Un corazón de washi tape (o Redescubrir obsesiones en Japón)

“Aniko-san, do you like masking tape?”, me pregunta la chica que nos recibe en el hostel de Okayama.

Le pido que me repita la pregunta porque no sé si escuché bien. ¿Me está preguntando si me gusta la masking tape? (también conocida como washi tape) ¿Sabrá que las washi tapes son mi nueva obsesión japonesa? ¿Se imaginará cuántos rollos estoy cargando en la mochila? ¿Será que L la mandó para hacerme un chiste? ¿O será una pregunta estándar para hacer el check-in? Es casi como si me hubiese preguntado: “Aniko-san, ¿te gusta pegar cosas en tus cuadernos, jugar al Super Mario, comer maracuyá puro, nadar en el mar, mirar videos de stand-up hasta cualquier hora, recibir libros por correo, salir a caminar y acariciar gatos?”. No me dio ni tiempo a dejar la mochila en el piso y ya me está haciendo preguntas existenciales. Que si me gusta la washi tape…

“Sí, ¿por qué?”, le respondo, haciéndome un poco la desinteresada.

“Porque a quince minutos de acá está la fábrica.”

Por si se están preguntando qué demonios es la washi tape, acá van algunas fotos. Es como una cinta scotch hecha de un tipo de papel que se llama “washi” que se puede pegar y despegar fácilmente.

La washi tape (o masking tape) surgió en Japón y se hizo famosa entre los crafters de todo el mundo. Viene en varios tamaños, colores y dibujos y se consigue en todas partes (en Japón).

Un rollo puede costar entre 1 y 5 usd (en general el promedio es de 2-3 dólares) y mide unos 10 metros.

¿Para qué sirve? Para decorar, para pegar en el cuaderno, para embellecer. Es ideal para quienes hacen scrapbooking o journaling.

*

Empecé a interesarme por la papelería mucho antes que por los viajes. Lleno cuadernos desde que aprendí a escribir: primero usé los diarios íntimos de hojas de colores, borde dorado y candadito, después me pasé a las agendas y, cuando empecé a viajar, a los cuadernos. Yo era de las que juntaba figuritas: tenía álbumes en blanco —con tapas de Disney y hojas plastificadas— y los llenaba con los stickers de peluche que me compraba mi mamá en la librería de mi barrio o con las calcomanías medio metalizadas que sacaba de máquinas por un peso (¿qué fue de esas máquinas? Solían estar en los peloteros, supongo que fue algo muy de los noventa). También coleccionaba de los otros álbumes, los que eran temáticos y venían con los espacios rectangulares en blanco para llenar con las figuritas numeradas que se compraban en sobres en los quioscos. Hasta me había hecho socia del Club Panini, que era la marca que los comercializaba, para que los álbumes nuevos me llegaran por correo antes de que estuvieran a la venta.

En los cajones de mi escritorio había gomas de borrar con forma de animales y olor a tutti frutti, cartucheras de lata con dibujos de Garfield, sellitos de esos redondos que venían con tapa, biromes de gel de colores pasteles. Una de mis posesiones más valiosas era mi caja de cartón con papeles de carta. Tenía con motivos de flores, de animales, de dibujos animados. Los intercambiaba con mis compañeras de colegio y los que más se cotizaban eran los que tenían perfume. En ese papel le escribía cartas a mis amigas, a mi mamá, a chicas que contactaba por medio de revistas como Billiken o Mickey Total y a Lauren, una estadounidense que había conocido en la pileta de un hotel durante un viaje con mi familia. Una vez cada dos meses, más o menos, aparecía en el felpudo de nuestro departamento una carta de Lauren, que con su letra grande y redonda me contaba qué había estado haciendo en Ohio y me mandaba fotos de la nieve. Guardo todas esas cartas, aunque Lauren y yo nunca más nos vimos ni tampoco nos agregamos en Facebook. Ese intercambio de correspondencia fue mi primera conexión entre los viajes y la papelería.

Cuaderno visto en Japón

Durante mis primeros diez o doce años, además de pasarme los días leyendo, una de mis actividades preferidas era hacer libros artesanales. En las hojas rayadas de mi carpeta escolar escribía cuentos y cartas con biromes de colores, también hacía collages, copiaba canciones o poemas y pegaba fotos. Después fabricaba las tapas con cartulina de color, las perforaba, ataba todo con un hilo grueso y le hacía un moño a modo de cierre para que nadie pudiera espiar sin permiso. Durante varios años les regalé esos libros a mi mamá y a mi papá para cada cumpleaños. Uno de los mejores y peores momentos del año era febrero: lo único bueno de que se terminaran las vacaciones era que teníamos una visita obligada a la librería-papelería para comprar los útiles escolares antes de que empezaran las clases (y ahí se terminaba mi felicidad, porque ir al colegio fue una de las cosas que menos disfruté en mi vida).

No sé si hay algo que me haya apasionado más que la papelería pero, aún así, en algún momento dejé todo ese mundo de lado. Supongo que fue cuando entré en la adolescencia. No iba a estar cargando costumbres de nena en una edad en la que quería parecer lo menos infantil posible, así que mis tesoros fueron a parar a cajas, a manos de otras nenas o —quisiera no pensarlo— a la basura. Me desprendí de biromes, papeles de carta, stickers, sellitos, cartucheras y me quedé con lo más serio, que era la escritura, y la convertí en un medio para hablar(me) de los chicos que me hacían sufrir y de todos los temas que podían preocuparme a esa edad. De esa época de primeros amores y desilusiones me quedan agendas de Maitena que me da vergüenza releer pero que no puedo tirar a la basura.

Cuando empecé la facultad dejé las agendas y pasé a los cuadernos. En el 2008, cuando me fui de viaje por América Latina, me llevé un cuaderno rayado A4 de espirales para usarlo a modo de bitácora. No lo elegí por nada en especial, creo que arrastré la costumbre universitaria de escribir en hojas grandes. En nueve meses completé dos. En Asia fue algo parecido: habré llenado tres cuadernos A4 en 16 meses de viaje. Todo cambió cuando viajé a Europa. En Barcelona, un lector me regaló una moleskine —libretas a las que siempre había mirado con un poco de desconfianza por ser “innecesariamente caras”, según yo— y despertó a la loca de los cuadernos que llevaba en mí. Empecé a escribir a mano y a llenar cuadernos como nunca antes. Cuando me quedé a vivir en Biarritz me desaté: durante ese año me la pasé llenando cuadernos y journals —que no me pesaban en la mochila porque no tenía la mochila esperándome para ir a ninguna parte— y abrí escribir.me, un blog dedicado a la escritura creativa y la papelería. Fue mi manera de aceptar (acá me gustaría usar la palabra embrace) mi pasión por el papel y todo lo relacionado con la escritura y de darle un espacio propio a esos intereses. Aniko viajera por un lado, Aniko stationery fan por otro.

Aunque yo sea una sumatoria de las dos cosas…

Y como si hubiese tenido la necesidad de cerrar el círculo papelería-viajes-papelería y de unir mis dos facetas en una, en septiembre nos fuimos a Japón y todo confluyó. Si ser adicta a la papelería fuese algo peligroso, en Tokio me hubiesen internado. Nunca vi una ciudad (y un país entero) con tanto amor por el papel, las agendas, las biromes, los lápices, los marcadores, los post-its, los stickers (¡los stickers!) y lo “cute”. Pasé horas revolviendo agendas, mirando stickers, probando lapiceras y sellos, tocando papeles y eligiendo washi tapes, que fue lo que más me enloqueció de la papelería japonesa. No pienso confesar cuántas me compré, solo diré que ya tengo una pequeña (ejem) colección y que me la pasaré pegando washi tape en cualquier superficie lisa y distraída que encuentre.

*

La fábrica a la que se refiere la chica del hostel es la de mt (una de las marcas más conocidas) y está en Kurashiki, ciudad donde nació la washi tape, pero solo abre para visitas una vez al año y ya perdí mi oportunidad. De todas maneras quiero ir a conocer el lugar donde se inventó una de mis obsesiones.

El casco antiguo de Kurashiki

Viajo a Kurashiki en tren y descubro que, además de tener negocios de washi tapes, la ciudad tiene canales y garzas y peces y góndolas y un casco antiguo muy bien preservado. Me quedo varias horas.

Paso un día repleto de pequeños momentos:

una japonesa me da una muestra gratis de algo y antes de abrirla le pregunto si es comestible,

la que atiende en uno de los negocios de washi tapes no puede creer que soy argentina y para asegurarse googlea una foto de la bandera y me pregunta si soy de ahí,

en un negocio me dejan hacer un testeo gratis de washi tapes por 10 minutos y ponen un reloj de arena para medir el tiempo mientras yo corto y pego pedazos de washi tape enloquecida,

dos japonesas que hacen el testeo conmigo me preguntan de dónde soy y tampoco pueden creer que vengo desde Argentina,

me siento en el borde del canal a mirar a una garza durante al menos veinte minutos,

saludo con la mano a los que pasan en góndola,

veo a un hombre alimentar a los peces,

encuentro un corazón hecho con washi tape.

No sabía si esto se comía o no.

Los canales de Kurashiki

Las calles de Kurashiki

La garza de Kurashiki

Y sí, hay dos negocios que venden washi tapes

Y sí, hay dos negocios que venden washi tapes

Veo este corazón en Okayama, al salir del hostel.

Y cuando me acerco me di cuenta de que estaba hecho con pedacitos de washi tape.

En el camino de Okayama a Kurashiki veo otro corazón

Este siempre será el hostel en el que me preguntaron si me gustaba la masking tape

El castillo de Okayama

Los árboles que empezaban a pelarse

Pienso en que desde que estamos en Japón, todos los días tengo un momento de puro presente, un instante en el que soy plenamente consciente de que estoy en Japón y de que me encanta estar acá. Dura pocos segundos pero aparece casi todos los días en los momentos más cotidianos: cuando estoy cruzando la calle, cuando me encuentro con una tapa de alcantarilla pintada, cuando me siento a mirar algo, cuando veo a un japonés hacer lo que para él es lo más normal del mundo. Japón me parece un país muy especial y a veces tengo la sensación de que estoy en otro planeta, o en la Tierra de un universo paralelo. Me costó dejar mi casa para venir hasta acá pero ahora entiendo que por algo tenía que hacerlo. Japón me conectó con un lado infantil que no me había animado a dejar salir del todo, me dio permiso para volver a mi amor por la papelería (y para ser fan, algo que acá es muy común), me demostró que hay muchísima gente con esta misma pasión por el mundo del stationery y que no soy la única loca que siente ataques de felicidad cada vez que entra a una librería. Japón me permitió convertirme en la viajera que lleva una colección de washi tapes en la mochila.

[box type=star]Info útil para viajar a Okayama y Kurashiki:

Okayama está a mitad de camino entre Hiroshima y Osaka y es una buena ciudad para hacer base e ir a conocer islas y pueblos cercanos. Desde ahí pueden ir a Okunoshima, la isla de los conejos, y a Naoshima, la isla de los artistas. Además están a 15 minutos en tren de Kurashiki, la ciudad de las washi tapes, los canales y las góndolas (le dicen “La Venecia de Japón”, aunque su centro histórico es muy chiquito).

Transporte: les recomiendo usar Hyperdia para ver los horarios y costos de los tren en Japón. Algunos precios: Okayama – Kurashiki ¥320 (usd 2.70, 17 minutos), Okayama – Hiroshima en el tren de alta velocidad desde ¥5500 (usd 47, 1 hora), Okayama – Osaka desde ¥3000 (25 usd) en trenes locales.

Alojamiento: nosotros nos quedamos en Kamp, un guesthouse con restaurante y música en vivo. Tiene dormitorios compartidos (¥3000 / usd 25 por persona) y cuartos privados para dos personas (¥3500 / usd 30 por persona) y está muy cerca de la estación.

Washi tape: Y por si les interesa, hay dos negocios de washi tapes en Kurashiki: Nyochiku (web | mapa) y 612 Factory Shop (mapa). Al parecer, cuando abren la fábrica de mt para visitas, toda la ciudad se llena de masking tape… Me lo perdí. [/box]

Volver a casa

“It is very important to go home if you want your work to be whole. You don’t have to move in with your parents again, but you must claim where you come from and look deep into it.
Come to honor and embrace it, or at the least, accept it.”

(Natalie Goldberg, Writing down the bones)

buenos-aires-argentina-ventana

Fue en alguna esquina de Belgrado. Era de noche, pasamos caminando frente a un barcito que daba a una calle empedrada y por unos segundos sentí que estaba en Buenos Aires. O quizá por un momento fui una serbia que caminaba por la capital argentina en una dimensión paralela. Hay ciudades que no se parecen físicamente pero comparten una esencia, tienen algo que no se puede reducir a un edificio del mismo estilo o a platos de comida más o menos similares, es otra cosa, una atmósfera, algo intangible lo que las hermana. Yo a Belgrado la sentí muy Buenos Aires. Son ciudades con historias y realidades distintas, están separadas por miles de kilómetros y, si bien ambas tienen cierto aire antiguo, melancólico y amigable, no es que sean gemelas. Tampoco llegan a mellizas, pero hay algo similar en la relación entre estas dos ciudades y sus habitantes, una identificación muy fuerte entre las personas y el espacio, como esos departamentos en los que a primera vista se nota mucho la personalidad del dueño. Yo entré a Belgrado y la sentí muy habitada, con historias por todos los rincones, como Buenos Aires. También es cierto que uno siempre ve lo que está buscando, y en ese viaje yo ya no pensaba en otra cosa que en volver a casa.

Algunas imágenes de Belgrado

Algunas imágenes de Belgrado

Las esquinas de la capital serbia

Las esquinas de la capital serbia

belgrado-serbia-aniko-villalba-7

Escaleras

Escaleras

De todos mis viajes largos, nunca volví con tantas ganas a Buenos Aires como ahora. Hasta conté los días para que saliera el avión, y eso que volar no me gusta nada. “Vos decías que querías irte diez años y no volver”, me recordó Lau. Sí, alguna vez lo dije, pero la gente cambia y tenemos que adaptarnos a nuestros propios cambios. Ahora me doy cuenta, cada vez más, de que mi límite de tiempo sin volver a Buenos Aires es un año, después de eso me agarra la nostalgia, el extrañamiento, y viajo con menos ganas. La primera vez que me fui, volver me parecía el final indeseado de un estilo de vida que recién empezaba a descubrir. Volver = se termina todo. Volver = el precipicio. Era como saltar al vacío. Ahora lo veo como una necesidad. Volver = reencontrarme con mi gente, con mis espacios, conmigo. Cuando el avión aterrizó en Ezeiza, la gente aplaudió y yo me reí emocionada. Fueron casi dos años lejos de casa, dos años con ganas de volver y a la vez sin saber bien qué haría si volvía, dos años sin un grupo de amigos fijo, sin cenas familiares, sin ver las mismas caras, sin recibir los abrazos de la gente que quiero.

