Volver sin volver

Querida Lau:

Acabo de volver de un viaje de tres semanas por Hungría, República Checa y Alemania. En realidad debería decirte: acabo de volver de un viaje de casi ocho meses por Europa. O podría decirte: acabo de volver de un viaje de un año por Sudamérica y Europa. Pero volver a dónde, te preguntarás, si como sabés estoy en Francia y no en Buenos Aires. Será que después de mucho viajar uno se da cuenta de que volver no implica ir a un lugar concreto, sino activar el modo sedentario y quedarse quieto en donde sea. O quizá me equivoco y la única manera de volver del todo es regresar al punto de partida, a nuestro lugar de origen, a la ciudad donde consideramos que está nuestro hogar. No lo sé. Y ya sabés que últimamente soy la campeona del no sé.

Acá estoy ahora.

Acá estoy ahora. La costa está llena de edificios, pero el resto del lugar son casitas.

Lindo, ¿no?

Lindo, ¿no?

Tiene mar...

Tiene mar…

Y playas enormes.

Y playas enormes.

Lo que sí sé es que estoy cansada. Muy. Ya hace un año (este 15 de octubre se cumple) que me fui de Buenos Aires. Hace un año que no paro de moverme: Argentina, Chile, Bolivia, Perú, España, Francia, Bélgica, Inglaterra, Francia otra vez, España otra vez, Islandia (nuestro viaje inolvidable y bizarro), Francia otra vez (nunca pensé que el destino me llevaría tantas veces a este país, si te soy sincera era uno de los que menos me llamaba conocer), Hungría, República Checa, Alemania y Francia una vez más. Viajé en avión, en tren, en auto, a dedo, en blablacar. Me quedé en hostels, en casas de lectores, en casas de amigos, en casas de familias, en campings, en hoteles. Salí de mi zona de confort (¡cómo me costó arrancar! ¿te acordás), me di cuenta de lo importante que es estar, pasé duelos y dolores, presenté mi libro en España, aprendí a hacer surf (y de paso me esguincé la muñeca derecha), viajé al pueblo donde nació mi mamá, fui a Liverpool en busca de algo beatle, encontré un comodín en Chileestudié húngaro, deliré con vos en Islandia, hice 2000 kilómetros en auto de Francia a Hungría, sufrí el síndrome de París, participé en Sant Jordi, cubrí el Sziget Festival en Budapestco-escribí otro libro. Muchas cosas en muchos meses. Pero hoy, recién hoy, puedo decirte que conseguí algo tan simple como un escritorio propio y privacidad para sentarme a escribir. Porque durante un año no paré de moverme y no paré de ser huésped. Y fue agotador. Vos lo sabrás.

¡Ah! Fui al museo del mazapán. Lejos: el mujer museo de mi vida. Tendrías que haber venido conmigo. Y como si fuera poco, está en Hungría.

¡Ah! Fui al museo del mazapán. Lejos: el mujer museo de mi vida. Tendrías que haber venido conmigo. Y como si fuera poco, está en Hungría.

Tenían un montóoon de figuras hechas en mazapán.

Tenían un montóoon de figuras hechas en mazapán.

A que ahora le tenés un poco más de cariño... (Ya sé lo que estás pensando: "Mientras no tenga que comérmelo...")

A que ahora le tenés un poco más de cariño… (Ya sé lo que estás pensando: “Mientras no tenga que comérmelo…”)

Este lugar se llama Sopron y fue uno de los que más me gustó en Hungría.

Este lugar se llama Sopron y fue uno de los que más me gustó en Hungría.

Tenía una "torre del fuego". llegamos justo el día de la fiesta del vino.

Tenía una “torre del fuego”. Llegamos justo el día de la fiesta del vino.

