Escape al principio del mundo

En el colegio odiaba geografía. Me parecía la materia más aburrida de la historia, no lograba retener las diferencias entre un fiordo, una península, una bahía o un archipiélago. Cuando la maestra me pedía que describiera las características de la cuenca hidrográfica del Congo Belga o las particularidades de los ecosistemas de la cordillera pre andina me ponía roja y la mente me quedaba en blanco. En las pruebas escritas me iba más o menos, la memoria nunca fue mi fuerte. Una vez estábamos dando examen y quedábamos pocos en la clase, eran las doce del mediodía y la maestra se quería ir a almorzar, así que cuando vio que no me salía la capital de Perú, me sopló la respuesta: “Sprite mmmm Limón”. Nunca más me la olvidé. Y supongo que en alguna clase nos preguntó cuál era la ciudad más austral del mundo y todos respondimos a coro, estirando las sílabas en un cantito: U-shua-ia.

Banco para mirar el mundo

Banco para mirar el mundo, en Ushuaia

Vine a Ushuaia por primera vez hace doce años, con mi familia, y quedé impactada. Era verano pero en todas las fotos aparezco con rompevientos, polar y bufanda. Los días eran largos y a las once de la noche el cielo seguía claro. Nunca había visto algo así. Las casas eran bajas, algunas de colores, las calles subían hacia las montañas y bajaban hacia el puerto. Había cruceros gigantescos anclados y un cartel de arte naif que decía “Ushuaia, fin del mundo”. El aire era frío. Visitamos el presidio, navegamos por el canal de Beagle, vimos lobos marinos, pingüinos, cormoranes, un faro rojo y blanco. Tomamos chocolate caliente. Ushuaia me pareció un lugar simple.

Hace unos meses, cuando empecé a pensar en volver a Argentina, supe que una de las ciudades que quería visitar antes que otras era Ushuaia. De golpe muchas señales apuntaban a ella: mails de lectoras desde esa latitud, conocidos que se instalaron acá, invitaciones que quedaron en el aire, artículos que me tocó escribir acerca de Ushuaia, Islandia que me recordaba a ella. Cuando llegué a Buenos Aires me di cuenta de que necesitaría hacer una escapada pronto. Lo que me asusta de la ciudad no es la cantidad de edificios sino la velocidad con que nos movemos entre ellos. Cuando estoy en Buenos Aires camino más rápido y siempre estoy ocupada, hago veinte cosas a la vez, me quejo de los servicios y siento cómo la ciudad trabaja para volver a expulsarme de a poco. Al mes de estar acá supe que necesitaba irme unos días a un lugar donde el tiempo tuviese otra consistencia, donde los días fuesen más anchos, donde pudiese hacer una cosa a la vez y estar presente en cada tarea.

Y terminé en Ushuaia

Y terminé en Ushuaia

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Como si me hubiesen leído la mente, la invitación formal a Ushuaia me llega por mail unas semanas después de mi regreso: el Hotel Los Cauquenes me invita a festejar su décimo aniversario junto a otros blogueros y periodistas en el fin del mundo. Digo que sí y unos días después me subo al avión que sale de madrugada desde Aeroparque, nuestro aeropuerto de cabotaje. Mi miedo a volar y yo nos estiramos en tres asientos y dormimos durante las cuatro horas de vuelo, menos en el aterrizaje que se mueve bastante por el viento. En el fin del mundo hay turbulencia, me digo, y lo tomo como parte del camino.

Desde el avión, llegando.

Desde el avión, llegando.

Cuando estamos llegando miro las montañas desde arriba y una señora me pide que saque fotos desde mi ventana con su cámara. Aterrizar en un paisaje blanco tiene un efecto terapéutico, aunque uno sepa que la gente que vive ahí también tiene preocupaciones y problemas, como cualquiera, ya de por sí el ritmo de la naturaleza nevada es otro.

Primeras imágenes

Primera imagen desde el avión

Primera imagen desde la combi

Primera imagen desde la combi

Así nos recibe Ushuaia

Así nos recibe Ushuaia

Nos vamos al hotel. La ventana de mi cuarto en Los Cauquenes da al Beagle, un canal interoceánico que separa Argentina y Chile. Nos dan la tarde libre pero no duermo: giro el sillón paralelo a la ventana y me quedo leyendo y escribiendo. No hace falta que me lleven a ninguna parte, con esto ya soy feliz.

Desde la ventana veo esto

Desde la ventana veo esto

Y en la mesita me acompañan ellos (mi minimalismo se está yendo por la borda)

Y en la mesita me acompañan ellos (mi minimalismo se está yendo por la borda)

Al día siguiente empieza octubre y nos vamos al bosque. Miramos los líquenes de los árboles con lupa, una nena hace sapito con una piedra en el lago, veo una cabaña entre los árboles pelados y empiezo a viajar por los recuerdos. La primera vez que estuve frente al cartel de “Acá se termina la ruta 3” no pensaba en Tierra del Fuego como un punto de partida ni de llegada. Era solo una provincia que estaba al borde del mapa. Después conocí gente que viajaba de Alaska a Ushuaia, de Ushuaia a Alaska, de Tierra del Fuego a la Antártida, y pensé que el fin del mundo no tenía tanto de fin.

En el bosque

En el bosque

Árboles quebrados

Árboles quebrados

Líquenes

Líquenes

Usted está aquí

Usted está aquí

Ushuaia es la capital de Tierra del Fuego y fue fundada en 1884 por Augusto Lasserre, un marino de la Armada Argentina nacido en Montevideo. Es la única ciudad argentina ubicada en el lado occidental de los Andes. Como no hubo delineación de calles ni manzanas hasta 1894, el pueblo, en un principio de pocos cientos de habitantes, se convirtió en un conjunto de casas de colores. La palabra Ushuaia proviene del idioma yagán —una lengua más rica que el inglés— y significa bahía profunda o bahía al fondo. Los yaganes o yámanas fueron uno de los pueblos aborígenes de estas tierras. Eran nómadas de mar, se desplazaban en canoas y se dedicaban a la caza de mamíferos marinos, recolección de mariscos y pesca. Hoy queda una sola mujer yagán.

“Acá no hay anfibios, reptiles ni insectos —nos dice Flor, una fueguina que nos acompaña durante la excursión por el Parque Nacional Tierra del Fuego—, por eso cuando los nenes van a otras provincias les tienen miedo a los bichos”. Tampoco hay tormentas eléctricas y la descomposición es muy lenta, una hoja tarda dos años en desaparecer. “Tenemos bastantes turbales, que son como esponjas, reservorios de agua. Todo lo que cae ahí adentro se preserva. Los yámanas los usaban como heladeras para guardar carne”.

Frenamos diez minutos y nos sentamos en un banco a tomar un café con muffins frente al lago Acigami.

Frente al lago Acigami

Frente al lago Acigami

“El viento patagónico rige los ciclos de la vida”, nos dice Flor un rato después, mientras nos embarcamos para navegar el Beagle. Está un poco picado y cada vez que salgo de la cabina el aire helado me hace volver a entrar. Pasamos por islotes con cormoranes y nidos con forma de bizcochuelo. Frenamos en un muelle a almorzar y vemos las barandas llenas de mejillones. Le saco fotos a un caballo marrón, de lejos, y uno blanco se acerca para entrar en el cuadro. Me acuerdo de los caballos de pelo largo que se nos acercaron en una ruta de Islandia para que los acariciemos. Pienso mucho en Islandia estando acá. Seguimos navegando, vemos lobos de mar, pingüinos no porque todavía no es época, y pasamos por el faro rojo y blanco que muchos llaman, de manera errónea, el faro del fin del mundo. Se llama Les Eclaireurs (Los iluminadores) y es de origen francés, el del fin del mundo de Julio Verne está en la Isla de los Estados. “Que no haya ruta y vos hagas tu ruta es una sensación de libertad”, escucho que dice el capitán, un apasionado por la navegación.

Navegando el canal de Beagle

Navegando el canal de Beagle

El faro Les Eclaireurs

El faro Les Eclaireurs

De cerca

De cerca

Lobos marinos, cormoranes y gaviotas

Lobos marinos, cormoranes y gaviotas

Los mejillones todos juntos

Los mejillones todos juntos

Y los dos caballos que posan

Y los dos caballos que posan

A la tarde vemos la ciudad de frente, a lo lejos, y siento que algo cambió. La arquitectura es distinta, hay una mezcla de estilos, las casas ya no tienen la misma altura. No es la Ushuaia de mis recuerdos. Días después, muchos habitantes de Ushuaia me repetirían que sí, que la ciudad creció mucho y no se respetó su estilo, que muchas cosas cambiaron. Ahora estamos parados a pocos metros de la pista del Aeroclub de Ushuaia y una avioneta nos pasa por encima para aterrizar. “Esos son cauquenes”, dice Franco, un cordobés que vive en la ciudad hace cuatro años, mientras señala dos pájaros. Uno es blanco y otro es marrón, son pareja: los cauquenes son monógamos y si quedan viudos no vuelven a buscar compañero. A lo lejos veo un barco en tierra, pintado, y de fondo las montañas nevadísimas. Respiro. Estoy acá.

Cauquenes

Cauquenes

El barco pintado

El barco pintado

De fondo, la ciudad

De fondo, la ciudad

Cuando avanzamos por el puerto para ir al Presidio veo un colectivo pintado de rosa, con flores, estacionado cerca del agua. Son viajeros, seguro, y deben haber llegado o estarán por salir. Vuelvo a entrar al Presidio, después de doce años, y me vuelve a dar impresión. La colonización penal de Ushuaia empezó en 1896 cuando las cárceles de Buenos Aires, hacinadas, enviaron hombres y mujeres a cumplir su condena al punto más austral e inhóspito del país. La construcción del presidio —hoy museo— empezó en 1902 por los mismos presos y la cárcel funcionó hasta 1947, cuando fue cerrada por considerarla inhumana. Acá venían delincuentes comunes, presos políticos y criminales peligrosos, como el Petiso Orejudo. Todos se vestían a rayas y estaban obligados a trabajar en carpintería, herrería, imprenta, mecánica, zapatería, tala de árboles, obras públicas. Un tren los llevaba hasta lo que hoy es el Parque Nacional Tierra del Fuego para recolectar madera. En el presidio, que hoy está refaccionado, queda un pabellón original, el número uno, que fue dejado tal cual. Entro y siento un frío que me atraviesa todas las capas de ropa. El aire sigue recargado de energía. El silencio es demasiado fuerte.

Uno de los pabellones del presidio, restaurado.

Uno de los pabellones del presidio, restaurado.

El pabellón histórico, que fue dejado tal cual.

El pabellón histórico, que fue dejado tal cual.

Volvemos al hotel, nos recibe el aire calentito. En Ushuaia el clima rige la vida. En invierno nieva y los días son cortos, en verano oscurece casi a medianoche y la temperatura casi nunca supera los 15 grados. Como en Islandia, las condiciones meteorológicas son impredecibles y cambian a lo largo del día: la lluvia, la nieve y el sol pueden convivir en las mismas 24 horas. La gente de Ushuaia habla de “el norte” para referirse al resto del país y cuando se presenta dice hace cuántos años que vive acá: 37, 25, 4. Algunos me dicen que son más de acá que de allá. Son pocos los nativos, muchos vinieron a buscar trabajo, a cambiar de vida, a viajar y quedarse, a ahorrar e irse. Cada cual me cuenta su historia, su versión de la vida: “En el sur hay mucho trabajo”, “Acá lo que falta es arraigo”, “Ushuaia es como un gran country”, “Acá nos conocemos todos pero mucha gente no saluda”, “Aunque el invierno sea duro, no cambio esta ciudad por nada”. Todas las ventanas tienen paisajes que parecen fondos de pantalla. Miro para afuera y el aire tan puro me adormece, es mi karma por ser de la ciudad. A mí la naturaleza me da ganas de siesta.

Dos días después me despido del grupo y me quedo en Ushuaia por mi cuenta. Tengo muchos motivos para estar acá.

El jardín de invierno, dentro de Los Cauquenes

El jardín de invierno, dentro de Los Cauquenes

Supongo que hace como veinte años en alguna clase de geografía me habrán hablado de todo esto, de los yaganes, de los turbales, de los cauquenes, del canal de Beagle, del penal, de la ciudad más austral del mundo. Tal vez anoté todo en un cuaderno azul forrado con papel araña y unos semanas después me lo olvidé. No me importa. Yo las cosas me las acuerdo cuando las vivo. Me gusta ser capaz de agarrar un mapa y describir el paisaje que vi por la ventana en cada ruta. Me hace más feliz encontrar similitudes entre Islandia y Ushuaia, o entre Tierra del Fuego y Laponia, que saberme sus características de memoria. Cuando volaba para acá pensé que venía al fin del mundo. Ahora me doy cuenta de que no. Acá, si mirás para arriba, empieza todo.

[box border=”full”]Vine a Ushuaia invitada por el Hotel Los Cauquenes para festejar sus diez años, con el apoyo de LAN Argentina. Les agradezco mucho la amabilidad y calidez con la que nos recibieron. Mi ventana con vista al Beagle debe ser una de las más lindas que me tocó.

Y para quienes tengan pensado venir para acá, les dejo algo de info útil:

  • Mucha gente me recomendó el libro “El último confín de la tierra”, escrito por Esteban Lucas Bridges y publicado por primera vez en 1948. Lucas Bridges fue hijo de un misionero anglicano y “el tercer nativo blanco de Ushuaia”. Creció entre las tribus indígenas de la isla y fue testigo de su estilo de vida, que dejó por escrito en esta obra. El libro es una mezcla de crónicas de viaje, biografía familiar, historia y relato antropológico. Es uno de los libros más completos acerca de Tierra del Fuego.
  • El Parque Nacional Tierra del Fuego está a 10 kilómetros de Ushuaia por la Ruta 3. La entrada general cuesta AR$140 y AR$40 para residentes de Argentina (datos de octubre 2015).
  • La ciudad se puede recorrer a pie. Hay transporte público pero no tiene mucha frecuencia. Para grupos, lo mejor es alquilar un auto e ir a recorrer los alrededores. También es común viajar a dedo.
  • Ushuaia es un muy buen punto de partida para ir en crucero a la Antártida. [/box]

Hay más fotos de este y otros viajes en mi Instagram.

Volver a casa

“It is very important to go home if you want your work to be whole. You don’t have to move in with your parents again, but you must claim where you come from and look deep into it.
Come to honor and embrace it, or at the least, accept it.”

(Natalie Goldberg, Writing down the bones)

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Fue en alguna esquina de Belgrado. Era de noche, pasamos caminando frente a un barcito que daba a una calle empedrada y por unos segundos sentí que estaba en Buenos Aires. O quizá por un momento fui una serbia que caminaba por la capital argentina en una dimensión paralela. Hay ciudades que no se parecen físicamente pero comparten una esencia, tienen algo que no se puede reducir a un edificio del mismo estilo o a platos de comida más o menos similares, es otra cosa, una atmósfera, algo intangible lo que las hermana. Yo a Belgrado la sentí muy Buenos Aires. Son ciudades con historias y realidades distintas, están separadas por miles de kilómetros y, si bien ambas tienen cierto aire antiguo, melancólico y amigable, no es que sean gemelas. Tampoco llegan a mellizas, pero hay algo similar en la relación entre estas dos ciudades y sus habitantes, una identificación muy fuerte entre las personas y el espacio, como esos departamentos en los que a primera vista se nota mucho la personalidad del dueño. Yo entré a Belgrado y la sentí muy habitada, con historias por todos los rincones, como Buenos Aires. También es cierto que uno siempre ve lo que está buscando, y en ese viaje yo ya no pensaba en otra cosa que en volver a casa.

Algunas imágenes de Belgrado

Algunas imágenes de Belgrado

Las esquinas de la capital serbia

Las esquinas de la capital serbia

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Escaleras

Escaleras

De todos mis viajes largos, nunca volví con tantas ganas a Buenos Aires como ahora. Hasta conté los días para que saliera el avión, y eso que volar no me gusta nada. “Vos decías que querías irte diez años y no volver”, me recordó Lau. Sí, alguna vez lo dije, pero la gente cambia y tenemos que adaptarnos a nuestros propios cambios. Ahora me doy cuenta, cada vez más, de que mi límite de tiempo sin volver a Buenos Aires es un año, después de eso me agarra la nostalgia, el extrañamiento, y viajo con menos ganas. La primera vez que me fui, volver me parecía el final indeseado de un estilo de vida que recién empezaba a descubrir. Volver = se termina todo. Volver = el precipicio. Era como saltar al vacío. Ahora lo veo como una necesidad. Volver = reencontrarme con mi gente, con mis espacios, conmigo. Cuando el avión aterrizó en Ezeiza, la gente aplaudió y yo me reí emocionada. Fueron casi dos años lejos de casa, dos años con ganas de volver y a la vez sin saber bien qué haría si volvía, dos años sin un grupo de amigos fijo, sin cenas familiares, sin ver las mismas caras, sin recibir los abrazos de la gente que quiero.

Más detalles de Belgrado

Más detalles de Belgrado

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Paso de zebra

Paso de zebra

Si a cada viaje le pusiera un título, diría que mi primer viaje por América Latina fue el de descubrimiento, la iniciación en la vida viajera: durante nueve meses aprendí en qué consiste viajar, cómo es eso de tener una rutina distinta todos los días, cómo es conocer gente nueva todo el tiempo. El de Asia fue la exploración: culturas muy distintas a la mía, comidas nuevas, costumbres que no conocía. Y este último —Sudamérica y Europa— fue la búsqueda: me pasé dos años tratando de encontrar el significado de la palabra home para, una vez resuelto el enigma, poder volver a casa. Fue un viaje circular. Todavía no lo tengo muy claro: ¿qué es el hogar? ¿Es el lugar donde nacimos o el que elegimos? ¿Es una persona? ¿Nuestra familia? ¿Es un estado de ánimo? ¿Un trabajo? ¿Mi hogar es la quietud o el movimiento? ¿Mi hogar es Buenos Aires o fue Biarritz? ¿Mi hogar es un lugar que todavía no conozco? ¿Puedo sentirme en casa solo por estar escribiendo? ¿Puedo sentirme en casa cada vez que abrazo a L.? ¿Mi hogar es donde me siento bien o donde está la gente que quiero? Home is where the heart is? Home is wherever I’m with you? No sé si estas preguntas tienen respuesta.

