Del budismo silencioso de Laos a la Navidad frenética de Kuala Lumpur (en tan solo 50 horas)

Debo haber roto el récord de mayor cantidad de horas del día pasadas sobre algún tipo de transporte: de tres días, es decir de 72 horas, estuve 50 (sí, CINCUENTA) horas en movimiento.  

Algo que no recomiendo por más divertido que parezca ya que puede traer consecuencias de lo más ridículas y encuentros con personajes bizarros.

¿Por qué me sometí a esto?

En pocos días tomo mi vuelo a Indonesia desde Kuala Lumpur, así que de alguna manera tenía que teletransportarme desde Laos hasta Malasia, y como por aire es bastante caro decidí hacer todo el trayecto por tierra.

Y no me arrepiento.

La última ciudad que visité de Laos fue Pakse, lugar que no me gustó demasiado y que solamente recordaré por mi feliz reencuentro con Kate y Nicky, dos británicos con quienes hice La ruta de la muerte de Vietnam a Laos, y por mi reencuentro con la tan deliciosa comida hindú (me estoy poniendo en forma para mi futuro viaje…).

Nota al margen, esto de que la comida asiática sea tan rica me genera pensamientos como el siguiente:

— No me importa viajar ochenta horas con tal de volver a probar los platos malayos, la comida hindú, la comida de Chinatown en Kuala Lumpur, el cheese nan, el mango-lo…

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Últimas fotos de Pakse (Laos)

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Laos es uno de los países que más me gustó hasta ahora, como habrán notado por los posts anteriores, aunque Pakse fue la excepción.

Es una ciudad-pueblo muy turística ya que se usa como punto de salida hacia varios “atractivos turísticos” del sur del país y por ende (tristemente) el trato hacia el viajero es muy distinto al de los lugares no turísticos.

Otra vez el acoso de los taxistas, otra vez eso de subirte el precio porque te ven extranjero y piensan que sos millonario, otra vez el maltrato y la escasez de sonrisas.

Por suerte visité lugares como Muang Ngoi y Savannakhet que me quedan como lo mejor de mi paso por Laos, donde la gente local me saludó y me recibió con muchísima alegría gratuita.

***

Empecé mi odisea terrestre de Laos a Malasia el martes pasado después de almorzar.

Inauguré con un tuk-tuk a la terminal “VIP” (lo de VIP sigue siendo un misterio, pareciera que cuanto más “VIP” son los pasajeros, peor es el trato) de Pakse donde me acerqué al mostrador correspondiente para comprar el pasaje a Ubon (ciudad de Tailandia a unas tres horas) con cruce de frontera incluido.

— No more tickets for Ubon, me dijo un laosiano con abuso de autoridad.

Le dije que no me importaba, que viajaba parada pero que necesitaba irme ese día.

Me vendió el pasaje por el mismo precio pero para viajar parada y oh sorpresa, cuando me subí al colectivo era mentira que se habían agotado. Sospecho que este hombre quería guardar espacios para quienes compraban el pasaje por medio de las agencias de viaje (un 20 por ciento más caros).

Llegué a las terminal de Ubón, en Tailandia, a las 6 y media de la tarde y enseguida se me abalanzaron para ofrecerme pasajes a todos los rincones de Tailandia. Para ir a Bangkok querían cobrarme “440 baht” (USD 14), “560 baht” (18 USD), lo que se les ocurriera al verme la cara.

Me negué, como siempre, a pagar más de lo que corresponde por un viaje de 10 horas.

Uno de los vendedores me dijo en voz baja:

— You want cheap ticket? Ok, come, you pay directly to the driver.

Y así como quien no quiere la cosa le di los 10 dólares por lo bajo, me dio un papelito con una firma que ofició de ticket, le hizo una seña al conductor y subí de incógnito. Mientras esperaba hasta las 7.30 pm para que saliera mi bus comí uno de los mejores Pad Thai de mi vida preparado por un ladyboy tailandés (como se le dice a los travestis acá) en un puestito de la estación.

Precio: 20 baht (70 centavos de dólar).

Llegué a Bangkok a las 5 de la mañana, después de haber dormido bastante poco. Me tomé el transporte público a la estación de tren y tardé casi dos horas en llegar, ya que debo haber cruzado la ciudad entera en hora pico, pero para mí fue como hacer un city tour barato.

Me había olvidado del calor que hace en Bangkok (que al parecer no es solamente en abril sino todo el año).

Bajé del colectivo y oh la transpiración una vez más, como en los viejos tiempos.

El tren a Hat Yai, ciudad al sur de Tailandia (a 941 kilómetros de Bangkok) salía a la 1 del mediodía, así que salí a caminar un rato para hacer tiempo.

Me gusta pasear por una ciudad bien temprano y ver cómo se despierta, qué rutinas siguen sus habitantes. No me fui muy lejos, pero me crucé con muchísimos puestitos de comida en la calle (me atrevo a decir que si en Vietnam lo que más se ve en las veredas son las motos, en Tailandia lo que abunda son los puestos de comida al paso), gente desayunando en los mercados, hombres empujando carros con frutas, mujeres comprando la carne del día, gente leyendo el diario, personas preparando jugos de fruta y los tuk-tuk, como siempre, con su amistoso e irritante:

— Hey lady, tuk-tuk! Where you go?

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El tren salió a las 13.30 del miércoles, día dos de mi periplo.

¿Cómo puedo resumir esas 19 horas de viaje por las vías?

Miré el paisaje – escuché música – leí un libro – escuché más música – fui la persona más feliz del mundo cuando los asientos se convirtieron en camas (verdaderas camas horizontales con sábanas y almohadas) – dormí dormí dormí durante 12 horas sin importar si me pasaba de estación – miré el paisaje otra vez y por fin me bajé en Hat Yai a las 8 de la mañana.

De la estación de tren, tuk-tuk a la terminal de colectivos, pasaje a Kuala Lumpur sin escalas y otra vez a la ruta.

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Llegué, POR FIN, a Kuala Lumpur a las 7 de la tarde del día tres.

Me bajé del colectivo, no vi un mini escalón y caí de frente al piso, pero alcochonada por las mochilas, así que no fue nada. Hace mucho que no tenía algún tipo de torpeza como esa así que era hora. Me tomé el Rapid KL (el lujoso transporte público con aire acondicionado y televisión por 2 ringgits o 66 centavos de dólar) hasta Chinatown, pero me hice la viva y pensando que sabía perfectamente dónde estaba me bajé como tres paradas antes, en Little India (me equivoqué de comunidad).

Así que tuve que tomarme el subte hasta la estación correspondiente.

A esa altura mi agotamiento era indescriptible pero el día no había terminado.

Subiendo por la escalera mecánica escucho que alguien me dice:

— Hello! Where are you from? Lo que me faltaba, chamuyos en el subte. Miro y veo a un malayo estereotipo perfecto de hombre de negocios: pelo con gel, camisa adentro del pantalón, cinturón, zapatos náuticos.

—Argentina.

—Oh! Under Mexico.

Sí, bastante under Mexico, pero lo perdono porque la verdad es que antes de viajar a Asia no sé si podría haber ubicado Malasia en el mapa.

