Ser gaviota

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Así como nosotros no elegimos en qué lugar del mundo nacer, las gaviotas (calculo) tampoco. Son pájaros suertudos, no sólo porque habitan todos los continentes (incluyendo la Antártida y sectores del Ártico), sino porque casi siempre nacen al lado del mar (con excepción de una especie que vive en el desierto, bien lejos del agua). Son pájaros globalizados y cosmopolitas: habitan desde los pueblos más remotos hasta las ciudades más modernas. Si bien ya todas las gaviotas, por default, son pájaros con suerte, algunas (en mi opinión) tuvieron mejor destino que otras: las que nacieron, por ejemplo, en la medina frente al mar de Essaouira (Marruecos), en la costa de Barcelona (España) y en las playas vacías de Paracas (Perú) están en mi lista de Gaviotas que envidio. Aunque para ser sincera, lo que más más les envidio es que puedan volar (y que lo hagan con tanta naturalidad y disfrute).

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[singlepic id=7930 w=625 float=center] Las gaviotas que viven en Essaouira deben ser las más felices.

[singlepic id=7936 w=625 float=center] A esta le tocó un pedacito de mundo en las Islas Ballestas, Paracas.

[singlepic id=7916 w=625 float=center] Y a esta en la costa del pueblo.

Las gaviotas viven en colonias, son muy inteligentes y tienen estructuras sociales muy complejas y desarrolladas. Son mi especie de pájaro preferida y cada vez me gusta más encontrarlas por distintas partes del mundo y observarlas. El lugar donde me instale, le dije a mi amiga Mirla mientras íbamos en el bus rumbo a Paracas, tiene que tener gatos y gaviotas por todas partes. Son los dos animales que pido, la doble G. Llegar a un lugar nuevo y que me reciba una gaviota es el mejor augurio que puedo tener: la gaviotaseñal me indica que el mar está cerca, y si el mar está cerca ya soy feliz. Llegar, por ejemplo, a Barcelona y ver una gaviota sobrevolando la Catedral fue una de las mejores imágenes que tuve de la ciudad. Pasar los días en una terraza de Essaouira y tener a una gaviota parada a pocos centímetros de mí, leyendo las cartas que escribía, fue una de las experiencias más raras de mi vida. Sentía que ese ojo que se clavaba en mis hojas entendía perfectamente lo que yo estaba escribiendo.

 [singlepic id=7938 h=625 float=center] ¿o no?

Durante los tres días que Mirla y yo pasamos en Paracas, pueblito costero de Perú al sur de Lima, fuimos testigos (¿se podrá decir testigas?) de tantos comportamientos cotidianos de las gaviotas que el material podría alcanzarme para un documental casero medio trucho. Nos quedamos en un hostel en la playa y salimos varias veces a remar en kayak por entre los barquitos que estaban anclados cerca de la costa. Una mañana luchamos contra el viento y remamos hasta un barco fantasma (por lo abandonado) okupado por decenas de gaviotas. Quisimos subir pero la caca que cubría todo como una capa de pintura blanca (la caca de pintura) nos desalentó. Nos alejamos y dejamos que la corriente nos arrastre. Pasamos al lado de un barco de pescadores sin gente y nos encontramos con un montón de gaviotas en plena reunión social. Lamenté no tener la cámara porque estaban para la foto, todas sentadas encima de la lona, charlando en ronda como señoras tomando el té. Las saludamos de lejos y seguimos remando. Vimos otras que flotaban sobre el mar creyéndose patos y dejaban que las olas las lleven de arriba abajo. También estaban las que se paraban sobre palitos de ex muelles (una sobre cada palito, en fila) y las que descansaban en grupo sobre la arena. El catálogo completo de gaviotas en estado natural.

 [singlepic id=7909 w=625 float=center] Volando en grupo

[singlepic id=7912 w=625 float=center] Sentadas al final del muelle

[singlepic id=7920 w=625 float=center] En la orilla

[singlepic id=7921 w=625 float=center] Y por si no las vieron en la foto anterior, una en cada palito

Una tarde salimos a caminar por la costa y seguimos la ruta de las aguavivas (según yo) hasta uno de los puntos más ventosos de Paracas (que ya de por sí es muy ventoso). Llegamos a una bahía donde unas quince personas hacían kitesurf con una tabla de wakeboard y una cometa atada a la cintura. De vez en cuando agarraban perfecto el viento y volaban por unos segundos, se elevaban y quedaban ahí flotando. Debe ser lo más parecido a ser gaviota, pensé. En el trayecto de vuelta vimos aguavivas del tamaño de sartenes (de esas grandes, donde se cocina lo que va a comer toda la familia), vimos cangrejos camuflados con algas, vimos cientos de gaviotas volando juntas y llenando el cielo de movimiento.

[singlepic id=7918 w=625 float=center] El camino de las aguavivas (o “malaguas”, como las llaman acá). No se pierdan las huellas de gaviota.

[singlepic id=7917 w=625 float=center] Las más grandes que vi en mi vida.

[singlepic id=7923 w=625 float=center] Como para pisarlas por error.

[singlepic id=7927 w=425 float=center] Cangrejos camuflados.

[singlepic id=7915 w=625 float=center] Parte del camino es de asfalto, parte de arena.

[singlepic id=7926 w=625 float=center] Y al final del trayecto, los kitesurfistas-gaviotas.

[singlepic id=7925 w=625 float=center] Y gente jugando cerca…

Las gaviotas tienen tanto la capacidad de volar como de nadar y caminar, pero lo que más me gusta es verlas cuando agarran una corriente de aire y se dejan llevar por el viento como si estuvieran deslizándose por toboganes de agua. Me gusta cuando sobrevuelan las olas que están a punto de romper, cuando casi tocan el agua pero no, como si le hicieran osooo al mar, y siguen su ruta.

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Lo que más envidia (y felicidad, porque es una mezcla de querer y no poder) me da es ver cómo disfrutan volar. Porque esos vuelos no los hacen con un fin práctico, los hacen porque sí, porque quieren, porque les gusta, porque les encanta dar vueltas en el aire, sobre todo cuando baja el sol, cuando la luz naranja del atardecer las convierte en siluetas contra el cielo, las transforma en postales y les da como otro aura. Las miro desde abajo y me pregunto cómo verán ellas las cosas desde allá arriba, qué pensarán de esos seres humanos complicados que viven en su territorio. Me gustaría ponerle una camarita en el cuello a alguna, como el señor que le puso una a su gato en el collar para ver qué hacía cuando se iba de la casa (una de las conclusiones fue: cuando los gatos salen a la calle se van a encontrar con otros gatos). Quisiera ponerme a la altura de las gaviotas, agarrar una corriente de aire y ver todo desde arriba, de lejos, con otra perspectiva, in a bird’s eye view, como bien dice la expresión.

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Pero no puedo. Por más que quiera volar no puedo, sigo acá abajo, cargando tantas cosas. Una mochila que me pesa. Un duelo que me duele. Paisajes que no me inspiran porque ya me inspiraron antes. Ganas de cerrar todas las redes sociales y dar por terminada esta vida online. Dudas sobre si debería abandonar el blog, dejarlo como una casa vacía, repleta de sus cosas pero ya sin habitantes. Autoexigencias que me traban. Tiempo que me la paso perdiendo. Deseos de escribir y no poder, impotencia literaria. Esa sensación de que tengo que estar en otra parte del mundo. Ese miedo de tampoco sentirme bien allá, donde creo que debería estar. Este desagrado contradictorio que me provoca terminar escribiendo siempre acerca de mí. La muerte de un amigo que aún no puedo procesar, la segunda que me toca en menos de tres meses, una muerte de la que me enteré dos meses después de que pasara, un duelo al que llegué tarde, cuando ya todos se habían ido, una tristeza desfasada, entender recién ahora por qué no me contestaba por whatsapp, una sensación de que cuando vuelva a su ciudad la sentiré medio vacía y recién ahí me daré cuenta de que ya no está. Este pensar continuamente en la muerte, todo el tiempo, todos los días, tenerla sentada al lado, duplicada, en forma de dos personas. Esta necesidad de aprender a procesar y a aceptar la muerte de los otros, de investigar cómo la entienden otras culturas, cómo la celebran o padecen los que se quedan atrás, los que todavía seguimos acá. Este soñar con muertos y con personas que vuelan. Este sentarme en la playa, mirar las olas e intentar comunicarme con el más allá (donde sea que quede eso) y pedirles una señal, rogarles en voz baja que aparezcan, que hagan algo, que revoleen una sombrilla, que me tiren un poco de arena, que me llamen por teléfono, que me muestren que siguen acá, que cambiaron de estado pero están, que flotan en el aire alrededor nuestro aunque no podamos verlos.

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Estar en eso, pensando, dudando, necesitando, rogando y que aparezcan dos gaviotas volando juntas, que se suban al escenario invisible que tengo enfrente y que se pongan a jugar en el aire, que hagan piruetas rápidas y divertidas sólo para mí. Sonreír al verlas y decirles gracias, sé que tuvieron algo que ver con mi ruego, sé que son parte de la señal que acabo de pedir. Saber que para el resto de la gente que está en la playa esas dos gaviotas son dos gaviotas más, igual al resto de las gaviotas, pero que para mí, por unos segundos, fueron únicas. Empezar a sospechar que las gaviotas van a dominar el mundo, que van a desarrollar dotes telepáticos y quién sabe en qué superpoder derivará eso. Sospechar que seguramente se van a aliar con los gatos y juntos reinarán sobre nosotros. Sentir con alegría que las gaviotas son el mejor animal del mundo y que me encanta mirarlas, que podría quedarme horas siguiéndolas con los ojos.

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Dicen que para las gaviotas que viven en las ciudades, los edificios son islas con acantilados, y el asfalto un lugar lleno de comida y libre de depredadores. Así de simples ven las cosas. Para ellas, los edificios —esos que el ser humano se esmera en hacer más altos, más lujosos, más brillantes, más repletos— son elevaciones naturales de la tierra. Es decir que lo que podría ser visto como un obstáculo, para ellas es parte del paisaje total, es algo que está ahí y que no tiene por qué interferir en su vida. Porque para las gaviotas lo principal es volar, comer, reunirse, comunicarse, aparearse, quedarse con la misma pareja toda la vida, tener hijos de a tres, enseñarles a volar y disfrutar los atardeceres. No estar interpretando edificios ni cuestionando el por qué del asfalto. Muchos creen que el mejor animal para reencarnarse es el perro. Yo prefiero, con toda la sana envidia y admiración que les tengo, ser gaviota. O por lo menos aprender a mirar el mundo como ellas.

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[box border=”full”]Información útil para viajar a Paracas (porque si no pongo esto mi blog es cada vez menos de viajes y más de lo que se me canta)

– Cómo llegar: nosotras viajamos desde Punta Negra (que está unos 45 km al sur de Lima), tardamos aprox. tres horas y pagamos 13 soles (regateo de por medio). El bus nos dejó en Pisco y de ahí fuimos caminando al mercado y tomamos un colectivo (acá se le llama colectivo a los taxis compartidos) por 2,50 soles cada una. La vuelta de Pisco a Punta Negra nos costó bastante más cara (20 soles) porque era fin de semana y los precios suben (más durante temporada alta).

– Cómo moverse: Paracas es un pueblito muy chico y se llega a todas partes a pie. Igualmente hay mototaxis dando vueltas siempre. Consejo: arreglar el precio antes de subir.

– Dónde dormir: el lugar es bastante turístico así que está repleto de hostels, posadas y hoteles. Nosotras nos quedamos en un hostel que costaba 33 soles la noche (en temporada baja cuesta 24 soles) y que incluía desayuno, kayaks y wifi.

– Dónde comer: toda la costa del pueblo está repleta de restaurantes turísticos. El menú marino (entrada + segundo + bebida) cuesta entre 15 y 20 soles. El menú criollo es un poco más barato (10 soles) pero no está tan promocionado, así que pregunten. También hay varios puestitos callejeros y restaurantes locales un poco más baratos.

– Caminatas: una de las cosas que más me gustó fue la caminata que hicimos por la costa desde el puerto hasta la bahía donde se hace kitesurf. Si van a un ritmo tranquilo tardarán una hora y pico. Es gratis y no se van a perder.

– Bicis: se pueden alquilar bicis para ir a recorrer la Reserva de Paracas. Nosotras no fuimos, pero averiguamos y costaba unos 30 soles el día alquilar la bici.

– Islas Ballestas: la excursión a las Islas Ballestas es una de las razones para ir a Paracas. Es un viaje en lancha que dura dos horas y que rodea las islas (no se puede bajar). Se ven lobos marinos, pinguinos y muchas especies de pájaros. Es turístico pero lindo. Cuesta unos 30 soles (según dónde se contrate) + 12 soles de entrada que se pagan antes de subir a la lancha.

– Cambio (enero 2014): 1 dólar equivale a 2.77 soles [/box]

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[box border=”full”] Información útil para ser gaviota (ya que estamos)

1. Aprender a volar.

2. Mirar la vida desde otra perspectiva.

3. Disfrutar todos los atardeceres.

PD: Les recomiendo leer el libro “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach. Un clásico como El Principito. [/box]

Otra vuelta al sol

Para mi amigo Javi, donde quiera que estés.
Gracias por haberte cruzado en mi camino.
Que sigas fluyendo a través de universos. 

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—Mira, ves cómo se apaga de un lado y se enciende del otro. El fuego siempre encuentra la manera de seguir quemando…

Tiro un último papel a nuestra fogata. Ya casi se está apagando, habrá durado una hora. Para prenderla hicimos un hueco no muy profundo en la arena, pusimos hojas de diario, maderas y ramas secas. Tardó unos minutos pero prendió bien.

—Cómo hipnotiza el fuego, ¿no? Es imposible dejar de mirarlo.
—Sí, como el mar. Yo creo que debe tener que ver con nuestros antepasados…
—Es que es un acto milenario. Desde que el hombre es hombre que se reúne alrededor del fuego.

Mirla y yo nos sentamos juntas y hacemos un ritual que suele hacerse acá en Perú en Año Nuevo: quemamos papelitos con cosas escritas. Cosas que queremos dejar atrás. Cosas del 2013 que no tienen por qué entrar al 2014. Miedos, sentimientos, inseguridades, tristezas, preocupaciones. Leemos algunos de los papelitos en voz alta y los vamos tirando a las llamas para que desaparezcan. Miramos cómo se doblan, se ponen negros y se desintegran. Quemo también algunas hojas de mi cuaderno. Me gusta la sensación, nunca lo había hecho. El fuego se pone muy amarillo y alto cuando le damos papel.

Estamos solas. Son más de las doce de la noche, ya es seis de enero y estamos a orillas del mar, frente a un Pacífico poco pacífico.

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—Este mar no es muy ruidoso. No lo escucho desde tu casa…
—Es que tiene sus épocas… Desde que estás tú está tranquilo, pero es un mar bien pendejo. Cuando está en rojo llega a tener olas de cinco metros y la gente ni se acerca, lo mira de lejos. Es que se ha llevado a muchas personas… A mí siempre me ha cuidado, pero una vez me quiso matar. Tenía 21 o 22 años, fue antes de conocerlo a John, un día que estaba borracha. Tal vez me estaba castigando… Eran como las seis de la tarde y me metí al agua con mi primo Moncho. El mar estaba en rojo, con unas olas enormes, no sabes. Me arrastró hacia atrás y no podía salir a la costa porque las olas me iban a pegar. Mi primo no sé con qué cara me habrá visto porque empezó a nadar bien rápido y me sacó. Él ha sacado a mucha gente, siempre ha sido como un guardavidas acá en Punta Negra. Desde ese día que no me animo a meterme muy adentro.

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Todas las calles de Punta Negra son de tierra. Lo único asfaltado es la Panamericana que atraviesa el pueblo de norte a sur. Una ruta que suele ser tranquila pero que los fines de semana y feriados se llena de autos, mototaxis, combis y buses que van y vienen de Lima. Claro, cómo no escaparse a un mar que espera a menos de una hora de la ciudad. Pero hoy ya es noche de domingo y toda la playa está sucia. Vacía y sucia, como una casa después de una fiesta que estuvo llena de desconocidos.

—Tú no sabes lo que me molesta ver mi playa así de sucia.

Me imagino. A mí me molesta mucho y ni siquiera soy de acá.

Cuando la gente se volvió a Lima se ve que se olvidó de llevarse sus periódicos, sus cajas de comida vacías y sus vasos de plástico. Pocas veces estuve de este lado de la situación: casi siempre soy yo la que va a un pueblo o ciudad, visita y sigue de largo (y como generalmente me voy antes de que termine la fiesta, no llego a ver el desorden). Esta vez sí. Y pienso cómo se debe sentir la gente local en esos pueblos y playas que pasaron a ser más de los turistas que de ellos. Pienso en las ganas de irse que deben tener, o en las ganas de sacar a la gente a patadas. Por eso siento que ciertos lugares nunca deberían hacerse conocidos. Se arruinarían. La gente que llega de paso no suele cuidar lo ajeno. Hay poca conciencia del planeta (todo el planeta) como hogar. Cada cual cuida su ranchito y nada más. A veces ni eso.

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—Cuando era chica veníamos de noche con mi papá a mirar el mar, y cuando las olas rompían se veían unas chispitas, como unas lucecitas blancas en la orilla, te lo juro. Yo estaba así, no lo podía creer. Era la energía del mar que se hacía visible. Por eso creo que todo tiene vida: el fuego, el mar… Qué haría yo sin mi mar…

Me bañé pocas veces en el Pacífico, pero la primera vez fue en una playa a cinco minutos de Punta Negra. Si me dan a elegir, no sé con qué me quedo: mar caribeño transparente quietito sopa deliciosa versus océano poco pacífico con su agua más fría oscura y esas olas que me sacuden y me revuelcan. Me encanta el efecto pileta del Caribe pero también me encantan los mares con olas fuertes. Y el mar de este pueblo es especial. Es verdad que es un ser viviente, y me llena de energía.

 [singlepic id=7902 w=625 float=center] Cómo negar que este mar tiene vida…

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Podría estar horas mirando el mar. Me gusta ver cómo los delfines se acercan, muy de vez en cuando, a la costa. Me gusta ver cómo los pájaros sobrevuelan la cresta de una ola buscando peces, cambian de posición de repente y se zambullen al mar disparados como flechas: de cabeza y en un segundo. Me gusta ver cómo el mar alterna olas grandes con olas chiquitas y de repente se saca y le inunda las carpas a varias familias, arrastra ojotas y baldes y deja atrás una laguna donde los nenes se ponen a correr y saltar felices. Me gusta construir castillos y que el mar de vez en cuando los destruya. También me gusta que los cubra de agua y los deje tal cual estaban. Me gustan los pozos donde se forman piletitas artificiales. Me gustan más los mares con atardeceres que con amaneceres. Me gusta perseguir a los muymuys y ver cómo se esconden en la arena. Nico (el hijo de mi amiga) tiene tres años y les tiene miedo. Yo le digo: “Nico, ellos nos tienen miedo a nosotros. Esta es su casa y se la estamos invadiendo. Hay que tratarlos bien…”. Y ahí le agarra el falso coraje y me dice que sí le gustan los muymuys pero apenas se le acerca uno levanta los brazos para que lo saque lo más rápido posible de ahí.

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Seguimos sentadas. Hay un vientito y nos salpican las gotas de una ola.

—Qué lindo que es mi mar. Qué rica brisa nos mandó. No puedo creer cómo lo ensucian, por eso nunca vengo a la playa en Año Nuevo.

Nuestra fogata ya se apagó. La poca madera que trajimos sigue encendida, naranja, pero ya no hay llamas. Pienso: como seres humanos somos un reflejo del mundo, también tres cuartas partes de agua, cada uno un mini-mundo. Tal vez nuestra atracción por el fuego se deba al simple hecho de que nuestro planeta se la pasa paseando alrededor de una bola de fuego gigante todos los días.

Si bien no creo mucho en fechas, me gusta el concepto del año nuevo, me gusta festejar ese paso. Otra vez primero de enero, otra vez un año más. El planeta dio un giro completo y vuelve a empezar. Otra vez esa sensación de arrancar de cero. Otra vuelta al sol que nos llevamos de yapa.

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(*Nota: “de yapa”, en Argentina, es una expresión que se usa para decir “de regalo”.)

escriviajar

La gente me ve en Buenos Aires y me pregunta: ¿y… cuándo te vas?

Es la nueva pregunta frecuente, y me gusta, pero como no tengo respuesta, me río.

Yo estoy acá, frente a mi ventana, y por ahora solamente escribo.

¿Cuál es tu próximo destino?

No sé. Siempre pienso en el próximo viaje, pero por ahora mi destino próximo es Buenos Aires.

Y escribir.

Tal vez se sorprendan de que no demuestro ganas de salir corriendo.

Es que estoy bien acá. Y quiero escribir.

Porque me di cuenta hoy: escribir acerca de un lugar al que fui es como volver a viajar.

Y en este momento estoy haciendo eso: viajando a través de la escritura.

Entonces, ¿para qué irme de acá?

(Pero ya vendrán destinos reales en breve, estoy segura).

***

La foto la saqué en el Parque Nacional Huascarán, en el Callejón de Huaylas, Perú. Y justamente estuve todo el fin de semana escribiendo acerca de este lugar para una de las revistas con las que colaboro. Cuando la nota esté lista, la compartiré acá con ustedes. Mientras tanto, sigo viajando en botecito por esta laguna.

El último viaje en las combis limeñas

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Las tres semanas en Perú pasaron demasiado rápido, pienso mientras espero parada en una esquina a que pase la combi que me llevará al aeropuerto Jorge Chávez. Son las 7 de la mañana en Lima y todos se están yendo a trabajar; el tráfico, por ende, es más caótico que de costumbre. Las combis avanzan en fila, cada cual con su cobrador anunciando, con un cartelito y un megáfono “natural” (lo tienen incorporado en el tono de voz), cuál es el recorrido que hace el vehículo: “ArequipaaatodoArequipaaa”, “AngamosAngamosAngamos”, “LaMarinaFawcettLaMarinaaa”. Hablan así, sin espacios entre palabras. Cada vez que hago contacto visual con alguno, lo interpreta como un deseo de subirme a su combi, me abre la puerta y por poco me empuja adentro. Cuantos más vayan en una combi, mejor para ellos.

Pero no me subo a la primera que pase, estoy esperando una (en realidad es un bus) que se llama “JP” y que, según me dijo mi amiga Olga, va directo al aeropuerto por 2 soles (menos de un dólar). Las combis avanzan en fila india (cada una con los gritos de su cobrador correspondiente) y la vereda está repleta de gente que sube y baja constantemente. Aparece, por fin, “la JP” entre la marea y me subo; el colectivo está tan lleno que tengo que quedarme parada en la escalera de entrada frente al conductor. El cobrador (esa especie de copiloto que, como su nombre lo indica, es el encargado de cobrar los boletos y de vociferar con su megáfono natural cuál es el recorrido del vehículo) me dedica una de sus frases célebres: “Avance avance que en el fondo está vacío”. Me pide, además, que me saque la mochila así dejo espacio para el resto. ¿Qué espacio, si no hay aire ni para respirar? Le explico que no puedo hacer semejante maniobra ya que no hay lugar y además estoy toda enredada: tengo la mochila grande en la espalda, un bolso cruzado adelante y la campera cubriendo todo; por ende, para sacarme la mochila, primero tengo que deshacerme del resto de las cosas. “Entonces mejor se hubiera tomado un taxi”, me dice con poca simpatía. “Si estoy acá es porque no tengo plata para un taxi, señor”, le respondo (lo cual es cierto, porque me había gastado mis últimos soles en comida chifa —china-peruana la noche anterior). Le hace una seña al conductor, el colectivo frena, el cobrador abre la puerta y me echa. Bárbaro.

[singlepic id=2613 w=625 float=center] Esta foto es del 2008. Ahí, el tráfico parecía tranquilo y todo. Pero no lo es.

El bus había avanzando unas tres cuadras, así que estoy casi en el mismo lugar de antes. Espero durante 15 minutos pero la JP no aparece, así que me pongo a caminar y me pregunto cuántas horas me llevaría llegar al aeropuerto a pie. Probablemente demasiadas. Todos los taxis me tocan bocina y los cobradores de las combis que pasan al lado mío intentan convencerme de que me suba. De repente veo que en medio del atasco hay una gloriosa JP, así que hago zig-zag entre los autos frenados y le golpeo la puerta. ¿Va al aeropuerto? Sí. Me siento adelante, al lado del conductor, me abrocho el cinturón y a rezar. El tráfico de Lima es despiadado: si una combi, por ejemplo, está yendo por el carril del medio y ve que un potencial pasajero le hace señas desde la vereda, no tendrá ningún problema en atravesar los tres carriles que los separan sin ningún tipo de aviso previo. El cobrador de esta vez es más simpático que el anterior y me cobra 1.50 soles por el trayecto en vez de 2 (le caí bien). El colectivo va lleno pero con espacio, algunas personas me miran con curiosidad pero a los pocos minutos se olvidan de mi presencia. De fondo suena algún hit de cumbia peruana, tal vez de Grupo 5 o los Hermanos Yaipén (dos grupos que, en el 2008, eran la banda sonora de las combis).

Durante la hora de trayecto al aeropuerto, mientras viajo por última vez en una combi limeña, pienso que, en el fondo, las voy a extrañar. Las combis encierran muchos momentos y recuerdos de mis viajes por Perú. Fue en una combi donde tuve las charlas más interesantes con mis amigas Olga y Mirla, fue en una combi donde me reí porque los cobradores siempre me cobraban de menos (¡no sé por qué! Si Olga me decía que el pasaje costaba 1.50, le daba 2 soles al cobrador y me devolvía 80 céntimos), fue en una combi donde alguna persona me indicaba en qué parada debía bajarme para no perderme. Por más apretujado que uno vaya y por más caótico que sea el tráfico, las combis son uno de los elementos más auténticos de la ciudad. Y aunque por fuera todas parezcan iguales, les aseguro que cada combi es un mundo.

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Parte II: Volando por ahí y el húngaro de la aduana

Tras el periplo de la combi, llego a tiempo al aeropuerto. El avión sale a eso de las 10.30 de la mañana: Lima-Buenos Aires sin escalas. Va casi lleno, y desde algún asiento se escucha la voz de un nene que verbaliza, con inocencia, las preguntas que todos los pasajeros se hacen en silencio: Mamá, ¿y si se cae el avión?, Mamá, ¡el piloto no va a ver nada con tanta niebla! Se escuchan algunas risas nerviosas. El avión sube y atraviesa el techo de nubes grises que cubre la ciudad de Lima y el cielo celeste entra por la ventana. Me quedo dormida y las cuatro horas se me pasan… “volando”.

[singlepic id=2601 w=625 float=center] Esta foto la saqué en el avión de Lima a Cusco. Lo que ven es la Cordillera de los Ándes desde el cielo. En el vuelo de Lima a BA me tocó el asiento de la salida de emergencia así que no tenía ventana para sacar fotos.

[singlepic id=2597 w=625 float=center] Y cuatro horas después, Ezeiza otra vez…

Busco mi mochila, llego a la aduana y uno de los que trabaja ahí me escucha hablar en castellano y dice: “¡Ah! ¡Sos argentina! Ya te estaba por tirar un where are you from, con esa pinta de extranjera que tenés. La mujer de adelante estaba escuchando la conversación y dice, haciéndose la ofendida: “A mí no me preguntaste nada, ¡yo también parezco extranjera!”. Me río y le confirmo al de la aduana que soy argentina, aunque parece que no lo convenzo: “¿Pero originalmente sos de Argentina?”. “Sí, aunque mi mamá es húngara, tal vez por eso…”. Me interrumpe: “¡Mi mamá también es húngara!”. Momento Gente que Busca Gente. Y yo, incrédula: “¿De verdad?”. “Sí, somos pocos los húngaros acá”. Por un momento pensé que me estaba cargando, pero la verdad es que me pareció divertido encontrarme con otro hijo de húngaros en la aduana de Ezeiza.

Como dije, las tres semanas se pasaron demasiado rápido. Ya estoy de vuelta en Buenos Aires, mirando la ciudad desde la ventana de mi escritorio.

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¡Mirla y Olga: gracias por todo!

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Esto no tiene que ver con nada, pero en Cusco, los perros tienen prioridad al cruzar (?)

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Y, para que se entretengan, algunos titulares.

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Huacachina: perdidas en el desierto

“No puedo creer que me hayas convencido de hacer esto”, me dice Mirla mientras subimos con muchísimo esfuerzo una de las dunas de arena que envuelven al oasis de Huacachina. “Ya falta poco”, le respondo, intentando consolar tanto a ella como a mí. Pero no falta poco. Cada vez que frenamos para recuperar la respiración, cuento las huellas que dejamos en la arena: como mucho, habremos dado siete pasos. Seguimos subiendo. Los pies se me hunden hasta los tobillos a cada paso, el corazón me late aceleradísimo y siento que los músculos de mis piernas van a explotar. No es nada fácil caminar por la arena, mucho menos si esa arena pertenece a una duna, mucho menos si esa duna forma parte de un desierto (y mucho menos si no tenés un buen estado físico). Caminamos diez pasos y frenamos, caminamos otros diez pasos y frenamos otra vez. Miro hacia arriba y me da envidia ver que hay gente que ya está sentada en la cima de la montaña de arena, lista para contemplar el atardecer sobre el desierto. Falta poco, sólo un tramo más. Lo hago corriendo, no quiero darle tiempo de descanso a mis piernas, no quiero ni pensar en que estoy cansada. Finalmente llegamos y me tiro boca arriba en la arena.

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Recupero de a poco la respiración y miro hacia todos lados. Desde ahí podemos ver la ciudad de Ica de un lado y el oasis de Huacachina del otro. Hay personas haciendo sandboard en la duna de enfrente, algunos buggys dando vueltas por ahí, parejas sentadas en la arena y gente que sigue subiendo. Pasa uno que va empujando su bicicleta, cruza frente nuestro y sigue hacia otra duna más alta; más tarde lo vemos bajar: hace todo el camino de vuelta en su bici a toda velocidad, con las ruedas semihundidas en la arena, como si estuviese bajando por una enorme ladera de manteca. Todos son como hormiguitas en un inmenso desierto de arena. “Desde esa duna de arriba se ve mejor, ¿seguimos subiendo?”, pregunta una de las dos. “No, ya está, quedémonos acá”, responde la otra.

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Mientras miramos el desierto le cuento a Mirla que una vez, cuatro amigas y yo nos perdimos en ese mismo lugar. Fue en el 2008, cuando Huacachina era un lugar… cómo definirlo… más vacío. Alguien nos había contado que existía otro oasis, más chiquito que Huacachina, que era totalmente virgen e inhabitado. Solamente tenía una laguna y árboles con frutas exóticas. Quisimos ir a conocerlo. Nos paramos en la esquina donde salían los buggys y le pedimos a un conductor que nos dejara lo más cerca posible de ese oasis. Nos acercó hasta un lugar, nos dijo que teníamos que cruzar una duna y que el oasis iba a estar del otro lado, y se fue. Nos había llevado de onda, sin pedirnos ni un sol a cambio, pero tenía que seguir con su tour. Quedamos solas en medio de la nada. No se veía Ica ni Huacachina, solamente dunas por todos lados. Empezamos a caminar, logramos cruzar la duna que nos había señalado el conductor y nos encontramos con… más dunas. No había ningún oasis a la vista. Nos empezamos a preocupar. ¿Cómo íbamos a salir de ahí? Estábamos literalmente en medio del desierto, sin agua, sin comida, sin abrigo. Si se venía la noche, chau.

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Caminamos durante un rato más —ni recuerdo cuánto, en el desierto se pierde la noción del tiempo— y seguíamos en medio de la nada. Una de mis amigas se puso a llorar de la desesperación. Vimos que un buggy se acercaba a lo lejos y le hicimos señas para que frenara. Tenía capacidad para cuatro personas y tres de sus asientos estaban ocupados. Le pedimos al conductor que por favor nos acercara a Huacachina o a Ica. “Bueno, las llevo pero son 30 soles cada una” (algo así como 10 dólares por persona). Y nos salió de adentro: “¡Ah no! ¡30 soles ni en pedo!”. Estábamos perdidas en medio del desierto pero igual íbamos a regatear nuestro rescate. Finalmente nos llevó y no recuerdo cuánto pagamos, pero 30 soles seguro que no. Nos dejó en una de las dunas que rodea a Huacachina y, como estábamos agotadas por aquella aventura, nos quedamos las cinco acostadas en la arena durante por lo menos una hora. Una de las chicas dijo: “Lo único que falta para que este día sea aún más irreal, es que haya fuegos artificiales”. Claro, fuegos artificiales en medio del desierto.

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Nos quedamos dormidas, ya era de noche pero no hacía tanto frío. De repente escuchamos un “PUM” que venía de lejos. Yo pensé que alguien había disparado un arma. Escucho que una de mis amigas dice: “¡No lo puedo creer! ¡Miren, miren!”. Miramos hacia arriba y sí: fuegos artificiales de todos los colores envolvían el oasis. Más tarde nos enteramos de que venían de una feria regional que se estaba realizando en Ica, la ciudad cercana a Huacachina. Fue un día totalmente surrealista.

Termino de contarle la historia a Mirla y le digo que esta vez Huacachina me decepcionó un poco. El lugar es mucho más turístico que antes, todo está más caro, van todos de levante. No me gusta, siento que perdió la magia, que ya no es un lugar oculto.

Como ya empieza a refrescar, volvemos hacia el oasis. El camino de vuelta es rapidísimo, bajamos corriendo, dando saltos enormes. La arena es blandita, no ofrece resistencia y no lastima. Siento que estoy caminando sobre nubes, en mi cabeza suena el tema “Walking on the moon” de The Police. Pienso en que las dunas cambiaron de forma, ya no son las mismas del 2008. Y me doy cuenta de que después de haber vivido “Aquel Día” en el desierto, ya no hay nada de Huacachina que pueda sorprenderme.

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Les dejo algunos precios por si visitan Huacachina:

  • Cambio: un dólar equivale aprox. a 2.70 soles (septiembre 2011).
  • Hostel: 15 soles la noche en dormitorio compartido.
  • Menúes de almuerzo y cena: desde 10/15 soles (incluye una entrada, un plato principal y una bebida).
  • Tour en buggy: entre 30 y 40 soles (no lo hice esta vez pero esos fueron los precios que escuché, probablemente se pueda regatear).
  • Bus a Lima: 22 soles (4 horas)
  • Subir a las dunas y ver el atardecer sobre el desierto, es gratis. Y perderse en el desierto, no tiene precio.

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Lugares mágicos y lugares felices

Según canta Sabina, Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.

¿Por qué será? Tal vez porque si en el pasado tuvimos buenas experiencias en un lugar, pondremos demasiadas expectativas en un posible retorno. Tal vez porque muchas veces ligamos la felicidad a un lugar más que a un estado interno y creemos que con sólo volver a ese lugar recuperaremos aquella felicidad que alguna vez sentimos… Quién sabe… Supongo que así como cada persona tiene sus Lugares Felices, cada cual concibe la felicidad como algo distinto. Por eso Mi Lugar Feliz jamás será Tu Lugar Feliz, y vice versa.

Lo mismo pasa con los Lugares Mágicos. ¿Qué tiene que tener un lugar para calificar de “mágico”? En mi opinión, un lugar mágico es aquel que me hace sentir que estoy en otro mundo, en un universo nuevo donde todo lo que conozco ya no existe, donde el mundo exterior desaparece y lo único que queda es ese momento y ese lugar. En un Lugar Mágico, la realidad se altera y las reglas cambian, y lo mejor que podemos hacer es fusionarnos con ese paisaje y pasar a ser una pequeña parte más de él.

Me sentí así en algunos lugares de Asia, especialmente en pueblitos de China y Laos. Y me sentí así hace unos días en Maras Moray y —especialmente— en las Salineras, ubicadas en el Valle Sagrado de los Incas, en las afueras de Cusco (Perú). Ya había conocido ambos lugares en el 2008, la primera vez que vine a Perú, pero esta vez el recorrido fue distinto, tuvo otro aura: aquella vez los lugares me sorprendieron, esta vez me cautivaron.

En bici por mercados y pueblitos

Salimos un domingo a eso de las 10 de la mañana en un combi cargada de bicis, ya que hicimos varios tramos pedaleando. La primera parada fue el mercado artesanal de Chinchero, un lugar turístico pero al que se le perdona todo por ser tan colorido y simpático. Quedé hipnotizada mirando el ritual interminable de compra y venta que se realiza en ese lugar: los artesanos le venden a los turistas pero también se venden entre ellos, ya que  hay un mercado de frutas y flores y varios puestos de comida.

Después de Chinchero nos subimos a las bicis y empezamos a pedalear por caminos de tierra entre las montañas. La bici, en mi opinión, ya de por sí le da magia al recorrido… ¿o no?

Durante aquel trayecto pasamos por medio de pueblitos sin nombre, sin pedir permiso más que con la mirada. Yo, como siempre, quedé última, alejada del resto del grupo. ¿Por qué? Primero porque mi estado físico no me permite subir cuesta arriba con la bici tan fácilmente y segundo porque frené cada dos minutos a sacar alguna foto. En el camino nos cruzamos con personas que caminaban al costado de la ruta, llevando a sus rebaños o cargando cosas en la espalda; nos cruzamos con chicos que nos saludaban con la mano y con mujeres que nos miraban sin hablar. Esos lugares son los que más me gustan: los pueblitos que están entremedio de dos destinos, los lugares de los cuales casi nunca se sabe el nombre…

También me crucé con personas con las que charlé un rato y que me permitieron fotografiarlas. Estas dos son mis fotos preferidas de aquel día.

Terrazas de cultivo de Moray y Salineras

El lugar que ven en la foto está ubicado a 3500 metros de altura y —se cree— fue un centro de experimentación agrícola inca. Según nos explicaron, hay evidencias de que la depresión en la tierra fue formada por el impacto de un meteorito hace miles de años; luego los incas se asentaron en la zona y la adaptaron a sus necesidades. Cada escalón o andén de estas terrazas tienen un microclima distinto, y eso permitió a los incas cultivar alimentos que no podrían haber sido cultivados a la misma altura. A medida que uno va bajando por estos escalones, la temperatura va subiendo. No me digan que eso no es magia.

(fíjense bien: en el medio de las terrazas hay dos personas, como para que se den una idea de las dimensiones del lugar)

Nuestra última parada fue en las Salineras, un complejo ubicado sobre la ladera de una montaña. En ese lugar, los incas formaron “cuencos” en la tierra para que el agua salada que bajaba de la montaña quedara estancada ahí. El agua va cubriendo cada pozo, se evapora y deja sal que luego es juntada y procesada por la gente del pueblo.

Me hubiese quedado horas y horas mirando a la gente trabajar entre esos pozos blancos. Hace mucho tiempo que no me sentía tan feliz frente a un paisaje. El primer premio a Lugar Mágico se lo lleva Salineras, sin duda. Estando parada en la ladera de esa montaña, caminando por senderos de sal, realmente sentí que el mundo se había reducido a eso, que no existía otro lugar que ese, que la realidad no eran más que cuencos que se llenan y se vacían de manera infinita…

Ese Lugar Mágico se convirtió, para mí, en un Lugar Feliz, y en un viaje no hay nada mejor que encontrar esa combinación.

Cusco + Calle 13

Algunos lo saben y otros no, pero mi primer gran viaje (y el que siempre recuerdo con nostalgia) fue en el 2008 cuando me fui nueve meses con mi mochila por América latina, “sin brújula, sin tiempo, sin agenda” (como diría Calle 13). Había rendido el último final de Comunicación Social en diciembre del 2007, y en enero de 2008 ya estaba en un bus rumbo a La Quiaca, la frontera entre Argentina y Bolivia. Decidí cumplir lo que siempre había soñado y me tiré de cabeza hacia lo desconocido. Como sabía que nunca jamás nadie me iba a decir “Queremos que viajes por el mundo, escribas y saques fotos, y nosotros te pagamos y además tu publicamos todo”, decidí arriesgarme y hacerlo igual, con el sueño de que algún día mis dos pasiones —viajar y escribir— serían también mi trabajo.

Durante ese viaje conocí Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras y escribí mi primer blog de viajes (pueden leer todas esas crónicas acá). Uno de los países en los que me sentí mejor fue en Perú (no hay explicación, solamente feeling) y la banda sonora que más recuerdo son las canciones de Calle 13 y Orishas. Cada vez que escucho esos grupos me transporto, siento que vuelvo a viajar por América…

Hace unos días, estando en Perú, viajé cuatro días a Cusco para encontrarme con mi amiga Mirla y John, su marido. Conocí a Mirla en el 2008, durante aquel viaje, y seguimos siendo muy buenas amigas hasta hoy. La mañana que llegué me fue a buscar al aeropuerto con una sorpresa: dos entradas para ver a Calle 13 la noche siguiente. Jamás me imaginé que Calle 13 tocaba en Cusco y, como me había perdido su último recital en Buenos Aires, creí que no iba a volver a verlos en vivo durante mucho tiempo. Cusco y Calle 13 me pareció la combinación perfecta (y encima con luna llena).

Esta vez no fui a Machu Picchu sino que me dediqué a caminar por una de las ciudades que más me gusta de América latina.

Cusco son las callecitas de piedra, las mujeres trabajando con sus artesanías en las esquinas, la grandeza intacta de la Plaza de Armas, la falta de oxígeno al subir una escalera, el aire frío de la noche, los extranjeros que se mezclan con la gente local, los hombres ofreciendo postcards miss y las mujeres vociferando massage lady; Cusco son los mercados de frutas y verduras, las paredes incas, el choclo con queso, los taxis que manejan haciendo zig-zag, las mujeres que cruzan la calle con sus alpacas, las paredes que se caen a pedazos pero siguen en pie, las iglesias antiguas, la sensación de cercanía a una de las mayores maravillas del mundo —Machu Picchu, obviamente—, las paisanas cargando productos e hijos en la espalda, los hombres con sus manos arrugadas, los policías que vigilan desde las esquinas más turísticas.

Pero como a veces me resulta difícil volver a escribir sobre una ciudad en la que ya estuve y que tanto me impactó, preferí hacerlo con imágenes y música. Así que denle click al video y disfruten de Cusco y Calle 13.

“Dame la mano y vamos a darle la vuelta al mundo”

http://www.youtube.com/watch?v=cKt3NzOuYSw

Por el Callejón de Huaylas – Día 3: Pastoruri

Después del Día 1 en Huaraz y el Día 2 en la laguna Llanganuco, decidimos pasar nuestro último día visitando el nevado Pastoruri.

Salimos a las 10 de la mañana en una combi con otras 10 personas y nos fuimos hacia el sur de Huaraz, hasta el Parque Nacional Huascarán (ahí también está la Laguna Llanganuco, lugar que visitamos ayer, aunque a varios kilómetros de distancia).

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En el camino vimos estos nevados. Según nos dijo el guía, se pueden ver dos caras de Cristo formadas por la nieve. ¿Ustedes las ven? Supongo que de verlas o no verlas dependerá nuestra religiosidad/ateísmo (?).

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Hicimos una breve parada para ver la Puya Raimondi, una planta que solamente crece en Bolivia y Perú, entre los 3200 y 4800 metros de altura. Puede alcanzar hasta 12 metros de altura, produce racimos de hasta 8 mil flores y vive hasta 100 años, pero una vez que florece, muere.

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Después de un largo viaje por la ruta de tierra del Parque Nacional, llegamos a la base del Pastoruri, a 5000 metros de altura. Lo blanco que se ve al fondo es el nevado, a 2 km.

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Como Olga y yo somos bastante flojitas, decidimos alquilar dos caballos para subir los 2 kilómetros. Yo creía que los caballos nos iban a llevar directo a la nieve. Pero no. Fue medio engañoso porque nadie nos avisó que solamente subían el primer kilómetro y el segundo kilómetro tendríamos que subirlo caminando sí o sí.

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Así que nos bajamos después de 15 minutos y caminamos lo que faltaba. Fue muy cansador, sobre todo porque a esa altura el oxígeno es muy escaso. Hay que hacerlo con calma y tomar bastante agua.

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Finalmente, llegamos. Aleluya.

Como el nevado Pastoruri está desapareciendo a causa del calentamiento global, prohíben a los visitantes que caminen sobre el hielo. Para que esto se cumpla, hay una paisana que vigila, parada sobre un monte, y toca el silbato cada vez que algún turista se acerca demasiado al hielo. Si el turista no hace caso, la paisana corre hacia el lugar mientras grita que se aleje del hielo. Hace poco tiempo, en el Pastoruri se realizaban campeonatos de esquí anuales.

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Después de descansar un rato en la cima, hicimos el descenso a pie.

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Nos cruzamos con miembros de la comunidad campesina de Catac. Muchos de ellos viven dentro del Parque Nacional y dependen en gran parte de la actividad turística: confeccionan y venden artesanías, realizan los paseos a caballo, venden comida y trabajan como guías de turismo.

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Terminamos el paseo en Recuay, bautizado por Antonio Raimondi como Recuay “Ladronera”.

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Cuando terminamos de almorzar, Olga y yo salimos del restaurante y nos encontramos con una paisana que estaba pidiendo plata para viajar a otro pueblo. Nos pusimos a hablar con ella y finalmente le dimos un sol. Le pregunté si podía sacarle una foto (estaba demasiado linda para una foto, con una pared medio rojiza de fondo) y nos dijo que le diéramos otro sol. Creo que en otra ocasión le hubiese dicho que no, pero juro que era la foto perfecta. Como no tenía más monedas de un sol, le ofrecimos 50 centavos. La mujer los agarró, nos dijo que se iba a buscar a su sobrina para la foto y antes de que pudiéramos frenarla salió corriendo con la plata y nunca volvió.

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Después conocimos a esta paisana que nos decía, con mucha tristeza, que ella era huerfanita y que por favor la ayudáramos.

Y así terminó nuestro recorrido. Volvimos a Huaraz a eso de las 7 de la tarde y esa misma noche tomamos el bus de vuelta a Lima.

Mapa del recorrido: Huaraz – Recuay – Pastoruri

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Datos útiles y precios del tour a Pastoruri:

  • Altura del nevado Pastoruri: 5240 msnm (es importante haberse aclimatado a la altura antes de subir)
  • Precio del tour: alrededor de 30 soles por persona (incluye transporte y guía, dura unas 8 horas – contratado en Huaraz)
  • Entrada al Parque Nacional Huascarán: 5 soles
  • Alquiler de caballo para subir hasta el Pastoruri: 6 soles (los caballos avanzan solamente un kilómetro, el km restante hay que hacerlo a pie)
  • Comida: el almuerzo será en algún restaurante turístico (los platos están desde 10 soles); snacks en la base del Pastoruri: pan con queso 1 sola, papa sancochada con huevo 2 soles.
  • Llevar protector solar, abrigo, agua y zapatillas cómodas para caminar.

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Por el Callejón de Huaylas:

Día 1: Huaraz

Día 2: Llanganuco

Día 3: Pastoruri

Por el Callejón de Huaylas | Día 2: Llanganuco

Después de un día de aclimatación en Huaraz decidimos empezar el recorrido por el Callejón de Huaylas, ese valle estrecho ubicado entre dos cordilleras, la Blanca y la Negra, en el departamento de Ancash (Perú).

No hay demasiadas opciones para hacer un recorrido independiente, ya que sin una 4×4 no se puede ir muy lejos: muchas rutas son de ripio, los caminos no están muy señalizados y es mejor ir con alguien que conozca, para no perderse. Así que, muy a mi pesar, no nos quedó otra que tomar un tour organizado (¡cómo me hubiese gustado estar recorriendo Perú en combi hippie!). Supongo que también es posible “alquilar” un taxi por el día, pero seguramente termine costando más caro que un tour donde se viaja con otras 10-15 personas.

El Día 1 caminamos por Huaraz, entramos a varias agencias de viajes, preguntamos precios y regateamos (mi amiga Olga llegó a decirle lo siguiente a Marcos, al agente de viajes al que le terminamos comprando el tour: “Me gusta el nombre Marcos, porque es el nombre de alguien que hace descuento”, y Marcos nos bajó el precio). Finalmente contratamos un tour que nos pareció digno y con un precio aceptable, aunque sabíamos que por más que lo contratáramos en una agencia u otra, todos los turistas íbamos a terminar en el mismo transporte y con el mismo guía.

Así que el Día 2, hicimos el tour “Llanganuco”

(¡Bienvenido Google Maps a Viajando por ahí! ¡Ya era hora!)

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Salimos a las 10 AM: éramos aproximadamente 15 personas y un guía. Esta era la combi que nos llevaba de un pueblo a otro. En este tour, recorrimos casi todos los pueblos “importantes” del Callejón, al norte de Huaraz, y la Laguna Llanganuco, en el Parque Nacional Huascarán.

1. Carhuaz “Borrachera”

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El recorrido empezó en Carhuaz, ciudad que fue bautizada “borrachera” por Antonio Raimondi, un investigador, naturalista, geógrafo, explorador, escritor y catedrático italiano que vivió 40 años en Perú y exploró toda la región del Callejón de Huaylas.

No pudimos ver casi nada de Carhuaz, ya que la combi nos depositó en una heladería para que probáramos los helados típicos de Carhuaz y nos dejó ahí unos 15 minutos. Conocimos la Plaza de Armas y el helado de maracuyá. Dicen que es “Carhuaz borrachera” por sus helados de pisco y cerveza.

2. Yungay “Hermosura”

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Antonio Raimondi le dio un título a cada pueblo del Callejón, y a Yungay le tocó el de “hermosura” ya que estaba ubicado muy cerca del nevado Huascarán, en un área muy verde de Ancash. Lamentablemente, Yungay quedó sepultada bajo tierra en 1970: un terremoto de 7.8 grados provocó un alud, más de 10.000 metros cúbicos de hielo y rocas se desprendieron del Huascarán, rodaron a más de 200 km/h y borraron a Yungay del mapa en menos de tres minutos. Más de 50.000 personas murieron y en Yungay solamente sobrevivieron 300, entre ellos varios niños que estaban en el estadio mirando un espectáculo de circo cuando ocurrió el desastre.

Hoy solamente se puede visitar el Campo Santo de Yungay y el cementerio memorial del pueblo.

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[singlepic id=2513 h=625 float=center] Una réplica de la iglesia de Yungay

3. Parque Nacional Huascarán – Laguna Llanganuco

Lo mejor del tour fue la visita a la Laguna Chinancocha o Llanganuco, dentro del Parque Nacional Huascarán. Creo que las imágenes lo dicen todo.

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[singlepic id=2523 w=625 float=center] (mi cara de felicidad)

Estuvimos una hora ahí, lo cual fue poquísimo. Les recomiendo, si pueden hacer un recorrido por su cuenta, que dediquen mucho más tiempo a este lugar.

4. Caraz “Dulzura”

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Llegó la hora de la verdad. Con Olga nos la pasamos repitiendo la misma frase durante todo el viaje: “Tendríamos que habernos quedado en Caraz”. Por favor háganme caso: si viajan a Ancash con el plan de recorrer el Callejón de Huaylas, hagan base en Caraz en vez de en Huaraz. Es un pueblito mucho más tranquilo, simpático, limpio y agradable (en cuanto al clima) que Huaraz. Háganlo por mí: quédense en Caraz. No se van a arrepentir.

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Lo de Caraz “dulzura” es porque el pueblito es experto en la elaboración de manjar blanco (dulce de leche) y manjar blanco de frutas como la chirimoya o la lúcuma.

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5. Tarica

El paseo terminó ya de noche en Tarica, pueblo de artesanos, donde nos llevaron, obviamente, a comprar artesanías. Primero el maestro artesano hizo magia con las manos y fabricó un florero en pocos minutos. Después, nos dejaron 40 larguísimos minutos (!) para “comprar souvenirs”.

¡Tendría que haberme bajado en Caraz!

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Información útil y precios del tour por Llanganuco:

  • Cambio: 1 USD = 2.70 soles.
  • Precio del tour (comprado en Huaraz): entre 35 y 50 soles (practiquen el regateo como nunca).
  • El tour dura unas ocho horas e incluye todas las ciudades que mencioné en el post más una parada para almorzar.
  • Helados en Carhuaz: cucurucho con dos sabores, 2 soles (¡prueben el de maracuyá y el de lúcuma!).
  • Entrada al campo santo de Yungay: 2 soles.
  • Almuerzo (si hacen el tour, los van a llevar a un restaurante): trucha frita 14 soles, cuy a la huancaína 16 soles.
  • Entrada al Parque Nacional Huascarán: 5 soles (los niños pagan 1.50 soles)
  • Paseo en bote por la Laguna Llanganuco: 5 soles (el paseo dura unos 20 minutos)
  • Llevar abrigo, protector solar y repelente.

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Pueden leer todo el recorrido por el Callejón de Huaylas (Perú) acá:

Día 1: Huaraz

Día 2: Llanganuco

Día 3: Pastoruri

Por el Callejón de Huaylas | Día 1: En Huaraz y con soroche

Me desperté de golpe a eso de las 5 am. El bus que iba de Lima a Huaraz estaba pasando por un cruce en la Cordillera a 4100 metros de altura, y yo pensé que iba a morir de frío y de náuseas ahí mismo. Hacía mucho tiempo que no subía tan alto, y pasar de los cero metros sobre el nivel del mar de Lima a más de 4000 en menos de 8 horas fue matador. Me había olvidado del famoso soroche o apunamiento que se puede sufrir a esa altura si uno no está acostumbrado.

Llegamos a Huaraz a las 6 am y me fui directo a la cama.

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Vista de la Cordillera Blanca desde la terraza del hostel en Huaraz

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Huaraz es la capital del Departamento de Ancash y la ciudad más importante del Callejón de Huaylas, un valle estrecho y alargado ubicado en la Cordillera de los Ándes, entre la Cordillera Negra y la Cordillera Blanca. Es, además, una de las ciudades ideales para hacer base (aunque no la más linda) y recorrer todo el Callejón de Huaylas.

En el mapa, el Callejón de Huaylas se ve así (a la izquierda está la Cordillera Negra, que no aparece en este mapa):

Fuente: www.huaraz.info – En los próximos posts mostraré el recorrido detallado

Después de dormir varias horas para recuperarnos del mal de altura, Olga (mi amiga peruana) y yo salimos a caminar por la ciudad. Huaraz me pareció un lugar ruidoso, desordenado, un poco caótico y muy marrón (todo está lleno de tierra y las casas y construcciones son casi todas marrones). Estábamos alojadas a unas ocho-diez cuadras de la Plaza de Armas (el centro de la ciudad), en una zona bastante silenciosa, donde cada mañana escuchábamos al vendedor de aceitunas ofreciendo sus productos por altoparlante.

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El color que le falta a la ciudad se lo dan las paisanas, las mujeres serranas que andan vestidas con sus polleras coloridas, sus trenzas largas y sus gorros típicos. Sin embargo, cada vez que nos acercamos a una y le pedimos permiso para sacarle una foto nos respondieron con un no rotundo o con el pedido de “Págame pueees, dos solcitos”. No hubo ni una que dijera que sí sin pedir solcitos a cambio y la mayoría directamente se negaba. ¿Por qué será? Una mujer me dijo que le daba miedo que la fotografiara. ¿Será miedo a que usen sus imágenes y tal vez lucren con ellas? ¿o un miedo de otro tipo, más espiritual? (como algunas tribus que creen que una fotografía les roba una parte del alma).

[singlepic id=2495 w=415 float=center] Ella posó después de que le compramos frutas y pagamos “un solcito de más”. Pero fue la única que aceptó.

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Sin embargo, por más que Huaraz no me haya encantado demasiado, le perdono todo por la vista de las montañas nevadas que tiene de fondo.

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Qué es el soroche y cómo evitarlo:

El soroche, mal de altura, mal de montaña o apunamiento se produce por la falta de adaptación del organismo a la hipoxia —falta de oxígeno— de la altitud. Generalmente ocurre desde los 2400 metros y los síntomas típicos son mareos, cefalea (dolor de cabeza), vértigo, náuseas y vómitos, falta de apetito, agotamiento físico, dificultad para respirar y trastornos del sueño (insomnio o somnoliencia). Lo mejor es aclimatarse a la altura de a poco, con mucha hidratación (4 o 5 litros de agua por día) y una dieta rica en hidratos de carbono, y no subir más de 300 metros por día.

Pero si eso no funciona, estos son algunos consejos que me dieron amigos y conocidos:

  • Tomar infusiones de coca, mascar las hojas o comer caramelos de coca.
  • Comer caramelos de limón y chocolate.
  • Tomar Gatorade para reponer sales.
  • Tomar una Sorojchi Pill cada 8 horas (a mí me sirvió).
  • Tomar un diurético como Diamox (Acetazolamida) de 125-250 mg cada 8-12 horas durante 4-7 días.
  • Y si nada funciona, hacer como el dicho boliviano: “Andar despacito, comer poquito y dormir solito”.

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[box border=”full”] Información útil para visitar Huaraz:

  • Cambio dólar-sol: 1 USD = 2.70 soles (septiembre de 2011)
  • Bus Lima – Huaraz: entre 30 y 50 soles (son 8 horas de viaje y el precio depende de la empresa y del tipo de asiento)
  • Hostel: 20 soles la noche con desayuno (en un dormitorio compartido)
  • Comida: menúes desde 3 soles (entrada, plato principal y bebida), pollo a la brasa con papas y ensalada 6 soles. En Huaraz hay muchos lugares para comer comida Chifa (fusión de comida china-peruana).
  • Botella de agua de medio litro: 1 sol.
  • Sorojchi pills: 1.80 soles cada una (son de venta libre y se consiguen en cualquier farmacia de la ciudad).
  • Taxi: desde 3 soles (siempre arreglar el precio antes de subirse).

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En los próximos posts se vienen los fotorrelatos del Día 2 y el Día 3: el recorrido por el Callejón, los nevados, las lagunas, los glaciares… 

El ceviche y los recuerdos

Cuando nos trajeron el plato de ceviche a la mesa quedé hipnotizada, no me animaba a empezarlo por miedo a que se terminara demasiado rápido. Apenas probé el primer bocado de lenguado con camote recordé cuánto me gustaba esta comida; y, en menos de un segundo, me transporté al 2008.

Me acordé de la vez que Vicky, mi amiga y compañera de viajes argentina, me quiso hacer probar el ceviche en Arequipa (Perú) y no me animé (me daba un poco de nosequé que fuera pescado crudo). En aquella época (principios de mi viaje, 2008), todavía no me animaba a probar tantas comidas nuevas.

Me acordé, también, de la vez que Fabricio, un amigo peruano, me llevó a comer ceviche por primera vez. Fuimos a uno de los lugares más emblemáticos de Lima (“El verídico de Fidel”), cerca del estadio de Alianza Lima. Fidel, el dueño de aquel restaurante, había empezado su “carrera” de cevichero vendiendo ceviche a los futbolistas en un carrito a la salida del estadio; con el tiempo su puestito se hizo tan popular que terminó poniendo un restaurante (considerado uno de los mejores de Lima). Ahí, el plato de ceviche cuesta alrededor de 30 soles (11 dólares).

Me acordé, además, de la vez que Mirla, la hermana de Fabricio, me compró una bandejita de ceviche en el Puente Atocongo por 2 soles (menos de un dólar) y lo comimos en la combi camino a Punta Negra. Según mi amiga Olga, comer un ceviche en ese puente es como comprarse un choripán de dudosa procedencia por 2 pesos debajo de alguna autopista. Estaba buenísimo.

También me transporté a Singapur: hace unos meses me alojé en la casa de Kuni, un couchsurfer japonés, junto con un boliviano, un peruano, un colombiano y dos mexicanos. Kuni preparó, en nuestro honor, una cena latinoamericana: había empanadas, lomo saltado y… ceviche. Fue lo más cerca de Perú (y de América latina) que estuve en Asia.

Y me acordé de la última vez que lo comí, en el 2009, en un restaurante peruano en Buenos Aires.

Cebiche en Singapur preparado por Jennifer, una couchsurfer de Singapur

La cena latina en Singapur

La primera vez que viajé a Perú no sabía muy bien qué era el ceviche (aunque después de probarlo, juro que jamás lo olvidé). Como algunos restaurantes ofrecían ceviche, otros cebiche y algunos hasta “seviche”, pensé que cada nombre correspondía a una forma diferente de preparar el plato. Después descubrí que así como no existe una única receta, tampoco hay diferencia entre escribirlo con B y con V.

¿Por qué se llama “ceviche”? Algunos creen que el término “ceviche” proviene de Sea Beach, que era la expresión utilizada por los marineros ingleses para pedir este plato en los puertos peruanos; hay quienes aseguran que esta palabra tiene su origen en el término árabe sibesh y otros dicen que proviene de la palabra quechua siwichi, que significa pescado fresco o tierno. Tal vez alguno de mis amigos/lectores peruanos pueda orientarme al respecto. :)

¿Cuáles son sus ingredientes? Pescado fresco crudo (generalmente se hace con lenguado), limón, cebolla roja, ají, ajo y sal. Para prepararlo, los ingredientes se mezclan y se dejan marinar en el limón; luego a eso se le puede agregar mariscos, choclo, papa, camote, pulpo o cualquier acompañamiento a gusto. Es el plato nacional de Perú; un orgullo tan grande que fue nombrado Patrimonio Cultural de la Nación.

Y, confieso, es uno de mis platos preferidos en el mundo…  

Con canchita serrana (un tipo de choclo seco y frito) para acompañar

“Ani, ¡estás como en limbo!”, me dijo Olga mientras comía el ceviche en estado de éxtasis.

 Y sí, es increíble cómo un sabor puede traerme tantos recuerdos.

Volver a Lima: con una Inca Kola por la Calle de la Soledad

Estoy en Lima (Perú). 

(y me tomo una Inca Kola)

No creo que les sorprenda… ¿o sí?

Este es uno de los pocos “viajecitos” (cortito, en comparación con los otros) que planeé con bastante anticipación y que no surgió “porque sí” o “de la nada”, aunque ahora les parezca que sí. ¿Por qué vine a Perú?, se preguntarán. Fue así.

En el 2008 viajé nueve meses de mochilera por América latina. En ese viaje (y en otros anteriores y posteriores) hice algunos tramos en avión y junté varias millas (las millas son esos “puntos” que sumamos con determinadas aerolíneas cada vez que tomamos algún vuelo). Antes de volver de Asia revisé el estado de mis millas y me di cuenta de que se me vencían en septiembre de 2011, así que decidí canjearlas por un pasaje a algún destino de América latina para hacer un “viaje relámpago” cuando volviera a Argentina. Cuando miré la lista de países posibles y me pregunté ¿a dónde voy?, la respuesta fue inmediata: Perú.

Tengo varias razones, entre ellas las dos más importantes: Olga y Mirla, mis dos queridísimas amigas peruanas. Bueno, en realidad tengo tres razones: Mirla tuvo a su primer hijo hace unos meses y yo le prometí que vendría a visitarla en cuanto pudiera para conocerlo (así que próximamente verán fotos del bebé).

Mirla y yo en Punta Negra, su pueblo natal en las afueras de Lima, en el 2008

A Mirla la conocí en el 2008, cuando estuve en Lima por primera vez; yo me estaba alojando en el mismo hostel que su novio, y ella ofreció alojarme en su casa durante el tiempo que estuviera en la ciudad. A Olga la conocí a través de Mirla la segunda vez que vine a Lima, casi al final de mi viaje, cuando ya me estaba por volver a Buenos Aires. Me pasó lo mismo con las dos: nos hicimos muy buenas amigas apenas nos conocimos. Al año siguiente, ambas viajaron a Buenos Aires para visitarme y se quedaron en casa durante unas semanas. Así que cuando decidí cambiar las millas por un pasaje a algún destino, todos los caminos me apuntaban a Perú.

Foto que le saqué a Olga cuando fuimos al Tigre en el 2009, en su viaje a Buenos Aires

Además de la amistad, Lima tiene otras razones por las que es una ciudad muy especial para mí. Hay muchos viajeros a los que no les gusta Lima; a mí, en cambio, me encantó desde el principio. No sé qué habrá sido: las combis y sus cobradores, los puestos de ceviche, los hostels con viajeros de todas partes del mundo, Polvos Azules y su colección inmensa de dvds truchos, el encanto de Miraflores y Barranco, el océano Pacífico que bordea la ciudad… Tuve una conexión muy especial con la ciudad y me terminé quedando mucho más de lo que pensaba.

Pero Lima, sobre todo, fue el primer lugar donde empecé a viajar realmente sola. El primer mes y medio de mi viaje por América latina lo hice con mi amiga Vicky y, más tarde, con Vero, Flor y Pau, tres argentinas que conocimos en el camino y con las que también nos hicimos muy buenas amigas. Después de pasar por Cusco y Huacachina, viajamos las cinco juntas a Lima y, de casualidad, todas tenían el vuelo de regreso a Buenos Aires para el mismo día. Entonces, el día que se fueron dejé de ser una “viajera grupal” y me convertí en una “viajera solitaria”. Lima fue el punto de partida de la segunda parte de mi viaje por América latina: la parte en la que tenía que viajar sola con mi mochila y mi alma. En Lima junté coraje (aunque me tomó un tiempito) y me lancé sola a la aventura de seguir descubriendo el continente. Lima me impulsó a seguir caminando hacia el norte.

Pasé de viajar con amigas…

… a viajar completamente sola.

Por todo eso, volví. Y me siento muy feliz de estar acá otra vez.

Hoy (llegué anoche), salí a caminar con Olga por el centro histórico de la ciudad y saqué algunas fotos, entre ellas la del cartel de una calle llamada “Calle de la Soledad”. No sé por qué le saqué la foto a esa calle, fue un acto totalmente espontáneo. Más tarde, cuando me puse a mirar las fotos que había sacado, me di cuenta de que casi todas caían bajo un mismo concepto: justamente, la soledad.

Y ahí fue cuando me acordé: claro, en Lima fue donde empecé a viajar sola. Es lógico, entonces, que inconscientemente mire a esta ciudad con los ojos de la soledad.


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