Todo lo que me llevo a Japón

Lo primero que sentí fue angustia. Cómo que ya nos vamos de Buenos Aires, no me puedo ir ahora, no me quiero ir ahora, qué voy a hacer con todo esto, con mis sobrinos que ya me dicen “tía”, mi escritorio nuevo, la luz miel que entra por la ventana a las diez de la mañana, los tés de durazno que tomo parada en la cocina, mis noches aprendiendo a dibujar, los journals que apilo en la mesa de luz, los talleres que doy en Buenos Aires, las presentaciones de mi libro que van a quedar pendientes, los colectivos que me llevan a cualquier punto de la ciudad, la china que me regala caramelos de dulce de leche cuando me ve con tos, las meriendas con amigas, las ilustraciones de Flow que pego en la pared, todo este espacio vital que me contiene. Yo sabía que el plan era un año acá y después Japón y después no sé pero tenía la ilusión de estirarlo, de que de golpe fuese 2017 y oh, seguimos acá, y de que de golpe fuese 2020 y oh, seguimos en Buenos Aires y mirá, nunca más nos fuimos y la escritora le ganó a la viajera definitivamente. Viajé durante dos años —durante ocho— buscando un hogar, solo para darme cuenta de que ese hogar estaba acá, en el punto de partida, de que me fui a dar la vuelta al mundo para poder volver a casa. Y ahora me toca irme otra vez, justo cuando me estaba acomodando. Sentí que estaban por sacarme de mi hábitat, como si fuese un peluche dentro de una máquina y un gancho estuviese a punto de agarrarme para tirarme por un hueco hacia otra realidad.

Estuve tres días así.

Qué hacer con tanto Buenos Aires

Qué hacer con tanto Buenos Aires

Al tercer día, algo en mi cabeza me dijo: “Pará. ¿Qué te pasa? A vos te gusta viajar. Tampoco es una tortura irse a Japón”. Y me puse a buscar pasajes. Miré todas las opciones que aparecían en los buscadores, comparé, intenté comprar uno y me rebotó la tarjeta y justo apareció Buenos Aires – Tokio con escala en Nueva York a muy buen precio. Ni lo pensé. Llamé por teléfono: “¿Nos pueden estirar la escala en NY para quedarnos una semana? ¿Por el mismo precio? Listo. Dame dos. Solo ida”. Fecha de partida: 6 de septiembre. Faltaban tres meses y diez días. De golpe sentí que me quedaban tres meses y diez días de vida (en Buenos Aires) y algo adentro mío se activó. Como si me hubiesen dado cuerda, empecé a organizar más presentaciones del libro, me decidí a dar los talleres de escritura creativa que venía posponiendo —“total voy a estar bastante en Buenos Aires”—, le mandé mensajes a mis amigas, en tres meses nos vamos quiero verte, terminé trabajos pendientes, empecé proyectos editoriales nuevos, ordené la casa, regalé cosas por Facebook, vendí otras por Mercado Libre, me puse a leer como hace tiempo no leía, sabiendo que mi biblioteca no se va conmigo. La urgencia de aprovechar el tiempo al máximo. Pensé: no puedo creer que nos vamos a Japón, y empecé a llenar páginas de mi cuaderno con cosas que quiero hacer y ver y encontrar en Japón.

Tenemos una cita.

Tenemos una cita.

Cuando digo que me puse a leer...

Cuando digo que me puse a leer…

...quiero decir: me puse a leer.

…quiero decir: me puse a leer.

Y me fui a Mar del Plata a presentar el libro, de paso.

Y me fui a Mar del Plata a presentar el libro, de paso.

Estuve así —sigo así, hiperactivada— varios días. Pero la angustia no se iba del todo y yo no entendía bien por qué. Lo hablé con mis amigas del colegio.

—Siento que vivo en una dualidad, soy dos personas: la viajera que quiere dar la vuelta al mundo y…

—…y Ani —me dijo Sofi, que me conoce desde sexto grado.

Sí. Y la Aniko de toda la vida que ama leer, escribir en cuadernos, usar resaltadores, tomar apuntes, socializar lo necesario y estar en casa (“Es que tu eres doméstica como un gato”, me dijo una de mis amigas peruanas). La Aniko-escriviviente que se potencia cada vez que vuelve a Buenos Aires y que hace de cuenta que nunca en su vida viajó (esto creo que ya lo expliqué en “viajera duplicada”). La Aniko que a veces piensa que quizá un día deje de viajar y muera aplastada por su propia biblioteca.

Esta es mi biblioteca, hermosamente ilustrada por María Luque.

Esta es mi biblioteca, hermosamente ilustrada por María Luque.

Y como si esto fuese “En Ushuaia todo se conecta” —En Buenos Aires todo se conecta o En internet todo se conecta—, a los pocos días recibí el mail de una hongkonesa que decía así:

Hola Aniko, ¿qué tal? Soy estudiante de 18 años en Hong Kong y acabo de leer su libro ‘Días de Viaje’. Mi profesora de español lo me dio como un regalo de graduación y verdaderamente es uno de los mejores regalos que he recibido en toda mi vida. (…) No sé si ha leído el libro [eafl id=”21125″ name=”The art of travel” text=”‘The art of travel'”] por Alain de Botton, pero eso es mi biblia de viaje y pienso que a usted le gustaría mucho. Se trata de muchos temas incluso cómo capturar los momentos (a través de pintar, escribir, etc), cómo confrontar la realidad de no poder separar las tristezas de la vida cotidiana con la vida de viaje, por qué viajamos y más. Tiene muchos pensamientos en común con ese autor entonces sería interesante leerlo. (…)

Que me recomienden un libro es uno de los mejores regalos que me pueden hacer, así que salí corriendo a comprarlo (es una manera de decir, porque compré el ebook por Amazon, pero fui corriendo a mi cama para empezar a leerlo). Y entre las reflexiones de Alain de Botton empecé a entender lo que me pasaba: lo que me pone mal de irme de viaje, hoy, es perder todo lo que forma mi hogar, todos estos rituales diarios que fui descubriendo y construyendo de a poco y que me dan una felicidad cotidiana. Los journals, marcadores, lápices, cuadernos, las lecturas, los tés, mi cuartito azul: todo lo que tengo que dejar en Buenos Aires para empezar un nuevo viaje largo (porque pesa, porque uno no se lleva lo cotidiano de viaje, porque a quién se le ocurre cargar la mochila de journals, porque uno se va de viaje para hacer lo que no hace en casa). Y ahí pensé: “Pará. ¿Y quién dice que no me puedo llevar todo esto encima?”.

Mi cuartito azul, mi espacio de trabajo, mi refugio, mi lugar en el mundo.

Mi cuartito azul, mi espacio de trabajo, mi refugio, mi lugar en el mundo. ¿Cuándo inventarán una empresa que haga mudanzas de cuartos a otros países?

Mis revistas Flow.

Mis revistas Flow.

Mis cuadernos.

Mis cuadernos.

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Los cafés con amigas (las manos y el dibujo son de María Luque. El dibujo de abajo es mi copia del menú del bar).

Uno de los amores de mi vida: la hija de mi mejor amiga.

Uno de los amores de mi vida: la hija de mi mejor amiga. (A ella sí que no me la puedo llevar en la mochila… aunque si mi amiga se distrae…)

Este cielo que cambia.

Este cielo que cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Una luz que entra así.

Una luz que entra así.

Edificios que se ponen de este color.

Edificios que se ponen de este color.

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Amigas talentosas que hacen proyectos increíbles. Este dibujo es de Vero Gatti y aparece en su serie web “Psicosomática”.

Esa noche o la siguiente revisé mi primer diario de viajes, el del 2008, buscando ideas para escribir un artículo que me habían encargado de Costa Rica. Al releerme me encontré con los textos de alguien que ya no soy yo y entendí que viajar con 30 no va a ser lo mismo que viajar con 20 porque ahora busco y me importan otras cosas. Entendí también que nada me obliga a viajar como antes, que no tengo por qué quedarme atada al fantasma de mi antigua yo, que es momento de soltar mis reglas pasadas y crearme nuevas, de cambiar mi paradigma, de aceptar la transición: ya no “viajar liviana en busca de un hogar” sino “viajar lento y con el hogar encima”, llevármelo en el equipaje, aunque pese un poco más. Y darme cuenta de esto, por más que ahora me suena obvio, me alivió y me sacó la angustia. Tener la certeza de que siempre podré seguir eligiendo cómo viajar, de que no hay una manera correcta o incorrecta, me dio tranquilidad. “Ya encontré mi hogar: L, los cuadernos, los marcadores, los journals, los libros, mi espacio de trabajo. Que irme de viaje no implique perder todo lo que gané y lo que me hace bien”, escribí en mi cuaderno, seguido de: “En realidad nos vamos a trasladar la vida a Japón por un rato”.

Y a veces la transformación viene antes.

Y a veces la transformación viene antes.

El de Japón será el viaje de los cambios:
voy a cambiar mi equipo fotográfico por uno mucho más portátil y liviano,
voy a volver a la fotografía callejera,
voy a reducir todos mis cuadernos a uno solo
(estoy en pleno casting, eligiendo cuál se va conmigo),
voy a llevarme mis rituales cotidianos encima y veré si los puedo adaptar a mi vida allá,
voy a llevarme varios journals y los materiales para dibujar y colorear,
aunque me pesen en la mochila,
momento: ¿voy a llevar mochila?,
empiezo a pensar en otras opciones, aunque la mochila cuesta dejarla.
Ya no quiero moverme tan rápido, L tampoco,
aunque eso implique conocer menos ciudades.
Ya no puedo ser huésped constante.
Me tienta la idea de cuidar casas,
no me tienta: me parece ideal para este próximo viaje
porque como dice Maga, es una manera de viajar y estar en casa a la misma vez.
Nos vamos con pasaje de ida y con el plan de vivir varios meses en cada lugar.
No sé cuándo volveremos
pero sé que siempre existe la posibilidad de volver.
Quiero que mis principales ocupaciones en Japón sean caminar, sacar fotos, escribir:
llenar cuadernos y blogs, pensar en un futuro libro.
Quiero dejar de ser mi propia secretaria,
dejar de posponer tardes de escritura porque tengo que responder mails,
dejar de salir porque tengo que resolver cosas.
Quiero que Japón me devuelva el tiempo libre que Buenos Aires me saca.
Porque el viaje, me doy cuenta, me da eso: tiempo.
Tiempo que en Buenos Aires se llena de cosas urgentes y compromisos y encuentros que no puedo no concretar porque quién sabe cuánto tiempo estaré acá y todo eso.
Quiero reconectarme con mi yo viajero.
Quiero construir mi mapa subjetivo de cada lugar que visite.

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Sepan que si todavía no le vieron la cara a L es porque quiere mantenerse en el anonimato. Pero bueno, lo iré mostrando por partes (no le digan nada). Aquí: sus rulos. <3

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Así que allá vamos, dentro de pocos meses empiezo mi quinto viaje largo y ya hay varias propuestas e ideas: un viaje de prensa a China, un respiro del invierno en el sudeste asiático o en Fiji, por ejemplo, y después, tratar de armar el viaje en función de las casas que aparezcan para cuidar. Ya les contaré qué nos depara la vida en esa región del mundo.

Mapa de emociones de Buenos Aires

Hace casi dos años, cuando nos conocimos en Madrid, K. me preguntó qué le recomendaba ver en Buenos Aires. Ella estaba por mudarse de manera definitiva a mi ciudad y quería tener una lista de lugares para recorrer. No me acuerdo bien qué palabras usó, pero me dijo que quería conocer rincones que fuesen especiales para mí y no los que aparecen en todas las guías. Unos días antes, yo había encontrado [eafl id=”21143″ name=”Viajes experimentales” text=”el libro de Viajes experimentales de Lonely Planet”] en la biblioteca de unos amigos y me había anotado algunos juegos que me gustaban, entre ellos el Hilo de Ariadna, que propone algo así:

[box]Consigna: deja que Ariadna te guíe por el laberinto de una ciudad nueva.

Instrumentos: Ariadna, una amiga, una amiga de una amiga, o una Ariadna sacada al azar de la guía telefónica. Nota: no es necesario que se llame Ariadna.

Método:
1) encontrá un teléfono
2) llamá a Ariadna
3) pedile una lista de sus diez lugares preferidos (o los que quiera compartir) de la ciudad donde vive. Nota: no tienen que ser lugares de interés turístico sino lugares especiales para ella.
4) marcá estos lugares en el mapa y unilos con una línea. Este es tu hilo de Ariadna.
5) seguilo.[/box]

Durante varios días, en 2014, le preparé el Hilo de Ariadna versión Ciudad de Buenos Aires a K. y al final nunca se lo mandé. Así que acá está, tarde pero seguro. No les recomiendo que lo sigan, no van a encontrar nada extraordinario, solo espacios vacíos. Viajar con un mapa de emociones es como perseguir fantasmas ajenos: uno va a una calle, plaza o intersección a ver algo que existe y a la vez no. Pero tal vez, pienso ahora, su fuerza está ahí, en lo que evoca, en eso que sabemos que fue y que ya no está. Las esquinas y rincones de la ciudad dejan de ser coordenadas anónimas y toman otra consistencia: son el escenario de cosas que pasaron alguna vez, cosas chiquitas, mundanas, insignificantes para el resto de la gente pero importantes en la vida de uno de sus habitantes. Y saber eso, quizá, nos hace sentir menos solos. Y al final las ciudades son eso, hilos de Ariadna que se entretejen y forman telarañas y nos atraviesan a todos.

*
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* Avenida Santa Fe y Paraná, a mitad de cuadra

Era viernes a las seis de la tarde, hora pico, la gente iba y venía por Santa Fe cargando bolsas, hablando por teléfono, mirando vidrieras. Estaba medio perdida así que frené contra una pared y me agaché para sacar la Guía T —una guía de bolsillo con los mapas de Buenos Aires— de la mochila. Siempre fui desorientada, incluso en calles por las que caminé toda la vida. Cuando me levanté, enfrente mío había frenado un chico pelado y vestido de naranja. “¿Te puedo mostrar unos libros que estoy vendiendo?”, me preguntó. Yo acababa de publicar mi primer libro, cómo iba a decir que no. Me dio uno que hablaba de lo que pasa después de la muerte. Me quedé en silencio. “Se acaban de morir dos personas muy importantes para mí y necesito respuestas”, le dije. El chico era hare krishna. Nos quedamos charlando y descubrimos que teníamos amigos en común. No sé qué más me dijo, solo recuerdo una frase porque la anoté: “La infelicidad proviene del apego”. Le compré uno de sus libros por quince pesos. Esa escena, para mí, ocurrió en otro plano: nosotros hablando de la muerte, en paz, mientras alrededor empezaba la vorágine del fin de semana. Fue como levitar un ratito.

Vista de la calle Santa Fe, aunque a otra altura

Vista de la calle Santa Fe, aunque a otra altura

* Arenales casi llegando a Aráoz

Ahí, medio escondida, hay una pileta de natación. Ya perdí el rastro del nombre, porque en estos 15 años tuvo muchos. Cuando yo iba se llama Palermo Acuarel. Entrando al hall hay un bar, al fondo, y al lado una especie de cúpula rectangular de vidrio que ocupa casi toda la planta baja. A través de ese vidrio se ve, en el piso de abajo, lo que sería el subsuelo, la pileta. En esa pileta aprendí a nadar, pasé colonias de verano jugando al waterpolo y parte de mi adolescencia entrenando para torneos. Tuve muy buenos amigos a los que casi no volví a ver. Una vez le pedí a una amiga que fuese a sacarme fotos —con cámara a rollo, todavía— para tener alguna del chico que me gustaba. No sé dónde quedó ese álbum ni si sobrevivió a mis ataques de limpieza. Cada vez que paso por alguna pileta y siento el calorcito del olor a cloro, me acuerdo de Palermo Acuarel.

No tengo fotos de todos estos lugares, así que algunas son de otros rincones que también me gustan. Esta es de San Telmo, Carlos Calvo casi Paseo Colón.

No tengo fotos de todos estos lugares, así que algunas son de otros rincones que también me gustan. Esta es de San Telmo, Carlos Calvo casi Paseo Colón.

* Paredón rojo sobre la calle Thames, en Palermo Viejo

Pasé tres años de mi vida almorzando contra esa pared. Éramos casi siempre las mismas cuatro chicas y nos reuníamos ahí durante la hora de recreo largo del colegio. Nos sentábamos en la vereda, afuera del edificio, contra esa pared medio bordó y usábamos las heladeritas como mesa. Mi mamá solía mandarme patitas de pollo o milanesas, otras veces comprábamos pizza o sandwiches en el quiosco de la esquina. La frase célebre era: “Me canto los bordes de Ani”, porque yo siempre dejaba el final de la pizza en el plato. Nunca faltaba la manzana apurada de mi amiga Sofi. Ella comía rápido y yo lento, así que siempre nos reíamos de que cuando yo empezaba a abrir el tupper, ella ya estaba pelando la manzana. De todos los años de colegio, ese debe haber sido el lugar más feliz que tuve. Hace poco volví a pasar y la pared me pareció distinta, como desteñida y más chica.

Al final una misma ciudad significa distintas cosas para cada uno. Todos la miramos desde un ángulo distinto.

Al final una misma ciudad significa distintas cosas para cada uno. Todos la miramos desde un ángulo distinto.

* Plaza Roma, sobre la calle Bouchard

No sé si sigue estando en el mismo lugar, pero en esa plaza había un banco y en ese banco me senté el día que salí de la antigua redacción de La Nación, dos semanas antes de irme de viaje por primera vez, en el 2008. Había tenido una reunión en el diario y me habían propuesto escribir un blog de viajes que iba a salir publicado en la web del diario. Dije que sí. Y cuando salí del edificio me tuve que sentar en ese banco de los nervios. Ese blog lo iba a ver mucha gente, y yo nunca había viajado ni escrito blogs. En el cuaderno que llevaba encima, escribí: “Siento que hoy es el antes de un después”.

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* Pampa y Figueroa Alcorta

Sri Ravi Shankar estaba en Buenos Aires y yo también. Habían anunciado que haría una meditación masiva y, si bien no sabía meditar ni era fan de este señor, fui. El punto de encuentro era el espacio abierto de Pampa y Figueroa Alcorta, pero cuando llegamos no había nadie. Un auto frenó al lado nuestro y unos chicos nos preguntaron si sabíamos dónde era la meditación. Habíamos escuchado al pasar que era por ahí cerca, así que les dijimos y les pedimos si podíamos ir con ellos. Nos subimos al auto. Fue la primera vez que hice algo muy parecido al autostop en plena ciudad.

