Singapur: prohibido prohibir

Prohibido fumar. Prohibido tirar basura en la calle. Prohibido entrar con durian (fruta olorosa) al subte. Prohibido ingresar con ratas y pájaros al banco. Prohibido usar patinetas de Bob Esponja. Prohibido bailar sin licencia. Prohibido prohibir señores, que Big Brother todo lo ve y las multas serán jugosas.

Y que alguien me explique dónde está la Policía para controlar estos actos impúdicos, porque por ahora solamente vi oficiales en los carteles. Hay quienes dicen que los policías se disfrazan de civiles e inundan las esquinas, vigilan, pero pasan desapercibidos y solamente develan su identidad si enganchan alguna ofensa. Otros aseguran que la Policía ni existe, con la amenaza de las leyes y la manipulación psicológica es suficiente.

Lo cierto es que Singapur es el país de las prohibiciones.

Mejor aún: es una ciudad, que a su vez es una isla, que a su vez es un país, donde hay escaleras mecánicas entre los árboles, donde incluso Little India es limpia, donde se puede comer postres color arco iris y donde casi todo está prohibido.

“Rules create victims”, grita la remera de un chino-singapurense que camina por Orchard Road, la calle más fashion de Singapur.

Puede ser, pero tan mal no les va: este es uno de los países más avanzados de Asia, el famoso Tigre Asiático del cual nos habló Gerardo (australinos, you know), un lugar muy limpio, seguro y con excelente calidad de vida.

Esto es Singapur.

Una de esas ciudades por las que es muy fácil viajar, un respiro agradable en medio del Sudeste Asiático (sacando el pequeño detalle del calor y la humedad, siempre presentes), un mapa posible de seguir.

Un lugar donde los astrólogos leen la fortuna, los chinos leen el diario y los hindúes se amontonan frente a un televisor en medio de la calle para mirar el último hit de Bollywood.

Un barrio donde los hombres de Bangladesh se reúnen en los restaurantes a mirar luchas de catch y a jugar a su propia versión del billar.

Una esquina donde hay que apretar un botón para que aparezca el “Green Man” y nos ayude a cruzar de vereda.

Un bosque lleno de edificios, una ciudad fabricada dentro de un parque, con escaleras mecánicas al aire libre y todo.

Una ciudad supersónica, donde las puertas no se abren con llaves sino con tarjetas, claves númericas y botones.

Un subte donde los boletos se obtienen solamente a través de una máquina y donde las estaciones son impecablemente limpias.

Un mercado donde los locales invitan a los extranjeros a probar los platos y bocados típicos (y cuando digo “invitan” me refiero a que realmente compran varios sabores y los regalan al foráneo).

Una ciudad donde casi no se ven personas durmiendo en la calle (pero que las hay, las hay).

Una sucesión de barrios donde se escuchan distintos estilos de música según la ocasión: chill out en el área de shopping, música india en Little India, hits de karaoke en el barrio chino.

Un lugar donde la gente vive, trabaja y se divierte.

Vale la pena pasar por esta isla.

Olvídense de los mitos: Singapur es tan caro como uno quiere que sea.

Mi presupuesto diario es de 12 dólares de Singapur (algo así como 8 dólares).

Estoy haciendo couchsurfing en lo de Kuni, un japonés famoso en el Sudeste Asiático por la cantidad de gente que hospedó, así como por su amabilidad y buen corazón.

Todos los días almuerzo en los mercados locales: un plato de comida india, 3.5 dólares de Singapur, un plato de comida china, 3 dólares de Singapur, un postre típico, 2 dólares de Singapur… recorrer esta ciudad a pie, no tiene precio (?).

Singapur tiene mayoría china, así que el tema de la vestimenta ya no es tan estricto, por lo menos no vi ningún “prohibido usar vestido por arriba de la rodilla”. Las chinas son muy chic, las mujeres hindúes mantienen sus vestimentas tradicionales y no se ven muchas musulmanas.

Un cartel de “prohibido transpirar” vendría bien.

El miércoles vuelo a Jakarta, capital de Indonesia.

Cambio de país, y esta vez el cambio será notable.

Para los curiosos (especialmente mi madre que se estará preguntando en qué pájaro vuelo a Indonesia), los asiáticos tiene la gran suerte de contar con aerolíneas triple be: buenas, bonitas, baratas, como bondis “boladores” (para seguir con las bes), según me contaron.

