Carcelona Reloaded

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Carcelona volvió con todo. O será que yo volví con todo a Barcelona, esa ciudad por la que sentí amor a primera vista y de la que cada vez me enamoro más. Acá todo pasa tan rápido que no sé por dónde empezar a escribir, y tengo mucho para decir, creanme. Si para Madrid lo más adecuado fue hacer un post de tapeo, Barcelona se merece un cadáver exquisito, una conversación fragmentada que represente todo lo que estoy viendo, viviendo y pensando en este lugar (lean el post “Carcelona” antes de seguir y entenderán de qué hablo).

[singlepic id=4999 w=625 float=center] Así vi a Barcelona la primera vez, cuando subía por las escaleras del Metro…

[singlepic id=4985 w=625 float=center] Amo su vida en la calle

[singlepic id=4980 w=625 float=center] Su primavera

[singlepic id=4989 w=625 float=center] Su arte

[singlepic id=4991 w=625 float=center] Sus rincones

***

– Señales, casualidades, encuentros del destino, qué más da.

Yo a ese chico lo conozco, le digo a una de mis amigas mientras bailamos al ritmo de la música semi pop ochentosa en un boliche de la Plaza Real. Le quiero decir “es el chico Carcelona” (me hicieron caso y leyeron el post “Carcelona”, ¿no? Sino no van a entender demasiado…), pero sería muy largo de explicar ahí en ese contexto. Aunque podría estar equivocada, esa charla de Carcelona fue hace varios meses y duró pocos minutos, tal vez quede como una loca si voy y le pregunto. Pero quiero sacarme la duda, así que me acerco y le digo: “Creo que te conozco, una vez le pediste tabaco a un amigo mío en la rambla del Raval y me dijiste que esta ciudad se iba a convertir en mi Carcelona”. Sonríe. Sí, era él. Le cuento que esa palabra me quedó tan grabada que incluso escribí un post con este título ya que siento que define mi relación con esta ciudad. Barcelona es una ciudad “chica” (comparada con Buenos Aires por ejemplo) y no es raro cruzarse con la misma gente. Pero igual, haberme encontrado otra vez con el que me dijo lo de Carcelona es un hecho curioso, ¿no?

Esto de Carcelona podría haber quedado ahí, pero no, las señales tenían que perseguirme. Unos días después fui a visitar a un amigo y, me encontré con esto:

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Quedé petrificada. El periódico (con fecha de 2011) estaba abandonado sobre una silla. Le pregunté si me lo podía guardar y me lo llevé.

Entremedio de todo esto, un día caminando por la ciudad me encontré con una carta (naipe) en la vereda. Si me leen hace tiempo sabrán que también tengo “algo” con los naipes. En Asia los veía por todos lados, abandonados en las esquinas, de a uno, lejos de su baraja, como queriendo decirme algo. Un día, en Laos, decidí empezar a juntarlos. Debo tener unos 30, todavía no formé la baraja completa, pero estoy en camino. En cada ciudad o pueblo donde encontraba un naipe, algo bueno me pasaba. Son como los naipes del buen agüero. En China, por ejemplo, estaba perdidísima, encontré uno y me pasó esto. Lo que me di cuenta es que los naipes siempre aparecían en los lugares con más cultura callejera, en esos países donde la gente vive en la calle, come en la calle y (claro) juega a las cartas en la calle. En las ciudades más ordenadas y limpias jamás encontré nada (a excepción de Madrid). Pero el otro día apareció cuando menos lo esperaba: un ocho de trébol.

[singlepic id=5009 w=625 float=center] Hace unos días, además, entré a una tienda casi de casualidad y me encontré con esta mini geisha. No soy de comprarme estas cosas, pero la vi y me encantó. Ahora es mi nueva compañera viajera, una geisha con superpoderes.

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[singlepic id=4993 h=625 float=center] La cosa es que unos días después estaba caminando por el Raval y me crucé con una japonesa que parecía ser una geisha de verdad. Raro raro…

Esto de enamorarse de una ciudad no es tan fácil ni lindo como parece, especialmente para alguien como yo que no puede estar mucho tiempo quieta en el mismo lugar. ¿Qué hago? ¿Deshojo una margarita y le pregunto?

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Mevoymequedomevoymequedomevoymequedome…

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¿Le saco las espinas a un cactus y busco la respuesta ahí? Barcelonamequierenomequieremequierenomequieremequiere…

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¿Dónde estará la respuesta?

***

– Cada vez más blog y menos guía

Acabo de pasar frente a la Sagrada Familia. Iba a entrar (todavía no la conozco por dentro) pero cuando vi la cantidad de gente que había desistí. Una larguísima fila de personas con sombrero de visera, camisas floreadas, cámaras, medias blancas de algodón altas hasta las rodillas y guías con banderas y megáfonos (bah, lo de los megáfonos capaz que me lo imaginé, pero no me hubiese sorprendido). Ya me parecía que las calles estaban muy vacías: es que todos los turistas que no están en las ramblas están acá, frente a esta obra de arte de Gaudí. Volveré cuando haya menos gente, pensé, y me fui caminando por ahí. Mientras tanto pensaba en mi blog. ¿Tendría que darle un enfoque más turístico a los posts? ¿Hablar acerca de lo que se puede ver en cada lugar? El problema es que muchas veces yo misma no visito los “puntos turísticos” entonces tampoco puedo hablar demasiado acerca de ellos… Mi blog —que acaba de cumplir dos años, por cierto— se está volviendo cada vez más personal y no creo que haya vuelta atrás. Es que guías de viajes sobran, lo que cambia son las experiencias y eso es lo que a mí me gusta contar. Así que ya está, prefiero escribir historias y pensamientos viajeros, ya que eso es lo que nos hace diferentes, ¿no? Más que el lugar, la mirada.

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Además cada vez recibo más mails de personas que quieren viajar y no se animan, de gente que busca ser feliz y necesita un empujón para animarse a “dejar todo atrás”, de chicas que se sienten identificadas conmigo y me preguntan cosas que yo misma me pregunto todos los días… Todo esto me hace pensar que este blog va más allá de los viajes, que es un espacio en el que podemos reunirnos (aunque sea virtualmente) aquellos que amamos viajar y aquellos que amamos la vida y buscamos ser felices como sea. Así que bienvenidos. :D “Viajando por ahí: Blog de viajes, creatividad, inspiración y autoayuda” (?), “Viajando por ahí: Un blog feliz”.

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[box border=”full”]NOVEDADES: TEDxUTN (o De cómo una chica tímida va a tener que plantarse en un escenario y hablar acerca de su vida, los viajes y los sueños durante 18 minutos sin parar)

Cuando era chica era tan tímida que no me animaba a atender el teléfono de mi casa. Tampoco hablaba con extraños ni decía lo que pensaba. Todo me daba vergüenza. De a poco, muy de a poco, lo fui superando. Y cuando empecé a viajar sola, no me quedó otra. Hoy puedo decir que soy “menos tímida” que cuando era chica, aunque todavía algo de timidez creo que tengo. Hace unos años jamás me imaginé que en algún momento de mi vida iba a tener que subirme a un escenario (el espacio más temido de los tímidos) y hablar frente a un público (la actividad más temida de los tímidos) acerca de mi vida. Pero sí: el 27 de abril estaré en Buenos Aires y seré una de las oradoras de TEDxUTN. Y me voy a morir ahí mismo, lo sé. Pero igual intentaré hablar y transmitirles el mensaje de que todo se puede. Si alguno de los que me lee llega a estar presente aquel día y ve que me bloqueo y no puedo empezar a hablar, que grite alguna palabra graciosa así me relajo y me río. Por favor. Que me voy a morirrrr! [/box]

Si me animo a hacer estas cosas (oficiar de pseudo modelo publicitaria para mis amigas de la boutique vintage “La Petite Parade”) entonces puedo hacer cualquier cosa. Es cuestión de ser caradura…

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***

Lo que se viene en Viajando por ahí (esto ya parece una novela por entregas)

Dentro de unos días vuelvo a Buenos Aires y me quedaré por allá varias semanas. Tengo muchísimos artículos para escribir (para revistas) y quiero organizar algunas muestras de fotos. Así que como no estaré viajando, iré subiendo cosas que me quedaron pendientes de Marruecos, Suecia y España. Algunos posts más cortos, posts fotográficos, historias, guías, gastronomía, reflexiones y más…

Querido Blog: soñé, viajé y me desperté (en qué orden, no sé).

3 de abril, Barcelona

Querido Blog:

Para qué te voy a mentir. Podría hacer de cuenta que te escribo desde una ventana que da a algún bosque nevado de Suecia. Podría decirte que los renos pasean por enfrente de mi casa y que siento el olor de los árboles.

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Pero no.

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Te escribo sentada frente a una ventana que da a la plaza de toros de Barcelona, con la lluvia que no para de caer. Llegué hace unos días y la ciudad me atrapó otra vez (sigo tan enamorada de Barcelona como antes). Este regreso, sin embargo, fue distinto a mi regreso de Marruecos (acerca del cual todavía no te conté). Volver de Marruecos, fue raro. Fue gris. No sé si hablar de esto en esta carta… ¿O sí? Bueno, brevemente.

Te voy a contar un secreto: existe algo conocido como La Depresión Post Viaje. Bah, no sé si existe, pero a mí me pasa y por eso le puse ese nombre. Volver de un viaje implica pasar del movimiento constante a la quietud, de la incertidumbre a lo seguro, de ser el elemento novedoso en un lugar desconocido a ser una más en un lugar más que conocido. Volver de un viaje implica pasar de no saber dónde vas a dormir, dónde vas a comer, a quién vas a conocer, por dónde te va a llevar el camino, a tener todo más o menos ordenado y sin mucho lugar para la espontaneidad. Volver de un lugar tan intenso, colorido, bullicioso y acelerado como Marruecos acarrea una depresión (llamémosla tristeza, sensación de vacío, miedo a la inmovilidad) segura. ¿Sabés por qué? Yo creo que en cada viaje, en cada paisaje y en cada persona voy dejando un pedacito mío, un poquito de alma, por decirlo de alguna manera. Entonces cuando me voy siento que  dejo algo atrás, siento eso de “¡¿Qué hago acá?! Que alguien me explique en qué momento decidí volver y por qué”… Siento que parte de mí queda en un lugar al que nunca jamás volveré. Porque si bien puedo regresar al mismo lugar (físicamente), la experiencia va a ser distinta, la gente que voy a conocer va a ser otra, mi estado va a ser diferente (es imposible que un ser humano esté siempre igual). Por eso volver es tan difícil, ¿entendés? Este tema da para largo…

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Si bien mi regreso de Marruecos a Barcelona duró solamente cinco días (porque después de eso me fui a Suecia) y no fue el regreso tradicional (no volví a Buenos Aires sino a Barcelona, a una ciudad que me encanta y en la que todavía me queda muchísimo por descubrir), igualmente sufrí esa depresión. Y Suecia, ay Suecia… Ese viajecito fue la cura perfecta. Un viaje para curar la depresión post-viaje. ¿Quién lo hubiese dicho?

[singlepic id=4947 w=800 float=center] Bienvenidos…

Volví de Suecia mucho más tranquila. Y, pequeño detalle: enferma. Apenas me subí al avión de vuelta de Skellefteå empecé a estornudar y a sentirme bastante mal. Mi cuerpo dijo basta. Eso de estar casi dos meses girando por Marruecos, volver a Barcelona, irme a Suecia, dormir cuatro horas por día y pasar de los cero grados a los 25 en cuatro horas (que es lo que dura el vuelo de Laponia Sueca a Girona) me mató. Así que estuve todo el fin de semana en cama y recién hoy me siento un poco mejor. Pero como te decía, este regreso fue distinto. A pesar de estar enferma, volví de muy buen humor y con el alma contenta.

¿Dónde nos habíamos quedado en la carta anterior? Ah sí, el anteúltimo día de viaje, Miguel y yo volvimos en el auto de Tova y Bob (la pareja que nos alojó en su B&B) a Skellefteå para tomar el vuelo a Girona al día siguiente. A eso de las 8 pm nos reencontramos con David y Florent (nuestros otros compañeros de blogtrip que hicieron una ruta distinta a la nuestra) y hablamos eufóricos acerca de la aurora boreal, los renos (que nosotros no vimos pero ellos sí), la aurora boreal, su visita a los Sami, la aurora boreal, la experiencia de la moto de nieve, la aurora boreal, la comida y la aurora boreal otra vez. En algún momento la charla se puso muy divertida y a los cuatro nos agarró un ataque de risa. Y no eran solamente risas, eran carcajadas de esas que no podés contener y que te hacen llorar. Estuvimos diez minutos llorando de risa como cuatro salames, tratando de no hacer mucho ruido para no molestar al resto de los huéspedes. Otra gran medicina, la risa.

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Cuando terminamos de cenar decidimos salir a caminar un poco por la ciudad y adiviná qué: empezó a nevar. Para mí, que soy una principiante en esto de la nieve, ver cómo caen los copos del cielo es algo mágico. Agarramos cuatro paraguas y nos fuimos por ahí. Te juro que fue como si nos metiéramos adentro de una novela policial. Imaginate este ambiente: casas con puertas y ventanas totalmente cerradas, farolas empañadas en las veredas, la nieve que cae y se acumula, bicicletas estacionadas, silencio, ni un alma en la calle, cuatro extranjeros y cuatro paraguas, huellas misteriosas, un cementerio. Sí, había un cementerio al lado del hotel, con las lápidas hundidas en la nieve y todo. También vimos unas huellas rarísimas, de un par de zapatos estilo Aladdino (y de número, por lo menos, 45) y pisadas de un animal (¿un zorro tal vez? ¿Un Sasquatch de pies pequeños?). Yo subí a una montaña de nieve para sacar una foto y quedé enterrada casi hasta la cadera. Mirá, saqué algunas fotos, aunque no usé el trípode y salieron medio chungas.

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[singlepic id=4956 w=800 float=center] Esta fue de cuando quedé enterrada en la nieve y Miguel acudió al rescate.

Y la mañana siguiente, después de cinco días en Laponia Suecia, tomamos el vuelo de RyanAir de vuelta a Girona. Se me pasó rapidísimo y, cuando me di cuenta, ya estaba de vuelta en Barcelona. Así que eso es todo, Blog. The Dream is Over, como cantaba una de mis personas preferidas. Se terminó este pequeño e intenso viaje onírico y próximamente vendrán otros distintos. Si bien vi muy poco de Suecia, puedo decirte que en este viaje aprendí varias cosas:

1. Que la naturaleza es un gran desestresante. A mí, por lo menos, me da muchísima paz y felicidad.

2. Que la risa es una de las mejores medicinas. Imaginate si todos nos dedicáramos a reírnos a carcajadas (de esas que te sacan las lágrimas) por lo menos una vez al día… El mundo sería un lugar mucho más relajado y alegre. Y si todos nos riéramos de nosotros mismos, aún mejor.

3. Que desde que te creé (o “te conocí”) empecé a conocer gente muy afín a mí, con los mismos sueños, con los mismos ideales, con la misma pasión por viajar. Así que gracias. Creo que no hubiese sido posible sin vos. Cuando empecé nunca me imaginé que iba a llegar a tener charlas de blogs, wordpress, blogtrips y viajes con otras personas (sin quedar como una loca que habla constantemente de blogs).

4. Que, como leí alguna vez, el mundo necesita gente que ame lo que hace. Las personas apasionadas por su trabajo no aportan más que cosas positivas, más allá de que se equivoquen y tropiecen de vez en cuando. Todos nacemos con un talento y creo que una de las misiones más importantes que tenemos es descubrirlo y aprovecharlo, sea cual sea. Si ofrecemos nuestro talento al mundo, estaremos haciendo algo para mejorarle la existencia a los demás y a nosotros mismos.

5. Que cada persona que me voy cruzando en el camino me enseña algo, ya sea acerca del mundo, de sí misma o de mí misma. De todos se aprende.

5. Que cuanto más viajo, siento que menos conozco. Es como el “sólo sé que no sé nada”. Cuando más mundo conozco, más me doy cuenta de que me queda muchísimo más por descubrir y que, probablemente, no me dará la vida para verlo todo.

 6. Que volver de un viaje es como despertar de un sueño. A veces podemos despertarnos con una sensación de felicidad, a veces con melancolía, a veces con tristeza, a veces con tranquilidad. Todo depende de cómo fue el sueño y de dónde nos despertamos.

Bueno Blog, me voy a pasear bajo la lluvia y aprovechar mis últimas dos semanas acá…

No creas que me olvidé: Feliz cumple. Felices dos años de vida. Ya te haré un post cumpleañero.

Nos vemos por ahí,

Aniko

[singlepic id=4959 w=800 float=center] Adopté a una geisha con superpoderes, ahora se dedica a viajar conmigo :)

Querido Blog: Hoy estuve en un bosque encantado
(y conocí a una gallina de nieve)

29 de marzo de 2012, Laponia Sueca

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[singlepic id=4856 w=800 float=center] Foto: Miguel Páez

Querido Blog:

Dormí menos de cuatro horas pero no me importa nada. Ayer vi la aurora boreal. Leíste bien: A-U-R-O-R-A-B-O-R-E-A-L. ¿Qué asunto mundano me puede importar después de haber visto algo así? La naturaleza es el mejor desestresante que existe, a mí no me vendan otra cosa porque no la compro.

