Días asiáticos (en Buenos Aires)

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

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Todo empezó cuando salí del edificio de mi mamá en la bici y, adelante mío, apareció una chica de nacionalidad indudablemente indonesia. Estaba vestida con una camisa de tela batik —típica de allá—, también estaba subida a una bici y tenía toda pero toda la cara de ser indonesia. La miré, me puse al lado en la bici, quise hacer contacto visual para preguntarle si efectivamente era de allá, pero durante el microsegundo que me miró me petrifiqué y no le pregunté nada. Después se fue y no me animé a emprender una persecución por las bicisendas de Buenos Aires.

[singlepic id=2753 w=625 float=center] Mujeres confeccionando batik en la isla de Java (Indonesia)

Me quedé pensando en lo que podría haberle dicho: “Aku cinta Indonesia” (“Amo Indonesia”) o “Kamu bisa bicara bahasa spanyol?” (¿Hablás español?). La hubiese descolocado un poco, ¿no? No creo que sea muy común que alguien la frene en pleno Buenos Aires y le hable en su idioma. Pero no me animé. Me agarró pánico escénico, estaba en shock (en realidad la que estaba descolocada era yo, que jamás imaginé encontrarme a una persona de Indonesia en el mismo edificio).

Más tarde comprobé que, efectivamente, en el edificio de mi mamá vive una familia de Indonesia, así que la próxima vez que vaya me quedaré haciendo guardia en la puerta o les tocaré el timbre haciendo de cuenta que me equivoqué de piso. ¡Me muero por conocerlos! Quiero escuchar cómo hablan español, si es que lo hablan, y con qué acento les sale; quiero saber qué piensan de la vida en Argentina, de qué parte de Indonesia son, hace cuánto que viven acá, si extrañan el sambal (la salsa picante que le ponen a todo) y el nasi padang (comida típica de una región de Sumatra). La próxima vez juro que me voy a animar.

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Esa misma tarde salí a caminar por la zona de Retiro. En realidad no lo tenía planeado, pero justo andaba por ahí y tenía tiempo, así que di una vueltita por Plaza San Martín y alrededores. Y oh sorpresa, adivinen qué pasó. Me crucé con una familia de Indonesia: sí, madre (con velo y todo), padre (con el gorrito típico) e hijo. Miré para atrás para comprobar que no hubiese cámaras siguiéndome y todo aquello no fuese un reality show, pero no, eran reales y pasaron caminando al lado mío. Probablemente siempre estuvieron en la ciudad, pero tuve que ir hasta Asia y volver para reconocerlos.

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El sábado salí a pasear por la ciudad con mi familia. No teníamos ningún plan y se me ocurrió, de la nada, ir un ratito al Jardín Japonés. Llegamos a eso de las cinco de la tarde y había bastante gente; al principio pensé que era “porque era sábado”, pero cuando vi que la mayoría de las personas estaban disfrazadas empecé a sospechar, y cuando me di cuenta de que eran disfraces de personajes de animé japonés… no lo pude creer. Habíamos caído en una jornada de manga y animé que se hace cada tres meses en el Jardín Japonés (y durante el resto del tiempo en otros lugares). Así que fue un momento ideal para sacar fotos.

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A las seis, cuando el Jardín cerró, pensé en voz alta: “Hace mucho que no voy al Barrio Chino”, y mi mamá, emocionada, me respondió que fuéramos para allá porque ella también quería verlo. Así que un rato más tarde estábamos pasando bajo el arco que marca la entrada al Chinatown porteño. Caminamos entre mercaditos, vimos lámparas rojas y vendedores de snacks chinos argentinizados, y por un rato sentí que estaba de vuelta en Asia.

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Y mis días asiáticos terminaron hoy, hace unas horas, cuando visité la mezquita de Palermo, una de las más grandes e importantes de Sudamérica. Todavía no entré, lo tengo pendiente junto con el stalking a la familia indonesia del edificio.

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Todos estos encuentros fortuitos con la cultura asiática en Buenos Aires me hacen pensar en que siempre hubo pedacitos de aquel continente en esta ciudad, pedacitos que van más allá de “los supermercados chinos”, “las tintorerías japonesas” o “el sushi”, pero que recién pude descubrirlos después de haber viajado por Asia y de haber adquirido algo así como el radar o la mirada asiática.

El ceviche y los recuerdos

Cuando nos trajeron el plato de ceviche a la mesa quedé hipnotizada, no me animaba a empezarlo por miedo a que se terminara demasiado rápido. Apenas probé el primer bocado de lenguado con camote recordé cuánto me gustaba esta comida; y, en menos de un segundo, me transporté al 2008.

Me acordé de la vez que Vicky, mi amiga y compañera de viajes argentina, me quiso hacer probar el ceviche en Arequipa (Perú) y no me animé (me daba un poco de nosequé que fuera pescado crudo). En aquella época (principios de mi viaje, 2008), todavía no me animaba a probar tantas comidas nuevas.

Me acordé, también, de la vez que Fabricio, un amigo peruano, me llevó a comer ceviche por primera vez. Fuimos a uno de los lugares más emblemáticos de Lima (“El verídico de Fidel”), cerca del estadio de Alianza Lima. Fidel, el dueño de aquel restaurante, había empezado su “carrera” de cevichero vendiendo ceviche a los futbolistas en un carrito a la salida del estadio; con el tiempo su puestito se hizo tan popular que terminó poniendo un restaurante (considerado uno de los mejores de Lima). Ahí, el plato de ceviche cuesta alrededor de 30 soles (11 dólares).

Me acordé, además, de la vez que Mirla, la hermana de Fabricio, me compró una bandejita de ceviche en el Puente Atocongo por 2 soles (menos de un dólar) y lo comimos en la combi camino a Punta Negra. Según mi amiga Olga, comer un ceviche en ese puente es como comprarse un choripán de dudosa procedencia por 2 pesos debajo de alguna autopista. Estaba buenísimo.

También me transporté a Singapur: hace unos meses me alojé en la casa de Kuni, un couchsurfer japonés, junto con un boliviano, un peruano, un colombiano y dos mexicanos. Kuni preparó, en nuestro honor, una cena latinoamericana: había empanadas, lomo saltado y… ceviche. Fue lo más cerca de Perú (y de América latina) que estuve en Asia.

Y me acordé de la última vez que lo comí, en el 2009, en un restaurante peruano en Buenos Aires.

Cebiche en Singapur preparado por Jennifer, una couchsurfer de Singapur

La cena latina en Singapur

La primera vez que viajé a Perú no sabía muy bien qué era el ceviche (aunque después de probarlo, juro que jamás lo olvidé). Como algunos restaurantes ofrecían ceviche, otros cebiche y algunos hasta “seviche”, pensé que cada nombre correspondía a una forma diferente de preparar el plato. Después descubrí que así como no existe una única receta, tampoco hay diferencia entre escribirlo con B y con V.

¿Por qué se llama “ceviche”? Algunos creen que el término “ceviche” proviene de Sea Beach, que era la expresión utilizada por los marineros ingleses para pedir este plato en los puertos peruanos; hay quienes aseguran que esta palabra tiene su origen en el término árabe sibesh y otros dicen que proviene de la palabra quechua siwichi, que significa pescado fresco o tierno. Tal vez alguno de mis amigos/lectores peruanos pueda orientarme al respecto. :)

¿Cuáles son sus ingredientes? Pescado fresco crudo (generalmente se hace con lenguado), limón, cebolla roja, ají, ajo y sal. Para prepararlo, los ingredientes se mezclan y se dejan marinar en el limón; luego a eso se le puede agregar mariscos, choclo, papa, camote, pulpo o cualquier acompañamiento a gusto. Es el plato nacional de Perú; un orgullo tan grande que fue nombrado Patrimonio Cultural de la Nación.

Y, confieso, es uno de mis platos preferidos en el mundo…  

Con canchita serrana (un tipo de choclo seco y frito) para acompañar

“Ani, ¡estás como en limbo!”, me dijo Olga mientras comía el ceviche en estado de éxtasis.

 Y sí, es increíble cómo un sabor puede traerme tantos recuerdos.

Ensayo sobre la letrina

Advertencia: el post de hoy puede rondar lo escatológico. Tal vez. En realidad no sé. Recién lo empiezo y ya veremos en qué deriva. Pero les aviso por las dudas. Pido perdón si alguno se siente ofendido por este tipo de posts, pero creo que son absolutamente necesarios.
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La Cascada de Inodoros (Foshan, China), para ir entrando en clima

Cada vez que, en Argentina, hablo de la letrina (lo que en inglés se conoce como squat toilet y se traduce como “baño en cuclillas”), la gente me mira con cara de “QUÉ HORROR”. No solamente ponen la cara sino que me lo dicen: “¡Qué horror que no haya inodoros en Asia! ¡¡Yo me muero si tengo que usar un hueco en el piso!! ¡No podría!”. Y si llego a mencionar, como al pasar, frente a estas caras de horror, que si me dan a elegir yo prefiero “el hueco” porque es más higiénico y más natural, ya me miran con cara de que pasé demasiado tiempo en Asia o de que soy una persona muy rara y con razón viajo a esos lugares tan lejanos en los que todos hacen sus necesidades en otras poses impensables para nosotros que estamos acostumbrados a sentarnos en un trono y leer tranquilamente el diario o las etiquetas de las botellas de shampú.

En ninguno de mis post hablé de uno de los lugares (o tal vez EL lugar) más visitados en cualquier viaje: el baño. Forma parte tan básica de nuestra rutina que me olvidé de mencionarlo, y estoy segura (segurísima) de que hay más de un interesado —o por lo menos curioso— en saber cómo se realiza dicha actividad en otras partes del mundo. Y no me digan que no porque no les creo.

El baño indonesio

Les presento un típico baño indonesio:

Un clásico baño indonesio

No importa de qué tipo de casa se trate, los elementos básicos de baño y la disposición siempre es la misma: la letrina enclavada sobre un escalón, un contenedor de agua potable/limpia debajo de una canilla (puede ser un balde o una especie de bañadera cuadrada empotrada en la pared), un baldecito de mano multiuso con forma de cacerola (sirve para “tirar la cadena” y para bañarse) y una manguerita a pocos centímetros del piso (esta a veces está y a veces no, si falta, su función la cumple el baldecito). En general no hay bañadera o espacio delimitado de “ducha”, sino que todo el baño se utiliza como ducha y el piso tiene un pequeño declive que hace que el agua desagote por la rejilla; tampoco hay lavatorio ni espejo (en los baños públicos están afuera).

Los indonesios son extremadamente higiénicos y se horrorizan (la cara de qué horror existe en todo el mundo) ante aquellos que usan papel higiénico para limpiarse: allá se usa la manguerita para todo (que sería casi como el equivalente de nuestro bidet pero sin tanta parafernalia). Para bañarse, sacan agua del contenedor de agua potable con el baldecito de mano y se la tiran sobre el cuerpo, a modo de ducha manual. Jamás hay que meterse “dentro” del contenedor de agua limpia, aunque tenga forma de mini bañadera, ya que es la reserva de agua que se comparte entre todos los que viven en la casa. Algunos baños tienen ducha de mano, pero son los menos. La manguerita NO se usa como ducha, por si se lo estaban preguntando. Tampoco hay cortina de baño.

El baño indonesio es muy simple, pero puede desorientar a los recién llegados. En ciertos sectores del país existe otro tipo de baño que directamente no tiene ni letrina ni nada: esos baños tienen la reserva de agua potable, como todos, y un pequeñísimo agujerito en el piso del diámetro de un vasito de plástico. En ese caso, se hace todo en el piso y se limpia con el baldecito de agua.

Lo que varía en Indonesia, por lo menos en mi experiencia, es el tamaño del cuarto de baño. Hay algunos donde apenas hay espacio para entrar y otros que son grandes como un dormitorio —son esos lugares en los que uno piensa al entrar: “Acá puedo bailarme un vals”—.