Buzones en Belgrado

Buzones en Belgrado

Reales y pintados

Reales y pintados

Lo que sí siento es que volver a casa es volver a uno mismo, es un reencuentro entre la persona que vino de viaje y la persona que (nunca) se fue. Viajera duplicada a la potencia. Un viaje a las raíces de nuestro ser. Llegué a Buenos Aires y me llevó unos días reconocer mis espacios, acordarme de las tazas que usaba para el té todas las mañanas, del huequito en el sillón donde me gusta leer y dormir la siesta, de esa almohada roja blandita que tengo en la cama, de mi osito de peluche blanco que me espera siempre, de la alfombra de colores donde me gusta estirarme, del tupper donde guardo las galletitas, de las postales que dejé pegadas en la puerta, de los cajones llenos de cosas que no necesité durante dos años, de todo lo que me gusta hacer cuando no viajo. Cierto que a mí me gusta lavar los platos mientras miro por la ventana, que saco la basura descalza, que tengo una guitarra en la que toco la única canción que me acuerdo y que dejé una biblioteca repleta de libros, cajas llenas de cuadernos escritos y un balcón con mucha vista a ciudad. Cierto que también tengo vida cuando no viajo, que soy Aniko y vivo en Buenos Aires y tengo amigos y familia y programas de radio y la verdulería de enfrente y los chinos cerca y el subte a pocas cuadras.

Café en Belgrado

Café en Belgrado

Puertas pintadas

Puertas pintadas

Buenos Aires me recibió a su manera: con cortes de luz, falta de agua, el tráfico cortado, un tiroteo (?), precios sumamente inflados y un calor impensado para ser invierno. Pero tal vez si no hubiese sido así, no sería ella y yo no la hubiese extrañado tanto. También me recibió con cenas familiares, reencuentros, almuerzos al aire libre, mazapán, tés con miel, caipirinhas, empanadas, casamientos con Fernet y carnaval carioca, viajes en bondi, comentarios espontáneos en la calle, bebés recién llegados. Y con dilemas. Si bien sé que los números no importan, haber cumplido treinta marcó un cambio en mi vida. Me encanta haber llegado a esta edad porque siento que durante mis veinte hice todo lo que quise, pero ahora me es imposible no plantearme otro tipo de preguntas.

Volví a Buenos Aires con ganas de quedarme acá durante varios meses. No quiero viajar por el momento, estoy un poco cansada, necesito un tiempo de vida estática. A la vez tengo ganas de empezar actividades nuevas, de dedicarme a otras cosas, de trabajar por fuera de la computadora, de construir cosas con las manos, de tener un atelier donde crear. No sé crear qué, pero crear. Quiero aprender a dibujar, hacer comics y cuadernos artesanales, quiero aprender a bailar rock, tomar clases de cocina, andar en bicicleta, sacar fotos de lo cotidiano, ir a actividades culturales, hacer vida de ciudad. Los primeros días me angustiaba: si a mi viajar y escribir me encanta, ¿por qué ahora no me sale? ¿Por qué no puedo? ¿Será que no es lo mío? Lo sea o no, si hay algo que aprendí en este tiempo es a serle fiel a mi esencia, a respetar mis impulsos y mis cambios, a hacer lo que me haga sentir bien. Y ahora, lo que necesito es estar acá, en mi casa. Cuando sienta que quiero salir otra vez, lo haré.

Arte callejero en Belgrado

Arte callejero en Belgrado

Hay palabras que no tienen traducción literal y que expresan muy bien un concepto: es el caso de homesickness. Es la enfermedad del hogar, el extrañamiento del país natal, la nostalgia por lo propio. Al parecer está comprobado que casi todos lo que viajamos lo sufrimos alguna vez en la vida. Hay quienes lo sienten al principio de un viaje o mudanza a otro país, a mí me llega después de unos meses. Homesickness: extrañar a la familia, a los amigos, la comida, las rutinas, los detalles cotidianos de nuestro día a día en ese lugar que, por nacimiento o elección, consideramos nuestra casa. Yo agrego: extrañarse a uno mismo en su ciudad. Supongo que cuando caminé por Belgrado estaba en mi punto álgido de extrañamiento. Ahora escribo desde Buenos Aires y estoy contenta, sin depresión post-viaje y muy conectada a mi yo que no viaja. Era lo que necesitaba. Y entiendo a Natalie Goldberg que me dice, desde uno de mis actuales libros de cabecera“But don’t go home so you can stay there. You go home so you can be free; so you are not avoiding anything of who you are.”

*

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Les regalo un párrafo del libro [eafl id=”21099″ name=”Las ciudades invisibles” text=”‘Las ciudades invisibles'”] de Italo Calvino. Lo leí ayer mientras iba en el subte y casi me paso de estación.

“Los otros embajadores me informan sobre carestías, concusiones, conjuras, o bien me señalan minas de turquesas recién descubiertas, precios ventajosos de las pieles de marta, propuestas de suministros de sables damasquinos. ¿Y tú? —preguntó el Gran Kan a Polo—. Vuelves de comarcas tan lejanas y todo lo que sabes decirme son los pensamientos que se le ocurren al que toma el fresco por la noche sentado en el umbral de su casa. ¿De qué te sirve, entonces, viajar tanto?”

Exploración #2: recuerdos de un viaje a Mocronte

[box type=”star”]En qué consiste este juego:

1. Lau eligió cuarenta fotos de su archivo (todas sacadas por ella en distintos lugares del mundo, en viajes en los que yo no estuve).

2. Yo elegí cuarenta fotos de mi archivo (todas sacadas por mí en distintos lugares del mundo, en viajes en los que Lau no estuvo).

3. Lau me mandó sus fotos y yo le mandé las mías. Ninguna de las dos especificó dónde habían sido sacadas, ni cuándo ni en qué contexto.

4. Con las fotos de la otra, y sin más información que las imágenes en sí, escribimos los recuerdos de un viaje juntas que nunca hicimos. Las fotos de Lau aparecen en este post y son las que, en teoría, saqué yo durante nuestro viaje a Mocronte. Mis fotos aparecen en el post de Lau y son las que sacó ella, en teoría, durante nuestro viaje a Iri-rí.

5. Lo que sigue es mi relato de un viaje que nunca hicimos a un lugar que no existe. [/box] 

Viaje a Mocronte

Texto: Aniko Villalba / Fotos: Laura Lazzarino

Buenos Aires, 20 de julio de 2030

Querida Lau,

Hace unos días se me dio por revisar unas cajas que tenía en el placard —viste que cada vez que vuelvo de un viaje me agarra el ataque de limpieza— y encontré las fotos de cuando fuimos a festejar tus treinta a Mocronte. ¿Te acordás? Ninguna de las dos conocía y era un lugar al que queríamos ir juntas hacía tiempo, sobre todo después de que tantos viajeros nos contaran historias de ahí. Creo que los primeros en mencionarlo fueron Pablo e Itziar, ¿no? “¿Sois argentinas y no habéis ido a Mocronte? Alucino”, nos dijeron el día que los conocimos. Y el nombre nos quedó resonando. Cuando el chino de Islandia mencionó Moclonte fue demasiado: no podía ser que alguien hubiese viajado desde la antípoda para conocer ese lugar que a nosotras nos quedaba tan cerca. Teníamos que ir. El tema era que nunca coincidíamos en Argentina como para organizar la escapada.

Cuando recibí el mail de Tony lo tomé como una señal y me di cuenta de que Mocronte era el lugar perfecto para festejar tus treinta. Adelanté mi vuelta de Francia y te dije que te reservaras los últimos días de febrero porque iba a darte una sorpresa. Creo que no te la esperabas. Caí en San Nicolás, te hice armar la mochila y a la mañana siguiente te llevé a la ruta con los ojos vendados. Por suerte te sumaste al juego e hicimos dedo así, vos todo el trayecto sin ver. No quería que sospecharas nada.

Creo que ya es momento de que veas la ruta por la que fuimos, así que acá va la foto.

Creo que ya es momento de que veas la ruta por la que fuimos, así que acá va la foto.

Ahí estás vos, toda vestida para ir a festejar tus treinta a la ruta.

Ahí estás vos, toda vestida para ir a festejar tus treinta a la ruta.

Ahora que pasó tiempo, te voy a confesar varias cosas: la primera es que nos subimos a algunos autos que iban para el otro lado, solo para estirar el tiempo de viaje y que vos perdieras la noción de las distancias. En realidad, el viaje desde San Nicolás nos hubiese llevado una hora y media, máximo dos, pero tardamos cuatro por esto que te digo. También te vendé los ojos porque no quería que vieras que llevaba la piñata armada en la mochila.

(Uno de los camiones que nos llevó cargaba bolsas de café. Te acordás que te hice el juego de que adivinaras qué era y me dijiste que era maní)

Uno de los camiones que nos llevó cargaba bolsas de café. Para pasar el tiempo y distraerte te dije que adivinaras, solo por el tacto, qué era eso. Me dijiste que era maní.

Ese día tuvimos mucha suerte, creo que estar abierto a lo que venga hace que pasen cosas inesperadas. Cuando llegamos a Mocronte nos dimos cuenta de que habíamos caído justo cuando empezaba uno de los festivales más importantes del pueblo: el Día de todas las cabras. Como Mocronte no aparece en ninguna guía de viajes ni tampoco hay información en internet, los únicos datos fiables los tienen los viajeros que ya pasaron por ahí. Me acordaba de que alguien nos había hablado de ese festival: “Es de lo más bizarro que van a encontrar, tienen que verlo”. Pero nunca retuve la fecha exacta: algunos decían junio, otros decían septiembre. Además, sentía que la gente me hablaba de distintos Mocrontes: el festival era diferente según quien lo relatara y nunca nadie especificaba bien dónde quedaba el pueblo, así que para mí era un lugar que se iba moviendo en el mapa y aparecía en todas las provincias, tipo Springfield. Pero ese día lo encontramos.

Despidiendo a Oscar

Primeras imágenes del Día de todas las cabras: la despedida de Oscar

Cuando vimos el primer desfile, me acordé: el Día de todas las cabras no tenía fecha fija, sino que se empezaba a celebrar cuando moría el loco del pueblo. Era una manera de homenajear a este personaje que en otras localidades casi siempre es ignorado, rechazado o tratado como un paria. En Mocronte el loco es rey, y el día de todas las cabras —que en realidad dura tres días— es una oda a la locura. Aquel día había muerto Oscar, un loco simpático que había pasado los últimos cuarenta años de su vida escondiéndose detrás de los árboles y asustando a las parejitas que iban a besarse a los parques. Todos los querían mucho, según nos contaron estas señoras.

Elena, Sonia y Matilde.

Elena, Sonia y Matilde.

—Pobre Oscar, era raro pero buen tipo. Nunca se casó, cuando le preguntaban si tenía novia él decía que sí, que estaba casado y que su mujer había salido a hacer las compras y volvía en un rato, pero todos sabían que estaba solo, pobre —nos dijo Elena.

—Trataba de buscar compañía, pero en vez de hacerse amigos asustaba a la gente. Los nenes le tenían bastante miedo. Pero nosotras fuimos al colegio con él y aprendimos a quererlo a Oscarcito —dijo Sonia.

—Me acuerdo, ¡ay chicas, se acuerdan!, de la vez que fui por primera vez al parque con mi Rubén, estábamos por darnos el primer beso cuando de atrás de un árbol saltó un tipo con un disfraz de caballo. Qué susto que nos dimos, no te puedo explicar. Cómo lo vamos a extrañar al desgraciado ese —dijo Matilde.

—Miren, los alumnos de la escuelita número tres le hicieron esa escultura de caballo en su honor. La tenían preparada hacía tiempo, es que ya nos imaginábamos que él iba a ser el próximo en irse. No andaba muy bien de salud.

El caballo que le hicieron los chicos.

El caballo que le hicieron los chicos.

Este señor decía ser amigo íntimo del difunto. Se había dejado la barba larga para estar acorde al festival de las cabras.

Este señor decía ser amigo íntimo del difunto. Se había dejado la barba larga para estar acorde al festival de las cabras.

Máscaras listas

Máscaras listas

En el pueblo todos hablaban de Oscar. Si bien la gente estaba triste por su muerte, lo recordaban con alegría, contaban anécdotas de sus andanzas, repetían los chistes que hacía siempre. Había grupos de chicos que saltaban de atrás de los árboles y asustaban a todos. Otros aparecieron con máscaras gigantes, listos para los desfiles del día. Estábamos tan metidas en la historia de Oscar que me había olvidado de tu festejo sorpresa de cumpleaños. Necesitaba una excusa para dejarte en algún lado mientras yo preparaba todo, así que improvisé y decidí regalarte una hora en un centro de belleza.

El centro de belleza de Mocronte

El centro de belleza de Mocronte

Mientras a vos te hacían la colita —solo vos sabrás en qué consistió el servicio—, aproveché para ir a la casa de Tony, dejar las mochilas ahí y preparar el festejo. Te acordás de Tony, ¿no? Lo conocimos en el viaje a Islandia, era el chef del hotel donde nos regalaron las sobras de langosta. Era de Surinam y estaba ahí porque se había enamorado de Dora, una islandesa que se había ido de mochilera por Sudamérica y se había cruzado con él en Paramaribo, donde vivía. Nos contó su historia en el restaurante, ¿te acordás? Había dejado todo, se instalaron con Dora en Seyðisfjörður, tuvieron dos hijas y unos años después decidieron volver a Sudamérica y establecerse en Mocronte. Como te decía al principio, la idea de ir a Mocronte para tu cumple fue gracias a él: unas semanas antes me había mandado un mail contándome que estaba viviendo en Argentina con su mujer. “No sé si escuchaste hablar de este lugar”, me dijo, “se llama Mocronte”. De todos los lugares del mundo, justo ahí. Me pidió que lo fuéramos a visitar, dijo que Dora quería vernos y que sus hijas nos querían conocer, y sentí que todo cuadraba.

Tony me prestó su auto. Me acuerdo de tu cara cuando te pasé a buscar.

Tony me prestó su auto. Me acuerdo de tu cara cuando te pasé a buscar.

Ahí estás con Tony, era medio tímido para las fotos. Los del fondo eran sus amigos, ¿no? Ya no me acuerdo de los nombres de todos. ¿Qué fue del collar que te regaló Dora? Vivían en un vagón de tren acondicionado de casa, ¿te acordás? Estaba buenísimo.

Ahí estás con Tony, era medio tímido para las fotos. Los del fondo eran sus amigos, ¿no? Ya no me acuerdo de los nombres de todos, pero sé que el de anteojos era Spito.. ¿Qué fue del collar que te regaló Dora? Vivían en un vagón de tren acondicionado de casa, ¿te acordás? Estaba buenísimo.

Spito, el amigo de Tony, te había tallado una silla —un trono, diría yo— para tu cumple. Estaba enamorado de vos.

Spito, el amigo de Tony, te había tallado una silla —un trono, diría yo— para tu cumple.

Esa noche comimos un montón, seguro que de eso te acordás. Fue bestial. Empezamos con unos pancitos enrollados, una de las especialidades de Mocronte: las mujeres los freían en carritos en todas las esquinas, el sonido del aceite era uno de los típicos de allá. Eso se acompañaba con una bebida a base de leche de cabra a la que, en ocasiones especiales, le ponían alcohol. Siguieron las berenjenas rellenas de huevo, los morrones asados al curry y los espárragos ahumados. No me acuerdo con detalle qué pasó entre las entradas y los postres, pero sé que comimos un montón de pescado de los Cien Ríos. De torta de cumpleaños te preparé la que nos había enseñado a hacer Vidir en Akureyri: oreo + crema batida + manteca de maní, y le puse dulce de leche y rocklets para hacerla más autóctona. Se terminó enseguida. Te cantamos el feliz cumple, obvio.

Los pancitos.

Los pancitos.

Los camarones

Los camarones

Después apareció la mamá de Tony con las babosas fritas y ninguna se animó. Bah, creo que le dimos un mordisco y desistimos. A mí el sabor no me molestaba, lo que me daba impresión era la consistencia. La mamá de Tony se quedó medio mal porque no quisimos comerlas, entonces… cómo te lo digo… metí algunas en la piñata y las hice pasar por gomitas. Te las comiste pensando que eran yumis. Ojos que no ven, estómago que no siente.

Esa noche hubo baile: Dora nos enseñó algunos de los pasos típicos de Islandia, Tony y sus amigos hicieron bailes de Surinam y los vecinos nos enseñaron los hits de Mocronte. Hasta se armó una batucada ahí mismo.

La piñata

La piñata

Yumis

Yumis

No sé por qué saqué esta foto, quizá porque en aquella época en el pueblo casi no existía internet

No sé por qué saqué esta foto, quizá porque era una rareza ver un módem: en aquella época en el pueblo casi no existía internet. Los mismos mocrontinos habían decidido no estar conectados, decían que preferían la vida analógica.

Al día siguiente nos mudamos a la zona antigua de Mocronte. Te cuento todo esto porque pasó tanto tiempo que ya ni sé si te acordás, a mí estas fotos me traen un montón de recuerdos. ¡Quince años de aquel viaje!  Tenemos que ir de nuevo, no puede ser que estemos tan cerca y nunca pasemos a saludar. Bueno, te decía, al día siguiente, que si no recuerdo mal era domingo, nos mudamos. Mocronte será un pueblito pero tiene de todo. La zona donde vivían Tony y Dora se llamaba el barrio de los budas, y la zona antigua era el distrito de los pitufos. Conseguí alojamiento a cambio de publicidad en el blog y nos dieron una de las casas más lindas. Era como un iglú de verano.

