aires y después veremos dónde más. Y por primera vez lloro mientras escribo un post, no sé si de tristeza por la partida, de alegría por irme acompañada, de emoción por volver a Buenos Aires, de felicidad por todo lo que nos espera, de ansiedad por las ganas que tengo de hacer un viaje largo por Argentina, o de hipersensible porque me está por venir (debe ser eso). Pero nunca viví tanto tiempo en otro lugar que no fuese Buenos Aires y todo eso me genera una procesión. Además hace casi dos años que no vuelvo a Argentina, y me parece demasiado.

Arco iris de hortensias

Arco iris de hortensias

La Grande Plage

La Grande Plage

Balcones

Balcones

Chau Biarritz, siempre me despido de personas, ahora me toca despedirme de un lugar. Ni sé cómo hacer: ¿salgo a caminar? ¿Saco la basura por última vez? ¿Me meto al mar? ¿Cómo se le dice chau a un hogar? Te deseo que sigas con buen clima, que los turistas no te maltraten mucho, que alguien se enamore de vos, que cuiden tus hortensias, que sigas recibiendo surfers y que le des un buen susto al hombre que escupe. No sé si volveremos, tampoco sé si será lo mismo si volvemos, pero yo me llevo mi mapa subjetivo de tus calles y toda la inspiración que me diste, y eso para mí es lo más valioso. No te lo quería decir, pero si bien te nombré un montón de veces, hay mucha gente que sigue pensando que viví estos nueve meses en París, y qué tendré que ver yo con París, te estarás preguntando. Nada, estás mucho más cerca de España que de París, sos parte del País Vasco, tenés mar. Solo quiero que sepas que L. y yo siempre tendremos Biarritz. Gracias por eso.

À bientôt ! ¡Hasta pronto!

A.

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Publicado desde Estrasburgo, en la otra punta de Francia, con calor y nostalgia.

Tengo blog nuevo: escribir.me

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Adentro mío conviven dos personas:

a) la chica que quiere pasarse la vida viajando

b) la chica que quiere pasarse la vida escribiendo

En general se llevan bien y trabajan en equipo, pero a veces cada cual tiene su ritmo y empiezan los roces. Cuando gana la viajera me voy de viaje largo, cargo lo menos posible y no hay nada que me frene. Cuando gana la escritora me quedo encerrada durante meses en un mismo lugar, acumulando libros y cuadernos. La viajera quiere vivir en movimiento, la escritora prefiere la quietud. A la viajera le encanta conocer gente, a la escritora le encanta conocer autores. La viajera está todo el día afuera, la escritora prefiere encerrarse. La viajera busca un lugar en el mundo, la escritora sabe que su hogar es el papel.

Pero la verdad —y ambas tienen que aceptarlo— es que se necesitan una a la otra.

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Abrí Viajando por ahí en una época en que la viajera era la protagonista de mi vida. Si bien la escritora tenía más años, la viajera era la novedad. Era ella la que estaba por empezar una vida nueva, y la escritora, con timidez, le preguntó si podía acompañarla e ir relatando lo que veía. Hace siete años que viajo y hace siete años que escribo de viajes, y me encanta, pero en realidad son muchos más los textos que escribo acerca de otras cosas —que no tienen nada que ver con nada— que de viajes en sí. Lo que pasa es que están todos en mis cuadernos.

Hace un tiempo me di cuenta de que quería empezar a publicar cosas que acá, por ser un blog de viajes, no encajaban. Es cierto que a veces subo posts que no tienen nada que ver con nada —y me pregunto cuánta gente huye desilusionada de este falso blog de viajes después de leerlos—, pero necesitaba un espacio donde lo central fuese escribir y no viajar, donde no importara si la que escribe es viajera o no. Tengo todo un mundo relacionado con los cuadernos, los libros, las biromes y las bibliotecas que quiero compartir hace tiempo. Y hace un tiempo, cuando se me ocurrió abrir otro blog, me pregunté cómo no me había dado cuenta antes. El empujón final me lo dio el libro “Writing down the bones”, de Natalie Goldberg (podrán leer al respecto en mi otro blog).

Empecé mi blog nuevo hace un mes. En ese tiempo lo diseñé, le elegí los colores, la tipografía, lo programé, le subí contenido, lo peiné y lo perfumé para cuando este día llegara. Porque es muy lindo tener un blog pero lo más lindo es compartirlo y poder inspirar, acompañar o al menos llegar a otros. Ahora me toca presentarlo y estoy nerviosa como si tuviese que hablar en público. Les juro que me late el corazón. Este blogcito que están por conocer me devolvió una motivación que había perdido. Así que acá está: se llama escribir.me y es el blog de una escriviviente. Pero esperen: antes de que se vayan de acá y me abandonen por mi otro blog, les cuento un poquito más.

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10 cosas acerca de mi nuevo blog:

1. escribir.me no tiene orden cronológico, pueden empezar a leer por donde quieran.

2. Su manifiesto se resume en que todo es escribible: todo lo que nos pasa en esta vida es material para un texto.

3. Está organizado siguiendo los tres consejos de Natalie Goldberg para ser un buen escritor: Leer (nutrirse del trabajo de otros artistas), Escuchar (prestar atención a la realidad) y Escribir (no dejar de mover la mano).

4. Es un blog conector: quiere ser un puente entre todas esas cosas que me inspiran y ustedes.

5. Es un blog disparador: quiere darles ideas para que empiecen a escribir lo que sea.

6. Tiene textos propios, pero eso no es lo central.

7. Como siempre quise tener una papelería, acá me saco las ganas y hablo de cuadernos como quien habla de sus gatos.

8. Detrás de este blog hay un enorme deseo de poder, algún día, dar talleres de escritura creativa en escuelas, de enseñarle a los chicos —y grandes— a ver la escritura como un medio de expresión y autoconocimiento y no solo como algo práctico. Aunque para eso me faltan unos años.

9. Surge, también, de mi necesidad de sentirme acompañada como escritora, ya que este es un oficio muy solitario, así que me encantaría que participen y comenten lo que quieran y que formemos un pequeño espacio de contención.

10. Es un espacio para los escrivivientes: los que necesitamos relatarnos nuestra vida a través de la escritura. Y para potenciales escrivivientes también, acá no hace falta ser escritor sino mirar el mundo con ganas de escribirlo.

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Así que ya está, me desdoblé. Era un paso necesario. Viajando por ahí también seguirá en pie, son muchos años y no quiero cerrarlo porque sé que cuando vuelva a viajar me volverán las ganas de publicar de viajes. Veré cómo lo encaro mientras tanto. Como siempre, les agradezco mucho que estén del otro lado y que se tomen el tiempo de leer los delirios de estas dos chicas que tengo conviviendo adentro mío.

