Por las calles de Fez (Marruecos)

Hace unas semanas inauguré la sección “Callejeando por ahí” con un relato fotográfico de las calles de Barcelona. Cuando pregunté qué otro lugar querían conocer a través de fotos, alguien dijo Marruecos. Ya escribí acerca de Fez (no sé si recuerdan el Post Interactivo al estilo “Elige tu propia aventura viajera” que les hice con tanto amor) (les recomiendo que lo jueguen antes o después de ver estas fotos, así pueden comprender un poco más la ciudad), pero nunca compartí todas las fotos que tengo de esta medina tan alocada como encantadora. Así que con ustedes: Fez a través de imágenes. (Son muchas fotos así que dejen que el post cargue.)

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[singlepic id=5344 w=625 float=center] Bienvenidos a la medina de Fez, un lugar donde a toda hora pasan cosas como estas…

[singlepic id=5269 h=625 float=center] hay mujeres lavando la ropa en las fuentes públicas,

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[singlepic id=5313 h=625 float=center] no hay autos pero hay burros y caballos para transportar y transportarse,

[singlepic id=5293 w=625 float=center] los juegos de mesa se juegan en las veredas,

[singlepic id=5303 w=625 float=center] hay nenes haciendo la medialuna,

[singlepic id=5281 w=625 float=center] hay lectores chicos y grandes,

[singlepic id=5315 w=625 float=center] hay bebés llorando,

[singlepic id=5300 h=625 float=center] hay músicos callejeros,

[singlepic id=5270 w=625 float=center] hay fans del Barça,

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[singlepic id=5276 w=625 float=center] hay curtiembres donde se trabaja el cuero (ocultas en medio de la medina laberíntica),

[singlepic id=5277 w=625 float=center] hay hojas de menta para combatir los aromas,

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[singlepic id=5278 w=625 float=center] hay mucho trabajo hecho a mano,

[singlepic id=5282 h=625 float=center] hay sandwiches a 10 dirham (1 euro),

[singlepic id=5285 w=625 float=center] hay dibujos en las paredes,

[singlepic id=5286 w=625 float=center] y cuadrados numerados (según me contaron, son “para las elecciones”, si alguien sabe que me explique…)

[singlepic id=5287 w=625 float=center] hay padre madre e hijo,

[singlepic id=5288 w=625 float=center] hay madre e hija,

[singlepic id=5283 w=625 float=center] hay amigas,

[singlepic id=5289 w=625 float=center] hay coiffeurs,

[singlepic id=5291 w=625 float=center] hay amontonamiento,

[singlepic id=5290 w=625 float=center] y desolación,

[singlepic id=5294 w=625 float=center] se venden zapatitos,

[singlepic id=5296 h=625 float=center] remedios,

[singlepic id=5298 w=625 float=center] hierbas,

[singlepic id=5295 h=625 float=center] anteojos,

[singlepic id=5299 w=625 float=center] zapatos,

[singlepic id=5314 w=625 float=center] medias y pantuflas,

[singlepic id=5321 w=625 float=center] alfombras,

[singlepic id=5323 h=625 float=center] más alfombras,

[singlepic id=5325 w=625 float=center] incluso más alfombras,

[singlepic id=5330 w=625 float=center] y cosas que no se sabe qué son (entre otras),

[singlepic id=5297 h=625 float=center] hay gente que espera,

[singlepic id=5311 h=625 float=center] y espera,

[singlepic id=5304 h=625 float=center] gente que se va,

[singlepic id=5312 w=625 float=center] y se va,

[singlepic id=5310 w=625 float=center] y se va,

[singlepic id=5306 w=625 float=center] gente que camina,

[singlepic id=5309 w=625 float=center] gente que corre,

[singlepic id=5307 w=625 float=center] gente que va en bicicleta,

[singlepic id=5308 w=625 float=center] gente que carga cosas,

[singlepic id=5339 w=625 float=center] gente que arregla cosas,

[singlepic id=5326 h=625 float=center] gente que afila cosas,

[singlepic id=5327 w=625 float=center] gente que lava cosas,

[singlepic id=5340 w=625 float=center] gente que pega cosas,

[singlepic id=5341 h=625 float=center] (como estas),

[singlepic id=5336 h=625 float=center] gente que se duerme,

[singlepic id=5342 w=625 float=center] gente que se sienta a mirar,

[singlepic id=5343 w=625 float=center] o que sale a pasear por lugares inesperados,

[singlepic id=5319 w=625 float=center] hay locales y viajeras que se sacan fotos juntas,

[singlepic id=5316 h=625 float=center] y personas como ella, que habla con los viajeros a pesar de no compartir el mismo idioma,

[singlepic id=5317 w=625 float=center] y muestra orgullosa su arte,

[singlepic id=5305 w=625 float=center] hay casas de té,

[singlepic id=5320 h=625 float=center] hay palacios con puertas de oro,

[singlepic id=5338 h=625 float=center] hay mezquitas,

[singlepic id=5322 w=625 float=center] hay escaleras al cielo,

[singlepic id=5324 h=625 float=center] hay niños,

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[singlepic id=5337 h=625 float=center] muchos,

[singlepic id=5335 w=625 float=center] y muy adorables,

[singlepic id=5334 w=625 float=center] hay mundos imaginarios en las paredes,

[singlepic id=5328 w=625 float=center] hay mundos dentro de los espejos,

[singlepic id=5329 w=625 float=center] en Fez pasan muchas cosas,

[singlepic id=5301 w=625 float=center] solamente es cuestión de asomarse a través de las ramas y mirar un poco más allá.

Cada ciudad es un pequeño mundo y caminar sus calles es una de las mejores maneras de adentrarse por un ratito en ellos…

[box type=info] Más info:
* ¿Querés sentirte un ratito en Fez? Te recomiendo jugar al Elige tu propia aventura en Fez, el primer post interactivo de Viajando por ahí.
* ¿Estás planeando viajar a Marruecos? Acá te dejo una Guía práctica con toda la info que recopilé durante mi viaje: opciones de alojamiento, medios de transporte, costos, comidas, itinerario, seguridad y más.[/box]

Datos y consejos para viajar por Marruecos

[box border=”full”]Aclaración: Esta guía está basada en mi experiencia de viaje por Marruecos durante febrero y marzo de 2012. Estuve casi dos meses recorriendo el país, de mochilera y con bajo presupuesto: todos los lugares que menciono son lugares que visité, y todos los precios que pongo son los que yo personalmente pagué. [/box]

“Bienvenidos”

Junto con “Inshallah” (Si Dios, o en este caso Alá, quiere), “Bienvenidos” será una de las palabras que más escucharán durante su viaje por Marruecos. Marruecos es uno de esos países que te sacuden, que te golpean, que no te dejan indiferente. Por momentos es África pura, por momentos parece Asia (por sus colores, sus aromas, su vida callejera), por momentos se asemeja al imaginario colectivo que tenemos de “Arabia” y sus mil y una noches

Es un país repleto de estímulos, de colores y de “micromundos”: hay medinas blancas frente al mar que se parecen (según me contaron) a Grecia, hay cuevas con familias nómadas que viven en las montañas, hay ciudades alocadas e híper turísticas, hay pueblitos perdidos y silenciosos, hay medinas medievales, hay nieve (sí), hay mucho sol (dicen que Marruecos es un país frío con un sol muy fuerte), hay té a la menta a toda hora, hay regateo, hay hospitalidad, hay insistencia… Marruecos es un país que me fascinó y me agotó a la vez, y un lugar al que volvería sin dudarlo.

Acá les dejo algunos datos prácticos para organizar su viaje. Si quieren leer mis relatos de viaje por Marruecos, vayan al final de este post y elijan el que más les guste.

Cómo llegar

Barco: Yo crucé a Marruecos en barco desde el sur de España. Hice el cruce Tarifa – Tánger (tardé alrededor de una hora) y pagué € 33. Hay dos empresas de ferry que realizan el cruce desde ahí, una cuesta € 33 y la otra € 35 (ambos de ida). Compré el pasaje en el momento sin problemas en el puerto (les recomiendo hacer eso). Una vez en Tánger, caminé hasta la medina (la “ciudad vieja”) y busqué alojamiento ahí. También pueden hacer el cruce Algeciras – Ceuta.

Avión: Se puede llegar a Marruecos en avión. Los vuelos baratos que salen de Europa llegan, en su mayoría, a Marrakech. Yo pagué unos € 80 para volar de Marrakech de vuelta a Barcelona (con Vueling), pero lo saqué bastante sobre la fecha. Si buscan con tiempo, pueden encontrar pasajes mucho más económicos. Acá les cuento Cómo comprar un pasaje bueno bonito y barato por internet.

¿Necesito visa?

Si sos argentino o tenés pasaporte de la comunidad europea NO necesitás visa para ingresar a Marruecos y podés quedarte hasta tres meses. Si sos de otra nacionalidad, chequeá esta web: Do you need visa?

Salud y vacunas

A mí no me pidieron el Certificado Internacional de Vacunación en ningún momento. No me puse ninguna vacuna nueva, ya que las tenía dadas de antes para mi viaje por Asia. Estrictamente hablando, la única vacuna “obligatoria” por la OMS es la de Fiebre Amarilla, aunque en Marruecos, según leí, pueden pedirles el certificado de la vacuna de cólera.

Igualmente antes de irse de viaje a cualquier parte del mundo les recomiendo visitar a su médico de cabecera o ir al sector de “Medicina del viajero” de su hospital más cercano u obra social para asesorarse. ¿Quiéren saber si llevar seguro médico o no? Entonces lean este post y decidan. Pero mi respuesta es sí, lleven. A mí no me pasó nada (más allá de que tuve sabañones en los dedos durante semanas —historia para contar en otro post—), pero uno nunca sabe.

No tomen agua de la canilla, las botellas de agua mineral son muy baratas y más seguras.

¿Hace frío o calor?

Todos imaginamos Marruecos como un lugar muy caluroso (¡es África! ¡Seguro que hace calor!). Sí, pero no se confíen demasiado. Yo fui en invierno (diciembre a marzo) y pasé mucho frío (¡nevó y todo!), especialmente de noche y dentro de las medinas (están construidas de tal forma que no permiten que el sol pase demasiado, entonces son bastante frescas).

Marruecos tiene varios climas:

  • En la costa (el norte y el oeste del país) el clima es moderado y subtropical, con vientos frescos del Mediterráneo y del Atlántico. En invierno (diciembre a marzo) el norte del país es lluvioso y húmedo.
  • En el interior las temperaturas son más extremas: los inviernos son muy fríos (en el Atlas, la cadena montañosa central, la temperatura llegan a bajo cero y hay nieve) y los veranos son muy calurosos (arriba de 38°C).

Así que si me preguntan cuál es la mejor época para ir, yo diría que en primavera (fines de marzo, abril), cuando ya no hace tanto frío y todavía no hace tanto calor.

Esta foto de nieve en Marruecos es real!

¿Hay internet en todos lados?

En general , todas las ciudades tienen cibers y algunos restaurantes turísticos y hostels tienen wi-fi. Dudo que consigan internet en el medio del desierto (a menos que se compren un USB de esos que te da internet usando la señal del celular), pero tampoco lo necesitan. :)

¿Qué enchufe usan?

En Marruecos se usa el enchufe “europeo” (ver foto). No se preocupen demasiado ya que pueden comprar un adaptador allá en cualquier mercado y muy barato (por un euro o menos).

¿Qué idioma hablan?

Una de las cosas que más me sorprendió de los marroquíes es su “poliglotismo” (si es que existe la palabra). Hablan muchísimos idiomas y muy bien: los oficiales son el árabe, el tamazight (lengua bereber) y el francés. En el norte, además, es común que también hablen castellano (ya que fueron colonia española) y en el centro y sur es más común que hablen francés o inglés, así que con esos idiomas van a andar bien. Nunca está de más aprender palabras en el idioma local como por ejemplo “la, shokran” (no, gracias) o “salam alaikum” (el saludo tradicional).

Lo importante: el presupuesto para los tres gastos básicos
(alojamiento + transporte + comida)

[box]El objetivo de este apartado es ayudarlos a ahorrar (¡para poder viajar más!), así que los precios que les doy acá son los más baratos (o por lo menos lo más barato que conseguí, tal vez si regatean lo consiguen por menos). Si quieren viajar con más comodidad y/o lujos, tendrán que pagar más.[/box]

– La moneda que se usa en Marruecos es el [highlight]dirham[/highlight]. El cambio (junio de 2012) es [highlight]1 euro = 11 dirham / 1 usd = 9 dirham[/highlight]

– Probablemente crucen a Marruecos desde España, y si es así les recomiendo viajar con euros y/o dólares y cambiarlos allá, una vez que están en Marruecos, ya que el cambio siempre será más favorable. (Ya sé que en Argentina estamos en un momento complicado para conseguir moneda extranjera. Muchos me escribieron para preguntarme pero la verdad es que no tengo la solución todavía.)

– Dentro de las medinas no hay muchos bancos ni casas de cambio, ya que estos están casi siempre en las Ville Nouvelle o parte nueva de la ciudad. Hay bastantes cajeros electrónicos.

1) Alojamiento: 

Las opciones de alojamiento más baratas siempre están dentro de las medinas (y son hostels o pensiones tradicionales). [highlight]Lo más barato que pueden conseguir es entre 3 y 6 euros la noche por persona (¡regateen duro!).[/highlight]

[box border=”full”] Aclaración: ¿Qué son las medinas?

Las ciudades de Marruecos generalmente se dividen en dos sectores: la medina (el casco antiguo, la ciudad vieja y tradicional, generalmente rodeada de una gran pared o muralla y sin tráfico de automóviles en su interior) y la ville nouvelle (parte nueva de la ciudad, más “moderna”, con más edificios y restaurantes “de moda”). Lo lindo de Marruecos es vivir las medinas y su ambiente de otra época. [/box]

Algunos tips:

  • Una cama en una habitación compartida de un hostel les va a costar alrededor de 40 – 50 dirham / € 4 – 5 (a veces un poco más y con desayuno incluido, a veces un poco menos).
  • Una habitación privada para dos personas en cualquier pensión (hotel barato) está entre 40 y 80 dirham por persona (de 4 a 8 euros).
  • Si están viajando sol@s y quieren una habitación privada (y barata), tendrán que pagar de 60/80 dirham para arriba (de 6 a 8 euros).
  • Tengan en cuenta que los alojamientos en los que paguen estos precios casi siempre tendrán el baño afuera, compartido.
  • Muy importante: antes de quedarse pregunten si hay agua caliente y si está incluida en el precio, ya que muchas veces hay que pagar 10 dirham (€ 1) extra por usar la ducha.
  • Hay ciertas posadas que ofrecen, además de la habitación, “media pensión” (desayuno + cena) y/o  “pensión completa” (desayuno + almuerzo + cena). Por media pensión van a pagar, como mínimo, 120 o 150 dirham por persona (unos 12 o 15 euros). Esto es común en ciertos lugares como Merzouga (el desierto) o el valle del Todra donde los hoteles están “en el medio de la nada” y no hay lugares cercanos para ir a comer.
  • Hay hoteles que tienen terrazas abiertas con colchones o carpas donde pueden dormir (en verano) por 25 dirham (€ 2.5). Pregunten. También hay hoteles (baratos) que alquilan los sillones de sus salones de té por un precio menor al de una habitación.
  • Yo no acampé nunca, pero leí que casi todas las ciudades y pueblos tienen áreas para acampar, aunque están medio alejadas del centro. En las zonas rurales pueden pedirle permiso a la gente local para acampar en sus terrenos.
  • Otra opción más que válida es hacer Couchsurfing y alojarse de manera gratuita en la casa de un marroquí (doy detalles de esto más abajo) o alquilar un apartamento a través de Wimdu o Airbnb y alojarse con los locales.

Salón común de un hostel en Marrakech (el más barato que encontré en internet, súper lindo!)

B) Comida

La comida en Marruecos es barata. Les recomiendo probar la comida callejera, es muy rica y más barata aún. [highlight]Si buscan precio, van a gastar unos 5 – 10 euros al día por la comida (van a gastar 5 si, por ejemplo, comen sandwiches baratos más de una vez al día).[/highlight]

Algunos precios típicos:

  • Los menúes en los restaurantes turísticos empiezan en 50 dirham (€ 5) (entrada, plato principal, postre). TIP: pregunten si pueden comer “medio menú” —solamente el plato principal, sin la entrada y el postre— por 25 dirham.
  • Un desayuno en un restaurante turístico está entre 20 y 25 dirham (€ 2 – 2.5).
  • Agua de 1.5 litros: 3 dirham (en el supermercado), 5/6 dirham (en la calle)
  • Kebab: alrededor de 18 dirham
  • Hamburguesa: alrededor de 13 dirham
  • Pan casero con queso: a partir de 2 dirham (según el tamaño del pan y la cantidad de queso)
  • Sandwich: entre 6 y 20 dirham (según el tamaño y los ingredientes)
  • Café, té o chocolatada en un bar: 5 dirham
  • Yogur bebible mediano: 5 dirham (en un kiosko)
  • Facturas y cosas dulces: de 2 a 4 dirham por unidad (un croissant, por ejemplo, cuesta 2 dirham)
  • Harira (sopa marroquí): 3 dirham
  • Plato de couscous: 30+ dirham
  • Plato de tajine: 35+ dirham
  • Pan: según el tamaño, entre 1 y 2.50 dirham por unidad
  • Crepe con miel: 3 a 5 dirham
  • Vaso de jugo de naranja: 4 dirham
  • Pizza mediana de muzarella: 20 dirham

Sandwich típico

C) Transporte

Si quieren ahorrar, les recomiendo viajar siempre en los medios de transporte local y no en los turísticos. Para ir de un pueblo o ciudad a otro las opciones son:

  • buses (están los baratos —que salen de la estación local a toda hora y van frenando en los pueblitos intermedios— y los “turísticos” como Supratours y CTM que son un poquito más caros pero van directo)
  • trenes (es lo más cómodo, aunque no cubren todo el país)
  • grand taxi (taxis compartidos —de hasta 10 personas— para ir de un pueblo a otro cercano. El precio se divide entre la cantidad de pasajeros)
  • dedo (cuando los suban pregunten de antemano si les cobran o no, porque en Marruecos casi todo se cobra)
Algunos tips:
  • Para moverse dentro de las ciudades, lo mejor es caminar, ya que todo está cerca. Dentro de las medinas, además, casi no hay transportes motorizados (excepto motos o bicis).
  • Cuando lleguen a la terminal de buses se les van a abalanzar para venderles pasajes “a buen precio”. Tengan en cuenta que siempre les van a querer cobrar un poco de más, porque esas personas trabajan por comisión. Lo mejor es ir directamente al mostrador de la empresa de buses que viaje al destino al que quieran ir y comprar el pasaje ahí mismo en ventanilla.
  • Para calcular los precios de cada viaje tengan en cuenta que la hora de trayecto en bus cuesta entre 12 y 15 dirham y la hora de tren cuesta entre 20 y 25 dirham (clase económica)
  • El extra por el equipaje: cada vez que tomen un bus local les van a cobrar un extra por el equipaje. Supuestamente, si el equipaje es chico te cobran 5 dirham y si es grande, 10 dirham. Si van con una mochila no deberían pagar más de 5 dirham. 

Estación local de buses

4) Otros gastos

– Si quieren estar comunicados con la gente local (para, por ejemplo, hablar con sus hosts de Couchsurfing) les recomiendo comprarse una tarjeta SIM local (recuerden que hay que tener el teléfono desbloqueado). La tarjeta cuesta 30 dirham (€ 3) y viene con 10 dirham (€ 1) de crédito. Después cada recarga les costará 10 dirham.

– Excursiones: hay muchíiisimas excursiones para hacer en Marruecos, algunas que valen la otra y otras que no tanto. Generalmente un guía local les va a cobrar entre 100 y 200 dirham (€ 10 − 20) por día para llevarlos a algún lado.

– Ir al desierto: ir en dromedario a las dunas de Erg Chebbi y pasar la noche en una jaima les va a costar, como mínimo, € 20 por persona por noche (con comida incluida).

[box]IMPORTANTE: El regateo

Todo, absolutamente todo, se regatea. En Marruecos no hay precio que no sea negociable, y en muchos casos (como en los mercados) los vendedores esperan que el cliente regatee. Lo más común es que pidan de más (a veces el doble, el triple o hasta cinco veces más) para darle pie al regateo. Les juro que es un deporte nacional. No tengan miedo de pedir rebajas y de negociar, siempre con respeto y buen humor. Y una cosa: si pelean por un precio y al final lo consiguen, compren el objeto en cuestión, ya que está muy mal visto regatear, “ganar” y después irse sin comprar nada. [/box]

[box]IMPORTANTE bis: La propina

En Marruecos es muy común que les pidan propina por todo. Ejemplo: estás perdido en la medina, alguien te ayuda a encontrar el camino: propina. Estás buscando un hostel, alguien te ayuda a encontrarlo: propina. Estás recorriendo la medina, alguien se pone al lado tuyo para oficiar de guía no oficial: propina (cuidado, la policía de Marruecos no permite que haya guías no oficiales, así que si ven a alguno de ellos caminando con ustedes, lo van a detener y llevárselo).

Les recomiendo dos cosas: una, que le aclaren al marroquí que se les acerque que no le van a pagar más de “x” cantidad de dinero por “su servicio”; o dos, que le digan, directamente, que no le van a pagar nada y que si quieren ayudarlos a encontrar el lugar bien, y sino se las arreglan solos (digo esto así porque llega un momento, después de viajar durante varias semanas por el país, en el que esta cuestión de la propina empieza a molestar un poco).[/box]

Mujeres que viajan solas

Yo hice la mayor parte del viaje con mi amigo Andi y la última semana recorrí algunas ciudades sola. Cuando iba con Andi los hombres ni me hablaban, algunos me miraban de reojo y me susurraban cosas en árabe cuando les pasaba al lado (lo juro), pero generalmente no me prestaban mucha atención (suponen que cualquier hombre y mujer que viajan juntos están casados y respetan eso). Cada vez que salía sola, se me venían encima para hablarme.

