Desde un bus rojo

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No sé si puedo escribir acerca de Londres. Es una de las pocas ciudades en el mundo que siempre quise conocer, junto con Nueva York, Estambul y Liverpool. En general quiero conocer países y no ciudades específicas. En general quiero conocer el mundo y no países específicos. Pero si tengo que ponerme específica, entonces sí: Londres es una de las pocas ciudades que siempre soñé con conocer, incluso antes de soñar con empezar a viajar. Así que llegar a Londres fue como asistir a una primera cita que esperaba hace tiempo (despareja, ya que a mí me habían hablado mucho de él, pero él no sabía ni sabe nada de mí). Creo que intenté ponerme linda.

La primera vez que vi Londres en vivo fue desde la ventanita de un avión: estaba volviendo de República Checa a Buenos Aires e hicimos escala en alguno de sus aeropuertos. De tanto haberla visto en películas, sentí que la conocía. Casi me pongo a llorar. Tantas cosas que me gustan nacieron o surgieron o vivieron en Londres. Tantos músicos, actores, libros, tanto imaginario popular mundial. Pero esa vez tuve que conformarme con visitar el aeropuerto, escuchar el acento británico e irme con ganas de volver. Y hace unos días, estando en Bruselas, me dije eso que suelo decirme: “Estoy tan cerca de Londres… ¿por qué no voy?”. Y fui. O mejor dicho vine.

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Crucé desde Calais, en el norte de Francia, en bus. Nos metieron adentro de un tren (con bus y todo) y atravesamos el Canal de la Mancha por un túnel subacuático. Mejor ni pensarlo, aunque la verdad que ni te enterás que vas por debajo del agua. El pasaje decía que llegaríamos a las 16.35 a Victoria Coach Station (la estación central de buses de Londres), así que supuse que esa sería la hora de llegada local (debería serlo, ¿no? Porque sería tan ridículo como decir “estaremos llegando a Buenos Aires a las 17.55 hora Pakistaní”). Entonces cuando poco antes de las tres de la tarde vi que por la ventana aparecía el principio de una ciudad, me dije: “Qué lindo lugar, qué casitas tan inglesas, ¿dónde estaremos?”. Porque era evidente que, faltando casi dos horas para la hora estipulada, eso no podía ser Londres.

Miré todo con cariño (“ahhh Inglaterra, por fin un lugar donde vuelvo a entender los carteles y las conversaciones”), me llamó la atención la cantidad de restaurantes de comida india y que todas las construcciones fuesen bajas (tampoco es que esperara edificios, pero no sé, me gustaron las casitas de esa ciudad todavía sin nombre que se iba expandiendo en mi ventana). A los pocos minutos un double-decker bus (los buses rojos de dos pisos, esos tan icónicos) nos pasó por al lado como diciendo “holaestásenLondres” y yo nada, ni enterada, seguía pensando que estábamos en las afueras de algún otro lugar, hasta que vi un cartel que indicaba que Central London era acá cerca y dije sí, entonces estoy en Londres nomás. Llegamos a la estación de buses a las 16.35 hora francesa, 15.35 hora inglesa. Polémico. Mientras pasábamos de los suburbios al centro recordé la frase de Caparrós: “A los pueblos se llega; a las ciudades se entra”.

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No sé si puedo escribir acerca de Londres. Es muy grande, es muy Londres, le tengo mucho respeto y no conocí casi nada. Los primeros días me moví de un lugar a otro en el Tube (así le dicen al metro o subte acá) y la ciudad me pareció un conjunto deshilvanado de lugares. Me faltaba, como le dirían, “the big picture”, una vista más general, un pantallazo que me permitiera unir mentalmente todos los barrios que había visitado y entender qué estaba cerca de qué. Lo bueno de ir en metro es que llegás más rápido, lo malo es que no ves lo que pasa entre un punto y otro y te quedan muchos espacios en blanco (o en negro). Como no tengo mucho apuro decidí cambiar el metro por el bus rojo de dos pisos (que además de tener muy buena vista cuesta la mitad) (acá todo es carísimo) y dedicarme a mirar la ciudad por la ventana y desde arriba.

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“¿Viste que nosotros somos de la generación que explica todo?”, me dijo una vez un amigo en Buenos Aires, y nos reímos. Siento que Londres es la ciudad donde todo está muy explicado, hay instrucciones muy detalladas para hacer (o no hacer) las cosas. Para el que no conoce es muy útil, ya que en todas partes hay mapas zonales y carteles con los recorridos de los buses y la ubicación de las paradas más cercanas. Pero más allá de eso, hay cosas que me causan gracia (como que, por ejemplo, en la puerta del baño haya un cartel que diga “now wash your hands”, o que un señor esté explicando por el altoparlante de una estación, mientras afuera diluvia, que el piso está mojado debido a “las malas condiciones climáticas”). Hay cosas que me parecen obvias y por eso graciosas, aunque tal vez sea reconfortante que alguien me las recuerde en una ciudad tan grande como esta. 

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Los buses rojos son muy puntuales. En cada parada hay una pantalla que indica en cuántos minutos llega el próximo y es raro que haya que esperar más de cinco (excepto de noche, cuando tienen menos frecuencia, pero siguen llegando dentro de todo rápido). Para mí, el transporte público acá funciona muy bien: el metro llega a todas partes y es rápido (aunque carísimo), los buses son un poquito más lentos pero tienen un andar muy suave. Sin embargo, varios ingleses con los que hablé se quejan. Me parece que en todas partes la gente se queja del funcionamiento de las cosas de su ciudad, es como un deporte que tenemos. Pienso, mientras viajo, que tal vez vivir una ciudad consiste en entender su lógica (¿cómo funciona el transporte público? ¿La gente pide perdón si te empuja? ¿Se respetan las filas? ¿La gente sonríe?). Uno que viene de afuera, como yo, puede pensar que con tomarse dos o tres veces el bus, como yo, ya entiende algo de la ciudad, y no. Se necesita toda una vida de transporte público para empezar a entender. Este fragmento de Los años de peregrinación del chico sin color, de Murakami, viene al caso:

[quote style=”boxed”] A principios de la década de los noventa, cuando la economía japonesa todavía experimentaba cierto crecimiento económico, un influyente rotativo estadounidense publicó una fotografía a gran tamaño que captaba el instante en que algunos usuarios bajaban, una mañana de invierno, por las escaleras de la estación de Shinjuku en la hora punta. Todos los individuos que salen en la foto miran hacia abajo como por mutuo acuerdo, con expresión sombría, apagada; parecen peces enlatados. El pie de foto rezaba: “Es posible que Japón se haya convertido en un país próspero, pero la mayoría de estos japoneses cabizbajos no parecen demasiado felices”. La fotografía dio la vuelta al mundo.

Tsukuru ignoraba si la mayoría de los japoneses eran de veras infelices o no. El motivo por el que todos los pasajeros que bajan las escaleras de la atestada estación de Shinjuku por las mañanas miran hacia abajo no es porque sean infelices, sino más bien porque están atentos a sus pasos. En las grandes estaciones, en las horas punta, eso es vital para no tropezar, para no perder un zapato. [/quote]  

Por eso yo puedo llegar y mirar de afuera y sacar mis conclusiones, pero probablemente se queden muy cortas para empezar a entender las complejidades de la ciudad.

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Cada vez que voy en un bus rojo me siento arriba de todo, intento ocupar el primer asiento (tiene una vista panorámica única) y miro los árboles y las casas. Ya empezó la primavera y todo está floreciendo. Las veredas están llenas de pétalos, la ciudad toma color y lo combina con el gris. Hablando de color, Londres tiene muchos tonos de rojo: el de los ladrillos de las casas, el de los buses, el de las cabinas telefónicas, el de los buzones, el de los carteles del metro. El cielo estuvo bastante gris estos días, excepto el fin de semana pasado que salió el sol, y la calle y los mercados se llenaron de gente. Me encanta que acá el clima sea un tema serio de conversación. El cielo gris me gusta, le da un ambiente especial al lugar y los colores se ven más intensos. No sé cómo será esto en invierno.

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Mientras el bus avanza, canto mentalmente “and if a double-decker bus, crashes into us, to die by your side is such a heavenly way to die”, del tema There is a light that never goes out, de The Smiths. Escucho conversaciones en todos los idiomas: mucho castellano, italiano, árabe, portugués, mucho inglés mezclado con otras cosas. Veo gente de todas partes, huelo comida de todos los continentes. Esta debe ser una de las ciudades más multiculturales del mundo, probablemente junto con Nueva York. Me dicen también que es una ciudad muy clasista y consumista y que hay muchos conflictos sociales. Que importa mucho el cómo te vestís y cuánto tenés, que hay muchos robos. Yo, en mi rol de outsider, no sé cuánto puedo llegar a ver o comprender de esto.

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Fui a la masa crítica londinense (la bicicletada que se hace por lo menos una vez por mes en más de 300 ciudades del mundo) y no pude evitar compararla con la de Buenos Aires. Tal vez podría decir: si querés conocer un poco más a una sociedad, andá a su masa crítica. Empezó a las siete de la tarde, nos reunimos frente al río, debajo de uno de los puentes, y salimos a andar. Seríamos unas 200 o 300 bicis como mucho. En Buenos Aires somos 2000 y es una fiesta y un quilombo. Esta fue bastante ordenada. Hubo algunos bocinazos de parte de los autos y algunos silbidos de parte de los ciclistas. Había uno que llevaba música, otros con alguna bandera y unas pocas bicis raras. Me pareció todo muy british (acá todo es muy british y me encanta). Por ejemplo, pasamos al lado de dos cerezos florecidos y vi que un chico se los señaló a otro y uno dijo: “Oh, lovely!”. Y me acordé de esto:

https://www.youtube.com/watch?v=BUSIjfUX-BU

En medio de mi visita a Londres me fui unos días a Liverpool (en otro post contaré) y volví. De a ratos me siento medio perdida. Londres es enorme y hay demasiado para ver. En lugares así, si no me la paso yendo de un lugar a otro me agarra un sentimiento de culpa: “estoy en Londres, no puedo NO ir a tal y tal lado, no puedo NO ver tal cosa”, y después resulta que me la paso el día entero sentada en una librería leyendo una pila de libros, o me la paso caminando por un parque mirando a los patos, o me la paso subida a un bus de dos pisos mirando por la ventana, o me la paso repitiendo zonas que me gustan y dejo de ir a otras a las que “debería ir”. Y me siento culpable, como si estuviera desperdiciando el tiempo que tengo en Londres.

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Una tarde me bajé en la estación Picadilly y lo primero que hice fue entrar a una librería que estaba a la salida. Me quedé horas. Agarré varios libros y me puse a leer, pero hubo uno que me sacudió más que el resto: The idle traveller – The art of slow travel, de Dan Kieran. Lo empecé a leer y dije eureka, me encontré. El adjetivo “idle” tiene muchos significados: ocioso, perezoso, libre, desocupado, sin trabajo, inactivo. El idle traveller que plantea el libro es un viajero que avanza lento y pasa largos ratos sin hacer nada (“nada” en un sentido práctico o pragmático), observando, caminando, pensando; es un estilo de viaje que tiene más que ver con una terapia interna que con un recorrido turístico (cito y traduzco: “idle travel (…) es una travesía espiritual. Es una peregrinación diseñada para hacerte crecer como persona, para ayudarte a reconectar con vos mismo y con otros, para curarte de tus traumas. En una palabra, es terapéutico”).

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En el primer capítulo, “Travel, don’t just arrive” (algo así como Viajá, no solo llegues), el autor cuenta que debido a su miedo a volar decidió dejar de tomar aviones y hace todos sus viajes por tierra; al viajar despacio, es capaz de unir un punto con otro, de ver cómo el paisaje y la cultura van cambiando de a poco. En “Be your own guide” (Sé tu propio guía) habla acerca de la presión que todos sentimos cada vez que visitamos un lugar (tengo que ir a tal y tal lugar, tengo que hacer tal y tal cosa) y propone conocer los lugares a través de la literatura o de las películas, o de la música  (en vez de a través de las guías de viaje tradicionales) ; propone hacer tu propio recorrido sin sentirte mal si no vas a la lista de lugares que mencionan las guías o si decidís ir a ese lugar donde, según ellas, “no hay nada para ver”. En todos lados hay cosas para ver. Todavía no terminé de leerlo, pero siento que encontré un libro que me hace sentir menos sola en mi manera de viajar. Cada vez hago menos cosas (que “debería hacer”) en los lugares y eso de a ratos me hace sentir incómoda o fuera de lugar (muchas veces me preguntan: ¿cómo que fuiste a tal lado y no hiciste tal cosa? ¿Pero qué hiciste entonces? ¿Para qué fuiste?). Pero ahora vuelvo a confirmar que cada cual tiene su manera de viajar y que no estoy sola en esto de viajar lento y de pasar el tiempo caminando o mirando por la ventana.

Por eso no sé si puedo escribir acerca de Londres: es que no hice casi nada.

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[box border=”full”]Información útil para viajar a Londres:

– Londres es muy caro. Sabelo antes de viajar para no llevarte sorpresas.

Cambio: 1 libra = 1.21 euros = 1.67 dólares (abril 2014)

Transporte: el precio del viaje en metro varía dependiendo la hora (es más caro en hora pico), a qué zona vayas y cómo pagues. Si pagás en efectivo, un viaje cuesta 4,20 libras; si pagás con la tarjeta Oyster (a mí me prestaron una, pero se puede comprar online o en las estaciones) te cuesta entre 2,20 y 3,20 el viaje entre las zonas 1 y 3. Los buses son más baratos: 1,45 libras con la Oyster y 2,40 libras en efectivo. Si vas a estar varios días te conviene comprar los pases (con la Oyster): hay un pase diario de 7 libras (podés viajar ilimitadamente durante todo el día) y otro de siete días por 30 libras. También hay un sistema de bicing (ojo, solo se puede pagar con tarjeta que tenga chip): cuesta 2 libras por sacar la bici y la primera media hora de uso es gratis. Esta web es muy útil para saber cómo llegar de un lugar a otro en transporte público: tfl.gov.uk

Alojamiento: las camas en dormitorios compartidos de hostels empiezan en 10 libras aprox. Son muy básicas y con baño afuera. Hacé couchsurfing.

Comida: hay muchos lugares de comida al paso donde podés comprar sandwiches, ensaladas, sushi, rolls, kebabs por entre 3 y 8 libras. Si te sentás a comer vas a gastar entre 5 y 10 libras como mínimo. Los supermercados tienen secciones con comidas preparadas (cuestan entre 2 y 4 libras). Lo más barato es cocinar en el hostel o casa donde te alojes. Salir a tomar algo es caro: un vaso de cerveza te puede costar entre 4 y 9 libras.

Los museos son gratis.

– Caminar también, aunque Londres es gigante y te puede llevar varias horas ir de un lugar a otro.

– Hay un montóooon de walking tours temáticos por 9 libras. Si te interesa conocer algún tema en especial, te los recomiendo. Sino, pedí un mapa y hacelo por tu cuenta. También hay walking tours gratuitos, aunque se suele dejar propina al final.

Si te gusta el arte callejero, Londres es un paraíso. La zona de Shoreditch está llena de murales y stickers.

– Transporte a otras ciudades: los buses más baratos son Megabus y National Express; también se usa blablacar y liftshare (coches compartidos). [/box] 

Lluvia de Brujas

Querida Maru:

Últimamente me la paso caminando varias horas por día.

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Es mi manera de meditar.

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Caminar sola hace que piense mucho y hable poco (o nada, porque sola todavía no hablo, aunque muchas veces hablo con vos, ya sabés…).

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Cuando llegué a Brujas llovía.

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Por suerte tenía paraguas, aunque fue muy incómodo agarrar el paraguas y sacar fotos a la vez.

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Se me congelaron las manos. Me pasa siempre cuando sopla un viento frío. También vi a una monja en una ventana.

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Además el lente se me llenó de gotitas y muchas fotos salieron manchadas, como fantasmagóricas.

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Pero cuando vi el primer puente sobre el canal me olvidé de todo.

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“A mal tiempo, buena cara”, dice el proverbio (¿cliché?).

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Brujas también es un cliché turístico (si vas a Bélgica no podés NO ir a Brujas), pero un cliché encantador.

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Está todo muy ordenado, muy preparado para el visitante.

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A mí me encantó. Sé que a vos también te gustaría.

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La caminé con un mapa en la mano (otra cosa que tenía que agarrar: paraguas + cámara + mapa) porque no quería dejar de ver nada.

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Aunque esa es una idea ridícula: no se puede ver “todo”.

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Para ver todo tendría que golpear puerta por puerta, casa por casa, y preguntar si puedo pasar a darle una miradita al living.

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Y aún así, me estaría perdiendo tantas cosas.

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¿Es posible conocer una ciudad en su totalidad?

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No creo. Debe ser como querer conocer a una persona en su totalidad, y yo no puedo ni conmigo misma.

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A la tarde salió el sol.

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Mi mapa quedó medio desarmado por el agua, así que lo dejé por un rato.

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(Ya sé que me gusta decir que hay que viajar sin mapa y todo eso, pero en Bélgica encontré una colección de mapas hechos por gente local y con tips muy buenos de cada lugar, así que digamos que estuve caminando con un mapa alternativo).

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Gracias a mi mapa llegué a los molinos. Me encantaron. Me quedé un rato largo mirándolos.

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Gatos no encontré.

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Comprobé lo de siempre: te salís un poco del centro turístico y el lugar cambia. Me acordé de cuando fuimos a Ranchos y estaba todo vacío.

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Te extraño mucho. ¿No podrás teletransportarte un ratito?

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Las callecitas de Brujas también estaban vacías. ¿Por qué no hay turistas caminando por todas partes? A mí no me daban los pies para todo lo que quería recorrer.

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Con lo linda que es esta ciudad, vale la pena explorar un poco.

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Descubrí que me encanta mirar vidrieras, y acá hay muchas. Como esta.

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También me la pasé cruzando puentes y mirando los frentes de las casas. Me gusta imaginar cómo sería vivir ahí.

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Sería lindo.

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Cuando empezó a bajar el sol me fui caminando hacia la estación de trenes.

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Atravesé un bosquecito y me encontré con este árbol.

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Me encantaron esas ramas. Me acordé de cuando hice ese test vocacional y me pidieron que dibuje tres árboles.

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Uno de ellos fue un palo borracho. Y el otro se salió de los márgenes de la hoja. Me acuerdo de tu risa cuando te lo conté.

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Acá hay un montón de bicis. Creo que no vi ninguna que estuviera atada.

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Y las casitas son divinas.

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Brujas me pareció un lugar mágico. Ojalá algún día lo caminemos juntas.

Un beso desde el otro lado del charco,

A.

Bruselas beatle

“I was alone, I took a ride / I didn’t know what I would find there…”
(Got to get you into my life – The Beatles)

No hablo mucho de ella, pero la música es una gran parte de mis viajes y de mi vida. Me pasa como con los libros y las películas: hay tanto para escuchar (leer) (ver) que me abrumo y siento que no me van a alcanzar los años ni las vidas para conocer todo. Si bien considero que me gusta “de todo un poco” (con una leve inclinación hacia el rock y pop) hay una banda que (sospecho) (sé) va a ser mi preferida siempre y de la que nunca me voy a aburrir: ya se imaginarán cuál. Los empecé a escuchar antes de nacer gracias a mi mamá, que tuvo la suerte de ser adolescente en una de mis décadas preferidas; según me cuentan, una de las primeras canciones que aprendí en inglés (y canté como una desenfrenada durante mis primeros ¿seis? años) fue She loves you yeah yeah YEAAAH!; me vi todas las películas, tengo todos sus discos, me sé todas sus canciones y no puedo resistirme ante cualquier tipo de souvenir o memorabilia beatle; y siento (como nos debe pasar a todos los beatlemaníacos) que sus letras definen mi vida, mis emociones, mis historias. Es como si cantaran para mí (y para cientos de millones más, ya sé, pero una de esas cientos de millones soy yo).

Esta foto la saqué en el museo del juguete de Malasia

Esta foto la saqué en el museo del juguete de Malasia

Más allá de mi amor por los Beatles, siempre viajo con música y tengo momentos (o continentes) para cada género. En América Latina me agarró la onda latina/rock nacional/“música del mundo” y me la pasé con Manu Chao, Amadou et Mariam, Orishas, Calle 13, Zebda, Soda Stereo, Calamaro, Cerati, Charly García, Spinetta, Kevin Johansen, Lisandro Aristimuño, No te va Gustar, Onda Vaga, Ska-p, Bersuit, Dancing Mood, Bob Marley… En Asia (creo que de tanto hablar y pensar en inglés) volví a Pink Floyd, David Bowie, Led Zeppelin, Audioslave, Arctic Monkeys, The Clash, Easy Stars All Stars, The Cure, Muse, The Strokes, Coldplay, Amy Winehouse, Madonna, Guns’n’Roses, Green Day, The Smiths… Cuando vine a España por primera vez empecé a escuchar Muchachito Bombo Inferno, Fito y Fitipaldis, Amparanoia, Macaco, Bebe, Extremoduro y a reescuchar a Sabina, a Serrat… Pero lo cierto es que los Beatles son el único grupo que atraviesa mi vida (y mis viajes) de manera diagonal: están presentes siempre, a veces más (todos los días), a veces menos (quizá no los escucho durante meses), pero cada vez que pongo un tema de ellos es como si lo escuchara por primera vez. Nunca pierden la magia: son como viajar a un lugar que ya conozco y siempre descubrir algo nuevo.

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Estas fotos las saqué en un bar de Rosario (Argentina) que también hace de museo beatle (y ahora no me acuerdo el nombre)

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En general reservo la música para dos momentos: los desplazamientos de un punto a otro (ya sea en bus, tren o avión) y algunas caminatas. Me gusta mucho hacer listas (como “Música para viajar a París en tren”, “Música para viajar por Mendoza en auto”, “Música para volar a Madrid”, “Música de ruta en Laos”) (nunca pude hacer una lista de temas de los Beatles: temo que si pongo los que más me gustan todos juntos voy a tener algún tipo de sobredosis, además me parece imposible elegir mis preferidos) y me encanta combinar lugares con música. A veces dejo que sea por azar y pongo el mp3 en shuffle, a veces pongo una banda con cierta intención (que David Bowie me perdone y sepa que lo amo, pero cada vez que voy en un transporte y no puedo dormir me pongo un disco de él y quedo frita) y a veces salgo a caminar y elijo una banda sonora por intuición. Eso me pasó el primer día que salí a pasear por Bruselas. Miré la lista de artistas, puse el dedo sobre Los Beatles (convencida, sin pensarlo), le di al Shuffle All y me fui a caminar con ellos.

Música para caminar por Bruselas

1.

(Esta fue la primera canción que salió cuando puse Play. Si bien me gustan más otras épocas de los Beatles, es imposible no ponerse de buen humor con estos temas.)

Bruselas me sorprendió. Creo que eso pasa con las ciudades a las que uno va sin expectativas y habiendo escuchado comentarios del tipo: “Bruselas es aburrida” o “la recorrés en un día” o “es una ciudad gubernamental sin nada para ver” o “tomate una cerveza y seguí de largo”. No es como París o Londres (dos ciudades en boca de todos, dos ciudades establecidas en el imaginario popular): yo no había escuchado casi nada de Bruselas y no sabía qué esperar, así que no esperaba nada. Además tampoco planeaba venir para acá (Bélgica era uno de los últimos países de Europa que pensaba visitar), pero estando en París me dije: Si estoy tan cerca, ¿por qué no? De paso puedo ir a Londres y a Amsterdam y quizá a Berlín… Y me vine, y me alegra la decisión. Lo primero que pensé al ver la arquitectura de Bruselas desde el tren fue: “Ah, ¡pero es linda Bruselas!”.

