Sziget Festival (día 3): lo que nos define

[box border=”full”]Estoy escribiendo, en tiempo casi real, acerca de Sziget, uno de los festivales de música y arte más grandes de Europa. Cada día elijo alguna banda, tema o detalle que me guste (hay tanto para ver que me sería imposible escribir de todo). Varios de estos textos los escribí de madrugada, después de volver del festival, y puede que no tengan mucho sentido.[/box]

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En la charla de literatura húngara que tuvimos hoy hablamos acerca de qué define a una nación. ¿El territorio? ¿La historia? ¿La comida? ¿La vestimenta? Hay muchos elementos palpables y otros que no se pueden tocar pero que también hablan acerca del modo de ser de un país: la literatura, la música, la danza, el arte. En el caso de Hungría, uno de sus artes más destacados es la poesía, y si bien un poema quizá no dé información concreta o práctica acerca del país, muestra lo que sienten y piensan sus artistas, los temas que les preocupan, las preguntas que se hacen, las luchas internas que tienen, y eso también dice mucho acerca de un lugar. Leímos el poema A Dunánál (“Junto al Danubio”) de József Attila, uno de los poetas más reconocidos de Hungría, y vimos cómo se reconcilió, de a poco, con su hungaridad. “Aceptarse húngaro implica aceptar muchas contradicciones de la historia y muchas paradojas de los sentimientos que compartimos”, nos dijo la profesora: “Como por ejemplo esa sensación muy húngara de sentirte solo en tu propia tierra”. Aceptar el lugar donde uno nació como parte de nuestra identidad puede llevarnos toda la vida.

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Todas las fotos son del festival

Me puse a pensar en qué define a una persona. Muchas cosas nos vienen por default: nacemos en cierto territorio del mundo (y automáticamente somos de tal nacionalidad, queramos o no), nacemos en una época del año y en un período histórico, nos ponen un nombre, tenemos cierto color de ojos pelo piel, somos altos bajos medianos, nos viene una familia y una cultura de regalo (a veces también una religión, una ideología, una educación). Todo eso forma parte de quiénes somos y muchas veces nos definimos así: ¿quién soy? soy la argentina, soy la hija de, soy la alta, soy la porteña, soy la de ojos marrones. Pero si nos despojamos de todo eso, de todo lo que nos viene adjuntado de nacimiento, ¿qué nos queda?, ¿qué nos define? Nuestras elecciones. Los amigos que elegimos, los libros que leemos, los lugares a los que vamos, las cosas que pensamos, los sueños que tenemos, las películas que vemos, las palabras que decimos, lo que decidimos aprender, los trabajos que hacemos. Todo lo que vamos construyendo arriba de eso que somos.

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La música es una de nuestras grandes elecciones y casi nunca es racional. Nos gustan determinados estilos, sonidos, instrumentos, melodías, letras, interpretaciones, ritmos porque nos hacen sentir algo cuando los escuchamos, porque nos tocan por alguna razón que no se puede explicar. Me pasó con Placebo la primera vez que los escuché, a los 16 o 17 años: sentí algo, me sentí parte de un sonido que me hacía bien, me pareció una banda muy relacionada con la identidad, con esa búsqueda de una definición personal. Sus canciones me hablaban de desamor, de tristeza, de sufrimiento, de finales, de equivocaciones, de apariencias, de amores dañinos, de vulnerabilidad, de soledad, de miedos, de ser distinto. Pero sin pesimismo ni depresión, era como si alguien me hubiese dicho al oído: mirá, la vida también tiene estas cosas, sabelo, no estás sola. Y me sentí reconfortada.

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Placebo en vivo en Sziget

La banda se formó en Londres en 1994 por el cantante y guitarrista Brian Molko y el guitarrista y bajista Stefan Olsdal. Habían ido juntos al colegio en Luxemburgo y se reencontraron de casualidad en 1994 en una estación del metro de Londres. Molko vio que Olsdal tenía una guitarra colgada al hombro y lo invitó a verlo tocar en un show local; cuando Olsdal vio la potencia musical de Molko le propuso formar una banda. Y así empezó todo. Molko se había criado en un marco familiar muy estricto: su papá quería que sea banquero y no aprobaba sus expresiones artísticas. Molko se rebeló adoptando una apariencia andrógina, pintándose las uñas, usando delineador, y escuchando punk. Supongo que para él hacer música empezó como una actividad personal, como una manera de definirse a sí mismo, de sentirse bien, de evadirse de un entorno que no lo dejaba expresarse con libertad. Todas las expresiones artísticas, pienso, surgen de una necesidad interna (yo no escribiría si no necesitara hablarme a mí misma). Y cuando eso que hacemos toca a otro, podemos sentirnos muy afortunados: quiere decir que estamos generando una conexión con el otro a través de sentimientos universales.

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En estos veinte años, Placebo grabó siete álbumes, vendió más de 11 millones de copias, tuvo tres bateristas y colaboró con muchísimos músicos. Es difícil definir su estilo: empezó siendo una banda de glam rock o de rock alternativo, pero con los años tomó caminos distintos y fue adoptando algo de cada género (se refieren a Placebo como goth-rock, Britpop, rock electrónico, rock experimental, rock progresivo, post punk, entre otros términos). Pero las definiciones suelen ser palabras estáticas y tanto las personas como las bandas están en cambio y evolución constante. Por eso me parece tan difícil ponerse una etiqueta. Hoy soy esto pero mañana seré otra cosa. Frente a vos soy esto pero frente a él soy otra. A veces me defino por mis acciones, a veces por mis gustos, a veces por mis ideas, a veces no sé. La palabra que usamos para definirnos también nos define, y nunca somos la misma persona para todos los que nos miran de afuera. Estamos en construcción toda la vida. (A todo esto, les recomiendo una película húngara muy buena que habla acerca de estos temas, aunque no sé qué tan fácil será conseguirla: Kaméleon).

En fin, todo esto para decir que vi a Placebo en vivo por segunda vez, esta vez en Sziget, en Budapest, en Hungría, en un país que me está generando demasiadas preguntas, y fue lindo sentirme abrazada por su música en medio de tanta hiperactividad mental. Baby, did you forget to take your meds? Parece que sí. Molko lo dijo: Placebo es una banda de outsiders para outsiders. Y es lindo que sean parte de este mosaico de cosas que me definen.

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Algunas canciones que me gustan:







Sziget Festival (día 2): efecto retardado

[box border=”full”]Intento de post acerca del segundo día del festival Sziget. Escrito muy de noche y con la cabeza a punto de explotar.[/box]

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Arte en vivo

Cualquier cosa nueva que empecemos lleva su período de adaptación: un viaje, un curso, un idioma, una relación. Un festival. El Sziget empezó ayer y si bien lo viví, lo salté, lo disfruté y lo escribí, recién hoy empiezo a caer. Sigo energizada por Blink 182, hoy me la pasé escuchando sus temas hasta en el baño y cantándolos en voz baja durante los recreos (soy estudiante otra vez, estoy combinando el festival con mis clases de húngaro). El festival dura siete días y, como pasa con los viajes (por ejemplo, sobre todo con los que tienen fecha de vuelta preestablecida), uno empieza a meterse de lleno y a disfrutar cuando ya se está por terminar. Al principio hay pasos en falso, cuesta dejarse llevar, hasta que de repente todo se acomoda, la realidad se acelera, uno sube por la curva y empieza a fluir con lo que sea que esté haciendo. Yo estoy en ascenso pero todavía no llegué al punto tobogán.

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Todas las fotos son de hoy

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Es la una de la mañana, estoy agotada y me pregunto para qué decidí escribir un post por día si todo lo que me sale son pensamientos trasnochados. Pero ya estoy en el baile. Igual que con el festival: estoy entrando en calor y no puedo cortar ahora. Lo bueno es que cada día me da la opción de resetearme y hablar de algo nuevo. Seguro que cuando me sienta cómoda ya se va a haber terminado, porque así me pasa con muchas cosas. Cómo quisiera volver a ver a Blink, cómo quisiera repetir tantos momentos, pero el tiempo va hacia adelante y hay que aprender a disfrutar el ahora, lo que está enfrente, y dejar de lamentarse por el resto. Before I die I want to: (complete aquí). La pared estaba repleta de sueños escritos con tiza: “Travel the world”, “kiss”, “find the dragon”, “be happy”. Mejor que empieces ahora entonces, porque eso de “lo haré más adelante, cuando tenga tal o tal cosa” es una excusa.

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Hoy había más que ayer: más gente, más carpas, más actividades, más de todo. Va in crescendo de a poco y algo me dice que el domingo va a explotar de gente. Hoy me dediqué a buscar personajes: vi a Spiderman, al Cookie Monster, a tres que parecían estar en piyama, gente con la cara pintada de colores, tiburones, Bob Esponja, Space Invaders, Pokemones. Hoy tocó Ska-p y fui especialmente para verlos: ya había ido a un recital en Buenos Aires y me pareció una de las bandas más divertidas para ver en vivo. Tocaron a las seis menos cuarto de la tarde, en el escenario principal, con luz de día de Budapest y banderas asiáticas, europeas y latinoamericanas. El pogo fue gigante desde el primer tema (nota mental divertida: en Francia también se dice pogo; en realidad en todas partes se dice pogo, pero yo no sabía. Al parecer el pogo lo inventó Sid Vicious, el bajista de los Sex Pistols, durante los años 70 en recitales de punk en Londres y hoy quedó ligado a la movida punk rock, aunque en Argentina se hace pogo en todos los recitales).

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Minutos antes de Ska-p

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En pleno recital

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Y después

Ska-p se formó en 1994 en Madrid y es conocida por sus letras anti sistema y anti todo: una de mis canciones preferidas dice, por ejemplo, desde filipinas a américa central, desde el polo norte hasta madagascar, este puto mundo no es de nadio y es de todos, cinco continentes en un mismo corazón, multirracial oh oh oh ohhh (y no sigo porque me cebo y me dan ganas de escuchar el tema y ponerme a bailar). Este grupo sí que sabe transmitir energía y hacer bailar a la gente, hablen el idioma que hablen. Yo soy bastante quieta pero con ellos no aguanto, los pies me saltan solos, los brazos se me mueven en el pasito ska sin que me de cuenta. Durante el show pasó una bandera argentina, pasó uno sosteniendo una rama de un árbol, pasaron varios fans de mano en mano. Estampida, Niño soldado, Ni fu ni fa, ETTs, Cannabis, Torero, Crimen Solicitationis, Derecho de admisión, Intifada, El vals del obrero, A la mierda y Gato López. Qué gracioso traducirle las letras de esta banda a alguien que no habla castellano.

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Algunos momentos de Sziget

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20.000 globos

Después de saltar me fui a dar una vuelta por la isla y me di cuenta de que me está pasando lo mismo con el húngaro: estoy con efecto retardado. Los primeros días no me acordaba ni una palabra, ahora puedo entender algunos carteles y ya sé que donde dice sült krumpli se venden papas fritas, bejarat es la entrada y kijarat es la salida. El húngaro me parecía imposible pero se ve que mi cabeza empieza a retener términos. Hoy pensé en que estaba cansada y se me vino a la menta la palabra faradt, que significa justamente eso: cansancio. Pero al idioma le dedicaré otro post y ahora estoy demasiado agotada como para pensar. Quién me manda a escribir un post por día a estas horas. Me quejo pero me gusta, es un desafío, aunque me parece que cuando termine esta semana voy a escribir los posts de verdad. Este festival (y Budapest y Hungría y el húngaro y todo lo que me está pasando acá) es una sobredosis de estímulos y necesito que pase un tiempo para poder procesarlos.

Sziget Festival (día 1): la isla de la libertad

[box border=”full”]Del 11 al 17 de agosto estaré cubriendo el Sziget Festival de Budapest, uno de los festivales de música y arte más grandes de Europa. Me propuse escribir un post por día así que todo esto es un borrador de medianoche.[/box]

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La entrada al Sziget Festival (algunas fotos son de Instagram pero todas son de hoy)

Cuando YouTube no existía y MTV era un canal de música yo me pasaba horas mirándolo para enganchar los videoclips de las bandas que me gustaban. Era perfecto para dejar de fondo y hacer cualquier otra cosa, y supongo que así fue como muchas canciones quedaron pegadas a momentos de mi vida sin que me diera cuenta. Unos años después, entre el fin del colegio y el principio de la facultad, me dediqué a ir a todos los festivales de música habidos y por haber: era habitué de los Pepsi Music, Personal Fest, Quilmes Rock y vi a decenas de bandas nacionales e internacionales. Tenía un truco del cual no sé si avergonzarme o no: compraba dos (a veces tres) entradas apenas salían, me quedaba con una y revendía la segunda al doble —o a lo que cotizara en el mercado— y con eso recuperaba la inversión y me pagaba la mía. Cuando empecé a viajar se me terminaron los recitales por dos motivos: uno, nunca estaba en Buenos Aires para ver a las bandas que me interesaban y dos, nunca me puse a investigar cómo funcionaba el tema de la reventa en otras partes del mundo. La cosa es que tuve unos años muy recitaleros y fui a más shows de los que me acuerdo. Durante esa época, además, soñaba ser periodista de rock.

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Empecé a viajar y la vida me llevó por otro lado. Mis ganas de hacer algo con la música se quedaron en Buenos Aires junto con la cajita donde guardaba las entradas de todos los recitales y el cuaderno en el que escribía mis crónicas subjetivas acerca de las bandas que veía en vivo. Creo que los shows me quedaron más marcados por detalles que por la lista de temas en sí: salté como loca bajo la lluvia en un show de Ska-p, fui a ver a Placebo sola porque no tenía ni un amigo que conociera la banda, tuve que caminar con el agua por las rodillas el día que el recital de Sabina se suspendió por lluvia, el primer tema de Cerati que escuché en vivo fue Artefacto (fue en un festival y salí corriendo hacia el escenario apenas escuché la introducción a lo lejos); de los Arctic Monkeys me acuerdo que se fueron del escenario y no volvieron para los bises, fue un show potente y conciso; Aerosmith no estuvo a la altura de mis expectativas (esperaba demasiado); Roger Waters fue el mejor espectáculo que vi en mi vida, esa noche la cancha de River levitó con El lado oscuro de la luna; vi por última vez a Spinetta desde lo que Vero y yo bautizamos “el palco cielo” (uno de los puntos más altos del estadio en el que tocaba).

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Decoración con paraguas

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El escenario principal

Cuando me dijeron que el Sziget era más que un conjunto de recitales me intrigó. Siete días en una isla en medio del Danubio, con cientos de bandas, djs, fiestas temáticas, espacios de arte, instalaciones, camping, eventos, clases, deportes. Yo voy. Aunque tenga que hacer malabares con los estudios de húngaro y mi poco tiempo libre, yo voy a Sziget. Me propuse, además, escribir un texto por día durante los siete días que dura el festival, y acá estoy, recién salida del día uno. Mientras volvía pensaba voy a hacer textos cortos, algunas impresiones y nada más, pero cómo me cuesta no extenderme. Es tarde y todavía estoy procesando. Hoy vi a Blink 182, una banda que me cansé de escuchar junto con Green Day durante mis dieciséis y que nunca pensé que iba a ver en vivo (no sé, los veía demasiado lejos, allá arriba, como una de esas bandas que uno ve por la tele pero que jamás tendrá cerca). Y de golpe, voilá. Tengo ese dolor de pies típico de recitales, las zapatillas sucias, el cuerpo cansado, pero no me importa nada. Nadie me saca el haber cantado singing it so I will not go turn the lights off carry me home NANANANANANA como si hubiese estado frente a la pantalla de mtv con trece años menos.

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De hoy me quedan flashes. Sziget significa isla en húngaro y el slogan del festival es La isla de la libertad. Está en medio de Budapest (la isla se llama Óbudaisziget y tiene 108 hectáreas) y es un espacio de árboles y pasto ambientado como una mini ciudad: tiene su espacio para acampar, negocios de tabaco y comida, bares, un correo, lugares donde cargar teléfonos… Dicen que es la versión europea alternativa de Burning Man: “Un parque de diversiones que no tiene nada que ver con la realidad”. Hoy no pude ir temprano así que no terminé de recorrer la isla, pero lo poco que vi me encantó: luces, decoraciones hechas con paraguas y lámparas de papel, instalaciones fabricadas con botellas, hongos y flores gigantes, varios escenarios, la palabra fuck prendida fuego en el escenario durante el bis de Blink 182, gente de todas partes de Europa. Y la puntualidad, oh la puntualidad. Si en Argentina un show se anuncia para las 9, seguro que tocan a las 10 o más tarde; pero acá Blink estaba anunciado para las 9.30 y empezó 9.34. Y estalló. No dejaron afuera ningún hit: Feeling this, What’s my age again?, Rock show, First date, I miss you, Stay together for the kids, Man overboard, All the small things. Travis rompiéndola en la batería, como siempre. Honest, let’s make, this night last forever, FOREVER AND EVER LET’S MAKE THIS LAST FOREVER. Tom haciendo todo tipo de comentarios sexuales y Mark hablando acerca de la energía que había debajo del escenario. Y es que yo me jacto de que los argentinos somos uno de los públicos más quilomberos y apasionados, pero hoy había mucha potencia. So sorry it’s over, there’s so much more than I wanted and I there’s so much more than I needed and time keep’s moving on and on and on soon we’ll all be gone nanananananana. Mi cabeza no para de cantar. Estoy en modo escritura desordenada. No paro de mirar la agenda del festival y quiero ir a todo: Ska-p, Placebo, Stromae, Kavinsky, The Kooks, Calvin Harris, las bandas, los tributos, el río, las clases, las fiestas temáticas (una con 20.000 globos, otra con 10.000 banderas, otra con seis toneladas de colores, otra con 100.000 serpentinas, otra con 10.000 palitos de esos que brillan). Una locura. Chau. Esta semana no duermo.

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Y un tema de Blink que me encanta:

El fluir de la ruta (a 27 horas de Budapest)

El auto avanza, abro la ventana para que entre aire. Es verano en Europa y en ciertas partes de la ruta hace mucho calor. No sé hace cuánto estamos manejando, cuatro horas quizá, sumadas a otras seis que hicimos antes de ayer y a otras cinco que hicimos hace unos días y a otras tantas que todavía nos faltan para llegar a Budapest. Vamos por rutas alternativas, le pedimos al GPS que evite los peajes así que nos lleva por entremedio de pueblos, a orillas de algún río, al borde del bosque. Tomamos el camino más largo. Estamos en algún lugar del centro de Francia: esta es como la pampa francesa, no hay nada, me dice L. La radio me habla en francés, entiendo menos de un quinto pero más que la primera vez que vine a Francia. Escucho la pronunciación, esa erre imposible (“practicala haciendo gárgaras”, me diría V. días después), esas letras que están pero no se pronuncian. Cuando llegamos a Alsace, la región fronteriza con Alemania, L. me dice: esto es un microclima, llueve un montón, y enseguida se larga a llover con desesperación, en diagonal, como si alguien hubiese apretado el botón de Activar lluvia desenfrenada para impresionar a los visitantes. Descansamos unos días ahí, festejamos mi cumple y seguimos camino.

Ahora estamos en Alemania y acá no hay límite de velocidad: si te pinta podés ir a 200, como algunos que nos pasan por al lado y desaparecen en pocos segundos. Nosotros vamos tranquilos. Yo miro por la ventana, cuento casitas alemanas, intento descifrar carteles, veo palabras que se repiten e intuyo sus significados. Como todavía estamos cerca de Francia, la radio mezcla estaciones en alemán con programas en francés. No tenemos manera de conectar el mp3 a los parlantes así que hago zapping de FMs. Mi dedo está automatizado para encontrar canciones, aunque los hits son los mismos desde España: well I met you in the summer as the leaves turned brown / wave after wave, slowly drifting / quiero estar contigo bailar contigo vivir contigo una noche loca / am I wrong for thinking we could be something for real / there’s an old voice in my head that’s holding me back, well tell her that I miss our little talks / this rain can last a thousand years / you and me we used to be together every day together always / I want you we can bring it on the floor you’ve never danced like this before… Las canciones del verano con algunos éxitos de los noventa. Ya me las sé todas. De a ratos charlamos, de a ratos vamos en silencio, a veces cantamos o bailamos en los asientos. La radio siempre de fondo mientras dejamos atrás kilómetros, horas y pueblos.

En algún lugar de Alemania, pasando Münich, se nos hace de noche. Frenamos en un espacio de parking con baños. ¿Acampamos acá? Dale. ¿Se podrá? Ni idea, pero no quiero dormir en el auto otra vez. Hay pasto, está oscuro y no hay nadie vigilando, así que armamos la carpa. Mi mente me tortura: sueño que nos despertamos y que el lugar está lleno de carpas y que hay un señor sentado en una mesa cobrando. Desarmemos rápido y vámonos por allá así no nos ve y no tenemos que pagar. Nos escapamos y veo un cartel que dice “Gracias por visitar El Patito”. Me despierto. Nadie viene a echarnos ni a decirnos nada (en España casi nos multan por acampar en una playa y quedé medio traumada).Seguimos camino. Hoy tenemos que estar en Budapest sí o sí porque mañana empiezo las clases de húngaro. El GPS nos sigue llevando por caminos alternativos de árboles y pueblitos, la radio nos habla en alemán.

Cruzamos a Austria sin darnos cuenta: estamos dentro del espacio Shengen y lo único que hay en las fronteras son cartelitos escondidos con el nombre del país al que acabás de entrar, pero si no lo ves ni te enterás. El de Austria nunca lo vimos, y si bien el paisaje es parecido, se nota que hay algo distinto. Una hora después prendo el GPS de mi teléfono y recién ahí me entero de que estamos en otro país (porque el del auto ni nos avisa, debería tener una función que toque una musiquita cada vez que cruzamos la frontera). Vemos el primer cartel de PRAHA – BRATISLAVA – BUDAPEST. Festejo, me emociono. Estamos cada vez más cerca. Decidí que no iba a volar a Hungría no solo porque no me gustan los aviones, sino porque ir por tierra me permite ver cómo cambian el paisaje y el idioma. Además soy de las que necesita el movimiento para meditar, mi cabeza fluye mejor cuando voy en auto, en tren o camino. En el avión no puedo, tengo un solo pensamiento que tapa al resto (secaesecaesecaenosmorimosnosmorimosnosmorimos) y que no me deja desconcentrarme. Pienso en la película A map for Saturday. Todavía no la terminé de ver, pero una de sus reflexiones me quedó muy grabada: cuando viajás mucho te das cuenta de que las diferencias entre las personas de distintas partes del mundo son cada vez más chicas, todos tenemos un día a día bastante parecido. También pienso en que un viaje no es nada sin la gente: para mí, pasar por un lugar y no conocer a quien lo habita es como mirar un documental, como ver de lejos. Es la gente la que hace nuestra experiencia.

Faltan pocos kilómetros para Hungría, estoy por pisar un país que es parte de mi identidad, estoy viajando muy de a poco a mis raíces. ¿Cuánto de lo que soy y siento tendrá que ver con mi parte húngara? Dicen que uno carga traumas, dramas y emociones de sus antepasados, trae adentro historias de familiares que quizá ni conoció, tiene el ADN marcado por experiencias de abuelos, bisabuelos, tatarabuelos. ¿Cuántos sentimientos húngaros estaré cargando sin saberlo? Pienso en la reflexión que me escribió mi primo Martín después de leer mi último post. Lo cito porque me encantó:

“A pesar de que la madre es el 50%, la sangre húngara termina pesando casi mas de tres cuartos, se manifiesta más acá o mas allá de que uno quiera o sepa o tenga digamos una hungaridad conciente. Te da sensibilidad, cierta bipolaridad, te carga de morriña (en la prehistoria lejana para mi era húngara hasta Galicia) te da una especie de alegría en sordina, una misteriosa capacidad proyectiva, una energía imbatible y cierto regusto sour como el de un par de gotas de angostura en un coctel. Y al mismo tiempo cierta dosis de mala suerte, donde el delantero del destino te mete el gol en el último segundo y te gana el partido. La hungaridad te hace parte de cierta condición de hipérbole, donde es posible amar toda la vida y luego odiar toda la vida y un segundo antes de estirar la pata volver a amar como si el odio nunca hubiese pasado, y al mismo tiempo lamentarse todo ese segundo postrero por todo el tiempo perdido odiando”.

¿Cuánto de mí será hungaridad pura y dura? ¿Cuántos de mis dramas mentales quedarán explicados por las cosas que pasaron en esta tierra antes de que yo naciera? A veces siento que las personas somos experimentos, somos envases repletos de tiempo y tenemos que decidir qué hacer con todos estos días que nos dan. Siempre estamos en el presente y sin embargo no podemos parar de planear, queremos controlar el futuro y eso es imposible, pero lo seguimos intentando. La incertidumbre es el mejor y el peor invento. ¿Cómo será Hungría? No sé, como ella quiera mostrarse, como yo quiera mirarla. ¿Qué me espera ahí? No sé, lo que sea que tenga que encontrar. ¿Y después de Hungría que voy a hacer? No sé, lo que sea que tenga que hacer.

