Pequeños momentos cotidianos de nuestros 40 días en Bali

How we spend our days is, of course, how we spend our lives.
What we do with this hour, and that one, is what we are doing.
(Annie Dillard)

Parte 1: 10 días en Seminyak

Llegamos a Indonesia a fines de diciembre. Cuando empezamos a descender sobre el aeropuerto de Denpasar le pregunté a L si el avión se estaba cayendo. Yo no quería viajar a Bali. La primera vez que vine, en el 2010, no me gustó. La segunda vez que vine, en el 2011, tampoco me gustó. Pero acepté volver porque L ama el surf y yo amo a L —lo cual no quiere decir que no haya elaborado teorías conspirativas acerca de todas las cosas horrorosas que nos iban a pasar en Bali, incluyendo dengue, estafas, accidentes aéreos y tiburones asesinos. En el aeropuerto nuestro equipaje tardó más de una hora en aparecer, no aceptaron mi billete de 100 dólares porque era “muy antiguo” y tuvimos que empezar a regatear apenas salimos a la calle. Nos pedían 250.000 rupias por un viaje que, según nos había dicho la dueña del guesthouse donde nos quedaríamos los primeros días, no costaba más de 80.000. Cerramos con un conductor por 150.000 y en el trayecto nos contó que había vivido diez años en Estados Unidos, trabajando en cruceros, pero decidió volver a Bali por homesickness: extrañaba su isla. “Aunque esto cambió mucho en los últimos años”, nos dijo.

Bali tiene una cultura muy distinta al resto de Indonesia, debido a su historia y religión (les recomiendo mucho leer al respecto). Pero, a la vez, es uno de los destinos más turísticos del mundo, y eso tiene sus efectos.

Estuvimos 10 días en un guesthouse en Seminyak, cerca de Kuta, zona a la que me había prometido no volver jamás. La dueña era una javanesa casada con un francés, a quien queríamos conocer pero nunca vimos. “Está en Francia, no sé cuándo va a volver”, nos dijo ella, y no me animé a preguntar más. Una mañana, una de sus hijitas franco-indonesias me agarró la mano y me llevó a dar vueltas por el jardín. Le dije hello y no contestó, le dije bonjour y se hizo la tonta, le pregunté “bahasa?” (¿indonesio?) y me respondió “yaaa!” (sí) como queriendo decir por fin le acertaste al idioma. Después entró a nuestra casa y se quiso llevar todas mis washi tapes. Se me subió a upa —me sorprendió lo livianita que era— y me indicó con el dedo hacia dónde debía moverme para transportarla. A la mamá le dio vergüenza y le dijo que se baje. Me preguntó si teníamos hijos. Le dije que no. “Mejor esperen”.

Todos los días caminamos veinte minutos hasta la playa siguiendo una vereda que dibujaba una S. Una vereda: algo raro en Indonesia, donde la gente va en moto a cualquier lugar que quede a más de cincuenta metros. En el camino veíamos restaurantes de western foodwarungs (puestos de comida local), ofrendas pisoteadas, resorts all inclusive, villas con cuartos en alquiler, templos entre medio de las casas y estatuas cubiertas con sarongs cuadriculados. Íbamos esquivando motos, vendedores y perros. Al llegar a la playa nos sacábamos las ojotas y la arena nos quemaba los pies. El mar estaba más caliente que el aire. Los días de marea baja, el agua se llenaba de plásticos y papeles que se me enganchaban en las piernas y me hacían pensar, por unos segundos, que un pez me había tocado. Yo me quedaba nadando una media hora y salía, me acostaba en la arena y lo esperaba a L mientras bajaba el sol. Vimos el atardecer 10 días seguidos y nunca dejó de impresionarme el color rosa del cielo y la consistencia firme de las nubes. Aparecieron barcos-barriletes y los dibujé mentalmente mientras comía arroz con tofu en un paquetito armado con papel madera. Fueron días de andar sin teléfono, de leer revistas en la playa y quedarnos dormidos sobre la arena mientras se hacía de noche y sentíamos las pisadas de la gente que llegaba para ir a alguno de los bares de la costa.

El barco pirata barrilete.

Festejamos año nuevo caminando sin rumbo por las calles de Seminyak hasta las 2 de la mañana. Vimos grupos de extranjeros bailando canciones de Katy Perry en la calle frente a algún bar y le dije a L, con tono de documental: “Aquí podemos observar las tradiciones típicas de la isla de Bali”. Contamos la cantidad de veces que alguien nos dijo “yes, motorbike?” y al número 30 nos cansamos. El primero de enero fue domingo y la playa estaba llena de vendedores ambulantes de cornetas con forma de dragón y de familias reunidas frente al agua. Hubo fuegos artificiales durante el día y música electrónica desde temprano. L me contó que en las discotecas de St. Tropez hay gente que compra botellas de champagne de 10.000 euros y el mozo las trae en una bandeja con velas-bengala mientras el dj corta la música y pone una canción especial. Nos divertimos imitando ese momento. Me metí al mar con ropa porque me sentí muy observada, había mujeres nadando con el velo. Vi cómo un nene le pegaba arena en la cola a su mamá mientras ella hablaba con una amiga. Vi el mar sin olas. Esa noche volvimos caminando, frenamos a comprar comida y el dueño de un restaurante me regaló un vaso de jugo de sandía mientras esperaba mi nasi campur. Sentí que empezaba a reconciliarme con Bali, que ya no le pedía tanto y, a cambio de eso, la isla me daba más.

Durante esos días soñé mucho y muy vívido. Soñé que en Bali había vendedores ambulantes de lápices de colores y que el aire acondicionado se desprendía de la pared y se caía sobre una mesa. Una mañana salí a buscar la ropa que habíamos dejado en el laundry y a mitad de camino me di cuenta de que me había olvidado dónde era. Volví al guesthouse y le pregunté a la dueña si conocía una lavandería cerca, no estaba segura pero me subió a su moto y salimos a buscarla. Creo que es por ahí, le dije cuando me pareció reconocer una calle entre tantas calles iguales. Era tan angosta que no había espacio para un peatón y una moto a la vez. Muy cerca las ramas de un árbol formaban una cortina que caía sobre el camino de tierra. Se volvía a cumplir la teoría: basta con salir de las calles principales para descubrir que Bali es, en realidad, un lugar muy tranquilo. Nuestra bolsa de ropa era una de las 200 bolsas que debía haber en ese lugar, que parecía un pelotero de bollos de sábanas.

Nos mudamos a otra casa que habíamos alquilado por internet y nos dimos cuenta de que fue un error reservar sin ver. Habíamos venido a Seminyak porque al parecer había buenas olas, pero no había. Decretamos que era momento de irnos de esa zona cuando, a la mañana siguiente, un coro de mujeres que repetía “yes hello massaaaage?” cada cinco minutos me despertó, como si hubiese apretado el botón de snooze. Nos quedaba un mes antes de que saliera el avión a París y decidimos ir a Canggu, un lugar que conocí leyendo un blog. Alquilamos una moto, manejamos una hora por un tráfico complicadísimo que parecía de un videojuego de realidad virtual y cuando llegamos entendimos todo. Era ahí, era ahí donde teníamos que estar. Canggu nos pareció un paraíso, casi como un fragmento de una publicidad engañosa de esas que quieren convencerte de que mudarte a este barrio privado puede ser lo mejor que te pase en la vida. Había olas, surf, pelos al viento, terrazas de arroz, poco tráfico y un espacio de coworking que parecía salido de la fantasía de cualquier nómada digital, con pileta, un gato y muchos enchufes. Fue bastante incómodo cancelar la reserva de Seminyak pero la dueña entendió y llegamos a un acuerdo. Al día siguiente nos mudamos. Antes de dejar Seminyak, L fue a sacar plata del cajero. Cuando volvió me dijo que le habían pasado dos cosas: un tipo intentó distraerlo con el cuento de la moto y una mujer le ofreció massage with happy ending por 7 dólares.

“Venga a vivir a Canggu”

Parte 2: 30 días de quietud en Canggu

Alquilamos un cuartito a 200 metros de la playa y no nos movimos de Canggu por un mes. Recuperé —o creé— rutinas que el movimiento no me permitía tener y encontré pequeños momentos de felicidad en esas repeticiones cotidianas: nadar, caminar, ir al coworking, hacer journaling, leer. Repeat. Escribí todos los días las cuatro escenas en mi cuaderno, como quien está a cargo de la bitácora de un transatlántico, y fui armando mis scrapbooks de momentos, fotos, dibujos y frases.

Llenar cuadernos me salva.

En nuestros 30 días de quietud en Bali:

guardé las zapatillas debajo de la cama y anduve todo el mes en ojotas o descalza,

nadé todas las mañanas y trabajé todas las tardes,

me hice socia de un coworking por primera vez en mi vida y fui todos los días a la oficina por caminos rodeados de plantaciones de arroz,

me propuse ser más productiva y más agradecida, y empecé a dibujar tomates para contabilizar mis horas de trabajo,

incursioné en el bullet journaling y cuando me di cuenta estaba escribiendo mi vida en tres cuadernos a la vez, otra vez (¿cuándo fue que volví a dividirme?),

una noche alguien se confundió y se llevó mis ojotas de la puerta del coworking y yo supongo que me llevé las suyas (al día siguiente las trajo e hicimos el intercambio sin vernos),

me reencontré de a poco con Indonesia, fui recordando palabras en bahasa como quien encuentra cajas con cosas que alguna vez le pertenecieron y de las que no tenía registro mental,

de a ratos me sentí más en Java que en Bali, sobre todo cuando fuimos para el sur y escuché —o me pareció escuchar— el canto de una mezquita, y pensé en lo curioso de que el destino me hubiese traído a Indonesia otra vez,

alquilamos una moto y descubrimos el rice field shortcut por el que va todo el mundo para acortar camino —y una vez lo vimos lleno de patos—,

fui a la playa todas las mañanas y tuve que acostumbrarme a entrar corriendo al mar en el momento exacto, como quien se mete a saltar una soga que ya está en movimiento, para que las olas no me rompieran encima —descubrí que para esto es mucho mejor la malla entera que la bikini—,

también tuve que acostumbrarme a hacer la plancha entre surfers, a nadar entre olas desordenadas y a salir del mar sin anteojos y tener que adivinar, por los contornos del paisaje, dónde había dejado mis cosas —una señora que atendía en un warung me vio achinando los ojos y me hizo señas de que mi toalla y mis ojotas estaban allá, mientras se reía a carcajadas y le contaba a sus amigas—,

googleé: can sharks smell my period and will they eat me? —no—,

vino a visitarnos Nita, una amiga Indonesia, y festejamos mis nueve años de viajera en una playa con agua transparente a la que llegamos por una autopista que iba sobre el mar —después de nadar en ese mar no quise volver al nuestro, revuelto y oscuro—,

La playa de Nusa Dua

empezó a obsesionarme una pregunta: ¿dónde vamos a vivir?, ¿cuándo nos vamos a establecer?, ¿y si nos quedamos en Bali?

una noche empezó la lluvia y L me despertó para mostrarme que en el techo de nuestro baño había un gecko pegado cabeza abajo,

a partir de ese día llovió todos los días y yo aproveché para trabajar más,

todo se llenó de olor a humedad, la ropa dejó de estar seca,

varias veces caminé los 15 minutos de trayecto al coworking bajo la lluvia y, como los impermeables se agotaron rápido en todos los minimercados del pueblo, volví al guesthouse tapada con una bolsa de consorcio, como un fantasma negro por las calles de tierra, iluminada por la linterna de mi teléfono,

en alguna de esas caminatas a oscuras me pregunté cómo sería el mundo si viajar fuese obligatorio,

El coworking

fui a una charla de salud mental para nómadas digitales y me dieron ganas de apropiarme del micrófono y preguntar si a alguien le habían pasado las mismas cosas que a mí, pero no me animé —la charla no profundizó demasiado—,

anoté esta frase de una charla TED en mi cuaderno: “Life does not give you what you ask for. It gives you the people, places and situations to develop what you ask for”,

acariciamos vacas, vimos mariposas, un cachorrito abandonado nos llenó de besos —una familia lo adoptó—, los tres perros del guesthouse se metieron casi todas las tardes debajo de nuestra cama, un cangrejo negro quiso entrar a nuestro cuarto y le bloqueé el paso, un ratón se escondió debajo de un trapo en el jardín, vi al gato del coworking tomando agua de los vasos de gente distraída, nos mostraron un perrito bebé que cabía en la palma de la mano, vimos un pececito negro con puntos naranjas debajo de una piedra en el fondo del mar,

seguí soñando mucho: soñé que alguien me daba una bola de cristal con Minions adentro, soñé con “el colectivo en el que se escapan los maridos” (L aprovechaba que yo bajaba en una estación de servicio para ir al baño y el colectivo seguía camino sin mí, directo a Francia, con otros maridos que también huían),

pensé espontáneamente en un payaso,

cargamos nafta en botellas de Absolut y fui capaz de decirle a una señora, en indonesio, que nos diera una más,

no volví a escuchar “yes, motorbike?” cada 5 metros,

encontré un rey de trébol abandonado,

escuché todos los días a la dueña del guesthouse preguntarme: “Aniko, where you go?” cada vez que me veía salir, tomamos una cerveza en su warung en la playa, fuimos al cumpleaños de una de sus hijas y la vimos armar las ofrendas cada mañana —me abrazó fuerte cuando nos fuimos y me hizo prometerle que volveríamos en junio—,

vi pasar un camión bajo la lluvia con un grupo de balineses haciendo música en el acoplado, debajo de lonas,

oímos música nocturna en los templos y vimos pequeñas celebraciones ocasionales,

escuchamos el sonido de los geckos y el croar de los sapos antes de la lluvia,

festejamos el cumple de 30 de una chica alemana del guesthouse y cuando los mozos del restaurante le cantaron el feliz cumpleaños en indonesio me dieron ganas de llorar,

el agente que nos renovó la visa miraba muy intenso a los ojos, como con intenciones de hipnotizador, pero tardó tanto en hacer el trámite que casi nos vamos del país sin pasaporte,

El feliz cumpleaños en indonesio

en el coworking me vi rodeada de gente como yo, nómadas digitales de todas partes del mundo, personas que también combinan viajes y trabajo, y sentí que por primera vez en mucho tiempo pertenecía a algo que no era virtual,

entendí que viajar por Bali y vivir en Bali son dos experiencias muy distintas, que vine con tan pocas expectativas que esta visita superó a las anteriores, que el viaje siempre es subjetivo y esta vez descubrí mucho aunque no haya recorrido nada —”I’m not a good tourist”, nos dijo un esloveno que solo vino a Bali a surfear—,

pensé que todos mis días en Bali habían sido más o menos parecidos hasta que releí mis cuadernos y me encontré con este álbum de figuritas de cotidianidad y entendí que estar quieta también es estar en movimiento.

[box type=star] Algunos datos y consejos para visitar Bali:

  • Bali me parece un muy buen lugar para nómadas digitales. Hay espacios de coworking en Canggu y en Ubud y una comunidad de gente muy interesante. Canggu está en la costa y es más de surfers, Ubud está en la montaña y es más de yoga. No les recomiendo Kuta, Seminyak hasta ahí, pero no volvería a quedarme en esa zona, hay lugares mucho más tranquilos, baratos y menos turísticos.
  • Se consigue alojamiento mensual desde 4.500.000 rupias/mes/habitación (aprox. 335 usd por un cuarto para dos personas). Alquilar una moto cuesta unas 750.000 RP por mes (55 usd). El coworking al que fuimos cuesta 100 usd por mes, aunque hay planes más caros y más baratos. Comer puede ser barato o muy barato, según el tipo de comida que elijan: por un plato en un warung solíamos pagar unas 20.000-35.000 rp (1.50 a 2.50 usd), en un restaurante entre 50 y 100.000 (3.50 – 7.50 usd).
  • Consulten si necesitan más info y, si veo que hay muchos interesados, armaré una mini guía práctica de Bali. [/box]

Datos y consejos para viajar por Japón

[box type=info] Este post está basado en nuestro viaje de tres meses por Japón, entre septiembre y diciembre de 2016. En esta guía vas a encontrar información y precios de alojamiento, transporte, comida y más. Todos los precios que aparecen son los que vi o pagué, pero tené en cuenta que pueden variar según la temporada y el tipo de viaje que decidas hacer. Los consejos provienen de mi experiencia y son solo sugerencias. Cualquier consulta, por favor dejala en los comentarios así otros lectores también pueden ver la respuesta.[/box]

Esta guía contiene:

1. La fantasía de viajar a Japón
2. El clima y cuándo conviene viajar
3. Visa y tiempo de estadía como turista
4. Tipo de moneda y cambio
5. Vuelos y transporte interno: cómo llegar, cómo moverse y costos. Tipos de trenes. ¿JR Rail Pass sí o no?
6. Alojamiento: opciones y costos
7. La comida: ¿cuánto cuesta comer en Japón?
8. Presupuesto diario estimado y algunos consejos para ahorrar
9. Nuestro itinerario y mis relatos
10. Acceso a internet
11. La seguridad
12. El idioma

Templo en Nara

1. La fantasía de viajar a Japón

Viajar a Japón es una fantasía recurrente entre mucha gente. El país, en mi opinión, genera algo que pocos países del mundo logran: fanatismo. Muchas veces escuché la frase: “El único país del mundo que sueño con conocer es Japón”, dicha por gente que no tiene entre sus prioridades recorrer el mundo. También sé de gente que ya viajó cinco, seis o siete veces a Japón y que seguirá yendo durante toda su vida. Es un país que atrapa. En mi caso, admiro la cultura japonesa desde chica, sobre todo la literatura (uno de mis autores preferidos es Haruki Murakami), los videojuegos (adicción por el Super Mario y cualquier cosa creada por Nintendo), el animé y el arte, y siempre sentí una fascinación por las noticias “raras” que llegaban desde Japón (cafés donde ir a acariciar animales, islas pobladas por gatos, librerías donde se puede dormir, gente que se disfraza como personajes de cómics, hoteles de cápsulas, gente que devuelve la plata que encuentra tirada en la calle…). Me intrigaba mucho conocer un país que, visto de lejos, me parecía tan distinto.

Cuando hice mi viaje largo por el Sudeste Asiático (2010-2011) no visité Japón porque todos me decían que era muy caro y no me daba el presupuesto, así que preferí esperar. En el 2015 me casé con un fan de Japón y me llegó la hora. Compramos los pasajes en junio y nos fuimos en septiembre de 2016 con el plan de pasar gran parte de los tres meses en Tokio y el resto recorriendo el país. Como ambos trabajamos a distancia, tuvimos que combinar el viaje con nuestras horas de trabajo, así que no nos movimos tan rápido. Japón nos gustó tanto que nos fuimos pensando en cuándo vamos a volver. A muy grandes rasgos, mi veredicto es el siguiente: Japón es uno de los países más amables, seguros y fáciles de recorrer que conozco. Es caro, aunque sigue siendo más barato que algunas ciudades europeas y hay varias maneras de ahorrar. Y, sobre todo, es una cultura sorprendente, llena de reglas, contradicciones y enseñanzas. No hubo un día en el que no sintiera que estaba en otro planeta y no creo que me alcance una vida para descubrir todas las sutilezas que esconde.

El otoño en Okayama

2. El clima y cuándo conviene viajar

Japón tiene cuatro estaciones y las más recomendadas y populares para viajar son primavera (marzo-mayo) y otoño (septiembre-diciembre). La primavera japonesa es famosa por el florecimiento de los cerezos y el clima cálido, y el otoño tiene unos colores impresionantes.Eso sí, tené en cuenta que son las temporadas altas, así que todo está lleno de gente y el alojamiento se llena rapidísimo. El verano coincide con la época de lluvias, hay mucha humedad y la temperatura llega a 35 grados. El invierno es frío y suele nevar bastante, aunque no en todo el país.

Nosotros fuimos desde fines de verano hasta fines de otoño y nos encantó porque pudimos ver los colores de las hojas de otoño en la región de Kansai. En Tokio llovió bastante (sobre todo en septiembre) pero en el resto del país tuvimos mucho sol, incluso en diciembre. La temperatura estuvo entre 1 y 25 grados (promedio 15 grados aprox), pero hubo pocos días de mucho frío y no necesitamos ropa extremadamente abrigada, aunque sí tuvimos que andar con paraguas.

Japonesas con kimonos en Arashiyama (Kyoto)

Otoño en Kyoto

Mucha gente por todos lados

3. Visa y tiempo de estadía

Si sos ciudadano de alguno de los siguientes países latinoamericanos podés quedarte en Japón hasta 90 días sin visa: Argentina, Chile, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Honduras y Uruguay. Ciudadanos de la Unión Europea tampoco necesitan visa. Ciudadanos de los demás países deben solicitar la visa en el consulado japonés de su país antes de viajar. En la web del Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón hay más información al respecto (junto con los enlaces a las webs de las embajadas japonesas en distintos países).

>Para más info de visas, documentación y papeles, podés leer mi post: Cuestiones pre-viaje: visas, pasaporte, pasajes de salida, tiempo de estadía y algunos consejos prácticos<

El castillo de Okayama

4. El cambio y la moneda

La moneda japonesa es el yen. El cambio al 20/1/17 es 1 usd = ¥115. Podés ver las tarifas de cambio actualizadas en XE.com.

[box type=info]Algunas cosas que está bueno saber antes de viajar:

– En Japón es más común pagar en efectivo que con tarjeta de crédito. Hay muchos lugares (alojamientos, restaurantes, negocios, estaciones) que no aceptan tarjeta, así que asegurate de tener bastante efectivo encima siempre, incluso en Tokio.
– Muchos cajeros automáticos no funcionan con tarjetas que no sean japonesas, así que lo mejor es probar en los ATM de los 7-Eleven y de las oficinas de correo, que suelen aceptar tarjetas internacionales.
– A diferencia de casi todos los países del mundo, el cambio que dan en el aeropuerto de Tokio es muy bueno, así que podés cambiar plata apenas aterrizás. Lo mejor es cambiar de dólares o euros a yenes.
A casi todos los precios se les agrega un impuesto del 8%. En algunos negocios te lo devuelven por ser turista (buscá los tax free counters y llevá tu pasaporte siempre encima para pedir la devolución).[/box]

El mapa de trenes de Tokio

5. Vuelos y transporte interno: cómo llegar, cómo moverse y costos. Tipos de trenes. ¿JR Rail Pass sí o no?

Nosotros volamos de Buenos Aires a Nueva York (con American Airlines) y de ahí a Tokio (con Japan Airlines). Un pasaje de ida nos costó 800 dólares, lo sacamos a través de American Airlines tres meses antes de viajar y pudimos extender la escala en Nueva York (de unas horas a una semana) sin costo extra. Obviamente, el precio del pasaje dependerá del origen y de la fecha en la que viajás. Si ya estás en Asia, lo más económico es volar con Air Asia. A veces también resulta más económico comprar los vuelos por tramos separados. Yo siempre uso Momondo, Skyscanner y Google Flights para comparar precios de vuelos, y a veces los compro directamente en la web de la aerolínea.

OJO: es muy común volar a Tokio haciendo escala en Estados Unidos y para eso necesitás tener VISA de EEUU.

Estación de tren en Tokio

* Cómo ir del aeropuerto de Narita al centro de Tokio

Si estás viajando desde otro continente, lo más probable es que llegues a Narita (NRT), el aeropuerto internacional de Tokio, ubicado a 70 km de la ciudad, en la prefectura de Chiba. Hay varias maneras de ir del aeropuerto al centro de Tokio, y está bueno saber cuáles son antes de llegar (nosotros aterrizamos con mucho cansancio y jet-lag y la primera impresión fue un poco abrumadora).

La manera más rápida es tomar el tren Skyliner a la estación Ueno (tarda 45 minutos y cuesta ¥2400 / aprox 22 usd) o el Narita Express a Tokyo Station, Shibuya o Shinjuku (cuesta ¥3190 aprox y tarda 55 minutos, si tenés el JR Rail Pass está incluido).

La más barata es tomar el tren Keisei Limited Express/Access Tokkyu a Ueno y de ahí combinar en metro u otro tren. Cuesta ¥1030 y tarda 70 minutos (más info).

>Si llegás a Tokio y querés info más específica de la ciudad, te recomiendo este post: “Guía práctica para viajar a Tokio: dónde dormir, qué ver y hacer, cuánto vas a gastar y algunos consejos para ahorrar”<

Interior de una estación de tren en Tokio

[box type=star] Dos cosas que recomiendo hacer, una antes de llegar y otra al llegar a Japón:

Antes: descargate la aplicación Hyperdia, la vas a usar durante todo tu viaje para armar los recorridos y ver los precios de cada trayecto. También te recomiendo Google Maps para armarte las caminatas y los viajes en metro o tren dentro de las ciudades.

Al llegar: comprá la tarjeta Suica en cualquier estación. Es una tarjeta magnética recargable que te sirve para pagar casi en cualquier medio de transporte de Japón, así como en muchos negocios y convenience stores (minimercados). Cuesta ¥500 (que recuperás cuando la devolvés) y se puede ir recargando en cualquier estación del país, a través de una máquina. Te va a ahorrar mucho tiempo (ya que no vas a tener que estar comprando cada pasaje manualmente, sino que pasás la tarjeta al entrar y al salir de la estación y la tarifa se deduce sola), además de que el pasaje cuesta unos yenes menos si los pagás con esta tarjeta. [/box]

* Cómo moverte dentro de Japón

El sistema de transporte japonés es excelente: hay mucha frecuencia, es muy puntual, cómodo y limpio y podés llegar a cualquier lado en pocas horas. Eso sí: es caro y será uno de los gastos más grandes de tu viaje. Las opciones son tantas que a veces pueden resultar confusas, así que acá va un breve resumen de medios de transporte para viajar por Japón:

* Trenes. El tren es el medio de transporte más usado por turistas y locales, y fue también el que elegimos nosotros para movernos por el país. Hay varias redes de ferrocarriles, aunque la más extensa y usada es la que se llama JR (Japanese Railways). A la vez, dentro de la red JR hay varios tipos de trenes y servicios:

A) Shinkansen: son los trenes de alta velocidad, van a más de 300 km/h, suelen frenar solo en grandes estaciones, no tienen recorridos nocturnos y son los más caros. Hay seis tipos de Shinkansen:

  • los Nozomi y Mizuho son los más rápidos y frenan solo en grandes estaciones. NO están incluidos en el pase JR (ver recuadro debajo)
  • los Hikari y Sakura tienen más paradas y están incluidos en el pase
  • los Kodama y Tsubame frenan en todas las estaciones de la línea Shinkansen y están incluidos en el pase

Son la mejor opción si querés llegar rápido y de manera directa de una gran ciudad a otra, pero no son indispensables ya que en muchos casos podés hacer los mismos recorridos en otros medios de transporte (con algunas excepciones). Nosotros usamos el Shinkansen dos veces:

* para ir de Tokio a Osaka: compramos un pasaje con descuento para viajar en el Kodama, tardamos 4 horas y pagamos ¥10.300 / usd 90 en vez de ¥14.250 / usd 125. Ir en autobús nos hubiese costado unos ¥8000, pero teníamos que viajar de noche y yo estaba enferma, así que preferimos pagar la diferencia, viajar de día y llegar descansados. El pasaje con descuento del Kodama lo comprás en la estación de Tokio, en la oficina de JR Tours, al menos un día antes de viajar. Más info en la web de JR Tours.

* para ir de Kyoto a Mishima (y de ahí al Monte Fuji). Pagamos ¥11.200 o 98 usd por un viaje de dos horas. Fue el trayecto más caro de mi vida, pero fue más barato tomar ese tren que hacer todo el recorrido combinando trenes locales (según Hyperdia, tendríamos que haber hecho unas 10 combinaciones, íbamos a tardar casi 6 horas y nos iba a costar ¥30.000).

Los trenes “normales”

B) Trenes locales: son más lentos que los Shinkansen y también mucho más baratos. Funcionan dentro de las ciudades y de manera interurbana. Hay varios servicios: regular (paran en todas las estaciones), rapid (se saltean algunas estaciones, no hay que pagar extra), express, liner (se saltean estaciones y hay que pagar extra), limited express (se saltean estaciones, hay que pagar extra y tener reserva). Tienen mucha frecuencia y los precios son mucho más razonables. Para distancias largas hay que hacer trasbordo, pero es muy fácil ya que casi nunca hay que salir de la estación. Nosotros usamos este tipo de trenes siempre que pudimos.

[box type=star] Algunos ejemplos de costos en trenes locales:

  • Viaje en tren dentro de Tokio: entre ¥150 y 500, dependiendo de la distancia
  • Tren de Osaka a Nara: ¥800 / 7 usd (1 hora)
  • Tren de Nara a Kyoto: ¥710 (50 minutos)
  • Tren de Kyoto a Osaka: ¥560 (27 minutos)
  • Tren de Hiroshima a Tadanoumi (para ir a la isla de los conejos): ¥1320
  • Tren de Tadanoumi a Okayama: ¥1900 (1 hora 45 min)
  • Tren de Okayama a Kurashiki: ¥320 (12-17 minutos) [/box]

* Autobuses. También existe la opción de viajar de una ciudad a otra en colectivo (autobús). La ventaja es que son más baratos (aunque a veces la diferencia es poca con respecto a los trenes), la desventaja es que tardan 4 veces más (porque paran a descansar durante 20-30 min cada dos horas), tienen menos frecuencia, cubren pocas ciudades y en muchos casos las webs están solo en japonés. Una de las empresas más conocidas es Willer Express, nosotros la usamos para ir de Kyoto a Hiroshima (pagamos ¥5000 en vez de los ¥11.300 del tren). Reservamos el pasaje a través de la web y lo pagamos en efectivo en un Family Mart. Willer Express ofrece pases para viajar de manera más económica, así que si estás pensando en hacer varios trayectos y no tenés tanto apuro, es una buena opción para tener en cuenta.

En general los boletos para viajar en ferry o tren se compran a través de una máquina

* Ferrys. Hay islas que tienen acceso terrestre y otras a las que solamente se puede llegar en ferry. En general los ferrys salen varias veces al día y no son caros (por ejemplo, para ir de Hiroshima a la isla de Mijayima pagamos ¥360 por el ferry ida y vuelta). El boleto se compra en el momento a través de una máquina.

