Adrenalina: me voy a Europa por primera vez

ADRENALINA. Es lo que siento, así en mayúsculas, horas antes de viajar a España por primera vez.

Estoy acelerada, algo raro en mí. Aceleradísima y a la vez tranquila. Pero con nervios. Y ganas, muchas ganas de conocer parte de mis raíces, de conocer a mi familia que vive allá, de reencontrarme con amigos que se fueron, de seguir conociendo el mundo. Los posts ya se escriben en mi cabeza, ya me veo en algún tren o colectivo mirando por la ventana, me veo también muerta de frío en el invierno europeo. Pero feliz. Con esa felicidad plena que siento cada vez que viajo, cada vez que avanzo por una ruta, cada vez que conozco a una persona nueva (local o viajera), cada vez que descubro que somos muchos los que buscamos dedicar nuestra vida a los viajes.

Algunas cositas que me voy a llevar conmigo: 1. Un cuaderno artesanal (ya conocerán su procedencia más abajo), 2. Un cuaderno que me regaló Julia (ya sabrán de ella más abajo también), 3. Una llamita que compré en mi primer viaje por Bolivia, 4. Una foto (contaré la historia cuando sea el momento), 5. Un barquito chino para la buena suerte (me lo dieron en un templo de Malasia durante el Año Nuevo Chino), 6. Un paquete de Skittles que me regaló mi amiga Flor (y que claramente viajará vacío porque me lo estoy comiendo mientras escribo este post).

***

ALERTA: MOMENTO CURSI EN VIAJANDO POR AHÍ

Cuando empecé este blog no sabía cuánta gente iba a leerlo, no sabía si iba a tener alcance, si iba a hacer feliz a alguien con mis historias. Hoy, más de un año y medio después, me doy cuenta de que sí, de que se generó algo entre ustedes (lectores, viajeros, potenciales viajeros, soñadores, personitas) y yo (la que escribe), aunque sea mínimo. Me doy cuenta por los mails que recibo, por los comentarios, por las propuestas. Son ustedes los que me dicen cosas como estas y me dan aliento para seguir haciendo lo que más me gusta:

[quote style=”boxed”]Conocí tu blog hace un tiempo y quiero que sepas que sos una nueva fuente de inspiración para mi, ayudaste a convencerme una vez mas que se puede VIVIR viajando! asi que por eso y mucho mas, gracias! dale para adelante con lo que estás haciendo que a la distancia y sin siquiera conocerte le haces bien a mucha gente![/quote]

[quote style=”boxed”]Primero que nada te felicito por tu blog. Para definirlo en una palabra: INSPIRADOR.[/quote]

[quote style=”boxed”]Qué emoción haber encontrado tu blog. Me gusta muchísimo lo que escribis, tus viajes, como disfrutas la vida. Sos un gran ejemplo para mi. Ojala algún dia logre cumplir con mis sueños de viajar y conocer el mundo como vos lo haces.[/quote]

[quote style=”boxed”]Como te puedo explicar ??? Primero te aplaudo de pie. Tu blog me VUELVE COMPLETAMENTE LOCA. Me agarran escalofrios desde los pies hasta la nuca, y es LITERAL. Me rio, se me ponen los ojos llorosos, y tengo ganas de gritar tambien. Todo eso me hiciste pasar. Me encanta que como profesión te incluyas escritora, fotografa y tambien VIAJERA. Claro, si es una filosofia de vida; VIAJAR.[/quote] [quote style=”boxed”]Aniko, sos una grosa!! tu blog me llevó a lugares mágicos!! También siempre quise hacer de mis viajes mi forma de vida y te felicito de corazón…porque en la vida hay que jugarse por los sueños, que dejan de ser solo sueños para convertirse en “mi forma de vivir la vida”! Leyendo tu blog sentí que se plasmaban en palabras todos esos sentimientos que me mantienen día a día.[/quote]

[quote style=”boxed”]Interesante forma de asumir la vida en pleno viaje, aniko. y lo más hermoso, compartir tu travesía con sedentarios, viajeros o nómadas inmóviles, como yo. [/quote]

[quote style=”boxed”]Soy una fan que te escribió hace un tiempo. En el mensaje te puse que mi sueño era conocer Brasil pero me daba miedo y encima no tenía el apoyo de una buena parte de mi gente. Tú, que ni me conoces ni sabes nada de mí, me diste ánimos. Tus increíbles post, sumados a mis crecientes ganas de volar… hicieron el resto. YA ME VOY![/quote]

[quote style=”boxed”]Auténtico lo que estás transmitiendo en tu blog, sobre todo porque desde lo más profundo de tu ser y el sentir que tienes viajando por el mundo.[/quote]

Hace unos días me llegó un regalito lindísimo por correo: un cuaderno artesanal. Me lo mandó Celeste desde Santa Cruz (Argentina) porque sabe que me gustan los cuadernos. Ella no me conoce ni yo a ella, pero me leyó a través del blog y me mandó el regalo perfecto, como si me conociera de toda la vida. Y cuando me doy cuenta de que todo esto pasa porque escribí un blog acerca de lo que más me gusta, no puedo creerlo.

El cuadernito que me regaló Celeste. Pueden ver más en su página: http://cuadernosa.blogspot.com

Hace unas semanas me pasó algo que no puedo definir de otra manera que “muy loco”. Estaba en la despedida de un amigo que se fue a vivir a Hawai (Mamo, uno de los creadores de Proyecto Calco) y mientras esperaba para saludarlo, él y una chica que yo no conocía se dieron vuelta, me miraron y me dijeron: “¡¡no sabés lo que acaba de pasar!!”. Yo no entendía nada. Pero reconstruyeron la charla y fue algo así (Mamo y Juli, corríjanme si me equivoco):

Estaban hablando acerca de cómo se sentían en Buenos Aires.

Juli: “Estoy bien en Buenos Aires, me estoy amigando… estoy como Aniko Villalba”. Mamo: “Pará, pero ¿vos sabés quién es Aniko Villalba?” Juli: “Sí, la chica que escribe el blog de viajes…”. Mamo: “Es la que está parada ahí al lado tuyo”.

Y ahí fue el “NOOOO qué locooo”. Unos días después, Juli y un amigo de ella vinieron a casa a entrevistarme para su tesis (estudian Comunicación también). Y ella me trajo… un cuadernito. :)

Para mí es realmente MUY LOCO que pasen estas cosas. Por un lado me llenan de alegría y por otro pienso “yo solamente escribo un blog, ¿cómo puede ser que se generen estas cosas?”. Pero me di cuenta de algo: cuando uno hace lo que verdaderamente le gusta, todos, de alguna manera u otra, se van sumando y ponen su granito de arena para que el proyecto siga avanzando. Así que gracias a todos por leerme, por estar del otro lado, por compartir lo que les pasa, por escribirme, por darme consejos, por ayudarme en este camino que elegí.

Les escribo desde España en breve.

No conozco Europa

Conversación clásica que se puede dar entre una persona cualquiera y yo:

—¿Por dónde viajaste ya?
—Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Centroamérica, Tailandia, Malasia, Singapur, Indonesia, China, Laos, Vietnam, Camboya [+ toda la lista de países que digo sin repetir, sin soplar y sin respirar cada vez que me preguntan]
—Y Europa conocés… ¿no?
—No.
—¿Cómo que no? ¡¿Fuiste a Asia pero no conocés Europa?!
—Bueno, sí, pasé unas horas en el Aeropuerto de Frankfurt, pero no cuenta, ¿no?
—¿Y por qué todavía no viajaste a Europa?
—Nunca tuve la posibilidad y siento que es muy caro. Ya iré…

Entre los argentinos parece haber un acuerdo generalizado: primero, conocé Europa, después, lo que quieras. Al menos a mí me pasa que todos se sorprenden de que no conozco Europa, pero nadie se sorprende de que no conozco África o Medio Oriente u Oceanía… ¿Será que el tema de las raíces nos tira hacia allá? ¿Será que como la mayoría de nuestros abuelos llegaron en barco, nosotros sentimos que tenemos que volver para allá, aunque sea de visita una vez en nuestras vidas? ¿Será que irse de eurotour a los veintipico es un clásico? ¿Será que Europa siempre estará de moda? ¿Será que la gente quiere que viaje por países “organizados” y que la corte con el tema de lo exótico? No sé, pero cada vez que digo que no conozco Europa, recibo la misma mirada de sorpresa: ¡¿Cómo que no conocés Europa?!

No señores, nunca fui a Europa. Mi mamá es nacida en Hungría, la familia de mi papá es de España, y yo, ingrata total, nunca fui a Europa. En realidad, una vez estuve “a punto” de ir a Europa del Este y al final cambié el destino por Asia porque no me daba el presupuesto (aunque las ganas no me faltaban).

Siempre quise viajar por el mundo, sin importar a dónde ni en qué orden, pero a la vez siempre tuve países/regiones/continentes que me tentaron más que otros, como Europa del Este, Asia Central, Medio Oriente y Oceanía. La Europa “clásica” nunca me llamó tanto la atención, será porque es uno de los destinos más populares, difundidos y comentados del mundo. Nunca fui a París pero me conozco la Torre Eiffel de memoria y puedo oler las baguettes recién hechas desde acá, tampoco anduve por Venecia pero conozco perfectamente la vestimenta de los gondoleros y hasta los escucho cantar. Entonces con Europa siempre me pasaron varias cosas: 1) “no me da el presupuesto y si voy quiero hacerlo bien”, 2) “no sé si voy a tener tantas sorpresas como en Asia/Oceanía/Medio Oriente”, 3) “no creo que Europa cambie tanto, primero quiero ir a lo exótico y después a lo cómodo”.

***

Dicho todo esto, les cuento la noticia: en menos de diez días me voy a España por tiempo indefinido y estoy más que feliz. Se sorprendieron, ¿no? Cuando surgió la posibilidad, me cerró por todos lados. En principio el plan era ir unos pocos días a España, de ahí a París, tomar el vuelo de Air Asia a Kuala Lumpur (es lo más barato para ir de Europa al Sudeste Asiático) y de ahí un vuelo a la India antes de mediados de diciembre. Pero después pensé, ¿para qué apurarme tanto?

Y de repente empezaron a surgirme invitaciones en España: tengo familia en Asturias y ya me pidieron que pase Navidad con ellos, tengo amigos argentinos en Madrid, tengo a mi hermana en Calella, tengo bloggeros/viajeros amigos en Barcelona, en Badajoz, en Cantabria, tengo el mar Mediterráneo que me espera en el sur, tengo Portugal ahí tan cerca, tengo tanto para ver que sería casi un pecado quedarme solamente unos días. Mi única preocupación es el presupuesto, pero voy de mochilera low cost como siempre, así que espero encontrar buenos precios y no morir de angustia ni de hambre.

Vuelvo a la ruta!

Siento que viajar a España va a ser como volver a un hogar que nunca conocí donde voy a reencontrarme con amigos y familiares. Me parece muy raro ir a un país donde se hable español fuera de América latina (aunque nuestro idioma en realidad venga de allá), me parece increíble saber que voy a conocer un lugar con el que estamos tan ligados por la historia. Durante mis viajes conocí a muchísimos españoles y, ahora que lo pienso, son los europeos con los que mejor onda pegué, tal vez porque en el fondo somos bastante parecidos (o no… ya lo averiguaré).

Esto de volver a viajar me pone verborrágica (como ven hoy hay poca foto y mucho texto), ansiosa e indecisa. Por ahora lo único que sé es que voy a España y (que quiero ir) a Portugal. Después, no sé. Si siento que todo me resulta muy caro, buscaré la manera más rápida y barata de llegar a la India, pero si veo que puedo, seguiré recorriendo Europa, con rumbo a Europa del Este… ¿Y si voy a Marruecos? Voy a estar tan cerca… ¿Y si llego a la India por tierra? Suena MUY tentador. ¿Y si me gano la lotería? ¿Por qué soy tan poco organizada? Me cuesta mucho marcar una ruta fija, me gusta estar abierta a las posibilidades que surjan en el momento, me es imposible planificar mis viajes/vida con anticipación. No me pregunten cuándo vuelvo porque no tengo idea. Sólo se que me voy.

Me voy a Europa. Inesperado. Ya veo los gestos aprobatorios: bueno, por fin esta chica va a conocer Europa, ahora va a ver lo que es viajar con comodidad, ahora va a ver lo que es el primer mundo. Igual lamento decepcionarlos pero no voy en busca de comodidad, voy en busca de experiencias, de personas, de momentos.

En unos días voy a dejar de ser la viajera que no conoce Europa. Y me voy a sacar fotos geniales como estas.

 

 

—-

Si quieren ayudarme a planear un poco, comenten y dejen todos los consejos y recomendaciones que quieran: precios, lugares imperdibles, rincones ocultos, pueblitos, paisajes, lo que quieran compartir de Europa.

El cuaderno viajero

Los viajeros nos estamos volviendo techies (dícese de las personas que muestran gran interés —a veces casi obsesivo— por la tecnología). O mejor dicho, los bloggers y/o escritores de viajes nos estamos volviendo híper-tecnologizados (un término que ni siquiera sé si existe). En estos últimos años, los cuadernos y anotadores de viaje se transformaron en computadoras, y nuestra caligrafía, en alguna tipografía que tal vez poco tenga que ver con nuestra letra real. Los libros pasaron a ser pantallas táctiles, las brújulas se convirtieron en celulares y nuestra mirada, en cámaras de fotos. Hoy en día, el servicio principal que debe tener un hostel para rankear primero es el wi-fi más veloz y una buena cantidad de enchufes para cargar nuestros celulares, laptops y baterías. Nuestras web favoritas son las de reservas de hoteles, buscadores de vuelos, mapas y plataformas de blogs. Hoy no solamente decimos que estamos en un lugar, sino que hacemos el check-in en Facebook o lo twitteamos para que todos nuestros contactos virtuales se enteren.