Mujeres que viajan solas: tengan cuidado pero tampoco sean paranoicas. Cuando vayan solas por la calle probablemente escucharán el “coro marroquí” de hombres diciéndoles “hola”, “hello?”, “cht cht”, “where are you from?”, “pssst”, “¿de dónde eres?”, “chau guapa” y cosas por el estilo. Lo mejor: ignorarlos. Otra opción: reírse y seguir caminando. Los hombres, además, se les van a acercar constantemente, las van a invitar a tomar té, a comer, a sus casas, a sus oficinas, a sus mercados, a caminar, a la playa, a donde sea, les van a ofrecer de acompañarlas a buscar hostel, a buscar restaurante, a buscar el monumento de turno, a buscar lo que ustedes necesiten. Probablemente les pregunten si están casadas, si están solas, hace cuánto están en Marruecos y cosas así. Si se sienten más cómodas, digan que están casadas y que se están por encontrar con su marido. Pueden ser pesados e insistentes, pero si ustedes se ponen firmes no pasa nada. Son buena gente y son respetuosos, pero también son extremadamente curiosos.

Ayuda mucho, por ejemplo, ir con ropa más larga o directamente vestirse de musulmanas. Si hacen eso, van a quedar como mujeres locales y lo más probable es que nadie les diga nada y que no les intenten cobrar de más de entrada.

Si les preguntan cómo se llaman, digan “Fátima”. :)

Algunos recaudos al hacer Couchsurfing

Hay muchísimas personas de Marruecos que están en Couchsurfing y ofrecen alojamiento gratuito, sin embargo lo que más me llamó la atención es que son todos hombres o extranjeros. Si sos mujer y estás viajando sola, leé muy bien las referencias de tus posibles anfitriones: yo encontré muchos perfiles falsos (de supuestas “chicas estadounidenses que viven en Marruecos” pero no saben casi escribir en inglés y no tienen dos fotos de perfil donde aparezca la misma persona) y también encontré varios casos de hombres que fueron acusados de querer abusar de sus huéspedes. Fueron los menos, pero hay, por eso digo que lean bien las referencias y se fijen a quién le piden alojamiento. Lo más probable es que tengan una experiencia más que positiva, especialmente en el desierto, donde está lleno de Couchsurfers (nunca me lo hubiese imaginado).

Otra cosa: hay muchos casos también de anfitriones de Couchsurfing que aceptan alojar viajeros pero, a cambio, intentan “venderles” su tour en camello, su excursión por algún pueblito o sus clases de lo que sea. Tengan esto en cuenta y no se sientan presionados a nada, ustedes deciden si quieren pagar a su host por algo así o no. Couchsurfing es una red de hopitalidad en la que no debería haber ningún interés económico de por medio.

Tomando el té en lo de un anfitrión

¿Puedo ir durante Ramadán?

El Ramadán es el mes de ayuno de los musulmanes y es uno de los momentos más importantes del año para ellos, ya que finaliza con los festejos de Eid al-Fitr. El ayuno se realiza todos los días durante un mes, desde que sale el sol hasta que se pone, y durante esas horas los musulmanes no pueden comer, beber ni fumar.

Yo no viví el Ramadán en Marruecos pero sí en Indonesia. Se puede viajar igual que en cualquier otra época, pero hay que tener en cuenta que muchos restaurantes van a estar cerrados al mediodía y que todo puede funcionar a un ritmo más lento. El ayuno no es obligatorio para quienes no sean musulmanes, pero por respeto es recomendable no comer ni beber en lugares públicos a la vista de aquellos que están ayunando. Tengan en cuenta que durante los festejos de Eid al-Fitr casi todo cierra durante una semana y los marroquíes se movilizan en masa de una parte del país a la otra para ver a sus familias.

Próximos Ramadanes:

  • 2012 (1433): 20 de julio a 18 de agosto
  • 2013 (1434): 9 de julio a 7 de agosto
  • 2014 (1435): 28 de junio a 27 de julio

¿Viajar de manera independiente u organizada?

Me llegan bastantes mails preguntándome si les aconsejo viajar de manera independiente por Marruecos o no. Yo hice el viaje por mi cuenta, junto con mi amigo Andi. Viajamos un mes y medio juntos y casi siempre fuimos contratando todo en el lugar, lo cual nos llevó bastante tiempo y horas de regateo, pero valió la pena. Contratamos excursiones para ir al desierto de Erg Chebbi (no les recomiendo meterse por su cuenta, necesitan dromedarios y alguien que conozca el terreno), al Valle de Todra y a las montañas de Azrou, siempre con guías locales. Andi se fue una semana antes y yo hice el último tramo sola. Marruecos me pareció un país seguro (tiene una de las menores tasas de homicidio del mundo), lo más agotador fue pelear para que no nos cobraran por todo, aprender a soportar el “acoso” de venta y tener que regatear sí o sí por cualquier cosa.

Dicho esto, creo que la decisión de hacer el viaje de manera independiente o no es personal. Si van con tiempo, con flexibilidad para adaptarse a los cambios y ganas de dejarse llevar por el azar, sí. Es una linda experiencia y los marroquíes son amables (a pesar de su alma de comerciantes). Si van por pocos días, no quieren viajar solos y quieren conocer varios lugares, existe la opción de contratar una excursión. Hay muchas empresas que ofrecen este tipo de viajes.

Lugares que conocí en mi viaje por Marruecos (y posts que escribí):

Nota: le pongo muchas horas de viaje, caminatas, investigación y trabajo a estas guías prácticas y te las ofrezco de manera gratuita porque es lo que a mí me hubiese gustado leer antes de viajar. Si te sirven para planificar tu viaje, por favor intentá reservar alguno de los siguientes servicios (vuelos / hoteles / Airbnb) a través de estos buscadores. Si lo hacés, me dan una pequeña comisión que no se suma al precio final de tu compra y que me ayuda a seguir viajando y publicando guías como estas. ¡Gracias!

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Final del juego (El Jadida – Assilah – Marrakech – Barcelona)

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“Cuando el fin se acerca, todo se acelera”, me escribo en la palma de la mano izquierda mientras me tomo mi último té a la menta en una casa de patisserie de Assilah. No tengo mi cuaderno a mano ya que salí por unos minutos en busca de comida y no quiero olvidarme de esa frase que se me cruzó por la cabeza de repente. Me quedan dos días en Marruecos y sí, definitivamente, cuando el fin se acerca, todo empieza a pasar más rápido.

[singlepic id=4688 h=625 float=center] La medina de Assilah

[singlepic id=4597 h=625 float=center] La antigua ciudad portuguesa de El Jadida

[singlepic id=4631 w=625 float=center] Y Marrakech, mis últimas tres paradas en Marruecos

Los días finales de un viaje son los más contradictorios. Por un lado, como ya sabemos que estamos por volver nos invaden el cansancio y esas ganas de estar ya en nuestras casas. Listo, pensamos, aunque queden dos días, el viaje en sí ya se terminó. Ahora si tan solo pudiese cerrar los ojos y aparecer mágicamente en mi cama, sin tener que tomar ningún avión de por medio… Sentimos cierta urgencia, queremos que las últimas horas pasen lo más rápido posible (para estar cuanto antes descansando), pero a la vez sentimos la melancolía que acarrea ese final inminente e intentamos estirar el tiempo para que la partida nunca se concrete. Por eso les digo, son días contradictorios en los que lo mejor —comprobé— es dejar que todo fluya. Uno nunca sabe qué puede pasar durante ese limbo. Y, como todo en la vida, las mejores cosas pasan cuando estamos con un pie en el avión.

En el post/capítulo anterior nos habíamos quedado en Essaouira (un pueblito sobre la costa atlántica marroquí), en mi indecisión, en mi voy o no voy al norte para después tener que volver al sur, en mi doy el viaje por terminado acá o me la juego y visito (medio a las corridas) los lugares que me quedaron pendientes. Finalmente me la jugué y me tomé el bus hacia el norte.

[singlepic id=4638 w=625 float=center] La vida es un ta-te-tí

Parada 1: El Jadida

Me desperté al grito de “El Jadida! El Jadida!” y la voz de Andi que me decía, apurado: “¡Ani! ¡Tenés que bajar! ¡Es acá!”. Nos habíamos tomado el mismo bus desde Essaouira ya que, aunque íbamos a lugares distintos, la ruta era la misma. Era un bus local, uno de esos donde las gallinas y las cabras viajan en el baúl, uno de esos que paran en absolutamente todos los pueblos, pueblitos y pueblecitos intermedios, uno de esos que no tendrán lujo pero tienen color, detalles y olores locales. Entonces si no me bajaba “ya”, el bus seguiría su ruta en escasos segundos. Me despedí de Andi, agarré mis cosas a toda velocidad, bajé del bus, saqué mi mochila del baúl, miré a mi alrededor y dije: “¡Pero esto no es El Jadida!”. Para empezar, no había mar a la vista. Tampoco había ciudad a la vista. Estábamos parados en el medio de la ruta. Apareció un señor —a quien yo intento identificar como ¿el conductor del bus? tal vez—, agarró mi mochila, se la pasó en mano a un taxista y me subió a un Mercedez Benz. Me dijo que yo tenía que seguir camino a El Jadida en ese taxi misterioso y que ya estaba todo pago, que no me preocupara. Así que ahí nos fuimos: el taxista, siete pasajeros más y yo rumbo a El Jadida. Yo seguía semi dormida.

[singlepic id=4620 h=625 float=center] Dentro de la Ciudad Portuguesa de El Jadida

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43 kilómetros después, llegamos a la ciudad. El Jadida es una ciudad portuaria de la costa atlántica marroquí que no recibe muchos turistas extranjeros. Fue colonia portuguesa durante más de dos siglos y la antigua fortificación (conocida como “Ciudad Portuguesa”) fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Y eso fue lo que más me llamó la atención y me impulsó a ir: la mezcla de lo marroquí y lo portugués. El Jadida iba a ser, además, la primera ciudad de Marruecos donde viajaría sola.

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Lo lindo de llegar a lugares poco turísticos es que no existe ese acoso de “comprame comprame comprame” ni tampoco intentan cobrarte de más por todo. En El Jadida la gente local me saludó por la calle, me dijo “Welcome to my city” y me sonrió. Pasé toda la tarde en la Ciudad Portuguesa, esa pequeña fortificación frente al mar, caminando por calles vacías, cruzándome con poca gente, mirando las iglesias, la cisterna (uno de los lugares más misteriosos que pisé en mi vida) y los detalles de la vida cotidiana. A la mañana siguiente cuando salí caminando rumbo a la estación de buses una señora marroquí me saludó con un “Salam” y me preguntó si hablaba francés. Le dije que no, que hablaba español y me empezó a hablar en español mientras caminaba conmigo. Me contó de dónde era, me preguntó a qué me dedicaba y me dijo que hacía más de 30 años que no hablaba español con nadie.

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[singlepic id=4596 w=625 float=center] La Cisterna Portuguesa, lugar misterioso y atractivo si los hay…

Parada 2: Assilah

Después de un bus a Casablanca, otro bus a Larache y otro taxi misterioso, llegué a Assilah, un pueblito de medina blanca frente al Atlántico, muy cerca de Tanger (donde empecé mi viaje hace casi dos meses). Decidí quedarme tres noches ahí, tranquila, y aprovechar mis últimos días para escribir (algo que ahora, en Barcelona, me está costando horrores). Assilah es una ciudad chiquita y silenciosa, con aspecto de pueblo mediterráneo y con una historia larga y turbulenta: pasó de manos cartaginesas a manos romanas a manos árabes a manos españolas a manos portuguesas a manos marroquíes a manos españolas a manos marroquíes otra vez en sus varios siglos de existencia. Fue un punto de encuentro de los comerciantes del sur de España, fue un centro importante en la ruta del oro sahariano, fue una fortaleza protegida por cañones, fue bombardeada, vivió un régimen de terror. Hoy es uno de los lugares más blancos y tranquilos que conocí en Marruecos. Me quedarán, de recuerdo, las paredes blancas de la medina —esa medina tan vacía— pintadas con murales y la banda sonora de todos esos hombres que me decían por la calle “hola”, “hello”, “france?”, “English?”, “¿español?”, “¡chau guapa!”, “ça va?”, “cht cht”, “pssst pssst” al unísono cual Orquesta Sinfónica Marroquí. Consejo: ignorarlos (aunque les digo que son capaces de levantarle el autoestima a cualquier mujer).

[singlepic id=4641 w=625 float=center] Vista de la medina de Assilah

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Rumbo a Marrakech: los encuentros espontáneos… son el viaje

Durante mis últimos días en Marruecos no pude evitar pensar si tendría que haberme quedado en Essaouira, si tendría que haber cruzado por Tanger en vez de volver en avión, si me tendría que haber vuelto a España antes, si tendría que haberle dedicado más días a Marrakech, si tendría que. Las ocho horas de tren que me esperaban para volver de Assilah a Marrakech (para tomar el avión a Barcelona) no me emocionaban para nada, pero ahora, escribiendo esto unos días después, no me arrepiento de la ruta que tomé.

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Los trenes deberían ganar el premio a mejor medio de transporte viajero. O, tal vez, al medio de transporte más propenso a los encuentros e historias. 

Cuando llegué a la estación de Assilah pensé que había perdido el tren a Marrakech. Estaba dentro del horario, pero quién sabe, tal vez justo se les había ocurrido salir unos minutos antes… Espontáneamente elegí a una de las personas que estaba sentada en la estación, un señor de unos 65-70 años, y le pregunté si el tren ya se había ido. Me dijo que no. Cinco minutos después, el tren llegó. Mientras nos subíamos le pregunté si era marroquí. Si bien su aspecto no era marroquí, vi que hablaba y leía árabe, entonces me intrigó. Me dijo que no, que era un estadounidense nacido en Baghdad (Irak), que su papá había sido soldado en Irak y que su familia era asiria (un grupo étnico minoritario que habita en Irak, el noreste de Siria, el noroeste de Irán y el sudeste de Turquía). “En la Antigüedad el imperio asirio estaba situado en la antigua Mesopotamia, en el norte de un lugar llamado Babilonia”, me explicó en inglés. “Yo provengo de un lugar que ya no existe”.

Si bien él había comprado un pasaje para viajar en primera clase, se quedó sentado conmigo en segunda. Y pasó eso que pasa cuando uno conoce a un extraño que sabe que jamás volverá a ver: me contó toda su vida. Que creció y vivió en San Francisco, que tuvo tres estaciones de servicio, que viajó por el mundo y eligió quedarse en Assilah ya que buscaba un lugar “más grande que un pueblo y más chico que una ciudad”, que nunca se casó “legalmente” ya que no creía en el matrimonio, que un marroquí lo había estafado y tenía que quedarse en Marruecos hasta que terminara el juicio. Me regaló frases como: “If you ever lose your way, follow the birds” (Si perdés tu camino, seguí el de los pájaros), “The world is your school” (El mundo es tu escuela) y me dijo que yo estaba viajando con mucho peso, que no necesitaba tanto. Tendré que ir aprendiendo a despojarme más y más de las cosas (¡pero la ropa de invierno la necesito!). Se bajó en Rabat y antes de irse me pidió mi email y me dijo que, si bien casi nunca usaba internet, me enviará noticias una vez por mes.

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Yo seguí hasta Casablanca (una hora más desde Rabat) donde tuve que hacer cambio de tren. Me senté contra la ventana y en el asiento de al lado se me sentó un viajero que me miró y me saludó en inglés. Me puse a leer, pero ese viajero era una de esas personas que no pueden contenerse las ganas de hablar.

—¿De dónde sos? (Fue todo en inglés, pero traduzco)

—De Argentina, ¿y vos?

—De Canadá, Vancouver.

—¡Qué envidia! ¡Amo Vancouver! Tengo familia ahí y me parece una de las ciudades más lindas del mundo.

—Sí, la verdad que se vive muy bien, tiene mucha naturaleza, la gente es tranquila… ¿Recién llegás a Marruecos?

—No, ya me estoy yendo, estuve casi dos meses viajando por el país y ahora vuelvo a Marrakech para tomar el vuelo a Barcelona. ¿Ustedes? (Vi que iba con otro chico que se había sentado en otro asiento)

—Llegamos ayer a Casablanca, vamos a estar 10 días en Marruecos y 5 en España, lamentablemente sólo tenemos quince días.

—¿Y ya saben qué van a ver?

—Bueno, estuve armando un pequeño itinerario…

Y antes de terminar sacó un fajo de 20 hojas A4 con un itinerario detalladísimo (que tal vez hasta incluiría los horarios para ir al baño y estornudar), junto con mapas de todas las ciudades (con la ruta de la estación de tren hasta el hotel marcada en amarillo y la distancia en kilómetros y en tiempo). No pude evitar reírme mucho, aunque con simpatía.

—¡Qué itinerario! ¡Tenés todo planeado!

—Nahh, es algo que hice rápido antes de salir…

—¿A qué te dedicás en Vancouver?

—Soy planeador urbano.

—¡Con razón!

Y nos reímos otra vez.

—Yo viajo de manera totalmente opuesta a la tuya, generalmente nunca sé dónde voy a dormir.

—Es que nosotros tenemos pocos días… ¿Qué te pareció Tánger? Mucha gente me dijo que no le gustó, que es un poco peligroso.

A mí me encantó… Me impactó muchísimo. Tal vez porque fue el primer lugar de Marruecos que pisé y sentí que estaba entrando a otro mundo, a un lugar lleno de colores, de ruidos, de caos, de olores, de gente haciendo cosas en la calle…

Hablamos sin parar durante las tres horas de Casablanca a Marrakech. Nunca pensé que las horas de ese viaje que tan pocas ganas tenía de hacer se me iban a pasar tan rápido. Compartí un taxi con los dos canadienses hasta la Plaza Djemaa el-fna y quedamos en encontrarnos ahí esa misma noche (mi última noche en Marruecos) para cenar en los puestitos al aire libre. A la vez, esa misma tarde me contactaron dos marroquíes de Couchsurfing que estaban en Marrakech, así que también me los encontré y salimos los cuatro a comer. Hace mucho que no me reía tanto. Después de nuestra lucha inicial, Marrakech y yo nos amigamos. La onda que sentí esta vez fue distinta, y la verdad que hasta me dieron ganas de quedarme varios días más.

[singlepic id=4633 w=625 float=center] La Plaza Djemaa el-fna (Marrakech) de noche

Y mientras estaba ahí, en mi última noche en Marruecos, tomando un licuado con mis cuatro nuevos amigos, pensaba en cómo los itinerarios pueden cambiar en un segundo. Me preguntaba si en ese plan tan detallado y preciso, el canadiense tendría un ítem que dijera: “Lunes 19 de marzo, 12:45: Tomar el tren a Marrakech, sentarme al lado de una argentina, charlar acerca de la vida, cambiar los planes e ir en taxi a la Plaza en vez de caminando, volver a la Plaza a la noche para tomar una sopa y comer tajine con dos marroquíes desconocidos y con una viajera desconocida. Pasarla bien. Reírnos mucho”. Probablemente no. Por eso creo que en un viaje (y en la vida) no se puede planear tanto. O, si se planea, siempre hay que dejar lugar a la improvisación, ya que tanto la vida como los viajes están hechos a base de encuentros espontáneos. Y nunca se sabe qué rumbo nos puede hacer tomar cada persona que vamos conociendo.

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[singlepic id=4680 w=625 float=center] Formamos una enorme red

[box border=”full”] Información útil para visitar El Jadida y Assilah

  • Cambio: 1 euro = 11 dirham
  • Bus de Essaouira a El Jadida: 70 dirham (+ 5 dirham por el equipaje)
  • Hotel en El Jadida: 80 dirham por una habitación simple
  • Bus de El Jadida a Casablanca: 20 dirham
  • Bus de Casablanca a Assilah: 80 dirham
  • Hotel en Assilah: 60 a 100 dirham por una habitación (casi todo el alojamiento está fuera de la medina, cerca de la entrada)
  • Tren de Assilah a Marrakech: 186 dirham en segunda clase (8 horas) [/box]

Essaouira: por fin, el mar

I. La cura para todo mal

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A veces, en la velocidad de nuestras vidas, damos todo por sentado y nos olvidamos de hacernos las preguntas fundamentales para nuestra felicidad. Una de ellas —aprendí— es: “¿En qué paisaje me gustaría vivir? ¿Dónde me siento mejor, más productiva/o? ¿Qué me gustaría ver por la ventana todos los días?”. Cualquier respuesta es válida. Yo creo que mientras mejor nos haga sentir nuestro entorno (y en este caso me refiero al natural y no al humano), más felices seremos y, por ende, más productivos. Sino a mí, por ejemplo, no me pasaría eso de “inspirarme” frente a determinados paisajes.

[singlepic id=4441 w=625 float=center] Así de feliz me pone el mar…

Al llegar a Essaouira (un pueblo pesquero ubicado en la costa atlántica de Marruecos) me di cuenta de que no hay ningún elemento de la naturaleza que me haga más feliz que el mar. El día que me establezca en algún lugar será frente al mar. Quiero poder despertarme todas las mañanas y empezar el día con un chapuzón. Quiero sentarme a escribir en un balconcito escuchando el ruido de las olas y con el viento pegajoso en la cara. Quiero tener la casa y los pies llenos de arena. Quiero sentir el olor de la sal en el aire. Quiero escuchar a las gaviotas rondando por mi techo. Quiero poder nadar, flotar, sumergirme, jugar en la orilla y dibujar en la arena cuando me de la gana, en cualquier momento del día. Quiero vivir frente al mar. Lo siento desde muy chica —yo, que crecí en Buenos Aires y sin mar a la vista— y cada vez siento esa necesidad con más fuerza, cada vez se convierte más y más en una certeza. Quiero mar en mi vida. Quiero escribir libros mirando el mar.