* Aviones. Si estás pensando en viajar a Okinawa, el avión es una buena opción. Sino, el tren sigue siendo lo más rápido y cómodo para moverse.

En el ferry llegando a Naoshima

Dentro de las ciudades:

– Metro. En Tokio, Kobe, Kyoto, Nagoya, Osaka, Sapporo, Sendai, Fukuoka y Yoyohama hay metro para moverse dentro de la ciudad. Un viaje en metro en Tokio cuesta unos ¥200.

– Buses urbanos y tranvías. Todas las ciudades tienen sistemas de buses urbanos y algunas también tienen tranvías. Pasan cada 20 minutos, más o menos, y se pagan con monedas antes de bajar (adentro hay una máquina que da cambio). En Kyoto, por ejemplo, usamos el colectivo para ir hasta Arashiyama, a una hora del centro (pagamos ¥230), y en Hiroshima usamos el tranvía para movernos de la estación al Memorial de la Paz.

– Bici. La bicicleta es un medio muy transporte muy usado entre los japoneses. En muchos lugares se pueden alquilar (preguntá en los hostels o Airbnb).

Tranvía moderno y antiguo en Hiroshima

[box type= star] JR Rail Pass: ¿conviene o no?

Una de las grandes dudas que teníamos antes de viajar era si sacar o no el JR Rail Pass. El JR Pass es un pase que te permite viajar en casi todos los trenes de la línea JR del país de manera ilimitada por 7, 14 o 21 días consecutivos. Se compra antes de entrar a Japón y está a la venta a través de varias empresas y agencias de manera online, aunque el gobierno japonés quiere implementar la venta dentro de Japón a un precio más alto. El pase de 7 días cuesta ¥29.110 (253 usd), el de 14 días cuesta ¥46.390 (400 usd) y el de 21 días cuesta ¥59.350 (516 usd).

El JR Rail Pass no incluye los trenes Nozomi o Mizuho (los más caros y rápidos) ni los JR Highway buses, pero son dos servicios que fácilmente se pueden reemplazar con otros trenes que sí están incluidos. Con el pase tenés la ventaja de que podés moverte por Tokio de manera ilimitada (siempre en los JR, no en el metro) y no tenés que pagar extra para reservar el asiento en los trenes que requieren reserva. Nosotros al final no lo compramos porque no teníamos un plan muy definido de viaje y no queríamos movernos tan rápido, pero no descartamos comprarlo en un próximo viaje si vamos por menos tiempo y queremos recorrer mucho. En mi opinión, el pase conviene si:

  • tenés planeado recorrer gran parte del país en esa cantidad de días (7, 14 o 21), sin quedarte demasiado tiempo en un mismo lugar
  • querés hacer base en una ciudad y recorrer la zona (aunque en ese caso te conviene averiguar por los pases regionales)
  • pensás hacer varios trayectos de larga distancia (con hacer la ida y vuelta de Tokio a Osaka ya cubriste el costo del pase de 7 días)

Nosotros hicimos cuentas y, en tres meses, gastamos un poco más de lo que nos hubiese costado el pase de 14 días. Nos movimos a un ritmo lento, pero también es cierto que dejamos de ir a algunos lugares porque el tren era demasiado caro.

Algo que no muchos saben es que el JR Rail Pass no es el único pase, hay muchos pases regionales (como el Kansai Area Pass, que sirve para la zona de Osaka – Kyoto – Nara) que son más baratos y se pueden comprar dentro de Japón, y que tal vez te convengan si tenés pensado quedarte en una zona específica del país. [/box]

Para mí, el mejor medio de transporte siempre será caminar.

Consejos finales referidos al transporte:

– En Japón las direcciones no existen (o si existen, no sirven de mucho). Las indicaciones casi siempre se dan con mapitas y referencias visuales. Si salís a caminar, lo mejor para orientarte es usar Google Maps (funciona bien, aunque suele fallar).

Las estaciones de tren de las grandes ciudades suelen ser bastante confusas, al menos para quien viaja a Japón por primera vez: son enormes y están llenas de gente, salen un montón de trenes a la vez, hay carteles por todas partes (en japonés e inglés) y a veces es difícil encontrar la salida a la calle (una vez estuve buscando la salida como por 15 minutos en la estación Shinjuku). Si te perdés, preguntale a cualquier guardia.

Todos los trenes salen en el minuto exacto así que no llegues tarde, sobre todo si tenés que viajar a otra ciudad en un tren específico. Varias veces llegamos corriendo unos segundos antes de que saliera porque no encontrábamos la zona de embarque o porque la plataforma estaba lejos. Una cosa es llegar a la estación a horario y la otra es llegar al tren a horario, andá siempre con un margen de al menos 20 minutos.

En Nara usamos bicis (estaban incluidas en el alojamiento)

6. Alojamiento: opciones y costos

Dormir en Japón es relativamente caro y los alojamientos (sobre todo los baratos) se llenan enseguida, especialmente en primavera y otoño. Japón es un país con muy pocas camas (o futones) en relación a la enorme cantidad de turistas que recibe, así que mi consejo es que reserves con anticipación (al menos una semana o 10 días antes). Lo más barato que vas a encontrar es a partir de 13-15 dólares la noche por persona, aunque lo más común es pagar entre 18 y 25 dólares por noche. Las opciones son las siguientes:

Hostels. Los hostels suelen ofrecer una cama en un dormitorio compartido por ¥2000 – 3000 (17 – 26 usd) pero no son comunes en todo Japón.

Guesthouse. Este tipo de alojamiento no suele tener dormitorios compartidos, sino habitaciones privadas para 2, 3, 4 o más personas con futones. Cuestan en promedio entre ¥3000 y 4000 por persona.

Cápsulas. Los hoteles de cápsulas suelen ser solo para hombres japoneses, aunque hay algunos que aceptan extranjeros y/o mujeres. Los precios empiezan en ¥2000 por noche.

Business hotels. Este tipo de hotel suele estar cerca de las estaciones y cuesta desde ¥6000 la noche por una habitación para una persona.

Ryokan. Los ryokans son los hoteles tradicionales japoneses. Suelen ser casas de madera con habitaciones tradicionales e incluyen comidas muy elaboradas y onsen (aguas termales). Cuestan desde ¥8000 por persona por noche.

Minshuku. Son la versión de bajo costo de los ryokan. La comida es más simple y las habitaciones y baños son compartidos. Cuestan desde ¥5000 (con dos comidas) o desde ¥3000 (sin comidas). En general no están publicitados en internet, así que hay que preguntarle a la gente del lugar si conoce alguno.

Airbnb. Airbnb es un sistema de alquiler de departamentos o habitaciones en casas de familia. Nosotros lo usamos bastante y fue lo más conveniente: siempre estuvimos en buenas ubicaciones y pagamos entre 13 y 25 usd cada uno por noche, es decir que por el precio de dos camas en un hostel tuvimos cuartos privados con acceso a la cocina y/o a toda la casa. En Kyoto, por ejemplo, pagamos 13 usd cada uno por un departamento entero para nosotros.

Camping. Fuera de las ciudades hay muchos lugares donde se puede acampar desde ¥500. Hay que tener en cuenta que los campings están en zonas alejadas y a veces no es tan fácil llegar. En Japón está prohibida la acampada libre.

Comic book stores (manga kisa). En las grandes ciudades existen tiendas de comics / cibercafés que están abiertas las 24 hs y cobran entre ¥1500 – 2500 por 8 horas de estadía. No te dan una cama sino un sillón y un cubículo privado. Sirve si perdiste el último tren (sobre todo en Tokio, donde te cuesta menos que pagar un taxi).

Workaway. Workaway es una web que promueve el intercambio de alojamiento y comida por trabajo. Suele haber varias oportunidades en Japón, sobre todo en áreas rurales.

Couchsurfing. Alojamiento gratuito en casas de familia. Nosotros no usamos Couchsurfing en este viaje ya que como ambos pasamos gran parte del día trabajando en la compu, nos pareció importante tener un espacio de trabajo y privacidad. Acá cuento qué es y cómo funciona Couchsurfing.

Housesitting. De vez en cuando surge alguna búsqueda de cuidadores de casa y/o mascotas en Japón, así que si querés hacerlo estate atento a las notificaciones de las webs de housesitting. En este post cuento mejor de qué se trata esto de cuidar casas.

Sala de estar de Kamp Hostel, en Okayama

La cocina de Orange Guesthouse fue nuestra oficina durante los días que pasamos en Kawaguchiko

En Nara nos encontramos con amigos y compartimos un departamento enorme que alquilamos por Airbnb y nos costó menos que dos cuartos privados en un hotel

Cuarto compartido típico de un hostel (este corresponde a Kamp)

En Japón es muy común dormir en futones sobre el tatami, como ven en la foto (esto es en LNK Osaka)

Muchos hostels, como Osaka Nest Guesthouse, tienen cocinas compartidas

La mejor casa en la que nos quedamos fue la que conseguimos a través de Housesitting (venía con dos perritas que tuvimos que cuidar por unos días!)

Este es el cuarto que nos tocó en un hotel de Kujukuri

En algunos hostels hay shows de música en vivo. En On the Marks Kawasaki hay noches de jazz casi todas las semanas.

7. La comida: ¿cuánto cuesta comer en Japón?

Lo más caro en Japón es dormir y trasladarse. En cuanto a la comida, depende: en comparación con algunas ciudades de Europa, Canadá y Australia comer en Japón no es tan caro. En comparación con el Sudeste Asiático, donde comés muy bien por 1-3 usd, es caro.

Algunas observaciones y precios:

  • Los restaurantes más baratos (y muy buenos) suelen estar dentro o en las cercanías de las estaciones de tren. También hay buenas opciones en los subsuelos de los department stores.
  • Una comida o set menu en un local o restaurante te cuesta alrededor de ¥1000 (como mínimo).
  • Un bowl de ramen cuesta unos ¥700-850 (más si le agregás extras).
  • En todos los restaurantes el agua está incluida.
  • Una de las opciones más baratas y rápidas es comer en los convenience stores o konbinis (minimercados como el 7-Eleven, Family Mart, Lawson, K-Mart y otros). Ahí conseguís bandejitas de comida hecha por ¥250-650, cosas de panadería, yogur, jugos, etc. Las bebidas cuestan entre ¥120 – 200. Hay konbinis en todo el país, nosotros nos volvimos habitués, aunque la verdad que varias veces nos cansamos de comer siempre lo mismo.
  • En cuanto al sushi, hay de varios precios: en el mercado de pescado de Tokio pagamos ¥1200 (10 usd aprox) por 5 piezas y fue el mejor sushi de mi vida, en otros lugares pagamos más o menos lo mismo por unas 6 piezas y estuvo bien, pero no fue algo que comiéramos todos los días. Hay locales de sushi más baratos, donde las piezas van girando en una cinta transportadora alrededor de la barra. Y si te gusta el sashimi, nosotros lo encontramos muy barato en los supermercados.
  • Otra buena opción para ahorrar (o para variar) es comprar los ingredientes en el supermercado y cocinarte. A veces los supermercados no son tan fáciles de encontrar, así que preguntale a la gente del lugar.
  • Podés comprar bebidas en cualquier máquina expendedora (hay en cada cuadra).

El mejor ramen que comí en Tokio. Un amigo japonés nos llevó al puestito al que va con sus amigos “después de una borrachera”. Me costó mucho terminarme el plato.

En casi todos lados, la comida se pide a través de máquinas como esta (nosotros pedíamos ayuda o usábamos la función fotográfica de Google Translate para entender)

En muchos restaurantes venden un set. Este costó unos ¥1800 / 15 usd y fue lo más caro que pagamos por comer

En Tokio es muy común ver puestos de comida donde cabe muy poca gente.

Si te gusta el sushi, no dejés de probarlo en el mercado de pescado de Tokio. Este fue el mejor sushi que comí en mi vida, especialmente el “aburi toro” (la segunda pieza vista desde la izquierda)

En las estaciones de tren venden las “bento box”, cajitas con comida lista para comer en el camino. Cuestan unos ¥800 – 1000

Las bandejitas de los minimercados nunca fallan. Son baratas y están disponibles a toda hora.

A la mañana solía comprarme un yogur, una fruta y algo de panadería antes de empezar a caminar

8. Presupuesto diario estimado y algunos consejos para ahorrar

Tus gastos dependerán del tipo de viaje que quieras hacer pero, a grandes rasgos, es muy posible que gastes unos ¥4000 – 5000 (35 – 45 usd) por día de viaje:  ¥2000 – 4000 por noche de alojamiento (en hostels o Airbnb) y ¥1500-2500 en comida por día (alternando los convenience stores con restaurantes o supermercados). A eso hay que sumarle los gastos extra como el transporte (podés hacer cuentas con Hyperdia), alguna entrada, una compra, un snack, onsen y/o pases de tren.

Obviamente, si viajás a dedo, hacés Couchsurfing o workaway, comés siempre en los minimercados o te cocinás, recorrés todo caminando y no entrás a nada que sea pago tus gastos diarios van a ser muchísimo más bajos. (En este post comparto consejos para ahorrar durante un viaje).

[box type=star] Consejos para ahorrar:

  • Hacé algunos recorridos en los buses nocturnos para ahorrarte una noche de alojamiento.
  • Viajá en temporada baja. Durante la época de lluvias hay mucho menos turismo y los precios son más económicos.
  • Usá los trenes locales en vez de los trenes de alta velocidad. Vas a tener que hacer más combinaciones y vas a tardar más, pero vas a ahorrar mucho.
  • Hacé couchsurfing (alojate en casas de gente) o workaway.
  • Tomá agua de la canilla (grifo). Yo hice eso, me compré una botellita reutilizable y la fui llenando en cada baño o cocina. El agua de Japón es potable y segura, jamás me enfermé.
  • Viajá a dedo. Japón es un país muy seguro, tal vez la dificultad más grande sea el idioma, pero todo se soluciona con un cartel escrito en japonés y un mínimo conocimiento de algunas expresiones básicas.
  • Andá al supermercado un rato antes de que cierre, ya que rebajan los precios de las bandejas de comida preparada y podés conseguirlos a mitad de precio e incluso menos.
  • Comé en los convenience stores. Hay mucha variedad de comida preparada y es más barato que cualquier restaurante.
  • Visitá los templos y jardines gratuitos. Entiendo que si estás en Kyoto puede ser muy tentador entrar a todos los templos de la ciudad, pero tené en cuenta que no hace falta ver todo para disfrutar de la experiencia. Yo solamente pagué para entrar a los templos y/jardines que me interesaba y visité muchos que eran gratuitos e igual de impresionantes.
  • Comprá en los “100 yen stores”. En casi todas las ciudades vas a encontrar este tipo de tiendas, donde (casi) todo cuesta 100 yenes. Una de las más populares es Daiso.
  • Caminá. Lo que más me gustó de Japón fue caminar por los pueblos y ciudades y ver la vida cotidiana de la gente.
  • Acá hay algunas ideas de cosas para hacer gratis en Tokio. [/box]

Andá a ver a “los Elvis” todos los domingos en Yoyogi Park (Tokio)

Disfrutá los colores del otoño (o de la primavera)

Cansate de mirar el Monte Fuji

Mirá las esculturas al aire libre de Naoshima

Encontrate con animales en las ciudades

Sentate a mirar

Este jardín fue uno de mis preferidos de Japón, se llama Isuien Garden y está en Nara. La entrada cuesta ¥800. Fue el único que pagué para ver.

Tené en cuenta que Japón es un país muy turístico, así que lo más probable es que compartas muchos lugares con miles de personas

Y los japoneses son adorables, así que aprovechá el viaje para entrar en contacto con ellos!

8. Nuestro itinerario y mis relatos

* Tokio y Kawasaki. Pasamos casi dos de los tres meses en Tokio (y una semana en Kawasaki), moviéndonos de un barrio a otro. La ciudad nos encantó y queremos volver. Estos son los posts que escribí al respecto: Rompecabezas de Tokio, 6 cosas para salir a buscar (gratis) en Tokio, Nuestra primera experiencia de housesitting en Tokio, Guía práctica para viajar a Tokio.

* Kujukuri. Queríamos pasar unos días frente al mar, así que nos fuimos a Kujukuri, en la prefectura de Chiba. Esto escribí al respecto: ¿Qué vamos a hacer diez días acá? Prácticas de slow travel en Kujukuri.

* Osaka, Nara, Kyoto, Kobe. Pasamos unos 15 días en la región de Kansai, donde vimos las hojas de otoño más espectaculares de nuestra estadía en Japón. Podés leer el relato acá: En busca de las hojas de otoño en Osaka, Nara y Kyoto.

* Hiroshima y Mijayima. Pasamos cinco días tranquilos en Hiroshima. Visitamos el Memorial de la Paz y la isla de Mijayima. Esto fue lo que escribí: Domingo en Hiroshima.

* Okunoshima (la isla de los conejos). No podía no ir a conocer una isla repleta de conejos amorosos. Acá mi post: El día que fui a Okunoshima, la isla de los conejos en Japón.

* Okayama, Kurashiki y Naoshima. Mucha gente pasa de largo estas ciudades, sobre todo si el viaje es corto. Kurashiki tiene un centro histórico con un canal y góndolas, y Naoshima es una isla repleta de arte contemporáneo e instalaciones al aire libre. De Kurashiki escribí: Un corazón de washi tape (o redescubrir obsesiones en Japón).

* Kawaguchiko. Hicimos base en este pueblo para recorrer la zona de los cinco lagos que rodean al Monte Fuji. Mi post: El Monte Fuji en mi ventana.

* Tokio. Y volvimos a Tokio para tomar el vuelo a Kuala Lumpur.

También escribí: Todo lo que me llevo a Japón, Primeros acercamientos a JapónLo más raro, divertido y curioso que encontré durante mi viaje por Japón.

9. Acceso a internet

Hay varias opciones para tener internet durante tu viaje:

– Wifi. Suele haber wifi gratuito en muchos konbini, department stores y estaciones, así como en los hostels y alojamientos.

– Tarjeta SIM. Nosotros nos compramos una tarjeta SIM cada uno para poder tener internet en nuestros teléfonos. Pagamos ¥4000 por una tarjeta SIM con 2 GB de datos y 3 meses de validez (no incluía número de teléfono, pero podíamos hacer llamadas por whatsapp). Si te quedás menos tiempo, hay opciones más baratas. 2 GB no es mucho para 3 meses, pero si lo usás poco y solo para lo necesario (Google Maps, Hyperdia, whatsapp, Google Translate, alguna consulta en Chrome), alcanza.

– Pocket wifi. Los pocket wifi son unos aparatitos de wifi portátil que cuestan unos ¥800 por día.

10. La seguridad

Japón me parece uno de los países más seguros que visité (sino el más seguro) junto con Islandia. Incluso en una ciudad gigante y tan poblada como Tokio, la gente se queda dormida en el tren con el teléfono en la mano, los chicos van solos al colegio (los ves subirse a los trenes con seis años como si nada) y la gente deja el teléfono, la computadora o la cartera en los cafés o restaurantes para indicar que la mesa está ocupada. Yo caminé sola y acompañada de día y de noche y nunca me sentí insegura. Nunca está de más ser precavido, pero Japón es un país en el que me relajé mucho. Si perdés algo de valor en la calle, volvé sobre tus pasos: seguramente va a estar donde se te cayó, sea plata, una billetera o un teléfono. Sino, andá a la comisaría más cercana, ya que la gente tiene la costumbre de llevar cualquier objeto perdido (incluso plata) a la policía.

Lo más inseguro que tiene Japón son los desastres naturales. El país es muy propenso a los terremotos, tsunamis y tifones. Es probable que sientas algún temblor durante tu estadía (nosotros sentimos varios a lo largo de tres meses, el más fuerte fue de 5.3 grados). Si hay alerta, seguí las indicaciones de la gente y andá a las áreas de evacuación.

Alguien perdió una llave y ahí quedó, esperando a su dueño

11. El idioma

Nos dijeron que no saber japonés podía ser un problema para viajar, sobre todo en zonas rurales donde no se habla inglés (después de mi experiencia viajando por China sin saber el idioma, creo que ya nada me asusta). Nosotros no hablamos japonés y pudimos viajar bien usando el inglés. Casi todo está señalizado en varios idiomas, las máquinas tienen la opción de inglés, los japoneses hablan un poco (y si no lo hablan, intentan ayudarte igual) y Google Translate nos salvó en varias oportunidades (sobre todo para entender los menúes que estaban solo en japonés y pedir la comida correcta). Cada vez que pedimos ayuda, la recibimos. Pero por no saber el idioma nos perdimos de tener conversaciones con gente que tenía interés en charlar con nosotros, entramos a lugares sin saber si eran restaurantes o casas particulares, no entendimos un montón de carteles y no pudimos conocer tan a fondo la cultura japonesa. Tomamos una clase introductoria de japonés en el hostel de Osaka y nos quedamos con ganas de aprender más (ojalá hubiese un superpoder que me permitiese hablar todos los idiomas del mundo…).

En el Osaka Nest Guesthouse tomamos una clase introductoria de japonés

Y por último, les dejo una web con info muy interesante de lugares no tan conocidos para ver en Japón: Atlas Obscura.

Seguramente me falte cubrir muchos aspectos, así que pregunten lo que necesiten en los comentarios o compartan las experiencias que crean útiles para otros lectores. ¡Buen viaje!

Nota: le pongo muchas horas de viaje, caminatas, investigación y trabajo a estas guías prácticas y te las ofrezco de manera gratuita porque es lo que a mí me hubiese gustado leer antes de viajar. Si te sirven para planificar tu viaje, por favor considerá reservar alguno de los siguientes servicios a través de estos buscadores. Si lo hacés, me dan una pequeña comisión que no se suma al precio final de tu compra y que me ayuda a seguir viajando y publicando guías como esta. ¡Gracias!

Lo más raro, divertido y curioso que encontré durante mi viaje por Japón

Unos meses antes de viajar a Japón escribí una lista en mi cuaderno. La titulé “Búsqueda del tesoro bizarra” e incluí todas las cosas raras que quería encontrar en Japón. Algunas salieron de mi imaginario popular japonés, otras de lo que me fue diciendo la gente, otras de lo que leí en internet. Vista desde Buenos Aires y, sin haber viajado nunca a Japón, me parecía una lista bastante exhaustiva. Daba por sentado que no iba a encontrar cosas más raras que esas (y tal vez ni esas). Ja. Me alcanzaron unos días en Tokio para darme cuenta de que Japón parece un país salido de otro planeta y allá la normalidad es muy distinta a la que conozco. Les dejo algunas fotos de las cosas más raras, divertidas y curiosas que encontré durante mi viaje de tres meses por Japón, uno de los países más fascinantes que conocí hasta ahora. Seguramente me falten un montón de cosas más porque Japón es una fuente inagotable de sorpresas (me las cuentan en los comentarios).

Esta era la lista inicial, armada con ideas propias y de mis amigos. Encontré más pero me faltó tildarlas.

 

Y todo esto es lo que encontré:

Paraguas secándose en las veredas de Tokio (algo que no pensaba encontrar en una ciudad de 38 millones de habitantes). Me dijeron, además, que hay muchos paraguas “públicos” que se pueden usar y después devolver en el mismo lugar.

Paraguas mágicos. No vi el “superparaguas” ni los paraguas para los zapatos ni el paraguas al revés, pero entremedio de miles de paraguas transparentes (los más típicos en Japón) encontré algunos muy coloridos, como este. (Tokio)

Esponja para lavar los platos con cara de osito. Lo kawai (cute) está por todas partes, incluso en lo más cotidiano. (Tokio)

Manteca de cacao sabor a Fanta naranja. (Tokio)

Kit-kats y Oreos de té verde (el matcha o té verde es un clásico en Japón).

Una especie de selfie-stick para dar el pronóstico del tiempo (visto en una tele que parecía un portarretratos). Unos días después lo encontré a la venta, o sea que debe ser más común de lo que pensaba.

Máquinas para pedir la comida. Japón es el país más automatizado del mundo y las máquinas se usan, incluso, para pedir la comida en los lugares más tradicionales (marcás tu pedido en la botonera, se te imprime una especie de boleto con la orden y se lo das al cocinero).

Un auto muy compacto. Los autos japoneses son más chiquitos que los que se ven en Occidente, este es un caso extremo.

Caritas anti estrés (son adictivas). También vi con forma de baguette, banana, medialunas…

 Inodoros supersónicos. Es verdad: los inodoros japoneses están enchufados a la pared, tienen botoneras para controlar las distintas funciones, a veces se abren solos cuando te ven llegar y siempre tienen la tabla calentita. Todavía no saludan… creo.

 Máquinas para pescar peluches, muñecos, electrónica, chocolate y otras cosas. Están por todas partes (y siempre se ve gente tratando de sacar algo, sobre todo hombres de saco y corbata).

Perversiones.

Comida en miniatura (hay una obsesión con eso, lo vi a la venta en todas partes).

 Espacio público libre de humo. En Japón no se puede fumar en espacios públicos (excepto en las áreas asignadas), pero sí se puede fumar en los restaurantes. Una de las tantas contradicciones japonesas, en mi opinión.

 Sandalias con medias. Una vez un amigo chino me vio ponerme ojotas (sandalias) con medias (calcetines) y me dijo: “That’s so Japanese!”. Acá un primer plano de nuestro amigo Joji, que nos llevó a comer ramen en Tokio con este calzado.

¿Un bar donde te blanquean los dientes? ¿Servirán tragos con lavandina? Ni me animé a preguntar.

 Cat cafés. Lugares donde podés ir a acariciar gatos, hamsters, conejos, serpientes y búhos. (Tokio)

¡Tamagotchis! Siguen existiendo y seguramente son más avanzandos que los que conocí. Tuve uno en los noventa y lo ahogué en el bebedero del colegio (era de una amiga, la obligaron a desconectarlo y como no se podía apagar intentamos con otros métodos).

Caca y sangre de plástico para hacer jodas.

Chicos volviendo solos del colegio (andan solos por la calle desde los 6 años, incluso en una ciudad gigante como Tokio).

“Print yourself in 3D” (Imprimite en 3D). Tampoco me animé a preguntar. Además, una vez que te imprimiste, ¿qué hacés con la copia? ¿La ponés de adorno?

La mopa-zapatilla. Caminá y limpiá a la misma vez.

Animé sexy.

Monedas en una fuente. Ya sé que tirar monedas en las fuentes trae buena suerte, pero esto enceguecía.

Cosito” para calcar el relieve de las hojas (seguro que alguna vez lo hicieron con una moneda) (Nara)

Arte en las tapas de alcantarillas (con motivos típicos de cada ciudad). Esta la vi en Nara.

Máquinas expendedoras (en todas partes). Hay más de 6 millones en todo el país, esta la vi en Nara Park.

Ciervos cruzando la calle (en rojo!), en Nara.

El canasto-minion.

Carteles con animales como protagonistas.

El doble budín, souvenir típico de Osaka.

Detalles argentinos, en Osaka.

Carteras con caras (ni sé qué personaje es, que alguien me ilumine). (Osaka)

Réplicas gigantes en los frentes de los restaurantes de Osaka.

La entrada al país de las maravillas (en Osaka).

Comida kawai (porque en Japón todo puede ser aún más tierno).

Lámpara hecha de ositos Yummy.

Un show de baile de robots (en Tokio).

Godzilla. Está en Tokio y es ciudadano oficial de Japón.

Cuchillos del tamaño de un nene (en el mercado de pescado de Tokio).

Jardines en los entrepisos de los edificios (este estaba en un cuarto o quinto piso de Tokio)

Carteles en formato cómic.

Ronald McDonald mandando mensajes de texto frente a su local (capaz estaba poniendo un punto de encuentro). Fue el día de Halloween, vi a varios por la ciudad.

Cosplay en Harajuku (Tokio).

Una ceremonia tradicional (en Yoyogi Park).


El techo loco (es la entrada a un shopping en Tokio)

El pasajero misterioso (en el metro de Tokio).

Réplicas de comida en la entrada o vidriera de los restaurantes.

Sellos coleccionables en las estaciones de metro, lugares turísticos y otros puntos de la ciudad.

 

Traducciones muy cómicas de Google Translate.

Una alerta de emergencia que casi me da un paro cardíaco (vi esto en la pantalla de mi teléfono, seguido por el ruido de una alarma, y pensé que se venía un tsunami o terremoto. Al final era un simulacro, lo dice como siete veces en japonés, pero podrían haberlo puesto en inglés también!).

Media Coca-Cola.

Sushi de goma (dentro de una máquina de pescar muñecos).

Hotel de cápsulas (Tokio). No lo vi por dentro, pero cada rectángulo corresponde a una cápsula.

La escalera mecánica más corta del mundo (en Kawasaki). Tiene cinco escalones y no cumple ninguna función de accesibilidad, ya que justo después hay que seguir bajando por una escalera normal.

Hello Kitty hasta en la sopa (o, en este caso, cumpliendo funciones reflectantes, para avisar que hay una obra en construcción).

Fotos de actores en las máquinas expendedoras.

Remolinos de noodles (en el aeropuerto de Haneda).

Objetos perdidos (puestos donde se le cayeron al dueño, para que vuelva sobre sus pasos y los pueda encontrar)

El Kentucky Fried Chicken como lugar de celebración de Navidad (en Japón la Navidad es una fiesta romántica, medio similar a San Valentín).

Dinosaurios fabricados con cacharros.

Kadocchi, uno de los íconos de los domingos en Harajuku (Tokio). Forma parte del grupo de cosplay Hanmyo Project (me enteré de todo esto después de sacarle una foto, porque cuando lo vi no entendí quién o qué era).

Un minion en Yoyogi Park.

Perros con ropita.



Los Elvis de Yoyogi Park, japoneses que se juntan a bailar rockabilly todos los domingos.

Spiderman manejando un karting (cerca del Monte Fuji). También vi a Mario y Luigi. Pasó demasiado rápido.

Yoshi en un camión de basura (los camiones de basura son un tema aparte, van por la ciudad haciendo música, parecen camiones de helados).

Un parque de diversiones abandonado en Nara (se llamaba Nara Dreamland, estuvo abandonado diez años, pero cuando llegamos lo estaban demoliendo y había mucha seguridad, así que no pudimos entrar)

Traducciones un poco sugestivas.

Inodoro y lavatorio integrado (cuando tirás la cadena sale agua de la canilla).

Este señor con su valijita (en Osaka).

