El mapa de los días
(o Todo lo que cabe en un mismo lugar)

“Methinks that the moment my legs begin to move, my thoughts begin to flow.”

(Thoreau)

Hace unos días salí a sacar la basura —esta es la frase menos viajera de todo el blog— y me quedé mirando el mar. La casa que estamos alquilando por unos meses en Biarritz está a pocos metros de la playa de Port Vieux y en diagonal a la esquina donde L y yo nos dimos la mano por primera vez —a veces creo que estaba predestinada a quedarme acá—. Como quería despejarme un rato, me fui por una calle perpendicular y terminé en un parque que sube por una colina y tiene vista abierta al mar. No pisaba ese parque desde la primera vez que vine a Biarritz y me pregunté por qué nunca más había vuelto a pasear por ahí. A lo lejos vi un banquito al sol con vista a la Grande Plage y supe que ese sería mi spot cuando quisiera desconectarme por un rato. Desde ahí veo el faro, la piscine municipel y las mareas.

Mi nuevo lugar preferido

Esos somos L y yo! En Biarritz! Ilustrados y convertidos en cuaderno por los chicos de Marilú Cuadernos Alegres

También veo esto desde mi “spot”, si giro la cabeza.

Empecé natación otra vez. Hace un mes que voy a nadar dos veces por semana y cada vez que entro a la pileta me pasa lo mismo: el primer impacto con el agua le compite a los abrazos con L por mejor momento del día, pero hago dos piletas y pienso ohdiosmío ya me aburrí, cómo voy a hacer para aguantar más de 45 minutos acá adentro. En el agua no tengo libros, ni videos de youtube, ni paisajes, ni conversaciones, ni Netflix, ni cuadernos, ni mapas, ni ventanas que aceleren el tiempo o me distraigan de las repeticiones. Somos mi cuerpo, mi mente y yo en un loop que, mientras dura, parece infinito. Nadar es puro presente y si bien me parece el deporte más aburrido del mundo, lo practico desde que soy muy chica y es el único que mi cuerpo me pide —y mi cuerpo no es muy fan del deporte, la verdad—. Las idas y vueltas de la pileta me ponen en un estado meditativo. Nado, luego pienso, luego existo. Es un estado al que solo llego cuando camino durante al menos media hora sin plan ni apuro o cuando voy en un transporte por la ruta —no me estaría pasando lo mismo en un avión—.

Soy de las que necesitan el movimiento para pensar y sin embargo elegí uno de los trabajos más estáticos, que es escribir. Por más que parezcan actividades opuestas, nadar y escribir me resultan cada vez más similares: me cuesta tanto ir a nadar como sentarme a escribir —siempre hay una excusa o algo más importante que hacer—, pero cuando voy en contra de mis trolls mentales, cuando obligo a mi cuerpo a ir a la pileta o a sentarse en la silla, cuando entro en calor y voy agarrando el ritmo, ya no quiero frenar, me acuerdo por qué es que me gusta tanto hacer eso y me doy cuenta de que tanto en la natación como en la escritura, lo que cuenta, lo que hay que disfrutar, es esa práctica diaria —publicar, competir, son cosas que pasan de vez en cuando, como culminación de un entrenamiento largo—.

Casitas de Biarritz

La bajada a la Cote de Basques

Una de las cosas que más me cuesta hacer desde que decidí frenar es tener rutinas. Supongo que es la consecuencia de haber vivido 10 años de días todos distintos, sin horarios, con cambios constantes de escenario y sin demasiados planes a largo plazo (también es la consecuencia de ser una de esas personas que nunca puede hacer las cosas en orden, como leer un solo libro a la vez, estudiar capítulos de manera cronológica o usar los cuadernos de a uno). Así que estoy trabajando en eso, en tener hábitos. Desde que dije que me había cansado de viajar sentí que todo cambió de lugar, hubo una inclinación de algún eje planetario interior y tuve que realinearme en un sistema distinto, pasar de ser la viajera a ser otra cosa, permitir que todo a mi alrededor se reacomode para volver a funcionar en armonía. Si por diez años mi desafío fue vivir viajando, ahora es vivir escribiendo.

“Con la escritura hay que comprometerse” y “hoy voy a escribir” son mis dos mantras actuales. Los tengo escritos en papeles y pegados en la pared de mi escritorio compartido. No quiero olvidarme de lo que anoté en uno de mis cuadernos durante los tres meses que pasé —offline— en Buenos Aires: “Biarritz va a ser mi cuartito de escritura”, y por cuartito de escritura me refiero a un lugar al que iré solo para dedicarme a escribir, porque en Buenos Aires vivo de urgente en más urgente y me olvido de lo importante, de lo que quiero hacer ahora que estoy quieta. Siento que entré en la década de si vos no hacés que las cosas pasen no van a pasar, ya no vale el “dentro de un tiempo” o “seguro que en el futuro lo voy a hacer” (¿será cierto? ¿qué diré de mis 30 a los 40?).

Mi escritorio actual, cuando todavía no le había pegado tantas cosas en la pared

Cuaderno actual :)

Y un recordatorio diario (llavero de Adam JK)

Hace unos días encontré esto escrito en otro cuaderno, al que bauticé El cuaderno de las pequeñas observaciones cotidianas: “Cuando empecé a soñar con viajar, lo que más me atraía de ese estilo de vida era que mis días fuesen distintos. Durante casi 10 años lo fueron. Ahora que decidí frenar, tengo otro proyecto que me resulta igual de atractivo: diseñar mis días, crear el mapa ideal de mi cotidianidad. Puedo tener días distintos aunque esté quieta y aunque repita las mismas actividades: leer, escribir, aprender, enseñar, compartir. Son verbos expansivos, donde caben mundos enteros”. Así que acá estoy, aprendiendo a convivir con la quietud y todo lo que cabe en ella. Por ejemplo:

Todas las mañanas, cuando me despierto, lo primero que hago es fijarme si pasó el cartero. Él ya sabe quién soy (la que se pide cosas de Japón) y a veces, cuando L está fumando, le pasa los paquetes por la ventana. Otras veces los deja encajados en el buzón, sobresalidos.

