En algún lugar entre Biarritz y Budapest

Nací un 29 de julio. En Argentina, eso significa que nací en vacaciones de invierno y que durante mi infancia casi nunca pude festejar mi cumple el día real: o no había nadie o yo tampoco estaba en Buenos Aires. Es bien sabido que uno no elige dónde nacer, pero a veces no nos percatamos de que tampoco elegimos la fecha (y ambas nos moldean de maneras profundas e imperceptibles). Nacer en vacaciones de invierno hizo que, ya desde muy chica, pase muchos cumpleaños fuera de mi casa, de viaje en lugares donde hacía calor y donde solo éramos tres para soplar las velitas. Y si bien al principio soñaba con pasarlo con mis compañeritos del colegio, me acostumbré bastante rápido a pasarlo en el mar o en lugares distintos a los que ya conocía. Mis cumpleaños, entonces, quedaron enmarcados por los viajes sin que yo lo eligiera.

cumpleaños-feliz-9

Como es costumbre ya, post con fotos random. Quisiera poner fotos de mis cumples pero las tengo todas en Buenos Aires. Este mazapán (delicioso, como todo el mazapán) y las roscas de almendra las hizo Marisa, la prima de mi mamá, la mejor cocinera del mundo, mi sponsor oficial de tortas de cumpleaños!

Nací un 29 de julio, día de los ñoquis, pero pasé muchos cumpleaños en lugares donde los ñoquis no eran parte de la gastronomía y donde no pude cumplir con el ritual de poner la plata debajo del plato. No recuerdo todos mis cumpleaños del primero al veintidós: sé que pasé varios afuera aunque no  sé con exactitud cuál fue dónde. Durante esos años todavía estaba medio dormida, empezando a vivir, y cumplir años significaba que de a poco llegaba a verme en el espejo del baño, o quería decir que había alcanzado los famosos quince, o que ya podía votar y sacar el registro, o que era mayor de edad y podía irme de viaje sin el permiso escrito de mis padres. Cumplir años, además, siempre significaba que estábamos de vacaciones. Ese hechizo se rompió cuando decidí vivir viajando y los nombres de los meses dejaron de tener demasiada importancia en mi calendario.

cumpleaños-feliz-11

Nací un 29 de julio y cumplir esa cantidad de años —veintinueve— siempre me pareció algo muy lejano: estaba casi última en la lista, antes de los que habían nacido un 30 o 31 y, como yo, querían jugar a superponer su fecha de nacimiento con su edad. Recuerdo todos mis cumpleaños a partir de los veintitrés: los anteriores se me mezclan. No sé si eso quiere decir que cada vez estoy un poco más despierta o si es que los viajes son el antídoto para mis problemas de memoria. Porque ahora los recuerdo así: el cumple que pasé en Costa Rica, el cumple que pasé en Buenos Aires entre viajes, el cumple que pasé en Indonesia, el cumple que.

cumpleaños-feliz-4

Cumplí veintitres en un hostel de Costa Rica. La fecha también coincidía (por un día de diferencia) con el aniversario de mis primeros seis meses de viajera. Estaba viajando con mi amiga Belu y decidimos pasar el 29 en La Fortuna, un pueblo al pie del volcán Arenal, y darnos el gusto de ir a las aguas termales. Esa noche salimos en busca de algún bar o fiesta y encontramos una especie de bailanta muy local donde nos compramos un trago que no me pude terminar, bailamos unos temas de reggaetón y nos fuimos. No había mucha onda. En el hostel estuvimos varias horas peleándonos con un yanqui, aunque ya ni me acuerdo por qué. Creo que Belu me regaló un alfajor (o algún pastelito) con una velita, me cantó el feliz cumpleaños y me dio 23 tirones de oreja.

cumpleaños-feliz-5

Cumplí veinticuatro en Buenos Aires e hice doble festejo: pasé la noche del 28 en un bar con mis mejores amigas, entre ellas Olga y Mirla, mis amigas peruanas (a quienes había conocido en mi primer viaje por Perú), y el 29 hice un festejo en la casa de mi mamá con mis amigos del colegio, de la facultad y de la vida y con mi familia. Después de tantos meses afuera, necesitaba reunirme con toda mi gente. Pusimos globos, compré chizitos y me cantaron el feliz cumple en argentino entre todos. Yo tenía el pelo muy largo, por la cintura, porque había prometido que no me lo cortaría hasta no volver de viaje, y después me emocioné y me negué a la tijera durante casi un año más.

Postales y fotitos de lectores, pegados en mi puerta.

Postales y fotitos de lectores, pegadas en mi puerta.

Mis veinticinco me encontraron en Asia, con blog recién estrenado y pelo corto. Lo pasé en Indonesia con mi novio de aquel entonces (yo había vuelto a Indonesia para pasarlo con él) y nuestro grupo de amigos. Éramos quince, estábamos en Yogyakarta, la ciudad de Java central que fue mi hogar durante meses, y hacía mucho calor (como de costumbre en Indonesia). Me llevaron a un puesto de comida muy lindo (porque en Asia cualquier excusa es buena para reunirse a comer), nos sentamos en ronda el piso, comimos nasi ayam sambal (pollo con arroz) con las manos, tomamos es te (té frío) y me cantaron el selamat ulang tahun en indonesio y en inglés.

cumpleaños-feliz-21

Mi cumple de veintiséis fue raro. Había decidido volver a Argentina después de casi un año y medio de viaje por Asia, y llegué a Buenos Aires uno o dos días antes de mi cumpleaños para pasarlo ahí con mis amigos y familia. Tenía tanto jet-lag, confusión y tristeza que atravesé el 29 de julio como una zombi. Me desperté muy temprano, no porque quisiera sino porque tenía trastornos de sueño. Al mediodía fui a almorzar a lo de mi mamá con ella, mi papá y mis tíos; salí con cara triste en todas las fotos: todavía no entendía por qué había vuelto. A la noche fui a comer empanadas con amigas y me pedí un té para acompañar. Alguien se rió de mí: ¿empanadas con té? En parte lo hice para sentirme un rato más en Asia y en parte porque era la bebida más barata y todo en Buenos Aires me parecía carísimo.

Así amanecía en Buenos Aires

Así amanecía en Buenos Aires

Y así atardeció muchas veces

Y así atardeció muchas veces

Los veintisiete y los veintiocho también los cumplí en Buenos Aires. Mi cumple de veintisiete cayó domingo, y como yo estaba en una etapa muy porteña de mi vida, decidí festejarlo con un picnic en el Rosedal. Invité amigos y lectores, llevamos comida, pusimos manteles en el pasto, colgamos globos de los árboles, hicimos burbujas gigantes, comimos brownies caseros y charlamos de los viajes y la vida. Era invierno pero había un sol calentito y mucha gente al aire libre. A eso de las siete u ocho oscureció y empezó a hacer frío, así que agarramos las bicis y volvimos. Fuimos por una bicisenda medio oscura, la de Retiro, y dos tipos nos persiguieron, nos golpearon y nos robaron una de las bicis. Feliz cumpleaños a mí. Mis veintiocho, en cambio, marcaron un día muy importante en mi vida: ese mismo 29 de julio llevé el archivo final de mi primer libro a imprenta y lo liberé para que nazca y siga su curso, así que ahora que lo pienso, mi libro y yo cumplimos años el mismo día.

Picnic porteño

Picnic porteño

Mi libro recién nacido

Mi libro recién nacido

Una bici

Una bici

Nací un 29 de julio y conozco por lo menos siete personas (amigos) (y un libro) que nacieron el mismo día que yo. Tendría que averiguar qué evento importante hubo a fines de diciembre del 84 para semejante baby boom, porque se ve que es una fecha popular. Nací un 29 de julio de 1985 y eso me hace leonina con ascendente en libra, búfalo de madera en el horóscopo chino, pop y mano solar azul en el horóscopo maya y muchas otras cosas en los horóscopos de otras culturas. Siempre digo que el día que frene va a ser para estudiar astrología, que es algo que me apasiona, y que si no me va bien con los libros me dedicaré a interpretar cartas natales.

cumpleaños-feliz-15

cumpleaños-feliz-16

Nací un 29 de julio y, lo que podría haber sido un cumpleaños previsible por el resto de mi vida (en invierno, durante las vacaciones), hoy es una incógnita. Creo que nunca tuve tan poca idea de dónde voy a estar para mi próximo cumpleaños. Estos últimos meses la vida me cambió todos los planes: dije que iba a frenar junio y julio en un solo lugar y si pasé diez días en una misma ciudad es mucho; volví a España para tomar clases de surf y un esguince de muñeca me frustró ese plan (y muchos otros); dije que iba a recorrer todos los países de Europa y sigo atrapada en Francia. Siento, hace un tiempo, que decir la palabra “plan” es una burla hacia mí misma. Todo lo que planeo se desmorona antes de empezar, la vida me está llevando, más que nunca, por otros caminos. Y si lo que me dijo mi amigo español es cierto (“Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”), entonces en algún lugar, por allá arriba, dioses de todas las religiones ruedan por el piso a carcajadas cada vez que digo, con inocencia, “tengoelplande”. Así que estoy en etapa de aceptación: si no puedo hacer planes, por algo será.

Acá estoy. Biarritz.

Acá estoy. Biarritz.

Lo único que sé es que mis 29 me van a tener que buscar en algún punto del mapa entre Biarritz (Francia) y Budapest (Hungría), ya que a principios de agosto empiezo el curso de húngaro y ahí sí que no puedo faltar. Pero cómo será ese día y en qué idioma me cantarán el feliz cumpleaños (si es que me lo cantan): no tengo ni idea.

Mis 6 años de viajera:
El síndrome de París y el lado oscuro de los viajes

Tardé dos semanas (y seis años) en parir este post. Después de varios años viajando y de casi 29 en este mundo necesitaba poner esta reflexión por escrito. ¿Es lindo viajar? Claro, pero no todo es color de rosa. Esta es mi catarsis.

Hace unas semanas iba a viajar a dedo sola por primera vez y no me animé. No sé, era viernes 13 y me dio cosa. Excusas (aunque estoy cada vez más cerca de hacerlo, lo juro). Así que entré en la web del carpooling francés (acá se llama covoiturage) y busqué a alguien que viaje de Vienne (donde estaba) a Antibes (un pueblito en la Provenza francesa al que fui a encontrarme con una prima). Seamos sinceros, hacer dedo o hacer carpooling (compartir coche y gastos con gente que hace el mismo trayecto y que uno contacta por internet) es casi lo mismo: te estás subiendo al auto de un desconocido. Lo que pasa es que ver el nombre de la persona en internet genera una ilusión de cercanía y que haya dinero de por medio te da una (falsa) sensación de seguridad. Nos refugiamos en el “si pago no me va a pasar nada” y no es así, pero el miedo nos hace creer que todo en la vida tiene que costar algo para ser legítimo.

Cuestión que busqué personas que hicieran el mismo trayecto que yo y elegí al conductor un poco al azar. O quizá fue intuición. Unas horas después, cuando me subí al auto, me di cuenta de que había elegido muy bien, y ahí me dije: por algo no me fui a dedo hoy. El chico en cuestión era francés-vietnamita, embajador de Couchsurfing —esta red social tiene representantes en distintas ciudades o países y se les dice embajadores—, había hecho viajes largos —de mochilero, a dedo— y tenía muchas historias que contar. Nos pusimos a hablar de nuestras experiencias de Couchsurfing y me contó una de las historias más raras que le tocó vivir con una huésped. 

No sé si tan rara como esto. (Para este post elegí fotos de Asia. Hace tiempo que no subo ninguna y es un continente que extraño mucho)

No sé si tan rara como esto. (Para este post elegí fotos de Asia. Hace tiempo que no subo ninguna y es un continente que extraño mucho)

Unos años atrás había recibido a una japonesa en su ex departamento en París. Ella había volado desde Tokyo y estaba cansada, así que la primera noche se fue a dormir temprano. Unas horas después, él se despertó de golpe: la chica estaba parada en la puerta de su habitación, mirándolo. Él se asustó pensando que iba a hacerle algo, pero no: la japonesa estaba muy deprimida y le dijo que quería suicidarse esa misma noche. Él intentó tranquilizarla, la abrazó, le pidió que no haga nada. Ella se volvió a su cuarto y lloró sola toda la noche. Él no pegó un ojo. A la mañana siguiente, cuando se despertó, la japonesa ya no estaba. Su perfil de Couchsurfing también había desaparecido. Durante dos años no supo nada, hasta que un día recibió un mail: la japonesa le escribió para decirle que estaba bien, le agradeció por salvarle la vida y le contó que después de esa noche en París había decidido cancelar su viaje por Europa y se había vuelto a Tokyo. Los médicos le dijeron que había sufrido el Síndrome de París.

Cosas que pasan cuando ves las Torre Eiffel de cerca...

Cosas que pasan cuando ves las Torre Eiffel de cerca…

—¿El quéee?

—Yo tampoco lo conocía. Es algo que le pasa a muchos japoneses y asiáticos cuando viajan por primera vez a París. Tienen una imagen tan idealizada, romántica y perfecta de la ciudad, que cuando llegan y ven que es muy distinta a lo que se imaginaban les agarra una depresión y una tristeza muy fuertes. Muchos entran en crisis nerviosa y los tienen que tratar, pasa tanto que incluso hay médicos especializados en eso.

—No lo puedo creer. Aunque ahora que me lo decís, a mí me pasó algo parecido… En París me dio por llorar y no supe por qué. Creo que la primera vez que la visité también me desilusioné un poco, además me sentí muy sola y perdida. La ciudad me pareció grande y triste, pero me daba culpa hasta pensarlo: “Estoy en París, no puedo estar así”, me decía. Tal vez tuve el síndrome de París sin saberlo… Te digo que por un lado me deja más tranquila. Ahora cada vez que vuelvo me gusta un poco más, pero la primera vez no fue como esperaba.

Y esa es la cuestión: que muchas veces uno imagina algo, sueña con eso, idealiza todo y cuando finalmente lo alcanza, dice: “Esto no es como esperaba. ¿Será que soy yo?”, y hasta se siente culpable de esa desilusión.

La torre eiffel vietnamita

La torre eiffel vietnamita

La charla con el francés me hizo pensar en el síndrome de París aplicado a los viajes —y a la vida, ya que estamos— en general. Hay una imagen muy idealizada del viaje como estilo de vida —y del viajero también— y entiendo que visto de afuera pueda parecer “la vida perfecta”: muchas veces me dijeron eso, y yo también pensaba así antes de salir, pero les aseguro que no lo es. La vida perfecta no existe, dediques a lo que te dediques. Este es un estilo de vida muy enriquecedor y puede hacer muy feliz a quienes de verdad desean pasar los días así, pero no deja de ser una vida como la de cualquier otra persona, sólo que todo pasa en movimiento, en distintos escenarios y más rápido. Es muy fácil mirar de lejos al otro y sacar conclusiones acerca de lo que hace o deja de hacer —“esta chica que vive viajando no debe tener ni una preocupación en la vida, la envidio”—, y es muy fácil, también, caer en idealizaciones erróneas —“si yo viviera así sería feliz”, “seguro que si me voy de viaje se me soluciona todo”—, porque claro: “The grass is always greener on the other side” (el pasto siempre es más verde en el jardín del vecino).

viajandoporahi-7

O adentro de la casa.

Hace tiempo que tenía necesidad de escribir este post, de ordenar todos estos pensamientos y sensaciones que me genera la vida nómada. Si hay algo que aprendí en estos seis años de viajera es que todo tiene su lado oscuro —no “malo”, sino menos conocido de antemano o poco visto de lejos—, y los viajes no son la excepción. No todo es color de rosa y esto también hay que decirlo. Vivimos en una época en la que se muestra casi exclusivamente lo lindo: todos somos fantásticos en nuestras redes sociales, todos tenemos esto y lo otro y somos recontramigos y miren qué enamorados que estamos y qué felices que se nos ve. Pero la vida tiene muchas subidas y bajadas y yo, viajando, las vivo igual que si estuviera en Buenos Aires. Por eso me parece bueno compartir este desahogo: para desidealizar un poco, para dar una visión más completa y realista y para hacernos compañía a la distancia —si es que a alguien más le pasa—.

viajandoporahi-36

En el lado oscuro de los viajes entran muchas cosas: es como un cajón de sastre —cajón desastre— donde se guarda de todo, aunque el contenido y la cantidad de cada cosa dependen del dueño. Por eso, puede que todo esto me pase solo a mí. Aún así, comparto. Quizá alguien se sienta identificado.

viajandoporahi-32

– Si te vas de viaje no se te resuelven todos los problemas. Para nada. Quizá se resuelven problemas relativos a la rutina de un lugar, pero aparecen problemas nuevos. Lo bueno del viaje es que la distancia le da otra perspectiva a las cosas, y eso puede ayudarte a enfrentarte a los conflictos de otra manera.

viajandoporahi-31

– Si te vas de viaje no te vas a escapar de nada. Uno carga con sus mochilas donde sea que esté. Hay que aceptar eso y ver el viaje como una búsqueda, no como una escapatoria. Muchas personas me escriben diciéndome que si vivieran viajando, su vida sería perfecta: recuerden que no es una vacación constante, sino un estilo de vida.

viajandoporahi-42

– Si te vas de viaje solo nunca vas a estar solo —si no querés—, pero también te va a pasar que vas a estar rodeado de gente y te vas a sentir existencialmente solo. El mundo es un lugar superpoblado, pero no siempre vamos a encontrar la compañía que nos haga sentir bien.

viajandoporahi-37

– No todos los lugares que visites durante un viaje te van a gustar. Somos seres tan complejos y estamos atravesados por tantos factores que es muy difícil que un mismo lugar afecte de la misma manera a dos personas. Podés estar en la playa más linda del mundo y sentirte mal. O podés intentar replicar el camino que hizo otro y no verle el encanto.

viajandoporahi-16

– No todas las personas que conozcas te van a caer bien. Eso no quiere decir que la gente sea mala, sino que con muchos no habrá feeling de ningún tipo —y te puede pasar con alguien que te está alojando en su casa, y es una situación bastante incómoda—.

O vas a conocer gente que te va a caer increíblemente bien y no vas a querer irte nunca más...

O vas a conocer gente que te va a caer increíblemente bien y no vas a querer irte nunca más…

– Ser huésped durante meses es cansador: muchas veces no tenés un espacio propio donde trabajar, tenés que respetar las reglas de quien te recibe, tenés que intentar estar de buen humor y no poner mala cara, a veces tenés que dejar la casa cuando tu anfitrión se va a trabajar, puede que no haya mucha onda con la persona que te aloja, puede que no tengas ganas de repetir las mismas historias cada vez que llegás a una casa nueva o puede que quieras pasar una semana sin ver ni hablar con nadie. En ese caso lo mejor es hacer una pausa en Couchsurfing y buscar opciones para estadías de largo plazo como Housesitting o un alquiler temporario.

Uno de mis tantos espacios de trabajo por el mundo

Uno de mis tantos espacios de trabajo por el mundo

– Viajar barato es cansador. El dinero hace todo más fácil —no digo que eso sea bueno, pero sí que simplifica—, tener que estar cuidando el presupuesto hace que uno tenga que esforzarse mucho y hacer un montón de sacrificios. Aunque, por otro lado, estoy convencida de que las mejores experiencias surgen cuando no hay papelitos ni monedas de por medio. Creo que la plata, en mi caso, me sirve para pagarme un espacio de trabajo cuando lo necesito y silencio cuando no tengo ganas de hablar.

viajandoporahi-3

– Vivir viajando genera ciertos patrones obligados que hay que repetir sí o sí: como estás en movimiento constante, cada pocos días tenés que decidir a dónde vas después —esto no siempre es fácil—, tenés que buscar dónde quedarte —y hacer Couchsurfing, Housesitting, WWOOFing, HelpX o cualquier alojamiento a cambio de trabajo lleva su tiempo de investigación y emails previos—, tenés que ver cómo ir de un lugar a otro, tenés que estirar el presupuesto, tenés que encontrar la manera de comer barato pero no mal, tenés que dedicarle tiempo a tu trabajo —o encontrar uno nuevo en cada lugar—. Y a veces no tenés ganas de ir a ningún lado ni de decidir nada y lo único que querés es teletransportarte a tu casa por un rato. Viajar en sí también cansa y es normal que después de unos meses uno pierda el asombro por los lugares.

A veces querés tomarte un descanso de todo.

A veces querés tomarte un descanso de todo.

– Ser viajero/a hace que la gente te idealice. ¿Quién no sueña con viajar por el mundo? Todos los que tienen miedo de hacerlo depositan sus supuestas carencias en el que lo hace: “Seguro que él/ella es así o asá, seguro que a él/ella no le pasa tal cosa, seguro que tiene mucho/a (inserte-lo-que-usted-cree-que-necesita-para-irse-de-viaje-aquí) y a mí me falta eso”. Y los que viajamos somos gente común, no superhéroes, también tenemos nuestros miedos y carencias y fallas y debilidades, y ver eso también desilusiona a muchos. Quizá porque mientras veamos al que viaja como alguien que “es más así o asá” o que “tiene esto y lo otro” es más fácil decir “yo no puedo porque a mí me falta todo eso”, pero cuando vemos que la persona es alguien normal y que la única diferencia es que se animó, nos damos cuenta de que se nos terminaron las excusas y eso genera miedo.

what-my-friends-think-i-do-what-i-actually-do-travel-writer

La visión de la madre es fantástica

– Trabajar de manera independiente es menos glamoroso de lo que se cree. Yo no lo cambio por nada, pero a veces me cuesta quedarme adentro mientras el resto de la gente se va a la playa; o me pone de mal humor estar resolviendo problemas técnicos del blog cuando podría estar sacando fotos; o siento que necesito frenar por unas semanas o meses para escribir otro libro y no sé dónde hacerlo; o busco un espacio de trabajo y no lo encuentro; o busco inspiración y no aparece durante semanas.

viajandoporahi-40

– Vivir viajando hace que vayas de despedida en despedida. También hace que caigas en paracaídas en la vida de las personas durante un rato y que todos te vean y te traten como alguien que está de paso, con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Después te vas y la vida de esa gente sigue como siempre, y quizá vos te quedás un poquito más triste. Vas a tener muchos amigos, pero van a estar desparramados por el mundo y puede que no vuelvas a verlos durante años. Hay que ser fuerte para aceptar esto.

viajandoporahi-39

– Si viajás puede pasar que te enamores de alguien estático —que no viaja ni quiere viajar— y que te quedes con él/ella y que después te des cuenta de que tu necesidad de movimiento es más fuerte que cualquier persona. O puede pasar que te enamores de alguien y que esa persona nunca se anime a pedirte que te quedes, por verte tan viajero/a, tan feliz, tan en tu hábitat. O puede pasar que se enamoren de tu estilo de vida, que te idealicen por eso, que te sigan y que descubran que no son compatibles para viajar juntos.

Con amigos en Macau.

Con amigos en Macau.

– Si decidís pasar el resto de tu vida viajando, en algún momento vas a sentir que necesitás hacer algo más, que viajar por viajar es lindo pero que hay que tener algún objetivo, aportarle algo al mundo, tener algún proyecto, ir en busca de algo, seguir algún tipo de ruta, tener un hilo conductor. Y eso no siempre es fácil de encontrar. Muchas veces podés sentirte a la deriva, en un limbo donde todos los caminos son posibles. Tener demasiadas opciones tampoco es fácil.

viajandoporahi-27

– Vivir viajando hace que apagues el piloto automático y que tomes el control total de tu vida, y me parece que esta es una de las cosas más difíciles que nos toca: descubrir cómo queremos vivir, qué sentido queremos darle a nuestra existencia, cómo queremos relatarnos nuestra propia vida. Porque una vez que te das cuenta de que podés hacer lo que quieras y de que no tenés obligación de seguir ningún estilo de vida prefabricado, entendés que el único que decide sos vos y que ya no podés culpar a nadie por lo que sale mal ni estar esperando a que las cosas te pasen. Todo lo generás vos mismo, y eso es una responsabilidad enorme.

viajandoporahi-29

– Si pasás mucho tiempo sin volver a tu lugar de origen, también puede que de golpe tengas mucha nostalgia de tu familia, de tus amigos, de tu ciudad y quieras volver por un rato. Y puede que vuelvas y te des cuenta de que, más allá de los abrazos y reencuentros, ya no tenés mucho para hacer ahí.

viajandoporahi-43

– También puede pasar que se te muera alguien muy cercano y estés lejos. O que nazca un bebé y estés lejos. O que se case un amigo y estés lejos. O que a alguien que querés le pase algo bueno —o malo— y estés lejos. Puede pasar que nunca estés para ninguna de estas cosas y que tengas que acostumbrarte a eso y decirte que es una de las desventajas más tristes del estilo de vida que elegiste: que vas a estar lejos.

Pasé tantos cumpleaños lejos...

Pasé tantos cumpleaños lejos…

El viaje es un aquí y ahora constante y eso implica muchas cosas: tomar decisiones minuto a minuto, dejar que el azar haga lo suyo, confiar en el camino, olvidarte de tus planes, aceptar que si bien tenés el control de tu vida no tenés el control de lo que te espera, no preocuparte por lo que todavía no pasó ni estresarte por lo que podría llegar a pasar. Hoy un amigo me regaló una frase muy sabia que le dijeron cuando viajó por Israel: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.

viajandoporahi-15

Pero por más lados oscuros que haya y por más días tristes o difíciles que tenga, todo esto vale la pena. Yo, por lo menos, no me veo viviendo de otra manera. Una vez un amigo me dijo: la vida es una rueda, a veces estás arriba y a veces estás abajo. Y con los viajes es lo mismo: es imposible estar arriba todo el tiempo por el solo hecho de que somos personas y no robots programados para ser felices las veinticuatro horas del día. Puede pasar que te vayas de viaje y pienses: “Esto no es lo que esperaba”. No: es la vida misma. Uno no deja de vivir por estar viajando.

Ilustración: Vero Gatti

Ilustración: Vero Gatti

Y sé, que al igual que muchos, no voy a poder frenar nunca. Porque viajar me hace sentirme viva. Porque la montaña rusa de emociones que me generan los viajes me hace sentir más viva aún. Porque necesito el movimiento para ser feliz —y para ser—. Porque necesito el cambio constante para definirme. Porque necesito, por sobre todo, sentirme libre. Y eso no se cura con nada.

[box type=”star”]ACTUALIZACIÓN abril de 2016: al final, de este post (y de dos años de viaje) salió un libro. Les presento “El síndrome de París”, mi segundo libro de narrativa de viajes. Lo consiguen en mi Tienda y hacemos envíos a todo el mundo.[/box]

sindrome

 

contratapa-esdp

Sin itinerario (blog 2.0)

Hace varias semanas (no quiero decir meses, pero creo que hace meses) me está costando mucho escribir en este blog. No me está costando escribir, sino escribir acá y escribir de viajes. Y mientras me muevo de una ciudad a otra me pregunto por qué y me pregunto qué hacer. ¿Quedarme en silencio y dejar que Viajando por ahí pase al cementerio de blogs? ¿Forzarme a escribir cosas que no me salen? ¿Subir algo de vez en cuando y hacer de cuenta que no pasa nada? No. Creé este blog para divertirme, para expresarme, para hacer lo que más me gusta, no para que sea una carga, una obligación ni una tortura. ¿Entonces cómo sigo? (me pregunté durante muchas semanas). Hace unos días, en Lyon (Francia), se me empezaron a aclarar las ideas. Y Barcelona (en especial Sant Jordi) me terminó de despejar las nubes de la cabeza. Les cuento un poco.

Abrí este blog para compartir las dos cosas que más me gusta hacer: escribir y viajar. Lo abrí en el 2010, cuando llevaba dos años de viajera y cuando, para mí, esto de los blogs era un mundo desconocido, un camino sin señalizar. Al principio fue una luna de miel: viajar y contarlo en mi blog me parecía una misma cosa. Todo era nuevo. Tener un blog era un desafío. Escribir en tiempo real era un desafío. Viajar era un desafío. Mientras aprendía a viajar por el mundo también aprendía a escribir de viajes.

francia-1-2

francia-8

Seis años después de haber salido de Buenos Aires, viajar se convirtió en parte normal de mi vida, en mi rutina. Una rutina que me encanta y que sigo eligiendo, pero que a veces me agota (y hasta me aburre relatar). No saben las ganas que tengo de pasar un verano en un mismo lugar, de tener una bici y salir a andar todos los días, de juntarme con amigos y no tener que despedirme a los tres días de conocerlos, de tener un espacio propio donde sentarme a escribir tranquila o a estar sola, de pasar tiempo en una misma realidad. Cada vez tengo más certeza de que voy a vivir viajando hasta mi último día, y eso me desacelera un poco, hace que no quiera apurarme tanto por conocer todo ya.

Entonces si bien estoy en Europa y planeo quedarme un tiempo acá, no estoy haciendo un viaje puro y duro: no es que voy a recorrer todo el continente sin parar en tres meses, no es que tengo una ruta definida, no es que voy a estar moviéndome de un lado a otro todo el tiempo. Al contrario: quiero vivir Europa más que viajarla. Y en eso estoy. En mayo presentaré mi libro en España, en junio y julio me quedaré en un lugar, en agosto voy a estudiar húngaro en Budapest, en septiembre decidiré qué rumbo tomo. Será un viaje quieto, con menos traslados.

francia-11

francia-6

francia-10

Y si bien eso es lo que quiero para esta etapa, estar así me genera una presión interna con respecto al blog. Quiero (“tengo que”) escribir algo acerca de los lugares que visito y no me sale nada. Quiero (“tengo que”) escribir alguna guía con recomendaciones útiles y tampoco me sale. Hacer un post de los de siempre (o de los que yo considero los de siempre) me da pereza. Escribir lo mismo que vengo escribiendo hace cuatro años ya no me parece un desafío. Escribir acerca de una rutina que para mí es la normal ya no me motiva. El otro día lo dije en voz alta y lo entendí: estoy un poco cansada (y aburrida) de escribir de viajes (mejor dicho: estoy cansada de escribir relatos cronológicos de cómo llegué – qué me pareció – qué hice; estoy cansada de relatar el viaje como algo literal que pasó así, tal cual lo cuento, en tal fecha y a tal hora) (me releo y pienso: ¡oh! mi blog y yo estamos teniendo nuestra primera crisis amorosa). Pero no estoy nada cansada de escribir, sino que después de seis años quiero/necesito un cambio.

francia-2

francia-4

francia-12

francia-13
Hoy me siento más escritora que viajera. Me siento una escritora que viaja, más que una viajera que escribe. Quiero usar el viaje como inspiración para escribir acerca de otras cosas (eso estoy haciendo en mis cuadernos hace tiempo). Quiero seguir escribiendo y autopublicando libros (ya tengo varios en mente), quiero seguir yendo de un lado a otro, pero ya no tengo ganas de contar todo lo referido al viaje en sí. Quiero usar el viaje como disparador para inspirarme y ver qué sale. Pero llegar a esta conclusión, por más obvia que me parezca ahora, me costó muchísimo.

francia-5

francia-3

francia-7

Las fotos de este post las tomé en Lyon, Annecy y Vienne (Francia)

Viajando por ahí cumplió su primer ciclo. Durante estas semanas (meses) de crisis y dudas pensé en cerrarlo, o en salir corriendo y dejar que le creciera el pasto, se llenara de hongos y se perdiera en medio del bosque, pero después me di cuenta de que no. No voy a abandonarlo. Al contrario: quiero que crezca, que evolucione, que cambie, que tome aire y busque nuevos rumbos literarios. Así que no voy a cerrarlo: sólo voy a ampliarle los márgenes. De blog de viajes a blog de todo tipo de viajes: reales, inventados, propios, ajenos, mentales, sedentarios. Ni yo sé qué puede surgir. Lo que sí sospecho es que ya no habrá un relato del día a día ni una cronología estricta de mis viajes/vida, o la habrá pero más segmentada. Veremos. No sé cada cuánto publicaré, no tengo idea qué voy a escribir, pero no tener estas certezas me motiva. Sacarme de encima la presión de “tener que escribir de viajes en el blog” hace que me destrabe y que me surjan un montón de ideas nuevas.

Me siento a oscuras otra vez, vuelvo a andar por un camino (interno) no marcado y eso ya me inspira.

francia-14

Foto: Aristofennes

[box border=”full”] Hay tres personas que me ayudaron mucho en este momento de transición y necesito agradecerles:

A Jerson (autor del blog Aristofennes), mi nuevo amigo colombiano, con quien hice terapia mientras caminábamos por las calles de Lyon y Annecy. Gracias por ayudarme a sacar tantas cucarachas y a desempolvar tantos recuerdos.

A Vero Gatti, quien además de ilustrar mi primer libro también me hizo el nuevo logo de este blog y a quien casi no tuve que explicarle qué era lo que tenía en mente. Ella sola me lo dijo. Gracias por esa conexión y por inspirarme a pensar en nuevos proyectos.

Y a mi mamá, que siempre escucha mis mambos por skype y me dice frases acordes, cual galletita de la fortuna. Gracias por recordarme tantas cosas.[/box]

Si recibieron este post por email, los invito a entrar al blog para ver los cambios. :)

Ser gaviota

[singlepic id=7911 w=625 float=center]

 

Así como nosotros no elegimos en qué lugar del mundo nacer, las gaviotas (calculo) tampoco. Son pájaros suertudos, no sólo porque habitan todos los continentes (incluyendo la Antártida y sectores del Ártico), sino porque casi siempre nacen al lado del mar (con excepción de una especie que vive en el desierto, bien lejos del agua). Son pájaros globalizados y cosmopolitas: habitan desde los pueblos más remotos hasta las ciudades más modernas. Si bien ya todas las gaviotas, por default, son pájaros con suerte, algunas (en mi opinión) tuvieron mejor destino que otras: las que nacieron, por ejemplo, en la medina frente al mar de Essaouira (Marruecos), en la costa de Barcelona (España) y en las playas vacías de Paracas (Perú) están en mi lista de Gaviotas que envidio. Aunque para ser sincera, lo que más más les envidio es que puedan volar (y que lo hagan con tanta naturalidad y disfrute).

[singlepic id=7908 w=625 float=center]

[singlepic id=7930 w=625 float=center] Las gaviotas que viven en Essaouira deben ser las más felices.

[singlepic id=7936 w=625 float=center] A esta le tocó un pedacito de mundo en las Islas Ballestas, Paracas.

[singlepic id=7916 w=625 float=center] Y a esta en la costa del pueblo.

Las gaviotas viven en colonias, son muy inteligentes y tienen estructuras sociales muy complejas y desarrolladas. Son mi especie de pájaro preferida y cada vez me gusta más encontrarlas por distintas partes del mundo y observarlas. El lugar donde me instale, le dije a mi amiga Mirla mientras íbamos en el bus rumbo a Paracas, tiene que tener gatos y gaviotas por todas partes. Son los dos animales que pido, la doble G. Llegar a un lugar nuevo y que me reciba una gaviota es el mejor augurio que puedo tener: la gaviotaseñal me indica que el mar está cerca, y si el mar está cerca ya soy feliz. Llegar, por ejemplo, a Barcelona y ver una gaviota sobrevolando la Catedral fue una de las mejores imágenes que tuve de la ciudad. Pasar los días en una terraza de Essaouira y tener a una gaviota parada a pocos centímetros de mí, leyendo las cartas que escribía, fue una de las experiencias más raras de mi vida. Sentía que ese ojo que se clavaba en mis hojas entendía perfectamente lo que yo estaba escribiendo.

 [singlepic id=7938 h=625 float=center] ¿o no?

Durante los tres días que Mirla y yo pasamos en Paracas, pueblito costero de Perú al sur de Lima, fuimos testigos (¿se podrá decir testigas?) de tantos comportamientos cotidianos de las gaviotas que el material podría alcanzarme para un documental casero medio trucho. Nos quedamos en un hostel en la playa y salimos varias veces a remar en kayak por entre los barquitos que estaban anclados cerca de la costa. Una mañana luchamos contra el viento y remamos hasta un barco fantasma (por lo abandonado) okupado por decenas de gaviotas. Quisimos subir pero la caca que cubría todo como una capa de pintura blanca (la caca de pintura) nos desalentó. Nos alejamos y dejamos que la corriente nos arrastre. Pasamos al lado de un barco de pescadores sin gente y nos encontramos con un montón de gaviotas en plena reunión social. Lamenté no tener la cámara porque estaban para la foto, todas sentadas encima de la lona, charlando en ronda como señoras tomando el té. Las saludamos de lejos y seguimos remando. Vimos otras que flotaban sobre el mar creyéndose patos y dejaban que las olas las lleven de arriba abajo. También estaban las que se paraban sobre palitos de ex muelles (una sobre cada palito, en fila) y las que descansaban en grupo sobre la arena. El catálogo completo de gaviotas en estado natural.

 [singlepic id=7909 w=625 float=center] Volando en grupo

[singlepic id=7912 w=625 float=center] Sentadas al final del muelle

[singlepic id=7920 w=625 float=center] En la orilla

[singlepic id=7921 w=625 float=center] Y por si no las vieron en la foto anterior, una en cada palito

Una tarde salimos a caminar por la costa y seguimos la ruta de las aguavivas (según yo) hasta uno de los puntos más ventosos de Paracas (que ya de por sí es muy ventoso). Llegamos a una bahía donde unas quince personas hacían kitesurf con una tabla de wakeboard y una cometa atada a la cintura. De vez en cuando agarraban perfecto el viento y volaban por unos segundos, se elevaban y quedaban ahí flotando. Debe ser lo más parecido a ser gaviota, pensé. En el trayecto de vuelta vimos aguavivas del tamaño de sartenes (de esas grandes, donde se cocina lo que va a comer toda la familia), vimos cangrejos camuflados con algas, vimos cientos de gaviotas volando juntas y llenando el cielo de movimiento.

[singlepic id=7918 w=625 float=center] El camino de las aguavivas (o “malaguas”, como las llaman acá). No se pierdan las huellas de gaviota.

[singlepic id=7917 w=625 float=center] Las más grandes que vi en mi vida.

[singlepic id=7923 w=625 float=center] Como para pisarlas por error.

[singlepic id=7927 w=425 float=center] Cangrejos camuflados.

[singlepic id=7915 w=625 float=center] Parte del camino es de asfalto, parte de arena.

[singlepic id=7926 w=625 float=center] Y al final del trayecto, los kitesurfistas-gaviotas.

[singlepic id=7925 w=625 float=center] Y gente jugando cerca…

Las gaviotas tienen tanto la capacidad de volar como de nadar y caminar, pero lo que más me gusta es verlas cuando agarran una corriente de aire y se dejan llevar por el viento como si estuvieran deslizándose por toboganes de agua. Me gusta cuando sobrevuelan las olas que están a punto de romper, cuando casi tocan el agua pero no, como si le hicieran osooo al mar, y siguen su ruta.

[singlepic id=7937 w=625 float=center]

 

Lo que más envidia (y felicidad, porque es una mezcla de querer y no poder) me da es ver cómo disfrutan volar. Porque esos vuelos no los hacen con un fin práctico, los hacen porque sí, porque quieren, porque les gusta, porque les encanta dar vueltas en el aire, sobre todo cuando baja el sol, cuando la luz naranja del atardecer las convierte en siluetas contra el cielo, las transforma en postales y les da como otro aura. Las miro desde abajo y me pregunto cómo verán ellas las cosas desde allá arriba, qué pensarán de esos seres humanos complicados que viven en su territorio. Me gustaría ponerle una camarita en el cuello a alguna, como el señor que le puso una a su gato en el collar para ver qué hacía cuando se iba de la casa (una de las conclusiones fue: cuando los gatos salen a la calle se van a encontrar con otros gatos). Quisiera ponerme a la altura de las gaviotas, agarrar una corriente de aire y ver todo desde arriba, de lejos, con otra perspectiva, in a bird’s eye view, como bien dice la expresión.

[singlepic id=7941 w=625 float=center]

 

Pero no puedo. Por más que quiera volar no puedo, sigo acá abajo, cargando tantas cosas. Una mochila que me pesa. Un duelo que me duele. Paisajes que no me inspiran porque ya me inspiraron antes. Ganas de cerrar todas las redes sociales y dar por terminada esta vida online. Dudas sobre si debería abandonar el blog, dejarlo como una casa vacía, repleta de sus cosas pero ya sin habitantes. Autoexigencias que me traban. Tiempo que me la paso perdiendo. Deseos de escribir y no poder, impotencia literaria. Esa sensación de que tengo que estar en otra parte del mundo. Ese miedo de tampoco sentirme bien allá, donde creo que debería estar. Este desagrado contradictorio que me provoca terminar escribiendo siempre acerca de mí. La muerte de un amigo que aún no puedo procesar, la segunda que me toca en menos de tres meses, una muerte de la que me enteré dos meses después de que pasara, un duelo al que llegué tarde, cuando ya todos se habían ido, una tristeza desfasada, entender recién ahora por qué no me contestaba por whatsapp, una sensación de que cuando vuelva a su ciudad la sentiré medio vacía y recién ahí me daré cuenta de que ya no está. Este pensar continuamente en la muerte, todo el tiempo, todos los días, tenerla sentada al lado, duplicada, en forma de dos personas. Esta necesidad de aprender a procesar y a aceptar la muerte de los otros, de investigar cómo la entienden otras culturas, cómo la celebran o padecen los que se quedan atrás, los que todavía seguimos acá. Este soñar con muertos y con personas que vuelan. Este sentarme en la playa, mirar las olas e intentar comunicarme con el más allá (donde sea que quede eso) y pedirles una señal, rogarles en voz baja que aparezcan, que hagan algo, que revoleen una sombrilla, que me tiren un poco de arena, que me llamen por teléfono, que me muestren que siguen acá, que cambiaron de estado pero están, que flotan en el aire alrededor nuestro aunque no podamos verlos.

[singlepic id=7913 w=625 float=center]

 

Estar en eso, pensando, dudando, necesitando, rogando y que aparezcan dos gaviotas volando juntas, que se suban al escenario invisible que tengo enfrente y que se pongan a jugar en el aire, que hagan piruetas rápidas y divertidas sólo para mí. Sonreír al verlas y decirles gracias, sé que tuvieron algo que ver con mi ruego, sé que son parte de la señal que acabo de pedir. Saber que para el resto de la gente que está en la playa esas dos gaviotas son dos gaviotas más, igual al resto de las gaviotas, pero que para mí, por unos segundos, fueron únicas. Empezar a sospechar que las gaviotas van a dominar el mundo, que van a desarrollar dotes telepáticos y quién sabe en qué superpoder derivará eso. Sospechar que seguramente se van a aliar con los gatos y juntos reinarán sobre nosotros. Sentir con alegría que las gaviotas son el mejor animal del mundo y que me encanta mirarlas, que podría quedarme horas siguiéndolas con los ojos.

[singlepic id=7919 w=625 float=center]

 

Dicen que para las gaviotas que viven en las ciudades, los edificios son islas con acantilados, y el asfalto un lugar lleno de comida y libre de depredadores. Así de simples ven las cosas. Para ellas, los edificios —esos que el ser humano se esmera en hacer más altos, más lujosos, más brillantes, más repletos— son elevaciones naturales de la tierra. Es decir que lo que podría ser visto como un obstáculo, para ellas es parte del paisaje total, es algo que está ahí y que no tiene por qué interferir en su vida. Porque para las gaviotas lo principal es volar, comer, reunirse, comunicarse, aparearse, quedarse con la misma pareja toda la vida, tener hijos de a tres, enseñarles a volar y disfrutar los atardeceres. No estar interpretando edificios ni cuestionando el por qué del asfalto. Muchos creen que el mejor animal para reencarnarse es el perro. Yo prefiero, con toda la sana envidia y admiración que les tengo, ser gaviota. O por lo menos aprender a mirar el mundo como ellas.

[singlepic id=7910 w=625 float=center]

[box border=”full”]Información útil para viajar a Paracas (porque si no pongo esto mi blog es cada vez menos de viajes y más de lo que se me canta)

– Cómo llegar: nosotras viajamos desde Punta Negra (que está unos 45 km al sur de Lima), tardamos aprox. tres horas y pagamos 13 soles (regateo de por medio). El bus nos dejó en Pisco y de ahí fuimos caminando al mercado y tomamos un colectivo (acá se le llama colectivo a los taxis compartidos) por 2,50 soles cada una. La vuelta de Pisco a Punta Negra nos costó bastante más cara (20 soles) porque era fin de semana y los precios suben (más durante temporada alta).

– Cómo moverse: Paracas es un pueblito muy chico y se llega a todas partes a pie. Igualmente hay mototaxis dando vueltas siempre. Consejo: arreglar el precio antes de subir.

– Dónde dormir: el lugar es bastante turístico así que está repleto de hostels, posadas y hoteles. Nosotras nos quedamos en un hostel que costaba 33 soles la noche (en temporada baja cuesta 24 soles) y que incluía desayuno, kayaks y wifi.

– Dónde comer: toda la costa del pueblo está repleta de restaurantes turísticos. El menú marino (entrada + segundo + bebida) cuesta entre 15 y 20 soles. El menú criollo es un poco más barato (10 soles) pero no está tan promocionado, así que pregunten. También hay varios puestitos callejeros y restaurantes locales un poco más baratos.

– Caminatas: una de las cosas que más me gustó fue la caminata que hicimos por la costa desde el puerto hasta la bahía donde se hace kitesurf. Si van a un ritmo tranquilo tardarán una hora y pico. Es gratis y no se van a perder.

– Bicis: se pueden alquilar bicis para ir a recorrer la Reserva de Paracas. Nosotras no fuimos, pero averiguamos y costaba unos 30 soles el día alquilar la bici.

– Islas Ballestas: la excursión a las Islas Ballestas es una de las razones para ir a Paracas. Es un viaje en lancha que dura dos horas y que rodea las islas (no se puede bajar). Se ven lobos marinos, pinguinos y muchas especies de pájaros. Es turístico pero lindo. Cuesta unos 30 soles (según dónde se contrate) + 12 soles de entrada que se pagan antes de subir a la lancha.

– Cambio (enero 2014): 1 dólar equivale a 2.77 soles [/box]

[singlepic id=7914 w=625 float=center]

[box border=”full”] Información útil para ser gaviota (ya que estamos)

1. Aprender a volar.

2. Mirar la vida desde otra perspectiva.

3. Disfrutar todos los atardeceres.

PD: Les recomiendo leer el libro “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach. Un clásico como El Principito. [/box]

Salir de la zona de confort (y volver a volar)

Life begins at the end of your comfort zone
(La vida empieza al final de tu zona de confort)

Without even thinking about it I used to be able to fly. Now I’m trying to look inside myself to find out how I did it. But I just can’t figure it out. (Antes podía volar sin siquiera pensarlo. Ahora intento mirar dentro mío para descubrir cómo lo hacía.
Pero no encuentro la respuesta.)

– Kiki’s delivery service (Hayao Miyazaki)

A veces cuesta arrancar. Esta vez me está costando bastante. Hace dos semanas que “estoy de viaje” y todavía no me siento de viaje. Estuve demasiado tiempo en Buenos Aires y me acostumbré a mi pequeña rutina porteña: escribir y editar el libro, mirar por la misma ventana hacia los mismos edificios, dormir en el mismo colchón todas las noches, hacerme el mismo desayuno todas las mañanas, salir a caminar por la ciudad con rumbo prefijado, hacer trámites, ir al taller de escritura, ir a la misma verdulería y comprar las mismas cosas para preparar las comidas de siempre, ensobrar libros y llevarlos al correo, tomarme siempre los mismos colectivos para ir a los mismos lugares, reunirme con mis amigas en cualquier momento, ver a mi familia cuando quisiera, soñar con viajar largo otra vez y esperar con paciencia a que llegara el momento.

[singlepic id=7441 w=625 float=center]

Y el momento llegó tan de golpe, tan de un día para el otro, que me costó (mucho más que de costumbre) salir de mi vida no-viajera y volver a la viajera. Todavía estoy en eso, dando pasitos torpes de un mundo al otro, cruzando por un puente colgante medio desvencijado, asomándome con timidez a ese estado que antes me resultaba tan natural. Porque sin darme cuenta (recién ahora lo noto) mi cuerpo se acostumbró a ciertas repeticiones y costumbres —propias de la vida sedentaria— y se olvidó de otras —propias de la vida nómada—. Mi zona de confort se volvió tan concreta y limitada que me fue muy difícil cruzar esa frontera de supuesta seguridad que construí en Buenos Aires y volver a sentirme cómoda en la zona desconocida de los viajes.

[singlepic id=7439 w=625 float=center]

Pero en esa zona desconocida e incómoda es donde ocurre la magia, dicen. Cuando nos animamos a salir de la comodidad y de lo predecible es cuando empiezan a pasar cosas extraordinarias (que probablemente no hubiesen ocurrido de habernos quedado en nuestra cajita confortable).

[singlepic id=7427 w=625 float=center]

Siento estas dos semanas de viaje por Argentina (Buenos Aires – San Nicolás – Rosario – Villa Mercedes – San Rafael – Mendoza) más como un preludio que como un inicio formal de viaje. Todavía estoy en ese estado torpe del principio, todavía me cuesta viajar. “En Bangkok aprendí que el comienzo de un viaje siempre es poco fluido, torpe, fragmentado, especialmente cuando se viaja tan de golpe a una realidad tan distinta”. Lo escribí yo misma en mi libro, aunque a veces siento que la dijo eso es otra, me olvido de que ya pasé por varios comienzos de viaje y que todos me costaron. La diferencia es que esta vez no viajé a una realidad distinta: viajé a otra zona de confort. Mejor dicho: volví a mi antigua zona de confort (la de los viajes). Y me sentí perdida. Los primeros días de este viaje me incomodó todo: cargar la mochila, tener la ropa sucia, no dormir en mi cama, hacer dedo, no tener una casa propia, tener que hablar con extraños, sacar fotos. Todo lo que me encanta de viajar me hacía querer volver a mi casa. Pero de a poco volví a acostumbrarme (en eso estoy) (ya me siento mejor).

[singlepic id=7428 w=625 float=center] Bella casa rosarina

[singlepic id=7429 h=625 float=center] y su río

Lo que me está costando, más que viajar, es escribir. Perdí mi superpoder. No digo que se haya ido para siempre, sino que se me extravió: quedó en algún lugar entre el último viaje y el libro. Así que además de bloqueo de viaje, tengo bloqueo de escritura. Todo junto. Nunca me pasó, y no quiero forzarme porque es peor. Dicen que va a volver solo, me va a encontrar. Hace unos días, Damián me hizo ver una película que me encantó (será por el momento en el que estoy, pero se las recontra recomiendo): Kiki’s delivery service, de Hayao Miyazaki. Kiki es una bruja; al cumplir 13 años tiene que hacer lo que todas las brujas de su edad: irse de su pueblo por un año, sola (con su gato negro y su escoba), para independizarse y desarrollar su poder. El poder de Kiki es volar. Una noche de luna llena se va volando y se instala en otra ciudad. Al principio todo va bien, pero un día pierde la capacidad de volar y siente que nunca más podrá volver a hacerlo. Y, durante su bloqueo, se pregunta cómo antes era capaz de volar con tanta naturalidad.

Kiki-kikis-delivery-service-33435723-1366-768

—Without even thinking about it I used to be able to fly. Now I’m trying to look inside myself to find out how I did it. But I just can’t figure it out.
—You know? It could be you’re working at it too hard. Maybe you should just take a break. Stop trying. Take long walks, look at the scenery, doze off at noon. Don’t even think about flying, and then pretty soon you’ll be flying again.
—You think my problems will…?
—Go away? That’s right. It’s gonna be fine, I promise.

(…)

—So you really think I’ll fly again?
—Sure, you just have to wait for the right inspiration to come along.

Kiki-s-Delivery-Service-Screencaps-kikis-delivery-service-22226216-1280-704

(Traducción:

—Antes podía volar sin siquiera pensarlo. Ahora intento mirar dentro mío para descubrir cómo lo hacía. Pero no encuentro la respuesta.
—Sabes, puede ser que lo estés intentando demasiado. Tal vez deberías tomarte un descanso. Haz caminatas largas, mira el paisaje, duerme la siesta. Ni pienses en volar, y pronto estarás volando otra vez.
—¿Crees que mis problemas se…?
—¿Se irán? Claro. Todo va a estar bien, te lo prometo.

(…)

—¿De verdad crees que volveré a volar?
—Seguro. Solo tienes que esperar a que aparezca la inspiración correcta.)

[singlepic id=7430 w=625 float=center] Kiki versión San Luis (graffiti visto en Villa Mercedes)

La inspiración aparecerá sola. No quiero presionarme a viajar ni a escribir. Quiero volver a fluir con el camino y dejar que me vaya llevando a donde corresponda. Si bien siento estas primeras dos semanas como un patchwork (una de esas frazadas armadas con cuadraditos de distintas telas y dibujos) de sensaciones más que como una historia completa, también siento que cada uno de esos pedacitos me aportó algo de inspiración. Ya llegará algo que me haga reaccionar, me sacuda, me despierte y me devuelva el fluir de las palabras y del camino. Mientras tanto, sigo avanzando en una dirección y con un objetivo: irme lo más lejos posible de mi zona de confort porteña y volver a la magia de la ruta.

*

Algunos pedacitos de ese patchwork:

[singlepic id=7433 w=625 float=center]

[singlepic id=7434 w=625 float=center]

[singlepic id=7435 w=625 float=center]

[singlepic id=7436 w=625 float=center]

[singlepic id=7438 w=625 float=center] Valle Grande, San Rafael, Mendoza

[singlepic id=7440 w=625 float=center] Burbujas callejeras

[singlepic id=7431 w=625 float=center] Fotocharco impresionista

[singlepic id=7432 w=625 float=center] Fotocharco espejado

[singlepic id=7425 h=625 float=center] Show de burbujas en un barrio rosarino

[box type=”tick”] En otras novedades…

* Estamos viajando a dedo (siempre siguiendo los sabios consejos de los Acróbatas del Camino) ¡y nos está yendo re bien! Hicimos todo el camino, desde Buenos Aires a Mendoza, a dedo.

* El lunes nos vamos para Chile, país que quiero conocer hace mucho tiempo. El primer destino es Santiago. Masa crítica de Santiago, ¡esperanos!

* Para quienes lo pedían, salió el ebook de Días de viaje. La versión en .epub está a la venta en mi Tienda y la versión para Kindle la consiguen en [eafl id=”21158″ name=”Días de viaje – Kindle” text=”Amazon”].

* Además, reimprimí Días de viaje, ya que los primeros 1000 se agotaron! Gracias a todos. Tendré stock a partir del 6 de noviembre, lo consiguen acá.

[/box]

La Maldición de Egaña

[singlepic id=6793 w=625 h= float=center]

Todo empezó cuando a cuatro amigos viajeros se les ocurrió que sería divertido acampar al lado de una mansión abandonada en medio del campo. Cabe preguntarse a qué equivaldría la palabra “divertido” (unida a las palabras “acampar” y “abandonada”) en sus cabezas en aquel momento, pero lo cierto es que estaban ávidos de aventuras e historias y aquel lugar parecía contener las cantidades perfectas de cada ingrediente. Salieron de Rauch a Egaña (Provincia de Buenos Aires), el pueblito más cercano al famoso castillo abandonado, a eso de las 5.30 pm. Era tarde para salir a dedo, pero como estaban a 20 km de distancia y planeaban dormir allá no se preocuparon demasiado. Es cierto que hacer dedo de a cuatro es más difícil, pero ellos estaban con buena racha: para ir de Azul a Rauch habían decidido dividirse en dos “comisiones” para viajar por separado, se pararon en la ruta a unos metros de distancia y, casualmente, frenaron dos autos a la vez y uno llevó a cada pareja. Esta vez también tuvieron éxito: enseguida los levantó el conductor de una Chevrolet —organizador de un ciclo de autocine— y los llevó hasta un cruce. Cuando se bajaron, antes de despedirse, él les contó parte de la historia —que aún se debate entre ser real o ser un mito rural— del Castillo de Egaña (también llamado Mansión de San Francisco), lugar al que se dirigían los cuatro viajeros.

[singlepic id=6756 w=625 h= float=center]

—Al parecer el día de la inauguración de la mansión mucha gente se reunió ahí a celebrar un banquete. Estaban esperando al dueño para empezar, pero nunca llegó: tuvo un accidente en la ruta, cuando iba camino de Buenos Aires a la mansión, y murió. Cuando los invitados se enteraron se fueron inmediatamente, abandonaron la casa dejando todos los platos servidos. La mansión quedó vacía y con el correr del tiempo fue saqueada: se robaron todo, los muebles, los adornos, la vajilla, el piano, los cuadros… El lugar estuvo cerrado por 30 años, después fue expropiado por el estado y pasó a ser un correccional de menores. Durante aquella época, un interno mató a uno de los directores de la institución. Ahora el lugar está abandonado y en ruinas.

Pausa.

—Así que van para allá… ¿Quieren que le agregue una parte más a la historia?

Se rieron. Así empezaba la versión made in Argentina de algún film teen-hollywoodense como Scream o Sé lo que hicieron el verano pasado. El conductor los dejó en un cruce de tierra y se fue, levantando una nube de polvo a su alrededor.

[singlepic id=6767 w=625 h= float=center]

Esperaron exactamente 51 minutos (Juan, fan del autostop, tenía cada espera minuciosamente cronometrada) hasta que una pareja los levantó. Antes de eso habían pasado, como mucho, tres autos. Aquella pareja no iba hasta el castillo, pero podía acercarlos unos kilómetros. Cuando estaban por bajar vieron que, a lo lejos, se acercaba otra camioneta: el conductor les dijo que era un amigo suyo y que iba a pedirle que los dejara en la entrada de San Francisco. Así que hicieron transbordo, se acomodaron en la caja y unos minutos después se bajaron en medio de la nada. Quedaron solos en otro pequeñísimo cruce. ¿Y la mansión? Caminaron menos de diez pasos, llegaron a una tranquera abierta y ahí la vieron —silenciosa, imponente, tenebrosa, decadente—, al final del camino de tierra.

[singlepic id=6772 w=625 h= float=center]

Los cuatro amigos cruzaron la tranquera, entraron al terreno y, felices de haber llegado, comenzaron a caminar alrededor de la casa. En la entrada, un cártel bastante corroído respondía a las preguntas típicas. La mansión San Francisco había sido construida por el arquitecto Eugenio Díaz Vélez, nieto del prócer argentino, entre 1918 y 1930. Tenía —o había tenido, porque estaba en ruinas— tres pisos, 77 habitaciones, 14 baños, 2 cocinas y muchos balcones. Casi todos los materiales y objetos habían sido traídos de Europa, pero la casa no había sido construida siguiendo ningún estilo arquitectónico definido, sino que más bien respondía a los parámetros del eclecticismo.

[singlepic id=6786 w=625 h= float=center]

Sin embargo, había algo raro en ella (más allá, obviamente, de que estaba abandonada, era tétrica, no tenía ni un vidrio, estaba repleta de graffitis e inundada de caca de paloma). La casa no tenía un frente. Todos sus lados actuaban de frente. No tenía, por así decirlo, una cara y una espalda, sino puras caras. La casa nunca dejaba de mirar, no importaba donde uno estuviese parado. Tenía cientos de ojos (ventanas) que vigilaban silenciosamente todo lo que pasaba a su alrededor.

[singlepic id=6763 w=625 h= float=center]

Entraron. Aniko, en particular, con algo de miedo. En ese momento no pudo evitar pensar en todas las historias de casas embrujadas que conocía. Y las que no conocía, se las inventó. Casas abandonadas. Casas que sangran por las paredes. Casas que lloran de noche. Casas habitadas por espíritus. Casas que matan a los curiosos. Casas con entrada pero sin salida. Casas con vida propia. Casas con seres extraños. Casas con historias de muerte. Casas con ruidos inexplicables. Casas que transforman. Casas que embrujan. Casas que trastornan. Casas que necesitan almas humanas para seguir viviendo. Casas que aparecen y desaparecen. Casas malditas… “¡Acampemos acá!”, dijo alguno de los cuatro cuando subieron al primer piso por una escalera desvencijada. “El suelo parece sólido, está reparado del viento…”. ¿Acá? ¿Quieren acampar acá?, pensó Aniko, pero no dijo nada ya que no quería demostrar que dormir en esa casa la ponía bastante nerviosa. En realidad cualquier lugar abandonado la ponía nerviosa —o, más que nerviosa: solemne, respetuosa—, especialmente aquellos en los que la atmósfera era tan pesada que todo lo que alguna vez había habitado ahí parecía seguir existiendo…

[singlepic id=6761 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6778 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6759 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6760 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6774 w=625 h= float=center]

Recorrieron el laberinto de cuartos, cuartitos, salones y ventanas. La casa estaba llena de graffitis y mensajes en las paredes. Tenía botellas rotas y retazos de ropa en el piso, lo que indicaba que ellos no eran los únicos que la habían visitado. El tercer piso pertenecía a las palomas, que habían anidado en agujeros en el techo y aleteaban enojadas cada vez que se acercaban. Los pisos estaban repletos de escombros, las paredes de humedad, las barandas de los balcones de plantas. Los techos tenían terminaciones puntiagudas, había pequeñas torres, columnas, decenas de balcones, galerías. Todos los elementos como para filmar cualquier película de terror medianamente aceptable.

[singlepic id=6757 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6775 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6758 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6776 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6787 w=625 h= float=center]

Salieron de la casa y siguieron recorriendo el predio. Un poco más allá, después de atravesar un sendero de árboles, encontraron un granero y una casita, probablemente de los antiguos caseros. Si la mansión era tenebrosa, la casita directamente era aterradora. Su interior era muy oscuro y, apenas entrando, había un hueco en el piso que daba a un sótano negro… No pudieron avanzar mucho más, Aniko se aferró a la mano de Damián y le pidió que por favor salieran de ahí. Estaba empezando a anochecer y por encima de ellos se veía, casi llena, la luna. A su alrededor: silencio absoluto. Volvieron a encontrarse con Juan y Laura, que estaban cerca de la mansión, y decidieron no quedarse a dormir en el castillo. Aquella casita terminó de asustarlos, era todo demasiado atemorizante. Eran casi las 8 así que tenían que apurarse y buscar un lugar donde pasar la noche, lo más lejos posible de aquella casa.

[singlepic id=6764 w=625 h= float=center]

 [singlepic id=6789 w=625 h= float=center]

Salieron nuevamente a la ruta, esta vez con el plan de acampar en Egaña, el pueblito más cercano, una antigua estación de tren donde viven (según las estadísticas) 44 personas. Alguien les había dicho que estaban a unos 3 km, así que empezaron a caminar en la dirección que creían correcta. Tenían que llegar hasta un “monte” (bosquecito) y ahí doblar a la izquierda. Caminaron por el medio de la ruta de tierra hasta que se hizo de noche: durante todo el trayecto no pasó ni un vehículo. Egaña nunca apareció. Estaban perdidos en medio del campo y no sabían muy bien qué hacer: todo quedaba demasiado lejos como para ir caminando, no podían acampar en medio de la ruta porque si pasaba un vehículo de noche los llevaba puestos, tampoco había lugar para acampar al costado de la ruta ya que el alambrado de los campos empezaba enseguida y había una zanja de por medio, no se podían meter en un campo porque todo era propiedad privada y estaba lleno de animales sueltos, tampoco querían volver a la mansión de noche… No les quedaba otra que seguir caminando hasta encontrar alguna señal de vida.

[singlepic id=6769 w=625 h= float=center]

De repente vieron, a lo lejos, una luz que se movía. Era un auto que avanzaba por otra ruta, unos metros más adelante, y que entraba a una estancia. Aceleraron el paso y vieron que la estancia tenía luz, así que se animaron a entrar. Abrieron la tranquera y caminaron hasta la altura de la casa. Aplaudieron. Silencio. Gritaron “holaaaa” y “buenas nocheeees” varias veces como para llamar la atención de los dueños. Silencio. Cuando estaban por irse apareció un hombre rodeado de perros. Los animales se pusieron a ladrar a lo loco. El hombre parecía asustado: “¡¿Quién anda ahí?! ¿Qué pasa?”. Los cuatro mochileros le explicaron que estaban perdidos y que lo único que necesitaban era un espacio para acampar lejos de la ruta. Tenían carpa, agua y comida, solamente necesitaban dormir sobre un cuadradito de pasto al resguardo de la ruta y de los animales. El hombre no los quiso recibir. Apareció su mujer y les dijo que “ahí nomás” (a una hora de caminata) tenían San Francisco (la mansión) y que podían ir a acampar ahí.

[singlepic id=6762 w=625 h= float=center]

Salieron de la estancia con resignación y bronca y se sentaron al costado de la ruta a preparar unos sandwiches. Eran casi las 10 de la noche y hacía mucho frío. Si bien era verano, la tarde anterior había bajado mucho la temperatura y ninguno de ellos tenía la ropa adecuada. Ya les daba todo igual. Estaban considerando dormir a pocos metros de la entrada de la estancia, en un huequito de pasto, pero tampoco querían que quedara como una provocación hacia los dueños. Ellos, al fin y al cabo, no los habían querido recibir, entonces tampoco les hubiese gustado, suponían, que acamparan tan cerca de la propiedad. Lo único que les faltaba era que alguien los echara a escopetazos.

Poco antes de las 10, cuando ya no parecían quedar opciones viables, pasó una camioneta. Le hicieron señas de que frenara y le contaron lo que había pasado. El conductor les dijo que primero tenía que hacer unos mandados, pero que en media hora podía pasar a buscarlos y llevarlos a Rauch para que durmieran en el camping. Después, desapareció en la noche. ¿Volvería? Los cuatro amigos se sentaron en ronda bajo las estrellas, comieron los sandwiches y se taparon con las bolsas de dormir. Media hora después, dicho y hecho, el conductor pasó a buscarlos y los dejó en Rauch. La noche terminaba bien, pero algo había cambiado…

 [singlepic id=6766 w=625 h= float=center]

Al día siguiente, los cuatro viajeros tenían planeado ir a visitar un pueblito, así que salieron a la ruta 30 para hacer dedo de Rauch a Azul. Enseguida los levantó una camioneta, pero unos minutos después, cuando ya estaban camino a la intersección con la ruta 60, al vehículo se le quedó el motor. El conductor intentó arrancar pero no hubo caso.

—Van a tener que caminar, muchachos. Pero no se preocupen que la rotonda está acá nomás—, les aseguró.

El “acá nomás” fueron 5 km y una hora de caminata al rayo del sol con las mochilas encima. Cuando llegaron se sentaron a la sombra de un árbol y estuvieron una hora y media haciendo dedo sin que nadie los levantara. Pasaban pocos autos y muchas bicis, pero nadie frenaba. Frustrados, decidieron hacer dedo para el otro lado (de donde venían) y el primero (literalmente) que pasó frenó y los levantó.

Volvieron a Rauch, ese punto de partida al que parecía ser tan fácil volver pero tan difícil abandonar, y decidieron encarar hacia Las Flores. Juan y Laura consiguieron un camión en la estación de servicio, pero Damián y Aniko estuvieron aproximadamente dos horas y media haciendo dedo. Nadie frenó. Sentían que la gente, incluso, los miraba mal. Muchos les hicieron burla. Uno les dedicó un gesto obsceno. Un camionero les dijo que los llevaría después de descansar, se fue a dormir la siesta y jamás se levantó (aún sigue ahí, durmiendo). Se insolaron. Ella se puso de mal humor. ¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué tenemos?! Es obvio que estamos yeteados. ¡Se nos pegó un espíritu de la casa esa! ¡Es la maldición de Egaña! ¡¿Qué tenemos que nadie frena?!, se preguntaba ella con rabia. Terminaron viajando en colectivo.