Hoy tuvimos que dejar la casita del bosque para volver al centro de Piteå. Eso de despertarse con los árboles silenciosos al lado, la nieve y la luz del sol entrando por la ventana no tiene precio. ¿Sabías que esta zona de Suecia es el lugar con más bosques de todo el norte de Europa? El bosque de acá, a diferencia del de, por ejemplo, Sudamérica, crece muy lentamente: pueden pasar 100 años desde que los árboles son plantados hasta que se conforma el bosque. Por eso tenemos que cuidarlo. Creo que si todos los seres humanos tuvieran la posibilidad de despertarse por lo menos una vez en medio de un bosque y sentir la paz que transmiten los árboles, la naturaleza estaría mucho más cuidada. Porque nadie quiere hacerle daño a aquello que le hace feliz, ¿no te parece? A veces buscamos la felicidad durante toda la vida y no nos damos cuenta de que la naturaleza que nos rodea es suficiente para hacernos sentir bien. Cómo me gustaría tener un pedacito de bosque… Gunnar y Caroline (la pareja que nos alojó anoche) nos contaron que la mitad del bosque pertenece a pequeños propietarios, un cuarto pertenece al Estado y otro cuarto a grandes empresas. Pero todos son libres de caminar por todo el bosque. El problema al que se enfrentan ahora es que hay mucho bosque y poca gente, necesitan personas que estén dispuestas a trabajar ahí. ¿Vos tu sumás? Yo me quedaría eh…

[singlepic id=4842 w=800 float=center] En Piteå

[singlepic id=4846 w=800 float=center] Mar congelado

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[singlepic id=4780 w=800 float=center] Mucha mucha nieve (vista desde el bus)

No sabés: hoy nos entrevistaron para un programa de radio sueco. Fue en inglés, muy interesante: hablé acerca de la experiencia de ver la aurora boreal, acerca de mis viajes, de los lugares que más me gustaron, de lo que recomiendo ver en Argentina y Asia (¡todo!). Si me pasan el audio te lo mando así me escuchás. Nunca te conté de mi afición por la radio, ¿no? En el 2007 trabajé en un programa con amigos, tenía una columna semanal de curiosidades del mundo, era un segmento muy divertido y que casi siempre terminaba rondando lo bizarro (cuándo no). Desde que empecé a viajar me hicieron varias entrevistas y ahora en unos días (aprovecho para darte la primicia) empiezo como columnista (de viajes, obvio) en un programa de radio de Argentina que se llama “La suerte está echada” y que saldrá de lunes a viernes de 6 a 8 am en FM Touché (89.1). Empieza el 2 de abril (¡ya!), todavía no sé qué día de la semana saldré, así que te avisaré con tiempo para que me escuches. Pero esto de volver a hacer radio me pone feliz.

[singlepic id=4850 w=800 float=center] El chico que nos entrevistó

Hoy almorzamos en un resort en Piteå, mirando el mar (o, mejor dicho, el mar congelado). ¿Te hablé de la comida sueca ya? No me acuerdo, te conté tantas cosas… Acá se come muy sano. De desayuno muesli con yogur (que debe ser una de las cosas que más me gusta comer en este mundo), jugo de frutas, té o café, fiambres, panes y mermeladas de todas las “berrys”: rasberry, cranberry, cloudberry, blueberry. Los frutos del bosque, bah. Esta vez almorcé un poco de pescado con brócoli, tomate, choclo, morrón, queso y salsa de champignones. Mmmmmm, qué rico. También probamos el “Pitepalt”, una comida de supervivencia que apareció después de la Segunda Guerra Mundial para alimentar a la población: un pan hecho a base de harina, papas y sal y relleno con un poco de carne. Se come con mermelada y manteca y llena muchísimo, yo no pude comer ni la mitad. Hoy en día mantienen el Pitapalt más como tradición que por otra razón. Comí, también, una caritas felices con un sabor muy particular: regaliz y sal. Raras. Un sabor de esos que te generan muecas involuntarias.

[singlepic id=4840 w=800 float=center] ¡Cómo amo comer esto!

[singlepic id=4847 w=800 float=center] El almuerzo

[singlepic id=4848 w=800 float=center] El pitepalt

[singlepic id=4851 w=800 float=center] Las caritas :D

Después Miguel y yo tomamos el bus y nos fuimos de vuelta a Skellefteå (la ciudad a la que llegamos con el avión y donde pasamos la primera noche) para ir en coche hasta la casa de Tova y Bob, una pareja sueca que conocimos en el partido de hockey el día que llegamos. Tienen un Bed & Breakfast lindísimo en medio del bosque. Tengo un problema: cada lugar al que llego me gusta más que el anterior. Soy terriblemente enamoradiza de los paisajes y de los lugares, tengo que admitirlo. El otro día te contaba que mi paisaje preferido es el mar, ¿te acordás? Bueno, creo que ahora puedo decir que uno de los paisajes que más me inspiran son los bosques nevados. Son mágicos, de cuento. Me hacen sentir como adentro de una postal. Estando acá me dan ganas de encerrarme en una cabaña y dedicarme a escribir durante meses sin parar.

[singlepic id=4839 w=800 float=center] La casita en el bosque de Tova y Bob

[singlepic id=4816 w=800 float=center] ♥

[singlepic id=4811 w=800 float=center] Ellos

[singlepic id=4789 w=800 float=center] Tova preparando el agua caliente para el “hot tub”

[singlepic id=4804 w=800 float=center] Caminando por el bosque

Tova y Bob son una pareja muy cálida y agradable, personas con que las que quisiera compartir más tiempo. Ya les pedí que me adoptaran y que me dejen vivir en la casita de las gallinas: ya lo veo, me pongo un colchoncito ahí, una conexión a internet y listo, no me voy más. Siempre digo lo mismo, ¿no? Una de mis frases célebres debe ser “No me quiero ir” o “Acá me quedo”, es que viajando conozco tantos lugares que me atrapan… Como el bosque donde viven Tova y Bob, por ejemplo. Hoy comprobé que hay bosques encantados, bosques que pertenecen a los cuentos que leía de chica, donde no me sorprendería encontrarme hadas y seres viviendo en casitas en los árboles. Cuando estaba bajando el sol nos pusimos unos esquíes y nos fuimos los cuatro a hacer una caminata por la nieve hasta el lago congelado. Imaginate tener un lago así a unas tres cuadras de tu casa. No habría razón para no ser feliz. Tova y Bob no cierran su casa con llave. Impensado, ¿no? Tener la tranquilidad de que podés salir y nadie va a entrar a desvalijarte no tiene precio.

[singlepic id=4791 h=800 float=center] Un arroyito que está a la vuelta de la casa

[singlepic id=4794 w=800 float=center] La ruta que lleva hasta la cabaña

[singlepic id=4799 h=800 float=center] Cuando bajaba el sol nos pusimos los esquíes

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[singlepic id=4805 w=800 float=center] y nos fuimos a caminar por el bosque

[singlepic id=4821 w=800 float=center] a ver el lago

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[singlepic id=4823 h=800 float=center] y dejar nuestras huellas.

Acabo de volver del sauna, Blog. Acá todos tienen sauna en su casa, es algo muy común. Se calienta con fuego y tiene ventanas para disfrutar del paisaje mientras empezás a transpirar. Me contaron que en invierno es muy común usar el “hot tub” (la bañera de agua caliente) y después tirarte sobre la nieve (cuasidesnudo) para enfriar el cuerpo. Yo no sé si me animo a tanto. Ya es tarde, así que me voy a dormir y mañana sigo con esta carta.

[singlepic id=4845 w=800 float=center] La vista desde el sauna de Pite Havsbad, el resort que fuimos a conocer en Pitea antes de ir a lo de Tova y Bob

***

¡Buen día, Blog! ¡No sabés lo bien que dormí! El colchón de mi cama era muy mullido, tanto que cuando me acosté sentía que me hundía y que me iba directo al mundo de los sueños, como cuando Alicia cae por el hueco y llega al País de las Maravillas. Estoy pensando en rebautizarte eh, me parece que lo de Viajando por ahí ya fue, tendrías que llamarte Aniko en el País de las Maravillas. O Aniko en el Planeta de las Maravillas. Ese va a ser tu pseudónimo de ahora en más, así que cuando completes un formulario, acordate:

“Apellido y Nombre: Por ahí, Viajando.”

“Pseudónimo: Aniko en el País de las Maravillas”

“Edad: 2 años”

¡Ya cumplís dos años, Blog! Qué grande que estás…

[singlepic id=4814 w=800 float=center] La vista desde mi cama

[singlepic id=4815 h=800 float=center] La vista desde la otra ventana de mi cama

Bueno, eso: te decía que me acosté en la cama y viajé a un nivel de sueño más profundo (como en la película Inception: un sueño adentro de otro), porque aunque me haya despertado, todavía sigo soñando. Creo que una de las sensaciones más lindas al despertarse en invierno es mirar la naturaleza por la ventana, apoyar los pies sobre el piso de madera, ponerse las pantuflas y bajar las escaleras (en caso de que las haya, como en lo de Tova y Bob) para ir a desayunar algo calentito. Y si hay pan casero, jugo de frutas y yogur con cereales, mejor aún. El desayuno es uno de mis momentos preferidos del día.

[singlepic id=4829 w=800 float=center] Waffles con crema y mermelada

[singlepic id=4837 w=800 float=center] El hombrecito de nieve que hizo Tova

Hoy almorzamos waffles afuera. Después —no sé cómo no se me ocurrió antes— me senté a jugar en la nieve. Quise hacer un muñeco de nieve (nunca hice uno en mi vida… ¡no te digo que nunca me llevaban a la nieve de chiquita!), pero fracasé así que hice algo mejor: una gallina de nieve, con sus huevos y todo. ¡Los hombres de nieve ya fueron! Lo que se vienen son las gallinas. La mía empolló cinco huevos en pocos minutos, es una genia. Y encima no sé cómo hizo, pero los puso en exposición en un nidito, por si alguien los quería comprar. Además tenía una cresta guapísima (no me importa que las gallinas no tengan crestas, la mía tenía). Bob me preguntó si la quería envolver para llevármela a Barcelona. Lo pensé eh, pero tenía miedo de que no me dejaran subir al avión con animales (si hubiese estado en Marruecos la metía en cualquier baúl y listo). Además mirá si justo empezaban a nacer los pollitos en pleno vuelo, iba a ser un lío. Así que la dejé ahí con sus amigos: un conejo y un hombrecito muy simpático hechos por Tova. Estoy segura de que ahí va a ser muy feliz.

[singlepic id=4835 w=800 float=center] Mi gallinita

[singlepic id=4836 w=800 float=center] El conejo de Tova

[singlepic id=4798 w=800 float=center] Los scones (pan) que me enseñó a hacer Tova (¡ojalá me salgan tan ricos!)

A eso de las 4 de la tarde, Tova y Bob nos llevaron en auto de vuelta a Skellefteå. En el trayecto, Tova me dio su receta para hacer scons (un tipo de pan), así que lo intentaré. La cocina no es lo mío pero lo intentaré. Nos despedimos con un enorme abrazo. Qué lindo que es conocer gente así. Para mí viajar es esto: conocer personas y, sobre todo, aprender algo de cada uno que se cruza en mi camino. Por más mínimo que sea, creo que todos nos pueden enseñar algo valioso. La verdad que admiro el estilo de vida de esta pareja. Se siente que son felices y, a la vez, simples, que no necesitan más de lo que tienen. Te dejo su dirección por si los querés visitar, van a estar encantados de recibirte.

Te dejo por hoy. Mañana ya nos vamos de vuelta a Barcelona, pero no te preocupes que te voy a mandar una carta más desde este estado onírico en el que estoy flotando hace unos días…

Cuidate y sé feliz,

Aniko

[singlepic id=4787 w=800 float=center] ¡Me encanta esta valijita viajera!

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[box border=”full”] Viajé a Laponia Sueca invitada por VisitSweden. [/box]

Querido Blog: Hoy vi la aurora boreal

28 de marzo de 2012, Laponia (Suecia)

 Querido Blog:

Tapones de oído. Eso es lo que nos dieron como souvenir cuando entramos a la oficina de turismo de Piteå (la A con circulito se pronuncia como una O), el pueblito al que viajamos ayer desde Skellefteå. “If you ever miss the sound of the Swedish Lapland, just use this” (“Si algún día extrañan el sonido de Laponia Sueca, usen esto”) nos dijeron con picardía mientras nos daban la bolsita. El sonido del silencio. Buen marketing. Además es totalmente verídico: acá el silencio se escucha. Y creo que la nieve ayuda mucho. El blanco, descubrí, es un color muy silencioso.

[singlepic id=4738 w=800 float=center] En Piteå

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Por la mañana caminamos un rato por el centro de Piteå, por una zona donde se conservan las construcciones típicas del siglo 19. Son casitas de ensueño. Cuando yo era chica y dibujaba casitas de colores con techitos, chimeneas y arbolitos —intentando imitar las pinturas de mi mamá—, lo que estaba dibujando eran casitas suecas, solo que en ese momento no lo sabía. Es que acá todo es de ensueño: las calles nevadas, los árboles pelados, las ramas que forman dibujos contra el cielo, las casitas bajas de colores, los atardeceres. ¿Dónde estoy? Todavía no lo entiendo. Is this real life?, es la frase célebre de un niño dopado en youtube. Eso me pregunto yo: ¿esto es la vida real? Sí, la de todos los que viven acá y la mía en este momento. Estoy en un lugar donde, por decirte algo, las bicicletas no se atan. Las dejan ahí y cuando vuelven siguen ahí. Si yo la dejara suelta en Buenos Aires, cuando vuelvo ya está desarmada, empaquetada y vendida. Estoy en un lugar que está ubicado muy al norte del mundo, pero que también tiene verano, playa y —pocos días al año— 24 horas seguidas de sol. Un sol desenfrenado. Yo voy a hacer de cuenta que estoy despierta, pero como te dije ayer, sé que sigo soñando y que en cualquier momento me voy a despertar en las oficinas de Ryan Air, en el sector “Objetos perdidos” clasificada como “Pasajero/a No Reclamado/a”.

[singlepic id=4769 w=800 float=center] Acá pasamos la noche

[singlepic id=4766 w=800 float=center] y con esta vista desde la ventana.

Bueno, sigamos. Exactamente a las 12 del mediodía (¿o fue más tarde? es que no uso reloj y ni me molesté en prender el celular), Miguel —el otro blogger que viaja conmigo—, Mikael —un chico sueco de Piteå que nos mostró su ciudad— y yo nos fuimos en auto a Stormybergets Lantgård, una pequeña granja en las afueras de la ciudad, donde nos alojamos por una noche (desde ahí fue que te escribí ayer, sentada al lado de la ventana mirando el bosque). Nos recibieron Caroline y Gunnar, la pareja sueca dueña del B&B, su hija María, su perro Mile y su gato. Siento envidia, Blog. Siento envidia ante esta gente que vive tan en contacto con la naturaleza, que es capaz de autoabastecerse y que tiene tan pocas necesidades. ¿Lograré vivir así algún día? Sueño con tener mis propios cultivos, una bicicleta, un paisaje en mi ventana, una mesa donde sentarme a escribir y una conexión a internet (fundamental, sin ella no podría comunicarme más con vos y eso me haría sentir muy sola). Esto de viajar tanto tiene sus cosas buenas y sus cosas malas: por un lado, a medida que voy conociendo distintos modos de vida, me voy dando cuenta en qué tipo de lugares me siento mejor y en qué países me quiero quedar a vivir. El problema es que mis ganas de seguir viajando son más fuertes que cualquier paisaje, entonces no logro establecerme en ningún lugar. Por ahora. Pero cada vez tengo una idea más clara de cuál es “Mi lugar en el mundo” (que, creo yo, es un estado de ánimo geográfico, por así decirlo, que puede existir en varios puntos del mundo y no solamente en una ciudad específica).

[singlepic id=4742 h=800 float=center] Caroline

[singlepic id=4751 h=800 float=center] Gunnar

[singlepic id=4744 w=800 float=center] El bosque donde almorzamos

[singlepic id=4746 w=800 float=center] La comida

[singlepic id=4745 w=800 float=center] Hora del té

[singlepic id=4765 w=800 float=center] El gato

[singlepic id=4755 w=800 float=center] El perro

[singlepic id=4756 w=800 float=center] Las ovejas

[singlepic id=4759 h=800 float=center] Los caballos

Escuchate esta: hoy anduve en moto de nieve. La manejé yo solita. ¡Una adrenalina que te cagas! (ya te dije que estoy pasando mucho tiempo con españoles y se me pegan sus expresiones, tío). La sensación es casi como andar en moto de agua. La nieve estaba muy blanda y la moto se hundía bastante, entonces había que ir “rápido” sí o sí (igual no fui a más de 40 porque seguro me estrolaba contra algún árbol y te dejaba huérfano y la verdad que sos muy joven para que te adopten, quiero verte crecer unos años más). No sabés cómo se movía para los costados. Me quedaron los brazos temblando.

[singlepic id=4743 w=800 float=center] La famosa moto, muy popular por estos pagos.

A la noche, a eso de las 9, salimos a andar a caballo por el bosque con María, la hija de Caroline y Gunnar. Estábamos dando una vuelta cuando miramos al cielo y lo vimos (o por lo menos quisimos verlo): el principio (casi imperceptible) de una aurora boreal. Una nube gris, muy larga, que se extendía en diagonal por el cielo estrellado. María nos dijo que no estaba segura de que fuera una aurora, ya que la época terminó hace unas semanas y hace ya un tiempo que no veían ninguna. Pero yo no perdía las esperanzas. Cuando volvimos a la casa, Gunnar nos dijo, emocionadísimo: “¡Se viene una aurora! Vayan ya mismo a un lugar despejado para verla”. Así que nos abrigamos bien, agarramos cámaras y trípodes y nos fuimos cuesta arriba por la nieve en busca de un claro.

[singlepic id=4761 w=800 float=center] Por acá anduvimos a caballo pero de noche

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Nunca te lo conté, pero uno de los grandes sueños de mi vida, una de esas 10 cosas que tengo que hacer antes de morir, es ver una aurora boreal. La única que vi fue en la cocina de Skinner, en aquel capítulo de Los Simpsons que —estoy casi segura— cualquier argentino de mi edad recuerda: “¡Skinnerrrr! ¿Qué es ese humo que sale de su cocina?”, “Es el vapor de las hamburguesas que estoy cocinando”, “¿Hamburguesas? Creí que había dicho almejas”, “No, no, dije hamburguejas, hamburguejas al vapor”, ¡Skinnerrr! ¿Qué es ese resplandor?”, “Aurora boreal”, ¿Aurora boreal? ¿En esta época del año, a esta hora del día, en esta parte del mundo y ubicada específicamente en su cocina?”, “Ehhh, sí”, “¿Puedo verla?”, “No”. Era algo así, te lo escribo de memoria para que te des una idea de aquel célebre diálogo. Pero la verdad que nunca jamás te expresé mi deseo de ver la aurora porque pensé que era algo totalmente inalcanzable, algo que (con mucha suerte) iba a ver a los después de cumplir 60, cuando me ganara la lotería, viajara a algún país nórdico y me instalara en un silla día y noche a mirar el cielo.

