Me cansé de viajar

Chan. (Si te estás preguntando y ahora qué y te mata la intriga, andá a la segunda parte del post.)

Alguna tarde del 2007, cuando todavía me faltaban unos meses para terminar la universidad, decidí que apenas rindiera el último final me iba a ir de viaje sin fecha de vuelta. Estaba trabajando en una revista y usaba cada rato libre para escribir en mi blog (otro, en el que solía mencionar que tenía muchas ganas de viajar) y para googlear fotos de los lugares que quería conocer. Irme de viaje era mi obsesión y no imaginaba mi futuro en una oficina o viviendo días iguales. Necesitaba construir una vida en movimiento y no quería quedarme con la duda de qué hubiese pasado si, por más miedos que tuviera.

El 28 de enero de 2008, con 22 años, me tomé un colectivo de ida a Bolivia y di por iniciada mi vida de viajera (así empieza la contratapa de “Días de viaje”, donde cuento todo esto con mucho más detalle). Entre ese día y hoy hice y viví muchísimo más de lo que me hubiese imaginado:

viajé sola por más de 40 países,
me quedé más de 200 veces en casas de familia alrededor del mundo,
me animé a hablar con extraños y a fotografiarlos,
probé comidas de todos los continentes,
acampé en el desierto,
me invitaron a casamientos y cumpleaños,
viajé por China sin entender nada,
descubrí mis raíces en España y en Hungría (incluso intenté estudiar húngaro),
me enamoré,
me desenamoré (y me animé a compartir varias de esas historias en “El síndrome de París”, mi segundo libro),
atravesé Europa en auto con un chico que recién conocía y que terminó siendo mi marido,
vi la aurora boreal desde un bosque sueco,
viajé en barco, en crucero, en helicóptero, en avión, a dedo, en camiones, en tractores,
tuve dengue, sabañones, fiebre, me corté, me caí, me esguincé,
tuve un período de muchísima tristeza,
conocí a algunas de las personas más importantes de mi vida,
me despedí de algunas de las personas más importantes de mi vida,
logré llevar mi trabajo en la mochila y vivir de lo que más me gusta,
publiqué varios libros,
di una charla TEDx,
me invitaron a viajes de prensa,
llené 43 cuadernos (y contando),
di talleres,
conté todo en este blog,
recibí comentarios haters,
recibí comentarios inspiradores, llenos de amor y gratitud (gracias por eso),
volví varias veces a Buenos Aires,
tuve la vida que siempre soñé y entendí, a la vez, que no era ideal ni perfecta.

Mural visto en Madeira (Portugal)

Pero alguna tarde del 2017, en alguna parte del mundo, me cansé de vivir así. Me cansé de trasladarme, de mudarme, de empacar y desempacar, de llegar a tiempo a los trenes, de buscar dónde dormir y a la vez dónde trabajar, de no tener un espacio propio, de no tener mi biblioteca, de tener mis cosas dispersas en distintos lugares, de no ver a mis amigos y a mis sobrinos, de no poder encarar proyectos largos porque nunca me quedo varios meses en el mismo lugar. Sé que ya escribí sobre esto antes, pero durante este último viaje le dije demasiadas veces a L, llorando, no me quiero volver a mudar, quiero una casa, hasta acá llegué y algo adentro mío me dijo: “Esto así no va más”.

Me siento igual que en el 2007, cuando miraba fotos y soñaba con viajar, pero al revés: ahora miro casas y sueño con vivir ahí. Abro con más emoción un cuaderno en blanco que un mapa, entro con más ganas a un departamento en alquiler que a un hotel, me motiva más armar mi escritorio que hacer la mochila. Ya no quiero andar girando “como bola sin manija” (dirían), ya no quiero vivir sin rumbo fijo. Me cansé. Necesito una base, un ancla, un nido. Y si no escucho este llamado interno, tan fuerte como el “quiero viajar” de hace 10 años, no voy a ser feliz, voy a seguir viajando por inercia, por miedo a cerrar una etapa que empezó como el sueño más grande de mi vida pero que ya no me motiva como antes, y no voy a crear cosas que valgan la pena porque no voy a estar alineada con lo que quiero ser.

Y no saben lo difícil que es para mí escribir esto y el miedo que voy a tener cuando haga click en el botón de “Publicar”, pero siento que si no soy honesta (conmigo y con ustedes), si hago de cuenta que todo sigue como siempre, me voy a quedar trabada en algo que ya no soy y voy a terminar dejando este blog porque no me voy a sentir identificada con él (¿crisis de 7 años con el blog? No sos vos, soy yo, te lo juro), y no quiero que eso pase. Y como siempre escribí desde mis emociones y desde la sinceridad, no puedo hacer de cuenta que ahora no está pasando nada. Necesito dejar todo esto por escrito para cerrar una gran década y poder abrir otra. Así que eso: dejo los viajes para volver a la oficina (ese sería el título marketinero de este post). La diferencia es que esta oficina va a ser un espacio de trabajo diseñado por mí, en mi casa, en el lugar del mundo que elija, con las horarios que quiera, decorado a mi manera y para hacer cosas que no estaría haciendo si no me hubiese ido de viaje por casi 10 años.

¿Y ahora qué?

¿Y ahora? ¿Qué va a pasar con el blog? ¿Qué va a pasar con nosotros?, se estarán preguntando ustedes, si es que todavía queda alguien leyendo o ya dieron un portazo masivo y me dejaron sola para siempre. ¿Qué implica todo esto? (Spoiler: va a haber Viajando por ahí para rato.)

Primero, que voy a quedarme quieta y voy a armar mi espacio de trabajo para poder enfocar todas mis energías en crear y compartir. Quiero devolver todo lo que aprendí durante estos 10 años, quiero crear para mí y para ustedes, quiero escribir más que nunca, quiero responder a sus preguntas y sus miedos, quiero compartir todo lo que sé acerca de viajar, de escribir y de ser nómada digital. Mi objetivo es inspirarlos a que si quieren viajar, viajen (y de la manera más suya posible), y si no quieren viajar, no viajen y se queden quietos haciendo lo que aman. Como adelanto les cuento que en septiembre sale mi primer journal de viajes, hecho a dúo con María Luque, del que ya les iré mostrando cositas y que vamos a presentar en Buenos Aires (pronto preventa!), también que estoy por firmar contrato con una editorial argentina para hacer un lindísimo proyecto de libros para el año que viene y que estoy preparando, por fin, mis cursos y workshops online.

Segundo, esta decisión implica que me llegó el momento de elegir dónde vivir, al menos por unos años, y con L tenemos todas las fichas puestas en Biarritz (Francia). Nos gusta la idea de vivir frente al mar y de estar en Europa y a ambos nos gusta esta ciudad para, en un tiempo, tener familia. Ahora mismo estamos acá, buscando casa, aunque está difícil porque hay muchísima demanda y poca oferta. Hace unos días fuimos a ver el departamento de nuestros sueños: entramos y fue amor a primera vista, ya nos veíamos viviendo ahí… nosotros y 20 postulantes más. Al final no nos lo dieron (por eso anduve medio triste esta última semana), así que seguimos buscando. La idea es establecernos en Biarritz y pasar varios meses al año en Buenos Aires.  Ahora en julio nos vamos tres meses a Buenos Aires y en octubre volvemos a Francia con la idea de quedarnos acá de manera indefinida.

Nos quedaremos por acá…

Tercero: no voy a dejar de viajar (y lo subrayo porque sé que lo tengo configurado en el ADN). Lo que quiero y necesito es dejar de moverme de manera tan constante y pasar a ser una nómada part-time (u ocasional). Quiero seguir viajando pero de otra forma: quiero hacer viajes más cortos, con ida y vuelta (en lo posible sin tecnología), y durante esos días enfocar todas mis energías en explorar, en conocer, en documentar, en fotografiar, en interactuar con el lugar y no en estar pensando dónde voy a vivir después de ese viaje, si voy a tener internet o no, qué va a ser de mí y todo eso que me está pasando ahora. Quiero poder decir “me voy una semana a explorar Estambul” e irme con la emoción del 2008, a perderme en la ciudad y a disfrutar de ese viaje “en estado puro”. Y para eso necesito frenar y tener una base. Necesito volver a hacer de los viajes algo extraordinario y no parte de mi rutina, porque así como los estoy viviendo hoy, ya no los disfruto.

Y por último: no voy a dejar de escribir de viajes (tengo mucho material por subir todavía), aunque también escribiré acerca de otras cosas (en escribir.me, no se preocupen, que para eso está). Me quedan muchos libros por delante. Que empiece la década creativa.

Cierro con esta frase del libro “Nos vamos”, de Power Paola.

Y con una foto mía, que hace mucho que no doy la cara (estoy más arrugada que hace 10 años, eso seguro).

Si quieren enterarse de todo lo que se viene, los invito a suscribirse a mi newsletter. Pronto estaré anunciando preventa y talleres en Buenos Aires. :)

Ah! Y hay promo en la Tienda para celebrar a Biarritz: si compran dos o más libros les mando una postal escrita a mano desde acá, de regalo, para ustedes o para un amigo.

Mis 9 años de viajera: cómo viajo ahora, cuáles son mis miedos, qué cosas me cansaron y qué aprendí en estos años

El 28 enero de 2008, con 22 años y la carrera de Comunicación Social recién terminada, salí de mi casa con un pasaje de ida a Bolivia, una mochila, un cuaderno y el enorme deseo de vivir viajando. Tenía miedo, tenía muchas más preguntas que respuestas y no sabía qué iba a ser de mí, pero estaba convencida de que tenía que intentarlo. Hace unos días, el 28 de enero de 2017, se cumplieron nueve años de aquel día en que decidí dejar todo (o llevarme todo) y probar si podía hacer de los viajes mi estilo de vida.

Festejé mi noveno aniversario viajero en una playa de agua transparente en Bali —no siempre tengo tanta suerte los 28 de eneros— junto con L, mi marido, y Nita, una amiga indonesia a la que no veía hacía 7 años. Viajamos casi dos horas en moto para llegar a esa playa y, como a mí las ideas se me ocurren cuando estoy en movimiento, en el trayecto hice un resumen mental de lo que transité durante estos últimos años. Como el año pasado no publiqué post aniversario, el de hoy vale por dos.

Acá festejamos.

Estas son algunas de las cosas que aprendí, que cambiaron y que siento después de nueve años de vivir viajando:

* Cada vez quiero viajar más lento (o pasar varios meses en un mismo lugar)

Miro para atrás y veo que mi manera de viajar cambió mucho. Cuando empecé estaba desesperada por conocer todo. ¿Qué querés ver en tu viaje? TODO. Me recorría un país entero en un mes, daba vueltas por un continente durante un año sin parar, me movía cada cuatro o cinco días, iba de hostel en hostel y trataba de no perderme nada de lo que creía que “tenía que ver y hacer”. Si me quedaba más de un mes en un mismo lugar era por necesidad, por amor* o por cansancio, porque estar quieta (o volver a un lugar que ya había conocido) me parecía perder el tiempo. No sé si será la edad (31+) o que la velocidad me agotó, pero ya no puedo —ni quiero— viajar así. Ahora, cuanto más lento me mueva, mejor. Y cuanto más tiempo pase en un lugar en el que me siento bien, mucho mejor todavía. Cuando recién empecé, para mí esto no era viajar, porque viajar tenía que ver con el movimiento y el cambio constante, no con la estabilidad ni la quietud (aunque fuese en un lugar distinto a Buenos Aires). Pero después de quedarme nueve meses en un solo punto del mapa (en Biarritz, Francia, entre el 2014 y el 2015) me di cuenta de que me también me gusta —y necesito— estar quieta, tener mi escritorio, mis alacenas, la panadería del barrio, el mar a una cuadra, mi biblioteca, un buzón. Me gusta frenar y descubrir un lugar nuevo de a poco, a través de las rutinas cotidianas, y a la vez poder seguir mirándolo con ojos de extranjera.

