Querido Blog: soñé, viajé y me desperté (en qué orden, no sé).

3 de abril, Barcelona

Querido Blog:

Para qué te voy a mentir. Podría hacer de cuenta que te escribo desde una ventana que da a algún bosque nevado de Suecia. Podría decirte que los renos pasean por enfrente de mi casa y que siento el olor de los árboles.

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Pero no.

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Te escribo sentada frente a una ventana que da a la plaza de toros de Barcelona, con la lluvia que no para de caer. Llegué hace unos días y la ciudad me atrapó otra vez (sigo tan enamorada de Barcelona como antes). Este regreso, sin embargo, fue distinto a mi regreso de Marruecos (acerca del cual todavía no te conté). Volver de Marruecos, fue raro. Fue gris. No sé si hablar de esto en esta carta… ¿O sí? Bueno, brevemente.

Te voy a contar un secreto: existe algo conocido como La Depresión Post Viaje. Bah, no sé si existe, pero a mí me pasa y por eso le puse ese nombre. Volver de un viaje implica pasar del movimiento constante a la quietud, de la incertidumbre a lo seguro, de ser el elemento novedoso en un lugar desconocido a ser una más en un lugar más que conocido. Volver de un viaje implica pasar de no saber dónde vas a dormir, dónde vas a comer, a quién vas a conocer, por dónde te va a llevar el camino, a tener todo más o menos ordenado y sin mucho lugar para la espontaneidad. Volver de un lugar tan intenso, colorido, bullicioso y acelerado como Marruecos acarrea una depresión (llamémosla tristeza, sensación de vacío, miedo a la inmovilidad) segura. ¿Sabés por qué? Yo creo que en cada viaje, en cada paisaje y en cada persona voy dejando un pedacito mío, un poquito de alma, por decirlo de alguna manera. Entonces cuando me voy siento que  dejo algo atrás, siento eso de “¡¿Qué hago acá?! Que alguien me explique en qué momento decidí volver y por qué”… Siento que parte de mí queda en un lugar al que nunca jamás volveré. Porque si bien puedo regresar al mismo lugar (físicamente), la experiencia va a ser distinta, la gente que voy a conocer va a ser otra, mi estado va a ser diferente (es imposible que un ser humano esté siempre igual). Por eso volver es tan difícil, ¿entendés? Este tema da para largo…

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Si bien mi regreso de Marruecos a Barcelona duró solamente cinco días (porque después de eso me fui a Suecia) y no fue el regreso tradicional (no volví a Buenos Aires sino a Barcelona, a una ciudad que me encanta y en la que todavía me queda muchísimo por descubrir), igualmente sufrí esa depresión. Y Suecia, ay Suecia… Ese viajecito fue la cura perfecta. Un viaje para curar la depresión post-viaje. ¿Quién lo hubiese dicho?

[singlepic id=4947 w=800 float=center] Bienvenidos…

Volví de Suecia mucho más tranquila. Y, pequeño detalle: enferma. Apenas me subí al avión de vuelta de Skellefteå empecé a estornudar y a sentirme bastante mal. Mi cuerpo dijo basta. Eso de estar casi dos meses girando por Marruecos, volver a Barcelona, irme a Suecia, dormir cuatro horas por día y pasar de los cero grados a los 25 en cuatro horas (que es lo que dura el vuelo de Laponia Sueca a Girona) me mató. Así que estuve todo el fin de semana en cama y recién hoy me siento un poco mejor. Pero como te decía, este regreso fue distinto. A pesar de estar enferma, volví de muy buen humor y con el alma contenta.

¿Dónde nos habíamos quedado en la carta anterior? Ah sí, el anteúltimo día de viaje, Miguel y yo volvimos en el auto de Tova y Bob (la pareja que nos alojó en su B&B) a Skellefteå para tomar el vuelo a Girona al día siguiente. A eso de las 8 pm nos reencontramos con David y Florent (nuestros otros compañeros de blogtrip que hicieron una ruta distinta a la nuestra) y hablamos eufóricos acerca de la aurora boreal, los renos (que nosotros no vimos pero ellos sí), la aurora boreal, su visita a los Sami, la aurora boreal, la experiencia de la moto de nieve, la aurora boreal, la comida y la aurora boreal otra vez. En algún momento la charla se puso muy divertida y a los cuatro nos agarró un ataque de risa. Y no eran solamente risas, eran carcajadas de esas que no podés contener y que te hacen llorar. Estuvimos diez minutos llorando de risa como cuatro salames, tratando de no hacer mucho ruido para no molestar al resto de los huéspedes. Otra gran medicina, la risa.

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Cuando terminamos de cenar decidimos salir a caminar un poco por la ciudad y adiviná qué: empezó a nevar. Para mí, que soy una principiante en esto de la nieve, ver cómo caen los copos del cielo es algo mágico. Agarramos cuatro paraguas y nos fuimos por ahí. Te juro que fue como si nos metiéramos adentro de una novela policial. Imaginate este ambiente: casas con puertas y ventanas totalmente cerradas, farolas empañadas en las veredas, la nieve que cae y se acumula, bicicletas estacionadas, silencio, ni un alma en la calle, cuatro extranjeros y cuatro paraguas, huellas misteriosas, un cementerio. Sí, había un cementerio al lado del hotel, con las lápidas hundidas en la nieve y todo. También vimos unas huellas rarísimas, de un par de zapatos estilo Aladdino (y de número, por lo menos, 45) y pisadas de un animal (¿un zorro tal vez? ¿Un Sasquatch de pies pequeños?). Yo subí a una montaña de nieve para sacar una foto y quedé enterrada casi hasta la cadera. Mirá, saqué algunas fotos, aunque no usé el trípode y salieron medio chungas.