Te lo vengo diciendo hace un tiempo y sé que me entendés: me cansé de viajar. Bah, no de viajar en sí, sino de viajar tan rápido (si bien me considero del club de los slow travelers, creo que voy a tener que ir extra slow). ¿Sabés de qué me di cuenta? (Y hace tiempo que lo venía sospechando). Creo que necesito quedarme más tiempo en un mismo lugar (que me guste, obvio), vivir dos, tres, cuatro meses y después moverme a otro lado. Al menos por el momento. No sé cuánto durará este momento, pero así como antes deseaba estar avanzando por la ruta de algún país lejano, hoy sueño con tener un lugar tranquilo donde poder escribir, una cocina donde prepararme lo que me gusta, un grupo de amigos que no se desintegre cada dos semanas, una bici para dar vueltas por ahí, un mar que no cambie de lugar enseguida. Mi cuerpo me está pidiendo una sola cosa: quietud. Es la prueba de que nuestras necesidades van cambiando. Además tengo un ama de casa viviendo adentro mío y últimamente anda con ganas de salir a tomar aire. Hoy me desperté y fui caminando al super, después cociné, limpié y ordené todo tres veces (mi lado obse en todo su esplendor, diría Maru; yo creo que es mi procrastinación necesaria para después sentarme a escribir). Supongo que mi manera de vivir es ir alternando estados. Porque también sé que no podría quedarme para siempre acá (ni acá ni en otro lado).

Te mando algunas fotos de cosas lindas que me hicieron acordar a vos, como este elefantito en medio de una calle húngara.

Te mando algunas fotos de cosas lindas que me hicieron acordar a vos, como este elefantito en medio de una calle húngara.

O este gato que me observaba.

O este gato que me observaba.

El monumento a la soda (?)

El monumento a la soda (?)

Una señora en la ventana.

Una señora en la ventana.

Chicos mirando la ciudad (Praga)

Chicos mirando la ciudad (Praga)

Y una lámpara rara en una callecita de un pueblo austríaco en el que nos perdimos.

Y una lámpara rara en una callecita de un pueblo austríaco en el que nos perdimos.

El otro día me reencontré con una amiga de Budapest en Munich (¡es linda Munich! Fui al Oktoberfest, pero después te cuento) y nos fuimos a caminar y a charlar (cómo fluyen las palabras cuando uno camina, ¿no?). Le dije que para mí la vida es cambio constante, estamos en evolución permanente, el mundo no para de avanzar. Y entendí que algo importante para mi felicidad es escuchar mis necesidades y hacer lo posible para satisfacerlas. Hace tiempo que algo adentro mío no andaba del todo bien, y ayer, cuando el tren me dejó de vuelta en Francia, entendí lo que era. Necesitaba frenar, nada más. Necesitaba saber que durante un tiempo no estoy “obligada” a irme a ninguna parte (ya sé que nadie nos obliga, pero la inercia y esa adicción que generan los viajes hace que sea difícil frenar). Y ahora me siento feliz: feliz de poder poner mis cosas en estantes y en cajones, feliz de tener un mar que me espera todos los días a dos cuadras, feliz de tener una cocina propia, feliz (tan feliz) de tener un escritorio que es solamente mío y en el que puedo dejar todas mis cosas desparramadas. No sé cuánto tiempo me quedaré acá, quizá en unas semanas piro y me voy. Pero por ahora es lo que necesitaba.

Este fue mi escritorio en Zandt, un pueblito de la Baviera alemana. Un adelanto de mi escritorio actual, aunque con otra vista.

Este fue mi escritorio en Zandt, un pueblito de la Baviera alemana. Un adelanto de mi escritorio actual, aunque con otra vista.

Allá veía el valle bien verde. Acá si hago fuerza puedo ver el mar.

Allá veía el valle bien verde. Acá si hago fuerza puedo ver el mar.

Esta maceta me gustó (la encontré en Hungría)

Esta maceta me gustó (la encontré en Hungría)

Y esta chica escribía un mensaje en el muro de John Lennon, en Praga.

Y esta chica escribía un mensaje en el muro de John Lennon, en Praga.