(*lo del amor, especialmente el desamor, lo cuento en mi libro “El síndrome de París”)

* Hay días en los que daría todo por tener un hogar fijo y días en los que no cambio este estilo de vida por nada.

En mis días malos, mis frases de cabecera son: “me quiero ir a mi casa” y “ya no quiero viajar más”. Suelo decirlas cuando las cosas no salen como esperaba, cuando no me siento bien en el lugar que estoy (o conmigo misma) o cuando nos toca mudarnos de casa o ciudad. Estoy muy cansada de moverme de un lado a otro, de tener que buscar alojamiento, de empacar y desempacar y empacar y desempacar, de no tener un escritorio propio (a veces ni siquiera una mesa) y tener que inventarme un espacio de trabajo todos los días, de tener que llegar a tiempo a un tren, de tener todas mis pertenencias en el piso. Hay días en los que dejaría todo sin pensarlo para establecerme en un lugar y no moverme nunca más, pero hay otros días en los que me miro de afuera, me doy cuenta de que estoy pasando el tiempo como yo quiero, donde yo quiero y con quien yo quiero y entiendo que más allá de los cansancios ocasionales, no cambio esta libertad de desplazamiento por nada. Supongo que esta es la lucha interna con la que tendré que convivir toda mi vida. Por lo pronto, estamos entre dos opciones: hacer base semi-permanente en algún lado y hacer viajes cortos, o movernos cada seis meses.

Primera carta que encontré en este viaje (en Bali)

* Lo principal en mi vida ya no es viajar sino escribir (y trabajar).

Pasé de ser mochilera a ser nómada digital, que es lo que siempre había querido lograr: poder trabajar de lo que me gusta desde cualquier lugar del mundo a través de internet y ganar lo suficiente para poder seguir moviéndome de un lado a otro. Y a mí lo que más gusta y lo que más me importa es escribir, llenar cuadernos, hacer libros y compartir las cosas que me pasan con el objetivo de motivar a quienes también buscan tener un estilo de vida distinto. Empecé a viajar como excusa para encontrar temas de escritura y ahora siento que el viaje se convirtió en el complemento ideal, pero ya no en lo central de mi vida. ¿Esto quiere decir que voy a dejar de escribir de viajes? Para nada, es una de mis temáticas preferidas, pero sí quiere decir que ahora me doy permiso para escribir acerca de otras cosas.

Mi oficina portátil

* Entendí que sostener este estilo de vida nómada requiere mucho trabajo y que cuanto más profesionalizo lo que hago, menos tiempo tengo para viajar.

Parece contradictorio pero es así: me fui de viaje para huir de la vida de oficina y los horarios fijos y ahora resulta que trabajo más horas que nunca. Haber creado este blog me trajo un montón de oportunidades laborales, me permitió publicar mis libros, escribir en revistas, trabajar con editoriales, ser oradora y dar talleres, entre otras cosas, y si quiero seguir por ese camino, si quiero seguir creciendo y publicando libros y dando talleres y siendo oradora y generando contenido y profesionalizando los viajes tengo que trabajar en eso todos los días. Y si además quiero tener la libertad de elegir dónde vivir y de moverme adonde quiera cuando quiera, tengo que trabajar todavía más. Lo bueno es que amo trabajar porque hago lo que me apasiona y mi trabajo tiene que ver con quien soy, lo malo es que cuanto más profesionalizo, menos tiempo me queda para viajar. Hay momentos en los que extraño viajar sin tecnología y en los que quisiera poder pasar un mes sin tener que conectarme a internet, responder mails, manejar mi tienda, prender un teléfono, revisar mi blog o publicar en redes sociales. En cualquier momento me pido mis quince días de vacaciones y me voy de viaje sin ningún tipo de pantalla en el equipaje (lo tengo pensado, pero para eso tengo que empezar a delegar más, que es algo en lo que ya estoy trabajando).

* Ya no viajo sola (ni quiero hacer todo por mi cuenta)

Viajé sola durante seis años y me encantó. Creo que todos/as deberían viajar solos/as alguna vez en la vida, para mí fue una de las experiencias más enriquecedoras y de crecimiento personal que tuve, y es algo que sigo y seguiré haciendo, aunque de manera más esporádica. Hace dos años y medio me enamoré de un francés que conocí viajando y tomé la decisión de empezar una vida nómada de a dos. Me encanta tener con quien compartir lo que voy viviendo, reírme todos los días, tener rutinas de trabajo en conjunto (él es programador), pero no deja de ser un cambio enorme en mi vida y, por eso, un aprendizaje constante. Estoy aprendiendo a tomar decisiones de a dos, a encontrar un punto medio entre lo que cada uno quiere, a ceder y a respetar los espacios del otro. Y aunque estemos viviendo la vida que ambos queríamos tener, seguimos sin ponernos de acuerdo en muchas cosas. Ejemplo:

—Quiero vivir frente al mar.
—Yo también.
—Quiero un océano con olas para hacer bodyboard.
—Ah no, pero yo quiero un mar calmo y transparente para poder nadar.
—Bueno, vamos a (equis lugar con mar intermedio).
—Pero no tiene ciudad.
—Mejor, a mí me gustan los pueblos.

Y así.

A la vez, siento que llegué a un punto en el que ya no puedo hacer todo sola, laboralmente hablando. Hace unos meses participé en uno de los talleres de Vero Gatti, mi amiga ilustradora, y la escuché decir una frase que me quedó grabada: “No se puede crecer solo”. Durante muchos años hice todo sola: viajé sola, creé mi blog sola, escribí sola, hice todo el proceso de publicación de mis libros sola, organicé mis presentaciones sola, manejé todo sola. Y llegué a un límite. Quiero seguir creciendo y me doy cuenta de que para eso necesito ayuda, así que estoy en proceso de formar mi equipo de trabajo y de abrirme a colaboraciones.

Me gusta ir por el mundo de la mano.

* Superé muchos miedos iniciales pero sigo siendo muy miedosa

Los miedos que tenía antes de empezar a viajar desaparecieron: ya no me da miedo viajar a otro continente, ni irme con un pasaje de ida sin saber cuál va a ser mi ruta, ni no saber de qué voy a vivir, ni tener que hablar con extraños, ni que me estafen, ni no saber el idioma. Pero el miedo en sí nunca se me fue, es como un virus que muta y evoluciona a la par mía y va reapareciendo completamente adaptado a mi forma de ser actual. Por ejemplo, ahora me da miedo que el avión al que me subo se caiga, que el mosquito que me pique tenga dengue, que me pase algo en las manos, estar andando en moto y que no funcionen los frenos, tener un accidente espectacular y nunca visto en un tobogán acuático y pasar a formar parte de la lista de freak accidents de la historia (épico), que a L le pase algo cada vez que entra al mar a hacer bodyboard, que la gente que quiero se muera y yo esté lejos. También me da miedo la depresión, empezar a escribir un texto, publicar un libro nuevo, que no me respondan un mail importante, ser tan vulnerable, la primera clase de un taller, los primeros minutos de una charla y cada proyecto nuevo que empiezo. (Debería dedicarle un post solo a los mieRdos). Los miedos son adaptativos y los odio, pero también creo que la vida consiste en superarlos y que sin miedo no habría desafíos.

* No me iluminé ni llegué al Nirvana

Viajar me trajo muchísimas cosas buenas y me enseño cosas de mí y del mundo que de otra manera tal vez no hubiese aprendido, pero yo sigo siendo la misma. Me enojo, tengo días de mal humor, días en los que no quiero hacer nada, días en los que me siento invencible, días en los que quiero esconderme debajo de la cama, días en los que no quiero hablar con nadie, días en los que se me da por charlar con todo el mundo, días en los que todo me viene bien y días en los que todo me cae mal. Vivir viajando no es la panacea y me molesta ver cómo a veces se muestra este estilo de vida como algo ideal, perfecto o fácil cuando no lo es (me parece hasta irresponsable, porque puede generar mucha frustración en quien decide vivir así pensando que se le solucionarán todos los problemas). Los problemas siguen existiendo y, al igual que los miedos, son adaptativos: vivir en movimiento constante genera conflictos internos que tal vez no aparecen en quienes siempre están quietos. Me pasó y se los conté. Y me seguirá pasando mientras siga estando viva.

De todo este proceso de enamoramiento – desilusión – desidealización – aceptación – madurez hablé en mi segundo libro (y Vero lo supo captar muy bien a través de sus ilustraciones)

* Cada vez me siento más orgullosa de no haber escuchado a los que me dijeron que no se podía vivir así

Cuando miro para atrás me doy cuenta de que todo lo que logré y todo lo que tengo en mi vida hoy fue gracias a que hace nueve años me animé a dar el primer paso y no escuché toda la negatividad que me rodeaba. Me dijeron que me iba a pasar de todo por viajar sola, que nunca iba a tener pareja ni formar familia, que me iba a morir de hambre, que no iba a conseguir trabajo, que no iba a poder vivir de la escritura, que seguro iba a ser una mantenida, que quería ser una hippie de por vida y todo lo que ya les conté muchas veces. Lo más fácil hubiese sido resignarme, darles la razón, quedarme en mi casa y seguir el camino socialmente esperado, por eso agradezco haberle hecho caso a ese impulso inicial y haberme animado a probar qué pasaba. Y aún si me hubiese ido “mal” viajando, la experiencia hubiese sido un éxito. A veces me pregunto cómo sería mi vida hoy si el 28 de enero de 2008 no me hubiese animado a subirme a ese colectivo.

Y a veces no puedo evitar sentirme así:

* Y, por último, antes pensaba que para vivir viajando había que dejar todo. Ahora pienso que la palabra clave es “llevar”.

Antes creía que para vivir viajando había que renunciar al trabajo o estudios, despedirse de familia y amigos, vender todas las pertenencias, ponerse una mochila, comprarse un pasaje de ida y empezar de nuevo. Ahora pienso que la clave no está en dejar todo, sino en llevarse todo lo que uno ya es (o lo que puede llegar a ser) y combinar eso con el movimiento: idear un trabajo que se adapte a nuestra pasión, talentos y capacidades y hacerlo a distancia (en lo posible) o físicamente en otra parte del mundo, seguir estudiando por internet (gracias SkillshareCreativebug y Duolingo por existir), formar comunidades de amigos y colegas online y offline, mantener el contacto con las personas cercanas y seguir siendo quien uno es, aún estando de viaje. No hay que convertirse en otra persona para vivir viajando, tampoco hay que ser millonario o superhéroe. En estos años conocí a muchísima gente que vive así y lo que vi que tenían en común es que todos buscaron la manera de combinar lo que les apasiona con el movimiento, e invirtieron sus energías, recursos y tiempo en lograr ese objetivo. Y esa, creo, es una de las pocas maneras de lograr que este estilo de vida sea sostenible en el tiempo. Si antes decía que viajar debería ser una materia obligatoria para recibirse de humano, ahora digo que también debería ser obligatorio descubrir nuestro talento, ser fieles a lo que nos apasiona, no escuchar a los que dicen que no se puede y tener la libertad de elegir cómo queremos pasar nuestro tiempo.

