Vietnam: final en blanco y negro

Y así, casi sin darme cuenta, estuve 25 días en Vietnam.

Empecé en Saigón, deslumbrada y con la mirada idealizadora de quien se enamora a primera vista.

Seguí hacia Mui Ne, pueblo costero en el que no hice mucho más que nadar, andar en bicicleta y morir de cansancio en las dunas.

Decidí desviarme hacia Da Lat, en las montañas, y me encontré con una ciudad de lo más extraña, con montañas rusas en medio de la naturaleza, Mickey Mouse, flamencos rosas de plástico, el  muy kitsch valle de los enamorados y una casa más que bizarra.

Pasé unas horas en Nha Trang mirando un partido de fútbol vietnamita en la playa y de ahí seguí hacia Hoi An, ciudad colonial, extremadamente fotogénica y más turística aún.

Ahí tuve mi primer encuentro con la lluvia, esa lluvia finita que no para y que te atraviesa cualquier tipo de impermeable.

En Hue, antigua capital de Vietnam, no solamente quedé pasada por agua, sino que caminé por la calle con la inundación hasta las rodillas (ríendome sola de la situación).

Finalmente llegué a Hanoi, en la otra punta, donde sufrí el caos de motos, los insultos de los vendedores y vi cómo mi amor incondicional por Vietnam comenzaba a desvanecerse.

En Halong Bay perdí mi celular, me peleé con medio país y estuve cara a cara con la policía vietnamita, pero también gané amistades y momentos memorables con mis compañeros de excursión.

Y finalmente llegué a Sapa, pueblo en las montañas, país aparte, donde volví a encontrarme con la lluvia y me sentí feliz porque una mujer me agarró de la mano cuando más lo necesitaba.

No puedo decir que Vietnam es así o asá, que es bueno o malo, que es lindo o feo.

Vietnam es, y cada persona que viaje por este país lo vivirá de una manera distinta.

Cada cual ve la realidad con sus filtros, cada cual viaja a su manera: uno viaja acorde con su forma de ser.

En mi caso, Vietnam me deslumbró, me frustró, me hizo sonreír, me hizo llorar, me atrapó, me repelió de igual manera.

Lo que puedo decir de este país, sin dudas, es que genera emociones fuertes a todo momento.

En muchas situaciones pensé, con toda la bronca del mundo: “¡¿para qué vine?! ¿qué hago acá?”, pero ahora que me quedan pocas horas en el país me doy cuenta de que no estoy arrepentida de haber pasado por lo que pasé, de haber visitado este país que siempre estuvo entre los primeros de mi lista.

Al menos puedo decir yo estuve y lo viví así, en vez de quedarme con las ganas de por vida.

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Me alegro de haber terminado el viaje en Sapa, a pesar de que el clima acá tampoco me ayudó demasiado.

Sapa y las aldeas circundantes están habitadas por los Hmong, un grupo étnico asiático que vive en las áreas montañosas de China, Laos, Vietnam y Tailandia.

Algunos Hmong estuvieron involucrados en la guerra civil de Laos (luchando contra el comunista-nacionalista Pathet Lao en esta “guerra secreta y olvidada” que fue parte de la Guerra Fría), otros fueron reclutados y entrenados por la CIA para luchar en la Guerra de Vietnam y por esto muchísimos debieron exiliarse a Estados Unidos, Francia, Canadá, Australia e incluso Argentina (¡sí! al parecer hay una pequeña comunidad de unos cuantos cientos en Argentina). Aunque a primera vista, es muy difícil imaginar que comparten este pasado.

Apenas llegué a Sapa (pueblo pequeñísimo) a las 7 de la mañana, un grupo de chicas Hmong vestidas con sus ropas típicas corrieron varios metros al lado de la combi y nos mostraron sus productos (carteritas, bolsitos, aros, pulseras) a través de la ventana.

Era muy gracioso verlas diciendo (según inferí por sus gestos): “¡La rubia es mía!”, “¡Me canto a la pareja de ingleses!”, “¡A ese chico le vendo yo!”, mientras se dividían a sus potenciales clientes.

Las mujeres Hmong están por todo el pueblo, cada mañana caminan entre una y dos horas desde sus aldeas, con sus canastos o bebés en la espalda, para ofrecer sus productos a los turistas que hacen base en Sapa. Está claro que su objetivo también es vender (como en el resto de Vietnam), pero en vez de saludarte directamente con un poco simpático “buy something”, lo primero que hacen es establecer una relación con su posible comprador.

Todas repiten las mismas preguntas.

Primera, Hello, where are you from?

Segunda, And what is your name?

Tercera, How old are you?

Cuarta (caminarán al lado tuyo por todo el pueblo hasta hacerte una a una todas las preguntas de rigor), How many days you stay in Sapa?

Quinta, You go trekking today?

Sexta, Do you have many brothers and sisters? (a las parejas les preguntan si están casados y si tienen hijos)

Séptima, You buy something from me later?

A mí me resultaron extremadamente simpáticas: estas mujeres saben cómo conquistarte y su técnica, aunque obvia, debe ser mucho más eficaz que el “Hola comprame”.

Además son tan lindas con sus ropas coloridas.

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Después de pasar un par de días descansando y sin hacer demasiado, decidí hacer un trekking “liviano” hasta las dos aldeas más cercanas.

Tengo tanta suerte que me tocó un lindísimo día de lluvia.

Oficialmente en el grupo éramos seis: nuestra guía (Hmong), una pareja alemana, una pareja española y yo. Extraoficialmente, éramos casi diez, ya que durante más de una hora, al lado nuestro caminaron varias mujeres Hmong que nos hicieron una a una el consabido cuestionario.

Una de ellas me adoptó de hija.

Me hizo todas las preguntas obligadas, pero no pudimos hablar mucho más ya que casi no entendía inglés. Me señaló a su marido (a quien nos cruzamos en el camino) y me contó que tenían cuatro hijos. Cuando nos quedamos sin tema, caminó al lado mío protegiéndome de la lluvia con su paraguas y no me abandonó jamás, si yo frenaba, ella frenaba, si yo caminaba más rápido, ella me seguía el paso.

Luego de un tiempo caminando vio que tenía frío y me agarró la mano, helada, con su mano calentita y me llevó así durante varios metros de barro y charcos de agua. Yo sabía que esta simpatía me costaría un souvenir más tarde, pero la verdad es que me pareció un gesto tan cálido y maternal que no me negué, al contrario, me hizo sentir una conexión que hace tiempo no sentía con una persona local.

Cuando frenamos para almorzar, se me acercó con sus productos y no pude decirle que no, ¿dónde se ha visto un vendedor que camine durante una hora con su futuro cliente y lo proteja de la lluvia? Así que le compré un bolsito.

Se fue y volvió con un regalito: una pulserita de hilo verde que me ató en la muñeca.

Después me sonrío, me agarró el hombro y se fue.

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Mañana salgo hacia Laos.

Las opciones eran Colectivo del Infierno vs. Ruta del Infierno: 20-30 horas en un colectivo repleto de gente, bolsas y animales a toda velocidad y sin baño, o tres días de hacer trasbordo constante de minibus a barco a colectivo a tuk-tuk a mula en medio de un paisaje que vale la pena (o la opción tres que descarté: 200 USD de avión).

