Sziget Festival (días 6 y 7): y todo lo demás también

[box border=”full”]Este es el último post de la serie dedicada al festival Sziget de Budapest. No es un error que haya saltado del día 4 al 6: es que el 5 no fui. Mis conclusiones y el lado A (de arte) y B (de be) de este festival.[/box]

Si bien este es el video resumen del Sziget 2013, el ambiente, los escenarios y la decoración fue casi la misma que la de este año. Cambiaron las bandas y el público, pero la esencia del festival se mantuvo. El Sziget —que significa “isla” en húngaro— se hace en la isla Obudai de Budapest y durante siete días es un mini país (o isla-estado) con gente de todas partes del mundo (cuando entrás te dan un pasaporte y todo). Pero que se celebre en una isla no quiere decir que esté aislado de la ciudad/país/mundo que lo rodea. Este año, el Sziget coincidió con tres aniversarios: los 45 años de Woodstock, los 25 años de la caída del Muro de Berlín y del cambio de régimen en Hungría y los 40 años de la invención del cubo Rubik por el húngaro Ernő Rubik. Lo que me parece interesante, también, es que nació como consecuencia de la situación del país.

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Sziget nació en 1993 como un campamento con música, arte y teatro. Fue organizado por un grupo de amigos con el objetivo de reavivar los festivales de verano, eventos que habían quedado sin financiación oficial tras la caída del comunismo en 1989. Lo pensaron como algo para divertirse y lo planearon durante su tiempo libre. La primera edición se llamó Diáksziget (isla de los estudiantes) y reunió, durante siete días, a músicos y artistas húngaros y a 43.000 personas. Era la primera vez que se organizaba algo así en el país y las ganancias no alcanzaron para cubrir la inversión, pero aquel grupo de amigos decidió seguir organizando una edición por año del festival. Recién en 1997 lograron recuperar los costos con ayuda de sponsors. Hoy, veintiún años después, el festival se convirtió en uno de los más grandes de Europa. Pero la esencia, según nos explicaron sus organizadores actuales, sigue siendo la misma: un campamento de amigos con música, arte y teatro.

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En esta edición de Sziget, además de música, hubo juegos y espectáculos. Por ejemplo: una carpa de circo con shows en vivo, un dragón que todas las noches largaba fuego, una carpa de juegos lógicos (cubos rubik, ajedrez, campeonatos de poker), clases de yoga, tai chi y danza; una feria de juegos que imitaba a las ferias de Europa del Este de otra época, teatro callejero, proyecciones de películas, bunjee jumping, clases de húngaro, fogatas para sentarse alrededor, pintadas de arte en vivo, mesas de ping pong, la playa de río. Y además de eventos, hubo muchísima gente: alrededor de 415.000 personas en siete días.

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El Sziget está entre los 10 festivales de música más grandes del mundo (junto con, por ejemplo, el Rock in Río de Brasil, el Coachella de Estados Unidos, el Mawazine de Marruecos, el Exit de Serbia, Tomorrowland de Bélgica). Como puesta en escena me pareció impresionante: la isla estaba muy bien decorada y repleta de luces y colores; el escenario principal se adaptaba al show de cada artista (cambiaba la escenografía y las luces para cada banda); el sonido era impecable; había varios escenarios con distintos tipos de música (reggae, música del mundo, bandas europeas). Sziget se diferencia por su lado artístico y también porque no está encasillado en ningún género musical (otros festivales son solamente de música electrónica, de música indie, o de rock, en cambio Sziget es más de adaptarse al gusto actual de los espectadores).