Más detalles de Belgrado

Más detalles de Belgrado

belgrado-serbia-aniko-villalba-14

belgrado-serbia-aniko-villalba-17

Paso de zebra

Paso de zebra

Si a cada viaje le pusiera un título, diría que mi primer viaje por América Latina fue el de descubrimiento, la iniciación en la vida viajera: durante nueve meses aprendí en qué consiste viajar, cómo es eso de tener una rutina distinta todos los días, cómo es conocer gente nueva todo el tiempo. El de Asia fue la exploración: culturas muy distintas a la mía, comidas nuevas, costumbres que no conocía. Y este último —Sudamérica y Europa— fue la búsqueda: me pasé dos años tratando de encontrar el significado de la palabra home para, una vez resuelto el enigma, poder volver a casa. Fue un viaje circular. Todavía no lo tengo muy claro: ¿qué es el hogar? ¿Es el lugar donde nacimos o el que elegimos? ¿Es una persona? ¿Nuestra familia? ¿Es un estado de ánimo? ¿Un trabajo? ¿Mi hogar es la quietud o el movimiento? ¿Mi hogar es Buenos Aires o fue Biarritz? ¿Mi hogar es un lugar que todavía no conozco? ¿Puedo sentirme en casa solo por estar escribiendo? ¿Puedo sentirme en casa cada vez que abrazo a L.? ¿Mi hogar es donde me siento bien o donde está la gente que quiero? Home is where the heart is? Home is wherever I’m with you? No sé si estas preguntas tienen respuesta.

Buzones en Belgrado

Buzones en Belgrado

Reales y pintados

Reales y pintados

Lo que sí siento es que volver a casa es volver a uno mismo, es un reencuentro entre la persona que vino de viaje y la persona que (nunca) se fue. Viajera duplicada a la potencia. Un viaje a las raíces de nuestro ser. Llegué a Buenos Aires y me llevó unos días reconocer mis espacios, acordarme de las tazas que usaba para el té todas las mañanas, del huequito en el sillón donde me gusta leer y dormir la siesta, de esa almohada roja blandita que tengo en la cama, de mi osito de peluche blanco que me espera siempre, de la alfombra de colores donde me gusta estirarme, del tupper donde guardo las galletitas, de las postales que dejé pegadas en la puerta, de los cajones llenos de cosas que no necesité durante dos años, de todo lo que me gusta hacer cuando no viajo. Cierto que a mí me gusta lavar los platos mientras miro por la ventana, que saco la basura descalza, que tengo una guitarra en la que toco la única canción que me acuerdo y que dejé una biblioteca repleta de libros, cajas llenas de cuadernos escritos y un balcón con mucha vista a ciudad. Cierto que también tengo vida cuando no viajo, que soy Aniko y vivo en Buenos Aires y tengo amigos y familia y programas de radio y la verdulería de enfrente y los chinos cerca y el subte a pocas cuadras.

Café en Belgrado

Café en Belgrado

Puertas pintadas

Puertas pintadas

Buenos Aires me recibió a su manera: con cortes de luz, falta de agua, el tráfico cortado, un tiroteo (?), precios sumamente inflados y un calor impensado para ser invierno. Pero tal vez si no hubiese sido así, no sería ella y yo no la hubiese extrañado tanto. También me recibió con cenas familiares, reencuentros, almuerzos al aire libre, mazapán, tés con miel, caipirinhas, empanadas, casamientos con Fernet y carnaval carioca, viajes en bondi, comentarios espontáneos en la calle, bebés recién llegados. Y con dilemas. Si bien sé que los números no importan, haber cumplido treinta marcó un cambio en mi vida. Me encanta haber llegado a esta edad porque siento que durante mis veinte hice todo lo que quise, pero ahora me es imposible no plantearme otro tipo de preguntas.

Volví a Buenos Aires con ganas de quedarme acá durante varios meses. No quiero viajar por el momento, estoy un poco cansada, necesito un tiempo de vida estática. A la vez tengo ganas de empezar actividades nuevas, de dedicarme a otras cosas, de trabajar por fuera de la computadora, de construir cosas con las manos, de tener un atelier donde crear. No sé crear qué, pero crear. Quiero aprender a dibujar, hacer comics y cuadernos artesanales, quiero aprender a bailar rock, tomar clases de cocina, andar en bicicleta, sacar fotos de lo cotidiano, ir a actividades culturales, hacer vida de ciudad. Los primeros días me angustiaba: si a mi viajar y escribir me encanta, ¿por qué ahora no me sale? ¿Por qué no puedo? ¿Será que no es lo mío? Lo sea o no, si hay algo que aprendí en este tiempo es a serle fiel a mi esencia, a respetar mis impulsos y mis cambios, a hacer lo que me haga sentir bien. Y ahora, lo que necesito es estar acá, en mi casa. Cuando sienta que quiero salir otra vez, lo haré.

Arte callejero en Belgrado

Arte callejero en Belgrado

Hay palabras que no tienen traducción literal y que expresan muy bien un concepto: es el caso de homesickness. Es la enfermedad del hogar, el extrañamiento del país natal, la nostalgia por lo propio. Al parecer está comprobado que casi todos lo que viajamos lo sufrimos alguna vez en la vida. Hay quienes lo sienten al principio de un viaje o mudanza a otro país, a mí me llega después de unos meses. Homesickness: extrañar a la familia, a los amigos, la comida, las rutinas, los detalles cotidianos de nuestro día a día en ese lugar que, por nacimiento o elección, consideramos nuestra casa. Yo agrego: extrañarse a uno mismo en su ciudad. Supongo que cuando caminé por Belgrado estaba en mi punto álgido de extrañamiento. Ahora escribo desde Buenos Aires y estoy contenta, sin depresión post-viaje y muy conectada a mi yo que no viaja. Era lo que necesitaba. Y entiendo a Natalie Goldberg que me dice, desde uno de mis actuales libros de cabecera“But don’t go home so you can stay there. You go home so you can be free; so you are not avoiding anything of who you are.”

*

tetera-buenos-aires

Les regalo un párrafo del libro [eafl id=”21099″ name=”Las ciudades invisibles” text=”‘Las ciudades invisibles'”] de Italo Calvino. Lo leí ayer mientras iba en el subte y casi me paso de estación.

“Los otros embajadores me informan sobre carestías, concusiones, conjuras, o bien me señalan minas de turquesas recién descubiertas, precios ventajosos de las pieles de marta, propuestas de suministros de sables damasquinos. ¿Y tú? —preguntó el Gran Kan a Polo—. Vuelves de comarcas tan lejanas y todo lo que sabes decirme son los pensamientos que se le ocurren al que toma el fresco por la noche sentado en el umbral de su casa. ¿De qué te sirve, entonces, viajar tanto?”

Yo no quería ir al Oktoberfest

“Sin dudas, el mejor invento en la historia de la humanidad es la cerveza.
Oh, les aseguro que la rueda también fue un buen invento, pero la rueda no va tan bien con la pizza”.

Dave Barry (escritor y humorista estadounidense)

yonoqueriair
Cuando me enteré de que íbamos a estar en Munich durante el Oktoberfest me estresé. Esa ciudad era la última parada —obligada— del viaje a las raíces que estaba haciendo con mi mamá y mi papá por Hungría y Alemania: ellos tomaban el vuelo de Buenos Aires desde Munich y yo el tren a Francia el mismo día. Como el cuelgue con las fechas suele ser de familia, ninguno de los tres se había avivado de que ir a fines de septiembre equivalía a ir durante el Oktoberfest, el festival de la cerveza más grande del mundo.

Unos días antes de viajar a Munich empezamos a buscar alojamiento, como habíamos hecho durante las tres semanas de viaje sin problemas, y vimos que todo estaba repleto y que lo disponible era carísimo. Pero carísimo a un punto que me indignaba: “No puede ser que tres noches de alojamiento en un hotel te cuesten arriba de mil euros, no puede ser que una cama en un dormitorio compartido de un hostel te cueste cien euros la noche, estamos todos locos”. Me parecía desorbitado. Y ahí nos dimos cuenta de que era porque el festival con nombre de octubre empezaba en septiembre. Bienvenidos a Munich durante el Oktoberfest: la ciudad de un millón y medio de personas que recibe a siete millones de visitantes y que triplica sus precios durante dieciséis días al año. Mis ganas de conocerla iban disminuyendo de manera directamente proporcional al aumento de sus precios.

Después de pasar varios días entre casitas de este estilo, no quería cambiar el campo por la ciudad.

Después de pasar varios días entre casitas de este estilo, no quería cambiar el campo por la ciudad.

El viaje por Hungría y Alemania había sido tranquilo y, dentro de todo, barato. Nos habíamos alojado en panzios, las pensiones húngaras, y habíamos descubierto lo más parecido al Couchsurfing (aunque pago): el alquiler de habitaciones en casas de gente local. Como familia queríamos un poco más de privacidad, y alquilar un cuarto era una opción más barata que un hotel y a la vez nos permitía entrar en contacto con la gente del lugar. Un día antes de viajar a Munich encontramos, a través de una de estas webs de alquileres, a un estudiante que alquilaba su cuarto a buen precio. No estaba en el centro y era mini, pero por lo menos tendríamos donde dormir. Había un boom de ofertas: todos querían aprovechar la llegada de gente para el Oktoberfest y hacerse unos euros extra.

Yo pensaba que solo me esperaba esto (que no está mal si uno va con ganas de tomar buena cerveza)...

Yo pensaba que solo me esperaba esto (que no está mal si uno va con ganas de tomar buena cerveza)…

Munich era un destino al que yo no tenía muchas ganas de ir pero por el que tendríamos que pasar sí o sí. Era como un viaje no deseado. A mí no me interesaba ni la ciudad ni el festival, todo culpa de mis prejuicios, mi desinformación y mi cansancio:
como Munich es una de las ciudades con mejor calidad de vida del mundo, me la imaginé aburrida y llena de edificios con logos de empresas;
como el Oktoberfest es uno de los festivales más populares del mundo, me lo imaginé caro, repleto y caótico;
como estaba viajando hace un año y ya deseaba de frenar, lo único que quería era disfrutar esos últimos días con mi familia sin estrés ni amontonamientos.

Al final Munich no podía ser más linda.

Al final Munich no podía ser más linda.

Cuando llegamos a Munich casi le pido perdón por no haberla querido conocer. Como nuestro alojamiento estaba en la otra punta, tuvimos que atravesarla, y durante el trayecto no paré de repetir, con la frente pegada a la ventana: “No puedo creer lo linda que es esta ciudad”. Las casas bajas de colores, una al lado de otra, en fila ordenada, me hacían pensar en Londres. Los espacios verdes, las lagunas, los árboles, las veredas limpias me hacían pensar en Vancouver. Munich es la tercera ciudad más grande de Alemania, es la capital de la Baviera y es un centro cultural, artístico y científico. Y saber que una de las ciudades con mejor calidad de vida tiene un montón de color, tiene bosques en el medio y no está repleta de edificios, me reconfortó. No era como me la imaginaba.

Era mil veces más linda.

Era mil veces más linda.

Cuando llegamos era domingo al mediodía y había mucha gente andando en bicicleta y familias vestidas con la ropa tradicional de Baviera: ellos con el Lederhosen y ellas con el Dirndl. Todos caminaban en una misma dirección: grandes, chicos, grupos de amigos y parejas iban, me enteré después, al Theresienwiese, el lugar donde se estaba celebrando la apertura del Oktoberfest. Ahí empecé a dudar: ¿Y si voy? Por algo estoy acá en esta fecha, además la cerveza me encanta y quién sabe cuándo volveré… Pero teníamos menos de dos días en la ciudad y mucho para ver.

Esa tarde recorrimos el centro y sacamos fotos desde los miradores. Caminamos por el Marienplatz, el centro de la ciudad desde 1158, y por el resto del centro histórico. Yo estaba impactada por la aquitectura, los detalles, los colores, las figuras talladas, las curvas, la mezcla de estilos, las terminaciones. La ciudad había sido bombardeada y destruida en parte durante la guerra, y luego reconstruida respetando su estilo. Mi mamá, que es arquitecta y pintora, también estaba disfrutando de las construcciones. Y en un momento me dijo, casi al pasar: “Está igual que cuando estuve acá hace treinta años…”, y yo: “Qué, cómo que ya estuviste acá, y por qué no me contaste nada”. A ella le encanta sacar estos ases de la manga, como cuando me dijo, unas semanas antes en Budapest, que ella nunca había conocido Hungría (y eso que es húngara de nacionalidad).

Por las calles, y miradores, de Munich

Por las calles, y miradores, de Munich

munich-alemania-oktoberfest-7

munich-alemania-oktoberfest-11

munich-alemania-oktoberfest-12

munich-alemania-oktoberfest-14

munich-alemania-oktoberfest-17

munich-alemania-oktoberfest-13

munich-alemania-oktoberfest-15

munich-alemania-oktoberfest-18

Se largó a llover, algo normal en esa ciudad tan cercana a los Alpes. Lo bueno de viajar con una madre es que siempre llevan paraguas, así que lo abrimos y seguimos paseando hasta que se hizo de noche.

Al día siguiente me encontré con V., una amiga argentina que había conocido en Budapest y que estaba viviendo por dos meses en Munich. Ella había ido al Oktoberfest el día anterior.

—Ani, tenés que ir.
—No sé, no me gustan los amontonamientos de gente. Además me dijeron que si no vas temprano no podés entrar a los jardines cerveceros, y seguro que todo es carísimo.
—La entrada es gratis.
—Ah… ¿enserio?
—Sí, pero más allá de eso, tenés que ir, es una experiencia única, aprovechá que estás acá.
—Bueno, vamos.

Al final no fue tan difícil convencerme.

Y cuando llegamos también estuve a punto de pedirle perdón al Oktoberfest por no haber querido conocerlo. Tampoco era como me lo imaginaba.

Bienvenidos al Oktoberfest

Era mil veces más divertido.

Una feria de juegos

Bienvenidos al Oktoberfest: una feria de juegos

Muy retro, en mi opinión

Muy retro, en mi opinión

Primera sorpresa: el Oktoberfest es una feria de juegos retro donde también se toma cerveza. Hay montañas rusas, autitos chocadores, atracciones de circo, osos de peluche gigantes, algodones de azúcar, choclo caliente.

munich-alemania-oktoberfest-27

Segunda sorpresa: la gente va vestida con la ropa tradicional bavaria, así que es como estar dentro de una película alemana.

munich-alemania-oktoberfest-39

Tercera sorpresa: como era lunes, no había tanta gente y se podía caminar bien.

munich-alemania-oktoberfest-22

Cuarta sorpresa: la cerveza que se sirve en el Oktoberfest tiene que cumplir “la ley de pureza de Baviera” y tiene que ser elaborada dentro de Munich. Por eso hay solo seis fábricas que venden su producto en este festival.

munich-alemania-oktoberfest-36

Quinta sorpresa: los precios no son taaan altos (un vaso de un litro de cerveza cuesta €10, medio pollo €10, un choclo con manteca €3, las entradas a los juegos entre €2 y €8. En términos europeos, no es tan terrible).

munich-alemania-oktoberfest-37

Sexta sorpresa: los patios cerveceros son de los lugares con más buena onda que conocí.

Un patio cervecero

Un patio cervecero

El Oktoberfest nació en 1810 en honor al matrimonio entre el Príncipe Ludwig de Baviera y la Princesa Therese de Saxe-Hildburghausen. Los ciudadanos de Munich fueron invitados a celebrar el casamiento en el Theresienwiese, un espacio abierto frente a las puertas de la ciudad, el mismo donde se celebra el festival hoy. Hubo carreras de caballos y la gente asistió vestida con su ropa típica. Al año siguiente, al evento se le sumó un show de agricultura, en 1850 se hizo el primer desfile, en 1882 aparecieron los primeros puestos de venta de salchichas y en 1892 se empezó a servir cerveza. A fines del siglo 19 aparecieron los patios cerveceros y la música en vivo, y ahora, cada año, se sirven más de seis millones de litros de cerveza.

munich-alemania-oktoberfest-38

munich-alemania-oktoberfest-46

munich-alemania-oktoberfest-45

munich-alemania-oktoberfest-33

munich-alemania-oktoberfest-28

munich-alemania-oktoberfest-32

V y yo nos subimos a algunos juegos. A los pedorros, según yo, porque a ella le daba miedo subirse a las montañas rusas, y esos pedorros terminaron provocándonos carcajadas del miedo. Espero que este carrito no se vaya a la mierda, decíamos mientras llorábamos de risa. Todo bien con los juegos de feria, pero dejame que desconfíe de las vías que se arman y se desarman cada año. Así y todo, fue espectacular.

munich-alemania-oktoberfest-48

Nos subimos a este, que no tiene rulos como las montañas rusas, pero en cada curva daba miedo.

Decidimos terminar el día en una de las carpas que hacía de patio cervecero. Buscamos dos huecos y nos sentamos en una mesa larguísima, junto con cientos de personas que estaban tomando cerveza. El vaso de litro que pedimos era tan pesado que costaba levantarlo con una mano: admiro a las alemanas que levantan ocho de esos vasos como si nada y los llevan de mesa en mesa. Alrededor nuestro, la gente hablaba, gritaba, cantaba, brindaba. Era como estar en un bar comunitario gigante donde todos éramos amigos. Cada vez que tocaba la banda, algunos se subían a la mesa, otros bailaban, otros intentaban cantar al unísono y todos brindábamos con los que tuviéramos cerca. Ojalá todos los bares fuesen así.

munich-alemania-oktoberfest-43

munich-alemania-oktoberfest-40

munich-alemania-oktoberfest-42

A la vuelta vimos algunos borrachos que se tambaleaban mientras volvían a sus casas, pero nada fuera de lo común. V y yo nos despedimos y prometimos reencontrarnos en Buenos Aires. Caminé un rato sola antes de volver al departamento. Me di cuenta de que ya era veintidós de septiembre: se me había terminado el verano europeo y, a la vez, en Argentina había empezado la primavera. Así que el mundo estaba en primaotoño, mis dos estaciones preferidas. A la mañana siguiente tenía que tomar el tren a Francia y me había quedado mucho de Munich por ver, pero estaba contenta: ese viaje no deseado se había convertido en la despedida perfecta. Despedida de mi familia, despedida del verano y despedida de mis viajes, por un tiempo. A veces uno no elige a los lugares, sino que los lugares lo eligen a uno. Yo no quería ir al Oktoberfest, pero tenía que ir igual. Munich sabrá por qué.

Viaje a las raíces

baviera-alemana-15

En la mesa del living de la casa de mi mamá, donde crecí, siempre hubo dos cajas de madera llenas de fotos en blanco y negro. Digo siempre porque estaban ahí desde que yo nací, y cuando nacemos y vemos que algo está ahí o es así, nos parece que fue así siempre. Yo me pasaba tardes enteras mirando esas fotos, clasificándolas, oliéndolas (las fotos viejas tienen un olor tan particular), tratando de imaginarme cómo había sido mi mamá a los tres años y cómo habían vivido mis abuelos en Europa. Las fotos son casi todas de Hungría y Alemania y las sacó mi abuelo, el papá de mi mamá, que murió cuando yo tenía 12 años. Si bien no pude conocerlo tanto como hubiese querido, con él me pasa algo raro: siento que charlé con él después de mis 12 años, como si lo hubiese conocido más de grande. Lo siento muy presente y cercano; debe ser porque admiro su arte (fue un gran retratista y paisajista) y su historia de vida, y porque varias veces soñé que charlaba con él.

Un retrato dibujado por mi abuelo

Un retrato de mi mamá dibujado por mi abuelo

Y así me retrató a mí cuando era bebé.

Y así me retrató a mí cuando era bebé.

Cuesta entender, creo yo, que nuestros padres y familiares vivieron tantas cosas antes de que nosotros naciéramos. Cuando yo llegué, mi mamá ya era pintora y estaba viviendo en Argentina hacía mucho tiempo —si bien seguía hablando húngaro—, y para mí eso era lo normal; yo empecé a ver la película desde esa escena. Todo lo que le había pasado antes estaba en fotos, en cartas y en sus relatos. Estamos tan enfocados en escribir nuestra propia historia que nos olvidamos de que todos los que nos rodean, especialmente nuestros familiares, cargan con varios tomos. Siempre me gustó que mi mamá me contara recuerdos de su infancia o historias de cuando tenía mi edad, y los relatos del exilio de Hungría y Alemania me parecían eventos ocurridos en otra dimensión. Nunca viví una guerra —y las guerras son algo que no me entra en la cabeza— así que siempre me costó entender que alguien tuviese que pasar por tantas cosas con tan poca edad.

Puente

Cuando mi mamá me confirmó que venía a verme a Europa con mi papá, le pedí que por favor me traiga una foto que tenía guardada en el primer cajón de mi escritorio. Es una foto en blanco y negro, sacada también por mi abuelo, en la que aparece mi mamá, muy chiquita, con su mamá y otra señora en un puente de Alemania. Ella me ganó de mano y no solo trajo esa, sino varias más de las que tenía guardadas en las cajas de madera. Ambas sabíamos que este iba a ser un viaje a sus raíces (y a las mías), y esas fotos eran la única evidencia tangible de sus primeros tres años de vida en un pueblito de la Baviera alemana. Queríamos encontrar esas imágenes y replicarlas, más de sesenta años después, pero no sabíamos si quedarían rastros de esos momentos y lugares que mi abuelo había capturado hacía tantos años con su cámara de fotos.

baviera-alemana-19

El río Regen

*

En este relato y esta búsqueda participaron muchas personas. Todos desconocidos. Todos alemanes. Salimos por el pueblo con las fotos en la mano y empezamos a preguntar: “¿Sabe dónde queda esta iglesia?”, “¿desde dónde podemos ver este paisaje?”, “¿esta casa cuál es?”, y así. No pensamos que el idioma iba a ser una barrera tan grande, pero en esta parte de Alemania no muchos hablan inglés así que nos comunicamos como pudimos, mezclando alemanglish con espanglish con traducciones de google, con “creo que está diciendo tal cosa” y con señas. Muchas cosas no pudimos averiguarlas y otras sí, pero lo que encontramos, en todas las personas con las que hablamos, fue una muy buena predisposición y ganas de ayudar. Así que estos momentos que comparto son el resultado de varios días de búsquedas laberínticas, de preguntas a desconocidos y de idas y venidas por las rutas de la Baviera.

Un paisaje de la Baviera

Un paisaje de la Baviera

*

* La estación de tren de Blaibach

“En nuestra huida de Hungría, los tres últimos vagones del tren en que viajábamos fueron bombardeados a pesar de tener pintada la Cruz Roja en sus techos. Como mi papá y mi mamá –embarazada de mí– iban en el primer vagón, salvaron sus vidas y la mía milagrosamente. Una vez que mis padres llegaron, con pocas pertenencias, a la estación de tren de Blaibach fueron hospedados por un campesino alemán en su granja. No había dificultades de idioma ya que todos los húngaros hablaban alemán como segunda lengua.”

(Las citas en itálica son fragmentos de un texto que escribió mi mamá en el 2009 para el libro “Nos trajeron los barcos”, una recopilación de historias de argentinos hijos de inmigrantes)

Blaibah_3 copy

La foto que sacó mi abuelo desde la estación de tren

La foto que sacó mi abuelo desde la estación de tren

El tren sigue pasando por Blaibach, pero la estación está casi abandonada. “Acá llegaron mis papás con sus valijas, pobrecitos, pensá que habían dejado todo y no tenían a dónde ir”, me dice mi mamá. “Un alemán les dio una casa para que vivieran en Plarnhof, donde nací; en esa época era muy común alojar a refugiados de guerra en el campo”. Buscamos el arco desde donde mi abuelo sacó la foto de Blaibach. Lo encontramos. Se ve que antes formaba parte de la entrada de la estación y tenía una tranquera: “Mirá, todavía están las bisagras”. Intento pararme en el mismo lugar y sacar la misma foto, pero es muy difícil: en sesenta años los árboles crecieron mucho, además pusieron cables y postes, y el cuarto está lleno de cachivaches que no me dejan moverme mucho. Pero el lugar fue este. Hay algo que me gusta mucho de las fotos de mi abuelo: son muy positivas, me reconfortan, transmiten la esperanza de haber podido empezar de nuevo.

baviera-alemana-34

Desde acá mismo sacó la foto mi abuelo. El lugar donde estaba la tranquera hoy está lleno de cachivaches y basura, por eso la corté tan abruptamente.

* El bosque con olor a almendras

“Plarnhof está ubicado en un valle de colinas verdes y arboladas, y está conformado por un conglomerado de casitas rurales con techos a dos aguas cerca del río Regen. Es un lugar tranquilo que no figura en los mapas turísticos ya que no hay puntos de interés que atraigan a los viajeros.”

baviera-alemana-17

Plarnhof no tiene más de cuatro casas y aún así es el lugar más importante que visitamos en este viaje. Es el pueblo donde nació mi mamá y donde vivió sus primeros tres años de vida, antes de irse a Argentina. “La otra vez que vine a Europa, hace como treinta años, no lo pude conocer. Me acuerdo que llegamos en tren hasta Blaibach, pero era domingo y llovía muchísimo así que no conseguimos ningún transporte que nos lleve a mi pueblo”, me cuenta mi mamá mientras caminamos, por fin, por Plarnhof. El valle es verdísimo, el sol no puede más, casi no hay nubes: es un día espectacular. Mi mamá mira y empieza a recordar: “¡Ay sí! Acá fue donde me caí de la escalera. Mi papá la había puesto contra un manzano y yo me subí y me caí y quedé inconsciente. Mi mamá pensó que me había muerto”. No sabe si son sus recuerdos reales o si están basados en lo que le contó su papá, pero da igual.

baviera-alemana-36

Frente al bosque

Frente al bosque

El valle verde

El valle verde

El pueblo está vacío, solamente hay dos vecinos trabajando en sus tractores. Ninguno habla inglés, pero les mostramos las fotos y nos llevan hasta los puntos desde donde fueron tomadas. Lo que más me llama la atención del lugar es el olor a almendras. Lo siento todo el tiempo, muy fuerte, como si hubiesen derramado esencia de almendras sobre el pasto. Es mi olor preferido y qué lástima que no lo puedo adjuntar a este texto, porque para mí define al lugar. Caminando encontramos la capilla donde mi mamá fue bautizada; hoy oficia de mini-cementerio y tiene la placa con el nombre del señor alemán que les dio refugio. Otra pieza del rompecabezas.

Todavía no sabemos en cuál de las casas del pueblo vivieron, sospechamos —no sabemos por qué, quizá porque alguien nos dijo que es la que está abandonada— que en el establo de la entrada. De lo que sí estamos seguras es del bosque. Es el bosque de mi mamá. Y tiene una magia que le vi a pocos bosques. “Mi papá me llevaba en sus hombros por el bosque nevado para ver a los ciervos. Él me decía que no hablara porque los iba a espantar, y obviamente yo gritaba de emoción y los ciervos se iban corriendo”, me cuenta mientras miramos cómo los rayos del sol se filtran entre los troncos e iluminan a una colonia de hongos. Es el bosque más lindo que vi en mi vida. “Mi papá siempre decía que los tres años que vivimos acá fueron de los más felices de sus vidas”.

baviera-alemana-7

Si mirás hacia arriba ves esto.

Si mirás hacia arriba ves esto.

baviera-alemana-29

* Sentada frente al río

Hay una foto de las que sacó mi abuelo que me encanta: está mi mamá de espaldas, con dos o tres años, sentada frente al río. Aunque no se le vea la cara se nota que está muy concentrada haciendo algo, quizá mirando algo o inventando un juego. En la foto se ve un puente, a lo lejos, y un conjunto de rocas en el agua. Y es la imagen que más nos cuesta encontrar.

MiRio

baviera-alemana-22

Bordeamos el río Regen y llegamos hasta el puente de la foto; sabemos que mi abuelo sacó la foto de lejos, pero no logramos encontrar desde dónde. Es un terreno plano y todo lo que bordea al río está en pendiente. No coincide. Por un rato decidimos no buscar y solo caminar y disfrutar el día.

—Si ustedes no se hubiesen ido a Argentina, yo no existiría, —le digo de repente a mi mamá.

—Existirías pero con otro nombre y nacionalidad, yo hubiese tenido hijos igual.

—Seríamos todos alemanes… Si esto fuese Family Guy ahora aparecería una escena con nosotros tres en versión alemana, rubios y de ojos celestes, vestidos con la ropa típica.

—Quizá vos te llamarías Inge.

—Inge Heinz o Strasse (?).

(…)

—Siento que mi papá está caminando por acá con nosotros, ¿no?

—Sí. Me hubiese encantado conocerlo más. Qué bueno que sacó todas estas fotos.

El puente en cuestión

El puente en cuestión

Paisaje bordeando el río

Paisaje bordeando el río

Nos subimos al auto y seguimos camino. Cuando pasamos por el camping, que está ubicado a orillas del río, me parece ver una zona baja, de pasto recto, parecida a la de la foto. “Es acá”, les digo. Entramos y le mostramos la foto a uno de los dueños y nos dice que sí, que la foto fue tomada desde el camping cuando todavía no era camping y los árboles no tapaban la vista. Nos guía hasta el lugar y pasamos un largo rato ahí, sacándonos fotos y mirando a los patos.

Fue desde por acá, aunque hoy hay tanta vegetación que la vista no es la misma.

Fue desde por acá, aunque hoy hay tanta vegetación que la vista no es la misma.