[singlepic id=2624 w=625 float=center]

En el siglo XXI, donde más que la información lo que importa es la rapidez con que se la transmite, los bloggers de viaje nos convertimos en flashpackers (o “mochileros tecnológicos”).Yo también caí en esta vorágine y la verdad es que no me queda otra: sin estas herramientas no podría estar escribiéndoles acerca de mis experiencias viajeras casi en tiempo real ni tampoco podría estar realizando una reflexión como esta frente a un público de lectores. Sin la tecnología perdería el contacto con las personas que dejo atrás, con mi familia y mis amigos de Argentina, y todo se volvería más lento. Pero tantas veces pienso que, tal vez, sin tecnología estaría mucho más en contacto conmigo misma…

Les confieso algo: en el fondo soy una nostálgica a la que le hubiese gustado nacer en la década del 40 (para vivir mis 20 en los años 60) y poder viajar sin ningún tipo de atadura tecnológica, solamente con un cuaderno y una lapicera (y una cámara de fotos también, de eso no reniego), a mi ritmo, sin estar pensando en que tengo que subir todo a mi blog (¿a mi qué?) o twittear mis pensamientos (¿tui-qué?). Por eso, aún hoy, soy fan de los libros reales (no puedo evitar cargarlos en mi mochila) y de los cuadernos de viaje.

[singlepic id=2620 w=625 float=center]

Debo ser La Mujer de los Cuadernos por la cantidad que tengo (los de la foto son solamente algunos, aunque no todos son de viaje). Debería unirme a Cuaderneros Anónimos y decir: hola, me llamo Aniko y soy adicta a los cuadernos. Veo uno que me gusta, me enamoro y no puedo pensar en otra cosa que comprármelo, aunque eso signifique vivir a base de galletitas durante varios días y cargar con el peso de las hojas en blanco en mi mochila. El impulso de llevarme cuadernos por el mundo es más fuerte que yo. Y, sinceramente, espero que nunca aparezca la cura para esta enfermedad.

[singlepic id=2622 w=625 float=center]

Los cuadernos son aquello que me mantienen en contacto con ese viajar más despojado de elementos tecnológicos, con el viajar “de antes”, con el viajar como algo más personal y no tan público. Un cuaderno recibe todo tipo de frases, desde la más íntima hasta la más ridícula; un cuaderno se escribe a mano y permite deducir el estado de ánimo de la persona en el momento de escritura; no es necesario prender un cuaderno, basta con abrirlo y elegir una página, tampoco es necesario Guardar Como, ya que las palabras no se borran aunque el cuaderno se cierre. En un cuaderno puedo dibujar, tachar, pegar papeles, poner colores, hacer borrones, ser prolija y desprolija. Si bien sé que para seguir cumpliendo mi rol de blogger de viajes tendré que ser, aunque sea, “semi-techie”, sé que tengo un elemento que me permite huir de toda esa vorágine de información, de tanta velocidad y tanta tecnología: mi cuaderno viajero.

[singlepic id=2621 w=625 float=center]

 Tuve mis cuadernos durante mi viaje por América latina, también tuve mis cuadernos en Asia, pero hoy quiero presentarles a uno en particular, al que me acompañó tras mi regreso a Argentina: el cuaderno post-viajero. Él no se fue conmigo, sino que me esperó acá en Buenos Aires. Cuando lo dejé, todavía no tenía una función muy definida; pero apenas llegué supe que era el indicado para hacer un álbum a mano, con fotos impresas y epígrafes escritos por mí. Hace unos días, además, lo llevé a mi exposición de fotos y lo presenté ahí, y al parecer fue un hit. Acá les dejo algunas páginas para que sigamos viajando “a la antigua”.

Me hace feliz saber que a pesar de tanta velocidad, siempre tendré la lentitud de mis cuadernos viajeros.

[singlepic id=2614 w=625 float=center]

[singlepic id=2619 w=625 float=center]

[singlepic id=2615 w=625 float=center]

[singlepic id=2616 w=625 float=center]

[singlepic id=2617 w=625 float=center]

[singlepic id=2618 w=625 float=center]

(hagan click en las fotos para agrandarlas)

[singlepic id=2623 w=625 float=center]

Flower Power del Siglo XXI

Lugares mágicos y lugares felices

Según canta Sabina, Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.

¿Por qué será? Tal vez porque si en el pasado tuvimos buenas experiencias en un lugar, pondremos demasiadas expectativas en un posible retorno. Tal vez porque muchas veces ligamos la felicidad a un lugar más que a un estado interno y creemos que con sólo volver a ese lugar recuperaremos aquella felicidad que alguna vez sentimos… Quién sabe… Supongo que así como cada persona tiene sus Lugares Felices, cada cual concibe la felicidad como algo distinto. Por eso Mi Lugar Feliz jamás será Tu Lugar Feliz, y vice versa.

Lo mismo pasa con los Lugares Mágicos. ¿Qué tiene que tener un lugar para calificar de “mágico”? En mi opinión, un lugar mágico es aquel que me hace sentir que estoy en otro mundo, en un universo nuevo donde todo lo que conozco ya no existe, donde el mundo exterior desaparece y lo único que queda es ese momento y ese lugar. En un Lugar Mágico, la realidad se altera y las reglas cambian, y lo mejor que podemos hacer es fusionarnos con ese paisaje y pasar a ser una pequeña parte más de él.

Me sentí así en algunos lugares de Asia, especialmente en pueblitos de China y Laos. Y me sentí así hace unos días en Maras Moray y —especialmente— en las Salineras, ubicadas en el Valle Sagrado de los Incas, en las afueras de Cusco (Perú). Ya había conocido ambos lugares en el 2008, la primera vez que vine a Perú, pero esta vez el recorrido fue distinto, tuvo otro aura: aquella vez los lugares me sorprendieron, esta vez me cautivaron.

En bici por mercados y pueblitos

Salimos un domingo a eso de las 10 de la mañana en un combi cargada de bicis, ya que hicimos varios tramos pedaleando. La primera parada fue el mercado artesanal de Chinchero, un lugar turístico pero al que se le perdona todo por ser tan colorido y simpático. Quedé hipnotizada mirando el ritual interminable de compra y venta que se realiza en ese lugar: los artesanos le venden a los turistas pero también se venden entre ellos, ya que  hay un mercado de frutas y flores y varios puestos de comida.

Después de Chinchero nos subimos a las bicis y empezamos a pedalear por caminos de tierra entre las montañas. La bici, en mi opinión, ya de por sí le da magia al recorrido… ¿o no?

Durante aquel trayecto pasamos por medio de pueblitos sin nombre, sin pedir permiso más que con la mirada. Yo, como siempre, quedé última, alejada del resto del grupo. ¿Por qué? Primero porque mi estado físico no me permite subir cuesta arriba con la bici tan fácilmente y segundo porque frené cada dos minutos a sacar alguna foto. En el camino nos cruzamos con personas que caminaban al costado de la ruta, llevando a sus rebaños o cargando cosas en la espalda; nos cruzamos con chicos que nos saludaban con la mano y con mujeres que nos miraban sin hablar. Esos lugares son los que más me gustan: los pueblitos que están entremedio de dos destinos, los lugares de los cuales casi nunca se sabe el nombre…

También me crucé con personas con las que charlé un rato y que me permitieron fotografiarlas. Estas dos son mis fotos preferidas de aquel día.

Terrazas de cultivo de Moray y Salineras

El lugar que ven en la foto está ubicado a 3500 metros de altura y —se cree— fue un centro de experimentación agrícola inca. Según nos explicaron, hay evidencias de que la depresión en la tierra fue formada por el impacto de un meteorito hace miles de años; luego los incas se asentaron en la zona y la adaptaron a sus necesidades. Cada escalón o andén de estas terrazas tienen un microclima distinto, y eso permitió a los incas cultivar alimentos que no podrían haber sido cultivados a la misma altura. A medida que uno va bajando por estos escalones, la temperatura va subiendo. No me digan que eso no es magia.

(fíjense bien: en el medio de las terrazas hay dos personas, como para que se den una idea de las dimensiones del lugar)

Nuestra última parada fue en las Salineras, un complejo ubicado sobre la ladera de una montaña. En ese lugar, los incas formaron “cuencos” en la tierra para que el agua salada que bajaba de la montaña quedara estancada ahí. El agua va cubriendo cada pozo, se evapora y deja sal que luego es juntada y procesada por la gente del pueblo.

Me hubiese quedado horas y horas mirando a la gente trabajar entre esos pozos blancos. Hace mucho tiempo que no me sentía tan feliz frente a un paisaje. El primer premio a Lugar Mágico se lo lleva Salineras, sin duda. Estando parada en la ladera de esa montaña, caminando por senderos de sal, realmente sentí que el mundo se había reducido a eso, que no existía otro lugar que ese, que la realidad no eran más que cuencos que se llenan y se vacían de manera infinita…

Ese Lugar Mágico se convirtió, para mí, en un Lugar Feliz, y en un viaje no hay nada mejor que encontrar esa combinación.

Mirar el mapa y soñar

Hace unos días me encontré, de casualidad, cara a cara con un planisferio.

Estaba en la oficina de un profesor de mi facultad (para quienes estudiaron conmigo, creo que ni hace falta decirles que el profesor en cuestión era GLA) hablando de mi viaje y de viajar en general, mientras el planisferio me miraba desafiante desde una de las paredes del despacho. Me puse frente a él y marqué imaginariamente la región que había visitado en estos últimos 16 meses; ahí fue cuando me di cuenta de que, comparado con todo lo que me falta conocer, la porción del mundo por la que había viajado era muy muy chiquita. Y mientras miraba ese mapa con una mezcla de orgullo, angustia y vértigo, me transporté al pasado por unos segundos.

El planisferio era moderno, pero me encantan los mapas antiguos así que uso este… (fuente: mappery.com)

No debo ser la única, pero desde chica, cada vez que miro un mapa, no puedo evitar soñar. No me importa de qué parte del mundo sea, yo sueño con recorrer esas rutas, ir de ciudad en ciudad, ver cómo habita la gente, escuchar su idioma, probar sus comidas, mirar el cielo desde ahí. Y sueño, más que nada, con poder ver en tamaño real todo eso que un mapa jamás será capaz de mostrarme. Un mapa puede hablarme de geografía, política o demografía, pero no puede decirme cómo es la gente, cómo viven, qué sienten, cómo se expresan, cuál es su cultura: todo eso es lo que uno “llena” al viajar. Y eso es lo que me atrapa y me apasiona de los mapas (y lo que potencia mis ganas de viajar): la cantidad de incógnitas y posibilidades que esconden entre sus dibujos de países, montañas y mares.

En ese momento, además, me di cuenta de que había llenado de contenido un montón de países que antes no eran más que lineas en un mapa. Ahora soy capaz de mirar un mapa de China y recordar la cantidad de horas que pasé viajando de un pueblo a otro y lo ínfima que me sentía al ver que no había avanzado ni dos milímetros en el mapa. También puedo mirar las islas de Filipinas y recordar que en Dagupan viví con un grupo de curas y que en Manila fui a la asunción del nuevo presidente. O puedo decir que en Yogyakarta está mi segundo hogar y en Penang el tercero.

Frente a ese planisferio me acordé, también, de cuando en el 2007 imprimí un mapa de América latina, lo pegué en mi cuaderno, lo miré y me dije “Allá voy. No importa qué ruta voy a seguir, lo único que quiero es zambullirme en ese mapa”. Y eso hice.

El mapa que pegué en mi cuaderno antes de viajar por América latina y que luego fui marcando con mi recorrido

Desde que volví a Buenos Aires me está pasando algo que me hace pensar: muchísima gente me felicita “por lo que hago”. Si bien me hace sentir halagada y apoyada en mis proyectos, yo nunca hice más que seguir mis aspiraciones y cumplir ese sueño que hace unos años a la mayoría de la gente le parecía tan ridículo. “¿Viajar y escribir? Sí, quién no quisiera una vida así, pero es irreal, NO SE PUEDE VIVIR VIAJANDO, eso no es un trabajo de verdad.” Me lo dijeron tantas veces que casi me lo creí. Supongo que cualquiera que diga que quiere vivir viajando recibe más críticas que apoyo: eso me pasó a mí. Hoy, sin embargo, estoy en Buenos Aires, en el lugar donde todo empezó, tres años después de haber comenzado mi vida “de escritora viajera” (o viajera escritora) y siento que avancé, que logré lo que me propuse. Y si yo pude, significa que otros también pueden. Así que sueñan algo con fuerza, no escuchen todas esas críticas que siempre surgirán alrededor.

A veces siento que mirar un mapa me genera lo mismo que entrar a una librería: ansiedad por querer conocer/leer todos los países/libros y desesperación por saber que no me va a dar la vida para conocer el mundo de punta a punta ni para leerme todos esos libros que quisiera leer. Sin embargo, a pesar de que conozco mis limitaciones y de que sé que jamás podré conocer ni leer TODO (por el solo hecho de que tengo una existencia finita), no me resigno.