En los kilómetros finales de Austria escucho que la radio cambia de idioma. Tenía miedo de no reconocer el húngaro, de que fuera distinto al de mi mamá y mis tías, pero no, tiene una musicalidad y una suavidad inconfundibles. De golpe estamos cruzando la frontera, veinticinco horas de manejo después llegamos a Hungría. Festejo otra vez. Hace mucho calor, bajo la ventana hasta el límite, miro los campos de flores, estoy en Hungría. Todavía no lo creo. Pienso: ¿Y si hay cosas de Hungría que no me gustan? ¿Las escribo? ¿Y si mi familia se ofende? No hay país perfecto, ningún lugar es la panacea (según la definición griega, “el remedio para todo”), ¿o sí? ¿Y si Hungría es un remedio para algo que necesitaba curar? O al menos diagnosticar. Hay un accidente en la ruta así que llegamos a Budapest más tarde, aunque todavía es de día. Estoy cansada pero no puedo evitar salir a dar una vuelta. Cruzo de Buda a Pest, me apoyo contra la baranda de uno de los puentes del Danubio y miro con la boca abierta. Budapest es antigua, encantadora, bella. Todavía no la conozco, pero intuyo que nos vamos a llevar muy bien.

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Paisaje típico de la ruta: los árboles a los costados

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Parada en la región de Alsace (Francia)

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Con un pie casi en Alemania

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Me encanta stalkear casas rodantes

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Ya no sé ni en qué país fue esto…

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En Austria, muy cerca de Hungría

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Hicimos varios kilómetros al lado de este río

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Primeros carteles

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Ya en Hungría

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Campo de girasoles

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Budapest

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Y yo.

Proyecto Hungría

Hace varios meses que me siento un poco a la deriva. Será que los seres humanos nunca estamos contentos, o quizá no estoy hecha para ser tan veleta. Mi pensamiento es el siguiente: ya comprobé que puedo vivir viajando, ya comprobé que puedo vivir de los libros, ya que comprobé que todo es posible (si uno se lo plantea con seriedad, todo se puede), estoy haciendo lo que me gusta, estoy viajando y escribiendo y viviendo, ¿entonces qué me falta? Me faltan proyectos nuevos. Publiqué mi libro hace más de un año y desde entonces no me dediqué a algo grande como fue el proceso de escritura, edición, maquetación y promoción de Días de viaje. Y hace tiempo que siento ese vacío.

Unas semanas después de publicar el libro me relajé, dejé que siga su curso y me tomé unas vacaciones mentales. Durante el último año (contando del 29 de julio del año pasado a hoy) participé en varios proyectos pero en nada cien por ciento propio, y si bien tuve y tengo varias ideas y borradores de cosas que quiero hacer, me cuesta mucho definirme por uno y poner toda mi energía en eso. Es lo mismo que me está pasando con el viaje en sí: como todos los caminos son posibles, no sé cuál elegir (por algo publiqué lo del lado oscuro de los viajes…). Pero hace unos días me llegó la respuesta de golpe: Hungría. Tu próximo proyecto es Hungría. Era una respuesta que ya estaba ahí, pero me faltaba verla.

Este pueblo de la Bavaria alemana también tiene mucho que ver conmigo.

Este pueblo de la Bavaria alemana también tiene mucho que ver conmigo.

Para explicar qué tiene que ver Hungría conmigo tengo que hablarles un poco de mi mamá, de mi familia materna y de mí. Mi mamá es hija de húngaros y nació en un pueblo de la Bavaria alemana después de la Segunda Guerra Mundial. Su papá era arquitecto, ingeniero y pintor (uno de los más talentosos que conocí), su mamá era actriz y cantante: una familia de artistas. Cuando mi mamá tenía tres años, ella, mi tía y mis abuelos tuvieron que huir de Europa así que se subieron a un barco en el puerto de Marsella, cruzaron el océano y empezaron de cero en una ciudad argentina que los recibió junto a miles de inmigrantes. Mi mamá creció, se naturalizó argentina, estudió arquitectura, hizo una carrera de artista plástica (es pintora naif), volvió una sola vez de visita a Hungría y tuvo una hija a la que le puso de nombre Aniko (igual que ella e igual que su abuela). Esa Aniko soy yo.

Crecí escuchando a mi mamá hablar húngaro con sus hermanas, con su prima y con algunas amigas húngaras, y para mí eso siempre fue normal. El sonido del húngaro (dulce, como un poema inentendible pero reconfortante) fue uno más de los que formó parte de mi casa y de mi realidad durante los 22 años que viví con ella. El húngaro siempre me pareció un idioma imposible y, a la vez, muy maternal. Cada vez que alguien me preguntaba de qué origen era mi nombre (seguido del clásico: es japonés, ¿no?) yo decía, casi en piloto automático: eshúngaromimamáesdeallá. Durante mucho tiempo, mi paradigma mental era: soy argentina y tengo una mamá húngara. Punto. Pero la primera vez que viajé a Europa lo entendí: no es sólo que mi mamá es húngara, es que yo soy mitad argentina y mitad húngara, lo que pasa es que viví toda mi vida en uno de esos países y todavía no conozco el otro y quizá por eso lo tengo medio olvidado. Sin embargo, durante ese primer viaje a Europa no fui a Hungría. ¿Por qué? No sentía que fuera el momento: esa vez, la que me llamó fue España (país que también es parte de mis raíces, ya que la familia de mi papá es asturiana).

Mi mamá en Europa

Mi mamá, de chiquita, en su pueblo

Este año, en cambio, Hungría me empezó a llamar de a poco. Todo empezó en febrero, cuando aterricé en Madrid y recibí un mail de mi tía Eva (hermana de mi mamá) con un enlace a una beca para estudiar húngaro en Budapest durante agosto. Los requisitos: ser hija de húngaros, no haber vivido en Hungría, mandar un CV escrito a mano y explicar por qué quería aprender el idioma y para qué lo usaría. Así que agarré dos hojas A4 blancas y me puse a armar mi hoja de vida. Hacía años que no actualizaba mi currículum (mucho menos a mano) y el invierno español hizo que la letra me saliera con frío, como medio tímida. Dije la verdad: mamá húngara yo viajo tengo blog y libro quiero viajar por Hungría conocer mis raíces ser capaz de hablar con la gente leer poesía en húngaro quizá algún día escribir en el idioma de mi mamá pero ante todo conocer el país. Para sumarle al desafío, mi mamá me dijo: “Si te dan la beca me voy a Hungría a verte y viajamos juntas”. En aquel momento todo el resto pasó a segundo plano: quiero que me la den solo para que mi mamá vuelva a pisar su tierra. Varias semanas después recibí la confirmación por mail: me habían otorgado una de las diez becas para estudiar húngaro en el Balassi Institute de Budapest.

Entre febrero y junio viajé por Europa sabiendo que en agosto estaría en Budapest, pero sin creérmelo demasiado. Era algo que estaba ahí, como anotado en una agenda inexistente: Agosto 2014, cosas para hacer: ir a Hungría. Todavía faltaba. Lo bueno fue que durante todos esos meses, tener esa cita inamovible con Hungría le dio un poco de orden a mi vida: haga lo que haga, sé dónde estaré en agosto, y eso me da cierta tranquilidad mental. Y quizá Hungría se enteró de mis planes, porque en los últimos meses me empezó a buscar.

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Mi mamá

En abril de este año viajé a Londres y conocí a un primo húngaro que vivía ahí (todavía tenemos familia húngara en Europa). Nos contactamos por Facebook y después por Whatsapp y quedamos en vernos en el café donde él estaba trabajando. Por un momento pensé: seremos primos y todo lo que quieras, pero somos desconocidos, ¿y si no tenemos tema? Llegué puntual y cuando lo vi del otro lado del mostrador me sorprendió su altura y su cantidad de tatuajes. Uno no sabe cómo imaginarse a un primo húngaro que nunca vio. Cuestión que charlamos durante horas, no sé cuántas, pero muchas: de la vida, del húngaro (“I’m going to study Hungarian”, “Why?! It’s so difficult!”), de la infancia, de mi/nuestro abuelo, de la vida en Budapest, de la vida en Buenos Aires, de todo y de nada.

Unas semanas después, en París, conocí a una pareja húngara que estaba haciendo Couchsurfing en lo de un amigo. Cuando les dije que mi mamá era húngara me preguntaron Beszelsz magyarul? (¿hablás húngaro?) a lo que sólo pude responder nem (no). Pero ojalá pronto. Unos días después en Barcelona conocí, de casualidad total (o quizá gracias a un lego amarillo), a un italiano de mamá húngara. Era claro: Hungría ya estaba jugando todas sus cartas y me estaba buscando cada vez más. El acercamiento se había convertido en una cacería. Y hace unos días, para coronar, recibí un mail que me hizo darme cuenta de todo esto y me impulsó a escribir este post.

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Unas semanas atrás, uno de los chicos que me llevó en blablacar por Francia me contó acerca de Sziget, un festival de música internacional que se hace en Budapest todos los años y que dura una semana: es uno de los eventos culturales más grandes y concurridos de Europa. Cuando investigué más vi que la fecha coincidía justo con la de mi visita a Budapest: no me lo puedo perder, pensé. Así que completé el formulario para acreditarme como prensa y decidí aplicar con mi blog: no con las revistas para las que suelo escribir, sino con mi blog, que al fin y al cabo es mi medio propio y en el que quiero escribir acerca de música, de cultura y de Hungría. Dije, otra vez, la verdad: viajo y escribo tengo un blog de relatos personales pero ante todo soy hija de húngaros y estaré escribiendo acerca de mi primer viaje a Hungría y quiero hacer crónicas del festival dentro de ese marco. “Debido a la gran demanda de acreditaciones, puede que su medio no quede seleccionado”, me advirtió la página una vez que hice click en enviar solicitud. La verdad: estaba más que preparada para que me digan no gracias, será el año que viene. Dos días después recibí el mail: “¡Felicitaciones! Viajando por ahí ha sido acreditado para el Sziget Festival”. No lo podía creer. En ese momento me di cuenta: Hungría me está dando el proyecto que tanto estuve buscando. Me lo está dando en bandeja. Ella ya sabía que esto iba a ser así, pero me lo fue anunciando de a poco.

Casa

En menos de una semana voy a pisar Budapest por primera vez, voy a conocer a otras Anikos, van a pronunciar mi nombre de otra manera (no a la latina como le digo yo, sino en húngaro, que suena “óniko”), voy a ser estudiante, voy a ser cronista de rock (otro de mis sueños semifrustrados), voy a aprender otro idioma, voy a viajar con mi mamá y con mi papá por Hungría, voy a conocer el pueblo en el que nació mi mamá (y, más importante aún, la voy a acompañar en ese reencuentro), voy a tener un plan y quizá de todo eso salga un conjunto de relatos o un libro. O no. Pero por lo menos sé que durante agosto y septiembre me la voy a pasar escribiendo de cosas que me importan y que tienen mucho que ver con quien soy.

Datos y consejos para viajar por Islandia

[box type=”info”]Esta guía está basada en mi experiencia de 17 días de viaje por Islandia (de fines de mayo a principios de junio de 2014). Si bien intento dar la información más acertada posible, puede que algunos datos cambien según la temporada del año. Es importante que sepas que los precios variarán según el tipo de viaje que decidas hacer (independiente / organizado / intermedio). Nosotras viajamos de manera independiente y con poco presupuesto, nos trasladamos a dedo, acampamos, hicimos Couchsurfing y cocinamos, así que gastamos muy poco. Última actualización: julio de 2015. [/box]

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[highlight]* DESTINO: OTRO MUNDO[/highlight]

¿Así que querés viajar a Islandia? ¡Qué lindo! ¿Me llevás? No veo la hora de volver. Durante mucho tiempo soñé con conocer esa isla que me parecía tan alejada del mundo. Me preguntaba cómo sería Islandia, qué habría en Islandia, cómo serían los islandeses, qué paisajes me encontraría, qué aventuras me esperarían en la tierra del hielo. Hasta que una tarde de febrero, los planetas se desalinearon y decidí comprar (impulsivamente) un pasaje para volar a ese lugar que en mi mente pertenecía a un mundo paralelo.

Viajé por Islandia durante 17 días con mi amiga Laura (y fue poco). Nos dimos cuenta de que el país era ideal para jugar, así que nos propusimos un montón de desafíos (“dar la vuelta a dedo”, “hacer dumpster diving”, “abrazar a cinco islandeses”, “subirnos a un barco de pescadores”, entre otros) que derivaron en la serie de posts “Desafío Islandia” (que pueden leer en mi blog y en el blog de Lau) y que hicieron que el viaje sea uno de los mejores de nuestras vidas (sin exagerar).

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[highlight]* ANTES DE VIAJAR: LEER O NO LEER[/highlight]

Lo confesamos varias veces en nuestros blogs: fuimos a Islandia sin saber casi nada de Islandia. Por un lado porque no tuvimos tiempo de sentarnos a investigar (las semanas previas fueron una vorágine) y por otro porque la premisa de aquel viaje era sorprendernos y dejarnos llevar por el país. Pero cada uno viaja con objetivos distintos, así que eso no quiere decir que tengas que replicar nuestro viaje para pasarla bien. Lo que sí te aconsejo es que no vayas con todo reservado de antemano (a menos que viajes en temporada alta y no estés pensando en acampar ni en hacer autostop) y que te dejes días libres.

Lo más probable es que no quieras perderte nada de lo que Islandia tiene para mostrarte, así que si vas con poco tiempo te recomiendo que investigues en internet y que te armes una lista de lugares que te interesan pero que no planees todo: lo lindo de Islandia es el azar. Además hay algo muy a favor del viajero: la isla tiene una sola ruta principal y es circular, así que si la seguís vas a dar la vuelta al país, no te vas a perder y vas a ver de todo. Los paisajes están por todas partes y en muchos casos ni hace falta que salgas de la ruta para ver los puntos más atractivos.

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[box type=”tick”]Recomendación: en el aeropuerto de Keflavik (que es al que llegan casi todos los vuelos internacionales) hay un montón de revistas gratuitas con artículos, fotos, consejos y rutas sugeridas. Buscalas, tienen muy buena información. [/box]

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[highlight]* CLIMA EN ISLANDIA[/highlight]

¿Cuándo te conviene viajar? Depende de lo que prefieras. Islandia tiene dos épocas climáticas muy marcadas: el invierno (entre diciembre y marzo, con mucha nieve y muy pocas horas de luz) y el verano (con temperaturas de hasta 25 grados y sol durante casi 24 horas).

– Pros de ir en invierno: vas a ver la aurora boreal (yo la vi en un viaje a la Laponia sueca y es una de esas cosas que hay que hacer antes de morir), los precios van a ser más bajos, muchos campings ni te van a cobrar (pero no sé si te recomiendo acampar).

– Contras del invierno: muchas rutas van a estar cerradas por la nieve, no vas a tener mucha luz natural (en diciembre hay 20 horas de oscuridad), vas a tener frío (aunque, a pesar de estar tan al norte, al parecer no hace taaanto frío como uno se imaginaría).

– Pros del verano: vas a ver el sol de medianoche (otro fenómeno digno de experimentar), vas a tener luz natural todo el día, no vas a pasar frío.

– Contras del verano: los precios suben mucho, hay un montón de turismo, vas a tener competencia en la ruta si decidís hacer autostop, todos los puntos turísticos van a estar repletos.

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Pero como siempre digo, depende de cada uno. Quizá tenés ganas de pasar unos días en un lugar con oscuridad total porque necesitás alejarte del mundo o encontrar inspiración para escribir. O quizá preferís pagar más e ir durante la temporada alta.

Mi recomendación es que viajes en primavera (mayo/junio) u otoño (septiembre/octubre). Nosotras fuimos a principios de mayo y si bien todavía hacía frío no era algo insoportable; y como no era temporada alta pudimos disfrutar los lugares con poca gente, precios más bajos y mucha luz natural. Hay un dicho muy popular en Islandia: “¿No te gusta el clima? Esperá cinco minutos” (lo que demuestra que por más que estés en verano o invierno puede llover en cualquier momento así que llevá paraguas).

[box type=”tick”]Enlaces:
“Desafío Islandia: sobrevivir al clima” (este post te puede servir para entender la ciclotimia climática del país)
– Web del servicio meteorológico de Islandia [/box]

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[highlight]* TRANSPORTE[/highlight]

1) ¿Cómo llego hasta Islandia?

A. En avión. Todo depende de tu punto de partida. Nosotras estábamos en Europa y, después de investigar bastante y comparar vuelos en internet, decidimos volar a Reykjavík desde París con WOW Airlines, una aerolínea islandesa de bajo costo. Si bien lo más barato es volar desde Londres, estábamos en España y llegar hasta Londres se nos hacía caro, así que París nos pareció una buena opción. Sin embargo, si buscás con tiempo podés encontrar vuelos baratos de cualquier aeropuerto europeo a Londres y de ahí a Islandia.

[box type=”tick”]Enlaces útiles:
– Guía para comprar un pasaje por internet
Lista de aerolineas que vuelan a Islandia[/box]

Reykjavík

Reykjavík

B. En barco. También podés llegar por agua, aunque en general los barcos suelen ser cruceros que hacen paradas en varios países nórdicos y son más caros que el avión. Lo bueno es que podés cruzar tu auto (pagando, claro). Hay una empresa que va una vez por semana de Hirtshals (Dinamarca) a Seyðisfjörður (Islandia). O sino podés hacer como Walter Mitty: andá a Groenlandia, saltá de un helicóptero en medio del océano y subite a un barco de pescadores con rumbo a Islandia. A mí me hubiese encantado.

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2) ¿Cómo voy de un punto a otro?

En mi opinión, Islandia es un país para recorrer en vehículo propio: los buses de una ciudad a otra no tienen mucha frecuencia (y no van a todas partes), son caros y no te permiten tener horarios flexibles ni frenar donde quieras. Además, si te gusta manejar, las rutas de Islandia son bastante tranquilas (aunque tienen muchas curvas y muy pocos carteles con señalizaciones) y los paisajes son espectaculares.

Entonces, hay varias opciones de movilidad:

– Alquiler de auto. Podés alquilar uno apenas llegás al aeropuerto. Eso sí, tené en cuenta que la gasolina es más cara que en el resto de Europa, así que cuantos más sean en el auto mejor. El límite de velocidad es 90 km/h en rutas pavimentadas y 80 en caminos de tierra; esto no suele estar indicado (en las rutas casi no hay carteles) pero hay cámaras que controlan. Hay un solo peaje en todo el país.

– Alquiler de motorhome. En Islandia vi un montón de motorhomes (autocaravanas) en la ruta, y mentiría si digo que no me daban envidia (sana, sana). Recorrer el país en furgoneta o autocaravana debe ser una gran experiencia, sobre todo porque te da libertad total de dormir donde quieras.

– Buses. Existen servicios de buses de un punto a otro del país, aunque son caros y tienen poca frecuencia.

– Avión. Al parecer, los islandeses se trasladan más en avión que en buses. Yo no se los recomiendo a menos que estén muy apurados (en ese caso les recomiendo que no viajen con apuro a Islandia), ya que ir por tierra es una de las mejores experiencias del viaje.

– Autostop. En Islandia el autostop es común, fácil y seguro, incluso para mujeres viajando solas. Nosotras dimos toda la vuelta a la isla en 38 vehículos, tuvimos un tiempo de espera de 5 segundos a una hora y media (en lugares desolados donde pasan cinco autos por hora) y viajamos en varios tipos de transportes (en este post lo cuento mejor). Si vas a hacer autostop te recomiendo que te compres un buen mapa.

– Bicicleta. Conocimos a una chica que estaba dando la vuelta a la isla en su bici. Se quejó de los túneles (son larguíiisimos y angostos), pero en general estaba contenta. Como nunca hice un viaje en bici no soy la más indicada para aconsejar al respecto, pero me imagino que recorrer Islandia en bici debe ser lindísimo (eso sí: en invierno no).

– Carpooling. En Islandia también se hace carpooling (compartir coche y gastos por un trayecto) y según me dijeron, la web más usada es Samferda.

– Trenes. No hay.

Dentro de los pueblos y ciudades: caminar. Los lugares son chiquitos y todo está cerca.

Web útil: vegagerdin.is (Condiciones de las rutas)

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Estos deben ser los únicos carteles que vi

Estos deben ser los únicos carteles que vi

[highlight]* ALOJAMIENTO EN ISLANDIA [/highlight]

Hay varias opciones y acá ya depende de cuánto quieras o puedas gastar (aunque, en general, todas las opciones —excepto el camping y el Couchsurfing— son caras).

– Hoteles. Hay cadenas de hoteles en la mayoría de los pueblos y ciudades. Son la opción más cara.

– Hostels. Hay en todas las ciudades y en la mayoría de los pueblos (sobre todo en los turísticos), pero no son tan baratos como en otras partes del mundo. Tienen dormitorios compartidos y habitaciones privadas (con baño privado o compartido). Consejo: llevá bolsa de dormir así pagás menos (cobran extra por las sábanas) y si tenés la tarjeta de afiliación de Hostelling International también llevala ya que hay buenos descuentos y casi todos los hostels son miembros. Una cama en una habitación compartida puede costar unos €20/30 (más el precio de las sábanas y toalla que ronda los €8). Nosotras nos quedamos dos veces en hostels: en Stykkishólmur en el Harbour Hostel (ubicado en el puerto, en una casa construida en 1914) y en Seyðisfjörður en Hafaldan Hostel (construido en un ex hospital). Los lugares chiquitos suelen tener uno o dos hostels, así que lo mejor es preguntar o buscar de antemano por internet.

– Guesthouses. Suelen ser la opción intermedia entre hoteles y hostels, tanto en precio como en servicios. Nosotras nos quedamos en dos: Gerði Guesthouse en Vatnajökull y Arsalir Gistihus en Vik (no tiene web, pero si preguntás la encontrás fácil).

– Alojamiento rural. Hay una red que se llama Icelandic Farm Holidays y que agrupa distintas opciones de alojamientos rurales (hoteles, hostels, B&B, cabañas, granjas). Los precios varían mucho según lo que se elija, así que lo mejor es investigar en la web.

– Couchsurfing. Hicimos Couchsurfing tres veces: dos en Reykjavík y una en Akureyri. Nos dimos cuenta de que muchos islandeses no responden a las solicitudes (al parecer eso de no responder mails es algo cultural) y lo más probable es que te termine alojando un extranjero. (En este post explico de qué se trata Couchsurfing).

– Alquileres temporarios. Si preferís un espacio más privado (sin ir a un hotel) buscá por ahí. La web más usada es Airbnb.

– Campings. Hay campings en todo el país (muchos funcionan solamente en verano y permiten quedarte gratis el resto del año). Además la ley permite acampar en casi cualquier lugar (siempre que no sea propiedad privada ni parque nacional, que no haya un camping cerca, que sea por una sola noche y que dejes todo tal como lo encontraste). Un camping cuesta entre €3 y 6 la noche (con baño y duchas). Más info de campings acá: camping.is

– Hospitalidad. También puede pasar que la gente local te invite a quedarse en sus casas, como nos pasó en Olafsvík. Fue de las mejores experiencias.

La web de Visit Iceland (oficial) tiene mucha información acerca de las distintas opciones de alojamiento.

Las bondades de acampar y despertarte con esta vista

Las bondades de acampar y despertarte con esta vista

Y de poner la carpa donde más te guste

Y de poner la carpa donde más te guste

El hostel Hafaldan por dentro (habitaciones compartidas)

El hostel Hafaldan por dentro (habitaciones compartidas)

Las cabañas de Gerdi Guesthouse

Las cabañas de Gerdi Guesthouse

Y el guesthouse en Vik

Y el guesthouse en Vik

Casas locales

Casas locales

[box type=”tick”]Tip: Atención, si tenés que tomar un vuelo temprano y planeás pasar la noche en el aeropuerto de Keflavik, date por advertido: está prohibido dormir en el piso (sí podés dormir sentado en una silla, pero no podés meterte adentro de la bolsa de dormir y estirarte ya que hay un señor muy mala onda que te amenazará con echarte. Y afuera hace frío). Además, durante ciertas temporadas, el aeropuerto no está abierto las 24 hs y puede pasar que llegues y tengas que esperar afuera. [/box]

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[highlight]* PRESUPUESTO PARA VIAJAR POR ISLANDIA[/highlight]

Sabelo antes de viajar: Islandia es caro pero se puede hacer barato.

Cambio: la moneda islandesa es la króna (ISK) y el cambio es 1 euro = 155 K (datos de julio de 2014). Sin embargo, en Islandia usan la tarjeta de crédito para todo, así que puede que ni necesites efectivo. Si no usás tarjeta, entonces sí tendrás que cambiar euros por krónas (no te olvides de volver a cambiarlos antes de salir del país).

Acá van algunos datos, consejos y precios estimativos:

A) COMIDA

  • Comer afuera es caro: los menúes de almuerzo y cena que en otras partes de Europa cuestan unos €10, en Islandia cuestan el doble o triple. Como casi todos los alimentos se importan, todo es más caro. Si bien los supermercados también son caros, es mucho más barato comprar y cocinar. O hacer dumpster diving (Lau lo explica mejor en este post).
  • Tip: muchos supermercados tienen buffets con comidas preparadas y cobran por peso. Es mucho más barato que ir a un restaurante.
  • Algunos precios de comida para que te des una idea de cuánto podés llegar a gastar (todos basados en lo que pagamos o vimos): un café 300/500 K (entre €2 y 3), un casi siempre rondaba las 400K (€2,50), un vaso de cerveza 700/800K (€5, la única que me tomé en todo el viaje), un agua 150K (€1) (aunque se puede tomar de la canilla perfectamente, así que ni gasten en eso), un yogur 280K (€1,80), una hamburguesa de pollo con queso en un local de comida rápida (en Islandia no hay McDonald’s, todo son negocios locales) 690K (€4,50), un pancho (hot dog) entre 250 y 400K (€1,55 – 2,60), comida preparada en el súper: entre 600 y 1400K (€4-9), una bolsa de pan lactal 300K (€2), un filete de carne (sin preparar) entre 2000 y 3000K (€13-20), un paquete de galletas de sésamo 380K (€2,50).
  • Hicimos varias compras en el super (cada 2 o 3 días) y gastamos entre 1000 y 3000K por compra entre las dos (de €6,50 a 20, dependiendo de lo que compráramos, aunque en general comíamos mucho arroz, verduras, couscous, legumbres, pan, fideos, yogur y sándwiches y nunca compramos carne). Los supermercados más baratos son el Bonus y Krónan. También vivimos a base del dumpster diving (sobre todo para el queso y el pan).
Esta sopa (que estaba riquíiisima) cuesta €10.