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2.

(El día de la caminata por Bruselas me escuché casi toda la discografía, así que los temas que pongo acá son algunos que me gustan mucho, aunque me resulta muy muy difícil elegir mis temas preferidos: tan difícil como decidir “qué país me gustó más”).

En Europa todo está cerca (por lo menos para mí, que soy de un país de distancias muy largas). Manejás una hora y ya estás en otro país (en Buenos Aires manejás una hora y si es hora pico no avanzaste más de 30 cuadras; imaginen que para llegar hasta la frontera con Bolivia es casi un día por tierra). Si América Latina es como un edificio (por eso de que para recorrerla hay que ir casi siempre hacia arriba o hacia abajo), Europa es un PH (de propiedad horizontal, ya que todo está extendido hacia los costados). Lo que me sorprende es que si bien las distancias son muy cortas, cada país es muy distinto a su vecino. Al menos por ahora no tuve la sensación de que un lugar sea “más de lo mismo” (ya sé que recién empiezo a conocer Europa, pero la variedad me asombra).

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La primera imagen que tuve de la Grand Place, la plaza central de la ciudad

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3.

Estoy empezando a pensar que es mentira eso de que Europa es para recorrer de grande (por eso de que todo lo que hay para ver son museos y arquitectura): puros prejuicios. Europa es una fiesta y vine en el momento ideal de mi vida. Acá pasa de todo. Lo malo es que hay tanto para ver (tantos pueblitos, tantas ciudades), que recorrer Europa es como entrar a uno de esos museos interminables y saber que nunca podrás ver todas las obras: hay que seleccionar. Por eso siento que estas semanas de viaje (porque a mediados/fines de abril tengo que volver a España a presentar mi libro) serán un pantallazo de una parte del continente: acabo de entrar al museo y elegí ver los salones urbanos (es decir, voy a hacer un recorrido de ciudades más que de naturaleza). Más adelante haré un recorrido más exhaustivo país por país.

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4. 

(Me gusta mucho Rubber Soul, no quería poner tantas canciones del mismo disco pero no puedo evitarlo. Puede que este tema esté muy escuchado, pero es uno de esos que nunca me cansa…)

Mi primer día en Bruselas salí de la casa de Barbi (la argentina que me está alojando junto con su novio), caminé una hora hasta el centro de la ciudad (podría haber ido en metro, pero ¿quién me apura?) y lo primero que sentí fue que la capital belga es un lugar muy amigable. París será una diosa, pero es abrumadora y a veces algo antipática: es mucho más grande y cosmopolita de lo que uno cree y tiene más avenidas anchas y construcciones enormes de las que uno espera (aunque me gustó mucho, cada día que estuve ahí un poco más). Bruselas es más tranquila, más abordable, más relajada. Esta es la capital de Europa (es la sede de las instituciones de la Unión Europea), pero el ritmo de vida (por lo menos visto de afuera) me parece tranquilo (si bien me aseguran que el peor tráfico de autos del mundo está en Bruselas. No en India, no en Lima: en Bruselas).

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¿Ven los globos? Son dos: uno amarillo y uno rojo.

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Me encontré un avioncito de papel

 

5.

Las ciudades europeas me encantan: son muy callejeables. En las veredas pasan un montón de cosas (tal vez no al estilo frenético de Asia sino de manera más ordenada, pero pasan). La gente hace picnics, la gente toma vino y cerveza en los parques, la gente se reúne en las escaleras de los edificios públicos y monumentos, la gente hace música en la calle, la gente frena a escuchar, la gente hace skate y anda en bici, la gente camina, la gente sale a correr, la gente pinta paredes, la gente se sienta en las terrazas de los barcitos y disfruta del sol, la gente hace cosas. Y Bruselas no es la excepción.

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6.

No sé mucho de Bruselas más que lo que me cuentan y lo que veo. Es una ciudad de extranjeros (más del 70 por ciento de la población son inmigrantes), casi nadie se queda a vivir definitivamente; la comida típica son las frites (papas fritas), los waffles, el chocolate y la cerveza; hay un bar que tiene el récord guiness por ofrecer 2004 cervezas; se hablan varios idiomas (los oficiales son el francés, el alemán y el holandés o flemish), en Bruselas predomina el francés, pero los nombres de las calles también están en holandés y escuché mucha gente hablando castellano e inglés; el tráfico, al parecer, es de lo peor (aunque el transporte público me pareció muy ordenado). En Bélgica nacieron los Pitufos, Tintín y un montón de cómics, por eso está lleno de murales y de tiendas de cómics. En casi todos lados cobran por usar los baños (unos 30 o 40 centavos de euro) y la cerveza es omnipresente.

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Un plato de fritas

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7.

René Magritte era belga (me declaro culpable de pensar, durante mucho tiempo, que era francés) y acá hay un museo con sus obras que les recomiendo mucho. Si bien cada artista es único y está conformado por toda una historia de vida, el lugar donde nació también influye en su cosmovisión. Mirar sus cuadros me hizo sentir varias cosas: que tengo la imaginación atrofiada (este hombre tenía ideas genialmente sencillas) y que unir cosas cotidianas (que no parecían estar relacionadas) es un don. Me encanta el surrealismo, me encantan las nubes metidas en copas, las montañas con cabeza de águila, los pájaros que crecen como plantas, los relojes con caras. Bruselas también une cosas que no parecen estar relacionadas: estilos arquitectónicos distintos, un estacionamiento con la mejor vista de la ciudad, un nene que hace pis y al que todos los días le cambian la ropa, un Space Invader con la estatua de un perro que hace pis (hay una obsesión con el pis me parece: demasiada cerveza).

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Construcciones antiguas y modernas

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Esta es la vista desde la terraza de un estacionamiento. Vieron a los de South Park, ¿no?

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Vista desde esa misma terraza (si vienen, busquen “Parking 58”)

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Space Invader + estatua de perro que hace pis

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Y con ustedes, el Mannekin Pis, el niño que mea, un emblema de la ciudad…

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Hay gente que compra vajilla para ocasiones especiales. Yo compro biromes (lapiceras).

8.

Camino y pienso en Londres. Tengo la sensación de que cuando llegue (el martes que viene) voy a decir: ya está, acá es donde quiero morir. O tal vez no. No quiero ilusionarme, pero cómo no ilusionarme con el país de mi banda preferida. Quiero ir a Liverpool pero no quiero caer en el cliché de escuchar a Los Beatles ahí (¿cómo no caer?). Sigo caminando por Bruselas y me doy cuenta de que voy tarareando un tema de The Rutles (si son fanáticos de los Beatles les recomiendo muchísimo la película The Rutles: All you need is cash, una parodia de los Monty Python a Los Beatles. No tiene desperdicio). ¿Qué tendrán que ver los Beatles con Bruselas?, me pregunto. Sigo caminando y me choco con la vidriera de Vans: Novedad: zapatillas de Yellow Submarine Edición Limitada. ¿Por qué? ¿Por qué me hacen esto? Ni quiero preguntar el precio. Sigo caminando y me encuentro con un dúo de músicos: The Streetles (mezcla de street y Beatles). O sea que algo tenían que ver los Beatles, o será que uno encuentra lo que está dentro de su radar.

Este es el tema de The Rutles que voy cantando:

Si quieren seguir investigando, les recomiendo los temas Get up and goAll you need is cash y Piggy in the middle. The Rutles es un camino de ida.

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9.

Empezó la primavera en Europa. Es la primera vez que vivo la primavera en otro país (el resto de las veces estaba viajando por lugares donde la primavera no existe). Me parece raro que sea en marzo y no en septiembre: para mí primavera es sinónimo de septiembre, de día del estudiante, de rateadas y picnics masivos en todos los parques de Buenos Aires, de anécdotas en Plaza Francia. Se terminó el invierno. Los días van a empezar a ser más largos, el sol más fuerte, el mar más tentador. Voy a conocer Europa con calor.

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10.

Camino por Bruselas y pienso que hay tanto para ver que no sé por dónde empezar. Eso mismo pienso del mundo en general. Pero nada mejor que caminarlo con John, George, Ringo y Paul cantándome al oído.

Y este señor no sé quién es.

Y este señor no sé quién es.

Un gato belga, para no perder la costumbre.

Un gato belga, para no perder la costumbre.

 

Bonus track:

[box border=”full”] Información útil para visitar Bruselas

– El centro de Bruselas es bastante compacto: todo está cerca y se puede caminar de un lugar a otro. Puede que ni haga falta tomar un transporte. Sino hay metro, tranvía y buses. El pase de 10 viajes cuesta €14 (como siempre, mucho menos que comprar los 10 viajes por separado, ya que de a uno están como a €2) y cada boleto tiene validez por una hora (permite hacer combinación entre distintos tipos de transporte sin tener que pagar dos veces).

– Les recomiendo pasar por la oficina de Use-it Maps (en el boulevard de la calle Steenkoolkaai y Vaartstraat) y pedir los mapas gratuitos de Bruselas, Brujas, Ghent y varias ciudades europeas más. Son excelentes: están hechos por la gente local y orientados a viajeros jóvenes; tienen tips y recomendaciones que no aparecen en ningún otro lado y que muy pocos turistas conocen. Como diríamos en Argentina: te tiran la posta.

– Bruselas es un poco más barata que París en cuanto a comida: si no querés gastar mucho, en los supermercados hay sandwiches por €2-3 y ensaladas por €4. Una buena porción de frites está unos €3; un vaso de cerveza (imperdible acá) entre €2 y €4 (depende mucho del bar y del tipo de cerveza). Sino los menúes rondan los €10.

– Hay varios tours gratuitos por la ciudad. Está el free walking tour de Sandeman (no lo hice pero es el más conocido, es gratis pero se suele dejar propina al final), están los Greeters (voluntarios de Bruselas que te llevan a conocer sus lugares preferidos de la ciudad) y está el tour Use-it.

– Bélgica es chiquito y todas las ciudades son accesibles por tren. Brujas está a una hora, Ghent a 35 minutos, Leuven a 25 minutos.

– Los temas de Los Beatles que aparecen en esta lista son algunos de mis preferidos, pero no los únicos. En realidad, me parece que elegir un solo tema de ellos es como tener que elegir “el lugar del mundo que más me gustó”: imposible. Tampoco sé si podría hacer un top 10. Me gustan casi todos. [/box]

Cosas que podés encontrarte en las calles de París

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París no es como me la imaginaba, y es difícil no imaginarse cosas de París: la torre Eiffel, los cafés y croissants, las callecitas empedradas, los gatos en los techos, artistas callejeros, franceses andando en motitos con baguettes bajo el brazo (nah), romanticismo por todas partes, escritores en los bares, música saliendo de las ventanas, la bohemia, la noche…

La capital francesa debe ser una de las ciudades más representadas por el cine, la fotografía, la literatura, la poesía y la música, y por ende, una de las más metidas en la cabeza de cualquiera que esté en contacto con estas expresiones artísticas.

Pero ningún lugar es tal como lo pintan, al menos no para mí.

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Viajé a París directo de Barcelona en el tren de alta velocidad: casi siete horas de una modernidad y puntualidad un poco apabullante para una chica que no está acostumbrada a que todo funcione tan bien.

Pensaba empezar el recorrido por el sur de Francia e ir subiendo a la capital de a poco, pero no (esto de intentar hacer planes me parece cada vez más difícil).

Unos días antes de salir de España, Dani (un amigo filipino que vivía en París y al que no veía hacía tres años) me dijo que el domingo se mudaba a Milán así que decidí cambiar el itinerario para venir a verlo: me parece que reencontrarnos con nuestros amigos es una gran razón para viajar.

Dos horas y media antes de llegar, dijeron por el altoparlante: “Señores pasajeros, el tren se dirige a París sin escalas”, y fue difícil no sonreír:

— Mi primera vez en París…

Mientras tanto, mi compañero de asiento (francés) le dibujaba un bigote a la modelo de una revista. ¿Por qué tenemos ese afán de poner bigotes en todas partes?

El tren llegó híper puntual a la estación Gare de Lyon y recién cuando estuve ahí, a las once de la noche, me di cuenta de que me esperaba un panorama muy distinto al que me había imaginado.

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Dani me avisó a último momento que no podía ir a buscarme y me mandó un sms con las instrucciones para llegar a la casa del chico que me alojaría las primeras noches.

Salí de la estación y en vez de aparecer en medio de una calle con farolitos y música de acordeón, salí a una zona medio oscura con poca gente.

Se me acercó un hombre y me dijo:

— Miss… Miss… y, cuando lo miré, largó un:

— whassup… (moviendo levemente el mentón hacia arriba, con ese tono de no vas a poder resistirte, nena, vamos a tomar algo).

Sí, estaba en París, pero para mí seguía siendo una ciudad desconocida de noche y yo estaba sola, desorientada y sin conocimientos de francés.

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Fui en busca del metro y lo primero que pensé al ver el plano de las estaciones fue aaaaaaaaa.

El mapa más complicado del mundo. Me costó muchísimo definir el recorrido que tenía que hacer y me pareció imposible recordar los nombres de las estaciones en las que tenía que combinar. Me acerqué a una de las máquinas con la intención de comprar un pase de diez viajes (que es más barato que comprar los diez por separado), pagué y la máquina me devolvió diez papelitos.

Pensé:

— esto debe ser un error, ¿dónde está mi pase? ¿Por qué me dio tantos boletos en vez de uno? Seguro que compré mal…

Después entendí que no, que el metro te da diez papelitos en vez de uno que valga por diez y que los boletos usados están tirados por todas partes y son un ícono tan parisino como los croissants.

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Llegué a lo de mi anfitrión y me fui a dormir sintiéndome mal de la panza.

Fin de la primera escena.

Los dos días siguientes estuve enferma (no sé de qué, pero sospecho que fue un ataque al hígado) así que no comí y casi no me moví de la cama. Cuando por fin me recuperé salí a caminar y ahí empezaron a pasar cosas.

Tantas, que no sé ni cómo ordenarlas.

Así que estas son las primerísimas primeras impresiones de mis pocos días en una ciudad que me parece será imposible conocer del todo en una sola vida.

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 *

París no es como me la imaginaba: es más grande.

Quienes viven acá hace tiempo dicen que es chica, pero para mí todo es relativo y cada cual ve las cosas según sus expectativas y parámetros.

Caminar de un punto a otro del mapa no es tan rápido (ni tan fácil) como en, por ejemplo, Barcelona (ya sé, no soy parcial, amo Barcelona por siempre).

Me la paso caminando y me la paso perdida: las calles no son rectas sino más bien laberínticas y nunca tengo idea para qué lado está el río.

(Nota: escribí esto apenas llegué; hoy, unos días más tarde, ya me oriento un poquitito más).

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París es muy callejera: hay gente por todas partes, o por lo menos a mí me tocó verla así, porque apenas llegué salió el sol y la gente tomó las plazas para hacer picnics y todos los espacios públicos para sentarse a leer, fumar o charlar. A eso hay que sumarle los turistas, que siempre están en stock o esperando en el banco de suplentes para salir y reemplazar a los que se van (suelen agruparse en zonas específicas como la base de la Torre Eiffel, el Louvre, el barrio latino y ciertos puentes del Sena).

Todavía es invierno pero está haciendo casi 20 grados todos los días y hay un sol, según los que viven acá, inaudito para esta época.

El cielo parisino, el que yo conocí hasta ahora, es bien celeste. Durante los últimos meses, al parecer, lo único que vieron caer del cielo fue agua.

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París tiene una paleta de colores bastante homogénea: la ciudad es marrón, las construcciones son marrones, el río es marrón, la torre Eiffel es marrón, los puentes son marrones, los árboles siguen marrones.

Vista desde arriba, es más bien azul (por sus techos). Lo que no quiere decir que no haya color: lo hay, pero se lo da la ropa de la gente, la decoración de los cafés, las flores (aunque todavía no hay muchas), los graffitis, las lucecitas colgadas, la gente en sí.

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En París pasa de todo a todo momento: hay una sobredosis de información, de estímulos, de cosas para ver-hacer-probar-visitar-comer-conocer. Tengo una lista interminable de lugares recomendados y no vi ni un tercio. Tengo un montón de actividades sugeridas que sospecho no llegaré a concretar. Tengo decenas de muestras de arte anotadas en mi libreta y quizá termine viendo fotos por internet.

Pero creo que, hasta ahora, lo que más me gusta de París son todas las cosas que uno puede encontrarse por la calle si se dedica a caminar sin demasiado rumbo: los franceses le dicen flâner: pasear para disfrutar de la ciudad, para vivirla.

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*

La primera vez que vi París a través de una pantalla tenía pocos años. Fue cuando mi papá me regaló el VHS del cortometraje Le Ballon Rouge (“El globo rojo”; si no lo vieron, se los recomiendo): la historia (casi sin diálogo) de un nene parisino y su globo rojo. Ese día me enamoré de los globos, del rojo y de las callecitas de París: esa fue la imagen romántica de la ciudad que me quedó en la cabeza durante veintitantos años.

Nunca me puse a pensar que el corto era de 1956 y que París ya había cambiado.

Llegué a la ciudad soñando encontrar un globo rojo grandote y, cuando iba camino a la fiesta de despedida de Dani, me encontré un globo verde en la vereda y lo levanté.

Cuando llegué al departamento, Dani tenía puestas unas orejas de conejo; le regalé el globo y se lo puso de cola. Nada que ver con mi imagen idílica de los globos en París, pero mejor imposible.

 

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Pasé unos días en la casa de Rocío, una argentina que está trabajando en París, y un sábado nos fuimos a pasear con sus amigas.

¿Vieron los patitos de goma? Bueno, yo me encontré un tiburoncito de goma. Lo agarré, lo miré y me pareció algo tan fuera de contexto que lo dejé encallado en una maceta para que lo encontrara algún nene.

Llegamos al Palais Royal, cerca del Louvre, y nos encontramos con decenas de rayuelas de colores: era el homenaje de una artista argentina llamada Marta Minujín y de la Ciudad de Buenos Aires a Julio Cortázar y a su libro “Rayuela”.

Nos pusimos a jugar y al rato apareció Marta en persona (y a todas se nos activó el modo cholulo y nos sacamos fotos con ella).

Y fue como si ese encuentro hubiese abierto una olla de la que empezaron a salir personajes parisinos de todo tipo.

Jugando a la rayuela (gracias Rocío por la foto!)

Jugando a la rayuela (gracias Rocío por la foto!)

Una mañana se me ocurrió ir a pasear al cementerio de Père Lachaise (que acá también es un atractivo turístico) para visitar las tumbas de Jim Morrison, Edith Piaf y Oscar Wilde, entre otros. Caminé tranquila, siguiendo un mapa y disfrutando del día. Estar frente a las tumbas de famosos no me generó demasiado: esas personas no están ahí sino en sus creaciones, en su arte, en su música, en sus libros.

Después de pasar más de una hora caminando (es un cementerio grande), salir al mundo y ver todo tan vivo fue un poco abrumador.

Me bajé del metro en una estación al tuntún y me puse a caminar: aparecí en una zona de inmigrantes con peluquerías, puestos de comida de Medio Oriente, tiendas de teléfonos celulares y muchos tipos reunidos en las esquinas. Seguí caminando, no tengo idea por dónde, y me encontré con esta declaración: l’amour est mort (“el amor está muerto”). ¿Te parece? Yo creo que está tan vivo como siempre. (Ya que estamos, les recomiendo esta charla TED, para que vean que lo que sentimos es lo más universal del mundo).

 

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Con esa frase resonando en la cabeza seguí caminando y llegué a Les Halles.

Me paré frente a la vidriera de una pâtisserie y me puse a mirar los animalitos de chocolate (con ganas de comérmelos a todos pero sin esperanzas de comprarme ninguno: 4 euros cada uno y así de chiquitos).

Desde el otro lado de la vidriera, el chico que atendía me hizo señas de que entrara al local:

— Welcome to Paris madame, where are you from?

Le pregunté de qué sabor eran los macarons (unos dulces típicos de acá, que parecen alfajorcitos pero no son y cuestan un euro cada uno) y le pedí uno de chocolate y otro de caramel.

Me dijo:

— Ok, one chocolat, one caramel, one pistacchio, one rose, y puso cuatro en la bolsita. Le dije, por las dudas:

— Just two… (solo dos), y me respondió:

— Yes, two from you, two from me (“Dos de tu parte, dos de mi parte”).

Mientras me cobraba me preguntó cómo me llamaba y yo me reí pensando esto es demasiado, seguro que se lo hace a todas y salí sonriendo.

Tal vez por algo París tiene tantos clichés de amor a su alrededor.

 

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Caminé hacia el río y escuché una música de trompetas. Cuando me acerqué me encontré con 20 chicos y chicas vestidos de naranja tocando “Can’t take my eyes off of you” con instrumentos de viento y me instalé durante una hora a escucharlos con Notre Dame de fondo.

Cada vez más motivos para decir que París me parece cada día más linda.

El señor que tenía sentado al lado me dijo (así de la nada) que era iraní y que durante la guerra en su país nunca había sentido esta felicidad estando en la calle.

Y así, al parecer, se dan los diálogos en estas ciudad (¡y cuántos me habré perdido por no hablar francés!).

 

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Si caminás por París sin rumbo podés encontrarte librerías, tienditas de cosas lindas, panaderías, artistas callejeros y un montón de cafés con las mesas orientadas hacia el mismo lado: vas a ver que los parisinos se sientan mirando hacia la calle y no mirándose entre ellos.

Es que (y me lo dijo una parisina) mirar a la gente es uno de los pasatiempos favoritos de la ciudad.

 

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Si caminás por París vas a encontrarte, quieras o no, con la Torre Eiffel y puede que te pase como a mí y pienses:

— ah, ahí está la Torre, ya la vi tantas veces… ¿será la real?

Tal vez si no fuese tan parte de la cultura popular mundial, mi reacción al verla hubiese sido ohpordios qué es esa belleza, pero ya la tengo tan sabida de memoria que por un momento creí que estaba viendo una postal que alguien me había mandado desde Francia.

Tal vez no entienda nada de nada, puede ser.

 

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Si caminás por París llega un momento en el que te das cuenta de que por más que la camines y la camines siempre va a haber algo más para ver.

Cada cinco o diez minutos, además, te encontrás con una escalera que te invita a bajar: es la entrada a una de las 303 estaciones del metro.

Y cuando empezás a pensar que ya era suficiente con la París de arriba vas a ver que  hay otra París que se despliega bajo tierra, y en ese mundo subterráneo también pasa de todo.

