Me cansé de viajar

Chan. (Si te estás preguntando y ahora qué y te mata la intriga, andá a la segunda parte del post.)

Alguna tarde del 2007, cuando todavía me faltaban unos meses para terminar la universidad, decidí que apenas rindiera el último final me iba a ir de viaje sin fecha de vuelta. Estaba trabajando en una revista y usaba cada rato libre para escribir en mi blog (otro, en el que solía mencionar que tenía muchas ganas de viajar) y para googlear fotos de los lugares que quería conocer. Irme de viaje era mi obsesión y no imaginaba mi futuro en una oficina o viviendo días iguales. Necesitaba construir una vida en movimiento y no quería quedarme con la duda de qué hubiese pasado si, por más miedos que tuviera.

El 28 de enero de 2008, con 22 años, me tomé un colectivo de ida a Bolivia y di por iniciada mi vida de viajera (así empieza la contratapa de “Días de viaje”, donde cuento todo esto con mucho más detalle). Entre ese día y hoy hice y viví muchísimo más de lo que me hubiese imaginado:

viajé sola por más de 40 países,
me quedé más de 200 veces en casas de familia alrededor del mundo,
me animé a hablar con extraños y a fotografiarlos,
probé comidas de todos los continentes,
acampé en el desierto,
me invitaron a casamientos y cumpleaños,
viajé por China sin entender nada,
descubrí mis raíces en España y en Hungría (incluso intenté estudiar húngaro),
me enamoré,
me desenamoré (y me animé a compartir varias de esas historias en “El síndrome de París”, mi segundo libro),
atravesé Europa en auto con un chico que recién conocía y que terminó siendo mi marido,
vi la aurora boreal desde un bosque sueco,
viajé en barco, en crucero, en helicóptero, en avión, a dedo, en camiones, en tractores,
tuve dengue, sabañones, fiebre, me corté, me caí, me esguincé,
tuve un período de muchísima tristeza,
conocí a algunas de las personas más importantes de mi vida,
me despedí de algunas de las personas más importantes de mi vida,
logré llevar mi trabajo en la mochila y vivir de lo que más me gusta,
publiqué varios libros,
di una charla TEDx,
me invitaron a viajes de prensa,
llené 43 cuadernos (y contando),
di talleres,
conté todo en este blog,
recibí comentarios haters,
recibí comentarios inspiradores, llenos de amor y gratitud (gracias por eso),
volví varias veces a Buenos Aires,
tuve la vida que siempre soñé y entendí, a la vez, que no era ideal ni perfecta.

Mural visto en Madeira (Portugal)

Pero alguna tarde del 2017, en alguna parte del mundo, me cansé de vivir así. Me cansé de trasladarme, de mudarme, de empacar y desempacar, de llegar a tiempo a los trenes, de buscar dónde dormir y a la vez dónde trabajar, de no tener un espacio propio, de no tener mi biblioteca, de tener mis cosas dispersas en distintos lugares, de no ver a mis amigos y a mis sobrinos, de no poder encarar proyectos largos porque nunca me quedo varios meses en el mismo lugar. Sé que ya escribí sobre esto antes, pero durante este último viaje le dije demasiadas veces a L, llorando, no me quiero volver a mudar, quiero una casa, hasta acá llegué y algo adentro mío me dijo: “Esto así no va más”.

Me siento igual que en el 2007, cuando miraba fotos y soñaba con viajar, pero al revés: ahora miro casas y sueño con vivir ahí. Abro con más emoción un cuaderno en blanco que un mapa, entro con más ganas a un departamento en alquiler que a un hotel, me motiva más armar mi escritorio que hacer la mochila. Ya no quiero andar girando “como bola sin manija” (dirían), ya no quiero vivir sin rumbo fijo. Me cansé. Necesito una base, un ancla, un nido. Y si no escucho este llamado interno, tan fuerte como el “quiero viajar” de hace 10 años, no voy a ser feliz, voy a seguir viajando por inercia, por miedo a cerrar una etapa que empezó como el sueño más grande de mi vida pero que ya no me motiva como antes, y no voy a crear cosas que valgan la pena porque no voy a estar alineada con lo que quiero ser.

Y no saben lo difícil que es para mí escribir esto y el miedo que voy a tener cuando haga click en el botón de “Publicar”, pero siento que si no soy honesta (conmigo y con ustedes), si hago de cuenta que todo sigue como siempre, me voy a quedar trabada en algo que ya no soy y voy a terminar dejando este blog porque no me voy a sentir identificada con él (¿crisis de 7 años con el blog? No sos vos, soy yo, te lo juro), y no quiero que eso pase. Y como siempre escribí desde mis emociones y desde la sinceridad, no puedo hacer de cuenta que ahora no está pasando nada. Necesito dejar todo esto por escrito para cerrar una gran década y poder abrir otra. Así que eso: dejo los viajes para volver a la oficina (ese sería el título marketinero de este post). La diferencia es que esta oficina va a ser un espacio de trabajo diseñado por mí, en mi casa, en el lugar del mundo que elija, con las horarios que quiera, decorado a mi manera y para hacer cosas que no estaría haciendo si no me hubiese ido de viaje por casi 10 años.

¿Y ahora qué?

¿Y ahora? ¿Qué va a pasar con el blog? ¿Qué va a pasar con nosotros?, se estarán preguntando ustedes, si es que todavía queda alguien leyendo o ya dieron un portazo masivo y me dejaron sola para siempre. ¿Qué implica todo esto? (Spoiler: va a haber Viajando por ahí para rato.)

Primero, que voy a quedarme quieta y voy a armar mi espacio de trabajo para poder enfocar todas mis energías en crear y compartir. Quiero devolver todo lo que aprendí durante estos 10 años, quiero crear para mí y para ustedes, quiero escribir más que nunca, quiero responder a sus preguntas y sus miedos, quiero compartir todo lo que sé acerca de viajar, de escribir y de ser nómada digital. Mi objetivo es inspirarlos a que si quieren viajar, viajen (y de la manera más suya posible), y si no quieren viajar, no viajen y se queden quietos haciendo lo que aman. Como adelanto les cuento que en septiembre sale mi primer journal de viajes, hecho a dúo con María Luque, del que ya les iré mostrando cositas y que vamos a presentar en Buenos Aires (pronto preventa!), también que estoy por firmar contrato con una editorial argentina para hacer un lindísimo proyecto de libros para el año que viene y que estoy preparando, por fin, mis cursos y workshops online.