Esta sopa (riquíiisima) cuesta €10.

Este es el puestito de panchos más famoso de Reykjavík (parece que hasta Bill Clinton se comió uno ahí) (?)

Este es el puestito de panchos más famoso de Reykjavík (parece que hasta Bill Clinton se comió uno ahí) (?)

B) TRANSPORTE

  • El transporte en Islandia también es muy caro, por eso sigo recomendando que hagas autostop.
  • Un bus urbano en Reykjavík cuesta 350K (€2,25), aunque solamente lo vas a usar si necesitás salir a la ruta para ir a hacer dedo.
  • Alquilar un auto cuesta alrededor de 12.000K por día (€77) y el litro de nafta cuesta 240K (€1,55), aunque si son cuatro pueden compartir costos y abaratar.
  • Un vuelo a Islandia (desde Europa y en una aerolínea de bajo costo) puede costar entre €30 (desde Londres, con anticipación o en oferta) y €250 ida y vuelta (+ el costo del equipaje que ronda los €50). Si venís desde Sudamérica, lo mejor es volar a Europa o a Estados Unidos y de ahí a Islandia.
  • Para ir del aeropuerto de Keflavik al centro de Reykjavík (40 min) hay varias empresas de bus que cobran alrededor de €12 -16 el trayecto (y están esperando afuera después de cada vuelo, así que siempre hay disponibilidad). Un taxi cuesta unos €80.
  • En todos los pueblos y ciudades podés caminar para ir de un lugar a otro, no hace falta que tomes ningún transporte.

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C) ALOJAMIENTO Y EXCURSIONES:

  • Como mencioné en la sección de alojamiento de esta guía, lo más barato es dormir en campings (cuestan entre €3 y 6 la noche, aunque también podés acampar gratis en la naturaleza) o hacer Couchsurfing.
  • Una habitación compartida en un hostel cuesta entre €20 y 30 (las sábanas se pagan por separado) y los hoteles pueden superar los €100 la noche (aunque hay más baratos, claro, pero nunca menos que el precio de un hostel).
  • Las excursiones (muchas por el día) también son caras (rondan los €100) y, en nuestra experiencia, hay muchas cosas que se pueden hacer de manera independiente, teniendo un vehículo o en autostop.
  • La gran mayoría de los parques nacionales y atractivos naturales son gratuitos.

Post relacionado: Consejos para viajar barato (o sin plata)

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[highlight]* QUÉ VER Y QUÉ HACER[/highlight]

Islandia es un país para relajarse y disfrutar de la naturaleza en estado puro. En mi experiencia, es un país para estar y no tanto para hacer. Todos los pueblos y ciudades están en la costa; Reykjavík, la ciudad más grande, tiene 200.000 habitantes (el país en total tiene unos 300.000, así que el resto de los pueblitos tiene poca gente). Si das la vuelta completa a la ruta circular vas a ver de todo: no hace falta alejarse para encontrar paisajes (al contrario, vas a ver que vas a tener el impulso de frenar a sacar fotos o a disfrutar la vista cada pocos minutos). Si te gustan las actividades naturales podés hacer trekking, caminar sobre glaciares, nadar, esquiar, hacer rafting, avistaje de ballenas y de pájaros y caminar mucho. También hay muchos centros de spa con aguas termales y saunas. Reykjavík y Akureyri son las “grandes ciudades” de Islandia y son muy tranquilas: caminalas y sentate a tomar un té o café en alguno de sus barcitos. Los pueblitos pesqueros son encantadores. Islandia es una postal.

Nosotras dimos la vuelta a la isla pero nos faltó ir a los fiordos del oeste (Westfjordurs): nos dijeron que es una de las regiones más lindas del país, así que nos queda para la próxima visita. Les recomiendo que exploren también los fiordos del este, ya que es una de las zonas menos visitadas y vale mucho la pena.

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[highlight]* OTRAS COSAS:[/highlight]

  • Visas. Islandia no pertenece a la Unión Europa pero sí forma parte del espacio Shengen.
  • Idioma. El idioma oficial es el islandés pero casi todos hablan muy buen inglés.
  • Seguridad. Islandia me pareció un país muy seguro: casi no hay robos, la gente vive con las puertas de sus casas abiertas, hacer autostop es fácil y normal, las personas son muy confiadas y hay mucho sentimiento de comunidad. Varias veces dejamos las mochilas debajo de algún árbol y salimos a sacar fotos con total tranquilidad. Además, en verano hay luz todo el día y eso da una sensación de seguridad aún mayor. Los peligros que podés encontrarte son los naturales, así que informate bien antes de hacer algún trekking solo/a, aprendé cómo cruzar ríos caminando, llevá la ropa y calzado adecuado y tené localizados los refugios de montaña.
  • Internet. Todos los alojamientos tienen buen wifi (en los hostels y guesthouses, sin costo; en los hoteles no sé) y sino hay muchos cafés, bares y estaciones de servicio con internet. Islandia es uno de los países más conectados a internet del mundo (incluso en las zonas más remotas).
  • Agua. Lo dije en el apartado del presupuesto y lo vuelvo a repetir: no gastes en agua embotellada, podés tomarla de la canilla en cualquier lugar de la isla. Puede que a veces sea un poco blanca o turbia, pero nos dijeron que es normal por los minerales. Ah, y vas a ver que el agua caliente que sale de la ducha tiene olor a huevo podrido (eso dicen, para mí no es tan terrible): es el azufre y no quiere decir que sea agua sucia, al contrario, es muy natural. El agua y las casas se calientan con energía geotérmica. Vas a ver que nunca te va a quedar el pelo tan suave como en Islandia…
  • Si viajás en verano y te cuesta dormir con luz, te recomiendo que te lleves una de esas máscaras que te cubren los ojos. Si bien las casas y hostales tienen cortinas, suele haber bastante claridad.
  • Si querés sentirte en Islandia antes de estar ahí, escuchá a Of Monster and Men, a Björk y a Sigur Ros, y mirá La increíble vida de Walter Mitty.

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Guía alternativa para viajar por Islandia:

1. Olvidate de todo lo que te dije en este post.
2. Comprá el pasaje más barato que encuentres.
3. No investigues demasiado.
4. Dejate conquistar por Reykjavík.
5. Salí a la ruta circular y extendé el pulgar.
6. Dejá que el primer auto te lleve a donde sea.
7. Acampá donde más te guste.
8. Concentrate en estar, más que en hacer.
9. Sentate frente a un paisaje y respirá profundo.
10. Disfrutá de este mundo.

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Más información:

– Wikitravel Islandia (en inglés)
Guía para viajar por Islandia (blog de Lau)
Visiticeland.com


Nota: le pongo muchas horas de viaje, caminatas, investigación y trabajo a estas guías prácticas y te las ofrezco de manera gratuita porque es lo que a mí me hubiese gustado leer antes de viajar. Si te sirven para planificar tu viaje, por favor considerá reservar alguno de los siguientes servicios (vuelos / hoteles / Airbnb) a través de estos buscadores. Si lo hacés, me dan una pequeña comisión que no se suma al precio final de tu compra y que me ayuda a seguir viajando y publicando guías como esta. ¡Gracias!

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En algún lugar entre Biarritz y Budapest

Nací un 29 de julio. En Argentina, eso significa que nací en vacaciones de invierno y que durante mi infancia casi nunca pude festejar mi cumple el día real: o no había nadie o yo tampoco estaba en Buenos Aires. Es bien sabido que uno no elige dónde nacer, pero a veces no nos percatamos de que tampoco elegimos la fecha (y ambas nos moldean de maneras profundas e imperceptibles). Nacer en vacaciones de invierno hizo que, ya desde muy chica, pase muchos cumpleaños fuera de mi casa, de viaje en lugares donde hacía calor y donde solo éramos tres para soplar las velitas. Y si bien al principio soñaba con pasarlo con mis compañeritos del colegio, me acostumbré bastante rápido a pasarlo en el mar o en lugares distintos a los que ya conocía. Mis cumpleaños, entonces, quedaron enmarcados por los viajes sin que yo lo eligiera.

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Como es costumbre ya, post con fotos random. Quisiera poner fotos de mis cumples pero las tengo todas en Buenos Aires. Este mazapán (delicioso, como todo el mazapán) y las roscas de almendra las hizo Marisa, la prima de mi mamá, la mejor cocinera del mundo, mi sponsor oficial de tortas de cumpleaños!

Nací un 29 de julio, día de los ñoquis, pero pasé muchos cumpleaños en lugares donde los ñoquis no eran parte de la gastronomía y donde no pude cumplir con el ritual de poner la plata debajo del plato. No recuerdo todos mis cumpleaños del primero al veintidós: sé que pasé varios afuera aunque no  sé con exactitud cuál fue dónde. Durante esos años todavía estaba medio dormida, empezando a vivir, y cumplir años significaba que de a poco llegaba a verme en el espejo del baño, o quería decir que había alcanzado los famosos quince, o que ya podía votar y sacar el registro, o que era mayor de edad y podía irme de viaje sin el permiso escrito de mis padres. Cumplir años, además, siempre significaba que estábamos de vacaciones. Ese hechizo se rompió cuando decidí vivir viajando y los nombres de los meses dejaron de tener demasiada importancia en mi calendario.

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Nací un 29 de julio y cumplir esa cantidad de años —veintinueve— siempre me pareció algo muy lejano: estaba casi última en la lista, antes de los que habían nacido un 30 o 31 y, como yo, querían jugar a superponer su fecha de nacimiento con su edad. Recuerdo todos mis cumpleaños a partir de los veintitrés: los anteriores se me mezclan. No sé si eso quiere decir que cada vez estoy un poco más despierta o si es que los viajes son el antídoto para mis problemas de memoria. Porque ahora los recuerdo así: el cumple que pasé en Costa Rica, el cumple que pasé en Buenos Aires entre viajes, el cumple que pasé en Indonesia, el cumple que.

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Cumplí veintitres en un hostel de Costa Rica. La fecha también coincidía (por un día de diferencia) con el aniversario de mis primeros seis meses de viajera. Estaba viajando con mi amiga Belu y decidimos pasar el 29 en La Fortuna, un pueblo al pie del volcán Arenal, y darnos el gusto de ir a las aguas termales. Esa noche salimos en busca de algún bar o fiesta y encontramos una especie de bailanta muy local donde nos compramos un trago que no me pude terminar, bailamos unos temas de reggaetón y nos fuimos. No había mucha onda. En el hostel estuvimos varias horas peleándonos con un yanqui, aunque ya ni me acuerdo por qué. Creo que Belu me regaló un alfajor (o algún pastelito) con una velita, me cantó el feliz cumpleaños y me dio 23 tirones de oreja.

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Cumplí veinticuatro en Buenos Aires e hice doble festejo: pasé la noche del 28 en un bar con mis mejores amigas, entre ellas Olga y Mirla, mis amigas peruanas (a quienes había conocido en mi primer viaje por Perú), y el 29 hice un festejo en la casa de mi mamá con mis amigos del colegio, de la facultad y de la vida y con mi familia. Después de tantos meses afuera, necesitaba reunirme con toda mi gente. Pusimos globos, compré chizitos y me cantaron el feliz cumple en argentino entre todos. Yo tenía el pelo muy largo, por la cintura, porque había prometido que no me lo cortaría hasta no volver de viaje, y después me emocioné y me negué a la tijera durante casi un año más.

Postales y fotitos de lectores, pegados en mi puerta.

Postales y fotitos de lectores, pegadas en mi puerta.

Mis veinticinco me encontraron en Asia, con blog recién estrenado y pelo corto. Lo pasé en Indonesia con mi novio de aquel entonces (yo había vuelto a Indonesia para pasarlo con él) y nuestro grupo de amigos. Éramos quince, estábamos en Yogyakarta, la ciudad de Java central que fue mi hogar durante meses, y hacía mucho calor (como de costumbre en Indonesia). Me llevaron a un puesto de comida muy lindo (porque en Asia cualquier excusa es buena para reunirse a comer), nos sentamos en ronda el piso, comimos nasi ayam sambal (pollo con arroz) con las manos, tomamos es te (té frío) y me cantaron el selamat ulang tahun en indonesio y en inglés.

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Mi cumple de veintiséis fue raro. Había decidido volver a Argentina después de casi un año y medio de viaje por Asia, y llegué a Buenos Aires uno o dos días antes de mi cumpleaños para pasarlo ahí con mis amigos y familia. Tenía tanto jet-lag, confusión y tristeza que atravesé el 29 de julio como una zombi. Me desperté muy temprano, no porque quisiera sino porque tenía trastornos de sueño. Al mediodía fui a almorzar a lo de mi mamá con ella, mi papá y mis tíos; salí con cara triste en todas las fotos: todavía no entendía por qué había vuelto. A la noche fui a comer empanadas con amigas y me pedí un té para acompañar. Alguien se rió de mí: ¿empanadas con té? En parte lo hice para sentirme un rato más en Asia y en parte porque era la bebida más barata y todo en Buenos Aires me parecía carísimo.

Así amanecía en Buenos Aires

Así amanecía en Buenos Aires

Y así atardeció muchas veces

Y así atardeció muchas veces

Los veintisiete y los veintiocho también los cumplí en Buenos Aires. Mi cumple de veintisiete cayó domingo, y como yo estaba en una etapa muy porteña de mi vida, decidí festejarlo con un picnic en el Rosedal. Invité amigos y lectores, llevamos comida, pusimos manteles en el pasto, colgamos globos de los árboles, hicimos burbujas gigantes, comimos brownies caseros y charlamos de los viajes y la vida. Era invierno pero había un sol calentito y mucha gente al aire libre. A eso de las siete u ocho oscureció y empezó a hacer frío, así que agarramos las bicis y volvimos. Fuimos por una bicisenda medio oscura, la de Retiro, y dos tipos nos persiguieron, nos golpearon y nos robaron una de las bicis. Feliz cumpleaños a mí. Mis veintiocho, en cambio, marcaron un día muy importante en mi vida: ese mismo 29 de julio llevé el archivo final de mi primer libro a imprenta y lo liberé para que nazca y siga su curso, así que ahora que lo pienso, mi libro y yo cumplimos años el mismo día.

Picnic porteño

Picnic porteño

Mi libro recién nacido

Mi libro recién nacido

Una bici

Una bici

Nací un 29 de julio y conozco por lo menos siete personas (amigos) (y un libro) que nacieron el mismo día que yo. Tendría que averiguar qué evento importante hubo a fines de diciembre del 84 para semejante baby boom, porque se ve que es una fecha popular. Nací un 29 de julio de 1985 y eso me hace leonina con ascendente en libra, búfalo de madera en el horóscopo chino, pop y mano solar azul en el horóscopo maya y muchas otras cosas en los horóscopos de otras culturas. Siempre digo que el día que frene va a ser para estudiar astrología, que es algo que me apasiona, y que si no me va bien con los libros me dedicaré a interpretar cartas natales.

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Nací un 29 de julio y, lo que podría haber sido un cumpleaños previsible por el resto de mi vida (en invierno, durante las vacaciones), hoy es una incógnita. Creo que nunca tuve tan poca idea de dónde voy a estar para mi próximo cumpleaños. Estos últimos meses la vida me cambió todos los planes: dije que iba a frenar junio y julio en un solo lugar y si pasé diez días en una misma ciudad es mucho; volví a España para tomar clases de surf y un esguince de muñeca me frustró ese plan (y muchos otros); dije que iba a recorrer todos los países de Europa y sigo atrapada en Francia. Siento, hace un tiempo, que decir la palabra “plan” es una burla hacia mí misma. Todo lo que planeo se desmorona antes de empezar, la vida me está llevando, más que nunca, por otros caminos. Y si lo que me dijo mi amigo español es cierto (“Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”), entonces en algún lugar, por allá arriba, dioses de todas las religiones ruedan por el piso a carcajadas cada vez que digo, con inocencia, “tengoelplande”. Así que estoy en etapa de aceptación: si no puedo hacer planes, por algo será.

Acá estoy. Biarritz.

Acá estoy. Biarritz.

Lo único que sé es que mis 29 me van a tener que buscar en algún punto del mapa entre Biarritz (Francia) y Budapest (Hungría), ya que a principios de agosto empiezo el curso de húngaro y ahí sí que no puedo faltar. Pero cómo será ese día y en qué idioma me cantarán el feliz cumpleaños (si es que me lo cantan): no tengo ni idea.

Aprender surf en diez pasos

1. Enamorarte del mar 

No recordar cuándo lo conociste ni qué día era pero sí lo que sentiste la primera vez que nadaste en agua salada. Recordar que ese día te prometiste —aunque todavía no entendías mucho de la vida y no creías que fuera posible— que algún día vivirías frente al mar. Que tus mejores momentos de la infancia estén ligados al mar: la tabla de morey con la que barrenabas, la lata que llenabas de caracoles para llevarte a casa, el barquito inflable en el que te chocabas con las olas, el traje de baño que dejabas en la orilla para que no se mojara mientras vos nadabas, tu papá persiguiéndote por el agua para subirte sobre sus hombros y revolearte, los berberechos que se asomaban en la arena húmeda, los pececitos de colores que veías a través de tus antiparras, las huellas que dejaban los cangrejos en la arena, los baldes que llenabas de agua y las palitas con las que hacías castillos. Que desde muy chica, la arena (a veces blanca, a veces negra, a veces fina, a veces muy gruesa, suave, áspera, en todas sus presentaciones), el aire pegajoso (tan típico de costa), el pelo enredado (y lleno de sal), las gaviotas (en la orilla o en la ciudad) y las olas (el mar tranquilo también, pero sobre todo las olas) sean tu sinónimo de felicidad.

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2. Enamorarte del surf sin darte cuenta

Viajar en busca del mar y ver —al principio sin notarlo— que en todas las playas donde hay olas también hay personas subidas en sus tablas. Que te parezca algo tan natural que los tomes como parte del paisaje, como si el día que hubiese nacido el mar también hubiesen nacido los surfistas, como si las tablas hubiesen salido del fondo del agua y las olas hubiesen escupido surfistas al formarse. Verlos en todas partes del mundo, a donde sea que viajes, y decirte que a vos también te gustaría surfear pero que seguro ya es tarde. Mirarlos con admiración y envidia, soñar con hacer lo mismo y poner la excusa de que tendrías que haber empezado de chica, que ahora ya sos grande y no vas a poder pararte. Sacarles fotos. Fotografiar no a ellos sino al surf y a tus ganas de aprenderlo. Practicar otros deportes de agua (darte cuenta de que para los de tierra no servís), hacer natación, esquí acuático, navegar, remar en botes, canoas y kayaks, hacer snorkel, dar vueltas carnero en el agua, tirarte de cabeza. Decirte: algún día, en otra vida, me dedicaré al surf. Y seguir con lo de siempre.

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3. Dejar que el surf te encuentre

Olvidarte del surf. Empezar a viajar, abrir un blog, escribir, estar en redes sociales, conectarte con otros viajeros, que te inviten a un encuentro bloguero en España, que sea en Gijón (tierra de tu familia paterna), que el evento incluya actividades extra a elección, que una de ellas sea “bautismo de surf”, que te apuntes a esa sin pensarlo, que te digas por qué no, si no pruebo no voy a saber si puedo. Acordarte de que una vez, allá por el 2008, lo intentaste en Ecuador y no pudiste. Decirte que la tabla era muy chica y que el que te quiso enseñar tenía otras intenciones y no te sentiste cómoda ni segura. Olvidarte de eso y hacer de cuenta que empezás de cero. Que llegue el gran día, tener miedo y nervios. Ir con un grupo de blogueros, ponerte el neoprene, llevar la tabla más grande, escuchar las instrucciones, practicar las posiciones y saltos sobre la arena, sentirte segura y con confianza. Entrar al mar, posicionarte, acostarte sobre la tabla, remar con los brazos, sentir cómo la ola te lleva y pensar que ese momento es sublime, que sentir la energía del agua que te empuja debe ser una de las mejores sensaciones del surf. No pararte a la primera ni a la segunda pero sí a la tercera o cuarta. Con timidez, con euforia, con emoción, con ganas de saltar de alegría. Pensar que quizá es la suerte del principiante. O no. Saber que venís practicando mentalmente y deseando esto hace 28 años. Querer hacerlo toda la vida.

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4. Quedarte con ganas de más

Sentirte como si te hubieses enamorado a primera vista de alguien. No querer separarte nunca más. Entender que las pasiones se descubren a cualquier edad. Darte cuenta de que la vida es ahora y no algo que empieza cuando termines de estudiar, cuando cambies de trabajo, cuando te mudes de casa o cuando viajes a otro país. Sentir que dos horas de surf fueron muy pocas. Contar los días que tendrás que esperar para volver a hacerlo. Contar los países por los que tendrás que pasar antes de volver a hacerlo. Imaginarte una vida de surf: furgoneta más tabla más viajes en busca de olas igual felicidad. Encontrar un hilo conductor en tu movimiento por el mundo. No querer irte a Barcelona ni a Islandia ni a Francia ni a ningún lugar lejos del mar: querer quedarte en Gijón tomando más clases de surf. Pero seguir camino.

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5. Confiar en que se reencontrarán

Dejar Gijón como quien se separa de un gran amor. Prometerte volver y seguir aprendiendo en ese mar, encapricharte con las olas del Cantábrico. Mientras tanto presentar un libro en Barcelona, viajar a dedo a París, desafiar a Islandia, frenar en Vienne, bajar a la Provenza francesa, ir a la caza del macarron perfecto. Dejar pasar un mes sin surf. Empezar a dudar: y si lo intento otra vez y no puedo, y si no es lo mío, mejor lo dejo ahí. Terminar un mini viaje por Francia y no saber a dónde ir. Recordar que alguien (una compañera de la facultad que no veías hacia años y que apareció en la presentación de tu libro) te dijo que para surfear vayas a Biarritz. Hacerle caso a las señales. Viajar ocho horas a Biarritz y enterarte (tarde) de que llegaste en una temporada sin olas. Darte cuenta de que hacer surf no es solo ir al mar, sino informarte, chequear las mareas, corroborar que haya olas, ir en la época adecuada. No poder tomar clases pero conocer gente que se dedica a eso que querés, que vive viajando y siguiendo las olas, que tiene la misma vida que vos pero además de mochila carga una tabla. Que te demuestren que es posible. Irte de road trip a Mundaka, otro punto importante de surf en el País Vasco, y que tampoco haya olas. Encarar hacia Gijón, seguir encaprichada con esa ciudad asturiana, saber que ahí te espera una tabla, una escuela y un mar que te gusta.

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6. Disfrutar el ritual

Manejar varias horas entre bosques y bajo la lluvia, frenar en estaciones de servicio y escuchar música en el auto hasta que deje de caer agua, seguir manejando por el paisaje verde, volver a pisar Gijón después de un mes, mirar el mar y decirte: es acá. Ir a la misma escuela, ser la más grande del curso y que no te importe. Querer empezar ya. Amar el ritual de ponerte el neoprene, por más húmedo y pegajoso que esté, que te encante subirte el cierre, dejar todos los objetos guardados, liberarte del teléfono del wifi del whatsapp, ponerte la tabla bajo el brazo y salir a la calle descalza y sin anteojos. Que caminar por el asfalto sin nada en los pies sea otro de los momentos sublimes del surf: sentir que estás yendo en contra de la rutina de la ciudad, que no vas vestida como la ciudad espera, que no vas calzada como la ciudad espera, que no vas a hacer lo que la ciudad espera. Pisar la senda peatonal descalza, medir la temperatura con la planta de los pies, esperar a que los ojos se te acostumbren a la falta de anteojos, que la vista se te adapte. Bajar por una de las escaleras hacia la playa, sentir el cambio de cemento a arena, de rugoso a suave, de caliente a fresco. Entrar en calor, trotar, estirarte, practicar los movimientos en la arena, atarte el invento en el pie izquierdo, ponerte la tabla bajo el brazo otra vez y caminar hacia el mar.

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7. Entender que el equilibrio es todo

Cruzar las primeras olas de frente, encontrar un hueco y ponerte de espaldas a la rompiente, acostarte sobre la tabla, mirar por sobre el hombro. Saber esperar. Darte cuenta de que una vez que el mar empieza a empujarte, la tabla te responde a vos y a nadie más. Si te acostás muy adelante se hunde, si te acostás muy atrás se levanta, si ponés el peso demasiado para un lado se da vuelta. Hay que encontrar el punto justo y esa debe ser una de las cosas más difíciles de lograr (en la vida, digo). Agarrar la ola, sentir cómo barrenás, acordarte de cuando tu mamá te enseñó a hacerlo de chiquita, agradecerle mentalmente porque debe ser por ella que no le tenés miedo al mar. Una vez que estás en la ola, intentar pararte.

