Los días en Buenos Aires pasan rapidísimo. Tan rápido, que me cuesta poner en orden las ideas. Voy, vengo, salgo por la ciudad más de lo que pensaba que iba a salir, me reencuentro, me encuentro, observo, converso, me reúno, pienso en que tengo que escribir, escribo, visito amigos y familiares, me pongo al día con la comida argentina y con las novedades, me entero de todo lo que pasó y no pasó mientras yo no estaba, leo revistas de enero pensando que son de ahora (siempre fui una perdida en el almanaque), observo las nuevas tendencias en la calle y me sorprendo con los precios de todo (aunque intento no comprar mucho, sólo lo necesario, otra costumbre que adopté después de cargar con mis pocas pertenencias durante meses en una mochila).

Una parte de mí está acá como «residente porteña», pero mi lado viajero sigue mirando la ciudad con otros ojos. Muchos me preguntan: «¿Buenos Aires cambió?». No, yo la veo bastante parecida, pero hay cosas que noto con más fuerza ahora, después de haber estado 16 meses afuera y de ver todos los días otra realidad.

Todavía siento que las calles de Buenos Aires están vacías, pero sé que es un «vacías» en comparación y no vacías en sí. Los países de Asia por los que viajé (y viví) tienen algunas características en común, entre ellas la alta densidad de población y la concentración de actividades en la vía pública. Allá, todo pasa puertas para afuera: la gente come, cocina, juega al ajedrez, lava, charla, se reúne y juega en las veredas. Acá, la vida ocurre más puertas para adentro. Allá, nunca estás solo, la gente te habla, te saluda, te mira, te hace sentir que sos diferente. Acá, soy una más, aunque todavía muchos me hablan en inglés (incluso el vendedor ambulante de por acá cerca, que me debe haber visto por lo menos unas 130 veces, arriesgó el otro día un «hello» por lo bajo).

Sin embargo, este vacío callejero está, para mí, lleno de contenido, aunque no en forma de personas sino en forma de palabras y símbolos. Me explico.

Cuando viajaba por Asia estaba acostumbrada a leer carteles y no entender nada: una palabra en otro idioma era un sonido que podía resultar «lindo» o «feo», pero que no me decía absolutamente nada. Leía los carteles porque me es imposible apagar la vista, pero no los llenaba con ningún significado más que el sugerido por mi imaginación. Acá, de golpe, las palabras volvieron a tener sentido. Imaginen pasar más de un año en un lugar donde no entienden ni un cartel, y después imaginen volver a un lugar donde entienden todo: van a sentir que las palabras conocidas cobran otra dimensión, sus cerebros van a funcionar más rápido que nunca, leyendo, interpretando y entendiendo cada combinación de letras que ven. Porque en nuestra rutina cotidiana vemos, por ejemplo, una parada de colectivo como un cartel que indica dónde frena el transporte que necesitamos, pero si miramos más allá, una parada de colectivo habla acerca del modo de transportarse y las costumbres de la ciudad.

Los primeros días me sentí un poco abrumada: era como tener una sobre oferta de información a todo momento. Después me di cuenta de que mi cabeza realiza procesos distintos según el lugar donde esté. Cuando viajaba por Asia, como muchas veces no podía leer, tenía que interpretar gestos, miradas, movimientos, tenía que darle más importancia a lo no verbal. Acá en Argentina volví a lo verbal: me descubro escuchando, involuntariamente, charlas en el colectivo, conversaciones de celular, encuentros entre vecinos como una voyeur cualquiera. De repente lo hablado volvió a tener sentido y me resulta raro porque es algo que nunca había experimentado. Esto me demuestra que cuando viajo utilizo ciertos sentidos (especialmente el sexto) y cuando estoy de vuelta utilizo otros.

Por otro lado, encuentro mucho contenido «argentino» en forma de símbolos. Una florería es, para nosotros, lo más común del mundo. Sin embargo, a mí me sorprende y me gusta ver todos estos puestos en las esquinas que desbordan de color, con los floristas que arman, con paciencia y dedicación, ramos que luego alguien comprará para darle a otra persona como muestra de afecto o arrepentimiento. En Asia vi ventas callejeras de todo tipo: motos repletas de frutas, bicicletas cubiertas de escobas, vendedores ambulantes cargando jaulas de pájaros, pero siento que lo de las flores es algo más de acá. Lo mismo me pasa con los kioscos, los almacenes, las despensas, las parrillas, los bodegones y tantos otros lugares que a mí se me aparecen como «Íconos De Lo Argentino«.





Esto hace que todo el tiempo frene a sacar fotos (ahora cambié de formato y saco con el celular, como les conté). Si me bajo mal del colectivo, no importa, es una buena excusa para caminar y descubrir detalles que no había visto antes.

Algo que me gusta de esta ciudad es el arte callejero, las intervenciones que se hacen en la vía pública y las publicidades que se pegan en las paredes (más ahora que estamos en época de elecciones). Por momentos siento que en otras ciudades esto de «hablar desde las paredes» no es tan marcado, pero tal vez la diferencia sea que acá puedo interpretar todos los juegos de palabras y los mensajes que tal vez en otros lugares me pasan desapercibidos.





Y todo esto hace que mi cabeza no descanse.

Hace un par de posts y de países atrás comenté que había empezado a juntar cartas (naipes) encontradas en el piso de ciudades y pueblos asiáticos. Como las veía por todos lados, un día decidí levantarlas y formar un mazo de cartas de todas partes del mundo (todavía no lo completé, pero tengo varias). Para mí las cartas representan muchas cosas. Por un lado, son el reflejo del «nivel» de actividad callejera del lugar: cuantas más cartas encuentro en determinada ciudad, pueblo o país, más siento que la vida en ese lugar ocurre afuera; y cuantas menos cartas encuentro en determinada parte del mundo, más siento que ahí la vida ocurre adentro. Por otro lado, en cada ciudad o pueblo que encontré una carta tuve buenas experiencias y sentí que el lugar emanaba una energía positiva; hubo ciudades, en cambio, con las que no simpaticé y que no me regalaron ni un solo naipe. Estando acá en Buenos Aires, el chip de ver cartas en la calle se me apagó.

Sin embargo, el otro día iba caminando por San Telmo, pensando en cualquier cosa, y la vi: una jota de picas me estaba esperando, quién sabe hace cuánto, en la vereda.