Ahora sí, los invito a pasar: escribir.me

Y si quieren seguirlo por Facebook: www.facebook.com/escribirme.blog

Siete
(Reflexiones en mi séptimo aniversario viajero)

[quote]“El número siete, por sus virtudes ocultas, tiende a realizar todas las cosas. Es el dispensador de la vida y fuente de todos los cambios, pues incluso la Luna cambia de fase cada siete días. Este número influye en todos los seres sublimes.” (Hipócrates)[/quote]

El siete y el dos siempre fueron mis números preferidos. No soy muy original: las estadísticas —que en este caso no tengo idea cómo se calculan— dicen que el siete es el número preferido de la mayoría de la población mundial. El siete me sirve para expresar cosas que otros números no me permiten: me gusta decir “llego en siete” o “dame siete minutos” cuando el cinco me parece muy corto y el diez demasiado completo. El siete indica algo que no se hace enseguida pero que tampoco lleva dos cifras de tiempo, aunque a veces eso de ser un número intermedio me pone en un limbo: tener 27 años, por ejemplo, me pareció una edad rara. Sentía que todavía estaba cerca de los 25 y a la vez acercándome a los 30, o sea que no estaba en un lugar muy definido. Tener 29 me gusta más: al menos sé que en un año cambio de década y que me acerco a una etapa distinta.

Cuadro by vero gatti y Luna

Cuadro by vero gatti y Luna

Muchos dicen que el siete es el número perfecto y que tiene poderes especiales. El siete está en todo. Los siete días de la semana, los siete planetas clásicos en la astrología, los siete pecados capitales, los siete colores del arco iris, los siete cielos del Islam, los siete sacramentos del Catolicismo, las siete edades del hombre según Shakespeare, las siete notas musicales, los siete mares, las siete vidas de los gatos, las siete diferencias, los siete chakras, los siete enanitos, siete años en el Tíbet, siete monos, el séptimo hijo varón, el mundo creado en siete días. La suma de las caras opuestas de los dados siempre da siete. Le dicen el número mágico porque está formado por la suma del tres —sagrado— y el cuatro —terrenal— y forma, entonces, un puente entre el cielo y la tierra.

Siete años en la ruta (en esta foto: Islandia)

Siete años en la ruta (en esta foto: Islandia)

En mi caso, ayer cumplí siete años de vivir viajando. El 28 de enero de 2008 me puse la mochila, tomé un bus de ida de Buenos Aires a La Quiaca —la frontera entre Argentina y Bolivia— y, sin tener mucha idea de lo que estaba haciendo, decidí que ese sería el primer día del resto de mi vida. Desde ese 28 de enero hasta hoy viajé por más de treinta países en cuatro continentes, viví en varias ciudades, escribí dos blogs de viajes con más de cuatrocientos posts, publiqué nosécuántos artículos de viajes en revistas, expuse fotos de viajes, fui columnista de viajes en programas de radio, di charlas de viajes y autopubliqué mi primer libro de relatos de viajes. Durante siete años puse todas mis energías en construir esa realidad que había elegido: ser viajera.

Candado budista en los puentes de París.

Candado budista en los puentes de París.

Pero dicen que algo pasa a los siete años. Hay una teoría psicológica que asegura que después de despertarte 2555 días junto a la persona que elegiste de pareja para toda la vida aparecen las dudas, preguntas y desilusiones: la famosa crisis o comezón del séptimo año de matrimonio. ¿Esto es lo que quiero para siempre? Nunca tuve una relación de siete años así que en ese aspecto no sé, pero sí sé que hace 2555 días me despierto con la misma etiqueta y con el mismo estilo de vida, ese que elegí hasta que la muerte nos separe solo por intuición, sin siquiera haberlo testeado antes. A veces pienso en lo fácil que usamos las palabras “para siempre”. A los veintidós años decreté, así de fresca, que viajaría para siempre, pero nunca pensé en todas las cosas que pasarían entre mis veintidós y el para siempre. Yo solo veía la meta: cumplir ese sueño.

Mensaje visto en Praga.

Mensaje visto en Praga.

Ondas luminosas. Esta foto la saqué en la exposición de Kusama en el Malba, Buenos Aires.

Ondas luminosas. Esta foto la saqué en la exposición de Kusama en el Malba, Buenos Aires.

En siete años, ese sueño dejó de ser una ilusión y se convirtió en algo corpóreo, y mi vida de viajes tuvo subidas y bajadas. Como vivir en movimiento me hace perder la noción del calendario, me gusta pensar en años-viaje y poder, así, diferenciar cada bloque de tiempo y recordar por qué cada año fue distinto.

El año uno empezó con la euforia del primer paso: esto es lo que siempre soñé ahora sí que seré feliz toda la vida. El año dos fue el del primer regreso y la depresión post-viaje: para qué volví, no sé si voy a poder seguir viajando, qué va a ser de mí. El año tres me fui a Asia y otra vez la euforia: esto es lo que siempre soñé ahora sí que seré feliz toda la vida bis. El año cuatro apareció la calma y logré cierta estabilidad: bueno, creo que ya puedo decir que me dedico a escribir desde cualquier lugar del mundo. El año cinco estuvo desbordado por la emoción y el agotamiento de escribir un libro: este es el resultado de hacer las dos cosas que más me gustan, pero cómo cansa. El año seis volví a viajar y tuve una sensación que intenté tapar durante mucho tiempo: esto no es lo que esperaba. Había empezado el proceso de desidealización de la vida soñada, una de las mejores cosas que me pasaron desde que me fui de Buenos Aires, ya que me permitió ver todo de manera más real. Y el año siete, este que se acaba de cumplir, es el de las preguntas: bueno, ya sé más o menos cómo son las cosas, ¿y ahora qué?

Por las calles de Salamanca, España.

Por las calles de Salamanca, España.

Cumplí siete años de viajera en un estado intermedio —típico del siete, diría—: viviendo en otro país. Es decir: ni del todo en mi casa, ni del todo de viaje, ni tan quieta, ni tan en movimiento. Ni sí ni no, ni blanco ni negro. ¿Qué estoy haciendo entonces? ¿Estoy viajando? ¿Estoy frenada? ¿Debería estar viajando? ¿Debería estar con ganas de viajar? ¿Debería volver? Siempre dije que iba a viajar toda la vida, pero ¿y si me canso? ¿Y si me aburro? ¿Y si ya no me motiva? ¿Y si de golpe aparecen otros intereses? De acá a “toda la vida” falta mucho, y hay un montón de otras cosas que me gusta hacer además de viajar. ¿Qué pasaría si les dedico más tiempo? ¿Si cambio de profesión? ¿Si cierro el blog, dejo de escribir y desaparezco de internet? ¿Podría ganarme la vida? ¿Lo mío es escribir sí o sí? ¿Y si cambio de rubro y pongo un negocio de algo? ¿Y si refloto ese sueño de irme a cosechar lechuga a una granja en Canadá? Pero a mí viajar me gusta, aunque tambiénETC. Esto de tener monólogos internos constantes es agotador.

Músico callejero en Praga, frente al muro de John Lennon.

Músico callejero en Praga, frente al muro de John Lennon.

Ojo de Magritte en Bélgica.

Ojo de Magritte en Bélgica.

