Viajando en una foto: Mirame / No me mires

Saqué esta foto la primera semana de mi viaje, en abril, cuando iba en el barco hacia un grupo de islas al sur de Tailandia.

Me acuerdo que todavía no había entrado en clima de viaje, simplemente iba de un lugar a otro casi por inercia, sin hablar demasiado con nadie en el camino.

Estaba aprendiendo a usar mi nueva Nikon D40 (la primera réflex de mi vida) y para practicar buscaba imágenes, detalles, rasgos, momentos.

Llegué al Sudeste Asiático con un objetivo (entre muchos otros): animarme a retratar personas desconocidas.

El “culpable”, quien me inspiró, fue Steve McCurry, fotográfo de National Geographic que capturó la famosa mirada de la Niña Afgana.

Tuve la enorme suerte de conocerlo y entrevistarlo durante su exposición en el Centro Cultural Borges en Buenos Aires, pocas semanas antes de irme de viaje.

Le pregunté cómo hacía para sacar esas fotos tan naturales y a la vez íntimas de personas que conocía durante pocos minutos, ya que muchas de sus imágenes están tomadas dentro de las casas por lo que parece ser una cámara fantasma capaz de capturar momentos y de pasar desapercibida.

Él me dijo que era más fácil de lo que pensaba y me repitió su filosofía:

– Hay que esperar ese momento en que la persona se halla desprevenida y su alma aparece en su cara…

Pero mi problema durante los primeros días era que no me animaba a pedirle permiso a la gente para retratarla (tenía miedo de que me miraran con cara de esta de dónde salió o que se ofendieran) y tampoco me gusta eso de apuntarle la cámara en la cara a alguien cual animal de zoológico sin ningún tipo de respeto por la persona.

Apenas vi a esta nena tailandesa supe que quería sacarle una foto, ¡pero cómo hacer!

La seguí por todo el barco pero siempre iba con el papá y me daba un poco de vergüenza preguntarle si podía sacarle una foto (seis meses después, la vergüenza se me fue).

Además nunca se quedaba quieta, corría de un lado a otro, y yo no quería acercarme demasiado como para “disimular” la situación.

En algún momento se ve que el papá se cansó y la subió en brazos.

Ahí fue cuando ella me miró.

Me hubiese gustado sacarle una foto más de cerca, pero mi lente y mi posición no me lo permitieron.

Igualmente hice trampa: aproveché que la nena no hablaba y le saqué una foto sin permiso. Total, ¿a quién le va a contar?

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Situaciones bizarras en Indonesia #3:
Los indonesios las prefieren rubias

Desde que volví a Indonesia hubo una cosa que me llamó la atención: ¿qué pasa que ya nadie me dice cosas en la calle, que nadie intenta sacarme fotos, que nadie me bombardea a “where are you from”? ¿Acaso perdí mi atractivo bulé?

Y después me di cuenta, claro: si siempre salgo a la calle con gente local, es lógico que nadie se atreva a hacer comentarios, pero en el momento en que quedo sola, empieza la avalancha otra vez.

Como la otra noche en el tren.

Me tomé el tren nocturno (de 7 pm a 5 am) para ir de Jakarta (la capital) a Yogyakarta.

Bisnis class.

Hay tres clases: Ekonomi —en la que vas parado, te la regalo—, Eksekutif —cuesta el doble que la Bisnis y te matan con el aire acondicionado— y la famosa Bisnis —buena relación precio-calidad: vas sentado de a dos, con ventiladores por todos lados—.

Me senté al lado de la ventana con la esperanza de que el asiento de al lado quedara vacío para poder estirarme y dormir un poco, y preparé mi iPod para que me acompañase durante la travesía.

Miro a mi alrededor y veo, en el asiento diagonal al mío, una mujer que no para de mirarme.

La miro fijo también y me sonríe, no sé con qué intención, así que no la miro más.

Minutos antes de arrancar se me sienta un hombre al lado. Me mira, me sonríe, me dice hello, le digo hello, hago un gesto con la cabeza y me pongo a escuchar música.

Todo bien pero no me da por hacer sociales con el vecino de asiento, más cuando sé que solamente quiere hablarme porque soy extranjera y “rubia”.

No pasan ni cinco minutos, es decir no llego ni a escuchar un tema entero, que veo que el hombre me está mirando y moviendo la boca, me habla.

Me saco los auriculares y lo miro.

Primera pregunta: Where are you from. Respondo usando mi poder de síntesis —”Argentina”— y vuelvo a escuchar música.

A los treinta segundos: And how long how you been in Indonesia. Repito el procedimiento: me alejo (ni siquiera me saco) los auriculares de la oreja, respondo en una palabra o menos, me pongo los auriculares nuevamente y miro por la ventana.

Pasa un minuto, pregunta número tres: Are you studying here or on holidays? Después de responderle decido apelar a un arma más poderosa: saco mi cuaderno y me pongo a escribir (con auriculares puestos, obvio).

Se pone a leer lo que escribo y escucho: Are you writing in English or in Spanish?

– Spanish, sonrisa falsa, escribo otra vez (con cara de concentradísima), sigue mirando la hoja.

Decido incrementar la artillería y saco un libro de Indonesio. Me pongo a estudiar.

– Oh, a book of indonesian grammar! Dejo de responder con palabras y empiezo a usar onomatopeyas: mhmmm.

Al rato: Do you have family here? Estoy a punto de decirle que estoy casada para que deje de hablarme.

Lo último que me dice es: You have to be careful because there are many thieves on this train. Listo, ¡me quedo más tranquila!

Al rato se duerme, gracias a Dios.

Yo sigo con mi iPod y mi cuaderno.

Media hora después escucho que alguien me habla por encima de la música. Es uno de los empleados del tren que camina por el pasillo ofreciendo kopi (café) en una bandeja. Lo miro, está parado al lado de mi asiento mostrándome el café, le hago un gesto con la mano diciendo “no, gracias” y sigo con mi música.

Pero el muchacho no sólo no se va sino que aprovecha esta oportunidad para practicar su inglés y me pregunta, intentando pronunciar lo más perfectamente posible: Hello miss, excuse me, would you like to have some coffee?

Me apiado y me saco los auriculares y con mi mejor sonrisa le digo “No, thank you“.

Para qué.

Excuse me miss, please, I would like to know where you come from.

Otra vez lo mismo no, por favor.

– Argentina.

– Oh! And can you speak English or just Spanish?

¿Por qué fui tan sincera? ¿Por qué no le respondí en castellano?

– And what are you doing here in Indonesia? And where do you live in Yogya? And how long will you stay here? And can you speak bahasa indonesia? And what is your favourite food? And do you have many friends? Todo con la bandeja en mano y el café que se le enfría.

El tipo frenó la venta para (intentar) charlar conmigo. Yo trataba de responder cada pregunta cerrando la conversación para que siguiera camino, pero no se daba por vencido.

– Ok miss, if you need anything just call me ok?

Hay días en los que solamente quiero escuchar mi música en paz.

En cualquier momento me pongo una peluca negra y empiezo a responder preguntas sólo en castellano.

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Juntando figuritas (o cómo estoy aprendiendo bahasa indonesio en Yogyakarta)

Aprender un idioma nuevo es como juntar figuritas, especialmente cuando se trata de palabras que jamás había escuchado en mi vida.

Cada vez que leo o escucho una palabra que desconocía, pregunto su significado, me la apropio, la escribo en mi cuaderno (“la pego en mi álbum”), la miro letra por letra, la vuelvo a mirar, me imagino en qué situaciones podría usarla e intento captarla en conversaciones cotidianas.

Esta última parte es la más importante: escuchar la palabra en algún contexto de la vida real me sirve para dejar de verla como un conjunto arbitrario de letras y entenderla como algo social con un significado específico.

Sino, no dejan de ser letras que “alguien” combinó de manera un tanto rara (un buen ejemplo de esto es la palabra nggak, que significa “no” por si se estaban preguntando y se pronuncia algo así como “engá”).

Estoy estudiando indonesio por mi cuenta, con dos libros, un diccionario inglés-indonesio (me resulta más fácil estudiar indonesio usando el inglés como base que el español), la televisión, la radio, los subtítulos de las películas, los carteles de la calle, el packaging de los productos y mis amigos.

Deberán pensar: ¡Pero a esta altura esta chica debe ser una experta!

No, voy de a poco, la cosa del indonesio es que a pesar de que usan el mismo alfabeto que nosotros y de que la pronunciación es casi igual al castellano, las palabras son inadivinables.

¿Quién diría que laki-laki significa hombre, wanita quiere decir mujer, penulis es escritor y jalan-jalan significa viajar?

Imposible intentar adivinar un cartel.

Por eso cada vez que escucho “en la vida real” una palabra que aprendí usando el diccionario, me emociono: Yo la sé, ¡la sé! ¡la tengo esa!

En este “juntar figuritas” obviamente aparecen las famosas FIGURITAS REPETIDAS, esas palabras que tooodos los extranjeros se aprenden como terima kasih (gracias), sampai jumpa (nos vemos), maaf (perdón), satu dua tiga (uno dos tres) y selamat malam (buenas noches).

Ya me las recontra sé, y cada vez que alguien me las enseña o me las dice pongo cara de “esa ya la pegué en el álbum hace rato, dame una más difícil”.

Igualmente son las primeras palabras que uno necesita saber cuando llega al país.

Después están las FIGURITAS INEXISTENTES (ni siquiera son “las difíciles”, sino que directamente no existen): el indonesio no tiene tiempos verbales ni géneros, las palabras no llevan artículos ni tampoco se les agrega una S si es plural, no hay tildes ni diéresis.

Dicho así, les parecerá el idioma de la selva, pero al contrario, es un idioma que dice lo necesario, es poco apalabrado y una vez que se capta la lógica, es muy simple de aprender.

Podría hacer el razonamiento inverso y preguntarme qué necesidad tenemos los hispanohablantes de separar las palabras en masculino y femenino y de tener tantos tiempos verbales.

Pero es así.

Cada idioma tiene sus características que lo hace único.

A medida que lleno el álbum me voy topando con FIGURITAS BILINGUES: palabras que son (casi) iguales y tienen el mismo significado en indonesio y en español.

Gratis significa que no pagás

Tinta es lo que lo ponés a la impresora

Permisi lo usás para pedir permiso

Sepatu es lo que te ponés en los pies

La meja tiene cuatro patas y sillas alrededor

Klakson es la bocina

Teh es eso que podés tomar con leche o con limón

Minggu es el amado domingo… y guarda que ahí viene la polisi.

Pero también hay palabras que suenan o se escriben igual que en español y tienen un significado completamente distinto: como lima que quiere decir cinco (yo siempre pienso en lima-limón), kursi que quiere decir silla o tukang que no recuerdo qué es pero me hace pensar en “tukang se vengde”. U

Una de las mejores: cuando van a sacar una foto, en vez de queso o cheese dicen… KEJUUU (pronunciado keyu).

Y aparecen obviamente, las FIGURITAS DIVERTIDAS, las que no me dejan descansar la imaginación y desarrollan mi capacidad de hacer asociaciones estúpidas.

Si escucho matahari (significa “sol” y la H se lee como J) inmediatamente me pongo a cantar la canción Aves de paso de Joaquín Sabina: “…A la Matajari a la Magdalena a Fátima y a Salomé…”.

Bulan (que significa mes) me la acuerdo porque me suena a Mulán, la película de Disney.

Barat (oeste) a mi me suena a Borat.

Y ni hablar de palabras como tangga, sepeda, pihat y cuci (la H se lee como J y la C se lee Ch).

A veces leo cualquier cosa y en vez de Rivoli veo un ravioli y en vez de cabe (“chabe”) leo “cabe” como en “te re cabe”.

Si veo gigi (pronunciado guigui y que significa dientes) me acuerdo de mi amiga peruana “shishi”, besar no me hace pensar en algo grande sino en darle besos a alguien, baca (leer) es como vaca mal escrito.

Y por último están esos carteles que directamente me hacen reír por lo absurdos que podrían llegar a ser: como el local de comida que se llama Pisangku (literalmente significa Mi Banana), el carrito en la calle que vende su delicioso ayam kentaky (ayam es “pollo” y lo de kentaky no es una especilidad sino un intento de parecerse a KFC), los carteles que anuncian por todos lados cuci mobil (quiere decir que te lavan el auto, no seamos mal pensados) y las peluquerías que ofrecen Blow 15.000 rp (calculo que será el secado de pelo).

Si hay algo que le gusta a todo el mundo es cambiar figuritas.

Cómo se dice tal cosa, cómo se dice tal otra.

Y ahí aparecen las FIGURITAS CODICIADAS.

Los amigos de mi novio quieren que les enseñe a decir culo y tetas, lo que me demuestra que los hombres son hombres en cualquier lugar del mundo y que todos juntan las mismas figuritas.

Ahí es cuando me siento poderosa: Ah no, esas te las cambio por lo menos por diez de las tuyas.

También están las FIGURITAS COMPLICADAS: ¿cómo les explico que mi apellido se pronuncia BISHALBA? Si cada vez que se me escapa un “sho” me miran con cara rara y no logran repetirlo.

Tendré que rendirme ante el Vi-i-alba o (como lo pronuncian acá) ViLalba.