[singlepic id=6770 w=625 h= float=center]

Al día siguiente la mala racha de autostop siguió. Pudieron hacer un trayecto corto en camión, pero en San Miguel del Monte ya nadie los quiso llevar, así que tuvieron que tomar otro colectivo para poder volver a Buenos Aires.

Si bien llegaron sanos y salvos, los mochileros sienten que algo en su suerte cambió. Ahora necesitan otro viaje para saber si esta mala racha autostopística es algo pasajero o si realmente están maldecidos. Así que si un día alguno de ustedes va manejando por alguna ruta y ve a dos parejas de viajeros haciendo dedo, sean tan amables de disminuir la velocidad y observarlos. No les pido que los levanten, lo único que quiero saber es si detrás de ellos hay un fantasma que asusta a los conductores con gestos tenebrosos. Si es así, sepan entender. Ellos no tienen nada que ver. Es todo culpa de la casa…

[singlepic id=6788 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6784 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6785 w=625 h= float=center]

[singlepic id=6794 w=625 h= float=center]

Blog cerrado por vacaciones

blog-cerrado-por-vacaciones-1

Queridos lectores,

Cuando ustedes lean esto yo estaré en un auto rumbo a Brasil.

Después de cinco años puedo decir que esta vez me voy, literalmente, de vacaciones. Nada de ir a buscar hostel, nada de averiguar horarios de buses, esta vez me voy a tirar panza arriba en una playa y dedicarme a leer, a nadar y a escuchar el ruido del mar.

Este viaje no estaba en mis planes, la invitación me cayó del cielo (un cielo llamado mi amiga Belu) hace cinco días: “¿querés venir a Brasil con auto y cabaña incluida?”. ¿Cómo decirle que no a Brasil? Todavía no estoy ahí y ya siento la arena en los pies, ya me veo corriendo desaforadamente hacia el mar para tirarme de cabeza y salir 15 días después, sacada a la fuerza, para volver a Buenos Aires. Así que durante las próximas dos semanas me verán (o mejor dicho: no me verán) chapoteando en el mar cual morsa.

Tal vez les parezca raro que esté diciendo que me voy “de vacaciones” y no “de viaje”. Muchos pensarán, ¿qué diferencia hay entre irse de vacaciones y viajar? Mucha, créanme que mucha. Viajar implica mucho esfuerzo y es muy cansador, especialmente cuando uno va con poco presupuesto. Irse de vacaciones, en cambio, tiene una connotación de descanso y desenchufe, y eso es lo que quiero: descansar.

Tal vez no lo parezca, pero mi cabeza necesita un respiro. Amo viajar y amo escribir por sobre todas las cosas, pero esto de no tener horarios hace que mi trabajo dure 24 horas diarias, y esto de trabajar frente a una pantalla hace que mi mente se sature. En estas últimas semanas estuve dando cursos de WordPress (¡un éxito! los repetiré el año que viene), escribiendo muchas notas para revistas (en enero sale una serie de cuatro notas mías de viajes en La Nación Revista, ¡estén atentos!), escribiendo los primeros capítulos de mi libro (sí!!! lo voy a publicar de manera independiente y quiero/espero tenerlo listo para marzo/abril del 2013), armando una tiendita de productos, haciendo burbujas por ahí, sacando muchas fotos y escribiendo aún más. Así que mi cabeza y mi cuerpo me lo piden: necesito un descanso. Y para mí, descanso es sinónimo de mar.

Así que esta viajera se despide por unos días. Me voy a instalar horizontalmente en una franja de arena (de la cual me sacarán dentro de dos semanas con cirugía) y me voy a dedicar con todo a mi libro. Así que nos vemos pronto.

¡Felices viajes y buenos caminos para todos!

Aniko 

PD: No se sorprendan si me agarra abstinencia bloguística y me pongo a postear desde allá. Conociéndome sé que no podré evitar salir a sacar fotos y a recorrer algunos pueblitos de por ahí. Y si no doy novedades, nos vemos después del 15 de enero. Tengo muchos planes para el 2013 —libro, viajes y burbujas incluidas— pero les contaré después de esta tanda. Beijos a todos.

Crónica de dos principiantes viajando a dedo

Desde que me junto con otros viajeros tengo con quien hablar de temas como los litros de la mochila, los plugins del blog, las mejores rutas para ir a tal lado, la necesidad de llevar carpa o no, la rutina de la no rutina, viajar sola, viajar acompañada, la fotografía de viajes y, recientemente, el autostop (lo que en Argentina se conoce como “hacer dedo” y en otros países de habla hispana como “pedir un aventón”, “pedir el chance”, “jalar dedo” y “pedir cola”). Entre los chicos de Magia en el Camino (que en este momento están viajando a dedo por África) y Los Acróbatas (que están dando la vuelta al mundo a dedo) me convencieron: a Viajando por ahí le llegó la hora de viajar a dedo.

 [singlepic id=6088 w=625 h= float=center] N de la A.: como bien dije, en este viaje no me traje la compu porque no pensaba postear, pero las ganas son más fuertes que yo, así que pedí una compu prestada para subir esto. Como no estoy trabajando con mi compu no sé qué tal quedarán las fotos, así que no esperen demasiado despliegue fotográfico. 

La decisión surgió hace unas semanas cuando Damián y yo empezamos a planear un viaje a la provincia de Córdoba (tengo familia en Nono y quiero visitarlos). En principio íbamos a ir en tren (hay un tren muy barato que sale los viernes desde Retiro y llega a ciudad de Córdoba unas 15 horas después), pero nos colgamos con los pasajes y cuando quisimos comprar estaban más que agotados. Yo creo que parte de ese cuelgue fue a propósito, así que ahí surgió la gran pregunta: “¿Y si nos vamos a dedo?”. Después del “¿y por qué no?” empezó la etapa de investigación, también conocida como El Bombardeo de Preguntas Principiantes a Los Acróbatas y a Todos los que Alguna Vez Hayan Viajado a Dedo, a saber:

¿Cómo se hace dedo? ¿En qué parte de la ruta te parás? ¿Y si no te frena nadie? ¿Hay que hacer un cartelito con el nombre del destino? ¿Cuánto es lo máximo que esperaron? ¿Cuál fue la vez más rápida? ¿Y si estás en medio de la nada y se hace de noche? A ver extendé el brazo y hacé de cuenta que hacés dedo y que yo te levanto, ¿qué me dirías? Ellos con toda la paciencia del mundo nos dieron todos los consejos (y fuerzas) que necesitábamos y nos aseguraron que nos iba a ir re bien. Algunas de las cosas que nos dijeron (y que todos sus fans queremos ver próximamente en un post en sus blogs) fueron: “Lleven un buen mapa” (nos recomendaron el Atlas de Ruta Firestone y con ese viajamos), “párense en los peajes, en las estaciones de servicio, en los cruces, en cualquier lugar donde los autos o camiones puedan frenar”, “Salir de Buenos Aires a dedo por autopista es muy difícil” (uf, sí que lo fue!), “vayan bien vestidos y bañados” y “sonrían mucho y hagan contacto visual, los autos no se frenan con el dedo sino con la sonrisa”.

Y entre una cosa y otra, casi sin darnos cuenta, llegó el Gran Día. Como mi último “compromiso formal” en Buenos Aires era la presentación de RedViajAR, habíamos decidido irnos al día siguiente, viernes. Armé la mochila medio a las apuradas y nos fuimos al Talar (provincia de Buenos Aires, partido de Tigre) para salir desde ahí la mañana siguiente. El viernes nos despertamos y estaba lloviznando. Genial. ¿Qué hacemos? ¿Vamos igual? Creo que ninguno de los dos estaba demasiado convencido (y yo estaba bastante nerviosa), así que dijimos: “Vamos a ver qué onda y si no podemos nos volvemos”. Salimos a eso de las 10 de la mañana y creo que debemos haber roto algún tipo de récord, porque en un mismo día nos tomamos 8 transportes distintos para hacer menos de 250 km. Yo sentí que estábamos en una misión de Fugitivos o algún programa por el estilo.

[singlepic id=6093 w=625 h= float=center]

Transporte 1: el 57 al peaje de Pacheco

Los Acróbatas nos recomendaron ir al peaje de Pacheco y salir a dedo desde ahí, así que nos subimos al colectivo y cuando le preguntamos al chofer si nos podía bajar en el peaje nos dijo que no (y no tuvo piedad). Una señora que estaba sentada en el primer asiento nos vio con las mochilas y nos preguntó, emocionada, a dónde íbamos. Le contamos que queríamos ir a dedo a Córdoba y nos dijo, efusiva (mientras me agarraba la mano): “¡Ay mi amor! ¡Qué lindo!” y, por lo bajo, ” Qué poco gaucho este chofer… Ojalá encuentren mucha solidaridad en el camino, que es lo que hace falta. ¡Buen viaje!”. El conductor nos bajó a varias cuadras del peaje y nos dejó cerca de una estación de servicio a la salida del Tortugas Shopping. Más perdidos que enano en manifestación (?) nos pusimos a la salida la estación de servicio y extendimos el pulgar sin demasiada convicción y sintiéndonos un poco ridículos (por lo menos yo). En menos de 5 minutos frenaron tres autos. “¿A dónde van chicos?”. “A Rosario”. Todos iban a Escobar. Nos subimos al tercer auto.

Transporte 2: Cristian, también conocido como “los levanté porque tienen cara de buena gente”

“Hago esta ruta todos los días y nunca levanto a nadie, pero ustedes tienen cara de buena gente”, nos dijo Cristian, el primer buen cristiano que nos levantó en esta travesía. Creo que más que cara de buena gente teníamos cara de perdidos en la autopista de la locura. “La veo difícil chicos, no creo que los levante nadie. Además para ir a Rosario tienen que irse a la Ruta 9 en Escobar, los voy a dejar en la parada de un colectivo que los lleva para allá”. Le agradecimos el corto viaje y nos quedamos parados en una esquina esperando el próximo transporte.

Transporte 3: colectivo a Ruta 9 (Escobar)

Sin saber muy bien qué hacer nos subimos a un colectivo que nos llevó a Escobar. Después de unos 20 minutos nos bajamos enfrente a una estación de servicio, entramos a comprar un jugo y nos pusimos a hacer dedo en la salida (nuevamente con poca convicción y sensación de estar haciendo el ridículo, por lo menos yo). “¿A dónde van chicos?”, nos preguntó alguien desde enfrente. Era el conductor de un camión; lo había dejado estacionado y estaba yendo a comprar algo a la estación de servicio. “Los llevo hasta Zárate, suban”.

[singlepic id=6089 w=625 h= float=center] Foto de San Nicolás, ciudad en la que finalmente pasamos la noche

Transporte 4: En un camión de los cartoneros

Nos acercamos tímidamente al camión y comenzó el trayecto más surrealista del viaje a dedo. La mujer del conductor se bajó y nos abrió la parte de atrás para que nos subiéramos a la caja: “Chicos, perdonen si está sucio, es que acá llevamos a los cartoneros. Cualquier cosa que necesiten golpeen, estamos adelante”. Cerró la puerta, trabó y nos dejó casi en la oscuridad total. Las únicas ventanas que teníamos eran dos agujeritos en el techo y la información nos llegaba desde afuera por medio de sonidos: las bocinas de los autos indicaban que seguíamos en la autopista, una rama que golpeó contra el techo era señal de que habíamos rozado un árbol, los golpes sobre la chapa nos decían que había empezado a llover. Bárbaro, con lluvia, a dedo, todavía sin casi haber podido salir de la ciudad… Un rato después frenamos, se abrió la puerta y el conductor nos dijo que él salía de la autopista, así que nos bajamos creyendo, como nos había dicho, que estábamos en Zarate.

Fuera Zarate o no, estábamos literalmente En Medio de la Autopista. Empezamos a caminar por la banquina y llegamos a un puesto de venta de lombriz (“El Toro siempre tiene lombriz”, aseguraba el cartel). No sabíamos muy bien dónde pararnos ya que no había ningún peaje, ninguna estación de servicio, ninguna intersección, ningún pueblo, ninguna parada de colectivo, ningún lugar donde los autos pudieran frenar. Yo, la verdad, la pasé mal durante un rato y tuve ganas de irme a mi casa y olvidarme de todo (lo confieso). Extendimos el pulgar, siempre con una sonrisa, y finalmente frenó una Ford roja (soy malísima con los modelos de autos así que no esperen especificaciones más que “auto, camioneta o camión”).

[singlepic id=6087 w=625 h= float=center] Dentro de transporte número 7

Transporte 5: Nacho, también conocido como “¡Tengo una resaca!”

Nacho frenó emocionadísimo: “¡Qué lindo chicos! ¡Qué ganas de irme con ustedes!”. Cuando nos subimos nos avivamos de que estábamos en Campana y no en Zárate, así que Nacho nos llevó para allá. En el viaje nos contó que recién se despertaba, que estaba yendo a buscar a su cuñada, que había ido al boliche la noche anterior y que tenía bastante resaca (incluso nos mostró la copa de plástico en la que había tomado champagne o algo similar). Nos dejó en una estación de servicio y nos dijo, otra vez, que si hubiese podido se venía con nosotros. Cuando le preguntamos su nombre nos pidió, con emoción, que lo mencionáramos como parte de nuestro viaje (¡claro que sí!).

Interludio en una estación de servicio.

Ya eran como las 2 de la tarde así que almorzamos, recargamos energías y charlamos con un camionero que estaba almorzando en la mesita de al lado. “¿De dónde son chicos? Ah, pensé que eran extranjeros, por ella…” (qué raro). Le contamos lo que estábamos haciendo y nos recomendó tomarnos un colectivo hasta el peaje Buenos Aires – Rosario y pararnos ahí. La gran constante del día fue esa: “Acá nadie los va a levantar, para hacer dedo tienen que ir a (fill in the blanks)”. Pero no le hicimos caso y nos pusimos a hacer dedo a la salida de la estación, en varios puntos distintos, durante una hora sin suerte. Buenos Aires no nos largaba… Qué difícil era encontrar el punto justo para hacer dedo en la autopista.

Transporte 6: el bendito colectivo hasta el peaje

Finalmente decidimos tomar el colectivo hasta el peaje y apenas nos bajamos se largó a llover. Los camiones pasaban pero ninguno frenaba… Tantas posibilidades de transporte acelerando frente a nuestras narices y nosotros sin paraguas… Unos minutos después frenó un camión, abrimos la puerta con un Aleluya de fondo y le preguntamos si iba para Rosario. “Voy a San Nicolás”. Listo, nos subimos nomás, no podíamos dejar pasar esa oportunidad.

[singlepic id=6094 w=625 h= float=center] En el hueco-cama

Transporte 7: El Camionero Salvador, también conocido como El Profesor de Autostop

No anoté su nombre y ahora no me lo puedo acordar, pero para mí siempre será El Camionero que nos Salvó de la Lluvia en Nuestro Primer Día de Viaje a Dedo y nos dio Una Clase Magistral de Autostop. Damián se sentó adelante al lado de él y yo me metí adentro de un “hueco” ambientado como cama. Algunos de sus comentarios y tips fueron: “Yo siempre levanto mochileros, el otro día llevé a una pareja que iba con sus hijos. A vos te van a subir porque vas con ella, porque sino hay muchos que tienen miedo si ven a un pibe solo. (…) Mejor que no hagan dedo de noche y si vas a dormir ponete de ese lado porque si te apoyás de ese lado y hay un accidente chau (…) Si te subís un camión ofrecé de cebarle mate al conductor (…)”. En algún momento del viaje me dormí y cuando me desperté estábamos en San Nicolás.

[singlepic id=6092 w=625 h= float=center] El río en San Nicolás de los Arroyos

Decidimos pasar la noche ahí, ya eran casi las 6 de la tarde y yo estaba muy cansada. El transporte número 8 y último del día fue un colectivo hasta el centro de San Nicolás. El veredicto de Juan Villarino, quien viajó en más de no sé cuántos miles de vehículos a dedo por países como Irak, Irán y Afganistán (además de Europa, América y Asia), fue: “Está bien, se curtieron”. Somos dos novatos y este fue nuestro bautismo.

[singlepic id=6091 w=625 h= float=center] Burbujas con la Basílica de San Nicolás de fondo

[singlepic id=6095 w=625 h= float=center] Feliz y cansada tras un largo día

 

viajera duplicada

A veces siento que vivo dos vidas. Una, la de viajera que se va sola por el mundo. Otra, la de chica que vive en Buenos Aires. Si bien en las dos vidas soy la misma persona, es como si fueran mundos separados.

 [singlepic id=5691 w=625 float=center]

Cada vez que vuelvo de un viaje y me reincorporo a la ciudad de la furia —mejor conocida como Buenos Aires— me cuesta reconocerme como “la viajera”. Voy, por ejemplo, en la Línea E del Subte, miro a la gente a mi alrededor y pienso que hace varios meses las caras que me miraban desde algún tren tenían rasgos asiáticos, hablaban otros idiomas y me traspasaban con esa mirada curiosa y penetrante. Y ahí, mientras recuerdo eso, me pregunto: ¿pero esa era yo? ¿Verdaderamente era yo la que viajaba sola por China sin saber una palabra? ¿Era yo la que usaba gestos para comunicarse? ¿Era yo la que andaba caminando sin rumbo por calles de pueblitos perdidos? Y a la vez, pienso: ¿esta persona que ahora está sentada frente mío se imaginara que soy viajera? ¿Se dará cuenta por mi cara? ¿O seré, simplemente, una porteña más que usa el transporte público para ir hacia algún lugar de su ciudad y de su vida rutinaria? Porque en Asia es obvio que soy viajera, pero en Buenos Aires podría ser cualquier cosa.

 [singlepic id=5684 h=625 float=center] The city of fury!

Cada vez que vuelvo y cuento una anécdota de viajes —cosa que no hago “tanto” porque para eso está este blog— siento que estoy hablando de otra persona, que estoy contando un cuentito que leí en algún blog, protagonizado por una chica que no soy yo. Porque no hay manera de que yo, esa chica tranquila que vivió toda su vida en una ciudad, haya vivido todo eso que estoy relatando. Me causa gracia decir “porque cuando estuve en Laos hice tal cosa” o “en Vietnam conocí a tal persona” o “en España me pasó tal cosa”. ¿Cuándo estuve yo en Laos? ¿Y encima SOLA?

 [singlepic id=5685 w=625 float=center] Aniko en China con mujeres de una minoría… ¿Se fijaron bien para ver si no hay Photoshop de por medio?

 [singlepic id=5690 w=625 float=center] Rodeada de indonesios en un templo. Esto claramente es fotomontaje.

También me pasa cuando expongo fotos y alguien que no me conoce se me acerca y me pregunta: “¿Vos estuviste en todos esos lugares?”. Automáticamente sonrío y digo sí, y por dentro pienso: “¿Yo estuve en todos esos lugares? ¿Realmente fui YO la que estuvo frente a esa imagen?”

 [singlepic id=5693 w=625 float=center]

 [singlepic id=5692 w=625 float=center] La evidencia indicaría que esta foto SÍ la saqué yo

Me pasa, también, que la gente me escribe mails y mensajes. Cuando estoy de viaje lo entiendo, me parece incluso lógico: en ese momento soy “la viajera” y todos me escriben mensajes hablándome de viajes, preguntándome cosas, felicitándome por lo que hago. Pero cuando recibo esos mensajes tan lindos estando en Buenos Aires —cuando no soy más que “una chica que escribe”— me siento rara: ¿qué verán en esa “viajera” a la que le escriben? Me encanta pero a la vez siento que la destinataria de esas palabras no soy yo sino otra Aniko que se quedó dando vueltas por ahí.

 [singlepic id=5694 w=625 float=center] Seguro que le escriben a esa chica que se quedó en una mesita de Singapur…

A veces me imagino que queda una Aniko en cada camino que no tomé: una Aniko quedó en África (estaba en Marruecos y se le ocurrió seguir viajando por África), otra quedó en Barcelona (esa ciudad que tanto ama), otra quedó en Asia (tal vez decidió instalarse en Penang, ese rinconcito de Malasia que tanto le gusta), otra está en Buenos Aires (y nunca viajó, nunca se animó a dar el primer paso).

  [singlepic id=5680 w=625 float=center] La otra vive frente al Riachuelo

Esto que me pasa difícil de explicar y me parece que varios deben pensar que tengo algún tipo de esquizofrenia, pero les juro que no. Para tratar de entenderme piensen en esto: ¿alguna vez hicieron algo que jamás creyeron que se iban a animar a hacer? ¿Alguna vez hicieron algo que les parecía ENORME, lejano, imposible? Lo que sea: tirarse en paracaídas, decirle a alguien lo que sentían, irse solos/as a algún lugar desconocido… Si piensan en eso ahora, ¿no se les cruza por la cabeza la frase “No puedo creer que yo hice eso”? Bueno, algo así me pasa. Es como si viviera entre dos mundos, y cada vez que me meto de lleno en uno, el otro me resulta lejano, raro, desconocido. Porque cuando estoy viajando, Buenos Aires me parece un lugar en el que viví durante alguna otra vida…

 [singlepic id=5681 h=625 float=center]

 [singlepic id=5682 w=625 float=center] El mundo de Buenos Aires, que conozco bastante bien;

 [singlepic id=5688 w=625 float=center]

 [singlepic id=5683 w=625 float=center] y el mundo a secas, ese que voy conociendo de a poco.

Y me pasa algo raro con estos dos mundos (viajes/no-viajes, el mundo/Buenos Aires, viajera/soñadora, nómada/sedentaria): cada vez que entro en uno, es como si nunca me hubiese ido, es como si ese mundo fuese natural para mí, todo fluye normalmente, ninguno me cuesta. Me voy de viaje y estoy en mi estado natural, pero vuelvo a Buenos Aires y es como si nunca me hubiese ido. Cada mundo se maneja con sus propias reglas, en cada mundo tengo una “rutina” (que incluso puede ser la “no-rutina”). A veces esos mundos se mezclan y vivo Buenos Aires como si estuviera viajando y vivo un viaje como si estuviera en Buenos Aires: estoy en una ciudad lejana y desconocida y es como si estuviera en casa, hago una vida tranquila, escribo, me veo con amigos (amigos que tal vez conocí ayer y ya no veré mañana); estoy en Buenos Aires y observo todo como si fuera extranjera, miro todo con sorpresa, quedo cautivada con las luces de calle Corrientes, con las construcciones antiguas de la ciudad, con las ferias callejeras…

  [singlepic id=5679 w=625 float=center] Y me sorprendo con los atardeceres de cualquier lugar…

Me imagino el día que tenga nietos y les cuente: “Porque yo cuando tenía veintipico viajé por todos lados sola, me puse la mochila y me fui por Asia, y en esa época no era como ahora (?)”, y los nietos van a decir: “Uy, la abuela tiene que tomar la medicación, está desvariando de nuevo y se pone a inventar historias”… :D

 [singlepic id=5689 w=625 float=center]

Menos mal que escribo este blog y tengo fotos de todo, porque creo que si no tuviera evidencia llegaría un día en el que empezaría a preguntarme si realmente lo viví o simplemente lo soñé.