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Llegar a Essaouira, después de tanta lucha, después de tanto regateo, rutas y cabras en el baúl, fue un alivio. Por fin el mar. Por fin esa sensación de libertad, de amplitud, de esperanza que da el océano a cualquier ciudad. Por fin la arena, la sal, el viento, las gaviotas, los pescadores, los barquitos, las olas, los atardeceres, el agua. Por fin, por fin, por fin el mar. En este viaje me di cuenta de que encontré dos lugares que curan el alma: el desierto y el mar.

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Si bien Essaouira es muy turístico (mucho más de lo que imaginé) es uno de los lugares que más les recomiendo de Marruecos. Tiene una medina descascarada por el viento salado (pero que no deja de ser encantadora). Tiene los restos de la antigua mellah o barrio judío (reconocible por el color azul de sus puertas y barandas). Tiene mucha música (cada año se realiza el Gnaoua Festival of World Music, un evento que dura 4 días y congrega a artistas y espectadores de todas partes del mundo). Tiene mucha oferta de comida y pescado fresco. Tiene gaviotas alborotadas. Tiene dromedarios en la playa. Tiene playa para caminar. Tiene atardeceres rosas. Tiene esa paz que transmite el océano. Tiene todo lo necesario para sentirse bien.

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II. Ir o no ir

Cuando ustedes lean este post yo ya estaré de vuelta en España. Pero como todavía les debo el capítulo final de mi odisea marroquí, voy a contarles qué me pasaba por la cabeza seis días antes de tener que irme del país. La pregunta que me rondaba incansablemente era: ¿Voy o no voy a Assilah? ¿Hago nueve horas en bus hacia el norte para después deshacerlas en un día, volver corriendo a Marrakech y tomar el vuelo a Barcelona? ¿O mejor me quedo en Essaouira, a tan solo tres horas de Marrakech, y doy el viaje de Marruecos por terminado? ¿Hago Essaouira – El Jadida – Assilah – Marrakech en seis días o me quedo todos esos días en Essaouira?

[singlepic id=4554 w=625 float=center] Niños jugando al fútbol en la medina de Essaouira

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[singlepic id=4505 w=625 float=center] Los dromedarios

[singlepic id=4545 w=625 float=center] El puerto

Viajar, como verán, implica tomar decisiones constantemente. Y, en aquel entonces, pensaba: Me conozco: sé que si no voy a El Jadida y Assilah —dos pueblitos de la costa atlántica marroquí que me intrigan— después me voy a arrepentir y me voy a torturar con el clásico “estaba tan cerca y no fui, ahora quién sabe cuándo volveré a Marruecos…”. Pero también sabía que estaría resignando mi slow travel por unos días, que estaría yendo de una punta del país a la otra solamente por “un capricho”, que estaría haciendo el recorrido un poco a las apuradas y que después tendría que viajar nueve horas en bus para volver a Marrakech y tomar mi vuelo a Barcelona. Era o hacer un triángulo de ciudades medio a las apuradas para ver dos lugares que me dejaban con ganas o quedarme en Essaouira y después torturarme por no haber ido a los otros dos. Pero son las cosas que me pasan por ser tan veleta, por ir para donde sopla el viento y por no planear de antemano.

[singlepic id=4553 w=625 float=center] El señor está de acuerdo en que soy veleta (y hasta parece estar preocupado)

Para que entiendan cómo fue que llegué a tener que tomar esa decisión, los pongo en contexto rápidamente. A principios de marzo, cuando estaba en Ait Benhaddou haciendo nada me llegó un mail de Eddy Lara Brito invitándome a formar parte de un blogtrip a Laponia Sueca. Un blogqué, se preguntarán mis lectores no bloggers. Un blogtrip es, para explicarlo de la manera más simple posible, un viaje “de prensa” para bloggers. Un viaje en el que, por ejemplo, la Secretaría de Turismo de un país/ciudad/provincia invita a cinco (o seis, o diez o dos) bloggers de viaje para mostrarles una región determinada y para que, a cambio, ellos relaten toda la experiencia en sus blogs. Ya se hicieron bastantes blogtrips con bloggers de viaje españoles, pero casi ninguno con bloggers latinoamericanos, así que para mí fue un honor ser invitada y dije que sí enseguida (no se imaginan mi alegría: ¡¡mi primer blogtrip!! ¡Y a Laponia! ¡Cerca del Círculo Polar Ártico: una región del mundo que jamás pensé que iba a pisar tan joven! ¿Veré la aurora boreal? ¿Hará tanto frío como pienso? ¿Cómo será ir a un blogtrip? Tantas preguntas…).

Sin embargo, decir que sí al blogtrip a Laponia implicaba, obligatoriamente, ponerle una fecha de vencimiento a mi viaje por Marruecos. Los que me leen hace tiempo saben que casi siempre viajo sin pasaje de vuelta y voy decidiendo todo en el momento, según mis ganas, mi presupuesto, mi humor, mis intuiciones. Pero lo de Laponia me convenció, así que en ese mismo momento compré un pasaje para volar de Marrakech a Barcelona el 20 de marzo (o sea hoy) (sí, ya estoy de vuelta en mi Carcelona) (es que el blogtrip sale de Girona y es del 26 al 30 de este mes) (voy a contarles todo en vivo y en directo) (dejo de usar paréntesis).

[singlepic id=4567 w=625 float=center] Chau África, hasta la próxima…

[singlepic id=4564 w=625 float=center] Cambio carretas por trineos

[singlepic id=4563 w=625 float=center] Cambio músicos callejeros por Círculo Polar Ártico

[singlepic id=4478 w=625 float=center] Cambio niños marroquíes por niños suecos (¿serán tan simpáticos?)

[singlepic id=4498 h=625 float=center] Cambio gatos por perros

[singlepic id=4459 w=625 float=center] Cambio el azul de las puertas por el verde de la aurora boreal (¿la veré?)

Entonces, la cuestión que me inquietaba en Essaouira era si ir o no ir a una región de Marruecos que me había quedado pendiente (y que, cuando aún no tenía el blogtrip en vista, tenía planeado visitar), si valía la pena hacer tantos kilómetros hacia el norte (exactamente 560) para después tener que volver a Marrakech (en el sur) y volar a Barcelona (hacia el norte otra vez). Además, ingrediente extra, tendría que hacer ese recorrido sola, ya que Andi se volvería a España directo desde Essaouira unos días antes que yo. Pero como lo de si valía la pena o no era una pregunta que no iba a responderse sola y que nadie podría responder por mí, decidí arriesgarme e ir. Nueve horas de bus nunca le hicieron mal a nadie (al menos a mí no). Además (pensé como para justificarme) cuando estaba viajando por China, nueve horas era lo que duraba un trayecto “normal” de una ciudad a su pueblo vecino. Nueve horas no es nada. Así que no lo pensé más y me subí al bus rumbo a mi primera parada como viajera solitaria en Marruecos: El Jadida.

El final del juego estaba cada vez más cerca.

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[box border=”full”] Datos útiles para visitar Essaouira (Marruecos):

  • Cambio: 1 euro = 11 dirham (marzo 2012) 
  • Bus desde Marrakech: 45 dirham + 5 dirham por el equipaje (no dejen que les cobren de más ya que en la estación de Marrakech son muy vivos y primero nos pidieron como 80 dirham por el trayecto). Son 3 horas y media de viaje.
  • El alojamiento más barato que encontramos en Essaouira se llama Dar el Pacha y cuesta 45 dirham la cama en dormitorio compartido.
  • Hay comida por todos lados. Les recomiendo que se vayan a la zona más local y se coman la harira (sopa) por 3 dirham, acompañada por un crepe con miel y queso (3.50 dirham) y un té de menta (tetera 5 dirham). En el sector turístico les van a cobrar el triple.[/box] 

Marrakech: la lucha constante

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Apenas bajamos del bus y quedamos solos en la estación con nuestras mochilas y nuestras almas sentí como si un árbitro invisible hubiese tocado el silbato para anunciar que empezaba el partido.

Equipos: Andi y Aniko (y todos los viajeros que están por acá) vs. Marrakech

Estadio: Djemaa el-Fna (la plaza principal de la medina) y los souqs (mercados)

Disciplina: lucha libre

Reglas: vale todo

[singlepic id=4383 h=800 float=center] El estadio

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[singlepic id=4391 w=800 float=center] Nosotros (las sombras) vs. Ellos

Después de pasar varios días en la lentitud del desierto, en los paisajes irreales del Todra y en la tranquilidad de Ait Benhaddou, me olvidé de que había ciudades en Marruecos donde el movimiento, el caos, el ruido y las masas de gente eran algo de todos los días. Y al ver (ya desde la ventana del bus) lo que nos esperaba en Marrakesh me sentí un poco agobiada y sin ganas ni fuerzas para enfrentarme a tanta locura.

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Se los voy a decir desde ya: Marrakech no me gustó (ohhh ¡polémica!) y no es un lugar de Marruecos al que quiera volver. La ciudad en sí no me desagrada (tiene lindos rincones, linda arquitectura, bastante arte, lindo paisaje natural de fondo), pero estar en un lugar donde sabés que van a intentar cobrarte de más por todo, donde solamente te ven como alguien a quien sacarle plata (y ni siquiera como a una persona, sino como a un cajero con patas) y donde hay tanta agresividad, acoso y mala onda no es algo que me parezca disfrutable.

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La lucha empezó cuando llegamos a la estación de buses y tuvimos que tomarnos un taxi a la Plaza Djemaa el-Fna (el centro de la medina, donde están los alojamientos baratos). Todos los taxistas nos pedían montos irrisorios, y si les pedíamos que nos bajaran el precio intentaban cobrarnos extra por meter las mochilas en el baúl (¿dónde se ha visto?). Cuando llegamos a la medina sentí que entramos a un gran shopping: todo lo que se veía eran puestos de venta (con sus respectivos vendedores que agitaban los brazos y nos gritaban “ehh! ehhh! ehhh!” o “cht, cht, cht!” para que nos acercáramos) (el truco es no hacer contacto visual con ninguno). Como siempre, nos interceptó un hombre para llevarnos al alojamiento barato de su abuela: el problema fue que nos mintió y nos prometió cosas que después no había —como el bendito wifi— y encima nos pidió propina.

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En la medina de Marrakech —a diferencia de, por ejemplo, la de Fezpermiten la circulación de motocicletas y bicis. Un peligro. Hay que estar tirándose contra la pared constantemente para que no te pasen por encima: los motociclistas van a toda velocidad tocando la bocina y no esquivan a nadie, sino que esperan que los peatones les abran paso. Algunos pasaban tan pero tan rápido que me generaban algo que no hago demasiado: putear. Las medinas, ya de por sí, son caóticas: imaginen calles angostas (tan angostas que no entra un automóvil) llenas de puestitos de venta y de comida, con gente que va y viene, con carros tirados por mulas, con personas sentadas en el piso, con niños jugando a la pelota, con vendedores ambulantes y encima con motos que pasan a toda velocidad. Deberían hacer como en Fez y prohibir los vehículos motorizados.

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[singlepic id=4401 w=800 float=center] Los souqs o mercados

La gente, además, me pareció muy agresiva. Doy ejemplos. En la plaza Djemaa el-Fna está lleno de músicos callejeros, contadores de cuentos, encantadores de serpientes, mujeres que hacen tatuajes con henna, puestos de venta de jugo de naranja, puestos de comida, hombres en carrozas, hombres con monos… Cada vez que un extranjero pisa aquel territorio, las miradas se posan sobre él y todos intentan captarlo para que compre algo. Ese no es el problema, el problema es que algunos hombres, como los encantadores de serpientes, se ponen muy agresivos.

Andi y yo nos pusimos a mirar —a varios metros de distancia— cómo “encantaban” a una pitón y uno de los hombres nos vio y se nos acercó sosteniendo una serpiente con intención de colgárnosla en el cuello para que nos sacáramos una foto. Yo me alejé corriendo y el tipo me persiguió, le dije que por favor se alejara porque no me gustaban las serpientes y él, en vez de respetarme e irse, me puso la serpiente a pocos centímetros de la cara, a lo cual volví a salir corriendo. En ningún momento atiné siquiera a sacar una foto (estaba demasiado asustada), pero el tipo me siguió persiguiendo y me gritó “Give me money for the picture! Give me money!!”. Le dije que no había sacado ninguna foto y llegó a agarrarme del brazo para seguir demandándome plata. Cuando nos fuimos vi que le hizo lo mismo a otra mujer: le puso la serpiente en la cara y ella huyó despavorida.

[singlepic id=4370 w=800 float=center] Algunas fotos de los puestitos de venta que inundan la Plaza…

[singlepic id=4388 h=800 float=center] El vendedor de jugo de naranja exprimido

[singlepic id=4392 h=800 float=center] El que preparaba y servía la harira (sopa) todas las noches

[singlepic id=4393 w=800 float=center] (los de las fotos son vendedores que tenían buena onda, que también los hay)

[singlepic id=4400 w=800 float=center] La oferta de especias (me encantan estas pirámides)

[singlepic id=4431 w=800 float=center] ¿Vendedores de muelas?

Más tarde, paseando por los mercados de la medina, Andi casi se agarra a trompadas con un vendedor. Pasamos frente a una tienda de alfombras, Andi tocó una que estaba colgada en la entrada y el vendedor le dijo lo de siempre: “I have more, come inside just for look”. Él entró y yo me quedé esperándolo afuera. Pocos minutos después vi que el vendedor lo empujaba por la puerta como para pegarle y Andi le decía “What is your problem?! Are you crazy?!”. El tipo se enojó porque Andi no le compró nada y porque, al salir, tocó la alfombra que estaba colgada en la puerta otra vez (Andi, contá cómo fue). Después de esa cuasi pelea seguimos caminando, quisimos sacar una foto de un negocio (de afuera) y salió uno corriendo y nos empezó a gritar “No photo! No photo!” y cuando nos íbamos nos terminó gritando “Fuck you! Fuck your mother!” (¿qué tendrán que ver nuestras madres en todo esto?). No me gusta, toda esta agresividad no me gusta nada.

[singlepic id=4421 w=800 float=center] Por suerte cuando nos alejamos de la parte central (y comercial) de la medina, la actitud de la gente cambió y todo fue un poco más tranquilo…

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Me da pena pensarlo, pero será que cuanto más turística es una ciudad, ¿más agresiva se vuelve su gente? Como los vuelos baratos de Europa llegan a Marrakech, esta es una de las ciudades más turísticas del país. Pero habiendo visto muchos otros lugares de Marruecos, siento que no representa el modo de ser de su gente, sino que es un lugar donde la relación entre los locales y los extranjeros es puramente comercial. Yo entiendo que de algo tienen que vivir, pero en otras partes de Marruecos también tienen que vivir de las ventas y no tratan así a sus potenciales compradores. ¿Por qué será que se genera algo así? ¿Será que la gente de Marrakech se cansó de los turistas, de las fotos, del regateo, de la mala onda (tal vez también) de los visitantes? Para mí, nuestra estadía en Marrakech fue una lucha constante: una lucha para que no nos cobraran de más, una lucha para que no nos pisaran las motos, una lucha para evitar que nos acosaran o nos agredieran. Y en esa lucha ganó Marrakech, que logró sacarme cualquier tipo de ganas de volver.

Pero como todo anverso tiene su reverso, en la medina también encontré rincones y detalles que me gustaron, como estos.

[singlepic id=4440 w=800 float=center] Un puestito matutino de venta de té y sopa

[singlepic id=4436 w=800 float=center] Montañas nevadas de fondo

[singlepic id=4434 h=800 float=center] Mujeres con sus bebés en la espalda

[singlepic id=4420 w=800 float=center] Especias en palanganas

[singlepic id=4432 h=800 float=center] Un jueguito que se las trae

[singlepic id=4414 h=800 float=center] Una mezquita a la que nos dejaron entrar

[singlepic id=4409 w=800 float=center] Un pajarito

[singlepic id=4402 h=800 float=center] Una mezquita (otra) al atardecer

[singlepic id=4381 w=800 float=center] Amiguitas volviendo del colegio

[singlepic id=4379 w=800 float=center] Un señor que me convidó algo de su puestito para que probara

[singlepic id=4371 w=800 float=center] La luz en el piso

Ah, y me olvidé de contarles que en un momento me paré frente a un puestito a mirar cómo hacían una sopa y, de la nada, me cayeron cuatro carteras de cuero sobre la cabeza. Primero me puse de mal humor (¡me dolió!) pero más tarde me reí. Será que esas son cosas que pasan en Marrakech y que, al fin y al cabo, la mejor actitud es reírse para no llorar.

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[box border=”full”] Información útil para visitar Marrakech:

  • Cómo llegar a Marrakech: hay buses y trenes que conectan a la ciudad con la mayor parte de las ciudades del país. Nosotros viajamos desde Ourzazate y el bus nos costó 50 dirham (+ los 5 dirham de siempre por el equipaje) y el viaje duró tres horas. Si van en taxi de la estación de buses hasta la Plaza Djemaa el-Fna no deberían pagar más de 10 dirham por persona.
  • Alojamiento en Marrakech: los lugares baratos están en los alrededores de la Plaza Djemaa el-Fna y cuestan unos 5 euros por persona.
  • Algunos precios de comida en Marrakech (en la Plaza y alrededores): crepe con miel 3.50 dirham, jugo de naranja exprimido 4 dirham, sopa harira 3 dirham, pastilla desde 30 dirham, cous cous o tajine desde 35 dirham, sandwich de carne 15 dirham, pedazo de torta + té de especias 5 dirham.[/box]

Nada
(o Qué hicimos en Ait Benhaddou)

(Advertencia: Este es un post acerca de nada)

[singlepic id=4295 w=625 float=center] La kasbah Ait Benhaddou

***

—Andi… ¿qué hicimos en Ait Benhaddou?

Le pregunto a Andi (compañero de viajes y autor del blog TrancaroLa por el muNdo) varios días después de haber visitado aquel pueblito del centro de Marruecos.

—Nada.

—Ah, me parecía. Es que estoy preparando el post para el blog y no me acordaba.

***

[singlepic id=4308 w=625 float=center] El pueblito de Ait Benhaddou, donde pasamos varios días haciendo nada.

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Les voy a contar un poco acerca de mí. Tengo características de mi personalidad que son muy poco compatibles con el “ser viajera”:

1. Soy muy pero muy desorientada (Andi va a dar fe de esto ya que lo presenció en repetidas ocasiones. Cuando viajo sola ni me doy cuenta de que soy desorientada: salgo a caminar sin rumbo, nunca tengo mucha idea de dónde estoy y, en algún momento —no sé cómo— vuelvo al lugar de donde salí. Otras veces me pierdo y soy consciente de que estoy perdida, pero no me frustro demasiado porque siempre me pasan cosas interesantes en el camino).

2. Tengo mala memoria (especialmente a corto plazo) (y creo que por eso escribo: para no olvidar).

3. Además de ser desorientada, soy despistada y distraída (esto hace que confunda a una persona con otra, que piense que ya pasé por cierto sector de la ciudad cuando en realidad no fui nunca y que confunda ovejas con cabras; también me genera torpezas tales como caerme en plena calle o chocarme con la gente por estar mirando el cielo, un edificio, un chocolate o los pajaritos boquiabierta).

Todo esto hace que me deje llevar por la corriente, “que vaya para donde sople el viento” y que luego me olvide de qué fue lo que pasó. Por eso la pregunta que da inicio a este post. ¿Qué hicimos en Ait Benhaddou? Respuesta: en Ait Benhaddou no hicimos nada (viajeramente hablando). Aunque tampoco es que haya mucho para hacer…

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Ait Benhaddou es una de las kasbah (o antiguos distritos/barrios fortificados) mejor preservadas de Marruecos. Tal vez la recuerden de películas como Gladiador, Lawrence de Arabia, La joya del Nilo, Jesús de Nazareth, Indiana Jones, Cleopatra y El Príncipe de Persia, entre otros films que se rodaron ahí. Data del siglo 11 y hoy está habitada por muy pocas familias y por varios vendedores que ofrecen alfombras, djellabas y artesanías a buen precio, my friend. El pueblo está dividido en dos por un río: de un lado está la kasbah y del otro la parte “nueva” con los hoteles, restaurantes y viviendas de la gente.

[singlepic id=4283 w=625 float=center] Esta es la vista desde la kasbah…

[singlepic id=4284 w=625 float=center] Hagan de cuenta que están caminando hacia la derecha. Las siguientes fotos les darán una vista panorámica del lugar.

[singlepic id=4291 w=625 float=center] No es Tatooine

[singlepic id=4297 w=625 float=center] Sigan caminando hacia la derecha…

[singlepic id=4296 w=625 float=center] y verán por fin la kasbah desde arriba

[singlepic id=4286 w=625 float=center] el puente, y la parte nueva del pueblo.

Nosotros estuvimos cuatro días en Ait Benhaddou (del lado “moderno”) y la verdad que no hicimos nada. Yo, por mi parte, me dediqué a editar fotos y a escribir (y con un paisaje privilegiado de fondo, no cualquiera), y Andi también aprovechó la wifi para trabajar. Lo bueno de viajar con otro blogger es que entendemos, respetamos y, por sobre todo, no juzgamos la adicción a la pantalla del otro (y no hacemos preguntas del tipo “¿vas a estar todo el día en la computadora?”). La vida del blogger a veces es glamorosa (como cuando nos convocan para aparecer de fondo en películas de Hollywood) y a veces no tanto (como cuando nos quedamos en hoteluchos de mala muerte, con baños polémicos y camas con pulgas) (lo cual no fue el caso de Ait Benhaddou, ya que nuestro amigo Hassan, dueño del hotel La rose du Sable, nos esponsoreó parte de nuestra estadía). Para un blogger de viajes (o un nómada digital), hay lugares que son ideales para relajarse y trabajar (¿contradicción?), y Ait Benhaddou fue uno de esos. Un lugar para hacer nada. Pero para hacer nada sin culpa y con un paisaje lindísimo de fondo.