A lo lejos se ve el puente

A lo lejos se ve el puente

baviera-alemana-25

* La casa de Plarnhof

“La granja estaba ubicada en medio de un frente de batalla entre las Potencias Aliadas y las del Eje. Era un sitio peligroso: se escuchaba el persistente ruido de las metrallas y las tropas beligerantes recorrían la zona constantemente. En una ocasión los norteamericanos entraron a la granja y abrieron la puerta a patadas en búsqueda de armas. Mi mamá, que era actriz de teatro, ordenó a los integrantes de la granja que se pusieran a jugar a las cartas y cuando los norteamericanos los apuntaron ella contestó en inglés, con voz estridente, que no distrajeran a la gente que estaba concentrada en ese juego. Tenían escondidas varias escopetas dentro del asiento del sillón de doble cuerpo donde ella estaba sentada –el granjero tenía siete hijas mujeres y temía por ellas, ya que eran frecuentes las violaciones por parte de los soldados–. Los norteamericanos se acercaron a ver a qué y cómo jugaban, cuando terminaron registraron la propiedad y no encontraron nada.”

Plarnhof-ba2

MiCasa1

baviera-alemana-5

Volvemos varias veces a Plarnhof. Quizá para encontrar a alguien que pueda contarnos algo, quizá para volver a oler ese bosque, quizá para viajar un poco en el tiempo y hacer de cuenta que mis abuelos todavía están acá. Uno de los vecinos —el mismo de la otra vez— nos hace señas de que nos subamos a su auto y nos lleva de vuelta a Blaibach, a la casa de un señor de unos 80 años. El señor habla un poco de inglés y nos cuenta que conoció al hombre que había alojado a mis abuelos. Se acuerda también del tren que llegó de Hungría al final de la guerra, pero dice que no conoció a mis abuelos.

Nos invita a pasar a su casa. Quiere mostrarnos fotos de esa época. Tiene varias de las casas de Plarnhof, y así nos enteramos de cuál es la casa en la que nació y vivió mi mamá. No es el establo, es una que quedó abandonada cuando su último dueño murió. Así que volvemos al pueblo y la miramos de cerca, la rodeamos, buscamos alguna ventana abierta, espiamos. No encontramos rastros de aquellos tres años. Pero ahí entendemos por qué entre las fotos de mi abuelo aparece tantas veces esa casa. Teníamos la respuesta frente a nuestros ojos, era muy simple, pero en la emoción no la vimos.

La casa.

La casa.

Esta foto de la casa la sacó mi mamá.

Esta foto de la casa la sacó mi mamá.

* Mi mamá y mi abuela en el puente

“Todavía resuenan en mi memoria las alegres canciones húngaras que mis padres cantaban a dúo mientras recorríamos los caminos del pueblo o nos quedábamos a orillas del río bajo la sombra de los pinos y los abetos. En verano el aire estaba perfumado por el aroma intenso de los muguets –una flor típica de climas fríos– que crecían por las praderas. Mis padres eran entonados y afinados; en Europa era habitual que las familias cantaran en sus casas o en cualquier otro lugar y ocasión.”

Mi abuela era actriz. Ayer la vi por primera vez en una película húngara.

Mi abuela era actriz. Ayer la vi por primera vez en una película húngara.

No conocí a mi abuela materna. Murió cuando mi mamá era muy chiquita, poco tiempo después de que se fueran a vivir a Buenos Aires. La vi en fotos y en una película: era actriz de teatro y de cine.

La foto del puente me encanta: mi mamá está corriendo y su mamá la está mirando. Mi abuelo se paró a un costado y capturó esa escena cotidiana. El puente lo reconocí enseguida. Sigue teniendo las mismas barandas, pero cambió. Por todos los intentos (fallidos) que hago para sacar esa misma foto, puedo concluir que a este puente lo ensancharon, porque no me da el ángulo ni la perspectiva. Supongo que en estas décadas pasaron muchas cosas.

baviera-alemana-38

No puedo replicar esta foto, y eso que es mi preferida. Quizá fue un momento tan único que mejor dejarlo ahí, en esa imagen.

* De espaldas en la estación

“Mi familia ya no se podía quedar en Alemania: estaba convencida de que la situación política desataría una Tercera Guerra Mundial. Mis padres solicitaron la visa para poder ingresar a EEUU, país donde vivía exiliado mi padrino, pero les fue denegada. Decidieron venir a la Argentina, tierra de paz que aceptaba a los refugiados de guerra sin discriminación.”

2014-09-21 12.16.34

baviera-alemana-41

“Quiero que volvamos a la estación de tren para ver si la foto donde está mi mamá de espaldas es ahí, porque ayer no nos fijamos”, nos pide mi mamá. Es tu viaje, vamos a donde quieras. Así que volvemos a la estación de Blaibach. Habíamos estado tan concentrados en buscar el arco que no miramos la parte de atrás. La foto coincide enseguida. “¡Sí, fue acá!”, le digo contenta. “Vamos a replicarla. Ponete ahí y caminá… a ver, más a la izquierda… pero no camines en diagonal ma… ¡caminá normal! ¿qué es eso?”, me agarra tal ataque de risa que me cuesta mucho sacar la foto. Mi mamá es un personaje cuando quiere.

baviera-alemana-31

baviera-alemana-32

Después de eso volvemos a cruzar el puente, volvemos a pasar por su pueblo y volvemos a ver el bosque, esta vez de lejos. “Cuántas cosas pasaron antes de que yo naciera”, le digo. “Cada vez que me hablás de la guerra siento que me estás contando una película, parece mentira que haya sido real”. Pero todo eso pasó y por eso hoy estamos acá, tratando de reconstruir un pedacito del pasado.

Blaibach de lejos.

Blaibach de lejos.

*

Ni sé cómo terminar este texto. Todo lo que vivimos estos días también me parece irreal. Esta región de Alemania me sorprendió mucho. No pensé que iba a querer quedarme tanto, pero estamos acá hace cinco días y me quedaría muchos más. Me encanta ver el valle tan verde por la ventana. Me encanta la forma de las nubes, los bosques al costado de la ruta, el río Regen, el olor a almendras, los frentes de las casas llenas de flores, los vecinos que nos miran con curiosidad. Y me encantan las fotos que sacó mi abuelo, estas fotos viejas que pasaron de mano en mano, estas fotos que nos mostraron cómo fue la vida en algún momento y que nos ayudaron a ir armando el rompecabezas de nuestra historia. No sé si mi abuelo se habrá imaginado el destino que iban a tener sus imágenes cada vez que puso el ojo en el visor y capturó, con la cámara, un pedacito de su presente.

déjà vu (por las calles de Budapest)

déjà vu (del francés: ya visto) es esa sensación de que ya viviste en el pasado lo que estás viviendo en el presente (haya ocurrido o no). Algunos dicen que el déjà vu es la memoria de los sueños.

budapest-hungria-66

En todas las ciudades del mundo, en general, se repite la misma historia: una persona nace, crece y pasa gran parte de su vida en ese escenario; quizá viaja por trabajo, por placer, por vocación, y después vuelve, sigue viviendo, trabaja, se enamora, tal vez se desenamora, crece más, tiene amigos, tiene hijos, tiene nietos y tiempo después muere en esa misma ciudad. Para algunos, viajar o mudarse a otra ciudad o país es normal, pero la mayoría de la gente suele quedarse en el lugar donde nació. A veces pasa, sin embargo, que una circunstancia extraordinaria irrumpe el fluir cotidiano de esa ciudad y quiebra la vida de las personas en dos: hay un desastre natural, una guerra o una dictadura, y miles (quizá millones) de personas se tienen que ir a otro lado, tienen que escaparse o exiliarse contra su voluntad, tienen que dejar una ciudad y una vida que quizá no tenían ganas de dejar y están obligados a empezar de nuevo en un lugar distinto. Esto pasa en todas partes del mundo, y esto le pasó a millones de familias húngaras durante las grandes guerras del siglo veinte.

Budapest y el Danubio

Budapest y el Danubio

Todas las fotos de este post  son de Budapest

Todas las fotos de este post son de Budapest

budapest-hungria-15

budapest-hungria-47

La primera sensación que tuve al llegar a Budapest fue que había viajado en el tiempo, como si el trayecto en auto desde Francia también me hubiese llevado un par de siglos hacia atrás. “Esta ciudad debería estar en un museo”, me dijo L. cuando vimos el tranvía amarillo y las construcciones antiguas de Buda (porque Budapest es la unión de tres ciudades: Buda, Pest y Óbuda) por primera vez. Habíamos llegado un domingo. Unos días después salí a caminar y me sentí en una Europa muy distinta de la que había conocido hasta el momento. Estaba en una ciudad majestuosa y a la vez descascarada, antigua y melancólica, imponente y un poco descuidada (una dualidad que me fascina y que, para mí, define a las ciudades más lindas). Sentía que Budapest me transmitía una tristeza sutil en suspiros mientras yo la caminaba: “Hola, sí, soy yo, Budapest… ¡pero ay, qué vida la mía!”, como si levantara los hombros, respirara y se desinflara en recuerdos. No tuve mucho tiempo libre para conocerla: enseguida me metí en la vorágine de la rutina (mis estudios de húngaro y todas las actividades complementarias del instituto) y dejé que la ciudad se convirtiera en el telón de fondo de mis actividades durante cuatro semanas.

Hay construcciones así

Hay construcciones así

y así

y así

y puentes

y puentes

castillos

castillos

y frentes descuidados (los que más me gustan)

y frentes descuidados (los que más me gustan)

budapest-hungria-7

y este tipo de construcciones también

y este tipo de construcciones también

Una semana antes de terminar el curso conocí a mi familia húngara (de parte de mi abuelo materno) y nos fuimos al aeropuerto a buscar a mi mamá y a mi papá que estaban llegando de Buenos Aires después de diez meses sin vernos. La familia de mi mamá (tanto mi abuelo como mi abuela) era oriunda de Budapest: mi abuelo era arquitecto-ingeniero civil y pintor, y mi abuela cantante y actriz de teatro y de cine. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvieron que huir de Hungría por motivos políticos, así que se subieron al último tren de la Cruz Roja —mi abuela, embarazada de mi mamá— que partió de Budapest a Alemania poco antes de que el régimen comunista cerrara las fronteras del país. Hungría quedó del otro lado de la Cortina de Hierro, y mis abuelos dejaron ahí a sus padres, que no quisieron abandonar su tierra y murieron tiempo después sin haber podido conocer a sus nietas. Mis abuelos vivieron los tres años siguientes en distintos pueblitos de la Bavaria alemana, donde nació mi mamá y una de sus hermanas. Después cruzaron en barco a Argentina (país que los recibió como a otros millones de refugiados de guerra e inmigrantes europeos) y vivieron el resto de sus vidas en Buenos Aires. Aprendieron castellano y se adaptaron al modo de vida argentino, aunque mantuvieron las costumbres y el idioma húngaros. Si bien soñaban con volver a Hungría, nunca pudieron hacerlo.

budapest-hungria-30

budapest-hungria-61

budapest-hungria-43

budapest-hungria-37

budapest-hungria-36

Cuando volvíamos del aeropuerto hacia el centro de la ciudad le dije a mi papá: “Budapest te va a encantar, no sabés qué linda que es, los puentes son impresionantes, las construcciones son muy antiguas, hay…”, y me interrumpí: “A vos ma no te digo nada porque ya conocés”. Y ahí me respondió algo que nunca jamás en mi vida me había planteado: “No Ani, yo nunca estuve en Budapest”. Al principio no le creí: “¿Cómo que no? Si viajaste a Europa en los 70, cuando viniste a conocer tu pueblito en Alemania, y también viniste a Budapest…¿no?”. Y me respondió algo que rompió todos mis esquemas: “Ani. Esta es la primera vez que vengo a Hungría”. QUÉEEEEE. Toda mi vida di por sentado que mi mamá (húngara, criada como húngara, con nombre húngaro, que habla húngaro perfecto) conocía su país, y resulta que la otra vez que vino a Europa, Hungría todavía estaba bajo el régimen comunista y ella prefirió no conocer. “O sea que estás pisando tu país por primera vez, no lo puedo creer”, le dije. Pero ella estaba en otra: leía todos los carteles en voz alta y me los traducía, y cada vez que veía algo que le gustaba decía “milyen szép!” (¡qué lindo!) con la nariz pegada a la ventana. Ahí, cuando la escuché explicando el significado de algún cartel, fue cuando tuve el primer déjà vu: pará, esto yo ya lo viví, o quizá lo soñé, pero me acuerdo. 

Mi mamá llegó el día de Szent István király y vio los fuegos artificiales y festejos en honor al primer rey de Hungría.

Mi mamá llegó el día de St. Stephen y vio los fuegos artificiales y festejos en honor al primer rey de Hungría.

budapest-hungria-40

budapest-hungria-41

budapest-hungria-34

budapest-hungria-33

Baldazo de agua fría

Baldazo de agua fría

budapest-hungria-46

Si bien durante las cuatro semanas que duró el curso me moví bastante por la ciudad, empecé a conocerla el día que me dieron el diploma de fin de curso, cuando la rutina ya no me tenía los ojos vendados. Volví a caminarla con la cabeza despejada y redescubrí lugares por los que había pasado todos los días sin mirar. Iba con mi mamá y le dije: “Fahh, mirá esa construcción qué linda, nunca caminé por acá”, y pocos metros después me di cuenta de que estaba a la vuelta de uno de los barcitos donde cené un montón de veces (fue como un déjà vu pero tardío). Cuando uno no mira, no ve. Saqué un montón de fotos de los edificios y las esquinas y decreté que Budapest es una de las ciudades más lindas y fotogénicas que conocí en mi vida, y no solo porque sea Budapest, sino porque no es perfecta ni pretende serlo, y eso es lo que más me gusta de ella. Durante nuestras caminatas descubrí que en ella (como pasa con tantas ciudades) se esconden y conviven otras: yo vi a Madrid, a París y a Buenos Aires.

budapest-hungria-57

budapest-hungria-56

budapest-hungria-52

budapest-hungria-38

Memorial a Michael Jackson

Memorial a Michael Jackson

Una de las tantas casas de baño de la ciudad

Una de las tantas casas de baño de la ciudad

budapest-hungria-12

budapest-hungria-10

budapest-hungria-35

budapest-hungria-22

Un día antes de irnos de Budapest me senté sola frente al Danubio, en el memorial de los zapatos (dedicado a los judíos que fueron asesinados frente al río y obligados a dejar sus zapatos en la orilla antes de ser fusilados), y me puse a pensar en mi abuelo. ¿Cómo habrá sido su vida en esta ciudad? ¿Por dónde habrá caminado? ¿Se habrá sentado acá alguna vez? ¿Qué hubiese sido de él si se quedaban durante el régimen comunista? ¿Quedará, acá, gente que lo conoció en persona? ¿Lo recordarán por sus obras? (Diseñó, entre otras cosas, el antiguo aeropuerto de la ciudad, varias iglesias y edificios, pero el régimen soviético sacó todas las placas con su nombre). Pensé en todas las cosas que pasaron en esta ciudad (las tomas, las guerras, los bombardeos, la destrucción, los enfrentamientos, la revolución) y entendí un poco el por qué de esa tristeza que me transmitió el primer día. También entendí, después de conocerla más, el por qué de la nostalgia de los húngaros exiliados por su tierra. Budapest es tan linda que duele.

budapest-hungria-64

budapest-hungria-63

budapest-hungria-21

budapest-hungria-14

budapest-hungria-9

budapest-hungria-4

budapest-hungria-51

budapest-hungria-67

Y durante esas horas que pasé frente al Danubio pensé que la vida, al final, consiste en dónde pasás tu tiempo y cómo. Al final todo se reduce a eso. Nacemos, recibimos un cuerpo, aprendemos un idioma y con él una manera de entender y ordenar la realidad que nos rodea, tenemos una cultura y una nacionalidad que nos moldea. Hacemos cosas, tenemos historias, pasamos por situaciones difíciles y agradables. Y en este tablero algunos necesitamos el movimiento para ser felices y otros son obligados a moverse y no quieren. Hay quienes nacen en el lugar que sienten correcto y otros en el que consideran equivocado. Y hay miles, millones, que viven con nostalgia del lugar que tuvieron que abandonar: su ciudad, el lugar donde crecieron, su país. Y esa, sospecho, debe ser una de las tristezas más difíciles que nos toca soportar.