El infame baño chino

Pongo flores para que huela bien

Si tienen pesadillas recurrentes con baños públicos, mejor ni lean este apartado.

Yo, personalmente, tuve el mismo sueño durante varios años: tengo que ir al baño y los inodoros están en medio del espacio público (generalmente un shopping, edificio o parque) sin ningún tipo de cubículo o paredes que los contengan y los escondan de la vista de los demás. Me da tanta vergüenza que la gente me vea que no puedo hacer nada. Estos inodoros públicos enclavados en lugares llenos de gente tienen, a su vez, el diámetro de una pelopincho (piscina) chiquita, lo cual aumenta mi terror y mi inhibición.

Bueno, en China superé cualquier tipo de trauma y nunca más volví a tener estos sueños/pesadillas.

Antes de viajar a ese país tuve la siguiente conversación con una amiga china-malaya:

—Si vas a China, llevá paraguas.

—¿Por qué? ¿Llueve mucho?

—No, es que los baños públicos no tienen puertas…

—…

—… entonces cuando entrás a uno, te acuclillás, abrís el paraguas y lo usas de escudo para que nadie vea nada.

Fue un sabio consejo. Igualmente no llevé nada.

Mi primer encuentro con los infames baños chinos fue al costado de alguna ruta en el sur del país. El colectivo frenó frente a restaurante y fuimos en masa a los baños públicos que estaban atrás. Cuando entré me encontré con lo siguiente (no tengo fotos así que recurro a mis dotes descriptivos): 1) un agujero rectangular de un metro de profundidad que iba de punta a punta y estaba claramente en declive hacia la derecha, hacia donde se dirigía todo y desagotaba —para imaginar la forma del agujero, piensen en 20 cajas de zapatos, una al lado de otra en fila—, 2) paredes paralelas de no más de un metro y medio de altura que formaban espacios delimitados (símil “baños”) y 3) ninguna puerta que tapara a la mujer que se acuclillaba entre estas paredes paralelas con un pie de cada lado del agujero.

He aquí un maravilloso dibujito hecho por mí en una servilleta para que visualicen mejor el baño al que me refiero (no digan que no les avisé):

Planito del baño visto desde arriba

Miré a mi alrededor y me mandé: nadie miró absolutamente nada, no es que se formó un grupo de chinas que se puso a sacar fotos de mi hazaña. No, a nadie le importó. ¿Cómo les va a llamar la atención que yo esté haciendo algo que allá es normal? Creo que más les hubiese extrañado que solicitara, a los gritos, un inodoro o por lo menos una silla sin fondo.

Y así fue como terminaron mis traumas bañísticos. Cuando uno viaja aprende a adaptarse a la realidad que haya.

Algunas aclaraciones acerca del resto de los baños asiáticos:

Baño para perros en Macau

Antes de que se asusten del todo, voy a aclarar algunas cosas.

Primero, si viajan “cinco estrellas”, nunca jamás van a tener encuentros cercanos con este tipo de baños, a menos que sea por razones de fuerza mayor.

Segundo, sacando los baños de ruta y los baños de estación de tren o colectivo, la mayoría de los que usé estaban en buen/perfecto estado y relativamente/muy limpios. Fueron pocas las veces que realmente me espanté al entrar a un baño.

Con esto se limpian los baños en Macau. Digo.

Tercero, casi todos los shoppings o restaurantes “internacionales” tienen las dos opciones, inodoros y letrinas, y están muy limpios. Lo mismo con los hoteles y hostels, es muy común que tengan inodoros pensados para los extranjeros. Hay casas particulares que también tienen inodoro.

Cuarto, en Asia es muy común tener que pagar unos 10 centavos de dólar por usar el baño público, especialmente en Indonesia, Malasia y Singapur.

Quinto, en todos los países del mundo existe un tercer tipo de baño que no es ni inodoro ni letrina: se llama el baño natural y es aquel que existe atrás de cualquier árbol, en cualquier zona con pasto y al costado de cualquier ruta. No lo desestimen que en algún momento van a tener que usarlo. Nadie se salva.

“Mira Simba… todo lo que toca la luz… es baño”

Sexto, si se preguntan cómo exactamente se usa la letrina, nunca olviden esta pose:

Esta es la clásica pose asiática. Siempre están así. En la calle, en la casa, esperando el colectivo, fumando, a veces incluso comiendo…

Séptimo, recuerden que la normalidad varía de país en país, y que si en un país se usa determinado tipo de baño, es porque es lo normal y aceptable. Si les gusta viajar, aprendan, ante todo, a adaptarse a la realidad de cada lugar.

Arriba vs. Abajo, Sentado vs. Acuclillado, Silla vs. Piso…

Esta diferencia en las costumbres de baño es solamente una de las tantas dicotomías entre Oriente y Occidente que fui descubriendo durante el viaje. Lo que acá se hace “más desde arriba”, allá se hace “más cerca del piso”. Es como la comida: allá se come sentado en el piso, casi no se usan las sillas ni las mesas (o se usan, pero son muy bajitas), y acá es todo lo contrario. En Asia hay cierto “contacto con la tierra” (no sé cómo llamarlo) que acá no es común.

Sobre gustos no hay nada escrito, dicen. En mi opinión, en cuanto a baño público, la letrina me parece una opción más higiénica, ya que lo único que hay que hacer es apoyar los pies y no es necesario tocar absolutamente nada. Después en cuanto a comodidad, cada cual tendrá sus preferencias. Lo que sí es cierto es que “la pose de la letrina” es más natural y mejor para el cuerpo, a diferencia de “la pose del inodoro”. Una amiga que estuvo varios meses viajando por la India me dijo algo que me resultó gracioso y acertado: se acostumbró tanto a los baños “bajos” que cuando vio nuevamente un inodoro le pareció un trono casi burdo de estilo rococó. En pocas palabras: le pareció demasiado.

¿Tienen alguna experiencia, historia o anécdota? ¿Un baño fuera de lo común al que no hayan sabido como enfrentarse? Me encantaría saber cómo son los baños en otras partes del mundo, ya que las costumbres de baño también forman parte de y definen a una cultura.

En los baños chinos no habrá botellas de shampú legibles (por lo menos para nosotros), pero en algunos hay dibujitos como este en la puerta, del lado de adentro. Me gustó tanto que salí del baño, busqué la cámara y me metí a sacar fotos como una loca.

Ah, y ya que estamos: la mayoría de los nenes chinos no usa pañales

Volando por ahí: de Indonesia a Buenos Aires en 35 horas

Amanece en Ciudad del Cabo (Sudáfrica)

Creo que no hay viaje más largo que el viaje de regreso.

A mí me llevó más de 35 horas y me pareció como estar una semana en un limbo a miles de metros de altura. Pero a la vez, cuando aterricé, sentí que todo había pasado muy rápido.

Vuelo #1: Yogyakarta – Jakarta

Salí de Yogyakarta (Indonesia) a las 12.45 del mediodía del martes 26 de julio. La despedida no fue un “chau hasta nunca”, sino un “Asia, nos vemos pronto”. Como dirían en Indonesia: sampai jumpa lagi (“until we meet again”). El avión #1 (Air Asia) me llevó de Yogyakarta a Jakarta en una hora. Ese mismo camino de 8-10 horas que hice tantas veces en tren esta vez fue rápido y por arriba.

No soy fanática de viajar en avión, me gusta más ir en tren o bus por tierra, pero creo que los aeropuertos son lugares muy interesantes para aquellos que disfruten observar. Los aeropuertos son micromundos: en esos espacios se mezclan personas de todas partes del mundo, de distintas religiones, con distinto color de piel y se escuchan mil y un idiomas. Y cada aeropuerto, además, sintetiza la cultura del país al que pertenece. En el de Indonesia, por ejemplo, entré a una librería y lo primero que vi fueron muchísimos libros de fotografía (a los indonesios les encanta sacar fotos), en Malasia, en cambio, había más libros de actualidad y política. Y los souvenirs, si bien no me gustan, dicen mucho de un país: en Indonesia, el batik habla del arte, en Malasia, la cantidad de free shops y negocios habla del consumismo, en África, los tambores hablan acerca de la música…

Mientras esperaba el segundo vuelo en el aeropuerto de Jakarta me senté en un rincón y me puse a mirar las fotos que imprimí en Yogyakarta antes de irme. Uno de los guardias del aeropuerto se me acercó y me preguntó con cara muy seria: “¿son cuadros?”. Le dije que no, que eran fotos y me preguntó si las había sacado yo. Cuando le respondí que sí no dijo nada más y se fue. A los cinco minutos se me acercaron otros dos: “¿de dónde son esas fotos?”, “de Asia”, “¿y tenés de Indonesia?”, “sí”, y se las mostré. Pero me hablaron con tal seriedad que no sé si me lo preguntaban de curiosos o si era porque esto de trasladar fotos impresas de un país a otro rompía algún tipo de ley.

En el aire

Vuelo #2: Jakarta – Kuala Lumpur

Finalmente, más de 4 horas de espera después, embarqué en el primer tramo del vuelo Jakarta (JKT)  – Buenos Aires (EZE) y, dos horas de vuelo después, llegué a Kuala Lumpur (Malasia).

Durante las 5 horas de espera en el aeropuerto de KL me sentí más en Argentina que en Asia: la mayor cantidad de los pasajeros que esperaban conmigo eran argentinos. Cuando me subí por fin al avión #3 me di cuenta de lo tragicómico de la situación: en un avión repleto de argentinos, ninguno me reconoció como argentina. La primera que me lo demostró fue la azafata (argentina), que directamente me habló en inglés. Y como si fuera poco, al chino que se sentaba al lado mío, que claramente era chino y tenía cara de no hablar inglés, le habló en argentino: “tu asiento es el de la ventanisha”. Más tarde me levanté para ir al baño y un nene, argentino también, me habló en inglés. Respondí de la manera más argentina posible, haciendo énfasis en el “shh” de las “ll” y de las “y”.

Vuelo #3: Kuala Lumpur – Ciudad del Cabo

El vuelo de Kuala Lumpur a Ciudad del Cabo (Sudáfrica) duró unas 10 o 12 horas (ya ni me acuerdo). En esas horas cené dos veces, desayuné dos veces y me sentí completamente perdida en los husos horarios. Además la ansiedad no me dejó dormir.

Ciudad del Cabo desde el cielo

Ciudad del Cabo II

Ciudad del Cabo me pareció muy linda desde el cielo: casitas bajas de colores, montañas arrugadas, la playa y un amanecer naranja. Qué silenciosas que son las ciudades vistas desde arriba.

El avión hizo una parada de una hora y media, así que decidí bajar para ver el aeropuerto. En el aeropuerto éramos todos argentinos. Entré a un negocio de souvenirs típicos de África con la cámara y me puse a mirar los tambores, tazas, manteles y telas que vendían. Cuando salí me crucé con un señor argentino que claramente pensó que yo era de cualquier otro país menos de Argentina, miró mi cámara (tengo una Nikon D90), siguió caminando y dijo en voz alta, con un tono de total desagrado: “¡qué lenteja que tiene! ¡por favor!” como si yo fuese una turista que anda con una lente telescópica apuntando a todo ser que se me cruza. Sí señor, la “lenteja” a la que tan cálidamente se refirió es la lente de 18-105 mm que viene con la cámara. Lástima que en ese momento no supe cómo reaccionar, pero creo que el “qué lenteja” quedó para la historia.

Souvenirs africanos

Vuelo #4: Ciudad del Cabo – Buenos Aires

Finalmente el avión despegó y cruzó el Atlántico para ir de Ciudad del Cabo al destino final: el aeropuerto de Ezeiza. Ese fue el tramo que más largo se me hizo: dormí muy poco, me miré todas las series y películas que ofrecían en el servicio de entretenimiento, leí, me marée, intenté dormir más y miré el reloj mil veces, pero el tiempo no avanzaba. Cuando aterrizamos lo único que pensé fue POR FIN. Fue el viaje en avión más largo de mi vida.