Te cuento algo más. Hace unas semanas, mi alma (¿será el alma?) me está sugiriendo, así bajito, como quien no quiere la cosa: Ey… pst… Ani… ¿y si volvés un tiempito a Buenos Aires? ¿No tenés ganas? Allá tenés a tus amigas, a tu familia… Podés salir a andar en bici, ir a la Masa Crítica, encerrarte a escribir, salir a caminar. Ya sé que no hay mar y que la ciudad después de un tiempo te satura, pero sería por un ratito nomás. Capaz podés hacer cosas allá, presentar más libros, organizar alguna muestra de fotos. Podés pasar las fiestas allá y después ves. Sí, sí, Buenos Aires en verano es horrible, podés freír huevos sobre el asfalto, pero te ponés un buen ventilador y chau. ¿No te dan ganas? Y todos los días me lo repite, no sé si para convencerme de que todo fue idea mía o para ganarme por cansancio.

Y la verdad es que sí, quiero volver a Buenos Aires. Pero antes quiero hacer una prueba. Quiero ver qué pasa si me quedo quieta durante, ponele, dos o tres meses en un mismo lugar, con el modo viajero desactivado. Un viajar sin viajar, digamos. Mis candidatas son Biarritz (donde estoy ahora) y Barcelona. Porque al fin y al cabo lo que necesito es quietud, una rutina, un espacio donde trabajar. Entonces quiero ver si teniendo todo eso —fuera de Buenos Aires— todavía sigo con ganas de volver a Buenos Aires. Es que lo que necesito, también, es tener a mi familia y a mis amigos de siempre cerca, tenerlos a una caminata o un viaje en bondi de distancia, poder decirles “¿vamos a tomar algo?” y unas horas después hacerlo. En Europa también tengo amigos y familia, pero mientras yo me siga moviendo ellos también seguirán estando lejos. Aunque te confieso algo más (ya sé que soy una vueltera, pero ya me conocés): durante estas últimas semanas, mientras seguía en movimiento, pensé mucho en volver a Buenos Aires, pero ahora que estoy acá, instalada en mi casita temporaria, lo estoy pensando dos veces. Por un lado: sí, quiero. Quiero Buenos Aires amigos familia bici río cafecitos charlas. Por otro: me aterra la idea de subirme a un vuelo tan largo (¿te acordás cómo me puse durante el vuelo a Islandia? Pensé que se caía el avión) y tengo miedo de volver, de estar contenta un tiempito, de que Buenos Aires vuelva a enloquecerme (es tan linda pero tan neurótica) y de querer irme otra vez. ¡Además estoy viviendo frente al mar! El sueño de mi vida… Por eso, ya veré qué me dice esa vocecita durante estas semanas.

Por el momento pienso en tener una bici...

Por el momento pienso en tener una bici…

Y me acuerdo de todos los lugares que visité en este viaje. Como Munich.

Y me acuerdo de todos los lugares que visité en este viaje. Como Munich.

Munich otra vez.

Munich otra vez.

¡El Oktoberfest! Qué bueno que estuvo, era totalmente distinto a lo que esperaba.

¡El Oktoberfest! Qué bueno que estuvo, era totalmente distinto a lo que esperaba.

Regensburg también me pareció muy linda.

Regensburg también me pareció muy linda.

Y Hungría ni hablar. Esta foto me hace pensar en París, creo que por las chimeneas.

Y Hungría ni hablar. Esta foto me hace pensar en París, creo que por las chimeneas.

Test: ¿cuántos maniquíes hay en la foto?

Test: ¿cuántos maniquíes hay en la foto?

Me gustan los colores de esta foto.

Me gustan los colores de esta foto.

Y el frente de este negocio.

Y el frente de este negocio.

Y las dos mujeres de la mano.

Y las dos mujeres de la mano.