La más conocida es Air Asia, que une ciudades asiáticas por (mucho) menos de 100 dólares. También existe Tiger Airways, Lion Air, Cebú Pacific, entre otras, todas aerolíneas que nacieron con la premisa de ser empresas de bajo costo y alta reputación. Ojalá tuviésemos algo así para movernos por todo el mundo.

Así que mis días en Singapur ya se terminan, voy a tener la ¿suerte? de conocer uno de los aeropuertos más avanzados del mundo.

Según dicen, acá el aeropuerto tiene pileta y todo.

Prohibido irse de Singapur sin hablar con los locales, sin probar la excelente comida y sin caminar por ahí.

Prohibido perderse Singapur.

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Kuala Lumpur en diez palabras – parte II

6. AIR-CON

Siento que soy la única que sufre realmente los cambios drásticos de temperatura que hay en esta ciudad.

Apenas salgo a la calle, el calor húmedo y sofocante me pega en la cara y en ese momento pienso dos veces si de verdad quiero salir de mi hostel a caminar o no.

Estoy en Asia, no puedo no salir a conocer.

Así que pongo un pie en la vereda y ya perdí como tres litros de transpiración.

Hola malayos, ¿me explican cómo hacen para no sufrir este calor de perros? ¿Por qué están siempre tan impecables y me hacen quedar tan desastrosa en comparación? Al rato, después de unos minutos de caminata, entro a un lugar cualquiera, tal vez un shopping, tal vez un 7-Eleven, tal vez un restaurante y bum: frío polar. Y los peores son los colectivos de corta y larga distancia: tengo que vestirme como para ir a la montaña. ¿Soy la única que se está congelando en este lugar? ¿Cómo hace, señor, para no sentir frío estando en camisa y short, cuando la temperatura no supera los 10 grados? ¿Por qué nadie pide amablemente que apaguen el aire acondicionado?

¿Por qué te crees que salimos con campera a todos lados? me dice una amiga malaya.

Jamás pediremos que bajen el aire, simplemente aceptamos el estado de las cosas y sabemos que cuando vamos a tomar un colectivo de larga distancia, tenemos que llevar guantes y bufanda, me explica otro local.

Yo creo que en el fondo hay cierto deseo de hacer de cuenta que en algunos metros cuadrados de Kuala Lumpur, el invierno existe.

7. MAPA

Una estadounidense me lo advirtió en Penang: el mapa de Kuala Lumpur es extremadamente engañoso, uno cree que puede unir dos puntos de la ciudad mediante una caminata siguiendo una simple línea recta, pero no señor, en medio de esa línea aparecerán calles que no figuran en el mapa ni de casualidad y que harán que uno se desvíe y termine en cualquier otro lugar.

Y si decidimos tomarnos u taxi o colectivo, peor aún: estaremos por lo menos media hora atascados en el tráfico.

Así que esta es una de las grandes decisiones que hay que tomar al enfrentarse a esta ciudad: si camino voy a llegar a destino más rápido pero probablemente me pierda varias veces, y si tomo un transporte, llegaré seguro, pero mucho después de lo previsto.

Por suerte tengo la ayuda de mis amigos locales que siempre saben cómo llegar: ellos jamás usan el mapa, les parece muy confuso, así que simplemente buscan algún edificio con la mirada, lo toman como referencia, y caminan hacia esa dirección.

8. MASJID (mezquitas)

Cuando viajé por América latina, los dos elementos que aparecían en todas las ciudades eran los museos y las iglesias.

Visité tantos que llegó un momento en el que solamente dediqué mi tiempo a aquellos que fueran distintos o especiales porque, seamos sinceros, en algún punto se vuelve un poco tedioso o aburrido mirar siempre las mismas construcciones.

Acá, en cambio, para mí todo es nuevo, y cada vez que veo un templo chino o hindú o alguna mezquita, entro sin pensarlo. Para la gente local, los templos son lo más aburrido del mundo, para mí, son fascinantes. Esos colores, ese mármol, ese estilo, esos detalles…

Entré por primera vez a una mezquita en Penang y realmente me sorprendió: son lugares que transmiten mucha paz, además de ser arquitectónicamente impresionantes. En todas las mezquitas hay un guardarropas con túnicas para que las mujeres extranjeras o no musulmanas se tapen y sólo muestren las manos, los pies y la cara. Al entrar, siempre hay algún voluntario dispuesto a recibir a los visitantes y explicarles acerca de su religión.