—No, no, South America.

—Oh… And you are studying in Malaysia?

Sí, por eso ando caminando con dos mochilas y aspecto de estudiante.

—No, I’m traveling around Asia for one year or more.

—What??? One year!

—Yeah…

—And which is your favorite country in Asia?

—I like all the countries… I really like Laos.

—LAOS??? (no lo puede creer) But what do you have in Laos? It’s so small!

—The people, the culture, the history…

—And how long did you stay there?

—About three weeks.

—Three weeks???!! (al pibe le sorprendía todo lo que le decía)

—Yes…

Caminó conmigo por la calle para “ayudarme a buscar el hostel”, pero tenía menos idea que yo de dónde estaba parado. Me preguntó cuántos años tenía y le respondí en indonesio (que es casi igual al malayo): dua puluh lima (veinticinco).

Se quedó mudo y me miró.

Why do you speak with an Indonesian accent???jaja! Nunca jamás pensé que alguien iba a decirme que hablo indonesio (o malayo) con acento indonesio. Finalmente lo fleté:

I can walk alone thank you! Y me dijo algo así como Don’t be scared of me.

No, no estoy scared, me da muchísima fiaca socializar en este momento de mi existencia en Kuala Lumpur, cuando no puedo poner en orden dos ideas por el sueño que tengo.

Después de una noche me recuperé y al día siguiente salí a caminar.

***

Kuala Lumpur sigue tan llena de vida y calurosa como la recordaba. Otra ciudad que amo.

Pero lo que más me sorprendió es el frenesí, la locura, el acelere con el que se prepara para festejar Navidad (en un país donde el 60 por ciento es musulmán, el resto es hindú, budista, confucionista y hay una pequeña comunidad católica).

Las calles están decoradas con luces blancas, los shoppings desbordan de árboles de navidad, gorros de Papá Noel, grupos de chicos cantando Villancicos, ofertas navideñas y gente comprando a lo loco.

Me siento dentro de Mi Pobre Angelito (Home Alone) o alguna película yanqui.

Y de repente, después del villancico número 20 (que no sé si fue Jingle Bell Rock o Joy to the world) me acordé que dentro de muy poco va a ser Navidad y es la primera vez que no voy a pasarlo con mi familia.

No sólo eso: voy a pasar las fiestas en el otro lado del mundo.

Y me puse un poco melancólica.

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Comiendo por ahí | Capítulo 1: Tailandia

Tengo hambre, pensé en Tailandia.

Cuándo no.

Mis viajes son también experiencias gastronómicas y culinarias, algunas con mejores resultados que otras.

Tailandia fue mi primer contacto REAL con la cocina asiática (nada de restaurantes en Palermo Hollywood, esta vez lo pruebo de primera mano).

Siempre “not spicy”, obvio, y no puedo quejarme, la comida en Tailandia es DE-LI-CIO-SA.

Esta fue una de mis primeras comidas en Bangkok: arroz (obvio) con pollo, verduras y una salsa agridulce.

Miro esta foto y me dan ganas de comerme la pantalla (?). Pollo con verduras y ese mini choclo que no sé cómo se llama.
Esto lo comí en Ko Phanghan, sentada mirando el mar desde una terraza.

Bangkok otra vez. Este plato se llamaba algo así como “arroz agridulce”
(no recuerdo los nombres de los platos, mucho menos en tailandés): arroz, cebolla, pepino y … ¡ananá!

Qué ricooo, cómo extraño esta comida. En Ko Phi Phi: camarones con verduras. ¿El precio? Ridículamente barato para ser comida de mar (creo que este plato costaba unos 3-4 dólares y en un restaurante “turístico”).

Banana Rotee al paso: panqueques en Ko Phanghan (sur de Tailandia)

Un clásico: noodles fritos con verduras, pollo y maní

¿Tenés hambre? Salí a dar una vuelta por Bangkok, seguro encontrás algo.

El barrio chino nunca falla.

ALGO vas a encontrar.

Y lamento decirlo, pero si querés ir a lo seguro, hay un lugar que siempre estará esperándote…

En el próximo capítulo: Malasia

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Viajando en una foto: Mirame / No me mires

Saqué esta foto la primera semana de mi viaje, en abril, cuando iba en el barco hacia un grupo de islas al sur de Tailandia.

Me acuerdo que todavía no había entrado en clima de viaje, simplemente iba de un lugar a otro casi por inercia, sin hablar demasiado con nadie en el camino.

Estaba aprendiendo a usar mi nueva Nikon D40 (la primera réflex de mi vida) y para practicar buscaba imágenes, detalles, rasgos, momentos.

Llegué al Sudeste Asiático con un objetivo (entre muchos otros): animarme a retratar personas desconocidas.

El “culpable”, quien me inspiró, fue Steve McCurry, fotográfo de National Geographic que capturó la famosa mirada de la Niña Afgana.

Tuve la enorme suerte de conocerlo y entrevistarlo durante su exposición en el Centro Cultural Borges en Buenos Aires, pocas semanas antes de irme de viaje.

Le pregunté cómo hacía para sacar esas fotos tan naturales y a la vez íntimas de personas que conocía durante pocos minutos, ya que muchas de sus imágenes están tomadas dentro de las casas por lo que parece ser una cámara fantasma capaz de capturar momentos y de pasar desapercibida.

Él me dijo que era más fácil de lo que pensaba y me repitió su filosofía:

– Hay que esperar ese momento en que la persona se halla desprevenida y su alma aparece en su cara…

Pero mi problema durante los primeros días era que no me animaba a pedirle permiso a la gente para retratarla (tenía miedo de que me miraran con cara de esta de dónde salió o que se ofendieran) y tampoco me gusta eso de apuntarle la cámara en la cara a alguien cual animal de zoológico sin ningún tipo de respeto por la persona.

Apenas vi a esta nena tailandesa supe que quería sacarle una foto, ¡pero cómo hacer!

La seguí por todo el barco pero siempre iba con el papá y me daba un poco de vergüenza preguntarle si podía sacarle una foto (seis meses después, la vergüenza se me fue).

Además nunca se quedaba quieta, corría de un lado a otro, y yo no quería acercarme demasiado como para “disimular” la situación.

En algún momento se ve que el papá se cansó y la subió en brazos.

Ahí fue cuando ella me miró.

Me hubiese gustado sacarle una foto más de cerca, pero mi lente y mi posición no me lo permitieron.

Igualmente hice trampa: aproveché que la nena no hablaba y le saqué una foto sin permiso. Total, ¿a quién le va a contar?

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Ko Phi Phi: hacer turismo vs. viajar como un local

Dejé atrás Ko Phangan, el paraíso de los israelíes y los ravers, y llegué a mini Europa.

Esta vez, la estadística poblacional de Ko Phi Phi sería la siguiente: de cada 100 personas, 40 son tailandeses, 35 son europeos/australianos, 20 son asiáticos, 5 son latinoamericanos. El pueblo de la isla es mínimo y obviamente jamás logré orientarme del todo bien. Llegué sin hostel y encontré uno por 250 baht la cama (casi 8 dólares), el más barato de la isla.