Exceso de packaging. Todo viene muy envuelto, la primera vez que compré un paquete de galletitas me encontré con que cada galletita estaba envuelta por separado.

Detalles tiernos en los tranvías.

Una calabaza gigante frente al mar. Es en Naoshima, una isla repleta de museos de arte contemporáneo e instalaciones artísticas, y es obra de Yayoi Kusama.

Sandwich de noodles. Paso.

Detalles tiernos en los trenes. Como ya dije más arriba, en Japón todo se puede enternecer aún más.

Un corazón.

Una especie de cinta transportadora para subir las bicicletas con facilidad.

Una isla habitada por más de mil conejos.

Cenicero de bolsillo.

Una escalera mecánica con curvas.

Especie de galletita rellena con forma de hoja (souvenir tradicional de Miyajima).

¿Mosquiteros? ¿Tules?

La cara de Obama hecha con grullas (en Hiroshima).

Este edificio (en Osaka).

Un parque de monos (en Kyoto).

Helado de té verde (en Kyoto).

Revistas para adultos en los 7-Eleven.

Un mapa del otoño (en Kyoto). Lo vimos en una de las estaciones de metro. Lo actualizaban cada día!

El gato sorprendido.

“Tokyo banana”. Un dulce de banana con forma de banana relleno de… banana.

Kit-kat de melón (no encontré los melones de cientos de dólares).

Las publicidades más raras, divertidas y/o indescifrables.

Un mapa del baño.

Esto.

Espantapájaros.

¡Lectoras de mi blog! Son mexicanas, me vieron caminando por Yoyogi Park y se acercaron a saludarme. Nunca jamás en mi vida pensé que me iba a encontrar lectores en Tokio.

¡Mi lector japonés! Cuando me mandó un mail diciéndome que me leía desde Osaka casi colapso. No pensé que tenía lectores japoneses!! Habla muy bien español y me dijo que practica mirando mis charlas (ya veo que se le pega el acento!).

Este muñeco.

 Snacks típicos japoneses.

Un cine erótico (así, tranquilísimo, en las calles de Osaka)


El colegiala de Osaka.


 Onsen (baños comunes con aguas termales). Son muy comunes en Japón y siempre hay uno para hombres y otro para mujeres. La primera vez que fui no sabía bien qué hacer, ya que hay un montón de reglas a seguir para asegurar la higiene del lugar (deberían adjuntar el manual de instrucciones con la entrada).

Sumo (no lo vimos en vivo pero sí todos los días en algún televisor que nos cruzábamos)

Baldes anti-incendios en las entradas de las casas (según leí, están solo en Kyoto, donde hay muchas construcciones de madera).

Sandalias para la casa y para el baño. Los japoneses se sacan los zapatos antes de entrar a la casa y tienen dos sandalias: para usar en la casa y para usar solamente en el baño.

Autoservicio (dejás ¥100 en la caja y sacás un poco de comida para los peces). Esto demuestra la confianza y seguridad que hay en Japón.

Prohibiciones de cosas que nunca se me hubiese ocurrido hacer pero que después de ver me dieron ganas.

¡Los expendedores de bombachas (ropa interior femenina) usadas! ¡No eran un mito! Los encontramos el último día en Tokio, en el subsuelo de un sex shop en Akihabara (lo que había en ese sex shop da para una parte 2)

Este videoclip que es furor en Japón (yo tampoco entiendo lo que acabo de ver, pero no me lo puedo sacar de la cabeza).

*

No encontré sandías cuadradas, no vi los ventiladores para enfriar los fideos, no fui a la isla de los gatos, no pude ver al abuelo colegiala que pasea por Yoyogi Park ni conocí a nadie que hubiese sufrido el síndrome de París (aunque con tanto fanatismo por lo francés, ya no me parece un síndrome tan raro). Tampoco caminé por el bosque de los suicidios ni me separé de L cuando visitamos la zona de Arashiyama (al parecer las parejas van ahí para terminar sus relaciones). No entramos a los maid-cafes ni a los butler-cafesNo coleccioné las firmas de los monjes ni fui a la estación de tren donde el “station master” es un gato. Pero encontré estos detalles y momentos que me llamaron la atención y me permitieron seguir armando el rompecabezas infinito que es Japón. Lo mejor de todo, es que si googlean “weird Japan” van a encontrar un montón de cosas más (les recomiendo la guía “Hidden Japan” de Atlas Obscura). Esto es solo la punta del iceberg de una de las culturas, para mí, más complejas y fascinantes del mundo.

¿Qué fue lo más raro que viste o te gustaría ver en Japón?

El Monte Fuji en mi ventana

“Mirá”. La chica que estaba parada en el pasillo del tren me tocó el hombro y me señaló la ventana. Parecía holandesa y viajaba con sus dos hijos rubios de cachetes muy rosas; yo iba distraída, leyendo, y si no hubiese sido por ella me lo perdía: el tren avanzaba a más de 300 kilómetros por hora y en mi ventana apareció el Monte Fuji completo. Era la primera vez que lo veíamos en dos meses y medio de viaje por Japón, pocos días antes de volar de Tokio a Kuala Lumpur. Tenía algunas nubes en la cima pero su forma simétrica era reconocible. El Monte Fuji debe ser una de las montañas más identificables del mundo, y por fin se dejó ver en el mismo horizonte que siempre estuvo tapado de bruma. Era mucho más grande de lo que me imaginaba y estaba más cerca de lo que pensé. Unos minutos después, desapareció.

Esta fue una de las fotos que le pude sacar mientras avanzábamos a toda velocidad.

Habíamos dudado si visitar la región del Monte Fuji o no. Nuestro plan original era quedarnos los tres meses trabajando a distancia desde Tokio, pero una vez que llegamos a Japón fue difícil no querer viajar. La excusa siempre era la misma: ya que estamos en ______, ¿por qué no vamos a _______? Total queda cerca. Lo que casi siempre nos terminaba frenando o limitando eran los precios: viajar por Japón es fácil y caro. Si vas con mucho presupuesto es ideal, si querés ahorrar te estresa. Al final llegamos hasta Hiroshima y en el camino de vuelta de Kansai a Tokio decidimos frenar en Kawaguchiko, uno de los cinco lagos ubicados cerca de la base del monte. Total nos queda de paso.

Segunda vista del Monte Fuji, esta vez desde el colectivo.

El tren nos dejó en la ciudad de Mishima, donde nos subimos al colectivo que iba a Kawaguchi. El Monte Fuji nos siguió durante las casi dos horas de trayecto, como la Mona Lisa que siempre te mira o la luna que parece moverse en la misma dirección que uno. Nos bajamos en la estación del pueblo, cruzamos la calle, nos apoyamos contra la pared de un restaurante y nos quedamos mirando hacia arriba durante varios minutos. Hacía 1°C pero no sentíamos el frío. Ahí estaba Fuji-san, más cerca que nunca, con la cima blanca y despejada, cubriendo la mitad del cielo. Durante los días siguientes, lo único que hice fue mirarlo desde distintos ángulos. Lo primero que aprendí del Monte Fuji: hay cosas que nunca voy a cansar de contemplar.

La estación de Kawaguchiko con el Monte de fondo

Mismo lugar, al día siguiente.

“La gran ola de Kanagawa”, de Hokusai

Durante muchos años tuve este dibujo de fondo de pantalla en mi computadora. Era mi obra preferida de Hokusai, un artista japonés que conocía poco pero me atraía mucho. Ahora me doy cuenta de que nunca miré el dibujo con atención, porque recién descubrí que lo del fondo no es una ola más, sino el Monte Fuji. El dibujo pertenece a las “36 vistas del Monte Fuji”, una serie de estampas hechas por el artista a sus 70 años, entre 1830 y 1833. El Monte Fuji es un símbolo cultural, geográfico y religioso de Japón y es considerado sagrado hace siglos. Los japoneses lo relacionan con la inmortalidad y hay una creencia, surgida del cuento del cortador de bambú, que dice que en la cima de la montaña está escondido el elixir de la vida eterna. Hokusai, como muchos otros artistas y poetas, tenía una obsesión con la montaña y durante varios años se dedicó a observarla y retratarla. Cuando pintó la ola, ya llevaba 64 años dibujando. Hokusai empezó su actividad artística a los 6 años y produjo más de 30.000 obras.

En el prólogo de la publicación de “Cien vistas del Monte Fuji”, otra serie de estampas, Hokusai escribió:

“A la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos poseerán vida propia”.

Murió a los 89 años. Ver el Monte Fuji a través de mi ventana, y ya no desde una pantalla, me hizo sentir conectada a la obra de un artista que admiro. Segundo aprendizaje del Monte Fuji: se necesita casi toda una vida para aprender a mirar un mismo elemento.

Tapa de alcantarilla vista en Kawaguchiko

Pasé los dos días siguientes yendo en colectivo por los cinco lagos. Hay un sistema de transporte hop-on hop-off que te permite bordear los lagos e ir subiendo y bajando en cada parada sin tener que volver a pagar el boleto. Cuando comprás el pase te dan un mapa con los puntos desde donde se ve el Monte. Fui a casi todos y cada vez que me lo encontré de frente fue como verlo por primera vez. Hasta me daban ganas de hacerle reverencias, de tirarle besos o de demostrarle, de alguna forma, lo imponente que era verlo en vivo.

Esta fue una de las primeras vistas, desde el Oishi Park

Vista con hojas de otoño

Estuvo despejado todos los días y aunque era diciembre, la temperatura llegó a los 20 grados

Al Monte Fuji le falta hablar, y si lo hiciera me hubiese dicho que me calle. Esos días andaba con la cabeza demasiado llena de pensamientos, preguntas y preocupaciones acerca del pasado y el futuro. Estaba dispersa, con la memoria a corto plazo de un mosquito, con la mente en otro lado, siempre pensando en lo que tenía que hacer después. Tenía un monólogo interno que parecía una ventana de Chrome en la que abría pestañas nuevas cada cinco segundos. Ahora que lo veo con un poco de perspectiva creo que estaba al borde del burnout. Me estaba costando mucho combinar el viaje con el trabajo, sentía que nos estábamos moviendo demasiado, salía a caminar pensando en que tenía que volver a trabajar y me sentaba a trabajar pensando en que me estaba perdiendo de muchas cosas. No terminaba de disfrutar por completo de una cosa ni de la otra. Tercer aprendizaje que me llevo de esos días de contemplación del Monte Fuji: estar quieto también es estar vivo. (Pero andá a decirle eso a mi yo-viajero que cree que el movimiento es lo único que vale).

Me compré estas tarjetitas en Nueva York y me voy anotando recordatorios.

Escribo todo esto desde Bali, donde vinimos a quedarnos quietos por un mes y medio, y me doy cuenta de que Japón fue un lugar de transición: de viajar sola a viajar en pareja, de viajar con mochila a sumar una valijita (para llevar cuadernos, acuarelas, lápices y cosas de papelería), de hacer Couchsurfing a hacer Airbnb, de viajar por lugares baratos a viajar por un lugar muy caro, de buscar ventanas con paisajes distintos a querer mirar lo mismo durante mucho tiempo, de querer seguir en la modalidad slow travel a controlar mis impulsos de querer ver y hacer todo. No es fácil encontrar el equilibrio como nómada digital, cuando los viajes y el trabajo se mezclan tanto, cuando no hay bordes entre una cosa y otra, cuando es uno el que tiene que manejarse los tiempos y cumplir con todo (estoy preparando un post al respecto). Japón fue fácil y difícil a la vez, y es uno de los países de los que más aprendizajes me llevo.

La belleza de lo cotidiano

Último otoño en Tokio

Unos días antes de que saliera nuestro vuelo a Kuala Lumpur (que me tuvo aterrorizada durante toda la semana previa) volvimos a Tokio en colectivo. El Monte Fuji nos siguió durante un rato y volvió a desaparecer para no mostrarse más, como si quisiera dejarme una última enseñanza: todo aparece y desaparece en el momento justo. Pasamos los últimos días en Tokio en un cuarto sin ventanas, disfrutando de cada detalle cotidiano como si fuese la última vez, con nostalgia y ganas de frenar el tiempo. Nos fuimos de Japón sin querer irnos y ambos prometimos que vamos a volver. Japón fue el lugar que me terminó de demostrar que sí, quiero seguir viajando, me encanta este estilo de vida y me gusta cambiar de entorno cada tanto, pero cada vez tengo más necesidad de hacer estadías más largas, de mudarme la menor cantidad de veces posible y de tener la misma vista en mi ventana, al menos durante tres o seis meses.

El último día en Tokio fuimos a caminar por Akihabara

Y yo miraba todo con nostalgia y pensaba en que iba a extrañar cada detalle.

Hasta la hora pico en el transporte público

Los carteles-comics.

La ropita para perros.

Los minions

Y la alegría que me dio una alcantarilla cubierta de hojas de otoño

[box type=star] Información útil para viajar al Monte Fuji:

  • El Monte Fuji es un volcán (entró en erupción por última vez en 1708) y es el pico más alto de Japón. Está ubicado a cien kilómetros de Tokio, desde donde se lo puede ver en un día despejado, y más de 300 000 personas lo suben cada año.
  • Cuándo subirlo: la época oficial de escalada es en verano, entre julio y agosto. Si bien durante el día hace calor, el clima de noche es muy frío, por lo que hay que llevar ropa adecuada. Está muy desaconsejado subir el Monte fuera de la temporada oficial, sobre todo sin experiencia previa.
  • Dónde dormir: lo más cómodo para explorar la región (escales el Monte o no), es hacer base en Kawaguchiko. Desde ahí salen los transportes para ir hasta la 5ta estación, el punto desde donde empezar a escalar, y para recorrer el resto de los lagos. Nosotros nos alojamos en Guesthouse Orange Cabin, un lugar recién abierto y a tres minutos caminando de la estación Kawaguchi. Tiene un living-comedor muy cómodo para usar como espacio de trabajo, pero la contra es que no hay cuartos compartidos.
  • Cómo llegar desde Tokio: lo más fácil y barato es ir en colectivo desde Shinjuku a Kawaguchiko Station (sale varias veces al día, tarda 1 hora 45 minutos y cuesta ¥1750).
  • Cómo moverse: nosotros compramos el “Sightseeing pass” del Fujikyuko Bus, válido por 2 días (¥1500 que se amortizan rapidísimo). Hay tres líneas (la roja, la verde y la azul) que hacen tres recorridos distintos. La roja es la que tiene más frecuencia y a la que se suben todos, bordea el lago Kawaguchi y es el recorrido más corto. Les recomiendo que no dejen de subirse a la línea azul e ir hasta el lago Shojiko, desde donde hay muy lindas vista del Monte Fuji. Pueden ver el mapa en la web de Fujikyuko.
  • Dónde comer: Kawaguchiko es un pueblo muy turístico y tiene muchas opciones de lugares para comer. Confieso que nosotros terminamos siempre en el 7-Eleven y Lawson, los minimercados, comiendo las bandejitas preparadas en el día (es lo más barato, entre ¥300 y 600).
  • Por si les divierte el dato, en Kawaguchiko hay un parque de diversiones con montañas rusas que rompen récords: la más larga, la más alta, la más rápida, la más empinada y cosas así, todas con vista al Monte Fuji. Se llama Fuji Q Highland.[/box]

Un corazón de washi tape (o Redescubrir obsesiones en Japón)

“Aniko-san, do you like masking tape?”, me pregunta la chica que nos recibe en el hostel de Okayama.

Le pido que me repita la pregunta porque no sé si escuché bien. ¿Me está preguntando si me gusta la masking tape? (también conocida como washi tape) ¿Sabrá que las washi tapes son mi nueva obsesión japonesa? ¿Se imaginará cuántos rollos estoy cargando en la mochila? ¿Será que L la mandó para hacerme un chiste? ¿O será una pregunta estándar para hacer el check-in? Es casi como si me hubiese preguntado: “Aniko-san, ¿te gusta pegar cosas en tus cuadernos, jugar al Super Mario, comer maracuyá puro, nadar en el mar, mirar videos de stand-up hasta cualquier hora, recibir libros por correo, salir a caminar y acariciar gatos?”. No me dio ni tiempo a dejar la mochila en el piso y ya me está haciendo preguntas existenciales. Que si me gusta la washi tape…

“Sí, ¿por qué?”, le respondo, haciéndome un poco la desinteresada.

“Porque a quince minutos de acá está la fábrica.”

Por si se están preguntando qué demonios es la washi tape, acá van algunas fotos. Es como una cinta scotch hecha de un tipo de papel que se llama “washi” que se puede pegar y despegar fácilmente.

La washi tape (o masking tape) surgió en Japón y se hizo famosa entre los crafters de todo el mundo. Viene en varios tamaños, colores y dibujos y se consigue en todas partes (en Japón).

Un rollo puede costar entre 1 y 5 usd (en general el promedio es de 2-3 dólares) y mide unos 10 metros.

¿Para qué sirve? Para decorar, para pegar en el cuaderno, para embellecer. Es ideal para quienes hacen scrapbooking o journaling.

*

Empecé a interesarme por la papelería mucho antes que por los viajes. Lleno cuadernos desde que aprendí a escribir: primero usé los diarios íntimos de hojas de colores, borde dorado y candadito, después me pasé a las agendas y, cuando empecé a viajar, a los cuadernos. Yo era de las que juntaba figuritas: tenía álbumes en blanco —con tapas de Disney y hojas plastificadas— y los llenaba con los stickers de peluche que me compraba mi mamá en la librería de mi barrio o con las calcomanías medio metalizadas que sacaba de máquinas por un peso (¿qué fue de esas máquinas? Solían estar en los peloteros, supongo que fue algo muy de los noventa). También coleccionaba de los otros álbumes, los que eran temáticos y venían con los espacios rectangulares en blanco para llenar con las figuritas numeradas que se compraban en sobres en los quioscos. Hasta me había hecho socia del Club Panini, que era la marca que los comercializaba, para que los álbumes nuevos me llegaran por correo antes de que estuvieran a la venta.

En los cajones de mi escritorio había gomas de borrar con forma de animales y olor a tutti frutti, cartucheras de lata con dibujos de Garfield, sellitos de esos redondos que venían con tapa, biromes de gel de colores pasteles. Una de mis posesiones más valiosas era mi caja de cartón con papeles de carta. Tenía con motivos de flores, de animales, de dibujos animados. Los intercambiaba con mis compañeras de colegio y los que más se cotizaban eran los que tenían perfume. En ese papel le escribía cartas a mis amigas, a mi mamá, a chicas que contactaba por medio de revistas como Billiken o Mickey Total y a Lauren, una estadounidense que había conocido en la pileta de un hotel durante un viaje con mi familia. Una vez cada dos meses, más o menos, aparecía en el felpudo de nuestro departamento una carta de Lauren, que con su letra grande y redonda me contaba qué había estado haciendo en Ohio y me mandaba fotos de la nieve. Guardo todas esas cartas, aunque Lauren y yo nunca más nos vimos ni tampoco nos agregamos en Facebook. Ese intercambio de correspondencia fue mi primera conexión entre los viajes y la papelería.

Cuaderno visto en Japón

Durante mis primeros diez o doce años, además de pasarme los días leyendo, una de mis actividades preferidas era hacer libros artesanales. En las hojas rayadas de mi carpeta escolar escribía cuentos y cartas con biromes de colores, también hacía collages, copiaba canciones o poemas y pegaba fotos. Después fabricaba las tapas con cartulina de color, las perforaba, ataba todo con un hilo grueso y le hacía un moño a modo de cierre para que nadie pudiera espiar sin permiso. Durante varios años les regalé esos libros a mi mamá y a mi papá para cada cumpleaños. Uno de los mejores y peores momentos del año era febrero: lo único bueno de que se terminaran las vacaciones era que teníamos una visita obligada a la librería-papelería para comprar los útiles escolares antes de que empezaran las clases (y ahí se terminaba mi felicidad, porque ir al colegio fue una de las cosas que menos disfruté en mi vida).

No sé si hay algo que me haya apasionado más que la papelería pero, aún así, en algún momento dejé todo ese mundo de lado. Supongo que fue cuando entré en la adolescencia. No iba a estar cargando costumbres de nena en una edad en la que quería parecer lo menos infantil posible, así que mis tesoros fueron a parar a cajas, a manos de otras nenas o —quisiera no pensarlo— a la basura. Me desprendí de biromes, papeles de carta, stickers, sellitos, cartucheras y me quedé con lo más serio, que era la escritura, y la convertí en un medio para hablar(me) de los chicos que me hacían sufrir y de todos los temas que podían preocuparme a esa edad. De esa época de primeros amores y desilusiones me quedan agendas de Maitena que me da vergüenza releer pero que no puedo tirar a la basura.

Cuando empecé la facultad dejé las agendas y pasé a los cuadernos. En el 2008, cuando me fui de viaje por América Latina, me llevé un cuaderno rayado A4 de espirales para usarlo a modo de bitácora. No lo elegí por nada en especial, creo que arrastré la costumbre universitaria de escribir en hojas grandes. En nueve meses completé dos. En Asia fue algo parecido: habré llenado tres cuadernos A4 en 16 meses de viaje. Todo cambió cuando viajé a Europa. En Barcelona, un lector me regaló una moleskine —libretas a las que siempre había mirado con un poco de desconfianza por ser “innecesariamente caras”, según yo— y despertó a la loca de los cuadernos que llevaba en mí. Empecé a escribir a mano y a llenar cuadernos como nunca antes. Cuando me quedé a vivir en Biarritz me desaté: durante ese año me la pasé llenando cuadernos y journals —que no me pesaban en la mochila porque no tenía la mochila esperándome para ir a ninguna parte— y abrí escribir.me, un blog dedicado a la escritura creativa y la papelería. Fue mi manera de aceptar (acá me gustaría usar la palabra embrace) mi pasión por el papel y todo lo relacionado con la escritura y de darle un espacio propio a esos intereses. Aniko viajera por un lado, Aniko stationery fan por otro.

Aunque yo sea una sumatoria de las dos cosas…

Y como si hubiese tenido la necesidad de cerrar el círculo papelería-viajes-papelería y de unir mis dos facetas en una, en septiembre nos fuimos a Japón y todo confluyó. Si ser adicta a la papelería fuese algo peligroso, en Tokio me hubiesen internado. Nunca vi una ciudad (y un país entero) con tanto amor por el papel, las agendas, las biromes, los lápices, los marcadores, los post-its, los stickers (¡los stickers!) y lo “cute”. Pasé horas revolviendo agendas, mirando stickers, probando lapiceras y sellos, tocando papeles y eligiendo washi tapes, que fue lo que más me enloqueció de la papelería japonesa. No pienso confesar cuántas me compré, solo diré que ya tengo una pequeña (ejem) colección y que me la pasaré pegando washi tape en cualquier superficie lisa y distraída que encuentre.

*

La fábrica a la que se refiere la chica del hostel es la de mt (una de las marcas más conocidas) y está en Kurashiki, ciudad donde nació la washi tape, pero solo abre para visitas una vez al año y ya perdí mi oportunidad. De todas maneras quiero ir a conocer el lugar donde se inventó una de mis obsesiones.

El casco antiguo de Kurashiki

Viajo a Kurashiki en tren y descubro que, además de tener negocios de washi tapes, la ciudad tiene canales y garzas y peces y góndolas y un casco antiguo muy bien preservado. Me quedo varias horas.

Paso un día repleto de pequeños momentos:

una japonesa me da una muestra gratis de algo y antes de abrirla le pregunto si es comestible,

la que atiende en uno de los negocios de washi tapes no puede creer que soy argentina y para asegurarse googlea una foto de la bandera y me pregunta si soy de ahí,

en un negocio me dejan hacer un testeo gratis de washi tapes por 10 minutos y ponen un reloj de arena para medir el tiempo mientras yo corto y pego pedazos de washi tape enloquecida,

dos japonesas que hacen el testeo conmigo me preguntan de dónde soy y tampoco pueden creer que vengo desde Argentina,

me siento en el borde del canal a mirar a una garza durante al menos veinte minutos,

saludo con la mano a los que pasan en góndola,

veo a un hombre alimentar a los peces,

encuentro un corazón hecho con washi tape.

No sabía si esto se comía o no.

Los canales de Kurashiki

Las calles de Kurashiki

La garza de Kurashiki

Y sí, hay dos negocios que venden washi tapes

Y sí, hay dos negocios que venden washi tapes

Veo este corazón en Okayama, al salir del hostel.

Y cuando me acerco me di cuenta de que estaba hecho con pedacitos de washi tape.

En el camino de Okayama a Kurashiki veo otro corazón

Este siempre será el hostel en el que me preguntaron si me gustaba la masking tape

El castillo de Okayama

Los árboles que empezaban a pelarse

Pienso en que desde que estamos en Japón, todos los días tengo un momento de puro presente, un instante en el que soy plenamente consciente de que estoy en Japón y de que me encanta estar acá. Dura pocos segundos pero aparece casi todos los días en los momentos más cotidianos: cuando estoy cruzando la calle, cuando me encuentro con una tapa de alcantarilla pintada, cuando me siento a mirar algo, cuando veo a un japonés hacer lo que para él es lo más normal del mundo. Japón me parece un país muy especial y a veces tengo la sensación de que estoy en otro planeta, o en la Tierra de un universo paralelo. Me costó dejar mi casa para venir hasta acá pero ahora entiendo que por algo tenía que hacerlo. Japón me conectó con un lado infantil que no me había animado a dejar salir del todo, me dio permiso para volver a mi amor por la papelería (y para ser fan, algo que acá es muy común), me demostró que hay muchísima gente con esta misma pasión por el mundo del stationery y que no soy la única loca que siente ataques de felicidad cada vez que entra a una librería. Japón me permitió convertirme en la viajera que lleva una colección de washi tapes en la mochila.

[box type=star]Info útil para viajar a Okayama y Kurashiki:

Okayama está a mitad de camino entre Hiroshima y Osaka y es una buena ciudad para hacer base e ir a conocer islas y pueblos cercanos. Desde ahí pueden ir a Okunoshima, la isla de los conejos, y a Naoshima, la isla de los artistas. Además están a 15 minutos en tren de Kurashiki, la ciudad de las washi tapes, los canales y las góndolas (le dicen “La Venecia de Japón”, aunque su centro histórico es muy chiquito).

Transporte: les recomiendo usar Hyperdia para ver los horarios y costos de los tren en Japón. Algunos precios: Okayama – Kurashiki ¥320 (usd 2.70, 17 minutos), Okayama – Hiroshima en el tren de alta velocidad desde ¥5500 (usd 47, 1 hora), Okayama – Osaka desde ¥3000 (25 usd) en trenes locales.

Alojamiento: nosotros nos quedamos en Kamp, un guesthouse con restaurante y música en vivo. Tiene dormitorios compartidos (¥3000 / usd 25 por persona) y cuartos privados para dos personas (¥3500 / usd 30 por persona) y está muy cerca de la estación.

Washi tape: Y por si les interesa, hay dos negocios de washi tapes en Kurashiki: Nyochiku (web | mapa) y 612 Factory Shop (mapa). Al parecer, cuando abren la fábrica de mt para visitas, toda la ciudad se llena de masking tape… Me lo perdí. [/box]

El día que fui a Okunoshima, la isla de los conejos en Japón

[box type=info] Atención: este post tiene un alto contenido de cuteness. Si sos sensible a este tipo de imágenes, te recomiendo que no sigas leyendo.[/box]

Cuando, hace unos meses, empezó a circular la noticia de que en Japón había una isla con más gatos que personas pensé que era demasiado bueno para ser cierto. Japón estaba cumpliendo mis sueños más delirantes a la distancia: “La isla de los gatos” me parecía algo sacado de un libro de Murakami.  ¿Qué amante de los gatos no soñó con vivir en una isla repleta de felinos? Lo más cerca que estuve de eso fue cuando cuidé a los 13 gatos de una de mis mejores amiga en Lima y me volví loca tratando de mantener todo bajo control (fue muy difícil desayunar, porque mientras impedía que tres gatos se subieran a la mesa, uno aprovechaba para lamer la manteca de mi tostada y otro intentaba escaparse por la ventana). Anoté la isla de los gatos en mi lista mental de lugares para ir alguna vez en la vida (o lugar donde quedarme para siempre, incluso) mucho antes de saber que nos íbamos a Japón. Si Valparaíso me pareció la sede de gobierno de los gatos, aquella isla sería algo así como el primer foco revolucionario de la dominancia mundial gatuna.

Cuando llegamos a Japón me puse a investigar y me enteré de que no hay una sola isla habitada por gatos: hay once. Y también hay una isla de conejos, una aldea de zorros, una isla de tiburones y muchos cafés donde ir a acariciar gatos, hamsters, búhos, serpientes y conejos. En un principio, nuestro plan era estar tres meses quietos en dos o tres lugares de Japón, al menos un mes en Tokio y dos meses en otro lugar. Pero al final terminamos recorriendo mucho más de lo pensábamos y cuando llegó el momento de elegir a qué isla de animales ir, optamos por Okunoshima, la isla de los conejos. Lo malo de viajar por Japón es que trasladarse es muy caro (sea en tren o en bus) y para ir a la isla de los gatos de Ehime (la que salió en las noticias) desde Kansai íbamos a tener que gastarnos entre 200 y 400 dólares cada uno (en trenes de ida y vuelta + ferry + alojamiento + comida). La isla de los conejos, en cambio, nos quedaba de paso en nuestro trayecto de Hiroshima a Okayama. Además, estos videos me convencieron:

La noche anterior casi no pude dormir de la ansiedad. Ya me veía haciendo angelitos de nieve entre cientos de conejos (eso no pasó, claramente) y revoleando conejos por los aires como un Susano tirando los cupones para elegir al ganador de un sorteo (tampoco pasó). ¿Los conejos se me acercarían? ¿Podría acariciarlos? ¿Se me subirían encima? ¿Me querrían más si les llevaba zanahorias y repollo? ¿Sería un hit entre los conejos y todos los nenes me tendrían envidia? Por unas horas, esas fueron mis únicas preocupaciones en el mundo.