Para mí, el superpoder del siete es que, cuando lo usás para contar años, marca un quiebre. Siete años es un tiempo considerable para estar en algo, aunque no llega a ser una década: si quiero arrepentirme, todavía estoy a tiempo. Obvio que a los diez años también puedo arrepentirme, pero el siete es más liviano, no es un número cerrado. Entonces me siento así, como si estuviese terminando un período de prueba, el test-drive: ya sé cuáles son las cosas que más me gustan de vivir viajando y cuáles son las que más me cuestan, ya sé en qué consiste y en qué no consiste este estilo de vida. Ahora puedo decidir si seguir o cambiar. O si seguir pero de otra manera. Si acelerar o desacelerar. Si dedicarle más tiempo a esto o a otras cosas. Las opciones son muchas. Y lo bueno es eso: que tengo opciones, que nadie me obliga a estar encadenada a nada.

Frente al reloj en París.

Frente al reloj en París.

Infinito (foto: Islandia)

Infinito (foto: Islandia)

Pero entre tantas preguntas, también tengo algunas certezas. Me demostré —a mí, no a otros— que puedo vivir con mis reglas, aunque esto de no tener manual de instrucciones hace que tenga que estar reescribiéndolas todos los días. También entendí que no tengo que impresionar a nadie ni cumplir expectativas ajenas. Antes sentía que tenía que hacer ciertas cosas —viajar / escribir de determinada manera— porque eso era lo que se esperaba de mí —”la viajera”—. Ahora siento que si mañana decido dejar de viajar no va a ser un fracaso sino un aprendizaje: quizá viajar no era lo mío, quizá necesitaba viajar para darme cuenta de cuánto necesitaba tener un hogar, o quizá necesitaba frenar para darme cuenta de cuánto me gusta viajar.

Visto en Cusco.

Visto en Cusco.

También sé que aunque esté de cumple viajero y tenga estas preguntas no voy a tomar decisiones porque no hay decisiones para tomar. Estoy acá, estoy escribiendo un libro. Después volveré a Buenos Aires, haré cosas allá, volveré a tener a mis amigos y a mi familia, estaré quieta un rato más. Y ahí la intuición, otra vez, me dirá qué hacer. Pero aunque entre en crisis o tenga dudas, cuando me proyecto me doy cuenta de que en mi futuro siempre veo viajes. Quiero hacer un viaje en auto por la Patagonia, quiero hacer un road trip por Estados Unidos y Canadá, quiero hacer dedo en Japón, quiero recorrer las islas de Oceanía en barco, quiero atravesar Asia Central. Quiero ir a muchos lugares. No sé a qué ritmo ni cuándo. No sé si escribiendo un blog o no. Pero todos esos planes de viajes están ahí y no los veo con intenciones de desaparecer.

En siete años les cuento.

cumple-viajes-13

Pizarrón en la casa de vero!

*

Epílogo:

El 28 a la noche le dije a L:

—Hoy cumplo siete años de vivir viajando.
—¿Por qué no me dijiste antes?
—Es que me acabo de dar cuenta.
—Me hubieses avisado y comprábamos una torta y brindábamos.

Y eso hicimos, aunque con un día de delay. Torta de chocolate y vino blanco para festejar una fecha que me parece más representativa que mi cumpleaños. Así que propongo que cada uno elija su fecha de cumpleaños —o de no-cumpleaños— en honor a algún acontecimiento importante. A mí me encantaría festejar cada 28 de enero como si fuese 29 de julio.

Buenos Aires.

Buenos Aires.

[box type=”star”]De vez en cuando escribo estos posts aniversario en honor a mis cumpleaños de viajera o al nacimiento de mi blog. Son estos:

Cuando te perdés en China, nunca sabés quién te puede encontrar (post número 100)
Doscientos viajes (post número 200)
“Detrás de los viajes” – Edición especial 300 posts
Mis cuatro años de viajera: cómo empecé, cómo trabajo y cómo me financio
Mis seis años de viajera: el Síndrome de París y el lado oscuro de los viajes [/box]

Desbalance de año nuevo

The whole future lies in uncertainty: live immediately.
(El futuro está sumido en la incertidumbre: vive de inmediato)
Séneca, De la brevedad de la vida. Escrito en el 55 d.C.

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Acá pasé Navidad este año, en un pueblo de Alsacia, Francia.

Iba a escribir un balance de fin de año pero preferí convertirlo en una reflexión de año nuevo. Si bien cambiar de año no me parece más que algo simbólico —no es que nuestra vida vaya a dar un vuelco solo por pasar del 31 de diciembre al 1 de enero— creo que es bueno usar este ritual de excusa para mirar hacia atrás y reflexionar y para mirar hacia adelante y proyectar. Es como el cambio de estaciones o el paso del día a la noche y de la noche al día: un ciclo necesario para poder ordenar nuestro tiempo y relatarnos nuestra historia.

En estas últimas semanas recibí varios mails con el mismo mensaje: “Envidio tu vida, yo no tuve las mismas oportunidades que vos”, “te odio de manera sana”, “me da rabia conocer vidas como la tuya”, “quiero vivir viajando pero no tengo el coraje”, “tu mundo es bucólico, romántico, envidiable y lejos de mi alcance”. A veces siento que cuando nos ven de afuera creen que porque nos fuimos de viaje nos metimos en una burbuja de felicidad lejos de la tristeza, los duelos, el sufrimiento, la soledad, la frustración, el cansancio, la falta de motivación, el desamor, la desilusión y los problemas. Como si, de golpe, tuviésemos la vida resuelta y nada nos afectara.

Las fotos de este post van a modo de resumen de los lugares que conocí en el 2014

Las fotos de este post van a modo de resumen de los lugares que conocí y los detalles que encontré en el 2014

Entiendo esos mails porque yo también, cuando miraba de lejos, pensaba que esta era una vida ideal. Me veía yendo de un lado a otro, escribiendo frente al mar, inspirada todos los días y con un único sentimiento constante: la felicidad. Y no es que no haga esas cosas o que no me sienta feliz, es que entremedio de esas actividades que tanto me gustan pasan un montón de otras cosas —léase: la realidad— que me siguen afectando sin importar el lugar del mundo en el que esté. Y este año que se acaba de ir fue uno de los más difíciles que me tocó pasar desde que empecé a vivir viajando.

Un nene en Cusco

Un nene en Cusco

2014 fue el año de los duelos. En pocos meses se murieron cinco personas muy cercanas. Todas fueron muertes inesperadas, una atrás de otra, como un dominó. Dos eran amigos que me había hecho viajando: él murió de un paro cardíaco, ella de leucemia. No tenían ni treinta años. La primera muerte, anterior a esas dos, me desencadenó emociones negativas que me costó mucho superar: además de pasarme meses llorando y tratando de entender por qué esa persona se había ido tan de golpe, durante mucho tiempo sentí que la vida había perdido sentido. ¿Para qué esforzarse tanto si al final nos vamos a morir? O ni siquiera al final: puede que nos vayamos mañana, sin aviso, y chau todo. ¿Por qué perdemos tanto el tiempo en cosas que no importan? ¿Será que la vida es pasarse los días sufriendo la muerte de los que amamos?