Dejé mis cosas, me fui a dar una vuelta y cuando quise volver al hostel tardé unos 40 minutos en encontrar la calle. Ríanse de mí, este es el mapa del pueblo:

En mi defensa, quisiera aclarar que ninguna calle tiene nombre, todas son iguales y tienen los mismos restaurantes y locales de ropa, mi hostel no figura en ningún mapa y nadie es capaz de dar una buena indicación.

Cada vez que preguntaba cómo llegar a Anita’s Guesthouse me miraban y me decían “Oh yes, Oasis Bungalows, come with me“.

Una tarde estaba caminando por el pueblo y una chica de China me preguntó si sabía de algún alojamiento barato. Sí, si estás dispuesta a caminar hasta que encuentre mi hostel, te llevo… Y en ese largo trayecto en el que intenté disimular mi falta de orientación nos hicimos amigas. ¿Tenés Facebook? No, en China está prohibido. ¿Usás You Tube? Tampoco, pero tenemos una web que es una copia exacta. ¿Comiste rata alguna vez? ¡No! (con cara de asco). ¿China es caro o barato? China is so cheap! ¿Cómo te llamás? Journey. Y así estuvimos, derribando mitos y descubriendo nuestras respectivas culturas durante nuestros días en la isla.

Como nunca logré orientarme visualmente, desarrollé una capacidad auditiva interesante. Podría decir que el camino del hostel a TonSai Bay (una de las dos playas) estaba puntuado por voces. Ticket, ticket, where you go miss?, me decía el de la agencia de viajes de la esquina cada vez que pasaba por la puerta; Hello beautiful lady, would you like to try some delicious indian food (pronunciado más o menos así: Jalooou biutiful lei-di, wud iu laik to trai some delishios indian fuud), me preguntaba un hindú cada vez que doblaba la esquina y me chocaba con su restaurante; Thai masaaaash… come in…, me ofrecían las mujeres en la puerta de sus “peluquerías” de masajes, y eso me indicaba que tenía que doblar a la izquierda; Hey, want a thai tattoo?, intentaban convencerme los tailandeses, tatuados y llenos de aros, tengo que seguir derecho; Snorkeling tour lady, me estoy acercando al muelle; Kha – kha (yes yes), escuchaba a las tailandesas almorzando en el mercado local, ya falta poco; Care to dive while you’re here, mate?, repetían incansablemente los australianos a cargo de un dive shop, ya casi estoy en la playa; Boat-boat, Long Beach, where to?, ah… llegué.

Y de noche, alguien daba vuelta el casette y los sonidos cambiaban, guiando a la gente hacia la otra orilla. Pi Pi!, decían los tailandeses que andaban en bici y no tenían bocina para pedir permiso y pasar entre la gente; Hey ladies, if you come to our bar, free buckets at 10.30, intentaban reclutar los británicos para un bar; Free drinks with this flyer, 2 for 1 all night guys, Ladies night and fire show at Carlito’s, ofrecían acá y allá; I can give you real thai massage, seducían los tailandeses; I gotta feeling, that tonight’s gonna be a good night… I’m coming out of my cage and I’ve been doing just fine… My humps my humps my humps… I’m on tonight because my hips don’t lie…, música, estoy cerca de la playa nocturna. Y a lo lejos, el aro de fuego. Llegué a LohDaLum Bay, acá está la acción.

Como notarán, en Ko Phi Phi (o “PP”) el idioma oficial es el inglés. Nada de español, ¿qué es eso? Mucho sawatdee, mucho khob-kun-Ka (hola y gracias en thai) y demasiado English. Es el precio de ser un destino turístico tan popular, quiérase o no, la autenticidad se pierde y todo pasa a ser para el turista. Así que decidí incursionar en el maravilloso mundo de Couchsurfing.

Para quienes no conocen esta organización, paso a explicar.

Couchsurfing es una comunidad online conformada por casi 2 millones de personas provenientes de 237 países y territorios. ¿De qué se trata? Quien quiera participar tiene que registrarse, abrir una cuenta y escribir su perfil: es importante hablar de uno mismo, contar de dónde viene, qué hace, dónde vive, por dónde viajó, a dónde quiere viajar, cuáles son sus objetivos de vida y estar dispuesto a ofrecer su “couch” (sofá) a los viajeros o su tiempo para llevarlos a conocer su pueblo o ciudad.

Se trata de un intercambio de hospitalidad, de un encuentro de culturas y de personas y no de “una noche de hotel gratis” como muchos puedan pensar.Todas las personas que se alojen en la casa de otro couchsurfer o que se encuentren para tomar un café deben dejar una referencia acerca del otro, para que toda la comunidad pueda tener la seguridad de que la persona es de confianza y de que la experiencia fue positiva.

Me parece que la característica más valiosa de esta comunidad es que permite conocer los lugares a través de los ojos de un local: no es lo mismo dormir en un hotel, comer en un restaurante turístico y hacer un tour que hospedarse en una casa de familia, comer en los mercados o bares locales y salir a caminar con un nativo.

Yo estaba registrada hacia tiempo en esta comunidad pero nunca la había explorado demasiado. Después de pasar varios días como una turista en Tailandia decidí que quería empezar a conocer los lugares desde adentro, así que me dediqué a completar mi perfil y a contactar gente en Malasia (mi próximo destino).

Descubrí que hay personas que fueron hospedadas más de cien veces en decenas de países, hay otros que recibieron a más de 500 viajeros en sus casas, hay algunos que fueron nombrados “embajadores” de su ciudad y en general todas las referencias que leí son extremadamente positivas.

Argentina está número 19 en la lista de países más activos en CS (los top 3 son Estados Unidos, Alemania y Francia) y las ciudades más populares para realizar este intercambio son Londres, París y Berlín.

Así que Couchsurfing, bienvenido a mi viaje. Mi primera experiencia, en el próximo capítulo.

Actualización: después de muchos viajes me decidí a escribir una Guía de Couchsurfing con toda la info recopilada.

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“Hey, farang! Sawatdee pee mai!” (¡Feliz año nuevo tailandés!)

Voy rumbo a Ko Phi Phi, destino mundialmente conocido por dos características bastante disímiles: fue uno de los lugares más golpeados por el tsunami del 2004 y fue también una de las locaciones donde se filmó La Playa (la película de Danny Boyle… donde actúa Leo Di Caprio).

Tengo que cruzar de una costa a la otra del país: estoy en la isla de Ko Phanghan (el mapa está dos posts atrás), en el golfo de Tailandia, y voy hacia una isla que está en el Mar de Andamán, un sector del Océano Índico. Parece un trayecto bastante simple: barco – colectivo hasta la otra costa – barco. Pero no, el viaje me lleva casi 12 horas en las que me subo a una combi, a un catamarán, a un colectivo, a un taxi, a otro taxi, a un “big bus”, a otro taxi y a un barco. Es lo que acá venden en todas las agencias de viaje como “joint ticket” (pasaje conjunto, o combo de pasajes). Y no queda otra que comprarlo, porque viajar por cuenta propia es más caro, más difícil y probablemente llevaría el triple de tiempo (aunque no lo crean).

