* Ilustración: Luna Portnoi

Julie me llama por teléfono cuando el tren está pasando por Bruselas. Estoy viajando sola de Amsterdam a París, voy sentada al lado de una francesa con la que crucé algunas palabras en inglés, tengo abiertos mis cuadernos de apuntes de francés y los leo a toda velocidad como quien estudia a último momento para un final. El teléfono sigue sonando, ya no puedo evitar esta llamada. Julie es la directora de un centro de enseñanza de francés y, como me viene diciendo hace días por mail, quiere hablar por teléfono conmigo para evaluar mi nivel y asignarme una profesora para la semana que pasaré en París. Estoy volviendo a la capital francesa con un objetivo: hacer un viaje de inmersión lingüística para mejorar mi francés. Voy a tomar clases particulares todos los días y voy a vivir en la casa de Florence, una señora francesa con quien me conecté a través de Abroadwith y con quien tendré que practicar el idioma. No me va a quedar otra que animarme a hablar, pero ahora mismo la idea de tener esta evaluación de nivel —telefónica, encima— me aterroriza: seguro que, por haber aprendido el idioma de manera autodidacta, hay un montón de cosas básicas que no sé.

viaje de inmersión lingüística en París

Quién hubiese dicho que iba a volver tantas veces a París

viaje de inmersión lingüística en París

Atiendo y hablo bajito, con la cabeza pegada a la ventana y la mano sobre la boca para que mi vecina de asiento no escuche cómo destruyo su idioma con mis erres demasiado enruladas y mis es todas dichas iguales —se me viene a la mente el juego Fruit Ninja porque eso es lo que me imagino cuando hablo francés: que destrozo palabras como frutas—. Siempre me llamó la atención lo silenciosos que son los trenes franceses, no podría haber peor lugar para tener esta llamada. Julie me pregunta dónde estoy, de dónde vengo y adónde voy para evaluar mi uso de los tiempos verbales. Quiere saber cuál es mi objetivo con el idioma y no me animo a decirle que no quiero que la gente se ría de mí cuando hablo, así que le digo que quiero sentirme cómoda teniendo conversaciones, lo cual también es cierto. Ya le expliqué por mail —y ahora me da vergüenza el exceso de detalles personales e historia de vida, pero no me sale explicar las cosas de otra manera— que estoy casada con un francés, que aprendí el idioma por mi cuenta con libros y aplicaciones, que puedo leer, que entiendo casi todo pero que me falta mucho de gramática y me cuesta hablar sin ponerme nerviosa. Tras diez minutos de charla, su veredicto es el clásico pas mal” francés: “Tu pronunciación no es tan terrible, escuché peores”. Mis clases empiezan mañana, superé la primera prueba. Ahora se viene el desafío mayor: comunicarme con Florence, mi anfitriona, con quien solamente podré hablar en francés. Esta vez no hay inglés o español que me salve.

En mi imaginación, hablo francés como una nativa (?)

Cuando lo conocí a L, en el 2014, las únicas dos palabras que sabía decir en francés eran bonjour y merci. Como él no hablaba español, durante los primeros meses nos comunicamos solamente en inglés (ahora hablamos una mezcla medio deforme de los tres idiomas combinados con sonidos guturales franceses). Cuando nos quedamos a vivir en Francia me puse a estudiar francés por mi cuenta. Si bien el inglés nos permitía comunicarnos casi sin malentendidos, no dejaba de ser un idioma ajeno a ambos, así que me propuse aprender su idioma y, de paso, meterme más en su cultura. De a poco empecé a ser capaz de leer revistas, cómics y libros infantiles. Aprendí escuchando música y mirando películas con subtítulos en francés. El idioma escrito no me parecía tan difícil y había mucho que podía inferir por cercanía con el español, pero enseguida me di cuenta de que mi mayor desafío iba a ser hablarlo. El problema del francés es que no importa qué tan bien lo leas, lo escribas y lo entiendas, si al hablar no lo pronunciás correctamente —lo cual no es nada fácil— pueden pasar varias cosas: que no te entiendan, que no se esfuercen por entenderte, que te respondan en inglés o que se rían. Y ahí hay dos tipos de personas: las que lo siguen hablando como si nada —envidio ese carácter—, o las que, como yo, se inhiben, se ponen más nerviosas y terminan enmudeciendo.

