Mini vacaciones en Lausanne en 3 actos

Acto 1: por qué de repente aparecí en Suiza

Hace cuatro meses me recetaron vacaciones.

Fue un lunes a la mañana. Me había sentado frente a la computadora para empezar a trabajar en mis múltiples proyectos (#WorkaholicEnRecuperación) y mi cuerpo no me dejó seguir. Me sentí tan abrumada por todo lo que tenía que hacer que no pude parar de llorar durante todo el día. A eso se le sumó una migraña que se activaba cada vez que miraba una pantalla, palpitaciones, insomnio, dificultad para tomar decisiones, olvidos constantes. Diagnóstico: burnout. Cura: vacaciones, entre muchas otras cosas (meditación, mindfulness, pantalla cero, valeriana, magnesio, naturaleza y terapia).

Durante los meses siguientes me dediqué a bajar el nivel de estrés: salí a caminar por los parques de Ámsterdam y a mirar a los patos, casi no usé el teléfono ni la compu, hice mucho journaling y scrapbooking, me leí como veinte libros, empecé a nadar cuatro veces por semana y nos fuimos unos días a Biarritz a ver amigos y el mar. Recién después de 10 años de viajes entendí la importancia de tomarse vacaciones, de irse de viaje solo con el fin de descansar y desconectar.

Casi en la etapa final de este proceso (la recuperación es larga, y todavía necesito controlarme para no pasarme con las autoexigencias) me llegó una invitación para ir de viaje de prensa a Lausanne, en Suiza, por tres días. Lausanne (o Lausana) es la cuarta ciudad más poblada de Suiza, después de Zurich, Ginebra y Basilea. Tiene 139.000 habitantes, y forma parte de Romandía, la Suiza francesa. Sé que suena lindo, pero irse de viaje de prensa equivale a irse de viaje de trabajo. Sin embargo, cuando vi en el programa que haríamos stand-up paddle, nadaríamos en el lago y aprenderíamos a hacer animalitos de chocolate dije sí. Eso para mí son vacaciones. Y así como siempre digo que cada uno tiene que viajar a su medida, también creo que cada cual tiene que armarse sus vacaciones en torno a lo que le gusta y le interesa.

Antes de planear un viaje (sea de descanso o de exploración), puede ser una buena idea hacer una lista de palabras que te gustaría que estén presentes durante esos días. Podés pensar en verbos o sensaciones que te gustaría hacer/experimentar en ese viaje. Las mías en general son: nadar, caminar, leer, dormir, música, cuaderno, comer, bosque. En la escapada a Lausanne tuve un poco de todo.

La vista del lago Lemán desde el avión

Las calles empinadas del centro de Lausanne

Caminata por los viñedos de Grandvaux

Stand-up paddle en el lago

Acto 2: #myLausanne (o cómo mi viaje estuvo hecho de mini sensaciones subjetivas)

En un viaje de prensa, como en un viaje organizado, hay un itinerario que seguir. Los días suelen estar cargados de actividades, paisajes, datos, comidas. Pero al final, cuando el viaje pasa y decanta, lo que queda son sensaciones. Igual que meses después de leer un buen libro: no recordamos tanto la trama ni cada detalle de los personajes, sino cómo nos sentimos mientras lo leíamos. Estas son algunas de las sensaciones que me quedan de esos tres días en Lausanne, sin un orden particular.

▸ El lago es como la Mona Lisa. Salí un viernes a la mañana de Ámsterdam, una hora y diez de vuelo, equipaje de mano. Unos minutos antes de aterrizar en Ginebra, vi el lago desde arriba. Me apoyé contra el respaldo de adelante para poder ver el paisaje a través del hueco que dejaba mi vecino de asiento. “La vista linda es del otro lado”, me dijo antes de volver a ponerse los auriculares, como si ese campo emparchado de verde y amarillo frente al agua turquesa no fuese especial. El lago Lemán es el más grande de Europa occidental, y está compartido por Suiza y Francia. Durante los tres días de viaje por Lausanne, siempre estuvo presente: como una franja en el horizonte, como vista desde un ventanal, como sostén de nuestras tablas de stand-up paddle. El lago Lemán es como la Mona Lisa : siempre te está mirando, por más que cambies de ángulo.

▸ Fondo de pantalla a gran escala. En el grupo éramos ocho: seis bloggers/instagrammers (Marion y Julienne de Francia, Marco de Italia, Julia de Alemania, Roselinde de Holanda, y yo), Aurore (de We like travel, quien nos invitó) y Sébastien (de Lausanne Tourisme). Compartimos tres días, brunchs, almuerzos, cenas, actividades y caminatas en grupo. El segundo día de viaje nos fuimos en tren a Grandvaux, a 10 minutos del centro de Lausanne, para caminar por los viñedos a orillas del lago y probar los vinos locales. Mientras bordeamos el lago desde arriba, yo solo pensaba en una cosa: acá es que sacaron las fotos de los salvapantallas que se usaban en las computadoras de los noventa. Prolijo como paisaje suizo. “¿Y se puede cruzar nadando?”, pregunté mientras miraba las montañas de Evián, del lado de enfrente. “Son 14 kilómetros pero es más peligroso de lo que parece, tiene mucha corriente”. El lago, mientras tanto, estaba inmóvil como una alfombra.

▸ Cada huequito lleva maracuyá. El maestro chocolatero agarró un molde rectangular con 24 huequitos ordenados en filas de 3 x 8. Cada huequito parecía hecho a medida del caparazón de un caracol. Puso el molde debajo de una canilla de chocolate negro (dijo que ese chocolate es más sano que el blanco o el chocolate con leche) hasta que se llenó, lo dio vuelta para que solo quedara una capa fina de chocolate pegada al interior de cada hueco y sacó el excedente con una espátula, como cuando te sirven una cerveza tirada y le cortan la espuma con un cuchillo. Puso el molde en el freezer por cinco minutos y lo volvió a traer para que rellenásemos cada futuro bombón con una mezcla de caramel y maracuyá. Todo el proceso me pareció uno de esos videos de ASMR para relajar el cerebro.

 

▸ Primero me temblaron las piernas. Dije que sí al viaje, más que nada, porque quería volver a hacer stand-up paddle. Lo probé en Sicilia, el año pasado, cuando fui a dictar el taller de escritura al barco, y recuerdo que pasé cada mañana dando vueltas en círculo alrededor del catamarán. Hace unos años intenté con el surf tradicional, pero no es lo mío. En el stand-up paddle encontré una combinación muy zen de estar en el agua, remar, hacer equilibrio y dejarme llevar. Esta vez me tocó hacerlo en un lago. Cuando me dieron la tabla me alejé de la costa sentada, remando como si estuviese en una canoa aplastada. Cuando me paré me temblaron los cuádriceps. Es un tembleque muy específico el del stand-up paddle, hace que la cadera baile un meneaito involuntario que puede hacerte caer al agua. Cuando por fin me estabilicé y empecé a remar pensé en comprarme uno para usar en los canales de Ámsterdam.

▸ El viento a vapor. Nunca me gustó el aire acondicionado. Tampoco soy muy fan de los ventiladores. Me gusta el viento natural, el que entra por la ventana de cualquier vehículo en movimiento, o el que me da en la cara cuando ando en bici o navego (en Ámsterdam tengo viento de sobra, a medida). Después de pasear por los viñedos y hacer stand-up paddle, volvimos de Cully —otra localidad frente al lago— a Lausanne en un barco a vapor. Nos instalamos en el segundo piso, cerca de la proa, y nos dejamos llevar mientras los pueblitos de las montañas se alejaban por los costados y el viento nos despeinaba. El capitán tocó el claxon cada vez que dejamos un puerto y todos nos sobresaltamos un poco (ese sonido nunca mejor descripto por David Foster Wallace en su ensayo acerca de los cruceros de lujo: “una flatulencia de los dioses”).

▸ El mapa engañoso de la ciudad-escalera. Lausanne está asentada sobre una pendiente y atravesada por cuatro ríos. Su centro está construido sobre tres colinas conectadas por puentes, y la ciudad tiene un desnivel de 500 metros. Eso quiere decir que un recorrido que parece directo puede convertirse en un trekking en dirección vertical. Sin embargo, caminar sigue siendo una buena opción —o subirse al metro que se maneja solo—. Lo bueno de las ciudades en escalera son las vistas: cada pocos metros hay una panorámica con vista al lago.

Barco a vapor

▸ Mientras mi libro se va a imprenta me tomo una cerveza en la terraza de moda. Suena mucho más glamoroso de lo que en realidad fue. No es que me fui a la terraza más cool a festejar, sino que el horario argentino de la entrega a imprenta del pdf de “Usted está aquí” (mi libro nuevo, hecho en conjunto con Vero Gatti) coincidió justo con el horario suizo en el que el itinerario marcaba un apero en el bar de moda de Lausanne. Dos años de trabajo para que justo todo se superponga así. Mientras traían otra ronda de IPAs y Aperol, tuve que revisar en la pantalla del teléfono que todo estuviese perfectísimo para dar el ok final. Ya había revisado todo cientoveinte veces antes, pero hay algo de ir a imprenta que me hace creer que tengo que mirar todo otra vez de cero.

▸ La flor falsa del día. Las flores son la brillantina de la naturaleza (?). Cada espacio público de Lausanne tiene alguna flor y olerlas hace bien. Resulta que yo con las flores no soy muy culta: me encantan pero no me sé los nombres de todas y muchas veces fui engañada (de lejos) por flores de plástico. Por eso cuando le pregunté al barman en uno de los puestos callejeros del Festival de la Cité (un festival callejero gratuito de música y comida) qué flor era esa que tenía en la barra y me dijo “la flor falsa del día” primero le creí, después me desilusioné y después supe que mentía. Hice un análisis minucioso del tallo, que no parecía falso, y de los pétalos, que no parecían de plástico, y llegué a la conclusión de que una parte del ramo era falsa y la otra era real.

▸ En unos minutos dejás de sentir el olor a queso. Cuando entramos al restaurante pensé que no iba a aguantar. Me preguntaron si había comido fondue antes y dije que no, creo que hubiese recordado ese olor (por fin entendí por qué le decimos “olor a queso” al olor de los pies). Es parte de la experiencia, me explicaron: “Lo vas a dejar de sentir en unos minutos, pero se te va a quedar impregnado en el pelo”. La fondue es una comida típica de Suiza, nació en el norte de los Alpes, cerca de la frontera franco-suizo-italiana. Al parecer los pastores y montañeros tenían la costumbre de calentar los pedazos de queso viejo para ablandarlos y comer algo caliente. La fondue de queso (porque también hay de chocolate) se prepara derritiendo una mezcla de quesos como el gruyere, comté, emmental y tomme de Savoie en vino blanco aromatizado. Para comerla, se hunden pedazos de pan sostenidos por un pincho de dos o tres puntas y se remueve formando un ocho para que la fusión de quesos no se corte (algo que yo no sabía, ya que moví el pincho formando cincos, sietes y noventa y nueves).

Las supuestas flores falsas

▸ Todavía me cuesta el francés. Hace cinco años que convivo con un francés (L) y todavía no puedo hablar bien su idioma. Lo leo, lo escucho, lo entiendo, pero cuando tengo que decir algo me trabo, no sé qué letras se pronuncian y cuáles no, me cuesta el sonido nasal y la erre gutural, siento que todos me van a burlar y me doy un poco por vencida antes de tiempo. En Francia soy la mudita (por eso le caigo tan bien a mi suegra, y eso me exime de la obligación de tener que hacer small talk). En Lausanne también hablan francés, pero las veces que les hablé inglés me respondieron sin problema. En un restaurante me hice la canchera y cuando me preguntaron si quería el menú en francés o en inglés dije en français y cuando llegó no entendí nada. Creo que era el equivalente suizo de esos lugares que sirven “deconstrucción de maracuyá con finas lonjas arboreas y pétalos aromatizados con salsa salvaje a base de aceto añejo y simulación de oliva”.

▸ Yo también me emocioné. El domingo, último día del viaje, fuimos a visitar el Museo Olímpico. La verdad —prejuicios míos— no tenía demasiadas expectativas. La muestra hace un recorrido por la historia de los Juegos Olímpicos: hay artefactos, la colección de antorchas, ropa, fotos, juegos. Hay varias salas con videos: en una muestran una compilación de los shows de apertura de distintos JJOO, y no sé si es porque la pantalla es gigante y la música muy emotiva, pero fue difícil no lagrimear al ver al mundo unido gracias al deporte. (Más tarde, yendo al aeropuerto, una de mis compañeras de viaje me confesó que ella también se emocionó con ese video, pero como estaba oscuro disimuló porque creyó que era la única).

▸ El escalón con moho. La última actividad del viaje fue ir a un bar frente al lago a tomar sol y nadar. Caminé descalza por el asfalto hasta el muelle, bajé por una escalera de metal, patinosa por el moho, me puse las antiparras (goggles) y me dejé caer al agua. Estaba a 22 grados: un microsegundo de impacto frío, después maridaje perfecto con los más de 30 grados del exterior. Nadé paralelo a la costa, esquivando colchonetas inflables. No se veía el fondo, solo unas algas de tres o cuatro metros que parecían lianas invertidas. Sin querer tragué agua y creo que me sorprendió que fuera dulce. El lago Lemán parece un mar. En el avión de vuelta le pedí consejos a la blogger holandesa acerca de lugares en los que nadar en aguas abiertas en Ámsterdam (una semana después se me dio: hubo ola de calor y me tiré al río en medio de la ciudad).

▸ Paraíso para los introvertidos. Leí que Lausanne (¿y Suiza, tal vez?) es un paraíso para los introvertidos, ya que hay muchas actividades para hacer en la naturaleza y en silencio. Si llegan a ir y se suben a un tren, no se pongan a leer ni se distraigan. Miren por la ventana. No se pierdan los paisajes. Me fui con un libro en la mochila (“Pájaros en la boca”, de Samanta Schweblin), con el plan de terminarlo en los transportes, y ni lo toqué.

 

Acto 3: info útil para tu viaje a Lausanne

Lausanne es un buen lugar para visitar si buscan vida al aire libre (el lago en verano me pareció un gran plan), buena gastronomía y vinos, una ciudad caminable y muchos pueblos cerca para visitar. Si van en verano, tiene el plus de poder disfrutar del Festival de la Cité, que es gratuito. Les dejo algunos datos útiles, basados en nuestro viaje de tres días por Lausanne.

  • Dormimos en: Hotel des Voyageurs, un hotel muy bien ubicado en el centro y con un buffet de desayuno muy completo.
  • Para movernos dentro de Lausanne usamos la Lausanne Transport Card (provista por el hotel). Con la tarjeta podés usar todos los medios de transporte público de manera gratuita. La solicitás al hacer tu reserva de hotel.
  • Para movernos de una ciudad a otra usamos el Swiss Travel Pass, un pase ilimitado y todo en uno que te permite viajar en tren, barco y buses en más de 90 ciudades y pueblos de Suiza y te da acceso gratuito a más de 500 museos.
  • La moneda es el franco suizo (CHF), que vale casi igual que el euro. Y sí, ¡Lausanne es caro! Suiza es un país caro en general, más que el resto de Europa. Si vas con poco presupuesto, podés buscar alternativas como hacer Couchsurfing, ir a meetups y hacer actividades gratuitas.

Actividades que hicimos durante nuestro viaje y que recomiendo:

    • Visitar la chocolatería Durig y hacer un taller de animalitos de chocolate.
    • Tomar un aperitivo al atardecer en The Great Escape, la terraza más popular de la ciudad (con muy buenas vistas).
    • Probar la fondue de queso en Pinte Besson, uno de los restaurantes más antiguos de la ciudad.
    • Pasear por el mercado matutino de frutas, verduras y flores de la Place de la Rippone (todos los miércoles y sábados del año)
    • Tomar el tren a Grandvaux y caminar por los viñedos de Lavaux hasta Cully, con vista al lago. Si te gusta el vino, hacer un wine tasting en la terraza de Domaine de la Croix Duplex.
    • Hacer stand-up paddle en el lago Lemán (podés alquilarlo en AlohaSup).
    • Tomar el barco de vapor de Cully a Lausanne (más info: http://www.cgn.ch)
    • Disfrutar el Festival de la Cité (si vas en julio), un festival callejero gratuito con música, espectáculos, teatro y comida.
    • Visitar el Museo Olímpico, dedicado a la historia de los Juegos Olímpicos (¡muy recomendado!).
    • Brunch en The Lacustre, con vista al lago.
    • Tomar algo, sentarte al sol o nadar en el lago a la altura de La Jetee de la Compagnie.

Mucha más información de Lausanne y todas sus actividades en www.lausanne-tourisme.ch

¡Muchas gracias Lausanne Tourisme y We Live Travel por la invitación!

Viajar en tren por Europa: datos útiles y consejos

Una de las cosas que más me gusta de vivir en/viajar por Europa es que se puede llegar en tren a todas partes.

Es el medio de transporte más extendido y, personalmente, mi preferido para recorrer el continente.

En este post responderé las consultas más frecuentes que me llegan acerca de viajar en tren por Europa: ¿dónde compro los boletos? ¿me conviene sacar un pase? ¿cómo consulto los horarios? ¿puedo cruzar de un país a otro? ¿cómo son los trenes nocturnos? 

Estación en Serbia

* ¿Por qué elegir el tren?

El tren es el medio de transporte más extendido en Europa, aunque no el más barato.

También hay aerolíneas de bajo costo, buses, carpooling y la opción de alquilar un coche, viajar en bici o hacer autostop.

En mi caso, como no manejo descarto la opción del coche (aunque sí hago mucho carpooling, como pasajera), y como no me gusta volar, en lo posible intento no tomarme aviones.

Los trenes, para mí son la opción más cómoda: salen del centro de la ciudad, llegan al centro de la ciudad siguiente, son puntuales, tienen mucha frecuencia (salen varias veces por día), son amplios y confortables y van por paisajes por los que ningún otro medio de transporte terrestre pasa.

Viajar en tren tiene una magia especial.

Túnel en San Pol de Mar (Cataluña)

* Cómo consultar los horarios y precios de los trenes europeos

Si bien toda Europa está unida por una red de trenes muy extensa (imaginen un gran sistema de metro, como el de cualquier capital, pero con paradas en toda Europa), cada país tiene su empresa ferroviaria y, por lo tanto, su página web con horarios y tarifas. 

-> Si querés viajar en tren dentro de un mismo país, sin cruzar ninguna frontera, te recomiendo entrar directamente a la web de la empresa nacional de trenes (SNCF en Francia, Renfe en España, DB en Alemania, Trenitalia en Italia, etc).

Si no sabés cuál es, Google te dará la respuesta.

Casi todas las webs tienen una versión en inglés, así que es fácil navegarlas y consultar los horarios.

-> Si querés viajar en tren de un país a otro (siempre dentro de Europa), te recomiendo hacer la búsqueda del trayecto en alguna app como GoEuro o Trainline (esas son las dos que uso siempre: Trainline solo te muestra trayectos en tren, mientras que GoEuro te compara cuánto cuesta hacer el trayecto en tren, avión y bus), o en la web de la empresa de trenes del país de salida. 

* Dónde, cuándo y cómo conviene comprar los pasajes de tren

Algunos pasajes de tren (sobre todo los de alta velocidad y los que unen capitales o grandes ciudades) suelen subir de precio cuando se acerca la fecha de salida, hay otros (los trenes locales y los que unen ciudades cercanas) que mantienen siempre el mismo precio. Si vas a viajar de capital en capital, lo mejor es que compres el pasaje con algunas semanas de anticipación para conseguir el mejor precio.

Hay dos maneras de comprar los pasajes:

– A través de la web: en mi experiencia, cualquier pasaje de tren europeo se puede comprar online. Es lo más rápido y cómodo. En general se puede pagar con tarjeta o PayPal. Yo suelo comprar a través de las webs de trenes de cada país, o sino a través de las apps que les mencioné antes.

– En la estación: también se puede ir a la estación y comprar el pasaje en la ventanilla o, en algunos casos, a través de máquinas. En Rusia, por ejemplo, terminé comprando algunos pasajes en las estaciones porque la web de trenes me rebotaba la tarjeta de crédito.

-> ¿Hace falta imprimir el pasaje si lo compro online? En mi experiencia, no. Si los comprás a través de las apps (muchas empresas de trenes europeas tienen su propia app también), se te genera un boleto electrónico con un código QR para que le muestres al controlador desde la pantalla de tu teléfono. El único pasaje que tuve que imprimir de manera obligatoria fue el del tren París – Moscú, pero lo hice un rato antes de que saliera el tren, a través de las máquinas de la estación.

* Cómo llegar a la estación

Lo bueno de viajar en tren es que las estaciones suelen estar en el centro de las ciudades y son fácilmente accesibles en metro, bus o a pie. No hace falta viajar una hora como para ir a un aeropuerto (a menos que estés en las afueras de la ciudad, aunque en general nunca se tarda tanto). Si viajás con poco equipaje, podés ir en transporte público. Si vas muy cargado, tal vez un taxi sea la mejor opción (aunque puede que ese taxi te cueste más caro que el viaje en tren!).

No está de más decirlo: hay ciudades que tienen varias estaciones de tren (por ejemplo, París) así que siempre fijate bien de cuál sale tu tren. A veces puede pasar que tengas que hacer trasbordo de una estación a otra (si es así, estará indicado en tu boleto, el tiempo de viaje entre estaciones estará contemplado en tu pasaje y tendrás, por ejemplo, una hora y media para ir de una estación a otra, lo cual suele ser suficiente).

Estación en Budapest

* Cómo encontrar tu tren en la estación

En las estaciones de tren hay pantallas que indican las salidas y llegadas. Ahí podrás ver desde qué andén sale tu tren y si está demorado (lo reconocés por el horario y el número de tren). Las estaciones de los pueblos tienen de dos a seis andenes, las estaciones de las ciudades grandes pueden tener entre diez y veinte andenes.

Si tenés un asiento y vagón asignado en tu boleto, respetalo. (Me pasó una vez de subirme al vagón incorrecto, por llegar apurada, y enterarme en mitad del viaje que en la siguiente estación el tren se separaba y una parte se iba a un lado y la otra a otro, por eso es importante subirte al vagón que corresponde).

* Los trenes europeos son muy puntuales

Los trenes europeos salen en el minuto exacto (a menos que haya una demora por alguna razón climática). Te recomiendo llegar a la estación unos 15-20 minutos antes, por cualquier cosa (para subirse a algunos trenes hay que pasar por seguridad y si hay mucha gente podés perderlo). Tené en cuenta que hay trenes que son larguísimos y, si tu vagón es, por ejemplo, el 18, vas a tener que caminar bastante para llegar al final del andén (me pasó varias veces de terminar corriendo para no perder el tren).

Las paradas entre una ciudad y otra no suelen durar más de unos minutos. Si tomás el tren en la primera estación, en general podés subirte unos 10 minutos antes de que salga. Si te subís en alguna estación intermedia, asegurate de estar parado en el andén correcto unos minutos antes de que llegue.

* Al subirte al tren: validar el pasaje, tener el pase a mano o comprar un boleto adentro

  • Si estás viajando con un pase (abajo hablo más acerca de los pases), tendrás que anotar la fecha y trayecto en el espacio dispuestos para eso y tener a mano tu pasaporte para mostrarle ambas cosas al controlador cuando pase por tu asiento.
  • Si acabás de comprar el boleto en la estación y lo tenés impreso, puede que tengas que validarlo antes de subir (en Francia, por ejemplo, siempre hay que validar los boletos en papel). Cuando es así, verás unas máquinas cerca de los andenes que sirven para eso. Si no las encontrás, no te preocupes, cuando el controlador pase por tu asiento tenés una segunda oportunidad para hacer la validación.
  • Si te subiste sin boleto porque, supongamos, llegaste con el tiempo justo y no pudiste comprarlo, lo mejor es que busques al controlador, le expliques la situación y se lo compres a él en el momento. Ojo que puede que solo acepten efectivo y que sea más caro que en la estación. Si el controlador pasa por tu asiento y no tenés tu boleto, te cobrará una multa.

* Otras cuestiones:

  • Comer en el tren. Si vas a hacer un viaje de varias horas, pasá por el supermercado más cercano a la estación y hacete un sandwich o llevate algo preparado para comer en el viaje. Muchos trenes tienen un vagón comedor que te puede salvar del apuro, aunque son bastante caros. 
  • ¿Hay baños? Todos (o casi todos) los trenes tienen baños en su interior. Hasta ahora no me subí a uno que no tuviera, pero puede que exista.
  • El equipaje. A diferencia del avión, en el tren no hace falta que despaches el equipaje. Podés llevar todo con vos y no tenés que pagar extra. Hay espacio para guardar las cosas debajo de los asientos, arriba o en el fondo del vagón.
  • Los trenes nocturnos. Dormir en el tren es una buena opción para ahorrar el costo de una noche de alojamiento (y despertarte en una ciudad nueva!). Los trenes nocturnos se reservan con anticipación y tienen varias opciones de cabinas: sleepers (cabinas privadas con 2 o 4 camas), couchettes (cabinas compartidas, con hasta seis camas) o asientos reclinables. En mi experiencia, son cómodos y se duerme bien.
  • Los cruces de frontera. Si estás viajando dentro del Espacio Schengen, lo más probable es que cruces la frontera y ni te enteres. Si salís de Schengen, entonces los oficiales de migraciones de cada país se subirán al tren para sellarte la salida y la entrada en el pasaporte.

* ¿Conviene comprar un pase de tren? 

Los pases de tren de Eurail pueden ser una buena opción para quienes quieran recorrer gran parte de Europa en tren en pocos días. El pase es un billete prepago que te permite hacer todos los viajes en tren que quieras dentro de un período de tiempo y en determinados países. Se compra antes de viajar y existen varios tipos, como por ejemplo:

– el pase global de 15 días continuos te permite subirte a todos los trenes que quieras durante 15 días seguidos
– el pase global de 15 días dentro de dos meses te permite viajar de manera ilimitada durante 15 días no consecutivos, distribuidos en el rango de dos meses

Es importante que sepas que hay ciertos trayectos que requieren una reserva obligatoria aunque tengas el pase, como por ejemplo los trenes nocturnos, los trenes de alta velocidad y los trenes internacionales. Esta reserva se puede hacer desde noventa días antes por internet, o hasta unas horas antes en la estación de tren. El monto extra a pagar depende del recorrido. Sin embargo, si no tenés apuro, podés evitar el tren de alta velocidad, tomar los trenes locales y olvidarte de las reservas.

Entonces, ¿conviene o no conviene comprarlo? En mi experiencia, si querés recorrer varios países en pocos días, el pase puede ser una buena opción. Pero si tenés planeado viajar por un solo país, quedarte bastante tiempo en cada lugar y hacer tramos cortos, seguramente te convenga comprar los boletos por separado. Para estar seguro, lo mejor es que hagas cuentas: buscá los precios de los tramos que tenés pensado hacer y compará el total con el costo del pase.

(Si alguien usó uno de estos pases, por favor comparta su experiencia en los comentarios!)

Bélgica desde la ventana

* ¿Los trenes son caros? ¿No me conviene tomar un vuelo low-cost o ir en bus?