Estos viajes en el interior de Tailandia son bastante caros. Por ejemplo, el combo anterior cuesta unos 1000 baht, algo así como 30 dólares. Pero no puedo negar que son giras cómicas y hasta misteriosas. Lo cierto es que no importa en qué agencia de viajes se compre el pasaje, finalmente todos terminan viajando en los mismos transportes.

El procedimiento es así: comprás un “joint ticket” para el cual te dan un recibo que dice que pagaste el monto total del viaje al destino final que hayas elegido, el pasaje correspondiente al primer medio de transporte y un sticker con una palabra en thai para que te pegues en la remera. Es decir que uno se pregunta constantemente si se quedará a mitad de camino o si, en la próxima parada, alguien va a reconocer el recibo y darle el pasaje para el tramo siguiente. Es un enigma. Igual que el sticker que uno lleva encima, que bien puede decir “paseame soy turista”, “aguante Rambo” o “busco marido”.

El sticker misterioso y yo

Yo tuve una situación así: después de tomar el primer barco desde Ko Phanghan hasta tierra firme y el colectivo siguiente hasta el pueblo de Suratthani, quedé “varada”. Todos los turistas hicieron cambio de colectivo menos yo, porque mi recibo correspondía a otra agencia de viajes y nadie me lo reconocía. Me dijeron que llamara por teléfono al número que figuraba en el papel y pidiera que fueran a buscarme.

Primero: no tenía idea de dónde estaba parada.

Segundo: tenía menos idea de cómo explicar eso en tailandés.

Así que le pedí a una mujer que llamara y a los 20 minutos llegó el taxi a buscarme. Pero no era un taxi cualquiera, no, era una especie de camioneta tuneada (como esta), con la parte de atrás abierta, con capacidad para ocho pasajeros. Así que nos fuimos, el taxista, mi sticker y yo hasta la parada del próximo medio de transporte. Llegamos a un restaurante, el taxista frenó y me dijo que me bajara ahí. Al fondo, una mujer sentada a un escritorio manejaba la sucursal de la agencia de viajes que me correspondía. Me dio los pasajes restantes, otro sticker para mi remera y me mandó con el taxista al “big bus” que me llevaría a Krabi, pueblo donde después podría hacer la conexión con el barco a Ko Phi Phi.

Mi odisea podría haber sido aburrida, pero no elegí mejor día para viajar que Songkran: el año nuevo tailandés.

¿Y en qué consisten los festejos de año nuevo acá? Son tres días feriados en los que los tailandeses preparan sus mangueras, cargan sus pistolas de agua y sus baldes y empapan de agua y pintura a quien se les cruce. Me parece una manera genial de aplacar los 40 grados de calor de abril. Así que mientras iba en el taxi tuneado recibí muchos “Hey farang! Sawatdee pee mai!” (Hey gringa, feliz año nuevo!”) seguidos de pistolazos, pintadas en la cara y sonrisas. El ambiente que se vive es muy alegre y divertido, a los tailandeses le encanta saludar a los extranjeros en inglés y sacarnos fotos (lo cual me resulta gracioso, pero lo mismo deben pensar ellos cuando nosotros los fotografíamos… ¿para qué querrán una foto mía?).

Hasta 1888, Songkran marcaba el principio del nuevo año en Tailandia y en varios países del Sudeste Asiático, y era un momento de mucha espiritualidad en el que se visitaba a los ancianos, amigos, familiares y vecinos. A mediados del siglo pasado dejó de tener un significado astrológico y se convirtió en un festejo tradicional del país… y en tres días de vacaciones símil carnaval.

Actualmente, el año comienza cada primero de enero y Songkram se festeja entre el 13 y 15 de abril.

El festejo comenzó en el norte del país y se cree que es una adaptación del festival Holi de la India. Songkran es un momento de limpieza y renovación: durante estos días, muchas personas van a un wat (templo budista) a rezar y a llevar ofrendas a los monjes, otros limpian las imágenes de Buda con agua y fragancias y algunos llevan arena al monasterio de su barrio en representación de la suciedad que acarrearon en sus pies durante el resto del año. Hay quienes hacen promesas para el año entrante y quiene aprovechan para limpiar sus hogares a fondo.Y todos se suman en el ritual de tirarse agua: es una manera de “limpiar la suciedad” de las personas. Comenzó como una manera de mostrar respeto hacia el otro: tras limpiar las imágenes de Buda se utilizaba esa agua “bendecida” para darle buena fortuna a los mayores y a la familia. Pero hoy en día pasó a ser una gran guerra amistosa de pistolas de agua y baldes en la que no se salva nadie. Yo tampoco, obvio.

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¡¿Dónde están mis ojotas?!
Mi experiencia en Ko Phanghan, la isla de la Full Moon Party

Tailandia es un país preparado para el turismo, definitivamente. Me lo dice la gente que me cruzo y me doy cuenta a pesar de llevar (“sólo” o “ya”) una semana acá. ¿Cómo hacés para comunicarte? Es la pregunta que más recibo desde tierras argentinas. No es nada difícil, les cuento, pensé que iba a ser peor. Hasta me siento decepcionada de lo fácil que es (en los lugares turísticos, claro).

En general, todos los carteles están en thai y en inglés, los menúes de los restaurantes también tienen el subtítulo en inglés (y en algunos casos la foto del plato), la mayoría de la gente sabe decir (o por lo menos entiende) “hello”, “thank you”, “how much?”. No esperan que uno les hable en su idioma, sino que directamente saludan con un sawatdee (saludo tradicional thai) y hablan en inglés (un inglés que a veces cuesta entender, pero inglés al fin).

Pero cuando uno se sale un poquito de la ruta turística, las cosas cambian.

La experiencia de ir a Chinatown en Bangkok fue divertida, ahí sí que nadie hablaba inglés… y yo que necesitaba saber cómo llegar a la estación de subte más cercana. ¿Qué hice? Me aprendí el nombre de la estación (Hua Lamphong) y me fui acercando a distintas personas que parecían ser policías, oficiales, cuidadores o algo por el estilo. Los miré con cara de perdida y les dije “Hua Lamphong?”, a lo que me indicaron con señas cómo llegar. Lo gracioso es que cada persona me iba indicando de a dos cuadras, me marcaban con el brazo que caminara derecho y que doblara a la izquierda, por ejemplo, y cuando hacía ese trayecto y no veía ni rastros de la estación de subte, le preguntaba a otra persona que nuevamente me daba una indicación de dos cuadras y así, cuatro personas después, llegué.

Pero mis aventuras en Bangkok quedaron atrás. Si bien la ciudad me fascinó, no soporté eso de transpirar más que haciendo una hora de spinning adentro de una olla a presión. Detalle interesante: hablando con una alemana, me dijo que Bangkok le gustó pero que le pareció una ciudad muy ruidosa, contaminada y sucia. ¿Bangkok? ¿La misma Bangkok que conocí yo? ¿O será que nosotros estamos tan acostumbrados al caos que cualquier ciudad medianamente ordenada nos parece de avanzada? ¿O será que ellos están tan acostumbrados al orden que cualquier ciudad medianamente ruidosa les parece incivilizada? Qué dilema… Yo creo que hay que buscar un punto medio entre ambas.