Felices 9 años a mí y felices (casi) 7 años a mi blog. Les dejo algunos videos que me gustan:

(Si quieren seguir indagando en esto de “encontrar su pasión” les recomiendo el libro “El elemento” de Ken Robinson.)

Y el video que más me hizo reír el año pasado:

Siete
(Reflexiones en mi séptimo aniversario viajero)

[quote]“El número siete, por sus virtudes ocultas, tiende a realizar todas las cosas. Es el dispensador de la vida y fuente de todos los cambios, pues incluso la Luna cambia de fase cada siete días. Este número influye en todos los seres sublimes.” (Hipócrates)[/quote]

El siete y el dos siempre fueron mis números preferidos. No soy muy original: las estadísticas —que en este caso no tengo idea cómo se calculan— dicen que el siete es el número preferido de la mayoría de la población mundial. El siete me sirve para expresar cosas que otros números no me permiten: me gusta decir “llego en siete” o “dame siete minutos” cuando el cinco me parece muy corto y el diez demasiado completo. El siete indica algo que no se hace enseguida pero que tampoco lleva dos cifras de tiempo, aunque a veces eso de ser un número intermedio me pone en un limbo: tener 27 años, por ejemplo, me pareció una edad rara. Sentía que todavía estaba cerca de los 25 y a la vez acercándome a los 30, o sea que no estaba en un lugar muy definido. Tener 29 me gusta más: al menos sé que en un año cambio de década y que me acerco a una etapa distinta.

Cuadro by vero gatti y Luna

Cuadro by vero gatti y Luna

Muchos dicen que el siete es el número perfecto y que tiene poderes especiales. El siete está en todo. Los siete días de la semana, los siete planetas clásicos en la astrología, los siete pecados capitales, los siete colores del arco iris, los siete cielos del Islam, los siete sacramentos del Catolicismo, las siete edades del hombre según Shakespeare, las siete notas musicales, los siete mares, las siete vidas de los gatos, las siete diferencias, los siete chakras, los siete enanitos, siete años en el Tíbet, siete monos, el séptimo hijo varón, el mundo creado en siete días. La suma de las caras opuestas de los dados siempre da siete. Le dicen el número mágico porque está formado por la suma del tres —sagrado— y el cuatro —terrenal— y forma, entonces, un puente entre el cielo y la tierra.

Siete años en la ruta (en esta foto: Islandia)

Siete años en la ruta (en esta foto: Islandia)

En mi caso, ayer cumplí siete años de vivir viajando. El 28 de enero de 2008 me puse la mochila, tomé un bus de ida de Buenos Aires a La Quiaca —la frontera entre Argentina y Bolivia— y, sin tener mucha idea de lo que estaba haciendo, decidí que ese sería el primer día del resto de mi vida. Desde ese 28 de enero hasta hoy viajé por más de treinta países en cuatro continentes, viví en varias ciudades, escribí dos blogs de viajes con más de cuatrocientos posts, publiqué nosécuántos artículos de viajes en revistas, expuse fotos de viajes, fui columnista de viajes en programas de radio, di charlas de viajes y autopubliqué mi primer libro de relatos de viajes. Durante siete años puse todas mis energías en construir esa realidad que había elegido: ser viajera.

Candado budista en los puentes de París.

Candado budista en los puentes de París.

Pero dicen que algo pasa a los siete años. Hay una teoría psicológica que asegura que después de despertarte 2555 días junto a la persona que elegiste de pareja para toda la vida aparecen las dudas, preguntas y desilusiones: la famosa crisis o comezón del séptimo año de matrimonio. ¿Esto es lo que quiero para siempre? Nunca tuve una relación de siete años así que en ese aspecto no sé, pero sí sé que hace 2555 días me despierto con la misma etiqueta y con el mismo estilo de vida, ese que elegí hasta que la muerte nos separe solo por intuición, sin siquiera haberlo testeado antes. A veces pienso en lo fácil que usamos las palabras “para siempre”. A los veintidós años decreté, así de fresca, que viajaría para siempre, pero nunca pensé en todas las cosas que pasarían entre mis veintidós y el para siempre. Yo solo veía la meta: cumplir ese sueño.

Mensaje visto en Praga.

Mensaje visto en Praga.

Ondas luminosas. Esta foto la saqué en la exposición de Kusama en el Malba, Buenos Aires.

Ondas luminosas. Esta foto la saqué en la exposición de Kusama en el Malba, Buenos Aires.

En siete años, ese sueño dejó de ser una ilusión y se convirtió en algo corpóreo, y mi vida de viajes tuvo subidas y bajadas. Como vivir en movimiento me hace perder la noción del calendario, me gusta pensar en años-viaje y poder, así, diferenciar cada bloque de tiempo y recordar por qué cada año fue distinto.

El año uno empezó con la euforia del primer paso: esto es lo que siempre soñé ahora sí que seré feliz toda la vida. El año dos fue el del primer regreso y la depresión post-viaje: para qué volví, no sé si voy a poder seguir viajando, qué va a ser de mí. El año tres me fui a Asia y otra vez la euforia: esto es lo que siempre soñé ahora sí que seré feliz toda la vida bis. El año cuatro apareció la calma y logré cierta estabilidad: bueno, creo que ya puedo decir que me dedico a escribir desde cualquier lugar del mundo. El año cinco estuvo desbordado por la emoción y el agotamiento de escribir un libro: este es el resultado de hacer las dos cosas que más me gustan, pero cómo cansa. El año seis volví a viajar y tuve una sensación que intenté tapar durante mucho tiempo: esto no es lo que esperaba. Había empezado el proceso de desidealización de la vida soñada, una de las mejores cosas que me pasaron desde que me fui de Buenos Aires, ya que me permitió ver todo de manera más real. Y el año siete, este que se acaba de cumplir, es el de las preguntas: bueno, ya sé más o menos cómo son las cosas, ¿y ahora qué?

Por las calles de Salamanca, España.

Por las calles de Salamanca, España.

Cumplí siete años de viajera en un estado intermedio —típico del siete, diría—: viviendo en otro país. Es decir: ni del todo en mi casa, ni del todo de viaje, ni tan quieta, ni tan en movimiento. Ni sí ni no, ni blanco ni negro. ¿Qué estoy haciendo entonces? ¿Estoy viajando? ¿Estoy frenada? ¿Debería estar viajando? ¿Debería estar con ganas de viajar? ¿Debería volver? Siempre dije que iba a viajar toda la vida, pero ¿y si me canso? ¿Y si me aburro? ¿Y si ya no me motiva? ¿Y si de golpe aparecen otros intereses? De acá a “toda la vida” falta mucho, y hay un montón de otras cosas que me gusta hacer además de viajar. ¿Qué pasaría si les dedico más tiempo? ¿Si cambio de profesión? ¿Si cierro el blog, dejo de escribir y desaparezco de internet? ¿Podría ganarme la vida? ¿Lo mío es escribir sí o sí? ¿Y si cambio de rubro y pongo un negocio de algo? ¿Y si refloto ese sueño de irme a cosechar lechuga a una granja en Canadá? Pero a mí viajar me gusta, aunque tambiénETC. Esto de tener monólogos internos constantes es agotador.

Músico callejero en Praga, frente al muro de John Lennon.

Músico callejero en Praga, frente al muro de John Lennon.

Ojo de Magritte en Bélgica.

Ojo de Magritte en Bélgica.

Para mí, el superpoder del siete es que, cuando lo usás para contar años, marca un quiebre. Siete años es un tiempo considerable para estar en algo, aunque no llega a ser una década: si quiero arrepentirme, todavía estoy a tiempo. Obvio que a los diez años también puedo arrepentirme, pero el siete es más liviano, no es un número cerrado. Entonces me siento así, como si estuviese terminando un período de prueba, el test-drive: ya sé cuáles son las cosas que más me gustan de vivir viajando y cuáles son las que más me cuestan, ya sé en qué consiste y en qué no consiste este estilo de vida. Ahora puedo decidir si seguir o cambiar. O si seguir pero de otra manera. Si acelerar o desacelerar. Si dedicarle más tiempo a esto o a otras cosas. Las opciones son muchas. Y lo bueno es eso: que tengo opciones, que nadie me obliga a estar encadenada a nada.

Frente al reloj en París.

Frente al reloj en París.

Infinito (foto: Islandia)

Infinito (foto: Islandia)

Pero entre tantas preguntas, también tengo algunas certezas. Me demostré —a mí, no a otros— que puedo vivir con mis reglas, aunque esto de no tener manual de instrucciones hace que tenga que estar reescribiéndolas todos los días. También entendí que no tengo que impresionar a nadie ni cumplir expectativas ajenas. Antes sentía que tenía que hacer ciertas cosas —viajar / escribir de determinada manera— porque eso era lo que se esperaba de mí —”la viajera”—. Ahora siento que si mañana decido dejar de viajar no va a ser un fracaso sino un aprendizaje: quizá viajar no era lo mío, quizá necesitaba viajar para darme cuenta de cuánto necesitaba tener un hogar, o quizá necesitaba frenar para darme cuenta de cuánto me gusta viajar.

Visto en Cusco.

Visto en Cusco.

También sé que aunque esté de cumple viajero y tenga estas preguntas no voy a tomar decisiones porque no hay decisiones para tomar. Estoy acá, estoy escribiendo un libro. Después volveré a Buenos Aires, haré cosas allá, volveré a tener a mis amigos y a mi familia, estaré quieta un rato más. Y ahí la intuición, otra vez, me dirá qué hacer. Pero aunque entre en crisis o tenga dudas, cuando me proyecto me doy cuenta de que en mi futuro siempre veo viajes. Quiero hacer un viaje en auto por la Patagonia, quiero hacer un road trip por Estados Unidos y Canadá, quiero hacer dedo en Japón, quiero recorrer las islas de Oceanía en barco, quiero atravesar Asia Central. Quiero ir a muchos lugares. No sé a qué ritmo ni cuándo. No sé si escribiendo un blog o no. Pero todos esos planes de viajes están ahí y no los veo con intenciones de desaparecer.

En siete años les cuento.

cumple-viajes-13

Pizarrón en la casa de vero!

*

Epílogo:

El 28 a la noche le dije a L:

—Hoy cumplo siete años de vivir viajando.
—¿Por qué no me dijiste antes?
—Es que me acabo de dar cuenta.
—Me hubieses avisado y comprábamos una torta y brindábamos.

Y eso hicimos, aunque con un día de delay. Torta de chocolate y vino blanco para festejar una fecha que me parece más representativa que mi cumpleaños. Así que propongo que cada uno elija su fecha de cumpleaños —o de no-cumpleaños— en honor a algún acontecimiento importante. A mí me encantaría festejar cada 28 de enero como si fuese 29 de julio.

Buenos Aires.

Buenos Aires.

[box type=”star”]De vez en cuando escribo estos posts aniversario en honor a mis cumpleaños de viajera o al nacimiento de mi blog. Son estos:

Cuando te perdés en China, nunca sabés quién te puede encontrar (post número 100)
Doscientos viajes (post número 200)
“Detrás de los viajes” – Edición especial 300 posts
Mis cuatro años de viajera: cómo empecé, cómo trabajo y cómo me financio
Mis seis años de viajera: el Síndrome de París y el lado oscuro de los viajes [/box]

9 reflexiones acerca de vivir viajando
(o “¿Cómo puedo financiarme en el camino?”)