Moverse en Europa de por sí es caro y los trenes no suelen ser la opción más barata, aunque los precios varían según el país. Yo me moví bastante por Francia y, por ejemplo, llegué a conseguir el tramo Biarritz – París (4 horas en el tren de alta velocidad) por €40 (suele costar entre 60 y 100) y muchos trayectos de 10/15 minutos me costaron unos €5. En general lo más caro es ir de una capital a otra en tren

Si querés gastar lo menos posible, lo mejor será que compares las opciones disponibles para hacer ese trayecto y que tomes la decisión en base a tus preferencias: 

  • Carpooling. Compartir coche (a través de webs como Blablacar) suele ser la opción más barata para moverse por Europa. Yo lo uso mucho. La contra es que a veces no es fácil conseguir el viaje que estás buscando, ya que en ciertos lugares no hay tanta oferta.
  • Vuelos low-cost. Europa tiene muchas aerolíneas low cost que ofrecen vuelos muy baratos (una vez volamos de Biarritz, Francia, a Londres por €10 ida y vuelta). Sin embargo, las low-cost suelen tener costos ocultos que aumentan el precio final del pasaje: el transporte desde y hasta el aeropuerto (en general los aeropuertos de los vuelos de bajo costo están afuera de la ciudad —o en otra ciudad— y no se puede llegar en metro, hay que ir en bus o taxi), el costo por despachar el equipaje (esto puede costar unos 25 euros más), la comida (que no está incluida) y el tiempo que lleva tomar un vuelo (hay que estar una hora y media antes aprox, más el tiempo que lleva llegar al aeropuerto). A veces termina costando lo mismo ir en tren, y a veces sigue siendo más barato volar, así que es cuestión de comparar en cada caso. Para distancias muy largas, el avión suele ser más económico.
  • Buses. Hay varias empresas de bus que recorren Europa y que unen capitales o ciudades dentro del mismo país. En términos generales, son más baratos que los trenes, aunque pueden tardar dos o tres veces más, tienen menos frecuencia y no son tan cómodos. Si viajás con poco presupuesto y no tenés apuro, quizá sea una mejor opción.

Estas son algunas de las historias que escribí acerca de mis viajes en tren por Europa:


¿Cuál es su medio de transporte preferido para recorrer Europa? ¿Hicieron algún trayecto en tren en particular que les haya encantado? ¿Hay alguno que no recomendarían? ¿Usaron el pase de Eurail?

Diario de viaje offline: de París a Moscú en tren

Cuando me despierto de la siesta es de noche. Veo el techo cerca de mi nariz, como si mi cama estuviese levitando, y por unos segundos no me acuerdo dónde estoy. Vuelvo a ser consciente del movimiento y de los sonidos y me doy cuenta de que las dos señoras rusas no pararon de hablar desde que me dormí, fueron la voz en off de mi siesta. Me gusta escucharlas sin entender. El ruso me suena, de ratos, parecido al portugués en su manera suave de pronunciar las cosas. A veces capto alguna de las palabras que dicen, como Estambul, Anna Frank, baguette, frenchis y algo que suena como hokus pokus. El resto del tiempo es como escuchar una canción que no conozco pero que por algún motivo me reconforta. Read More

De América a Europa en barco: información útil para cruzar en transatlántico

En mayo del 2017 crucé de Puerto Limón (Costa Rica) a Lisboa (Portugal) en el Monarch, un crucero transatlántico de la empresa española Pullmantur. Relaté el viaje en tiempo real por Instagram (pueden leerlo acá). En este post responderé a las preguntas más frecuentes que me hicieron con respecto a este cruce (me enfocaré en los servicios de Pullmantur, ya que tuve la experiencia con ellos, aunque no es la única empresa que hace este recorrido).

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Pensamientos en el tren de Barcelona a Lyon

“I have seldom heard a train go by and not wished I was on it.”
Paul Theroux

Foto: Renfe-SNCF

Cuando el tren sale de la estación Barcelona Sants todavía es de noche. No me hace falta mirar el reloj: sé que son las 7:20 AM en punto. Los trenes europeos —al igual que los japoneses— arrancan en el minuto exacto. Me acomodo en el asiento y miro por la ventana como quien llega al cine temprano: con ganas de que empiece la película. Por el altoparlante nos dan la bienvenida y nos desean buen viaje en español. En unos kilómetros la misma voz pasará al francés con una facilidad que envidio. Estos trenes internacionales son como las radios de frontera en los que los idiomas vecinos se encuentran, se superponen y se separan. Mientras el tren aumenta la velocidad, Barcelona queda atrás, se va haciendo chiquita y se convierte en un punto en el mapa, en la estación inicial de este “viaje en metro” de un país a otro.

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El mapa de los días
(o Todo lo que cabe en un mismo lugar)

“Methinks that the moment my legs begin to move, my thoughts begin to flow.”

(Thoreau)

Hace unos días salí a sacar la basura —esta es la frase menos viajera de todo el blog— y me quedé mirando el mar. La casa que estamos alquilando por unos meses en Biarritz está a pocos metros de la playa de Port Vieux y en diagonal a la esquina donde L y yo nos dimos la mano por primera vez —a veces creo que estaba predestinada a quedarme acá—. Como quería despejarme un rato, me fui por una calle perpendicular y terminé en un parque que sube por una colina y tiene vista abierta al mar. No pisaba ese parque desde la primera vez que vine a Biarritz y me pregunté por qué nunca más había vuelto a pasear por ahí. A lo lejos vi un banquito al sol con vista a la Grande Plage y supe que ese sería mi spot cuando quisiera desconectarme por un rato. Desde ahí veo el faro, la piscine municipel y las mareas.

Mi nuevo lugar preferido

Esos somos L y yo! En Biarritz! Ilustrados y convertidos en cuaderno por los chicos de Marilú Cuadernos Alegres

También veo esto desde mi “spot”, si giro la cabeza.

Empecé natación otra vez. Hace un mes que voy a nadar dos veces por semana y cada vez que entro a la pileta me pasa lo mismo: el primer impacto con el agua le compite a los abrazos con L por mejor momento del día, pero hago dos piletas y pienso ohdiosmío ya me aburrí, cómo voy a hacer para aguantar más de 45 minutos acá adentro. En el agua no tengo libros, ni videos de youtube, ni paisajes, ni conversaciones, ni Netflix, ni cuadernos, ni mapas, ni ventanas que aceleren el tiempo o me distraigan de las repeticiones. Somos mi cuerpo, mi mente y yo en un loop que, mientras dura, parece infinito. Nadar es puro presente y si bien me parece el deporte más aburrido del mundo, lo practico desde que soy muy chica y es el único que mi cuerpo me pide —y mi cuerpo no es muy fan del deporte, la verdad—. Las idas y vueltas de la pileta me ponen en un estado meditativo. Nado, luego pienso, luego existo. Es un estado al que solo llego cuando camino durante al menos media hora sin plan ni apuro o cuando voy en un transporte por la ruta —no me estaría pasando lo mismo en un avión—.

Soy de las que necesitan el movimiento para pensar y sin embargo elegí uno de los trabajos más estáticos, que es escribir. Por más que parezcan actividades opuestas, nadar y escribir me resultan cada vez más similares: me cuesta tanto ir a nadar como sentarme a escribir —siempre hay una excusa o algo más importante que hacer—, pero cuando voy en contra de mis trolls mentales, cuando obligo a mi cuerpo a ir a la pileta o a sentarse en la silla, cuando entro en calor y voy agarrando el ritmo, ya no quiero frenar, me acuerdo por qué es que me gusta tanto hacer eso y me doy cuenta de que tanto en la natación como en la escritura, lo que cuenta, lo que hay que disfrutar, es esa práctica diaria —publicar, competir, son cosas que pasan de vez en cuando, como culminación de un entrenamiento largo—.

Casitas de Biarritz

La bajada a la Cote de Basques

Una de las cosas que más me cuesta hacer desde que decidí frenar es tener rutinas. Supongo que es la consecuencia de haber vivido 10 años de días todos distintos, sin horarios, con cambios constantes de escenario y sin demasiados planes a largo plazo (también es la consecuencia de ser una de esas personas que nunca puede hacer las cosas en orden, como leer un solo libro a la vez, estudiar capítulos de manera cronológica o usar los cuadernos de a uno). Así que estoy trabajando en eso, en tener hábitos. Desde que dije que me había cansado de viajar sentí que todo cambió de lugar, hubo una inclinación de algún eje planetario interior y tuve que realinearme en un sistema distinto, pasar de ser la viajera a ser otra cosa, permitir que todo a mi alrededor se reacomode para volver a funcionar en armonía. Si por diez años mi desafío fue vivir viajando, ahora es vivir escribiendo.

“Con la escritura hay que comprometerse” y “hoy voy a escribir” son mis dos mantras actuales. Los tengo escritos en papeles y pegados en la pared de mi escritorio compartido. No quiero olvidarme de lo que anoté en uno de mis cuadernos durante los tres meses que pasé —offline— en Buenos Aires: “Biarritz va a ser mi cuartito de escritura”, y por cuartito de escritura me refiero a un lugar al que iré solo para dedicarme a escribir, porque en Buenos Aires vivo de urgente en más urgente y me olvido de lo importante, de lo que quiero hacer ahora que estoy quieta. Siento que entré en la década de si vos no hacés que las cosas pasen no van a pasar, ya no vale el “dentro de un tiempo” o “seguro que en el futuro lo voy a hacer” (¿será cierto? ¿qué diré de mis 30 a los 40?).

Mi escritorio actual, cuando todavía no le había pegado tantas cosas en la pared

Cuaderno actual :)

Y un recordatorio diario (llavero de Adam JK)

Hace unos días encontré esto escrito en otro cuaderno, al que bauticé El cuaderno de las pequeñas observaciones cotidianas: “Cuando empecé a soñar con viajar, lo que más me atraía de ese estilo de vida era que mis días fuesen distintos. Durante casi 10 años lo fueron. Ahora que decidí frenar, tengo otro proyecto que me resulta igual de atractivo: diseñar mis días, crear el mapa ideal de mi cotidianidad. Puedo tener días distintos aunque esté quieta y aunque repita las mismas actividades: leer, escribir, aprender, enseñar, compartir. Son verbos expansivos, donde caben mundos enteros”. Así que acá estoy, aprendiendo a convivir con la quietud y todo lo que cabe en ella. Por ejemplo:

Todas las mañanas, cuando me despierto, lo primero que hago es fijarme si pasó el cartero. Él ya sabe quién soy (la que se pide cosas de Japón) y a veces, cuando L está fumando, le pasa los paquetes por la ventana. Otras veces los deja encajados en el buzón, sobresalidos.

Una vez por semana entro a la papeterie y miro todo.

Hay días que el mar tiene olas de tres metros y días que parece un lago. Cuando sale el sol, la playa se llena. (El viernes pasado hice mi casual Friday’s en la arena, metí los pies en el mar pero no el cuerpo entero).

El casual Friday’s

La Cote des Basques

Acá decoran el jardín público por Halloween (jamás lo hubiese imaginado)

Otra tarde miré el atardecer en la Cote des Basques en compañía de una amiga, cada una con una taza de té en la mano.

A veces hacemos asados con amigos argentinos y franceses y tomamos Fernet.

Si hay un cumpleaños, se festeja.

Hago journaling todos los días, decoro mis cuadernos, escribo con lápices de colores y pego cosas con washi tape.

Nos fuimos unos días a Londres porque había pasajes en oferta y no pude resistir.

Hay días en los que siento muchísimas ganas de acampar, de irme sin computadora ni teléfono ni nada y acampar durante diez días. Casi no viajo pero pienso en viajar.

La primavera duró hasta principios de noviembre. Todavía casi no llovió.

Cada vez que saco la basura me quedo mirando el mar. Me parece un sueño tenerlo tan cerca. Cuando sale el sol me voy a sentar a mi banco y me olvido por un rato del mundo.

El resto del tiempo nado o pienso en que tengo que ir a nadar, y también trato de convivir con la incomodidad de estar sentada, y escribo, o pienso que debería estar escribiendo.

Así es Biarritz vista desde el cielo


Aprovecho para contarles algunas novedades, ya que hace mucho que no vengo por acá:

* Ya lo mencioné en algún newsletter y red social, pero hace unas semanas registré Viajando por ahí como sello editorial. Por el momento es para seguir publicando mis libros pero bajo un nombre. Su primer título oficial será “Mapa subjetivo de viaje”, un journal de viajes (diario con consignas para que ustedes completen, ilustrado por María Luque) que en este mismo momento está en imprenta y sale a la venta en diciembre (¡ya avisaré! Si se quieren enterar, suscríbanse al blog). (Si te estás preguntando qué es un journal y para qué sirve, te invito a leer este post: Lista de journals para disparar la creatividad).

* Entre el 1 y el 12 de diciembre estaré en Medellín, Colombia. La primera semana voy de blogtrip y la segunda me quedo por mi cuenta para dar el Laboratorio creativo con Caro Chavate (taller de escritura y creatividad) y presentar mis libros.

* Hay ejemplares de mis libros disponibles en México, Costa Rica, Colombia y Uruguay (sin costo de envío o con un costo muchísimo menor). Ya no tenemos distribuidor oficial en Perú (si quieren más info me escriben por privado). Acá pueden ver todos los puntos de venta actuales.

* El año que viene empiezo con los cursos online. Este año en Buenos Aires di varios talleres presenciales de escritura y creatividad y creo que encontré mi verdadera vocación.

* Firmé contrato con la Editorial Atlántida para publicar mi segundo journal de viajes (muy distinto al que está por salir ahora), que saldrá a mediados del año que viene, así que estoy trabajando en eso.

* La semana que viene me voy a testear el viaje en tren de Barcelona a Lyon (sí, a testear, porque me contrataron de una empresa para viajar en tren y escribir acerca de eso).

* Si les gusta escribir, les recomiendo mucho el libro “Still writing”, de Dani Shapiro, su serie “Office hours” y esta columna de Leila Guerriero. También los invito a seguir el Instagram de escribir.me, mi blog de escritura creativa (pero solo si les gustan las washi tapes y aman los cuadernos).

Me cansé de viajar

Chan. (Si te estás preguntando y ahora qué y te mata la intriga, andá a la segunda parte del post.)

Alguna tarde del 2007, cuando todavía me faltaban unos meses para terminar la universidad, decidí que apenas rindiera el último final me iba a ir de viaje sin fecha de vuelta. Estaba trabajando en una revista y usaba cada rato libre para escribir en mi blog (otro, en el que solía mencionar que tenía muchas ganas de viajar) y para googlear fotos de los lugares que quería conocer. Irme de viaje era mi obsesión y no imaginaba mi futuro en una oficina o viviendo días iguales. Necesitaba construir una vida en movimiento y no quería quedarme con la duda de qué hubiese pasado si, por más miedos que tuviera.

El 28 de enero de 2008, con 22 años, me tomé un colectivo de ida a Bolivia y di por iniciada mi vida de viajera (así empieza la contratapa de “Días de viaje”, donde cuento todo esto con mucho más detalle). Entre ese día y hoy hice y viví muchísimo más de lo que me hubiese imaginado:

viajé sola por más de 40 países,
me quedé más de 200 veces en casas de familia alrededor del mundo,
me animé a hablar con extraños y a fotografiarlos,
probé comidas de todos los continentes,
acampé en el desierto,
me invitaron a casamientos y cumpleaños,
viajé por China sin entender nada,
descubrí mis raíces en España y en Hungría (incluso intenté estudiar húngaro),
me enamoré,
me desenamoré (y me animé a compartir varias de esas historias en “El síndrome de París”, mi segundo libro),
atravesé Europa en auto con un chico que recién conocía y que terminó siendo mi marido,
vi la aurora boreal desde un bosque sueco,
viajé en barco, en crucero, en helicóptero, en avión, a dedo, en camiones, en tractores,
tuve dengue, sabañones, fiebre, me corté, me caí, me esguincé,
tuve un período de muchísima tristeza,
conocí a algunas de las personas más importantes de mi vida,
me despedí de algunas de las personas más importantes de mi vida,
logré llevar mi trabajo en la mochila y vivir de lo que más me gusta,
publiqué varios libros,
di una charla TEDx,
me invitaron a viajes de prensa,
llené 43 cuadernos (y contando),
di talleres,
conté todo en este blog,
recibí comentarios haters,
recibí comentarios inspiradores, llenos de amor y gratitud (gracias por eso),
volví varias veces a Buenos Aires,
tuve la vida que siempre soñé y entendí, a la vez, que no era ideal ni perfecta.

Mural visto en Madeira (Portugal)

Pero alguna tarde del 2017, en alguna parte del mundo, me cansé de vivir así. Me cansé de trasladarme, de mudarme, de empacar y desempacar, de llegar a tiempo a los trenes, de buscar dónde dormir y a la vez dónde trabajar, de no tener un espacio propio, de no tener mi biblioteca, de tener mis cosas dispersas en distintos lugares, de no ver a mis amigos y a mis sobrinos, de no poder encarar proyectos largos porque nunca me quedo varios meses en el mismo lugar. Sé que ya escribí sobre esto antes, pero durante este último viaje le dije demasiadas veces a L, llorando, no me quiero volver a mudar, quiero una casa, hasta acá llegué y algo adentro mío me dijo: “Esto así no va más”.

Me siento igual que en el 2007, cuando miraba fotos y soñaba con viajar, pero al revés: ahora miro casas y sueño con vivir ahí. Abro con más emoción un cuaderno en blanco que un mapa, entro con más ganas a un departamento en alquiler que a un hotel, me motiva más armar mi escritorio que hacer la mochila. Ya no quiero andar girando “como bola sin manija” (dirían), ya no quiero vivir sin rumbo fijo. Me cansé. Necesito una base, un ancla, un nido. Y si no escucho este llamado interno, tan fuerte como el “quiero viajar” de hace 10 años, no voy a ser feliz, voy a seguir viajando por inercia, por miedo a cerrar una etapa que empezó como el sueño más grande de mi vida pero que ya no me motiva como antes, y no voy a crear cosas que valgan la pena porque no voy a estar alineada con lo que quiero ser.

Y no saben lo difícil que es para mí escribir esto y el miedo que voy a tener cuando haga click en el botón de “Publicar”, pero siento que si no soy honesta (conmigo y con ustedes), si hago de cuenta que todo sigue como siempre, me voy a quedar trabada en algo que ya no soy y voy a terminar dejando este blog porque no me voy a sentir identificada con él (¿crisis de 7 años con el blog? No sos vos, soy yo, te lo juro), y no quiero que eso pase. Y como siempre escribí desde mis emociones y desde la sinceridad, no puedo hacer de cuenta que ahora no está pasando nada. Necesito dejar todo esto por escrito para cerrar una gran década y poder abrir otra. Así que eso: dejo los viajes para volver a la oficina (ese sería el título marketinero de este post). La diferencia es que esta oficina va a ser un espacio de trabajo diseñado por mí, en mi casa, en el lugar del mundo que elija, con las horarios que quiera, decorado a mi manera y para hacer cosas que no estaría haciendo si no me hubiese ido de viaje por casi 10 años.

¿Y ahora qué?

¿Y ahora? ¿Qué va a pasar con el blog? ¿Qué va a pasar con nosotros?, se estarán preguntando ustedes, si es que todavía queda alguien leyendo o ya dieron un portazo masivo y me dejaron sola para siempre. ¿Qué implica todo esto? (Spoiler: va a haber Viajando por ahí para rato.)

Primero, que voy a quedarme quieta y voy a armar mi espacio de trabajo para poder enfocar todas mis energías en crear y compartir. Quiero devolver todo lo que aprendí durante estos 10 años, quiero crear para mí y para ustedes, quiero escribir más que nunca, quiero responder a sus preguntas y sus miedos, quiero compartir todo lo que sé acerca de viajar, de escribir y de ser nómada digital. Mi objetivo es inspirarlos a que si quieren viajar, viajen (y de la manera más suya posible), y si no quieren viajar, no viajen y se queden quietos haciendo lo que aman. Como adelanto les cuento que en septiembre sale mi primer journal de viajes, hecho a dúo con María Luque, del que ya les iré mostrando cositas y que vamos a presentar en Buenos Aires (pronto preventa!), también que estoy por firmar contrato con una editorial argentina para hacer un lindísimo proyecto de libros para el año que viene y que estoy preparando, por fin, mis cursos y workshops online.

Segundo, esta decisión implica que me llegó el momento de elegir dónde vivir, al menos por unos años, y con L tenemos todas las fichas puestas en Biarritz (Francia). Nos gusta la idea de vivir frente al mar y de estar en Europa y a ambos nos gusta esta ciudad para, en un tiempo, tener familia. Ahora mismo estamos acá, buscando casa, aunque está difícil porque hay muchísima demanda y poca oferta. Hace unos días fuimos a ver el departamento de nuestros sueños: entramos y fue amor a primera vista, ya nos veíamos viviendo ahí… nosotros y 20 postulantes más. Al final no nos lo dieron (por eso anduve medio triste esta última semana), así que seguimos buscando. La idea es establecernos en Biarritz y pasar varios meses al año en Buenos Aires.  Ahora en julio nos vamos tres meses a Buenos Aires y en octubre volvemos a Francia con la idea de quedarnos acá de manera indefinida.

Nos quedaremos por acá…

Tercero: no voy a dejar de viajar (y lo subrayo porque sé que lo tengo configurado en el ADN). Lo que quiero y necesito es dejar de moverme de manera tan constante y pasar a ser una nómada part-time (u ocasional). Quiero seguir viajando pero de otra forma: quiero hacer viajes más cortos, con ida y vuelta (en lo posible sin tecnología), y durante esos días enfocar todas mis energías en explorar, en conocer, en documentar, en fotografiar, en interactuar con el lugar y no en estar pensando dónde voy a vivir después de ese viaje, si voy a tener internet o no, qué va a ser de mí y todo eso que me está pasando ahora. Quiero poder decir “me voy una semana a explorar Estambul” e irme con la emoción del 2008, a perderme en la ciudad y a disfrutar de ese viaje “en estado puro”. Y para eso necesito frenar y tener una base. Necesito volver a hacer de los viajes algo extraordinario y no parte de mi rutina, porque así como los estoy viviendo hoy, ya no los disfruto.

Y por último: no voy a dejar de escribir de viajes (tengo mucho material por subir todavía), aunque también escribiré acerca de otras cosas (en escribir.me, no se preocupen, que para eso está). Me quedan muchos libros por delante. Que empiece la década creativa.

Cierro con esta frase del libro “Nos vamos”, de Power Paola.

Y con una foto mía, que hace mucho que no doy la cara (estoy más arrugada que hace 10 años, eso seguro).

Si quieren enterarse de todo lo que se viene, los invito a suscribirse a mi newsletter. Pronto estaré anunciando preventa y talleres en Buenos Aires. :)

Ah! Y hay promo en la Tienda para celebrar a Biarritz: si compran dos o más libros les mando una postal escrita a mano desde acá, de regalo, para ustedes o para un amigo.

Un viaje de inmersión lingüística (o la semana que me sentí como una estudiante de intercambio en París)

* Ilustración: Luna Portnoi

Julie me llama por teléfono cuando el tren está pasando por Bruselas. Estoy viajando sola de Amsterdam a París, voy sentada al lado de una francesa con la que crucé algunas palabras en inglés, tengo abiertos mis cuadernos de apuntes de francés y los leo a toda velocidad como quien estudia a último momento para un final. El teléfono sigue sonando, ya no puedo evitar esta llamada. Julie es la directora de un centro de enseñanza de francés y, como me viene diciendo hace días por mail, quiere hablar por teléfono conmigo para evaluar mi nivel y asignarme una profesora para la semana que pasaré en París. Estoy volviendo a la capital francesa con un objetivo: hacer un viaje de inmersión lingüística para mejorar mi francés. Voy a tomar clases particulares todos los días y voy a vivir en la casa de Florence, una señora francesa con quien me conecté a través de Abroadwith y con quien tendré que practicar el idioma. No me va a quedar otra que animarme a hablar, pero ahora mismo la idea de tener esta evaluación de nivel —telefónica, encima— me aterroriza: seguro que, por haber aprendido el idioma de manera autodidacta, hay un montón de cosas básicas que no sé.

viaje de inmersión lingüística en París

Quién hubiese dicho que iba a volver tantas veces a París

viaje de inmersión lingüística en París

Atiendo y hablo bajito, con la cabeza pegada a la ventana y la mano sobre la boca para que mi vecina de asiento no escuche cómo destruyo su idioma con mis erres demasiado enruladas y mis es todas dichas iguales —se me viene a la mente el juego Fruit Ninja porque eso es lo que me imagino cuando hablo francés: que destrozo palabras como frutas—. Siempre me llamó la atención lo silenciosos que son los trenes franceses, no podría haber peor lugar para tener esta llamada. Julie me pregunta dónde estoy, de dónde vengo y adónde voy para evaluar mi uso de los tiempos verbales. Quiere saber cuál es mi objetivo con el idioma y no me animo a decirle que no quiero que la gente se ría de mí cuando hablo, así que le digo que quiero sentirme cómoda teniendo conversaciones, lo cual también es cierto. Ya le expliqué por mail —y ahora me da vergüenza el exceso de detalles personales e historia de vida, pero no me sale explicar las cosas de otra manera— que estoy casada con un francés, que aprendí el idioma por mi cuenta con libros y aplicaciones, que puedo leer, que entiendo casi todo pero que me falta mucho de gramática y me cuesta hablar sin ponerme nerviosa. Tras diez minutos de charla, su veredicto es el clásico pas mal” francés: “Tu pronunciación no es tan terrible, escuché peores”. Mis clases empiezan mañana, superé la primera prueba. Ahora se viene el desafío mayor: comunicarme con Florence, mi anfitriona, con quien solamente podré hablar en francés. Esta vez no hay inglés o español que me salve.

En mi imaginación, hablo francés como una nativa (?)

Cuando lo conocí a L, en el 2014, las únicas dos palabras que sabía decir en francés eran bonjour y merci. Como él no hablaba español, durante los primeros meses nos comunicamos solamente en inglés (ahora hablamos una mezcla medio deforme de los tres idiomas combinados con sonidos guturales franceses). Cuando nos quedamos a vivir en Francia me puse a estudiar francés por mi cuenta. Si bien el inglés nos permitía comunicarnos casi sin malentendidos, no dejaba de ser un idioma ajeno a ambos, así que me propuse aprender su idioma y, de paso, meterme más en su cultura. De a poco empecé a ser capaz de leer revistas, cómics y libros infantiles. Aprendí escuchando música y mirando películas con subtítulos en francés. El idioma escrito no me parecía tan difícil y había mucho que podía inferir por cercanía con el español, pero enseguida me di cuenta de que mi mayor desafío iba a ser hablarlo. El problema del francés es que no importa qué tan bien lo leas, lo escribas y lo entiendas, si al hablar no lo pronunciás correctamente —lo cual no es nada fácil— pueden pasar varias cosas: que no te entiendan, que no se esfuercen por entenderte, que te respondan en inglés o que se rían. Y ahí hay dos tipos de personas: las que lo siguen hablando como si nada —envidio ese carácter—, o las que, como yo, se inhiben, se ponen más nerviosas y terminan enmudeciendo.

La primera vez que me animé a decir una frase en francés enfrente de varias personas, L me burló tanto que me traumó y durante mucho tiempo no lo volví a intentar. Unos meses después, cuando por fin me animé a decirle algo a mis suegros por skype, la situación fue la misma: los vi conteniendo la risa del otro lado de la pantalla hasta que no pudieron disimular más y se empezaron a reír todos, en familia, desde Francia hasta Buenos Aires. Durante mucho tiempo me lo tomé como algo personal y me avergoncé de mi acento latino, hasta que tuve un quiebre la última vez que vine a París, cuando el tío de L se rió de mi manera de pronunciar cafe au lait y entendí que la burla es un rasgo francés, que no me queda otra que aceptar que siempre tendré acento extranjero y que si no me animo a hablar nunca voy a mejorar. Y entendí, también, que hay cosas que es mejor aprender con gente “de afuera” y no con la familia.

El tren llega a París en hora pico, me bajo en Gare du Nord y me sumo al apuro para no perder mi conexión. Esa es otra cosa que me impresiona de las estaciones parisinas: la velocidad de desplazamiento de la gente. Media hora después estoy en Maisons-Laffitte, la comuna en los suburbios de París donde viviré. Camino unas cuadras hasta la casa de Florence, mi anfitriona, siguiendo las indicaciones que me mandó por escrito. Nuestro primer contacto por mail fue muy formal, los franceses suelen tratarse de vous (“usted”) en una primera instancia, incluso entre personas de la misma edad. El problema es que yo solo sé hablar de tu así que no sé por cuánto tiempo voy a ser capaz de sostener el vous. Entro a la residencia con la clave —otra cosa que me sorprendió mucho la primera vez que vine a Francia: las puertas de los edificios se abren con clave— y camino hasta la casa del fondo. Florence me ve llegar, abre la puerta y lo primero que me pregunta es: “¿Nos tratamos de vous o de tu?”. Me siento aliviada. Nos salteamos las formalidades y empezamos a hablar como si ya nos conociéramos. Bah, ella habla más que yo, así que me aseguro de decirle que entiendo todo pero no hablo muy bien. “Bueno, para eso estás acá”, me dice con una sonrisa.