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[singlepic id=4956 w=800 float=center] Esta fue de cuando quedé enterrada en la nieve y Miguel acudió al rescate.

Y la mañana siguiente, después de cinco días en Laponia Suecia, tomamos el vuelo de RyanAir de vuelta a Girona. Se me pasó rapidísimo y, cuando me di cuenta, ya estaba de vuelta en Barcelona. Así que eso es todo, Blog. The Dream is Over, como cantaba una de mis personas preferidas. Se terminó este pequeño e intenso viaje onírico y próximamente vendrán otros distintos. Si bien vi muy poco de Suecia, puedo decirte que en este viaje aprendí varias cosas:

1. Que la naturaleza es un gran desestresante. A mí, por lo menos, me da muchísima paz y felicidad.

2. Que la risa es una de las mejores medicinas. Imaginate si todos nos dedicáramos a reírnos a carcajadas (de esas que te sacan las lágrimas) por lo menos una vez al día… El mundo sería un lugar mucho más relajado y alegre. Y si todos nos riéramos de nosotros mismos, aún mejor.

3. Que desde que te creé (o “te conocí”) empecé a conocer gente muy afín a mí, con los mismos sueños, con los mismos ideales, con la misma pasión por viajar. Así que gracias. Creo que no hubiese sido posible sin vos. Cuando empecé nunca me imaginé que iba a llegar a tener charlas de blogs, wordpress, blogtrips y viajes con otras personas (sin quedar como una loca que habla constantemente de blogs).

4. Que, como leí alguna vez, el mundo necesita gente que ame lo que hace. Las personas apasionadas por su trabajo no aportan más que cosas positivas, más allá de que se equivoquen y tropiecen de vez en cuando. Todos nacemos con un talento y creo que una de las misiones más importantes que tenemos es descubrirlo y aprovecharlo, sea cual sea. Si ofrecemos nuestro talento al mundo, estaremos haciendo algo para mejorarle la existencia a los demás y a nosotros mismos.

5. Que cada persona que me voy cruzando en el camino me enseña algo, ya sea acerca del mundo, de sí misma o de mí misma. De todos se aprende.

5. Que cuanto más viajo, siento que menos conozco. Es como el “sólo sé que no sé nada”. Cuando más mundo conozco, más me doy cuenta de que me queda muchísimo más por descubrir y que, probablemente, no me dará la vida para verlo todo.

 6. Que volver de un viaje es como despertar de un sueño. A veces podemos despertarnos con una sensación de felicidad, a veces con melancolía, a veces con tristeza, a veces con tranquilidad. Todo depende de cómo fue el sueño y de dónde nos despertamos.

Bueno Blog, me voy a pasear bajo la lluvia y aprovechar mis últimas dos semanas acá…

No creas que me olvidé: Feliz cumple. Felices dos años de vida. Ya te haré un post cumpleañero.

Nos vemos por ahí,

Aniko

[singlepic id=4959 w=800 float=center] Adopté a una geisha con superpoderes, ahora se dedica a viajar conmigo :)

Querido Blog: Hoy estuve en un bosque encantado
(y conocí a una gallina de nieve)

29 de marzo de 2012, Laponia Sueca

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[singlepic id=4856 w=800 float=center] Foto: Miguel Páez

Querido Blog:

Dormí menos de cuatro horas pero no me importa nada. Ayer vi la aurora boreal. Leíste bien: A-U-R-O-R-A-B-O-R-E-A-L. ¿Qué asunto mundano me puede importar después de haber visto algo así? La naturaleza es el mejor desestresante que existe, a mí no me vendan otra cosa porque no la compro.

Hoy tuvimos que dejar la casita del bosque para volver al centro de Piteå. Eso de despertarse con los árboles silenciosos al lado, la nieve y la luz del sol entrando por la ventana no tiene precio. ¿Sabías que esta zona de Suecia es el lugar con más bosques de todo el norte de Europa? El bosque de acá, a diferencia del de, por ejemplo, Sudamérica, crece muy lentamente: pueden pasar 100 años desde que los árboles son plantados hasta que se conforma el bosque. Por eso tenemos que cuidarlo. Creo que si todos los seres humanos tuvieran la posibilidad de despertarse por lo menos una vez en medio de un bosque y sentir la paz que transmiten los árboles, la naturaleza estaría mucho más cuidada. Porque nadie quiere hacerle daño a aquello que le hace feliz, ¿no te parece? A veces buscamos la felicidad durante toda la vida y no nos damos cuenta de que la naturaleza que nos rodea es suficiente para hacernos sentir bien. Cómo me gustaría tener un pedacito de bosque… Gunnar y Caroline (la pareja que nos alojó anoche) nos contaron que la mitad del bosque pertenece a pequeños propietarios, un cuarto pertenece al Estado y otro cuarto a grandes empresas. Pero todos son libres de caminar por todo el bosque. El problema al que se enfrentan ahora es que hay mucho bosque y poca gente, necesitan personas que estén dispuestas a trabajar ahí. ¿Vos tu sumás? Yo me quedaría eh…

[singlepic id=4842 w=800 float=center] En Piteå

[singlepic id=4846 w=800 float=center] Mar congelado

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[singlepic id=4780 w=800 float=center] Mucha mucha nieve (vista desde el bus)

No sabés: hoy nos entrevistaron para un programa de radio sueco. Fue en inglés, muy interesante: hablé acerca de la experiencia de ver la aurora boreal, acerca de mis viajes, de los lugares que más me gustaron, de lo que recomiendo ver en Argentina y Asia (¡todo!). Si me pasan el audio te lo mando así me escuchás. Nunca te conté de mi afición por la radio, ¿no? En el 2007 trabajé en un programa con amigos, tenía una columna semanal de curiosidades del mundo, era un segmento muy divertido y que casi siempre terminaba rondando lo bizarro (cuándo no). Desde que empecé a viajar me hicieron varias entrevistas y ahora en unos días (aprovecho para darte la primicia) empiezo como columnista (de viajes, obvio) en un programa de radio de Argentina que se llama “La suerte está echada” y que saldrá de lunes a viernes de 6 a 8 am en FM Touché (89.1). Empieza el 2 de abril (¡ya!), todavía no sé qué día de la semana saldré, así que te avisaré con tiempo para que me escuches. Pero esto de volver a hacer radio me pone feliz.