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El último día no me quedé hasta el final: no me dio el cuerpo. Ahora me arrepiento un poco. Creo que si me hubiese quedado los siete días seguidos acampando ahí (con la mente puesta únicamente en el festival) hubiese sido distinto, pero ir todos los días y volver a la noche para tener que levantarme a la mañana siguiente e ir a clases de húngaro (y cambiar el chip a modo húngaro) fue algo que me agotó. Además tengo un problema: no me gustan los amontonamientos de gente, me lo banco un rato pero después ya no la paso bien. No sé si es algo de la edad, pero me irrita bastante que me empujen, o no poder ver el escenario, o justo al lado tener a un grupo de gente que se la pasa gritando y no me deja disfrutar la música (y no poder moverme de ahí por estar más encastrada en la masa que una pieza de tetris). Pero también sé que estos eventos no serían lo que son sin la gente: lo que es en vivo se disfruta colectivamente (sería ridículo pretender que toquen solo para mí). Así que durante el último día mi lado amante de la música y del arte se peleó un poco con esa señora malhumorada que llevo adentro y que se despierta cuando está atrapada en una masa muy grande de gente.

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Ahora que el festival terminó, mi foco está en Hungría. El curso de húngaro se termina en unos días y si bien no puedo tener más que una conversación muy básica (o ni siquiera eso), por lo menos empiezo a entender la lógica del idioma y soy capaz de leer algunos carteles o cazar palabras sueltas (pero me parece que es cierto eso de que el húngaro es un idioma al que hasta el diablo le tiene miedo). Mi familia llegó hace unos días y pronto empezaremos nuestro viaje por el interior de Hungría y por Alemania. Sé que van a ser tres semanas muy especiales. No sé cuánto publicaré en tiempo real al respecto, pero estoy tomando notas. Este viaje por Hungría es muy mío y creo que me va a costar un poco relatarlo.

[box border=”full”]Este fue el último post de la serie Sziget Festival. Podés leer los otros acá:

Día 1: la isla de la libertad
Día 2: efecto retardado
Día 3: lo que nos define
Día 4: la marea

Más información del festival: szigetfestival.com[/box]

Sziget Festival (día 4): la marea

[box border=”full”]Entre el 11 y el 17 de agosto fui al festival Sziget en Budapest, uno de los eventos musicales y artísticos más grandes de Europa. En estos posts (que ya no son en tiempo real sino en tiempo irreal) hablo acerca de algún artista o detalle que me haya gustado (o no). Y casi siempre termino filosofando acerca de la vida en general, no sé por qué.[/box]

 

Ya sé: estoy haciendo trampa. Me hice la loca y dije que iba a escribir un post por día de festival (es decir siete posts en siete días) y al cuarto día abandoné la misión y me fugué de internet. La verdad es que no me dio el cuerpo ni la cabeza para seguir el ritmo de Sziget y a la vez ir a las clases de húngaro todas las mañanas (seré nerd pero vine a Budapest a estudiar húngaro y no quería descuidar eso). Los textos anteriores los escribí con pocas horas de sueño encima y me da miedo releerlos porque no sé si tienen mucho sentido. Así que voy de nuevo. Toma 2, ¡acción!

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El día 4 no llevé la cámara, así que las pocas fotos que saqué fueron con el teléfono (el resto son de los fotógrafos oficiales de Sziget)

Siempre me gustó leer las biografías de mis artistas preferidos. Me interesa saber cómo se criaron, dónde crecieron, qué les pasó de chicos, qué querían ser, cómo llegaron a donde están, qué experiencias tuvieron, en qué creyeron fallar. Vivimos en un mundo de resultados y en general conocemos a los artistas cuando ya están arriba, cuando ya son John Lennon o Gabriel García Márquez o Stanley Kubrick o Soda Stereo y nos olvidamos de que todos transitaron un camino que los llevó hasta ahí, todos empezaron con una idea, un talento, un sueño, una vocación, un impulso y fueron paso a paso. Hace un tiempo leí un post en el blog Zen Habits y ahora no puedo encontrarlo para citarlo pero decía, en otras palabras, que si salimos a correr y vemos a otro que está corriendo más rápido o mejor que nosotros no tenemos que sentir bronca ni envidia ya que no tenemos ni idea de qué proceso transitó esa persona para correr así (quizá está entrenando para una maratón, quizá acaba de terminar su rehabilitación y está feliz de volver a correr, quizá está corriendo rápido para no pensar en cosas que le hacen mal). Todos estamos en proceso de algo.