El barrio de los pitufos

El distrito de los pitufos

Nos quedamos en esta calle.

Nos quedamos en esta calle.

Y este fue el momento cuando abríamos la puerta de la casa.

Y este fue el momento cuando abríamos la puerta de la casa.

Ese domingo fue el día de los desfiles principales y tuvimos una ubicación re buena: las carretas y comparsas salían del barrio de las sirenas y llegaban a la plaza central de los pitufos. Los primeros que aparecieron fueron los carros tirados por caballitos de mar gigantes. Un dato que no sé si recordás, me lo contó una de las señoras: en Mocronte nunca hubo dos días de las cabras que fuesen iguales, cada festival era único porque estaba dedicado a una persona distinta. Oscar era famoso por tener una pecera enorme en su casa, llena de caballitos de mar y cangrejos. Nadie sabía de dónde los sacaba, pero volvía todas las tardes al pueblo con una bolsita de plástico en la mano y tres caballitos nuevos adentro. Una de las señoras me contó que en esa pecera hasta había axolotls. Andá a saber.

Después de los caballitos, pasó la comparsa de las lechuzas rengas. Esa fue tu preferida. Iban todas saltando en una pata al ritmo de un tema de los Cadillacs, también en honor a la que había sido la mascota y compañía de Oscar durante años. Pobre la lechuza Juanita, al parecer el día que su dueño murió ella salió volando y desapareció. El chancho Roco también estaba muy angustiado y tuvieron que agarrarlo entre dos para que no se tirara en medio del desfile. El cierre estuvo a cargo de la agrupación El sulky de las cabras, ellos eran los únicos que estaban presentes todos los años. Las cabras eran muy queridas en el pueblo y una mascota común entre los chicos mocrontinos. A mucha gente no le parecía bien que las pusieran a desfilar así, y al parecer unos años después cambiaron el orden y pusieron a los nenes a tirar de los sulkys y a las cabras sentadas arriba, lo cual generó más indignación entre los visitantes. Era una lógica rara la de Mocronte, creo que no muchos entendían lo que pasaba en ese pueblo. Nosotras tampoco, pero nos dejamos llevar.

Los caballitos de mar

Los caballitos de mar

El chancho Roco, pobrecito, estaba desconsolado.

El chancho Roco, pobrecito, estaba desconsolado.

La lechuza renga

La lechuza renga

Y El sulky de las cabras

La agrupación El sulky de las cabras

Terminamos el día en el casino. Le jugamos al treinta pero salió el doce, me parece. Igual nos divertimos y apostamos un poco más. Ganamos unas monedas en el tragamonedas y cuando hicimos el baile de la gallina victoriosa, los de la puerta se nos sumaron al festejo. Querían chamuyarnos a toda costa.

hola mi amor

Mejor ni te cuento en qué estado terminaste ese día

Mejor ni te cuento en qué estado terminaste ese día

El tercer día fue más tranqui. Nos despertamos medio tarde, costó recuperarse del día anterior, y como ya no teníamos auto nos fuimos a pasear en las bicis que nos prestó el dueño de la casa. Qué lástima que no coincidimos con la masa crítica de Mocronte, me dijeron que las bicis más raras del país están ahí. Salimos a pasear por el pueblo y no sé si te acordás, pero cuando entramos al templo nos hicieron ponernos unos ponchos. El de Mocronte es uno de los pocos templos caodaístas que hay en América Latina, ahí casi todos practican esa religión: un sincretismo entre el cristianismo, el islamismo, el hinduismo, el budismo, el taoísmo y el confucianismo.

Las bicis

Las bicis

Vos con el poncho. Como nos gustaron, nos los dejamos puestos todo el día. Nadie decía nada, lo bueno de Mocronte es que podés ponerte cualquier cosa y a nadie le importa, al contrario, te lo festejan.

Vos con el poncho. Como nos gustaron, nos los dejamos puestos todo el día. Nadie decía nada, lo bueno de Mocronte es que podés ponerte cualquier cosa y a nadie le importa, al contrario, te lo festejan.

Detalle del interior del templo.

Detalle del interior del templo.

Ahí mismo en el templo nos hablaron de la Íspide de los Cien Ríos, un lugar sagrado para los caodaístas, no muy lejos de donde estábamos. Nos dibujaron un mapa y nos fuimos de trekking. Había sol y el día estaba lindo para caminar. La Íspide de los Cien Ríos era de postal, me acuerdo que nos quedamos con la boca abierta. Lo que no estuvo tan bueno fue que muy cerca habían puesto un balneario y, por tensiones religiosas, habían tenido que poner control militar.

La Íspide de los Cien Ríos

La Íspide de los Cien Ríos

Balneario con control militar

Balneario con control militar

A la mañana siguiente, antes de irnos, te di tu último regalo: el curso acelerado de mecanografía. Estabas feliz.

Acá hiciste el curso

Acá hiciste el curso

Mientras tanto me fui a caminar y encontré cosas como estas:

Un bichito verde a punto de saltar al vacío.

Un bichito verde a punto de saltar al vacío.

Tres pelotitas con pelos. Dicen que esa es la señal de la droga en Mocronte, ellos no hacen lo de las zapatillas.

Tres pelotitas con pelos. Dicen que esa es la señal de la droga en Mocronte, ellos no hacen lo de las zapatillas.

La comisaría

La comisaría

Pasé por la rotonda. Cada vez que veo esta foto me acuerdo de nuestra llegada al pueblo, ahí fue donde nos dejó el camión.

Pasé por la rotonda. Cada vez que veo esta foto me acuerdo de nuestra llegada al pueblo, ahí fue donde nos dejó el camión.

Cuando nos fuimos ya se habían terminado las celebraciones por el Día de todas las cabras y las calles estaban tranquilas. Creo que si alguien hubiese llegado en ese momento por primera vez, no se hubiese imaginado todas las cosas que pasaban en Mocronte. No entiendo por qué no sale en las guías, con todo lo que hay para ver. Bah, aunque quizá mejor así: que la gente lo encuentre de casualidad, sin haberlo buscado.

Bueno Lau, espero que te hayan gustado las fotos. A mí me encantó rememorar este viaje. Nos vemos pronto. Tenemos que ir planeando el viaje a Critón.

Un beso,

Ani

Y si no fuera por esta foto, diría que Mocronte es un lugar que nos inventamos

Y si no fuera por esta foto, diría que Mocronte es un lugar que nos inventamos

PD 1: te comparto un fragmento del poema “Bailes típicos de Mocronte” de BruReale, el poeta más conocido del pueblo. Me lo mandó él hace unos días, otra de esas casualidades.

“Lo que sí sé afiscar
son los bailes típicos de Mocronte.
OH, MOCRONTE.
La de las grandes playas, junto al monte.
viejo dicho, aunque námido a raudal.
Lo que nadie quiere sumonir
-ni resumonir, mucho menos-
Es la densa pero convexa
íspide de los Cien Ríos.
Porque eso es de motoqueros, y de nadie más.”

(Lo podés leer completo acá)

PD 2: en la caja también encontré la carta que te escribió Spito. Decime si querés que te la mande o si la guardo acá.

poema

[box type=”star”]- Este post pertenece a la serie Viajes sincronizados, un juego en conjunto con Los viajes de Nena. Como Laura y yo no siempre podemos viajar juntas, nos la ingeniamos para hacer viajes (reales e imaginarios) a la distancia.

– Pueden leer el relato de Lau en su blog: “Viaje a Irirí”. Lo que nos pasó allá es de no creer.

– Este juego no lo sacamos de ningún libro, salió de nuestros delirios. Y Mocronte es una palabra inventada por Pedro Mairal y formó parte de uno de los ejercicios de escritura que hice en su taller de narrativa. Siempre me quedé con ganas de escribir un viaje a Mocronte.

– Pueden hacer sus propios viajes sincronizados y compartirlos con el hashtag #viajessincronizados[/box]

Salir de la zona de confort (y volver a volar)

Life begins at the end of your comfort zone
(La vida empieza al final de tu zona de confort)

Without even thinking about it I used to be able to fly. Now I’m trying to look inside myself to find out how I did it. But I just can’t figure it out. (Antes podía volar sin siquiera pensarlo. Ahora intento mirar dentro mío para descubrir cómo lo hacía.
Pero no encuentro la respuesta.)

– Kiki’s delivery service (Hayao Miyazaki)

A veces cuesta arrancar. Esta vez me está costando bastante. Hace dos semanas que “estoy de viaje” y todavía no me siento de viaje. Estuve demasiado tiempo en Buenos Aires y me acostumbré a mi pequeña rutina porteña: escribir y editar el libro, mirar por la misma ventana hacia los mismos edificios, dormir en el mismo colchón todas las noches, hacerme el mismo desayuno todas las mañanas, salir a caminar por la ciudad con rumbo prefijado, hacer trámites, ir al taller de escritura, ir a la misma verdulería y comprar las mismas cosas para preparar las comidas de siempre, ensobrar libros y llevarlos al correo, tomarme siempre los mismos colectivos para ir a los mismos lugares, reunirme con mis amigas en cualquier momento, ver a mi familia cuando quisiera, soñar con viajar largo otra vez y esperar con paciencia a que llegara el momento.

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Y el momento llegó tan de golpe, tan de un día para el otro, que me costó (mucho más que de costumbre) salir de mi vida no-viajera y volver a la viajera. Todavía estoy en eso, dando pasitos torpes de un mundo al otro, cruzando por un puente colgante medio desvencijado, asomándome con timidez a ese estado que antes me resultaba tan natural. Porque sin darme cuenta (recién ahora lo noto) mi cuerpo se acostumbró a ciertas repeticiones y costumbres —propias de la vida sedentaria— y se olvidó de otras —propias de la vida nómada—. Mi zona de confort se volvió tan concreta y limitada que me fue muy difícil cruzar esa frontera de supuesta seguridad que construí en Buenos Aires y volver a sentirme cómoda en la zona desconocida de los viajes.

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Pero en esa zona desconocida e incómoda es donde ocurre la magia, dicen. Cuando nos animamos a salir de la comodidad y de lo predecible es cuando empiezan a pasar cosas extraordinarias (que probablemente no hubiesen ocurrido de habernos quedado en nuestra cajita confortable).

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Siento estas dos semanas de viaje por Argentina (Buenos Aires – San Nicolás – Rosario – Villa Mercedes – San Rafael – Mendoza) más como un preludio que como un inicio formal de viaje. Todavía estoy en ese estado torpe del principio, todavía me cuesta viajar. “En Bangkok aprendí que el comienzo de un viaje siempre es poco fluido, torpe, fragmentado, especialmente cuando se viaja tan de golpe a una realidad tan distinta”. Lo escribí yo misma en mi libro, aunque a veces siento que la dijo eso es otra, me olvido de que ya pasé por varios comienzos de viaje y que todos me costaron. La diferencia es que esta vez no viajé a una realidad distinta: viajé a otra zona de confort. Mejor dicho: volví a mi antigua zona de confort (la de los viajes). Y me sentí perdida. Los primeros días de este viaje me incomodó todo: cargar la mochila, tener la ropa sucia, no dormir en mi cama, hacer dedo, no tener una casa propia, tener que hablar con extraños, sacar fotos. Todo lo que me encanta de viajar me hacía querer volver a mi casa. Pero de a poco volví a acostumbrarme (en eso estoy) (ya me siento mejor).

[singlepic id=7428 w=625 float=center] Bella casa rosarina

[singlepic id=7429 h=625 float=center] y su río

Lo que me está costando, más que viajar, es escribir. Perdí mi superpoder. No digo que se haya ido para siempre, sino que se me extravió: quedó en algún lugar entre el último viaje y el libro. Así que además de bloqueo de viaje, tengo bloqueo de escritura. Todo junto. Nunca me pasó, y no quiero forzarme porque es peor. Dicen que va a volver solo, me va a encontrar. Hace unos días, Damián me hizo ver una película que me encantó (será por el momento en el que estoy, pero se las recontra recomiendo): Kiki’s delivery service, de Hayao Miyazaki. Kiki es una bruja; al cumplir 13 años tiene que hacer lo que todas las brujas de su edad: irse de su pueblo por un año, sola (con su gato negro y su escoba), para independizarse y desarrollar su poder. El poder de Kiki es volar. Una noche de luna llena se va volando y se instala en otra ciudad. Al principio todo va bien, pero un día pierde la capacidad de volar y siente que nunca más podrá volver a hacerlo. Y, durante su bloqueo, se pregunta cómo antes era capaz de volar con tanta naturalidad.

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—Without even thinking about it I used to be able to fly. Now I’m trying to look inside myself to find out how I did it. But I just can’t figure it out.
—You know? It could be you’re working at it too hard. Maybe you should just take a break. Stop trying. Take long walks, look at the scenery, doze off at noon. Don’t even think about flying, and then pretty soon you’ll be flying again.
—You think my problems will…?
—Go away? That’s right. It’s gonna be fine, I promise.

(…)

—So you really think I’ll fly again?
—Sure, you just have to wait for the right inspiration to come along.

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(Traducción:

—Antes podía volar sin siquiera pensarlo. Ahora intento mirar dentro mío para descubrir cómo lo hacía. Pero no encuentro la respuesta.
—Sabes, puede ser que lo estés intentando demasiado. Tal vez deberías tomarte un descanso. Haz caminatas largas, mira el paisaje, duerme la siesta. Ni pienses en volar, y pronto estarás volando otra vez.
—¿Crees que mis problemas se…?
—¿Se irán? Claro. Todo va a estar bien, te lo prometo.

(…)

—¿De verdad crees que volveré a volar?
—Seguro. Solo tienes que esperar a que aparezca la inspiración correcta.)

[singlepic id=7430 w=625 float=center] Kiki versión San Luis (graffiti visto en Villa Mercedes)

La inspiración aparecerá sola. No quiero presionarme a viajar ni a escribir. Quiero volver a fluir con el camino y dejar que me vaya llevando a donde corresponda. Si bien siento estas primeras dos semanas como un patchwork (una de esas frazadas armadas con cuadraditos de distintas telas y dibujos) de sensaciones más que como una historia completa, también siento que cada uno de esos pedacitos me aportó algo de inspiración. Ya llegará algo que me haga reaccionar, me sacuda, me despierte y me devuelva el fluir de las palabras y del camino. Mientras tanto, sigo avanzando en una dirección y con un objetivo: irme lo más lejos posible de mi zona de confort porteña y volver a la magia de la ruta.

*

Algunos pedacitos de ese patchwork:

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[singlepic id=7438 w=625 float=center] Valle Grande, San Rafael, Mendoza

[singlepic id=7440 w=625 float=center] Burbujas callejeras

[singlepic id=7431 w=625 float=center] Fotocharco impresionista

[singlepic id=7432 w=625 float=center] Fotocharco espejado

[singlepic id=7425 h=625 float=center] Show de burbujas en un barrio rosarino

[box type=”tick”] En otras novedades…

* Estamos viajando a dedo (siempre siguiendo los sabios consejos de los Acróbatas del Camino) ¡y nos está yendo re bien! Hicimos todo el camino, desde Buenos Aires a Mendoza, a dedo.

* El lunes nos vamos para Chile, país que quiero conocer hace mucho tiempo. El primer destino es Santiago. Masa crítica de Santiago, ¡esperanos!

* Para quienes lo pedían, salió el ebook de Días de viaje. La versión en .epub está a la venta en mi Tienda y la versión para Kindle la consiguen en [eafl id=”21158″ name=”Días de viaje – Kindle” text=”Amazon”].

* Además, reimprimí Días de viaje, ya que los primeros 1000 se agotaron! Gracias a todos. Tendré stock a partir del 6 de noviembre, lo consiguen acá.

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Mar del Plata y el fluir de la rambla

(Atención: el choclo de texto que verán debajo no quedó así todo junto por error. Es un fluir de conciencia tan largo como la rambla de Mar del Plata. Para aquellos que no quieran leer, las fotos están al final.)