Un corazón por las calles de Cusco

Un corazón por las calles de Cusco

Hace unos días me topé, por varias vías, con el texto de Séneca “De la brevedad de la vida”. Séneca fue un filósofo, político, orador y escritor nacido en la actual Córdoba (España) durante el Imperio Romano. Escribió este tratado acerca de la vida, la muerte y nuestro uso del tiempo en el siglo 1 d.C. Muchos pasajes siguen siendo tan actuales que da miedo. A lo largo de este texto lo cito varias veces.

[quote]Oirás a la mayoría decir: «A partir de los cincuenta me retiraré a descansar, los sesenta años me librarán de obligaciones». ¿Pero quién te garantiza una vida lo bastante larga? ¿Quién dará permiso para que eso salga como dispones? ¿No te da vergüenza reservar para ti los remanentes de tu vida y destinar para el bien espiritual solo ese tiempo que no se puede dedicar a ninguna cosa? ¡Qué tarde es empezar a vivir justamente cuando la vida termina! ¡Qué olvido de nuestra mortalidad tan estúpido aplazar los planteamientos sensatos para los cincuenta o los sesenta años y pretender empezar la vida en un momento al que pocos logran llegar![/quote]

De Sudamérica me fui a Europa. Sentía que mi viaje tenía que seguir ahí. Madrid me ofreció color, pero yo seguía viendo un mundo gris.

De Sudamérica me fui a Europa. Sentía que mi viaje tenía que seguir ahí. Madrid me ofreció color, pero yo seguía viendo un mundo gris.

Durante el 2014 estuve tan triste que me costó mucho viajar. Me fui de Buenos Aires porque sabía que si me quedaba me iba a sentir peor. Confié en que el viaje me iba a curar, pero costó mucho. Salir de mi zona de confort me fue muy difícil, me sentí incómoda como huésped, me costó comunicarme con la gente porque no tenía nada para dar ni para decir, perdí la motivación con mi trabajo, dejé de disfrutar los viajes como antes. Y entendí, a la fuerza, que cuando estás mal, estás mal donde sea y aunque estés haciendo lo que más te gusta.

Tuve algunos remansos de alegría, como Altea, en España.

Tuve algunos remansos de alegría, como Altea, en España. Tampoco es que estuve mal todo el tiempo, pero mi sentimiento de base era la tristeza.

Puertas y dibujos

Puertas y dibujos

Arte callejero en Barcelona

Arte callejero en Barcelona

Rayuela en París

Rayuela en París

Liverpool

Liverpool

2014 fue el año de la soledad y la desilusión. Volví a lugares que me habían encantado y me desilusioné. Fui a lugares que quería conocer y me desilusioné. Viajé en pareja y no fue como esperaba. Me separé y volví a ser yo contra el mundo. Yo, sola, solitaria, en soledad. Como me costó viajar, me desilusioné de mí misma como viajera. Como tuve un bloqueo de escritura durante meses, me desilusioné como escritora. Me pregunté si estas actividades eran de verdad mi vocación o cosas que me habían salido bien por un tiempo pero que ya no me motivaban. Y aunque sé, como me dijo un amigo, que la vida es una rueda y a veces estamos arriba y a veces abajo, me costó confiar en que el tiempo cambiaría las cosas.

Soledad

Soledad

Ilustración: vero gatti

Ilustración: vero gatti

Pero un día, casi sin darme cuenta, la tristeza se empezó a ir. Una tarde, cuando terminé de escribir “El lado oscuro de los viajes”, llamé a mi mamá llorando para decirle lo sola y perdida que me sentía. Esa misma noche lo conocí a L. Fue inesperado y pensé que no iba a durar. Nos fuimos de road-trip juntos, de Francia a Hungría, y después de unos meses me pidió que me quedara un tiempo en Francia con él. Le dije que no, que yo viajaba y que tenía que seguir viajando y bla bla bla. Un blablabla que no me convenció ni a mí. Así que acepté frenar en Biarritz, en principio por unas semanas, para probar, y al poco tiempo la tristeza se aburrió y me dijo chau: “Yo sigo viaje, que la pases lindo”. El bloqueo creativo también se fue con ella y empecé a sentirme mejor. Y me di cuenta de que lo que necesitaba no era viajar sino frenar, escuchar a ese lado no-viajero mío y aceptar que necesito ese ciclo de viajar-frenar-viajar-frenar para encontrar mi equilibrio. Y entendí que la vida siempre nos manda lo que necesitamos, nos pone una solución del mismo tamaño que nuestro problema, una solución que está ahí pero que hay que saber ver.

Juro que la primera vez que vine no pensé que terminaría viviendo acá.

Juro que la primera vez que vine no pensé que terminaría viviendo acá.

Y ahora amo este mar.

Y ahora amo este mar.

Ahora, mirando en perspectiva, puedo decir que 2014 fue el año de los golpes pero también fue el año de algo que para mí terminó siendo lo más positivo: la desidealización. Casi siete años después de haber empezado me di cuenta de que viajar no me hizo llegar al nirvana ni alcanzar un estado de iluminación ni me convirtió en mejor persona o en superhéroe. Entendí que mi felicidad no está basada solo en el viaje en sí, sino en tener la libertad de poder elegir cómo vivir, y cómo y con quién pasar mi tiempo. Y al final, más allá de mi amor por los viajes, eso es lo que quiero transmitirles: que se puede vivir de otro modo, que somos libres de inventar nuestras reglas, que estamos acá para algo y que tenemos que aprender a ser dueños de nuestro tiempo. La vida se hace corta si la vivimos para otros o si la desperdiciamos tratando de cumplir expectativas ajenas. “La vida, si sabes usarla, es larga”, dijo Séneca en el siglo 1 d.C. Cuesta más, porque implica salirse del camino señalizado, pero se puede.

El viaje a Islandia fue otro remanso de felicidad en un año difícil.

El viaje a Islandia fue otro remanso de felicidad en un año difícil.

"Sé el cambio que quieres ver en el mundo"

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”

[quote]“Suelo extrañarme cuando veo a los unos pedir tiempo y a los otros, los solicitados, dispuestos a dárselo. Unos y otros atienden a aquello por lo que se pide el tiempo, ninguno al tiempo en sí: se pide como si no fuera nada, como si no fuera nada se da. Se juega con el bien más valioso de todos, pero los engaña el que sea un bien incorpóreo, el que no esté a la vista, de manera que se considera muy barato, más todavía, que su precio es casi nada.”[/quote]

[quote]“Créeme, es propio de un personaje grande y levantado por encima de los extravíos humanos no consentir en que le sorban ni una pizca de su tiempo, y su vida se hace larguísima justamente porque toda su extensión queda disponible para él solo.”[/quote]

Otro momento alegre fue el viaje que hice con mi prima Flavia y sus amigas por la Provenza francesa.

Otro momento alegre fue el viaje que hice con mi prima Flavia y sus amigas por la Provenza francesa.

Tan llena de flores y colores.