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8. Caerte y levantarte

Caerte. Darte cuenta de que por más que haya sido amor a primera vista, esta relación va a ser difícil, que al principio todo parece fácil pero si uno quiere seguir tiene que trabajar, esforzarse, tomar el control, ceder, entrar en clima, encontrar el punto justo, llegar al equilibrio adecuado. Levantarte. Estar parada en la tabla y no saber muy bien qué hacer, hacia dónde mirar, cómo poner el cuerpo, hacia dónde apuntar los brazos. Distribuir mal el peso y caerte. Volver a entrar al mar arrastrando la tabla, cruzar las olas, pensar que pasás más tiempo encontrando la posición adecuada que encima de la ola, pero que no te importe, que te guste todo ese proceso. Ver venir una ola, subirte a la tabla, empezar a hacer brazadas, que el agua te empuje, estar fuera de equilibrio, caerte. Repetir otra vez. Caerte diez veces más. Que después de varios intentos todo salga bien: ola, equilibrio, brazadas, pararte, avanzar, pero que alguna parte de tu cuerpo no esté apuntando a dónde debería y caerte otra vez. Y al rato pararte por unos segundos, que la ola te lleve hasta la orilla, bajarte de un salto y sentir que todo valió la pena. Y volver a entrar al mar.

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9. Dejarte llevar

Sentir cómo te empieza a dar adicción. No poder parar. No pensar en otra cosa que en la próxima ola. Desear que las dos horas no terminen nunca. Alinear cuerpo y mente, concentrarte, controlar cada parte de tu cuerpo, escuchar lo que te dicen los instructores: las manos así, el peso más así, la vista arriba, mirá los edificios y no tus pies, mirá la ola, mirá Gijón. Darte cuenta de que el surf también es un ejercicio de la mirada: aprender a mirar el mar, aprender a mirar las olas, aprender a mirar sin anteojos. Sentir que el agua es tu elemento, que este deporte es una terapia, que las olas también son buenas para meditar, que el agua te despeja la cabeza, que lo que más te gusta del mar es ser parte de su energía. Dejarte llevar por la ola y por tus pensamientos: quién habrá sido el primero en mirar el mar y decirse que estaría bueno tener una tabla y fabricársela, cómo será dedicarse a esto profesionalmente, claro los chicos que nacen en el mar hacen surf casi de manera instintiva, pensar que fui a tantas playas con olas y no me animé a probar, pero yo siempre dije que mis dos vocaciones  frustradas (o no desarrolladas) son de baterista y surfer, y si me compro una combi y una tabla, y si me las compro.

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10. No abandonar

Salir del agua. Tener el cuerpo cansado, los ojos rojos, el pelo hecho un desastre, el traje pesado, los brazos sin fuerza, los músculos comprimidos, pero sentirte más liviana, caminar como flotando, disfrutar el estar descalza sobre el asfalto otra vez. Sacarte el traje con mucho trabajo, ducharte, vestirte. Saber que sos una principiante, que el equilibrio te cuesta, que quizá no vas a poder pararte en una tabla más chica, que te llevará mucho tiempo pasar a olas más grandes, pero sentir que estás aprendiendo y disfrutar ese proceso más que nada. Porque a veces nos hacen creer que uno solo aprende de chico, que lo que no aprendiste en tus primeros años no lo vas a aprender nunca y es mentira, nos pasamos la vida aprendiendo. Y cuesta, empezar algo nuevo cuesta, pero cuando hay voluntad, nada es imposible. Por eso, ante todo: no abandonar, pase lo que pase. Aunque te frustres, aunque te caigas, aunque te golpees, aunque te lesiones, aunque un mal movimiento te obligue a pasar semanas sin poder usar la mano derecha, aunque te preguntes por qué justo ahora y justo acá, aunque te dé rabia, aunque te cueste tipear con una sola mano, aunque te cueste ser con una sola mano. El mar seguirá ahí y tus ganas también. Mientras haya olas habrá oportunidades. Así que todo a su debido tiempo: a veces la vida tiene otros planes para nosotros (o por lo menos otra agenda) y uno entiende el por qué mucho después. Pero eso sí: no hay excusas que valgan para abandonar lo que nos motiva.

*

Me encapriché con Gijón, con el Cantábrico y con Tablas Surf School. Gracias por las clases y la buena onda. Volveré.

Desafío Islandia: final del juego

Terminó el Desafío Islandia. Lo que empezó como una idea delirante en España terminó como uno de los mejores viajes que hice. No hay nada mejor que jugar, reírse, animarse y viajar.

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Una de las callecitas de Seydisfjordur. Llegamos, dejamos las mochilas por ahí (en plena calle) y nos fuimos a sacar fotos.

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Puertas sin llave

Estos son los posts que publicamos (junto con Lau) del viaje de 16 días por Islandia:

Desafío Islandia (introducción) (y la versión de Lau)

Desafío Islandia (1): Llegar a París en dos días (Lau)

Desafío Islandia (2): Meter todo en una sola mochila y no perder el avión

Desafío Islandia (3): Desconectar en Reykjavík (Lau)

Desafío Islandia (4): Subirnos a un barco de pescadores

Desafío Islandia (5): Hacer dumpster diving (Lau)

Desafío Islandia (6): Sobrevivir al clima

Desafío Islandia (7): Abrazar a cinco islandeses (Lau)

Desafío Islandia (8): Encontrar la fábrica de artistas

Desafío Islandia (9): No pagar ni una noche de alojamiento (Lau)

Desafío Islandia (10): Dar la vuelta a la isla a dedo

Bonus: Hacer el Círculo Dorado sin hablar (y la versión de Lau)

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La bandera de Islandia en una pared de Reykjavík

Si bien hicimos muchas de las cosas que nos propusimos, también tuvimos varios desafíos fallidos, como por ejemplo:

Tocar una canción de Björk en el ukelele (llevé el instrumento de paseo) (¡además los temas de Björk tampoco son fáciles!)

– Ir a comer un pancho con Bjork en Reykjavík (juro que lo intentamos vía Twitter)

Hacer un stencil (la intención estuvo, pensábamos hacer dos stencils: uno que dijera Desafío Islandia y otro con la Galliseñal, pero no lo hicimos por falta de tiempo y cansancio)

Aprender cinco expresiones en islandés (yo me aprendí una que me encanta: þetta reddast, que quiere decir “todo va a salir bien”, “it will all work out one way or another”)

Conocer a un escritor islandés y que nos firme su libro (estuve cerca: me compré el libro “The little book of the Icelanders” de Alda Sigmundsdóttir, la contacté y le dije que quería conocerla, pero justo el día que estuve en Reykjavík ella no podía, así que será la próxima)

Ver un puffin (antes de viajar no teníamos ni idea de qué eran estos puffins que sonaban tan parecido a muffins, después nos esteramos de que son unos pájaros lindísimos que viven por la zona, creímos ver uno en Vik pero era un falso puffin, así que nos quedamos con las ganas)

Que nos chamuye un islandés. Los islandeses no chamuyan. Creo que ni nos miraron. La máxima expresión fue cuando frenaron dos autos, a lo lejos, con cuatro chicos en cada uno, nos silbaron y se fueron enseguida. Seguro que eran italianos.

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Hora pico en Reykjavík

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Hicimos dumpster diving (Lau lo cuenta en su blog)

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No aprendimos a hablar el islandés

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Nos dejamos llevar y aparecimos en lugares inesperados

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Nos bancamos la lluvia como dos reinas

Dimos abrazos gratis

Dimos abrazos gratis

Encontramos gatos

Encontramos gatos

Acariciamos caballos

Acariciamos caballos

Vimos un falso puffin

Vimos un falso puffin (¿ven que en el hueco hay algo rojo y blanco? Pensamos que era un puffin y cuando nos acercamos descubrimos que era una botella. FAIL.

Dormimos frente a un paisaje distinto casi todos los días

Dormimos frente a un paisaje distinto casi todos los días

Está bien, no aprendimos islandés, pero vi esta pared y me gustó, así que le pedí una foto a Lau... Y después me enteré de que esa frase significa:

Está bien, no aprendimos islandés, pero vi esta pared y me gustó, así que le pedí una foto a Lau… Y después me enteré de que esa frase significa:

esto: "Sé el cambio que quieres ver en el mundo"

esto: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”

Mis conclusiones de Islandia:

– En Islandia todo es posible. Creo que cuando un lugar es tan seguro, uno se anima a hacer cosas que no haría en su casa. Dimos la vuelta a dedo, salimos a la ruta a cualquier hora, fuimos por los pueblos pidiendo frazadas (mantas), abrazamos islandeses, comimos langosta gratis en un hotel, revisamos los tachos de basura, le preguntamos a la gente en la calle si podíamos quedarnos en su casa, fuimos en busca de una fábrica que habíamos visto en una revista, aprendimos a vivir con la puerta abierta y a dejarnos llevar. Cuando encontramos el libro “50 crazy things to do in Iceland” (un libro con 50 propuestas locas para hacer en Islandia, a la venta en todas las librerías) nos dimos cuenta de que no éramos tan originales con esto de los desafíos. Al parecer Islandia da para todo.

Todas las rutas son postales

Todas las rutas son postales

– Islandia es un lugar para estar. Durante nuestras dos semanas no hicimos mucho (en términos turísticos) sino que nos dedicamos a fluir con el camino, a ir a donde nos lleven, a dejar que el país nos guíe.

Lau buscando puffins

Lau buscando puffins

Islandia es caro pero se puede hacer barato. Nuestros presupuesto diario fue de 6 euros (promedio) (hubo días de gasto cero), pero para eso hicimos dedo, cocinamos casi todas las comidas y acampamos. (Próximamente haré la guía para viajar por Islandia con datos útiles y más info).

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– El sol de medianoche tiene efectos sobre el comportamiento de las personas (o por lo menos sobre mí). Todos los días a las 11/12 de la noche me agarraba un ataque de risa descontrolada y me ponía hiperactiva. Tienen que probarlo alguna vez en la vida.

Este nene también estaba hiperactivo cuando lo conocimos (como a las 11 de la noche de un martes)

Este nene también estaba hiperactivo cuando lo conocimos (como a las 11 de la noche de un martes)

– En Islandia hay poco tráfico pero van como locos. Esto no lo digo yo, sino que lo leí en el libro que les recomiendo al final del post. Nos levantó una chica de 18 años que se creía corredora de Fórmula 1. Estuvimos a punto de llevarnos puestos a varios que venían de frente. Ah, y por si conducen, sepan que no hay señalizaciones en la ruta salvo unos cartelitos para mirar con lupa que indican, unos 10 metros antes, hacía qué lado tenés que ir para llegar a tal pueblo.

Pero si se pierden tampoco importa...

Pero si se pierden tampoco importa…

– En Islandia todos se conocen (bueno… no toooodos… pero en vez de seis grados de separación, en Islandia debe haber uno o dos grados de separación). Como son pocos (300.000 habitantes) y los pueblos son muy chiquitos, hay un gran sentido de comunidad, así que todos se enteran de todo. Nos contaron la historia de un señor que se iba a un pueblo que no conocía, entraba a un bar al azar, se sentaba en una mesa cualquiera y le decía a la persona que tenía enfrente: te apuesto a que en menos de cinco minutos podemos encontrar algún amigo o familiar en común. Y lo encontraban siempre.

Fue imposible poner a todos los perros a posar para la foto

Fue imposible poner a todos los perros a posar para la foto

– En Islandia todos tienen un amigo que hace tal cosa. Por ejemplo: cuando nos quedamos en la casa de la pareja en Olafsvik, le comenté al chico que quería subirme a un barco de pescadores. Se lo dije a las 11 de la noche como un comentario al pasar. Él agarró el teléfono y llamó a su tío, el tío era un político del pueblo y conocía a todos los pescadores del lugar, así que se puso en contacto con ellos pero le dijeron que como había llovido mucho había olas de tres metros y tendrían que navegar durante 18 horas seguidas. Desistí. Pero pregunté: ¿y qué pasaría si voy sola en un barco con diez pescadores? ¿No es medio un peligro? Me dijeron: no, acá la gente se preocupa mucho por su honor, si te hicieran algo todo el pueblo se enteraría y los castigarían por eso.

O sea que esto no pasaría

O sea que esto no pasaría

– Los islandeses no responden emails. Pensamos que era algo personal, que no estábamos siendo lo suficientemente corteses o claras con nuestros mensajes. Hasta que leí (en el mismo libro del final) que no, que es normal, que los mails se leen pero no se responden. Van a ver, hagan el intento.

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– En Islandia hay elfos. Dicen. Son parte de la mitología del país y mucha gente cree en ellos. Viven en las rocas, por eso muchas veces se ven rocas en medio de las rutas y nadie las mueve: son hogares y no hay que molestarlos. Nosotras no vimos ninguno. Uno de los desafíos del libro 50 crazy things to do in Iceland es “have sex with an elf”. Se ve que está de moda por allá.

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– Islandia fue el viaje de la sincronicidad: en cada lugar nos encontramos con la persona que nos teníamos que encontrar. Quizá tardaba un poco más pero estaba ahí, esperando que nos crucemos gracias a todas esas casualidades que se fueron sucediendo.

Todos nos fueron llevando hacia otras personas y situaciones...

Todos nos fueron llevando hacia otras personas y situaciones…

– Islandia sana. Estar tan lejos de todo hace que las cosas tomen otra perspectiva. Eso, sumado a la naturaleza (impactante), a la seguridad, al agua pura, al clima y al ambiente de tranquilidad, cura.

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– Islandia es un lugar al que querés volver antes de haberte ido. Me veo pasando una temporada en Reykjavík, escribiendo un libro durante el invierno. Es un país que genera mucha nostalgia del presente.

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– En Islandia las puertas siempre están abiertas. La tía de los chicos que nos recibieron en Olafsvik nos invitó a comer a su casa; cuando nos despedimos nos dijo: “Cuando vuelvan a mi pueblo no tienen que mandarme un mail ni llamarme antes. Tampoco tienen que golpear la puerta de mi casa. No cerramos con llave, así que entren nomás”.

Si se quieren enamorar del mundo, vayan a Islandia. Es todo lo que puedo decirles.

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Playa cerca de Vik

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¡Hasta la próxima!

Si les interesa viajar a Islandia o aprender más acerca del modo de ser de los islandeses, les recomiendo este libro (desopilante), escrito por Alda Sigmundsdóttir (una islandesa de nacimiento que creció en otros países y, cuando volvió a Islandia, pudo mirar su propia cultura con otros ojos).

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Y también les recomiendo (les ruego) que escuchen el disco “My head is an animal” de Of Monsters and Men, una banda islandesa. Lo escuché por primera vez estando allá y les aseguro que la música combina a la perfección con el paisaje.

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[box border=”full”]Este es el último post de la serie Desafío Islandia, un viaje/juego que hicimos en conjunto con Laura, de Los Viajes de Nena. Fuimos subiendo fotos a Instagram, Facebook y Twitter y relatando en tiempo real nuestras locas (y no tan locas) aventuras por Islandia. [/box]

Desafío Islandia (bonus):
Hacer el Círculo Dorado sin hablar

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Chicas charlando en Reykjavík

Soy de hablar poco. No me sale hacer conversación forzada y el small talk es algo que prefiero evitar (me da pereza y no le veo el sentido). Si alguna vez nos cruzamos y no hablo mucho, sepan entender: no es antipatía, es introversión crónica. O quizá es que tardo un poquito más en entrar en confianza y sentirme cómoda para decir lo que pienso. No puedo evitarlo, desde chiquita fui así: me gusta más observar que expresar y prefiero guardarme las palabras para escribir.  Pero no es que sea así siempre ni con todos: hay personas que despiertan mi lado radio desde el día cero y cuando me encuentro con ellas no paramos de transmitir durante horas y horas como loros. Nunca se nos terminan los temas y si no hay los inventamos para poder seguir al aire. Es lo que me pasa, entre otras personas, con Maru (mi mejor amiga desde hace 25 años) y con Lau. Si alguien nos hubiese visto juntas en Islandia hubiese jurado que nos estaban pagando por hablar.

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Cuando uno decide no hablar, siente que todos a su alrededor dicen cosas.

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Después de completar varios desafíos (y fallar en otros, que mencionaremos en el próximo y último post de esta serie) nos dimos cuenta de que nos había faltado desafiarnos entre nosotras. ¿Qué era lo más difícil que nos podíamos pedir una a la otra? (además de levantarnos temprano —que fue imposible— o dejar de comer con tanta voracidad —que también fue imposible—). Nos pusimos a discutir ideas y otra vez lo mismo: parecíamos dos gallinas en pleno té de las cinco de la tarde. Bla bla bla bla cococorocó. ¡Ya sé Lau! Estemos en silencio por un día. La idea, por parecernos algo más difícil que todos los desafíos anteriores, nos gustó. Así que hicimos un trato: pasaríamos un día entero sin hablarnos. ¿Y si teníamos que decirnos algo? ¿Podíamos escribir? ¿Señas? Sí, pero lo más importante era anotar lo que estábamos pensando y compartirlo después entre nosotras. Desde ya les digo que este desafío fue un FAIL masivo. Pero no importa.

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Me encantó esta foto

El desafío, ya desde el principio, fue medio tramposo: unos días antes de irnos, Island Tours nos invitó a hacer una excursión por el Círculo Dorado (una zona cercana a Reykjavík, con varios atractivos naturales); como el paseo era en bus no tendríamos que hacer dedo ni tomar decisiones en conjunto (por ende: no tendríamos que hablar por necesidad práctica), así que elegimos ese día para no dirigirnos la palabra. Elegimos hacer el recorrido durante nuestro último día de viaje en Reykjavík (cualquiera pensaría que ya se nos habían agotado los temas de conversación, pero no, aunque era cierto que estábamos un poco cansadas de tanto trajín): nos parecía el momento ideal para tomarnos una pausa de tanto palabrerío y reflexionar a solas acerca de nuestro viaje. Decidimos ponerle un marco horario, porque era obvio que no íbamos a aguantar veinticuatro horas sin decirnos nada: cortaríamos el chorro de palabras apenas subiéramos al bus (a las 9 de la mañana) y lo reanudaríamos cuando bajáramos (a las 6 de la tarde).

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Una ventana en Vik

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Varias maneras de ponerse una corbata

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Imágenes de Reykjavík

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Vidrieras que me gustan

Ese día nos levantamos a las 7 de la mañana y fuimos a la estación casi sin hablar, pero del cansancio. ¿El desafío seguiría en pie? Entendí que sí cuando nos subimos al bus, cada cual se sentó en un asiento distinto y Lau se quedó dormida. Que Lau no se entere que leí mal el horario del tour y la hice despertarse antes… Pensé que había que estar a las ocho y media en la estación y no, era a las nueve. Ja, la hice saltar de la cama con mi estrés por llegar puntuales. Me mata… Menos mal que no podemos hablar así no me dice nada y yo no me quejo de que estoy cansada y tengo sueño. 

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Dormilona

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Me gustó esa nube gigante

Mientras íbamos hacia la primera parada (un invernadero donde cultivan tomates y otras verduras), pensaba: La gente habla mucho. Está bueno escuchar y no decir todo lo que a uno se le cruza por la cabeza. Aunque a la vez me imagino a nosotras dos en las piletas termales sin hablar y me siento como una isla, como dos pedazos de hielo flotando. No sé si podré, me gusta compartir. Cuando terminemos este viaje voy a sentirme medio sola… ¡Ajá! Lau está picando algo de la bolsita del Bonus (esa bolsa fue nuestra compañera de viajes, siempre estaba llena de comida), estas dos semanas estuvimos voraces, ¿será el aire puro? ¿El frío? ¿La ansiedad? No paramos de comer. Ahora miro los contenedores de los supermercados de otra manera.

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Debido al clima, en Islandia casi no hay árboles, así que muchos cultivos crecen en interiores.

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El pan aromático

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Y para seguir con la comida: una sopa asiática que nos tomamos esa noche en Reykjavík (demasiado rica)

Cuando entramos al invernadero lo primero que sentí fue el olor del pan, un olor envolvente, de esos que no te dejan pensar en otra cosa que no sea probar un bocado de ese manjar. ¿Lau lo sentirá también o soy yo que tengo hambre? ¿Dónde está Lau? Ah, ahí la vi, está escribiendo, ¡y se compró un pan! Quiero que me convide un poco… La voy a perseguir a ver si se da cuenta. ¡Laura: pan! ¡Dame pan! Creo que me entendió, pero me hace señas de comer y el número dos, no sé qué quiere decirmAH NO: ella es la que se está comiendo el pan y encima que me trata de gorda me lo quiere cobrar. Me quedé pensando en lo que me dijo hoy antes de subirnos al colectivo: “Vamos a comer en silencio, ¡qué aburrido!”. Qué importante es el ritual de la comida para el ser humano, qué lindo es compartir el alimento. Esta semana se nos pasó el tiempo haciendo sobremesas y creo que fueron los momentos que más disfrutamos (¿será que la sobremesa es algo muy argentino?). Cada cultura tiene una relación distinta con el acto de comer. En Olasfvik nos invitaron a cenar a lo de la tía de nuestro anfitrión: para ellos fue una cena normal y para nosotras fue de las mejores experiencias del viaje. Pienso en todas las mesas en las que me senté y en toda la gente que me dio de comer en estos seis años…

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Una especie de “fonda” islandesa en Reykjavík donde servían comida típica

Mientras el bus avanzaba rumbo a las cataratas de Gullfoss miré por la ventana. Cuántas casas vacías, en Islandia parece haber más casas que gente. ¿Será que alguien las okupa? Hubiese estado bueno encontrar una abierta y acampar una noche ahí… Qué fácil que es acostumbrarse a la seguridad de este país… Y esto de no hablar por un rato también está bueno. En Altea conocí a un chico que decidió pasar tres meses sin hablar, creo que lo hizo como experimento. Me acuerdo de la película Little Miss Sunshine, del adolescente que no hablaba porque no tenía nada que decir. En nuestra época de sobrecomunicación, el silencio se valora poco, el calladito siempre es raro. Me parece que se va a largar a llover en cualquier momento…

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Vista de las cataratas de Gullfoss (no me digan que no parece una porción de pizza con el queso que se derrite…)

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Cuando caminamos por las cataratas llovía (ya estábamos acostumbradas al clima). Cuántos asiáticos que hay en Islandia, todos con sus súper cámaras. Me acuerdo del primer japonés que me pidió sacarse una foto conmigo: fue en el Salar de Uyuni en el 2007. Me vio haciéndome una selfie y me ofreció (por gestos) sacarme la foto; después me hizo señas de que no me mueva (al principio no entendí muy bien por qué), se me puso al lado, me abrazó y otro japonés nos sacó una foto. En ese momento me pareció rarísimo: ¿para que quiere este una foto conmigo? Muchos se habrán preguntado lo mismo cuando, tiempo después, les pedí que se saquen fotos conmigo en la calle. Ahora, si alguien nos está observando a Laura y a mí va a pensar que somos dos locas: ella se acaba de acercar y me hizo señas de que nos saquemos una foto juntas, nos abrazamos para la selfie con la catarata de fondo, nos hicimos un gesto de agradecimiento con la cabeza y ella se fue, como si fuésemos desconocidas que no hablan el mismo idioma pero que por alguna razón quieren sacarse fotos juntas.

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A la hora del almuerzo flaqueamos. Lau me enfrentó y me hizo una señal de pausa (ya ni me acuerdo para decirme qué), así que en un segundo rompimos la nube de silencio que habíamos logrado instaurar por cuatro horas y retomamos el diálogo. Fallamos pero disfrutamos de la charla mientras comíamos. Creo que, gracias a nuestro paréntesis silencioso, las dos teníamos los oídos más atentos y le prestamos atención a detalles auditivos que en otro momento nos hubiesen pasado desapercibidos (caminar por un lugar con los ojos vendados es un muy buen ejercicio de percepción, se los recomiendo). Escuchamos los idiomas de las mesas cercanas (“¿y estos en qué hablan?”), escuchamos las erupciones del geiser (alcanzaba hasta 30 metros de altura) y el ruido del agua evaporándose sobre la tierra.

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Almorzamos en una zona de aguas termales

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Este geiser es la estrella: cada cinco minutos hace una pequeña erupción (de varios metros de altura)

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También hay un “geiser chiquito”

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Y, en Reykjavik, marketing.

A la tarde nos dejaron en la Fontana de Laugarvatn. Creímos que dos horas en las aguas termales iba a ser demasiado, pero cuando nos metimos en la primera pileta calentita nos dimos cuenta de cuánto necesitábamos relajarnos. Viajar con tanta libertad es muy divertido y barato, pero cansa un montón. Estás consciente de cada momento, el uso del piloto automático es casi nulo y eso hace que al final del día quedes agotada. Así que todo lo que no dijimos en cuatro horas, lo expresamos ahí: “Oooh sí, qué linda está el agua, qué relax… Ah nooo, ¡mirá este sauna! Ayyy qué frío que está el lago. Uuuy sí, no me sacan más de acá”. Fuimos pasando de piscina en piscina y de temperatura en temperatura (mientras hablábamos hablábamos y hablábamos). Cuando salimos nos mostraron cómo se cocina el pan de zenteno en las aguas termales (es una tradición islandesa: se pone la masa en una cacerola cerrada, se entierra la cacerola y se deja cocinando 24 horas) y mientras estábamos ahí tuvimos otro mano a mano con los pájaros más peculiares de Islandia: el sterna paradisaea o charrán del ártico. Estos pájaros amagan con atacar a quien pase cerca de sus nidos: si bien nunca llegan a tocar a la persona, hacen unos clavados que parece que van directo al cuerpo y asustan. No hay que reaccionar porque eso hace que los pájaros se pongan más agresivos: la solución es levantar un palo en vertical sobre la cabeza para que cambien el foco de atención. Eso hizo esta chica (y eso NO hicimos nosotras la vez anterior que nos atacaron en manada y nos ganamos varias cagadas en el pelo y cuerpo).