La primera vez que me animé a decir una frase en francés enfrente de varias personas, L me burló tanto que me traumó y durante mucho tiempo no lo volví a intentar. Unos meses después, cuando por fin me animé a decirle algo a mis suegros por skype, la situación fue la misma: los vi conteniendo la risa del otro lado de la pantalla hasta que no pudieron disimular más y se empezaron a reír todos, en familia, desde Francia hasta Buenos Aires. Durante mucho tiempo me lo tomé como algo personal y me avergoncé de mi acento latino, hasta que tuve un quiebre la última vez que vine a París, cuando el tío de L se rió de mi manera de pronunciar cafe au lait y entendí que la burla es un rasgo francés, que no me queda otra que aceptar que siempre tendré acento extranjero y que si no me animo a hablar nunca voy a mejorar. Y entendí, también, que hay cosas que es mejor aprender con gente “de afuera” y no con la familia.

El tren llega a París en hora pico, me bajo en Gare du Nord y me sumo al apuro para no perder mi conexión. Esa es otra cosa que me impresiona de las estaciones parisinas: la velocidad de desplazamiento de la gente. Media hora después estoy en Maisons-Laffitte, la comuna en los suburbios de París donde viviré. Camino unas cuadras hasta la casa de Florence, mi anfitriona, siguiendo las indicaciones que me mandó por escrito. Nuestro primer contacto por mail fue muy formal, los franceses suelen tratarse de vous (“usted”) en una primera instancia, incluso entre personas de la misma edad. El problema es que yo solo sé hablar de tu así que no sé por cuánto tiempo voy a ser capaz de sostener el vous. Entro a la residencia con la clave —otra cosa que me sorprendió mucho la primera vez que vine a Francia: las puertas de los edificios se abren con clave— y camino hasta la casa del fondo. Florence me ve llegar, abre la puerta y lo primero que me pregunta es: “¿Nos tratamos de vous o de tu?”. Me siento aliviada. Nos salteamos las formalidades y empezamos a hablar como si ya nos conociéramos. Bah, ella habla más que yo, así que me aseguro de decirle que entiendo todo pero no hablo muy bien. “Bueno, para eso estás acá”, me dice con una sonrisa.

Florence me muestra la casa, me presenta a sus tres gatos —Zelda, Link y Vendetta— y me lleva a los cuartos para que elija en cuál me quiero quedar. Hay uno más grande, en el piso de abajo, y uno chiquito arriba, “la petite chambre”. Subimos la escalera y cuando abre la puerta me encuentro con un cuartito blanco, con el techo inclinado siguiendo la forma de la casa, una cama de una plaza, un escritorio con una máquina de escribir y una ventana con vista al jardín. Es el cuarto de una de sus hijas, que ya no vive ahí. Quiero este. Nunca tuve la experiencia de hacer una intercambio en otro país pero de repente me siento como la estudiante extranjera que acaba de llegar de su país de origen a la casa de su nueva familia. Me faltó la valijita vintage. “Ponete cómoda”, me dice Florence, “c’est chez toi” (“Es tu casa”). Esta es una de las expresiones francesas que más me gusta. Hace poco aprendí que también usan chez moi o chez nous (“mi casa”, “nuestra casa”) para referirse a Francia, al país como un hogar.