Mientras caminamos por la ciudad, con el mar a la izquierda, pienso. Pienso en cómo, año tras año, esta ciudad se transforma. En verano se llena, en invierno se vacía, en verano se llena, en invierno se vacía. Pienso en cómo las olas van y bien, suben y bajan, aceleran y desaceleran, llegan a la costa y se retraen de vuelta al mar. Pienso en los árboles, en cómo cambian de color, en cómo pierden hojas y ganan flores según la estación del año. Y me digo que todo en esta vida son ciclos. A veces estamos arriba, a veces abajo. A veces nos expresamos hacia afuera, a veces nos retraemos hacia adentro nuestro. Seguimos caminando y frenamos frente a los lobos marinos. Ellos siempre están ahí, inmóviles, petrificados, testigos de todo, ajenos a cualquier cambio. Nos sentamos en las escaleras, cerca de uno de ellos, y enseguida se nos acerca un tipo y nos apunta con su cámara y un flash como de tres metros de altura: “Chicos, ¿una foto?”, No, gracias, “Les saco una enseguidita eh, ¿una panorámica no quieren?”, No no, muchas gracias. Y me pongo a sacar fotos con mi cámara. “¿Seguro no quieren que les saque a los dos? Les saco con tu cámara, una panorámica”. El pobre hombre parece un alma en pena, quedó ahí atrapado como si la temporada de verano siguiera viva. Él y el de los pochoclos. En verano deben ser los reyes de la plaza. En otoño no hay muchos clientes dando vueltas. Nos sentamos un rato en las escaleras y almorzamos con vista gratuita al mar. Yo me como un pedazo de tarta de calabaza y una empanada de queso y verdeo, usando una bandejita de cartón de plato. Comer así en la calle para mí es sinónimo de viaje. Miro el mar, que está ahí nomás, y pienso en que lo lindo de Mar del Plata es saber que, donde quiera que estés de la ciudad, siempre está el mar cerca. No importa si no estás sobre la costa, por lo menos sabés que allá, pasando esos edificios, está el mar. Y esa sensación te tranquiliza, te hace sentir que no importa que haya muchos edificios, porque hay mar. Mientras vos te estás tomando un café, ahí cerca hay uno haciendo surf. Mientras vos estás viajando en colectivo, hay alguien que tira su caña de pescar al mar y cruza los dedos. Y eso es reconfortante. Seguimos caminando por la rambla y frenamos en un sector de juegos para grandes, mejor dicho, de aparatos públicos para hacer gimnasia. Damián se pone a hacer un ejercicio de brazos y un señor que estaba ahí nomás estaciona su bicicleta, se acerca y nos habla. “Sos flaco pero tenés brazos fuertes eh”, le dice con una sonrisa. “¿De dónde son chicos? Ahh Buenos Aires, qué lindo. Bah, no sé si tan lindo. Yo fui hace unas semanas con mi señora, nos íbamos a quedar cinco días, teníamos que hacer un trámite en el consulado español, pero cuando bajamos en Constitución y quisimos tomar un taxi el tipo nos quiso cobrar como cincuenta pesos. Después me enteré que el viaje costaba mucho menos. ¿Sabés cuánto nos cobraron dos cafés con medialunas y un jugo de naranja? No… ochenta pesos. Fuimos a la calle Florida, entramos a un Mandonals y también, una ensaladita nos costó carísima. Al final cambié los pasajes y nos volvimos ese mismo día para acá. ¿Quieren que les saque una foto chicos? Bueno pero pónganse así, con los brazos abiertos, mostrando que están felices de estar acá. Un consejo chicos: privilegien el ahorro, porque pasear es lindo… pero la economía puede destruir la pareja. Yo tengo setenta años y sigo con mi mujer, yo laburé de todo, pero bueno, no los quiero aburrir…”. Se sube a su bicicleta y se va por la rambla, tan sonriente como apareció. Nosotros seguimos caminando, nos dejamos llevar por el fluir de la rambla, por el movimiento del mar. Ahí nomás, a pocos pasos, están jugando al tejo. Pedimos permiso y pasamos a mirar el partido. Van 4 a 8. Vinimos a Mar del Plata el sábado, para el casamiento de una amiga, ahora es lunes y seguimos acá, mirando un partido de tejo en un club de jubilados. No estaba en nuestros planes, pero cualquier excusa es buena para escapar un poco de la locura de Buenos Aires. Una locura cada vez más loca, a mi parecer. Un estrés cada vez mayor. Nos sentamos en una roca y miramos el mar durante un largo rato. Miramos cómo rompen las olas, como un hueco entre las piedras se llena de agua y se vacía, se llena y se vacía. Me llama por teléfono una chica que conozco pero con la que no hablo casi nunca y cuando le digo que estoy en Mar del Plata, me dice que ella es marplatense. Mirá vos. Muchos caminos de mi vida conducen a Mar del Plata. Mi papá vivió en Mar del Plata porque su papá (un abuelo que no conocí) tenía un hotel acá. Yo vine varias veces a Mar del Plata: con mi familia, con algún novio, con amigas, de “viaje de egresados” de la facultad. Hace seis años que no venía. Ya seis años desde que terminé de estudiar. Esta vez me reencontré con Nanu, una amiga que conocí a los quince y que se vino a vivir a Mardel hace siete años. No nos veíamos hace seis, pero era como si nos hubiésemos visto ayer. Algo que me pasa cada vez más seguido. Seguimos caminando por la rambla. De a ratos se nubla, está fresquito, como para campera. Hay viento, pero es viento de mar, viento salado, viento que salpica, un viento lindo. El mar, de a ratos, parece tener manchas celestes, pero es el sol el que genera ese efecto. El mar tiene color a mar de la costa argentina. Color a Mar del Plata. Y mientras caminamos yo sigo pensando. ¿Existiría la meditación-caminata? Porque a mí no hay nada que me haga meditar más que caminar, y si es al lado del mar mejor. Camino y pienso en que hace un tiempito, probablemente desde que empecé a escribir el libro, me está costando escribir el blog. No por falta de ideas (o tal vez sí), sino porque estoy escribiendo tanto (para mi libro, para revistas, para mí, para un taller de escritura) que siento que cuando llega el momento de escribir acá, ya no me quedan palabras disponibles. Pero pienso en que todo en esta vida son ciclos y que tal vez ahora estoy alejada del blog porque estoy cerca del libro y que todo a la vez no se puede. Cuando termine el libro y vuelva a viajar largo retomaré el contacto con mi blog. Porque no es que no lo quiera sino que, pobre, lo estoy dejando un poco de lado en este momento. Está por tener un hermanito y se siente solo. La madre se borró. Y él está viviendo su otoño, el otoño del blog, se le están cayendo las hojitas de a poco, sabe que se le viene el invierno y está preparando la bufanda y los guantes. Ya cumplió tres años y eso, en años-blog, es como cumplir doce. Está por entrar en la edad del pavo y se siente raro. El libro, mientras tanto, se está poniendo los anteojos de sol, está preparando las sandalias, está floreciendo. Pero decido no forzar las cosas, decido volver al blog cuando me surja, como hoy, porque todo en esta vida son ciclos y hay un camino natural para cada cosa. Me lo demuestra el mar, a mi izquierda, con su ir y venir y me lo demuestra Mar del Plata, que ahora está vacía, pero que apenas vuelva a estar veraniega recibirá a cientos de miles de visitantes y sus calles volverán a llenarse de ruidos, de movimientos, de voces y de historias de gente de todas partes del país y, tal vez, del mundo. Pero, mientras tanto, ella disfruta de su soledad.

*

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[singlepic id=7164 w=625 float=center] “Pónganse así chicos, muestren que están felices de estar acá”

La edad de los viajeros

Según la Escala Phillipe, yo tengo unos 100 años de vida, y Walter —otro viajero, también conocido como Che Toba— tiene 70. ¿Cómo funciona esta escala? Walter cuenta que en uno de sus viajes conoció a Phillipe, un hombre que dedicaba todo su tiempo a viajar y que decía tener 408 años de vida. Phillipe explicó que él calculaba la edad según el tiempo de vida invertido en viajar. Lo más común es que la gente viaje 15 días al año, durante sus vacaciones: cada quincena de viaje, por ende, equivale a un año de vida. Alguien que viaja un año entero sin parar ve y vive lo que a otros les llevaría 24 quincenas (cada año tiene 24 quincenas) o 24 años de sus vidas. Entonces yo, por ejemplo, que ya llevo unos 4 años de viaje (y unas quincenas sueltas más), estoy casi en el primer siglo de vida (porque 4 x 24 da 96). “Viajar alarga y ensancha la vida”, afirmó CheToba durante la presentación de RedViajAR en la UADE (un día antes de que Demian y yo saliéramos a dedo para Córdoba), y nos dejó a todos los viajeros asintiendo. Y, pocos días después, Walter nos recibió junto a su familia en “El Rancho Toba”, su casa en Villa Nueva (al lado de Villa María, provincia de Córdoba).

[singlepic id=6154 w=625 h= float=center] Primeras impresiones de Villa María… Mucha tranquilidad.

Quienes lo conocemos estamos convencidos de que debería cambiar el teclado por el escenario y convertirse en el primer blogger de viajes con un show de humor y stand-up (¿o ya habrá alguno que decidió abandonar la cibervida para convertirse en capocómico? nunca se sabe…). “CheToba: viajes y risas”. Éxito garantizado. Tiene mucho para contar ya que pasó por todas (y todo se lo toma con humor): es rosarino, vivió en Buenos Aires, en un pueblito de Brasil y ahora en Córdoba, viajó de mochilero por Sudamérica con su mujer (casi tienen a su hija en el camino), fue uno de los “12 apóstoles” de internet (creo que está conectado a internet desde antes de que existan los modems), fundó empresas online y llegó a ser tapa de la revista VIVA por ser un emprendedor. “Ahora soy blogger de viajes”, dice como si estuviera dando testimonio frente a cámara para un reality show. Y el año pasado realizó una de sus hazañas más grandes: viajó 7 meses en camioneta, desde Córdoba (Argentina) hasta las oficinas de Google en San Francisco (Estados Unidos), con su mujer (Marcela) y sus hijos adolescentes (Sofi y Toto). Y así fue como los CheToba se ganaron el título oficial de Familia Viajera.

 [singlepic id=6179 w=625 h= float=center] La Familia CheToba

 [singlepic id=6157 w=625 h= float=center] Detalles del “Rancho Toba” que me gustaron

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Probablemente los que me leen a mí pensarán que yo “puedo viajar” porque “soy joven y no tengo hijos”. Pero Walter (y tantas otras familias que están viajando silenciosamente por ahí y que no tienen “prensa” o visibilidad) demuestra que no hay una edad ni una “situación ideal” para cumplir los sueños. Y acá hago un paréntesis que viene al caso. Todos los días recibo mails de personas que se sienten “muy jóvenes” o “muy grandes” para viajar: si bien yo estoy en lo que muchos consideran “la edad ideal para viajar”, creo que esa edad ideal no existe. Yo siempre dije que quiero ser viajera toda la vida, tenga familia o no, con hijos o sin hijos, y no voy a permitir que el “hacelo ahora que podés” me frene o me haga creer que mis sueños tienen fecha de vencimiento. Hace unos días conocí personalmente a la familia Zapp (Herman y Cande viajan por el mundo en auto hace más de 12 años, tuvieron 4 hijos en el camino y escribieron el libro “Atrapa tu sueño” contando su historia) y gracias a ellos conocí a muchísimas otras familias que también viajan por el mundo con chicos de todas las edades: parejas que van con su bebé en bicicleta, familias que viajan en kombi, padre e hija que van en moto, familias enteras que se van en motorhome. Y la lista sigue. Es cuestión de dejar todas las excusas de lado y saber que SE PUEDE, que si uno quiere, es necesario hacer ciertos sacrificios, pero se puede. Si otros lo lograron, ¿qué nos lo impide?

 [singlepic id=6183 w=625 h= float=center] Con los Zapp, un gran ejemplo de vida

 [singlepic id=6181 w=625 h= float=center] Los CicloViajeros van en bici con una beba (¿vieron qué lindo el carrito que le armaron atrás?)

 [singlepic id=6182 w=625 h= float=center] Moto viajera con sidecar a medida

Che Toba dice que él va a escribir un nuevo best-seller —“Atrapa tus miedos”— para que la gente “atrape sus miedos”, los guarde en un placard y se dedique a “vivir sus sueños en vez de soñar su vida”. Durante su presentación en Red ViajAR (que pueden ver en su blog), Walter fue derribando uno a uno (a través de su ejemplo) los miedos típicos que nos impiden salir de viaje: “no se puede viajar con chicos” (él tiene hijos adolescentes y se fueron igual), “no puedo dejar la casa sola” (ellos la dejaron durante 7 meses), “seguro que me roban” (tuvieron cero robos, ni siquiera se les pinchó una rueda), “no puedo dejar a mi familia, a mis padres” (él tiene su historia personal con respecto a eso y no permitió que fuera un impedimento), “necesito mucha plata, viajar es cosa de ricos o hippies” (ellos no son ni lo uno ni lo otro, y se animaron). Una de las cosas más importantes a la hora de planear un viaje, según él, es ponerse una fecha límite y salir ese día sí o sí, sin importar si está todo listo o no (¿estará “todo listo” alguna vez? El momento ideal no existe…). Tampoco hay que sentirse decepcionado si uno no llega a su meta (cuando yo me fui de viaje por América latina me puse como meta México y no llegué, cuando me fui por Asia me puse como meta India y tampoco llegué, pero nunca sentí que decepcionaba a nadie). En su casa pudimos ver el mapa de América latina que pegó en la pared al lado de su computadora cuando el viaje con su familia era solamente un sueño compartido. Ahora, esa mapa se llenó de anécdotas, caras e historias, y la familia sueña con nuevos destinos.

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 [singlepic id=6164 w=625 h= float=center] Esta lechuza es amiga de Walter

 [singlepic id=6165 w=625 h= float=center] Y el gato seguramente también (es del barrio)

 [singlepic id=6171 w=625 h= float=center] Arte callejero en Villa María

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Durante nuestros días en Villa Nueva hicimos vida tranquila, jugamos al ping-pong (fue un duelo muy parejo, pero perdí 19 a 21), salimos a caminar por los alrededores del barrio, hicimos burbujas en una escuelita (próximamente un post de Burbujas por ahí), paseamos por el centro de Villa María, fotografiamos graffitis, anduvimos en bici y, como era obvio, nos la pasamos hablando de viajes. No solamente de viajes, sino de la parte “no glamorosa” de los viajes: eso que, según Toba, “no siempre sale en las fotos ni te cuentan en libros o blogs de viajes”. Si bien yo conozco “El Lado Oscuro de los Viajes” (fah!) a veces lo doy tan por sentado que ni lo cuento, o tal vez será que privilegio tanto lo “lindo” por sobre lo “incómodo” que dejo esta parte de lado. Pero es cierto y está bueno que lo sepan.

 [singlepic id=6174 w=625 h= float=center] The Dark Side of Traveling!

En palabras de Toba: durante un viaje hay días en los que no te podés bañar, ni afeitar, ni peinar, ni depilar ni cambiarte de ropa (porque ya no te quedará ropa limpia en la mochila). Hay días en los que te vas a querér volver (doy fe de que existen). Hay días en los que vas a llorar (y mucho) (y si estás viajando sola, no vas tener hombro donde apoyar tu cabeza). Hay días en los que vas a decir: “¿qué hago acá? ¿quién me mandó a viajar?” y vas a soñar con teletransportarte a tu casa. Hay días en los que te vas a frustrar y te vas a pelear con quien sea que esté al lado tuyo (amigo, pareja, familia, desconocido). Pero una vez que estás en la ruta y aprendés que viajar también implica estar incómodo, que también implica tristezas, que también implica momentos duros, te vas a ir amoldando. Probablemente no sea fácil y te lleve tiempo acostumbrarte, pero las recompensas van a llegar tan rápido (en forma de paisaje, de sonrisa, de abrazo, de foto, de momento) que vas a aprender a convivir con esas incomodidades y lo único que vas a querer… es seguir viajando.

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Yo lo pienso así: viajar me hace feliz, y para ser feliz no existe una edad ideal. Tenemos toda una vida para descubrir qué es lo que nos hace felices y para ir en busca de eso. Y cuando empiecen a viajar van a ver que van a dejar de contar los años en la escala tradicional y se van a dar cuenta de cuán acertada es la Escala Phillipe. Yo recién tengo 100 años y espero que me queden varios siglos de vida por delante.

 [singlepic id=6180 w=625 h= float=center] Familia: ¡gracias por todo! ¡Sigan viajando!

BIS: Chiste CheTobiano

¿Cuál es el colmo de un blogger de viajes?

Que tenga el blog cerrado por vacaciones.

***

Pueden hacerse amigos y seguir las andanzas de esta familia viajera en: chetoba.com.ar

BlogSurfing El Fortín

Antes de empezar este post tengo que sincerarme y aceptar, frente a todos ustedes, que en este viaje a Córdoba tuve abstinencia. Tuve abstinencia de Ella, la necesité. Necesité contarle cosas, sentir su compañía, tenerla de confidente y de diario íntimo. Computadora querida, te prometo que no voy a volver a dejarte en casa. No me importa que me agregues dos kilos de peso en la espalda, no me importa que tenga que cuidarte como oro, no me importa que seas frágil, quiero que sigas viajando por ahí conmigo a todas partes. No necesito tu Internet (para eso es fácil encontrar sustitutas), necesito tu presencia, tu teclado, saber que estás ahí para escribirte cuando me surja la inspiración… Cuaderno, no te pongas celoso, a vos también te necesito y te voy a llevar siempre en mi mochila. Además, en este viaje fuiste la estrella, así que no te podés quejar.

[singlepic id=6096 w=625 h= float=center] Mi cuaderno nuevo, comprado en República Checa, con una tapa provocativa (?) y un mensaje acertado (perdónenlo, está celoso).

Haber viajado sin compu me permitió desenchufarme (ven, todo tiene su lado positivo) y ver el viaje de manera más global. ¿Cómo es esto? Claro, cuando viajo con la computadora me gusta escribir y postear los hechos en caliente, inmediatamente después de que ocurren. Esta vez, como no tenía dónde tipear, me la pasé tomando notas en mi cuadernito. Y ahora, sentada frente a mi compu en Buenos Aires, puedo ver todos estos días que pasaron como algo cerrado, acabado, con otro sentido. Y la palabra que se me cruza por la cabeza es que en este pequeño viaje (de 12 días), en vez de hacer el tradicional Couchsurfing hicimos una suerte de “BlogSurfing” o “ViajandoSurfing”. A cada lugar al que llegamos nos recibió un lector (o familia lectora) de mi blog. No pasamos ni una noche en la carpa, siempre fuimos recibidos por alguien y la verdad que para mí ese fue el sentido de este viaje. No fuimos en busca de paisajes sino de personas. Hicimos vida de pueblo en El Fortín, nos divertimos con las ocurrencias de la familia CheToba en Villa María, fuimos a la radio y burbujeamos con varios lectores en Córdoba capital y pasamos unos lindísimos (y “terapéuticos”) días en El Huaico, cerca de Nono. Pero empecemos por el principio.