Una vez por semana entro a la papeterie y miro todo.

Hay días que el mar tiene olas de tres metros y días que parece un lago. Cuando sale el sol, la playa se llena. (El viernes pasado hice mi casual Friday’s en la arena, metí los pies en el mar pero no el cuerpo entero).

El casual Friday’s

La Cote des Basques

Acá decoran el jardín público por Halloween (jamás lo hubiese imaginado)

Otra tarde miré el atardecer en la Cote des Basques en compañía de una amiga, cada una con una taza de té en la mano.

A veces hacemos asados con amigos argentinos y franceses y tomamos Fernet.

Si hay un cumpleaños, se festeja.

Hago journaling todos los días, decoro mis cuadernos, escribo con lápices de colores y pego cosas con washi tape.

Nos fuimos unos días a Londres porque había pasajes en oferta y no pude resistir.

Hay días en los que siento muchísimas ganas de acampar, de irme sin computadora ni teléfono ni nada y acampar durante diez días. Casi no viajo pero pienso en viajar.

La primavera duró hasta principios de noviembre. Todavía casi no llovió.

Cada vez que saco la basura me quedo mirando el mar. Me parece un sueño tenerlo tan cerca. Cuando sale el sol me voy a sentar a mi banco y me olvido por un rato del mundo.

El resto del tiempo nado o pienso en que tengo que ir a nadar, y también trato de convivir con la incomodidad de estar sentada, y escribo, o pienso que debería estar escribiendo.

Así es Biarritz vista desde el cielo


Aprovecho para contarles algunas novedades, ya que hace mucho que no vengo por acá:

* Ya lo mencioné en algún newsletter y red social, pero hace unas semanas registré Viajando por ahí como sello editorial. Por el momento es para seguir publicando mis libros pero bajo un nombre. Su primer título oficial será “Mapa subjetivo de viaje”, un journal de viajes (diario con consignas para que ustedes completen, ilustrado por María Luque) que en este mismo momento está en imprenta y sale a la venta en diciembre (¡ya avisaré! Si se quieren enterar, suscríbanse al blog). (Si te estás preguntando qué es un journal y para qué sirve, te invito a leer este post: Lista de journals para disparar la creatividad).

* Entre el 1 y el 12 de diciembre estaré en Medellín, Colombia. La primera semana voy de blogtrip y la segunda me quedo por mi cuenta para dar el Laboratorio creativo con Caro Chavate (taller de escritura y creatividad) y presentar mis libros.

* Hay ejemplares de mis libros disponibles en México, Costa Rica, Colombia y Uruguay (sin costo de envío o con un costo muchísimo menor). Ya no tenemos distribuidor oficial en Perú (si quieren más info me escriben por privado). Acá pueden ver todos los puntos de venta actuales.

* El año que viene empiezo con los cursos online. Este año en Buenos Aires di varios talleres presenciales de escritura y creatividad y creo que encontré mi verdadera vocación.

* Firmé contrato con la Editorial Atlántida para publicar mi segundo journal de viajes (muy distinto al que está por salir ahora), que saldrá a mediados del año que viene, así que estoy trabajando en eso.

* La semana que viene me voy a testear el viaje en tren de Barcelona a Lyon (sí, a testear, porque me contrataron de una empresa para viajar en tren y escribir acerca de eso).

* Si les gusta escribir, les recomiendo mucho el libro “Still writing”, de Dani Shapiro, su serie “Office hours” y esta columna de Leila Guerriero. También los invito a seguir el Instagram de escribir.me, mi blog de escritura creativa (pero solo si les gustan las washi tapes y aman los cuadernos).

Carta de despedida a Biarritz

Me cuesta escribir esto sin ponerme triste. Llegué a Biarritz por primera vez hace poco más de un año, el verano pasado, sin saber que me quedaría a vivir por nueve meses, que caminaría tanto por estas calles, que vería el faro cubierto de niebla y cubierto de sol, que odiaría su lluvia y amaría su mar. Vine porque dos personas no conectadas entre sí me dijeron, casi con las mismas palabras, que si quería aprender surf tenía que ir a Biarritz, y a mí esa palabra se me quedó pegada. No sabía nada de Biarritz ni de surf y sin embargo vine, llegué un día en el que estaba a la deriva, en una época en la que me sentía sin rumbo y en la que todo me daba un poco igual. Y a primera vista la ciudad me pareció de las más lindas que vi, pero no me sentí cómoda y quise irme. Unas horas después conocí a alguien y las cosas cambiaron. Y me quedé. Nos quedamos. Nueve meses viviendo juntos acá.

Desde mi cuarto.

Desde mi cuarto.

La vista desde mi ventana

La vista desde mi ventana

Las postales frente a mi escritorio.

Las postales frente a mi escritorio.

Mis grullas.

Mis grullas.

Escribo esto todavía en Biarritz, sentada en mi escritorio de vidrio al lado de la ventana, con vista a un jardín que todavía es mi jardín, mirando la pared llena de postales que aún no despegué. Frené acá porque necesitaba esto: un espacio de trabajo, un hogar y un amor. Me sentía muy huésped y muy sola, y estaba cansada de moverme de un lado a otro sin parar. Mi límite de viaje en continuado es un año, después de eso ya me canso, pierdo la capacidad de asombro, no tengo ganas de ver lugares nuevos y me surge la necesidad de detenerme. Acá volví a tener la rutina que tanto necesitaba: empecé natación, fui al cine, llené las alacenas, jugué al Super Mario, miré películas, me abrí otro blog, recibí postales y escribí mucho, un montón. Escribí otro libro, aunque el capítulo de Biarritz todavía ni lo empecé, dicen que hay que escribir acerca de un lugar cuando uno ya se fue.