Me parece muy interesante poder aprender de primera mano acerca de esta religión de la que se habla tanto.

Un dato que aprendí en Malasia: acá, todos los malays (no los chinos-malayos ni los hindú-malayos, sino los que acá se denominan malays a diferencia de los malaysians que son todos los habitantes del país) son musulmanes por ley. Las mujeres eligen si quieren cubrirse o no, hay algunas que no lo hacen, y tienen prohibido taparse toda la cara, solamente se cubren el pelo. Las mujeres que se ven en la ciudad vestidas totalmente de negro y que solamente dejan ver los ojos y las manos son de otros países como Arabia Saudita.

9. EXPATS

Incluso tienen una revista propia, acá los expats (extranjeros que decidieron instalarse en Malasia) son una gran comunidad.

En Penang, por ejemplo, conocí a un grupo de profesores de China y Gran Bretaña que viven en la isla y enseñan materias en inglés, ya que en los colegios de Malasia hay ciertas materias que deben ser dictadas obligatoriamente en inglés, como Math o Science.

¿Por qué eligen venir acá? Tipi, una chica china de 25 años, me lo resumió de manera muy simple: Acá gano más de lo que ganaría en China haciendo el mismo trabajo. Juan, un neoyorquino hijo de portorriqueños, me contó que está viviendo hace cuatro meses en KL porque quiere triunfar como DJ de salsa, pero todavía no tuvo mucho éxito. Chris, un alemán, está en KL porque la empresa en la que trabaja (Google, no sé si la ubican) lo transfirió a la central de Malasia.

Algunos se sienten atraídos por la cultura, la comida y la gente de Malasia, otros vienen por un tema de sueldo o experiencia, pero lo cierto es que es muy fácil sentirse cómodo en este país: el lenguaje no es una barrera, la gente es muy cálida y curiosa y la comida es excelente y muy barata.

10. DIFERENCIAS

Me costó entrar en clima en KL. Los primeros días me sentí un poco perdida en la gran ciudad y pensé en volver lo antes posible a Penang.

Pero no, tengo que seguir avanzando.

Y ahora, claro, no quiero dejar KL.

Es una ciudad de grandes contrastes: edificios altísimos e imponentes, baches en las calles, gran cantidad de opciones de transporte público, embotellamientos y veredas casi inexistentes, comida de primer nivel, cuervos y ratas en las calles.

Pero lo mejor, como siempre, es la gente. Es lo que hace que un país, pueblo o ciudad sea lo que es.

¿Te molesta que acá todos te miren fijo? me pregunta una amiga local.

Para nada, le respondo.

Es que para nosotros sos muy exótica, y además sos la primera argentina que conozco, al igual que muchos.

Es curioso: para nosotros los asiáticos son raros, distintos, desconocidos, y para ellos nosotros, “White western people”, somos raros, distintos, desconocidos.

Y apenas nos ponemos a charlar nos damos cuenta de que somos mucho más parecidos de lo que pensábamos.

¿Querés saber cuáles son las primeras cinco palabras? Lee este post

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Kuala Lumpur en diez palabras – parte I

1. TRÁFICO (a.k.a. traffic jam)

He aquí mi primer grato encuentro con Kuala Lumpur.

Son las 12.30, estoy viajando tranquilamente en el colectivo desde la apacible isla de Penang hacia la ciudad capital del país.

A qué hora llegaremos, le pregunto al conductor.

A las 5 pm, me asegura.

Qué bien, qué puntualidad, pienso.

De repente, son las 6.30 pm y el colectivo avanza a dos por hora bajo la lluvia y cada vez que le pregunto al pasajero de adelante cuánto falta, mira su reloj, hace algunos cálculos mentales y promete: 15 minutos.

Creo que tardé más tiempo en llegar desde la entrada de KL a la terminal, que desde Penang hasta KL.

Así es: bienvenidos a Kuala Lumpur, ciudad donde, tarde o temprano, todos seremos víctimas del tráfico. Los malayos mismos lo dicen: hay dos maneras de calcular el tiempo de viaje en KL, “con traffic jam” y “sin traffic jam”. Y estos atascamientos de autos, colectivos, motos y taxis son tan comunes y están tan aceptados como algo normal dentro de la rutina diaria, que nadie se molesta en tocar bocina ni quejarse en voz alta y todos salen de sus casas por lo menos 40 minutos o una hora antes de lo previsto para llegar a tiempo.

Es así, si vas a salir con ruedas, bancate el embotellamiento.