Tan llena de flores y colores.

Y macarrons. Comer macarrons fue una de las mejores cosas que me pasó este año.

Y macarrons. Comer macarrons fue una de las mejores cosas que me pasó este año.

En el 2014 me di cuenta, también, de que cada vez me considero menos viajera y más freelancer / trabajadora independiente / nómada digital / location-independent worker o como quieran decirle. Me siento cada vez más alguien que ama escribir y que busca el movimiento, la adaptación, la variedad cultural y el cambio de paisaje para inspirarse. También entendí que a la frase “Do what you love and the rest will come” (Hacé lo que amás y el resto vendrá solo) hay que agregarle otra cláusula: Do what you love, work hard, and the rest will come (Hacé lo que amás, trabajá mucho, y el resto vendrá solo). Aunque visto de lejos no lo parezca, todos los que están viviendo de su pasión pusieron muchísimas horas de trabajo invisible por detrás. Trabajo que no se siente como trabajo, ya que cuando uno hace lo que ama lo disfruta, pero que sigue requiriendo esfuerzo, empuje, constancia, dedicación y confianza en uno mismo.

Mensajes en el Muro de John Lennon, Praga

Mensajes en el Muro de John Lennon, Praga

Quedarme quieta en un lugar desencadenó muchas cosas:

1. Volví a tener una biblioteca y un buzón, combinación peligrosa, así que pude comprarme libros en papel. Esos libros me fueron llevando a otros libros y me hicieron descubrir a un montón de autores. Empecé a rodearme de cosas que me inspiran y así me desbloqueé.

2. Volví a estudiar. Este año descubrí dos páginas espectaculares que quiero compartir con ustedes: Duolingo, una web y aplicación gratuita para aprender idiomas con la que estoy estudiando francés, y Skillshare, una web con cursos online de fotografía, diseño y escritura, entre otras cosas, en la que estoy estudiando hand lettering (se paga por mes, pero lo vale. Si se suscriben a través de mi enlace, tienen un mes gratis). Aguante el aprendizaje autodidacta.

3. Estas webs, a la vez, me abrieron mundos nuevos: el de gente que vive haciendo lo que le gusta y que se agrupa en comunidades, reales o virtuales, para compartir sus logros, sus errores, su aprendizaje y su vulnerabilidad.

4. Volví a sentirme bien, en equilibrio, y eso me hizo sentirme lista para escribir otro libro. Que, supongo, es como decir que estoy lista para tener otro hijo.

El viaje a las raíces fue otro punto fuerte del 2014.

El viaje a las raíces fue otro punto fuerte del 2014.

El roadtrip a Budapest, también.

El roadtrip a Budapest, también.

Se convirtió en otra de mis ciudades preferidas.

Se convirtió en otra de mis ciudades preferidas.

Pero el punto más fuerte de toda esta desidealización y golpes de realidad que me dio el 2014 fue darme cuenta de que la vida es ahora: no cuando me compre tal cosa ni cuando vaya a tal lugar ni cuando publique tal libro ni cuando mi blog sea de tal manera ni cuando me reconozcan por tal cosa ni cuando termine de estudiar ni cuando tenga hijos ni cuando nada. La vida no es eso que te va a empezar a pasar cuando termines el colegio o la facultad, cuando te vayas de viaje, cuando tengas lo que te falta. La vida es esto, es ya, y si no te das cuenta se va rápido, se te escapa de las manos. How we spend our days is, of course, how we spend our lives, dijo Annie Dillard, escritora.

Imagen vista en Biarritz

Imagen vista en Biarritz

Por eso si querés viajar viajá, si querés dibujar dibujá, si querés hacer música hacé música, si querés construir cosas construí cosas, si querés contar tu historia contá tu historia. Pero no regales tu tiempo y no lo pierdas mirando a otros y diciendo qué envidia, qué linda vida que tenés, yo no puedo hacer lo mismo que vos. Basta de excusas, basta de pensar que no se puede, basta de dejar que los días te pasen por encima, basta de estar esperando un cambio para empezar a vivir como soñás, basta de piloto automático, basta de no ser conscientes de lo que nos pasa minuto a minuto. A uno de los chicos que me escribió el mail de “yo no puedo” le dije: “No mires mi mundo como romántico y envidiable, porque eso lo hace parecer irreal e inalcanzable, solo para unos pocos, y no es así: mi mundo es fruto de mis elecciones y es tan imperfecto como el tuyo o el de cualquier persona, porque es real. No tengo una vida perfecta, trabajé mucho para poder vivir así, y sabé que se puede”.

Let it snow, let it be

Let it snow, let it be

Así que feliz año nuevo, feliz no-año nuevo, feliz vuelta al sol. Festejen, no festejen, pásenlo como quieran. Pero acuérdense que estamos todos en el mismo barco, vamos todos al mismo lugar y no hay nada mejor que sentirse acompañado en este viaje.

[quote]“Nadie te restituirá esos años, nadie te devolverá tu propia persona. La vida seguirá su camino sin volver hacia atrás ni detener su carrera. No armará alboroto, no te dará ningún aviso de su velocidad: se deslizará callada. No será más larga por mandato del rey ni por aprobación del pueblo. Así como empezó a correr desde el primer día, seguirá corriendo sin hacer pausas. ¿Qué pasará? Tú habrás estado ocupado mientras la vida se aceleraba. Mientras tanto llegará la muerte, para la cual, lo quieras o no, habrás de tener tiempo de sobra.” *[/quote]

gapingvoid

Fuente: gapingvoid.com

* Todas las citas de este texto, como mencioné arriba, pertenecen a De la brevedad de la vida, de Séneca, escrito en el siglo 1 d.C. Les recomiendo mucho ese texto.

Mapa subjetivo de Biarritz

The ordinary is extraordinary
(Lynda Barry)

 

I.

Escribí: esta va a ser la primera navidad que voy a pasar en invierno. Y enseguida me di cuenta de que no. Pero me gusta la frase y la voy a dejar. Esta va a ser la segunda navidad que voy a pasar en invierno: la primera fue hace tres años, cuando viajé a España y conocí a mi familia asturiana.

Juré que no iba a pasar otro invierno en Europa. Pero uno hace planes y ellos se deshacen solos. También juré que no iba a vivir en Francia y acá estoy.

L. y yo nos vamos a ir a Estrasburgo a pasar las fiestas con su familia. Otro road-trip juntos, esta vez sin cruzar fronteras.

—Las decoraciones de Navidad que hay allá son impresionantes, te va a encantar. Eso sí, va a hacer mucho frío.

—¿Va a nevar?

—No creo.

Sigue pendiente la Navidad con nieve, entonces.

Acá ya está todo decorado.

Acá ya está todo decorado.

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Hasta en mi pileta es navidad

Hasta en mi pileta es navidad

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II.

Mi hábitat: la casa-cueva.

Vivo en una casa que está a menos de dos cuadras del mar. No salgo mucho. Hace frío, llueve bastante y estoy en período de reclusión creativa. Lo de que soy cíclica lo descubrí hace un tiempo. Antes me parecía mal frenar en medio de un viaje, me daba vergüenza, me sentía menos viajera. Ahora sé que es necesario: para mí, al menos, es necesario.