La petite chambre <3

Material de estudio

Más tarde bajo al living para cenar y charlar un rato. La estadía con un anfitrión local tiene un objetivo muy claro: practicar el idioma en situaciones cotidianas y, a la vez, sumergirte en la cultura del lugar. Lo que no me imaginé es que, durante los días siguientes, además de charlas cotidianas trataríamos temas metafísicos, astrológicos, religiosos y existenciales. Un curso avanzado de francecismo. Si L me viera ahora, asintiendo a todo como una experta. Florence me muestra fotos de sus hijas, me habla acerca de los hábitos de sus gatos, me cuenta de su trabajo. Dice que, para ella, los parisinos tienen un acento “puntiagudo” y que no le entiende nada a los quebequenses. Yo, que nunca los escuché hablar francés, busco un video y pienso que el francés-canadiense es un curso aparte. Al igual que me pasó cuando aprendí húngaro —que ya olvidé, por no practicarlo—, siento que estoy adquiriendo ojos nuevos.

Me acostumbro rápido a mi rutina de estudiante. Todas las mañanas me despierto temprano, tomo el tren a París, el metro a Tulerias y me encuentro con Marion, mi profesora, en el café de un hotel. También empezamos hablando de vous, aunque debemos tener la misma edad. Una de las primeras cosas que me pregunta es a qué me dedico. Cómo lo explico en francés. Cada vez que respondo construyo frases como quien va levantando cajas pesadas de a una: tengo que pensar bien cada palabra que voy a decir y siento que se me notan los engranajes del idioma y del cerebro. Es como si estuviese aprendiendo a hablar otra vez. Marion tiene mucha paciencia, me corrige y me incentiva. Me doy cuenta de que sé bastante argot (slang, lunfardo, jerga) pero no me sé bien los verbos ni las conjugaciones. Cada día nos enfocamos en un tema —el pasado, el futuro, la pronunciación— y en cada encuentro siento un progreso enorme. Nuestras clases están centradas más que nada en la conversación. Me pide que le cuente historias de mes voyages y le cuento, como puedo, de la vez que me perdí en China y terminé tomando el té en la casa de 4 mujeres de una minoría étnica y de la vez que robaron y me devolvieron todo en Indonesia.

Ella va tomando nota de las palabras nuevas en su computadora para mandármelas más tarde, me muestra videos que hablan de costumbres francesas y me pide que le diga qué fue lo que entendí o qué pienso al respecto, me enseña a pronunciar con algunos trucos mnemotécnicos, me da ejercicios escritos y una tarea final: escribir un petit texte acerca de Buenos Aires. Me gusta esta manera de aprender, basada en la vida real y no en situaciones hipotéticas. Me causa gracia ver que muchos de los ejercicios de compresión de texto son pequeñas historias de amor, del estilo Marc conoce a Claire en una fiesta y desde ese día no se separan, o “mi amor, todos los transportes están en huelga, pero no importa, esperame, voy a buscarte en caballo o en monopatín”. Todo muy francés, todo muy romántico. Me acuerdo de cuando L y yo nos conocimos en Biarritz, de que esa primera noche, cuando quedamos solos después de una cena en lo de sus amigos, él agarró una guitarra y me cantó “Les oiseaux de passage”. Yo no le dije nada, pero en ese momento me enamoré un poco, y él me confesó mucho tiempo después que era la primera vez que se animaba a cantar para alguien. Me acuerdo de que los días siguientes me mandó poemas por whatsapp y días después ya me estaba enseñando palabras en francés en su auto mientras nos refugiábamos de la lluvia. (Sí, todo muy lindo hasta que unos meses después me empezó a burlar y me traumó.) :D

Mi profe de francés

viaje de inmersión lingüística en París

Empieza la primavera en París

viaje de inmersión lingüística en París

viaje de inmersión lingüística en París

viaje de inmersión lingüística en París

“Hay que desconfiar de las palabras”

