El 28 enero de 2008, con 22 años y la carrera de Comunicación Social recién terminada, salí de mi casa con un pasaje de ida a Bolivia, una mochila, un cuaderno y el enorme deseo de vivir viajando. Tenía miedo, tenía muchas más preguntas que respuestas y no sabía qué iba a ser de mí, pero estaba convencida de que tenía que intentarlo. Hace unos días, el 28 de enero de 2017, se cumplieron nueve años de aquel día en que decidí dejar todo (o llevarme todo) y probar si podía hacer de los viajes mi estilo de vida.

Festejé mi noveno aniversario viajero en una playa de agua transparente en Bali —no siempre tengo tanta suerte los 28 de eneros— junto con L, mi marido, y Nita, una amiga indonesia a la que no veía hacía 7 años. Viajamos casi dos horas en moto para llegar a esa playa y, como a mí las ideas se me ocurren cuando estoy en movimiento, en el trayecto hice un resumen mental de lo que transité durante estos últimos años. Como el año pasado no publiqué post aniversario, el de hoy vale por dos.

Acá festejamos.

Estas son algunas de las cosas que aprendí, que cambiaron y que siento después de nueve años de vivir viajando:

* Cada vez quiero viajar más lento (o pasar varios meses en un mismo lugar)

Miro para atrás y veo que mi manera de viajar cambió mucho. Cuando empecé estaba desesperada por conocer todo. ¿Qué querés ver en tu viaje? TODO. Me recorría un país entero en un mes, daba vueltas por un continente durante un año sin parar, me movía cada cuatro o cinco días, iba de hostel en hostel y trataba de no perderme nada de lo que creía que “tenía que ver y hacer”. Si me quedaba más de un mes en un mismo lugar era por necesidad, por amor* o por cansancio, porque estar quieta (o volver a un lugar que ya había conocido) me parecía perder el tiempo. No sé si será la edad (31+) o que la velocidad me agotó, pero ya no puedo —ni quiero— viajar así. Ahora, cuanto más lento me mueva, mejor. Y cuanto más tiempo pase en un lugar en el que me siento bien, mucho mejor todavía. Cuando recién empecé, para mí esto no era viajar, porque viajar tenía que ver con el movimiento y el cambio constante, no con la estabilidad ni la quietud (aunque fuese en un lugar distinto a Buenos Aires). Pero después de quedarme nueve meses en un solo punto del mapa (en Biarritz, Francia, entre el 2014 y el 2015) me di cuenta de que me también me gusta —y necesito— estar quieta, tener mi escritorio, mis alacenas, la panadería del barrio, el mar a una cuadra, mi biblioteca, un buzón. Me gusta frenar y descubrir un lugar nuevo de a poco, a través de las rutinas cotidianas, y a la vez poder seguir mirándolo con ojos de extranjera.

(*lo del amor, especialmente el desamor, lo cuento en mi libro «El síndrome de París»)

* Hay días en los que daría todo por tener un hogar fijo y días en los que no cambio este estilo de vida por nada.

En mis días malos, mis frases de cabecera son: “me quiero ir a mi casa” y “ya no quiero viajar más”. Suelo decirlas cuando las cosas no salen como esperaba, cuando no me siento bien en el lugar que estoy (o conmigo misma) o cuando nos toca mudarnos de casa o ciudad. Estoy muy cansada de moverme de un lado a otro, de tener que buscar alojamiento, de empacar y desempacar y empacar y desempacar, de no tener un escritorio propio (a veces ni siquiera una mesa) y tener que inventarme un espacio de trabajo todos los días, de tener que llegar a tiempo a un tren, de tener todas mis pertenencias en el piso. Hay días en los que dejaría todo sin pensarlo para establecerme en un lugar y no moverme nunca más, pero hay otros días en los que me miro de afuera, me doy cuenta de que estoy pasando el tiempo como yo quiero, donde yo quiero y con quien yo quiero y entiendo que más allá de los cansancios ocasionales, no cambio esta libertad de desplazamiento por nada. Supongo que esta es la lucha interna con la que tendré que convivir toda mi vida. Por lo pronto, estamos entre dos opciones: hacer base semi-permanente en algún lado y hacer viajes cortos, o movernos cada seis meses.

Primera carta que encontré en este viaje (en Bali)

* Lo principal en mi vida ya no es viajar sino escribir (y trabajar).

Pasé de ser mochilera a ser nómada digital, que es lo que siempre había querido lograr: poder trabajar de lo que me gusta desde cualquier lugar del mundo a través de internet y ganar lo suficiente para poder seguir moviéndome de un lado a otro. Y a mí lo que más gusta y lo que más me importa es escribir, llenar cuadernos, hacer libros y compartir las cosas que me pasan con el objetivo de motivar a quienes también buscan tener un estilo de vida distinto. Empecé a viajar como excusa para encontrar temas de escritura y ahora siento que el viaje se convirtió en el complemento ideal, pero ya no en lo central de mi vida. ¿Esto quiere decir que voy a dejar de escribir de viajes? Para nada, es una de mis temáticas preferidas, pero sí quiere decir que ahora me doy permiso para escribir acerca de otras cosas.