La primera opción implicaba volver a Hanoi (ciudad que preferiría no pisar más) y la segunda opción la podía hacer desde Sapa sin ningún problema.

Así que opción dos será entonces.

Les escribiré en unos días para relatarles mi experiencia por la Ruta del Infierno.

Ruego que no sea tan malo como suena.

Igualmente, hoy pensé: el año pasado cuando estuve en Guatemala también me fui por una de estas “rutas de atrás” desde Cobán hasta Tikal (en vez de tomarme un colectivo hacia la capital y dar una vuelta enorme como hacían todos).

Tardé dos días, tuve que atravesar varios kilómetros de derrumbe en las montañas (porque el colectivo obviamente no podía pasar) descalza (porque era imposible caminar con las ojotas y tenía un solo par de zapatillas), con el barro hasta las rodillas y las piedras que me cortaban los pies, cargando las dos mochilas y, como si fuera poco, con dengue (me enteré al llegar a Santa Elena, el pueblo cercano a Tikal, que tenía dengue).

Así que peor que eso, no creo que sea.

Y en cuanto a Vietnam, un país no es blanco o negro, sino que está lleno de matices que lo hacen ser como es.

Así que, en este caso, el blanco y negro lo dejo para las fotos.

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[box] Información útil para visitar Sapa + descuentos para que disfrutes tu viaje

  • Cómo llegar: la mejor opción es tomar el tren nocturno a Lao Cai (pueblo anterior a Sapa) y de ahí un minibús de una hora y media a Sapa (que no cuesta más de 30.000 dong, aunque primero les pidan 100.000 dong). El viaje en tren dura alrededor de ocho horas; hay varias clases de cabinas, yo saqué el “2nd class hard sleeper” (una cabina con seis camas) y dormí como una reina. Pagué 275.000 dong o USD 13.50. También se puede venir en un tour organizado desde Hanoi: el precio de un “buen” tour de 2 días/1 noche cuesta unos USD 100 e incluye todo (tren, hotel, trekking), aunque también se consigue por menos.
  • Alojamiento: desde USD 5 por un cuarto privado con baño y wi-fi (Lotus Hotel, Royal Queen Hotel, Green Valley Hostel). De ahí para arriba, hay de todo. También se puede hacer “home-stay” en una de las villages cercanas con una familia Hmong (el grupo étnico que habita esta zona del país).
  • Comida: más cara que en el resto del país. Noodles con verduras desde 25.000-30.000 dong (de USD 1.5 para arriba), un té 15.000 dong (contra los 5000 dong o 25 centavos de dólar que se paga en el resto del país), un agua de litro y medio 10.000 dong (USD 0.50 contra los 5000 que se paga en otros lugares), pizza desde 65.000 dong (USD 3.50), pasta desde 50.000 dong (USD 2.50). Casi todos los restaurantes ofrecen el “set meal” por USD 5 y el “set breakfast” por USD 3.
  • Tours: Un day tour de trekking para visitar las aldeas cercanas cuesta entre USD 10 y 15. Hay tours de dos, tres, cuatro, cinco días con estadías en casas de familia. También se puede alquilar una moto por USD 5 el día o contratar un mototaxista por USD 10 al día para recorrer de manera independiente.[/box]

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Halong Bay tour: lo bueno, lo malo y lo feo

[box type=star] Todo esto que cuento me pasó en el 2010, es probable que la situación haya cambiado… o no. Lo que sí es cierto es que hoy en día hay mucha más información en internet y que es posible hacer las reservas por medio de operadores confiables. Si están por viajar a Halong Bay desde otra parte de Vietnam, pueden reservar un bus, tren, vuelo, barco o transfer privado por medio de Bookaway.com [/box]

 

Ahora sí, una catársis necesaria después de un tour de m.

Es largo, pero leanlo como un consejo de alguien que ya estuvo y tomen su propia decisión si piensan visitar Halong Bay.

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I. Introducción: Lo que tienen que saber de Halong Bay antes de contratar el tour

Halong Bay es una de las mecas de Vietnam: si estás en Hanoi (capital del país) o en cualquier ciudad del norte, no podés NO ir a la Bahía de Halong, lugar que fue nombrado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco. Es como ir a Misiones y no visitar las Cataratas del Iguazú, o como estar en Santa Cruz y no ir a ver el Glaciar Perito Moreno.

Halong Bay es una parada obligada.

Ahora bien, para hacer este tour existen muchas opciones y más agencias de viaje aún, algunas prestigiosas, otras buenas, otras decentes, otras impresentables. El problema es que, sacando las prestigiosas, es difícil saber cuál es cuál.

Están todas en el mismo sector de Hanoi (el tour se contrata desde ahí), son todas iguales, todas ofrecen lo mismo, todas se presentan como serias, hay por lo menos diez que comparten el mismo nombre (y no están relacionadas entre sí), todas te muestran exactamente el mismo folleto con el mismo itinerario (doy fe ya que habré visitado unas 20) y lo único que varía es el precio que te lo ponen según la cara (y si vas al día siguiente a la misma agencia te dicen otro precio).

Es un ta-te-ti en el que el resultado final será un misterio.

Hay, según mi investigación, tres tipos de tours: el “Standard” o barato, el “Deluxe” o carísimo y el intermedio.

Se puede ir a Halong Bay en el día (no lo recomiendo ya que son cuatro horas de colectivo de ida y cuatro de vuelta, lo cual deja muy poco tiempo para la navegación), dos días/una noche (creo que es suficiente) y tres días/dos noches (una noche se duerme en el barco y otra en un hotel en la isla de Cat Ba).

Yo hice el de tres días y dos noches ya que quería ir “a relajarme”.

En cuanto a precios, el Standard de 3d/2n se consigue entre 35 y 90 dólares (yo lo hice por 40), el intermedio 3d/2n entre 100 y 200 dólares y el deluxe 3d/2n arriba de los 200 dólares.

Yo no quería gastar demasiado, así que compré el de 40 USD en una agencia chiquita, sabiendo que me esperaría algo “normal” (no iba con muchas expectativas).

Pero jamás imaginé que pasaría todo lo que les voy a contar.