Desde que frené recuperé la felicidad y la inspiración. Es casi una paradoja. Tuve que irme de viaje triste para poder frenar después de un año y volver a estar contenta. Pero si me hubiese quedado quieta en Buenos Aires no hubiese sido lo mismo: necesitaba el proceso.

Estoy rodeada de las cosas lindas que me están mandando por correo.

Estoy rodeada de las cosas lindas que me están mandando por correo.

Me mandaron flores con olor y todo!

Me mandaron flores con olor y todo!

Estoy abusando del buzón y comprando libros por internet. Que alguien me frene porque no sé cómo voy a hacer para volver a Argentina con tanto peso.

Estoy abusando del buzón y comprando libros por internet. Que alguien me frene porque no sé cómo voy a hacer para volver a Argentina con tanto peso.

Me rodeo de cosas que me inspiran. Como los libros de Keri Smith.

Me rodeo de cosas que me inspiran. Como los libros de Keri Smith.

Y los textos de Austin Kleon (fuente: austinkleon.com)

Y los textos de Austin Kleon (fuente: austinkleon.com)

Y miro series que me gustan. (Gracias Bea por recomendarme The Flight of the Conchords, estos chicos son mis nuevos ídolos)

Y miro series que me gustan. (Gracias Bea por recomendarme The Flight of the Conchords, estos chicos son mis nuevos ídolos. Pronto lo recomendaré en mi serie de cosas que me inspiran.)

III.

Cada vez que salgo a caminar por Biarritz tengo los mismos pensamientos:

1. No puedo creer lo lindo que es este lugar.

2. ¿De dónde salió esta arquitectura?

3. No me quiero ir. Sé que en algún momento me voy a ir, pero no me quiero ir.

4. Es la primera vez que me quedo tanto tiempo en un lugar.

5. No sé si voy a volver de visita cuando ya no viva acá, este lugar va a quedar tan lleno de recuerdos que me van a dar ganas de llorar.

Magia pura.

Magia pura.

Al menos, esto es magia para mí.

Al menos, esto es magia para mí.

Hay batiseñales.

Hay batiseñales.

Carteles que dicen la verdad.

Carteles con sentimientos.

Pisos psicodélicos.

Pisos psicodélicos.

Casas que me encantan.

Casas que me encantan.

Mi preferida es esta.

Mi preferida es esta.

Decidí empezar a sacar fotos de los lugares y situaciones normales. Este es un negocio que está frente al correo.

Decidí empezar a sacar fotos de los lugares y situaciones normales. Este es un negocio que está frente al correo.

Un espacio en reparación, frente al mercado.

Un espacio en reparación, frente al mercado.

La librería-papelería en la que compro cosas.

La librería-papelería en la que compro sobres, papel y cosas.

Esta casa está justo enfrente del correo.

Esta casa está justo enfrente del correo.

A veces hago la misma ruta y a veces me pierdo. Siempre encuentro cosas en la calle, como por ejemplo:

– Una llave de auto

– Un espejo retrovisor roto

– Un espejo entero, apoyado contra un auto

– Un auto antiguo

– Una casa que me encanta

– Gatos

– Una tarjeta con la dirección de un coiffeur

– Un guante azul

– Un zapato de bebé

– Paraguas

– Un oso de peluche

Una de mis partes preferidas de la ciudad está acá nomás: es un laberinto de calles angostas y casas de colores. Cuando camino por ahí siento que estoy en un lugar que no existe en la vida real.

Encontré un auto con hojitas de otoño.

Encontré un auto con hojitas de otoño.

Detalles del mismo auto.

Detalles del mismo auto.

Banderín.

Banderín.

Un oso encerrado

Un oso encerrado

Un viajero a pie

Un viajero a pie

Fachadas

Fachadas

Gente en el mar

Gente en el mar

Gatos.

Gatos.

Más gatos.

Más gatos.

Mensajes

Mensajes

Cielos

Cielos

Plantas.

Plantas.

Olas.

Olas.

Barcos.

Barcos.

Surfers que se animan con el frío.

Surfers que se animan con el frío.

Y un invierno inminente.

Y un invierno inminente.

Y más cosas que dibujé acá (este es un ejercicio del libro "Acaba este libro" de Keri Smith)

Y más cosas que dibujé acá (este es un ejercicio del libro “Acaba este libro” de Keri Smith)

IV.

La gente se pregunta (me pregunta) qué hago todos los días en Biarritz, cómo es mi rutina. Creo que se imaginan de todo. Muchos piensan que estoy en París, porque asocian Francia con la capital, y yo estoy casi a diez horas, en el límite con España.

Deberían preguntarme qué hago todos los días en mi casa-cueva, porque mi hábitat ahora es este. Mi rutina acá no es de viajes sino de escritura. Estoy escribiendo otro libro, les digo. Estoy intentando escribir otro libro. Estoy metida en la cueva. Estoy con L. Estoy bien.

Y si tuviese que describir un día cualquiera, o una mezcla de días cualquieras, diría que las cosas que me pasan acá son más o menos así:

Me despierto,
a veces con la alarma,
a veces con la luz del sol,
a veces con la luz del ipad de L.
Estaba soñando, le digo.
Soñaba que para hacer cambios en el php teníamos que bailar y actuar una escena,
soñaba que cruzaba a España para ir a una verdulería muy incómoda, con un montón de escaleras caracol,
soñaba que teníamos vacas en el jardín
y que yo estaba en la proa de una lancha y casi salgo volando.
Leo un rato en la cama,
miro videos,
hago una lista en mi cuaderno,
o me doy vuelta,
me acurruco y sigo durmiendo.
Pero en general no quiero que eso pase,
no me gusta dormir tanto,
después no funciono bien.
Me levanto,
abro la ventana,
si hay sol, digo: hay sol,
si llueve, digo: llueve.
Pongo el agua para el té
y lo tomo sin azúcar
y frío,
yo el té lo tomo siempre frío.
Me preparo tres tostadas,
con mermelada de durazno y queso,
y las como en la cocina.
Después llevo la taza al escritorio y me siento:
tengo que escribir.
Primero voy a responder mails,
tengo varios pendientes,
también chequeo si tengo mensajes en facebook,
retuits en twitter,
likes en Instagram.
Leo los diarios, a ver qué pasa en el mundo,
reviso el buzón,
me fijo si la ropa se secó,
miro por la ventana.
Tengo que escribir,
pero se hizo medio tarde, tengo hambre, ¿vos tenés hambre?
Voy a preparar una tarta.
Mientras se cocinan los puerros, limpio.
“Es día de escritura, por eso la casa está tan limpia”, me dijo G.
Ella también escribe, ella me entiende.
Así que paso la escoba,
saco la basura,
lavo los platos,
ordeno.
Abro la heladera:
qué sucios que están los estantes,
esos cajones están llenos de migas,
eso está vencido.
Limpio la heladera,
la limpio a fondo,
saco todo, paso el trapo, vuelvo a guardar las cosas.
Ahora sí:
tengo que escribir.
Pero primero hay que comer.
Estoy por meter la tarta en el horno y se me cae,
se me caen los puerros sobre la puerta del horno y quiero llorar.
Rescato lo que no tocó el piso,
vuelvo a armarla,
la meto en el horno con cuidado.
La tarta caída pasa a formar parte de mi lista de accidentes domésticos, junto con:
la tortilla que se me cayó sobre el fuego cuando la di vuelta,
el arroz del sushi que cociné mal y se desarmó,
el huevo poché que derribé sobre la mesa,
el papel vegetal que se me quemó con la hornalla,
el medio kilo de azúcar que se me cayó adentro del café.
Comemos.
Tengo que escribir.
Vuelvo a revisar el buzón, por si pasó el cartero.
No hay nada.
Salió el sol,
no puedo estar encerrada,
mudo mi escritorio al jardín.
Llevo mis cuadernos y mis libros de escritura creativa
y me siento con las piernas cruzadas sobre la silla.
Miro la casa de enfrente, sus líneas rectas y diagonales.
“Uno mira las cosas bien cuando las dibuja”.
Dibujo, entonces.
Copio las líneas de la casa en lápiz,
no tengo goma así que no puedo borrar.
Más tarde le muestro el dibujo por skype a mi mamá, que es arquitecta, y se pone orgullosa de ese dibujo tan malo.
Tengo que escribir,
pero me duele la espalda: mejor voy a la pileta.
Nadar y escribir son las dos actividades que mejor me hacen sentir y que más me cuesta empezar.
Nado una hora y me lleno de ideas.
No me las quiero olvidar, así que mientras vuelvo caminando a casa se las cuento al grabador del teléfono.
Paso por el supermercado,
entro,
siempre hace falta algo.
Compro chocolate.
Compro más pan.
Compro verduras.
Compro croissants, a veces.
La pileta me da hambre.
Cuando salgo, los dos hombres que están sentados en la vereda me saludan,
como todos los días:
bonjour mademoiselle !
Bonshur,
les digo,
con mi acento tan argentino.
Vuelvo a casa,
lo abrazo a L.,
nos tomamos un café.
Me llegan noticias por whatsapp:
nació S.,
murió S.,
V. volvió a Buenos Aires,
O. ya tiene celular,
A. se está por casar.
Tengo que escribir.
Pero estoy tan cansada,
la natación me agotó,
mejor me meto en la cama y sigo desde ahí.
Mudo mi escritorio al colchón,
respondo mails, reviso facebook, miro twitter, leo los diarios.
Se me ocurre una idea para el libro,
la anoto en mi cuaderno, prefiero desarrollarla a mano.
Pienso en que quiero volver a tener el pelo corto,
la pileta me lo está destruyendo.
Se me pega una canción,
tengo que mirar el videoclip.
Afuera llueve,
hay viento,
ya es de noche.
El cuarto es como una estufa,
el aire está pesado, calentito.
Tengo que escribir.
Se nos pasó la hora de cenar,
qué tarde que es.
Comamos una pizza.
¿Querés ver una peli?
Dale, a esta hora ya no me da la cabeza para escribir.
Y empieza la pelea por la película,
que al final ni importa porque yo me voy a quedar dormida igual,
a menos que sea Star Trek,
The Lost Room,
o alguna de esas que juegan con la temporalidad.
Antes de apagar la luz agarro unos de mis journals,
que tiene una pregunta por día,
como cuál sería tu trabajo ideal del día o qué comiste esta semana
y la respondo.
Y después me quedo dormida,
y tengo un sueño lúcido con un caballo que entiende lo que le digo
y con un cuarto lleno de heladeras.
Y sé que aunque hoy no escribí nada,
estuve escribiendo todo el día.

Mi vida en Biarritz.

Mi vida en Biarritz.

El lugar que me cura.

El lugar que me cura.

Y más palabras sabias de Austin Kleon.

Y más palabras sabias de Austin Kleon.

* Todas las fotos de este post las saqué con el teléfono. Hay más en mi Instagram.

Empecé natación

[box type=”star”]Quedarme quieta en un solo lugar me permite hacer cosas que de viaje me resultan difíciles o imposibles. Como anotarme en la pileta e ir a nadar dos veces por semana. O tener mi propia cocina y guardar cosas en las alacenas. O usar el buzón sin miedo. Frenar en medio de un viaje largo me parece cada vez más necesario: me permite disfrutar los placeres de la rutina estática. Mi vida en Biarritz es tranquila, y a veces tiene episodios como este. Viene con ilustración en marcadores de Anikó Szabó, mi mamá.[/box]

Ilustración: Anikó Szabó (mi mamá)

Ilustración: Anikó Szabó

 

Mi sueño siempre fue ser la Sirenita. El único objetivo de mis viajes era llegar al mar, así que ahora estoy esperando a hacer el proceso inverso al de Ariel. Quiero que las piernas se me conviertan en cola de pescado. Quiero irme a vivir al fondo del mar y pasarme la vida cantando y peinándome con un tenedor.

Hace unos meses, en el taller de narrativa, Pedro nos pidió que escribiéramos un texto acerca de las cosas que no nos gusta hacer. El mío hablaba de la natación. Me encanta nadar, es mi deporte preferido, el único que más o menos me sale bien y el que hago casi desde antes de caminar. El cloro es mi olor a infancia. Cada vez que me meto en el agua siento que es mi hábitat, y si pudiera recorrer el mundo nadando, lo haría. Lo que odio es el ritual de la natación, todos esos pasos previos y posteriores que implica ir a nadar a una pileta cerrada:
primero, encontrar una que te quede más o menos cerca porque si está a más de quince cuadras vas dos veces y nunca más,
inscribirte y tomar la decisión de empezar,
armar un bolso para desarmarlo diez minutos después,
vestirte de aquaman,
ir,
ducharte,
nadar,
salir,
ducharte otra vez,
vestirte,
peinarte,
volver,
llegar a casa,
desarmar el bolso,
enjuagar las cosas,
colgarlas.
Me canso hasta de enumerar todo esto.

En la mochila que armé cuando salí de Buenos Aires en octubre del año pasado agregué una bolsita nueva con las antiparras, la malla entera y la gorra. Por si acaso, para obligarme a ir a nadar en cada ciudad en la que encontrase una pileta pública. Después de tres o cuatro ciudades, la bolsita pasó a formar parte del agujero negro de la mochila donde se acumulan esas cosas que uno no ve ni necesita. Hasta que me instalé en Biarritz y descubrí que frente a la playa hay una piscine municipale, a trece minutos caminando de mi casa.

La natación tomó la decisión de que yo empiece, porque si bien amo este deporte tengo que sentir la necesidad física de practicarlo, es imposible que vaya dos o tres veces por semana solo por placer. Y como me la paso sentada en el escritorio en este período de retiro creativo, mi espalda me lo estaba pidiendo. Así que preparé el bolso, me puse la malla y me fui a la pileta.