Primera vista de Buenos Aires

Aterrice sobre una Buenos Aires invernal, con árboles pelados y calles frescas. Mi familia me recibió en Ezeiza y cuando íbamos por la ciudad en el auto me pasaron dos cosas que me demostraron que mi chip sigue en modo Asia.

Primero, me sorprendí al ver que todos los carteles estaban en español. Leí todo lo que pude, absorbiendo cada palabra: compostura de calzado, hay maracuyá y arándanos, parrilla argentina, votá a Mauricio, elegí a Filmus, estacionamiento 24 hs, panadería. Pero cuando leí la campera de los recolectores de basura, en vez de leer “Jugá”, leí “Yú-ga”, la misma palabra pero… ¡en indonesio! (que significa “también”).

Y segundo, dije en voz alta, sin darme cuenta de por qué lo decía: “qué vacías que están las calles… ¿dónde está la gente?”. Y unos minutos después caí: en Asia el espacio privado está completamente volcado al espacio público. La gente cocina en la calle, juega a las cartas y al ajedrez en las veredas, las motos y los carritos circulan entre medio de los autos, las personas están siempre afuera. En Buenos Aires esa cultura callejera es mucho más acotada, no es el caos de sonidos, colores y olores que forman el paisaje urbano de las ciudades asiáticas.

Buenos Aires me parece extraña y familiar a la vez, aunque la verdad es que todavía no caigo que estoy acá. Fue todo muy rápido, si bien el vuelo fue larguísimo, siento como si me hubiese teletransportado. Mientras miraba la ciudad a través de la ventana del auto, me dio la sensación de que alguien había fabricado “personajes porteños típicos” con cartón y los había ubicado en lugares estratégicos: el paseador de perros, los carniceros charlando detrás del mostrador, las mujeres con tapados de piel que entraban a las sastrerías, los encargados apoyados contra el marco de la puerta de los edificios, los verduleros que se agachaban a juntar las verduras, los chicos que iban en bicicleta con la guitarra en la espalda, las chicas que iban caminando mientras mandan mensajitos en el celular. Tan rara me sentí que hasta la saqué fotos a una parrilla y a una verdulería, como si las hubiese visto por primera vez en mi vida.

La foto no es muy buena pero sirve de ejemplo. Vi la parrilla desde el auto y me encantaron los colores.

La verdulería

Estoy acá pero siento que estoy metida en un sueño. Como bien me dijo una amiga hoy, “después de un viaje largo, el cuerpo vuelve… pero el alma tarda un poco más en llegar”.

Mi primera exposición de fotos en Yogyakarta, Indonesia

Lo bueno de frenar el viaje y establecerse en un lugar es que uno empieza a conocer gente y rincones a los que jamás hubiese llegado estando solamente de paso en la ciudad.

Si hace tres semanas alguien me hubiese dicho que iba a conocer a una mujer española que vive acá en Yogyakarta hace 25 años y tiene un centro de cultura española donde enseña el idioma y cocina comida típica… no lo hubiera creído. Y si me hubiesen dicho, además, que esa mujer iba a tener “una pared de más” pensada para exponer fotos de viajeros… iba a pensar que era un chiste de mal gusto. Pero así fue, y todo gracias a Facebook.

Casi no sabemos quién agregó a quién, pero entramos en contacto por otro contacto en común, de casualidad. Cuando leí el perfil de Paloma y descubrí que era española, vivía en Yogyakarta, estaba casada con un indonesio y tenía dos hijos, la contacté. Me dio mucha curiosidad conocerla. Y así fue como llegué a Sheila Corner, el restaurante/instituto español del que es dueña. Gracias a ella, en pocos días conocí argentinos, chilenos y más españoles que también viven en esta ciudad de Indonesia, así como indonesios que están estudiando español para aplicar a becas en España o América latina. Al final, no estamos tan lejos.

Sheila Corner de afuera

Paloma me dijo que había visto mi blog y le habían gustado mucho mis fotos, y así, tampoco sé bien cómo fue, surgió la idea de colgar algunas fotos de mi viaje por Asia en esa pared de más. La consigna: que no fuesen fotos de Indonesia, solamente de otros países asiáticos.

El primer paso, y tal vez el más difícil, fue seleccionar las fotos. Si les digo que tengo más de 15.000 fotos de Asia no estoy exagerando (creo que son más). Algunas me gustan, otras me parecen normales, algunas tienen mucho valor “emocional”, otras no me parecen gran cosa. Así que por ser mi primera vez, decidí elegir las que tienen más valor emocional, por haber sido sacadas en “momentos especiales”. Esta fue la selección final, en total colgué doce:

Empezando de arriba, de izquierda a derecha, las fotos son de Laos, China, Hong Kong, Hong Kong, Camboya, Camboya, Laos, Macau, China, Vietnam, Filipinas, Malasia.

El siguiente paso fue imprimirlas. Encontré un lugar donde imprimen en papel Kodak en una hora y salen muy bien. Cada foto en 20 x 30 cm me costó 5500 rupias (65 centavos de dólar o 2,65 pesos argentinos). La calidad es excelente, pero para la próxima quiero imprimirlas un poco más grandes.

Después, el enmarcado. Acá en Yogyakarta hay una zona donde se hacen piguras (marcos) a pedido, son pequeños talleres que dan a la calle, donde se puede ver a los hombres trabajando la madera en las veredas. Me recomendaron uno de esos puestitos así que ahí fui.


Temía que me cobraran “extra” por ser extranjera, pero el precio, en mi opinión, fue justo. Le pedí al marquero que montara las fotos sobre un bastidor de madera negro (no sé cuál es el término correcto para esto) y le dejara un extra de un centímetro por lado para crear un marquito negro. No le puse ni cristal ni plástico por delante porque me parecía que opacaba un poco la foto y que iba a ser demasiado. Total por marco: 10.000 rupias (1,17 USD o 4,80 pesos argentinos). Ni tuve que pedir descuento, fue el precio que me dijo de entrada y lo acepté.

La noche antes de ir a buscar las fotos enmarcadas soñé de todo: que me las habían enmarcado con un marco marrón y blanco de plástico, que habían cortado las fotos para que midieran 10 x 10 cm y les habían puesto un marco de 50 x 50. Tenía un poco de miedo. Pero no, quedaron re bien, tan lindas que quisiera enmarcar más y llevarlas a Buenos Aires, pero dudo que pueda (por el peso).

Finalmente las llevé terminadas a lo de Paloma, las colgamos y les escribí los cartelitos con la información correspondiente a cada una.

Anunciamos la “mini-expo” en facebook y en el pizarrón, debajo del señor del tarot que va todos los jueves :D

Paloma me sugirió que pusiera las fotos en venta. Fue difícil ponerles precio, ya que jamás vendí una foto así y no sé cómo se calcula (si alguien puede orientarme, estaría agradecida). Finalmente, cada foto quedó a 50.000 rupias (5,85 USD o 24 pesos argentinos), un precio accesible para “el bolsillo indonesio” (tengan en cuenta que acá se puede comer por menos de un dólar). Una chica las vio, le encantaron y me compró tres. No voy a poder llevarme muchas a Argentina, así que veremos si se vende alguna otra (quedan colgadas hasta el 24 de julio, yo me vuelvo el 26).

¿Qué sentí al ver mis fotos colgadas? Primero, algo de inseguridad: ¿y si a nadie le gustan? ¿si viene un fotógrafo “de verdad” y las ve? ¿qué opinará? También un poquito de orgullo: quedaron lindas. Y más que nada, melancolía: pensar que saqué esa foto en China, mientras caminaba por un pueblito de estilo tibetano, y esa otra en Vietnam, cuando anduve no sé cuántos kilómetros en bici y llegué al mar, ah, y esa en Malasia, cuando la mujer y su hija miraron hacia mi cámara, esa otra en Laos, en el medio de la nada…

Las fotos tienen eso: son momentos irrepetibles que pasan una vez y nunca más, y si no los atrapamos, no serán más que momentos efímeros. Y por más tecnología que exista, creo que ninguna pantalla, por más pulgadas y resolución que tenga, supera a las fotos en papel (así como, para mí, ningún reproductor digital será capaz de superar a los libros y ningún email será capaz de superar la sensación de leer una carta escrita a mano).

***

Aprovecho este post para presentarles el nuevo sitio en el que estuve trabajando estos días: “fragments of the world | Travel Photography”, mi portfolio de fotos. Este va a ser en inglés, pero como es de fotos no hace falta leer demasiado.

Ya está online y pueden verlo acá: www.anikovillalba.com
Hay varias galerías con fotos de personas, chicos, ciudades, arte callejero, religiones, vida callejera y trabajos.

También abrí una nueva página de Facebook exclusiva para las fotos, así que si quieren sumarse, hagan click acá. Sigo, también, con la página de Facebook de Viajando por ahí, por si no la vieron, pueden hacerlo acá: www.facebook.com/viajandoporahi

Y finalmente, les pido ayuda. Quiero exponer fotos en Buenos Aires, así que si saben de centros culturales, galerías, casas, bares, restaurantes, negocios, consultorios, lo que se les ocurra, donde pueda colgar fotos, ¡avisenme! Y si el lugar es fuera de Buenos Aires, también. Nunca se sabe. También aceptó datos y sugerencias de lugares donde imprimir y enmarcar fotos en Buenos Aires.

Limbo (esos días entre que terminás un viaje y volvés a tu casa)

Les confieso que esto de volver dentro de tan poco tiempo a Argentina me tiene como en limbo. Estoy totalmente bloqueada y sin poder escribir una palabra hace días, por eso mi pobre blog no se actualiza. No es que no quiera, es que no puedo.

No estoy así tanto por el hecho de volver, ya que en el fondo tengo ganas de estar un poquito allá y de reencontrarme con personas, costumbres y rincones que extraño. Pero estar viviendo en Indonesia me confunde: ¿estoy viajando o no estoy viajando? ¿Será que mi próximo viaje será “a Argentina”? ¿Yogyakarta, la ciudad de Indonesia donde vivo, se convirtió en mi “no viajar” y Buenos Aires, ciudad que conozco hace 25 años, será mi “próximo viaje”? ¿Esto sienten los expatriados al vivir afuera? Estoy confundida.

Estoy en alguna nube entre esto…

… y esto (ambas fotos son las vistas que tengo desde la ventana en Buenos Aires y en Yogyakarta, ustedes sabrán diferenciar cuál es cuál)

A fines de julio, si la ceniza me lo permite, estaré de vuelta en Argentina. Voy a festejar mis 26 allá, en pleno invierno, con chocotorta, piñata de alfajores y globos multicolor. Va a ser uno de los vuelos más largos de mi vida, creo que dos días, entre escalas y conexiones, y con la diferencia horaria siento que esos dos días voy a estar flotando en la nada (limbo a la décima potencia). Primero porque voy a estar en tránsito y no voy a “pertenecer” a ningún país en particular, solamente a una aerolínea (es decir que no voy a estar en un lugar ni en otro); segundo porque voy a viajar atrás en el tiempo, entonces tal vez cuando llegue voy a haber dormido tres noches en dos días, o algo así. Y con todas las emociones mezcladas que tengo en este momento sé que voy a llegar y no voy a entender nada. Todos a mi alrededor van a hablar mi idioma, algo que no me pasa hace meses, nadie me va a decir “lady lady transport”, me voy a horrorizar con lo caro que está todo y la ciudad que amo/odio ni se va a inmutar por mi regreso.