**Spoiler: no sé. Y este post tiene el prólogo más largo de la historia.
Poné el agua para el mate o preparate un café. O si querés la respuesta práctica, andá directo al final del texto.**

[box type=”star”]No existen fórmulas ni recetas mágicas para financiar un viaje o para vivir viajando. No hay pasos infalibles ni modelos a replicar. Nadie tiene el éxito ni el fracaso asegurado. Como con todo, financiar y autosustentar un estilo de vida viajero lleva tiempo, dedicación, trabajo y creatividad. No hace falta ser millonario ni sacarse la lotería para vivir en movimiento. Lo que sí hace falta es cambiar algunas concepciones.[/box]

Una de las preguntas que más recibo por mail y que más me cuesta responder es: “¿Me das ideas para financiarme mientras viajo?”. Más allá de los consejos que pueda darles para ahorrar en el camino, muchos de ustedes me preguntan otra cosa: “¿De qué puedo trabajar para mantenerme mientras viajo?”. Porque una cosa es ahorrar y otra es generar ingresos. Y creo que en el fondo la pregunta es: “¿Cómo puedo hacer para vivir viajando?”.

Ya sea para vivir viajando durante quince días, dos años o tres décadas, no hay una respuesta: hay muchas. Y como no tengo la solución adecuada para cada uno, decidí hacer este post con mis reflexiones acerca de este estilo de vida.

Empecemos

Empecemos

*

En muchos lugares del mundo, el sistema nos educa así: tenés que tener un título universitario para conseguir un trabajo, tenés que tener un trabajo fijo para cobrar un sueldo a fin de mes, tenés que tener un sueldo a fin de mes para poder vivir, alimentarte y comprarte cosas, tenés que ahorrar gran parte de ese salario para poder irte de vacaciones cuando el trabajo te lo permita, tenés que trabajar hasta los 65 para tener una jubilación y después podés disfrutar de la vida.

Vivir viajando derriba muchas de estas ideas.

Es lógico, si nos guiamos por ese modelo, sentir que si la plata no alcanza para llegar a fin de mes, menos va a alcanzar para un viaje largo. Por eso, para empezar a pensar en la financiación de un estilo de vida viajero, lo primero que hay que hacer es cambiar el paradigma.

Las reglas del juego son otras.

Las reglas del juego son otras.

1) Vivir viajando no es vivir de vacaciones. 

Esto ya lo repetí muchas veces en el blog, así que para quienes me leen de antes no es algo nuevo. Sé que, visto desde afuera, la imagen mental que muchos tienen del viajero es algo así: playa + jugo de coco + hamaca paraguaya + leve brisa + no stress. Díganme dónde firmo que yo también quiero una vida así. Bah, en realidad no.

Yo empecé con la idea de ser una viajera pura y dura: de dedicarme solo a viajar, a explorar y a conocer otras culturas. Lo hice durante varios meses, pero me di cuenta de que no podía separar mis ganas de viajar de mis ganas de comunicar, a través de textos y fotos, lo que iba encontrando en el camino. Viajar por viajar es muy lindo, pero después de un tiempo uno tiene necesidad de hacer algo con ese viaje, de transformarlo en otra cosa, de aportarle algo valioso a toda esa gente y a todo ese mundo que tan bien nos recibió (o de cambiar ese mundo que tan mal nos recibió). El trabajo, ese querer aportar algo, es parte de la naturaleza humana, y es gracias a eso que el mundo sigue girando. Y cuando te vas de viaje, el gen del trabajo no se apaga, al contrario: se activa. Por eso, creer que vivir viajando es lo mismo que estar de vacaciones permanentes es un error.

En estos siete años conocí mucha gente que vive como yo, en movimiento. Gente de todas partes del mundo y que trabaja en distintos rubros: cocineros, escritores, programadores, médicos, diseñadores, arquitectos, fotógrafos. Algunos se mueven de manera constante, otros son estacionales, algunos trabajan de manera independiente, otros van con contrato. Pero todos comparten esa ansiedad de moverse y de dedicarse a lo que más les gusta. Y todos lograron, cada uno a su ritmo y en su propio tiempo, generar una rutina de viaje-trabajo que les permite seguir viviendo así.

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2) Vivir viajando puede ser más barato que vivir en un lugar fijo.

También hablé de esto en otras ocasiones. Este vez pongo “puede ser” porque depende de la manera de viajar y de vivir de cada uno. Pero hago cuentas y a mí me sigue saliendo más barato estar en movimiento. ¿Por qué? No hay gastos fijos, uno solo paga lo que necesita en el momento (alojamiento, comida, transporte, visas), hay lugares donde el costo de vida es muy barato y otros donde estas necesidades básicas se pueden intercambiar por servicios.

Entonces, una de las primeras cosas a tener en mente es que no necesitás tanta plata para viajar. Es cierto que si querés volar a otro continente, el pasaje de avión es caro, pero nadie te impide cruzar en barco o ir por tierra. Hay muchas maneras de viajar y el avión no es el único medio que existe. Pero esto implica, también, cambiar el chip de la velocidad: cuanto más lento vayas, menos vas a gastar y más intensa va a ser tu relación con el camino. Hay ciertos gastos que son obligatorios: las visas, el seguro médico (en caso de llevar uno), la gasolina (en caso de viajar con vehículo propio), pero pensalos como una inversión inicial del viaje o como un gasto fijo y comparalos con los gastos que tenés ahora: seguro siguen siendo más bajos.

[box type=”tick”]- En mi post “Consejos para viajar barato o sin plata” doy más detalles y en el post “Desde un bus rojo” hablo acerca del slow travel.[/box]

Y este es el trailer de un documental que quiero ver hace tiempo… (pueden verlo acá.)

3) Tu trabajo no es tu empleo (work is not a job). 

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Fuente: workisnotajob.com

Hay gente que no se anima a vivir viajando porque tiene miedo de no conseguir trabajo. Otros tienen miedo de irse por un año y de que al volver nadie quiera contratarlos.

Primero hay que preguntarse qué es el trabajo. Yo estoy de acuerdo con los chicos de workisnotajob: nuestro trabajo no es nuestro empleo de 9 a 5, es nuestra pasión puesta en acción, eso que solo nosotros podemos contribuir al mundo. Pero si pensás en el trabajo como algo que tienen que darte y no como algo que podés generar por tu cuenta, puede que te sea más difícil conseguirlo.

Creo que pueden existir tantos trabajos como personas, ya que todos tenemos algo para ofrecer al mundo. Puede que tu trabajo soñado no exista, o que no encuentres a nadie que quiera contratarte para hacerlo, entonces sabés qué: inventalo, sé el primero en dedicarte a eso. El cliché es cierto: el que no arriesga, no gana. El mundo es de los que se animan a hacer algo distinto.

[box type=”tick”]Para leer más acerca del nuevo paradigma laboral, les recomiendo los libros [eafl id=”21077″ name=”Rework” text=”“Rework: change the way you work forever””] de David Heinemeier Hansson y [eafl id=”21080″ name=”Ignore everybody” text=”“Ignore everybody: and 39 other keys to creativity””] de Hugh Macleod. No sé si estos títulos están en castellano, por eso los comparto en inglés. Y este video también tiene buenas reflexiones acerca de lo que para muchos de nosotros es trabajar.[/box]

4) Podés trabajar desde cualquier lugar del mundo.

Uno de los cambios más grandes que generó internet es que cada vez se necesitan menos las oficinas y los jefes. Son cada vez más las profesiones que pueden practicarse desde cualquier lugar del mundo, a cualquier hora, frente a cualquier paisaje y de manera independiente. Uno puede tener su oficina donde quiera y ser su propio jefe.

Ya no hace falta, entonces, que hagas tu trabajo siempre desde el mismo lugar. Podés mantener tu empleo, si querés, irte de viaje y seguir trabajando en el camino. O podés renunciar a tu trabajo, y crearte uno que te permita hacer de cualquier espacio tu oficina.

Sé que esto (aún) no es aplicable a todas las profesiones, pero siempre existen alternativas. Un buen ejemplo es médicos sin fronteras y otras organizaciones “sin fronteras”. Y si tu profesión todavía no tiene una alternativa viajera, quizá es hora de que la inventes.

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Foto: Marruecos

5) No necesitás plata para todo.

Volvió la era del trueque. Yo creo que nunca se fue, pero ahora es más visible, también gracias a internet. Estamos muy acostumbrados al sistema capitalista-monetario: necesito algo, voy y lo compro. Pongo plata sin dar lugar a la posibilidad del trueque, porque así es más fácil y más rápido. Pero hay muchas cosas que se hacen por intercambio, o que se harían si hubiese un diálogo previo de por medio. 

En el mundo viajero hay muchas opciones de intercambio. Por ejemplo:

– Couchsurfing. Personas y familias de todo el mundo ofrecen alojamiento gratuito a los viajeros en sus casas. ¿Qué ganan? Compañía, conocer a alguien de otra cultura, aprender acerca de otras realidades, viajar sin viajar.

– Warmshowers. La versión de Couchsurfing para ciclistas.

– Housesitting. Mucha gente necesita que le cuiden la casa y/o las mascotas mientras no están, así que te permiten vivir sin costo ahí, siempre y cuando te hagas cargo de la casa, las plantas, los animales y el mantenimiento del lugar.

– HelpX. Intercambio de alojamiento y comida por trabajo. Una persona necesita que lo ayuden a pintar un cuarto de su casa, o que lo ayuden a practicar su español, o que le solucionen un problema técnico en la computadora. Y justo estás en su ciudad y resulta que tenés los conocimientos o las capacidades para hacer lo que él necesita. Lo contactás, coordinan y te quedas con él hasta que el trabajo esté hecho. Él, a cambio, te da comida y cama.

– Woofing. Trabajo en granjas orgánicas a cambio de alojamiento y comida.

– Find a crew. Hay gente que busca tripulación para sus barcos, lo que te permite trabajar a bordo y viajar gratis. Todavía no lo probé pero me parece una opción muy interesante.

– Autostop. Lo dijo Juan Villarino: “Todos nacemos con un boleto gratis a cualquier lugar del mundo, y lo tenemos en nuestro pulgar”. Salí a la ruta, estirá el brazo y pedí que te lleven. Siempre alguien frena.

– Gratiferias. Hay muchas gratiferias, reales y virtuales, en un montón de ciudades del mundo. También hay mucha gente dispuesta a intercambiar ropa u objetos que ya no usa.

– Patrocinios. Si tenés un proyecto sólido e interesante, podés conseguir esponsoreo de aerolíneas, hoteles, hostels, trenes, buses o empresas especializadas en tu rubro. Eso sí, lo importante es tener una propuesta que pueda interesarles.

Foto: Argentina

Foto: Argentina

[box type=”tick”] Les recomiendo [eafl id=”21081″ name=”La biblia del viajero” text=”‘La biblia del viajero'”], la mejor guía de Lonely Planet que leí. Está escrita por tres viajeros franceses y algunos de los temas que cubren en profundidad y de manera muy realista (y con mucha experiencia) son: autostop, barcostop, trenestop, avionestop, viaje en carguero, marcha a pie, recolección urbana, camping en entorno urbano, alojamiento organizado a cambio de trabajo e intercambio de casas. Un montón de temas que en otras guías no están mencionados o son desestimados por no ser tradicionales.