Y Bangkok es una ciudad que vale la pena conocer, se los aseguro. Probablemente tendré que volver cuando quiera volar a Myanmar, ya que a ese país sólo se puede entrar en avión (bah, por tierra también, pero es complicado). Capítulo aparte.

Como dije, me vine a la playa. Todavía no a LA Playa de Leo Di Caprio, esa será mi próxima parada… (Sí, ese lugar es REAL).

Ahora estoy en Ko Phanghan, una de las tres islas de la provincia de Suratthani, unos 600 kilómetros al sur de Bangkok.

Llegué en colectivo y ferry, unas 12 horas de viaje, de noche y sin dormir. Hay formas más cómodas de llegar, obvio: el avión, para los que pueden gastar un poco más y tienen menos tiempo, y el tren, que es más cómodo y tiene camas en lugar de butacas. Hubiese venido en tren, pero los pasajes estaban agotados hacia varios días (me avivé tarde). En estas islas hay opciones para todos: los que prefieren vacaciones en resorts cinco estrellas, van directo a Ko Samui; los que quieren sacar el certificado de buceo bien barato, eligen Ko Tao; y los que quieren gastar poco pero ir a una playa de agua turquesa y arena que parece talco, derechito a Ko Phanghan.

Ah, y hay otra razón para elegir esta isla: las famosísimas Full Moon Parties.

Tengo que confesar que por más famosísimas que sean, yo no sabía demasiado sobre estas parties hasta que llegué acá.

La cosa es así: esta fiesta existe desde 1988 y se celebra cada luna llena. La primera vez que se hizo fue para 20 o 30 personas que descubrieron que la luna llena, al parecer, se veía mejor acá que en cualquier otro lugar del mundo. Hoy en día, la isla recibe entre 20.000 y 30.000 personas por fiesta (!). Muchos llegan del continente o de las otras islas y se quedan en Ko Phanghan solamente para la fiesta y vuelven completamente borrachos en el ferry a sus respectivos paraderos. La fiesta se hace en Sunrise Beach, una de las playas de Haad Rin, uno de los pequeños pueblitos de esta isla.

Mi itinerario no coincide con la luna llena (faltan como tres semanas), así que cuento según lo que escuché, vi o leí por ahí.

Al parecer antes de que empiece la fiesta todos se pintan el cuerpo con pintura fluorescente, compran los famosos buckets (baldes) de alcohol y se van para la playa. Hay varios DJs que pasan distinto tipo de música, más que nada electrónica. Me la imagino como una gran Creamfields at paradise. Hay fiesta de la espuma, malabaristas y, al día siguiente, un gran mercado negro de ojotas y venta de remeras que dicen “Has anybody seen my shoes?”.

Un descontrol.

Obviamente los precios de los hostels y hoteles se duplican o triplican. Para los nostálgicos, se realizan también la Half Moon Party y la Black Moon Party. Lo más gracioso es que el pueblo de Haad Rin (mínimo) está lleno de puestos de tatuajes, osea: empedate, tatuate y al día siguiente olvidate de arrepentirte. La Full Moon Party queda en tu piel para siempre (y en tu ropa también, la pintura fluorescente no sale con nada). The Ko Phanghan Experience, me dice un israelí que la vivió, y me cuenta que nunca probó un Red Bull tan fuerte como el de acá (tan pero tan fuerte que en Israel prohibieron su importación).

Ahora que estamos en la época “entre-fiestas”, la isla está tranquila.

Más allá de las motitos que van y vienen por los caminos de tierra, se puede caminar, comer y dormir con serenidad.

Es impresionante la gran cantidad de israelíes que hay acá, no sé nada de estadística, pero me atrevo a decir que uno de cada cuatro es israelí (los tres restantes son alemanes, tailandeses y algún europeo random). Perdón, son muy buena onda, pero no puedo evitar recordar a Zohan cada vez que los escucho hablar en inglés. Por ahora latinoamericanos, cero.  No escuché ni una palabra de español desde que llegué, todo hellowhereareyoufrom. Tengo ganas de hablarles a todos en porteño y que nadie entienda nada.

Qué descubrí en Ko Phanghan:

  • Que la comida más rica, más barata y mejor preparada es la de los carritos callejeros. La cocinan en el momento, adelante tuyo y la cocinera es una tailandesa de verdad, no un europeo que se vino a vivir acá y puso un restaurante
  • Que la comida tailandesa es demasiado rica…
  • Que la gente duerme hasta muy tarde (mucha joda). Un día me caí de la cama a las 8 am, fui a la playa y juro que no había NADIE más que yo y una chica que corría de punta a punta con una lata de Redbull en la mano. Lo de la lata es mentira. Corría haciendo su ejercicio matutino supongo
  • Que no hay vendedores ambulantes en la playa (al menos no en ésta) como por ejemplo en Brasil (los que te venden las hamacas paraguayas), en Perú (los heladeros) o en Ecuador (los artesanos). Acá, nada. Eso me gusta de los vendedores tailandeses: que no acosan. Si entrás a su negocio, te dejan mirar tranquila sin decirte cada cinco minutos que tienen buenas ofertas para vos, que eso te queda divino, que si llevás dos te regala uno, etcétera…
  • Que eso de que esta es la playa de los hippies es una gran mentira. Creo que si vi cuatro personas que catalogan como hippies, es demasiado. Está lleno de europeos que vienen por la fiesta, a mi no me engañan
  • Que, por ahora, nuestro Caribe no tiene nada que envidiarle a las playas de Tailandia, aunque no sé si tendré que retractarme cuando llegue a las Ko Phi Phi Islands
  • Que todo el mundo viene en grupo, y yo sola… ¿Nadie tiene ganas de unas vacaciones en Tailandia? :)

Actualización con algunos precios (¡2010!): El hotelito en el que me quedo (cuarto privado con baño, ventilaitor, acceso a swimming pool) cuesta ¡8 dólares la noche! Es genial. Con respecto a mi gasto en comida, depende, si comés en los carritos de la calle pagás 1 dólar por un plato abundante. Sino, en los restaurantes, de 2.50 para arriba. ¡Super económico y muy rico!

 

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Datos y curiosidades de Tailandia

Primero, un mapa a pedido de mi amiga Belu :)

En rojo marqué el recorrido que ya hice (Bangkok – Chumphon – Ko Phangan) y en azul el que quiero hacer (Phuket – Ko Phi Phi – tren a Malasia). Voy hacia Malasia y Singapur, así que el norte de Tailandia lo haré en unos meses cuando termine el recorrido por Indonesia y Filipinas.