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Así fue la meditación masiva

Así fue la meditación masiva

* Ciudad Cultural Konex, La bomba de tiempo, cualquier lunes

La primera vez que fui, la entrada costaba siete pesos. Hoy está a más de setenta. Me llevó un chico con el que estaba saliendo y a partir de ese día empecé a ir cada vez que pude. La Bomba de Tiempo es una banda de percusión que improvisa sobre el escenario. Imposible que no te hagan bailar y volar. Ahora hace mucho que no voy, pero el patio del Konex es otro lugar repleto de recuerdos.

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* Salguero casi llegando a Figueroa Alcorta

Era mi primer día de trabajo como asistente de comunicación en el Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) y decidí ir en bicicleta. El último tramo, antes de llegar a Figueroa Alcorta, era en bajada así que fui medio rápido. Un taxi frenó de golpe y antes de darme cuenta me choqué de frente con la puerta del asiento atrás, que justo se había abierto. Muerta de vergüenza, le pedí disculpas a la pasajera. Cuando vi quién era me quise morir. La que iba en el asiento de atrás y a quien casi atravieso con mi bicicleta era mi jefa. Así empezaba nuestra relación (que después de eso fue excelente).

* Parque Las Heras

Debo haber pasado más horas en este parque que en ningún otro lugar de Buenos Aires. Empecé a ir en pañales, al principio gateaba por el pasto, después caminaba y corría. Lo que más me gustaba era la calesita, dar vueltas sobre esos caballos de madera que subían y bajaban, sacar la sortija y ganarme otra vuelta gratis. Más adelante empecé a andar en patines por la pista, me agarraba de una de las barras, que era más alta que yo, y dejaba que mis pies patinen y mi cuerpo se balancee. Más de grande se convirtió en un lugar de encuentro con amigos, un rincón donde tirarse un poco al sol entremedio de tanto edificio. Ahora, cada vez que estoy por el barrio, me siento un ratito en un banco y miro los árboles y los perros.

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Así era cuando iba a jugar a la plaza

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La calesita

* Esquina de Coronel Díaz y Juncal

Fue en el 2001, la noche antes del once de septiembre. Yo volvía del boliche con S. y sus amigos. Ese día nos habíamos puesto de novios. Creo que era como la cuarta vez que nos veíamos. Teníamos 16 años. S. y yo íbamos en el asiento de atrás, abrazados. Antes de bajarme me dio un beso, me miró y me dijo: “Me gustás mucho”. Era la primera vez que un chico me decía algo así. Me bajé enamorada y el auto se fue. Volvimos a vernos cada fin de semana durante casi un año. Al día siguiente mi mamá me despertó con la tele: “Mirá Ani, se están cayendo las Torres Gemelas”.

* Alguna esquina de la calle Piedras, en San Telmo

Íbamos caminando con dafne, la noche estaba lindísima, estábamos dando vueltas desde las tres o cuatro de la tarde. Para no olvidarnos nunca de ese día, me agarré de un farol y le dije a daf: “Vos acordate, siempre, que esta esquina te la regalé yo”. Me olvidé qué esquina era.

Ventanas de La Boca

Ventanas de La Boca

* La plazoleta del Obelisco

Este es uno de esos lugares porteños que va mutando según el día. El Obelisco no importa, importa lo que pasa debajo: festejos por partidos de fútbol, reuniones del club de fans de Justin Beiber, gente sacándose autofotos, gente a la que le roban la cámara, manifestaciones políticas, miles de bicicletas que se juntan ahí para la Masa Crítica, gente durmiendo. Yo una vez, desde ahí, vi dos arco iris juntos.

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El Obelisco con dos arco iris

* Humberto Primo 471

Acá participé por primera vez en un taller de narrativa y ficción.
Acá conocí a Pedro Mairal.
Acá sentí nervios al tener que leer mis textos frente a trece desconocidos.
Acá comí medialunas durante ocho viernes.
Acá conocí escritores que admiro.
Acá conocí al editor de mi próximo libro.
Acá nos hicieron salir a dar una vuelta por San Telmo con los ojos vendados.
Acá escuché sonidos a los que mis ojos nunca le habían prestado atención.
Acá festejé un cumpleaños.
Acá me peleé con un novio.
Acá estuvo el bar Orsai.

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* Avenida San Juan, pasando 9 de Julio

Un domingo salí a andar en bici por San Telmo y Barracas. Estaba pedaleando por Avenida San Juan, sola. Por la calle no venía nadie. Pasé al lado de un grupo de trabajadores que estaban arreglando algo en la vereda. Uno me gritó: “¡Dale, reina, que vas primera!”. Me aplaudieron.

* La Reserva Ecológica

Cuando descubrí que tenía la Reserva Ecológica tan cerca no pude creer que hubiera un lugar así en la ciudad, con caminos de tierra, árboles, río. Ir en bici a mitad de semana es como irse de viaje. Casi todos los caminos desembocan en el río. Hay un punto desde donde se ven los edificios de Puerto Madero, a lo lejos, tapados por la vegetación. Parece una escena post apocalíptica. En alguna parte de la Reserva, no sé precisar bien dónde, hay o había una cancha de cemento. Durante una época fui con paletas de playa a jugar. Ahora voy cuando quiero desenchufarme.

Buenos Aires después del apocalipsis

Buenos Aires después del apocalipsis

La Reserva Ecológica

La Reserva Ecológica

* El Paseo de la Historieta

Cuando iba a la facultad pasaba cerca, en los colectivos que iban por Paseo Colón, y cada vez que veía esas calles empedradas y llenas de árboles me daban ganas de bajarme. Después me olvidaba y a la mañana siguiente volvía a ver esos árboles y pensaba lo mismo. Durante el último año de carrera empecé a trabajar ahí cerca y me fui encontrando con las esculturas durante el horario de almuerzo, de casualidad. Cuando vinieron mis amigas de Perú me pidieron de ir a ver a Mafalda, así que fuimos hasta una de las esquinas del Paseo de la Historieta, a muy pocas cuadras de donde yo pasaba en colectivo todas las mañanas, y les saqué fotos. Nunca hice el paseo completo. Hoy, cuando terminé de escribir este post, L. me preguntó si la conocía a Mafalda. Obvio, fue mi respuesta, mientras sacaba el libro de [eafl id=”21144″ name=”Toda Mafalda” text=”Toda Mafalda”] de la biblioteca. Y me dijo: “Quiero ir a ver esto, vení, mirá”. Y me mostró fotos en Google de Mafalda sentada en un banco en la esquina de Defensa y Chile.

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* Los escalones del parque Lezama

El parque Lezama tiene muchas subidas y bajadas, también tiene mesas de ajedrez y una iglesia ortodoxa rusa enfrente. Entre todo eso hay una zona de escalones en anfiteatro donde la gente va a sentarse. Ahí pasé la tarde de mi cumpleaños número veintiocho. Me senté al sol y leí un libro de Kapuscinski. Esa mañana había llevado el manuscrito final de mi primer libro a imprenta.

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* Las paredes de Honduras, en Palermo Viejo

Todas las calles que cruzan o van paralelas a Honduras tienen arte callejero. Siempre quise pintar paredes y tuve una época en la que se me dio por hacer stencils. Fabriqué cuatro: el Submarino Amarillo, la cara de John Lennon de Imagine, Woodstock —el amiguito de Snoopy— con una flor, y la banana dibujada por Andy Warhol. Y salí de noche, con aerosoles de tres colores, guantes de látex y bicicleta, a llenar las paredes de Honduras de stencils. No sé si quedará alguno visible, fue hace muchos años. Una amiga, incluso, me pidió que le hiciera uno enfrente de su casa en Las Cañitas. Le hice un Woodstock con aerosol rosa. La última vez que pasé ya no estaba.

Uno de mis stencils

Uno de mis stencils

Woodstock

Woodstock

Y más arte por Palermo Viejo

Y más arte por Palermo Viejo

* Una esquina de Microcentro, en la puerta de un banco

Durante mucho tiempo, no sé si seguirán, había una banda de ska que tocaba todas las tardes en la puerta de un banco en Microcentro, a esos de las seis de la tarde. Nunca me aprendí las coordenadas exactas porque me encantaba encontrármelos de casualidad, escuchar la música a lo lejos y buscarlos usando los oídos. Se reunía bastante gente alrededor, algunos bailaban. A mí me gustaba escucharlos por el contraste que generaba su música colorida con el gris del centro.

Una esquina cualquiera de Microcentro

Una esquina cualquiera de Microcentro

* Un escalón al lado de Güerrin, sobre la calle Corrientes

Descubrí las pizzerías del centro hace unos cuatro años, cuando unos amigos me invitaron a hacer la ruta de la pizza, un recorrido autogestionado que consiste en comer una porción de muzzarella en la barra de cada una de estas pizzerías (El Cuartito, Güerrin, Las Cuartetas, etc). Es la versión porteña de irse de tapas, aunque en un perímetro reducido y con mucha cerveza y muzzarella. Después de las masas críticas también solía ir a Güerrin: haber pedaleado seis horas merecía ese premio. Una vez fuimos varios, nos compramos una grande de muzzarella, nos sentamos afuera, en la vereda, y comimos la pizza ahí mientras la gente salía de los teatros. Era sábado a la noche. Comer en la calle mientras la gente hace su vida siempre me hace sentir de viaje. Creo que ese fue el día que vi cómo sacaban de baldes bolas enormes de muzzarella para hacer las pizzas.

* Pasaje Lanín, Barracas

Cuando internaron a T. en el Moyano, un hospital psiquiátrico para mujeres en Barracas, frené varias veces en este pasaje antes o después de ir a verla. Me daba paz. Es una calle con casas decoradas con mosaicos, y si te parás en el medio no escuchás ningún ruido de la ciudad.

Casas del Pasaje Lanín

Casas del Pasaje Lanín

* El 152

Estábamos volviendo de Martínez en el 152. Para pasar el tiempo, le leí textos en voz alta a mi pareja de aquel entonces. Uno de estos textos era Osito, una historia que había escrito para el taller de Pedro acerca de uno de los objetos que tengo hace más tiempo en mi vida: mi osito de peluche. Se lo leí medio bajito porque me daba vergüenza que alguien escuchara. Cuando terminé vi que el chico que estaba parado al lado nuestro nos miraba y sonreía. Creo que escuchó todo. Me miró y dijo: “¿Aniko Villalba?”. Era lector de mi blog. Me puse roja.

* Las bicisendas de Carlos Calvo y Billinghurst

Me encanta andar por estas bicisendas. La de Carlos Calvo casi siempre está vacía. Pasa por zonas de casas bajas y antiguas, almacenes y veredas arboladas. Va por una Buenos Aires donde el caos no se ve, donde el ritmo es otro. La de Billinghurst pasa, entre otros lugares, por un almacén de paredes verdes, en una esquina de Almagro. Frené muchas veces a mirarlo. Después me fui por dos años, y hace unos días volví a hacer el trayecto y no lo encontré.

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* Avenida 9 de Julio de madrugada y con lluvia

Eran las siete de la mañana. Había ido a una fiesta de casamiento y estaba caminando por la 9 de Julio con un amigo. Yo tenía un vestido negro con lunares blancos, corte princesa. Él estaba de traje. Llovía. La ciudad estaba gris. Nosotros caminábamos charlando debajo de mi paraguas rojo. Siempre quise que alguien sacara una foto de esa escena tan urbana. Parecía una publicidad de algún perfume.

9 de Julio de día

9 de Julio de día

* La casa de mis abuelos en Saavedra

Los recuerdos son difusos. Pasé muchos domingos ahí hasta que mis abuelos murieron, a mediados de los noventa. Me acuerdo de las cajitas con collares y anillos que tenía mi abuela, de la heladera antigua, de los pinceles de mi abuelo, de sus manos que temblaban, de las mantas tejidas y las cortinas y del olor a óleos y a tiempo. Hace poco, una lectora me escribió para contarme que había descubierto que vivía, justamente, en el departamento que había sido de mis abuelos.

* El río Paraná, en el Tigre

Pasé gran parte de los fines de semana de mi infancia en el Tigre. Yo lo daba por sentado hasta que me fui de viaje y entendí que tener un delta así tan cerca de la ciudad es un privilegio. Crecí remando en canoas, nadando sin ver el fondo, yendo al Paraná a pasar la tarde. Si pudiera hacer una X en el mapa argentino sería ahí, en la primera sección del río Paraná, cerca de la costa, en una canoa atada de un muelle ajeno, con la luz de la luna iluminando el agua y el río meciéndome. La gran mayoría de mis sueños tienen de escenario el Tigre.

Este arroyo sale al Paraná. Si lo habré nadado...

Este arroyo sale al Paraná. Si lo habré nadado…

Estas fotos me las mandó mi mamá un día de mucha niebla en el Tigre.

Estas fotos me las mandó mi mamá un día de mucha niebla en el Tigre.

En general los colores son estos

En general los colores son estos

* Todas las librerías de la ciudad

Buenos Aires es una gran librería. Si salgo a caminar, seguro que descubro una nueva. Y siempre entro, porque es inevitable, porque no puedo no entrar a esos paraísos que me generan ansiedad, angustia y felicidad todo a la vez. Hace poco volví al Ateneo de Callao y Santa Fe, ubicada dentro de un antiguo teatro y considerada una de las librerías más lindas del mundo. Me pareció que mudaron la sección de viajes. Antes estaba en un estante alto, ahora al ras del piso y medio escondida. Me acuerdo porque la última vez fui con una amiga peruana que me dijo: algún día tus libros estarán en esta sección.

Librería El Ateneo Grand Splendid (acá sí les recomiendo que vayan!)

Librería El Ateneo Grand Splendid (acá sí les recomiendo que vayan!)

* Una parrilla en Nueva Pompeya

Fuimos con mi papá a una imprenta por Avellaneda, después lo acompañé a buscar algo que había dejado arreglando y terminamos en Nueva Pompeya, los dos con hambre. Vamos a una parrilla, me dijo, vi una que me gustó. Dimos un montón de vueltas hasta que la encontramos. Entramos. Yo era la única mujer y me miraron. Estaban pasando cumbia, olía a carne. Comimos en platos de madera, yo un pollo con limón que no me pude terminar de lo grande, él una porción de asado. Y charlamos mucho. Le pregunté cosas de su infancia, de cómo se conocieron mis abuelos, por qué vinieron a Argentina. A los pocos días, él tuvo que volver por la zona y me llamó por teléfono: “Adiviná dónde estoy”. De fondo sonaba algo que parecía Gilda.

Además de las parrillas, de Buenos Aires me gustan los mercados y las verdulerías (esta foto es del mercado de San Telmo)

Además de las parrillas, de Buenos Aires me gustan los mercados y las verdulerías (esta foto es del mercado de San Telmo)

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* El 39 que tomó otra ruta

Hace unos días me subí al 39 para ir al Ateneo y había una calle cortada, así que el conductor agarró otro camino. Fue raro ver esos edificios desde la ventana del 39. Estoy tan acostumbrada a su recorrido que con solo ver un pedacito de calle ya sé dónde estoy. Pero ese día todo era nuevo y mientras miraba por la ventana pensé que, en este momento, viajar ya no es lo que le da sentido a mi vida. Y también anoté: “Estando de viaje escribo blogs, en Buenos Aires escribo libros”.

Ya ni sé si esto lo vi o no desde el 39 alguna vez.

Ya ni sé si esto lo vi o no desde el 39 alguna vez.

El 39 no pasa por acá, pero aprovecho para poner esta foto porque es una de mis esquinas preferidas en San Telmo.

El 39 no pasa por acá, pero aprovecho para poner esta foto porque es una de mis esquinas preferidas en San Telmo.

* El balcón de mi casa, piso 18

Era viernes a la noche. Eme, una chica estadounidense que se estaba alojando en casa, se asomó a mi balcón y miró las luces de Buenos Aires. Vivo en el piso dieciocho del único edificio de la zona. De noche se ven luces rojas que se prenden y se apagan y una luz blanca que parece un faro. Eme se agarró de la baranda y dijo: “¡Esta ciudad está loca!”. Sí. Y eso explica tantas cosas.

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Ya que hablamos de Buenos Aires, de Pedro Mairal y de escenas post apocalípticas, les recomiendo muchísimo su libro "El año del desierto".

Y ya que hablamos de Buenos Aires, de Pedro Mairal y de escenas post apocalípticas, les recomiendo muchísimo su libro “El año del desierto”. Mientras lo lean van a sentir que Buenos Aires se transforma frente a sus ojos.

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “Guías de viajes para humanos”. En una época intenté amigarme con mi ciudad y lo escribí acá: Amigate con Buenos Aires, también en formato de serie. También le hice un mapa subjetivo a Biarritz, la ciudad francesa en la que viví casi 10 meses, el segundo lugar en el que pasé más tiempo después de Buenos Aires. Si tienen un hilo de Ariadna de su ciudad, mándenmelo, aunque sea de manera anónima, así contradigo mi propio consejo y lo sigo si me voy de viaje a ese lugar. Y para ver fotos en tiempo real de mis días en Buenos Aires, pueden seguirme en Instagram.[/box]

Volver a casa

“It is very important to go home if you want your work to be whole. You don’t have to move in with your parents again, but you must claim where you come from and look deep into it.
Come to honor and embrace it, or at the least, accept it.”

(Natalie Goldberg, Writing down the bones)

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Fue en alguna esquina de Belgrado. Era de noche, pasamos caminando frente a un barcito que daba a una calle empedrada y por unos segundos sentí que estaba en Buenos Aires. O quizá por un momento fui una serbia que caminaba por la capital argentina en una dimensión paralela. Hay ciudades que no se parecen físicamente pero comparten una esencia, tienen algo que no se puede reducir a un edificio del mismo estilo o a platos de comida más o menos similares, es otra cosa, una atmósfera, algo intangible lo que las hermana. Yo a Belgrado la sentí muy Buenos Aires. Son ciudades con historias y realidades distintas, están separadas por miles de kilómetros y, si bien ambas tienen cierto aire antiguo, melancólico y amigable, no es que sean gemelas. Tampoco llegan a mellizas, pero hay algo similar en la relación entre estas dos ciudades y sus habitantes, una identificación muy fuerte entre las personas y el espacio, como esos departamentos en los que a primera vista se nota mucho la personalidad del dueño. Yo entré a Belgrado y la sentí muy habitada, con historias por todos los rincones, como Buenos Aires. También es cierto que uno siempre ve lo que está buscando, y en ese viaje yo ya no pensaba en otra cosa que en volver a casa.