Florence me muestra la casa, me presenta a sus tres gatos —Zelda, Link y Vendetta— y me lleva a los cuartos para que elija en cuál me quiero quedar. Hay uno más grande, en el piso de abajo, y uno chiquito arriba, “la petite chambre”. Subimos la escalera y cuando abre la puerta me encuentro con un cuartito blanco, con el techo inclinado siguiendo la forma de la casa, una cama de una plaza, un escritorio con una máquina de escribir y una ventana con vista al jardín. Es el cuarto de una de sus hijas, que ya no vive ahí. Quiero este. Nunca tuve la experiencia de hacer una intercambio en otro país pero de repente me siento como la estudiante extranjera que acaba de llegar de su país de origen a la casa de su nueva familia. Me faltó la valijita vintage. “Ponete cómoda”, me dice Florence, “c’est chez toi” (“Es tu casa”). Esta es una de las expresiones francesas que más me gusta. Hace poco aprendí que también usan chez moi o chez nous (“mi casa”, “nuestra casa”) para referirse a Francia, al país como un hogar.

La petite chambre <3

Material de estudio

Más tarde bajo al living para cenar y charlar un rato. La estadía con un anfitrión local tiene un objetivo muy claro: practicar el idioma en situaciones cotidianas y, a la vez, sumergirte en la cultura del lugar. Lo que no me imaginé es que, durante los días siguientes, además de charlas cotidianas trataríamos temas metafísicos, astrológicos, religiosos y existenciales. Un curso avanzado de francecismo. Si L me viera ahora, asintiendo a todo como una experta. Florence me muestra fotos de sus hijas, me habla acerca de los hábitos de sus gatos, me cuenta de su trabajo. Dice que, para ella, los parisinos tienen un acento “puntiagudo” y que no le entiende nada a los quebequenses. Yo, que nunca los escuché hablar francés, busco un video y pienso que el francés-canadiense es un curso aparte. Al igual que me pasó cuando aprendí húngaro —que ya olvidé, por no practicarlo—, siento que estoy adquiriendo ojos nuevos.

Me acostumbro rápido a mi rutina de estudiante. Todas las mañanas me despierto temprano, tomo el tren a París, el metro a Tulerias y me encuentro con Marion, mi profesora, en el café de un hotel. También empezamos hablando de vous, aunque debemos tener la misma edad. Una de las primeras cosas que me pregunta es a qué me dedico. Cómo lo explico en francés. Cada vez que respondo construyo frases como quien va levantando cajas pesadas de a una: tengo que pensar bien cada palabra que voy a decir y siento que se me notan los engranajes del idioma y del cerebro. Es como si estuviese aprendiendo a hablar otra vez. Marion tiene mucha paciencia, me corrige y me incentiva. Me doy cuenta de que sé bastante argot (slang, lunfardo, jerga) pero no me sé bien los verbos ni las conjugaciones. Cada día nos enfocamos en un tema —el pasado, el futuro, la pronunciación— y en cada encuentro siento un progreso enorme. Nuestras clases están centradas más que nada en la conversación. Me pide que le cuente historias de mes voyages y le cuento, como puedo, de la vez que me perdí en China y terminé tomando el té en la casa de 4 mujeres de una minoría étnica y de la vez que robaron y me devolvieron todo en Indonesia.

Ella va tomando nota de las palabras nuevas en su computadora para mandármelas más tarde, me muestra videos que hablan de costumbres francesas y me pide que le diga qué fue lo que entendí o qué pienso al respecto, me enseña a pronunciar con algunos trucos mnemotécnicos, me da ejercicios escritos y una tarea final: escribir un petit texte acerca de Buenos Aires. Me gusta esta manera de aprender, basada en la vida real y no en situaciones hipotéticas. Me causa gracia ver que muchos de los ejercicios de compresión de texto son pequeñas historias de amor, del estilo Marc conoce a Claire en una fiesta y desde ese día no se separan, o “mi amor, todos los transportes están en huelga, pero no importa, esperame, voy a buscarte en caballo o en monopatín”. Todo muy francés, todo muy romántico. Me acuerdo de cuando L y yo nos conocimos en Biarritz, de que esa primera noche, cuando quedamos solos después de una cena en lo de sus amigos, él agarró una guitarra y me cantó “Les oiseaux de passage”. Yo no le dije nada, pero en ese momento me enamoré un poco, y él me confesó mucho tiempo después que era la primera vez que se animaba a cantar para alguien. Me acuerdo de que los días siguientes me mandó poemas por whatsapp y días después ya me estaba enseñando palabras en francés en su auto mientras nos refugiábamos de la lluvia. (Sí, todo muy lindo hasta que unos meses después me empezó a burlar y me traumó.) :D

Mi profe de francés

viaje de inmersión lingüística en París

Empieza la primavera en París

viaje de inmersión lingüística en París

viaje de inmersión lingüística en París

viaje de inmersión lingüística en París

“Hay que desconfiar de las palabras”

Cada día termino mis clases con une promenade (paseo) por París. Me gusta sentir que viajo sola por un rato. El viernes, para festejar el fin de mis clases, camino al borde del Sena hasta la Torre Eiffel. Tengo la cabeza cansada, nunca hablé tantas horas seguidas de francés, pero estoy contenta y con ganas de más. Ya me propuse, cuando volvamos a Francia en unos meses (el plan es instalarnos en julio de este año), seguir tomando clases. Todavía me cuesta creer que este país sea parte de mi vida, sobre todo cuando el francés como idioma no me gustaba para nada y Francia no me atraía. Lo llamo por teléfono a L, que está con su familia en Estrasburgo, para mostrarle mis avances. Está orgulloso aunque se sigue riendo, pero ya no me importa (tanto): haber sido capaz de arreglarme sola en francés durante toda esta semana me hace sentir poderosa. Un rato después le mando el texto que escribí en francés acerca de Buenos Aires y me dice que de repente le dieron ganas de estudiar español. Mi plan maestro funcionó.

Más tarde cuando voy en el metro escucho un oh la la épico (suena como jolalalalalalá). Lo dijo una señora que se puso de mal humor porque subieron músicos callejeros al vagón. Yo disfruto la música y canto bajito “perhaps, perhaps, perhaps”Vuelvo a lo de Florence y cenamos juntas por última vez. Le cuento de mis clases, de mis mini avances, de que ya no me da tanta vergüenza comunicarme en su idioma, aunque sé que me queda muchísimo por aprender y, sobre todo, por practicar. Hablamos de viajes, me cuenta de la vez que estuvo en Grecia, de las palabras que aprendió, de cuando durmió en casas de gente. Nos despedimos esa noche, mañana me voy muy temprano a Estrasburgo a reencontrarme con L. Hay un libro que se llama “Lost in translation” y es una recopilación de palabras intraducibles de distintos idiomas del mundo. No sé si esta palabra está ni si califica, pero en francés hay un verbo (“rentrer”) que tiene varias acepciones y una de las más usadas significa “volver a casa”. Me gusta pensar que existe un idioma en el que puedo decir eso en una sola palabra.

*

[box type=star] Esta experiencia fue posible gracias a Abroadwith.

Abroadwith es una plataforma de intercambio idiomático y cultural para aprender idiomas en el extranjero. Su filosofía es que una lengua y una cultura no se pueden experimentar detrás de una pantalla, por eso se enfocan en el elemento humano para aprender un idioma. La web te permite buscar anfitriones locales por ciudad (hay en varios países, para aprender distintos idiomas, no solo francés) y elegir con quién querés vivir y por cuánto tiempo. En general las estadías son semanales y hay tres tipos de programas de inmersión: estándar (hacé una estadía con anfitriones locales en otro país y aprendé su idioma y su cultura), tandem (viví con anfitriones locales, aprendé su idioma y su cultura y a la vez enseñales tu idioma) y con profesor (viví con un profesor certificado y tomá clases con él). Se define la cantidad de horas de conversación que tendrás que tus anfitriones y también existe la opción de complementar la estadía con un curso de idiomas cerca de tu nuevo hogar, como hice yo.

Por mi experiencia, mi recomendación es que si sabés algo del idioma pero nunca tomaste clases formales, hagas la estadía y el curso de idiomas (yo necesitaba las dos cosas: un poco de teoría y gramática y mucha práctica). Si ya tomaste clases con profesor y sabés bastante, quizá solo necesites la parte práctica y con la estadía sea suficiente. Más información en Abroadwith.[/box]

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*La lindísima ilustración de portada, hecha especialmente para este post, es de LuNa Portnoi. Luna es una artista visual e ilustradora de Buenos Aires. Su trabajo se encuentra en conexión con la naturaleza, el color, la magia y las emociones y sus ilustraciones tienen un gran nivel de detalle. Tiene dos libros para colorear, “Los sueños de Luna” y “La magia de Luna”. Podés seguirla en su Instagram, Facebook y canal de You Tube, donde da tutoriales artísticos en video.[/box]

París sin síndrome

Ilustración:
José Luis García 

En un portarretratos con forma de corazón, en la casa de una señora en los suburbios de París, hay una foto donde aparezco yo.

Hasta hace unos días, esa señora y yo no nos conocíamos en persona y yo sabía menos de ella que ella de mí.

Sin embargo, cuando entré a esa casa y la señora me llevó del brazo y me mostró que tenía enmarcada una foto del día que L y yo nos casamos por civil en Buenos Aires, se me hizo un nudo en la garganta.

El portarretratos tenía varias fotos familiares y stickers navideños pegados en el marco, estaba apoyado sobre una estufa, al lado de un mueble con elefantes de adorno, una lámpara de mesa y una estampita de la Virgen.

En el living de la casa había alfombras, una cama de una plaza con almohadas de Marilyn Monroe y una biblioteca con cajas de lata con dibujos de la Belle Époque en los estantes.

La tele estaba prendida sin sonido en un reality show, en la mesa donde estábamos sentados había una bandejita con tazas de té, vasos con borde dorado y una pecera con forma de bowl y, en la ventana, una bandera de Francia.

La señora, abuela paterna de L, me agarró la mano y me preguntó en francés cuándo íbamos a tener hijos.

Y yo sentí, de repente, que volvía a tener abuela.

Así nos recibía París.

L y yo habíamos volado hacía unos días desde Bali y estábamos viviendo en las afueras de París, a unos 50 minutos del centro, en la casa de uno de sus tíos.

Durante los primeros días, el desajuste horario del jet-lag y el hambre atrasada de queso y baguette nos convirtió en dos salvajes que solo salían de la cueva en horarios raros y cuando no había nadie cerca para comer sandwiches de brie a oscuras en la cocina.

Yo aproveché el cansancio como excusa para interactuar poco —la verdad es que me daba muchísima vergüenza hablar en francés con gente que no fuese L— hasta que la inmunidad de los primeros días se me terminó y no me quedó otra que intentar comunicarme en un idioma que entiendo bastante pero que me cuesta mucho hablar.

Lo primero que me animé a decirle al tío de L fue que el café lo quería con leche (avec du lait), pero se ve que hablé con la boca demasiado abierta (no a la manera francesa) y mi pronunciación latina fue el hazmerreír de toda la semana.

¡Viva el queso!

Pasamos los días siguientes en familia L tiene 14 tíos y a muchos no los conocía— y nos fuimos acercando a París de a poco.

El primer domingo fuimos a un cumpleaños familiar en un departamento del arrondissement (distrito) 13 y, cuando L y sus primos salieron al balcón a fumar yo salí detrás de ellos, aunque no fume, para no quedarme sola entre tanta gente nueva y terminar siendo “la mudita” que solo sonríe (o que se comporta como en este video). (En mi defensa: no estaba preparada para conocer a tantos franceses de golpe, L me vendió el plan como “vamos a tomar un petit café a lo de mi primo” y cuando llegamos vi que era un cumpleaños infantil, que había como 20 personas, que no teníamos regalo y que yo era la peor vestida del lugar, y “la nueva”, además.)

El sol de invierno pegaba contra los edificios y la gente nos miraba desde la vereda: seis hombres en fila, fumando, y una chica en la punta, mirando para abajo.

Vi hombres con la baguette bajo el brazo, vi pasar el camión de la basura, vi a una señora paseando al perro, vi un domingo parisino y por primera vez me sentí parte de la ciudad.

De golpe empecé a sentirme en casa en un país que nunca me había interesado demasiado conocer. Es rara (y linda) la sensación de saber que ahora Francia es parte tan importante de mi vida como Argentina y que acá también tengo una familia.

El momento en la terraza

Cuando se me fue el jet-lag salí a dar paseos offline por el centro de París.

Como no tengo 3G en el teléfono en Francia, pude caminar sin caer en la mala costumbre de preguntarle todo a google.

París me pareció distinta a las otras veces que vine: más vacía, más amable, más colorida. Esta vez la recorrí siguiendo uno de mis mapas subjetivos —la ruta de las papelerías— y entre una parada y otra encontré arte callejero en casi todas las paredes y pequeños momentos cotidianos para guardar en mi cuaderno: una familia alimentando a los cisnes del Sena, un señor dándole de comer a las gaviotas en la fuente del Jardín de las Tulerías, un pato que le tiraba de la manga del pantalón para que le diera comida a él, un perrito ladrándole a los caballos de la policía, policías enojados y dos hombres cantando Hakuna Matata en francés en una plaza de Montmartre.

Esta fue la primera vez que estuve en París y entendí el 85 por ciento de lo que me decía la gente. Eso, para mí, es tener un superpoder.

Cuando lo conocí a L yo no hablaba una palabra de francés, apenas sabía decir bonjour y merci y ahí se terminaba mi conocimiento del idioma.

Esta vez, además, vine de mucho mejor humor, sin esa tristeza que no me dejaba ver, y los parisinos me parecieron muy simpáticos: los del correo me hablaron en español cuando compré estampillas para Argentina (“Prefiero el español que el inglés”, me dijo uno), en el metro me reí en complicidad con un francés cuando anunciaron por el altoparlante (y entendí) que se habían subido “tres pickpockets” al tren, una mujer me contó toda su vida y sus dramas en un negocio (y yo hice mi mejor fake French).

No hubo una vez que no sintiera que estaba caminando por una ciudad de película.

—Qué linda que está París, me repetí cada pocas cuadras, y después me pregunté:

— ¿Está linda o es linda?

Eso que a los extranjeros les cuesta tanto cuando aprenden español es para mí una de las cualidades más lindas de nuestro idioma: la sutil (y existencial) diferencia entre “ser” y “estar”.

Si digo que linda que es París estoy hablando de algo aceptado universalmente, de algo definitivo e inmutable, pero si digo qué linda que está París estoy hablando del momento presente, del ahora, de mi mirada, y en esta visita lo que definió a la ciudad fue eso: mi manera de verla.

La primera vez que vine a París, la ciudad no me encantó.

Y como estaba mundialmente aceptado que París es una ciudad que encanta, supuse que el problema lo tenía yo.

Unos meses después, haciendo carpooling con un francés-vietnamita, me enteré de la existencia del síndrome de París —la desilusión que sufren algunos japoneses cuando visitan París por primera vez— y me pareció una metáfora aplicable a mi experiencia —tanto con la ciudad como con los viajes— y al momento por el que estaba pasando.

Escribí un libro con ese título —“El síndrome de París”— y siempre hice énfasis en que no era un libro acerca de París, sino acerca de la desidealización, la maduración, el desenamoramiento y el yin-yang de los viajes y la vida.

Y así como durante una época pensé que yo jamás dejaría de ser la de “Días de viaje”, durante otra pensé que nunca dejaría ser la de “El síndrome de París”, que esa era la nueva Aniko que había llegado para quedarse y que París nunca estaría entre mis ciudades preferidas.

Tampoco pensé que el libro tuviera algo de París más que el título, hasta que volví a París después de haberlo publicado y entendí que la ciudad estaba mucho más ligada a mi proceso interno de lo que yo pensaba.

Vero, la ilustradora de ambos libros, lo expresó mejor que yo.

Esta vez París me encantó, pero tenía que volver para darme cuenta de que esa era una posibilidad y para dejar ir el pasado y las desilusiones.

Esta vez vine acompañada, sin duelo, sin tristezas existenciales y con un rumbo claro.

Y el círculo se cerró una tarde lluviosa en una papelería de París.

Mientras miraba cuadernos hechos a mano escuché a tres japonesas diciendo “ohhh kawaiii” (“ay, ¡qué lindo!) y entendí que el síndrome no lo sufren todos, que hay muchos japoneses que vienen por primera vez a París y les encanta, que todo este tiempo me había sentido identificada con una japonesa que nunca conocí y que acá había tres que me demostraban lo opuesto.

Entendí que todos tenemos una París personal que nos hace soñar y nos desilusiona, pero así es la vida.

Salí de la papelería cuando dejó de llover.

Me quedé parada en el boulevard, vi un rayo de luz cayendo sobre la vereda y saqué una foto.

Una chica se dio vuelta, se quedó mirando lo que yo veía y sonrió.

Esta París sin síndrome me parece doblemente bella.

El sol después de la lluvia

El síndrome de París en París. Foto: Brenda Espinola

[box type=star] Bonus track:

– La ilustración de portada es de José Luis García – Left Handed Graphic y fue hecha especialmente para este post. ¡Gracias José!

– Por si les interesa, esta es mi Ruta de las papelerías en París (encontré cosas muy pero muy lindas).

– Si están aprendiendo francés, les recomiendo la app Duolingo (con esa aprendí). También está bueno leer libros (me acabo de comprar ‘Le petit prince’ en francés) y escuchar música: yo escucho Stromae, Manu Chao (el disco en francés), Carla Bruni, Zaz y Georges Brassens.

– Si visitan París, no se olviden de una de las reglas más importantes: siempre decir bonjour cuando entran a un negocio (más info interesante en este video). Van a ver cómo cambia la actitud de la gente con ese pequeño saludo.

– Por último, si todo falla: se ponen a cantar Foux dou fa fa.[/box]

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Fotorrelato:
33 momentos de nuestro viaje por Serbia y Croacia

[box type=”star”]En este fotorrelato, comparto 33 fotos alternativas de nuestro viaje por Serbia y Croacia. Lugares, detalles y momentos que quedaron afuera de los posts de Desafíos y que tenía ganas de mostrarles. [/box]

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1. En caso de rabia, rompa aquí

¿Qué hacer con todos esos objetos y recuerdos que nos quedan de nuestras ex parejas? ¿Tirarlos por la ventana, revolearlos contra la pared, enterrarlos en el placard? En Zagreb, la capital de Croacia, decidieron ponerlos en un museo: el Museo de las Relaciones Rotas. Toda historia de amor, aunque haya terminado mal, sirve de bálsamo para otros, para darnos cuenta de que no somos los únicos que vivimos y sufrimos estas cosas. Y estos lápices para la bronca me parecieron un gran souvenir.

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2. Mensajes en botellas

Vi estas botellas después de ir al Museo de las Relaciones Rotas y me pareció que seguían el mismo hilo conductor. “I release and forgive”: “Dejo ir y perdono”. Cuesta pero hay que hacerlo.

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3. Así vale la pena

Me gusta mucho visitar cementerios en otras partes del mundo ya que me interesa ver cómo cada cultura trata a sus muertos. En China encontré cementerios con lápidas rojas, en Buenos Aires tenemos uno que parece una ciudad en miniatura, me dijeron que en Guatemala y México son muy coloridos. Los cementerios grises me parecen muy tristes, ¿por qué se le da ese color a la muerte? ¿por qué no ponerle colores al fenómeno más universal que tenemos?¿Por qué recordar a las personas en un solo tono? Si al final todos vamos a terminar ahí, deberíamos hacer ese fin lo más agradable posible. En Zagreb fuimos a visitar el cementerio Mirogoj y, entre tantas tumbas negras, esta me llamó la atención. La bauticé la tumba Van Gogh.

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4. De fábricas y conejos

Habíamos ido a ver los monumentos socialistas ubicados a lo largo de la orilla del río, en Zagreb, en una zona alejada del centro, y volvimos caminando por una parte bastante residencial de la ciudad. Nos encontramos con este edificio y enseguida pensé en la fábrica de artistas de Islandia, con todas las paredes repletas de arte. Me gusta mucho conocer los lugares que no salen en los mapas turísticos.

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5. Llegamos a Belgrado

Nos subimos al tren nocturno en Zagreb, nos metimos en un compartimento de seis asientos y nos dormimos. A eso de las tres de la mañana, mientras llovía a baldazos, entró el policía de frontera de Croacia a pedirnos los pasaportes. Todo bien. A los diez minutos entró el de Serbia para hacer el mismo trámite. Nunca me voy a olvidar de cómo miró el pasaporte de Lau, leyó su nombre y lo dijo en voz alta: a mí me sonó a “La – Ra”, con una erre muy suave. Puso los sellos correspondientes, nos dijo que esperemos y se llevó nuestros pasaportes a otra parte. Nos pusimos un poco nerviosas. ¿Será porque tengo el sello de Kosovo?, me dijo Lau. ¿Será porque soy húngara?, pregunté yo. ¿Nos harán bajar del tren con esta lluvia? Al rato volvió como si nada, nos sonrió y nos devolvió los pasaportes. Nunca sabremos para qué se los llevó, nosotras decimos que se los fue a mostrar a los amigos. Cuando nos despertamos, a las seis de la mañana, ya estábamos en Belgrado. Habíamos llegado a otro mundo.
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6. La calle de los paraguas

Cada ciudad tiene sus calles memorables. Hay calles con lámparas, calles con gatos, calles con plantas, calles de bombonerías, calles de tiendas de segunda mano. En Belgrado está la calle de los paraguas. Creo que cuando la vimos no nos dimos cuenta de que era una señal de todo lo que iba a llover.

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7. Bombonería

Estábamos en pleno mini desafío, buscando nuestra lista de cosas para fotografiar, cuando vi el frente de este negocio. No leo cirílico, pero mi mente interpretó esas letras como “Bombonería – desde 1936”. Me acerqué para mirar la vidriera, que efectivamente tenía cosas dulces, y esta señora también se puso a espiar y a conversar con la gente de adentro.

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8. Tiene un nuevo mensaje

Estábamos en una de nuestras caminatas por Belgrado cuando vimos la puerta de un edificio abierta. No era una puerta que diera a un hall cerrado, sino que se notaba que llevaba a un espacio común compartido, como un jardín central. Entramos. En una de las paredes vimos estos buzones. Me encantaron. Algunos, al parecer, siguen en funcionamiento. Yo los usaría para guardar sorpresas.

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8. El del brócoli

Fue difícil encontrar este mural. No me acuerdo quién me dijo o dónde leí que en Savamala, uno de los barrios de Belgrado, había un mural “de un hombre gigante comiendo un brócoli”. Lo buscamos durante un rato mientras caminábamos, hasta que nos cansamos y entramos en un bar a preguntar. Como no sabíamos exactamente qué buscábamos, expliqué que era algo así como un señor muy grande comiendo un árbol. Nadie sabía de qué hablábamos. Seguimos caminando, nos olvidamos del brócoli y de golpe nos dimos vuelta en una esquina para mirar algo y ahí estaba: el hombre-ciudad comiéndose la naturaleza. Era más poderoso de lo que esperaba.

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9. Dale, que siga lloviendo, total es gratis

Cuando armé la mochila en Biarritz estuve a punto de llevar el paraguas. Al final lo dejé. No creo que allá llueva como en Francia, ya estamos casi en verano. Error. Nos llovió durante toda la primera semana y tuvimos que andar pidiendo paraguas prestados. Me gusta la lluvia pero no cuando estoy de viaje con tiempo limitado. Lo bueno es que después se forman fotocharcos.

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10. Ranking de vidrieras raras

Entiendo que en este negocio venden cosas que cortan, pero no sé cuál será su especialidad, porque hay desde tijeritas para las uñas hasta tijeras-machetes, y esa rosa que no sé bien para qué es. Esta vidriera es en Belgrado, pero tanto las de Serbia como las de Croacia están en mi ránking de vidrieras más retro, raras y originales.

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11. ¿Esos son cisnes?

Una mañana nos fuimos a pasear a Zemun, una ciudad histórica que ahora forma parte de Belgrado pero que fue parte del Imperio Austro-Húngaro. Después de comer fuimos a caminar por el Danubio y a lo lejos vimos algo que parecía ser un cisne. Nos acercamos y vimos que no había uno sino decenas, todos en grupo yendo de un lado a otro. Después apareció esta familia, que les dio de comer, así que estuvieron un largo rato muy cerca de la costa.

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12. Un Plazma Shake con Jelena

Cuando Jelena me escribió un mail diciéndome que quería invitarme a tomar un café en Belgrado me puse re contenta: nunca me imaginé que tenía una lectora serbia —y que hablaba muy bien español, además—. Le dije que sí y nos encontramos allá, debajo de la estatua del caballo en la Plaza de la República. Yo propuse café, pero ella quiso que probara algo nuevo, así que nos tomamos dos Plazma Shake como el de la foto: un licuado de galletitas con leche, chocolate, crema batida y caramelo. Mientras charlábamos con vista al río, me preguntó: “¿Qué palabra se te viene a la mente cuando piensas en Serbia?”. En aquel momento, no muchas: Kusturica, Balcanes, guerra. Ahora tampoco es que haya formado un diccionario de términos, pero al menos pude ponerle cuerpo al país y recordarlo por otras cosas: el rakija (la bebida alcohólica predilecta), Momo Kapor (uno de sus escritores), Belgrado (que ya no es una ciudad abstracta), Mokra Gora y plazma shake.

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13. Dos genios

Hace poco un chico me escribió para contarme que estaba por poner un alojamiento chiquito y para preguntarme qué era lo que para mí hacía la diferencia en un lugar así. Le dije que la limpieza me parece fundamental. Está bien que seamos jóvenes pero eso no quiere decir que todo tenga que estar sucio. El espacio común también me parece importante, tiene que haber aunque sea un living o un lugar cómodo donde poder relajarse y charlar con otros viajeros. Pero creo que la mayor diferencia la hace la buena onda de quienes trabajan ahí. Cuando el staff es simpático, amable y bien predispuesto, el lugar se transforma. Lo sé porque lo experimenté muchas veces, para bien y para mal. Me quedé en hostels muy lindos pero con gente tan antipática que no volvería, y me quedé en lugares muy rústicos donde la calidez de las personas me hizo sentirme como en casa. De este viaje —y creo que Lau estará de acuerdo— me quedo con el mejor recuerdo de los chicos del Hedonist Hostel: fue como tener un hogar en Belgrado.

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14. Nos bajamos todos para la foto

El día que nos subimos al tren a vapor repleto de griegos no sabíamos en lo que nos estábamos metiendo. Resulta que formaban parte del club de amigos del ferrocarril de Atenas y habían viajado a Serbia y a Rumania solo para tomar trenes a vapor, así que los conocimos en su punto álgido de excitación. Todos sabemos que cuando un grupo de gente con la misma pasión se junta para irse de viaje, la emoción del evento compartido hace que todo sea un quilombo. Los griegos estaban como locos: iban, venían, hablaban, gritaban, se reían, se sacaban fotos, cambiaban de lugar, sacaban los brazos por la ventana. Ya nos habían avisado desde el principio que el tren haría varias paradas para sacar fotos y que nosotras no podíamos salir en las tomas —lo entendimos, éramos intrusas—, así que cada vez que se bajaban en masa para hacer una foto, nosotras teníamos que ir detrás y asegurarnos de no estar siendo apuntadas por ninguna cámara. Para esta foto, el tren nos dejó en el bosque, hizo marcha atrás y volvió a entrar por el túnel mientras todos disparábamos como locos.

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15. La manzana de regalo

Me gustó la imagen del señor con sus verduras en la calle y la balanza colgando del baúl. Me acerqué para preguntarle cuánto costaban las manzanas pero no me entendió —o yo no lo entendí a él, que es lo más probable—, así que agarré una y le señas de how much. Me hizo un gesto de nada, es un regalo, y le sonreí. Después le pregunté si podía sacar una foto, y así quedó. Esta es una de mis preferidas.

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16. Yo también quiero andar en unicornio

Después del viajecito en tren por Mokra Gora tuvimos que hacer tiempo hasta la noche, que salía el otro tren. No queríamos alejarnos mucho pero teníamos ganas de conocer los pueblos cercanos, así que nos pusimos a hacer dedo con el lema vamos a donde nos lleven —mientras no sea muy lejos—. Le dije a Lau que había una ciudad que se llamaba Zlatibor y que al parecer era linda. El primer auto que frenó venía con tres amigos serbios, y lo primero que nos dijo el conductor fue: “Solo vamos a Zlatibor, no podemos llevarlas a otra parte”. Perfecto. Zlatibor resultó ser… rara, digamos. Es un lugar de esquí, así que durante el verano no hay mucha actividad. Lo que hay son unicornios, como los que estas nenas estaban montando en una de las plazas.

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17. Recepción con música balcánica

El tren volvió a dejarnos en Belgrado, ¿cuántas veces habremos bajado en esa estación?, y nos encontramos con esta banda de mariachis serbios a las seis de la mañana. Cómo me gustan los instrumentos de viento y la percusión, me ponen de buen humor en cualquier momento del día, incluso cuando solo dormí cuatro horas la noche anterior.

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18. Mirá ese señor

Fue en el último tren serbio que nos tomamos. Lau y yo estábamos sentadas en nuestros asientos cuando vi pasar a este señor. Me llamó la atención su ropa. “Mirá ese señor, Lau. Vos querías gente para fotografiar…”. Al rato, Lau se acercó a su vagón y charló con una señora que estaba sentada cerca para ver si podía pedirle permiso para fotografiarlo. El señor aceptó encantado. Cuando escuché la música me acerqué. Había sacado un instrumento de su funda y estaba recitando un poema. Todo el tren lo escuchaba en silencio. Recitaba en serbio, así que no entendimos, pero la señora nos dijo que hablaba acerca de la unión entre yugoslavos. Cuando terminó, mucha gente lo aplaudió. Él nos sonrió y nos hizo un high five a cada una.

19. Subase nomás

Eran menos de las seis de la mañana en Zagreb y estábamos esperando el tranvía para ir a tomar el tren hacia la costa de Croacia. Tengo la teoría de que los personajes que esconden las ciudades salen a esa hora, muchos recién se están yendo a dormir, otros quieren dar una vuelta antes de que la gente empiece con sus rutinas cotidianas. Este señor salió así, vestido de policía y con una guirnalda de globos —con dos colores de la bandera de Croacia—, entró al tranvía y se sentó como si nada. Tal vez le habían encargado que lleve los globos de un evento a la fiesta infantil de su hijo. O quizá iba a soltar globos en medio de una plaza. Quién sabe.

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20. ¿Y si hacemos dedo?

Al principio no lo pusimos como opción. El viaje por Serbia y Croacia iba a ser en tren. Pero una tarde en la que descubrimos que teníamos que esperar tres horas para tomar el próximo bus o siete horas para el próximo tren a Belgrado, tiré la idea al aire. “Lau, ¿y si hacemos dedo?”. Y claro. Nos paramos al costado de la ruta, ya era casi de noche y no sabíamos si el autostop funcionaría en Serbia. A los pocos minutos estábamos en un auto a Belgrado sin escalas. Siempre es cuestión de probar antes de decir que no se puede.

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21. Linda la pileta

Esta foto la sacó Lau en el Haludovo Hotel, uno de los lugares abandonados que exploramos en la costa de Croacia. No sé si es que la silla quedó ahí desde que el hotel cerró, o si algún otro explorador urbano la trasladó hasta el borde de la pileta para, como yo, sentarse e imaginar cómo habrá sido ese resort cuando todavía había huéspedes y la pileta se llenaba con champagne —eso dicen—.

22. Luka el fotógrafo

En una de nuestras casas de Couchsurfing lo conocimos a Luka, el menor de la familia que nos recibió. Al principio no se animaba a hablarnos mucho, pero siempre nos seguía de cerca y nos preguntaba Hungry?Thirsty? y se apuraba a traernos algo aunque le dijéramos que no se preocupara, que estábamos bien. Con las horas se fue soltando y empezó a sacarnos fotos. Primero de lejos, con el zoom, retratos cándidos, momentos espontáneos. Después entró en confianza y nos hizo posar, nos acomodó para la foto, se sacó autofotos con nosotras. Al final, además de hablarnos en croata, nos habló un poquito en inglés. Luka, el niño fotógrafo, nuestro amiguito croata.

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23. Cielo circular

Por fin llegamos a la costa croata. Nos quedamos dos días en Split, la segunda ciudad más grande de Croacia, y caminamos por el Palacio de Diocleciano, construido entre los siglos III y IV d.C. por encargo del emperador romano Diocleciano como lugar para su retiro. Hoy el palacio forma parte del centro de la ciudad de Split y es Patrimonio de la Humanidad. Está muy bien conservado y, al recorrerlo, uno se puede imaginar las cosas que sucedían en cada espacio. Cuando entramos a uno de sus anfiteatros nos encontramos con un grupo cantando a capella. Miré hacia arriba y me encontré con el cielo así, recortado con forma de círculo.

24. Arrancó el verano en Split

Yo sabía que la costa croata estaba de moda, pero no me imaginé que veríamos tanta gente. El verano empezó con todo. Zona por la que caminábamos, zona por la que nos cruzábamos con grupos turísticos sacando fotos, posando con los guardias, comiendo, tomando café en las escaleras, comprando pasajes, saliendo de los hoteles. Estos lugares con turismo tan masivo y concentrado me generan una sensación rara y al final me agobian un poco.

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25. ¿Vamos a la playa?

En los lugares con playa suele pasar lo mismo: en algunas los turistas son mayoría, y otras son más populares entre la gente local. A veces las turísticas son las más lindas y cristalinas, y las locales son menos de folleto; a veces es al revés: los locales conocen las playas más secretas y van ahí sin que se corra la voz. En el caso de Split, decidimos ir a una de las playas locales, ubicada muy cerca del centro de la ciudad. El agua nos llegaba por las rodillas, había nenes jugando a la pelota, la arena era un poco barrosa, estaba lleno de familias haciendo picnic y casi no había espacio en el agua. Pero con el calor que hacía, nosotras estábamos felices.

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26. Cuidado con los erizos

Una de las frases más repetidas de este viaje fue: “No quiero pisar los erizos”. En mi caso: “Lau, ¿hay erizos ahí? No veo sin anteojos…”. Las playas croatas con piedras están repletas de erizos, así que hay que tener cuidado porque debe ser bastante doloroso que te atraviesen un pie. Lau me contó que en las playas de Italia casi no hay porque se los comen. En Croacia siguen intactos, así que antes de entrar al agua miren bien.

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27. Hicimos couchsurfing en un barco sobre tierra

Las dos teníamos ganas de navegar por Croacia, de ir de isla en isla en velero, de nadar en esas playas turquesas de las fotos. Una tarde, Lau me dijo: “Conseguí couch en un velero”. Enseguida nos pusimos a saltar de alegría. Yo ya me veía como cuando crucé de Colombia a Panamá, feliz con el vaivén del agua, con esas gotitas de mar que me salpicaban en cada ola. “Ah, pero dice que su velero está en reparación, así que está sobre tierra”, me dijo Lau cuando terminó de leer el mensaje. Igual estuvo buenísimo. Compartimos el espacio del velero con tres francesas, y compartimos el espacio de la Marina con unos treinta barcos llenos de estudiantes de fiesta, así que tuvimos música, gritos y wooo-hooo hasta que salió el sol. Lau tenía tapones de oído. Yo no.

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28. Yo a Dubrovnik voy en barco

Dubrovnik fue la última parada de nuestro viaje. Desde ahí salía el avión que nos llevaría de vuelta a Barcelona (luego tomaríamos un tren hasta Francia). Si pudiera elegir un medio de transporte, iría por la vida en barco. Cuando vimos que podíamos llegar a Dubrovnik por tierra o por mar, ambas elegimos ir por agua. Así que nos subimos a un catamarán en Brac, isla cercana a Split, y unas cuatro horas después vimos las primeras imágenes de la costa de Dubrovnik. Hacía mucho calor y era domingo, así que el bus que iba del puerto al centro tardó bastante en pasar. Dejamos las cosas, salimos a caminar por el centro histórico y descubrí algo que me encanta: a pocos pasos del centro, pegada a la muralla, había una playa de piedras casi en medio de la ciudad. El mar era transparente y había gente saltando, así que hice lo mismo que ellos y me bañé con vista a Dubrovnik.

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29. Si la ropa está colgada, la ciudad está viva

“Me gusta ver la ropa colgada, ya que eso quiere decir que mi ciudad está viva”, nos dijo Marina, quien fue nuestra guía durante una mañana en Dubrovnik. Pienso lo mismo, me encantan las ciudades con la ropa tendida hacia afuera.

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30. El que madruga ve el mercado

Lau me dijo que quería levantarse bien temprano para ver el casco antiguo de Dubrovnik antes de que saliera demasiado el sol y se llenara de turistas. Si Split es una ciudad concurrida, Dubrovnik le gana con ventaja. Hace mucho que no caminaba por un lugar tan repleto de gente. Puse el reloj a las 6 y me levanté, Lau siguió durmiendo y como yo estaba medio desvelada, salí a dar una vuelta. Si van a Dubrovnik en verano, les recomiendo que salgan a dar una vuelta a esa hora. Van a ver otra ciudad: sin ruido, con muy poca gente, con un sol suave. Así pude ver cómo preparaban el mercado de frutas y flores y cómo preparaban a la ciudad, en general, para el resto del día.

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31. Me encontré este libro en la calle

Ese mismo día, mientras caminaba por Dubrovnik a las seis de la mañana, vi algo tirado contra una pared. Entró en mi radar enseguida: era un libro, y uno muy grande. Lo levanté y miré a mi alrededor, quizá a alguien se le había caído. Pero no, estaba rodeado de cajas de cartón, revistas y otras cosas que habrán considerado basura. ¿Cómo alguien puede tirar un libro a la basura? ¿Cómo pueden dejar un libro así? Me fijé a ver si había más pero no encontré nada. En la foto parece un libro finito, pero pesa más de un kilo. Me lo llevé, obvio.

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32. Cómo posan las chinas

Me percaté de que a los asiáticos les gusta mucho la fotografía cuando estuve en Asia. Posan, se sacan fotos en grupo, le sacan fotos a los turistas y suelen tener muy buenas cámaras. Cuando viajan son un show. Una vez viajé con tres chinas por China y se disfrazaron de mujeres de una etnia tradicional y hicieron una sesión de fotos frente a un lago. Lo juro. En Dubrovnik vimos bastantes turistas chinos y japoneses, y nuestra guía nos explicó que los chinos eran bastante difíciles de controlar. En este monasterio vimos por qué. Mientras las mujeres posaban, por turnos, los hombres oficiaban de fotógrafos de moda, les gritaban las indicaciones y les sacaban veinte fotos a la vez.

33. Las escaleras de Dubrovnik

Dubrovnik es una ciudad de escaleras: el centro está abajo y todas las calles suben desde ahí. Lo bueno es que cuanto más arriba vas, menos gente hay y más escenas como estas se ven. El señor sentado en la puerta de su casa, al sol, fumando un cigarrillo. La nena barriendo cada escalón de su cuadra.

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+1 en Francia

Esta foto es en Saint Jean de Luz, uno de los pueblos del país vasco francés, muy cerca de Biarritz, donde viví por nueve meses. Después del viaje por Serbia y Croacia, le dije a Lau que se viniera unos días a conocer mi casa y la región. El viaje de vuelta desde Dubrovnik fue una odisea: tomamos el avión a las 10 de la mañana, llegamos al mediodía a Barcelona y nos subimos al tren que iba hasta Irún, en la frontera entre el País Vasco español y francés. Llegamos a Irún a las 10 de la noche, y como era verano todavía había luz. El problema era que teníamos que ir de ahí a Biarritz, a 32 kilómetros, y a esa hora ya no pasaban buses ni trenes. No quedaba otra que hacer autostop. Era muy jugado: quedaban pocos minutos de luz y había empezado a lloviznar, además no había un buen lugar donde pararse en la ruta.

Nos pusimos en una salida, muy pero muy mal posicionadas, y a los cinco minutos frenó un señor que ofreció llevarnos a un lugar mejor. Nos dejó en otra ruta y nos quedamos ahí, casi a oscuras y sin gente. Se largó a llover. A los cinco minutos frenó una pareja francesa de unos 60 años. Nos dijeron que iban a Saint Jean de Luz, a 15 kilómetros de ahí. Nos subimos. Estábamos en una situación bastante límite así que cualquier trayecto, por más corto que fuera, nos venía bien. El señor hablaba algo de español y yo me defendí como pude con el francés. A mitad del viaje nos dijeron: “Chicas, las vamos a llevar hasta Biarritz, no podemos dejarlas en el medio de la nada, de noche y con lluvia”, y nos dejaron en la puerta de mi casa. Fue un gesto que me emocionó. A veces no sé cómo agradecer estas cosas, porque ellos no tenían obligación de llevarnos, pero confío en que la vida les devolverá la buena acción. Y sepan que estos gestos son mucho más reales y frecuentes que todas esas noticias horribles que nos muestran los diarios para generarnos miedo de vivir. Cambio y fuera.

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Desafío Serbia Croacia, un viaje en conjunto con Lau de Los Viajes de Nena. [/box]

Carta de despedida a Biarritz

Me cuesta escribir esto sin ponerme triste. Llegué a Biarritz por primera vez hace poco más de un año, el verano pasado, sin saber que me quedaría a vivir por nueve meses, que caminaría tanto por estas calles, que vería el faro cubierto de niebla y cubierto de sol, que odiaría su lluvia y amaría su mar. Vine porque dos personas no conectadas entre sí me dijeron, casi con las mismas palabras, que si quería aprender surf tenía que ir a Biarritz, y a mí esa palabra se me quedó pegada. No sabía nada de Biarritz ni de surf y sin embargo vine, llegué un día en el que estaba a la deriva, en una época en la que me sentía sin rumbo y en la que todo me daba un poco igual. Y a primera vista la ciudad me pareció de las más lindas que vi, pero no me sentí cómoda y quise irme. Unas horas después conocí a alguien y las cosas cambiaron. Y me quedé. Nos quedamos. Nueve meses viviendo juntos acá.

Desde mi cuarto.

Desde mi cuarto.

La vista desde mi ventana

La vista desde mi ventana

Las postales frente a mi escritorio.

Las postales frente a mi escritorio.

Mis grullas.

Mis grullas.

Escribo esto todavía en Biarritz, sentada en mi escritorio de vidrio al lado de la ventana, con vista a un jardín que todavía es mi jardín, mirando la pared llena de postales que aún no despegué. Frené acá porque necesitaba esto: un espacio de trabajo, un hogar y un amor. Me sentía muy huésped y muy sola, y estaba cansada de moverme de un lado a otro sin parar. Mi límite de viaje en continuado es un año, después de eso ya me canso, pierdo la capacidad de asombro, no tengo ganas de ver lugares nuevos y me surge la necesidad de detenerme. Acá volví a tener la rutina que tanto necesitaba: empecé natación, fui al cine, llené las alacenas, jugué al Super Mario, miré películas, me abrí otro blog, recibí postales y escribí mucho, un montón. Escribí otro libro, aunque el capítulo de Biarritz todavía ni lo empecé, dicen que hay que escribir acerca de un lugar cuando uno ya se fue.

Además me compré libros.

Además me compré libros.

y zorritos.

y zorritos.

Amo mi jardín.

Amo mi jardín.

Recibí cartas.

Recibí cartas.

Y ahora me toca despedirme de prepo, porque no sé si nos iríamos si la situación fuese distinta. Acaba de empezar el verano, la mejor época del País Vasco, ya no llueve, el mar está calentito, la gente está contenta, hay luz hasta las diez de la noche y uno casi se olvida de que acá existió el invierno. Pasamos seis meses bajo lluvia, con caracoles trepando por las paredes, hongos expandiéndose por el techo, olor a humedad en el baño, las toallas siempre mojadas, sabañones en los pies, y ahora tenemos que irnos porque la dueña de la casa-cueva cuadruplica sus precios durante los meses de verano y si Biarritz ya era cara en invierno ahora es imposible. Mi casa-cueva ya no esta, será otra, será muchas. Se nos terminó el contrato, el primero que firmé con un chico, sin pensarlo, cuando me dijo quedate a vivir conmigo acá, estemos juntos, quiero estar con vos.

La playa

La playa

Una rotonda

Una rotonda

Cerca de casa

Cerca de casa

Durante estos meses en Biarritz me di cuenta de que el clima afecta mucho mi estado de ánimo. Tuve tristeza de invierno —autodiagnosticada—, lloré cada vez que llovía, me enojé cuando no salió el sol durante dos semanas, me dio rabia ver que el servicio meteorológico anunciaba lluvia con cien por ciento de probabilidades para los próximos diez días, dije un montón de veces que me iba para Argentina, que chau, que empaco todo y ya fue, que no quiero estar más acá, que estoy pasada por agua, que no me banco más el viento y esa garúa fina que me corroe. Me consolé con macarrons, con chocolate, con cafés con leche, con películas y series, con los abrazos de L. Me sentí mejor —y peor, por improductiva— quedándome en la cama hasta tarde, leyendo mis libros con dos frazadas encima. Aprendí que a veces eso también está bien, que no puedo estar todo el tiempo forzándome a hacer cosas, que los descansos son tan importantes como el trabajo.

Vidrieras

Vidrieras

Peluquería

Peluquería

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Cosas que veo en mis caminatas de todos los días

Cosas que veo en mis caminatas de todos los días

Aprendí a medir el paso del tiempo de otras maneras. En esta casa los relojes nunca estuvieron en hora y tampoco tuve calendarios, hasta hace poco, pero supe que los meses pasaban porque vi mi pared llenarse de postales, porque vi el ciclo de las mareas, porque a L. le crecían los rulos, porque el sol fue saliendo cada vez más temprano y escondiéndose más tarde. Supe que había empezado la primavera cuando escuché a dos pájaros cantar al lado de mi ventana a las tres de la mañana y recordé que ese sonido existía. Y ahí me di cuenta de que esta fue la primera vez que pasé un invierno, mejor dicho: que hiberné en una cueva. También me volví más friolenta, supongo que de tanto invierno, y un poco más miedosa, quizá por tanta lluvia.

Junto con la primavera llegó una inquilina nueva a la casa, y ahí empecé a practicar el arte de la paciencia y a decirme ya está, es hora de empacar, con nuestras cosas a otro lado, esta casa ya no es nuestro espacio. Así que me despido sin despedirme, porque todavía sigo acá, aunque en cuenta regresiva, tres, dos, uno. Caeré cuando estemos en la próxima ciudad, en algún lugar sin humedad y sin mar. Nunca, jamás, hubiese pensado que iba a quedarme a vivir en Francia. Ni aunque me lo hubiese dicho mi astróloga, que, si mal no recuerdo, alguna vez me lo mencionó. Tampoco pensé que iba a encontrar mi hogar en un chico francés, siempre dije que los franceses eran lindos pero que no los terminaba de entender, y mirá. Ahora nos toca ir a los dos a mi país, a construir otro hogar transitorio en Buenos Aires y después veremos dónde más. Y por primera vez lloro mientras escribo un post, no sé si de tristeza por la partida, de alegría por irme acompañada, de emoción por volver a Buenos Aires, de felicidad por todo lo que nos espera, de ansiedad por las ganas que tengo de hacer un viaje largo por Argentina, o de hipersensible porque me está por venir (debe ser eso). Pero nunca viví tanto tiempo en otro lugar que no fuese Buenos Aires y todo eso me genera una procesión. Además hace casi dos años que no vuelvo a Argentina, y me parece demasiado.

Arco iris de hortensias

Arco iris de hortensias

La Grande Plage

La Grande Plage

Balcones

Balcones

Chau Biarritz, siempre me despido de personas, ahora me toca despedirme de un lugar. Ni sé cómo hacer: ¿salgo a caminar? ¿Saco la basura por última vez? ¿Me meto al mar? ¿Cómo se le dice chau a un hogar? Te deseo que sigas con buen clima, que los turistas no te maltraten mucho, que alguien se enamore de vos, que cuiden tus hortensias, que sigas recibiendo surfers y que le des un buen susto al hombre que escupe. No sé si volveremos, tampoco sé si será lo mismo si volvemos, pero yo me llevo mi mapa subjetivo de tus calles y toda la inspiración que me diste, y eso para mí es lo más valioso. No te lo quería decir, pero si bien te nombré un montón de veces, hay mucha gente que sigue pensando que viví estos nueve meses en París, y qué tendré que ver yo con París, te estarás preguntando. Nada, estás mucho más cerca de España que de París, sos parte del País Vasco, tenés mar. Solo quiero que sepas que L. y yo siempre tendremos Biarritz. Gracias por eso.

À bientôt ! ¡Hasta pronto!

A.

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Publicado desde Estrasburgo, en la otra punta de Francia, con calor y nostalgia.

Desafío Serbia Croacia: final del juego

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Con Lau en las escaleras de Dubrovnik, Croacia

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Después de nuestro primer Escape Room en Belgrado (no logramos salir a tiempo, pero estuvo buenísimo)

Si bien volvimos hace ya casi un mes —el tiempo pasa demasiado rápido— recién ahora le estamos dando un cierre mental y formal al viaje por Serbia y Croacia. Por si se perdieron de algo, así quedó la lista final de desafíos:

Desafío Serbia Croacia (y acá la intro de Lau)

Desafío #1: buscar tesoros en Zagreb

Desafío #2: encontrar el corazón de Zagreb (Lau)

Desafío #3: dejar que nos lleve el azar

Desafío #4: escapar en Belgrado (Lau)

Desafío #5: encontrar a Kusturica

Desafío #6: no dejar pasar el tren (Lau)

Desafío #7: explorar lugares abandonados

Desafío #8: hacer barcoestop (Lau)

Desafío #9: no comer pizza

Desafío #10: poder gritar a los cuatro vientos “This is Croacia!” (Lau)

Desafíos cumplidos y no cumplidos (y otros más o menos):

Luz del atardecer en Milna, isla de Brac, Croacia

Luz del atardecer en Milna, isla de Brac, Croacia

Estos son los desafíos que nos planteamos antes de hacer el viaje. Algunos los cumplimos y otros no, y en el medio surgieron cosas nuevas.

[wc_fa icon=”check” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] Hacer una búsqueda del tesoro. Soy muy fan de estas cosas (por algo casi muero cuando conocí Geocaching), así que usamos Zagreb como escenario de juego y encontramos de todo.

[wc_fa icon=”check” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] Fotografiar lugares abandonados. ¡Con éxito! Este era uno de los que más quería hacer.

[wc_fa icon=”check” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] Hacer barcoestop. Ponele que sí: nos subimos a un kayak, a un barco a motor y a un jetski gracias al poder de la palabra. Nos faltó hacer un tramo más largo, pero para ser la primera vez nos conformamos (la que lo cuenta mejor es Lau).

Acá estoy, contentísima, en una lanchita (amo navegar)

Acá estoy, feliz, en una lanchita (amo navegar)

[wc_fa icon=”check” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] Hacer un tour gastronómico. Digamos que comimos todo lo que pudimos.

[wc_fa icon=”meh-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] Aprender el alfabeto cirílico. Esteeeemmm… Intenté aprenderlo antes de salir, incluso lo llevé escrito, pero la verdad que no puedo leer todo.

La prueba de mi esfuerzo

La prueba de mi esfuerzo

[wc_fa icon=”times” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] Aprender un baile típico de los Balcanes. Esta te la debo. Soy de madera y creo que si me ponía a bailar, una de dos: me empezaban a dar monedas o me deportaban por tener poco ritmo.

[wc_fa icon=”check” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] Hacer el “fotógrafo programado” en el tren. Este es un juego del libro “Turista lo serás tú” que consiste en ponerse una alarma y sacar una foto a intervalos regulares de tiempo. Lo hicimos y los resultados están en el post de Subotica.

[wc_fa icon=”times” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] Aprender a preparar un plato típico de los Balcanes. ¿Lau? ¿Vos aprendiste? Queda para la próxima, estábamos muy concentradas en comer más que en cocinar…

La parte de comer me la tomé muy enserio. Por si se preguntan, estábamos haciendo picnic adentro de un velero.

La parte de comer me la tomé muy enserio. Por si se preguntan, estábamos haciendo picnic adentro de un velero.

[wc_fa icon=”times” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] Usar todas las formas de desplazamiento posibles. Fuimos en: avión, tren, bus, a pie, kayak, moto de agua, ferry, lancha. Nos faltó la bicicleta y el burro!

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También nos faltó este carrito (Split, Croacia)

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y este! (en Belgrado, Serbia)

Los lectores nos propusieron, entre otras cosas:

* Dormir en un castillo. No vimos ningún castillo en este viaje, pero dormimos en una estación de tren que era lo opuesto del castillo y parecía más bien un escape room.

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Por suerte tengo la capacidad de dormir sobre cualquier superficie.

* Documentar la tumba más antigua de un cementerio. Yo juré que sí, que la habíamos encontrado y que era la de la foto. Después me di cuenta de que no.

Leí mal el mapa del cementerio y pensé que la tumba más antigua era esta. Resulta que no (creo que esta ni es una tumba), estaba cerca, cubierta de hojas.

Leí mal el mapa del cementerio y pensé que la tumba más antigua era esta. Resulta que no (creo que esta ni es una tumba), que la más antigua estaba ahí cerca, cubierta de vegetación.

* Tomarse fotos con la persona más extraña. Hubo muchas personas extrañas, en esta foto salimos con un croata que nos levantó haciendo autostop y que se reía de absolutamente todo lo que le decíamos (Lau y él hablaban en alemán, yo solo asentía). No fue el más extraño pero sí el más cómico.

El conductor risueño

El conductor risueño

* Que una pareja serbia o croata nos cuente su historia de amor. A medias, porque faltó él. En Croacia conocimos a J., una mujer que está casada hace más de dieciséis años pero que hace diez años solo ve a su marido durante diez días cada mes y medio, ya que él trabaja en otras partes de Europa. Nos contó de los viajes que hacen juntos cada vez que él vuelve, de cómo ella se tiene que quedar en casa con los hijos, de cómo se dedica a cuidar el jardín. Nos mostró fotos de la construcción de su casa y nos contó que entre ella y su marido levantaron las paredes y techos del hogar en el que nos estábamos quedando. Si eso no es amor…

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Un detalle de su jardín

* Encontrar el Sistema Solar de Zagreb. Nos faltaron algunos planetas, pero fue una búsqueda divertida. (Cuento de qué se trata en el post de Zagreb).

Uno de los planetas del Sistema Solar de Zagreb

Uno de los planetas del Sistema Solar de Zagreb

* Y un lector me pidió lo siguiente: “Mi desafío sería que logres parar 3 minutos en la calle, en una de esas calles tan hostigadas por los conflictos y nos dejes una reflexión de lo que te genera”. Un lugar donde la historia reciente se ve es en esta esquina de Belgrado, donde está el Ministerio de Defensa que fue bombardeado en 1999 por la OTAN:

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Me da escalofríos y tristeza ver estas cosas. En general solemos ver fotos así en los diarios, y casi siempre corresponden a países que creemos lejanos y que parecen formar parte de otra realidad, y eso hace que naturalicemos estos eventos horribles. Eso pasa allá, en un país que no conozco y que no es el mío, yo no puedo hacer nada. Pero no debería ser así. Más allá de que viajar esté buenísimo, creo que una de las cosas más positivas es que genera una empatía que no se logra de otra forma. A mí, en lo personal, nunca dejará de afectarme lo que pasó y pasará en los lugares en los que estuve: tiemblo cuando hay terremotos o erupciones volcánicas en Indonesia porque allá tengo gente que quiero, los desastres naturales de Filipinas me duelen porque recuerdo a toda esa gente que me recibió tan bien, sufro cuando se cae un avión con malayos porque pasé mucho tiempo en su país y los siento muy cercanos, y así me pasa con todos los lugares que voy conociendo. Uno suma países en la lista y a la vez va sintiendo propios los conflictos, las tristezas y las alegrías de cada uno de esos lugares y esas personas.