El cuarto día de Sziget fue uno de mis preferidos pero también el más agotador. No fui con tantas expectativas como los días anteriores: el lunes fui por Blink 182, el martes por Ska-p, el miércoles por Placebo. El jueves fui más bien a ver qué onda. Y tuve tanta suerte que vi en vivo a un dúo que ahora me gusta mucho: Macklemore & Ryan Lewis. Confieso que unos días antes los googlé para ver si conocía algún tema y cuando me encontré con Thrift Shop (lo pongo acá abajo) dije ¡ah, son ellos! y fui contenta (sin saber lo que me esperaba).

Macklemore (Ben Haggerty, nacido en 1983) es un rapero estadounidense que produce su música de manera independiente desde el 2000. Ryan Lewis (nacido en 1988) es un productor, músico, fotógrafo y DJ estadounidense que también produce sus propios álbumes y que trabaja con Macklemore desde el 2006. En el 2012 grabaron, produjeron y distribuyeron el álbum The Heist de manera independiente, sin ningún tipo de promoción mainstream, y llegaron al primer puesto en iTunes horas después de haberlo publicado. Sus videos tienen millones de vistas y miles de personas van a sus recitales, y todo sin sello discográfico de por medio (otra prueba más de que el contacto entre artistas y fans cada vez es más directo).

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Hay algo del hip-hop (la cultura de la que forma parte el rap) que me gusta mucho: supongo que es la importancia que tienen las palabras, las letras, en las canciones. Si bien es un género que no tengo explorado a fondo para nada, siempre me atrajo. En el show de Macklemore y Ryan Lewis había 85.000 personas (fue el día con más gente del festival) y si bien no me gustan (ni me motivan) las masas de gente así toda junta tengo que reconocer que fue una noche cargada de energía. Macklemore no solo cantó sino que se conectó mucho con la audiencia. Una de las frases que dijo y que más me gustó fue: “We need differences, we are products of something bigger, if we were all the same there would be no creativity” (“Necesitamos diferencias, somos productos de algo más grande que nosotros mismos, si todos fuésemos iguales no habría creatividad”). Ahí empecé a ver por dónde venía la mano.

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Foto: szigetfestival.com / Szemerey Bence

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Foto: szigetfestival.com / Szemerey Bence

Creo que si bien existen las biografías y las autobiografías y las memorias, los artistas escriben su historia a través de sus obras. Las letras de Macklemore y Ryan Lewis hablan acerca de temas que nos tocan a todos, están cargados de franqueza y apuntan a los conflictos más básicos y humanos de cualquier persona. La canción Ten thousand hours (Diez mil horas) hace referencia a un concepto del autor Malcolm Gladwell: “Una de las claves para tener éxito es practicar una tarea durante 10.000 horas”. Y Macklemore dice, por ejemplo: “I stand here in front of you today all because of an idea / I could be who I wanted if I could see my potential” (“Hoy estoy acá parado frente a ustedes todo gracias a una idea / Podía ser quien quería si podía ver mi potencial”); “The greats weren’t great because at birth they could paint / The greats were great cause they paint a lot” (“Los grandes no fueron grandes porque pudieron pintar desde que nacieron / Los grandes fueron grandes porque pintaron mucho”); “A life lived for art is never a life wasted” (“Una vida vivida para el arte nunca es una vida desperdiciada”); “I make my living off of words / And I do what I love for work” (“Me gano la vida con mis palabras / Y trabajo de lo que amo”); “Generation of kids choosing love over a desk” (“Generaciones de chicos eligiendo el amor antes que un escritorio”).

En Victory Lap habla, justamente, acerca del camino que transitó para llegar a donde está: “I remember the days with nothing but a bus pass” (“Me acuerdo de los días en que no tenía más que un pase de bus”); y acerca de ser un artista independiente: “But I got creative control and my soul is mine / I wouldn’t trade it, maybe I’m crazy” (“Pero tengo control creativo y mi alma me pertenece / No lo cambiaría, quizá estoy loco”), “Now a days make good music, the people are your label” (“Hoy en día hacé buena música, la gente es tu discográfica”). Y, por sobre todo: “Music is the only medium that I could find myself through” (“La música es el único medio por el que me puedo encontrar”). Cada cual se expresa como mejor le sale, unos usan la música, otros usan las letras, otros los colores, otros el baile, pero todos hablan de lo mismo, de todo eso que tienen adentro.

Las letras de M&RL me hacen pensar mucho en las historias y conceptos del libro El Elemento de Ken Robinson (del cual hablaré en otro post, porque me parece un libro fundamental y que todos tienen que leer): ambos hablan acerca de hacer lo que uno ama, ambos redefinen el concepto de trabajo y de educación. Ahora, quizá uno se pregunta por qué tanta gente fue a ver a esta banda. ¿Es una moda? ¿Es el género cool del momento? No sé, no creo, me parece que la diferencia la marca la autenticidad de lo que hacen. Una de las canciones más reconocidas del dúo se llama Same love (Mismo amor) y se convirtió en el himno a favor de la legalización del matrimonio igualitario: “Whatever god you believe in / We come from the same one / Strip away the fear, underneath, it’s all the same love” (“Sea cual sea el dios en el que creas / Todos venimos del mismo / Sacate el miedo, en el fondo, es todo el mismo amor”). Es la primera vez que un grupo de hip-hop habla acerca de la necesidad de respetar estos derechos.

El jueves fuimos una marea de 85.000 personas cantando acerca de temas que nos importan, acerca de temas que definen a esta época y a esta generación. Y cada vez me convenzo más de cómo está cambiando todo, cómo se está redefiniendo la realidad, cómo los conceptos de trabajar/amar/educar/vivir/(y viajar, por qué no) van tomando nuevos significados y dejan de estar encasillados en un solo modelo. Todavía hay muchos que dicen (y condenan): “Eso no es música”, “eso no es trabajo”, “eso no es amor”, “eso no es educación”. No quieren mirar hacia adelante ni dejar atrás estructuras que cada vez se vuelven más obsoletas y se alejan más de la naturaleza humana. Pero por suerte hay miles de personas cantando, escribiendo, pintando, bailando, pensando y haciendo lo posible para generar otra manera de mirar.

Sziget Festival (día 3): lo que nos define

[box border=”full”]Estoy escribiendo, en tiempo casi real, acerca de Sziget, uno de los festivales de música y arte más grandes de Europa. Cada día elijo alguna banda, tema o detalle que me guste (hay tanto para ver que me sería imposible escribir de todo). Varios de estos textos los escribí de madrugada, después de volver del festival, y puede que no tengan mucho sentido.[/box]

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En la charla de literatura húngara que tuvimos hoy hablamos acerca de qué define a una nación. ¿El territorio? ¿La historia? ¿La comida? ¿La vestimenta? Hay muchos elementos palpables y otros que no se pueden tocar pero que también hablan acerca del modo de ser de un país: la literatura, la música, la danza, el arte. En el caso de Hungría, uno de sus artes más destacados es la poesía, y si bien un poema quizá no dé información concreta o práctica acerca del país, muestra lo que sienten y piensan sus artistas, los temas que les preocupan, las preguntas que se hacen, las luchas internas que tienen, y eso también dice mucho acerca de un lugar. Leímos el poema A Dunánál (“Junto al Danubio”) de József Attila, uno de los poetas más reconocidos de Hungría, y vimos cómo se reconcilió, de a poco, con su hungaridad. “Aceptarse húngaro implica aceptar muchas contradicciones de la historia y muchas paradojas de los sentimientos que compartimos”, nos dijo la profesora: “Como por ejemplo esa sensación muy húngara de sentirte solo en tu propia tierra”. Aceptar el lugar donde uno nació como parte de nuestra identidad puede llevarnos toda la vida.