[singlepic id=4850 w=800 float=center] El chico que nos entrevistó

Hoy almorzamos en un resort en Piteå, mirando el mar (o, mejor dicho, el mar congelado). ¿Te hablé de la comida sueca ya? No me acuerdo, te conté tantas cosas… Acá se come muy sano. De desayuno muesli con yogur (que debe ser una de las cosas que más me gusta comer en este mundo), jugo de frutas, té o café, fiambres, panes y mermeladas de todas las “berrys”: rasberry, cranberry, cloudberry, blueberry. Los frutos del bosque, bah. Esta vez almorcé un poco de pescado con brócoli, tomate, choclo, morrón, queso y salsa de champignones. Mmmmmm, qué rico. También probamos el “Pitepalt”, una comida de supervivencia que apareció después de la Segunda Guerra Mundial para alimentar a la población: un pan hecho a base de harina, papas y sal y relleno con un poco de carne. Se come con mermelada y manteca y llena muchísimo, yo no pude comer ni la mitad. Hoy en día mantienen el Pitapalt más como tradición que por otra razón. Comí, también, una caritas felices con un sabor muy particular: regaliz y sal. Raras. Un sabor de esos que te generan muecas involuntarias.

[singlepic id=4840 w=800 float=center] ¡Cómo amo comer esto!

[singlepic id=4847 w=800 float=center] El almuerzo

[singlepic id=4848 w=800 float=center] El pitepalt

[singlepic id=4851 w=800 float=center] Las caritas :D

Después Miguel y yo tomamos el bus y nos fuimos de vuelta a Skellefteå (la ciudad a la que llegamos con el avión y donde pasamos la primera noche) para ir en coche hasta la casa de Tova y Bob, una pareja sueca que conocimos en el partido de hockey el día que llegamos. Tienen un Bed & Breakfast lindísimo en medio del bosque. Tengo un problema: cada lugar al que llego me gusta más que el anterior. Soy terriblemente enamoradiza de los paisajes y de los lugares, tengo que admitirlo. El otro día te contaba que mi paisaje preferido es el mar, ¿te acordás? Bueno, creo que ahora puedo decir que uno de los paisajes que más me inspiran son los bosques nevados. Son mágicos, de cuento. Me hacen sentir como adentro de una postal. Estando acá me dan ganas de encerrarme en una cabaña y dedicarme a escribir durante meses sin parar.

[singlepic id=4839 w=800 float=center] La casita en el bosque de Tova y Bob

[singlepic id=4816 w=800 float=center] ♥

[singlepic id=4811 w=800 float=center] Ellos

[singlepic id=4789 w=800 float=center] Tova preparando el agua caliente para el “hot tub”

[singlepic id=4804 w=800 float=center] Caminando por el bosque

Tova y Bob son una pareja muy cálida y agradable, personas con que las que quisiera compartir más tiempo. Ya les pedí que me adoptaran y que me dejen vivir en la casita de las gallinas: ya lo veo, me pongo un colchoncito ahí, una conexión a internet y listo, no me voy más. Siempre digo lo mismo, ¿no? Una de mis frases célebres debe ser “No me quiero ir” o “Acá me quedo”, es que viajando conozco tantos lugares que me atrapan… Como el bosque donde viven Tova y Bob, por ejemplo. Hoy comprobé que hay bosques encantados, bosques que pertenecen a los cuentos que leía de chica, donde no me sorprendería encontrarme hadas y seres viviendo en casitas en los árboles. Cuando estaba bajando el sol nos pusimos unos esquíes y nos fuimos los cuatro a hacer una caminata por la nieve hasta el lago congelado. Imaginate tener un lago así a unas tres cuadras de tu casa. No habría razón para no ser feliz. Tova y Bob no cierran su casa con llave. Impensado, ¿no? Tener la tranquilidad de que podés salir y nadie va a entrar a desvalijarte no tiene precio.

[singlepic id=4791 h=800 float=center] Un arroyito que está a la vuelta de la casa

[singlepic id=4794 w=800 float=center] La ruta que lleva hasta la cabaña

[singlepic id=4799 h=800 float=center] Cuando bajaba el sol nos pusimos los esquíes

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[singlepic id=4805 w=800 float=center] y nos fuimos a caminar por el bosque

[singlepic id=4821 w=800 float=center] a ver el lago

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[singlepic id=4823 h=800 float=center] y dejar nuestras huellas.

Acabo de volver del sauna, Blog. Acá todos tienen sauna en su casa, es algo muy común. Se calienta con fuego y tiene ventanas para disfrutar del paisaje mientras empezás a transpirar. Me contaron que en invierno es muy común usar el “hot tub” (la bañera de agua caliente) y después tirarte sobre la nieve (cuasidesnudo) para enfriar el cuerpo. Yo no sé si me animo a tanto. Ya es tarde, así que me voy a dormir y mañana sigo con esta carta.

