Asia de la “A” a la “Z”: B de Buda

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

Antes de viajar a Asia, ya había oído hablar de él.

Lo había visto replicado en estatuitas de madera en locales de decoración de moda.

También me lo había cruzado en varios hogares New Age.

Había leído algunas de sus enseñanzas y recuerdo haber copiado sus Cuatro Nobles Verdades en un cuadernito para no olvidármelas nunca.

No sabía más de Buda que palabras sueltas, fragmentos de su vida.

En realidad no sabía nada.

Sin embargo siempre sentí un extraño deseo de encerrarme en un templo budista, aprender a meditar y olvidarme del mundo.
De viajar solamente por mi mente.

Y ahora que estoy en Asia, no puedo decir que sepa mucho más acerca de Buda que antes. Pero este viaje me permitió ver,
con mis propios ojos, qué rol cumplen Buda y sus enseñanzas en la vida cotidiana de las personas.

Entré a todos los templos que me crucé y siempre me encontré con gente rezando de rodillas o de pie,
sosteniendo los sahumerios con las dos manos frente al pecho, agachando la cabeza y realizando todo tipo de ofrendas.

Vi mujeres solas, hombres con amigos, madres con sus hijos, ancianos. Todos dirigiendo sus rezos y agradecimientos a la imagen de Buda.

Por primera vez conocí y hablé con monjes budistas; me los crucé descalzos, pidiendo donaciones; los vi de todas las edades y con distintos colores de vestimenta. Conocí también a monjas budistas y aunque las miré de lejos, no pude evitar sentir intriga por su vida y ganas de aprender de ellas.

Conocí a Buda en sus distintos estados: sentado, acostado, con la mano levantada, con las manos sobre las piernas, riéndose.

Lo encontré en todo tipo de situaciones: en parques, en hogares, en templos, en montañas.

Vi algunos de los Budas más grandes del mundo e incluso al más chiquito a través de una lupa.

En este año de viaje debo haber entrado a más de cien templos y jamás me aburrí.

Y si aprendí algo, es que acá Buda no es un adorno ni un elemento de decoración.

Buda es parte de la vida de las personas.

Pero como el mundo es mundo, a la salida de muchos grandes templos hay negocios,

y en esos negocios,

Buda no es más que un simple souvenir.

Asia de la “A” a la “Z”: A de Arroz

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

Hace más de 2 mil años,

a falta de terreno llano para cosechar arroz,

las comunidades indígenas de Ifugao (Filipinas) tallaron escalones de tierra y barro en la ladera de las montañas.

No utilizaron máquinas.

Crearon un complejo sistema de irrigación para traer agua desde la cima de las montañas y permitir que los cultivos crecieran.

Pasaron esta técnica de generación en generación y lograron que las terrazas de cultivo sobrevivieran hasta hoy.

En China, el 50 por ciento de la población vive en áreas rurales y trabaja en las plantaciones de arroz:

esto quiere decir que más de 600 millones de personas trabaja para proveer a gran parte de Asia de uno de sus alimentos básicos.

Lo mismo en Indonesia, en India, en Bangladesh, en Vietnam, en Tailandia, en Myanmar.

Por eso, cada vez que como arroz en Asia,

no puedo evitar sentir

que más que un puñado de granos blancos,

lo que estoy comiendo es un plato de historia,

un pedazo de cultura,

y una ración del trabajo de otros seres humanos.

Asia de la A a la Z

Este es mi nuevo mini-proyecto: Asia de la A a la Z. “Mini”, porque nació de golpe y sin ansias de grandeza, solamente para compartir en este blog, y “proyecto” porque no sé en qué derivará (ni si derivará en algo).

Quiero mostrarles Asia en 26 post, en 26 letras, en 26 palabras, en 26 imágenes. Hacer un recorrido por el Sudeste Asiático desde la A hasta la Z.

Cada letra del abecedario tendrá su propio post: “A de Arroz” será el primero, y luego seguirán “B de …”, “C de …”, pasando por todas hasta la Z.

Para cada letra voy a elegir una palabra y una imagen que describa visualmente a esa palabra. Serán palabras que tengan que ver con Asia, que formen parte de la realidad de esta parte del mundo. Algunas serán palabras simples y conocidas por todos, palabras que también son cotidianas en otros lugares del mundo, aunque presentadas desde una nueva óptica: entendidas a partir del significado que se les da en el contexto asiático. Porque no es lo mismo comer arroz en Argentina que comer arroz en Indonesia. Y otras tal vez sean palabras de acá, en algún idioma local, o propias (casi “exclusivas”) de este continente.

Este mini-proyecto de mi blog es para mí un desafío, algo que irá tomando forma por sí mismo y que no sé cómo va a evolucionar. En principio, mi idea es elegir una palabra nueva cada día, solamente una por letra, mostrarla a través de una foto y escribir unos renglones acerca de ella. No sé si serán muchos renglones o pocos renglones. No sé si decidiré agregar más palabras por letra o dejar solamente una. No sé en qué se habrá convertido esto cuando llegue a la Z. No sé si una vez que llegue a la Z volveré a empezar, si usaré otros alfabetos. ¿Llegaré a la Z?

Así que inauguro, a partir de mañana y en el próximo post, la primera entrega de Asia de la A a la Z.

Mis 10 lugares en el Sudeste Asiático y China

Creo que para darnos cuenta de cuáles son los lugares que, después de un viaje, quedan entre “nuestros preferidos” o “los más especiales” se necesitan dos cosas: tiempo y distancia. Mientras estamos viajando todo nos deslumbra (o por lo menos debería ser así, creo que ese es uno de los fines del viajar: deslumbrarse ante el mundo) y recién una vez que volvemos podemos ver todo “de lejos y desde afuera” y darnos cuenta de cuáles fueron esos lugares donde nos sentimos más felices.

Si bien sigo en Asia, considero que un año es un buen tiempo para tomar distancia de muchos de los lugares que conocí y armar un top 10 de mis preferidos. Tal vez también sería buena idea imprimirme tarjetitas con el link a este post y dárselas en mano a cada uno de los que me pregunte, cuando esté de vuelta en Buenos Aires: yyyyy…. ¿¿¿¿qué fue lo que más te gustó???…. Tarjetita. Es imposible resumir todo lo que me gusta del mundo en cinco minutos.

Mientras recordaba los pueblos y ciudades por los que estuve me di cuenta de algo: esos lugares por los que sentí amor a primera vista fueron los que hoy pasaron a formar parte indiscutible de esta lista. Mi intuición no se equivocó. Una vez escribí que llegar a una ciudad nueva es como asistir a una cita a ciegas: por más que te la describan, que te hablen re bien, que te hablen re mal, que te digan que es así o asá, jamás vas a saber qué sentimientos te genera hasta que la tengas en frente.

Así que con ustedes, mis amores a primera vista asiáticos.

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1. Savannakhet (Laos)

Este fue el caso de enamoramiento más fuerte que tuve en Asia: Savannakhet.

¿Savannaqué? ¿Dónde queda eso? ¿Por qué jamás escuché hablar de ese lugar? Porque es una de esas joyas ocultas que no se publicitan demasiado por ser lugares donde “no hay nada para hacer”. Es uno de esos pueblos que no tiene mercados turísticos, ni danzas típicas, ni shows, ni playa, ni turismo aventura, ni parapente, ni volcanes, ni nada. Es un pueblo colonial laosiano donde las paredes se están viniendo abajo, donde los nenes juegan al fútbol en la calle y las nenas remontan barriletes mientras andan en bicicleta, donde los templos están siempre abiertos y los monjes están felices de poder charlar con gente de otros países. Es un lugar desde donde podés ver cómo atardece sobre Tailandia y podés alquilarte una bici sin que te pidan más depósito que una sonrisa. Es, sin dudas, uno de mis lugares preferidos de Laos y de Asia.

[Este fue el post que escribí sobre este lugar mágico: I ♥ Savannakhet]

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2. Penang (Malasia)

En Penang empezó todo: mi viaje (considero que mi viaje empezó dos semanas después de haber llegado a Asia y no el día que aterricé en Bangkok), mi obsesión por la comida india, mi interés por la mezcla de culturas de Malasia, mi amistad con chinos-malayos, indios-malayos, malayos-malayos, mi primera vez haciendo Couchsurfing.

Volví a Penang dos veces, viví con mi amiga china durante un mes, me recorrí toda la isla en auto con un estadounidense expatriado y su suegra, celebré el Año Nuevo Chino en las calles del barrio histórico, comí el menú vegetariano de comida india por 5 ringgits tantas veces que ya perdí la cuenta, aprendí a tolerar (y a disfrutar) el curry picante, conocí la mezquita flotante, los templos chinos, los templos hindúes, recibí la visita de mi amiga argentina, fui al museo del juguete donde afloró mi fanatismo por Star Wars (a que esa no la tenían eh, fanática de Star Wars episodios 4, 5 y 6). En la isla de Penang encontré otro hogar asiático.

[y esto fue lo que escribí al respecto: Y de repente empieza el viaje, Lugares-cebolla, La mirada asiática]

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3. Kuala Lumpur (Malasia)

Kuala Lumpur me descontrola. Ya fui como cinco veces (es un lugar muy conveniente para renovar visas, tomar vuelos, visitar amigos) y siempre me pasa lo mismo. Llego y no sé por dónde empezar a comer: pretzels de queso parmesano, helado de maracuyá, roti canai y teh tarik (comida india), frutas tropicales, hotpot, dim sum (comida china), galletitas de chocochips, sushi, sopa de calabaza… ¡y todo tan barato!  Ya me acostumbré a los noodles y al arroz del Sudeste Asiático, pero cada vez que visito Kuala Lumpur no puedo evitar sentirme como una nena dentro de una juguetería inmensa donde todo está en oferta. Es como el Disney de la gastronomía.

En Kuala Lumpur siento que tengo más vida social que en Buenos Aires: cada vez que voy recibo mensajes de los couchsurfers invitándome a tomar un kopi (café), a comer, a recorrer; siempre me reencuentro con mis amigos y ¿qué hacemos? salimos a comer por ahí. Y eso no es todo. Según la época del año en la que llegue, me choco con nieve artificial y árboles gigantescos de Navidad (en este país de mayoría musulmana), con conejos y lámparas rojas por el Año Nuevo Chino, con música india en honor a algún dios. Kuala Lumpur es un lugar que nunca deja de sorprenderme y al que jamás me aburro de volver.

[y al respecto, dije: Kuala Lumpur en 10 palabras parte I y parte II]

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4. Coloane (Macau – Región administrativa especial de China)

Si alguno fue a Macau, sabrá que es famosa por ser “Las Vegas del Oriente”. Macau una pequeña isla de China que fue colonia portuguesa hasta 1999 y cuando pasó a manos de China se convirtió en una ciudad-casino que genera más ingresos anuales que Las Vegas. Para mucha gente, Macau es sinónimo de apuestas. Y seguro que si les menciono Coloane, muchos no tienen ni idea de que este lugarcito es parte de Macau. En Coloane no hay casinos, no hay hoteles cinco estrellas, no hay negocios de souvenirs, no hay turistas. Coloane es lo que ellos llaman “village”, una aldea al estilo chino (no se imaginen chozas de paja porque no es así), un sector que sigue manteniendo vestigios coloniales y es bien silencioso y tranquilo. Un lugar donde te podés cruzar con alguien arreglando un televisor en plena calle, un lugar donde podés caminar sin miedo a que te atropelle un colectivo o una moto, un lugar donde todavía hay una iglesia color amarillo pastel que, no sé por qué, me hace sentir en algún pueblito de Brasil.

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5. Tai-o (Hong Kong – Región administrativa especial de China)

Un lugar que me dejó totalmente anonadada fue Hong Kong. Nunca en mi vida vi tantos edificios juntos en un espacio tan reducido, nunca vi una ciudad tan glamorosa y a la moda en una isla tan chiquita, nunca estuve en un lugar tan “vertical” (en Hong Kong hay tan poco espacio que todo ocurre para arriba en vez de para los costados), nunca tuve esa sensación de estar metida en un shopping gigantesco disfrazado de ciudad. Pero creo que lo que más me sorprendió (y me gustó) de Hong Kong fue saber que la mayor parte de la región es pura naturaleza y está casi inhabitada: la metrópolis (el ruido, el acelere, la locura) está en la isla de Hong Kong y en la isla de Kowloon (aunque en menor medida), pero una vez fuera de esas dos islas principales, el resto de Hong Kong es naturaleza y aire puro. Como Tai-o, una aldea de pescadores a la que fui gracias a Polly, una chica de Hong Kong amiga de mi amiga china Journey. Pasamos el día caminando entre casitas bajas (tan bajas que en la isla de HK ya hubiesen sido demolidas para construir rascacielos nuevos), caminos de tierra, puestitos de comida… Qué lindo saber que si te cansás de la ciudad podés tomarte un “barco público” (como un colectivo, pero en versión barco) y llegar a un lugar así en menos de una hora.

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6. Vigan (Filipinas)

Vigan es un lugar que me dejó con ganas de más. Fui solamente por el día con Father Judy (uno de los curas filipinos que “me alojó” en la parroquia donde trabajaba en Dagupan) y un grupo de seis mujeres (“fieles” de la Iglesia). Si eso suena bizarro, imagínense irse de karaoke todas las noches con un grupo de curas que además de hablar inglés y filipino también hablaban español (“argentino” y “chileno”) porque habían vivido en Sudamérica y querían casarme con cuanto filipino se cruzara en mi camino.

Judy fue una de las mejores personas que conocí en este viaje, como bien lo describió mi amigo Nico (quien nos puso en contacto) “el hombre con el corazón más grande del mundo”. Durante mi estadía en Filipinas, varias veces agarró la combi de la parroquia, invitó a un grupo de gente y nos llevó de road trip por la península de Luzón (el norte del país). En uno de esos viajes llegamos a Vigan, una ciudad colonial que sigue tal cual la dejaron los españoles. Un lugar que me fascinó (no todos los días se ve una ciudad tan latina en Asia) pero en el que me hubiese gustado quedarme mucho tiempo más…

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7. MNN (Laos)

Íbamos en una balsa a motor que parecía estar a punto de hundirse. Yo estaba viajando con un grupo de alemanes e ingleses, nuestro destino final era un pueblito llamado Muang Khua, en Laos, pero cuando el barco paró en el pueblito anterior nos bajamos sin pensarlo. Imaginen que van navegando por el río en una embarcación de madera bien rústica, están envueltos por las montañas, si miran a su alrededor ven búfalos de agua, pescadores, monjes remando en sus canoas… De repente el barquito frena frente a un pueblito mínimo donde no hay más que una escalera que funciona de muelle. Se ven casitas de madera y lámparas de colores colgadas en los árboles. No se ven autos ni medios de transporte. No se escuchan ruidos más que el silencio. Hay una hamaca paraguaya colgando de dos árboles… ¿es cierto o lo soñé? En este pueblito no hay electricidad, no hay sistemas de transporte, no hay calles asfaltadas. Cada mañana, muchas mujeres se reúnen en medio de la única calle principal y desayunan en grupo, mientras tanto los nenes caminan solos hacia el colegio, los hombres salen a pescar… Este pueblito es uno de esos lugares que parecieran estar flotando en otra época, sin embargo, existe en pleno siglo xxi… Y todavía no sé si develar el nombre o no. Es mi pueblito sin nombre.

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8. Luguhu (China)

Pienso en Lugu y todavía me acuerdo del silencio, del viento frío, de las banderitas tibetanas de colores moviéndose rápidamente, de la nena que posó para mis fotos con el monje, del ritual de las mujeres alrededor del fuego, de los templos en las montañas. Pasé tres días en Luguhu (o Lugu Lake) (o lago Lugu) con tres chinas que conocí en el colectivo de ida. Detalle: no hablaban inglés y yo no hablo chino, pero a esa altura ya me daba lo mismo hablar o no hablar. Nos llevamos re bien sin necesidad de palabras.

La sociedad de Lugu es famosa por ser matrilineal (y no “matriarcal”): ahí los hombres jamás dejan la casa de su mamá ni tampoco se casan, los hijos (fruto de lo que se conoce como “matrimonio andante”) son criados solamente por la madre y por su familia, pero no existe el rol de padre ni de marido. En el recorrido que hice con estas tres chinas pude conocer varias casas de estilo tibetano por dentro, comí con las mujeres y hasta me hicieron probar el trago artesanal típico del pueblo.

[pueden leer la nota que escribí acerca de esta curiosa comunidad: El reino de las mujeres]

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9. Xichang (China)

Mi visita a Xichang no estuvo planeada: tenía que ir ahí sí o sí para tomar un transporte a otro pueblo (China es tan inmenso que para ir de un lado a otro casi siempre hay que hacer paradas en el medio), pero apenas llegué me gustó tanto que decidí dedicarle unos días. Era invierno, pero en Xichang no existe otra estación que la primavera. No tenía ni idea de dónde quedarme, pero de casualidad conocí a uno de los pocos expatriados estadounidenses que viven ahí y me ayudó a buscar un lugar “barato y decente”, me consiguió descuento y me dijo qué lugares visitar. Caminando por la ciudad llegué al sector histórico, un lugar sin un solo turista y tan auténtico que me dieron ganas de llorar, abrazar a todos los chinos y decirles GRACIAS, gracias por no haber abierto este lugar tan especial al turismo masivo. También me tomé un colectivo público que por 6 yuan (menos de un dólar) dio toda la vuelta a un lago que está a 15 minutos de la ciudad y fue haciendo las paradas de rigor en aldeas, terrazas de arroz y casitas de campo.