Además me compré libros.

Además me compré libros.

y zorritos.

y zorritos.

Amo mi jardín.

Amo mi jardín.

Recibí cartas.

Recibí cartas.

Y ahora me toca despedirme de prepo, porque no sé si nos iríamos si la situación fuese distinta. Acaba de empezar el verano, la mejor época del País Vasco, ya no llueve, el mar está calentito, la gente está contenta, hay luz hasta las diez de la noche y uno casi se olvida de que acá existió el invierno. Pasamos seis meses bajo lluvia, con caracoles trepando por las paredes, hongos expandiéndose por el techo, olor a humedad en el baño, las toallas siempre mojadas, sabañones en los pies, y ahora tenemos que irnos porque la dueña de la casa-cueva cuadruplica sus precios durante los meses de verano y si Biarritz ya era cara en invierno ahora es imposible. Mi casa-cueva ya no esta, será otra, será muchas. Se nos terminó el contrato, el primero que firmé con un chico, sin pensarlo, cuando me dijo quedate a vivir conmigo acá, estemos juntos, quiero estar con vos.

La playa

La playa

Una rotonda

Una rotonda

Cerca de casa

Cerca de casa

Durante estos meses en Biarritz me di cuenta de que el clima afecta mucho mi estado de ánimo. Tuve tristeza de invierno —autodiagnosticada—, lloré cada vez que llovía, me enojé cuando no salió el sol durante dos semanas, me dio rabia ver que el servicio meteorológico anunciaba lluvia con cien por ciento de probabilidades para los próximos diez días, dije un montón de veces que me iba para Argentina, que chau, que empaco todo y ya fue, que no quiero estar más acá, que estoy pasada por agua, que no me banco más el viento y esa garúa fina que me corroe. Me consolé con macarrons, con chocolate, con cafés con leche, con películas y series, con los abrazos de L. Me sentí mejor —y peor, por improductiva— quedándome en la cama hasta tarde, leyendo mis libros con dos frazadas encima. Aprendí que a veces eso también está bien, que no puedo estar todo el tiempo forzándome a hacer cosas, que los descansos son tan importantes como el trabajo.

Vidrieras

Vidrieras

Peluquería

Peluquería

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Cosas que veo en mis caminatas de todos los días

Cosas que veo en mis caminatas de todos los días

Aprendí a medir el paso del tiempo de otras maneras. En esta casa los relojes nunca estuvieron en hora y tampoco tuve calendarios, hasta hace poco, pero supe que los meses pasaban porque vi mi pared llenarse de postales, porque vi el ciclo de las mareas, porque a L. le crecían los rulos, porque el sol fue saliendo cada vez más temprano y escondiéndose más tarde. Supe que había empezado la primavera cuando escuché a dos pájaros cantar al lado de mi ventana a las tres de la mañana y recordé que ese sonido existía. Y ahí me di cuenta de que esta fue la primera vez que pasé un invierno, mejor dicho: que hiberné en una cueva. También me volví más friolenta, supongo que de tanto invierno, y un poco más miedosa, quizá por tanta lluvia.

Junto con la primavera llegó una inquilina nueva a la casa, y ahí empecé a practicar el arte de la paciencia y a decirme ya está, es hora de empacar, con nuestras cosas a otro lado, esta casa ya no es nuestro espacio. Así que me despido sin despedirme, porque todavía sigo acá, aunque en cuenta regresiva, tres, dos, uno. Caeré cuando estemos en la próxima ciudad, en algún lugar sin humedad y sin mar. Nunca, jamás, hubiese pensado que iba a quedarme a vivir en Francia. Ni aunque me lo hubiese dicho mi astróloga, que, si mal no recuerdo, alguna vez me lo mencionó. Tampoco pensé que iba a encontrar mi hogar en un chico francés, siempre dije que los franceses eran lindos pero que no los terminaba de entender, y mirá. Ahora nos toca ir a los dos a mi país, a construir otro hogar transitorio en Buenos Aires y después veremos dónde más. Y por primera vez lloro mientras escribo un post, no sé si de tristeza por la partida, de alegría por irme acompañada, de emoción por volver a Buenos Aires, de felicidad por todo lo que nos espera, de ansiedad por las ganas que tengo de hacer un viaje largo por Argentina, o de hipersensible porque me está por venir (debe ser eso). Pero nunca viví tanto tiempo en otro lugar que no fuese Buenos Aires y todo eso me genera una procesión. Además hace casi dos años que no vuelvo a Argentina, y me parece demasiado.

Arco iris de hortensias

Arco iris de hortensias

La Grande Plage

La Grande Plage

Balcones

Balcones

Chau Biarritz, siempre me despido de personas, ahora me toca despedirme de un lugar. Ni sé cómo hacer: ¿salgo a caminar? ¿Saco la basura por última vez? ¿Me meto al mar? ¿Cómo se le dice chau a un hogar? Te deseo que sigas con buen clima, que los turistas no te maltraten mucho, que alguien se enamore de vos, que cuiden tus hortensias, que sigas recibiendo surfers y que le des un buen susto al hombre que escupe. No sé si volveremos, tampoco sé si será lo mismo si volvemos, pero yo me llevo mi mapa subjetivo de tus calles y toda la inspiración que me diste, y eso para mí es lo más valioso. No te lo quería decir, pero si bien te nombré un montón de veces, hay mucha gente que sigue pensando que viví estos nueve meses en París, y qué tendré que ver yo con París, te estarás preguntando. Nada, estás mucho más cerca de España que de París, sos parte del País Vasco, tenés mar. Solo quiero que sepas que L. y yo siempre tendremos Biarritz. Gracias por eso.