Es muy gracioso además ver el razonamiento de la gente cuando digo que soy argentina.

Primero piensan que estamos en algún lugar de Europa y que hablamos o inglés o francés o italiano.

Algunos saben que hablamos español pero no tienen idea en qué lugar del mundo estamos, creen que somos una provincia de España o parte de Estados Unidos.

Hay quienes me sorprenden con un “hola señorita” o “uno dos tres cuatro cinco” (después me entero que lo aprendieron de las telenovelas y de las canciones de Ricky Martin… un-dos-tres-un-pasito-pa-lante-maria).

Si leen algo que escribí en español, lo leen con un acento totalmente mexicanizado y moviendo la mano cual italianos.

Cuando quieren hacerse los que hablan español, empiezan a agregarle una O a la terminación de todas las palabras: “makan-O” (makan es comer), “puasÓ” (puasa es ayunar), “tidur-O” (tidur es dormir).

Pero el premio mayor se lo lleva la vecina de mi amiga en Jakarta, una nena de unos tres o cuatro años.

Cuando me vio pasar por la puerta de su casa empezó a decirle a la hermana mayor “bule! bule!” (extranjera) y en vez de hablarme en indonesio o decirme hello, me habló, totalmente convencida de lo que estaba diciendo, en una mezcla de ballenés y alien: DAGABLUBLUBLA BLABLIBLU!

Y yo, para no ser menos, le seguí la conversación. BLAGABLUBLA!

¡Cuidado: caballo enojado!

Lugar que vende crédito para el celular

?

Gado-Gado es una comida: verduras con salsa de maní

Nasi nasi nasi: arroz arroz arroz

Intentando leer el diario durante la época del Mundial

Nasi liwet es un plato de arroz típico de Solo

La remera de Pringles made in Indo

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Estadísticas de julio

  • Países visitados: Filipinas, Hong Kong y Macau (regiones especiales de China), Indonesia (parte II)
  • Ciudades: Banaue y Batad (terrazas de arroz), Dagupan, Manila, Tagaytay, Hong Kong, Macau, Jakarta, Yogyakarta, Bandung
  • Cantidad de aviones: tres (uno de Manila a Hong Kong, otro de Macau a Singapur, otro de Singapur a Jakarta)
  • Número de visas: una (para Indonesia)
  • El reencuentro: con mi amiga Journey
  • El reencuentro número dos: no da declaraciones (ya verán)
  • El dilema eterno: ¿Qué comer hoy? ¿Rice or noodles?
  • Nueva actividad: ir al cine a ver películas de animación (quién sabe por qué, me invitan a todas)
  • Eventos en los que jamás pensé que iba a participar: una reunión del Rotary Club Filipino y la asunción de Noynoy, el nuevo presidente electo de las Filipinas
  • El avance del mes: mi conocimiento del idioma indonesio (próximamente, el blog será solamente en indonesio…..)
  • Cosas que me regalaron: una remera con la bandera de las Filipinas, cuatro remeras estampadas (BASTA DE REMERAS POR FAVOR), un par de zapatos “elegantes” (por fin algo elegante para estar un poco menos zaparrastrosa)
  • Cosas que me compré: un pañuelo, una remera (no sé por qué sigo aumentando el volumen de remeras de mi mochila)
  • Cosas que perdí: me atrevo a decir que este mes no perdí nada (seguramente en un rato me acuerde de algún elemento que quedó vagando por ahí…)
  • Cosas que casi pierdo: mi mochila en el vuelo de Macau a Indonesia
  • El festejo: mis 25 en Yogyakarta (Indonesia)
  • Algo que jamás pensé que iba a vivir en primera persona: Ramadhán, el mes de ayuno de los musulmanes (empieza el 10 de agosto). No se puede comer entre las 4 am y las 6 pm, así que practicaré el autocontrol y cuando esté a punto de comerme el teclado, relataré el minuto a minuto vía Facebook y Twitter para bajar un poco la ansiedad…

———————————————————————————————————————————

Y ahora, un anuncio público:

Los planes cambian, especialmente para alguien que viaja sin ellos…

Llegué a Asia con un itinerario “más o menos” delineado, pero cuando se viaja sin tiempo, con la intención de vivir de la escritura de viajes (por ende, con la intención de vivir viajando), ¿cómo hacer para no cambiar los planes constantemente?

No tengo una fecha tope para volver a Argentina, ¿volver a qué? si lo que quiero lograr solamente lo puedo conseguir viajando y viajando y viajando por el mundo.

La escritura no es un hobbie para mí, sino que es “el oficio”, “la actividad”, “el trabajo” (llámese como quiera) que me completa y al que quiero dedicarme toda mi vida.

Viajar, para mí, no es una escapatoria ni una vacación: es una búsqueda, podría decirse que es una vocación en mi vida, es mi manera de tender puentes entre las personas y las culturas, de hacer que el mundo sea un lugar un poco más pequeño y menos misterioso para quienes tengan la curiosidad de explorarlo sin salir de sus casas…

Toda esta introducción para contarles que volví a Indonesia para quedarme un largo tiempo (indefinido)…

Pero no se preocupen que jamás se me terminarán las historias para contar.

-Fin del comunicado-

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Vuelvo a Indonesia desde Macau

Hong Kong: 10.30 am, principios de julio de 2010

Esta vez no me ganan, esta vez me quedo sesenta días (y tal vez más).

Voy en el tranvía rumbo al Consulado de Indonesia en Hong Kong, con una carta de invitación en la mano, mi pasaporte, dos foto carnet, pasaje de entrada y de salida y algo de ansiedad.

El tema de las visas en Indonesia puede ser una complicación.

Lo más fácil es obtener lo que se conoce como Visa on Arrival: llegás al aeropuerto de Jakarta (por ejemplo), pagás 25 dólares, mostrás tu pasaje de salida y te dan un permiso para quedarte 30 días en el país, ni un día más (no hay posibilidad de extenderlo).

Para los que viajan como yo, sin planes, sin rutinas, sin fechas, ese límite se convierte en un obstáculo para conocer el país (por cada día “extra” que te quedes, te cobran unos cuantos dólares, y si te quedás más de 60 días con un permiso de 30, te pueden meter preso y prohibirte volver a entrar al país por varios años).

Pero Indonesia es gigantesco, ¿cómo pretenden que lo recorramos en treinta días?

Y no es solamente Indonesia: en Filipinas te dan un permiso de estadía por 21 días a cambio de 35 dólares, en Vietnam la visa de un mes con doble entrada cuesta 60 USD, la de Cambodia 25 USD, un mes en Laos 30 dólares, en China 45…

Podría decir que las dos cosas más caras del viaje son los pasajes aéreos de un país a otro (que, con aerolíneas baratas como Air Asia, Tiger Airways, JetStar, Lion Air, casi nunca superan los 100 USD ida y vuelta) y las visas.

Así que decidí que si vuelvo a Indonesia, vuelvo con tiempo.

Investigando descubrí la Visa Social, un permiso de 60 días para aquellos que van al país a visitar familiares o amigos.

Cuesta 50 dólares y puede ser extendida dos veces para quedarse un total de seis meses en el país.

Para aplicar se necesita un sponsor indonesio quien, en teoría, se hará cargo de todos los costos del viaje, y una carta de invitación al país.

Mi amiga Melati, a quien conocí la primera vez que estuve en Indonesia, me escribió la carta para que presentara en el Consulado.

Una vez ahí, una hongkonesa con cara poco alegre me pidió todos los papeles, fotocopias, fotos correspondientes, mis datos, qué hago, a qué me dedico, por qué viajo a Indonesia, dónde voy a vivir, etc.

Y por último me dio un glorioso papelito amarillo.

– Retire su pasaporte y su visa en cinco días hábiles entre las 14 y las 15 horas. Ni un minuto más ni un minuto menos.

Consulado de Indonesia en Hong Kong

Macau: 00.00, 19 de julio de 2010

Estoy sentada a orillas del lago de Macau, tomando algo con mis amigos Journey, Dan, Clancy, un chico polaco y más chicas de Macau.

Mi vuelo a Jakarta sale a las 2.35 am, pero no pasa nada, lo bueno de la isla de Macau es que todo queda tan cerca que podemos llegar al aeropuerto en colectivo en menos de 15 minutos y sin una gota de tráfico.

Nada de Ezeizas a dos horas.

Y si algo falla, lo tengo a Dan, mi amigo filipino que trabaja en la parte de seguridad del aeropuerto (o mini aeropuerto, porque es muy chiquito), conoce a todos y es capaz de frenar la partida de cualquier avión.

Journey (mi amiga china), Clancy (el macaense que nos alojó) y Dan me acompañan al aeropuerto a las 1 de la mañana.

Saben que estoy nerviosa por volver a Indonesia, por todo lo que implica (lo contaré en la siguiente historia…)

Saben que tengo miedo y ansiedad, por eso me acompañan y me despiden y me prometen que todo va a salir bien.

Muchas fotos, abrazos, planes de volver a encontrarnos en algún lugar de Asia o del mundo después, me voy hacia el mostrador de JetStar para hacer check-in.

Las aerolíneas de bajo costo tienen una gran ventaja (el precio), pero también tienen muchas reglas a seguir.

Una de las reglas de JetStar es que no realiza conexiones, me explico: si, por ejemplo, tenés que tomar dos vuelos de JetStar (como era mi caso), uno de Macau a Singapur y de ahí, tras unas horas de espera, otro vuelo a Jakarta, hay que hacer el check-in dos veces ya que JetStar no se encarga de realizar la conexión ni de enviar el equipaje directo al destino final.

Hay que despacharlo, buscarlo en Singapur (o en el destino intermedio que sea)  y volver a despacharlo.

OK, perfecto.

Pero cuando llegué al mostrador, el chico que me atendió me prometió y recontrareprometió que iba a mandar mi mochila directamente a Jakarta, sin necesidad de que yo volviera a despacharla en Singapur.

– Bueno, if you say so… But, are you REALLY sure? (Bueno, si vos lo decís… Pero… ¿Estás realmente seguro?)

– Yes, yes, straight to Jakarta (¡Sí sí, directo a Jakarta!)

– Ok…

Así que me subí al avión, escribí un ratito en mi cuaderno y me dormí.

Cuatro horas después, estaba de vuelta en Singapur.

A esperar unas cinco horas y otra vez a volar.

Esperando el colectivo para ir al aeropuerto de Macau

Jakarta: 12.15 pm – 19 de julio de 2010

Lo gracioso de Indonesia es que hay embotellamientos hasta adentro del aeropuerto.

El aeropuerto de Singapur por ejemplo, es enorme, está perfectamente bien señalizado, tiene colectivos que van de una terminal a otra, tiene hoteles, pileta de natación, negocios, restaurantes y mucha paz.

En el aeropuerto de Jakarta nadie te dice que primero tenés que ir a ese rincón a pagar la visa, que después tenés que hacer la cola eteeerna para migraciones en ese otro rincón, que tenés que buscar tu equipaje en alguna de esas ocho cintas, que tenés que tomarte el colectivo al centro en la salida E o F.

Hay que ingeniárselas.

Más aún con gente que casi no habla inglés.

Y lo del embotellamiento lo digo por la cantidad de gente que había para sellar el pasaporte cuando llegué.

Después de una hora de espera, pasaporte sellado, welcome miss y todas las formalidades aeroportuarias, voy en busca de mi mochila.

Y obvio: no está.

Me recorro todas las cintas, la espero hasta el final, pero jamás aparece.

¿Alguien se la habrá llevado? Lo dudo, no hay más que ropa sucia.

Me dejó nomás, prefirió quedarse en Singapur o tomarse un avión a Vietnam, quién sabe, tener una mejor vida sin mí.

Lo único que lamento es la remera que me regaló él, eso es irrecuperable, todo el resto se puede volver a conseguir.

Hago “la denuncia” en el sector de equipaje perdido, la mujer me asegura que mi mochila quedó en Singapur y que la mandarán en el próximo vuelo y de ahí directo a la casa de mi amiga.

No me amargo demasiado, al menos no tengo que cargarla hasta lo de mi amiga.

Salgo del aeropuerto y voy en busca del colectivo que me llevará a la casa de Melati.

Llueve a cántaros, se me abalanzan los indonesios para ofrecerme “taxi mister”, compro un juguito y me cobran tres veces más de lo que vale, no consigo comprar crédito para mi celular, el colectivo tarda más de 40 minutos en llegar y da vueltas una hora y media alrededor del aeropuerto para levantar más pasajeros, después tarda unas dos horas más en llegar hasta lo de mi amiga.

Definitivamente volví a Indonesia.

Cómo amo este país.

Epílogo: La mochila apareció con vida al día siguiente, aunque por unas horas deseé que nunca volviera… Está bueno perder todo, desprenderse del peso de lo viejo, encontrar una mochila nueva y llenarla de cosas distintas. Dejar el equipaje emocional atrás. Empezar de cero.