Todavía no lo terminé de leer, pero el libro [eafl id=”21082″ name=”The moneyless manifesto” text=”‘The Moneyless Manifesto'”] de Marc Boyle pinta interesante. Hace más de tres años que este inglés vive sin dinero, y relata la experiencia en este libro. En cada capítulo habla de una temática distinta (la vivienda, la alimentación, la salud, la educación, entre otros) y cuenta qué alternativas existen para poder solucionarlas sin dinero de por medio. Se puede leer gratis en su web.[/box]

Foto: Indonesia

Foto: Indonesia

6) Dedicate a lo que más te gusta. Y hacelo en movimiento.

Todos nacemos con un talento. Sí, vos también, aunque estés moviendo la cabeza y diciendo que no. Algunos lo descubren de muy chicos, a otros les cuesta más encontrarlo, otros saben que lo tienen pero no lo siguen por miedo, porque creen que no son lo suficientemente buenos, porque sienten que a nadie le va a interesar lo que tienen para decir o mostrar, porque alguien los desmotivó o porque piensan que siempre habrá alguien mejor. Sí, puede que haya alguien mejor, pero ¿importa? Acá lo importante, me parece, es poder dedicarte a lo que te sale bien y te hace feliz, a eso que sentís que hacés sin trabajar. Creo también en la teoría del felicismo que propone Albert Casals (el viajero de Mon Petit, la peli que les recomendé antes): si hago lo que me hace feliz, también haré feliz a la gente que me rodea. Si hago lo que me inspira, también inspiraré al resto.

En una carta que ahora no tengo acá pero que me encantaría compartir, mi mamá me escribió, entre otros consejos: “No te dediques a una profesión por la plata, dedicate a lo que más te guste hacer y la plata va a llegar sola”, “Sé dueña de tu tiempo, no le regales tus horas de trabajo a otros”, “Hacé lo que te haga feliz”. Yo tenía trece años cuando me dio ese papel, y todavía lo tengo guardado en una cajita en Buenos Aires. Ella me educó para ser libre, y nunca me voy a cansar de agradecerle. *Se emociona*

¿Qué sentido tiene la vida si no somos libres y felices? Todas las muertes cercanas que sufrí este año me enseñaron una cosa: nos vamos demasiado rápido de acá. Mejor que aprovechemos el tiempo de la mejor manera posible. Basta de posponer los planes y la felicidad esperando un momento ideal que nunca va a llegar.

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No hay tarea que desestimemos más que la tarea de ser felices.

[box type=”tick”]- Les recomiendo (les pido) que lean el libro [eafl id=”21083″ name=”El elemento” text=”‘El elemento'”] de Ken Robinson. Habla acerca de ese talento con el que todos venimos al mundo y cuenta casos de personas que hoy son muy reconocidas en lo que hacen y que, alguna vez, también tuvieron dudas y empezaron de cero.

– También les recomiendo los libros [eafl id=”21084″ name=”Show your work” text=”‘Show your work'”] y [eafl id=”21085″ name=”Steal like an artist” text=”‘Steal like an artist'”] de Austin Kleon. Muy interesantes para aquellos que quieran mostrar su trabajo a un público y no sepan cómo hacerlo.[/box]

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7) No tengas miedo.

Una de las personas más especiales que conocí este año fue la madre de una lectora de mi blog. Nos vimos una tarde o dos, pero conectamos mucho. Una de las cosas que me dijo antes de despedirme fue: “El opuesto del amor no es el odio, es el miedo”. Y esa frase me quedó grabada.

El miedo es un gran mecanismo de control. Nos meten miedo desde chicos. Miedo a lo que pasa afuera, miedo a la gente de otros barrios, miedo a la gente de otros países, miedo a las supuestas epidemias, miedo a no tener trabajo, miedo a quedarnos solos, miedo a fracasar, miedo a no ser nadie en la vida. Todo lo que no hacemos, no lo hacemos por miedo. Al menos en mi caso es así. Estoy escribiendo un libro nuevo y todavía me da miedo abrir el archivo y enfrentarme a las páginas en blanco. Me dan miedo muchas cosas, no soy nada valiente. Pero aprendí a no tenerle miedo al miedo, si es que eso tiene algún sentido.

Por eso, no tengas miedo de hacer algo nuevo, de salir, de probar. Si no te va bien, por lo menos lo intentaste.

[box type=”tick”]En este post hablo de otro miedo importante: El miedo a viajar (y por qué no hay que dejar que nos frene).[/box]

No tengas miedo de hacer realidad tus ideas.

No tengas miedo de hacer realidad tus ideas.

8) Usá la creatividad para todo.

Así como todos tenemos un talento, todos somos creativos. Sí, vos también, aunque estés negando otra vez con la cabeza. Crear es parte de la naturaleza humana. Ser creativo no es pintar un lindo cuadro o escribir un texto divertido: la creatividad generó todo lo que tenés a tu alrededor. Esa silla, la mesa, la computadora, la lámpara, el cepillo de dientes. Todo se le ocurrió alguna vez a alguien. Así que usá esa capacidad creativa para vivir. Y si querés dedicarte a viajar, usala para pensar qué podrías ir haciendo en el camino.

Me resulta difícil dar respuestas personalizadas cuando me piden ideas para financiar sus viajes. Es verdad que hay muchas cosas típicas que se pueden hacer (y las menciono al final), pero puede que esas no sean cosas que te gusten ni que quieras hacer. O puede que sean cosas que querés hacer por un tiempo, para empezar, pero no para siempre. Quizá lo que estás buscando, en realidad, es esa profesión ideal para combinar con tus viajes. Y esa es una búsqueda muy personal.

Mi recomendación es que no intentes replicar lo que hizo otro solo porque ves que tuvo éxito. Que a otra persona le haya ido bien no quiere decir que a todos nos vaya a ir igual. Por detrás tiene que haber una pasión muy específica, muchas horas de trabajo y perseverancia. Cada cual tiene que buscar su camino, aunque sea más difícil y requiera más trabajo.

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Tomá el ejemplo de otros como inspiración, y a la hora de pensar en tu propia financiación, preguntate: ¿En qué soy bueno? ¿Qué me gustaría hacer mientras viajo? ¿En qué quiero invertir mi tiempo?

Y cuando salgas a la ruta vas a darte cuenta de que esto de vivir viajando es como un pack en el que todo se mezcla: el trabajo, la pasión, el movimiento, la vida. Y al final todo termina siendo una misma cosa.

Algunos ejemplos de gente que pensó distinto:

Seguro que viste este video. Fue recontra viralizado. A Matt se le ocurrió hacer un bailecito en cada lugar del mundo que visitó, así que se grabó, los compiló, hizo un video y lo subió a youtube. Fue un éxito. Aparecieron marcas que se interesaron en él y lo mandaron a hacer una segunda vuelta al mundo, esta vez patrocinado, para que volviera a hacer su bailecito.

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Este empezó como un chiste. Zack Brown propuso un proyecto en Kickstarter, una plataforma de financiación colectiva: “Necesito 10 dólares para hacer una ensalada de papas”. Terminó juntando más de 55.000 dólares. Mirá las recompensas que ofrecía.

9) Podés educarte mientras viajás.

Muchos de ustedes me escriben preguntándome si les recomiendo estudiar una carrera universitaria antes de empezar a viajar o no. Y me ponen en un aprieto. No sé, depende de qué quieran estudiar: hay profesiones que necesitan muchos años de estudios y un título para poder practicarlas, hay profesiones que no precisan estudios universitarios pero sí estudios terciarios o cursos, hay profesiones que se aprenden al hacerlas. Entonces depende de cada uno y de sus objetivos personales.

Pero que elijan viajar y no estudiar de manera formal no quiere decir que no puedan educarse en el camino. La educación es fundamental y deberíamos aprender toda la vida, no solo durante la etapa de escolarización. Sin embargo, es muy difícil cambiar un sistema educativo que está tan arraigado en la sociedad y que está quedando tan obsoleto. De a poco están surgiendo nuevas voces y propuestas mucho más adaptadas a las necesidades y realidades del mundo actual (Hola, Ken Robinson, soy tu fan), y hoy, gracias a internet, podemos aprender muchas cosas por nuestra cuenta. Yo, por ejemplo, aprendí a programar ebooks a través de un curso online en video, también estoy cursando una carrera de escritura de viajes en inglés a distancia, la fotografía la aprendo de manera autodidacta con libros, tutoriales y práctica, lo poco que sé de programación también lo aprendo por internet y a la fuerza, estoy aprendiendo francés con una aplicación y trato de mejorar mi escritura leyendo todo lo que se me cruza en el camino.

Entonces, entendé que irte de viaje no equivale a posponer los estudios ni a dejar de estudiar. Puede que elijas estudiar antes, durante o después, eso ya es decisión tuya. Y el viaje nos permite hacer el curso de ingreso a una de las instituciones más importantes del planeta: la universidad de la vida.

[box type=”tick”]- En el post ¿A qué tengo que dedicarme para poder viajar? hablo un poco más acerca de estos temas.
– La web Unschoolery.com, de Leo Babauta, me parece muy interesante para quienes quieran saber más acerca del unschooling y del homeschooling o la educación en casa.
– Y la charla TED que les dejo abajo es de un chico que a los 13 años decidió dejar el colegio para hackear su educación.[/box]

https://www.youtube.com/watch?v=oL-FlUxthZc

Pablo Neruda

Pablo Neruda

Y una lechuza que te mira.

Y una lechuza que te mira.

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Y si después de toda esta perorata (o el prólogo más largo de la historia al que me refería al principio) decís muy lindo todo pero dame consejos concretos para viajar y poder mantenerme en el camino, acá van algunas ideas:

[wc_box color=”secondary” text_align=”left”]

1. Ahorrá. Si te hace sentir seguro, ahorrá todo lo que puedas, ahorrá durante meses o años (como hice yo antes de irme por primera vez: ahorré toda mi vida para eso) y salí con un colchón de plata por si acaso.

2. Aplicá a una Working Holiday Visa (visa de trabajo). Así, además de vivir en un país, vas a poder trabajar en el lugar.

3. Trabajá freelance. En Berlín dan visas especiales para los trabajadores independientes (más info en este post).

4. Trabajá por internet. Generá contenido, vendé fotos en bancos de imágenes, producí videos, sé community manager, tené tu empresa o emprendimiento online, tené un canal de youtube, escribí y vendé ebooks acerca de un tema en el que seas experto, trabajá haciendo traducciones.

5. Trabajá a cambio de alojamiento y comida. Ofrecete en los hostels y restaurantes. Cuidá casas mientras sus dueños no están. Mirá qué está pidiendo la gente en webs como HelpX.

6. Buscá trabajos diarios o temporarios. Ofrecete de extra en una película. Modelá. Da clases de idiomas. Trabajá en librerías (Shakespeare and Co., una librería de París, ofrece trabajos temporarios a estudiantes, por ejemplo). Ofrecete de pintor. Buscá trabajo en los festivales de música. Sé guía de turismo de un lugar que conozcas bien. Organizá free-walking tours.

7. Buscá patrocinadores que puedan estar interesados en tu trabajo o en tu viaje. Para eso, mi consejo, es que más allá de una idea tengas una propuesta sólida que ya esté funcionando y que les presentes algo que ya existe.

8. Vendé algún producto. Y acá las opciones son muchas: fotopostales, dibujos, cuadernos artesanales (a eso sí me gustaría dedicarme), libros artesanales, ropa, comida, bebidas.

9. Ofrecé un servicio. Charlas acerca de un tema en el que seas experto, cursos presenciales, cursos online, etc.

10. Hacé shows. Podés hacer shows callejeros a la gorra u ofrecerlos a cambio de alojamiento o comida. ¿Shows de qué? De lo que se te ocurra. Música, magia, burbujas, beatbox, danza, teatro, malabares con fuego, acrobacias. Siempre hay público para el arte.