[box border=”full”]Les recomiendo el libro “La mujer justa” de Sándor Márai (escritor húngaro). Una misma historia contada por sus tres protagonistas, una reflexión profundísima y excelente acerca del amor, la soledad, la muerte y los mandatos sociales. Y está situada en Budapest.[/box]

Ojos nuevos

I can speak Hungarian, what’s your superpower? / Hablo húngaro, ¿cuál es tu superpoder?
(Mensaje visto en una remera* en Budapest) (*en Argentina, remera —y no ramera ni mujer que rema— es lo que en otros países llaman polo, camiseta, chomba… o en inglés: shirt)

hungria-1

Por las calles de Budapest

Cuando dije que iba a aprender húngaro muchos me preguntaron para qué. Con el modo sarcasmo activado, me dijeron: “Ah, pero te va a ser muy útil”. Sí, tanto como el poco indonesio que hablo o el catalán que quiero aprender. Nos enseñan a ver los idiomas desde el lado práctico y no desde el humano. Aprender un idioma que se habla en un solo país o región y que no sirve para comunicarse internacionalmente parece una pérdida de tiempo, plata y esfuerzo. Es cierto que en este mundo los idiomas que hay que aprender son otros, pero los que salieron elegidos están en el podio solo por una cuestión de historia. Si las cosas se hubiesen dado distinto quizá todos estaríamos hablando latín, ruso o mandarín (dicen que es el idioma que se viene). Lo lindo de aprender otro idioma (sobre todo si es uno muy distinto al propio) es que a la vez aprendés a ver el mundo con ojos nuevos: a new language gives you a new mindset. Un lenguaje nuevo también te da una manera nueva de pensar y de entender la realidad. Y esa, para mí, es la mayor ganancia.

El tranvía en Budapest

El tranvía en Budapest

Vista de Budapest

Vista de Budapest

Pasé 29 años escuchando a mi mamá hablar húngaro. Como nunca entendí lo que decía, no le presté demasiada atención. A mí me sonaba a idioma inventado: seguro que ella y sus hermanas lo crearon cuando eran chiquitas, jugando, y lo mantuvieron de grandes para poder hablar en secreto delante de todos (como el jeringozo o ese idioma escrito de palitos y puntitos con el que me escribía cartas indescifrables con una amiga en el colegio). El húngaro me parecía un idioma tan imposible que ahora, después de haber hecho un curso de un mes, no puedo creer que ya tengo noción de la gramática, que puedo decir algunas cosas básicas y que puedo leer (y mitad inferir) los carteles más básicos de Budapest. Nada es imposible.

Ahora sé que "otthon" significa "en casa", pero el día que saqué la foto no tenía ni idea.

Ahora sé que “otthon” significa “en casa”, pero el día que saqué la foto no tenía ni idea.

Atardeceres desde mi ventana

Atardeceres desde mi ventana

Cuando dije que iba a estudiar húngaro, otra de las cosas que me preguntaron fue: “Y es parecido al alemán, ¿no?”. No. El húngaro no se parece a ningún otro idioma, es como una isla lingüística en medio de Europa. No pertenece a las lenguas indo-europeas (como el inglés, el español, el ruso, el alemán, el francés, entre otros), tampoco a las eslavas (como los idiomas de la gran mayoría de los países de Europa del este); es un idioma de origen urálico, como el finlandés y el estoniano, pero que tampoco se parece demasiado a los de su grupo. “El húngaro es un idioma al que hasta el diablo le tiene miedo”, dicen por ahí. Y entiendo por qué: la gramática es complicada, las palabras se forman por aglutinación (se agregan sufijos y prefijos, se pegan dos o tres palabras y se forman palabras nuevas larguísimas), hay 14 vocales, hay que tener bastante memoria para recordar el vocabulario y hay ciertas conjugaciones verbales que parecen raps mezclados con trabalenguas. Lean, por ejemplo, estas palabras en voz alta (y pónganle ritmo y movimiento de mano): tettem tettél tett tettünk tettetek tettek. Felicitaciones, acaban de conjugar el verbo tesz (hacer) en pasado indefinido. Ya pueden decir que saben rapear en húngaro.

Conjugaciones

Conjugaciones

hungria-20

Este cartel no lo entiendo todo, por ejemplo.

Los idiomas me fascinan. Si pudiera elegir un superpoder creo que cambiaría el de la teletransportación por el de ser capaz de hablar todos los idiomas del mundo. Me pongo a pensar en cómo nacen los idiomas y en cómo es que nosotros nacemos con la capacidad de aprender cualquier idioma y no encuentro respuestas. ¿Cómo fue? ¿Un día un húngaro empezó a señalar cosas y a darle nombres al azar? ¿Y cómo se llegó al acuerdo de que ese elemento, de ahora en más, se iba a llamar así? ¿Y cómo se inventaron las letras? ¿Por qué se le pusieron puntitos y palitos y colitas? ¿Y quién decidió la pronunciación? ¿Y cómo es que un chico, a determinada edad, es capaz de empezar a hablar? ¿Cómo es que entendemos que eso que tenemos adelante se llama así y que eso otro se llama asá?

¿Por qué en un lugar del mundo "panqueque" se dice "palacsinta"?

¿Por qué en un lugar del mundo “panqueque” se dice “palacsinta”?

hungria-13

o “cine” se dice “mozi”…

Intento imaginarme el origen de cualquier idioma y no puedo, es algo que me sobrepasa. Lo mismo que las jergas: ¿quién inventa el slang? Sí sí, ya sé que es el idioma que se habla en la calle, que es el lenguaje informal, pero alguno debe haber sido el primero que dijo la palabra chamuyar, por ejemplo. No sabés cómo me chamuyé a esa mina, le habrá dicho a un amigo, y el amigo no entendió. Y de repente en otra parte del país alguien usó la misma palabra para la misma acción, pero ¿por qué? ¿Cómo supo? ¿Cómo se dio esa casualidad? Me exprimo la cabeza pensando en estas cosas. Es que amo las palabras y todo lo relacionado (hoy, caminando por Budapest, llegué a una de esas revelaciones obvias: las palabras son mi materia prima, otros trabajan con colores, con sonidos, con papel, con arcilla, con números. Yo trabajo con veintisiete letras que puedo combinar como quiera).

hungria-10

El cartelito blanco dice “rossz a zár” (cerradura rota)

Hay otras palabras, como "posta", que son más fáciles de inferir.

Hay otras palabras, como “post” o “posta” o “postas” —todas relativas al correo—, que son más fáciles de inferir. El húngaro también tiene varias palabras que provienen del latín.

Y acá encuentro mi nombre por todas partes! :)

Y acá encuentro mi nombre por todas partes! :)

Hasta en las lapiceras estandarizadas.

Hasta en las lapiceras estandarizadas.

Y también me pregunto: ¿el idioma moldea la manera de ver el mundo? ¿O la manera de ver el mundo moldea al idioma? Los húngaros tienen un lenguaje muy musical (algo que, como pasa con cualquier idioma, se pierde en la traducción). El húngaro es un idioma de armonía: cada sufijo, por ejemplo, tiene dos o tres variantes, ya que el elegido depende de las vocales que tenga la palabra raíz (no sea cosa de que desentone). Es un idioma sin un orden estricto de palabras, al contrario, el orden se decide según lo que se quiera enfatizar. Por eso, quizá, es un idioma de poetas, de inventores y de creativos. ¿Será que los húngaros son creativos a causa de su lenguaje? ¿O crearon un lenguaje así porque ya eran creativos? ¿Qué vino primero: el huevo o la gallina húngara?    

hungria-22

hungria-16

También encuentro mensajes en inglés.

También encuentro mensajes en inglés (acá casi todos hablan inglés).

Mi mamá está feliz porque llegó a un país donde todos hablan su idioma. Se la pasa leyendo y traduciendo carteles y me ayuda a practicar lo que aprendí. Durante este mes de estudio en el Balassi (el instituto donde aprendí húngaro) mi cabeza fue un lío: doy fe de que cuando uno empieza a aprender un idioma nuevo se le vienen a la cabeza todos los idiomas que aprendió alguna vez. Pensé que mi indonesio había quedado sepultado, pero cada vez que buscaba una palabra en húngaro en mi memoria aparecía, sin que la llamara, la versión en indonesio. A veces pienso que guardamos las palabras en otros idiomas como en bolsitas y cuando las buscamos aparecen en todas sus versiones conocidas (—¿Qué buscás? Ah, “gracias”. Mirá, esa la tengo en indonesio, en francés, en italiano, en portugués, en catalán, en inglés… ¿cuál querés?). También estoy aprendiendo francés (aunque por mi cuenta y muy de a poco) y fueron muchas las veces que estuve a punto de decir merci en vez de köszönöm o oui en vez de igen.

El instituto donde estudié. Atención gente con familia húngara, si les interesa aprender el idioma investiguen la web del Balassi, hay becas y muchos cursos interesantes.

El instituto donde estudié. Atención gente con familia húngara, si les interesa aprender el idioma investiguen la web del Balassi, hay becas y muchos cursos interesantes.

Collage que hicimos el último día de clases. Tomate se dice "paradicsom" (que en húngaro también significa paraíso). "Alma" es manzana. Gato se dice "cica" (se pronuncia tsitsa), "sör" es cerveza y pálinka es un trago que seguro les van a hacer probar si vienen para acá.

Collage que hicimos el último día de clases. Tomate se dice “paradicsom” (que en húngaro también significa paraíso). “Alma” es manzana. Gato se dice “cica” (se pronuncia tsitsa), “sör” es cerveza y pálinka es un trago que seguro les van a hacer probar si vienen para acá.

Pero lo mejor de haber estudiando un idioma en su país de origen es que vi cómo las palabras cobraban vida. Porque una cosa es aprender el idioma con libros y en clases, saberse la gramática y acordarse algo de vocabulario, pero otra cosa es ver esas palabras convertidas en algo real, casi tangible. Como cuando me senté a la mesa de la cocina de mi familia húngara y les dije lo que era cada cosa en húngaro (vaso, plato, cuchillo, tenedor, ensalada, pollo), o como cuando una húngara se emocionó porque le dije que sabía decir los colores en su idioma y me empezó a mostrar cosas para que le dijera de qué color eran, o como cuando dicté el número de teléfono de mi mamá en húngaro, o cuando le dije a una de mis parientas viszlat! (Chau chau, nos vemos) y me dijo holnap? (¿Mañana?). Pero lo mejor fue lo que me pasó el último día de clases, después de la ceremonia final. Salí del instituto con la cabeza mucho más relajada y por fin me dediqué a mirar de verdad. Leí, como todos los días, el cartel que está frente a la parada del colectivo (que nunca había entendido, pero leía porque estaba ahí), y me dije: “Pará. Elsö significa primero, szénsavas significa con gas, vodkája significa el vodka de y Magyarország es Hungría: ¡El primer vodka gasificado de Hungría!”. Leí mi primer cartel completo el mismo día que terminé de estudiar. Y ahí fue, también, cuando empecé a conocer Budapest.

hungria-21

El fluir de la ruta (a 27 horas de Budapest)

El auto avanza, abro la ventana para que entre aire. Es verano en Europa y en ciertas partes de la ruta hace mucho calor. No sé hace cuánto estamos manejando, cuatro horas quizá, sumadas a otras seis que hicimos antes de ayer y a otras cinco que hicimos hace unos días y a otras tantas que todavía nos faltan para llegar a Budapest. Vamos por rutas alternativas, le pedimos al GPS que evite los peajes así que nos lleva por entremedio de pueblos, a orillas de algún río, al borde del bosque. Tomamos el camino más largo. Estamos en algún lugar del centro de Francia: esta es como la pampa francesa, no hay nada, me dice L. La radio me habla en francés, entiendo menos de un quinto pero más que la primera vez que vine a Francia. Escucho la pronunciación, esa erre imposible (“practicala haciendo gárgaras”, me diría V. días después), esas letras que están pero no se pronuncian. Cuando llegamos a Alsace, la región fronteriza con Alemania, L. me dice: esto es un microclima, llueve un montón, y enseguida se larga a llover con desesperación, en diagonal, como si alguien hubiese apretado el botón de Activar lluvia desenfrenada para impresionar a los visitantes. Descansamos unos días ahí, festejamos mi cumple y seguimos camino.

Ahora estamos en Alemania y acá no hay límite de velocidad: si te pinta podés ir a 200, como algunos que nos pasan por al lado y desaparecen en pocos segundos. Nosotros vamos tranquilos. Yo miro por la ventana, cuento casitas alemanas, intento descifrar carteles, veo palabras que se repiten e intuyo sus significados. Como todavía estamos cerca de Francia, la radio mezcla estaciones en alemán con programas en francés. No tenemos manera de conectar el mp3 a los parlantes así que hago zapping de FMs. Mi dedo está automatizado para encontrar canciones, aunque los hits son los mismos desde España: well I met you in the summer as the leaves turned brown / wave after wave, slowly drifting / quiero estar contigo bailar contigo vivir contigo una noche loca / am I wrong for thinking we could be something for real / there’s an old voice in my head that’s holding me back, well tell her that I miss our little talks / this rain can last a thousand years / you and me we used to be together every day together always / I want you we can bring it on the floor you’ve never danced like this before… Las canciones del verano con algunos éxitos de los noventa. Ya me las sé todas. De a ratos charlamos, de a ratos vamos en silencio, a veces cantamos o bailamos en los asientos. La radio siempre de fondo mientras dejamos atrás kilómetros, horas y pueblos.