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Estadísticas de junio

  • Países visitados: Indonesia y Filipinas
  • Ciudades y pueblos: Bali, Solo, Jakarta, Manila, Dagupan, Baguio, San Fabián, Bolinao, Lingayen Gulf, Vigan, Banaue, Batad
  • El gran regreso: el pan y la pizza (Filipinas)
  • Cantidad de veces que me estafaron con el vuelto: en Bali, siempre (y me ponían mala cara cada vez que les decía)
  • Cantidad de veces que regateé: todas (en Bali)
  • Cantidad de veces que regateé, compré y me sentí re viva hasta que descubrí que el de al lado me lo dejaba por menos: NS/NC
  • Mejor descuento: el sarong de 150.000 rp (15 dólares) que pasó a costar 15.000 rp (1,50 USD) en menos de 10 segundos (gracias a mi “táctica de regateo“)
  • Mi táctica de regateo: entrar al negocio, mirar algo haciéndome la interesada (sin hablar), preguntar el precio, poner cara de nada, irme sin decir nada, escuchar de lejos que me bajan el precio, seguir alejándome (despacio) para que el precio siga bajando, frenar cuando escucho un precio que me convence, darme vuelta, pedir aún menos, llegar a un acuerdo. O: irme al negocio de al lado y escuchar cómo se pelean por ofrecerme el precio más bajo.
  • Top frases escuchadas en Bali: “Hello miss where you go?”, “Need transport?”, “Massaaaage, pedicure, manicure”
  • Frase ambigua: “What can I do for you, miss? What can you do for me?”
  • Oferta ambigua: “Blow: 15.000 rp”
  • Cosas que compré: un short retro a lunares, una remera, un pantalón pescador, un mini diccionario English-Bahasa
  • Cosas que perdí: todas mis biromes
  • Cosas que me regalaron: cuatro remeras, un sarong, una mochila de tela batik, un collar en conjunto con una pulsera, un pin, un buzo de Filipinas, una cartera, un monedero, otro collar (de caracoles), un llavero
  • Kilos que aumentó mi mochila: 5
  • Temperatura ideal: ventipico de grados en Banaue, pueblo en las montañas de Filipinas
  • Momentos para recordar: cuando construimos una carpa de gitanos con sarongs, velos y camisas en la cubierta del barco que nos llevaba de Karimunjawa a tierra firme (Indonesia); cuando miré el partido de Argentina sola en Manila y festejé los goles como si estuviera con gente; cuando me senté en la vereda en Kuta (Bali) y le robé la señal de wifi a un restaurante (para que apagaran el módem al rato…)
  • Momentos para olvidar: cuando viajé de noche en colectivo a un pueblo en las montañas con todas las luces prendidas, un bebé que no paró de gritar (no lloraba, chillaba) y tres horas de espera en la ruta a las 4 de la mañana (son las delicias del viaje)
  • Descubrimiento bizarro del mes: los moy moy palaboys (¡estos filipinos están locos-locos!)
  • Viaje en colectivo más largo: 23 horas de Jepara a Bali
  • Cantidad de veces que me fui de videoke: 4 veces en 6 días
  • Cantidad de veces que me negué a cantar en público por miedo a ser deportada: 4/4
  • Pregunta más escuchada en Filipinas: “How young are you, Ani?” (no “How OLD are you”, sino how YOUNG) y “Are you married?”
  • Frase del mes: “No pierdas las esperanzas, yo me casé a los 40” (?)
  • Edad promedio que me dan en Filipinas: 17 años
  • Sueños del mes: que se me salía una muela (¡no quiero seguir perdiendo cosas!), que había un atentado en Buenos Aires (juro que estos sueños no se cumplen), que me despertaba en Buenos Aires sin entender por qué y no tenía señal en ningún celular, que no quería tomar el barco a Uruguay
  • Lugar del mes: Banaue y Batad, las terrazas de arroz más increíbles que vi en mi vida…
  • Próximos destinos: Hong Kong y Macau
  • Pedido del mes: ¡Comenten más! Así me siento un poco más cerca…

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Y pensar que casi pierdo el avión…

Mi estadía en Indonesia ya se vence, la visa que me pegaron en el pasaporte cuando entré al país me lo ordena: “Must leave the country by June 17th“.

Tengo mi pasaje a Manila en mano. Fecha de vuelo: 00.30 horas del día 17 de junio. Ni un día más ni un día menos.

Pienso amortizar los 25 dólares que me hicieron pagar para entrar. Al parecer es más fácil salir del país y volver a entrar que lograr una extensión de la visa por otro mes de permanencia. Y aunque quiera intentarlo no puedo porque ya tengo mi pasaje de salida a Manila (el que me obligaron a comprar en el aeropuerto de Singapur…).

Nunca me pasó esto de sentir que “tengo cinco minutos para abandonar la casa”, de que puedo pasar de “turista” a “ilegal” en menos de unas horas. Todos los países a los que viajé hasta ahora (me refiero en toda mi vida) me permitieron quedarme entre 60 y 90 días, y nunca pensé que el país que me da menos tiempo es en el que me gustaría pasar mucho más…

Indonesia es un país inmenso, y cuando digo inmenso quiero decir INMENSO.

Más de diecisiete mil islas conforman el archipiélago más grande del mundo… y yo solamente tuve tiempo de recorrer tres: Java, Karimunjawa y Bali.

Me faltó ir a Sumatra y a Lombok y a las Islas Gili y a Flores y a Papua y a Komodo y y y…

Tantos lugares que me quedan pendientes para la próxima. Es el gran problema de viajar: una vez que empiezo a conocer más en profundidad a un país y su gente, quiero conocer más y más, y dejo de pensar en el viaje actual para pensar en todo lo que quiero hacer “cuando vuelva”. El mundo es tan grande que las opciones nunca se agotan y no importa cuánto tiempo pase en una ciudad, pueblo o país: nunca lograré conocerlo del todo. Puedo ver esto de manera pesimista u optimista, a veces depende del día.

Pero lo cierto es que quiero volver a Indonesia para seguir explorando, para visitar a todos los amigos que me hice, para seguir aprendiendo el idioma.

**Actualización 2017: ¡Volví acompañada! Esas cosas locas de la vida…

Otra cosa nueva para mí: el idioma. Es la primera vez que viajo por países en los que no entiendo el idioma.

Viajar por Latinoamérica siendo argentina es muy fácil: puedo interactuar con la gente, puedo entender todo lo que me dicen, puedo pedir ayuda, puedo hacer preguntas, puedo resolver cualquier situación que requiera el habla como herramienta.

Pero en Asia el desafío de la comunicación forma parte de mi rutina… y es algo que me encanta.

En Tailandia directamente me resigné, los caracteres son imposibles y la pronunciación es aún más complicada.

En Malasia y Singapur no fue necesario aprender demasiadas palabras ya que el inglés es uno de los idiomas oficiales.

Pero Indonesia es distinto… En Bali todos hablan Inggris (inglés) o al menos entienden o al menos intentan, pero si uno se escapa del circuito turístico hay que prepararse para aprender algo de bahasa (bahasa significa “idioma” en indonesio) o hacer un máster avanzado en Dígalo con mímica.

Del mes que pasé en Indonesia, solamente dormí dos noches en un hostel (en Bali) y el resto de los días los pasé en casas de familia que conocí por medio de Couchsurfing.

Lo bueno de eso es que siempre tuve “traductores” para ayudarme: le pedí a mis nuevos amigos que me escribieran los números, los saludos, las comidas, las frutas, las verduras, los colores, las expresiones más comunes y me las fui aprendiendo.

Lo divertido fue cuando me quedé sola y tuve la necesidad de comunicarme con gente local que no sabe ni decir hola.

Ejemplo 1: estoy en el colectivo viajando de una ciudad a otra, antes de arrancar el chofer se me acerca y me hace una pregunta, a lo que le respondo, con toda certeza: “Terminal” (supuse que quería saber dónde me iba a bajar). Se va satisfecho y yo me río sola.

Ejemplo 2: estoy en el colectivo y necesito saber a qué hora voy a llegar a destino. Así que me acerco al señor, lo miro fijo y le digo “Solo” (nombre de la ciudad a la que voy) y señalo mi reloj (invisible, ya que no uso), a lo que me muestra los cinco dedos de la mano. Bien, llegaré a las 5 am.

En el camino me crucé con carteles graciosos como puestos que venden “friend potatoes” (papas amistosas) o que indican “See food here” (“Vea comida acá”, cuando lo que quisieron decir era Sea Food here, o “Comida de mar acá”).

Pequeños momentos de mi viaje que me hacen reír y disfrutar tanto estar viajando sola…

Bahasa indonesio es un idioma relativamente fácil, como conté anteriormente, no tiene tiempos verbales, no tiene reglas de acentuación, no tiene géneros. A veces logro inferir algunas conversaciones, pero por más fuerza que haga no logro leer el diario ni entender lo que dicen en la tele (así que en muchos casos uso mi imaginación).

Uno de mis objetivos es aprender este idioma algún día… PERO lo mejor del caso es que acá no se habla un sólo idioma, sino que cada isla tiene su propio lenguaje, el bahasa fue creado para unificar a los 250 millones de habitantes bajo una sola lengua nacional. Así que si aprendo bahasa después tendré que estudiar “Javanese”, “Balinese”, “Papuanese”…

Y aunque en estos países el idioma puede actuar como barrera, pero una vez que eso se supera (usando un inglés básico, google translate o personas dispuestas a oficiar de traductores) me doy cuenta de que en el fondo todos hablamos de lo mismo, solamente que usamos distintas palabras para expresarnos. El tema de los idiomas me fascina.

Otra cosa que me fascina son las religiones.

Si bien no soy una persona practicante, tengo mis propias ideas sobre los grandes temas a los que las religiones intentan responder, y me interesa mucho conocer cada una de esas respuestas, más aún si es de primera mano.

Si en Argentina la religión es lo de menos, en Asia la religión es primordial: distintas creencias pueden impedir amistades y matrimonios, distintas creencias pueden indicar qué tipo de comida se debe o no se debe comer, distintas creencias pueden indicar qué tipo de ropa se puede o no se puede usar.

En Indonesia todos tienen religión, a pesar de que no es un país musulmán como se cree, sino que es un país de mayoría musulmana. Hay católicos, hindúes, budistas y más. Y me resulta imposible no aprender sobre cada religión estando acá.

En Bali presencié celebraciones hindúes, en Solo “tomé una clase” de Islam para sacarme muchas dudas de encima, en toda la isla de Java escuché el canto de la mezquita cinco veces por día y vi a los musulmanes rezar.

Pero lo que más me asombra es la cantidad de amigos que me hice en este país.

¿Cómo podía imaginarme, estando en Argentina, que iba a conocer a personas tan especiales en un lugar tan alejado?

Nosotros no sabemos mucho de ellos y ellos no saben mucho de nosotros: las palabras que más se repiten sobre Argentina son “Football”, “Maradona”, “Messi” (están quienes me sorprenden con un “Milito” o “Zanetti”) y “telenovelas” (al parecer las telenovelas argentinas tienen mucho éxito por acá). Y qué sabemos nosotros de Indonesia más que “fábricas textiles”, “confección de zapatillas”, “tsunami”, “terremotos” y “Bali”.

Y les aseguro que a excepción de Bali, no vi ni viví ninguna de esas palabras.

Lo que viví fue un mes inmersa en la cultura local, con personas que ya forman parte de mi vida.

Como Rheden, mi host de Jakarta que me introdujo al idioma, me hizo probar las mejores comidas de su ciudad, me demostró que a los indonesios les encanta posar para las fotos (a todos, casi sin excepción), me invitó a pasar unos días con los couchsurfers locales en Karimujawa.

Como Melati, la chica musulmana que conocí en Karimunjawa, que me contó las historias más divertidas de sus alumnos (es profesora de inglés en un preescolar), me demostró que a los indonesios les encaaaanta el gossip (los chismes) y me hizo ver que ciertos sentimientos son universales.

Como Sitta, la chica-sirena que adora nadar y que me curó el malestar con su masaje magico, o Susy y su marido que con tanta calidez me recibieron en su hogar en Jepara.

Como Aji  y su familia que me recibieron en Solo y me adoptaron instantáneamente como su hija bulé…

Y pensar que todo empezó cuando decidí que quería dejar mi vida en Buenos Aires para irme “Asia Hacia” sin saber demasiado sobre la zona del mundo que estaba por conocer y me fui cruzando, “de casualidad”, con cada una de estas personas.

Ahora me doy cuenta de todo lo que me hubiese perdido si no tomaba aquel vuelo a Jakarta.

Jepara con Rheden, Sitta, Jenni, Susy y su marido

Yogyakarta

Fans de la Seleccion

Sitta, Jennie, Rheden y yo en Jepara

Con Annicha, Tadzio y Cynthia en Wonosari

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Bali parte uno: la máscara

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

Hay que ver Avatar porque TODOS ven Avatar.

Hay que leer El Código Da Vinci porque TODOS leen El Código Da Vinci.

Hay que venir a Bali porque TODOS vienen a Bali.

Bali…

Seguramente muchos de ustedes ya está pensando, Ohh Bali, tierra mágica de hinduismo, playas coralinas y templos sagrados.

Confío en sus conocimientos de geografía, probablemente saben de qué país forma parte esta isla… ¿no?

Porque mucha gente que me crucé se refiere a Bali como “un país” y no como una pequeña porción del archipiélago más grande del mundo, también conocido como Indonesia.