Por eso les digo: limbo. Todavía no me fui de Asia pero ya siento que estoy en semi-transición. Es lo que pasa cuando uno sabe que algo se está por terminar. Por momentos no puedo evitar pensar todo lo que voy a hacer allá, y por momentos no puedo evitar pensar todo lo que voy a extrañar de acá.

Cuando me fui de Buenos Aires, en abril de 2010, no tenía ningún plan. ¿Cuándo volvés? No sé. ¿Qué países vas a ver? No sé. ¿Volvés? No sé. Si quiero que mi día a día sea viajar, me es imposible planear de antemano cómo será mi vida. ¿Ustedes planean todo lo que van a hacer de acá a un año, qué ruta van a tomar para ir a tal lugar, qué van a comer, a quién van a conocer? Es imposible. Sin embargo todos me pedían respuestas y yo nunca las tuve. Sé que cuando vuelva me van a preguntar muchas cosas: ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Cuál es tu próximo destino? ¿Qué va a ser de tu vida? Por el momento lo único que sé es que este viaje a Buenos Aires no será un regreso sino una visita, un interludio, un corte en el medio, un respiro tal vez, un mini descanso y un reencuentro con la gente que quiero. Y después, Asia me espera otra vez.

Tengo varios planes para cuando vuelva a Argentina que ya les iré contando. Y si bien tengo muchas preguntas, hay algo de lo que estoy segura: después de 16 meses de ausencia, me va a ser imposible no mirar a Buenos Aires con otros ojos.

Bali parte IV: esos pequeños detalles

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Si bien Bali no es mi isla preferida de Indonesia (que igualmente todavía no sé cuál es, porque me quedan unas 16.995 por conocer), tiene algunos detalles que me gustaron a pesar de tanto turismo y money-money.

* Barriletes (cometas)

Lo primero que noté al llegar a la isla fue que el cielo estaba cubierto de barriletes de todo tipo: con forma de pájaro, con forma de barco, con forma de barrilete “común”.

Dando vueltas en moto por la isla vimos a los chicos (y adultos) que remontaban esos barriletes desde las playas y terrazas de arroz, compitiendo para ver quién lo hacía llegar más alto y quién se mantenía más tiempo en el cielo.

No sé qué es, pero para mí los barriletes tienen cierto encanto y connotación de niñez, de inocencia. Son un entretenimiento sano en el que no se necesita más que viento para divertirse.

Cuando volvimos a Yogyakarta, noté que acá también hay muchísimos barriletes en el cielo. Y cuando pregunté, me respondieron: “Es temporada de barriletes”. Será porque ahora hay más viento, pero eso de la temporada de barriletes me sonó muy simpático.

* En moto por terrazas de arroz

Como comenté en el post anterior, en Bali el transporte local no está muy organizado y es poco accesible para los extranjeros. Una opción es alquilar un auto (o hacer tours con un grupo de gente en combis) y otra opción, que en mi opinión es la mejor, es alquilar una moto y recorrer el lugar libremente.

Así que eso hicimos, alquilamos una moto por tres días y anduvimos por caminos de tierra entre terrazas de arroz y árboles. No hay nada más lindo que sentir el viento en la cara y tener esa sensación de libertad que dan las motos. Y la verdad es que Bali tiene unos paisajes que vale la pena ver “en vivo” más que a través de la ventana.

* Ceremonias callejeras

Mientras íbamos en la moto por algún camino sin nombre, nos cruzamos con varias ceremonias callejeras. Sin turistas, sin guías, sin cámaras ni filmadoras (más que la mía). Como esta, por ejemplo, con esa música balinesa tan característica que se escucha a toda hora saliendo de los templos de la isla.


Muchos miraban o saludaban a la cámara, ya que yo era la única espectadora de aquella procesión. Y estas son las cosas que me gustan, encontrarme con ceremonias auténticas en medio de la nada.

* Los chicos

Si bien la experiencia en el templo Besakih me puso de muy mal humor (ver post anterior para saber de qué hablo), hubo un grupo de personitas que salvaron la tarde: estos chicos.

Apenas me vieron sacando fotos se acercaron corriendo y posaron riéndose como locos, sin pedirme nada a cambio más que ser fotografiados. Y como ellos hubo muchos más.

Si hay algo que comprobé en este viaje es que la alegría e inocencia de los chicos es algo universal, no importa de qué país vengan ni qué idioma hablen, siempre están dispuestos a jugar. Es con ellos con quienes me resulta más fácil comunicarme.

* Esas frases célebres

Si hiciera un audio compilado con las frases célebres escuchadas en Bali, la lista quedaría así:

– Miss? Taxi! Where you go? Taxi miss! Transport for you? Taxi!! (dicha por los taxistas cada vez que divisan a un extranjero a 100 metros de distancia o menos. Algunos, incluso, utilizan auxiliares visuales y muestran un cartel donde dice, en inglés, “You need taxi? PLEASE?”)

– Yeeeeeeees? What you waaant? (dicho por las mujeres cada vez que un extranjero entra a su negocio). Si uno comete el error de hacer contacto visual con alguna de las prendas de ropa o souvenirs, las mujeres cambiarán el “Yeeees?” por “for you lady, good price, you take it?”.

– Luki-Luki Lediii (traducción: “look look lady”, dicho por las balinesas que atienden el mercado de Ubud como una invitación “a entrar a su negocio, mirar y comprar”).

– Esta frase me mató, más que nada porque un grupo de mujeres se la dijo a Aji (que también es indonesio): “Hellooo boy… Can you speak indonesian?”, a lo que él respondió, en indonesio, “¡soy indonesio!”. Me reí media hora. Un montón de balineses le hablaron en inglés pensando que era extranjero. Escuché, también, a muchos balineses hablando en alemán, en chino, en francés y en japonés. Al parecer muchos aprenden japonés en el colegio y otros aprenden idiomas informalmente para poder venderle a los turistas.

Acá pongo una foto comodín de un lindo templo al lado del mar :)

* Magda y Manca

Magda es una polaca que se mudó a Bali hace poco más de un año. La conocí en marzo del año pasado, en una reunión de Couchsurfing en Kuala Lumpur, y fue ella quien me alojó la primera vez que fui a Bali. Quedamos en contacto y volvimos a encontrarnos en varias ciudades del Sudeste Asiático, así que ir a Bali también fue una excusa para visitarla. Nos alojó en su casa junto a otros couchsurfers y a su gata, Manca.

Y como siempre me pasa lo mismo, saqué fotos de Manca y no de mi amiga. Es que Manca era una gata especial, una de las más locas que conocí: para que se den una idea, no nos dejó en paz durante los días que estuvimos ahí, se colgó varias veces de mi brazo, derribó libros y bibliotecas, se subió al techo y maulló durante horas porque no sabía cómo bajarse y hasta le mordió la cola a Aji mientras dormía (?). Qué atrevida.

* El kecak

Vi el kecak (pronunciado ke-cha y también llamado “Canto del mono Ramayana”) por primera vez en la película Baraka (muy recomendada) y me impresionó muchísimo. Este es el fragmento de la película y de verdad que vale la pena:

httpv://www.youtube.com/watch?v=nAUoa9pmokA

Así que en Bali decidí ver este espectáculo, por más turístico que fuera (los kecak que son accesibles al público se cobran). Pagamos 75.000 rupias cada uno (8 dólares, precio fijo) y juro que no me arrepiento, fue uno de los “espectáculos” (no sé cómo llamarlo, porque si bien es una práctica tradicional, en el fondo fue un espectáculo) más conmovedores que vi. Por lo menos a mí me gustó muchísimo y se me puso la piel de gallina al escuchar a todos estos hombres haciendo música solamente con la repetición del cak-cak-cak (“chak-chak-chak”).

El kecak nació como una danza ritual que hacía entrar a los 150 hombres en trance y se utilizaba para realizar exorcismos; luego se convirtió en un drama musical que narra la batalla del príncipe Rama contra el rey Ravana. Les recomiendo que si van a Bali no dejen de verlo, a mí me pareció emocionante por ser una expresión tan… humana.

* Las ofrendas

Y por último, esas ofrendas que andan desparramadas por toda la isla son irresistibles por sus colores y sus formas. Cada mañana, los balineses ofrecen flores, arroz, comida e incienso a los dioses y espíritus para pedirles protección contra los demonios (no olvidar que en Bali la religión tiene un fuerte componente animista). Durante toda la mañana se puede ver a las mujeres dejando ofrendas en las entradas de sus casas y negocios y rezando.

Y cada tarde, las mujeres fabrican nuevas ofrendas con hojas y flores para dejar en las veredas la mañana siguiente. Estos cuadraditos de colores no duran más de un día. Muchas ofrendas mueren bajo las motos, otras son aplastadas por los peatones, otras caen al río o quedan en la basura. Su belleza —así como su existencia— es efímera.

Y al día siguiente, el rito se repite de manera incansable: las ofrendas son dejadas en las puertas y veredas para luego ser destruidas al final del día.

Bali parte III: una segunda oportunidad

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Decidí darle otra oportunidad a Bali.

La primera vez que fui, hace un año, no me gustó demasiado. No quiero ser injusta: la isla es un lugar de enorme belleza natural, es excepcional por su historia, su cultura, sus ritos y sus tradiciones. Imaginen una islita de las 17 mil que conforman el archipiélago de Indonesia donde se practica una religión única en el mundo (el Hinduismo balinés), donde las ofrendas de colores inundan las veredas, donde las terrazas de arroz cubren de verde y amarillo las montañas, donde hay playas de arena blanca y mar transparente. Para muchos es la definición del Paraíso…

…pero para mí tiene un gran “problema” (o una gran responsabilidad) : es uno de los destinos turísticos más populares del mundo y eso, quiérase o no, influye en la forma en que los balineses se relacionan con los visitantes.

Como conté en la parte 1 de esta historia, hace un año, en Bali no importa si sos “turista cinco estrellas” o “viajero low cost”, a los ojos de los balineses, por el solo hecho de ser extranjero y haber llegado hasta ahí, sos alguien que tiene mucho dinero y está dispuesto a gastar lo que sea. Por eso ningún restaurante local (no me refiero a los turísticos, sino a los warung de comida local) tiene precios en los menúes, por eso los taxis tienen los precios recontrainflados, por eso incluso los bemos (el transporte local y más barato de la isla) triplican sus tarifas cuando el que se sube es extranjero.

Esta vez, a diferencia de la anterior, viajé a Bali con Aji, mi novio (indonesio, aunque de Java, pero por ende “no turista” o “menos turista” que el resto), pensando que la situación iba a ser distinta. No es lo mismo ser bule (extranjera) y viajar sola que ser bule y viajar con novio local. Nos fuimos en colectivo desde Yogyakarta, un viaje de 22 horas por el que pagamos 200.000 rupias (23 dólares) y que incluía comida, cruce en barco de Java a Bali y miradas curiosas de todos nuestros compañeros de colectivo. Me resulta entre incómodo y gracioso sentir cómo nos miran, mientras se preguntan cuál será nuestra relación (al parecer no es tan común ver a una bule con un indonesio en Java y una vez, incluso, le preguntaron a Aji si era mi guía turístico).Juro que no quiero quejarme, pero hubo varias cosas que opacaron un poco bastante el viaje, especialmente la experiencia en el templo Besakih, el más importante de la isla. Así que esta es mi catársis. Tal vez le sirva a quien esté por viajar para no caer en las mismas trampas que caímos nosotros.

* Sobre los medios de transporte

Llegamos a Ubung, una de las terminales de Denpasar (capital de Bali) y fuimos en busca de algún medio de transporte para ir a Ubud, el pueblo donde vive mi amiga Magda, una polaca que vendió su departamento de Varsovia y se instaló en Indonesia, quien nos iba a alojar. Sí, Ubud, el mismo pueblo de Comer, Rezar, Amar.