Biarritz me parece una de las ciudades más lindas que conozco, y cada vez que salgo a caminarla me gusta más: tiene casas bajas con las ventanas y las puertas pintadas del mismo color, chimeneas que me recuerdan a París, la rue Gambetta que me hace pensar en Maradona, hoteles enormes que pasan desapercibidos gracias a las construcciones vascas, el olor a pan que sale de la pâtisserie, las hortensias ahora marchitas, las calles que suben y bajan, el mar.

Hice el camino ansiosa por llegar al agua, pero en la puerta de la pileta me recibió un cartel rojo: FERMÉ. Cerrado. Miré los horarios e intenté retenerlos pero eran imposibles, algo así como lunes de once y media a cinco y media, miércoles de once y media a tres, viernes de once y media a dos y media y después de tres y media a ocho y diez y así. Por culpa de la confusión, siempre fui en los momentos equivocados: “Cerrado al público por vacaciones escolares”, “Cerrado al público por prácticas del equipo nacional de natación”, “Cerrado al público porque se nos canta”. Será que esta pileta abre alguna vez.

Hasta que por fin un día le acerté al horario y pude entrar. No era el club más exclusivo de Biarritz, era un lugar como otros, con una pileta olímpica de agua salada, una pileta para chicos, un hammam y un jacuzzi con vista al mar. Cuando me acerqué a la caja para comprar el pase de diez le pregunté a la chica si hablaba español. Me dijo que un poquito. Todavía no me animo a hablar francés, me da vergüenza lo argentinizado que pronuncio. Como estamos al lado de España, mucha gente habla castellano. Me dijo que los lockers se cerraban con monedas y me preguntó si necesitaba cincuenta sentimientos para poder usarlo. Sí, por favor.

Antes de entrar a la pileta leí las instrucciones pegadas en la pared. Casi todos los horarios son de pileta libre y los andariveles se dividen en:
1) nadadores lentos,
2) nadadores rápidos,
3) nadadores intermedios o con patas de rana y
4-5) libre.

Entré al 4-5. Era viernes a última hora y la pileta estaba llena. En ese andarivel, que es el doble de grande, había nenes tirándose de bomba sincronizada, madres nadando con sus bebés y ninguna lógica en el desplazamiento de los demás. Una mujer le clavó la tabla en la cabeza a uno mientras le pateaba la cara a otro. Una señora flotaba y se movía por el agua haciendo el pasito de Thriller. Salí en menos de cinco minutos.

Me pasé al 2. Pensé que haber entrenado y competido durante cinco años me alcanzaba para integrarme al ritmo de los rápidos. Duré menos que en el otro. Decidí irme cuando uno que nadaba mariposa me pasó por encima.

Fui al andarivel 1 y al principio me sentí bien, pero después de unos minutos me empecé a chocar con las piernas de las señoras que iban adelante, que circulaban con tablas y sin apuro. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que el andarivel 3 no era solo para las patas de rana, sino también para nadadores intermedios como yo. Así que me pasé.

Nadar pileta libre es aburridísimo. No hay reloj más lento que el de las piletas. A veces, incluso, parece que va para el otro lado. Diez piletas y no pasaron más de cinco minutos, dieciocho idas y vueltas son diez minutos, otras veintidós sin mirar la hora, creyendo que así va a pasar más rápido, y diez minutos otra vez. Nadar una hora es imposible. Lo consigo cuando entro en ritmo y dejo de pensar en el tiempo, y en ese momento empiezo a preguntarme dónde habrá quedado la radio sumergible que tuve durante los noventa que tan bien me vendría para escuchar francés mientras nado. También podría ir con una amiga, pero nadar de a dos es una mentira: en natación siempre estás solo.

El ida y vuelta me genera pensamientos circulares. Voy para allá y pienso en un tema, doy la vuelta, me reseteo y pienso en otro, voy para allá otra vez y mi cabeza retoma el tema anterior, vuelvo y paso al otro, pienso, por ejemplo, en cosas que tendría que haber en las piletas para entretenerse:
una pantalla de cine en el fondo,
un kindle incorporado a las antiparras,
música ambiente que se escuche abajo y no solo cuando salgo a respirar,
cuadernos sumergibles,
google glass.
También hago un sondeo de gorras:
muchas negras,
algunas verdes,
una roja,
dos blancas, conmigo.

Esa tarde, en el andarivel 3 empezaron a pasar cosas raras. Iba por la pileta número cuarenta y dos cuando me crucé al sireno. Nadaba de costado, con el cuerpo recto, un hombro apuntando al fondo y el otro sobresaliendo del agua, tenía la cabeza afuera, un brazo estirado tipo Superman, llevaba una tabla, movía las patas de rana al unísono, avanzaba ondulándose. Cada vez que lo veía pasar me atragantaba de risa. En las piletas los personajes se repiten como si fuesen extras, en cada ida y vuelta te cruzás a los mismos: el de gorra verde, el que va en slip, la chica en bikini, la japonesa, el del tapón en la nariz y atrás, casi agarrado de su pie, el sireno con la mano estirada y la patada doble, flameando como si fuese una bandera. Nadan en loop.

Los andariveles se van llenando y vaciando sin mucha lógica, así que cuando el andarivel 3 se llenó de patas de rana me pasé al 1. Estando en el agua, los nadadores aparecen y desaparecen, nunca los ves en los bordes, nunca entran ni salen. Así llegó el señor de gorra roja. Avanzaba parado, corría dentro del agua en cámara lenta, dando patadas sin tocar el piso. Lo quise pasar y avancé para ponerme al lado, pero las antiparras empañadas y la miopía no me avisaron que venía otro de frente. Cuando apareció el segundo sireno concluí que ese debía ser el estilo francés. Y salí de la pileta porque ya estaba cansada.

Afuera el mar estaba violento. Había bandera roja. Volví caminando a casa con ingravidez y cansancio. Y me di cuenta de que acá, por ahora, disfruto el ritual de la pileta. Voy a ir a nadar todas las veces que pueda hasta que empiece a sirenizarme. Y cuando eso pase, al mar y chau, no me ven más la cara.

Guía de viajes para humanos

[box type=”star”]Si sos humano (y no Google o un robot), esta guía es para vos. Es un único volumen: te sirve para viajes de cualquier duración y a cualquier lugar del mundo. Y es gratis. [/box]

Ya no uso la Lonely Planet. Me hace sentir culpable. Cada vez que leo todo lo que debería ver recorrer hacer probar olfatear me abrumo y pienso en todo lo que no voy a poder ver recorrer hacer probar olfatear. Las guías de ese estilo son muy útiles, pero a veces siento que están escritas para superviajeros: no sé si existe alguien capaz de ver todo lo que proponen. En estos nueve meses por Europa no usé ninguna, así que decidí hacer de cuenta que no existen. Soy feliz así, con mi slow travel. Y se me ocurrió hacer una guía alternativa para humanos que quieran viajar sin las guías tradicionales. Acá va.

*

Guía de viajes para humanos

 

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