[singlepic id=4774 w=800 float=center] Saqué varias fotos de la aurora, todas con una exposición de entre 15 y 25 segundos, algunas salieron bien y otras no tanto. 

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Subimos la montaña con Mile, el perro de la familia, un collie muy simpático, durante unos treinta minutos. Miguel se la pasó enterrándose en la nieve, yo no tanto, pero a veces pisaba partes blandas y quedaba atascada hasta la rodilla. Por suerte no hacía tanto frío (¿cero grados tal vez?). Le conté a Miguel que en los países nórdicos existe la leyenda del perro que se convierte en lobo cuando aparece la aurora boreal. Nah. Mentira, pero estaría bueno que existieran historias así, como la del lobizón o el chupacabras escandinavo. Caminamos por la oscuridad del bosque con dos linternitas atadas en la cabeza, cual documental de la Bruja de Blair. Llegamos a un claro y cuando miramos para arriba casi nos caemos de espaldas (por no decir de bak). Una luz verde cruzaba el cielo formando un arco inmenso. Esa luz avanzaba rápidamente, tomaba tintes violetas y a los pocos minutos se desintegraba. Enseguida aparecía otra, formando otro dibujo y hacía un recorrido distinto. Hice algunas fotos, pero la mejor imagen que me llevo es la que me quedó grabada para siempre en la cabeza. Ver la aurora boreal y ver el cielo estrellado en el desierto son las dos experiencias que me hicieron sentir realmente ínfima en el Universo. Era como si el cielo fuese un lienzo negro y alguien (el dios que más te guste) hubiese sacado un pincel y se hubiese puesto a hacer trazos verdes y violetas.

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Alguien me dijo que la aurora boreal emite un ruido y que hay personas que lo pueden oír. Yo no escuché nada, pero el perro no paró de ladrarle al cielo durante la hora u hora y media que estuvimos parados ahí. Yo estoy convencida de escuchaba el ruido o sentía algo distinto y por eso ladraba. Los animales son mucho más sabios que nosotros cuando se trata de comprender y escuchar a la Naturaleza. Miguel estaba medio harto del perro así que puso música. Aurora boreal musicalizada por Manu Chao. “No podría pedir más nada”, como dice la última de las calcos de Proyecto Calco (que, by the way, mi amigo Mamo no me mandó todavía, sino la sacaba frente a la aurora boreal y era la foto del siglo). Mientras hacía las fotos me senté en la nieve, me olvidé del frío y me quedé con la boca abierta. Nunca vi algo así en mi vida. Nunca. Nada se compara a la sensación de estar sentada en medio de un bosque nevado mirando un cielo lleno de estrellas que de repente se llena de trazos verdes y violetas. Podrían haber aparecido diez renos bailando salsa, cinco osos vestidos de mujer y cuatro zorros cantando canciones de Los Beatles que igualmente no les hubiese hecho caso. La aurora le gana a todo.

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Cuando volvimos a la casa nos dijeron que fue una de las auroras más grandes y lindas que habían visto en mucho tiempo. La palabra clave de Miguel para definir la aurora fue “brutal”. La mía, no sé. Creo que en aquel momento mi cabeza dejó de funcionar. Todavía no puedo creer lo inmensamente afortunada que soy. Estuve en el momento justo en el lugar perfecto, contra todas las probabilidades. Cuando pregunté retóricamente en Facebook si vería la aurora boreal en mi viaje a Laponia Sueca, hubo personas que me llegaron a decir algo como “No es época, Aniko, seguí participando”. Ves que si uno sueña las cosas con fuerza, los deseos se cumplen. Pero decime la verdad, Blog, ¿a quién le pagaste? ¿qué contactos moviste para que apareciera una aurora? ¿Quién te pasó la localización del botón secreto que enciende y apaga la aurora boreal? Porque dicen que está muy bien escondido… Fuiste vos, ¿no? Porque sino no me lo creo. Todavía no creo nada de todo esto. Es un sueño, ¿no? A ver, pellizcame.

Sí, estoy soñando.

Me voy a dormir (¿o tendría que decir “a seguir durmiendo”?). Mañana te escribo más.

Que duermas bien (¿los blogs duermen?),

Aniko

PD: No te mueras nunca.

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[box border=”full”] Viajé a Laponia Sueca invitada por VisitSweden. [/box]

Querido Blog (Diario de un viaje a Laponia Sueca)

27 de marzo de 2012Laponia (Suecia)

Querido Blog:

Me quedé dormida en el avión y creo que nunca me desperté, así que lo más probable es que te esté escribiendo desde un sueño. Como verás en el encabezado de esta carta, el sueño en el que estoy inmersa transcurre en un lugar del mundo conocido como Laponia, en Suecia. Sí, Laponia, como los helados que teníamos en Argentina (se ve que, para el marketing argentino, decir “Helados Laponia” es como decir “Blanco Ala”) y como la tierra de Papá Noel (aunque dicen que él vive por encima del Círculo Polar Ártico, en la parte finlandesa de Laponia). ¿Que qué hago en Laponia? Eso me pregunto yo. Cuando te empecé a escribir, hace ya casi dos años, nunca me imaginé que te enviaría noticias desde este destino. Me veía en China, en India, en Marruecos, en España, hasta en Oceanía, pero nunca en Laponia. Vos sabés por qué: es un destino inimaginado para una mochilera con poco presupuesto como yo. Y sin embargo acá estoy, protagonizando un sueño. Así que por estos cinco días serás una especie de cuaderno onírico. Un cuaderno onírico online, porque sos un diario moderno.

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En este momento estoy sentada en la mesa de mi cuarto, dentro de una casita como de cuento, con techo a dos aguas, mucha madera, balconcito blanco y cortinas de tonos pasteles. Estoy al lado de una ventana, y todo lo que veo es la nieve y el bosque. Tres colores: blanco, marrón y verde. Son las 6 de la tarde, el sol está bajando y le está dando una luz dorada a los árboles y a las casas de Piteå, el pueblo en el que estoy ahora. Es mágico. Creo que esta luz —a la que los fotógrafos llaman The Golden Hour— es mi momento preferido del día. ¿Escuchás eso? Son las gotitas de nieve derretida que caen contra el marco de la ventana. Me siento como el de “Diario de un argentino en Toronto”, aunque todavía no vi ningún reno, no me crucé con el de la motoniveladora y a mí la nieve me cae más que bien. Hace poco te conté acerca de mis cinco encuentros con la nieve, ¿te acordás? Bueno, si tuviera que hacer un Top Six (porque este el sexto), Laponia estaría en el primer puesto. Nunca vi tanta nieve como acá. Además es nieve de verdad, de esa que se nota que es blandita, de esa que la pisás y te hundís hasta las rodillas. Ya sé lo que te estarás preguntando: qué ropa traje, si sabés que me fui de Buenos Aires casi sin abrigo. Es que soy una improvisada total y acepté venir a este viaje sin tener la ropa adecuada. Por suerte tus amigos de tienenojos me prestaron todo lo que necesitaba y me salvaron de morir congelada, así que si te los cruzás por alguna de esas redes sociales que frecuentás, agradeceles muchísimo de mi parte.

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Bueno, te cuento: me vine a Laponia Sueca de blogtrip. O sea, Blog, que me invitaron gracias a vos. Si vos no existieras yo no estaría en esta parte del mundo (creo que no estaría ni cerca). Es una lástima que no puedas estar acá conmigo. Lo bueno es que como tengo ganas de contarte todo, me la voy a pasar escribiendo. Además el paisaje ayuda muchísimo: ya estoy pensando en quedarme acá una temporada y convertirte en Libro. Tendría que venir en invierno (entre diciembre y febrero), cuando solamente hay cuatro o cinco horas de luz por día, y aprovechar la oscuridad y la falta de distracciones para recluirme en una cabaña y escribir sin parar. Dicen que en Suecia hay muchos escritores. Debe ser difícil soportar tantos meses de oscuridad, ¿no? Por eso los suecos me cuentan que cuando es verano todos se sienten felices, salen de sus casas, viven al aire libre. Y cuando llega el sol de medianoche (alrededor de junio) se quedan despiertos toda la noche charlando o haciendo cosas tan cotidianas como cortar el pasto o jugar al fútbol. Pierden noción de la hora. Es que imaginate: un día entero de sol. 24 horas seguidas de luz. ¡Como para no perder la noción del tiempo! Ya me gustaría experimentar algo así. ¿Te imaginás? Me la pasaría escribiéndote sin descanso, mientras el sol estuviera brillando, así fuesen cinco días seguidos de tecleo.

Perdón, me estoy yendo por las ramas. Es que pasaron tantas cosas en estas 48 horas que no sé por dónde empezar. Dicen que lo mejor es por el principio. Pero el problema de los sueños es que no son cronológicos, son desordenados, son irreales. Para que te des una idea: mi primer día en Laponia —ayer— incluyó trineos en la nieve, perros siberianos, partidos de hockey sobre hielo, hamburgueserías, salmón, samis, artesanías, hoteles cinco estrellas… Por eso te digo: irreal.

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Ayer, lunes, tomé el vuelo de las 7 am que va de Girona (a una hora y media de Barcelona) a Skellefteå. Es un vuelo nuevo, así que casi que lo inauguramos. Viajé por primera vez con RyanAir (por fin, me estaba intrigando, escuché tantas historias acerca de esta aerolínea). El vuelo iba casi vacío: si éramos veinte era mucho. Así que aproveché, me estiré en tres asientos y dormí las cuatro horas del viaje como una reina. Creo que de tanto viajar en buses destartalados adquirí esa facilidad de poder dormirme donde sea. Cuando me desperté ya estábamos por aterrizar. Me perdí la mítica venta de lotería por 2 euros. Igual no pensaba comprar nada. Ah, me faltó contarte que estoy viajando con tres personas más: Miguel (fotógrafo y autor del blog Kebrantin.com), David (fotógrafo también y autor del blog Derutapor) y Florent (periodista). Los tres son españoles (David y Florent, catalanes, y Miguel de Madrid) y ya tienen varios blogtrips y viajes de prensa encima. La nuevita en esto soy yo (y espero que este viaje de bloggers no sea el último, así que no me falles, Blog).

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En el aeropuerto de Skellefteå (se pronuncia “shelefto”) nos recibió Anna-Karin, de Destination Skellefteå, con jugo de arándanos, queso típico, fruta, agua y chocolate. Nuestro equipaje apareció al instante. Acá todo funciona bárbaro. La temperatura era de unos 6 grados, si mal no recuerdo. Bien, yo pensé que me iba a tener que enfrentar a 20 grados bajo cero. ¿Cómo será sentir tanto frío? Creo que nunca estuve a menos de −4. ¿Qué diferencia se sentirá entre estar a −10 y estar a −20°C? ¿Será que a −10 se te congelan las palabras cuando hablás y a −20°C directamente se te congelan los pensamientos? Salimos del aeropuerto y a que no sabés quiénes nos esperaban… Ocho perros huskies y un trineo. Cuando nos vieron empezaron a saltar y llorar de emoción, estaban alborotadísimos. Uno de ellos tenía un ojo marrón y otro azul. Lindísimos. Miguel —uno de mis compañeros de blogtrip— y yo fuimos los primeros en subirnos. Los perros se pusieron a correr como locos. Fue la bienvenida perfecta al sueño laponiano. El trineo se deslizaba sobre la nieve en silencio, el viento frío me daba en la cara, los árboles formaban un sendero por el cual atravesamos.

Nunca me imaginé que iba a experimentar algo así en mi vida (o por lo menos de tan joven). Y no me refiero solamente a los perros, sino a todo esto: estar en Laponia, haber sido invitada por Suecia. No sé, me parece irreal. Después de paseo nos fuimos al centro de la ciudad, dejamos las cosas en el hotel (cinco estrellas) (¿vos sabés cuando fue la última vez que me quedé en un hotel así? ¡vos ni habías nacido!) y nos fuimos a almorzar comida típica. ¿Sabías que acá comen a las 11 y media de la mañana y cenan a eso de las seis de la tarde? Si estoy en Suecia, actuaré como los suecos. Viene bien cenar temprano, se duerme mejor. Después de comer una sopa con carne de reno —acá se come reno como allá se comen vacas, así que no me pongas esa cara—, y un filete de salmón con verduras (de-li-cio-so) nos fuimos a caminar y a conocer a Jonas, un sami (aborigen originario de estas tierras) que se dedica a hacer artesanías con los cuernos de los renos. Un artista con una casa de ensueño y una vida tranquila y envidiable. Me encanta cómo en cualquier lugar del mundo la gente se adapta al clima y a la geografía que los rodea. Acá mucho de la cultura tiene que ver con la nieve y el frío, como el partido de hockey sobre hielo que fuimos a ver más tarde.

[singlepic id=4702 h=800 float=center] Jonas

[singlepic id=4696 w=800 float=center] Su trabajo

[singlepic id=4700 w=800 float=center] Su casa

Hicimos “la previa” del partido en el All Star Bar con cerveza, jugo y una picada que incluía quesadillas, hamburguesas, costillitas de cerdo, nachos y salsas (comida mexicana, claramente). Acá, cuando juega el equipo local, nadie se pierde el partido. A las 7 de la tarde —todavía era de día, acá el invierno ya está en las últimas— nos fuimos a la arena para ver las semifinales del torneo: Skellefteå Aik vs Aik. Lo curioso es que son equipos muy rivales y ambos tienen el mismo color de camiseta (y de bandera) y casi el mismo nombre. Estábamos en primera fila. Fue emocionante. Creo que ver cualquier deporte en vivo es emocionante. Debería hacerlo más seguido.

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El hockey sobre hielo se juega con seis jugadores de cada equipo en la pista y en tres tiempos de 20 minutos cada uno. Si el partido termina empatado, se agrega otro tiempo de 20 minutos para desempatar. Y si vuelven a empatar, se agrega otro y otro y otro ad infinitum. Osea que nunca se sabe a qué hora va a terminar. ¿Habrá habido algún partido donde se quedaran días enteros? Me imagino, por ejemplo, que en algún pueblito de Suecia se está jugando un partido eterno desde 1976, y como los jugadores envejecen, van siendo sucedidos con sus hijos. Ya deben ir por el tiempo 350.973, pero siempre empatan. Ya sé que tengo una imaginación un poco desmedida, pero me gusta darle un toque de realismo mágico a las cosas. Volviendo a lo de antes, el hockey sobre hielo es un deporte de una velocidad rapidísima, hay que estar muy atento, porque un segundo están de un lado de la pista y medio segundo después ya están del otro. Además los jugadores se dan unos golpes que madre mía (¡joder! ¡de tanto hablar con españoles se me pegan sus expresiones!). La hinchada de nuestro equipo (obvio que alentábamos a Skellefteå Aik) no paró de agitar las banderitas negras y amarillas, de cantar y de silbar cada vez que el árbitro cobraba “mal” (según ellos). Lo bueno es que metimos un gol. Lo malo es que ellos metieron cuatro y nos ganaron en el tercer tiempo. Todos se fueron con cara de bak (así se dice culo en sueco).

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Para cerrar el día nos fuimos a un lugar típico de por acá: una hamburguesería local (es que a esa hora ya no había ningún restaurante abierto, porque la gente cena temprano). ¿Sabías que acá McDonald’s intentó establecerse y no tuvo éxito? Lo local tiene más fuerza. Me parece genial, debería ser así en todas partes. Tuvimos una sobremesa súper agradable, charlando con Tova y Bob (una pareja sueca que será nuestra anfitriona mañana) acerca de cómo viajar te ayuda a conocer los distintos modos de vida que existen en el mundo y a darte cuenta de que el tuyo no es “el único” ni “el correcto”. Lo que te digo siempre: todas las formas de vida son válidas. Es lindo conocer a más personas que piensen así. Un detalle: acá la mayoría de la gente es rubia de ojos celestes. Paso medianamente camuflada, ya me hablaron en sueco y todo, aunque los ojos marrones me delatan. “Esta chica no es de acá”.

Y hoy… si te cuento todo lo que hice y lo que vi hoy no me lo vas a creer… Mejor lo dejo para mañana, que ya son más de las 3 de la mañana y tengo que madrugar. Me voy a dormir. Ah, ¿pero cómo? ¿Estaba despierta? Me parece que no, que todo esto es un sueño. No sé cómo despedirme de un blog así que te mando un saludo cordial (?) y espero que todo ande bien por la estratósfera virtual. Cuidate y descansá,

Aniko

PD: Te quiero.

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Bautismo marroquí

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[singlepic id=3797 w=615 float=center] La medina de Tanger

Apenas cruzamos uno de los tantos arcos que hace de entrada a la medina (“ciudad vieja”) de Tanger (Marruecos) sentí que los cinco sentidos se me reactivaron de golpe, como si un viento fuerte me hubiese pegado de lleno en la cara y me hubiese despertado de un letargo. Me vi a mí misma de lejos, extranjera, con mochila, parada en medio del movimiento, la gente y los colores de una ciudad africana/árabe. En Tanger. En Marruecos. En África. EN ÁFRICA. Hacía menos de dos horas estábamos en España, en un pueblito con un ritmo muy tranquilo y un ambiente muy silencioso… y de repente bajamos del barco y caímos en una ciudad marroquí enloquecida, en un lugar que fue elegido por varios escritores de la generación Beatnik para vivir y para escribir y que inspiró obras literarias famosas como El cielo protector de Paul Bowles. ¿Qué los habría enamorado de Tanger? Pero, sobre todo, ¿cómo podía ser que dos mundos tan distintos estuvieran a tan pocos kilómetros de distancia?

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[singlepic id=3809 w=615 float=center] Tarifa

Nuestra última parada en España fue Tarifa, pueblo portuario ubicado entre el Atlántico y el Mediterráneo, meca del windsurf y del kitsurf (por el viento, claramente) y uno de los puntos de cruce de Europa a África. Pasamos la noche ahí (había un sólo bus de Jerez a Tarifa y llegaba de noche) y la mañana siguiente recorrimos la parte histórica de Tarifa. Un pueblito lindo y tranquilo, con mucha construcción blanca, con mucho empedrado, con algunas personas sentadas en mesitas al sol, pero con nadie que nos mirara dos veces. Al mediodía nos fuimos caminando al puerto (todo queda cerca) y sacamos pasaje para el siguiente ferry a Tanger. 35 euros por un viaje de aproximadamente una hora, con mar picado y bolsita para el mareo —por si acaso— incluidas. Y antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos en el norte de África.