En algún lugar de Alemania, pasando Münich, se nos hace de noche. Frenamos en un espacio de parking con baños. ¿Acampamos acá? Dale. ¿Se podrá? Ni idea, pero no quiero dormir en el auto otra vez. Hay pasto, está oscuro y no hay nadie vigilando, así que armamos la carpa. Mi mente me tortura: sueño que nos despertamos y que el lugar está lleno de carpas y que hay un señor sentado en una mesa cobrando. Desarmemos rápido y vámonos por allá así no nos ve y no tenemos que pagar. Nos escapamos y veo un cartel que dice “Gracias por visitar El Patito”. Me despierto. Nadie viene a echarnos ni a decirnos nada (en España casi nos multan por acampar en una playa y quedé medio traumada).Seguimos camino. Hoy tenemos que estar en Budapest sí o sí porque mañana empiezo las clases de húngaro. El GPS nos sigue llevando por caminos alternativos de árboles y pueblitos, la radio nos habla en alemán.

Cruzamos a Austria sin darnos cuenta: estamos dentro del espacio Shengen y lo único que hay en las fronteras son cartelitos escondidos con el nombre del país al que acabás de entrar, pero si no lo ves ni te enterás. El de Austria nunca lo vimos, y si bien el paisaje es parecido, se nota que hay algo distinto. Una hora después prendo el GPS de mi teléfono y recién ahí me entero de que estamos en otro país (porque el del auto ni nos avisa, debería tener una función que toque una musiquita cada vez que cruzamos la frontera). Vemos el primer cartel de PRAHA – BRATISLAVA – BUDAPEST. Festejo, me emociono. Estamos cada vez más cerca. Decidí que no iba a volar a Hungría no solo porque no me gustan los aviones, sino porque ir por tierra me permite ver cómo cambian el paisaje y el idioma. Además soy de las que necesita el movimiento para meditar, mi cabeza fluye mejor cuando voy en auto, en tren o camino. En el avión no puedo, tengo un solo pensamiento que tapa al resto (secaesecaesecaenosmorimosnosmorimosnosmorimos) y que no me deja desconcentrarme. Pienso en la película A map for Saturday. Todavía no la terminé de ver, pero una de sus reflexiones me quedó muy grabada: cuando viajás mucho te das cuenta de que las diferencias entre las personas de distintas partes del mundo son cada vez más chicas, todos tenemos un día a día bastante parecido. También pienso en que un viaje no es nada sin la gente: para mí, pasar por un lugar y no conocer a quien lo habita es como mirar un documental, como ver de lejos. Es la gente la que hace nuestra experiencia.

Faltan pocos kilómetros para Hungría, estoy por pisar un país que es parte de mi identidad, estoy viajando muy de a poco a mis raíces. ¿Cuánto de lo que soy y siento tendrá que ver con mi parte húngara? Dicen que uno carga traumas, dramas y emociones de sus antepasados, trae adentro historias de familiares que quizá ni conoció, tiene el ADN marcado por experiencias de abuelos, bisabuelos, tatarabuelos. ¿Cuántos sentimientos húngaros estaré cargando sin saberlo? Pienso en la reflexión que me escribió mi primo Martín después de leer mi último post. Lo cito porque me encantó:

“A pesar de que la madre es el 50%, la sangre húngara termina pesando casi mas de tres cuartos, se manifiesta más acá o mas allá de que uno quiera o sepa o tenga digamos una hungaridad conciente. Te da sensibilidad, cierta bipolaridad, te carga de morriña (en la prehistoria lejana para mi era húngara hasta Galicia) te da una especie de alegría en sordina, una misteriosa capacidad proyectiva, una energía imbatible y cierto regusto sour como el de un par de gotas de angostura en un coctel. Y al mismo tiempo cierta dosis de mala suerte, donde el delantero del destino te mete el gol en el último segundo y te gana el partido. La hungaridad te hace parte de cierta condición de hipérbole, donde es posible amar toda la vida y luego odiar toda la vida y un segundo antes de estirar la pata volver a amar como si el odio nunca hubiese pasado, y al mismo tiempo lamentarse todo ese segundo postrero por todo el tiempo perdido odiando”.

¿Cuánto de mí será hungaridad pura y dura? ¿Cuántos de mis dramas mentales quedarán explicados por las cosas que pasaron en esta tierra antes de que yo naciera? A veces siento que las personas somos experimentos, somos envases repletos de tiempo y tenemos que decidir qué hacer con todos estos días que nos dan. Siempre estamos en el presente y sin embargo no podemos parar de planear, queremos controlar el futuro y eso es imposible, pero lo seguimos intentando. La incertidumbre es el mejor y el peor invento. ¿Cómo será Hungría? No sé, como ella quiera mostrarse, como yo quiera mirarla. ¿Qué me espera ahí? No sé, lo que sea que tenga que encontrar. ¿Y después de Hungría que voy a hacer? No sé, lo que sea que tenga que hacer.

En los kilómetros finales de Austria escucho que la radio cambia de idioma. Tenía miedo de no reconocer el húngaro, de que fuera distinto al de mi mamá y mis tías, pero no, tiene una musicalidad y una suavidad inconfundibles. De golpe estamos cruzando la frontera, veinticinco horas de manejo después llegamos a Hungría. Festejo otra vez. Hace mucho calor, bajo la ventana hasta el límite, miro los campos de flores, estoy en Hungría. Todavía no lo creo. Pienso: ¿Y si hay cosas de Hungría que no me gustan? ¿Las escribo? ¿Y si mi familia se ofende? No hay país perfecto, ningún lugar es la panacea (según la definición griega, “el remedio para todo”), ¿o sí? ¿Y si Hungría es un remedio para algo que necesitaba curar? O al menos diagnosticar. Hay un accidente en la ruta así que llegamos a Budapest más tarde, aunque todavía es de día. Estoy cansada pero no puedo evitar salir a dar una vuelta. Cruzo de Buda a Pest, me apoyo contra la baranda de uno de los puentes del Danubio y miro con la boca abierta. Budapest es antigua, encantadora, bella. Todavía no la conozco, pero intuyo que nos vamos a llevar muy bien.

*

camino-a-budapest-5

Paisaje típico de la ruta: los árboles a los costados

camino-a-budapest-2

Parada en la región de Alsace (Francia)

camino-a-budapest-1

Con un pie casi en Alemania

camino-a-budapest-7

Me encanta stalkear casas rodantes

camino-a-budapest-6

Ya no sé ni en qué país fue esto…

camino-a-budapest-10

En Austria, muy cerca de Hungría

camino-a-budapest-8

Hicimos varios kilómetros al lado de este río

camino-a-budapest-9

Primeros carteles

camino-a-budapest-12

Ya en Hungría

camino-a-budapest-11

Campo de girasoles

camino-a-budapest-13

Budapest

camino-a-budapest-3

Y yo.

Proyecto Hungría

Hace varios meses que me siento un poco a la deriva. Será que los seres humanos nunca estamos contentos, o quizá no estoy hecha para ser tan veleta. Mi pensamiento es el siguiente: ya comprobé que puedo vivir viajando, ya comprobé que puedo vivir de los libros, ya que comprobé que todo es posible (si uno se lo plantea con seriedad, todo se puede), estoy haciendo lo que me gusta, estoy viajando y escribiendo y viviendo, ¿entonces qué me falta? Me faltan proyectos nuevos. Publiqué mi libro hace más de un año y desde entonces no me dediqué a algo grande como fue el proceso de escritura, edición, maquetación y promoción de Días de viaje. Y hace tiempo que siento ese vacío.

Unas semanas después de publicar el libro me relajé, dejé que siga su curso y me tomé unas vacaciones mentales. Durante el último año (contando del 29 de julio del año pasado a hoy) participé en varios proyectos pero en nada cien por ciento propio, y si bien tuve y tengo varias ideas y borradores de cosas que quiero hacer, me cuesta mucho definirme por uno y poner toda mi energía en eso. Es lo mismo que me está pasando con el viaje en sí: como todos los caminos son posibles, no sé cuál elegir (por algo publiqué lo del lado oscuro de los viajes…). Pero hace unos días me llegó la respuesta de golpe: Hungría. Tu próximo proyecto es Hungría. Era una respuesta que ya estaba ahí, pero me faltaba verla.

Este pueblo de la Bavaria alemana también tiene mucho que ver conmigo.

Este pueblo de la Bavaria alemana también tiene mucho que ver conmigo.

Para explicar qué tiene que ver Hungría conmigo tengo que hablarles un poco de mi mamá, de mi familia materna y de mí. Mi mamá es hija de húngaros y nació en un pueblo de la Bavaria alemana después de la Segunda Guerra Mundial. Su papá era arquitecto, ingeniero y pintor (uno de los más talentosos que conocí), su mamá era actriz y cantante: una familia de artistas. Cuando mi mamá tenía tres años, ella, mi tía y mis abuelos tuvieron que huir de Europa así que se subieron a un barco en el puerto de Marsella, cruzaron el océano y empezaron de cero en una ciudad argentina que los recibió junto a miles de inmigrantes. Mi mamá creció, se naturalizó argentina, estudió arquitectura, hizo una carrera de artista plástica (es pintora naif), volvió una sola vez de visita a Hungría y tuvo una hija a la que le puso de nombre Aniko (igual que ella e igual que su abuela). Esa Aniko soy yo.

Crecí escuchando a mi mamá hablar húngaro con sus hermanas, con su prima y con algunas amigas húngaras, y para mí eso siempre fue normal. El sonido del húngaro (dulce, como un poema inentendible pero reconfortante) fue uno más de los que formó parte de mi casa y de mi realidad durante los 22 años que viví con ella. El húngaro siempre me pareció un idioma imposible y, a la vez, muy maternal. Cada vez que alguien me preguntaba de qué origen era mi nombre (seguido del clásico: es japonés, ¿no?) yo decía, casi en piloto automático: eshúngaromimamáesdeallá. Durante mucho tiempo, mi paradigma mental era: soy argentina y tengo una mamá húngara. Punto. Pero la primera vez que viajé a Europa lo entendí: no es sólo que mi mamá es húngara, es que yo soy mitad argentina y mitad húngara, lo que pasa es que viví toda mi vida en uno de esos países y todavía no conozco el otro y quizá por eso lo tengo medio olvidado. Sin embargo, durante ese primer viaje a Europa no fui a Hungría. ¿Por qué? No sentía que fuera el momento: esa vez, la que me llamó fue España (país que también es parte de mis raíces, ya que la familia de mi papá es asturiana).

Mi mamá en Europa

Mi mamá, de chiquita, en su pueblo

Este año, en cambio, Hungría me empezó a llamar de a poco. Todo empezó en febrero, cuando aterricé en Madrid y recibí un mail de mi tía Eva (hermana de mi mamá) con un enlace a una beca para estudiar húngaro en Budapest durante agosto. Los requisitos: ser hija de húngaros, no haber vivido en Hungría, mandar un CV escrito a mano y explicar por qué quería aprender el idioma y para qué lo usaría. Así que agarré dos hojas A4 blancas y me puse a armar mi hoja de vida. Hacía años que no actualizaba mi currículum (mucho menos a mano) y el invierno español hizo que la letra me saliera con frío, como medio tímida. Dije la verdad: mamá húngara yo viajo tengo blog y libro quiero viajar por Hungría conocer mis raíces ser capaz de hablar con la gente leer poesía en húngaro quizá algún día escribir en el idioma de mi mamá pero ante todo conocer el país. Para sumarle al desafío, mi mamá me dijo: “Si te dan la beca me voy a Hungría a verte y viajamos juntas”. En aquel momento todo el resto pasó a segundo plano: quiero que me la den solo para que mi mamá vuelva a pisar su tierra. Varias semanas después recibí la confirmación por mail: me habían otorgado una de las diez becas para estudiar húngaro en el Balassi Institute de Budapest.

Entre febrero y junio viajé por Europa sabiendo que en agosto estaría en Budapest, pero sin creérmelo demasiado. Era algo que estaba ahí, como anotado en una agenda inexistente: Agosto 2014, cosas para hacer: ir a Hungría. Todavía faltaba. Lo bueno fue que durante todos esos meses, tener esa cita inamovible con Hungría le dio un poco de orden a mi vida: haga lo que haga, sé dónde estaré en agosto, y eso me da cierta tranquilidad mental. Y quizá Hungría se enteró de mis planes, porque en los últimos meses me empezó a buscar.

aniko

Mi mamá

En abril de este año viajé a Londres y conocí a un primo húngaro que vivía ahí (todavía tenemos familia húngara en Europa). Nos contactamos por Facebook y después por Whatsapp y quedamos en vernos en el café donde él estaba trabajando. Por un momento pensé: seremos primos y todo lo que quieras, pero somos desconocidos, ¿y si no tenemos tema? Llegué puntual y cuando lo vi del otro lado del mostrador me sorprendió su altura y su cantidad de tatuajes. Uno no sabe cómo imaginarse a un primo húngaro que nunca vio. Cuestión que charlamos durante horas, no sé cuántas, pero muchas: de la vida, del húngaro (“I’m going to study Hungarian”, “Why?! It’s so difficult!”), de la infancia, de mi/nuestro abuelo, de la vida en Budapest, de la vida en Buenos Aires, de todo y de nada.

Unas semanas después, en París, conocí a una pareja húngara que estaba haciendo Couchsurfing en lo de un amigo. Cuando les dije que mi mamá era húngara me preguntaron Beszelsz magyarul? (¿hablás húngaro?) a lo que sólo pude responder nem (no). Pero ojalá pronto. Unos días después en Barcelona conocí, de casualidad total (o quizá gracias a un lego amarillo), a un italiano de mamá húngara. Era claro: Hungría ya estaba jugando todas sus cartas y me estaba buscando cada vez más. El acercamiento se había convertido en una cacería. Y hace unos días, para coronar, recibí un mail que me hizo darme cuenta de todo esto y me impulsó a escribir este post.

Blaibah_3 copy

Unas semanas atrás, uno de los chicos que me llevó en blablacar por Francia me contó acerca de Sziget, un festival de música internacional que se hace en Budapest todos los años y que dura una semana: es uno de los eventos culturales más grandes y concurridos de Europa. Cuando investigué más vi que la fecha coincidía justo con la de mi visita a Budapest: no me lo puedo perder, pensé. Así que completé el formulario para acreditarme como prensa y decidí aplicar con mi blog: no con las revistas para las que suelo escribir, sino con mi blog, que al fin y al cabo es mi medio propio y en el que quiero escribir acerca de música, de cultura y de Hungría. Dije, otra vez, la verdad: viajo y escribo tengo un blog de relatos personales pero ante todo soy hija de húngaros y estaré escribiendo acerca de mi primer viaje a Hungría y quiero hacer crónicas del festival dentro de ese marco. “Debido a la gran demanda de acreditaciones, puede que su medio no quede seleccionado”, me advirtió la página una vez que hice click en enviar solicitud. La verdad: estaba más que preparada para que me digan no gracias, será el año que viene. Dos días después recibí el mail: “¡Felicitaciones! Viajando por ahí ha sido acreditado para el Sziget Festival”. No lo podía creer. En ese momento me di cuenta: Hungría me está dando el proyecto que tanto estuve buscando. Me lo está dando en bandeja. Ella ya sabía que esto iba a ser así, pero me lo fue anunciando de a poco.