Mientras esté viva, seguiré mirando mapas, entrando a librerías y soñando todo lo que pueda.

Esta lindísima ilustración es de mi amiga Vero Gatti. Representa eso que siento cuando me pongo una mochila y decido enfrentarme al mundo… (Pueden ver más de sus trabajos en http://verdesvueltitas.blogspot.com)

“The Holstee Manifesto” – www.holstee.com/manifesto

Redescubriendo Buenos Aires (o La velocidad de estar de vuelta)

Los días en Buenos Aires pasan rapidísimo. Tan rápido, que me cuesta poner en orden las ideas. Voy, vengo, salgo por la ciudad más de lo que pensaba que iba a salir, me reencuentro, me encuentro, observo, converso, me reúno, pienso en que tengo que escribir, escribo, visito amigos y familiares, me pongo al día con la comida argentina y con las novedades, me entero de todo lo que pasó y no pasó mientras yo no estaba, leo revistas de enero pensando que son de ahora (siempre fui una perdida en el almanaque), observo las nuevas tendencias en la calle y me sorprendo con los precios de todo (aunque intento no comprar mucho, sólo lo necesario, otra costumbre que adopté después de cargar con mis pocas pertenencias durante meses en una mochila).

Una parte de mí está acá como “residente porteña”, pero mi lado viajero sigue mirando la ciudad con otros ojos. Muchos me preguntan: “¿Buenos Aires cambió?”. No, yo la veo bastante parecida, pero hay cosas que noto con más fuerza ahora, después de haber estado 16 meses afuera y de ver todos los días otra realidad.

Todavía siento que las calles de Buenos Aires están vacías, pero sé que es un “vacías” en comparación y no vacías en sí. Los países de Asia por los que viajé (y viví) tienen algunas características en común, entre ellas la alta densidad de población y la concentración de actividades en la vía pública. Allá, todo pasa puertas para afuera: la gente come, cocina, juega al ajedrez, lava, charla, se reúne y juega en las veredas. Acá, la vida ocurre más puertas para adentro. Allá, nunca estás solo, la gente te habla, te saluda, te mira, te hace sentir que sos diferente. Acá, soy una más, aunque todavía muchos me hablan en inglés (incluso el vendedor ambulante de por acá cerca, que me debe haber visto por lo menos unas 130 veces, arriesgó el otro día un “hello” por lo bajo).

Sin embargo, este vacío callejero está, para mí, lleno de contenido, aunque no en forma de personas sino en forma de palabras y símbolos. Me explico.

Cuando viajaba por Asia estaba acostumbrada a leer carteles y no entender nada: una palabra en otro idioma era un sonido que podía resultar “lindo” o “feo”, pero que no me decía absolutamente nada. Leía los carteles porque me es imposible apagar la vista, pero no los llenaba con ningún significado más que el sugerido por mi imaginación. Acá, de golpe, las palabras volvieron a tener sentido. Imaginen pasar más de un año en un lugar donde no entienden ni un cartel, y después imaginen volver a un lugar donde entienden todo: van a sentir que las palabras conocidas cobran otra dimensión, sus cerebros van a funcionar más rápido que nunca, leyendo, interpretando y entendiendo cada combinación de letras que ven. Porque en nuestra rutina cotidiana vemos, por ejemplo, una parada de colectivo como un cartel que indica dónde frena el transporte que necesitamos, pero si miramos más allá, una parada de colectivo habla acerca del modo de transportarse y las costumbres de la ciudad.

Los primeros días me sentí un poco abrumada: era como tener una sobre oferta de información a todo momento. Después me di cuenta de que mi cabeza realiza procesos distintos según el lugar donde esté. Cuando viajaba por Asia, como muchas veces no podía leer, tenía que interpretar gestos, miradas, movimientos, tenía que darle más importancia a lo no verbal. Acá en Argentina volví a lo verbal: me descubro escuchando, involuntariamente, charlas en el colectivo, conversaciones de celular, encuentros entre vecinos como una voyeur cualquiera. De repente lo hablado volvió a tener sentido y me resulta raro porque es algo que nunca había experimentado. Esto me demuestra que cuando viajo utilizo ciertos sentidos (especialmente el sexto) y cuando estoy de vuelta utilizo otros.

Por otro lado, encuentro mucho contenido “argentino” en forma de símbolos. Una florería es, para nosotros, lo más común del mundo. Sin embargo, a mí me sorprende y me gusta ver todos estos puestos en las esquinas que desbordan de color, con los floristas que arman, con paciencia y dedicación, ramos que luego alguien comprará para darle a otra persona como muestra de afecto o arrepentimiento. En Asia vi ventas callejeras de todo tipo: motos repletas de frutas, bicicletas cubiertas de escobas, vendedores ambulantes cargando jaulas de pájaros, pero siento que lo de las flores es algo más de acá. Lo mismo me pasa con los kioscos, los almacenes, las despensas, las parrillas, los bodegones y tantos otros lugares que a mí se me aparecen como “Íconos De Lo Argentino“.





Esto hace que todo el tiempo frene a sacar fotos (ahora cambié de formato y saco con el celular, como les conté). Si me bajo mal del colectivo, no importa, es una buena excusa para caminar y descubrir detalles que no había visto antes.

Algo que me gusta de esta ciudad es el arte callejero, las intervenciones que se hacen en la vía pública y las publicidades que se pegan en las paredes (más ahora que estamos en época de elecciones). Por momentos siento que en otras ciudades esto de “hablar desde las paredes” no es tan marcado, pero tal vez la diferencia sea que acá puedo interpretar todos los juegos de palabras y los mensajes que tal vez en otros lugares me pasan desapercibidos.





Y todo esto hace que mi cabeza no descanse.

Hace un par de posts y de países atrás comenté que había empezado a juntar cartas (naipes) encontradas en el piso de ciudades y pueblos asiáticos. Como las veía por todos lados, un día decidí levantarlas y formar un mazo de cartas de todas partes del mundo (todavía no lo completé, pero tengo varias). Para mí las cartas representan muchas cosas. Por un lado, son el reflejo del “nivel” de actividad callejera del lugar: cuantas más cartas encuentro en determinada ciudad, pueblo o país, más siento que la vida en ese lugar ocurre afuera; y cuantas menos cartas encuentro en determinada parte del mundo, más siento que ahí la vida ocurre adentro. Por otro lado, en cada ciudad o pueblo que encontré una carta tuve buenas experiencias y sentí que el lugar emanaba una energía positiva; hubo ciudades, en cambio, con las que no simpaticé y que no me regalaron ni un solo naipe. Estando acá en Buenos Aires, el chip de ver cartas en la calle se me apagó.

Sin embargo, el otro día iba caminando por San Telmo, pensando en cualquier cosa, y la vi: una jota de picas me estaba esperando, quién sabe hace cuánto, en la vereda.

Historias minimalistas de Malasia (III): Sobre naranjas caras

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

viajandoporahi-1-2

Tras pasar doce días en Malasia me di cuenta de algo. Como ya es la cuarta o quinta vez que paso por ese país (por un tema de visas y vuelos baratos), mi mirada cambió: en vez de quedarme boquiabierta con los paisajes y la arquitectura, esta vez me dediqué a “observar” a (y ser observada por) la gente. Lo hice sin darme cuenta, pero lo noto ahora, sentada frente a la computadora, mientras recuerdo todos los diálogos espontáneos en los que participé y todas las situaciones en las que aparecí sin planearlo.

Lo malo de viajar solo, dirán algunos, es justamente la soledad. Lo bueno de viajar sola, digo yo, es que uno está muchísimo más receptivo ante el mundo y las personas. Cada vez que estoy sola en algún lugar del mundo no pasan más de unos minutos hasta que alguien se me acerca y me pregunta, con curiosidad, quién soy, de dónde vengo y adónde voy. Cómo cambia el concepto de normalidad, ¿no? Si en nuestra ciudad alguien se acerca para preguntarnos todas estas cosas, tal vez nos resulte “medio raro” o sospechoso semejante interrogatorio. Pero de viaje, es una situación normal y totalmente esperable.

Me encanta conocer gente. Lo bueno de los viajes largos es que uno conoce a muchísimas personas todos los días. Lo malo de los viajes largos es que uno conoce a muchísimas personas especiales a las que tal vez nunca volverá a ver. Tras leer el blog de un inglés que también se la pasa haciendo viajes largos comprobé que no soy la única que a veces se siente cansada de repetir el mismo discurso, una y otra vez, todos los días, a personas a las que no volverá a ver: “quéhago-quiénsoy-dedóndevengo-aquémededico-dóndeestuve-adóndevoy”. Sin embargo, uno nunca sabe qué rumbo pueden tomar las conversaciones.

Hacía tiempo que no me alojaba en hostels, ya que siempre me quedo con amigos o en casas de familia, pero esta vez decidí hacerlo, más que nada por falta de planificación y “para estar un poco sola”.

La noche de la bolsa marrón llegué a mi hostel dispuesta a irme a dormir, pero me interceptó un chino-malayo que se estaba quedando en el mismo lugar y me hizo el interrogatorio de rigor. Cuando le dije que era de Argentina se puso feliz: “¡Sos la primera argentina que conozco en mi vida!”. Y por unos microsegundos me vi convertida en figurita, completando un álbum de nacionalidades de un desconocido. Me preguntó de todo: qué se puede ver en Argentina, qué se come, cuánto cuesta viajar, qué se puede hacer, cuáles son los lugares más lindos. Después se despidió y se fue a dormir.

A la mañana siguiente me lo crucé rumbo al baño. Me dijo que había estado hablando con un estadounidense y que aquel viajero le aseguró que lo mejor de Argentina “eran las mujeres”. Ajá. Al rato me buscó y me regaló una naranja antes de irse: “Es para tu viaje, que la disfrutes, mirá que es una naranja muy cara eh”. En la cultura china se regalan naranjas entre amigos y parientes para demostrar respeto y desear buena suerte, especialmente durante el Año Nuevo Chino. Así que la acepté como un lindo gesto.

Guardé la naranja cara dentro de la bolsa marrón (que todavía tenía los Cabsha y alfajores) y me fui rumbo a Penang a visitar a mi amiga Tippi. Y durante las seis horas de viaje pensé que puede que en unos días no recuerde ni las caras ni los nombres de todas estas personas que pasan unos minutos por mi vida, pero todas quedan como parte del paisaje de mis viajes. Por eso, mirar a la gente también es una forma de mirar a un país.

Y pensar que toda este reflexión surgió por una naranja cara que me regaló un chino-malayo en un hostel de Kuala Lumpur.

Un experimento minimalista: a Malasia con mochila de mano

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Hace poco me enganché con un blog minimalista: se llama miss minimalist y está escrito por una mujer que decidió, junto a su marido, vivir una vida minimalista con la menor cantidad de objetos posible. Su filosofía es que la excesiva cantidad de “cosas” que la sociedad nos obliga a adquirir se terminan apropiando de nosotros: cuantas más cosas tenés, mayores serán tus preocupaciones (desde esa presión por “comprar el último modelo” hasta la “necesidad” de asegurar tu casa contra robos y desvelarte pensando que un día alguien puede entrar y llevarse todo).

Esta pareja decidió mudarse de Estados Unidos a Inglaterra y aprovechó la oportunidad para deshacerse de todos los objetos “innecesarios” que había acumulado tras varios años de convivencia. Llevaron a cabo una limpieza, vendieron y donaron casi todas sus pertenencias y su mudaron a Inglaterra solamente con dos bolsos de mano.

Es un blog muy inspirador para quienes quieren vivir con menos ataduras hacia lo material, con más espacio “en blanco” y más orden mental. Uno de los posts que más me gustó (y me motivó) fue el de “viajes minimalistas”: cuando viajan, ya sea por dos semanas o tres meses, no llevan más que una mochila de mano con lo indispensable.

No hay nada peor (para mí) que viajar con mucho equipaje. Ustedes dirán: todo depende del tipo de viaje que se haga. Puede ser, cada cual sabe qué necesidades tiene cuando viaja, pero para mí, que me gusta ir de un lado a otro, viajar varios meses y recorrer más de un país en un mismo viaje, no hay nada más agotador (y desmotivador) que llevar kilos de más.

Y en este último tiempo comprobé que más de 8 kilos ya es demasiado.

Si bien desde el principio intenté empacar “liviano” (abajo de los 10 kilos), con los meses el peso de mi mochila fue aumentando: regalo por acá, regalo por allá, este souvenir para no se quién, este recuerdo de tal lugar, todos estos libros que no pude evitar comprar (siempre termino con la mochila llena de libros, es de lo que más me cuesta desprenderme), guías de viaje, cuadernitos “tan lindos” que me enamoraron, remeras y zapatillas de más. Al principio lo cargué, sin pensarlo demasiado, pero con el paso de los meses me di cuenta de que el exceso de equipaje me estaba sacando las ganas de moverme de un lado a otro (cada vez que estaba por cambiar de ciudad pensaba “uff… otra vez a empacar, otra vez a caminar con la maldita mochila”). Al viajar con mochila, todo se carga en la espalda, no hay carritos, no hay servicios de valet (?), no hay taxis privados que te lleven todo al hotel (¿qué hotel?), no hay nadie que te ayude a cargar todo el peso que llevás encima.

Hace unos días tuve que dejar Indonesia porque se me vencía la visa, así que me vine a Malasia con el objetivo de concretar un experimento minimalista que venía pensando hace tiempo: viajar (ultra) liviana. Doné mucha ropa, dejé libros en Indonesia y me traje solamente la mochila de mano para un viaje de casi dos semanas. Ustedes dirán, dos semanas no es nada. Bueno, ahora piensen en esas familias/parejas que se van “una quincena” de vacaciones y se llevan dos valijas repletas per cápita. Ahí está: mochila de mano vs. valijas, mochila de mano vs. mochila grande. Ganó la mochila de mano.

Esto fue lo que me traje para mis dos semanas en Malasia

Empaqué lo necesario e indispensable: algo de ropa (da lo mismo traer tres remeras que traer cinco, en algún momento habrá que lavarlas), un mini botiquín (acá en Malasia se consigue de todo), un cuaderno y una birome, mp3, zapatillas, un par de ojotas, documentos y plata. Tengo dos pesos de los cuales no puedo desprenderme: la cámara y la computadora. Y entre ambas deben pesar alrededor de 4 kilos (incluyendo cargadores, lentes y accesorios). Si no fuese por eso, viajaría recontra liviana.

Me bajé del avión con mi mochila de mano y un bolsito donde llevo la cámara y salí del aeropuerto feliz, ya que ni siquiera tuve que ir a la cinta a esperar el equipaje. Caminé tranquila, casi sin sentir el peso de todas mis pertenencias en la espalda. La vez anterior que vine a Kuala Lumpur mi mochila estaba pesadísima y me acuerdo de cómo sufrí y maldije al calor tropical (mochila pesada + humedad NO es una buena combinación). Y me prometí a mi misma: cuando vaya a la India (o al destino que sea) quiero viajar así, con lo mínimo indispensable y solamente con mochila de mano, aunque sean varios meses de viaje.

Creo que el viajar liviano es parte de un aprendizaje y siento que de a poco logro desprenderme de más y más cosas que no necesito (y que tal vez a otros sí les son útiles).

Así que desde hoy me propongo ser una viajera minimalista.

***

Ustedes, ¿cuánto equipaje llevan cuando se van de viaje? (¡seguro que los hombres llevan mucho menos! los envidio)

¿Qué cosas no pueden dejar en casa? ¿Qué son las cosas de las que prescinden en un viaje?

Ojalá pudiese viajar sin cámara y computadora… me sacaría varios kilos de encima. Pero no puedo, para mi viajar también implica fotografiar y escribir… ¡necesito mis herramientas!

Asia de la “A” a la “Z”: Y de Yo (Aniko en Asia)

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

Y de Yo

I. Yo

Cada vez que leo un blog (o un libro, o una poesía, o una canción, o cualquier cosa fabricada con palabras), lo primero que quiero saber es quién lo escribe. De dónde viene, qué piensa, qué sueña, qué hace, cómo elige pasar sus días, cuáles son sus objetivos, sus motivaciones. Por eso en este blog también hablo acerca de mí, para que sepan quién es la persona que les está contando lo que les cuenta, que saca las fotos y reflexiona acerca de lo que vive.

Siempre intento recalcar algo que, para mí, es obvio: todos mis posts son puramente subjetivos. Si quisiera hacer textos “objetivos” (aunque no creo que exista la objetividad), tendría que dedicarme a escribir enciclopedias. Todas las historias y reflexiones que escribo provienen de mi propia experiencia, de mi manera de ver el mundo, de mis elecciones, de mis decisiones, de los lugares a los que voy y de los lugares a los que prefiero no ir.

Por más que dos personas hagan el mismo recorrido, vean los mismos lugares y conozcan a la misma gente, las historias jamás serán iguales (y las fotos ¡mucho menos!). El paisaje puede ser el mismo, pero cada cual lo ve desde un ángulo distinto, a través de todos esos pequeños filtros (o anteojos) que va juntado a lo largo de la vida y a través de todas esas características que la definen como la persona que es.

Yo escribo, por un lado, desde todo lo que soy “por añadidura”: mujer, veinteañera, argentina, sudamericana, occidental, amiga de, novia de, hija de, descendiente de, estudiante de, licenciada en, con experiencia laboral en. Y escribo, también, desde lo que quiero ser: escritora, fotógrafa, viajera, feliz. Quien les escribe es una persona más, como ustedes, que sueña con vivir haciendo lo que la hace feliz, que anhela convertir esa felicidad en su profesión y que desea, sobre todo, inspirar a muchos más a que sigan el mismo camino (que no tiene por qué ser “viajar”).

II. Aniko en Asia

Si me incluyo en una de las letras de este abecedario/rompecabezas asiático, es porque en estos 14 meses yo me convertí en parte de Asia y Asia se convirtió en parte mía. Si bien soy “extranjera”, me resulta imposible separarme del escenario que me rodea por el simple hecho de que al viajar también interactúo y vivo. Si “viajase por ahí” dentro un avión, siempre mirando los paisajes y la gente por la ventana, seguiría siendo un elemento aparte, un personaje externo. Pero estoy en Asia, camino por Asia, viajo por Asia, hablo con Asia, escucho a Asia, me mezclo con Asia y soy parte de Asia.

Siempre soñé con venir a Asia, desde Buenos Aires sentía que este continente me llamaba de lejos. Finalmente me animé y viajé. Pasé más de un año acá, viajé, frené, volví a viajar, volví a frenar, conocí, aprendí, descubrí, entendí, no entendí, acepté, me adapté. Y les transmití mis impresiones de la A a la Z.

De más está decirles que todas las letras de Asia de la A a la Z (y todo este blog) provienen de mis anteojos. Donde yo vi idiomas, tal vez otro vio imperios; donde yo vi Occidente, tal vez otro vio ofrendas; donde yo vi mercados tal vez otro vio motos. Donde alguno vio “aburrimiento”, yo vi “diversión”, donde alguien encontró “algo feo” quizá yo encontré “algo lindo”.

Gracias a este viaje conocí un pedacito más de este mundo y lo “humanicé”: aprendí acerca de las distintas culturas que conforman el continente, logré separar “chinos” de “asiáticos”, vi las religiones desde adentro, probé las comidas, escuché la música, aprecié el arte. Y espero que este abecedario los haya hecho viajar por Asia conmigo y los haya inspirado a conocer este lado del mundo.

Mañana: la Z. Y después, a seguir viajando por ahí.

La foto me la sacó mi amiga Delfi en un templo de Penang (Malasia)

Asia de la “A” a la “Z”: H de Hospitalidad

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

H de Hospitalidad

Soy de las que creen que el ser humano es, por naturaleza, hospitalario.

Sin embargo, observo que cuando alguien cuenta que viajó “a Mongolia”, “a Fidji” o “a la Polinesia” (por decir lugares lejanos, desconocidos y exóticos) y que fue recibido muy cálidamente por la gente local, la reacción más común es la sorpresa (o el descreimiento: “tuviste suerte”).

Lamentablemente las noticias que leemos en los medios casi nunca hablan acerca de la bondad del ser humano, sino acerca de la maldad de unos pocos. Esto genera prejuicios y generalizaciones y hace que esa maldad que es exclusiva de un grupo o persona sea traspasada a toda la sociedad que los rodea. Por culpa de esto, ante los ojos de algunos, todos los [insertar-nacionalidad-aquí] terminan siendo “malos”.

Esta supuesta maldad genera miedo, especialmente ante la gente que vive en países lejanos de los que no se sabe más que las malas noticias.

Cuando, en el 2008, anuncié que me iba de mochilera por América latina (¡mujer y sola!) me dijeron de todo: que la guerrilla me iba a secuestrar, que los narcotraficantes me iban a asesinar, que los quién-sabe-qué me iban a vender al mercado de trata de blancas. No solo sobreviví sino que me hice excelentes amigos en todos los países que visité, fui alojada por familias locales (todavía sin Couchsurfing de por medio) y no tuve más que experiencias positivas.

Cuando, en el 2010, anuncié que me iba a Asia (¡otra vez sola y al otro lado del mundo!), me volvieron a repetir el discurso: vas a ser raptada/violada/apedreada/vendida/etc/etc. ¿Y qué me pasó en Asia? Fui recibida con una hospitalidad que superó cualquier tipo de expectativas.

Uno de los países que mejor me recibió, desde el momento que bajé del avión, fue Indonesia. Y una de las comunidades más hospitalarias que conocí en todo el Sudeste Asiático fue la musulmana.

Algo que me encanta de la hospitalidad asiática es que la comida es de suma importancia: si estás viviendo en la casa de alguien (o incluso si vas solamente de visita), te van a alimentar hasta que no pases por la puerta. Y como acá es de mala educación rechazar la comida, no queda otra que aceptar… :D

Algún viajero me dijo que me envidiaba por ser mujer, ya que, según él, las mujeres viajeras son recibidas por la gente local con incluso más calidez que los hombres y son cuidadas de manera especial.

Y es cierto, cada vez que estoy viajando sola por ahí siento que tengo miles de angelitos que, disfrazados de gente local, me cuidan durante el camino.

—-

* Esta foto la saqué la primera noche de mi primera visita a Jakarta (Indonesia). Ellos son Rheden (el indonesio de Couchsurfing que me alojó en su casa) su mamá y su sobrino. Cuando le escribí la solicitud vía Couchsurfing preguntándole si podían alojarme, Rheden no solamente me respondió que sí, sino que me escribió emocionadísimo: “¡por favor quedate con nosotros, toda mi familia quiere conocerte!” y, para sobornarme: “¡mi mamá es la mejor cocinera del barrio!”. Y ellos fueron una de las tantas familias que marcaron mi viaje y que me demostraron que un hotel puede ser “cómodo” o “acogedor”, pero que la verdadera hospitalidad está en los hogares. Experiencias como esta refuerzan mi idea de que no es lo mismo ser un turista que ser un viajero.

Las chinas y yo

Me parece que todo empezó en abril del año pasado, cuando caminaba perdida por el laberinto que es la isla Ko Phi Phi, en Tailandia, y me la crucé de casualidad: Journey, la primera amiga china que me hice en Asia. Aunque para ser sincera, todo debe haber empezado cuando tenía unos ¿siete? años y la conocí a Jenni, mi primera amiguita china del colegio. Me acuerdo que vivía en frente de mi casa y siempre me invitaba a jugar y a tomar la merienda. Su cuarto era un paraíso de Hello Kitties, cositas rosas y peluches adorables. Su hermana mayor era lo más, siempre andaba por ahí, tocando el piano o haciendo dibujos para nosotras. No sé por qué me acuerdo de ella, si después de aquel año se mudó, se cambió de colegio y nunca más la vi (ni sé si sigue en Argentina o si, tal vez, me la crucé en las calles de China y no nos reconocimos…). Momento Gente que Busca Gente: Jenni, si estás por ahí y todavía te acordás de mí, ¡mandame un mail! Juro que si estuviese en mi casa escanearía una foto de Jenni y yo y la subiría.

Lo que quiero decir es que siempre tuve buena onda con las chinas (no como mi amiga Olga que siempre se pelea con la del supermercado porque no le lleva cambio). Desde chica tuve un feeling especial con ellas, pero no lo descubrí hasta que llegué a China.

[singlepic id=2179 w=800] Journey y yo en Macau

Como decía, durante la primera semana de mi viaje, en abril de 2010, la conocí a Journey en Tailandia y viajamos juntas por Malasia y (unos meses después) Hong Kong y Macau. En este viaje conocí a mucha gente con la que pegué buena onda por un rato, pero con Journey fue distinto: nos hicimos amigas en el acto. Es viajera también, vivió en Lhasa (Tibet), se conoce gran parte del Sudeste Asiático, tiene rastas y es bajita, tan bajita que le debo sacar una cabeza y media. Y aunque muchos digan que no tiene más de 22, ella tiene 30 años. Cuando intenta “insultarme” en castellano me dice ESTÚPILA y se ríe.

Gracias a Journey conocí a mi segunda amiga china, Tippi, de quien ya hablé en posts anteriores y con quien estoy viajando ahora en Lijiang (provincia de Yunnan, en China).

[singlepic id=2182 w=800] Tippi entre flores

Una aclaración antes de seguir: Journey y Tippi son sus “English names”, la mayoría de los chinos jóvenes (hombres y mujeres) se ponen nombres en inglés y son los que dan a conocer a los extranjeros (yo jamás las llamé por sus nombres reales). En general eligen este nombre en el colegio, algunos se autonombran y otros son bautizados por profesoras o amigos. Journey recibió su nombre de una amiga, pero Tippi se bautizó a sí misma en honor a una mujer llamada Tippi que, al parecer, tenía la capacidad de hablar con los animales. Y según me contó, los nombres más comunes que se ponen las chinas son Candy, Cookie, Sugar, Sweet y algunas/os hasta se hacen llamar Wind, Leaf, Knife, Sky, Eagle, Panda, Piano, Honda (sí, el auto), Ferrari

En fin, a Tippi la conocí en Malasia y viví bastante tiempo en su casa, en dos ocasiones distintas, y nos hicimos muy buenas amigas. Ella vive en Penang y trabaja de profesora de matemática en un colegio internacional, además está en Couchsurfing y aloja a cinco o seis personas por noche en su departamento divino frente al mar. Y es un personaje. Pero pensé que como las había conocido afuera de China, eso no contaba, así que las tomé como “mis amigas viajeras que además son chinas”.