[singlepic id=3810 h=615 float=center] Gente simpática en Tarifa

[singlepic id=3811 w=615 float=center] El ferry

Marruecos es uno de esos países “polémicos” de los que me dijeron muchas cosas. Los que nunca viajaron a Marruecos me repitieron con voz de alerta: “Tené cuidado, mirá que eso no es Asia”, “No vayas sola, es peligroso”, “Marruecos es un país jodido (difícil)”. Los viajeros que ya estuvieron me aseguraron: “¡Te va a encantar!” (con miradas que denotaban envidia y ganas de volver), “Los marroquíes son muy hospitalarios y simpáticos” y “Te van a querer vender lo que sea y como sea, así que preparate para el acoso”. (Digresión necesaria. Caso de estudio N.1 referente al acoso marroquí: Pocos días antes de cruzar de España a Marruecos empecé a recibir mails de un tal “Hamid” dándome la bienvenida a su país por adelantado y ofreciéndome tours al desierto en 4 x 4. No sé quién es Hamid ni cómo me encontró, pero recibí mails, mensajes privados por Facebook, posteos en el muro y comentarios en todas mis actualizaciones con su oferta de tours por Marruecos. ¿Un adelanto de lo que me esperaría, tal vez? Casi me desilusionó no verlo al pie del ferry, esperándome con un cartel con mi nombre).

[singlepic id=3766 w=615 float=center] Vendedor callejero en Tanger

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Los marroquíes que conocí en España (hay muchos que están trabajando ahí) me ayudaron a armar una ruta de viaje (todavía guardo los mapitas que me improvisaron en servilletas), me dieron varias recomendaciones y me dijeron: “Mi país es bellísimo, pero ten cuidado de que no te engañen, ya que hay muchos marroquíes que buscan aprovecharse de los turistas”. ¿Por qué será que si digo que me voy a Europa todos dicen “ay qué lindo” y si digo que voy a África me dicen “tené cuidado”? Si al fin y al cabo hay gente mala en todos lados. Yo creo que cuanto más distinta es la cultura, más nos genera esa sensación de “peligro inminente”. En fin…

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Salimos del puerto de Tanger sin saber muy bien para dónde caminar, pero con un objetivo claro: encontrar la medina (la parte histórica de Tanger) y quedarnos ahí. Se nos acercaron algunos taxistas y guías (“oficiales” y no oficiales) que nos ofrecieron llevarnos a pasear. Todos hablaban español y con un No, gracias fue suficiente para que pasaran a otra cosa. Finalmente aceptamos que un guía nos acompañara hasta la entrada de la medina (que estaba a pocas cuadras) a cambio de que viéramos el hotel que nos recomendaba (y que, obviamente, le daría una comisión si nos quedábamos). Lo vimos, nos pareció caro y nos acompañó a buscar una pensión. Regateamos el precio, dejamos las mochilas y, después de aprender unas expresiones básicas en árabe (como la shokran que significa “no gracias” y salam, el saludo tradicional que significa “paz”) salimos a perdernos por la medina.

[singlepic id=3790 w=615 float=center] La medina vista de afuera…

[singlepic id=3776 h=615 float=center] … y su vida por dentro

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Creo que los habitantes de la medina de Tanger deben estar cansados de ver tanto extranjero boquiabierto y sacando fotos a lo loco. Uh, ahí viene otro que acaba de bajar del barco, pensarán. Pero es inevitable no sentir asombro, éxtasis y (en mi caso) una sensación de familiaridad ante la vida cotidiana de los marroquíes. De repente empecé a ver colores que hacía tiempo no veía en las paredes de las casas: rosa, turquesa, amarillo, salmón, verde manzana. Sentí olores y sonidos que me transportaron de vuelta a Asia: el aroma de las especias, los bocinazos, la música, los saludos, las motos, el llamado a rezar de las mezquitas. Presencié nuevamente esa costumbre de realizar los oficios en las calles: vi peluqueros, vendedores, zapateros, talladores trabajando a puertas abiertas. Otra vez los mercados y el regateo. Otra vez la comunicación mediante la sonrisa y los gestos. Otra vez esa facilidad para entablar conversaciones con desconocidos a cada paso. Otra vez eso de sentir que “todos están para la foto” (con esos fondos y esa ropa, Tanger es como un set de fotografía). Otra vez esa cultura de la calle que tanto me gusta y que tanto extrañaba. Si bien sé que estoy en África, me siento más cerca de Indonesia (por la cultura musulmana), de Asia (por la vida callejera) y de Medio Oriente (por la cultura árabe).

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Caminamos por la medina hasta que empezó a hacer frío, acá es invierno y cuando baja el sol el frío se siente mucho (leí por ahí que Marruecos es “un país frío con un sol fuerte” y me parece bastante acertado, aunque me dijeron que en verano no se puede estar afuera por el calor que hace). Subimos y bajamos escaleras, nos perdimos por el laberinto de callecitas angostas, nos cruzamos con gallos y gatos, con chicos jugando al fútbol, con hombres vestidos con su djellaba (una túnica típica con capucha), con mujeres, sus velos y sus vestimentas largas. Las mujeres y las chicas me sonrieron. Los hombres me miraron con curiosidad (algunos con demasiada curiosidad, hasta que lo vieron a Andi cerca y desistieron). Algunos aceptaron posar para las fotos y otros se negaron rotundamente (las reacciones son bastante extremas: o les encanta que les saques fotos o se enojan si ven una cámara). Muchas personas nos hablaron en la calle: “¡EEEh! ¡Españoles!”, “No, argentinos”, “¡Ohh, argentinos! ¡Maradona! ¡Che! ¡Messi!”. Varios quisieron vendernos cosas pero no fueron muy insistentes.

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A media tarde estábamos caminando por la parte “moderna” de la ciudad, en las afueras de la medina, cuando se nos acercó Norim, un marroquí al que posteriormente apodamos “Quesito” (y, cuando lo recordamos con cariño, le decimos “cómonoscagóquesitolaputamadreee”). No recuerdo cómo empezó la conversación, pero fue la típica que tuvimos durante todo el día con distintos marroquíes: “¿Españoles? ¡Oh argentinos! ¿Hace cuánto están en Marruecos? ¿Ya conocieron (tal y tal lugar)?”. Este hablaba perfecto español (hasta decía “tío”, “¡venga!” y todas esas expresiones que me resultan tan simpáticas) así que caminamos un rato con él. Le preguntamos dónde quedaba la Kasbah y nos dijo que él nos podía llevar, pero enseguida le respondimos que no necesitábamos guía, muchas gracias (porque ya nos dimos cuenta de que cada vez que un marroquí se ofrece a llevarte a algún lado o darte algún servicio como leerte un cartel que no necesita traducción o aportar un dato de color acerca de la pared contra la que estás apoyado te pedirá algunos dirham a cambio pocos minutos después). Nos dijo que no nos quería cobrar, que lo hacía de amistad (“de onda”) (eso dicen todos), que lo siguiéramos, que él iba a mostrarnos varios lugares interesantes de la ciudad. Caminamos unos 45 minutos, vimos los lugares interesantes, charlamos, nos sacamos fotos y le pedimos que nos dijera dónde había un supermercado como para dar por terminada nuestra fugaz amistad callejera. Pero insistió en acompañarnos al super y cuando estábamos en la caja a punto de pagar nuestra humilde compra del papel higiénico, shampú y jabón más barato que encontramos, nos dijo: “¿No me compran un quesito para el niño?” y trajo una caja de quesitos que nos agregó unos tres euros al total de nuestra compra. La verdad es que nos dio cosa decirle que no en esa situación. Le dimos el quesito, salimos del super, se despidió y desapareció. Quesito fue nuestro bautismo marroquí.

[singlepic id=3764 w=615 float=center] Con Andi y Quesito

Volvimos a la pensión a eso de las 7 de la tarde y me pasó algo que hace tiempo no me pasaba: me quedé profundamente dormida a las 8 de la noche, levanté la cabeza a eso de las 11 pero no pude moverme, tenía una somnolencia demasiado fuerte así que seguí de largo hasta las 9 de la mañana siguiente. Dormí más de 12 horas, agotada de tantos estímulos, como si cada uno de mis sentidos necesitara horas extra de descanso para recuperarse de todo lo que había visto, olido, escuchado y vivido durante mi primer día en Marruecos.

[singlepic id=3795 w=615 float=center] Charlando con otro amigo marroquí que algo nos quería vender (ya ni me acuerdo qué)

[box border=”full”] Datos útiles para cruzar de Tarifa a Tanger:

  • Bus de Jerez a Tarifa: € 9 (dos horas)
  • Posada en Tarifa (cama en dormitorio compartido): € 12
  • Envío de una carta simple de España a Argentina: € 0.85
  • Cruce en ferry de Tarifa a Tanger: € 33 o € 35 (hay dos compañías de ferry, el viaje dura alrededor de una hora)
  • Con pasaporte argentino no se necesita visa para ingresar a Marruecos y la estadía es de 90 días
  • Es mejor cambiar dinero en Marruecos, ya que dan un cambio más favorable (en Tarifa nos ofrecían € 1 = 9 dirham)
  • Cambio (en febrero de 2012): € 1 = 11 dirham
  • Pensión dentro de la medina de Tanger: 110 dirham por una habitación doble (€ 5 c/u)
  • Agua de 1.5 litros: 3 dirham
  • Sandwich (con atún, huevo, vegetales, salsas): entre 6 y 14 dirham (según si es medio sandwich o entero) (con carne cuesta alrededor de 20 dirham)
  • Pan casero con queso y mantequilla: 4 dirham
  • Cosas dulces (simil alfajores y milhojas): 2 dirham c/u
  • En Tanger se habla árabe, pero gran parte de la gente entiende y habla español, francés e inglés
  • Regateen todo lo que puedan [/box]

[Próximo capítulo: Dos días en la medina de Tetouan y la famosa hospitalidad marroquí]

Una dosis de Andalucía (o: Voy a Marruecos y vuelvo)

Pasaron dos meses desde que aterricé en Madrid. Dos meses de estar en Europa por primera vez en mi vida. Dos meses de estar en un país lejano —por eso de que hay que cruzar todo un océano— y cercano a la vez —por eso de que la cultura es muy parecida a la nuestra—. “El Plan” era estar en Marruecos en enero pero, como decimos en Argentina, “colgué”. Colgué y me quedé en Barcelona mucho más de lo que pensaba, colgué y me quedé “un día más” varias veces en varios lugares. Me acostumbré tanto a estar acá que por un lado no me quiero ir, aunque por otro Marruecos me espera. Y después, España me espera otra vez.

[singlepic id=3711 w=625 float=center] Sevilla

[singlepic id=3720 h=625 float=center] Cádiz

España me gusta mucho. Tanto, que me pasa eso que siempre me ocurre cuando llego a un lugar al que sé —o por lo menos supongo— que voy a volver: no voy a “todos lados” y me justifico mentalmente con el “tal ciudad/pueblo lo dejo para la próxima”. ¿Estará bien pensar así? ¿O lo mejor será ver todo lo posible en un solo viaje, siguiendo la filosofía del carpe diem viajero? Yo creo que voy a volver, pero ¿y si mañana me sale una propuesta para irme a Micronesia y me quedo allá? ¿Habrá que serle fiel al “No dejes para mañana lo que puedes viajar hoy”? Bueno, la cosa es que ya me voy de España y no vi ni la mitad. Aunque, si lo pienso así, viajé mucho pero no vi ni la mitad de nada. El mundo es inabarcable y hay que elegir. Pero en este caso, como les digo, volveré. Además tengo una excusa: quiero conocer mucho más de Andalucía, una región de la que me vienen hablando hace tiempo.

Llegamos (con Andi —alias El Sireno—, bloggero de viajes a quien presenté en el post anterior y con quien viajaré a Marruecos) a la casa de mi amiga Noelia en Jerez el jueves pasado y, con solo caminar por la calle, ya sentí un aire distinto. Para empezar, me encanta cómo hablan acá. Mushasha, rebaná de pan, andalú, musho. Lo primero que me dijo Víctor, el novio de mi amiga, es que yo “hablo flojito” (bajito). No, es que acá hablan fuerte. Voy por la calle y me entero de . Voy en el tren y me tiento escuchando la risa contagiosa de cuatro mujeres que se la pasan todo el trayecto divertidas. Voy en el bus y me río escuchando la conversación telefónica de una chica que le dice a la mamá “que no sea gilipollas”. Voy a cenar a un bar y me entretengo con las discusiones futboleras acaloradas (¡que no fue penal! ¡que sí, joder!). Sería un pecado caminar por Andalucía escuchando música. Me perdería lo mejor.

[singlepic id=3761 w=625 float=center] Barcito en Cádiz

[singlepic id=3654 h=625 float=center] Jerez

[singlepic id=3651 h=625 float=center] Mercado de flores en Jerez

El viernes nos fuimos a pasar el día a Cádiz, a 45 minutos en tren de Jerez. Qué lugar. Un día es demasiado poco. No sé si a alguno le pasó, pero por momentos me sentí en alguna calle del Centro Histórico de Cartagena de Indias (Colombia). No digo que sean iguales porque, para empezar, en Cádiz es invierno y en Cartagena siempre hace calor. Además el centro histórico de Cartagena está restaurado y Cádiz, en cambio, luce con orgullo sus paredes despintadas y descascaradas (que, personalmente, me encantan). Pero durante un rato sentí un ambiente muy “caribeño” de vida al aire libre, un ajetreo callejero con vendedores en cada esquina gritando ¡el kilo a eurooo!, con mujeres cargando productos en la cabeza, con gente entrando y saliendo aceleradamente de los mercados. Y ese olor a mar que se siente desde cualquier parte, esa sal en el aire que delata que, muy cerca, hay un océano.

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Caminamos toda la mañana por la zona antigua de Cádiz, nos perdimos entre las callecitas angostas y, a eso de la 1 del mediodía —temprano para el horario español de alimentación— entramos a un supermercado, compramos pan fresco y fiambres y nos hicimos unos sandwiches en un banco de la Plaza de las Flores (el almuerzo del mochilero low cost). A nuestro alrededor, todo era movimiento: mujeres que pasaban con sus carritos de compras, gente que entraba y salía de la oficina de correos, perros que corrían, palomas que volaban, flores que se vendían. Cuando terminamos de comer, descansamos un rato (o, término que acuñó Andi en su blog: trancaroleamos) y salimos a caminar otra vez, con ganas de ver toda esa gente y toda esa vida que habíamos experimentado por la mañana. Pero oh sorpresa: las calles estaban vacías. Entre las 2 y las 5 de la tarde lo único que vimos fueron locales cerrados (con persianas bajas y todo), alguna que otra mujer paseando al perro, algún que otro hombre cargando bolsas, algún que otro extranjero caminando por ahí y un grupo de viajeros hippies haciendo acrobacias y música frente a la inmensa Catedral. Acá el horario de siesta es sagrado y a mí todavía me resulta increíble cómo se respeta a rajatabla. Me parece genial que todo un país se ponga de acuerdo para irse a dormir y para después levantarse y seguir como si nada. Falta un altoparlante con ruido de alarma para despertarlos a todos.

Antes de la siesta…

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… y durante la siesta :)

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Conclusión:

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El sábado nos fuimos a Sevilla. No estaba en nuestros planes (hace días que estamos diciendo, “Vamos ya a Marruecos y cuando volvamos visitamos tal lugar de España”), pero al parecer había una fiesta de despedida de dos chicas alemanas amigas de Andi que están de Erasmus —¡todo el mundo está de Erasmus acá! (algo así como de intercambio universitario en otro país de Europa)— en Sevilla, así que fuimos a la fiesta y terminamos quedándonos tres días. Llegamos de noche y yo ya iba embobada desde la ventana del bus: ¡qué arquitectura por favor! Qué lindas que son las formas árabes, los detalles curvos, las ventanitas, los colores. Qué lindo ir caminando entre todos esos balcones y escuchar que, por alguna ventana, se escapan canciones de flamenco. Qué lindos los naranjos que adornan, en fila, toda la ciudad. Aprovecho para preguntar: ¿Cómo es el tema de los naranjos acá? Están por todos lados, pero no vi a nadie sacando naranjas de los árboles. ¿Queda mal que me lleve algunas para comer más tarde?

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Me gusta mucho la simpatía de la gente hacia los desconocidos, me gusta que respondan al pedido de indicaciones e incluso agreguen más información y datos de color; me gusta verlos reunidos en las cervecerías, en los parques, al aire libre; me gusta que Sevilla sea una ciudad de bicicletas y me gustan, sobre todo, las intervenciones artísticas que tienen los tachos de basura, las paredes, los carteles y las señales de tráfico. Podría decirles que visiten Plaza España, el barrio de Triana, la Catedral, el barrio de Santa Cruz y sus callejuelas, el Centro… pero creo que el mejor consejo que puedo darles a la hora de viajar es piérdanse, caminen sin mapa —guárdenlo en el bolsillo por si acaso—, pero sigan su instinto, déjense llevar por la ciudad o el pueblo que visiten. Y si necesitan indicaciones, pregunten. En ningún lugar del mundo me negaron una indicación; muchas veces me dijeron cualquier cosa, pero es otra buena excusa para hablar con más gente o para perderse un ratito más por ahí.

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Jerez, Cadiz y Sevilla fueron mi pequeña y primera dosis de Andalucía, zona que quiero seguir recorriendo. Pero ahora sí, basta de seguir estirándolo. Mi mamá me informa vía mail urgente que se viene una ola de frío polar a España así que huimos a África ya mismo. Cuando ustedes lean esto, nosotros ya habremos cruzado el estrecho y estaremos aprendiendo los códigos de un país nuevo: Marruecos.