Algunas imágenes de Belgrado

Algunas imágenes de Belgrado

Las esquinas de la capital serbia

Las esquinas de la capital serbia

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Escaleras

Escaleras

De todos mis viajes largos, nunca volví con tantas ganas a Buenos Aires como ahora. Hasta conté los días para que saliera el avión, y eso que volar no me gusta nada. “Vos decías que querías irte diez años y no volver”, me recordó Lau. Sí, alguna vez lo dije, pero la gente cambia y tenemos que adaptarnos a nuestros propios cambios. Ahora me doy cuenta, cada vez más, de que mi límite de tiempo sin volver a Buenos Aires es un año, después de eso me agarra la nostalgia, el extrañamiento, y viajo con menos ganas. La primera vez que me fui, volver me parecía el final indeseado de un estilo de vida que recién empezaba a descubrir. Volver = se termina todo. Volver = el precipicio. Era como saltar al vacío. Ahora lo veo como una necesidad. Volver = reencontrarme con mi gente, con mis espacios, conmigo. Cuando el avión aterrizó en Ezeiza, la gente aplaudió y yo me reí emocionada. Fueron casi dos años lejos de casa, dos años con ganas de volver y a la vez sin saber bien qué haría si volvía, dos años sin un grupo de amigos fijo, sin cenas familiares, sin ver las mismas caras, sin recibir los abrazos de la gente que quiero.

Más detalles de Belgrado

Más detalles de Belgrado

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Paso de zebra

Paso de zebra

Si a cada viaje le pusiera un título, diría que mi primer viaje por América Latina fue el de descubrimiento, la iniciación en la vida viajera: durante nueve meses aprendí en qué consiste viajar, cómo es eso de tener una rutina distinta todos los días, cómo es conocer gente nueva todo el tiempo. El de Asia fue la exploración: culturas muy distintas a la mía, comidas nuevas, costumbres que no conocía. Y este último —Sudamérica y Europa— fue la búsqueda: me pasé dos años tratando de encontrar el significado de la palabra home para, una vez resuelto el enigma, poder volver a casa. Fue un viaje circular. Todavía no lo tengo muy claro: ¿qué es el hogar? ¿Es el lugar donde nacimos o el que elegimos? ¿Es una persona? ¿Nuestra familia? ¿Es un estado de ánimo? ¿Un trabajo? ¿Mi hogar es la quietud o el movimiento? ¿Mi hogar es Buenos Aires o fue Biarritz? ¿Mi hogar es un lugar que todavía no conozco? ¿Puedo sentirme en casa solo por estar escribiendo? ¿Puedo sentirme en casa cada vez que abrazo a L.? ¿Mi hogar es donde me siento bien o donde está la gente que quiero? Home is where the heart is? Home is wherever I’m with you? No sé si estas preguntas tienen respuesta.

Buzones en Belgrado

Buzones en Belgrado

Reales y pintados

Reales y pintados

Lo que sí siento es que volver a casa es volver a uno mismo, es un reencuentro entre la persona que vino de viaje y la persona que (nunca) se fue. Viajera duplicada a la potencia. Un viaje a las raíces de nuestro ser. Llegué a Buenos Aires y me llevó unos días reconocer mis espacios, acordarme de las tazas que usaba para el té todas las mañanas, del huequito en el sillón donde me gusta leer y dormir la siesta, de esa almohada roja blandita que tengo en la cama, de mi osito de peluche blanco que me espera siempre, de la alfombra de colores donde me gusta estirarme, del tupper donde guardo las galletitas, de las postales que dejé pegadas en la puerta, de los cajones llenos de cosas que no necesité durante dos años, de todo lo que me gusta hacer cuando no viajo. Cierto que a mí me gusta lavar los platos mientras miro por la ventana, que saco la basura descalza, que tengo una guitarra en la que toco la única canción que me acuerdo y que dejé una biblioteca repleta de libros, cajas llenas de cuadernos escritos y un balcón con mucha vista a ciudad. Cierto que también tengo vida cuando no viajo, que soy Aniko y vivo en Buenos Aires y tengo amigos y familia y programas de radio y la verdulería de enfrente y los chinos cerca y el subte a pocas cuadras.

Café en Belgrado

Café en Belgrado

Puertas pintadas

Puertas pintadas

Buenos Aires me recibió a su manera: con cortes de luz, falta de agua, el tráfico cortado, un tiroteo (?), precios sumamente inflados y un calor impensado para ser invierno. Pero tal vez si no hubiese sido así, no sería ella y yo no la hubiese extrañado tanto. También me recibió con cenas familiares, reencuentros, almuerzos al aire libre, mazapán, tés con miel, caipirinhas, empanadas, casamientos con Fernet y carnaval carioca, viajes en bondi, comentarios espontáneos en la calle, bebés recién llegados. Y con dilemas. Si bien sé que los números no importan, haber cumplido treinta marcó un cambio en mi vida. Me encanta haber llegado a esta edad porque siento que durante mis veinte hice todo lo que quise, pero ahora me es imposible no plantearme otro tipo de preguntas.

Volví a Buenos Aires con ganas de quedarme acá durante varios meses. No quiero viajar por el momento, estoy un poco cansada, necesito un tiempo de vida estática. A la vez tengo ganas de empezar actividades nuevas, de dedicarme a otras cosas, de trabajar por fuera de la computadora, de construir cosas con las manos, de tener un atelier donde crear. No sé crear qué, pero crear. Quiero aprender a dibujar, hacer comics y cuadernos artesanales, quiero aprender a bailar rock, tomar clases de cocina, andar en bicicleta, sacar fotos de lo cotidiano, ir a actividades culturales, hacer vida de ciudad. Los primeros días me angustiaba: si a mi viajar y escribir me encanta, ¿por qué ahora no me sale? ¿Por qué no puedo? ¿Será que no es lo mío? Lo sea o no, si hay algo que aprendí en este tiempo es a serle fiel a mi esencia, a respetar mis impulsos y mis cambios, a hacer lo que me haga sentir bien. Y ahora, lo que necesito es estar acá, en mi casa. Cuando sienta que quiero salir otra vez, lo haré.

Arte callejero en Belgrado

Arte callejero en Belgrado

Hay palabras que no tienen traducción literal y que expresan muy bien un concepto: es el caso de homesickness. Es la enfermedad del hogar, el extrañamiento del país natal, la nostalgia por lo propio. Al parecer está comprobado que casi todos lo que viajamos lo sufrimos alguna vez en la vida. Hay quienes lo sienten al principio de un viaje o mudanza a otro país, a mí me llega después de unos meses. Homesickness: extrañar a la familia, a los amigos, la comida, las rutinas, los detalles cotidianos de nuestro día a día en ese lugar que, por nacimiento o elección, consideramos nuestra casa. Yo agrego: extrañarse a uno mismo en su ciudad. Supongo que cuando caminé por Belgrado estaba en mi punto álgido de extrañamiento. Ahora escribo desde Buenos Aires y estoy contenta, sin depresión post-viaje y muy conectada a mi yo que no viaja. Era lo que necesitaba. Y entiendo a Natalie Goldberg que me dice, desde uno de mis actuales libros de cabecera“But don’t go home so you can stay there. You go home so you can be free; so you are not avoiding anything of who you are.”

*

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Les regalo un párrafo del libro [eafl id=”21099″ name=”Las ciudades invisibles” text=”‘Las ciudades invisibles'”] de Italo Calvino. Lo leí ayer mientras iba en el subte y casi me paso de estación.

“Los otros embajadores me informan sobre carestías, concusiones, conjuras, o bien me señalan minas de turquesas recién descubiertas, precios ventajosos de las pieles de marta, propuestas de suministros de sables damasquinos. ¿Y tú? —preguntó el Gran Kan a Polo—. Vuelves de comarcas tan lejanas y todo lo que sabes decirme son los pensamientos que se le ocurren al que toma el fresco por la noche sentado en el umbral de su casa. ¿De qué te sirve, entonces, viajar tanto?”

Volver sin volver

Querida Lau:

Acabo de volver de un viaje de tres semanas por Hungría, República Checa y Alemania. En realidad debería decirte: acabo de volver de un viaje de casi ocho meses por Europa. O podría decirte: acabo de volver de un viaje de un año por Sudamérica y Europa. Pero volver a dónde, te preguntarás, si como sabés estoy en Francia y no en Buenos Aires. Será que después de mucho viajar uno se da cuenta de que volver no implica ir a un lugar concreto, sino activar el modo sedentario y quedarse quieto en donde sea. O quizá me equivoco y la única manera de volver del todo es regresar al punto de partida, a nuestro lugar de origen, a la ciudad donde consideramos que está nuestro hogar. No lo sé. Y ya sabés que últimamente soy la campeona del no sé.

Acá estoy ahora.

Acá estoy ahora. La costa está llena de edificios, pero el resto del lugar son casitas.

Lindo, ¿no?

Lindo, ¿no?

Tiene mar...

Tiene mar…

Y playas enormes.

Y playas enormes.

Lo que sí sé es que estoy cansada. Muy. Ya hace un año (este 15 de octubre se cumple) que me fui de Buenos Aires. Hace un año que no paro de moverme: Argentina, Chile, Bolivia, Perú, España, Francia, Bélgica, Inglaterra, Francia otra vez, España otra vez, Islandia (nuestro viaje inolvidable y bizarro), Francia otra vez (nunca pensé que el destino me llevaría tantas veces a este país, si te soy sincera era uno de los que menos me llamaba conocer), Hungría, República Checa, Alemania y Francia una vez más. Viajé en avión, en tren, en auto, a dedo, en blablacar. Me quedé en hostels, en casas de lectores, en casas de amigos, en casas de familias, en campings, en hoteles. Salí de mi zona de confort (¡cómo me costó arrancar! ¿te acordás), me di cuenta de lo importante que es estar, pasé duelos y dolores, presenté mi libro en España, aprendí a hacer surf (y de paso me esguincé la muñeca derecha), viajé al pueblo donde nació mi mamá, fui a Liverpool en busca de algo beatle, encontré un comodín en Chileestudié húngaro, deliré con vos en Islandia, hice 2000 kilómetros en auto de Francia a Hungría, sufrí el síndrome de París, participé en Sant Jordi, cubrí el Sziget Festival en Budapestco-escribí otro libro. Muchas cosas en muchos meses. Pero hoy, recién hoy, puedo decirte que conseguí algo tan simple como un escritorio propio y privacidad para sentarme a escribir. Porque durante un año no paré de moverme y no paré de ser huésped. Y fue agotador. Vos lo sabrás.

¡Ah! Fui al museo del mazapán. Lejos: el mujer museo de mi vida. Tendrías que haber venido conmigo. Y como si fuera poco, está en Hungría.

¡Ah! Fui al museo del mazapán. Lejos: el mujer museo de mi vida. Tendrías que haber venido conmigo. Y como si fuera poco, está en Hungría.

Tenían un montóoon de figuras hechas en mazapán.

Tenían un montóoon de figuras hechas en mazapán.

A que ahora le tenés un poco más de cariño... (Ya sé lo que estás pensando: "Mientras no tenga que comérmelo...")

A que ahora le tenés un poco más de cariño… (Ya sé lo que estás pensando: “Mientras no tenga que comérmelo…”)

Este lugar se llama Sopron y fue uno de los que más me gustó en Hungría.

Este lugar se llama Sopron y fue uno de los que más me gustó en Hungría.

Tenía una "torre del fuego". llegamos justo el día de la fiesta del vino.

Tenía una “torre del fuego”. Llegamos justo el día de la fiesta del vino.

Te lo vengo diciendo hace un tiempo y sé que me entendés: me cansé de viajar. Bah, no de viajar en sí, sino de viajar tan rápido (si bien me considero del club de los slow travelers, creo que voy a tener que ir extra slow). ¿Sabés de qué me di cuenta? (Y hace tiempo que lo venía sospechando). Creo que necesito quedarme más tiempo en un mismo lugar (que me guste, obvio), vivir dos, tres, cuatro meses y después moverme a otro lado. Al menos por el momento. No sé cuánto durará este momento, pero así como antes deseaba estar avanzando por la ruta de algún país lejano, hoy sueño con tener un lugar tranquilo donde poder escribir, una cocina donde prepararme lo que me gusta, un grupo de amigos que no se desintegre cada dos semanas, una bici para dar vueltas por ahí, un mar que no cambie de lugar enseguida. Mi cuerpo me está pidiendo una sola cosa: quietud. Es la prueba de que nuestras necesidades van cambiando. Además tengo un ama de casa viviendo adentro mío y últimamente anda con ganas de salir a tomar aire. Hoy me desperté y fui caminando al super, después cociné, limpié y ordené todo tres veces (mi lado obse en todo su esplendor, diría Maru; yo creo que es mi procrastinación necesaria para después sentarme a escribir). Supongo que mi manera de vivir es ir alternando estados. Porque también sé que no podría quedarme para siempre acá (ni acá ni en otro lado).

Te mando algunas fotos de cosas lindas que me hicieron acordar a vos, como este elefantito en medio de una calle húngara.

Te mando algunas fotos de cosas lindas que me hicieron acordar a vos, como este elefantito en medio de una calle húngara.

O este gato que me observaba.

O este gato que me observaba.

El monumento a la soda (?)

El monumento a la soda (?)

Una señora en la ventana.

Una señora en la ventana.

Chicos mirando la ciudad (Praga)

Chicos mirando la ciudad (Praga)

Y una lámpara rara en una callecita de un pueblo austríaco en el que nos perdimos.

Y una lámpara rara en una callecita de un pueblo austríaco en el que nos perdimos.

El otro día me reencontré con una amiga de Budapest en Munich (¡es linda Munich! Fui al Oktoberfest, pero después te cuento) y nos fuimos a caminar y a charlar (cómo fluyen las palabras cuando uno camina, ¿no?). Le dije que para mí la vida es cambio constante, estamos en evolución permanente, el mundo no para de avanzar. Y entendí que algo importante para mi felicidad es escuchar mis necesidades y hacer lo posible para satisfacerlas. Hace tiempo que algo adentro mío no andaba del todo bien, y ayer, cuando el tren me dejó de vuelta en Francia, entendí lo que era. Necesitaba frenar, nada más. Necesitaba saber que durante un tiempo no estoy “obligada” a irme a ninguna parte (ya sé que nadie nos obliga, pero la inercia y esa adicción que generan los viajes hace que sea difícil frenar). Y ahora me siento feliz: feliz de poder poner mis cosas en estantes y en cajones, feliz de tener un mar que me espera todos los días a dos cuadras, feliz de tener una cocina propia, feliz (tan feliz) de tener un escritorio que es solamente mío y en el que puedo dejar todas mis cosas desparramadas. No sé cuánto tiempo me quedaré acá, quizá en unas semanas piro y me voy. Pero por ahora es lo que necesitaba.

Este fue mi escritorio en Zandt, un pueblito de la Baviera alemana. Un adelanto de mi escritorio actual, aunque con otra vista.

Este fue mi escritorio en Zandt, un pueblito de la Baviera alemana. Un adelanto de mi escritorio actual, aunque con otra vista.

Allá veía el valle bien verde. Acá si hago fuerza puedo ver el mar.

Allá veía el valle bien verde. Acá si hago fuerza puedo ver el mar.

Esta maceta me gustó (la encontré en Hungría)

Esta maceta me gustó (la encontré en Hungría)

Y esta chica escribía un mensaje en el muro de John Lennon, en Praga.

Y esta chica escribía un mensaje en el muro de John Lennon, en Praga.

Te cuento algo más. Hace unas semanas, mi alma (¿será el alma?) me está sugiriendo, así bajito, como quien no quiere la cosa: Ey… pst… Ani… ¿y si volvés un tiempito a Buenos Aires? ¿No tenés ganas? Allá tenés a tus amigas, a tu familia… Podés salir a andar en bici, ir a la Masa Crítica, encerrarte a escribir, salir a caminar. Ya sé que no hay mar y que la ciudad después de un tiempo te satura, pero sería por un ratito nomás. Capaz podés hacer cosas allá, presentar más libros, organizar alguna muestra de fotos. Podés pasar las fiestas allá y después ves. Sí, sí, Buenos Aires en verano es horrible, podés freír huevos sobre el asfalto, pero te ponés un buen ventilador y chau. ¿No te dan ganas? Y todos los días me lo repite, no sé si para convencerme de que todo fue idea mía o para ganarme por cansancio.

Y la verdad es que sí, quiero volver a Buenos Aires. Pero antes quiero hacer una prueba. Quiero ver qué pasa si me quedo quieta durante, ponele, dos o tres meses en un mismo lugar, con el modo viajero desactivado. Un viajar sin viajar, digamos. Mis candidatas son Biarritz (donde estoy ahora) y Barcelona. Porque al fin y al cabo lo que necesito es quietud, una rutina, un espacio donde trabajar. Entonces quiero ver si teniendo todo eso —fuera de Buenos Aires— todavía sigo con ganas de volver a Buenos Aires. Es que lo que necesito, también, es tener a mi familia y a mis amigos de siempre cerca, tenerlos a una caminata o un viaje en bondi de distancia, poder decirles “¿vamos a tomar algo?” y unas horas después hacerlo. En Europa también tengo amigos y familia, pero mientras yo me siga moviendo ellos también seguirán estando lejos. Aunque te confieso algo más (ya sé que soy una vueltera, pero ya me conocés): durante estas últimas semanas, mientras seguía en movimiento, pensé mucho en volver a Buenos Aires, pero ahora que estoy acá, instalada en mi casita temporaria, lo estoy pensando dos veces. Por un lado: sí, quiero. Quiero Buenos Aires amigos familia bici río cafecitos charlas. Por otro: me aterra la idea de subirme a un vuelo tan largo (¿te acordás cómo me puse durante el vuelo a Islandia? Pensé que se caía el avión) y tengo miedo de volver, de estar contenta un tiempito, de que Buenos Aires vuelva a enloquecerme (es tan linda pero tan neurótica) y de querer irme otra vez. ¡Además estoy viviendo frente al mar! El sueño de mi vida… Por eso, ya veré qué me dice esa vocecita durante estas semanas.

Por el momento pienso en tener una bici...

Por el momento pienso en tener una bici…

Y me acuerdo de todos los lugares que visité en este viaje. Como Munich.

Y me acuerdo de todos los lugares que visité en este viaje. Como Munich.

Munich otra vez.

Munich otra vez.

¡El Oktoberfest! Qué bueno que estuvo, era totalmente distinto a lo que esperaba.

¡El Oktoberfest! Qué bueno que estuvo, era totalmente distinto a lo que esperaba.

Regensburg también me pareció muy linda.

Regensburg también me pareció muy linda.

Y Hungría ni hablar. Esta foto me hace pensar en París, creo que por las chimeneas.

Y Hungría ni hablar. Esta foto me hace pensar en París, creo que por las chimeneas.

Test: ¿cuántos maniquíes hay en la foto?

Test: ¿cuántos maniquíes hay en la foto?

Me gustan los colores de esta foto.

Me gustan los colores de esta foto.

Y el frente de este negocio.

Y el frente de este negocio.

Y las dos mujeres de la mano.

Y las dos mujeres de la mano.

Te extraño. Me encantó tu carta. Me encanta ver que hay gente viajando de tantas formas. Porque con nosotros los viajeros pasa lo mismo que con personas de cualquier otra profesión (fah! profesión mandé!): cuando nos ven de lejos, piensan que todos viajamos igual, que todos somos mochileros o que todos somos escritores o que todos viajamos haciendo couchsurfing. Y no. Hay tantas maneras de desplazarse por el mundo, y lo lindo es que cada uno puede elegir (o inventar) la más acorde a su personalidad. No hay que ser mochilero como tampoco hay que ser escritor para poder viajar. Me llegan mails de gente con todo tipo de profesiones (¡hasta policías!) que quieren saber si es posible combinar su trabajo con los viajes. Yo les suelo responder que se puede, aunque no tengo la fórmula. El cómo ya depende de la creatividad de cada uno. Pero como poder, todo se puede. ¿No te parece?

Es cuestión de pensar positivamente.

Es cuestión de pensar positivamente.

¡Salud!

¡Salud!

Bueno Lau, te dejo. Me voy al barcito de la esquina a encontrarme con amigos. Ja. Ya soy una porteña cualquiera, aunque lejos de Buenos Aires. Hoy estoy feliz. Necesitaba volver a esto. Contame cómo sigue todo por Kosovo. Y cuando quieras huir de Juan por un rato, vení a visitarme. :)

Un abrazo,

Ani

Miramar y el arte olvidado

“Caminar es un arte olvidado”
(Carl Honoré, Elogio de la lentitud)

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Llegamos a la estación de Miramar a las 8 de la noche. Estábamos a unas trece cuadras de la casa de Luci y Emi, los chicos de couch que nos iban a alojar, y teníamos dos opciones para ir hasta su casa: la veloz y paga (un remis) o la lenta y gratuita (caminar). Ni Damián ni yo sabíamos qué tan seguro o peligroso podía ser caminar por Miramar de noche, pero ambos elegimos caminar. En esa ciudad de la costa bonaerense las calles tienen números correlativos en vez de nombres así que creímos que sería fácil llegar a destino. No lo fue: las diagonales nos desorientaron y nadie supo indicarnos por dónde ir. No nos importó demasiado, tardamos más pero llegamos igual. En el camino, además, Damián me fue contando una historia.

—¿Sabías que existe un pueblo donde se practican los oficios olvidados?
—¿Ah sí? ¿Qué trabajos hacen?
—Todos trabajan con las manos. Algunos se dedican a la carpintería, a la herrería, a la orfebrería, hay fabricantes de muñecos y de bicicletas, artesanos de libros, luthiers, jardineros, titiriteros… También hay arte en todos lados: dibujos en las paredes, poesía escrita en las veredas, cuentos en los techos, animalitos fabricados con arbustos…
—Qué lindo, ¿y trabajan en la calle, no?
—Sí, todos trabajan al aire libre o tienen sus talleres abiertos…
—¿Y cuál es su medio de transporte?
—El lugar es chiquito, así que van en bici o caminan…

A medida que caminábamos, perdidos, yo hacía preguntas y el relato crecía. En algún momento logramos encontrar la calle diagonal por la que teníamos que caminar y seguimos por ahí, en busca de la casa de los chicos.

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—¿Y en el pueblo hay mar?
—Sí, tienen un mar y un bosque.
—¿Y cuánta gente vive ahí?
—Hay tantas personas como oficios y hay tantos oficios como los necesarios para vivir… Muchas personas se van a vivir ahí sin saber cuál es su vocación, pero con el deseo de seguir un oficio y de vivir en paz y por eso buscan ser ayudantes y aprender. Además las personas no tienen apellido, sino que el apellido de cada uno es su profesión. Por eso las calles tampoco tienen nombre, sino que se las conoce como “la calle donde vive José Panadero”.
—Ahh… qué lindo. Me hace acordar a la parte vieja de Hanoi, en Vietnam, donde las calles tienen el nombre del oficio que se practicaba en ese lugar… ¿Y cómo se llama el pueblo?
—No tiene nombre… Si tuviese nombre perdería su magia, dejaría ser el pueblo de los oficios perdidos…
—Ah, es como la frase de Herman Hesse: Las palabras son nocivas para el sentido secreto de las cosas; todo cambia ligeramente cuando lo expresamos…

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En ese momento nos cruzamos con un vecino y le preguntamos por la intersección que buscábamos. Estábamos a dos cuadras. Caminamos un poco más y, una media hora después de haber salido de la estación, llegamos a destino. En remis hubiese sido mucho más rápido, pero jamás hubiese escuchado la historia de aquel pueblito de oficios tan entrañables.

Al día siguiente salimos a caminar otra vez. Como estábamos a pocos metros del mar, lo primero que hicimos fue acercarnos a la costa. Luci y yo nos sentamos a charlar acerca de la vida en Miramar, tan tranquila, y la vida en Buenos Aires, cada vez más acelerada. Miramar es conocida como la ciudad de los niños y de las bicicletas y es un destino muy popular en verano, especialmente para ir en familia. Yo no conocía Miramar y descubrirla a los 27 años y en otoño fue mágico. Si yo tuviese este mar tan cerca de mi casa caminaría todas las mañanas, pensé.

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Después del mediodía fuimos a la escuelita rural donde trabajaba una de las hermanas de Luci a hacer un show de burbujas para los chicos. Cuando terminamos caminamos un kilómetro por una Miramar diferente, ya no costera sino rural, con tranqueras y hombres a caballo. Esa misma tarde, Damián y yo volvimos a caminar por la ciudad, esta vez en busca de un supermercado. En el trayecto descubrimos varias cosas: un vecino que arreglaba un motor en la vereda, un gato que se nos acercó (cual perro) cuando lo llamamos por su nombre genérico (vení gato, vení), casas con decoraciones navideñas (probablemente olvidadas), bicicletas estacionadas sin atar, calles vacías y silenciosas, árboles que se movían muy suavemente con el viento, casas cerradas por la temporada, un juguete olvidado en la vereda.

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Al día siguiente nos fuimos caminando al bosque. Mientras nos metíamos entre sus árboles yo le conté a Damián acerca de los dos bosques encantados que conocí en mi vida: el de Calella (Catalunya) y el de las afueras de Skelleftea (Suecia). Ambos me parecieron mágicos por su atmósfera, por su silencio, por su luz. El de Calella se llenó de rayas naranjas que entraban por entremedio de los árboles al atardecer; el de Skelleftea estaba repleto de nieve y de magia. Y después de hacer burbujas gigantes entre sus árboles, el bosque de Miramar se convirtió en mi tercer bosque encantado. Incluso pudimos ver uno de sus ojos.

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A la mañana siguiente, jueves, decidimos emprender el regreso a Buenos Aires. Como teníamos planeado salir a dedo nos despertamos bien temprano, a eso de las 6 de la mañana, y preparamos el desayuno y la mochila con tranquilidad. Nos despedimos de los chicos, salimos de la casa y caminamos por toda la costa de la ciudad mientras el sol aparecía sobre el mar. La luz naranja y espesa, típica del amanecer, bañaba los edificios, los charcos, los árboles. Los surfers aprovechaban el mar desde temprano, las mujeres paseaban con sus amigas por la costa, todos parecían tomarse la vida con calma, incluso durante un día laboral. Fue la despedida perfecta de Miramar.

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El primero que nos levantó, pocos minutos después de empezar a hacer dedo en la salida de la ciudad, fue Maxi, un chico que nos dejó en playa Chapadmalal. Cuando nos preguntó a qué nos dedicábamos y yo le conté que escribía, me respondió, con una sonrisa en la mirada: “Escritora… qué lindo, yo también quiero ser escritor… Leo mucho, pero todavía no me animé a escribir…”. Y ahí me di cuenta de cómo todos en esta vida nos vamos encontrando y entrelazando por un rato y contándonos nuestras historias… Galeano tiene razón cuando dice que no estamos hechos de átomos sino de historias.

El segundo que nos levantó fue Lucas, un artesano viajero que nos llevó hasta la salida de Mar del Plata. Mientras íbamos en el auto, algo en él lo hizo cambiar de recorrido: “No tomo nunca este camino, pero voy a ir por la costa, miren lo lindo que está el mar”. Y era verdad, el mar de Mar del Plata estaba planchadísimo, soleado, calmo. Ir en auto por la costa fue casi como caminar por la rambla antes de despedirnos de la ciudad (y del mar mismo) por un tiempo.

[singlepic id=7196 w=625 float=center] Atrás quedaban, también, los chicos que conocimos en la escuelita de Miramar…

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En Mar del Plata estuvo difícil. Esperamos dos horas al borde de la ruta hasta que una mujer nos levantó y nos llevó por Ruta 2 a Vivoratá, a unos 30 km. Pero cuando nos bajamos de su auto, todo se sincronizó: no tuvimos que esperar ni dos minutos, enseguida nos levantó Manuel, un camionero que trabajaba llevando un cine móvil para los chicos de la provincia de Buenos Aires. Durante las casi tres horas de viaje, Manuel nos habló acerca de su vida (“a veces no veo a mi familia durante tres meses”), de su trabajo (“es lindo esto de estar viajando por toda la provincia pero llega un momento en que cansa”), de los mochileros (“cuando se paren en la ruta siempre pongan las mochilas bien visibles, porque así nosotros en dos segundos podemos ver que son viajeros y frenar para llevarlos”). Cuando nos dejó en Castelli nos indicó exactamente dónde pararnos para seguir camino y, antes de que él se fuera, ya nos había levantado Mario.

—¿Ustedes estaban haciendo dedo a la salida de Mar del Plata, no? Sí, los vi… Saben… hace años que no levantaba a nadie… Hoy no sé por qué levanté a tres.

Así empezó el tramo final a Buenos Aires. Lo que al principio fue una leve desconfianza de su parte se tornó en una charla agradable. Entrar al auto de un desconocido es como entrar a su mundo por un rato y generalmente el conductor espera algo de compañía y algunas historias a cambio. Así que cada uno fue relatando porciones de su vida y nos fuimos construyendo con palabras. Mientras tanto, afuera, el sol empezaba a bajar entre los edificios.

[singlepic id=7198 w=625 float=center] Qué lejos quedaban todas estas escenas tranquilas de Miramar…

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Entramos a la locura de Buenos Aires y Mario nos dejó en Los Incas, la estación terminal del subte linea B, en plena hora pico. Me encanta llegar a Buenos Aires por tierra, pero lo que más me gusta es no llegar directamente a mi casa sino tener que tomar algún transporte más dentro de la ciudad, ya que ir con la mochila encima me permite seguir con el modo viajero encendido y mirar Buenos Aires desde otra óptica, como si fuese de afuera. Así que apenas nos bajamos del auto y quedamos frente a un semáforo repleto de gente, le dije a Damián:

—Hagamos de cuenta que esta es la primera vez que venimos a Buenos Aires…
—Dale.
—Mirá todo esta gente, ¿a dónde irán tan apurados? Incluso los perros caminan rápido. Qué ciudad tan ruidosa… ¿Nadie se para a mirar el atardecer?

Entramos al subte, nos sumamos a la marea de gente y atravesamos la ciudad por debajo de la tierra. Cuando salimos del otro lado, ya era de noche.

Cuatro días después de volver de Miramar, decidí volver a caminar por mi ciudad. Hace meses que no caminaba por Buenos Aires. En realidad sí caminaba, pero como medio para llegar a algún lado, no como un fin en sí mismo. Y una tarde de esta semana salí de mi casa y decidí no subirme al estrés del colectivo ni al amontonamiento del subte y volver a cruzar la ciudad a pie. Hice sesenta cuadras (6 km) y las hice todas sonriendo, descubriendo cientos de detalles que, con la velocidad de los transportes, siempre me pasaban desapercibidos. A veces me olvido de que caminar es un arte y me olvido de que puedo practicarlo incluso cuando no viajo. No hay mejor manera de ver el mundo que caminando, no hay mejor manera de descubrir detalles que usando nuestros pies, no hay mejor manera de entender el ritmo y de fundirse con el fluir de un lugar que a través de nuestros pasos, no hay mejor manera de entrar en contacto con otras personas que caminando.

[singlepic id=7218 h=625 float=center] Imágenes de Buenos Aires (que saqué hace un tiempo mientras caminaba por ahí…)

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Pensé que todos estos hechos que acabo de relatar eran inconexos, hasta que anoche, volviendo en colectivo de Tigre, me encontré con las siguientes palabras en el libro que estoy leyendo (Elogio de la lentitud): “Desplazarse a pie también puede ser una experiencia meditativa, que fomenta un estado de ánimo caracterizado por la lentitud. Cuando caminamos, somos conscientes de los detalles a nuestro alrededor: los pájaros, los árboles, el cielo, las tiendas, las viviendas, el prójimo… Establecemos relaciones. (…) Caminar requiere más tiempo que cualquier otra forma de locomoción excepto reptar. En consecuencia, dilata el tiempo y prolonga la vida, que ya de por sí es demasiado corta para desperdiciarla con la velocidad. Caminar hace que el mundo sea mucho más grande y, por ello, más interesante. Uno tiene tiempo para observar los detalles”.

Cuánto más feliz sería esta ciudad (y este mundo) si todos desacelerásemos nuestra mente y nos tomáramos el tiempo de volver a encontrarnos con ese arte tan fundamental y tan olvidado: el arte de caminar.

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Mar del Plata y el fluir de la rambla

(Atención: el choclo de texto que verán debajo no quedó así todo junto por error. Es un fluir de conciencia tan largo como la rambla de Mar del Plata. Para aquellos que no quieran leer, las fotos están al final.)

Mientras caminamos por la ciudad, con el mar a la izquierda, pienso. Pienso en cómo, año tras año, esta ciudad se transforma. En verano se llena, en invierno se vacía, en verano se llena, en invierno se vacía. Pienso en cómo las olas van y bien, suben y bajan, aceleran y desaceleran, llegan a la costa y se retraen de vuelta al mar. Pienso en los árboles, en cómo cambian de color, en cómo pierden hojas y ganan flores según la estación del año. Y me digo que todo en esta vida son ciclos. A veces estamos arriba, a veces abajo. A veces nos expresamos hacia afuera, a veces nos retraemos hacia adentro nuestro. Seguimos caminando y frenamos frente a los lobos marinos. Ellos siempre están ahí, inmóviles, petrificados, testigos de todo, ajenos a cualquier cambio. Nos sentamos en las escaleras, cerca de uno de ellos, y enseguida se nos acerca un tipo y nos apunta con su cámara y un flash como de tres metros de altura: “Chicos, ¿una foto?”, No, gracias, “Les saco una enseguidita eh, ¿una panorámica no quieren?”, No no, muchas gracias. Y me pongo a sacar fotos con mi cámara. “¿Seguro no quieren que les saque a los dos? Les saco con tu cámara, una panorámica”. El pobre hombre parece un alma en pena, quedó ahí atrapado como si la temporada de verano siguiera viva. Él y el de los pochoclos. En verano deben ser los reyes de la plaza. En otoño no hay muchos clientes dando vueltas. Nos sentamos un rato en las escaleras y almorzamos con vista gratuita al mar. Yo me como un pedazo de tarta de calabaza y una empanada de queso y verdeo, usando una bandejita de cartón de plato. Comer así en la calle para mí es sinónimo de viaje. Miro el mar, que está ahí nomás, y pienso en que lo lindo de Mar del Plata es saber que, donde quiera que estés de la ciudad, siempre está el mar cerca. No importa si no estás sobre la costa, por lo menos sabés que allá, pasando esos edificios, está el mar. Y esa sensación te tranquiliza, te hace sentir que no importa que haya muchos edificios, porque hay mar. Mientras vos te estás tomando un café, ahí cerca hay uno haciendo surf. Mientras vos estás viajando en colectivo, hay alguien que tira su caña de pescar al mar y cruza los dedos. Y eso es reconfortante. Seguimos caminando por la rambla y frenamos en un sector de juegos para grandes, mejor dicho, de aparatos públicos para hacer gimnasia. Damián se pone a hacer un ejercicio de brazos y un señor que estaba ahí nomás estaciona su bicicleta, se acerca y nos habla. “Sos flaco pero tenés brazos fuertes eh”, le dice con una sonrisa. “¿De dónde son chicos? Ahh Buenos Aires, qué lindo. Bah, no sé si tan lindo. Yo fui hace unas semanas con mi señora, nos íbamos a quedar cinco días, teníamos que hacer un trámite en el consulado español, pero cuando bajamos en Constitución y quisimos tomar un taxi el tipo nos quiso cobrar como cincuenta pesos. Después me enteré que el viaje costaba mucho menos. ¿Sabés cuánto nos cobraron dos cafés con medialunas y un jugo de naranja? No… ochenta pesos. Fuimos a la calle Florida, entramos a un Mandonals y también, una ensaladita nos costó carísima. Al final cambié los pasajes y nos volvimos ese mismo día para acá. ¿Quieren que les saque una foto chicos? Bueno pero pónganse así, con los brazos abiertos, mostrando que están felices de estar acá. Un consejo chicos: privilegien el ahorro, porque pasear es lindo… pero la economía puede destruir la pareja. Yo tengo setenta años y sigo con mi mujer, yo laburé de todo, pero bueno, no los quiero aburrir…”. Se sube a su bicicleta y se va por la rambla, tan sonriente como apareció. Nosotros seguimos caminando, nos dejamos llevar por el fluir de la rambla, por el movimiento del mar. Ahí nomás, a pocos pasos, están jugando al tejo. Pedimos permiso y pasamos a mirar el partido. Van 4 a 8. Vinimos a Mar del Plata el sábado, para el casamiento de una amiga, ahora es lunes y seguimos acá, mirando un partido de tejo en un club de jubilados. No estaba en nuestros planes, pero cualquier excusa es buena para escapar un poco de la locura de Buenos Aires. Una locura cada vez más loca, a mi parecer. Un estrés cada vez mayor. Nos sentamos en una roca y miramos el mar durante un largo rato. Miramos cómo rompen las olas, como un hueco entre las piedras se llena de agua y se vacía, se llena y se vacía. Me llama por teléfono una chica que conozco pero con la que no hablo casi nunca y cuando le digo que estoy en Mar del Plata, me dice que ella es marplatense. Mirá vos. Muchos caminos de mi vida conducen a Mar del Plata. Mi papá vivió en Mar del Plata porque su papá (un abuelo que no conocí) tenía un hotel acá. Yo vine varias veces a Mar del Plata: con mi familia, con algún novio, con amigas, de “viaje de egresados” de la facultad. Hace seis años que no venía. Ya seis años desde que terminé de estudiar. Esta vez me reencontré con Nanu, una amiga que conocí a los quince y que se vino a vivir a Mardel hace siete años. No nos veíamos hace seis, pero era como si nos hubiésemos visto ayer. Algo que me pasa cada vez más seguido. Seguimos caminando por la rambla. De a ratos se nubla, está fresquito, como para campera. Hay viento, pero es viento de mar, viento salado, viento que salpica, un viento lindo. El mar, de a ratos, parece tener manchas celestes, pero es el sol el que genera ese efecto. El mar tiene color a mar de la costa argentina. Color a Mar del Plata. Y mientras caminamos yo sigo pensando. ¿Existiría la meditación-caminata? Porque a mí no hay nada que me haga meditar más que caminar, y si es al lado del mar mejor. Camino y pienso en que hace un tiempito, probablemente desde que empecé a escribir el libro, me está costando escribir el blog. No por falta de ideas (o tal vez sí), sino porque estoy escribiendo tanto (para mi libro, para revistas, para mí, para un taller de escritura) que siento que cuando llega el momento de escribir acá, ya no me quedan palabras disponibles. Pero pienso en que todo en esta vida son ciclos y que tal vez ahora estoy alejada del blog porque estoy cerca del libro y que todo a la vez no se puede. Cuando termine el libro y vuelva a viajar largo retomaré el contacto con mi blog. Porque no es que no lo quiera sino que, pobre, lo estoy dejando un poco de lado en este momento. Está por tener un hermanito y se siente solo. La madre se borró. Y él está viviendo su otoño, el otoño del blog, se le están cayendo las hojitas de a poco, sabe que se le viene el invierno y está preparando la bufanda y los guantes. Ya cumplió tres años y eso, en años-blog, es como cumplir doce. Está por entrar en la edad del pavo y se siente raro. El libro, mientras tanto, se está poniendo los anteojos de sol, está preparando las sandalias, está floreciendo. Pero decido no forzar las cosas, decido volver al blog cuando me surja, como hoy, porque todo en esta vida son ciclos y hay un camino natural para cada cosa. Me lo demuestra el mar, a mi izquierda, con su ir y venir y me lo demuestra Mar del Plata, que ahora está vacía, pero que apenas vuelva a estar veraniega recibirá a cientos de miles de visitantes y sus calles volverán a llenarse de ruidos, de movimientos, de voces y de historias de gente de todas partes del país y, tal vez, del mundo. Pero, mientras tanto, ella disfruta de su soledad.

*

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[singlepic id=7164 w=625 float=center] “Pónganse así chicos, muestren que están felices de estar acá”

Mis cinco encuentros con la nieve

Hay gente que no conoce el mar hasta la adultez y recuerda su primera vez frente al océano como uno de los días más importantes de su vida. Yo debo haberlo conocido casi el mismo día que nací (o incluso antes) ya que mis papás siempre fueron fanáticos del agua y, cada vez que pudieron, me llevaron a pasar unos días al mar. Pero con la nieve no había caso. Durante mucho tiempo les pedí, ingenuamente, que me llevaran a conocer la nieve. Y siempre íbamos a la playa. Finalmente me di por vencida: era una batalla que no iba a ganar jamás. Tendría que ir a buscarla por mi cuenta, cuando tuviera edad para hacerlo.

Mi primer encuentro con ella fue planeado. Fui preparada, con ropa de invierno y esa emoción anticipada que sentimos cuando sabemos que va a pasar algo que esperamos hace tiempo. El resto de las veces, apareció en mis viajes de sorpresa.

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Uno

La vi por primera vez, en vivo y en directo, a los dieciocho años. Me había ido a Bariloche (en el sur de Argentina) de viaje de egresados en bus —el primer viaje de 24 horas en bus de mi vida— y, apenas (literalmente) llegamos a la estación, empezaron a caer los copos de bienvenida. Todavía me acuerdo. Para el resto de mis compañeros aquello era, probablemente, un hecho meteorológico normal y esperado: para muchos argentinos es muy común irse de vacaciones de invierno al sur de nuestro país, donde casi siempre nieva. Para mí, era la novedad. Nos quedamos una semana y los primeros días intenté aprender a esquiar. No tuve mucho éxito. Me divertía más hacer pelotitas de nieve con las manos o pisar el suelo blanco y que se me hundieran los pies antes que ponerme dos zapatos con palos alargados y deslizarme por una montaña (en compañía de mi torpeza y mi falta de coordinación) hacia lo que probablemente sería una experiencia cercana a la muerte. Tengo fotos en papel y están en Buenos Aires, así que no puedo subir nada de aquel viaje en este momento.

Dos

La segunda vez fue, probablemente, la más inesperada y especial de todas. Era domingo. Todavía vivía en Buenos Aires, estudiaba Comunicación y soñaba con viajar. La noche anterior había salido con mi hermana Dafne a una fiesta, así que dormimos hasta el mediodía. Nos despertamos con la pereza típica del domingo, miramos por la ventana del piso 18 y la vimos caer. Fue increíble: hacía casi un siglo que no nevaba en Buenos Aires. Y fue uno de esos días que quedó en la memoria colectiva de toda la ciudad. A que sí. Seguramente, si sos de Buenos Aires, te estás acordando de qué hiciste aquel domingo.

[singlepic id=4102 w=625 h= float=center]  La foto no es muy buena pero es la única que encontré en mi compu. Tengo el resto en Buenos Aires también, así que las subiré a la vuelta. Esta es la vista con la que nos encontramos aquella mañana de domingo.

Tres

La tercera vez que la vi fue durante mi segundo viaje a Bolivia. Tenía 22 años, había empezado mi periplo por América latina y estaba viajando por lo que debe ser el país latinoamericano con los paisajes más surrealistas, mágicos y de otro planeta que tiene nuestro continente. Estaba con mi amiga Vicky, haciendo ese tour conocido como “El tour de tres días en 4×4 por el Salar de Uyuni y alrededores”. Primera parada, el Salar de Uyuni: ese inmenso paisaje blanco que, en las fotos, parece hecho de nieve pero no: es de sal. 14.000 km2 de sal. ¿Dónde se ha visto tanta sal junta? Después: lagunas verdes, rojas, turquesas, desiertos de rocas, árboles de piedra, geiseres, picos nevados con vicuñas y alpacas, lagunas con flamencos… El tour culminó en el lugar más árido del mundo: el desierto de Atacama, en la frontera con Chile. En medio de ese paisaje marrón y desolado había un bus pintado de colores, sin ruedas, abandonado y, a pocos metros, un parche blanco, frío y blandito. Nieve.

[singlepic id=4110 w=625 h= float=center] Y, para no ser menos, me saqué una foto.

Cuatro

En mayo de 2011, después de un año y medio ininterrumpido de verano, llegué al invierno chino. Me había ido de Buenos Aires cuando terminaba el verano, pasé más de un año en el calor tropical (inmutable) del Sudeste Asiático y, por fin, viajé a China. Y en China, cuando hace frío, hace frío. Mi primera parada fue Chengdú, en el centro del país. Tenía la mochila llena de ropa de verano y casi nada para el frío (excepto unas calzas, un pañuelo y un buzo de algodón). Susie, la chica que me alojó, me vio demasiado desabrigada y me regaló una campera. Me di cuenta de que por más ropa que me pusiera encima, mi cuerpo no iba a acostumbrarse al frío, así que decidí cambiar mi ruta: en vez de seguir camino hacia el norte, me fui al sur, donde la temperatura era un poquito más alta. China tiene varias ciudades conocidas como “La Ciudad de la Eterna Primavera” porque su microclima cuasi veraniego se mantiene constante a lo largo del año. Una de ellas es Kunming, en la provincia de Yunnan. El día que llegué a Kunming el cielo estaba despejado y hacía calor. Estaba tan lindo que caminé durante todo el día sin abrigo, feliz de sentir el sol otra vez. A la mañana siguiente me desperté muerta de frío, salí de la habitación del hostel, me asomé a la terraza y no pude creer lo que veía: estaba nevando en Kunming. Chequeé las noticias y descubrí que era algo que ocurría una vez cada década. Y justo me tocó a mí.

[singlepic id=4112 h=625 float=center] Así de despejado estaba el cielo en Kunming cuando llegué. No sé por qué pero me parece que no le saqué fotos a la nevada. Seguramente tuve demasiado frío.

Cinco

Nunca imaginé que vería la nieve por quinta vez en mi vida en África, en ese continente que automáticamente asociamos con el calor. Tampoco pensé que el invierno de Marruecos iba a ser tan frío. Pero lo bueno de viajar es que uno descubre que no todo es lo que parece.

Andi y yo llegamos a Azrou, un pueblito en las montañas, con frío pero con sol. Al segundo o tercer día nos contactamos con Zakaria, un marroquí de Couchsurfing, y nos encontramos con él para tomar un té (actividad social marroquí por excelencia). Zakaria es guía de montaña, así que nos ofreció hacernos un tour por los bosques y parques de las afueras del pueblito. “Bueno, pero vamos pasado mañana”, le dijimos. Y tuvimos mucha suerte.

La mañana siguiente, mientras Andi y yo caminábamos por el pueblo, tuvimos una conversación parecida a esta:

Andi: —¿Sabés lo que estaría bueno? Que llueva y además nieve. (Nota: desde que llegamos a Marruecos no había llovido nunca. Y nevado, mucho menos.)
Yo (irónicamente): —Sí, sobre todo porque tengo una ropa que no sabés cómo abriga para la nieve.
Andi: —Jaja. Quiero nieve.
Yo: —Alá te escuche.

Al rato nos sentamos en un bar para tomar un café y usar el wifi.

Andi (mirando por la ventana, con alegría y orgullo): —¡Mirá! ¡Está lloviendo!
Yo: —Alá escuchó tus plegarias. Dale, pedile que nieve también.
Andi (cuasi gritando por la ventana del café donde estábamos sentados): —¡Nieveeeee! ¡Queremos nieveee!

Y, a los pocos minutos, nos encontramos con esto:

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NIEVE EN MARRUECOS.

Al día siguiente hicimos el trekking por la montaña con Zakaria. Y, gracias a la nevada que Alá le mandó a Andi de regalo, pudimos disfrutar de un bosque mágico cubierto de nieve, como este.

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Y, tal vez, si la nieve hubiese formado parte de mi vida desde muy chica, ninguno de estos cinco momentos me hubiese parecido tan especial.

Social Day Trip: la cara menos conocida de Barracas y La Boca

Hace unos días decidí subirme al colectivo turístico que hace el recorrido por la ciudad de Buenos Aires para ver qué se muestra de la capital a los turistas extranjeros y a los mismos argentinos. Si bien ya conocía todos los puntos en los que paró, fue lindo ver la ciudad desde un poquito más arriba (el bus tiene dos pisos) y con una mentalidad de “me subí acá para disfrutar”. Hubo dos lugares, sin embargo, que me llamaron mucho la atención y que me quedé con ganas de conocer más en profundidad: La Boca y Barracas.

Si bien el bus solamente nos llevó a ver Caminito, la Cancha de Boca y Parque Lezama, en el medio pasó por zonas (para mí) totalmente desconocidas de La Boca Y Barracas, zonas no turísticas en las que vi “algo” que me atrajo. En esos escasos minutos en los que el colectivo atravesó las calles de ambos barrios vi mucha gente sentada en las veredas compartiendo mates con amigos, vi conventillos y casas antiguas sin reciclar, vi familias tomando aire en los balcones y hablando de una ventana a otra, vi mucha vida callejera y también muchas calles vacías, vi murales y arte en las paredes. Vi que ahí pasaba algo: sentí que había una movida o un “espíritu barrial” muy fuerte pero muy poco descubierto por los mismos porteños (y mucho menos por los extranjeros). Y me quedé con ganas de más.

[singlepic id=3013 w=625 float=center] Casa de La Boca

[singlepic id=2998 w=625 float=center] Arte callejero en Barracas

[singlepic id=2967 w=625 float=center] Casita en Barracas

[singlepic id=3009 w=625 float=center] Escenas urbanas de La Boca

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Hace unos días, como caído del cielo, los chicos de Identidades Digitales me invitaron a sumarme a un Social Day Trip (algo así como un blogtrip de un solo día) por La Boca y Barracas para recorrer los lugares menos conocidos de estos barrios de la mano de la Red de Turismo Sostenible de La Boca y Barracas (de ahora en más, redBB). Obviamente, me reservé el sábado y fui.

La redBB nació en el 2009 y es un colectivo integrado por 73 organizaciones sociales, comerciantes, artistas, museos, emprendimientos gastronómicos, micro emprendedores y promotores culturales de La Boca y Barracas. Teresa Stambazzi, la presidenta de la Red, fue quien nos recibió a Mario Alza, Santiago Cravero, Jorge Gobbi, Edgardo Regatky, Isa Garnica Leiva, Caro Reymúndez, Vale Golden y a mí y nos guió durante todo el día por su barrio (ella es nacida en La Boca) y por Barracas.

Antes de empezar, nos contó cuáles son los objetivos de esta red que se dedica a realizar circuitos turísticos alternativos por ambos barrios: “Queremos dar a conocer la verdadera historia del barrio al resto de los argentinos y al mundo, y a la vez buscamos conservar nuestra identidad, historia y memoria para transmitírsela a las futuras generaciones y poder preservar los barrios”. La redBB realiza turismo sostenible, es decir que además de dar a conocer la zona, busca generar conciencia de las necesidades sociales, económicas y urbanísticas de La Boca y Barracas con el fin de contribuir a la recuperación y el desarrollo socio-económico y mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

El recorrido empezó a las 10 de la mañana en la Iglesia Santa Felicitas, frente al Parque Colombia, en Pinzón e Isabel la Católica, en el barrio de Barracas.

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Cada vez que voy a Barracas tengo la misma impresión: que es un lugar de espacios amplios, edificios muy antiguos y calles muy vacías. Durante su historia, sin embargo, el barrio pasó por varias etapas: en el siglo 18 se instalaron las primeras “barracas”, construcciones utilizadas para almacenar cueros y carnes saladas (y, también, esclavos); más adelante, hasta fines del siglo 19, fue una zona de quintas donde vivían las familias más adineradas de la ciudad; la epidemia de fiebre amarilla hizo que todas esas familias se mudaran a la zona norte de la ciudad y, a principios del siglo 20, el barrio quedó constituido por una clase trabajadora conformada en gran parte por inmigrantes españoles, italianos y judíos sefardíes.

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Caminando, llegamos a uno de los lugares que más me gustó: el pasaje Lanín. Pasé varias veces por la entrada del pasaje pero nunca se me había ocurrido entrar, así que por fin me di cuenta de lo que me estaba perdiendo.

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Las casas (y los canteros) del Lanín fueron intervenidos por el artista plástico Marino Santamarina durante los años 90. La paz que se siente en esa calle es incomparable: mientras estaba ahí me imaginaba el movimiento y los bocinazos que debía haber en la Avenida Santa Fe en ese mismo momento… y me sentí en un oasis en medio de la ciudad. A la vuelta, en la calle Icalma, conocimos el Espacio Icalma, un multiespacio que se utiliza para eventos, fiestas, cafés, muestras de arte, alojamiento… Como nos contaron sus dueños, Sergio y Gustavo, “el funcionamiento se va acomodando a lo que aparece”. Un muy lindo lugar para hacer una muestra de fotos o alguna fiesta retro.

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Casi llegando al mediodía, le tocó el turno a La Flor de Barracas (Av. Suarez y Vieytes), un bar notable que, según nos contó Teresa, fue un reducto político y un centro de estudiantes en el pasado. Hoy su dueña, Victoria, lo transformó en un lugar donde pasan cine y música brasilera y donde se pueden disfrutar las pastas caseras (recomiendan los ñoquis rellenos), el agua en sifón y el vino en damajuana.

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El almuerzo (¡chori!) (y una larga e interesante sobremesa) fue en el Centro Cultural el Conventillo, ubicado en Quinquela Martín 2252. Como su nombre lo indica, el centro cultural está ubicado dentro de un conventillo original típico de Barracas (distinto a los de La Boca, por ejemplo, por sus baldosones negros) donde en algún momento vivieron más de 10 familias (ahora viven tres). En el centro se dan actividades de plástica, apoyo escolar y talleres de murales y stencils. Participaron en el Festival de Tango de La Boca, en la organización de los Barracas Rock y, según nos contaron, buscan generar espacios abiertos de cultura al aire libre.

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Una vez que logramos levantarnos de la mesa y vencer la modorra del calor, seguimos camino y nos fuimos a La Boca, el barrio donde se realizó la primera fundación de Buenos Aires en 1536 y donde, a fines del siglo 19, se asentaron los primeros inmigrantes italianos y españoles. Para empezar el recorrido, entramos a una de las casas más copadas que vi en mi vida: la Casa/Taller de Daniel Slafer, ubicada en Irala 325, en un antiguo galpón remodelado. Daniel hace esculturas desde los 12 años y, para él, su casa (que arregló durante un año junto a su mujer) es “una escultura viva”. Vean las fotos y sorpréndanse.

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Después pasamos por el Museo Casa Taller Celia Chevalier, ubicado en un antiguo conventillo reciclado del 1800. Celia nos mostró sus cuadros naif de La Boca, el Parque Lezama y el Riachuelo, entre otros, y nos invitó a pasar a su taller y a conocer el conventillo por dentro. Nos contó que la madera utilizada para construir las paredes provenía de los barcos que llegaban al puerto de Buenos Aires y que el piso era de pinotea. Teresa, mientras tanto, recordó su infancia en el conventillo, cuando enceraba los pisos de su casa y jugaba en el jardín de Celia.

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A eso de las 7 de la tarde llegamos Al Escenario, un arte bar ubicado dentro de un antiguo almacén recuperado, donde nos dieron dos sorpresas: una, conocimos al nieto de Juan de Dios Filiberto (célebre músico de La Boca, autor del tango Caminito y Quejas de Bandoneón, entre otros) y dos, nos hicieron un mini show de tango en vivo de lujo.

httpv://www.youtube.com/watch?v=qjnlBjidSuY

Y el día terminó en el Comedor Comunitario Esperanza de La Boca, donde charlamos con Lidia, la dueña, acerca de las problemáticas y necesidades más urgentes del barrio.

***

Como dijimos antes de despedirnos, un día no es suficiente para conocer todo lo que La Boca y Barracas tienen para ofrecer y contar. Y es cierto, también, que La Boca y Barracas no son lugares de paso, nadie cruza estos barrios para llegar a otra zona de la ciudad, por eso es aún más difícil descubrirlos en el día a día. Si no me hubiese tomado el colectivo turístico tal vez no me hubiese sentido tan intrigada por estos dos lugares, y si Teresa y la gente de redBB no nos hubiesen invitado a conocer, probablemente seguiría sabiendo muy poco acerca de ambos barrios.

Hace unas semanas, cuando fui a La Boca y escribí el post Memorias de La Boca, dije:

Vi, en la gente que trabajaba en las veredas, en las personas que tomaban mate con los vecinos, en las mujeres que caminaban con sus hijos por el medio de la calle, la cultura callejera asiática y el ambiente de los pueblos del Caribe o Centroamérica. Vi algo muy latino, un estar afuera, ocupar el espacio público, que me llamó la atención y me gustó mucho. No es algo que se vea en todos los barrios de la ciudad. O tal vez no es algo que yo hubiese podido ver antes…”.

Y ahora lo comprobé. En estos barrios hay mucha relación entre vecinos, mucho de usar la vereda como un espacio de encuentro, mucho sentimiento de comunidad. Hay un detalle que me gusta mucho de La Boca, y es que la gente camina por el medio de la calle. ¿Por qué? Porque las veredas son muy altas e irregulares.

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Y Barracas fue una gran sorpresa, una zona que dejé de ver como “vacía” y comencé a llenar de personajes, rincones y significados. Una de las frases que más me quedó de nuestra caminata por Barracas fue lo que nos dijo Teresa: “En Barracas, los hijos y los nietos se siguen quedando acá”. Por algo será.

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[box border=”full”]Este Social Day Trip fue organizado por la Red de Turismo Sostenible de La Boca y Barracas. Para saber más de la redBB pueden ingresar a su sitio web: www.redbocabarracas.org.ar. Para realizar un itinerario acompañado por algunos de los integrantes de la Red, comunicarse al (54 11) 4302-1472 o mandar un mail a info@redbocabarracas.org.ar.[/box]

Sonreí: nadie te filma

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

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¿Nunca sentiste como si fueses víctima de un reality show al estilo Truman Show, donde todo el mundo sabe que te están filmando menos vos? ¿Nunca dijiste “pará… es una joda de Tinelli, no”? ¿Nunca pensaste “esto es demasiado raro para ser cierto”?

A mí me pasa bastante seguido, especialmente cuando viajo. Creo que a todos nos pasa cuando viajamos, ya que todo lo que nos rodea es “nuevo”, “raro” y “sorprendente” y es lógico que las situaciones que vivimos sean “nuevas”, “raras” y “sorprendentes”. Pero me parece aún mejor cuando esto nos pasa en nuestro lugar de origen, cuando lo conocido se tiñe de bizarro, lo cotidiano se altera y vivimos un momento cargado de Realismo Mágico (mi género literario preferido, les comento).

Estos días me está pasando bastante.

Todo empezó, creo (ya ni sé), cuando iba en el colectivo rumbo a Belgrano y vi, en uno de los carteles de las paradas, la siguiente calco:

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Como saben (o no), esta serie de posts denominada Amigate con Buenos Aires surgió gracias a la inspiración de una de las calcos de Proyecto Calco en la que decía, simplemente, “Amigate”. La tenía pegada en el espejo de mi casa y la leía todos los días; de repente una tarde me inspiró, una cosa llevó a la otra y terminé escribiendo posts de amor desenfrenado hacia Buenos Aires, ciudad que me encanta y me desencanta. Unos días después, además, me choqué con la calco “Sorprendete” en las escaleras del subte y todo empezó a tornarse… sospechoso. Hace dos días, cuando vi la calco de “Sonreí” pegada en la parada del bondi me reí sola (¡funcionó!) y después pensé: “Acá hay algo raro, las calcos me persiguen”. Y así fue como empezó lo que voy a denominar Día de Persecución de Carteles Bizarros.

Pero antes de eso, un poco más de las situaciones realisticamentemágicas o magísticamentereales que me pasaron estos días.

Como conté en el post anterior, estoy alojando viajeros en el sofá de mi casa. Mis huéspedes actuales son de Estados Unidos (ella) y de Perú (él). Cuando entraron a casa y nos vimos las caras, Oliver (claramente el “él” de esta historia) me dijo que ya nos conocíamos. Libby, ella, me preguntó si había estado en Perú en los últimos meses. Casualmente, sí, estuve. ¿En qué parte? Lima, Cusco, Huaraz, Huacachina, Punta Negra… ¡Nosotros también! ¿Escalaste el Pastoruri? Sí… ¡Nos conocimos ahí! ¿Pero tenías el pelo más largo, no? Así es… Así que mis huéspedes y yo nos conocimos hace unos meses a 5000 metros de altura en el famoso nevado Pastoruri, nunca hablamos ni mantuvimos contacto y ahora, de repente (Couchsurfing de por medio), están en mi casa. No me digan que no es curioso.

[singlepic id=2563 w=625 float=center] Nos conocimos por acá. A la vuelta.

El domingo pasado salimos a caminar y nos fuimos a la casa de otro peruano amigo de Oliver que vive en Buenos Aires hace unos 8 años. Casualmente, muy cerca de mi casa. Para llegar pasamos por una intersección de San Telmo a la que no voy tan seguido los domingos (Cochabamba y Paseo Colón, por ahí) y tuve un “Sorprendete” bis: había mucha vida callejera-artística, mucha gente sentada en la vereda sacando fotos, una feria bajo la autopista y una voz que gritó “¡dale bo, apurate!”, seguido de un grupo de candombe que avanzaba por la calle empedrada. A mí no me engañan: ¡estoy en Montevideo! Seguimos caminando, llegamos hasta Defensa y encontramos una banda muy buena al estilo Dancing Mood que tocaba en la calle. Todo esto está armado para mí, ¿no?  Son esas alegrías de domingo que me da esta ciudad.

[singlepic id=2957 w=625 float=center] Qué lindos que están los árboles florecidos… (las fotos son medio malas, las saqué con el celular)

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Unos días después, mi amiga Delfi (viajera también) y yo bajábamos por el ascensor de mi edificio. Como vivo en el piso 18, el trayecto da para charlar. Íbamos con la vecina del 19, una señora que debe tener unos… ¿80 años? Delfi me preguntó qué lugares iba a recorrer en mi próximo viaje y yo le dije que en principio planeaba ir a España, Portugal y Marruecos. Cuando llegamos a la planta baja, la señora, que obviamente había escuchado todo, me dijo: “¡Hacen muy bien chicas! ¡Hay que viajar! Yo de joven me la pasé viajando, me recorrí todo y me casé recién a los 55. ¡Disfruten que son jóvenes!”. Inesperado. Quiero ser su amiga y que me invite a tomar el té para charlar de viajes.

Y ahora sí, los carteles cómicos que me encontré por Buenos Aires.

[singlepic id=2947 w=625 float=center] La ferretería con más buena onda del mundo. ¡Quiero nylon para los nervios!

[singlepic id=2948 w=625 float=center] Lo de “Pronto Navidad” me hizo mucha gracia, no sé por qué.

[singlepic id=2949 w=625 float=center] Sin palabras. Cuando lo leí, tardé un rato en caer en quién era “santa”.

[singlepic id=2950 w=625 float=center] ¿Alguien necesita detective?

[singlepic id=2951 w=625 float=center] ¿Cuántos años tiene este cartel? ¡Yo ya tuve dengue! ¿Me gano algo?

[singlepic id=2952 w=625 float=center] Lo rasparon con forma de carita feliz.

[singlepic id=2953 w=625 float=center] Hay paroooooooooo!!!

[singlepic id=2954 w=625 float=center] ¡Minga!

[singlepic id=2955 w=625 float=center] …y un cassette dejado a su suerte.

Y el último, al que no le saqué foto no sé por qué, fue genial. En una esquina de Belgrano R hay una verdulería que da a la calle. Las frutas están apiladas, muy prolijitas. Encima de las frutas hay un cartel electrónico (?) (no sé cómo se llama este tipo de cartel) de fondo negro por dónde avanza un mensaje en letras rojas: “HAY LIMA”, decía, y las letras se iban corriendo de derecha a izquierda y se perdían en el margen del cartel. Después volvían a entrar: HAY LIMA, anunciaban. Mi imaginación me dijo: Seguro que ahora van a poner “Hay lima, y hacemos las mejores caipirinhas del barrio”. Pero no.

¿Será que la que cambió es mi mirada y tengo el Modo:Bizarro ON?

 

Ciudad repleta / Ciudad abandonada

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

Son casi las 12 de la noche de un miércoles. El 126 avanza por Alem y yo miro Microcentro desde la ventana. No hay ni un fantasma. Si no conociera Buenos Aires pensaría que el colectivo se equivocó de ruta y se perdió entre las ruinas de una ciudad abandonada. Los edificios están cerrados y sin luz, los papeles y volantes que cubren el piso indican que, pocas horas antes, en esas calles hubo gente. Pero a medianoche ya no quedan autos, bicicletas ni peatones. Los pocos colectivos que circulan por ahí avanzan rápido: el asfalto les pertenece. A esa hora no hace falta tocar bocina ni estresarse.

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El 126 se mete por una calle angosta. Nunca me di cuenta de lo estrechas que son algunas calles de Buenos Aires, siento que si sacara un brazo por la ventana, podría rozar la fachada de los edificios con mis dedos. Y ahora que todo está vacío, esa cercanía entre las construcciones se nota mucho más. El colectivo parece ir dentro de un túnel formado por balcones. ¿Cómo es posible que esta zona que para los porteños es sinónimo de “caos” —o para decirlo en argentino: de quilombo— durante el día sea tan silenciosa durante la noche? Pensar que hacía unas horas había estado caminando por ahí con mi cámara, esquivando gente, motos y palomas…

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Si bien Microcentro no es oficialmente un barrio, sino el downtown de la ciudad, es una zona polémica: no creo que haya nadie “indiferente” a Microcentro, seguramente lo aman o lo odian. Lo cierto es que nadie que viva en Buenos Aires escapa de pisar esta zona, aunque sea una vez al día/al mes/en la vida. Algunos trabajan ahí —hay cifras que aseguran que cada día, en las oficinas, puestos, restaurantes, negocios y calles de Microcentro trabajan más de 4 millones de personas—, otros van a hacer trámites, a manifestarse, a reunirse, a almorzar, a dormir la siesta en algún banquito, hay quienes van de shopping o simplemente pasan por ahí para ir hacia otro lado.

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En mi caso, crucé Microcentro todos los días durante cuatro años para llegar a la facultad. Lo odié a la mañana por su tráfico lento y estancado. Lo quise un poco más al mediodía y a la tarde, por su energía. Y ahora diría que casi lo amo los fines de semana, cuando salgo con mi bici y no pasa ni auto. Es una zona que tal vez sea difícil de querer, pero a mí me gusta por sus construcciones antiguas y su coro de conversaciones. La calle Florida concentra lo típicamente porteño y lo vende a gritos: “Parrilla libre, no se cobra cubierto, parrilla parrilla…”, “Show de tango exclusivo, shoooow…”, “Excursiones por La Boca”, “Cambiooo, cambiooo”.

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Microcentro es una zona que me abruma y me revitaliza: esa masa de gente que va de un lado a otro por momentos me agobia y por momentos me hace sentir con energía. Y al ver la zona de noche, tan vacía, me doy cuenta de que lo que le otorga personalidad son todas y cada una de las personas que pasan todos los días por ahí.

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Días asiáticos (en Buenos Aires)

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

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Todo empezó cuando salí del edificio de mi mamá en la bici y, adelante mío, apareció una chica de nacionalidad indudablemente indonesia. Estaba vestida con una camisa de tela batik —típica de allá—, también estaba subida a una bici y tenía toda pero toda la cara de ser indonesia. La miré, me puse al lado en la bici, quise hacer contacto visual para preguntarle si efectivamente era de allá, pero durante el microsegundo que me miró me petrifiqué y no le pregunté nada. Después se fue y no me animé a emprender una persecución por las bicisendas de Buenos Aires.

[singlepic id=2753 w=625 float=center] Mujeres confeccionando batik en la isla de Java (Indonesia)

Me quedé pensando en lo que podría haberle dicho: “Aku cinta Indonesia” (“Amo Indonesia”) o “Kamu bisa bicara bahasa spanyol?” (¿Hablás español?). La hubiese descolocado un poco, ¿no? No creo que sea muy común que alguien la frene en pleno Buenos Aires y le hable en su idioma. Pero no me animé. Me agarró pánico escénico, estaba en shock (en realidad la que estaba descolocada era yo, que jamás imaginé encontrarme a una persona de Indonesia en el mismo edificio).

Más tarde comprobé que, efectivamente, en el edificio de mi mamá vive una familia de Indonesia, así que la próxima vez que vaya me quedaré haciendo guardia en la puerta o les tocaré el timbre haciendo de cuenta que me equivoqué de piso. ¡Me muero por conocerlos! Quiero escuchar cómo hablan español, si es que lo hablan, y con qué acento les sale; quiero saber qué piensan de la vida en Argentina, de qué parte de Indonesia son, hace cuánto que viven acá, si extrañan el sambal (la salsa picante que le ponen a todo) y el nasi padang (comida típica de una región de Sumatra). La próxima vez juro que me voy a animar.

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Esa misma tarde salí a caminar por la zona de Retiro. En realidad no lo tenía planeado, pero justo andaba por ahí y tenía tiempo, así que di una vueltita por Plaza San Martín y alrededores. Y oh sorpresa, adivinen qué pasó. Me crucé con una familia de Indonesia: sí, madre (con velo y todo), padre (con el gorrito típico) e hijo. Miré para atrás para comprobar que no hubiese cámaras siguiéndome y todo aquello no fuese un reality show, pero no, eran reales y pasaron caminando al lado mío. Probablemente siempre estuvieron en la ciudad, pero tuve que ir hasta Asia y volver para reconocerlos.

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El sábado salí a pasear por la ciudad con mi familia. No teníamos ningún plan y se me ocurrió, de la nada, ir un ratito al Jardín Japonés. Llegamos a eso de las cinco de la tarde y había bastante gente; al principio pensé que era “porque era sábado”, pero cuando vi que la mayoría de las personas estaban disfrazadas empecé a sospechar, y cuando me di cuenta de que eran disfraces de personajes de animé japonés… no lo pude creer. Habíamos caído en una jornada de manga y animé que se hace cada tres meses en el Jardín Japonés (y durante el resto del tiempo en otros lugares). Así que fue un momento ideal para sacar fotos.

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A las seis, cuando el Jardín cerró, pensé en voz alta: “Hace mucho que no voy al Barrio Chino”, y mi mamá, emocionada, me respondió que fuéramos para allá porque ella también quería verlo. Así que un rato más tarde estábamos pasando bajo el arco que marca la entrada al Chinatown porteño. Caminamos entre mercaditos, vimos lámparas rojas y vendedores de snacks chinos argentinizados, y por un rato sentí que estaba de vuelta en Asia.

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Y mis días asiáticos terminaron hoy, hace unas horas, cuando visité la mezquita de Palermo, una de las más grandes e importantes de Sudamérica. Todavía no entré, lo tengo pendiente junto con el stalking a la familia indonesia del edificio.

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Todos estos encuentros fortuitos con la cultura asiática en Buenos Aires me hacen pensar en que siempre hubo pedacitos de aquel continente en esta ciudad, pedacitos que van más allá de “los supermercados chinos”, “las tintorerías japonesas” o “el sushi”, pero que recién pude descubrirlos después de haber viajado por Asia y de haber adquirido algo así como el radar o la mirada asiática.

Memorias de La Boca

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

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No tengo muchos recuerdos de La Boca.

Bah, en realidad tengo uno, pero intenté olvidarlo con tanta fuerza que quedó oculto en algún rincón de mi cabeza, y apenas escribí la primera frase de este post, reapareció. Fue a fines del 2007, creo, no me acuerdo y no quiero chequear. Después de escucharlo incansablemente durante más de seis años, por fin iba a ver a Joaquín Sabina en vivo en Buenos Aires. Ustedes no saben cómo esperé ese recital. Acá en Argentina el cantautor español es muy querido y yo soy fanática desde los 15 años. La sede iba a ser la cancha de Boca —también conocida como La Bombonera— ubicada en el barrio del mismo nombre. Iba a dar dos funciones y yo tenía comprada mi entrada para la primera hacía meses.

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El gran día fui con mi amiga Belu. En el 64, todos los pasajeros nos hicimos amigos cantando canciones de Sabina. O tal vez no. Pero mi memoria nostálgica me dice que en aquel trayecto pasó algo así. Ese día hacía muchísimo calor. Tanto, que dentro del estadio los de primeros auxilios estaban con mangueras tirándole agua al público, para que nadie se deshidratara ni se desmayara. Después de varias horas de espera se hizo de noche y empezó el show. No sé cuántos temas pudo tocar antes de que empezara la lluvia. Solo sé que no fueron suficientes. El calor sofocante de la tarde había anunciado lo peor, y lo peor se cumplió: diluvió. Llovió tanto que las pantallas estuvieron a punto de salir volando y los reflectores cayeron en picada sobre el escenario. Cayó tanta agua que Sabina tuvo que suspender el show, ya que los músicos corrían peligro. Diluvió de tal manera que la cancha de Boca y los alrededores se inundaron. El agua nos llegaba por arriba de las rodillas, o tal vez más. Si quisiera exagerar, podría decir que no salimos del estadio caminando sino nadando. Durante horas fue imposible tomar un colectivo, imposible mover un auto. Nos quedamos ahí hasta que la zona se descongestionó y finalmente pudimos irnos.

Al día siguiente, Sabina hizo su segundo show. Según me contaron, tocó un montón de temas y hasta invitó a Fito Páez y se reconciliaron en el escenario. Sí, seguramente estuvo genial. Y yo no fui y no quiero ni ver un video de esa función. Les aviso.

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Hace pocos días, volví a La Boca. Esta vez, solamente a dar una vuelta. Y cuando vi que la mayoría de las casas que están sobre Almirante Brown están elevadas, entendí por qué y me acordé. Sabina, la lluvia, la inundación, no poder verlo con Fito Páez, la tristeza, la bronca. Y ahora, mientras escribo, los recuerdos reaparecen. No sólo los de aquella noche, sino posteriores.

En el 2009 mis amigas peruanas Olga y Mirla vinieron a visitarme a Buenos Aires y las llevé, entre otros lugares, a La Boca. Hicimos el típico recorrido turístico de Caminito. Vimos los conventillos —las viviendas compartidas donde se asentaron las primeras familias de inmigrantes europeos—, los colores dispares de las casas, las parejas tangueras, el icónico café Havanna de la esquina.

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Y, aquella vez, saqué una foto de un banco contra una pared, una foto que más adelante usé en mi post “Volver”, a pocos días de regresar a Buenos Aires tras 16 meses en Asia, para reflejar la tristeza que sentía a través de los colores de la foto.

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Hace unos días, pasé por delante de ese mismo banco y los colores habían cambiado. Ya no eran nostálgicos ni pasteles, ahora eran saturados y alegres… como si se hubiesen adaptado a mi estado de ánimo.

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Después de reencontrarme con el banco di unas vueltas por las afueras de Caminito —por el verdadero barrio de La Boca— y me di cuenta de cómo cambió mi mirada tras haber viajado por América latina y Asia. Vi, en la gente que trabajaba en las veredas, en las personas que tomaban mate con los vecinos, en las mujeres que caminaban con sus hijos por el medio de la calle, la cultura callejera asiática y el ambiente de los pueblos del Caribe o Centroamérica. Vi algo muy latino, un estar afuera, ocupar el espacio público, que me llamó la atención y me gustó mucho. No es algo que se vea en todos los barrios de la ciudad. O tal vez no es algo que yo hubiese podido ver antes… ¿será que tuve que viajar a Asia y América latina para poder mirar realmente a mi ciudad? Y les voy a contar algo: quedé tan anonadada por esa vida callejera de La Boca, que no saqué ni una foto. Solamente miré.

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Y al final era mentira eso de que no tengo ningún recuerdo de La Boca. Lo que tengo es mala memoria.

Amigate con Buenos Aires – El nuevo mini proyecto de VPA

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

Todo empezó hace unos días, cuando preparaba una guía de viajes de Buenos Aires que me habían encargado. Me leí todo acerca de la ciudad, miré fotos, descubrí —virtualmente— rincones que no conocía, encontré muchísimos recorridos temáticos interesantísimos para hacer (“recorrido literario”, “recorrido de bares notables”, “recorrido histórico”, “recorrido cultural”, etc) y después de empaparme de información me dije: “Pará, pero Buenos Aires tiene mil cosas para ver. Mil cosas que ya vi mil veces, pero que quiero ver mil y una más”. Y me dieron ganas de salir en ese mismo momento con un megáfono, pararme en medio de la 9 de Julio —en el Obelisco, tal vez— y gritar: “Hola Buenos Aires, ¡volví! ¡Te quiero otra vez!”. Pero no lo hice porque no tengo megáfono y tenía que terminar de escribir la guía.

Para quienes no lo conocen, les presento al Obelisco.

Ese mismo día, además, pegué una de las calcos de Proyecto Calco en mi espejo. Cada vez que me miraba al espejo, el papelito me decía: Amigate. Y cada vez —como si fuera poco— me lo decía con un tono distinto: con indignación, con tristeza, con alegría, dándome una orden, insistiéndome, apurándome, enojada, haciéndome burla, riéndose. Y me di cuenta de que algo estaba pasando: había llegado el momento de reconciliarme con Buenos Aires —esa ciudad que amo y odio a la vez— y salir a redescubrirla, observarla y fotografiarla.

Así que me propuse un nuevo proyecto: amigarme con Buenos Aires, con sus barrios, con su belleza, con su caos, con su esplendor, con su basura, con su estrés, con su buena onda, con sus calles empedradas, con sus manifestaciones, con sus balcones, con sus esquinas ruidosas, con sus pasajes silenciosos, con su primavera, con su mal humor. Es un proyecto que me inspira y me desafía: me inspira a sorprenderme, a mirar los lugares que ya conozco, aquellos por los que pasé incontables veces, con los ojos más abiertos; me desafía a encontrar detalles, a descubrir nuevas perspectivas, a capturar íconos y momentos urbanos. Me inspira a verla como si fuera la primera vez, como si estuviese viajando por cualquier otro lugar del mundo, y me desafía a reconocerla como propia, como el lugar donde crecí y del que siempre querré irme (y volver volver volver).

Así que tras esta introducción les presento el nuevo Mini Proyecto Fotográfico (“mini”, porque como dije alguna vez, no sé en qué derivará, ni si tendrá cierre, ni cuántos capítulos durará) de Viajando por ahí: después de “Asia de la A a la Z” llega “Amigate con Buenos Aires”.

Quisiera recorrer todos los barrios de la ciudad, pero no sé si me dará el tiempo ya que en breve me vuelvo a Asia (ya daré noticias de eso), así que cubriré la mayor cantidad de lugares que pueda. Igualmente, siempre que vuelva a Buenos Aires, seguiré mirándola como si fuese la primera vez. Así que sospecho que este será un proyecto que jamás terminará del todo.

 

Redescubriendo Buenos Aires (o La velocidad de estar de vuelta)

Los días en Buenos Aires pasan rapidísimo. Tan rápido, que me cuesta poner en orden las ideas. Voy, vengo, salgo por la ciudad más de lo que pensaba que iba a salir, me reencuentro, me encuentro, observo, converso, me reúno, pienso en que tengo que escribir, escribo, visito amigos y familiares, me pongo al día con la comida argentina y con las novedades, me entero de todo lo que pasó y no pasó mientras yo no estaba, leo revistas de enero pensando que son de ahora (siempre fui una perdida en el almanaque), observo las nuevas tendencias en la calle y me sorprendo con los precios de todo (aunque intento no comprar mucho, sólo lo necesario, otra costumbre que adopté después de cargar con mis pocas pertenencias durante meses en una mochila).

Una parte de mí está acá como “residente porteña”, pero mi lado viajero sigue mirando la ciudad con otros ojos. Muchos me preguntan: “¿Buenos Aires cambió?”. No, yo la veo bastante parecida, pero hay cosas que noto con más fuerza ahora, después de haber estado 16 meses afuera y de ver todos los días otra realidad.

Todavía siento que las calles de Buenos Aires están vacías, pero sé que es un “vacías” en comparación y no vacías en sí. Los países de Asia por los que viajé (y viví) tienen algunas características en común, entre ellas la alta densidad de población y la concentración de actividades en la vía pública. Allá, todo pasa puertas para afuera: la gente come, cocina, juega al ajedrez, lava, charla, se reúne y juega en las veredas. Acá, la vida ocurre más puertas para adentro. Allá, nunca estás solo, la gente te habla, te saluda, te mira, te hace sentir que sos diferente. Acá, soy una más, aunque todavía muchos me hablan en inglés (incluso el vendedor ambulante de por acá cerca, que me debe haber visto por lo menos unas 130 veces, arriesgó el otro día un “hello” por lo bajo).

Sin embargo, este vacío callejero está, para mí, lleno de contenido, aunque no en forma de personas sino en forma de palabras y símbolos. Me explico.

Cuando viajaba por Asia estaba acostumbrada a leer carteles y no entender nada: una palabra en otro idioma era un sonido que podía resultar “lindo” o “feo”, pero que no me decía absolutamente nada. Leía los carteles porque me es imposible apagar la vista, pero no los llenaba con ningún significado más que el sugerido por mi imaginación. Acá, de golpe, las palabras volvieron a tener sentido. Imaginen pasar más de un año en un lugar donde no entienden ni un cartel, y después imaginen volver a un lugar donde entienden todo: van a sentir que las palabras conocidas cobran otra dimensión, sus cerebros van a funcionar más rápido que nunca, leyendo, interpretando y entendiendo cada combinación de letras que ven. Porque en nuestra rutina cotidiana vemos, por ejemplo, una parada de colectivo como un cartel que indica dónde frena el transporte que necesitamos, pero si miramos más allá, una parada de colectivo habla acerca del modo de transportarse y las costumbres de la ciudad.

Los primeros días me sentí un poco abrumada: era como tener una sobre oferta de información a todo momento. Después me di cuenta de que mi cabeza realiza procesos distintos según el lugar donde esté. Cuando viajaba por Asia, como muchas veces no podía leer, tenía que interpretar gestos, miradas, movimientos, tenía que darle más importancia a lo no verbal. Acá en Argentina volví a lo verbal: me descubro escuchando, involuntariamente, charlas en el colectivo, conversaciones de celular, encuentros entre vecinos como una voyeur cualquiera. De repente lo hablado volvió a tener sentido y me resulta raro porque es algo que nunca había experimentado. Esto me demuestra que cuando viajo utilizo ciertos sentidos (especialmente el sexto) y cuando estoy de vuelta utilizo otros.

Por otro lado, encuentro mucho contenido “argentino” en forma de símbolos. Una florería es, para nosotros, lo más común del mundo. Sin embargo, a mí me sorprende y me gusta ver todos estos puestos en las esquinas que desbordan de color, con los floristas que arman, con paciencia y dedicación, ramos que luego alguien comprará para darle a otra persona como muestra de afecto o arrepentimiento. En Asia vi ventas callejeras de todo tipo: motos repletas de frutas, bicicletas cubiertas de escobas, vendedores ambulantes cargando jaulas de pájaros, pero siento que lo de las flores es algo más de acá. Lo mismo me pasa con los kioscos, los almacenes, las despensas, las parrillas, los bodegones y tantos otros lugares que a mí se me aparecen como “Íconos De Lo Argentino“.





Esto hace que todo el tiempo frene a sacar fotos (ahora cambié de formato y saco con el celular, como les conté). Si me bajo mal del colectivo, no importa, es una buena excusa para caminar y descubrir detalles que no había visto antes.

Algo que me gusta de esta ciudad es el arte callejero, las intervenciones que se hacen en la vía pública y las publicidades que se pegan en las paredes (más ahora que estamos en época de elecciones). Por momentos siento que en otras ciudades esto de “hablar desde las paredes” no es tan marcado, pero tal vez la diferencia sea que acá puedo interpretar todos los juegos de palabras y los mensajes que tal vez en otros lugares me pasan desapercibidos.





Y todo esto hace que mi cabeza no descanse.

Hace un par de posts y de países atrás comenté que había empezado a juntar cartas (naipes) encontradas en el piso de ciudades y pueblos asiáticos. Como las veía por todos lados, un día decidí levantarlas y formar un mazo de cartas de todas partes del mundo (todavía no lo completé, pero tengo varias). Para mí las cartas representan muchas cosas. Por un lado, son el reflejo del “nivel” de actividad callejera del lugar: cuantas más cartas encuentro en determinada ciudad, pueblo o país, más siento que la vida en ese lugar ocurre afuera; y cuantas menos cartas encuentro en determinada parte del mundo, más siento que ahí la vida ocurre adentro. Por otro lado, en cada ciudad o pueblo que encontré una carta tuve buenas experiencias y sentí que el lugar emanaba una energía positiva; hubo ciudades, en cambio, con las que no simpaticé y que no me regalaron ni un solo naipe. Estando acá en Buenos Aires, el chip de ver cartas en la calle se me apagó.

Sin embargo, el otro día iba caminando por San Telmo, pensando en cualquier cosa, y la vi: una jota de picas me estaba esperando, quién sabe hace cuánto, en la vereda.

Buenos Aires con mirada jet-lag

Había oído hablar del jet-lag pero nunca lo había experimentado, ni siquiera cuando viajé de acá (Argentina) a Tailandia. Tal vez la emoción de haber llegado a Asia no me permitió sentirme mal en aquel momento.

Pero acá en Buenos Aires lo sufrí.

También conocido como El síndrome de los husos horarios, el jet-lag ocurre cuando se cruzan más de tres husos horarios en avión. Los viajes de larga de distancia de este a oeste (y vice versa) producen un desequilibrio entre nuestro reloj interno (el ciclo biológico que nos marca las horas de sueño y vigilia) y el horario externo del país al que se arriba, y eso puede causar insomnio, fatiga, problemas digestivos, ansiedad, deshidratación, dolores de cabeza, problemas de coordinación, confusión en la toma de decisiones, falta de memoria, irritabilidad y apatía (TODO JUNTO). Según la NASA (sí, esa misma), al cuerpo le lleva un día por huso horario adaptarse, es decir que si atravesamos 10 husos horarios, nos llevará 10 días volver a la normalidad.

Yo tuve todos los síntomas anteriores, con especial énfasis en confusión en la toma de decisiones, falta de memoria e insomnio; aunque la mejor definición de lo que fue mi estado durante los tres primeros días fue la que me dijo mi primo: “Es como estar en un sueño”.

caminando como en un sueño donde todos los carteles tienen sentido y las calles están vacías

Las primeras dos noches dormí cuatro horas, me desperté de golpe a las 5 am y no pude dormir más. El viernes a la tarde (día de mi cumpleaños) me fui a dormir la siesta (algo que no hacía hace años, literalmente) y me desperté con el cerebro funcionando en inglés y el impulso de hablar ese idioma. Si bien las palabras me salían en español, me sonaban raras, artificiales. El día anterior me costó muchísimo tomar la decisión de dónde reunirme con mis amigas para celebrar mi cumpleaños y, cada vez que alguien me hablaba rápido o fuerte, me sentía muy abrumada. Recién volví a ser yo el domingo, cinco días después de haber llegado: durante ese lapso de tiempo, sentí que todo lo que pasaba alrededor mío ocurría en otro plano, como si mi cuerpo estuviese ahí pero mi mente se hubiese ido a volar por las nubes.

El viernes, primer día que salí a la calle para tomarme el colectivo (bus público), me pasó algo que aumentó ese estado de ensoñación y llevó la situación a un nivel bizarro y existencial. Mientras recordaba dónde estaba la parada del 39 y caminaba hacia esa esquina, un hombre (argentino de unos 35-40 años) me frenó y me preguntó, en inglés: “Where are you from?”. Frené y me quedé mirándolo durante unos largos segundos, pensando qué responder. Estoy muy acostumbrada a que me hagan esa pregunta, pero en otro contexto, entonces que me la haya preguntado un argentino en nuestra propia ciudad y con mi estado de jet lag me hizo sentir muy confundida. Le respondí “de Argentina” y seguí caminando. Pero después pensé ¿será que ya no pertenezco a Buenos Aires? ¿o será que mi cara de jet-lag me hace parecer una turista perdida? ¿de dónde soy? ¿pasé a ser ciudadana del mundo más que de un país?

Buenos Aires, fría, y yo

Durante mis días de ensoñación, caminar por Buenos Aires me pareció justamente eso: estar como en un sueño. De a poco me reencontré con aquellos elementos tan típicos de la ciudad que había olvidado por ser parte tan intrínseca del paisaje: los paseadores de perros con sus 20 correas y 20 perros alborotados a su alrededor, los kioscos callejeros de revistas con todas las tapas y noticias en exposición, los puestos de flores de las esquinas, los mozos que salen de los restaurantes con el café y el azúcar en la bandeja plateada y lo dejan sobre una mesita al borde de la calle, las mujeres que salen a pasear a sus perros vestidos con ropita de lana a medida, los carteles verdes con pósters de los últimos estrenos cinematográficos, el amarillo y negro de los taxis, el ruido que hace el Subte cuando avanza sobre las vías, los repartidores de pizza que esperan en la puerta del edificio sosteniendo la caja con el piolín, los espacios públicos en refacción, las canchas de fútbol 5, los estacionamientos encajados entre dos edificios en pleno Microcentro, el olor de las facturas que se escapa de las panaderías, los maxikioscos que desbordan de golosinas, el menú ejecutivo del mediodía, los supermercados chinos donde casi no se habla español, las mujeres que caminan con sus pesados tapados de piel, los hombres que (lamentablemente) aún duermen en las veredas y parques, los vendedores de boletos de colectivo que esperan en las paradas, los vendedores ambulantes que se suben al transporte público y ofrecen desde dvds hasta alfajorcitos de maicena y palmeritas a beneficio de instituciones para ex-drogradictos, el arte y el fileteado de los colectivos, el obelisco de noche, el Colón (por fin) reabierto.

El colectivo público de Buenos Aires

Un autito que me gustó (ahora saco todas las fotos con celular)

Esta foto la saqué en el 2009, pero me gusta y la pongo acá

Esquina de otoño (otra sacada con celular)

Prohibido tomar Fernet (veda electoral)

Quilmes tampoco

Descubrí bares y librerías nuevas, vi que algunos lugares cerraron, otros están en alquiler y otros siguen de pie igual que cuando me fui. La realidad es esa: ciertos rincones pueden mutar, pero una ciudad no cambia de un día para el otro. Buenos Aires sigue siendo la misma, ahora la que se siente distinta soy yo.

Tengo ganas de sacarle fotos a todo lo que mencioné, pero todavía no me animo a salir con la cámara, así que por ahora me conformo con la del celular. Qué ironía, ¿no?, soy capaz de caminar con la cámara colgada al cuello por ciudades que no conozco, pero no me animo a hacer lo mismo en la mía. Será porque conozco sus riesgos demasiado bien. Aunque quisiera, en algún momento, sacar la cámara a pasear por acá.

Pero por el momento uso mis ojos.

La imagen de Eva Perón entre edificios

Volando por ahí: de Indonesia a Buenos Aires en 35 horas

Amanece en Ciudad del Cabo (Sudáfrica)

Creo que no hay viaje más largo que el viaje de regreso.