  • Tailandia fue antiguamente el reino de Siam. En 1939 pasó a llamarse Prathet Thai (ประเทศไทย) que significa “país libre” o tierra de los Thai (Thailand y por ende Tailandia)
  • Su capital es Bangkok y el idioma oficial el tailandés. Tiene 65 millones de habitantes
  • Es una monarquía constitucional, el rey es Bhumibol Adulyadej (Rama IX, nacido en Estados Unidos) y el Primer Ministro Abhisit Vejjajiva (nacido en el Reino Unido). El rey está en el trono desde 1949 y es el jefe de estado que más tiempo lleva en el cargo en todo el mundo
  • Alrededor del 95% de los tailandeses son budistas de la tradición theravāda pero también existen minorías de musulmanes, cristianos e hindúes. En las provincias del sur del país prevalece el Islam
  • Tailandia es la segunda economía más fuerte del Sudeste Asiático después de Indonesia. Depende principalmente de sus exportaciones de arroz y del turismo
  • El honor es un concepto muy importante en la cultura tailandesa, por eso jamás se los ve discutiendo o gritando en público
  • El saludo o reverencia que realizan juntando las manos se llama wai
  • Es de mala educación tocar la cabeza de una persona o señalar algo o alguien con los pies. Es un insulto pisar la comida o pasar por encima de una persona que está sentada o acostada en el piso. Tampoco está bien visto poner los pies sobre la silla, estos deben estar siempre sobre el piso. No se debe apuntar los pies hacia la imagen de Buda y siempre hay que sacarse los zapatos al entrar a una casa o templo
  • La cocina tailandesa mezcla cinco sabores: dulce, picante, agrio, amargo y salado. La comida básica es el arroz, que está en casi todas las comidas. ¡Y es tan pero tan rica que temo volver rodando!
  • Es ilegal pisar billetes o monedas ya que tienen la imagen del rey
  • Tailandia es un país muy abierto y tolerante con respecto a la homosexualidad. Bangkok es una de las ciudades más gay friendly del mundo, pero por otro lado los gays no pueden estudiar para ser profesores ni unirse al ejército
  • La comida se come con palitos o con un tenedor y una cuchara: la cuchara se usa como tenedor y el tenedor como cuchillo (o para empujar la comida sobre la cuchara). A los tailandeses les parece muy raro que alguien use el tenedor para llevarse la comida a la boca (¡eso estuve haciendo todos estos días!). Cuando se termina de comer, se pone el tenedor encima de la cuchara, en medio del plato
  • Los autos tienen el volante del lado derecho y se maneja por la izquierda (primera vez que veo esto in real life)
  • El himno nacional se pasa dos veces por día en los lugares públicos, en trenes y subtes. Los tailandeses frenan lo que sea que estén haciendo y se quedan parados hasta que el himno termina. Por respeto, los extranjeros deben hacer lo mismo (no como yo que me di cuenta varios segundos después de que todo el parque estaba congelado escuchando el himno)
  • Los perros de Tailandia pueden tener seguro de vida: hay una compañía que ofrece remuneración en caso de muerte de la mascota. Si el perro es de origen extranjero con pedigrí, el seguro lo cubre hasta por 500.000 baht (unos 20.000 dólares), si es de raza local, por unos 500 dólares
  • Muchos motociclistas andan sin casco pero con barbijo (por qué, no lo descubrí todavía)
  • En los pueblos, cuando los tailandeses se despiertan, es muy común que salgan a barrer las veredas o las playas
  • Por ahora no encontré ninguna una calle que siga una linea recta por muchos metros, en general forman S u otras letras por el estilo… Siempre tardo muchísimo en llegar a lugares a los que decido ir.
  • Además de que el alfabeto thai es muy complicado de aprender por su escritura y pronunciación, hay algo más: los hombres terminan sus frases con khráp y las mujeres dicen kha
  • Por lo que vi hasta ahora, los tailandeses comen a toda hora… Hoy salí a caminar a las 7 de la mañana y ya estaban preparando pollo frito
  • En Tailandia hay más de 5000 (sí, cinco mil) 7-Eleven (una cadena estadounidense que vende comida, golosinas, galletitas, artículos de farmacia… algo así como un “mini super” o un quiosco grande con mucho aire acondicionado).

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Bangkok en diez palabras – parte II

[box type=”star”]Podés leer la primera parte de este post acá: Bangkok en diez palabras – parte I [/box]

6. SPICY

Me lo dijeron antes de viajar: siempre pedí la comida not spicy, porque le ponen un picante que nos mata, y aunque les digas no spicy, siempre algo picante va a estar. Por ahora tuve suerte, me animé a la comida tailandesa y es… deliciosa! Me encanta la mezcla agridulce que tiene. Por ejemplo hoy almorcé un arroz con pollo, camarón y ananá (más una salsa misteriosa que jamás descifraré). Lo bueno es que los menúes casi siempre vienen con fotos o con una breve descripción de cada plato en inglés, así por lo menos uno tiene una idea más o menos remota de lo que le van a servir.

Es imposible no comer en Bangkok, la comida te persigue, los vendedores ambulantes están en todas las veredas, repito: en todas. La cosa se volvió tan sofisticada que incluso ponen mesitas en la calle para que los comensales descansen y se coman un plato de arroz. Debe haber unos diez restaurantes por cuadra e igual cantidad de carritos. Desde la madrugada, hombres y mujeres fríen pollos, cortan frutas en pedacitos, sirven té y café y preparan comidas al paso en la calle.


7. WAT

Pero los carritos no son la única decoración callejera. Hay un elemento que probablemente nos llame más la atención a nosotros (por nosotros me refiero a los occidentales): cada pocas cuadras hay desde enormes templos (wats) hasta pequeños altares abajo de un árbol. Los tailandeses se toman unos minutos de su rutina para frenar, agradecer y realizar alguna ofrenda. Casi el 95 por ciento de la población es budista practicante y es muy común cruzarse con monjes en cualquier parte de la ciudad. Ellos tienen ciertos lugares reservados en los trenes, subtes y barcos y, según tengo entendido, una mujer no debe sentarse al lado de un monje. En Bangkok hay todavía mucha evidencia del antiguo reino de Siam, especialmente templos, palacios y Budas. Actualmente el país es una monarquía constitucional: el rey Bhumibol Adulyadej está en el trono desde 1946.

8. PIES

Para los tailandeses, la cabeza de las personas es sagrada y los pies son lo más bajo y sucio, por lo tanto es de mala educación tocarle la cabeza a alguien o señalar algo con los pies. Además, cada vez que se entra a un templo o a una casa es necesario descalzarse: en los templos hay carteles que piden a los turistas que se saquen los zapatos y estantes ubicados especialmente para dejar el calzado. Otra cosa que llama la atención con respecto a los pies es la cantidad de lugares que ofrecen masajes y reflexología, hay por lo menos una o dos de estos “salones de belleza” por cuadra.