*

[box border=”full”]Info útil para visitar París:

  • París es una ciudad cara (por lo menos comparada con España, que es lo que conozco hasta ahora), así que vayan mentalizados
  • Transporte: El metro va a todas partes y es el medio de transporte más cómodo para moverse por la ciudad. Les recomiendo comprar 10 boletos juntos por €13,70 (es más barato que comprarlos por separado). Por último podés usar el sistema Velib de bicicletas (se necesita una tarjeta de crédito con chip para poder usarlo): yo no lo probé, pero me dijeron que la primera media hora es gratis y después cuesta €1.70 la hora (hay planes mensuales y anuales)
  • Comida: un sandwich para llevar cuesta unos €5 (en promedio), una botella de agua €1.80, un almuerzo €10/12. En todos los restaurantes ponen una botella de agua de la canilla (grifo) gratis. Un café con leche cuesta entre €2.50 y 3; un croissant o un macaron €1; un vaso de cerveza empieza en €3.50 (y puede llegar a costar €7)
  • Qué ver y hacer: París es ideal para caminar (eso me la pasé haciendo) y para sentarse en las mesitas al aire libre y mirar a la gente pasar. Si les gustan las librerías, les recomiendo Shakespeare and Co. (¡vayan con tiempo!). Si les gusta el arte, algunos de los museos más famosos del mundo están en París, como el Louvre (entrada €13), el Musee D’Orsay (€11) o el Pompidou (€13), entre muchos otros. Y si quieren ir a la Torre Eiffel y subir sin hacer fila, pueden comprar las entradas por adelantado a través de ParisCityVision
  • El AVE (tren de alta velocidad) de Barcelona a París tarda casi 7 horas y cuesta unos €59. Yo estoy viajando con el pase de trenes de Eurail que sirve para moverse por toda Europa y se puede comprar antes de viajar
  • Todavía no viajé por Francia, pero me dijeron que también se usa mucho el sistema de carpooling (autos compartidos). El blablacar francés se llama Covoiturage. [/box]

Altea, el pueblo que todo lo cura

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No sé quién fue la primera persona que me dijo que vaya a Altea, pero Ana (mi anfitriona en Cartagena) me lo repitió: “Tienes que ir a Altea”. Hay lugares que ya suenan lindos por el nombre, y Altea  me gustó. “No sé si has estado en Cadaqués, pero es un estilo parecido, un pueblito blanco del Mediterráneo”. Sí, estuve en Cadaqués y me encantó. “Es un lugar para quedarte dos o tres días en un hostel a tu aire”, me sugirió. Busqué hostels y no encontré. Busqué hoteles y apartamentos en Altea y me parecieron muy caros. Me dije: todos los caminos conducen a Couchsurfing, ¿para qué evitar lo inevitable? Así que busqué anfitriones y mandé algunas solicitudes sin mucha fe. Una hora después ya tenía casa en Altea. Resultó ser que Michel (uno de los chicos que me alojaría junto a Sara y Miriam, los tres estudiantes de arte) había conocido mi blog hacía poco y no podía creer la casualidad. Yo no pensé (ni me imaginé) que podía tener lectores en Altea, pero sí.

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En su mensaje, Michel me recomendó llegar al pueblo en tranvía desde Alicante. Me dijo que si bien tardaría más que en coche, las vistas del tranvía eran parte de “la preparación psicológica” para visitar Altea, “el pueblo que todo lo cura”. La propuesta me gustó. Tanto, que a pesar de que el blablacar (esta palabra en España es sinónimo de coche compartido) al que me subí en Murcia iba directo a Altea, preferí bajarme en Alicante (a mitad de camino) y hacer el trayecto en tranvía sola. No le dije nada al conductor porque seguramente iba a pensar que estaba loca. Un poco sí. Pero ¿quién no necesita curarse de algo?

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Durante dos horas, el tranvía avanzó paralelo al mar Mediterráneo (cómo me gusta este mar, junto con el Caribe son mis preferidos) y atravesó pueblitos de esos en los que quiero vivir (¿y si dejo de viajar y me instalo en una de estas casitas? Uno deja muchas cosas de lado al no establecerse), plantaciones de naranjas (pero hay tanto mundo por conocer, no puedo frenar todavía), edificios de veraneo (qué lindo sol de invierno… ¿qué pensará esa chica en su balcón?), casas blancas (qué simpáticos los abuelitos esperando el tren) y túneles con graffitis (siempre hay arte cerca de las estaciones). Fui todo el trayecto escuchando canciones de John Lennon y dejando que mi mente fluyera. Quise leer pero no pude: me era imposible despegar la nariz de la ventana.

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Cada vez estoy más convencida de que los libros nos encuentran a nosotros, y no al revés. Unos días antes, estando en Madrid, revisé la biblioteca de mis amigos (se lo hago a todas las bibliotecas) y un título me llamó la atención: Lonely Planet’s Guide to Experimental Travel (lo cito en inglés porque estaba en ese idioma y no lo encontré en castellano ni en ebook). Lo abrí. El libro me proponía conocer lugares a través de distintos juegos o experimentos (por ejemplo: caminar —con ayuda de alguien— con los ojos vendados, tomar decisiones tirando los dados, explorar una ciudad a través de canciones que hablen de ella, dejar que un perro local te lleve a pasear, tomar un transporte hasta el final de su recorrido, trazar tu nombre en un mapa y seguir esa ruta, caminar siguiendo un patrón como izquierda-derecha-izquierda-derecha, ponerte una máscara de caballo y salir como si nada, entre muchos otros) y sentí que me llegaba en el momento justo. Si bien cada lugar que visito es nuevo y distinto, a veces la manera de conocerlo (llegar – salir a caminar – sacar fotos) se me vuelve repetitiva y un poco monótona. Así que tomé nota de los experimentos que más me gustaron y me propuse ir combinándolos, de vez en cuando, con ciudades nuevas.

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Cuando llegué a Altea me olvidé del libro e hice lo de siempre: salí a caminar sin un rumbo demasiado predeterminado. No sé si fue porque era la hora de la siesta, porque es temporada baja o porque llegué yo, pero las calles del casco histórico estaban casi desiertas. Y, como me pasó cuando estuve en Cadaqués (mi pueblo de los gatos), había tanto silencio que todos los sonidos me llegaban amplificados: mis pasos, las campanadas de la iglesia, alguien sacudiendo la ropa en la ventana, gaviotas charlando a lo lejos, un nene bajando escaleras a saltos, una hoja seca contra el empedrado, el clac de mi cámara de fotos. Como parte del pueblo está construido sobre una colina, las calles no son rectas sino laberínticas y las casas están ubicadas en distintos niveles y unidas por escaleras en caracol. Así que hice lo que casi siempre termino haciendo en lugares así: caminé sin pensar, dejando que me guiara la intuición. ¿Esa escalera a dónde llevará? ¿Se podrá pasar por ahí? Me gusta esa planta. Qué buen felpudo. ¿Y por allá qué habrá? Qué lindo detalle las flores en la ventana. ¿Se verá el mar desde todos lados?

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Y no sé bien cómo fue que pasó y me cuesta un poco explicarlo, pero en algún momento de la caminata me abstraje del tiempo y del espacio (es decir, me olvidé de que era miércoles y de que estaba en Altea, Provincia de Alicante, España, Europa, Planeta Tierra) y empecé a sentir que estaba dando un paseo por mi inconsciente. Fue como si mi mente se hubiese hecho pueblo y Altea se hubiese convertido en la representación a gran escala de mi cabeza (con todos sus recovecos) y de todo lo que tengo guardado ahí. Me sentí como dentro de Inception (“El origen”, la película con Di Caprio, donde los escenarios de los sueños los fabrica un “arquitecto” y los puebla “el soñador” con imágenes de toda la gente que alguna vez se cruzó en la vida) o, tal vez, como metida en un cuadro de Dalí o Magritte. Así que, con esa sensación de estar paseando por mí misma, me puse a jugar.

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Si el pueblo representa mi mente, toda la gente que me cruzo son personas que conozco (o que por lo menos vi alguna vez) o facetas mías. Los objetos representan mis etapas o experiencias. La arquitectura y el arte, mis gustos o deseos. Vamos a ver. Ahí van M y D, hablando de los temas que siempre conversamos; mirá la cabeza de Buda en la ventana, es de mi época asiática; le dije “buenas tardes” a la señora, ella me miró con mala cara y no me respondió; “me estoy meando”, dijo una chica que pasó al lado mío, y yo un poco también; qué buena escena ese señor fumando una pipa, asomado a la ventana entremedio de flores y macetas, está ahí listo para ser fotografiado y yo no me animo a hacerlo por no molestarlo, me odio; ohpordios creo que me acaban de sacar una foto, así se debe sentir la gente a la que intento fotografiar sin que se de cuenta; estos van hablando inglés y los de allá francés, idioma que quiero aprender; esas zapatillas colgando del cable me hacen pensar en Praga y en la señal de la droga/ex-virginidad (según el país), en Big Fish y en ese pueblo raro en el que todos andan descalzos… Me senté a tomar un café en un barcito (una de mis actividades preferidas) y vi, por la ventana que tenía al lado de mi silla, que una mujer frenaba con su labrador blanco impecable. Una de las mozas salió del bar, acarició al perro y le puso una galletita con forma de corazón en el marco de mi ventana, del lado de afuera. No llegué a agarrar la cámara porque quería ver qué pasaba. El perro miró la galletita, miró a la dueña y, cuando la moza le hizo un gesto, se la comió. Me pareció una escena demasiado idílica y sacada de alguna parte muy cursi de mi cabeza.

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Mientras bajaba hacia la costa, pensé: “Este es un pueblo para venir con Maru” (mi amiga de toda la vida, una de las pocas personas con las que hablo de inconsciente a inconsciente) y ahí quise cambiar las categorías tradicionales (“pueblo de veraneo”, “pueblo mediterráneo”, “medina árabe”, “ciudad asiática”, “bla”) por mis categorías subjetivas (“pueblo para venir con Maru”, “pueblo para curarse”, “pueblo para viajar en otoño”, “pueblo para jugar”) y empecé a imaginar enciclopedias subjetivas, con opiniones de su autor (siempre tan invisible), del estilo: “este ítem no se me da la gana explicarlo”, “la leche de chufa me suena a bebida de búfalo”, “la naranja no es solo una fruta, también es mi color preferido”, “sí, Buenos Aires tiene tal cantidad de habitantes, pero para mí es treinta ciudades en una”, y así: poco dato duro y mucha anécdota. Y ahí me dije: mejor le aviso a mis lectores que mis relatos del mundo son tan subjetivos como esa falsa enciclopedia en primera persona. Yo suelo enamorarme de lugares y tener experiencias que tal vez para otros nada que ver, por eso es un peligro que se guíen demasiado por lo que escribo.

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Cuando llegué a la costa escuché uno de los mejores ruidos de mi vida (las olas arrastrándose sobre cientos de piedritas), así que me senté en un banco y me quedé un largo rato haciendo terapia de mar. Y ahí me acordé: uno de los juegos que propone el libro de viajes experimentales es el de automatic travel (viajes automáticos, parecido al concepto de escritura automática que consiste en pasar el fluir de conciencia al papel sin pensar en lo que se escribe). Dice: “Escapá de las restricciones o límites de la razón viajando automáticamente (sin pensar qué hacés ni a qué lugares vas) y fijate a dónde te lleva tu subconsciente”. Convertir el fluir de conciencia en caminata y recorrer sin pensar. Algo que suelo hacer bastante (tal vez no llevado al extremo) y que esta vez, sin proponérmelo, me generó una sensación nueva e ideas raras.

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—¿Por qué decís que Altea es el pueblo que todo lo cura?

Le pregunte a Michel una tarde que salimos a caminar. Y cuando lo dije en voz alta, me escuché.

—Perá: ¿que todo lo cura o que todo locura?

—Ja, que cura. Es que mucha gente que conozco vino acá en momentos no muy buenos de su vida, se quedó a vivir y se sanó…

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Altea proviene del griego Althaia y significa “yo curo”. Sus calles tienen nombres como Remedios, Salud y Consuelo; su clima es moderado, tiene paredes blancas que tranquilizan y el mar de fondo. Bien podría ser un gran sanatorio (lugar donde se sana). Es un pueblo de artistas: la única carrera universitaria que se dicta es Bellas Artes y gran parte de su población son estudiantes o gente que se dedica al arte. Después de pasar tres días me fui a Valencia y, mientras esperaba a Dani (mi siguiente anfitriona) en la puerta de su trabajo, me di cuenta de que por fin empecé a sentir que estoy donde tenía que estar.

Todo se alineó.

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La otra Cartagena

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Viernes, 23 h. Situación en un bar cualquiera de Madrid. Estoy de tapas con amigos y llega gente nueva a la mesa. Dos besos por cabeza y el diálogo de siempre:

—Hola, un gusto: Aniko.
—¿Aniko has dicho?
—Sí.
—¿Es japonés?
—No, es húngaro.
—Bueno, como no lo recordaré, por hoy serás Haiku.

Haiku Villalba, no está mal. Hasta suena poético.

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Esto de tener un nombre raro es, para mí, lo más normal del mundo. Estoy acostumbrada, desde que tuve que empezar a presentarme, a que me pregunten: ¿cómo? ¿es el nombre o el apellido? ¿Nicole? ¿A-qué? ¿es tu pseudónimo? ¿es japonés, no? Me bautizaron Yoko, Ana, Anika, AniLko, Niko, Nikita, Nicole, Añiko (en casos extremos de problemas de vocalización) y cosas por el estilo. Mucha gente asume que Aniko es mi nombre artístico (pensarán que en realidad me llamo Marta), a otros les parece tan complicado que optan por decirme Anita (o Haiku). Nunca jamás un chico pudo adivinar mi nombre en un boliche (no sé si en otros países pasa ni si este chamuyo se sigue usando, pero en Argentina —o al menos en Buenos Aires, por donde yo salía— siempre había alguno que aparecía a las tres de la mañana en medio de la pista —o del bar—, me miraba y decía, haciendo de cuenta que me conocía: “¡Juanita!”. A lo que yo le respondía: “Te apuesto lo que quieras a que no adivinás mi nombre”. Y podía estar tres horas que no lo adivinaba). Cuando me fui a Asia me pasó al revés: para los asiáticos, mi nombre era normal y facilísimo, aunque después de un rato ellos también me preguntaban: “But it’s Japanese, right?”. No.

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Nuestro nombre es una de las tantas palabras que nos definen y, como muchas cosas en esta vida, algo esencial de nuestra persona que se nos da al nacer y que no elegimos (por lo menos no en ciertas culturas). Y los nombres, aunque no queramos, generan asociaciones mentales y expectativas en los demás. Un ejemplo: me contrataron en mi primer trabajo gracias a “mi nombre japonés”. Mi jefe sabía que yo no era japonesa (me había entrevistado y había comprobado que no tenía los ojos rasgados ni nada que se pareciera a una facción asiática), mis futuras compañeras de redacción le habían recordado que yo no era japonesa y que mi nombre era húngaro, pero él quiso que hubiera una japonesa en el staff, y ahí quedé yo. La haiku de la revista.

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Y esto de imaginarse cosas en torno a una palabra no pasa solo con los nombres de las personas, sino también (y quizá mucho más) con los nombres de los lugares. “Ay, qué lindo sería ir a Micronesia, tan exótico”, pienso. Y seguro que el día que llegue a Micronesia veré que sí, que es exótico (porque queda lejos y se habla otro idioma) pero que en realidad ahí la gente es bastante parecida a nosotros y también tiene su rutina; y en algún momento del viaje, un micronés me dirá: “Ay, qué lindo sería ir a Buenos Aires (pronunciado, quizá, Boenos Airuesh, o no), tan exótico” y ahí me daré cuenta de que lo que suena distinto, para el que nunca lo escuchó, siempre suena exótico. Y será como ver la situación frente a un espejo: yoqueríavenirparaacáporquemesonabaexótico-vosquerésirparaalláporquetesuenaexótico pero los dos sabemos que nuestros respectivos países son normalitos (dentro de lo que uno considera normal).

Cuando dije, en Madrid, que venía para Murcia, los españoles pusieron cara de nada. Muchos me dijeron: “¿A Murcia? No tengo idea de qué hay en Murcia, pero ya me contarás”. No es como decir “me voy a Barcelona” o “me voy a París”: no podés terminar de decir BarcelParís que ya todo el mundo te mira con cara de ay Paricelona y se acuerda de todas las cosas que vivió allá o sueña con todas las cosas que le gustaría vivir allá. Los que ya estuvieron llenan el nombre con sus historias, y los que nunca fueron lo llenan con sus expectativas, y así las ciudades se convierten en contenedores vacíos repletos de cosas que le pasaron a todas las personas que estuvieron o que desean haber estado por ahí. Y la misma ciudad se convierte en mil lugares distintos.

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La segunda foto es de Cartagena de Indias (Colombia). La primera es de Cartagena (España).

Toda mi vida soñé con viajar a Cartagena de Indias (la de Colombia, que en mi mente era la única) y hasta hace poco nunca se me había ocurrido pensar que había otra Cartagena que no era de Indias y que también existía desde hacía varios siglos. Para mí, Cartagena era una ciudad del caribe colombiano que me llamaba a gritos. De la española, ni noticias. Durante mi primer viaje por América Latina uno de mis grandes objetivos era llegar a Cartagena (la de Colombia), caminar por esas calles caribes, sentarme a leer Cien años de soledad y encontrarme de casualidad con Gabriel García Márquez (sí, claro). Llegué y festejé mis primeros cinco meses de viajera ahí, en la que se convirtió en una de mis ciudades preferidas e inolvidables (la recuerdo como si hubiese estado ayer, cosa que no me pasa con todos los lugares). Y ahora (de casualidad) hago el no-festejo de mis cuatro meses de este viaje largo en Cartagena (la de España) mientras leo Vivir para contarla (las memorias de García Márquez) y camino con él por sus calles (porque son suyas) de Cartagena de Indias, de Barranquilla, de Aracataca y de Bogotá. Y leyéndolo entiendo que una misma ciudad es distinta para cada persona que la habita, la visita o la imagina: la Cartagena de Indias de García Márquez nunca será mi Cartagena ni tampoco la de ninguna otra persona. Cada uno convierte los lugares donde vive esta vida en sus escenarios personales de dramas, comedias e historias. Por eso visitar “la Cartagena de García Márquez” o “la Praga de Kafka” es casi como buscar algo que ya no existe.

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Estas dos fotos son de la Cartagena colombiana.

Mientras leo acerca de Cartagena  me entero de que esta —la de España— fue fundada como Qart Hadasht en el 227 a.C. por el cartaginés (de Cartago, la actual Túnez) Asdrúbal el Bello (esa es otra cosa que me llama la atención: ¿por qué los personajes históricos tienen esos nombres como “el grande”, “el valiente” o “el bello”? ¿Quién se los puso? ¿Sus mamás? ¿Tan bello era? Yo quiero ser recordada como Aniko la Miope). Durante la época del imperio romano (abro paréntesis otra vez: en esta Cartagena al parecer cavás un pozo y sale algo romano), la llamaron Carthago Nova (la nueva Cartago), y durante el dominio bizantino Carthago Spartaria. Hoy le quedó Cartagena (el mismo nombre que luego le darían a una de las colonias más importantes de América), y me pregunto: si las ciudades cambian de nombre, ¿por qué nosotros no lo hacemos? Nuestros padres (o fundadores, si somos ciudades) nos bautizan pensando en lo que quieren que seamos, pero después resulta que somos otra cosa y nos sentimos más “Ciudad de la furia” que “Buenos Aires”, por ejemplo. Entonces estaría bueno ir rebautizándonos a medida que vivimos cambios importantes en nuestra vida (ya sé, no sería tan fácil localizarnos en Facebook, pero bueno, tal vez sea mejor incluso). “¿Aniko?”, “No, eso era antes, ahora díganme Matilde la Veleta”.

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Algunas imágenes de la Cartagena española

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El teatro romano, descubierto hace pocos años en el centro histórico de Cartagena.

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Edificio modernista

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La peluquería del barrio

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El puerto

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El bar donde el tiempo pasa al revés

Durante los tres días que pasé en Cartagena me quedé en casa de Ana, una lectora cartaginesa que me llevó a caminar y a conocer el centro histórico de la ciudad. Mientras visitábamos el antiguo teatro romano (descubierto hace pocos años), nos preguntamos cómo sería la ciudad en aquel entonces (hace miles de años). ¿Cómo serían las casas? ¿Qué asociaciones mentales generaría el nombre de la ciudad? ¿Se imaginarían que unos siglos después le pondrían el mismo nombre a otra? Y yo pensé: se llaman igual pero son dos mundos distintos, y me acordé del calor pesado del Caribe, de las palenqueras vendiendo frutas, de las chicas caminando descalzas, de las hordas de turistas amotinados entre las murallas de la ciudad vieja, de los autos fuera de lugar entre las calles adoquinadas y los balconcitos de colores de otra época. Esta Cartagena me pareció más silenciosa y tranquila que la otra (y con los lugares cerrados por horario de siesta, algo muy español que había olvidado), pero reconozco que sigo enamorada del ambiente caribeño de la de Indias.

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Esta foto no es muy buena, pero es de las imágenes que más recuerdo cuando pienso en Cartagena de Indias.

El día antes de irme, la hermana de Ana nos invitó a comer a su casa y me presentó a sus dos hijas de la India (de 7 y 9 años). Lo primero que me preguntaron fue si ya había ido a su país. No, pero lo tengo muy pendiente. La mamá me contó que la más grande también quiere ser viajera, y le preguntó a la más chica: “¿Y tú también serás viajera o te quedarás para siempre en Cartagena?”. Su respuesta (genial) fue: “¿Para qué quedarme aquí donde ya lo he visto todo?”. Fueron adoptadas con 4 y 6 años, son hermanas biológicas y las dos mantienen sus nombres indios. Y eso me da que pensar: cambiarles el nombre hubiese sido como sacarles parte de la identidad. Entonces tal vez habría que hacerlos acumulativos: ir sumando nombres (o palabras que nos definan) al que ya tenemos, como gente que se agrega a una fila pero sin echar al de adelante. Y así, quizá, uno podría empezar a entender por todo lo que pasó una persona (o un lugar) hasta ser lo que es hoy.

*

AnikoJaponesaLaMiopeHaikuMatildeVeletaHakunaMatata se despide por hoy con un haiku muy trucho (que seguro no respeta las reglas de los haikus serios, pero para que se den una idea de lo que es un haiku japonés):

haiku

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Como estoy viajando sola y no me animo a hacer dedo sin compañía, empecé a usar una de las webs de Carpooling más conocidas de España: BlaBlaCar. Vine de Madrid a Cartagena (unas 4 hs) por 22 euros (en bus cuesta como 37 euros y en tren más aún). Cuando pregunté en facebook si alguien lo había usado recibí un montón de respuestas positivas, así que quería contarles que lo probé y me fue muy bien. Creo que es una muy buena opción para viajar barato y conocer gente. [/box]  

Como en casa

Madrid me retiene. Doce días y contando. ¿Qué escribir cuando uno está de viaje pero se siente como en casa? Tal vez de eso: la sensación de casa que encuentro en distintas partes del mundo, la certeza de que los viajeros no tenemos una casa sino varias. Muchas veces me preguntan si no extraño mi casa, mi baño, mi cama. Siempre digo que no. Lo que extraño de Buenos Aires es a mi gente, mis amigos, mi familia, mis caminatas, San Telmo, la primavera, los diálogos que se escuchan en los bondis. No mi baño, ni mi cama, ni mis sábanas, ni nada de eso. Cuando uno vive viajando pasa que muchos lugares se convierten en eso que llamamos “casa”, y la casa que dejamos atrás, en mi caso Buenos Aires, pasa a ser una casa más y no la única. Y al final es peor porque no se extraña una sola casa sino unas diez o veinte y uno queda como con el extrañamiento (¿existe?) dividido.