[singlepic id=2176 w=800] Haciendo pavadas con Journey en Hong Kong
[singlepic id=2180 w=800] Tippi y Buda (?)

Ser mujer y viajar sola no es lo mismo que ser hombre y viajar solo. Desde que llegué a China sentí una conexión especial con las mujeres de acá, hablen inglés o no, sean nenas, adultas o ancianas. No sé muy bien cómo describirlo, tal vez será que me ven solas y me quieren proteger, o les caigo bien, no lo sé. Y esto no es algo que me haya pasado en todos los países. Pero en China, vaya a donde vaya, si una mujer me ve, me sonríe cálidamente, una sonrisa sincera, y mueve la cabeza como diciendo hola. Especialmente en las aldeas más chiquitas: cada vez que veo una mujer a la que quiero fotografiar, le hago un gesto con la cámara como preguntándole si puedo sacarle una foto y enseguida me sonríe y posa, dura como una estatua (y después me hace gestos para que le muestre la foto y se ríe cuando se ve en la pantalla de la cámara). Nunca una mujer me dijo que no podía fotografiarla, nunca me pidieron plata por sacar una foto, nunca me pusieron mala cara. Al contrario, sospecho que les gusta, porque siempre posan “haciéndose las naturales”.

[singlepic id=2188 h=800] Esta mujer, por ejemplo, nos atendió en su restaurante en Shuanglang y cuando le pedí permiso para sacarle fotos se puso así, mirando al horizonte. Cuando vio que terminé de sacarle, volvió a la normalidad y me pidió que le mostrara.

[singlepic id=2189 h=800] Al rato, la misma mujer me vio sacándole fotos a la tortuguita que tiene (o tenía) en la pecera al lado de la cocina, se acercó, la sacó del agua, se la puso en la palma de la mano y hasta le dio un beso (¡lástima que no pude enganchar ese momento!).

[singlepic id=2183 h=800] Me crucé con esta mujer en una aldea cerca de Lijiang y cuando le pedí permiso para la foto se puso así, “haciendo que trabajaba”. Son muy vivas estas, eh.

Si estoy viajando en colectivo, siempre hay alguna mujer que me da comida, me llena de manzanas, me ofrece maní. Tal vez sea parte de la cultura, tal vez sea su amabilidad, tal vez esto me esté pasando solamente a mí… Quisiera saber qué experiencia tiene un hombre que viaja solo en China, tal vez tenga “buena onda” con los hombres y no con las mujeres. ¿Será que esta conexión será exclusiva de mujeres con mujeres? ¿O será como en la astrología, que los opuestos son los que mejor se llevan? (Recuerden que Argentina y China están en el lado exactamente opuesto del mundo).

En el tiempo que me queda acá voy a intentar profundizar, quiero saber cuál es la raíz de todo esto. Mientras tanto, les dejo fotos de algunas chinas que me fui cruzando (y el recuerdo de otras a quienes no pude sacarles fotos).

[singlepic id=2177 w=800] Esta mujer fue una de las más graciosas y personajes que encontré en Chengdú. Una tarde me senté a tomar un café en una mesita en la vereda, y en la mesa de enfrente estaba sentada esta mujer. Mientras se comía las sobras de la gente que se había ido dos minutos antes, le decía cosas en chino (en voz muy alta) a cada extranjero que pasaba, seguidas de un “OK BYE BYE TAKE CARE” y un saludo con la mano. Cuando no pasaba ningún extranjero nuevo, me miraba a mí, me sonreía y me decía cosas en chino. Yo asentía como si entendiera. Cuando terminó de comer se acercó a mi mesa, me hizo señas de que comiera, hundió los cachetes, se tocó la cara y me señaló: “comé que estás flaca”. No pude evitar estallar y ella me vio y se rió conmigo.

[singlepic id=2186 w=800] Estas son dos de las tres chicas que me adoptaron de compañera de viaje durante dos días, con el pequeño detalle de que ellas no hablaban inglés y yo no hablo mandarín. Pero nos llevamos como amigas del alma.

[singlepic id=2187 h=800] Caminando por los pueblitos de Lugu Lake con una de las tres chinas, llegamos a la casa de esta mujer Mosuo (la minoría que vive en el lago). Nos invitó a sentarnos con ella mientras trabajaba, nos dio de probar las barritas a base de maíz que producen y nos “obligó” a tomar varios vasos del alcohol local que también producen ellas. Cuando nos fuimos, me regaló una bolsita con comida.

[singlepic id=2185 h=800] Estaba sacando fotos de un templo en Lugu Lake cuando vi que esta nena posaba, a lo lejos, para mis fotos. Me acerqué y salió corriendo, muerta de risa, así que durante un rato jugamos a las escondidas: yo la buscaba atrás de una piedra y ella corría y gritaba. Muy cerca de ella había un monje al que yo me moría por sacarle una foto, pero no quería faltarle el respeto. La nena, como intuyendo esto, corrió y se sentó en la falda del monje, y los dos se quedaron sonriéndome para que les sacara todas las fotos que quisiera.

[singlepic id=2191 h=800]

[singlepic id=2190 h=800]

Ayer Tippi me llevó a un casamiento tradicional en una de las aldeas en las afueras del centro histórico de Lijiang. Salimos a caminar y nos encontramos con un grupo de mujeres jugando a las cartas.

[singlepic id=2174 w=800]

Una me invitó a sentarme al lado de ella, y cuando vio que Tippi quería sacarme una foto, puso su brazo sobre mi hombro y posó así:

[singlepic id=2184 h=800]

Todas las mujeres que conocí en ese casamiento me sonrieron, me hablaron en su dialecto (que ni Tippi entiende) y pusieron cara de foto.

[singlepic id=2172 w=800]

[singlepic id=2173 w=800]

Y, por último, la que me rogó que le sacara ochenta fotos fue esta nena, quien le llevaba la cola al vestido de la novia y estaba vestida de manera tradicional para la ocasión.

[singlepic id=2171 h=800]

[singlepic id=2175 w=800]

Si querés viajar, viajá

Prólogo: Anoche investigando perfiles de viajeros en Couchsurfing me topé con el de un francés que vendió todas sus pertenencias (casa, auto, computadora, etc.) para irse de viaje por el mundo y hace varios años se dedica a eso. También leí la historia de un californiano que vive en su casa rodante y va de ciudad en ciudad con un cartel de “Free Tea” e invita a otros viajeros a su “living” para tomar el té. Hace unos días encontré el blog de un tal “nómade”, un estadounidense que se dedica solamente a viajar y gana 5000 dólares al mes escribiendo su blog de viaje (y tiene más de 5000 suscriptores). Hace un par de meses conocí a otro francés que dejó su vida en Francia y hace cinco años se dedica a hacer trabajos temporarios durante tres o cuatro meses y el resto del año usa la plata para viajar.  Hace más de un año leí el libro de una pareja argentina que se fue de viaje en auto desde Buenos Aires hasta Alaska durante cuatro años y tuvo dos hijos en el camino.

Cada una de estas personas me recuerda una cosa muy importante: QUE SE PUEDE.

Después de leer quise irme a dormir, pero las palabras de este texto no me dejaban en paz y tuve que escribirlo.

***

Cómo dejar todo e irte de viaje por el mundo (o no)

Al igual que Martin Luther King, vos también tenés un sueño.

Puede que sea un sueñito o Un Sueño. No importa, es lo que deseás para tu vida, lo que harías si pudieras dejar todo atrás y elegir cómo vivir. Pero te sentís atado a un mecanismo del cual ya no podés escapar. O eso creés.

Tu sueño es viajar por el mundo. [O poner un bar en la playa. O ser un artesano en Indonesia. O ser un surfer en Ecuador. O ser un músico itinerante. O ser acróbata de circo. O ser un dios en la India. O ser un comerciante en China. O ser un astronauta en la luna. O ser lo que más quieras. Vamos, todos tienen un ideal, no me digas que vos no.]

No se lo contás a mucha gente. Crees que todos te van a responder “Pff, obvio, quién no quiere viajar por el mundo/poner un bar en la playa/ser astronauta/etc”. Tenés miedo de que te tilden de nómade, vago, rebelde, idealista (una cualidad que se tiende a descalificar) hippie o loco. Pensás que viajar por el mundo implica demasiada plata, demasiados riesgos, demasiadas preguntas y ninguna certeza. Dejar todo para viajar por el mundo es un camino de ida sin carteles de señalización. Un interrogante que solamente se responde mientras se lo vive.

No le decís a nadie, pero soñás despierto. Cada vez que te tomás el mismo colectivo, subís el mismo ascensor, bajás por las mismas escaleras, te mirás al mismo espejo, apoyás la cabeza sobre la misma almohada pensás:

— Esta no es la vida que quiero. Un día de estos largo todo y me voy. Pero de verdad eh, yo me voy. Ya van a ver.

Pero los días siguen.

Seguís creciendo, conseguís mejores puestos, un mejor sueldo, y tus sueños te parecen cada vez más infantiles e inconcretables.

— ¿Vivir viajando? Es imposible. ¿Cómo hago? ¿De dónde saco la plata? ¿De qué vivo?

si-queres-viajar-viaja2 si-queres-viajar-viaja3

Sin embargo, cada vez que ves fotos de pescadores que viven en islas remotas y paradisíacas, de orientales que se ganan la vida cocinando comida en un carrito, de parejas que venden todo y se van de gira en un auto viejo, de todos los que se animaron y pusieron un bar en la playa, te sentís afectado, pensás.

Te das cuenta de que allá afuera existen miles de maneras de vivir. Tu rutina no es la misma rutina de los seis mil millones de habitantes de este planeta. Es posible vivir de otra manera, fuera de la vorágine, con más lentitud, en un escenario que vaya más con tu persona.

Sacás cuentas y te iluminás.

Es más barato vivir viajando que vivir en un mismo lugar.

Es más caro viajar como turista que vivir en un mismo lugar.

Pero al viajar de mochilero gastás mucho menos, solamente lo necesario, lo que consumís en el momento.

Te emocionás.

— Ya está, yo saco el pasaje sin escalas a Micronesia y me voy. Chau. Ya van a ver.

Y otra vez aparecen los miedos, las dudas, las preguntas.

— No, mejor no… Me voy a quedar sin trabajo, y ¿qué hago allá? Mirá si me pierdo, me raptan o si tengo que dormir en la calle. No, mejor me quedo acá.

Gana una vez más la seguridad sobre los sueños.

Y la vida sigue.

Y muchos años después pensás.

— Ay, me acuerdo cuando era joven, quería viajar por el mundo. Qué ingenuidad, qué irreal.

Y suspirás.

si-queres-viajar-viaja4

Nada ni nadie te impide vender todas tus pertenencias, comprarte un pasaje para el primer avión o colectivo que salga a donde sea e irte.

Aunque creas que existe un sistema que te lo impide, ese sistema no está más que en tu cabeza.

Aunque digas “pero yo no tengo un peso partido al medio”, si tenés manos podés trabajar, si tenés cabeza podés pensar, si tenés humanidad podés crear.

Si dedicás todas tus energías a hacer eso que te hace feliz, por más ridículo/irreal/aburrido que le parezca al resto del mundo, vas a encontrar la manera de sobrevivir.

¿Te hace feliz viajar? Viajá.

¿Te hace feliz pintar? Pintá.

¿Te hace feliz cantar? Cantá.

¿Te hace feliz hacer nado sincronizado en el canal de Panamá? Hacelo.

Seré idealista (lo cual para mí es algo positivo), pero esta vida es demasiado corta para desperdiciarla dedicándote a algo que no te hace feliz cada día de tu existencia.

No pongas más excusas.

Si querés viajar, viajá.

si-queres-viajar-viaja5

There is no duty that we so much underrate, as the duty of being happy. Robert Louis Stevenson.
No hay tarea que desestimemos más que la tarea de ser felices.

si-queres-viajar-viaja6
Success is not the key to happiness. Happiness is the key to success.
If you love what you are doing, you will be successful.
(Buddha)

El éxito no es la clave de la felicidad. La felicidad es la clave del éxito.
Si amás lo que hacés, serás exitoso. (Buda)

[box type=star] Si te animaste a viajar, te dejo link y descuentos para que disfrutes tu aventura al 100%

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Te regalo 25 euros para tu primera reserva en [eafl id=”21127″ name=”Airbnb” text=”Airbnb”].

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa]Acá te cuento cómo buscar los vuelos más baratos. Mi página favorita para encontrar los vuelos más baratos es [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”].

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar o llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por [eafl id=”21091″ name=”Book Depository (general)” text=”Book Depository”]! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Si querés abrir un blog de viajes para contar tu aventura y buscás hosting te recomiendo [eafl id=”22613″ name=”Siteground” text=”Siteground”]. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, ¡sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

La Humana Universal

Si me concedieran un deseo pediría (además de la teletransportación, ser invisible y hablar todos los idiomas existentes) tener un disfraz de persona local para cada ciudad, pueblo, isla y país del mundo.

Poder convertirme en la Humana Universal, una especie de Zelig/camaleón viajero capaz de adaptarme a cualquier cultura y entorno.

¿No sería genial?

Llego a Mongolia, me pongo el disfraz y chau, soy un mongol más, nadie me quiere vender nada.

Voy a Japón, me alargo los ojos, hablo japonés, soy una más, camuflada entre la multitud.

