Había oído hablar del jet-lag pero nunca lo había experimentado, ni siquiera cuando viajé de acá (Argentina) a Tailandia. Tal vez la emoción de haber llegado a Asia no me permitió sentirme mal en aquel momento.

Pero acá en Buenos Aires lo sufrí.

También conocido como El síndrome de los husos horarios, el jet-lag ocurre cuando se cruzan más de tres husos horarios en avión. Los viajes de larga de distancia de este a oeste (y vice versa) producen un desequilibrio entre nuestro reloj interno (el ciclo biológico que nos marca las horas de sueño y vigilia) y el horario externo del país al que se arriba, y eso puede causar insomnio, fatiga, problemas digestivos, ansiedad, deshidratación, dolores de cabeza, problemas de coordinación, confusión en la toma de decisiones, falta de memoria, irritabilidad y apatía (TODO JUNTO). Según la NASA (sí, esa misma), al cuerpo le lleva un día por huso horario adaptarse, es decir que si atravesamos 10 husos horarios, nos llevará 10 días volver a la normalidad.

Yo tuve todos los síntomas anteriores, con especial énfasis en confusión en la toma de decisiones, falta de memoria e insomnio; aunque la mejor definición de lo que fue mi estado durante los tres primeros días fue la que me dijo mi primo: «Es como estar en un sueño».

caminando como en un sueño donde todos los carteles tienen sentido y las calles están vacías

Las primeras dos noches dormí cuatro horas, me desperté de golpe a las 5 am y no pude dormir más. El viernes a la tarde (día de mi cumpleaños) me fui a dormir la siesta (algo que no hacía hace años, literalmente) y me desperté con el cerebro funcionando en inglés y el impulso de hablar ese idioma. Si bien las palabras me salían en español, me sonaban raras, artificiales. El día anterior me costó muchísimo tomar la decisión de dónde reunirme con mis amigas para celebrar mi cumpleaños y, cada vez que alguien me hablaba rápido o fuerte, me sentía muy abrumada. Recién volví a ser yo el domingo, cinco días después de haber llegado: durante ese lapso de tiempo, sentí que todo lo que pasaba alrededor mío ocurría en otro plano, como si mi cuerpo estuviese ahí pero mi mente se hubiese ido a volar por las nubes.

El viernes, primer día que salí a la calle para tomarme el colectivo (bus público), me pasó algo que aumentó ese estado de ensoñación y llevó la situación a un nivel bizarro y existencial. Mientras recordaba dónde estaba la parada del 39 y caminaba hacia esa esquina, un hombre (argentino de unos 35-40 años) me frenó y me preguntó, en inglés: «Where are you from?». Frené y me quedé mirándolo durante unos largos segundos, pensando qué responder. Estoy muy acostumbrada a que me hagan esa pregunta, pero en otro contexto, entonces que me la haya preguntado un argentino en nuestra propia ciudad y con mi estado de jet lag me hizo sentir muy confundida. Le respondí «de Argentina» y seguí caminando. Pero después pensé ¿será que ya no pertenezco a Buenos Aires? ¿o será que mi cara de jet-lag me hace parecer una turista perdida? ¿de dónde soy? ¿pasé a ser ciudadana del mundo más que de un país?

Buenos Aires, fría, y yo

Durante mis días de ensoñación, caminar por Buenos Aires me pareció justamente eso: estar como en un sueño. De a poco me reencontré con aquellos elementos tan típicos de la ciudad que había olvidado por ser parte tan intrínseca del paisaje: los paseadores de perros con sus 20 correas y 20 perros alborotados a su alrededor, los kioscos callejeros de revistas con todas las tapas y noticias en exposición, los puestos de flores de las esquinas, los mozos que salen de los restaurantes con el café y el azúcar en la bandeja plateada y lo dejan sobre una mesita al borde de la calle, las mujeres que salen a pasear a sus perros vestidos con ropita de lana a medida, los carteles verdes con pósters de los últimos estrenos cinematográficos, el amarillo y negro de los taxis, el ruido que hace el Subte cuando avanza sobre las vías, los repartidores de pizza que esperan en la puerta del edificio sosteniendo la caja con el piolín, los espacios públicos en refacción, las canchas de fútbol 5, los estacionamientos encajados entre dos edificios en pleno Microcentro, el olor de las facturas que se escapa de las panaderías, los maxikioscos que desbordan de golosinas, el menú ejecutivo del mediodía, los supermercados chinos donde casi no se habla español, las mujeres que caminan con sus pesados tapados de piel, los hombres que (lamentablemente) aún duermen en las veredas y parques, los vendedores de boletos de colectivo que esperan en las paradas, los vendedores ambulantes que se suben al transporte público y ofrecen desde dvds hasta alfajorcitos de maicena y palmeritas a beneficio de instituciones para ex-drogradictos, el arte y el fileteado de los colectivos, el obelisco de noche, el Colón (por fin) reabierto.

El colectivo público de Buenos Aires

Un autito que me gustó (ahora saco todas las fotos con celular)

Esta foto la saqué en el 2009, pero me gusta y la pongo acá

Esquina de otoño (otra sacada con celular)

Prohibido tomar Fernet (veda electoral)

Quilmes tampoco

Descubrí bares y librerías nuevas, vi que algunos lugares cerraron, otros están en alquiler y otros siguen de pie igual que cuando me fui. La realidad es esa: ciertos rincones pueden mutar, pero una ciudad no cambia de un día para el otro. Buenos Aires sigue siendo la misma, ahora la que se siente distinta soy yo.

Tengo ganas de sacarle fotos a todo lo que mencioné, pero todavía no me animo a salir con la cámara, así que por ahora me conformo con la del celular. Qué ironía, ¿no?, soy capaz de caminar con la cámara colgada al cuello por ciudades que no conozco, pero no me animo a hacer lo mismo en la mía. Será porque conozco sus riesgos demasiado bien. Aunque quisiera, en algún momento, sacar la cámara a pasear por acá.

Pero por el momento uso mis ojos.

La imagen de Eva Perón entre edificios