Uno de los mayores problemas que sufrimos en Bali, como mochileros que quieren gastar poco y viajar como la gente local, fue la falta de transporte organizado y la dificultad de acceder al transporte local. Para aquellos que estén dispuestos a gastar, hay taxis a toda hora, acosando cual tigres entre la maleza: la frase “Miss, Mister, taxi? Where you go? Taxi!” quedará resonando en sus cabezas como parte de la banda sonora de la isla; pero a mí no me parece justo pagar 100.000 rupias (10 dólares) por un viaje de 20 km que a los balineses les cuesta 5000 (ni un dólar). Viajar desde Denpasar hasta Ubud cuesta 10 dólares en taxi (y no hay manera de que aflojen con el precio), nosotros nos tomamos dos bemos y, tras negociar bastante, terminamos pagando 25.000 rupias cada uno (3 dólares) y tardamos el triple de tiempo. Además de que no hay transporte directo entre un lugar y otro, es muy difícil regatear con los balineses. La separación que hay entre locales y extranjeros se siente y mucho.

El día siguiente decidimos alquilar una moto e ir a recorrer la isla por nuestra cuenta. Una sabia decisión. Aji me pidió que “me escondiera” mientras él preguntaba los precios ya que si lo veían conmigo inmediatamente iban a triplicar la suma (algo que tuvimos que repetir antes de entrar a cada restaurante, mercado o bemo). Pero, curiosamente, a los balineses no les gusta alquilarle motos a indonesios que viajan “solos” por miedo a que se las roben, así que tuve que hacer una aparición triunfal y mostrar mi cara de extranjera para que el dueño de la moto se quedara más tranquilo (algo ridículo, porque en todo caso yo también puedo ser una ladrona de motos en potencia, por más extranjera que sea) (igual no lo soy eh, aclaro). Pagamos 35.000 rupias por día (4 dólares, lo cual me parece un buen precio) y recorrimos la isla con total libertad (usando el GPS de mi celular para no perdernos).

* Pagá por rezar y no te olvides de alquilar un sarong (sobre la mala experiencia en Pura Besakih)

Una tarde decidimos visitar Tanah Lot, un templo donde podés ver el atardecer frente al mar… junto con otros dos mil turistas. Hace tiempo que no veía un lugar tan repleto de gente y la verdad es que me sentí un poco agobiada. Vimos una larguísima fila de gente y pensamos que estaban esperando turno para entrar al templo (después nos enteramos que no se puede entrar a Tanah Lot), pero no: estaban esperando su turno para “rezar” (tras pagar “una donación obligatoria” previamente).

Al día siguiente viajamos una hora y media en la moto para conocer Pura Besakih, el “Templo Madre” de Bali, el más importante y sagrado para los balineses. Pero una experiencia que debería haber sido placentera nos terminó poniendo de muy mal humor (especialmente a mí). Esto fue lo que pasó (y, por lo que leí después en muchísimos blogs, no fuimos los primeros que caímos, aunque por suerte nos salió barato).

Cuando llegamos nos cobraron la entrada oficial: él, 10.000 rp (un dólar, por ser “local”), yo 15.000 rp (un dólar y medio por ser extranjera) y 5000 rp (50 centavos) por el estacionamiento. Hasta ahí bien. Fuimos en busca del estacionamiento y vimos a un grupo de balineses que nos hacía señas para que frenáramos, así que supusimos que teníamos que dejar la moto ahí. Desde ya les digo que NO: si ven a estos hombres haciéndoles señas, parados al lado de tres o cuatro motos (las de otros tres o cuatro salames que cayeron como nosotros), sigan de largo, ya que el verdadero estacionamiento está más arriba.

Lo primero que nos dijeron estos hombres es que no podíamos entrar solos al templo y que teníamos que contratar a uno de ellos de guía por 50.000 rupias (5 dólares). Mi amiga Magda, que vive en Bali hace tiempo, está de novia con un balinés y pasó por la misma experiencia, me aseguró que NO se necesita guía para entrar a Besakih, así que les dijimos que no. Pero siguieron presionando, no de manera amable, y me enojé: “¡No queremos guía! Mi amiga es balinesa y me dijo que NO necesitamos guía”. A lo que uno me respondió, con muy mal tono, que entonces solamente podíamos ir hasta la puerta y teníamos terminantemente prohibido entrar al templo. Enseguida, otro de estos hombres nos ató un pseudo-sarong (pareo para entrar a los templos, aunque este era un pedazo de mantel o cortina más que un sarong de verdad) a cada uno en la cintura (a pesar de que llevábamos pantalones largos, ya que la función de este sarong es tapar las piernas) y nos cobró 10.000 rupias por cabeza por el alquiler (si bien un dólar parece poco, en Indonesia 10.000 rupias para alquilar un sarong es una barbaridad). Después vimos a muchísimas personas que entraron sin sarong sin problemas, así que también caímos en la trampa. Consejo: llévense un sarong propio o digan que tienen uno guardado en la mochila, pero no alquilen nada. Y según leí en otro blog, el alquiler de sarong está incluido en la entrada oficial.

Cuando llegamos a la base del templo, tras una caminata de 15 minutos, aparecieron más balineses que nos quisieron obligar nuevamente a contratar un guía “porque había una ceremonia adentro y no podíamos ir solos”. (Aclaración: estos hombres NO son guías oficiales, los guías oficiales se pueden solicitar en la oficina donde se paga la entrada y el precio que cobran es entre 20.000 y 40.000 rp, y hay otros, incluso, que no cobran nada). Dijimos que no y subimos la escalera principal, cuando llegamos a las rejas, un balinés nos cerró el paso y nos dijo, otra vez, que si no pagábamos no entrábamos. Nos pidió 50.000 rupias por persona (5 dólares cada uno) para hacer de guía. Un abuso total de poder. Yo estaba enojadísima y le respondí, en indonesio (para que viera que no soy “nueva”), que como mucho le íbamos a pagar 10.000 cada uno y ahí medio que se asustó (según Aji, que escuchó la conversación, le dijo al amigo “Uy, esta chica vive acá y sabe”). Le pagamos 10.000 porque no nos quedó otra (el tipo no se movía de la puerta) y en vez de hacer de guía (como hacían todos los demás) nos acompañó diez pasos adentro y se fue, enojado porque no le habíamos dado más plata.

Es una pena que un templo tan lindo y “sagrado” esté tan corrompido por estos hombres. Consejo: si van a Besakih niéguense a pagar un guía ya que NO es necesario ni obligatorio. Leí de gente que llegó a pagar 50 DÓLARES (!) por el guía y 20 dólares por el sarong. Sean firmes y NIÉGUENSE, no sigamos fomentando a esta gente.

* Souvenirs y money-money

Para cerrar mi catársis balinesa, dos cosas más.

Una, apenas nos bajamos del bus en Denpasar, un taxista me vio y me dijo “money money money!”, a lo que yo me reí sarcásticamente con una expresión de “¡Ah no!”. El tipo enseguida me dijo “pagi pagi!” (que significa “mañana” o “buen día” en indonesio) como para demostrar que me había querido decir “morning, morning!”. Ambiguo. Lo dejo ahí.

Muy cerca de este cartel (“she give money” escrito de manera rústica) había una mujer que pedía plata por enseñarte a rezar Bali-style

Y dos, el mercado de Ubud está repleto de remeras, sarongs, vestidos, esculturas, pinturas y souvenirs típicos de Bali. Los precios, nuevamente, fluctuan según la cara y de la manera más extraña: una mujer, después de verme con Aji y charlar un rato, me pidió 125.000 rupias (¡casi 15 dólares!) por un pantalón pescador y, unos puestos después, un hombre me pidió (sin que yo le preguntara) 15.000 rupias (un dólar cincuenta) por el mismo pantalón. Increíble.

Mientras caminaba por el mercado pensé en cómo el turismo generó esa necesidad de comprar el souvenir para poder decir “yo estuve ahí”, especialmente en destinos Best-Seller como Bali. ¿Acaso la experiencia es más creíble si uno tiene un objeto que mostrar? ¿Acaso es imprescindible llevarse a casa una estatua de Buda o una remera de I Love Bali para tener un “mejor” recuerdo del viaje? A mi me alcanza con las fotos, con las personas y con los momentos vividos. Hace tiempo decidí no comprar más souvenirs.

***

En la parte IV y final de mi relato por Bali, hablaré de todos esos pequeños detalles que hacen que una visita a Bali valga la pena, a pesar de todo. Por suerte encontré varios, así que esta serie de posts tendrá final feliz.

Historias minimalistas de Malasia (VI): sobre las cuatro estaciones y las diferencias al hervir un huevo en verano o en invierno

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Después de pasar 12 días en Malasia, me despido del país con un roti canai (quien haya estado acá sabe que estos “panqueques con curry” son adictivos) y me subo al skybus, el colectivo que me llevará al aeropuerto de Kuala Lumpur por 10 ringgit (3.5 dólares) para tomar el vuelo de vuelta a Indonesia.

Está repleto. Me siento contra la ventana e inmediatamente una mujer china-malaya se sienta al lado mío. Tendrá unos 65 años. Me mira, me sonríe y me pregunta a qué país me voy. Le respondo que voy a Indonesia y nos ponemos a charlar, le cuento que me vine a Malasia porque se me había vencido la visa, que soy de Argentina, que escribo, que me gusta viajar.

Inevitablemente, hablamos de comida. Pareciera que en Malasia todos hablan de comida. Le digo que nunca vi semejante variedad de comida como en Malasia: acá tenés comida malay, comida china, comida india, comida india-malay, comida china-malay, comida “occidental”, comida de Medio Oriente, carne de Australia y Nueva Zelanda, pescado de Japón, postres italianos, panaderías francesas. En fin. Para todos los gustos.

Me dice que de Argentina todo lo que sabe es fútbol, No llores por mí Argentina, vino y asado. Me pregunta qué clima hay en Argentina y le cuento acerca de las cuatro estaciones. Hablo acerca de la primavera y el otoño, mis dos estaciones preferidas, que tanta falta me hacen en este clima tropical inmutable. Le pregunto si ellos sienten la necesidad del frío o si están completamente acostumbrados al calor constante.

—En realidad acá en KL no estamos tan acostumbrados: si te fijás, hay aire acondicionado en todos lados, en las casas, en las oficinas, en los transportes públicos, en los shopping. Tratamos de no salir mucho. Y cuando necesitamos invierno, nos vamos a Cameron Highlands.

Cameron Highlands es una zona montañosa y “fría” de Malasia, un lugar que conocí en mi primer paso por el país y que llamé “el Disney de las frutillas”. Igual, frío frío no hacía, pero estaba lindo para escapar un poco del calor agobiante.

Mientras ella (su nombre es Jo Ann, perdón por no haberla presentado antes) me habla acerca de la comida que cocina cada vez que va con su familia a Cameron Highlands, yo pienso en esto de las cuatro estaciones vs. una estación. Yo estoy acostumbrada al cambio de estaciones, a que el año esté dividido en cuatro, al ciclo “calor → menos calor → frío → menos frío → calor otra vez”, y es algo que me gusta muchísimo, tal vez por su sentido metafórico: eso de que todo en esta vida son ciclos, como la misma naturaleza. Me da cierta esperanza saber que todo lo malo va a desaparecer una vez que empiece la primavera, que después del frío siempre nacen flores y sale el sol. Y me pregunto qué sentirá la gente que nació en zonas del mundo donde las estaciones jamás cambian, donde hay un clima constante a lo largo del año y de la vida. ¿Necesitarán un cambio? ¿o esa “inmovilidad climática” los hará creer, a la vez, que nada en la vida puede cambiar, que la realidad es única e inmutable y que el estado de las cosas siempre será el mismo?

Mientras me cuestiono estas diferencias, Jo Ann afirma:

—… porque no es lo mismo hervir un huevo en Cameron Highlands que hervir un huevo en Kuala Lumpur.

—¿Qué? ¿Cómo es eso?