11. Y hablá con la gente. Contá lo que estás haciendo, deciles que estás buscando trabajo, comentales que hacés shows de tal cosa, proponeles un intercambio, pediles ayuda. Nunca sabés a quién le podés caer en el momento justo y qué trabajo o trueque te pueden ofrecer.[/wc_box]

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Mis conclusiones personales:

Vivir viajando es un estilo de vida holístico, hay que verlo como un todo, como algo integral. Como dije antes, todo termina siendo parte de lo mismo: la pasión, el talento, el trabajo, la financiación, el movimiento, la vida.

Y ser capaz de autosustentarte no quiere decir ganar fortunas, sino generar los ingresos necesarios para poder seguir manteniendo tu estilo de vida actual. Lo más gratificante, más allá de la cantidad de plata que ganes, es lograr crear una rueda que pueda seguir girando sola. Y cuando sos capaz de autosustentarte te das cuenta de que la cantidad de plata es relativa: ya no pensás en términos de mucho o poco, pensás en lo necesario para poder seguir viviendo así. 

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Ah, y no escuches a los que te dicen que no se puede. Todo se puede.

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Foto: Proyecto Calco

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Mis 6 años de viajera:
El síndrome de París y el lado oscuro de los viajes

Tardé dos semanas (y seis años) en parir este post. Después de varios años viajando y de casi 29 en este mundo necesitaba poner esta reflexión por escrito. ¿Es lindo viajar? Claro, pero no todo es color de rosa. Esta es mi catarsis.

Hace unas semanas iba a viajar a dedo sola por primera vez y no me animé. No sé, era viernes 13 y me dio cosa. Excusas (aunque estoy cada vez más cerca de hacerlo, lo juro). Así que entré en la web del carpooling francés (acá se llama covoiturage) y busqué a alguien que viaje de Vienne (donde estaba) a Antibes (un pueblito en la Provenza francesa al que fui a encontrarme con una prima). Seamos sinceros, hacer dedo o hacer carpooling (compartir coche y gastos con gente que hace el mismo trayecto y que uno contacta por internet) es casi lo mismo: te estás subiendo al auto de un desconocido. Lo que pasa es que ver el nombre de la persona en internet genera una ilusión de cercanía y que haya dinero de por medio te da una (falsa) sensación de seguridad. Nos refugiamos en el “si pago no me va a pasar nada” y no es así, pero el miedo nos hace creer que todo en la vida tiene que costar algo para ser legítimo.

Cuestión que busqué personas que hicieran el mismo trayecto que yo y elegí al conductor un poco al azar. O quizá fue intuición. Unas horas después, cuando me subí al auto, me di cuenta de que había elegido muy bien, y ahí me dije: por algo no me fui a dedo hoy. El chico en cuestión era francés-vietnamita, embajador de Couchsurfing —esta red social tiene representantes en distintas ciudades o países y se les dice embajadores—, había hecho viajes largos —de mochilero, a dedo— y tenía muchas historias que contar. Nos pusimos a hablar de nuestras experiencias de Couchsurfing y me contó una de las historias más raras que le tocó vivir con una huésped. 

No sé si tan rara como esto. (Para este post elegí fotos de Asia. Hace tiempo que no subo ninguna y es un continente que extraño mucho)

No sé si tan rara como esto. (Para este post elegí fotos de Asia. Hace tiempo que no subo ninguna y es un continente que extraño mucho)

Unos años atrás había recibido a una japonesa en su ex departamento en París. Ella había volado desde Tokyo y estaba cansada, así que la primera noche se fue a dormir temprano. Unas horas después, él se despertó de golpe: la chica estaba parada en la puerta de su habitación, mirándolo. Él se asustó pensando que iba a hacerle algo, pero no: la japonesa estaba muy deprimida y le dijo que quería suicidarse esa misma noche. Él intentó tranquilizarla, la abrazó, le pidió que no haga nada. Ella se volvió a su cuarto y lloró sola toda la noche. Él no pegó un ojo. A la mañana siguiente, cuando se despertó, la japonesa ya no estaba. Su perfil de Couchsurfing también había desaparecido. Durante dos años no supo nada, hasta que un día recibió un mail: la japonesa le escribió para decirle que estaba bien, le agradeció por salvarle la vida y le contó que después de esa noche en París había decidido cancelar su viaje por Europa y se había vuelto a Tokyo. Los médicos le dijeron que había sufrido el Síndrome de París.

Cosas que pasan cuando ves las Torre Eiffel de cerca...

Cosas que pasan cuando ves las Torre Eiffel de cerca…

—¿El quéee?

—Yo tampoco lo conocía. Es algo que le pasa a muchos japoneses y asiáticos cuando viajan por primera vez a París. Tienen una imagen tan idealizada, romántica y perfecta de la ciudad, que cuando llegan y ven que es muy distinta a lo que se imaginaban les agarra una depresión y una tristeza muy fuertes. Muchos entran en crisis nerviosa y los tienen que tratar, pasa tanto que incluso hay médicos especializados en eso.

—No lo puedo creer. Aunque ahora que me lo decís, a mí me pasó algo parecido… En París me dio por llorar y no supe por qué. Creo que la primera vez que la visité también me desilusioné un poco, además me sentí muy sola y perdida. La ciudad me pareció grande y triste, pero me daba culpa hasta pensarlo: “Estoy en París, no puedo estar así”, me decía. Tal vez tuve el síndrome de París sin saberlo… Te digo que por un lado me deja más tranquila. Ahora cada vez que vuelvo me gusta un poco más, pero la primera vez no fue como esperaba.

Y esa es la cuestión: que muchas veces uno imagina algo, sueña con eso, idealiza todo y cuando finalmente lo alcanza, dice: “Esto no es como esperaba. ¿Será que soy yo?”, y hasta se siente culpable de esa desilusión.

La torre eiffel vietnamita

La torre eiffel vietnamita

La charla con el francés me hizo pensar en el síndrome de París aplicado a los viajes —y a la vida, ya que estamos— en general. Hay una imagen muy idealizada del viaje como estilo de vida —y del viajero también— y entiendo que visto de afuera pueda parecer “la vida perfecta”: muchas veces me dijeron eso, y yo también pensaba así antes de salir, pero les aseguro que no lo es. La vida perfecta no existe, dediques a lo que te dediques. Este es un estilo de vida muy enriquecedor y puede hacer muy feliz a quienes de verdad desean pasar los días así, pero no deja de ser una vida como la de cualquier otra persona, sólo que todo pasa en movimiento, en distintos escenarios y más rápido. Es muy fácil mirar de lejos al otro y sacar conclusiones acerca de lo que hace o deja de hacer —“esta chica que vive viajando no debe tener ni una preocupación en la vida, la envidio”—, y es muy fácil, también, caer en idealizaciones erróneas —“si yo viviera así sería feliz”, “seguro que si me voy de viaje se me soluciona todo”—, porque claro: “The grass is always greener on the other side” (el pasto siempre es más verde en el jardín del vecino).

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O adentro de la casa.

Hace tiempo que tenía necesidad de escribir este post, de ordenar todos estos pensamientos y sensaciones que me genera la vida nómada. Si hay algo que aprendí en estos seis años de viajera es que todo tiene su lado oscuro —no “malo”, sino menos conocido de antemano o poco visto de lejos—, y los viajes no son la excepción. No todo es color de rosa y esto también hay que decirlo. Vivimos en una época en la que se muestra casi exclusivamente lo lindo: todos somos fantásticos en nuestras redes sociales, todos tenemos esto y lo otro y somos recontramigos y miren qué enamorados que estamos y qué felices que se nos ve. Pero la vida tiene muchas subidas y bajadas y yo, viajando, las vivo igual que si estuviera en Buenos Aires. Por eso me parece bueno compartir este desahogo: para desidealizar un poco, para dar una visión más completa y realista y para hacernos compañía a la distancia —si es que a alguien más le pasa—.

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En el lado oscuro de los viajes entran muchas cosas: es como un cajón de sastre —cajón desastre— donde se guarda de todo, aunque el contenido y la cantidad de cada cosa dependen del dueño. Por eso, puede que todo esto me pase solo a mí. Aún así, comparto. Quizá alguien se sienta identificado.

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– Si te vas de viaje no se te resuelven todos los problemas. Para nada. Quizá se resuelven problemas relativos a la rutina de un lugar, pero aparecen problemas nuevos. Lo bueno del viaje es que la distancia le da otra perspectiva a las cosas, y eso puede ayudarte a enfrentarte a los conflictos de otra manera.

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– Si te vas de viaje no te vas a escapar de nada. Uno carga con sus mochilas donde sea que esté. Hay que aceptar eso y ver el viaje como una búsqueda, no como una escapatoria. Muchas personas me escriben diciéndome que si vivieran viajando, su vida sería perfecta: recuerden que no es una vacación constante, sino un estilo de vida.

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– Si te vas de viaje solo nunca vas a estar solo —si no querés—, pero también te va a pasar que vas a estar rodeado de gente y te vas a sentir existencialmente solo. El mundo es un lugar superpoblado, pero no siempre vamos a encontrar la compañía que nos haga sentir bien.

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– No todos los lugares que visites durante un viaje te van a gustar. Somos seres tan complejos y estamos atravesados por tantos factores que es muy difícil que un mismo lugar afecte de la misma manera a dos personas. Podés estar en la playa más linda del mundo y sentirte mal. O podés intentar replicar el camino que hizo otro y no verle el encanto.

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– No todas las personas que conozcas te van a caer bien. Eso no quiere decir que la gente sea mala, sino que con muchos no habrá feeling de ningún tipo —y te puede pasar con alguien que te está alojando en su casa, y es una situación bastante incómoda—.

O vas a conocer gente que te va a caer increíblemente bien y no vas a querer irte nunca más...

O vas a conocer gente que te va a caer increíblemente bien y no vas a querer irte nunca más…

– Ser huésped durante meses es cansador: muchas veces no tenés un espacio propio donde trabajar, tenés que respetar las reglas de quien te recibe, tenés que intentar estar de buen humor y no poner mala cara, a veces tenés que dejar la casa cuando tu anfitrión se va a trabajar, puede que no haya mucha onda con la persona que te aloja, puede que no tengas ganas de repetir las mismas historias cada vez que llegás a una casa nueva o puede que quieras pasar una semana sin ver ni hablar con nadie. En ese caso lo mejor es hacer una pausa en Couchsurfing y buscar opciones para estadías de largo plazo como Housesitting o un alquiler temporario.

Uno de mis tantos espacios de trabajo por el mundo

Uno de mis tantos espacios de trabajo por el mundo

– Viajar barato es cansador. El dinero hace todo más fácil —no digo que eso sea bueno, pero sí que simplifica—, tener que estar cuidando el presupuesto hace que uno tenga que esforzarse mucho y hacer un montón de sacrificios. Aunque, por otro lado, estoy convencida de que las mejores experiencias surgen cuando no hay papelitos ni monedas de por medio. Creo que la plata, en mi caso, me sirve para pagarme un espacio de trabajo cuando lo necesito y silencio cuando no tengo ganas de hablar.