Nadie me vería como extranjera, nadie me vería como occidental, nadie me vería como turista, nadie supondría que soy “rica”, ni que me salen dólares por las orejas, nadie me ofrecería pizza o hamburguesas con papas fritas pensando que vengo a este lado del mundo para comer las comidas del otro.

Nadie me vería con una nube de etiquetas y preconceptos a mi alrededor: “es turista” → “tiene plata” → “seguro que quiere andar en elefante” → “no creo que quiera comer comida no occidental” → “le va a encantar el show de danzas típicas” → “seguro le fascina la experiencia auténtica de quedarse una noche en una tribu junto con 35 turistas más” → “a esta le vendo cincuenta budas en miniatura, uno para cada miembro de su familia” → etc → etc → etc

Hay algo que vengo notando en el Sudeste Asiático (especialmente en esta región de Tailandia-Camboya-Vietnam, no tanto en Indonesia, Filipinas o Malasia) que me genera entre bronca, tristeza y frustración: el abismo, la separación que existe entre “la gente local” y “el turista” (acá da lo mismo que seas turista, viajero, mochilero, retirado, curioso o loco).

Si sos “blanco”, sos “Westerner” y por ende sos turista (y por ende tenés mucho mucho dinero).

Todos los pueblos “turísticos” tienen, a saber: desde el hotel cinco estrellas hasta el guesthouse barato, los restaurantes de comida italiana, las panaderías francesas, los desayunos estadounidenses, el fast-food, las hamburguesas, el muesli con yogurt, el bar con televisión satelital puesto en algún canal de habla inglesa.

¿Globalización?

Probablemente.

¿Cura para la melancolía del turista?

Será.

Lo triste es que el comportamiento esperado del turista promedio es que se reclute en estos recintos junto con otros de su misma estirpe. Lo triste también es que en los pueblos chiquitos haya más construcciones turísticas a la vista que autóctonas. Y lo más triste es saber que, la mayor cantidad de las veces (no siempre, por suerte), una persona local entabla relación con un viajero solamente con el fin de venderle algo.

En América Latina no sentí esto. ¿Será el idioma?

Al hablar español jamás me resultó difícil viajar por mi continente, pude salirme del circuito turístico sin ningún problema, conocí gente que me invitó a quedarme en su casa sin pedirme nada a cambio más que mi amistad, me la pasé comiendo arepas, gallo pinto y baleadas, nunca me sentí una turista sino que realmente me sentí una viajera.

Será que el primer viaje, como el primer amor, queda idealizado en nuestros recuerdos.

Acá me siento rara, desconectada de los lugares que veo, desconectada de la gente que me cruzo.

Siento que por más que quiera, no puedo escaparme del Gringo Trail, del famoso circuito predeterminado.

¿Será la crisis de los ocho meses?

Siento que hice una regresión: en Camboya y Vietnam logré hacer Couchsurfing una sola vez (porque casi no hay gente dispuesta a alojar viajeros, porque a los pocos que les escribí jamás me respondieron, porque muchos de los que aparecen en Couchsurfing son dueños de hostels o conductores de tuk-tuks que buscan ampliar su negocio por esa vía), dejé de ir en busca de lo real y me dejé arrastrar dentro del circuito, por comodidad tal vez.

No lo sé.

Quiero llegar a un lugar que sienta auténtico, que me cale más profundo, que me sacuda por dentro, que me atrape.

No sé si ese lugar será Laos, pero igualmente iré, porque “ya estoy acá”, por inercia, porque no queda otra.

Cada vez siento más ganas de ir a la India.

Hasta ahora lo venía dejando “para más adelante”, tal vez por miedo a enfrentarme a algo tan intenso.

Pero ahora veo que lo necesito, que la idea de ir a India se hace cada día más fuerte, que de a poco me voy sintiendo preparada.

Así que, próximamente.

No doy fechas, pero siento que a principios del año que viene voy a estar por allá.

Tal vez ahí encuentre lo que estoy buscando.

Tal vez ese sea uno de mis lugares en el mundo.

Cada cual ve su propia realidad, teñida por muchísimos pares de anteojos que se cargan de nacimiento.

Y esta es la realidad que yo veo y transmito hoy.

Así que lo único que puedo decirles es no me hagan demasiado caso, seguro que es la crisis de los ocho meses.

Visita a las Killing Fields de Camboya: cuando la realidad duele

Admiro a los camboyanos.

Admiro sus sonrisas.

Admiro su buen humor.

Admiro también, por qué no, su caos, porque significa que salieron adelante y siguen viviendo.

Admiro su fortaleza.

Admiro su presente.

Porque veo su pasado y no me queda otra que llorar por lo injusto que es el mundo, por lo extraño que es todo, y que unos pocos puedan arruinar la vida de millones de familias y porque no hay manera de borrar el sufrimiento.

Supongo que esto es lo que se siente al llegar a un país donde toda una generación fue borrada.

Donde hay más gente joven que adulta.

Donde todos los intelectuales de una generación murieron.

Donde hombres, mujeres, monjes, niños, todos fueron obligados al trabajo forzado o a la muerte.

Donde un hombre tuvo la idea de generar un país sin clases, sin educación, sin hospitales, sin futuro y lo logró gracias al apoyo de unos pocos y una máquina sanguinaria que borró a más de 8 millones de personas del mapa.

Pensé que no me iba a afectar pero me afectó.

Caminar por el lugar conocido como Killing Fields”, campo clandestino en las afueras de Phnom Penh donde se llevaba a la gente en camiones para matarlos en masa.

Pisar los bordes de las fosas comunes donde fueron encontrados miles de cuerpos destrozados.

Ver los árboles que servían para matar a los bebés (me lo explicaron literalmente así), agarrándolos de los pies y rompiéndoles el cráneo contra el tronco.

Tener los restos de ropa, de mandíbula, de huesos y de cráneos de las víctimas frente a mí, para que los oliera, mirase y tocase.

Caminar por dentro  del “S-21”, un colegio que fue tomado por el Khmer Rouge y transformado en una de las mayores cárceles clandestinas y centros de tortura.

Ver las celdas construídas rústicamente con madera, una madera que delimitaba los bordes de la vida: de acá para adentro, seguís vivo, cuando salgas, olvidate.

Mirar y ser mirada por las miles de fotos de las víctimas, sabiendo que no hay manera de resucitarlas.

Ver a los turistas sacándose fotos frente a los instrumentos de tortura, como si fuese algo “divertido”.

Leer los relatos de aquellos que fueron reclutados de niños y decidieron colaborar con el régimen para seguir vivos.

Ver que todavía, al día de hoy, no se hizo justicia y tal vez nunca se haga, ya que los mayores responsables murieron.

Saber que sólo siete de los miles de prisioneros sobrevivieron.

Escuchar aún hoy los gritos de desesperación, el llanto de los chicos, las plegarias de las mujeres.

Sentir el aire pesado, cargado de muerte, que quedó en todos estos lugares.

Entrar a una de las cuevas en las afueras de Battambang que también sirvió de fosa común y mirar desde abajo, cual víctima, el hueco desde donde arrojaban a la gente de lo alto.

Y pensar: no hay escapatoria.

Frente a la maldad humana no hay escapatoria.

Me afectó. No puedo no sentir nada frente a algo así. Es morbo, puede ser, porque de alguna forma ahora alguien gana dinero con la muerte, se la exhibe en un museo, se cobra entrada para presenciar la ausencia.

Pero sirve para generar conciencia, para que esto no se repita.

Y es una historia que no se puede pasar por alto si se visita este país. Porque la historia da forma al presente, y un lugar es lo que es, por consecuencia de lo que fue.

Y yo, personalmente, no puedo no sentir dolor, indignación, asco frente al ser humano que se dedica a matar a otras personas para lograr su cometido.

No puedo.

Hoy estoy indignada frente al mundo.

Viajando en una foto: El famoso Lugar En El Mundo

Viajo, como ya conté, por varias razones.

Viajo, además de porque me gusta escribir y conocer nuevas culturas, por algo más.

Viajo porque no creo que si nacés en determinado lugar, entonces ese es tu lugar en el mundo y tenés que quedarte ahí para siempre.

¿A mí quién me dio a elegir dónde nacer y dónde no?

Creo que falté el día que repartieron los formularios.

No reniego del país que me tocó pero tampoco soy nacionalista. La verdad es que no le doy mucha importancia al tema de las fronteras o nacionalidades.

También creo que si tenemos la posibilidad de elegir dónde queremos vivir y dónde queremos morir, no hay que desperdiciarla.

La vida es muy corta para pasársela soñando frente a la ventana.

Hay que actuar.

Así es que viajo para encontrar Mi lugar en el mundo.

O al menos para buscarlo (de “buscar” a “encontrar” hay un largo largo camino que tal vez nunca se termine del todo).

Y cada vez que llego a un lugar que va conmigo siento inmediatamente una energía especial que me dice “tal vez es acá…”.

Ahí es cuando me pregunto cómo sería mi vida si hubiese nacido allí.

Como esta mujer que me cruce en las plantaciones de arroz de Banaue, en Filipinas.

Tal vez, en otra vida, esa mujer podría haber sido yo.

Primero pienso en cómo será su vida, su familia, sus sueños, qué le hace reir y qué le hace llorar. Después pienso cuáles serían mis sueños si hubiese nacido y trabajado toda mi vida en esta plantación de arroz. ¿Tendría las mismas ansias de recorrer el mundo?

Tal vez sí, tal vez no.

Tal vez me sentiría feliz viviendo una existencia más simple en donde la única que manda es la Naturaleza y sus ciclos…

Eso me hace pensar, a la vez, en la cantidad de modos de vida que existen…

Y me pregunto, entonces, ¿cómo sería mi vida si yo (mi actual yo: Aniko, argentina, escritora, etcétera) me quedara a vivir acá y adoptara la forma de vida de esta mujer?

Creo que a veces esa es la pregunta decisiva: ¿Sería feliz viviendo una rutina con este paisaje de fondo?

Porque al fin y al cabo, un lugar nuevo pasa a ser parte de la rutina después de algunos meses.

Y ahí me doy cuenta de que lo mío (por ahora) es estar en movimiento.

Mi lugar en el mundo es el mundo entero.

[box type=star] Algunos enlaces útiles (y descuentos) para que planees tus viajes:

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: te dejo [eafl id=”21127″ name=”Airbnb” text=”25 euros de regalo”] para tu primera reserva en Airbnb.

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Vuelos: buscá pasajes aéreos al mejor precio con [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”]

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar? ¿O llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por [eafl id=”21091″ name=”Book Depository (general)” text=”Book Depository”]! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Pensando en abrir un blog de viajes? Si buscás un hosting, te recomiendo [eafl id=”22613″ name=”Siteground” text=”Siteground”]. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Mis frases preferidas de viajes

Qué me impulsó a viajar y a escribir

No sé qué me impulsó a buscarlas, tal vez la necesidad de encontrar (o no) mis pensamientos reflejados en frases de otros.

Quizá para sentirme más acompañada a la distancia (y no me refiero solamente a la distancia física, sino a la temporal también: para encontrar mis pensamientos en otras épocas).

O, probablemente, para reforzar mis creencias, mis objetivos y mi concepción de lo que significa viajar.

Porque muchos piensan que para mí los viajes son “una escapatoria” (creen que huyo de mi país, de mi casa o de mí misma), o me repiten incansablemente “que lo haga ahora que soy joven y puedo” (como si después fuese a cambiar mi vocación para buscarme un trabajo de oficina o como si el mundo fuese tan chico que fuera posible recorrerlo en pocos meses), o dicen, moviendo la cabeza en desaprobación, “esa chica se la pasa de vacaciones”.

Esa gente no sabe nada de mí, no sabe que nací con dos grandes deseos/pasiones/objetivos: ser escritora y recorrer el mundo de punta a punta.

Pregúntenle a mi mamá si no me creen, ella lo sabe mejor que nadie.

Desde muy chica, quién sabe por qué, me llamó mucho la atención viajar y siempre pensé que si vivimos dentro de una determinada cultura es porque existen otras distintas, lejanas, interesantes, sorprendentes y (lo mejor de todo) que pueden ser conocidas (todas conviven en el planeta Tierra, que yo sepa).

Y siempre pensé también que aunque muchas veces creamos que las diferencias entre una y otra son abismales o irreconciliables, todas las culturas están conformadas por seres humanos: seres humanos que respiran, viven, se ríen, lloran, aman, odian, sienten, desean y mueren al igual que cada uno de nosotros.

Lo de la escritura me viene de fábrica.

A los 13 años o antes, ya no recuerdo, empecé con el ritual de escribir todos los días.

Al principio, el clásico diario íntimo, después fue mutando en historias, pensamientos, reflexiones, catársis.

Y de a poco fui definiendo en mi cabeza a qué quería dedicarme en el futuro:

Quiero viajar, conocer nuevas culturas y escribir acerca de mi experiencia.

Podría haber sido una investigadora “sedentaria”, estudiarme todos los mapas y enciclopedias, hacer comparaciones y sacar mis propias conclusiones.

Pero el impulso de viajar siempre fue más fuerte.

Elegí ver la realidad con mis propios ojos y no a través de ojos ajenos.

Por eso agarré la mochila y, apenas pude, me fui de viaje por ahí.

Y si hay algo que quiero mostrar y transmitir a través de la escritura es que no importa en qué lugar del mundo vivimos ni qué idioma hablamos: somos mucho más parecidos de lo que creemos.

La vida es corta y el mundo es grande.