Pero es un error perdonable, la culpa es de Bali por ser uno de los destinos turísticos más famosos del planeta, uno de esos lugares que perdió su status de pueblo/isla/ciudad y pasó a ser simplemente Un Lugar Que Hay Que Conocer Antes De Morir.

Bali genera expectativas, pone en funcionamiento la imaginación y los deseos: es imposible no esperar nada de Bali, es imposible no esperar algo sublime de un lugar que tiene tanta prensa. En mi caso, después de haber pasado dos semanas viajando por lugares no-turísticos de la isla de Java, después de haber vivido en casas de familia, después de haberme juntado casi únicamente con gente local, después de haber comido en los mercados por dos pesos y de haber viajado en colectivo por aún menos, llegar a Bali fue como caer en el boliche porteño top del momento.

Un estrés…

Miss miss, taxi! Miss miss, I take you, where you want to go? Special price for you!

Llegué a la terminal de Denpasar, capital de Bali, después de seis horas de viaje en barco, veinte horas de viaje en colectivo, cuarenta minutos de ferry y tres horas de colectivo más (datos cien por ciento reales, no exagero).

Apenas me bajé noté dos fenómenos económicos bastante curiosos: por un lado, una inflación galopante y, por otro, una constante e ilógica fluctuación de precios. Me explico: necesitaba ir de la terminal de Denpasar hasta Ubud, el pueblo “turístico-menos-turístico” de Bali, a menos de 20 kilómetros de distancia. ¿Saben cuánto me pidió un taxista por llevarme? 100.000 rupias (10 dólares). ¿Saben cuánto pagué por el periplo de barco-colectivo-ferry-colectivo? 200.000 rupias (20 dólares) (ahí tienen la inflación: en Bali el minuto de viaje cuesta mucho más).

Obviamente lo mandé a freír bananas (qué rico).

Cuando vio que me iba, me gritó de lejos con desesperación: “Miss miss, 60.000, 60.000 rp!” (segundo fenómeno: fluctuación ilógica de precios).

Me subí al transporte local, en el que por supuesto también me cobraron de más, aunque a una escala mucho menor, por más de que me perjuraron que estaba pagando “local price” (dos dólares) y llegué a Ubud dos horas después.

Sí, DOS HORAS para hacer 20 kilómetros.

Primero porque tuve que esperar a que la combi se llenara, segundo porque frenamos en cada esquina, tercero porque en el camino tuvimos que esquivar motos y peatones por doquier y cuarto porque tuve que hacer trasbordo a otra combi y pasar por el mismo operativo.

Pero es el precio de llegar a un lugar tan turístico: si pagás más, viajás bien, sino…

Señoras y señores, llegué a un lugar Best-Seller.

Un lugar que, además de generarme enojo me genera muchas reflexiones.

No estoy enojada con Bali, estoy enojada con Bali El Destino Turístico.

Siento que, por más que quiera, me va a ser imposible conocer esta isla a fondo, ver el lado más genuino y real de la gente y de su riquísima cultura. Porque la cultura está, Bali no es un mito, es un lugar con tradiciones milenarias y fascinantes, una isla hinduísta en medio de un país de mayoría musulmana, un lugar que desborda arte, música y rituales.

Pero me pregunto cuánto de lo que se muestra al turista es real y cuánto es solamente un espectáculo pre-armado que se repite incesantemente sin ningún tipo de significado profundo más que darle a la gente lo que vino a ver.

Quisiera atravesar la máscara de los balineses, dejar de ser vista como “un cajero automático andante” y entrar en verdadero contacto con la cultura local. Pero es muy difícil: no voy a lograrlo en estos seis días y creo que tampoco lo lograría en dos semanas, tal vez ni siquiera en un mes.

Me da bronca que el turismo prostituya tanto un lugar, que por ser turista/viajero todo cueste cinco veces más (y que no exista diferenciación entre turista y viajero), que los grandes negocios y restaurantes estén manejados por extranjeros, que respirar cueste tan caro, que el regateo sea una mentira, que los tours por “The Real Bali” sean también un espectáculo pre-armado, sólo que un poco más caros.

Pero estar en un lugar tan turístico (que justo resulta ser Bali, pero que bien podría ser Cancún o Hawai o Aspen o…), me hace pensar otra vez en que existen diferentes maneras de viajar y que si bien todas son más que respetables, yo ya sé cuál elegí y con cuál me siento más cómoda.

Se puede viajar como un verdadero turista, ir a resorts all-inclusive, comer platos típicos por cincuenta dólares y ver el lugar a través de la ventana de un colectivo, o se puede salir del circuito y viajar como un local.

Y en medio de estos dos extremos, obviamente existen los matices.

Estar acá también me ayuda a darle forma a la respuesta a una de las preguntas más recurrentes que recibo (y que me hago a mí misma): ¿Por qué viajás? ¿Qué buscás en tus viajes?

Sé lo que NO busco: no viajo en busca de fiesta, no viajo en busca de playa (solamente de vez en cuando, cuando tengo calor), no viajo en busca de deportes extremos, no viajo en busca de destinos populares, no viajo en busca de turistas.

Viajo en busca de cultura, viajo en busca de arte (de todo tipo), viajo en busca de paisajes que me atrapen, viajo en busca de lugares mágicos (subjetivamente mágicos) y viajo en busca de un contacto con personas que viven muy lejos de mi realidad cotidiana.

Viajo para ver el mundo con mis propios ojos.

Y pobre Bali, no tiene la culpa de estar tan promocionado…

Para hacer justicia, en la parte dos hablaré de Bali desde otro punto de vista, daré la otra cara de la moneda. Porque si existe un circuito turístico, eso quiere decir que también existe un “no-circuito turístico”, y aunque acá sea más difícil encontrarlo, trataré aunque sea de espiarlo por un rato.

Es que estar en Bali es como enamorarte de alguien que no te da bola: podés mirarlo todo lo que quieras, podés hablarle, podés interactuar, pero siempre habrá una pared que te impedirá conocer lo más profundo de esa otra persona.

Y lo peor es cuando sabés que debajo de la superficie hay mucho más de lo que podés ver.

Actualización: algunos años después… ¡volví a Bali! La importancia de una segunda oportunidad…

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Estadísticas de mayo

  • Países visitados: (parte de) Malasia, Singapur, (parte de) Indonesia
  • Islas: Singapur, Java, Karimunjawa
  • Ciudades: Singapur (sí, país, isla y ciudad), Kuala Lumpur, Tanah Rata, Melaka, Jakarta, Yogyakarta, Semarang, Jepara, Karimunjawa
  • Días de lluvia: diría que un 50 por ciento más que el mes pasado
  • Palabras nuevas: sampai jumpa (hasta luego en indonesio), selamat malam (buenas noches), berapa? (cuánto cuesta?), tidak pedas (sin picante, por favor), keju (queso)
  • Palabras que me gustaría aprender: “me estás cagando con el vuelto”, “no te hagas el vivo que seré extranjera pero no boluda”
  • Cosas que perdí: mi cepillo de dientes, mi toalla
  • Cosas que casi pierdo: un short
  • Cosas que me regalaron: una toalla, un pañuelo de la India, un caracol con el dibujo de una flor, una historia dibujada en mi cuaderno, mucho OndeOnde
  • Mejor piropo escuchado por las calles de Indonesia: “De dónde saliste, Miss Universo?” y “I love you mister!”
  • Cosas que todavía no tolero: el calor del mediodía, que me cobren de más, que me acosen para ofrecerme pasajes/taxis/hoteles, las ciudades demasiado turísticas, el olor de mi ropa húmeda en la mochila
  • Cosas que no pasan de moda: que me hablen de Maradona cada vez que digo que soy argentina
  • Comidas que me persiguen: el arroz de todo color, forma y tamaño
  • Top 3 de elementos faltantes en el baño: inodoro, papel higiénico, toalla de mano o carilina de algún tipo
  • Top 3 de elementos faltantes en la mesa: cuchillo, salero, servilletas
  • Preguntas del mes: Are you in a relationship? Do you have kids? Can I have your cellphone? (¿Estás en una relación? ¿Tienes hijos? ¿Puedo agarrar tu teléfono?)
  • Afirmación del mes: She’s a friend of Maradona!!! (¡Ella es amiga de Maradona!)
  • Pregunta pelotuda del mes: Do you REALLY come from Argentina? You look so white (y no recibo este tipo de preguntas de los asiáticos, sino de canadienses y “americanos”)
  • Países polémicos: Vietnam (la gente que fue lo odia o lo ama), la India (ídem)
  • Palabras del mes: miss, foto, bulé
  • Cantidad de veces que me quedé en un hostel en Indonesia y Singapur: cero (siempre Couchsurfing)
  • Momentos sorprendentes: Cuando me reencontré con el japonés “de la toalla” que conocí en Malasia en el lobby de un edificio en Singapur… de pura casualidad, yo estaba en una fiesta de Couchsurfing, fui en busca de la pileta, me perdí y me lo crucé. Lo más emocionante: se acordaba de mi nombre… ¿saben por qué? es bastante obvio… PORQUE PARECE JAPONÉS. Basta. Me voy a cambiar la nacionalidad y se terminó.

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Preguntas Frecuentes para viajar a Indonesia (y el Sudeste Asiático)

Todos los días recibo preguntas sobre el viaje que estoy haciendo por el Sudeste Asiático.

Este viaje que comenzó en Bangkok… ¡Y solo el destino sabe dónde terminará!

Algunas de mis amigos y familia, otras de gente que lee mi blog, muchas de personas que conozco mientras viajo, pero la mayor cantidad de cuestionamientos provienen de mí misma.

Así que decidí hacer una compilación al mejor estilo autoentrevista para despejar todo tipo de dudas, desde lo más básico hasta lo más complejo.

Siéntanse libres de preguntar lo que quieran. Me sentiré libre de responder o no.

¿Tenés calor cuando viajás por el Sudeste Asiático?

Ustedes no entienden. Quiero saltar en una bañadera llena de cubitos de hielo. Quiero meterme adentro de una heladera. Quiero arrastrarme sobre la nieve. Quiero trabajar en una fábrica de aire acondicionado.

¿Dónde estás?

En este momento estoy en Jepara, una pequeña ciudad en el centro-norte de la isla de Java, viviendo en lo de Susy y su marido, una pareja indonesia de Couchsurfing. El sábado estaré en Karimun Jawa, un conjunto de islas muy poco turístico, con un grupo de couchsurfers locales. Según me dijeron, no hay conexión a internet, así que sepan entender si me convierto en náufrago por un fin de semana.

¿Los de Couchsurfing te pagan por hacerles publicidad?

Ojalá.

Si hablo tanto de Couchsurfing es porque desde que me sumé mi viaje cambió por completo y porque me parece que vale la pena que todos conozcan esta comunidad.

No se trata, como muchos puedan creer, de “un hotel gratis”, se trata de vivir con los locales, de conocer su día a día, de meterse verdaderamente en la cultura y modo de vida de cada lugar. Formar parte de Couchsurfing es como tener amigos en países desconocidos, es una manera de sentirse menos solo en el mundo (literalmente) y de unir culturas.

¿Es seguro hacer Couchsurfing en el Sudeste Asiático?

Los couchsurfers asiáticos que conocí son muy hospitalarios y les encanta recibir extranjeros, cuanto más exóticos mejor.

Una buena noticia para los argentinos: como venimos de muy lejos, somos extremadamente exóticos para ellos. Pero, otra noticia, son gente como nosotros: comen, respiran, caminan, trabajan, se ríen, viven.

Obviamente, hay personas con las que me llevo muy bien y otras con las que está todo bien pero no hay tanta conexión.

Acá hay algunos links mis experiencias haciendo Couchsurfing en el Sudeste Asiático:

Una experiencia fallida en Couchsurfing

Viviendo con una profesora de Fïsica en Malasia

Alojada por un Japonés en el Sudeste Asiático

Mi experiencia usando Couchsurfing en Indonesia acá, y acá

Cosas que hice en Kuala Lumpur gracias a Couchsurfing

¿Cómo te comunicás en Indonesia?

La gran mayoría de la gente que está en Couchsurfing habla inglés (aunque sea muy básico), pero deben ser el uno por ciento de la población.

En Indonesia existen muchísimas lenguas, pero la oficial que une a los 250 millones de habitantes del país es el bahasa indonesio. Es un idioma simple, dentro de todo: no tiene masculino y femenino, no tiene tiempos verbales, la pronunciación no es rebuscada.

La mayoría de la gente no habla inglés, así que cada vez que encuentro a alguien que sí habla le pido que me traduzca el menú, escribo los nombres de cada cosa y los memorizo para la próxima vez que quiera comer.

Sé decir holaquetal, gracias, de nada, buenas noches, ¿cuánto cuesta?, not spicy please, uno dos tres cuatro cinco, izquierda derecha, extranjero, foto, sí, no, arroz, tofú, pollo, fideos, nos vemos, en bahasa…

Acá va: apa khabar?, terima kasih, sama sama, selamat malam, berapar?, tidak pedas, satu dua tiga empat lima, kirri, bule, foto, ia, tidak, nasi, tahu, ayam, mie, sampai jumpa.