À bientôt ! ¡Hasta pronto!

A.

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Publicado desde Estrasburgo, en la otra punta de Francia, con calor y nostalgia.

Ayer fui al cine

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie La vida en Biarritz. Quedarme quieta en un solo lugar me permite hacer cosas que de viaje me resultan difíciles. Como ir a nadar dos veces por semana, guardar cosas en las alacenas, usar el buzón o ir al cine. Una oda a los placeres de la rutina estática y un intento de encontrar otras maneras de viajar aún estando quieta.[/box]

**Spoiler: este post no contiene spoilers.**

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Ayer fui al cine a ver Relatos salvajes, la película argentina de Damián Szifrón que quedó candidata al Óscar. No estaba en mis planes: pensé que ya no la daban acá en Francia. Cuando me enteré de la nominación la busqué en internet y cuando Google me dijo que la estaban pasando en un cineclub de Bayonne, la ciudad que está al lado de Biarritz, dije tengo que ir a verla. Me encanta el cine argentino y me había quedado con muchas ganas de ver esa peli: la habían pasado en el Festival de cine de Biarritz, a pocas cuadras de mi casa y con Damián Szifrón presente, y yo me había enterado tarde. Esta vez no me la iba a perder. Me aseguré de que la pasaran en idioma original —no tenía ganas de ver a Darín doblado al francés, además de que no iba a entender nada e iba a perder la mitad de la gracia— y decreté que ese sería nuestro plan de viernes a la noche.

Cuando salimos llovía un montón y había un viento de esos que te empujan a volver a tu casa. Llegamos a Bayonne en veinticinco minutos y mientras buscábamos dónde estacionar pasamos por la puerta del cine. No quise decirle nada a L., pero en la entrada vi dos afiches: uno que no alcancé a leer y otro que decía Les nouveaux sauvages (Los nuevos salvajes): “Un film de Pedro Almodóvar”. Pensé chau, Google se equivocó, asoció Relatos salvajes de Damián Szifrón con esta de Almodóvar porque se llaman parecido, era obvio que ya no la daban más en el cine, ahora cómo le explico a L. que vinimos a ver otra cosa, después de lo que le hinché para venir a ver esta. Almodóvar también me gusta mucho, pero yo iba mentalizada para ver una película argentina.

Todas las fotos son escenas de la película.

Cuando entramos al cine, un cineclub muy acogedor, por cierto, de esos que pasan pocas y buenas películas, miré el afiche de cerca y vi que aparecía la foto de Darín y el nombre de Szifrón. Estaba todo bien. Ahí me enteré de que Almodóvar la había producido. Mejor aún. Mi preocupación era, ahora, que Google se hubiese equivocado en lo del idioma y que la película estuviese doblada al francés y no subtitulada. El de la caja nos dijo que estaba subtitulada. Google siempre tiene razón, es como las madres. Y yo me adelanto demasiado con mis preocupaciones. Como a L. le gusta molestarme con las cosas argentinas, me dijo: “Seguro que la sala va a estar vacía, vamos a ser nosotros dos y el que pone la película”. La sala estaba llena. Tomá.

No voy muy seguido al cine cuando estoy de viaje: a veces por un tema de presupuesto, a veces porque me olvido de que es un plan posible, a veces porque estoy en países donde no entiendo ni el idioma original ni los subtítulos. En Buenos Aires voy de vez en cuando, pero tampoco tanto: está carísimo y muchas películas me da igual mirarlas en mi casa. Pero si pasan una de un director o temática que me gusta, no me la pierdo. Fui muchas veces sola y es una experiencia que disfruto un montón: si la película me engancha, me transporto a otro mundo y me olvido de dónde estoy. Es, además de leer, una de las mejores maneras de transportarse a otros mundos.

Creo que esta fue la primera vez que vi una película argentina —una película tan argentina— en el cine estando en otro país. No voy a contar casi nada de la película porque hay que verla con el factor sorpresa, lo único que voy a decir es que está dividida en seis relatos: cada historia tiene actores distintos y cuenta una situación diferente, pero todas están atravesadas por el humor negro, la ironía, el descontrol, la violencia y una argentinidad que me hizo volver a mi país desde la primera escena. Las historias están llevadas al extremo, pero todas parten de situaciones muy cotidianas y tienen desenlaces que no suelen pasar pero son posibles.

En el cine se reían muchísimo, pero yo me reía más. Cada vez que un personaje se mandaba alguna puteada bien argentina, yo moría. Ves, L., pensaba, ves que no soy la única loca que putea por cualquier cosa, en Argentina somos así, decimos boludo, pelotudo, hijo de puta, mierda, carajo y la puta madre en cualquier contexto y por cualquier cosa. Muchos matices se pierden en la traducción y hay cosas que supongo le causan el doble de gracia a un argentino porque son tal cual: la grúa que te lleva el auto, la burocracia, los intentos de coima, la pelea en la ruta, el casamiento.

Ver escenas cotidianas de Buenos Aires me generó nostalgia: Darín tomándose un café con medialunas —esas medialunas tan porteñas— en una esquina, la panadería y las facturas, el cumpleaños infantil en la casa, el avión sobrevolando la ciudad, el puesto de revistas, el tráfico, la vista desde la terraza de noche. Las imágenes de Argentina, los paisajes de Salta, el restaurante en la ruta y la fiesta con amigos me dieron ganas de estar allá, aunque estaba tan metida en la película que para mí estaba allá, nunca me había ido. Buenos Aires vista de lejos me hace extrañarla, más ahora que estoy quieta. Reniego de ella pero la quiero a pesar de su locura. Me aturde y me saca, pero es el lugar al que seguiré volviendo entre viaje y viaje. Supongo que muchos porteños tenemos una relación un poco bipolar con Buenos Aires.