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Relax en las aguas termales

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Ahí ven cómo se acerca el pájaro

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La chica se pone a cavar el pozo para meter la cacerola con el pan

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Ve que se acerca el pájaro

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Y levanta la pala para alejarlo

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Y así queda el pan de zenteno (se come con manteca y es delicioso)

El castigo por fallar al desafío y hablar como loros vino casi al final, en el Parque Nacional Þingvellir, una de las zonas con mayor importancia histórica, geográfica y cultural del país, ya que ahí se estableció el primer Parlamento en el 930 y se fundó Islandia como nación. Estábamos sentadas mirando el paisaje y nos pusimos a hablar de cosas de chicas (y cuando digo cosas de chicas digo cosas muy de chicas). En lo mejor de la charla veo que Lau deja de hablar de golpe, mira al chico que estaba parado atrás mío y le pregunta:

—¿Hablás español, no?
—Sí…
—¿Cuánto escuchaste?
—Lo suficiente… jaja no se preocupen, no escuché todo…

Se reía. Era mexicano y había escuchado demasiado.

Moraleja: a veces es mejor callar. Por más que estés del otro lado del mundo y todos hablen otro idoma, no te confíes demasiado. En esta época de viajes y globalización, es muy probable que haya alguien que hable tu idioma, y la Ley de Murphy dice que va a estar presente justo cuando estés contando las intimidades más bochornosas en voz alta y creas que nadie te escucha.

Desafío bonus: FAIL.

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Frente a esa vista charlábamos (la construcción blanca es el antiguo Parlamento)

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Y hacia el otro lado, la vista era así.

Epílogo: pasamos nuestras últimas horas caminando por Reykjavík con nuestro anfitrión, un chico lituano con muchas historias graciosas. Ninguna de las dos quería irse. Prometimos volver. Me gustaría pasar un invierno en Reykjavík y sentarme a escribir otro libro sin distracciones. Ese día, el sol bajó a las doce de la noche, así que vimos la “hora dorada” (esa tan linda para sacar fotos) bien tarde. Este fue un viaje que me encantó hacer en compañía, creo que no hubiese sido lo mismo si no hubiese tenido a alguien con quien pasarme los kilómetros charlando de la vida. ¡Gracias Lau!

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Fotos finales de Reykjavík

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La vista de la ciudad desde la iglesia de la foto anterior

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[box border=”full”]Este es el anteúltimo post de la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El post bonus de Lau ya está en su blog.

La excursión por el Círculo Dorado fue cortesía de Island Tours. [/box]

Desafío Islandia (10): Dar la vuelta a la isla a dedo

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Empezamos con timidez. Cuando Lau me desafió a dar toda la vuelta a Islandia a dedo tuve mis dudas. Era la primera vez que iba a recorrer un país entero solamente haciendo autostop y si bien estaba dispuesta a cumplir el desafío, sabía (o creía saber) que había algunos transportes pagos de los que no podríamos escapar: por ejemplo, el consabido bus que va del aeropuerto (que en el caso de Islandia está en Keflavík, a 45 minutos de la capital) al centro de la ciudad. “Bueno, que el viaje a dedo empiece desde Reykjavík”, dijimos como para no ponernos tanta presión. Pero oh sorpresa.

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Aterrizamos en Islandia como a las 11 de la noche y el cielo seguía claro (no lo sabíamos aún, pero esa falta de oscuridad nos daría un coraje y una sensación de inmunidad únicas) (por no decir que nos desquiciaríamos por completo). Fuimos en busca del bus barato (en Islandia nada es barato, pero nos habíamos enterado de que había uno que costaba €12 en vez de €16) y cuando llegamos a la oficina, del otro lado del aeropuerto, vimos que estaba cerrada. Volvimos en busca del bus normal pero el último ya se había ido. No queríamos pagar €100 por un taxi así que nos acercamos a una combi y le explicamos lo que nos había pasado. Nos dijo que nos subamos y quedamos un poco perplejas: ¿podía ser tan fácil? Sin haberlo planeado terminamos viajando a dedo hasta el centro de Reykjavík junto con el piloto y las azafatas del vuelo.

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Fotocharco del cielo a las 12 de la noche

El día siguiente pasamos por una oficina de turismo en Reykjavík para pedir un poco de asesoramiento en cuanto a qué ruta tomar. Las palabras del chico que trabajaba ahí fueron las siguientes: “¿Cómo piensan moverse? ¿Tienen transporte propio o van a dedo? Vayan a dedo, es muy fácil y seguro. Planeen los dos primeros días y después improvisen”. Ajá. Nada de “es muy peligroso chicas, están locas, paguen un bus, alquilen un coche, tengan un itinerario”, no. Vayan a dedo, nos dijo con frescura. Y a otra cosa. Así que lo más importante ahora era decidir hacia qué lado empezar: ¿norte o sur? A las dos nos pintó el norte, y arrancamos. 

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La ventana pasó a ser una tele

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Y la ruta, nuestro hábitat

El ritmo del viaje quedó marcado desde el primer día: como estábamos en plan relax y nunca se hacía de noche, siempre salimos a la ruta después del mediodía (a veces, incluso a las seis o siete de la tarde). No había por qué madrugar. En toda la vuelta a dedo pagamos por dos transportes, y ambos fueron buses urbanos para alejarnos algunos kilómetros de Reykjavík y empezar directamente en la ruta. Así que salimos de la capital en bus, nos paramos después de una rotonda y en cuatro minutos frenaron tres autos: al primero le dijimos que no gracias (fue solo una intuición: el señor no nos generó confianza), el segundo iba para otro lado y en el tercero nos subimos. Era una pareja española-rumana que también estaba de viaje. Lo bueno de ir con otros viajeros es que ellos también están conociendo y dispuestos a parar en cualquier lugar para sacar fotos.

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Selfie grupal con los primeros chicos que nos levantaron

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Frenamos un montón de veces a sacar fotos

La primera dificultad del viaje se presentó en Olafsvík, un pueblo que se empeñaba en no dejarnos seguir avanzando. Llegamos tarde y con lluvia, nos paramos al costado de la ruta y no pudimos salir. No frenaba nadie. Pero todo pasa por algo: un rato después de resignarnos, mientras buscábamos dónde poner la carpa, una pareja islandesa nos invitó a quedarnos en su casa con ellos y su hijo. Nos conocimos en la calle, nos quedamos dos noches, no quisimos irnos nunca más. Pero seguimos. Cuando vimos que salir de Olafsvík seguía siendo difícil, apelamos a un recurso nuevo: las canciones y bailes.

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La tía de uno de los chicos nos invitó a cenar a su casa y pudimos compartir una comida con una familia islandesa

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Cuando nos fuimos, este nene se nos colgó, nos abrazó y nos quiso bloquear el paso de la puerta para que nos quedáramos.

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Esta es la ruta de Olafsvík de la cual no podíamos salir

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Creo que fue uno de los lugares de los que más costó salir

Estábamos paradas en la ruta, aburridas, así que agarré mi teléfono y puse la canción más energizante que encontré. Hace poco perdí toda mi música (la tecnología se vuelve loca a veces), así que lo más movido que tenía eran tres temas de David Guetta. Puse Titanium y se armó la rave. No solo saltamos como dos desquiciadas sino que le cambiamos la letra y encajamos la palabra “Borgarnés” (el nombre del pueblo al que queríamos llegar) cada vez que Sia cantaba “fire away fire away” (inténtenlo: “Boooorgarneees, Boooorgarneees”). Tuvo éxito: nos levantó un señor (para mí, el doble de David Lynch) que iba directo a Borgarnes. La canción se convirtió en nuestro mantra por el resto del viaje. Aunque no fue el único.

Nos empezamos a dar cuenta de que hacer dedo en Islandia no solo era muy fácil, sino también muy divertido. Era extender el brazo y dejar que la gente fuese armando nuestra ruta. Así fue como llegamos a Siglufjörður, un pueblito a 40 km del Círculo Polar Ártico, gracias a una señora que vivía ahí; así fue como conocimos a un guatemalteco (el único de su pueblo) que vivía en Islandia hacía 17 años y estaba feliz de hablar en castellano con alguien; así fue como fuimos y volvimos en el día al lago Myvatn (hicimos un day trip a dedo) y nos sentimos victoriosas cuando nos dejaron en la puerta de la casa de nuestro couch, en un pueblo de 35 habitantes.

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Caímos acá sin planearlo, gracias a la señora que nos levantó

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El pueblo se llama Siglufjörður y terminó siendo uno de nuestros preferidos

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Muy fotogénico

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Ella fue la señora que nos llevó a ese pueblo

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El guatemalteco de Islandia

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Al lado del lago Myvatn

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Volver de lago fue difícil porque casi no pasaban autos

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Pero este señor (que no hablaba una pepa de inglés) nos llevó

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Hasta este pueblito, donde nos estábamos quedando

Cuando llegamos a Akureyri, la ciudad más importante del norte de Islandia, nos empezamos a envalentonar. Las reglas del buen autoestopista dicen que uno debería irse a la salida de las ciudades para hacer dedo. Nosotras no teníamos ganas de caminar así que empezamos a hacer dedo en pleno centro (ojo: las ciudades islandesas son muuuuy tranquilas y no tienen hora pico ni demasiado tráfico, así que no estábamos haciendo algo muy loco). Era cuestión de probar lo imposible: y sí, frenaron autos en medio de la ciudad. Lau tenía razón: viajar a dedo se hace vicio muy rápido. Ahí mismo, en Akureyri, decidimos inaugurar otro recurso: los carteles. Teníamos ganas de que Maradona, Messi y el Papa (los íconos argentinos del siglo 21) estuviesen presentes en nuestro viaje. Y eso hicimos.

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Muchos pensaron que estábamos haciendo dedo “a” Argentina (en vez de “desde” Argentina), pero nos levantaron igual.

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Y la contracara del cartel no podía generar otra cosa que risas

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El centro de Akureyri, donde nos paramos a hacer dedo

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No tuvimos que esperar mucho.

A medida que íbamos avanzando hacia el este, la sensación de no nos frena nadie iba aumentando. Era pararse en la ruta y extender el pulgar para que, unos minutos después, alguien nos subiera a su auto. Nos sentíamos todopoderosas. Viajamos con franceses, con una islandesa de 18 años, con una pareja embarazada, con una pareja y su nena, con dos polacos, con una geóloga, con islandeses que no hablaban inglés, con alemanas, con canadienses. Todo iba muy bien hasta que, por primera vez en mi corta carrera autoestopística (debo haberme subido, hasta ahora, a unos 80/100 autos en siete países), tuve miedo. Puede que haya sido irracional, pero lo sentí. Y estas cosas también hay que contarlas.

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En nuestra odisea para llegar a la fábrica de artistas nos levantó una pareja islandesa de nuestra edad: él, lleno de tatuajes de Thor (el dios mitológico); ella, una chica que decía creer en fantasmas y tener un demonio adentro de su cuerpo. Lo primero que dijeron fue que en Islandia la gente veía muchas películas y les daba miedo levantar autoestopistas (lo cual nos pareció raro, porque todos nos decían lo contrario y ya habíamos comprobado lo fácil que era hacer dedo). “No se preocupen, no las vamos a secuestrar”, dijo él, y empezaron a sacar temas de conversación: “En Islandia no hay crimen organizado”, “acá es muy difícil conseguir drogas duras, casi no hay heroína”, “creo en Thor, Jesús me aburre”, “tengo un demonio que vive adentro mío y se hace más fuerte cuando tengo miedo”, “se me apareció el tío de él, que había muerto hacía muchos años”. No eran los temas más comunes para hablar en un auto, pero tampoco incomodaban. 

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Vamos mechando con fotos de paisajes, así esto no se pone tenso

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Se hizo un silencio, ellos intercambiaron algunas palabras en islandés y nos dijeron que habían decidido ir a visitar a un amigo y que nos llevarían un pueblo más lejos: “No tenemos nada mejor que hacer un domingo que pasear turistas”. Ok. Las rutas del este de Islandia están bastante desiertas, así que aceptamos seguir viaje. Acto seguido, él (que manejaba el auto) le dio un pedacito de papel a ella, ella puso algún tipo de polvo oscuro en el papel (desde mi lugar no pude ver qué era) y lo dobló chiquito, se lo devolvió y él se lo puso en la boca. Podría haber sido cualquier cosa, no lo sé, pero mi intuición (o paranoia) me dijo que se estaba drogando con algo. Inmediatamente después entramos a un túnel de seis kilómetros de largo (cruzaba por el medio de una montaña) y me puse muy nerviosa. Había algo de estos chicos que me daba muy mala vibra.

Los túneles de Islandia tienen carriles muy angostos, por eso no se puede ir a más de 60 y, cuando viene otro vehículo de frente, uno de los dos tiene que estacionar al costado (hay zonas para eso) y dejar que el otro pase. Cuando pasamos al lado del primer hueco sentimos un leve volanteo, como si el chico hubiese amagado con estacionar y se hubiese arrepentido enseguida. Ahí me subió el terror por el cuerpo. Un túnel así (vacío, completamente vacío, e interminable) era el escenario perfecto para cualquier cosa (¿quién nos iba a ver?). Le dije a Lau que estaba asustada y ella también me miró con cara de miedo. Sin decirlo, ambas nos pusimos a pensar en qué hacer si se les ocurría frenar, cómo actuar, cómo defendernos (no hay mejor arma que estar mentalizada). Yo, que no soy de hablar mucho, tuve el impulso de hacer conversación, mucha conversación, de lo que sea, para no dejar huecos de silencio. Así que hablamos sin parar hasta que salimos del túnel y ahí les pedimos que nos dejen en la próxima estación de servicio con la excusa de que yo estaba descompuesta. Puede que me haya imaginado cualquier cosa, pero confío en mi intuición y hubo algo de ese auto que me hizo sentir muy pero muy mal.

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Todas las estaciones de servicio tienen un paisaje postal de fondo

En fin. La ruta siempre logra su balance y todo lo que vino después fue espectacular. Llegamos a la fábrica de artistas. Nos levantó un tractor (el conductor no hablaba inglés pero se mataba de risa de cómo le copamos el tractor) y fuimos hasta una granja. En medio de la ruta se nos acercaron dos caballos Bon Jovi (de pelo largo y ochentoso) para que los acariciemos. Nos hicimos amigas de un patito que estaba perdido en un arroyo. Una pareja francesa nos vio en la ruta bajo la lluvia, se arrepintió y dio la vuelta para pasar a buscarnos (nuestras plegarias y gestos de “porfa porfa” funcionaron). Nos levantó el mismo auto dos veces, de casualidad. Se nos sumó un chino por un trayecto y se ve que nos trajo suerte porque en el camino vimos un arco iris completo. Cuando llegamos al sur de la isla ya nos sentíamos invencibles. Ni qué decir cuando terminamos de dar la vuelta y volvimos a pisar Reykjavík. Pero todavía nos faltaba un último desafío: llegar al aeropuerto a dedo. A la una de la mañana.

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El señor y su tractor

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Vimos a estos caballos de lejos y nos acercamos pensando que se iban a alejar.

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Y pasó esto.

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Quisimos ayudar a este patito que estaba perdido en la ruta

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Llegamos a lugares así

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Vimos un montón de tonos de verde

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El chino nos trajo suerte

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Una chica alemana nos sacó una foto analógica

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Esta chica era geóloga y nos explicó muchas de las cosas que íbamos viendo por la ventana

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Esta parejita nos enseñó a decir cosas en islandés

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Este chico estuvo haciendo dedo como dos horas con sus esquíes, sin suerte. Le propusimos hacer autostop juntos y nos levantaron en cinco minutos. Girl power.

Nuestro vuelo de vuelta salía a las 6 de la mañana, lo que quería decir que tendríamos que estar en el aeropuerto a las 4, y para eso teníamos que salir a las 3 o antes. Nos fuimos a la ruta a las 12 de la noche, con luz de noche (o luz de día, da igual, no había oscurecido nada) y en ese momento, cuando nos paramos frente a una ruta desolada a medianoche, sentí que estábamos del tomate. “Lau, ¿vos te das cuenta de lo que estamos haciendo? Son las 12 de la noche y tenemos que llegar al aeropuerto sí o sí. Si fallamos el taxi nos va a costar carísimo. Me animo a hacer esto solamente acá porque es Islandia y este país da para todo, pero tengo miedo de que no nos levante nadie”. No pasaron ni dos minutos: enseguida nos levantaron dos chicos (un plomero y un electricista) que estaban volviendo a su casa. Nos dejaron en una intersección, a 10 km de Keflavík. Todavía faltaba un tramo.

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Salimos de Reykjavík poco después de ver esta imagen (esa foto es de las 11 de la noche)

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Esta fue la luz que nos acompañó durante el trayecto

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La ruta estaba tan vacía que podríamos habernos sentado a hacer un picnic en el medio. A los pocos minutos vimos a lo lejos un auto que se acercaba y le hicimos dedo y señal de “porfa porfa”. Frenó. Apenas lo vimos nos dimos cuenta de que era un taxi y que estaba en horario de trabajo. Lau se acercó, le abrió la puerta y le dijo, en medio de nuestra caradurez provocada por el sol de medianoche: “We don’t have money”. Ambas creímos que el tipo se iba a ir, pero no: nos dijo que subiéramos igual porque estaba yendo para el aeropuerto y se ve que le dio pena dejarnos ahí. Así que cerramos el círculo del desafío haciéndole dedo a un taxi. Llegamos al aeropuerto más rápido que si hubiésemos ido en bus. Terminamos el viaje a lo grande.

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 [box border=”full”]Estadísticas y conclusiones finales:

  • Durante los 16 días de viaje nos levantaron 38 vehículos (y frenaron muchos más, pero varios no iban a donde queríamos).
  • Esperamos entre 5 segundos y una hora (el promedio de espera debe haber sido de 10 minutos).
  • Recorrimos más de 1500 kilómetros por la ruta 1 (circular) y rutas adyacentes.
  • Pagamos solamente dos transportes (ambos buses urbanos para salir de Reykjavík hasta la ruta), así que tuvimos un gasto total de 700K (€ 4,50) .
  • En esos 38 vehículos viajamos con 32 hombres y 23 mujeres (contando acompañantes).
  • Nos frenó una sola casa rodante (había cientos por la ruta) pero iba para el otro lado. ¡Ufa!
  • Nacionalidades de esos 38 vehículos: 22 islandeses, 16 extranjeros (franceses, polacos, estadounidenses, canadienses, alemanes, españoles, rumanos, guatemaltecos, italianos).
  • Hicimos dedo bajo la lluvia y con viento, quedamos varadas en intersecciones por las que pasaron cinco autos en una hora, nos costó salir de ciertas ciudades, bailamos, mostramos carteles y superamos el desafío con éxito.

Nunca me olvidaré de cómo me impresionaron las palabras de Juan Villarino, santo patrono del autostop, tiempo antes de que yo empezara a hacer dedo: “Todos nacemos con un boleto gratis a cualquier lugar del mundo”. Está pegado en nuestro pulgar. [/box]

Bonus track: estos son algunos de los gestos que nos hicieron desde adentro de los autos (como excusa para no levantarnos). La interpretación es libre.

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Este es un clásico: “me encantaría chicas, pero por alguna razón tengo el auto vacío y no puedo llevarlas”

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Saludo acompañado de sonrisa: ¡que les vaya bien!

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Este lo vimos por primera vez en Islandia: cola de ballena.

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Probablemente quiso decir que iba acá nomás.

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Esta también fue exclusiva de Islandia: “Perdonen chicas, voy al almacén a comprar leche y vuelvo” (lo del cartón de leche es real).

autostop-por-islandia-49 [box border=”full”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 9: No pagar ni una noche de alojamiento ya está en el blog de Lau. Ella publica los desafíos impares y yo los pares. [/box]

[box border=”full”]Agradecimientos: muchas gracias a Harbour Hostel (Stykkishólmur), Gerdi Guesthouse (Vatnajökull), Hafaldan HI Hostel (Seydisfjordur) y Arsalir Gistihús B&B (Vik) por alojarnos durante nuestro periplo! [/box]

Desafío Islandia (8): Encontrar la fábrica de artistas

Sincronicidad (Synchronicity): según Carl Jung, la sincronicidad es la simultaneidad de dos eventos que no son causa y efecto entre sí pero que están vinculados por el sentido. Son esas coincidencias no casuales (lo que muchas veces llamamos “señales”) en las que el universo intenta decirnos cosas. 

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Esta historia empezó antes de que nos diéramos cuenta. Quizá en el aeropuerto de Reyjkavík, cuando un impulso me hizo guardarme una copia de la revista Atlantica (“All about Iceland”). Quizá cuando Lau anotó el nombre del único miembro de Couchsurfing en Seyðisfjörður para tener un contacto por si acaso. Quizá cuando nadie nos levantaba en la ruta hacia los fiordos del este. Quizá cuando volvimos a encontrarnos al italiano y le dijimos de sacarnos una foto con él. Quizá cuando decidimos viajar a Islandia y dejar que el camino nos lleve a donde quisiera. Quizá mucho antes, en Buenos Aires, cuando participé de una movida artística que se dedicaba a embellecer lo efímero. O quizá en el 2005, cuando una empresa de pescado decidió mudar su base de operaciones a otra parte de Islandia. Como sea, esta es una historia de sincronicidad.

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Vamos a sincerarnos: viajamos a Islandia sin ningún tipo de plan ni itinerario. Por un lado, porque no tuvimos tiempo de preparar nada (los días previos al viaje fueron caóticos); por otro, porque nos divertía la idea de ser viajadas por un lugar. ¿Y a dónde van a ir en Islandia? A donde nos lleven. Eso hizo, quizá, que el día que aterrizamos en Reykjavík nos pusiéramos a recolectar folletos, revistas y guías a lo loco, tal vez para sentirnos un poco menos culpables de haber llegado tan poco informadas.

Durante alguno de nuestros primeros días en Reykjavík me puse a hojear una de las revistas y me choqué con un artículo que me llamó mucho la atención: el título era “Stuck in Stöðvarfjörður” (“Atrapados en Stöðvarfjörður”) y contaba que en un pueblito de los fiordos del este (“los remotos fiordos del este”, según la periodista), un grupo de artistas locales y extranjeros había recuperado una fábrica de pescado abandonada y la estaba convirtiendo en un centro artístico, creativo y comunitario autosustentable. Yo había llegado a Islandia sin una lista obligatoria de lugares que quería conocer (estaba abierta a lo que surgiera) y de golpe esa fábrica se puso en el puesto número uno. Me encanta ver paisajes, pero estas movidas artísticas autogestionadas le ganan a casi todo. Le mostré el artículo a Lau y me guardé la revista con intención de encontrar esa fábrica, aunque tuve algunas dudas: Tal vez no sea tan fácil acceder a esta comunidad, quizá no quieren recibir a nadie de afuera, es obvio que no voy a poder entrar a la fábrica solo porque la vi en una revista… Ver ese espacio artístico por dentro y conocer a los que estaban a cargo del proyecto se convirtió en mi desafío personal.

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Dimos la vuelta a la isla en el sentido de las agujas del reloj (escribo en pasado porque ya nos fuimos de Islandia, pero hagamos de cuenta que seguimos ahí…) pero, como dije antes, sin demasiado plan. Una pareja canadiense que nos levantó en la ruta nos recomendó visitar Seyðisfjörður (se pronuncia “seidisfiordur”) (no saben lo que nos costaba recordar los nombres de cada lugar), un pueblito de los fiordos del este (no el de la fábrica sino otro, aunque suenan parecido), así que fuimos para allá. Buscamos couch, un poco a último minuto, y solamente encontramos a un chico italiano, así que nos anotamos su nombre para tener un contacto por las dudas, pero nunca le avisamos que íbamos para allá.

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Imágenes de Seyðisfjörður

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Llegamos a Seyðisfjörður con el desafío de no pagar ni una noche de alojamiento en pie (Laura escribirá al respecto), y al no conseguir dónde quedarnos fuimos en busca del italiano. No sabíamos por dónde empezar a buscarlo, así que optamos por lo que teníamos a mano: estábamos paradas al lado de un restaurante, así que entramos y le preguntamos a la chica de la barra si conocía a un chico italiano de tal nombre. Se quedó callada, hizo como que pensaba y se rió: “Sí chicas, está acá, es el chef”. Sabemos que en los pueblos casi todos se conocen, pero que haya estado en el primer lugar que lo buscamos fue demasiada coincidencia. Esa noche fuimos a tomar una cerveza con él y sus amigos y nunca pensamos que el italiano, sin saberlo, sería el nexo entre nosotras y la fábrica de artistas.

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Es verdad que el mundo es un pañuelo…

Al día siguiente nos paramos a la salida del pueblo con la intención de llegar a dedo a Stöðvarfjörður, el pueblito de la fábrica, o de por lo menos recorrer los fiordos del este, acampar en algún lugar y seguir rumbo al sur para volver a Reykjavík en tres días. Si bien tenía muchas ganas de conocer la fábrica no sabía qué tan accesible sería la ruta para llegar al pueblo y como ya nos quedaba poco tiempo en Islandia no queríamos quedarnos clavadas en medio de la nada. Ciertas partes de la isla, como el este, tienen muy pocos turistas y rutas casi desiertas, así que salir de (o llegar a) algunos pueblos a dedo no es fácil. Ese día dejamos que el azar decidiera por nosotras.