—Claro, en Kuala Lumpur si querés cocinar un huevo “semi-duro” lo ponés seis minutos en agua hirviendo y, gracias al calor que hace, queda perfecto; pero en Cameron Highlands, el frío hace que el huevo se cocine de otra manera. A mis hijos no les gusta, dicen que queda raro. Probalo, tratá de hervir un huevo en verano y otro en invierno y vas a ver.

Juro que lo voy a hacer. Tal vez esa sea la respuesta a todos mis planteos filosóficos.

La foto es de un huevo que “balancee” en la mitad del mundo (Ecuador), donde me aseguraron que por el choque de fuerzas contrarias y la falta de gravedad (o algo así) era posible parar un huevo sobre la cabeza de un clavo. El huevo no deja de sorprenderme por su participación en planteos metafóricos, metafísicos y existencialistas.

Otoño en el Delta argentino (foto sacada en el 2008 o 2009, ya ni me acuerdo)

Soy una melancólica del otoño, es una de las cosas que más extraño cuando estoy de viaje

Historias minimalistas de Malasia (V): dentista

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Afuera hacía tanto calor que decidí volver al hostel sin culpa. No me gusta caminar a la una del mediodía bajo el sol asiático ecuatorial, la luz tampoco es buena para sacar fotos, así que me pareció el mejor momento para descansar sin remordimiento.

Me acosté en una de las diez camas del dormitorio compartido del hostel donde estaba alojándome en Melaka (4 dólares la cama, por si se lo estaban preguntando) y me puse a trabajar con la computadora como si el mundo exterior no existiera (tengo ese problema, cuando me pongo a escribir, todo a mi alrededor desaparece). Estaba sumergida en mi mundo cuando alguien rompió la burbuja con el clásico “Where are you from?” (“¿De dónde sos?”), la pregunta que, al viajar, es necesaria, inevitable y perfecta para iniciar cualquier tipo de conversación entre dos desconocidos que claramente son extranjeros.

Era una mochilera suiza que estaba viajando con su novio por Asia por primera vez. Le dije que era argentina y vi que miró la computadora y me miró a mí con cara de “¿qué hacés frente a la computadora en este lugar del mundo y a esta hora del día?”, pero no dijo nada y yo tampoco me justifiqué. Y arrancó el interrogatorio (simpático, obvio) de siempre, al que cada día me cuesta más responder (por un tema de tiempo, ya que todos los días me preguntan lo mismo y a veces me da pereza extenderme y explicar bien “qué es lo que hago en esta vida y en esta parte del mundo”): ¿Hace mucho que estás viajando? ¿A qué te dedicás “en Argentina”? (pareciera que todavía es difícil concebir que alguien pueda viajar y trabajar a la vez) ¿Viajás sola? ¿Y cuándo volvés a Argentina? ¿Y qué vas a hacer cuando vuelvas? ¡Ah! Sos escritora de viajes, ¡qué buen trabajo! Sí, es un buen trabajo pero no tan glamoroso como parece de afuera… pero, ¿para qué entrar en detalles?

Estas preguntas son tan fáciles que podría responderlas con monosílabos, pero en el fondo son armas de doble filo. La persona que pregunta se irá feliz con su colección de respuestas y con la versión simplificada que se lleva de la persona a la que acaba de conocer, pero la persona que “es preguntada” (en este caso, yo) puede sentirse un poco confundida durante el resto del día. Ese “¿y qué hacés de tu vida?”, una pregunta disfrazada de simpleza, es mucho más compleja de lo que parece, y si te la hacen en uno de esos días en los que te planteas el significado de la vida y tu objetivo en este mundo, chau. Cuestionamiento interno, dudas y miedos por una semana, mínimo.

Melaka, con iglesia de fondo

… templos…

La mezquita a pocos metros de mi hostel

La mezquita a pocos metros de mi hostel

Cuando el sol empezó a bajar salí a caminar por ahí. Los fines de semana Melaka se llena de gente: es una ciudad colonial que queda a menos de dos horas de Kuala Lumpur, es abarcable a pie y en menos de dos días, tiene un mercado nocturno interesante, la comida es riquísima y barata y los conductores de rickshaw esperan en cada esquina en sus bicicletas cubiertas de flores para llevarte a pasear entre iglesias y ríos. Un pueblito de esos que llaman “pintorescos”.

A la espera de pasajeros

Me alejé un poco de las calles principales (ni siquiera cambié de barrio, sino que caminé por callecitas paralelas) y no encontré a ningún turista. Encontré, en cambio, una ciudad vacía y adormecida, con detalles que le otorgaban personalidad. Me hice amiga de un gato callejero que se me colgó de las zapatillas suplicando que jugara con él, me crucé con un chino que iba en bicicleta y me preguntó de dónde era (cuando le respondí argentina me dijo, muy seguro de sí mismo, “No, you are American, you have American accent”), espié a un hombre que se quedó dormido frente a su negocio y a una mujer india que estaba cocinando en la entrada de su casa. Encontré altares silenciosos en las columnas y en las esquinas, observé rituales religiosos en los templos y mezquitas y presencié rituales gastronómicos en el mercado (como el simpático chino que apretaba los noodles con una mano). Caminé, anónima una vez más, entre gente a la que jamás volvería a ver.

Esta señora estaba asomada a la ventana de su casa, charlando con la gente que pasaba por ahí

El que se durmió

Lavando los platos en la puerta (a esto le llamo cultura callejera)

Fogata en la entrada

¿Qué esperará?

Un altar chino

Helados de colores!

Esa noche, mientras leía El Gran Bazar del Ferrocarril, de Paul Theroux, me encontré con el siguiente fragmento:

[quote style=”boxed”]“Rashid, el conductor del coche-cama, me ayudó a encontrar mi compartimento y tras dudar unos segundos, me pidió que revisara su diente. Le estaba causando mucho dolor, dijo. La solicitud no era impertinente. Yo le había dicho que era dentista. Me estaba cansando de la inquisición asiática: ¿De dónde vienes? ¿Qué haces? ¿Casado o soltero? ¿Hijos?”[/quote]

Y sentí, como muchas veces nos pasa a los lectores, que Theroux había escrito esas palabras para que yo las leyera casi 40 años después, sentada sobre la cama en un hostel de Malasia, tras cuestionarme el tema de mi/nuestra identidad y mi/nuestra misión en este mundo.

Y pensé, Theroux estuvo bien. De ahora en más voy a decir que soy dentista y me estoy tomando un año sabático en Asia.

¿Alguien necesita que le revise la muela?

Historias minimalistas de Malasia (IV): Torero

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Voy en el asiento de atrás del auto de Tippi. Ella, su amigo y yo vamos rumbo a Georgetown, el barrio histórico de la isla de Penang (Malasia), para caminar un rato y comer en nuestro restaurante de comida india preferido.

Tippi prende su iPod y escucho, a todo volumen: Toreeeeeeeero, eres la violencia en televisión, toreeeero, eres asesino por vocación, toreeeeeeerooo… ¡¿Qué?! ¿¿¿Mi amiga china escuchando Ska-p en Malasia??? ¡Qué momento que jamás pensé que iba a existir! Me empiezo a reír y le pregunto si sabe lo que dicen las canciones, me responde que no tiene ni idea, pero que un alemán le copió algunos temas en su computadora y los escuchas porque le gusta cómo suena. Me pongo a traducir las letras y el resultado es cómico: “…esta habla acerca de los toreros; en esta critican al gobierno, a Estados Unidos, a todas las instituciones que se les ocurra; en esta comparan al Papa con una mosca (¿cómo traducir “cojonera”?); en esta dicen que McDonald’s es una…”

Me doy cuenta de que por más que les explique las letras, hay ciertos aspectos culturales que son muy difíciles de traducir. Supongo que es como cuando escucho las canciones de L’arc en Ciel, una banda de rock-pop japonesa: me gusta cómo suena pero no tengo idea de lo que dicen, y por más que traduzca el contenido, hay muchos significados culturales intrínsecos que jamás voy a captar.

Seguimos charlando en el auto y sale el tema de mi blog. Tippi, siempre tan pragmática ella, me dice que “lo mejor” es que de ahora en más empiece a escribir en chino mandarín o algún idioma indio, ya que más de un quinto de la población mundial proviene de esos países. Sí, como poder podría agarrar el Google translate, traducir todo y promocionarme en la blogósfera india (?) pero dudo que tenga éxito, ya que es como intentar traducir las canciones de Ska-p al inglés. Hay cosas que son intraducibles.

Esa tarde, mientras caminaba por Georgetown, me encontré con estas postales cotidianas esperando ser fotografiadas. Y me di cuenta de una de las expresiones verdaderamente universal es la imagen, por eso la fotografía es un arte que llega a tanta gente sin importar el idioma o el contexto cultural.

Así que pongo estas fotos acá en mi blog, con la esperanza de que algún chino o indio las vea y catapulte mi blog a la fama en sus países. Ni traductor voy a necesitar.

Historias minimalistas de Malasia (III): Sobre naranjas caras

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

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Tras pasar doce días en Malasia me di cuenta de algo. Como ya es la cuarta o quinta vez que paso por ese país (por un tema de visas y vuelos baratos), mi mirada cambió: en vez de quedarme boquiabierta con los paisajes y la arquitectura, esta vez me dediqué a “observar” a (y ser observada por) la gente. Lo hice sin darme cuenta, pero lo noto ahora, sentada frente a la computadora, mientras recuerdo todos los diálogos espontáneos en los que participé y todas las situaciones en las que aparecí sin planearlo.

Lo malo de viajar solo, dirán algunos, es justamente la soledad. Lo bueno de viajar sola, digo yo, es que uno está muchísimo más receptivo ante el mundo y las personas. Cada vez que estoy sola en algún lugar del mundo no pasan más de unos minutos hasta que alguien se me acerca y me pregunta, con curiosidad, quién soy, de dónde vengo y adónde voy. Cómo cambia el concepto de normalidad, ¿no? Si en nuestra ciudad alguien se acerca para preguntarnos todas estas cosas, tal vez nos resulte “medio raro” o sospechoso semejante interrogatorio. Pero de viaje, es una situación normal y totalmente esperable.

Me encanta conocer gente. Lo bueno de los viajes largos es que uno conoce a muchísimas personas todos los días. Lo malo de los viajes largos es que uno conoce a muchísimas personas especiales a las que tal vez nunca volverá a ver. Tras leer el blog de un inglés que también se la pasa haciendo viajes largos comprobé que no soy la única que a veces se siente cansada de repetir el mismo discurso, una y otra vez, todos los días, a personas a las que no volverá a ver: “quéhago-quiénsoy-dedóndevengo-aquémededico-dóndeestuve-adóndevoy”. Sin embargo, uno nunca sabe qué rumbo pueden tomar las conversaciones.

Hacía tiempo que no me alojaba en hostels, ya que siempre me quedo con amigos o en casas de familia, pero esta vez decidí hacerlo, más que nada por falta de planificación y “para estar un poco sola”.

La noche de la bolsa marrón llegué a mi hostel dispuesta a irme a dormir, pero me interceptó un chino-malayo que se estaba quedando en el mismo lugar y me hizo el interrogatorio de rigor. Cuando le dije que era de Argentina se puso feliz: “¡Sos la primera argentina que conozco en mi vida!”. Y por unos microsegundos me vi convertida en figurita, completando un álbum de nacionalidades de un desconocido. Me preguntó de todo: qué se puede ver en Argentina, qué se come, cuánto cuesta viajar, qué se puede hacer, cuáles son los lugares más lindos. Después se despidió y se fue a dormir.