[singlepic id=4845 w=800 float=center] La vista desde el sauna de Pite Havsbad, el resort que fuimos a conocer en Pitea antes de ir a lo de Tova y Bob

***

¡Buen día, Blog! ¡No sabés lo bien que dormí! El colchón de mi cama era muy mullido, tanto que cuando me acosté sentía que me hundía y que me iba directo al mundo de los sueños, como cuando Alicia cae por el hueco y llega al País de las Maravillas. Estoy pensando en rebautizarte eh, me parece que lo de Viajando por ahí ya fue, tendrías que llamarte Aniko en el País de las Maravillas. O Aniko en el Planeta de las Maravillas. Ese va a ser tu pseudónimo de ahora en más, así que cuando completes un formulario, acordate:

“Apellido y Nombre: Por ahí, Viajando.”

“Pseudónimo: Aniko en el País de las Maravillas”

“Edad: 2 años”

¡Ya cumplís dos años, Blog! Qué grande que estás…

[singlepic id=4814 w=800 float=center] La vista desde mi cama

[singlepic id=4815 h=800 float=center] La vista desde la otra ventana de mi cama

Bueno, eso: te decía que me acosté en la cama y viajé a un nivel de sueño más profundo (como en la película Inception: un sueño adentro de otro), porque aunque me haya despertado, todavía sigo soñando. Creo que una de las sensaciones más lindas al despertarse en invierno es mirar la naturaleza por la ventana, apoyar los pies sobre el piso de madera, ponerse las pantuflas y bajar las escaleras (en caso de que las haya, como en lo de Tova y Bob) para ir a desayunar algo calentito. Y si hay pan casero, jugo de frutas y yogur con cereales, mejor aún. El desayuno es uno de mis momentos preferidos del día.

[singlepic id=4829 w=800 float=center] Waffles con crema y mermelada

[singlepic id=4837 w=800 float=center] El hombrecito de nieve que hizo Tova

Hoy almorzamos waffles afuera. Después —no sé cómo no se me ocurrió antes— me senté a jugar en la nieve. Quise hacer un muñeco de nieve (nunca hice uno en mi vida… ¡no te digo que nunca me llevaban a la nieve de chiquita!), pero fracasé así que hice algo mejor: una gallina de nieve, con sus huevos y todo. ¡Los hombres de nieve ya fueron! Lo que se vienen son las gallinas. La mía empolló cinco huevos en pocos minutos, es una genia. Y encima no sé cómo hizo, pero los puso en exposición en un nidito, por si alguien los quería comprar. Además tenía una cresta guapísima (no me importa que las gallinas no tengan crestas, la mía tenía). Bob me preguntó si la quería envolver para llevármela a Barcelona. Lo pensé eh, pero tenía miedo de que no me dejaran subir al avión con animales (si hubiese estado en Marruecos la metía en cualquier baúl y listo). Además mirá si justo empezaban a nacer los pollitos en pleno vuelo, iba a ser un lío. Así que la dejé ahí con sus amigos: un conejo y un hombrecito muy simpático hechos por Tova. Estoy segura de que ahí va a ser muy feliz.

[singlepic id=4835 w=800 float=center] Mi gallinita

[singlepic id=4836 w=800 float=center] El conejo de Tova

[singlepic id=4798 w=800 float=center] Los scones (pan) que me enseñó a hacer Tova (¡ojalá me salgan tan ricos!)

A eso de las 4 de la tarde, Tova y Bob nos llevaron en auto de vuelta a Skellefteå. En el trayecto, Tova me dio su receta para hacer scons (un tipo de pan), así que lo intentaré. La cocina no es lo mío pero lo intentaré. Nos despedimos con un enorme abrazo. Qué lindo que es conocer gente así. Para mí viajar es esto: conocer personas y, sobre todo, aprender algo de cada uno que se cruza en mi camino. Por más mínimo que sea, creo que todos nos pueden enseñar algo valioso. La verdad que admiro el estilo de vida de esta pareja. Se siente que son felices y, a la vez, simples, que no necesitan más de lo que tienen. Te dejo su dirección por si los querés visitar, van a estar encantados de recibirte.

Te dejo por hoy. Mañana ya nos vamos de vuelta a Barcelona, pero no te preocupes que te voy a mandar una carta más desde este estado onírico en el que estoy flotando hace unos días…

Cuidate y sé feliz,

Aniko

[singlepic id=4787 w=800 float=center] ¡Me encanta esta valijita viajera!

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[box border=”full”] Viajé a Laponia Sueca invitada por VisitSweden. [/box]

Querido Blog: Hoy vi la aurora boreal

28 de marzo de 2012, Laponia (Suecia)

 Querido Blog:

Tapones de oído. Eso es lo que nos dieron como souvenir cuando entramos a la oficina de turismo de Piteå (la A con circulito se pronuncia como una O), el pueblito al que viajamos ayer desde Skellefteå. “If you ever miss the sound of the Swedish Lapland, just use this” (“Si algún día extrañan el sonido de Laponia Sueca, usen esto”) nos dijeron con picardía mientras nos daban la bolsita. El sonido del silencio. Buen marketing. Además es totalmente verídico: acá el silencio se escucha. Y creo que la nieve ayuda mucho. El blanco, descubrí, es un color muy silencioso.