Te extraño. Me encantó tu carta. Me encanta ver que hay gente viajando de tantas formas. Porque con nosotros los viajeros pasa lo mismo que con personas de cualquier otra profesión (fah! profesión mandé!): cuando nos ven de lejos, piensan que todos viajamos igual, que todos somos mochileros o que todos somos escritores o que todos viajamos haciendo couchsurfing. Y no. Hay tantas maneras de desplazarse por el mundo, y lo lindo es que cada uno puede elegir (o inventar) la más acorde a su personalidad. No hay que ser mochilero como tampoco hay que ser escritor para poder viajar. Me llegan mails de gente con todo tipo de profesiones (¡hasta policías!) que quieren saber si es posible combinar su trabajo con los viajes. Yo les suelo responder que se puede, aunque no tengo la fórmula. El cómo ya depende de la creatividad de cada uno. Pero como poder, todo se puede. ¿No te parece?

Es cuestión de pensar positivamente.

Es cuestión de pensar positivamente.

¡Salud!

¡Salud!

Bueno Lau, te dejo. Me voy al barcito de la esquina a encontrarme con amigos. Ja. Ya soy una porteña cualquiera, aunque lejos de Buenos Aires. Hoy estoy feliz. Necesitaba volver a esto. Contame cómo sigue todo por Kosovo. Y cuando quieras huir de Juan por un rato, vení a visitarme. :)

Un abrazo,

Ani

El Regreso (balance de mi viaje por Europa)

“Life is lived forwards but understood backwards” (La vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás) (Lo mismo pasa con los viajes)

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—Si hicieras un balance viajero, ¿crees que cumpliste todas tus expectativas en este último viaje?

—No podría decirte ni sí ni no, porque en este viaje me fui de Argentina sin expectativas, me dejé llevar, viví más que viajar. Como no vine buscando “algo”, no vine con una ruta ni con un plan estricto, dejé que las cosas “me pasaran”, dejé que este viaje “me encontrara”…

El que me pregunta esto es Guido, un amigo argentino al que no veía hacía por lo menos tres años. Nos reencontramos en el kilómetro cero de Madrid el jueves a la noche, 24 horas antes de que me tomara el avión de España a Argentina, y fue como si esos tres años de distancia nunca hubiesen existido. Nos encontramos tras mi viaje de cinco meses por España, por Marruecos, por Suecia y por España otra vez. Nos encontramos en el momento justo para hablar de esto (de mi regreso, del balance viajero, de mis conclusiones). Lo que él me pregunta yo ya lo venía pensando, aunque con otras palabras. Más que en mis expectativas, en los días anteriores a mi regreso me la pasé pensando en mi aprendizaje.

[singlepic id=5054 h=625 float=center] Las fotos de este post, como verán, son fotos sueltas que no tienen que ver con nada, pero que me gustan y me quedaron pendientes de subir…

Este viaje, a diferencia de todos los que hice anteriormente, fue un viaje de personas. A cada lugar de España al que viajé lo hice porque alguien me esperaba, porque alguien me había invitado, porque alguien me iba a recibir. No vi, por ejemplo, Madrid desde una torre con vista panorámica, pero compartí una charla y un café con dos bloggers de viaje. No estuve, digamos, en Ibiza, pero conocí en persona a mi familia asturiana y compartí varios días de mi vida con ellos. No conocí la Alhambra (lo lamento, sí, pero volveré), pero me reencontré con una amiga argentina a la que no veía hacía diez años. No fui a Portugal, pero cuando llegué a mi casa me esperaban dos lindísimas postales de Aveiro y Lisboa, enviadas de puño y letra por mi lectora y amiga (virtual, por ahora) portuguesa. No recorrí todo Marruecos, pero me hice amigos nómadas y sentí cómo el mar me curaba el alma.