Mi oficina portátil

* Entendí que sostener este estilo de vida nómada requiere mucho trabajo y que cuanto más profesionalizo lo que hago, menos tiempo tengo para viajar.

Parece contradictorio pero es así: me fui de viaje para huir de la vida de oficina y los horarios fijos y ahora resulta que trabajo más horas que nunca. Haber creado este blog me trajo un montón de oportunidades laborales, me permitió publicar mis libros, escribir en revistas, trabajar con editoriales, ser oradora y dar talleres, entre otras cosas, y si quiero seguir por ese camino, si quiero seguir creciendo y publicando libros y dando talleres y siendo oradora y generando contenido y profesionalizando los viajes tengo que trabajar en eso todos los días. Y si además quiero tener la libertad de elegir dónde vivir y de moverme adonde quiera cuando quiera, tengo que trabajar todavía más. Lo bueno es que amo trabajar porque hago lo que me apasiona y mi trabajo tiene que ver con quien soy, lo malo es que cuanto más profesionalizo, menos tiempo me queda para viajar. Hay momentos en los que extraño viajar sin tecnología y en los que quisiera poder pasar un mes sin tener que conectarme a internet, responder mails, manejar mi tienda, prender un teléfono, revisar mi blog o publicar en redes sociales. En cualquier momento me pido mis quince días de vacaciones y me voy de viaje sin ningún tipo de pantalla en el equipaje (lo tengo pensado, pero para eso tengo que empezar a delegar más, que es algo en lo que ya estoy trabajando).

* Ya no viajo sola (ni quiero hacer todo por mi cuenta)

Viajé sola durante seis años y me encantó. Creo que todos/as deberían viajar solos/as alguna vez en la vida, para mí fue una de las experiencias más enriquecedoras y de crecimiento personal que tuve, y es algo que sigo y seguiré haciendo, aunque de manera más esporádica. Hace dos años y medio me enamoré de un francés que conocí viajando y tomé la decisión de empezar una vida nómada de a dos. Me encanta tener con quien compartir lo que voy viviendo, reírme todos los días, tener rutinas de trabajo en conjunto (él es programador), pero no deja de ser un cambio enorme en mi vida y, por eso, un aprendizaje constante. Estoy aprendiendo a tomar decisiones de a dos, a encontrar un punto medio entre lo que cada uno quiere, a ceder y a respetar los espacios del otro. Y aunque estemos viviendo la vida que ambos queríamos tener, seguimos sin ponernos de acuerdo en muchas cosas. Ejemplo:

—Quiero vivir frente al mar.
—Yo también.
—Quiero un océano con olas para hacer bodyboard.
—Ah no, pero yo quiero un mar calmo y transparente para poder nadar.
—Bueno, vamos a (equis lugar con mar intermedio).
—Pero no tiene ciudad.
—Mejor, a mí me gustan los pueblos.

Y así.

A la vez, siento que llegué a un punto en el que ya no puedo hacer todo sola, laboralmente hablando. Hace unos meses participé en uno de los talleres de Vero Gatti, mi amiga ilustradora, y la escuché decir una frase que me quedó grabada: “No se puede crecer solo”. Durante muchos años hice todo sola: viajé sola, creé mi blog sola, escribí sola, hice todo el proceso de publicación de mis libros sola, organicé mis presentaciones sola, manejé todo sola. Y llegué a un límite. Quiero seguir creciendo y me doy cuenta de que para eso necesito ayuda, así que estoy en proceso de formar mi equipo de trabajo y de abrirme a colaboraciones.

Me gusta ir por el mundo de la mano.

* Superé muchos miedos iniciales pero sigo siendo muy miedosa

Los miedos que tenía antes de empezar a viajar desaparecieron: ya no me da miedo viajar a otro continente, ni irme con un pasaje de ida sin saber cuál va a ser mi ruta, ni no saber de qué voy a vivir, ni tener que hablar con extraños, ni que me estafen, ni no saber el idioma. Pero el miedo en sí nunca se me fue, es como un virus que muta y evoluciona a la par mía y va reapareciendo completamente adaptado a mi forma de ser actual. Por ejemplo, ahora me da miedo que el avión al que me subo se caiga, que el mosquito que me pique tenga dengue, que me pase algo en las manos, estar andando en moto y que no funcionen los frenos, tener un accidente espectacular y nunca visto en un tobogán acuático y pasar a formar parte de la lista de freak accidents de la historia (épico), que a L le pase algo cada vez que entra al mar a hacer bodyboard, que la gente que quiero se muera y yo esté lejos. También me da miedo la depresión, empezar a escribir un texto, publicar un libro nuevo, que no me respondan un mail importante, ser tan vulnerable, la primera clase de un taller, los primeros minutos de una charla y cada proyecto nuevo que empiezo. (Debería dedicarle un post solo a los mieRdos). Los miedos son adaptativos y los odio, pero también creo que la vida consiste en superarlos y que sin miedo no habría desafíos.