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10. Karimunjawa (Indonesia)

Karimunjawa fue uno de los lugares más importantes e inolvidables de mi viaje. Fui también de casualidad, gracias a un couchsurfer de Jakarta que me invitó a formar parte del grupo de 30 indonesios mochileros que va cada semana. Fui sin expectativas, sólo con el plan de pasarla bien en la playa con mis nuevos amigos. Conocí a tanta gente especial, aprendí tantas cosas en esos escasos cuatro días en aquel paraíso…

Ahí sufrí por primera vez el shock cultural de “nadar en bikini” vs. “nadar con ropa”: algo que de un lado del mundo nos parece tan normal, del otro lado es completamente opuesto (y normal también). En Indonesia (con excepción de Bali, que es muy turístico) jamás se ve a las mujeres nadando en bikini ni a los hombres en el mar sin remera. Es parte de su cultura, al igual que en muchísimos países asiáticos. No muestran el cuerpo por pudor, por preservarse, por cuidarse, por no ser irrespetuosos. Y no es algo propio solamente de los países musulmanes. En Filipinas (país asiático católico) tampoco nadan “sin ropa” y cuando pregunté por qué me dijeron “porque somos muy tímidos para estar mostrándole nuestro cuerpo a todo el mundo”. Y sí, cuando estoy acá, inmersa en la realidad asiática, escucho eso y pienso: Tienen razón. Respeto plenamente esa decisión, esa normalidad que, para mí, marca una de las diferencias más grandes entre Oriente y Occidente: el mostrar vs el no-mostrar.

Viajando aprendí que la “normalidad” no es tan “estricta” ni “inamovible” como creemos. Lo que allá/acá es normal, acá/allá muchas veces no lo es. Y este tal vez sea uno de los desafíos más grandes del viajero: sacarse los anteojos de la “normalidad” que trae puestos de su país de origen y ver que otras maneras de vivir y de comportarse también son posibles y respetables.

***

Viajeros asiáticos, ¡cuéntenme cuáles son sus lugares preferidos!

Y si quieren saber cuáles son los lugares de América latina a los que siempre querré volver,
pueden leer Mis 10 lugares en América latina.

El día que me invitaron a un casamiento chino

Cuando uno viaja, da lo mismo que sea “lunes”, “miércoles” o “domingo”. Cuando uno viaja los días dejan de ser una etiqueta y un número y pasan a ser “el día que me perdí en China y tuve encuentros inesperados”, “el día que me robaron la cámara y la computadora y me devolvieron todo”, “el día que conocí a mi compañera de viajes en Tailandia”, “el día que probé la comida india por primera vez y me enamoré de su gastronomía”, “el (triste) día que me rechazaron la visa para ir a la India”, “el día que…”.

En un viaje no importa qué día de la semana es, sino que importa el contenido, los hechos vividos en esas 24 horas. Así que cuando, aún estando en China, mi amiga Tippi me dijo que estábamos invitadas a un casamiento en una de las aldeas en las afueras de Lijiang (ciudad histórica de la provincia de Yunnan, China), dije que sí inmediatamente y pensé: quiero tener “el día que me invitaron a un casamiento chino” entre mi colección de días viajeros.

Confieso que por un ratito pensé “pero… ¿qué me voy a poner?”, aunque cinco minutos después esa pregunta quedó eclipsada por “¿cómo será un casamiento chino?”. Y ojo que no iba a ser cualquier casamiento, sino el casamiento de dos personas pertenecientes a uno de los tantos grupos minoritarios de China. Acostumbrada a los casamientos argentinos, también me pregunté  ¿qué música pasarán? ¿cómo estarán vestidos? ¿será muy formal? ¿habrá carnaval carioca-chino? :)

El gran día fue jueves. El novio de Tippi se fue temprano para filmar el casamiento que había empezado a eso de las 9 de la mañana. Nosotras teníamos planeado ir a la tarde, pero él nos llamó por teléfono y nos dijo que nos apuráramos porque nos íbamos a quedar sin comida. Así que nos fuimos a la aldea, a 15/20 minutos de la ciudad de Lijiang, después del mediodía. Yo me puse una pollera larga con estampado de la India que me había comprado en Malasia, pero estábamos las dos bastante informales.

Cuando llegamos a la aldea, lo primero que vimos fue a un grupo de mujeres sentadas afuera de un quiosquito jugando a las cartas con un mazo que jamás vi en mi vida. Nos invitaron a sentarnos con ellas y una le dijo a Tippi que me quería presentar a su hijo para que me quedara a vivir en la aldea. Yo tenía unas ganas de llevarme una de esas cartas, sola una, de souvenir…

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Caminamos un poco y reconocimos cuál era la casa donde se festejaba el casamiento porque vimos el auto de la novia estacionado en la puerta (una rara mezcla entre tradiciones occidentales y casamiento oriental) y muchísimos autos desparramados en el camino de tierra.

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Entramos sin permiso como quien entra a su propia casa y lo primero que vi fue gente comiendo desaforada y hablando a los gritos. Tippi me explicó que estábamos en la casa de los padres de la novia, ya que la primera parte del casamiento se celebraba ahí y la segunda parte sería en la casa de los padres del novio, donde ambos (marido y mujer) vivirían de ahí en más.

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En ese casamiento vi mujeres vestidas con su ropa minoritaria, algunos hombres de jean, unos pocos de traje, muchísimos platos de comida circulando entre las mesas, semillas de girasol desparramadas por el piso, mazos de cartas olvidados en un rincón, vasitos de plástico pisados, mujeres cocinando al aire libre, mujeres lavando los platos en la puerta de la casa.

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Y por fin, a los novios:

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El vestido blanco fue una sorpresa inesperada, yo pensé que ella iba a estar vestida con la ropa tradicional y no con el vestido occidental, aunque en la segunda parte del casamiento (en la casa de los padres de él), se puso un vestido rojo tradicional chino.

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Las mujeres nos invitaron a sentarnos y nos sirvieron montones de comida. Me señalaron que probara todo y que comiera hasta reventar. Y así como la comida llegó de golpe, se fue. Después de haber almorzado a más no poder, era momento de trasladarnos a la casa del novio.

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Aunque primero las amigas y los amigos de la novia cumplieron con el ritual: ella se metió en su cuarto con todas sus amigas y cerró la puerta, unos minutos más tarde, los hombres golpearon haciendo muchísimo ruido, abrieron y sacaron a la novia. Con eso simbolizaron el pasaje de vivir en la casa de sus padres a irse a vivir con su flamante marido en otra casa.

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Así que después de eso nos fuimos todos en auto a la aldea del marido, a unos 15 minutos de distancia, y llegamos otra vez a una casa de familia llena de mesas.

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Mientras la gente iba llegando, Tippi y yo subimos a la terraza y nos quedamos mirando hipnotizadas un partido de mahjong, el dominó chino en el que se apuesta hasta lo que no se tiene. Las reglas son bastante simples, pero lo importante es pensar rápido.

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Y después, aunque eran las 4 de la tarde: ¡a comer otra vez!

Nos sentamos en una mesa llena de nenes muy simpáticos e hicimos lo mismo que todos los invitados: seguir comiendo.

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El momento surrealista fue cuando una mujer pasó ofreciendo un plato de cigarrillos, una muestra de qué fumadores fanáticos son los chinos.

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Dos mini-personajes destacados:

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Esta nena, la encargada de llevarle la cola del vestido a la novia, que me mostró muchísimas veces, con orgullo, su ropa tradicional.

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Y este nene, con la sonrisa más grande y la risa más pegajosa de todo el casamiento.

Como verán, en esta celebración no hubo DJ, no hubo lista para entrar ni lista de regalos, no hubo vestidos carísimos, no hubo maquillaje ni peluquería (excluyendo a la novia, por supuesto), no hubo fotógrafos profesionales, no hubo mesas asignadas, no hubo mesa de postres (¡ufa!), no hubo video, no hubo vals, no hubo discursos, no hubo carnaval carioca, no hubo barra libre (aunque bastante cerveza), no hubo trencito. Y sin embargo el resultado fue el mismo: dos personas se casaron.

La única ausencia que noté fue la música.

Y cuando le pregunté a Tippi si en un casamiento chino era normal poner música y bailar me dijo que no. En un casamiento chino, lo normal es realizar una sola actividad: comer.

Yogyakarta en 10 palabras – parte II

6. Multirreligión

Indonesia, a diferencia de lo que se cree, no es un país musulmán, sino que es un país de mayoría musulmana. El gobierno reconoce seis religiones oficiales: más del 85 por ciento de la población practica el Islam, y el resto es Protestante, Católico, Hinduista, Budista o Confucionista. Y Yogyakarta es uno de los lugares donde mejor se puede ver esta multirreligiosidad.

[singlepic id=2421 w=700 float=center] Musulmanas de visita en Borobudur, templo budista

Cinco veces al día (a las 4 am, a las 12 pm, a las 3 pm, a las 6 pm y a las 7 pm) todas las mezquitas de la ciudad anuncian, a través de un canto por altoparlantes, que es momento de rezar. Sin embargo, la ciudad no frena: muchos musulmanes se visten con su ropa tradicional para rezar (los hombres usan el sarong hasta los pies y el gorrito, las mujeres utilizan un velo blanco que les llega casi hasta la cintura) y caminan hacia la mezquita más cercana o realizan el rezo dentro de alguna musholla o “habitación exclusiva para rezar”; pero muchos otros siguen con su rutina, inmutables. Las mujeres son libres de decidir si utilizan el velo o no, y por lo que veo en la calle, la mitad lo usa y la mitad no. Hay quienes salen de su casa cada noche a las 4 am y caminan hacia la mezquita para ofrecer el primer rezo del día, hay quienes se despiertan por un rato y rezan sobre una pequeña alfombra al lado de la cama y hay quienes siguen durmiendo y jamás se enteran de nada. Eso sí, durante Ramadán, toda la población musulmana realiza el ayuno durante un mes; mientras hay sol, las calles están más vacías que de costumbre y los puestos de comida están cerrados, y una vez que el canto de las 6 anuncia que ya se puede romper el ayuno, todos salen a comer afuera con sus familiares o amigos.

[singlepic id=2433 h=700 float=center] Mi amigo Rheden vestido para rezar

[singlepic id=2429 w=700 float=center] Esta insignia con versos del Corán está colgada en todos los hogares musulmanes

Yogyakarta también es sede de dos de los monumentos religiosos más importantes de Indonesia. Borobudur es el monumento budista más grande del mundo, fue construido en el siglo 6 y tiene más de 500 estatuas de Buda; es Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Prambanan, construido en el siglo 9, es el templo hinduista más grande de Indonesia y uno de los más grandes del Sudeste Asiático.

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[singlepic id=2420 w=700 float=center] Prambanan, templo hinduista

7. Juventud

Yogyakarta es una ciudad llena de gente joven. Será porque es un centro universitario importante, será porque al ambiente “de juventud” atrae a más gente joven. ¿Qué habrá nacido primero: el huevo o la gallina, las universidades o la gente joven?

[singlepic id=2411 w=700 float=center] Bobby y Nita

En esta ciudad, todos salen a comer afuera, ya que los puestos de comida abundan y es más barato comprar comida que cocinar. Muchos puestitos se acomodan en las veredas y preparan alfombras para que la gente se siente a comer al costado de la calle, otros ponen sillitas alrededor de un carrito de venta de jugo o mesas alrededor de una cocina donde se preparan fideos y arroz. Y muchísimos lugares están abiertos las 24 horas.

[singlepic id=2430 w=700 float=center] Amigos reunidos en la calle

Hay bares, boliches, cafés, karaokes, heladerías recitales de bandas importantes, shows de música de bandas más chiquitas, ciclos de cine, exposiciones de fotografía, graffitis, arte callejero y cibercafés por todos lados. A veces incluso hay carnavales callejeros itinerantes con ruedas de la fortuna, algodones de azúcar y todo eso. Hay grupos andando en bicicleta por la ciudad, hay músicos itinerantes por la calle, hay fotógrafos a montones, hay rockeros, hay artistas.

Y hay un lugar llamado Alon-Alon, un parque donde todos se reúnen los fines de semana para andar en bicicleta, cruzar caminando entremedio de dos árboles con los ojos vendados (dicen que si lo hacés, se te cumple tu deseo) y tirar unos cositos de colores al cielo (realmente no tengo idea de cómo se llaman, pero son como pequeñas hélices de papel con luces en las puntas que se lanzan hacia arriba cual honda de Bart Simpson).

[singlepic id=2426 w=700 float=center] Preparando a una amiga para que camine con los ojos vendados entre dos árboles

[singlepic id=2410 w=700 float=center] Hasta el Che está presente en Yogya

8. Tradición

Creo que uno de los rasgos más característicos de Yogyakarta es la conservación de sus tradiciones, la mezcla entre lo antiguo y lo moderno. En esta ciudad se puede ver la cultura de Java en todo su esplendor: la mayoría de la gente habla bahasa indonesia (el idioma oficial del país) y basa jawa o “Javanese” (el idioma de la isla de Java); hombres y mujeres se visten con los sarong y camisas hechas con batik; aún se ven muchísimos becak (carritos empujados por bicicletas, como el de la foto) y vendedores de comida que van de un lado a otro empujando sus carritos de madera; hay muchos shows de wayang o títeres de sombras, una de las artes más famosas de Java.

[singlepic id=2432 w=700 float=center] Becak

[singlepic id=2412 w=700 float=center] Batik, la tela tradicional de Java

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Yogyakarta es, además, una de las pocas ciudades de Indonesia que aún tiene un sultán cumpliendo sus funciones de gobernador (el kraton o palacio de la familia real aún se mantiene en pie y puede ser visitado). También se pueden visitar los restos arquitectónicos de la época colonial holandesa (Indonesia fue colonia de Holanda hasta su independencia en 1945) y recordar los pocos años en que Yogyakarta fue la capital del país (entre 1945 y 1949).

[singlepic id=2417 w=700 float=center] “El monumento al arroz”

[singlepic id=2428 w=700 float=center] En el “Palacio de Agua”

[singlepic id=2424 w=700 float=center] La entrada al Kraton o Palacio del Sultán

[singlepic id=2415 h=700 float=center] Extraña combinación entre tradicional y moderno

9. Malioboro

Todas las ciudades tienen un lugar así: calle Florida en Buenos Aires, Khao San Road en Bangkok, “Backpacker Central” en cualquier pueblo de Asia. Son esas zonas dedicadas exclusivamente al turista, donde se reúne todo “lo mejor” que tiene una ciudad y se lo muestra comprimido en unos pocos metros (tan comprimido que pasa a ser abrumador).

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En Jalan Malioboro (“jalan” significa calle) se venden mochilas, vestidos, remeras, sandalias, cubremochilas, fundas, lo que se les ocurra hechas de batik (la tela con los dibujos tradicionales de Java), se venden anteojos imitación, se venden collares y pulseras. En las afueras de Malioboro (que es la calle principal de esta zona turística) está repleto de hostels, de bares, de cafés, de cibercafés, de hoteles. En Malioboro se vende todo tipo de comida en la calle (a precios más caros que en el resto de la ciudad), se vende McDonald’s, Pizza Hut y Dunkin’ Donuts, se cambia dinero, está la oficina de información turística. En Malioboro están estacionados todos los becak listos para ir a dar una vuelta, en Malioboro paran los trenes y colectivos. En Malioboro toda la gente local sabe decir “Hello lady”, “Good afternoon mister”. En Malioboro está lleno de bules (así nos llaman a los occidentales) y se escucha a toda hora la pronunciación Maliouuborrouu.

[singlepic id=2414 w=700 float=center] Puestos de venta de ropa

[singlepic id=2409 w=700 float=center] Uno de los tantos carritos de comida

En Malioboro, en mi opinión, se condensa lo mejor y lo peor de Yogyakarta, pero es uno de esos lugares que uno no puede dejar de conocer.

10. Bule (*persona occidental de piel blanca)

Y no puedo terminar este artículo sin mencionar el furor que hacemos nosotros, los bule que andamos perdidos en medio de tantos millones de indonesios. En esta ciudad hay muchísimos expatriados jóvenes trabajando como profesores de inglés o estudiando bahasa indonesia en universidades y cursos privados; también hay otros que se asentaron acá y pusieron un hostel o un café. Todos los bule tenemos que adaptarnos y, como mínimo, comprarnos una bici o una moto para andar por la ciudad y aprender el idioma.

Pero lo malo de ser bule en Indonesia es que por más de que hablemos el idioma, que tengamos amigos locales, que estemos totalmente inmersos en la realidad de este país… jamás dejaremos de ser bule. Podemos cambiar todo pero no podemos ocultar que somos occidentales, que venimos del otro lado del mundo, que tenemos un color de piel distinto. La reacción de cada indonesio hacia el bule es distinta: algunos nos admiran por nuestra “belleza” y “blancura” (?), otros nos ven como millonarios (y tontos) e intentan cobrarnos tres veces más de lo que algo vale, otros nos ven como personas demasiado liberales, otros creen que somos todos sucios, y el problema es que pocos nos ven como seres humanos (al respecto: hay un australiano que vive en Indonesia y que escribió un libro, en indonesio, llamado “Los bule también somos personas”). Debe haber tantos conceptos de bule como indonesios en este país.

Y para que entiendan lo que digo, estas son las reacciones que se generan cuando “uno de nosotros” va de visita a algún monumento turístico:

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Bonus track:

En alguna intersección de Yogya existe “Tugu”, un monumento cual mini obelisco al que todos van a sacarse fotos de noche. Dicen que si lo tocás, significa vas a volver a Yogyakarta. Cuando lo toqué, la primera vez que visité Yogyakarta, no tenía ninguna razón para volver y pensé: “Dudo que esto funcione, pero igual lo voy a hacer”. Y mirenme, estoy otra vez acá, por vez número mil. Creer o reventar.

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Pueden leer la primera parte de Yogyakarta en 10 palabras acá!

Yogyakarta en 10 palabras – parte I

De este año en Asia pasé casi la mitad en Yogyakarta (en Java Central, Indonesia; no confundir con Jakarta, la capital del país), así que me parece justo contarles un poquito más acerca de esta ciudad que se convirtió en mi hogar asiático.

No sé si les pasa, pero cuando algo se transforma en parte de nuestra rutina “normal”, nos cuesta más mirarlo desde afuera y con ojos de “novedad”. Así que voy a hacer de cuenta que vengo de un lugar muy muy lejano (lo cual es cierto) donde todo es totalmente distinto (lo cual, en parte, también es cierto) y les voy a contar acerca de esta ciudad también conocida como “Yogya”.