Cada día termino mis clases con une promenade (paseo) por París. Me gusta sentir que viajo sola por un rato. El viernes, para festejar el fin de mis clases, camino al borde del Sena hasta la Torre Eiffel. Tengo la cabeza cansada, nunca hablé tantas horas seguidas de francés, pero estoy contenta y con ganas de más. Ya me propuse, cuando volvamos a Francia en unos meses (el plan es instalarnos en julio de este año), seguir tomando clases. Todavía me cuesta creer que este país sea parte de mi vida, sobre todo cuando el francés como idioma no me gustaba para nada y Francia no me atraía. Lo llamo por teléfono a L, que está con su familia en Estrasburgo, para mostrarle mis avances. Está orgulloso aunque se sigue riendo, pero ya no me importa (tanto): haber sido capaz de arreglarme sola en francés durante toda esta semana me hace sentir poderosa. Un rato después le mando el texto que escribí en francés acerca de Buenos Aires y me dice que de repente le dieron ganas de estudiar español. Mi plan maestro funcionó.

Más tarde cuando voy en el metro escucho un oh la la épico (suena como jolalalalalalá). Lo dijo una señora que se puso de mal humor porque subieron músicos callejeros al vagón. Yo disfruto la música y canto bajito “perhaps, perhaps, perhaps”Vuelvo a lo de Florence y cenamos juntas por última vez. Le cuento de mis clases, de mis mini avances, de que ya no me da tanta vergüenza comunicarme en su idioma, aunque sé que me queda muchísimo por aprender y, sobre todo, por practicar. Hablamos de viajes, me cuenta de la vez que estuvo en Grecia, de las palabras que aprendió, de cuando durmió en casas de gente. Nos despedimos esa noche, mañana me voy muy temprano a Estrasburgo a reencontrarme con L. Hay un libro que se llama “Lost in translation” y es una recopilación de palabras intraducibles de distintos idiomas del mundo. No sé si esta palabra está ni si califica, pero en francés hay un verbo (“rentrer”) que tiene varias acepciones y una de las más usadas significa “volver a casa”. Me gusta pensar que existe un idioma en el que puedo decir eso en una sola palabra.

*

 Esta experiencia fue posible gracias a Abroadwith.

Abroadwith es una plataforma de intercambio idiomático y cultural para aprender idiomas en el extranjero. Su filosofía es que una lengua y una cultura no se pueden experimentar detrás de una pantalla, por eso se enfocan en el elemento humano para aprender un idioma. La web te permite buscar anfitriones locales por ciudad (hay en varios países, para aprender distintos idiomas, no solo francés) y elegir con quién querés vivir y por cuánto tiempo. En general las estadías son semanales y hay tres tipos de programas de inmersión: estándar (hacé una estadía con anfitriones locales en otro país y aprendé su idioma y su cultura), tandem (viví con anfitriones locales, aprendé su idioma y su cultura y a la vez enseñales tu idioma) y con profesor (viví con un profesor certificado y tomá clases con él). Se define la cantidad de horas de conversación que tendrás que tus anfitriones y también existe la opción de complementar la estadía con un curso de idiomas cerca de tu nuevo hogar, como hice yo.

Por mi experiencia, mi recomendación es que si sabés algo del idioma pero nunca tomaste clases formales, hagas la estadía y el curso de idiomas (yo necesitaba las dos cosas: un poco de teoría y gramática y mucha práctica). Si ya tomaste clases con profesor y sabés bastante, quizá solo necesites la parte práctica y con la estadía sea suficiente. Más información en Abroadwith.

* La lindísima ilustración de portada, hecha especialmente para este post, es de LuNa Portnoi. Luna es una artista visual e ilustradora de Buenos Aires. Su trabajo se encuentra en conexión con la naturaleza, el color, la magia y las emociones y sus ilustraciones tienen un gran nivel de detalle. Tiene dos libros para colorear, “Los sueños de Luna” y “La magia de Luna”. Podés seguirla en su Instagram, Facebook y canal de You Tube, donde da tutoriales artísticos en video.