A la mañana siguiente me lo crucé rumbo al baño. Me dijo que había estado hablando con un estadounidense y que aquel viajero le aseguró que lo mejor de Argentina “eran las mujeres”. Ajá. Al rato me buscó y me regaló una naranja antes de irse: “Es para tu viaje, que la disfrutes, mirá que es una naranja muy cara eh”. En la cultura china se regalan naranjas entre amigos y parientes para demostrar respeto y desear buena suerte, especialmente durante el Año Nuevo Chino. Así que la acepté como un lindo gesto.

Guardé la naranja cara dentro de la bolsa marrón (que todavía tenía los Cabsha y alfajores) y me fui rumbo a Penang a visitar a mi amiga Tippi. Y durante las seis horas de viaje pensé que puede que en unos días no recuerde ni las caras ni los nombres de todas estas personas que pasan unos minutos por mi vida, pero todas quedan como parte del paisaje de mis viajes. Por eso, mirar a la gente también es una forma de mirar a un país.

Y pensar que toda este reflexión surgió por una naranja cara que me regaló un chino-malayo en un hostel de Kuala Lumpur.

Historias minimalistas de Malasia: la bolsa marrón

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Me comí el primer Cabsha en el monorriel.

Miré el fondo de la bolsa marrón con respeto. Desde abajo me miraban, impasibles, dos alfajores Cachafaz, tres Cabsha, una oblea Bon o Bon y un mini potecito de dulce de leche Ilolay. Tanto lo pedí que al final se cumplió: después de 14 meses en Asia sin probar nada que se parezca ni remotamente a un alfajor, Marina, una argentina que vive en Kuala Lumpur, me preparó esta sorpresa.

Tras nuestra cena de comida india en la capital de Malasia, me subí al monorriel con la bolsa casi atada a los dedos: que a nadie se le ocurriera arrebatarme mi bolsa marrón. La bolsa o la vida. Espié: todo seguía ahí. ¿Por cuál empezar? Y agarré un Cabsha.

Lo abrí como si estuviese llevando a cabo una ceremonia o ritual: con cuidado, con dedicación, con respeto. Me lo comí.

Tenía sabor a Argentina.

Dejé el resto para más tarde, tal vez con ansias de que esa bolsa durara para siempre.

El monorriel… ¡con la publicidad de Sugus!

Mientras el monorriel me llevaba de KL Sentral (la estación central de Kuala Lumpur, capital de Malasia) hasta la estación Imbi (donde está mi guesthouse) miré a los pasajeros. Al lado tenía un indio malayo que se movía sobre el asiento con impaciencia, más allá, uno de nacionalidad desconocida (para mí tenía cara de iraní) iba en musculosa, con los pelos que se le escapaban por todos lados y una expresión de estar soñando despierto. En el asiento de enfrente, tres adolescentes: dos chinas malayas que hablaban inglés con el típico acento malayo y un chico rubio (parecía australiano o tal vez estadounidense) que también hablaba inglés con el típico acento malayo. ¿Hijo de expatriado tal vez? A mi costado, tres indios malayos pre-adolescentes iban vestidos muy punk y (probablemente para ellos) muy cool. Nadie me prestó atención. Acá los occidentales no son un elemento raro ni exótico.

De lejos, por la ventana del monorriel, vi a las Torres Petronas iluminadas. Ah sí, las Petronas, lindas. Y me di cuenta de que ya vine tantas veces a Kuala Lumpur, que empecé a mirar todo con otros ojos: con los ojos de la normalidad. Hoy mi realidad es Asia: las veredas llenas de puestos de comida, las motos, la comida india servida sobre hojas de planta de banana, las torres gemelas más altas del mundo, los templos y las mezquitas. Y es una realidad que me gusta, que me hace sentir cómoda, me hace sentir en el contexto adecuado.

Madre e hija mirando por la ventana del monorriel (la foto la saqué durante el día, claramente)

Lo único que me recuerda que no soy de acá es la bolsa marrón que llevo entre las manos.

Vengo de un lugar muy lejano donde se comen alfajores y dulce de leche. Y no es lo mismo comer un Cabsha en un monorriel en Kuala Lumpur que comer un Cabsha en la línea D (o C, o B, o la que sea) o en cualquier colectivo de Argentina. Allá el Cabsha es algo tan normal que pasa desapercibido, nadie se plantea teorías acerca de la inmortalidad del Cabsha. Acá, el susodicho bocadito es un elemento metafórico que me recuerda que vengo de otra realidad.

Si este Cabsha supiera la cantidad de significados que carga

Me bajé del monorriel, caminé la cuadra y media hasta mi guesthouse tranquila, sabiendo que aunque fueran las 11 de la noche era muy improbable que alguien quisiera robarme. Era viernes y todos estaban sentados al aire libre en los kopitiam (restaurantes locales), tomando teh tarik (té con leche), comiendo un roti canai y charlando en Manglish, una simpática mezcla de inglés y malayo, lah.

Esa noche soñé que el embajador de Argentina en Kuala Lumpur se comía mis alfajores sin permiso adentro de una mezquita. Y yo le decía, casi llorando, “No, no, por favor, dejame algo, ¿sabés hace cuanto que no como un alfajor?”.

Un experimento minimalista: a Malasia con mochila de mano

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Hace poco me enganché con un blog minimalista: se llama miss minimalist y está escrito por una mujer que decidió, junto a su marido, vivir una vida minimalista con la menor cantidad de objetos posible. Su filosofía es que la excesiva cantidad de “cosas” que la sociedad nos obliga a adquirir se terminan apropiando de nosotros: cuantas más cosas tenés, mayores serán tus preocupaciones (desde esa presión por “comprar el último modelo” hasta la “necesidad” de asegurar tu casa contra robos y desvelarte pensando que un día alguien puede entrar y llevarse todo).

Esta pareja decidió mudarse de Estados Unidos a Inglaterra y aprovechó la oportunidad para deshacerse de todos los objetos “innecesarios” que había acumulado tras varios años de convivencia. Llevaron a cabo una limpieza, vendieron y donaron casi todas sus pertenencias y su mudaron a Inglaterra solamente con dos bolsos de mano.

Es un blog muy inspirador para quienes quieren vivir con menos ataduras hacia lo material, con más espacio “en blanco” y más orden mental. Uno de los posts que más me gustó (y me motivó) fue el de “viajes minimalistas”: cuando viajan, ya sea por dos semanas o tres meses, no llevan más que una mochila de mano con lo indispensable.

No hay nada peor (para mí) que viajar con mucho equipaje. Ustedes dirán: todo depende del tipo de viaje que se haga. Puede ser, cada cual sabe qué necesidades tiene cuando viaja, pero para mí, que me gusta ir de un lado a otro, viajar varios meses y recorrer más de un país en un mismo viaje, no hay nada más agotador (y desmotivador) que llevar kilos de más.

Y en este último tiempo comprobé que más de 8 kilos ya es demasiado.

Si bien desde el principio intenté empacar “liviano” (abajo de los 10 kilos), con los meses el peso de mi mochila fue aumentando: regalo por acá, regalo por allá, este souvenir para no se quién, este recuerdo de tal lugar, todos estos libros que no pude evitar comprar (siempre termino con la mochila llena de libros, es de lo que más me cuesta desprenderme), guías de viaje, cuadernitos “tan lindos” que me enamoraron, remeras y zapatillas de más. Al principio lo cargué, sin pensarlo demasiado, pero con el paso de los meses me di cuenta de que el exceso de equipaje me estaba sacando las ganas de moverme de un lado a otro (cada vez que estaba por cambiar de ciudad pensaba “uff… otra vez a empacar, otra vez a caminar con la maldita mochila”). Al viajar con mochila, todo se carga en la espalda, no hay carritos, no hay servicios de valet (?), no hay taxis privados que te lleven todo al hotel (¿qué hotel?), no hay nadie que te ayude a cargar todo el peso que llevás encima.

Hace unos días tuve que dejar Indonesia porque se me vencía la visa, así que me vine a Malasia con el objetivo de concretar un experimento minimalista que venía pensando hace tiempo: viajar (ultra) liviana. Doné mucha ropa, dejé libros en Indonesia y me traje solamente la mochila de mano para un viaje de casi dos semanas. Ustedes dirán, dos semanas no es nada. Bueno, ahora piensen en esas familias/parejas que se van “una quincena” de vacaciones y se llevan dos valijas repletas per cápita. Ahí está: mochila de mano vs. valijas, mochila de mano vs. mochila grande. Ganó la mochila de mano.

Esto fue lo que me traje para mis dos semanas en Malasia

Empaqué lo necesario e indispensable: algo de ropa (da lo mismo traer tres remeras que traer cinco, en algún momento habrá que lavarlas), un mini botiquín (acá en Malasia se consigue de todo), un cuaderno y una birome, mp3, zapatillas, un par de ojotas, documentos y plata. Tengo dos pesos de los cuales no puedo desprenderme: la cámara y la computadora. Y entre ambas deben pesar alrededor de 4 kilos (incluyendo cargadores, lentes y accesorios). Si no fuese por eso, viajaría recontra liviana.

Me bajé del avión con mi mochila de mano y un bolsito donde llevo la cámara y salí del aeropuerto feliz, ya que ni siquiera tuve que ir a la cinta a esperar el equipaje. Caminé tranquila, casi sin sentir el peso de todas mis pertenencias en la espalda. La vez anterior que vine a Kuala Lumpur mi mochila estaba pesadísima y me acuerdo de cómo sufrí y maldije al calor tropical (mochila pesada + humedad NO es una buena combinación). Y me prometí a mi misma: cuando vaya a la India (o al destino que sea) quiero viajar así, con lo mínimo indispensable y solamente con mochila de mano, aunque sean varios meses de viaje.

Creo que el viajar liviano es parte de un aprendizaje y siento que de a poco logro desprenderme de más y más cosas que no necesito (y que tal vez a otros sí les son útiles).

Así que desde hoy me propongo ser una viajera minimalista.

***

Ustedes, ¿cuánto equipaje llevan cuando se van de viaje? (¡seguro que los hombres llevan mucho menos! los envidio)

¿Qué cosas no pueden dejar en casa? ¿Qué son las cosas de las que prescinden en un viaje?

Ojalá pudiese viajar sin cámara y computadora… me sacaría varios kilos de encima. Pero no puedo, para mi viajar también implica fotografiar y escribir… ¡necesito mis herramientas!

Asia de la “A” a la “Z”: fin del abecedario

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

Se terminó el abecedario.

Pareciera que fue ayer cuando les presenté el proyecto sin saber en qué iba a derivar, sin saber si lo iba a terminar o no, si me iba a resultar fácil o difícil.

Durante 26 días (y 26 letras) hablé de arroz, de coranes, de durian, de ghettos, de mercados, de hospitalidad, de silencios, de todas aquellas palabras e ideas que asocio con Asia. Como les dije en otro post, cada palabra fue una elección totalmente subjetiva.

Quedaron varias palabras afuera que hubiese querido incluir: C de Colonial y de Casinos, G de Graffiti, A de Arte, I de Influencias, M de Motos y de Música, N de Noodles, O de Ofrendas y de Ojos, P de Prohibido, R de Regateo, T de Tradiciones…

Esta es la lista final, con los links, por si se perdieron alguna:

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Ojalá algún día pueda hacer Europa del Este de la A a la Z, Medio Oriente de la A a la Z, África de la A a la Z, Oceanía de la A a la Z, el mundo de la A a la Z.

Mientras tanto, sigo con el blog como antes.

Gracias por leerme :)

Asia de la “A” a la “Z”: Z de Zapatos

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

Z de Zapatos

Este post es simplemente un bis, un epílogo, un añadido, ya que considero que concluí el abecedario en el post anterior.

Sin embargo, la Z también existe y viene bien para hablar acerca de una de las costumbres asiáticas que más me gustan: la de sacarse los zapatos antes de entrar a cualquier lugar que no sea “la calle”.