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Teníamos chances de quedar “varadas” en lugares así…

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Con rutas desiertas y casi nada de gente.

Todos los autos que pasaban nos ignoraban. ¿Tendremos algo?, le pregunté a Lau. Era raro que nadie nos hiciera ni un gesto de reconocimiento.  Si todo iba a ser a ese ritmo, no íbamos a llegar nunca. Casi una hora después (lo cual, en términos autoestopísticos islandeses, es mucho) frenó una camioneta. Mientras se acercaba le hicimos un mini bailecito de felicidad y cuando estacionó nos dimos cuenta de que el conductor era el italiano. Conclusión: si están haciendo dedo y no frena ningún auto, paciencia: siempre los levanta el que los tenía que levantar (y puede que tarde un poco más en pasar a buscarlos).

Avanzamos por la ruta muy contentas, charlando hasta por los codos con el italiano, y cuando llegamos a Egilsstaðir le dijimos que no podía irse sin que nos sacáramos una foto juntos. Pero esa vez, en lugar de hacer una autofoto (o selfie) como hicimos con casi toda la gente que nos levantó a dedo, quisimos hacer una foto de verdad, así que Lau se acercó al único auto que estaba estacionado cerca y le preguntó al chico que manejaba si podía sacarnos una foto. Dijo que sí, se bajó del auto, nos sacó la foto y nos preguntó a dónde íbamos. Era irlandés.

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La foto en cuestión

—Queremos llegar a Stöðvarfjörður.

Le mostramos el lugar en el mapa, pensando que no iba a conocerlo (es un pueblo de 200 habitantes, y la mayoría de la gente a la que le hablamos del lugar no sabía dónde quedaba).

—¿Ah sí? Yo vivo ahí… Soy músico y estoy trabajando en un proyecto con otros artistas, estamos armando un estudio de grabación.

—Qué bien… ¿Puede ser que en ese pueblo hay una fábrica de pescado abandonada que está siendo convertida en un centro artístico? Porque lo vimos en una revista y tenemos muchas ganas de ir a conocerla…

—Sí, justamente ahí estoy trabajando yo. Miren, si nos esperan un rato, mi novia y yo podemos llevarlas…

Nah.

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Foto: thecoolhunter.net

No podía ser. Ni que nos hubiésemos puesto de acuerdo. Si no hubiera sido por la antiselfie, si no hubiera sido por el italiano, si no hubiera sido por todo lo que pasó antes…

Sin embargo, un rato después, la propuesta de ir con ellos se pinchó. Tenían que hacer bastantes trámites y al parecer tenían otros planes, así que quedamos en lo siguiente: nosotras haríamos dedo para intentar llegar, y si ellos nos veían en la ruta cuando volvieran al pueblo nos levantarían. Por dentro volví a dudar: ¿y si esto es una señal de que no tenemos que ir? Ya eran como las seis de la tarde y empezaba a hacer frío. Nos esperaba una ruta muy vacía y no teníamos ganas de acampar a la intemperie (habíamos pasado demasiado frío las noches anteriores). Si llegábamos al pueblo de la fábrica tampoco teníamos dónde dormir. Nos quedaba poco tiempo en Islandia y contábamos los días como las monedas para el colectivo: “No nos alcanzan”. La decisión quedaba en mí, era yo la que quería ir a la fábrica. Lau, por suerte, me bancaba.

—Vamos, intentémoslo, no quiero quedarme con la duda o la bronca por no haber ido.

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Ubicación de la fábrica (donde dice “Here”). Nosotras estábamos más o menos de donde sale la flecha azul. Foto: inhere.is

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Hicimos dedo y pasamos por este paisaje

Costó bastante llegar y pasaron muchas cosas en el medio (contaré más al respecto en el próximo post —“Dar la vuelta a la isla a dedo”— ya que son historias de autostop). Casi quedamos varadas en una intersección por la que habrán pasado cinco autos en una hora hasta que finalmente nos levantó una chica alemana e hicimos los últimos 26 kilómetros hasta el pueblo. La fábrica se veía desde la ruta (el pueblo tiene muy pocas calles), así que le pedimos a la alemana que nos deje ahí mismo. Además de murales, la ex fábrica de pescado tenía pintado su nuevo nombre artístico: “Here” (“Aquí”). En ese momento me acordé mucho de Algún Lado, una movida iniciada, en parte, por Vero Gatti, mi amiga e ilustradora personal, en Buenos Aires en el 2009. Consistía en intervenir lugares que estaban a punto de ser demolidos: se hacía una convocatoria de artistas y quien quisiera podía ir a pintar murales y stencils, colgar fotos, hacer música y poner globos. La idea era llenar esos espacios de arte antes de que desaparecieran. Yo participé con un mural bastante humilde del Submarino Amarillo.

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Primeras imágenes de la fábrica de artistas de Stöðvarfjörður

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Este edificio no forma parte de la fábrica, pero también fue intervenido por artistas.

Nos acercamos, golpeamos las puertas de la fábrica y nada, no hubo respuesta. Era domingo y no sé veían más que dos o tres de los doscientos habitantes. Preguntamos por Rósa, una de las artistas, y nos indicaron dónde quedaba su casa, así que fuimos a golpearle la puerta (en Islandia esto de golpear puertas de desconocidos es normal). No estaba. Nos fuimos medio resignadas al camping. ¿Y si no volvíamos a ver al irlandés? ¿Y si la fábrica estaba cerrada al día siguiente? ¿Y si habíamos llegado tan lejos para verla de afuera? En ese momento la sincronicidad volvió a hacer lo suyo: nos cruzamos con el irlandés (Vinny) y su novia (Una) que acababan de llegar. Nos habían cocinado una pizza y ofrecieron llevarnos a conocer la fábrica la mañana siguiente. Aquel fue el día de golpear puertas: para no morirnos de frío en la carpa decidimos ir a pedir frazadas, así que golpeamos tres puertas más (de las casas más cercanas) y nos fuimos a dormir con seis frazadas encima (y fueron seis porque paramos de pedir, sino creo que hubiésemos conseguido veinte, fácil).

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Fue más fuerte que nosotras: antes de ponerlas en la carpa hicimos un patchwork de frazadas.

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Felices porque íbamos a dormir calentitas.

La mañana siguiente todo fluyó. Fuimos para la fábrica y Vinny nos hizo un recorrido y nos contó la historia del lugar. En el 2005, la empresa de pescado del pueblo decidió mudarse al norte del país y la fábrica cerró: treinta y dos de las doscientas personas de la comunidad perdieron su trabajo. Al poco tiempo cerró la oficina de correo, el banco y el supermercado, y mucha gente joven empezó a irse del pueblo porque no veía futuro. En el 2010, Rósa y Zdenek (una pareja islandesa-checa) y otras trece personas lograron convencer al gobierno de que no demoliera la fábrica (lo cual iba a costar una fortuna) y compraron el edificio de 2800 metros cuadrados por menos de mil euros. Crearon HERE Creative Center con el objetivo de ser una plataforma creativa, ofrecer un espacio alternativo y autosustentable y reactivar la comunidad.

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Arroyito en medio del pueblo

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La fábrica por dentro

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Taller de fabricación de juguetes de madera

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Sala de estar

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Casi todos los objetos son recuperados de la basura o fabricados por ellos

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Hay mucho trabajo en madera

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Instalación con lamparitas

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Lugar de reunión

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Este era el frigorífico. Tiene la mejor acústica de la fábrica.

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Acá va a ser la residencia para los artistas

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Estas son casi las únicas ventanas de la fábrica, por ahora.

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Otro taller

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Un trabajo terminado (saqué la foto porque estoy casi segura de que ese mantelito es húngaro… Mi mamá tiene varios casi iguales).

Mientras caminábamos por el interior, Vinny nos explicó qué función había cumplido cada área cuando aquello era una fábrica de procesamiento de pescado y qué función cumplía ahora. Después de mucho trabajo, habían logrado construir un estudio de radio, una galería, talleres de trabajo, varias sala de estar y estaban planeando hacer una sala de conciertos, un estudio de grabación, un café, un museo, un mercado, un centro de exhibiciones y un teatro. Mucho se construyó con materiales recolectados de los escombros de la fábrica y, si bien hay mucho por hacer, un espacio que podría haber quedado abandonado se está llenando de arte y proyectos gracias al esfuerzo y la pasión de un grupo de personas. Tengo la sensación de que cada vez voy a encontrarme con más lugares así alrededor del mundo. Ojalá que aparezcan en manadas, como honguitos después de la lluvia.

Desafío principal (y mini desafíos intermedios): completo.

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Pasamos de esto

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a esto.

[box border=”full”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 7: Abrazar a cinco islandeses ya está en el blog de Lau. Ella publica los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Desafío Islandia (6): Sobrevivir al clima

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En la ruta, Islandia

Cuando uno está por viajar a un país que no conoce, una de las cosas más importantes que debería hacer antes de ir es chequear qué clima suele hacer en esa época del año. No hay nada peor que empacar ropa liviana y tener que salir corriendo a comprar abrigo, o sacar a pasear la bufanda y el polar y que queden en el fondo de la mochila durante el tiempo que dure el viaje. Sacamos el pasaje a Islandia para fines de mayo/principios de junio sabiendo que llegaríamos unas semanas antes de que empezara el verano, pero no nos quedaba otra opción: era la fecha en la que ambas coincidiríamos en Europa. “Por lo menos no vamos en pleno invierno”, dijimos, sospechando que un país que está tan al norte y que en inglés se llama Iceland (Hielolandia) debía ponerse bastante fresco.

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Es loco que el GPS te marque que estás en esta parte del mundo (y en un lugar que, de verdad, debería llamarse la Tierra del Hielo)

Cuando llegó el momento de armar la mochila, busqué el clima de Reykjavík en tiempo real y vi que la temperatura diaria oscilaba entre 6 y 12 grados (mientras en Barcelona estábamos a más de 20 y París prometía otros tantos). “Seis grados no es tan terrible”, le dije a Lau para convencerla de que no pasaríamos frío: “Cuando llegué a Madrid hacía cero grados y nevaba, y con la ropa que tengo estuve bien. Esto no va a ser nada”. Pero el tema de los números es que son eso: solo números. El clima también tiene que ser puesto en contexto (no es lo mismo decir “hace nueve grados pero no hay viento así que ni se siente” que decir “hace nueve grados y hay una humedad que te cala los huesos”), y me parece que ni Lau ni yo pensamos que sobrevivir a la ciclotimia climática de Islandia iba a convertirse en un desafío más de este viaje.

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Ya puse esta foto en otro post, pero ahora la entiendo mejor!

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Casitas en Akureyri

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Y casitas en Seyðisfjörður

El clima cambia tan rápido como el paisaje

Creo que lo aprendimos el día que llegamos. La primera mañana que salimos a caminar por Reykjavík nos jactamos de tener calor. Mirá qué sol, qué lindo día, ni llevo la campera, má qué nueve grados, está divino acá, me encanta este aire fresco, no es un frío que te corte la cara, es hasta reconfortante, nos decíamos. A mitad de la caminata se nubló y creo que ninguna de las dos lo confesó enseguida, pero tuvimos frío. Yo tenía una lucha interna entre volver a la casa, abrigarme y no salir de ahí, o seguir caminando para entrar en calor y olvidarme de ese viento helado que me subía por las piernas. ¿Y si no nos alcanzaba el abrigo? Empezamos a mirar los sweaters islandeses con cariño (hasta que vimos los precios).

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Y nos encontramos con estos carteles en todas partes

Al día siguiente amaneció lloviendo (lo de amaneció es una manera de decir, porque cuando no oscurece nunca no sé si se puede decir que amanece). Pensamos que sería un día perdido y nos quedamos adentro. A la media hora dejó de llover y salió un sol radiante, así que salimos también. Hicimos una caminata hasta el faro yendo en contra de nuestro nuevo amigo (o enemigo): el viento. Pero con abrigo (y sin paraguas, que no trajimos) (traigan paraguas si vienen a Islandia). Empecé a desear haber traído guantes y gorro (al final me tuve que comprar).

Las remeras de las tiendas de souvenirs ya nos lo habían advertido: “¿No te gusta el clima de Islandia? Esperá cinco minutos”. En un mismo día podés tener nieve, lluvia, viento, sol y arco iris por doquier. No sé qué cambia más rápido: si el clima o los paisajes que vemos en la ruta (en un mismo trayecto podés ver glaciares, valles verdes, fiordos, cascadas, escenas lunares, acantilados y montañas nevadas mientras te morís de calor adentro del auto y te congelás cuando abrís la ventana; esto genera el efecto me saco las polainas me pongo las polainas me las vuelvo a sacar y mejor me las pongo otra vez).

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Sin repetir y sin soplar: paisajes que podés ver en un mismo tramo de la ruta 1 (casi la única del país) de Islandia. 1,2,3 ¡va! – Fiordos

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Hielo en verano

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Geisers

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“Bosques” (entre comillas porque acá casi no hay árboles)

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Cascadas

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Lagos

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Montañas

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Luces

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y arco iris completos

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Una de las chicas que nos levantó haciendo autostop nos dijo que el servicio meteorológico islandés no es muy confiable: “Es muy difícil predecir el clima, mucha gente lo mira en la tele por diversión, pero en general las predicciones siempre fallan”. Ahora entiendo por qué en ciertos países el clima es una tema central de conversación. Islandia tiene un desorden de personalidad climática y paisajística, y eso la hace encantadoramente impredecible.

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Puede pasar, por ejemplo, que te despiertes con esta vista de los fiordos

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Y que media hora después aparezca una nube y esa misma vista se ponga así

Hace 19 horas que está lloviendo

De Reykjavík seguimos camino hacia la península de Snæfellsnes, en el noroeste, pero cometimos un gran error (por distraídas): no miramos si el clima iba a estar mejor en el norte o en el sur (tal vez daba igual mirar o no mirar). Después de pasar la noche en el pueblito pesquero de Stykkishólmur (nota: en Islandia casi todos son pueblitos pesqueros) (nota 2: me resulta imposible recordar los nombres de cada lugar), el destino (o la chica que nos levantó en la ruta, bajo la lluvia) quiso que caigamos en Arnarstapi. Entre dedo y dedo se había largado a llover, así que habíamos tenido que refugiarnos en una estación de servicio en medio de la nada a esperar que pare. No paraba. La estación estaba por cerrar así que nos aventuramos a la ruta. Éramos tres (adoptamos por un rato a un estadounidense que viajaba con mochila y un par de esquíes) y una chica se apiadó y nos levantó. Así fue como caímos a Arnarstapi, el pueblo donde vivía la mamá de esta chica. Llovía a chorros.

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Esto fue solo el principio

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Siguió por horas

A falta de un lugar cerrado donde dormir (ya entenderán por qué, cuando subamos el Desafío 9), buscamos un hueco en el pasto (este país es puro pasto) y armamos la carpa bajo la lluvia. Eran las seis de la tarde. No teníamos otra cosa que hacer que mirarnos las caras hasta que dejara de llover. Un poco de mal humor, salí a golpear las puertas de las casas cercanas. Quizá alguien se apiadaba de nosotras y nos invitaba a dormir adentro. Nada. Todas las casas vacías. Volví empapada y con tremendo olor a ganso (tengo una campera con pluma de ganso y cada vez que la toca el agua quedo con olor a perro mojado). Teníamos miedo de que la carpa filtrara y ahí sí que estábamos fritas, pero se la bancó bien. Creo que nunca tuve tanto frío en los pies como esa noche (ma: estoy bien, no te horrorices, vos sabés que a veces exagero). Me habré dormido a las tres de la mañana. Afuera era de día. Soñé que comía chicle y se me salía una muela entera, desde la raíz.

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Casitas típicas en Arnarstapi

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Otra imagen de Arnarstapi

No paró de llover en toda la noche (la no-noche). Cuando nos despertamos, a eso de las once de la mañana, seguía lloviendo. Charlamos un rato, escuchamos cómo seguía lloviendo, repetimos varias veces lo mucho que nos gustaba esa lluvia (#quélluviademierda fue el hashtag del día) y nos quedamos dormidas como hasta las tres de la tarde. No podíamos hacer otra cosa, la carpa era nuestro único refugio seguro. Toda nuestra ropa estaba mojada. Nuestro espíritu de aventura estaba mojado. A eso de las cuatro de la tarde le dije a Lau: “¿Escuchás? Creo que está parando”. Y al minuto dejó de llover y se despejó como si nunca hubiese pasado nada. Salimos a los saltos, hicimos un baile de victoria, desarmamos la carpa lo más rápido que pudimos, fuimos a dar una vuelta y seguimos viaje antes de que se largue otra vez.

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Acá habíamos acampado la tarde anterior

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Así se veía el paisaje post-lluvia

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En otros lugares, como Akureyri, recurrimos al refugio de las cafeterías durante las horas de lluvia

Cómo pega el sol de medianoche

La única vez que estuve en un país escandinavo fue cuando viajé a Laponia sueca. Fui en primavera y tuve la suerte de ver la aurora boreal, pero me quedé con muchas ganas de pasar 24 horas seguidas de oscuridad en invierno y 24 horas seguidas de luz en verano. Lo que más me intrigaba era el sol de medianoche.

Si bien en Islandia no vimos el sol de medianoche propiamente dicho (es un fenómeno que ocurre pocos días al año y muy cerca del Círculo Polar Ártico, cuando el sol baja hasta el borde del horizonte y, sin llegar a esconderse, vuelve a subir), desde que llegamos no tuvimos ninguna noche oscura. En el sur de la isla las noches fueron azules y tenues (con una luz parecida a cuando está por amanecer) y en el norte las noches fueron blancas y luminosas, como un cielo de mediodía. O sea que hace como trece días que estamos viviendo en el mismo día: hace 288 horas que no nos oscurece. Hay gente a la que le cuesta dormir por la falta de oscuridad: a mí me encanta, y lo malo de esto es lo rápido que uno se acostumbra a tener luz durante toda la noche (digo malo porque cuando vuelva a un país con oscuridad voy a sentir que algo me falta).

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Foto del puerto de Stykkishólmur de noche (12 de la noche)

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Foto del puerto de Stykkishólmur de día (mediodía)

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Seyðisfjörður después de medianoche

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Ólafsvik después de medianoche

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Sacando fotos en Stykkishólmur a las 12 de la noche

Que haya luz de día cuando el cuerpo espera oscuridad me genera varias cosas. Por un lado, todo se tiñe de surrealismo. Caminar por un pueblo a las dos de la mañana, sabiendo que la gente duerme, y poder ver los barcos y sacar fotos como si fuesen las tres de la tarde me parece algo irreal y hasta un poco bizarro. Se siente una calma chicha rarísima y te da una sensación de seguridad e inmunidad única (los peligros casi siempre se potencian cuando es de noche, así que salir a caminar a cualquier hora no es un problema, no hay hombres escondidos en callejones oscuros). Por otro lado, es muy fácil colgar y salir tarde a todas partes: total, hay luz de sobra. Esto hace que salgamos a la ruta a hacer dedo a las tres de la tarde sin preocuparnos por que la noche se nos venga encima (no se nos viene nunca).

Y por otro lado, este exceso de luz nos genera algo que bautizamos “el efecto sol de medianoche”: todos los días, a eso de las 12 de la noche, nos agarra una pseudo-borrachera de sol que nos acelera, nos hace reírnos de cualquier estupidez y rodar por el piso de diversión (literalmente, el otro día, a la una de la mañana, nos reímos tanto que me caí al pasto, me dio un ataque de carcajadas y después me colgué mirando cómo avanzaban las nubes por el cielo celeste). Es la droga natural de Islandia.

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Esta foto no está al revés, es que la saqué acostada desde el pasto, esa vez que me caí de tanto reírme

Según internet (que ya no sé si es una fuente fiable o no), la falta de oscuridad genera hipomanía, un estado caracterizado por la desinhibición, la euforia y un exceso de energía; también aumenta la creatividad y la energía productiva, provoca un torrente de ideas, acelera el pensamiento, sube el autoestima y genera un leve déficit de atención. Es un estado que también se da en el trastorno bipolar y la ciclotimia. Quizá Islandia está jugando con nuestras mentes y replicando su desorden de personalidad climática en nuestro estado de ánimo. Quizá por eso son las dos de la mañana y yo sigo sentada frente a una ventana escribiendo como una desquiciada y mirando cómo afuera no oscurece.

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Pájaros cerca de Hjalteyri

Nota: si van a viajar a Islandia tengan en cuenta que estoy escribiendo esto en junio. En invierno el panorama es distinto: nieva un montón, muchas rutas cierran, se forman paredes de hielo altas como camiones, hay muy pocas horas de luz, hace mucho más frío y pueden ver auroras boreales. Y además todo es relativo: nosotras estamos abrigadas con toda la ropa que tenemos, mientras los islandeses ya están de short y manga corta porque, para ellos, ya empezó el verano.

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Otra foto del puerto de Stykkishólmur, que me encantó

[box border=”full”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 5: Hacer dumpster diving ya está en el blog de Lau. Ella publica los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Desafío Islandia (4): Subirnos a un barco de pescadores

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Reykjavík

Atención: puede que este post no tenga nada que ver con el título. Puede que sea una excusa para hablar de otras cosas. Puede que no incluya mar. Puede que no haya necesidad de estar diciendo esto.

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Objetivo: ser pescadora por un día

Si pudiera elegir lo que fui (o lo que seré) en otras vidas, digo sin dudarlo: pescadora, capitana, sirena o cualquier tipo de ser vivo que habite en el mar. Nunca viví en un lugar con mar, pero me siento mucho más de agua que de tierra. Hay gente que se marea en los barcos, yo me mareo cuando me bajo. Cuando era chica, una de las cosas que más me deprimía era pensar que nunca iba a vivir frente al mar porque “no me había tocado”, como si uno tuviese que quedarse en el lugar que nació por obligación. Buenos Aires es la ciudad con menos mar del mundo, y me ponía triste pensar que estaba condenada a quedarme en el asfalto porque no había tenido suerte en la lotería de “nacer con mar” versus “nacer sin mar”. Cuando empecé a viajar me di cuenta de que ese sueño de “dejar todo y poner un bar en la playa” no es algo tan irreal ni imposible: uno puede elegir dónde vivir (en mi caso sería “dejar de viajar y hacerme una casita en la playa” o “seguir viajando y estacionar una casa rodante en la playa”). Cuando termine de recorrer el mundo por tierra (bah, lo de terminar es imposible), dedicaré la segunda o tercera parte de mi vida a recorrerlo por agua. 

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El puerto de Reykjavík (la foto la saqué casi a las 12 de la noche. La luz es natural).

Una de las primeras cosas que le dije a Lau cuando nos pusimos a pensar en los desafíos de Islandia fue: “Quiero subirme a un barco de pescadores, quiero irme a navegar con ellos unas horas y ver cómo trabajan. Y si me gusta me quedo (?)”. Es un sueño que tengo hace bastante. Una de las vidas que más me intriga es la de los pescadores y, si pudiera, cambiaría de lugar con ellos por un rato para ver qué se siente trabajar en el mar. Cuando llegamos a Reykjavík quedé tan encantada con la ciudad que me olvidé de todo lo referido a los barcos, pescadores y demases. 

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Algunas imágenes de nuestra caminata por la capital islandesa

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Colores

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Detalles

No puedo no hablar acerca de Reykjavík. Antes de venir para acá, esa ciudad no era más que la capital impronunciable de un país que quedaba muy lejos. Me costaba decirla y mucho más escribirla, y no tenía ni idea de lo que podía esperarnos en un lugar, para mí, tan remoto (Reykjavík es la capital más al norte del mundo). Otra gran incógnita (mucho más que los paisajes, que uno puede ver por adelantado haciendo una búsqueda en Google u hojeando libros de fotografía) eran los islandeses: ¿cómo serían los habitantes de esa isla de hielo? ¿Cuáles serían sus características? ¿Vivir en una isla tan cerca del Ártico, con tantos meses de oscuridad y de luz y con una naturaleza tan salvaje los moldearía de una manera muy distinta al resto de los mortales?

Una de las cosas que más me interesa ver cuando viajo es hasta qué punto la geografía afecta a los habitantes del lugar: sé que la geografía no es un factor único ni determinante (uno no es “de tal manera” por ser de una isla ni “de tal otra” por ser de la montaña), pero que ser de un paisaje y no de otro te hace desarrollar ciertas características: seguro. Y mientras estábamos en el avión rumbo al norte del mundo tuve un pensamiento; me dije: Imaginate si los países cambiaran de lugar: si Argentina (con su misma forma y tamaño) quedara en Islandia, e Islandia (con su forma de isla y su tamaño actual) quedara en Argentina, los habitantes de ambos países seríamos otros. Tal vez América Latina haría chistes acerca del ego de los islandeses, y muchos se preguntarían si los argentinos vivimos en iglús”.

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Más Reykjavík

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Reykjavík, junto con Vientiane (la capital de Laos), me parece una de las capitales más tranquilas y relajadas del mundo (por lo menos del mundo que conozco hasta ahora). Las postales que se venden en sus tiendas opinan lo mismo: una tiene el dibujo de un autobús casi vacío en medio de una calle desierta y en el epígrafe dice Rush hour in Reykjavík (“hora pico en Reykjavík”). Acá el concepto de hora pico debe ser inexistente, este es un pueblo disfrazado. Pero tiene su movida: hay mucho arte callejero, muchos cafecitos donde sentarse a leer o socializar y mucha fiesta. Y un punto en común con Buenos Aires: en Reykjavík se sale después de las 12 de la noche, mínimo. ¿Por qué? Porque tomar alcohol en los bares es tan caro que la gente se reúne en las casas, hace previas y sale de pubbing después de eso.

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Las paredes de Reykjavík andan diciendo…

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Hay ciertas ciudades (cada vez que me refiero a Reykjavík como ciudad siento que debería ponerle comillas de cada lado) que despiertan mi lado sedentario. Es que tengo dos sueños encontrados, quizá opuestos, o por lo menos no simultáneos: uno es viajar toda la vida, conocer todo el mundo que pueda, no dejar de moverme, y el otro es tener mi casita de madera frente al mar y que esa casita sea estática y que tenga una habitación con las paredes repletas de libros, un sillón bien cómodo donde sentarme a leer y un escritorio bien cómodo donde pasarme la vida escribiendo y no hacer otra cosa que eso. Reykjavík toca ese lado mío y hasta me provoca un poco de angustia: Quiero quedarme acá, ¿cómo hago para no querer quedarme acá?

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De día

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De medianoche

Por lo poco que la conozco, me parece que es una ciudad ideal para escritores. Dicen que cuanto más duro es el clima, más literatura (y trabajos creativos) producen sus habitantes. Me pasó lo mismo en Laponia sueca: me veo pasando una temporada acá, escribiendo un libro, haciendo un taller literario intensivo o un retiro de escritoterapia (si es que existe, y si no lo inventamos). De a ratos pienso que vendría durante el invierno, cuando casi no hay luz ni distracciones, aunque esto de tener luz natural durante lo que debería ser la noche también tiene su encanto. El sol de medianoche (que en esta época todavía no es el sol de medianoche propiamente dicho) le da un aura irreal a los lugares. Que el cielo sea claro cuando debería estar oscuro (¿debería según quién?) y que eso permita hacer cosas en cualquier momento del día sin importar el horario me hace pensar que acá (en Reykjavík, en Islandia) todo es posible. 

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Una noche salimos a tomar algo (lo de “tomar algo” es relativo porque la cerveza es carísima: un vaso cuesta por lo menos 800K o 5 euros) con Joanna, nuestra couch, y después de eso fuimos a caminar por la ciudad. Eran las 12 de la noche y había luz, así que ¿por qué no? Paseamos por el Old harbour (puerto antiguo) y vimos, a lo lejos, lo que parecían ser barcos pesqueros abandonados en un terreno baldío. Nos acercamos, nos paramos abajo y miramos hacia arriba: la hélice era más alta que cualquiera de nosotras tres y los barcos, vistos desde abajo, parecían los edificios que Reykjavík no tiene. Uno de los barcos tenía una escalera. Joanna nos dijo: ¿subimos? Y yo, sin pensarlo: sí. Si hubiese estado oscuro no me hubiese animado, pero la luz de medianoche da inmunidad (además tengo una teoría, y escribiré más al respecto, de que el sol de medianoche “pega” y pone a la gente en un estado raro).

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Y acá se viene toda una secuencia de fotos del cementerio de barcos. Este, en la foto, parece más chiquito de lo que es.

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La hélice gigantesca

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Ahí se ve la escalera por la que subí

La escalera tenía más de 50 escalones y no formaba parte del barco, sino que estaba apoyada contra él, y se movía un poquito. Joanna y yo empezamos a subir, pero a los pocos escalones le dio vértigo y desistió, así que seguí sola. Subí como poseída. No podía no subir a ese barco, tenía algo que me atraía. Desde chica me encanta subirme a distintos tipos de barcos y ver cómo son por dentro, cómo funcionan, qué máquinarias tienen, qué se ve desde arriba. Llegué hasta la cubierta y vi el mar y la ciudad, y me dieron muchísimas ganas de navegar durante semanas o meses. No cumplí mi desafío personal, pero fue una de las experiencias más surrealistas que tuve: subirme a un barco pesquero gigante que está estacionado en la tierra e iluminado por la luz natural de medianoche en una capital que parece un pueblo en un país que está bien al norte de todo y del que no sabía casi nada. Subirme a un barco que debería estar en el agua pero no, y apoyarme contra la baranda y mirar a lo lejos como si estuviera en altamar y sentir una atracción aún más fuerte por los puertos y no saber bien por qué.

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La vista desde arriba

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Todavía nos quedan algunos días más acá, así que no descarto la posibilidad de lograr convertirme en pescadora islandesa por un rato.

[box border=”full”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 3: Desconectar en Reykjavík ya está en el blog de Lau. Ella publicará los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Desafío Islandia (2): Meter todo en una sola mochila y no perder el avión

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Foto al costado de una ruta islandesa

Encontrar un pasaje barato (no baratísimo, sino razonable) de Europa a Islandia no fue fácil. Lau y yo pasamos horas por Skype mirando vuelos que salieran de España, de Francia y de Inglaterra y nos dimos cuenta de que si bien lo más barato era volar desde Londres, llegar a la capital inglesa desde Barcelona en poco tiempo no iba a ser de lo más fácil ni económico (hay que cruzar por agua sí o sí y eso iba a encarecernos el recorrido previo). Cuando por fin encontramos un pasaje a buen precio desde París nos dimos cuenta de que, al ser una aerolínea de bajo costo, lo que nos ahorrábamos por un lado tendríamos que pagarlo por otro. En las condiciones del vuelo decía que podíamos llevar una mochila de mano (bastante chiquita) cada una y que despachar (facturar) equipaje nos costaría sesenta euros más (€ 30 de ida y € 30 de vuelta por persona). Nos pareció mucho, pero no queríamos perdernos ese vuelo, así que lo compramos, no pagamos el extra del equipaje y dejamos ese problema para más adelante. Obviamos la advertencia (“si lo pagás online ahora te va a salir más barato que pagarlo en el aeropuerto al hacer el check-in”) y nos olvidamos del asunto.

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Llegamos a París a dedo y nos fuimos a pasear…

Unos días antes de volar nos dimos cuenta de que si no queríamos pagar una fortuna por despachar las mochilas tendríamos que achicar y guardar todo (las cosas de Lau y mis cosas) en una sola mochila. Así, por lo menos, gastaríamos treinta euros cada una en vez de sesenta. ¿Lograríamos meter una carpa (bastante grande), dos bolsas de dormir, un aislante, la ropa de abrigo, zapatillas, shampú y algún que otro extra en una mochila de 50 litros? Estaba difícil. Islandia ya nos desafiaba a lo lejos.

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En esta mochila debía ir todo.

Llegamos a París un martes a la noche y nuestro avión salió el miércoles a las 10.05 de la noche. Si tuviese un diario íntimo, hubiese escrito una cronología más o menos así.

Miércoles 21 de mayo: hoy nos vamos a Islandia (corazón corazón corazón)

9.00 am: Me despierta un ruido fuertísimo. ¿Qué está pasando, de dónde viene eso? Anoche me acosté a las cuatro de la mañana porque me quedé resolviendo problemas técnicos del blog, necesito descansar. Estamos en la casa de Bruno, un amigo brasilero que nos ofreció alojamiento mientras él está en Brasil. Salto de la cama, muy dormida, abro la cortina y veo que del lado de afuera me mira un señor con bigote y un taladro. No sé qué decirle. Cierro la cortina, vuelvo a dormir.

11.30 am: Nos despertamos. Estamos agotadas por los dos días de viaje a dedo. Me pongo a limpiar y ordenar la casa. Lavo los platos, despejo la mesa para pasarle un trapo y tengo la brillante idea de poner los dos individuales (los mantelitos, de plástico) parados contra la pared, cerca de las hornallas. Los dejo ahí porque no encuentro otro hueco. Ya los saco, pienso. Me olvido.

11.45 am: Golpean la ventana. Es el señor del taladro, necesita pasar a la casa para hacer un arreglo. Le explicamos (en una mezcla de español, portugués, italiano y un escasísimo francés) que no somos las dueñas y que no podemos dejarlo pasar. Nos dice que no hay problema, que vuelve en unos días, y repite la palabra burako burako mientras señala el hueco en el que estuvo trabajando esta mañana.

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Mientras tanto, París nos espera…

12.00 pm: Lau se pone a preparar el desayuno. Mete pan en la tostadora y salta la térmica, así que prende una hornalla y lo calienta en la sartén.

12.04 pm: Escucho un grito de ¡ay no! Voy a la cocina a ver qué pasó. Se derritieron los individuales (los que puse contra la pared, que encima eran de plástico). Entre las dos no hacemos una. (Perdón Bruno, ¡perdón!)

12.30 pm: Objetivo: armar la mochila (nótese: “la” y no “las”) y salir a pasear un rato por París. Bien, empieza el desafío. Qué llevar, qué dejar. Mi mochila no es muy espaciosa y ya con las dos bolsas de dormir está casi llena. Empezamos a dejar cosas: ropa de verano chau, libros chau, zapatillas chau. Metemos todo. Entra, pero nos queda la carpa afuera (es bastante grandecita) y mi mochila no tiene correas para atarla. Ya veremos cómo hacemos.

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El paquete negro es la carpa. Las dos bolsas de supermercado tienen comida.

1.55 pm: Nos fijamos en internet cuánto se tarda en llegar al aeropuerto para calcular a qué hora tenemos que salir. La aplicación del metro dice que llegamos en 25 minutos, en un foro dice que por lo menos 45 minutos. “Bueno, será media hora, con salir de acá a las seis y media de la tarde estamos bien.”

2 a 5.30 pm: Caminamos por París. Tomamos el metro hasta la Torre Eiffel y volvemos bordeando el Sena. Pasamos por Notre Dame, por el puente de los candados, por el barrio latino. Me siguen encantando las construcciones, algunas me recuerdan mucho a Buenos Aires, me gustan mucho las chimeneas parisinas. Quiero comer macarrons, son mi nueva adicción junto con el mazapán. Necesito que Lau los pruebe para que me diga si son tan ricos como pienso (a ella no le gusta el mazapán. No entiende nada). Busco el lugar que vende unos muy frescos y baratos, ni me acuerdo dónde queda, pero mi instinto de gorda me lleva hasta esa esquina. Compramos una bolsita y cuando estamos por emprender el regreso a la casa se larga a llover. No hubo aviso: alguien le dio play a la lluvia y empezaron a caer proyectiles de agua del cielo. Nos refugiamos en el techito de afuera de una patisserie tunecina, nos sentamos en la vereda y comemos macarrons mirando la lluvia. Es linda París con lluvia, pienso. Creo que me gusta más que la otra vez que vine. O, mirándolo en retrospectiva, no la pasé taaan mal, es que estaba en un mal momento y eso afecta mucho la experiencia. Ahora me doy cuenta de que hice y vi un montón de cosas, pero me sentía sola y perdida y eso no me permitió disfrutar del todo. Esta vez es distinto. O quizá cuando sabés que sólo tenés diez minutos para estar en París lo ves todo más lindo.

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Macarrons, París y lluvia

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Tengo miedo que el puente se caiga con tantos candados.

5.35 pm: Hablando de diez minutos, tenemos que volver ya a la casa y con esta lluvia imposible caminar. Me empieza a dar un poco de ansiedad pensar en todo lo que tenemos que hacer antes de ir al aeropuerto. Armamos una lista mental de tareas: ordenar la casa, sacar la basura, cerrar la mochila y engancharle la carpa en alguna parte, preparar sandwiches para el camino, decidir qué hacemos con los fideos que sobraron de anoche, guardar la ropa que dejamos secando. Pero primero lo primero: tenemos que comprar dos individuales para reponerle a Bruno. Nos confiamos: seguro que en el supermercado que está a una cuadra de la casa hay.

6 a 6.30 pm: Buscando individuales por París. Es la ley de Murphy: cuando buscás algo no lo encontrás (y después aparecen por todas partes). No puede ser que en este súper no haya algo tan básico como mantelitos individuales. Damos una vuelta por el barrio y nada. Ya estamos en cuenta regresiva, tenemos que ir al aeropuerto urgente, si llega a haber algún percance más perdemos el avión.

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6.30 a 7.15 pm: Volvemos a la casa y hacemos todo lo que quedó pendiente a toda velocidad. Le dejo una nota a Bruno explicándole la situación (te los reponemos a la vuelta, te lo prometo). Cerramos mochila sacamos basura pasamos escoba calentamos fideos juntamos todo salimos cerramos puerta nos vamos.

7.30 pm: Viajamos al aeropuerto. Tenemos que combinar metro con RER (tren). Nos damos cuenta de que vamos a tardar más de lo que pensamos. Ya está, no podemos hacer nada. Cuando estás en medio de una historia sabés que puede tener varios desenlaces y que todos son igual de posibles: o perdemos el avión o esta noche estamos en Islandia. Sacamos los fideos (siguen calentitos) y cenamos en el tren con un tenedor de plástico. Nos bajamos en la parada de la Terminal 1 y vamos corriendo hacia la Terminal 3. El reloj sigue en su cuenta regresiva, el check-in cierra en un rato.

8.45 pm: Llegamos al check-in. Lo primero que nos pregunta la del mostrador es si tenemos visa para Islandia. Por un segundo dejamos de respirar. ¿Visa? Pero no necesitamos… ¿A qué van? Turismo. Ah, está bien. Llega el momento de despachar la mochila, nos da miedo pensar cuánto nos van a cobrar, pero ya está (hoy con el apuro nos olvidamos de hacer el trámite del equipaje vía web, así que estamos a merced de lo que nos quiera cobrar la aerolínea, que seguro va a ser más de treinta euros). Ponemos la mochila en la balanza, nos pregunta si sólo queremos facturar una, le decimos que sí, le pone la cintita y la manda para adentro. No nos cobra nada. ¿Qué onda? ¿Habremos leído mal las condiciones del vuelo? ¿Nos cobrarán al retirarlo? ¿Nos retendrán el equipaje por morosas?

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9.50 pm: Nos subimos al avión y caemos en la cuenta de lo que estamos por hacer: Nos vamos a Islandia. ¡Islandia! Cerca de Groenlandia, a mitad de camino del continente americano, ¡a Islandia! ¿Qué nos esperará allá? Silencio, poca gente, paisajes inmensos… ¿Habrá gatos en Islandia?

10.05 pm: Despegamos. Recién ahora me acuerdo de lo poco que me gusta volar y del miedo que me da estar tan arriba. El despegue no es bueno, afuera hay tormenta, el avión está haciendo ruidos raros y se mueve mucho. De repente agarra un pozo de aire (o lo que sea) y baja de golpe. Hay mucha turbulencia. Me pongo mal, me quiero bajar, no quiero estar acá, nos vamos a morir todos. Lau me agarra la mano y me habla durante todo el viaje para que me distraiga.

10.10 pm a 1.05 am: Volamos durante tres horas. El avión se estabiliza y se me pasa el miedo. Miro por la ventana: salimos de noche pero a medida que avanzamos se va haciendo de día. Pienso: la geografía de Islandia no puede no afectar a sus habitantes. La geografía de cualquier lugar no puede no afectarnos. ¿Cómo será vivir tan lejos, tener períodos tan largos de oscuridad, tener un sol que brilla 24 horas seguidas, ser una isla cerca del Ártico?

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Esta iglesia es el punto más alto de Reyjkavík

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Primeras casitas islandesas

1.05 pm: Aterrizamos en Reykjavík a las 11.05 pm hora local. El cielo sigue claro. Por ir en busca del bus más barato (que a esa hora ya no sale) perdemos el último transporte al centro de la ciudad. El taxi cuesta €100. Terminamos haciendo dedo y viajamos en una combi con el piloto y las azafatas del vuelo que acaba de llegar de Boston. Llegamos a la casa de nuestra couch como a las dos de la mañana y afuera sigue siendo de día. Islandia nos recibió mejor de lo que esperábamos.

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 1: llegar a París a dedo en dos días ya está en el blog de Lau. Ella publicará los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Desafío Islandia

Hay lugares del mundo que uno puede imaginar o intuir cómo son. Quizá no conozcamos la India pero nos damos un idea de qué nos puede esperar allá. Puede que nunca hayamos estado en Costa Rica pero tenemos alguna que otra imagen mental que seguramente se asemeje a lo que es el país. Australia puede parecernos lejano, pero es un destino del que sabemos, aunque sea, algo. Hay otros lugares que son muy difíciles de predecir: sabemos que existen y ahí terminan las certezas. Cómo vive la gente, qué se siente estar ahí, cómo es la geografía son interrogantes para los que no tenemos más respuestas que las que ofrece una enciclopedia. Pero son lugares que, quizá por parecer tan misteriosos y alejados de nuestra realidad, generan intriga y fascinación. Es, para mí, el caso de Islandia. 

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Primeras imágenes de Reykjavík

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Islandia es un país que siempre quise conocer. Si alguien me pregunta por qué, le diría que no sé. Porque está ahí. O quizá por su ubicación en el mapa: ¿cómo será vivir en un país tan al norte del mundo? O tal vez por su nombre: en inglés, Iceland significa tierra de hielo. O quizá porque sé tan poco de esa isla tan alejada de mi realidad. Porque, sinceramente, ¿qué sé de Islandia? Casi nada. Que es la patria de Björk (lo cual es tan generalizador como decir que Argentina es la tierra de Maradona), que tiene mucha naturaleza, que tiene muchos meses de oscuridad y muchos de luz, que está muy lejos de todo (por lo menos desde mi perspectiva).

Hace unos meses descubrí que no era la única que sentía esa atracción por Islandia: hablando con Lau coincidimos en que alguna vez queríamos pisar ese país. Y hace unas semanas, el deseo pasó a ser una realidad.

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—Quiero ir a Islandia.

—Yo también.

—Y bueno, aprovechemos que vamos a coincidir en Europa y veamos si conseguimos algún pasaje barato.

La búsqueda por internet fue ardua, hasta que una noche, vía Skype, encontramos un vuelo a muy buen precio desde París.

—¿Vamos?

—Y dale.

Lo compramos y dejamos el futuro viaje en stand by. Cada cual estaba bastante ocupada con sus cosas (viajes, libros) y todavía faltaban como dos meses para subirnos al avión. A medida que se acercaba la fecha, empezamos a hablar con gente que ya había estado. La primera opinión que recibí fue de un inglés: “Sí, estuve. Es horrible, es una isla volcánica y no hay para ver”. Sus palabras me chocaron. ¿Cómo que horrible? Para vos será horrible. Pero como sobre gustos no hay acuerdos, decidí no debatir. Las opiniones siguientes parecían coincidir en lo mismo: “Islandia es increíble”, “Islandia es naturaleza en estado puro”, “Islandia es carísimo”. El vuelo se nos venía encima y nosotras no teníamos nada planeado ni mucho tiempo para hacerlo (las semanas anteriores fueron una vorágine de eventos), y nos preocupaba, sobre todo, el tema de los precios.

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Monedas islandesas

Una noche, hablando de nuestro pronto viaje y de nuestra planeación cero, nos dimos cuenta de que no teníamos ni idea con qué íbamos a encontrarnos y eso nos generaba una preocupación (mínima) y bastante adrenalina. Estábamos en Asturias (España), y Lau lanzó una casi apuesta al aire: “El desafío de este viaje va a ser no pagar ni una noche de alojamiento”. Y empezamos a delirarla: “Podemos pedir refugio en las iglesias y cuarteles de bomberos”, me dijo ella. “¡Ya sé! Tenemos que ir presas, cometer un delito leve y que nos detengan una noche. Seguro que las cárceles son muy limpias y ordenadas”, le retruqué. Saqué el cuaderno y la lapicera y empecé a tomar nota. Se venía algo bueno. Empezamos a disparar ideas y ya no sé quién dijo qué, pero las dos pensamos lo mismo: el viaje a Islandia tenía que ser un juego, una colección de misiones disparatadas, una lista de objetivos ridículos para cumplir. La isla tenía que ser el tablero de un juego de mesa a gran escala. Así surgieron desafíos como “salir en la tele islandesa”, “dar la vuelta a la isla a dedo disfrazadas del Papa Francisco o con una careta de Messi”, “navegar con pescadores”, “abrazar a cinco islandeses” y “juntar monedas tocando el ukelele”.

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El del mural, para mí, parece Maradona.

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¿Hay gatos en Islandia?

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Hace dos días que estamos en Reykjavík y ya nos pasó de todo. Islandia es el país donde todo es posible, pero de eso hablaremos más adelante. Ahora damos por inaugurado el Desafío Islandia y los invitamos a proponernos misiones para cumplir durante estas dos semanas. Lau y yo nos iremos turnando para relatar los resultados en nuestros blogs (ella escribirá acerca del desafío 1 en su blog, yo acerca del 2 en el mío, ella del 3 en el suyo y así sucesivamente). Pueden hacer sus propuestas a través del hashtag #desafioislandia o en nuestras páginas de Facebook (no prometemos cumplir con todo, veremos qué nos permite Islandia). ¡Que empiece el juego!

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Casitas islandesas y luz a la 1 am

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[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. Ella publicará los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Un lego amarillo

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A veces sospecho que el mundo es el escenario de una gran búsqueda del tesoro en la que participamos todos. Las ciudades son patios de juegos donde la gente deja, tira o pierde cosas que para otros las encuentren, las miren, las levanten y se pregunten de dónde salieron, cómo llegaron hasta ahí, qué camino transitaron para haber quedado justo ahí, en medio de dos baldosas medio rotas, o justo ahí, en uno de los escalones de una iglesia, o justo ahí, en el acantilado de alguna alcantarilla. Las cosas abandonadas van pasando de mano en mano, se resetean cuando cambian de dueño, van reescribiendo su historia, se presentan anónimas, puro presente, con un pasado que sólo se puede intuir, imaginar o inventar.

Desde chica tengo la costumbre de caminar mirando hacia abajo, no sé si por timidez, por mala postura, porque en Buenos Aires hay muchas veredas rotas o para no pisar caca de perro. También puede que camine así para encontrar cosas. Antes no me animaba a levantarlas: lo que está en la calle es basura, está sucio, no se toca, no se levantan cosas de la calle, Ani. No sé cuándo crucé la barrera, tal vez cuando levanté el primer naipe abandonado en Laos, quizá cuando me animé a rescatar un paraguas de la basura en Portugal, tal vez cuando vi que mi vecino había tirado un montón de láminas con dibujos y le toqué timbre para preguntarle si no había sido un error, porque la acción de tirar arte a la basura puede ser bien metafórica pero a mí me genera algo raro: ¿lo dejaron ahí para que otro se lo apropie y lo disfrute? ¿O lo abandonaron porque ya no les transmite la emoción que en algún momento sintieron?

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En Barcelona siempre me encuentro cosas (esta es la vista desde una de las terrazas de Sant Jordi Rock Palace Hostel, lugar que fue mi refugio durante casi dos semanas en Barcelona)

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En París también.

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Hay relojes.

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Chimeneas que parecen instrumentos musicales.

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Y gente que interactúa con las estatuas.

En las calles del mundo, además de gente, hay muchas cosas. En Europa, por ejemplo, es costumbre dejar muebles que ya no se usan en las veredas. Mucha gente que conozco se armó la casa con mesas, sillas y cajoneras que encontró, impecables, en la puerta de algún edificio. Yo en París encontré todo menos muebles. Es que tampoco los buscaba, los muebles no forman parte de mi radar, no puedo amoblar mi mochila. Iba con la mirada abierta, sin buscar nada en particular, y encontré cosas como una bailarina con un brazo roto, un esqueleto sacando la lengua desde adentro de una furgoneta, conejitos de peluche que decidieron ahorcarse, un inodoro con la tapa levantada, una campera de cuero, un vómito en la escalera de Medianoche en París, una pelea callejera frente al Sacre Cour, una trenza cortada y tirada en el asfalto. Cada vez que salgo a caminar por París con vos me encuentro algo, le dije a J. No sé si será casualidad o qué.

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El conejito no pudo soportarlo

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Estas cosas aparecen sobre todo de noche.

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Por mirar el piso también encuentro caras en las cosas.

En Barcelona, hace unas semanas, encontré una pieza de rompecabezas. Estaba sola y era una pieza del medio, no un borde, una pieza que necesita a otras cuatro a su alrededor, una pieza con un dibujo como de flores, una pieza que quizá en ese momento sentía que me faltaba y que encajaba bien con mi vacío, una pieza que tengo guardada en la mochila pero que todavía no sé para qué me servirá. Y hace dos días encontré una pieza pero de Lego, un bloquecito de lego amarillo, rectangular y alargado, con cuatro circulitos arriba y cuatro huequitos abajo, una pieza de ingeniería. Lo levanté del piso sin pensarlo. Cuando tengo que pensarlo es porque ese objeto no está ahí para que yo lo levante. Me lo guardé en el bolsillo para analizarlo después.

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Alguien no va a poder terminar su rompecabezas.

Unos días después, a la una de la mañana, me senté en un escalón de la plaza del tripi y me puse a escribir en mi libreta acerca del lego amarillo. Barcelona tiene eso: podés salir a cualquier hora, sola, acompañada, a un bar, a un escalón, y sentarte a escribir, a cantar, a tocar la guitarra, a lo que quieras. Cada cual a su rollo y la ciudad como patio de juegos a la potencia. Dibujé el lego amarillo en una hoja y le empecé a sacar flechas y a escribir cosas que se me ocurrían, a intentar exprimirlo y vaciarlo de sentido, como a la naranja que Pedro nos puso aquella vez en medio de la mesa y nos hizo mirar de todas las maneras posibles para luego escribir acerca de ella.