 [singlepic id=6098 w=625 h= float=center] Primero lo primero: El Fortín

Después de pasar la primera noche en San Nicolás de los Arroyos (tras una jornada intensiva y bautismal de autostop) salimos rumbo a El Fortín, un pueblo de 1500 habitantes ubicado en el oeste de Córdoba. ¿Por qué El Fortín? Por lo mismo que elegimos todos los destinos en este viaje: porque alguien nos esperaba ahí. En este caso, Los Ponso, una familia viajera. Ya que estamos en tren de confesiones, aprovecho para confesar que hicimos un poco de trampa y recorrimos algunos trayectos del viaje en colectivo y no a dedo (pero por favor no le digan nada a Juan Villarino, si hablan con él, le dicen que somos dos genios haciendo dedo y que jamás cambiaríamos la espera de la ruta bajo la lluvia por el refugio y la velocidad de un bondi). Tomamos un colectivo de San Nicolás a Rosario, otro de ahí a Cañada Rosquín (Santa Fé) y, como la lluvia había aflojado, nos volvimos a enfrentar al azar del autostop.

  [singlepic id=6151 w=625 h= float=center] Camino a la ruta nos encontramos con esto…

Algo que me hace mucha gracia (en todas partes del mundo) es el tema de la definición de las distancias. Hay países en los que la gente no está acostumbrada a caminar y todo le parece “lejísimos”: me acuerdo que en Costa Rica, por ejemplo, un policía casi me obliga a tomarme un taxi porque tenía que ir a un lugar que estaba “como a 600 metros”. En otros países todo queda “ahícito nomás, a unos 10 kilómetros”, lo que demuestra que la sensación de lejanía y cercanía es algo totalmente relativo. En Santa Fé (porque todavía estábamos en Santa Fé) nos dijeron que íbamos a llegar a Cañada Rosquín a la 1 del mediodía: el colectivo llegó a las 2 y media de la tarde. Cuando preguntamos dónde quedaba la ruta para ir a hacer dedo nos dijeron “ahí nomás, caminan derecho 6 cuadras”. Si caminamos 12 cuadras fue poco. Por suerte cuando uno viaja disfrutando el camino, nada de eso importa.

  [singlepic id=6149 w=625 h= float=center] Fotocharcos en El Fortín

 [singlepic id=6118 w=625 h= float=center] Primeras imágenes de nuestra llegada al pueblo

 [singlepic id=6120 w=625 h= float=center] Caminando por 9 de Julio

Llegamos a la ruta y nos levantaron en menos de 10 minutos. Fuimos hasta Carlos Pellegrini (a 20 km, en la provincia de Santa Fé) con una pareja en una Kangoo, hablando acerca de la vida en el campo (“nosotros dejamos todo afuera”) vs la vida en la ciudad (“mi hija vive en la capital y le entraron a robar”). Ahí nos pusimos a hacer dedo a El Fortín (a 40 km) y tuvimos la primera competencia de autostop: tres personas que llegaron después de nosotros se colaron y se nos pusieron unos metros más adelante a hacer dedo también. ¿Cómo son las reglas en esto? ¿Es como con los taxis: se respeta la fila? ¿O cada cual se pone donde quiere sin importar el orden de llegada? Nos batimos a duelo de pulgar durante 20 minutos y ganamos: nos levantó el trabajador de un tambo. En el camino nos contó que su hija prefiere el estudio antes que las motos y que todavía no le presentó al novio, que al día siguiente era el cumpleaños de su mujer y que había aprendido a hacer ali-ole. Mientras tanto yo pensaba que a la gente le gusta tener con quien hablar…

 [singlepic id=6097 w=625 h= float=center] Casitas de El Fortín

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Llegamos al Fortín sin la dirección de la familia que nos iba a recibir y sin poder comunicarnos por celular (la tormenta los había dejado sin señal), así que apelamos a la magia de los pueblos chicos (donde todos se conocen) y le pedimos indicaciones al primero que se nos cruzó: “¿cómo vamos a lo de Los Ponso?”. “Los conozco, son los de la farmacia, viven por allá”, nos dijo un señor que estaba sentado en una silla cerca de la entrada del pueblo. Mientras íbamos caminando con las mochilas entre charcos, bicis sin atar y nenes que jugaban al fútbol en medio de la calle, alguien nos gritó (o, “nos informó”) desde una ventana: “¡El Fortín, Córdoba, Argentina!”, como para que nos ubicáramos sin problemas en el mapa del mundo. Y unos minutos después un auto frenó al lado nuestro y desde adentro nos preguntaron: “¿Están buscando a los Ponso?”. Eran ellos. Ah, el encanto de los pueblitos…

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 [singlepic id=6103 w=625 h= float=center] Una mañana nos fuimos todos (cuatro adultos, como seis chicos y unos diez perros) en sulky (en un solo sulky, el de la foto) a “correr la liebre”. 

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Pasamos dos noches con Vanesa, Damián, Pedrito y Tomás entre asados, sulkies, perros, siestas, caminatas, películas, charcos, ¡mosquitos malditos y descontrolados!, burbujas y charlas de viajes. Vanesa (la madre de la familia y la más lectora de mi blog) me ayudó a “materializar” a mis lectores y a darme cuenta de que lo que escribo no se va “al vacío cibernético”, sino que le llega a alguien del otro lado. Y si bien ese alguien es, desde mi perspectiva, un alguien virtual (ya que no les veo la cara), es también una persona con su vida, sus intereses, sus aspiraciones, sus sueños… Vanesa, por ejemplo, lee varios blogs de viajes todas las noches y así nos conoce un poquito más y nos acompaña a la distancia mientras viajamos por Europa, por Asia, por América latina, por África, por Oceanía o por Antártida. Me sorprendió varias veces cuando se puso a relatar historias que yo había escrito en mi blog (¡las contó mejor que yo!) o cuando recordó pequeños detalles que escribí en alguno de mis posts. Ella y su familia también viajan y en el fondo de pantalla de su computadora tiene un collage de fotos de ellos con gente de otros países y una de las frases viajeras más sabias: “Travel is the only thing you buy that makes you richer”.

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 [singlepic id=6139 w=625 h= float=center] También fuimos a una escuelita a hacer burbujas (y Demian hizo la más grande de su vida!)

El último día de nuestra visita al Fortín, Damián (“el Ponso padre”) nos llevó hasta Las Varillas para que hiciéramos dedo de ahí a Villa María, nuestro próximo destino. Le pedimos que pasara por la terminal para preguntar el precio del colectivo y gracias a esa “trampita” las encontré: no una sino dos cartas tiradas sobre la tierra, casi juntas, frente a la terminal de colectivos. Un as de espadas y un tres de bastos. Las rutas del mundo me están tirando las cartas cual Tarot desperdigado por ahí. Y justo me vengo a encontrar dos cartas juntas. Así que lo tomé como una señal… y nos fuimos en colectivo a Villa María.

Continuará… 

Cartas sueltas de una baraja sanjuanina

Soy una mujer de viajes largos, funciono mejor cuando paso más tiempo en un lugar que cuando lo visito de manera fugaz. Por eso los blogtrips (viajes “de prensa” para bloggers que duran, generalmente, de tres a siete días) son el trailer perfecto —me muestran fragmentos de la película y me dejan con muchas ganas de verla completa— y son, a la vez, armas de doble filo: sacian mi wanderlust (esas descomunales ganas de viajar) por un ratito, pero me dejan pidiendo más. Este viaje a San Juan fue algo así: durante los días que pasé en esa provincia argentina me sentí satisfecha, pero volví deseando haberme quedado más.

Me doy cuenta, también, de que me cuesta mucho más escribir acerca de un viaje corto que acerca de un viaje largo. En un viaje largo voy llenando cada lugar de significado de a poco, en un viaje corto me vuelvo a casa con pequeños fragmentos, con cartas sueltas de la baraja. Y no puedo evitar escribir así, fragmentado.

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Agua

Cuando la aridez es parte de la vida los problemas mundanos toman otro plano, se tornan insignificantes. En San Juan casi no llueve, todo es seco: los ríos (de algunos solamente quedan las cuencas), la vegetación, el paisaje, las casas (muchas están hechas de adobe). “El agua es un elemento muy importante acá”, nos dice un sanjuanino mientras la combi cruza un puente sobre lo que antes era un río. “Acá no llueve”, nos asegura más tarde. El clima es seco, sequísimo, y se siente en la piel. Cuando algo falta, todo tiene que ver con eso: acá hay poca agua y yo no puedo parar de pensar en las fuentes de los shoppings, en las lluvias torrenciales de Buenos Aires, en los mares furiosos, en el chorro que sale cada vez que abro la canilla de mi casa. Cada vez que veo verde me alegro, la situación no llega al extremo, la naturaleza sobrevive a todo, en San Juan todavía hay agua, aunque menos, mucha menos que en otras partes del mundo. Y no puedo evitar pensar en lo importante que es el agua en nuestro planeta y acordarme de ese libro de Kapuściński en el que cuenta cómo la vida de ciertas tribus africanas está marcada por el “ritual” de salir a buscar agua todas las mañanas. Agua como único elemento para sobrevivir. No tarjetas de crédito, ni autos caros, ni casas, ni seguros, ni nada. Agua. Dos tercios de lo que estamos hechos.

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“Ustedes son influenciadores”

¿Qué es ser un blogger? ¿En qué consiste esta nueva profesión? ¿Es realmente una profesión? ¿No es, en realidad, una plataforma nueva para mostrar algo que ya existe? Son las preguntas existenciales que nos hacemos los bloggers cuando nos reunimos a charlar de los temas que nos competen. Y estamos de acuerdo en algo: no somos solamente “bloggers” (porque para ser blogger abrís un blog y ya está), somos viajeros o escritores o fotógrafos o periodistas o cineastas (o lo que sea) que utilizan el blog como medio para mostrar su trabajo. Cualquiera puede tener un blog y eso no lo hace blogger. Pasa lo mismo con las cámaras de fotos: ¿cuántas cámaras de fotos hay en el mundo? ¿y cuántos fotógrafos?

Bueno, resulta que estábamos comiendo un asado en el Camping Los Cauquenes después de haber visitado Jáchal, un pueblito de 22.000 habitantes, sus molinos y sus casas de adobe. Estábamos en lo que se conoce como sobremesa (uno de los mejores momentos de la comida). Ya habíamos probado las empanadas, las ensaladas y la carne, ya habíamos escuchado una cueca, ya nos habíamos percatado de la admirable pasión que sienten los jachalleros por su tierra, ya nos habíamos sentido inmensamente bien recibidos en ese pueblito sanjuanino. De repente uno de los jachalleros que nos estaba acompañando por el día se sentó al lado nuestro y nos preguntó, con un interés muy sincero, acerca de nuestro trabajo y de nuestros blogs. Estaba maravillado y casi que sabía más términos bloggers que nosotros. Y cuando nos dijo, con entusiasmo, “Claro, ¡ustedes son influenciadores!” (y no nos dijo “ustedes de qué viven”, “qué es un blog”, “de qué trabajan” o algo parecido) casi le damos un abrazo bloguero grupal. Quién hubiese dicho que alguien nos iba a sorprender con ese término en San Juan, en medio de un asado, tan lejos de las computadoras, del wordpress y de los plugins.

No puedo decir mucho más acerca de Jáchal, ya que no lo recorrí lo suficiente. Lo que sí me queda en la memoria y aparece cada vez que escucho su nombre son las paredes de adobe resquebrajadas, el monumento a la Cacerola, los caballos con flequillo, la suavidad de la harina producida en los molinos, los ronroneos de un gato negro, la música de la guitarra y, por sobre todo, la calidez y la hospitalidad de su gente.

[singlepic id=6056 h=625 float=center] La ensalada del asado

[singlepic id=6053 h=625 float=center] musicalización 

[singlepic id=6004 w=625 float=center] mi amigo el gato

[singlepic id=6066 w=625 float=center] adobe

[singlepic id=6067 w=625 float=center] harina suave

[singlepic id=6072 h=625 float=center] caballo flequilludo

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Gracias Difunta Correa

“Gracias Difunta Correa por cumplir mi sueño”, “Gracias Difunta Correa por el favor recibido”, “Gracias Difunta Correa por mi casa”, “Gracias Difunta Correa por ayudarme a aprobar las materias”, “Gracias Difunta Correa por mandarme al amor de mi vida”, “Gracias Difunta Correa por mis siete hijos”. Las placas de agradecimiento son incontables y empapelan las paredes del santuario dedicado a Deolinda Correa, una de las figuras míticas del folclore argentino y chileno. Según dice la leyenda, Deolinda partió en busca de su marido con su bebé recién nacido en brazos; atravesó el desierto de San Juan y murió de sed, hambre y agotamiento bajo un algarrobo. Al día siguiente, cuando fue encontrada por un grupo de arrieros riojanos, su bebé seguía vivo: estaba apoyado sobre ella, amamantando de sus pechos, de lo que aún salía leche. El milagro se hizo conocido en la región y muchos paisanos de la zona comenzaron a peregrinar a su tumba, que con el tiempo se convirtió en un santuario. Aunque hoy, más que un santuario, parece un pequeño pueblito. Hay casitas, rosarios, vestidos de novia, camiones de juguete, fotos, cartas, patentes, flores, ruedas, cascos, cruces, cintitas, estatuas y agua, muchas botellas de agua para saciar su sed. La gente le pide cosas y luego vuelve para agradecerle. Gracias Difunta Correa por este viaje a tus tierras.

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Lugar sin vida

“El dinero mejor invertido es el que se usa en conocer la naturaleza”, nos asegura el guía mientras nos muestra un submarino natural formado por rocas. Es el día dos del viaje a San Juan y estamos entremedio de un grupo de turistas en el Parque provincial de Ischigualasto (también conocido como Valle de la luna). Los guías sanjuaninos me sorprenden para bien: todos los que conocimos hasta ahora tienen una faceta de la personalidad muy marcada (los hay comediantes, los hay energéticos, los hay apasionados por su trabajo). Este, por ejemplo, es el místico-filosófico (se le adjudican, también, frases como “Cuando uno supera el miedo se conoce a sí mismo”). “Ischigualasto”, nos explica, significa “lugar sin vida”. Pero que hoy no tenga vida no quiere decir que nunca la haya tenido: hace 200 millones de años, en este mismo territorio seco, árido y desolado había ríos, lagos, bosques y… dinosaurios. El Valle de la luna es un lugar muy importante a nivel científico y geológico por la gran cantidad de fósiles de dinosaurios que se hallaron en sus tierras. Y apenas escucho la palabra dinosaurios me acuerdo de mí misma cuando era chiquita y leía libros que hablaban de dinosaurios y soñaba, también, con ser paleontóloga (entre otras profesiones que quise ser, como astronauta, baterista y surfer).

El Valle de la luna da para ponerse místico y filosófico, no queda otra. Estar en un lugar así, tan de “inicio de los tiempos”, me hace pensar en cómo los seres humanos nos pasamos la vida estudiándonos, preguntándonos cómo funciona este planeta en el que aparecimos. ¿De dónde salimos? ¿Qué hacemos acá? ¿Cómo vamos a vivir esta vida que nos toco? Y lo que más chiquita me hace sentir es pensar que los dinosaurios habitaron la Tierra durante ciento cincuenta millones de años… y nosotros, al lado de ellos, nada. O sea que el mundo es más de ellos que de nosotros. ¿En el futuro aparecerá un nuevo ser no-humano que investigará los restos fósiles humanos? ¿Qué conclusiones sacarán de nosotros?

Ah, un dato para agregar al misticismo del lugar: las noches de luna llena se hacen recorridos en bici por Ischigualasto, y el guía nos aseguró que no se necesita ningún tipo de luz artificial. Otra que la Masa Crítica Nocturna.

[singlepic id=6069 w=625 float=center] El submarino

[singlepic id=6070 w=625 float=center] Anverso y reverso

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Bis: Burbujas sanjuaninas

Yo le dije: ¿Hacemos burbujas?

Y ella me dijo, emocionada, que sí.

Saqué mi pequeño burbujerito (no llevé el grande) esperando que se sorprendiera, y al final la que me sorprendió con su ingenio fue ella. Sopló por su bombilla y me regaló un racimo de burbujas sanjuaninas.

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[box border=”full”]Este viaje fue posible gracias a Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de Argentina). Cada viajero va creando su propia historia y va dotando a cada lugar de significados distintos y personales. Por eso siempre digo que cada cual lo relata de manera distinta (y, más importante aún, cada cual vive un viaje y un destino de manera completamente diferente). Por eso los invito a leer los relatos de los bloggers con los que viajé. Tal vez entre todos completemos el mosaico de San Juan. [/box]

De cabotaje

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Nunca me gustó mucho viajar en avión. No es que me dé miedo volar (ACTUALIZACIÓN 2014: me aterroriza volar), lo que no me gusta es el cambio abrupto y acelerado del paisaje. Te subís a un avión en un clima tropical —por ejemplo— y unas pocas horas después estás en medio del desierto (o de la selva, o de la ciudad, o de las montañas). ¿Y qué pasó entremedio? ¿Cómo fue mutando la geografía? ¿Cómo fueron variando los colores? Ni idea. Mientras vos mirabas The Big Bang Theory en la pantallita de tu asiento, el avión recorrió miles de kilómetros y vos te perdiste el camino. El avión es ideal para llegar rápido de un punto a otro del planeta, pero si hay algo que se saltea es la ruta, todo eso que hay entre el lugar de partida y el destino. Por eso me gusta tanto viajar en colectivo, en tren, en barco o en cualquier medio de transporte que vaya por tierra.

[singlepic id=6018 w=800 float=center] En el avión te perdés, por ejemplo, esto.

Este vuelo, particularmente, fue raro. Para empezar, casi lo pierdo. Me distraje charlando con mis compañeros de blogtrip y cuando escuché que por el altoparlante le decían a un tal Pasajero Villalba que ese era el último llamado para el vuelo a San Juan pensé, “¡Ah! ¡Hay otro Villalba en el vuelo!”, seguido de “¡Me llaman a mí! ¡A correr a la puerta de embarque que perdemos el avión!”. Eran las 5 de la mañana, a esa hora mi cabeza no funciona… además estoy acostumbrada a viajar en colectivo por Argentina y no en avión (por lo que supuse que si el vuelo salía a las 5.40, con estar a las 5.35 estaba bien)… Pero el vuelo fue raro, más que nada, porque el avión despegó de Aeroparque (el aeropuerto doméstico de Buenos Aires, ubicado en medio de la ciudad) y no de Ezeiza (el aeropuerto internacional, ubicado en el Gran Buenos Aires, en las afueras de la capital) y me permitió ver Buenos Aires, todavía de noche, iluminada por los faroles. Parecía una constelación gigante, un Join the dots formado por puntitos amarillos sobre una enorme hoja negra. Qué pedazo de ciudad, qué urbe monstruosamente grande, pensé mientras la miraba con un poco de amor y un poco de saturación (cansa, Buenos Aires cansa). Y el vuelo fue raro, también, porque cuando aterrizó no me dejó en otro país sino en otra parte de Argentina, y hacía mucho (por lo menos 10 años) que no me tomaba un avión para volar a otra provincia de mi país.

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Así que mientras yo miraba videos de Peter Capusotto —no se puede pedir nada mejor como entretenimiento en un vuelo—, el paisaje bajo mis pies cambiaba a toda velocidad cual película puesta en Fast-Forward: de húmedo a árido, de ciudad a campo, de chato a montañoso, de vorágine a lentitud. Una hora y cuarenta minutos después aterrizamos en la ciudad de San Juan, capital de la provincia del mismo nombre, ubicada en la región de Cuyo, en el centro oeste del país. Cinco minutos después empecé a sentir los labios y el pelo reseco: aunque mis ojos no lo hubiesen visto, mi cuerpo me estaba diciendo que sí, que efectivamente habíamos cambiado de ubicación y que estábamos en una de las zonas más áridas de Argentina. El clima de San Juan es algo que se siente en la piel.

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Por qué San Juan, se estarán preguntando. En realidad la elección del destino no fue mía sino de Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de La Nación) que me invitó junto a otros cinco bloggers a recorrer esta provincia del país. Un paréntesis: este fue, y lo digo con orgullo por haber participado, el primer blogtrip (viaje de prensa para bloggers) de Argentina realizado por un ente gubernamental, ¡un gran paso! Lo lindo de amar los viajes es que cualquier destino me viene bien: van a ver, pregúntenme si hay algún lugar al que no iría, seguro que adivinan la respuesta. Para mí, cualquier lugar fuera de Buenos Aires ya es un viaje (a veces, incluso, Buenos Aires se convierte en un viaje en sí). Así que cuando nos propusieron ir a San Juan, yo feliz. Viajando por ahí inaugura su Versión Cabotaje.

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Ahora que lo pienso, el vuelo fue raro y el viaje en sí también fue raro. Me explico. A lo largo de mi vida viajé por Argentina principalmente con mi familia (a destinos típicos como Iguazú, Calafate, Ushuaia, Mar del Plata, Córdoba, Entre Ríos y a otras partes del país a visitar familia) y con amigos (a otros destinos típicos también: Bariloche, Salta, Jujuy, Pinamar, Puerto Madryn, Gualeguaychú…). Pero desde que empecé a viajar VIAJAR, así como me gusta a mí (de manera independiente, como escritora, con mochila y en busca de la hospitalidad del ser humano), no hice ningún viaje por el interior del país. Me fui primero hacia otros rumbos, diciendo eso que decimos todos los viajeros acerca de nuestro país de origen: “Puedo viajar por mi país en cualquier momento, ya que siempre estará ahí”. Si bien no estoy de acuerdo en eso de que primero hay que recorrer el país de uno y después salir a conocer el resto del mundo (yo no elegí nacer en Argentina ni tampoco creo demasiado en fronteras ni banderas), tengo que aceptar que viajar por el propio país —y descubrir que hay una hospitalidad que habla el mismo idioma que nosotros— tiene otro sabor. Y como condimento extra, viajar por Argentina con bloggers argentinos fue una grata y divertidísima experiencia (como decíamos nosotros, este blogtrip se convirtió en un intento de Bloggeando por un Sueño).

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[singlepic id=6028 w=800 float=center] El equipo blogger y sanjuaninos que nos recibieron por allá

[singlepic id=6013 w=800 float=center] El elenco de Bloggeando por un Sueño

Los tres días del viaje parecieron tres semanas: vimos tanto en tan poco tiempo que todavía estoy deshilachando recuerdos. Visitamos Jáchal, sus calles de tierra y sus molinos; le dedicamos un día al Parque Nacional Ischigualasto, su Valle de la Luna y sus piedras-submarino; le agradecimos a la Difunta Correa e hicimos trekking en Ullum. Pero todo eso lo contaré en un post fotográfico. Ahora lo que tengo en mi cabeza es otra cosa.

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Durante todo el viaje tuve la sensación de estar mirando dos programas a la vez: por un lado el que tenía enfrente, en vivo y en directo (San Juan) y por otro el que pasaba constantemente por mi cabeza (y en el que me imaginaba qué estaría ocurriendo en Buenos Aires en el mismo momento). Si supiera hacer videos, en este momento ustedes le estarían dando Play y estarían viendo algo así: imágenes aceleradas de Buenos Aires, mucha gente cruzando la calle, subtes llenos, velocidad velocidad velocidad, filas de colectivos con barrabravas yendo a algún estadio, protestas cortes piquetes manifestaciones, gente gente gente, ruido, gritos, bocinas, lluvia, tormenta, inundaciones, mucha lluvia… intercaladas de tanto en tanto con imágenes de paisajes amplios y vacíos, campos inmensos, vacas y caballos, asados a la orilla del río, gente alrededor de un fogón y de una guitarra, lentitud, pueblos vacíos durante el horario de la siesta, perros durmiendo al sol, pan recién hecho, personas en bicicleta por rutas de tierra, aridez, mucha aridez…

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Viajar es lo más lindo del mundo, pero estoy convencida de que los viajeros necesitamos un psicólogo aparte. Este año, por ejemplo, inauguré los viajes cortos y tuve que adaptar mi cabeza a un “Ahora estás viajando – Ahora no” constante (y mucho más acelerado que de costumbre). Y en este viaje me pasó algo digno de ser analizado. Íbamos en la combi rumbo a algún destino de San Juan escuchando música. Calle 13, Manu Chao, Orishas (música muy “latina” que me recordaba mucho a mi viaje por América latina)… de repente: tema de los Fabulosos Cadillacs, “Demasiada presión”. Inmediatamente por mi cabeza pasó el siguiente pensamiento: “¡Acá también se escuchan los Fabulosos!”, seguido de un “Ah no, pará, SI ESTOY EN ARGENTINA”. :D

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[box border=”full”]Este viaje fue posible gracias a Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de La Nación) y fue el primer viaje de prensa para bloggers realizado por un ente gubernamental de Argentina. [/box]

El Regreso (balance de mi viaje por Europa)

“Life is lived forwards but understood backwards” (La vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás) (Lo mismo pasa con los viajes)

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—Si hicieras un balance viajero, ¿crees que cumpliste todas tus expectativas en este último viaje?

—No podría decirte ni sí ni no, porque en este viaje me fui de Argentina sin expectativas, me dejé llevar, viví más que viajar. Como no vine buscando “algo”, no vine con una ruta ni con un plan estricto, dejé que las cosas “me pasaran”, dejé que este viaje “me encontrara”…

El que me pregunta esto es Guido, un amigo argentino al que no veía hacía por lo menos tres años. Nos reencontramos en el kilómetro cero de Madrid el jueves a la noche, 24 horas antes de que me tomara el avión de España a Argentina, y fue como si esos tres años de distancia nunca hubiesen existido. Nos encontramos tras mi viaje de cinco meses por España, por Marruecos, por Suecia y por España otra vez. Nos encontramos en el momento justo para hablar de esto (de mi regreso, del balance viajero, de mis conclusiones). Lo que él me pregunta yo ya lo venía pensando, aunque con otras palabras. Más que en mis expectativas, en los días anteriores a mi regreso me la pasé pensando en mi aprendizaje.

[singlepic id=5054 h=625 float=center] Las fotos de este post, como verán, son fotos sueltas que no tienen que ver con nada, pero que me gustan y me quedaron pendientes de subir…

Este viaje, a diferencia de todos los que hice anteriormente, fue un viaje de personas. A cada lugar de España al que viajé lo hice porque alguien me esperaba, porque alguien me había invitado, porque alguien me iba a recibir. No vi, por ejemplo, Madrid desde una torre con vista panorámica, pero compartí una charla y un café con dos bloggers de viaje. No estuve, digamos, en Ibiza, pero conocí en persona a mi familia asturiana y compartí varios días de mi vida con ellos. No conocí la Alhambra (lo lamento, sí, pero volveré), pero me reencontré con una amiga argentina a la que no veía hacía diez años. No fui a Portugal, pero cuando llegué a mi casa me esperaban dos lindísimas postales de Aveiro y Lisboa, enviadas de puño y letra por mi lectora y amiga (virtual, por ahora) portuguesa. No recorrí todo Marruecos, pero me hice amigos nómadas y sentí cómo el mar me curaba el alma.

[singlepic id=5033 w=625 float=center] La planta-pájaro (dicen que vuela cuando nadie la ve)

[singlepic id=5034 w=625 float=center] “El huevo” de la Plaza Monumental de Barcelona

[singlepic id=5049 w=625 float=center] Sombra de un farol en Girona

Ya sé, me faltó conocer muchísimo del país. Me faltó conocer todo el resto de Europa. Lo que pasa es que esta vez en vez de viajar en busca de paisajes, monumentos, arquitectura, ciudades o pueblos, me moví en busca de personas. Viajé a través de la gente. Crecí a través de la gente. Tuve más abrazos que en cualquier otro lugar del mundo. Recibí más verdades que en cualquier otro momento de mi vida. Aprendí que lo que más me llena en un viaje es conectar con la gente, hacerme amigos, conocer a cada persona que se cruza en mi camino. Aprendí, también, que lo más difícil es justamente eso, porque cada nueva amistad ya viene con fecha de despedida. Aprendí, sin embargo, a convivir con esa realidad, a aceptar que mientras siga siendo viajera siempre tendré que seguir despidiéndome de la gente que quiero. Porque no me queda otra, si quiero seguir viajando por el mundo, tengo que aprender a decir “hasta pronto” (y a confiar en que la vida nos volverá a cruzar). Aprendí, gracias a eso, a no sufrir por la separación, sino a vivir cada momento con intensidad, a disfrutar de mi relación con cada persona, dure lo que dure. Aprendí a reconocer que ninguna despedida es para siempre, y que lo bueno de viajar es que tendré amigos en todas partes del mundo, lo que hace que mi vida sea más feliz. Y aprendí, también, que no me va a dar la vida para conocer todos los rincones del mundo, que es imposible visitar todo, y que tendré que ir creando mi propia ruta, mi caminito en este planeta.

[singlepic id=5052 w=625 float=center] Juguemos

[singlepic id=5044 w=625 float=center] En el lugar que sea, hay que jugar. Saltar.

[singlepic id=5038 w=625 float=center] Soplar burbujas gigantes.

[singlepic id=5048 w=625 float=center] Sentarse en una fuente, en medio del tráfico, a charlar.

[singlepic id=5047 h=625 float=center] Hacer arte.

[singlepic id=5053 w=625 float=center] Crear mundos de colores, como el artixta :)

[singlepic id=5046 w=625 float=center] Y no perder la conexión con el otro, nunca.

El día antes de irme me reencontré con Irene, una argentina amiga de mi mamá que vive en Madrid hace más de cuarenta años, y cuando hablamos de este tema (ella también sabe de despedidas) me regaló una frase que quedará para siempre entre mis enseñanzas de cabecera: “Más vale la pena, que la nada”. Mejor vivirlo, aunque sea corto, que no animarse por miedo a sufrir después.

[singlepic id=5045 w=625 float=center] O, como dirían, “quién me quita lo bailado”.

[singlepic id=5041 w=625 float=center] Del otro lado del puente siempre habrá algo nuevo.

Y ahora, estando acá en Buenos Aires, otra vez frente a mi ventana, me doy cuenta de que no hay nada como un regreso para entender cómo fue un viaje. Si bien yo puedo ir relatando lo que vivo, pienso y siento a medida que viajo (“el minuto a minuto del blog”), la distancia que me da el retorno me permite ver todo desde otro ángulo y tener una idea más global de lo vivido. Cada vez que vuelvo entiendo cómo fue el viaje, por qué viví lo que viví, qué aprendí y en qué aspectos crecí. Además, cada vez que vuelvo logro entender aún más los regresos anteriores. De los cuatro “grandes” regresos que hice (ni que fuera una banda de rock, che), este es el más feliz. Cada regreso fue distinto, porque cada viaje, a su vez, tuvo su propia personalidad. En mi primer regreso me deprimí, en mi segundo regreso entendí que no soy inmortal (gracias al amigo dengue), en mi tercer regreso me sentí sola y lejana (ya ampliaré todo esto en otro post) y en este regreso me siento feliz, tranquila, segura. Esta vez no siento la vuelta como algo malo. Vuelvo muy bien, y eso significa que mi balance viajero es más que positivo.

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Memorias de La Boca

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

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No tengo muchos recuerdos de La Boca.

Bah, en realidad tengo uno, pero intenté olvidarlo con tanta fuerza que quedó oculto en algún rincón de mi cabeza, y apenas escribí la primera frase de este post, reapareció. Fue a fines del 2007, creo, no me acuerdo y no quiero chequear. Después de escucharlo incansablemente durante más de seis años, por fin iba a ver a Joaquín Sabina en vivo en Buenos Aires. Ustedes no saben cómo esperé ese recital. Acá en Argentina el cantautor español es muy querido y yo soy fanática desde los 15 años. La sede iba a ser la cancha de Boca —también conocida como La Bombonera— ubicada en el barrio del mismo nombre. Iba a dar dos funciones y yo tenía comprada mi entrada para la primera hacía meses.

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El gran día fui con mi amiga Belu. En el 64, todos los pasajeros nos hicimos amigos cantando canciones de Sabina. O tal vez no. Pero mi memoria nostálgica me dice que en aquel trayecto pasó algo así. Ese día hacía muchísimo calor. Tanto, que dentro del estadio los de primeros auxilios estaban con mangueras tirándole agua al público, para que nadie se deshidratara ni se desmayara. Después de varias horas de espera se hizo de noche y empezó el show. No sé cuántos temas pudo tocar antes de que empezara la lluvia. Solo sé que no fueron suficientes. El calor sofocante de la tarde había anunciado lo peor, y lo peor se cumplió: diluvió. Llovió tanto que las pantallas estuvieron a punto de salir volando y los reflectores cayeron en picada sobre el escenario. Cayó tanta agua que Sabina tuvo que suspender el show, ya que los músicos corrían peligro. Diluvió de tal manera que la cancha de Boca y los alrededores se inundaron. El agua nos llegaba por arriba de las rodillas, o tal vez más. Si quisiera exagerar, podría decir que no salimos del estadio caminando sino nadando. Durante horas fue imposible tomar un colectivo, imposible mover un auto. Nos quedamos ahí hasta que la zona se descongestionó y finalmente pudimos irnos.

Al día siguiente, Sabina hizo su segundo show. Según me contaron, tocó un montón de temas y hasta invitó a Fito Páez y se reconciliaron en el escenario. Sí, seguramente estuvo genial. Y yo no fui y no quiero ni ver un video de esa función. Les aviso.

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Hace pocos días, volví a La Boca. Esta vez, solamente a dar una vuelta. Y cuando vi que la mayoría de las casas que están sobre Almirante Brown están elevadas, entendí por qué y me acordé. Sabina, la lluvia, la inundación, no poder verlo con Fito Páez, la tristeza, la bronca. Y ahora, mientras escribo, los recuerdos reaparecen. No sólo los de aquella noche, sino posteriores.

En el 2009 mis amigas peruanas Olga y Mirla vinieron a visitarme a Buenos Aires y las llevé, entre otros lugares, a La Boca. Hicimos el típico recorrido turístico de Caminito. Vimos los conventillos —las viviendas compartidas donde se asentaron las primeras familias de inmigrantes europeos—, los colores dispares de las casas, las parejas tangueras, el icónico café Havanna de la esquina.

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Y, aquella vez, saqué una foto de un banco contra una pared, una foto que más adelante usé en mi post “Volver”, a pocos días de regresar a Buenos Aires tras 16 meses en Asia, para reflejar la tristeza que sentía a través de los colores de la foto.

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Hace unos días, pasé por delante de ese mismo banco y los colores habían cambiado. Ya no eran nostálgicos ni pasteles, ahora eran saturados y alegres… como si se hubiesen adaptado a mi estado de ánimo.

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Después de reencontrarme con el banco di unas vueltas por las afueras de Caminito —por el verdadero barrio de La Boca— y me di cuenta de cómo cambió mi mirada tras haber viajado por América latina y Asia. Vi, en la gente que trabajaba en las veredas, en las personas que tomaban mate con los vecinos, en las mujeres que caminaban con sus hijos por el medio de la calle, la cultura callejera asiática y el ambiente de los pueblos del Caribe o Centroamérica. Vi algo muy latino, un estar afuera, ocupar el espacio público, que me llamó la atención y me gustó mucho. No es algo que se vea en todos los barrios de la ciudad. O tal vez no es algo que yo hubiese podido ver antes… ¿será que tuve que viajar a Asia y América latina para poder mirar realmente a mi ciudad? Y les voy a contar algo: quedé tan anonadada por esa vida callejera de La Boca, que no saqué ni una foto. Solamente miré.

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Y al final era mentira eso de que no tengo ningún recuerdo de La Boca. Lo que tengo es mala memoria.