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España es uno de esos lugares donde me siento (demasiado) en casa. Desde la primera vez que pisé Madrid sentí que estaba llegando a un país que no conocía pero que ya me era muy familiar y cercano. Es verdad que argentinos y españoles estamos muy ligados por la historia y que nuestra cultura es similar en muchas cosas, pero esas no son las únicas razones: lo que me hace sentirme como en casa son los amigos que siempre me esperan acá, la familia que me recibe los domingos, el parecido como de realidad paralela entre Buenos Aires y Madrid, el acento argentino que se escucha bastante, el acento español que tanto me gusta, esas calles tan aptas para caminar, los personajes bizarros que siempre se renuevan (esta vez me encontré con un Spiderman panzón en la Plaza Mayor y un Bart Simpson en el Bernabéu), esas letras de Sabina que cada vez entiendo mejor.

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Madrid está lluviosa y fría, por momentos con mucho viento. Voy abrigada y, si bien no me gusta el frío (corrección: cada vez me gusta un poquito más el frío, siempre y cuando se mantenga sobre cero grados), estoy disfrutando este invierno. Cuando me bajé del avión y sentí el aire fresco me dije: pero esto no es tan terrible, pensé que el choque iba a ser peor. En el vuelo desde Lima no dormí nada: uno porque despegamos de día y no tenía sueño y dos porque cada vez que cerraba los ojos y el avión hacía un mínimo temblor me agarraba pánico y me decía secae-secae-secae-secae (confirmado que cada vez me gusta menos volar). Lo bueno fue que en la lotería de los asientos me tocó estar al lado de una mujer peruana que me charló casi todo el viaje y me ayudó a distraerme. Hablamos de la vida (¿de qué más, sino?), de sus cinco años en Buenos Aires, de sus hijos, de sus historias, de mis historias, de nuestros miedos, de nuestros hogares originales y adquiridos. Lloramos y nos reímos, y en Barajas nos despedimos con un abrazo. Con un preludio así, era claro que estaba llegando a donde tenía que estar. 

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Durante estos doce días me la pasé de reencuentro en reencuentro, no sólo con otros sino conmigo y con mis ganas de caminar. Gracias Madrid por ser tan caminable, espero que todas las ciudades europeas sean así porque necesito mi meditación diaria y quiero volver a la fotografía callejera y al arte de estar en la calle. Viajar para mí es estar (o ser) en las calles de cada lugar. Cuando camino pienso tantas cosas que un día de estos voy a prender un grabador y hablar sola durante todo el recorrido para no perder el hilo de mi conversación. Si pudiera dibujarme creo que me haría caminando y dejando atrás un sendero de palabras sueltas.

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Hace unos días me reencontré con Samy, una amiga de la facultad (que cursó conmigo un año y se cambió a Periodismo) con la que no me veía hacía 10 (D-I-E-Z) años. Cuando me lo dijo la traté de exagerada: ¡qué van a ser diez años! Pero sí, empezamos la carrera en el 2004, o sea que llegué a esa edad donde puedo decir que tal cosa me pasó hace diez o quince años y acordarme del hecho como si hubiese sido antes de ayer (cosa que a los 22 no me pasaba). Y así como hace diez años empecé a estudiar en la universidad, hace seis años que empecé en la universidad de los viajes (y sigo en preescolar). Seis años no es nada (me encanta escuchar o leer a gente que cuenta que viaja hace treinta o cincuenta años, porque espero algún día poder decir lo mismo), pero es suficiente para empezar a sentir que esta es mi vida normal, que no me veo haciendo otra cosa y que espero poder dedicarme a esto hasta el último día de mi existencia.

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(yo también)

Ayer, Samy me entrevistó. Casi al final me preguntó cuáles fueron los mejores y peores momentos de estos seis años de vida viajera y le dije que era una pregunta tan difícil como responder qué país me gustó más. Creo que es como la vida misma: los viajes (por lo menos mis viajes) tienen algunos (pocos) momentos recontra-mega-híper felices y muchos (un montón) de momentitos (por llamarlos así) felices: cuando me quedo en una casa de familia, cuando viajo en un bus local y la gente me mira con curiosidad y me sonríe, cuando alguien me ayuda en la calle, cuando estoy frente a un paisaje que me gusta, cuando me reencuentro con un amigo, cuando me hago amigos nuevos, cuando pruebo una comida rica, cuando me llevan a hacer algo bien local, cuando salgo a sacar fotos, cuando estoy en una situación en la que jamás imaginé que iba a estar, cuando un lugar me sorprende… Después me puse a pensar en los momentos feos y lo primero que me salió fue mencionar los dos robos que viví, pero enseguida me retracté y le dije que no, que los robos son feos pero lo que se van son cosas, y que lo peor para mí son que se vayan las personas, conocer a alguien, despedirme y no saber cuándo ni dónde nos volveremos a ver. Lo más duro de viajar es estar emocionalmente preparada para despedirme de personas y lugares todo el tiempo y soñar con volver  (o será que soy demasiado sensible).

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Mucha gente me escribe diciéndome que si él o ella viviera viajando como yo, su vida sería “perfecta”. Y desde ya les digo que no: no es una vida perfecta. Es un estilo de vida extraordinario y muy enriquecedor, eso seguro, y que a muchos (no a todos) puede hacer muy feliz, pero está lejos de ser perfecto. Cuando uno viaja puede despojarse de todo menos de algo: uno mismo. Nuestros problemas, emociones, tristezas, miedos, inseguridades, todo se va de viaje con nosotros. Estando de viaje también se genera una rutina y hay días de todo tipo: alegres, de mal humor, de pereza, llenos de energía, vacíos, completos, aburridos, sorprendentes. Cada día es distinto, pero uno (o por lo menos yo) no puede estar cien por ciento feliz todo el tiempo. Y sé por experiencia que no es fácil pasar por una etapa de tristeza estando lejos de casa (de la casa que sea). Por eso me hace tan bien saber que mi casa (me gusta mucho la palabra en inglés: home) es algo que existe en muchos lugares del mundo y no sólo en la ciudad donde nací. Hay una canción muy linda que dice “Home is wherever I’m with you” (mi hogar es cualquier lugar donde esté con vos) que también podría decir algo así como “Home is wherever I feel good” (mi hogar es donde me siento bien).

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Cuando uno llega a casa se da cuenta enseguida. Puede pasar en cualquier lugar del mundo y se siente de manera instantánea: es pisar la ciudad, percibir como un calorcito (interior, supongo), sonreír y ver cómo muchas cosas adentro nuestro se alinean, es como dar un suspiro de “ahhh llegué” y sentirse bien. Y, en mi caso, es llegar sabiendo que en algún momento me iré en busca de lugares nuevos (porque es imposible querer dejar de viajar) y que siempre tendré un hogar más al cual volver. Gracias Madrid, si pudiera darte un abrazo y meter ahí adentro tus calles, barrios y personas, lo haría. Pero ahora sí, dejame ir, que quiero seguir camino.

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Justo cuando terminé de escribir este post recibí un mail de mi amigo Jaume (un asturiano que se pasó cinco años viajando y a quien conocí en Laos y volví a ver hace unos días en Madrid) con el enlace a este video. Mientras lo miraba asentía con la cabeza y sonreía sola: ¡sí! ¡tal cual! ¡me pasa también! Esta chica podría ser mi doble española. Se los dejo para que lo vean y entiendan un poquito más a quienes nacimos con el síndrome del eterno viajero.


[box border=”full”] Info útil para viajar por Madrid:

  • Transporte urbano: lo mejor para ir de un lugar a otro es caminar o usar el metro (tiene estaciones por toda la ciudad y es muy eficiente). El viaje cuesta € 1,50, pero lo mejor es comprar el abono de a diez viajes (cuesta € 12,20 y se puede usar en el metro y buses). Hay un metro que va de Barajas (el aeropuerto) al centro de la ciudad.
  • Si necesitás un mapa de la ciudad podés pedir uno en cualquier sucursal del Corte Inglés (hay por todos lados).
  • Alojamiento: me quedé en casas de amigos, pero según lo que vi en internet, la cama en un dormitorio compartido de un hostel empieza en € 10.
  • Comida: los menúes más económicos (entrada, plato principal, postre y bebida) cuestan entre € 6 y 10. Hay lugares más baratos como Los 100 montaditos (tiene más de 100 tipos de sandwiches y hay un día a la semana que cuestan € 0,50) o El museo del jamón (ambos tienen varias sucursales) pero son más para picar. Otra opción son las tapas. Si tenés cocina, lo más económico es comprar en el super y cocinar. Un café te cuesta alrededor de € 1, una caña (vaso de cerveza) desde € 1, un desayuno (café + bollería) € 2, una botella de 1/2 litro de agua unos € 0,60.
  • Durante febrero, casi todas las grandes tiendas de ropa están con rebajas (en algunas hasta del 80%), así que si venís sin ropa adecuada te recomiendo que la compres acá. Un lugar con precios más baratos es el Factory, un centro de outlets en San Sebastián de los Reyes. Y para ropa deportiva o de viaje, reconozco que el Decathlon tiene de todo.
  • En Madrid hay dos librerías de viajes (con guías de todas partes del mundo, libros de fotografía y literatura): Altair y De viaje. Si les gusta leer, les recomiendo que se den una vuelta y se reserven una tarde para estar metidos ahí adentro.
  • En Madrid están tres de los museos de arte más importantes del mundo (y todos tienen días y horarios de acceso gratuito): el Reina Sofía (la entrada cuesta € 8; se entra gratis lunes, miércoles, jueves, viernes y sábados de 19 a 21 h y domingos de 15 a 19 h), el Thyssen – Bornemisza (entrada € 10; se entra gratis los lunes de 12 a 16 h) y el Museo del Prado (entrada € 14; se entra gratis de lunes a sábado de 18 a 20 h y los domingos de 17 a 19 h). 
  • Una muy buena opción para seguir viaje por España (y pagar menos que trasladándose en bus de larga distancia) es usar blablacar.es, una web de carpooling para compartir coche (y pagar los gastos entre todos). Ya les contaré cómo me va con eso. [/box]

Fin de un invierno en Granada

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Escribir, desde esta calurosa y húmeda Buenos Aires, acerca del frío polar que pasé en Granada me parece misión imposible. ¿Cómo transmitirles el frío que sentía en las manos y en los pies si en este momento estoy derritiéndome a fuego lento en una ciudad-horno con 45 grados de sensación térmica? ¿Cómo contarles lo que me costaba salir de la cama cada mañana si acá el rayo de sol matutino que me pega en la persiana me hace saltar de la cama en el acto? ¿Cómo describirles la vestimenta encebollada de la gente y el humito que nos salía junto con la respiración si acá muchos se están bañando en las fuentes públicas en plena Avenida 9 de Julio? Si pienso que hace escasas semanas tenía que ponerme calzas, pantalón, musculosa, remera, sueter de lana, gamulán, guantes, gorro y bufanda para salir a la calle me agarra más calor del que ya tengo. Aunque en realidad no debería quejarme: Granada fue lo último de un invierno que me persiguió durante más de un año y Buenos Aires volvió a darme la bienvenida a mi tan deseado y esperado verano.

[singlepic id=6610 w=625 float=center] Granada…

[singlepic id=6646 w=625 float=center] su Alhambra

[singlepic id=6592 w=625 float=center] y su gente abrigada.

Para los que también quieren leer la otra cara de la moneda, les cuento que nuestro viaje a dedo de Sevilla a Granada (256 km) no tuvo mucho éxito. Como salir de las ciudades no es fácil, nos tomamos un bus directo a Arahal, municipalidad ubicada al sudeste de Sevilla, y empezamos el dedo desde ahí. Tras la declaración de Laura: “Las mujeres nunca paran” nos frenó, en el acto, una mujer. En ese auto, sin embargo, pasó algo desafortunado que definiría el futuro de nuestro día autoestopístico: me dejé olvidado mi gorrito de lana con cara de pingüino. Era nuestro gorro del poder, el que hacía que los autos frenaran al vernos (probablemente de lo ridículo que me quedaba puesto). Horas después, mientras esperábamos en la ruta sin que nadie nos levantara, repetiríamos incansablemente: “Es todo culpa del gorro, si no lo hubiese perdido ya estaríamos en Granada…”. Una madre y su hija nos acercaron hasta una estación de servicio a pocos kilómetros y de ahí en más nadie nos levantó. Viendo que se hacía de noche (en invierno las horas para hacer autostop son menos…) cambiamos la ubicación e hicimos dedo para entrar a la ciudad e ir en busca de la estación de buses. Como dicha estación no existía nos sentamos en la única parada a esperar el único bus de la tarde y finalmente (con mucho frío y desembolso de euros de por medio) llegamos a Granada como a las 10 de la noche. Lo bueno es que unos días después nos desquitamos e hicimos Granada – Barcelona (855 km) en un sólo día, en dos transportes y casi todo a dedo. Así de impredecible es el camino…

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[singlepic id=6583 h=625 float=center] Primeras imágenes de Granada

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[singlepic id=6618 w=625 float=center] Y de sus paredes

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Granada nos recibió con frío, demasiado frío. Justo aquel día había nevado en las montañas y la temperatura había bajado mucho. Eso, sumado a que estaba por empezar el invierno en Europa, y eso, sumado a que hacía más de un año que yo personalmente estaba en invierno, no me dejó disfrutar al cien por ciento la ciudad. Esa noche, mientras esperábamos a Nico, nuestro couch, entramos a un bar de Plaza Nueva para refugiarnos del frío y, sobre todo, para ver si los rumores eran ciertos. Y sí, lo comprobamos: en Granada te ponen una tapa gratis con la bebida que te pidas. Un jugo, un agua, una caña (cerveza) cuesta 2 euros y el plato que la acompaña viene gratis. ¡Ojalá fuese así en toda España!

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Más tarde Nico nos pasó a buscar para llevarnos a su casa en el Albayzín, el antiguo barrio árabe de la ciudad. Unos días antes, en Sevilla, un amigo andaluz me había dicho: “Para mí Granada está ligada a recuerdos felices”, y cuando le comenté que me iba a quedar en el Albayzín me miró con cara de envidia y nostalgia: “No hay lugar más lindo que el Albayzín para vivir Granada”. Granada es una de esas ciudades de las que me hablaron mucho antes de conocerla. Muchos, incluso, osaron decirme que iba a gustarme más que Barcelona y tengo que aceptar que ambas quedaron casi a la par: Granada es un lugar en el que me gustaría vivir unos meses de mi vida. Siento que es una ciudad ideal para sentarme a escribir frente a una ventana… (me cuesta no medir las ciudades en términos de “lugares donde podría pasar una temporada escribiendo” y “lugares donde no podría pasar ni un día escribiendo”).

[singlepic id=6629 w=625 float=center] Me imagino trabajando en alguna de estas casitas

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[singlepic id=6625 w=625 float=center] con esta vista frente a mis ojos…

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Pero volviendo a aquella noche, Nico nos pasó a buscar y comenzamos el ascenso hacia el Albayzín. Digo ascenso porque literalmente tuvimos que caminar unos 15-20 minutos en subida por calles laberínticas. Aquel barrio, ubicado a unos 700 metros sobre el nivel del mar, fue uno de los antiguos núcleos de la Granada musulmana, junto con la Alhambra, el Realejo y el Arrabal de Bib-Arrambla. Y a medida que caminábamos y nos metíamos más y más adentro del barrio, no pude evitar transportarme a uno de los lugares que más me gustó de mis viajes: las medinas (antiguas ciudades árabes) de Marruecos. Descubrí en el Albayzín estructuras, construcciones y costumbres típicas de las medinas: la angostura de las calles me hizo acordar a Fez, las escaleras y subidas me hicieron acordar a Chauen, la arquitectura me hizo acordar a Tetouan, la vida callejera me hizo acordar a Tánger (aunque muchísimo menos exacerbada). Era como estar en una medina pero poblada de españoles. La diferencia es que esta medina era ordenada y las de Marruecos casi siempre se me presentaron como un caos pintoresco de vendedores, burros, motos, puestos callejeros y gente sentada en la calle. El Albayzín me ayudó a re-vivir mi contacto previo con lo árabe, aunque esta vez a través de España.

[singlepic id=6569 w=625 float=center] Dentro del Albayzín

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Lo malo de haber ido en invierno es que esa estación parece atentar contra mi rutina viajera. Me resultaba casi imposible salir de la cama a la mañana. La secuencia era: escuchaba el despertador, me destapaba la cara, sentía el aire frío pegándome en la nariz, pensaba “5 minutos más, por favor”, tocaba el botón “Snooze” de la alarma, me tapaba con la frazada hasta la cabeza, volvía a escuchar el despertador 5 minutos después y repetía el mismo proceso unas 10 veces. Cómo me cuesta el invierno. Durante el día, por la calle, sentía que el frío me traspasaba la ropa, tenía frío hasta en la cabeza, no me animaba a sacar fotos por miedo a que se me congelaran los dedos y no podía escribir nada en mi cuaderno porque la letra me salía deforme (tenía los dedos endurecidos). De noche, igual: apenas bajaba el sol no había polaina que me salvara. Y además, ¿a quién le da ganas de salir a la calle cuando sabe que podría estar metido en la cama?

[singlepic id=6622 w=625 float=center] Mientras hubiese sol, todo lindo

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[singlepic id=6631 h=625 float=center] pero a la sombra, te la regalo. Creo que si algún día viajo a Siberia voy a tener que ir con traje de astronauta.

Una sola vez salimos a conocer la noche del Albayzín. Estábamos en la casa, por irnos a dormir, y escuchamos un canto gitano que entraba por nuestra ventana. Era demasiado intrigante como para no ir a ver quién era el galán que hacía llorar a su guitarra a la luz de la luna. Así que salimos corriendo, esperando encontrarnos frente a un hombre de botas altas y pelo oscuro, cantando con una flor en su saco y una lágrima de emoción. Y cuando por fin llegamos, tras perseguir el sonido de ese canto de sireno, nos encontramos con un borracho sentado en un banquito, cantándole a tres chicas aún más borrachas que él que le bailaban una sospechosa mezcla de flamenco y reggaetón a su alrededor. De lo mejor que vi en el viaje. Nos quedamos un rato y nos hubiésemos quedado más, pero el frío, el maldito frío, me hizo temblar y tuve que volver.

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Conocimos, claro que sí, la Alhambra, y dudo que las palabras me alcancen para describir su belleza. La Alhambra es un complejo de palacios y fortalezas que perteneció al monarca y a la corte del Emirato de Granada, un estado islámico medieval ubicado en el sur de España. Si el Albayzín me hacía pensar en Marruecos, la Alhambra potenció mis ganas de viajar por los países árabes. Sus detalles, sus colores, su arquitectura, su idioma, sus mercados (los árabes) me atraen tanto que no encuentro explicación. Simplemente quiero aprender árabe e ir a conocer esa cultura.

Tip: también podés visitar la Alhambra con un visita guiada que podés contratar aquí.

[singlepic id=6600 h=625 float=center] Imágenes del interior de la Alhambra

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Granada pasó a ser otro de mis lugares en el mundo: una ciudad que merece ser vivida y caminada mucho más tiempo. El día que salimos a dedo hacia Barcelona nos levantó un italiano que vivía en Castellón (Valencia) y que había ido a pasar el fin de semana a Granada. Nos contó que fue solo y que se hizo amigo de un grupo de gitanos y terminó de fiesta con ellos en una de las cuevas del Sacromonte (el Sacromonte es el barrio de los gitanos de Granada y las “cuevas” son sus viviendas típicas). Creo que por un momento lo envidié, pero a la vez me hizo pensar en que el mismo viaje siempre va a ser distinto para cada persona. Cada lugar es un pulpo y cada viajero lo recorre en uno de sus miles de tentáculos, por eso nunca puede haber dos viajes iguales. Cada camino está hecho de encuentros fortuitos y eso es algo que no puede replicarse ni comprarse.

 [singlepic id=6619 h=625 float=center] Nosotras tuvimos la suerte de conocer a un luthier de guitarras

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[singlepic id=6608 w=625 float=center] Y de descubrir una nueva forma de usar polainas

Pasé los últimos días en Barcelona (mi queridísima) y en Madrid, y si bien allá también hizo frío, siento que mi invierno terminó en Granada. Un vuelo turbulento me llevó de vuelta a Buenos Aires, a ese calor tan esperado, a ese verano tan porteño, a esa Navidad con pelopincho, terraza y humedad. Cada vez que miro por la ventana de mi escritorio y me doy cuenta de que son las 8 de la noche y sigue habiendo luz, siento que estoy soñando. Un año sin calor es mucho tiempo, 365 días que se terminan a las 6 de la tarde son demasiados. Leyendo el cuaderno que escribí en España encontré un sueño que tuve en Barcelona, pocos días antes de volver a Argentina, y que hubiese olvidado de no haberlo escrito. Dice así: “Estoy en Canadá. Quiero salir a caminar pero hace 50 grados bajo cero. Alguien me dice que “me abrigue la cara”. Salgo y no siento frío. Veo, a lo lejos, un grupo de gaviotas con campera, bufanda y gorro. Cuando las miro de cerca veo que son hombres-gaviota, personas con cuerpo y pies de gaviota. Se dedican a pescar.”

El mensaje es claro: esta mujer-gaviota necesita volver al mar. Necesito un cambio de estación. Granada fue el cierre perfecto de un invierno que, si bien fue frío, me trajo muchas cosas lindas (nieve, auroras boreales, viajes a destinos inimaginados…). Pero ya está, se terminó, el ciclo debe continuar, la rueda tiene que girar: llegó el momento de volver al verano, a la energía de los viajes con sol.

[singlepic id=6616 h=625 float=center] ¿Vieron al pájaro en la punta del árbol?

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Homenaje a los libros de papel

(Iba a escribir un post de viajes y me salió esto)

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Los libros no llegan a nuestra vida de casualidad. O, por lo menos en mi caso, un libro nunca llegó a mi vida de casualidad.

Soy amante de la literatura y de los libros. Desde que aprendí a leer no pasé un día sin estar viajando entre los renglones de algún libro. Soy de las que aprovechan cualquier “tiempo muerto” (viajes en bondi, salas de espera, filas para llegar a algún mostrador) para ponerme a leer. Soy de las que leen dos, tres, cuatro libros a la vez (no puedo esperar a terminar uno para empezar otro). Soy de las que tiene decenas de libros haciendo pacientemente la fila de espera en la mesa de luz. Y soy, por sobre todo, una romántica de los libros de papel. Sí, ya sé. Ya sé que hoy en día los libros se pueden descargar en formato digital, ya sé que así no pesan ni ocupan espacio, ya sé que tener una biblioteca virtual completa es cuestión de minutos (depende de la velocidad de nuestra conexión a internet), ya sé que son una opción mucho más ecofriendly, ya sé que viajar con un e-reader es mucho más cómodo y más liviano que cargar con varios libros. Ya sé ya sé. Pero no puedo: no puedo despedirme de los libros de papel. No puedo no volver de cada viaje con la mochila repleta de libros (preguntándome cómo es posible que mi mochila haya engordado tantos kilos…).