[singlepic id=5033 w=625 float=center] La planta-pájaro (dicen que vuela cuando nadie la ve)

[singlepic id=5034 w=625 float=center] “El huevo” de la Plaza Monumental de Barcelona

[singlepic id=5049 w=625 float=center] Sombra de un farol en Girona

Ya sé, me faltó conocer muchísimo del país. Me faltó conocer todo el resto de Europa. Lo que pasa es que esta vez en vez de viajar en busca de paisajes, monumentos, arquitectura, ciudades o pueblos, me moví en busca de personas. Viajé a través de la gente. Crecí a través de la gente. Tuve más abrazos que en cualquier otro lugar del mundo. Recibí más verdades que en cualquier otro momento de mi vida. Aprendí que lo que más me llena en un viaje es conectar con la gente, hacerme amigos, conocer a cada persona que se cruza en mi camino. Aprendí, también, que lo más difícil es justamente eso, porque cada nueva amistad ya viene con fecha de despedida. Aprendí, sin embargo, a convivir con esa realidad, a aceptar que mientras siga siendo viajera siempre tendré que seguir despidiéndome de la gente que quiero. Porque no me queda otra, si quiero seguir viajando por el mundo, tengo que aprender a decir “hasta pronto” (y a confiar en que la vida nos volverá a cruzar). Aprendí, gracias a eso, a no sufrir por la separación, sino a vivir cada momento con intensidad, a disfrutar de mi relación con cada persona, dure lo que dure. Aprendí a reconocer que ninguna despedida es para siempre, y que lo bueno de viajar es que tendré amigos en todas partes del mundo, lo que hace que mi vida sea más feliz. Y aprendí, también, que no me va a dar la vida para conocer todos los rincones del mundo, que es imposible visitar todo, y que tendré que ir creando mi propia ruta, mi caminito en este planeta.

[singlepic id=5052 w=625 float=center] Juguemos

[singlepic id=5044 w=625 float=center] En el lugar que sea, hay que jugar. Saltar.

[singlepic id=5038 w=625 float=center] Soplar burbujas gigantes.

[singlepic id=5048 w=625 float=center] Sentarse en una fuente, en medio del tráfico, a charlar.

[singlepic id=5047 h=625 float=center] Hacer arte.

[singlepic id=5053 w=625 float=center] Crear mundos de colores, como el artixta :)

[singlepic id=5046 w=625 float=center] Y no perder la conexión con el otro, nunca.

El día antes de irme me reencontré con Irene, una argentina amiga de mi mamá que vive en Madrid hace más de cuarenta años, y cuando hablamos de este tema (ella también sabe de despedidas) me regaló una frase que quedará para siempre entre mis enseñanzas de cabecera: “Más vale la pena, que la nada”. Mejor vivirlo, aunque sea corto, que no animarse por miedo a sufrir después.

[singlepic id=5045 w=625 float=center] O, como dirían, “quién me quita lo bailado”.

[singlepic id=5041 w=625 float=center] Del otro lado del puente siempre habrá algo nuevo.

Y ahora, estando acá en Buenos Aires, otra vez frente a mi ventana, me doy cuenta de que no hay nada como un regreso para entender cómo fue un viaje. Si bien yo puedo ir relatando lo que vivo, pienso y siento a medida que viajo (“el minuto a minuto del blog”), la distancia que me da el retorno me permite ver todo desde otro ángulo y tener una idea más global de lo vivido. Cada vez que vuelvo entiendo cómo fue el viaje, por qué viví lo que viví, qué aprendí y en qué aspectos crecí. Además, cada vez que vuelvo logro entender aún más los regresos anteriores. De los cuatro “grandes” regresos que hice (ni que fuera una banda de rock, che), este es el más feliz. Cada regreso fue distinto, porque cada viaje, a su vez, tuvo su propia personalidad. En mi primer regreso me deprimí, en mi segundo regreso entendí que no soy inmortal (gracias al amigo dengue), en mi tercer regreso me sentí sola y lejana (ya ampliaré todo esto en otro post) y en este regreso me siento feliz, tranquila, segura. Esta vez no siento la vuelta como algo malo. Vuelvo muy bien, y eso significa que mi balance viajero es más que positivo.