 

II. Lo Malo: el servicio

Empecemos por lo malo. [Recordar que todo esto corresponde al tour Standard —barato— de 3 días y 2 noches]

  • La impuntualidad
    Prometen pasar a buscarte a las 7.30 – 8 am por tu hotel.
    A las 8.30 no había ni rastros de la combi así que llamé a la agencia para recordarles que estaba esperando ahí y diez minutos más tarde me buscaron.
    No soy una persona que se moleste demasiado por eso, pero si durante tres días la actividad principal es sentarse a esperar en vez de cumplir el itinerario arreglado de antemano, se vuelve irritante.
    Llegamos al puerto a eso de las 12 del mediodía.
    Fuimos los primeros en llegar (todos los días llegan muchísimos grupos de turistas) y los últimos en subirnos al barco: nos tuvieron una hora y media sentados en el puerto sin hacer nada, sin explicación, mirando como los del tour Deluxe eran recibidos con tragos de cortesía, alfombra roja, guías sonrientes y barcos pomposos.
    Esto se repitió varias veces: nos dejaron en el medio de la nada, sin guía, esperando quién sabe qué.
  • La falta de actividades
    Si contamos el esperar como una actividad, entonces este fue el tour más completo de mi vida.
    Lo cierto es que no hicimos nada de lo que prometieron: una día entero de kayaking (?) (todo lo que hicimos fue 25 minutos la última mañana), trekking por el parque nacional donde veríamos más de 200 especies de animales (fue una caminata en subida donde no vi más que tres mariposas), visita al Monkey Beach (nunca nos llevaron).
  • El exceso de gente
    Los grupos grandes no me molestan, pero no es nada cómodo viajar 30 personas con valijas y mochilas en una combi para 24, o subirnos 40 a un barco de 20. Eso hacen.
    Como querrán ahorrar gastos, ponen a la mayor cantidad de gente que pueden en un espacio reducido.
  • Los peligros
    Durante los tres días del tour el grupo de gente va cambiando: tal vez empezás viajando con 20 personas en el mismo barco, pero cinco de esos se quedan en una isla y siguen por su cuenta, entonces suben diez más, pero tal vez hay 15 que solamente pasan una noche en la Bahía, así que finalmente el grupo definitivo se establece la última noche del tour.
    A qué viene esto, a que se entra en contacto con más personas que contrataron el mismo tour y están dispuestos a dar su versión de lo mal que la pasaron: conocí a una chica china que fue mordida por tres monos a la vez en Monkey Beach y el guía le dijo “que se limpiara las heridas con agua y listo” (obviamente se fue al hospital para vacunarse contra la rabia, pero si fuese por el guía, con una curita ya está); una chica de USA me contó que en su cuarto del barco había cucarachas y escorpiones en la cama, y en el cuarto de las chinas había un nido de ratas.
    A los guías no les importa.
    Les decís eso y se ríen.
    Así que ninguna de ellas pudo dormir en toda la noche.
    Yo tuve suerte y me tocó un cuarto muy limpio y sin bichos.
  • El incumplimiento de lo estipulado
    Las agencias de viaje prometen, prometen y prometen.
    Lo increíble es que no se cumpla NADA de lo que dicen.
    Siendo un tour barato, es esperable que las cosas no sean perfectas ni mucho menos, pero si uno paga por un servicio, tiene que recibir al menos algo parecido a lo que contrató.
    Hay que recordarle constantemente al guía (que ni se da por aludido) cuál es el itinerario para que se mueva.
  • El uso del pasaporte como arma de extorsión (suena dramático pero eso hacen).
    El guía te pide el pasaporte y se niega a devolvértelo hasta el día que termina el tour.
    ¿Por qué? En primer lugar lo necesitan para registrar a los pasajeros con la policía turística de Halong Bay, pero después de eso deberían devolverlo ya que no tienen por qué retenerlo.
    Pero no, no te lo quieren dar.
    Hablé con gente de los tours caros (me los crucé en una de las islas) y estaban muy sorprendidos ya que todos ellos tenían su pasaporte encima, nadie los obligaba a dejarlo en manos del guía.
    Pero en el tour barato te dicen: “Hacés tal cosa y no te devuelvo el pasaporte”.

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III. Lo Feo: los robos y el maltrato

El maltrato de (la gran mayoría de) los vietnamitas hacia el turista merece un capítulo aparte. Nunca me sentí así en ningún país que visité en mi vida.

Yo personalmente la pasé bastante mal porque el primer día del tour me abrieron la mochila y me robaron el celular.

Estábamos en el barco, frenamos frente a una cueva, todos los pasajeros nos bajamos (dejando las mochilas en el barco), caminamos media hora por la cueva y volvimos a subir. En esa media hora quedaron el guía, el capitán y gente local equis (vendedores ambulantes especialmente) al lado de nuestro equipaje.

Cuando volví mi celular había desaparecido.

Puede que yo tenga la culpa ya que lo dejé en el único bolsillo que no tenía candado (agradezco que mi computadora estaba con candado y mi cámara conmigo).

Cuando me acerqué al guía y le dije que alguien me había robado el celular, me respondió con muy mal tono:

NO, acá nadie roba, yo estuve mirando todo el tiempo y no vi nada.

Claro, seguro… No me dijo mínimamente (aunque mienta) “contame cómo fue, decime cómo puedo ayudarte, no te preocupes que vamos a ver si lo encontramos”, me escupió ese no rotundo con cara de asco y agregó que seguramente se me había caído del bolsillo (le mostré que mi pantalón no tenía bolsillos), que tendría que haberle avisado que dejaba un celular en la mochila (?) y después incluso me dijo que me estaba inventando un celular que en realidad nunca tuve.

Terminamos a los gritos con los diez vietnamitas colados en el barco que me miraban casi sonriendo con sorna y los pasajeros que no decían nada.

Me sentí tan pero tan mal que me fui a llorar sola a un rincón rogando que el tour pasara lo más rápido posible.

Es un celular, no me importa ya, lo que me molesta mucho es que me traten de mentirosa y me hablen de esa manera.

Le pedí al guía que me escribiera el nombre del barco y el número de matrícula ya que iba a ir a la Policía.

Me dijo “¿Querés que te pague el celular?” (obvio que con ironía y mal tono) y le dije “sí” (con ironía también) y ahí empezó a decirme la poca plata que gana por día y bla bla bla.

Al día siguiente (día 2 del tour), después de hacer noche en Cat Ba Island, la única isla habitada de Halong Bay, tuve que luchar para recuperar mi pasaporte y poder ir a hacer la denuncia a la policía.

La mujer del hotel no me lo quería devolver, mucho menos cuando le dije que lo necesitaba para ir a la policía.

Ahí me empezó a decir que yo había consumido cosas del minibar que tenía que pagar (???) (ni sabía de la existencia del minibar), le dije que no y finalmente me dio mi pasaporte con cara de asco.

Terminamos de desayunar y apareció un nuevo guía con quien tuve la siguiente discusión (va en inglés para más efecto):

— You, give me your passport now.
— No, I need it to go to the Police, I give it to you after.
— You cannot go to the Police here, Police here different, you go in Halong City.
— Oh, there’s no Police here?
— Police here different, you don’t go. Give me your passport now.
— No, I give it to you after I go to the Police.
— Ok, I will call my boss to tell him, and your tour is over, you go back to Hanoi right now.
— What? I am saying that I will give you my passport later after I go to the Police! Because someone stole from me and I need to make a report and I NEED MY PASSPORT to say who I am.
— Ok, so sign this paper saying you don’t want to give me your passport.
— What?! Do you understand what I’m saying? I take my passport, I go to the Police, and I give it to you after that.
— YOU don’t understand, because you are foreigner, you don’t understand Vietnam, you are stupid.

Ahí me parece que alguien le dijo de todo en vietnamita y el tipo me dijo: “Ok, you have five minutes to make a photocopy of your passport, GO”.

Me fui con las lágrimas que se me caían de la bronca y los vietnamitas que me crucé en la calle solamente se reían de mí.