Cuando apareció mi amiga Pau en escena —actúa en la historia del casamiento como amiga de la novia— le dije a L., desencajada: “¡Esa! ¡Esa es mi amiga! ¡La que acaba de abrazar a la novia!”. Se lo dije en castellano porque ya ni sabía en qué idioma hablar, y creo que él me entendió por lo emocionada que me vio. Quería frenar el tiempo, no quería que se terminara, o quería que se terminara para poder verla otra vez. Me había transportado, durante dos horas, a un lugar en el que no había estaba hacía mucho tiempo. Salí del cine con una sonrisa, ni me hacía falta decir lo bien que la había pasado, lo mucho que me gustaron las actuaciones, la fotografía, el guión, el humor, la musicalización de Santaolalla, los diálogos. Le conté a L. de Darín, de que en twitter se llama Bombita, de que Buenos Aires es así, de que en Argentina esas cosas son posibles.

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Cuando nos subimos al auto para volver y cruzamos uno de los puentes de Bayonne, vi las casas vascofrancesas a orillas del río y el impacto fue doble: de golpe me acordé de que estaba en Francia y no en Buenos Aires, y me sentí lejos. Me dieron ganas de volver, algo que tengo planeado para dentro de unos meses, pero a la vez me sentí contenta de haber visto esa película argentina en Francia. Fue como disfrutar de manera cruzada de cada país: estuve en Francia y me fui a Argentina por un rato. Me pasé el viaje de vuelta a Biarritz escribiendo todo esto. No sé para qué, pero necesitaba dejar por escrito todas las emociones que me había generado ir al cine.

Mapa subjetivo de Biarritz

The ordinary is extraordinary
(Lynda Barry)

 

I.

Escribí: esta va a ser la primera navidad que voy a pasar en invierno. Y enseguida me di cuenta de que no. Pero me gusta la frase y la voy a dejar. Esta va a ser la segunda navidad que voy a pasar en invierno: la primera fue hace tres años, cuando viajé a España y conocí a mi familia asturiana.

Juré que no iba a pasar otro invierno en Europa. Pero uno hace planes y ellos se deshacen solos. También juré que no iba a vivir en Francia y acá estoy.

L. y yo nos vamos a ir a Estrasburgo a pasar las fiestas con su familia. Otro road-trip juntos, esta vez sin cruzar fronteras.

—Las decoraciones de Navidad que hay allá son impresionantes, te va a encantar. Eso sí, va a hacer mucho frío.

—¿Va a nevar?

—No creo.

Sigue pendiente la Navidad con nieve, entonces.

Acá ya está todo decorado.

Acá ya está todo decorado.

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Hasta en mi pileta es navidad

Hasta en mi pileta es navidad

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II.

Mi hábitat: la casa-cueva.

Vivo en una casa que está a menos de dos cuadras del mar. No salgo mucho. Hace frío, llueve bastante y estoy en período de reclusión creativa. Lo de que soy cíclica lo descubrí hace un tiempo. Antes me parecía mal frenar en medio de un viaje, me daba vergüenza, me sentía menos viajera. Ahora sé que es necesario: para mí, al menos, es necesario.

Desde que frené recuperé la felicidad y la inspiración. Es casi una paradoja. Tuve que irme de viaje triste para poder frenar después de un año y volver a estar contenta. Pero si me hubiese quedado quieta en Buenos Aires no hubiese sido lo mismo: necesitaba el proceso.

Estoy rodeada de las cosas lindas que me están mandando por correo.

Estoy rodeada de las cosas lindas que me están mandando por correo.

Me mandaron flores con olor y todo!

Me mandaron flores con olor y todo!

Estoy abusando del buzón y comprando libros por internet. Que alguien me frene porque no sé cómo voy a hacer para volver a Argentina con tanto peso.

Estoy abusando del buzón y comprando libros por internet. Que alguien me frene porque no sé cómo voy a hacer para volver a Argentina con tanto peso.

Me rodeo de cosas que me inspiran. Como los libros de Keri Smith.

Me rodeo de cosas que me inspiran. Como los libros de Keri Smith.

Y los textos de Austin Kleon (fuente: austinkleon.com)

Y los textos de Austin Kleon (fuente: austinkleon.com)

Y miro series que me gustan. (Gracias Bea por recomendarme The Flight of the Conchords, estos chicos son mis nuevos ídolos)

Y miro series que me gustan. (Gracias Bea por recomendarme The Flight of the Conchords, estos chicos son mis nuevos ídolos. Pronto lo recomendaré en mi serie de cosas que me inspiran.)

III.

Cada vez que salgo a caminar por Biarritz tengo los mismos pensamientos:

1. No puedo creer lo lindo que es este lugar.

2. ¿De dónde salió esta arquitectura?

3. No me quiero ir. Sé que en algún momento me voy a ir, pero no me quiero ir.

4. Es la primera vez que me quedo tanto tiempo en un lugar.

5. No sé si voy a volver de visita cuando ya no viva acá, este lugar va a quedar tan lleno de recuerdos que me van a dar ganas de llorar.

Magia pura.

Magia pura.

Al menos, esto es magia para mí.

Al menos, esto es magia para mí.

Hay batiseñales.

Hay batiseñales.

Carteles que dicen la verdad.

Carteles con sentimientos.

Pisos psicodélicos.

Pisos psicodélicos.

Casas que me encantan.

Casas que me encantan.

Mi preferida es esta.

Mi preferida es esta.

Decidí empezar a sacar fotos de los lugares y situaciones normales. Este es un negocio que está frente al correo.

Decidí empezar a sacar fotos de los lugares y situaciones normales. Este es un negocio que está frente al correo.

Un espacio en reparación, frente al mercado.

Un espacio en reparación, frente al mercado.

La librería-papelería en la que compro cosas.

La librería-papelería en la que compro sobres, papel y cosas.

Esta casa está justo enfrente del correo.

Esta casa está justo enfrente del correo.

A veces hago la misma ruta y a veces me pierdo. Siempre encuentro cosas en la calle, como por ejemplo:

– Una llave de auto

– Un espejo retrovisor roto

– Un espejo entero, apoyado contra un auto

– Un auto antiguo

– Una casa que me encanta

– Gatos

– Una tarjeta con la dirección de un coiffeur

– Un guante azul

– Un zapato de bebé

– Paraguas

– Un oso de peluche

Una de mis partes preferidas de la ciudad está acá nomás: es un laberinto de calles angostas y casas de colores. Cuando camino por ahí siento que estoy en un lugar que no existe en la vida real.

Encontré un auto con hojitas de otoño.

Encontré un auto con hojitas de otoño.

Detalles del mismo auto.

Detalles del mismo auto.

Banderín.

Banderín.

Un oso encerrado

Un oso encerrado

Un viajero a pie

Un viajero a pie

Fachadas

Fachadas

Gente en el mar

Gente en el mar

Gatos.

Gatos.

Más gatos.

Más gatos.

Mensajes

Mensajes

Cielos

Cielos

Plantas.

Plantas.

Olas.

Olas.

Barcos.

Barcos.

Surfers que se animan con el frío.

Surfers que se animan con el frío.

Y un invierno inminente.

Y un invierno inminente.

Y más cosas que dibujé acá (este es un ejercicio del libro "Acaba este libro" de Keri Smith)

Y más cosas que dibujé acá (este es un ejercicio del libro “Acaba este libro” de Keri Smith)

IV.

La gente se pregunta (me pregunta) qué hago todos los días en Biarritz, cómo es mi rutina. Creo que se imaginan de todo. Muchos piensan que estoy en París, porque asocian Francia con la capital, y yo estoy casi a diez horas, en el límite con España.

Deberían preguntarme qué hago todos los días en mi casa-cueva, porque mi hábitat ahora es este. Mi rutina acá no es de viajes sino de escritura. Estoy escribiendo otro libro, les digo. Estoy intentando escribir otro libro. Estoy metida en la cueva. Estoy con L. Estoy bien.

Y si tuviese que describir un día cualquiera, o una mezcla de días cualquieras, diría que las cosas que me pasan acá son más o menos así:

Me despierto,
a veces con la alarma,
a veces con la luz del sol,
a veces con la luz del ipad de L.
Estaba soñando, le digo.
Soñaba que para hacer cambios en el php teníamos que bailar y actuar una escena,
soñaba que cruzaba a España para ir a una verdulería muy incómoda, con un montón de escaleras caracol,
soñaba que teníamos vacas en el jardín
y que yo estaba en la proa de una lancha y casi salgo volando.
Leo un rato en la cama,
miro videos,
hago una lista en mi cuaderno,
o me doy vuelta,
me acurruco y sigo durmiendo.
Pero en general no quiero que eso pase,
no me gusta dormir tanto,
después no funciono bien.
Me levanto,
abro la ventana,
si hay sol, digo: hay sol,
si llueve, digo: llueve.
Pongo el agua para el té
y lo tomo sin azúcar
y frío,
yo el té lo tomo siempre frío.
Me preparo tres tostadas,
con mermelada de durazno y queso,
y las como en la cocina.
Después llevo la taza al escritorio y me siento:
tengo que escribir.
Primero voy a responder mails,
tengo varios pendientes,
también chequeo si tengo mensajes en facebook,
retuits en twitter,
likes en Instagram.
Leo los diarios, a ver qué pasa en el mundo,
reviso el buzón,
me fijo si la ropa se secó,
miro por la ventana.
Tengo que escribir,
pero se hizo medio tarde, tengo hambre, ¿vos tenés hambre?
Voy a preparar una tarta.
Mientras se cocinan los puerros, limpio.
“Es día de escritura, por eso la casa está tan limpia”, me dijo G.
Ella también escribe, ella me entiende.
Así que paso la escoba,
saco la basura,
lavo los platos,
ordeno.
Abro la heladera:
qué sucios que están los estantes,
esos cajones están llenos de migas,
eso está vencido.
Limpio la heladera,
la limpio a fondo,
saco todo, paso el trapo, vuelvo a guardar las cosas.
Ahora sí:
tengo que escribir.
Pero primero hay que comer.
Estoy por meter la tarta en el horno y se me cae,
se me caen los puerros sobre la puerta del horno y quiero llorar.
Rescato lo que no tocó el piso,
vuelvo a armarla,
la meto en el horno con cuidado.
La tarta caída pasa a formar parte de mi lista de accidentes domésticos, junto con:
la tortilla que se me cayó sobre el fuego cuando la di vuelta,
el arroz del sushi que cociné mal y se desarmó,
el huevo poché que derribé sobre la mesa,
el papel vegetal que se me quemó con la hornalla,
el medio kilo de azúcar que se me cayó adentro del café.
Comemos.
Tengo que escribir.
Vuelvo a revisar el buzón, por si pasó el cartero.
No hay nada.
Salió el sol,
no puedo estar encerrada,
mudo mi escritorio al jardín.
Llevo mis cuadernos y mis libros de escritura creativa
y me siento con las piernas cruzadas sobre la silla.
Miro la casa de enfrente, sus líneas rectas y diagonales.
“Uno mira las cosas bien cuando las dibuja”.
Dibujo, entonces.
Copio las líneas de la casa en lápiz,
no tengo goma así que no puedo borrar.
Más tarde le muestro el dibujo por skype a mi mamá, que es arquitecta, y se pone orgullosa de ese dibujo tan malo.
Tengo que escribir,
pero me duele la espalda: mejor voy a la pileta.
Nadar y escribir son las dos actividades que mejor me hacen sentir y que más me cuesta empezar.
Nado una hora y me lleno de ideas.
No me las quiero olvidar, así que mientras vuelvo caminando a casa se las cuento al grabador del teléfono.
Paso por el supermercado,
entro,
siempre hace falta algo.
Compro chocolate.
Compro más pan.
Compro verduras.
Compro croissants, a veces.
La pileta me da hambre.
Cuando salgo, los dos hombres que están sentados en la vereda me saludan,
como todos los días:
bonjour mademoiselle !
Bonshur,
les digo,
con mi acento tan argentino.
Vuelvo a casa,
lo abrazo a L.,
nos tomamos un café.
Me llegan noticias por whatsapp:
nació S.,
murió S.,
V. volvió a Buenos Aires,
O. ya tiene celular,
A. se está por casar.
Tengo que escribir.
Pero estoy tan cansada,
la natación me agotó,
mejor me meto en la cama y sigo desde ahí.
Mudo mi escritorio al colchón,
respondo mails, reviso facebook, miro twitter, leo los diarios.
Se me ocurre una idea para el libro,
la anoto en mi cuaderno, prefiero desarrollarla a mano.
Pienso en que quiero volver a tener el pelo corto,
la pileta me lo está destruyendo.
Se me pega una canción,
tengo que mirar el videoclip.
Afuera llueve,
hay viento,
ya es de noche.
El cuarto es como una estufa,
el aire está pesado, calentito.
Tengo que escribir.
Se nos pasó la hora de cenar,
qué tarde que es.
Comamos una pizza.
¿Querés ver una peli?
Dale, a esta hora ya no me da la cabeza para escribir.
Y empieza la pelea por la película,
que al final ni importa porque yo me voy a quedar dormida igual,
a menos que sea Star Trek,
The Lost Room,
o alguna de esas que juegan con la temporalidad.
Antes de apagar la luz agarro unos de mis journals,
que tiene una pregunta por día,
como cuál sería tu trabajo ideal del día o qué comiste esta semana
y la respondo.
Y después me quedo dormida,
y tengo un sueño lúcido con un caballo que entiende lo que le digo
y con un cuarto lleno de heladeras.
Y sé que aunque hoy no escribí nada,
estuve escribiendo todo el día.

Mi vida en Biarritz.

Mi vida en Biarritz.

El lugar que me cura.

El lugar que me cura.

Y más palabras sabias de Austin Kleon.

Y más palabras sabias de Austin Kleon.

* Todas las fotos de este post las saqué con el teléfono. Hay más en mi Instagram.

Empecé natación

[box type=”star”]Quedarme quieta en un solo lugar me permite hacer cosas que de viaje me resultan difíciles o imposibles. Como anotarme en la pileta e ir a nadar dos veces por semana. O tener mi propia cocina y guardar cosas en las alacenas. O usar el buzón sin miedo. Frenar en medio de un viaje largo me parece cada vez más necesario: me permite disfrutar los placeres de la rutina estática. Mi vida en Biarritz es tranquila, y a veces tiene episodios como este. Viene con ilustración en marcadores de Anikó Szabó, mi mamá.[/box]

Ilustración: Anikó Szabó (mi mamá)

Ilustración: Anikó Szabó

 

Mi sueño siempre fue ser la Sirenita. El único objetivo de mis viajes era llegar al mar, así que ahora estoy esperando a hacer el proceso inverso al de Ariel. Quiero que las piernas se me conviertan en cola de pescado. Quiero irme a vivir al fondo del mar y pasarme la vida cantando y peinándome con un tenedor.

Hace unos meses, en el taller de narrativa, Pedro nos pidió que escribiéramos un texto acerca de las cosas que no nos gusta hacer. El mío hablaba de la natación. Me encanta nadar, es mi deporte preferido, el único que más o menos me sale bien y el que hago casi desde antes de caminar. El cloro es mi olor a infancia. Cada vez que me meto en el agua siento que es mi hábitat, y si pudiera recorrer el mundo nadando, lo haría. Lo que odio es el ritual de la natación, todos esos pasos previos y posteriores que implica ir a nadar a una pileta cerrada:
primero, encontrar una que te quede más o menos cerca porque si está a más de quince cuadras vas dos veces y nunca más,
inscribirte y tomar la decisión de empezar,
armar un bolso para desarmarlo diez minutos después,
vestirte de aquaman,
ir,
ducharte,
nadar,
salir,
ducharte otra vez,
vestirte,
peinarte,
volver,
llegar a casa,
desarmar el bolso,
enjuagar las cosas,
colgarlas.
Me canso hasta de enumerar todo esto.

En la mochila que armé cuando salí de Buenos Aires en octubre del año pasado agregué una bolsita nueva con las antiparras, la malla entera y la gorra. Por si acaso, para obligarme a ir a nadar en cada ciudad en la que encontrase una pileta pública. Después de tres o cuatro ciudades, la bolsita pasó a formar parte del agujero negro de la mochila donde se acumulan esas cosas que uno no ve ni necesita. Hasta que me instalé en Biarritz y descubrí que frente a la playa hay una piscine municipale, a trece minutos caminando de mi casa.

La natación tomó la decisión de que yo empiece, porque si bien amo este deporte tengo que sentir la necesidad física de practicarlo, es imposible que vaya dos o tres veces por semana solo por placer. Y como me la paso sentada en el escritorio en este período de retiro creativo, mi espalda me lo estaba pidiendo. Así que preparé el bolso, me puse la malla y me fui a la pileta.

Biarritz me parece una de las ciudades más lindas que conozco, y cada vez que salgo a caminarla me gusta más: tiene casas bajas con las ventanas y las puertas pintadas del mismo color, chimeneas que me recuerdan a París, la rue Gambetta que me hace pensar en Maradona, hoteles enormes que pasan desapercibidos gracias a las construcciones vascas, el olor a pan que sale de la pâtisserie, las hortensias ahora marchitas, las calles que suben y bajan, el mar.

Hice el camino ansiosa por llegar al agua, pero en la puerta de la pileta me recibió un cartel rojo: FERMÉ. Cerrado. Miré los horarios e intenté retenerlos pero eran imposibles, algo así como lunes de once y media a cinco y media, miércoles de once y media a tres, viernes de once y media a dos y media y después de tres y media a ocho y diez y así. Por culpa de la confusión, siempre fui en los momentos equivocados: “Cerrado al público por vacaciones escolares”, “Cerrado al público por prácticas del equipo nacional de natación”, “Cerrado al público porque se nos canta”. Será que esta pileta abre alguna vez.

Hasta que por fin un día le acerté al horario y pude entrar. No era el club más exclusivo de Biarritz, era un lugar como otros, con una pileta olímpica de agua salada, una pileta para chicos, un hammam y un jacuzzi con vista al mar. Cuando me acerqué a la caja para comprar el pase de diez le pregunté a la chica si hablaba español. Me dijo que un poquito. Todavía no me animo a hablar francés, me da vergüenza lo argentinizado que pronuncio. Como estamos al lado de España, mucha gente habla castellano. Me dijo que los lockers se cerraban con monedas y me preguntó si necesitaba cincuenta sentimientos para poder usarlo. Sí, por favor.

Antes de entrar a la pileta leí las instrucciones pegadas en la pared. Casi todos los horarios son de pileta libre y los andariveles se dividen en:
1) nadadores lentos,
2) nadadores rápidos,
3) nadadores intermedios o con patas de rana y
4-5) libre.

Entré al 4-5. Era viernes a última hora y la pileta estaba llena. En ese andarivel, que es el doble de grande, había nenes tirándose de bomba sincronizada, madres nadando con sus bebés y ninguna lógica en el desplazamiento de los demás. Una mujer le clavó la tabla en la cabeza a uno mientras le pateaba la cara a otro. Una señora flotaba y se movía por el agua haciendo el pasito de Thriller. Salí en menos de cinco minutos.

Me pasé al 2. Pensé que haber entrenado y competido durante cinco años me alcanzaba para integrarme al ritmo de los rápidos. Duré menos que en el otro. Decidí irme cuando uno que nadaba mariposa me pasó por encima.

Fui al andarivel 1 y al principio me sentí bien, pero después de unos minutos me empecé a chocar con las piernas de las señoras que iban adelante, que circulaban con tablas y sin apuro. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que el andarivel 3 no era solo para las patas de rana, sino también para nadadores intermedios como yo. Así que me pasé.

Nadar pileta libre es aburridísimo. No hay reloj más lento que el de las piletas. A veces, incluso, parece que va para el otro lado. Diez piletas y no pasaron más de cinco minutos, dieciocho idas y vueltas son diez minutos, otras veintidós sin mirar la hora, creyendo que así va a pasar más rápido, y diez minutos otra vez. Nadar una hora es imposible. Lo consigo cuando entro en ritmo y dejo de pensar en el tiempo, y en ese momento empiezo a preguntarme dónde habrá quedado la radio sumergible que tuve durante los noventa que tan bien me vendría para escuchar francés mientras nado. También podría ir con una amiga, pero nadar de a dos es una mentira: en natación siempre estás solo.

El ida y vuelta me genera pensamientos circulares. Voy para allá y pienso en un tema, doy la vuelta, me reseteo y pienso en otro, voy para allá otra vez y mi cabeza retoma el tema anterior, vuelvo y paso al otro, pienso, por ejemplo, en cosas que tendría que haber en las piletas para entretenerse:
una pantalla de cine en el fondo,
un kindle incorporado a las antiparras,
música ambiente que se escuche abajo y no solo cuando salgo a respirar,
cuadernos sumergibles,
google glass.
También hago un sondeo de gorras:
muchas negras,
algunas verdes,
una roja,
dos blancas, conmigo.

Esa tarde, en el andarivel 3 empezaron a pasar cosas raras. Iba por la pileta número cuarenta y dos cuando me crucé al sireno. Nadaba de costado, con el cuerpo recto, un hombro apuntando al fondo y el otro sobresaliendo del agua, tenía la cabeza afuera, un brazo estirado tipo Superman, llevaba una tabla, movía las patas de rana al unísono, avanzaba ondulándose. Cada vez que lo veía pasar me atragantaba de risa. En las piletas los personajes se repiten como si fuesen extras, en cada ida y vuelta te cruzás a los mismos: el de gorra verde, el que va en slip, la chica en bikini, la japonesa, el del tapón en la nariz y atrás, casi agarrado de su pie, el sireno con la mano estirada y la patada doble, flameando como si fuese una bandera. Nadan en loop.

Los andariveles se van llenando y vaciando sin mucha lógica, así que cuando el andarivel 3 se llenó de patas de rana me pasé al 1. Estando en el agua, los nadadores aparecen y desaparecen, nunca los ves en los bordes, nunca entran ni salen. Así llegó el señor de gorra roja. Avanzaba parado, corría dentro del agua en cámara lenta, dando patadas sin tocar el piso. Lo quise pasar y avancé para ponerme al lado, pero las antiparras empañadas y la miopía no me avisaron que venía otro de frente. Cuando apareció el segundo sireno concluí que ese debía ser el estilo francés. Y salí de la pileta porque ya estaba cansada.

Afuera el mar estaba violento. Había bandera roja. Volví caminando a casa con ingravidez y cansancio. Y me di cuenta de que acá, por ahora, disfruto el ritual de la pileta. Voy a ir a nadar todas las veces que pueda hasta que empiece a sirenizarme. Y cuando eso pase, al mar y chau, no me ven más la cara.