Juro que un colectivo que me tomé estuvo parado en un ¿semáforo? durante 15 minutos y nadie dijo nada, todos siguieron mirando televisión tranquilamente (hay tv en el transporte público).

2. PROHIBIDO

Malasia es un país musulmán y como tal tiene varias restricciones… algunas bastante cómicas.

Enamorados, cuidado: nada de besarse ni demostrar cariño en público. Masca-chicles, ojo: está prohibido subir a las Torres Petronas comiendo chicle. Comunidad gay, lo lamento: nada de salir del clóset. Bebedores de cerveza, preparen sus bolsillos: el alcohol cuesta el triple por la cantidad de impuestos. Nada de portarse mal, que la Policía Moral está mirando y las multas serán jugosas.

3. ROMPERÉCORDS (o Malaysia Boleh!)

Aunque ostentan el mástil más alto del mundo, el shopping más grande de Asia y dos torres que en su momento fueron las más altas, para los malayos nada de eso es noticia.

En este país hay todo tipo de récords, probablemente más de uno nuevo cada día: la mayor cantidad de ancianos en un circo, la rana más pequeña del mundo, la mayor cantidad de cabezas lavadas con shampú en un solo día en un shopping (exactamente 1068), la subida de escalones más alta realizada de espaldas (2058 peldaños), el padrino (best man) más frecuente en los casamientos (apareció en 1069 festejos), el primer abogado ciego del mundo…

Más de 1300 hazañas documentadas en el popular Malaysian Book of Records: hechos insólitos, cómicos y bizarros que demuestran que Malaysia Boleh! (Malasia Puede).

¿Y de dónde surgió este afán de romper récords? Del antiguo primer ministro Mahatir Mohamad, quien decidió incentivar a los malayos para que se superaran día a día y convirtieran su país en una nación asiática avanzada.

Ah, y él también ostenta un récord: fue el Primer Ministro que más tiempo estuvo en el poder en Malasia (22 años).

4. LAH

Come on, lah! We’re gonna be late, lah! Hurry up, lah!

Una de las palabras más escuchadas de boca de los malayos, sin importar si son hindúes, chinos o musulmanes, es el simpático “lah” que todos repiten para enfatizar su discurso.Y, por si se lo estaban preguntando, acá todos hablan inglés, uno de los idiomas oficiales del país junto con el bahasa malayo (hay malayos que solamente hablan estos dos idiomas y no los dialectos que corresponden a su raza).

Afortunadamente para nosotros, viajeros que desconocemos el lenguaje del lugar al que vamos, acá todos entienden el inglés a la fuerza, y si no pueden hablarlo con propiedad, lo mezclan con bahasa y forman el Manglish.

Y si entrenamos el oído, terminaremos escuchando frases como bladibarsket (bloody bastard), mamak stall (restaurante hindú) y Got question? (alguna pregunta?). Ni intenten descifrar un cartel en bahasa, es completamente imposible y las palabras, aunque son simples de leer, no se parecen a ningún término que nos suene relativamente conocido: terkenal es alguien famoso, mat salleh es un extranjero, jalan es una calle y Terima kasih es gracias. Queridos lectores: Selamat sejahtera. Nama saya Aniko, Apa khabar? Saya tidak faham bahasa, selamat malam!

5. MALAYSIAN STYLE

En ciudades asiáticas caóticas como Bangkok o Kuala Lumpur, en las que es casi imposible cruzar la calle sin ser atropellado, no queda otra que aprender la técnica de los locales para realizar semejante hazaña.

Cuando llegué a Bangkok y me enfrenté a la vereda por primera vez, casi decido visitar solamente los lugares que se encontraran en el radio de la manzana de mi hostel, lo que fuera con tal de no cruzar.

Como peatona en la capital tailandesa, esta fue mi primera impresión: bien, estoy parada frente al semáforo como corresponde, esperando que cambie la luz para cruzar, como corresponde. De repente la luz cambia, uno de los cinco semáforos que funciona para alguna de las cinco esquinas que confluyen acá acaba de ponerse en rojo, lo que quiere decir que algún auto tiene que frenar obligatoriamente y dejarme el paso.

ERROR.

Algunos autos frenarán, sí, pero de la nada aparecerán (de una dirección desconocida) veinte autos a toda velocidad con prioridad para doblar (esto de tener los lados invertidos para el manejo me sigue confundiendo).