Amigate con Buenos Aires – El nuevo mini proyecto de VPA

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

Todo empezó hace unos días, cuando preparaba una guía de viajes de Buenos Aires que me habían encargado. Me leí todo acerca de la ciudad, miré fotos, descubrí —virtualmente— rincones que no conocía, encontré muchísimos recorridos temáticos interesantísimos para hacer (“recorrido literario”, “recorrido de bares notables”, “recorrido histórico”, “recorrido cultural”, etc) y después de empaparme de información me dije: “Pará, pero Buenos Aires tiene mil cosas para ver. Mil cosas que ya vi mil veces, pero que quiero ver mil y una más”. Y me dieron ganas de salir en ese mismo momento con un megáfono, pararme en medio de la 9 de Julio —en el Obelisco, tal vez— y gritar: “Hola Buenos Aires, ¡volví! ¡Te quiero otra vez!”. Pero no lo hice porque no tengo megáfono y tenía que terminar de escribir la guía.

Para quienes no lo conocen, les presento al Obelisco.

Ese mismo día, además, pegué una de las calcos de Proyecto Calco en mi espejo. Cada vez que me miraba al espejo, el papelito me decía: Amigate. Y cada vez —como si fuera poco— me lo decía con un tono distinto: con indignación, con tristeza, con alegría, dándome una orden, insistiéndome, apurándome, enojada, haciéndome burla, riéndose. Y me di cuenta de que algo estaba pasando: había llegado el momento de reconciliarme con Buenos Aires —esa ciudad que amo y odio a la vez— y salir a redescubrirla, observarla y fotografiarla.

Así que me propuse un nuevo proyecto: amigarme con Buenos Aires, con sus barrios, con su belleza, con su caos, con su esplendor, con su basura, con su estrés, con su buena onda, con sus calles empedradas, con sus manifestaciones, con sus balcones, con sus esquinas ruidosas, con sus pasajes silenciosos, con su primavera, con su mal humor. Es un proyecto que me inspira y me desafía: me inspira a sorprenderme, a mirar los lugares que ya conozco, aquellos por los que pasé incontables veces, con los ojos más abiertos; me desafía a encontrar detalles, a descubrir nuevas perspectivas, a capturar íconos y momentos urbanos. Me inspira a verla como si fuera la primera vez, como si estuviese viajando por cualquier otro lugar del mundo, y me desafía a reconocerla como propia, como el lugar donde crecí y del que siempre querré irme (y volver volver volver).

Así que tras esta introducción les presento el nuevo Mini Proyecto Fotográfico (“mini”, porque como dije alguna vez, no sé en qué derivará, ni si tendrá cierre, ni cuántos capítulos durará) de Viajando por ahí: después de “Asia de la A a la Z” llega “Amigate con Buenos Aires”.

Quisiera recorrer todos los barrios de la ciudad, pero no sé si me dará el tiempo ya que en breve me vuelvo a Asia (ya daré noticias de eso), así que cubriré la mayor cantidad de lugares que pueda. Igualmente, siempre que vuelva a Buenos Aires, seguiré mirándola como si fuese la primera vez. Así que sospecho que este será un proyecto que jamás terminará del todo.

 

Redescubriendo Buenos Aires (o La velocidad de estar de vuelta)

Los días en Buenos Aires pasan rapidísimo. Tan rápido, que me cuesta poner en orden las ideas. Voy, vengo, salgo por la ciudad más de lo que pensaba que iba a salir, me reencuentro, me encuentro, observo, converso, me reúno, pienso en que tengo que escribir, escribo, visito amigos y familiares, me pongo al día con la comida argentina y con las novedades, me entero de todo lo que pasó y no pasó mientras yo no estaba, leo revistas de enero pensando que son de ahora (siempre fui una perdida en el almanaque), observo las nuevas tendencias en la calle y me sorprendo con los precios de todo (aunque intento no comprar mucho, sólo lo necesario, otra costumbre que adopté después de cargar con mis pocas pertenencias durante meses en una mochila).

Una parte de mí está acá como “residente porteña”, pero mi lado viajero sigue mirando la ciudad con otros ojos. Muchos me preguntan: “¿Buenos Aires cambió?”. No, yo la veo bastante parecida, pero hay cosas que noto con más fuerza ahora, después de haber estado 16 meses afuera y de ver todos los días otra realidad.

Todavía siento que las calles de Buenos Aires están vacías, pero sé que es un “vacías” en comparación y no vacías en sí. Los países de Asia por los que viajé (y viví) tienen algunas características en común, entre ellas la alta densidad de población y la concentración de actividades en la vía pública. Allá, todo pasa puertas para afuera: la gente come, cocina, juega al ajedrez, lava, charla, se reúne y juega en las veredas. Acá, la vida ocurre más puertas para adentro. Allá, nunca estás solo, la gente te habla, te saluda, te mira, te hace sentir que sos diferente. Acá, soy una más, aunque todavía muchos me hablan en inglés (incluso el vendedor ambulante de por acá cerca, que me debe haber visto por lo menos unas 130 veces, arriesgó el otro día un “hello” por lo bajo).

Sin embargo, este vacío callejero está, para mí, lleno de contenido, aunque no en forma de personas sino en forma de palabras y símbolos. Me explico.

Cuando viajaba por Asia estaba acostumbrada a leer carteles y no entender nada: una palabra en otro idioma era un sonido que podía resultar “lindo” o “feo”, pero que no me decía absolutamente nada. Leía los carteles porque me es imposible apagar la vista, pero no los llenaba con ningún significado más que el sugerido por mi imaginación. Acá, de golpe, las palabras volvieron a tener sentido. Imaginen pasar más de un año en un lugar donde no entienden ni un cartel, y después imaginen volver a un lugar donde entienden todo: van a sentir que las palabras conocidas cobran otra dimensión, sus cerebros van a funcionar más rápido que nunca, leyendo, interpretando y entendiendo cada combinación de letras que ven. Porque en nuestra rutina cotidiana vemos, por ejemplo, una parada de colectivo como un cartel que indica dónde frena el transporte que necesitamos, pero si miramos más allá, una parada de colectivo habla acerca del modo de transportarse y las costumbres de la ciudad.

Los primeros días me sentí un poco abrumada: era como tener una sobre oferta de información a todo momento. Después me di cuenta de que mi cabeza realiza procesos distintos según el lugar donde esté. Cuando viajaba por Asia, como muchas veces no podía leer, tenía que interpretar gestos, miradas, movimientos, tenía que darle más importancia a lo no verbal. Acá en Argentina volví a lo verbal: me descubro escuchando, involuntariamente, charlas en el colectivo, conversaciones de celular, encuentros entre vecinos como una voyeur cualquiera. De repente lo hablado volvió a tener sentido y me resulta raro porque es algo que nunca había experimentado. Esto me demuestra que cuando viajo utilizo ciertos sentidos (especialmente el sexto) y cuando estoy de vuelta utilizo otros.

Por otro lado, encuentro mucho contenido “argentino” en forma de símbolos. Una florería es, para nosotros, lo más común del mundo. Sin embargo, a mí me sorprende y me gusta ver todos estos puestos en las esquinas que desbordan de color, con los floristas que arman, con paciencia y dedicación, ramos que luego alguien comprará para darle a otra persona como muestra de afecto o arrepentimiento. En Asia vi ventas callejeras de todo tipo: motos repletas de frutas, bicicletas cubiertas de escobas, vendedores ambulantes cargando jaulas de pájaros, pero siento que lo de las flores es algo más de acá. Lo mismo me pasa con los kioscos, los almacenes, las despensas, las parrillas, los bodegones y tantos otros lugares que a mí se me aparecen como “Íconos De Lo Argentino“.





Esto hace que todo el tiempo frene a sacar fotos (ahora cambié de formato y saco con el celular, como les conté). Si me bajo mal del colectivo, no importa, es una buena excusa para caminar y descubrir detalles que no había visto antes.

Algo que me gusta de esta ciudad es el arte callejero, las intervenciones que se hacen en la vía pública y las publicidades que se pegan en las paredes (más ahora que estamos en época de elecciones). Por momentos siento que en otras ciudades esto de “hablar desde las paredes” no es tan marcado, pero tal vez la diferencia sea que acá puedo interpretar todos los juegos de palabras y los mensajes que tal vez en otros lugares me pasan desapercibidos.





Y todo esto hace que mi cabeza no descanse.

Hace un par de posts y de países atrás comenté que había empezado a juntar cartas (naipes) encontradas en el piso de ciudades y pueblos asiáticos. Como las veía por todos lados, un día decidí levantarlas y formar un mazo de cartas de todas partes del mundo (todavía no lo completé, pero tengo varias). Para mí las cartas representan muchas cosas. Por un lado, son el reflejo del “nivel” de actividad callejera del lugar: cuantas más cartas encuentro en determinada ciudad, pueblo o país, más siento que la vida en ese lugar ocurre afuera; y cuantas menos cartas encuentro en determinada parte del mundo, más siento que ahí la vida ocurre adentro. Por otro lado, en cada ciudad o pueblo que encontré una carta tuve buenas experiencias y sentí que el lugar emanaba una energía positiva; hubo ciudades, en cambio, con las que no simpaticé y que no me regalaron ni un solo naipe. Estando acá en Buenos Aires, el chip de ver cartas en la calle se me apagó.

Sin embargo, el otro día iba caminando por San Telmo, pensando en cualquier cosa, y la vi: una jota de picas me estaba esperando, quién sabe hace cuánto, en la vereda.

Buenos Aires con mirada jet-lag

Había oído hablar del jet-lag pero nunca lo había experimentado, ni siquiera cuando viajé de acá (Argentina) a Tailandia. Tal vez la emoción de haber llegado a Asia no me permitió sentirme mal en aquel momento.

Pero acá en Buenos Aires lo sufrí.

También conocido como El síndrome de los husos horarios, el jet-lag ocurre cuando se cruzan más de tres husos horarios en avión. Los viajes de larga de distancia de este a oeste (y vice versa) producen un desequilibrio entre nuestro reloj interno (el ciclo biológico que nos marca las horas de sueño y vigilia) y el horario externo del país al que se arriba, y eso puede causar insomnio, fatiga, problemas digestivos, ansiedad, deshidratación, dolores de cabeza, problemas de coordinación, confusión en la toma de decisiones, falta de memoria, irritabilidad y apatía (TODO JUNTO). Según la NASA (sí, esa misma), al cuerpo le lleva un día por huso horario adaptarse, es decir que si atravesamos 10 husos horarios, nos llevará 10 días volver a la normalidad.

Yo tuve todos los síntomas anteriores, con especial énfasis en confusión en la toma de decisiones, falta de memoria e insomnio; aunque la mejor definición de lo que fue mi estado durante los tres primeros días fue la que me dijo mi primo: “Es como estar en un sueño”.

caminando como en un sueño donde todos los carteles tienen sentido y las calles están vacías

Las primeras dos noches dormí cuatro horas, me desperté de golpe a las 5 am y no pude dormir más. El viernes a la tarde (día de mi cumpleaños) me fui a dormir la siesta (algo que no hacía hace años, literalmente) y me desperté con el cerebro funcionando en inglés y el impulso de hablar ese idioma. Si bien las palabras me salían en español, me sonaban raras, artificiales. El día anterior me costó muchísimo tomar la decisión de dónde reunirme con mis amigas para celebrar mi cumpleaños y, cada vez que alguien me hablaba rápido o fuerte, me sentía muy abrumada. Recién volví a ser yo el domingo, cinco días después de haber llegado: durante ese lapso de tiempo, sentí que todo lo que pasaba alrededor mío ocurría en otro plano, como si mi cuerpo estuviese ahí pero mi mente se hubiese ido a volar por las nubes.

El viernes, primer día que salí a la calle para tomarme el colectivo (bus público), me pasó algo que aumentó ese estado de ensoñación y llevó la situación a un nivel bizarro y existencial. Mientras recordaba dónde estaba la parada del 39 y caminaba hacia esa esquina, un hombre (argentino de unos 35-40 años) me frenó y me preguntó, en inglés: “Where are you from?”. Frené y me quedé mirándolo durante unos largos segundos, pensando qué responder. Estoy muy acostumbrada a que me hagan esa pregunta, pero en otro contexto, entonces que me la haya preguntado un argentino en nuestra propia ciudad y con mi estado de jet lag me hizo sentir muy confundida. Le respondí “de Argentina” y seguí caminando. Pero después pensé ¿será que ya no pertenezco a Buenos Aires? ¿o será que mi cara de jet-lag me hace parecer una turista perdida? ¿de dónde soy? ¿pasé a ser ciudadana del mundo más que de un país?

Buenos Aires, fría, y yo

Durante mis días de ensoñación, caminar por Buenos Aires me pareció justamente eso: estar como en un sueño. De a poco me reencontré con aquellos elementos tan típicos de la ciudad que había olvidado por ser parte tan intrínseca del paisaje: los paseadores de perros con sus 20 correas y 20 perros alborotados a su alrededor, los kioscos callejeros de revistas con todas las tapas y noticias en exposición, los puestos de flores de las esquinas, los mozos que salen de los restaurantes con el café y el azúcar en la bandeja plateada y lo dejan sobre una mesita al borde de la calle, las mujeres que salen a pasear a sus perros vestidos con ropita de lana a medida, los carteles verdes con pósters de los últimos estrenos cinematográficos, el amarillo y negro de los taxis, el ruido que hace el Subte cuando avanza sobre las vías, los repartidores de pizza que esperan en la puerta del edificio sosteniendo la caja con el piolín, los espacios públicos en refacción, las canchas de fútbol 5, los estacionamientos encajados entre dos edificios en pleno Microcentro, el olor de las facturas que se escapa de las panaderías, los maxikioscos que desbordan de golosinas, el menú ejecutivo del mediodía, los supermercados chinos donde casi no se habla español, las mujeres que caminan con sus pesados tapados de piel, los hombres que (lamentablemente) aún duermen en las veredas y parques, los vendedores de boletos de colectivo que esperan en las paradas, los vendedores ambulantes que se suben al transporte público y ofrecen desde dvds hasta alfajorcitos de maicena y palmeritas a beneficio de instituciones para ex-drogradictos, el arte y el fileteado de los colectivos, el obelisco de noche, el Colón (por fin) reabierto.

El colectivo público de Buenos Aires

Un autito que me gustó (ahora saco todas las fotos con celular)

Esta foto la saqué en el 2009, pero me gusta y la pongo acá

Esquina de otoño (otra sacada con celular)

Prohibido tomar Fernet (veda electoral)

Quilmes tampoco

Descubrí bares y librerías nuevas, vi que algunos lugares cerraron, otros están en alquiler y otros siguen de pie igual que cuando me fui. La realidad es esa: ciertos rincones pueden mutar, pero una ciudad no cambia de un día para el otro. Buenos Aires sigue siendo la misma, ahora la que se siente distinta soy yo.

Tengo ganas de sacarle fotos a todo lo que mencioné, pero todavía no me animo a salir con la cámara, así que por ahora me conformo con la del celular. Qué ironía, ¿no?, soy capaz de caminar con la cámara colgada al cuello por ciudades que no conozco, pero no me animo a hacer lo mismo en la mía. Será porque conozco sus riesgos demasiado bien. Aunque quisiera, en algún momento, sacar la cámara a pasear por acá.

Pero por el momento uso mis ojos.

La imagen de Eva Perón entre edificios

Volando por ahí: de Indonesia a Buenos Aires en 35 horas

Amanece en Ciudad del Cabo (Sudáfrica)

Creo que no hay viaje más largo que el viaje de regreso.

A mí me llevó más de 35 horas y me pareció como estar una semana en un limbo a miles de metros de altura. Pero a la vez, cuando aterricé, sentí que todo había pasado muy rápido.

Vuelo #1: Yogyakarta – Jakarta

Salí de Yogyakarta (Indonesia) a las 12.45 del mediodía del martes 26 de julio. La despedida no fue un “chau hasta nunca”, sino un “Asia, nos vemos pronto”. Como dirían en Indonesia: sampai jumpa lagi (“until we meet again”). El avión #1 (Air Asia) me llevó de Yogyakarta a Jakarta en una hora. Ese mismo camino de 8-10 horas que hice tantas veces en tren esta vez fue rápido y por arriba.

No soy fanática de viajar en avión, me gusta más ir en tren o bus por tierra, pero creo que los aeropuertos son lugares muy interesantes para aquellos que disfruten observar. Los aeropuertos son micromundos: en esos espacios se mezclan personas de todas partes del mundo, de distintas religiones, con distinto color de piel y se escuchan mil y un idiomas. Y cada aeropuerto, además, sintetiza la cultura del país al que pertenece. En el de Indonesia, por ejemplo, entré a una librería y lo primero que vi fueron muchísimos libros de fotografía (a los indonesios les encanta sacar fotos), en Malasia, en cambio, había más libros de actualidad y política. Y los souvenirs, si bien no me gustan, dicen mucho de un país: en Indonesia, el batik habla del arte, en Malasia, la cantidad de free shops y negocios habla del consumismo, en África, los tambores hablan acerca de la música…

Mientras esperaba el segundo vuelo en el aeropuerto de Jakarta me senté en un rincón y me puse a mirar las fotos que imprimí en Yogyakarta antes de irme. Uno de los guardias del aeropuerto se me acercó y me preguntó con cara muy seria: “¿son cuadros?”. Le dije que no, que eran fotos y me preguntó si las había sacado yo. Cuando le respondí que sí no dijo nada más y se fue. A los cinco minutos se me acercaron otros dos: “¿de dónde son esas fotos?”, “de Asia”, “¿y tenés de Indonesia?”, “sí”, y se las mostré. Pero me hablaron con tal seriedad que no sé si me lo preguntaban de curiosos o si era porque esto de trasladar fotos impresas de un país a otro rompía algún tipo de ley.

En el aire

Vuelo #2: Jakarta – Kuala Lumpur

Finalmente, más de 4 horas de espera después, embarqué en el primer tramo del vuelo Jakarta (JKT)  – Buenos Aires (EZE) y, dos horas de vuelo después, llegué a Kuala Lumpur (Malasia).