9. TUK-TUK

“Tuk tuk lady? Where you go?”, probablemente es una de las primeras frases que aprenden los conductores de tuk tuks cuando sacan el registro. Si bien los vendedores ambulantes tailandeses no acosan a los turistas (es más, creo que ni les llaman la atención), los conductores de estos peculiares taxis se acercan a cualquier extranjero que vean. Puede parecer divertido subirse a estos autitos mezcla de moto con carroza, pero si hay algo que los tailandeses les dicen a los turistas es no se suban a los tuk tuks. Es verdad que cobran menos que un taxi normal, pero generalmente lo que hacen es pasearte, decirte que el lugar que querés visitar está cerrado y llevarte al negocio de ropa o joyas que maneja la cuñada para que compres souvenirs. Uno de los scams (engaños) más comunes es que te ofrezcan un tour por distintos puntos de la ciudad a un precio muy barato y te terminen llevando a donde se les cante (probablemente a lugares donde les den una comisión por llevar turistas). Otro engaño bastante común según leí es la venta de piedras preciosas: alguien se te acerca y te ofrece piedras preciosas a un valor muy bajo y te asegura que las vas a poder vender en tu país a un precio altísimo, en ese momento interfiere alguien que dice ser del gobierno, te muestra su identificación (trucha) y te sella un papel donde promete devolverte la plata en caso de inconvenientes. Obviamente todo está armado. Más allá de esto, es muy raro que quieran robarte o lastimarte.

10. CALOR

¿Ya dije que hace 40 grados a la sombra, no? Esta palabra se ganó dos apariciones en mi top ten de Bangkok porque el calor es tan pero tan insoportable que no dan ganas de salir de los lugares que tienen aire acondicionado. Lo que no entiendo es cómo hacen las tailandesas para estar impecables: ni una gota de transpiración, ni un pelo fuera de lugar. Que alguien me indique dónde compro lo que sea que usen para estar así. ¿Será cierto eso de que se bañan tres veces por día?

Decidí huir de la ciudad e ir hacia la playa, ya que esta es la mejor época para ir al mar. Además en unos días empiezan las vacaciones acá en Tailandia y los festejos de año nuevo, así que va a haber una gran movilización de gente.

Me voy a las islas de Ko Pha Ngan y tal vez Ko Samui, al sur del país, en breve escribo desde allá.

¿Querés saber cuáles son las primeras cinco palabras? Lee este post!

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Bangkok en diez palabras – parte I

1. CALOR

¿Soy yo, o hace (demasiado) calor? Para los que crean que no hay nada peor que quedarse en Buenos Aires en enero y caminar por Microcentro a la una del mediodía, les cuento que para mí estar ahí sería un alivio. Ustedes no saben la humedad, EL CALOR, que hace en esta ciudad. Claro, me olvido de que estoy en medio de los trópicos, a la misma altura que ciudad de Guatemala. (Casi) Todos los hostels, negocios, restaurantes, farmacias, transportes tienen el aire acondicionado puesto en cero grados, entonces cuesta salir a la calle y enfrentarse al sol que te da en la nuca estés donde estés. Juro que nunca pasé tanto calor como acá, o sí, pero la diferencia es que acá no hay playa como para internarse en el mar y olvidarse de todo. Esto es una ciudad con miles de lugares y barrios para conocer, una ciudad para caminar de un lado a otro, una ciudad para descubrir… y todo a pie, porque meterse en el tráfico sería directamente un suicidio.

2. CÁOS

El mapa turístico de Bangkok debería venir con un manual: Aprenda a cruzar la calle en quince pasos sencillos. Primero, mire hacia ambos lados, segundo, mire hacia arriba, hacia abajo y hacia aquella calle sin salida, tercero, vuelva a mirar hacia los costados, cuarto, busque algún semáforo, cinco, siga buscando ese semáforo que ya va a aparecer, seis, deje que pase esa moto que viene quién sabe de dónde, deje que doble ese colectivo y que cruce el tuk-tuk, siete, siga esperando con paciencia que el tráfico en algún momento va a disminuir… quince, tome aire y corra lo más rápido que pueda hacia la vereda de enfrente. Consejo de Violeta en los comentarios (¡una genia!): “Yo aprendí el truco para cruzar la calle, siempre esperaba que lo hiciese un thai y lo seguía”. ¿Qué tal?

3. ORDEN

La calle en Bangkok es caótica, es cierto, pero a la vez todo es eficiente, el transporte funciona y las veredas están limpias. En estos pocos días que llevo acá, ya usé el subte, el skytrain (el tren que va por arriba) y el barco para ir de un lugar a otro, y estoy fascinada con lo bien que funciona todo. Mi primer encuentro con el skytrain fue complicado. Me acerqué a la ventanilla donde decía Tickets y pedí uno hasta la estación Saphan Taksin (me cuesta mucho memorizarme estos nombres), el chico que me atendió pronunció un número inentendible, yo le ofrecí todo los baht (pesos tailandeses) que tenía, me sacó un billete de 20, me lo cambió por dos monedas de 10 y me señaló una máquina. Al parecer su función solamente era darme cambio en monedas, ya que el pasaje se saca a través de la maquinita. Por suerte las instrucciones están en thai y en inglés. Hay que marcar el destino y poner las monedas, tan simple como eso. Para el subte, en cambio, hay que acercarse a la ventanilla y cambiar los baht por una especie de moneda de plástico que servirá para abrir el molinete y pasar a la estación. Tanto el subte como el skytrain tienen aire acondicionado y están impecables, viajé en hora pico y nada de amontonamiento.

El barco es genial. Bangkok tiene un río en el lado este de la ciudad y en su orilla hay varios lugares muy interesantes para conocer, así que hay un sistema de transporte fluvial también muy desarrollado. Mi primer encuentro con los barcos también fue complicado ya que no tenía ni la más mínima idea cuál debía tomarme para llegar a donde quería. Le pregunté a un guardia y tuvimos una conversación así:

Yo: – Boat to Khao san?
Él: – Yes, yes, Olan Fla
Yo: – What?
Él: – Olan, olan fla
Yo: …
Él: – You know olan, the color, olan?
Yo: – Ahh, orange! sí!
Él: – Olan Fla
A lo que deducí que tenía que tomarme el de la bandera naranja. A partir de ahí me la pasé viajando todo el día en barco. Ya soy experta (?).

  

4. FARANG (ฝรั่ง)

Y estamos nosotros, los farang (extranjeros de origen europeo) que andan por toda la ciudad con mapas y cara de no entender nada. Los tailandeses serán exóticos para nosotros, pero les aseguro que ellos deben matarse de risa cada vez que intentamos comunicarnos mediante señas y palabras mal pronunciadas en thai. El alfabeto tailandés es muy difícil de aprender para nosotros ya que tiene 28 consonantes, 15 símbolos que forman unas 28 vocales y cinco tonos o maneras distintas de pronunciar, es decir que una palabra puede escribirse de cierta manera, pero si no se pronuncia en el tono adecuado pasa a significar lo opuesto, lo cual puede generar malentendidos y frases ridículas. Así que todos los que venimos de países occidentales estamos en la misma: comunicación por señas o en un inglés básico pero eficiente.