[singlepic id=4738 w=800 float=center] En Piteå

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Por la mañana caminamos un rato por el centro de Piteå, por una zona donde se conservan las construcciones típicas del siglo 19. Son casitas de ensueño. Cuando yo era chica y dibujaba casitas de colores con techitos, chimeneas y arbolitos —intentando imitar las pinturas de mi mamá—, lo que estaba dibujando eran casitas suecas, solo que en ese momento no lo sabía. Es que acá todo es de ensueño: las calles nevadas, los árboles pelados, las ramas que forman dibujos contra el cielo, las casitas bajas de colores, los atardeceres. ¿Dónde estoy? Todavía no lo entiendo. Is this real life?, es la frase célebre de un niño dopado en youtube. Eso me pregunto yo: ¿esto es la vida real? Sí, la de todos los que viven acá y la mía en este momento. Estoy en un lugar donde, por decirte algo, las bicicletas no se atan. Las dejan ahí y cuando vuelven siguen ahí. Si yo la dejara suelta en Buenos Aires, cuando vuelvo ya está desarmada, empaquetada y vendida. Estoy en un lugar que está ubicado muy al norte del mundo, pero que también tiene verano, playa y —pocos días al año— 24 horas seguidas de sol. Un sol desenfrenado. Yo voy a hacer de cuenta que estoy despierta, pero como te dije ayer, sé que sigo soñando y que en cualquier momento me voy a despertar en las oficinas de Ryan Air, en el sector “Objetos perdidos” clasificada como “Pasajero/a No Reclamado/a”.

[singlepic id=4769 w=800 float=center] Acá pasamos la noche

[singlepic id=4766 w=800 float=center] y con esta vista desde la ventana.

Bueno, sigamos. Exactamente a las 12 del mediodía (¿o fue más tarde? es que no uso reloj y ni me molesté en prender el celular), Miguel —el otro blogger que viaja conmigo—, Mikael —un chico sueco de Piteå que nos mostró su ciudad— y yo nos fuimos en auto a Stormybergets Lantgård, una pequeña granja en las afueras de la ciudad, donde nos alojamos por una noche (desde ahí fue que te escribí ayer, sentada al lado de la ventana mirando el bosque). Nos recibieron Caroline y Gunnar, la pareja sueca dueña del B&B, su hija María, su perro Mile y su gato. Siento envidia, Blog. Siento envidia ante esta gente que vive tan en contacto con la naturaleza, que es capaz de autoabastecerse y que tiene tan pocas necesidades. ¿Lograré vivir así algún día? Sueño con tener mis propios cultivos, una bicicleta, un paisaje en mi ventana, una mesa donde sentarme a escribir y una conexión a internet (fundamental, sin ella no podría comunicarme más con vos y eso me haría sentir muy sola). Esto de viajar tanto tiene sus cosas buenas y sus cosas malas: por un lado, a medida que voy conociendo distintos modos de vida, me voy dando cuenta en qué tipo de lugares me siento mejor y en qué países me quiero quedar a vivir. El problema es que mis ganas de seguir viajando son más fuertes que cualquier paisaje, entonces no logro establecerme en ningún lugar. Por ahora. Pero cada vez tengo una idea más clara de cuál es “Mi lugar en el mundo” (que, creo yo, es un estado de ánimo geográfico, por así decirlo, que puede existir en varios puntos del mundo y no solamente en una ciudad específica).

[singlepic id=4742 h=800 float=center] Caroline

[singlepic id=4751 h=800 float=center] Gunnar

[singlepic id=4744 w=800 float=center] El bosque donde almorzamos

[singlepic id=4746 w=800 float=center] La comida

[singlepic id=4745 w=800 float=center] Hora del té

[singlepic id=4765 w=800 float=center] El gato

[singlepic id=4755 w=800 float=center] El perro

[singlepic id=4756 w=800 float=center] Las ovejas

[singlepic id=4759 h=800 float=center] Los caballos

Escuchate esta: hoy anduve en moto de nieve. La manejé yo solita. ¡Una adrenalina que te cagas! (ya te dije que estoy pasando mucho tiempo con españoles y se me pegan sus expresiones, tío). La sensación es casi como andar en moto de agua. La nieve estaba muy blanda y la moto se hundía bastante, entonces había que ir “rápido” sí o sí (igual no fui a más de 40 porque seguro me estrolaba contra algún árbol y te dejaba huérfano y la verdad que sos muy joven para que te adopten, quiero verte crecer unos años más). No sabés cómo se movía para los costados. Me quedaron los brazos temblando.

[singlepic id=4743 w=800 float=center] La famosa moto, muy popular por estos pagos.

A la noche, a eso de las 9, salimos a andar a caballo por el bosque con María, la hija de Caroline y Gunnar. Estábamos dando una vuelta cuando miramos al cielo y lo vimos (o por lo menos quisimos verlo): el principio (casi imperceptible) de una aurora boreal. Una nube gris, muy larga, que se extendía en diagonal por el cielo estrellado. María nos dijo que no estaba segura de que fuera una aurora, ya que la época terminó hace unas semanas y hace ya un tiempo que no veían ninguna. Pero yo no perdía las esperanzas. Cuando volvimos a la casa, Gunnar nos dijo, emocionadísimo: “¡Se viene una aurora! Vayan ya mismo a un lugar despejado para verla”. Así que nos abrigamos bien, agarramos cámaras y trípodes y nos fuimos cuesta arriba por la nieve en busca de un claro.

[singlepic id=4761 w=800 float=center] Por acá anduvimos a caballo pero de noche

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Nunca te lo conté, pero uno de los grandes sueños de mi vida, una de esas 10 cosas que tengo que hacer antes de morir, es ver una aurora boreal. La única que vi fue en la cocina de Skinner, en aquel capítulo de Los Simpsons que —estoy casi segura— cualquier argentino de mi edad recuerda: “¡Skinnerrrr! ¿Qué es ese humo que sale de su cocina?”, “Es el vapor de las hamburguesas que estoy cocinando”, “¿Hamburguesas? Creí que había dicho almejas”, “No, no, dije hamburguejas, hamburguejas al vapor”, ¡Skinnerrr! ¿Qué es ese resplandor?”, “Aurora boreal”, ¿Aurora boreal? ¿En esta época del año, a esta hora del día, en esta parte del mundo y ubicada específicamente en su cocina?”, “Ehhh, sí”, “¿Puedo verla?”, “No”. Era algo así, te lo escribo de memoria para que te des una idea de aquel célebre diálogo. Pero la verdad que nunca jamás te expresé mi deseo de ver la aurora porque pensé que era algo totalmente inalcanzable, algo que (con mucha suerte) iba a ver a los después de cumplir 60, cuando me ganara la lotería, viajara a algún país nórdico y me instalara en un silla día y noche a mirar el cielo.

