Saqué esta foto la primera semana de mi viaje, en abril, cuando iba en el barco hacia un grupo de islas al sur de Tailandia.

Me acuerdo que todavía no había entrado en clima de viaje, simplemente iba de un lugar a otro casi por inercia, sin hablar demasiado con nadie en el camino.

Estaba aprendiendo a usar mi nueva Nikon D40 (la primera réflex de mi vida) y para practicar buscaba imágenes, detalles, rasgos, momentos.

Llegué al Sudeste Asiático con un objetivo (entre muchos otros): animarme a retratar personas desconocidas.

El «culpable», quien me inspiró, fue Steve McCurry, fotográfo de National Geographic que capturó la famosa mirada de la Niña Afgana.

Tuve la enorme suerte de conocerlo y entrevistarlo durante su exposición en el Centro Cultural Borges en Buenos Aires, pocas semanas antes de irme de viaje.

Le pregunté cómo hacía para sacar esas fotos tan naturales y a la vez íntimas de personas que conocía durante pocos minutos, ya que muchas de sus imágenes están tomadas dentro de las casas por lo que parece ser una cámara fantasma capaz de capturar momentos y de pasar desapercibida.

Él me dijo que era más fácil de lo que pensaba y me repitió su filosofía:

– Hay que esperar ese momento en que la persona se halla desprevenida y su alma aparece en su cara…

Pero mi problema durante los primeros días era que no me animaba a pedirle permiso a la gente para retratarla (tenía miedo de que me miraran con cara de esta de dónde salió o que se ofendieran) y tampoco me gusta eso de apuntarle la cámara en la cara a alguien cual animal de zoológico sin ningún tipo de respeto por la persona.

Apenas vi a esta nena tailandesa supe que quería sacarle una foto, ¡pero cómo hacer!

La seguí por todo el barco pero siempre iba con el papá y me daba un poco de vergüenza preguntarle si podía sacarle una foto (seis meses después, la vergüenza se me fue).

Además nunca se quedaba quieta, corría de un lado a otro, y yo no quería acercarme demasiado como para «disimular» la situación.

En algún momento se ve que el papá se cansó y la subió en brazos.

Ahí fue cuando ella me miró.

Me hubiese gustado sacarle una foto más de cerca, pero mi lente y mi posición no me lo permitieron.

Igualmente hice trampa: aproveché que la nena no hablaba y le saqué una foto sin permiso. Total, ¿a quién le va a contar?

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