Hay mucho para ver y más aún por escribir.

Viajar es cambiar de realidad, abrir la mente, conocer, buscar, encontrar, extraambientarse, mirarse bien de lejos, mirarse bien de cerca, caminar, correr, navegar, flotar, volar, subir, caer, odiar, amar, llorar, romper, reconstruir, armar y desarmar, escribir, leer, conectarse con, conectarse a, llegar, no llegar, desear nunca llegar, desear nunca volver. No es escaparse, es buscarse.

Todo esto solamente para dar una breve explicación al por qué de mi blog y de mis viajes.

Algo así como la Filosofía que sustenta a Viajando por ahí.

He dicho.

Mis frases de viaje favoritas

Como les decía, no sé por qué las busqué, pero apreté enter y en unos microsegundos San Google me devolvió cientos de miles. Acá va una selección de las que más me gustaron.

The World is a book, and those who do not travel read only a page. (El mundo es como un libro, y aquellos que no viajan no leen más que una página.) – San Agustín

I travel not to go anywhere, but to go.  I travel for travel’s sake.  The great affair is to move. (Viajo no para ir a algún lado, sino para ir. Viajo por el hecho de viajar. La gran hazaña es moverse.) – Robert Louis Stevenson

A good traveler has no fixed plans, and is not intent on arriving. (Un buen viajero no tiene planes fijos ni la intención de llegar.) – Lao Tzu

No one realizes how beautiful it is to travel until he comes home and rests his head on his old, familiar pillow. (Nadie se da cuenta de lo lindo que es viajar hasta que vuelve a su casa y descansa su cabeza sobre su vieja y ya conocida almohada.) – Lin Yutang


. [Yo acoto: Nadie se da cuenta de lo linda que es su almohada hasta que vuelve a su casa y apoya la cabeza en ella después de un largo viaje.]

Travel and change of place impart new vigor to the mind (Viajar y cambiar de lugar imparten un nuevo vigor a la mente.) – Seneca

The whole object of travel is not to set foot on foreign land; it is at last to set foot on one’s own country as a foreign land (El objeto de viajar no es pisar tierra extranjera, sino finalmente pisar el propio país como si fuese tierra extranjera.) – G.K. Chesterton

If you reject the food, ignore the customs, fear the religion and avoid the people, you might better stay home (Si rechazás la comida, ignorás las costumbres, temés la religión y evitás a la gente, mejor quédate en casa.) – James Michener

To travel is to discover that everyone is wrong about other countries (Viajar es descubrir que todos están equivocados con respecto a otros países.) – Aldous Huxley

The traveler sees what he sees.  The tourist sees what he has come to see (El viajero ve lo que ve. El turista ve lo que vino a ver.) – G.K. Chesterton

The real voyage of discovery consists not in seeking new landscapes, but in having new eyes (El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en adquirir nuevos ojos). – Marcel Proust

All journeys have secret destinations of which the traveler is unaware (Todos los viajes tienen destinos secretos que el viajero desconoce.) – Martin Buber

Travel, in the younger sort, is a part of education; in the elder, a part of experience (Los viajes son, en la juventud, una parte de la educación y, en la vejez, una parte de la experiencia.) – Sir Francis Bacon

Travel teaches tolerance(Viajar enseña tolerancia.) – Benjamin Disraeli

Travel light – preconception and prejudice are unnecessary luggage(Viaja liviano, preconceptos y prejuicios son equipajes innecesarios.) – Jane Doe

“What place would you advise me to visit now?” he asked. “The planet Earth,” replied the geographer. “It has a good reputation. (“¿Qué planeta me recomienda visitar?”, preguntó él. “El Planeta Tierra”, contestó el geógrafo. “Tiene buena reputación”.) – Antoine De Saint-Exupery

Living on Earth may be expensive, but it includes an annual free trip around the Sun(Vivir en la Tierra puede ser caro, pero incluye, gratis, una vuelta anual alrededor del Sol.)

Bali parte uno: la máscara

[box type=”star”] Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller[/box]

Hay que ver Avatar porque TODOS ven Avatar.

Hay que leer El Código Da Vinci porque TODOS leen El Código Da Vinci.

Hay que venir a Bali porque TODOS vienen a Bali.

Bali…

Seguramente muchos de ustedes ya está pensando, Ohh Bali, tierra mágica de hinduismo, playas coralinas y templos sagrados.

Confío en sus conocimientos de geografía, probablemente saben de qué país forma parte esta isla… ¿no?

Porque mucha gente que me crucé se refiere a Bali como “un país” y no como una pequeña porción del archipiélago más grande del mundo, también conocido como Indonesia.

Pero es un error perdonable, la culpa es de Bali por ser uno de los destinos turísticos más famosos del planeta, uno de esos lugares que perdió su status de pueblo/isla/ciudad y pasó a ser simplemente Un Lugar Que Hay Que Conocer Antes De Morir.

Bali genera expectativas, pone en funcionamiento la imaginación y los deseos: es imposible no esperar nada de Bali, es imposible no esperar algo sublime de un lugar que tiene tanta prensa. En mi caso, después de haber pasado dos semanas viajando por lugares no-turísticos de la isla de Java, después de haber vivido en casas de familia, después de haberme juntado casi únicamente con gente local, después de haber comido en los mercados por dos pesos y de haber viajado en colectivo por aún menos, llegar a Bali fue como caer en el boliche porteño top del momento.

Un estrés…

Miss miss, taxi! Miss miss, I take you, where you want to go? Special price for you!

Llegué a la terminal de Denpasar, capital de Bali, después de seis horas de viaje en barco, veinte horas de viaje en colectivo, cuarenta minutos de ferry y tres horas de colectivo más (datos cien por ciento reales, no exagero).

Apenas me bajé noté dos fenómenos económicos bastante curiosos: por un lado, una inflación galopante y, por otro, una constante e ilógica fluctuación de precios. Me explico: necesitaba ir de la terminal de Denpasar hasta Ubud, el pueblo “turístico-menos-turístico” de Bali, a menos de 20 kilómetros de distancia. ¿Saben cuánto me pidió un taxista por llevarme? 100.000 rupias (10 dólares). ¿Saben cuánto pagué por el periplo de barco-colectivo-ferry-colectivo? 200.000 rupias (20 dólares) (ahí tienen la inflación: en Bali el minuto de viaje cuesta mucho más).

Obviamente lo mandé a freír bananas (qué rico).

Cuando vio que me iba, me gritó de lejos con desesperación: “Miss miss, 60.000, 60.000 rp!” (segundo fenómeno: fluctuación ilógica de precios).

Me subí al transporte local, en el que por supuesto también me cobraron de más, aunque a una escala mucho menor, por más de que me perjuraron que estaba pagando “local price” (dos dólares) y llegué a Ubud dos horas después.

Sí, DOS HORAS para hacer 20 kilómetros.

Primero porque tuve que esperar a que la combi se llenara, segundo porque frenamos en cada esquina, tercero porque en el camino tuvimos que esquivar motos y peatones por doquier y cuarto porque tuve que hacer trasbordo a otra combi y pasar por el mismo operativo.

Pero es el precio de llegar a un lugar tan turístico: si pagás más, viajás bien, sino…

Señoras y señores, llegué a un lugar Best-Seller.

Un lugar que, además de generarme enojo me genera muchas reflexiones.

No estoy enojada con Bali, estoy enojada con Bali El Destino Turístico.

Siento que, por más que quiera, me va a ser imposible conocer esta isla a fondo, ver el lado más genuino y real de la gente y de su riquísima cultura. Porque la cultura está, Bali no es un mito, es un lugar con tradiciones milenarias y fascinantes, una isla hinduísta en medio de un país de mayoría musulmana, un lugar que desborda arte, música y rituales.

Pero me pregunto cuánto de lo que se muestra al turista es real y cuánto es solamente un espectáculo pre-armado que se repite incesantemente sin ningún tipo de significado profundo más que darle a la gente lo que vino a ver.

Quisiera atravesar la máscara de los balineses, dejar de ser vista como “un cajero automático andante” y entrar en verdadero contacto con la cultura local. Pero es muy difícil: no voy a lograrlo en estos seis días y creo que tampoco lo lograría en dos semanas, tal vez ni siquiera en un mes.

Me da bronca que el turismo prostituya tanto un lugar, que por ser turista/viajero todo cueste cinco veces más (y que no exista diferenciación entre turista y viajero), que los grandes negocios y restaurantes estén manejados por extranjeros, que respirar cueste tan caro, que el regateo sea una mentira, que los tours por “The Real Bali” sean también un espectáculo pre-armado, sólo que un poco más caros.

Pero estar en un lugar tan turístico (que justo resulta ser Bali, pero que bien podría ser Cancún o Hawai o Aspen o…), me hace pensar otra vez en que existen diferentes maneras de viajar y que si bien todas son más que respetables, yo ya sé cuál elegí y con cuál me siento más cómoda.

Se puede viajar como un verdadero turista, ir a resorts all-inclusive, comer platos típicos por cincuenta dólares y ver el lugar a través de la ventana de un colectivo, o se puede salir del circuito y viajar como un local.

Y en medio de estos dos extremos, obviamente existen los matices.

Estar acá también me ayuda a darle forma a la respuesta a una de las preguntas más recurrentes que recibo (y que me hago a mí misma): ¿Por qué viajás? ¿Qué buscás en tus viajes?

Sé lo que NO busco: no viajo en busca de fiesta, no viajo en busca de playa (solamente de vez en cuando, cuando tengo calor), no viajo en busca de deportes extremos, no viajo en busca de destinos populares, no viajo en busca de turistas.

Viajo en busca de cultura, viajo en busca de arte (de todo tipo), viajo en busca de paisajes que me atrapen, viajo en busca de lugares mágicos (subjetivamente mágicos) y viajo en busca de un contacto con personas que viven muy lejos de mi realidad cotidiana.

Viajo para ver el mundo con mis propios ojos.

Y pobre Bali, no tiene la culpa de estar tan promocionado…

Para hacer justicia, en la parte dos hablaré de Bali desde otro punto de vista, daré la otra cara de la moneda. Porque si existe un circuito turístico, eso quiere decir que también existe un “no-circuito turístico”, y aunque acá sea más difícil encontrarlo, trataré aunque sea de espiarlo por un rato.

Es que estar en Bali es como enamorarte de alguien que no te da bola: podés mirarlo todo lo que quieras, podés hablarle, podés interactuar, pero siempre habrá una pared que te impedirá conocer lo más profundo de esa otra persona.

Y lo peor es cuando sabés que debajo de la superficie hay mucho más de lo que podés ver.

Actualización: algunos años después… ¡volví a Bali! La importancia de una segunda oportunidad…

[box type=star] Algunos enlaces útiles (y descuentos) para que planees tus viajes:

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: te dejo [eafl id=”21127″ name=”Airbnb” text=”25 euros de regalo”] para tu primera reserva en Airbnb.

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Vuelos: buscá pasajes aéreos al mejor precio con [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”]

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar? ¿O llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por [eafl id=”21091″ name=”Book Depository (general)” text=”Book Depository”]! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Pensando en abrir un blog de viajes? Si buscás un hosting, te recomiendo [eafl id=”22613″ name=”Siteground” text=”Siteground”]. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Ko Phi Phi: hacer turismo vs. viajar como un local

Dejé atrás Ko Phangan, el paraíso de los israelíes y los ravers, y llegué a mini Europa.

Esta vez, la estadística poblacional de Ko Phi Phi sería la siguiente: de cada 100 personas, 40 son tailandeses, 35 son europeos/australianos, 20 son asiáticos, 5 son latinoamericanos. El pueblo de la isla es mínimo y obviamente jamás logré orientarme del todo bien. Llegué sin hostel y encontré uno por 250 baht la cama (casi 8 dólares), el más barato de la isla.

Dejé mis cosas, me fui a dar una vuelta y cuando quise volver al hostel tardé unos 40 minutos en encontrar la calle. Ríanse de mí, este es el mapa del pueblo:

En mi defensa, quisiera aclarar que ninguna calle tiene nombre, todas son iguales y tienen los mismos restaurantes y locales de ropa, mi hostel no figura en ningún mapa y nadie es capaz de dar una buena indicación.

Cada vez que preguntaba cómo llegar a Anita’s Guesthouse me miraban y me decían “Oh yes, Oasis Bungalows, come with me“.

Una tarde estaba caminando por el pueblo y una chica de China me preguntó si sabía de algún alojamiento barato. Sí, si estás dispuesta a caminar hasta que encuentre mi hostel, te llevo… Y en ese largo trayecto en el que intenté disimular mi falta de orientación nos hicimos amigas. ¿Tenés Facebook? No, en China está prohibido. ¿Usás You Tube? Tampoco, pero tenemos una web que es una copia exacta. ¿Comiste rata alguna vez? ¡No! (con cara de asco). ¿China es caro o barato? China is so cheap! ¿Cómo te llamás? Journey. Y así estuvimos, derribando mitos y descubriendo nuestras respectivas culturas durante nuestros días en la isla.