Despedidas, bienvenidas y reencuentros

Mis cuadernos en este viaje

I. Despedidas

La escritura de viajes es, en mi opinión, una de las más personales. No me refiero a la redacción de guías de viaje ni a las recomendaciones de atractivos turísticos para visitar, sino a la transmisión de experiencias, sentimientos y vivencias del viaje en sí. Viajar es algo que nos involucra de pies a cabeza y, así como cada uno vive un viaje a su manera, cada cual lo relata de forma distinta. Es imposible hacer escritura de viajes sin hablar de uno mismo ya que es imposible separar al sujeto que viaja del viaje en sí: ambos están ligados y uno no puede existir sin el otro. Por eso, al escribir sobre viajes, no se escribe solamente acerca de un lugar, sino acerca de lo que ese lugar le genera a quien lo visita.

[singlepic id=3622 w=800 float=center] Garraf, una playa de Catalunya

Uno de los dilemas con los que me enfrento cada vez que escribo un post es decidir hasta dónde contar, qué límite poner entre “lo anecdótico” y “lo personal”, qué tanto abrirme hacia quien me lee y contar, más allá del relato en sí, lo que siento mientras voy viajando.

Hace tiempo empecé a leer el blog de NomadicMatt, un estadounidense que está viajando por el mundo hace más de cinco años. En su página hay muchísima información: guías de países, datos útiles, ebooks y consejos para ahorrar al viajar… pero los posts más populares —y con los que yo personalmente me siento más identificada y que no me canso de releer— son los que hablan acerca de lo que él siente como viajero. En esos textos aborda temas como la depresión después de (o durante) un viaje largo, el amor y desamor en la ruta, la soledad, el agotamiento que siente después de viajar durante tanto tiempo, las reacciones de sus conocidos cuando anunció que se iba a dedicar a viajar, las reacciones de sus conocidos cada vez que vuelve de un viaje, la facilidad/dificultad de mantener los vínculos, el ciclo de cansancio y “re-enamoramiento” del viajar, la necesidad que siente de echar raíces e, incluso, su decisión de dejar de viajar por un tiempo. Son los textos que, al fin y al cabo, lo humanizan y permiten a los lectores relacionarse con él como persona. Y a mí me demuestran que no soy la única que pasa por ciertos procesos y estados de ánimo.

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[singlepic id=3631 w=800 float=center] (Mientras tanto, algunas fotos de mis últimos días en Barcelona)

Yo, por el momento, no tengo pensado dejar de viajar, pero cuanto más viajo hay algo que se me hace cada vez más difícil: despedirme de las personas que me voy cruzando en el camino. Visto desde afuera, vivir viajando es una vida ideal. Sí y no. Para mí lo es porque es algo que soñé desde muy chica y lo estoy cumpliendo, y no me veo haciendo otra cosa que no sea esto. Pero a la vez, en estos ¡cuatro años! que llevo viajando, aprendí que es un modo de vida que requiere mucha fortaleza. Cuanto más viajo más aprendo a conectar con la gente. Cuanto más conecto, más me encariño. Cuanto más me encariño, más me cuesta despedirme. Tengo amig@s muy especiales en muchísimas partes del mundo, y no sé si volveré a verlos. Tengo muchos rincones del mundo en los que quisiera quedarme para siempre, y no sé si volveré a pisarlos. Cada vez que me voy de algún lugar o me despido de una persona, es como si un pedacito mío quedara ahí. Pero a la vez, entiendo que viajar implica el movimiento constante y que ser viajero implica relacionarse con las personas, aprender algo de cada vínculo, despedirse y guardar cada momento como un recuerdo feliz.

En abril de 2010, cuando estaba en el aeropuerto de Frankfurt esperando a que saliera mi vuelo a Bangkok, conocí a un marroquí-canadiense que me dijo algo que me quedó grabado: “La vida es como un aeropuerto. Gente de distintas partes del mundo se encuentra en el mismo lugar por un rato y después cada cual toma un avión distinto y sigue su camino”. Y, dicho esto, él tomó su vuelo y yo el mío y nunca más nos volvimos a ver. Es cierto: la VIDA es así, también está llena de despedidas. La única diferencia es que, al viajar, estas despedidas ocurren con mucha más frecuencia.

Pero lo bueno de ser viajer@ es que las despedidas siempre serán un hasta pronto.

[singlepic id=3630 w=800 float=center]  La vida, también, es un laberinto: cada cual toma su camino y todos se cruzan en algún momento del trayecto…

[singlepic id=3623 w=800 float=center] Y si hay que saltar, saltá.

II. Bienvenidas y reencuentros

Todo esto para contarles que, después de 25 días, finalmente me fui de Barcelona, mi ciudad ideal. Fue difícil dejarla, ya que sentí una enorme conexión con ella y su gente, pero lo hice sabiendo que, tarde o temprano, voy a volver. Y, quién sabe, tal vez algún día haga base ahí.

Viajé unas 16 horas en dos buses y llegué a Jerez de la Frontera, en la provincia de Cádiz, Andalucía. ¿Por qué a Jerez? Porque vine a reencontrarme con Noelia, una amiga argentina a la que no veía hacía más de diez años. Hace unos días me contactó por medio de mi blog, me contó que estaba viviendo en España y me invitó a su casa. Y acá estoy y es como si los diez años no hubiesen pasado. Siento con ella la misma sensación de familiaridad que siento con España.

[singlepic id=3650 w=800 float=center] ¡Hola Andalucía!

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Desde que llegué a España, más que viajar, lo que estoy haciendo es reencontrarme con (y, en algunos casos, conocer en persona a) amigos (argentinos, españoles) y familiares en distintas partes del país. A cada ciudad de España que viajé fui para ver a alguien, porque sabía que alguien me esperaba. Por eso me tomé mi tiempo en cada lugar y me salteé ciertas regiones. Esto es algo que nunca me pasó en ningún país y que hace que este viaje sea tan distinto y especial.

Graffiti visto en El Raval (Barcelona)

Aprovecho para contarles mis planes viajeros y para darle la bienvenida a un nuevo compañero de aventuras. En pocos días parto rumbo a Marruecos con Andi, viajero argentino y autor del blog TrancaroLa poR el muNdo. Él está viajando hace más de un año por Asia y Europa; los dos coincidimos en España y dijimos, “Che, ¿vamos juntos a Marruecos?”, “Y daaaale”. Así que durante las próximas semanas contarán con la presencia de Andi en mis relatos. Según me dijeron, es bueno tener guardaespaldas en Marruecos, así que esperemos que no me cambie por un par de camellos.

[singlepic id=3628 w=800 float=center] A pedido de él, su foto posando cual sireno en la estación de metro de Barcelona

Después de Marruecos quiero conocer el resto de Andalucía. Y después… hay varias opciones, pero las contaré más adelante. Me surgieron algunas propuestas interesantes en Buenos Aires, así que todo es posible. Pero no daré más información hasta no tener certezas.

Dalí y el Pueblo de los Gatos (Parte 2 de 2)

Esta historia empezó acá: Parte 1 – Con ojos de Dalí

Parte 2 – El Pueblo de los Gatos

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Las curvas del trayecto me despertaron. Iba en estado de ensoñación, mitad despierta mitad dormida, con la cabeza apoyada contra la ventana del bus. Había perdido la noción del tiempo. Sabía que el trayecto desde Figueres duraba alrededor de una hora, pero como a los cinco minutos de viaje me quedé dormida, no tenía idea de cuánto tiempo había pasado. Miré hacia adelante, vi las construcciones blancas y lo supe: estaba llegando a Cadaqués, un pueblito pesquero —el más oriental de la Península Ibérica— ubicado sobre una bahía del Mediterráneo. Un pedacito de Grecia en España. El rincón elegido por Dalí, por Duchamp, por García Lorca, por Picasso, por Miró y por otros artistas para vivir y veranear. Un pueblo que, estaba segura, debía tener algo especial.

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Salí de la estación y me puse a caminar sin rumbo. Me recibió una réplica de la Estatua de la Libertad con los dos brazos en alto, como diciendo en silencio: “Tengo dos antorchas y levanto los dos brazos. Acá las cosas son así”. Yo iba sola y lo primero me llamó la atención es que casi no había gente en la calle. Las ventanas —azules y verdes— estaban cerradas. Ni siquiera entornadas: directamente cerradas, selladas, trabadas desde adentro. Las puertas lo mismo: herméticas, sin una rendija ni para espiar. Todos los hoteles daban la misma explicación: Tangat – Cerrado – Fermé – Closed. Por la calle caminaban algunas parejitas, un anciano, una mujer con su perro, un grupo de amigas adolescentes y yo. Había silencio de mar. Y era tan envolvente, que sentía que cada paso que daba ensuciaba la atmósfera del lugar con ruidos extraños.

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Mientras caminaba, pensaba: ¿Por qué será que desde que llegué a España no hago más que encontrar pueblos vacíos? Me pasó en Toledo, en Cantabria, en Asturias. ¿Será el invierno? ¿Será que todos los pueblos que visité son lugares “de veraneo”? Pero incluso los lugares de veraneo tienen gente que vive todo el año. ¿Y esos dónde están? ¿O será que en esta etapa de mi viaje aparecen pueblos vacíos para enseñarme a estar sola? Me encanta ver la arquitectura y los colores de cada lugar, pero un pueblo sin gente es un pueblo sin energía, sin movimiento, sin sonidos. Conocer un pueblo sin su gente es como entrar a una casa vacía, es como conocer a un artista a través de su obra: lo único que se puede hacer es inferir datos y características de su creador, pero no hay manera de corroborarlos. Todo queda en las especulaciones y los análisis. Definitivamente, lo más lindo de viajar a lugares nuevos es conocer a su gente. Sin ellos, el mundo se convierte en un conjunto de escenarios vacíos.

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Durante toda la tarde recorrí Cadaqués. Caminé sin rumbo y llegué, sin darme cuenta, a Port Lligat, la pequeña bahía en la que vivió Salvador Dalí, ubicada a poco más de un kilómetro del centro. Pasé por su casa (que hoy funciona como museo), pero incluso esa estaba cerrada. Volví al centro de Cadaqués y me perdí entre las construcciones blancas y las calles angostas. Mientras tanto me preguntaba cómo sería el lugar en verano, cuánta gente habría, qué harían durante el día. ¿Seguiría siendo un pueblo silencioso? ¿O las voces de la gente generarían un barullo constante? Me gusta conocer pueblos “de verano” en invierno. Es como ver a una persona sin maquillaje ni máscaras.

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De repente los vi. Gatos. Ya había visto varios, pero no me había percatado de que eran tantos. Estaban subidos a los techos, durmiendo en los asientos de las motos, caminando por encima de las tumbas, comiendo en los balcones, mirando en grupo por la ventana. Y me dije: Claro, ¡estoy en el Pueblo de los Gatos de Murakami! ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

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[box border=”full”]En 1Q84, la última novela de Haruki Murakami, uno de los personajes lee un cuento titulado El Pueblo de los Gatos.

En resumen, la historia trata de un joven que viaja solo y sin destino: se sube al tren y cuando encuentra un lugar que le gusta, baja y se queda unos días ahí. Una vez llegó a un pueblito tranquilo que lo cautivó, así que se bajó del tren y caminó. Se percató de que en el pueblo no había absolutamente nadie, todos los comercios y las casas estaban cerradas y con las persianas bajas. Como no había tren hasta la mañana siguiente, no le quedó más remedio que pasar la noche ahí. Mientras caminaba se dio cuenta de que aquel era el pueblo de los gatos: cuando se ponía el sol, gatos de diferentes tamaños y especies llegaban a la ciudad, abrían las tiendas, se sentaban frente a los escritorios y se ponían a trabajar. Algunos gatos hacían las compras, otros bailaban, otros se iban al bar. El joven, mientras tanto, miraba la escena escondido en lo alto del campanario. Al amanecer, los gatos se iban del pueblo y todo quedaba desierto otra vez. El tren paraba todos los días antes del mediodía y antes del atardecer, pero ningún pasajero bajaba ni subía. El joven decidió quedarse unos días más para seguir espiando a los gatos. La tercera noche, se armó revuelo. “¿Qué es eso? ¿No os huele a humano?”, dijo uno de los gatos. Todos coincidieron en que olía raro y formaron grupos para inspeccionar el pueblo. Gracias a su olfato, se dieron cuenta de que el olor procedía del campanario y subieron rápidamente por las escaleras. El joven tenía miedo, sabía que aquel era el pueblo en el que los humanos no debían adentrarse. “Aunque huele a humano, no hay nadie”, dijeron los gatos extrañados. A pesar de que estuvieron casi cara a cara con el joven, no lo vieron y se fueron. El joven decidió irse en el próximo tren de la mañana, sabía que quedarse ahí era demasiado peligroso. Pero al día siguiente, el tren no paró en la estación: era como si la silueta del joven y la estación no se reflejaran en los ojos de la gente que iba en el tren. El sol se puso y el joven supo que se había perdido. “Este no es el pueblo de los gatos”, se dio cuenta al fin. Aquel era el lugar en el que debía perderse. Un lugar ajeno a este mundo que habían dispuesto para él. Y el tren jamás volvería a detenerse en aquella estación para llevarlo a su mundo de origen.

(Pueden leer el cuento completo acá, les recomiendo que lo hagan porque no tiene desperdicio).[/box]

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Seguí caminando hasta que el sol empezó a bajar y las paredes blancas tomaron un tinte dorado. Me senté en un barcito a tomar un té frente al mar. Me atendió un uruguayo. Qué lindo bar y qué lindo lugar que elegiste para quedarte. Cadaqués es mágico, por lo menos en invierno. Es uno de esos lugares en los que me quedaría una temporada para dedicarme únicamente a escribir. Pero ahora no es el momento. Me sentiría muy sola.

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El último bus de vuelta a Figueres salía a las 6.15 pm, así que, por las dudas, a las 6 salí del bar y me fui corriendo a la estación. No fuera cosa de que lo perdiera y de que ningún bus volviera a parar en mi Pueblo de los Gatos…

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[box type=”info”]Datos útiles para visitar Figueres y Cadaqués:

 • Tren de Barcelona a Figueres: € 14.05 (ida), 1 hora 50 min.

• Entrada al Teatro-Museo Dalí: € 12 (o € 9 con credencial de estudiante)

• Bus de Figueres a Cadaqués: € 5.20 (ida), 1 hora

• Se puede llegar caminando de Cadaqués a Port Lligat (están a 1.5 km de distancia), una pequeña bahía donde está la Casa de Dali (para poder entrar hay que reservar con anticipación por internet)

• Los almuerzos no bajan de € 7, pero hay lugares que venden kebabs o bocadillos por unos € 3. [/box]

Dalí y El Pueblo de los Gatos (Parte 1 de 2)

Parte 1: Con ojos de Dalí

Estoy con insomnio. Yo digo que es el café, otros me dicen que estaré pensando demasiado, otros me dicen que los argentinos, por naturaleza, nos enroscamos mucho con todo. Yo voy a hacer de cuenta que es el café y ya está. Así que ayer aproveché esta epidemia de insomnio —que quién sabe quién o qué la habrá traído— para despertarme bien temprano (algo que en esta ciudad se complica) y alejarme de Barcelona por unas horas. Me tomé el tren —cómo me gusta tomar trenes— y me fui a Figueres, un municipio de Girona (Catalunya), a 117 km de Barcelona y muy cerca de la frontera con Francia.

Los vagones iban casi vacíos, se ve que en invierno el que no tiene alguna razón para salir, no sale. Miré la pantalla con la información del viaje: mientras la velocidad del tren aumentaba, la temperatura exterior se desplomaba. 12ºC… al rato 9ºC… dos estaciones después 5ºC… una hora después 2ºC. Finalmente llegué a Figueres con la módica suma de un grado centígrado. Qué lindo el frío. Lo primero que averigüé en la estación era a qué hora salían (y volvían) los buses a Cadaqués, un pueblito de la Costa Brava que mucha gente me recomendó visitar. “El próximo sale de aquí a la 1.45 del mediodía y el último vuelve de Cadaques a las 6.15 de la tarde”. Perfecto, tenía tiempo de sobra.

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Caminé por Figueres siguiendo los carteles. Lo bueno de España —¿supongo que será así en el resto de Europa?— es que todo está perfectamente señalizado y es muy fácil llegar a los principales “atractivos” del lugar. Aunque, visto de otra manera, lo malo de España es que todo está señalizado y eso disminuye las posibilidades de (o las excusas para) interactuar con la gente local y pedirles indicaciones. Pero, de vez en cuando, yo lo hago igual. Seguí las flechas y mi instinto y llegué al lugar por el que fui a visitar Figueres: el Teatro-Museo de Salvador Dalí.

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El Museo fue construido sobre las ruinas del antiguo teatro de Figueres y es una obra en sí: Dalí convirtió el edificio en un mundo surrealista con reglas propias y creó una realidad distinta donde conviven cuadros, esculturas, instalaciones, dibujos, bocetos, objetos, murales, huevos, choclos, gallinas, mujeres, coches… Es la mente de Dalí, con todos sus recovecos, plasmada en un edificio.

Sin haberlo planeado, elegí el día ideal para visitarlo: en la entrada me encontré con un grupo de 30 niños de unos siete años con sus maestros de colegio. Si nosotros, “adultos”, nos maravillamos ante la imaginación y la inventiva de Dalí, imaginen la reacción de un niño. Ahora imaginen la reacción de 30 niños juntos. Cada vez que entraban a una sala miraban para todos lados y decían “UAAAAU” con la boca abierta mientras señalaban cada detalle emocionados. Yo intentaba seguir sus miradas para ver qué era lo que los maravillaba tanto: si un color, un objeto, un mueble, una forma, un dibujo.

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Y pensé en algo que me vengo repitiendo hace tiempo. Así es como tenemos que mirar el mundo, estemos donde estemos: como cuando éramos chicos. Con sorpresa, con admiración, con curiosidad, con imaginación. Cuando dejamos de mirar el mundo como niños damos todo por sentado, aceptamos que nuestra realidad es “lo normal”, que el mundo “es así”, y nos dejamos arrastrar por la rutina, creyendo que ese es el camino que tenemos que seguir porque “alguien” lo decidió así. Cuando somos chicos, en cambio, todo nos sorprende, cada objeto y cada lugar nuevo contiene un mundo en sí mismo, y para todo usamos el juego. ¿Dónde queda el juego cuando crecemos? ¿Por qué dejamos de jugar?