Igualmente, como en cualquier lugar, las señas y el dígalo con mímica siempre ayudan.

¿Cuánto gastas por día viajando en Indonesia?

Indonesia es extremadamente barato, incluso para nosotros (Argentina: país con moneda devaluada).

No pago alojamiento porque hasta ahora siempre me quedé en casas de familia, pero tengo entendido que una noche en un hostel cuesta entre 3 y 5 dólares.

La comida es regalada:

  • Un plato de nasi goreng (el plato típico: arroz frito con huevo) cuesta 5000RP (50 centavos de dólar) en la calle o en los mercados
  • Un té frío, 1500RP (15 centavos de dólar)
  • En un restaurante “caro” los platos cuestan entre 20.000RP y 40.000RP (de 2 a 4 dólares).

En cuanto al transporte:

  • Moverse por una ciudad en combi o colectivo cuesta entre 1000RP y 3000RP (10 a 30 centavos de dólar)
  • Viajar de una ciudad a otra cuesta entre 5000RP y 10.000RP la hora de viaje (de 50 centavos a un dólar)
  • Alquilar una moto por 24 hs cuesta 4 dólares

Así que comiendo bien se puede sobrevivir perfectamente con un presupuesto de 5 a 8 dólares diarios.

Hay una clave muy importante: siempre, SIEMPRE, se puede viajar como un local (sin paquetes de por medio).

¿Es verdad que te la pasas comiendo perro, rata y sapo?

Que yo sepa, hasta ahora no ingerí semejantes cosas. Acá se come rana como si fuera pollo y dicen que es muy rica. También comen el cerebro de los animales, el corazón, el líquido de adentro de los huesos, la piel, el estómago, los ojos… No pongan cara de asco. Como me dijo una china: “No entiendo cuál es el problema, ustedes también comen animales como vaca y cerdo y no les da asco, entonces ¿por qué les parece mal que nosotros comamos eso?“.

Dicen que si uno come perro, los perros callejeros lo sabrán y seguirán a la persona que haya ingerido a alguno de sus amigos. No quiero ser paranoica, pero una vez en Malasia un perro me siguió por cuadras y cuadras.

¿Entonces qué comés? ¿Arroz?

En Indonesia dicen que un plato sin arroz no es comida. El arroz para ellos es como el pan para nosotros: va con todo.

Así que sí, como arroz, pero como muchísimas cosas más (por suerte).

Acá es imposible pasar hambre: hay comida a toda hora, en todo lugar y MUY barata.

Cada día como algo distinto, generalmente no decido antes, sino que me dejo sorprender. A veces comida china, a veces comida (un poco) picante, a veces pollo, a veces pescado, a veces fideos, a veces sopa, a veces dulce, a veces salado.

Cada persona que conozco me lleva a comer lo típico de su ciudad.

Temo volver rodando.

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Situaciones bizarras en Indonesia #1:
Acá dicen “sí, gracias” para decir no

Estoy en alguna calle de tierra de Jakarta, Indonesia, acabo de comprar comida en un puestito.

Un hombre está parado al lado mío (en Indonesia la gente siempre está en la calle, sentada en algún lugar con sombra) y enseguida se acerca y hace un gesto dando a entender que lo que acabo de comprar es una delicia.

Le ofrezco un poco para que pruebe, el hombre asiente con la cabeza y me dice “terima kasih” (gracias en bahasa indonesio), entonces le acerco el plato para que pueda sacar un poco de comida, él vuelve a asentir y sonríe, yo le acerco más el plato, sigue asintiendo y sonriendo, a lo que yo le acerco el plato todavía más y casi que se lo meto en la cara para que pruebe un bocado.

Y la escena se vuelve ridícula (como el capítulo de los Simpson donde Homero y Skinner se la pasan un minuto asintiendo con las cabezas sin decir palabra).

Finalmente me canso y me pongo a comer sola.

El hombre se va.

Encontré la explicación a este comportamiento unos días después en Yogjakarta, mientras comía caramelos en la casa de una chica indonesia que conocí por medio de Couchsurfing.

Éramos cuatro: un chico holandés, dos chicas indonesias y yo. El chico holandés me ofreció un caramelo, a lo que dije gracias y le acepté dos.

Cuando le ofreció caramelos a las chicas, las dos dijeron “Yes, thank you” y se quedaron quietas, entonces él acercó la bolsa para que sacaran, a lo que volvieron a decir “Yes, thank you” y ni siquiera amagaron a sacar un caramelo.

Ok, acaban de decir “sí, gracias“, ¡por favor coman el caramelo que aceptaron!

Pero acá la cosa es así: los indonesios nunca dicen que no.

Así que si alguien les responde sígracias a alguna oferta, tómenlo como un no y ríanse de la situación.

Seguramente ellos se reirán con ustedes.

***

Escribí otras pequeñas anécdotas de viaje en Indonesia acá y acá

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De Melaka a Singapur, del pueblito colonial a la ciudad supersónica

Menos mal que no le hago caso a las opiniones de la gente y sigo mi instinto, si hubiese creído a quien me aseguró que “en Melaka no hay nada para ver” me hubiese perdido de conocer una de las ciudades más interesantes de Malasia.

Si alguien me dijera que en realidad Melaka es el set de filmación de una película colonial-romántica, lo creo sin dudarlo.

Tiene un aura similar al de Colonia del Sacramento (Uruguay), de casitas bajas y antiguas, colores y luces suaves, ruinas y pedazos de historia desparramados por toda la ciudad.

De día los visitantes caminan por las placitas, iglesias, ruinas y templos; los locales cruzan los puentes en bicicleta y comen en los mercados; las mujeres chinas caminan bajo el sol protegidas bajo sus sombrillas; niños musulmanes salen del colegio y corren a comprar comida a un vendedor callejero mientras esperan el colectivo que los llevará de vuelta a su casa; los conductores de los rickshaws (transporte típico de esta ciudad: carritos-bicicleta decorados con flores) dan vueltas en busca de turistas y hacen sonar música en sus radios.

La religión está muy presente, como en toda Malasia: los católicos se reúnen en las iglesias para escuchar el sermón y cantan canciones, los musulmanes esperan el canto de la mezquita para arrodillarse a rezar mirando hacia La Meca, los taoístas prenden incienso en sus templos y dejan ofrendas de frutas y flores, los hindúes ofrecen comida y veneran a alguno de sus dioses en uno de sus tantos templos.

Mientras tanto, los extranjeros se reúnen en la fuente de la plaza principal y se sacan fotos grupales.

De noche, cuando los autos dejan de circular, las callecitas de tierra se vuelven desiertas, muchas casas cierran sus puertas y apagan todas las luces, las mesas ocupan las veredas, los restaurantes y templos prenden luces y faroles, las flores de los rickshaws se iluminan.

En algún restaurante chino, un hombre canta a karaoke un tema de Bryan Adams; al lado del río, una banda de música portuguesa-malaya ensaya su show y toca para quienes quieran sentarse a escucharlos; cerca del shopping, un festival de música metal atrae a los más jóvenes.

Y de día todo vuelve a empezar, aunque con un detalle que derrite todo tipo de clima poético: el terrible calor que aumenta a medida que me acerco al Ecuador.

No me imaginé que podía existir más humedad que en Kuala Lumpur.

Pero si uno intenta olvidarse de la transpiración y meterse en la Historia, con sólo caminar (porque Melaka es una ciudad para caminar), se pueden descubrir todas las influencias que fueron dando personalidad a este pequeño lugar al sur de Malasia.

Melaka (o Malacca) fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y en su territorio se resumen siglos: fue la capital del Sultanato de Melaka y el centro más importante de los malays durante los siglos 15 y 16, luego fue colonizada por los portugueses, los holandeses y los británicos y recibió gran influencia china también.

Y lo más interesante es que esta historia es totalmente palpable: aún quedan fortificaciones portuguesas, cementerios holandeses, construcciones musulmanas, templos chinos.

Y también se ve perfectamente la mezcla de culturas que caracteriza tanto a Malasia: hay mezquitas con arquitectura china, comida portuguesa-malaya, restaurantes hindú-malayos, iglesias católicas (primera vez que veo en Malasia), iglesia metodista-tamil, templos chinos taoístas.

Melaka es mi última ciudad de Malasia, país en el que estuve unas tres semanas y al que volveré algún día.

Me da nostalgia irme y dejar atrás a todos los amigos que conocí, pero tengo que seguir viaje. 

Tan sólo cuatro horas después, llego a Singapur.

WOW.

Por si no sabían, Singapur es una ciudad-estado independiente de Malasia (a pesar de que están separados únicamente por un puente) y uno de los países más pequeños y avanzados de Asia.

El cambio es rotundo: siento que entré al país de los Supersónicos.

El edificio de inmigración parece un aeropuerto europeo, todo el equipaje pasa por rayos equis, la policía me dice que no puedo estar parada al lado de la oficina de inmigración, tengo que seguir caminando, tampoco se puede escupir ni sacar fotos o filmar. Las calles son limpias, bien iluminadas, es viernes a la noche y todos están afuera. La mayoría de los habitantes que conforman Singapur son chinos, aunque sigue existiendo la minoría de malays e hindúes al igual que en Malasia.

Tengo que tomar el MRT (subte) hasta la casa de Kuni, el japonés que me alojará en esta ciudad.

Kuni es couchsurfer, viajó a más de cien países y esta es su manera de retribuir a todas las personas que lo recibieron cuando viajaba. Ya alojó a más de 450 personas en su departamento, a veces hasta cuatro o cinco por noche (!). Tomar el subte es toda una hazaña, por lo organizado, digo.

Finalmente llego, después de hacer varias combinaciones y de pelearme con la máquina que emite los “subtepass”.

Esta es la Asia avanzada que todos imaginamos.

Más detalles, próximamente.

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Frutillas fotogénicas en Cameron Highlands

¿Qué es esto? ¿Cómo fue que pasé de estar rodeada de edificios a estar rodeada de frutillas?

Pista: no estoy en un parque temático frutal al estilo Disneiuor.

Todo empezó cuando decidí (o mejor dicho decreté) que necesitaba huir por unos días del calor (ohh el calor), la humedad y la gran cantidad de actividades y distracciones de Kuala Lumpur. Las capitales siempre me fascinan (será porque soy de una gran ciudad), pero en Kuala Lumpur me era imposible concentrarme y dedicarme a escribir: todos los días había una comida desconocida que probar, un lugar distinto que visitar, una persona nueva que conocer.

Así que decidí pasar de un extremo a otro y me vine a un pueblito recluido en medio de las montañas. Pasé de los 37 grados de temperatura a los 20 grados de “frío” de Cameron Highlands, cambié el ruido de autos por el sonido de la naturaleza, vine en busca de paz y terminé rodeada de… frutillas.

Cameron Highlands queda a cuatro horas de Kuala Lumpur (o cinco y media, si hacen como yo y sacan el pasaje más barato pensando que son re vivos y descubren que se trata de un colectivo que a mitad de camino se transforma en transporte público y para cada cinco minutos a levantar gente en cada pueblo).

Esta zona montañosa de Malasia está conformada por varios pueblitos: el más popular es Tanah Rata, de aproximadamente tres cuadras de largo. ¿Cómo sé que es el más popular? Porque hay un Starbucks en pleno “centro” (no creo que el Sr. Starbucks apueste a un lugar no turístico)… en fin.

Viajé con mi amiga Belinda (local) y su compañera de universidad, Senna, una chica de Finlandia.

Mientras Belinda temblaba de frío con los 20 grados de este lugar, Senna se sentía como en pleno verano finlandés.

Para mí el clima acá es ideal, tan lindo que me gustaría que todo el Sudeste Asiático fuera así.

Apenas llegamos se largó a llover (típico de lugar montañoso), nos bajamos del colectivo y en la terminal un señor nos ofreció un hostel interesante: cuarto privado con baño propio, 60 RM (19 dólares) por las tres. Y la oferta matadora: él nos llevaría hasta ahí en una minivan. Así que nos subimos y una cuadra y media después nos bajamos en la puerta. Volvimos a preguntar el precio y el dueño nos dijo 50 RM por las tres mientras el conductor de la combi puso cara de culpable.

JA!

¿Qué se puede hacer en Cameron Highlands?

  • Podés hacer un tour de un día y visitar las plantaciones de té, los campos de mariposas, la flor más grande del mundo, los cultivos de frutillas, los asentamientos indígenas
  • Podés hacer trekking por la selva, visitar varios tipos de bosques, ver el amanecer y el atardecer desde una montaña, encontrar distintos tipos de árboles y aves…
  • O podés no hacer nada de esto y pasarte las horas caminando por ahí y sacándole fotos a las frutillas.

El tema es así.

Hay ciertos lugares que son conocidos por “algo”: el volcán más furioso, la montaña más verde, las cataratas más prolijas, la comida más engordante, los festivales más bizarros, la música más tranquilizadora.

Y hay lugares como Cameron Highlands que son famosos por sus frutillas.

O por lo menos yo siempre recordaré este rincón de Malasia no por sus campos cultivados de frutillas de calidad, sino por su merchandising ingenioso y abrumador.

La consigna es: encontremos aquello que nos represente como lugar y llevémoslo al extremo.

Entonces si uno viene como visitante a este valle y camina por los mercados o calles principales de cualquiera de los pueblitos que lo conforman, se encontrará con: relojes con forma de frutilla, llaveros con forma de frutilla, almohadones con forma de frutilla, aritos con forma de frutilla, bolsos con estampado de frutilla, ojotas con detalles de frutilla, gorros con dibujos de frutillas, toallones con motivos de frutilla, pantuflas con peluche de frutilla.

Y tampoco sería raro que le ofrezcan: té de frutilla, licuado de frutilla, helado de frutilla, torta de frutilla, ensalada de frutilla, mousse de frutilla, frutillas secas, chocolate con frutilla, frutillas con crema, frutillas.

¿Qué puedo decir?

Mis días en Tanah Rata fueron muy relajantes… Cuando Belinda y Senna se fueron, llegó Journey, mi amiga china.

Por suerte somos bastante parecidas en cuanto a actividades que nos gusta o no hacer, y como ella tampoco tenía ganas de sumarse a ningún tour (y gastar 30 dólares), diseñamos nuestro propio trekking: caminamos de mercado en mercado y de restaurante en restaurante.

La pregunta más recurrente de estos días fue: ¿adónde vamos a comer?

Así que desayunamos un cheese naan (algo así como un panqueque con queso) y un masala tea (té indio de especias) en el local de comida india, almorzamos Fried Kuay Teow (fideos chatos fritos con pollo y verdura) en el lugar de comida china, tomamos café en un barcito, cenamos una sopa y más comida china, y así sucesivamente. Por suerte este sector de Malasia es barato: una cama en un dormitorio compartido, 3 dólares, un almuerzo abundante, 2-4 dólares, una remera que dice I love Cameron Highlands, 1.50 dólares. Kuala Lumpur es un poco más caro: una cama en un hostel, 8 dólares, un almuerzo, 3-6 dólares, una remera que dice I love KL, 5 dólares.

A pesar de que puedo quedarme hasta tres meses en Malasia, estos son mis últimos días ya que tengo que seguir camino.

Mi próxima parada será Melaka, ciudad colonial de Malasia, y después de eso, Singapur, uno de los países más avanzados del Sudeste Asiático.

Y después, Indonesia, y después, Filipinas, y después y después y después.

Mejor disfruto que todavía estoy acá y me tomo un té de frutilla mientras miro cómo llueve en este pueblito en plena montaña en algún lugar del mundo.

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Elige tu propia historia asiática

Como no es fácil complacer a todo el mundo, el staff de VPA (es decir quien escribe) les ha preparado una selección de historias para que cada cual lea la que más le interese y en el orden que le plazca. Las opciones son:

A. Sobre los distintos significados de la palabra semáforo: ver apartado I

B. Un día en Kuala Lumpur con Stanley, el beisbolista que vive dentro de un sobre: ver apartado II

C. Crónica de un corte de pelo: ver apartado III

D. Amores orientales: ver apartado IV

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I. EL SEMÁFORO Y SUS SIGNIFICADOS

i) semáforo: objeto de señalización vial que se utiliza en las esquinas para organizar el tráfico e indicar a los peatones cuándo pueden cruzar y cuándo no

ii) semáforo kuala-lumpurense: objeto decorativo que no cumple ningún fin más que confundir a los extranjeros que quieren cruzar la calle sin ser atropellados. Acá los semáforos no sirven, avivensé, no importa si está en verde o en rojo (creo que no existe el amarillo), nadie les hará caso. Son los tips que se aprenden al caminar por la ciudad con amigos locales. “El semáforo está en verde, ¿por qué nadie cruza?”, “Ah, eso, acá nadie respeta los semáforos”, de repente se pone en rojo, “Dale, ahora, ¡corré!”, “Pero, pero, no quiero morir!!!”

iii) semáforo, fiesta del. Reunión en la que cada asistente debe vestirse con un color determinado según su estado civil o disponibilidad: rojo para los comprometidos, verde para los solteros, amarillo para los indecisos

Sí señores, me invitaron a la famosa fiesta del semáforo en Kuala Lumpur, un evento organizado por couchsurfers para couchsurfers (muy exclusiva la cosa).

Ahora, quienes hayan ido a alguna de estas celebraciones en Argentina saben más o menos de qué se trata y cómo termina, así que no entraré en detalles, pero voy a contarles cómo es la fiesta del semáforo en Kuala Lumpur.

Según la invitación que recibí vía Couchsurfing, la fiesta comenzaría a las 16 hs (sic) y se llevaría a cabo en un centro cultural. Invitados confirmados: 20. Una reunión chiquita. Yo llegué a eso de las 21.30, después de cenar con Mooi (mi anfitriona de Couchsurfing), Journey (mi amiga china) y Shirley (su amiga china).

Se preguntarán de qué color fui: fui vestida de mochilera que no tiene más que ropa blanca y sucia, así que mantuve el misterio.

Llegué al lugar, ubicado a unos 40 minutos de la ciudad, en un tercer piso, y había algo así como cinco personas: tres de ellos vestidos de un verde furioso. Nos sentamos en la cocina (¿por qué será que las charlas interesantes siempre son en la cocina?), nos presentamos, y a hablar nomás.

¿Bebidas? Nada de barra, cada cual se compró lo suyo: cerveza “Tiger” por 12 RM (4 dólares) el litro, algunos licores, un vino blanco argentino. Nada de excesos, todos bebieron con moderación (será porque el alcohol es muy caro, tal vez, será porque es otra cultura, quizá).

A lo largo de la noche fueron cayendo más viajeros que jamás recordaré por su nombre pero sí por su nacionalidad: polaca, polaca, inglesa, finlandés, malayo, malaya, hindú-malayo, chino-malayo, malayo musulmán x 3, china-malaya, australiano, alemán, hindú-malayo again. ¿Colores? Algunos verdes, algunos rojos, uno rojo-amarillo-verde (gorro-camisa-pantalón), muchos de negro, otros de blanco. ¿Parejas formadas? Me atrevo a decir cero, aunque me fui un rato antes de que terminara así que no sé con certeza.

Conclusión: reunión muy divertida en la que se usó el semáforo de excusa para juntarse, conocerse, charlar y pasar un buen sábado en Kuala Lumpur. Ah, y el post-fiesta fue en un Mamak Stall, un puesto de comida india-malaya: mis amigos locales comieron arrozconalgo y yo me pedí un panqueque dulce.

Semáforo en KL

Semáforo, fiesta del

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II. UN DÍA CON STANLEY

Stanley es muy blanco y flaquito, tanto que es capaz de vivir dentro un sobre. Además, no tiene nariz ni ombligo y juega al béisbol. Stanley nació en Estados Unidos y regresará a su ciudad de origen en menos de dos semanas. Llegó a Kuala Lumpur en su sobre papel madera y volverá dentro de la valija de Isaac, su dueño temporario. Pero antes de abandonar Malasia, Stanley debe visitar los principales puntos turísticos de KL y sacarse fotos para subir a su blog. Todos en Estados Unidos quieren saber en qué anda.

Este es Stanley bajo las Torres Petronas

Stanley, Isaac y yo comenzamos nuestro “walking-day-tour” por Kuala Lumpur en Lake Gardens, un gran espacio verde en medio de la ciudad. Caminamos, visitamos el Planetario, pasamos delante del Butterfly Garden, del Bird Garden, del Deer Garden, pero no entramos a ninguno de esos (Stanley no era lo suficientemente alto para entrar).

Desde ahí, nos dirigimos a almorzar a Little India, pequeño distrito a “15 minutos” de donde estábamos.

Nota importante: acá, cuando uno pregunta distancias, jamás le dirán que tal o cual lugar queda a equis cantidad de cuadras, acá no existen las cuadras, sino que la cercanía o lejanía de un punto se mide en cantidad de minutos de caminata. Por suerte, Isaac es local y conoce las rutas más cortas para ir de un lugar a otro, porque si fuera por mí y mi mapa, todo quedaría a dos horas de distancia.

Después de caminar por el mercado de Little India fuimos a hacia KLCC, el parque ubicado en la base de las Torres Petronas.

Stanley posó para la foto y nos fuimos a Bukit Bintang, el distrito top de shoppings y mercados locales de Kuala Lumpur.

Ahí se nos unió Belinda, otra amiga local, couchsurfer también.

Empezó a llover, como todas las tardes que llevo en Kuala Lumpur, así que nos refugiamos en el monorriel (como el de Los Simpsons) y seguimos camino hacia la reunión de couchsurfing de todos los miércoles. Generalmente, todas las ciudades del mundo tienen un grupo estable de couchsurfers locales que se reúnen cada semana para cenar e invitan a todos los viajeros a unirse.

El miércoles pasado fuimos como 30, esta vez, alrededor de 12 personas: un irlandés, un estadounidense, un alemán, una estadounidense, un inglés y el resto locales. Imagínense la cara de sopresa de la gente cuando Stanley hizo su aparición y salió del sobre para sacarse una foto con la comida. Nadie entendía nada.

El irlandés miraba a Stanley y miraba a Isaac, volvía a mirar a Stanley, me miraba a mí y lo miraba a Isaac otra vez. “I have childhood issues (tengo temas de la infancia no resueltos)”, fue la explicación de su dueño. Aunque después el misterio se develó: “Mi primo de ocho años lo hizo y me lo mandó desde EEUU, tengo que sacarle fotos en todos lados y escribir sobre su día como parte de una tarea del colegio de mi primo“. Ahh… ahora entendemos todo. Yo prometí dibujarle una novia antes de irme.

Para terminar el día, Isaac, Belinda, Stanley y yo nos fuimos a comer un postre bien malayo: Mango-loh, me atrevo a decir que fue el mejor postre que comí en mi viaje. Fue un día productivo. Stanley es lo más.

Este es Stanley comiendo Mango-loh

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III. CRÓNICA DE UN CORTE DE PELO

Hay una escena en The Truman Show en la que Truman entra a la fuerza a la sala de operaciones del hospital donde “trabaja” su mujer, y los “médicos” deben hacer de cuenta que están llevando a cabo una cirugía para que Truman no sospeche que en realidad son actores que no tienen idea de lo que están haciendo. ¿Se acuerdan?

Algo así sentí cuando me senté en la peluquería dispuesta a someterme a la tijera asiática.

El lugar quedaba en un shopping/galería al estilo Bond Street, y me lo recomendó una amiga local (con un corte de pelo decente, así que confié en ella). Me dieron la opción de que me cortara un peluquero “senior” o un peluquero “pro”: 25 pe contra 50 pe. Senior de una, no pienso pagar 50 pesos para que mi cabeza quede, tal vez, desastrosa. Así que me senté sabiendo que, a partir de ese momento, existía la posibilidad de no poder subir fotos mías a internet durante por lo menos dos meses.

Mi peluquero, jovencito, con un corte “canchero”, me preguntó qué quería hacerme. Le expliqué en inglés, claramente: THE SAME STYLE, ONLY SHORTER, JUST A TRIM, PLEASE, NOTHING DIFFERENT.

Así que agarró el peine y estuvo como cinco minutos peinándome los pelos de la nuca (¿con qué fin, por dios?), cuando terminó, agarró la tijera y muy tímidamente me cortó un poquito de pelo de atrás (poquito poquito) y me mostró con el espejo: “Is ok?”.

-Sí…

En ese momento los único que pensé fue: odio a todos mis amigos de Facebook que votaron para que me sometiera a esto, LOS ODIO. Cada vez que el pobre pibe levantaba la tijera, yo le daba una nueva orden: NOT STRAIGHT EH, I WANT IT LIKE THIS y le hacía señas con la mano para que no me lo cortara recto sino más desmechado (que alguien me diga cómo se dice desmechado en inglés porque no tengo idea).

Él asentía como diciendo “no soy estúpido”, pero creo que le di un poco de miedo, porque cada vez que me hacía algo, me mostraba con el espejo cómo iba quedando. Casi le digo que prefería no ver. Le pedí que me sacara unas ondulaciones que se me hacen en las puntas y que no me gustan, pero el atrevido me dijo: NO NO, IF I CUT NOT NICE, YOUR HAIR IS LIKE THAT, I LEAVE IT LIKE THAT.

-Ok…

También me dijo que mi hair estaba very dry, y que si no quería ponerme cera en las puntas.

Después de veinte minutos de cortarme cual nena que le corta el pelo a su Barbi, me mostró el espejo otra vez, y finalmente me explicó: OK, THIS LONG, NOW I STYLE.

Y ahí le dio un poco más de onda al corte y me dejó el pelo bastante mejor de lo que pensé que me iba a quedar.

Así que para ustedes, las fotos.

Antes

Después

Dentro de todo, bien

Después después

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IV. AMORES ORIENTALES

Error: este apartado es FALSO.

Yo sabía, SABÍA, que se iban a saltear todas las historias e iban a empezar por ésta.

Esto confirma mi teoría de que tengo amigas muy chusmas. Procedo a dar nombres y que cada cual se haga cargo, corríjanme si me equivoco (o procedan a agregarse a la lista si empezaron por acá): María P, María G, Dafne B, Belén M, Sofi F…

¿Por qué no me sorprende encontrarlas por acá en busca de historias de amor? JAJAJA lo lamento mucho, tendrán que leer el resto de los apartados y prender la tele si quieren culebrones.

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Kuala Lumpur en diez palabras – parte II

6. AIR-CON

Siento que soy la única que sufre realmente los cambios drásticos de temperatura que hay en esta ciudad.

Apenas salgo a la calle, el calor húmedo y sofocante me pega en la cara y en ese momento pienso dos veces si de verdad quiero salir de mi hostel a caminar o no.

Estoy en Asia, no puedo no salir a conocer.

Así que pongo un pie en la vereda y ya perdí como tres litros de transpiración.

Hola malayos, ¿me explican cómo hacen para no sufrir este calor de perros? ¿Por qué están siempre tan impecables y me hacen quedar tan desastrosa en comparación? Al rato, después de unos minutos de caminata, entro a un lugar cualquiera, tal vez un shopping, tal vez un 7-Eleven, tal vez un restaurante y bum: frío polar. Y los peores son los colectivos de corta y larga distancia: tengo que vestirme como para ir a la montaña. ¿Soy la única que se está congelando en este lugar? ¿Cómo hace, señor, para no sentir frío estando en camisa y short, cuando la temperatura no supera los 10 grados? ¿Por qué nadie pide amablemente que apaguen el aire acondicionado?

¿Por qué te crees que salimos con campera a todos lados? me dice una amiga malaya.

Jamás pediremos que bajen el aire, simplemente aceptamos el estado de las cosas y sabemos que cuando vamos a tomar un colectivo de larga distancia, tenemos que llevar guantes y bufanda, me explica otro local.

Yo creo que en el fondo hay cierto deseo de hacer de cuenta que en algunos metros cuadrados de Kuala Lumpur, el invierno existe.

7. MAPA

Una estadounidense me lo advirtió en Penang: el mapa de Kuala Lumpur es extremadamente engañoso, uno cree que puede unir dos puntos de la ciudad mediante una caminata siguiendo una simple línea recta, pero no señor, en medio de esa línea aparecerán calles que no figuran en el mapa ni de casualidad y que harán que uno se desvíe y termine en cualquier otro lugar.

Y si decidimos tomarnos u taxi o colectivo, peor aún: estaremos por lo menos media hora atascados en el tráfico.

Así que esta es una de las grandes decisiones que hay que tomar al enfrentarse a esta ciudad: si camino voy a llegar a destino más rápido pero probablemente me pierda varias veces, y si tomo un transporte, llegaré seguro, pero mucho después de lo previsto.

Por suerte tengo la ayuda de mis amigos locales que siempre saben cómo llegar: ellos jamás usan el mapa, les parece muy confuso, así que simplemente buscan algún edificio con la mirada, lo toman como referencia, y caminan hacia esa dirección.

8. MASJID (mezquitas)

Cuando viajé por América latina, los dos elementos que aparecían en todas las ciudades eran los museos y las iglesias.

Visité tantos que llegó un momento en el que solamente dediqué mi tiempo a aquellos que fueran distintos o especiales porque, seamos sinceros, en algún punto se vuelve un poco tedioso o aburrido mirar siempre las mismas construcciones.

Acá, en cambio, para mí todo es nuevo, y cada vez que veo un templo chino o hindú o alguna mezquita, entro sin pensarlo. Para la gente local, los templos son lo más aburrido del mundo, para mí, son fascinantes. Esos colores, ese mármol, ese estilo, esos detalles…

Entré por primera vez a una mezquita en Penang y realmente me sorprendió: son lugares que transmiten mucha paz, además de ser arquitectónicamente impresionantes. En todas las mezquitas hay un guardarropas con túnicas para que las mujeres extranjeras o no musulmanas se tapen y sólo muestren las manos, los pies y la cara. Al entrar, siempre hay algún voluntario dispuesto a recibir a los visitantes y explicarles acerca de su religión.

Me parece muy interesante poder aprender de primera mano acerca de esta religión de la que se habla tanto.

Un dato que aprendí en Malasia: acá, todos los malays (no los chinos-malayos ni los hindú-malayos, sino los que acá se denominan malays a diferencia de los malaysians que son todos los habitantes del país) son musulmanes por ley. Las mujeres eligen si quieren cubrirse o no, hay algunas que no lo hacen, y tienen prohibido taparse toda la cara, solamente se cubren el pelo. Las mujeres que se ven en la ciudad vestidas totalmente de negro y que solamente dejan ver los ojos y las manos son de otros países como Arabia Saudita.

9. EXPATS

Incluso tienen una revista propia, acá los expats (extranjeros que decidieron instalarse en Malasia) son una gran comunidad.

En Penang, por ejemplo, conocí a un grupo de profesores de China y Gran Bretaña que viven en la isla y enseñan materias en inglés, ya que en los colegios de Malasia hay ciertas materias que deben ser dictadas obligatoriamente en inglés, como Math o Science.

¿Por qué eligen venir acá? Tipi, una chica china de 25 años, me lo resumió de manera muy simple: Acá gano más de lo que ganaría en China haciendo el mismo trabajo. Juan, un neoyorquino hijo de portorriqueños, me contó que está viviendo hace cuatro meses en KL porque quiere triunfar como DJ de salsa, pero todavía no tuvo mucho éxito. Chris, un alemán, está en KL porque la empresa en la que trabaja (Google, no sé si la ubican) lo transfirió a la central de Malasia.

Algunos se sienten atraídos por la cultura, la comida y la gente de Malasia, otros vienen por un tema de sueldo o experiencia, pero lo cierto es que es muy fácil sentirse cómodo en este país: el lenguaje no es una barrera, la gente es muy cálida y curiosa y la comida es excelente y muy barata.

10. DIFERENCIAS

Me costó entrar en clima en KL. Los primeros días me sentí un poco perdida en la gran ciudad y pensé en volver lo antes posible a Penang.

Pero no, tengo que seguir avanzando.

Y ahora, claro, no quiero dejar KL.

Es una ciudad de grandes contrastes: edificios altísimos e imponentes, baches en las calles, gran cantidad de opciones de transporte público, embotellamientos y veredas casi inexistentes, comida de primer nivel, cuervos y ratas en las calles.

Pero lo mejor, como siempre, es la gente. Es lo que hace que un país, pueblo o ciudad sea lo que es.

¿Te molesta que acá todos te miren fijo? me pregunta una amiga local.

Para nada, le respondo.

Es que para nosotros sos muy exótica, y además sos la primera argentina que conozco, al igual que muchos.

Es curioso: para nosotros los asiáticos son raros, distintos, desconocidos, y para ellos nosotros, “White western people”, somos raros, distintos, desconocidos.

Y apenas nos ponemos a charlar nos damos cuenta de que somos mucho más parecidos de lo que pensábamos.

¿Querés saber cuáles son las primeras cinco palabras? Lee este post

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Kuala Lumpur en diez palabras – parte I

1. TRÁFICO (a.k.a. traffic jam)

He aquí mi primer grato encuentro con Kuala Lumpur.

Son las 12.30, estoy viajando tranquilamente en el colectivo desde la apacible isla de Penang hacia la ciudad capital del país.

A qué hora llegaremos, le pregunto al conductor.

A las 5 pm, me asegura.

Qué bien, qué puntualidad, pienso.

De repente, son las 6.30 pm y el colectivo avanza a dos por hora bajo la lluvia y cada vez que le pregunto al pasajero de adelante cuánto falta, mira su reloj, hace algunos cálculos mentales y promete: 15 minutos.

Creo que tardé más tiempo en llegar desde la entrada de KL a la terminal, que desde Penang hasta KL.

Así es: bienvenidos a Kuala Lumpur, ciudad donde, tarde o temprano, todos seremos víctimas del tráfico. Los malayos mismos lo dicen: hay dos maneras de calcular el tiempo de viaje en KL, “con traffic jam” y “sin traffic jam”. Y estos atascamientos de autos, colectivos, motos y taxis son tan comunes y están tan aceptados como algo normal dentro de la rutina diaria, que nadie se molesta en tocar bocina ni quejarse en voz alta y todos salen de sus casas por lo menos 40 minutos o una hora antes de lo previsto para llegar a tiempo.

Es así, si vas a salir con ruedas, bancate el embotellamiento.

Juro que un colectivo que me tomé estuvo parado en un ¿semáforo? durante 15 minutos y nadie dijo nada, todos siguieron mirando televisión tranquilamente (hay tv en el transporte público).

2. PROHIBIDO

Malasia es un país musulmán y como tal tiene varias restricciones… algunas bastante cómicas.

Enamorados, cuidado: nada de besarse ni demostrar cariño en público. Masca-chicles, ojo: está prohibido subir a las Torres Petronas comiendo chicle. Comunidad gay, lo lamento: nada de salir del clóset. Bebedores de cerveza, preparen sus bolsillos: el alcohol cuesta el triple por la cantidad de impuestos. Nada de portarse mal, que la Policía Moral está mirando y las multas serán jugosas.

3. ROMPERÉCORDS (o Malaysia Boleh!)

Aunque ostentan el mástil más alto del mundo, el shopping más grande de Asia y dos torres que en su momento fueron las más altas, para los malayos nada de eso es noticia.

En este país hay todo tipo de récords, probablemente más de uno nuevo cada día: la mayor cantidad de ancianos en un circo, la rana más pequeña del mundo, la mayor cantidad de cabezas lavadas con shampú en un solo día en un shopping (exactamente 1068), la subida de escalones más alta realizada de espaldas (2058 peldaños), el padrino (best man) más frecuente en los casamientos (apareció en 1069 festejos), el primer abogado ciego del mundo…

Más de 1300 hazañas documentadas en el popular Malaysian Book of Records: hechos insólitos, cómicos y bizarros que demuestran que Malaysia Boleh! (Malasia Puede).

¿Y de dónde surgió este afán de romper récords? Del antiguo primer ministro Mahatir Mohamad, quien decidió incentivar a los malayos para que se superaran día a día y convirtieran su país en una nación asiática avanzada.

Ah, y él también ostenta un récord: fue el Primer Ministro que más tiempo estuvo en el poder en Malasia (22 años).

4. LAH

Come on, lah! We’re gonna be late, lah! Hurry up, lah!

Una de las palabras más escuchadas de boca de los malayos, sin importar si son hindúes, chinos o musulmanes, es el simpático “lah” que todos repiten para enfatizar su discurso.Y, por si se lo estaban preguntando, acá todos hablan inglés, uno de los idiomas oficiales del país junto con el bahasa malayo (hay malayos que solamente hablan estos dos idiomas y no los dialectos que corresponden a su raza).

Afortunadamente para nosotros, viajeros que desconocemos el lenguaje del lugar al que vamos, acá todos entienden el inglés a la fuerza, y si no pueden hablarlo con propiedad, lo mezclan con bahasa y forman el Manglish.

Y si entrenamos el oído, terminaremos escuchando frases como bladibarsket (bloody bastard), mamak stall (restaurante hindú) y Got question? (alguna pregunta?). Ni intenten descifrar un cartel en bahasa, es completamente imposible y las palabras, aunque son simples de leer, no se parecen a ningún término que nos suene relativamente conocido: terkenal es alguien famoso, mat salleh es un extranjero, jalan es una calle y Terima kasih es gracias. Queridos lectores: Selamat sejahtera. Nama saya Aniko, Apa khabar? Saya tidak faham bahasa, selamat malam!

5. MALAYSIAN STYLE

En ciudades asiáticas caóticas como Bangkok o Kuala Lumpur, en las que es casi imposible cruzar la calle sin ser atropellado, no queda otra que aprender la técnica de los locales para realizar semejante hazaña.

Cuando llegué a Bangkok y me enfrenté a la vereda por primera vez, casi decido visitar solamente los lugares que se encontraran en el radio de la manzana de mi hostel, lo que fuera con tal de no cruzar.

Como peatona en la capital tailandesa, esta fue mi primera impresión: bien, estoy parada frente al semáforo como corresponde, esperando que cambie la luz para cruzar, como corresponde. De repente la luz cambia, uno de los cinco semáforos que funciona para alguna de las cinco esquinas que confluyen acá acaba de ponerse en rojo, lo que quiere decir que algún auto tiene que frenar obligatoriamente y dejarme el paso.

ERROR.

Algunos autos frenarán, sí, pero de la nada aparecerán (de una dirección desconocida) veinte autos a toda velocidad con prioridad para doblar (esto de tener los lados invertidos para el manejo me sigue confundiendo).

Confieso que hubo veces que llegué a estar parada diez minutos en el mismo lugar, intentando frenar el tráfico con la mirada. Pero logré cruzar: cada vez que aparecía un local dispuesto a cruzar (con suma tranquilidad, porque para ellos la hazaña no es tan grande), disimuladamente me ponía al lado y caminaba hacia la vereda de enfrente a la par. Y en Malasia aprendí a cruzar Malaysian Style: mi amiga Belinda, ciudadana de KL, me explicó que en esta ciudad nadie respeta las sendas peatonales, cada cual cruza dónde, cuándo y cómo quiere.

Eso sí, hay una regla: una vez que empezaste a cruzar la calle, jamás te arrepientas ni vuelvas hacia atrás.

¿Querés saber cuáles son las cinco palabras que siguen? Lee la parte II acá!