[singlepic id=4774 w=800 float=center] Saqué varias fotos de la aurora, todas con una exposición de entre 15 y 25 segundos, algunas salieron bien y otras no tanto. 

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Subimos la montaña con Mile, el perro de la familia, un collie muy simpático, durante unos treinta minutos. Miguel se la pasó enterrándose en la nieve, yo no tanto, pero a veces pisaba partes blandas y quedaba atascada hasta la rodilla. Por suerte no hacía tanto frío (¿cero grados tal vez?). Le conté a Miguel que en los países nórdicos existe la leyenda del perro que se convierte en lobo cuando aparece la aurora boreal. Nah. Mentira, pero estaría bueno que existieran historias así, como la del lobizón o el chupacabras escandinavo. Caminamos por la oscuridad del bosque con dos linternitas atadas en la cabeza, cual documental de la Bruja de Blair. Llegamos a un claro y cuando miramos para arriba casi nos caemos de espaldas (por no decir de bak). Una luz verde cruzaba el cielo formando un arco inmenso. Esa luz avanzaba rápidamente, tomaba tintes violetas y a los pocos minutos se desintegraba. Enseguida aparecía otra, formando otro dibujo y hacía un recorrido distinto. Hice algunas fotos, pero la mejor imagen que me llevo es la que me quedó grabada para siempre en la cabeza. Ver la aurora boreal y ver el cielo estrellado en el desierto son las dos experiencias que me hicieron sentir realmente ínfima en el Universo. Era como si el cielo fuese un lienzo negro y alguien (el dios que más te guste) hubiese sacado un pincel y se hubiese puesto a hacer trazos verdes y violetas.

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Alguien me dijo que la aurora boreal emite un ruido y que hay personas que lo pueden oír. Yo no escuché nada, pero el perro no paró de ladrarle al cielo durante la hora u hora y media que estuvimos parados ahí. Yo estoy convencida de escuchaba el ruido o sentía algo distinto y por eso ladraba. Los animales son mucho más sabios que nosotros cuando se trata de comprender y escuchar a la Naturaleza. Miguel estaba medio harto del perro así que puso música. Aurora boreal musicalizada por Manu Chao. “No podría pedir más nada”, como dice la última de las calcos de Proyecto Calco (que, by the way, mi amigo Mamo no me mandó todavía, sino la sacaba frente a la aurora boreal y era la foto del siglo). Mientras hacía las fotos me senté en la nieve, me olvidé del frío y me quedé con la boca abierta. Nunca vi algo así en mi vida. Nunca. Nada se compara a la sensación de estar sentada en medio de un bosque nevado mirando un cielo lleno de estrellas que de repente se llena de trazos verdes y violetas. Podrían haber aparecido diez renos bailando salsa, cinco osos vestidos de mujer y cuatro zorros cantando canciones de Los Beatles que igualmente no les hubiese hecho caso. La aurora le gana a todo.

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Cuando volvimos a la casa nos dijeron que fue una de las auroras más grandes y lindas que habían visto en mucho tiempo. La palabra clave de Miguel para definir la aurora fue “brutal”. La mía, no sé. Creo que en aquel momento mi cabeza dejó de funcionar. Todavía no puedo creer lo inmensamente afortunada que soy. Estuve en el momento justo en el lugar perfecto, contra todas las probabilidades. Cuando pregunté retóricamente en Facebook si vería la aurora boreal en mi viaje a Laponia Sueca, hubo personas que me llegaron a decir algo como “No es época, Aniko, seguí participando”. Ves que si uno sueña las cosas con fuerza, los deseos se cumplen. Pero decime la verdad, Blog, ¿a quién le pagaste? ¿qué contactos moviste para que apareciera una aurora? ¿Quién te pasó la localización del botón secreto que enciende y apaga la aurora boreal? Porque dicen que está muy bien escondido… Fuiste vos, ¿no? Porque sino no me lo creo. Todavía no creo nada de todo esto. Es un sueño, ¿no? A ver, pellizcame.

Sí, estoy soñando.

Me voy a dormir (¿o tendría que decir “a seguir durmiendo”?). Mañana te escribo más.

Que duermas bien (¿los blogs duermen?),

Aniko

PD: No te mueras nunca.

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[box border=”full”] Viajé a Laponia Sueca invitada por VisitSweden. [/box]

Querido Blog (Diario de un viaje a Laponia Sueca)

27 de marzo de 2012Laponia (Suecia)

Querido Blog:

Me quedé dormida en el avión y creo que nunca me desperté, así que lo más probable es que te esté escribiendo desde un sueño. Como verás en el encabezado de esta carta, el sueño en el que estoy inmersa transcurre en un lugar del mundo conocido como Laponia, en Suecia. Sí, Laponia, como los helados que teníamos en Argentina (se ve que, para el marketing argentino, decir “Helados Laponia” es como decir “Blanco Ala”) y como la tierra de Papá Noel (aunque dicen que él vive por encima del Círculo Polar Ártico, en la parte finlandesa de Laponia). ¿Que qué hago en Laponia? Eso me pregunto yo. Cuando te empecé a escribir, hace ya casi dos años, nunca me imaginé que te enviaría noticias desde este destino. Me veía en China, en India, en Marruecos, en España, hasta en Oceanía, pero nunca en Laponia. Vos sabés por qué: es un destino inimaginado para una mochilera con poco presupuesto como yo. Y sin embargo acá estoy, protagonizando un sueño. Así que por estos cinco días serás una especie de cuaderno onírico. Un cuaderno onírico online, porque sos un diario moderno.