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Todas las fotos son del festival

Me puse a pensar en qué define a una persona. Muchas cosas nos vienen por default: nacemos en cierto territorio del mundo (y automáticamente somos de tal nacionalidad, queramos o no), nacemos en una época del año y en un período histórico, nos ponen un nombre, tenemos cierto color de ojos pelo piel, somos altos bajos medianos, nos viene una familia y una cultura de regalo (a veces también una religión, una ideología, una educación). Todo eso forma parte de quiénes somos y muchas veces nos definimos así: ¿quién soy? soy la argentina, soy la hija de, soy la alta, soy la porteña, soy la de ojos marrones. Pero si nos despojamos de todo eso, de todo lo que nos viene adjuntado de nacimiento, ¿qué nos queda?, ¿qué nos define? Nuestras elecciones. Los amigos que elegimos, los libros que leemos, los lugares a los que vamos, las cosas que pensamos, los sueños que tenemos, las películas que vemos, las palabras que decimos, lo que decidimos aprender, los trabajos que hacemos. Todo lo que vamos construyendo arriba de eso que somos.

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La música es una de nuestras grandes elecciones y casi nunca es racional. Nos gustan determinados estilos, sonidos, instrumentos, melodías, letras, interpretaciones, ritmos porque nos hacen sentir algo cuando los escuchamos, porque nos tocan por alguna razón que no se puede explicar. Me pasó con Placebo la primera vez que los escuché, a los 16 o 17 años: sentí algo, me sentí parte de un sonido que me hacía bien, me pareció una banda muy relacionada con la identidad, con esa búsqueda de una definición personal. Sus canciones me hablaban de desamor, de tristeza, de sufrimiento, de finales, de equivocaciones, de apariencias, de amores dañinos, de vulnerabilidad, de soledad, de miedos, de ser distinto. Pero sin pesimismo ni depresión, era como si alguien me hubiese dicho al oído: mirá, la vida también tiene estas cosas, sabelo, no estás sola. Y me sentí reconfortada.

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Placebo en vivo en Sziget

La banda se formó en Londres en 1994 por el cantante y guitarrista Brian Molko y el guitarrista y bajista Stefan Olsdal. Habían ido juntos al colegio en Luxemburgo y se reencontraron de casualidad en 1994 en una estación del metro de Londres. Molko vio que Olsdal tenía una guitarra colgada al hombro y lo invitó a verlo tocar en un show local; cuando Olsdal vio la potencia musical de Molko le propuso formar una banda. Y así empezó todo. Molko se había criado en un marco familiar muy estricto: su papá quería que sea banquero y no aprobaba sus expresiones artísticas. Molko se rebeló adoptando una apariencia andrógina, pintándose las uñas, usando delineador, y escuchando punk. Supongo que para él hacer música empezó como una actividad personal, como una manera de definirse a sí mismo, de sentirse bien, de evadirse de un entorno que no lo dejaba expresarse con libertad. Todas las expresiones artísticas, pienso, surgen de una necesidad interna (yo no escribiría si no necesitara hablarme a mí misma). Y cuando eso que hacemos toca a otro, podemos sentirnos muy afortunados: quiere decir que estamos generando una conexión con el otro a través de sentimientos universales.

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En estos veinte años, Placebo grabó siete álbumes, vendió más de 11 millones de copias, tuvo tres bateristas y colaboró con muchísimos músicos. Es difícil definir su estilo: empezó siendo una banda de glam rock o de rock alternativo, pero con los años tomó caminos distintos y fue adoptando algo de cada género (se refieren a Placebo como goth-rock, Britpop, rock electrónico, rock experimental, rock progresivo, post punk, entre otros términos). Pero las definiciones suelen ser palabras estáticas y tanto las personas como las bandas están en cambio y evolución constante. Por eso me parece tan difícil ponerse una etiqueta. Hoy soy esto pero mañana seré otra cosa. Frente a vos soy esto pero frente a él soy otra. A veces me defino por mis acciones, a veces por mis gustos, a veces por mis ideas, a veces no sé. La palabra que usamos para definirnos también nos define, y nunca somos la misma persona para todos los que nos miran de afuera. Estamos en construcción toda la vida. (A todo esto, les recomiendo una película húngara muy buena que habla acerca de estos temas, aunque no sé qué tan fácil será conseguirla: Kaméleon).