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– Vivir viajando genera ciertos patrones obligados que hay que repetir sí o sí: como estás en movimiento constante, cada pocos días tenés que decidir a dónde vas después —esto no siempre es fácil—, tenés que buscar dónde quedarte —y hacer Couchsurfing, Housesitting, WWOOFing, HelpX o cualquier alojamiento a cambio de trabajo lleva su tiempo de investigación y emails previos—, tenés que ver cómo ir de un lugar a otro, tenés que estirar el presupuesto, tenés que encontrar la manera de comer barato pero no mal, tenés que dedicarle tiempo a tu trabajo —o encontrar uno nuevo en cada lugar—. Y a veces no tenés ganas de ir a ningún lado ni de decidir nada y lo único que querés es teletransportarte a tu casa por un rato. Viajar en sí también cansa y es normal que después de unos meses uno pierda el asombro por los lugares.

A veces querés tomarte un descanso de todo.

A veces querés tomarte un descanso de todo.

– Ser viajero/a hace que la gente te idealice. ¿Quién no sueña con viajar por el mundo? Todos los que tienen miedo de hacerlo depositan sus supuestas carencias en el que lo hace: “Seguro que él/ella es así o asá, seguro que a él/ella no le pasa tal cosa, seguro que tiene mucho/a (inserte-lo-que-usted-cree-que-necesita-para-irse-de-viaje-aquí) y a mí me falta eso”. Y los que viajamos somos gente común, no superhéroes, también tenemos nuestros miedos y carencias y fallas y debilidades, y ver eso también desilusiona a muchos. Quizá porque mientras veamos al que viaja como alguien que “es más así o asá” o que “tiene esto y lo otro” es más fácil decir “yo no puedo porque a mí me falta todo eso”, pero cuando vemos que la persona es alguien normal y que la única diferencia es que se animó, nos damos cuenta de que se nos terminaron las excusas y eso genera miedo.

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La visión de la madre es fantástica

– Trabajar de manera independiente es menos glamoroso de lo que se cree. Yo no lo cambio por nada, pero a veces me cuesta quedarme adentro mientras el resto de la gente se va a la playa; o me pone de mal humor estar resolviendo problemas técnicos del blog cuando podría estar sacando fotos; o siento que necesito frenar por unas semanas o meses para escribir otro libro y no sé dónde hacerlo; o busco un espacio de trabajo y no lo encuentro; o busco inspiración y no aparece durante semanas.

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– Vivir viajando hace que vayas de despedida en despedida. También hace que caigas en paracaídas en la vida de las personas durante un rato y que todos te vean y te traten como alguien que está de paso, con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Después te vas y la vida de esa gente sigue como siempre, y quizá vos te quedás un poquito más triste. Vas a tener muchos amigos, pero van a estar desparramados por el mundo y puede que no vuelvas a verlos durante años. Hay que ser fuerte para aceptar esto.

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– Si viajás puede pasar que te enamores de alguien estático —que no viaja ni quiere viajar— y que te quedes con él/ella y que después te des cuenta de que tu necesidad de movimiento es más fuerte que cualquier persona. O puede pasar que te enamores de alguien y que esa persona nunca se anime a pedirte que te quedes, por verte tan viajero/a, tan feliz, tan en tu hábitat. O puede pasar que se enamoren de tu estilo de vida, que te idealicen por eso, que te sigan y que descubran que no son compatibles para viajar juntos.

Con amigos en Macau.

Con amigos en Macau.

– Si decidís pasar el resto de tu vida viajando, en algún momento vas a sentir que necesitás hacer algo más, que viajar por viajar es lindo pero que hay que tener algún objetivo, aportarle algo al mundo, tener algún proyecto, ir en busca de algo, seguir algún tipo de ruta, tener un hilo conductor. Y eso no siempre es fácil de encontrar. Muchas veces podés sentirte a la deriva, en un limbo donde todos los caminos son posibles. Tener demasiadas opciones tampoco es fácil.

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– Vivir viajando hace que apagues el piloto automático y que tomes el control total de tu vida, y me parece que esta es una de las cosas más difíciles que nos toca: descubrir cómo queremos vivir, qué sentido queremos darle a nuestra existencia, cómo queremos relatarnos nuestra propia vida. Porque una vez que te das cuenta de que podés hacer lo que quieras y de que no tenés obligación de seguir ningún estilo de vida prefabricado, entendés que el único que decide sos vos y que ya no podés culpar a nadie por lo que sale mal ni estar esperando a que las cosas te pasen. Todo lo generás vos mismo, y eso es una responsabilidad enorme.

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– Si pasás mucho tiempo sin volver a tu lugar de origen, también puede que de golpe tengas mucha nostalgia de tu familia, de tus amigos, de tu ciudad y quieras volver por un rato. Y puede que vuelvas y te des cuenta de que, más allá de los abrazos y reencuentros, ya no tenés mucho para hacer ahí.

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– También puede pasar que se te muera alguien muy cercano y estés lejos. O que nazca un bebé y estés lejos. O que se case un amigo y estés lejos. O que a alguien que querés le pase algo bueno —o malo— y estés lejos. Puede pasar que nunca estés para ninguna de estas cosas y que tengas que acostumbrarte a eso y decirte que es una de las desventajas más tristes del estilo de vida que elegiste: que vas a estar lejos.

Pasé tantos cumpleaños lejos...

Pasé tantos cumpleaños lejos…

El viaje es un aquí y ahora constante y eso implica muchas cosas: tomar decisiones minuto a minuto, dejar que el azar haga lo suyo, confiar en el camino, olvidarte de tus planes, aceptar que si bien tenés el control de tu vida no tenés el control de lo que te espera, no preocuparte por lo que todavía no pasó ni estresarte por lo que podría llegar a pasar. Hoy un amigo me regaló una frase muy sabia que le dijeron cuando viajó por Israel: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.

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Pero por más lados oscuros que haya y por más días tristes o difíciles que tenga, todo esto vale la pena. Yo, por lo menos, no me veo viviendo de otra manera. Una vez un amigo me dijo: la vida es una rueda, a veces estás arriba y a veces estás abajo. Y con los viajes es lo mismo: es imposible estar arriba todo el tiempo por el solo hecho de que somos personas y no robots programados para ser felices las veinticuatro horas del día. Puede pasar que te vayas de viaje y pienses: “Esto no es lo que esperaba”. No: es la vida misma. Uno no deja de vivir por estar viajando.

Ilustración: Vero Gatti

Ilustración: Vero Gatti

Y sé, que al igual que muchos, no voy a poder frenar nunca. Porque viajar me hace sentirme viva. Porque la montaña rusa de emociones que me generan los viajes me hace sentir más viva aún. Porque necesito el movimiento para ser feliz —y para ser—. Porque necesito el cambio constante para definirme. Porque necesito, por sobre todo, sentirme libre. Y eso no se cura con nada.

[box type=”star”]ACTUALIZACIÓN abril de 2016: al final, de este post (y de dos años de viaje) salió un libro. Les presento “El síndrome de París”, mi segundo libro de narrativa de viajes. Lo consiguen en mi Tienda y hacemos envíos a todo el mundo.[/box]

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Mis cuatro años de viajera:
cómo empecé, cómo trabajo y cómo me financio

[singlepic id=3665 w=800 float=center] En Punta Negra (Lima, Perú), terminando mi viaje por América latina y con el pelo largo (2008)

No llevaba la cuenta, pero un amigo de Barcelona me hizo caer hace unos días cuando me dijo, con cara de asombro: “¡No puedo creer que llevas cuatro años viajando por el mundo!”.

Si empiezo a contar desde el 28 de enero de 2008, día en que tomé el bus sin pasaje de vuelta de Buenos Aires a La Quiaca (la frontera de Argentina con Bolivia), pocas semanas después de haber rendido el último final de mi carrera, entonces sí, llevo cuatro años conociendo el mundo. ¡Cuatro años: casi como una segunda carrera universitaria! Si, en cambio, cuento estrictamente los meses que pasé fuera de Argentina, el total me da unos 29 meses, o 2 años y 5 meses viajando por ahí (aunque no fueron de corrido: primero nueve meses en América latina, después dos semanas en Guatemala, una semana en Uruguay, 16 meses en Asia, un mes en Perú, dos en España…). El resto del tiempo, es decir ese año y 7 meses dispersados en pequeños regresos, lo pasé en Buenos Aires.

[singlepic id=3670 w=800 float=center] En Buenos Aires con mi ventana y mi playmobil

Este blog, sin embargo, no tiene tantos años. Lo empecé en abril de 2010 (van a ser dos años), en medio de mi regreso de Guatemala y mi partida a Asia. Muchos de ustedes lo empezaron a leer, probablemente, porque estaban planeando un viaje al Sudeste Asiático y San Google los hizo caer acá. Otros, porque sueñan con viajar y necesitan un empujoncito para animarse, alguien que les asegure que todo va a estar bien (les aseguro que sí) :). Otros, porque disfrutan leyendo relatos y mirando fotos de viaje (un viajar sin viajar). Cada cual sabrá por qué me lee.

Muchos de ustedes, además, me escriben mails preguntándome cosas. Algunos me piden rutas de viaje y lugares imperdibles, otros me piden consejos sobre vacunas y visas, muchos me dicen que se mueren de miedo y no se animan a irse solos (oficio de psicóloga, a veces), pero hay tres preguntas que cada vez se repiten más en los mails que recibo: “¿Cómo empezaste?”, “¿Trabajás en tus viajes?” y “¿Cómo te financiás?”. Y como estoy de cumpleaños viajero y con ganas de escribir, las responderé acá y, cuando me pregunten, les enviaré este post.

[singlepic id=3668 w=800 float=center] En Sevilla, festejando mis cuatro años viajeros (2012). Así no me ven siempre tan seria.
Foto: Andi de TrancaRola por eL muNdo

***

¿Cómo empezaste a viajar?

Lo de viajar por el mundo no es algo que se me ocurrió de un día para el otro. No es que terminé la universidad y dije: “Hmmm, me parece que en vez de trabajar me voy a tomar unos cuantos años sabáticos y vivir la vida loca”. Lo de viajar —y conocer y conectar y entrar en contacto con otras culturas y transmitirlo a través de la palabra y la imagen— es algo que soñé toda mi vida. Seguramente piensen: “Todos soñamos eso”. Puede ser, pero yo lo soñé con tanta fuerza que sabía que no iba a poder hacer otra cosa.

Cuando terminé el colegio secundario no sabía qué estudiar: me inclinaba por Filosofía y Letras o por Diseño Gráfico, pero nada me convencía. Hice un curso de orientación vocacional y cuando me preguntaron qué haría si tuviese muchísimo dinero, en vez de responder solidariamente que lo donaría para buenas causas, dije que lo usaría para viajar por el mundo. Listo, me dijeron, andá a estudiar Comunicación Social. Y eso hice. Durante el último año de la carrera hice una pasantía como redactora en un grupo de revistas y si bien la experiencia me gustó y me enseñó mucho, al estar sentada todos los días en la misma oficina frente a una pantalla me di cuenta de que no iba a poder soportar toda una vida así. Yo quería ver con mis propios ojos lo que iba a escribir más tarde. Quería salir a la calle a hacer el trabajo de investigación y contar todo a partir de mi experiencia. El sueño de viajar —que se había apaciguado un poquito durante los años de carrera— volvió y con mucha más fuerza.

Yo solamente quería volar…

Ese mismo año —2007, cuarto y último de mi carrera— decreté que apenas terminara de rendir los finales me iba a ir de mochilera por América latina por tiempo indefinido. ¿Por qué de mochilera? Porque me gustaba eso de viajar con pocas cosas, a un ritmo lento y sin tours de por medio. ¿Por qué América latina? Porque es el continente donde nací y un lugar que me llamaba a gritos. Y si nadie quería acompañarme, me iría sola. Una de las personas que más me motivó a viajar fue una nena boliviana que conocí en el tren de Uyuni al norte argentino, en mi primer (y breve) viaje a Bolivia en el 2007 (la historia la cuento en mi libro).