Casa

En menos de una semana voy a pisar Budapest por primera vez, voy a conocer a otras Anikos, van a pronunciar mi nombre de otra manera (no a la latina como le digo yo, sino en húngaro, que suena “óniko”), voy a ser estudiante, voy a ser cronista de rock (otro de mis sueños semifrustrados), voy a aprender otro idioma, voy a viajar con mi mamá y con mi papá por Hungría, voy a conocer el pueblo en el que nació mi mamá (y, más importante aún, la voy a acompañar en ese reencuentro), voy a tener un plan y quizá de todo eso salga un conjunto de relatos o un libro. O no. Pero por lo menos sé que durante agosto y septiembre me la voy a pasar escribiendo de cosas que me importan y que tienen mucho que ver con quien soy.

Lotería
(Viaje a mis raíces asturianas)

[quote style=”boxed”]“Aquella excursión por arándanos es lo más importante que ha sucedido en mi vida. Puede parecer algo extraño que lo más importante de mi vida sucediera más de treinta años antes de que yo naciera, pero si la abuela no hubiese pinchado aquel domingo, mi viejo no habría nacido. Y si él no hubiera nacido, yo tampoco hubiera tenido muchas posibilidades de existir.” (fragmento de “El misterio del solitario”, de Jostein Gaarder)[/quote]

Desde chica me gustó ilar hechos hacia atrás, tal vez porque siempre creí en ese cliché de que todo pasa por algo. “Si no hubiese conocido a tal no me hubiese pasado tal cosa ni hubiese llegado a tal lugar ni hubiese conocido a…”. Me hace pensar que nuestra vida depende de una larguísima cadena de hechos (llámense casualidades) que hacen que nuestra existencia sea, en dos palabras, una lotería. Porque, si lo pensamos, hay dos cosas básicas de nuestra vida que no podemos elegir: en qué época nacer y en qué parte del mundo. Lo que toca, toca. Y lo que no toca, habrá que salir a conocerlo.

[singlepic id=3424 w=800 float=center] Como Cudillero, uno de los pueblitos mágicos de Asturias…

Yo nací en Buenos Aires después de una larguísima cadena de hechos en la que estuvo involucrada hasta la mismísima Segunda Guerra Mundial (digo, porque si nada de eso hubiese pasado, tal vez la familia de mi mamá se hubiese quedado en Europa y yo no tendría muchas chances de existir). Dentro de esta larguísima cadena de hechos, casualidades y causalidades que define mi vida, hay dos eslabones muy importantes que me unen al Viejo Continente: la familia de mi mamá es de Hungría y la de mi papá es de España. Entonces, si bien no había pisado Europa jamás en mi vida hasta hace menos de un mes, hay regiones de aquellos países que conozco de toda la vida. Es el caso de Asturias.

[singlepic id=3375 w=800 float=center] El Cabo de Peñas

Recuerdo que desde muy chica mi papá me hablaba de Asturias con nostalgia y orgullo. Asturias Patria Querida. La sidra asturiana. El hórreo. Las uvas en cada campanada de Nochevieja. La Virgen de Covadonga. La fabada. Noreña, Gijón, El Berrón y La Venta. Son palabras que tal vez para muchos argentinos no signifiquen nada, pero que siempre estuvieron muy ligadas a mi vida sin que yo me diera cuenta.

[singlepic id=3389 w=800 float=center] El pueblito de La Venta

[singlepic id=3387 w=800 float=center] La Fabada

[singlepic id=3398 w=800 float=center] Un hórreo asturiano

[singlepic id=3412 h=800 float=center] La sidra

[singlepic id=3437 w=800 float=center] La Virgen de Covadonga

¿Qué probabilidades hay de conocer asturianos en Asia? No lo sé, pero yo conocí a dos (Juan en Vietnam y Jaume en Laos) y enseguida me cayeron bien. De alguna manera, eso de pertenecer a un mismo lugar (ya sea de nacimiento o por descendencia) me generó simpatía hacia ellos. A los dos les dije lo mismo: “¡Yo tengo familia en Asturias! Aunque todavía no los conozco en persona, pero ya iré…”. Y finalmente, ese “ya iré” que venía repitiendo hacía tiempo se materializó: después de 26 años de tener familia en Asturias, vine a Asturias y los conocí en persona. Uno por uno, fui llenando de personalidad y significado esos nombres y caras que conocía por fotos, por cartas, por llamados telefónicos, por anécdotas…

[singlepic id=3438 w=800 float=center] Juli, Sarita y yo en Covadonga

[singlepic id=3455 w=800 float=center] La Venta

[singlepic id=3380 w=800 float=center] Las ovejas,

[singlepic id=3388 w=800 float=center] las cabras

[singlepic id=3385 w=800 float=center] y Woody Allen.

Me quedé una semana en Venta de Soto, un pueblito de no más de 30 casas, con mi familia asturiana. Festejamos Nochebuena con sidra casera y mucha (muchísima, con énfasis en lo de muchísima) comida y nos fuimos a pasear por los pueblos pesqueros, ciudades, cascos viejos, playas y parques naturales de Asturias. ¿Qué probabilidades hay de que en Asturias sea invierno y no llueva? Según me dijeron, muy pocas. Pero a mí me tocó un clima inaudito: casi siete días seguidos de sol y ni una nube (eso sí, un frío “¡que te cagas!”, al menos para mí).

[singlepic id=3374 w=800 float=center] Avilés

[singlepic id=3392 h=800 float=center] Tarna

[singlepic id=3400 w=800 float=center] El cementerio de Luarca

[singlepic id=3402 w=800 float=center] Luarca

[singlepic id=3409 w=800 float=center] El puerto de Luarca

[singlepic id=3420 h=800 float=center] Fútbol en Cudillero

[singlepic id=3432 w=800 float=center] El museo de las anclas en Salinas

[singlepic id=3443 w=800 float=center] Los cubos de la memoria en Llanes

[singlepic id=3450 w=800 float=center] Vista desde Torimbia

¿Qué probabilidades hay de que todas las ciudades, pueblos, playas y rutas de Asturias estén vacías en esos días de sol invernal? Según me contaron, muy pocas. Pero alguien habrá avisado que llegué, porque todos los lugares que visitamos estaban vacíos, sin gente, con puertas y ventanas cerradas. Tan vacíos, que la frase célebre durante mi estadía fue: “Acá, normalmente, hay tanta gente que no se puede ni caminar, no entiendo qué pasó…”. Raros, para los asturianos, los días que pasé en Asturias fueron muy raros: mucho sol y nada de gente. Como sets de cine abandonados por vacaciones. ¿Será la crisis? ¿Será que en los feriados nadie sale de su casa? ¿O nos habremos transportado a un universo asturiano paralelo donde no había nadie más que nosotros? Para mí también fue raro ver todo vacío, con lo que me gusta la vida callejera, pero fue lindo también, ya que tuve los paisajes y pueblos de Asturias para mí.

[singlepic id=3472 w=800 float=center] Gijón

[singlepic id=3468 w=800 float=center] Lectora

[singlepic id=3465 w=800 float=center] En Cima de Villa, el casco antiguo de Gijón

[singlepic id=3466 w=800 float=center] Elogio del Horizonte

[singlepic id=3453 w=800 float=center] Calles vacías en Ribadesella

[singlepic id=3446 w=800 float=center] Y en Llanes

[singlepic id=3423 w=800 float=center] Ventanas cerradas en Cudillero

[singlepic id=3426 h=625 float=center] y nadie en las casas.

[singlepic id=3414 w=800 float=center] Luarca vacía,

[singlepic id=3373 w=800 float=center] Aviles también,

[singlepic id=3383 h=800 float=center] Y la cima de Oviedo también.

El día que me fui de Asturias, se largó a llover. Tal vez se llenó de gente también, y todo volvió a la normalidad. En este momento estoy en Calella (a una hora de Barcelona) otra vez, con un clima primaveral, lista para festejar Año Nuevo y los 200 post de Viajando por ahí (el próximo post será una edición especial número 200). Estoy feliz y nostálgica. Lo lindo de viajar es la gente que se conoce en el camino. Lo triste de viajar es tener que despedirse una y otra vez de todas esas personas. Y cuando se trata de la familia, es aún más difícil.

Dicen que uno no elige a su familia, pero probablemente en la lotería de la vida hay varios números arreglados para que nos crucemos con todas esas personas con las que estábamos destinadas a cruzarnos, aunque sea por unos días.

mediterráneo mar

[singlepic id=3206 w=625 float=center]

De chica quería muchas cosas. Quería entrar a una pirámide y ver una momia. Quería viajar por el espacio y flotar entre planetas. Quería ir a Grecia y saltar de isla en isla. Quería nadar en el mar Mediterráneo (que siempre me había parecido el mar con el color más lindo). También quería tener un hermanito o hermanita con quien jugar.

Hice mi primer viaje antes de nacer, en la panza de mi mamá. Durante el primario me la pasé leyendo libros sobre Egipto, investigando la filosofía griega y mirando fotos del mar Mediterráneo, siempre tan turquesa. Pensé en ser astronauta pero desistí. A los 13 me enteré que tenía una hermana de 6 años (o “media hermana” o “hermanastra” o “hermana del mismo padre”) que no conocía. Unos meses después nos vimos en persona por primera vez, Dafne y yo. Unos ocho años después, nos hicimos amigas. Yo me fui por Latinoamérica y volví, y pasamos de ser muy buenas amigas a sentirnos hermanas sin haber crecido juntas. Hace dos meses, Dafne se vino a Calella (a una hora de Barcelona) por un tiempo, así que cuando me surgió la posibilidad de viajar a España dije sí: quiero ver a Dafne en otro país. Los que nos conocen saben que juntas somos dinamita, Patty y Selma, el yin y el yang, formamos un dúo cómico delirante y bizarro, a veces medio loco, pero simpático.

[singlepic id=3211 h=625 float=center]

Así que el sábado pasado me fui de Madrid con un destino: Calella. Llegué temprano a la estación de buses pero todo estaba agotado y recién había pasajes para la una del mediodía, así que cuatro horas de espera después me subí al bus rumbo a Barcelona (para tomar después el tren a Calella).

[singlepic id=3203 w=625 float=center]

[singlepic id=3184 w=625 float=center]

El conductor de turno nos engañó a todos: estoy segura de que era un cómico stand-up encubierto que trabajaba de chofer en sus tiempos libres. Primero lo escuché haciendo chistes por lo bajo con los pasajeros de más adelante: “Una señora me dijo que ella ya tiene demasiados años como para viajar a Barcelona en bus durante tantas horas… ¡pero si solamente tiene que sentarse! ¡ni que tuviera que empujar!”. Cuando arrancó, cazó el micrófono y no lo largó más. Tiró una frase célebre tras otra, con tanta chispa que los pasajeros no podíamos más de la risa. Dijo cosas como: “Les recuerdo que en este bus está prohibido fumar, así que tampoco fumen a escondidas en el baño porque se activa la alarma de incendio y tira agua como un bombero”, “Somos muchos y hay un solo baño, así que probablemente va a haber overbooking del baño. Acuerdense: el que antes entra, más fresco lo encuentra. Y no se olviden de tirar la cadena porque tampoco es cuestión de rebalsarlo”, “No se olviden nada en los asientos, hubo un pasajero que se olvidó a su novia” y “Recuerden: los pasajeros que no bajan en Zaragoza, van a Barcelona, no lo olviden”.

[singlepic id=3186 w=625 float=center]

Una vez que terminó el show de stand up, las ocho horas se me hicieron largas. Llegué a Barcelona de noche, me bajé en la Estación Sants, fui en busca del tren y me dijeron que había uno que salía en menos de 5 minutos, así que corrí y lo alcancé. Una hora después, llegué a Calella y me encontré con Dafne que me estaba esperando en la estación. Emoción y alegría. Momento Kodak.

[singlepic id=3208 h=625 float=center]

[singlepic id=3192 h=625 float=center]

[singlepic id=3209 w=625 float=center]

Durante estos días caminamos por Calella, charlamos, fuimos al bosque y a Sant Pol, un pueblito a una estación de Calella con casitas blancas frente al mar. Caminamos sin rumbo por el medio de la calle, entre edificios de tres pisos, jardines, gatos callejeros y macetas con flores en las ventanas. Subimos hasta una iglesia y yo frené de golpe y le dije a Daf: “Para. ¡Ese es el mar Mediterráneo! ¿no?”. Era tanta la emoción de verla a ella que no me había dado cuenta de que estaba frente al mar que siempre había querido conocer. Miré Sant Pol desde arriba y me di cuenta, también, de que estaba en un típico pueblito del Mediterráneo, uno de esos donde siempre soñé vivir (con casitas blancas y un balconcito frente al mar).

Conocí el Mediterráneo en invierno y casi de manera inesperada. Y con Dafne, algo que nunca me hubiese imaginado.

[singlepic id=3174 w=625 float=center]

***

Fotos de Sant Pol:

[singlepic id=3180 h=625 float=center]

[singlepic id=3182 w=625 float=center]

[singlepic id=3177 w=625 float=center]

[singlepic id=3185 h=625 float=center]

[singlepic id=3195 h=625 float=center]

[singlepic id=3205 w=625 float=center]

[singlepic id=3207 w=625 float=center]

[singlepic id=3176 w=625 float=center]

[singlepic id=3179 h=625 float=center]

Fotos de Calella:

[singlepic id=3189 w=625 float=center]

[singlepic id=3190 w=625 float=center]

[singlepic id=3191 h=625 float=center]

[singlepic id=3198 w=625 float=center]

Y también nos fuimos al bosque y jugamos a todo eso que nunca pudimos jugar de chicas.

[singlepic id=3200 w=625 float=center] Dafne

[singlepic id=3202 h=625 float=center] Aniko (Foto: Dafne Villalba)

Yo me bajo en Atocha

Con su otoño Velázquez, con su Torre Picasso,
su santo y su torero, su Atleti, su Borbón,
sus gordas de Botero, sus hoteles de paso,
su taleguito de hash, sus abuelitos al sol. 

Con su hoguera de nieve, su verbena y su duelo,
su dieciocho de julio, su catorce de abril.
A mitad de camino entre el infierno y el cielo
yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid. 

– Joaquín Sabina (fragmento de la canción “Yo me bajo en Atocha”)

***

[singlepic id=3085 h=800 float=center] Rumbo a la Plaza Mayor.

[singlepic id=3035 w=625 float=center] Preparativos de Navidad en la Plaza Mayor… Primeras imágenes de Madrid.

[singlepic id=3048 h=800 float=center] “Sus abuelitos al sol” :)

¿Será que el jet-lag, también conocido como Mal de los Husos Horarios, da un tinte surrealista a las cosas? 

Salí de Buenos Aires el jueves al mediodía. El vuelo se me pasó rapidísimo: me clavé tres pelis (entre ellas Medianoche en París que me gustó muchísimo y me dio aún más ganas de conocer esa ciudad), miré un par de series, escuché música, dormí algo y cuando me di cuenta ya habíamos llegado. ¿Pero cómo? ¿No hay cuarenta escalas y vuelos interminables? No, esta vez no me fui TAN lejos.