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***

Para terminar, algunos datos de color acerca de mí:

• Me gusta mucho el pan con queso.

• Quisiera viajar con un gatito en la mochila.

• Cuando tengo ganas de comer chocolate no puedo pensar en otra cosa.

• A veces me quedo dormida en los buses y a veces no.

• Quiero vivir en una casa frente al mar. Algún día.

• Estoy pensando en volver al desierto y hacerme nómada. Por un tiempo.

• Soy fanática de Family Guy, me parece el mejor dibujito de la historia.

• Las gaviotas me caen mucho mejor que las palomas.

• En realidad, no me banco a las palomas.

• No sé qué prefiero: si el té o el café. Creo que el té.

• Soy una persona que se asusta muy fácilmente (no es que tenga miedo, sino que soy de esas que se sobresaltan cada vez que alguien me dice ¡BU!) (me pasa por ser tan dispersa).

• Sé decir “dátiles” en árabe (suena algo así como a “tajelaut”. Se lo escuché decir varias veces a Moha, el chico del desierto, en situaciones que claramente no tenían que ver con comida, así que con Andi decretamos que acá en Marruecos usan la palabra “dátiles” como Robin usa la palabra “caracoles”: “¡Dátiles, Batman!”).

¿Qué tiene que ver todo esto con Ait Benhaddou? Nada. Tenía ganas de contarles nomás. :)

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Información útil para visitar Ait Benhaddou:

Cambio: 1 euro = 11 dirham (marzo de 2012)

Cómo llegar a Ait Benhaddou: primero tendrán que ir en bus a Ourzazate (desde Tinerhir cuesta 35 dirham y son 3 horas de viaje), de ahí tomar un taxi compartido a Uadlemala (no sé cómo se escribe este lugar, pero se pronuncia así como lo leen) (10 dirham por persona) y de ahí otro taxi-colectivo a Ait Benhaddou (5 dirham). O sino tomar un taxi-colectivo directamente desde Ourzazate a Ait Benhaddou (están a 32 km de distancia).

Alojamiento en Ait Benhaddou: todos los hoteles están del otro lado del río que separa a la kasbah de la parte “nueva”. Si quieren darse el gusto y dormir en un lugar lindo, les recomiendo La Rose du Sable (pregunten por Hassan así les hace precio).

• Ait Benhaddou es un lugar muy turístico y, por ende, los precios están un poco más altos: les van a querer cobrar entre 8 y 15 dirham por una botella de agua de litro y medio (que en otras partes de Marruecos se paga 5 dirham) y la comida también es un poco más cara.

• Para entrar a la kasbah, en teoría, no hay que pagar, pero todo depende de por qué entrada vayan. Si entran por el puente, nadie les va a pedir nada, pero si cruzan el río a pie (por las piedritas) y entran por la puerta principal, les van a pedir una colaboración de 10 dirham para el mantenimiento de la kasbah. Dudoso.

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Lo de siempre: rutas, regateo, sandwiches y cabras en el baúl

Fue lo de siempre. Una mañana decidimos dejar el desierto y partir rumbo al Valle del Todra (en el Atlas Central, la zona montañosa de Marruecos), así que armamos las mochilas (un trámite que con el tiempo se aprende a hacer cada vez más rápido), salimos en busca de un taxi (algo casi imposible a esa hora del día en Hassi Labied), tuvimos que respirar profundo (yo especialmente) y salir a caminar por la ruta con la esperanza de que pasara algún taxi o alguien nos levantara. No sé cuánto caminamos (¿2 kilómetros? ¿media hora?), sólo sé que la temperatura iba subiendo, en promedio, un grado por minuto (¿no será mucho?). Finalmente llegamos a una intersección, hicimos dedo y nos levantaron enseguida (mejor dicho: Andi llegó mucho antes que yo a la intersección, hizo dedo y, cuando yo llegué, ya teníamos transporte). Nos metimos en el baúl de la 4×4 y nos fuimos rumbo a… Perdón chicos, ¿a dónde van? le preguntamos a la pareja de españoles/africanos de Melilla que nos había levantado hacía unos minutos. Vamos a Erfoud, así que los dejamos ahí. Buenísimo, nos queda de camino a Todra. Vamos a Erfoud nomás.

[singlepic id=4357 w=625 float=center] Para que se den una idea: eso que ven ahí a lejos, chiquitito, son las dunas de Erg Chebbi. Desde ahí caminamos (y un poco más) hasta que llegamos a la intersección.

Unos 50 kilómetros de viaje después llegamos a Erfoud, bajamos en una estación de servicio, preguntamos por los buses a Tinherhir (ya que teníamos que ir ahí sí o sí para llegar al Valle del Todra) y nos enteramos que el siguiente salía dentro de dos horas, así que nos acercamos a la zona de la estación y nos sentamos a comer lo de siempre: un sandwich marroquí con carne, verduras, papas fritas y mucho picante. Lo curioso del asunto fue que el mozo nos mostró el menú (en teoría de “su” restaurante), pedimos los sandwiches y, sin ningún tipo de disimulo, se fue a encargarlos a otro restaurante y nos los trajo a la mesa un rato después. Fue muy difícil comunicarnos con él ya que casi no hablaba español ni francés (ojo que yo tampoco hablo francés eh, pero estas semanas aprendí palabras y expresiones básicas como para poder sobrevivir, y cuando no las uso le hablo a todo el mundo en español con mucha entonación como para que entiendan lo que digo por inferencia) (muy mal lo mío), pero cuando le dijimos que nos íbamos a Tinherhir nos dijo (con tono de cuasi orden): “A la estación, ¡vámonos!” y nos escoltó hasta la parada de buses que estaba medio escondida a unas cuadras del restaurante.

[singlepic id=4358 w=625 float=center] Un sandwich como los de siempre. De esos que se van a cansar de comer si vienen a Marruecos. Cuando termine mi viaje: post gastronómico. (Esta foto no pertenece al sandwich que nos comimos aquel día en Erfoud, pero va a modo ilustrativo como para que se den una idea).

En la estación, otra vez: lo de siempre. Compramos el pasaje a Tinerhir (el bus salía dentro de unos 20 minutos) y se nos acercó un tal ¿Hamid? de turbante amarillo que nos ofreció albergue familiar en Todra, hash, artesanías y tazas de té, sólo para mirar amigos, buen precio. Y si queríamos, hasta nos hacía un combo por todo. Pero dijimos que no, como siempre en Marruecos sabemos que cuando hay intermediarios, los precios suben y el plus que pagamos se convierte en la comisión del hombre del medio. Entre tanta charla se hizo la hora, llegó el bus local, dejamos las mochilas en el portaequipaje y tuvimos que ponernos firmes para que no nos cobraran de más (en Marruecos los buses de larga distancia cobran por el equipaje: la tarifa local es 5 dirham por bulto, pero a los extranjeros siempre intentan cobrarnos 10). Bah, ¿eso fue esta vez? Cuando subir y bajar constantemente de los buses se convierte en una rutina, todo se me empieza a mezclar: precios, distancias, paisajes, kilometraje. ¿Fue en este viaje que cruzamos por las montañas? ¿Fue en este trayecto que un bebé no paró de llorar? ¿Fue en este bus que se subió uno a ofrecernos alojamiento y, cuando le dijimos que no, nos pidió que le devolviéramos la tarjetita del hotel? Ah, no, eso fue en… ¿Fue en este viaje que metieron una cabra en el portaequipaje? Sí. Eso sí que lo recuerdo porque me causó entre gracia e indignación. Y el diálogo fue algo así:

(Andi estaba semidormido y se estaba perdiendo la situación)

—Andi.

—¿Qué?

—Mirá por la ventana. Están metiendo una cabra en el baúl.

Forcejeo. Balidos. Cabra adentro. Baúl (portaequipajes) cerrado. Chillidos y golpes. Arrancamos. Pobre cabra.

[singlepic id=4355 w=625 float=center] Esta foto es de unas cabras que conocí en Asturias (España). Ellas probablemente no pasaron por la traumática situación de ser metidas en un baúl en un bus de larga distancia. ¿O tal vez sí?

[singlepic id=4356 h=625 float=center] Un niño que iba mirando todo por la ventana, concentradísimo.

Cuestión que después de ¿cuatro? ¿cinco? ¿tres? horas llegamos a Tinerhir y apenas bajamos del bus nos interceptó Un Tal Alí. Al parecer, el amigo de turbante amarillo que habíamos conocido en la estación de buses de Erfoud lo había llamado por teléfono para avisarle que dos extranjeros estarían arribando a la estación de Tinerhir en equis cantidad de horas, que iban con mochilas, que uno tenía rulos y la otra un pañuelo naranja, cambio y fuera. Enterado. Aunque a esa altura ya nada me sorprendía: los marroquíes están siempre al acecho para venderte un tour, llevarte al alojamiento de su amigo/hermana/abuelita/papá, y/o ofrecerte hash amigo, polen, chocolate, opio, LCD, cocaína, ¿qué quieres? o la droga que se te ocurra (si no existe aún, ellos te la inventan).

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Este Tal Alí (que es el de la foto de acá arriba), un hombre de bigote y contextura muy pequeña, nos dijo que tenía un hotel muy lindo con “vista panorámica” (otra frase que escucharán a lo largo y a lo ancho de este país), barato y “cerca” de la Garganta del Todra. ¿Qué tan cerca? Como a treinta minutos caminando… Ay Alí, Alí. Ya sabemos que con ustedes tenemos que multiplicar todo por dos o por diez. Pero como no teníamos ningún lugar reservado de antemano, no sabíamos muy bien a dónde ir y Este Tal Alí nos prometió un buen precio (5 euros cada uno en una habitación o 2.5 euros por dormir en el living) y un “ambiente familiar” decidimos ir a ver el lugar. Nos fuimos los siete en taxi colectivo, y por siete me refiero a Alí, Andi, el conductor del taxi, otro que iba adelante al lado de Alí (o a upa quizá), dos mujeres que iban atrás con nosotros ocupando dos tercios del asiento y yo, estrujada. Una experiencia común en un taxi cualquiera de Marruecos.

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Sube al taxi, nena, los hombres te miran…

Llegamos al albergue (llamado, cancheramente, Albergue Alí) y esta vez nos salió bien. El lugar tenía una terraza con una vista así:

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Como para despertarse todas las mañanas, respirar hondo y sentirse feliz desde temprano. Alí, además, resultó tener muy buena onda y ser muy hospitalario: por la módica suma de 80 dirham (menos de 8 euros) tuvimos habitación (del tamaño de un loft) con vista panorámica, desayuno, cena y hits musicales como Everything I do (I do it for you) de Bryan Adams, Desert Rose de Sting y Pump it de los Black Eyes Peas en función Repeat.

Al día siguiente decidimos hacer un trekking de siete horas por el Valle del Todra y eso sí que no fue lo de siempre.

[singlepic id=4347 w=625 float=center] Empezamos acá

Por primera vez estuve en un oasis de montaña. Y yo que creía que los oasis solamente existían en el desierto.

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Por primera vez caminé por los Atlas Centrales de Marruecos (y me cansé bastante).

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[singlepic id=4365 w=625 float=center] Y tuve algunas caídas, como esta (y a Andi registrando cada momento cual paparazzi que es)

[singlepic id=4320 w=625 float=center] ¿Ven eso chiquito ahí entre las montañas? Desde ahí veníamos caminando.

Por primera vez conocí a nómadas trogloditas (que viven en cuevas en la ladera de una montaña).

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[singlepic id=4323 w=625 float=center] Sí. Viven ahí.

[singlepic id=4328 h=625 float=center] Nuestro guía con uno de los niños trogloditas

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[singlepic id=4333 h=625 float=center]El padre troglodita

[singlepic id=4338 w=625 float=center]Una de sus mujeres

Por primera vez llegué a un pueblo construido en la base de un cañón (en la Gargante del Todra, para ser exacta).

[singlepic id=4343 h=625 float=center] ¿Lo ven, ahí abajo?

Por primera vez pude fotografiar a una mujer marroquí. Bah, no fue por primera vez, pero hace tanto que no fotografiaba a una que me pareció como si fuese la primera vez una vez más…

[singlepic id=4345 w=625 float=center] Esta simpática señora es la mamá de Alí

Cuando se hacía de noche hicimos dedo y volvimos los nueve en un taxi-colectivo, y por nueve me refiero a Andi, Nordim (nuestro guía), dos mujeres que iban sentadas atrás, un hombre que también iba sentado atrás (¿arriba de quién?), el conductor, una madre e hija que iban adelante, otro hombre que iba sentado adelante entremedio del resto, y yo, estrujada. Lo de siempre en un taxi marroquí, Versión Extrema. Adivinanza: ¿cómo se hace para meter a nueve personas en un auto? Te vas a Marruecos, te comprás un Mercedez Benz y te hacés taxista. Vas a ver cómo entran nueve y tal vez hasta diez sin problemas.

[singlepic id=4363 w=625 float=center] Y queda lugar para un par más en el baúl… (Foto: Andi)

Al día siguiente decidimos seguir camino. Antes de partir, Ese Tal Alí —que a esta altura ya se había convertido en Nuestro Nuevo y Queridísimo Amigo Alí— nos dijo que tenía un hotel para recomendarnos en Ait Benhaddou (nuestra próxima parada): “es un lugar así como el mío, familiar, con buen precio, buena gente”. Nos dio el teléfono del dueño, Un Tal Hassan, nos acompañó en taxi a Tinerhir (no nos dejó pagar), nos escoltó a la estación de buses, nos ayudó a comprar el pasaje y ahí otra vez lo de siempre. Primero nos dijeron que el bus barato salía dentro de una hora y el caro salía YA, pero como siempre estamos en plan ahorro compramos el pasaje para el bus barato (tiempo es lo que sobra) y resultó ser que ese también salía YA. Así que nos comimos otro sandwich de 10 dirham a las apuradas (esta vez preparado in situ en la calle, de pollo asado y salsa misteriosa), nos arrimamos al bus, nos peleamos para que no nos cobraran de más por el chamuyo ese del equipaje, subimos al bus local y nos fuimos rumbo a Ourzazate.

[singlepic id=4361 w=625 float=center] Yo con mochilas (la cara de mala onda fue momentánea, es que tenía el sol de frente)

Tres horas después llegamos a Ourzazate. Salimos de la estación. Momento de enfrentarnos a los taxistas: Queremos ir a “Uadlemala” (ni sé cómo se escribe ni tampoco cómo se pronuncia, sólo sé que suena similar a “Guatemala” y que es el pueblo que está antes de Ait Benhaddou). “Bueno, vienen conmigo, 150 dirham por los dos.” “JAAAA” (hace un tiempo optamos por reírnos cada vez que nos pasan un precio ridículo como ese), “no, no, queremos ir en taxi colectivo por 10 dirham cada uno como corresponde”.El taxista (como todos) se hizo el enojado, hizo de cuenta que estamos pidiendo algo imposible, nos analizó con la mirada y finalmente nos hizo el gesto de que subiéramos (como siempre). Este (como muchos) aventuró a pedir extra pour le bagagge; le dijimos que no, que ningún taxi nos cobró extra pour le bagagge y que no teníamos planeado empezar a pagarlo ahora. Resoplidos del taxista, mirada matadora y arriba que nos vamos.

Fuimos a toda velocidad por la ruta de montaña, árida, rumbo a ese pueblo que no sé escribir ni pronunciar. Cuando llegamos, ni rastros de Hassan (quien, en teoría, estaría ahí esperándonos para llevarnos a su hotel): lo único que teníamos enfrente nuestro era un pueblo polvoriento y con poco movimiento. Lo llamamos por teléfono nuevamente y nos dijo fuéramos a Ait Benhaddou en taxi, que él nos esperaba en el hotel. Ay Hassan, Hassan. Así que otra vez: taxi, precios ridículos, regateo, risas, no vamos a pagar pour le bagagge, déjenos en la Rose Du Sable. ¿Es acá? ¡Pero esto es un hotel de verdad! ¡Y a precio de amigos! Gracias Alí, gracias por cruzarte en nuestro camino en aquella estación de buses (o tenemos que agradecerle, tal vez, al de turbante amarillo de Erfoud…). Hassan nos recibió y nos repitió, nuevamente, una palabra que debe ser la más usada en todo Marruecos:

“Bienvenidos”.

[singlepic id=4295 w=625 float=center] En el próximo post: Ait Benhaddou

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Información útil para visitar el Valle del Todra:

  • Para llegar al Valle del Todra desde Merzouga (desierto) hay que ir primero a Rissani o Erfoud y de ahí tomar el bus a Tinerhir (cuesta unos 30 dirham + 5 por el equipaje y tarda tres horas).
  • Cambio (marzo 2012): 1 euro = 11 dirham
  • Para alojarse en el Valle del Todra hay varias opciones: quedarse directamente en la Garganta del Todra (también llamada Todra Gorge) o quedarse en alguno de los pueblos cercanos. Nosotros nos alojamos en el Auberge Alí y pagamos 160 dirham por la habitación (dos personas) con media pensión. El lugar tiene una vista muy pero muy inspiradora. Por si quieren ir, la dirección es “Douar Ait Chaib Sur la Route Des Gorges De Todra 45800 Tinghir”, y los teléfonos 0660308076 y 0653641597 (pregunten por Alí).
  • En el Valle del Todra hay varias opciones de trekking: el trekking de un día por la Garganta del Todra incluye el oasis, las cuevas nómadas y la garganta (cuesta alrededor de 20 € por persona con comida), el trekking de tres días a la Garganta del Dades cuesta 150 € por persona con comida y alojamiento.
  • Para ir del Valle del Todra a Ait Benhaddou hay que volver a Tinerhir y tomar el bus a Ourzazate (35 dirham, 3 horas de viaje), de ahí tomar un taxi compartido a Uadlemala (no sé cómo se escribe este lugar, pero se pronuncia así como lo leen) (10 dirham por persona) y de ahí otro taxi-colectivo a Ait Benhaddou (5 dirham). [/box]

La hospitalidad del desierto de Marruecos

Probablemente imaginemos el desierto como uno de los lugares más inhóspitos del planeta. Y si nos remitimos a los hechos, puede que sea cierto: en el desierto casi no existe la sombra (al menos no “natural”), en verano la temperatura puede llegar a los 60ºC, en invierno la noche se vuelve tan fría que cala los huesos (y mucho más a personas que están acostumbradas a vivir con un promedio de 30ºC), no hay agua (a la vista, aunque esta se esconde bajo la arena), en medio de las dunas no hay electricidad ni mucho menos internet ni mucho menos aire acondicionado o calefacción. Sin embargo, en el desierto encontré a las personas más hospitalarias de Marruecos. Y me pregunto: ¿por qué será? ¿Será que cuanto más “hostil” o difícil es el medio, más hospitalaria es su gente? ¿Será que como ellos saben lo difícil que es adaptarse a una geografía así, quieren recibir de la mejor manera posible a quienes se animan a visitarlos? En el desierto, además, encontré los colores más intensos e hipnotizantes. Así que este post fotográfico es un homenaje a ellos dos: los colores y la gente de Erg Chebbi.

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* Alí

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Él es Alí. Lo conocimos uno de los primeros días. Estábamos sentados sobre una de las dunas de Erg Chebbi, hablando acerca del desierto y la nada, y a lo lejos apareció un misterioso hombre con capucha. Caminó hacia nosotros con tranquilidad y cuando lo vimos de cerca nos dimos cuenta de que estaba usando cuatro capas de ropa (contamos cuatro capuchas). Era plena tarde, el sol estaba alto y debía hacer por lo menos 25ºC, pero Alí tenía mucho frío. Se sentó con nosotros y tímidamente sacó fósiles de su cartera y nos los mostró. Le dijimos que no podíamos comprarle nada ya que viajábamos con mochila y los fósiles nos agregarían mucho peso, nos dijo que no había problema y se quedó ahí sentado conversando un largo rato con nosotros. Nos contó que es uno de los pocos que aún vive como nómada en el desierto (la mayoría de la gente ya se estableció definitivamente en Merzouga o Hassi Labiad, en la entrada de las dunas), que su papá se dedica a recolectar fósiles y él los vende. Le pedimos permiso para fotografiarlo y aceptó, nuevamente con cierta timidez. Antes de irse nos escribió su mail en la arena para que le mandáramos las fotos.

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Estas fotos las sacó Andi mientras Alí y yo charlábamos y nos sacábamos fotos uno a otro (él también me fotografió a mí).

* Marrón

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En las afueras del desierto, toda la gama de marrones está presente. El marrón de la tierra. El marrón del polvo que se levanta cada vez que pasa una 4×4 a toda velocidad. El marrón de las rutas y de los caminos. El marrón de las casas de adobe que construyeron las familias nómadas cuando dejaron de ser nómadas y se asentaron en un lugar definitivo. El marrón de las jaimas (carpas) de aquellos que siguen viviendo como nómadas en medio de las dunas. El marrón de mis zapatillas, antes negras. El marrón de mis medias, antes negras también. El marrón de toda mi ropa, que quedó impregnada de polvo y tierra. El marrón de todos los camellos que viven en el Sahara marroquí. El marrón de la paja de la que se alimentan. El marrón de la piel de los marroquíes, curtidos por el sol. El marrón de sus djellabas (esos tapados con capuchas que usan todos por estas latitudes), que combina con todo lo anterior. El marrón de Merzouga y Hassi Labied, dos pueblos que en mi cabeza quedaron definidos por ese color.

* Azul

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Dicen que los nómadas son “los hombres azules”. Se los ve a lo lejos con sus turbantes azules, con sus djellabas azules, con sus detalles azules. El turbante azul los protege del viento, de la arena, del sol. El azul de su ropa, al parecer, se destiñe sobre su piel y les da un tinte azulado (por eso lo de “hombres azules”). El azul, en el desierto, es la opción más acertada y no sólo por una cuestión de frescura: es que ese color combina a la perfección con ese cielo tan intenso que tienen en aquella zona del mundo.

* Said

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En Hassi y Merzouga está lleno de Couchsurfers (personas que ofrecen un lugar donde dormir en sus casas). Cuando me puse a mirar posibles anfitriones (creyendo que no encontraría a nadie) me apareció una lista interminable de perfiles. Todos decían lo mismo: “Bienvenidos” (palabra célebre que no dejarán de escuchar ni un día de su estadía en Marruecos) y daban su número de teléfono para que los contactaran sin tanta web de por medio. Es curioso: en las grandes ciudades es muy raro que un couchsurfer ponga su número de celular en su perfil, a la vista de todos. En las grandes ciudades, tan aceleradas ellas, para hacer Couchsurfing hay que pasar por un proceso lento: buscar potenciales anfitriones, escribirles uno por uno, esperar a que se conecten y respondan, coordinar un horario exacto para encontrarse, llegar a tiempo, ajustarse a la (seguramente) ajustada agenda del anfitrión… En Merzouga y Hassi Labied, en cambio, la gente da su número de celular sin problemas. En Merzouga y Hassi, pueblos tan lentos y tranquilos, nadie siente desconfianza hacia el otro, todos viven con las puertas abiertas y con los celulares en los perfiles de Couchsurfing. Yo contacté a cuatro couchsurfers, les pasé mi número y todos me llamaron casi en el acto o ese mismo día.

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Finalmente decidimos quedarnos con Said, un chico de 23 años y uno de los couchsurfers más conocidos de la zona. Estaba alojando, también, a un austríaco y a una china, así que compartimos un atardecer, un tajine, varios partidos de cartas (de un juego que ya ni recuerdo cómo se llama y casi que ni recuerdo cómo se juega, pero en el que perdí repetidas veces) y dos días de nuestras vidas. Él es silencioso y sonriente, amable y simpático. El último día, antes de despedirnos, me contó que tiene una amiga argentina con la que habla por internet; al parecer él le pasó mi blog y ella le dijo que ya lo conocía. (Si estás por ahí, Amiga de Said: ¡Hola! :) ). Estamos todos conectados, de Buenos Aires a Hassi Labied.

* Rojo

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El desierto no siempre es amarillo. Durante unos minutos, cuando el sol pega de costado, las dunas de Erg Chebbi toman un tinte rojizo…

* Amarillo – dorado – naranja

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Y durante el resto del día, pasan por un arco iris de amarillos, naranjas y dorados.

* Verde

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¿Quién dijo que en el desierto no hay verde? Los oasis también existen… Y para muchas mujeres, son lugares de reunión.

* Ellos y Ellas

Y después están todos ellos, algunos anónimos, algunos fugaces, con quienes compartimos un té, una sonrisa al pasar, una tarde, una foto, un “salam aleikum” (el saludo árabe), un “bonjour” (los marroquíes también hablan francés), una risa.

[singlepic id=4167 w=800 float=center] Como la hermana de Moha (el chico del relato anterior, “Nómada”), con quien no pude hablar (por las barreras idiomáticas de siempre), pero se divirtió poniéndome un pañuelo bereber en la cabeza. Parecemos dos nenas jugando…

[singlepic id=4238 h=800 float=center] Como otro Moha, a quien apodamos “Mohita” por su corta edad (15 años, aunque no lo parezca). Íbamos bastante a la tienda de su hermano a comprar comida y siempre nos atendía con risa, quién sabe por qué. Yo le dije: Moha, hacé de cuenta que estás hablando por teléfono. Y sin que se lo pidiera dos veces, agarró el tubo e hizo su performance.

[singlepic id=4187 w=800 float=center] Estos niños se divertían siendo llevados por los más grandes en carreta.

[singlepic id=4190 w=800 float=center] Y “los grandes” se divertían jugando al fútbol, deporte universal.

[singlepic id=4221 w=800 float=center] Mustapha (uno de los encargados del albergue donde nos quedamos varios días) mostrando su destreza con el “whisky bereber” (el té)

[singlepic id=4247 w=800 float=center] Moha número tres (ya les dije que Mohamed es el nombre más común del mundo…), el otro guía con quien pasamos un día en el desierto. Tiene 18 años y casi no habla inglés ni español, así que nos limitamos a compartir tés, fotos y sonrisas… Lo de siempre.

[singlepic id=4177 w=800 float=center] Y todas esas personas que nos cruzamos en el pueblo. Cada cual, seguramente, tendrá su historia.

* Alí (bis)

El último día en Erg Chebbi, después de una jornada de filmación y de nuestra aparición como extras en una película hollywoodense/francesa, nos fuimos nuevamente a las dunas para ver el último atardecer en el desierto. Andi se fue primero y, cuando lo alcancé, estaba hablando con alguien. Me dijo, con muchísima alegría: “¡Mirá a quién me encontré!”. Y agregó: “¿Quién es la única persona que puede estar usando cuatro capuchas con este calor?”. ¡Alí!

Alí estaba igual de feliz que nosotros por el reencuentro. No lo habíamos planeado, pero nos habíamos vuelto a encontrar (y ni siquiera fue en el mismo lugar donde nos conocimos, así que la casualidad fue aún mayor). Hablamos, nos volvimos a sacar fotos todos juntos y, antes de despedirnos, Alí nos dijo: “Amigos, hoy cenan en mi casa”. “Bueno Alí, pero ¿dónde es tu casa?”, le preguntamos (como para saber si nos adentraríamos en el desierto o cenaríamos en el pueblo). “No pregunten, sólo vengan, hoy cenan conmigo”, nos dijo con la mirada cálida y la sonrisa tímida que tanto lo caracterizan. Así que a las 8.30 de la noche nos encontramos con él en Hassi Labied (el pueblito donde nos estábamos quedando) y nos fuimos juntos la casa donde vive con su tía y su abuela cuando no está en el desierto (también en ese pueblo). Nos agasajaron con dulces, tés, dátiles y un enorme cous cous de verduras y pollo. Alí, que siempre se había mostrado tímido, no paró de hablarnos: nos contó que fue camellero, que también fue cocinero, que trabajó en la construcción y que ahora vende fósiles. Nos contó también que es vegetariano, que ama a los animales y que aprendió español gracias a internet (chateando y hablando por Skype). Nos dijo que él no quiere un matrimonio arreglado, quiere amor de verdad, no quiere que sus padres le busquen una mujer como todavía es costumbre en algunos sectores del país. Nos contó que estuvo enfermo por culpa del agua del desierto, que se volvió “loco” y estuvo internado por un año. Nos contó que quiere irse a otro país, conocer lugares fuera de África. Nos contó de todo hasta que se hizo tarde y nos despedimos. Nos acompañó hasta mitad de camino al albergue y se fue a usar internet.

Alí es una de las personas más lindas, simples y sinceras que conocí en este viaje por Marruecos. Una de esas personas que hace que viajar valga la pena. A aquellos que tienen miedo de viajar o que creen que el mundo está poblado de gente “mala” les digo: Alí es un claro ejemplo de la hospitalidad que define al ser humano. Esto es lo que pasa cuando uno sale a conocer el mundo y sus culturas: se encuentra con gente buena, se encuentra con personas que tienen tanta curiosidad y ganas de entablar una conexión con el que viene de lejos como uno. No hay que tenerle miedo a lo desconocido, a las culturas diferentes, a quienes hablan otros idiomas. Les aseguro que nuestra humanidad va más allá de cualquier raza, religión o nacionalidad.

Y el desierto es uno de esos lugares que siempre quedarán en mí, por más lejos que esté. Mientras toda esta gente lo siga habitando, será uno de mis lugares en el mundo.

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Nómada
(La vida en el desierto de Marruecos)

1. Que va de un lugar a otro sin establecer una residencia fija.
2. Propio de los nómadas. Cultura nómada.
3. Que está en constante viaje o desplazamiento. Familia nómada.

Mohamed tiene 22 años y vive en el pequeño pueblo de Merzouga, en una casa de adobe construida por su familia. Viste un djelaba azul que le hizo su abuela —y que antes perteneció a su papá—, usa un turbante —a veces negro, a veces azul, a veces blanco— de siete metros de largo y habla perfecto español. Tan perfecto, que si un día se le ocurriera decir que en realidad es un español vestido de marroquí, nadie se sorprendería. Pero no, Moha es bereber —una etnia autóctona del Magreb— y nació en Erg Chebbi, uno de los erg (región arenosa) del Sahara que tiene Marruecos, una zona de dunas que ocupa 22 kilómetros de norte a sur y 5 kilómetros de este a oeste. Moha nació en medio del desierto y vivió como nómada hasta los diez años, cuando su familia —en aquel entonces: madre, padre, abuela y dos hermanas— decidió vender sus cien dromedarios y establecerse en Merzouga, sobre la tierra marrón, a pocos metros de la entrada a las montañas de arena que oficiaron de hogar durante su infancia.

[singlepic id=4277 w=800 float=center] Las dunas de Erg Chebbi, donde nació

[singlepic id=4170 w=800 float=center] Merzouga, el pueblo donde vive hoy

[singlepic id=4223 w=800 float=center] La zona donde lo conocimos, en un alojamiento entremedio de Hassi Labiad y Merzouga

Moha trabaja con turistas desde los 14 años. Y es que Erg Chebbi es una de las regiones más visitadas del país, y en Merzouga y Hassi Labiad —los dos pueblitos más cercanos, donde están los lugares para alojarse— casi todos viven del turismo. Actualmente, Moha trabaja en un albergue y tiene a su cargo el cuidado de tres dromedarios. Además, cuando algún viajero quiere aventurarse a las dunas, él hace de guía: no hay sector del desierto que no conozca de memoria. Además de bereber, árabe y español, habla perfecto francés e inglés y algunas palabras de japonés, alemán e italiano. Mientras vivió en el desierto no fue a la escuela: todo lo que necesitaba saber para sobrevivir lo aprendió en su casa. De niño aprendió a cuidar a los dromedarios y a las cabras, aprendió dónde encontrar el agua que el desierto oculta, aprendió a orientarse mirando las formas de las dunas, aprendió todas las constelaciones que se ven en el cielo, aprendió a predecir una tormenta de arena y a sobrevivir a ellas, aprendió a tocar los tambores y a hacer música.

Luego, cuando su familia dejó de ser nómada y se estableció en un lugar definitivo, fue cuatro años al colegio, pero sintió que no aprendía nada y lo dejó. Todos los idiomas que habla los aprendió por el contacto con los turistas. No usó libros ni audioguías: el contacto humano fue su mejor escuela. “Tú no sabes las ganas que yo tenía de aprender español. Es un idioma que me gusta muchísimo. Cada vez que conocía a alguien que hablara español le pedía que me enseñara palabras y las recordaba”, me cuenta, y no puedo evitar sentir admiración hacia la facilidad que demuestra hacia el aprendizaje de distintas lenguas. Empezó a aprender español a los 14, y su memoria infalible lo ayudó mucho. Cada vez que él me enseña una palabra en bereber —como por ejemplo tafuid, que significa sol, o itran, que significa estrellas—, yo la apunto en mi cuaderno y me la olvido a los pocos minutos. Cada vez que yo le enseño una palabra en español, él la guarda en su cabeza y la utiliza pocos minutos después.

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[singlepic id=4241 w=800 float=center] Moha y sus dromedarios

[singlepic id=4233 w=800 float=center] Encuentro cercano

Andi y yo pasamos once noches en Merzouga y Hassi Labiad, dos de ellas en casa de Moha. Y por “casa” me refiero al desierto. Moha está feliz de ser nuestro guía: “Yo prefiero dormir en el desierto que quedarme en el pueblo”, me dice un domingo, mientras prepara los dromedarios para salir por la tarde. Partimos del pueblo a las tres y media, cuando el sol está alto y las dunas, a lo lejos, todavía se ven amarillas. Somos seis: dos viajeros eslovenos, Moha, otro Moha —el guía de los eslovenos, un bereber de 18 años—, Andi y yo. Nos subimos uno a cada dromedario —que, a diferencia del camello, solamente tiene una joroba y es oriundo del norte de África — y formamos dos pequeñas caravanas, con los dos Mohas como líderes. Durante dos horas, los dromedarios avanzan despacio —como es regla en el desierto— y mientras sus patas se hunden suavemente yo leo todo lo que está escrito en la arena. Con sólo observarla es posible saber quién pasó antes por allí: las huellas de zapatos con suelas enrevesadas indican que un grupo de turistas pasó caminando, las marcas de llantas gritan que una 4×4 hizo hecho su recorrido por esa zona, las patitas pequeñas son de los zorros del desierto y las rayitas las dejan los escarabajos. Nuestros guías siguen las huellas redondas, las marcas de otros dromedarios que ya abrieron el camino.

[singlepic id=4242 w=800 float=center] Moha guiando la caravana

[singlepic id=4240 w=800 float=center] El otro Moha con su dromedario

[singlepic id=4169 w=800 float=center] Así nos veríamos a lo lejos, aunque con un dromedario más…

[singlepic id=4208 w=800 float=center] Patitas de escarabajo marcadas en la arena

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Finalmente llegamos a un pequeño oasis —sin agua, pero con vegetación y refugiado entre las dunas—: ahí nos esperan las jaimas (carpas típicas de los nómadas) que serán nuestro hogar por las dos noches siguientes. Aprovechamos los últimos minutos de sol, esos en los que las dunas mutan de amarillo a naranja a rojo en pocos instantes, para sacar fotos y mirar el atardecer en la inmensidad del desierto. A esa hora, por la posición del sol, el desierto se convierte en una gran sábana arrugada, con pliegues y claroscuros, y uno se da cuenta de que está en medio de uno de los paisajes más irreales de este planeta. Una montaña de arena de 150 metros de altura no es algo que se vea todos los días… Cuando se hace de noche repetimos el ritual más extendido de Marruecos: tomamos el té (al que todos llaman con orgullo “whisky bereber”, aunque no contenga alcohol). Luego compartimos un tajine de pollo y verduras y nos acostamos boca arriba en colchones a la intemperie a mirar, durante horas, “la televisión bereber”: las estrellas.

[singlepic id=4276 w=800 float=center] Últimos minutos de sol.

[singlepic id=4249 w=800 float=center] Las jaimas (carpas bereberes) en las que dormimos ambas noches

[singlepic id=4250 w=800 float=center] Tomando el té en el desierto

[singlepic id=4251 h=800 float=center] Se viene la noche…

[singlepic id=4252 h=800 float=center] … y son necesarias las velas.

El cielo nocturno del desierto es envolvente. No es que nosotros estamos abajo y el cielo está arriba, no: el horizonte está repleto de estrellas, lo que indica que el cielo también está a nuestros costados, cual domo circular que cubre la tierra. Nunca me sentí tan ínfima como en este colchón en medio de la arena. Mientras observo las miles —porque en el desierto son miles— de estrellas sobre mi cabeza, siento por primera vez que estoy mirando a través de nuestro propio planeta: estoy mirando, cara a cara, al Universo. Esas estrellas —las fugaces, las rojas, las más brillantes, las más débiles, las que formaban cruces y carretas— me están diciendo: “Acá afuera hay mucho más, el mundo no termina en la Tierra”. En la Tierra, más que terminar, el Universo recién empieza. Nos quedamos ahí horas y horas. El silencio es tan espeso que llego a preguntarme si me quedé sorda. Finalmente el frío del desierto comienza a atravesarnos la ropa y tenemos que refugiarnos en las jaimas. No sé qué hora era. En el desierto los relojes y los calendarios no tienen demasiada utilidad.

[singlepic id=4261 w=800 float=center] El Desierto Negro, donde también habitan familias nómadas

[singlepic id=4263 w=800 float=center] Así son sus casas, construidas con todo lo que encuentran

[singlepic id=4267 w=800 float=center] Nótese el detalle del juguete…

[singlepic id=4281 w=800 float=center] Nos sentamos en una de ellas a tomar el té con una de las familias… (Foto by Andi)

Al día siguiente dejamos todo en las jaimas y nos vamos caminando a conocer otro sector del desierto: la hamada o Desierto Negro. La hamada es un paisaje desértico pedregoso, árido, polvoriento, con muchas rocas y sin arena. En verano, una hamada puede alcanzar temperaturas de hasta 60ºC: es lo más cercano al infierno en la Tierra. En el Desierto Negro de Marruecos viven varias familias nómadas, y Moha, alguna vez, también vivió ahí. “La vida en el desierto es muy dura pero muy feliz”, nos asegura Moha mientras descansamos bajo la sombra de un árbol y tomamos otro té. “Aquí no hay prisa, vivimos tranquilos, sin problemas en la cabeza, sin estrés. Nos saludamos unos a otros, cuando comemos sentimos que comemos, no pensamos en otras cosas. Aquí el que quiere trabaja y el que no, no”, explica. Sin embargo, la concepción de “trabajo” del desierto es distinta a la de la ciudad. En el desierto, aunque Moha diga que no, todos trabajan. Lo que pasa es que el objetivo es otro: trabajar para adaptarse a un medio hostil, para sobrevivir día a día con pocos recursos, y no para obtener dinero para el futuro. En el desierto todo ocurre ahora, solamente importa el hoy.

 [singlepic id=4280 w=800 float=center] En homenaje a mis amigos de Proyecto Calco :)

Moha nos cuenta acerca de su infancia como nómada. Él y su familia se quedaban varias semanas —a veces meses, pero nunca años— en el mismo sitio, en oasis o llanuras donde hubiese agua y comida para los animales. En otras épocas, recuerda, solamente tenían dátiles, leche de dromedario y pan. No había verduras, carnes, ni té. Las mujeres caminaban 5 kilómetros todos los días en busca de agua, los niños se dedicaban a cuidar a los animales (un trabajo no menor, ya que una familia puede llegar a tener 200 dromedarios, 300 cabras y varias ovejas y burros) y los hombres recolectaban la madera. Cuando el lugar ya no podía darles nada más, desarmaban las jaimas, levantaban campamento y se iban en caravana hacia otro sector del desierto. “Nunca estamos tristes ni aburridos”, me asegura. “Vivimos a otro ritmo”.

[singlepic id=4211 w=800 float=center] Los dromedarios, los mejores amigos del hombre del desierto…

[singlepic id=4257 w=800 float=center] Constantemente se ven caravanas yendo de un lugar a otro.

[singlepic id=4271 w=800 float=center] Y nuestras sombras en alguna duna.

Volvemos del Desierto Negro a las jaimas antes de que se haga de noche. Tomamos el té, cenamos couscous y pasamos —otra vez— horas mirando las estrellas. A la mañana siguiente vemos el amanecer y regresamos al pueblo en los dromedarios. Volvemos a la velocidad de los relojes, de las fechas, de las computadoras, de internet, de las redes sociales, mientras Moha continúa con su vida de siempre: cuida a los dromedarios, conoce extranjeros, aprende idiomas nuevos, trabaja en el albergue, pasa momentos con su familia y sus amigos. Cada vez que nos cruzamos con él y le preguntamos cómo está, nos responde: “Muy bien, ¡como siempre!”. Cada vez que nos ve apurados por algo, nos recuerda el lema del desierto: “Despacio, amigos. La prisa mata”. Y esa frase genera algo en mí, me sacude, me pone en pausa, me hace darme cuenta de que la vida no siempre tiene que ser vivida con tanta velocidad y urgencia, que la lentitud también es válida, que ser capaz de vivir al ritmo de la Naturaleza, con menos necesidades, es algo admirable.

[singlepic id=4162 h=800 float=center] El desierto y yo (me siento muy bien acá…)

[singlepic id=4212 w=800 float=center] Las mujeres no se dejan fotografiar, pero siempre saludan con un “bonjour” o “salam”

[singlepic id=4214 w=800 float=center] Esta es la clásica pose de la gente del desierto :)

Y después de estos días en el desierto no puedo parar de pensar en esa palabra, no puedo evitar la comparación. “Nómada conoce a nómada”. Estamos bajo la misma entrada del diccionario y somos muy distintos, pero compartimos una misma esencia: la del movimiento, la de la búsqueda, la de la adaptación. Él (ellos: los bereberes del desierto) se mueve(n) de un lugar a otro en busca de alimento, de agua, de refugio, de sombra. Yo (nosotros: los viajeros) me muevo (nos movemos) de un lugar a otro en busca de paisajes, de historias, de experiencias, de conocimiento, pero también en busca de comida, de techo, de hogares. Y yo me muevo, más que nada, en busca de personas. En este movimiento constante conozco a muchos otros nómadas (viajeros) en el camino… y a veces tengo tanta suerte que llego a un lugar mágico, como Erg Chebbi, y también me encuentro con nómadas (pero los del desierto) y aprendo, gracias a ellos, que en este mundo no existe “una manera de vivir” que sea la correcta, sino que todas son válidas y que, por más que estemos inmersos en “la modernidad”, la lentitud también es necesaria.