En fin, todo esto para decir que vi a Placebo en vivo por segunda vez, esta vez en Sziget, en Budapest, en Hungría, en un país que me está generando demasiadas preguntas, y fue lindo sentirme abrazada por su música en medio de tanta hiperactividad mental. Baby, did you forget to take your meds? Parece que sí. Molko lo dijo: Placebo es una banda de outsiders para outsiders. Y es lindo que sean parte de este mosaico de cosas que me definen.

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Algunas canciones que me gustan:







Sziget Festival (día 2): efecto retardado

[box border=”full”]Intento de post acerca del segundo día del festival Sziget. Escrito muy de noche y con la cabeza a punto de explotar.[/box]

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Arte en vivo

Cualquier cosa nueva que empecemos lleva su período de adaptación: un viaje, un curso, un idioma, una relación. Un festival. El Sziget empezó ayer y si bien lo viví, lo salté, lo disfruté y lo escribí, recién hoy empiezo a caer. Sigo energizada por Blink 182, hoy me la pasé escuchando sus temas hasta en el baño y cantándolos en voz baja durante los recreos (soy estudiante otra vez, estoy combinando el festival con mis clases de húngaro). El festival dura siete días y, como pasa con los viajes (por ejemplo, sobre todo con los que tienen fecha de vuelta preestablecida), uno empieza a meterse de lleno y a disfrutar cuando ya se está por terminar. Al principio hay pasos en falso, cuesta dejarse llevar, hasta que de repente todo se acomoda, la realidad se acelera, uno sube por la curva y empieza a fluir con lo que sea que esté haciendo. Yo estoy en ascenso pero todavía no llegué al punto tobogán.

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Todas las fotos son de hoy

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Es la una de la mañana, estoy agotada y me pregunto para qué decidí escribir un post por día si todo lo que me sale son pensamientos trasnochados. Pero ya estoy en el baile. Igual que con el festival: estoy entrando en calor y no puedo cortar ahora. Lo bueno es que cada día me da la opción de resetearme y hablar de algo nuevo. Seguro que cuando me sienta cómoda ya se va a haber terminado, porque así me pasa con muchas cosas. Cómo quisiera volver a ver a Blink, cómo quisiera repetir tantos momentos, pero el tiempo va hacia adelante y hay que aprender a disfrutar el ahora, lo que está enfrente, y dejar de lamentarse por el resto. Before I die I want to: (complete aquí). La pared estaba repleta de sueños escritos con tiza: “Travel the world”, “kiss”, “find the dragon”, “be happy”. Mejor que empieces ahora entonces, porque eso de “lo haré más adelante, cuando tenga tal o tal cosa” es una excusa.

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Hoy había más que ayer: más gente, más carpas, más actividades, más de todo. Va in crescendo de a poco y algo me dice que el domingo va a explotar de gente. Hoy me dediqué a buscar personajes: vi a Spiderman, al Cookie Monster, a tres que parecían estar en piyama, gente con la cara pintada de colores, tiburones, Bob Esponja, Space Invaders, Pokemones. Hoy tocó Ska-p y fui especialmente para verlos: ya había ido a un recital en Buenos Aires y me pareció una de las bandas más divertidas para ver en vivo. Tocaron a las seis menos cuarto de la tarde, en el escenario principal, con luz de día de Budapest y banderas asiáticas, europeas y latinoamericanas. El pogo fue gigante desde el primer tema (nota mental divertida: en Francia también se dice pogo; en realidad en todas partes se dice pogo, pero yo no sabía. Al parecer el pogo lo inventó Sid Vicious, el bajista de los Sex Pistols, durante los años 70 en recitales de punk en Londres y hoy quedó ligado a la movida punk rock, aunque en Argentina se hace pogo en todos los recitales).