Llegamos a Tadanoumi, el puerto desde donde sale el ferry a la isla, a eso de las 10.30 de la mañana y ya había gente haciendo fila, sobre todo muchas familias con chicos chiquitos. Pensé que la isla era un lugar medio secreto y que al ser un día de semana no habría nadie, después me enteré de que era feriado y la isla es más popular de lo que pensaba. Viven más de mil conejos super fluffly y adorables y es un lugar que trae buena suerte y fertilidad, y en una sociedad amante de lo kawaii (tierno) como la japonesa, una isla así es un hit. Mejor que nadie se interponga entre los conejitos y yo porque los tackleo a todos (tanta ternura me violenta). Como estábamos en camino a Okayama, dejamos todo el equipaje en los lockers y llevamos solamente la comida para los conejos y la cámara de fotos. Compramos el ticket en una máquina, nos subimos al barco y quince minutos de navegación después nos bajamos en la isla y vimos a los primeros conejos acercarse en busca de comida.

Esperando a que llegara el ferry

La pregunta es: ¿de dónde salieron todos estos conejos y por qué viven acá? Hay dos teorías y un pasado oscuro.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la isla de Okunoshima funcionó como una fábrica secreta de armas químicas donde se produjo el gas venenoso que Japón usó para atacar en China. Los conejos fueron llevados a la isla para probar los efectos del gas y, cuando la guerra terminó, los trabajadores de las fábricas los liberaron. Algunos creen que los conejos que viven en Okunoshima hoy en día son los descendientes de ese primer grupo, aunque otros lo niegan.

Actualmente, en la isla todavía se pueden ver las ruinas de las fábricas de gas (el acceso está prohibido) y visitar el Museo del gas venenoso, establecido en 1988 con el objetivo de “mostrarle a la mayor cantidad de gente posible las horribles verdades del gas venenoso”. Su curador le dijo al New York Times: “Mi esperanza es que la gente visite el museo de Hiroshima y este para ver que los japoneses fuimos tanto víctimas como agresores durante la guerra. Espero que la gente vea ambas facetas y reconozca la importancia de la paz”.

La segunda teoría, más al estilo Bart Simpson y su rana en Australia, es que los conejos son descendientes de 8 conejos que fueron liberados en la isla por un grupo de alumnos durante una excursión escolar en 1971. Ninguna de las dos está comprobada.

Esa patita!

El repollo fue un éxito, me lo querían robar!

Pasamos varias horas en la isla dándole de comer a los conejos y acariciándolos, aunque algunos se dejaban más que otros. No se me cumplió el sueño de ser perseguida por una estampida de conejos como la chica del video (había demasiada gente para eso, me parece, y la atención de los conejos estaba dividida), pero escucharlos masticar zanahoria en un lugar tan silencioso fue casi hipnótico. Varias veces los tuve que perseguir porque me robaban la bolsa de comida y, en general, tuve la sensación de estar en un lugar irreal. Me pasó lo que suele pasarme en lugares que me gustan mucho: ni nos habíamos ido y ya tenía ganas de volver. Creo que me japonicé porque cualquier cosa tierna me enloquece más de lo normal. L y yo prometimos volver algún día a Japón (y a esta isla, y a la de los gatos) con nuestros hijos. Abajo les dejo info por si quieren visitar Okunoshima.

Cuando vi a estas dos bolitas de peluche me puse a gritar (entiendanme, nunca tuve mascotas)

La isla en sí es muy linda para caminar (lástima que nos tocó un día de muchísimo viento y frío)

En verano se puede nadar

Los conejos están por todas partes y viven en estado salvaje, aunque están acostumbrados a la gente y se acercan enseguida.

Esta es una de las ruinas de las fábricas químicas.

[box type=star] Info útil para ir a Okunoshima, la isla de los conejos, en Japón:

  • Cómo llegar a Okunoshima: tienen que tomar un tren a la estación Tadanoumi (Prefectura de Hiroshima). Desde Hiroshima hay un tren rápido que tarda una hora (con transbordo en Mihara) y cuesta ¥3540 (30 usd al cambio del 14/12/16) o un tren que tarda dos horas y cuesta ¥1320 (11 usd, con transbordo en Hiro). Ambos salen varias veces al día. Pueden ver los horarios, combinaciones y precios para ir desde otras ciudades en Hyperdia.
  • Desde la estación de tren de Tadanoumi hay que ir hasta la estación fluvial, que está a unos 5 minutos de caminata (el camino está indicado en carteles en la estación de tren, abajo les dejo una foto del mapa). Ahí compran el boleto para ir al puerto de Okuno (¥620 ida y vuelta – aprox. 5 usd). Tarda 15 minutos y sale varias veces al día, abajo les dejo una foto con los horarios vigentes en noviembre de 2016 (cuidado porque hay algunos horarios que no son válidos para noviembre – enero y hay ciertos horarios que solamente son válidos para los fines de semana). Lo mejor es llegar temprano.
  • Si tienen equipaje, pueden dejarlo en los lockers de la estación fluvial para no cargarlo mientras visitan la isla. Cobran ¥500 (aprox. 4 usd) por bulto por día.
  • En la estación fluvial venden bolsitas con alimento para conejos a ¥100. En la isla no se vende comida para conejos, así que si quieren darles de comer tienen que comprarla ahí (o comprar verduras frescas en un supermercado). Recuerden no dejar basura en la isla.
  • Más información: esta web japonesa tiene muy buena info para visitar la isla de los conejos y las islas de los gatos, por si se quedan con ganas (fue la única info certera y completa que encontré en internet).[/box]

Domingo en Hiroshima

Do you think this city is full of ghosts?

El tranvía avanza por las calles de Hiroshima y yo miro a la gente subir y bajar. “Tienen otros rasgos”, pienso. “Muchos de ellos deben haber perdido a sus padres o abuelos, y sin embargo acá están y la vida sigue”, pienso. De repente una señora habla o un nene se ríe o una pareja se da la mano o algo demasiado cotidiano pasa en ese tranvía y me dan muchas ganas de llorar. No me interesaba venir a Hiroshima y ahora siento una tristeza universal. Pienso en todo lo que estudié en el colegio y en la universidad, en la guerra de Vietnam, en las matanzas de Camboya, en las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, pienso en que mientras estudiaba no me imaginaba que años después viajaría al lugar de los hechos. El tranvía sigue avanzando y nos deja a pocos pasos del que será nuestro departamento por unos días, a cinco minutos del lugar que fue el epicentro de la bomba. Antes de bajarnos escribo en mi cuaderno: “¿Qué día de la semana era cuando cayó la bomba?”.

Primeras imágenes de Hiroshima, que nos recibió en otoño.

Como en todo Japón, las tapas de las alcantarillas tienen arte.

Pareja en la zona del castillo de Hiroshima

Es de noche y me siento sola. Si no lo tuviera a L estaría llorando e intentando quedarme dormida para no pensar en esta tristeza. Hay ciudades que me generan angustia. No quería venir a Hiroshima porque me parecía que no habría nada para ver, o que no habría nada que me interesara ver. No quería venir solo porque acá, hace muchos años, una bomba cargada de odio borró a una ciudad y mató a gran parte de su población. Pero al final decidimos venir y me alegra, aunque sienta ganas de llorar desde que llegamos. Son más de las 12 de la noche y no se escuchan ruidos por la ventana. Hiroshima duerme. “¿Crees que esta ciudad está llena de fantasmas?”, le pregunto a L. Tantas muertes injustas no pueden no dejar rastros. Como cuando fui a las Killing Fields de Camboya, siento que el aire de Hiroshima está cargado del recuerdo de personas que se fueron antes de tiempo.

Me quedo leyendo hasta las 3 de la mañana. Leo que, durante la Segunda Guerra, Hiroshima era un lugar de importancia militar e industrial, leo que fue la primera ciudad del mundo en recibir un ataque nuclear (y la única en la historia, junto con Nagasaki), leo que Kyoto había sido un objetivo posible pero finalmente fue descartado (porque, al parecer, el Secretario de Guerra de EEUU había ido a Kyoto de luna de miel y admiraba la cultura y la historia de la ciudad), leo acerca de los hibakusha (“persona bombardeada”, término que se usa para designar a los sobrevivientes de las bombas) y de la discriminación social que sufrieron (como no se sabía mucho acerca de los efectos de la radiación, se creía que podía ser contagiosa y/o hereditaria). Leo la historia de Tsutomu Yamaguchi, el único hombre (oficialmente reconocido) que sobrevivió a las dos bombas atómicas: estaba trabajando en Hiroshima cuando cayó la bomba, sobrevivió, se fue a su casa en Nagasaki y sobrevivió otra vez (murió a los 93 años de cáncer de estómago). Me voy a dormir pensando en todo esto.

Grullas en honor a las víctimas de la bomba

Me despierto y salgo a caminar con rumbo al Peace Memorial Park, el parque que se construyó como memorial en ground zero, el área que fue el epicentro de la explosión. El 6 de agosto de 1945, el avión de guerra estadounidense Enola Gay salió de la isla de Tinian, a 6 horas de vuelo de Japón, cargando a “Little Boy”, una bomba atómica con 64 kilos de uranio-235. A las 8.15 de la mañana, el avión sobrevoló Hiroshima y el militar estadounidense Thomas Ferebee soltó la bomba, que cayó en menos de 45 segundos y detonó a una altura de 580 metros sobre el centro comercial y residencial de Hiroshima. La explosión mató a unas 80.000 personas (el 30 por ciento de la población), hirió a más de 70.000 y destruyó el 69 por ciento de los edificios de la ciudad. En los meses siguientes, la lluvia negra, la radiación y los efectos residuales de la bomba mataron a más de 146.000 personas, en su gran mayoría civiles. (Escribo esto ahora, casi tres semanas después de haber estado en Hiroshima, y vuelvo a tener un nudo en la garganta).

En el parque se puede leer la historia de aquel día.

Fotos después de la explosión

El domo estaba casi debajo del epicentro de la explosión y fue la única construcción de la zona que quedó en pie.

Mientras camino pienso en el poema de Sarah Kay que empieza diciendo: “When they bombed Hiroshima, the explosion formed a mini-supernova” pero no puedo acordarme cómo sigue. Es otoño, los gingkos están amarillos, el asfalto está cubierto de hojas, hace casi 20 grados. En la entrada del Parque Memorial de la Paz hay un evento: hay puestos de comida vietnamita, india, tailandesa, hay música cubana en vivo y gente bailando a ritmo japonés. Me siento en un banco frente al río y miro el Genbaku Dōmu, también llamado A-Bomb Dome, las ruinas de un edificio gubernamental que quedó justo debajo del epicentro de la explosión y fue el único que se mantuvo en pie. Mientras tanto, al lado del puente un músico canta y la gente lo escucha sentado en sillas y aplaude educadamente después de cada tema. Se me acerca un grupo de nenes y ya sé que vienen a entrevistarme para su clase de inglés. Es como la tercera o cuarta vez que me pasa. Hacen preguntas por turnos, mientras uno va tomando nota. Me preguntan cómo me llamo y de dónde soy, no entienden cuando digo Argentina (y eso que lo pronuncio con fonética japonesa: “Aruzenchin”) y preguntan otra cosa, qué me gusta de Japón, por qué vine a Hiroshima, qué otros lugares de Japón conocí.  Me piden una foto y se van corriendo. La profesora me hace un reverencia a lo lejos.

El A-Bomb Dome hoy

Artistas lo pintan.

Música en vivo.

Se debatió mucho si dejarlo en pie o restaurarlo. Finalmente decidieron dejarlo así, tal cual quedó después de la explosión.

El Peace Memorial Park

Paso toda la tarde en el parque. Camino, veo a un dueño paseando a su perrito y sacándole fotos entre las hojas de otoño, me paro frente al monumento dedicado a los chicos que murieron por la bomba, veo las miles de grullas que manda la gente en honor a Sadako Sasaki, una chica que murió por la radiación y que dobló mil grullas porque pensó que de esa manera se curaría. Un in-uterus survivor cuenta su historia a través de carpetas con fotos, recortes y textos traducidos a varios idiomas. Vuelvo a ver las mismas fotos que vi alguna vez en el colegio, cuando todo esto me parecía una realidad muy alejada de la mía, cuando lo que pasaba en Japón o en cualquier otro lugar del mundo no me afectaba de manera directa. Más tarde viene L y nos quedamos mirando el Domo. “¿Soy yo o vos también sentís esta tristeza?”, le pregunto. Él también la siente. A nuestro alrededor, la gente de Hiroshima disfruta de su día de descanso. Se nota que es domingo, se nota por la cantidad de gente que pasea, por los chicos que se quedan horas jugando, por la música en vivo, por la falta de apuro. El domingo es un día reconocible en casi cualquier lugar del mundo. Vuelvo a preguntarme qué día de la semana era cuando cayó la bomba. No aguanto más la intriga y busco la fecha en el calendario de mi celular: el 6 de agosto de 1945 fue un lunes. Muchos de los relojes que encontraron en el piso después de la explosión quedaron marcando para siempre las 8.15 am.

Chicas caminando por el Parque Memorial de la Paz.

Viva el otoño y su belleza.

Mi árbol preferido.

Es otoño pero hay flores.

El castillo de Hiroshima.

Peces y hojitas de otoño.

Esta foto y las que siguen son de Miyajima, una isla muy cerca de Hiroshima, famosa por su torii flotante (el que ven en esta imagen).

El lado B de viajar por Japón: todo está repleto de gente.

En Miyajima también hay ciervos sueltos, como en Nara, pero no se los puede alimentar.

Este es el video con el poema “Hiroshima” de Sarah Kay. Si bien está casi al final de la charla, les recomiendo verla entera. Yo ya la vi como 6 veces y siempre me da escalofríos.

[box type=star]Información útil para visitar Hiroshima y Miyajima:

  • Cómo llegar: nosotros fuimos en colectivo diurno desde Kyoto. Nos costó la mitad que ir en tren pero tardamos 7 horas en vez de 2. Reservamos el pasaje a través de la web de Willer Express y lo pagamos en efectivo en un Lawson (convenience store). También pueden comprarlo en el momento, siempre y cuando haya lugar.
  • Cómo moverse: dentro de Hiroshima nos movimos en tranvía y a pie. Un viaje en tranvía cuesta ¥160 (aprox. 1,50 usd al cambio del 11/12/16).
  • Dónde dormir: como en casi todo nuestro viaje por Japón, nos alojamos a través de Airbnb (siempre conseguimos departamentos enteros por el mismo precio —o menos— que dos camas en una habitación compartida). El alojamiento en Japón se llena rápido (ya que hay poca oferta en comparación con la cantidad de turistas) así que les recomiendo reservar con al menos unos días de anticipación. Como mínimo, van a gastar unos 15-20 usd por noche por persona. Les recomiendo quedarse cerca de la estación de Hiroshima o del Parque Memorial de la Paz.
  • Cómo ir a la isla de Miyajima: es muy fácil ir de Hiroshima a Miyajima. Desde la estación Hiroshima del JR pueden tomar el tren (cuesta ¥400 y tarda 25 minutos) o el tranvía #2 (cuesta ¥270 y tarda 70 minutos) hasta la terminal de ferrys. Ahí toman el barco y en 10 minutos están en la isla (el ticket de ida y vuelta cuesta ¥360). En la isla hay muchos lugares para comer y dormir, pero no hay conbinis, así que si solamente quieren un snack les recomiendo comprarlo antes de subirse al barco.
  • Más información: estoy usando mucho las guías de Wikitravel, son concisas y tienen muy buena información práctica. Esta es la de Hiroshima y esta la de Miyajima. [/box]

En busca de las hojas de otoño en Osaka, Nara y Kyoto

Cuando me di cuenta de que ya estábamos en noviembre y no habíamos visto ni una hoja de otoño me empecé a desilusionar. En Tokio la temperatura había bajado pero los árboles seguían verdes y sin intenciones de cambiar de color. Me surgieron preguntas paranoicas del estilo ¿y si este año no hay otoño en Japón? ¿Y si las fotos de “Autumn leaves” que se ven en internet son todas photoshopeadas? ¿y si el “koyo” (las hojas que cambian de color en otoño) es un mito?

El otoño y la primavera son mis estaciones preferidas, espero que nunca me hagan elegir porque no sé con cuál me quedo, aunque hay algo de la melancolía del otoño que me encanta:
las hojas cambian de color, cubren el asfalto y hacen ruido cuando las pisás,
empieza la época de los tés calentitos, las medias gruesas, la lectura con frazada y las bufandas,
la luz matutina que entra por la ventana tiene otra consistencia,
el clima es perfecto para quienes no soportamos el frío ni el calor intenso.

(Mientras escribo esto suena “What a wonderful world” de Louis Armstrong de fondo y pienso en que hay canciones que son otoñales, como esa).

Después de casi dos meses atrapados en Tokio y sin ver el koyo (el cambio de color de las hojas) japonés seguimos camino hacia la región de Kansai, en el centro del país, con la ilusión de ver al menos una hojita seca. Esto fue lo que encontramos.

* Verde en Osaka

Las hojas de Osaka estaban queriendo cambiar de color.

Las hojas de Osaka estaban queriendo cambiar de color.

Lo primero que me llamó la atención de Osaka fue que la gente se paraba del lado derecho en la escalera mecánica y no del izquierdo como en Tokio. Es un detalle que puede parecer insignificante pero que en un país tan lleno de reglas y rituales no es azaroso. En Japón se maneja por la izquierda, se camina por la izquierda y se espera por la izquierda, así que verlos parados del lado derecho con tanta seguridad me hizo acordar a lo que me habían dicho antes de llegar: “Los de Osaka son los rebeldes de Japón”. Osaka fue la primera ciudad que visitamos después de Tokio y, si bien es de las más grandes de Japón, nos pareció mucho más abarcable que la capital.

Durante nuestros seis días en Osaka vimos:
dos señores paseando a sus iguanas,
un hombre vestido de colegiala,
las uñas postizas de una japonesa que viajó de mochilera por Argentina y toma mate,
una réplica de cangrejo gigante montado sobre el frente de un restaurante,
un grupo de pop japonés femenino cantando en vivo frente al canal,
los fans del grupo japonés bailando y aplaudiendo (en su mayoría, hombres grandes),
un hombre de traje arrastrando una valijita rosa de Hello Kitty,
stickers con la cara de Maradona,
carteles de prohibido hacer cosas protagonizados por gatitos,
a mi fan japonés (!),
hojas verdes que querían empezar a ponerse rojas.

El otoño todavía estaba en los camarines, esperando a que alguien le diera la orden de salir al escenario. O quizá se había tomado el tren bala a Tokio y nos habíamos cruzado en alguna estación yendo en direcciones opuestas.

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Osaka estaba más verde que otra cosa

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Este es el castillo de Osaka, que solo miramos desde afuera

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Así estaban los árboles.

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Esto fue lo más otoñal que encontré.

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A la derecha, el grupo de J-Pop, a la izquierda, sus fans.

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Dicen que Osaka tiene la mejor comida de la región (y del país, quizá). Muchos frentes de los restaurantes tienen decoraciones de este estilo.

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Como muchos lugares de Japón, Osaka es una mezcla de modernidad y tradición.

* Naranja y amarillo en Nara

En el parque central de Nara vimos a un ciervo hacerle una reverencia a una chica. Al principio pensé que me lo estaba imaginando y que los ciervos mueven el cuello de una manera que se parece a una reverencia, pero después leí que algunos de los ciervos de Nara aprendieron a hacer reverencias después (o antes) de recibir una galletita. En Nara viven más de 1200 ciervos y todos andan libres por Nara Park, el parque central de la ciudad. Nara fue una de las capitales imperiales de Japón hace más de 1300 años y de esa época quedan las construcciones históricas y los ciervos, que son considerados mensajeros de dios y se enloquecen si te ven con una galletita o cualquier cosa comestible en la mano.

Después de varios días de frío, en Nara tuvimos un fin de semana de sol, con más de 18 grados, y vimos unos colores que casi me hacen llorar de emoción. “Hace dos años que no teníamos otoño”, me dijo L. Y nuestro último otoño no fue colorido. Esto era todo lo que necesitaba, un otoño así.

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Así estaban los árboles en Nara Park.

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Dentro del Isuien Garden

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Le estaba sacando fotos a una hojita de otoño y...

Le estaba sacando fotos a una hojita de otoño y…

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Nara Park es enorme y tiene varias zonas, algunas más boscosas que otras.

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Tranquilos, cruzando en rojo xD

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Los japoneses no pueden ser más adorables.

 * Y rojo en Kyoto

Lo primero que vimos cuando nos bajamos del tren en Kyoto fue un mapa del otoño pegado en la pared de la estación. En el plano se veía el recorrido de trenes y stickers que marcaban dónde estaban las hojas de otoño y de qué color eran. Japón es el país de los mapas, hay mapas que muestran hasta dónde están ubicados los inodoros en los baños públicos, pero ver estas cosas me sigue sorprendiendo. El mapa del otoño se actualizaba a diario y, por lo que vimos, los colores de las hojas cambiaban bastante rápido.

Salimos de la estación y el mapa no mentía: nos encontramos con una ciudad repleta de amarillo, naranja y rojo. Kyoto fue la exageración en todo sentido: querías otoño, tomá otoño. ¿No querías turistas? Tomá turistas igual. Hay algo de Japón que no me imaginaba al ver las fotos y es que cualquier lugar mínimamente lindo (es decir, casi todo el país) está repleto de turistas, sobre todo de turistas japoneses. Y no hablo de grupos reducidos, son hordas de gente y selfie sticks que avanzan por los jardines, los templos y los bosques. Es muy difícil sacar una foto sin personas o encontrar un lugar “vacío”, al menos en una ciudad tan turística como Kyoto y sobre todo en una época tan colorida y especial como el otoño. A pesar de las masas de gente —de las que también formamos parte— disfrutamos mucho los días y las caminatas en Kyoto. Les dejo algunas fotos de las hojas de otoño y les ruego que si viajan a Japón no se pierdan esta época. Nunca vi un otoño tan cuidado como este.

El mapa del otoño

El mapa del otoño

Primera vista de las calles de Kyoto.

Primera vista de las calles de Kyoto.

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El primer día llovió

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Los días siguientes hizo buen clima y aprovechamos para caminar mucho.

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Kyoto es la ciudad de los templos y los jardines.

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Esta vista era más linda de lo que sale en la foto.

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Hicimos un paseo que se llama “Philosopher’s Walk” y que va de un templo a otro.

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En los jardines imperiales encontramos esto que no sé cómo se llama pero me recordó a lo que hacía con las monedas cuando era chica: les ponía un papel encima y pintaba con lápiz para que se marcara el relieve de los números.

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Templo y gente al atardecer

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El Fushimi Inari Taisha es uno de los templos más famosos de Japón. Tiene miles de torii (los arcos rojos) donados por distintas empresas japonesas.

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Tuve que esperar un rato para poder sacar una foto sin gente.

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En Kyoto se ven muchas chicas vestidas con kimono.

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Algunos templos y/o jardines cobran entrada, como este.

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Hasta los peces tienen los colores del otoño

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En Arashiyama, una zona de río y bosques en el oeste de Kyoto, hay un Monkey Park en la cima de un monte.

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Esto también es en Arashiyama.

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Y el famoso bosque de bambú.

Volvimos a pasar por Nara a fines de noviembre y ya no había colores.

Volvimos a pasar por Nara a fines de noviembre y ya no había colores.

Conozco ciudades de la eterna primavera pero no del otoño eterno. Yo le pondría pausa a estos colores y me quedaría para siempre en esta época.

*

[box type=star] Info útil para visitar la región de Kansai durante el otoño (Osaka, Kyoto, Nara):

  • Mejor época para el momijigari (“mirar hojas de otoño”): de mediados de noviembre a principios de diciembre, dependiendo del lugar. Nosotros estuvimos en Kansai del 6 al 18 de noviembre, vimos las primeras hojas de otoño el 12 de noviembre en Nara y del 14 al 18 de noviembre en Kyoto. Volvimos a pasar por Nara el 29 de noviembre y ya no había colores, así que se ve que el koyo dura muy pocos días.

Alojamiento: 

  • Como en Tokio, en la región de Kansai existen varias opciones de alojamiento de distintos precios: guesthouses, hoteles, alquiler de departamentos, hostels, business hotels, ryokans (alojamientos japoneses tradicionales). Calculen que van a gastar, como mínimo, entre 20-40 dólares por noche por persona, dependiendo de si se quedan en un dormi, en un cuarto privado o en un departamento entero. A veces los precios no son del todo lógicos, porque por quedarnos en un departamento entero en Kyoto pagamos 15 usd la noche cada uno (+ costos de limpieza y servicio) y por una habitación privada pagamos casi el doble. Todo depende de lo que esté disponible: Japón tiene muy poco alojamiento (en comparación con la cantidad de turistas que recibe) y los cuartos se ocupan enseguida así que les recomiendo que reserven con tiempo (al menos una semana o 10 días antes, aunque si buscan con más anticipación seguramente encontrarán mejores opciones).
  • En Osaka nos quedamos en Osaka Guesthouse Nest (un hostel con habitaciones compartidas y privadas, cocina y un staff con muy buena onda) y en LNK Osaka (un guesthouse muy nuevo, todo hecho en madera, que parece una cabaña en la montaña pero en la ciudad). Ambos tenían wifi incluido, como todos los lugares en los que nos alojamos en Japón.
  • En Nara alquilamos un cuarto en la casa de una señora y en Kyoto un departamento entero (por el mismo precio), ambos a través de Airbnb. Lo bueno de Airbnb es por el precio de dos camas de dormi  tenés un cuarto privado o un departamento entero, lo malo es que el check-in suele ser muy tarde (al menos acá en Japón podés entrar recién a las 16 hs y tenés que irte a las 10 am).

Transporte:

  • Ir de Tokio a Osaka cuesta ¥14.250 (unos 125 dólares al cambio del 7/12/16) por un viaje de casi 3 horas en tren bala, pero existe un pasaje con descuento para viajar en el Kodama Shinkansen que tarda 4 horas y cuesta ¥10.300 (90 usd). Lo tienen que comprar personalmente en la oficina de JR Tours de Tokyo Station al menos un día antes de viajar y solo sirve para una fecha y horario específico, si pierden el tren no hay cambio ni devolución. Si tienen el JR Pass no hace falta que compren nada.
  • También hay colectivos (buses) que van de Tokio a Osaka y son un poco más baratos que el tren, pero tardan 8 horas. Una de las empresas más usadas es Willer Express, hay colectivos nocturnos desde ¥6800 yenes (60 usd) y diurnos desde ¥5400 (48 usd).
  • Dentro de Kansai, ir de una ciudad a otra en tren no es caro y es rápido, ya que todo está cerca. Kyoto-Nara cuesta unos ¥700 (una hora de viaje), Kyoto-Osaka cuesta ¥560 (45 minutos) y Osaka-Nara ¥800 (una hora). Les recomiendo Hyperdia para consultar precios y horarios de trenes.
  • Dentro de cada ciudad pueden moverse caminando (todo queda relativamente cerca), en bici (varios lugares alquilan por día o por estadía) o en metro/tren.

Qué ver y hacer – Algunas sugerencias:

  • En Osaka: comer, comer, comer. La comida en Osaka es deliciosa y está por todos lados. Caminar hasta el castillo (nosotros no entramos), pasear por el canal Dōtonbori y pararse en algún puente a mirar el cartel de Glico (que por alguna razón es uno de los íconos de la ciudad) y a la gente.
  • En Nara: caminar por Nara Park, darle de comer y/o acariciar a los ciervos, andar en bici por la ciudad. Nosotros pasamos la mayor parte del tiempo en Nara Park, que es enorme y tiene varios templos y jardines adentro. Uno de los jardines que más nos gustó fue el Isuien Garden (la entrada cuesta ¥900 y en otoño es lindísimo).
  • En Kyoto: hacer el “Philoshoper’s Path” (una caminata que pasa por varios templos), caminar entre los torii de Fushimi Inari Taisha, pasear por el bosque de bambú, ir a la región de Arashiyama, ver alguna geisha en Gion (el barrio de las geishas). Caminar, en general. [/box]

Guía práctica para viajar a Tokio: dónde dormir, qué ver y hacer, cuánto vas a gastar y algunos consejos para ahorrar

[box type=info] Este post está basado en mi estadía de casi dos meses en Tokio, entre septiembre y noviembre de 2016. En esta guía vas a encontrar información y precios de alojamiento, transporte, comida y más. Todos los precios que aparecen son los que vi o pagué y los consejos provienen de mi experiencia. Cualquier consulta, por favor dejala en los comentarios así otros lectores también pueden ver la respuesta.[/box]

Tokio es una de las ciudades más grandes del mundo y armar un viaje a distancia puede ser abrumador, sobre todo si es tu primera vez en Japón. Cuando empecé a investigar, unos meses antes de viajar, no sabía cuál era la mejor zona para alojarnos, cuánto nos iban a costar las cosas, qué íbamos a comer, cómo nos íbamos a comunicar con la gente ni cómo nos íbamos a mover de un lado a otro. La capital japonesa me parecía enorme y me asustaba. Nos estábamos por ir al otro lado del mundo.

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En septiembre de 2016 volamos de Buenos Aires a Nueva York, donde hicimos una escala extendida de una semana, y de ahí a Tokio, las dos veces en vuelos directos. Salimos a la mañana de Nueva York y llegamos a Tokio al mediodía del día siguiente. El jet-lag (el desbalance de mi reloj interno con respecto al horario del lugar) me duró casi una semana: me quedaba dormida a las 7 de la tarde y me despertaba a las 5 de la mañana, de a ratos me mareaba tanto que se me movía el piso y me costó bastante adaptarme a la comida. Tengan en cuenta que si viajan desde lejos, la diferencia horaria puede afectarlos físicamente, así que traten de descansar los primeros días, aunque parezca imposible.

Tokio es un rompecabezas. No hay una sola manera de definirla ni un solo elemento que sea típico: todo es tan distinto que te pone en un estado de atención y asombro constante. A veces siento que Japón es un país salido de otro planeta. Tokio tiene 38 millones de habitantes y es todo lo opuesto de lo que uno se imagina al pensar en una gran ciudad: es una de las capitales más seguras del mundo, los chicos van solos al colegio desde los 6 años, las calles están impecables, no se escuchan bocinazos, no hay autos estacionados en las veredas, no se puede fumar en gran parte del espacio público, la gente es extremadamente amable, se ven muchas bicicletas sin atar y hay muchos espacios verdes y naturales integrados en la ciudad.

Lo mejor que pueden hacer en Tokio es caminar y dejarse llevar por lo que les llame la atención. Estén donde estén van a encontrar algo interesante y siempre van a estar cerca de alguna estación de tren o metro para ir a otro lado. Traten de dedicarle varios días, no solamente el de llegada y el de partida. Tokio es una de las ciudades más fascinantes que conocí en estos ocho años, a nosotros nos tuvo dos meses atrapados y ya queremos volver.

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Los barrios de Tokio

La ciudad de Tokio está dividida en 23 special wards o “barrios especiales”, que son como pequeñas ciudades en sí. Estos son algunos de los que conforman el centro de Tokio y lo que se conoce como “Old Tokyo” y en los que probablemente pasarán la mayor parte de su tiempo explorando:

* Chiyoda: en este barrio está la estación central de Tokio (Tokyo Station), a la que llegan todos los trenes y colectivos, así como Akihabara, la meca geek del mundo, donde hay edificios con pisos enteros de videojuegos y los sex shops más freakys que vi.

* Chuo: es la zona de Ginza, uno de los barrios más populares para hacer compras, y del Tsukiji Fish Market, el mercado de pescado más grande del mundo.

* Shibuya: en este barrio hay muchísimos negocios y vida nocturna, acá está Harajuku, donde pueden ver a los cosplayers los domingos, y Yoyogi Park, uno de los parques urbanos más grandes de Tokio.

* Shinjuku: es considerado el segundo centro de Tokio y es otro de los barrios donde confluyen todos los medios de transporte (la estación Shinjuku es la más transitada del mundo, con más de 3 millones de pasajeros por día). Esta es la parte más luminosa y visualmente recargada de Tokio, con edificios futuristas, tiendas de electrónica, hoteles de lujo y hasta Godzilla.

* Sumida: es una zona más residencial y forma parte de lo que se considera Old Tokyo. Fue el primer barrio en el que nos quedamos y nos gustó mucho, tiene calles curvas, casas bajas y bicis sin atar. Es un muy buen lugar para ver los cerezos durante la primavera.

* Taito: también forma parte de la parte antigua de Tokio y es un barrio de casas bajas por el que me encantó caminar. Lo más conocido es Asakusa, donde está el templo Senso-Ji, y el parque de Ueno, un lindo espacio verde para salir a pasear.

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Cambio:

[box type=star]1 USD = 113 ¥ (27/11/16) – Lo más fácil para calcular es dividir por 100. Podés ver la tarifa actualizada en XE.[/box]

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Transporte – cómo llegar y cómo moverte:

* Costo del vuelo, pasaje de ida con escala extendida

Nosotros volamos de Buenos Aires a Nueva York y de ahí a Tokio con American Airlines. Un pasaje de ida nos costó 800 dólares, lo sacamos tres meses antes de viajar y pudimos extender la escala en Nueva York de unas horas a una semana sin costo extra. El tramo de Nueva York a Tokyo fue con Japan Airlines en uno de los aviones más cómodos que viajé en mi vida. Todo muy japonés: inodoros electrónicos, azafatas súper amables y si hubo turbulencia ni se sintió.

* Cómo ir del aeropuerto de Narita al centro

Si estás viajando desde otro país, lo más probable es que llegues a Narita (NRT), el aeropuerto internacional de Tokio, ubicado a 70 km de la ciudad. Nosotros vimos el mapa de transportes por primera vez cuando aterrizamos y nos sentimos bastante perdidos, además de que teníamos un vuelo de 12 horas encima y mucha diferencia horaria. Es mejor saber cuáles son las opciones de traslado antemano, ya que existen varias maneras de ir del aeropuerto a la ciudad:

– La más rápida es tomar el tren Skyliner a la estación Ueno (tarda 45 minutos y cuesta ¥2400 o 24 usd) o el Narita Express a Tokyo Station, Shibuya o Shinjuku (cuesta ¥3190 y tarda 55 minutos, si tenés el Japan Rail Pass está incluido).

– La más barata es tomar el tren Keisei Limited Express/Access Tokkyu a Ueno y de ahí combinar en metro u otro tren. Cuesta ¥1200 (12 usd). También hay buses que van a Ueno y Asakusa por ¥1000, preguntá en el mostrador de información turística de Narita.

– También se puede ir en taxi pero es muy caro, cuesta entre ¥17000 y ¥30000 (de 170 a 300 usd).

El mapa de trenes de Tokio

El mapa de trenes de Tokio

* Cómo moverte por la ciudad

– Trenes y metro. Estos van a ser los medios de transporte que más vas a usar en Tokio. Un viaje en tren cuesta desde ¥150 (usd 1,50) y un viaje en metro cuesta ¥200 (usd 2), para llegar a ciertos lugares vas a tener que combinar transportes y puede que gastes entre 300 y 500 yenes. Hay un pase ilimitado de metro que dura 24 hs y cuesta ¥600, no hay pases semanales. Existe un pase de tren para viajar por todo Japón que se llama Japan Rail Pass (y que también incluye los trenes de Tokio), en mi Guía para viajar a Japón hablaré al respecto.

– Bicis. Vas a ver que gran parte de los habitantes de Tokio se movilizan en bicicleta y van por las veredas. Si te gusta andar en bici, es una buena opción.

– Caminar. Si bien Tokio es muy linda para caminar, las distancias son muy largas e ir de un barrio a otro puede llevarte varias horas. No hay estaciones en cada cuadra, sino que suelen estar a un kilómetro de distancia entre sí. Lo que hicimos nosotros fue elegir una zona por día, tomar el tren o metro hasta ahí, recorrer todo caminando y volver en tren al alojamiento.

Dentro de una estación

Dentro de una estación

Algunos consejos con respecto al transporte:

– El transporte público en Tokio es muy eficiente pero también un poco confuso. Las estaciones son enormes y están llenas de gente, salen un montón de trenes a la vez, hay carteles por todas partes (en japonés e inglés) y a veces es difícil encontrar la salida a la calle (una vez estuve buscando la salida como por 15 minutos en la estación Shinjuku). Si te perdés, preguntale a cualquier guardia.

– Todos los trenes salen en el minuto exacto así que no llegues tarde, sobre todo si tenés que viajar a otra ciudad en un tren específico. Varias veces llegamos corriendo unos segundos antes de que saliera porque no encontrábamos la zona de embarque. Una cosa es llegar a la estación a horario y la otra es llegar al tren a horario, andá siempre con un margen de al menos 20 minutos.

– El transporte público deja de funcionar a las 12 de la noche y retoma a las 5 de la mañana, tenelo en cuenta si vas a salir de noche porque los taxis son carísimos y cobran recargo nocturno.

– Podés recorrer todo Tokio usando solo la línea Yamanote del JR (es circular).

– Te recomiendo que saques la Suica (o Pasmo), una tarjeta magnética recargable que sirve para pagar (casi) todos los trenes, autobuses y metros del país. Es más fácil y rápido que estar sacando cada boleto por separado. La comprás en las máquinas de las estaciones, cuesta ¥500 que te reintegran cuando la devolvés.

– Estas aplicaciones son muy útiles para armar los recorridos por la ciudad: Google Maps, Hyperdia, maps.me

– Las calles en Japón no suelen tener nombre ni número. Sí, como leíste. Pero con Google Maps y preguntando llegás (casi siempre) a todos lados.

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Alojamiento – dónde dormir, opciones y costos

* Cuál es la mejor zona para quedarse

Cuando nos pusimos a buscar alojamiento no teníamos ni idea de qué zona era la más conveniente y la verdad que reservamos un poco al azar. Primero estuvimos en Sumida, después nos quedamos en Meguro, en Shinagawa, cerca de Tokio Station y por Yoyogi Park. Nos fuimos moviendo bastante y estuvo bueno porque conocimos distintos barrios. Como Tokio es muy grande y tiene muchos centros, no sé si hay una zona mejor que otra, me parece que con que te quedes en cualquiera de los barrios que mencioné al principio del post vas a estar bien ubicado. Tal vez Shinjuku sea donde está la acción, pero en todo Tokio hay cosas para ver y hacer.

* Opciones y costos

Dormir en Tokio (y en todo Japón) es caro. Junto con el transporte, serán tus gastos más altos. Hay varias opciones de alojamiento y lo más barato que vas a encontrar es a partir de 20-25 dólares la noche por persona. Eso sí, reservá con tiempo porque todo se llena enseguida. Y tené en cuenta que Tokio es la ciudad más poblada del mundo y los espacios son reducidos.

– Hostels. Los hostels suelen ofrecer una cama en un dormitorio compartido por ¥2000 – 3000 (20 – 30 usd).

– Cápsulas. Los hoteles de cápsulas suelen ser solo para hombres y japoneses, aunque hay algunos que aceptan extranjeros y/o mujeres. Los precios empiezan en ¥2000 por noche (20 usd).

– Comic book stores (manga kisa). Existen tiendas de comics / cibercafés que están abiertas las 24 hs y cobran entre ¥1500 – 2500 por 8 horas de estadía. Sirve si perdiste el último tren (es más barato que un taxi). No te dan una cama sino un sillón y un cubículo privado.

– Business hotels. Este tipo de hotel suele estar cerca de las estaciones y cuesta desde ¥6000 la noche por una habitación para una persona. Pueden comparar precios y reservar hoteles y hostels en Tokio acá.

Airbnb. Airbnb es un sistema de alquiler de departamentos o habitaciones en casas de familia. Nosotros usamos eso durante casi toda nuestra estadía en Tokio y la verdad que fue lo más conveniente: siempre estuvimos en buenas ubicaciones y pagamos entre 18 y 28 usd cada uno por noche, es decir que por el precio de dos camas en un hostel tuvimos cuartos privados con acceso a la cocina y/o a toda la casa. Si hacés tu primera reserva a través de este enlace tendrás 30 usd de descuento.

Couchsurfing. Nosotros no usamos Couchsurfing en este viaje ya que como ambos pasamos gran parte del día trabajando en la compu, nos pareció importante tener un espacio de trabajo y privacidad. Me dijeron que es difícil encontrar couch en Tokio, pero no imposible, así que pueden intentarlo. Acá les cuento qué es y cómo funciona Couchsurfing.

– Housesitting. De vez en cuando surge alguna búsqueda de cuidadores de casa y/o mascotas en Tokio, así que si quieren hacerlo estén atentos a las notificaciones de las webs de housesitting. En este post cuento mejor de qué se trata esto de cuidar casas.

Nuestro primer Airbnb en la casa de una japonesa. En Japón es muy común dormir en futones (los colchones que se ven en la foto)

Nuestro primer Airbnb en la casa de una japonesa. En Japón es muy común dormir en futones (los colchones que se ven en la foto)

Sugerencias de cosas para hacer en Tokio:

Cada viaje es personal y siempre incentivo a que cada uno recorra los lugares según sus intereses y a su ritmo. Acá va una lista de cosas que hice y me gustaron:

  • Caminar. Tokio es ideal para bajarte del tren en cualquier estación y explorar a pie. Siempre vas a encontrar algo interesante.
  • Ir un domingo a Yoyogi Park. Tratá de buscar a “los Elvis”, japoneses que se visten como si fueran extras de Grease y bailan temas de rock de los 50 en la calle. Además vas a estar ahí nomás de HarajukuTakeshita Street, donde podés ver a los cosplayers que salen vestidos los domingos.
  • Ir al Tsukiji Fish Market, el mercado de pescado más grande del mundo. Si te gusta el sushi, probalo ahí. No debe existir pescado más fresco. También podés ir a ver la subasta de atunes que se hace todas las madrugadas.
  • Cantar en un karaoke. Nosotros fuimos con un grupo de japoneses y fue muy divertido. Pagamos ¥1000 (10 usd) cada uno y nos dieron una sala privada con comida, disfraces y shots por una hora.
  • Ir a un cat cafe. En Tokio hay “cafés” donde podés estar media hora y acariciar gatos, conejos, búhos, hamsters y hasta serpientes. Cuestan unos ¥600 (6 usd) los 30 minutos.
  • Pasar horas mirando cuadernos, papeles de carta y washi tapes en las papelerías. Tokio es el paraíso de las papelerías, así que si el stationery te enloquece tanto como a mí, no dejes de entrar a alguna de las librerías-papelerías de esta ciudad. Vas a querer comprarte todo.
  • Cruzar el famoso Shibuya Crossing, cinco sendas peatonales con semáforos sincronizados por las que pasan más de 2500 personas a la vez en hora pico.
  • Buscar a Godzilla. Pista: tiene una calle propia en Shinjuku.
  • Coleccionar sellos en las estaciones de tren. En este post te cuento eso y otras cinco cosas que podés salir a buscar gratis en Tokio.
  • Entrar a los arcades (como shoppings pero solo con máquinas de juegos) y a los sex shops de Akihabara (vas a encontrar cosas que nunca te hubieses imaginado).
  • Recorrer templos (hay varios y suelen estar siempre repletos de gente visitándolos).
  • Ir al cementerio de Yanaka (si te gustan los cementerios) y merodear por esa zona antigua.
  • Pasear por el parque Ueno.
  • Mirar Tokio desde arriba.
  • Entrar a algún department store (va a ser imposible que no entres, están por todas partes y a veces la única manera de llegar de un lugar a otro es atravesarlos).
  • Comer ramen en un lugar donde no se hable inglés (vas a tener que pedirlo a través de una máquina).
  • Pescar peluches de las máquinas.
  • Ir al Museo Ghibli, sobre todo si te gustan las películas de Miyazaki. Eso sí, reservá tu entrada con anticipación porque se agotan un mes antes (nosotros no conseguimos así que nos queda para la próxima).
  • Ver prácticas o campeonatos de sumo.
  • Imprimir fotos de tu viaje. En negocios como Yodobashi Camera hay máquinas donde podés imprimir fotos directamente desde la cámara o el celular. Cuestan unos ¥30 por foto y están listas en dos minutos.
Shinjuku de noche, una de las zonas más turísticas

Shinjuku de noche, una de las zonas más turísticas

En el mercado Tsukiji

En el mercado Tsukiji

En uno de los templos de Asakusa

En uno de los templos de Asakusa

El cruce de Shibuya

El cruce de Shibuya

El mejor sushi que comí en mi vida, en el mercado de Tsukiji (pidan el "aburi toro" para tener una experiencia religiosa) (?)

El mejor sushi que comí en mi vida, en el mercado de Tsukiji (pidan el “aburi toro” para tener una experiencia religiosa) (?)

Otakus en Halloween

Otakus en Halloween

 

Presupuesto y algunos consejos para ahorrar:

– Alojamiento: vas a gastar al menos 20 usd por noche por persona.

– Transporte: dependerá de cuánto te muevas por la ciudad y si tenés el Rail Pass o no. Si hacés un viaje de ida y vuelta al día (y todo lo demás caminando), vas a gastar entre ¥220 y 500, aprox, según dónde te estés quedando y a dónde vayas.

– Comida: comer en Tokio no es barato, pero hay opciones económicas.

  • En general, si entrás a un restaurante o local de comida vas a gastar como mínimo unos ¥750-1000 por persona (y podés gastar muchísimo más, también).
  • Vas a ver que por toda la ciudad hay minimercados o convenience stores (se les dice konbini) como el 7-Eleven, Family Mart, Lawson, K-Mart y otros, donde venden bandejas de comida hecha por ¥ 250-650, cosas de panadería, yogur, jugos, etc (yo suelo desayunar ahí).
  • También hay buenas opciones para comer cerca de las estaciones de tren y en el subsuelo de los department stores.
  • Los supermercados son lo más barato, pero no son tan fáciles de encontrar y vas a necesitar una cocina si querés cocinarte. También venden bandejitas de comida preparada y las ponen a mitad de precio (o con descuento) cuando están por cerrar.
  • Podés comprar bebidas en cualquier máquina expendedora (hay en cada cuadra).
  • El agua se puede tomar de la canilla (grifo), así que comprate una botella y rellenala en cualquier lado.

– Internet: en general suele haber wifi gratuito en muchos konbini, department stores y estaciones. Nosotros nos compramos tarjetas SIM con internet (no habilitadas para llamadas) y la verdad es que nos sirvieron mucho, sobre todo para estar comunicados y poder chequear Google Maps y Google Translate en cualquier momento. Por una tarjeta SIM con 2 GB de datos y 3 meses de duración pagamos ¥4000 (40 usd, unos 13 usd por mes), pero hay opciones más económicas y por menos tiempo. Todos los lugares en los que nos alojamos tenían wifi incluido.

– En Japón casi todo se paga en efectivo y en muchos lugares no aceptan tarjeta, así que traé dólares o euros para cambiar o asegurate de que vas a poder sacar plata del ATM con tu tarjeta. Hay cajeros automáticos en todos los convenience stores (7-Eleven, etc), pero no todos sirven para tarjetas internacionales.

– A casi todos los precios se les agrega un tax del 8%. En algunos negocios te lo devuelven por ser turista (buscá los tax free counters).

– Hay tiendas que se llaman “100 yen stores” donde casi todo cuesta ¥100 (1 usd). Una de las más populares es Daiso. La cadena Don Quijote también es popular para comprar cosas baratas.

Bandejas de comida preparada.

Bandejas de comida preparada.

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Casi todo por 100 yenes

Casi todo por 100 yenes

Hay panaderías por todas partes. No son tan baratas pero son muy ricas.

Hay panaderías por todas partes. No son tan baratas pero son muy ricas.

Lo mejor para comer: los lugares chiquitos.

Lo mejor para comer: los lugares chiquitos.

El mejor ramen que probé. Un plato así suele costar unos 750-800 ¥

El mejor ramen que probé. Un plato así suele costar unos 750-800 ¥

Otras cuestiones:

* Seguridad: Tokio me parece una de las ciudades más seguras que visité en mi vida (si no la más segura). La gente se queda dormida en el tren con el celular en la mano, los chicos van solos al colegio (los ves subirse a los trenes con seis años como si nada), en muchos cafés o restaurantes la gente deja el teléfono o la cartera en la mesa para indicar que está ocupada. Yo caminé sola y acompañada de día y de noche y nunca me sentí ni levemente insegura. Probablemente debe haber algún que otro robo, pero no es algo que pase todo el tiempo. Igualmente, nunca está de más tener cuidado.

* El idioma: con el inglés nos arreglamos bien. Casi todo está señalizado en japonés e inglés, y si bien no todos lo hablan, hay muchos tokiotas que sí. Nosotros usamos mucho la app de Google Translate para sacarle fotos a los carteles, textos o menúes en japonés y traducirlos en el momento. Además los japoneses son súper amables y siempre trataran de ayudarte y de comunicarse.

* Mejor época para visitar Tokio: en mi opinión, lo mejor es ir en primavera o en otoño. Nosotros estuvimos desde mediados de septiembre hasta principios de noviembre. Eso sí, el otoño en Tokio empieza tarde y las famosas Autumn leaves se ven recién a fines de noviembre, además llueve bastante pero el clima es moderado (entre 10 y 20 grados). La primavera es otra época muy popular, ya que todos los cerezos florecen (tendremos que volver para verlo…).

* Visa: la mayoría de los países de Europa y varios países de América Latina (entre ellos Argentina, Uruguay, Chile y México) NO necesitan visa para ingresar como turistas. El período máximo de estadía es de 90 días, que se puede renovar si salís de Japón y volvés a entrar. En este artículo hablo acerca de las visas y de cómo saber si necesitás una o no.

Si estás buscando información práctica para viajar por Japón, te recomiendo este post: Datos y consejos para viajar por Japón.

Niño japonés volviendo solo del colegio

Niño japonés volviendo solo del colegio

Tokio es una mezcla de mundos

Tokio es una mezcla de mundos

Es esto

Es esto

Y también esto

Y también esto

Y esto

Y esto

Y es, sobre todo, gente muy pero muy amable y amigable.

Y es, sobre todo, gente muy pero muy amable y amigable.

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[box type=star] Si querés leer acerca de mis experiencias en Tokio, estos son los posts que publiqué:

* Primeros acercamientos a Japón

* Rompecabezas de Tokio

* 6 cosas para salir a buscar gratis en Tokio

* La ruta de las papelerías en Tokio

* Nuestra primera experiencia haciendo housesitting

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Nota: le pongo muchas horas de viaje, caminatas, investigación y trabajo a estas guías prácticas y te las ofrezco de manera gratuita porque es lo que a mí me hubiese gustado leer antes de viajar. Si te sirven para planificar tu viaje, por favor considerá reservar alguno de los siguientes servicios (vuelos / hoteles / Airbnb) a través de estos buscadores. Si lo hacés, me dan una pequeña comisión que no se suma al precio final de tu compra y que me ayuda a seguir viajando y publicando guías como esta. ¡Gracias!

 

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Nuestra primera experiencia de housesitting en Tokio

Vi el anuncio de Amanda la misma tarde en la que casi compro dos pasajes de Tokio a París. Un poco harta de los precios del alojamiento en Japón, se me ocurrió mirar cuánto costaba un pasaje de escape a Europa y cuando encontré un vuelo directo a Francia por menos de 300 dólares lo pensé. No es que Francia sea mucho más barata, pero nuestro plan con L es volver a Biarritz dentro de unos meses, buscar casa para hacer base —cómo necesito una casa— y quedarnos un largo rato allá, así que se me ocurrió que podíamos adelantar la partida. Vivir en Japón es caro, pero nuestro plan era estar tres meses y todavía nos quedaban dos, así que en vez de dar por terminado el viaje antes de tiempo decidimos buscar otras opciones que nos permitieran ahorrar.

Entré a la web de housesitting en la que nos habíamos hecho un perfil hacía unas semanas y vi que Amanda buscaba a alguien que cuidara su casa y a sus dos perras en Tokio durante cinco días mientras ella y su marido se iban de viaje al Monte Fuji. Le escribí enseguida, le dije que estábamos en Tokio, que nos encantan los animales, que trabajamos desde casa, que estábamos disponibles. Unas horas después teníamos una respuesta positiva: “Quiero conocerlos con las chicas, encontrémonos en la estación Yoyogi-Uehara a las 8 de la noche”. “Las chicas” eran Doris y Lucy, dos perras australianas de raza labradoodle, mezcla de labrador y poodle (caniche), de 3 y 5 años, que apenas nos vieron llegar se nos acercaron corriendo y nos llenaron de besos. Ellas ya nos habían aceptado como sus petsitters. Amanda y Andrew, su marido, nos llevaron a conocer la casa, nos explicaron cómo funcionaba todo, nos enseñaron a separar la basura, nos dieron las instrucciones para cuidar a las perras y nos dijeron que volviéramos en dos días para instalarnos durante las cinco noches siguientes.

Ellas son Lucy y Doris

Ellas son Lucy y Doris

Housesitting, que significa “cuidado de casas” en inglés, es un sistema de economía colaborativa: un dueño (houseowner) se va de viaje y, como no quiere dejar su casa y/o mascotas sola(s), busca a un cuidador (housesitter/petsitter) que pueda quedarse durante ese período de tiempo y hacerse cargo del mantenimiento de la casa y el cuidado del jardín y/o los animales. No hay plata de por medio pero ambos salen beneficiados: la casa y/o mascotas no quedan sola(s) y el cuidador no paga alquiler. Es un sistema que cada vez más viajeros eligen y hay varias webs que ponen en contacto a los dueños con potenciales cuidadores (al final del post les dejo algunas). No me acuerdo cómo descubrí housesitting, probablemente fue a través de Maga, que viajó durante dos años sin pagar una noche de alojamiento usando esta modalidad. Al igual que cuando descubrí Couchsurfing, me pareció demasiado bueno para ser cierto y durante mucho tiempo no me animé a abrirme un perfil. ¿Viajar y tener una casa y mascotas a la misma vez? Es mi sueño y se alinea mucho con lo que busco ahora: un hogar en distintas partes del mundo. 

El ventanal de nuestra nueva casa

El ventanal de nuestra nueva casa

Dos días después del encuentro con Amanda y las perras nos mudamos a la casa en nuestro nuevo rol de cuidadores. “No puedo creer que vamos a tener cocina y heladera propia, tampoco puedo creer la casa que nos tocó: deben caber seis o siete departamentos japoneses adentro”, pensé. Tokio es la ciudad más poblada del mundo —tiene casi la misma población que toda Argentina— y los espacios son muy reducidos. Hasta ese momento nos habíamos estado quedando en cuartitos o en dormitorios compartidos, así que tener tantos metros cuadrados solo para nosotros iba a ser un lujo. Amanda y Andrew son de Australia pero ella está trabajando en Tokio y la empresa les da esta mansión. La casa tiene un jardín que parece un bosque privado, tiene sillones enormes para acostarse a mirar películas, tiene música, tiene una mesa donde podemos trabajar, tiene una cocina gigante con más de una hornalla, tiene la cama más cómoda que probé. Lo único malo fue que la estadía haya sido tan corta.

Descansando en el sillón

Descansando en el sillón

El jardín

El jardín

Lucy a mis pies

Lucy a mis pies

Pasamos la primera noche en la casa con los dueños, que se fueron de viaje a la mañana siguiente. Apenas quedamos solos, las perras se mudaron a nuestro cuarto, se subieron a nuestra cama y no se nos despegaron más (sobre todo de L, que tiene un imán para los animales). Dormimos los cuatro juntos: Lucy se enroscó sobre mi cabeza, Doris se estiró en diagonal en el medio y nosotros nos acomodamos en los huecos. A las siete de la mañana del día siguiente sonó la alarma perruna: Lucy nos sacudió y Doris golpeó el piso con las patas como si estuviera bailando tap. Les di de comer, las dejé salir al jardín y me acordé de todo lo que nos había dicho Andrew: si Doris se baja de la cama en mitad de la noche y hace ruido decile que se vuelva a subir, si Lucy se para al lado de la ventana del living quiere decir que tiene que ir al baño, denles de comer dos veces al día, Doris come más porque es más grande pero Lucy va más veces al baño, sáquenles las lagañas a la mañana porque sino se endurecen y les pueden lastimar los ojos, acá cerca hay un parque donde las llevo todos los días a jugar, junten la caca en una bolsa y tírenla en este tacho, si salen al jardín y está embarrado límpienles las patas antes de volver a entrar, si salen de noche pónganles los collares luminosos, que no corran en esta parte de la casa porque patina. Nunca tuve mascotas —más allá de un pato durante unos días y algunos animales que cuidé en casas de amigos— así que hice todo con extremada cautela.

Doris

Doris

Lucy y su mirada humana

Lucy y su mirada humana

Durante los días siguientes nos fuimos turnando. A veces L y yo las sacamos a pasear juntos, a veces fuimos solos con las dos perras. Me gustó conocer la ciudad desde la cotidianidad y la óptica de dos animales. Cada vez que íbamos al parque olían todo lo que encontraban en el camino, casi siempre nos cruzábamos con otros perros e intercambiábamos saludos con sus dueños. Arriba (al parque se sube por una escalera) les podíamos sacar las correas y dejarlas correr alrededor de la cancha de baseball. Demostraron ser perras muy obedientes y de a poco fuimos conociendo su personalidad: a Lucy, la más chica, le encanta esconderse entre los arbustos, Doris es experta en desenterrar pelotas de baseball. Como son perros grandes, cuando los nenes japoneses las veían correr hacia ellos se ponían a gritar y se subían a los bancos. Después se daban cuenta de que eran muy amorosas y se les iba el miedo. Con Doris jugamos al interminable “tirame la pelota que la agarro y te la traigo para que la vuelvas a tirar” y Lucy aprovechó las distracciones para esconderse por ahí. Repetimos el ritual del paseo dos veces por día y me gustó tener esos cortes obligatorios durante mis horas de trabajo.

En realidad está prohibido que los perros entren a la cancha de baseball, pero ellas aprovecharon una distracción nuestra para entrar por la reja y correr en círculos.

En realidad está prohibido que los perros entren a la cancha de baseball, pero ellas aprovecharon una distracción nuestra para entrar por la reja y correr en círculos.

Jugando.

Jugando.

Los nenes del parque

Los nenes del parque

Todavía no empezó el otoño

Todavía no empezó el otoño

El último día las llevamos a Yoyogi Park, uno de los parques urbanos más grandes de Tokio, a un kilómetro de la casa. Dentro del parque, una mujer anunció por altoparlante, en varios idiomas, que no estaba permitido que los perros fueran sin correa, pero al rato encontramos un espacio off-leash (libre de correas) y las dejamos correr ahí adentro. Se hizo de noche rápido, a las cinco de la tarde ya estaba oscuro, así que les pusimos los collares luminosos para no perderlas de vista y seguimos jugando a la pelota hasta que otro perro nos la robó. Me agaché a buscar la linterna del teléfono en la mochila y un galgo me dio un cabezazo (?).

Volvimos a la casa un rato antes de que llegaran los dueños. Yo que soy bastante obsesiva del orden y la limpieza intenté dejar todo impecable: pasé la aspiradora, limpié la cocina, ordené el living y por poco lustré y perfumé a los perros. Me preocupaba haber separado bien la basura, que en Japón es muy importante porque el camión de basura junta una categoría distinta por día, y no haber dejado nada fuera de lugar. Todo salió bien. Amanda y Andrew llegaron y se encontraron con la casa en orden y dos mascotas felices, y para el dueño eso es lo importante.

La entrada a Yoyogi Park.

La entrada a Yoyogi Park.

Yoyogi Park visto de arriba

Yoyogi Park visto de arriba

Algunas reflexiones acerca de housesitting:

* Como primera experiencia me gustó pero quisiera hacer estadías más largas, cuidar una casa al menos un mes, tener más tiempo de acomodarnos, generar rutinas, disfrutar la casa y vivir el lugar.

* Hacer petsitting es mucho más demandante de lo que pensé, tal vez porque nunca tuve mascotas y no sabía el trabajo que implica cuidarlas. Además, como fue la primera vez que estuvimos a cargo de animales ajenos por tantos días, me preocupé más de la cuenta, pero supongo que es normal. Cuidar mascotas es una responsabilidad enorme.

* Me gusta que exista un intercambio así y que todo esté basado en la confianza: no debe ser fácil para un dueño dejar a su casa y a sus mascotas en manos de desconocidos, pero mientras haya confianza de parte de ellos y responsabilidad y honestidad de parte nuestra, todo funciona.

* Cuidar una casa (y mascotas, sobre todo) es un trabajo que demandará varias horas de tu día. Si bien tendrás un lugar gratis donde dormir, también tendrás tareas diarias que te obligarán a cambiar el ritmo del viaje, así que tené eso en cuenta si decidís usar esta modalidad. Me parece que es ideal para viajeros que quieren quedarse quietos por un tiempo.