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1. Ciudad-pueblo

Probablemente esto me pase por ser “de la gran ciudad”, pero Yogyakarta, si bien tiene estatus de ciudad y tiene más de un millón de habitantes, a mí me sigue pareciendo un pueblo grande (algo que me encanta). Acá no hay ni un edificio, muchas calles transversales son de tierra y todos parecen conocer a todos. Las familias dejan la puerta de su casa abierta a toda hora y las rejas de entrada son simbólicas; cada vez que vamos a visitar a algún amigo, nos sacamos los zapatos en la puerta principal y entramos casi sin golpear ni pedir permiso. La gente realiza sus oficios en las veredas o en la entrada de las casas, todos comen en la calle, hombres y mujeres caminan a las 4 de la mañana con su vestimenta tradicional musulmana para ir a rezar a la mezquita. Tal vez por todo esto es que Yogyakarta sea un lugar tan seguro. Todos estacionan sus motos y dejan los cascos sobre el asiento (y cuando vuelven, todo sigue ahí). Hay muchos “hotspot” (wi-fi) de internet al aire libre donde la gente va con sus laptop y se sienta en una mesa al lado de la calle, de noche, a usar internet. Y no pasa nada.

[singlepic id=2406 h=700 float=center] Los chicos andan solos por la calle (y de fondo: Merapi, uno de los volcanes)

[singlepic id=2395 w=700] Familias sentadas en las vías para mirar cómo pasa el tren

2. Verde

Cada vez que me asomo a la ventana veo verde, verde y más verde. Esta ciudad tiene la suerte de estar en el trópico y de desbordar de vegetación. Ni hace falta que el gobierno se dedique a plantar arbolitos: acá lo verde invade sin que nadie lo pida. Las casas están rodeadas de palmeras bajas, los árboles de mango crecen frente a los supermercados, el pasto se escapa por los huequitos del asfalto, las terrazas de arroz se extienden al costado de la ruta. No hay que salir de la ciudad para sentir que uno está en medio de la naturaleza, Yogyakarta está inmersa en verde.

Hay, además, todo tipo de frutas y verduras tropicales, conocidas y desconocidas: markisa (passion fruit), manggis (una fruta llamada mangostán que ya describí en este post junto con la dragon fruit), jambu (guava), papaya, alpokat (palta), salak (una fruta que parece estar recubierta por piel de serpiente) y otras frutas que son la cruza entre una pera y una manzana, entre un melón y una sandía… y el infame durien del cual hablaré en un post exclusivo más adelante. Pero como todo país tropical, hay que aprender a convivir con el calor sofocante y la lluvia de todas las tardes.

[singlepic id=2396 w=700] Una plantación de arroz al costado del camino

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3. Arte callejero

Si hay algo que me encanta de Yogya es la cantidad de arte callejero que hay desparramado por la ciudad. Hay mensajes políticos, mensajes ecologistas, mensajes religiosos, mensajes divertidos; hay arte tradicional indonesia, arte que quiere parecer occidental, arte con estilo hinduista, arte con estilo musulmán, arte con estilo. Cada vez que paso por el mismo lugar me encuentro con algún dibujo o color nuevo. Siempre tuve afición por el arte callejero ya que me parece muy libre y creo que dice mucho acerca de los habitantes de la ciudad. Y cada vez que veo un mural, graffiti, stencil, sticker o dibujito anónimo en la calle, freno para sacarle una foto (pueden ver este post de arte asiático, por ejemplo). Soy fan del arte callejero y juro que en mi otra vida fui artista de paredes.

Yogyakarta no solamente está repleta de colores, también está inundada de música. Muchos indonesios van en la moto con la guitarra colgada en la espalda, otros intentan ganarse la vida como músicos callejeros y tocan frente a cada puesto de comida día y noche, hay quienes tienen su propia banda y hacen mini recitales. Hace unos días, por ejemplo, nos reunimos con algunos couchsurfers de Yogya y terminamos viendo a una banda de jazz en el patio de una universidad, algo de lo que jamás me hubiese enterado de no ser por la gente local. Y en medio del show apareció un hombre que me parece trabaja en un puestito de comida, se sentó en el piano y cantó We are the champions y después agarró la guitarra y rockeó un Crazy Little Thing Called Love al estilo Freddy Mercury indonesio (salvando las distancias).

[singlepic id=2393 w=700] Música sobre ruedas

[singlepic id=2404 w=700] El Mercury indonesio

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4. Parkir sepeda motor (lean y verán)

Esto no es novedad, pero les cuento que en Indonesia la gente no camina. No, si para eso están las motos… Querés ir acá a dos cuadras a comprar algo: moto. Querés salir a respirar aire: moto. Querés ir al baño: moto. El que vende cascos debe ser millonario. Y lo interesante de que haya tanta moto es ver cómo todo se moldea en función de eso: en cada cuadra hay puestitos que venden nafta en botellas de Absolut Vodka, los estacionamientos están divididos en parkir mobil (espacio para autos) y parkir sepeda motor (para las motos), frente a cada puesto de comida hay un indonesio que te cuida la moto por 1000 rupias (10 centavos de dólar), cada tres cuadras hay alguien que se dedica a arreglarlas y más allá está el que te vende los stickers para tunearla. Acá no son tan extremos como en Vietnam donde podés ver familias enteras en una sola moto, pero muchas veces aparecen mamá, papá y el nene adelante a toda velocidad. Lo que me resulta más gracioso es ver a las mujeres que van en la parte de atrás con pollera larga (y por ende) sentadas de costado, con las dos piernas colgando hacia el mismo lado, mandando mensajes por el celular o leyendo un libro como si estuviesen en el sillón de su casa,

Ah, y no sé si hace falta que lo diga, pero la ecuación no caminemos + vamos en moto hasta al baño equivale a = acá no hay veredas. No se conoce el concepto de pasear por la vereda. El poco espacio que hay entre las casas y la calle se usa para sentarse a comer, a trabajar, a vender, a jugar, a cocinar, para lo que se los ocurra, menos para caminar. Y tampoco hay desnivel entre lo que sería esa vereda casi inexistente y la calle propiamente dicha: todo está a la misma altura.

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[singlepic id=2407 w=700] Observen la falta de veredas

[singlepic id=2398 w=700] Siestita

5. Warung

En Yogyakarta parece haber más puestos de comida que casas. Hay de todo tipo: restaurantes de comida Padang (de Sumatra) donde podés elegir la comida a través de la vidriera (los platos están apilados con todo a la vista), carritos al costado de la calle que venden martabak y kebabs, puestitos móviles re chiquitos de venta de licuados (un licuado por 5000 rupias o 50 centavos de dólar), puestitos fijos un poco menos chiquititos de venta de hamburguesas y sushi (todo con un toque indonesio, eso sí), restaurantes medio cerrados/medio al aire libre donde se puede comer los hot plates de carne o pescado… y los famosos warung o carpas al aire libre con mesitas y una cocina adentro donde todos se reúnen a comer nasi goreng (el arroz frito típico de Indonesia) o mie goreng (noodles fritos).

Y como si toda esta oferta de comida fuera poco, también hay vendedores ambulantes que dan vueltas día y noche por la ciudad ofreciendo snacks. Lo que más me gusta es que tienen un sistema de sonidos para anunciar qué están vendiendo: si escuchás que alguien golpea una lata con un palo, es porque vende noodles, si suena la canción pegajosa “sari roti, roti sari roti” es porque se acerca el vendedor de pan y si estás con ganas de comer arroz afiná el oído que ya se acerca el que toca las campanitas.

[singlepic id=2403 w=700] Las “carpas” de comida están en todas las veredas

[singlepic id=2399 w=700] Así son por dentro

[singlepic id=2400 w=700] Y los minicarritos

Podés leer la segunda parte acá: Yogyakarta en 10 palabras (parte 2)

Comiendo por ahí | Capítulo 3: China

Algunas aclaraciones antes de empezar esta aventura culinaria (?) por China:

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1. No probé perro, ni rata, ni cerebro de mono, ni patita de gallo, ni estómago de gato ni nada de todo eso que inmediatamente asociaron con China.

2. Cada provincia y región de China tiene una gastronomía (totalmente) distinta, así que las comidas que voy a mencionar acá deben ser una milésima parte de lo que entra dentro del término “comida china”. Además, en cada lugar probé algunas cosas, no todo, y muchas veces repetí el mismo plato, lo que achica aún más el ámbito de investigación de este post.

3. Sí, se come arroz con casi todo, pero no como plato principal sino como acompañamiento, así como nosotros mezclamos todo con pan, grisines, tostaditas o galletitas.

4. Si piensan viajar a China vayan practicando su destreza con los palitos. Todo se come con palitos y/o con cuchara.

5. Más que un post sobre platos de comida, quiero hablar sobre el comer en China como un ritual social.

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***

Cuando llegué a China pensé que ya sabía todo acerca de la comida china. Buenos Aires está lleno de deliveries chinos que te mandan esas tapers descartables gigantescos de chaw fan que parecen no vaciarse nunca y sobreviven dentro de la heladera por semanas. En (casi) todos los países del Sudeste Asiático que visité la comida china forma parte muy importante de la dieta, especialmente en lugares como Malasia y Singapur donde hay comunidades chinas muy grandes. Así que pensé que había probado todo.

Estaba equivocada.

Cuando llegué a Chengdú, primera ciudad que visité en China, capital de la provincia de Sichuan, sufrí el SCC: Shock Cultural Culinario.

* El desayuno misterioso:

En Chengdú viví cuatro días en la casa de una familia china. La primera mañana me encontré con un desayuno que no sabía cómo comer: un pan cocinado al vapor relleno de cerdo y ají, un huevo duro sin pelar y un bol lleno de leche. Cuando me senté a la mesa no sabía qué hacer. ¿Meto el huevo en la leche? ¿Eso es leche, no? ¿será de vaca o de cabra? ¿Me como el huevo así como viene? ¿Para pelarlo lo golpeo sobre la mesa o eso será mala educación?  Pará, ¿pero es un huevo duro, no? ¿o estará crudo?  Mirá si lo golpeo sobre la mesa y resulta que no está cocido… ¿La leche la tomo fría? ¿Le pongo café? ¿Me animo a pedir azúcar? ¿Como el pan con palitos o con la mano? Imagínense: primer día en la casa de una familia china súper tradicional, no quería hacer nada fuera de lugar. Además pensé: estoy en China, en la antípoda de mi país, seguro que acá se hace todo al revés que en Argentina. Así que metí el huevo en una servilleta y lo golpeé contra el piso, abrí el pan, le saqué el relleno, mezclé todo en la leche, hice un bollo con la mano, lo puse en el plato y me lo comí. MENTIRA. Le pregunté a Susie, mi anfitriona, cómo comer todo eso y fue exactamente como pensaba: mezclé la leche con café, me comí el pan con la mano, pelé el huevo duro, me lo comí. Fácil.

[singlepic id=2366 w=800] Lo que me encontré fue algo así aunque con el huevo duro en vez de frito

* El balde de noodles y las porciones XL:

Ese mismo día fui al supermercado para comprarme unos noodles (fideos) instantáneos y vi algo que me sonó raro. En Indonesia (o en cualquier otro país asiático) el contenedor de noodles deshidratados es un “vasito” de tamaño normal al que se le agrega algo así como 300 cc de agua caliente, en China el “vasito” tiene el tamaño de un balde de juguete y requiere algo así como medio litro de agua caliente. Y todo el packaging está escrito en chino, obvio. Así que hice ta-te-ti me compré el verde (adiviné bien, el único no picante en una provincia famosa por su gastronomía picante) y obviamente no lo pude terminar.

Esa misma noche, Susie (mi couch china) me llevó a comer a un restaurante. La pregunta fue: ¿pido un plato small o large? Como éramos dos le dije que pidiera algo small nomás, cualquier cosa si nos quedábamos con hambre podíamos pedir más. Cuando llegó el plato la miré con cara de que se habían equivocado y nos habían traído el extra-large. El plato ni siquiera era un plato sino casi una cacerola y tenía el diámetro de un disco de vinilo. Señoras y señores, eso es un plato tamaño small en China. Todas las porciones son ENORMES (al igual que todo en Chengdu). Más tarde me explicaron: en China la comida es una actividad grupal y todas las porciones están pensadas para compartir con varios comensales/amigos.

[singlepic id=2354 w=800] Uno de los platos que nos sirvieron (tofu).
Si bien en la foto no se percibe del todo el tamaño, les aseguro que era grande.

[singlepic id=2345 w=800] Las porciones están pensadas para compartir.
Y lo gracioso es que si vas a un restaurante SOLO, igual te sirven una montaña de comida.

* Dumplings y pan relleno al paso:

Caminando por Chengdú descubrí algunos de los desayunos típicos de la zona. Temprano a la mañana es muy común ver contenedores redondos como los de la foto, apilados uno encima del otro, con entre cinco y diez panes rellenos cocinados al vapor o dumplings (algo así como capelettis al vapor rellenos de carne de cerdo o pescado) adentro. Estos panes y dumplings se compran calentitos, recién hechos, y se comen en el momento. Una bolsita cuesta menos de un dólar y un pan relleno solo (un poco más grande que los pancitos) cuesta alrededor de 1 yuan (un dólar equivale a 7 yuans). Hay otra versión de dumplings que son los fritos y se preparan sobre una sartén-wok enorme.

[singlepic id=2353 w=800] Esta foto la saque una mañana en Dali (provincia de Yunnan)

[singlepic id=2362 w=800] Los pancitos rellenos calentitos

[singlepic id=2335 w=800] Este lugar lo encontré dentro del mercado de Kaili (provincia de Guangxi). Lo que se ve en la sartén son los dumplings fritos.

[singlepic id=2352 w=800] En Dali también probé este pan recién cocinado, sin relleno, solo pan.

* Sopa de arroz y sopa de noodles

En Kangding, allá donde conocí a las mujeres chinas de la minoría Yi, desayuné por primera vez la sopa de arroz junto con Eva y su mamá. Ya había probado el famoso porridge de arroz (parecido al arroz con leche), pero nunca como el de China. Este, lamento decirlo, me pareció un poco aguado y sin gusto, así que le puse azúcar y quedó mejor. Y por más habilidad que tuviera con los palitos, tuve que pedir una cuchara porque me resultó muy difícil y lento tomarme esta sopa agarrando granito por granito de arroz. Cometí el “error” de decirle a Eva que tenía “mucha” hambre: en China “mucha” significa MUCHA. Así que no solamente me pidió el bol de arroz y cuatro panes rellenos, sino que agregó también una enorme sopa de noodles que tampoco pude terminarme. Todo a las 8 de la mañana, aunque ya me acostumbré a comer este tipo de comida a esa hora.

[singlepic id=2355 w=800] La sopa de arroz…

[singlepic id=2340 w=800] y la sopa de noodles: un clásico de la mañana

* La importancia del arroz

En el lago Lugu, cuando viajé con las tres chicas chinas que no hablaban inglés, aprendí acerca de la importancia del arroz en las comidas. En los almuerzos/cenas, en general, no hay un plato principal sino que hay varios platos con distintos tipos de comida (tres o cuatro vegetales, dos o tres tipos de carne, una sopa). Cada comensal tiene su bol personal donde se sirve el arroz, y los 5-8 platos de comida se ponen en el medio y se comparten entre todos, no existe eso de “esto es mío, eso es tuyo”. El bol de arroz se sostiene sobre la palma de la mano izquierda y la comida se va sacando de los platos con los palitos; cada uno solamente “toca” la comida que va a comer, ya que con los palitos es más fácil agarrar cada pedacito de comida con precisión, sin tocar el resto. La comida levantada se pone dentro del bol de arroz y se come desde ahí con los palitos. La cuenta se divide en partes iguales entre todos, aunque en la cultura china es muy común que todos “se peleen” por pagar y uno termine pagando todo (a ellos les da “prestigio” ser quien paga).

[singlepic id=2333 w=800] Esta fue una comida en Lijiang, con mi amiga Tippi y la familia de su novio

[singlepic id=2337 w=800] Más comidas en Lijiang

Una vez cometí el error de pedirme un plato “para mí sola”. El colectivo había frenado al costado de la ruta y nos bajamos para almorzar. Yo seguía “viajando” (si puede llamarse así) con las tres chinas que no hablaban inglés, aunque ese era nuestro último viaje en bus juntas. Estaba muerta de hambre y como sabía exactamente qué quería comer, me pedí dos platos “de acompañamiento” para mí sola: tomate con huevo revuelto y papa cortada en tiritas con morrón. Estaba por atacar cuando una de las chinas me frenó y me hizo señas con desesperación: ¡te falta el arroz! Negué con la cabeza, no quería arroz, y me puse a comer. Error tras error. Primero, comí SIN arroz, algo rarísimo para la cultura china (tal vez para nosotros sería como comerse los rellenos del sandwich sin el pan) y segundo, me comí YO SOLA dos platos que en teoría deberían compartirse. Cuando me di cuenta ya era tarde. Pero qué rico que estaba.

[singlepic id=2363 w=800] El plato infame que devoré sola

[singlepic id=2361 h=800] Una de las tres chinas sirviendo arroz en otra de nuestras comidas

* Señalar la comida

Los primeros días en China no sólo me costó viajar sino que también me costó comer. No porque no me gustara la comida, para nada, sino porque no sabía cómo pedirla. Todos los menúes estaban en chino, la mayoría no traía fotos y en general nadie hablaba inglés. Así que sobreviví a base de dumplings y noodles instantáneos hasta que me explicaron cómo hacer. Cuando los chinos llegan a un restaurante o puestito de comida dispuestos a almorzar o cenar, siempre hay alguien del grupo que se mete sin ningún tipo de permiso ni pudor en la cocina, analiza todos los ingredientes y le dice a la cocinera exactamente lo que quiere. Así que empecé a practicar el arte de señalar la comida. Cada vez que fui a comer sola y el menú no tenía fotos, me acerqué a la cocina, miré lo que había y marqué con el dedo: quiero eso (el tomate con el huevo), eso (las papas) y eso (arroz). Y listo.