[singlepic id=6543 w=625 float=center] Soy capaz de viajar hasta con diez libros en la mochila! (va totalmente en contra de mi codiciado minimalismo viajero, pero no puedo evitarlo)

Si bien suelo leer algunas revistas y guías de viaje en su versión de pantalla, siento que la experiencia no es la misma. Y no hablo solamente de lo lindo que es tener un libro entre las manos, sentir la textura del papel, oler la tinta, escribirle anotaciones en los márgenes, subrayar frases, marcar la página con un doblez o con un señalador… Creo que, además de todo eso, una de las cosas que más me gusta de los libros de papel (por no decir “libros de verdad”) es ese momento en el que uno aparece, como de casualidad, en mi vida. Me encanta sentir que un libro me encontró, como si me hubiese estado esperando (o buscando) durante toda su vida… Y me encanta ilar los hechos hacia atrás y ver qué cosas tuvieron que suceder, una tras otra, para desembocar en ese libro.

Mi biblioteca está repleta de libros. Cada uno de ellos apareció en mi camino (como compra, como regalo, al azar) en un momento determinado, pero durante mucho tiempo creí que la que encontraba al libro era yo: era tan simple como ir a una librería, mirar títulos y comprar el que me llamara la atención. Yo iba hacia el libro. Cuando empecé a viajar y mi rutina se convirtió en una cadena infinita de casualidades y causalidades, me di cuenta de que en realidad ocurría al revés: era el libro el que me encontraba a mí, sin importar en qué parte del mundo estuviera. Y terminé de darme cuenta de esto el día que llegué a la casa de Cristina en Sevilla.

[singlepic id=6556 w=625 float=center] Si bien en este post no voy a hablar de Sevilla en sí, la ciudad fue fundamental como escenario de esta reflexión… 

[singlepic id=6547 h=625 float=center] Y creo que cuando uno repite lugares va encontrando nuevos significados y nuevos por qués en cada visita

[singlepic id=6549 w=625 float=center] Descubre nuevos rincones de la ciudad y de uno mismo

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Era mi segunda vez en Sevilla. La primera había sido en febrero de este año, cuando visité la ciudad con la excusa de ir a una de las tantas fiestas organizada por estudiantes de Erasmus, pocos días antes de cruzar a Marruecos. Esta vez, llegué después de haber visitado Lisboa, y mi visita a la ciudad tuve un carácter más diurno (menos fiesta, más caminatas). La vez anterior me había quedado pendiente encontrarme con Cristina, una española que también viaja y escribe, y como esta vez nuestros tiempos coincidieron, me invitó a quedarme en su casa en la Alameda de Hércules, zona de bares. Apenas entré a su casa hice lo mismo que hago (a veces discreta y a veces descaradamente) cada vez que entro por primera vez a una casa ajena: me puse a revisar la biblioteca. Según el nivel de confianza que tenga con la persona, ese escrutinio bibliotecario puede ir desde un vistazo silencioso y semidisimulado de los títulos hasta un manoteo desvergonzado de cuanto libro llame mi atención. Y si bien Cristina y yo recién nos conocíamos, sentí que tenía la suficiente buena onda como para dejarme leer algunas páginas de sus libros. Además había uno que no pude evitar agarrar: “El mundo amarillo”, de Albert Espinosa.

[singlepic id=6567 w=625 float=center] Fiel al estilo Viajando por ahí, entremedio de este texto encontrarán fotos de relleno (todas de Sevilla, eso sí) :)

[singlepic id=6546 w=625 float=center] Amé al pajarito

Lo primero que me llamó la atención fue la tipografía del lomo, pero unos microsegundos después, apenas leí las primeras palabras, até cabos y recordé que hacía varios meses un amigo catalán me había mandado el primer capítulo de ese mismo libro por mail. En aquel entonces leí el capítulo en pocos minutos y me quedé con ganas de leer mucho más, pero como el libro no estaba disponible en internet ni en las librerías argentinas (o al menos eso supuse), lo dejé ahí y me olvidé. Y en ese momento, mientras releía el primer capítulo del libro, se me hizo evidente: tuve que hacer todo este camino (volver a Buenos Aires, recibir el mail de mi amigo, volver a viajar a España, volver a visitar Sevilla, coincidir con Cristina) para reencontrarme con ese libro.

“No hay nada que me atraiga más que la gente que crea mundos”, dice Albert al comienzo de su libro, y lo mismo opino. En su libro, Albert (escritor, director, actor y guionista) habla acerca de los descubrimientos personales que hizo durante los diez años que tuvo cáncer, descubrimientos que le permitieron tomarse de forma positiva todas las circunstancias que le tocó vivir. Pero más allá de esas enseñanzas, lo que más me gustó del libro fue su concepto de “los amarillos”, ya que con esa palabra definió “algo” que está presente en mi vida desde que empecé a viajar y a lo cual nunca supe qué nombre ponerle.

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[singlepic id=6560 w=625 float=center] “Mi alma” versión andaluza 

Hace casi cinco años mi vida está atravesada por los viajes y, quiera o no, tener “el viajar” de rutina hace que mi manera de relacionarme con las personas sea distinta. Siento, además, que hay ciertas cosas que me ocurren con frecuencia y que no sé qué tanto me sucederían si no estuviese viajando. Una de ellas es que viajando conocí a personas que me cambiaron la vida. Con esto no me refiero a amores ni a amigos ni a familiares; tampoco fueron personas que me hayan dado una ayuda monetaria o que me hayan facilitado algún contacto. Son personas con las que tal vez compartí un café, un trayecto del viaje, una charla, un abrazo, una confesión, un llanto, una alegría y que nunca más volví a ver. Personas que en esos minutos, horas o días me ayudaron a ponerme en contacto con una parte muy mía, a ver ciertos problemas desde otra óptica, a entender ciertas cosas y a crecer. Albert Espinosa denomina a este tipo de personas, “amarillos”:

[quote] “En el hospital encontré muchos amarillos, aunque en aquella época no sabía que lo eran. Pensaba que eran amigos, almas gemelas, personas que me ayudaban, ángeles de la guarda. No acaba de comprender por qué un desconocido que hasta hacía dos minutos no formaba parte de tu mundo, después se convertía en parte tuya, te entendía más que cualquier persona de este mundo y notabas que te ayudaba de una manera tan profunda que te sentías comprendido e identificado.”

“Amarillo es la palabra que define a esa gente que cambia tu vida (mucho o poco) y que quizá vuelvas o no vuelvas a ver”.

“Yo creo que los amarillos están en este mundo para que tú consigas saber cuáles son tus carencias, para abrirte y para que la gente se abra.”

“Esas personas dan sentido a tu vida. Armonizan tu lucha interna, te dan paz”. [/quote]

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Según Albert, el encuentro con un amarillo no es algo casual, sino algo que debía suceder. Al igual que con los libros. Cada persona y cada libro que apareció en mi vida lo hizo por algo. Y, ampliando un poco la reflexión, podría decir que cada ciudad y cada pueblo que apareció en mi camino también tuvo su razón de ser. Y cuando pienso en mis viajes como combinaciones de libros con ciudades con personas, todo toma otro sentido. “Las ciudades invisibles” (de Ítalo Calvino) apareció en mi vida en el momento justo en Montevideo, gracias a un escritor que re-apareció en mi vida también en el momento en el que yo necesitaba conversar con un escritor que tuviera años de experiencia. “Ébano” (de Ryszard Kapuściński) y la doctora Sonia también me acompañaron en un momento clave, cuando estaba sola en Guatemala con dengue y no podía parar de llorar tras darme cuenta de lo frágil de la vida. Los libros de Paul Theroux también llegaron cuando los necesitaba, ya no recuerdo en manos de quién, mientras viajaba por Asia (y Paul Theroux, quien es a la vez el escritor y una versión ficcionalizada de sí mismo, me acompañó desde sus vagones de tren y sus viajes en kayak y me hizo darme cuenta de que no estaba tan loca por querer viajar y por querer vivir de mi escritura).

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Si los libros de papel no existiesen, ¿cómo haría para seguir teniendo estos encuentros? ¿Cómo harían ellos para aparecer (de manera física y real) en mi vida? Cada libro que me llevo a casa es más que una colección de hojas escritas: es un objeto que me recuerda un lugar, un momento de mi vida, una persona, una experiencia. Por eso en mi biblioteca no guardo solamente libros, sino recuerdos de personas, dedicatorias, flores secas, señaladores, postales y momentos. Y si todavía me faltaba convencerme de que son ellos, los libros, los que me encuentran y no yo a ellos, hubo un acontecimiento que me dejó sin palabras.

[singlepic id=6561 w=625 float=center] Me dejó sin palabras como “La Seta”, ese edificio-escultura que rompe con la arquitectura tradicional de Sevilla

[singlepic id=6551 h=625 float=center] Me hizo sentir chiquita 

[singlepic id=6554 w=625 float=center] Como hombre frente a árbol de navidad

Apenas llegué de España a Buenos Aires (hace menos de una semana) sentí un enorme impulso de revisar mi biblioteca. Era algo que ya venía pensando en el avión: tengo que revisar mi biblioteca, tengo que revisar mi biblioteca. No me pregunten por qué. Llegué a casa, entré a mi cuarto, miré los títulos uno por uno y apenas lo vi lo agarré, sorprendida: pero ¿cómo? ¿cuándo me compré este libro? Sé que alguien me lo había recomendado y se ve que por eso lo compré, pero no recuerdo haberlo leído (y mucho menos comprado)… Fue él quien me había estado diciendo, quién sabe cómo, “Ani, revisá tu biblioteca”. Así que lo saqué y empecé a leerlo ahí mismo. No sé cuántos años estuvo ahí escondido, esperándome, pero era claro que había llegado el momento de leerlo. Mucha mayor fue mi sorpresa cuando me encontré con el siguiente párrafo (el libro no es de viajes):

[quote]“Un paseo por las calles de una ciudad en el extranjero, guiado por las indicaciones de la intuición, resulta mucho más gratificante que una excursión planeada según lo ya probado y experimentado. Ese paseo es algo totalmente distinto de un vagabundeo al azar. Dejando los ojos y los oídos bien abiertos, uno permite que sus gustos y sus rechazos, sus deseos e irritaciones inconscientes, sus pálpitos irracionales lo guíen cuando hay que optar entre doblar a la derecha o a la izquierda. Uno se abre camino en una ciudad que es sólo suya, que le depara sorpresas destinadas sólo a uno. Y descubre conversaciones y amistades, encuentros con personas notables. Cuando uno viaja de esta manera es libre; no “debe” ni “tiene que” hacer nada. Tal vez la única estructuración es el horario del avión al partir. A medida que se despliega el dibujo de la gente y los lugares, el viaje, como una improvisada pieza musical, revela su propia estructura y ritmos internos. Así se prepara el escenario para los encuentros que brinda el azar.”[/quote]

Como si lo hubiese escrito yo. Intuición, pálpitos, escenario, azar. Palabras que definen este momento de mi vida.

El libro se llama “Free Play: la improvisación en el arte y en la vida” y es de Stephen Nachmanovitch. Y con su súbita e inexplicable reaparición me demostró que a veces es necesario irse al otro lado del mundo solamente para regresar y darnos cuenta de que el libro que buscábamos nos estaba esperando en nuestra propia biblioteca.

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Saudade de Lisboa

Siempre quise conocer Lisboa. No sé por qué, era uno de esos lugares que me atraía sin una razón específica, tal vez por algo tan simple como la musicalidad de su nombre (“Lishboa”, me encanta cómo suena). Lo mismo me pasaba con Cartagena de Indias, en Colombia: me llamaba sin un por qué, simplemente por el mero hecho de existir yo sentía que ella estaba ahí, esperándome. En el caso de Lisboa, sentía (o presentía) que era una ciudad que generaba saudade incluso antes de conocerla. Saudade es ese sentimiento de extrañamiento, de melancolía, que ocurre cuando uno se separa de algo/alguien amado y siente la necesidad de volver a verlo. El escritor portugués Manuel de Melo decía que es “un bien que se padece y un mal que se disfruta”. Como una tristeza feliz. Y yo sentía que Lisboa iba a ser algo así, como la saudade hecha ciudad.

  [singlepic id=6537 w=500 float=center] Algunas de las fotos de este post fueron sacadas con una cámara Lomo (Diana Mini)

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Después de pasar unos días entre las góndolas de Aveiro y de hacer dedo hasta Nazaré, el camino nos llevó a Lisboa. Yo iba con una lista escrita en mi cuaderno, una lista que había ido construyendo los días previos con Sofía y otros portugueses que nos cruzamos en el camino. “Lisboa: Cosas para hacer. Caminar por Mouraria y Alfama, los antiguos barrios árabes. Comer pastel de nata en Belém. Tomar el tranvía 28. Subir a Barrio Alto. Ir al mirador en Príncipe Real. Visitar el castillo. Buscar las estatuas del Marquez de Pombal. Mirar a los artistas callejeros en Baixa. Caminar la Avenida Liberdade de punta a punta. Sentir la multiculturalidad en Martin Moniz, el barrio de inmigrantes. Estar atenta a los elevadores. Visitar la estación de tren de Rossio. Ir a la casa museo de Pessoa. Comprar el libro Viaje a Portugal de Saramago”. También iba con ciertas imágenes en mi cabeza, con retazos de una Lisboa que había visto solamente en postales y había oído simplemente en historias. Quería encontrarme gatos en las ventanas, mujeres mirando la vida pasar desde su balcón, músicos callejeros, callecitas empedradas en subida, tranvías amarillos, paredes despintadas, mosaicos y restos del pasado árabe.

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Cuando uno viaja por tierra, la relación con las ciudades capitales es otra. Generalmente los vuelos internacionales aterrizan en la capital del país de destino, entonces no queda otra que empezar el viaje por la gran ciudad. Cuando uno va por tierra, en cambio, no tiene por qué empezar a conocer el país por su capital, sino que la ruta se arma de otra manera, los recorridos no son impuestos sino intuitivos. Y cuando es así, hay que esperar a que la capital nos llame, es ella la que nos tiene que decir “llegó la hora de venir”. Hay viajeros a los que no les gustan las capitales: a mí me encantan. Siento que condensan como ningún otro lugar la idiosincracia del país, con todo lo bueno y todo lo malo que lo caracteriza. Son como la exacerbación del modo de ser de una nación. Me encantan los pueblos también, pero creo que hay que conocer ambas caras (grandes ciudades y pueblos) para poder comenzar a entender a un país. Llegar a una ciudad nueva me genera esa sensación (excitante y desesperante a la vez) de que los días no me van a alcanzar para ver todo lo que quiero. Lo bueno de eso es que siempre quedan excusas para volver a visitarlas.

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Mi primera imagen de Lisboa fue el movimiento de la estación de autobuses. La gente subía y bajaba de los transportes con un destino claro: algunos se estarían yendo de visita a otro pueblo, otros estarían volviendo a casa. Nosotras estábamos un poco a la deriva, haciendo tiempo mientras esperábamos la respuesta de un couch al que habíamos contactado. Cuando obtuvimos el sí nos tomamos el metro hasta su casa, y cuando salimos a la superficie pensé: Esta ciudad es el escenario perfecto para una película de Woody Allen. ¿Cómo es posible que todavía no haya filmado nada acá? La casa en la que nos quedamos las primeras noches no era una casa cualquiera, era una de esas que se conocen como “La Casa del Pueblo”: antigua y con muchas habitaciones, con gente de todas partes (y por todas partes), clases de yoga y de danza gratuitas, cacerolas del tamaño de palanganas llenas de arroz, vecinos que entraban y salían, multitudes que iban de visita para ver la proyección de películas de los martes a la noche, colchones en el piso, fotos en las paredes, un baño más grande que una habitación y un suelo que crujía cada vez que alguien caminaba. Entrar ahí fue como ingresar a Lisboa por una puerta grande muy local.

  [singlepic id=6454 w=625 float=center] La vista desde la terraza de la casa

  [singlepic id=6465 w=625 float=center] El gato que me esperaba en la terraza

  [singlepic id=6466 w=625 float=center] Ropa colgando de los techos

  [singlepic id=6470 w=625 float=center] Mujeres en las ventanas

  [singlepic id=6488 w=625 float=center] Y arte callejero por todas partes

Al día siguiente salimos a caminar, a perdernos por sus callecitas. Y pasó eso que pasa de vez en cuando, cuando los planetas se alinean: todo parecía estar mágicamente vacío, como si la ciudad estuviese existiendo solamente para nosotras. Caminamos, caminamos, caminamos todo el día. Subimos, bajamos, tomamos una y otra curva, frenamos a descansar en algún banquito, usamos escaleras, dimos vueltas por ahí. Y Lisboa seguía siendo nuestra: vacía, silenciosa, tan antigua y tan romántica. Por momentos me recordaba a Praga, por momentos me recordaba a todas las ciudades coloniales que conocí en mi vida, por momentos me recordaba a un lugar en el que nunca estuve pero al que siempre quise volver. Si eso no es saudade

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Lisboa no puede ocultar su edad: es una de las ciudades más antiguas del mundo (es la más antigua de Europa Occidental) y toda su historia está impregnada en sus paredes. Algunos dicen que Lisboa es de origen griego, otros dicen que es de origen fenicio. Su nombre en latín era Ulyssippo y, según la mitología, los griegos se referían a ella como Olissipo, un nombre que derivaba de Ulises (a quien conocían como Odiseo), ya que creían que la ciudad había sido fundada por Ulises tras huir de Troya. Alrededor del siglo 2 AC el territorio pasó a formar parte de Lusitania, una provincia del Imperio Romano, y su nombre mutó a Felicitas Julia. Siglos más tarde (DC), durante las Invasiones Bárbaras, la ciudad fue ocupada por distintas tribus y, en el 585, recibió el nombre Ulishbona. En el 711 la ciudad fue ocupada por fuerzas árabes del norte de África y del Cercano Oriente, y esta es la parte de la historia que más me fascina: siento una gran atracción (inexplicable) hacia todo lo árabe (su arquitectura, su idioma, su caligrafía, su arte, su literatura, su comida, sus mercados, sus medinas, sus leyendas) y me encanta llegar a lugares donde puedo ver las huellas árabes que dejaron los hechos históricos.

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Lisboa pasó a llamarse al-ʾIšbūnah. Los musulmanes construyeron mezquitas, casas y muros, el árabe se impuso como idioma oficial y el Islam como religión, aunque cristianos y judíos podían mantener sus creencias. Luego de este paréntesis árabe, la historia siguió: Lisboa sufrió invasiones vikingas, fue reconquistada por los católicos en 1147 durante las Cruzadas, se convirtió en capital de Portugal en 1255, vivió una guerra civil, fue el punto de partida de las expediciones portuguesas a América, fue un punto de comercio estratégico y puerto de esclavos, formó parte de la Monarquía Hispánica de Felipe II y obtuvo su independencia (junto con Portugal) en 1640. En 1755 un terremoto mató a entre 60.000 y 100.000 personas; tras el desastre, la ciudad fue reconstruida por el Marqués de Pombal, quien en vez de recuperar la ciudad medieval decidió destruir lo que había sobrevivido al terremoto y reconstruyó la ciudad siguiendo las normas urbanísticas de la época.

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Me produce respeto caminar por lugares donde hay tanta historia concentrada. En esos momentos quisiera tener una máquina del tiempo y poder trasladarme a cada época para ver y entender cuáles eran los deseos, las pasiones, las vivencias, los sentimientos de la gente que caminaba por esas calles y habitaba ese espacio.

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Unos días después cambiamos de couch y nos fuimos a la casa de Marina y Patricia. La casualidad (o no) hizo que Marina nos comentara que la tienda Lomo de Lisboa estaba alquilando cámaras Lomo (analógicas) para usar durante unos días. Esa misma noche, agarré (de “casualidad” otra vez) un libro de la biblioteca de las chicas y me encontré con un texto llamado “Las 10 profecías del futuro analógico” (por Lomo). Y lo que leí me cayó en el momento justo. Les copio algunos fragmentos que me gustaron.

[quote style=”boxed”] “Our 10 Prophecies of the Analogue Future are the key to unlocking your analogue potential. You are not a robot. You are not a CPU. You are not binary. You are a human being. You are complex, reflective and emotion-full. You are surrounded by beauty and energy and change and light. Don’t ignore it. The world is a wonderful place. Explore it. Love it. Live it.”

“Rub your aching eyes and wonder why you communicate all day without really talking to anybody.”

“Let loose, embrace the uncertainty and go with the flow. You begin to rediscover the analogue world.”

“Beauty appears where you least expected it and once again you realise; it doesn’t matter so much what something looks like, but how you look at it.”

“It’s exciting to touch something, to feel it, smell it, taste it, to have something in your hands that doesn’t disappear with the click of a button. Analogue is authentic, real, immediate. And so is life.”

“It sounds as unbelievable as it’s simple; choose analogue and your whole life will change. You learn to trust your senses rather than an LCD, you poke your nose into everything, you realise that the best things in life happen spontaneously and that curiosity is the most natural thing in the world.”

“Live offline but share online.” [/quote]

 (Estos son fragmentos del original, les recomiendo leer el texto entero en la página de Lomo)

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Hace tiempo que me siento cansada de las redes sociales. Cansada de ver el mundo y de comunicarme a través de una pantalla. Cansada de la velocidad de internet. Pero es mi eterno dilema: ¿Puedo hacer un blog sin difundirlo por Facebook? ¿Tiene sentido sacar fotos y no compartirlas? ¿Alguien me leería si desaparezco de la red? Hay días en los que pienso en dedicarme solamente a escribir libros y dar el blog por terminado. Pero son épocas: si estoy escribiendo este post es porque hay algo en mí que todavía sigue acá y que quiere permanecer, aunque sea por ahora, en el mundo digital. Sin embargo, hace tiempo que estoy intentando tener una vida más analógica, pero cuesta cortar con los vicios virtuales, sobre todo cuando mi trabajo depende de internet.

   [singlepic id=6522 h=625 float=center] Habiendo tantas otras profesiones que no requieren de una computadora…

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Y cuando leí ese texto de reivindicación de lo analógico sentí nuevamente una ola de nostalgia, una saudade por lo offline, unas ganas de volver a la época en la que internet no existía y las relaciones (con otras personas, con uno mismo, con el mundo) se establecían de forma más directa y real. Sentí ganas de quedarme en los cuadernos, en las postales, en los álbums de figuritas, en las notitas escritas en papeles, en las conversaciones sin teclados, en los encuentros espontáneos, en el rollo de fotos, en las cartas y los naipes, en lo hecho a mano, en todo eso que hoy nos parece tan retro y tan obsoleto. Así que al día siguiente alquilamos una Lomo (yo una Diana Mini, Laura un Ojo de Pez) y salimos a mirar la ciudad con ojos de 35 mm.

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Caminamos, tomamos el tranvía, comimos pastel de nata, escribimos en nuestros cuadernos, disparamos fotos sin pensarlas demasiado y sin darle importancia a lo técnico. Decidimos quedarnos en Lisboa unos días más de los planeados, pero la lluvia no nos dejó hacer demasiado. Llovió dos días seguidos, llovió tanto que mis zapatillas eran piletas de natación, llovió tanto que se me mojó todo lo que llevaba en la mochila, llovió tanto que nos agarramos un paraguas roto que encontramos en el metro y además compramos otro, llovió tanto que no pudimos ver todo lo que queríamos ver. Y Lisboa nos despidió así, en ese estado lluvioso, gris, melancólico pero real. Real porque la lluvia fue algo que cayó, que existió, que pude sentir, y no algo que escuché en un noticiero o que vi en una foto. Fue la despedida adecuada de una ciudad que me ayudó a conectarme nuevamente con mi parte offline. Y ahora sé que hasta que no vuelva a visitarla seguiré teniendo saudade de ella. Pero no me queda otra que esperar, y eso es lo lindo de la vida analógica: que la espera también se disfruta.

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Mi cajita de souvenirs de Aveiro

Si bien no soy fan de los souvenirs —con excepción de las postales— creo que entrar a las tiendas donde se venden estos productos es muy útil para obtener un pantallazo acerca de “lo típico” que uno podrá encontrarse en una ciudad, región o país. Cuando estuve en el aeropuerto de Londres (a la vuelta de mi viaje por República Checa) hice tiempo en los negocios de souvenirs, no para comprar, sino por la curiosidad de saber cómo se presenta el país ante (y como quiere ser recordado por) los visitantes extranjeros. Encontré lo que imaginan: buses rojos de dos pisos en miniatura, bolsos con fotos de Los Beatles, posavasos con imágenes de la Reina, alcancías con forma de cabinas telefónicas rojas, tazas con la bandera de Inglaterra, pastilleros con el logo del metro de Londres. Los íconos típicos que todos conocemos de Inglaterra (aunque, como yo, nunca hayamos viajado más allá de su aeropuerto). Íconos que son parte de la identidad cultural del país pero que no por eso lo definen.

[singlepic id=6383 w=625 float=center] Mosaicos en Portugal

Cuando llego a un lugar del que no sé ni conozco demasiado entro a las tiendas de souvenirs y no entiendo muy bien el por qué de los productos: sí, ese gallo es muy simpático, pero ¿por qué hay gallos en todos los negocios de souvenirs de Lisboa? ¿Y por qué en Barcelona está lleno de estatuitas de hombres, mujeres y niños cagando? ¿Y quién es ese señor que aparece en todas las postales y pósters de Indonesia? Es cuando uno sale de las tiendas y camina por las calles que descubre la razón de ser de cada uno de esos objetos (y que empieza a armar, a la vez, su propia cajita de cositas y momentos).

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Cuando partimos hacia Aveiro, la primera ciudad que íbamos a visitar en Portugal, yo no tenía mucha idea de qué esperar. Lo poco que sabía de Portugal lo había aprendido a través de mis viajes a sus colonias. El país, sin embargo, siempre me había llamado la atención, tal vez por eso de que es chiquito, está “en la punta” y mucha gente se lo saltea durante su viaje a Europa (en general los que aterrizan en Madrid se van hacia el lado de Francia. En general.). Empezamos el viaje en Aveiro por una razón: porque Sofía, portuguesa lectora de mi blog, vive ahí y nos invitó a visitarla. Antes de viajar, nos anticipó: “Aveiro tiene canales y la llaman la Venecia de Portugal”.

 [singlepic id=6410 w=625 float=center] Y así es…

[singlepic id=6412 h=625 float=center] La conocimos de noche

[singlepic id=6418 h=625 float=center] Con sus farolitos prendidos

[singlepic id=6419 h=625 float=center] Y sus barcitos

El viaje en bus desde Madrid se hizo mucho más largo de lo que esperábamos (tardamos como nueve horas, con una parada de hora y media en Coimbra), pero la vista desde la ventana fue como un trailer o anticipo del país: árboles amarillos por el otoño, montañas bajas, rutas sinuosas, casitas dispersadas por el campo, huertas en los jardines, tranquilidad. Llegamos a Aveiro de noche; Sofía nos llevó a su casa y, tras dejar las cosas, nos acompañó a caminar por el centro de la ciudad. Nunca repetí tanto la palabra “divino” como esa noche. Todo en Aveiro me parecía divino: las callecitas empedradas, los farolitos, los azulejos de los frentes de las casas, los restaurantes y barcitos, los moliceiros (barcos tradicionales de los pescadores, utilizados originalmente para juntar moliço o algas) descansando sobre el agua, los canales que bordean el centro, saber que esa agua es parte de una ría (confluencia del río con el mar), la gente caminando tranquilamente por la ciudad. Y al día siguiente, tras caminar la ciudad con luz, la sensación de que todo era “divino” fue aún mayor.

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[singlepic id=6382 h=625 float=center] Con lluvia y todo…

[singlepic id=6385 h=625 float=center] Es un lugar encantador

[singlepic id=6395 w=625 float=center] Tan tranquilo como se ve

[singlepic id=6402 w=625 float=center] Colorido

[singlepic id=6407 h=625 float=center] Romántico

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[singlepic id=6396 w=625 float=center] Con pequeños detalles

[singlepic id=6413 w=625 float=center] Con sus góndolas

[singlepic id=6384 w=625 float=center] Y sus casas

Durante esos pocos días en Aveiro empecé a aprender acerca de “lo típico” de Portugal. La sopa de entrada. El vino que acompaña todas las comidas. La presencia del pan en la mesa. Las sardinas. El pez como alimento principal. Los azulejos y mosaicos en las paredes. Los gatos en las ventanas. El corcho (Portugal es el mayor exportador de corcho del mundo. Les recomiendo ver este video: “Save Miguel” para entender por qué la producción de corcho es importante para el medio ambiente). El fado (el estilo musical más conocido de Portugal, en el cual pienso indagar en estos días). La influencia árabe en la arquitectura. El modernismo de ciertos edificios. El uso de colores pasteles en paredes y ventanas. Los dibujos en blanco y negro de los empedrados. Las macetas con flores en los balcones. Los pocos niños que se ven en las calles. Los puestos callejeros de castañas. El carácter pacífico de los portugueses.

[singlepic id=6416 w=625 float=center] También probé los ovos moles,

 [singlepic id=6415 w=625 float=center] dulces de huevo típicos de Aveiro

[singlepic id=6420 h=625 float=center] Ventanitas como esta se ven a montones

[singlepic id=6392 w=625 float=center] Y gatos curiosos también

[singlepic id=6389 w=625 float=center] Ropa colgando al aire libre, un clásico (me encanta)

[singlepic id=6405 w=625 float=center] Azulejos por todas partes (muchos con postales típicas del país, otros con imágenes religiosas, otros con fragmentos de Historia)

[singlepic id=6394 h=625 float=center] Y muy pocos chicos

De lo típico de Aveiro me quedo con dos cosas: la arquitectura (esas callecitas, esos empedrados, esas ventanitas, esas casitas) y los dibujos de las góndolas (pueden verlos en las fotos, son muy cómicos).

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[singlepic id=6398 h=625 float=center] Y los simpáticos dibujos de las góndolas

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Y si bien entramos a varias tiendas de souvenirs y miramos los azulejos, las góndolas en miniatura y las latas de sardinas, me di cuenta de que los souvenirs más valiosos son aquellos que uno no se puede llevar a su casa más que en el recuerdo. Mi cajita de souvenirs de Aveiro muchas cositas adentro. Gente sentada en los cafecitos. La ropa colgando de las ventanas (ese piyama a lunares). Las calles estrechas, tan estrechas que cuando pasa un auto hay que pegarse contra la pared para hacer lugar. Ese gato que nos miraba desde la ventana. Su dueño, que al vernos saludando al gato abrió la puerta y lo hizo salir para que nos conociera. Lukas, el perro que esperaba a sus dueños sentado en la puerta de un café donde paramos a almorzar. El cocinero, un italiano que nos explicó lo que era una bifana (sandwich de cerdo) y nos preparó una con salsa de champignones. La camarera venezolana que nos dijo que amaba el acento argentino. La risa que nos provocó ver los dibujos “atrevidos” de los moliceiros (barquitos). Las cenas y las charlas compartidas con Sofía (su biblioteca, los libros que me permitió espiar, los consejos de viaje que nos dio). La adicción que genera comer tremoço (un tipo de legumbre que se pela con los dientes) por primera vez. Las paredes pintadas de amarillo por las luces de los faroles. Los peces saltando del agua. El conductor del moliceiro diciéndonos, a lo lejos, “¡sáquenme una foto para Facebook!” mientras desaparecía con su barquito bajo un puente. La sensación de morder un ovo mole (dulce de huevo, típico de Aveiro) por primera vez. Las gotitas de lluvia sobre los paraguas. El arco iris que apareció sobre el puente cuando dejó de llover. El romanticismo de las calles empedradas. El fado que se escapaba de una tienda de música en una esquina. La felicidad de llegar, por fin, a Portugal, después de tanto tiempo y de tantas ganas. Y la alegría de saber que mi cajita no se consigue en cualquier tienda de regalos, sino que la fui armando yo misma, de a poco, con el solo hecho de haber viajado a Aveiro.

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Las paredes de Coimbra

Llegamos a Coimbra con lluvia. Viajamos en auto desde Aveiro (a 40 minutos) con Sofía, la lectora portuguesa que nos estaba alojando, y su amigo Mario, arquitecto y profesor de historia del arte. Coimbra es una ciudad de 150.000 habitantes y uno de los centros universitarios más importantes del país, por lo que era lógico esperar que hubiera muchos estudiantes dando vueltas por las calles. Pero no. La ecuación lluvia + frío + sábado + crisis (que acá en Portugal también se siente) hizo que nos encontráramos con una ciudad casi desierta. Pero lo bueno de las ciudades universitarias (y esto es algo que comprobé tanto en La Plata, Argentina, como en Yogyakarta, Indonesia) es que uno puede conocer las ideas, preocupaciones y deseos de quienes las habitan a través de sus paredes. El arte callejero —sus mensajes, sus protestas, sus lemas, su color— parece ser inseparable del ámbito universitario.

[singlepic id=6316 h=625 float=center] Calles vacías

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[singlepic id=6328 w=625 float=center] Con pocas personas 

[singlepic id=6374 w=625 float=center] y muchos paraguas

[singlepic id=6377 w=625 float=center] (¡muchos!)

[highlight]Las paredes de Coimbra están repletas de mensajes como estos:[/highlight]

[singlepic id=6308 w=625 float=center] ¡Huelga general!

[singlepic id=6347 w=625 float=center] Fragmento de “Imagine” de John Lennon

[singlepic id=6346 w=625 float=center] “Elvis está muerto”

[singlepic id=6339 h=625 float=center] “Más cultura, menos policía”

[singlepic id=6338 w=625 float=center] “No importa qué tan oscura sea la noche, el sol siempre saldrá”

[singlepic id=6337 w=625 float=center] “Sin banderas, sin fronteras”

[singlepic id=6333 w=625 float=center] “Arma de distracción masiva”

[singlepic id=6334 w=625 float=center] “Educate”

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[singlepic id=6327 w=625 float=center] “Compro luego existo”

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[singlepic id=6318 w=625 float=center] “Tú eres lo que me hace falta, tú y sólo tú”

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[singlepic id=6369 w=625 float=center] “Mirá televisión, caminá en el asfalto, mandá a tus hijos al colegio, andá al trabajo. Repetí conmigo: “SOY LIBRE”

[singlepic id=6342 w=625 float=center] “Nunca confíes en un hippie”. Si ellos lo dicen…

[highlight]Puede que desde lejos no se note, pero las paredes de Coimbra, además, están llenas de colores y texturas:[/highlight]

[singlepic id=6354 w=625 float=center] Desde lejos no se ve

[singlepic id=6356 w=625 float=center] pero a medida que uno se acerca

[singlepic id=6365 w=625 float=center] empieza a ver los colores de las paredes

[singlepic id=6371 w=625 float=center] sus elementos

[singlepic id=6366 h=625 float=center] sus combinaciones

[singlepic id=6370 w=625 float=center] sus tonos

[singlepic id=6331 w=625 float=center] sus decoraciones

[singlepic id=6343 w=625 float=center] y sus texturas.

[highlight]Y si uno mira más de cerca aún, ve que las paredes de Coimbra, además, sostienen placas, objetos, poemas y nombres de calles y Repúblicas (agrupaciones estudiantiles):[/highlight]

[singlepic id=6344 w=625 float=center] “La República de los Kágados” (los “kágados” son una especie de tortuga)

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[singlepic id=6326 h=625 float=center] “Calle de las quiebra espaldas”

[singlepic id=6360 w=625 float=center] “Mi casa es bella, mi mundo un paraíso, amor y paz adentro de ella, es todo lo que preciso”

[singlepic id=6361 w=625 float=center] “Calle de las lágrimas”

[highlight]Y caminando por las calles de Coimbra uno se encuentra, de repente, con que las paredes tienen huecos (también conocidos como janelas o ventanas) donde también ocurren cosas. La “no-pared” también forma parte de la vida urbana:[/highlight]

[singlepic id=6372 w=625 float=center] La gente las usa para secar ropa

[singlepic id=6324 w=625 float=center] Y para inventar macetas

[singlepic id=6373 w=625 float=center] Los gatos las usan para sentarse, dormir u observar

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[singlepic id=6335 h=625 float=center] Y las señoras, para no perderse nada de lo que pasa afuera

[singlepic id=6336 h=625 float=center] y para darle vida a las típicas postales portuguesas.

[highlight] Las paredes hablan acerca de la ciudad a la que pertenecen. Solamente es cuestión de escucharlas…[/highlight]

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[singlepic id=6322 w=625 float=center] “Aquí vivimos, aquí sonreímos, aquí perduraremos”

Otoño en Portugal

Veranos en Brasil

Como muchas familias argentinas, durante mi infancia y mi adolescencia pasé incontables veranos en Brasil. No recuerdo dónde fue que vi el mar por primera vez, pero en mi imaginación, ese mar que me cautivó desde muy chica (y que me generó ese incurable deseo de vivir frente a él) fue el mar brasilero. Durante aquellos veranos descubrí mi pasión por el agua, me creí sirena y comencé a sospechar que en otra vida había sido hija de un marinero o parte de la civilización perdida de la Atlántida. En Brasil aprendí a hablar portuñol y me enamoré del sonido de palabras como frango, morango, abacaxi, presunto, praia, suco, gostoso y “fuchiboli”. Escuché Axé Bahía y tuve las canciones bom xi bom xi bom bom bom y sigurucha amarucha sigurucha-cha-cha-cha-cha sonando en mi cabeza durante meses (sin saber muy bien de qué iban).

Perdí la cuenta de la cantidad de veces que viajé a ese país vecino, tan gigante, tan distinto y tan cercano. Fui con mi familia y con amigos; a veces en avión, otras veces en auto. Conocimos Recife, Natal, Fortaleza, Maceió, Florianópolis, Porto Seguro. En uno de aquellos veranos de preadolescencia conocí a dos hermanos gemelos de San Pablo y estuve convencida durante años de que los brasileros eran los hombres más lindos y encantadores del mundo. Años después también aprendí que algunos podían ser bastante mentirosos. En aquella época viajaba, literalmente, “de vacaciones”: todavía no concebía que pudiera existir otro tipo de viaje. Y para mí ir a Brasil era lo más normal del mundo: estaba cerca, tenía playa y se llenaba de argentinos. Era tan normal, supongo, como para un europeo ir a las playas de Croacia o para un japonés ir al exotismo de Bali. Brasil formó parte inseparable de la mayoría de los veranos de mi vida.

[singlepic id=6299 w=625 h= float=center] No tengo fotos de Brasil acá en esta computadora, así que pongo una foto del mar que representa a todos los mares y mi amor por ellos…

Primavera en Macau

La segunda vez que viajé a Macau estaba empezando la primavera. Después de un larguísimo verano en el Sudeste Asiático y un corto pero intenso invierno en China, encontrarme con un Macau que estaba floreciendo fue como volver a nacer. Muchos no podían entender qué le veía a Macau, esa península al sur de China que para mucha gente no es más que un gran complejo de casinos donde la única actividad posible es apostar (no por nada la llaman “Las Vegas de Asia”). Pero mi vuelta no tenía nada que ver con los casinos: había decidido volver a Macau porque me había quedado encantada con su arquitectura colonial, con sus callecitas, con sus carteles en portugués, con sus colores pasteles. Volvía para visitar a mis amigos, para redescubrir su centro histórico, para comerme una egg tart más. Volvía porque me parecía que una ex colonia portuguesa, en manos de China desde 1999, no era algo que se viera todos los días.

Esa fue la vez que decidí que si me quedaba a vivir en Asia, quería establecerme en Macau. Para mí Macau tenía (y aún tiene) todo: historia, arquitectura, gastronomía fusión, tranquilidad, buen clima y un barco que me dejaba en Hong Kong en menos de una hora. En esa visita a Macau conocí por primera vez a un portugués. Todavía me acuerdo. Era de noche, yo estaba buscando el restaurante donde me esperaba gente de Couchsurfing y, como estaba medio perdida, le pedí indicaciones a un chico que también caminaba por ahí. Me respondió en portugués y me sentí feliz de poder entablar una conversación usando dos idiomas. Estaba trabajando en Macau y también era Couchsurfer. Unos días después caminé con Journey, mi amiga china, por las calles vacías de Coloane (una aldea de pescadores en el otro extremo de la península) y me sentí como en un pueblito de Bahía al que jamás había ido. Y cuando encontré el Patio de la Eterna Felicidad, pensé: “Ya está, yo me quedo acá”.

 [singlepic id=6296 w=625 h= float=center] Todas estas fotografías las saqué en mis dos viajes a Macau (2010 y 2011)

[singlepic id=6294 w=625 h= float=center] Macau es famosa por sus casinos (que generan más ingresos por año que los de Las Vegas)

[singlepic id=6295 w=625 h= float=center] Y si bien las apuestas y el juego son parte de su “atractivo”, Macau es mucho más que eso

[singlepic id=6291 w=625 h= float=center] Tiene un centro histórico que es Patrimonio de la Humanidad

[singlepic id=6292 h=625 float=center] Tiene farolitos, teatros, balconcitos y construcciones típicas portuguesas

[singlepic id=6297 h=625 float=center] Tiene iglesias y colores pasteles

[singlepic id=6287 h=625 float=center] También tiene templos chinos

[singlepic id=6293 h=625 float=center] y chinos (¡claro!)

[singlepic id=6289 w=625 h= float=center] Inscripciones en portugués (aunque ningún habitante de Macau parecía hablar el idioma)

[singlepic id=6298 w=625 h= float=center] Y un patio donde todo es posible.

Invierno en El Jadida y en Colonia

Mi último invierno duró demasiado. Durante casi un año esta estación me persiguió sin piedad por tres continentes. Una partecita de ese invierno la viví en El Jadida, una ciudad marroquí ubicada en la costa atlántica. Después de casi un mes y medio de viaje, era la primera vez que me iba sola por el país. Y elegí visitar El Jadida por una sola razón: porque había sido colonia portuguesa y aún conservaba los restos de aquella época. Me quedé dos días y no me crucé ni con un extranjero. Caminé por la antigua medina portuguesa —sola, porque todo parecía estar vacío— y descubrí, o al menos creí descubrir, la fusión árabe-portuguesa de la ciudad: paredes de colores pasteles recortadas por puertas de forma árabe, farolitos y carteles en portugués, mujeres con su vestimenta musulmana, hombres con djellaba, gatos por todas partes y chicos jugando en las calles.

A mi regreso a Argentina me fui a visitar un lugar que jamás pierde su encanto: Colonia del Sacramento, en Uruguay. Fui abrigada, hacía mucho frío y se me congelaban los pies. Caminé por las calles empedradas y en cada uno de los espejos y charcos vi reflejado mi viaje anterior a esa misma ciudad. Colonia le pertenece a Uruguay hace mucho tiempo (al igual que El Jadida le pertenece a Marruecos, Macau a China y Brasil a sí mismo), pero la huella de Portugal no desapareció, sino que es un aspecto esencial de la personalidad de cada ex colonia. Viajé a cada uno de estos lugares en una estación distinta de mi vida y conocerlos fue conocer, también, a ese país que los fundó, los conquistó y/o los gobernó durante algún momento de su historia. A través de ellos me fui acercando, sin darme cuenta, a Portugal.

  [singlepic id=6285 w=625 h= float=center] La antigua ciudad portuguesa en El Jadida, Marruecos

[singlepic id=6280 w=625 h= float=center] Puertas de estilo árabe

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[singlepic id=6284 h=625 float=center] Hombres con djellaba

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[singlepic id=6281 w=625 h= float=center] Y una antigua cisterna portuguesa, la atracción principal del lugar.

[singlepic id=6276 w=625 h= float=center] Después le tocó el turno a Colonia, en Uruguay

[singlepic id=6275 w=625 h= float=center] Una de las ciudades más románticas y encantadoras…

[singlepic id=6279 w=625 h= float=center] Con casitas antiguas

[singlepic id=6277 w=625 h= float=center] Y los mejores atardeceres que vi en mi vida.

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Otoño en Portugal

Siempre sentí atracción por Portugal, supongo que por varios motivos. No es tan visitado como el resto de Europa (por lo menos los viajes “tradicionales” no incluyen a Portugal en su ruta). Allá en Argentina no se sabe tanto de Portugal como de, por ejemplo, Italia, España o Francia. Muchos españoles, incluso, me confesaron que dieron la vuelta al mundo pero todavía no visitaron su país vecino (no puedo decir nada porque me pasa lo mismo con Chile y juro que muero por ir). Todo lo que sabía de Portugal lo aprendí a través de mis viajes a sus colonias o de alguna que otra película o libro. De sus grandes escritores sólo leí a Saramago (tengo una deuda pendiente con Pessoa). Lisboa es una ciudad de la que estoy enamorada sin haberla conocido (se me hace que es una de las ciudades más nostálgicas y fascinantes de Europa). Desde que empecé este blog, mi contacto más directo con Portugal era Sofía, una lectora con la que nos escribíamos en nuestros respectivos idiomas (y aún así lográbamos entendernos). Estuve a punto de viajar a Portugal en Semana Santa de este año, cuando estaba en Barcelona, pero desistí porque no tenía mucho tiempo (me faltaban pocos días para volver a Buenos Aires y no quería que mi visita fuese un viaje relámpago). Cuando una amiga me dijo que Portugal era como el Uruguay de Europa, morí de amor y supe que esta vez tenía que venir. Y por suerte Laura, escritora y viajera, mi compañera en este viaje (que supuestamente iba a ser a España), aceptó cambiar de ruta.

Y así, sin haberlo planeado, el otoño me encontró en Portugal. Y ya siento que lo poquito que vi de este país es tal como lo imaginaba: maravilhoso.

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[singlepic id=6300 h=625 float=center] Primeras imágenes de Coimbra, donde el otoño portugués nos recibió con lluvia

[singlepic id=6301 h=625 float=center] Cafecito típico

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[singlepic id=6303 w=625 h= float=center] Primeros fotocharcos (un día de lluvia muy bien aprovechado)

[singlepic id=6305 w=625 h= float=center] Otoño en Portugal

Llenando la incógnita: Cosas que te pueden pasar si viajás a República Checa

“Espero que hayas podido llenar un poco la incógnita que era este país para tí”, me dice Vitek mientras conduce el coche por una ruta campestre, y agrega: “Eso es lo bonito de viajar”. Me lo dice así, en castellano, y se ríe. Si bien es checo, Vitek vivió dos años en Argentina (aunque era muy pequeño y casi no tiene recuerdos) y siete años en México. Él es mi guía durante mis dos últimos días en su país, y no sólo habla perfecto español, sino que parece saber absolutamente todo acerca de República Checa.