Segundo, esta decisión implica que me llegó el momento de elegir dónde vivir, al menos por unos años, y con L tenemos todas las fichas puestas en Biarritz (Francia). Nos gusta la idea de vivir frente al mar y de estar en Europa y a ambos nos gusta esta ciudad para, en un tiempo, tener familia. Ahora mismo estamos acá, buscando casa, aunque está difícil porque hay muchísima demanda y poca oferta. Hace unos días fuimos a ver el departamento de nuestros sueños: entramos y fue amor a primera vista, ya nos veíamos viviendo ahí… nosotros y 20 postulantes más. Al final no nos lo dieron (por eso anduve medio triste esta última semana), así que seguimos buscando. La idea es establecernos en Biarritz y pasar varios meses al año en Buenos Aires.  Ahora en julio nos vamos tres meses a Buenos Aires y en octubre volvemos a Francia con la idea de quedarnos acá de manera indefinida.

Nos quedaremos por acá…

Tercero: no voy a dejar de viajar (y lo subrayo porque sé que lo tengo configurado en el ADN). Lo que quiero y necesito es dejar de moverme de manera tan constante y pasar a ser una nómada part-time (u ocasional). Quiero seguir viajando pero de otra forma: quiero hacer viajes más cortos, con ida y vuelta (en lo posible sin tecnología), y durante esos días enfocar todas mis energías en explorar, en conocer, en documentar, en fotografiar, en interactuar con el lugar y no en estar pensando dónde voy a vivir después de ese viaje, si voy a tener internet o no, qué va a ser de mí y todo eso que me está pasando ahora. Quiero poder decir “me voy una semana a explorar Estambul” e irme con la emoción del 2008, a perderme en la ciudad y a disfrutar de ese viaje “en estado puro”. Y para eso necesito frenar y tener una base. Necesito volver a hacer de los viajes algo extraordinario y no parte de mi rutina, porque así como los estoy viviendo hoy, ya no los disfruto.

Y por último: no voy a dejar de escribir de viajes (tengo mucho material por subir todavía), aunque también escribiré acerca de otras cosas (en escribir.me, no se preocupen, que para eso está). Me quedan muchos libros por delante. Que empiece la década creativa.

Cierro con esta frase del libro “Nos vamos”, de Power Paola.

Y con una foto mía, que hace mucho que no doy la cara (estoy más arrugada que hace 10 años, eso seguro).

Si quieren enterarse de todo lo que se viene, los invito a suscribirse a mi newsletter. Pronto estaré anunciando preventa y talleres en Buenos Aires. :)

Ah! Y hay promo en la Tienda para celebrar a Biarritz: si compran dos o más libros les mando una postal escrita a mano desde acá, de regalo, para ustedes o para un amigo.

Siete
(Reflexiones en mi séptimo aniversario viajero)

[quote]“El número siete, por sus virtudes ocultas, tiende a realizar todas las cosas. Es el dispensador de la vida y fuente de todos los cambios, pues incluso la Luna cambia de fase cada siete días. Este número influye en todos los seres sublimes.” (Hipócrates)[/quote]

El siete y el dos siempre fueron mis números preferidos. No soy muy original: las estadísticas —que en este caso no tengo idea cómo se calculan— dicen que el siete es el número preferido de la mayoría de la población mundial. El siete me sirve para expresar cosas que otros números no me permiten: me gusta decir “llego en siete” o “dame siete minutos” cuando el cinco me parece muy corto y el diez demasiado completo. El siete indica algo que no se hace enseguida pero que tampoco lleva dos cifras de tiempo, aunque a veces eso de ser un número intermedio me pone en un limbo: tener 27 años, por ejemplo, me pareció una edad rara. Sentía que todavía estaba cerca de los 25 y a la vez acercándome a los 30, o sea que no estaba en un lugar muy definido. Tener 29 me gusta más: al menos sé que en un año cambio de década y que me acerco a una etapa distinta.

Cuadro by vero gatti y Luna

Cuadro by vero gatti y Luna

Muchos dicen que el siete es el número perfecto y que tiene poderes especiales. El siete está en todo. Los siete días de la semana, los siete planetas clásicos en la astrología, los siete pecados capitales, los siete colores del arco iris, los siete cielos del Islam, los siete sacramentos del Catolicismo, las siete edades del hombre según Shakespeare, las siete notas musicales, los siete mares, las siete vidas de los gatos, las siete diferencias, los siete chakras, los siete enanitos, siete años en el Tíbet, siete monos, el séptimo hijo varón, el mundo creado en siete días. La suma de las caras opuestas de los dados siempre da siete. Le dicen el número mágico porque está formado por la suma del tres —sagrado— y el cuatro —terrenal— y forma, entonces, un puente entre el cielo y la tierra.

Siete años en la ruta (en esta foto: Islandia)

Siete años en la ruta (en esta foto: Islandia)

En mi caso, ayer cumplí siete años de vivir viajando. El 28 de enero de 2008 me puse la mochila, tomé un bus de ida de Buenos Aires a La Quiaca —la frontera entre Argentina y Bolivia— y, sin tener mucha idea de lo que estaba haciendo, decidí que ese sería el primer día del resto de mi vida. Desde ese 28 de enero hasta hoy viajé por más de treinta países en cuatro continentes, viví en varias ciudades, escribí dos blogs de viajes con más de cuatrocientos posts, publiqué nosécuántos artículos de viajes en revistas, expuse fotos de viajes, fui columnista de viajes en programas de radio, di charlas de viajes y autopubliqué mi primer libro de relatos de viajes. Durante siete años puse todas mis energías en construir esa realidad que había elegido: ser viajera.

Candado budista en los puentes de París.

Candado budista en los puentes de París.

Pero dicen que algo pasa a los siete años. Hay una teoría psicológica que asegura que después de despertarte 2555 días junto a la persona que elegiste de pareja para toda la vida aparecen las dudas, preguntas y desilusiones: la famosa crisis o comezón del séptimo año de matrimonio. ¿Esto es lo que quiero para siempre? Nunca tuve una relación de siete años así que en ese aspecto no sé, pero sí sé que hace 2555 días me despierto con la misma etiqueta y con el mismo estilo de vida, ese que elegí hasta que la muerte nos separe solo por intuición, sin siquiera haberlo testeado antes. A veces pienso en lo fácil que usamos las palabras “para siempre”. A los veintidós años decreté, así de fresca, que viajaría para siempre, pero nunca pensé en todas las cosas que pasarían entre mis veintidós y el para siempre. Yo solo veía la meta: cumplir ese sueño.

Mensaje visto en Praga.

Mensaje visto en Praga.

Ondas luminosas. Esta foto la saqué en la exposición de Kusama en el Malba, Buenos Aires.

Ondas luminosas. Esta foto la saqué en la exposición de Kusama en el Malba, Buenos Aires.

En siete años, ese sueño dejó de ser una ilusión y se convirtió en algo corpóreo, y mi vida de viajes tuvo subidas y bajadas. Como vivir en movimiento me hace perder la noción del calendario, me gusta pensar en años-viaje y poder, así, diferenciar cada bloque de tiempo y recordar por qué cada año fue distinto.