Tres minutos después el guía me alcanzó y me dijo que al final no necesitaba mi pasaporte ni la copia ni nada y que no me echaba del tour.

Listo… Lindo día.

***

Ir a la policía fue toda una hazaña. No encontré la dirección en internet ni en la guía y NADIE en todo el pueblo quiso decirme dónde quedaba.

Les decís Policía y se ponen pálidos.

Me acompañaron en la búsqueda Juan y Mario, dos españoles que estaban viajando conmigo en el barco.

Fue entre cómico y bizarro: primero porque estábamos buscando el edificio fantasma sin saber ni dónde quedaba, segundo porque entramos a varios lugares que parecían ser comisarías para encontrarlos completamente desiertos (decíamos en chiste que se había corrido la voz en el pueblo y todos los policías se habían escondido).

Finalmente la encontramos.

Entramos y otra vez, todas las oficinas completamente desiertas, nadie adentro ni afuera.

Caminamos más hacia adentro, nos asomamos a un cuarto y vimos a dos tipos en musculosa sentados en la cama, uno haciéndole masajes en los hombros al otro, yo vi eso y salté para esconderme por miedo a ver algo que no debía ver.

A los diez minutos salió uno de los dos, vestido de uniforme, con una seriedad que daba miedo.

Le conté la situación, me escuchó con amabilidad, hizo algunas llamadas, me pidió el número de teléfono de la agencia de viajes (lo tenía en mi celular…) pero se negó a hacerme la denuncia porque el barco en el que pasó el robo “pertenece a otra jurisdicción”.

Era de esperarse.

A la noche volví a pelearme con el guía y me dijo que él ya me había pedido perdón por lo que pasó (¿¿cuándo??), que le preguntó a todo el barco si alguien había visto mi celular y que no quería escuchar más nada del asunto.

Después volvió a reclamarme el pasaporte (en el medio del mar, donde ya NO lo necesitaba), le dije sí sí pero nunca se lo di.

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IV. Lo Bueno: el paisaje y la gente con la que hice el tour

Basta de pálidas, que siempre hay cosas buenas.

El grupo de gente con el que hice este tour era tan lindo que me devolvió el buen humor e hizo que el viaje no fuera tan malo.

Juan y Mario, los dos españoles que actuaron de guardaespaldas y me acompañaron a buscar a la Policía y me ayudaron a distraerme con anécdotas de viajes.

Aida y Luis, una pareja española que vive en Edimburgo, que me cayeron tan bien y con quienes estuve charlando muchísimo la primera noche (y ojalá hubiese sido más, pero al día siguiente ya se iban).

Karen, una inglesa con la que me sentí demasiado identificada por su forma de ser y sus historias, que me contó acerca de su viaje sola por la India y China (dos países a los que quiero ir).

Un grupo de franceses que se encargó de animar la noche con música, chistes y cerveza.

Una israelita que había terminado el servicio militar y estaba viajando hace un año por Asia y su mamá que la estaba visitando por tres semanas.

La china que había sido mordida por los monos y hablaba español (qué combinación tan rara).

Y el plus: un grupo de bielorrusos de 40 años para arriba que no hablaba palabra de inglés pero se la pasó cantando canciones con la guitarra durante todo el viaje (incluso en el colectivo de vuelta) y haciendo música con lo que encontraran (palitos chinos y vasos, maderas, manos).

Lo bueno de hacer un tour tan malo es que el grupo de gente que está pasando por la misma se une cual mejores amigos en viaje de egresados.

Y el paisaje… por algo fue nombrado Patrimonio de la Humanidad.

Solamente por eso vale la pena hacer este tour.

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V. Conclusión: No hagan el tour Standard y si lo hacen, no paguen más de 40 USD

Algo que opinamos todos los que estábamos en ese barco es que el tour fue malísimo, más que nada por el trato que recibimos.

Y esto es lo que siento de Vietnam: si venís con plata, te tratan como a un rey, si venís con poca plata (mochileros), te convertís en una molestia para ellos y te maltratan.

No quieren perder el tiempo con gente que no está dispuesta a pagar mucha plata y no tienen ningún reparo en tratarte como un turista inferior.

Si todo esto no les importa, hagan el tour barato, pero no paguen más de 40 dólares por tres días/dos noches.

Es todo lo mismo: si pagás entre 35 y 90, sos parte del tour barato, así que lo mejor es perder la menor cantidad de dinero posible.

Si quieren hacerlo bien, hay dos opciones: sacar el tour de 100 USD o más en una de las agencias con nombre o hacer todo por su cuenta.

Una buena opción es sacar un day tour bien barato y al final del día en vez de volver a Hanoi quedarse en Halong Bay y seguir por su cuenta.

Yo no recomiendo para nada el tour Standard, pero si deciden hacerlo, no vayan a ninguna agencia que se haga llamar Sihn Café (la agencia original, con buena reputación, se cambió el nombre por Sihn Tourist, supongo que debido a la cantidad de réplicas que tiene).

Yo contraté el tour en el Sinh Café de la calle Ma May 49, en el Old Quarter de Hanoi. EVITEN ESA AGENCIA.

Y buena suerte, si van mentalmente preparados, no creo que les vaya peor que a mí.

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Cita a ciegas (fallida) con Hanoi

Hanoi y yo no tenemos onda.

No nos llevamos bien, no nos entendemos.

No hay feeling ni química.

Es como una cita a ciegas que no funcionó.

Porque al fin y al cabo, viajar a una ciudad desconocida es como asistir a una cita a ciegas: por más fotos que vea y comentarios que escuche antes, el momento de la verdad ocurre cuando nos encontramos cara a cara.

Y en este caso, Hanoi y yo, cara a cara, no funcionó.

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Llegué a las 7 de la mañana, después de viajar 12 horas en colectivo desde Hue, después de sobrevivir a la lluvia y a las inundaciones durante varios días.

Hue es otra de las “paradas obligadas” en Vietnam: la antigua capital del país, ciudad imperial.

Lástima que la recorrí con lluvia y no pude ver tanto. Aunque tuve momentos memorables, como cuando caminé con mis dos mochilas por la calle rumbo a la parada del colectivo con el agua que me llegaba por abajo de las rodillas, visibilidad del piso cero, rogando Aniko no te patines, no te patines por el amor de Dios que se te arruina la cámara.

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A primera vista, Hanoi no me deslumbró como Saigón, no sentí la misma conexión que con la ciudad del sur.

El colectivo me dejó en la entrada del Old Quarter o barrio histórico de la ciudad, así que decidí caminar en busca de un hostel barato. No hay demasiados, al menos yo no los encontré.

Terminé en el Backpacker’s Hostel por 8 dólares la noche en un cuarto compartido.

Caro.

En comparación con los 5 dólares que vengo pagando hasta ahora por cuarto privado con baño, es caro.

Creo que me quedé por la oferta de Free Continental Breakfast, hasta que me di cuenta de que constaba de un pan con mermelada y un café.

Salí a caminar.

