Según canta Sabina, Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.

¿Por qué será? Tal vez porque si en el pasado tuvimos buenas experiencias en un lugar, pondremos demasiadas expectativas en un posible retorno. Tal vez porque muchas veces ligamos la felicidad a un lugar más que a un estado interno y creemos que con sólo volver a ese lugar recuperaremos aquella felicidad que alguna vez sentimos… Quién sabe… Supongo que así como cada persona tiene sus Lugares Felices, cada cual concibe la felicidad como algo distinto. Por eso Mi Lugar Feliz jamás será Tu Lugar Feliz, y vice versa.

Lo mismo pasa con los Lugares Mágicos. ¿Qué tiene que tener un lugar para calificar de «mágico»? En mi opinión, un lugar mágico es aquel que me hace sentir que estoy en otro mundo, en un universo nuevo donde todo lo que conozco ya no existe, donde el mundo exterior desaparece y lo único que queda es ese momento y ese lugar. En un Lugar Mágico, la realidad se altera y las reglas cambian, y lo mejor que podemos hacer es fusionarnos con ese paisaje y pasar a ser una pequeña parte más de él.

Me sentí así en algunos lugares de Asia, especialmente en pueblitos de China y Laos. Y me sentí así hace unos días en Maras Moray y —especialmente— en las Salineras, ubicadas en el Valle Sagrado de los Incas, en las afueras de Cusco (Perú). Ya había conocido ambos lugares en el 2008, la primera vez que vine a Perú, pero esta vez el recorrido fue distinto, tuvo otro aura: aquella vez los lugares me sorprendieron, esta vez me cautivaron.

En bici por mercados y pueblitos

Salimos un domingo a eso de las 10 de la mañana en un combi cargada de bicis, ya que hicimos varios tramos pedaleando. La primera parada fue el mercado artesanal de Chinchero, un lugar turístico pero al que se le perdona todo por ser tan colorido y simpático. Quedé hipnotizada mirando el ritual interminable de compra y venta que se realiza en ese lugar: los artesanos le venden a los turistas pero también se venden entre ellos, ya que  hay un mercado de frutas y flores y varios puestos de comida.

Después de Chinchero nos subimos a las bicis y empezamos a pedalear por caminos de tierra entre las montañas. La bici, en mi opinión, ya de por sí le da magia al recorrido… ¿o no?

Durante aquel trayecto pasamos por medio de pueblitos sin nombre, sin pedir permiso más que con la mirada. Yo, como siempre, quedé última, alejada del resto del grupo. ¿Por qué? Primero porque mi estado físico no me permite subir cuesta arriba con la bici tan fácilmente y segundo porque frené cada dos minutos a sacar alguna foto. En el camino nos cruzamos con personas que caminaban al costado de la ruta, llevando a sus rebaños o cargando cosas en la espalda; nos cruzamos con chicos que nos saludaban con la mano y con mujeres que nos miraban sin hablar. Esos lugares son los que más me gustan: los pueblitos que están entremedio de dos destinos, los lugares de los cuales casi nunca se sabe el nombre…

También me crucé con personas con las que charlé un rato y que me permitieron fotografiarlas. Estas dos son mis fotos preferidas de aquel día.

Terrazas de cultivo de Moray y Salineras

El lugar que ven en la foto está ubicado a 3500 metros de altura y —se cree— fue un centro de experimentación agrícola inca. Según nos explicaron, hay evidencias de que la depresión en la tierra fue formada por el impacto de un meteorito hace miles de años; luego los incas se asentaron en la zona y la adaptaron a sus necesidades. Cada escalón o andén de estas terrazas tienen un microclima distinto, y eso permitió a los incas cultivar alimentos que no podrían haber sido cultivados a la misma altura. A medida que uno va bajando por estos escalones, la temperatura va subiendo. No me digan que eso no es magia.

(fíjense bien: en el medio de las terrazas hay dos personas, como para que se den una idea de las dimensiones del lugar)

Nuestra última parada fue en las Salineras, un complejo ubicado sobre la ladera de una montaña. En ese lugar, los incas formaron «cuencos» en la tierra para que el agua salada que bajaba de la montaña quedara estancada ahí. El agua va cubriendo cada pozo, se evapora y deja sal que luego es juntada y procesada por la gente del pueblo.

Me hubiese quedado horas y horas mirando a la gente trabajar entre esos pozos blancos. Hace mucho tiempo que no me sentía tan feliz frente a un paisaje. El primer premio a Lugar Mágico se lo lleva Salineras, sin duda. Estando parada en la ladera de esa montaña, caminando por senderos de sal, realmente sentí que el mundo se había reducido a eso, que no existía otro lugar que ese, que la realidad no eran más que cuencos que se llenan y se vacían de manera infinita…

Ese Lugar Mágico se convirtió, para mí, en un Lugar Feliz, y en un viaje no hay nada mejor que encontrar esa combinación.