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[singlepic id=4219 w=800 float=center] Dibujito by Moha. Cosmovisión nómada en una hoja de mi cuaderno…

[box border=”full”] Info útil para visitar Erg Chebbi (Marruecos) :

  • Cambio (marzo 2012): € 1 = 11 dirham
  • Para visitar las dunas de Erg Chebbi lo mejor es alojarse en uno de sus dos pueblos más cercanos: Merzouga o Hassi Labiad. Ambos tienen varias opciones de alojamiento de distintos precios, casi todos con media pensión o pensión completa. Por media pensión (habitación + desayuno + cena) van a pagar, como mínimo, entre 120 y 150 dirham por persona (12 a 15 €). Una habitación para dos personas (sin comida) cuesta 100 dirham (5 € cada uno).
  •  Los buses desde otras ciudades llegan a Rissani, a unos 30 km de Merzouga y Hassi Labiad. Desde ahí hay que tomar una 4×4 (taxi) hasta cualquiera de los dos pueblos. El trayecto cuesta 10 dirham. Muchos conductores de taxis intentarán llevarlos a los hoteles donde les darán comisión: si no tienen nada reservado, pueden ir y ver qué les parece (y regatear). Si no deben especificar de antemano a qué hotel van para que no los lleven a alguno que quede alejado de los pueblos y luego tengan que ir caminando.
  • Les recomiendo ir al desierto en invierno (diciembre – marzo) ya que es temporada baja y no hace tanto calor. De día se puede andar con poca ropa, pero de noche hay que abrigarse.
  • Si hacen Couchsurfing, en Hassi Labiad y Merzouga hay muchos. Investiguen.
  • Les recomiendo encarecidamente (o mejor dicho: les obligo) que vayan al desierto en dromedario y pasen por lo menos dos noches ahí, durmiendo en las jaimas. Es una experiencia única. Todos los hoteles y posadas organizan las visitas al desierto y cobran entre 20 y 40 € por día por persona (con comida incluida).[/box]  

El día que trabajé de extra en una película en el Sahara marroquí

Como dije alguna vez, al vivir viajando pasan dos cosas: una, cada día es una sorpresa, y dos, no hay dos días que sean iguales. Ya les conté acerca del día que conocí y entrevisté a Steve McCurry (el fotógrafo de la Niña Afgana) en Buenos Airesdel día que me invitaron a un casamiento chino en una aldea en las afueras de Lijiang y del día que me robaron la cámara y la computadora en un tren en Indonesia y me devolvieron todo. Hoy quiero contarles acerca del curioso día en que participé de extra en una película francesa-estadounidense que se estaba rodando en Merzouga, sobre las dunas de Erg Chebbi, en el Sahara marroquí.

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 [singlepic id=4144 w=625 h= float=center] Cámaras y equipos en el desierto

Hay un cliché que asegura que todo pasa por algo, y cada vez me convenzo más de que tiene razón. Si miro hacia atrás, la cadena de causas y efectos que conforma nuestras vidas (la de todos los seres humanos) no hace más que sorprenderme. En este caso, todo empezó cuando nos bajamos del bus en Rissani y nos interceptó un tal Hamid en la estación. Estábamos buscando transporte para ir al pueblito de Merzouga, a 35 km de la ciudad, y este Hamid —uno de tantos— agarró nuestras mochilas, nos metió en su 4×4 y nos dijo que él iba a llevarnos a un buen hostel por un buen precio. En pocas palabras: decretó que nos íbamos con él.

Después de media hora de viaje por una ruta de tierra bastante polvorienta, llegamos a un hotelito ubicado en ningún pueblo. El lugar, llamado Soleil Bleu, estaba entremedio de los pueblitos de Hassi Labiad y Merzouga. Tras algunas negociaciones decidimos quedarnos ahí: el lugar era tranquilo, se veían las dunas de Erg Chebbi (uno de los dos “erg” o dunas saharianas que tiene Marruecos) de fondo y teníamos desayuno y cena incluidas. Había un solo problema: el lugar no tenía wifi (algo de lo que, lamentablemente, no puedo prescindir). Mustapha, el encargado del hotel, nos dijo que podíamos ir a usar el wifi gratis a un hotel cinco estrellas que estaba a siete minutos de caminata de ahí: el Kasbah Tombouctou. Así que casi todos los días, Andi y yo caminamos hasta aquella mansión, pusimos cara de húespedes y nos instalamos en el restaurante del Tombouctou a usar internet.

 [singlepic id=4156 w=625 h= float=center] La entrada al Tombouctou, el único hotel cinco estrellas de la zona

Nos dimos cuenta de que en el Tombuctou estaban pasando dos cosas: había un rally (estaba lleno de motociclistas) y estaban filmando una película (estaba lleno de camiones con equipos de rodaje). Una de esas tardes, Andi (quien seguramente contará esta historia con lujo de detalles en su blog) fue al baño y se cruzó con un desconocido que tenía cara de ser de producción y le preguntó si había algún trabajo para nosotros en la película. Él ya se veía de tiracables o barrendero, pero unas horas después le dieron un nombre y una respuesta: Badr (nuestro nuevo contacto) le dijo que estaban buscando extras de aspecto europeo para participar en un día de filmación. Unos días después nos reunimos, Badr nos sacó una foto a cada uno y quince minutos después nos dijo que estábamos contratados.

 [singlepic id=4157 h=625 float=center] Todo empezó acá, gracias a un cruce casual en el toilette del hotel

 [singlepic id=4135 w=625 h= float=center] Andi y yo, futuros extras en la peli!

 [singlepic id=4139 w=625 h= float=center] Prueba de vestuario

 [singlepic id=4158 h=625 float=center] Nuestros atuendos

 [singlepic id=4160 w=625 float=center] Andi y la vestuarista, una francesa-marroquí muy buena onda

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La prueba de vestuario fue al día siguiente y la filmación fue el viernes 2 de marzo. Badr nos pidió que estuviéramos en el Tombouctou a las 6.15 de la mañana (ni un minuto más tarde) para empezar la jornada de filmación, así que nos despertamos a eso de las 5 am (nos habíamos mudado de pueblo a Hassi Labiad, así que tuvimos que caminar casi media hora en la oscuridad para llegar al Tombuctou ya que a esa hora no pasa un taxi ni de casualidad). Desayunamos (con buffet cinco estrellas) y fuimos a ponernos los atuendos. Yo: un vestido color camel atado a la cintura “con una cuerda de dromedario” (según acotó un extra marroquí), mis anteojos de sol (que a la vestuarista le encantaron porque combinaba con el vestido, con mi pelo y con el desierto y me daban un look monocromo poco cool pero apropiado para  la ocasión) y ojotas (poco glamour en los pies, no me dieron zapatos). Andi: borcegos, pantalón verde, musculosa blanca varios talles más chica y una campera que por suerte se tuvo que dejar puesta. De ahí pasamos a maquillaje donde me pintaron los labios y a peluquería donde un estilista francés me dio un look “de época” en menos de tres segundos mientras me decía que tenía un pelo divino (ay, gracias).

[singlepic id=4152 w=625 float=center] El estilista, preocupado por los rulos.

 [singlepic id=4161 w=625 float=center] Mi look de espaldas

 [singlepic id=4145 w=625 h= float=center] Mi look de frente

En total éramos siete extras “europeos” (dos chicas alemanas, un francés, una francesa-marroquí, una escocesa y nosotros dos) y otros tantos extras marroquíes (algunos vestidos de mozos, otros de recepcionistas y otros de camelleros). La peli, por si se lo estaban preguntando, se llama Intersection y es del director David Marconi. Lo único que sé es que trata de una pareja estadounidense que viaja de luna de miel a Merzouga (Marruecos) y sobrevive a un accidente de auto en medio del desierto. A partir de ahí la trama se convierte en un thriller de suspenso con complots de asesinato de por medio.

[singlepic id=4142 w=625 float=center] Extras descansando

[singlepic id=4146 h=625 float=center] Extra marroquí que hacía de camellero (fue el que me dijo que el cinturón de mi vestido parecía una soga de dromedario)

[singlepic id=4147 w=625 h= float=center] El de la derecha (marroquí) le hacía de doble al actor principal, pero no salía en la peli sino que lo usaban para preparar las cámaras y la iluminación (no sé cómo se le dice a ese trabajo)

[singlepic id=4148 w=625 h= float=center] Dos extras marroquíes que hacían de mozos

[singlepic id=4149 w=625 h= float=center] Las dos extras alemanas que hacían de huéspedes en el hotel

El rodaje de la primera escena —la llegada de los protagonistas al desierto en helicóptero— empezó a eso de las 8 de la mañana. Jaimie Alexander (la actriz, que trabajó también en Thor) y Frank Grillo (el actor, quien también trabajó en Prison Break) tuvieron que repetir la escena unas veinte veces (tantas, que todos los que estábamos ahí nos aprendimos el diálogo de memoria). En los cortes, Jamie, muy simpática, nos vino a charlar (éramos los únicos que hablábamos inglés, ya que todos los de producción eran franceses). Me contó que iban a quedarse filmando en Marruecos hasta abril, que trabajaban todos los días menos los domingos y que estaban bastante agotados. “¿Qué les parece esta experiencia? Bastante aburrida, ¿no? Las filmaciones son así: hay que repetir las escenas ochenta veces hasta que salgan bien, y después, todo es esperar. No hay tanto glamour como parece…”, comentó.

[singlepic id=4137 w=625 h= float=center] La primera escena: la pareja llega al hotel en helicóptero (foto: Andi)

[singlepic id=4136 w=625 h= float=center] Extras a la espera…

[singlepic id=4150 w=625 h= float=center] ídem

Finalmente, después de nervios, ansiedad y espera, nos tocó el turno a los extras. Escena 1, toma 2: los protagonistas entran al hotel después de bajar del helicóptero. Nosotros teníamos que hacer de cuenta que éramos huéspedes que estábamos alojados en el mismo hotel, así que nuestra función era actuar con naturalidad mientras ellos entraban, como para darle un poco de vida al lugar y que no pareciera un hotel fantasma. Los productores nos fueron repartiendo en grupitos: Andi y una de las alemanas tuvieron que sentarse en una mesita al lado de la pileta, medio de fondo; la escocesa y la francesa se acostaron en dos reposeras, más lejos aún; el francés y la otra alemana se sentaron en una mesa del lado izquierdo de la entrada (por donde pasarían caminando los protagonistas) y yo quedé sola. Un productor me agarró y me dijo que yo iba a tener que pasar caminando frente a los protagonistas: es decir, cuando ellos entraban caminando hacia la puerta principal del hotel, yo tenía que salir de un costado (más específicamente, de atrás de una planta), pasar por delante de ellos (cruzarme en su camino), mirar el horizonte con cara de relajada y seguir mi camino. Me dijo, además, que no le prestara atención a los protagonistas, que yo solamente caminara como si fuese una mujer rica que estaba de vacaciones ahí. Por como estaban dispuestas las cámaras, los protagonistas iban a ser filmados de espaldas entrando al hotel y yo tendría que caminar directo hacia las cámaras. Imaginen mis nervios.

[singlepic id=4151 h=625 float=center] Esto fue más tarde, cuando cambiaron las cámaras de lugar para otra escena. Pero imaginen tener que caminar de frente a tanta parafernalia hollywoodense.

Repetimos la toma unas 12 veces. Yo creo que en la primera salí con cara de susto. Cada vez que decían acción, yo sabía que tenía que salir de atrás de la planta (mi escondite) y empezar a caminar hacia las cámaras cuando los protagonistas pisaban determinada baldosa. Así que ahí iba yo, con una cartera colgada del hombro, un libro en la mano, anteojos de sol e indiferencia total hacia la pareja protagonista. La primera vez que hice la caminata escuché un “hello there” pero no le di importancia, ya que pensé que el protagonista estaba saludando a uno de los mozos. La segunda vez que repetimos la toma volví a escuchar el “hello!” y yo, nada, ni mú, mirada al horizonte. La tercera vez me di cuenta de que cada vez que me cruzaba con los protagonistas, el hombre me saludaba. Quedé tan descolocada que frené un poquito, le respondí con un “hey!” (?) y seguí caminando, riéndome y pensando que seguramente les había cagado la escena con mi saludo desubicado. O sea: el actor principal interactuó espontáneamente con la extra (yo) y la extra (yo) no supo qué demonios hacer. Cuando gritaron “corte” me acerqué corriendo al productor y le dije: “¡El protagonista me habló, no sé qué hacer!” y él me dijo que la próxima solamente le sonriera con cara de “yeah yeah, fuck off” (literalmente me dijo eso) y siguiera mi camino. Así que en las tomas siguientes, cada vez que el protagonista me saludó, yo sonreí (pero sin cara de fuck off) y él me gritó de lejos “We just got married!”.

[singlepic id=4154 w=625 h= float=center] Foto con Jaimie, la actriz principal, muy simpática y charlatana. Le conté que escribía un blog de viajes y le encantó, me dijo que cualquier cosa que necesitara le pidiera, así que le pedí una foto bien cholula.

Al mediodía hicimos un corte para almorzar y volvimos. Mientras charlaba con la actriz principal, apareció el director (David) y ella, toda emocionada, le contó que yo estaba viajando por el mundo hacía varios años. David, si querés hacer una película de mi vida te lo permito (?). Al rato el director dijo que me quería usar de extra otra vez (solamente a mí, en principio), pero que tenía que cambiarme de ropa para que pareciera otra persona, así que la vestuarista me vistió de ejecutiva de veraneo. Finalmente no participé en la escena. Una lástima, ya me veía rumbo al Camino de la Fama de los Extras y a punto de pedir un aumento de sueldo. La filmación terminó a las 4 de la tarde.

[singlepic id=4153 h=625 float=center] Este fue mi atuendo de ejecutiva veraneando de incógnito en el desierto

Fue un día largo, cansador y divertido. Yo me lo tomé como un juego, porque si me ponía a pensar que estaba siendo filmada (aunque haya sido de manera fugaz) para una película de Hollywood, me iba a agarrar pÁniko escénico. Igualmente me muero de vergüenza pero sé que me voy a reír muchísimo cuando me vea de fondo en el cine, caminando cual señora elegante en un hotel de lujo en el desierto, con un vestido con soga de dromedario y ojotas Hawaianas. Y además, después de haber vivido esta experiencia, voy a empezar a mirar a los extras de las películas con mucho más cariño y me voy a preguntar cómo es su vida (probablemente muchos de ellos no son actores profesionales, como yo) y cómo fue que llegaron a participar en ese rodaje. En nuestro caso, todo fue gracias a un tal Hamid, un marroquí que apareció en la estación de buses en el momento justo. ¡Gracias Hamid!

Mis cinco encuentros con la nieve

Hay gente que no conoce el mar hasta la adultez y recuerda su primera vez frente al océano como uno de los días más importantes de su vida. Yo debo haberlo conocido casi el mismo día que nací (o incluso antes) ya que mis papás siempre fueron fanáticos del agua y, cada vez que pudieron, me llevaron a pasar unos días al mar. Pero con la nieve no había caso. Durante mucho tiempo les pedí, ingenuamente, que me llevaran a conocer la nieve. Y siempre íbamos a la playa. Finalmente me di por vencida: era una batalla que no iba a ganar jamás. Tendría que ir a buscarla por mi cuenta, cuando tuviera edad para hacerlo.

Mi primer encuentro con ella fue planeado. Fui preparada, con ropa de invierno y esa emoción anticipada que sentimos cuando sabemos que va a pasar algo que esperamos hace tiempo. El resto de las veces, apareció en mis viajes de sorpresa.

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Uno

La vi por primera vez, en vivo y en directo, a los dieciocho años. Me había ido a Bariloche (en el sur de Argentina) de viaje de egresados en bus —el primer viaje de 24 horas en bus de mi vida— y, apenas (literalmente) llegamos a la estación, empezaron a caer los copos de bienvenida. Todavía me acuerdo. Para el resto de mis compañeros aquello era, probablemente, un hecho meteorológico normal y esperado: para muchos argentinos es muy común irse de vacaciones de invierno al sur de nuestro país, donde casi siempre nieva. Para mí, era la novedad. Nos quedamos una semana y los primeros días intenté aprender a esquiar. No tuve mucho éxito. Me divertía más hacer pelotitas de nieve con las manos o pisar el suelo blanco y que se me hundieran los pies antes que ponerme dos zapatos con palos alargados y deslizarme por una montaña (en compañía de mi torpeza y mi falta de coordinación) hacia lo que probablemente sería una experiencia cercana a la muerte. Tengo fotos en papel y están en Buenos Aires, así que no puedo subir nada de aquel viaje en este momento.

Dos

La segunda vez fue, probablemente, la más inesperada y especial de todas. Era domingo. Todavía vivía en Buenos Aires, estudiaba Comunicación y soñaba con viajar. La noche anterior había salido con mi hermana Dafne a una fiesta, así que dormimos hasta el mediodía. Nos despertamos con la pereza típica del domingo, miramos por la ventana del piso 18 y la vimos caer. Fue increíble: hacía casi un siglo que no nevaba en Buenos Aires. Y fue uno de esos días que quedó en la memoria colectiva de toda la ciudad. A que sí. Seguramente, si sos de Buenos Aires, te estás acordando de qué hiciste aquel domingo.

[singlepic id=4102 w=625 h= float=center]  La foto no es muy buena pero es la única que encontré en mi compu. Tengo el resto en Buenos Aires también, así que las subiré a la vuelta. Esta es la vista con la que nos encontramos aquella mañana de domingo.

Tres

La tercera vez que la vi fue durante mi segundo viaje a Bolivia. Tenía 22 años, había empezado mi periplo por América latina y estaba viajando por lo que debe ser el país latinoamericano con los paisajes más surrealistas, mágicos y de otro planeta que tiene nuestro continente. Estaba con mi amiga Vicky, haciendo ese tour conocido como “El tour de tres días en 4×4 por el Salar de Uyuni y alrededores”. Primera parada, el Salar de Uyuni: ese inmenso paisaje blanco que, en las fotos, parece hecho de nieve pero no: es de sal. 14.000 km2 de sal. ¿Dónde se ha visto tanta sal junta? Después: lagunas verdes, rojas, turquesas, desiertos de rocas, árboles de piedra, geiseres, picos nevados con vicuñas y alpacas, lagunas con flamencos… El tour culminó en el lugar más árido del mundo: el desierto de Atacama, en la frontera con Chile. En medio de ese paisaje marrón y desolado había un bus pintado de colores, sin ruedas, abandonado y, a pocos metros, un parche blanco, frío y blandito. Nieve.

[singlepic id=4110 w=625 h= float=center] Y, para no ser menos, me saqué una foto.

Cuatro

En mayo de 2011, después de un año y medio ininterrumpido de verano, llegué al invierno chino. Me había ido de Buenos Aires cuando terminaba el verano, pasé más de un año en el calor tropical (inmutable) del Sudeste Asiático y, por fin, viajé a China. Y en China, cuando hace frío, hace frío. Mi primera parada fue Chengdú, en el centro del país. Tenía la mochila llena de ropa de verano y casi nada para el frío (excepto unas calzas, un pañuelo y un buzo de algodón). Susie, la chica que me alojó, me vio demasiado desabrigada y me regaló una campera. Me di cuenta de que por más ropa que me pusiera encima, mi cuerpo no iba a acostumbrarse al frío, así que decidí cambiar mi ruta: en vez de seguir camino hacia el norte, me fui al sur, donde la temperatura era un poquito más alta. China tiene varias ciudades conocidas como “La Ciudad de la Eterna Primavera” porque su microclima cuasi veraniego se mantiene constante a lo largo del año. Una de ellas es Kunming, en la provincia de Yunnan. El día que llegué a Kunming el cielo estaba despejado y hacía calor. Estaba tan lindo que caminé durante todo el día sin abrigo, feliz de sentir el sol otra vez. A la mañana siguiente me desperté muerta de frío, salí de la habitación del hostel, me asomé a la terraza y no pude creer lo que veía: estaba nevando en Kunming. Chequeé las noticias y descubrí que era algo que ocurría una vez cada década. Y justo me tocó a mí.

[singlepic id=4112 h=625 float=center] Así de despejado estaba el cielo en Kunming cuando llegué. No sé por qué pero me parece que no le saqué fotos a la nevada. Seguramente tuve demasiado frío.

Cinco

Nunca imaginé que vería la nieve por quinta vez en mi vida en África, en ese continente que automáticamente asociamos con el calor. Tampoco pensé que el invierno de Marruecos iba a ser tan frío. Pero lo bueno de viajar es que uno descubre que no todo es lo que parece.

Andi y yo llegamos a Azrou, un pueblito en las montañas, con frío pero con sol. Al segundo o tercer día nos contactamos con Zakaria, un marroquí de Couchsurfing, y nos encontramos con él para tomar un té (actividad social marroquí por excelencia). Zakaria es guía de montaña, así que nos ofreció hacernos un tour por los bosques y parques de las afueras del pueblito. “Bueno, pero vamos pasado mañana”, le dijimos. Y tuvimos mucha suerte.

La mañana siguiente, mientras Andi y yo caminábamos por el pueblo, tuvimos una conversación parecida a esta:

Andi: —¿Sabés lo que estaría bueno? Que llueva y además nieve. (Nota: desde que llegamos a Marruecos no había llovido nunca. Y nevado, mucho menos.)
Yo (irónicamente): —Sí, sobre todo porque tengo una ropa que no sabés cómo abriga para la nieve.
Andi: —Jaja. Quiero nieve.
Yo: —Alá te escuche.

Al rato nos sentamos en un bar para tomar un café y usar el wifi.

Andi (mirando por la ventana, con alegría y orgullo): —¡Mirá! ¡Está lloviendo!
Yo: —Alá escuchó tus plegarias. Dale, pedile que nieve también.
Andi (cuasi gritando por la ventana del café donde estábamos sentados): —¡Nieveeeee! ¡Queremos nieveee!

Y, a los pocos minutos, nos encontramos con esto:

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NIEVE EN MARRUECOS.

Al día siguiente hicimos el trekking por la montaña con Zakaria. Y, gracias a la nevada que Alá le mandó a Andi de regalo, pudimos disfrutar de un bosque mágico cubierto de nieve, como este.

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Y, tal vez, si la nieve hubiese formado parte de mi vida desde muy chica, ninguno de estos cinco momentos me hubiese parecido tan especial.

Azrou: el viernes de los niños

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“Allahu akbaaaar”, se escucha en el cielo de Marruecos un viernes cualquiera a las 12 en punto del mediodía.

Como todos los viernes a las 12 del mediodía desde hace siglos, todas las mezquitas de Azrou (que no deben ser muchas, porque este pueblo marroquí es chiquito) cantan al unísono e inundan el pueblo con el adhan o llamado al rezo. Está bien, estrictamente hablando, las mezquitas no “cantan” sino que hay un señor (llamado muezzin) que se sube al minarete (torre) de la mezquita y anuncia con su voz melodiosa (a veces ayudado por un altoparlante) que Alá es grande, que no existe otro dios excepto Alá y que es momento de rezar. El muezzin se encarga de repetir este llamado cinco veces por día, todos los días del año, en concordancia con los preceptos del Islam.