Algo complicado en Vietnam ya que las veredas no están hechas para caminar sino para estacionar motos, poner mesitas y sillas, desayunar, almorzar, cenar, vender frutas y verduras, poner los platos lavados a secar, practicar algún oficio (lustrabotas, costurero, tallador, peluquero), sentarse a mandar mensajes de texto, sentarse a comer semillas de girasol, vender diarios y revistas, cocinar.

Por algo la llaman Pavement Culture (la cultura del asfalto).

Al pobre peatón (otro concepto raro acá, ya que todos andan sobre ruedas) no le queda espacio para caminar y lo más fácil es avanzar por el borde de la vereda, cual cornisa, o directamente por la calle.

A esto sumarle las motos que no respetan carriles ni semáforos y vienen de cinco direcciones distintas, los mototaxistas que son capaces de perseguirte cuadras y cuadras por más que les digas que no necesitás que te lleven a ningún lado, las vendedoras ambulantes que te acorralan con sus frutas y los pocos peatones que te empujan.

Caminar en Hanoi no es cosa fácil.

Pero yo salí igual.

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El Old Quarter es otro de esos sectores con un objetivo muy claro: venderle al turista.

Y nunca vi una mentalidad tan desesperada de te-vendo-lo-que-sea como en Hanoi.

Productos populares: mochilas North Face (imitación), zapatos de todo tipo (truchos también), memorabilia de Ho Chi Minh.

Mi poca onda con Hanoi empezó cuando me paré en la vereda, frente a la entrada de un negocio, y saqué mi mapa para orientarme. A los cinco minutos sentí que alguien me tiraba de la mochila y me empujaba para que me moviera: la dueña del local:

— No! No! Not stay here! Go! Listo, me echó de la vereda.

La miré y le dije:

 Sos una maleducada.

Seguí caminando y frené en un negocio de mochilas y me puse a mirar bolsitos. No dije palabra, no pregunté precios, nada.

El dueño me dijo con muy mala onda:

— No discount, no discount, y me señaló un cartel que decía lo mismo.

¿Pero quién pidió un discount acá? ¡Si ni abrí la boca! Obviamente me fui.

Unas cuatro horas más tarde volví a entrar a ese negocio porque me pareció que tenía buenas cosas. Esta vez fue una mujer la que me echó:

— Look outside, not inside! Outside same same, same same! ¡¿Qué?! ¿No puedo mirar adentro?

NO.

Rotundo.

Así fue mi primer día. Me echaron de los negocios, de las veredas, me acosaron los taxistas, me sentí muy perdida en esta ciudad ruidosa y sucia.

El segundo día decidí darle otra chance.

Me desperté temprano y fui a ver el mausoleo de Ho Chi Minh (al tipo lo tienen embalsamado y entre vidrios). Entrar al complejo ya es todo un trámite burocrático: primero hay que caminar unas cuatro cuadras para llegar a la entrada, después pasar por todo tipo de revisiones, dejar la comida y las cámaras de fotos, hacer filas para todo (aunque acá el concepto de formar una fila no existe), entrar al mausoleo y mirar a Ho durante unos 30 segundos, sin parar de caminar, y listo.

Vale la pena igualmente, ¿cuándo más vas a ver a Ho Chi Minh en vivo?

Después volví caminando y di vueltas por el centro histórico.

Todo iba relativamente “bien”, no puedo decir “bárbaro”, pero “normal”, aceptable.

Me peleé con un par de mototaxistas: a ver, ¿NO THANK YOU significará SI POR FAVOR LLEVAME EN TOUR POR LA CIUDAD en vietnamita? Porque esta gente no para. Pero igualmente, como decía, iba bien.

Hasta que…

Estoy caminando por el Old Quarter y se me acerca un vendedor ambulante.

Miro los encendedores Zippo que tiene a la venta sin abrir la boca y él ya me informa que el precio es 160.000 dong (USD 8).

Le pregunto si tiene con otros dibujos y me muestra, pero no me gustan, así que le digo no gracias y sigo caminando.

Me sigue.

— Ok madame, 140.000 dong.

No, thank you.

Intento ser educada. Me pongo a mirar el menú de un restaurante. Se me para al lado:

— Ok, how much? How much you want? Le explico que no quiero comprar. Me agarra el brazo.

— How much? How much?? No, no me gustan los modelos.

— How much you pay? No es un tema de precios, es que no es lo que estoy buscando. Me mira y me dice:

— FUCK OFF. Me quedo mirándolo sin hablar. Otra vez, por si no lo escuché:

— FUCK OFF. Ah no. Y ahí le dediqué una sarta de insultos en castellano.

Así terminó nuestra relación. Hanoi y yo, no fue.

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No se dejen guiar por nada de lo que cuento, todos sabemos que la cita a ciegas (o el encuentro viajero-ciudad) es algo totalmente personal.

Yo tuve mala suerte y me crucé con gente poco amable, lo cual también me predispuso mal. Lo único que me deja pensando es el por qué de esta mala actitud de la gente local: jamás, en ninguna ciudad de los países que visité hasta ahora, alguien me dijo “fuck off”, por más que no les comprara lo que me vendían, nunca me insultaron. Acá siento cierta agresividad hacia el extranjero, del tipo: si estás acá es porque tenés plata así que comprá. Y eso es lo que no me gusta.

Pero Hanoi tiene sus cosas buenas: lagos en medio de la ciudad, pagodas, construcciones coloniales, Ho Chi Minh embalsamado, todo tipo de comida, museos, galerías de arte.

Y a que adivino cuál es una de las actividades principales de quienes vienen a Hanoi: hacer trekking de agencia de viajes en agencia de viajes.

Hay cientos, todas te venden lo mismo: el tour a Halong Bay y el tour a Sapa (pueblo en las montañas), pero lo que cambia es el precio y la calidad. La misma excursión puede costarte de USD 40 hasta USD 250, la misma excursión puede ser buenísima o malísima, según con qué agencia la contrates.

Pero el resultado es un misterio.

Si sacás un tour caro, hay más probabilidades de que todo salga bien, si sacás uno intermedio, nunca se sabe, y si sacás el barato… les cuento en un par de días.

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***

[box type=star] Links y descuentos e información para que disfrutes de tu viaje

[wc_fa icon=”asterisk” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Colectivo Hue-Hanoi: USD 11 (12 horas), con Sinh Café.

[wc_fa icon=”asterisk” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Comida: más cara que en el resto de las ciudades, es muy difícil encontrar un plato por menos de 30.000 dong (USD 1.50), generalmente todo cuesta de USD 2 para arriba.

[wc_fa icon=”asterisk” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Transporte público: 3000 dong.

[wc_fa icon=”asterisk” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Mototaxis: depende de la distancia, siempre hay que arreglar el precio antes, no pagar más de 20.000 por moverse dentro del Old Quarter o para ir desde ahí hasta el Mausoleo de HCM (probablemente primero les pidan 50.000 y después bajen el precio).

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Hoi An: días amarillos y grises (especialmente grises)

La estoy escuchando ahora mismo de fondo, mientras escribo encerrada en el cuarto de un hotel de cinco dólares la noche con el ventilador al máximo para que se me sequen las zapatillas.

Ya no escucho otra cosa.

La Maldita Lluvia.

Cuatro días sin parar y dudo que afloje. Y ojo que me encanta caminar con mi paraguas transparente por Buenos Aires mientras todos corren desesperados para no mojarse.

Pero acá la estoy odiando.

En Buenos Aires lluvia significa que puedo quedarme todo el día en la cama mirando películas o leyendo sin tener que poner ninguna excusa (si resulta ser fin de semana); significa también que puedo trabajar desde mi cama (si estoy en períodos de trabajo freelance) y mirar las gotitas desde adentro con felicidad sabiendo que no tengo ninguna razón para salir a la calle.

En Vietnam lluvia significa que no puedo salir a caminar ni sacar fotos (y acá no importa si es lunes, miércoles o domingo, todos los días valen lo mismo en esta rutina del viajar), significa que todo lo que puedo hacer es “adivinar” qué día dejará de llover y decidir si me quedo un día más o no en tal lado mientras ruego que el agua deje de enlentecerme el itinerario (especialmente cuando estoy con los días contados por la visa).

La lluvia (que al parecer avanza de sur a norte del país) me alcanzó en Hoi An, pueblito colonial en el centro del país, y me siguió hasta Hue, ciudad imperial de Vietnam, 150 km al norte.

Si Hoi An ya me pareció melancólica sin lluvia, imagínense con.

El primer día caminé por el centro histórico de este pueblito con Guillermo, un argentino que conocí en el colectivo y que me hizo recordar y extrañar los asados, el dulce de leche, las medialunas, las milanesas con puré, los alfajores… y el lenguaje argentino (hace cuánto no decía un “che” en Asia).

Por eso lo de melancólica.

El resto de los días… no paró de llover y llover y llover.

Justo en el lugar más fotogénico.

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Hoi An vendría a ser (comparando burdamente) lo que Colonia del Sacramento es a Uruguay, lo que Antigua es a Guatemala, lo que Cuenca es a Ecuador: ciudad colonial, casitas bajas, mucho amarillo, mucho marrón, muchas lámparas de colores que se iluminan de noche, muchos puentecitos, callecitas, templos/iglesias, muchos barcitos, restaurantes mirando al río, vendedores ambulantes, negocios de souvenirs, mercados callejeros… y muchos muchísimos turistas: rusos (¡cuantos rusos que hay en Vietnam!), franceses (ídem), españoles, alemanes, ingleses, suizos, holandeses, estadounidenses, chinos.

Y ahí es donde Hoi An se diferencia de otras ciudades coloniales que visité: si sos turista (y acá todos los no-vietnamitas son turistas sin diferenciación), no podés hacer dos pasos sin que te ofrezcan comida, ropa a medida, “motorbike miss”, “tour mister”, “money please”.

Si un local ve que le estás sacando una foto, probablemente extienda la mano para pedirte plata a cambio.

Y esto me hace pensar que alguna vez, cuando Vietnam recién se abría al turismo, esta ciudad tan linda fue más auténtica.

Alguna vez habrá sido como Colonia quizá, donde podés caminar entre casitas sin que te acosen con ofertas, o como Antigua, donde la gente local te saluda muy cálidamente sin esperar nada a cambio, o como Cuenca donde todavía podés sentarte en la vereda sin que nadie te interrumpa para venderte lo invendible.

Por eso también lo de melancólica: porque me hizo pensar en lo que fue y sentir nostalgia por algo que jamás conocí ni voy a conocer (lo que daría por un disfraz de vietnamita para que dejen de mirarme como turista).

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Pero así es Vietnam: lleno de turistas (de los países que visité hasta ahora, acá es donde vi mayor cantidad de turistas de todas las edades, desde familias con chicos hasta parejas jubiladas), con mucha infraestructura turística (hoteles cinco estrellas, tours armados, agencias de viaje, empresas de transporte de todo tipo), pero con un trato hacia el turista que resulta un poco agobiante (el acoso).

La ruta a seguir está totalmente predeterminada: las empresas de colectivo venden lo que llaman “open ticket” para viajar de Saigón (en el sur) a Hanoi (en el norte) parando en cuatro o cinco ciudades en el medio por unos USD 30-40 (pagás este pasaje “grande” que vale como por seis pasajes y te organizás tus propios tiempos).

Pero la ruta ya está hecha: no hay muchas posibilidades de salirse del circuito, a menos que contrates un tour de esos all-inclusive para que te lleve a las áreas “remotas” del país (por remotas me refiero a no tan turísticas).

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Sin embargo Hoi An vale la pena, por más turística y llena de gente que esté, es un lugar agradable para pasar dos o tres días.

Y si justo llueve… habrá que sacar lo positivo de la situación.

La gente local no se da por aludida: la mayoría sale con sus impermeables de colores o a lunares y se sube a sus motos y bicicletas como si nada, otros improvisan techos con lonas en sus puestos de comida, muchos se quedan sentados bajo techo mirando hacia la vereda, otros barren el agua y la alejan de la entrada de su negocio: hay que seguir con la rutina.

El primer día de lluvia me quedé adentro medio deprimida y sintiéndome poco útil.

El segundo día decidí salir así que me compré un impermeable vietnamita por USD 2.50: transparente, me llega casi hasta los pies y tiene ese olor a plástico nuevo que me gusta. Subí de categoría: hasta ahora venía usando uno que había comprado en Hong Kong por un dólar y que me llegaba por arriba de las rodillas, pero ya no daba para más así que lo dejé por ahí.

Y el tercer día decidí despertarme temprano (6 am) para caminar dos horas antes de tomar el colectivo a Hue a las 8 am.

Y se me cumplió lo de que al que madruga Dios (o quien sea) lo ayuda: de 6 a 7.45 am no llovió, pude sacar fotos sin turistas de por medio y con una luz buenísima, la gente local me saludó y me hizo comentarios acerca del clima sin ofrecerme ningún tipo de servicio a cambio (se ve que tan temprano no hacen negocio) y pude capturar imágenes de la inundación.

Y todo gracias a la lluvia.

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[box type=star] Datos útiles para visitar Hoi An:

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: cuartos compartidos desde USD 4 la noche en Hop Yen Hostel (con baño afuera) o 5 dólares la noche con baño adentro. De ahí para arriba encuentran de todo.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Transporte: Nha Trang – Hoi An en colectivo (“sleeping bus” comodísimo): 12 horas, USD 10. Hoi An – Hue en colectivo: 4 horas, USD 2.50.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Comida: desde 20.000 dong (USD 1) por plato y 3000 dong el vaso de cerveza tirada. Licuados desde 10.000 dong (USD 0.50), café desde 6000 dong (USD 0.30), té desde 7000 dong (USD 0.35), omelette con baguette desde 20.000 (USD 1).

Links y descuentos para que disfrutes de tu viaje

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Visita a las Killing Fields de Camboya: cuando la realidad duele

Admiro a los camboyanos.

Admiro sus sonrisas.

Admiro su buen humor.

Admiro también, por qué no, su caos, porque significa que salieron adelante y siguen viviendo.

Admiro su fortaleza.

Admiro su presente.

Porque veo su pasado y no me queda otra que llorar por lo injusto que es el mundo, por lo extraño que es todo, y que unos pocos puedan arruinar la vida de millones de familias y porque no hay manera de borrar el sufrimiento.