 [singlepic id=5695 w=625 float=center]

Marrakech: la lucha constante

[singlepic id=4405 w=800 float=center]

Apenas bajamos del bus y quedamos solos en la estación con nuestras mochilas y nuestras almas sentí como si un árbitro invisible hubiese tocado el silbato para anunciar que empezaba el partido.

Equipos: Andi y Aniko (y todos los viajeros que están por acá) vs. Marrakech

Estadio: Djemaa el-Fna (la plaza principal de la medina) y los souqs (mercados)

Disciplina: lucha libre

Reglas: vale todo

[singlepic id=4383 h=800 float=center] El estadio

[singlepic id=4384 w=800 float=center]

[singlepic id=4391 w=800 float=center] Nosotros (las sombras) vs. Ellos

Después de pasar varios días en la lentitud del desierto, en los paisajes irreales del Todra y en la tranquilidad de Ait Benhaddou, me olvidé de que había ciudades en Marruecos donde el movimiento, el caos, el ruido y las masas de gente eran algo de todos los días. Y al ver (ya desde la ventana del bus) lo que nos esperaba en Marrakesh me sentí un poco agobiada y sin ganas ni fuerzas para enfrentarme a tanta locura.

[singlepic id=4424 w=800 float=center]

Se los voy a decir desde ya: Marrakech no me gustó (ohhh ¡polémica!) y no es un lugar de Marruecos al que quiera volver. La ciudad en sí no me desagrada (tiene lindos rincones, linda arquitectura, bastante arte, lindo paisaje natural de fondo), pero estar en un lugar donde sabés que van a intentar cobrarte de más por todo, donde solamente te ven como alguien a quien sacarle plata (y ni siquiera como a una persona, sino como a un cajero con patas) y donde hay tanta agresividad, acoso y mala onda no es algo que me parezca disfrutable.

[singlepic id=4408 w=800 float=center]

La lucha empezó cuando llegamos a la estación de buses y tuvimos que tomarnos un taxi a la Plaza Djemaa el-Fna (el centro de la medina, donde están los alojamientos baratos). Todos los taxistas nos pedían montos irrisorios, y si les pedíamos que nos bajaran el precio intentaban cobrarnos extra por meter las mochilas en el baúl (¿dónde se ha visto?). Cuando llegamos a la medina sentí que entramos a un gran shopping: todo lo que se veía eran puestos de venta (con sus respectivos vendedores que agitaban los brazos y nos gritaban “ehh! ehhh! ehhh!” o “cht, cht, cht!” para que nos acercáramos) (el truco es no hacer contacto visual con ninguno). Como siempre, nos interceptó un hombre para llevarnos al alojamiento barato de su abuela: el problema fue que nos mintió y nos prometió cosas que después no había —como el bendito wifi— y encima nos pidió propina.

[singlepic id=4422 w=800 float=center]

[singlepic id=4419 h=800 float=center]

[singlepic id=4376 w=800 float=center]

En la medina de Marrakech —a diferencia de, por ejemplo, la de Fezpermiten la circulación de motocicletas y bicis. Un peligro. Hay que estar tirándose contra la pared constantemente para que no te pasen por encima: los motociclistas van a toda velocidad tocando la bocina y no esquivan a nadie, sino que esperan que los peatones les abran paso. Algunos pasaban tan pero tan rápido que me generaban algo que no hago demasiado: putear. Las medinas, ya de por sí, son caóticas: imaginen calles angostas (tan angostas que no entra un automóvil) llenas de puestitos de venta y de comida, con gente que va y viene, con carros tirados por mulas, con personas sentadas en el piso, con niños jugando a la pelota, con vendedores ambulantes y encima con motos que pasan a toda velocidad. Deberían hacer como en Fez y prohibir los vehículos motorizados.

[singlepic id=4430 w=800 float=center]

[singlepic id=4401 w=800 float=center] Los souqs o mercados

La gente, además, me pareció muy agresiva. Doy ejemplos. En la plaza Djemaa el-Fna está lleno de músicos callejeros, contadores de cuentos, encantadores de serpientes, mujeres que hacen tatuajes con henna, puestos de venta de jugo de naranja, puestos de comida, hombres en carrozas, hombres con monos… Cada vez que un extranjero pisa aquel territorio, las miradas se posan sobre él y todos intentan captarlo para que compre algo. Ese no es el problema, el problema es que algunos hombres, como los encantadores de serpientes, se ponen muy agresivos.

Andi y yo nos pusimos a mirar —a varios metros de distancia— cómo “encantaban” a una pitón y uno de los hombres nos vio y se nos acercó sosteniendo una serpiente con intención de colgárnosla en el cuello para que nos sacáramos una foto. Yo me alejé corriendo y el tipo me persiguió, le dije que por favor se alejara porque no me gustaban las serpientes y él, en vez de respetarme e irse, me puso la serpiente a pocos centímetros de la cara, a lo cual volví a salir corriendo. En ningún momento atiné siquiera a sacar una foto (estaba demasiado asustada), pero el tipo me siguió persiguiendo y me gritó “Give me money for the picture! Give me money!!”. Le dije que no había sacado ninguna foto y llegó a agarrarme del brazo para seguir demandándome plata. Cuando nos fuimos vi que le hizo lo mismo a otra mujer: le puso la serpiente en la cara y ella huyó despavorida.

[singlepic id=4370 w=800 float=center] Algunas fotos de los puestitos de venta que inundan la Plaza…

[singlepic id=4388 h=800 float=center] El vendedor de jugo de naranja exprimido

[singlepic id=4392 h=800 float=center] El que preparaba y servía la harira (sopa) todas las noches

[singlepic id=4393 w=800 float=center] (los de las fotos son vendedores que tenían buena onda, que también los hay)

[singlepic id=4400 w=800 float=center] La oferta de especias (me encantan estas pirámides)

[singlepic id=4431 w=800 float=center] ¿Vendedores de muelas?

Más tarde, paseando por los mercados de la medina, Andi casi se agarra a trompadas con un vendedor. Pasamos frente a una tienda de alfombras, Andi tocó una que estaba colgada en la entrada y el vendedor le dijo lo de siempre: “I have more, come inside just for look”. Él entró y yo me quedé esperándolo afuera. Pocos minutos después vi que el vendedor lo empujaba por la puerta como para pegarle y Andi le decía “What is your problem?! Are you crazy?!”. El tipo se enojó porque Andi no le compró nada y porque, al salir, tocó la alfombra que estaba colgada en la puerta otra vez (Andi, contá cómo fue). Después de esa cuasi pelea seguimos caminando, quisimos sacar una foto de un negocio (de afuera) y salió uno corriendo y nos empezó a gritar “No photo! No photo!” y cuando nos íbamos nos terminó gritando “Fuck you! Fuck your mother!” (¿qué tendrán que ver nuestras madres en todo esto?). No me gusta, toda esta agresividad no me gusta nada.

[singlepic id=4421 w=800 float=center] Por suerte cuando nos alejamos de la parte central (y comercial) de la medina, la actitud de la gente cambió y todo fue un poco más tranquilo…

[singlepic id=4397 h=800 float=center]

[singlepic id=4403 w=800 float=center]

 [singlepic id=4411 w=800 float=center]

[singlepic id=4426 w=800 float=center]

[singlepic id=4425 h=800 float=center]

Me da pena pensarlo, pero será que cuanto más turística es una ciudad, ¿más agresiva se vuelve su gente? Como los vuelos baratos de Europa llegan a Marrakech, esta es una de las ciudades más turísticas del país. Pero habiendo visto muchos otros lugares de Marruecos, siento que no representa el modo de ser de su gente, sino que es un lugar donde la relación entre los locales y los extranjeros es puramente comercial. Yo entiendo que de algo tienen que vivir, pero en otras partes de Marruecos también tienen que vivir de las ventas y no tratan así a sus potenciales compradores. ¿Por qué será que se genera algo así? ¿Será que la gente de Marrakech se cansó de los turistas, de las fotos, del regateo, de la mala onda (tal vez también) de los visitantes? Para mí, nuestra estadía en Marrakech fue una lucha constante: una lucha para que no nos cobraran de más, una lucha para que no nos pisaran las motos, una lucha para evitar que nos acosaran o nos agredieran. Y en esa lucha ganó Marrakech, que logró sacarme cualquier tipo de ganas de volver.

Pero como todo anverso tiene su reverso, en la medina también encontré rincones y detalles que me gustaron, como estos.

[singlepic id=4440 w=800 float=center] Un puestito matutino de venta de té y sopa

[singlepic id=4436 w=800 float=center] Montañas nevadas de fondo

[singlepic id=4434 h=800 float=center] Mujeres con sus bebés en la espalda

[singlepic id=4420 w=800 float=center] Especias en palanganas

[singlepic id=4432 h=800 float=center] Un jueguito que se las trae

[singlepic id=4414 h=800 float=center] Una mezquita a la que nos dejaron entrar

[singlepic id=4409 w=800 float=center] Un pajarito

[singlepic id=4402 h=800 float=center] Una mezquita (otra) al atardecer

[singlepic id=4381 w=800 float=center] Amiguitas volviendo del colegio

[singlepic id=4379 w=800 float=center] Un señor que me convidó algo de su puestito para que probara

[singlepic id=4371 w=800 float=center] La luz en el piso

Ah, y me olvidé de contarles que en un momento me paré frente a un puestito a mirar cómo hacían una sopa y, de la nada, me cayeron cuatro carteras de cuero sobre la cabeza. Primero me puse de mal humor (¡me dolió!) pero más tarde me reí. Será que esas son cosas que pasan en Marrakech y que, al fin y al cabo, la mejor actitud es reírse para no llorar.

[singlepic id=4382 h=800 float=center]

[box border=”full”] Información útil para visitar Marrakech:

  • Cómo llegar a Marrakech: hay buses y trenes que conectan a la ciudad con la mayor parte de las ciudades del país. Nosotros viajamos desde Ourzazate y el bus nos costó 50 dirham (+ los 5 dirham de siempre por el equipaje) y el viaje duró tres horas. Si van en taxi de la estación de buses hasta la Plaza Djemaa el-Fna no deberían pagar más de 10 dirham por persona.
  • Alojamiento en Marrakech: los lugares baratos están en los alrededores de la Plaza Djemaa el-Fna y cuestan unos 5 euros por persona.
  • Algunos precios de comida en Marrakech (en la Plaza y alrededores): crepe con miel 3.50 dirham, jugo de naranja exprimido 4 dirham, sopa harira 3 dirham, pastilla desde 30 dirham, cous cous o tajine desde 35 dirham, sandwich de carne 15 dirham, pedazo de torta + té de especias 5 dirham.[/box]

Despedidas, bienvenidas y reencuentros

Mis cuadernos en este viaje

I. Despedidas

La escritura de viajes es, en mi opinión, una de las más personales. No me refiero a la redacción de guías de viaje ni a las recomendaciones de atractivos turísticos para visitar, sino a la transmisión de experiencias, sentimientos y vivencias del viaje en sí. Viajar es algo que nos involucra de pies a cabeza y, así como cada uno vive un viaje a su manera, cada cual lo relata de forma distinta. Es imposible hacer escritura de viajes sin hablar de uno mismo ya que es imposible separar al sujeto que viaja del viaje en sí: ambos están ligados y uno no puede existir sin el otro. Por eso, al escribir sobre viajes, no se escribe solamente acerca de un lugar, sino acerca de lo que ese lugar le genera a quien lo visita.

[singlepic id=3622 w=800 float=center] Garraf, una playa de Catalunya

Uno de los dilemas con los que me enfrento cada vez que escribo un post es decidir hasta dónde contar, qué límite poner entre “lo anecdótico” y “lo personal”, qué tanto abrirme hacia quien me lee y contar, más allá del relato en sí, lo que siento mientras voy viajando.

Hace tiempo empecé a leer el blog de NomadicMatt, un estadounidense que está viajando por el mundo hace más de cinco años. En su página hay muchísima información: guías de países, datos útiles, ebooks y consejos para ahorrar al viajar… pero los posts más populares —y con los que yo personalmente me siento más identificada y que no me canso de releer— son los que hablan acerca de lo que él siente como viajero. En esos textos aborda temas como la depresión después de (o durante) un viaje largo, el amor y desamor en la ruta, la soledad, el agotamiento que siente después de viajar durante tanto tiempo, las reacciones de sus conocidos cuando anunció que se iba a dedicar a viajar, las reacciones de sus conocidos cada vez que vuelve de un viaje, la facilidad/dificultad de mantener los vínculos, el ciclo de cansancio y “re-enamoramiento” del viajar, la necesidad que siente de echar raíces e, incluso, su decisión de dejar de viajar por un tiempo. Son los textos que, al fin y al cabo, lo humanizan y permiten a los lectores relacionarse con él como persona. Y a mí me demuestran que no soy la única que pasa por ciertos procesos y estados de ánimo.

[singlepic id=3632 h=800 float=center]

[singlepic id=3633 h=800 float=center]

[singlepic id=3634 h=800 float=center]

[singlepic id=3627 h=800 float=center]

[singlepic id=3631 w=800 float=center] (Mientras tanto, algunas fotos de mis últimos días en Barcelona)

Yo, por el momento, no tengo pensado dejar de viajar, pero cuanto más viajo hay algo que se me hace cada vez más difícil: despedirme de las personas que me voy cruzando en el camino. Visto desde afuera, vivir viajando es una vida ideal. Sí y no. Para mí lo es porque es algo que soñé desde muy chica y lo estoy cumpliendo, y no me veo haciendo otra cosa que no sea esto. Pero a la vez, en estos ¡cuatro años! que llevo viajando, aprendí que es un modo de vida que requiere mucha fortaleza. Cuanto más viajo más aprendo a conectar con la gente. Cuanto más conecto, más me encariño. Cuanto más me encariño, más me cuesta despedirme. Tengo amig@s muy especiales en muchísimas partes del mundo, y no sé si volveré a verlos. Tengo muchos rincones del mundo en los que quisiera quedarme para siempre, y no sé si volveré a pisarlos. Cada vez que me voy de algún lugar o me despido de una persona, es como si un pedacito mío quedara ahí. Pero a la vez, entiendo que viajar implica el movimiento constante y que ser viajero implica relacionarse con las personas, aprender algo de cada vínculo, despedirse y guardar cada momento como un recuerdo feliz.

En abril de 2010, cuando estaba en el aeropuerto de Frankfurt esperando a que saliera mi vuelo a Bangkok, conocí a un marroquí-canadiense que me dijo algo que me quedó grabado: “La vida es como un aeropuerto. Gente de distintas partes del mundo se encuentra en el mismo lugar por un rato y después cada cual toma un avión distinto y sigue su camino”. Y, dicho esto, él tomó su vuelo y yo el mío y nunca más nos volvimos a ver. Es cierto: la VIDA es así, también está llena de despedidas. La única diferencia es que, al viajar, estas despedidas ocurren con mucha más frecuencia.

Pero lo bueno de ser viajer@ es que las despedidas siempre serán un hasta pronto.

[singlepic id=3630 w=800 float=center]  La vida, también, es un laberinto: cada cual toma su camino y todos se cruzan en algún momento del trayecto…

[singlepic id=3623 w=800 float=center] Y si hay que saltar, saltá.

II. Bienvenidas y reencuentros

Todo esto para contarles que, después de 25 días, finalmente me fui de Barcelona, mi ciudad ideal. Fue difícil dejarla, ya que sentí una enorme conexión con ella y su gente, pero lo hice sabiendo que, tarde o temprano, voy a volver. Y, quién sabe, tal vez algún día haga base ahí.

Viajé unas 16 horas en dos buses y llegué a Jerez de la Frontera, en la provincia de Cádiz, Andalucía. ¿Por qué a Jerez? Porque vine a reencontrarme con Noelia, una amiga argentina a la que no veía hacía más de diez años. Hace unos días me contactó por medio de mi blog, me contó que estaba viviendo en España y me invitó a su casa. Y acá estoy y es como si los diez años no hubiesen pasado. Siento con ella la misma sensación de familiaridad que siento con España.

[singlepic id=3650 w=800 float=center] ¡Hola Andalucía!

[singlepic id=3649 w=800 float=center]

[singlepic id=3646 w=800 float=center]

[singlepic id=3653 w=800 float=center]

[singlepic id=3647 h=800 float=center]

[singlepic id=3645 w=800 float=center]

Desde que llegué a España, más que viajar, lo que estoy haciendo es reencontrarme con (y, en algunos casos, conocer en persona a) amigos (argentinos, españoles) y familiares en distintas partes del país. A cada ciudad de España que viajé fui para ver a alguien, porque sabía que alguien me esperaba. Por eso me tomé mi tiempo en cada lugar y me salteé ciertas regiones. Esto es algo que nunca me pasó en ningún país y que hace que este viaje sea tan distinto y especial.

Graffiti visto en El Raval (Barcelona)

Aprovecho para contarles mis planes viajeros y para darle la bienvenida a un nuevo compañero de aventuras. En pocos días parto rumbo a Marruecos con Andi, viajero argentino y autor del blog TrancaroLa poR el muNdo. Él está viajando hace más de un año por Asia y Europa; los dos coincidimos en España y dijimos, “Che, ¿vamos juntos a Marruecos?”, “Y daaaale”. Así que durante las próximas semanas contarán con la presencia de Andi en mis relatos. Según me dijeron, es bueno tener guardaespaldas en Marruecos, así que esperemos que no me cambie por un par de camellos.

[singlepic id=3628 w=800 float=center] A pedido de él, su foto posando cual sireno en la estación de metro de Barcelona

Después de Marruecos quiero conocer el resto de Andalucía. Y después… hay varias opciones, pero las contaré más adelante. Me surgieron algunas propuestas interesantes en Buenos Aires, así que todo es posible. Pero no daré más información hasta no tener certezas.

Buenos Aires con mirada jet-lag

Había oído hablar del jet-lag pero nunca lo había experimentado, ni siquiera cuando viajé de acá (Argentina) a Tailandia. Tal vez la emoción de haber llegado a Asia no me permitió sentirme mal en aquel momento.

Pero acá en Buenos Aires lo sufrí.

También conocido como El síndrome de los husos horarios, el jet-lag ocurre cuando se cruzan más de tres husos horarios en avión. Los viajes de larga de distancia de este a oeste (y vice versa) producen un desequilibrio entre nuestro reloj interno (el ciclo biológico que nos marca las horas de sueño y vigilia) y el horario externo del país al que se arriba, y eso puede causar insomnio, fatiga, problemas digestivos, ansiedad, deshidratación, dolores de cabeza, problemas de coordinación, confusión en la toma de decisiones, falta de memoria, irritabilidad y apatía (TODO JUNTO). Según la NASA (sí, esa misma), al cuerpo le lleva un día por huso horario adaptarse, es decir que si atravesamos 10 husos horarios, nos llevará 10 días volver a la normalidad.

Yo tuve todos los síntomas anteriores, con especial énfasis en confusión en la toma de decisiones, falta de memoria e insomnio; aunque la mejor definición de lo que fue mi estado durante los tres primeros días fue la que me dijo mi primo: “Es como estar en un sueño”.

caminando como en un sueño donde todos los carteles tienen sentido y las calles están vacías

Las primeras dos noches dormí cuatro horas, me desperté de golpe a las 5 am y no pude dormir más. El viernes a la tarde (día de mi cumpleaños) me fui a dormir la siesta (algo que no hacía hace años, literalmente) y me desperté con el cerebro funcionando en inglés y el impulso de hablar ese idioma. Si bien las palabras me salían en español, me sonaban raras, artificiales. El día anterior me costó muchísimo tomar la decisión de dónde reunirme con mis amigas para celebrar mi cumpleaños y, cada vez que alguien me hablaba rápido o fuerte, me sentía muy abrumada. Recién volví a ser yo el domingo, cinco días después de haber llegado: durante ese lapso de tiempo, sentí que todo lo que pasaba alrededor mío ocurría en otro plano, como si mi cuerpo estuviese ahí pero mi mente se hubiese ido a volar por las nubes.

El viernes, primer día que salí a la calle para tomarme el colectivo (bus público), me pasó algo que aumentó ese estado de ensoñación y llevó la situación a un nivel bizarro y existencial. Mientras recordaba dónde estaba la parada del 39 y caminaba hacia esa esquina, un hombre (argentino de unos 35-40 años) me frenó y me preguntó, en inglés: “Where are you from?”. Frené y me quedé mirándolo durante unos largos segundos, pensando qué responder. Estoy muy acostumbrada a que me hagan esa pregunta, pero en otro contexto, entonces que me la haya preguntado un argentino en nuestra propia ciudad y con mi estado de jet lag me hizo sentir muy confundida. Le respondí “de Argentina” y seguí caminando. Pero después pensé ¿será que ya no pertenezco a Buenos Aires? ¿o será que mi cara de jet-lag me hace parecer una turista perdida? ¿de dónde soy? ¿pasé a ser ciudadana del mundo más que de un país?

Buenos Aires, fría, y yo

Durante mis días de ensoñación, caminar por Buenos Aires me pareció justamente eso: estar como en un sueño. De a poco me reencontré con aquellos elementos tan típicos de la ciudad que había olvidado por ser parte tan intrínseca del paisaje: los paseadores de perros con sus 20 correas y 20 perros alborotados a su alrededor, los kioscos callejeros de revistas con todas las tapas y noticias en exposición, los puestos de flores de las esquinas, los mozos que salen de los restaurantes con el café y el azúcar en la bandeja plateada y lo dejan sobre una mesita al borde de la calle, las mujeres que salen a pasear a sus perros vestidos con ropita de lana a medida, los carteles verdes con pósters de los últimos estrenos cinematográficos, el amarillo y negro de los taxis, el ruido que hace el Subte cuando avanza sobre las vías, los repartidores de pizza que esperan en la puerta del edificio sosteniendo la caja con el piolín, los espacios públicos en refacción, las canchas de fútbol 5, los estacionamientos encajados entre dos edificios en pleno Microcentro, el olor de las facturas que se escapa de las panaderías, los maxikioscos que desbordan de golosinas, el menú ejecutivo del mediodía, los supermercados chinos donde casi no se habla español, las mujeres que caminan con sus pesados tapados de piel, los hombres que (lamentablemente) aún duermen en las veredas y parques, los vendedores de boletos de colectivo que esperan en las paradas, los vendedores ambulantes que se suben al transporte público y ofrecen desde dvds hasta alfajorcitos de maicena y palmeritas a beneficio de instituciones para ex-drogradictos, el arte y el fileteado de los colectivos, el obelisco de noche, el Colón (por fin) reabierto.

El colectivo público de Buenos Aires

Un autito que me gustó (ahora saco todas las fotos con celular)

Esta foto la saqué en el 2009, pero me gusta y la pongo acá

Esquina de otoño (otra sacada con celular)

Prohibido tomar Fernet (veda electoral)

Quilmes tampoco

Descubrí bares y librerías nuevas, vi que algunos lugares cerraron, otros están en alquiler y otros siguen de pie igual que cuando me fui. La realidad es esa: ciertos rincones pueden mutar, pero una ciudad no cambia de un día para el otro. Buenos Aires sigue siendo la misma, ahora la que se siente distinta soy yo.

Tengo ganas de sacarle fotos a todo lo que mencioné, pero todavía no me animo a salir con la cámara, así que por ahora me conformo con la del celular. Qué ironía, ¿no?, soy capaz de caminar con la cámara colgada al cuello por ciudades que no conozco, pero no me animo a hacer lo mismo en la mía. Será porque conozco sus riesgos demasiado bien. Aunque quisiera, en algún momento, sacar la cámara a pasear por acá.

Pero por el momento uso mis ojos.

La imagen de Eva Perón entre edificios

Volver (después de un viaje de 16 meses por Asia)

Escribo esto a siete seis cinco cuatro tres dos días de volver a Argentina. Lo escribo ahora, porque no sé si podré escribir la noche antes de irme. La cuenta regresiva se hace cada vez más fuerte, los días pasan rapidísimo, sin piedad. Siento que hace unas horas todavía faltaba un mes. Ahora faltan menos de 48 horas. Los miedos me persiguen hasta en mis sueños: aparezco en Buenos Aires sin haberme despedido de nadie, pierdo el vuelo a Argentina y quedo atrapada para siempre en un aeropuerto, vuelvo a Buenos Aires y la ciudad está gris, con caños rotos, niebla negra y charcos de agua, al estilo de Ciudad Gótica; vuelvo a Buenos Aires y no tengo conexión de internet ni señal de celular, no puedo comunicarme con nadie. Me despierto de golpe y me doy cuenta de que todavía sigo acá. Es que esos días A.V. (“antes de volver”) son fatales. Uno sigue de viaje, pero es imposible no pensar en la vuelta que se acerca. El cuerpo está en una parte del mundo y la cabeza ya está en otra.

Volver. ¿Será que todos los viajeros sienten lo mismo al regresar, sin importar a qué ciudad vuelvan? Yo vuelvo a Buenos Aires, pero bien podría estar volviendo a Madrid, a San Petersburgo, al Cairo. No elegí dónde nacer, pero mi país de nacimiento determinó la ciudad a la que siempre querré/temeré volver: Buenos Aires. ¿Qué es lo que tanto nos angustia de volver a nuestro lugar de partida? Dudo que un viajero que visite Buenos Aires por primera vez se sienta así: para él, viajar a Buenos Aires significará llegar a un lugar nuevo, la llegada tendrá expectativas y adrenalina, tendrá preguntas y deseos. Lo que me hace pensar que lo que me angustia no es volver a Buenos Aires en sí, sino volver a secas. Volver a lo cotidiano, a lo familiar, a lo que se conoce desde hace años, a lo que ya no sorprende tanto. Volver al único lugar del mundo donde no soy extranjera, a la única ciudad donde no necesito aprender códigos urbanos desconocidos para sobrevivir, a ese lugar del cual conozco todo lo bueno y todo lo malo.

Volver. Hay algo de los regresos que me hace reflexionar. Creo que es inevitable, como los balances de año nuevo. Aunque uno no quiera, los hace. Qué fue lo bueno y lo malo de este año (en mi caso, cambio “año” por “viaje”, prefiero escribir mi historia en travesías antes que en números), qué aprendí, en qué me equivoqué, por qué me equivoqué, qué volvería hacer, qué me quedó sin hacer, qué miedo superé, qué rincón de mí misma conocí. Asia me enseñó muchas cosas, pero me daré cuenta de qué exactamente con el tiempo. Asia me cambió por dentro, pero reconoceré esos cambios cuando vuelva a mi hábitat natural. Ahí me daré cuenta de todo.

Vuelvo por poco tiempo a Argentina. No porque no quiera quedarme en mi país, sino porque la cantidad de mundo que hay afuera me llama, porque siento que si me quedo quieta por demasiado tiempo no me va a alcanzar la vida para conocer todo lo que quiero conocer. Vuelvo con planes y proyectos, para evitar la depresión post-viaje. Vuelvo pensando en mi próximo viaje, como todo buen viajero. Y vuelvo con una idea que se me instaló en la cabeza hace un tiempo. Siento que, de repente, todas las flechas me conducen a la misma palabra: LIBRO. Antes pensaba: “primero viajar, más adelante libro”. Ahora todo me dice libro libro libro libro. Si quiero ser escritora, en algún momento tengo que empezar. Tal vez este blog haya sido un boceto de todo lo que quiero decir en 100, 200 o 300 páginas. O tal vez no. Lo cierto es que hace varios meses tengo ideas dándome vueltas por la cabeza. Y así como tengo ideas, también tengo miedos: ¿podré escribir un libro “entero”? ¿encontraré un hilo conductor para mis historias? ¿alguien lo leerá? ¿qué críticas recibirá? Pero así como una vez les dije (y me dije) “Si querés viajar, viajá”, ahora me digo a mí misma: “Si querés ser escritora, escribí”. Es lindo soñar y pensar “quiero ser/hacer tal cosa”, pero lo cierto es que el mundo no espera a nadie, es uno el que tiene que empezar.

Así que además de los viajes, ese es mi proyecto a corto plazo: escribir un libro (o por lo menos intentarlo). Siento que esto de volver a Argentina, aunque no sea más que por unas semanas, le da una especie de cierre (o intervalo) al viaje: sé que desde Buenos Aires voy a ver estos 16 meses en Asia desde otra perspectiva y espero poder plasmar todo lo que viví, pensé, aprendí, vi y conocí en hojas de verdad. Me gustan los blogs pero todavía creo en los libros.

Así que cuando pise Ezeiza, en vez de pensar “hoy volví a Argentina”, espero ser capaz de decir: “hoy empieza a nacer mi primer libro”.

Limbo (esos días entre que terminás un viaje y volvés a tu casa)

Les confieso que esto de volver dentro de tan poco tiempo a Argentina me tiene como en limbo. Estoy totalmente bloqueada y sin poder escribir una palabra hace días, por eso mi pobre blog no se actualiza. No es que no quiera, es que no puedo.

No estoy así tanto por el hecho de volver, ya que en el fondo tengo ganas de estar un poquito allá y de reencontrarme con personas, costumbres y rincones que extraño. Pero estar viviendo en Indonesia me confunde: ¿estoy viajando o no estoy viajando? ¿Será que mi próximo viaje será “a Argentina”? ¿Yogyakarta, la ciudad de Indonesia donde vivo, se convirtió en mi “no viajar” y Buenos Aires, ciudad que conozco hace 25 años, será mi “próximo viaje”? ¿Esto sienten los expatriados al vivir afuera? Estoy confundida.

Estoy en alguna nube entre esto…

… y esto (ambas fotos son las vistas que tengo desde la ventana en Buenos Aires y en Yogyakarta, ustedes sabrán diferenciar cuál es cuál)

A fines de julio, si la ceniza me lo permite, estaré de vuelta en Argentina. Voy a festejar mis 26 allá, en pleno invierno, con chocotorta, piñata de alfajores y globos multicolor. Va a ser uno de los vuelos más largos de mi vida, creo que dos días, entre escalas y conexiones, y con la diferencia horaria siento que esos dos días voy a estar flotando en la nada (limbo a la décima potencia). Primero porque voy a estar en tránsito y no voy a “pertenecer” a ningún país en particular, solamente a una aerolínea (es decir que no voy a estar en un lugar ni en otro); segundo porque voy a viajar atrás en el tiempo, entonces tal vez cuando llegue voy a haber dormido tres noches en dos días, o algo así. Y con todas las emociones mezcladas que tengo en este momento sé que voy a llegar y no voy a entender nada. Todos a mi alrededor van a hablar mi idioma, algo que no me pasa hace meses, nadie me va a decir “lady lady transport”, me voy a horrorizar con lo caro que está todo y la ciudad que amo/odio ni se va a inmutar por mi regreso.

Por eso les digo: limbo. Todavía no me fui de Asia pero ya siento que estoy en semi-transición. Es lo que pasa cuando uno sabe que algo se está por terminar. Por momentos no puedo evitar pensar todo lo que voy a hacer allá, y por momentos no puedo evitar pensar todo lo que voy a extrañar de acá.

Cuando me fui de Buenos Aires, en abril de 2010, no tenía ningún plan. ¿Cuándo volvés? No sé. ¿Qué países vas a ver? No sé. ¿Volvés? No sé. Si quiero que mi día a día sea viajar, me es imposible planear de antemano cómo será mi vida. ¿Ustedes planean todo lo que van a hacer de acá a un año, qué ruta van a tomar para ir a tal lugar, qué van a comer, a quién van a conocer? Es imposible. Sin embargo todos me pedían respuestas y yo nunca las tuve. Sé que cuando vuelva me van a preguntar muchas cosas: ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Cuál es tu próximo destino? ¿Qué va a ser de tu vida? Por el momento lo único que sé es que este viaje a Buenos Aires no será un regreso sino una visita, un interludio, un corte en el medio, un respiro tal vez, un mini descanso y un reencuentro con la gente que quiero. Y después, Asia me espera otra vez.

Tengo varios planes para cuando vuelva a Argentina que ya les iré contando. Y si bien tengo muchas preguntas, hay algo de lo que estoy segura: después de 16 meses de ausencia, me va a ser imposible no mirar a Buenos Aires con otros ojos.

Bali parte III: una segunda oportunidad

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

Decidí darle otra oportunidad a Bali.

La primera vez que fui, hace un año, no me gustó demasiado. No quiero ser injusta: la isla es un lugar de enorme belleza natural, es excepcional por su historia, su cultura, sus ritos y sus tradiciones. Imaginen una islita de las 17 mil que conforman el archipiélago de Indonesia donde se practica una religión única en el mundo (el Hinduismo balinés), donde las ofrendas de colores inundan las veredas, donde las terrazas de arroz cubren de verde y amarillo las montañas, donde hay playas de arena blanca y mar transparente. Para muchos es la definición del Paraíso…

…pero para mí tiene un gran “problema” (o una gran responsabilidad) : es uno de los destinos turísticos más populares del mundo y eso, quiérase o no, influye en la forma en que los balineses se relacionan con los visitantes.

Como conté en la parte 1 de esta historia, hace un año, en Bali no importa si sos “turista cinco estrellas” o “viajero low cost”, a los ojos de los balineses, por el solo hecho de ser extranjero y haber llegado hasta ahí, sos alguien que tiene mucho dinero y está dispuesto a gastar lo que sea. Por eso ningún restaurante local (no me refiero a los turísticos, sino a los warung de comida local) tiene precios en los menúes, por eso los taxis tienen los precios recontrainflados, por eso incluso los bemos (el transporte local y más barato de la isla) triplican sus tarifas cuando el que se sube es extranjero.

Esta vez, a diferencia de la anterior, viajé a Bali con Aji, mi novio (indonesio, aunque de Java, pero por ende “no turista” o “menos turista” que el resto), pensando que la situación iba a ser distinta. No es lo mismo ser bule (extranjera) y viajar sola que ser bule y viajar con novio local. Nos fuimos en colectivo desde Yogyakarta, un viaje de 22 horas por el que pagamos 200.000 rupias (23 dólares) y que incluía comida, cruce en barco de Java a Bali y miradas curiosas de todos nuestros compañeros de colectivo. Me resulta entre incómodo y gracioso sentir cómo nos miran, mientras se preguntan cuál será nuestra relación (al parecer no es tan común ver a una bule con un indonesio en Java y una vez, incluso, le preguntaron a Aji si era mi guía turístico).Juro que no quiero quejarme, pero hubo varias cosas que opacaron un poco bastante el viaje, especialmente la experiencia en el templo Besakih, el más importante de la isla. Así que esta es mi catársis. Tal vez le sirva a quien esté por viajar para no caer en las mismas trampas que caímos nosotros.

* Sobre los medios de transporte

Llegamos a Ubung, una de las terminales de Denpasar (capital de Bali) y fuimos en busca de algún medio de transporte para ir a Ubud, el pueblo donde vive mi amiga Magda, una polaca que vendió su departamento de Varsovia y se instaló en Indonesia, quien nos iba a alojar. Sí, Ubud, el mismo pueblo de Comer, Rezar, Amar.

Uno de los mayores problemas que sufrimos en Bali, como mochileros que quieren gastar poco y viajar como la gente local, fue la falta de transporte organizado y la dificultad de acceder al transporte local. Para aquellos que estén dispuestos a gastar, hay taxis a toda hora, acosando cual tigres entre la maleza: la frase “Miss, Mister, taxi? Where you go? Taxi!” quedará resonando en sus cabezas como parte de la banda sonora de la isla; pero a mí no me parece justo pagar 100.000 rupias (10 dólares) por un viaje de 20 km que a los balineses les cuesta 5000 (ni un dólar). Viajar desde Denpasar hasta Ubud cuesta 10 dólares en taxi (y no hay manera de que aflojen con el precio), nosotros nos tomamos dos bemos y, tras negociar bastante, terminamos pagando 25.000 rupias cada uno (3 dólares) y tardamos el triple de tiempo. Además de que no hay transporte directo entre un lugar y otro, es muy difícil regatear con los balineses. La separación que hay entre locales y extranjeros se siente y mucho.

El día siguiente decidimos alquilar una moto e ir a recorrer la isla por nuestra cuenta. Una sabia decisión. Aji me pidió que “me escondiera” mientras él preguntaba los precios ya que si lo veían conmigo inmediatamente iban a triplicar la suma (algo que tuvimos que repetir antes de entrar a cada restaurante, mercado o bemo). Pero, curiosamente, a los balineses no les gusta alquilarle motos a indonesios que viajan “solos” por miedo a que se las roben, así que tuve que hacer una aparición triunfal y mostrar mi cara de extranjera para que el dueño de la moto se quedara más tranquilo (algo ridículo, porque en todo caso yo también puedo ser una ladrona de motos en potencia, por más extranjera que sea) (igual no lo soy eh, aclaro). Pagamos 35.000 rupias por día (4 dólares, lo cual me parece un buen precio) y recorrimos la isla con total libertad (usando el GPS de mi celular para no perdernos).

* Pagá por rezar y no te olvides de alquilar un sarong (sobre la mala experiencia en Pura Besakih)

Una tarde decidimos visitar Tanah Lot, un templo donde podés ver el atardecer frente al mar… junto con otros dos mil turistas. Hace tiempo que no veía un lugar tan repleto de gente y la verdad es que me sentí un poco agobiada. Vimos una larguísima fila de gente y pensamos que estaban esperando turno para entrar al templo (después nos enteramos que no se puede entrar a Tanah Lot), pero no: estaban esperando su turno para “rezar” (tras pagar “una donación obligatoria” previamente).

Al día siguiente viajamos una hora y media en la moto para conocer Pura Besakih, el “Templo Madre” de Bali, el más importante y sagrado para los balineses. Pero una experiencia que debería haber sido placentera nos terminó poniendo de muy mal humor (especialmente a mí). Esto fue lo que pasó (y, por lo que leí después en muchísimos blogs, no fuimos los primeros que caímos, aunque por suerte nos salió barato).

Cuando llegamos nos cobraron la entrada oficial: él, 10.000 rp (un dólar, por ser “local”), yo 15.000 rp (un dólar y medio por ser extranjera) y 5000 rp (50 centavos) por el estacionamiento. Hasta ahí bien. Fuimos en busca del estacionamiento y vimos a un grupo de balineses que nos hacía señas para que frenáramos, así que supusimos que teníamos que dejar la moto ahí. Desde ya les digo que NO: si ven a estos hombres haciéndoles señas, parados al lado de tres o cuatro motos (las de otros tres o cuatro salames que cayeron como nosotros), sigan de largo, ya que el verdadero estacionamiento está más arriba.

Lo primero que nos dijeron estos hombres es que no podíamos entrar solos al templo y que teníamos que contratar a uno de ellos de guía por 50.000 rupias (5 dólares). Mi amiga Magda, que vive en Bali hace tiempo, está de novia con un balinés y pasó por la misma experiencia, me aseguró que NO se necesita guía para entrar a Besakih, así que les dijimos que no. Pero siguieron presionando, no de manera amable, y me enojé: “¡No queremos guía! Mi amiga es balinesa y me dijo que NO necesitamos guía”. A lo que uno me respondió, con muy mal tono, que entonces solamente podíamos ir hasta la puerta y teníamos terminantemente prohibido entrar al templo. Enseguida, otro de estos hombres nos ató un pseudo-sarong (pareo para entrar a los templos, aunque este era un pedazo de mantel o cortina más que un sarong de verdad) a cada uno en la cintura (a pesar de que llevábamos pantalones largos, ya que la función de este sarong es tapar las piernas) y nos cobró 10.000 rupias por cabeza por el alquiler (si bien un dólar parece poco, en Indonesia 10.000 rupias para alquilar un sarong es una barbaridad). Después vimos a muchísimas personas que entraron sin sarong sin problemas, así que también caímos en la trampa. Consejo: llévense un sarong propio o digan que tienen uno guardado en la mochila, pero no alquilen nada. Y según leí en otro blog, el alquiler de sarong está incluido en la entrada oficial.

Cuando llegamos a la base del templo, tras una caminata de 15 minutos, aparecieron más balineses que nos quisieron obligar nuevamente a contratar un guía “porque había una ceremonia adentro y no podíamos ir solos”. (Aclaración: estos hombres NO son guías oficiales, los guías oficiales se pueden solicitar en la oficina donde se paga la entrada y el precio que cobran es entre 20.000 y 40.000 rp, y hay otros, incluso, que no cobran nada). Dijimos que no y subimos la escalera principal, cuando llegamos a las rejas, un balinés nos cerró el paso y nos dijo, otra vez, que si no pagábamos no entrábamos. Nos pidió 50.000 rupias por persona (5 dólares cada uno) para hacer de guía. Un abuso total de poder. Yo estaba enojadísima y le respondí, en indonesio (para que viera que no soy “nueva”), que como mucho le íbamos a pagar 10.000 cada uno y ahí medio que se asustó (según Aji, que escuchó la conversación, le dijo al amigo “Uy, esta chica vive acá y sabe”). Le pagamos 10.000 porque no nos quedó otra (el tipo no se movía de la puerta) y en vez de hacer de guía (como hacían todos los demás) nos acompañó diez pasos adentro y se fue, enojado porque no le habíamos dado más plata.

Es una pena que un templo tan lindo y “sagrado” esté tan corrompido por estos hombres. Consejo: si van a Besakih niéguense a pagar un guía ya que NO es necesario ni obligatorio. Leí de gente que llegó a pagar 50 DÓLARES (!) por el guía y 20 dólares por el sarong. Sean firmes y NIÉGUENSE, no sigamos fomentando a esta gente.

* Souvenirs y money-money

Para cerrar mi catársis balinesa, dos cosas más.

Una, apenas nos bajamos del bus en Denpasar, un taxista me vio y me dijo “money money money!”, a lo que yo me reí sarcásticamente con una expresión de “¡Ah no!”. El tipo enseguida me dijo “pagi pagi!” (que significa “mañana” o “buen día” en indonesio) como para demostrar que me había querido decir “morning, morning!”. Ambiguo. Lo dejo ahí.

Muy cerca de este cartel (“she give money” escrito de manera rústica) había una mujer que pedía plata por enseñarte a rezar Bali-style

Y dos, el mercado de Ubud está repleto de remeras, sarongs, vestidos, esculturas, pinturas y souvenirs típicos de Bali. Los precios, nuevamente, fluctuan según la cara y de la manera más extraña: una mujer, después de verme con Aji y charlar un rato, me pidió 125.000 rupias (¡casi 15 dólares!) por un pantalón pescador y, unos puestos después, un hombre me pidió (sin que yo le preguntara) 15.000 rupias (un dólar cincuenta) por el mismo pantalón. Increíble.

Mientras caminaba por el mercado pensé en cómo el turismo generó esa necesidad de comprar el souvenir para poder decir “yo estuve ahí”, especialmente en destinos Best-Seller como Bali. ¿Acaso la experiencia es más creíble si uno tiene un objeto que mostrar? ¿Acaso es imprescindible llevarse a casa una estatua de Buda o una remera de I Love Bali para tener un “mejor” recuerdo del viaje? A mi me alcanza con las fotos, con las personas y con los momentos vividos. Hace tiempo decidí no comprar más souvenirs.

***

En la parte IV y final de mi relato por Bali, hablaré de todos esos pequeños detalles que hacen que una visita a Bali valga la pena, a pesar de todo. Por suerte encontré varios, así que esta serie de posts tendrá final feliz.

Asia de la “A” a la “Z”: G de Ghettos

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

G de Ghettos

Me atrevo a decir que todas las grandes ciudades los tienen. Hay, incluso, pueblos que nacen específicamente con el fin de ser ghettos. Estos lugares siempre me llamaron mucho la atención, pero los conocí más de adentro estando en Asia que durante mi viaje por América latina.

¿A qué me refiero con ghettos? A esos barrios/pueblos/sectores de una ciudad que están fabricados específicamente para el turista. Esas calles como Khao San Road en Bangkok, como Pham Ngu Lao en Saigón, como Jalan Malioboro en Yogyakarta o como el pueblo de Vang Vieng en Laos (donde saqué esta foto) donde los turistas se reúnen a comer, a comprar, a tomar, a dormir… y muchas veces no salen de ese perímetro durante todo el viaje.

Estos ghettos pueden ocupar pocas cuadras o un barrio (o pueblo) entero, y en general cuentan con los siguientes servicios (comprimidos en pocos metros cuadrados): hostels, hoteles y guesthouses con nombres en inglés, cibercafés, lavanderías, restaurantes de “comida occidental” (pizza, spaghetti, sandwiches, BBQ) que pasan películas o episodios de alguna serie yanqui, bares con promociones 2×1 o “Lady’s Night”, discotecas, cafés (como Starbucks), McDonald’s, Dunkin’ Donuts, tiendas de souvenirs, agencias de viajes que organizan tours o venden pasajes a precio turístico, minimarkets con productos occidentales,vendedores callejeros y shows “típicos”. Y tienen un solo idioma oficial: el inglés.

Son lugares que “en teoría” ofrecen todos los servicios que un turista/mochilero/extranjero puede llegar a necesitar durante su estadía, pero que, en mi opinión, pasan de ser meros “proveedores de servicios” a convertirse en destinos turísticos por sí mismos. Y esto me genera algunas reflexiones, positivas y negativas.