[singlepic id=2336 w=800] Este lugar fue mi paraíso. Ni recuerdo el nombre del pueblito, pero había una cuadra cerca de la estación donde todos los restaurantes tenían este “buffet” en el que uno juntaba todo lo que quería comer en un plato y el cocinero lo preparaba en el momento. Qué delicia fue esa cena, y creo que no pagué más de un dólar con cincuenta. Me acuerdo incluso que cuando terminé de poner en mi plato todo lo que quería comer, una de las mujeres me miró, me sacó el plato y triplicó las cantidades de cada cosa. No fuera a ser que me quedaba con hambre.

[singlepic id=2364 w=800] Este puestito estaba en el lago Lugu, famoso por sus papas y pescados. Ahí fue fácil, directamente nos sentamos, comimos lo que quisimos y pagamos al final.

* Comiendo por ahí con amigos

Tengo que reconocer que las mejores comidas las probé con mis amigos locales. Por varios motivos: uno, porque ellos conocen bien la comida de su región y saben exactamente dónde se come bien y barato; dos, porque al ser más cantidad de personas, habrá más variedad de comidas.

En Lijiang comí como nunca. Me quedé en lo de una amiga de Tippi (mi amiga china) que nos hospedó gratis; todos los días, la cocinera del lugar nos preparaba desayuno, almuerzo y cena. Carne saltada con verduras, papa picante, brócoli con una salsita, sopa de vegetales, pollo, brotes de soja, tofu, chauchas, tomate con huevo revuelto (un clásico allá)… Me acuerdo y me da hambre.

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[singlepic id=2339 w=800] Crocante para acompañar

* Y por último, el té

En China, el té no puede faltar. Se toma antes y después de cada comida, se toma a media mañana y a media tarde en las casas de té, en casas de amigos y en la calle. La primera vez que probé el verdadero té chino fue en Hong Kong y mi primera reacción fue: ¡pero a esto le falta azúcar! Así es, el té chino jamás se toma con azúcar y después de acostumbrar el paladar uno se da cuenta de que agregarle azúcar sería un crimen. Hay que disfrutarlo como viene. Y el ritual que acompaña a la preparación del té es uno de los más interesantes de ver. Mi amiga Tippi tiene un set de té conocido como “kungfu tea” y antes de servir el té en pocillos tiene que seguir varios pasos obligatorios como lavar la mesita de té con agua hirviendo, lavar el té, tirar agua para acá, tirar agua para allá, prepararlo, colarlo y servirlo.

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BIS: Algunos unos tips para comer en China

– Nunca jamás claven los palitos en posición vertical dentro del bol de arroz ya que eso simboliza la muerte y significa que se le está deseando la muerte a alguien que está en la mesa.
– Si no quieren que les sirvan más arroz, dejen un poco en el fondo del bol. Sino, cada vez que el bol está vacío, alguien inmediatamente se los llenará de arroz.
– Una buena opción para comer comida sana y menos grasosa en China son los restaurantes musulmanes (y este tip me lo dio una china misma): como siguen las reglas halal, uno puede estar seguro de que la cocina es súper limpia y de que no hay cerdo en la comida (para quienes no les guste ese tipo de carne).
– Para los argentinos, “carne” es sinónimo de vaca, para los chinos, “carne” es sinónimo de cerdo. Todo lo que venga relleno de “carne” viene con cerdo.
– Al comer la sopa es de mala educación NO hacer ruido: hay que “sorber” la sopa con exageración para demostrarle al anfitrión que su comida es deliciosa.
– No es de mala educación eruptar.
– Si los invitan a comer a una casa de familia local, lo más educado es probar todas las comidas que preparó la anfitriona, aunque no sean de su agrado. Si no les gusta lo esconden debajo de la montaña de arroz en el fondo del bol. Pero prueben.

Ayudenme a completar el post: si tienen más tips o comidas chinas que les hayan gustado, ¡compartan!

Ah, y por último, para no defraudarlos:

[singlepic id=2356 w=800] Bichitos comestibles. Pero confieso que no los probé.

El policial más bizarro de mi vida (o Cómo me robaron la computadora y la cámara en un tren en Indonesia)

Como anticipé en mi página de Facebook, hace dos días casi doy por terminado el blog. El mismo día que llegué a Indonesia me tomé el tren nocturno de Jakarta a Yogyakarta, me quedé dormida y cuando me desperté me habían robado la computadora, la cámara y casi todo el efectivo que tenía. Diez horas después, recuperé todo. Pero fueron las diez horas más estresantes y bizarras de todo mi viaje.

Escena 1: Minutos después de El Robo (4 am)

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Me desperté de golpe, no sé por qué. Miré a mi alrededor: seguía en el vagón número dos del tren que iba de Jakarta (capital de Indonesia) a la ciudad de Yogyakarta (a unas 10 horas al este, en medio de la isla de Java). El tren estaba frenado en una estación, yo me había acostado en mi asiento y en el de al lado, que estaba libre, y me había quedado dormida por unos minutos. Y confieso que como estaba viajando en el tren “ejecutivo” (25 dólares el pasaje, contra 16 dólares del tren “económico”) me descuidé e hice algo que jamás hubiese hecho en Argentina (ni en cualquier otro tren): me dormí y dejé las cosas en el piso, al lado mío, pero en el piso. Pensé: estoy en Indonesia, no creo que pase nada.

Me desperté con una sensación de urgencia y mi instinto me hizo buscar mis cosas con la mirada inmediatamente. En mis pies tenía la mochila grande con toda la ropa, una mochila de mano con la compu y libros y un bolsito con la cámara y la plata. Miré el bolsito y me di cuenta enseguida: a la vista, estaba demasiado vacío, faltaba el bulto que hace la cámara (una Nikon D90 bastante grandota y pesada). Lo levanté y me temblaron las piernas: estaba demasiado liviano. Lo abrí y sí, la cámara ya no estaba.

Enseguida miré mi mochila de mano y temí lo peor. Conozco su peso de memoria y cuando la levanté me di cuenta de que lo peor se había cumplido: también se habían llevado mi computadora (una Mac que me compré el año pasado en Malasia). Rogué y rogué que fuese un mal sueño, pero no, estaba pasando de verdad: me habían robado mis herramientas de trabajo, los textos y las fotos de todo un año, mis borradores, mis proyectos, mis ideas. ¿Y para qué? Para que alguien, en pocas horas, borrase todo el disco duro y vendiese mis cosas a un extraño. (Nota: si bien tengo un backup de todos los archivos en un disco duro externo, ese disco está formateado para Mac y no se puede ver en PC, y la verdad que en este momento no me da ni cerca el presupuesto para comprarme una Mac nueva, osea que iba a ser lo mismo que no tener nada. Y la depresión que me iba a agarrar no me la iba a curar nadie).

Me acuerdo de ese momento y todavía me angustio. Empecé a temblar y me puse a gritar: “Someone stole my things! Someone stole my laptop and my camera, please, please help me!”. Se despertó todo el vagón y el guardia de seguridad del tren, un indonesio muy joven y flaquito, apareció enseguida y me preguntó qué había pasado. Con ayuda de la pareja indonesia del asiento de al lado, expliqué todo y ellos tradujeron. Mientras tanto, en cada silencio, decía en castellano (loca): “No, no, no, esto no puede estar pasando! Hijo de puta, qué hijo de puta, no puedo creerlo, agghhh HIJO DE PUTA!!!” Incluso llegué a decirle a los pasajeros: “Por favor si alguno de ustedes tiene las cosas, les doy toda la plata que quieran, pero por favor, tengo todo mi trabajo ahí”.

Varios pasajeros dijeron que habían visto a un hombre sospechoso que había estado caminando por el vagón, el guardia se comunicó con sus compañeros que estaban en la estación (el tren seguía frenado) y me dijo que iban a buscar al culpable afuera del tren. Yo pensé: ya está, chau computadora, chau cámara y chau plata (el tipo también me había robado unos 130 dólares que tenía en efectivo, parte en rupias indonesias, parte en dólares de Singapur y parte en dólares de EEUU). También pensé que si encontraban las cosas había muchas chances de que no me devolvieran nada.

Como el ladrón me dejó mi celular (y unas pocas rupias en efectivo, ¿para que me tome el taxi habrá sido?), enseguida llamé a mi novio (Aji —con jota de John, no con jota de ají, eh—, indonesio) para avisarle. Él estaba despierto esperando que se hiciera la hora para ir a la estación de Yogyakarta a buscarme (el tren iba a llegar a eso de las 4.45 – 5 am), así que se fue enseguida a la estación para hablar con los de seguridad y ver si podía ayudarme desde ahí.

El tren arrancó y perdí todas las esperanzas. Era obvio que el ladrón ya se había bajado y como yo no sabía exactamente a qué hora había sido el robo, era muy probable que ya estuviese bien lejos de la escena. Además, ¿cómo iban a saber quién era, entre tanta gente? Y si lo encontraban, yo ya iba a estar en otra estación, ¿cómo iban a avisarme? Sentí que todo iba a quedar en la nada, que me habían dicho que iban a buscar al culpable sólo para complacerme, pero que una vez que el tren arrancara, todo quedaría en el olvido.

No se me cayó ni una lágrima (al fin y al cabo son objetos y no es la muerte de nadie), pero igual temblaba de angustia y me sentía una estúpida por no haber cuidado mejor mis cosas.

Escena 2: Llegada a Yogyakarta y persecución (5 am a 7 am)

El tren llegó a Yogyakarta (destino final) unos 45 minutos después y yo ya daba todo por perdido. Mi novio apareció enseguida en el vagón con un amigo y con otro guardia de seguridad. Nos bajamos, le volví a contar lo que había pasado y me fui al baño. Cuando volví, Aji me dijo: “Encontraron al sospechoso en la estación anterior y lo tienen detenido en la comisaría del pueblo, pero todavía no abrieron su mochila. Vamos ya para allá”.

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Así que nos fuimos en el auto: Aji, su amigo que lo había acompañado a la estación, el guardia de seguridad del tren y yo. Fueron las dos horas más largas de mi vida. Pensaba: ¿será el ladrón? ¿estarán mis cosas? ¿me las darán o se harán los vivos? A mitad de camino nos avisaron que, efectivamente, habían encontrado una computadora, una cámara y efectivo en la mochila del detenido. Al parecer uno de los guardias de seguridad del tren ya lo había fichado de antes y cuando le informaron acerca del robo, ni lo dudó y se fue en busca de este hombre. Lo persiguió en moto, y cuando lo encontró, el tipo ya estaba en la parada esperando el colectivo para irse a su casa y fugarse con mis cosas para siempre. El guardia de seguridad (vamos a decirle El Héroe) se jugó, siguió su instinto y acertó, porque si se hubiese equivocado, el culpable hubiese desaparecido y ahí sí chau cosas, chau blog, chau todo.

Lo que fue una eternidad después, llegamos a la estación de tren donde habían agarrado al tipo y entramos a la comisaría correspondiente.

Escena 3: Interrogatorio, llanto y devolución (7 am a 1 pm)

Los policías se presentaron uno por uno (primero había unos cuatro o cinco), me pidieron mi pasaporte y me dijeron que denunciara exactamente lo que me faltaba. La lista era la siguiente: Nikon D90, laptop Apple + cargador, 1 millón de rupias (que parece muchísimo pero son aproximadamente 100 dólares), 25 dólares y 14 dólares de Singapur (algo así como 12 dólares de EEUU).

Al rato (porque todo llevaba laaaargos minutos) me llevaron a otro cuarto y me mostraron una mochila. La abrieron y adentro estaba todo. TODO. De ahí pasamos a otra oficina donde me sentaron y me dijeron que necesitaban quedarse con las cosas para usarlas como “evidencia” para poder arrestar al tipo (lo tenían detenido en la oficina de al lado) y que el proceso llevaría entre 40 y 60 días. Recién después de que terminara el juicio iban a poder devolverme las cosas (pero como la visa turística en Indonesia dura un mes, era obvio que yo ya no iba a estar ahí y que las cosas se iban a “perder”).

En ese momento apelé a una de las armas femeninas más poderosas por excelencia: EL LLANTO. No pude contenerme y me largué a llorar, les dije que yo trabajaba con eso, que era escritora y fotógrafa, que escribía un blog, que vendía fotos, que por favor, que ahí tenía todo, que era mi trabajo. Aflojaron un poco y me dijeron que, “dadas las circunstancias”, iban a ver qué podían hacer. Me sirvieron té y un desayuno y me pidieron que me tranquilizara.

Tuvimos que esperar dos horas a que llegara otro oficial que al parecer hablaba inglés y me iba a explicar cómo era el proceso (hasta ese momento, Aji oficiaba de traductor). En ese rato estaba desconsolada, no podía creer que las cosas estaban ahí, tan cerca de mi mano, pero que no me las iba a poder llevar. Si no podía recuperar mi compu y la cámara, daba lo mismo que hubiesen atrapado al tipo o no, y creo que era aún peor saber que las cosas estaban ahí pero que las tenía que dejar.

Me dije a mí misma y le dije a Aji: Juro pero re juro que no me voy de esta oficina sin mi computadora y mi cámara, si es necesario apelaré a más llanto, a la embajada argentina, al escándalo y (si nada funciona) a la coima. La Policía indonesia también tiene fama de corrupta, pero como no sé muy bien cómo funcionan las cosas acá le pregunté a Aji qué opinaba él; si lo único que querían era plata, mi plan era decirles que se quedaran con los 130 dólares y me dieran el resto, y si eso no funcionaba, iba a llamar a la embajada para que me asesoraran. Aji me dijo que llorara un poco más si era necesario pero que lo dejara tantear la situación para ver qué onda. Y eso hizo, no sé qué les dijo, pero al rato (lo que me pareció una eternidad después) me dijeron que sí, que iba a poder llevarme mis cosas, pero que necesitaban quedarse con alguna evidencia para arrestar al tipo (no sé si esto es cierto o no) y me preguntaron con qué plata quería quedarme: con las rupias, con los dólares o con los dólares de Singapur. Elegí las rupias (100 dólares) y ellos se quedaron con 35 dólares “de evidencia” que, en teoría, “van a devolverme una vez que termine el proceso”. Ni me importa. Comparado con todo lo que podría haber perdido, 35 dólares no es nada.

Me tomaron toda la declaración, me sacaron fotos con los objetos robados, me hicieron muchas preguntas y unas 10 horas después del robo salí de la comisaría con la cámara, la computadora, parte de la plata y una sensación de que no podía creer todo lo que había pasado.

[singlepic id=2332 w=800] Happy Ending

El Bis-Bizarro: Preguntas, almuerzo y sesión de fotos

Hasta acá todo normal, como cualquier historia policial. Pero voy a recordarles dos cosas: soy una “bule” (extranjera occidental) en Indonesia y tengo un imán para lo bizarro. Así que entremedio de estas escenas pasaron otras cosas que le dieron bastante más gracia al asunto.

•    Primero, los policías (había como diez y una sola mujer) pensaban que Aji era “mi guía turístico” (???). Cuando dijo que era mi novio, inmediatamente empezaron a hacer preguntas: ¿y cómo se conocieron? ¿por Facebook? ¿por chat? ¿y hace cuánto tiempo que están juntos? ¿y cuándo se casan? Creo que les interesaba más eso que el robo en sí. Cuando nos fuimos de la comisaría, uno de los policías nos dijo “I support you!” (como diciendo que apoya nuestra relación) y el jefe superior me dijo, adelante de todos: “Bueno, y a ver si se casan pronto eh”.

•    Otro policía, el que nos hizo compañía mientras esperábamos a que llegara el que hablaba inglés, me mostró fotos de su mujer y de su hija, me dijo por señas que los indonesios eran “bien machos” (mejor ni describo esta parte), se sacó autofotos conmigo y, a pesar de todo, me hizo reir y le sacó tensión a la situación.

•    En algún momento, en la comisaría aparecieron dos que eran policías encubiertos. El jefe de la comisaría me preguntó si tenía hermanas, y cuando le dije que una de ellas tiene 18, me dijo LISTO, decile a tu hermana que venga a Indonesia que acá ya tiene novio (Daf, estás avisada, un agente secreto indonesio quiere tu mano).

•    Me sacaron demasiadas fotos y sospecho que no fue tanto por una “necesidad oficial” sino porque soy una bulé en Indonesia (y un bule —extranjero/a blanco/y y rubio/a— en Indonesia genera revuelo y admiración).

Finalmente, Aji y yo volvimos a Yogyakarta en una camioneta con siete de los policías. En el camino nos preguntaron dónde nos conocimos, después frenamos todos juntos para almorzar y, cuando llegamos, nos sacamos una foto grupal.

Qué día surrealista.

[singlepic id=2331 w=800] El que sonríe es el guardia de seguridad que me ayudó en el tren apenas me robaron.

[singlepic id=2325 w=800] Almorzando comida indonesia en la ruta (que, al margen, fue una de las rutas más lindas que recorrí, rodeada de plantaciones de arroz y mucho verde).

[singlepic id=2326 w=800] El team (el de gorra es el que agarró al tipo)

[singlepic id=2327 w=800] El team y yo con mi cara de “hace mil horas que no duermo” y el policía de atrás que me está dando de comer manzana (?)

Y aunque no lo crean, esto me hace querer aún más a Indonesia.

***

MÁS FOTOS DE ÚLTIMO MOMENTO:

Esta foto la saqué (a escondidas con el celular) después de que me dijeran de que iban a tener que quedarse con mis cosas como evidencia por 60 días. Quería tener alguna prueba para poder recuperarlas en el futuro.

La autofoto que se sacó el policía conmigo (con mi celular)

Y esta foto me la mandó un periodista indonesio por Facebook, es de no creer. La sacaron cuando detenían al tipo. Si se fijan bien, el policía de la izquierda es el mismo que se sacó la autofoto conmigo. Es más bizarro que un policial de Woody Allen.