El año uno empezó con la euforia del primer paso: esto es lo que siempre soñé ahora sí que seré feliz toda la vida. El año dos fue el del primer regreso y la depresión post-viaje: para qué volví, no sé si voy a poder seguir viajando, qué va a ser de mí. El año tres me fui a Asia y otra vez la euforia: esto es lo que siempre soñé ahora sí que seré feliz toda la vida bis. El año cuatro apareció la calma y logré cierta estabilidad: bueno, creo que ya puedo decir que me dedico a escribir desde cualquier lugar del mundo. El año cinco estuvo desbordado por la emoción y el agotamiento de escribir un libro: este es el resultado de hacer las dos cosas que más me gustan, pero cómo cansa. El año seis volví a viajar y tuve una sensación que intenté tapar durante mucho tiempo: esto no es lo que esperaba. Había empezado el proceso de desidealización de la vida soñada, una de las mejores cosas que me pasaron desde que me fui de Buenos Aires, ya que me permitió ver todo de manera más real. Y el año siete, este que se acaba de cumplir, es el de las preguntas: bueno, ya sé más o menos cómo son las cosas, ¿y ahora qué?

Por las calles de Salamanca, España.

Por las calles de Salamanca, España.

Cumplí siete años de viajera en un estado intermedio —típico del siete, diría—: viviendo en otro país. Es decir: ni del todo en mi casa, ni del todo de viaje, ni tan quieta, ni tan en movimiento. Ni sí ni no, ni blanco ni negro. ¿Qué estoy haciendo entonces? ¿Estoy viajando? ¿Estoy frenada? ¿Debería estar viajando? ¿Debería estar con ganas de viajar? ¿Debería volver? Siempre dije que iba a viajar toda la vida, pero ¿y si me canso? ¿Y si me aburro? ¿Y si ya no me motiva? ¿Y si de golpe aparecen otros intereses? De acá a “toda la vida” falta mucho, y hay un montón de otras cosas que me gusta hacer además de viajar. ¿Qué pasaría si les dedico más tiempo? ¿Si cambio de profesión? ¿Si cierro el blog, dejo de escribir y desaparezco de internet? ¿Podría ganarme la vida? ¿Lo mío es escribir sí o sí? ¿Y si cambio de rubro y pongo un negocio de algo? ¿Y si refloto ese sueño de irme a cosechar lechuga a una granja en Canadá? Pero a mí viajar me gusta, aunque tambiénETC. Esto de tener monólogos internos constantes es agotador.

Músico callejero en Praga, frente al muro de John Lennon.

Músico callejero en Praga, frente al muro de John Lennon.

Ojo de Magritte en Bélgica.

Ojo de Magritte en Bélgica.

Para mí, el superpoder del siete es que, cuando lo usás para contar años, marca un quiebre. Siete años es un tiempo considerable para estar en algo, aunque no llega a ser una década: si quiero arrepentirme, todavía estoy a tiempo. Obvio que a los diez años también puedo arrepentirme, pero el siete es más liviano, no es un número cerrado. Entonces me siento así, como si estuviese terminando un período de prueba, el test-drive: ya sé cuáles son las cosas que más me gustan de vivir viajando y cuáles son las que más me cuestan, ya sé en qué consiste y en qué no consiste este estilo de vida. Ahora puedo decidir si seguir o cambiar. O si seguir pero de otra manera. Si acelerar o desacelerar. Si dedicarle más tiempo a esto o a otras cosas. Las opciones son muchas. Y lo bueno es eso: que tengo opciones, que nadie me obliga a estar encadenada a nada.

Frente al reloj en París.

Frente al reloj en París.

Infinito (foto: Islandia)

Infinito (foto: Islandia)

Pero entre tantas preguntas, también tengo algunas certezas. Me demostré —a mí, no a otros— que puedo vivir con mis reglas, aunque esto de no tener manual de instrucciones hace que tenga que estar reescribiéndolas todos los días. También entendí que no tengo que impresionar a nadie ni cumplir expectativas ajenas. Antes sentía que tenía que hacer ciertas cosas —viajar / escribir de determinada manera— porque eso era lo que se esperaba de mí —”la viajera”—. Ahora siento que si mañana decido dejar de viajar no va a ser un fracaso sino un aprendizaje: quizá viajar no era lo mío, quizá necesitaba viajar para darme cuenta de cuánto necesitaba tener un hogar, o quizá necesitaba frenar para darme cuenta de cuánto me gusta viajar.

Visto en Cusco.

Visto en Cusco.

También sé que aunque esté de cumple viajero y tenga estas preguntas no voy a tomar decisiones porque no hay decisiones para tomar. Estoy acá, estoy escribiendo un libro. Después volveré a Buenos Aires, haré cosas allá, volveré a tener a mis amigos y a mi familia, estaré quieta un rato más. Y ahí la intuición, otra vez, me dirá qué hacer. Pero aunque entre en crisis o tenga dudas, cuando me proyecto me doy cuenta de que en mi futuro siempre veo viajes. Quiero hacer un viaje en auto por la Patagonia, quiero hacer un road trip por Estados Unidos y Canadá, quiero hacer dedo en Japón, quiero recorrer las islas de Oceanía en barco, quiero atravesar Asia Central. Quiero ir a muchos lugares. No sé a qué ritmo ni cuándo. No sé si escribiendo un blog o no. Pero todos esos planes de viajes están ahí y no los veo con intenciones de desaparecer.

En siete años les cuento.

cumple-viajes-13

Pizarrón en la casa de vero!

*

Epílogo:

El 28 a la noche le dije a L:

—Hoy cumplo siete años de vivir viajando.
—¿Por qué no me dijiste antes?
—Es que me acabo de dar cuenta.
—Me hubieses avisado y comprábamos una torta y brindábamos.

Y eso hicimos, aunque con un día de delay. Torta de chocolate y vino blanco para festejar una fecha que me parece más representativa que mi cumpleaños. Así que propongo que cada uno elija su fecha de cumpleaños —o de no-cumpleaños— en honor a algún acontecimiento importante. A mí me encantaría festejar cada 28 de enero como si fuese 29 de julio.

Buenos Aires.

Buenos Aires.

[box type=”star”]De vez en cuando escribo estos posts aniversario en honor a mis cumpleaños de viajera o al nacimiento de mi blog. Son estos:

Cuando te perdés en China, nunca sabés quién te puede encontrar (post número 100)
Doscientos viajes (post número 200)
“Detrás de los viajes” – Edición especial 300 posts
Mis cuatro años de viajera: cómo empecé, cómo trabajo y cómo me financio
Mis seis años de viajera: el Síndrome de París y el lado oscuro de los viajes [/box]

Desbalance de año nuevo

The whole future lies in uncertainty: live immediately.
(El futuro está sumido en la incertidumbre: vive de inmediato)
Séneca, De la brevedad de la vida. Escrito en el 55 d.C.

resumen-2014-26

Acá pasé Navidad este año, en un pueblo de Alsacia, Francia.