Primero, las positivas:

* Por un lado, estos distritos “mochileros” o turísticos son lugares que a mí, como extranjera en un país donde NO hablo el idioma, me dan cierta sensación de seguridad. Sé que NO son lugares auténticos, pero por lo menos me siento tranquila (especialmente cuando viajo sola) porque sé que ahí siempre habrá gente con la que puedo comunicarme sin demasiadas dificultades. Sé que si me meto en el barrio “mochilero” de una ciudad voy a estar entre gente que “está en la misma que yo” y con la que comparto ciertos preceptos culturales básicos que nos permiten entendernos sin sufrir el clásico shock cultural.

* Los ghettos turísticos, además, dan una sensación de seguridad porque son lugares donde la gente se comporta de manera predecible. Son lugares que no generan demasiadas sorpresas, porque se sabe qué es lo que se puede esperar y qué tipo de gente se puede encontrar. En general estos barrios se llenan de noche con familias que se reúnen a comer, amigos que se juntan a tomar un café o a tomar una cerveza… en conclusión: extranjeros que buscan relajarse después de un día de exploración en una cultura desconocida.

* En los ghettos mochileros existe cierta solidaridad entre viajeros. Es una solidaridad efímera que probablemente dure una cena, unos días o unas horas, pero existe. Sé que si voy sola a algún café, bar, restaurante o hostel siempre encontraré a un grupo de gente que me invitará a unirme a la charla con ellos.

Pero (se vienen las negativas):

* Estos barrios son lugares muy poco auténticos en cuanto a la cultura local del lugar. Los ghettos me parecen muy interesantes como fenómeno social, porque permiten ver cómo se comportan los extranjeros cuando están reunidos en otros países, pero NO son un reflejo auténtico de la cultura local. ¿Qué puedo saber acerca de la gastronomía local si voy un restaurante de comida occidental? ¿Qué puedo saber acerca de la gente local si solamente entro en contacto con ellos para comprar un tour o un souvenir? ¿Cómo puedo conocer de qué manera vive la gente si me voy a dormir a un hostel repleto de extranjeros?

* Y esta falta de autenticidad, en mi opinión, genera divisiones entre los locales y los turistas y fomenta prejuicios de ambos lados. Cuando fui a Vang Vieng (el lugar de la foto, un pueblito de Laos que no tiene nada que ver con el resto del país) sentí vergüenza ajena y bronca por el comportamiento de los extranjeros. ¿Así nos ven los laosianos? ¿Como borrachos que se divierten tirándose al río con latas de cerveza y compitiendo para ver quién tiene el estado más patético? En muchos casos, estos ghettos son la única oportunidad que tienen los locales para entrar en contacto con un extranjero, pero si el extranjero en cuestión está tan borracho que no ve y gasta plata a lo loco sin medirse, al habitante local le quedará esa imagen de los occidentales: “son ricos y estúpidos”. Y después tratarán al próximo basándose en esa experiencia con el anterior (y esto lo digo porque lo viví varias veces).

* Y, por último, como los ghettos dan seguridad en un país desconocido y son lugares que todas las guías turísticas (como la Lonely Planet) mencionan y recomiendan, muchos les dedican su estadía completa y no se dan la oportunidad de conocer todo lo que la ciudad o país tiene para ofrecer. Es mucho más fácil quedarse en un lugar donde todos hablan inglés y todo está al alcance de la mano, en vez de salir a caminar por la ciudad (o visitar pueblos fuera del mapa turístico) donde el desafío principal es hacerse entender con la gente local y sumergirse en una cultura desconocida.

Escuché a tantos mochileros que me dijeron que fueron a Laos pero que solamente conocieron Vang Vieng… y a mí Vang Vieng me pareció “lo peorcito” del país, porque no tuve ni una experiencia de contacto auténtico con la gente local como tuve en Savannakhet o Tha Khaek, pueblitos más chicos y muy poco turísticos del sur. Pero bueno, sé que eso ya queda a elección de cada uno: cada cual tiene sus motivos para visitar una ciudad, pueblo o país, y si la razón principal es para internarse en estos lugares, lo entiendo pero no lo comparto.

Y tras esta larguísima reflexión (que no sé de dónde salió, porque no tenía planeado escribir tanto) concluyo que, en mi opinión, los ghettos turísticos pueden ser lugares de utilidad (para conectarse a internet o relajarse en un ambiente “conocido”), pero que no deben ser tomados como LA razón principal para visitar un pueblo o ciudad. Usenlos, pero con moderación. O mejor ni los usen y hagan Couchsurfing. :D

Sin embargo, no me queda otra que aceptar que mientras haya turistas, seguirá habiendo ghettos.

Este es un tema que me interesa mucho, así que cuéntenme qué opinan, si encontraron también estos ghettos en otros continentes, cuáles fueron sus experiencias, cómo se sienten ahí, si se alojan/comen en estos lugares o no y por qué.

El policial más bizarro de mi vida (o Cómo me robaron la computadora y la cámara en un tren en Indonesia)

Como anticipé en mi página de Facebook, hace dos días casi doy por terminado el blog. El mismo día que llegué a Indonesia me tomé el tren nocturno de Jakarta a Yogyakarta, me quedé dormida y cuando me desperté me habían robado la computadora, la cámara y casi todo el efectivo que tenía. Diez horas después, recuperé todo. Pero fueron las diez horas más estresantes y bizarras de todo mi viaje.

Escena 1: Minutos después de El Robo (4 am)

[singlepic id=2328 w=800]

Me desperté de golpe, no sé por qué. Miré a mi alrededor: seguía en el vagón número dos del tren que iba de Jakarta (capital de Indonesia) a la ciudad de Yogyakarta (a unas 10 horas al este, en medio de la isla de Java). El tren estaba frenado en una estación, yo me había acostado en mi asiento y en el de al lado, que estaba libre, y me había quedado dormida por unos minutos. Y confieso que como estaba viajando en el tren “ejecutivo” (25 dólares el pasaje, contra 16 dólares del tren “económico”) me descuidé e hice algo que jamás hubiese hecho en Argentina (ni en cualquier otro tren): me dormí y dejé las cosas en el piso, al lado mío, pero en el piso. Pensé: estoy en Indonesia, no creo que pase nada.

Me desperté con una sensación de urgencia y mi instinto me hizo buscar mis cosas con la mirada inmediatamente. En mis pies tenía la mochila grande con toda la ropa, una mochila de mano con la compu y libros y un bolsito con la cámara y la plata. Miré el bolsito y me di cuenta enseguida: a la vista, estaba demasiado vacío, faltaba el bulto que hace la cámara (una Nikon D90 bastante grandota y pesada). Lo levanté y me temblaron las piernas: estaba demasiado liviano. Lo abrí y sí, la cámara ya no estaba.

Enseguida miré mi mochila de mano y temí lo peor. Conozco su peso de memoria y cuando la levanté me di cuenta de que lo peor se había cumplido: también se habían llevado mi computadora (una Mac que me compré el año pasado en Malasia). Rogué y rogué que fuese un mal sueño, pero no, estaba pasando de verdad: me habían robado mis herramientas de trabajo, los textos y las fotos de todo un año, mis borradores, mis proyectos, mis ideas. ¿Y para qué? Para que alguien, en pocas horas, borrase todo el disco duro y vendiese mis cosas a un extraño. (Nota: si bien tengo un backup de todos los archivos en un disco duro externo, ese disco está formateado para Mac y no se puede ver en PC, y la verdad que en este momento no me da ni cerca el presupuesto para comprarme una Mac nueva, osea que iba a ser lo mismo que no tener nada. Y la depresión que me iba a agarrar no me la iba a curar nadie).

Me acuerdo de ese momento y todavía me angustio. Empecé a temblar y me puse a gritar: “Someone stole my things! Someone stole my laptop and my camera, please, please help me!”. Se despertó todo el vagón y el guardia de seguridad del tren, un indonesio muy joven y flaquito, apareció enseguida y me preguntó qué había pasado. Con ayuda de la pareja indonesia del asiento de al lado, expliqué todo y ellos tradujeron. Mientras tanto, en cada silencio, decía en castellano (loca): “No, no, no, esto no puede estar pasando! Hijo de puta, qué hijo de puta, no puedo creerlo, agghhh HIJO DE PUTA!!!” Incluso llegué a decirle a los pasajeros: “Por favor si alguno de ustedes tiene las cosas, les doy toda la plata que quieran, pero por favor, tengo todo mi trabajo ahí”.

Varios pasajeros dijeron que habían visto a un hombre sospechoso que había estado caminando por el vagón, el guardia se comunicó con sus compañeros que estaban en la estación (el tren seguía frenado) y me dijo que iban a buscar al culpable afuera del tren. Yo pensé: ya está, chau computadora, chau cámara y chau plata (el tipo también me había robado unos 130 dólares que tenía en efectivo, parte en rupias indonesias, parte en dólares de Singapur y parte en dólares de EEUU). También pensé que si encontraban las cosas había muchas chances de que no me devolvieran nada.

Como el ladrón me dejó mi celular (y unas pocas rupias en efectivo, ¿para que me tome el taxi habrá sido?), enseguida llamé a mi novio (Aji —con jota de John, no con jota de ají, eh—, indonesio) para avisarle. Él estaba despierto esperando que se hiciera la hora para ir a la estación de Yogyakarta a buscarme (el tren iba a llegar a eso de las 4.45 – 5 am), así que se fue enseguida a la estación para hablar con los de seguridad y ver si podía ayudarme desde ahí.

El tren arrancó y perdí todas las esperanzas. Era obvio que el ladrón ya se había bajado y como yo no sabía exactamente a qué hora había sido el robo, era muy probable que ya estuviese bien lejos de la escena. Además, ¿cómo iban a saber quién era, entre tanta gente? Y si lo encontraban, yo ya iba a estar en otra estación, ¿cómo iban a avisarme? Sentí que todo iba a quedar en la nada, que me habían dicho que iban a buscar al culpable sólo para complacerme, pero que una vez que el tren arrancara, todo quedaría en el olvido.

No se me cayó ni una lágrima (al fin y al cabo son objetos y no es la muerte de nadie), pero igual temblaba de angustia y me sentía una estúpida por no haber cuidado mejor mis cosas.

Escena 2: Llegada a Yogyakarta y persecución (5 am a 7 am)

El tren llegó a Yogyakarta (destino final) unos 45 minutos después y yo ya daba todo por perdido. Mi novio apareció enseguida en el vagón con un amigo y con otro guardia de seguridad. Nos bajamos, le volví a contar lo que había pasado y me fui al baño. Cuando volví, Aji me dijo: “Encontraron al sospechoso en la estación anterior y lo tienen detenido en la comisaría del pueblo, pero todavía no abrieron su mochila. Vamos ya para allá”.

[singlepic id=2330 w=800]

Así que nos fuimos en el auto: Aji, su amigo que lo había acompañado a la estación, el guardia de seguridad del tren y yo. Fueron las dos horas más largas de mi vida. Pensaba: ¿será el ladrón? ¿estarán mis cosas? ¿me las darán o se harán los vivos? A mitad de camino nos avisaron que, efectivamente, habían encontrado una computadora, una cámara y efectivo en la mochila del detenido. Al parecer uno de los guardias de seguridad del tren ya lo había fichado de antes y cuando le informaron acerca del robo, ni lo dudó y se fue en busca de este hombre. Lo persiguió en moto, y cuando lo encontró, el tipo ya estaba en la parada esperando el colectivo para irse a su casa y fugarse con mis cosas para siempre. El guardia de seguridad (vamos a decirle El Héroe) se jugó, siguió su instinto y acertó, porque si se hubiese equivocado, el culpable hubiese desaparecido y ahí sí chau cosas, chau blog, chau todo.

Lo que fue una eternidad después, llegamos a la estación de tren donde habían agarrado al tipo y entramos a la comisaría correspondiente.

Escena 3: Interrogatorio, llanto y devolución (7 am a 1 pm)

Los policías se presentaron uno por uno (primero había unos cuatro o cinco), me pidieron mi pasaporte y me dijeron que denunciara exactamente lo que me faltaba. La lista era la siguiente: Nikon D90, laptop Apple + cargador, 1 millón de rupias (que parece muchísimo pero son aproximadamente 100 dólares), 25 dólares y 14 dólares de Singapur (algo así como 12 dólares de EEUU).

Al rato (porque todo llevaba laaaargos minutos) me llevaron a otro cuarto y me mostraron una mochila. La abrieron y adentro estaba todo. TODO. De ahí pasamos a otra oficina donde me sentaron y me dijeron que necesitaban quedarse con las cosas para usarlas como “evidencia” para poder arrestar al tipo (lo tenían detenido en la oficina de al lado) y que el proceso llevaría entre 40 y 60 días. Recién después de que terminara el juicio iban a poder devolverme las cosas (pero como la visa turística en Indonesia dura un mes, era obvio que yo ya no iba a estar ahí y que las cosas se iban a “perder”).

En ese momento apelé a una de las armas femeninas más poderosas por excelencia: EL LLANTO. No pude contenerme y me largué a llorar, les dije que yo trabajaba con eso, que era escritora y fotógrafa, que escribía un blog, que vendía fotos, que por favor, que ahí tenía todo, que era mi trabajo. Aflojaron un poco y me dijeron que, “dadas las circunstancias”, iban a ver qué podían hacer. Me sirvieron té y un desayuno y me pidieron que me tranquilizara.

Tuvimos que esperar dos horas a que llegara otro oficial que al parecer hablaba inglés y me iba a explicar cómo era el proceso (hasta ese momento, Aji oficiaba de traductor). En ese rato estaba desconsolada, no podía creer que las cosas estaban ahí, tan cerca de mi mano, pero que no me las iba a poder llevar. Si no podía recuperar mi compu y la cámara, daba lo mismo que hubiesen atrapado al tipo o no, y creo que era aún peor saber que las cosas estaban ahí pero que las tenía que dejar.

Me dije a mí misma y le dije a Aji: Juro pero re juro que no me voy de esta oficina sin mi computadora y mi cámara, si es necesario apelaré a más llanto, a la embajada argentina, al escándalo y (si nada funciona) a la coima. La Policía indonesia también tiene fama de corrupta, pero como no sé muy bien cómo funcionan las cosas acá le pregunté a Aji qué opinaba él; si lo único que querían era plata, mi plan era decirles que se quedaran con los 130 dólares y me dieran el resto, y si eso no funcionaba, iba a llamar a la embajada para que me asesoraran. Aji me dijo que llorara un poco más si era necesario pero que lo dejara tantear la situación para ver qué onda. Y eso hizo, no sé qué les dijo, pero al rato (lo que me pareció una eternidad después) me dijeron que sí, que iba a poder llevarme mis cosas, pero que necesitaban quedarse con alguna evidencia para arrestar al tipo (no sé si esto es cierto o no) y me preguntaron con qué plata quería quedarme: con las rupias, con los dólares o con los dólares de Singapur. Elegí las rupias (100 dólares) y ellos se quedaron con 35 dólares “de evidencia” que, en teoría, “van a devolverme una vez que termine el proceso”. Ni me importa. Comparado con todo lo que podría haber perdido, 35 dólares no es nada.

Me tomaron toda la declaración, me sacaron fotos con los objetos robados, me hicieron muchas preguntas y unas 10 horas después del robo salí de la comisaría con la cámara, la computadora, parte de la plata y una sensación de que no podía creer todo lo que había pasado.

[singlepic id=2332 w=800] Happy Ending

El Bis-Bizarro: Preguntas, almuerzo y sesión de fotos

Hasta acá todo normal, como cualquier historia policial. Pero voy a recordarles dos cosas: soy una “bule” (extranjera occidental) en Indonesia y tengo un imán para lo bizarro. Así que entremedio de estas escenas pasaron otras cosas que le dieron bastante más gracia al asunto.

•    Primero, los policías (había como diez y una sola mujer) pensaban que Aji era “mi guía turístico” (???). Cuando dijo que era mi novio, inmediatamente empezaron a hacer preguntas: ¿y cómo se conocieron? ¿por Facebook? ¿por chat? ¿y hace cuánto tiempo que están juntos? ¿y cuándo se casan? Creo que les interesaba más eso que el robo en sí. Cuando nos fuimos de la comisaría, uno de los policías nos dijo “I support you!” (como diciendo que apoya nuestra relación) y el jefe superior me dijo, adelante de todos: “Bueno, y a ver si se casan pronto eh”.

•    Otro policía, el que nos hizo compañía mientras esperábamos a que llegara el que hablaba inglés, me mostró fotos de su mujer y de su hija, me dijo por señas que los indonesios eran “bien machos” (mejor ni describo esta parte), se sacó autofotos conmigo y, a pesar de todo, me hizo reir y le sacó tensión a la situación.

•    En algún momento, en la comisaría aparecieron dos que eran policías encubiertos. El jefe de la comisaría me preguntó si tenía hermanas, y cuando le dije que una de ellas tiene 18, me dijo LISTO, decile a tu hermana que venga a Indonesia que acá ya tiene novio (Daf, estás avisada, un agente secreto indonesio quiere tu mano).

•    Me sacaron demasiadas fotos y sospecho que no fue tanto por una “necesidad oficial” sino porque soy una bulé en Indonesia (y un bule —extranjero/a blanco/y y rubio/a— en Indonesia genera revuelo y admiración).

Finalmente, Aji y yo volvimos a Yogyakarta en una camioneta con siete de los policías. En el camino nos preguntaron dónde nos conocimos, después frenamos todos juntos para almorzar y, cuando llegamos, nos sacamos una foto grupal.

Qué día surrealista.

[singlepic id=2331 w=800] El que sonríe es el guardia de seguridad que me ayudó en el tren apenas me robaron.

[singlepic id=2325 w=800] Almorzando comida indonesia en la ruta (que, al margen, fue una de las rutas más lindas que recorrí, rodeada de plantaciones de arroz y mucho verde).

[singlepic id=2326 w=800] El team (el de gorra es el que agarró al tipo)

[singlepic id=2327 w=800] El team y yo con mi cara de “hace mil horas que no duermo” y el policía de atrás que me está dando de comer manzana (?)

Y aunque no lo crean, esto me hace querer aún más a Indonesia.

***

MÁS FOTOS DE ÚLTIMO MOMENTO:

Esta foto la saqué (a escondidas con el celular) después de que me dijeran de que iban a tener que quedarse con mis cosas como evidencia por 60 días. Quería tener alguna prueba para poder recuperarlas en el futuro.

La autofoto que se sacó el policía conmigo (con mi celular)

Y esta foto me la mandó un periodista indonesio por Facebook, es de no creer. La sacaron cuando detenían al tipo. Si se fijan bien, el policía de la izquierda es el mismo que se sacó la autofoto conmigo. Es más bizarro que un policial de Woody Allen.

Llueve en China

Llueve en China. Y a mí me cuesta escribir. Imaginen esa escena trillada de película donde la lluvia cae y la protagonista mira por la ventana hacia afuera, con expresión melancólica, mientras apoya el codo sobre el marco de la ventana y la pera sobre la palma de la mano. Así estuve esta última semana, aunque sin la parte de mirar por la ventana. Con escuchar la lluvia me alcanza.

Podría contarles todo lo que no pude ver por culpa de la lluvia, pero no quiero pensarlo demasiado. Me siento en Vietnam parte II, otra vez los días grises. Porque un día de lluvia, cuando uno está viajando con los días contados (por una visa, por un pasaje de vuelta o por la razón que sea), es un día perdido y por ende un día gris, casi negro. Desde que me nevó en Kunming (digo “me nevó” porque estoy segura que esa nieve me la dedicó Dios, ya que Kunming es famosa por ser la ciudad “de la eterna primavera”) la lluvia no paró.

[singlepic id=2230 w=800] En Guilin, donde la lluvia y la niebla no me dejó ver demasiado lejos…

De Xijiang, aquel ex pueblito sin nombre, me fui a Congjiang, también en la provincia de Guizhou, con el plan de hacer village-hopping como le dicen. Ir de aldea a aldea. Caminar por pueblitos entre terrazas de arroz. Conocer a la gente local. Ah, pero la lluvia, la bendita lluvia. Ustedes pensarán que un poco de agua no le hace mal a nadie, pero acá el agua trae dos cosas: frío y niebla. O sea que por más impermeable que me ponga, es imposible ver el paisaje. Y la verdad es que para eso vine, en busca de paisajes. Así que me perdí varios lugares “espectaculares” que quería ver. Siempre me digo, para consolarme, “será la próxima”, pero ¿habrá próxima? Uno nunca sabe. Ojalá que sí.

De Congjiang me tomé el colectivo a Guilin, en la provincia de Guangxi, y pensé: Quiero volver al ex pueblito sin nombre, donde había turistas pero nadie me daba demasiada bola. Guilin es un lugar extremadamente turístico y la banda sonora callejera es algo así: lady! lady! hello, motorbike, lady, here lady, bamboo boat, lady lady where you go, cheap tour for you, lady, leiidiii !! Ponganlo en repeat y se darán una idea de lo que significa caminar por la calle siendo extranjera. Cansa, les juro que después de un año cansa.

[singlepic id=2219 w=800] “A picture with the birds, lady?”

[singlepic id=2220 w=800] La calle turística en Yangshuo, al sur de Guilin

[singlepic id=2237 h=800] Messi presente (creo que si no fuese por él, nadie nos ubicaría en el mapa)

[singlepic id=2231 w=800] McDonald’s presente…. creo que esta foto representa muy bien cómo un pueblito pasa a ser un destino turístico internacional.

Hacer viajes largos tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Las buenas, ya saben, conocer conocer y conocer. Las malas, que a veces todo parece repetirse, o mejor dicho, aparece esa sensación de “¿realmente quiero ver otro templo/río/mercado/buda/whatever?” Y a veces la respuesta es no. Pero un viaje (largo o corto) tiene algo que me gusta, eso de “no me importa si no veo tal o cual lugar, porque en Laos —ejemplo— conocí a los monjes budistas más buena onda del mundo o porque en China —otro ejemplo— tomé el té con las mujeres de una minoría. Y eso no se compra con ningún tour.

Así que para cerrar el viaje por el sur de China me fui a Yangshuo, a una hora y media de Guilin. Y si este lugar tiene fama, es por algo. Estuve cuatro días y solamente me llovió uno, así que me alquilé una bici y me fui a andar sin rumbo a orillas del río, entre montañas y por el barro de las plantaciones de arroz. Me embarré completamente, me perdí entre aldeas, obvio (creo que “viajar es perderse por el mundo”) y, como siempre, aparecieron esas personas caídas del cielo que me mostraron el camino. En chino y todo.