Macau en LOMO! – parte II

Hay lugares en los que me dedico a coleccionar momentos. O tal vez los momentos vienen a mí. Pero en Macau siempre me pasa lo mismo: más que el lugar, lo que me llevo son las personas y las experiencias (que, tras ser vividas, se convierten inmediatamente en recuerdos). Podría decir que viajar es (también) coleccionar momentos, guardar historias, aprender algo de cada persona que uno se cruza, inspirarse por las vivencias de otros viajeros…

Cada una de estas fotos en “versión LOMO” (trucha, porque no tengo una cámara Lomo —ojalá que sea “por ahora”—, pero tal vez esté desarrollando mi mirada Lomo) tiene una historia detrás. Pero no son grandes historias, sino pedacitos de la vida cotidiana de Macau, momentos fugaces de mis días en esa región del mundo.

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Journey y yo íbamos caminando por la calle y vimos, desde abajo, a estas dos mujeres que miraban —concentradísimas— cómo arreglaban un farol. Me puse en una posición estratégica para que no me vieran y les saqué la foto.

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Como conté en la parte I, Macau es famosa por ser “Las Vegas del Oriente” y mucha gente va a pasar el fin de semana solamente para encerrarse en los casinos. Este, el Grand Lisboa, es uno de los más famosos y un “landmark” en Macau: es imposible no verlo, es el edificio más alto y pomposo de Macau.

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Pero Macau, a la vez, es una ciudad que fue colonia portuguesa y que desborda de iglesias (algo poco visto en Asia, con excepción de Filipinas). Esta iglesia está en Coloane, el sector más tranquilo de Macau, un área que me hizo sentirme en algún pueblito  perdido de Brasil.

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Lo interesante es ver cómo se mezclan ambos mundos. Por más que uno viaje a Macau sin la intención de meterse en los casinos, es difícil escapar de la publicidad y la parafernalia casinesca (?) (si es que existe un término así). Por todos lados hay stickers, carteles, anuncios, souvenirs de los casinos, y cada vez que uno mira hacia el horizonte, algún casino corta la mirada.

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Igualmente, les cuento, Journey y yo nos dedicamos a hacer un poco de casino-tour (sin apostar nada, claro). Me intrigaba mucho ver estos lugares por dentro y presenciar la locura de la gente que apuesta miles de dólares y no para hasta ganar o hasta haber perdido todo. Esta foto es en el casino Venetian (el que quiere ser una réplica de plástico de Venecia); ahí la gente tira monedas en “el canal” por donde pasan las góndolas (¿traerá buena suerte?).

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No permiten sacar fotos adentro de los casinos, pero tuve la suerte de encontrar esta máquina tragamonedas… en la calle. Para el que se quedó con ganas y con plata. Ah, y les cuento que en un casino, a Journey y a mí nos pidieron el documento para probar que somos mayores de 18 (!!!). Cuando el guardia de seguridad leyó “1985” en el mío medio que se asustó, me miró y me dejó pasar. No me sentí halagada, sepanlo!

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El Grand Lisboa es famoso no solamente por su “arquitectura” (visto de lejos, es una hoja gigante) sino también por sus “chicas”…

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Cuando salimos de uno de los casinos hacía tanto calor que decidimos sentarnos en una plaza a mirar el show de la fuente: cada 15 minutos, sonaba una canción en plena calle (entre ellas, El Rock del Reloj, Pocahontas, O Sole Mio y otras) y la fuente que ven en la foto hacía una coreografía acuática con mangueras y bolas de fuego. Vimos como cuatro (más que nada porque no teníamos ganas de movernos), y este arco iris apareció varias veces.

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Cuando nos aburrimos del casino, nos fuimos en busca de las galletitas. Estas “almond cookies” son las galletitas típicas de Macau: toooodos los negocios del centro histórico las producen y ofrecen muestras gratis. Así que abusamos del sistema, entramos a cada negocio y comimos por lo menos dos en cada lugar. Tarde gratis de galletitas de almendra.

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Caminando por la aldea histórica de Taipa (Macau se divide en tres regiones: Macau, Taipa y Coloane), llegamos a este parque lleno de flores de todos los colores. Y ahí caí: ¡claro! ¡acá está empezando la primavera! Hace cuánto que no veía una primavera…

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Más tarde, nos bajamos del colectivo y nos chocamos con este mural. Obviamente las dos, Journey y yo, frenamos a la misma vez para sacarle una foto. Y Journey, para no ser menos personaje de lo que es, dijo, feliz, “oh, shit! I love shit!”. Esta mujer no puede ser tan bizarra y no puede caerme tan bien.

Estas dos mujeres estaban charlando como locas, a los gritos, sobre… no sé, tendré que usar la imaginación. Tal vez discutían, indignadas, el precio de las verduras, o hablaban de que la vecina se fue con otro, o recordaban historias de cuando eran jóvenes, o se quejaban de esta juventud china de hoy…

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Caminando vi, a lo lejos, este metegol y fui corriendo a sacarle una foto. ¿Cómo digo metegol en inglés? No sé por qué pero jamás imaginé encontrar un metegol en China.

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Ellos son Clancy y su novia Ritchy. Clancy fue quien me alojó la primera vez que vine a Macau, lo conocí a través de Couchsurfing y nos hicimos buenos amigos. Esta vez, me alojó en el departamento que acaba de comprar con su novia. Clancy tiene planeado un gran viaje: cruzar de Asia a Europa en bicicleta en siete meses. Si tuviese estado físico, juro que lo haría. O tal vez en moto :D (La foto la sacó Journey con su iPod y su aplicación LOMO, para seguir en la misma onda).

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Y por último, Kit, un nene filipino PERSONAJE. No tiene ni dos años y ya es un personaje. Habla filipino e inglés y es demasiado inteligente y adorable.

Macau en LOMO! – parte I

Así como Hong Kong apareció ante mis ojos en blanco y negro, Macau, la otra “Región Administrativa Especial” de China, apareció llena de color, como vista a través de una cámara LOMO. Estas camaras son famosas por generar imágenes con viñetas, saturadas y… espectaculares. Ojalá tuviera una. Mientras tanto habrá que conformarse con Photoshop y seguir mirando el mundo con ojos de LOMO. Así todo se ve más lindo.

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Macau y Hong Kong fueron las únicas regiones de China colonizadas por Europa: Hong Kong estuvo bajo dominio británico durante 150 años y Macau fue colonia de Portugal desde el siglo 16 hasta 1999. Macau mezcla arquitectura colonial portuguesa con edificios modernos, iglesias católicas centenarias con templos chinos. Es un lugar único y uno de mis preferidos y es, además, el único lugar de China donde puedo leer todos los carteles y encontrar las calles (ya que todo está en chino y en portugués).

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Pero más que por su pasado y arquitectura colonial, Macau es famosa por ser “Las Vegas del Oriente”. Sí, esta península tiene más de 30 casinos, recibe más de 20 millones de visitantes por año (un gran número si se tiene en cuenta que la población local apenas llega a 500.000 habitantes) y es la ciudad-casino que más ingresos anuales genera (¡más que Las Vegas!). El Casino Venetian es el más grande y uno de los más famosos de la isla: como su nombre lo indica, por dentro intenta ser una réplica de Venecia (con canales, puentes, góndolas, cantantes de ópera… y negocios de lujo, máquinas tragamonedas, apuestas apuestas y apuestas).

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Él es mi amigo Dan, uno de los tantos filipinos que dejaron su país para conseguir mejores oportunidades y trabajos en Hong Kong y en Macau. Él trabaja(ba) en el aeropuerto de Macau. Lo conocí la vez anterior, cuando visité Macau por primera vez en junio del 2010, en una cena de Couchsurfing, y enseguida charlamos de la vida como si hubiésemos sido amigos desde siempre. Esta vez, llegué justo para su despedida: Dan dejó Macau y se fue a trabajar a Europa.

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Mi amiga Journey ya es figurita repetida en este blog, pero ¿qué sería un viaje sin buenos amigos? Ella es de China, la conocí en Tailandia apenas empezó mi viaje, en abril del 2010, y nos reencontramos varias veces en distintas partes de Asia. Cuando le dije que iba a volver a Hong Kong y a Macau y le pedí que me acompañara me dijo que no sabía porque estaba medio engripada y bla bla. Pero la conozco, Journey se prende en todas. La visité en su ciudad de China (Foshan), nos encontramos unos días después en Hong Kong y nos vinimos juntas a Macau. Y mañana es su cumpleaños, así que, aunque ella no quiera, vamos a celebrar.

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Macau es un lugar seguro, con buena calidad de vida. Al menos eso siento yo cada vez que vengo. En todos los sectores públicos hay máquinas gratuitas para hacer ejercicio, en todas las plazas hay hombres y mujeres caminando, sentados, escuchando música, charlando. Cada vez que Journey y yo encontramos alguna de estas máquinas, instantáneamente nos convertimos en dos nenas, dejamos todo en el piso y corremos para subirnos y divertirnos un rato.

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Macau es, también, uno de los lugares con mayor densidad de población del mundo: en esta pequeña península conviven 18.500 habitantes por kilómetro cuadrado. Sin embargo, no se nota tanto como en Hong Kong, donde los edificios están tan pegados que casi no se ve el cielo. Macau siempre me parece más vacío, aunque cada vez que entro a un edificio y veo los 200 buzones de correo, uno al lado del otro, caigo en la cuenta de la cantidad de gente que vive ahí.

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El Centro Histórico de Macau fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por sus construcciones coloniales bien preservadas y su herencia histórica. Me encanta caminar entre casitas de colores pasteles, iglesias (aunque confieso que después de ver tantas en Latinoamérica, estas no me parecen gran cosa), callecitas empedradas, farolitos, ventanitas y balconcitos (todo así, chiquito, porque las ciudades coloniales me resultan muy tiernas). A veces me siento de vuelta en Latinoamérica, o tal vez en algún pueblito de Europa que aún no conocí (nunca fui a Europa).

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Pero detrás de la fachada colonial prolija, hay casas con paredes descascaradas y más venidas abajo. Esas son las que más me gustan…

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Caminando con Journey llegamos a una casa colonial con un jardín muy bien cuidado. Al pasar por la entrada, vacía, el guardia de seguridad nos hizo señas desde lejos para que dejáramos por escrito nuestro nombre y nacionalidad en un cuadernito. Miré las entradas anteriores y solamente encontré taiwaneses, chinos, europeos… ¿algún argentino estuvo por acá?

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Es muy común ver inciensos, ofrendas de comida o estatuitas como estas en las esquinas, casi ocultas. Y siento que por más iglesias que haya, los chinos de Macau siempre siguieron siendo fieles a su religión…

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A veces siento que ciertas escenas fueron puestas ahí apropósito, preparadas para que yo pase y les saque una foto. Como esta, con esa combinación de colores.

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En Macau encontré hojitas que quieren escapar del encierro…

… y flores que no se averguenzan de mostrarse con su mejor perfil.

En el próximo post, más pedacitos de Macau en versión LOMO.

Hong Kong en blanco y negro

Volví a Hong Kong, nueve meses después.

Después de sufrir el verano húmedo y caluroso en junio del año pasado, volví por tres días para vivir el fin del invierno.

Cómo cambia una ciudad con el paso de las estaciones. O tal vez sea yo.

La vez anterior, Hong Kong me deslumbró, esta vez me pareció más gris y melancólica, tal vez por el clima, tal vez por mi estado de ánimo. Cuando uno viaja establece cierto vínculo con el lugar que visita, y ese vínculo siempre estará teñido por los sentimientos, las vivencias y los recuerdos. La otra vez, HK me pareció un lugar totalmente irreal e increible, todo me sorprendía, tal vez porque estaba en otro momento de mi viaje. Esta vez, me siguió pareciendo increible (su geografía hace que sea una ciudad repleta de edificios insertada en el paisaje más lindo, en uno de esos paisajes que uno no asocia con una ciudad), pero la vi… en blanco y negro. Y tal vez por eso elegí esos colores para estas fotos.

[singlepic id=2241 w=800] La vista desde la ventana del hotel

[singlepic id=2242 h=800] Chungking Mansion

Lugar célebre por tener los cuartos más chiquitos y más baratos de HK (y la mayor cantidad de minorías conviviendo en un mismo edificio).

[singlepic id=2243 w=800] Journey

Con mi amiga Journey viajando en barco por las islas

[singlepic id=2244 w=800] Kowloon

Journey caminando por Kowloon

[singlepic id=2245 w=800] El skyline de HK

[singlepic id=2246 w=800] Reduce Speed Now! (el cartel tiene razón)

[singlepic id=2247 h=800] Mirando hacia arriba…

… en la ciudad más vertical del mundo

[singlepic id=2248 w=800] Moda y tranvías

[singlepic id=2249 w=800] Construcciones coloniales de súper lujo

[singlepic id=2250 w=800] El famoso tranvía de HK

[singlepic id=2251 w=800] Go Home!

Siguen en pie las mismas protestas y pancartas que vi hace casi un año…

[singlepic id=2252 w=800] Indiferencia

[singlepic id=2253 w=800] Arte callejero

[singlepic id=2254 h=800] Más arte

[singlepic id=2255 w=800] Bares y ropa al sol

[singlepic id=2256 w=800] Soho

El distrito más “exclusivo” de bares y restaurantes

[singlepic id=2257 h=800] Arte en puertas

[singlepic id=2258 h=800] Face to face

[singlepic id=2259 w=800] Trabajo callejero

Negocios sin puertas ni vidrios

[singlepic id=2260 h=800] Moderno y antiguo

[singlepic id=2261 w=800] Flores rotas

… y abandonadas.

[singlepic id=2262 w=800] Persianas a medio subir

(o a medio bajar)

[singlepic id=2263 w=800] Motivos religiosos en venta

[singlepic id=2264 h=800] Demoliendo…

… esta ciudad en eterna reconstrucción.

[singlepic id=2265 h=800] Stickers desgarrados

[singlepic id=2266 w=800] Memorabilia de Mao

[singlepic id=2267 h=800 float=center] Tranquilo

Fumando y jugando a las cartas frente a su negocio

[singlepic id=2268 w=800] Yo

Frente al skyline de HK, by Journey

Si quieren ver Hong Kong a todo color, pueden leer los dos relatos que escribí la vez anterior:

Hong Kong en 10 palabras – parte 1
Hong Kong en 10 palabras – parte 2

Llueve en China

Llueve en China. Y a mí me cuesta escribir. Imaginen esa escena trillada de película donde la lluvia cae y la protagonista mira por la ventana hacia afuera, con expresión melancólica, mientras apoya el codo sobre el marco de la ventana y la pera sobre la palma de la mano. Así estuve esta última semana, aunque sin la parte de mirar por la ventana. Con escuchar la lluvia me alcanza.

Podría contarles todo lo que no pude ver por culpa de la lluvia, pero no quiero pensarlo demasiado. Me siento en Vietnam parte II, otra vez los días grises. Porque un día de lluvia, cuando uno está viajando con los días contados (por una visa, por un pasaje de vuelta o por la razón que sea), es un día perdido y por ende un día gris, casi negro. Desde que me nevó en Kunming (digo “me nevó” porque estoy segura que esa nieve me la dedicó Dios, ya que Kunming es famosa por ser la ciudad “de la eterna primavera”) la lluvia no paró.

[singlepic id=2230 w=800] En Guilin, donde la lluvia y la niebla no me dejó ver demasiado lejos…

De Xijiang, aquel ex pueblito sin nombre, me fui a Congjiang, también en la provincia de Guizhou, con el plan de hacer village-hopping como le dicen. Ir de aldea a aldea. Caminar por pueblitos entre terrazas de arroz. Conocer a la gente local. Ah, pero la lluvia, la bendita lluvia. Ustedes pensarán que un poco de agua no le hace mal a nadie, pero acá el agua trae dos cosas: frío y niebla. O sea que por más impermeable que me ponga, es imposible ver el paisaje. Y la verdad es que para eso vine, en busca de paisajes. Así que me perdí varios lugares “espectaculares” que quería ver. Siempre me digo, para consolarme, “será la próxima”, pero ¿habrá próxima? Uno nunca sabe. Ojalá que sí.

De Congjiang me tomé el colectivo a Guilin, en la provincia de Guangxi, y pensé: Quiero volver al ex pueblito sin nombre, donde había turistas pero nadie me daba demasiada bola. Guilin es un lugar extremadamente turístico y la banda sonora callejera es algo así: lady! lady! hello, motorbike, lady, here lady, bamboo boat, lady lady where you go, cheap tour for you, lady, leiidiii !! Ponganlo en repeat y se darán una idea de lo que significa caminar por la calle siendo extranjera. Cansa, les juro que después de un año cansa.

[singlepic id=2219 w=800] “A picture with the birds, lady?”

[singlepic id=2220 w=800] La calle turística en Yangshuo, al sur de Guilin

[singlepic id=2237 h=800] Messi presente (creo que si no fuese por él, nadie nos ubicaría en el mapa)

[singlepic id=2231 w=800] McDonald’s presente…. creo que esta foto representa muy bien cómo un pueblito pasa a ser un destino turístico internacional.

Hacer viajes largos tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Las buenas, ya saben, conocer conocer y conocer. Las malas, que a veces todo parece repetirse, o mejor dicho, aparece esa sensación de “¿realmente quiero ver otro templo/río/mercado/buda/whatever?” Y a veces la respuesta es no. Pero un viaje (largo o corto) tiene algo que me gusta, eso de “no me importa si no veo tal o cual lugar, porque en Laos —ejemplo— conocí a los monjes budistas más buena onda del mundo o porque en China —otro ejemplo— tomé el té con las mujeres de una minoría. Y eso no se compra con ningún tour.

Así que para cerrar el viaje por el sur de China me fui a Yangshuo, a una hora y media de Guilin. Y si este lugar tiene fama, es por algo. Estuve cuatro días y solamente me llovió uno, así que me alquilé una bici y me fui a andar sin rumbo a orillas del río, entre montañas y por el barro de las plantaciones de arroz. Me embarré completamente, me perdí entre aldeas, obvio (creo que “viajar es perderse por el mundo”) y, como siempre, aparecieron esas personas caídas del cielo que me mostraron el camino. En chino y todo.