Entrar sin zapatos a los hogares, a muchos negocios y a (la mayoría de) los templos es una regla cultural intrínseca, algo que cada asiático aprende desde chico y que sigue respetando de grande. Los pies son lo más bajo y por ende lo más “sucio” del cuerpo, y toda la suciedad que se acumula en los zapatos no tiene por qué entrar a las casas.

Por eso en la entrada de cada vivienda hay una alfombra, un huequito, una estantería o un placard para dejar los zapatos. NADIE entra con zapatos a un hogar: ni los dueños, ni los visitantes, ni los trabajadores que van a arreglar algún artefacto o a instalar algún servicio. Si hay una fiesta o reunión, lo mismo: todos los zapatos afuera. Y, en mi experiencia, no hay ladrones de zapatos.

Los envidio, juro que en esto los envidio. Yo estoy a favor del no usar zapatos adentro de la casa desde muy chica. Si pudiese andar descalza por la vida lo haría, no hay nada que me guste más que caminar con los pies libres. Pero en Occidente esta costumbre no está muy expandida, es más, los que piden que por favor se saquen los zapatos antes de entrar a su hogar son tildados de “new age”, “raros” o “quisquillosos”. ¿Por qué? Si es muchísimo más limpio entrar sin zapatos, sin la basura acumulada en la suela, sin la contaminación de la calle. El piso se mantiene limpio y el hogar pasa a ser un lugar un poquito más “inmaculado”.

Quiero fundar el movimiento Sacate-los-zapatos-antes-de-entrar-a-mi-casa y que no me miren con cara rara. Ya me imagino las reacciones de mis amigos y familiares: “Claro, ahora te hacés la asiática” :D, o me veo pidiéndolo al fumigador con timidez: “Señor, por favor ¿se saca los zapatos antes de entrar? Es que acabo de volver de Asia…”, o llamando al delivery: “Hola qué tal, mandame una grande de muzzarella y decile al chico que por favor entre a mi casa sin zapatos o se traiga unas pantuflas en la mochila, sino no le pago el pedido”. Me van a tildar de loca, pero no me importa, voy a tener la casa limpia.

¿Tendré éxito en mi iniciativa?

Lo primero que voy a hacer es implementarla yo misma: zapatos adentro de mi casa, NUNCA MÁS.

Firmen abajo los que quieran unirse al movimiento anti-zapatos en el hogar. Juntos podemos erradicarlos. Luchemos por un piso más limpio.

En la foto pueden ver la puerta de entrada de un departamento en Singapur. Adentro había una reunión de couchsurfers de todo el mundo y a ninguno le pareció raro sacarse los zapatos antes de entrar.

Asia de la “A” a la “Z”: Y de Yo (Aniko en Asia)

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

Y de Yo

I. Yo

Cada vez que leo un blog (o un libro, o una poesía, o una canción, o cualquier cosa fabricada con palabras), lo primero que quiero saber es quién lo escribe. De dónde viene, qué piensa, qué sueña, qué hace, cómo elige pasar sus días, cuáles son sus objetivos, sus motivaciones. Por eso en este blog también hablo acerca de mí, para que sepan quién es la persona que les está contando lo que les cuenta, que saca las fotos y reflexiona acerca de lo que vive.

Siempre intento recalcar algo que, para mí, es obvio: todos mis posts son puramente subjetivos. Si quisiera hacer textos “objetivos” (aunque no creo que exista la objetividad), tendría que dedicarme a escribir enciclopedias. Todas las historias y reflexiones que escribo provienen de mi propia experiencia, de mi manera de ver el mundo, de mis elecciones, de mis decisiones, de los lugares a los que voy y de los lugares a los que prefiero no ir.

Por más que dos personas hagan el mismo recorrido, vean los mismos lugares y conozcan a la misma gente, las historias jamás serán iguales (y las fotos ¡mucho menos!). El paisaje puede ser el mismo, pero cada cual lo ve desde un ángulo distinto, a través de todos esos pequeños filtros (o anteojos) que va juntado a lo largo de la vida y a través de todas esas características que la definen como la persona que es.

Yo escribo, por un lado, desde todo lo que soy “por añadidura”: mujer, veinteañera, argentina, sudamericana, occidental, amiga de, novia de, hija de, descendiente de, estudiante de, licenciada en, con experiencia laboral en. Y escribo, también, desde lo que quiero ser: escritora, fotógrafa, viajera, feliz. Quien les escribe es una persona más, como ustedes, que sueña con vivir haciendo lo que la hace feliz, que anhela convertir esa felicidad en su profesión y que desea, sobre todo, inspirar a muchos más a que sigan el mismo camino (que no tiene por qué ser “viajar”).

II. Aniko en Asia

Si me incluyo en una de las letras de este abecedario/rompecabezas asiático, es porque en estos 14 meses yo me convertí en parte de Asia y Asia se convirtió en parte mía. Si bien soy “extranjera”, me resulta imposible separarme del escenario que me rodea por el simple hecho de que al viajar también interactúo y vivo. Si “viajase por ahí” dentro un avión, siempre mirando los paisajes y la gente por la ventana, seguiría siendo un elemento aparte, un personaje externo. Pero estoy en Asia, camino por Asia, viajo por Asia, hablo con Asia, escucho a Asia, me mezclo con Asia y soy parte de Asia.

Siempre soñé con venir a Asia, desde Buenos Aires sentía que este continente me llamaba de lejos. Finalmente me animé y viajé. Pasé más de un año acá, viajé, frené, volví a viajar, volví a frenar, conocí, aprendí, descubrí, entendí, no entendí, acepté, me adapté. Y les transmití mis impresiones de la A a la Z.

De más está decirles que todas las letras de Asia de la A a la Z (y todo este blog) provienen de mis anteojos. Donde yo vi idiomas, tal vez otro vio imperios; donde yo vi Occidente, tal vez otro vio ofrendas; donde yo vi mercados tal vez otro vio motos. Donde alguno vio “aburrimiento”, yo vi “diversión”, donde alguien encontró “algo feo” quizá yo encontré “algo lindo”.

Gracias a este viaje conocí un pedacito más de este mundo y lo “humanicé”: aprendí acerca de las distintas culturas que conforman el continente, logré separar “chinos” de “asiáticos”, vi las religiones desde adentro, probé las comidas, escuché la música, aprecié el arte. Y espero que este abecedario los haya hecho viajar por Asia conmigo y los haya inspirado a conocer este lado del mundo.

Mañana: la Z. Y después, a seguir viajando por ahí.

La foto me la sacó mi amiga Delfi en un templo de Penang (Malasia)

Asia de la “A” a la “Z”: X de “x”

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

La X es una incógnita. Es una letra en la que caben muchas respuestas, muchos significados, muchos números distintos. Todo depende de cuál sea la ecuación inicial.

Es una letra difícil, pero es una de las que más usamos al viajar, aunque no nos demos cuenta.

X1. Como escribí alguna vez mientras viajaba por Vietnam, viajar a un lugar desconocido es como acudir a una cita a ciegas: nunca sabés qué vas a sentir hasta que estés cara a cara con el lugar. Te pueden decir que es “el mejor lugar del mundo”, “el lugar más aburrido”, “el lugar más divertido”, pero solamente sabrás qué te genera cuando estés ahí. La ecuación es “yo” (persona que viaja) + “lugar” (algún lugar del mundo) = “x” (misterio, incógnita, la gran pregunta: ¿me gustará?). Un viaje es, al fin y al cabo, una incógnita. Y como cada cual se hace preguntas distintas antes de viajar, no existe una sola respuesta.

X2. La X también se usa para definir tamaños: XS, XL, XXL. Pero, al igual que en el caso de la ecuación anterior, esa “X” sigue siendo relativa. Cuando llegué a China (más específicamente a Chengdú), descubrí el significado asiático de “grande”: los platos de comida tenían el diámetro de un disco de vinilo, los edificios eran bloques de concreto masivos, las veredas eran diez veces más anchas de cualquier vereda que conocí, las cuadras era tres veces más largas que las de Buenos Aires. Así que lo que en un lugar del mundo es considerado “grande”, tal vez en otro sea “chiquito” (y viceversa).

X3. Y la X también se utiliza como signo de multiplicación. Aunque no seamos demasiado matemáticos, cuando viajamos la usamos siempre y de manera casi automática. “Esto cuesta 9000 rupias, eso sería un dólar, multiplicado por 4…”, “Ese hostel cuesta 5 dólares, está bien, son 20 pesos por noche”, “En Vietnam comí un plato de mariscos por 40.000 dong… algo así como 2 dólares, osea 8 pesos… ¡un regalo!” Creo que es imposible frenar a nuestro cerebro en esta: por más que no querramos, siempre hacemos la cuenta mental para saber cuánto estamos gastando en nuestra moneda.

Y, si multiplicamos la X por 3, sale la famosa XXX.

La X, como ven, es una de las letras más viajeras.

La primera foto la saqué en Singapur y la segunda en Hong Kong.

Asia de la “A” a la “Z”: W de wtf?

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Como bien dijo un lector, “se vienen las letras difíciles”: W y X. No hay muchas palabras del español que empiecen con estas letras (las hay, pero la mayoría vienen del inglés y no las usamos demasiado) y tampoco quería caer en las típicas: waffle y xilófono. No tengo nada que decir acerca de ellos dos.

Mientras pensaba qué escribir con la W (juro que estuve por poner “www” o “wikipedia” y hacer un tratado acerca de internet, pero me pareció aburridísimo e inconcretable), se me ocurrió. Los que me conocen personalmente (y los que leen el blog, también) sabrán que tengo un imán para lo bizarro. Debo emanar algún tipo de energía que se traduce a cualquier idioma y dice: Bizarro Ven a Mí. Por algo inauguré una sección del blog llamada “Situaciones bizarras“. Porque las vi a montones.

Antes de venir a Asia me preguntaba: ¿Será que allá también seré testigo (o participaré) de situaciones bizarras, divertidas e insólitas como en América latina? ¿o lo bizarro estará reservado solamente a los países de habla hispana? ¿o será que todo me parecerá bizarro en Asia? ¿o lo bizarro será tan bizarro que no llegaré a captarlo como tal?

Y una vez acá, aparecieron solos. Los momentos WTF (What the f***?). Personajes extraños que me hablaron desde el asiento vecino del tren y cuestionaron mi vida entera, gente que se abalanzó para sacarme fotos cual estrella de cine en una isla desierta, policías que prefirieron sacarse autofotos y cuestionar mi situación sentimental antes que resolver un caso, chinos que me felicitaron en el subte cuando me vieron cargando la mochila en la espalda (“you! very good! very good!”), preguntas más que atravesadas que me hicieron en varias ocasiones, escenas ambiguas, diálogos de no creer, un trencito de la alegría en una isla en medio de la nada (ver foto).

Reflexionando, llegué a dos conclusiones.

Una, que lo bizarro es en realidad el clásico shock o choque cultural que ocurre al sumergirse en una cultura distinta. Lo que a mí me resulta bizarro, acá tal vez sea normal. Y, en todo caso, para ellos la bizarra acá soy yo. La que anda viajando por ahí con una mochila, rompiendo el fluir cotidiano y normal de los colectivos y subtes asiáticos. Si dos o más personas de lugares opuestos del mundo conviven por un rato en un mismo espacio, es muy probable que lo bizarro aparezca sin que lo llamen.

Y dos, que el mundo, en el fondo, es un lugar bizarro. Hay tantas curiosidades, “anormalidades”, sorpresas, cosas raras… lo que pasa es que a veces estamos muy ocupados “con cosas serias” y no nos damos cuenta. Solamente es necesario ponerse los anteojos de lo bizarro y mirar la realidad a través de otro filtro. Les aseguro que es mucho más divertido.

***

¿Sabían que la palabra bizarro, en español significa “valiente” o “generoso, lucido, espléndido”? (R.A.E. dixit)

Bizarro viene del francés bizarre, que significa “raro, extraño, peculiar, de naturaleza fantástica”.

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