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En este momento estoy sentada en la mesa de mi cuarto, dentro de una casita como de cuento, con techo a dos aguas, mucha madera, balconcito blanco y cortinas de tonos pasteles. Estoy al lado de una ventana, y todo lo que veo es la nieve y el bosque. Tres colores: blanco, marrón y verde. Son las 6 de la tarde, el sol está bajando y le está dando una luz dorada a los árboles y a las casas de Piteå, el pueblo en el que estoy ahora. Es mágico. Creo que esta luz —a la que los fotógrafos llaman The Golden Hour— es mi momento preferido del día. ¿Escuchás eso? Son las gotitas de nieve derretida que caen contra el marco de la ventana. Me siento como el de “Diario de un argentino en Toronto”, aunque todavía no vi ningún reno, no me crucé con el de la motoniveladora y a mí la nieve me cae más que bien. Hace poco te conté acerca de mis cinco encuentros con la nieve, ¿te acordás? Bueno, si tuviera que hacer un Top Six (porque este el sexto), Laponia estaría en el primer puesto. Nunca vi tanta nieve como acá. Además es nieve de verdad, de esa que se nota que es blandita, de esa que la pisás y te hundís hasta las rodillas. Ya sé lo que te estarás preguntando: qué ropa traje, si sabés que me fui de Buenos Aires casi sin abrigo. Es que soy una improvisada total y acepté venir a este viaje sin tener la ropa adecuada. Por suerte tus amigos de tienenojos me prestaron todo lo que necesitaba y me salvaron de morir congelada, así que si te los cruzás por alguna de esas redes sociales que frecuentás, agradeceles muchísimo de mi parte.

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Bueno, te cuento: me vine a Laponia Sueca de blogtrip. O sea, Blog, que me invitaron gracias a vos. Si vos no existieras yo no estaría en esta parte del mundo (creo que no estaría ni cerca). Es una lástima que no puedas estar acá conmigo. Lo bueno es que como tengo ganas de contarte todo, me la voy a pasar escribiendo. Además el paisaje ayuda muchísimo: ya estoy pensando en quedarme acá una temporada y convertirte en Libro. Tendría que venir en invierno (entre diciembre y febrero), cuando solamente hay cuatro o cinco horas de luz por día, y aprovechar la oscuridad y la falta de distracciones para recluirme en una cabaña y escribir sin parar. Dicen que en Suecia hay muchos escritores. Debe ser difícil soportar tantos meses de oscuridad, ¿no? Por eso los suecos me cuentan que cuando es verano todos se sienten felices, salen de sus casas, viven al aire libre. Y cuando llega el sol de medianoche (alrededor de junio) se quedan despiertos toda la noche charlando o haciendo cosas tan cotidianas como cortar el pasto o jugar al fútbol. Pierden noción de la hora. Es que imaginate: un día entero de sol. 24 horas seguidas de luz. ¡Como para no perder la noción del tiempo! Ya me gustaría experimentar algo así. ¿Te imaginás? Me la pasaría escribiéndote sin descanso, mientras el sol estuviera brillando, así fuesen cinco días seguidos de tecleo.

Perdón, me estoy yendo por las ramas. Es que pasaron tantas cosas en estas 48 horas que no sé por dónde empezar. Dicen que lo mejor es por el principio. Pero el problema de los sueños es que no son cronológicos, son desordenados, son irreales. Para que te des una idea: mi primer día en Laponia —ayer— incluyó trineos en la nieve, perros siberianos, partidos de hockey sobre hielo, hamburgueserías, salmón, samis, artesanías, hoteles cinco estrellas… Por eso te digo: irreal.

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Ayer, lunes, tomé el vuelo de las 7 am que va de Girona (a una hora y media de Barcelona) a Skellefteå. Es un vuelo nuevo, así que casi que lo inauguramos. Viajé por primera vez con RyanAir (por fin, me estaba intrigando, escuché tantas historias acerca de esta aerolínea). El vuelo iba casi vacío: si éramos veinte era mucho. Así que aproveché, me estiré en tres asientos y dormí las cuatro horas del viaje como una reina. Creo que de tanto viajar en buses destartalados adquirí esa facilidad de poder dormirme donde sea. Cuando me desperté ya estábamos por aterrizar. Me perdí la mítica venta de lotería por 2 euros. Igual no pensaba comprar nada. Ah, me faltó contarte que estoy viajando con tres personas más: Miguel (fotógrafo y autor del blog Kebrantin.com), David (fotógrafo también y autor del blog Derutapor) y Florent (periodista). Los tres son españoles (David y Florent, catalanes, y Miguel de Madrid) y ya tienen varios blogtrips y viajes de prensa encima. La nuevita en esto soy yo (y espero que este viaje de bloggers no sea el último, así que no me falles, Blog).

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En el aeropuerto de Skellefteå (se pronuncia “shelefto”) nos recibió Anna-Karin, de Destination Skellefteå, con jugo de arándanos, queso típico, fruta, agua y chocolate. Nuestro equipaje apareció al instante. Acá todo funciona bárbaro. La temperatura era de unos 6 grados, si mal no recuerdo. Bien, yo pensé que me iba a tener que enfrentar a 20 grados bajo cero. ¿Cómo será sentir tanto frío? Creo que nunca estuve a menos de −4. ¿Qué diferencia se sentirá entre estar a −10 y estar a −20°C? ¿Será que a −10 se te congelan las palabras cuando hablás y a −20°C directamente se te congelan los pensamientos? Salimos del aeropuerto y a que no sabés quiénes nos esperaban… Ocho perros huskies y un trineo. Cuando nos vieron empezaron a saltar y llorar de emoción, estaban alborotadísimos. Uno de ellos tenía un ojo marrón y otro azul. Lindísimos. Miguel —uno de mis compañeros de blogtrip— y yo fuimos los primeros en subirnos. Los perros se pusieron a correr como locos. Fue la bienvenida perfecta al sueño laponiano. El trineo se deslizaba sobre la nieve en silencio, el viento frío me daba en la cara, los árboles formaban un sendero por el cual atravesamos.