[singlepic id=2223 w=800] Andar en bici por medio de este paisaje “no tiene precio” (o sí, 10-20 yuan por el alquiler de la bici, pero el paisaje no se paga)

[singlepic id=2232 w=800] Tras 45 minutos de pedalear y pedir indicaciones, llegué a esta montaña conocida como Moon Hill, subí unos 800 escalones y me choqué con esta vista…

[singlepic id=2234 w=800] Más tarde frené al costado de la ruta y me encontré con este amigo que me miraba (soy búfalo en el horóscopo chino, ¿tendrá que ver?)

[singlepic id=2236 w=800] El camino me llevó entre casitas y plantaciones de arroz

[singlepic id=2226 w=800] Cada vez que veo una casita así, en medio de la naturaleza, me pregunto: ¿y si me quedo acá para siempre?

[singlepic id=2227 w=800] O tal vez largo todo y me pongo a cosechar arroz…

[singlepic id=2238 h=800] Caí en esta aldea histórica de casualidad. No había ni un solo turista ni tampoco la encontré en el mapa…

[singlepic id=2225 w=800] Seguí pedaleando en busca del río Yulong y me perdí. Le pedí indicaciones a esta mujer (le mostré un papelito en chino donde decía “dónde está el Yulong River” y me hizo señas de que la siguiera. Me guió durante unos 10 minutos con su bici y sus bebé en la espalda. Pasamos por unos paisajes irreales, llenos de árboles otoñales y hojitas por el piso, pero no pude frenar para sacar fotos porque tenía miedo de perderla (y de perderme otra vez).

[singlepic id=2233 w=800] Un poco más adelante apareció este hombre que me señaló dónde quedaba el río y me cruzó en su balsa de bambú hacia la otra orilla.

[singlepic id=2235 w=800] Y, por fin, el río.

Hoy pasé mi último día en lo que se conoce como mainland China (toda China sin incluir Hong Kong ni Macau) con mi querida amiga Journey en Foshan, su ciudad natal, a dos horas y media de la frontera con Hong Kong y Macau. Me llevó a conocer la atracción principal de Foshan (escuchen esta): The Toilet Waterfall (“La cascada de inodoros”). Cuando me adelantó que me iba a llevar al “Toilet World” pensé que íbamos a ver precios de artefactos de baño en un símil Easy Home o Barugel, ¡jamás me imaginé esto! Creo que ahora entiendo por qué Journey es tan personaje: ¡viene de una ciudad donde hay inodoros en cascada!

[singlepic id=2228 w=800] Journey frente a la cascada de inodoros (Foshan es famosa en China por sus trabajos en porcelana y cerámica… y por sus inodoros, bidets, bañaderas y lavatorios).

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[singlepic id=2229 w=800] Ver para creer. Me hizo reir muchísimo.

Fue un gran epílogo para este mes de travesía por China.

Y hoy, en este día gris de marzo, les confieso que estoy un poco cansada de tanto ir y venir. Un poquito nomás eh, no estoy diciendo que esto se termina. Quiero que mi vida sea un viaje constante, pero con algunas pausas en el medio como para “recobrar el aliento”, ahorrar y seguir disfrutando y conociendo.

No va a haber China parte dos, no en este momento. No me da el presupuesto ni la energía para seguir viajando ahora. Así que me quedo diez días en Macau, con mis amigos, y después vuelvo a Indonesia para quedarme allá un tiempo. Igualmente sigan atentos, que tengo muchas cosas para escribir y contar. Como dije, esto no termina acá.

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[box]Datos útiles para visitar Yangshuo:

  • Colectivo de Guilin a Yangshuo: ¥18 (aprox 3 USD), sale cada media hora y el viaje dura una hora y veinte.
  • Alojamiento: una cama en un dormitorio compartido cuesta ¥20 (3.5 USD), un cuarto privado en un hostel desde ¥60.
  • Alquiler de bicicleta: desde ¥10 (USD 1.5) por día.
  • Comida: depende dónde y qué se coma, pero entre ¥5 (un plato de noodles) y ¥15 (verduras con arroz), de ¥20 para arriba si es con carne. Botella de agua de medio litro: ¥2.[/box]

ex pueblito sin nombre

Mientras iba en el tren de Kunming (capital de la provincia de Yunnan) a Kaili (en la provincia vecina de Guizhou) pensaba: En pocas horas voy a estar en un pueblito en medio de las montañas, en uno de esos lugares ocultos que pocos conocen, donde voy a caminar sin turistas a la vista por medio de las terrazas de arroz, donde la gente local me va a mirar sorprendida (¿qué hace una extranjera por acá? ¿cómo nos encontró?) y las mujeres me van a invitar a tomar el té.

Qué ingenua.

El tren llegó a Kaili antes de lo prometido. Trece horas que se me pasaron demasiado rápido. Debo haber dormido por lo menos once horas seguidas, iba tan cómoda y calentita que, después de la nevada sorpresiva de Kunming, casi no me quise bajar. Kaili no me pareció especial así que me fui derecho a la estación de colectivos de larga distancia (en el transporte público, ya aprendí todas las mímicas necesarias para preguntar si este colectivo me lleva a donde quiero ir, soy una genia) (?) y me tomé el minibus a Xijiang, dicho pueblito escondido a dos horas de distancia.

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En este viaje a China decidí prescindir de la Lonely Planet en versión papel. Primero, porque es demasiado pesada y grandota para estar cargando de un lado a otro (por no decir que es un bodoque y yo ya no tengo espacio en la mochila); segundo, porque la tengo en pdf y la leo en la computadora, aunque no es lo mismo que tenerla en la mano en las situaciones complicadas. Pero sobrevivo. El tema es que la que tengo en pdf es del 2007, así que mucha información está bastante desactualizada. SIN EMBARGO (para no sentirme tan mal), en el hostel de Kunming encontré una copia de la última versión y la consulté también, para ver si seguía diciendo lo mismo acerca de este pueblito. Sí, algo así como “vas a ser el único extranjero en este pueblo divino, bla bla”. Así que decidí ir.

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La provincia de Guizhou es una de las más pobres del país y una de las menos visitadas por los turistas extranjeros; sin embargo, tiene una riqueza cultural enorme, ya que en este territorio conviven más de treinta grupos minoritarios, cada cual con sus vestimentas típicas, festivales, mercados, comidas, costumbres. Alrededor de Kaili hay muchísimas aldeas minoritarias que se pueden visitar, pero como yo tengo poco tiempo, decidí elegir Xi Jiang por esto de que es “una joya oculta”.

Pero apenas llegué me encontré con otra cosa.

Prueba #1 de que a Xi Jiang ya lo conocen todos: en el acceso principal a la aldea hay un puestito con una barrera donde cobran 60 yuan (casi 10 dólares) de entrada a los visitantes.

Prueba #2 de que a Xi Jiang llegan decenas (o tal vez cientos) de turistas todos los días: apenas te bajás del colectivo tenés que, obligatoriamente, cruzar un puente. Y ahí te espera la fiesta: hombres y mujeres Miao (la minoría que habita esta aldea) vestidos con sus ropas tradicionales te reciben con música y cantos y no te dejan pasar a menos que te tomes dos shot del alcohol que producen en la aldea: el primero te lo ofrece un hombre en un cuenco y el segundo te lo da una mujer servido en un cuerno de búfalo. Igualmente con el frío que hace no viene mal.

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Prueba #3 de que Xi Jiang ya no es lo que era: todos los días en el centro de la aldea, hombres y mujeres locales hacen un show de tambores, cantos, bailes y entretenimiento para los turistas que se congregan a mirar. Incluso invitan a dos hombres de la audiencia a que se disfracen y se sumen al show.

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Prueba #4 de que Xi Jiang crece cada vez más como destino turístico alternativo: vi varios hoteles y guesthouses pero lo que más me llamó la atención fue que la calle principal tiene SOLAMENTE negocios de souvenirs. Cuadras y cuadras de souvenirs y nada más. Y además hay un transporte especial para llevar grupos de turistas de un lado a otro (como un carrito de golf pero para 10-15 personas).

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Según lo que leí, este desarrollo turístico es muy positivo para la aldea. En años anteriores, muchos Miao emigraron a las grandes ciudades chinas y se terminaron acoplando a la mayoría Han (a la que pertenece más del 90 por ciento de la población) y por ende perdieron sus tradiciones y su cultura. La llegada de los turistas a Xi Jiang no sólo los ayuda a sobrevivir, sino que los incentiva a cuidar sus tradiciones y a utilizarlas como atractivo turístico. Por un lado me parece muy bien, pero por otro me pregunto: ¿el turismo les hace perder autenticidad? o, al contrario ¿el turismo “potencia” su autenticidad? Todavía no me decido.

En mi caso, ver tanto turista en este pueblito que alguna vez fue tan genuino me reforzó una certeza: viajo en busca de lo auténtico, de lo que se esconde detrás de escena, de los momentos naturales y espontáneos. No viajo para ver máscaras, sino para ver las caras que se ocultan debajo. Y a veces las encuentro y otras veces no.

***
Cosas que me gustaron de Xi Jiang:

– caminar entre medio de las terrazas de arroz

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– ver a esta nena sirviéndole pepsi al papá en una tapita

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– cruzarme con búfalos y caballos en medio del pueblo

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– ver a los hombres concentradísimos jugando a las cartas (y descuidando sus negocios)

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– ver trabajar al peluquero barbudo en la vereda (parecía sacado de una película)

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– ver todo el pueblo iluminado de noche

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– ver a los hombres con sus gorros de piel y sus pipas sentados en la calle

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– sentarme en un puesto de comida local, pedir noodles con algo que, a simple vista, pensé que era queso, para darme cuenta de que era todo menos queso (todavía no descifro exactamente de qué se trataba: visto de afuera parece queso cremoso, pero la consistencia es muy blanda para ser queso y el sabor… no es sabor a queso).

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– ver el nene con el pantalón abierto (así lo usan todos los nenes acá, para hacer sus necesidades en la calle más fácilmente)

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– y encontrar un ejemplar del “pato-cartera”: cuando estaba en el mercado local escuché varias veces un CUAC CUAC CUAC desesperado cerca mío. Primero pensé que era un sonido de mentira, un juguete (como el sonido a gato que hacen en la calle Florida en Buenos Aires), pero cuando miré hacia abajo lo vi: el pobre pato iba colgado cual cartera de la mano de esta mujer que hacía las compras con la compañía de su mascota patuna.

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Xijiang puede estar turistizado… pero no fue tan terrible después de todo. Por suerte, incluso en el lugar más turístico, siempre existirán estos momentos espontáneos.

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Viajar a China: sobre la Gran Muralla de Fuego, QQ, precios y demases

1. Sobre la Gran Muralla de Fuego

No hace falta que explique qué es la Gran Muralla China, ¿no? (En inglés conocida como The Great Wall). Es mundialmente archifamosa.

¿Pero sabían acerca de la Gran Muralla de Fuego de China? (En inglés conocida como The Great Firewall)

Desde que llegué a China, recibí muchísimas veces la misma pregunta: Do you have QQ? ¡¿Si tengo qué qué?! ¿Se acuerdan del ICQ? Bueno el QQ nació en 1998 en Shenzhen (China) como un programa de chat y hoy en día es la comunidad social con mayor cantidad de usuarios del mundo: tiene más de 630 millones. QQ es un programa de chat, email y un perfil online: es algo así como tener MSN, gmail/hotmail/yahoo y facebook todo en uno, con el mismo número de usuario. Es muy común escuchar los ruiditos del QQ (similar a los del viejo ICQ) en la calle, en los negocios, en los colectivos (lo usan en el celular y todo). Al parecer, cada día, hay 100 millones de usuarios online a la misma vez.

A qué viene esto, a que la mayoría de las páginas que nosotros, en el otro lado del mundo, consideramos “indispensables”, acá en China están bloqueadas por el gobierno (por ende el nombre Great Fire Wall). Facebook, Twitter, blogspot, wordpress, youtube, IMDB, linkedin, Flickr, wikileaks, ONGs como Amnesty International, algunos medios internacionales, algunos artículos de Wikipedia. Y parece que Google está en lista de espera. Pero los chinos tienen páginas alternativas para todo, como el famoso QQ y el buscador “Baidu”, y  varios sitios bloqueados se pueden acceder mediante proxies o programas especiales, aunque el gobierno también los está bloqueando de a poco.

Esta es la parte de China que me complica un poco la vida.

Ah, y cada vez que me preguntan si tengo QQ digo no, “I have Facebook”, y me miran: Facewhat?


Este pingüinito es el símbolo de QQ y está hasta bordado en las medias.

2. Sobre precios y trenes

Hoy me di cuenta de que ya pasaron tres semanas de mi estadía en China y todavía no hablé de precios para aquellos que estén planeando viajar a China de manera independiente. No es fácil dar un panorama general ya que China es tan inmenso, hay tantas ciudades, pueblos, aldeas, hoteles, hostels, alojamientos, restaurantes, puestitos de comida que es imposible decir “en China vas a gastar esto”. Pero intentaré darles una idea.

El transporte

Lo que más caro me resulta hasta ahora (siempre hablando en comparación con el Sudeste Asiático) es el precio de los transportes de larga distancia (trenes y colectivos). Esto debe ser también porque las distancias a cubrir son enormes. Mínimo por viaje: 8 horas.

El yuan (o RMB), moneda china, está 6.5 a 1 con el dólar.

Todos los colectivos de larga distancia que me tomé hasta ahora me costaron, en promedio, 100 yuans  (+/- 20 yuans) (algo así como 15 dólares por viajes de 8 horas, aproximadamente 2 dólares por cada hora de viaje).

Una de las mejores maneras de transportarse de una ciudad/provincia a otra es tomarse el tren. Hay muchísimas lineas, tienen horarios fijos, hasta ahora siempre salieron puntuales y llegaron incluso antes de tiempo. Dentro del tren hay varias clases: asientos, cama hard-sleeper, cama soft-sleeper. Para los viajes nocturnos me fui en el hard sleeper: la cama es cómoda, el colchón es duro pero soportable y se puede elegir entre lower berth (la cama de abajo, la más cara porque tiene más espacio hacia arriba), middle berth (la cama del medio, un poquito más barata y con menos espacio) y upper berth (la cama de arriba en la que vas cara a cara con el techo del vagón). Tuve la suerte (?) de viajar en la de arriba de todo porque el resto estaba agotado. Creo que lo más gracioso para los pasajeros chinos debe ser verme intentando escalar con mis mochilas hacia la cama superior.

Esta foto la saqué con el celular desde arriba de mi cama en el tren. No me daba el ángulo para sacar algo mejor

Un viaje de 9 horas, de Lijiang a Kunming, en el hard sleeper upper berth me costó 142 yuan (21 dólares: 2.33 dólares por hora).

El viaje que me toca esta noche, de Kunming a Kaili (en otra provincia) me costó 195 yuan (30 dólares por 13 horas de viaje: otra vez, 2.3 por hora).

El transporte público, en cambio, me resulta barato. En las ciudades más grandes, un viaje en colectivo a cualquier parte de la ciudad cuesta entre 1 y 2 yuans (entre 15 y 30 centavos de dólar por boleto). Los colectivos no tienen “cobrador” ni máquina para las monedas: muchos usan una tarjeta magnética recargable y los que pagan en efectivo deben poner el cambio exacto en una cajita, ya que no se da vuelto.

También existen las combis que van hacia sectores en las afueras donde los colectivos no llegan, generalmente a las aldeas vecinas. Estos son un poco más caros y pueden costar entre 5 y 15 yuans (desde 80 centavos de dólar hasta 2.20) por persona por trayectos de 15-30 minutos.

Alquilar una bicicleta, por lo que vi, está entre 20 y 40 yuans por día (entre 3 y 6 dólares). Allá en el Sudeste Asiático quedó la gloriosa bicicleta a un dólar el día.

Una buena opción para moverse de una provincia a otra: tomar los vuelos internos. Hay muchas ofertas y los precios empiezan en 200 yuans + impuestos (30 dólares + impuestos).

El alojamiento

Lo voy a decir. China tiene los hostels más lindos, limpios y cuidados que vi hasta ahora. Y en las ciudades turísticas o en las capitales provinciales, hay bastante competencia. Una cama en un dormitorio compartido con 4-8 personas está entre 25 y 35 yuans (3.80 a 5.30 dólares) y en general todos los hostels tienen wi-fi, lavandería, información turística, alquiler de bicis (y algunos hasta restaurante).

En las ciudades donde hay más turismo interno que internacional, no hay hostels y los hoteles más baratos empiezan en 60 yuans por habitación simple con baño (9 dólares).

Desde acá les escribo… el hostel en Kunming

La comida

Acá sí que es muy difícil dar números. Cuando termine mi viaje por China quiero hacer un especial de “Comiendo por ahí en China” para que vean la cantidad de opciones de comida que hay y cómo se come, culturalmente, en este país. Hay panes rellenos por 1 yuan, dumplings (masa rellena de carne y verduras, cocinada al vapor) por 5 yuans los siete dumplings; hay platos de noodle soup por 5-10 yuans según el tamaño, platos de verduras para acompañar con arroz por 8-12 yuans. Así que esto depende bastante de los gustos personales, de si se come solo o en grupo, del tamaño de la porción, etc. Pero, en promedio, comiendo barato, entre 20 y 40 yuans por día (de 3 a 6 dólares).

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3. Sobre mi itinerario de los próximos días

Para terminar este post les cuento mis planes de acá a diez días.

El 24 de marzo se me vence la visa y tengo que salir del país. Podría extenderla para seguir otro mes más, pero decidí ir a Macau, que si bien es parte de China, es considerada “región administrativa especial” y es como salir de China. Voy a visitar a mis amigos, a revivir los Momentos Macau del año pasado, a escapar unos días del frío, a descansar de tanto viaje en tren, a pedir una visa nueva y a planear mi itinerario para la segunda parte de China: la costa este (Shanghai, Beijing, etc).

Así que mientras tanto, estos diez días voy a viajar por lugares que no son tan turísticos y por otros que sí. Acá va el mapa y, próximamente, fotos y relatos.