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[singlepic id=5921 w=800 float=center] El recuerdo de México que Vitek lleva en su auto a todos lados

Apenas salimos de Praga la ruta queda rodeada de verde. Tenemos unas tres horas de viaje por delante: Český Krumlov, el pueblo que vamos a visitar, está a unos 180 km de la capital. Vamos charlando sin parar: después de una semana hablando y pensando en inglés, un respiro de castellano no viene nada mal. Soy una catarata de preguntas. ¿Quién construyó ese edificio loco?, le pregunto todavía en Praga, cuando pasamos frente a la “Casa Danzante”. Vlado Milunić, un arquitecto croata-checo, junto con Frank Gehry, un arquitecto canadiense-estadounidense. Ah, ¿y todos esos lagos que se ven en la ruta son de verdad? No, la mayoría son lagos artificiales, creados por el hombre desde el siglo 16 para poder criar carpas; como el país no tiene salida al mar y se necesitaba tener peces para comer durante la Cuaresma y la Nochebuena, se crearon miles de lagos… ¿Cuál es el destino típico de los checos para irse de vacaciones? Supongo que a un lugar con mar, ¿no? Lo más común es viajar a Croacia, a Italia, a la Costa Brava de España, a las Islas Canarias… ¿Y acá en invierno hace mucho frío? Debe ser mágico ver todo nevado… En invierno la temperatura puede bajar hasta 20 grados bajo cero, aunque generalmente se mantiene entre los −5 y los 5ºC, cuando llega a −20ºC decimos que son “las heladas del Kremlin”.

[singlepic id=5953 w=800 float=center]  Manzanas en un camión

[singlepic id=5922 w=800 float=center] El pueblito al que nos dirigimos

Voy saltando de pregunta en pregunta, cambiando de tema constantemente, dejando que una historia me lleve a la otra. Pero no puedo parar de preguntar. Por mi manera de viajar, es muy raro que visite lugares con un guía, así que aprovecho sus conocimientos a más no poder. Mientras él me cuenta cosas, yo tomo nota en mi cuaderno. Vitek me habla de Kafka y de Kundera, del Socialismo con rostro humano y la Primavera de Praga, de la separación de “Chekia” y Slovakia. Él también me hace preguntas a mí: ¿Sabes de dónde surgió el término “bohemio”? Mmmm no, ¿de dónde? Y me cuenta. En resumen: el pueblo romani (o gitano) se trasladó a Europa desde el subcontinente indio a partir del siglo 11; sus habitantes se instalaron en distintos países del continente, entre ellos el antiguo Reino de Bohemia (región histórica que hoy forma parte de la República Checa), y llegaron a Francia alrededor del siglo 15. Como se creía que habían llegado desde Bohemia, se los llamó “bohemios”, y luego el término comenzó a utilizarse en la literatura francesa del siglo 20 para referirse a aquellos artistas que tenían un modo de vida no ortodoxo, más abierto y más libre. Interesante. ¿Tu nombre es húngaro, no?, me pregunta Vitek, y yo le respondo con muchísima alegría que sí (¡por fin alguien que no me pregunta si mi nombre es japonés!). Tengo una amiga que se llama Aniko, me dice. Yo pienso, feliz: ¡cuando viaje a Hungría seré una Aniko más del montón!

[singlepic id=5940 w=800 float=center]  Cosas bizarras encontradas por ahí…

Le pido a Vitek que me recomiende escritores, pintores, músicos y directores de cine checos. Él me va dictando nombres (nombres que todavía son una incógnita para mí, hasta que poco a poco, con el tiempo, los vaya llenando de contenido): Toyen, Emil Filla, Antonin Dvorak, Bedrich Smetana, Gustav Malev, David Černý (¡a ese sí lo conozco! vi varias de sus obras en las calles de Praga), Radůza, Neočekávaný dýchánek… Me recomienda que mire películas como Babileto, Zelary, Jizda y Nuda v Bnre (si alguien las vio, escucho comentarios).

 [singlepic id=5911 h=800 float=center] Visitamos también la casa-museo-taller de Josef Seidel, un fotógrafo checo  

Durante el primero de nuestros dos días de road trip visitamos Český Krumlov, un pueblito medieval ubicado sobre el río Vltava, en el sur de Bohemia (Bohemia y Moravia son las dos regiones históricas de República Checa, y en este viaje me tocó conocer Bohemia). Como vine al país con pase de prensa tengo acceso libre a todo (¡qué lindo! ¿cuándo saldrá un Pase Oficial de Blogger que valga tanto como el de prensa tradicional?). Mientras caminamos por las calles empedradas del centro histórico (que es bastante turístico, por cierto), Vitek me sigue contando historias acerca de su país. Así me entero que el hockey sobre hielo y el canotaje son dos de los deportes más practicados, que este pueblito formó parte de la ruta de la sal y hoy es Patrimonio de la Humanidad, que las marionetas son un arte y forma de entretenimiento muy antiguo del país y que el Hombre de agua es uno de los personajes clásicos de los cuentos y leyendas checas.

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[singlepic id=5918 h=800 float=center]  Subí a esa torre…

[singlepic id=5919 w=800 float=center]  … y vi algo así

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[singlepic id=5924 w=800 float=center]   Y más tarde vimos el pueblo desde otro ángulo (y otro y otro y otro más…)

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[singlepic id=5928 w=800 float=center]  Me fui a pasear por los jardines del castillo

[singlepic id=5929 w=800 float=center]  (me recibí de paparazzi)

[singlepic id=5930 w=800 float=center]  y sentí mucha paz…

Al día siguiente nos toca ir a Kutná Hora, una ciudad de Bohemia Central fundada en el siglo 12. Allí visitamos un lugar que recordaré como uno de los más extraños y peculiares de mi viaje: el Osario de Sedlec, una capilla católica decorada con entre 40.000 y 70.000 esqueletos humanos. Tras la Peste Negra y las Guerras Husitas del siglo 14 y 15, miles de personas fueron enterradas ahí, en el cementerio de la capilla de Sedlec. A principios del siglo 15 se construyó una iglesia gótica con una capilla que funcionaría de osario (un “osario” es un lugar destinado para reunir los huesos que se sacan de las sepulturas para volver a ser enterrados más adelante) y se le encargó la exhumación de los esqueletos a un monje semi-ciego. En 1870, la familia Schwarzenberg contrató a un tallador de madera para poner los huesos desenterrados en orden, y este fue el resultado.

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[singlepic id=5964 h=800 float=center]  El escudo de los Schwarzenberg…

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El road trip con Vitek (y mi viaje por República Checa) está llegando a su fin. Mientras volvemos hacia Praga nos ponemos a hablar de viajes: él me cuenta que viajó bastante por Europa y que hace poco fue a Chile para acompañar a un grupo de turistas checos. Conoce varios países, pero el que más le impactó fue Islandia por sus paisajes. Y ahí mismo me agarra otro síndrome viajero terrible: ese en el que ya estás de viaje pero te hablan de un lugar nuevo y enseguida te ponés a soñar con viajar a ese lugar. Será que los viajeros siempre estamos pensando en el próximo viaje… En algún momento del trayecto Vitek me dice lo de “llenar la incógnita” y me parece una manera muy certera de definir eso que nos pasa al viajar. Cada país nuevo y desconocido es, para mí, una incógnita que se llena solamente al viajar: puedo leer todo al respecto antes de irme, pero solamente en la ruta soy capaz de llenar un nombre de paisajes, de caras, de momentos, de comidas. Y ahí me pongo a pensar en cómo le fui dando contenido, durante poco más de una semana, a esa imagen mental (bastante vacía) que tenía de República Checa.

 [singlepic id=5944 w=800 float=center]  Durante este viaje caminé por pueblitos checos,

[singlepic id=5915 w=800 float=center]  Probé comida típica checa…

[singlepic id=5946 w=800 float=center]  … y húngara,

[singlepic id=5947 h=800 float=center]  Encontré mercados callejeros,

[singlepic id=5949 w=800 float=center]  Entré a iglesias de todos los estilos

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[singlepic id=5912 w=800 float=center]  Vi flores como estas…

[singlepic id=5983 w=800 float=center] y hasta encontré mi Lego-sueño! :)

Y algo que aprendí es que si bien hay varias figuritas repetidas a la hora de llenar incógnitas, lo cierto es que cada cual le da sentido a ese misterio que es un país nuevo a través de sus experiencias particulares (porque cada persona vive un viaje de manera distinta). Por eso creo que si viajás a República Checa te pueden pasar ciertas cosas “predecibles” o “esperables” (como cruzar el puente Carlos, ir a ver una obra de teatro negro, entrar a un castillo, comer pato al horno, cruzarte con algún lago artificial y tomar mucha cerveza), pero también pueden pasarte muchas otras cosas que probablemente no estaban en tus planes. Y eso es lo lindo de viajar.

——

Este viaje fue posible gracias a la invitación y organización de Czech Tourism. ¡Muchas gracias!

Viajando hacia atrás en República Checa: Un diario de viaje sin fechas específicas

Es más difícil, para mí, escribir acerca de un viaje una vez que se terminó. Cuando miro hacia atrás desde mi casa (o desde ese lugar que considero de “no-viaje”) los hechos se me superponen, los nombres se me mezclan, los días se condensan y forman “un gran día de viaje”, como si todo hubiese ocurrido durante las 24 horas más largas de mi vida. Una vez que se terminó, el viaje toma otra consistencia, se convierte en algo acabado, cerrado, en una especie de pelota que puedo mirar de lejos. Mientras estoy viajando, en cambio, todavía estoy dentro de esa pelota y veo todo de cerca: cada hecho me parece algo aislado, cada día me parece único y cada experiencia es nueva. Cuando ya se terminó, soy capaz de mirar “esa pelota de hechos, días y experiencias” desde otra perspectiva y con otros ojos (y eso me recuerda a la famosa frase de Steve Jobs: “You can only connect the dots looking backwards”/“Solamente podés unir los puntos mirando hacia atrás”).

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Generalmente escribo acerca de un viaje mientras estoy en ese viaje ya que me gusta tener las ideas frescas y estar metida dentro de lo que estoy escribiendo. Por eso viajo lento: para ir conociendo de a poco y tener tiempo de escribir todas las tardes. Sin embargo, cuando escribo acerca de un viaje mucho tiempo después, logro ver todo desde otra óptica y saco conclusiones que en el momento no se me hubiesen ocurrido. Ver un viaje hacia atrás (y creo que esto se aplica a la vida) me permite entender el por qué de muchas cosas.

En este momento estoy de vuelta en Buenos Aires. Los diez días que pasé en República Checa ya me parecen lejanos, como parte de un sueño que tuve en otra vida. Sufro, como cada vez que vuelvo a esta ciudad, el Síndrome de Viajera Duplicada (eso de sentir que vivo dos existencias paralelas: la Aniko-viajera y la Aniko-quenuncajamássaliódeBuenosAires). Por suerte mis cuadernos (siempre llevo por lo menos uno por viaje) y mis fotos me demuestran que todo fue real.

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(Mapita de la primera parte de mi recorrido por República Checa)

 ***

Pequeño diario de viaje por República Checa (escrito después, pero en presente como si estuviera allá, como si cada uno de estos días estuviera ocurriendo hoy)

Al viajar poco importa qué día de la semana es, qué mes, qué número. Lo que queda en nuestro recuerdo, mucho tiempo después de terminado el viaje, no son las fechas exactas, sino los acontecimientos, las experiencias vividas. Y da lo mismo que las cosas hayan ocurrido un lunes, un jueves o un sábado. Por eso en el pequeño diario de viaje que comparto a continuación no hay fechas específicas (aunque a los curiosos les cuento que todo esto me ocurrió en el transcurso de cuatro días).

***

El día que llovió en verano

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Llueve. Teóricamente estamos en el verano europeo, pero llegué yo y se largó a llover. Viajé a República Checa emocionada porque por fin, después de más de un año de otoño/invierno continuo, iba a volver al verano. No empaqué casi nada de ropa abrigada, mucho menos un paraguas, muchísimo menos una campera de lluvia. Después de un día (uno, solo uno) caluroso en Praga, volvió la lluvia a mi vida. Y justamente volvió hoy, el día que viajamos a Most, un pueblo que se dedica a la minería de carbón. Digo “viajamos”, así en plural, porque somos varios en el equipo: una canadiense, un inglés, un ruso, un sueco, una italiana y yo. Bloggers de viajes de todas partes del mundo que fuimos invitados por Czech Tourism a recorrer algunos de los principales destinos del país.

[singlepic id=5843 w=800 h= float=center]  ¡Hay equipo!

“The devils are having a wedding” (“Los demonios están festejando un casamiento”), nos dice uno de los checos que nos acompaña en la minivan, como explicación por la lluvia. Sí, todos los demonios se pusieron de acuerdo hoy para que se cayera el cielo. Nuestro Coal Safari (o “Safari del carbón”) por Most queda medio trunco: con lluvia es difícil ver el paisaje. Sin embargo, no puedo evitar pensar: me resulta tan interesante ver cómo el hombre se adapta a las características del medio en el que vive y hace de ellas su sustento y su modo de vida. Most es una ciudad en la que casi todos tienen algo que ver con la minería, así como hay otras ciudades donde casi todos tienen que ver con otros tipos de industrias y actividades.

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Pero hoy llueve y todo se ve un poco más gris (mi mente, incluso, está nublada). Más tarde tomo una sopa de ajo y un goulash y me siento mejor. La comida siempre me hace feliz.

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 ***

El día que entendí lo importante que es la cerveza

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La primera vez que la probé (habrá sido a los 13 o 14) me pareció muy amarga, demasiado. Con el tiempo aprendí a quererla, aunque tengo mis momentos con ella. Puedo no tomarla durante años o puedo tomarla muy seguido, y después de varias “cataciones” descubrí que si es artesanal me gusta mucho más (y descubrí, también, que puedo vivir perfectamente sin ella). Los checos, en cambio, la necesitan como nosotros al pan. Le dicen, incluso, “liquid bread” o “liquid gold” (“pan líquido” y “oro líquido”) y la toman a toda hora y en todo lugar. Por algo son el país con mayor cantidad de consumo de cerveza por habitante (¿lo sabían? ¡Yo no!). Así que acá la cerveza es mucho más que una bebida: es un elemento cultural fundamental en la existencia de cada checo.

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[singlepic id=5905 w=800 h= float=center] La ciudad de Žatec

En Žatec nos toca visitar un lugar que jamás pensé que iba a conocer: “El templo de la cerveza y del lúpulo” (Hop and Beer Temple). Conozco la simpática plantita que le da su aroma característico a la bebida y veo, en vivo y en directo, los ingredientes que luego se unirán para generar la cerveza.

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Más tarde nos trasladamos a Plzeň, ciudad cervecera por excelencia: allí fue creada, en 1842, la primera cerveza pilsen del mundo. Seguro que la probaron: es un tipo de láger pálida (y la marca de una cerveza uruguaya, también!). Tenemos suerte, justo llegamos a Plzeň para el Pilsner Fest, un festival de la cerveza que dura dos días donde hay bandas en vivo, comida y… mucha cerveza. Al día siguiente hacemos algo aún mejor: entramos a la Pilsner Urquell Brewery, la fábrica de cerveza que creó la primera pilsen del mundo y que actualmente produce una de las marcas más consumidas del país. La fábrica es tal como la imaginaba: espacios subterráneos fríos con enormes barriles donde la cerveza reposa hasta estar lista. No puedo parar de pensar en Homero Simpson y Peter Griffin nadando en barriles de cerveza artesanal.

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[singlepic id=5874 w=800 h= float=center]  Dentro de la fábrica de cerveza

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[singlepic id=5982 w=800 h= float=center]  La cerveza en estado de reposo

[singlepic id=5981 w=800 h= float=center]  El sueño de cualquiera

[singlepic id=5854 w=800 h= float=center]  De noche, en el Pilsner Fest

[singlepic id=5879 w=800 h= float=center]  Puestos de cerveza tirada

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[singlepic id=5887 w=800 h= float=center]  Y los juegos locos del Festival

No puedo parar de pensar, además, en lo importante que es la cerveza culturalmente en todo el mundo: creo que no existe un país en el que no me hayan invitado a compartir una cerveza (incluso en países musulmanes donde teóricamente no se toma alcohol). La cerveza une culturas, porque por más que no sepamos casi nada del idioma de la persona que nos invitó a tomar cerveza en otra parte del mundo, hay una palabra que aprendemos enseguida: ¡Salud! En República Checa: Na zdravi!

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***

El día que me transporté a la Edad Media y entré a un castillo de verdad

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Estoy frente a un castillo de verdad por primera vez en mi vida. Está situado sobre una roca frente al río y fue construido en el siglo 13. El concepto de castillo no es algo novedoso: si bien nunca vi uno de verdad hasta hoy, puedo imaginármelo perfectamente. Culpa de las películas y los cuentos de hadas (todos, siempre, transcurrían en bosques encantados con castillos y princesas). Por suerte nunca me interesó demasiado vivir en uno, pero me parece más que llamativo poder espiar uno por dentro.

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Me resulta muy raro estar caminando por un lugar tan de cuento. Es una especie de paseo anacrónico por una postal. Desde el siglo 18 el castillo Orlik pertenece a la familia Schwarzenberg (para que se den una idea, el miembro más famoso de la familia fue Field Marshal Karl Philipp, Príncipe de Schwarzenberg, quien además de ser príncipe le ganó a Napoleón en la Batalla de Leipzig de 1813). Vamos de habitación en habitación y vemos armaduras, armas, lámparas, regalos de otros príncipes y mandatarios, trofeos de caza, sillas de terciopelo, escudos tallados, muebles antiguos… Trato de imaginar cómo es la vida en un castillo, pero pienso en dragones, en princesas encerradas en torres y en príncipes que llegan al rescate con su caballo y su espada.

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Después de caminar por los jardines del castillo nos vamos a Tábor, ciudad fundada en el siglo 15. Nos quedamos en Žižka Square, el pequeño centro histórico. Tenemos tiempo libre así que salgo a explorar. Está todo bastante vacío. Doblo por alguna esquina y aparecen dos perritos, parecen inofensivos pero me empiezan a ladrar y corren hacia mí. Huyo. Busco gatos pero no encuentro ninguno. ¡Quiero acariciar gatos checos! Hay hojitas secas por todas partes. Se viene el otoño. Se hace de noche así que vuelvo al hotel. Esa noche me entretengo mirando el centro histórico, iluminado, desde la ventana de mi cuarto. Esta vez la que está dentro del castillo soy yo.

 [singlepic id=5890 w=800 float=center]  Imágenes de Tábor

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 [singlepic id=5892 h=800 float=center]  Los perros asesinos :P

 [singlepic id=5893 w=800 float=center]  Otoño…

 [singlepic id=5900 w=800 float=center]  calles vacías

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 [singlepic id=5896 w=800 float=center]  Casitas de campo checas a lo lejos

 [singlepic id=5895 h=800 float=center]  Desde mi ventana.

Hay dos días más en este diario sin fechas: El día que me quedé sola en Praga (y le escribí una carta…) y El día que me fui de road-trip con un checo mexicano, pero ese lo contaré en el próximo post.

[box border=”full”]Viajé a República Checa invitada por Czech Tourism.[/box]

Querida Praga (Carta abierta a una ciudad)

Praga:

No te digo “Querida” —si bien está más que claro que sos una mujer con todas las letras— porque todavía no te conozco tanto como para llamarte así (aunque no creo que sea difícil quererte, viendo que emanás amor por todos los rincones). Podría llamarte “Estimada”, pero me parece demasiado formal para la pequeña relación que ya entablamos en estos poquitos días que pasamos juntas. No te digo “Adorada” porque me parece cursi, “Distinguida” es demasiado aristocrático, “Horonable” es muy gubernamental. Podría decirte “Bella” o “Encantadora”, pero por el momento te digo, simplemente, Praga. Creo que a las mujeres con nombres lindos hay que llamarlas sin apodos ni adornos, y vos, Praga, tenés uno de los nombres más lindos que escuché.

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Me hablaron muy bien de vos. Cuando conté que te venía a conocer, todos me dijeron que me ibas a encantar. Hubo consenso absoluto. ¿Cómo hacés? ¿Qué generarás en la gente para que te amen tanto? Todos los que te conocen sueñan con volver a verte…

Yo te conocí mientras soñaba despierta, después de un largo viaje en avión desde el sur del mundo. Cuando te vi por primera vez, te voy a ser sincera, me sentí un poco abrumada: demasiada belleza, demasiada gente, demasiado movimiento, demasiados estímulos para digerir a la vez. Para empezar a descubrirte te recorrí en segway, ese monopatín posmoderno que avanza, frena y retrocede obedeciendo los movimientos de nuestro cuerpo. ¿Qué sentirás cuando esas dos ruedas avanzan por tus empedrados? ¿Te hará cosquillas? ¿Te molestará? ¿Lo notarás? ¿O seguirás regia e imperturbable como siempre?

[singlepic id=5831 w=800 float=center] Lo primero que recuerdo de vos

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En tres horas te atravesé y pude ver tus esculturas raras, tu arte callejero, tu sobredosis de puentes, tus paredes pintadas, tus mensajes de amor y paz, tus castillos medievales, tus construcciones llenas de grandeza, tus fachadas góticas, barrocas y renacentistas, tus relojes, tus santos, tus cúpulas, tu río. Fue demasiada información en una sola mirada, pero pude, de a poco, empezar a asimilarte y desmenuzarte. Pude hacerte menos complicada y más cercana. Cuando, casi al final del recorrido en segway, frené en una esquina y miré una maceta con flores que colgaba de un farol me acordé que ya me había encontrado con vos en un sueño, tiempo antes de que nos viéramos en persona por primera vez. Será que estábamos destinadas a conocernos…

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Al día siguiente te vi desde lo alto, desde esa torre que te enorgullecés en proclamar “La segunda construcción más fea del mundo”. Te miré desde el piso 66 de la Torre de Televisión, acompañada por los bebés gigantes de David Černý, uno de tus tantos artistas (y amantes, seguramente). Te observé boquiabierta, hipnotizada, mientras me soplabas tu aire tibio en la cara de manera indiferente.

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Más tarde te volví a mirar de arriba, desde otro ángulo, y me cautivaste aún más. Me hiciste preguntarme si tanta belleza era posible o si eras solamente un espejismo, un escenario de algún cuento. No me lo olvido, fue en el parque Letná. Era domingo, estabas sin maquillaje y me demostraste que las mujeres más bellas son aquellas que no necesitan pintarse, como vos, porque ya brillan con luz propia.

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Si por la mañana te conocí por fuera, esa tarde viajé por tu corazón: el río Vltava. Te navegué en un barquito, pasé por debajo de uno de tus 18 puentes —el más imponente, ya sabés cuál—, entré a tus canales y saludé a los patos que hicieron de tus orillas su hogar. Ahí, en ese barco, vi fotos tuyas de joven, cuando todavía estabas en blanco y negro, y me enteré que a lo largo de tu historia sufriste: sin ir más lejos, hace diez años te inundaste… ¿Habrás tenido alguna pena que te desbordó el corazón? ¿Qué te pasó, Praga? ¿Por qué llorabas? Me hace feliz saber que sos una mujer fuerte y que una vez más sobreviviste a las adversidades de la vida.