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Y de repente, empieza el viaje (o mi primera experiencia fallida de Couchsurfing)

Dicen (digo) que cuando uno entra en el clima del viaje, todo empieza a pasar (mucho) más rápido. Yo entré en clima de golpe, sin aviso, sin saber que estaba ingresando en ese estado eufórico de quieroseguirviajandomásmásymás y de quieroconocermásgentemáslocalesmáslugares y de, tal vez, noquierovolverhastahaberrecorridoelmundoentero.

Viajar es un camino de ida, definitivamente.

Mis días en Tailandia fueron tranquilos, por momentos solitarios.

Me dediqué a escribir, a caminar, a nadar, a comer, a mirar. Tengo que confesar que me costó empezar: fue difícil pasar de los 20 grados de abril de Buenos Aires a los 40 grados de abril de Bangkok, fue difícil acordarme de pedir en cada comida not spicy please, fue difícil (y algo cansador) pasar de hablar castellano cotidianamente a comunicarme y pensar constantemente en inglés.

Fue difícil, también, tener que convertir mentalmente los precios a dólares y de ahí a pesos para calcular mis gastos, fue difícil no tener un cuaderno para escribir a mano (hasta que decidí comprarme el primero que encontré porque extrañaba demasiado el hábito), fue difícil cargar la mochila llena de ropa sucia todos los días. Pero siento que todo cambió.

Desde que entré a Malasia, mi viaje empezó a acelerarse, a tomar forma y color. Todo se volvió mucho más interesante.

¿Cómo fue qué pasó? Creo que los planetas se alinearon para que mi llegada a Penang, isla ubicada en la costa oeste de Malasia, no pudiese ser peor. Primero, otra vez eso de subirse a un barco, bajarse, subirse a un taxi, bajarse, subirse a una minivan, bajarse, esperar, subirse a otra minivan y tomar la ruta. Trece largas horas de esto, con mucho aire acondicionado (tanto que el conductor, en vez de apagarlo o bajarlo, decidió abrigarse con una campera), cero farangs y mucha lluvia, mi primera lluvia desde que llegué a Asia.

Mi plan era llegar a Penang a eso de las 8 de la noche, llamar a Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing que me iba a alojar, e ir para su casa. Pero mi plan incluía bajarme de la combi en la terminal, tomarme el ferry para cruzar de Butterworth a la isla (remarco lo de ISLA) de Penang, bajarme en la estación de Georgetown (el centro histórico de Penang) y de ahí tomarme el transporte público a lo de mi anfitriona.

Tenía todo calculado.

Entonces cuando el conductor de la minivan frenó frente a un local de comida china, en medio de la inundación provocada por la lluvia, me abrió la puerta y me dijo en tailandés que me bajara, empecé a sospechar que algo no andaba bien. ¿Será que me quedé dormida y cruzamos en el ferry arriba de la camioneta? ¿Tengo que hacer noche acá, quién sabe dónde, y seguir mañana hacia Penang? ¿Quizás el pasaje que compré en Tailandia ya no sirve acá? ¿O acaso estamos en Malasia o nos desviamos y caímos en China?

¿Dónde estoy?

El conductor no supo responderme, todo lo que me decía era “This is your stop, you get down here“. Claro, en medio de la lluvia, de noche, rodeada de gente que tal vez ni habla inglés, sin saber dónde estoy. No señor, no me bajo nada.

Pero los ángeles existen… O al menos creo que what goes around comes around (lo que va, vuelve)

Volviendo a la escena, ahí estoy, en medio de alguna ciudad (todavía en la minivan porque me negué a bajarme), sin manera de poder comunicarme con Chin Chin y sin un peso malayo encima (estaba en Malasia, eso sí, porque me sellaron el pasaporte, pero hasta ahí sabía).

En la misma camioneta que yo viajaba una familia de Indonesia: un chico, sus padres, sus abuelos. Habían venido a Malasia para recibir atención médica, iban a pasar la noche en Penang y al día siguiente volarían de regreso hacia Jakarta. Vieron la situación y me ayudaron: el papá me prestó su celular para que llamara a mi host (anfitriona en el lenguaje Couchsurfing), pero como no pude comunicarme me dijeron que me bajara con ellos en la parada de su hotel para no quedarme sola de noche en la ciudad (estaba en Penang, sí, me lo confirmaron, pero en qué parte, cerca o lejos de lo de Chin Chin, nadie sabía).

Intenté comunicarme otra vez con Chin Chin (que, by the way, es china-malaya), pero me atendía un contestador que me decía muy amablemente que el celular al que estaba llamando le faltaba un número.

El último colectivo público hacia su casa salía a las 22.30 y ya eran las 22. Un taxi hasta su casa me costaría unos 45 ringgits (13 dólares), pero tenía miedo de llegar y que no estuviera ahí, o que Couchsurfing (CS) fuese en realidad una organización internacional de venta de órganos y yo una inocente víctima.

Nos bajamos de la combi y Van Kenny, el chico indonesio, me acompañó al shopping al lado de su hotel para cambiar plata: todas las casas de cambio estaban cerradas.

Fuimos al cajero: no me aceptaba la tarjeta.

Volví a llamar a Chin Chin: me faltaba un número para poder comunicarme.

Quería ir a un hostel: no tenía idea de dónde estaba parada ni adónde podía ir.

Quería tomarme un colectivo: ¿monedas? menos que en Buenos Aires.

Quería tomarme un taxi: me dijeron que por las dudas no me tomara un taxi sola de noche.

Listo, ¿podré dormir en la puerta de su cuarto? ¿o encima de la alfombra del baño?

Van Kenny sacó 50 ringgit y me los dio.

– Mañana me vuelvo a Indonesia, esta plata ya no me sirve, quedatela.

– No, te la cambio por dólares.

– No, por favor.

-Bueno, cuando esté en Jakarta los invito a todos a cenar.

Mientras decidía mentalmente qué iba a hacer de mi vida aquella noche, me invitaron a cenar con ellos al mercado local. Los indonesios y yo: esa loca que andaba con cara de perdida por algún lugar de Asia. Comimos algo muy rico, que jamás sabré qué era. Les conté que era de Argentina, que escribía un blog. Todos en ronda empezaron a decirme sus nombres, “para que nos menciones en tu blog“. Llamaron por teléfono a una amiga indonesia que vivía en Penang para que me llevara en su auto a buscar alojamiento barato. Así que me despedí y nos fuimos, la indonesia y yo: esa argentina que no tenía dónde quedarse una noche de lluvia en una isla de Malasia y confió en una familia de Indonesia.

Finalmente encontré un lugar decente y barato manejado por un hindú. Chinos, hindúes, indonesios…

Estoy en Malasia, ¿no? Por ahora no vi ningún malayo… Creo.

Desensillé en el cuarto, me conecté a internet y todo se solucionó.

Encontré el número que le faltaba al celular de Chin Chin, la llamé para avisarle que iría a su casa el día siguiente y dormí con todo el agotamiento del mundo. A la mañana siguiente vino a buscarme Julio, un chico mexicano que también se estaba quedando en lo de Chin Chin, junto con Rizuan, un malayo musulmán, que nos llevó a recorrer toda la isla en su auto, nos presentó a sus amigos chinos y malayos, nos invitó a una reunión de musulmanes en su barrio, nos infiltró en el mercado local, nos hizo probar todas las comidas típicas en un solo almuerzo, nos sugirió que nos contactáramos con otro couchsurfer malayo-chino, quien a su vez nos presento a un hindú-malayo que baila salsa cubana…

¿No les digo que cuando un viaje se pone bueno, todo empieza a pasar mucho más rápido?

Con Van Kenny, mi nuevo amigo indonesio, cenando en el mercado de Penang

Con Julio, mi amigo mexicano, comiendo durién en el mercado local

Julio y yo en un almuerzo musulmán

Rizuan y su amigo en el mercado

Linggish, el indio que baila salsa, tomando un té con nosotros

 

Cenando con couchsurfers

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Volando por ahí: de Buenos Aires a Bangkok

Desde el avión

Llegué, dos aviones, dos días y diez husos horarios después, estoy en Bangkok, Tailandia.

Salí el sábado a las 21 de Argentina y llegué a las 14 hs del lunes 5 de Tailandia (algo así como a las 4 de la mañana del lunes de Argentina). Unas 32 horas de viaje en bruto.

Me hice la canchera y pensé que no tenía jet-lag, pero apenas caminé un rato por la ciudad tuve que volver al hostel porque me caía de sueño y sentía como si estuviese caminando sobre la cubierta de un velero en medio de una tormenta. Así que dormí 13 horas de sueño reparador y acá estoy. Hoy es martes y son casi las 9 de la mañana: les estoy hablando desde el futuro.

Pero hablemos del pasado.

El primer vuelo fue de Ezeiza a Frankfurt, 13 horas de avión que se me pasaron… quiero decir volando pero es medio obvio, ¿no?

Así que el domingo pisé Europa por primera vez (y de ahora en más, cuando me pregunten si conozco este continente diré Sí, hice escala cuando viajé a Asia…). Llegué a la tierra de Uter con unas ocho horas de espera por delante ya que el vuelo hacia Bangkok salía recién a la noche.

El aeropuerto de Frankfurt es enorme, como me dijeron, pero una vez que uno se queda cerca del lugar donde tiene que hacer la conexión, los límites se achican. Así que di un par de vueltas y me fui sentando en sectores distintos para mirar a la gente que pasaba desde varias perspectivas. En el aeropuerto de Frankfurt se realizan conexiones entre todos los continentes, así que vi gente de todas partes, ojos grandes y achinados, burkas y no burkas, y escuché todo tipo de idiomas.

“La vida es como un aeropuerto”, me dijo Mohammed, un chico marroquí-canadiense con el que charlé las últimas dos horas de espera. “Uno conoce personas, comparte momentos, y después cada cual toma su avión y sigue su camino…”. Así es… En pocos minutos charlamos de su cultura, de nuestros países, de los viajes. Sin que yo le preguntara, me dijo que no veía diferencia entre las personas, más allá de su manera de vestirse, de hablar, de comer, ya que en el fondo todos somos iguales. Hablamos de los prejuicios, de los estereotipos, de los preconceptos. Y me dijo algo que no me había puesto a pensar, pero que es muy cierto: “Cuando vuelvas de este viaje, vas a conocer perfectamente las diferencias entre tailandeses, malayos, indonesios, filipinos…”. Tendemos a englobar a todos bajo una misma denominación, pero es verdad, en algunos meses voy a conocer a cada cultura por separado.

El segundo avión salió con un poco de lluvia y frío, “típico clima de abril en Frankfurt”. Durante las diez horas de vuelo, en la pantalla se veía un mapa en el que se iba marcando el recorrido del avión: sobrevolé Ankara, Delhi y otras ciudades que espero algún día conocer por tierra y no sólo desde el cielo. Nos regalaron un conejito de chocolate a cada uno y nos repitieron los mensajes en alemán, inglés y (supongo) tailandés.

Ahora sí, estoy en Asia. De a poco voy cayendo.

El avión aterrizó de día sobre Bangkok.

El aeropuerto queda a 20 km de la ciudad, así que no pude ver mucho desde el cielo, solamente gran cantidad de ríos y muchos autos fucsias (después descubrí que son taxis).

Temperatura: 35 grados, “típico clima de abril en Bangkok”. Salí del avión y la humedad me pegó en la cara. Cuando llegué a migraciones, el tailandés que me atendió me dijo “Argentina, doctor, doctor”. Me costó entender el mensaje, pero otro argentino me dijo que tenía que ir al “centro médico” del aeropuerto para un “chequeo”. El único chequeo que hicieron fue el de mi certificado de vacunación contra la Fiebre Amarilla. Un sello y adentro. Una chica de migraciones me preguntó, con sonrisas y curiosidad, “You come alone to Thailand? You have friends in Thailand? Where are you staying?”, a lo que le respondí Yes, not yet y near Lumphini. “Ohh Lumphini, rich people”. Al parecer mi hostel está en un área muy comercial de la ciudad, así que me quedaré acá uno o dos días y tal vez me cambie de barrio, ya veré.

Dejé las cosas en el hostel (“Take a nap Hostel”) y me fui a conocer el famoso Lumphini, un parque al estilo Rosedal porteño en medio del cáos de Bangkok. Cruzar la calle sin que te atropellen es un desafío, si en Buenos Aires hay muchas motos, acá debería haber calles exclusivas para los cientos de motociclistas que andan en sus Vespas por la ciudad.

Llegué al Lumphini Park y empecé a caminar entre la gente y a sacar fotos como si nada. Tardé unos cinco minutos en darme cuenta de que todos estaban inmóviles, yo era la única que estaba caminando dentro del parque, alguien había apretado Pausa en el control remoto. Frené en el acto y escuché una música que salía de los altoparlantes: todos habían parado para escuchar la música —me atrevo a decir que era el himno nacional—. Cuando terminó, algunos hicieron una pequeña reverencia y el movimiento se reestableció, cada cual siguió su camino. Las mujeres siguieron con su clase de aerobics, los hombres continuaron su trote y los chicos reanudaron sus partidos de ¿tenis?

Ya caí: estoy en Asia.

  

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