Las chinas y yo

Me parece que todo empezó en abril del año pasado, cuando caminaba perdida por el laberinto que es la isla Ko Phi Phi, en Tailandia, y me la crucé de casualidad: Journey, la primera amiga china que me hice en Asia. Aunque para ser sincera, todo debe haber empezado cuando tenía unos ¿siete? años y la conocí a Jenni, mi primera amiguita china del colegio. Me acuerdo que vivía en frente de mi casa y siempre me invitaba a jugar y a tomar la merienda. Su cuarto era un paraíso de Hello Kitties, cositas rosas y peluches adorables. Su hermana mayor era lo más, siempre andaba por ahí, tocando el piano o haciendo dibujos para nosotras. No sé por qué me acuerdo de ella, si después de aquel año se mudó, se cambió de colegio y nunca más la vi (ni sé si sigue en Argentina o si, tal vez, me la crucé en las calles de China y no nos reconocimos…). Momento Gente que Busca Gente: Jenni, si estás por ahí y todavía te acordás de mí, ¡mandame un mail! Juro que si estuviese en mi casa escanearía una foto de Jenni y yo y la subiría.

Lo que quiero decir es que siempre tuve buena onda con las chinas (no como mi amiga Olga que siempre se pelea con la del supermercado porque no le lleva cambio). Desde chica tuve un feeling especial con ellas, pero no lo descubrí hasta que llegué a China.

[singlepic id=2179 w=800] Journey y yo en Macau

Como decía, durante la primera semana de mi viaje, en abril de 2010, la conocí a Journey en Tailandia y viajamos juntas por Malasia y (unos meses después) Hong Kong y Macau. En este viaje conocí a mucha gente con la que pegué buena onda por un rato, pero con Journey fue distinto: nos hicimos amigas en el acto. Es viajera también, vivió en Lhasa (Tibet), se conoce gran parte del Sudeste Asiático, tiene rastas y es bajita, tan bajita que le debo sacar una cabeza y media. Y aunque muchos digan que no tiene más de 22, ella tiene 30 años. Cuando intenta “insultarme” en castellano me dice ESTÚPILA y se ríe.

Gracias a Journey conocí a mi segunda amiga china, Tippi, de quien ya hablé en posts anteriores y con quien estoy viajando ahora en Lijiang (provincia de Yunnan, en China).

[singlepic id=2182 w=800] Tippi entre flores

Una aclaración antes de seguir: Journey y Tippi son sus “English names”, la mayoría de los chinos jóvenes (hombres y mujeres) se ponen nombres en inglés y son los que dan a conocer a los extranjeros (yo jamás las llamé por sus nombres reales). En general eligen este nombre en el colegio, algunos se autonombran y otros son bautizados por profesoras o amigos. Journey recibió su nombre de una amiga, pero Tippi se bautizó a sí misma en honor a una mujer llamada Tippi que, al parecer, tenía la capacidad de hablar con los animales. Y según me contó, los nombres más comunes que se ponen las chinas son Candy, Cookie, Sugar, Sweet y algunas/os hasta se hacen llamar Wind, Leaf, Knife, Sky, Eagle, Panda, Piano, Honda (sí, el auto), Ferrari

En fin, a Tippi la conocí en Malasia y viví bastante tiempo en su casa, en dos ocasiones distintas, y nos hicimos muy buenas amigas. Ella vive en Penang y trabaja de profesora de matemática en un colegio internacional, además está en Couchsurfing y aloja a cinco o seis personas por noche en su departamento divino frente al mar. Y es un personaje. Pero pensé que como las había conocido afuera de China, eso no contaba, así que las tomé como “mis amigas viajeras que además son chinas”.

[singlepic id=2176 w=800] Haciendo pavadas con Journey en Hong Kong
[singlepic id=2180 w=800] Tippi y Buda (?)

Ser mujer y viajar sola no es lo mismo que ser hombre y viajar solo. Desde que llegué a China sentí una conexión especial con las mujeres de acá, hablen inglés o no, sean nenas, adultas o ancianas. No sé muy bien cómo describirlo, tal vez será que me ven solas y me quieren proteger, o les caigo bien, no lo sé. Y esto no es algo que me haya pasado en todos los países. Pero en China, vaya a donde vaya, si una mujer me ve, me sonríe cálidamente, una sonrisa sincera, y mueve la cabeza como diciendo hola. Especialmente en las aldeas más chiquitas: cada vez que veo una mujer a la que quiero fotografiar, le hago un gesto con la cámara como preguntándole si puedo sacarle una foto y enseguida me sonríe y posa, dura como una estatua (y después me hace gestos para que le muestre la foto y se ríe cuando se ve en la pantalla de la cámara). Nunca una mujer me dijo que no podía fotografiarla, nunca me pidieron plata por sacar una foto, nunca me pusieron mala cara. Al contrario, sospecho que les gusta, porque siempre posan “haciéndose las naturales”.

[singlepic id=2188 h=800] Esta mujer, por ejemplo, nos atendió en su restaurante en Shuanglang y cuando le pedí permiso para sacarle fotos se puso así, mirando al horizonte. Cuando vio que terminé de sacarle, volvió a la normalidad y me pidió que le mostrara.

[singlepic id=2189 h=800] Al rato, la misma mujer me vio sacándole fotos a la tortuguita que tiene (o tenía) en la pecera al lado de la cocina, se acercó, la sacó del agua, se la puso en la palma de la mano y hasta le dio un beso (¡lástima que no pude enganchar ese momento!).

[singlepic id=2183 h=800] Me crucé con esta mujer en una aldea cerca de Lijiang y cuando le pedí permiso para la foto se puso así, “haciendo que trabajaba”. Son muy vivas estas, eh.

Si estoy viajando en colectivo, siempre hay alguna mujer que me da comida, me llena de manzanas, me ofrece maní. Tal vez sea parte de la cultura, tal vez sea su amabilidad, tal vez esto me esté pasando solamente a mí… Quisiera saber qué experiencia tiene un hombre que viaja solo en China, tal vez tenga “buena onda” con los hombres y no con las mujeres. ¿Será que esta conexión será exclusiva de mujeres con mujeres? ¿O será como en la astrología, que los opuestos son los que mejor se llevan? (Recuerden que Argentina y China están en el lado exactamente opuesto del mundo).

En el tiempo que me queda acá voy a intentar profundizar, quiero saber cuál es la raíz de todo esto. Mientras tanto, les dejo fotos de algunas chinas que me fui cruzando (y el recuerdo de otras a quienes no pude sacarles fotos).

[singlepic id=2177 w=800] Esta mujer fue una de las más graciosas y personajes que encontré en Chengdú. Una tarde me senté a tomar un café en una mesita en la vereda, y en la mesa de enfrente estaba sentada esta mujer. Mientras se comía las sobras de la gente que se había ido dos minutos antes, le decía cosas en chino (en voz muy alta) a cada extranjero que pasaba, seguidas de un “OK BYE BYE TAKE CARE” y un saludo con la mano. Cuando no pasaba ningún extranjero nuevo, me miraba a mí, me sonreía y me decía cosas en chino. Yo asentía como si entendiera. Cuando terminó de comer se acercó a mi mesa, me hizo señas de que comiera, hundió los cachetes, se tocó la cara y me señaló: “comé que estás flaca”. No pude evitar estallar y ella me vio y se rió conmigo.

[singlepic id=2186 w=800] Estas son dos de las tres chicas que me adoptaron de compañera de viaje durante dos días, con el pequeño detalle de que ellas no hablaban inglés y yo no hablo mandarín. Pero nos llevamos como amigas del alma.

[singlepic id=2187 h=800] Caminando por los pueblitos de Lugu Lake con una de las tres chinas, llegamos a la casa de esta mujer Mosuo (la minoría que vive en el lago). Nos invitó a sentarnos con ella mientras trabajaba, nos dio de probar las barritas a base de maíz que producen y nos “obligó” a tomar varios vasos del alcohol local que también producen ellas. Cuando nos fuimos, me regaló una bolsita con comida.

[singlepic id=2185 h=800] Estaba sacando fotos de un templo en Lugu Lake cuando vi que esta nena posaba, a lo lejos, para mis fotos. Me acerqué y salió corriendo, muerta de risa, así que durante un rato jugamos a las escondidas: yo la buscaba atrás de una piedra y ella corría y gritaba. Muy cerca de ella había un monje al que yo me moría por sacarle una foto, pero no quería faltarle el respeto. La nena, como intuyendo esto, corrió y se sentó en la falda del monje, y los dos se quedaron sonriéndome para que les sacara todas las fotos que quisiera.

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Ayer Tippi me llevó a un casamiento tradicional en una de las aldeas en las afueras del centro histórico de Lijiang. Salimos a caminar y nos encontramos con un grupo de mujeres jugando a las cartas.

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Una me invitó a sentarme al lado de ella, y cuando vio que Tippi quería sacarme una foto, puso su brazo sobre mi hombro y posó así:

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Todas las mujeres que conocí en ese casamiento me sonrieron, me hablaron en su dialecto (que ni Tippi entiende) y pusieron cara de foto.

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Y, por último, la que me rogó que le sacara ochenta fotos fue esta nena, quien le llevaba la cola al vestido de la novia y estaba vestida de manera tradicional para la ocasión.

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China: pensamientos desde el colectivo

No me di cuenta de lo grande e inabarcable que es China hasta que empecé a viajar en colectivo de un pueblo/ciudad a otro/a. Cada viaje que hice hasta ahora me llevó, como mínimo, ocho horas. Ocho horas en las que, estando sentada en un colectivo, aprendí y descubrí cosas sobre este inmenso país de Asia.

Esta es la ruta que hice hasta ahora:

Aterricé en Chengdu, capital de la provincia de Sichuan, y me fui hacia el sur. Mi plan era ir a algunos lugares que quedan al norte, pero cuando hice la ecuación “cuanto más al norte más frío hace” y me di cuenta de que para llegar a donde quería ir necesitaba unas 20 horas de viaje, pensé no gracias, en este momento no estoy como para ir a lugares que estan tapados de hielo y con temperaturas bajo cero. Así que me fui hacia el sur. Primero, Kangding, ciudad donde me perdí y me encontraron. Después, Xichang, ciudad de la eterna primavera. En tercer lugar, Luguhu o Lago Lugu, pequeño paraíso habitado por una sociedad matriarcal. Y por último, desde donde escribo, Lijiang, ciudad histórica de la provincia de Yunnan.

Lo primero que me deslumbró de todos estos eternos viajes en colectivo fueron los paisajes. Nunca vi imágenes tan perfectas por la ventana, nunca me quedé con la boca abierta frente al paisaje visto al pasar desde un colectivo en medio de la nada (generalmente estoy acostumbrada a ver paisajes imponentes al llegar a destino, pero no tanto en el medio), nunca tuve que luchar por no quedarme dormida solamente para admirar la vista. Cada viaje en colectivo es como sentarse frente a una pantalla de cine donde pasan documentales mudos de la National Geographic. O algo así. Vean estas imágenes sino:

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[singlepic id=2072 w=800] En la ruta de Chengdu a Kangding

[singlepic id=2170 w=800] En la ruta de Lugu a Lijiang

Creo que entiendo por qué hay tanto turismo interno en China y por qué mucha gente jamás sale del país (teniendo la posibilidad de hacerlo): acá tienen todo, por lo menos en cuanto a paisajes, historia, templos. Cada región, cada ciudad, cada pueblo parece ser un país distinto, y supongo que voy a ir viendo esto con más fuerza a medida que avance de una provincia a otra. Y juro que cada vez que paso por al lado de un pueblito perdido me dan ganas de intercambiar papeles con un habitante local y quedarme a vivir un tiempo en medio del verde y amarillo de las plantaciones de arroz.

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[singlepic id=2073 w=800] En las afueras de Xichang

Cada vez que me subo al colectivo me pasa lo mismo: todos me miran. Acá siempre soy minoría, el país es tan grande que los viajeros están muy dispersados y pocas veces tuve otro extranjero en el mismo colectivo que yo. Si la mirada de los asiáticos es penetrante, la de los chinos directamente me atraviesa. Me miran me miran me miran y no bajan la mirada. Pero les sonrío y me sonríen. Y después me miran un rato más. ¿Pensarán que vengo de otra galaxia?

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Los colectivos no tienen baño, así que cada dos horas el conductor hace una parada obligatoria. Mujeres, les aviso: en China, los baños públicos que están al costado de la ruta no tiene puertas (algunos ni tienen paredes). Así es, se trata de varios agujeros en el piso donde cada una debe hacer sus necesidades en público. Pero el lado positivo de esto es que como es algo tan común, nadie se averguenza ni mira con curiosidad. Y si uno está en China, habrá que actuar como los chinos nomás.

La parada obligatoria número dos es para comer, y en cada viaje se hacen dos o tres paradas.

Confieso que durante los primeros viajes en colectivo no quería llegar a destino. Mejor dicho, quería llegar y no. Llegar a un nuevo pueblo o ciudad implica poner todas mis energías en no perderme y pedir indicaciones por medio de señas. Pero después de la experiencia tan positiva en Kangding, pensé: Ya está, que fluya, de ahora en más me dejo llevar. Y me siguieron pasando cosas increíbles.

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Llegué a Xichang sin hostel, sin mapa, sin idea de nada. Fui ahí solamente porque era una parada necesaria para poder seguir avanzando hacia el sur y decidí quedarme dos noches para descansar y explorar un poco la ciudad y sus alrededores. Tenía escrito el nombre de un posible hotel (en Xichang no hay hostels ni guesthouses y todos los hoteles son bastante caros) y el número de colectivo que me llevaba hasta el centro. Así que apenas me bajé en la plaza principal me puse a buscar el hotel. Como no lo encontré, pedí indicaciones (por señas, siempre). Nadie sabía, hasta que apareció un hombre que me indicó que lo siguiera.

Caminamos hacia un edificio de oficinas, tocó el timbre en uno de los departamentos y voilá, se abrió la puerta y vi, en el fondo, iluminado cual aparición de dios, un pelo rubio. Se dio vuelta y sí, era un expatriado estadounidense que está trabajando en Xichang hace dos años, una persona que hablaba inglés en China. “Hoy este hombre estaba trabajando abajo de la ventana de la oficina, me vio asomado, me saludó y se ve que por eso te trajo acá”, me dijo. Me acompañó caminando a buscar un hotel barato y gracias a él lo encontré y encima me hicieron descuento (cada noche, 9 dólares). Mientras caminamos me contó acerca de la ciudad, me dio todas las indicaciones sobre qué ver, cómo llegar, dónde comer y después volvió a la oficina a trabajar. A veces no puedo creer la suerte que tengo en ciertas situaciones.

Xichang, además, me encantó. El clima es primaveral y está repleto de cerezos en flor, la ciudad es abarcable y fácil de caminar, hay una parte histórica que no quiere ser turística, sino que es totalmente auténtica, hay un lago a veinte minutos del centro que puede ser recorrido en su totalidad en transporte público, hay una montaña al lado del lago poblada de templos milenarios. Y Xichang es la capital del territorio autónomo de la minoría Yi. Mucho más de lo que me esperaba.

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De Xichang me fui a Lugu Lake: conjunto de pueblos a orillas de un lago, conformados por la minoría Mosuo. Y antes de bajarme del colectivo volvió a pasarme algo impensado. Tres chicas chinas que estaban viajando como yo me vieron sola y me adoptaron de amiga y de compañera de viaje por dos días. Pequeño detalle: ellas no hablaban inglés y yo no hablo chino, así que nos entendimos mediante señas, mímica, traductor, google translate y la ayuda de mi amigo de Macau, Clancy, y de mi amiga Tippi que les hablaron por teléfono varias veces y me tradujeron lo que me querían decir. Y el resto del tiempo, nos la pasamos recorriendo, comiendo y sacando fotos juntas como amigas del alma.

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La primera noche,  después de cenar, me llevaron a ver un espectáculo de danzas típicas de las mujeres Mosuo. Un show que, por lo que inferí, era “muy exclusivo”: fue en el hotel más lujoso y estaba lleno de seguridad, por lo que supuse que los invitados eran “gente importante”. Jamás entendí cómo llegamos ahí, pero (me parece) que nos colamos y entramos a ver el show, algo que jamás hubiese presenciado si no hubiese conocido a estas chicas.

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Al día siguiente “alquilamos” un combi y dimos toda la vuelta al lago, parando en todos lados para sacar fotos. Mientras dos de las chicas se subieron al teleférico, la tercera chica y yo nos fuimos a caminar por uno de los pueblitos. Llegamos a la entrada de una casa y la mujer Mosuo que estaba trabajando sentada en el piso nos invitó a acompañarla. Estaba sacando los pescados de la red y poniéndolos al sol para secar y poder venderlos. Nos trajo comidas para probar, nos invitó a tomar el alcohol que se produce localmente y hasta me regaló snacks para la tarde.

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Y ayer, por fin, llegué a Lijiang y me reencontré con Tippi, mi amiga china que vive en Malasia y está acá visitando al novio.

Espero ansiosa mi próximo viaje en colectivo. No tengo idea qué me deparará, y eso es lo que está haciendo que en este viaje por China me pasen cosas inesperadas todos los días…

Cuando te perdés en China nunca sabés quién te puede encontrar…

Breve introducción: Este es el post número 100 de Viajando por ahí. Tenía pensado hacer “algo especial” para celebrar (?), como escribir un capítulo remixado, un “post aniversario”, un backstage, algo distinto. Pero estos días me sentí tan perdida en China que no tenía mucho ánimo para hacer nada. Hasta que esta tarde, de la nada, pasó lo que pasó: una de las mejores experiencias de mi viaje, caída del cielo para compartir con ustedes en este post número cien.

***

Primera parte: Perdida entre caracteres

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Mis primeros días en China no fueron (ni son) nada fáciles. Cada vez que salgo a la calle o llego a un lugar desconocido me siento, a la misma vez, frustrada, emocionada, feliz, triste, enojada, impotente y completamente perdida. Me resulta imposible leer, por ejemplo, los horarios de los colectivos en la estación, ya que todos los nombres de las ciudades están en caracteres chinos. No puedo preguntar “qué me tomo para ir a tal lado”, porque nadie me entiende (o mejor dicho porque yo no entiendo a nadie). No puedo pedir indicaciones en la calle más que por señas o mostrando el mapa. Pierdo horas (literalmente) buscando el hostel que dice estar a 15 minutos de la estación o buscando ese templo o callecita que debería estar ahí.