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Minutos antes de Ska-p

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En pleno recital

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Y después

Ska-p se formó en 1994 en Madrid y es conocida por sus letras anti sistema y anti todo: una de mis canciones preferidas dice, por ejemplo, desde filipinas a américa central, desde el polo norte hasta madagascar, este puto mundo no es de nadio y es de todos, cinco continentes en un mismo corazón, multirracial oh oh oh ohhh (y no sigo porque me cebo y me dan ganas de escuchar el tema y ponerme a bailar). Este grupo sí que sabe transmitir energía y hacer bailar a la gente, hablen el idioma que hablen. Yo soy bastante quieta pero con ellos no aguanto, los pies me saltan solos, los brazos se me mueven en el pasito ska sin que me de cuenta. Durante el show pasó una bandera argentina, pasó uno sosteniendo una rama de un árbol, pasaron varios fans de mano en mano. Estampida, Niño soldado, Ni fu ni fa, ETTs, Cannabis, Torero, Crimen Solicitationis, Derecho de admisión, Intifada, El vals del obrero, A la mierda y Gato López. Qué gracioso traducirle las letras de esta banda a alguien que no habla castellano.

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Algunos momentos de Sziget

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20.000 globos

Después de saltar me fui a dar una vuelta por la isla y me di cuenta de que me está pasando lo mismo con el húngaro: estoy con efecto retardado. Los primeros días no me acordaba ni una palabra, ahora puedo entender algunos carteles y ya sé que donde dice sült krumpli se venden papas fritas, bejarat es la entrada y kijarat es la salida. El húngaro me parecía imposible pero se ve que mi cabeza empieza a retener términos. Hoy pensé en que estaba cansada y se me vino a la menta la palabra faradt, que significa justamente eso: cansancio. Pero al idioma le dedicaré otro post y ahora estoy demasiado agotada como para pensar. Quién me manda a escribir un post por día a estas horas. Me quejo pero me gusta, es un desafío, aunque me parece que cuando termine esta semana voy a escribir los posts de verdad. Este festival (y Budapest y Hungría y el húngaro y todo lo que me está pasando acá) es una sobredosis de estímulos y necesito que pase un tiempo para poder procesarlos.

Sziget Festival (día 1): la isla de la libertad

[box border=”full”]Del 11 al 17 de agosto estaré cubriendo el Sziget Festival de Budapest, uno de los festivales de música y arte más grandes de Europa. Me propuse escribir un post por día así que todo esto es un borrador de medianoche.[/box]

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La entrada al Sziget Festival (algunas fotos son de Instagram pero todas son de hoy)

Cuando YouTube no existía y MTV era un canal de música yo me pasaba horas mirándolo para enganchar los videoclips de las bandas que me gustaban. Era perfecto para dejar de fondo y hacer cualquier otra cosa, y supongo que así fue como muchas canciones quedaron pegadas a momentos de mi vida sin que me diera cuenta. Unos años después, entre el fin del colegio y el principio de la facultad, me dediqué a ir a todos los festivales de música habidos y por haber: era habitué de los Pepsi Music, Personal Fest, Quilmes Rock y vi a decenas de bandas nacionales e internacionales. Tenía un truco del cual no sé si avergonzarme o no: compraba dos (a veces tres) entradas apenas salían, me quedaba con una y revendía la segunda al doble —o a lo que cotizara en el mercado— y con eso recuperaba la inversión y me pagaba la mía. Cuando empecé a viajar se me terminaron los recitales por dos motivos: uno, nunca estaba en Buenos Aires para ver a las bandas que me interesaban y dos, nunca me puse a investigar cómo funcionaba el tema de la reventa en otras partes del mundo. La cosa es que tuve unos años muy recitaleros y fui a más shows de los que me acuerdo. Durante esa época, además, soñaba ser periodista de rock.

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Empecé a viajar y la vida me llevó por otro lado. Mis ganas de hacer algo con la música se quedaron en Buenos Aires junto con la cajita donde guardaba las entradas de todos los recitales y el cuaderno en el que escribía mis crónicas subjetivas acerca de las bandas que veía en vivo. Creo que los shows me quedaron más marcados por detalles que por la lista de temas en sí: salté como loca bajo la lluvia en un show de Ska-p, fui a ver a Placebo sola porque no tenía ni un amigo que conociera la banda, tuve que caminar con el agua por las rodillas el día que el recital de Sabina se suspendió por lluvia, el primer tema de Cerati que escuché en vivo fue Artefacto (fue en un festival y salí corriendo hacia el escenario apenas escuché la introducción a lo lejos); de los Arctic Monkeys me acuerdo que se fueron del escenario y no volvieron para los bises, fue un show potente y conciso; Aerosmith no estuvo a la altura de mis expectativas (esperaba demasiado); Roger Waters fue el mejor espectáculo que vi en mi vida, esa noche la cancha de River levitó con El lado oscuro de la luna; vi por última vez a Spinetta desde lo que Vero y yo bautizamos “el palco cielo” (uno de los puntos más altos del estadio en el que tocaba).