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Por lo que observé hasta ahora, al igual que en Malasia e Indonesia (los otros dos países musulmanes o de mayoría musulmana que conocí), en Marruecos la vida no frena por completo tras el llamado al rezo. Algunos se toman unos minutos para ir a rezar (en la mezquita, en su casa, en su trabajo) y otros continúan con su rutina, inmutables, pero el país entero no se pone en pausa para rezar como ocurre, según leí, en Arabia Saudita. Los viernes, sin embargo, son días especiales. En el Islam, el viernes es considerado un día sagrado, de paz y de misericordia, (al igual que el domingo en el Cristianismo y el sábado en el Judaísmo) y los musulmanes deben ir a la mezquita a las 12 del mediodía para el Salat AlJumu’ah o rezo colectivo. En Marruecos, los niños empiezan a asistir al rezo de los viernes a los siete años de edad.

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Nosotros habíamos llegado a Azrou un jueves. Viajamos poco más de una hora en bus desde Meknes hasta este pueblito en el Atlas Central ya que un colombiano que vive en Marruecos y que habíamos conocido en el ferry de Tarifa a Tanger nos recomendó visitar este lugar en las montañas. Después de lo que nos pareció un viaje demasiado corto, el bus (repleto de gente local) atravesó una ciudad polvorienta (o tal vez lo que eran las afueras de una ciudad polvorienta), de colores apagados y no muy atractiva y frenó en la estación. “¿Será acá?”, le pregunté a Andi. “No creo”, coincidimos. Habíamos leído que Azrou era un pueblito de la etnia bereber, ideal para hacer base unos días, explorar la naturaleza y descansar de la locura de las ciudades como Fez. “Mirá, yo escuché al señor de acá adelante decir que iba a Azrou, así que cuando veamos que se baja, tendremos que bajar también”, le dije a Andi. Dicho eso, el señor de adelante agarró sus cosas y se bajó. Estábamos en Azrou.

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Encontramos un lugar donde quedarnos y salimos a caminar. Azrou está ubicado a 1250 msnm y es uno de los lugares más fríos de Marruecos (en Marruecos, al contrario de lo que pueda pensarse, hace frío y mucho). Mientras más caminábamos por el lugar (que es chiquito, por si todavía no lo mencioné) más me iba gustando. En el pueblo no hay nada para hacer más que caminar, sentarse en una mesita al sol a tomar café, subir alguno de los montes que rodean el lugar, hacer trekking por los alrededores (hay parque nacional) o perderse por la medina más tranquila que conocí hasta ahora.

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Nosotros decidimos salir a perdernos por la medina al día siguiente, el viernes, después de que el canto de las mezquitas inundara el cielo de Azrou. Las calles estaban vacías. ¿Sospechosamente vacías? No lo sabíamos y, en ese momento, ni nos lo preguntamos. La medina está asentada sobre la ladera de una montaña, así que nosotros seguimos espontáneamente una dirección casi obvia: siempre hacia arriba. De a poco, empezaron a aparecer: niños. Un grupo de tres jugando a la pelota, dos nenas sentadas charlando en la entrada de una casa, cinco escondidos detrás de un muro. Cada vez más niños y ningún adulto a la vista. Todos nos vieron. Era obvio: a ningún niño se le escapa la presencia de dos extranjeros caminando por su territorio. Un grupito nos miró de lejos y nos gritó algo en árabe. Lo único que entendí de sus palabras fue “cous cous” (que es una comida típica de acá), pero en aquel momento no hice ninguna conexión y no supe interpretar lo que, después descubrí, nos estaban ofreciendo (los viernes, después del rezo colectivo, todas las familias se reúnen a comer cous cous). Seguimos caminando y nos chocamos con un grupito de niños jugando a la pelota. Se nos acercaron y nos saludaron con un simpatiquísimo y sonriente “Bonjour madame, bonjour monsieur!”. En el norte de Marruecos hay muchos marroquíes que hablan español y/o inglés, pero a medida que avanzamos hacia el sur encontramos muchos que hablan francés y cada vez menos que entiendan español. Los niños, especialmente, siempre utilizan el francés para dirigirse a nosotros.

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Después de las preguntas de rigor (Ça va? Comment tu t’appelle?) uno de los diez chicos que teníamos alrededor se animó y nos pidió que le sacáramos una foto. Cuando lo apuntamos con las dos cámaras todos se alborotaron y empezaron a empujarse y amontonarse para aparecer también. Salieron más niños de las casas, de las calles aledañas y de lo que parecía ser debajo de las piedras. Todos querían salir en nuestras fotos, preguntarnos nuestros nombres y mirarse en las pantallitas de las cámaras. Me sentí, por un rato, en Indonesia, país que, en mi opinión, tiene a los niños más fotogénicos (o fanáticos de las fotos) del Sudeste Asiático. Me acordé de aquella vez que me pasé horas (literalmente) sacándole fotos a mis vecinitos en Jakarta y mostrándoles la cámara para que vieran cómo salían. Me imaginé, de repente, que estábamos en un pueblo donde solamente había niños (como el Pueblo de los Gatos de Murakami, pero poblado únicamente por niños). ¿Cómo sería eso? Probablemente, la vida sería un juego constante y viajar e interactuar sería muy muy fácil.

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Marruecos es un país muy fotografiable. Sus colores, sus paredes pintadas (y despintadas), su comida, sus medinas, sus mercados. Todo parece estar puesto para la foto. Sin embargo, cada vez que le pedimos permiso a un adulto para sacar una foto, la mitad dice que sí y la otra mitad se niega rotundamente (hay unos pocos, poquísimos, que incluso piden dinero a cambio). Con los niños pasa lo mismo: muchos aceptan y posan divertidos, pero hay otros que se ponen a gritar desaforadamente “no foto, no foto!!”, se tapan la cara y se van corriendo (¿en busca de sus padres?). Aquel viernes en Azrou, sin embargo, fueron los niños los que nos pidieron, nos rogaron, nos demandaron que los fotografiáramos. A eso de la una y media, después de una sesión de fotos de unos 45 minutos, comenzamos a descender de la medina y a volver al centro. Y ahí fue cuando los vimos: todos los adultos habían salido de las mezquitas y están subiendo por las escaleras de la medina. Claro: los viernes al mediodía, cuando los adultos se van a rezar, la medina de Azrou pasa a ser territorio de los más chicos, les pertenece. Y durante esa hora y media de poder, ellos son quienes ponen las reglas.

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[box border=”full”] Info útil para visitar Azrou (Marruecos):

  • Cambio: 1 euro = 11 dirham (febrero 2012)
  • Bus de Fez a Meknes: 13 dirham + 5 dirham por el equipaje
  • Bus de Meknes a Azrou: 20 dirham
  • Alojamiento en Azrou: lo más barato que encontramos fue una habitación doble por 80 dirham (40 c/u) pero sin agua caliente en el hotel; el resto de los lugares baratos ronda los 120-150 dirham para dos personas con ducha.
  • Café, té o chocolatada en un bar: 5 dirham
  • Facturas: de 2 a 4 dirham por unidad (un croissant, por ejemplo, cuesta 2 dirham)
  • Sopita marroquí deliciosa: 3 dirham (pregunten en cualquier puesto o restaurante, todos hacen la misma)
  • Plato de couscous: 30 dirham
  • Plato de tajine: 40 dirham
  • Botella de agua de litro y medio: 6 dirham
  • Pan: según el tamaño, entre 1 y 2.50 dirham por unidad
  • Se puede ir a todos lados caminando. Exploren.
  • Desde Azrou se pueden hacer tours de trekking en el día o de dos días. Si necesitan un guía escribanme y les paso el contacto de un Couchsurfer local que se dedica a eso.[/box]

Fez: Elige tu propia aventura
(El primer post interactivo de Viajando por ahí)

[box border=”full”]No sé si vale la pena que les cuenta que Fez es una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos junto con Rabat, Marrakech y Meknes. O que les diga que es, además, la capital del Islam del país. ¿Cambiará en algo que sepan que tiene un millón de habitantes y está dividida en tres sectores? Igual les comento: Fez está conformada por Fez el-Bali (la medina o zona antigua, rodeada de murallas), Fès el-Jdid (la zona nueva, donde está la Mellah o barrio judío) y la Ville Nouvelle (la zona francesa). Sin embargo, nada de esto importa. No cambia en nada que les diga que la medina de Fez es la mayor zona peatonal del mundo, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que es una de las mayores ciudades medievales del planeta. No importa, porque Fez es una locura. Fez es uno de sus lugares para ver en primera persona, para experimentar con el cuerpo entero y los cinco, seis, o siete sentidos. Fez es confusión constante. Fez es perderse en cada esquina. Fez es conocer personas a cada paso. Fez es frustrarse y alegrarse a la misma vez. Fez es una aventura a todo momento, una decisión tras otra, un enorme conjunto de intersecciones por tomar. Por eso, he aquí el primer post interactivo de Viajando por ahí: un Elige tu Propia Aventura marroquí en Fez. Que lo disfruten.

(Una aclaración antes de empezar: este post está armado con Flash, así que si no podés ver lo que aparece abajo, tenés que descargar la última versión del Flash Player de Adobe. Si podés ver todo bien, dale click a “Que empiece la acción” y a jugar se ha dicho! Y si te gustó, compartilo!) [/box]

 

Chefchaouen: instantáneas de un pueblito azul

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Hay lugares que son especiales por algo: por sus templos (por ejemplo), por su comida, por su arquitectura, por su historia, por sus celebraciones, por su naturaleza. Y después está Chefchaouen, que es un pueblito de Marruecos famoso por su color: el azul.

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Chefchaouen tiene unos 45 mil habitantes, está ubicado en la ladera de una montaña y está dividido en dos: la parte “moderna” y la medina. Pero la magia, como en todas las ciudades marroquíes que conocí hasta ahora, está en la medina. Aunque esta, a diferencia de la de Tanger, Tetouan y Fes (de la cual escribiré próximamente) es extremadamente silenciosa, inmóvil y tranquila. Podría decirse que es una medina tímida y relajada.

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Chefchaouen (que significa “mira los picos”, por su cercanía a dos montañas) nació como base de las tribus berber en el siglo 15. A fines del 1400, el asentamiento creció gracias a la llegada de refugiados judíos y musulmanes de Granada. Ellos construyeron las casitas blancas de techos rojos, pero fueron los judíos quienes le dieron el toque azul a las paredes, allá por 1930.

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No les voy a mentir: Chefchaouen es bastante turístico. Viendo lo encantador que es el lugar, es imposible que no lo sea, pero el acoso de los marroquíes que te ofrecen menúes, tatuajes de henna, artesanías y kif a casa paso, cansa. El sector más comercial es la plaza Uta el-Hammam, donde están concentrados los restaurantes “tradicionales” y los hombres que descansan al sol con su dejllabas. En las paredes de las calles aledañas hay filas de carteras, bolsos y zapatitos colgados en exposición, así como personas que intentarán venderte a todo momento.

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Mi consejo: aléjense de las calles principales, caminen, suban y bajen escaleras, piérdanse entre las casitas azules y van a encontrar lo que realmente vale la pena: a los habitantes viviendo su rutina normalmente, sin poses ni intenciones de vender, vestidos (especialmente las mujeres) con ropas brillantes que contrastan con el azul lavado que los rodea. Van a ver a los nenes jugando a la pelota, a las mujeres charlando en las puertas, a las nenas reunidas en alguna escalera.

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Varias personas me preguntaron cómo es la experiencia de viajar como mujer en Marruecos. Yo voy a todos lados con Andi (compañero de viajes y guardaespaldas), así que probablemente no se me acercan tanto como lo harían si estuviera sola. Hay muchos hombres que me miran y, cuando me pasan al lado, me susurran en árabe (no sé si el equivalente de ese susurro será “Se te cayó un pétalo, flor de las praderas” o “Ay mamita las cosas que te haría”, pero tampoco quiero saberlo). Conocimos a dos chicas que viajaban solas y nos dijeron que los marroquíes se les pegaban constantemente para ofrecerles, además de alojamiento, menúes, kif y demás productos, una que otra noche de amor (o, incluso, matrimonio). 

Sin embargo, ser mujer viajera tiene sus ventajas. Cada vez que hago contacto visual con alguna marroquí, le sonrío. Y ella, a cambio, también me sonríe. Por unos segundos, hay una conexión en la que no se intercambian más que sonrisas, ese lenguaje que traspasa fronteras y no sabe de idiomas. Y cuando dos mujeres de dos culturas distintas se sonríen, no hay doble mensaje ni malentendidos de por medio (como sí podría ocurrir si le andara sonriendo a todos los hombres marroquíes que me cruzo). Hay, más bien, una complicidad. Un “podremos hablar idiomas diferentes y usar ropa distinta, pero en el fondo las dos somos mujeres y nos entendemos sin palabras”. 

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Foto backstage: Andi

Una tarde, Andi me dejó sola y se fue a trancarolear (ver “El trancarolear y la santa doctrina trancarolense” para comprender de qué se trata esa acción, o más bien inacción, creada por mi co-equiper), así que me fui a caminar sola por la medina azul. Me crucé a un grupo de nenas que estaban jugando con una soga y me pidieron que les sacara una foto. Mientras estaba ahí, aparecieron tres chicas de mi edad, me saludaron y me preguntaron mi nombre. Una de ellas hablaba un poquito de inglés, otra hablaba algo de francés y la tercera solamente árabe. Enseguida me agarraron del brazo y me llevaron a caminar con ellas. Me sentí como en China, cuando tres chicas con las que casi no pude intercambiar palabra me adoptaron de compañera de viaje por dos días. Así que nos fuimos las cuatro cual buenas amigas y terminamos, como siempre, teniendo conversaciones en árabe y en español, sin entender lo que la otra decía, pero felices de estar compartiendo un trayecto del camino juntas.

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[box border=”full”] Información útil para visitar Chefchaouen:

  • Cambio (febrero 2011): 1 euro = 11 dirham
  • Bus de Tetouan: 15 dirham (una hora y media de viaje)
  • Alójense en la medina. Hay hostels por 50 dirham por persona en dormitorio compartido o habitaciones privadas para dos por 100-150 dirham en total.
  • Los menúes en los restaurantes turísticos están alrededor de 50 dirham (entrada, plato principal, postre). Un desayuno, entre 20 y 25 dirham.
  • Botella de agua de 1.5 L: 6 dirham
  • Hamburguesa: 13 dirham
  • Kebab: 18 dirham[/box]

“Bienvenidos a nuestro mundo”: Tres días en la medina de Tetouan

Hay algo que ocurre entre el viajero y cada ciudad a la que llega. Existe un momento —a veces efímero, a veces perdurable, a veces paradójicamente inexistente— en el que el ritmo vital de ambos —opuesto, distinto, desincronizado por naturaleza— se funde, se combina en un mismo fluir. El viajero —extraño— pasa a formar parte de esa nueva realidad —extraña—, se sumerge tanto en lo que sucede a su alrededor que se convierte en un elemento más del paisaje. Y, cuando eso ocurre, el viajero experimenta eso que tanto ansía cada vez que entra en contacto con una cultura nueva: la autenticidad.

[singlepic id=3842 h=800 float=center] Tomando el té con Nourdin, el dueño de la pensión donde nos alojamos

[singlepic id=3832 w=800 float=center] Me hice amiga de una nenita en la calle y, cuando me dio un beso en el cachete, me dieron ganas de secuestrarla y llevármela en la mochila por el mundo.

[singlepic id=3921 w=800 float=center] Una de las tantas fotos que le saqué.

[singlepic id=3847 w=800 float=center] Un grupo de chicos que se divirtió posando para nuestras cámaras.

Todo empezó cuando nos sentamos a descansar en un banquito a unas diez cuadras de la estación de buses de Tetouan y se nos acercó un tal Mohammed —aprovecho para comentarles que está estadísticamente comprobado que Mohammed es el nombre más común del mundo— para ofrecernos lo de siempre: alojamiento, comida, tours, kif o todo lo anterior combinado. Nos habíamos tomado el bus local de Tanger a Tetouan (a una hora de distancia) y habíamos llegado a una ciudad de la que sabíamos muy poco: que tenía una mezcla arquitectónica árabe y andaluza, que era poco turística y que tenía una de las medinas (cascos históricos o ciudades árabes antiguas) mejor preservadas de Marruecos.

Mohammed nos ofreció galletitas y nos hizo el cuestionamiento de siempre (De dónde son, De qué parte de Argentina, Hace cuánto están en Marruecos, Primera vez que vienen a Tetouan), seguido del clásico: “Mi abuela tiene una pensión en la medina. Muy limpia, muy barata. Los llevo. 100 dirham por los dos”. Le dijimos que si nos la dejaba por 40 dirham (€ 4) cada uno iríamos, pero no dio el brazo a torcer. Nos propuso que si nos quedábamos ahí, “en lo de su abuela” (a la cual jamás vimos ni en figuritas), él nos haría un pequeño tour por la medina más tarde completamente gratis (subrayo lo de “gratis” porque fue algo que repitió varias veces). Como no teníamos alojamiento reservado de antemano y no sabíamos muy bien cómo llegar caminando a la medina, decidimos seguirlo para ver “la pensión de su abuela”. Caminamos cuesta arriba hasta la Plaza Real, cruzamos uno de los arcos de entrada a la medina y llegamos a una típica casa árabe/andaluza del año 1600. Nos quedamos.

 [singlepic id=3812 w=800 float=center] Nuestro primer almuerzo “comunitario” en la pensión

Era hora de almorzar y Nourdin, el dueño de la casa (a quien luego apodaríamos “Bravo” por su efusividad y su repetición constante de la palabra “bravooo” cada vez que hacíamos o decíamos algo) nos invitó a sentarnos con ellos a comer couscous. En la mesa conocimos a Canario (un hombre de unos 70 años que dedicó su vida a preparar café y era conocido por su voz cantante), a Fátima (mujer de la casa) y a su hijo Jafar. Tomamos un té de bienvenida y salimos con Mohammed a recorrer el laberinto blanco: la medina, esa ciudad dentro de la ciudad.

[singlepic id=3834 h=800 float=center]  Algunas imágenes de la medina por dentro

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Para un recién llegado (en este caso, dos) sin experiencia en medinas (estas mini-ciudades árabes antiguas que existen en la mayoría de las ciudades marroquíes), orientarse en uno de estos lugares es casi imposible. Las calles forman todas esas letras curvas y sinuosas —eses, ces, jotas— que incentivan a cualquiera a perderse; dentro del laberinto hay escaleras, arcos, pasadizos, cuadrados centrales, rincones, recovecos, huequitos. Las calles, además de ser angostísimas, nunca están despejadas: hay puestos de venta, personas apoyadas, trabajadores sentados en el frente de sus locales, hombres cortando madera, hombres pintando cuero, mujeres vendiendo frutas, chicos jugando a la pelota, musulmanes caminando hacia alguna de las tantas mezquitas para el rezo, gatos buscando comida, gallos sueltos. Las fachadas de las casas están pintadas de colores pasteles y contrastan a la perfección con la ropa brillante de las mujeres. Hay movimiento a toda hora, un ir y venir constante de gente, ruidos, música, gritos de los niños, conversaciones entre vecinas, ofertas en los mercados, el llamado de las mezquitas. Donde no hay color, hay carteles. Donde no hay ruido, hay graffitis que gritan en árabe.

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Según nos explicó Mohammed, la medina está subdividida en “barrios” o sectores, cada cual con su propia mezquita, su escuela y sus mercados. Pero los mercados, además, están organizados por rubro: en un sector está el mercado de madera, en otro el de cuero, más allá el de productos de cocina, por ahí el de animales, más adentro el de frutas y verduras, bajo techo el de “snacks” y dulces, en otro rincón el de ropa y alfombras, en el centro el de especias y desparramados por ahí los puestos de hierbas medicinales y café. El ritmo de vida de las personas parece estar marcado por esta vida callejera de los mercados; en la medina de Tetouan cada cual tiene su oficio y lo realiza todos los días incansablemente en beneficio de su comunidad. Eso fue lo que sentí ahí adentro: un ambiente comunitario donde todos trabajan en pos de mantener a esa pequeña sociedad en pie.

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En invierno, cuando baja el sol, el aire de la medina se vuelve casi helado y los pies y las manos empiezan a congelarse. Así que antes de que oscureciera, Mohammed nos llevó a la salida de la medina y a caminar cuesta arriba para ver la ciudad desde otro ángulo. Ahí fue cuando se puso pesado: “Amigos, ya que perdí (sic) tres horas con ustedes, denme 10 euros para mis niños”. Como habíamos quedado en que el paseo por la medina era gratis, la actitud nos molestó (por lo menos a mí). Nos presionó de tal manera (con oferta de droga a cambio y todo) que finalmente le dimos 50 dirham (€ 5) entre los dos para que se fuera, porque no quería dejarnos solos hasta que no le pagáramos. No volvimos a ver a Mohammed durante nuestra estadía en Tetouan. Y si eso empañó un poco el día, todo lo que vino después lo “desempañó” de sobremanera.

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Durante nuestra estadía en la pensión, Nourdin (“Bravo”) nos invitó a tomar por lo menos veinte tés de hierbas. También nos dio clases de homeopatía, su especialidad, y nos enseñó las propiedades curativas de las ocho plantas con las que prepara su té. Nos invitó a comer tajine y cous cous (platos típicos de acá) con él, Fátima, Canario y Jafar del mismo plato “como hermanos”. Nos transmitió enseñanzas acerca de la vida (con frases como “Mi tierra es donde me siento bien”, “Sin esperanza la vida será corta” y “Si no tienes nada que dar al pobre, dale una sonrisa”). Nos mostró lo arraigado que están en su cultura la hospitalidad y el compartir (ya sea con la familia o con extraños). Nos mostró fotos de su país y nos pidió que le mostráramos fotos de nuestros viajes. Nos sorprendió con su conocimiento de varios idiomas (acá pareciera que todos hablan árabe, español, francés e inglés) y de varias culturas. Nos enseñó palabras y expresiones en árabe. Nos festejó todo lo que decíamos con una sonrisa y un “bravooo”. Me apodó “reina” (y, cada vez que tomamos té, brindamos con un “¡Larga vida a la reina! ¡Bravooo!”) y, antes de irme, me regaló un djellaba (la vestimenta típica de los marroquíes) para protegerme del frío.

