Prohibido fumar. Prohibido tirar basura en la calle. Prohibido entrar con durian (fruta olorosa) al subte. Prohibido ingresar con ratas y pájaros al banco. Prohibido usar patinetas de Bob Esponja. Prohibido bailar sin licencia. Prohibido prohibir señores, que Big Brother todo lo ve y las multas serán jugosas.

Y que alguien me explique dónde está la Policía para controlar estos actos impúdicos, porque por ahora solamente vi oficiales en los carteles. Hay quienes dicen que los policías se disfrazan de civiles e inundan las esquinas, vigilan, pero pasan desapercibidos y solamente develan su identidad si enganchan alguna ofensa. Otros aseguran que la Policía ni existe, con la amenaza de las leyes y la manipulación psicológica es suficiente.

Lo cierto es que Singapur es el país de las prohibiciones.

Mejor aún: es una ciudad, que a su vez es una isla, que a su vez es un país, donde hay escaleras mecánicas entre los árboles, donde incluso Little India es limpia, donde se puede comer postres color arco iris y donde casi todo está prohibido.

«Rules create victims», grita la remera de un chino-singapurense que camina por Orchard Road, la calle más fashion de Singapur.

Puede ser, pero tan mal no les va: este es uno de los países más avanzados de Asia, el famoso Tigre Asiático del cual nos habló Gerardo (australinos, you know), un lugar muy limpio, seguro y con excelente calidad de vida.

Esto es Singapur.

Una de esas ciudades por las que es muy fácil viajar, un respiro agradable en medio del Sudeste Asiático (sacando el pequeño detalle del calor y la humedad, siempre presentes), un mapa posible de seguir.

Un lugar donde los astrólogos leen la fortuna, los chinos leen el diario y los hindúes se amontonan frente a un televisor en medio de la calle para mirar el último hit de Bollywood.

Un barrio donde los hombres de Bangladesh se reúnen en los restaurantes a mirar luchas de catch y a jugar a su propia versión del billar.

Una esquina donde hay que apretar un botón para que aparezca el «Green Man» y nos ayude a cruzar de vereda.

Un bosque lleno de edificios, una ciudad fabricada dentro de un parque, con escaleras mecánicas al aire libre y todo.

Una ciudad supersónica, donde las puertas no se abren con llaves sino con tarjetas, claves númericas y botones.

Un subte donde los boletos se obtienen solamente a través de una máquina y donde las estaciones son impecablemente limpias.

Un mercado donde los locales invitan a los extranjeros a probar los platos y bocados típicos (y cuando digo «invitan» me refiero a que realmente compran varios sabores y los regalan al foráneo).

Una ciudad donde casi no se ven personas durmiendo en la calle (pero que las hay, las hay).

Una sucesión de barrios donde se escuchan distintos estilos de música según la ocasión: chill out en el área de shopping, música india en Little India, hits de karaoke en el barrio chino.

Un lugar donde la gente vive, trabaja y se divierte.

Vale la pena pasar por esta isla.

Olvídense de los mitos: Singapur es tan caro como uno quiere que sea.

Mi presupuesto diario es de 12 dólares de Singapur (algo así como 8 dólares).

Estoy haciendo couchsurfing en lo de Kuni, un japonés famoso en el Sudeste Asiático por la cantidad de gente que hospedó, así como por su amabilidad y buen corazón.

Todos los días almuerzo en los mercados locales: un plato de comida india, 3.5 dólares de Singapur, un plato de comida china, 3 dólares de Singapur, un postre típico, 2 dólares de Singapur… recorrer esta ciudad a pie, no tiene precio (?).

Singapur tiene mayoría china, así que el tema de la vestimenta ya no es tan estricto, por lo menos no vi ningún «prohibido usar vestido por arriba de la rodilla». Las chinas son muy chic, las mujeres hindúes mantienen sus vestimentas tradicionales y no se ven muchas musulmanas.

Un cartel de «prohibido transpirar» vendría bien.

El miércoles vuelo a Jakarta, capital de Indonesia.

Cambio de país, y esta vez el cambio será notable.

Para los curiosos (especialmente mi madre que se estará preguntando en qué pájaro vuelo a Indonesia), los asiáticos tiene la gran suerte de contar con aerolíneas triple be: buenas, bonitas, baratas, como bondis «boladores» (para seguir con las bes), según me contaron.

La más conocida es Air Asia, que une ciudades asiáticas por (mucho) menos de 100 dólares. También existe Tiger Airways, Lion Air, Cebú Pacific, entre otras, todas aerolíneas que nacieron con la premisa de ser empresas de bajo costo y alta reputación. Ojalá tuviésemos algo así para movernos por todo el mundo.

Así que mis días en Singapur ya se terminan, voy a tener la ¿suerte? de conocer uno de los aeropuertos más avanzados del mundo.

Según dicen, acá el aeropuerto tiene pileta y todo.

Prohibido irse de Singapur sin hablar con los locales, sin probar la excelente comida y sin caminar por ahí.

Prohibido perderse Singapur.

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