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Redescubriendo Buenos Aires (o La velocidad de estar de vuelta)

Los días en Buenos Aires pasan rapidísimo. Tan rápido, que me cuesta poner en orden las ideas. Voy, vengo, salgo por la ciudad más de lo que pensaba que iba a salir, me reencuentro, me encuentro, observo, converso, me reúno, pienso en que tengo que escribir, escribo, visito amigos y familiares, me pongo al día con la comida argentina y con las novedades, me entero de todo lo que pasó y no pasó mientras yo no estaba, leo revistas de enero pensando que son de ahora (siempre fui una perdida en el almanaque), observo las nuevas tendencias en la calle y me sorprendo con los precios de todo (aunque intento no comprar mucho, sólo lo necesario, otra costumbre que adopté después de cargar con mis pocas pertenencias durante meses en una mochila).

Una parte de mí está acá como “residente porteña”, pero mi lado viajero sigue mirando la ciudad con otros ojos. Muchos me preguntan: “¿Buenos Aires cambió?”. No, yo la veo bastante parecida, pero hay cosas que noto con más fuerza ahora, después de haber estado 16 meses afuera y de ver todos los días otra realidad.

Todavía siento que las calles de Buenos Aires están vacías, pero sé que es un “vacías” en comparación y no vacías en sí. Los países de Asia por los que viajé (y viví) tienen algunas características en común, entre ellas la alta densidad de población y la concentración de actividades en la vía pública. Allá, todo pasa puertas para afuera: la gente come, cocina, juega al ajedrez, lava, charla, se reúne y juega en las veredas. Acá, la vida ocurre más puertas para adentro. Allá, nunca estás solo, la gente te habla, te saluda, te mira, te hace sentir que sos diferente. Acá, soy una más, aunque todavía muchos me hablan en inglés (incluso el vendedor ambulante de por acá cerca, que me debe haber visto por lo menos unas 130 veces, arriesgó el otro día un “hello” por lo bajo).

Sin embargo, este vacío callejero está, para mí, lleno de contenido, aunque no en forma de personas sino en forma de palabras y símbolos. Me explico.

Cuando viajaba por Asia estaba acostumbrada a leer carteles y no entender nada: una palabra en otro idioma era un sonido que podía resultar “lindo” o “feo”, pero que no me decía absolutamente nada. Leía los carteles porque me es imposible apagar la vista, pero no los llenaba con ningún significado más que el sugerido por mi imaginación. Acá, de golpe, las palabras volvieron a tener sentido. Imaginen pasar más de un año en un lugar donde no entienden ni un cartel, y después imaginen volver a un lugar donde entienden todo: van a sentir que las palabras conocidas cobran otra dimensión, sus cerebros van a funcionar más rápido que nunca, leyendo, interpretando y entendiendo cada combinación de letras que ven. Porque en nuestra rutina cotidiana vemos, por ejemplo, una parada de colectivo como un cartel que indica dónde frena el transporte que necesitamos, pero si miramos más allá, una parada de colectivo habla acerca del modo de transportarse y las costumbres de la ciudad.

Los primeros días me sentí un poco abrumada: era como tener una sobre oferta de información a todo momento. Después me di cuenta de que mi cabeza realiza procesos distintos según el lugar donde esté. Cuando viajaba por Asia, como muchas veces no podía leer, tenía que interpretar gestos, miradas, movimientos, tenía que darle más importancia a lo no verbal. Acá en Argentina volví a lo verbal: me descubro escuchando, involuntariamente, charlas en el colectivo, conversaciones de celular, encuentros entre vecinos como una voyeur cualquiera. De repente lo hablado volvió a tener sentido y me resulta raro porque es algo que nunca había experimentado. Esto me demuestra que cuando viajo utilizo ciertos sentidos (especialmente el sexto) y cuando estoy de vuelta utilizo otros.