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Para visitar el Museo de Dalí hay que estar dispuesto a entregarse a sus reglas y, sobre todo, a jugar. No importa la edad, nadie nos pedirá ser menores de 12 años para divertirnos. Adentro de ese teatro, la realidad es otra. Una realidad imaginada que podría ser real, por qué no. O, más bien, una realidad que un ser humano imaginó y convirtió en algo tangible. Si está ahí es porque existe, aunque sea solamente en un rincón de un pueblo de Catalunya.

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Después de unas horas salí del Museo y caminé por Figueres en busca de comida barata. Mi bolsillo se niega a desembolsar 10 euros por un almuerzo, así que fui en busca de un bocadillo (sandwich) barato (encontré uno por 2 euros) y compré algo de fruta en un mercado callejero. A la 1.45 del mediodía tomé el bus a Cadaqués y me fui, semidormida, rumbo al Pueblo de los Gatos.

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Leé la segunda parte acá.

Carcelona

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Hace unos días salí a caminar con un amigo catalán por la Rambla del Raval. Nos sentamos en un banco a charlar y se nos acercó un chico, catalán también, a pedirnos tabaco. Mi amigo le dio tabaco —acá todos andan con su paquetito de tabaco para armar— y el catalán desconocido me preguntó hacia cuánto estaba viviendo en Barcelona. Cuando le dije que estaba de paso por dos semanas, me dijo: “Si te quedas más de un mes no vas a poder dejarla nunca más, la ciudad se va a convertir en tu Carcelona”. Qué mejor definición que esa. Barcelona es una ciudad que te atrapa y de la cual es muy difícil escapar. Por lo menos a mí me está costando muchísimo irme de acá.

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Cada vez que salgo a caminar por zonas como el Barrio Gótico o El Raval —donde hay gente de todas las nacionalidades haciendo vida callejera— siento que la ciudad vive en un diálogo constante, que se la pasa hablando a través de cada uno de sus habitantes. Cada vez que escucho fragmentos de conversaciones, cada vez que alguien me habla en la calle, cada vez que leo los mensajes pintados en las paredes y colgados en los balcones siento que formo parte de un cadáver exquisito en el cual participa toda la ciudad.

El cadáver exquisito, para aquellos que no lo conocen, es un juego que fue creado por los surrealistas en 1925: consiste en ensamblar colectivamente un conjunto de palabras o imágenes para dar lugar a una obra grupal, anónima, espontánea. En este juego, cada persona escribe por turno en una hoja de papel y la dobla para cubrir parte de la escritura, de manera que el siguiente jugador solamente pueda ver las palabras finales. La primera vez que se jugó, se formó la frase El cadáver exquisito beberá el vino nuevo y de ahí salió su nombre.

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Cada vez que hablo con una persona nueva siento que el diálogo empieza por el medio, como si fuésemos participantes de un juego en el que se mantiene una misma conversación pero se va rotando de interlocutor, como si la charla hubiese empezado hace tiempo pero cada cual va llegando en un momento distinto. Cada persona nueva que conozco en Barcelona no me hace las preguntas típicas, no hablamos de dónde soy, qué hice ayer y qué voy a hacer mañana. Aparece un desconocido y en vez de decirme hola me dice que Barcelona va a ser mi cárcel y nunca más voy a poder huir. Aparece otro y me habla acerca de esa necesidad que tenemos todos de abrirnos y de conectar con las personas. Aparece otro y me habla de lo que sueña para su vida y de cómo quiere alejarse de ciertos estereotipos. Aparece otro y me dice que los argentinos pensamos demasiado. Aparece otro y propone el juego como manera de relacionarse entre seres humanos. Aparece otro y me habla de poesía, de música, de cine, de escritura, de viajes. Y así como compartimos un rato de charla, después cada cual sigue por su lado y encuentra otra persona con la cual seguir esa conversación.

Esta ciudad me atrapa y me inspira a fomentar la creatividad, a hablar con la gente, a escuchar lo que cada uno tiene para decir. Así que voy tomando algo de cada diálogo, palabras sueltas, frases, momentos y las voy escribiendo en mi cuaderno, formando mi propio cadáver exquisito barcelonés.

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En unos días me voy a Marruecos y ahí volveré a mis posts “de siempre” con relatos viajeros, información útil, observaciones y todo eso. Tengo que romper el hechizo antes de que sea demasiado tarde y me quede atrapada acá para siempre…

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ACTUALIZACIÓN: Varios meses después volví a Barcelona y escribí el post “Carcelona Reloaded”, algo así como una segunda parte de este texto…

Viajar / Vivir
(o Por qué me cuesta tanto escribir acerca de Barcelona)

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Tengo un problema con Barcelona: me gusta demasiado. Y cuando algo me gusta demasiado, me cuesta escribir al respecto porque pierdo completamente la objetividad. Cuando un lugar me atrapa no soy capaz de distanciarme y mirarlo de lejos: me meto tan adentro que me cuesta hablar de él. Y así estoy ahora, hace una semana en Barcelona e incapaz de escribir sobre ella.

Podría contarles que volví a Barcelona (después de mi primera visita hace unas dos semanas) la noche de Año Nuevo. Vine con Dafne desde Calella (el pueblo donde nos estábamos quedando) sin plan, sin rumbo, con un objetivo: dejarnos llevar por la ciudad. Si bien acá es invierno, esa noche no hizo frío y toda la gente estaba en la calle. Llegamos a las 11 de la noche, nos bajamos del tren en Plaza de Catalunya y empezamos a caminar por las Ramblas hacia el mar. La marea de gente ocupaba todos los espacios vacíos, era difícil encontrar una calle donde no hubiera demasiadas personas. Rompimos la linea recta y nos metimos por el laberinto del Barrio Gótico (lugar al que siempre se me da por llamarle Ciudad Gótica), dimos vueltas y finalmente aparecimos en el mar.

Eran las once y cincuenta, faltaban diez minutos para que empezara el nuevo año. ¿Qué será lo que nos impulsa a festejar el fin de un año y el comienzo de otro? Si al fin y al cabo, el cambio de año es una medición humana que no cambia en nada nuestra vida. No es que si estamos tristes a las 11.59 del 31 de diciembre de 2011 pasaremos a ser felices a las 00.01 del 1 de enero de 2012. O tal vez sí. Yo no creo demasiado en las fechas ni en los calendarios, pero igualmente me gusta eso de festejar Año Nuevo y sentir que algo se cierra y empieza algo nuevo. Además pasé los últimos años nuevos en otros países —recibí el 2010 en un camping de Uruguay y el 2011 en una playa de Indonesia— así que me intrigaba saber cómo recibirían el 2012 en España.

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Podría contarles que las calles de Barcelona en Año Nuevo se me asemejaron a un circo repleto de personajes que nos distraían a cada paso. Nosotras solamente nos dedicamos a caminar —de Plaza de Catalunya al puerto, del puerto a Barceloneta, de Barceloneta al Barrio Gótico, del Barrio Gótico al Raval—, pero íbamos tan en sintonía con la buena onda de la ciudad que a cada paso se nos sumaba alguien y compartíamos parte del trayecto. Así fue como miramos los fuegos artificiales desde el puerto con un grupo de marroquíes que nos hablaban en árabe, caminamos sin rumbo con un italiano y un japonés-brasilero bordeando el mar, esquivamos a los pakistaníes que constantemente se nos acercaban para vendernos latas de cerveza, espontáneamente nos unimos a las canciones que cantaba la gente que nos pasaba por al lado, compartimos unas papas fritas y un kebab en uno de los tantos puestos de comida rápida, nos cruzamos con personas andando en bicicleta, llegamos a una fiesta en una casa okupa del Raval y bailamos entre paredes pintadas y gente con pelucas de colores.

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Podría contarles que los días siguientes caminé por el barrio de Gracia (que por momentos me recuerda a San Telmo), visité el Parque Guell (uno de los lugares más mágicos de la ciudad), subí a Montjuic y casi voy a ver un partido del Barca (pero después me dio fiaca y me acordé de que el fútbol me aburre bastante). Podría hablarles acerca de los precios de la ciudad —que los menúes no bajan de los 8 euros, que lo más barato es comerse un kebab o un bocadillo por 3 euros, que el metro cuesta 1.45 euros (pero que si sacás un billete de 10 viajes, pagás solamente 8 euros), que una cama en una habitación compartida de un hostel ronda los 10 euros, que entrar a los museos y a las obras de Gaudí puede destruir el presupuesto de cualquier viajero low cost—, podría hacer una reseña de la Fundación Miró, podría sugerirles que visiten el bar de Manu Chao, podría explicarles cómo llegar a la Plaza Real y dónde comprar ropa en oferta… ¿Pero les estaría diciendo algo acerca de la esencia de Barcelona? Es justamente la esencia de esta ciudad lo que me atrapa, pero cuando tengo que definirla o describirla, no me sale nada, quedo horas frente a la computadora sin poder escribir una palabra.

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Muchas veces me preguntaron si, al viajar, tengo días muertos, días en los que no me pasa nada interesante, días en los que no hago nada, días en los que me tomo todo con tranquilidad, días en los que no me inspiro. Días de inacción, por así decirlo. Sí, esos días son parte de los viajes largos. Cuando hacemos un viaje por un tiempo determinado nos enfrentamos a los lugares con la urgencia de saber que en poco tiempo la travesía se termina. Queremos ver todo, condensar las experiencias, aprovechar el poco tiempo que tenemos. Esa es una de las cosas que me gusta de los viajes con fecha de vencimiento: que, por unos días, vivimos en otra realidad con otras reglas y lo hacemos con intensidad, sabiendo que dentro de poco volveremos a la rutina de siempre. Cuando hacemos un viaje largo, sin un final previsto, el viajar se convierte en “vivir” y, por lo menos en mi caso, hay días en los que me bajoneo, hay días en los que me planteo muchas cosas y hay días en los que no hago nada productivo. Son días en los que, más que “viajar”, me dedico a vivir.

Es lo que me está pasando en Barcelona. Si me baso en los hechos, tal vez no hice demasiado durante esta semana, pero sin embargo siento que estoy viviendo la ciudad, que la estoy conociendo de a poco, que estoy tratando de descifrar qué es lo que me hace estar así de encantada con ella. Será su multiculturalidad, será que cada calle parece una obra de arte, serán sus laberintos, serán sus influencias africanas y árabes, será su música, será su vida callejera, será su mar, será su gente, será que siento que encajo bien. No lo sé, voy de a poco, viviendo el día a día con tranquilidad, y es por eso que me cuesta tanto escribir acerca de esta Ciudad Ideal.

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doscientos viajes

Este es el posteo número doscientos de este blog. De un blog que abrí en febrero de 2010, pero que, para mí, nació oficialmente el día que me fui a Asia: el 3 de abril de 2010. O, si lo pienso bien, nació el 28 de enero de 2008, cuando hice mi primer viaje por América latina y empecé a escribir, casi de casualidad, mi primer blog de viajes. Aquel blog tuvo otro nombre y otra dirección, pero fue, sin dudas, el antecedente (o la primera parte) de Viajando por ahí.

Lo pienso y es raro: siempre soñé con ser viajera, pero nunca imaginé que iba a ser bloguera.

Imagínense la situación, año 1990:

—¿Y vos, nena, qué querés ser cuando seas grande?
—¡Bloguera de viajes!
—… Ahh… ¿empresaria?
—No, quiero escribir cosas en internet.
—¿Interqué?

Admiro a los cronistas de viajes que dedican o dedicaron su vida a escribir libros con los relatos de su inmersión en otras culturas. Admiro la escritura de Theroux, sus viajes en tren y sus encuentros fortuitos. Admiro las crónicas de Kapuściński y su capacidad de atravesar a las personas —de la cultura que sean— y mirarles el alma. Me encanta la literatura y, como dije varias veces, mi objetivo es escribir libros, pero tengo que reconocer que los blogs son una herramienta muy poderosa que hay que aprovechar. Yo estoy escribiendo esto en una casa de Callela, con lluvia y frente al mar Mediterráneo, y sé que cuando presione “Publicar” (por vez número doscientos) este texto va a viajar a toda velocidad a otras pantallas lejanas de América latina, Europa, Oceanía desde las cuales van a poder leerme al instante. Por eso creo que cada posteo es un viaje. Cada uno de estos doscientos textos habla acerca de mis viajes (ya sea en otro continente, ya sea en mi propia ciudad) y, a la vez, viaja, cruza el mundo y aparece ahí frente a sus ojos. No hay que esperar meses a que se imprima, ustedes pueden vivir mis viajes y acompañarme casi en tiempo real. Algunos —ojalá— sentirán que viajan a través de mis palabras, otros —ojalá también— sentirán el deseo de viajar.

Y como es año nuevo y todos se la pasan haciendo balances y recuentos de cosas buenas y malas, voy a re-compartir con ustedes algunas de las cosas que me pasaron en estos doscientos posteos de Viajando por ahí.

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Primero, algunos datos básicos:

• Este blog tiene 21 meses de vida (casi dos años, empezando a contar desde abril).

• En estos 21 meses, pisé 14 países (incluido el mío).

• En estos 21 meses, pasé 18 meses fuera de Argentina.

• En estos 21 meses, pisé tres continentes: América, Europa y Asia. [/box]

Y para hacerle honor al número 21, estas son 21 cosas que me pasaron en estos 21 meses:

1. En febrero de 2010, mi sponsor me preguntó: “¿A qué parte del mundo te querés ir?”. Y yo respondí, sin pensarlo demasiado: “A Asia.” Unas semanas después, estaba perdida en Bangkok.

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2. Entré en clima de viaje como un mes después, la noche que crucé de Tailandia a Malasia y que creí que iba a quedarme a dormir en la calle y que Couchsurfing era una gran organización de venta de órganos de pobres viajeros inocentes.

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3. En Indonesia me confundieron con una amiga íntima de Maradona y se sacaron fotos conmigo cual estrella de Hollywood.

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4. Viví dos semanas en una iglesia con un grupo de curas filipinos que se iban de karaoke todas las noches y que me llevaron de road trip por el norte del país con la combi de la iglesia y las fieles del pueblo.

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5. Me deslumbré con Hong Kong, una y otra y otra vez. Aunque sea una de las ciudades más solitarias que conocí en mi vida.

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6. Aprendí a hablar (un poquito de) indonesio. Apa kabar?

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7. Como estaba indecisa, le pedí a los lectores que votaran mi próximo destino y ganó Vietnam. En cualquier momento hago una votación parte II.

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8. Me robaron la cámara, la computadora y la plata en un tren nocturno en Indonesia y, diez horas después, la policía me devolvió todo.

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9. Llegué, de casualidad, a un pueblito perdido de Laos que me encantó, y descubrí que los lugares que más me gustan son los que no intentan ser atractivos, como este.

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10. Me inspiré y los inspiré a viajar.

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11. Me hice minimalista por unas semanas.

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12. Me perdí en China y me encontró una familia minoritaria que me invitó a tomar el té y a espiar, por un rato, su vida.

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13. Fui, medio de colada, a una gran boda china.

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14. Describí Asia, según mi visión, de la A a la Z.

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15. Volví a Buenos Aires después de 16 meses de viaje (con todos los sentimientos y emociones que eso implica).

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16. Me fui un mes a Perú a visitar amigas. Vi a Calle 13 en vivo en Cusco, escribí un post sobre eso, Calle 13 lo publicó en su muro de facebook, me colapsó el blog de visitas y me hizo muy feliz.

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17. Recordé la vez que me perdí en el desierto.

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18. Asistí a la primera reunión de bloggers de viaje de Argentina (y me hicieron hablar y todo). Expuse mis fotos en Buenos Aires. Publiqué una serie de artículos en la Revista de La Nación y en la Revista Nueva.

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19. Me amigué, por fin, con Buenos Aires.

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20. Pisé Europa por primera vez en mi vida en diciembre de 2011. Me fui de tapas. Conocí en persona a mis familiares asturianos. Me enamoré de una ciudad.

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21. Escribí doscientos posts. Doscientos textos, doscientos relatos, doscientos viajes.

Lotería
(Viaje a mis raíces asturianas)

[quote style=”boxed”]“Aquella excursión por arándanos es lo más importante que ha sucedido en mi vida. Puede parecer algo extraño que lo más importante de mi vida sucediera más de treinta años antes de que yo naciera, pero si la abuela no hubiese pinchado aquel domingo, mi viejo no habría nacido. Y si él no hubiera nacido, yo tampoco hubiera tenido muchas posibilidades de existir.” (fragmento de “El misterio del solitario”, de Jostein Gaarder)[/quote]

Desde chica me gustó ilar hechos hacia atrás, tal vez porque siempre creí en ese cliché de que todo pasa por algo. “Si no hubiese conocido a tal no me hubiese pasado tal cosa ni hubiese llegado a tal lugar ni hubiese conocido a…”. Me hace pensar que nuestra vida depende de una larguísima cadena de hechos (llámense casualidades) que hacen que nuestra existencia sea, en dos palabras, una lotería. Porque, si lo pensamos, hay dos cosas básicas de nuestra vida que no podemos elegir: en qué época nacer y en qué parte del mundo. Lo que toca, toca. Y lo que no toca, habrá que salir a conocerlo.

[singlepic id=3424 w=800 float=center] Como Cudillero, uno de los pueblitos mágicos de Asturias…

Yo nací en Buenos Aires después de una larguísima cadena de hechos en la que estuvo involucrada hasta la mismísima Segunda Guerra Mundial (digo, porque si nada de eso hubiese pasado, tal vez la familia de mi mamá se hubiese quedado en Europa y yo no tendría muchas chances de existir). Dentro de esta larguísima cadena de hechos, casualidades y causalidades que define mi vida, hay dos eslabones muy importantes que me unen al Viejo Continente: la familia de mi mamá es de Hungría y la de mi papá es de España. Entonces, si bien no había pisado Europa jamás en mi vida hasta hace menos de un mes, hay regiones de aquellos países que conozco de toda la vida. Es el caso de Asturias.

[singlepic id=3375 w=800 float=center] El Cabo de Peñas

Recuerdo que desde muy chica mi papá me hablaba de Asturias con nostalgia y orgullo. Asturias Patria Querida. La sidra asturiana. El hórreo. Las uvas en cada campanada de Nochevieja. La Virgen de Covadonga. La fabada. Noreña, Gijón, El Berrón y La Venta. Son palabras que tal vez para muchos argentinos no signifiquen nada, pero que siempre estuvieron muy ligadas a mi vida sin que yo me diera cuenta.