Como nunca logré orientarme visualmente, desarrollé una capacidad auditiva interesante. Podría decir que el camino del hostel a TonSai Bay (una de las dos playas) estaba puntuado por voces. Ticket, ticket, where you go miss?, me decía el de la agencia de viajes de la esquina cada vez que pasaba por la puerta; Hello beautiful lady, would you like to try some delicious indian food (pronunciado más o menos así: Jalooou biutiful lei-di, wud iu laik to trai some delishios indian fuud), me preguntaba un hindú cada vez que doblaba la esquina y me chocaba con su restaurante; Thai masaaaash… come in…, me ofrecían las mujeres en la puerta de sus “peluquerías” de masajes, y eso me indicaba que tenía que doblar a la izquierda; Hey, want a thai tattoo?, intentaban convencerme los tailandeses, tatuados y llenos de aros, tengo que seguir derecho; Snorkeling tour lady, me estoy acercando al muelle; Kha – kha (yes yes), escuchaba a las tailandesas almorzando en el mercado local, ya falta poco; Care to dive while you’re here, mate?, repetían incansablemente los australianos a cargo de un dive shop, ya casi estoy en la playa; Boat-boat, Long Beach, where to?, ah… llegué.

Y de noche, alguien daba vuelta el casette y los sonidos cambiaban, guiando a la gente hacia la otra orilla. Pi Pi!, decían los tailandeses que andaban en bici y no tenían bocina para pedir permiso y pasar entre la gente; Hey ladies, if you come to our bar, free buckets at 10.30, intentaban reclutar los británicos para un bar; Free drinks with this flyer, 2 for 1 all night guys, Ladies night and fire show at Carlito’s, ofrecían acá y allá; I can give you real thai massage, seducían los tailandeses; I gotta feeling, that tonight’s gonna be a good night… I’m coming out of my cage and I’ve been doing just fine… My humps my humps my humps… I’m on tonight because my hips don’t lie…, música, estoy cerca de la playa nocturna. Y a lo lejos, el aro de fuego. Llegué a LohDaLum Bay, acá está la acción.

Como notarán, en Ko Phi Phi (o “PP”) el idioma oficial es el inglés. Nada de español, ¿qué es eso? Mucho sawatdee, mucho khob-kun-Ka (hola y gracias en thai) y demasiado English. Es el precio de ser un destino turístico tan popular, quiérase o no, la autenticidad se pierde y todo pasa a ser para el turista. Así que decidí incursionar en el maravilloso mundo de Couchsurfing.

Para quienes no conocen esta organización, paso a explicar.

Couchsurfing es una comunidad online conformada por casi 2 millones de personas provenientes de 237 países y territorios. ¿De qué se trata? Quien quiera participar tiene que registrarse, abrir una cuenta y escribir su perfil: es importante hablar de uno mismo, contar de dónde viene, qué hace, dónde vive, por dónde viajó, a dónde quiere viajar, cuáles son sus objetivos de vida y estar dispuesto a ofrecer su “couch” (sofá) a los viajeros o su tiempo para llevarlos a conocer su pueblo o ciudad.

Se trata de un intercambio de hospitalidad, de un encuentro de culturas y de personas y no de “una noche de hotel gratis” como muchos puedan pensar.Todas las personas que se alojen en la casa de otro couchsurfer o que se encuentren para tomar un café deben dejar una referencia acerca del otro, para que toda la comunidad pueda tener la seguridad de que la persona es de confianza y de que la experiencia fue positiva.

Me parece que la característica más valiosa de esta comunidad es que permite conocer los lugares a través de los ojos de un local: no es lo mismo dormir en un hotel, comer en un restaurante turístico y hacer un tour que hospedarse en una casa de familia, comer en los mercados o bares locales y salir a caminar con un nativo.

Yo estaba registrada hacia tiempo en esta comunidad pero nunca la había explorado demasiado. Después de pasar varios días como una turista en Tailandia decidí que quería empezar a conocer los lugares desde adentro, así que me dediqué a completar mi perfil y a contactar gente en Malasia (mi próximo destino).

Descubrí que hay personas que fueron hospedadas más de cien veces en decenas de países, hay otros que recibieron a más de 500 viajeros en sus casas, hay algunos que fueron nombrados “embajadores” de su ciudad y en general todas las referencias que leí son extremadamente positivas.

Argentina está número 19 en la lista de países más activos en CS (los top 3 son Estados Unidos, Alemania y Francia) y las ciudades más populares para realizar este intercambio son Londres, París y Berlín.

Así que Couchsurfing, bienvenido a mi viaje. Mi primera experiencia, en el próximo capítulo.

Actualización: después de muchos viajes me decidí a escribir una Guía de Couchsurfing con toda la info recopilada.

[box type=star] Algunos enlaces útiles (y descuentos) para que planees tus viajes:

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: te dejo [eafl id=”21127″ name=”Airbnb” text=”25 euros de regalo”] para tu primera reserva en Airbnb.

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Vuelos: buscá pasajes aéreos al mejor precio con [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”]

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar? ¿O llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por [eafl id=”21091″ name=”Book Depository (general)” text=”Book Depository”]! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Pensando en abrir un blog de viajes? Si buscás un hosting, te recomiendo [eafl id=”22613″ name=”Siteground” text=”Siteground”]. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Hacia Asia: preparativos para mi viaje de ida al Sudeste Asiático

Los preparativos de un viaje agotan. No sólo físicamente, sino más bien mentalmente.

La primera pregunta es —suponiendo que pudiéramos viajar a cualquier destino del mundo, más allá de las limitaciones económicas—: ¿A dónde voy? Algunos optan por los lugares “conocidos”, otros por los lugares “seguros” (vaya uno a saber qué significado le da esta gente a estos términos), muchos prefieren ir cerca, algunos buscan lo exótico e impredecible, otros —aunque usted no lo crea— no sienten el impulso ni la necesidad de moverse de los metros cuadrados de La Tierra que le pertenecen (aunque sea una pertenencia efímera). Lamentablemente (para algunos, no para mí), nací con alma nómade y no puedo estar quieta; además, siempre pienso en grande: yo no quiero conocer un país, quiero conocer El Mundo, así, con mayúsculas.

Esta vez decidí optar por un continente que me atrae hace tiempo: ASIA. No se aceptan las preguntas del tipo ¿Hacia dónde vas? seguidas de una sonrisa que demuestra la supuesta creatividad del juego de palabras. Asia dónde voy querés saber. Fijate.

Una vez elegido el destino, empieza la investigación. A menos, claro, que uno contrate un paquete turístico que incluya, a saber: traslados aéreos, traslado terrestre desde el aeropuerto hasta el hotel (cinco estrellas, of course), alfombra roja hasta la playa, tours en combi con aire acondicionado por la ciudad, botones que lleve las valijas y abanique a los visitantes, espectáculos prearmados, escenografía para fotos típicas, encuentros casuales con los locales en lugares predeterminados, papel higiénico y cepillo de dientes.

Exagero, sí, un poco, pero es más la cantidad de gente que no sabe nada acerca del lugar al que va, que la que se toma el tiempo de investigar algo acerca de la historia, cultura y lenguaje del país o región. Tengo un amigo para presentarles: se llama Lonely Planet. Es una de las biblias de los viajeros  AUNQUE, como todo libro sagrado, no hay que creer todo lo que dice ni tampoco seguir sus preceptos al pie de la letra. Nació como una guía y morirá como una guía, no como un único camino hacia la salvación. Segundo mejor amigo: los foros de viajeros. Y los amigos, conocidos, amigosde, que viajaron y están dispuestos a contar todo.

Bien. Ya sabemos ubicar nuestro futuro viaje en el mapa. Incluso estamos tentados de trazar una linea de puntos de una ciudad a otra, indicando el camino a recorrer. Pero lo más probable es, si hacemos el viaje sin limitaciones de tiempo, que el recorrido se vaya modificando (incluso definiendo) a medida que caminemos.

Caminante no hay camino, dicen.

Ahora empieza la tortura mental.

Es una tortura de esas que no duelen, pero que tampoco conoce horas de descanso.

Una vez que tenemos toda la información necesaria, que sabemos decir hola, gracias, por favor, cómoleva en los quince dialectos del país, que nos aprendimos de memoria los milímetros de lluvia que caen cada mes, que somos capaces de nombrar, sin repetir y sin soplar, los ingredientes de las comidas típicas de cada pueblo, preparense, porque ahí empiezan las preguntas.

Cada noche me voy a dormir con un nuevo dilema existencial: ¿Mochila o carrito? ¿Efectivo, tarjeta o traveller’s checks? ¿Ropa de abrigo? ¿Hará frío en un lugar tan tropical? Seguro que voy y llueve, y yo sin paraguas. ¿Voy lo más liviana posible y me compro la ropa allá? ¿En qué país empiezo el recorrido? Viajando por Latinoamérica tenía un camino, digamos, “lógico”: siempre hacia el norte. Pero ahora, ¿cómo uno esta cantidad de países dispersados que no siguen ningún orden aparente? ¿Tibet o no Tibet? ¿Hablar o no hablar de Myanmar? ¿A la India sola o acompañada? Cada día, una nueva pregunta.

Un lugar por el que hay que pasar obligatoriamente antes de partir: vacuNation.

Según me dijeron, por lo menos diez pinchazos. A los miedosos les digo, lo lamento, pero no pueden abstenerse. La salud ante todo. Es como llenar un álbum de figuritas: Hepatitis A, late, Hepatitis B, late, Fiebre Amarilla, late, Fiebre Tifoidea, late, Polio, late, Meningitis, late, Tétanos-Difteria, late, Rabia, nola, Encefalitis Japonesa, nola (dicen que es la difícil, no se consigue en Argentina). Me faltan dos de nueve, nada mal. Lástima que no son intercambiables, cada cual tiene que completar su propio álbum.

Y después, la tarea más desafiante: hacer la mochila, lo más completa y liviana posible. Dos términos difíciles de conciliar, especialmente por lo de liviana. Pero es así, nada mejor que viajar lo menos cargado posible. Cuantos menos objetos, menos preocupaciones y más lugar para guardar experiencias e historias.

Ya falta poco. A tachar los días nomás.

[box type=star] Algunos enlaces útiles (y descuentos) para que planees tus viajes:

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: te dejo [eafl id=”21127″ name=”Airbnb” text=”25 euros de regalo”] para tu primera reserva en Airbnb.

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Vuelos: buscá pasajes aéreos al mejor precio con [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”]

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar? ¿O llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por [eafl id=”21091″ name=”Book Depository (general)” text=”Book Depository”]! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Pensando en abrir un blog de viajes? Si buscás un hosting, te recomiendo [eafl id=”22613″ name=”Siteground” text=”Siteground”]. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Tres maneras de viajar

Después de haber viajado durante unos meses puedo afirmar que existen varios circuitos turísticos que no son reconocidos como tales.

Primero, el más obvio y del que huyo, el turismo-cine: aquel donde todo, absolutamente todo está perfectamente armado y guionado de antemano, y la película se repite una y otra vez, sin cambios ni posibilidad de interacción, para los recién llegados. Es el caso, por ejemplo, de aquellos turistas que llegan a una ciudad cualquiera, por más pobre o rica que sea, y la recorren dentro de sus colectivos o combis con aire acondicionado/calefacción mientras un guía decreta desde la autoridad de su micrófono qué es lo que tienen que ver por la ventana y desde qué ángulo.

En segundo lugar descubrí que existe el turismo-teatro: es aquel en que el viajero cree que realmente está fuera del circuito turístico y en contacto directo y real con la cultura y la gente del país. A pesar de que hay cierta interacción con los locales y una absorción más sincera del lugar, en general el viajero sigue siendo víctima de una actuación —más improvisada y flexible, sí, pero actuación al fin—. Una especie de circuito under (a diferencia del primero que vendría a ser mainstream). Es el caso de los gringos y europeos que cumplen al pie de la letra lo que pregonan sus biblias (a saber: el Lonely Planet, Footprint y derivados) y van todos a las mismas ciudades, a los mismos hostels, a los mismos restaurantes, a los mismos bares y no hacen más que seguir hablando su propio idioma y manteniendo su cultura cual secta perdida en país ajeno.

Por último, está el turismo sin pantallas ni escenografía o turismo-realidad, aunque más que turismo debería llamarse travesía o recorrido, y está reservado para aquellos viajeros independientes y un poco locos. Estas personas se dedican a conocer (aquí es muy importante remarcar el término conocer) cada pueblo, cada ciudad y cada ser humano que se cruza en su camino. Son los que espían detrás de escena, los que miran más allá de las pantallas, los que preguntan todo el tiempo por qué, los que son felices solamente por compartir unos minutos de su vida con una de esas personas que tan lejos vive de su realidad pero tan cerca está de su humanidad.

[box type=star] Algunos enlaces útiles (y descuentos) para que planees tus viajes:

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: te dejo [eafl id=”21127″ name=”Airbnb” text=”25 euros de regalo”] para tu primera reserva en Airbnb.

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Vuelos: buscá pasajes aéreos al mejor precio con [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”]

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar? ¿O llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por [eafl id=”21091″ name=”Book Depository (general)” text=”Book Depository”]! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Pensando en abrir un blog de viajes? Si buscás un hosting, te recomiendo [eafl id=”22613″ name=”Siteground” text=”Siteground”]. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Privacy Settings
We use cookies to enhance your experience while using our website. If you are using our Services via a browser you can restrict, block or remove cookies through your web browser settings. We also use content and scripts from third parties that may use tracking technologies. You can selectively provide your consent below to allow such third party embeds. For complete information about the cookies we use, data we collect and how we process them, please check our Privacy Policy
Youtube
Consent to display content from Youtube
Vimeo
Consent to display content from Vimeo
Google Maps
Consent to display content from Google