Iba a escribir un balance de fin de año pero preferí convertirlo en una reflexión de año nuevo. Si bien cambiar de año no me parece más que algo simbólico —no es que nuestra vida vaya a dar un vuelco solo por pasar del 31 de diciembre al 1 de enero— creo que es bueno usar este ritual de excusa para mirar hacia atrás y reflexionar y para mirar hacia adelante y proyectar. Es como el cambio de estaciones o el paso del día a la noche y de la noche al día: un ciclo necesario para poder ordenar nuestro tiempo y relatarnos nuestra historia.

En estas últimas semanas recibí varios mails con el mismo mensaje: “Envidio tu vida, yo no tuve las mismas oportunidades que vos”, “te odio de manera sana”, “me da rabia conocer vidas como la tuya”, “quiero vivir viajando pero no tengo el coraje”, “tu mundo es bucólico, romántico, envidiable y lejos de mi alcance”. A veces siento que cuando nos ven de afuera creen que porque nos fuimos de viaje nos metimos en una burbuja de felicidad lejos de la tristeza, los duelos, el sufrimiento, la soledad, la frustración, el cansancio, la falta de motivación, el desamor, la desilusión y los problemas. Como si, de golpe, tuviésemos la vida resuelta y nada nos afectara.

Las fotos de este post van a modo de resumen de los lugares que conocí en el 2014

Las fotos de este post van a modo de resumen de los lugares que conocí y los detalles que encontré en el 2014

Entiendo esos mails porque yo también, cuando miraba de lejos, pensaba que esta era una vida ideal. Me veía yendo de un lado a otro, escribiendo frente al mar, inspirada todos los días y con un único sentimiento constante: la felicidad. Y no es que no haga esas cosas o que no me sienta feliz, es que entremedio de esas actividades que tanto me gustan pasan un montón de otras cosas —léase: la realidad— que me siguen afectando sin importar el lugar del mundo en el que esté. Y este año que se acaba de ir fue uno de los más difíciles que me tocó pasar desde que empecé a vivir viajando.

Un nene en Cusco

Un nene en Cusco

2014 fue el año de los duelos. En pocos meses se murieron cinco personas muy cercanas. Todas fueron muertes inesperadas, una atrás de otra, como un dominó. Dos eran amigos que me había hecho viajando: él murió de un paro cardíaco, ella de leucemia. No tenían ni treinta años. La primera muerte, anterior a esas dos, me desencadenó emociones negativas que me costó mucho superar: además de pasarme meses llorando y tratando de entender por qué esa persona se había ido tan de golpe, durante mucho tiempo sentí que la vida había perdido sentido. ¿Para qué esforzarse tanto si al final nos vamos a morir? O ni siquiera al final: puede que nos vayamos mañana, sin aviso, y chau todo. ¿Por qué perdemos tanto el tiempo en cosas que no importan? ¿Será que la vida es pasarse los días sufriendo la muerte de los que amamos?

Un corazón por las calles de Cusco

Un corazón por las calles de Cusco

Hace unos días me topé, por varias vías, con el texto de Séneca “De la brevedad de la vida”. Séneca fue un filósofo, político, orador y escritor nacido en la actual Córdoba (España) durante el Imperio Romano. Escribió este tratado acerca de la vida, la muerte y nuestro uso del tiempo en el siglo 1 d.C. Muchos pasajes siguen siendo tan actuales que da miedo. A lo largo de este texto lo cito varias veces.

[quote]Oirás a la mayoría decir: «A partir de los cincuenta me retiraré a descansar, los sesenta años me librarán de obligaciones». ¿Pero quién te garantiza una vida lo bastante larga? ¿Quién dará permiso para que eso salga como dispones? ¿No te da vergüenza reservar para ti los remanentes de tu vida y destinar para el bien espiritual solo ese tiempo que no se puede dedicar a ninguna cosa? ¡Qué tarde es empezar a vivir justamente cuando la vida termina! ¡Qué olvido de nuestra mortalidad tan estúpido aplazar los planteamientos sensatos para los cincuenta o los sesenta años y pretender empezar la vida en un momento al que pocos logran llegar![/quote]

De Sudamérica me fui a Europa. Sentía que mi viaje tenía que seguir ahí. Madrid me ofreció color, pero yo seguía viendo un mundo gris.

De Sudamérica me fui a Europa. Sentía que mi viaje tenía que seguir ahí. Madrid me ofreció color, pero yo seguía viendo un mundo gris.

Durante el 2014 estuve tan triste que me costó mucho viajar. Me fui de Buenos Aires porque sabía que si me quedaba me iba a sentir peor. Confié en que el viaje me iba a curar, pero costó mucho. Salir de mi zona de confort me fue muy difícil, me sentí incómoda como huésped, me costó comunicarme con la gente porque no tenía nada para dar ni para decir, perdí la motivación con mi trabajo, dejé de disfrutar los viajes como antes. Y entendí, a la fuerza, que cuando estás mal, estás mal donde sea y aunque estés haciendo lo que más te gusta.

Tuve algunos remansos de alegría, como Altea, en España.

Tuve algunos remansos de alegría, como Altea, en España. Tampoco es que estuve mal todo el tiempo, pero mi sentimiento de base era la tristeza.

Puertas y dibujos

Puertas y dibujos

Arte callejero en Barcelona

Arte callejero en Barcelona

Rayuela en París

Rayuela en París

Liverpool

Liverpool

2014 fue el año de la soledad y la desilusión. Volví a lugares que me habían encantado y me desilusioné. Fui a lugares que quería conocer y me desilusioné. Viajé en pareja y no fue como esperaba. Me separé y volví a ser yo contra el mundo. Yo, sola, solitaria, en soledad. Como me costó viajar, me desilusioné de mí misma como viajera. Como tuve un bloqueo de escritura durante meses, me desilusioné como escritora. Me pregunté si estas actividades eran de verdad mi vocación o cosas que me habían salido bien por un tiempo pero que ya no me motivaban. Y aunque sé, como me dijo un amigo, que la vida es una rueda y a veces estamos arriba y a veces abajo, me costó confiar en que el tiempo cambiaría las cosas.