[singlepic id=3389 w=800 float=center] El pueblito de La Venta

[singlepic id=3387 w=800 float=center] La Fabada

[singlepic id=3398 w=800 float=center] Un hórreo asturiano

[singlepic id=3412 h=800 float=center] La sidra

[singlepic id=3437 w=800 float=center] La Virgen de Covadonga

¿Qué probabilidades hay de conocer asturianos en Asia? No lo sé, pero yo conocí a dos (Juan en Vietnam y Jaume en Laos) y enseguida me cayeron bien. De alguna manera, eso de pertenecer a un mismo lugar (ya sea de nacimiento o por descendencia) me generó simpatía hacia ellos. A los dos les dije lo mismo: “¡Yo tengo familia en Asturias! Aunque todavía no los conozco en persona, pero ya iré…”. Y finalmente, ese “ya iré” que venía repitiendo hacía tiempo se materializó: después de 26 años de tener familia en Asturias, vine a Asturias y los conocí en persona. Uno por uno, fui llenando de personalidad y significado esos nombres y caras que conocía por fotos, por cartas, por llamados telefónicos, por anécdotas…

[singlepic id=3438 w=800 float=center] Juli, Sarita y yo en Covadonga

[singlepic id=3455 w=800 float=center] La Venta

[singlepic id=3380 w=800 float=center] Las ovejas,

[singlepic id=3388 w=800 float=center] las cabras

[singlepic id=3385 w=800 float=center] y Woody Allen.

Me quedé una semana en Venta de Soto, un pueblito de no más de 30 casas, con mi familia asturiana. Festejamos Nochebuena con sidra casera y mucha (muchísima, con énfasis en lo de muchísima) comida y nos fuimos a pasear por los pueblos pesqueros, ciudades, cascos viejos, playas y parques naturales de Asturias. ¿Qué probabilidades hay de que en Asturias sea invierno y no llueva? Según me dijeron, muy pocas. Pero a mí me tocó un clima inaudito: casi siete días seguidos de sol y ni una nube (eso sí, un frío “¡que te cagas!”, al menos para mí).

[singlepic id=3374 w=800 float=center] Avilés

[singlepic id=3392 h=800 float=center] Tarna

[singlepic id=3400 w=800 float=center] El cementerio de Luarca

[singlepic id=3402 w=800 float=center] Luarca

[singlepic id=3409 w=800 float=center] El puerto de Luarca

[singlepic id=3420 h=800 float=center] Fútbol en Cudillero

[singlepic id=3432 w=800 float=center] El museo de las anclas en Salinas

[singlepic id=3443 w=800 float=center] Los cubos de la memoria en Llanes

[singlepic id=3450 w=800 float=center] Vista desde Torimbia

¿Qué probabilidades hay de que todas las ciudades, pueblos, playas y rutas de Asturias estén vacías en esos días de sol invernal? Según me contaron, muy pocas. Pero alguien habrá avisado que llegué, porque todos los lugares que visitamos estaban vacíos, sin gente, con puertas y ventanas cerradas. Tan vacíos, que la frase célebre durante mi estadía fue: “Acá, normalmente, hay tanta gente que no se puede ni caminar, no entiendo qué pasó…”. Raros, para los asturianos, los días que pasé en Asturias fueron muy raros: mucho sol y nada de gente. Como sets de cine abandonados por vacaciones. ¿Será la crisis? ¿Será que en los feriados nadie sale de su casa? ¿O nos habremos transportado a un universo asturiano paralelo donde no había nadie más que nosotros? Para mí también fue raro ver todo vacío, con lo que me gusta la vida callejera, pero fue lindo también, ya que tuve los paisajes y pueblos de Asturias para mí.

[singlepic id=3472 w=800 float=center] Gijón

[singlepic id=3468 w=800 float=center] Lectora

[singlepic id=3465 w=800 float=center] En Cima de Villa, el casco antiguo de Gijón

[singlepic id=3466 w=800 float=center] Elogio del Horizonte

[singlepic id=3453 w=800 float=center] Calles vacías en Ribadesella

[singlepic id=3446 w=800 float=center] Y en Llanes

[singlepic id=3423 w=800 float=center] Ventanas cerradas en Cudillero

[singlepic id=3426 h=625 float=center] y nadie en las casas.

[singlepic id=3414 w=800 float=center] Luarca vacía,

[singlepic id=3373 w=800 float=center] Aviles también,

[singlepic id=3383 h=800 float=center] Y la cima de Oviedo también.

El día que me fui de Asturias, se largó a llover. Tal vez se llenó de gente también, y todo volvió a la normalidad. En este momento estoy en Calella (a una hora de Barcelona) otra vez, con un clima primaveral, lista para festejar Año Nuevo y los 200 post de Viajando por ahí (el próximo post será una edición especial número 200). Estoy feliz y nostálgica. Lo lindo de viajar es la gente que se conoce en el camino. Lo triste de viajar es tener que despedirse una y otra vez de todas esas personas. Y cuando se trata de la familia, es aún más difícil.

Dicen que uno no elige a su familia, pero probablemente en la lotería de la vida hay varios números arreglados para que nos crucemos con todas esas personas con las que estábamos destinadas a cruzarnos, aunque sea por unos días.

Mujeres viajeras

(Dedicado a las viajeras)

No es lo mismo viajar por el mundo y ser mujer que viajar por el mundo y ser hombre. 

Las mujeres somos, ante los ojos de casi todas las sociedades, más frágiles, vulnerables e indefensas. Una mujer que viaja sola corre más riesgos que un hombre. Una mujer que viaja sola “está loca” (probablemente más que un hombre que decide tomar la misma ruta). Una mujer que viaja sola tiene que tomar muchísimos más recaudos.

Una mujer que viaja sola, ante los ojos de un hombre que viaja solo, es una afortunada. Y esto no lo invento, me lo dijeron muchos viajeros que me crucé en el camino: “Para las mujeres, todo es más fácil”. Cuando vamos solas siempre encontramos madres y familias sustitutas dispuestas a cuidarnos en cualquier rincón del mundo (me pasó), cuando vamos solas es mucho más fácil conseguir que la gente local nos aloje en sus casas (me pasó también), cuando vamos solas logramos una conexión más profunda con las mujeres del lugar aunque no hablemos el mismo idioma (me pasó, especialmente en China), cuando vamos solas y hacemos dedo lo más probable es que nos levanten mucho más rápido que a un hombre (todavía no me animé a hacer dedo sola, pero muchos me aseguraron que es así). Cuando vamos solas, somos nosotras (y nuestro instinto femenino) contra el mundo, para bien y para mal.

En una aldea minoritaria de China (la mujer que me abraza quería que me casara con su hijo y me quedara en la aldea)

Desde que empecé a escribir este blog me puse en contacto con muchos blogueros de viaje, algunos de Argentina (casi todos parejas, como los chicos de Magia en el Camino y como Juan y Laura, los Acróbatas del Camino) y muchos de España, donde esto de ser bloguero cada vez se consolida más como una profesión y se reconoce como tal. Hará un año y medio, estando en Indonesia, descubrí un blog con el que me sentí muy identificada: Trajinando por el mundo, el diario de viaje de Carmen Teira, una chica española que, al igual que yo, viaja sola y ya recorrió Sudamérica y parte de Asia. Cuando la leí sentí, por momentos, que me estaba leyendo a mí misma, y sentí también que, de alguna manera, estaba acompañada. Ya no era yo sola contra el mundo. Después de leer su blog me di cuenta de que éramos yo, Carmen y todas esas mujeres de todas partes del mundo que se animan a viajar solas por ahí.

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[singlepic id=3339 w=800 float=center] Cantabria

Hace unos días, después de varios meses y mails de por medio, conocí a Carmen en persona. Me quedé tres noches con ella y su familia en Suances (Cantabria) y nos fuimos de paseo por varios pueblitos. Nos desvirtualizamos (eso que ocurre cuando dos personas que solamente se conocen por internet, se conocen en persona) y no paramos de hablar. Y la conversación, como era de esperar, siempre derivó en los mismos temas: el blog, viajar sola, historias de couchsurfing, anécdotas, impresiones acerca de lugares que las dos conocimos, periodismo, el blog otra vez, el mercado laboral y las oportunidades, las reuniones de bloggers, los blogtrips, las historias de la gente que conocimos en el camino. Muchos ¿y a vos te pasó tal cosa?, ¿vos contarías tal otra?, ¿vos también te sentiste así o asá? Era obvio que íbamos a tener muchas cosas en común.

En el medio de tanta charla visitamos pueblos, playas, iglesias, cementerios. Cantabria me quedó en la memoria como un lugar muy verde, con casitas en las montañas, pueblitos medievales, playas desérticas (¡es invierno!) y fábricas al estilo Animals de Pink Floyd que asoman en medio de la pradera. Llovió, pero qué importa: las dos teníamos que trabajar con nuestros textos, así que no hubo mejor excusa que esa para quedarnos frente a la computadora y seguir creando mundos virtuales a través de imágenes y palabras. Total, las dos viajamos lento (y trabajamos en el camino) y sabemos que un día de lluvia es, muchas veces, nuestro mejor aliado.

[singlepic id=3323 w=800 float=center] Amigas caminando por Santillana del Mar

[singlepic id=3352 h=800 float=center] Santillana del Mar

[singlepic id=3327 w=800 float=center] Santillana del Mar

[singlepic id=3332 w=800 float=center] Suances

[singlepic id=3335 h=800 float=center] Suances

[singlepic id=3343 w=800 float=center] Comillas

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[singlepic id=3360 w=800 float=center] San Vicente de la Barquera

[singlepic id=3361 w=800 float=center] Santander

10 cosas para hacer en Barcelona

[box border=”full”]Este es un post invitado de Pol Comaposada, autor del blog de viajes Mundo-Nómada.com. Como nadie conoce mejor su propia ciudad que un local, Pol nos da 10 ideas para disfrutar de Barcelona. 
Fotos: Aniko.
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La capital de Catalunya, Barcelona, es una ciudad llena de vida.

Si la visitas, la disfrutarás más en verano (de mayo a septiembre) ya que con el calor se puede hacer más vida de calle y se aprovechan mejor sus playas.

No obstante, en invierno también tiene su gracia, sobre todo en diciembre y enero cuando sus calles se llenan de luces y de ambiente navideño.

Las montañas de los Pirineos quedan a poco más de dos horas, vale la pena pues ir tanto en invierno (a esquiar) como en verano.

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Aquí hay 10 ideas de cosas que hacer en Barna:

1) La Plaça Catalunya y les Rambles

No puedes decir que has estado en Barcelona si no has paseado por la mítica calle de las Ramblas. Esta calle empieza en la Plaça Catalunya, la más importante de la ciudad, y baja hasta el monumento de Colón, cerca del mar. A ambos lados de la calle queda el barrio antiguo de Barcelona, Ciutat Vella.

Una de las atracciones favoritas para los turistas en las ramblas son las estatuas humanas, artistas que con disfraces extremadamente elaborados entretienen a los paseantes todos los días. También encontrarás tiendas de flores, kioskos, bares (caros), restaurantes, y muchos carteristas! Nadie os robará agresivamente pero cada día desaparecen carteras de turistas. Os recomiendo parar al bar Viena (al comienzo de la calle desde plaza Catalunya) y probar el bocadillo de jamón serrano.

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2) El Mercat de la Boqueria y la Plaça Real

Encontraréis el Mercat de la Boqueria en la misma calle de las Ramblas. Es un mercado de frutas y verduras que poco a poco se ha ido convirtiendo en una atracción turística pero eso no ha evitado a las abuelitas seguir comprando allí como siempre. Es el mercado más grande de Catalunya y ofrece tanto productos locales como exóticos. La Plaça Real es una plaza de forma trapezoidal con una fuente en el medio. Está algo escondida al lado de las ramblas y es perfecta para salir de noche. Hay varios pubs interesantes.

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3) Ciutat Vellael Gòtic y el Raval

Ciutat Vella es el barrio antiguo de la ciudad y una de las razones por las que me encanta Barcelona. Las Ramblas cruzan este barrio y lo dividen en dos partes: el Gótico y el Raval. El Gótico (a la derecha bajando por las ramblas) es algo más turístico. Está formado por callejuelas que pueden parecer un laberinto. Es casi obligatorio perderse por estas calles al menos una vez en la vida. Si lo hacéis quizás terminéis encontrando la Plaça del Rei una pequeña plaza que os transportará a la Edad Media. ¡No ha cambiado nada desde entonces! En la otra parte del barrio, el Raval, viven muchos de los inmigrantes de la ciudad. Es un barrio no tan cuidado como el gótico donde encontraréis muchos bares y restaurantes interesantes y a buen precio.

[singlepic id=3307 w=800 float=center] El barrio gótico

[singlepic id=3276 w=800 float=center] Peluquería de El Raval

4) Las playas

Barcelona cuenta con nueve playas. Son muy accesibles y se puede llegar tanto caminando como en el metro. Todas tienen servicios y suelen estar limpias. La más famosa es quizás la que está junto a los dos pequeños rascacielos de Barcelona, la platja de la Barceloneta. Enfrente de la playa hay varios buenos restaurantes donde comer una paella. De todas formas, si queréis buenas playas de verdad id a la costa brava, a una hora en coche hacia el norte de Barcelona.

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5) El Parc de la Ciutadella

Es un parque bastante grande situado a 15 minutos andando desde el monumento de Colón. Hay bastante vegetación y un lago en el medio donde podéis alquilar la típica barquita. Es un sitio genial donde pasar las tardes y sobre todo los domingos, cuando cientos de jóvenes y no tan jóvenes se reúnen para hacer malabares. Allí también encontraréis, además del Zoo de Barcelona, el Palau del Parlament de Catalunya.

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6) Montjuïc

Montjuïc es el pequeño monte de 184 m. delante del mar que se ve desde cualquier punto de la ciudad. Debe su nombre a los judíos que enterraban allí a sus muertos. Es un parque muy grande perfecto para explorar durante toda una mañana y llegar arriba del todo desde donde tendréis muy buenas vistas de la ciudad, sobre todo desde el castillo que hay en la cima.

7) El Barri de Gràcia

Este pequeño y antiguo barrio fue un pueblo antes de unirse completamente a Barcelona. Hoy en día es un lugar perfecto para salir a tomar unas copas con el ambiente quizás más auténtico de Catalunya. Allí encontraréis bares de copas con banderas independentistas al lado de kebabs de paquistaníes.

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8 ) El Tibidabo

El monte del Tibidabo queda detrás de la ciudad separándola del resto de la provincia. Esta montaña de 516 metros tiene en su cima un pequeño parque de atracciones y una iglesia desde la que tendréis las mejores vistas de la ciudad. ¡Vale mucho la pena subir en un día soleado!

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9) La Sagrada Família y el Parc Güell

¿Ya conocéis a Antoni Gaudí? Si es que no, lo vais a conocer pronto en Barcelona. Gaudí ha sido el arquitecto más famoso de la ciudad y la mayoría de edificios emblemáticos fueron diseñados por él. Como por ejemplo, la Sagrada Familia, una catedral que empezó a construirse en 1881 y que se calcula que se terminará en el 2026. Esta catedral en construcción se ha convertido ya en el edificio más emblemático de Barcelona. Otra atracción turística diseñada por Gaudí es el parc Güell. Un gran jardín que se construyó entre el 1900 y el 1914 en el que veréis muchos detalles de la arquitectura modernista del admirado arquitecto.

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10) El Camp Nou

Sabiendo que la mayoría de los lectores de Viajando por Ahí son argentinos, no hace falta hablar mucho del estadio del Barça, puesto que en uno de los países en el que se juega el mejor fútbol, ya lo conoceréis de sobras. Solo decir que es el más grande de Europa con capacidad para casi 100.000 personas y que lo podéis visitar aunque no haya ningún partido. Por cierto, a los aficionados del Barcelona se los conoce como culés porque en el antiguo estadio del equipo, las gradas eran bastante sencillas y se veía el culo y la espalda de todos los aficionados cuando estaban sentados. Culo en catalán es cul y de aquí, culés.

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La mejor manera de moveros por la ciudad es sin duda la bicicleta, especialmente por la zona antigua de Ciutat Vella. Así que ya sabéis, tocará alquilar una tan solo pisar la ciudad. Si no os gustan las bicis siempre os quedará el metro.

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Pol-en-BirmaniaAutor invitado: Pol Comaposada

Pol es de Sabadell (al lado de Barcelona), viajó durante un año por Asia y Oceanía y decidió quedarse a vivir en Bangkok. En Mundo Nómada habla de sus viajes y de su vida en Tailandia, y da recomendaciones, datos y sugerencias para viajar por Asia. Más en: mundo-nomada.com

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Pasó (o Razones por las que me enamoré de Barcelona)

Me hablaron mucho de ella. Me dijeron que me iba a partir la cabeza, que me iba a encantar. Yo vine sin expectativas, pero sospechando que esta cita a ciegas podía funcionar. Y sí. Pasó. Me enamoré de Barcelona. Encontré un lugar en el mundo que cumple con todos los requisitos de Ciudad Ideal Para Aniko. Y como estoy en estado de enamoramiento pleno, probablemente sea muy poco objetiva y sienta que todo es… perfecto (suspiros).

Desde que vi la ciudad por primera vez, mientras subía por las escaleras de la estación del Metro de Plaza de Catalunya, sentí que había llegado a mi lugar (o tal vez a “el lugar donde quedarme cuando no estoy viajando”). Si tuviera que llenar una Lista de Requisitos Para Ser Una Ciudad Ideal, Barcelona los cumple todos. Encaja perfectamente conmigo, con lo que me gusta, con el tipo de ciudad que siempre soñé.

Barcelona, para mí, tiene todo.