Hoy iba caminando por alguna calle (no recuerdo el nombre) cuando un tailandés me frenó y me dijo: “These girls are students and they need your help”. Yo pensé: si me quieren robar, no tengo demasiado para que se lleven… o tal vez quieren darme algún mensaje importante para que mande a los medios de mi país (?). Así que me acerqué a las chicas. Enseguida me hicieron señas de que me sentara en una escalera, una se sentó al lado mío, otra sacó una filmadora y la tercera se paró a un costado con carteles en thai y en inglés. Me entrevistaron para un trabajo de inglés de la facultad: dije mi nombre, hace cuánto estaba en Tailandia, de dónde venía, cómo llegué al país, a dónde iba después, dónde me estaba quedando, cuánto tiempo, qué recomendaba para ver en mi país. Fue una charla muy simpática, cuando terminamos, las tres chicas me saludaron haciendo una reverencia. Así que mi video aparecerá en alguna clase de inglés de alguna universidad de Bangkok. Fue una caminata productiva. Más tarde vi a un nene que lloraba histéricamente, la mamá me miró, le dijo algo, el nene me miró y lloró más fuerte. Tal vez la madre lo amenazó con que si no le hacía caso, la farang lo iba a raptar. Quién sabe cuáles serán los mitos urbanos para asustar a los chicos acá.

5. BAHT

La moneda oficial es el baht, un dólar equivale a unos 32 baht. Un cuarto compartido en un hostel está alrededor de 300 baht, el pasaje en skytrain y subte entre 15 y 25 baht, una botella de medio litro de agua entre 7 y 10 baht, un almuerzo entre 50 y 200 baht. Lo que me llama la atención (para bien) es que incluso los puestos callejeros tienen escritos los precios de todos los productos que venden, osea que no hay manera de que quieran cobrarte más “por la cara” (acá es imposible no tener cara de extranjero, por lo que estaríamos todos fritos). Y otra cosa que me llama más la atención (y muy bien) es que los vendedores callejeros usan guantes y barbijo para preparar la comida, ojo, no todos, pero vi varios, y en general nunca tocan la comida con las manos. ¿Qué tal?

¿Querés saber cuáles son las cinco palabras que faltan? Seguí leyendo…

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Volando por ahí: de Buenos Aires a Bangkok

Desde el avión

Llegué, dos aviones, dos días y diez husos horarios después, estoy en Bangkok, Tailandia.

Salí el sábado a las 21 de Argentina y llegué a las 14 hs del lunes 5 de Tailandia (algo así como a las 4 de la mañana del lunes de Argentina). Unas 32 horas de viaje en bruto.

Me hice la canchera y pensé que no tenía jet-lag, pero apenas caminé un rato por la ciudad tuve que volver al hostel porque me caía de sueño y sentía como si estuviese caminando sobre la cubierta de un velero en medio de una tormenta. Así que dormí 13 horas de sueño reparador y acá estoy. Hoy es martes y son casi las 9 de la mañana: les estoy hablando desde el futuro.

Pero hablemos del pasado.

El primer vuelo fue de Ezeiza a Frankfurt, 13 horas de avión que se me pasaron… quiero decir volando pero es medio obvio, ¿no?

Así que el domingo pisé Europa por primera vez (y de ahora en más, cuando me pregunten si conozco este continente diré Sí, hice escala cuando viajé a Asia…). Llegué a la tierra de Uter con unas ocho horas de espera por delante ya que el vuelo hacia Bangkok salía recién a la noche.

El aeropuerto de Frankfurt es enorme, como me dijeron, pero una vez que uno se queda cerca del lugar donde tiene que hacer la conexión, los límites se achican. Así que di un par de vueltas y me fui sentando en sectores distintos para mirar a la gente que pasaba desde varias perspectivas. En el aeropuerto de Frankfurt se realizan conexiones entre todos los continentes, así que vi gente de todas partes, ojos grandes y achinados, burkas y no burkas, y escuché todo tipo de idiomas.

“La vida es como un aeropuerto”, me dijo Mohammed, un chico marroquí-canadiense con el que charlé las últimas dos horas de espera. “Uno conoce personas, comparte momentos, y después cada cual toma su avión y sigue su camino…”. Así es… En pocos minutos charlamos de su cultura, de nuestros países, de los viajes. Sin que yo le preguntara, me dijo que no veía diferencia entre las personas, más allá de su manera de vestirse, de hablar, de comer, ya que en el fondo todos somos iguales. Hablamos de los prejuicios, de los estereotipos, de los preconceptos. Y me dijo algo que no me había puesto a pensar, pero que es muy cierto: “Cuando vuelvas de este viaje, vas a conocer perfectamente las diferencias entre tailandeses, malayos, indonesios, filipinos…”. Tendemos a englobar a todos bajo una misma denominación, pero es verdad, en algunos meses voy a conocer a cada cultura por separado.

El segundo avión salió con un poco de lluvia y frío, “típico clima de abril en Frankfurt”. Durante las diez horas de vuelo, en la pantalla se veía un mapa en el que se iba marcando el recorrido del avión: sobrevolé Ankara, Delhi y otras ciudades que espero algún día conocer por tierra y no sólo desde el cielo. Nos regalaron un conejito de chocolate a cada uno y nos repitieron los mensajes en alemán, inglés y (supongo) tailandés.

Ahora sí, estoy en Asia. De a poco voy cayendo.

El avión aterrizó de día sobre Bangkok.

El aeropuerto queda a 20 km de la ciudad, así que no pude ver mucho desde el cielo, solamente gran cantidad de ríos y muchos autos fucsias (después descubrí que son taxis).

Temperatura: 35 grados, “típico clima de abril en Bangkok”. Salí del avión y la humedad me pegó en la cara. Cuando llegué a migraciones, el tailandés que me atendió me dijo “Argentina, doctor, doctor”. Me costó entender el mensaje, pero otro argentino me dijo que tenía que ir al “centro médico” del aeropuerto para un “chequeo”. El único chequeo que hicieron fue el de mi certificado de vacunación contra la Fiebre Amarilla. Un sello y adentro. Una chica de migraciones me preguntó, con sonrisas y curiosidad, “You come alone to Thailand? You have friends in Thailand? Where are you staying?”, a lo que le respondí Yes, not yet y near Lumphini. “Ohh Lumphini, rich people”. Al parecer mi hostel está en un área muy comercial de la ciudad, así que me quedaré acá uno o dos días y tal vez me cambie de barrio, ya veré.

Dejé las cosas en el hostel (“Take a nap Hostel”) y me fui a conocer el famoso Lumphini, un parque al estilo Rosedal porteño en medio del cáos de Bangkok. Cruzar la calle sin que te atropellen es un desafío, si en Buenos Aires hay muchas motos, acá debería haber calles exclusivas para los cientos de motociclistas que andan en sus Vespas por la ciudad.

Llegué al Lumphini Park y empecé a caminar entre la gente y a sacar fotos como si nada. Tardé unos cinco minutos en darme cuenta de que todos estaban inmóviles, yo era la única que estaba caminando dentro del parque, alguien había apretado Pausa en el control remoto. Frené en el acto y escuché una música que salía de los altoparlantes: todos habían parado para escuchar la música —me atrevo a decir que era el himno nacional—. Cuando terminó, algunos hicieron una pequeña reverencia y el movimiento se reestableció, cada cual siguió su camino. Las mujeres siguieron con su clase de aerobics, los hombres continuaron su trote y los chicos reanudaron sus partidos de ¿tenis?

Ya caí: estoy en Asia.

  

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