Soledad

Soledad

Ilustración: vero gatti

Ilustración: vero gatti

Pero un día, casi sin darme cuenta, la tristeza se empezó a ir. Una tarde, cuando terminé de escribir “El lado oscuro de los viajes”, llamé a mi mamá llorando para decirle lo sola y perdida que me sentía. Esa misma noche lo conocí a L. Fue inesperado y pensé que no iba a durar. Nos fuimos de road-trip juntos, de Francia a Hungría, y después de unos meses me pidió que me quedara un tiempo en Francia con él. Le dije que no, que yo viajaba y que tenía que seguir viajando y bla bla bla. Un blablabla que no me convenció ni a mí. Así que acepté frenar en Biarritz, en principio por unas semanas, para probar, y al poco tiempo la tristeza se aburrió y me dijo chau: “Yo sigo viaje, que la pases lindo”. El bloqueo creativo también se fue con ella y empecé a sentirme mejor. Y me di cuenta de que lo que necesitaba no era viajar sino frenar, escuchar a ese lado no-viajero mío y aceptar que necesito ese ciclo de viajar-frenar-viajar-frenar para encontrar mi equilibrio. Y entendí que la vida siempre nos manda lo que necesitamos, nos pone una solución del mismo tamaño que nuestro problema, una solución que está ahí pero que hay que saber ver.

Juro que la primera vez que vine no pensé que terminaría viviendo acá.

Juro que la primera vez que vine no pensé que terminaría viviendo acá.

Y ahora amo este mar.

Y ahora amo este mar.

Ahora, mirando en perspectiva, puedo decir que 2014 fue el año de los golpes pero también fue el año de algo que para mí terminó siendo lo más positivo: la desidealización. Casi siete años después de haber empezado me di cuenta de que viajar no me hizo llegar al nirvana ni alcanzar un estado de iluminación ni me convirtió en mejor persona o en superhéroe. Entendí que mi felicidad no está basada solo en el viaje en sí, sino en tener la libertad de poder elegir cómo vivir, y cómo y con quién pasar mi tiempo. Y al final, más allá de mi amor por los viajes, eso es lo que quiero transmitirles: que se puede vivir de otro modo, que somos libres de inventar nuestras reglas, que estamos acá para algo y que tenemos que aprender a ser dueños de nuestro tiempo. La vida se hace corta si la vivimos para otros o si la desperdiciamos tratando de cumplir expectativas ajenas. “La vida, si sabes usarla, es larga”, dijo Séneca en el siglo 1 d.C. Cuesta más, porque implica salirse del camino señalizado, pero se puede.

El viaje a Islandia fue otro remanso de felicidad en un año difícil.

El viaje a Islandia fue otro remanso de felicidad en un año difícil.

"Sé el cambio que quieres ver en el mundo"

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”

[quote]“Suelo extrañarme cuando veo a los unos pedir tiempo y a los otros, los solicitados, dispuestos a dárselo. Unos y otros atienden a aquello por lo que se pide el tiempo, ninguno al tiempo en sí: se pide como si no fuera nada, como si no fuera nada se da. Se juega con el bien más valioso de todos, pero los engaña el que sea un bien incorpóreo, el que no esté a la vista, de manera que se considera muy barato, más todavía, que su precio es casi nada.”[/quote]

[quote]“Créeme, es propio de un personaje grande y levantado por encima de los extravíos humanos no consentir en que le sorban ni una pizca de su tiempo, y su vida se hace larguísima justamente porque toda su extensión queda disponible para él solo.”[/quote]

Otro momento alegre fue el viaje que hice con mi prima Flavia y sus amigas por la Provenza francesa.

Otro momento alegre fue el viaje que hice con mi prima Flavia y sus amigas por la Provenza francesa.

Tan llena de flores y colores.

Tan llena de flores y colores.

Y macarrons. Comer macarrons fue una de las mejores cosas que me pasó este año.

Y macarrons. Comer macarrons fue una de las mejores cosas que me pasó este año.

En el 2014 me di cuenta, también, de que cada vez me considero menos viajera y más freelancer / trabajadora independiente / nómada digital / location-independent worker o como quieran decirle. Me siento cada vez más alguien que ama escribir y que busca el movimiento, la adaptación, la variedad cultural y el cambio de paisaje para inspirarse. También entendí que a la frase “Do what you love and the rest will come” (Hacé lo que amás y el resto vendrá solo) hay que agregarle otra cláusula: Do what you love, work hard, and the rest will come (Hacé lo que amás, trabajá mucho, y el resto vendrá solo). Aunque visto de lejos no lo parezca, todos los que están viviendo de su pasión pusieron muchísimas horas de trabajo invisible por detrás. Trabajo que no se siente como trabajo, ya que cuando uno hace lo que ama lo disfruta, pero que sigue requiriendo esfuerzo, empuje, constancia, dedicación y confianza en uno mismo.

Mensajes en el Muro de John Lennon, Praga

Mensajes en el Muro de John Lennon, Praga

Quedarme quieta en un lugar desencadenó muchas cosas:

1. Volví a tener una biblioteca y un buzón, combinación peligrosa, así que pude comprarme libros en papel. Esos libros me fueron llevando a otros libros y me hicieron descubrir a un montón de autores. Empecé a rodearme de cosas que me inspiran y así me desbloqueé.

2. Volví a estudiar. Este año descubrí dos páginas espectaculares que quiero compartir con ustedes: Duolingo, una web y aplicación gratuita para aprender idiomas con la que estoy estudiando francés, y Skillshare, una web con cursos online de fotografía, diseño y escritura, entre otras cosas, en la que estoy estudiando hand lettering (se paga por mes, pero lo vale. Si se suscriben a través de mi enlace, tienen un mes gratis). Aguante el aprendizaje autodidacta.

3. Estas webs, a la vez, me abrieron mundos nuevos: el de gente que vive haciendo lo que le gusta y que se agrupa en comunidades, reales o virtuales, para compartir sus logros, sus errores, su aprendizaje y su vulnerabilidad.

4. Volví a sentirme bien, en equilibrio, y eso me hizo sentirme lista para escribir otro libro. Que, supongo, es como decir que estoy lista para tener otro hijo.

El viaje a las raíces fue otro punto fuerte del 2014.

El viaje a las raíces fue otro punto fuerte del 2014.

El roadtrip a Budapest, también.

El roadtrip a Budapest, también.

Se convirtió en otra de mis ciudades preferidas.

Se convirtió en otra de mis ciudades preferidas.

Pero el punto más fuerte de toda esta desidealización y golpes de realidad que me dio el 2014 fue darme cuenta de que la vida es ahora: no cuando me compre tal cosa ni cuando vaya a tal lugar ni cuando publique tal libro ni cuando mi blog sea de tal manera ni cuando me reconozcan por tal cosa ni cuando termine de estudiar ni cuando tenga hijos ni cuando nada. La vida no es eso que te va a empezar a pasar cuando termines el colegio o la facultad, cuando te vayas de viaje, cuando tengas lo que te falta. La vida es esto, es ya, y si no te das cuenta se va rápido, se te escapa de las manos. How we spend our days is, of course, how we spend our lives, dijo Annie Dillard, escritora.