Por otro lado, encuentro mucho contenido “argentino” en forma de símbolos. Una florería es, para nosotros, lo más común del mundo. Sin embargo, a mí me sorprende y me gusta ver todos estos puestos en las esquinas que desbordan de color, con los floristas que arman, con paciencia y dedicación, ramos que luego alguien comprará para darle a otra persona como muestra de afecto o arrepentimiento. En Asia vi ventas callejeras de todo tipo: motos repletas de frutas, bicicletas cubiertas de escobas, vendedores ambulantes cargando jaulas de pájaros, pero siento que lo de las flores es algo más de acá. Lo mismo me pasa con los kioscos, los almacenes, las despensas, las parrillas, los bodegones y tantos otros lugares que a mí se me aparecen como “Íconos De Lo Argentino“.





Esto hace que todo el tiempo frene a sacar fotos (ahora cambié de formato y saco con el celular, como les conté). Si me bajo mal del colectivo, no importa, es una buena excusa para caminar y descubrir detalles que no había visto antes.

Algo que me gusta de esta ciudad es el arte callejero, las intervenciones que se hacen en la vía pública y las publicidades que se pegan en las paredes (más ahora que estamos en época de elecciones). Por momentos siento que en otras ciudades esto de “hablar desde las paredes” no es tan marcado, pero tal vez la diferencia sea que acá puedo interpretar todos los juegos de palabras y los mensajes que tal vez en otros lugares me pasan desapercibidos.





Y todo esto hace que mi cabeza no descanse.

Hace un par de posts y de países atrás comenté que había empezado a juntar cartas (naipes) encontradas en el piso de ciudades y pueblos asiáticos. Como las veía por todos lados, un día decidí levantarlas y formar un mazo de cartas de todas partes del mundo (todavía no lo completé, pero tengo varias). Para mí las cartas representan muchas cosas. Por un lado, son el reflejo del “nivel” de actividad callejera del lugar: cuantas más cartas encuentro en determinada ciudad, pueblo o país, más siento que la vida en ese lugar ocurre afuera; y cuantas menos cartas encuentro en determinada parte del mundo, más siento que ahí la vida ocurre adentro. Por otro lado, en cada ciudad o pueblo que encontré una carta tuve buenas experiencias y sentí que el lugar emanaba una energía positiva; hubo ciudades, en cambio, con las que no simpaticé y que no me regalaron ni un solo naipe. Estando acá en Buenos Aires, el chip de ver cartas en la calle se me apagó.

Sin embargo, el otro día iba caminando por San Telmo, pensando en cualquier cosa, y la vi: una jota de picas me estaba esperando, quién sabe hace cuánto, en la vereda.

Volver (después de un viaje de 16 meses por Asia)

Escribo esto a siete seis cinco cuatro tres dos días de volver a Argentina. Lo escribo ahora, porque no sé si podré escribir la noche antes de irme. La cuenta regresiva se hace cada vez más fuerte, los días pasan rapidísimo, sin piedad. Siento que hace unas horas todavía faltaba un mes. Ahora faltan menos de 48 horas. Los miedos me persiguen hasta en mis sueños: aparezco en Buenos Aires sin haberme despedido de nadie, pierdo el vuelo a Argentina y quedo atrapada para siempre en un aeropuerto, vuelvo a Buenos Aires y la ciudad está gris, con caños rotos, niebla negra y charcos de agua, al estilo de Ciudad Gótica; vuelvo a Buenos Aires y no tengo conexión de internet ni señal de celular, no puedo comunicarme con nadie. Me despierto de golpe y me doy cuenta de que todavía sigo acá. Es que esos días A.V. (“antes de volver”) son fatales. Uno sigue de viaje, pero es imposible no pensar en la vuelta que se acerca. El cuerpo está en una parte del mundo y la cabeza ya está en otra.