Confieso que hubo veces que llegué a estar parada diez minutos en el mismo lugar, intentando frenar el tráfico con la mirada. Pero logré cruzar: cada vez que aparecía un local dispuesto a cruzar (con suma tranquilidad, porque para ellos la hazaña no es tan grande), disimuladamente me ponía al lado y caminaba hacia la vereda de enfrente a la par. Y en Malasia aprendí a cruzar Malaysian Style: mi amiga Belinda, ciudadana de KL, me explicó que en esta ciudad nadie respeta las sendas peatonales, cada cual cruza dónde, cuándo y cómo quiere.

Eso sí, hay una regla: una vez que empezaste a cruzar la calle, jamás te arrepientas ni vuelvas hacia atrás.

¿Querés saber cuáles son las cinco palabras que siguen? Lee la parte II acá!

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Penang: lugares-cebolla

Creo que existe cierto feeling entre el viajero y el pueblo o ciudad a la que llega. Por eso no me guío mucho por lo que me dice la gente: un lugar al que a una persona le puede fascinar, a otra puede transmitirle mala vibra o directamente aburrirle.

Cada cual lo cuenta según cómo lo vivió, y siempre habrá tantas opiniones como personas.

En mi caso, hay lugares del mundo que me atrapan.

Me pasó en Copacabana (Bolivia), me pasó en Lima (Perú), me pasó en Montañita (Ecuador), me pasó en San Blas (Panamá) y me pasa acá, en la isla de Penang (Malasia).

Son lugares que, para mí, merecen su tiempo para ser descubiertos. Lugares-cebolla, tal vez, en los que hay que ir pelando una a una las capas que conforman el todo para llegar al centro de la cuestión. Y cuando encuentro un lugar en el que siento esto, perdón, pero voy a tardar más tiempo en escribir al respecto.

Hay otros lugares, en cambio, que me gustan, me entretienen, me interesan, pero no me generan ningún tipo de sentimiento.

Son lugares por los que paso tres o cuatro días y siento que ya encontré todo lo que tenía para ofrecerme, le saqué la ficha al instante, capté la atmósfera desde el primer día. Es una sensación, nada más, y puramente subjetiva, claro, como cuando conocemos a una persona nueva.

Sé que ni en un vida se puede terminar de conocer la complejidad o simpleza de un lugar del mundo, pero hay pueblos/ciudades por las que paso corriendo y otras por las que paso gateando, mirando todo con asombro.

Mercado musulmán

¿Qué sabemos de Malasia?

Yo, por lo menos, no tenía ninguna imagen mental definida de este país. Me imaginaba… nada.

Muchos orientales, mucho calor, muchas mujeres con burka. ¿Qué me fueron diciendo en Tailandia? Que es un país muy caro, que es un país fascinante, que es un país aburrido, que es un país barato, que es un país así o asá… Hay que tomar cada declaración como de quien viene. Por eso en general prefiero no investigar demasiado sobre el lugar al que voy a ir, me gusta dejarme sorprender e ir aprendiendo a medida que voy conociendo.

¿Se imaginaban, por ejemplo, que en Penang (y en Malasia) conviven tres grandes comunidades?

Los malayos (musulmanes por ley y más de la mitad de la población del país), los chinos y los hindúes.

Cada grupo mantiene sus tradiciones, su religión, su idioma, su comida, sus festejos, sus templos, sus construcciones y sus costumbres. Los habitantes de las tres comunidades conviven en un mismo territorio, en general todos hablan varios idiomas y dialectos (bahasa, mandarín, cantonés, tamil, inglés), trabajan juntos, comen juntos, son amigos, socios, colegas, compañeros de colegio o de universidad, pero jamás se casan entre grupos distintos. Por eso no se ve la mezcla en las caras y es muy fácil saber quién es chino, quién es hindú y quién es malayo.

Las personas de alrededor de 40 años pertenecen a la tercera o cuarta generación de su familia, es decir que sus abuelos o tatarabuelos fueron los que llegaron a Malasia de China o de la India hace varias décadas y se establecieron en Georgetown, capital de la isla. Y ellos son chinos e indios, pero a la vez no lo son: son chinos-malayos e indios-malayos, personas que serían tratadas como extranjeras si fuesen de visita a sus respectivos países de origen.

Same same but different, dirían los tailandeses para referirse a algo que es parecido pero que no llega a ser lo mismo.

Y si un lugar así nos resulta exótico a nosotros, imagínense cuando ellos conocen a alguien de Sudamérica, de aquel continente que está tan lejos de su realidad.