Imagen vista en Biarritz

Imagen vista en Biarritz

Por eso si querés viajar viajá, si querés dibujar dibujá, si querés hacer música hacé música, si querés construir cosas construí cosas, si querés contar tu historia contá tu historia. Pero no regales tu tiempo y no lo pierdas mirando a otros y diciendo qué envidia, qué linda vida que tenés, yo no puedo hacer lo mismo que vos. Basta de excusas, basta de pensar que no se puede, basta de dejar que los días te pasen por encima, basta de estar esperando un cambio para empezar a vivir como soñás, basta de piloto automático, basta de no ser conscientes de lo que nos pasa minuto a minuto. A uno de los chicos que me escribió el mail de “yo no puedo” le dije: “No mires mi mundo como romántico y envidiable, porque eso lo hace parecer irreal e inalcanzable, solo para unos pocos, y no es así: mi mundo es fruto de mis elecciones y es tan imperfecto como el tuyo o el de cualquier persona, porque es real. No tengo una vida perfecta, trabajé mucho para poder vivir así, y sabé que se puede”.

Let it snow, let it be

Let it snow, let it be

Así que feliz año nuevo, feliz no-año nuevo, feliz vuelta al sol. Festejen, no festejen, pásenlo como quieran. Pero acuérdense que estamos todos en el mismo barco, vamos todos al mismo lugar y no hay nada mejor que sentirse acompañado en este viaje.

[quote]“Nadie te restituirá esos años, nadie te devolverá tu propia persona. La vida seguirá su camino sin volver hacia atrás ni detener su carrera. No armará alboroto, no te dará ningún aviso de su velocidad: se deslizará callada. No será más larga por mandato del rey ni por aprobación del pueblo. Así como empezó a correr desde el primer día, seguirá corriendo sin hacer pausas. ¿Qué pasará? Tú habrás estado ocupado mientras la vida se aceleraba. Mientras tanto llegará la muerte, para la cual, lo quieras o no, habrás de tener tiempo de sobra.” *[/quote]

gapingvoid

Fuente: gapingvoid.com

* Todas las citas de este texto, como mencioné arriba, pertenecen a De la brevedad de la vida, de Séneca, escrito en el siglo 1 d.C. Les recomiendo mucho ese texto.

work is not a job (tu trabajo no es tu empleo)

Antes de que termine este primero de mayo, quiero compartir una frase que encontré hace poco en la página workisnotajob.com:

“We believe work is not your 9 to 5 job, it’s how you individually contribute to the world”

Traducido, sería algo así: “Creemos que tu trabajo no es tu empleo de 9 am a 5 pm, sino que tu trabajo es la manera en que contribuís de manera individual al mundo”.

Entonces en este Día del Trabajador brindo por todos: por los que tienen un empleo de 9 a 5 y por los que manejan sus propios horarios, por los que trabajan en un lugar fijo y por los que reinventan su oficina cada día, por los que cobran un salario a fin de mes y por los que cobran cada vez que terminan un proyecto, por los que ganan plata por su esfuerzo y por los que no reciben remuneración económica, por los que disfrutan cada minuto de su trabajo/vida y por los que están en la búsqueda constante de descubrir aquello que los hace felices. Brindo para que todos descubramos nuestro talento, nuestra pasión, nuestro sueño y hagamos de ello un trabajo. Porque creo firmemente que “work is not a job”: tu trabajo no solamente es tu empleo, es aquello que únicamente vos podés aportar al mundo, aquello que te hace feliz, aplicado en beneficio de la sociedad.

Y cuando vivís y trabajás sin sentir que estás “trabajando” (sino que estás disfrutando), entonces no podés pedir nada más.

Feliz día a todos.

“Hacé lo que amás y el resto vendrá solo”

“Sueños + trabajo = éxito”

Y un video que vale la pena:

El Regreso (balance de mi viaje por Europa)

“Life is lived forwards but understood backwards” (La vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás) (Lo mismo pasa con los viajes)

[singlepic id=5037 w=625 float=center]

[singlepic id=5051 w=625 float=center]

—Si hicieras un balance viajero, ¿crees que cumpliste todas tus expectativas en este último viaje?

—No podría decirte ni sí ni no, porque en este viaje me fui de Argentina sin expectativas, me dejé llevar, viví más que viajar. Como no vine buscando “algo”, no vine con una ruta ni con un plan estricto, dejé que las cosas “me pasaran”, dejé que este viaje “me encontrara”…

El que me pregunta esto es Guido, un amigo argentino al que no veía hacía por lo menos tres años. Nos reencontramos en el kilómetro cero de Madrid el jueves a la noche, 24 horas antes de que me tomara el avión de España a Argentina, y fue como si esos tres años de distancia nunca hubiesen existido. Nos encontramos tras mi viaje de cinco meses por España, por Marruecos, por Suecia y por España otra vez. Nos encontramos en el momento justo para hablar de esto (de mi regreso, del balance viajero, de mis conclusiones). Lo que él me pregunta yo ya lo venía pensando, aunque con otras palabras. Más que en mis expectativas, en los días anteriores a mi regreso me la pasé pensando en mi aprendizaje.

[singlepic id=5054 h=625 float=center] Las fotos de este post, como verán, son fotos sueltas que no tienen que ver con nada, pero que me gustan y me quedaron pendientes de subir…

Este viaje, a diferencia de todos los que hice anteriormente, fue un viaje de personas. A cada lugar de España al que viajé lo hice porque alguien me esperaba, porque alguien me había invitado, porque alguien me iba a recibir. No vi, por ejemplo, Madrid desde una torre con vista panorámica, pero compartí una charla y un café con dos bloggers de viaje. No estuve, digamos, en Ibiza, pero conocí en persona a mi familia asturiana y compartí varios días de mi vida con ellos. No conocí la Alhambra (lo lamento, sí, pero volveré), pero me reencontré con una amiga argentina a la que no veía hacía diez años. No fui a Portugal, pero cuando llegué a mi casa me esperaban dos lindísimas postales de Aveiro y Lisboa, enviadas de puño y letra por mi lectora y amiga (virtual, por ahora) portuguesa. No recorrí todo Marruecos, pero me hice amigos nómadas y sentí cómo el mar me curaba el alma.