Las reacciones iniciales de los que me conocían fueron varias, pero todas apuntaban a lo mismo: “estás loca”, “cuando vuelvas no vas a conseguir trabajo en ningún lado”, “lo que estás por hacer es muy peligroso” y “no se puede vivir así”. Tenía 22 años y 3000 dólares ahorrados (los ahorros de toda mi vida). Agarré la mochila, me compré el pasaje a La Quiaca y, un 28 de enero, partí con Vicky, una amiga que me acompañó durante el primer mes y medio de un trayecto que duró nueve meses. Ese 28 de enero concreté lo que había soñado durante 22 años de vida. No lo pensé demasiado: fui, compré el pasaje y unos días después tomé el bus. Sabía que si yo no tomaba la iniciativa, nadie jamás iba a decirme “Bueno, ahora que terminaste la universidad quiero que viajes. Tomá, yo te lo pago y además te voy a publicar todo lo que escribas”. Imposible. Sabía, también que mientras estuviera por América latina podría volver a casa cuando quisiera —era cuestión de subirme a varios buses y llegaría—, nadie me iba a obligar a seguir viajando. Al contrario. Así que me fui.

Fue tan simple como eso: despertarme un día y decir “chau, me voy”. Y hacerlo.

[singlepic id=3680 w=800 float=center] Con Vicky en Yavi, pueblo cerca de La Quiaca, recién empezando nuestro viaje. Foto: una roca.

[singlepic id=3671 h=800 float=center] Tiempo después, en el 2009, viajaría a Guatemala…

[singlepic id=3672 w=800 float=center] … y terminaría internada con dengue.

[singlepic id=3674 h=800 float=center] Antes de Asia, una breve visita a Uruguay, uno de mis países preferidos.

[singlepic id=3679 w=800 float=center] Y después de Asia, Perú por tercera vez (2011)

¿Trabajás en tus viajes?

Además de soñar con viajar por viajar, también soñaba con hacer de ello un trabajo, un modo de vida que me permitiera sustentarme para seguir viajando. Ahí apareció la escritura como opción viable.

Lo de escribir es algo que me nació de muy chica: primero escribía cuentitos para el colegio, después el clásico diario íntimo adolescente, más adelante cuadernos con reflexiones e historias, después textos de distintos géneros para la facultad —ahí descubrí cuánto me gusta la escritura creativa—, más adelante trabajos periodísticos y, por fin, empecé con los relatos de viaje en primera persona. Ando siempre con un anotador y soy de las que, a falta de papel, escribe hasta en las servilletas o, a veces, en mi propio brazo. La escritura es lo único constante en mi vida —y creo, también, mi único talento—, algo que hago todos los días y bajo todos los estados de ánimo. Me parecía una buena opción, entonces, lo de unir los viajes (mi sueño) con la palabra escrita (mi pasión). Sabía que no sería nada fácil, pero si soñamos hay que soñar a lo grande: si existen y existieron escritores de viajes que lograron vivir de eso, es porque se puede. No es que estaba soñando con ser escritora de viajes intergalácticos: estaba soñando con viajar por nuestro mundo, ese que ya muchos recorrieron (y documentaron) antes que yo.

[singlepic id=3673 w=800 float=center] Mi primer cuaderno viajero en Bolivia (2007)

[singlepic id=3660 w=800 float=center] Después vendría mi amada computadora. Foto: Journey

Una semana antes de irme a La Quiaca (en el 2008) me contacté con un periódico argentino y les comenté mi plan. Les dije que si necesitaban una cronista en algún lugar de América latina, yo estaba disponible. Lo hice de caradura, sabiendo que el “no” ya lo tenía. Sin embargo, caí en el momento justo: estaban buscando gente joven que pudiera escribir blogs en su sitio web, así que me citaron en el diario y me dijeron algo así como “Empezás la semana que viene”. Durante los nueve meses de viaje, entonces, escribí mi primer blog de viajes. Tenía miedo y fue un desafío enorme, pero lo hice. Ese blog fue bastante leído y me abrió varias puertas: a mi regreso a Buenos Aires empecé a escribir en algunas revistas argentinas y recibí un mail que jamás imaginé que podría recibir. El dueño de una agencia de viajes me dijo que le habían gustado mucho mis relatos y que quería colaborar con mis viajes para ayudarme a seguir en ese camino que había elegido. Así apareció mi primer sponsor y gracias a él pude viajar a Asia y, ahora, a España. Si nunca me hubiese puesto en contacto con el diario, nunca hubiese escrito ese primer blog y nunca hubiese recibido ese mail. Y si nunca hubiese decidido empezar a viajar por mi cuenta, estos cuatro años, tal como se los estoy contando, no hubiesen existido.

[singlepic id=3677 w=800 float=center] Algunas fotos backstage. Esta es en Salineras, Perú, en el 2011. Foto: Mirla Hedberg

Instantáneas de la vida (a veces) poco glamorosa del blogger de viajes.
Con Andi en Barcelona, 2012. Foto: Galis

Unas semanas antes de irme a Asia creé este blog con el objetivo de seguir relatando mis historias y proporcionar información a otros viajeros. Nadie me paga por este blog, sin embargo para mí es un trabajo y uno de los que más me gusta hacer, ya que tengo total libertad de escribir lo que quiera, con el tono que quiera, con las fotos que quiera, con el estilo que más me plazca. Gracias a los contenidos y a mi constancia de publicación, el blog empezó a crecer.

Ustedes ven un post y parece algo muy fácil de hacer: “Te sentás en la compu, escribís un rato, le ponés un par de fotos, lo subís a internet y ya está”. Sí, pero detrás de eso hay todo un trabajo de producción invisible que solamente conocemos los blogueros de viaje: para publicar un post de viajes primero hay que viajar, con todo lo que eso implica —moverse de una ciudad a otra, caminar por el lugar, buscar donde dormir, observar todo a todo momento, absorber la atmósfera del lugar, sacar fotos, tomar apuntes, relacionarse con la gente local— luego hay que encontrar el tiempo y el espacio adecuado para sentarse a escribir —cuando otros viajeros están tomando una cerveza o paseando, yo estoy dándole al teclado como una compuboba—, plasmar todo en palabras, seleccionar y editar las fotos, optimizarlas para la web, subirlas —y, si la conexión es lenta, ser muy paciente—, ordenarlas dentro del post, realizar las tareas de SEO (optimización para buscadores), difundir el texto por redes sociales, buscar formas de llegar a nuevos lectores, hacer networking con otros bloggers de viaje, leer otros blogs, aprender algo de wordpress y programación usando tutoriales de internet y, entre medio, seguir viajando y disfrutar de todo el proceso.

Este blog es fruto de todo ese trabajo y es lo que hago mientras viajo, entre otras cosas.

[singlepic id=3678 w=800 float=center] En un mercado de Perú (2011). Foto: Mirla

[singlepic id=3663 w=800 float=center] Más backstage fotográfico en Barceloneta (2012). Foto: Andi

[singlepic id=3661 w=800 float=center] En Penang, Malasia, trabajando hasta mientras comía (2010). Foto: Journey Zhao.

[singlepic id=3658 w=800 float=center] Cansancio en Hong Kong (2010). Foto: Journey Zhao (ella sí que sabe capturar momentos).

[singlepic id=3664 h=800 float=center] Esta pose fotográfica se llama: “Ya sé que en Photoshop existe la función de rotar las fotos, pero hoy tengo ganas de rotar yo”. Foto: Andi

¿Cómo financiás tus viajes?

Esta es la pregunta más polémica y, seguramente, la que más curiosidad les da. Cada vez que me escriben preguntándome esto, enseguida acotan: “porque viajar es muy caro”. Hasta llegaron a decirme que “mi vida es muy linda pero que seguramente hay un truco por detrás”, que es imposible vivir así y que soy millonaria o mantenida.

Para esta pregunta tengo varias respuestas.

Primero, algo que ya comenté en el post Guía para potenciales viajeros: viajar no es tan caro como ustedes creen. Todo depende de qué entiendan por “viajar”: viajar 15 días de vacaciones con todo incluido e intentar condensar 25 países en dos semanas hace que viajar sea carísimo y, además, agotador. Pero cuanto más lento se viaja, más barato resulta. Mis gastos son muy pocos y básicos: alojamiento (cada vez menos, ya que siempre me quedo en casas de amigos, familiares, conocidos o desconocidos), comida (en Asia se come por un dólar, en España es más caro pero siempre existen los supermercados), transporte (los vuelos a/desde Argentina los tengo cubiertos por mi sponsor, el resto lo hago por tierra y siempre de la manera más económica posible), internet (casi siempre encuentro wi-fi gratis o a cambio de un café), visas (imposible safar, pero hasta ahora no pagué más de 50 dólares por una visa).

[singlepic id=3669 w=800 float=center] Y confieso que tengo debilidad por los dulces y no puedo evitar comprarme caramelos y chocolates por el mundo…

[singlepic id=3667 w=800 float=center] Sacándole fotos a un graffiti en El Raval (Barcelona): “Al fin y al cabo el único sentido de la vida es sentir”. Foto: Andi. 

Segundo, gracias a este blog (que para mí es una de las vidrieras laborales y tarjetas de presentación más importantes y efectivas que tengo) me surgieron varios trabajos virtuales que me convirtieron en lo que actualmente se conoce como nómada digital: una persona que puede vivir en y trabajar desde cualquier lugar del mundo, con horarios flexibles y libres, a través de internet. Este blog tal vez sea todo lo que ustedes conocen de mí, pero también escribo artículos de viaje en revistas, genero contenido para sitios web, estoy a cargo de otros blogs, vendo fotos en bancos de imágenes, participo en proyectos audiovisuales y de radio. Tengo “changuitas virtuales” (varios laburitos) que me permiten seguir viajando y que hacen, además, que tenga que viajar lento sí o sí. Por eso mis viajes son tan largos, porque además de viajar, estoy viviendo y trabajando.

[singlepic id=3657 w=800 float=center] Dale que te dale con el teclado.

Y tercero, en cuanto a la financiación de un viaje, lo que yo hago no es “el único camino”. Yo elegí dedicarme a lo digital (y conocí a varios que hacen lo mismo), pero también conocí a muchísimos otros viajeros que van trabajando en cada país que visitan y así logran ahorrar y seguir camino. Algunos enseñan idiomas, otros venden cosas que producen, otros dan clases de algún deporte, hay quienes trabajan en granjas orgánicas/hostels/bares a cambio de alojamiento y comida, están los que hacen shows o espectáculos, las bandas viajeras, los artistas nómades, los fotógrafos… Todos descubrieron sus talentos y capacidades y los utilizan para sobrevivir y viajar. Y si quieren dedicarse a esto, de eso se trata: de conocerse, de descubrir sus habilidades y de confiar en sí mismos.

Les aseguro que no hay ningún truco por detrás. El único truco para vivir como siempre soñaron es apostar por ustedes mismos.

[box type=”star”]ACTUALIZACIÓN 2016: Cuando escribí este post todavía no había publicado mis libros: “Días de viaje” (2013), “Viajeras” (2014) y “El síndrome de París” (2016). Hoy en día, cuando me preguntan cómo me financio, respondo: “Con la venta de mis libros, entre otras cosas”. Si les interesa conseguirlos, pasen por acá.[/box]

 

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