Antes, quizá, ver una foto de Belgrado en llamas no me hubiese causado tanto impacto y tristeza como ahora —recién buscaba información de los bombardeos y vi imágenes de los edificios prendidos fuego—, porque caminé por Belgrado, recibí una enorme hospitalidad de parte de la gente, conocí a mi lectora serbia, me encariñé con la gente, le puse una cara a la ciudad y a sus habitantes, y me di cuenta de que sí, los serbios también son parecidos a nosotros, porque todos en todas partes somos parecidos. Y así como el bombardeo fue en Belgrado, podría haber sido en Buenos Aires. Y no es justo que estas cosas pasen, que se crea que los conflictos se resuelven con violencia, que tirando bombas se logra la paz. No creo que los viajes sean la respuesta a todo, pero sí creo que cuanto más conozcamos a los que viven en otras partes del mundo, cuanto más veamos que somos iguales y que lo único que cambia es lo cultural, más empatía sentiremos hacia el otro, hacia ese otro que antes solo veíamos en los diarios y considerábamos muy lejano, y menos prejuicios habrá.

Una gran opción para aprender acerca de la historia de la región es hacer el "Communist Walking Tour" en Belgrado. Más que de comunismo, habla de Yugoslavia. Dura unas cuatro horas, cuesta €10 y es muy interesante. Ya lo recomendaré en la guía práctica, pero para que lo tengan en mente.

Una gran opción para aprender acerca de la historia de la región es hacer el “Communist Walking Tour” en Belgrado. Más que de comunismo, habla de Yugoslavia. Dura unas cuatro horas, cuesta €10 y es muy interesante. Ya lo recomendaré en la guía práctica, pero para que lo tengan en mente.

Él fue nuestro guía, en esta foto vestido de yugoslavo, frente a la tumba de Tito.

Él fue nuestro guía, en esta foto vestido de yugoslavo, frente a la tumba de Tito.

Un mini desafío de yapa:

Antes de viajar, cuando vi la arquitectura de Belgrado en fotos, soñé con convertir la ciudad en un set de fotografía, en usar a Lau de modelo (o a quien se ofreciera) y hacer que tanto ella como las paredes de la capital serbia fuesen las protagonistas de las imágenes. Pero en Belgrado se empeñó en llover, llover y llover. Así que, como el clima ni el humor estaban para fotografía callejera, Lau y yo nos propusimos un mini desafío (creo que también salido de Turista lo serás tú): escribimos seis elementos en papelitos, sacamos tres cada una y durante todo el día nos dedicamos a buscar y fotografiar solo esas cosas. A mí me tocó: “cirílico”, “mapas” y “Tito” (el presidente de la ex Yugoslavia). Háganlo, es un muy buen ejercicio de atención. Acá algunos de mis resultados:

Cirílico:

Mapas:

Tito:

Y algunos pensamientos y conclusiones personales:

* Nos fuimos de viaje por Serbia y Croacia pensando que sería parecido al viaje por Islandia —en ambos usamos el formato de los desafíos— y nos dimos cuenta de que no: cada lugar invita a viajar de manera distinta y propone otras interacciones.

Islandia fue el contacto total con la naturaleza y el delirio permanente, allá no paramos de reírnos, quizá a causa del sol de medianoche, y nos tomamos casi todo para la chacota —esta expresión debe tener más años…—. Además, en Islandia nos sentimos demasiado seguras y eso hizo que nada nos diera miedo: hicimos dedo a las dos de la mañana —con la luz del sol—, golpeamos puertas para pedir frazadas, abrazamos islandeses, revolvimos la basura —que no nos recuerden solo por eso, por favor—, rescatamos patos, adoptamos chinos.

Si bien Croacia y Serbia no tienen esa naturaleza despampanante de Islandia (¿hay algún otro país que la tenga?), están repletos de paisajes rurales y urbanos lindísimos.

Si bien Croacia y Serbia no tienen esa naturaleza despampanante de Islandia (¿hay algún otro país que la tenga?), están repletos de paisajes rurales y urbanos lindísimos.

Serbia y Croacia fue un viaje distinto, no tan propenso al delirio —si bien nos reímos como de costumbre— sino más orientado a lo cultural e histórico, y eso hizo que los desafíos tomaran otra forma. En ambos países nos sentimos muy seguras y muy bien recibidas por la gente —los serbios deben ser las personas más hospitalarias y simpáticas que conocí hasta ahora—, pero los desafíos no fueron tan fáciles: en Islandia las cosas aparecían solas, en Serbia y Croacia tuvimos que buscarlas un poco más. Me gusta que no hayamos repetido los mismos desafíos que en Islandia, aunque, quien sabe, quizá en un viaje futuro también vayamos con la misión de abrazar ¿palestinos? y de dar la vuelta a ¿Australia? a dedo. Y ya iremos en busca de Murakami cuando hagamos el DesafíoHawaii…

En Croacia hicimos autostop con esta vista...

En Croacia hicimos autostop con esta vista…

* El viaje por Serbia y Croacia tuvo fecha de inicio y de fin (del 20 de mayo al 10 de junio) y eso nos obligó a aprovechar mejor el tiempo y a movernos más, pero a la vez nos permitió improvisar menos. Nos hubiese encantado pasar más días viajando en tren, quedarnos más tiempo en las casas de nuestros couch, poder estar un poco más a la deriva, ir a buscar a Kusturica a Bosnia y probar muchas más comidas, pero al tener los días contados no es tan fácil entregarse al azar porque aunque uno no quiera, hay un itinerario por cumplir y un avión que se va. Creo que está bueno viajar de ambas maneras, pero para mi próximo viaje por los Balcanes pienso ir sin fecha de vencimiento y pasar ahí varias semanas o meses. Esto fue un muy buen trailer, pero me quedé con ganas de más.

La lavandera de "la máquina del tiempo de Zagreb"

La lavandera de “la máquina del tiempo de Zagreb”

* Destaco mucho la hospitalidad y buena onda de la gente local. Nunca vi tanta buena voluntad para comunicarse, sobre todo en Serbia donde se habla menos inglés. Todas las personas que conocimos, toda la gente a la que le pedimos indicaciones, todos los que nos levantaron cuando hacíamos dedo tenían una simpatía y amabilidad desbordante. Nos sentimos acompañadas y seguras durante todo el viaje y eso, para mí, hace la diferencia. Cuanto más cálida es la gente, más ganas me dan de volver.

Con una familia de Couch en Croacia :)

Con una familia de Couch en Croacia :)

* Belgrado es una ciudad que me gustó mucho y que me generó ciertas procesiones internas, sobre todo en lo referido al homesickness que vengo sintiendo hace un tiempo. Al caminarla me acordé mucho de Buenos Aires, aunque no se parezcan tanto, y me hice una pregunta que aún intento responder: ¿Cuál es la esencia de Belgrado? ¿Qué la hace ser como es? ¿Los edificios antiguos, la fiesta, las panaderías, la simpatía de la gente, la historia? ¿O la esencia es algo distinto para cada persona que la habita? Y después traspasé eso a otras ciudades, a mí misma y a la vida, en general. Le debo un post a Belgrado, ya lo dije y lo haré pronto, cuando todos los pensamientos que tengo terminen de macerar.

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Esquinas así, a mí, me recuerdan a Buenos Aires (sacale el cirílico…)

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Belgrado bajo lluvia

* Me gustó mucho el tren como medio de transporte en esta parte de Europa. Creo que en los Balcanes el tren sigue conservando esa atmósfera propensa a los encuentros y conversaciones espontáneas, cosa que en los trenes de, por ejemplo, Francia, no siento tanto. Además, son ideales para hacer trayectos nocturnos porque los asientos se estiran y se convierten en camas. La gente local no suele recomendar viajar en tren porque dice que es un transporte lento, lo cual es cierto, y ahí está su encanto. Los paisajes que se ven por la ventana son lindísimos y además es más barato y más cómodo que ir en bus.

Esta foto me la sacó Lau, se ve que estaba concentradísima porque ni me enteré.

Esta foto me la sacó Lau, se ve que estaba concentradísima porque ni me enteré.

* En cuanto al relato del viaje, me gustó mucho ir contando todo de manera fotográfica a través de Instagram. Todas las noches, cuando el sueño no me ganaba de mano, subía cuatro o cinco fotos de cosas que habíamos hecho o visto durante el día. Me siento cómoda en ese formato y es algo que intentaré hacer cada vez más durante mis viajes. También me di cuenta de que cuando viajo con fechas delimitadas me cuesta mucho sentarme a trabajar en la compu porque siento que estoy perdiendo el poco tiempo que tengo para ver el lugar. En Serbia y Croacia tuvimos un ritmo bastante más acelerado al que estoy acostumbrada, nos movimos mucho e intentamos aprovechar cada minuto, así que me resultó difícil publicar con más frecuencia acá en el blog.

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Acá con mi segunda cámara: el teléfono. Juro que no me estaba sacando una selfie.

Acá con mi segunda cámara: el teléfono. Juro que no me estaba sacando una selfie.

Sé que me queda mucho por contar, que todo esto que les muestro es solo la punta del iceberg. Serbia y Croacia son países con una historia muy compleja y es difícil para mí escribir al respecto conociéndola tan por encima. Si van a viajar para allá, es bueno saber lo que pasó porque hay muchos elementos de la historia que siguen presentes, sobre todo en lo referido a la ex Yugoslavia, la influencia austro-húngara y turca, Tito, las guerras. Este fue un viaje para procesar de a poco. Puede que incluya un capítulo en mi próximo libro, cuando tenga las ideas más ordenadas, y también iré subiendo más cosas al blog. Pero todo a su ritmo.

¡Gracias por acompañarnos en estos desafíos!

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Desafío Serbia Croacia, un viaje en conjunto con Lau de Los Viajes de Nena. Nos fuimos tres semanas a Serbia y Croacia con diez desafíos por cumplir y los relatamos en nuestros blogs, yo los impares y ella los pares. Pueden leer el post de cierre en el blog de Lau. Esta semana publicaré un relato fotográfico (me quedó mucho por mostrar) y dentro de un tiempito la guía práctica. Agradecemos el apoyo de Eurail, Visit Zagreb, Experience Dubrovnik y Turismo de Serbia en este viaje de desafíos.[/box]

Desafío Serbia Croacia #9: no comer pizza

La pizza me parece un alimento glorioso. Me encanta en todos sus formatos: la pizza a la piedra, la de molde, amasada en casa, a la parrilla, la de ayer, la recién hecha y la de Güerrín (una pizzería muy famosa de Buenos Aires), que chorrea muzzarella por los costados. Y si no hay otra cosa, también acepto pizza congelada o de cadenas de fast-food, esas que vienen con los bordes todos blandos y rellenos de queso gomoso. La pizza es infalible: sirve de cena o de snack, se puede comer al paso o en reuniones, con la mano o con cubiertos (aunque no lo recomiendo, la pizza se come con la mano).

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Mis preferidas son la de muzzarella y fugazzeta, pero acepto la que venga —excepto la pizza con pedazos de albóndiga o con sardinas, eso ya me parece mucho—. Lo que sí, soy fan de una pizza tan polémica como el mazapán: la hawaiana, pizza con jamón, muzzarella y ananá (y si tiene palmitos y salsa golf mejor). Todavía no conozco el paraíso de la pizza (léase: Italia) pero creo que en Argentina estamos bastante bien.

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¿Por qué no comer pizza en este viaje, entonces? Porque sabíamos que tanto en Serbia como en Croacia la pizza estaría por todos lados y sería la salida fácil y económica al hambre, y no es que quisiémos gastar mucho en comida, sino que estábamos dispuestas a probar otras cosas. Qué curioso: cuando estaba viajando por Asia y quería darme un gusto occidental, pedía pizza. Allá no había mucho queso ni pan así que la pizza era un lujo caro —en comparación con los precios de los platos locales—. Esta vez, el objetivo no sería encontrarla sino evitarla.

Antes de viajar me armé una lista de todos los platos que quería probar. Decía algo así:

[box type=”star”]Serbia:

Plescavika: varios tipos de carne (al menos dos de los siguientes: cerdo, vaca, cordero) hechos hamburguesa, a la parrilla y con acompañamientos. Uno de los platos típicos de Serbia.

Cevapi: otro plato nacional que llegó a los Balcanes durante el período otomano. Es similar al kofte kebab turco, a base de carne picada (de vaca, cordero o cerdo), servido con cebolla, crema, queso cottage, kajmak (producto lácteo hecho de leche de búfalo, vaca, oveja o cabra), ajvar (pasta de pimientos rojos) y sal.

Burek: empanada o pastel elaborado con yufka (masa filo) y relleno con queso, carne picada o verduras.

Gibanica: pastel tradicional hecho con queso blanco y huevos. Se sirve de desayuno con yogur natural, también se come durante eventos tradicionales o celebraciones.

Punjena paprika (tradicional de Serbia y de Croacia): pimientos rellenos con carne, arroz y salsa de tomate.

Corbast pasulj: sopa o guiso de habas, cocinado lento, con cebolla y paprika.

Proja: un tipo de pan de maíz con queso blanco.

Riblja corba o fiš paprikaš (plato típico de Serbia y Croacia, aunque originario de Hungría): sopa picante de pescado de río.

Café turco: leer esta frase ya me emocionó: “In Serbia, for some, drinking coffee is a full-time job”. Para mí también debería serlo.

Croacia:

En esta lista fui más general, porque Croacia tiene todas las comidas que me gustan:

Comida de mar (lo que sea, algunas ideas: pulpo, calamar, camarones, atún, salmón)

Comida mediterránea: aceitunas, quesos, verduras frescas, fruta, platos fríos

Pastas. Muchas.

Helado.

Café.[/box]

Pero antes de que empiecen a salivar tengo que advertirles varias cosas: uno, así como soy barrilete y termino yendo a todos los lugares que no planeaba ir —y no voy a los que sí quería— soy igual con la comida. Me sería imposible hacerme un cronograma gastronómico y probar todo ya que casi siempre terminan decidiendo mi estómago, el azar y los precios. Dos, no me gusta tanto la carne, prefiero todo lo que provenga del mar, así que si tengo opción elijo eso, por eso no suelo comer muchos platos con carne. Tres, en los viajes donde la hospitalidad de la gente está presente, la comida lo elige a uno, más que al revés.

Esta fue nuestra ruta y así nos alimentamos en este #DesafíoSerbiaCroacia:

* Zagreb: café, dulce de leche, ñoquis y empanadas argentinas

Fue casualidad. En general no ando buscando comida argentina en otras partes del mundo ya que prefiero probar lo local y tengo la convicción de que nada se prepara tan bien como en su lugar de origen, pero si la comida argentina me encuentra, tampoco voy a decirle que no. Además, Croacia tiene mucha influencia italiana, al igual que Argentina, así que era lógico que estas cosas pasaran. En Zagreb solo faltaron las milanesas.

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Les voy a dar ideas de precios, por si vienen por estos lados. Un café como este, alrededor de €1,50 (con decoración y todo)

Los croatas son grandes bebedores de café. Yo también. De esa combinación solo podían salir cosas buenas.

En Croacia se consumen cinco kilos de café por persona por año. Allá las cafeterías no son lugares de paso sino puntos de encuentro, lugares de reunión donde se socializa frente a un café que se enfría tras tanta conversación. Esto es herencia del Imperio Austro-Húngaro y del Imperio Otomano, dos culturas muy tomadoras de café que tuvieron mucha influencia en Croacia. Yo feliz, porque una de mis actividades preferidas cuando estoy de viaje es hacer una pausa en un café y, si estoy sola, sentarme a escribir en mi cuaderno. En Europa, en general, una taza de café cuesta alrededor de un euro (depende del lugar).

Un croata me preguntó cuánto tiempo tardaba en tomarme un café:

—No sé, un rato… Me gusta tomarlo despacio.

—Yo puedo estar tres horas con una misma taza. Hace poco fui a tomar café con unos huéspedes de Estados Unidos y se lo tomaron enseguida.

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Si andan con nostalgia, el dulce de leche lo consiguen en el restaurante Mundoaka Street Food, en Zagreb. Como catadora de dulce de leche que soy (lo amo), me di cuenta de que la versión europea es un poco menos dulce y menos espesa que la argentina (allá somos muy exagerados con el azúcar). Este pote fue cortesía de Tom, el dueño del restaurante, y nos lo comimos a cucharadas, así que si pasan por ahí denle saludos de nuestra parte!

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Las empanadas son caseras y fueron cortesía de Dalma, nuestra guía en Zagreb, una croata nacida y criada en Argentina. Nos hizo de pollo y de carne y estaban buenísimas.

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Estos ñoquis estaban tan buenos como parecen. Este plato costó 44 kunas (€5,80) en un restaurante bastante turístico, así que seguro se consigue por menos.

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También pedimos estos ravioles con muzzarella gratinada al horno. No estaban tan buenos como en la foto. El precio fue el mismo que el plato de ñoquis.

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Dimos una vuelta por el mercado. La señora de la foto nos ofreció un pedacito de kukuruzni kruh (pan de maíz) para probar. Los mercados siempre son buenos lugares para comprar productos bien frescos y típicos de la región.

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Y otra de las vendedores nos ofreció unas fetas de fiambre picante.

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Este fue uno de nuestros desayunos en Zagreb, la capital de Croacia, en el Swanky Mint Hostel.

* Belgrado: ¿alguien dijo panaderías?

Belgrado me hizo acordar mucho a Buenos Aires —ya escribiré un post de la capital serbia y de todos los sentimientos de homesickness que me generó—. Ya sabía que en Serbia también hay mucha cultura del café, pero no esperaba encontrar tantas panaderías con tantas cosas ricas.

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Esta es la sección salada de la panadería

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Los pancitos de arriba son dulces, están rellenos de mermelada de durazno (Lau se hizo adicta)

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Si no me equivoco, esto es “beigli”, una torta húngara rellena de semillas de amapola

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Comida al paso: sandwiches por €1,50 o menos. La comida en Serbia es muy barata.

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Pancito relleno de queso fresco.

El pan es una de las bases de la comida serbia: al igual que en Argentina (donde comemos todo con pan), los platos que contienen arroz, pasta y papas también se acompañan con pan. Debe haber una panadería por cuadra, y la verdad que todo lo que probamos fue delicioso y muy barato.

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Un tipo de burek

Un tipo de burek

La comida serbia tiene raíces comunes con la gastronomía griega y turca, también tiene influencias Austro-Húngaras —sobre todo en los postres— y mantiene elementos de la antigua Yugoslavia. Uno de los platos más conocidos —y presente en toda la ex Yugoslavia— proviene del antiguo Imperio otomano: el burek o börek. Es una empanada o pastel hecha con masa filo y rellena con queso blanco, carne picada o verduras. Hay de varias formas, tamaños y presentaciones: en Serbia, por ejemplo, suele hornearse en una cacerola redonda y quedar con esa forma, mientras que en Bosnia la masa se enrolla. Hay bureks alargados, rectangulares, triangulares. cuadrados. Algunas panaderías modernas lo ofrecen relleno de papa, manzana o setas.

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Las kavanas (coffee houses, cafeterías) están por todo Belgrado. En realidad, esta costumbre está presente en toda la antigua Yugoslavia. Como dije, me encanta el café y me encanta el ritual del café, sola o acompañada. Pasamos varias horas en kavanas de Belgrado, descansando y escribiendo, y vimos cómo las mesas se iban llenando de grupos de amigos y conversaciones. Lo más común es tomar café turcopropio de Turquía y declarado Patrimonio de la Humanidad. Se prepara con café arábigo y tiene una consistencia mucho más espesa, casi como harina.

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Me quedó un corazón en la borra del café (este no es café turco, era un café con leche)

Esta fue una de las pocas veces que comí carne durante el viaje. Estábamos apuradas —creo que íbamos a algún walking tour— y teníamos hambre, así que buscamos algo rápido. Pedimos estas hamburguesas y nos gustaron tanto que volvimos al día siguiente por más.

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Precio: menos de 3 euros

Cuando me enteré de que en Belgrado había un bar de hummus me emocioné. En Budapest me la pasé comiendo falafel y nunca volví a encontrar uno tan rico, hasta Belgrado. Me encanta la comida de Medio Oriente, amo el hummus (pasta de garbanzos), el falafel (albóndigas de garbanzo), el pan pita y todo lo que se pueda combinar con esos ingredientes. En Belgrado comimos este pita relleno por solo 200 dinares (menos de 2 euros).

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Los chicos del Hedonist Hostel Belgrado nos regalaron dos de estas Krem Banana, la versión serbia de la Bananita Dolca.

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Y antes de irme de Belgrado recibí una sorpresa: ¡tengo una lectora serbia! Jelena me mandó un mail y me invitó a tomar algo con ella. Yo propuse café, pero ella sugirió algo más original y muy local: un Plazma Shake. Las Plazma son unas galletitas similares a las Okebon de leche, y para este trago/postre se las licúa junto con leche, helado, chips de chocolate, siropo de caramelo o chocolate y crema batida.

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* Subotica: nunca me voy a cansar de estas ensaladas

Otra cosa que amo son las ensaladas, ideales para los días de calor.

No sé cómo descubrimos la Šopska salata (quizá fue el azar del día S) pero pasó a liderar el ranking de platos que más veces comimos en este viaje. La shopska es originaria de Bulgaria (también se llama Ensalada Búlgara), pero se sirve en todos los Balcanes y Europa Central. Se prepara con tomate, pepino, cebolla, pimientos y queso blanco (llamado sirene). Se acompaña con sal y un poco de aceite de oliva o de girasol.

La shopska se inventó en 1960 como parte de una acción de promoción turística. Durante la época del socialismo en Bulgaria, varios chefs de Balkanturist —el operador turístico más antiguo de Bulgaria, al principio al mando del estado— crearon ensaladas asociadas a diferentes regiones: la Macedonian, Dobrujan y Thracian Salad, entre otras, pero solo la Shopska Salada —originaria de la región de Shopluk— sobrevivió. De Bulgaria se extendió a otros países y hoy es el plato más reconocido del país.

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La shopska salad. En Serbia la comimos por menos de €2, en Croacia costaba de €2,50 para arriba.

La ensalada griega es otro clásico de esta región. Tiene tomate, pepino, pimiento, cebolla roja, aceitunas negras, sal, pimienta negra, orégano, aceite de oliva y queso feta. Muy refrescante.

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Esta ensalada costó 230 dinares (menos de €2)

Podría vivir a base de entradas: la sopa es otra de mis comidas preferidas. En este caso, sopa crema de champignones, aunque un poco líquida para mi gusto (la sopa crema me gusta más espesa).

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Precio: 180 dinares (€1,50)

Habíamos ido a Subotica —la ciudad más húngara de Serbia— con idea de probar platos húngaros, pero terminamos comiendo ensaladas.

* Mokra Gora: larga vida a los buffets baratos

Los buffets son un buen invento para quienes comen mucho. Si bien soy de buen comer, en general no me rinde ir a estos tenedores libres porque: a) como tanto que después no me puedo mover y me siento mal, b) gasto de más y al tercer plato ya me llené.

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El día que visitamos Drvengrad —el pueblo construido por Kusturica— se nos hizo tarde y cuando quisimos ir a cenar nos dimos cuenta de que estábamos en un pueblo donde todo cerraba temprano. Un poco resignadas, dimos una vuelta por los restaurantes de Drvengrad creyendo que todo iba a ser muy caro, pero tuvimos una sorpresa: buffet por 600 dinares (€4). Así que entramos a llenar los platos: ensalada, guiso, carne, pescado, pasta de pimiento, aceitunas, queso fresco. Esa noche dormimos como bebés.

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* Zlatibor: debería haber puestos callejeros de panqueques en todo el mundo

Hay comidas que se venden solas. Si voy caminando por la calle y siento olor a panqueques con dulce de leche, yo freno. En varios países de Europa encontré puestos de crepes y de palacsinta (panqueques húngaros) en la calle, y la verdad que me parece un gran invento vender esto en las veredas, sobre todo los domingos (los domingos son días de panqueques).

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Este panqueque doble con Nutella nos costo 260 dinares (€2,10)

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Gentilmente preparados por esta señora que tenía una máquina fantabulosa para estirar la masa sin esfuerzo y hacer el panqueque. Otra que la trenmetrocicleta (o no sé cómo es que se llama eso, pero para mí tiene nombre de máquina para hacer panqueques).

Caímos en Zlatibor haciendo autostop desde Mokra Gora. No sé si es porque era domingo, pero nos pareció una ciudad rara. Zlatibor está a 1000 metros de altura y es un resort de invierno. En primavera, que es cuando fuimos, había nenas montando unos unicornios con ruedas —lo juro, va en un próximo post de fotos—, souvenirs que no sabemos quién compra —pelucas violetas y guantes (?) para partes del cuerpo que no ven el sol—, castillos inflables y puestos de pochoclos. Todo muy de feria.

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Le pregunté a este señor si podía sacarle una foto y quise comprarle una manzana, pero cuando se la iba a pagar me dijo que no y me la regaló.

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Otra cosa que vimos por todas partes durante este viaje: los puestos callejeros de frutas. Acá es época de cerezas y están buenísimas.

* En el tren: pedimos algo para comer y nos trajeron esto

Fue en el último tren que tomamos en Serbia. Llegamos con el tiempo justo y no desayunamos pensando que en el tren habría un vagón comedor, pero no. Tampoco nos daba el tiempo para bajarnos y comprar comida porque el tren ya se iba. A mitad de camino, Lau habló con el señor que pasaba vendiendo café y lo convenció de contrabandear comida para nosotras. Le dimos los últimos dinares que nos quedaban y le pedimos algo que nos comprara algo para poder hacernos sandwiches. Recibimos un pedazo de pan, tres yogures y una bandeja de salame. La intención es lo que vale, así que igual lo comimos contentas, pero nos quedamos con un poco de hambre.

* Kastav: la comida de mamá

Creo que todos estamos de acuerdo en que no hay mejor comida que la que prepara una madre —que no tiene por qué ser la propia, con que sea madre alcanza—. Podés ir al mejor restaurante de la zona, pero la comida hecha en casa tiene otro sabor. Sin miedo de caer en cursilerías —aunque voy a caer— me animo a decir que la comida materna es tan rica porque está hecha con amor.

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En Kastav, un pueblo croata muy cerca de la costa, decidimos hacer Couchsurfing. La que nos recibió en su casa fue G., madre de dos chicos. El perfil estaba a nombre de uno de sus hijos, de 16 años, pero la verdadera couchsurfer era ella, la mamá. “Me encanta viajar y sueño hacerlo así como ustedes, pero ahora con mis hijos no puedo, por eso quiero recibir gente en casa, porque es un poco como viajar. Le pedí a mi hijo que se abriera el perfil porque yo no hablo bien inglés y, además, ¿quién va a querer quedarse con una mujer de 40?”. ¡Nosotras! Estar unos días con ella fue como estar en casa.

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Pasamos largas horas sentadas en la mesa de su jardín, rodeadas de flores, comiendo y charlando. Nos contó que la casa en la que vive la construyó con su marido, e incluso nos mostró el álbum de fotos en el que se veía cómo el terreno pasó de ser un bosque a ser un hogar.

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Todos los días nos cocinó algo distinto y, si bien le pedimos que por favor no trabajara para nosotras y le dijimos que podíamos cocinar, ella insistió: “Ustedes son mis huéspedes y a mí me hace feliz prepararles comida”. La hospitalidad es bidireccional: también hace feliz a quien la da.

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Fue difícil irse de su casa. Más allá de la comida, fue lindo tener los cuidados de una madre por unos días.

* Autostop y chipirones

Durante este viaje nos movimos mucho en tren pero también hicimos bastante autostop, sobre todo para tramos más cortos. Hubo un día que fue bastante agotador: esperamos horas bajo el sol a que nos levantaran, todos los conductores del día se pusieron de acuerdo en decirnos que lo que estábamos haciendo era muy peligroso y que que cada tantos años había noticias de chicas asesinadas en la ruta, después nos levantó un camionero que me puso muy incómoda porque me miraba las piernas así que le pedimos que nos dejara antes, tuvimos que esperar el tren como cinco horas en una estación vacía de madrugada, y así.