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Durante nuestra breve estadía, nos dio la bienvenida a su mundo. Y ahora, mirando hacia atrás, entiendo que caímos “en paracaídas” en un lugar que tiene un ritmo que existe hace siglos, un lugar donde la vida incluye tés de hierba, platos de comida que se comen con la mano y entre todos, pipas que se fuman en cada esquina, mercados que se arman y se desarman todos los días y Mohammeds que buscan ganar algo de dinero como sea. Y si aquel Mohammed en particular me hizo preguntarme hasta qué punto confiar en los marroquíes, Nourdin nos demostró que para muchas personas el intercambio más ansiado con el viajero no es el monetario, sino el humano, el de la experiencia, el de la transmisión de conocimientos. Así como el viajero busca conectar con la cultura a la que llega, el local también busca conectar con el que viene de lejos. Cuando eso sucede, nace lo auténtico y, personalmente, no puedo pedir nada más.

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[box border=”full”] Datos útiles y consejos para visitar Tetouan:

  • La medina de Tetouan es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y una de esas joyitas inexploradas… Mi consejo: no se la pierdan.
  • Bus de Tanger a Tetouan: 13.50 dirham, una hora (€ 1.20)
  • Alojamiento en la medina de Tetuan: 100 dirham por habitación privada (€ 10) (si regatean más se consigue hasta por 60 dirham para dos personas). Por si quieren quedarse en lo de Nourdin, esta es la info: Hotel Afrika, Plaza Palacio Real, Calle Kaid Ahmed 17 (Novedad! Ahora tienen página web: hotelafrica.org)
  • Sandwich: entre 6 y 20 dirham (según el tamaño y los ingredientes)
  • Dulces: 2 dirham por unidad
  • Bus de Tetouan a Chefchaouen: 15 dirham (una hora y media de viaje)[/box]

Bautismo marroquí

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[singlepic id=3797 w=615 float=center] La medina de Tanger

Apenas cruzamos uno de los tantos arcos que hace de entrada a la medina (“ciudad vieja”) de Tanger (Marruecos) sentí que los cinco sentidos se me reactivaron de golpe, como si un viento fuerte me hubiese pegado de lleno en la cara y me hubiese despertado de un letargo. Me vi a mí misma de lejos, extranjera, con mochila, parada en medio del movimiento, la gente y los colores de una ciudad africana/árabe. En Tanger. En Marruecos. En África. EN ÁFRICA. Hacía menos de dos horas estábamos en España, en un pueblito con un ritmo muy tranquilo y un ambiente muy silencioso… y de repente bajamos del barco y caímos en una ciudad marroquí enloquecida, en un lugar que fue elegido por varios escritores de la generación Beatnik para vivir y para escribir y que inspiró obras literarias famosas como El cielo protector de Paul Bowles. ¿Qué los habría enamorado de Tanger? Pero, sobre todo, ¿cómo podía ser que dos mundos tan distintos estuvieran a tan pocos kilómetros de distancia?

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[singlepic id=3809 w=615 float=center] Tarifa

Nuestra última parada en España fue Tarifa, pueblo portuario ubicado entre el Atlántico y el Mediterráneo, meca del windsurf y del kitsurf (por el viento, claramente) y uno de los puntos de cruce de Europa a África. Pasamos la noche ahí (había un sólo bus de Jerez a Tarifa y llegaba de noche) y la mañana siguiente recorrimos la parte histórica de Tarifa. Un pueblito lindo y tranquilo, con mucha construcción blanca, con mucho empedrado, con algunas personas sentadas en mesitas al sol, pero con nadie que nos mirara dos veces. Al mediodía nos fuimos caminando al puerto (todo queda cerca) y sacamos pasaje para el siguiente ferry a Tanger. 35 euros por un viaje de aproximadamente una hora, con mar picado y bolsita para el mareo —por si acaso— incluidas. Y antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos en el norte de África.

[singlepic id=3810 h=615 float=center] Gente simpática en Tarifa

[singlepic id=3811 w=615 float=center] El ferry

Marruecos es uno de esos países “polémicos” de los que me dijeron muchas cosas. Los que nunca viajaron a Marruecos me repitieron con voz de alerta: “Tené cuidado, mirá que eso no es Asia”, “No vayas sola, es peligroso”, “Marruecos es un país jodido (difícil)”. Los viajeros que ya estuvieron me aseguraron: “¡Te va a encantar!” (con miradas que denotaban envidia y ganas de volver), “Los marroquíes son muy hospitalarios y simpáticos” y “Te van a querer vender lo que sea y como sea, así que preparate para el acoso”. (Digresión necesaria. Caso de estudio N.1 referente al acoso marroquí: Pocos días antes de cruzar de España a Marruecos empecé a recibir mails de un tal “Hamid” dándome la bienvenida a su país por adelantado y ofreciéndome tours al desierto en 4 x 4. No sé quién es Hamid ni cómo me encontró, pero recibí mails, mensajes privados por Facebook, posteos en el muro y comentarios en todas mis actualizaciones con su oferta de tours por Marruecos. ¿Un adelanto de lo que me esperaría, tal vez? Casi me desilusionó no verlo al pie del ferry, esperándome con un cartel con mi nombre).

[singlepic id=3766 w=615 float=center] Vendedor callejero en Tanger

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Los marroquíes que conocí en España (hay muchos que están trabajando ahí) me ayudaron a armar una ruta de viaje (todavía guardo los mapitas que me improvisaron en servilletas), me dieron varias recomendaciones y me dijeron: “Mi país es bellísimo, pero ten cuidado de que no te engañen, ya que hay muchos marroquíes que buscan aprovecharse de los turistas”. ¿Por qué será que si digo que me voy a Europa todos dicen “ay qué lindo” y si digo que voy a África me dicen “tené cuidado”? Si al fin y al cabo hay gente mala en todos lados. Yo creo que cuanto más distinta es la cultura, más nos genera esa sensación de “peligro inminente”. En fin…

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Salimos del puerto de Tanger sin saber muy bien para dónde caminar, pero con un objetivo claro: encontrar la medina (la parte histórica de Tanger) y quedarnos ahí. Se nos acercaron algunos taxistas y guías (“oficiales” y no oficiales) que nos ofrecieron llevarnos a pasear. Todos hablaban español y con un No, gracias fue suficiente para que pasaran a otra cosa. Finalmente aceptamos que un guía nos acompañara hasta la entrada de la medina (que estaba a pocas cuadras) a cambio de que viéramos el hotel que nos recomendaba (y que, obviamente, le daría una comisión si nos quedábamos). Lo vimos, nos pareció caro y nos acompañó a buscar una pensión. Regateamos el precio, dejamos las mochilas y, después de aprender unas expresiones básicas en árabe (como la shokran que significa “no gracias” y salam, el saludo tradicional que significa “paz”) salimos a perdernos por la medina.

[singlepic id=3790 w=615 float=center] La medina vista de afuera…

[singlepic id=3776 h=615 float=center] … y su vida por dentro

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Creo que los habitantes de la medina de Tanger deben estar cansados de ver tanto extranjero boquiabierto y sacando fotos a lo loco. Uh, ahí viene otro que acaba de bajar del barco, pensarán. Pero es inevitable no sentir asombro, éxtasis y (en mi caso) una sensación de familiaridad ante la vida cotidiana de los marroquíes. De repente empecé a ver colores que hacía tiempo no veía en las paredes de las casas: rosa, turquesa, amarillo, salmón, verde manzana. Sentí olores y sonidos que me transportaron de vuelta a Asia: el aroma de las especias, los bocinazos, la música, los saludos, las motos, el llamado a rezar de las mezquitas. Presencié nuevamente esa costumbre de realizar los oficios en las calles: vi peluqueros, vendedores, zapateros, talladores trabajando a puertas abiertas. Otra vez los mercados y el regateo. Otra vez la comunicación mediante la sonrisa y los gestos. Otra vez esa facilidad para entablar conversaciones con desconocidos a cada paso. Otra vez eso de sentir que “todos están para la foto” (con esos fondos y esa ropa, Tanger es como un set de fotografía). Otra vez esa cultura de la calle que tanto me gusta y que tanto extrañaba. Si bien sé que estoy en África, me siento más cerca de Indonesia (por la cultura musulmana), de Asia (por la vida callejera) y de Medio Oriente (por la cultura árabe).

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Caminamos por la medina hasta que empezó a hacer frío, acá es invierno y cuando baja el sol el frío se siente mucho (leí por ahí que Marruecos es “un país frío con un sol fuerte” y me parece bastante acertado, aunque me dijeron que en verano no se puede estar afuera por el calor que hace). Subimos y bajamos escaleras, nos perdimos por el laberinto de callecitas angostas, nos cruzamos con gallos y gatos, con chicos jugando al fútbol, con hombres vestidos con su djellaba (una túnica típica con capucha), con mujeres, sus velos y sus vestimentas largas. Las mujeres y las chicas me sonrieron. Los hombres me miraron con curiosidad (algunos con demasiada curiosidad, hasta que lo vieron a Andi cerca y desistieron). Algunos aceptaron posar para las fotos y otros se negaron rotundamente (las reacciones son bastante extremas: o les encanta que les saques fotos o se enojan si ven una cámara). Muchas personas nos hablaron en la calle: “¡EEEh! ¡Españoles!”, “No, argentinos”, “¡Ohh, argentinos! ¡Maradona! ¡Che! ¡Messi!”. Varios quisieron vendernos cosas pero no fueron muy insistentes.

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A media tarde estábamos caminando por la parte “moderna” de la ciudad, en las afueras de la medina, cuando se nos acercó Norim, un marroquí al que posteriormente apodamos “Quesito” (y, cuando lo recordamos con cariño, le decimos “cómonoscagóquesitolaputamadreee”). No recuerdo cómo empezó la conversación, pero fue la típica que tuvimos durante todo el día con distintos marroquíes: “¿Españoles? ¡Oh argentinos! ¿Hace cuánto están en Marruecos? ¿Ya conocieron (tal y tal lugar)?”. Este hablaba perfecto español (hasta decía “tío”, “¡venga!” y todas esas expresiones que me resultan tan simpáticas) así que caminamos un rato con él. Le preguntamos dónde quedaba la Kasbah y nos dijo que él nos podía llevar, pero enseguida le respondimos que no necesitábamos guía, muchas gracias (porque ya nos dimos cuenta de que cada vez que un marroquí se ofrece a llevarte a algún lado o darte algún servicio como leerte un cartel que no necesita traducción o aportar un dato de color acerca de la pared contra la que estás apoyado te pedirá algunos dirham a cambio pocos minutos después). Nos dijo que no nos quería cobrar, que lo hacía de amistad (“de onda”) (eso dicen todos), que lo siguiéramos, que él iba a mostrarnos varios lugares interesantes de la ciudad. Caminamos unos 45 minutos, vimos los lugares interesantes, charlamos, nos sacamos fotos y le pedimos que nos dijera dónde había un supermercado como para dar por terminada nuestra fugaz amistad callejera. Pero insistió en acompañarnos al super y cuando estábamos en la caja a punto de pagar nuestra humilde compra del papel higiénico, shampú y jabón más barato que encontramos, nos dijo: “¿No me compran un quesito para el niño?” y trajo una caja de quesitos que nos agregó unos tres euros al total de nuestra compra. La verdad es que nos dio cosa decirle que no en esa situación. Le dimos el quesito, salimos del super, se despidió y desapareció. Quesito fue nuestro bautismo marroquí.

[singlepic id=3764 w=615 float=center] Con Andi y Quesito

Volvimos a la pensión a eso de las 7 de la tarde y me pasó algo que hace tiempo no me pasaba: me quedé profundamente dormida a las 8 de la noche, levanté la cabeza a eso de las 11 pero no pude moverme, tenía una somnolencia demasiado fuerte así que seguí de largo hasta las 9 de la mañana siguiente. Dormí más de 12 horas, agotada de tantos estímulos, como si cada uno de mis sentidos necesitara horas extra de descanso para recuperarse de todo lo que había visto, olido, escuchado y vivido durante mi primer día en Marruecos.

[singlepic id=3795 w=615 float=center] Charlando con otro amigo marroquí que algo nos quería vender (ya ni me acuerdo qué)

[box border=”full”] Datos útiles para cruzar de Tarifa a Tanger:

  • Bus de Jerez a Tarifa: € 9 (dos horas)
  • Posada en Tarifa (cama en dormitorio compartido): € 12
  • Envío de una carta simple de España a Argentina: € 0.85
  • Cruce en ferry de Tarifa a Tanger: € 33 o € 35 (hay dos compañías de ferry, el viaje dura alrededor de una hora)
  • Con pasaporte argentino no se necesita visa para ingresar a Marruecos y la estadía es de 90 días
  • Es mejor cambiar dinero en Marruecos, ya que dan un cambio más favorable (en Tarifa nos ofrecían € 1 = 9 dirham)
  • Cambio (en febrero de 2012): € 1 = 11 dirham
  • Pensión dentro de la medina de Tanger: 110 dirham por una habitación doble (€ 5 c/u)
  • Agua de 1.5 litros: 3 dirham
  • Sandwich (con atún, huevo, vegetales, salsas): entre 6 y 14 dirham (según si es medio sandwich o entero) (con carne cuesta alrededor de 20 dirham)
  • Pan casero con queso y mantequilla: 4 dirham
  • Cosas dulces (simil alfajores y milhojas): 2 dirham c/u
  • En Tanger se habla árabe, pero gran parte de la gente entiende y habla español, francés e inglés
  • Regateen todo lo que puedan [/box]

[Próximo capítulo: Dos días en la medina de Tetouan y la famosa hospitalidad marroquí]

Una dosis de Andalucía (o: Voy a Marruecos y vuelvo)

Pasaron dos meses desde que aterricé en Madrid. Dos meses de estar en Europa por primera vez en mi vida. Dos meses de estar en un país lejano —por eso de que hay que cruzar todo un océano— y cercano a la vez —por eso de que la cultura es muy parecida a la nuestra—. “El Plan” era estar en Marruecos en enero pero, como decimos en Argentina, “colgué”. Colgué y me quedé en Barcelona mucho más de lo que pensaba, colgué y me quedé “un día más” varias veces en varios lugares. Me acostumbré tanto a estar acá que por un lado no me quiero ir, aunque por otro Marruecos me espera. Y después, España me espera otra vez.

[singlepic id=3711 w=625 float=center] Sevilla

[singlepic id=3720 h=625 float=center] Cádiz

España me gusta mucho. Tanto, que me pasa eso que siempre me ocurre cuando llego a un lugar al que sé —o por lo menos supongo— que voy a volver: no voy a “todos lados” y me justifico mentalmente con el “tal ciudad/pueblo lo dejo para la próxima”. ¿Estará bien pensar así? ¿O lo mejor será ver todo lo posible en un solo viaje, siguiendo la filosofía del carpe diem viajero? Yo creo que voy a volver, pero ¿y si mañana me sale una propuesta para irme a Micronesia y me quedo allá? ¿Habrá que serle fiel al “No dejes para mañana lo que puedes viajar hoy”? Bueno, la cosa es que ya me voy de España y no vi ni la mitad. Aunque, si lo pienso así, viajé mucho pero no vi ni la mitad de nada. El mundo es inabarcable y hay que elegir. Pero en este caso, como les digo, volveré. Además tengo una excusa: quiero conocer mucho más de Andalucía, una región de la que me vienen hablando hace tiempo.

Llegamos (con Andi —alias El Sireno—, bloggero de viajes a quien presenté en el post anterior y con quien viajaré a Marruecos) a la casa de mi amiga Noelia en Jerez el jueves pasado y, con solo caminar por la calle, ya sentí un aire distinto. Para empezar, me encanta cómo hablan acá. Mushasha, rebaná de pan, andalú, musho. Lo primero que me dijo Víctor, el novio de mi amiga, es que yo “hablo flojito” (bajito). No, es que acá hablan fuerte. Voy por la calle y me entero de . Voy en el tren y me tiento escuchando la risa contagiosa de cuatro mujeres que se la pasan todo el trayecto divertidas. Voy en el bus y me río escuchando la conversación telefónica de una chica que le dice a la mamá “que no sea gilipollas”. Voy a cenar a un bar y me entretengo con las discusiones futboleras acaloradas (¡que no fue penal! ¡que sí, joder!). Sería un pecado caminar por Andalucía escuchando música. Me perdería lo mejor.

[singlepic id=3761 w=625 float=center] Barcito en Cádiz

[singlepic id=3654 h=625 float=center] Jerez

[singlepic id=3651 h=625 float=center] Mercado de flores en Jerez

El viernes nos fuimos a pasar el día a Cádiz, a 45 minutos en tren de Jerez. Qué lugar. Un día es demasiado poco. No sé si a alguno le pasó, pero por momentos me sentí en alguna calle del Centro Histórico de Cartagena de Indias (Colombia). No digo que sean iguales porque, para empezar, en Cádiz es invierno y en Cartagena siempre hace calor. Además el centro histórico de Cartagena está restaurado y Cádiz, en cambio, luce con orgullo sus paredes despintadas y descascaradas (que, personalmente, me encantan). Pero durante un rato sentí un ambiente muy “caribeño” de vida al aire libre, un ajetreo callejero con vendedores en cada esquina gritando ¡el kilo a eurooo!, con mujeres cargando productos en la cabeza, con gente entrando y saliendo aceleradamente de los mercados. Y ese olor a mar que se siente desde cualquier parte, esa sal en el aire que delata que, muy cerca, hay un océano.

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Caminamos toda la mañana por la zona antigua de Cádiz, nos perdimos entre las callecitas angostas y, a eso de la 1 del mediodía —temprano para el horario español de alimentación— entramos a un supermercado, compramos pan fresco y fiambres y nos hicimos unos sandwiches en un banco de la Plaza de las Flores (el almuerzo del mochilero low cost). A nuestro alrededor, todo era movimiento: mujeres que pasaban con sus carritos de compras, gente que entraba y salía de la oficina de correos, perros que corrían, palomas que volaban, flores que se vendían. Cuando terminamos de comer, descansamos un rato (o, término que acuñó Andi en su blog: trancaroleamos) y salimos a caminar otra vez, con ganas de ver toda esa gente y toda esa vida que habíamos experimentado por la mañana. Pero oh sorpresa: las calles estaban vacías. Entre las 2 y las 5 de la tarde lo único que vimos fueron locales cerrados (con persianas bajas y todo), alguna que otra mujer paseando al perro, algún que otro hombre cargando bolsas, algún que otro extranjero caminando por ahí y un grupo de viajeros hippies haciendo acrobacias y música frente a la inmensa Catedral. Acá el horario de siesta es sagrado y a mí todavía me resulta increíble cómo se respeta a rajatabla. Me parece genial que todo un país se ponga de acuerdo para irse a dormir y para después levantarse y seguir como si nada. Falta un altoparlante con ruido de alarma para despertarlos a todos.

Antes de la siesta…

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… y durante la siesta :)

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Conclusión:

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El sábado nos fuimos a Sevilla. No estaba en nuestros planes (hace días que estamos diciendo, “Vamos ya a Marruecos y cuando volvamos visitamos tal lugar de España”), pero al parecer había una fiesta de despedida de dos chicas alemanas amigas de Andi que están de Erasmus —¡todo el mundo está de Erasmus acá! (algo así como de intercambio universitario en otro país de Europa)— en Sevilla, así que fuimos a la fiesta y terminamos quedándonos tres días. Llegamos de noche y yo ya iba embobada desde la ventana del bus: ¡qué arquitectura por favor! Qué lindas que son las formas árabes, los detalles curvos, las ventanitas, los colores. Qué lindo ir caminando entre todos esos balcones y escuchar que, por alguna ventana, se escapan canciones de flamenco. Qué lindos los naranjos que adornan, en fila, toda la ciudad. Aprovecho para preguntar: ¿Cómo es el tema de los naranjos acá? Están por todos lados, pero no vi a nadie sacando naranjas de los árboles. ¿Queda mal que me lleve algunas para comer más tarde?

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Me gusta mucho la simpatía de la gente hacia los desconocidos, me gusta que respondan al pedido de indicaciones e incluso agreguen más información y datos de color; me gusta verlos reunidos en las cervecerías, en los parques, al aire libre; me gusta que Sevilla sea una ciudad de bicicletas y me gustan, sobre todo, las intervenciones artísticas que tienen los tachos de basura, las paredes, los carteles y las señales de tráfico. Podría decirles que visiten Plaza España, el barrio de Triana, la Catedral, el barrio de Santa Cruz y sus callejuelas, el Centro… pero creo que el mejor consejo que puedo darles a la hora de viajar es piérdanse, caminen sin mapa —guárdenlo en el bolsillo por si acaso—, pero sigan su instinto, déjense llevar por la ciudad o el pueblo que visiten. Y si necesitan indicaciones, pregunten. En ningún lugar del mundo me negaron una indicación; muchas veces me dijeron cualquier cosa, pero es otra buena excusa para hablar con más gente o para perderse un ratito más por ahí.

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Jerez, Cadiz y Sevilla fueron mi pequeña y primera dosis de Andalucía, zona que quiero seguir recorriendo. Pero ahora sí, basta de seguir estirándolo. Mi mamá me informa vía mail urgente que se viene una ola de frío polar a España así que huimos a África ya mismo. Cuando ustedes lean esto, nosotros ya habremos cruzado el estrecho y estaremos aprendiendo los códigos de un país nuevo: Marruecos.