[singlepic id=5033 w=625 float=center] La planta-pájaro (dicen que vuela cuando nadie la ve)

[singlepic id=5034 w=625 float=center] “El huevo” de la Plaza Monumental de Barcelona

[singlepic id=5049 w=625 float=center] Sombra de un farol en Girona

Ya sé, me faltó conocer muchísimo del país. Me faltó conocer todo el resto de Europa. Lo que pasa es que esta vez en vez de viajar en busca de paisajes, monumentos, arquitectura, ciudades o pueblos, me moví en busca de personas. Viajé a través de la gente. Crecí a través de la gente. Tuve más abrazos que en cualquier otro lugar del mundo. Recibí más verdades que en cualquier otro momento de mi vida. Aprendí que lo que más me llena en un viaje es conectar con la gente, hacerme amigos, conocer a cada persona que se cruza en mi camino. Aprendí, también, que lo más difícil es justamente eso, porque cada nueva amistad ya viene con fecha de despedida. Aprendí, sin embargo, a convivir con esa realidad, a aceptar que mientras siga siendo viajera siempre tendré que seguir despidiéndome de la gente que quiero. Porque no me queda otra, si quiero seguir viajando por el mundo, tengo que aprender a decir “hasta pronto” (y a confiar en que la vida nos volverá a cruzar). Aprendí, gracias a eso, a no sufrir por la separación, sino a vivir cada momento con intensidad, a disfrutar de mi relación con cada persona, dure lo que dure. Aprendí a reconocer que ninguna despedida es para siempre, y que lo bueno de viajar es que tendré amigos en todas partes del mundo, lo que hace que mi vida sea más feliz. Y aprendí, también, que no me va a dar la vida para conocer todos los rincones del mundo, que es imposible visitar todo, y que tendré que ir creando mi propia ruta, mi caminito en este planeta.

[singlepic id=5052 w=625 float=center] Juguemos

[singlepic id=5044 w=625 float=center] En el lugar que sea, hay que jugar. Saltar.

[singlepic id=5038 w=625 float=center] Soplar burbujas gigantes.

[singlepic id=5048 w=625 float=center] Sentarse en una fuente, en medio del tráfico, a charlar.

[singlepic id=5047 h=625 float=center] Hacer arte.

[singlepic id=5053 w=625 float=center] Crear mundos de colores, como el artixta :)

[singlepic id=5046 w=625 float=center] Y no perder la conexión con el otro, nunca.

El día antes de irme me reencontré con Irene, una argentina amiga de mi mamá que vive en Madrid hace más de cuarenta años, y cuando hablamos de este tema (ella también sabe de despedidas) me regaló una frase que quedará para siempre entre mis enseñanzas de cabecera: “Más vale la pena, que la nada”. Mejor vivirlo, aunque sea corto, que no animarse por miedo a sufrir después.

[singlepic id=5045 w=625 float=center] O, como dirían, “quién me quita lo bailado”.

[singlepic id=5041 w=625 float=center] Del otro lado del puente siempre habrá algo nuevo.

Y ahora, estando acá en Buenos Aires, otra vez frente a mi ventana, me doy cuenta de que no hay nada como un regreso para entender cómo fue un viaje. Si bien yo puedo ir relatando lo que vivo, pienso y siento a medida que viajo (“el minuto a minuto del blog”), la distancia que me da el retorno me permite ver todo desde otro ángulo y tener una idea más global de lo vivido. Cada vez que vuelvo entiendo cómo fue el viaje, por qué viví lo que viví, qué aprendí y en qué aspectos crecí. Además, cada vez que vuelvo logro entender aún más los regresos anteriores. De los cuatro “grandes” regresos que hice (ni que fuera una banda de rock, che), este es el más feliz. Cada regreso fue distinto, porque cada viaje, a su vez, tuvo su propia personalidad. En mi primer regreso me deprimí, en mi segundo regreso entendí que no soy inmortal (gracias al amigo dengue), en mi tercer regreso me sentí sola y lejana (ya ampliaré todo esto en otro post) y en este regreso me siento feliz, tranquila, segura. Esta vez no siento la vuelta como algo malo. Vuelvo muy bien, y eso significa que mi balance viajero es más que positivo.

[singlepic id=5035 h=625 float=center]

[singlepic id=5039 w=625 float=center]

[singlepic id=5050 h=625 float=center]

Redescubriendo Buenos Aires (o La velocidad de estar de vuelta)

Los días en Buenos Aires pasan rapidísimo. Tan rápido, que me cuesta poner en orden las ideas. Voy, vengo, salgo por la ciudad más de lo que pensaba que iba a salir, me reencuentro, me encuentro, observo, converso, me reúno, pienso en que tengo que escribir, escribo, visito amigos y familiares, me pongo al día con la comida argentina y con las novedades, me entero de todo lo que pasó y no pasó mientras yo no estaba, leo revistas de enero pensando que son de ahora (siempre fui una perdida en el almanaque), observo las nuevas tendencias en la calle y me sorprendo con los precios de todo (aunque intento no comprar mucho, sólo lo necesario, otra costumbre que adopté después de cargar con mis pocas pertenencias durante meses en una mochila).

Una parte de mí está acá como “residente porteña”, pero mi lado viajero sigue mirando la ciudad con otros ojos. Muchos me preguntan: “¿Buenos Aires cambió?”. No, yo la veo bastante parecida, pero hay cosas que noto con más fuerza ahora, después de haber estado 16 meses afuera y de ver todos los días otra realidad.

Todavía siento que las calles de Buenos Aires están vacías, pero sé que es un “vacías” en comparación y no vacías en sí. Los países de Asia por los que viajé (y viví) tienen algunas características en común, entre ellas la alta densidad de población y la concentración de actividades en la vía pública. Allá, todo pasa puertas para afuera: la gente come, cocina, juega al ajedrez, lava, charla, se reúne y juega en las veredas. Acá, la vida ocurre más puertas para adentro. Allá, nunca estás solo, la gente te habla, te saluda, te mira, te hace sentir que sos diferente. Acá, soy una más, aunque todavía muchos me hablan en inglés (incluso el vendedor ambulante de por acá cerca, que me debe haber visto por lo menos unas 130 veces, arriesgó el otro día un “hello” por lo bajo).

Sin embargo, este vacío callejero está, para mí, lleno de contenido, aunque no en forma de personas sino en forma de palabras y símbolos. Me explico.

Cuando viajaba por Asia estaba acostumbrada a leer carteles y no entender nada: una palabra en otro idioma era un sonido que podía resultar “lindo” o “feo”, pero que no me decía absolutamente nada. Leía los carteles porque me es imposible apagar la vista, pero no los llenaba con ningún significado más que el sugerido por mi imaginación. Acá, de golpe, las palabras volvieron a tener sentido. Imaginen pasar más de un año en un lugar donde no entienden ni un cartel, y después imaginen volver a un lugar donde entienden todo: van a sentir que las palabras conocidas cobran otra dimensión, sus cerebros van a funcionar más rápido que nunca, leyendo, interpretando y entendiendo cada combinación de letras que ven. Porque en nuestra rutina cotidiana vemos, por ejemplo, una parada de colectivo como un cartel que indica dónde frena el transporte que necesitamos, pero si miramos más allá, una parada de colectivo habla acerca del modo de transportarse y las costumbres de la ciudad.