[singlepic id=2223 w=800] Andar en bici por medio de este paisaje “no tiene precio” (o sí, 10-20 yuan por el alquiler de la bici, pero el paisaje no se paga)

[singlepic id=2232 w=800] Tras 45 minutos de pedalear y pedir indicaciones, llegué a esta montaña conocida como Moon Hill, subí unos 800 escalones y me choqué con esta vista…

[singlepic id=2234 w=800] Más tarde frené al costado de la ruta y me encontré con este amigo que me miraba (soy búfalo en el horóscopo chino, ¿tendrá que ver?)

[singlepic id=2236 w=800] El camino me llevó entre casitas y plantaciones de arroz

[singlepic id=2226 w=800] Cada vez que veo una casita así, en medio de la naturaleza, me pregunto: ¿y si me quedo acá para siempre?

[singlepic id=2227 w=800] O tal vez largo todo y me pongo a cosechar arroz…

[singlepic id=2238 h=800] Caí en esta aldea histórica de casualidad. No había ni un solo turista ni tampoco la encontré en el mapa…

[singlepic id=2225 w=800] Seguí pedaleando en busca del río Yulong y me perdí. Le pedí indicaciones a esta mujer (le mostré un papelito en chino donde decía “dónde está el Yulong River” y me hizo señas de que la siguiera. Me guió durante unos 10 minutos con su bici y sus bebé en la espalda. Pasamos por unos paisajes irreales, llenos de árboles otoñales y hojitas por el piso, pero no pude frenar para sacar fotos porque tenía miedo de perderla (y de perderme otra vez).

[singlepic id=2233 w=800] Un poco más adelante apareció este hombre que me señaló dónde quedaba el río y me cruzó en su balsa de bambú hacia la otra orilla.

[singlepic id=2235 w=800] Y, por fin, el río.

Hoy pasé mi último día en lo que se conoce como mainland China (toda China sin incluir Hong Kong ni Macau) con mi querida amiga Journey en Foshan, su ciudad natal, a dos horas y media de la frontera con Hong Kong y Macau. Me llevó a conocer la atracción principal de Foshan (escuchen esta): The Toilet Waterfall (“La cascada de inodoros”). Cuando me adelantó que me iba a llevar al “Toilet World” pensé que íbamos a ver precios de artefactos de baño en un símil Easy Home o Barugel, ¡jamás me imaginé esto! Creo que ahora entiendo por qué Journey es tan personaje: ¡viene de una ciudad donde hay inodoros en cascada!

[singlepic id=2228 w=800] Journey frente a la cascada de inodoros (Foshan es famosa en China por sus trabajos en porcelana y cerámica… y por sus inodoros, bidets, bañaderas y lavatorios).

[singlepic id=2240 w=800]

[singlepic id=2239 h=800]

[singlepic id=2229 w=800] Ver para creer. Me hizo reir muchísimo.

Fue un gran epílogo para este mes de travesía por China.

Y hoy, en este día gris de marzo, les confieso que estoy un poco cansada de tanto ir y venir. Un poquito nomás eh, no estoy diciendo que esto se termina. Quiero que mi vida sea un viaje constante, pero con algunas pausas en el medio como para “recobrar el aliento”, ahorrar y seguir disfrutando y conociendo.

No va a haber China parte dos, no en este momento. No me da el presupuesto ni la energía para seguir viajando ahora. Así que me quedo diez días en Macau, con mis amigos, y después vuelvo a Indonesia para quedarme allá un tiempo. Igualmente sigan atentos, que tengo muchas cosas para escribir y contar. Como dije, esto no termina acá.

[singlepic id=2221 w=800]

[box]Datos útiles para visitar Yangshuo:

  • Colectivo de Guilin a Yangshuo: ¥18 (aprox 3 USD), sale cada media hora y el viaje dura una hora y veinte.
  • Alojamiento: una cama en un dormitorio compartido cuesta ¥20 (3.5 USD), un cuarto privado en un hostel desde ¥60.
  • Alquiler de bicicleta: desde ¥10 (USD 1.5) por día.
  • Comida: depende dónde y qué se coma, pero entre ¥5 (un plato de noodles) y ¥15 (verduras con arroz), de ¥20 para arriba si es con carne. Botella de agua de medio litro: ¥2.[/box]

ex pueblito sin nombre

Mientras iba en el tren de Kunming (capital de la provincia de Yunnan) a Kaili (en la provincia vecina de Guizhou) pensaba: En pocas horas voy a estar en un pueblito en medio de las montañas, en uno de esos lugares ocultos que pocos conocen, donde voy a caminar sin turistas a la vista por medio de las terrazas de arroz, donde la gente local me va a mirar sorprendida (¿qué hace una extranjera por acá? ¿cómo nos encontró?) y las mujeres me van a invitar a tomar el té.

Qué ingenua.

El tren llegó a Kaili antes de lo prometido. Trece horas que se me pasaron demasiado rápido. Debo haber dormido por lo menos once horas seguidas, iba tan cómoda y calentita que, después de la nevada sorpresiva de Kunming, casi no me quise bajar. Kaili no me pareció especial así que me fui derecho a la estación de colectivos de larga distancia (en el transporte público, ya aprendí todas las mímicas necesarias para preguntar si este colectivo me lleva a donde quiero ir, soy una genia) (?) y me tomé el minibus a Xijiang, dicho pueblito escondido a dos horas de distancia.

[singlepic id=2206 w=800]

En este viaje a China decidí prescindir de la Lonely Planet en versión papel. Primero, porque es demasiado pesada y grandota para estar cargando de un lado a otro (por no decir que es un bodoque y yo ya no tengo espacio en la mochila); segundo, porque la tengo en pdf y la leo en la computadora, aunque no es lo mismo que tenerla en la mano en las situaciones complicadas. Pero sobrevivo. El tema es que la que tengo en pdf es del 2007, así que mucha información está bastante desactualizada. SIN EMBARGO (para no sentirme tan mal), en el hostel de Kunming encontré una copia de la última versión y la consulté también, para ver si seguía diciendo lo mismo acerca de este pueblito. Sí, algo así como “vas a ser el único extranjero en este pueblo divino, bla bla”. Así que decidí ir.

[singlepic id=2210 w=800]

La provincia de Guizhou es una de las más pobres del país y una de las menos visitadas por los turistas extranjeros; sin embargo, tiene una riqueza cultural enorme, ya que en este territorio conviven más de treinta grupos minoritarios, cada cual con sus vestimentas típicas, festivales, mercados, comidas, costumbres. Alrededor de Kaili hay muchísimas aldeas minoritarias que se pueden visitar, pero como yo tengo poco tiempo, decidí elegir Xi Jiang por esto de que es “una joya oculta”.

Pero apenas llegué me encontré con otra cosa.

Prueba #1 de que a Xi Jiang ya lo conocen todos: en el acceso principal a la aldea hay un puestito con una barrera donde cobran 60 yuan (casi 10 dólares) de entrada a los visitantes.

Prueba #2 de que a Xi Jiang llegan decenas (o tal vez cientos) de turistas todos los días: apenas te bajás del colectivo tenés que, obligatoriamente, cruzar un puente. Y ahí te espera la fiesta: hombres y mujeres Miao (la minoría que habita esta aldea) vestidos con sus ropas tradicionales te reciben con música y cantos y no te dejan pasar a menos que te tomes dos shot del alcohol que producen en la aldea: el primero te lo ofrece un hombre en un cuenco y el segundo te lo da una mujer servido en un cuerno de búfalo. Igualmente con el frío que hace no viene mal.

[singlepic id=2194 w=800]

[singlepic id=2195 w=800]

Prueba #3 de que Xi Jiang ya no es lo que era: todos los días en el centro de la aldea, hombres y mujeres locales hacen un show de tambores, cantos, bailes y entretenimiento para los turistas que se congregan a mirar. Incluso invitan a dos hombres de la audiencia a que se disfracen y se sumen al show.

[singlepic id=2201 w=800]

[singlepic id=2202 w=800]

Prueba #4 de que Xi Jiang crece cada vez más como destino turístico alternativo: vi varios hoteles y guesthouses pero lo que más me llamó la atención fue que la calle principal tiene SOLAMENTE negocios de souvenirs. Cuadras y cuadras de souvenirs y nada más. Y además hay un transporte especial para llevar grupos de turistas de un lado a otro (como un carrito de golf pero para 10-15 personas).

[singlepic id=2217 w=800]

[singlepic id=2196 w=800]

Según lo que leí, este desarrollo turístico es muy positivo para la aldea. En años anteriores, muchos Miao emigraron a las grandes ciudades chinas y se terminaron acoplando a la mayoría Han (a la que pertenece más del 90 por ciento de la población) y por ende perdieron sus tradiciones y su cultura. La llegada de los turistas a Xi Jiang no sólo los ayuda a sobrevivir, sino que los incentiva a cuidar sus tradiciones y a utilizarlas como atractivo turístico. Por un lado me parece muy bien, pero por otro me pregunto: ¿el turismo les hace perder autenticidad? o, al contrario ¿el turismo “potencia” su autenticidad? Todavía no me decido.

En mi caso, ver tanto turista en este pueblito que alguna vez fue tan genuino me reforzó una certeza: viajo en busca de lo auténtico, de lo que se esconde detrás de escena, de los momentos naturales y espontáneos. No viajo para ver máscaras, sino para ver las caras que se ocultan debajo. Y a veces las encuentro y otras veces no.

***
Cosas que me gustaron de Xi Jiang:

– caminar entre medio de las terrazas de arroz

[singlepic id=2204 w=800]

[singlepic id=2205 w=800]

– ver a esta nena sirviéndole pepsi al papá en una tapita

[singlepic id=2215 w=800]

– cruzarme con búfalos y caballos en medio del pueblo

[singlepic id=2197 w=800]

[singlepic id=2214 h=800]

– ver a los hombres concentradísimos jugando a las cartas (y descuidando sus negocios)

[singlepic id=2200 w=800]

– ver trabajar al peluquero barbudo en la vereda (parecía sacado de una película)

[singlepic id=2216 h=800]

– ver todo el pueblo iluminado de noche

[singlepic id=2203 w=800]

– ver a los hombres con sus gorros de piel y sus pipas sentados en la calle

[singlepic id=2218 w=800]

– sentarme en un puesto de comida local, pedir noodles con algo que, a simple vista, pensé que era queso, para darme cuenta de que era todo menos queso (todavía no descifro exactamente de qué se trataba: visto de afuera parece queso cremoso, pero la consistencia es muy blanda para ser queso y el sabor… no es sabor a queso).

[singlepic id=2208 w=800]

[singlepic id=2207 w=800]

– ver el nene con el pantalón abierto (así lo usan todos los nenes acá, para hacer sus necesidades en la calle más fácilmente)

[singlepic id=2211 h=800]

– y encontrar un ejemplar del “pato-cartera”: cuando estaba en el mercado local escuché varias veces un CUAC CUAC CUAC desesperado cerca mío. Primero pensé que era un sonido de mentira, un juguete (como el sonido a gato que hacen en la calle Florida en Buenos Aires), pero cuando miré hacia abajo lo vi: el pobre pato iba colgado cual cartera de la mano de esta mujer que hacía las compras con la compañía de su mascota patuna.

[singlepic id=2212 h=800]

Xijiang puede estar turistizado… pero no fue tan terrible después de todo. Por suerte, incluso en el lugar más turístico, siempre existirán estos momentos espontáneos.

[singlepic id=2209 w=800]

Sobre paraísos e infiernos: Luang Prabang y Vang Vieng

No creo en las dicotomías pero a veces me encuentro con dos lugares a pocas horas de distancia que me parecen tan opuestos que me tienta la idea de describirlos como paraísos e infiernos personales.

Sin embargo, como digo siempre, lo que a mí me pareció fascinante, a otro podrá parecerle aburrido y lo que a mí me pareció decadente, a otro podrá parecerle muy divertido.

Además el infierno y el paraíso como tal no existen: nosotros le damos esas categorizaciones en nuestra mente según nuestro estado de ánimo y experiencia.

Por eso no se dejen convencer demasiado por lo que digo y, si tienen la posibilidad, experiméntenlo por su cuenta y saquen sus propias conclusiones.

I. El Paraíso (o el Infierno): Luang Prabang

[singlepic id=1579 w=850]

Luang Prabang es uno de esos lugares que, si bien está muy preparado para el turista, sabía que me iba a gustar.

Casitas coloniales francesas mezcladas con construcciones locales de madera, mercados al aire libre, vendedoras callejeras de frutas y verduras, atardeceres sobre el río, buffets nocturnos de comida local con platos llenos hasta desbordar, cafecitos donde sentarse a leer, librerías donde sentarse a tomar un café, tambores que suenan desde las 5 am y monjes budistas que salen descalzos de los templos a juntar las ofrendas de comida que la gente local les prepara cada mañana, gatos simpáticos y fotogénicos, calles tranquilas donde se puede caminar despacio y sin interrupciones, festivales de cine, gente feliz (o que al menos lo parece), recorridos en bicicleta, caminatas en paralelo al río Mekong, tranquilidad.

[singlepic id=1570 w=850]

[singlepic id=1571 w=850]

El viaje a Luang Prabang fue rapidísimo y cómodo, todo en transportes locales.

Salí del pueblito sin mapa a las 10 am y después de un barquito, un viaje en minivan y un trayecto en tuk-tuk llegué a la ciudad antes de las 3 de la tarde.

Sin ningún tipo de guía (más que una mujer que me vio con la mochila y me dijo “cheap guesthouse that way”) encontré un hostel muy lindo y barato (me encanta cuando me pasa eso), construido en una casa antigua que en algún momento de su existencia perteneció al rey de Laos.

Me alquilé una bici y recorrí la ciudad, Patrimonio de la UNESCO por sus construcciones coloniales y su aura histórica.

Miré el atardecer sobre el río desde una montaña, caminé por el mercado nocturno (donde no compré nada pero por lo menos vi productos distintos a los que venía encontrando en el resto del Sudeste Asiático), comí hasta reventar en el buffet (tan rico), intercambié libros (terminé de leer [eafl id=”22904″ name=”Mr Nice” text=”Mr. Nice, la autobiografía de Howard Marks”], el hombre más buscado por la policía británica y lo cambié por [eafl id=”22905″ name=”Self: Yann Martel” text=”Self, de Yann Martel”], una autobiografía ficticia que por ahora me está gustando) y escribí.

Luang Prabang es uno de esos lugares donde podés hacer “de todo” (hay decenas de agencias que ofrecen tours a las cuevas, viajes en barco, avistaje de elefantes, saltos en las cascadas) o donde podés no hacer nada en especial más que caminar y respirar el ambiente.

Y para mí, que soy fanática de las ciudades coloniales, no me es necesario “hacer algo” en un lugar así: con caminar y sacar fotos me sobra.

Es una ciudad muy turística, es cierto, pero siento que es una parada obligada dentro del circuito de ciudades coloniales del Sudeste Asiático.

[singlepic id=1563 w=850]

[singlepic id=1564 w=850]

[singlepic id=1565 h=850]

En Luang Prabang por fin me decidí a coleccionar algo que me venía tentando hacía tiempo: cartas (naipes).

En todos los países asiáticos que visité siempre me llamó la atención el mismo elemento: cartas sueltas tiradas en la vereda, en medio de la calle o sobre el pasto, a veces boca arriba, a veces boca abajo, sucias, pisadas por los autos y la gente, olvidadas y abandonadas, casi siempre solas, como si alguien hubiese perdido un partido y las hubiese tirado al piso con furia para no verlas nunca más.

Me propuse juntar una por ciudad, solo una, hasta completar un mazo de cartas encontradas por el mundo.

En Luang Prabang encontré la primera: el dos de trébol.

La vi tirada al borde de la calle, como ya vi a tantas otras, pero esta vez la levanté, no sé por qué.

Fue un impulso.

La limpié y le escribí, del lado de las figuras: #1, Luang Prabang, Laos (03/12/2010).

Tal vez algún día complete mi baraja.

Tal vez nunca.

Pero mientras siga viajando, seguiré llevándome un pedacito de ciudad de cada país.

[singlepic id=1575 w=850]

[singlepic id=1574 h=850]

[singlepic id=1576 h=850]

[singlepic id=1568 h=850]

[box]Datos útiles para visitar Luang Prabang:

•   Transporte: bus desde Nang Khiaw (norte del país) 35.000 kip (3-4 horas), tuk-tuk desde la estación de LP hasta el centro de la ciudad 10.000-15.000 kip por persona. Alquiler de bicicleta en Luang Prabang 15.000-20.000 kip por día. (1 USD equivale a 8000 kip).
•    Alojamiento: desde 30.000 kip (aprox USD 4) por una cama en un dormitorio compartido (Spicy Laos Backpackers) con wi-fi, internet, café y té; o 60.000 kip por una habitación doble.
•    Comida: buffet vegetariano nocturno 10.000 kip por persona (MUY recomendable), pollo/pescado/carne asada por 10.000 kip la porción. Licuados de fruta por 5000 kip, café por 5000 kip, botella de agua de litro y medio 5000 kip. Sandwich en la calle desde 10.000 kip.[/box]

[hr]

II. El Infierno (o el Paraíso): Vang Vieng

[singlepic id=1589 w=850]

Vang Vieng es uno de esos lugares que, si bien está muy preparado para el turista, sabía que no me iba a gustar.

Cuatro o cinco cuadras de negocio tras negocio tras negocio (de ropa, de souvenirs, de cosas innecesarias que sólo hacen bulto en la mochila), guesthouse tras guesthouse (no vi ni una casa local) restaurantes de pizza/pasta/sandwiches con “Special High Menu”, extranjeros borrachos y/o drogados a toda hora, tubing por el río de bar en bar, gatos de todos los colores (y no exactamente animales), dobles de Lady Gaga y Paris Hilton, muchos anteojos de colores, calzas de leopardo y cuerpos con pintura fluorescente, gritos y música electrónica, restaurantes pasando capítulos de Friends 24 horas al día y gente mirando capítulos de Friends en estado vegetativo durante 24 horas al día, mucho panqueque de banana y hamburguesas.

[singlepic id=1590 w=850]

[singlepic id=1591 w=850]

[singlepic id=1585 w=850]

[singlepic id=1587 w=850]

El viaje desde Luang Prabang fue larguísimo (las cinco horas que prometían se convirtieron en ocho o nueve, ya ni sé), en un bus “VIP” que no tenía aire acondicionado ni ventanas, por lo cual casi muero asfixiada, y haciendo zig-zag constante por las montañas con varios casi-choques de frente.

El ambiente de este colectivo me llamó la atención: compartí el trayecto con gente que no vi en ningún otro lugar del Sudeste Asiático más que en las islas del sur de Tailandia, viajeros que llegan a Tailandia para ir a la Full Moon Party, de ahí pasan a Halong Bay (Vietnam) y por último a Vang Vieng para pasar el resto de sus vacaciones.

Cuando llegamos a Vang Vieng (viajé con un argentino, un español, una suiza y un belga) todo estaba lleno y nos quedamos en lo que debe ser el guesthouse más rústico de tu vida con el colchón más duro de tu vida.

El pueblo de Vang Vieng no vale nada: no hay cultura laosiana ni autenticidad.

Debe haber más extranjeros que gente local y la consigna parece ser emborracharse/drogarse hasta no ver.

Lookeados como para ir a una rave (fiesta electrónica) y sin ningún tipo de respeto por las costumbres locales, las mujeres caminan en bikini por la calle y los hombres sin remera, algo que no es bien visto en países tradicionales como Laos.

Pero este pueblo debe ser como el huevo y la gallina: pareciera que fue creado especial y exclusivamente para este tipo de gente.

[singlepic id=1588 w=850]

[singlepic id=1594 w=850]

[singlepic id=1593 w=850]

La principal “atracción” de Vang Vieng es el tubing: consiste en alquilar un salvavidas/gomón redondo para sentarse y bajar los 3 km del río Nam Song frenando de bar en bar.

Al llegar al punto de salida, te reciben con una bandeja llena de shots de whisky, como para entrar en calor.

La bajada al río se hace obligatoriamente desde el primer bar, donde muchos ya compran el balde de alcohol inaugural.

Durante los primeros 500 metros habrá unos 15 bares a ambos lados del río, todos te hacen señas para que frenes y bajes ahí para seguir tomando alcohol y vuelvas al río completamente borracho.

Muchos no llegan ni al tercer bar.

Para varios es lo mejor del viaje.

Yo prefiero sentarme a tomar una Beerlao (la cerveza nacional) en la terraza de un bar mirando la ciudad. El paisaje es lindo, pero después de los paisajes que vi en los pueblitos del norte, no me pareció nada especial.

Vang Vieng es una de las principales paradas dentro de lo que informalmente se conoce como el Banana Pancake Trail —una ruta turística delineada (tal vez inintencionalmente) por la Lonely Planet— uno de esos pueblos que más que ser parte de Asia son una réplica en miniatura de lo más decadente de la cultura occidental.

Estuve dos noches y huí.

Fue suficiente.

No estaba en mis planes ir a este lugar, pero pensé que tal vez estaba siendo demasiado prejuiciosa, que tenía que darle una chance, que podía ser divertido.

Y no, no hice más que corroborar lo que pensaba: me pareció lo más aburrido de Laos que vi e hice hasta ahora.

El tubing estuvo bien, pero para mí hubiese estado mejor sin bares de por medio.

Y en Vang Vieng no encontré ninguna carta, así que no me llevé nada de este pueblo.

Excepto tal vez este atardecer.

[singlepic id=1582 w=850]

[singlepic id=1586 w=850]

[box]Datos útiles para visitar Vang Vieng:

•    Transporte: desde Luang Prabang hasta Vang Vieng alrededor de 100.000 kip en VIP bus (lo de VIP tiene menos de VIP que un transporte local). Alquiler de bicicleta en Vang Vieng: 20.000 kip por día. Bus de Vang Vieng a Vientiane: 50.000 kip.
•    Alojamiento: habitación doble desde 40.000 kip.
•   Comida: hamburguesas callejeras desde 25.000 kip, licuados de fruta 5000 kip, desayunos desde 25.000 kip. Platos locales por 10.000 kip.
•    Tubing: 55.000 kip por persona (precio fijo con tuk-tuk incluido hasta el punto de inicio del tubing) + un depósito de 60.000 kip que se reintegra al devolver el salvavidas. Si se devuelve después de las 6 pm hay que pagar una multa de 20.000 kip. Alquilan bolsitas impermeables por 20.000 kip para llevar la plata por el río. Cerveza por 15.000 kip y baldes desde 30.000 kip.[/box] 

Privacy Settings
We use cookies to enhance your experience while using our website. If you are using our Services via a browser you can restrict, block or remove cookies through your web browser settings. We also use content and scripts from third parties that may use tracking technologies. You can selectively provide your consent below to allow such third party embeds. For complete information about the cookies we use, data we collect and how we process them, please check our Privacy Policy
Youtube
Consent to display content from Youtube
Vimeo
Consent to display content from Vimeo
Google Maps
Consent to display content from Google