Durante las 5 horas de espera en el aeropuerto de KL me sentí más en Argentina que en Asia: la mayor cantidad de los pasajeros que esperaban conmigo eran argentinos. Cuando me subí por fin al avión #3 me di cuenta de lo tragicómico de la situación: en un avión repleto de argentinos, ninguno me reconoció como argentina. La primera que me lo demostró fue la azafata (argentina), que directamente me habló en inglés. Y como si fuera poco, al chino que se sentaba al lado mío, que claramente era chino y tenía cara de no hablar inglés, le habló en argentino: “tu asiento es el de la ventanisha”. Más tarde me levanté para ir al baño y un nene, argentino también, me habló en inglés. Respondí de la manera más argentina posible, haciendo énfasis en el “shh” de las “ll” y de las “y”.

Vuelo #3: Kuala Lumpur – Ciudad del Cabo

El vuelo de Kuala Lumpur a Ciudad del Cabo (Sudáfrica) duró unas 10 o 12 horas (ya ni me acuerdo). En esas horas cené dos veces, desayuné dos veces y me sentí completamente perdida en los husos horarios. Además la ansiedad no me dejó dormir.

Ciudad del Cabo desde el cielo

Ciudad del Cabo II

Ciudad del Cabo me pareció muy linda desde el cielo: casitas bajas de colores, montañas arrugadas, la playa y un amanecer naranja. Qué silenciosas que son las ciudades vistas desde arriba.

El avión hizo una parada de una hora y media, así que decidí bajar para ver el aeropuerto. En el aeropuerto éramos todos argentinos. Entré a un negocio de souvenirs típicos de África con la cámara y me puse a mirar los tambores, tazas, manteles y telas que vendían. Cuando salí me crucé con un señor argentino que claramente pensó que yo era de cualquier otro país menos de Argentina, miró mi cámara (tengo una Nikon D90), siguió caminando y dijo en voz alta, con un tono de total desagrado: “¡qué lenteja que tiene! ¡por favor!” como si yo fuese una turista que anda con una lente telescópica apuntando a todo ser que se me cruza. Sí señor, la “lenteja” a la que tan cálidamente se refirió es la lente de 18-105 mm que viene con la cámara. Lástima que en ese momento no supe cómo reaccionar, pero creo que el “qué lenteja” quedó para la historia.

Souvenirs africanos

Vuelo #4: Ciudad del Cabo – Buenos Aires

Finalmente el avión despegó y cruzó el Atlántico para ir de Ciudad del Cabo al destino final: el aeropuerto de Ezeiza. Ese fue el tramo que más largo se me hizo: dormí muy poco, me miré todas las series y películas que ofrecían en el servicio de entretenimiento, leí, me marée, intenté dormir más y miré el reloj mil veces, pero el tiempo no avanzaba. Cuando aterrizamos lo único que pensé fue POR FIN. Fue el viaje en avión más largo de mi vida.

Primera vista de Buenos Aires

Aterrice sobre una Buenos Aires invernal, con árboles pelados y calles frescas. Mi familia me recibió en Ezeiza y cuando íbamos por la ciudad en el auto me pasaron dos cosas que me demostraron que mi chip sigue en modo Asia.

Primero, me sorprendí al ver que todos los carteles estaban en español. Leí todo lo que pude, absorbiendo cada palabra: compostura de calzado, hay maracuyá y arándanos, parrilla argentina, votá a Mauricio, elegí a Filmus, estacionamiento 24 hs, panadería. Pero cuando leí la campera de los recolectores de basura, en vez de leer “Jugá”, leí “Yú-ga”, la misma palabra pero… ¡en indonesio! (que significa “también”).

Y segundo, dije en voz alta, sin darme cuenta de por qué lo decía: “qué vacías que están las calles… ¿dónde está la gente?”. Y unos minutos después caí: en Asia el espacio privado está completamente volcado al espacio público. La gente cocina en la calle, juega a las cartas y al ajedrez en las veredas, las motos y los carritos circulan entre medio de los autos, las personas están siempre afuera. En Buenos Aires esa cultura callejera es mucho más acotada, no es el caos de sonidos, colores y olores que forman el paisaje urbano de las ciudades asiáticas.

Buenos Aires me parece extraña y familiar a la vez, aunque la verdad es que todavía no caigo que estoy acá. Fue todo muy rápido, si bien el vuelo fue larguísimo, siento como si me hubiese teletransportado. Mientras miraba la ciudad a través de la ventana del auto, me dio la sensación de que alguien había fabricado “personajes porteños típicos” con cartón y los había ubicado en lugares estratégicos: el paseador de perros, los carniceros charlando detrás del mostrador, las mujeres con tapados de piel que entraban a las sastrerías, los encargados apoyados contra el marco de la puerta de los edificios, los verduleros que se agachaban a juntar las verduras, los chicos que iban en bicicleta con la guitarra en la espalda, las chicas que iban caminando mientras mandan mensajitos en el celular. Tan rara me sentí que hasta la saqué fotos a una parrilla y a una verdulería, como si las hubiese visto por primera vez en mi vida.

La foto no es muy buena pero sirve de ejemplo. Vi la parrilla desde el auto y me encantaron los colores.

La verdulería

Estoy acá pero siento que estoy metida en un sueño. Como bien me dijo una amiga hoy, “después de un viaje largo, el cuerpo vuelve… pero el alma tarda un poco más en llegar”.

Volver (después de un viaje de 16 meses por Asia)

Escribo esto a siete seis cinco cuatro tres dos días de volver a Argentina. Lo escribo ahora, porque no sé si podré escribir la noche antes de irme. La cuenta regresiva se hace cada vez más fuerte, los días pasan rapidísimo, sin piedad. Siento que hace unas horas todavía faltaba un mes. Ahora faltan menos de 48 horas. Los miedos me persiguen hasta en mis sueños: aparezco en Buenos Aires sin haberme despedido de nadie, pierdo el vuelo a Argentina y quedo atrapada para siempre en un aeropuerto, vuelvo a Buenos Aires y la ciudad está gris, con caños rotos, niebla negra y charcos de agua, al estilo de Ciudad Gótica; vuelvo a Buenos Aires y no tengo conexión de internet ni señal de celular, no puedo comunicarme con nadie. Me despierto de golpe y me doy cuenta de que todavía sigo acá. Es que esos días A.V. (“antes de volver”) son fatales. Uno sigue de viaje, pero es imposible no pensar en la vuelta que se acerca. El cuerpo está en una parte del mundo y la cabeza ya está en otra.

Volver. ¿Será que todos los viajeros sienten lo mismo al regresar, sin importar a qué ciudad vuelvan? Yo vuelvo a Buenos Aires, pero bien podría estar volviendo a Madrid, a San Petersburgo, al Cairo. No elegí dónde nacer, pero mi país de nacimiento determinó la ciudad a la que siempre querré/temeré volver: Buenos Aires. ¿Qué es lo que tanto nos angustia de volver a nuestro lugar de partida? Dudo que un viajero que visite Buenos Aires por primera vez se sienta así: para él, viajar a Buenos Aires significará llegar a un lugar nuevo, la llegada tendrá expectativas y adrenalina, tendrá preguntas y deseos. Lo que me hace pensar que lo que me angustia no es volver a Buenos Aires en sí, sino volver a secas. Volver a lo cotidiano, a lo familiar, a lo que se conoce desde hace años, a lo que ya no sorprende tanto. Volver al único lugar del mundo donde no soy extranjera, a la única ciudad donde no necesito aprender códigos urbanos desconocidos para sobrevivir, a ese lugar del cual conozco todo lo bueno y todo lo malo.

Volver. Hay algo de los regresos que me hace reflexionar. Creo que es inevitable, como los balances de año nuevo. Aunque uno no quiera, los hace. Qué fue lo bueno y lo malo de este año (en mi caso, cambio “año” por “viaje”, prefiero escribir mi historia en travesías antes que en números), qué aprendí, en qué me equivoqué, por qué me equivoqué, qué volvería hacer, qué me quedó sin hacer, qué miedo superé, qué rincón de mí misma conocí. Asia me enseñó muchas cosas, pero me daré cuenta de qué exactamente con el tiempo. Asia me cambió por dentro, pero reconoceré esos cambios cuando vuelva a mi hábitat natural. Ahí me daré cuenta de todo.

Vuelvo por poco tiempo a Argentina. No porque no quiera quedarme en mi país, sino porque la cantidad de mundo que hay afuera me llama, porque siento que si me quedo quieta por demasiado tiempo no me va a alcanzar la vida para conocer todo lo que quiero conocer. Vuelvo con planes y proyectos, para evitar la depresión post-viaje. Vuelvo pensando en mi próximo viaje, como todo buen viajero. Y vuelvo con una idea que se me instaló en la cabeza hace un tiempo. Siento que, de repente, todas las flechas me conducen a la misma palabra: LIBRO. Antes pensaba: “primero viajar, más adelante libro”. Ahora todo me dice libro libro libro libro. Si quiero ser escritora, en algún momento tengo que empezar. Tal vez este blog haya sido un boceto de todo lo que quiero decir en 100, 200 o 300 páginas. O tal vez no. Lo cierto es que hace varios meses tengo ideas dándome vueltas por la cabeza. Y así como tengo ideas, también tengo miedos: ¿podré escribir un libro “entero”? ¿encontraré un hilo conductor para mis historias? ¿alguien lo leerá? ¿qué críticas recibirá? Pero así como una vez les dije (y me dije) “Si querés viajar, viajá”, ahora me digo a mí misma: “Si querés ser escritora, escribí”. Es lindo soñar y pensar “quiero ser/hacer tal cosa”, pero lo cierto es que el mundo no espera a nadie, es uno el que tiene que empezar.

Así que además de los viajes, ese es mi proyecto a corto plazo: escribir un libro (o por lo menos intentarlo). Siento que esto de volver a Argentina, aunque no sea más que por unas semanas, le da una especie de cierre (o intervalo) al viaje: sé que desde Buenos Aires voy a ver estos 16 meses en Asia desde otra perspectiva y espero poder plasmar todo lo que viví, pensé, aprendí, vi y conocí en hojas de verdad. Me gustan los blogs pero todavía creo en los libros.

Así que cuando pise Ezeiza, en vez de pensar “hoy volví a Argentina”, espero ser capaz de decir: “hoy empieza a nacer mi primer libro”.

Limbo (esos días entre que terminás un viaje y volvés a tu casa)

Les confieso que esto de volver dentro de tan poco tiempo a Argentina me tiene como en limbo. Estoy totalmente bloqueada y sin poder escribir una palabra hace días, por eso mi pobre blog no se actualiza. No es que no quiera, es que no puedo.

No estoy así tanto por el hecho de volver, ya que en el fondo tengo ganas de estar un poquito allá y de reencontrarme con personas, costumbres y rincones que extraño. Pero estar viviendo en Indonesia me confunde: ¿estoy viajando o no estoy viajando? ¿Será que mi próximo viaje será “a Argentina”? ¿Yogyakarta, la ciudad de Indonesia donde vivo, se convirtió en mi “no viajar” y Buenos Aires, ciudad que conozco hace 25 años, será mi “próximo viaje”? ¿Esto sienten los expatriados al vivir afuera? Estoy confundida.

Estoy en alguna nube entre esto…

… y esto (ambas fotos son las vistas que tengo desde la ventana en Buenos Aires y en Yogyakarta, ustedes sabrán diferenciar cuál es cuál)

A fines de julio, si la ceniza me lo permite, estaré de vuelta en Argentina. Voy a festejar mis 26 allá, en pleno invierno, con chocotorta, piñata de alfajores y globos multicolor. Va a ser uno de los vuelos más largos de mi vida, creo que dos días, entre escalas y conexiones, y con la diferencia horaria siento que esos dos días voy a estar flotando en la nada (limbo a la décima potencia). Primero porque voy a estar en tránsito y no voy a “pertenecer” a ningún país en particular, solamente a una aerolínea (es decir que no voy a estar en un lugar ni en otro); segundo porque voy a viajar atrás en el tiempo, entonces tal vez cuando llegue voy a haber dormido tres noches en dos días, o algo así. Y con todas las emociones mezcladas que tengo en este momento sé que voy a llegar y no voy a entender nada. Todos a mi alrededor van a hablar mi idioma, algo que no me pasa hace meses, nadie me va a decir “lady lady transport”, me voy a horrorizar con lo caro que está todo y la ciudad que amo/odio ni se va a inmutar por mi regreso.

Por eso les digo: limbo. Todavía no me fui de Asia pero ya siento que estoy en semi-transición. Es lo que pasa cuando uno sabe que algo se está por terminar. Por momentos no puedo evitar pensar todo lo que voy a hacer allá, y por momentos no puedo evitar pensar todo lo que voy a extrañar de acá.

Cuando me fui de Buenos Aires, en abril de 2010, no tenía ningún plan. ¿Cuándo volvés? No sé. ¿Qué países vas a ver? No sé. ¿Volvés? No sé. Si quiero que mi día a día sea viajar, me es imposible planear de antemano cómo será mi vida. ¿Ustedes planean todo lo que van a hacer de acá a un año, qué ruta van a tomar para ir a tal lugar, qué van a comer, a quién van a conocer? Es imposible. Sin embargo todos me pedían respuestas y yo nunca las tuve. Sé que cuando vuelva me van a preguntar muchas cosas: ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Cuál es tu próximo destino? ¿Qué va a ser de tu vida? Por el momento lo único que sé es que este viaje a Buenos Aires no será un regreso sino una visita, un interludio, un corte en el medio, un respiro tal vez, un mini descanso y un reencuentro con la gente que quiero. Y después, Asia me espera otra vez.

Tengo varios planes para cuando vuelva a Argentina que ya les iré contando. Y si bien tengo muchas preguntas, hay algo de lo que estoy segura: después de 16 meses de ausencia, me va a ser imposible no mirar a Buenos Aires con otros ojos.

Historias minimalistas de Malasia: la bolsa marrón

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Me comí el primer Cabsha en el monorriel.

Miré el fondo de la bolsa marrón con respeto. Desde abajo me miraban, impasibles, dos alfajores Cachafaz, tres Cabsha, una oblea Bon o Bon y un mini potecito de dulce de leche Ilolay. Tanto lo pedí que al final se cumplió: después de 14 meses en Asia sin probar nada que se parezca ni remotamente a un alfajor, Marina, una argentina que vive en Kuala Lumpur, me preparó esta sorpresa.

Tras nuestra cena de comida india en la capital de Malasia, me subí al monorriel con la bolsa casi atada a los dedos: que a nadie se le ocurriera arrebatarme mi bolsa marrón. La bolsa o la vida. Espié: todo seguía ahí. ¿Por cuál empezar? Y agarré un Cabsha.

Lo abrí como si estuviese llevando a cabo una ceremonia o ritual: con cuidado, con dedicación, con respeto. Me lo comí.

Tenía sabor a Argentina.

Dejé el resto para más tarde, tal vez con ansias de que esa bolsa durara para siempre.

El monorriel… ¡con la publicidad de Sugus!

Mientras el monorriel me llevaba de KL Sentral (la estación central de Kuala Lumpur, capital de Malasia) hasta la estación Imbi (donde está mi guesthouse) miré a los pasajeros. Al lado tenía un indio malayo que se movía sobre el asiento con impaciencia, más allá, uno de nacionalidad desconocida (para mí tenía cara de iraní) iba en musculosa, con los pelos que se le escapaban por todos lados y una expresión de estar soñando despierto. En el asiento de enfrente, tres adolescentes: dos chinas malayas que hablaban inglés con el típico acento malayo y un chico rubio (parecía australiano o tal vez estadounidense) que también hablaba inglés con el típico acento malayo. ¿Hijo de expatriado tal vez? A mi costado, tres indios malayos pre-adolescentes iban vestidos muy punk y (probablemente para ellos) muy cool. Nadie me prestó atención. Acá los occidentales no son un elemento raro ni exótico.

De lejos, por la ventana del monorriel, vi a las Torres Petronas iluminadas. Ah sí, las Petronas, lindas. Y me di cuenta de que ya vine tantas veces a Kuala Lumpur, que empecé a mirar todo con otros ojos: con los ojos de la normalidad. Hoy mi realidad es Asia: las veredas llenas de puestos de comida, las motos, la comida india servida sobre hojas de planta de banana, las torres gemelas más altas del mundo, los templos y las mezquitas. Y es una realidad que me gusta, que me hace sentir cómoda, me hace sentir en el contexto adecuado.

Madre e hija mirando por la ventana del monorriel (la foto la saqué durante el día, claramente)

Lo único que me recuerda que no soy de acá es la bolsa marrón que llevo entre las manos.

Vengo de un lugar muy lejano donde se comen alfajores y dulce de leche. Y no es lo mismo comer un Cabsha en un monorriel en Kuala Lumpur que comer un Cabsha en la línea D (o C, o B, o la que sea) o en cualquier colectivo de Argentina. Allá el Cabsha es algo tan normal que pasa desapercibido, nadie se plantea teorías acerca de la inmortalidad del Cabsha. Acá, el susodicho bocadito es un elemento metafórico que me recuerda que vengo de otra realidad.

Si este Cabsha supiera la cantidad de significados que carga

Me bajé del monorriel, caminé la cuadra y media hasta mi guesthouse tranquila, sabiendo que aunque fueran las 11 de la noche era muy improbable que alguien quisiera robarme. Era viernes y todos estaban sentados al aire libre en los kopitiam (restaurantes locales), tomando teh tarik (té con leche), comiendo un roti canai y charlando en Manglish, una simpática mezcla de inglés y malayo, lah.

Esa noche soñé que el embajador de Argentina en Kuala Lumpur se comía mis alfajores sin permiso adentro de una mezquita. Y yo le decía, casi llorando, “No, no, por favor, dejame algo, ¿sabés hace cuanto que no como un alfajor?”.

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