Flecha: cuando era chica jugaba con un balde de legos, no sabía construir pero me gustaba encastrar las piezas. Flecha: ¿este de dónde salió? ¿Se le cayó de la mano/mochila/monopatín a un nene? Lo tiró a propósito, lo perdió. Flecha: nos educan para ser legos, piezas del sistema. Flecha: somos piezas distintas y nos necesitamos unos a otros para construir relaciones y armar redes y crear sinergias. Flecha: somos piezas indispensables en la vida del otro y de golpe dejamos de serlo. Flecha: los dos objetos que encontré en Barcelona sirven para construir, aunque ninguno sirve del todo por sí solo, ambos son parte de algo más grande. Flecha: ¿cómo se construye un lego? ¿Cuántos moldes hay? ¿Cómo se piensan las uniones? Determinado número de piezas sólo permite determinado número de uniones. Flecha: el lego no puede cambiar de forma, está condenado a ser la misma pieza por siempre. Nosotros vamos mutando y cambiando de rol. (…)

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La plaza del tripi

—¿Eres artista?

Levanté la cabeza y vi que un chico me miraba mientras escribía.

—Escribo.

—¿Qué escribes?

—Cosas que pienso.

—¿Sobre qué?

—Es que encontré objetos en la calle y estaba tratando de ver qué ideas me disparaban.

—¿Me lees algo?

—Es un borrador, no tiene mucha importancia…

Y me puse a leer: flecha flecha piezas sistema flecha niños flecha balde encastrar construir flecha mutando flecha.

—¿De dónde sos?

—De Italia, pero mi mamá es húngara.

—¡No! ¡Mi mamá también! Nunca me pasó esto, qué genial.

Y nos pusimos a hablar: Budapest húngaro agosto Roma no quiero volver todo es igual allá mamá húngara yo no hablo ella sí yo hablo un poco me gusta dibujar hago tatuajes yo escribo el lunes me voy a París un gusto conocerte que sigas bien.

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El mundo está lleno de gente que se encuentra y se desencuentra.

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Y cuando dos personas se enfrentan por primera vez pasa algo así. Es tanto lo que no vemos… (La ilustración es de Vero Gatti)

En la calle también se encuentran personas y, como los objetos, a primera vista venimos como reseteados, con una historia previa que el otro desconoce, con un montón de flechas invisibles que explican por qué nos comportamos como lo hacemos, por qué pensamos como pensamos, por qué buscamos lo que buscamos, por qué estamos justo en ese lugar de la vereda a esa hora y en esas coordenadas, pero las flechas y todos los globos de texto que salen de cada flecha están con la opacidad al cero por ciento, no se ven a simple vista, casi que ni se intuyen. Lo bueno es que, a diferencia de los objetos, entre personas podemos preguntarnos, escucharnos y dejar las suposiciones —casi siempre erróneas, porque es imposible adivinar con qué mochila carga el otro— de lado. Con los objetos no queda más que usar la imaginación.

La anticrónica de una argentina en Sant Jordi

Anticrónica (según yo): relato cronológico medio desprolijo*, con poca certeza de horarios y nombres exactos, con más atención puesta en los hechos periféricos del evento que en los centrales y que, por eso, desinforma más de lo que informa. Pero no saben qué simpática que es la anticrónica. (*desprolijo es lo opuesto de prolijo, una palabra que usamos mucho en Argentina y que casi no se usa en España, según mis encuestas. Usamos prolijo en su segunda acepción: cuidadoso o esmerado. Desprolijo sería lo opuesto —o también lo que le dicen los padres a sus hijos adolescentes cuando van, según ellos, desarreglados y con el pelo muy largo: “Estás muy desprolijo”—.)

Sant Jordi: el 23 de abril se conmemora la muerte de San Jorge (Sant Jordi, en catalán), patrono de, entre otros lugares, Catalunya. Barcelona se convierte en una feria callejera repleta de puestos de venta de flores y libros (la tradición dice que las chicas le regalan libros a los chicos, y los chicos le regalan flores a las chicas). Además coincide con el Día Internacional del Libro (para más información: Wikipedia).

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23 de abril de 2014, Barcelona

5.35 am – El día empieza tempranito gracias a uno de mis compañeros de habitación del hostel que llegó borracho hace un rato, hizo todo el ruido que pudo y ahora está roncando como un león maltratado desde la cama de al lado. Intento callarlo haciendo shh shh pero no hay manera. Lo puteo un poco en voz baja, pero nada, no me entiende. Pensaba despertarme a eso de las 6.30, pero este chico me sacó las ganas de dormir. Me quedo en la cama mirando videos de Saturday Night Live y Whose line is it anyway? con los auriculares para tapar los ruidos nasales. Es una nueva costumbre que adopté: mirar videos divertidos para despertarme. Bienvenido nuevo día.

6.25 am – Me baño y me preparo para salir. Hoy es Sant Jordi y tengo que encontrarme con Pablo e Itziar, los chicos de la Editorial Viajera, a las 7 am para armar nuestro puesto temprano. Nos dijeron que los espacios bien ubicados se cotizan y que si bien hay que ir con autorización, puede pasar que te ocupen el lugar. Este va a ser mi primer Sant Jordi y estoy ansiosa. ¿Venderé algún libro? Con vender diez ya soy feliz.

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7.01 am – Llego caminando a Passeig de Gracia 5. Lo bueno de Barcelona es que todo queda cerca y casi no me hace falta tomarme el metro. Me encuentro con Pablo e Itziar y empezamos a armar el puestito. No hay casi nadie en la cuadra, solamente un puesto de venta de flores como a diez metros de nosotros. La mañana está tranquila.

7.30 am – Teórica y práctica del armado y colocación del gazebo, palabra que me suena a pájaro rapaz. Logramos poner todos los palos en su lugar, pero hay uno que siempre se sale y que varias veces casi me pega en la cara. Sostenemos la carpa con bidones de agua que hacen contrapeso. Armamos las mesas, las envolvemos con la bandera catalana y ponemos los libros encima.

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7.55 am – Abro una caja y veo mi libro (edición printed in Spain) por primera vez, me lo trajeron los chicos de Madrid. Quedó muy bien. Y si hubiese quedado mal ya era tarde. Hace unos días soñé que mandaba a imprimir mi libro y que venía con frases que yo no había escrito (#pesadillasdeescritores).

8.10 am – Todo listo. Tenemos la mesa puesta, los libros en exposición, el gazebo firme y dos globos terráqueos inflables colgados a cada costado. Lectores, vengan a nosotros.

8.30 am – La gente pasa frente a nuestro puesto y sigue de largo. Me desmotivo: seguro que no vendemos nada. Seguro que no frena nadie. Siento que estoy despierta hace años y todavía no son ni las 9.

08.42 am – Primera persona que se acerca a nuestra parada. Emoción. Lo miramos con sonrisas ansiosas. Nos saluda, señala el globo terráqueo y pregunta si está a la venta. No. Se va.

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Pablo comiéndose el mundo

09.01 am – Nuestros amigos catalanes nos recomendaron no agobiar a la gente, entonces no sabemos cómo encarar a los que se acercan a mirar. Por las dudas no hablamos, solo sonreímos. Me siento medio robot.

09.05 am – Primera interacción de más de diez segundos: una italiana que no habla castellano. “Compraría sus libros pero no los voy a poder leer”, se lamenta. Se va.

09.10 am – Llega un grupo de personas con un megáfono y se para frente al banco Santander. Empiezan a manifestar: “… policías: se equivocaron de lugar, los ladrones no están en las Ramblas, ¡están aquí dentro!”, dicen con ímpetu. Hacen mucho ruido, se ríen, reparten periódicos y se van para otra parte.

09.30 am – Se acerca un grupo de estudiantes a hacernos una encuesta para un trabajo práctico del colegio. Todavía no se ve mucha gente por la calle, todos están yendo a trabajar.

10.18 am – Una pareja viene a retirar el libro que compró su hija a través de la preventa. “Ay Octavio*, sácame una foto con ella, que es encantadora”, le dice la mujer al marido mientras me abraza para la foto. (*Los nombres son ficticios porque no los recuerdo.)

11 am – Se acerca un personaje, un loco lindo de Barcelona. Tiene flores en la barba y calzas de leopardo. Dice que es escritor, poeta y, si mal no recuerdo, escultor. Le saco fotos. Nos dedica un piropo a las tres chicas que estamos en el puesto y se despide con un “sean felices”. Quiero que sea mi agente publicitario.

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11.15 am – Necesito una dosis de cafeína para mantenerme en pie así que voy en busca de un shot de café y un croissant. Camino dos cuadras y aprovecho para mirar un poco los puestos. Qué lindo ambiente que hay hoy, la gente está en la calle comprando flores y libros, esto debe ser único en el mundo. Aprovecho para ir al baño en el bar que será mi proveedor de inodoro del día.

11.25 am – Cuando vuelvo al puesto, Itziar me dice que me perdí dos momentos destacados, como era obvio. La gente espera a que uno se vaya al baño para tocar el timbre o llamar por teléfono. Al parecer pasó un grupo de franceses que estaba intentando intercambiar un marcapáginas de cuero por otro objeto: Itziar les dijo que solo teníamos señaladores de papel, pero no quisieron. “Se los cambio por el globo”, dijo uno. El globo está teniendo más éxito que los libros. También frenaron unas chicas que preguntaron por los libros, una de ellas miró el mío y lo dejó. “Es que a mí no me gusta leer, no soy de aquí” (?).

11.40 am – Una pareja me compra un libro, se los firmo con dedicatoria y me dicen que tienen que ir a sacar plata y ya vuelven. Me quedo con el libro firmado. ¿Volverán?

11.50 am – Vuelven.

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12 pm – Se acerca una señora: “Hola, ¿aquí venden Lonely Planets?”.

12.02 pm – Se acerca una pareja: “¿Aquí organizan viajes?”.

12.05 pm – Se acerca una chica: “Disculpe, ¿dónde queda la Rambla de Catalunya?”.

12.10 pm – Un chico me cuenta que acaba de conocer mi blog (hace pocas horas) y que se está por ir en bici a Marruecos. Charlamos de viajes.

12.25 pm – Una señora pasa, mira la portada de mi libro, frunce el ceño y sigue de largo. ¿Qué estará pensando? “Ay, esta juventud de hoy”.

12.45 pm – Pasa un señor con seis flores en la mano. La tradición dice que en Sant Jordi los hombres les regalan flores a las mujeres y las mujeres les regalan libros a los hombres. Este señor tiene muchas amigas.

1.05 pm – Lo bueno de estar del otro lado de la mesa es que uno puede hacer avistaje de personas sin disimulo. Y hay de todo. Ya se nota que las calles están más pobladas. No quiero dejar el puesto por si viene algún lector. Ya vendí más de 10 libros, no lo puedo creer.

1.37 pm – Empezamos a aplicar tácticas de venta un poco más fuertes. Hablamos con la gente, hacemos preguntas. A mí me cuesta, lo comercial no es lo mío.

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2.45 pm – Pasan varios lectores y amigos a saludarme, me traen regalitos y comida, me cuentan historias. Hay una mexicana que está viajando por dos años, una catalana que quiere viajar pero tiene miedo de que la secuestren, una italiana que lloró cuando llegó a Nueva York y estaba sola, una catalana que se va mañana a Bangkok sin fecha de vuelta, un cordobés que me regaló una foto de Pin y Pon, una pareja argentina que vive viajando y trabajando en restaurantes, una chilena que es cuentacuentos. Empiezo a perder la noción del tiempo.

4.02 pm – De repente estoy firmando libros a lo loco, se ve que esto de las ventas es por tandas. Además de firmar mi libro (después de mucho tiempo de no hacerlo), firmo el otro libro en el que participé como coautora (“Viajeras”). Qué emoción, ya tengo dos hijos (uno propio y otro con maternidad compartida). Además estoy en Barcelona, que es el padre de mi hijo (acá empezó a gestarse hace más de un año).

4.15 pm – En el puesto somos varios: además de Pablo e Itziar, durante todo el día pasan a saludar (y a firmar) otros viajeros y escritores que colaboraron en los dos títulos de la editorial. Tenemos cerveza fría. Nos vamos descontracturando. Hay muy buena onda.

5.40 pm – Me suena el celular. Es una lectora que compró el libro en preventa y quiere saber si estoy en el puesto.
—¿Dónde estás?
—En Passeig de Gracia número 5.
—¿Es un local?
—No, estoy en la calle. (pronunciado: cashe)
—Ah, en La Caixa, vale.
—No no, en la calle. (pronunciado: caie)

6.05 pm – Una chica asiática se queda una media hora leyendo todos los libros. No sé si los lee, más bien los inspecciona con seriedad, les saca fotocopias con los ojos. Termina, los deja ahí y se va.

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6.35 pm – La gente salió del trabajo así que el centro de Barcelona es una marea humana. Me dicen que casi no se puede caminar. Me encantaría ir a dar una vuelta pero no quiero perderme nada. Solo me alejo para ir al baño. La gente se pone de acuerdo para llegar a verme cuando no estoy, así que cada vez que vuelvo del baño tengo a tres o cuatro esperándome.

6.55 pm – Se acerca una chica y me dice:
—Este era el único libro que quería para Sant Jordi. Te leo y la vida me parece más sencilla.
—Ay, gracias.
—A tí, por alegrarme la vida.
Por estas cosas es que vale la pena escribir.

7.15 pm – Un chico frena de golpe: “Oye, ¿dónde compraron este globo? ¿Está a la venta?”. Volvé más tarde y vemos, pibe.

7.35 pm – Una señora catalana con un sombrero mexicano se para frente al puesto y hojea el libro Viajeras. Se ríe, lo devuelve y mientras se va nos dice: “Yo ya viajo bastante…” y tira una frase que jamás sabremos si fue “sin leer” o “See you later!”. Se va con estilo.

8.00 pm – Me llevo el mundo por delante. Es que el globo está colgado a la altura de la cabeza y cada vez que me doy vuelta me lo choco.

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8.30 pm – Estamos desenfrenados. Llegó la tanda de los que dejaron las compras para último momento y compran libros como pan caliente. Ahora entiendo eso que dicen los libreros de que en Barcelona hay 13 meses de trabajo: los 12 del calendario y Sant Jordi. Esto es un éxito.

9.45 pm – Ya va siendo hora de desmontar el puesto. No quiero que se termine este día. Quiero fundar días de San Jordi por el mundo. O dedicarme a ir de feria en feria.

10.05 pm – Desarmamos la gacela (¿gacela?), tiramos cajas vacías, guardamos todo y nos vamos a cenar con otros viajeros/escritores. Ya llevo 17 horas en pie, pero Sant Jordi fue un antes y un después, me inyectó una dosis de motivación que me faltaba. Quiero seguir escribiendo, tengo muchas ideas para libros nuevos, a esto era que quería dedicarme.

11.55 pm – Salimos del restaurante, el grupo se dispersa, todos se quieren ir a dormir. Yo estoy tan pasada de sueño que por más que vuelva al hostel no voy a poder dormirme. En el camino vuelvo a cruzarme con Pablo e Itziar que justo se encontraron con unos amigos de Madrid. Están buscando un bar a donde ir. Vamos chicos, yo los llevo, les digo. Y nos vamos de bar en bar hasta las tres de la mañana. Lo que me río con estos nuevos amigos desconocidos no tiene nombre. Este día superó todas mis expectativas. ¿Alguien quiere comprar un globo terráqueo?

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[box border=”full”] Les recomiendo el libro “Sin noticias de Gurb”, de Eduardo Mendoza. Es el diario íntimo de un extraterrestre que busca a su amigo Gurb (que se perdió y tomó la apariencia de Marta Sánchez) en Barcelona. Es delirante. Lo mejor es ver cómo el extraterrestre va cambiando: al principio está sorprendido de cómo se comporta el ser humano en Barcelona, después pasa a ser uno más. Una crónica excelente y con muchísimo humor.[/box]

“Quiero viajar sola pero no me animo”
(Manual para futuras viajeras)

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Uno de los mails más frecuentes que recibo es de chicas que quieren viajar solas pero no se animan. Tienen miedo, tienen muchas preguntas, creen que no tienen “la personalidad adecuada” para viajar solas. Déjenme decirles algo que aprendí en estos poquitos años de movimiento: la personalidad adecuada no existe. Es una excusa para no empezar, una justificación para quedarte en tu casa con el sueño de algún día irte por ahí. Cada cual viaja como es, y no hay que ser súper simpática ni Miss Valentía para poder viajar sola. Hay que usar el sentido común (todas lo tenemos), la intuición y saber a qué tipo de situaciones podemos llegar a enfrentarnos. El mundo es un lugar con buena onda, aunque les digan lo contrario. Ya les dije, en otro post, que viajar siendo mujer puede ser mucho más fácil que viajar siendo hombre…

Hace unas semanas, a las chicas que me mandaban mails con esta consulta les respondía que estuvieran atentas porque en breve anunciaría algo que les iba a interesar. Y hoy, varios meses después de haber empezado a trabajar en este proyecto editorial, está listo y se los puedo presentar en sociedad: se llama “Viajeras” y es un manual práctico para mujeres que quieran irse de viaje por ahí, solas o con amigas.

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Está escrito por seis mujeres viajeras: Verónica Boned DevesaDoris Casares, Itziar Marcotegui, Almudena Sánchez Fernández, Carmen Teira y yo. Tiene información práctica y consejos útiles para cada una de las etapas del viaje: planificación, qué llevar, consejos de salud, transporte y alojamiento, qué hacer si te sentís sola, seguridad durante el viaje, cómo hacer para que la vuelta no sea tan difícil, entre otras cosas. También tiene varias anécdotas y un anexo en el que se da una idea general de lo que puede esperar una mujer que viaja a las distintas regiones del mundo. A mí me tocó escribir la introducción, el capítulo de ventajas y desventajas de viajar sola y el capítulo de seguridad, y mientras los preparaba recordaba mis experiencias.

¿Qué les puedo decir? Estoy feliz y orgullosa de haber participado en este libro y de haber colaborado con La Editorial Viajera (de mis amigos Pablo e Itziar, autores del libro “Cómo preparar un gran viaje”). Espero que este manual les de el empujoncito que les falta para animarse a viajar. Pueden leer las primeras páginas en este enlace.

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[box type=”star”]Viajeras. El manual para preparar tus viajes y lanzarte a descubrir el mundo.

Autoras: Verónica Boned Devesa, Doris Casares, Itziar Marcotegui, Almudena Sánchez Fernández, Carmen Teira, Aniko Villalba

216 páginas, B/N, en papel y en ebook

A la venta de través de la tienda de La Editorial Viajera y en librerías de España.

Presentaciones de “Viajeras” en España (2014):
– 8 de mayo en la librería De viaje (Madrid)
– 16 de mayo en el CIAJ (Barcelona) (Taller para mujeres viajeras)
– 20 de mayo: librería Desnivel (Madrid)
– 29 de mayo: librería Altaïr (Barcelona)
– 6 de junio: librería Arenas (Coruña)[/box]

Sin itinerario (blog 2.0)

Hace varias semanas (no quiero decir meses, pero creo que hace meses) me está costando mucho escribir en este blog. No me está costando escribir, sino escribir acá y escribir de viajes. Y mientras me muevo de una ciudad a otra me pregunto por qué y me pregunto qué hacer. ¿Quedarme en silencio y dejar que Viajando por ahí pase al cementerio de blogs? ¿Forzarme a escribir cosas que no me salen? ¿Subir algo de vez en cuando y hacer de cuenta que no pasa nada? No. Creé este blog para divertirme, para expresarme, para hacer lo que más me gusta, no para que sea una carga, una obligación ni una tortura. ¿Entonces cómo sigo? (me pregunté durante muchas semanas). Hace unos días, en Lyon (Francia), se me empezaron a aclarar las ideas. Y Barcelona (en especial Sant Jordi) me terminó de despejar las nubes de la cabeza. Les cuento un poco.

Abrí este blog para compartir las dos cosas que más me gusta hacer: escribir y viajar. Lo abrí en el 2010, cuando llevaba dos años de viajera y cuando, para mí, esto de los blogs era un mundo desconocido, un camino sin señalizar. Al principio fue una luna de miel: viajar y contarlo en mi blog me parecía una misma cosa. Todo era nuevo. Tener un blog era un desafío. Escribir en tiempo real era un desafío. Viajar era un desafío. Mientras aprendía a viajar por el mundo también aprendía a escribir de viajes.

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Seis años después de haber salido de Buenos Aires, viajar se convirtió en parte normal de mi vida, en mi rutina. Una rutina que me encanta y que sigo eligiendo, pero que a veces me agota (y hasta me aburre relatar). No saben las ganas que tengo de pasar un verano en un mismo lugar, de tener una bici y salir a andar todos los días, de juntarme con amigos y no tener que despedirme a los tres días de conocerlos, de tener un espacio propio donde sentarme a escribir tranquila o a estar sola, de pasar tiempo en una misma realidad. Cada vez tengo más certeza de que voy a vivir viajando hasta mi último día, y eso me desacelera un poco, hace que no quiera apurarme tanto por conocer todo ya.

Entonces si bien estoy en Europa y planeo quedarme un tiempo acá, no estoy haciendo un viaje puro y duro: no es que voy a recorrer todo el continente sin parar en tres meses, no es que tengo una ruta definida, no es que voy a estar moviéndome de un lado a otro todo el tiempo. Al contrario: quiero vivir Europa más que viajarla. Y en eso estoy. En mayo presentaré mi libro en España, en junio y julio me quedaré en un lugar, en agosto voy a estudiar húngaro en Budapest, en septiembre decidiré qué rumbo tomo. Será un viaje quieto, con menos traslados.

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Y si bien eso es lo que quiero para esta etapa, estar así me genera una presión interna con respecto al blog. Quiero (“tengo que”) escribir algo acerca de los lugares que visito y no me sale nada. Quiero (“tengo que”) escribir alguna guía con recomendaciones útiles y tampoco me sale. Hacer un post de los de siempre (o de los que yo considero los de siempre) me da pereza. Escribir lo mismo que vengo escribiendo hace cuatro años ya no me parece un desafío. Escribir acerca de una rutina que para mí es la normal ya no me motiva. El otro día lo dije en voz alta y lo entendí: estoy un poco cansada (y aburrida) de escribir de viajes (mejor dicho: estoy cansada de escribir relatos cronológicos de cómo llegué – qué me pareció – qué hice; estoy cansada de relatar el viaje como algo literal que pasó así, tal cual lo cuento, en tal fecha y a tal hora) (me releo y pienso: ¡oh! mi blog y yo estamos teniendo nuestra primera crisis amorosa). Pero no estoy nada cansada de escribir, sino que después de seis años quiero/necesito un cambio.

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Hoy me siento más escritora que viajera. Me siento una escritora que viaja, más que una viajera que escribe. Quiero usar el viaje como inspiración para escribir acerca de otras cosas (eso estoy haciendo en mis cuadernos hace tiempo). Quiero seguir escribiendo y autopublicando libros (ya tengo varios en mente), quiero seguir yendo de un lado a otro, pero ya no tengo ganas de contar todo lo referido al viaje en sí. Quiero usar el viaje como disparador para inspirarme y ver qué sale. Pero llegar a esta conclusión, por más obvia que me parezca ahora, me costó muchísimo.

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Las fotos de este post las tomé en Lyon, Annecy y Vienne (Francia)

Viajando por ahí cumplió su primer ciclo. Durante estas semanas (meses) de crisis y dudas pensé en cerrarlo, o en salir corriendo y dejar que le creciera el pasto, se llenara de hongos y se perdiera en medio del bosque, pero después me di cuenta de que no. No voy a abandonarlo. Al contrario: quiero que crezca, que evolucione, que cambie, que tome aire y busque nuevos rumbos literarios. Así que no voy a cerrarlo: sólo voy a ampliarle los márgenes. De blog de viajes a blog de todo tipo de viajes: reales, inventados, propios, ajenos, mentales, sedentarios. Ni yo sé qué puede surgir. Lo que sí sospecho es que ya no habrá un relato del día a día ni una cronología estricta de mis viajes/vida, o la habrá pero más segmentada. Veremos. No sé cada cuánto publicaré, no tengo idea qué voy a escribir, pero no tener estas certezas me motiva. Sacarme de encima la presión de “tener que escribir de viajes en el blog” hace que me destrabe y que me surjan un montón de ideas nuevas.

Me siento a oscuras otra vez, vuelvo a andar por un camino (interno) no marcado y eso ya me inspira.

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Foto: Aristofennes

[box border=”full”] Hay tres personas que me ayudaron mucho en este momento de transición y necesito agradecerles:

A Jerson (autor del blog Aristofennes), mi nuevo amigo colombiano, con quien hice terapia mientras caminábamos por las calles de Lyon y Annecy. Gracias por ayudarme a sacar tantas cucarachas y a desempolvar tantos recuerdos.

A Vero Gatti, quien además de ilustrar mi primer libro también me hizo el nuevo logo de este blog y a quien casi no tuve que explicarle qué era lo que tenía en mente. Ella sola me lo dijo. Gracias por esa conexión y por inspirarme a pensar en nuevos proyectos.

Y a mi mamá, que siempre escucha mis mambos por skype y me dice frases acordes, cual galletita de la fortuna. Gracias por recordarme tantas cosas.[/box]

Si recibieron este post por email, los invito a entrar al blog para ver los cambios. :)

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