Volver. ¿Será que todos los viajeros sienten lo mismo al regresar, sin importar a qué ciudad vuelvan? Yo vuelvo a Buenos Aires, pero bien podría estar volviendo a Madrid, a San Petersburgo, al Cairo. No elegí dónde nacer, pero mi país de nacimiento determinó la ciudad a la que siempre querré/temeré volver: Buenos Aires. ¿Qué es lo que tanto nos angustia de volver a nuestro lugar de partida? Dudo que un viajero que visite Buenos Aires por primera vez se sienta así: para él, viajar a Buenos Aires significará llegar a un lugar nuevo, la llegada tendrá expectativas y adrenalina, tendrá preguntas y deseos. Lo que me hace pensar que lo que me angustia no es volver a Buenos Aires en sí, sino volver a secas. Volver a lo cotidiano, a lo familiar, a lo que se conoce desde hace años, a lo que ya no sorprende tanto. Volver al único lugar del mundo donde no soy extranjera, a la única ciudad donde no necesito aprender códigos urbanos desconocidos para sobrevivir, a ese lugar del cual conozco todo lo bueno y todo lo malo.

Volver. Hay algo de los regresos que me hace reflexionar. Creo que es inevitable, como los balances de año nuevo. Aunque uno no quiera, los hace. Qué fue lo bueno y lo malo de este año (en mi caso, cambio “año” por “viaje”, prefiero escribir mi historia en travesías antes que en números), qué aprendí, en qué me equivoqué, por qué me equivoqué, qué volvería hacer, qué me quedó sin hacer, qué miedo superé, qué rincón de mí misma conocí. Asia me enseñó muchas cosas, pero me daré cuenta de qué exactamente con el tiempo. Asia me cambió por dentro, pero reconoceré esos cambios cuando vuelva a mi hábitat natural. Ahí me daré cuenta de todo.

Vuelvo por poco tiempo a Argentina. No porque no quiera quedarme en mi país, sino porque la cantidad de mundo que hay afuera me llama, porque siento que si me quedo quieta por demasiado tiempo no me va a alcanzar la vida para conocer todo lo que quiero conocer. Vuelvo con planes y proyectos, para evitar la depresión post-viaje. Vuelvo pensando en mi próximo viaje, como todo buen viajero. Y vuelvo con una idea que se me instaló en la cabeza hace un tiempo. Siento que, de repente, todas las flechas me conducen a la misma palabra: LIBRO. Antes pensaba: “primero viajar, más adelante libro”. Ahora todo me dice libro libro libro libro. Si quiero ser escritora, en algún momento tengo que empezar. Tal vez este blog haya sido un boceto de todo lo que quiero decir en 100, 200 o 300 páginas. O tal vez no. Lo cierto es que hace varios meses tengo ideas dándome vueltas por la cabeza. Y así como tengo ideas, también tengo miedos: ¿podré escribir un libro “entero”? ¿encontraré un hilo conductor para mis historias? ¿alguien lo leerá? ¿qué críticas recibirá? Pero así como una vez les dije (y me dije) “Si querés viajar, viajá”, ahora me digo a mí misma: “Si querés ser escritora, escribí”. Es lindo soñar y pensar “quiero ser/hacer tal cosa”, pero lo cierto es que el mundo no espera a nadie, es uno el que tiene que empezar.

Así que además de los viajes, ese es mi proyecto a corto plazo: escribir un libro (o por lo menos intentarlo). Siento que esto de volver a Argentina, aunque no sea más que por unas semanas, le da una especie de cierre (o intervalo) al viaje: sé que desde Buenos Aires voy a ver estos 16 meses en Asia desde otra perspectiva y espero poder plasmar todo lo que viví, pensé, aprendí, vi y conocí en hojas de verdad. Me gustan los blogs pero todavía creo en los libros.

Así que cuando pise Ezeiza, en vez de pensar “hoy volví a Argentina”, espero ser capaz de decir: “hoy empieza a nacer mi primer libro”.

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