Supongo que esto es lo que se siente al llegar a un país donde toda una generación fue borrada.

Donde hay más gente joven que adulta.

Donde todos los intelectuales de una generación murieron.

Donde hombres, mujeres, monjes, niños, todos fueron obligados al trabajo forzado o a la muerte.

Donde un hombre tuvo la idea de generar un país sin clases, sin educación, sin hospitales, sin futuro y lo logró gracias al apoyo de unos pocos y una máquina sanguinaria que borró a más de 8 millones de personas del mapa.

Pensé que no me iba a afectar pero me afectó.

Caminar por el lugar conocido como Killing Fields”, campo clandestino en las afueras de Phnom Penh donde se llevaba a la gente en camiones para matarlos en masa.

Pisar los bordes de las fosas comunes donde fueron encontrados miles de cuerpos destrozados.

Ver los árboles que servían para matar a los bebés (me lo explicaron literalmente así), agarrándolos de los pies y rompiéndoles el cráneo contra el tronco.

Tener los restos de ropa, de mandíbula, de huesos y de cráneos de las víctimas frente a mí, para que los oliera, mirase y tocase.

Caminar por dentro  del “S-21”, un colegio que fue tomado por el Khmer Rouge y transformado en una de las mayores cárceles clandestinas y centros de tortura.

Ver las celdas construídas rústicamente con madera, una madera que delimitaba los bordes de la vida: de acá para adentro, seguís vivo, cuando salgas, olvidate.

Mirar y ser mirada por las miles de fotos de las víctimas, sabiendo que no hay manera de resucitarlas.

Ver a los turistas sacándose fotos frente a los instrumentos de tortura, como si fuese algo “divertido”.

Leer los relatos de aquellos que fueron reclutados de niños y decidieron colaborar con el régimen para seguir vivos.

Ver que todavía, al día de hoy, no se hizo justicia y tal vez nunca se haga, ya que los mayores responsables murieron.

Saber que sólo siete de los miles de prisioneros sobrevivieron.

Escuchar aún hoy los gritos de desesperación, el llanto de los chicos, las plegarias de las mujeres.

Sentir el aire pesado, cargado de muerte, que quedó en todos estos lugares.

Entrar a una de las cuevas en las afueras de Battambang que también sirvió de fosa común y mirar desde abajo, cual víctima, el hueco desde donde arrojaban a la gente de lo alto.

Y pensar: no hay escapatoria.

Frente a la maldad humana no hay escapatoria.

Me afectó. No puedo no sentir nada frente a algo así. Es morbo, puede ser, porque de alguna forma ahora alguien gana dinero con la muerte, se la exhibe en un museo, se cobra entrada para presenciar la ausencia.

Pero sirve para generar conciencia, para que esto no se repita.

Y es una historia que no se puede pasar por alto si se visita este país. Porque la historia da forma al presente, y un lugar es lo que es, por consecuencia de lo que fue.

Y yo, personalmente, no puedo no sentir dolor, indignación, asco frente al ser humano que se dedica a matar a otras personas para lograr su cometido.

No puedo.

Hoy estoy indignada frente al mundo.

Viajando en una foto: Ciudades solitarias

Hong Kong está llena de gente.

Sin embargo a mí me pareció una ciudad silenciosa y solitaria.

Viajé en subtes de última generación, sin conductores humanos y con una precisión horaria impecable y envidiable (ojalá nuestros subtes fuesen así de eficientes).

Pero durante el viaje casi no vi caras de frente, ya que todas estaban mirando hacia abajo, pegadas a la pantalla de los celulares último modelo que sostenían en las manos.

Nadie me cedió el asiento (obviamente no habría por qué hacerlo, pero tampoco vi que nadie le cediera el asiento a un mayor),

Nadie me miró con curiosidad ni me preguntó si necesitaba ayuda para encontrar la estación en la que debía bajarme,

Nadie me alertó que en el subte te morís de frío y que cuando bajás te morís de calor,

Nadie me avisó que cada estación tiene como ocho salidas y que si te equivocás tenés que dar la vuelta al mundo para encontrar la correcta.

Caminé por las calles atestadas de carteles, negocios y personas.

Sin embargo, nadie me frenó para preguntarme si necesitaba ayuda para encontrar alguna calle (y, hola, es obvio que no soy local acá y es obvio que me voy a perder en este laberinto de asfalto),

Nadie se ofreció a acompañarme cuando me vieron perdida y con el mapa en mano

Nadie me dijo que para llegar de un punto a otro de la ciudad iba a tener que atravesar —obligatoriamente— por lo menos cinco shoppings.

Podría decir que me debo haber recorrido toda la isla a pie y nadie me prestó demasiada atención.

Tomé colectivos y mini-colectivos de lo más organizados.

Pero nadie me avisó que se necesita pagar con cambio exacto ya que ni el conductor ni la máquina devuelven plata,

Nadie ofreció ayudarme con las monedas que me faltaban para completar mi boleto,

Nadie me avisó que no podía bajarme en cualquier lado sino solamente en las paradas “obligatorias” y predefinidas del transporte,

A nadie le importó que tuviera que caminar 20 minutos extra porque me pasé de parada y no sabía qué transporte tomarme para volver hacia atrás (no existe eso de “cruzá la calle y tomá el que va para el otro lado”).

Viví (de casualidad y de prestado) en la casa de un súper empresario alemán (que estaba de vacaciones con su familia en Suiza y por ende nunca se enteró de mi estadía).

Viví en lo que debe ser una de las casas más caras y lujosas de Hong Kong (en Hong Kong, el solo hecho de tener una casa y no un departamento ya implica un lujo, allí donde el metro cuadrado es el segundo más caro del mundo después de Nueva York; y cuanto más “arriba” de la montaña vivís, más lujoso, caro y exclusivo aún).

Viví en una casa de cuatro pisos (o más, no lo sé) arriba de la montaña desde donde veía todo Hong Kong desde mi cama.

De noche, se iluminaba para mí.

De día, me despertaba con su silencio (desde allá arriba no se escuchaba ni un solo ruido).

Y a pesar de que fue una de las mejores casas donde me alojé en mi vida, le faltó esa calidez de hogar chiquito.

No me quejo, amé Hong Kong y pienso volver, es una de mis ciudades preferidas.

Pero qué ciudad solitaria.

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Vuelvo a Indonesia desde Macau

Hong Kong: 10.30 am, principios de julio de 2010

Esta vez no me ganan, esta vez me quedo sesenta días (y tal vez más).

Voy en el tranvía rumbo al Consulado de Indonesia en Hong Kong, con una carta de invitación en la mano, mi pasaporte, dos foto carnet, pasaje de entrada y de salida y algo de ansiedad.

El tema de las visas en Indonesia puede ser una complicación.

Lo más fácil es obtener lo que se conoce como Visa on Arrival: llegás al aeropuerto de Jakarta (por ejemplo), pagás 25 dólares, mostrás tu pasaje de salida y te dan un permiso para quedarte 30 días en el país, ni un día más (no hay posibilidad de extenderlo).