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Decoración con paraguas

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El escenario principal

Cuando me dijeron que el Sziget era más que un conjunto de recitales me intrigó. Siete días en una isla en medio del Danubio, con cientos de bandas, djs, fiestas temáticas, espacios de arte, instalaciones, camping, eventos, clases, deportes. Yo voy. Aunque tenga que hacer malabares con los estudios de húngaro y mi poco tiempo libre, yo voy a Sziget. Me propuse, además, escribir un texto por día durante los siete días que dura el festival, y acá estoy, recién salida del día uno. Mientras volvía pensaba voy a hacer textos cortos, algunas impresiones y nada más, pero cómo me cuesta no extenderme. Es tarde y todavía estoy procesando. Hoy vi a Blink 182, una banda que me cansé de escuchar junto con Green Day durante mis dieciséis y que nunca pensé que iba a ver en vivo (no sé, los veía demasiado lejos, allá arriba, como una de esas bandas que uno ve por la tele pero que jamás tendrá cerca). Y de golpe, voilá. Tengo ese dolor de pies típico de recitales, las zapatillas sucias, el cuerpo cansado, pero no me importa nada. Nadie me saca el haber cantado singing it so I will not go turn the lights off carry me home NANANANANANA como si hubiese estado frente a la pantalla de mtv con trece años menos.

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De hoy me quedan flashes. Sziget significa isla en húngaro y el slogan del festival es La isla de la libertad. Está en medio de Budapest (la isla se llama Óbudaisziget y tiene 108 hectáreas) y es un espacio de árboles y pasto ambientado como una mini ciudad: tiene su espacio para acampar, negocios de tabaco y comida, bares, un correo, lugares donde cargar teléfonos… Dicen que es la versión europea alternativa de Burning Man: “Un parque de diversiones que no tiene nada que ver con la realidad”. Hoy no pude ir temprano así que no terminé de recorrer la isla, pero lo poco que vi me encantó: luces, decoraciones hechas con paraguas y lámparas de papel, instalaciones fabricadas con botellas, hongos y flores gigantes, varios escenarios, la palabra fuck prendida fuego en el escenario durante el bis de Blink 182, gente de todas partes de Europa. Y la puntualidad, oh la puntualidad. Si en Argentina un show se anuncia para las 9, seguro que tocan a las 10 o más tarde; pero acá Blink estaba anunciado para las 9.30 y empezó 9.34. Y estalló. No dejaron afuera ningún hit: Feeling this, What’s my age again?, Rock show, First date, I miss you, Stay together for the kids, Man overboard, All the small things. Travis rompiéndola en la batería, como siempre. Honest, let’s make, this night last forever, FOREVER AND EVER LET’S MAKE THIS LAST FOREVER. Tom haciendo todo tipo de comentarios sexuales y Mark hablando acerca de la energía que había debajo del escenario. Y es que yo me jacto de que los argentinos somos uno de los públicos más quilomberos y apasionados, pero hoy había mucha potencia. So sorry it’s over, there’s so much more than I wanted and I there’s so much more than I needed and time keep’s moving on and on and on soon we’ll all be gone nanananananana. Mi cabeza no para de cantar. Estoy en modo escritura desordenada. No paro de mirar la agenda del festival y quiero ir a todo: Ska-p, Placebo, Stromae, Kavinsky, The Kooks, Calvin Harris, las bandas, los tributos, el río, las clases, las fiestas temáticas (una con 20.000 globos, otra con 10.000 banderas, otra con seis toneladas de colores, otra con 100.000 serpentinas, otra con 10.000 palitos de esos que brillan). Una locura. Chau. Esta semana no duermo.

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Y un tema de Blink que me encanta:

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