Muchas veces durante este viaje me preguntaron si había tenido alguna dificultad para comunicarme con la gente local y mi respuesta siempre había sido “casi nunca”. Tuve pequeñas excepciones, sí, pero las resolví dirigiéndome a otra persona que hablara algo de inglés, apelando al dígalo con mímica o leyendo algunas frases o palabras en el idioma local. En el Sudeste Asiático se habla bastante inglés: en Malasia y Singapur es uno de los idiomas oficiales, Tailandia y Vietnam son tan turísticos que es muy fácil comunicarse o leer los carteles, en Indonesia no se habla tanto pero el indonesio es un idioma simple y entendible (y los indonesios se desviven por hablar aunque sea un poquito de inglés). Pero China es otra cosa. O por lo menos lo poco que conocí hasta ahora.

Por primera vez me siento completamente impotente frente a la barrera idiomática. Por un lado me encanta: tanto que buscaba “lo auténtico”, acá lo tengo. Estoy en un lugar del mundo que aún se mantiene “intacto” en ciertas regiones. Pero por otro lado, se me hace muy difícil viajar sola y siempre dependo de la ayuda de alguien (o por lo menos del diccionario inglés-chino que descubrí que tengo en mi celular). Sé que soy yo la que debería hablar el idioma y creanme que si pudiese hacer un curso aceleradísimo de mandarín lo haría ya mismo. Por el momento me manejo con el traductor, con papelitos escritos en chino y con mi instinto. Y estoy aprendiendo —o intentando al menos— algunas palabras y expresiones básicas.

Segunda parte: Las cartas no se equivocan

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Ayer domingo llegué (después de un viaje en colectivo de 7 horas por las montañas) a Kangding, la ciudad más grande de lo que se conoce como la Ruta Tibetana (Tibetan Highway) en la provincia de Sichuan. Mi plan era quedarme una noche ahí y viajar el día siguiente hacia Dao Cheng, un lugar con paisajes imponentes según dicen. Llegué a la estación, pedí un pasaje para Dao Cheng y lo único que me respondió la mujer del mostrador fue “no bus no bus!!” y me fletó. La llamé a Susie, la chica que me había alojado en Chengdu, para pedirle que hablara con esta mujer: al parecer estaba todo agotado hasta dentro de una semana. Así que decidí dejar lo del pasaje para más tarde e ir en busca del hostel.

Me perdí. Kanding es una ciudad que se puede recorrer de punta a punta a pie, pero yo me perdí. Obvio que iba enojadísima conmigo misma, hablando en voz alta, quién me manda a venir a este lugar, cómo puede ser que no sea capaz de leer un mapa y todo eso. Hasta que las vi. Llevaba mucho tiempo sin encontrarlas: cartas (naipes) tiradas en el piso. Un doce de trébol, un seis de diamantes, un siete de corazones, tirados en la vereda, al lado del puente. Empecé a juntar cartas abandonadas hace un tiempo, en Laos, y juro que en cada ciudad o pueblo donde encontré una tuve experiencias demasiado buenas. Las llamo las cartas del buen agüero: si aparece una es porque algo bueno me va a pasar.

Seguí caminando, igual de perdida, sin poder pedirle indicaciones a nadie. Decidí llamar al número de teléfono que había sacado de la página de internet del hostel, pero estaba fuera de servicio así que llamé a un celular que también figuraba ahí y me atendió una chica china que hablaba inglés. Le pedí indicaciones para llegar, pensando que ella trabajaba ahí, y seguí caminando por donde me dijo. A los cinco minutos, esta chica apareció enfrente mío: “you just called me” (“vos me acabás de llamar”) (no debo ser difícil de localizar: soy la única extranjera del pueblo, lo juro). Me indicó el camino otra vez, en persona, y desapareció. Y cuando le pregunté si ella trabajaba en ese hostel, me dijo que no… Qué cosa rara.

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[singlepic id=2018 w=800] Este es el “cuadrado” central de la ciudad donde, cada noche, la gente local se reúne a bailar…

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Seguí caminando, me perdí otra vez y me senté a descansar. Se me acercó una mujer muy vieja que caminaba con bastón y me empezó a hablar. Al no entender las palabras, lo que intento hacer es leer el lenguaje corporal de las personas e inferir qué me están diciendo (o por lo menos en qué tono). Esta mujer me sonrió cálidamente, me habló un poco más, me sonrió de nuevo y se fue, así que supuse que fue algo bueno. Como media hora más tarde (yo seguía buscando el hostel) me la volví a cruzar en otra parte de la ciudad. Me reconoció, se acercó y vio mi cara de estoy perdida y voy a llorar. Yo estaba sentada sobre una escalera, ella acercó su mano a mi rodilla y me hizo un gesto de “no te preocupes que todo va a estar bien”, al menos yo lo sentí así. Después me hizo señas de que durmiera y se fue.  Enseguida apareció un hombre que sabía dónde quedaba mi hostel y me indicó perfectamente. Estas personas me iluminan el día.

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Tercera parte: Encontrada por Eva y su familia

Anoche, con ayuda de un chico que hablaba inglés y el dueño del hostel, me armé una nueva ruta para llegar a donde quiero ir. El chico me escribió todas las indicaciones y detalles en chino y en inglés, así que esta mañana fui con ese papelito en mano a la estación, medio resignada a no conseguir nada. Mientras estaba haciendo la fila, apareció una chica china atrás mío que me miró y me preguntó, en inglés, a dónde quería ir. Le dije y me ayudó a sacar el pasaje. Salí sola de la estación y escuché una voz que me dijo, a lo lejos, “hello hello!”, era esta chica, Eva, que venía corriendo atrás mío junto con su mamá. Caminamos juntas toda la mañana, la mamá me cuestionó en chino y ella tradujo: de dónde sos, cuántos años tenés, estás casada, viajás sola, tenés que viajar con alguien, tené cuidado. Después Eva y yo nos fuimos a desayunar y me enseñó los nombres de algunos platos para poder pedirlos en el futuro (sí, otro detalle, todos los menúes en chino y sin fotos). Más tarde nos separamos y quedamos en encontrarnos a las 6.

A eso de las 3 de la tarde salí a caminar y sacar fotos. A las cuatro cuadras una mujer me hizo señas, emocionadísima: ni hao, ni hao! Era la mamá de Eva que estaba sentada en la plaza principal charlando con su mejor amiga. Me senté con ellas y tuvimos una no-conversación. La madre me hizo señas de que Eva se había ido a cortar el pelo y después entre ella y la amiga me hablaron como locas en chino, me hicieron preguntas, se rieron, me hablaron un poco más y yo, impotente, solamente podía repetirles wǒ bù míngbai (no entiendo). La llamé a Eva para contarle que estaba con su mamá en la plaza y apareció enseguida: estaba a pocos metros de distancia. Me dijo que la amiga de su mamá quería invitarme a su casa  a comer, así que nos fuimos las cuatro al departamento.

[singlepic id=2008 w=800] En la casa de la amiga

[singlepic id=2004 w=800] Dulces y té para empezar

[singlepic id=2019 w=800] Arroz con verduras y cerdo de plato principal

En la casa estaba la abuela de Eva, una mujer de 80 años que pertenece a la minoría Yi o Yizu. Los Yi viven en las areas rurales del sur de China, Vietnam y Tailandia. Hablan su propio dialecto, un idioma tibetano-birmano, y son, en su mayoría, pastores o cazadores nómades. Tiene su propia religión animista y muchos historiadores creen que son ancestros de los tibetanos, de los naxi y de los qiang. Y no sólo la abuela es de la minoría Yi, Eva y su mamá también lo son.

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Prepararon comida para mí y me siguieron charlando alegremente en chino, la abuela incluida. Me sirvieron una taza de té tras otras y me “obligaron” a comer mucho. La madre me repitió ochenta veces que viajara con alguien y no sola, me preguntó acerca de mi familia, de mi novio, de mi país. Creo que hace mucho no me sentía tan emocionada y feliz. Por más que no entendiera palabra, me hicieron sentir muy cómoda. Le pedí permiso a Eva para sacar fotos, con miedo de que me dijera que no (uno nunca sabe, en ciertas culturas las fotos “roban parte del alma”) y se armó la sesión de fotos. La abuela, cuando vio mi cámara, se fue disparando para el otro cuarto. Yo pensé que tal vez se había ofendido y no iba a salir más de ahí. Pero no, fue a ponerse linda. Buscó su saco, se arregló el gorro y posó para mí con su vestimenta tradicional. Y durante un rato, todas nos sacamos fotos con todas.

[singlepic id=2009 w=800] Eva y su mamá

[singlepic id=2005 w=800] La mamá y su amiga

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[singlepic id=2011 h=800] La abuela

Cuando me fui me saludaron emocionadísimas: que volviera cuando quisiera, que siempre era bienvenida, que las visitara en su pueblo (Eva y su mamá estaban de visita en Kangding), que me cuidara, que no viajara sola. Madre, amiga y abuela me saludaron desde la puerta y Eva y yo nos fuimos a caminar un rato más.

Ahora entiendo por qué fui a Kangding.

***

China es, para mí, un desafío. El desafío de buscar un lenguaje común, universal, para entenderme con personas que hablan otro idioma. Y lo mejor de todo es que cuesta, pero se puede. Estas cuatro mujeres que conocí hoy me demostraron que, a veces, las palabras no son necesarias.

Chengdu, ciudad XL

Lo primero que me llamó la atención de Chengdu —primera ciudad de China que conozco, así que todavía no puedo hablar del país en general— es el tamaño de las cosas: todo es ENORME.

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Las cuadras son larguísimas (sospecho que tienen entre 200 y 400 metros de largo), las calles son extremadamente anchas (como cruzar por Av. Libertador o Figueroa Alcorta todo el tiempo), las veredas en sí ya son unas cinco veces más anchas que en Buenos Aires (muy cómodas para caminar, eso sí). Los edificios no sólo son altos, sino que son grandotes, cuadrados, enormes, monumentales. Los templos son impresionantes (los del Sudeste Asiático, un poroto, sin desmerecerlos) y ni hablar de la estatua de Mao erigida en el centro de la ciudad. Los platos de comida “chiquitos” ya son el triple de grandes que cualquier plato que me hayan servido en cualquier país del Sudeste Asiático (o diría del mundo). Los supermercados tienen una cantidad de stock de cada producto que me supera en peso y tamaño (en las góndolas debe haber mil ejemplares de cada cosa). Todo viene en cantidades industriales y en proporciones descomunales. Será que China es así (signo de pregunta).

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Ubicarse en esta ciudad no es nada fácil: las calles cambian de nombre a cada cuadra, la numeración no sigue un orden lógico y el mapa hace que la ciudad parezca mucho más chiquita de lo que es. La disposición de las calles es, además, distinta de cualquier ciudad que conocí hasta ahora: visto desde arriba, la ciudad está conformada por cinco círculos concéntricos y callecitas que salen de ahí. Esto hace que me pierda constantemente y que no pueda llegar a ningún lugar caminando.

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Chengdu es una ciudad gris en la que el sol no logra traspasar la niebla (¿o la contaminación?) y se ve, de día, como una luna un poquito más amarilla o roja (según la hora). Ver los árboles pelados me hace sentir que a esta ciudad, el invierno le queda bien. Tal vez si hubiese llegado en verano diría otra cosa, pero siento que Chengdu combina con invierno. Es una ciudad que me parece silenciosa: será que al ser tan grande los ruidos se pierden enseguida, o será porque todos andan con motos eléctricas que pasan desapercibidas (no tienen sonido). La gente está en la suya: muchos juegan a las cartas o al mahjong en la vereda, otros escuchan música sentados en las plazas, muchos se van de shopping (nunca vi tan ropa tan linda y TAN BARATA), pero la mayoría vive una vida como en cualquier ciudad: de casa a la universidad o de casa al trabajo. La comida es famosa por ser picante y los programas más populares son sentarse a tomar el té en una “tea house” o ir a comer hot-pot con amigos.

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[singlepic id=1964 w=800] Limpiadores profesionales de orejas

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Con sus 11 millones de habitantes, Chengdu es una de las cinco ciudades más grandes de China, una de las que tiene mejor calidad de vida y un lugar no demasiado turístico. Muchos usan Chengdu como punto de partida para viajar al Tíbet, o (como yo) para ir a Lijiang, pero no sé si hay gente que viaje exclusivamente a esta ciudad. Sin embargo, como introducción, me gustó.

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[singlepic id=1958 w=800] Mezquita con estilo chino

[singlepic id=1957 w=800] Barrio islámico (chinos musulmanes!)

[singlepic id=1960 w=800] El barrio tibetano… me encanta

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[singlepic id=1962 w=800] Mujeres conductoras de colectivo!

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[singlepic id=1965 w=800] Che Guevara presente

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[singlepic id=1968 h=800] Pandas y más pandas

就在中国旅游 (Viajando por ahí en China)

I. Los no-preparativos

Saqué el pasaje sin pensarlo. Estaba en Penang (Malasia) con mi amiga china Tippi al lado, mirando los precios de AirAsia en internet. Había decidido ir a China hacía pocos días y ella fue la que me dijo Andá a Chengdu así nos encontramos una semana después en Lijiang, que está cerca. Perfecto. Saqué el pasaje para Chengdu nomás, sin tener ni idea del lugar en el que iba a aterrizar.

Los días previos no planee demasiado. Voy a ser sincera: no planee nada. Leí un poco acerca de Chengdu y nada más. Estaba tan concentrada escribiendo artículos y disfrutando los días con Delfi, mi amiga argentina con la que pasé una semana en Malasia, que no tuve tiempo de nada y el día llegó demasiado rápido. Me dejaré sorprender, pensé confiada y canchera.

(Al margen: cuanto más viajo más me pasa lo siguiente: ¿cómo planear un viaje cuando ese viaje ya no es un paréntesis sino parte de mi vida cotidiana? Sería como querer planear con anticipación lo que quiero hacer durante dos meses en Buenos Aires, salvando las distancias.)

Pocos días antes de tomar el avión me fui enterando de algunos datos y empecé a caer en la magnitud que implica viajar a China. Primero, temperatura en Chengdu: 5 grados. Bárbaro, después de un año ininterrumpido de verano y humedad, un poco de frío no viene mal, aunque lo de 5 grados fue medio shock. Pero bien, Tippi me prestó ropa de invierno y me compré unas medias largas (?). Otro día, una mujer que acababa de volver de Chengdu me dijo así al pasar “…es una ciudad de más de 10 millones de habitantes…”. Y yo, QUÉ. Y mi amiga Delfi me dijo una gran certeza: acostumbrate, es China, todo va a venir en grandes cantidades. Ajá.

II. Volando por ahí

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Llegué al aeropuerto de Kuala Lumpur tranquila. Aunque en la sala de embarque empecé a caer. Entraron unos 400 chinos en malón (tantos, que pensé que Air Asia iba a poner dos o tres aviones para el vuelo), hablando fuertísimo, riéndose, peleándose (o no, a veces uno no sabe en qué tono se están tratando). 400 chinos y yo. Si había cinco extranjeros más era mucho.

El avión de Air Asia era un Xtra-Large (así lo llaman), con espacio para 400 chinos. Y yo. Nunca, juro que nunca, vi gente tan (perdón pero necesito el término argentino) quilombera como los chinos con los que compartí el avión. Hablaron a los gritos durante las 4 horas de vuelo, algunos incluso se levantaron del asiento mientras el avión despegaba (las azafatas se hartaron de rogarles educadamente y los hicieron sentar a la fuerza), el capitán tuvo que pedirles por los altoparlantes que se quedaran sentados porque había turbulencia. Tremendo. Agitaron como locos. Faltaba que se tiraran papelitos y tizas de un asiento al otro.

Apenas aterrizamos salieron todos abalanzados. Nunca vi semejante velocidad.

Hice la fila para tomar uno de los taxis oficiales del aeropuerto hacia la casa de Susie, la chica de Couchsurfing que me está alojando, y ahí empezó la historia.

Taxista: —我们去哪儿?(apelo a Google Translate para lograr más efecto, no tengo idea qué me dijo el hombre)
Le muestro mi ipod con la dirección de Susie escrita en chino.
—完美,让?
—Yes.
Y pienso: sí, supongo que sí. A rezar.

Susie me había dicho que fuese hasta la puerta principal de la Universidad Tecnológica de Chengdu y que la llamara para que me buscara ahí, ya que su casa está adentro del complejo universitario y es difícil de encontrar. Detalle: me subo al taxi, intento llamarla con mi número de Malasia y una voz en chino me dice:  对不起,没有这个通话信用. No tengo más crédito. Es la 1 de la mañana y no tengo manera de avisarle a Susie que ya llegué y que tiene que buscarme en la puerta. Esta noche duermo afuera.

El taxista me deja en la puerta de la Universidad, pero yo pienso: No me bajo de acá sin haber llamado a Susie. “Charla” entre el taxista y yo:

—English?
—不,不,我不明白
—I need to call my friend (podría haberlo dicho en castellano que daba igual)
—我们到达时,得到
—My friend, call.
Y le señalo mi celular desesperada.
—是的,大学就在这里
Se me ocurre hacerle escuchar la grabación que dice que no tengo más crédito.
—啊!但你有没有更多的功劳!
Le señalo su celular. Y me lo presta. VAMOS TODAVÍA. La llamo a Susie y le aviso que estoy.
—xie xie (gracias), le digo al taxista (lo único que sé decir en chino)
—欢迎你

Sospecho que me paseó pero lo perdono porque me prestó el celular y me salvó la vida.

Llega Susie y nos vamos a su casa. Me voy a dormir, por fin. Y la mañana siguiente me despierto… en China, en una ciudad donde nadie habla inglés, en el país con mayor cantidad de habitantes del mundo, en el corazón de Asia.

Todavía no termino de caer.

***

Primeras imágenes de Chengdu

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