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Construcciones bajas y antiguas

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Arte callejero

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Barrio gótico con callecitas-pasadizos, faroles y construcciones de piedra

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Perros con onda

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Construcciones de no creer

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La huella de Gaudí

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Skates y bicicletas

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Arquitectura sorprendente en cualquier rincón de la ciudad

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Mensajes positivos

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Mensajes a libre interpretación

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El mar

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Rebeldía

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Personajes con onda

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Más Gaudí (el Parque Guell)

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Gracia, mi barrio bohemio preferido

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Músicos callejeros

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Cafecitos

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Puestito con golosinas argentinas (dulce de leche y alfajores)

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La ropa colgada de las ventanas del Raval

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El gato de Botero

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Más arte callejero

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Creatividad

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Rincones por descubrir

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Juegos

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Camiones pintados

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Puestos callejeros

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Esos balconcitos…

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El circo

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Helado de pitufo (fundamental)

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Las calles súper angostas de Barceloneta

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mar + bicicletas + atardecer

Y las razones no se agotan. Barcelona es grande pero abarcable, es una ciudad para caminar, tiene pocos edificios y muchas construcciones antiguas, tiene barrios que son como pueblos aparte, tiene vida callejera, comida étnica y color, tiene mercados, música y placitas. Además me quedaría cerca del resto de Europa, de Asia, de África… Tiene todo lo que necesito.

¿Será que a todos les pasa lo mismo con ella? ¿Habré caído en este estado de enamoramiento ciego como tantos otros? ¿Seré una más? Es que realmente siento que quiero quedarme acá, no sé si “para siempre”, pero por un tiempito (aunque no ahora mismo, más adelante, cuando termine este viaje…).

Pasó. Vine a Europa y me enamoré. Y resulta que de una ciudad.

mediterráneo mar

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De chica quería muchas cosas. Quería entrar a una pirámide y ver una momia. Quería viajar por el espacio y flotar entre planetas. Quería ir a Grecia y saltar de isla en isla. Quería nadar en el mar Mediterráneo (que siempre me había parecido el mar con el color más lindo). También quería tener un hermanito o hermanita con quien jugar.

Hice mi primer viaje antes de nacer, en la panza de mi mamá. Durante el primario me la pasé leyendo libros sobre Egipto, investigando la filosofía griega y mirando fotos del mar Mediterráneo, siempre tan turquesa. Pensé en ser astronauta pero desistí. A los 13 me enteré que tenía una hermana de 6 años (o “media hermana” o “hermanastra” o “hermana del mismo padre”) que no conocía. Unos meses después nos vimos en persona por primera vez, Dafne y yo. Unos ocho años después, nos hicimos amigas. Yo me fui por Latinoamérica y volví, y pasamos de ser muy buenas amigas a sentirnos hermanas sin haber crecido juntas. Hace dos meses, Dafne se vino a Calella (a una hora de Barcelona) por un tiempo, así que cuando me surgió la posibilidad de viajar a España dije sí: quiero ver a Dafne en otro país. Los que nos conocen saben que juntas somos dinamita, Patty y Selma, el yin y el yang, formamos un dúo cómico delirante y bizarro, a veces medio loco, pero simpático.

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Así que el sábado pasado me fui de Madrid con un destino: Calella. Llegué temprano a la estación de buses pero todo estaba agotado y recién había pasajes para la una del mediodía, así que cuatro horas de espera después me subí al bus rumbo a Barcelona (para tomar después el tren a Calella).

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El conductor de turno nos engañó a todos: estoy segura de que era un cómico stand-up encubierto que trabajaba de chofer en sus tiempos libres. Primero lo escuché haciendo chistes por lo bajo con los pasajeros de más adelante: “Una señora me dijo que ella ya tiene demasiados años como para viajar a Barcelona en bus durante tantas horas… ¡pero si solamente tiene que sentarse! ¡ni que tuviera que empujar!”. Cuando arrancó, cazó el micrófono y no lo largó más. Tiró una frase célebre tras otra, con tanta chispa que los pasajeros no podíamos más de la risa. Dijo cosas como: “Les recuerdo que en este bus está prohibido fumar, así que tampoco fumen a escondidas en el baño porque se activa la alarma de incendio y tira agua como un bombero”, “Somos muchos y hay un solo baño, así que probablemente va a haber overbooking del baño. Acuerdense: el que antes entra, más fresco lo encuentra. Y no se olviden de tirar la cadena porque tampoco es cuestión de rebalsarlo”, “No se olviden nada en los asientos, hubo un pasajero que se olvidó a su novia” y “Recuerden: los pasajeros que no bajan en Zaragoza, van a Barcelona, no lo olviden”.

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Una vez que terminó el show de stand up, las ocho horas se me hicieron largas. Llegué a Barcelona de noche, me bajé en la Estación Sants, fui en busca del tren y me dijeron que había uno que salía en menos de 5 minutos, así que corrí y lo alcancé. Una hora después, llegué a Calella y me encontré con Dafne que me estaba esperando en la estación. Emoción y alegría. Momento Kodak.

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Durante estos días caminamos por Calella, charlamos, fuimos al bosque y a Sant Pol, un pueblito a una estación de Calella con casitas blancas frente al mar. Caminamos sin rumbo por el medio de la calle, entre edificios de tres pisos, jardines, gatos callejeros y macetas con flores en las ventanas. Subimos hasta una iglesia y yo frené de golpe y le dije a Daf: “Para. ¡Ese es el mar Mediterráneo! ¿no?”. Era tanta la emoción de verla a ella que no me había dado cuenta de que estaba frente al mar que siempre había querido conocer. Miré Sant Pol desde arriba y me di cuenta, también, de que estaba en un típico pueblito del Mediterráneo, uno de esos donde siempre soñé vivir (con casitas blancas y un balconcito frente al mar).

Conocí el Mediterráneo en invierno y casi de manera inesperada. Y con Dafne, algo que nunca me hubiese imaginado.

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***

Fotos de Sant Pol:

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Fotos de Calella:

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Y también nos fuimos al bosque y jugamos a todo eso que nunca pudimos jugar de chicas.

[singlepic id=3200 w=625 float=center] Dafne

[singlepic id=3202 h=625 float=center] Aniko (Foto: Dafne Villalba)

Toledo para mí

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El sentido común me decía que Toledo se iba a llenar durante el feriado. Es que es un clásico: no hay que trabajar, entonces las familias se van de paseo y hay gente por todos lados. Por cuestión de planes y de tiempo “no me quedaba otra” que ir el martes (feriado en España por el Día de la Constitución) a visitar Toledo en el día, así que me desperté a eso de las 7.30 am y salí cuando todavía era de noche, rogando que los subtes y buses no estuvieran demasiado atestados.

Llegué a la estación de subte y nada: todo vacío. Iba tan dormida que casi me tomo otra linea (el sistema de Metro de Madrid es organizadísimo, pero hay tantas lineas que me siento un poco perdida). Hice intercambio y tomé la línea circular hasta la Plaza Elíptica, desde donde salen los buses a Toledo. Tuve suerte y llegué un minuto antes de que saliera el colectivo de las 9 am, así que me subí y 45 minutos después estaba en la Ciudad Imperial. Mientras iba en el bus esperaba encontrarme con un atasco en la autopista, pero no, casi no había autos. También me sentía un poco culpable por haber llegado “tan tarde”, ya que sentía que no iba a poder aprovechar el día. El bus público n.5 me llevó de la terminal hasta Zocodover, uno de los puntos centrales del sector histórico de la ciudad. Me bajé y sorpresa: casi no había gente.

Yo, feliz: tenía Toledo sólo para mí.

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Durante varias horas me dediqué a caminar por la ciudad. Lo primero que sentí debe ser lo mismo que siente que cualquiera que visita Toledo: que estaba en otro siglo, en otra época, en otro mundo. La historia de Toledo se remonta al siglo 2 a.C., cuando fue un centro comercial y administrativo del Imperio Romano; siglos después fue la capital de España hasta la conquista de los Moros en el siglo 8. Formó parte del Califato de Córdoba, fue escenario de varias revueltas y pasó por un período conocido como La Convivencia, en el que hubo coexistencia entre cristianos, judíos e islámicos. En 1085 fue conquistada por Alfonso VI de Castilla y quedó en manos cristianas, pasó ser un importante centro cultural y un lugar, también, de tortura. De a poco fue perdiendo su importancia estratégica y quedó como la capital de la provincia de Toledo y de la comunidad autónoma Castilla – La Mancha. En 1986 fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y hoy es uno de los puntos turísticos más visitados de la región.

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Cuando voy a lugares con mucha historia y que hoy están “vacíos” siento una atmósfera muy cargada. Me pasó, por ejemplo, en la cárcel de Ushuaia: el silencio de las celdas vacías, para mí, gritaba historias horribles de encierro, muertes, tragedias. Me pasó también en las Killing Fields de Camboya, donde me parecía que las calaveras y las fotos de las víctimas seguían lamentando sin hablar. Me pasó hace poco, cuando entré a un antiquísimo salón de estilo ¿victoriano? en La Boca y “vi” (no con la mirada) en los espejos el reflejo de las personas que alguna vez se sentaron a esas mesas redondas con sillas de terciopelo. En Toledo, sin embargo, no sentí algo tan trágico, sino que intenté ver o imaginar cómo viviría la gente “en aquella época”.

Es difícil imaginar al ser humano en el pasado. Los libros de historia ya están escritos y como afirman que tal o cual personaje histórico fue “así”, que los hechos fueron “estos” y que las ideas eran “asá”, lo más fácil para nosotros, seres humanos actuales, es aceptar esas verdades y entender el pasado desde esa óptica. Lo malo es que muchas veces terminamos cayendo en visiones (no sé si decir “reduccionistas”, “generalizadas” o “acartonadas”) de los períodos históricos y creemos que todos los que vivieron en determinada época usaban tal peinado, se vestían de tal forma, pensaban tales cosas y tenían cierta rutina. Pero no creo que eso de que “cada persona es un mundo” (es decir, la pluralidad) sea algo propio de nuestra época, sino que existe desde que existe el hombre… Así que mientras caminaba por Toledo e imaginaba hombres andando a caballo con sus armaduras y mujeres caminando por los mercados con sus vestidos (ven, es difícil huir de esas imágenes), también me preguntaba, frente a cada casita, ¿quién habrá vivido acá? ¿cuáles habrán sido sus ideales? ¿qué habrá soñado para su vida? ¿habrá sido feliz? ¿cuál habrá sido SU historia? Porque no me digan que no: las personas siempre tuvimos sueños e ideales, pero que no hayan llegado a los registros de los libros de historia es otra cuestión.

Si pudiera viajar en el tiempo créanme que lo haría…

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Durante toda la mañana tuve Toledo (la actual y la histórica, la real y la imaginaria) para mí. Frené en una panadería a comprarme un croissant y le pregunté al panadero: “¿Qué pasa que está todo tan vacío? ¿No vive nadie acá?”. Y me respondió riéndose: “Es por el festivo… ¡A nadie le gusta madrugar! Ya vas a ver cómo se llena después del mediodía…”. Y así fue, después del mediodía (que acá empieza como a las 2 de la tarde) empezó a llegar gente y más gente. Toledo se llenó y yo, que ya estaba satisfecha (y bastante cansada de tanto caminar), me volví a Madrid.

Ya me lo dijo Paco Nadal: “Tienes que ir aprendiendo que en España… ¡todo se hace tarde!”.

[singlepic id=3167 h=625 float=center] Y se llenó…

[singlepic id=3147 h=625 float=center] Personaje preferido 1

[singlepic id=3152 h=625 float=center] Personaje preferido 2

[singlepic id=3141 w=625 float=center] Esta es la foto que me trajo del pasado al presente…

Info útil de Toledo:

– bus Madrid – Toledo: 4.96 euros de ida
– bus público de la terminal a Zocodover: 0.96 euros
– bocadillo: 2.50 euros
– croissant: 1 euro
– menúes: desde 10 euros

De tapas por Madrid

Hoy me fui de tapas. Me encanta cómo suena: “de tapas”. Había escuchado la expresión mil veces pero nunca tuve muy en claro en qué consistía. ¿Significaría que la comida se sirve en platitos con forma de tapas (redonditos)? ¿Era algo así como irse de copas? El misterio se resolvió al mediodía cuando me encontré con Paco Nadal, periodista de viajes y bloguero del diario El País, para comer (ojo que acá “comer” solamente significa “almorzar” y no “cenar”) y me dijo: “Hagamos algo bien típico, vámonos de tapeo”.

[singlepic id=3092 w=800 float=center] Gente haciendo fila para entrar a uno de los bares más antiguos.

Los españoles podrán explicarlo mucho mejor que yo, pero irse de tapas consiste en ir de un bar a otro y “picar” aperitivos en cada uno, acompañados de una caña (vaso de cerveza), una copa de vino u otra bebida. Al parecer hay varias “reglas” implícitas para disfrutar de este ritual gastronómico y social: las tapas se comen de pie o en la barra (y no sentados a la mesa), la primera tapa la trae el mozo junto con las bebidas y es “sorpresa” y, según leí, no hay que mirar el menú antes de pedir la primera cerveza porque sino el mozo va a creer que querés comer y no te va a traer la tapa que acompaña la bebida. (Por favor coméntenme todo lo que quieran acerca de este ritual ya que me interesa muchísimo).

[singlepic id=3094 w=800 float=center] Las zanahorias las trajo el mozo, la otra tapa era pan con tomate y bacalao.

Lo que más me gusta de esto de “irse de tapas” es lo que implica, más allá de comer tal o cual cosa: moverse de un lado a otro, probar en lugares distintos, no quedarse quieto. Y después del almuerzo de hoy, me di cuenta de que lo que hice durante estos días en Madrid fue irme de tapas, pero no a comer, sino a conocer: estuve “picando” de lugar en lugar, de barrio en barrio, de plaza en plaza, mirando y conociendo de todo un poco, sin quedarme en un lugar fijo. Y preparé, para ustedes, este post de tapeos.

*

Qué es arte

Podría haberme quedado horas mirándolo. Horas es poco. Éramos como cincuenta personas amontonadas, pero yo sentía que estábamos solos, él y yo. Durante largos minutos estuve parada frente a El Jardín de las Delicias (de El Bosco) en el Museo del Prado y no me cansé de descubrirle detalles. Tanto lo miré que me metí adentro, caminé entre la gente, los animales, las flores y los colores del jardín. Nunca pensé que ese cuadro iba a impactarme tanto “en vivo” (ya lo conocía pero ni siquiera sabía que era tan grande, es un tríptico de 2 metros x casi 4). Qué hombre adelantado, qué imaginación. Eso es arte.

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Unos días antes, Roberto, un español lector de mi blog, me invitó a conocer La Tabacalera, una antigua fábrica de tabaco que fue convertida en un centro social autogestionado e intervenido por artistas. Me encantó, tal vez porque me recordó a las movidas culturales de Buenos Aires y me transportó a mi ciudad, tal vez porque también me transportó a lugares que aún no conozco (Berlín Berlín Berlín en mi cabeza…) tal vez porque me gustan mucho los lugares así. Había bandas, murales, graffitis, baños pintados, grupos de skate, una cafetería, catacumbas, cuevas, pasadizos, puertas. Eso, para mí, también es arte.

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Lo cual me hace preguntarme: ¿qué define al arte? ¿quién dice qué es arte y qué no? ¿solamente lo que está en museos es arte? ¿o el arte también está en la calle? Para mí, como imaginarán, el arte está tanto adentro como afuera de los museos. Y mi humilde opinión es que el valor del arte está en el sentimiento o reacción que genera en el espectador, más que en la técnica en sí.

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*

Vendiendo lo invendible

[singlepic id=3091 w=800 float=center] Se venden gomitas del Pulpo Paul…

[singlepic id=3119 w=800 float=center] …muchas golosinas…

[singlepic id=3034 h=800 float=center] …adornos navideños de todo tipo…

[singlepic id=3124 w=800 float=center] …pesebres vanguardistas…

[singlepic id=3120 h=800 float=center] …y tours en pseudo autitos chocadores que van vociferando el recorrido en italiano.

Ahora entiendo de dónde sacamos los argentinos esa cualidad de vender hasta lo invendible (o por lo menos de intentarlo): de la Puerta del Sol de Madrid. El tomate loco que venden en la calle Florida, un poroto: acá te venden un Bob Esponja de papel que se para solo y, cuando le ponés música fuerte, baila. Olvídense de las bandas de ska que improvisan en la puerta de los bancos en pleno Microcentro a las 6 de la tarde: acá lo que se pone son los señores que hacen canciones con el sonido de 20 copas de cristal al unísono. Y si es Navidad, preparense: probablemente terminen comprándose dos o tres pesebres y algún que otro arbolito. Me encanta esa creatividad para vender lo que sea, y ahora me doy cuenta de que parte de eso viene de acá.

Pero no sólo eso. Me parece muy raro estar en una ciudad española de verdad, ya que hasta ahora lo que conocía eran las ciudades coloniales que dejó España por América, pero nunca había visto “la original”. Mientras caminaba por el centro pensaba con risa: ¡de acá sacaron los cusqueños eso de que las calles cambien de nombre cada dos o tres cuadras!

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Aparecen las minorías

Me gusta conocer a las minorías que habitan en cada ciudad, y acá me las encontré casi de casualidad. Estaba caminando por el centro, me desvié, llegué a Embajadores, subí por alguna callecita y encontré peluquerías indias, supermercados chinos, restaurantes turcos y muchos africanos (¿de qué país son? ¡todavía no distingo!). Cada cual hablaba su idioma y ponía carteles en su lenguaje. Casi no había turistas por la zona. Voy a seguir investigando.

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Naipe

¡Volvieron! Viajé a Europa sin pensar en ellas, pero aparecieron sin que las buscara. Hoy, caminando por la zona de La Latina, encontré una carta (naipe) (o, si ven la foto, como cinco cartas en una).

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Los que me leen hace tiempo saben acerca de mi afición de recolectar cartas que encuentro en las distintas ciudades del mundo. Una ciudad o pueblo que me regala una carta es un lugar con ciertas características: tiene (algo de) cultura callejera, tiene personas que incluyen lo lúdico entre sus pasatiempos y no es impecablemente pulcra y limpia (sino a la carta ni le daría tiempo a sobrevivir en la vereda). Y juro que en todas las ciudades donde encontré cartas tuve experiencias memorables o, por lo menos, una gran conexión con el lugar. Tengo el mazo de cartas asiáticas en casa, todavía está incompleto, ¿tal vez lo complete en este viaje?

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Otras fotos del tapeo viajero

[singlepic id=3093 h=800 float=center] Che… ¡tenemos local propio!

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