Y como soy de las que usan la comida de consuelo, esa noche sentí que me debía algo rico y me pedí un plato de algo que me enloquece: chipirones (calamares) a la plancha.

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Precio de este plato: 47 kunas (€6). Mucho más barato y abundante que en Francia, que es mi parámetro en este momento (en Biarritz y todo el País Vasco se sirven mucho los chipirones, pero un plato cuesta arriba de €10)

* Split: un tour gastronómico fallido que terminó mejor de lo que esperábamos

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Cuando llegamos a Split hacía 38 grados a la sombra. Lo bueno es que estábamos al lado del mar, lo malo es que la costa mediterránea de Croacia es muy turística y bastante cara. Una de las primeras cosas que hicimos fue tomarnos un batido de frutas. Después, mientras buscábamos alojamiento, hicimos una pausa para tomar un café y usar el wifi.

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El café era orgánico y delicioso, y como a las chicas del local les caímos bien nos regalaron dos vasitos con helado artesanal.

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Conseguimos un USE-it map de Split (me encantan porque están hechos por gente local, con recomendaciones y lugares por fuera del circuito turístico tradicional) e hice una lista de los lugares por los que quería pasar. Entre ellos anoté una cantina que al parecer preparaba la mejor ensalada de pulpo y un local de degustación de aceitunas. Así que la primera noche salimos en busca de ambos en plan tour gastronómico. El lugar del pulpo estaba cerrado y el de aceitunas en realidad no era de aceitunas sino de aceites de oliva (en mi emoción solo leí olive y no leí la parte de oil, y enseguida le dije a Lau ¡hayunlugardeaceitunastenemosqueir!).

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Yo me esperaba algo así pero con cincuenta tipos de aceitunas.

Me desilusioné un poco y me agarró una pereza que suele aparecer cuando como afuera muy seguido: me cuesta elegir dónde sentarme a comer porque un lugar me parece caro, el otro no me tienta, acá no hay lugar, allá está muy vacío, este no tiene el plato que quiero, este no me gusta y un largo etcétera. Cuando estoy cansada, sobre todo, me pongo quisquillosa.

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Este plato costó 50 kunas (€6.60).

Pero al final el falso tour gastronómico terminó bien. Encontramos un lugar que parecía bastante local —Split es muy turístico— y comimos estos riquísimos pimientos rellenos con puré de papas y una ensalada de pulpo. Viva el puré de papas, cómo me gusta.

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Ensalada de pulpo: 60 kunas (casi €8). Compartimos ambos platos.

Gracias al mapa también encontramos un lugar de comida vegana así que al día siguiente almorzamos ahí.

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* Milna: los sandwiches de jamón y queso también son gastronomía viajera

Creo que no hay comida más viajera que los sandwiches preparados en la vereda o en el pasto. A veces suelen ser la opción más barata y la verdad es que siempre te salvan, pero después de vivir cinco días a base de sandwich me termino cansando. En este viaje no apelamos tanto al sandwich salvador porque la comida en general era barata, pero hubo un día que nos la pasamos de picnic.

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Fue en la isla de Brac, en Croacia, donde hicimos Couchsurfing en un velero estacionado sobre tierra. Nos dijeron que a media hora de caminata había una playa de agua turquesa así que ni lo dudamos: salió picnic a orillas del mar. Fue un picnic medio caro, eso sí, porque el único mercado que había cerca era el de la Marina y la verdad que se emocionaron un poco con el monopolio (más tarde, cuando fuimos a otro super, nos dimos cuenta de que habíamos pagado casi el doble por todo). Compramos lo mínimo indispensable: pan, jamón, queso y un pepino. Armamos sandwichitos, nadamos en el mar turquesa y dormimos una siesta épica sobre las rocas.

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A la noche encontramos el otro super, agregamos un par de cosas más e hicimos el picnic de cena: pan, jamón, queso, tomate, mozzarella, pickles, tomate, pepino, choclo, queso untable, banana, yogur. Entre las dos compras, gastamos unos €12 entre las dos. Caro, comparado con los precios anteriores. Pero hay que tener en cuenta que estábamos en una isla, donde las cosas siempre son un poco más caras, y que cuanto más te acercás a Split y Dubrovnik, más se empieza a encarecer todo.

* Dubrovnik: listo, me terminé el atún, apagame la música

Dubrovnik fue nuestra última parada, así que decidimos pasar tres noches ahí para relajarnos un poco y poder conocer la ciudad, las playas y los alrededores con más tranquilidad. Nunca nos imaginamos la horda de turistas que nos encontraríamos dentro de la ciudad amurallada. Ya sé, es uno de los lugares más lindos de Croacia, es el escenario de Game of Thrones, tiene buena comida y playas turquesas, pero ohdiosmío, cuánta gente. Hace mucho que no estaba en una ciudad tan visitada.

Una foto-adelanto de Dubrovnik (se viene un post fotográfico del viaje, pero no ahora porque este ya está demasiado repleto)

Una foto-adelanto de Dubrovnik (se viene un post fotográfico del viaje, pero no ahora porque este ya está demasiado repleto)

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En una de las tantas panaderías compramos burek relleno de papa.

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Una mañana salí a caminar temprano (antes de las 7 am) y pude ver los preparativos del mercado de frutas, verduras y flores.

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La comida mediterránea estaba por todas partes. Y la pizza también.

El último día tuvimos una invitación muy especial: ExperienceDubrovnik, la oficina de turismo de la ciudad, nos dio la bienvenida con una visita guiada por el centro histórico y un almuerzo de cortesía. Dejamos que nuestra anfitriona eligiera los platos, así que probamos varias cosas típicas de la región.

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Este jamón que estaba espectacular.

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Una tabla con varios tipos de quesos. Delicioso. Ya dije que me encanta el queso.

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Carpaccio de pulpo

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Ensalada capresse

Esta ensalada que me encantó: manzana verde, nueces,

Esta ensalada que me encantó: manzana verde, nueces, lechuga y pasas de frutos rojos.

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Y filet de atún con semillas de sésamo.

Listo, era lo que me faltaba para dar por terminado el tour gastronómico. Me fui con la panza llena.

* Para todo lo demás, existe el rakija

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“El rakija sirve para todo: si te duele la cabeza, si estás mal de la panza, incluso si tenés fiebre te ponés un pañuelo con rakija en la frente…”, nos dijo un croata.

El rakia es un brandy de frutas que suele tener 40 por ciento de graduación alcohólica, pero que hecho en casa tiene de 50 a 90 por ciento. Es la bebida nacional de Albania, Bosnia y Herzegovina, Bulgaria, Croacia, Macedonia, Montenegro y Serbia, aunque cada país tiene sus variantes y costumbres para tomarlo. En general se produce a base de ciruela, damasco o uvas. En Croacia es la bebida espirituosa más popular, y cada región tiene su variedad: con mrtina, con nueces, con miel. Serbia es la nación que más rakia produce y consume en el mundo.

Se toma en vasos pequeños y también se puede servir caliente, con miel o azúcar y especias, sobre todo en invierno. Es la bebida más popular de la región y les aseguro que no se van a ir sin probarlo. El problema es que es muy rico… Al principio me recordó al palinka, el brandy húngaro, no tanto por su sabor sino por eso de que cura todo. Una vez estaba en Budapest, en lo de mi familia, y les dije que me dolía la panza. Me dieron un vaso de palinka y se me pasó. El rakia tiene el mismo efecto.

* Posdata: sí, comí pizza y no me arrepiento

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Eso. Comí pizza. Varias veces. Enteras y en porciones. Con jamón, con ananá, hasta con pedazos de maíz. Y lo volvería a hacer.

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Desafío Serbia Croacia, un viaje en conjunto con Lau de Los Viajes de Nena. Nos fuimos tres semanas a Serbia y Croacia con diez desafíos por cumplir, y los relatamos en nuestros blogs, yo los impares y ella los pares. Pueden leer el Desafío #10: Poder gritar a los cuatro vientos “This is Croacia” en el blog de Lau. Con estos posts terminamos la serie, aunque aún quedan cosas por compartir. Estamos preparando una guía práctica por si quieren hacer un viaje por la región, así como fotoposts y mini-desafíos. Agradecemos el apoyo de Eurail en este viaje de desafíos.[/box]

Desafío Serbia Croacia #7: explorar lugares abandonados

Take nothing but photographs, leave nothing but footprints
(Toma solo fotografías, deja solo huellas)
Uno de los lemas de los exploradores urbanos

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Un bus abandonado en el desierto de Atacama

No sé cuándo fue que empecé a sentir cosquillas en la panza al escuchar las palabras “lugar abandonado”. Fue mucho antes de ir al castillo de Egaña, una mansión abandonada en el campo de Buenos Aires, de eso estoy segura porque sino no hubiese viajado para allá con tanta emoción. Fue antes de explorar la fábrica abandonada —ahora recuperada y en refacción— de Islandia, antes de encontrar una carta manuscrita de fines del siglo 19 en un pueblo fantasma de Bolivia, antes de formar parte de una movida que llenaba de arte espacios a punto de ser demolidos. Siempre me interesó ver los lugares al natural, sin cirugías plásticas ni maquillaje, por eso me gustan tanto las paredes descascaradas por el tiempo o por la sal (como en Essaouira o Savannakhet), por eso prefiero las ciudades que muestran el paso del tiempo con elegancia, como Budapest o incluso Buenos Aires, y que no lo tapan bajo fachadas pulcras y modernas.

Egaña, una mansión abandonada en el campo bonaerense

Egaña, una mansión abandonada en el campo bonaerense

En este viaje —y por este viaje me refiero al que empezó en octubre de 2013, la última vez que salí de Buenos Aires— me descubrí muy urbana. Me gusta la naturaleza, me encanta el mar, disfruto estar al aire libre —aunque después de unos días no sé qué hacer—, pero me llama mucho la atención lo urbano, y no me refiero solo a las ciudades, sino a lo construido por el hombre, lo creado por nosotros, desde un libro u objeto de decoración hasta una fábrica o un castillo. Lo abandonado, entonces, me llama doblemente la atención porque cuenta dos historias: la de su hábitat y la de su abandono. Entrar a un lugar abandonado es como viajar en el tiempo y llegar a un limbo donde las horas dejaron de avanzar y la realidad se congeló. Los lugares abandonados gritan sus historias en silencio.

En este viaje también descubrí que muchas actividades que me gustan son practicadas por grupos de gente en todo el mundo —algunos hasta organizados a través de redes sociales—: el Geocaching es la versión moderna y mundial de la búsqueda del tesoro, el dumpster diving le da una etiqueta a todas esas veces que encontré cosas desechadas en la calle y me las llevé a casa para darles un nuevo uso, el journaling es la actividad de crear o completar journals (mi nueva adicción), el snailmail es el arte de mandarse cartas y cosas por correo postal, el bookcrossing implica dejar libros libres por ahí para que otros los encuentren, el postcrossing es el intercambio de postales con gente de todo el mundo, el housesitting es el cuidado de casas, y así hay muchas actividades más. Y a mí estas cosas me encantan. La última que descubrí, mientras buscaba una lista de lugares abandonados en Serbia y Croacia, fue la exploración urbana.

La exploración urbana —también llamada urbex o UE— comenzó a ganar popularidad en los años noventa: es la exploración de estructuras hechas por el hombre, en general abandonadas o en ruinas. Como cualquier actividad, tiene muchos matices: algunos solo entran a lugares abandonados, mientras otros se dedican a explorar los túneles que pasan por debajo de una ciudad, se meten en las alcantarillas, trepan edificios vacíos o saltan por los techos (existe, se llama ruffing). Lo mío no es tan extremo, a mí me interesa ver y fotografiar los lugares que quedaron inhabitados por distintas circunstancias —en general guerras, emigraciones masivas o desastres naturales— y a los que se puede acceder de manera fácil y segura: fábricas, parques de diversiones, barcos, hospitales, instalaciones militares, hoteles, silos, centros comerciales, pueblos, mansiones. Por ahora no tengo planes de ponerme a saltar por los techos.

Cementerio de trenes en Uyuni

Cementerio de trenes en Uyuni

Si bien hay exploradores urbanos con intereses y objetivos muy distintos, entre la comunidad existen códigos comunes: el más importante es no vandalizar el lugar explorado, no hacer graffitis y no tirar basura. “Llevarse solo fotografías y dejar solo pisadas”. El objetivo no es destruir ni desarmar, sino observar —o sacar fotos— y dejar todo tal cual para el próximo explorador. Como la actividad roza el borde de lo legal, los exploradores urbanos más puristas solo permiten el tresspassing (la intrusión) pero no están a favor de romper puertas ni ventanas para entrar a un lugar. Si hay posibilidad, nunca está de más pedir permiso, aunque muchos de estos lugares no pertenecen a nadie o no tienen un responsable a la vista. La exploración urbana es una actividad que tiene riesgos, claro: los lugares abandonados no tienen mantenimiento, pueden estar en muy mal estado y tener derrumbes, puede haber presencia de gases tóxicos y puede haber gente non grata, por eso recomiendan no ir solo, llevar agua, linterna, buen calzado y, si es necesario, máscaras de gas y kit de primeros auxilios. Pero, a pesar de los riesgos y leyes, hay algo muy atractivo en estos espacios vacíos de gente y repletos de belleza en decadencia.

Investigando acerca de Serbia y Croacia, antes de viajar, llegué a un artículo que me hizo saltar de emoción: Exploring Ruin Porn in Yugoslavia – Dim The Lights, Shut the Door, del blog Yomadic. Ruin porn es un término que me parece genial y que se usa para referirse a un movimiento dentro de la fotografía que consiste en tomar como sujeto artístico la decadencia de lugares abandonados, como ciudades, edificios e infraestructuras. Lo mismo que la exploración urbana pero con un interés puramente fotográfico. Los países de la ex Yugoslavia, por su historia y sus guerras, están repletos de espacios y monumentos abandonados, muchos construidos durante el socialismo y abandonados cuando el país se desmembró. Enseguida supe que explorar estos lugares tenía que ser uno de los desafíos centrales de este viaje, así que acá les dejo algunos de los resultados de nuestras —ejem— intrusiones.

* La sinagoga de Subotica (Serbia)

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Empezamos con algo no del todo abandonado, pero si vacío y fuera de uso: la sinagoga de Subotica (Serbia), en restauración hace varios años. Cuando la vimos desde afuera nos impactó: fue construida por el Reino de Hungría —que formaba parte del Imperio Austro-Húngaro— en 1902 y es el único templo judío de Art Nouveau húngaro que queda en el mundo. En aquella época, la comunidad judía superaba las 3000 personas, pero después de la Segunda Guerra Mundial quedó muy reducida e incapaz de mantener un edificio de ese tamaño. La sinagoga, que había sido construida con capacidad para mil personas, quedó en desuso. Durante algunos años, el edificio fue sede del Teatro Nacional de Subotica, pero después quedó vacío. Durante los últimos años se hicieron varios proyectos de reparación, pero la sinagoga de Subotica es un edificio en riesgo y necesita un programa de restauración urgente.

Quisimos entrar pero vimos que todas las puertas estaban cerradas. Se nos ocurrió rodear el edificio y nos encontramos con dos obreros que estaban descansando a un costado. No hablaban inglés, pero les preguntamos si podíamos pasar, les mostramos las cámaras de fotos y nos dejaron entrar sin problema. Todavía no sé si esta sinagoga es más imponente por fuera o por dentro.

La Sinagoga por fuera

La Sinagoga por fuera

Y por dentro...

Y por dentro…

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* El Hotel Haludovo en Malinska (isla de Krk, Croacia)

A fines de los años 60, Bob Guccione, multimillonario estadounidense y creador de la revista erótica Penthouse, decidió invertir 45 millones de dólares en una bahía de Krk, una isla de la actual Croacia, porque había tenido una visión que permitiría “contrarrestar los efectos de la Guerra Fría”: su plan era crear un resort de lujo en la costa de Yugoslavia para atraer turistas extranjeros y reconciliar a los bloques enemigos a través de actividades compartidas en el casino y spa del hotel. La paz a través del hedonismo. El timing era bueno: Yugoslavia ya no pedía visa a los turistas extranjeros, el aeropuerto de Rijeka (a 15 minutos) estaba en funcionamiento y no había regulaciones con respecto a los casinos.

El Haludovo Palace Hotel and Penthouse Adriatic Club Casino abrió en 1972. Su arquitectura era modernista y extravagante, quizá la más exagerada dentro de las construcciones socialistas de la región. Tenía playa privada, piscinas, bares, canchas de tenis, bowling, sauna, centro médico, esculturas, alfombras de terciopelo, salones de belleza y una cocina donde se preparaban 100 kilos de langosta por día. Había rumores, incluso, de que una de las piletas se llenaba con champagne. Guccone quería atraer estadounidenses a su resort para que trabajaran con los ciudadanos de un país socialista y así lograr el entendimiento y la paz. En el Haludovo se alojaron políticos y figuras desde Saddam Hussein hasta Tito.

El Haludovo en sus buenas épocas

El Haludovo en sus buenas épocas

En 1973, un año después de haber abierto, el Haludovo quedó en bancarrota. Y si bien siguió funcionando durante veinte años más, fue cayendo en picada. En 1991, cuando empezaron las guerras yugoslavas, el hotel quedó vacío de turistas y se convirtió en el refugio de muchas familias que escapaban de la guerra. Dicen que cuando la guerra terminó, obligaron a los refugiados a dejar el hotel y muchos se llevaron todas las cosas de valor que pudieron cargar, incluyendo bañaderas. El hotel se privatizó, tuvo malos manejos y quedó oficialmente abandonado a fines del 2002. Hoy, la estructura del hotel sigue en pie, pero el interior está destruido.

Con ustedes, el Haludovo Hotel.

Con ustedes, el Haludovo Hotel.

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Este era el lobby, suponemos

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Está en ruinas, así como lo ven, con pedazos de duchas y mucho vidrio

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Ascensores descompuestos

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Máquina que no sé para qué funcionaba, parece la caja registradora

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Con lindísima vista al mar

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y estructuras así, cuadradas.

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Las escaleras todavía se pueden transitar

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Acá hubo guerra de almohadas

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La pileta exterior (¿la que llenaban con champagne, quizá?)

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Había partes que daban miedito

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El Haludovo está siendo devorado por la vegetación

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Sperman claramente NO es un explorador urbano (no sigue las reglas de conducta)

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Lau, explorando.

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Silla con vista al vacío.

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Medio futurista era.

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Acá preparaban los 100 kilos de langosta

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el túnel…

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Para llegar hicimos dedo desde Kastav, un pueblo cerca de Rijeka, hasta Malinska, en la isla de Krk, unida al continente por un puente. El hotel es fácil de encontrar porque sigue estando señalizado, y como todos los vidrios desaparecieron y no quedan puertas, se puede entrar sin problemas. Adentro hay escombros, vidrios rotos, ascensores caídos, objetos tirados por el piso, menúes y el mar de fondo. Nos encontramos con dos gatos y con dos personas, pero el resto era silencio. Pocas veces quedé tan impactada frente a un lugar en ruinas.

* La bahía de hoteles abandonados (Kupari, Croacia)

Se dice que la bahía de Kupari, sobre el mar Adriático y a pocos kilómetros de Dubrovnik, tiene las mejores playas de Croacia. En los años sesenta, cuando el país formaba parte de la Federación Socialista de Yugoslavia, Kupari se convirtió en un resort militar de lujo que sirvió de lugar de vacaciones para las elites militares y sus familias. Estaba conformado por cinco hoteles: el Goričine, el Goričine II, el Pelegrin, el Grand Hotel y el Kupari. Tito también tenía su casa de vacaciones ahí y además había un camping con capacidad para 4500 huéspedes más. En 1980, el resort se abrió a turistas extranjeros y Kupari se convirtió en uno de los destinos más populares de la costa europea.

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El complejo de hoteles de la bahía de Kupari en los años 80 (Fuente: messynessychic.com)

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El mar en Kupari

Pero en 1991, cuando empezó la guerra por la independencia croata, los hoteles se convirtieron en blancos de los disparos. El resort quedó destruído y abandonado. Hoy, al igual que el Haludovo, las estructuras siguen en pie, pero los interiores están hechos escombros.

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No nos animamos a subir por esa escalera…

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Esta construcción es más antigua, estaba antes de que hicieran el resort

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Está todo mucho más destruido…

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La bahía de Kupari sigue siendo una playa popular entre las familias croatas, así que nos fuimos a pasar la tarde ahí y a nadar en un mar turquesa con hoteles fantasmas de fondo. Esto de explorar lugares abandonados se hace vicio, así que ya estoy mirando el mapa para ver si tengo algún otro cerca. O quizá empiece a planear otros viajes teniendo en cuenta estos lugares —vacíos y llenos— que tanto me atraen.

[box type=”info”]Un poco más acerca de la exploración urbana: enlaces interesantes y fuentes de este artículo

* Urbanexplorers.net es una red social de exploradores urbanos. La gente comparte sus hallazgos y hay listas de lugares abandonados en todo el mundo.

* “What are urban explorers?”, un artículo interesante acerca de qué es ser explorador urbano (en inglés).

* Forbidden places: listas de lugares prohibidos y explorables.

* An introduction to urban exploration, un artículo de Digital Photography School, la exploración urbana desde un punto de vista fotográfico.

Abandoned Penthouse Casino – The Haludovo Palace Hotel – Bikini, Optional, otro post de Yomadic.com con muy buenas fotos.

* Deserted places, blog para los amantes de pueblos fantasmas, edificios abandonados y exploraciones urbanas.

* Messy Nessy Chic, web con un montón de artículos y muy buenas fotos de lugares abandonados por el mundo.

* Balkanist.net, revista online con contenido muy interesante acerca de los Balcanes (el enlace los lleva a un artículo muy completo acerca del Haludovo Hotel).

* [eafl id=”21146″ name=”Access all areas” text=”Access all areas: A user’s guide to the art of urban exploration”], un libro-guía para quienes recién empiezan.

Si van a hacer exploraciones urbanas, siempre piensen en los riesgos y vayan con cuidado. No los incentivo a saltar techos (me quedé mal con eso) ni a trepar edificios, pero sí a mirar los lugares abandonados con otros ojos y encontrar la belleza en lo inhabitado y decadente.

Si conocen otros lugares abandonados para explorar, por favor cuenten en los comentarios. En internet hay un montón de información al respecto, pero quisiera conocer las experiencias personales de ustedes o saber cuáles son los lugares abandonados que tienen en la lista. Yo, por ejemplo, quiero ir a Epecuén, en la provincia de Buenos Aires.

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Fotito bis: el Belvedere, en Dubrovnik, es un hotel abandonado donde se filmó un capítulo de Game of Thrones.

Fotito bis: el Belvedere, en Dubrovnik, es un hotel abandonado donde se filmó un capítulo de Game of Thrones.

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Desafío Serbia Croacia, un viaje en conjunto con Lau de Los Viajes de Nena. Nos fuimos tres semanas a Serbia y Croacia con diez desafíos por cumplir, y los estamos relatando en nuestros blogs, yo los impares y ella los pares. Pueden leer el Desafío #8: hacer barcoestop en el blog de Lau. Agradecemos el apoyo de Eurail en este viaje de desafíos.[/box]

Desafío Serbia Croacia #5: encontrar a Kusturica
(o subirnos al Šargan Eight)

Este es Emir Kusturica, "el más latinoamericano de los directores europeos"

Este es Emir Kusturica, “el más latinoamericano de los directores europeos”

Y este es el Šargan Eight, un tren histórico a vapor

Y este es el Šargan Eight, un tren histórico a vapor

Ya sé que pretender encontrar a Kusturica (el director de cine serbio) solo porque estábamos en Serbia era una idea ridícula. Es como cuando fuimos a Islandia y pensamos en encontrar a Björk. Incluso le mandamos un tweet invitándola a comer un pancho (hot dog) con nosotras en Reykjavik, pedido al que, por supuesto, ella jamás respondió. Nos debe haber agregado a su lista de freak stalkers – block now. Nosotras preferimos creer que nunca vio nuestro mensaje. Y si seguimos con este razonamiento delirante, podríamos ir a Colombia a buscar a Shakira, o a Hawaii a interceptar a Murakami alguna mañana que salga a correr por la playa. En fin, nosotras solo queríamos saludar al director de cine, aprovechando que estábamos por la zona.

Fotograma de "Underground", una de sus películas más conocidas

Fotograma de “Underground”, una de sus películas más conocidas

Conocí las películas de Kusturica hace unos seis años, cuando un amigo me pasó Underground (1995) y Black Cat, White Cat (1998) y me hizo escuchar su música. La región de los Balcanes siempre me fascinó, así que no fue difícil que esos ritmos acelerados se me pegaran. En esa época me convertí en habitué de las Fiestas Bubamara, encuentros que se hacían —creo que aún se hacen— no sé cuántas veces al mes en distintos boliches de Buenos Aires y en los que solo se pasaba música balcánica. Si fuese una chica que sueña con una gran boda, en mi fiesta solo habría música de ese estilo.

No soy una gran conocedora de la obra de Kusturica, pero creo que a ningún artista se lo puede aislar de su contexto: es decir, para entender el trabajo de una persona hay que saber quién es, dónde y en qué época nació, en qué cree, qué busca, qué temas le interesan. Emir Kusturica nació en 1954 en Sarajevo, la capital de Bosnia y Herzegovina, país que en aquel momento formaba parte de la República Federativa Socialista de Yugoslavia junto con Eslovenia, Croacia, Serbia, Macedonia y Montenegro. Si bien nació bosnio y musulmán, Kusturica se declaró serbio y se convirtió al cristianismo ortodoxo en 2005. Él se define como yugoslavo y sus films suelen tener un punto de vista pro-yugoslavo que muchas veces generan polémica.

Filmando "Maradona by Kusturica"

Filmando “Maradona by Kusturica”

Dirigió su primera película con 27 años, en 1981 (Do you remember Dolly Bell?), y ganó el León de Plata en el Festival de Cine de Venecia. Con su segundo film (When father was away on business, 1985) ganó la Palma de Oro en Cannes y cinco premios Yugoslav. En 1995 ganó otra Palma de Oro por su comedia negra Underground, película épica que muestra la historia de Yugoslavia desde principios de la Segunda Guerra Mundial hasta el inicio de las Guerras Yugoslavas (1991). Underground tuvo mucho éxito internacional, pero también generó controversia. Después de recibir críticas agresivas de varios intelectuales franceses, Kusturica anunció, con 41 años, que se retiraba del cine. No mucho después, sin embargo, cambió de idea y volvió con la película Black Cat, White Cat, una obra de ficción que había nacido como un documental de música gitana y terminó siendo una comedia romántica. Kusturica, además de director, es músico (forma parte de la banda Emir Kusturica & the No Smoking Orchestra), escritor (publicó su autobiografía) y constructor. Esto último fue lo que más me llamó la atención.

Drvengrad

Drvengrad

En el sudoeste de Serbia, a doscientos kilómetros de Belgrado, está Drvengrad (también conocida como Küstendorf y Mećavnik), una aldea tradicional construida por Kusturica para su film Life is a miracle (2004). Supe de su existencia antes de viajar y la agregué enseguida a nuestro itinerario. Después me enteré de que Kusturica vive ahí y de que no era difícil encontrárselo: dos personas en dos situaciones distintas me contaron que lo habían visto mientras visitaban la aldea. Quizá encontrar a Kusturica no era una idea tan loca. Decidimos ir a Mokra Gora, la región montañosa donde está Drvengrad, con varios desafíos: conocer la aldea, encontrar a Kusturica, subirnos al Šargan Eight —un tren a vapor que va por las montañas— y experimentar la hospitalidad de las zonas rurales serbias.