Los primeros días me sentí un poco abrumada: era como tener una sobre oferta de información a todo momento. Después me di cuenta de que mi cabeza realiza procesos distintos según el lugar donde esté. Cuando viajaba por Asia, como muchas veces no podía leer, tenía que interpretar gestos, miradas, movimientos, tenía que darle más importancia a lo no verbal. Acá en Argentina volví a lo verbal: me descubro escuchando, involuntariamente, charlas en el colectivo, conversaciones de celular, encuentros entre vecinos como una voyeur cualquiera. De repente lo hablado volvió a tener sentido y me resulta raro porque es algo que nunca había experimentado. Esto me demuestra que cuando viajo utilizo ciertos sentidos (especialmente el sexto) y cuando estoy de vuelta utilizo otros.

Por otro lado, encuentro mucho contenido “argentino” en forma de símbolos. Una florería es, para nosotros, lo más común del mundo. Sin embargo, a mí me sorprende y me gusta ver todos estos puestos en las esquinas que desbordan de color, con los floristas que arman, con paciencia y dedicación, ramos que luego alguien comprará para darle a otra persona como muestra de afecto o arrepentimiento. En Asia vi ventas callejeras de todo tipo: motos repletas de frutas, bicicletas cubiertas de escobas, vendedores ambulantes cargando jaulas de pájaros, pero siento que lo de las flores es algo más de acá. Lo mismo me pasa con los kioscos, los almacenes, las despensas, las parrillas, los bodegones y tantos otros lugares que a mí se me aparecen como “Íconos De Lo Argentino“.





Esto hace que todo el tiempo frene a sacar fotos (ahora cambié de formato y saco con el celular, como les conté). Si me bajo mal del colectivo, no importa, es una buena excusa para caminar y descubrir detalles que no había visto antes.

Algo que me gusta de esta ciudad es el arte callejero, las intervenciones que se hacen en la vía pública y las publicidades que se pegan en las paredes (más ahora que estamos en época de elecciones). Por momentos siento que en otras ciudades esto de “hablar desde las paredes” no es tan marcado, pero tal vez la diferencia sea que acá puedo interpretar todos los juegos de palabras y los mensajes que tal vez en otros lugares me pasan desapercibidos.





Y todo esto hace que mi cabeza no descanse.

Hace un par de posts y de países atrás comenté que había empezado a juntar cartas (naipes) encontradas en el piso de ciudades y pueblos asiáticos. Como las veía por todos lados, un día decidí levantarlas y formar un mazo de cartas de todas partes del mundo (todavía no lo completé, pero tengo varias). Para mí las cartas representan muchas cosas. Por un lado, son el reflejo del “nivel” de actividad callejera del lugar: cuantas más cartas encuentro en determinada ciudad, pueblo o país, más siento que la vida en ese lugar ocurre afuera; y cuantas menos cartas encuentro en determinada parte del mundo, más siento que ahí la vida ocurre adentro. Por otro lado, en cada ciudad o pueblo que encontré una carta tuve buenas experiencias y sentí que el lugar emanaba una energía positiva; hubo ciudades, en cambio, con las que no simpaticé y que no me regalaron ni un solo naipe. Estando acá en Buenos Aires, el chip de ver cartas en la calle se me apagó.

Sin embargo, el otro día iba caminando por San Telmo, pensando en cualquier cosa, y la vi: una jota de picas me estaba esperando, quién sabe hace cuánto, en la vereda.

Tres maneras de viajar

Después de haber viajado durante unos meses puedo afirmar que existen varios circuitos turísticos que no son reconocidos como tales.

Primero, el más obvio y del que huyo, el turismo-cine: aquel donde todo, absolutamente todo está perfectamente armado y guionado de antemano, y la película se repite una y otra vez, sin cambios ni posibilidad de interacción, para los recién llegados. Es el caso, por ejemplo, de aquellos turistas que llegan a una ciudad cualquiera, por más pobre o rica que sea, y la recorren dentro de sus colectivos o combis con aire acondicionado/calefacción mientras un guía decreta desde la autoridad de su micrófono qué es lo que tienen que ver por la ventana y desde qué ángulo.

En segundo lugar descubrí que existe el turismo-teatro: es aquel en que el viajero cree que realmente está fuera del circuito turístico y en contacto directo y real con la cultura y la gente del país. A pesar de que hay cierta interacción con los locales y una absorción más sincera del lugar, en general el viajero sigue siendo víctima de una actuación —más improvisada y flexible, sí, pero actuación al fin—. Una especie de circuito under (a diferencia del primero que vendría a ser mainstream). Es el caso de los gringos y europeos que cumplen al pie de la letra lo que pregonan sus biblias (a saber: el Lonely Planet, Footprint y derivados) y van todos a las mismas ciudades, a los mismos hostels, a los mismos restaurantes, a los mismos bares y no hacen más que seguir hablando su propio idioma y manteniendo su cultura cual secta perdida en país ajeno.

Por último, está el turismo sin pantallas ni escenografía o turismo-realidad, aunque más que turismo debería llamarse travesía o recorrido, y está reservado para aquellos viajeros independientes y un poco locos. Estas personas se dedican a conocer (aquí es muy importante remarcar el término conocer) cada pueblo, cada ciudad y cada ser humano que se cruza en su camino. Son los que espían detrás de escena, los que miran más allá de las pantallas, los que preguntan todo el tiempo por qué, los que son felices solamente por compartir unos minutos de su vida con una de esas personas que tan lejos vive de su realidad pero tan cerca está de su humanidad.

[box type=star] Algunos enlaces útiles (y descuentos) para que planees tus viajes:

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: te dejo [eafl id=”21127″ name=”Airbnb” text=”25 euros de regalo”] para tu primera reserva en Airbnb.

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Vuelos: buscá pasajes aéreos al mejor precio con [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”]

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar? ¿O llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por [eafl id=”21091″ name=”Book Depository (general)” text=”Book Depository”]! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Pensando en abrir un blog de viajes? Si buscás un hosting, te recomiendo [eafl id=”22613″ name=”Siteground” text=”Siteground”]. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Privacy Settings
We use cookies to enhance your experience while using our website. If you are using our Services via a browser you can restrict, block or remove cookies through your web browser settings. We also use content and scripts from third parties that may use tracking technologies. You can selectively provide your consent below to allow such third party embeds. For complete information about the cookies we use, data we collect and how we process them, please check our Privacy Policy
Youtube
Consent to display content from Youtube
Vimeo
Consent to display content from Vimeo
Google Maps
Consent to display content from Google