* No me iluminé ni llegué al Nirvana

Viajar me trajo muchísimas cosas buenas y me enseño cosas de mí y del mundo que de otra manera tal vez no hubiese aprendido, pero yo sigo siendo la misma. Me enojo, tengo días de mal humor, días en los que no quiero hacer nada, días en los que me siento invencible, días en los que quiero esconderme debajo de la cama, días en los que no quiero hablar con nadie, días en los que se me da por charlar con todo el mundo, días en los que todo me viene bien y días en los que todo me cae mal. Vivir viajando no es la panacea y me molesta ver cómo a veces se muestra este estilo de vida como algo ideal, perfecto o fácil cuando no lo es (me parece hasta irresponsable, porque puede generar mucha frustración en quien decide vivir así pensando que se le solucionarán todos los problemas). Los problemas siguen existiendo y, al igual que los miedos, son adaptativos: vivir en movimiento constante genera conflictos internos que tal vez no aparecen en quienes siempre están quietos. Me pasó y se los conté. Y me seguirá pasando mientras siga estando viva.

De todo este proceso de enamoramiento – desilusión – desidealización – aceptación – madurez hablé en mi segundo libro (y Vero lo supo captar muy bien a través de sus ilustraciones)

* Cada vez me siento más orgullosa de no haber escuchado a los que me dijeron que no se podía vivir así

Cuando miro para atrás me doy cuenta de que todo lo que logré y todo lo que tengo en mi vida hoy fue gracias a que hace nueve años me animé a dar el primer paso y no escuché toda la negatividad que me rodeaba. Me dijeron que me iba a pasar de todo por viajar sola, que nunca iba a tener pareja ni formar familia, que me iba a morir de hambre, que no iba a conseguir trabajo, que no iba a poder vivir de la escritura, que seguro iba a ser una mantenida, que quería ser una hippie de por vida y todo lo que ya les conté muchas veces. Lo más fácil hubiese sido resignarme, darles la razón, quedarme en mi casa y seguir el camino socialmente esperado, por eso agradezco haberle hecho caso a ese impulso inicial y haberme animado a probar qué pasaba. Y aún si me hubiese ido “mal” viajando, la experiencia hubiese sido un éxito. A veces me pregunto cómo sería mi vida hoy si el 28 de enero de 2008 no me hubiese animado a subirme a ese colectivo.

Y a veces no puedo evitar sentirme así:

* Y, por último, antes pensaba que para vivir viajando había que dejar todo. Ahora pienso que la palabra clave es “llevar”.

Antes creía que para vivir viajando había que renunciar al trabajo o estudios, despedirse de familia y amigos, vender todas las pertenencias, ponerse una mochila, comprarse un pasaje de ida y empezar de nuevo. Ahora pienso que la clave no está en dejar todo, sino en llevarse todo lo que uno ya es (o lo que puede llegar a ser) y combinar eso con el movimiento: idear un trabajo que se adapte a nuestra pasión, talentos y capacidades y hacerlo a distancia (en lo posible) o físicamente en otra parte del mundo, seguir estudiando por internet (gracias SkillshareCreativebug y Duolingo por existir), formar comunidades de amigos y colegas online y offline, mantener el contacto con las personas cercanas y seguir siendo quien uno es, aún estando de viaje. No hay que convertirse en otra persona para vivir viajando, tampoco hay que ser millonario o superhéroe. En estos años conocí a muchísima gente que vive así y lo que vi que tenían en común es que todos buscaron la manera de combinar lo que les apasiona con el movimiento, e invirtieron sus energías, recursos y tiempo en lograr ese objetivo. Y esa, creo, es una de las pocas maneras de lograr que este estilo de vida sea sostenible en el tiempo. Si antes decía que viajar debería ser una materia obligatoria para recibirse de humano, ahora digo que también debería ser obligatorio descubrir nuestro talento, ser fieles a lo que nos apasiona, no escuchar a los que dicen que no se puede y tener la libertad de elegir cómo queremos pasar nuestro tiempo.

Felices 9 años a mí y felices (casi) 7 años a mi blog. Les dejo algunos videos que me gustan:

(Si quieren seguir indagando en esto de “encontrar su pasión” les recomiendo el libro «El elemento» de Ken Robinson.)

Y el video que más me hizo reír el año pasado: