Una vidente brasilera

Si, siete años atrás, una vidente me hubiese leído la mano y me hubiese contado cómo iba a ser mi vida hoy, no sé si le hubiese creído.

Visto desde afuera, el viaje a Brasil (del que acabo de volver) fue lo que se conoce como una “vacación”. Reposeras en la playa, milhos y sucos de maracujá a toda hora, sandwiches a la espera en la heladerita, récord de paleta (120 pases sin que se nos caiga), paseos por el centro de Canasvieiras y horas bien gastadas en el mar. Durante casi 15 días ni me moví de la isla de Florianópolis, no saqué más de cien fotos y no hice Couchsurfing, sino que me dediqué a nadar, a comer, a descansar en la hamaca paraguaya, a leer (estuve más lectora que nunca) y a escribir (estuve, también, más escritora que nunca). La escritura (la invisible, esa que ustedes no ven porque existe en mis cuadernos, en el borrador de mi libro, en las notas que escribo para revistas) me fluyó como nunca. Tener el mar tan cerca ayudó muchísimo (algún día viviré frente a él, lo sé).

[singlepic id=6707 w=625 float=center] Escribía con esta vista de fondo de pantalla…

[singlepic id=6685 w=625 float=center] Rodeada de naturaleza

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Y visto desde adentro (desde mi interior), siento que este viaje fue un regreso al pasado, un flashback que me ayudó a comprender y reforzar mi presente.

Durante mi infancia me fui de vacaciones decenas de veces. A veces una semana, a veces 15 días, a veces con suerte un mes. Casi siempre al mar, pocas veces a las montañas, nunca a la nieve. Nos quedábamos en hoteles, cabañas o posadas, a veces teníamos el desayuno incluido, otras veces cocinábamos nosotros. Nunca hicimos un tour y la mayoría de las veces teníamos un vehículo propio que nos permitía movernos con libertad. Éramos mi mamá, mi papá y yo: un equipo viajero perfecto (y ahora que lo pienso, ellos tienen gran parte de la culpa de que a mí me encante viajar). Para mí, ese modo de viajar era el normal: había 15 días al año que estaban reservados para irse a la mierda visitar lugares desconocidos usando el dinero ahorrado durante el año laboral. “Viajar” era sinónimo de “irse de vacaciones” y así lo entendí y lo viví durante los primeros 22 años de mi vida.

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Desde que empecé a viajar (y a trabajar de escritora y de fotógrafa durante mis viajes) en el 2008, nunca más volví a irme de vacaciones. Desde que empecé a vivir viajando, el estilo de vida viajero pasó a ser “el normal” para mí. Fui creando una rutina basada en la “no-rutina”, pero rutina al fin: un viaje atrás de otro, comidas nuevas, viajar en bus de un lado para el otro, conocer gente en la calle, comer en la calle, escribir un blog, escribir artículos, escribir un futuro libro, sacar fotos, vender fotos, exponer fotos, salir a caminar, averiguar precios, mandar solicitudes de couch, conocer personas nuevas todos los días, despedidas y reencuentros constantes. Pero recién ahora, en Brasil, me di cuenta de cuán extra-ordinaria (palabra entendida como “fuera de lo ordinario, de lo considerado normal”) pasó a ser mi vida en estos últimos años.

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Durante estos días en la playa brasilera volví, como en un círculo, al inicio de todo y me reencontré con mi versión pre-2008. Vi a esa chica que soñaba con viajar y vivir de eso pero no se animaba porque no creía que fuera posible. Vi a la realidad que me rodeó durante muchos años y que me hizo creer que una vida así demandaba muchísimo dinero. Vi a toda esa gente que me encontraba 15 días al año, durante cada vacación, en la misma playa. Me vi a mí misma con ganas de extender esos 15 días a 365, con el enorme anhelo de ser escritora y de dar a conocer culturas y lugares a través de las palabras. Me vi a mí misma fingiendo tener un sueño más común, como casarme o tener hijos, cuando en realidad secretamente soñaba con ser viajera y recorrer el mundo entero. Me vi a mí misma incomprendida, rodeada de personas que me trataban de loca, de vaga, de mantenida. Me vi sola, con miedo y a la vez con determinación.

[singlepic id=6694 h=625 float=center] Algunas imágenes de Floria

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Y lo más lindo de esta vacación fue que me di cuenta de que yo ya no pertenezco a esa playa, ni a esos 15 días, ni a ese modo de viajar. Fue como si hubiese vuelto a los 20 y una vidente brasilera me hubiese leído la mano en la playa y me hubiese dicho: “Querida, no sufras, dentro de unos años tu vida va a ser totalmente distinta, te lo aseguro”. (Aunque en portuñol sonaría algo así: “Minina, voce nao tem que sofrir mais, em unos anos sua vida sera totalmenchi distincha, eu te asseuro!” :D) (Portugueses: autorización para corregirme, otorgada).

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Me di cuenta, también, de por qué muchos me trataron de loca cuando empecé: porque hay gente —y lo digo sin juzgar— que no entiende que “viajar” pueda ser distinto a “irse de vacaciones”. No lo entiende porque tal vez nunca se lo preguntó. O no lo entiende porque tal vez un día se lo preguntó y como todos le aseguraron que no era posible, lo creyó imposible. O no lo entiende porque es lo que nos hacen creer desde que nacemos. O no lo entiende porque es feliz así, viajando dos semanas al año, y eso es totalmente respetable. No todos son enfermos de los viajes como nosotros (Viajeros Anónimos, ejem…). Lo que pasa es que “irse de vacaciones” implica separar nuestra vida en dos planos: el del trabajo (8 horas por día, 5 días por semana, 50 semanas al año) y el del ocio (fines de semanas y 15/30 días anuales de vacaciones); y “viajar”, en cambio, es un 2 en 1, y eso puede ser difícil de entender. Desde que empecé a viajar nunca más pude separar los viajes del trabajo. ¿Cómo hago, entonces, para irme de vacaciones, si el trabajo es parte de mí y mi vida diaria ya es lo que otros consideran “vacaciones”?

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Este viaje a Brasil fue un desenchufe raro. Por un lado descansé un montón, no puedo negarlo. El mar me devolvió el alma al cuerpo, necesitaba zambullirme en el agua. Y por otro, escribí más que nunca. Me sentí muy inspirada con el mar tan cerca, con la naturaleza a mi alrededor, con la arena en los pies y el aire alegre de Brasil. Y me di cuenta de que a la vidente brasilera le faltó decirme algo: “Minina, tu existencia va a ser distinta porque nunca más vas a poder separar la escritura de los viajes ni los viajes de la vida. Voce nunca más se irá de vacaciones, voce trabajará constantemente”.

  [singlepic id=6713 w=625 float=center] Una foto que me sacaron mientras descansaba

 [singlepic id=6697 w=625 float=center] Me pescaron durmiendo en un bondi

 [singlepic id=6715 w=625 float=center] Tomando sol en la ventana

 [singlepic id=6698 h=625 float=center] Y haciendo surf.

Y seguramente fue esa misma vidente brasilera la que me empujó a entrar a un kiosco de revistas en Canasvieiras (en busca de la revista de La Nación, donde había salido la primera de mis notas) y revisar la selección de libros en castellano (como si ya no tuviese suficientes cosas que leer) y encontrarme con una contratapa que me hablaba directamente a mí (“Este es un libro dedicado a los viajeros, a quienes entienden el viaje no como huida sino como un modo de conocerse a sí mismos; a quienes creen que a viajar se aprende, como se aprende a leer, a amar, a morir”) y comprar el libro aunque estuviese cerrado con un plástico y algo “oxidado” por la humedad, comprarlo aunque no conociese al autor ni de nombre (Cees Nooteboom, holandés, lo recomiendo mucho) y ponerme a leer en la playa y asentir cada cinco minutos sintiéndome totalmente de acuerdo con cada una de sus palabras y descubrir que en realidad siempre supe lo que quería ser cuando fuera grande y que no era solamente escritora, viajera y todas esas cosas imposibles, sino una profesión aún más interesante. Etnóloga.

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“Los etnólogos existen para dar testimonio de que nuestro modo de vida no es el único posible, de que hay otros modos que han permitido a los seres humanos llevar una vida feliz. Los etnólogos nos invitan a moderar nuestra presunción, a respetar otros modos de vida. Las comunidades investigadas por los etnólogos contienen lecciones que vale la pena escuchar. Son comunidades que han sabido hallar un equilibrio entre el hombre y el medio natural, un equilibrio cuyo sentido y misterio hoy ignoramos” (Lévi-Strauss, citado por Cees Nooteboom en su libro Hotel Nómada)

“Minina, cuando sea grande, voce será etnóloga”, tendría que haberme dicho la vidente. Y ahí yo le hubiese dicho: “¡Déjeme en paz, vidente loca! No sé de qué me está hablando. Yo lo único que quiero es viajar.”

 [singlepic id=6710 w=625 float=center] Estas son las dos primeras notas de mi serie de “Viajes extraordinarios” para la La Nación Revista. ¡Por primera vez una nota mía salió en la tapa! Esta es la revista que buscaba cuando entré al puestito en Canas Vieiras y me encontré con el libro.

 [singlepic id=6716 w=625 float=center] Gracias Brasil por existir. Nos vemos pronto!

Homenaje a los libros de papel

(Iba a escribir un post de viajes y me salió esto)

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Los libros no llegan a nuestra vida de casualidad. O, por lo menos en mi caso, un libro nunca llegó a mi vida de casualidad.

Soy amante de la literatura y de los libros. Desde que aprendí a leer no pasé un día sin estar viajando entre los renglones de algún libro. Soy de las que aprovechan cualquier “tiempo muerto” (viajes en bondi, salas de espera, filas para llegar a algún mostrador) para ponerme a leer. Soy de las que leen dos, tres, cuatro libros a la vez (no puedo esperar a terminar uno para empezar otro). Soy de las que tiene decenas de libros haciendo pacientemente la fila de espera en la mesa de luz. Y soy, por sobre todo, una romántica de los libros de papel. Sí, ya sé. Ya sé que hoy en día los libros se pueden descargar en formato digital, ya sé que así no pesan ni ocupan espacio, ya sé que tener una biblioteca virtual completa es cuestión de minutos (depende de la velocidad de nuestra conexión a internet), ya sé que son una opción mucho más ecofriendly, ya sé que viajar con un e-reader es mucho más cómodo y más liviano que cargar con varios libros. Ya sé ya sé. Pero no puedo: no puedo despedirme de los libros de papel. No puedo no volver de cada viaje con la mochila repleta de libros (preguntándome cómo es posible que mi mochila haya engordado tantos kilos…).

[singlepic id=6543 w=625 float=center] Soy capaz de viajar hasta con diez libros en la mochila! (va totalmente en contra de mi codiciado minimalismo viajero, pero no puedo evitarlo)

Si bien suelo leer algunas revistas y guías de viaje en su versión de pantalla, siento que la experiencia no es la misma. Y no hablo solamente de lo lindo que es tener un libro entre las manos, sentir la textura del papel, oler la tinta, escribirle anotaciones en los márgenes, subrayar frases, marcar la página con un doblez o con un señalador… Creo que, además de todo eso, una de las cosas que más me gusta de los libros de papel (por no decir “libros de verdad”) es ese momento en el que uno aparece, como de casualidad, en mi vida. Me encanta sentir que un libro me encontró, como si me hubiese estado esperando (o buscando) durante toda su vida… Y me encanta ilar los hechos hacia atrás y ver qué cosas tuvieron que suceder, una tras otra, para desembocar en ese libro.

Mi biblioteca está repleta de libros. Cada uno de ellos apareció en mi camino (como compra, como regalo, al azar) en un momento determinado, pero durante mucho tiempo creí que la que encontraba al libro era yo: era tan simple como ir a una librería, mirar títulos y comprar el que me llamara la atención. Yo iba hacia el libro. Cuando empecé a viajar y mi rutina se convirtió en una cadena infinita de casualidades y causalidades, me di cuenta de que en realidad ocurría al revés: era el libro el que me encontraba a mí, sin importar en qué parte del mundo estuviera. Y terminé de darme cuenta de esto el día que llegué a la casa de Cristina en Sevilla.

[singlepic id=6556 w=625 float=center] Si bien en este post no voy a hablar de Sevilla en sí, la ciudad fue fundamental como escenario de esta reflexión… 

[singlepic id=6547 h=625 float=center] Y creo que cuando uno repite lugares va encontrando nuevos significados y nuevos por qués en cada visita

[singlepic id=6549 w=625 float=center] Descubre nuevos rincones de la ciudad y de uno mismo

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Era mi segunda vez en Sevilla. La primera había sido en febrero de este año, cuando visité la ciudad con la excusa de ir a una de las tantas fiestas organizada por estudiantes de Erasmus, pocos días antes de cruzar a Marruecos. Esta vez, llegué después de haber visitado Lisboa, y mi visita a la ciudad tuve un carácter más diurno (menos fiesta, más caminatas). La vez anterior me había quedado pendiente encontrarme con Cristina, una española que también viaja y escribe, y como esta vez nuestros tiempos coincidieron, me invitó a quedarme en su casa en la Alameda de Hércules, zona de bares. Apenas entré a su casa hice lo mismo que hago (a veces discreta y a veces descaradamente) cada vez que entro por primera vez a una casa ajena: me puse a revisar la biblioteca. Según el nivel de confianza que tenga con la persona, ese escrutinio bibliotecario puede ir desde un vistazo silencioso y semidisimulado de los títulos hasta un manoteo desvergonzado de cuanto libro llame mi atención. Y si bien Cristina y yo recién nos conocíamos, sentí que tenía la suficiente buena onda como para dejarme leer algunas páginas de sus libros. Además había uno que no pude evitar agarrar: “El mundo amarillo”, de Albert Espinosa.

[singlepic id=6567 w=625 float=center] Fiel al estilo Viajando por ahí, entremedio de este texto encontrarán fotos de relleno (todas de Sevilla, eso sí) :)

[singlepic id=6546 w=625 float=center] Amé al pajarito

Lo primero que me llamó la atención fue la tipografía del lomo, pero unos microsegundos después, apenas leí las primeras palabras, até cabos y recordé que hacía varios meses un amigo catalán me había mandado el primer capítulo de ese mismo libro por mail. En aquel entonces leí el capítulo en pocos minutos y me quedé con ganas de leer mucho más, pero como el libro no estaba disponible en internet ni en las librerías argentinas (o al menos eso supuse), lo dejé ahí y me olvidé. Y en ese momento, mientras releía el primer capítulo del libro, se me hizo evidente: tuve que hacer todo este camino (volver a Buenos Aires, recibir el mail de mi amigo, volver a viajar a España, volver a visitar Sevilla, coincidir con Cristina) para reencontrarme con ese libro.

“No hay nada que me atraiga más que la gente que crea mundos”, dice Albert al comienzo de su libro, y lo mismo opino. En su libro, Albert (escritor, director, actor y guionista) habla acerca de los descubrimientos personales que hizo durante los diez años que tuvo cáncer, descubrimientos que le permitieron tomarse de forma positiva todas las circunstancias que le tocó vivir. Pero más allá de esas enseñanzas, lo que más me gustó del libro fue su concepto de “los amarillos”, ya que con esa palabra definió “algo” que está presente en mi vida desde que empecé a viajar y a lo cual nunca supe qué nombre ponerle.

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[singlepic id=6560 w=625 float=center] “Mi alma” versión andaluza 

Hace casi cinco años mi vida está atravesada por los viajes y, quiera o no, tener “el viajar” de rutina hace que mi manera de relacionarme con las personas sea distinta. Siento, además, que hay ciertas cosas que me ocurren con frecuencia y que no sé qué tanto me sucederían si no estuviese viajando. Una de ellas es que viajando conocí a personas que me cambiaron la vida. Con esto no me refiero a amores ni a amigos ni a familiares; tampoco fueron personas que me hayan dado una ayuda monetaria o que me hayan facilitado algún contacto. Son personas con las que tal vez compartí un café, un trayecto del viaje, una charla, un abrazo, una confesión, un llanto, una alegría y que nunca más volví a ver. Personas que en esos minutos, horas o días me ayudaron a ponerme en contacto con una parte muy mía, a ver ciertos problemas desde otra óptica, a entender ciertas cosas y a crecer. Albert Espinosa denomina a este tipo de personas, “amarillos”:

[quote] “En el hospital encontré muchos amarillos, aunque en aquella época no sabía que lo eran. Pensaba que eran amigos, almas gemelas, personas que me ayudaban, ángeles de la guarda. No acaba de comprender por qué un desconocido que hasta hacía dos minutos no formaba parte de tu mundo, después se convertía en parte tuya, te entendía más que cualquier persona de este mundo y notabas que te ayudaba de una manera tan profunda que te sentías comprendido e identificado.”

“Amarillo es la palabra que define a esa gente que cambia tu vida (mucho o poco) y que quizá vuelvas o no vuelvas a ver”.

“Yo creo que los amarillos están en este mundo para que tú consigas saber cuáles son tus carencias, para abrirte y para que la gente se abra.”

“Esas personas dan sentido a tu vida. Armonizan tu lucha interna, te dan paz”. [/quote]

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Según Albert, el encuentro con un amarillo no es algo casual, sino algo que debía suceder. Al igual que con los libros. Cada persona y cada libro que apareció en mi vida lo hizo por algo. Y, ampliando un poco la reflexión, podría decir que cada ciudad y cada pueblo que apareció en mi camino también tuvo su razón de ser. Y cuando pienso en mis viajes como combinaciones de libros con ciudades con personas, todo toma otro sentido. “Las ciudades invisibles” (de Ítalo Calvino) apareció en mi vida en el momento justo en Montevideo, gracias a un escritor que re-apareció en mi vida también en el momento en el que yo necesitaba conversar con un escritor que tuviera años de experiencia. “Ébano” (de Ryszard Kapuściński) y la doctora Sonia también me acompañaron en un momento clave, cuando estaba sola en Guatemala con dengue y no podía parar de llorar tras darme cuenta de lo frágil de la vida. Los libros de Paul Theroux también llegaron cuando los necesitaba, ya no recuerdo en manos de quién, mientras viajaba por Asia (y Paul Theroux, quien es a la vez el escritor y una versión ficcionalizada de sí mismo, me acompañó desde sus vagones de tren y sus viajes en kayak y me hizo darme cuenta de que no estaba tan loca por querer viajar y por querer vivir de mi escritura).

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Si los libros de papel no existiesen, ¿cómo haría para seguir teniendo estos encuentros? ¿Cómo harían ellos para aparecer (de manera física y real) en mi vida? Cada libro que me llevo a casa es más que una colección de hojas escritas: es un objeto que me recuerda un lugar, un momento de mi vida, una persona, una experiencia. Por eso en mi biblioteca no guardo solamente libros, sino recuerdos de personas, dedicatorias, flores secas, señaladores, postales y momentos. Y si todavía me faltaba convencerme de que son ellos, los libros, los que me encuentran y no yo a ellos, hubo un acontecimiento que me dejó sin palabras.

[singlepic id=6561 w=625 float=center] Me dejó sin palabras como “La Seta”, ese edificio-escultura que rompe con la arquitectura tradicional de Sevilla

[singlepic id=6551 h=625 float=center] Me hizo sentir chiquita 

[singlepic id=6554 w=625 float=center] Como hombre frente a árbol de navidad

Apenas llegué de España a Buenos Aires (hace menos de una semana) sentí un enorme impulso de revisar mi biblioteca. Era algo que ya venía pensando en el avión: tengo que revisar mi biblioteca, tengo que revisar mi biblioteca. No me pregunten por qué. Llegué a casa, entré a mi cuarto, miré los títulos uno por uno y apenas lo vi lo agarré, sorprendida: pero ¿cómo? ¿cuándo me compré este libro? Sé que alguien me lo había recomendado y se ve que por eso lo compré, pero no recuerdo haberlo leído (y mucho menos comprado)… Fue él quien me había estado diciendo, quién sabe cómo, “Ani, revisá tu biblioteca”. Así que lo saqué y empecé a leerlo ahí mismo. No sé cuántos años estuvo ahí escondido, esperándome, pero era claro que había llegado el momento de leerlo. Mucha mayor fue mi sorpresa cuando me encontré con el siguiente párrafo (el libro no es de viajes):

[quote]“Un paseo por las calles de una ciudad en el extranjero, guiado por las indicaciones de la intuición, resulta mucho más gratificante que una excursión planeada según lo ya probado y experimentado. Ese paseo es algo totalmente distinto de un vagabundeo al azar. Dejando los ojos y los oídos bien abiertos, uno permite que sus gustos y sus rechazos, sus deseos e irritaciones inconscientes, sus pálpitos irracionales lo guíen cuando hay que optar entre doblar a la derecha o a la izquierda. Uno se abre camino en una ciudad que es sólo suya, que le depara sorpresas destinadas sólo a uno. Y descubre conversaciones y amistades, encuentros con personas notables. Cuando uno viaja de esta manera es libre; no “debe” ni “tiene que” hacer nada. Tal vez la única estructuración es el horario del avión al partir. A medida que se despliega el dibujo de la gente y los lugares, el viaje, como una improvisada pieza musical, revela su propia estructura y ritmos internos. Así se prepara el escenario para los encuentros que brinda el azar.”[/quote]

Como si lo hubiese escrito yo. Intuición, pálpitos, escenario, azar. Palabras que definen este momento de mi vida.

El libro se llama “Free Play: la improvisación en el arte y en la vida” y es de Stephen Nachmanovitch. Y con su súbita e inexplicable reaparición me demostró que a veces es necesario irse al otro lado del mundo solamente para regresar y darnos cuenta de que el libro que buscábamos nos estaba esperando en nuestra propia biblioteca.

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La edad de los viajeros

Según la Escala Phillipe, yo tengo unos 100 años de vida, y Walter —otro viajero, también conocido como Che Toba— tiene 70. ¿Cómo funciona esta escala? Walter cuenta que en uno de sus viajes conoció a Phillipe, un hombre que dedicaba todo su tiempo a viajar y que decía tener 408 años de vida. Phillipe explicó que él calculaba la edad según el tiempo de vida invertido en viajar. Lo más común es que la gente viaje 15 días al año, durante sus vacaciones: cada quincena de viaje, por ende, equivale a un año de vida. Alguien que viaja un año entero sin parar ve y vive lo que a otros les llevaría 24 quincenas (cada año tiene 24 quincenas) o 24 años de sus vidas. Entonces yo, por ejemplo, que ya llevo unos 4 años de viaje (y unas quincenas sueltas más), estoy casi en el primer siglo de vida (porque 4 x 24 da 96). “Viajar alarga y ensancha la vida”, afirmó CheToba durante la presentación de RedViajAR en la UADE (un día antes de que Demian y yo saliéramos a dedo para Córdoba), y nos dejó a todos los viajeros asintiendo. Y, pocos días después, Walter nos recibió junto a su familia en “El Rancho Toba”, su casa en Villa Nueva (al lado de Villa María, provincia de Córdoba).

[singlepic id=6154 w=625 h= float=center] Primeras impresiones de Villa María… Mucha tranquilidad.

Quienes lo conocemos estamos convencidos de que debería cambiar el teclado por el escenario y convertirse en el primer blogger de viajes con un show de humor y stand-up (¿o ya habrá alguno que decidió abandonar la cibervida para convertirse en capocómico? nunca se sabe…). “CheToba: viajes y risas”. Éxito garantizado. Tiene mucho para contar ya que pasó por todas (y todo se lo toma con humor): es rosarino, vivió en Buenos Aires, en un pueblito de Brasil y ahora en Córdoba, viajó de mochilero por Sudamérica con su mujer (casi tienen a su hija en el camino), fue uno de los “12 apóstoles” de internet (creo que está conectado a internet desde antes de que existan los modems), fundó empresas online y llegó a ser tapa de la revista VIVA por ser un emprendedor. “Ahora soy blogger de viajes”, dice como si estuviera dando testimonio frente a cámara para un reality show. Y el año pasado realizó una de sus hazañas más grandes: viajó 7 meses en camioneta, desde Córdoba (Argentina) hasta las oficinas de Google en San Francisco (Estados Unidos), con su mujer (Marcela) y sus hijos adolescentes (Sofi y Toto). Y así fue como los CheToba se ganaron el título oficial de Familia Viajera.

 [singlepic id=6179 w=625 h= float=center] La Familia CheToba

 [singlepic id=6157 w=625 h= float=center] Detalles del “Rancho Toba” que me gustaron

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Probablemente los que me leen a mí pensarán que yo “puedo viajar” porque “soy joven y no tengo hijos”. Pero Walter (y tantas otras familias que están viajando silenciosamente por ahí y que no tienen “prensa” o visibilidad) demuestra que no hay una edad ni una “situación ideal” para cumplir los sueños. Y acá hago un paréntesis que viene al caso. Todos los días recibo mails de personas que se sienten “muy jóvenes” o “muy grandes” para viajar: si bien yo estoy en lo que muchos consideran “la edad ideal para viajar”, creo que esa edad ideal no existe. Yo siempre dije que quiero ser viajera toda la vida, tenga familia o no, con hijos o sin hijos, y no voy a permitir que el “hacelo ahora que podés” me frene o me haga creer que mis sueños tienen fecha de vencimiento. Hace unos días conocí personalmente a la familia Zapp (Herman y Cande viajan por el mundo en auto hace más de 12 años, tuvieron 4 hijos en el camino y escribieron el libro “Atrapa tu sueño” contando su historia) y gracias a ellos conocí a muchísimas otras familias que también viajan por el mundo con chicos de todas las edades: parejas que van con su bebé en bicicleta, familias que viajan en kombi, padre e hija que van en moto, familias enteras que se van en motorhome. Y la lista sigue. Es cuestión de dejar todas las excusas de lado y saber que SE PUEDE, que si uno quiere, es necesario hacer ciertos sacrificios, pero se puede. Si otros lo lograron, ¿qué nos lo impide?

 [singlepic id=6183 w=625 h= float=center] Con los Zapp, un gran ejemplo de vida

 [singlepic id=6181 w=625 h= float=center] Los CicloViajeros van en bici con una beba (¿vieron qué lindo el carrito que le armaron atrás?)

 [singlepic id=6182 w=625 h= float=center] Moto viajera con sidecar a medida

Che Toba dice que él va a escribir un nuevo best-seller —“Atrapa tus miedos”— para que la gente “atrape sus miedos”, los guarde en un placard y se dedique a “vivir sus sueños en vez de soñar su vida”. Durante su presentación en Red ViajAR (que pueden ver en su blog), Walter fue derribando uno a uno (a través de su ejemplo) los miedos típicos que nos impiden salir de viaje: “no se puede viajar con chicos” (él tiene hijos adolescentes y se fueron igual), “no puedo dejar la casa sola” (ellos la dejaron durante 7 meses), “seguro que me roban” (tuvieron cero robos, ni siquiera se les pinchó una rueda), “no puedo dejar a mi familia, a mis padres” (él tiene su historia personal con respecto a eso y no permitió que fuera un impedimento), “necesito mucha plata, viajar es cosa de ricos o hippies” (ellos no son ni lo uno ni lo otro, y se animaron). Una de las cosas más importantes a la hora de planear un viaje, según él, es ponerse una fecha límite y salir ese día sí o sí, sin importar si está todo listo o no (¿estará “todo listo” alguna vez? El momento ideal no existe…). Tampoco hay que sentirse decepcionado si uno no llega a su meta (cuando yo me fui de viaje por América latina me puse como meta México y no llegué, cuando me fui por Asia me puse como meta India y tampoco llegué, pero nunca sentí que decepcionaba a nadie). En su casa pudimos ver el mapa de América latina que pegó en la pared al lado de su computadora cuando el viaje con su familia era solamente un sueño compartido. Ahora, esa mapa se llenó de anécdotas, caras e historias, y la familia sueña con nuevos destinos.

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 [singlepic id=6164 w=625 h= float=center] Esta lechuza es amiga de Walter

 [singlepic id=6165 w=625 h= float=center] Y el gato seguramente también (es del barrio)

 [singlepic id=6171 w=625 h= float=center] Arte callejero en Villa María

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Durante nuestros días en Villa Nueva hicimos vida tranquila, jugamos al ping-pong (fue un duelo muy parejo, pero perdí 19 a 21), salimos a caminar por los alrededores del barrio, hicimos burbujas en una escuelita (próximamente un post de Burbujas por ahí), paseamos por el centro de Villa María, fotografiamos graffitis, anduvimos en bici y, como era obvio, nos la pasamos hablando de viajes. No solamente de viajes, sino de la parte “no glamorosa” de los viajes: eso que, según Toba, “no siempre sale en las fotos ni te cuentan en libros o blogs de viajes”. Si bien yo conozco “El Lado Oscuro de los Viajes” (fah!) a veces lo doy tan por sentado que ni lo cuento, o tal vez será que privilegio tanto lo “lindo” por sobre lo “incómodo” que dejo esta parte de lado. Pero es cierto y está bueno que lo sepan.

 [singlepic id=6174 w=625 h= float=center] The Dark Side of Traveling!

En palabras de Toba: durante un viaje hay días en los que no te podés bañar, ni afeitar, ni peinar, ni depilar ni cambiarte de ropa (porque ya no te quedará ropa limpia en la mochila). Hay días en los que te vas a querér volver (doy fe de que existen). Hay días en los que vas a llorar (y mucho) (y si estás viajando sola, no vas tener hombro donde apoyar tu cabeza). Hay días en los que vas a decir: “¿qué hago acá? ¿quién me mandó a viajar?” y vas a soñar con teletransportarte a tu casa. Hay días en los que te vas a frustrar y te vas a pelear con quien sea que esté al lado tuyo (amigo, pareja, familia, desconocido). Pero una vez que estás en la ruta y aprendés que viajar también implica estar incómodo, que también implica tristezas, que también implica momentos duros, te vas a ir amoldando. Probablemente no sea fácil y te lleve tiempo acostumbrarte, pero las recompensas van a llegar tan rápido (en forma de paisaje, de sonrisa, de abrazo, de foto, de momento) que vas a aprender a convivir con esas incomodidades y lo único que vas a querer… es seguir viajando.

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Yo lo pienso así: viajar me hace feliz, y para ser feliz no existe una edad ideal. Tenemos toda una vida para descubrir qué es lo que nos hace felices y para ir en busca de eso. Y cuando empiecen a viajar van a ver que van a dejar de contar los años en la escala tradicional y se van a dar cuenta de cuán acertada es la Escala Phillipe. Yo recién tengo 100 años y espero que me queden varios siglos de vida por delante.

 [singlepic id=6180 w=625 h= float=center] Familia: ¡gracias por todo! ¡Sigan viajando!

BIS: Chiste CheTobiano

¿Cuál es el colmo de un blogger de viajes?

Que tenga el blog cerrado por vacaciones.

***

Pueden hacerse amigos y seguir las andanzas de esta familia viajera en: chetoba.com.ar

puente (Lisandro me dio la mano)

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En algún lugar de la provincia argentina de San Juan vive un nene llamado Lisandro. Lo conocí hace dos semanas, cuando la combi en la que viajábamos frenó frente a su casa y él se asomó por la puerta con curiosidad. Estaba entretenido con una manivela y se quedó parado, mirándonos, con su juguete en la mano. Me bajé de la combi y mientras caminaba hacia él su mamá salió de la casa, lo alzó en brazos y me saludó amablemente. Me acerqué a ellos, les sonreí y Lisandro me agarró la mano. Duró pocos segundos, pero ocurrió: Lisandro, un nene que vive en algún lugar de San Juan, estiró su brazo y agarró mi mano. Después de eso me fui y nunca más nos volvimos a ver. ¿Lisandro se acordará, de acá a varios años, que cuando era chico le dio la mano a una desconocida que estaba de paso por su pueblo? ¿Ese pequeño gesto de contacto humano cambiará en algo su vida? Probablemente no de manera consciente.

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Cuando los miré de frente, a él y a su mamá, estuve muy tentada de sacarles una foto. Tenía la cámara colgada en el cuello y estaba a un “permiso” del disparo, pero no lo hice. Preferí llevarme la imagen en la retina y no en la cámara, preferí no poner un aparato en medio de nuestro pequeño gesto, preferí ser la única en tener la fotografía mental de ese momento, preferí mirar sin disparar. Me pareció lo más sincero. Para algunos puedo haberme perdido una gran foto; yo, en cambio, siento que gané un recuerdo. Sacar fotos es algo que me encanta, pero muchas veces necesito ponerme un freno y dejar que la imagen quede guardada solamente en mi memoria y no en una memoria SD.

Cuanto más viajo más lo compruebo: lo lindo de moverse por el mundo es entrar en contacto con su gente, es conocer a aquellos que habitan cada paisaje. Sería muy triste dar la vuelta al mundo y no encontrar más que escenarios vacíos, sería poco reconfortante llegar a pueblos y ciudades llenos de gente pero desprovistos de contacto humano. Lo que más me llena de viajar es conocer a toda esa gente que habita en cada milímetro del planisferio y ser capaz de encontrar puntos en común, ser capaz de tender puentes con y hacia ellos. Esos puentes que tendemos al viajar pueden estar construidos con palabras (charlas), con gestos (cuando el lenguaje no sirve), con sonrisas (ese idioma universal), con sentimientos o con algo tan simple como dos manos que se agarran. Seguramente Lisandro no recordará que formó un pequeño y adorable puente conmigo, pero estoy segura de que ese gesto quedará guardado en el inconsciente de ambos y nos impulsará a seguir tendiendo puentes con todas las personas que pasan por nuestro camino. Al fin y al cabo de eso se trata viajar/vivir, ¿no?

[box border=”full”]Este viaje fue posible gracias a Viajá por tu país (Ministerio de Turismo de La Nación) y fue el primer viaje de prensa para bloggers realizado por un ente gubernamental de Argentina. [/box]

wanderlust
(un fuerte impulso o deseo de recorrer y explorar el mundo)

Las palabras definen nuestra manera de ver el mundo (o nuestra manera de ver el mundo define las palabras que usamos para expresarlo… nunca pude decidirme por una opción). Siempre me llamó la atención eso de que en ciertas culturas hubiera diez o veinte términos para matizar un concepto que en otras culturas no requiere más que una entrada en el diccionario (o a veces ninguna). Si bien muchos afirman que es un mito, estoy segura de que los esquimales tienen más de una palabra para referirse a la nieve y a su color, también estoy segura de que aquellos que viven en el desierto dicen “arena” o se refieren a su textura de muchas maneras más que nosotros, y los que viven en el mar tienen palabras específicas para cada tipo de ola… Esta multiplicidad de palabras para una misma cosa dice mucho acerca de la cultura que las utiliza porque, al fin y al cabo, demuestra cuáles son los elementos importantes para cada grupo humano (el agua, la nieve, la arena, la naturaleza…).

Hay un término que me gusta muchísimo y que no tiene traducción exacta al castellano: wanderlust. Proviene del alemán (se originó de las palabras wandern que significa “caminata” y lust que significa “deseo”) y fue trasladada al inglés en 1902. Wanderlust significa, en inglés, “a strong desire for or impulse to wander or travel and explore the world” (wanderlust quiere decir, entonces, “un fuerte deseo o impulso de recorrer y explorar el mundo”). Una de las palabras más lindas que conozco, sobretodo porque la siento y la vivo día a día, incluso antes de que supiera que existía. Cuando la escuché por primera vez, en Malasia, me sorprendí muchísimo: no pensé que hubiera un término tan específico para describir esas ansías de querer salir de viaje por el mundo. En castellano no existe una palabra así y yo tengo un wanderlust que me muero, ¿cómo hago para expresarlo?

Hoy estoy para una sesión de Viajeros Anónimos, ¿alguien se suma? Hola, me llamo Aniko y hace cinco meses que no hago un viaje largo. Sí, ya sé que en este último tiempo viajé, me fui a Uruguay, a República Checa, a San Juan… pero fueron viajes cortitos, escapadas, y lo que me pide mi alma es otro tipo de viaje, uno de esos viajes largos, mínimo de un año, máximo de mil. Es tan distinto hacer un viaje corto que hacer un viaje largo…

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Un viaje corto nunca deja de ser un viaje, una escapada, una vacación. Un viaje largo deja de ser un viaje para convertirse en la vida misma.

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Un viaje corto nace con fecha de vencimiento. Un viaje largo puede durar para siempre.

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Un viaje corto intenta condensar recorridos, paisajes, comidas, personas y experiencias en el menor tiempo posible. Un viaje largo tiene momentos de inacción, espacios vacíos, tiempos libres.

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Un viaje corto tiene un ritmo frenético, acelerado (“¡hay que ver todo porque hay poco tiempo!”). Un viaje largo tiene un ritmo mucho más natural, mucho menos cansador.

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Un viaje corto no deja mucho lugar a la improvisación. Un viaje largo termina siendo pura improvisación (es imposible planear cómo será nuestra vida de acá a un año).

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 Un viaje corto es un paréntesis en la rutina. Un viaje largo se termina convirtiendo en una rutina: en la rutina de la no-rutina (¿se entiende?). :D

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Necesito un nuevo viaje largo. Con mayúscula: Viaje Largo. Necesito recorrer un país sabiendo que luego voy a pasar a otro país y a otro país y a otro país… Necesito saber que no tengo una ruta fija, que cualquier ruta puede ser mi ruta. Necesito irme sin saber cuándo voy a volver. Con eso en mente, el camino se vive de otra forma. Necesito volver a viajar por ahí como me gusta a mí: sin tiempos, sin planes, sin fechas, con todo el mundo por delante.

Necesito un viaje largo. Tengo un wanderlust que me está matando.

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El Decálogo de Viajando por ahí

Hoy Viajando por ahí tiene ganas de hacer una declaración de principios. Nada más y nada menos.

Uno

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Dos

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Tres

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Cuatro

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Cinco

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Seis

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Siete

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Ocho

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Nueve

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Diez

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En conclusión…

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viajera duplicada

A veces siento que vivo dos vidas. Una, la de viajera que se va sola por el mundo. Otra, la de chica que vive en Buenos Aires. Si bien en las dos vidas soy la misma persona, es como si fueran mundos separados.

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Cada vez que vuelvo de un viaje y me reincorporo a la ciudad de la furia —mejor conocida como Buenos Aires— me cuesta reconocerme como “la viajera”. Voy, por ejemplo, en la Línea E del Subte, miro a la gente a mi alrededor y pienso que hace varios meses las caras que me miraban desde algún tren tenían rasgos asiáticos, hablaban otros idiomas y me traspasaban con esa mirada curiosa y penetrante. Y ahí, mientras recuerdo eso, me pregunto: ¿pero esa era yo? ¿Verdaderamente era yo la que viajaba sola por China sin saber una palabra? ¿Era yo la que usaba gestos para comunicarse? ¿Era yo la que andaba caminando sin rumbo por calles de pueblitos perdidos? Y a la vez, pienso: ¿esta persona que ahora está sentada frente mío se imaginara que soy viajera? ¿Se dará cuenta por mi cara? ¿O seré, simplemente, una porteña más que usa el transporte público para ir hacia algún lugar de su ciudad y de su vida rutinaria? Porque en Asia es obvio que soy viajera, pero en Buenos Aires podría ser cualquier cosa.

 [singlepic id=5684 h=625 float=center] The city of fury!

Cada vez que vuelvo y cuento una anécdota de viajes —cosa que no hago “tanto” porque para eso está este blog— siento que estoy hablando de otra persona, que estoy contando un cuentito que leí en algún blog, protagonizado por una chica que no soy yo. Porque no hay manera de que yo, esa chica tranquila que vivió toda su vida en una ciudad, haya vivido todo eso que estoy relatando. Me causa gracia decir “porque cuando estuve en Laos hice tal cosa” o “en Vietnam conocí a tal persona” o “en España me pasó tal cosa”. ¿Cuándo estuve yo en Laos? ¿Y encima SOLA?

 [singlepic id=5685 w=625 float=center] Aniko en China con mujeres de una minoría… ¿Se fijaron bien para ver si no hay Photoshop de por medio?

 [singlepic id=5690 w=625 float=center] Rodeada de indonesios en un templo. Esto claramente es fotomontaje.

También me pasa cuando expongo fotos y alguien que no me conoce se me acerca y me pregunta: “¿Vos estuviste en todos esos lugares?”. Automáticamente sonrío y digo sí, y por dentro pienso: “¿Yo estuve en todos esos lugares? ¿Realmente fui YO la que estuvo frente a esa imagen?”

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 [singlepic id=5692 w=625 float=center] La evidencia indicaría que esta foto SÍ la saqué yo

Me pasa, también, que la gente me escribe mails y mensajes. Cuando estoy de viaje lo entiendo, me parece incluso lógico: en ese momento soy “la viajera” y todos me escriben mensajes hablándome de viajes, preguntándome cosas, felicitándome por lo que hago. Pero cuando recibo esos mensajes tan lindos estando en Buenos Aires —cuando no soy más que “una chica que escribe”— me siento rara: ¿qué verán en esa “viajera” a la que le escriben? Me encanta pero a la vez siento que la destinataria de esas palabras no soy yo sino otra Aniko que se quedó dando vueltas por ahí.

 [singlepic id=5694 w=625 float=center] Seguro que le escriben a esa chica que se quedó en una mesita de Singapur…

A veces me imagino que queda una Aniko en cada camino que no tomé: una Aniko quedó en África (estaba en Marruecos y se le ocurrió seguir viajando por África), otra quedó en Barcelona (esa ciudad que tanto ama), otra quedó en Asia (tal vez decidió instalarse en Penang, ese rinconcito de Malasia que tanto le gusta), otra está en Buenos Aires (y nunca viajó, nunca se animó a dar el primer paso).

  [singlepic id=5680 w=625 float=center] La otra vive frente al Riachuelo

Esto que me pasa difícil de explicar y me parece que varios deben pensar que tengo algún tipo de esquizofrenia, pero les juro que no. Para tratar de entenderme piensen en esto: ¿alguna vez hicieron algo que jamás creyeron que se iban a animar a hacer? ¿Alguna vez hicieron algo que les parecía ENORME, lejano, imposible? Lo que sea: tirarse en paracaídas, decirle a alguien lo que sentían, irse solos/as a algún lugar desconocido… Si piensan en eso ahora, ¿no se les cruza por la cabeza la frase “No puedo creer que yo hice eso”? Bueno, algo así me pasa. Es como si viviera entre dos mundos, y cada vez que me meto de lleno en uno, el otro me resulta lejano, raro, desconocido. Porque cuando estoy viajando, Buenos Aires me parece un lugar en el que viví durante alguna otra vida…

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 [singlepic id=5682 w=625 float=center] El mundo de Buenos Aires, que conozco bastante bien;

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 [singlepic id=5683 w=625 float=center] y el mundo a secas, ese que voy conociendo de a poco.

Y me pasa algo raro con estos dos mundos (viajes/no-viajes, el mundo/Buenos Aires, viajera/soñadora, nómada/sedentaria): cada vez que entro en uno, es como si nunca me hubiese ido, es como si ese mundo fuese natural para mí, todo fluye normalmente, ninguno me cuesta. Me voy de viaje y estoy en mi estado natural, pero vuelvo a Buenos Aires y es como si nunca me hubiese ido. Cada mundo se maneja con sus propias reglas, en cada mundo tengo una “rutina” (que incluso puede ser la “no-rutina”). A veces esos mundos se mezclan y vivo Buenos Aires como si estuviera viajando y vivo un viaje como si estuviera en Buenos Aires: estoy en una ciudad lejana y desconocida y es como si estuviera en casa, hago una vida tranquila, escribo, me veo con amigos (amigos que tal vez conocí ayer y ya no veré mañana); estoy en Buenos Aires y observo todo como si fuera extranjera, miro todo con sorpresa, quedo cautivada con las luces de calle Corrientes, con las construcciones antiguas de la ciudad, con las ferias callejeras…

  [singlepic id=5679 w=625 float=center] Y me sorprendo con los atardeceres de cualquier lugar…

Me imagino el día que tenga nietos y les cuente: “Porque yo cuando tenía veintipico viajé por todos lados sola, me puse la mochila y me fui por Asia, y en esa época no era como ahora (?)”, y los nietos van a decir: “Uy, la abuela tiene que tomar la medicación, está desvariando de nuevo y se pone a inventar historias”… :D

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Menos mal que escribo este blog y tengo fotos de todo, porque creo que si no tuviera evidencia llegaría un día en el que empezaría a preguntarme si realmente lo viví o simplemente lo soñé.

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vecinos
(o Recuerdos de mis viajes a Uruguay)

Soy una chica de edificio. Viví toda mi vida en un piso 18 con vista a Buenos Aires, en un edificio donde hay cuatro departamentos por piso (el A, el B, el C, el D), en un edificio donde hay 24 pisos (y uno duplex arriba de todo), en un edificio donde, por ende, hay casi 100 espacios iguales ocupados por 100 familias distintas (o personas solas, o parejas, o amigos, o extraños). Eso de crecer en un edificio me generó una costumbre un poco extraña: desde chica me encantaba entrar a los departamentos ajenos (de mis vecinos de edificio). Me intrigaba (y me intriga) muchísimo ver cómo dos espacios que físicamente son iguales cambian tanto al ser habitados por personas distintas.

Qué bien me sentía cuando entraba, por ejemplo, al 9 D o al 17 C (con la excusa de “acompañar a mi mamá”) y veía que donde yo tenía mi cuarto ellos tenían una sala de estar y que donde yo tenía alfombra ellos tenían parquet y que donde yo tenía un espejo ellos tenían una pared vacía y que donde yo tenía una cocina blanca ellos tenían una cocina plateada y que donde yo tenía juguetes de nena ellos tenían juguetes de nene y que donde mi mamá tenía su taller de pintura ellos tenían simplemente un balcón grande. Qué gran descubrimiento fue entrar a aquel departamento donde vivía una pareja filipina y ver mi casa en versión asiática. O entrar a alguno de los departamentos “A” o “B” y ver que tenían vista a una parte de la ciudad que yo desconocía. O entrar al piso 1 y ver lo cerca que estaba la calle de la ventana. Cómo me gustaba meterme en departamentos ajenos y espiar ese espacio tan parecido al mío pero decorado de forma tan distinta. Era como viajar a una realidad paralela, como entrar a las otras 99 posibilidades de “lo que podría haber sido mi departamento”.

[singlepic id=5397 w=625 float=center] Todas las fotos de este post son “viejas”, las saqué en otros viajes a Uruguay. Esta, por ejemplo, es de Montevideo en el 2010.

Si bien este afán de espiar departamentos ajenos es algo que tengo desde chiquita, recién me di cuenta de que existía como tal ayer, mientras viajaba en auto de Colonia a Montevideo y se me cruzó por la cabeza la palabra “vecinos”. Uruguay y Argentina somos vecinos. Vecinos muy cercanos, muy parecidos y muy distintos a la vez, pero vecinos al fin. Estamos al lado. Si fuéramos edificios podríamos espiarnos de ventana a ventana de tan cerca que estamos. Con Uruguay, como buenos vecinos que somos, nos miramos constantemente, estamos atentos a lo que hace el otro y nos conocemos, por lo menos en base a lo que vemos a través de esas ventanas que nos separan.

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Entré a este departamento llamado Uruguay varias veces en mi vida. Cuando era chica, al igual que cuando entraba a los departamentos de mis vecinos de edificio, lo hice de la mano de mi mamá y mi papá, con bastante timidez pero siempre con la mirada atenta. Pasamos varios veranos en Punta del Diablo y en La Paloma y nos hicimos muy amigos de una familia uruguaya a la que nunca más volví a ver (pero que aún hoy recuerdo). Durante mis 15 pasé algunos que otros días en la movida veraniega de Punta del Este —a la que nunca más volví ni creo que vuelva—. Más adelante, con menos de 20 años, volví con amigas y descubrí el encanto de Colonia, la paz de Montevideo, la vida de barrio de Parque Rodó, el No Te Va Gustar y su buena onda (los saludé en persona y todo), el Cuarteto de Nos y sus canciones rimadas. De vuelta en Buenos Aires me enamoré de Mario Benedetti, de su poesía, de sus cuentos, de sus novelas.

[singlepic id=5405 w=425 float=center] Foto muy retro en Punta del Diablo (soy la pequeña de la izquierda, estoy junto con mi prima Ceci)

[singlepic id=5398 h=625 float=center] Por las calles de Montevideo (si se fijan, la ropa de los nenes combina con los colores del mural)

[singlepic id=5389 w=625 float=center] Escenas montevideanas

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[singlepic id=5406 w=625 float=center] En motito por Colonia

La última vez que vine fue hace dos años y medio, antes de irme a Asia, con una de mis mejores amigas. Alquilamos una motito y nos apropiamos de las calles de Colonia, nos sentamos en el faro y nos hicimos amigas de dos entrerrianos que andaban medio perdidos, festejamos Año Nuevo en un camping de Piriápolis con amigos uruguayos, volvimos a Montevideo y descubrimos Ciudad Vieja y sus calles desiertas un domingo, las curiosidades de la Feria Tristán Narvaja, el Puerto, la murga callejera, los y las montevideanos/as. Nunca me hice amiga del mate uruguayo, si bien acá todos nacen con el termo bajo el brazo y van cebando mate incluso mientras andan en bicicleta (lo vi). Entiéndanme: es que no tomo mate ni en Argentina, es una costumbre que jamás adquirí. De la que sí me enamoré fue de Montevideo… Y ahora, cada vez que me canso de Buenos Aires, pienso: “¿y si me instalo en Montevideo?”.

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Ahora, más de dos años después de la última vez, estoy de vuelta acá, en un departamento que visité varias veces y que, al irme, siempre me dejó con nostalgia y ganas de más. Uruguay es, para mí, como ese vecino que vive en el depto “C” (o la letra que esté justo enfrente de nuestra puerta) y al cual le tocamos el timbre bastante seguido para hacerle alguna consulta, pedirle algo o simplemente saludarlo, y cada vez que él abre su puerta aprovechamos para espiar el interior, para ver cómo vive, qué hace, cómo tiene decorado su departamento… Esta vez no vine solamente a espiar unos minutos, sino con el plan de quedarme (espiando) dos semanas. Vengo a coparle el depto a Uruguay. Vengo a instalarme por unos días con el objetivo de dejar de ser una mera espía y convertirme en una huésped con todas las letras. Vengo a conocer a este vecino del cual sé tanto y tan poco a la vez. Uruguay, ya llegué. Gracias por recibirme. Prometo no molestar ni ensuciar.

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momento viajero sublime

I am not your rolling wheels
I am the highway
I am not your carpet ride
I am the sky

(Léase “I am the skaaaaaaa-aaaaa-i”)

Descripción del momento en el que mejor me siento cuando viajo:

Voy sentada en un asiento. Puede estar sucio, roto, destartalado, no me importa, lo único que me importa es que esté ubicado dentro de algún tipo de transporte en movimiento.

Voy apoyada contra la ventana. Puede estar sucia, empañada, llena de tierra, rota, no me importa, lo único que me importa, oh por favor, es que esté abierta.

Me da el viento en la cara. Puede ser viento frío, viento húmedo, viento pegajoso, aire fresco, aire nocturno, aire iluminado. No me importa. Que sea viento y que me dé en la cara, sólo pido eso.

Siento cómo la ruta avanza bajo mis pies. Puede ser una ruta de ripio, de alta montaña, asfaltada, llena de baches, de tierra, polvorienta, puede ser también una vía, incluso puede ser acuática. No me importa, lo que me importa es sentir cómo avanzo, cómo recorro kilómetros y kilómetros de esa ruta a la velocidad que sea.

Por la ventana veo un paisaje. Puede ser un paisaje urbano, un paisaje rural, un paisaje desierto, un paisaje nevado, un paisaje selvático, un paisaje marítimo, un paisaje pelado, un paisaje lleno de cosas. No me importa, no me importa mientras por mi ventana se cuele algún tipo de paisaje, el que sea.

Ese paisaje pertenece a algún país. Puede ser un país lejano y remoto, puede ser mi país. No me importa, no me importa el nombre del país, qué más da el nombre del país, los paisajes pertenecen a nuestro mundo más que a un país.

Esa ruta tiene un nombre. Puede ser la 40, la 66, la Panamericana. Pero no me importa. Qué más da el nombre de la ruta, para mí no existen los nombres ni las rutas, para mí existe La Ruta, esa que voy transitando de a poco cada vez que viajo por el lugar que sea, esa que cubre el mundo entero, que no tiene principio ni fin, que me lleva a cualquier lado, que nunca deja de avanzar, que siempre es una posibilidad, que siempre está ahí, esperándome.

Voy en silencio. Aprovecho para escuchar música, para leer, para tomar apuntes, para mirar a mi alrededor, para mirar a la gente, para hablar conmigo misma, para reflexionar y, sobre todo, para mirar por la ventana.

Y si justo en ese momento en el que voy sentada en un asiento, apoyada contra la ventana, con el viento que me pega en la cara, con la ruta que avanza bajo mis pies, con la velocidad del paisaje que entra por mi ventana y con la música puesta empieza a sonar “I am the highway” de Audioslave (canción rutera si las hay), ya está. Momento Viajero Sublime x 1000. Felicidad total. ¿Qué más puedo pedir?

guia-para-viajeros

Y si, por el contrario, estoy como ahora sentada en mi escritorio, estática, mirando Buenos Aires por la ventana, inmóvil, con la ventana abierta pero sin el viento que me pega en la cara, frenada, y pongo esta canción y cierro los ojos… logro transportarme otra vez a esa Ruta por la que espero recorrer muchos viajes más….

(este tema, en su defecto, también genera el efecto Momento Viajero Sublime x 1000 de Felicidad Total)

Viajeros Anónimos
(El primer grupo de autoayuda para adictos a los viajes)

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Hola todos, me llamo Aniko y soy adicta a los viajes.

Vengo acá porque ya no sé con quién hablar. Hace veinte días toqué fondo. La abstinencia me estaba matando, me sentía mal, me dolía la cabeza, me iba a dormir a cualquier hora, todo me parecía gris… Así que tuve que hacerlo. Una noche estaba chateando con mis amigos bloggers de viaje (sí, porque ahora la mayoría de mis amigos son bloggers y/o viajeros, y con casi todos chateo porque somos muy geeks) y alguno (puede que haya sido yo, puede que no, aunque yo siempre hago estas cosas) propuso aprovechar el feriado del 9 de julio e irnos de viaje todos juntos. Tiramos ideas, alguno dijo Mendoza, otro dijo Uruguay, alguien dijo Tandil. Finalmente decidimos que lo mejor era ir a Uruguay, y la charla siguió así:

(Pongo las iniciales de los involucrados para proteger su intimidad, aunque estoy segura de que cuando lean esto se van a sumar al grupo V.A., que by the way, tiene mis iniciales invertidas)

M:

definamos fecha

S:

Dale 

Aniko:

yo me puedo ir YA

jajajaaj

los espero allá

internada en cabo polonio

vamos lo antes posible

yo necesito mi dosissss (de viaje)

estoy sufriendo la abstinencia

M:

la idea sería el Viernes 6/7 al 9/7

hay precio en la web de colonia desde 98 pesos ARGENTINOS

Aniko:

no pueden quedarse más?

esaaaa

compremos yaaa

M:

salida 9hs y regreso 20:45hs

por si se quiere aprovechar al máximo

S:

Na recien veo q tengo mesa en uade

El viernes

Pero tipo 13 estoy off

Aniko:

yo salgo a las 9

ya fue

pasá el link

así comprooo

S:

Pará nena

Aniko:

jajajaja

me voy igual

si no vienen

S:

Viajandorapidoporahi

JP:

tiene abstinencia!

Aniko:

jajajaja

viajandoporahiconabstinencia

M:

se puso loooooca

Aniko:

no puedo más

no puedo máaaaaasssshfjdhsfjdhsjk

S:

Ponganle clase turista o discovery a ver si se calma

Aniko:

pasame la jeringa que me inyecto un pasaje

M:

na, a todos nos pasa igual

S:

Easy easy aqui tenes una lonely planet

M:

no puedo ver la torre eiffel… no puedo ver nada de Europa que me pongo mal

bueno, me voy a cenar…

me avisan lo que definieron

S:

Aniko ya viajó, esta escribiendo desde el bote

Aniko:

JAJAJJA

transmitiendo en vivo desde el colonia express

ya estoy en pto madero

S:

Bue loco este foro es un quilombo

Aniko:

jejejej

me cago de risa

bueno, vamos?

compramos?

(…)

COMPROOOO

yo me quedo más días

voy con uds y me quedo

estoy sacadaaaaa

S:

Conozco un grupo de gente que te puede ayudar

Aniko:

jajajaja

S:

Los bloggeadores

Aniko:

Viajeros Anónimos?

S:

No, los simuladores del blog

Aniko:

jajajaj

vienen acá y me hacen creer que en realidad estoy de viaje?

me despierto con la casa escenografiada con escenas de machu picchu y la polinesia?

S:

Claro, arman un escenario distinto de tu casa todos los dias

Aniko:

qué lindoooo

S:

Con gente, comida, ruido y olores. Todo el combo

Aniko:

bueno comprooooo ya

no saben la alegría que siento en este momento

me quedo en uru después así que no vuelvo con uds

S:

Jaja, drogonaaa

(de viajes)

Aniko:

siiiii

estoy felizzzz

en un mes estaré en uruguay

listoooo! compré para el 6 a las 9 am

SOY FELIZ

[singlepic id=5372 w=625 float=center] Colonia, allá voy

No pude evitarlo. Una cosa llevó a la otra. Estaba a un click del desastre, y lo hice: compré un pasaje por internet a Colonia. Intenté contenerme pero no pude. Venía bien, casi dos meses sin viajar, pero fue más fuerte que yo, estaba cegada por la abstinencia así que lo compré de una, sin pensarlo. Y lo peor es que ni siquiera respeté la fecha establecida: la idea era irnos todos juntos por cuatro días y yo saqué pasaje para irme 15. Y si saqué ida y vuelta es para estar, por lo menos esta vez, en el cumple de mi hermana. Si no capaz que ni volvía.

[singlepic id=5374 w=625 float=center] Vuelvo por ella :)

El clímax de esa noche fue cuando recibí la confirmación de la compra por mail. Me puse a saltar. A cantar. A gritar. No podía parar de sonreír. Casi lloro y todo. De repente todo dejó de importarme: lo único que sentía era la felicidad de saber que se aproximaba un nuevo viaje (aunque faltara un mes). Ahí fue cuando me di cuenta de que necesitaba ayuda, de que mi adicción había ido demasiado lejos, de que estaba (estoy) atrapada en las garras de los viajes. Pero no quiero dejarlos. No puedo. Ya son parte de mi vida. Además tener un blog de viajes no ayuda: es como ser adicto al chocolate y tener una bombonería. Toda mi vida ronda alrededor de los viajes.

[singlepic id=5357 w=625 float=center] Viajes en 202

[singlepic id=5378 w=625 float=center] Viajes en burbuja

Cada persona que conozco me habla de viajar. Me invitan a la radio y me entrevistan acerca de mis viajes. Me invitan a la tele y me entrevistan acerca de mi blog (de viajes). Los lectores me escriben mails hablándome de viajes. Me invitan a tomar cafés y hablamos de sus futuros (o pasados) viajes (y a mí me dan más ganas de viajar). Escribo notas para revistas acerca de viajes (lo cual hace que vuelva a viajar a través de las fotos y de las palabras). Tengo una columna de viajes en un programa de radio. Leo literatura y revistas y blogs de viajes. Veo películas de viajes. Escucho música que me transporta a momentos vividos en mis viajes. Me voy a La Plata y hago de cuenta que estoy viajando al exterior (estoy muy mal, claramente). Hago muestras de fotos de viajes. Sueño con viajes. Si no hablo de viajes me aburro. Hasta me deprimo. Además la gente me ve e inmediatamente prende su switch viajero y me habla de viajes. Debo tener un cartel pegado en la frente: VIAJERA. Si cada persona tuviera un hashtag en la vida real, el mío sería #viajes (y soy tan geek que hablo de hashtags en la vida real, pero eso tengo que ir a tratarlo a Ciberadictos Anónimos). Siento que todos los caminos (y todas las personas) me conducen a un viaje.

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[singlepic id=5354 h=625 float=center] y cada viaje me conduce de vuelta a Buenos Aires…

Cuando recién empezaba a “ser viajera”, cada vez que volvía a Buenos Aires la gente me preguntaba “Y… ¿ya está, no?”, como diciéndome “Ya te sacaste las ganas de viajar, me imagino”. No, cómo explicarles que no, que son ganas que no se van a terminar nunca. O me decían “Hacelo ahora que podés, después viene la familia, las obligaciones, los ruleros, te vas a poner vieja (de “vieja” a “viaje” hay dos vocales invertidas, les cuento), no vas a querer viajar más”. Imposible. Cada vez quiero más. Dudo que pueda frenar. Por eso acepto —hoy 21 de junio, formalmente y frente a este grupo— mi adicción incurable a los viajes. Y confieso también que me volví una fundamentalista de los viajes como educación para la vida. Creo que debería haber una ley mundial que obligue a todos los habitantes de la Tierra a viajar durante un año de sus vidas. Al terminar el colegio, por ejemplo. “Según la Ley V.I.A.J.E.” en algún momento de tu vida te va a tocar y no te va a quedar otra que viajar: como un servicio militar obligatorio pero sin la parte de militar. Un ejército de viajeros. Creo que todos nos conoceríamos muchísimo más (a nosotros mismos) y veríamos el mundo de otra forma, habría menos prejuicios, menos guerras, más felicidad, más entendimiento. El mundo sería un poquito mejor si todos nos dedicáramos, por lo menos durante unos meses de nuestras vidas, a ver y entender cómo viven otros en otras partes del planeta.

[singlepic id=5373 w=625 float=center] Con Alí, un amigo nómada, en el desierto, sacándonos fotos

[singlepic id=5379 h=625 float=center] Mirando el mundo por la ventana…

[singlepic id=5380 w=625 float=center] Así deberíamos ver el mundo, con asombro

[singlepic id=5359 h=625 float=center] En este mundo hay de todo, y hay niños que se hacen los cancheros, como él (muy simpático con su chupete)

[singlepic id=5386 h=625 float=center] Y chicas que se esconden…

No sé si a ustedes les pasa, pero no hay cosa que me genere más rabia que la frase “Bienvenida de vuelta a la realidad”. Es lo que me decían (ahora cada vez menos) muchas personas cada vez que volvía a Buenos Aires después de un viaje. Es la típica frase que sólo es capaz de decir un no-viajero, porque cualquiera que haya viajado sabe que la realidad no es (solamente) esta, que la realidad está allá afuera, en cada pueblito, en cada islita, en cada ciudad, en cada mirada, en cada persona que muestra su lugar a través de sus ojos. La realidad es el mundo entero. La realidad no puede ser solamente Buenos Aires (o la ciudad desde la que me estén leyendo), es muy egoísta creer que la realidad se puede reducir solamente a lo que nos rodea. La realidad es que en este planeta convive gente que vive de mil maneras distintas (y no solamente de la manera que nosotros conocemos y que creemos “única” o “mejor”), todas igual de válidas, pero distintas. Cada vez que veo que muchas personas siguen rigiendo su vida en base al consumo, al querer más para comprar más, al comprar más para ser “más felices”, me desespero. ¡No! ¿no ven que nadie se va a la tumba con objetos? ¿No ven que no importa quién tiene el auto más nuevo, la casa más grande, el sueldo más alto? ¿No ven que tenemos muchísimas menos necesidades de las que nos hacen creer? ¿No se dan cuenta de que lo único que hay que coleccionar en esta vida son momentos? ¿No escucharon esa frase tan sabia que dice “Travel is the only thing you buy that makes you richer”? ¿No ven que lo más valioso son los sentimientos, la conexión con el otro, la felicidad?

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Hace unos meses empecé a sentir que generé un monstruo, que creé algo que creció tanto que ya me supera, que va más allá de mí. Este blog ya no es solo mío, porque ya no soy la única que lo lee ni la única que viaja a través de él. Lo que me parece más loco es que ahora, cada vez que vuelvo a Buenos Aires, la gente que me conoce me pregunta “¿Cuándo te vas?” (en vez del ya pasado de moda “¿terminaste de viajar, no?”). Mi respuesta siempre es la misma —“no sé, en cualquier momento”—, pero lo lindo, en el fondo, es que ya se dieron cuenta de que no puedo quedarme quieta, de que no voy a quedarme quieta. La adicción pegó fuerte y no hay cura a la vista.

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[singlepic id=5371 h=625 float=center] Dos esquinas que me gustan

Lo peor es cuando me reúno con mis amigos blogger/viajeros. Ahí sí me descarrilo. Me vuelvo una máquina de contar y escuchar anécdotas e historias de viajes. Además también hablamos de blogtrips, de wordpress, de plug-ins, de SEO, de posts, de likes, de followers, de check-ins... Son la peor influencia que puedo tener, pero en el fondo no sé qué haría sin ellos. Me contienen. Me hacen sentir menos rara, menos loca. Y cada vez que me meto más y más en esto de los viajes descubro que somos varios los locos que estamos en la misma, lo que pasa es que como buenos adictos que somos, estamos dispersados por el mundo: algunos van en kombi, otros en bici, otros a dedo, otros en barco, van por la Panamericana, por la Ruta 40, por la Ruta de la Seda, por el Banana Pancake Trail, por los caminos de Europa, llegan a Alaska, a Nueva Zelanda, a Kenya. Con muchos no nos conocemos en persona, pero nos sentimos unidos a la distancia (o por lo menos yo me siento unida a ellos). Somos muchos viajeros y nos damos fuerzas: a través de nuestros viajes nos damos fuerza como grupo, como comunidad, como locos soñadores que somos. Porque todos, en el fondo, estamos haciendo aquello que siempre soñamos y que nos hace más felices, y todos sabemos que viajar (como forma de vida) es muy fácil pero que a la vez implica muchos esfuerzos. Pero lo más importante es que estamos siendo felices, y que esa felicidad es compartida.

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[singlepic id=5351 w=625 float=center] Con los Rodando Ando y mr. TrancaroLing

[singlepic id=5350 w=625 float=center] (viajaré con ellos en esta foto)

[singlepic id=5355 w=625 float=center] Algunas de las cositas que me mandaron ustedes por correo (o que me dieron por ahí) y que tengo pegadas en mi puerta…

Cuando no estoy con mis amigos bloggers, estoy con gente peor: con los couchsurfers. Argentinos, extranjeros, de todas partes. Ellos son los mayores culpables, los que traen un pedacito de su cultura a mi casa o a mi ciudad y me inspiran a querer irme aún más. Aunque pensándolo bien, creo que no hay nadie que me inspire más a viajar que los que están a punto de irse por primera vez. O, por lo menos, los que tienen planeado un primer viaje “grande” para dentro de unos días, meses o años. Ellos me cuentan acerca de sus planes de dejar todo y empezar a viajar y no se dan cuenta, pero mientras me hablan, sus ojos brillan. Brillan tanto y tan fuerte que puedo ver cómo la ruta que todavía no transitaron se empieza a dibujar en sus pupilas. Mientras los escucho puedo sentir el miedo y la emoción que genera salir por primera vez, puedo sentir la felicidad que significa saber que se acerca un viaje. Y mientras me hablan con ansiedad, con emoción, con miedos y, sobre todo, con certezas, yo sonrío por dentro y pienso: uno más que cae. Cada vez somos más.

Y antes de que empiecen a viajar, quiero decirles una sola cosa: no saben en lo que se están metiendo. Esto es un camino de ida. Sino, mírenme a mí. Ya más de cuatro años y ningún plan de frenar. Ya no puedo frenar. Ni quiero.

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Bueno, creo que ya hablé demasiado por hoy. Me encantaría escucharlos a ustedes, así que dejo fundado este grupo de autoayuda para que nos descarguemos y hagamos catarsis cuando sea necesario (por eso empecé a escribir yo hoy… por pura necesidad de hacer catarsis). Gracias a todos los viajeros (futuros, potenciales, experimentados, principiantes, soñadores) por existir. Nos vemos en la próxima sesión (o en el próximo viaje).

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[singlepic id=5362 w=625 float=center] (ya tendré mi gatito viajero)

escriviajar

La gente me ve en Buenos Aires y me pregunta: ¿y… cuándo te vas?

Es la nueva pregunta frecuente, y me gusta, pero como no tengo respuesta, me río.

Yo estoy acá, frente a mi ventana, y por ahora solamente escribo.

¿Cuál es tu próximo destino?

No sé. Siempre pienso en el próximo viaje, pero por ahora mi destino próximo es Buenos Aires.

Y escribir.

Tal vez se sorprendan de que no demuestro ganas de salir corriendo.

Es que estoy bien acá. Y quiero escribir.

Porque me di cuenta hoy: escribir acerca de un lugar al que fui es como volver a viajar.

Y en este momento estoy haciendo eso: viajando a través de la escritura.

Entonces, ¿para qué irme de acá?

(Pero ya vendrán destinos reales en breve, estoy segura).

***

La foto la saqué en el Parque Nacional Huascarán, en el Callejón de Huaylas, Perú. Y justamente estuve todo el fin de semana escribiendo acerca de este lugar para una de las revistas con las que colaboro. Cuando la nota esté lista, la compartiré acá con ustedes. Mientras tanto, sigo viajando en botecito por esta laguna.

20 respuestas (a una entrevista hecha por ustedes)

Como les prometí la semana pasada, he respondido a veinte de sus preguntas. Confieso que con algunas me reí mucho y otras me hicieron pensar y reflexionar. Así que acá van mis respuestas a esta entrevista bloggera colectiva. Y, entremedio, para hacer relleno: fotos que no tienen que ver con nada pero que me gustan (algunas muy viejas y otras más recientes).

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1) Haciendo un repaso para atrás, ¿cuál fue el factor más importante, algo, lo que sea, que te hizo hacer el click para decir “ahora sí” y arrancar a viajar, cuando seguramente lo habías postergado muchas veces antes?

El factor decisivo fue haber terminado mis estudios. En realidad nunca postergué los viajes, sino que esperé a terminar la carrera para tener libertad total e irme. Siempre supe que quería viajar, pero tal vez el click final lo hice en Bolivia en el 2007, cuando todavía me faltaba un año para terminar la carrera. Esta historia la conté varias veces, pero la repito una más: había tomado el tren nocturno de Uyuni a Villazón y cuando me desperté a la mañana siguiente vi que alguien me había puesto una frazada sobre el cuerpo. La chica boliviana que estaba sentada enfrente mío me dijo que me había visto temblando de frío y me había tapado, y cuando miré bien vi que me estaba tapando con la misma manta con la que cubría a su bebé recién nacido… Tras esa experiencia de contacto humano auténtico (sin nada turístico de por medio) decidí que quería dedicarme a viajar por el mundo y tener más experiencias así, conocer la hospitalidad mucho más de cerca. Pero no me quedó otra que esperar unos meses a terminar la carrera y, pocas semanas después de rendir mi último final, ya estaba en bus con destino Latinoamérica.

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2) Tengo intriga de cómo te desenvolves cuando alguien te hospeda por Couchsurfing. O sea, ¿qué hacés, te levantás temprano y te vas para no hinchar? ¿o te quedás a ayudar al que te hospeda?

No hay reglas, sino que depende de la relación que estableces con tu host (anfitrión). Hay anfitriones que trabajan todo el día entonces o te dejan las llaves de su casa o te piden que salgas con ellos y que vuelvas cuando ellos estén. Hay otros que quieren acompañarte a todos lados y te llevan a pasear por la ciudad. Hay otros que prefieren hacer su vida y te dan libertad de moverte por donde quieras. Lo de Couchsurfing no es “hotel gratis”, sino que es un intercambio de hospitalidad, entonces más allá de que te dan un lugar donde dormir, también hay mucha interacción con las personas o familias que te reciben (ese es el fin de usar CS: conocer  un lugar a través de la gente local). Acordate que en Couchsurfing sos un invitado en una casa y no un huésped en un hotel, entonces la relación con quien te aloja es muy distinta a la que tendrías con el dueño de un hotel, por ejemplo. Yo, por mi parte, me voy amoldando a las situaciones y siempre intento devolver el gesto de alguna forma, ya sea ayudando con la limpieza, pagando alguna comida o dejándole un regalito/carta/postal/dibujo de recuerdo.

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3) Si pudieras viajar en el tiempo, si te fueras al pasado, ¿qué lugar y tiempo elegirías? Y si fuera el futuro, ¿cuál sería el lugar y qué tiempo?

Siempre pensé que me gustaría viajar a Inglaterra en los años 60, pero nunca me pregunté a dónde iría si pudiera viajar al futuro. Supongo que viajaría unos mil años hacia adelante a Argentina, primero para ver si el mundo sigue existiendo y segundo para ver cómo vive la gente (si es que la hay), qué idioma se habla, cómo cambiaron (o no) las costumbres, qué pasó con los paisajes y para saber si todavía existe el Obelisco y el dulce de leche.

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4) Si tuvieses la oportunidad de volver a nacer y elegir el lugar (ciudad – país) de donde te gustaría ser, de todos los lugares en que has estado, ¿cuál sería y por qué? (sin tener en cuenta tu país de origen).

Me gustaría nacer en un lugar que esté inmerso en la naturaleza (si es posible, frente al mar), tal vez en las islas San Blas (Panamá) o en alguna región del Caribe. También me gustaría nacer en un lugar con buena gastronomía como Malasia o Perú, pero no tanto porque me sienta “de una nacionalidad u otra” sino por el paisaje natural o la comida…

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5) Después de no sé cuántos meses viajando por el sudeste asiático, ¿encontraste diferencias físicas entre sus habitantes o sigue vigente el gran axioma argentino “todos los chinos son iguales”?

Jajaja, ¡qué axioma! La verdad es que existen diferencias y muchas, pero es algo de lo que te das cuenta cuando viajás y vas conociendo cada nacionalidad “cara a cara”. Hay diferencias en la forma de los ojos, en la contextura, en el color de la piel, en su acento al hablar inglés, en su ropa. Pensá que los indios también son asiáticos, pero seguro que no los relacionás con ese continente porque son muy distintos a los chinos, ¿no? Igualmente te digo que para ellos “todos los occidentales somos iguales”, así que el axioma está presente en todos lados. Y creen que los argentinos somos todos descendientes directos de la familia Maradona.

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6) Por favor, quiero saber si es verdad que todos los dedos chicos del pie que hay en el mundo son tan feos como los que ves en Chile!

Nunca vi los de Chile (al menos no les presté demasiada atención), pero de ahora en más estaré atenta a los dedos de los pies y armaré un ranking de belleza por nacionalidad. En los países cálidos va a ser más fácil, pero ¿cómo le pido a un esquimal que me muestre el pie? Si tienen ganas, todos ustedes pueden mandarme una foto de sus dedos así hago una selección de los que más me gustan.

7) ¿Qué es lo que más echas de menos cuando estás fuera?

Mis libros. Mi bici. Mis cuadernos. Las cuatro estaciones (especialmente la primavera y el otoño). La vida cultural de Buenos Aires. La gente que quiero.

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8 ) Ya que viajas sola y no te gusta tener contacto con lo común o lo conocido, tal como latinoamericanos, mientras viajas, ¿algún día dejarás que un grupo de fans acosadores obsesionados con tus viajes y tu blog te siga de lejos sin ser detectados mientras caminas por una callejuela obscura en un pueblito perdido de china, tomándole fotos a la ciudad a través de los charcos y coleccionando barajas/talismán perdidas?

JAJAJA es como lo bizarro llevado a la máxima potencia, todo lo que me define quedó licuado en una sola frase.

Igualmente, aclaro: ¡no es cierto que no me guste tener contacto con latinoamericanos! ¿Cuándo dije eso? Amo encontrar latinos en otras partes del mundo, ya que enseguida me siento como en casa con ellos. Sería muy cómico, igualmente, que ocurriera lo que describís, estaría bueno que alguien dibujara esa escena. Y sí, dejaría que suceda, sería una anécdota muy divertida para contar en el blog.

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9) ¿Se liga más en los viajes largos, tipo vuelta al mundo, que en los cortos en los que todo es prisa por ver esto o aquello?

Eso ya depende del sex-appeal personal y de los gustos de cada uno. Lo cierto es que las mejores cosas pasan “justo cuando ya tenés un pie en el avión”… Entonces, conclusión: lo mejor para ligar es tomarse la mayor cantidad de aviones posible, si es tres por día mejor, más chances hay de que ocurra algo justo antes de subir. :D

10) ¿Mejor dibujito de la infancia? (nada de preguntas extrañas, estas cosas son las realmente importantes)

Imposible elegir uno solo. Disney, Jem and the Holograms, los Pitufos, Pequeño Pony, Looney Tunes, Animaniacs, Tom y Jerry, Inspector Gadget, Scooby Doo, Don Gato, Los Snorks, Los Supersónicos, Los Simpson (aunque estos ya no fueron tan de “infancia”)…

Pero mejor dibujito de la adultez, te lo digo de una: Family Guy.

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11) ¿Qué shampoo usás? ¿2 en 1?

El último shampoo que me compré fue en Marruecos, de alguna marca árabe, “para cabello normal” (lo dice en árabe pero lo inferí) (¿0 será para camello normal?). No uso dos en uno, me engrasa el pelo. Tampoco uso crema de enjuage, me incomoda tener que cargar con dos frascos.

12) Cuando viajas hablas mucho de personas y lugares a los que vas, pero tengo la duda: ¿sales por las noches, es decir de fiesta “loca y savaje” o sólo te enfocas en la onda cultural y vida diurna de descubrir mundos nuevos y conectarte con las personas?

Primero habría que definir lo de “fiesta loca y salvaje”, porque ya veo que esto tiene acepciones distintas en cada país. Si la fiesta loca incluye pigmeos, drogas psicodélicas versión Beta, paraguas voladores a lunares, música trance del Altiplano, guerra de almohadas en el barro, strippers y ladyboys, entonces la verdad que no curto mucho esa onda.

Creo que depende mucho de la ciudad en la que esté, de la compañía y de mi estado de ánimo. Hay épocas en las que salgo bastante de noche (ya sea a bares, discotecas, fiestas, reuniones, recitales) y hay épocas en las que hago una vida muy tranquila y prefiero despertarme temprano y aprovechar el día para caminar y conocer. Además, hay muchos pueblitos y ciudades donde la vida nocturna no existe y muchas ciudades donde “la noche” es parte de la cultura (como por ej. en Barcelona o Buenos Aires), entonces también me voy adaptando al lugar en el que estoy. Pero tampoco me divierte demasiado sumarme a esos lugares donde la gente viaja con el único fin de emborracharse y quedar destruido “en otro país” (como Vang Vieng en Laos por ejemplo).

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13) ¿Qué crees que te llevaste al reverendo pedo en la mochila?

Una lata de aceitunas vencidas, la cajita musical de mi abuelo y una escoba plegable. Je, no. No sé, tendría que hacer memoria, porque justo ahora no estoy viajando entonces no puedo revisar mi mochila y fijarme. Pero tengo la sensación de que siempre hay algo que queda enterrado en el fondo y jamás es usado… Lo que pasa es que lo descubro cada vez que llego a casa (y si lo descubro en pleno viaje, generalmente se lo intento dar a alguien que le sirva).

14) ¿Durante tus viajes al Sudeste Asiático, has ido a una disco XXX, o has caminado por la calle de Tailandia donde se falsifica de todo o caminaste por las calles donde están los ladyboys? ¿que tal la experiencia? Si la primera pregunta es ofensiva, disculpa.

Jaja! No es ofensiva para nada. La verdad es que no fui a ninguna disco XXX ni me metí en el ambiente de ladyboys. Sí caminé por la calle donde se falsifican todo tipo de documentos (creo que te referís a Khao San Road) y me pareció extremadamente turístico y armado. No saqué ninguna foto porque cada vez que me veían apuntar con la cámara tapaban todos los documentos falsificados.

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15) ¿Cómo te imaginás (o como te gustaría que sea) tu vida dentro de 15 o 20 años? ¿Seguirías viajando? ¿Sola o con familia? ¿Te gustaría tener una familia viajera o pensás que en algún momento te vas a establecer definitivamente en algún lugar?

La verdad que no puedo proyectar tanto hacia el futuro, pero lo que me encantaría, en algún momento, es tener una casa rodante, “un hogar viajero”, y poder moverme constantemente pero a la vez tener siempre un hogar propio. Quiero viajar toda la vida, por más que sean viajes cortos, escapadas o travesías largas, y si puedo hacerlo en familia mucho mejor. Pero la verdad es que no planeo demasiado estas cosas, simplemente dejo que todo vaya sucediendo, uno nunca sabe qué puede pasar en el futuro… Pero sí, como querer, me encantaría tener una familia viajera.

16) ¿Volvés a la Argentina porque algo te ata a este país o existe la posibilidad de que un día te vayas y no vuelvas?

Vuelvo a Argentina porque acá tengo a mi familia y a mis amigos, así que mientras ellos estén acá, seguiré volviendo. Si bien muchas veces pienso en establecerme en otro lugar, tampoco voy a ser tan radical de irme y no volver nunca más. El día que encuentre “mi lugar en el mundo” tal vez me quede ahí, pero siempre volveré, aunque sea de visita, a Argentina.

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17) ¿No te sentís sola algunas veces cuando viajas?

Obvio, pero igual de sola que me puedo sentir estando en mi casa en Buenos Aires. Creo que viajar sola no implica sentirse sola, al contrario, al viajar sin acompañantes uno está mucho más receptivo al mundo exterior, conoce más gente, está más abierto a hacerse nuevos amigos y a conectar con las personas de los lugares que se visita. Y las veces que me sentí sola mientras viajaba fue porque me había pasado “algo” en especial o estaba triste por alguna situación en particular, pero no por el hecho de estar viajando sin compañía.

18) ¿Cómo superas los miedos, si es que se te presenta alguno?

Enfrentándome a ellos. Antes de ir a Asia tenía miedo, pero me fui igual. Antes de escribir el blog tenía miedo (de que nadie lo leyera, de que a nadie le gustara), pero lo hice igual. Antes de hablar en público tenía miedo, pero lo hice igual. Creo que es la única forma de superarlos y de crecer.

19) Seguro que viajando tanto por ahí habrás vivido situaciones ridículas, avergonzantes de esas que quisieras desaparecer o meter la cabeza debajo del ala… ¿recuerdas alguna de ellas?

Uf es que yo vivo situaciones ridículas y avergonzantes en todo lugar, esté viajando o no, tengo como un imán para lo bizarro, y sumado a que soy torpe y tiendo a quedar en ridículo en muchas situaciones, esto ya es parte normal de mi vida. Me pasó de confudirme a dos hermanos (claramente muy diferentes entre sí) y llamarlos por el nombre opuesto, también me caí varias veces en medio de la calle (una en La Rambla de Barcelona, donde quedé con el vestido puesto de sombrero; otra en la estación de bus de Kuala Lumpur, cuando caí con las dos mochilas puestas, la gente me miró de reojo y yo me reincorporé como si nada). Tuve accidentes estúpidos como en Penang: iba escuchando música y caminando por una calle en bajada, no vi que había un huequito en el asfalto, metí el pie y caí con la pera contra el piso (tuvieron que darme puntos por mi torpeza). Voy a seguir pensando y seguro se me van a ir ocurriendo más cosas porque sé que hubo peores, lo que pasa es que siempre me río de la situación y al rato me olvido (tengo muy mala memoria).

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20) ¿Que sientes al mirar hacia atrás y ver los viajes que has realizado a lo largo de estos años, que experiencias rescatas de esta forma de vida?

Me siento feliz de haberme animado. A veces no puedo creer cómo llegué hasta acá, ya que para mí esto de viajar ya se convirtió en algo “normal”, pero cuando lo miro de afuera me doy cuenta de que estoy cumpliendo el sueño de toda mi vida. A la vez siento que me falta mucho camino por recorrer y que el mundo es demasiado grande para conocerlo todo, así que tendré que conformarme con tener, por lo menos, un pantallazo de este planeta. Lo que más me gusta de mis viajes es que me permiten ver y experimentar otros modos de vida, y eso me hace darme cuenta de que no hay culturas “mejores” ni “peores” sino que todas son distintas y válidas. También siento que crecí mucho a nivel personal y que cada vez disfruto más entrar en contacto con gente de otras partes del mundo, creo que viajar fortalece el entendimiento, la hospitalidad y la paz entre culturas. Ojalá muchos se animen a salir a conocer igual que yo. Vayan, no es tan difícil. :)

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Y una más de yapa:

21) Después de estar varios meses afuera, como vos decis, viajando por ahí, lejos de Argentina, sola, en lugares completamente diferentes, ¿no extrañas “tu casa” o “tu lugar”? ¿Qué quiero decir con esto? Primero no se si tenés, o sentís, algún lugar como “tu casa”, tu hogar, tu entorno … pero de todas formas, si llegado el caso este lugar todavía no existe, porque quizás lo estés buscando o no, quizás vos creas que no sos de ningún lugar, o al contrario, te sienta que sos de todos lados, me surgió la duda de lo que es sentirse lejos de casa, extrañar, querer volver, etc.

Esta es una de esas preguntas que siento que solamente podré responder dentro de muuuuchos años, cuando mire mi vida hacia atrás. Creo que esto de viajar también es una búsqueda de “mi lugar en el mundo”, porque si bien nací en Argentina y si bien este país fue (y sigue siendo) mi casa durante muchos años, el día que encuentre un lugar “a mi medida”, donde me sienta feliz, me quedaré… Pero siempre volveré a Argentina, eso seguro… Supongo que tendré dos hogares o algo así. O tal vez tendré cientos de hogares, o tal vez ninguno…

Lo que sí sé es que soy una persona bastante desarraigada y eso me permite viajar y no extrañar tanto. Cada regreso a Buenos Aires tuvo sus motivos: cansancio, falta de presupuesto, ganas de estar en mi casa, proyectos, propuestas. Me parece que así como cada cual viaja a su manera, cada cual extraña a su manera (y no todos extrañamos lo mismo). No soy de esas personas que extrañan “su comida” o “la comida de su casa”, entonces creo que eso me facilita mucho el tema de estar lejos y extrañar poco. Lo que sí extraño y siempre extrañaré es a las personas que quiero, y no solamente a las que están en Argentina (que son las que conozco hace más tiempo y las que me dan esa sensación de hogar) sino a las que voy conociendo en el camino y tengo que dejar…

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***

Antes de terminar, algo más.  Si bien no respondí todas las preguntas que me llegaron (yo avisé que iba a elegir veinte), las sigo teniendo en mente y las dejo ahí, pendientes para próximos posts. Sin embargo hay una pregunta que se repitió bastante y que recibo siempre (a través del blog y en persona también) y que se puede resumir en… “¿Por qué Sibarita es tan rica?”. Jeje, no, mejor no les adelanto nada. Los que la preguntaron se imaginarán cuál es (porque seguramente la mayoría de ustedes dirá, “¡ufa, no respondió a mi pregunta!”) y los que no la preguntaron, seguramente la pensaron. Así que en un próximo post se viene una reflexión interesante… (porque en realidad ni yo tengo la respuesta). Ya veremos qué sale.

***

[box] Este post pertenece a la sección FAQs o “Preguntas Frecuentes”. Estas son algunas de las preguntas que me hacen siempre y que tal vez vos también querías hacerme:

“¿Cómo hago para dejar todo e irme de viaje por el mundo?”

“¿Cómo empezaste? ¿Cómo trabajás? ¿Cómo te financiás?” (3 en 1)

“¿Es peligroso viajar sola?”

“Quiero viajar pero no sé cómo empezar”

“¿Qué llevás en tu mochila?”

“¿Me recomendás viajar con seguro médico?”

“¿Cómo hago para comprar vuelos baratos por internet?”

“¿Qué es Couchsurfing y cómo funciona?”

“Mitos y verdades acerca de viajar como mochilero”

20 respuestas (a una entrevista hecha por ustedes) [/box]

work is not a job (tu trabajo no es tu empleo)

Antes de que termine este primero de mayo, quiero compartir una frase que encontré hace poco en la página workisnotajob.com:

“We believe work is not your 9 to 5 job, it’s how you individually contribute to the world”

Traducido, sería algo así: “Creemos que tu trabajo no es tu empleo de 9 am a 5 pm, sino que tu trabajo es la manera en que contribuís de manera individual al mundo”.

Entonces en este Día del Trabajador brindo por todos: por los que tienen un empleo de 9 a 5 y por los que manejan sus propios horarios, por los que trabajan en un lugar fijo y por los que reinventan su oficina cada día, por los que cobran un salario a fin de mes y por los que cobran cada vez que terminan un proyecto, por los que ganan plata por su esfuerzo y por los que no reciben remuneración económica, por los que disfrutan cada minuto de su trabajo/vida y por los que están en la búsqueda constante de descubrir aquello que los hace felices. Brindo para que todos descubramos nuestro talento, nuestra pasión, nuestro sueño y hagamos de ello un trabajo. Porque creo firmemente que “work is not a job”: tu trabajo no solamente es tu empleo, es aquello que únicamente vos podés aportar al mundo, aquello que te hace feliz, aplicado en beneficio de la sociedad.

Y cuando vivís y trabajás sin sentir que estás “trabajando” (sino que estás disfrutando), entonces no podés pedir nada más.

Feliz día a todos.

“Hacé lo que amás y el resto vendrá solo”

“Sueños + trabajo = éxito”

Y un video que vale la pena:

El Regreso (balance de mi viaje por Europa)

“Life is lived forwards but understood backwards” (La vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás) (Lo mismo pasa con los viajes)

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—Si hicieras un balance viajero, ¿crees que cumpliste todas tus expectativas en este último viaje?

—No podría decirte ni sí ni no, porque en este viaje me fui de Argentina sin expectativas, me dejé llevar, viví más que viajar. Como no vine buscando “algo”, no vine con una ruta ni con un plan estricto, dejé que las cosas “me pasaran”, dejé que este viaje “me encontrara”…

El que me pregunta esto es Guido, un amigo argentino al que no veía hacía por lo menos tres años. Nos reencontramos en el kilómetro cero de Madrid el jueves a la noche, 24 horas antes de que me tomara el avión de España a Argentina, y fue como si esos tres años de distancia nunca hubiesen existido. Nos encontramos tras mi viaje de cinco meses por España, por Marruecos, por Suecia y por España otra vez. Nos encontramos en el momento justo para hablar de esto (de mi regreso, del balance viajero, de mis conclusiones). Lo que él me pregunta yo ya lo venía pensando, aunque con otras palabras. Más que en mis expectativas, en los días anteriores a mi regreso me la pasé pensando en mi aprendizaje.

[singlepic id=5054 h=625 float=center] Las fotos de este post, como verán, son fotos sueltas que no tienen que ver con nada, pero que me gustan y me quedaron pendientes de subir…

Este viaje, a diferencia de todos los que hice anteriormente, fue un viaje de personas. A cada lugar de España al que viajé lo hice porque alguien me esperaba, porque alguien me había invitado, porque alguien me iba a recibir. No vi, por ejemplo, Madrid desde una torre con vista panorámica, pero compartí una charla y un café con dos bloggers de viaje. No estuve, digamos, en Ibiza, pero conocí en persona a mi familia asturiana y compartí varios días de mi vida con ellos. No conocí la Alhambra (lo lamento, sí, pero volveré), pero me reencontré con una amiga argentina a la que no veía hacía diez años. No fui a Portugal, pero cuando llegué a mi casa me esperaban dos lindísimas postales de Aveiro y Lisboa, enviadas de puño y letra por mi lectora y amiga (virtual, por ahora) portuguesa. No recorrí todo Marruecos, pero me hice amigos nómadas y sentí cómo el mar me curaba el alma.

[singlepic id=5033 w=625 float=center] La planta-pájaro (dicen que vuela cuando nadie la ve)

[singlepic id=5034 w=625 float=center] “El huevo” de la Plaza Monumental de Barcelona

[singlepic id=5049 w=625 float=center] Sombra de un farol en Girona

Ya sé, me faltó conocer muchísimo del país. Me faltó conocer todo el resto de Europa. Lo que pasa es que esta vez en vez de viajar en busca de paisajes, monumentos, arquitectura, ciudades o pueblos, me moví en busca de personas. Viajé a través de la gente. Crecí a través de la gente. Tuve más abrazos que en cualquier otro lugar del mundo. Recibí más verdades que en cualquier otro momento de mi vida. Aprendí que lo que más me llena en un viaje es conectar con la gente, hacerme amigos, conocer a cada persona que se cruza en mi camino. Aprendí, también, que lo más difícil es justamente eso, porque cada nueva amistad ya viene con fecha de despedida. Aprendí, sin embargo, a convivir con esa realidad, a aceptar que mientras siga siendo viajera siempre tendré que seguir despidiéndome de la gente que quiero. Porque no me queda otra, si quiero seguir viajando por el mundo, tengo que aprender a decir “hasta pronto” (y a confiar en que la vida nos volverá a cruzar). Aprendí, gracias a eso, a no sufrir por la separación, sino a vivir cada momento con intensidad, a disfrutar de mi relación con cada persona, dure lo que dure. Aprendí a reconocer que ninguna despedida es para siempre, y que lo bueno de viajar es que tendré amigos en todas partes del mundo, lo que hace que mi vida sea más feliz. Y aprendí, también, que no me va a dar la vida para conocer todos los rincones del mundo, que es imposible visitar todo, y que tendré que ir creando mi propia ruta, mi caminito en este planeta.

[singlepic id=5052 w=625 float=center] Juguemos

[singlepic id=5044 w=625 float=center] En el lugar que sea, hay que jugar. Saltar.

[singlepic id=5038 w=625 float=center] Soplar burbujas gigantes.

[singlepic id=5048 w=625 float=center] Sentarse en una fuente, en medio del tráfico, a charlar.

[singlepic id=5047 h=625 float=center] Hacer arte.

[singlepic id=5053 w=625 float=center] Crear mundos de colores, como el artixta :)

[singlepic id=5046 w=625 float=center] Y no perder la conexión con el otro, nunca.

El día antes de irme me reencontré con Irene, una argentina amiga de mi mamá que vive en Madrid hace más de cuarenta años, y cuando hablamos de este tema (ella también sabe de despedidas) me regaló una frase que quedará para siempre entre mis enseñanzas de cabecera: “Más vale la pena, que la nada”. Mejor vivirlo, aunque sea corto, que no animarse por miedo a sufrir después.

[singlepic id=5045 w=625 float=center] O, como dirían, “quién me quita lo bailado”.

[singlepic id=5041 w=625 float=center] Del otro lado del puente siempre habrá algo nuevo.

Y ahora, estando acá en Buenos Aires, otra vez frente a mi ventana, me doy cuenta de que no hay nada como un regreso para entender cómo fue un viaje. Si bien yo puedo ir relatando lo que vivo, pienso y siento a medida que viajo (“el minuto a minuto del blog”), la distancia que me da el retorno me permite ver todo desde otro ángulo y tener una idea más global de lo vivido. Cada vez que vuelvo entiendo cómo fue el viaje, por qué viví lo que viví, qué aprendí y en qué aspectos crecí. Además, cada vez que vuelvo logro entender aún más los regresos anteriores. De los cuatro “grandes” regresos que hice (ni que fuera una banda de rock, che), este es el más feliz. Cada regreso fue distinto, porque cada viaje, a su vez, tuvo su propia personalidad. En mi primer regreso me deprimí, en mi segundo regreso entendí que no soy inmortal (gracias al amigo dengue), en mi tercer regreso me sentí sola y lejana (ya ampliaré todo esto en otro post) y en este regreso me siento feliz, tranquila, segura. Esta vez no siento la vuelta como algo malo. Vuelvo muy bien, y eso significa que mi balance viajero es más que positivo.

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Guía para aprovechar un día de lluvia

[box]Este post fue inspirado por el blog “Charcos en el mundo” de Diego Koltan, un argentino que vive en Barcelona. Llegué a su blog de casualidad y me pareció genial su idea de los “Fotocharcos”. Así que me puse en contacto con él, esperamos a que lloviera y salimos por Barcelona en busca de charcos para fotografiar. Les recomiendo muchísimo su página. Además, está en busca de charcos invitados para ampliar su archivo, así que vamos, ¡a sacar fotocharcos por ahí! [/box]

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Cómo aprovechar un día de lluvia
(O, más bien, cómo aprovechar el después de un día de lluvia)

1. Salga a la calle pocos minutos después de que la lluvia haya parado, cuando las nubes se abren y el sol empieza a asomar.

2. No es necesario llevar paraguas. Tampoco es necesario llevar cámara de fotos. Solamente ir con la vista activada en Modo: Charcos. (Eso sí, tenga cuidado de no chocarse con la gente ni de tropezar por estar mirando el piso. También tenga cuidado de no patinarse ni pisar baldosas flojas. Si le pasa, ríase. Es agua nomás.)

3. Busque charcos de agua en las calles, en las veredas, en la tierra, en el pasto. Una vez que encuentre uno, acérquese. Agáchese y mírelo desde todos los ángulos posibles, fíjese qué cosas refleja.

4. Si tiene cámara, saque una foto de aquello que le resulte interesante. Si está con un amigo, muéstrele lo que ve. Si está solo, probablemente parezca un loco. Tal vez alguien se acercará a preguntarle si perdió algo. Tal vez lo miren de lejos. Tal vez un grupo de curiosos se congregue a su alrededor para fijarse qué es lo que mira con tanto interés. No pasa nada. Enséñele el secreto de los charcos a aquellos que estén interesados en mirar la realidad desde otro ángulo.

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Esos charcos, como verán, esconden otros mundos. Ver una ciudad a través de sus charcos es como ver un universo subterráneo, un lugar que está ahí, bajo nuestros pies, pero que solamente se abre los días de lluvia.

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Así que olvídese de ese cliché de que los días de lluvia son deprimentes. Solamente tenga paciencia. Siempre que llovió, paró. Siempre que paró, se formaron charcos. Y siempre que se formaron charcos, algo se reflejó en ellos. Esos reflejos muestran realidades que siempre estuvieron ahí, pero que nunca supimos ver.

[singlepic id=5015 h=800 float=center] Los charcos están, pero muchas veces los esquivamos o les pasamos por encima

[singlepic id=5011 w=800 float=center] Un charco en estado normal

[singlepic id=5028 h=800 float=center] Lo que vemos así…

[singlepic id=5027 h=800 float=center] …también se puede ver así.

[singlepic id=5020 h=800 float=center] Conclusión: vivimos patas para arriba

[singlepic id=5019 h=800 float=center] Post inspirado por la web de Diego, el fotógrafo de charcos.

[box type=”tick”]Aclaración final: Esta guía de charcos puede ser utilizada en cualquier lugar del mundo en el que llueva o se acumule agua. [/box]

La lentitud de las postales (o Se buscan amigos por carta)

Durante mi infancia tuve amigos por carta. La mayoría eran desconocidos de mi edad con quienes me había contactado por medio de alguna revista infantil (Billiken, Genios, Mickey Total, ya ni me acuerdo) y me carteaba por diversión. Nos escribíamos cosas simples e inocentes como “Me gusta jugar a la mancha, comer manzanas y tocar la guitarra”. Hablábamos de las cosas importantes, de esas que hoy olvidamos. También me escribía con personas de otros países que había conocido en algún viaje y con quienes seguía en contacto y decía cosas así: “En Buenos Aires hay muchos edificios, te mando una foto mía con mi perro. El fin de semana pasado hizo calor. ¿Qué tal Ohio?”. Además me escribía cartas con mis amigas del colegio (aunque generalmente se las daba en la mano o las dejaba personalmente en la puerta de su casa) y con familiares que vivían afuera (“How is Canada?”). Mis cajones estaban repletos de sobres de colores y papel de carta con dibujitos de Disney, bolígrafos de todos los colores y fotos impresas en papel. Cada mañana abría la puerta y miraba el felpudo deseando que hubiese un sobre de algún lugar del mundo esperándome. Tenía una caja azul donde guardaba todas las cartas que recibía y otra cajita donde juntaba las estampillas.

Un tiempo después crecí, apareció internet, el email se popularizó y todo comenzó a acelerarse. Yo, como tantos otros, me adapté a las nuevas formas de comunicación, pero no perdí la costumbre de cartearme por correo, aunque lo hacía cada vez con menos personas. Ya casi nadie respondía.

[singlepic id=4126 h=625 float=center] Postal que le mandé a una amiga desde Sevilla

El último año de la carrera de Comunicación me tocó hacer un trabajo práctico grupal para aprobar la materia de Publicidad. La consigna era lograr que la gente adquiriera (y en algunos casos, readquiriera) la costumbre de mandar cartas por correo. Tuvimos que crear una campaña publicitaria (radial, gráfica y televisiva) para convencer a nuestra audiencia de que volviera a realizar algo que hoy, a causa del email, es visto como un servicio innecesario, obsoleto y demasiado lento. No era cuestión de incentivar a la gente a seguir mandando la factura del gas o las publicidades con las ofertas semanales del supermercado (que, en mi opinión, son servicios que deberían digitalizarse por completo cuanto antes, ya que no hacen más que malgastar papel), sino que el objetivo era mucho más grande: teníamos que lograr que nuestra audiencia volviera a sentir la necesidad de escribir cartas de puño y letra y, ante todo, que fuera capaz de tomarse el tiempo —ese bien que hoy nos parece tan escaso— para elegir el papel, pensar las palabras, sentarse a escribir, preparar el sobre y llevar la carta a la oficina de correo más cercana.

[singlepic id=4134 w=625 float=center]  Y esta se la mandé a otra amiga desde Barcelona

Hicimos el trabajo con la experiencia generacional de haber nacido en una época en la que el correo aún se usaba. No es que estábamos vendiendo algo que nunca habíamos probado, sino que contábamos con un historial de varias cartas enviadas (por lo menos yo) y sabíamos de qué se trataba ese ritual. Enfocamos nuestra campaña en mostrar todo eso que se puede meter en un sobre pero que no se puede meter en un email: la caligrafía, los dibujos, los tachones, los olores, las cositas sueltas, los papelitos, la textura del papel, las fotos impresas, los collages. Entregamos el trabajo y ahí quedó.

Unas semanas después de terminar la carrera empecé a viajar por América latina. Durante esos nueve meses mandé algunas cartas —muy pocas— a Argentina. Mi relación con la correspondencia, sin embargo, renació en China hace un año. Viajé por ese país gigante durante un mes en el cual no pude entender ni una palabra de lo que me decía la gente. Además de viajar sola, me sentí muy sola. Era invierno y no paraba de llover. Una de esas tardes lluviosas me encontré frente a una colección de postales ilustradas a la venta. Las miré. Las ilustraciones me recordaron a seis amigas con las que había compartido parte de mis viajes. Cada dibujo encajaba con cada una de ellas, así que las compré, me senté a escribirlas y me fui caminando hasta el correo del pueblo. En el correo tampoco hablaban inglés, pero no hizo falta. Entregué las postales, pagué y me fui.

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Al salir de la oficina sentí que esa soledad que tanto me había pesado ya no era tan grande. Una parte mía, aunque fuera mínima, estaba viajando hasta Argentina para reencontrarse con mis amigas. Las postales tardaron varias semanas en llegar ya que iban de la misma manera en que me gusta viajar a mí: por tierra y mar. La lentitud de las postales fue, en realidad, la mejor parte, ya que no hizo más que prolongar esa felicidad que sentí al enviarlas y al imaginarme a mis amigas recibiendo esa sorpresita desde China. Cada día pensaba “¿habrán llegado las postales?” y me sonreía a mí misma. Mientras las postales estuvieran viajando, yo seguiría feliz, sabiendo que cada vez faltaría menos para que llegaran a destino.

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Hoy pienso que si la vida se viviese en orden inverso, hacer esa campaña publicitaria para la universidad me hubiese resultado más fácil.

Este año, desde que llegué a Marruecos me propuse mandarle postales a mis amigas. Estuve buscando imágenes que encajaran con cada una de ellas pero no encontré ninguna que me convenciera. Y eso de mandar una postal porque sí, sin elegirla cuidadosamente, no era mi plan así que me dije si no hay postales que me gusten, será cuestión de crearlas. Y así fue como se me ocurrió mirar entre mi archivo de fotos de viaje, seleccionar “la foto perfecta” para cada amiga, imprimirla en tamaño postal, escribirle algo en el dorso y mandársela por correo. Estuve varios días pensando en eso y me di cuenta de algo más: quiero volver a tener amigos por carta, quiero mandar algo y que me respondan. Si en algún momento de mi vida me cartee con desconocidos que conocí a través de revistas, por qué no hacerlo con desconocidos que conozco a través de mi blog. Así que les propongo lo siguiente: juguemos a uno de los juegos más lentos, mandémonos postales desde distintas partes del mundo.

[singlepic id=4119 w=625 float=center] Desde Indonesia, por ejemplo.

[singlepic id=4125 w=625 float=center] Desde Marruecos, tal vez.

[singlepic id=4124 w=625 float=center] O desde España…

Yo propongo estas reglas:

1. En vez de postales, voy a mandarles una foto, una carta o un papelito escrito. 

2. Como tengo un archivo de miles de fotos y me es difícil elegir una al azar, les pido que me den algunas claves. Con que me digan “quiero una foto azul” o “quiero una foto feliz” o “quiero una foto de un lago” ya está, yo elegiré una, la imprimiré y les llegará en unas semanas o meses.

3. Les pido, a cambio, que me respondan con una postal, foto, papelito, hojita de árbol o lo que se les ocurra meter en un sobre. En la carta les mandaré la dirección a la cual responder.

4. Como no sé cuánta gente se sumará a esta iniciativa de cartearse, para empezar, prometo mandarle una carta a los primeros diez que me lo pidan. Será por orden de mail/comentario/mensaje recibido. Si no quieren dejar su dirección en los comentarios, pueden enviarme un mensaje a través del formulario de contacto que pongo al final del post, pero dejen aunque sea su nombre en los comentarios así queda visible.

[singlepic id=4122 w=625 float=center] Una foto de colores

[singlepic id=4123 w=625 float=center] Una foto de la luna

[singlepic id=4133 w=625 float=center] Una foto de una hojita

¿Por qué hago esto?

Porque me hace bien al alma.
Porque quiero seguir con el ritual de a escribir a mano.
Porque quiero sentir esa felicidad anticipada que implica dejar una carta en el correo.
Porque quiero encontrarme con correspondencia cada vez que vuelva a mi casa.
Porque quiero que alguien, en algún lugar del mundo, reciba una imagen y sonría.
Porque quiero luchar contra esa velocidad que pretende marcar nuestra vidas, nuestras relaciones, nuestras acciones.
Porque quiero volver a ponerme en contacto con la lentitud de las postales, y para eso necesito destinatarios: un mensaje que viaja sin nadie que lo espere del otro lado no tiene demasiado sentido.

*

Les regalo un fragmento de una de las películas más lindas que vi y que habla de la amistad que establecen dos desconocidos por carta: Max and Mary

[box type=”info”]ACTUALIZACIÓN 2/3/2012: ya me pidieron y ya mandé las 10 cartas.
Aprovechen el impulso y mándenle una carta o postal a una persona que quieran. Se va a poner muy feliz.[/box]

*

[box type=”star”]ACTUALIZACIÓN 10/11/2014: estoy viviendo en un lugar fijo por un tiempo, tengo buzón y quiero recibir cartas. Así que esta vez hago la propuesta a la inversa: ¿me mandás algo? Una carta, foto, postal, papelito, hoja de árbol, cualquier cosa que entre en un sobre. Prometo pegar en mi pared todo lo que reciba, para tener compañía mientras escribo mi segundo libro. Si tenés ganas, pedime la dirección por acá.[/box]

*

[box type=”star”]ACTUALIZACIÓN 25/08/2015: muchísimas gracias por todas las cosas lindas que hicieron llegar a mi buzón, me encantaría poder responderles a todos pero en este momento no me dan los tiempos. Si quieren mandarme algo, pueden hacer (me piden la dirección actual por acá), pero sepan entender si no puedo responder a todo.[/box]

Mis cuatro años de viajera:
cómo empecé, cómo trabajo y cómo me financio

[singlepic id=3665 w=800 float=center] En Punta Negra (Lima, Perú), terminando mi viaje por América latina y con el pelo largo (2008)

No llevaba la cuenta, pero un amigo de Barcelona me hizo caer hace unos días cuando me dijo, con cara de asombro: “¡No puedo creer que llevas cuatro años viajando por el mundo!”.

Si empiezo a contar desde el 28 de enero de 2008, día en que tomé el bus sin pasaje de vuelta de Buenos Aires a La Quiaca (la frontera de Argentina con Bolivia), pocas semanas después de haber rendido el último final de mi carrera, entonces sí, llevo cuatro años conociendo el mundo. ¡Cuatro años: casi como una segunda carrera universitaria! Si, en cambio, cuento estrictamente los meses que pasé fuera de Argentina, el total me da unos 29 meses, o 2 años y 5 meses viajando por ahí (aunque no fueron de corrido: primero nueve meses en América latina, después dos semanas en Guatemala, una semana en Uruguay, 16 meses en Asia, un mes en Perú, dos en España…). El resto del tiempo, es decir ese año y 7 meses dispersados en pequeños regresos, lo pasé en Buenos Aires.

[singlepic id=3670 w=800 float=center] En Buenos Aires con mi ventana y mi playmobil

Este blog, sin embargo, no tiene tantos años. Lo empecé en abril de 2010 (van a ser dos años), en medio de mi regreso de Guatemala y mi partida a Asia. Muchos de ustedes lo empezaron a leer, probablemente, porque estaban planeando un viaje al Sudeste Asiático y San Google los hizo caer acá. Otros, porque sueñan con viajar y necesitan un empujoncito para animarse, alguien que les asegure que todo va a estar bien (les aseguro que sí) :). Otros, porque disfrutan leyendo relatos y mirando fotos de viaje (un viajar sin viajar). Cada cual sabrá por qué me lee.

Muchos de ustedes, además, me escriben mails preguntándome cosas. Algunos me piden rutas de viaje y lugares imperdibles, otros me piden consejos sobre vacunas y visas, muchos me dicen que se mueren de miedo y no se animan a irse solos (oficio de psicóloga, a veces), pero hay tres preguntas que cada vez se repiten más en los mails que recibo: “¿Cómo empezaste?”, “¿Trabajás en tus viajes?” y “¿Cómo te financiás?”. Y como estoy de cumpleaños viajero y con ganas de escribir, las responderé acá y, cuando me pregunten, les enviaré este post.

[singlepic id=3668 w=800 float=center] En Sevilla, festejando mis cuatro años viajeros (2012). Así no me ven siempre tan seria.
Foto: Andi de TrancaRola por eL muNdo

***

¿Cómo empezaste a viajar?

Lo de viajar por el mundo no es algo que se me ocurrió de un día para el otro. No es que terminé la universidad y dije: “Hmmm, me parece que en vez de trabajar me voy a tomar unos cuantos años sabáticos y vivir la vida loca”. Lo de viajar —y conocer y conectar y entrar en contacto con otras culturas y transmitirlo a través de la palabra y la imagen— es algo que soñé toda mi vida. Seguramente piensen: “Todos soñamos eso”. Puede ser, pero yo lo soñé con tanta fuerza que sabía que no iba a poder hacer otra cosa.

Cuando terminé el colegio secundario no sabía qué estudiar: me inclinaba por Filosofía y Letras o por Diseño Gráfico, pero nada me convencía. Hice un curso de orientación vocacional y cuando me preguntaron qué haría si tuviese muchísimo dinero, en vez de responder solidariamente que lo donaría para buenas causas, dije que lo usaría para viajar por el mundo. Listo, me dijeron, andá a estudiar Comunicación Social. Y eso hice. Durante el último año de la carrera hice una pasantía como redactora en un grupo de revistas y si bien la experiencia me gustó y me enseñó mucho, al estar sentada todos los días en la misma oficina frente a una pantalla me di cuenta de que no iba a poder soportar toda una vida así. Yo quería ver con mis propios ojos lo que iba a escribir más tarde. Quería salir a la calle a hacer el trabajo de investigación y contar todo a partir de mi experiencia. El sueño de viajar —que se había apaciguado un poquito durante los años de carrera— volvió y con mucha más fuerza.

Yo solamente quería volar…

Ese mismo año —2007, cuarto y último de mi carrera— decreté que apenas terminara de rendir los finales me iba a ir de mochilera por América latina por tiempo indefinido. ¿Por qué de mochilera? Porque me gustaba eso de viajar con pocas cosas, a un ritmo lento y sin tours de por medio. ¿Por qué América latina? Porque es el continente donde nací y un lugar que me llamaba a gritos. Y si nadie quería acompañarme, me iría sola. Una de las personas que más me motivó a viajar fue una nena boliviana que conocí en el tren de Uyuni al norte argentino, en mi primer (y breve) viaje a Bolivia en el 2007 (la historia la cuento en mi libro).

Las reacciones iniciales de los que me conocían fueron varias, pero todas apuntaban a lo mismo: “estás loca”, “cuando vuelvas no vas a conseguir trabajo en ningún lado”, “lo que estás por hacer es muy peligroso” y “no se puede vivir así”. Tenía 22 años y 3000 dólares ahorrados (los ahorros de toda mi vida). Agarré la mochila, me compré el pasaje a La Quiaca y, un 28 de enero, partí con Vicky, una amiga que me acompañó durante el primer mes y medio de un trayecto que duró nueve meses. Ese 28 de enero concreté lo que había soñado durante 22 años de vida. No lo pensé demasiado: fui, compré el pasaje y unos días después tomé el bus. Sabía que si yo no tomaba la iniciativa, nadie jamás iba a decirme “Bueno, ahora que terminaste la universidad quiero que viajes. Tomá, yo te lo pago y además te voy a publicar todo lo que escribas”. Imposible. Sabía, también que mientras estuviera por América latina podría volver a casa cuando quisiera —era cuestión de subirme a varios buses y llegaría—, nadie me iba a obligar a seguir viajando. Al contrario. Así que me fui.

Fue tan simple como eso: despertarme un día y decir “chau, me voy”. Y hacerlo.

[singlepic id=3680 w=800 float=center] Con Vicky en Yavi, pueblo cerca de La Quiaca, recién empezando nuestro viaje. Foto: una roca.

[singlepic id=3671 h=800 float=center] Tiempo después, en el 2009, viajaría a Guatemala…

[singlepic id=3672 w=800 float=center] … y terminaría internada con dengue.

[singlepic id=3674 h=800 float=center] Antes de Asia, una breve visita a Uruguay, uno de mis países preferidos.

[singlepic id=3679 w=800 float=center] Y después de Asia, Perú por tercera vez (2011)

¿Trabajás en tus viajes?

Además de soñar con viajar por viajar, también soñaba con hacer de ello un trabajo, un modo de vida que me permitiera sustentarme para seguir viajando. Ahí apareció la escritura como opción viable.

Lo de escribir es algo que me nació de muy chica: primero escribía cuentitos para el colegio, después el clásico diario íntimo adolescente, más adelante cuadernos con reflexiones e historias, después textos de distintos géneros para la facultad —ahí descubrí cuánto me gusta la escritura creativa—, más adelante trabajos periodísticos y, por fin, empecé con los relatos de viaje en primera persona. Ando siempre con un anotador y soy de las que, a falta de papel, escribe hasta en las servilletas o, a veces, en mi propio brazo. La escritura es lo único constante en mi vida —y creo, también, mi único talento—, algo que hago todos los días y bajo todos los estados de ánimo. Me parecía una buena opción, entonces, lo de unir los viajes (mi sueño) con la palabra escrita (mi pasión). Sabía que no sería nada fácil, pero si soñamos hay que soñar a lo grande: si existen y existieron escritores de viajes que lograron vivir de eso, es porque se puede. No es que estaba soñando con ser escritora de viajes intergalácticos: estaba soñando con viajar por nuestro mundo, ese que ya muchos recorrieron (y documentaron) antes que yo.

[singlepic id=3673 w=800 float=center] Mi primer cuaderno viajero en Bolivia (2007)

[singlepic id=3660 w=800 float=center] Después vendría mi amada computadora. Foto: Journey

Una semana antes de irme a La Quiaca (en el 2008) me contacté con un periódico argentino y les comenté mi plan. Les dije que si necesitaban una cronista en algún lugar de América latina, yo estaba disponible. Lo hice de caradura, sabiendo que el “no” ya lo tenía. Sin embargo, caí en el momento justo: estaban buscando gente joven que pudiera escribir blogs en su sitio web, así que me citaron en el diario y me dijeron algo así como “Empezás la semana que viene”. Durante los nueve meses de viaje, entonces, escribí mi primer blog de viajes. Tenía miedo y fue un desafío enorme, pero lo hice. Ese blog fue bastante leído y me abrió varias puertas: a mi regreso a Buenos Aires empecé a escribir en algunas revistas argentinas y recibí un mail que jamás imaginé que podría recibir. El dueño de una agencia de viajes me dijo que le habían gustado mucho mis relatos y que quería colaborar con mis viajes para ayudarme a seguir en ese camino que había elegido. Así apareció mi primer sponsor y gracias a él pude viajar a Asia y, ahora, a España. Si nunca me hubiese puesto en contacto con el diario, nunca hubiese escrito ese primer blog y nunca hubiese recibido ese mail. Y si nunca hubiese decidido empezar a viajar por mi cuenta, estos cuatro años, tal como se los estoy contando, no hubiesen existido.

[singlepic id=3677 w=800 float=center] Algunas fotos backstage. Esta es en Salineras, Perú, en el 2011. Foto: Mirla Hedberg

Instantáneas de la vida (a veces) poco glamorosa del blogger de viajes.
Con Andi en Barcelona, 2012. Foto: Galis

Unas semanas antes de irme a Asia creé este blog con el objetivo de seguir relatando mis historias y proporcionar información a otros viajeros. Nadie me paga por este blog, sin embargo para mí es un trabajo y uno de los que más me gusta hacer, ya que tengo total libertad de escribir lo que quiera, con el tono que quiera, con las fotos que quiera, con el estilo que más me plazca. Gracias a los contenidos y a mi constancia de publicación, el blog empezó a crecer.

Ustedes ven un post y parece algo muy fácil de hacer: “Te sentás en la compu, escribís un rato, le ponés un par de fotos, lo subís a internet y ya está”. Sí, pero detrás de eso hay todo un trabajo de producción invisible que solamente conocemos los blogueros de viaje: para publicar un post de viajes primero hay que viajar, con todo lo que eso implica —moverse de una ciudad a otra, caminar por el lugar, buscar donde dormir, observar todo a todo momento, absorber la atmósfera del lugar, sacar fotos, tomar apuntes, relacionarse con la gente local— luego hay que encontrar el tiempo y el espacio adecuado para sentarse a escribir —cuando otros viajeros están tomando una cerveza o paseando, yo estoy dándole al teclado como una compuboba—, plasmar todo en palabras, seleccionar y editar las fotos, optimizarlas para la web, subirlas —y, si la conexión es lenta, ser muy paciente—, ordenarlas dentro del post, realizar las tareas de SEO (optimización para buscadores), difundir el texto por redes sociales, buscar formas de llegar a nuevos lectores, hacer networking con otros bloggers de viaje, leer otros blogs, aprender algo de wordpress y programación usando tutoriales de internet y, entre medio, seguir viajando y disfrutar de todo el proceso.

Este blog es fruto de todo ese trabajo y es lo que hago mientras viajo, entre otras cosas.

[singlepic id=3678 w=800 float=center] En un mercado de Perú (2011). Foto: Mirla

[singlepic id=3663 w=800 float=center] Más backstage fotográfico en Barceloneta (2012). Foto: Andi

[singlepic id=3661 w=800 float=center] En Penang, Malasia, trabajando hasta mientras comía (2010). Foto: Journey Zhao.

[singlepic id=3658 w=800 float=center] Cansancio en Hong Kong (2010). Foto: Journey Zhao (ella sí que sabe capturar momentos).

[singlepic id=3664 h=800 float=center] Esta pose fotográfica se llama: “Ya sé que en Photoshop existe la función de rotar las fotos, pero hoy tengo ganas de rotar yo”. Foto: Andi

¿Cómo financiás tus viajes?

Esta es la pregunta más polémica y, seguramente, la que más curiosidad les da. Cada vez que me escriben preguntándome esto, enseguida acotan: “porque viajar es muy caro”. Hasta llegaron a decirme que “mi vida es muy linda pero que seguramente hay un truco por detrás”, que es imposible vivir así y que soy millonaria o mantenida.

Para esta pregunta tengo varias respuestas.

Primero, algo que ya comenté en el post Guía para potenciales viajeros: viajar no es tan caro como ustedes creen. Todo depende de qué entiendan por “viajar”: viajar 15 días de vacaciones con todo incluido e intentar condensar 25 países en dos semanas hace que viajar sea carísimo y, además, agotador. Pero cuanto más lento se viaja, más barato resulta. Mis gastos son muy pocos y básicos: alojamiento (cada vez menos, ya que siempre me quedo en casas de amigos, familiares, conocidos o desconocidos), comida (en Asia se come por un dólar, en España es más caro pero siempre existen los supermercados), transporte (los vuelos a/desde Argentina los tengo cubiertos por mi sponsor, el resto lo hago por tierra y siempre de la manera más económica posible), internet (casi siempre encuentro wi-fi gratis o a cambio de un café), visas (imposible safar, pero hasta ahora no pagué más de 50 dólares por una visa).

[singlepic id=3669 w=800 float=center] Y confieso que tengo debilidad por los dulces y no puedo evitar comprarme caramelos y chocolates por el mundo…

[singlepic id=3667 w=800 float=center] Sacándole fotos a un graffiti en El Raval (Barcelona): “Al fin y al cabo el único sentido de la vida es sentir”. Foto: Andi. 

Segundo, gracias a este blog (que para mí es una de las vidrieras laborales y tarjetas de presentación más importantes y efectivas que tengo) me surgieron varios trabajos virtuales que me convirtieron en lo que actualmente se conoce como nómada digital: una persona que puede vivir en y trabajar desde cualquier lugar del mundo, con horarios flexibles y libres, a través de internet. Este blog tal vez sea todo lo que ustedes conocen de mí, pero también escribo artículos de viaje en revistas, genero contenido para sitios web, estoy a cargo de otros blogs, vendo fotos en bancos de imágenes, participo en proyectos audiovisuales y de radio. Tengo “changuitas virtuales” (varios laburitos) que me permiten seguir viajando y que hacen, además, que tenga que viajar lento sí o sí. Por eso mis viajes son tan largos, porque además de viajar, estoy viviendo y trabajando.

[singlepic id=3657 w=800 float=center] Dale que te dale con el teclado.

Y tercero, en cuanto a la financiación de un viaje, lo que yo hago no es “el único camino”. Yo elegí dedicarme a lo digital (y conocí a varios que hacen lo mismo), pero también conocí a muchísimos otros viajeros que van trabajando en cada país que visitan y así logran ahorrar y seguir camino. Algunos enseñan idiomas, otros venden cosas que producen, otros dan clases de algún deporte, hay quienes trabajan en granjas orgánicas/hostels/bares a cambio de alojamiento y comida, están los que hacen shows o espectáculos, las bandas viajeras, los artistas nómades, los fotógrafos… Todos descubrieron sus talentos y capacidades y los utilizan para sobrevivir y viajar. Y si quieren dedicarse a esto, de eso se trata: de conocerse, de descubrir sus habilidades y de confiar en sí mismos.

Les aseguro que no hay ningún truco por detrás. El único truco para vivir como siempre soñaron es apostar por ustedes mismos.

[box type=”star”]ACTUALIZACIÓN 2016: Cuando escribí este post todavía no había publicado mis libros: “Días de viaje” (2013), “Viajeras” (2014) y “El síndrome de París” (2016). Hoy en día, cuando me preguntan cómo me financio, respondo: “Con la venta de mis libros, entre otras cosas”. Si les interesa conseguirlos, pasen por acá.[/box]

 

Viajar / Vivir
(o Por qué me cuesta tanto escribir acerca de Barcelona)

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Tengo un problema con Barcelona: me gusta demasiado. Y cuando algo me gusta demasiado, me cuesta escribir al respecto porque pierdo completamente la objetividad. Cuando un lugar me atrapa no soy capaz de distanciarme y mirarlo de lejos: me meto tan adentro que me cuesta hablar de él. Y así estoy ahora, hace una semana en Barcelona e incapaz de escribir sobre ella.

Podría contarles que volví a Barcelona (después de mi primera visita hace unas dos semanas) la noche de Año Nuevo. Vine con Dafne desde Calella (el pueblo donde nos estábamos quedando) sin plan, sin rumbo, con un objetivo: dejarnos llevar por la ciudad. Si bien acá es invierno, esa noche no hizo frío y toda la gente estaba en la calle. Llegamos a las 11 de la noche, nos bajamos del tren en Plaza de Catalunya y empezamos a caminar por las Ramblas hacia el mar. La marea de gente ocupaba todos los espacios vacíos, era difícil encontrar una calle donde no hubiera demasiadas personas. Rompimos la linea recta y nos metimos por el laberinto del Barrio Gótico (lugar al que siempre se me da por llamarle Ciudad Gótica), dimos vueltas y finalmente aparecimos en el mar.

Eran las once y cincuenta, faltaban diez minutos para que empezara el nuevo año. ¿Qué será lo que nos impulsa a festejar el fin de un año y el comienzo de otro? Si al fin y al cabo, el cambio de año es una medición humana que no cambia en nada nuestra vida. No es que si estamos tristes a las 11.59 del 31 de diciembre de 2011 pasaremos a ser felices a las 00.01 del 1 de enero de 2012. O tal vez sí. Yo no creo demasiado en las fechas ni en los calendarios, pero igualmente me gusta eso de festejar Año Nuevo y sentir que algo se cierra y empieza algo nuevo. Además pasé los últimos años nuevos en otros países —recibí el 2010 en un camping de Uruguay y el 2011 en una playa de Indonesia— así que me intrigaba saber cómo recibirían el 2012 en España.

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Podría contarles que las calles de Barcelona en Año Nuevo se me asemejaron a un circo repleto de personajes que nos distraían a cada paso. Nosotras solamente nos dedicamos a caminar —de Plaza de Catalunya al puerto, del puerto a Barceloneta, de Barceloneta al Barrio Gótico, del Barrio Gótico al Raval—, pero íbamos tan en sintonía con la buena onda de la ciudad que a cada paso se nos sumaba alguien y compartíamos parte del trayecto. Así fue como miramos los fuegos artificiales desde el puerto con un grupo de marroquíes que nos hablaban en árabe, caminamos sin rumbo con un italiano y un japonés-brasilero bordeando el mar, esquivamos a los pakistaníes que constantemente se nos acercaban para vendernos latas de cerveza, espontáneamente nos unimos a las canciones que cantaba la gente que nos pasaba por al lado, compartimos unas papas fritas y un kebab en uno de los tantos puestos de comida rápida, nos cruzamos con personas andando en bicicleta, llegamos a una fiesta en una casa okupa del Raval y bailamos entre paredes pintadas y gente con pelucas de colores.

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Podría contarles que los días siguientes caminé por el barrio de Gracia (que por momentos me recuerda a San Telmo), visité el Parque Guell (uno de los lugares más mágicos de la ciudad), subí a Montjuic y casi voy a ver un partido del Barca (pero después me dio fiaca y me acordé de que el fútbol me aburre bastante). Podría hablarles acerca de los precios de la ciudad —que los menúes no bajan de los 8 euros, que lo más barato es comerse un kebab o un bocadillo por 3 euros, que el metro cuesta 1.45 euros (pero que si sacás un billete de 10 viajes, pagás solamente 8 euros), que una cama en una habitación compartida de un hostel ronda los 10 euros, que entrar a los museos y a las obras de Gaudí puede destruir el presupuesto de cualquier viajero low cost—, podría hacer una reseña de la Fundación Miró, podría sugerirles que visiten el bar de Manu Chao, podría explicarles cómo llegar a la Plaza Real y dónde comprar ropa en oferta… ¿Pero les estaría diciendo algo acerca de la esencia de Barcelona? Es justamente la esencia de esta ciudad lo que me atrapa, pero cuando tengo que definirla o describirla, no me sale nada, quedo horas frente a la computadora sin poder escribir una palabra.

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Muchas veces me preguntaron si, al viajar, tengo días muertos, días en los que no me pasa nada interesante, días en los que no hago nada, días en los que me tomo todo con tranquilidad, días en los que no me inspiro. Días de inacción, por así decirlo. Sí, esos días son parte de los viajes largos. Cuando hacemos un viaje por un tiempo determinado nos enfrentamos a los lugares con la urgencia de saber que en poco tiempo la travesía se termina. Queremos ver todo, condensar las experiencias, aprovechar el poco tiempo que tenemos. Esa es una de las cosas que me gusta de los viajes con fecha de vencimiento: que, por unos días, vivimos en otra realidad con otras reglas y lo hacemos con intensidad, sabiendo que dentro de poco volveremos a la rutina de siempre. Cuando hacemos un viaje largo, sin un final previsto, el viajar se convierte en “vivir” y, por lo menos en mi caso, hay días en los que me bajoneo, hay días en los que me planteo muchas cosas y hay días en los que no hago nada productivo. Son días en los que, más que “viajar”, me dedico a vivir.

Es lo que me está pasando en Barcelona. Si me baso en los hechos, tal vez no hice demasiado durante esta semana, pero sin embargo siento que estoy viviendo la ciudad, que la estoy conociendo de a poco, que estoy tratando de descifrar qué es lo que me hace estar así de encantada con ella. Será su multiculturalidad, será que cada calle parece una obra de arte, serán sus laberintos, serán sus influencias africanas y árabes, será su música, será su vida callejera, será su mar, será su gente, será que siento que encajo bien. No lo sé, voy de a poco, viviendo el día a día con tranquilidad, y es por eso que me cuesta tanto escribir acerca de esta Ciudad Ideal.

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doscientos viajes

Este es el posteo número doscientos de este blog. De un blog que abrí en febrero de 2010, pero que, para mí, nació oficialmente el día que me fui a Asia: el 3 de abril de 2010. O, si lo pienso bien, nació el 28 de enero de 2008, cuando hice mi primer viaje por América latina y empecé a escribir, casi de casualidad, mi primer blog de viajes. Aquel blog tuvo otro nombre y otra dirección, pero fue, sin dudas, el antecedente (o la primera parte) de Viajando por ahí.

Lo pienso y es raro: siempre soñé con ser viajera, pero nunca imaginé que iba a ser bloguera.

Imagínense la situación, año 1990:

—¿Y vos, nena, qué querés ser cuando seas grande?
—¡Bloguera de viajes!
—… Ahh… ¿empresaria?
—No, quiero escribir cosas en internet.
—¿Interqué?

Admiro a los cronistas de viajes que dedican o dedicaron su vida a escribir libros con los relatos de su inmersión en otras culturas. Admiro la escritura de Theroux, sus viajes en tren y sus encuentros fortuitos. Admiro las crónicas de Kapuściński y su capacidad de atravesar a las personas —de la cultura que sean— y mirarles el alma. Me encanta la literatura y, como dije varias veces, mi objetivo es escribir libros, pero tengo que reconocer que los blogs son una herramienta muy poderosa que hay que aprovechar. Yo estoy escribiendo esto en una casa de Callela, con lluvia y frente al mar Mediterráneo, y sé que cuando presione “Publicar” (por vez número doscientos) este texto va a viajar a toda velocidad a otras pantallas lejanas de América latina, Europa, Oceanía desde las cuales van a poder leerme al instante. Por eso creo que cada posteo es un viaje. Cada uno de estos doscientos textos habla acerca de mis viajes (ya sea en otro continente, ya sea en mi propia ciudad) y, a la vez, viaja, cruza el mundo y aparece ahí frente a sus ojos. No hay que esperar meses a que se imprima, ustedes pueden vivir mis viajes y acompañarme casi en tiempo real. Algunos —ojalá— sentirán que viajan a través de mis palabras, otros —ojalá también— sentirán el deseo de viajar.

Y como es año nuevo y todos se la pasan haciendo balances y recuentos de cosas buenas y malas, voy a re-compartir con ustedes algunas de las cosas que me pasaron en estos doscientos posteos de Viajando por ahí.

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Primero, algunos datos básicos:

• Este blog tiene 21 meses de vida (casi dos años, empezando a contar desde abril).

• En estos 21 meses, pisé 14 países (incluido el mío).

• En estos 21 meses, pasé 18 meses fuera de Argentina.

• En estos 21 meses, pisé tres continentes: América, Europa y Asia. [/box]

Y para hacerle honor al número 21, estas son 21 cosas que me pasaron en estos 21 meses:

1. En febrero de 2010, mi sponsor me preguntó: “¿A qué parte del mundo te querés ir?”. Y yo respondí, sin pensarlo demasiado: “A Asia.” Unas semanas después, estaba perdida en Bangkok.

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2. Entré en clima de viaje como un mes después, la noche que crucé de Tailandia a Malasia y que creí que iba a quedarme a dormir en la calle y que Couchsurfing era una gran organización de venta de órganos de pobres viajeros inocentes.

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3. En Indonesia me confundieron con una amiga íntima de Maradona y se sacaron fotos conmigo cual estrella de Hollywood.

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4. Viví dos semanas en una iglesia con un grupo de curas filipinos que se iban de karaoke todas las noches y que me llevaron de road trip por el norte del país con la combi de la iglesia y las fieles del pueblo.

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5. Me deslumbré con Hong Kong, una y otra y otra vez. Aunque sea una de las ciudades más solitarias que conocí en mi vida.

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6. Aprendí a hablar (un poquito de) indonesio. Apa kabar?

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7. Como estaba indecisa, le pedí a los lectores que votaran mi próximo destino y ganó Vietnam. En cualquier momento hago una votación parte II.

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8. Me robaron la cámara, la computadora y la plata en un tren nocturno en Indonesia y, diez horas después, la policía me devolvió todo.

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9. Llegué, de casualidad, a un pueblito perdido de Laos que me encantó, y descubrí que los lugares que más me gustan son los que no intentan ser atractivos, como este.

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10. Me inspiré y los inspiré a viajar.

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11. Me hice minimalista por unas semanas.

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12. Me perdí en China y me encontró una familia minoritaria que me invitó a tomar el té y a espiar, por un rato, su vida.

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13. Fui, medio de colada, a una gran boda china.

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14. Describí Asia, según mi visión, de la A a la Z.

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15. Volví a Buenos Aires después de 16 meses de viaje (con todos los sentimientos y emociones que eso implica).

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16. Me fui un mes a Perú a visitar amigas. Vi a Calle 13 en vivo en Cusco, escribí un post sobre eso, Calle 13 lo publicó en su muro de facebook, me colapsó el blog de visitas y me hizo muy feliz.

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17. Recordé la vez que me perdí en el desierto.

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18. Asistí a la primera reunión de bloggers de viaje de Argentina (y me hicieron hablar y todo). Expuse mis fotos en Buenos Aires. Publiqué una serie de artículos en la Revista de La Nación y en la Revista Nueva.

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19. Me amigué, por fin, con Buenos Aires.

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20. Pisé Europa por primera vez en mi vida en diciembre de 2011. Me fui de tapas. Conocí en persona a mis familiares asturianos. Me enamoré de una ciudad.

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21. Escribí doscientos posts. Doscientos textos, doscientos relatos, doscientos viajes.

Mujeres viajeras

(Dedicado a las viajeras)

No es lo mismo viajar por el mundo y ser mujer que viajar por el mundo y ser hombre. 

Las mujeres somos, ante los ojos de casi todas las sociedades, más frágiles, vulnerables e indefensas. Una mujer que viaja sola corre más riesgos que un hombre. Una mujer que viaja sola “está loca” (probablemente más que un hombre que decide tomar la misma ruta). Una mujer que viaja sola tiene que tomar muchísimos más recaudos.

Una mujer que viaja sola, ante los ojos de un hombre que viaja solo, es una afortunada. Y esto no lo invento, me lo dijeron muchos viajeros que me crucé en el camino: “Para las mujeres, todo es más fácil”. Cuando vamos solas siempre encontramos madres y familias sustitutas dispuestas a cuidarnos en cualquier rincón del mundo (me pasó), cuando vamos solas es mucho más fácil conseguir que la gente local nos aloje en sus casas (me pasó también), cuando vamos solas logramos una conexión más profunda con las mujeres del lugar aunque no hablemos el mismo idioma (me pasó, especialmente en China), cuando vamos solas y hacemos dedo lo más probable es que nos levanten mucho más rápido que a un hombre (todavía no me animé a hacer dedo sola, pero muchos me aseguraron que es así). Cuando vamos solas, somos nosotras (y nuestro instinto femenino) contra el mundo, para bien y para mal.

En una aldea minoritaria de China (la mujer que me abraza quería que me casara con su hijo y me quedara en la aldea)

Desde que empecé a escribir este blog me puse en contacto con muchos blogueros de viaje, algunos de Argentina (casi todos parejas, como los chicos de Magia en el Camino y como Juan y Laura, los Acróbatas del Camino) y muchos de España, donde esto de ser bloguero cada vez se consolida más como una profesión y se reconoce como tal. Hará un año y medio, estando en Indonesia, descubrí un blog con el que me sentí muy identificada: Trajinando por el mundo, el diario de viaje de Carmen Teira, una chica española que, al igual que yo, viaja sola y ya recorrió Sudamérica y parte de Asia. Cuando la leí sentí, por momentos, que me estaba leyendo a mí misma, y sentí también que, de alguna manera, estaba acompañada. Ya no era yo sola contra el mundo. Después de leer su blog me di cuenta de que éramos yo, Carmen y todas esas mujeres de todas partes del mundo que se animan a viajar solas por ahí.

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[singlepic id=3339 w=800 float=center] Cantabria

Hace unos días, después de varios meses y mails de por medio, conocí a Carmen en persona. Me quedé tres noches con ella y su familia en Suances (Cantabria) y nos fuimos de paseo por varios pueblitos. Nos desvirtualizamos (eso que ocurre cuando dos personas que solamente se conocen por internet, se conocen en persona) y no paramos de hablar. Y la conversación, como era de esperar, siempre derivó en los mismos temas: el blog, viajar sola, historias de couchsurfing, anécdotas, impresiones acerca de lugares que las dos conocimos, periodismo, el blog otra vez, el mercado laboral y las oportunidades, las reuniones de bloggers, los blogtrips, las historias de la gente que conocimos en el camino. Muchos ¿y a vos te pasó tal cosa?, ¿vos contarías tal otra?, ¿vos también te sentiste así o asá? Era obvio que íbamos a tener muchas cosas en común.

En el medio de tanta charla visitamos pueblos, playas, iglesias, cementerios. Cantabria me quedó en la memoria como un lugar muy verde, con casitas en las montañas, pueblitos medievales, playas desérticas (¡es invierno!) y fábricas al estilo Animals de Pink Floyd que asoman en medio de la pradera. Llovió, pero qué importa: las dos teníamos que trabajar con nuestros textos, así que no hubo mejor excusa que esa para quedarnos frente a la computadora y seguir creando mundos virtuales a través de imágenes y palabras. Total, las dos viajamos lento (y trabajamos en el camino) y sabemos que un día de lluvia es, muchas veces, nuestro mejor aliado.

[singlepic id=3323 w=800 float=center] Amigas caminando por Santillana del Mar

[singlepic id=3352 h=800 float=center] Santillana del Mar

[singlepic id=3327 w=800 float=center] Santillana del Mar

[singlepic id=3332 w=800 float=center] Suances

[singlepic id=3335 h=800 float=center] Suances

[singlepic id=3343 w=800 float=center] Comillas

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[singlepic id=3360 w=800 float=center] San Vicente de la Barquera

[singlepic id=3361 w=800 float=center] Santander

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