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Y por fin, el tercer día pude hacer lo que más deseaba desde que te conocí: te caminé todo lo que me dieron los pies, recorrí un poco de tu alma. Salí con mapa porque no quería perderme nada, pero después de un rato lo guardé y dejé que vos me fueras llevando, que tus curvas me invitaran a doblar y tus arcos me invitaran a cruzarte. Y así fui explorando cada parte del rompecabezas de tu ser: empecé en Nové město, la zona de vos que llaman “Ciudad nueva”, si bien fue establecida en el siglo 14. Miré tus vidrieras en la Plaza de Wenceslao y cuando me di cuenta ya estaba en tu centro histórico, en pleno Staré město, tu zona más antigua, más admirada y probablemente más concurrida. Caminé, me perdí entre las construcciones y las callecitas empedradas. Me di cuenta, con algo de alegría, que cada vez que me salía de los recorridos sugeridos por el mapa casi no encontraba turistas, te tenía para mí sola por un ratito, éramos solamente vos y yo. Y así, caminando sin rumbo, aparecí en Josefov, el antiguo barrio judío. Crucé Karlův most, tu puente-monumento más famoso, ese por el que caminan todos los que te visitan, y llegué a Malá strana. Caminé hacia arriba para ver tu costado más vanidoso: tu castillo. Después bajé y algún momento me tomé el tranvía, no podía conocerte y no trasladarme sobre vos en tu vehículo más romántico. No sé dónde aparecí, pero por un rato estuve perdida en una zona más auténtica de vos, de esas donde los turistas ni se asoman.

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Praga, te conocí poco y, como estabas distraída, te robé muchas fotos. Aunque sé que estás muy acostumbrada a ser fotografiada… ¿No te cansás? ¿No deseás, en algún momento, que esté prohibido retratarte, aunque sea por un día?

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Y en estos pocos días saqué conclusiones, probablemente apresuradas, lo sé, porque no soy quién para definirte ni para decir quién sos, eso lo sabrás solamente vos. Pero mientras te miraba no pude evitar pensar en varias cosas.

Sos una ciudad del amor, Praga, definitivamente. Inspirás a las parejas a abrazarse y a besarse en cualquier parque y contra cualquier pared. Muchos llegan a vos solamente para sellar su amor, por eso estás llena de candados en las barandas y repleta de llaves en tu río. ¿Qué promesa le harás a los amantes, para que muchos viajen exclusivamente para casarse en tus iglesias? Sos romántica y tal vez por eso te buscan tanto, porque sos una mujer que seduce y que se deja seducir. Tu sensualidad se deja ver de noche en tus bares subterráneos, en tus conciertos de jazz, en tus vasos de absenta, en tu zona roja. Cada año, cuatro millones de extraños de todas partes del mundo duermen con vos, ¿a cuántos dejarás enamorados? Pero más importante: ¿vos de quién estarás enamorada?

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Sos arte, Praga, exudás arte por todos tus poros. Usás a tus artistas para expresar tu música, tu poesía, tus bailes, tus obras, tu literatura. ¿Te das cuenta de que en algún momento de tu vida tuviste a Kafka escribiendo en algún café? ¿Te das cuenta de que Kundera escribió historias donde sos tan protagonista como el resto de sus personajes? Fuiste, sos y serás la madre de grandes artistas, “Madre Praga”, ¿alguna vez lo habías pensado?

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Sos historia, Praga, historia viva. Tenés más de mil años y se nota. Parecés joven pero tu alma es muy antigua. Viviste muchas cosas, fuiste capital de un imperio, tuviste reyes —y por más que sus mujeres se pongan celosas, la Reina siempre fuiste vos—, fuiste testigo de guerras, fuiste el escenario de grandes hechos de la historia moderna, tuviste Primaveras y Revoluciones, te sometieron y te liberaron. Pero sobreviviste a todo, nadie logró destruirte.

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Parecés sacada de una película, Praga, ¿sos real? Yo te miro y me dejo llevar, hago de cuenta que existís y que estás enfrente mío, pero por momentos me pregunto si no serás más que un set de cine o el escenario de una obra de teatro que se está presentando hace diez siglos. Te vi desde arriba, desde abajo, desde los costados, pero sé que no te vi toda, que en el fondo sos una mujer que muestra mucho pero revela poco y que es muy difícil conocerte del todo.

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Me das insomnio. Cada noche, cuando me quiero ir a dormir, no puedo: estás en mi cabeza, me inspirás, me hacés pensar, me impulsás a prender la luz, agarrar mi cuaderno y anotar frases e ideas que se me vienen a la mente. Dejo siempre la ventana abierta, para seguir mirándote en sueños.

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Ahora sí, me despido, y esta vez sí te digo Querida Praga, ojalá que nos volvamos a encontrar cuando ambas seamos un poco más viejas. Confío en que vos me llamarás cuando sea el momento.

Aniko

[box border=”full”]Viajé a Praga gracias a la organización e invitación de CzechTourism.[/box]

Viaje onírico a Praga

Los viajes tienen una gran carga onírica. Llegar a un país nuevo se parece mucho a estar soñando —especialmente si el traslado entre un punto y otro se hace en avión—: de repente estás en un escenario desconocido, todo a tu alrededor está funcionando normalmente (“normalmente” para ese lugar) pero vos no conocés las reglas y sabés que puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. En un viaje, al igual que en un sueño, todo es impredecible. Yo llegué a República Checa hace poco más de 24 horas y todavía no entiendo muy bien dónde estoy ni qué está pasando.

[singlepic id=5822 w=625 float=center] Saludos desde Praga…

Les cuento rápidamente cómo es que caí en Praga sin aviso alguno. Hace unas dos semanas me llegó un mail de Czech Tourism, la oficina de turismo de República Checa, preguntándome si estaría interesada en realizar un blogtrip (viaje de prensa para bloggers) a su país. Me puse a saltar en una pata y cuando se me fue un poco la excitación les respondí muy profesionalmente que sí, que estaba interesada en conocer su país (iba a quedar muy desesperada si les decía que conocer Europa del Este es uno de mis mayores deseos en este mundo y que estuve a punto de viajar para allá en el 2010 pero finalmente desistí porque no me daba el presupuesto y cambié el destino por Asia pero siempre me quedé con ganas de Europa del Este porque mi mamá nació allá y mis raíces están ahí y que además me encanta Milan Kundera y Kafka también aunque no leí tanto de Kafka pero de Kundera sí y quiero conocer esa ciudad-escenario que tanto menciona en sus obras… Hubiese sido mucho).

Así que armé la mochila y me fui a Ezeiza para tomarme un avión que me depositaría en Praga en la módica suma de 20 horas de viaje (incluyendo una escala en Madrid).

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Los que me conocen bien saben que tengo todo un tema con los sueños (y en este post cuando hablo de “sueños” me refiero a esas imágenes que aparecen en nuestra cabeza cuando estamos dormidos). Siempre tuve cierto fanatismo por el mundo onírico: recuerdo mis sueños de manera muy vívida (algo que no a todos les pasa, y a los que sí apuesto a que son fans de los sueños como yo…), los escribo en un cuaderno hace más de tres años, de tanto en tanto tengo sueños que considero premonitorios o “reveladores” (me anuncian o explican ciertas cosas de mi vida) y hace poco tuve mi primer sueño lúcido (en el que pude controlar todas mis acciones). Además (no sé si esto es “bueno” o “malo”) a veces confundo sueños con realidad: es decir que no sé si algo realmente ocurrió o si solamente lo soñé. Jejeje seguramente se desilusionaron y están pensando que este blog no es más que el delirio de una loca que confunde la realidad con la fantasía. Pero no. Tampoco para tanto. Generalmente lo que no sé si ocurrió o no son pequeños detalles o diálogos.

Y acá me permito poner imágenes de Yellow Submarine, film de alto contenido onírico!

Durante el primer vuelo (Buenos Aires – Madrid) casi no dormí. Como viajé durante todo el día (desde las 12 del mediodía hasta las 12 de la noche) no tuve sueño así que me la pasé leyendo (¿hay algún otro fan de la revista Orsai por acá? Me leí los últimos dos números en el vuelo). El tema es que cuando llegué a España eran las 5 de la mañana (hora local) y mi vuelo a Praga salía a las 10 y 20, así que no sólo se me había acortado la noche, sino que aunque durmiera no iba a poder completar mis ocho horas necesarias de sueño. Iba a tener que dormir en el aeropuerto sí o sí.

No sé si vieron los asientos de la sala de espera de Barajas: están en fila pero tienen apoyabrazos que los separan y que no permiten que uno se acueste y se estire como la gente. Así que decidí hacerme contorsionista: okupé una fila de cinco asientos, puse la mochila de almohada y apoyé la cabeza en el primer asiento, doblé el torso como para esquivar el primer apoyabrazos, apoyé las rodillas en el tercer asiento, pasé una pierna por encima del siguiente apoyabrazos y la otra por debajo, puse la alarma del teléfono para las 9.30, me lo puse abajo de la oreja y me dormí. A partir de ese momento ya no puedo distinguir qué fue real y qué no.

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Mientras dormía se me sentaron cinco deportistas argentinos al lado, venían de jugar al tenis. ¿Por qué se sientan justo acá? ¿No ven que solamente quedan dos asientos y ustedes son como cinco? ¿No ven todo el espacio libre que hay en el resto del aeropuerto? Me miraron. “¡Esta sí que sabe contorsionarse! Mirá, está toda enroscada en el asiento”, decían a los gritos. Yo me moví como para darles a entender que escuchaba todo. De repente desaparecieron y yo me levanté. Quise mirar la hora en el teléfono pero no podía abrir los ojos, así que empecé a caminar dormida en busca de la puerta J (desde donde salía mi vuelo), pero era demasiado tarde, había perdido el vuelo. Al rato me desperté. Nueve y media, todavía estaba a tiempo. Por las dudas me apuré y me fui a embarcar.

En el pasillo de la manga, mientras subía con el resto de los pasajeros al avión, escuché la conversación de tres españoles (perdón pero no puedo evitar escuchar conversaciones ajenas y tomar nota mental de las partes interesantes o graciosas). Uno de ellos decía algo así: “(…) esta es la quinta vez que voy a Praga. Tú sabes que nosotros comemos como bestias, bueno pues una vez fui a comprar jamón y la chica me preguntó cuántas lonjas quería y yo le dije cariño, no quiero lonjas, dámelo todo. (…) No sé decir mucho en checo excepto cariño, cerveza y buen día. (…) Ah, hola, yo ya viajé contigo en otro vuelo (—le dice a la azafata—) aunque no recuerdo en cuál porque en lo que va del año ya me tomé 68 aviones”. ¡68! ¡La mier..!

El mundo de los sueños puede ser tan real como el mundo de la vigilia…

Llegué a mi asiento (ventana) en estado zombi y me quedé dormida antes de despegar. El vuelo entre Madrid y Praga duró tres horas que para mí fueron diez minutos. Me desperté con la voz del comandante: “Les habla su comandante, nos estamos acercando al aeropuerto de Praga. Afuera hace 28 grados, es un día espectacular. No hay lluvias como anunciaron. Les deseo buen viaje y que sean muy felices”. ¿De verdad dijo “día espectacular”? ¿De verdad nos deseó que seamos muy felices? Ahí es cuando mi mente no puede distinguir. Yo creo que sí pasó.

Vi las primeras imágenes de República Checa desde la ventana: casitas de techos rojos en medio del campo. Mientras descendíamos la mujer de adelante empezó a emitir un ruido que no sé si era llanto o risa, decía algo así como “aaaaayyy mitíaaa, ayyy mitíaaa” seguido de una carcajada que fácilmente podría haber sido llanto (o viceversa). A mí me dio cierta emoción pensar en lo cerca que estoy de Hungría, de la historia de mi familia, de mis raíces. Le debo un viaje largo a Europa del Este (está entre mis prioridades, aunque no será esta vez). Y cuando bajé del avión sentí que realmente estaba dentro de un sueño, como si alguien me hubiese depositado en un escenario que solamente existe en la imaginación de un cuentista…

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Mientras iba al hotel miraba por la ventana intentando absorber todo y mi cabeza no paraba: ah mirá, tienen tranvía, qué lindo, qué romántica es una ciudad con tranvía, esas casitas qué simpáticas, hay empedrado, me gusta eso, ah esos chicos están caminando con los jeans arremangados, qué lindo volver al verano por fin, después de tantos meses, siento nostalgia del presente como en ese poema de Borges, nostalgia del momento que estoy viviendo exactamente ahora, esa sensación de que ni llegué pero ya sé que quiero volver, eso de nunca estuve acá pero ya extraño, como si hubiera caminado por estas calles en otra vida…

  [singlepic id=5827 w=625 float=center] Hasta tienen un muro dedicado a John Lennon…

En el hotel me recibió Pavel, uno de los checos de Czech Tourism que nos está acompañando en este viaje, y nos fuimos a encontrar con el resto de los bloggers para hacer un tour por Praga en segway (si no saben lo que es el segway miren la foto que está a continuación). O sea que si hasta ese momento no entendía nada, cuando me subí al segway dije ya está, tengo que aceptar que todo esto es un sueño y listo, que sea lo que tenga que ser, porque yo ya no controlo nada de lo que está pasando acá. ¡En todos los blogtrips me pasa lo mismo, che! Me quedo dormida en el avión y empiezo a imaginar cosas, como cuando me fui a Laponia…

 [singlepic id=5826 h=625 float=center]  El famoso segway, un vehículo que se mueve con el equilibrio y el impulso de nuestro propio cuerpo

 [singlepic id=5828 w=625 float=center] Con poco más de tres horas de sueño encima, ver esculturas como estas en el medio de Praga hace que mi estado de ensoñación y de confusión de la realidad con lo onírico sea aún mayor…

 [singlepic id=5824 w=625 float=center] Sí, es exactamente lo que están viendo.

Anduvimos tres horas en segway por Praga (detalles de eso en el próximo post) y yo me sentía no sólo dentro de un sueño, sino también dentro de un film donde todo el escenario era tan perfecto que parecía irreal. Y en una esquina, mientras esperábamos que pasara el tranvía, me acordé: hace más o menos un mes soñé que andaba en segway por una ciudad que parece una maqueta. Se los juro. Y yo nunca había andado en segway en mi vida.

[box border=”full”]Viajé a República Checa invitada por Czech Tourism.[/box]

Por las calles de Barcelona (o Callejeando por ahí, por qué no)

No hay mejor manera de conocer una ciudad que caminarla, perderse y dejarse llevar. Guardar el mapa, seguir el instinto y caminar tras lo que nos llame la atención. Nunca pensé que iba a terminar siendo una “viajera callejera”, que me iba a gustar tanto eso de observar la vida en las veredas, eso de sumergirme en la cultura callejera de cada pueblo y ciudad. Para mí, lo esencial para conocer un lugar no es “ir a tal monumento”, sino caminar. Caminar y observar. Me interesa más lo que está entremedio, el camino en sí, que lo que está en cada uno de esos puntos “que no podemos dejar de visitar”.

Creo que una de las razones por las que Barcelona me enamoró tanto es que si bien es una ciudad medianamente grande, un espacio urbano “ordenado”, aún sigue manteniendo ese “desorden” típico de las ciudades con vida al aire libre. No me cansé de caminar por sus calles, especialmente por la zona del Raval, donde la multiculturalidad de sus habitantes le da un aire especial a la ciudad.

Hoy, entonces, un Viajando en una foto (o en unas cuantas) Reloaded, algo así como un Callejeando por ahí en fotos, versión Barcelona. Un encuentro con las calles de esta ciudad que me tiene tan pero tan hipnotizada y a la que espero volver muy pronto. ♥ (Va con corazón y todo).

ATENCIÓN: nunca metí tantas fotos en un solo post, así que déjenlo cargar unos minutos.

ATENCIÓN bis: ya sé, están hartos de escucharme hablar (o de “leerme escribir”) acerca de Barcelona. Hartos. Ya fue Barcelona. No puedo evitarlo, estoy obsesionada, encontrar un Lugar en el Mundo no es algo que pasa todos los días. Además tenía un montón de fotos que me habían quedado pendientes y quería ponerlas acá. Así que ya está. En el próximo post, nada que ver: Guía para viajar por Marruecos. En este post, un capricho nomás.

Mientras esperan, denle click a este video. Muy callejero y muy Barcelona.

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Cemento con vista al mar

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Empujen con cariño

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Colisión inminente

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El balcón también sirve de portero eléctrico

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Principio de romance, tal vez?

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Bubu, el perro aventurero con siete vidas. Una vez practicó el escapismo y tuvieron que llamar a los bomberos. La leyenda dice, también, que un mendigo se lo robó e intentó venderlo. Nadie lo compró y su dueña lo encontró en la perrera. Bubu renace cada día. Ahora trabaja en una tienda retro.

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Perfect match.

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Mucha geometría. Y un señor.

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Hay de todo y para todos los gustos.

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El misterioso hombre del bombín negro y su perro dinamita.

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Un círculo de Gaudí, intervenido por una mujer.

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Yo le saco fotos a la Sagrada Familia. Tú le sacas fotos a la Sagrada Familia. Él (y ella) la saca fotos a la Sagrada Familia. Nosotros le sacamos fotos a la Sagrada Familia. Ustedes le sacan fotos a la Sagrada Familia. Y ellos son fotografiados por mí mientras le sacan fotos a la Sagrada Familia.

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¡Corré que el baldazo llega hasta acá!

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¿Aló? Hable más fuerte que tengo un paraguas.

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Escena de Chaplin versión Siglo XXI

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Eso de esperarte en The Cemetery Gates ya fue. Yo te espero a la salida del metro.

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Contramano. 

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El artixta también es callejero.

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¿Ves? Si vas caminando por las calles de Gracia, su estudio transparente te invita a pasar. Dentro se ve mejor, siempre y cuando abras bien los ojos.

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Cervezafríauneuroamigo, la frase más escuchado por las noches de Barcelona.

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Hay peluquerías, y peluquerías retro con onda, como esta.

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Y ahí, entre medio de tanto color, una puerta.

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Mesas rosas, cuando quieras.

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La báscula quita complejos, para que te peses en medio de la calle y pierdas la vergüenza. No es lo mismo pesar 90 kilos que pesar lo mismo que Pedro Picapiedra. No es lo mismo pesar 60 kilos que pesar lo mismo que Messi sin pelota. Ojo.

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Eso sí: en todos los cementerios, flores.

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Y las sábanas colgando.

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El triunfo de pasar por debajo de este arco.

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¿Y esta quién es?

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El señor era japonés y me cayó simpático.

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Esos árboles pelados me generan algo que no logro descifrar.

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Ella sostiene el edificio con un pie.

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Ambos están elevados, aunque cumpliendo distintas funciones.

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Te espero en el casino.

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Cuando vi esa cúpula de fondo, pensé: ¿Dónde estoy? ¿Caí en Asia? ¿Volví a Marruecos?

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Una especie de Barcelona flashera through the mirror.

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Arte callejero, una de las mejores formas de medir la vida callejera de cualquier ciudad.

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Tendría que haber tocado el timbre o inscribirme ahí, en el happy yoga.

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¿De qué hablarán?

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Eso.

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Mirá qué linda fachada, eh.

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Prohibido, o las arañas se apoderarán de su mente.

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Subidas y bajadas. La eterna rueda de la vida.

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Ese mozo reflejado en la ventana me recuerda a un cuento. O a algo.

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Caras y carritos.

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Una que otra ventana.

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Se prohibe, y si desobedece, le pegaremos en la frente con el helado gigante.

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Hay muchas maneras de matar.

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Por un rato, miro el mundo desde más abajo. Está bueno.

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Viva los pinoys :)

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Hey Ho!

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Camuflados entre flores.

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Cenicero al aire libre.

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Azul y amarillo.

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Escalando.

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Esta foto es un quilombo, le corté las cabezas a todos, pero igual tiene un nosequé.

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Bici con vista a la ciudad.

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2 x 2

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Sí, estoy arrastrando una heladera y qué.

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¿Los ven, ahí hablando?

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Jake & The Cat

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Como ven, los balcones en Barcelona son un espacio multifuncional.

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Las entradas de las iglesias, también.

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Compinches a toda edad.

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Y ópera callejera, el summum de la música callejera.

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El punctum* de la foto está muy claro.

(*punctum, según Roland Barthes: “El punctum de una fotografia es ese azar que en ella me despunta”. Surge de la escena como una flecha que viene a clavarse. El punctum puede llenar toda la foto (….) aunque muy a menudo sólo es un detalle.”)

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Cada vez que veo una gaviota en Barcelona pienso dos cosas: “Esta se perdió” y “Ah, no cierto que acá cerquita está el mar”  Una ciudad con vista al mar. ¿Qué más puedo pedir?

Este fue un Viajando en una foto x 60. Ojalá lo hayan disfrutado.

Encuesta: ¿de qué ciudad/pueblo les gustaría que fuera el próximo “Callejeando por ahí”? ¿Algún lugar de España, de Marruecos, de Asia? Opinen…

Guía para aprovechar un día de lluvia

[box]Este post fue inspirado por el blog “Charcos en el mundo” de Diego Koltan, un argentino que vive en Barcelona. Llegué a su blog de casualidad y me pareció genial su idea de los “Fotocharcos”. Así que me puse en contacto con él, esperamos a que lloviera y salimos por Barcelona en busca de charcos para fotografiar. Les recomiendo muchísimo su página. Además, está en busca de charcos invitados para ampliar su archivo, así que vamos, ¡a sacar fotocharcos por ahí! [/box]

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Cómo aprovechar un día de lluvia
(O, más bien, cómo aprovechar el después de un día de lluvia)

1. Salga a la calle pocos minutos después de que la lluvia haya parado, cuando las nubes se abren y el sol empieza a asomar.

2. No es necesario llevar paraguas. Tampoco es necesario llevar cámara de fotos. Solamente ir con la vista activada en Modo: Charcos. (Eso sí, tenga cuidado de no chocarse con la gente ni de tropezar por estar mirando el piso. También tenga cuidado de no patinarse ni pisar baldosas flojas. Si le pasa, ríase. Es agua nomás.)

3. Busque charcos de agua en las calles, en las veredas, en la tierra, en el pasto. Una vez que encuentre uno, acérquese. Agáchese y mírelo desde todos los ángulos posibles, fíjese qué cosas refleja.

4. Si tiene cámara, saque una foto de aquello que le resulte interesante. Si está con un amigo, muéstrele lo que ve. Si está solo, probablemente parezca un loco. Tal vez alguien se acercará a preguntarle si perdió algo. Tal vez lo miren de lejos. Tal vez un grupo de curiosos se congregue a su alrededor para fijarse qué es lo que mira con tanto interés. No pasa nada. Enséñele el secreto de los charcos a aquellos que estén interesados en mirar la realidad desde otro ángulo.

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Esos charcos, como verán, esconden otros mundos. Ver una ciudad a través de sus charcos es como ver un universo subterráneo, un lugar que está ahí, bajo nuestros pies, pero que solamente se abre los días de lluvia.

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Así que olvídese de ese cliché de que los días de lluvia son deprimentes. Solamente tenga paciencia. Siempre que llovió, paró. Siempre que paró, se formaron charcos. Y siempre que se formaron charcos, algo se reflejó en ellos. Esos reflejos muestran realidades que siempre estuvieron ahí, pero que nunca supimos ver.

[singlepic id=5015 h=800 float=center] Los charcos están, pero muchas veces los esquivamos o les pasamos por encima

[singlepic id=5011 w=800 float=center] Un charco en estado normal

[singlepic id=5028 h=800 float=center] Lo que vemos así…

[singlepic id=5027 h=800 float=center] …también se puede ver así.

[singlepic id=5020 h=800 float=center] Conclusión: vivimos patas para arriba

[singlepic id=5019 h=800 float=center] Post inspirado por la web de Diego, el fotógrafo de charcos.

[box type=”tick”]Aclaración final: Esta guía de charcos puede ser utilizada en cualquier lugar del mundo en el que llueva o se acumule agua. [/box]

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