* En mi opinión, housesitting es para vos si: querés practicar slow travel, no necesitás tener mucha vida social o salir mucho, te gusta estar en casa y hacerte cargo del mantenimiento (limpieza, jardín, correspondencia, etc), trabajás a distancia, querés pasar mucho tiempo en un mismo lugar, te gustan los animales, podés pasar períodos de tiempo largos en casas alejadas (muchas de las casas que se ofrecen para cuidar están en el campo)

* y housesitting NO es para vos si: estás en un lugar exclusivamente para hacer turismo (no podés irte todo el día si estás a cargo de cuidar mascotas), te vas de viaje y ya tenés un itinerario armado o poco tiempo, querés moverte rápido de un lugar a otro, no estás preparado para dedicar gran parte del día al cuidado de la casa y de sus mascotas.

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Info útil para hacer housesitting:

  • Hay varias webs que conectan owners con sitters. Las más conocidas y usadas son:
    • trustedhousesitters.com (cobran una membresía anual de 99 dólares, que se amortiza rápido cuando conseguís tu primera casa, y es una de las webs con mayor cantidad de ofertas.)
    • mindmyhouse.com (online desde el 2005, cobran una membresía anual de 20 dólares)
    • housecarers.com (online desde el 2000, cobran una membresía anual de 50 dólares y te dan un período de 30 días gratis de prueba)
  • Lamentablemente, housesitting no es una modalidad que esté expandida en todo el mundo. Las oportunidades están principalmente en Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y algunos países de Europa. Y como hay muchos más sitters que casas, la competencia es alta. Así que si estás pensando seriamente en convertirte en housesitter y viajar usando esta modalidad, te recomiendo que leas La guía de House Sitting – Descubre cómo viajar gratis alrededor del mundo cuidando casas, escrita por Magalí Vidoz. Ahí está todo explicado: qué es el housesitting, en qué países se puede hacer, qué webs usar, cómo ser un buen sitter, cómo armar tu perfil, cómo postularte para una casa, qué hacer si te aceptan, qué información pedirle a los dueños, qué hacer frente a una situación negativa y muchas cosas más. Yo la leí antes de viajar y me ayudó mucho. [/box]

6 cosas para salir a buscar (gratis) por Tokio

Tokio es enorme y tiene mucho para ver y hacer. En mi experiencia, lo mejor es elegir un barrio, caminar y explorar con tranquilidad, sino la gran cantidad de opciones puede ser un poco abrumadora. En este post les propongo seis cosas para salir a buscar por Tokio: son gratis, están por todas partes y las encuentran caminando, aunque algunas son más fáciles que otras. Pueden sacarle fotos a sus hallazgos, imprimirlas en cualquier máquina de Tokio y armarse un álbum personal de su viaje por la capital japonesa.

1. Sellos

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Este dato se lo tengo que agradecer a Sol, una lectora, que me mandó un mail para contarme que en las estaciones de tren y en los lugares turísticos de Tokio (y de Japón, en general) hay sellos dispuestos para que la gente los use y los coleccione. Cada sello es distinto y tiene un motivo que representa a la zona, estación, barrio o atractivo en el que se encuentra. Suelen estar puestos en una mesa junto con la tinta, papel (a veces) y un cartel explicativo en japonés. Son muy detallados, con dibujos y diseños complejos, y algunos son más fáciles de encontrar que otros. Los sellos son parte muy importante de la cultura japonesa, los hanko son los sellos personales y los eki stamp son los sellos de las estaciones. Las familias suelen organizar stamp rallys para juntar sellos con sus hijos los fines de semana o en fiestas como Halloween. Son un lindísimo souvenir de Tokio y son gratis. A nosotros se nos volvió vicio, siempre estamos mirando dónde puede haber un sello y cada vez que entramos a una estación jugamos a nuestra versión inventada del StampGO: a ver quién encuentra el sello primero.

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Ejemplo de un sello de una de las estaciones de JR Yamamote (me salió medio mal!)

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Nosotros ponemos los sellos en mi cuaderno y después escribimos el nombre de la estación. A veces hay sellos especiales, como el redondo del medio.

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Este fue el primero que encontramos.

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Suelen estar en una mesa así. En el cartel se ven los sellos de todas las estaciones de la línea Yamanote del JR.

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Dónde encontrarlos: en las estaciones del JR (una de las líneas de tren), por ejemplo, están siempre del lado de afuera, antes de pasar por los molinetes de entrada, es decir que no tienen que pagar el viaje para juntarlos (pero tampoco pueden tomarte un tren y bajar en cada estación para juntar el sello, porque tendrían que pagar cada vez que salen y vuelven a entrar). Una buena opción es caminar de una estación a otra e ir coleccionándolos (las distancias son de más o menos un kilómetro). Si no están puestos en la mesita, suelen estar en las Station office o en manos de algún guardia, generalmente de los que están detrás del vidrio al lado de los molinetes. Preguntenles, no les va a parecer raro! En los lugares turísticos, consúltenle a alguien de seguridad o de información, ya que a veces están medio escondidos.

Tip: en las papelerías venden cuadernos especiales para coleccionar estos sellos. Si los quieren juntar en serio, quizá les convenga comprar una almohadilla de tinta ya que en muchas estaciones la que hay está muy gastada y los sellos no se marcan bien. La consiguen en cualquier papelería por unos ¥500 o 5 usd (dependiendo del tamaño). [/box]

2. Carteles

Las calles de Tokio están llenas de carteles, algunas están tan cargadas que rozan el spam visual. Es que en Japón todo está explicado, y para eso se usan carteles, cartelitos, afiches y papeles con textos y dibujos. Si entendiera japonés me la tendría que pasar leyendo, como no entiendo me la paso adivinando. Un día empecé a prestarle atención a los carteles y desde ahí no pude parar, le debo sacar fotos a tres o cuatro por día: hay carteles que parecen sacados de un cómic, otros con ilustraciones que parecen de película, otros muy bizarros, otros que no sé cómo interpretar. Así que la próxima vez que caminen por Tokio préstenle atención a los carteles e intenten descifrarlos.

Yo no me animo a usar ese shampú.

Yo no me animo a usar ese shampú.

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sí, bueno, lamentablemente pasa. por eso en Japón no dejan sacar fotos con el celular sin sonido.

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y se ven cosas así por la calle, también.

3. Vistas panorámicas

Tokio es la ciudad más poblada del mundo, pero a veces es difícil tomar noción de su tamaño. Hay varios puntos de la ciudad desde los que pueden verla desde lo alto (y gratis!):

* Tokyo Metropolitan Government Building Observatory (Shinjuku)

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Dónde queda: 2-8-1 Nishishinjuku, Shinjuku (ver en Google Maps)
Horarios: de lunes a viernes de 8 a 18.45.
Son dos torres, pueden subir a cualquiera de las dos y ver las vistas desde el piso 45. Si el cielo está claro, se puede ver el Monte Fuji. TIP: ¡hay sello para coleccionar!

* Hotel Excel (Shibuya)

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El famoso cruce de Shibuya, el más transitado del mundo, desde el hotel Excel.

Técnicamente esta vista es solo para huéspedes, pero nadie va a decir nada si entran, toman el ascensor hasta el piso 25 y se acercan a la ventana. Desde ahí van a tener las mejores vistas del cruce de Shibuya, el más transitado del mundo. Si no se animan, tienen la opción B de ir segundo piso del Starbucks que está frente al cruce y mirar desde ahí, pero no es lo mismo.

Dónde queda: Dogenzaka 1-12-2, Shibuya-ku (ver en Google Maps)

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Vista desde el piso 46 del shopping Shiodome

* Shopping Caretta Shiodome (Minato)

Tomen el ascensor de vidrio al Sky Restaurant (piso 46) y disfruten las vistas de los jardines Hamarikyu, Odaiba y el río. Hay un ventanal donde se pueden sentar a descansar y mirar. Esta es una de mis vistas preferidas de Tokio.

Dónde queda: 1-8-2 Higashi Shimbashi, Minato (ver en Google Maps)
Horario: lunes a viernes de 11 a 18.30, sábado y domingo de 11 a 16.30

[box type=star]Otras vistas de Tokio (gratis y pagas):

  • Asakusa Culture and Tourism Center (Taito). Vistas del Tokyo Skytree, la construcción más alta de Japón, y del templo Senso-Ji.
  • Mori Art Museum (Roppongi). Vistas a Tokyo Tower. Entrada: ¥1800 (18 usd).
  • Tokyo Tower (Minato). Vistas a la isla de Odaiba, Tokyo Tower es la segunda estructura más alta de Japón. Entrada: ¥900.
  • Tokyo Skytree (Sumida). Esta torre de televisión mide 634 metros y es la construcción más alta de Japón. En días despejados, se ve el Monte Fuji. La entrada cuesta ¥2060 (20 usd). [/box]

 

4. Arte en el piso

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En Tokio hay arte hasta en los lugares más inesperados y cotidianos: en los carteles, en el packaging y… en el piso. Cuando caminen miren de vez en cuando para abajo, seguro se encuentran con algo interesante.

 

5. Personajes

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No pensé que festejaban Halloween en Japón. Cuando llegamos, en septiembre, ya estaba todo decorado con calabazas, brujas y fantasmas y me pareció un poco raro… Hasta que conocí a los japoneses. “Acá Halloween es más importante que Navidad”, nos contó Joji, un tokiota. “Para nosotros Navidad es una fiesta romántica, en la que buscamos tener una cita, nadie reza ni hace cosas religiosas. En Halloween todos se disfrazan y salen a la calle”. Los festejos duraron tres días, hubo desfiles callejeros, fiestas al aire libre y personajes dando vueltas por todos lados. Vi a Ronald McDonald (varios, uno mandaba mensajes de texto frente al McDonald’s), Batman, Spiderman, zombies, Alicias en el País de las Maravillas, vampiros, Blancanieves y otros personajes que no conocía. El único que no quiso que le sacara una foto fue uno que estaba vestido de oso (no se le veían ni los ojos). Todos los demás aceptaron contentos.

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Esto va más allá de Halloween, es cosplay.

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Fuimos al mercado Tsujiki y este señor insistió en ponerse al cangrejo para la foto.

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TIP: No hace falta ir durante Halloween para ver gente disfrazada. Todos los domingos, si caminan por Takeshita Street, en Harajuku pueden ver cosplayersgente que se viste como sus personajes favoritos del manga, animé, videojuegos, cine, libros o cómics y que los interpreta de manera física y dramática. En Yoyogi Park, al lado de Harajuku, pueden ver a los Rockabilly (también llamados los Elvis): japoneses que se visten con el look rockero de los 50, como salidos de la película Grease, y se reúnen a bailar todos los domingos a la tarde. Dando vueltas por el parque pueden encontrarse al famoso “abuelo colegiala”. Yo todavía no lo vi. No hace falta que se los describa, lo van a reconocer. [/box]

 

6. Algo kawaii

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Esto va a ser fácil porque Japón es la tierra de lo kawaii (cute). En todos lados hay peluches, gatitos, cosas de Snoopy, Hello Kitty, dibujitos, muñequitos blanditos para estrujar y coleccionar, comida en miniatura, pokemones y detalles demasiado tiernos y abrazables. ¿Cómo puede ser que este fanatismo por lo kawaii esté tan extendido en una sociedad? Me quiero comprar todo.

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+1 BONUS TRACK: papelerías

Japón es el reino de lo kawaii y es el paraíso de las papelerías. Si son fans de todo lo que está hecho en papel, les recomiendo que no se pierdan los stationery stores de Tokio. No sé si hay otros así en el mundo. En escribir.me, mi blog de escritura, pueden encontrar “La ruta de las papelerías en Tokio”. No me echen la culpa si se gastan todo en papel de carta y washi tapes! Si saben de otras cosas para ver/hacer/buscar gratis en Tokio, déjenlas en los comentarios.

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“¿Qué vamos a hacer diez días acá?” – Prácticas de slow travel en Kujukuri

“La gente viene a Japón y recorre la isla… ¿ustedes por qué están quietos acá?”, nos pregunta Qiang, el dueño del hotel en el que vamos a quedarnos diez días. Estamos sentados en un escalón en la entrada del restaurante, frente a la calle de tierra. El cocinero chino nos acaba de invitar dos bowls de noodles, son las seis de la tarde y ya es de noche. Somos los únicos comensales, somos los únicos huéspedes del hotel y me animo a decir que somos los únicos extranjeros del pueblo. Kujukuri, un pueblo de surfers y pescadores ubicado a 60 kilómetros del centro de Tokio, en la prefectura de Chiba, está fuera de temporada. Las leyes del turismo racionalista y práctico indican que no tenemos nada que ver ni hacer acá, que elegimos mal, que estamos por perder nuestro tiempo limitado de estadía en Japón. “Nos gusta pasar varios días o semanas en un mismo lugar, además los dos trabajamos todos los días por internet así que necesitamos estar quietos”, le decimos a Qiang.

Kujukuri

Kujukuri

Vinimos a Kujukuri porque leímos que es lo más parecido a Hawaii cerca de Tokio y su playa forma parte de una de las costas más extensas de Japón: 66 kilómetros de océano Pacífico sin interrupciones, resorts ni condominios. Salimos a caminar por la orilla, que nos queda a una cuadra de nuestro cuarto. La arena es oscura, marrón. El mar también es marrón. La costa está llena de botellas, zapatillas perdidas, vidrios, cartones y peces muertos. Solo vemos a un pescador en bicicleta, hay muchas rocas, hay viento, está fresco, está nublado. Salimos y caminamos por una de las calles principales, paralela al mar. Los pocos lugares que hay para comer están cerrados, la opción más cercana y barata es el Family Mart, un minimercado con bandejas de comida preparada. No hay transporte público. Hay pachinko (algo así como el casino japonés). La zona está rodeada de bosque, caminamos esquivando las arañas mutantes que aparecen colgadas en mitad del aire. Son más grandes que la palma de mi mano, tienen rayas o puntitos amarillos y me retrotraen a mis fobias infantiles. No sabíamos que Japón era el país de los insectos-monstruo. Ya pagamos la reserva de diez días y no hay devolución. La chica urbana que tengo adentro se pregunta qué vamos a hacer diez días en un pueblo donde no hay nada para hacer.

El pachinko del pueblo (hasta eso estaba cerrado)

El pachinko del pueblo (hasta eso estaba cerrado)

El Family Mart Restaurant, como decimos con L. Los "conbini" son los minimercados japoneses, abiertos las 24 hs, donde se consigue la comida preparada más barata.

El Family Mart Restaurant, como decimos con L. Los “conbini” son los minimercados japoneses, abiertos las 24 hs, donde se consigue la comida preparada más barata.

Estas son las bandejitas de comida lista (tip por si viajan a Japón y quieren comer barato)

Estas son las bandejitas de comida lista (tip por si viajan a Japón y quieren comer barato, por 3 – 6 usd)

Algún lugar de Kujukuri

Algún lugar de Kujukuri

Y una casa

Y una casa

Es mi lucha interna de siempre. En el 2010, en Malasia, conocí a un francés que vivía viajando hacía cuatro años. En alguna charla me contó que había pasado varias semanas en Agra pero no había visto el Taj Mahal. Yo no podía entender. ¿Y para qué fuiste entonces? “No me interesa, busco otras cosas”, creo que me dijo. En ese momento yo viajaba para ver lo que había que ver: si estaba en Camboya, iba a Angkor, si estaba en Perú, iba a Machu Picchu, si estaba en Francia, iba a París. No sé si era lo que quería o no, pero me daba culpa no hacerlo y me sentía menos si no tachaba esos lugares de mi lista. Después pasaron muchas cosas: me aburrí de lo turístico, me cansé de viajar rápido, me cansé de viajar en general, me empezó a gustar más pasar el tiempo en librerías, papelerías y cafés, o paseando por los parques, o viviendo en la casa de alguien, o mirando la vida desde una vereda, o caminando sin rumbo que yendo de un museo, templo, ruina y monumento a otro. Dejé salir a la slow traveler que siempre había estado ahí y acepté que lo mío era viajar para vivir lo cotidiano en otras partes del mundo, no para tener grandes aventuras.

Fue un proceso largo el de entender que nadie me obliga a conocer los lugares más famosos, que no tengo por qué irme de viaje con una lista de imperdibles ajenos, que si voy a tal ciudad y no visito su atractivo principal no quiere decir que no haya conocido nada, que si voy a un país y decido quedarme tres meses en un solo lugar no quiere decir que no haya aprovechado bien el tiempo. Lo sé, lo acepto, lo entiendo, lo elijo y lo practico, pero a veces, todavía, a veces, me agarra la culpa y la ansiedad de hay mucho para ver, no me va a dar el tiempo, no sé qué hago en este lugar mientras debería estar viendo tal cosa en otro. Como si todos los lugares tuvieran que ser productivos o como si ver “lo que hay que ver” fuese sinónimo de “viajé a tal lugar”.

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A pesar de que la primera impresión no es la que esperábamos, nos quedamos en Kujukuri y al día siguiente decidimos darle una oportunidad al mar. Hay sol, me pongo la bikini, armo mi mochila de playa —armo mochilas hasta para ir al baño—, me llevo la libreta amarilla, la cartuchera, algunas washi tapes (mi nueva adicción, son como cinta scotchs con dibujos) y a Cookie Monster (lo rescatamos de una máquina de pescar peluches). Meto los pies en el mar, esperando que esté helado, y no me parece frío. Afuera hay bastante viento y no hace más de 18 grados, pleno otoño japonés, y yo, que soy muy friolenta, empiezo a avanzar por el agua, voy saltando las olas y termino metida adentro. Me sale un grito de alegría: “¡Estamos en el mar!”, salto entre la espuma, me sumerjo cuando pasa una ola, floto, nado. La oceanitis tiene una sola cura posible y es esta, catar mares. A mi alrededor los surfers atraviesan las olas con sus tablas y me acuerdo de la vez que me enamoré del surf y me esguincé la mano derecha la segunda clase. Desde ese día quedé un poco asustada, pero quiero darle otra oportunidad al surf. De golpe siento que está bueno haber salido un poco de la ciudad, volver a la naturaleza, bajar el ritmo, disminuir los estímulos.

Cookie buscando galletitas

Cookie buscando galletitas

Cookie se relaja

Cookie se relaja

Hago un poco de journaling

Hago un poco de journaling (eso con ven con una ballena es una washi tape!)

L se queda en el mar y yo camino por la orilla. Está lleno de almejas. Entremedio encuentro algo que no sé cómo se llama pero que ya vi una vez, en Indonesia, y que tengo guardado en mi cajita de tesoros recolectados durante mis viajes, en Buenos Aires. No sé si es un caracol o una piedra. Tiene dibujada una flor. Volvemos y googleo. No es fácil encontrarlo: “caracol con estrella”, “piedra con dibujo de flor”, “estrella de mar en una piedra” no me tiran los resultados que busco. De pronto aparece. Se llama sand dollar, sea biscuit o galleta de mar y es un animal de la familia de los erizos. Lo que tengo en mi mano es el esqueleto. Se les dice sand dollars porque parecen monedas antiguas, son fundamentales para el ecosistema marino y, cuando mueren, el mar los suele dejar en la costa. Es mi tesoro de Kujukuri.

Al final Cookie encontró su galletita de mar

Al final Cookie encontró su galletita de mar

El resto de los días son más o menos iguales: amanece a las 5 am, se escucha el ruido de la obra de enfrente, pasan pocos autos, miramos el mar por la ventana, vamos al mar, L se mete y yo me vuelvo enseguida porque hace frío, caminamos al Family Mart y comemos sentados en el estacionamiento, extraño tener cocina, extraño tener una casa, pasa alguien en bici, esquivamos arañas, trabajamos, pasa el camión de basura haciendo música, anochece a las 5 pm, me da sueño a las 9, me quedo dormida sobre el tatami mientras miro el capítulo de alguna serie.

Desde nuestra ventana

Desde nuestra ventana

Pero siempre hay un detalle cotidiano que hace la diferencia. Y los recopilo todos en mi cuaderno.

Una mañana, por ejemplo, nos despertamos a las 8 por una alarma rarísima que suena en el cuarto. Me doy cuenta de que es mi teléfono, lo agarro pensando que no puse ninguna alarma anoche y en la pantalla veo que dice “⚠️ Emergency Alert” y un montón de texto en japonés. Dos días atrás hubo un temblor de 5.3 grados y el cuarto se sacudió como una caja de cartón. Salto de la cama, grito “¡terremoto, terremoto!” por segunda vez en este viaje y con las manos temblando googleo Japan Emergency Alert iPhone. Al parecer, la Agencia Meteorológica de Japón desarrolló un sistema que te avisa por teléfono dos minutos antes de un terremoto o tsunami inminente. Japón es el país de los terremotos y es el país del orden, así que si avisan es porque se viene uno grande. Mi primer impulso es empacar mi cuaderno y las washi tapes (Save the washi tapes!). Digo: “No puedo creer que vinimos hasta Japón para estar en un terremoto”. La alarma vuelve a sonar y tengo miedo. Bajamos a la recepción, le mostramos el teléfono a uno de los que trabaja ahí pero es chino y no entiende el idioma. A todo esto ya pasaron más de dos minutos y la tierra no se mueve, no hay pánico en las calles, los surfers siguen entrando al mar, no hay olas, no hay animales corriendo hacia lugares altos, Kujukuri sigue inmóvil. Se me ocurre traducir el texto de la notificación y veo que dice, como seis veces, “simulacro”.

¿No se infartarían si se despiertan con esto?

¿No se infartarían si se despiertan con esto?

Una noche, buscando dónde comer, entramos a un restaurante al borde de la ruta. Esto no es Tokio y acá no hay nada señalizado en inglés, así que muchas veces tenemos que adivinar carteles, abrir puertas y rogar que no estemos entrando a una propiedad privada por error. El cocinero nos pregunta de dónde somos, cuando le digo Argentina hace una pausa, sonríe y pregunta “Argenchin?! OHHH, Argenchin! Maradona!”. Enseguida se acerca un señor que está cenando con su mujer y nos dice que su inglés no es bueno pero que quiere hacernos un regalo: un plato de ostras fritas. “Present from us, welcome to Japan”. Otra tarde volvemos a abrir una puerta sin saber si estamos entrando a un restaurante o a una casa y nos encontramos con una mezcla de ambos. Pido un plato de ramen desesperada, harta de tanta bandejita FamilyMartera. La señora que cocina se nos acerca a charlar y nos pregunta “Umi?” varias veces. Pongo umi en el traductor y descubro que significa mar en japonés.

El restaurante mezcla de cocina y de casa

El restaurante mezcla de cocina y de casa

Detalles del restaurante de la señora

Detalles del restaurante de la señora

¿Ven las arañas?

¿Ven las arañas?

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Una sola vez me doy este gusto

Una sola vez me doy este gusto

Y además:
aprovecho estos días tranquilos y sin tentaciones urbanas para trabajar,
procrastino textos urgentes y rediseño mi blog,
veo a un hombre de traje caminando por la playa,
me como un plato de fideos calentados en el microondas del 7-Eleven mientras camino por la calle (esta debe ser mi postal típica de Japón),
me canso de las bandejitas de comida del minimercado y me pido un set-o menu con todo: arroz, sopa, camarones gigantes fritos y cosas que no sé qué son (no quiero ni mirar la cuenta),
me la paso traduciendo menúes y etiquetas con la función fotográfica de Google Translate (gracias por existir, aunque a veces hagas traducciones rarísimas),
escuchamos gente hablando francés debajo de nuestra ventana y gritamos bonjour, pero nadie responde,
siento muchos deseos de tener una casa propia, de volver a nuestra vida en Biarritz, de hacer base,
intento meditar frente al mar pero me distraigo,
termino el primer cuaderno del viaje,
veo saltar peces,
me acuerdo de mis tardes de “viajoterapia” en Punta Negra frente al mar
y pienso que la viajoterapia bien podría ser una rama del slow travel.

Kujukuri me ayuda a entender que las ciudades me cargan de energía y los pueblos me ayudan a canalizarla.

En mi libro "El síndrome de París" definí las que para mí son las cuatro etapas de la viajoterapia (o de la sanación a través de un viaje)

En mi libro “El síndrome de París” definí las que para mí son las cuatro etapas de la viajoterapia (o de la sanación a través de un viaje)

Así quedó mi libreta después de un mes y medio de viaje.

Así quedó mi libreta después de un mes y medio de viaje.

¿Qué es y en qué consiste, entonces, el slow travel?

El slow travel no tiene tanto que ver con la velocidad del transporte que usemos para movernos, sino con la mentalidad con la que nos vamos de viaje. El slow travel propone:

* absorber la atmósfera de un lugar, vivir su cotidianidad de manera relajada, tratar de acercarse a la cultura local en vez de ir corriendo de un atractivo turístico a otro y tachando “imperdibles” de la lista

* dedicar todo el tiempo a un solo lugar o región en vez de tratar de ver la mayor cantidad de atractivos y ciudades en un mismo viaje

* desacelerar, respetar nuestros ritmos internos y no agotarnos mental y físicamente tratando de ver/hacer “todo”

* disfrutar el camino entre el punto A y el punto B y elegir medios de transporte adecuados para eso (“Travel, don’t just arrive”, dice Dan Kieran en su libro The idle traveler)

* tener el coraje de no hacer lo que hacen todos cuando visitan un lugar

* armar el itinerario (o el no-itinerario) en función a nuestros intereses personales y no según lo que la industria turística nos dice que “tenemos que ver”

* no tener todo planeado, dar lugar a la improvisación, estar abierto a experiencias nuevas e inesperadas

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Algunas prácticas de slow travel:

* Mirar lo que ya conocemos como si lo viéramos por primera vez, empezando por nuestra ciudad

* Caminar, andar en bicicleta, usar el transporte local

* Hacer estadías más largas en casas de gente a través de redes como Couchsurfing, Airbnb o Housesitting

* Conocer poco y de a poco

* Aceptar que a veces “no hacer nada” es hacer todo

* Sacarse de encima las culpas y los debería y no escuchar esa voz que nos dice “si estoy en _______ tengo que ir a ver ________”

* Permitir que el lugar decida qué nos quiere mostrar

* Entender que cada cual vive y construye su viaje personal e interior

Vivir.

Vivir.

[box type=”star”]Info útil para visitar Kujukuri y/o hacer slow travel:

  • Transporte: nosotros viajamos en el JR local (tren) desde Tokio hasta Togane, la estación más cercana a Kujukuri. El viaje dura una hora y cuarto y cuesta ¥1140 (11,40 usd). Si están viajando por Japón, la web Hyperdia es muy útil para armar los recorridos en tren.
  • Alojamiento: hicimos Airbnb por ¥2000 (20 usd) la noche cada uno. En Japón es muy difícil conseguir un alojamiento que baje de ese precio por persona. En teoría con Airbnb alquilás un cuarto en una casa de familia o un departamento entero, pero en Japón hay muchos hoteles o guesthouses que también usan esa red. Si se suscriben a Airbnb Book Depository, tendrán usd 33 de descuento en la primera reserva (y a la vez me estarán ayudando a viajar, ya que yo obtendré el mismo descuento).
  • Otra buena opción para practicar slow travel es hacer housesitting o cuidar casas mientras los dueños no están. Si quieren saber más acerca de esta modalidad, les recomiendo La guía de housesitting, la más completa en español. Pronto estaré escribiendo acerca de nuestra primera experiencia ya que acabamos de cuidar una casa en Tokio. Hay muchas redes que conectan cuidadores con dueños, nosotros estamos usando Trustedhousesitters.com.
  • Libros recomendados acerca de slow travel:
    • “The Idle Traveler”, de Dan Kieran, es uno de mis libros preferidos y resume muy bien la filosofía que implica viajar lento. Lo consiguen a través de Book Depository y Amazon.
    • “The Art of Travel”, de Alain de Botton, es otro libro que habla acerca del lado B de los viajes y cómo todo no siempre sale como esperamos. También se consigue a través de Book Depository y Amazon.
    • “Elogio de la lentitud”, de Carl Honoré, fue uno de los primeros libros de la movida slow, y si bien no es específicamente de viajes, pone en contexto al slow travel como parte de algo más grande. También se consigue a través de Book DepositoryAmazon.[/box]

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“El síndrome de París”, mi segundo libro, fue escrito frente al mar y es también una celebración a los viajes lentos, interiores y personales. En mi Tienda está toda la info para conseguirlo.

Rompecabezas de Tokio

Cada vez que nos mudamos de zona en Tokio pienso que cambiamos de ciudad. Durante estas tres semanas vivimos en Sumida, Shibuya, Shinagawa y Kawasaki y cada traslado fue como llegar a un destino nuevo. Tal vez esto de pensar que un lugar está desconectado del anterior sea el resultado de viajar bajo tierra o en trenes híper rápidos. El síndrome del metro. Cuando vi Tokio por primera vez, desde la ventana del tren que nos trajo del aeropuerto, me pareció que era todo más o menos igual: cables, edificios, carteles, mucho gris. Al menos desde cierta altura y a toda velocidad se veía así, como el estereotipo de la gran ciudad de cemento. Tampoco sabía qué esperar de una metrópolis donde conviven 39 millones de personas, además de viviendas angostas apiladas una encima de la otra y mucha gente junta.

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Primeros acercamientos a Japón

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Mi película preferida de la infancia era Chatrán, pedía que me la alquilaran siempre en el videoclub. Todavía me acuerdo de cómo sufría cada vez que veía la escena en que el gato se caía al río en una caja de cartón. Tiempo después me enteré de que es una película japonesa.

Crecí jugando al Super Mario, primero en el Game Boy, después en el Super Nintendo, después en el Nintendo 64, ahora en la Wii. Un amigo me dijo que el Super Mario es mi cocaína. Su creador es japonés.

En Perú, mi amiga Olga me hizo ver los videos de Pankun, un chimpancé japonés que se viste de humano y se sube al metro, sale a pasear con su perro y se saca fotos en una cabina.

Desde que un amigo peruano me mandó por correo el libro “After Dark” y me puso en la dedicatoria que presentía que me iba a gustar, no puedo parar de leer a Murakami.

Antes de viajar a Asia en el 2010 entrevisté a Fernando Kabusacki, un guitarrista argentino. Me contó que viajaba mucho a Japón y que tocaba con músicos japoneses: “Yo no hablo japonés y ellos no hablan español ni inglés, pero nos subimos al escenario e improvisamos música juntos”.

Conocí por primera vez a un japonés en Malasia. Mi amiga china Journey, que durante mi viaje por el Sudeste fue mi intérprete cultural de Asia, me señaló a un chico que iba con una toalla en el cuello y me dijo: “He’s Japanese. Japanese people always wear towels”. Era japonés y me lo volví a encontrar unos meses después de casualidad en las escaleras de la salida de emergencia de un edificio en Singapur. Tenía la toalla.

En Singapur viví en la casa de Kuni, un couchsurfer japonés muy conocido en la ciudad. Cuando lo conocí, en el 2010, ya había alojado a 500 personas. Me pareció muy silencioso y amable. Cocinó empanadas argentinas. Hace unos días soñé que Kuni me llamaba a un teléfono público para decirme qué lugares de Tokio no me podía perder. “Andá a DUMBO”, es lo único que recuerdo de lo que me dijo.

Tuve un novio indonesio que quería ser japonés. En Bali me enteré de que muchas japonesas viajan a la isla para estar con los taxiboys balineses.

En el Jardín Japonés de Buenos Aires me encontré con una convención de otakus y les saqué fotos. A veces creo que los fans de Japón saben algo que yo no.

Siempre amé la papelería sin saber que mucho de eso proviene de Japón. Sigo usando la tijera de Hello Kitty de cuando tenía 6 años. Sanrio, Made in Japan.

Cuando alguien dice sushi ya no puedo pensar en otra cosa.

Un francés me contó que existe un síndrome que sufren algunos japoneses la primera vez que viajan a la capital francesa: el síndrome de París. Tiene que ver con el choque que sienten entre sus expectativas y la realidad. Estuve dos años con ese síndrome.

Entre el 2010 y el 2011 viví casi un año y medio en el Sudeste Asiático. No fui a Japón. No sentía que fuera el momento (y me parecía muy caro).

Las curiosidades que se publican de Japón en internet siempre suelen llegarme por alguna vía u otra: cámaras ocultas rarísimas, islas donde solo habitan gatos, un bosque donde la gente va a suicidarse, hombres que duermen en cápsulas, sabores raros de Pepsi, sandías cuadradas, gente que se disfraza de personajes de animé, dispensers de bombachas, inodoros supersónicos.

También:
este capítulo de Los Simpson,
este video de Saturday Night Live,
las películas de Miyazaki,
los haikus de Basho,
los cuadros de Hokusai,
Pokemon Go
y tanto más.

Diría que casi el 90 por ciento de las veces que dije que mi nombre es Aniko, la siguiente pregunta fue: “¿Es japonés, no?”. ¿Tengo cara de japonesa? Me dijeron Yoko, Amiko, Akiko, Ariko. Hasta me rebautizaron Haiku. Una vez me contrataron en un trabajo por “mi nombre japonés” (mi jefe sabía que yo no era japonesa pero quería una firma exótica en su revista).

Tengo un marido francés que admira Japón desde que es chico y su sueño siempre fue venir acá. Con él miré “Death note” mientras llovía en Biarritz y, una tarde en Buenos Aires, compramos dos pasajes de ida a Tokio.

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***

Me dijeron muchas cosas acerca de Japón:

“Gente: dejen todo y vayan a Tokio una vez en su vida”, me dijo una amiga de la facultad cuando volvió de su primer viaje a Japón,

“No me gustó, los chicos no querían jugar conmigo, parecen robots”, me dijo un nene que fue con su familia,

“Fui a una discoteca donde estaba prohibido bailar”, me dijo un amigo,

“Es todo caro y casi no hablan inglés”, me adelantaron,

“Flashearás”, me prometieron.

“Es otro mundo”, fue la frase más usada.

Yo solo podía preguntar, googlear e imaginar a lo lejos. Durante los tres meses previos al viaje me dediqué a armar una lista: “Cosas bizarras que quiero encontrar en Japón”. Ahora la miro y siento que me quedó muy ingenua.

Videos japoneses en el avión a Tokio

Videos japoneses en el avión a Tokio

La noche antes de viajar, en Nueva York, miré el mapa de Tokio y me asusté. Es el área metropolitana más poblada del planeta con 38 millones de habitantes. Quién nos manda a irnos a vivir a Japón, aunque sea por tres meses. No conocemos a nadie, no hablamos el idioma, todo es carísimo, qué vamos a hacer allá. Nuestra idea era instalarnos un mes en Tokio, seguir trabajando cada uno a distancia en lo suyo (L es programador), recorrer un poco el país y después huir del invierno. Qué teníamos en concreto: nada. Solo dos reservas de Airbnb para los primeros veinte días en Tokio. Yo tenía mucho miedo de sentirme perdida.

El avión japonés en el que viajamos fue un adelanto de lo que nos esperaría al llegar:
los inodoros tenían botones,
los baños eran impecables y muy espaciosos,
las azafatas hacían reverencias,
comimos con palitos cosas que no sé qué eran,
en la tele pasaban programas japoneses con muchas letras sobreimpresas en colores,
los pasajeros eran muy silenciosos,
mi vecino no hablaba inglés,
no hubo turbulencia.

A pesar de todo no dormí. Cuando llegamos a Tokio era mediodía, nuestro cuerpo seguía 12 horas más atrás y yo ya no sabía quién era ni dónde estaba.

Primeras imágenes de Tokio

Primeras imágenes de Tokio

El mapa de trenes de Tokio

El mapa de trenes de Tokio

Primera impresión en el aeropuerto: “No entiendo nada”. Había demasiada información visual. Preguntamos cómo llegar a la casa de nuestra anfitriona, nos dieron el mapa de metros y trenes de Tokio y ahí sentí: “No, ahora sí que no entiendo nada”. Logramos comprar los boletos —ya ni me acuerdo cómo hicimos, creo que cambiamos plata y que en las máquinas había un botón que decía English—, nos subimos al tren y yo seguí sin entender. En los asientos veía japoneses durmiendo, otros mirando el celular, otros leyendo. Ninguno nos miró con especial atención. Detrás de ellos un paisaje verde a toda velocidad. Más de una hora después nos bajamos en Sumida, el primer barrio de Tokio en el que nos quedaríamos. Con un wifi que encontré en la estación pude marcar en el mapa la ubicación exacta de la casa de Rie, la chica que nos alquiló una habitación por una semana. Ahora que ya vi más de Tokio siento que Sumida fue un regalo de bienvenida. Era un barrio antiguo de calles curvas.

En esos diez minutos de caminata vimos:
mucha gente en bicicleta,
más de diez máquinas expendedoras de bebidas al aire libre,
ningún auto estacionado en las veredas,
chicos jugando solos en la calle,
paraguas y zapatos en las puertas,
ninguna reja,
plantas del lado de afuera de las casas,
un espacio público muy cuidado,
bastantes policías controlando el tráfico, que era mínimo,
autos cuadrados y compactos, como comprimidos,
dibujitos muy cute en cualquier cartel o anuncio,
bicis sin atar.

Yo vi un lugar muy distinto al Sudeste Asiático. Nada de caos en las calles, nada de gente viviendo su vida privada en el espacio público, nadie que nos dijera “miss, mister, taxi, where are you from?”.

Sumida y sus bicis sin atar

Sumida y sus bicis sin atar

Plantas en los frentes

Plantas en los frentes

Paraguas secándose

Paraguas secándose

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Máquinas expendedoras

Máquinas expendedoras

Detalles cute en cada cartel

Detalles cute en cada cartel

Mini autos

Mini autos

Todas las noches cuando volvíamos a la casa veíamos esta escena

Todas las noches cuando volvíamos a la casa veíamos esta escena

Rie nos había dicho que no iba a estar en su casa cuando llegáramos y que nos había dejado la llave en el buzón. Intentamos abrir el buzón con la clave que nos dio —que era facilísima y solo requería un movimiento— y no pudimos. Probamos varias veces y no funcionaba. Como las calles en Tokio no suelen tener nombre ni número, tampoco estábamos seguros de que estuviéramos en el lugar correcto. Jet-lag, cansancio, enojo, calor. No sé qué día es, esto no puede estar pasando. Estuvimos unos quince minutos parados delante del buzón viendo qué hacer hasta que saqué una lapicera y entre los dos pescamos las llaves —deja-vu: ya hicimos esto una vez en Biarritz, en nuestro propio buzón, cuando la dueña de la casa se olvidó de darnos la llave y a mí me llegó un paquete—. No es que me sienta orgullosa —o quizá sí— pero logramos sacar las llaves del buzón cerrado y pudimos entrar. “¿Te imaginás si esta no es la casa de Rie y hoy a la noche aparece una familia japonesa y nosotros estamos acá?”, le dije a L. Pero cuando abrimos la puerta y se nos tiró encima un perrito para llenarnos de besos supimos que era ahí. En su perfil de Airbnb, Rie sale con Maron, su perrita. Me acosté a descansar y me quedé dormida hasta el día siguiente.

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Mirando el pronóstico del tiempo (me encanta la manito que señala)

Mirando el pronóstico del tiempo (me encanta la manito que señala)

Caminando por Ginza

Caminando por Ginza

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En el super, tratando de descifrar

En el super, tratando de descifrar

A mi cuerpo le costó acostumbrarse a Japón. Los primeros días dormimos en colchonetas en el piso y me dolían los huesos de la cadera de estar de costado. A las 8 de la noche ya me daba sueño, a las 9 me quedaba dormida y a las 5 de la mañana me despertaba sin saber qué hacer —una vez me puse a ver Lost in translation—. Tenía hambre en horarios raros y no salía pensando que estaba todo cerrado. Cuando salía tampoco encontraba comidas que me encantaran y muchas de las cosas que veía en el supermercado las tenía que adivinar (“que no sea cerdo, que no sea cerdo”). Salía a caminar por la ciudad y me daban unos mareos que el piso se me movía como en un barco. Las estaciones de metro y de trenes me abrumaban de tanta información. El jet-lag me duró como diez días.

Ahora, después de casi 20 días explorando Tokio siento que acá es donde tenía que estar.

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* En el próximo post hablaré mucho más de Tokio, pero si quieren ir leyendo acerca de mi viaje en tiempo real puede seguirme por Instagram o Facebook.

* Les dejo un cupón de descuento para su primera reserva en Airbnb (si lo usan nos están ayudando ya que nos dan un descuento a nosotros también).

Todo lo que me llevo a Japón

Lo primero que sentí fue angustia. Cómo que ya nos vamos de Buenos Aires, no me puedo ir ahora, no me quiero ir ahora, qué voy a hacer con todo esto, con mis sobrinos que ya me dicen “tía”, mi escritorio nuevo, la luz miel que entra por la ventana a las diez de la mañana, los tés de durazno que tomo parada en la cocina, mis noches aprendiendo a dibujar, los journals que apilo en la mesa de luz, los talleres que doy en Buenos Aires, las presentaciones de mi libro que van a quedar pendientes, los colectivos que me llevan a cualquier punto de la ciudad, la china que me regala caramelos de dulce de leche cuando me ve con tos, las meriendas con amigas, las ilustraciones de Flow que pego en la pared, todo este espacio vital que me contiene. Yo sabía que el plan era un año acá y después Japón y después no sé pero tenía la ilusión de estirarlo, de que de golpe fuese 2017 y oh, seguimos acá, y de que de golpe fuese 2020 y oh, seguimos en Buenos Aires y mirá, nunca más nos fuimos y la escritora le ganó a la viajera definitivamente. Viajé durante dos años —durante ocho— buscando un hogar, solo para darme cuenta de que ese hogar estaba acá, en el punto de partida, de que me fui a dar la vuelta al mundo para poder volver a casa. Y ahora me toca irme otra vez, justo cuando me estaba acomodando. Sentí que estaban por sacarme de mi hábitat, como si fuese un peluche dentro de una máquina y un gancho estuviese a punto de agarrarme para tirarme por un hueco hacia otra realidad.

Estuve tres días así.

Qué hacer con tanto Buenos Aires

Qué hacer con tanto Buenos Aires

Al tercer día, algo en mi cabeza me dijo: “Pará. ¿Qué te pasa? A vos te gusta viajar. Tampoco es una tortura irse a Japón”. Y me puse a buscar pasajes. Miré todas las opciones que aparecían en los buscadores, comparé, intenté comprar uno y me rebotó la tarjeta y justo apareció Buenos Aires – Tokio con escala en Nueva York a muy buen precio. Ni lo pensé. Llamé por teléfono: “¿Nos pueden estirar la escala en NY para quedarnos una semana? ¿Por el mismo precio? Listo. Dame dos. Solo ida”. Fecha de partida: 6 de septiembre. Faltaban tres meses y diez días. De golpe sentí que me quedaban tres meses y diez días de vida (en Buenos Aires) y algo adentro mío se activó. Como si me hubiesen dado cuerda, empecé a organizar más presentaciones del libro, me decidí a dar los talleres de escritura creativa que venía posponiendo —“total voy a estar bastante en Buenos Aires”—, le mandé mensajes a mis amigas, en tres meses nos vamos quiero verte, terminé trabajos pendientes, empecé proyectos editoriales nuevos, ordené la casa, regalé cosas por Facebook, vendí otras por Mercado Libre, me puse a leer como hace tiempo no leía, sabiendo que mi biblioteca no se va conmigo. La urgencia de aprovechar el tiempo al máximo. Pensé: no puedo creer que nos vamos a Japón, y empecé a llenar páginas de mi cuaderno con cosas que quiero hacer y ver y encontrar en Japón.

Tenemos una cita.

Tenemos una cita.

Cuando digo que me puse a leer...

Cuando digo que me puse a leer…

...quiero decir: me puse a leer.

…quiero decir: me puse a leer.

Y me fui a Mar del Plata a presentar el libro, de paso.

Y me fui a Mar del Plata a presentar el libro, de paso.

Estuve así —sigo así, hiperactivada— varios días. Pero la angustia no se iba del todo y yo no entendía bien por qué. Lo hablé con mis amigas del colegio.

—Siento que vivo en una dualidad, soy dos personas: la viajera que quiere dar la vuelta al mundo y…

—…y Ani —me dijo Sofi, que me conoce desde sexto grado.

Sí. Y la Aniko de toda la vida que ama leer, escribir en cuadernos, usar resaltadores, tomar apuntes, socializar lo necesario y estar en casa (“Es que tu eres doméstica como un gato”, me dijo una de mis amigas peruanas). La Aniko-escriviviente que se potencia cada vez que vuelve a Buenos Aires y que hace de cuenta que nunca en su vida viajó (esto creo que ya lo expliqué en “viajera duplicada”). La Aniko que a veces piensa que quizá un día deje de viajar y muera aplastada por su propia biblioteca.

Esta es mi biblioteca, hermosamente ilustrada por María Luque.

Esta es mi biblioteca, hermosamente ilustrada por María Luque.

Y como si esto fuese “En Ushuaia todo se conecta” —En Buenos Aires todo se conecta o En internet todo se conecta—, a los pocos días recibí el mail de una hongkonesa que decía así:

Hola Aniko, ¿qué tal? Soy estudiante de 18 años en Hong Kong y acabo de leer su libro ‘Días de Viaje’. Mi profesora de español lo me dio como un regalo de graduación y verdaderamente es uno de los mejores regalos que he recibido en toda mi vida. (…) No sé si ha leído el libro 'The art of travel' por Alain de Botton, pero eso es mi biblia de viaje y pienso que a usted le gustaría mucho. Se trata de muchos temas incluso cómo capturar los momentos (a través de pintar, escribir, etc), cómo confrontar la realidad de no poder separar las tristezas de la vida cotidiana con la vida de viaje, por qué viajamos y más. Tiene muchos pensamientos en común con ese autor entonces sería interesante leerlo. (…)

Que me recomienden un libro es uno de los mejores regalos que me pueden hacer, así que salí corriendo a comprarlo (es una manera de decir, porque compré el ebook por Amazon, pero fui corriendo a mi cama para empezar a leerlo). Y entre las reflexiones de Alain de Botton empecé a entender lo que me pasaba: lo que me pone mal de irme de viaje, hoy, es perder todo lo que forma mi hogar, todos estos rituales diarios que fui descubriendo y construyendo de a poco y que me dan una felicidad cotidiana. Los journals, marcadores, lápices, cuadernos, las lecturas, los tés, mi cuartito azul: todo lo que tengo que dejar en Buenos Aires para empezar un nuevo viaje largo (porque pesa, porque uno no se lleva lo cotidiano de viaje, porque a quién se le ocurre cargar la mochila de journals, porque uno se va de viaje para hacer lo que no hace en casa). Y ahí pensé: “Pará. ¿Y quién dice que no me puedo llevar todo esto encima?”.

Mi cuartito azul, mi espacio de trabajo, mi refugio, mi lugar en el mundo.

Mi cuartito azul, mi espacio de trabajo, mi refugio, mi lugar en el mundo. ¿Cuándo inventarán una empresa que haga mudanzas de cuartos a otros países?

Mis revistas Flow.

Mis revistas Flow.

Mis cuadernos.

Mis cuadernos.

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Los cafés con amigas (las manos y el dibujo son de María Luque. El dibujo de abajo es mi copia del menú del bar).

Uno de los amores de mi vida: la hija de mi mejor amiga.

Uno de los amores de mi vida: la hija de mi mejor amiga. (A ella sí que no me la puedo llevar en la mochila… aunque si mi amiga se distrae…)

Este cielo que cambia.

Este cielo que cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Una luz que entra así.

Una luz que entra así.

Edificios que se ponen de este color.

Edificios que se ponen de este color.

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Amigas talentosas que hacen proyectos increíbles. Este dibujo es de Vero Gatti y aparece en su serie web “Psicosomática”.

Esa noche o la siguiente revisé mi primer diario de viajes, el del 2008, buscando ideas para escribir un artículo que me habían encargado de Costa Rica. Al releerme me encontré con los textos de alguien que ya no soy yo y entendí que viajar con 30 no va a ser lo mismo que viajar con 20 porque ahora busco y me importan otras cosas. Entendí también que nada me obliga a viajar como antes, que no tengo por qué quedarme atada al fantasma de mi antigua yo, que es momento de soltar mis reglas pasadas y crearme nuevas, de cambiar mi paradigma, de aceptar la transición: ya no “viajar liviana en busca de un hogar” sino “viajar lento y con el hogar encima”, llevármelo en el equipaje, aunque pese un poco más. Y darme cuenta de esto, por más que ahora me suena obvio, me alivió y me sacó la angustia. Tener la certeza de que siempre podré seguir eligiendo cómo viajar, de que no hay una manera correcta o incorrecta, me dio tranquilidad. “Ya encontré mi hogar: L, los cuadernos, los marcadores, los journals, los libros, mi espacio de trabajo. Que irme de viaje no implique perder todo lo que gané y lo que me hace bien”, escribí en mi cuaderno, seguido de: “En realidad nos vamos a trasladar la vida a Japón por un rato”.

Y a veces la transformación viene antes.

Y a veces la transformación viene antes.

El de Japón será el viaje de los cambios:
voy a cambiar mi equipo fotográfico por uno mucho más portátil y liviano,
voy a volver a la fotografía callejera,
voy a reducir todos mis cuadernos a uno solo
(estoy en pleno casting, eligiendo cuál se va conmigo),
voy a llevarme mis rituales cotidianos encima y veré si los puedo adaptar a mi vida allá,
voy a llevarme varios journals y los materiales para dibujar y colorear,
aunque me pesen en la mochila,
momento: ¿voy a llevar mochila?,
empiezo a pensar en otras opciones, aunque la mochila cuesta dejarla.
Ya no quiero moverme tan rápido, L tampoco,
aunque eso implique conocer menos ciudades.
Ya no puedo ser huésped constante.
Me tienta la idea de cuidar casas,
no me tienta: me parece ideal para este próximo viaje
porque como dice Maga, es una manera de viajar y estar en casa a la misma vez.
Nos vamos con pasaje de ida y con el plan de vivir varios meses en cada lugar.
No sé cuándo volveremos
pero sé que siempre existe la posibilidad de volver.
Quiero que mis principales ocupaciones en Japón sean caminar, sacar fotos, escribir:
llenar cuadernos y blogs, pensar en un futuro libro.
Quiero dejar de ser mi propia secretaria,
dejar de posponer tardes de escritura porque tengo que responder mails,
dejar de salir porque tengo que resolver cosas.
Quiero que Japón me devuelva el tiempo libre que Buenos Aires me saca.
Porque el viaje, me doy cuenta, me da eso: tiempo.
Tiempo que en Buenos Aires se llena de cosas urgentes y compromisos y encuentros que no puedo no concretar porque quién sabe cuánto tiempo estaré acá y todo eso.
Quiero reconectarme con mi yo viajero.
Quiero construir mi mapa subjetivo de cada lugar que visite.

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Sepan que si todavía no le vieron la cara a L es porque quiere mantenerse en el anonimato. Pero bueno, lo iré mostrando por partes (no le digan nada). Aquí: sus rulos. <3

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Así que allá vamos, dentro de pocos meses empiezo mi quinto viaje largo y ya hay varias propuestas e ideas: un viaje de prensa a China, un respiro del invierno en el sudeste asiático o en Fiji, por ejemplo, y después, tratar de armar el viaje en función de las casas que aparezcan para cuidar. Ya les contaré qué nos depara la vida en esa región del mundo.

Fotorrelato: las comidas y costumbres gastronómicas asiáticas que más extraño

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Pienso en Asia y pienso en comida. ¿Te acordás de la vez que volviste a Malasia solo para comer más roti canai? ¿Y del postre de mango por el que te tomaste como tres combis y atravesaste Jakarta? Y el pan de sal de Filipinas, por favor ese pan. Perá, ¿y el pad thai que te prepararon en la estación de tren de Bangkok? Uff, el mejor de mi vida y solo por 20 baht (0.50 usd, en ese momento). ¿Y las comidas comunitarias en China? Ese tofu, por dios. Como viajé sola, estas conversaciones las tengo conmigo misma. No se preocupen que estoy bien. Bah, más o menos, cada vez que veo fotos de la comida asiática considero la posibilidad seria de volver, instalarme y dedicarme a ser tester de sabores.

Cuando me dijeron, antes de viajar, que lo mejor de Asia era la comida sentí que ese no iba a ser un aspecto muy relevante en mi viaje. Antes de Asia yo no comía nada con picante, casi no usaba pimienta y la variedad de comidas que había probado no era demasiado amplia. Siempre me gustó comer, pero no pensé que podía hacerlo con tanto fanatismo y entusiasmo como en el Sudeste Asiático: cada día era una oportunidad para probar un plato distinto. “Acá todo tiene que ver con comida”, me dijeron malayos, filipinos, indonesios, tailandeses, chinos. It’s all about food. Y es cierto: cualquier excusa es buena para reunirse con amigos o familia a comer. La comida se cocina en la calle y hay puestos en todas partes, así que es imposible no tentarse. Pasé casi un año y medio viviendo y viajando por Asia, así que probé más platos de los que recuerdo. Estos son algunos de los que más extraño. Casi no puedo ver estas fotos: se me hace agua la boca.

* Pollo thai con baby corn (Tailandia)

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No sé si el de la foto es la versión original y completa de este plato. El Gai Pad Yod Khao Podchicken thai with baby corn es un plato simple y rápido: en un wok se saltea el pollo y se le agrega cebolla y ajo, después, con el fuego un poco más bajo, se le pone el baby corn (los mini-choclos), hongos, salsa de pescado (o de ostras), azucar y pimienta. Se sirve con arroz.

* Char Kway Teow (Malasia y Singapur)

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Este es uno de mis platos preferidos y uno de los más populares de Malasia, si bien también se prepara en Singapur, Brunei e Indonesia. Char kway teow viene del Hokkien —dialecto hablado por inmigrantes chinos en muchos lugares del Sudeste Asiático— y significa “tiras de pastel de arroz rehogadas”. Los ingredientes: fideos de arroz, salsa de soja, ají, gambas, berberechos, brotes de soja, cebolla china y huevos. Es un plato barato y se consigue en todos lados. Si lo habré comido.

* Laksa (Singapur)

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Ohpordios las sopas. Ohpordios los noodles. Esta foto la saqué en Singapur, pero el origen del plato es malayo y es uno de los más populares de la cocina peranakan —la fusión de cocina malaya y china—. Tiene un montón de variantes, aunque a grandes rasgos hay tres tipos:

1. Curry laksa: sopa de curry con leche de coco, tofu, bastones de pescado, gambas, berberechos y noodles. Se sirve con una cucharada de sambal —pasta de chili— y hojas de coriandro.

2. Asam Laksa: sopa a base de pescado con tamarindo, pescado, vegetales, menta, gengibre, fideos de arroz fino y pasta de gambas.

3. Sarawak Laksa: sopa sin curry con tamarindo, ajo, limón, leche de coco, tiras de pollo, camarones, coriandro y lima. Esta versión proviene de Sarawak, en la isla de Borneo.

* Roti canai (Malasia)

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Debo haber comido dos, a veces tres, por día mientras estaba en Malasia, y no exagero. Podría vivir a base de esto. Se pronuncia roti chanai y se sirve en todos los mamak stalls de Malasia —los mamak son los tamiles musulmanes malayos, descendientes de los indios que emigraron del sur—. Es un tipo de pan indio que se sirve con dhal —una salsa de lentejas— y otros tipos de curry. Se come con la mano y es ideal para el desayuno o como snack nocturno. Yo lo comería todo el día.

* El plato indio del día, servido sobre hojas de planta de banana

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Hablando de comer con la mano, extraño los comedores indios de Malasia —no digo de India porque no estuve por allá aún— donde por pocos ringgits te servían las verduras del día y te dejaban repetir todas las veces que quisieras. A veces las salsas eran tan picantes que se me caían las lágrimas mientras comía y eso me generaba ganas de comer más y más. Les habrá pasado.

* Bah, cualquier plato indio me viene bien

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Como este que comí en Singapur. Por algo es una de mis gastronomías preferidas.

* La comida Padang y la comida vegana (Indonesia)

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Me costó adaptarme a la comida indonesia: al principio me parecía demasiado picante y no tan variada como la malaya. De a poco fui encontrando mi huequito gastronómico. Si están en Indonesia les recomiendo que prueben la comida Padang: es la que aparece puesta sobre una pirámide de platos en la vidriera del restaurante. Suelen ser buffets, podés servirte lo que quieras y hay varios rangos de picante. Si van a Yogyakarta y quieren probar algo distinto a lo habitual —o son vegetarianos— pregunten por los puestos de comida vegana.

* El tofu en todas sus formas

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Me encariñé con el tofu, y allá lo cocinan tan bien. El tofu es algo así como un queso a base de leche de soja. Tiene una textura firme, aunque más blanda que el queso, es color crema y suele aparecer en el plato en cubos. Es originario de China aunque también se usa mucho en Japón y Corea, tiene muy pocas calorías, bastante proteína y hierro y casi nada de grasa: es una comida muy sana y un buen sustituto de la carne. En ningún lugar del mundo lo probé cocinado tan rico como en los restaurantes chinos.

* Las mezclas agridulces

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En Argentina suelen mirarme raro por comer pizza con ananá. No me importa: también como arroz con mango, arroz con ananá, arroz con pollo y pepino y todo lo que tenga sabores opuestos. Una de las mejores cosas de las gastronomías asiáticas es esa mezcla de gustos. Este es un plato indonesio muy sencillo: arroz, pollo, cebolla y pepino.

* El Pad Thai o su versión laosiana: el Pad Lao

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El plato de cabecera de la cocina tailandesa y uno de los más ricos que probé. Fideos de arroz salteados con huevo, salsa de pescado, salsa de tamarindo, pimiento rojo y brotes de soja, gambas, pollo o tofu, con un toque final de maní picado, cilantro y una rodaja de lima. Basta, se me hace agua la boca. La foto la saqué en Laos así que es una versión quizá alaosiada (?) del pad thai.

* Los noodles en todas sus formas

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No puedo no amar los noodles: son perfectos. ¿Qué son los noodles? Para simplificar digamos que es una pasta fina que puede estar hecha a base de arroz, harina o huevo y que se puede hervir, freír o cocinar en sopas y acompañar con todo lo que se les ocurra. Su origen es chino —dicen que existen hace más de 4000 años— pero todos los países asiáticos los usan entre sus ingredientes y lo adaptan a su paladar. A mí me gustan todos: en sopas, en ramen, con huevo, salteados, con pollo, picantes, al wok, con salsa de soja, instantáneos. Y lo que más me gusta: comerlos con palitos.

* Hablando de China, otras dos cosas que extraño: el arroz y las comidas comunitarias

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En este post cuento con mucho más detalle cómo es comer en China, pero si hay dos cosas que destaco y que extraño son el arroz y los platos compartidos. El arroz en Argentina no es muy popular: debe ser porque el arroz asiático casi no llega. En Asia hay decenas de variedades de arroz y las comidas no son comidas si no hay arroz en la mesa. Además, la gente se sienta a comer en grupo, por eso lo normal es pedir varios platos, ponerlos en el centro y probar de todo un poco. Con las chinas de la foto, tan amigas como nos ven, no fui capaz de cruzar ni una palabra, pero viajamos tres días juntas, comimos y paseamos como si fuésemos íntimas. La historia, junto con la de mi mes de viaje por China, está en este capítulo de mi libro.

* El ritual del té

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En China aprendí a tomar té sin azúcar y nunca más di marcha atrás. Ahí el té acompaña a todas las comidas y prepararlo es un ritual que tiene sus pasos e instrumentos. Una de las costumbres que más me gusta de las rondas de té es el golpecito que se da sobre la mesa con los dedos índice y medio para expresar agradecimiento a quien está sirviendo las tazas. Se cree que la costumbre se originó durante la Dinastía Qing, cuando el emperador Qian Long viajaba de incógnito por el imperio y los sirvientes tenían prohibido revelar su identidad. Una vez, en un restaurante, el emperador se sirvió una taza de té y llenó también la taza de su sirviente, este quiso arrodillarse y agradecerle pero al no poder hacerlo puso los dedos sobre la mesa y los dobló en señal de respeto, como si se estuviese arrodillando. Ese gesto se convirtió en un golpecito de agradecimiento.

* El pandesal (Filipinas)

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Todavía me acuerdo del día que probé el pandesal en Filipinas. No me lo esperaba, ya me había acostumbrado a pasar meses enteros sin comer pan —algo que en Argentina hacía todos los días— y había perdido un poco la fe: Asia tiene una gastronomía deliciosa, pero el pan casi no aparece. Filipinas, al haber sido colonia española y estadounidense —y un país que parece salido de otra región del mundo— tiene una gastronomía más parecida a la nuestra: pan, pastas, pizza, flan. Y pan. El pandesal (“pan de sal”) está hecho con harina, huevos, levadura, azúcar y sal, es blandito, es más dulce que salado y es una de las mejores cosas que me pasó después de meses sin pan.

* Parece pan pero no es pan: el onde-onde (Indonesia)

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Vamos pasando a lo dulce. Así de chiquita como la ven, esta bolita de onde-onde es un bocadito de felicidad. Es un dulce frito de origen chino que se hace a base de harina de arroz glutinoso —el arroz pegajoso—, se llena con pasta dulce de beans —nunca sé cómo traducir beans: ¿garbanzos? ¿habichuelas?— rojas o negras y se cubre con semillas de sésamo. Es crujiente por fuera y un poco gomoso por dentro. Lo amo. Se consigue en China, Japón, Indonesia, Malasia, Filipinas y Vietnam.

* Las galletitas de almendra de Macau

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Bueno, ahora sí estoy en mi salsa. Soy muy dulcera y todo lo que tenga almendras me puede —hola mazapán, hola macarons—. Las almond cookies o almond cakes son uno de los emblemas de Macau, una región china que fue colonia portuguesa. Casi todos los negocios del centro, cerca de las ruinas de la Catedral de St Paul, las venden como souvenirs. Les voy a confesar algo: pasé tardes enteras entrando a cada uno de esos negocios solo para probar las muestras gratis. No me pude controlar. Es una adicción. Soy adicta a las almendras.

* Y las egg-tarts (también en Macau)

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Macau, como les dije, fue colonia portuguesa hasta 1999 y una de las huellas más interesantes que quedó fue la gastronomía. La cocina macanese es una fusión de comida china y portuguesa, con sabores del Sudeste Asiático y América Latina, que solo existe en Macau. Y estas egg tarts que ven en la foto son la adaptación local de los pastéis de nata: un dulce de huevo típico de Portugal. Otra perdición. 

* Este postre taiwanés (probado en Kuala Lumpur, Malasia)

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Si me preguntan qué es esto les digo no sé. Una mezcla de hielo picado, azúcar y cosas dulces y blanditas. Se llama Bao Bing y tiene red azuki beans, mung beans, taro balls endulzado con azúcar o leche condensada. Seguro que así les queda mucho más claro. No importa, no hay que entender a la comida, solo disfrutarla.

* El mango lo (Kuala Lumpur)

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No sé si lo notaron, pero uno de mis países preferidos para comer es Malasia. Este postre lo comí varias veces en Kuala Lumpur: hielo picado, mango fresco y unas bolitas de gelatina. Sin son fanáticos del mango como yo es uno de los postres más deliciosos y refrescantes. Y barato, toda la comida callejera en Malasia es barata.

* El sumun: coconut milk sticky rice con mango (Laos)

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Este postre tiene todo lo que me gusta: sticky rice —el arroz pegajoso—, leche de coco, mango fresco y maní. Los laosianos comen arroz glutinoso como parte de su dieta principal: lo llaman khao niao, lo cocinan al vapor en canastos de bambú y lo usan para platos salados y dulces.

* Las frutas

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El Sudeste Asiático es un paraíso de frutas tropicales. Ahí probé algunas que ni sabía que existían y que pasaron a ser mis preferidas como estas dos: la fruta del dragón y el mangosteem. La fruta del dragón promete desde afuera: es rosa, parece una flor, es intrigante. Adentro es blanca —también hay una variedad violeta— y tiene un montón de semillitas negras. Tiene la contextura como de una pera mezclada con manzana. El mangosteem, en cambio, no dice mucho: tiene una cáscara dura y no es muy llamativo, pero no me da miedo decir que es la fruta más rica que probé en Asia. Le dicen la reina de las frutas por su sabor y su frescura. Por favor, si andan por allá, coman por mí.

En este post intenté describirle ambas frutas a una amiga que nunca las había probado: A qué se parece.

* Y otras cositas de colores

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Como estos helados.

O como este dulce de Singapur que siempre recordaré como “la goma de borrar color arco iris”:

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Me parece que voy a tener que volver para escribir la segunda parte de este post.

[box type=”star”]Si este fotorrelato te gustó, podés ver más acá. O si querés saber un poco más de cada gastronomía, te invito a pasar por algunos capítulos de “Comiendo por ahí”: Tailandia, Malasia, China, Indonesia. ¿Qué comidas asiáticas te gustan? Contame en los comentarios![/box]

A Asia en plato volador

No hay día que no sienta ganas de estar en Asia. Extraño ese continente a todo momento. Esta semana estuve escribiendo acerca de China para mi libro y casi lloro. Me acordaba de todo. Con lo mala que es mi memoria me sorprendí al darme cuenta de que hay muchas cosas que me acuerdo de punta a punta. Y no sólo me acuerdo de qué hice o a dónde fui, también me acuerdo del vientito frío que me pegaba en la cara a la salida de la estación de buses, del ruido del río que cruzaba una ciudad, de la palmada cariñosa que me dio una señora en el hombro cuando me vio sola y perdida, de la sopa de arroz que me llevó a comer Eva, de los incontables vasos de té y caramelos que compartí con cuatro mujeres de una etnia minoritaria, de mi comunicación a través de lenguajes no basados en la palabra. Dicen que cuando uno recuerda cosas muy vívidamente el cuerpo no toma conciencia de que eso ya pasó y se comporta como si estuviesen ocurriendo. Por eso mientras yo recordaba, revivía y escribía, mi cuerpo creía que realmente estaba en Asia. Sentí un dolor en el alma; era una combinación de alegría y nostalgia.

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Asia es un lugar del mundo al que quiero volver lo antes posible. Mi plan, después de terminar el libro, es irme otra vez para allá. Tal vez atravesar Europa por tierra, llegar a Asia y después recorrer Oceanía, tal vez volar directo a Asia, no lo sé. Pero Asia va a estar en mi próximo viaje largo seguro.

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Hace unos días me escribió Andrea, editora de una de las revistas argentinas para las que trabajo, y me propuso hacerle una entrevista al dueño de una cadena de restaurantes de comida china que acaba de abrir su primera sucursal en Argentina. El tema es que Andrea no sólo es mi editora sino que es mi amiga y tiene una intuición que a veces me asombra. Ella sabe a quién mandarme a entrevistar: antes de viajar a Asia, por ejemplo, fue ella la que me encargó que le hiciera un reportaje a Steve McCurry, el fotógrafo de la Niña Afgana. Esta vez la propuesta era otra, pero igual de tentadora: entrevistar a Philip Chiang (co-fundador del restaurante P.F. Chang’s), un chino que creció en Japón y vivió gran parte de su vida en Los Ángeles y que, más allá de trabajar en restaurantes, es artista (pintor) de vocación. Además, el día de la entrevista, me dijo Andrea, habría una degustación de comida china y asiática en el restaurante. ¿Podía decir que no?

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Mientras preparaba la entrevista en casa no pude evitar sentir aún más nostalgia de Asia, pero esta vez la nostalgia no provenía de mi alma sino de mi estómago. Algo que extraño muchísimo de Asia es la comida. Me encanta la cocina asiática. Me encanta el ritual social que existe alrededor de la comida en Asia. Me encanta que cualquier excusa sea buena para juntarse a comer. Me encanta que la mejor comida sea la de los puestos callejeros. Me encanta lo agridulce, lo picante, lo sorprendente de la comida asiática. Me encanta que Asia se exprese a través de la comida. Cada vez que huelo un poco de curry o de masala me transporto. El olfato es otra gran manera de viajar, es un gran evocador de recuerdos que no distingue geografías ni tiempos. A veces huelo algo que me lleva de vuelta a mi infancia, a veces huelo algo que me recuerda a una callecita de Asia. Es imposible saber a dónde me va a llevar mi nariz en su próximo recuerdo.

La cuestión es que ayer fui a la degustación y entrevisté a Philip y, sinceramente, fue como volver a Asia por un rato. Me acordé de la vez que una argentina me regaló una bolsita marrón repleta de alfajores, dulce de leche y golosinas típicas de Argentina en medio de Kuala Lumpur (Malasia). Hacía más de un año que estaba viajando por Asia y que no probaba algo parecido, y esa bolsita marrón me llevó de vuelta a Argentina en un bocado. Lo de ayer en el restaurante fue así, pero al revés. Hace más de un año y medio que no piso Asia y probar esos 16 platos (sí, fue una degustación de 16 platos chinos/asiáticos típicos) fue como un viaje fugaz en plato volador. Si cerraba los ojos y solamente me concentraba en el sabor, estaba en Asia. El restaurante (que en Argentina también se llama P.F. Chang’s y está ubicado en San Isidro, Buenos Aires) sirve principalmente comida china pero también tiene sabores del Sudeste Asiático, de Japón y de Korea. Están adaptados al paladar occidental, pero siguen siendo Asia en un plato.

[singlepic id=7031 w=625 float=center] Este es uno de los platos de ayer y, creo, el que más me transportó. Tenía curry, tofu, maní y leche de coco. No tengo más para decir.

[singlepic id=7032 w=625 float=center] Este también me encantó: camarones, nueces y melón con una salsita. Una delicia.

[singlepic id=7036 w=625 float=center] Este fue un mundo de sensaciones: lo de la foto es el relleno que se envuelve en una lechuga fresca y se come cual “taco”.

Hace mucho que no escribía acerca de Asia. Hace mucho que no escribía de comida. Pero lo de ayer fue algo inesperado que me sacudió y me hizo viajar sin viajar. Charlar con Philip tampoco me ayudó a disminuir mi nostalgia asiática, al contrario: la entrevista derivó inevitablemente en viajes, en comida callejera y en Asia. Yo creo que lo de ayer fue el resultado de una sumatoria de cosas: mi saudade de Asia sumada a mis recuerdos mientras escribo el libro sumados a mis ganas de volver a viajar sumadas a mi amor por la gastronomía asiática genero que me teletransportara en un bocado y me acordara de, por ejemplo, cosas como estas.

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1. Bangkok, Tailandia. Este fue mi primer acercamiento a la comida callejera de Asia. En aquel momento (primeros días de mi viaje) aún me resultaba raro ver a la gente comer tan tranquilamente en las veredas. Después descubrí que la comida callejera es la mejor.

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2. Kuala Lumpur, Malasia. Este es uno de los tantos postres que Philip decidió no poner en sus menúes porque sabe que no “funcionan” tanto en el paladar occidental. A mí me encantan, pero así como lo ven, adentro pueden tener cosas como frituras, mango verde, azúcar, ají, pasta de camarón, jugo de lima, maní y/o jengibre.

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3. Kuala Lumpur, Malasia. Otro ejemplo de lo anterior. Este es mi postre preferido de todos los que probé en Asia. Es taiwanés pero lo probé en Malasia. Tiene hielo picado, tero balls (ni sabría decirles qué son), batata y otras cosas por el estilo. Amé.

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4. Penang, Malasia. Penang fue mi paraíso gastronómico, un lugar en el que me quedaría a vivir simplemente por un motivo: su comida. Mi amiga Tippi me llevó un montón de veces a comer a los hot-pot, restaurantes-buffet donde cada cual elige lo que quiere comer y lo cocina a su gusto en su propia mesa.

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5. En Penang también aprendí que los mejores lugares donde comer no son los más caros, sino los que están más llenos de gente local. Un chino-malayo me dijo: “Si hay gente haciendo fila para comer en un puesto callejero, no tengas duda: es el mejor”. Con tantas opciones de comida, no hay más razón que esa para esperar.

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6. En Penang, para seguir con mi paraíso, probé la comida india por primera vez. Y fue amor para siempre.

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7. Mi amiga Tippi (china) fue la que me invitó a formar parte de una tradición china milenaria: el ritual del té. Todas las tardes pasábamos horas tomando tés y charlando de la vida.

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8. Battambang, Camboya. Camboya fue un país en el que descubrí que no hay nada que no se pueda llevar en una moto o en una bici. Una vez conté como 20 cocos atados a una bicicleta. O, como en este caso, ananás.

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9. Savannakhet, Laos. De Laos quedaron en mi recuerdo los puestitos callejeros con gente esperando pacientemente a sus clientes. Laos es un país de pocos habitantes y de calles vacías, pero repleto de cultura callejera al igual que sus vecinos.

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10. En la ruta, Laos. Esta escena es muy común, al costado de cualquier ruta asiática.

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11. Luang Prabang, Laos. Y en Laos, además, es muy común comer en buffets al aire libre. Si bien muchos de los puestos de Luang Prabang son turísticos, la comida es deliciosa y muy barata. Lo que daría por volver a servirme de esos platos…

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12. Sticky rice with mango. En países como Tailandia y Laos aprendí a amar la comida agridulce, como el arroz con pedazos de frutas y maní.

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13. Pad lao, la versión laosiana del pad thai. Uno de los mejores platos que probé. El mejor pad thai de mi vida me lo preparó un ladyboy en la estación de tren de Bangkok y me costó medio dólar.

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14. Lijiang, China. China fue un país aparte. Los primeros días casi no comía porque como no podía hablar ningún idioma chino me resultaba muy difícil comer afuera (no había menúes en inglés ni fotos). Con el tiempo aprendí algunos trucos y aprendí, sobre todo, que comer en China es un ritual social y comunitario. Es muy raro que la gente coma sola o que se pida platos personales: en una mesa china todo se comparte y todos pueden probar un poco de todo.

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15. Lijiang, China. Lijiang es uno de los lugares donde mejor comí: era todo casero y hecho con amor. Probé platos y verduras que ni sé cómo se llaman pero que siempre quedarán entre mis preferidos. Aprendí a amar la noodle soup de desayuno y el arroz por sobre todas las cosas.

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16. China (no recuerdo dónde, fue en un pueblito donde paré a hacer noche). Mi amiga Tippi me dio la solución para poder comer en cualquier restaurante: entrar a la cocina, mirar los ingredientes y señalarle con la mano a la cocinera qué es lo que quería en mi plato. Este lugar, por ejemplo, fue una alegría: todas las opciones estaban a la vista de los comensales así que lo único que tuve que hacer fue seleccionar los ingredientes, ponerlos en mi plato y dárselos al cocinero para que los hiciera al wok en el momento.

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17. Macau, Región Autónoma de China. Y en todas partes de Asia comprendí que la comida es más que simplemente comida: es un modo de relacionarse con la gente. Y si creía que en otros países se comía “mucho”, cuando viajé por Asia entendí que comer “mucho” era algo que jamás había experimentado.

Y todo esto se me cruzó por la cabeza ayer, mientras me reencontraba con sabores asiáticos en pleno Buenos Aires. La comida tiene el poder de llevarnos de viaje a cualquier lugar del mundo.

Vuelve “Viajando en una foto”

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, Viajando por ahí solía tener una sección llamada “Viajando en una foto”.

Era una sección que escribía cada vez que estaba de “no-viaje” (es decir, instalada en alguna ciudad) y que cumplía la función de lo que vulgarmente se conoce como “relleno”, cual jamón y queso de la empanada de este blog (?). Se trataba, básicamente, de postear una “foto del día” y escribir unas pocas lineas al respecto (ya sea la historia o backstage, la cadena de casualidades que me llevó a esa imagen o una simple reflexión derivada de ella).

Últimamente me está pasando algo que me dice que tengo que reinaugurar esta sección: cada vez que reviso mi archivo de fotos (extenso, muy extenso), me encuentro con imágenes que ni recordaba que había sacado y que me sorprenden, me transportan o me hacen preguntarme: “Ay… ¿te acordás de cuando estuviste ahí?” :). Entonces pienso, ¿por qué no compartir estas imágenes sueltas en el blog? ¿Por qué no usar estos meses de quietud (estaré unos meses en Buenos Aires) como excusa para compartir fotos que no tienen que ver con nada (pero que tienen que ver con mis viajes)?

Así que en este solemne acto declaro reabierta la sección Viajando en una foto y me comprometo a compartir mis fotos preferidas (no por eso “las mejores”, sino las que más me gustan y sorprenden) con todos ustedes. Intentaré subir aunque sea una foto por día o cada dos días, como para no perder el espíritu viajero. E intentaré, también, sorprenderlos con fotos que no haya subido nunca a este blog. Esta sección empezó con un bigote, así que quién sabe con qué aparecerá mañana.

Y para reinaugurar, lo hago con mi foto “preferidísima”, con una imagen que tengo impresa y colgada en mi casa y que nunca pero nunca deja de hipnotizarme. Fue una de las primeras fotos que saqué con una reflex. La capturé en las afueras de Kuala Lumpur (Malasia), allá por abril de 2010, cuando recién empezaba mi viaje por Asia. ¿Qué me gusta de esta foto? Esa mirada. Esos ojos negros me transportan inmediatamente a ese templo hindú, a esas escaleras, a esa madre, a mí misma diciéndole “She’s so beautiful! May I take a picture?”, y al click que inmortalizó esas caras. Podré estar en mi casa en Buenos Aires, pero miro esta foto y viajo.

Mis cinco encuentros con la nieve

Hay gente que no conoce el mar hasta la adultez y recuerda su primera vez frente al océano como uno de los días más importantes de su vida. Yo debo haberlo conocido casi el mismo día que nací (o incluso antes) ya que mis papás siempre fueron fanáticos del agua y, cada vez que pudieron, me llevaron a pasar unos días al mar. Pero con la nieve no había caso. Durante mucho tiempo les pedí, ingenuamente, que me llevaran a conocer la nieve. Y siempre íbamos a la playa. Finalmente me di por vencida: era una batalla que no iba a ganar jamás. Tendría que ir a buscarla por mi cuenta, cuando tuviera edad para hacerlo.

Mi primer encuentro con ella fue planeado. Fui preparada, con ropa de invierno y esa emoción anticipada que sentimos cuando sabemos que va a pasar algo que esperamos hace tiempo. El resto de las veces, apareció en mis viajes de sorpresa.

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Uno

La vi por primera vez, en vivo y en directo, a los dieciocho años. Me había ido a Bariloche (en el sur de Argentina) de viaje de egresados en bus —el primer viaje de 24 horas en bus de mi vida— y, apenas (literalmente) llegamos a la estación, empezaron a caer los copos de bienvenida. Todavía me acuerdo. Para el resto de mis compañeros aquello era, probablemente, un hecho meteorológico normal y esperado: para muchos argentinos es muy común irse de vacaciones de invierno al sur de nuestro país, donde casi siempre nieva. Para mí, era la novedad. Nos quedamos una semana y los primeros días intenté aprender a esquiar. No tuve mucho éxito. Me divertía más hacer pelotitas de nieve con las manos o pisar el suelo blanco y que se me hundieran los pies antes que ponerme dos zapatos con palos alargados y deslizarme por una montaña (en compañía de mi torpeza y mi falta de coordinación) hacia lo que probablemente sería una experiencia cercana a la muerte. Tengo fotos en papel y están en Buenos Aires, así que no puedo subir nada de aquel viaje en este momento.

Dos

La segunda vez fue, probablemente, la más inesperada y especial de todas. Era domingo. Todavía vivía en Buenos Aires, estudiaba Comunicación y soñaba con viajar. La noche anterior había salido con mi hermana Dafne a una fiesta, así que dormimos hasta el mediodía. Nos despertamos con la pereza típica del domingo, miramos por la ventana del piso 18 y la vimos caer. Fue increíble: hacía casi un siglo que no nevaba en Buenos Aires. Y fue uno de esos días que quedó en la memoria colectiva de toda la ciudad. A que sí. Seguramente, si sos de Buenos Aires, te estás acordando de qué hiciste aquel domingo.

[singlepic id=4102 w=625 h= float=center]  La foto no es muy buena pero es la única que encontré en mi compu. Tengo el resto en Buenos Aires también, así que las subiré a la vuelta. Esta es la vista con la que nos encontramos aquella mañana de domingo.

Tres

La tercera vez que la vi fue durante mi segundo viaje a Bolivia. Tenía 22 años, había empezado mi periplo por América latina y estaba viajando por lo que debe ser el país latinoamericano con los paisajes más surrealistas, mágicos y de otro planeta que tiene nuestro continente. Estaba con mi amiga Vicky, haciendo ese tour conocido como “El tour de tres días en 4×4 por el Salar de Uyuni y alrededores”. Primera parada, el Salar de Uyuni: ese inmenso paisaje blanco que, en las fotos, parece hecho de nieve pero no: es de sal. 14.000 km2 de sal. ¿Dónde se ha visto tanta sal junta? Después: lagunas verdes, rojas, turquesas, desiertos de rocas, árboles de piedra, geiseres, picos nevados con vicuñas y alpacas, lagunas con flamencos… El tour culminó en el lugar más árido del mundo: el desierto de Atacama, en la frontera con Chile. En medio de ese paisaje marrón y desolado había un bus pintado de colores, sin ruedas, abandonado y, a pocos metros, un parche blanco, frío y blandito. Nieve.

[singlepic id=4110 w=625 h= float=center] Y, para no ser menos, me saqué una foto.

Cuatro

En mayo de 2011, después de un año y medio ininterrumpido de verano, llegué al invierno chino. Me había ido de Buenos Aires cuando terminaba el verano, pasé más de un año en el calor tropical (inmutable) del Sudeste Asiático y, por fin, viajé a China. Y en China, cuando hace frío, hace frío. Mi primera parada fue Chengdú, en el centro del país. Tenía la mochila llena de ropa de verano y casi nada para el frío (excepto unas calzas, un pañuelo y un buzo de algodón). Susie, la chica que me alojó, me vio demasiado desabrigada y me regaló una campera. Me di cuenta de que por más ropa que me pusiera encima, mi cuerpo no iba a acostumbrarse al frío, así que decidí cambiar mi ruta: en vez de seguir camino hacia el norte, me fui al sur, donde la temperatura era un poquito más alta. China tiene varias ciudades conocidas como “La Ciudad de la Eterna Primavera” porque su microclima cuasi veraniego se mantiene constante a lo largo del año. Una de ellas es Kunming, en la provincia de Yunnan. El día que llegué a Kunming el cielo estaba despejado y hacía calor. Estaba tan lindo que caminé durante todo el día sin abrigo, feliz de sentir el sol otra vez. A la mañana siguiente me desperté muerta de frío, salí de la habitación del hostel, me asomé a la terraza y no pude creer lo que veía: estaba nevando en Kunming. Chequeé las noticias y descubrí que era algo que ocurría una vez cada década. Y justo me tocó a mí.

[singlepic id=4112 h=625 float=center] Así de despejado estaba el cielo en Kunming cuando llegué. No sé por qué pero me parece que no le saqué fotos a la nevada. Seguramente tuve demasiado frío.

Cinco

Nunca imaginé que vería la nieve por quinta vez en mi vida en África, en ese continente que automáticamente asociamos con el calor. Tampoco pensé que el invierno de Marruecos iba a ser tan frío. Pero lo bueno de viajar es que uno descubre que no todo es lo que parece.

Andi y yo llegamos a Azrou, un pueblito en las montañas, con frío pero con sol. Al segundo o tercer día nos contactamos con Zakaria, un marroquí de Couchsurfing, y nos encontramos con él para tomar un té (actividad social marroquí por excelencia). Zakaria es guía de montaña, así que nos ofreció hacernos un tour por los bosques y parques de las afueras del pueblito. “Bueno, pero vamos pasado mañana”, le dijimos. Y tuvimos mucha suerte.

La mañana siguiente, mientras Andi y yo caminábamos por el pueblo, tuvimos una conversación parecida a esta:

Andi: —¿Sabés lo que estaría bueno? Que llueva y además nieve. (Nota: desde que llegamos a Marruecos no había llovido nunca. Y nevado, mucho menos.)
Yo (irónicamente): —Sí, sobre todo porque tengo una ropa que no sabés cómo abriga para la nieve.
Andi: —Jaja. Quiero nieve.
Yo: —Alá te escuche.

Al rato nos sentamos en un bar para tomar un café y usar el wifi.

Andi (mirando por la ventana, con alegría y orgullo): —¡Mirá! ¡Está lloviendo!
Yo: —Alá escuchó tus plegarias. Dale, pedile que nieve también.
Andi (cuasi gritando por la ventana del café donde estábamos sentados): —¡Nieveeeee! ¡Queremos nieveee!

Y, a los pocos minutos, nos encontramos con esto:

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NIEVE EN MARRUECOS.

Al día siguiente hicimos el trekking por la montaña con Zakaria. Y, gracias a la nevada que Alá le mandó a Andi de regalo, pudimos disfrutar de un bosque mágico cubierto de nieve, como este.

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Y, tal vez, si la nieve hubiese formado parte de mi vida desde muy chica, ninguno de estos cinco momentos me hubiese parecido tan especial.

doscientos viajes

Este es el posteo número doscientos de este blog. De un blog que abrí en febrero de 2010, pero que, para mí, nació oficialmente el día que me fui a Asia: el 3 de abril de 2010. O, si lo pienso bien, nació el 28 de enero de 2008, cuando hice mi primer viaje por América latina y empecé a escribir, casi de casualidad, mi primer blog de viajes. Aquel blog tuvo otro nombre y otra dirección, pero fue, sin dudas, el antecedente (o la primera parte) de Viajando por ahí.

Lo pienso y es raro: siempre soñé con ser viajera, pero nunca imaginé que iba a ser bloguera.

Imagínense la situación, año 1990:

—¿Y vos, nena, qué querés ser cuando seas grande?
—¡Bloguera de viajes!
—… Ahh… ¿empresaria?
—No, quiero escribir cosas en internet.
—¿Interqué?

Admiro a los cronistas de viajes que dedican o dedicaron su vida a escribir libros con los relatos de su inmersión en otras culturas. Admiro la escritura de Theroux, sus viajes en tren y sus encuentros fortuitos. Admiro las crónicas de Kapuściński y su capacidad de atravesar a las personas —de la cultura que sean— y mirarles el alma. Me encanta la literatura y, como dije varias veces, mi objetivo es escribir libros, pero tengo que reconocer que los blogs son una herramienta muy poderosa que hay que aprovechar. Yo estoy escribiendo esto en una casa de Callela, con lluvia y frente al mar Mediterráneo, y sé que cuando presione “Publicar” (por vez número doscientos) este texto va a viajar a toda velocidad a otras pantallas lejanas de América latina, Europa, Oceanía desde las cuales van a poder leerme al instante. Por eso creo que cada posteo es un viaje. Cada uno de estos doscientos textos habla acerca de mis viajes (ya sea en otro continente, ya sea en mi propia ciudad) y, a la vez, viaja, cruza el mundo y aparece ahí frente a sus ojos. No hay que esperar meses a que se imprima, ustedes pueden vivir mis viajes y acompañarme casi en tiempo real. Algunos —ojalá— sentirán que viajan a través de mis palabras, otros —ojalá también— sentirán el deseo de viajar.

Y como es año nuevo y todos se la pasan haciendo balances y recuentos de cosas buenas y malas, voy a re-compartir con ustedes algunas de las cosas que me pasaron en estos doscientos posteos de Viajando por ahí.

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Primero, algunos datos básicos:

• Este blog tiene 21 meses de vida (casi dos años, empezando a contar desde abril).

• En estos 21 meses, pisé 14 países (incluido el mío).

• En estos 21 meses, pasé 18 meses fuera de Argentina.

• En estos 21 meses, pisé tres continentes: América, Europa y Asia. [/box]

Y para hacerle honor al número 21, estas son 21 cosas que me pasaron en estos 21 meses:

1. En febrero de 2010, mi sponsor me preguntó: “¿A qué parte del mundo te querés ir?”. Y yo respondí, sin pensarlo demasiado: “A Asia.” Unas semanas después, estaba perdida en Bangkok.

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2. Entré en clima de viaje como un mes después, la noche que crucé de Tailandia a Malasia y que creí que iba a quedarme a dormir en la calle y que Couchsurfing era una gran organización de venta de órganos de pobres viajeros inocentes.

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3. En Indonesia me confundieron con una amiga íntima de Maradona y se sacaron fotos conmigo cual estrella de Hollywood.

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4. Viví dos semanas en una iglesia con un grupo de curas filipinos que se iban de karaoke todas las noches y que me llevaron de road trip por el norte del país con la combi de la iglesia y las fieles del pueblo.

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5. Me deslumbré con Hong Kong, una y otra y otra vez. Aunque sea una de las ciudades más solitarias que conocí en mi vida.

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6. Aprendí a hablar (un poquito de) indonesio. Apa kabar?

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7. Como estaba indecisa, le pedí a los lectores que votaran mi próximo destino y ganó Vietnam. En cualquier momento hago una votación parte II.

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8. Me robaron la cámara, la computadora y la plata en un tren nocturno en Indonesia y, diez horas después, la policía me devolvió todo.

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9. Llegué, de casualidad, a un pueblito perdido de Laos que me encantó, y descubrí que los lugares que más me gustan son los que no intentan ser atractivos, como este.

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10. Me inspiré y los inspiré a viajar.

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11. Me hice minimalista por unas semanas.

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12. Me perdí en China y me encontró una familia minoritaria que me invitó a tomar el té y a espiar, por un rato, su vida.

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13. Fui, medio de colada, a una gran boda china.

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14. Describí Asia, según mi visión, de la A a la Z.

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15. Volví a Buenos Aires después de 16 meses de viaje (con todos los sentimientos y emociones que eso implica).

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16. Me fui un mes a Perú a visitar amigas. Vi a Calle 13 en vivo en Cusco, escribí un post sobre eso, Calle 13 lo publicó en su muro de facebook, me colapsó el blog de visitas y me hizo muy feliz.

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17. Recordé la vez que me perdí en el desierto.

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18. Asistí a la primera reunión de bloggers de viaje de Argentina (y me hicieron hablar y todo). Expuse mis fotos en Buenos Aires. Publiqué una serie de artículos en la Revista de La Nación y en la Revista Nueva.

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19. Me amigué, por fin, con Buenos Aires.

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20. Pisé Europa por primera vez en mi vida en diciembre de 2011. Me fui de tapas. Conocí en persona a mis familiares asturianos. Me enamoré de una ciudad.

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21. Escribí doscientos posts. Doscientos textos, doscientos relatos, doscientos viajes.