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La región montañosa de Mokra Gora

La región montañosa de Mokra Gora

Tomamos el tren de las nueve de la mañana de Belgrado a Uzice e hicimos dedo a Mokra Gora. Nos levantó un chico rumano que iba a Bosnia y nos ofreció de seguir camino con él, pero nosotras teníamos un destino final. Escuchamos Led Zeppelin, comimos los sandwiches que le había preparado la mamá y nos despedimos a pocos metros de Drvengrad, a donde subimos caminando. Kusturica hizo algo parecido a lo que yo sueño, aunque a mucha mayor escala: construyó un pueblo —a mí me bastaría con construir una casa que oficie de centro cultural viajero— y nombró las calles, las plazas y todas las instalaciones en honor a artistas que admira. La librería Ivo Andrić (escritor yugoslavo ganador del Premio Nobel de Literatura), el cine Stanley Kubric, la plaza Diego Armando Maradona, las calles Nikola Tesla, Ernesto Che Guevara, Federico Fellini e Ingmar Bergman, entre otras. Además de vivir ahí, Kusturica organiza seminarios de cine y arte y el Festival Küstedorf de Cine y Música, y la aldea en sí funciona como hotel.

La entrada a la aldea

La entrada a la aldea

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Nos sentamos a tomar un café turco en una terraza con vista a las montañas y nos acercamos a uno de los mozos para charlar. Con la risa que se nos escapaba, le hicimos una pregunta que sonaba aún más ridícula en voz alta, pero teníamos que intentarlo:

—¿Está Kusturica?

Se rió. Supongo que no éramos las primeras.

—No, chicas, está filmando en Bosnia.

En ese momento pensamos en el rumano que nos había levantado a dedo y que había seguido hasta Bosnia. De haber sabido… Nos pusimos serias y nos imaginamos la situación: suponiendo que llegábamos a la ciudad de Bosnia donde estaba filmando, ¿qué hacíamos? No daba caerle en el set al pobre tipo mientras estaba trabajando. Ese día ya era muy tarde para salir, además era fin de semana, ¿trabajaría los domingos? ¿Y si nos veían entrar al set y llamaban a la policía? Nos fuimos a dormir y decidimos consultarlo con la almohada. Como esa iba a ser la primera noche en la que podríamos dormir más de ocho horas, no pusimos el despertador.

Detalle de una lámpara en el restaurante donde preguntamos por Kusturica

Detalle de una lámpara en el restaurante donde preguntamos por Kusturica

A las diez y media de la mañana me desperté. Miré los horarios del Šargan Eight, el tren a vapor que pasa cerca de Drvengrad, y vi que el próximo salía en una hora. Si queríamos hacer el tren más la búsqueda de Kusturica tendríamos que apurarnos, aunque sabíamos que estábamos medio jugadas con el tiempo. Entre que nos desperezamos, juntamos nuestras cosas y bajamos a la ruta se hicieron las once y algo, y todavía estábamos a unos dos kilómetros. Caminando no llegábamos, así que hicimos dedo y en menos de dos minutos nos levantó un serbio y nos dejó al pie de la estación (viajamos bastante a dedo, ya contaré en otro post). Subimos corriendo, llegamos a la boletería y le pedimos dos tickets a la señora, que nos miró con poca simpatía y nos dijo: “No”, cerró la ventanilla y dio vuelta la cara.

Cuando llegamos a la estación nos encontramos con esta escena: locomotora lista para partir

Cuando llegamos a la estación nos encontramos con esta escena: locomotora lista para partir

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El Šargan Eight es un tren histórico, de trocha angosta (760 mm) y locomotora a vapor, que va de la aldea de Mokra Gora hasta la estación Šargan Vitasi. Se llama Šargan Eight porque, visto de arriba, sus vías forman un ocho; fue un desafío construirlo porque ambas estaciones tienen una diferencia de altura de 300 metros.  Los primeros nueve kilómetros de vías fueron tendidos por la monarquía Austro-Húngara en 1916, pero el proyecto se terminó recién después de la Segunda Guerra Mundial. Entre tres y cinco mil personas participaron en la construcción de 15 000 metros de vías, 22 túneles y más de 20 puentes y viaductos y, en 1925, el primer tren con locomotora a vapor hizo su ascenso por la montaña Šargan y estableció una conexión directa entre Belgrado, Sarajevo y Dubrovnik.

Acá pueden ver el recorrido del tren

Acá pueden ver el recorrido del tren

“Poco después del establecimiento del tren en 1925, intereses económicos y productos de Serbia, Bosnia y regiones costeras abrieron la perspectiva de desarrollo y de una mejor vida para el recién formado estado de Serbios, Croatas y Eslovenos. El tren y sus vías se convirtieron en miembros de la familia. Le daba seguridad a las aldeas más pobres y ayudaba a que la gente no tuviera que irse de sus casas. (…) Con el tiempo, el tren se convirtió en “la madre que ganaba el pan”. (…) Todo estaba ligado al tren. Muchos habían nacido en el tren, otros se enamoraban en el tren y recibían propuestas de matrimonio ahí. Todos tenían un secreto que solo el tren conocía. (…) El tren era un miembro invisible de cada familia y se contaba en él como en un pariente exitoso para recibir ayuda en caso de necesitarla”.

– Fragmentos de carteles puestos en la estación del Šargan Eight

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Durante sus 49 años de funcionamiento, pasaron hasta 38 trenes por día por la estación de Mokra Gora y más de 500 personas trabajaron de ferroviarios. Luego, en nombre del progreso, como pasó en muchos lugares del mundo, la locomotora a vapor fue obligada a jubilarse. En febrero de 1974, Yugoslavia no encontró razones para seguir manteniendo un tren que “no daba ganancias” y lo cerró. “Cuánto esfuerzo humano, problemas y vidas fueron necesarias, sin mencionar el dinero, para construir esta linea, y otras en otros lugares, y luego, otra vez por manos humanas, todo fue destruido y tirado a la basura porque inventamos algo mejor…”, leí en otro de los carteles. Tras el cierre, las mujeres se vistieron de luto por la pérdida, las aldeas de la región empezaron a vaciarse y las más de 200 estaciones quedaron abandonadas. La vegetación creció y escondió la entrada de los túneles. Todo quedó en silencio.

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En 1999, después de la insistencia e iniciativas de la gente de Mokra Gora y de grupos de amantes de los trenes, el director general de la compañía ferroviaria Beograd aceptó reconstruir el tramo Mokra Gora – Vitasi y reactivar el tren para fines turísticos. Con el apoyo del Ministerio de Turismo de Serbia, de Serbian Railways y de Emir Kusturica, entre otros, el Šargan Eight volvió a funcionar en el 2003.

Entonces, estar ahí, al pie de un tren con tanta historia, y no poder subirnos porque la mujer nos había dicho que no y había dado vuelta la cara sin más explicaciones fue algo que no quisimos aceptar. El desafío Kusturica se había convertido en el Desafío Subirnos al Tren a Vapor. La locomotora estaba ahí, tirando humo y lista para arrancar, y si bien los dos vagones tenían gente, no se los veía repletos, así que no entendíamos muy bien qué pasaba. El siguiente tren saldría en varias horas y, si queríamos ir hasta Bosnia a buscar a Kusturica, no podíamos quedarnos a esperarlo (esto es lo malo de viajar con los días contados).

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Nos acercamos a uno de los guardias del tren y le preguntamos si podíamos subir. Nos dijo que no, que el tren estaba full. Le preguntamos si podíamos ir paradas, dijo que no y miró para otro lado. No había chances. Nos acercamos al otro guardia del tren y le dijimos la verdad: que estábamos escribiendo acerca del viaje por Serbia y que esa era nuestra única oportunidad de subirnos al tren histórico, que por favor nos dejara. Nos miró y dijo: “Talk to the chief” (Hablen con el jefe), y señaló al otro guardia. Nos desilusionamos. No había chances. Nos acercamos al guardia número uno y le preguntamos si él era el chief, a lo que dijo que no, que el chief era aquel de allá, y señaló a otro serbio. Nos acercamos al serbio número tres y le dijimos lo mismo, que éramos escritoras y queríamos subirnos a ese tren. Se dio una conversación así:

—Chicas, ¿pero ustedes saben que este es un tren especial?

Nosotras, pensando que se refería al Šargan Eight en general, como tren histórico, le dijimos:

Of course! Por eso queremos subirnos. Vinimos hasta acá solo para viajar en este tren.

Mientras tanto, la locomotora seguía echando vapor y se la veía con ganas de arrancar.

—Este tren fue reservado por un grupo de griegos, este es un viaje privado, no pueden subir acá a menos que el chief de los griegos les dé permiso, pero tendrían que preguntarle a él…

Nos envalentonamos.

—¿Dónde está el chief de los griegos? Queremos hablar con él.

Se bajó un griego petiso y risueño para ver qué pasaba. Era el jefe del grupo. El otro le dijo algo en voz baja y el griego se nos acercó. Lo primero que nos preguntó fue de dónde éramos.

—Oh Argentina! I love Argentina! I went to Buenos Aires! Please, please, come with us, you are our guests.

El tren por dentro

El tren por dentro

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No hizo falta explicarle nada, él nos invitó. Y así, gracias a que el griego estaba de buen humor y le cayó bien nuestra nacionalidad, nos subimos al tren con ellos. Fuimos recibidas por la mirada de odio de veinte griegas que no entendían que hacían esas dos en su tren privado. Al principio nos sentimos un poco intimidadas, así que nos quedamos paradas al lado de una ventana, tratando de no molestar. A los dos minutos el tren arrancó y la atención se desvió al paisaje. Nosotras íbamos muy cerca de la locomotora, así que tuvimos buena vista y nos llenamos varias veces de carbón (me quedó carbón hasta en el pasaporte).

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Pasamos por varios túneles

Pasamos por varios túneles

Y vimos, literalmente, la luz al final del túnel

Y vimos, literalmente, la luz al final del túnel

Los griegos iban felices, hablaban todos a la vez y sacaban fotos. Pocas veces vi un grupo tan hiperquinético. Recién cuando estábamos a mitad de camino nos enteramos de que ese no era el Šargan Eight turístico, sino un Šargan Eight edición especial con locomotora a vapor que solo se usaba en ocasiones especiales para gente que lo reservaba con anticipación. Los cincuenta griegos con los que viajábamos eran de un club de amigos de los trenes de Atenas y habían viajado a Serbia y Bulgaria solo para hacer viajes en trenes a vapor antiguos. Si hubiésemos sabido no sé si nos hubiésemos animado a hacer trenestop con tanto descaro. Pero las cosas se dieron así y ya estábamos arriba.

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Pasamos por varias estaciones abandonadas

Pasamos por varias estaciones abandonadas

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Este es el Sargan Eight "normal" (lo vimos después cuando volvimos a la estación inicial)

Este es el Sargan Eight “normal” (lo vimos después cuando volvimos a la estación inicial)

El recorrido duró varias horas, más de lo que dura el viaje turístico, ya que los griegos no solo habían alquilado el tren sino que habían acordado hacer varias paradas en las montañas para sacar fotos y filmar. Me gusta ver grupos de gente unida por una misma pasión. Estuvimos charlando la mayor parte del viaje con un inglés que vivía en Atenas y con un griego que hablaba cinco idiomas —quizá más—, pasamos por túneles, nos sacamos fotos con el guardia número uno (que aflojó y resultó tener muy buena onda, aunque no hablaba inglés), disfrutamos el paseo por las montañas y hasta vimos Drvengrad de lejos. Se nos hizo tarde así que desistimos de la idea ridícula de ir a stalkear a Kusturica al set de filmación, pero quedamos más que contentas con los resultados del día. A veces uno se va de viaje con cierto objetivo y, al final, en el camino aparecen otras cosas. Y suelen ser oportunidades que no hay que dejar pasar. Además, suponiendo que llegábamos a Bosnia y entrábamos victoriosas al set, ¿qué hacíamos? Habíamos estado paradas frente a un tren con mucha historia, y verlo a Kusturica iba a ser como estar paradas frente a un hombre con mucha historia. No tengo idea de qué le hubiésemos dicho. Quizá algo como… hola, ¿te hacen falta extras?

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[box type=”info”]Info útil para Mokra Gora, Drvengrad y el Šargan Eight:

– Cómo llegar: se puede ir en tren o bus desde Belgrado a Uzice (en tren son cuatro horas, en bus son menos pero es un poco más caro). De Uzice hay que tomar un bus a Mokra Gora. Nosotras fuimos a dedo (nos levantaron en menos de cinco minutos). Pueden ver los horarios de trenes acá y los horarios de buses acá.

Alojamiento: se puede dormir en Drvengrad aunque no es barato (unos €75 para dos personas). Nosotras dormimos en unas cabañas afuera de Drvengrad por €10 entre las dos. Limpias, con baño privado y wifi.

– Drvengrad (o Mecavnik o Kustendorf) es el pueblo construido por Kusturica. Está a menos de dos kilómetros de Mokra Gora. Hay que pagar 2 euros de entrada. Adentro hay un hotel, un spa, sala de cine, librería, peluquería, farmacia y restaurantes. Hay un buffet donde se come muy bien por 600 dinares (4 euros). Web: mecavnik.info

– El Sargan Eight sale todos los días y cuesta 600 dinares (4 euros).

– Y unas cositas más acerca de Kusturica: desde fines de 2013 está filmando un documental sobre la vida de Pepe Mujica, ex presidente uruguayo, a quien considera “el último héroe de la política”. Además dirigió el videoclip de “Raining in Paradize”, de Manu Chao, y en el 2005 recibió el Premio Europeo de Arquitectura Phillipe Rotthier por su proyecto de ciudadela étnica, Drvengrad. El premio se da cada tres años por la Fondation pour l’architecture de Bruselas y es una de las más distinciones europeas más prestigiosas en el campo de la arquitectura.[/box]

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Desafío Serbia Croacia, un viaje en conjunto con Lau de Los Viajes de Nena. Nos fuimos tres semanas a Serbia y Croacia con diez desafíos por cumplir, y los estamos relatando en nuestros blogs, yo los impares y ella los pares. Quedan solo dos más cada una, en mi caso: “explorar lugares abandonados” y “hacer un tour gastronómico”. Pueden leer el Desafío #4: no dejar pasar el tren en el blog de Lau. Agradecemos el apoyo de Eurail en este viaje de desafíos.[/box]

Desafío Serbia Croacia #3: dejar que nos lleve el azar

[box type=”star”]Quizá pretender que el azar nos lleve es como pedirle a alguien que sea espontáneo o poner un cartel de prohibido prohibir. Este post es una reflexión acerca de cómo el concepto de azar cambia según el lugar del mundo, cómo cada región invita a ser viajada de manera distinta y cómo a veces hay que darle un empujón a las casualidades. Ah, y de cómo la letra S decidió todo lo que hicimos en un día en Serbia.[/box]

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Desafío Serbia-Croacia #1: buscar tesoros en Zagreb

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Cuando decidimos que empezaríamos el viaje de desafíos en Zagreb, la capital de Croacia, le propuse a Lau hacer una búsqueda del tesoro por la ciudad. Tenía la idea de armar una lista, como habíamos hecho a distancia en Mar del Plata y Biarritz, y salir a buscar cosas como “algo redondo”, “un dibujo descartado”, “algo que nos haga pensar en la infancia”, “objetos amarillos” y así. Sería un juego simple para entrar en calor y conocer la ciudad de una manera divertida. Ninguna de las dos se imaginó que los tesoros de Zagreb nos encontrarían a nosotras, más que nosotras a ellos.

Una de las primeras cosas que nos enteramos, gracias a una lectora, fue que en Zagreb había un sistema solar escondido por las calles. Mirá vos, Zagreb. Enseguida pusimos los nueve planetas en la lista. Después nos contaron que había una máquina del tiempo: otro elemento para la lista. Después alguien nos dijo que había un museo que recolectaba y exponía objetos cotidianos de desamor. Más tarde nos enteramos del restaurante que vendía dulce de leche para argentinos nostálgicos, de los corazones con espejos, de la virgen que no se quemó en el incendio de la ciudad, del dragón que vive en el mundo subterráneo, del fantasma que ordena la ropa, de la reina serpiente, de las brujas, de los faroleros. La lista de tesoros se iba armando sola, y era mucho más original de lo que pensábamos.

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Primeras imágenes de Zagreb. Al fondo, la plaza de St. Mark’s.

El vuelo de Barcelona a Zagreb duró solo dos horas, pero el viaje de cada una para llegar a Croacia fue mucho más largo: Lau se tomó dos aviones desde Argentina, yo hice una combinación de bus + tren + bus + bus desde Biarritz a Barcelona que me llevó un día. Dormimos en el aeropuerto y salimos a las 7 de la mañana del viernes. Cuando llegamos a Zagreb estábamos cansadas —ya nos pega la edad, che— y no llovía: diluviaba. Y hacía mucho más frío del que esperábamos. ¿Qué pasa que no llega la primavera en Europa? O soy yo que llevo el agua a todas partes. Pedimos paraguas prestados en el hostel y salimos a caminar igual, no queríamos que un poco de agua nos frenara.

hola lluvia

hola lluvia, pensé que ibas a quedarte en Francia

Una de las primeras fotos que saqué en Zagreb

Una de las primeras fotos que saqué en Zagreb, en la calle Ilica ul, la más larga de la ciudad.

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Aparecimos en la calle Ilica ul, la más larga de Zagreb, y lo primero que pensé fue que, por momentos, la arquitectura me hacía acordar a partes de Praga y Budapest. Después entendí que las similitudes tenían sus razones históricas: Zagreb tiene más de novecientos años de vida y, al estar en uno de los cruces de caminos de Europa, tiene influencias de varios países e imperios vecinos. Tratamos de seguir el mapa pero nos dimos cuenta de que el centro y la parte alta de Zagreb eran laberínticas. Mejor: las ciudades-laberinto suelen esconder muchas cosas, los recovecos son ideales para guardar tesoros e historias. Ese día, entre el cansancio y la lluvia, decidimos dejar la caminata un poco al azar, así que agarramos curvas, subimos escaleras y aparecimos frente a la plaza de San Marcos, el espacio más importante durante la época medieval. A partir de ese momento, durante los tres días siguientes, los tesoros nos fueron cayendo uno a uno en la cabeza.

Se nos ocurrió, entonces, hacer un contra-desafío: a quienes quieran jugar, los desafiamos a encontrar la lista de cosas que aparecen abajo. A quien encuentre todos —y pueda probarlo con fotos— le mandaremos una postal cada una —con mensajito, obvio—, desde el lugar del mundo en el que estemos. Algunos ítems son más fáciles que otros, vamos a darles varias pistas y la idea es que se diviertan explorando la ciudad y que le presten atención a ciertos detalles que le dan personalidad a Zagreb. Por si quieren imprimirla, acá pueden descargarse la lista completa.

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La contrabúsqueda del tesoro

Si vas a Zagreb, te desafiamos a encontrar:

* Jupiter

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El Sol de Zagreb

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La Tierra

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Saturno

En el centro de Zagreb hay un sol (se llama Prizemljeno Sunce). Fue hecho por el escultor Ivan Kozarić en 1971 y, como ven en la foto, es bastante grande, así que no les va a costar encontrarlo. El artista Davor Preis se inspiró en ese sol y, en el 2004, escondió un sistema solar por la ciudad: llamó a la instalación Devet pogleda o Nine Views. Calculó el tamaño de los planetas y la distancia en proporción al sol y los distribuyó en el mapa. En noviembre de 2004, un grupo de estudiantes salió a buscarlos —la instalación no era conocida entre la gente local— y develó la ubicación exacta de cada uno. A ver si encuentran Júpiter (nosotras no pudimos).

* Un comodín

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Para este tesoro tienen dos opciones. La fácil: ir al Museum of Broken Relationships. La difícil: encontrar el comodín tirado en la calle. Les recomiendo mucho ir al museo, a mí me pareció uno de los más originales que visité: expone objetos cotidianos que quedaron llenos de sentido —y cargados de recuerdos— después de una historia de amor fallida. Van a ver zapatos, libros, jarrones, enanos de jardín, peluches, ropa y hasta un hacha. Cada objeto, además, tiene su historia escrita al lado. ¿Qué hacer con el dolor que queda tras una relación fallida? Convertirlo en un bálsamo para otros.

* Algo que tenga que ver con el café (una taza de café, el barista, cafés incrustados…)

Una de las actividades más practicadas por la gente de Zagreb es reunirse en las kavanas (cafeterías) a tomar café y charlar durante horas. El objetivo no es tanto tomar café en sí, sino encontrarse con amigos, familiares y colegas y socializar. La cultura del café en la capital croata es una costumbre adquirida por la influencia austro-húngara, otomana e italiana. Ya lo dije en otras ocasiones, pero sentarme a tomar un café es una de mis actividades preferidas, esté de viaje o en Buenos Aires: cuando estoy sola me encanta aprovechar ese momento para descansar y escribir, cuando estoy con amigas, el café es una excusa para charlar. Les guste el café o no, es muy probable que, entre caminata y caminata por Zagreb, terminen en una cafetería.

* Un corazón

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El corazón es el símbolo de Zagreb (Lau les cuenta más al respecto en su post: “Encontrar el corazón de Zagreb”): el original se llama licitar y es una galleta de miel con forma de corazón, a veces con un espejo en el medio, que se usa como decoración y regalo en las celebraciones. Es uno de los patrimonios intangibles de la cultura croata, y no les va a ser difícil encontrarlo.

* Un candado

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Muchas ciudades europeas tienen sus candados del amor. Zagreb también. Vayan a buscarlos y disfruten la vista. Pista: están en la parte alta.

* Una vidriera retro

Las vidrieras de Zagreb merecen un post aparte. Algunas son, sin proponérselo, muy retro. Presten atención y elijan la más retro que encuentren.

* Un huevo de Pascua pintado a mano (más puntos si es gigante)

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Son otro elemento típico de la cultura croata —y de la húngara también, me acuerdo de mi infancia—. En Zagreb encontré solo este, pero en Koprivnica, cerca de la frontera con Hungría, se exhibe una colección de huevos pintados todos los años, durante la Cuaresma.

* Un tranvía rojo

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Los tranvías en Zagreb son azules, pero de vez en cuando se ve alguno rojo. Estén atentos porque pasan rápido (por eso mi foto está tan movida: ¡tranvía rojo, tranvía rojo! + click)

* Los paraguas típicos de Zagreb

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Los paraguas que estas mujeres tienen en la mano se llaman Šestine y son típicos de la región del mismo nombre. Provienen del siglo 18 y forman parte de la vestimenta tradicional de la gente de Šestine. Son rojos y tienen rayas de colores. Los van a ver bastante, llueva o no. Pista: miren bien en el mercado que está al aire libre.

* Un dispenser de lecha fresca (pista: en el mercado)

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En Zagreb es más barato comprar un litro de leche fresca que un litro de leche envasada. Este señor, por ejemplo, llevó cinco botellas vacías y las llenó todas por menos de un euro cada una.

* Una puerta con algún detalle interesante

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Presten atención a las puertas, van a encontrar todo tipo de trabajos artesanales. Elijan la que más les guste.

* Un cartel

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En el idioma que quieran.

* El farolero de Zagreb

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En la parte alta de Zagreb hay más de doscientos faroles. Cada tarde, antes de que baje el sol, dos faroleros recorren las calles y los encienden, uno a uno. No es una ceremonia ni un show: es un oficio casi extinto que en esta ciudad se mantiene vivo. Eso sí, les recomiendo que estén atentos y se apuren porque los faroleros son muy rápidos y desaparecen antes de que te des cuenta.

* La máquina del tiempo (solo durante primavera y verano)

Todos los sábados de primavera y verano, entre las cinco de la tarde y las ocho de la noche, la plaza de San Marcos viaja al pasado. Dénse una vuelta por ahí y van a encontrarse con Marija Juric Zagorka, la primera periodista de Zagreb, Antun Gustav Matos, poeta y escritor de viajes croata, el repartidor de periódicos, el cartero, la lavandera y otros personajes típicos del Zagreb de hace varios siglos. Son muy simpáticos y te cuentan su historia. Si van en otoño o invierno, tachen este ítem de la lista.

* Algo amarillo

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Yo elegí la Ópera.

* Un ritual (pista: vayan al Stone Gate)

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El Stone gate (puerta de piedra) es lo único que queda de la antigua muralla medieval que protegía a la ciudad de Gradec, hoy parte de Zagreb. Si pasan por ahí van a ver que a toda hora hay gente prendiendo velas y rezando en silencio. ¿Por qué? Porque ahí está el altar de una Virgen milagrosa. En 1731, un incendio destruyó gran parte de la ciudad. En uno de los departamentos de la torre que está encima del Stone gate encontraron la imagen de una Virgen con Jesús que había quedado intacta. El marco había sido destruido por el fuego, pero el resto del cuadro estaba entero, así que la consideraron milagrosa y le hicieron un altar.

* Un fantasma (o un lugar embrujado)

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Dicen que Zagreb es una ciudad llena de fantasmas, lugares embrujados, leyendas y supersticiones. En la farmacia más antigua de Zagreb, ubicada a pocos metros del Stone Gate, se vendía sangre de dragón para hacer pociones. Muchos habitantes creían, además, que había un dragón durmiendo debajo de la ciudad y que la reina serpiente vivía en los túneles junto con sus tesoros. Muchos fueron a buscarlos y no volvieron. Varios escritores y poetas de Zagreb tuvieron a sus propios fantasmas —a uno se le apareció una sombre violeta que le ordenó la ropa del placard—, hay una mujer vestida de blanco que aparece las noches de lluvia, hubo un drácula croata y, hasta no hace mucho, a las mujeres se las acusaba de brujería y se las quemaba en la plaza de St. Mark’s.

Para este tesoro vale todo: lugares embrujados, fantasmas (si los ven), cementerios abandonados (hay uno en la parte alta), una bruja… Si necesitan ayuda, pueden hacer el Zagreb Ghost Tour, un recorrido nocturno por las leyendas y misterios de la parte antigua de la ciudad.

* La tumba más antigua de Mirogoj (pista: fíjense en la vegetación)

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Nos vamos al cementerio. A mí me gusta mucho visitar cementerios en otros países, pero sé que no es una actividad para todos. El de Zagreb, sin embargo, vale la pena. Se llama Mirogoj y fue diseñado por Hermann Bollé, un arquitecto franco-alemán que, según dicen los locales, le cambió la cara a Zagreb. El cementerio se construyó en 1876 y guarda los restos de muchos croatas famosos y de gente católica, ortodoxa, protestante, musulmana y sin religión. Un lector nos desafió a encontrar la tumba más antigua del cementerio y fallamos: sabíamos el nombre de la persona —fue un croata muy querido— pero lo ubicamos mal en el mapa y le sacamos fotos a otra tumba.

* Un gato (vale doble si es negro y está en el cementerio)

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Hay bastantes gatos, así que estén atentos.

* Un peso argentino (pista: detrás de la tumba de un poeta croata)

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Acá se empieza a poner más compleja la cosa. Hace unos posts les conté de Geocaching, la búsqueda del tesoro más grande del mundo: hay más de dos millones de caches escondidos en todo el mundo. Se localizan con GPS y tienen distintos tamaños: algunos son como el tubo que ven esta foto, otros son tuppers, otros son recipientes muy chiquitos. Todos tienen un logbook, o libro de firmas, y objetos dejados por la gente. En el cementerio de Mirogoj hay dos (si tienen la versión Pro de Geocaching van a ver más, pero con la versión gratuita se ven dos). En uno de esos dos dejamos una moneda de un peso argentino y nuestras firmas.

(Quedan liberados de este ítem si: no tienen teléfono con gps o si encuentran el recipiente y la moneda y el papel con nuestra firma ya no está.)

* Un delfín (pista: en una avenida larga, cerca de la estación de tren)

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Muy cerca de la estación de tren hay una avenida muy larga toda cubierta de arte callejero. Pregúntenle a la gente en Zagreb y van a saber indicarles. Sabemos que el arte callejero es efímero, así que si el delfín no aparece, vale la foto de cualquier otro animal pintado en esa pared.

* Un lugar abandonado

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Fuera del centro de Zagreb se ven muchos edificios abandonados. Me encanta. Este es, al parecer, un rasgo común de los países de la ex Yugoslavia. Si viajan por esta región van a ver varios por día.

* El río

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Zagreb está atravesada por el río Sava, pero si no lo vas a buscar, no lo vas a ver. No queda muy lejos del centro y hay varios tranvías que te llevan. Además, para encontrar los siguientes tesoros vas a tener que ir para allá y caminar casi por la orilla entre dos de sus puentes: el Jadranski Most y el de la Avenija Većeslava Holjevca.

* Un monumento o construcción de la época socialista

En el paseo del río van a ver bastantes, así que elijan el que más les guste. La historia de cada uno y el mapa detallado lo encuentran en este blog (en inglés).

* Una calle o lugar que haya sido el escenario de una película

Primeras vistas de Zagreb

En Zagreb se filmaron muchas películas y series. En varias locaciones de Croacia se filma Game of Thrones, así que el país en general es un set de cine. En la plaza de la iglesia de St. Catherine se filmaron algunas escenas de El violinista en el tejado (tengo que verla). ¿Qué otras locaciones encuentran?

* Un objeto al azar

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Y acá pueden poner lo que quieran. Yo encontré este libro. Y lo dejé ahí.

Zagreb, la verdad, me sorprendió mucho. En general cuando se habla de ciudades europeas son otras las que están primeras en la lista. Y Zagreb, siento, sigue siendo una ciudad para croatas en la que nosotros, los visitantes, podemos espiar por un rato. Es muy fotogénica y tiene un montón de detalles más que no puse en esta lista para no hacerla interminable, pero si van para allá no dejen de buscar, además, las esculturas, las mujeres vendiendo frutillas, las corbatas (la corbata es un invento croata), el rakija (la bebida típica), los fotocharcos, los reflejos. La cantidad de tesoros es inagotable.

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[box type=”info”]Info útil para visitar Zagreb:

* En comparación con otras capitales europeas, Zagreb no es una ciudad tan cara. La moneda es el kuna y el cambio está a 7.50 kunas por un euro (datos de mayo de 2015).

* La ciudad está bien conectada con el sistema de tranvías, buses y funiculares, aunque podés llegar a casi todas partes caminando. Un viaje en tranvía cuesta 10 kunas y es válido por casi dos horas (podés hacer transbordos sin volver a pagar). De noche es un poco más caro (15 kunas), pero si vas a quedarte varios días podés comprarte la Zagreb Card (cuesta 90 kunas, unos 12 euros): es válida por 72 horas y te permite viajar en transporte público y te da descuentos en museos, restaurantes, tiendas y otros servicios. Pero de verdad: caminen, todo queda cerca.

* Podés comer un plato abundante por unos 40 kuna (menos de € 6) y tomar un café por 10 – 14 kuna. Acabo de descubrir esta página y me pareció muy útil: expatisan.com, te dice cuál es el costo de vida en más de 1900 ciudades del mundo.

* La mayoría de la gente habla inglés y, los que no, tienen muy buena voluntad para comunicarse.

* Una cama en el dorm de un hostel cuesta entre 80 y 130 kuna, y hay bastante oferta de alojamiento. Nosotras nos quedamos en el Swanky Mint Hostel y nos gustó mucho.

* Si quieren recorrer Zagreb con una guía que habla castellano y que sabe muchíiisimo acerca de la ciudad, les recomendamos contactar a Dalma Čipčić: es croata-argentina y vive hace más de veinte años en Zagreb. La contactan por mail a dalmacipcic(arroba)gmail.com (y le mandan saludos de nuestra parte) :)

* Algunos blogs con información interesante de Zagreb y Croacia: Zagreb Honestly, Chasing the Donkey y Yomadic. Una app que les puede servir para recorrer la ciudad: Be There.

* Agradecemos el apoyo de la Oficina de Turismo de Zagreb que nos dio un montón de información para llevar a cabo estos primeros desafíos.[/box]

[box type=”star”]

Este post forma parte de la serie “Desafío Serbia Croacia”, un viaje de veinte días con Laura, de Los Viajes de Nena, por ambos países. Pueden leer el Desafío #2: encontrar el corazón de Zagreb en su blog. También pueden seguir el día a día de nuestro viaje por Instagram. En los próximos desafíos: Belgrado. [/box]

Desafío Serbia Croacia

Lo digo de una: este viernes, Laura y yo nos vamos a Zagreb para empezar un viaje de 20 días por Croacia y Serbia.

Los que siguieron la saga Desafío Islandia saben que nos gusta viajar haciendo juegos y que desde que terminamos ese viaje nos quedamos con ganas de más.

Así que se viene el segundo capítulo de algo que será una serie con, esperamos, varias temporadas: los Desafíos Viajeros.

La fórmula mágica es algo así: 2 blogueras + 1 viaje + 10 desafíos + 20 días para cumplirlos.

¿Cómo presentar un viaje que todavía no empezó y en el que no sabemos qué pasará? Si bien vamos con un itinerario más o menos armado —llegamos a Zagreb, vamos para Belgrado, hacemos algo del norte de Serbia, volvemos a entrar a Croacia y bajamos por la costa hasta Dubrovnik— y una lista de desafíos posibles, uno de los objetivos es dejarnos llevar y permitir que algunos desafíos nos encuentren.

En nuestra lista hay desafíos como estos:

* convertir Belgrado en un set de fotografía
* aprender el alfabeto cirílico
* hacer una búsqueda del tesoro (con 20 objetos o situaciones para encontrar y fotografiar) en Zagreb
* hacer barcoestop por las islas de Croacia
* tener un día experimental (dejar que los dados decidan nuestro recorrido y decir a todo que sí)
* aprender a preparar un plato típico de los Balcanes
* usar todas las formas de desplazamiento posibles
* fotografiar lugares abandonados

Son, en realidad, excusas para interactuar con los lugares y con la gente, objetivos que queremos cumplir para viajar de otra manera y mostrar nuestro recorrido desde otra perspectiva.

 

Siento que este viaje está muy alineado con mi manera actual de ver las cosas: hace un tiempo empecé a sentir que la vida es una colección de desafíos.

O de consignas.

O de experimentos.

Da igual.

Vivir me parece eso: ir cumpliendo consignas invisibles, tomarse todo como un gran experimento.

Tal vez es porque estoy escribiendo mucho así, con consignas, porque estoy rodeada de libros que me proponen hacer listas o me dan temas para escribir o me sugieren exploraciones para prestarle atención al mundo —no por nada sentí la necesidad de abrir un segundo blog que no tuviera que ver con viajes—.

A la vez creo que cada desafío encierra otros desafíos.

Por ejemplo, en mi caso, siento que este viaje me pone tres desafíos grandes (vamos a decirles Macro Desafíos):

* Volver a volar en avión. Hace más de un año que no me subo a un avión y no sé cómo me voy a sentir, si las últimas veces la pasé mal. Mi gran desafío, en realidad, es perderle el miedo a volar.

* Encontrar cosas relacionadas con la escritura. No me llevo ni un libro y voy con un solo cuaderno (bueno, dos, uno muy chiquito y otro más grande), y no creo que mi lado escriviviente se vaya a aplacar en este viaje, al contrario, temo que se la pase buscando papelerías y librerías por los Balcanes. Otro desafío dentro de este Macro Desafío (¿qué sería eso? ¿un mini-macro desafío?) es seguir posteando en escribir.me mientras estoy de viaje.

* Volver a viajar. Este es el desafío más grande. Estoy viviendo en Francia hace nueve meses, pero eso no quiere decir que esté viajando. Estoy estática, haciendo las mismas cosas que haría en Buenos Aires (mi lugar de no-viaje), trabajando en mis libros y teniendo una rutina llena de quietud —que en este momento me encanta—. En este tiempo hice algunos viajes cortos, pero nada más, así que me siento medio oxidada. Hace bastante que no relato viajes en tiempo real, así que veremos cómo me sale eso.

Y tengo un Desafío Macro bis que me da un poco de vergüenza pero se los digo igual: separarme de L. por 20 días. Me da risa hasta escribirlo, pero es verdad. Y ya sé que 20 días no es nada, pero desde que nos conocimos, hace casi un año, estamos todo el tiempo juntos y yo no puedo más del amor.

Estos franceses…

Bueno, basta. Volvamos al viaje.

La gallinita, mascota oficial del viaje, está empollando en nuestros próximos destinos.

La gallinita, mascota oficial del viaje, está empollando en nuestros próximos destinos.

Puede que se estén preguntando por qué elegimos Serbia y Croacia.

Elegir el destino del viaje fue otro desafío (van a ver la palabra “desafío” bastante de ahora en más).

No exagero: Lau y yo tuvimos una sesión de cuatro horas de Skype para decidir a qué parte de Europa irnos y nos costó mucho llegar a una decisión final.

El diálogo tenía momentos así:

—Bueno, ya está, tenemos cuatro opciones: Bulgaria, Polonia, Croacia y Francia.

Y al rato:

—¿Cuáles eran las opciones? ¿Y Alemania no te copa?

—No, pará, tenemos que ir a Turquía.

—Yo muero por los países nórdicos.

—¿Y si vamos a Hungría?

—Bueno, decidido: República Checa.

—Pará, imaginate hacer un viaje de desafíos por España, sería re divertido.

—Sí, tenés razón, vamos.

—Che, ¿y cuáles eran las cuatro opciones anteriores?

—¡Mirá lo que son estos lugares de Croacia!

—Yo tengo muchas ganas de ir a Belgrado.

Y así.

Era de no creer.

Ponés a dos indecisas juntas y sale eso.

Ni sabemos quién sugirió qué, pero al final las dos nos copamos con Croacia y Serbia, así que cerramos el debate ahí.

Uno de mis grandes destinos pendientes en Europa son los Balcanes, así que esa era la región que más me tentaba. De Croacia me hablaron mucho, más que nada por sus playas, sus pueblitos mediterráneos y su gente. Y Serbia es un país que siempre me llamó la atención.

Así que allá vamos: a jugar, a divertirnos, a ver qué nos depara el camino y a contarles todo a través de nuestros blogs.

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[box type=”info”]* Pueden seguir el viaje en redes sociales con el hashtag #DesafíoSerbiaCroacia. Yo estaré publicando en mis cuentas de twitter (@anikovillalba), facebook (perfil personal y página de Viajando por ahí) e instagram (@anikovillalba). Lau en su blog y en sus redes. Como la vez anterior, cada una escribirá acerca de cinco desafíos. Pueden leer la versión de Lau de este post en su blog.

* Queremos que uno de los desafíos sea pensado por ustedes, así que mándennos sus sugerencias por acá, por mail, por redes, por donde prefieran y en unos días diremos cuál elegimos.

* Nos vamos de viaje con el libro Turista lo serás tú, del que esperamos sacar varios juegos divertidos para hacer por allá.

* En este viaje contamos con el apoyo y la buena onda de Eurail. [/box]

Geocaching: la búsqueda del tesoro más grande del mundo

Mañana, 2 de mayo, Geocaching cumple 15 años. Y lo único que me pregunto es cómo no lo descubrí antes. En realidad lo conocía, varias personas me habían hablado acerca de ese juego, pero nunca le di mucha importancia. Era como:

—¿Sabías que hay gente que esconde cosas en todas partes del mundo y da las coordenadas del GPS para que otros las encuentren?

Y yo:

—Ahhh, mirá.

Y nada. Aniko despertate.

Hace unos días estaba leyendo el libro “Turista lo serás tú”, de mis amigos de la Editorial Viajera, cuando la palabra geocaching volvió a aparecer en mi vida. Este libro propone más de setenta juegos para hacer mientras viajás. Uno de ellos, el 27, decía así:

“Tal vez no los hayas visto, pero tu ciudad está llena de tesoros. Tesoros reales aunque simbólicos: objetos ocultos en tarteras —tuppers— (protegidos así de las inclemencias climáticas) en coordenadas muy precisas. Han sido escondidos por personas, pero, paradójicamente, para que sean encontrados. Pero no por cualquiera: solo por aquellos que los busquen en páginas web creadas a tal efecto. Parece un juego, un acertijo, y es así: se trata del geocaching.”

Enseguida lo busqué en internet y me encontré con este video explicativo:

Para jugar, decía, se necesita un GPS o smartphone. Y claro, me dije, la última vez que escuché hablar acerca del geocaching no tenía smartphone, pero ahora sí, así que me bajé la aplicación enseguida para ver de qué se trataba. Se abrió un mapa de Biarritz —la app sabe dónde estás— y aparecieron como treinta puntos verdes. ¿Qué quería decir eso? Que en cada uno de esos puntos había un tesoro escondido. Empecé a saltar de emoción y le dije a L.: “¡Mirá esto, por favor! Biarritz está llena de cosas ocultas, hay tesoros, hay cajas que quizá tengan muñequitos de la infancia de alguien, dados, libros, cartas, secretos. Tengo que salir a buscarlos, esto es espectacular”. Él, que ya se acostumbró a verme levantar cosas del piso —naipes, piezas de rompecabezas, legos, papeles escritos, cintitas, bolsitas y etcétera— y de la basura —o de lo que otros consideran basura— se reía: “Es ideal para vos, era obvio que te iba a gustar”. Pero ese día llovía mucho, así que tuve que esperar.

Me fui hasta la Grande Plage

La Grande Plage de Biarritz, por acá cerca hay tesoros escondidos

Al día siguiente salí a caminar. Como cualquier cosa nueva, esto del geocaching me generaba algunas dudas. No voy a decir miedo, porque no era miedo, pero me daba no se qué estar buscando tesoros sola: ¿y si alguien me veía y pensaba que estaba loca? ¿y si me encontraba con otro geocacher en el mismo punto? ¿y si tenía que explicarle a alguien (¡en francés!) lo que estaba haciendo? Después leí que existe algo así como la ética del geocaching y que algunas de las reglas aceptadas son: no poner en peligro a otros, minimizar el impacto en la naturaleza, respetar la propiedad privada y evitar la sospecha pública.

Caminé hasta la playa diciéndome “no voy a hacer geocaching hoy, mejor empiezo otro día con alguien” pero no aguanté. Abrí la aplicación del teléfono y vi que muy cerca mío, a unos 100 metros, había un tesoro oculto. Miré la pista: “Está colgado”. Tendrían que haberme visto: empecé a caminar mirando para arriba, esperando encontrarme una caja colgada de algún árbol o de una pared. Al ser la primera vez, no me avivé de que la aplicación tenía un GPS incorporado que me iba indicando con una flecha hacia qué lado caminar. Yo solo veía mi punto moviéndose en el mapa y trataba de acercarlo lo más posible a ese punto verde. Cuando estuve a pocos metros, el teléfono empezó a vibrar: “¡Prestá atención! ¡Estas cerca!”. Busqué, busqué, busqué, pero no veía nada. Ni siquiera sabía qué estaba buscando.

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Pasé por un arbusto y vi un tubito verde muy chico, pero lo desestimé y seguí. Cuando estaba por darme por vencida, miré la foto de alguien que ya lo había encontrado. En la app de Geocaching hay un logbook o libro de visitas online: los que ya encontraron ese tesoro dejan algún comentario (sin spoilers) y a veces alguna foto de referencia. Cuando miré la foto me di cuenta de que el tubito verde era el tesoro. Volví, lo desenganché del arbusto —estaba agarrado con uno de esos alambres para cerrar el pan lactal—, lo abrí y adentro encontré un papel enrollado: era el libro de visitas (todos los caches tienen uno). Lo firmé con nombre y fecha y volví a engancharlo en la misma rama. No sé si alguien me vio ya que era una zona con mucha gente. Volví a casa contenta, pero quería más: quería cajas como las del video.

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Al día siguiente salí a caminar temprano, algo que no hacía hace tiempo. Había estado mirando el mapa y vi que en Biarritz hay una laguna (ni sabía) y que en el bosque alrededor de esa laguna hay como cinco tesoros, varios de ellos cajas (la aplicación suele decir qué tamaño tiene el tesoro que estás buscando). El lugar estaba a 45 minutos caminando de mi casa, así que puse música y fui para allá. Llegué a una zona natural lindísima y pensé que, más allá de que encontrara las cajas o no, uno de los premios del Geocaching era aparecer en lugares así. Seleccioné la primera caja en la aplicación y el GPS me empezó a guiar. Primero me mantuve por el sendero, pero después la flecha me dijo que subiera y me metiera en el bosque. Me empecé a reír sola porque me sentía una boy-scout caminando entre la maleza. La pista decía: “Está en un árbol hueco”, pero como el GPS no es cien por ciento exacto, una vez que estás a pocos metros tenés que explorar todo. Así que me puse a mirar los árboles uno por uno, a buscarles huecos, hasta que por fin apareció mi primera caja.

Por calles así me fui llevando el GPS

Por calles así me fui llevando el GPS

Después entré acá

Después entré acá

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Encontré el árbol susodicho

Y la caja

Y la caja

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La abrí y me desilusioné. Estaba llena de publicidad (?): tarjetas ofreciendo servicios de peluquería y cosas así. Yo quería encontrarme objetos personales y con valor sentimental. Guardé todo donde estaba y me fui a buscar el próximo punto verde. El GPS me llevó por un camino que desembocó directo en la laguna. La pista de esta caja era: “Está debajo de una piedra”, así que me puse a levantar todas las piedras que encontré. Este tupper me gustó más: tenía una ficha de dominó, una pulsera, una flor seca, un pasaje de tren y un cuaderno para firmar. Dejé mi nombre y aporté una pulsera a la caja. Después me fui a sentar un rato frente a la laguna.

Para llegar a la segunda caja seguí por acá

Para llegar a la segunda caja seguí por acá

Y aparecí frente a la laguna

Y aparecí frente a la laguna

Después de revisar piedras, la encontré

Después de revisar piedras, la encontré

Caja que encontré en el bosque

Caja que encontré en el bosque

Ya que estaba ahí, aproveché para seguir paseando por el lago, busqué una caja más y volví a casa. En total estuve dos horas y media caminando en busca de tesoros.

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Si no hubiese sido por el geocaching, ni me enteraba de que tenía un lugar así tan cerca.

Si no hubiese sido por el geocaching, ni me enteraba de que tenía un lugar así tan cerca.

con patos y todo

con patos y todo

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Y bosque

Y bosque

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La tercera caja estaba acá

La tercera caja estaba acá

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Adentro de la caja había un aviso: “Si descubrís esto sin querer, por favor dejalo donde estaba, sin vandalizarlo. Esta caja forma parte de un juego mundial con GPS que se llama “geocaching”. Podés encontrar toda la información en el sitio web”

Supongo que esto se hace vicio muy fácil. En el libro de visitas online vi que alguien había escrito: “Lo encontré, es mi cache número 200″. Y me dije que qué pena que no supe de esto antes, porque hubiese buscado cosas en todos los países que estuve. Geocaching es la búsqueda del tesoro más grande del mundo: hay más de 200 millones de cosas escondidas en 200 países y territorios, así que se puede jugar casi en todos lados. Yo creo que de ahora en más, cada vez que llegue a un lugar nuevo, no aguantaré la tentación de abrir el mapa y ver cuántos puntos verdes hay a mi alrededor.

[box type=”star”]Más información del Geocaching

* Si bien la aplicación de Geocaching está por cumplir 15 años, este no es un juego nuevo. El geocaching es parecido al letterboxing, un juego que existe hace más de 160 años y que consiste en dejar cajas con sellos y dar las pistas a través de catálogos impresos o sitios webs. Luego, quien encuentra la caja usa el sello para estampar su propio cuaderno y demostrar el hallazgo.

* Dave Ulmer, de Oregon, fue el primero en esconder un cache y dar las coordenadas de GPS el 3 de mayo del 2000. Posteó la ubicación en una web y tres días después ya había registros de que dos personas lo habían encontrado. Hoy, en ese sitio, hay una placa conmemorativa.

* Yo estoy usando la aplicación de geocaching.com, pero hay varias webs que muestran dónde están los tesoros, como  opencaching.com o Open Caching Network (tienen distintas webs para distintas regiones del mundo).

* Hay un montón de otros juegos parecidos, también al aire libre, con pistas y en todo el mundo: book crossing, bike crossing, benchmarking… Ya los probaré y después les cuento.

* Y si quieren ideas para viajar distinto, les recomiendo “Turista lo será tú. Setenta y tantas propuestas para viajar de otra manera”, publicado por La editorial viajera (la misma de “Viajeras”). [/box]

Cosas que me inspiran (7): el arte de la quietud

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Cosas que me inspiran: una dosis quincenal —ejem, mensual— de charlas, ilustraciones, películas, libros, series y todo eso que encuentro por ahí y que a) me inspira a crear cosas nuevas b) me ayuda a pensar distinto y c) me hace reír. Las cosas que me inspiran a escribir las pongo en mi otro blog: escribir.me[/box]

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Antes que nada: feliz primaotoño para todos. Se viene mi época preferida del año, aunque acá la primavera se está haciendo desear.

Me acabo de dar cuenta de que hace once días que no posteo y no entiendo cómo pasó tan rápido. Dicen que el tiempo vuela cuando uno se divierte, entonces si hiciéramos un silogismo diríamos:

1. El tiempo vuela cuando uno se divierte
2. Cuando uno viaja, se divierte
3. Cuando uno viaja el tiempo vuela

Falso. Cuando viajo el tiempo se me estira, los días tienen otra consistencia, las horas parecen más largas. Y no porque no me divierta, sino porque apago el piloto automático y le presto atención a cada momento de la realidad. Esa es una de las cosas que más me gusta de viajar: que potencia mi capacidad de atención.

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Estos días me estuve divirtiendo y el tiempo voló, pero fue una diversión distinta. Tengo el segundo borrador de mi libro casi listo, estoy a full con mi blog de escritura, también escribiendo artículos y preparando un proyecto fotográfico que tenía pendiente hace tiempo. En tres meses me voy de Biarritz y también tengo la sensación de que se me van a pasar volando. En julio haremos un viajecito por Francia y en agosto: Buenos Aires. Tengo ganas de estar allá, esta va a ser la vez que más tiempo pasé fuera de Argentina y la verdad que no ver a mis amigos y familia por tantos meses —van a ser casi dos años cuando vuelva— se me hace difícil. Después de mi regreso a Argentina seguirán los viajes: los dos planes son Patagonia y Japón. Cerquita.

Estoy disfrutando mucho esta pausa, como ya dije, porque me estoy nutriendo de un montón de cosas que me inspiran. Acá van algunas:

1. Saturday Night Live (tv)

Amo Saturday Night Live desde que tengo doce o trece años. Este programa de televisión se emite en vivo hace cuarenta años y cada show tiene un conductor distinto —en general un actor o músico— y una banda o solista invitado. Por SNL pasaron todos los grandes comediantes, algunos incluso empezaron ahí: Will Ferrel, Adam Sandler, Ben Stiller, Jimmy Fallon, Steve Martin, Dan Aykroyd, Mike Myers, Chevy Chase. Antes miraba el programa entero por televisión, ahora solo miro los sketchs por youtube. SNL tiene tantos años y tanto material que en youtube pueden encontrar de todo: parodias de películas y de programas de televisión, canciones, imitaciones de distintos formatos de shows, personajes que luego tuvieron sus propias películas. Va de lo bizarro a la genialidad. En esta lista puse más de treinta sketchs que me gustan y que miro cada vez que quiero reírme.

2. Mapa sonoro de una vuelta al mundo, por Lucía y Ruben de Algo que recordar

Se me pone la piel de gallina. Más allá de las imágenes, creo que son los sonidos los que nos transportan de verdad. O al menos los que nos hacen recordar los lugares en los que estuvimos. Escucho este video de los chicos de Algo que recordar y vuelvo a viajar. Si no conocen su blog, se los recomiendo mucho, sus fotografías son lindísimas y sus videos excelentes.

Más en: algoquerecordar.com

3. Things we forget

Esta web me encanta por su simpleza: es una colección de post-its con mensajes positivos. El autor los deja en espacios públicos, les saca una foto y los sube a la página. Ya tiene más de 1114 post-its, uno más sabio que el otro. Es para imprimirlos todos y empapelar un cuarto. En su tienda los vende en forma de posters, imanes y libro.

Más en: thingsweforget.blogspot.com

4. “El arte de la quietud”, por Pico Iyer

Pico Iyer, viajero y escritor, habla acerca de la importancia de quedarse quieto en un mundo que no para de moverse. Cito algunas de las partes que más me gustaron, pero les recomiendo que vean esta charla entera: “A los 29 años, decidí rehacer toda mi vida bajo la idea de ir a ninguna parte. (…) Y así, para mi gran sorpresa, descubrí que ir a ninguna parte era tan apasionante como ir al Tíbet o a Cuba. Y cuando digo ir a ninguna parte, hablo de nada más intimidante que tomarse unos minutos cada día, o unos días cada estación, o incluso, como hacen algunos, unos años en la vida, para estar quieto el tiempo suficiente para averiguar qué nos motiva más, para recordar qué nos hace realmente felices y para recordar que, a veces, ganarse la vida y honrar la existencia van en direcciones opuestas. (…) Por eso, en la era de la aceleración, nada puede ser más estimulante que ir lento. En la era de la distracción, nada es más lujoso que prestar atención. En la era del constante movimiento, nada es tan urgente como quedarse inmóvil.”

Visto en: TED.com

5. Use-it Maps: mapas hechos por la gente local

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Ya recomendé estos mapas en algún post pero los vuelvo a mencionar por si alguno no los vio. Los use-it maps están hechos por gente local, son gratuitos y te dan una mirada más real y menos turística de muchas ciudades europeas. Me los mostró una lectora en Bélgica y me parecieron excelentes ya que te dan datos que un típico mapa turístico no tiene: donde se come mejor y más barato, dónde están los rincones escondidos, dónde se reúne la gente joven, a dónde salir de noche. Hay Use-it Maps de más de cuarenta ciudades —por el momento solo de Europa—: pueden descargarlos en la web e imprimirlos.

Más en: use-it.travel 

6. Los videos de PES

Descubrí a PES hace varios años, cuando me empezó a interesar la técnica de stop-motion. Los videos de PES hacen magia con objetos cotidianos. Mejor que los vean. El que aparece acá, Fresh Guacamole, fue nominado a un Oscar por mejor corto animado. El primero que vi fue “Western spaghetti”, que también les recomiendo.

Más en: pesfilm.com

7. “Larung Gar, un viaje interior”, por Carmen Teira

Foto: trajinandoporelmundo.com

Foto: trajinandoporelmundo.com

Me encanta leer a Carmen: es española, tiene mi edad y también viaja y escribe. En este post cuenta su experiencia en Larung Gar, un pueblo de la zona tibetana de Sichuan, China. La vida, la muerte, el ritual de entierro tibetano y todo lo que hay entremedio, en primera persona.

Pueden leer el post completo en su blog: trajinandoporelmundo.com

8. Series: Red Dwarf (1988)

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Confieso que cuando vi el primer capítulo no le tuve mucha fe. La historia empieza así: hace tres millones de años, una fuga de materiales radiactivos mata a toda la tripulación de Red Dwarf, una nave espacial, y el único sobreviviente es Dave Lister, el chico que reparaba la máquina de sopa. Cuando vi eso pensé: ¿una serie de diez temporadas con un solo actor en una nave espacial? Pero en los capítulos siguientes, a Lister se le suma el holograma de Arnold Rimmer —el que era su compañero de habitación—, Cat —un ¿humano? que evolucionó de un gato—, Holly —la computadora de la nave— y Kryten —un robot de servicio—, y las situaciones que se generan son desopilantes, ridículas y muy originales. Red Dwarf es una serie de ciencia ficción y humor, y cada temporada tiene seis capítulos de media hora. Para mí, un descubrimiento.

Más en IMDB y en reddwarf.co.uk

9. La introducción de la película Medianeras

Creo que vi este clip tiempo antes de ver la película y por eso me quedó tan grabado. Me gusta la mirada original de Buenos Aires y la conexión que hace entre el desorden arquitectónico de la ciudad y el modo de ser de los porteños —me incluyo—. Y a pesar de su locura, estas cosas me hacen quererla.

10. “Nadie le dice esto a los que recién empiezan”, video basado en una cita de Ira Glass

Este video está basado en una cita de Ira Glass, un presentador de radio y televisión estadounidense. Dice, entre otras cosas, que es normal que nos lleve tiempo hacer el trabajo creativo que esté a la altura de nuestras ambiciones: por eso no hay que darse por vencido antes de tiempo. “Most people I know who do interesting, creative work went through years of this. We know our work doesn’t have this special thing that we want it to have. We all go through this. And if you are just starting out or you are still in this phase, you gotta know its normal and the most important thing you can do is do a lot of work.”

Así que a seguir trabajando.

[box type=”star”]Si te gustó, acá hay más Cosas que me inspiran.[/box]

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