A mí me llevó más de 35 horas y me pareció como estar una semana en un limbo a miles de metros de altura. Pero a la vez, cuando aterricé, sentí que todo había pasado muy rápido.

Vuelo #1: Yogyakarta – Jakarta

Salí de Yogyakarta (Indonesia) a las 12.45 del mediodía del martes 26 de julio. La despedida no fue un “chau hasta nunca”, sino un “Asia, nos vemos pronto”. Como dirían en Indonesia: sampai jumpa lagi (“until we meet again”). El avión #1 (Air Asia) me llevó de Yogyakarta a Jakarta en una hora. Ese mismo camino de 8-10 horas que hice tantas veces en tren esta vez fue rápido y por arriba.

No soy fanática de viajar en avión, me gusta más ir en tren o bus por tierra, pero creo que los aeropuertos son lugares muy interesantes para aquellos que disfruten observar. Los aeropuertos son micromundos: en esos espacios se mezclan personas de todas partes del mundo, de distintas religiones, con distinto color de piel y se escuchan mil y un idiomas. Y cada aeropuerto, además, sintetiza la cultura del país al que pertenece. En el de Indonesia, por ejemplo, entré a una librería y lo primero que vi fueron muchísimos libros de fotografía (a los indonesios les encanta sacar fotos), en Malasia, en cambio, había más libros de actualidad y política. Y los souvenirs, si bien no me gustan, dicen mucho de un país: en Indonesia, el batik habla del arte, en Malasia, la cantidad de free shops y negocios habla del consumismo, en África, los tambores hablan acerca de la música…

Mientras esperaba el segundo vuelo en el aeropuerto de Jakarta me senté en un rincón y me puse a mirar las fotos que imprimí en Yogyakarta antes de irme. Uno de los guardias del aeropuerto se me acercó y me preguntó con cara muy seria: “¿son cuadros?”. Le dije que no, que eran fotos y me preguntó si las había sacado yo. Cuando le respondí que sí no dijo nada más y se fue. A los cinco minutos se me acercaron otros dos: “¿de dónde son esas fotos?”, “de Asia”, “¿y tenés de Indonesia?”, “sí”, y se las mostré. Pero me hablaron con tal seriedad que no sé si me lo preguntaban de curiosos o si era porque esto de trasladar fotos impresas de un país a otro rompía algún tipo de ley.

En el aire

Vuelo #2: Jakarta – Kuala Lumpur

Finalmente, más de 4 horas de espera después, embarqué en el primer tramo del vuelo Jakarta (JKT)  – Buenos Aires (EZE) y, dos horas de vuelo después, llegué a Kuala Lumpur (Malasia).

Durante las 5 horas de espera en el aeropuerto de KL me sentí más en Argentina que en Asia: la mayor cantidad de los pasajeros que esperaban conmigo eran argentinos. Cuando me subí por fin al avión #3 me di cuenta de lo tragicómico de la situación: en un avión repleto de argentinos, ninguno me reconoció como argentina. La primera que me lo demostró fue la azafata (argentina), que directamente me habló en inglés. Y como si fuera poco, al chino que se sentaba al lado mío, que claramente era chino y tenía cara de no hablar inglés, le habló en argentino: “tu asiento es el de la ventanisha”. Más tarde me levanté para ir al baño y un nene, argentino también, me habló en inglés. Respondí de la manera más argentina posible, haciendo énfasis en el “shh” de las “ll” y de las “y”.

Vuelo #3: Kuala Lumpur – Ciudad del Cabo

El vuelo de Kuala Lumpur a Ciudad del Cabo (Sudáfrica) duró unas 10 o 12 horas (ya ni me acuerdo). En esas horas cené dos veces, desayuné dos veces y me sentí completamente perdida en los husos horarios. Además la ansiedad no me dejó dormir.

Ciudad del Cabo desde el cielo

Ciudad del Cabo II

Ciudad del Cabo me pareció muy linda desde el cielo: casitas bajas de colores, montañas arrugadas, la playa y un amanecer naranja. Qué silenciosas que son las ciudades vistas desde arriba.

El avión hizo una parada de una hora y media, así que decidí bajar para ver el aeropuerto. En el aeropuerto éramos todos argentinos. Entré a un negocio de souvenirs típicos de África con la cámara y me puse a mirar los tambores, tazas, manteles y telas que vendían. Cuando salí me crucé con un señor argentino que claramente pensó que yo era de cualquier otro país menos de Argentina, miró mi cámara (tengo una Nikon D90), siguió caminando y dijo en voz alta, con un tono de total desagrado: “¡qué lenteja que tiene! ¡por favor!” como si yo fuese una turista que anda con una lente telescópica apuntando a todo ser que se me cruza. Sí señor, la “lenteja” a la que tan cálidamente se refirió es la lente de 18-105 mm que viene con la cámara. Lástima que en ese momento no supe cómo reaccionar, pero creo que el “qué lenteja” quedó para la historia.

Souvenirs africanos

Vuelo #4: Ciudad del Cabo – Buenos Aires

Finalmente el avión despegó y cruzó el Atlántico para ir de Ciudad del Cabo al destino final: el aeropuerto de Ezeiza. Ese fue el tramo que más largo se me hizo: dormí muy poco, me miré todas las series y películas que ofrecían en el servicio de entretenimiento, leí, me marée, intenté dormir más y miré el reloj mil veces, pero el tiempo no avanzaba. Cuando aterrizamos lo único que pensé fue POR FIN. Fue el viaje en avión más largo de mi vida.

Primera vista de Buenos Aires

Aterrice sobre una Buenos Aires invernal, con árboles pelados y calles frescas. Mi familia me recibió en Ezeiza y cuando íbamos por la ciudad en el auto me pasaron dos cosas que me demostraron que mi chip sigue en modo Asia.

Primero, me sorprendí al ver que todos los carteles estaban en español. Leí todo lo que pude, absorbiendo cada palabra: compostura de calzado, hay maracuyá y arándanos, parrilla argentina, votá a Mauricio, elegí a Filmus, estacionamiento 24 hs, panadería. Pero cuando leí la campera de los recolectores de basura, en vez de leer “Jugá”, leí “Yú-ga”, la misma palabra pero… ¡en indonesio! (que significa “también”).

Y segundo, dije en voz alta, sin darme cuenta de por qué lo decía: “qué vacías que están las calles… ¿dónde está la gente?”. Y unos minutos después caí: en Asia el espacio privado está completamente volcado al espacio público. La gente cocina en la calle, juega a las cartas y al ajedrez en las veredas, las motos y los carritos circulan entre medio de los autos, las personas están siempre afuera. En Buenos Aires esa cultura callejera es mucho más acotada, no es el caos de sonidos, colores y olores que forman el paisaje urbano de las ciudades asiáticas.

Buenos Aires me parece extraña y familiar a la vez, aunque la verdad es que todavía no caigo que estoy acá. Fue todo muy rápido, si bien el vuelo fue larguísimo, siento como si me hubiese teletransportado. Mientras miraba la ciudad a través de la ventana del auto, me dio la sensación de que alguien había fabricado “personajes porteños típicos” con cartón y los había ubicado en lugares estratégicos: el paseador de perros, los carniceros charlando detrás del mostrador, las mujeres con tapados de piel que entraban a las sastrerías, los encargados apoyados contra el marco de la puerta de los edificios, los verduleros que se agachaban a juntar las verduras, los chicos que iban en bicicleta con la guitarra en la espalda, las chicas que iban caminando mientras mandan mensajitos en el celular. Tan rara me sentí que hasta la saqué fotos a una parrilla y a una verdulería, como si las hubiese visto por primera vez en mi vida.

La foto no es muy buena pero sirve de ejemplo. Vi la parrilla desde el auto y me encantaron los colores.

La verdulería

Estoy acá pero siento que estoy metida en un sueño. Como bien me dijo una amiga hoy, “después de un viaje largo, el cuerpo vuelve… pero el alma tarda un poco más en llegar”.

Volver (después de un viaje de 16 meses por Asia)

Escribo esto a siete seis cinco cuatro tres dos días de volver a Argentina. Lo escribo ahora, porque no sé si podré escribir la noche antes de irme. La cuenta regresiva se hace cada vez más fuerte, los días pasan rapidísimo, sin piedad. Siento que hace unas horas todavía faltaba un mes. Ahora faltan menos de 48 horas. Los miedos me persiguen hasta en mis sueños: aparezco en Buenos Aires sin haberme despedido de nadie, pierdo el vuelo a Argentina y quedo atrapada para siempre en un aeropuerto, vuelvo a Buenos Aires y la ciudad está gris, con caños rotos, niebla negra y charcos de agua, al estilo de Ciudad Gótica; vuelvo a Buenos Aires y no tengo conexión de internet ni señal de celular, no puedo comunicarme con nadie. Me despierto de golpe y me doy cuenta de que todavía sigo acá. Es que esos días A.V. (“antes de volver”) son fatales. Uno sigue de viaje, pero es imposible no pensar en la vuelta que se acerca. El cuerpo está en una parte del mundo y la cabeza ya está en otra.

Volver. ¿Será que todos los viajeros sienten lo mismo al regresar, sin importar a qué ciudad vuelvan? Yo vuelvo a Buenos Aires, pero bien podría estar volviendo a Madrid, a San Petersburgo, al Cairo. No elegí dónde nacer, pero mi país de nacimiento determinó la ciudad a la que siempre querré/temeré volver: Buenos Aires. ¿Qué es lo que tanto nos angustia de volver a nuestro lugar de partida? Dudo que un viajero que visite Buenos Aires por primera vez se sienta así: para él, viajar a Buenos Aires significará llegar a un lugar nuevo, la llegada tendrá expectativas y adrenalina, tendrá preguntas y deseos. Lo que me hace pensar que lo que me angustia no es volver a Buenos Aires en sí, sino volver a secas. Volver a lo cotidiano, a lo familiar, a lo que se conoce desde hace años, a lo que ya no sorprende tanto. Volver al único lugar del mundo donde no soy extranjera, a la única ciudad donde no necesito aprender códigos urbanos desconocidos para sobrevivir, a ese lugar del cual conozco todo lo bueno y todo lo malo.

Volver. Hay algo de los regresos que me hace reflexionar. Creo que es inevitable, como los balances de año nuevo. Aunque uno no quiera, los hace. Qué fue lo bueno y lo malo de este año (en mi caso, cambio “año” por “viaje”, prefiero escribir mi historia en travesías antes que en números), qué aprendí, en qué me equivoqué, por qué me equivoqué, qué volvería hacer, qué me quedó sin hacer, qué miedo superé, qué rincón de mí misma conocí. Asia me enseñó muchas cosas, pero me daré cuenta de qué exactamente con el tiempo. Asia me cambió por dentro, pero reconoceré esos cambios cuando vuelva a mi hábitat natural. Ahí me daré cuenta de todo.

Vuelvo por poco tiempo a Argentina. No porque no quiera quedarme en mi país, sino porque la cantidad de mundo que hay afuera me llama, porque siento que si me quedo quieta por demasiado tiempo no me va a alcanzar la vida para conocer todo lo que quiero conocer. Vuelvo con planes y proyectos, para evitar la depresión post-viaje. Vuelvo pensando en mi próximo viaje, como todo buen viajero. Y vuelvo con una idea que se me instaló en la cabeza hace un tiempo. Siento que, de repente, todas las flechas me conducen a la misma palabra: LIBRO. Antes pensaba: “primero viajar, más adelante libro”. Ahora todo me dice libro libro libro libro. Si quiero ser escritora, en algún momento tengo que empezar. Tal vez este blog haya sido un boceto de todo lo que quiero decir en 100, 200 o 300 páginas. O tal vez no. Lo cierto es que hace varios meses tengo ideas dándome vueltas por la cabeza. Y así como tengo ideas, también tengo miedos: ¿podré escribir un libro “entero”? ¿encontraré un hilo conductor para mis historias? ¿alguien lo leerá? ¿qué críticas recibirá? Pero así como una vez les dije (y me dije) “Si querés viajar, viajá”, ahora me digo a mí misma: “Si querés ser escritora, escribí”. Es lindo soñar y pensar “quiero ser/hacer tal cosa”, pero lo cierto es que el mundo no espera a nadie, es uno el que tiene que empezar.

Así que además de los viajes, ese es mi proyecto a corto plazo: escribir un libro (o por lo menos intentarlo). Siento que esto de volver a Argentina, aunque no sea más que por unas semanas, le da una especie de cierre (o intervalo) al viaje: sé que desde Buenos Aires voy a ver estos 16 meses en Asia desde otra perspectiva y espero poder plasmar todo lo que viví, pensé, aprendí, vi y conocí en hojas de verdad. Me gustan los blogs pero todavía creo en los libros.

Así que cuando pise Ezeiza, en vez de pensar “hoy volví a Argentina”, espero ser capaz de decir: “hoy empieza a nacer mi primer libro”.

Limbo (esos días entre que terminás un viaje y volvés a tu casa)

Les confieso que esto de volver dentro de tan poco tiempo a Argentina me tiene como en limbo. Estoy totalmente bloqueada y sin poder escribir una palabra hace días, por eso mi pobre blog no se actualiza. No es que no quiera, es que no puedo.

No estoy así tanto por el hecho de volver, ya que en el fondo tengo ganas de estar un poquito allá y de reencontrarme con personas, costumbres y rincones que extraño. Pero estar viviendo en Indonesia me confunde: ¿estoy viajando o no estoy viajando? ¿Será que mi próximo viaje será “a Argentina”? ¿Yogyakarta, la ciudad de Indonesia donde vivo, se convirtió en mi “no viajar” y Buenos Aires, ciudad que conozco hace 25 años, será mi “próximo viaje”? ¿Esto sienten los expatriados al vivir afuera? Estoy confundida.

Estoy en alguna nube entre esto…

… y esto (ambas fotos son las vistas que tengo desde la ventana en Buenos Aires y en Yogyakarta, ustedes sabrán diferenciar cuál es cuál)

A fines de julio, si la ceniza me lo permite, estaré de vuelta en Argentina. Voy a festejar mis 26 allá, en pleno invierno, con chocotorta, piñata de alfajores y globos multicolor. Va a ser uno de los vuelos más largos de mi vida, creo que dos días, entre escalas y conexiones, y con la diferencia horaria siento que esos dos días voy a estar flotando en la nada (limbo a la décima potencia). Primero porque voy a estar en tránsito y no voy a “pertenecer” a ningún país en particular, solamente a una aerolínea (es decir que no voy a estar en un lugar ni en otro); segundo porque voy a viajar atrás en el tiempo, entonces tal vez cuando llegue voy a haber dormido tres noches en dos días, o algo así. Y con todas las emociones mezcladas que tengo en este momento sé que voy a llegar y no voy a entender nada. Todos a mi alrededor van a hablar mi idioma, algo que no me pasa hace meses, nadie me va a decir “lady lady transport”, me voy a horrorizar con lo caro que está todo y la ciudad que amo/odio ni se va a inmutar por mi regreso.

Por eso les digo: limbo. Todavía no me fui de Asia pero ya siento que estoy en semi-transición. Es lo que pasa cuando uno sabe que algo se está por terminar. Por momentos no puedo evitar pensar todo lo que voy a hacer allá, y por momentos no puedo evitar pensar todo lo que voy a extrañar de acá.

Cuando me fui de Buenos Aires, en abril de 2010, no tenía ningún plan. ¿Cuándo volvés? No sé. ¿Qué países vas a ver? No sé. ¿Volvés? No sé. Si quiero que mi día a día sea viajar, me es imposible planear de antemano cómo será mi vida. ¿Ustedes planean todo lo que van a hacer de acá a un año, qué ruta van a tomar para ir a tal lugar, qué van a comer, a quién van a conocer? Es imposible. Sin embargo todos me pedían respuestas y yo nunca las tuve. Sé que cuando vuelva me van a preguntar muchas cosas: ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Cuál es tu próximo destino? ¿Qué va a ser de tu vida? Por el momento lo único que sé es que este viaje a Buenos Aires no será un regreso sino una visita, un interludio, un corte en el medio, un respiro tal vez, un mini descanso y un reencuentro con la gente que quiero. Y después, Asia me espera otra vez.

Tengo varios planes para cuando vuelva a Argentina que ya les iré contando. Y si bien tengo muchas preguntas, hay algo de lo que estoy segura: después de 16 meses de ausencia, me va a ser imposible no mirar a Buenos Aires con otros ojos.

[no-Viajando en una foto] o Viajando en una ventana

Estrictamente hablando esta foto no fue sacada en Asia.

Estrictamente hablando (o escribiendo) esta foto fue sacada desde el escritorio de mi casa en Buenos Aires pocos meses antes de viajar hacia el Sudeste Asiático.

Pero, estrictamente hablando otra vez, en aquel momento mis ojos veían Buenos Aires, pero mi mente ya imaginaba Asia.

Cada vez que veo esta foto me veo a mí misma mirando por esa ventana, sentada frente a la computadora con una taza de café, descalza y en silencio, deseando estar en cualquier lugar de Asia (o del mundo) que no fuera Buenos Aires.

Esta foto me hace acordar al momento en que decidí que quería (que debía, por alguna razón desconocida) irme a Asia, porque lo decidí mientras miraba por la ventana.

Todos los mails de confirmación del pasaje, la información que leí en internet, los blogs de viaje que investigué, las consultas que hice por chat, los primeros posteos que subí a mi blog, todo eso paso frente a esa ventana.

Todas las dudas, miedos, certezas y preguntas que tuve o me hice antes de viajar ocurrieron mientras miraba por esa ventana.

Todos los pensamientos meláncolicos de voy a extrañar esta vista los días de lluvia, los pensamientos eufóricos de quiero desaparecer en ese cielo dentro de un avión ya mismo, los pensamientos incrédulos de me voy a Asia enloquecí del todo, los pensamientos curiosos de qué vistas veré por las ventanas asiáticas, todos aparecieron en mi cabeza mientras miraba por esta ventana.

Y lo más interesante es cómo cambia el significado de una foto según el contexto desde que se la mira.

Cuando la saqué, esa vista me hacía viajar mentalmente lejos de Buenos Aires.

Pero desde acá me hace volver a mi escritorio, a mi computadora, a mi lámpara, a esos edificios y a ese cielo nublado, aunque sea por un rato.

“Viajando en una foto” describe a esta imagen perfectamente.

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