En Ezeiza todos muy simpáticos: cuando terminé de hacer el check-in, el que me atendía me dijo “Chau chiqui, buen viaje” o algo así (no recuerdo si usó exactamente la palabra chiqui, pero si no fue esa, fue otra de sonido y onda similares). El de Migraciones me miró fijo antes de sellarme el pasaporte, con cara de malo, y me dijo: “Aniko”. Yo no sabía si era una pregunta o una afirmación así que dije que sí, y él aflojó la cara y preguntó: “¿De dónde es tu nombre? Es la primera vez que lo escucho…“ Respiré aliviada y con mi mejor sonrisa le respondí: De Hungría. Cuando me fui me dijo “¡Chau Aniko!” y me reí sola. #cosasquetepasansitellamasAniko 

[singlepic id=3041 w=800 float=center]

Llegué al Aeropuerto de Barajas poco antes de las 6 de la mañana (en hora Argentina, a eso de las 2 am del viernes), busqué mi mochila e hice Migraciones para entrar al país, algo que siempre me pone nerviosa (tengo miedo de que en algún lugar del mundo me reboten por alguna causa extraña: “Usted viaja mucho, vuélvase a su casa” o “La de la foto y usted no se parecen” o “Aquí no aceptamos pelirrojas”). Pero mostré mi pasaporte húngaro y lo único que me dijeron fue “Pase”. Crucé el aeropuerto de punta a punta en busca del Metro (subte) que me llevaría hasta lo de Irene, amiga de la infancia de mi mamá que me está alojando en su casa de Madrid.

Cuatro estaciones después, me bajé. Estaba por llegar el momento de la verdad: iba a ver Madrid por primera vez cara a cara (hasta ese momento la había visto desde el cielo y bajo tierra, pero desde la superficie todavía no). Caminé hacia las escaleras, subí y…y…y… todavía era noche cerrada. Igual no lo podía creer: ¡Madrid! ¡Europa! ¡Hola! ¡Llegué! Eran algo así como las 7.30 am, pero las calles estaban casi vacías y el sol todavía no salía: vi algunas personas paseando a sus perros, otros que habían salido a correr y a las pocas cuadras me recibió la lluvia. Llegué a lo de Irene, dormí unas horas y salí a pasear un rato.

[singlepic id=3033 w=800 float=center]

[singlepic id=3037 w=800 float=center]

[singlepic id=3039 w=800 float=center]

[singlepic id=3049 w=800 float=center]

Ahí comencé a sentir los efectos del jet-lag, también conocido como “Estoy drogada de tanto avión”. Todo me parecía irreal. Las hojas de otoño en las veredas. El acento español de la gente (que, creo que como a tod@ argentin@, me encanta). Los bares de tapas. La arquitectura (ya no puedo decir “colonial”, pero ustedes entienden a qué me refiero). El aire frío. El acento otra vez. Escuchar conversaciones fuera de contexto como “…¡es que estamos como las cabras!…” (?) o “… me bajo en Atocha y sigo hasta…”. Los palacios que aparecían de la nada. Las iglesias. La Plaza Mayor. Los personajes de la Plaza Mayor. La gente sacándose fotos con los personajes de la Plaza Mayor. Las decoraciones por Navidad (cierto que falta poco, vivo perdida en el calendario). La enorme cantidad de gente haciendo fila para comprar un boleto de lotería. La organización impecable del sistema de buses. Las tiendas del Corte Inglés (que me hicieron acordar muchísimo a la película Crimen Ferpecto, de Álex de la Iglesia). Estar en Europa.

[singlepic id=3038 h=800 float=center]

[singlepic id=3042 h=800 float=center]

[singlepic id=3043 w=800 float=center]

[singlepic id=3044 w=800 float=center]

[singlepic id=3045 w=625 float=center]

[singlepic id=3050 w=800 float=center]

[singlepic id=3056 h=800 float=center]

[singlepic id=3057 w=800 float=center]

[singlepic id=3059 w=800 float=center]

Iba con la boca literalmente abierta. La gente debe pensar que tengo algún problema en la mandíbula, pero no podía (ni puedo) creer que estoy acá. Viajé 12 horas pero aterricé en un lugar que siento familiar y cercano. No caí en medio de lo desconocido como cuando me fui a Asia. Por momentos pienso (plagiando a Fito): “No sé si es Baires o Madrid”. Pero enseguida me acuerdo. Estoy en Madrid.

***

Algunas fotos de los personajes de la Plaza y alrededores:

[singlepic id=3055 h=800 float=center] Papá Noel

[singlepic id=3086 h=800 float=center] Las cabezas locas

[singlepic id=3088 h=800 float=center] El hombre invisible y Bob Esponja

[singlepic id=3087 h=800 float=center] El perro (?) y también estaban Jack Sparrow y Los Pitufos

Adrenalina: me voy a Europa por primera vez

ADRENALINA. Es lo que siento, así en mayúsculas, horas antes de viajar a España por primera vez.

Estoy acelerada, algo raro en mí. Aceleradísima y a la vez tranquila. Pero con nervios. Y ganas, muchas ganas de conocer parte de mis raíces, de conocer a mi familia que vive allá, de reencontrarme con amigos que se fueron, de seguir conociendo el mundo. Los posts ya se escriben en mi cabeza, ya me veo en algún tren o colectivo mirando por la ventana, me veo también muerta de frío en el invierno europeo. Pero feliz. Con esa felicidad plena que siento cada vez que viajo, cada vez que avanzo por una ruta, cada vez que conozco a una persona nueva (local o viajera), cada vez que descubro que somos muchos los que buscamos dedicar nuestra vida a los viajes.

Algunas cositas que me voy a llevar conmigo: 1. Un cuaderno artesanal (ya conocerán su procedencia más abajo), 2. Un cuaderno que me regaló Julia (ya sabrán de ella más abajo también), 3. Una llamita que compré en mi primer viaje por Bolivia, 4. Una foto (contaré la historia cuando sea el momento), 5. Un barquito chino para la buena suerte (me lo dieron en un templo de Malasia durante el Año Nuevo Chino), 6. Un paquete de Skittles que me regaló mi amiga Flor (y que claramente viajará vacío porque me lo estoy comiendo mientras escribo este post).

***

ALERTA: MOMENTO CURSI EN VIAJANDO POR AHÍ

Cuando empecé este blog no sabía cuánta gente iba a leerlo, no sabía si iba a tener alcance, si iba a hacer feliz a alguien con mis historias. Hoy, más de un año y medio después, me doy cuenta de que sí, de que se generó algo entre ustedes (lectores, viajeros, potenciales viajeros, soñadores, personitas) y yo (la que escribe), aunque sea mínimo. Me doy cuenta por los mails que recibo, por los comentarios, por las propuestas. Son ustedes los que me dicen cosas como estas y me dan aliento para seguir haciendo lo que más me gusta:

[quote style=”boxed”]Conocí tu blog hace un tiempo y quiero que sepas que sos una nueva fuente de inspiración para mi, ayudaste a convencerme una vez mas que se puede VIVIR viajando! asi que por eso y mucho mas, gracias! dale para adelante con lo que estás haciendo que a la distancia y sin siquiera conocerte le haces bien a mucha gente![/quote]

[quote style=”boxed”]Primero que nada te felicito por tu blog. Para definirlo en una palabra: INSPIRADOR.[/quote]

[quote style=”boxed”]Qué emoción haber encontrado tu blog. Me gusta muchísimo lo que escribis, tus viajes, como disfrutas la vida. Sos un gran ejemplo para mi. Ojala algún dia logre cumplir con mis sueños de viajar y conocer el mundo como vos lo haces.[/quote]

[quote style=”boxed”]Como te puedo explicar ??? Primero te aplaudo de pie. Tu blog me VUELVE COMPLETAMENTE LOCA. Me agarran escalofrios desde los pies hasta la nuca, y es LITERAL. Me rio, se me ponen los ojos llorosos, y tengo ganas de gritar tambien. Todo eso me hiciste pasar. Me encanta que como profesión te incluyas escritora, fotografa y tambien VIAJERA. Claro, si es una filosofia de vida; VIAJAR.[/quote] [quote style=”boxed”]Aniko, sos una grosa!! tu blog me llevó a lugares mágicos!! También siempre quise hacer de mis viajes mi forma de vida y te felicito de corazón…porque en la vida hay que jugarse por los sueños, que dejan de ser solo sueños para convertirse en “mi forma de vivir la vida”! Leyendo tu blog sentí que se plasmaban en palabras todos esos sentimientos que me mantienen día a día.[/quote]

[quote style=”boxed”]Interesante forma de asumir la vida en pleno viaje, aniko. y lo más hermoso, compartir tu travesía con sedentarios, viajeros o nómadas inmóviles, como yo. [/quote]

[quote style=”boxed”]Soy una fan que te escribió hace un tiempo. En el mensaje te puse que mi sueño era conocer Brasil pero me daba miedo y encima no tenía el apoyo de una buena parte de mi gente. Tú, que ni me conoces ni sabes nada de mí, me diste ánimos. Tus increíbles post, sumados a mis crecientes ganas de volar… hicieron el resto. YA ME VOY![/quote]

[quote style=”boxed”]Auténtico lo que estás transmitiendo en tu blog, sobre todo porque desde lo más profundo de tu ser y el sentir que tienes viajando por el mundo.[/quote]

Hace unos días me llegó un regalito lindísimo por correo: un cuaderno artesanal. Me lo mandó Celeste desde Santa Cruz (Argentina) porque sabe que me gustan los cuadernos. Ella no me conoce ni yo a ella, pero me leyó a través del blog y me mandó el regalo perfecto, como si me conociera de toda la vida. Y cuando me doy cuenta de que todo esto pasa porque escribí un blog acerca de lo que más me gusta, no puedo creerlo.

El cuadernito que me regaló Celeste. Pueden ver más en su página: http://cuadernosa.blogspot.com

Hace unas semanas me pasó algo que no puedo definir de otra manera que “muy loco”. Estaba en la despedida de un amigo que se fue a vivir a Hawai (Mamo, uno de los creadores de Proyecto Calco) y mientras esperaba para saludarlo, él y una chica que yo no conocía se dieron vuelta, me miraron y me dijeron: “¡¡no sabés lo que acaba de pasar!!”. Yo no entendía nada. Pero reconstruyeron la charla y fue algo así (Mamo y Juli, corríjanme si me equivoco):

Estaban hablando acerca de cómo se sentían en Buenos Aires.

Juli: “Estoy bien en Buenos Aires, me estoy amigando… estoy como Aniko Villalba”. Mamo: “Pará, pero ¿vos sabés quién es Aniko Villalba?” Juli: “Sí, la chica que escribe el blog de viajes…”. Mamo: “Es la que está parada ahí al lado tuyo”.

Y ahí fue el “NOOOO qué locooo”. Unos días después, Juli y un amigo de ella vinieron a casa a entrevistarme para su tesis (estudian Comunicación también). Y ella me trajo… un cuadernito. :)

Para mí es realmente MUY LOCO que pasen estas cosas. Por un lado me llenan de alegría y por otro pienso “yo solamente escribo un blog, ¿cómo puede ser que se generen estas cosas?”. Pero me di cuenta de algo: cuando uno hace lo que verdaderamente le gusta, todos, de alguna manera u otra, se van sumando y ponen su granito de arena para que el proyecto siga avanzando. Así que gracias a todos por leerme, por estar del otro lado, por compartir lo que les pasa, por escribirme, por darme consejos, por ayudarme en este camino que elegí.

Les escribo desde España en breve.

Amigate con Buenos Aires – El nuevo mini proyecto de VPA

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

Todo empezó hace unos días, cuando preparaba una guía de viajes de Buenos Aires que me habían encargado. Me leí todo acerca de la ciudad, miré fotos, descubrí —virtualmente— rincones que no conocía, encontré muchísimos recorridos temáticos interesantísimos para hacer (“recorrido literario”, “recorrido de bares notables”, “recorrido histórico”, “recorrido cultural”, etc) y después de empaparme de información me dije: “Pará, pero Buenos Aires tiene mil cosas para ver. Mil cosas que ya vi mil veces, pero que quiero ver mil y una más”. Y me dieron ganas de salir en ese mismo momento con un megáfono, pararme en medio de la 9 de Julio —en el Obelisco, tal vez— y gritar: “Hola Buenos Aires, ¡volví! ¡Te quiero otra vez!”. Pero no lo hice porque no tengo megáfono y tenía que terminar de escribir la guía.

Para quienes no lo conocen, les presento al Obelisco.

Ese mismo día, además, pegué una de las calcos de Proyecto Calco en mi espejo. Cada vez que me miraba al espejo, el papelito me decía: Amigate. Y cada vez —como si fuera poco— me lo decía con un tono distinto: con indignación, con tristeza, con alegría, dándome una orden, insistiéndome, apurándome, enojada, haciéndome burla, riéndose. Y me di cuenta de que algo estaba pasando: había llegado el momento de reconciliarme con Buenos Aires —esa ciudad que amo y odio a la vez— y salir a redescubrirla, observarla y fotografiarla.

Así que me propuse un nuevo proyecto: amigarme con Buenos Aires, con sus barrios, con su belleza, con su caos, con su esplendor, con su basura, con su estrés, con su buena onda, con sus calles empedradas, con sus manifestaciones, con sus balcones, con sus esquinas ruidosas, con sus pasajes silenciosos, con su primavera, con su mal humor. Es un proyecto que me inspira y me desafía: me inspira a sorprenderme, a mirar los lugares que ya conozco, aquellos por los que pasé incontables veces, con los ojos más abiertos; me desafía a encontrar detalles, a descubrir nuevas perspectivas, a capturar íconos y momentos urbanos. Me inspira a verla como si fuera la primera vez, como si estuviese viajando por cualquier otro lugar del mundo, y me desafía a reconocerla como propia, como el lugar donde crecí y del que siempre querré irme (y volver volver volver).

Así que tras esta introducción les presento el nuevo Mini Proyecto Fotográfico (“mini”, porque como dije alguna vez, no sé en qué derivará, ni si tendrá cierre, ni cuántos capítulos durará) de Viajando por ahí: después de “Asia de la A a la Z” llega “Amigate con Buenos Aires”.

Quisiera recorrer todos los barrios de la ciudad, pero no sé si me dará el tiempo ya que en breve me vuelvo a Asia (ya daré noticias de eso), así que cubriré la mayor cantidad de lugares que pueda. Igualmente, siempre que vuelva a Buenos Aires, seguiré mirándola como si fuese la primera vez. Así que sospecho que este será un proyecto que jamás terminará del todo.

 

Privacy Settings
We use cookies to enhance your experience while using our website. If you are using our Services via a browser you can restrict, block or remove cookies through your web browser settings. We also use content and scripts from third parties that may use tracking technologies. You can selectively provide your consent below to allow such third party embeds. For complete information about the cookies we use, data we collect and how we process them, please check our Privacy Policy
Youtube
Consent to display content from Youtube
Vimeo
Consent to display content from Vimeo
Google Maps
Consent to display content from Google