Nunca me imaginé que iba a experimentar algo así en mi vida (o por lo menos de tan joven). Y no me refiero solamente a los perros, sino a todo esto: estar en Laponia, haber sido invitada por Suecia. No sé, me parece irreal. Después de paseo nos fuimos al centro de la ciudad, dejamos las cosas en el hotel (cinco estrellas) (¿vos sabés cuando fue la última vez que me quedé en un hotel así? ¡vos ni habías nacido!) y nos fuimos a almorzar comida típica. ¿Sabías que acá comen a las 11 y media de la mañana y cenan a eso de las seis de la tarde? Si estoy en Suecia, actuaré como los suecos. Viene bien cenar temprano, se duerme mejor. Después de comer una sopa con carne de reno —acá se come reno como allá se comen vacas, así que no me pongas esa cara—, y un filete de salmón con verduras (de-li-cio-so) nos fuimos a caminar y a conocer a Jonas, un sami (aborigen originario de estas tierras) que se dedica a hacer artesanías con los cuernos de los renos. Un artista con una casa de ensueño y una vida tranquila y envidiable. Me encanta cómo en cualquier lugar del mundo la gente se adapta al clima y a la geografía que los rodea. Acá mucho de la cultura tiene que ver con la nieve y el frío, como el partido de hockey sobre hielo que fuimos a ver más tarde.

[singlepic id=4702 h=800 float=center] Jonas

[singlepic id=4696 w=800 float=center] Su trabajo

[singlepic id=4700 w=800 float=center] Su casa

Hicimos “la previa” del partido en el All Star Bar con cerveza, jugo y una picada que incluía quesadillas, hamburguesas, costillitas de cerdo, nachos y salsas (comida mexicana, claramente). Acá, cuando juega el equipo local, nadie se pierde el partido. A las 7 de la tarde —todavía era de día, acá el invierno ya está en las últimas— nos fuimos a la arena para ver las semifinales del torneo: Skellefteå Aik vs Aik. Lo curioso es que son equipos muy rivales y ambos tienen el mismo color de camiseta (y de bandera) y casi el mismo nombre. Estábamos en primera fila. Fue emocionante. Creo que ver cualquier deporte en vivo es emocionante. Debería hacerlo más seguido.

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El hockey sobre hielo se juega con seis jugadores de cada equipo en la pista y en tres tiempos de 20 minutos cada uno. Si el partido termina empatado, se agrega otro tiempo de 20 minutos para desempatar. Y si vuelven a empatar, se agrega otro y otro y otro ad infinitum. Osea que nunca se sabe a qué hora va a terminar. ¿Habrá habido algún partido donde se quedaran días enteros? Me imagino, por ejemplo, que en algún pueblito de Suecia se está jugando un partido eterno desde 1976, y como los jugadores envejecen, van siendo sucedidos con sus hijos. Ya deben ir por el tiempo 350.973, pero siempre empatan. Ya sé que tengo una imaginación un poco desmedida, pero me gusta darle un toque de realismo mágico a las cosas. Volviendo a lo de antes, el hockey sobre hielo es un deporte de una velocidad rapidísima, hay que estar muy atento, porque un segundo están de un lado de la pista y medio segundo después ya están del otro. Además los jugadores se dan unos golpes que madre mía (¡joder! ¡de tanto hablar con españoles se me pegan sus expresiones!). La hinchada de nuestro equipo (obvio que alentábamos a Skellefteå Aik) no paró de agitar las banderitas negras y amarillas, de cantar y de silbar cada vez que el árbitro cobraba “mal” (según ellos). Lo bueno es que metimos un gol. Lo malo es que ellos metieron cuatro y nos ganaron en el tercer tiempo. Todos se fueron con cara de bak (así se dice culo en sueco).

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Para cerrar el día nos fuimos a un lugar típico de por acá: una hamburguesería local (es que a esa hora ya no había ningún restaurante abierto, porque la gente cena temprano). ¿Sabías que acá McDonald’s intentó establecerse y no tuvo éxito? Lo local tiene más fuerza. Me parece genial, debería ser así en todas partes. Tuvimos una sobremesa súper agradable, charlando con Tova y Bob (una pareja sueca que será nuestra anfitriona mañana) acerca de cómo viajar te ayuda a conocer los distintos modos de vida que existen en el mundo y a darte cuenta de que el tuyo no es “el único” ni “el correcto”. Lo que te digo siempre: todas las formas de vida son válidas. Es lindo conocer a más personas que piensen así. Un detalle: acá la mayoría de la gente es rubia de ojos celestes. Paso medianamente camuflada, ya me hablaron en sueco y todo, aunque los ojos marrones me delatan. “Esta chica no es de acá”.

Y hoy… si te cuento todo lo que hice y lo que vi hoy no me lo vas a creer… Mejor lo dejo para mañana, que ya son más de las 3 de la mañana y tengo que madrugar. Me voy a dormir. Ah, ¿pero cómo? ¿Estaba despierta? Me parece que no, que todo esto es un sueño. No sé cómo despedirme de un blog así que te mando un saludo cordial (?) y espero que todo ande bien por la estratósfera virtual. Cuidate y descansá,

Aniko

PD: Te quiero.

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