Para los que viajan como yo, sin planes, sin rutinas, sin fechas, ese límite se convierte en un obstáculo para conocer el país (por cada día “extra” que te quedes, te cobran unos cuantos dólares, y si te quedás más de 60 días con un permiso de 30, te pueden meter preso y prohibirte volver a entrar al país por varios años).

Pero Indonesia es gigantesco, ¿cómo pretenden que lo recorramos en treinta días?

Y no es solamente Indonesia: en Filipinas te dan un permiso de estadía por 21 días a cambio de 35 dólares, en Vietnam la visa de un mes con doble entrada cuesta 60 USD, la de Cambodia 25 USD, un mes en Laos 30 dólares, en China 45…

Podría decir que las dos cosas más caras del viaje son los pasajes aéreos de un país a otro (que, con aerolíneas baratas como Air Asia, Tiger Airways, JetStar, Lion Air, casi nunca superan los 100 USD ida y vuelta) y las visas.

Así que decidí que si vuelvo a Indonesia, vuelvo con tiempo.

Investigando descubrí la Visa Social, un permiso de 60 días para aquellos que van al país a visitar familiares o amigos.

Cuesta 50 dólares y puede ser extendida dos veces para quedarse un total de seis meses en el país.

Para aplicar se necesita un sponsor indonesio quien, en teoría, se hará cargo de todos los costos del viaje, y una carta de invitación al país.

Mi amiga Melati, a quien conocí la primera vez que estuve en Indonesia, me escribió la carta para que presentara en el Consulado.

Una vez ahí, una hongkonesa con cara poco alegre me pidió todos los papeles, fotocopias, fotos correspondientes, mis datos, qué hago, a qué me dedico, por qué viajo a Indonesia, dónde voy a vivir, etc.

Y por último me dio un glorioso papelito amarillo.

– Retire su pasaporte y su visa en cinco días hábiles entre las 14 y las 15 horas. Ni un minuto más ni un minuto menos.

Consulado de Indonesia en Hong Kong

Macau: 00.00, 19 de julio de 2010

Estoy sentada a orillas del lago de Macau, tomando algo con mis amigos Journey, Dan, Clancy, un chico polaco y más chicas de Macau.

Mi vuelo a Jakarta sale a las 2.35 am, pero no pasa nada, lo bueno de la isla de Macau es que todo queda tan cerca que podemos llegar al aeropuerto en colectivo en menos de 15 minutos y sin una gota de tráfico.

Nada de Ezeizas a dos horas.

Y si algo falla, lo tengo a Dan, mi amigo filipino que trabaja en la parte de seguridad del aeropuerto (o mini aeropuerto, porque es muy chiquito), conoce a todos y es capaz de frenar la partida de cualquier avión.

Journey (mi amiga china), Clancy (el macaense que nos alojó) y Dan me acompañan al aeropuerto a las 1 de la mañana.

Saben que estoy nerviosa por volver a Indonesia, por todo lo que implica (lo contaré en la siguiente historia…)

Saben que tengo miedo y ansiedad, por eso me acompañan y me despiden y me prometen que todo va a salir bien.

Muchas fotos, abrazos, planes de volver a encontrarnos en algún lugar de Asia o del mundo después, me voy hacia el mostrador de JetStar para hacer check-in.

Las aerolíneas de bajo costo tienen una gran ventaja (el precio), pero también tienen muchas reglas a seguir.

Una de las reglas de JetStar es que no realiza conexiones, me explico: si, por ejemplo, tenés que tomar dos vuelos de JetStar (como era mi caso), uno de Macau a Singapur y de ahí, tras unas horas de espera, otro vuelo a Jakarta, hay que hacer el check-in dos veces ya que JetStar no se encarga de realizar la conexión ni de enviar el equipaje directo al destino final.

Hay que despacharlo, buscarlo en Singapur (o en el destino intermedio que sea)  y volver a despacharlo.

OK, perfecto.

Pero cuando llegué al mostrador, el chico que me atendió me prometió y recontrareprometió que iba a mandar mi mochila directamente a Jakarta, sin necesidad de que yo volviera a despacharla en Singapur.

– Bueno, if you say so… But, are you REALLY sure? (Bueno, si vos lo decís… Pero… ¿Estás realmente seguro?)

– Yes, yes, straight to Jakarta (¡Sí sí, directo a Jakarta!)

– Ok…

Así que me subí al avión, escribí un ratito en mi cuaderno y me dormí.

Cuatro horas después, estaba de vuelta en Singapur.

A esperar unas cinco horas y otra vez a volar.

Esperando el colectivo para ir al aeropuerto de Macau

Jakarta: 12.15 pm – 19 de julio de 2010

Lo gracioso de Indonesia es que hay embotellamientos hasta adentro del aeropuerto.

El aeropuerto de Singapur por ejemplo, es enorme, está perfectamente bien señalizado, tiene colectivos que van de una terminal a otra, tiene hoteles, pileta de natación, negocios, restaurantes y mucha paz.

En el aeropuerto de Jakarta nadie te dice que primero tenés que ir a ese rincón a pagar la visa, que después tenés que hacer la cola eteeerna para migraciones en ese otro rincón, que tenés que buscar tu equipaje en alguna de esas ocho cintas, que tenés que tomarte el colectivo al centro en la salida E o F.

Hay que ingeniárselas.

Más aún con gente que casi no habla inglés.

Y lo del embotellamiento lo digo por la cantidad de gente que había para sellar el pasaporte cuando llegué.

Después de una hora de espera, pasaporte sellado, welcome miss y todas las formalidades aeroportuarias, voy en busca de mi mochila.

Y obvio: no está.

Me recorro todas las cintas, la espero hasta el final, pero jamás aparece.

¿Alguien se la habrá llevado? Lo dudo, no hay más que ropa sucia.

Me dejó nomás, prefirió quedarse en Singapur o tomarse un avión a Vietnam, quién sabe, tener una mejor vida sin mí.

Lo único que lamento es la remera que me regaló él, eso es irrecuperable, todo el resto se puede volver a conseguir.

Hago “la denuncia” en el sector de equipaje perdido, la mujer me asegura que mi mochila quedó en Singapur y que la mandarán en el próximo vuelo y de ahí directo a la casa de mi amiga.

No me amargo demasiado, al menos no tengo que cargarla hasta lo de mi amiga.

Salgo del aeropuerto y voy en busca del colectivo que me llevará a la casa de Melati.

Llueve a cántaros, se me abalanzan los indonesios para ofrecerme “taxi mister”, compro un juguito y me cobran tres veces más de lo que vale, no consigo comprar crédito para mi celular, el colectivo tarda más de 40 minutos en llegar y da vueltas una hora y media alrededor del aeropuerto para levantar más pasajeros, después tarda unas dos horas más en llegar hasta lo de mi amiga.

Definitivamente volví a Indonesia.

Cómo amo este país.

Epílogo: La mochila apareció con vida al día siguiente, aunque por unas horas deseé que nunca volviera… Está bueno perder todo, desprenderse del peso de lo viejo, encontrar una mochila nueva y llenarla de cosas distintas. Dejar el equipaje emocional atrás. Empezar de cero.

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