Aunque, tal vez no lo van a creer, pero sacando la comida, la religión, la vestimenta, veo más similitudes que diferencias entre estos dos mundos que creemos opuestos.

Los malayos (sin importar a qué comunidad pertenezcan) son curiosos y siempre me preguntan de dónde soy. Cuando digo Argentina me responden una de dos: “Ohh Argentina! Good football! Messi” o, en su defecto, me cantan “Don’t cry for me, Arshentiiina” (vaya uno a saber por qué, pero la película es muy famosa acá, al igual que Lady Gaga que no para de sonar en las radios).

En estos días que estuve en la isla intenté conocer por lo menos a un miembro de cada comunidad, para ver Penang desde tres (o más) ángulos distintos.

Chin Chin y yo en el mercado

Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing, es profesora de Física en un colegio, tiene 50 años, es casada y tiene dos hijas y un hijo que vive y estudia en Singapur. Ella me recibió en su casa de la manera más hospitalaria posible: me preparó un cuarto para mí, me cocinó comida china típica, me llevó a pasear, me hizo mil y un preguntas de Argentina y me contó mil y un cosas de Malasia.

Que los malayos reciben muchos más beneficios de parte del gobierno, que los chinos son los profesores y médicos más prestigiosos y los que ostentan el verdadero poder económico, que para los chinos la educación es lo más importante, que los indios reciben un salario menor que el resto, que en Penang es más barato comer afuera que comprar la comida en el supermercado y prepararla, que la comida de Penang es la mejor del país y por eso se la pasan comiendo a toda hora.

Ang Huah y su remera, sólo para entendidos

Ang Huah, uno de los “líderes” de Couchsurfing en Penang (con más de 150 huéspedes de todo el mundo en su historial), también es chino-malayo y es famoso en otras ciudades por ser LA persona que  más sabe de la cultura china de Penang.

Ang tiene una táctica para que los couchsurfers lo reconozcan: simplemente se para en algún lugar estratégico con su remera negra que dice “Got couch?” sin decir una palabra. Los que saben, entienden el mensaje. Según me cuenta, lo de Couchsurfing es algo “part-time” para él, ya que se dedica a muchas (muchísimas) otras actividades: es profesor de kung fu, organizador de eventos de la comunidad china, estudiante de tai-chi, voluntario en un hogar de gente discapacitada, vendedor de terrenos, escritor. Pero se lo ve rodeado de extranjeros todos los días y a toda hora.

Ang aprovecha Couchsurfing para hacer una investigación para su próximo libro: quiere saber por qué los extranjeros eligen viajar a Penang, qué buscan, qué intereses tienen, cuál es su misión. A sus 50 años, tiene una energía envidiable y una personalidad tan hiperquinética que resulta graciosa y tierna: Ang es capaz de estar en tres conversaciones a la vez, es común que se excuse por “10 minutos” y vuelva tres cuartos de hora después tras haber terminado su clase de tai-chi.

Tiene la capacidad de organizar la agenda de cualquiera de la manera más eficiente posible, porque según él, el tiempo es lo más valioso que tiene y no quiere andar por ahí desperdiciándolo, aunque es normal que cambie de planes constantemente.

Así que el día que me llevó a ver un espectáculo local de ópera china, nuestro itinerario, en principio, iba a ser así: a las 18.30 nos encontraríamos en la puerta del templo para ir a la ópera a las 19, el show terminaría a eso de las 21 así que nos íbamos a quedar hasta el final para poder ir al backstage a sacar fotos.

Pero las cosas sucedieron así: yo llegué temprano al templo y me crucé con un amigo indio de Ang que me pidió que lo acompañara a que una mujer china le leyera la fortuna, después me invitó a tomar Masala Chai, un café de especias y hierbas aromáticas típico del sur de su país, hablamos de la India y me explicó cómo tenía que vestirme cuando viajara para allá para simular que soy una mujer casada; cuando volvimos al templo me encontré con Ang que estaba con una chica de Turquía y un amigo Sikh así que nos fuimos los cuatro a tomar un té chino de hierbas; después de eso me fui con Ang a ver la ópera a eso de las 19.30. A las 20 ya había escuchado algo de ópera, ya había estado en el backstage, ya me había sacado fotos con los actores, ya había tomado otro té y a las 20.30 Ang me acompañó a tomarme el colectivo y se fue de karaoke con sus amigos.

Leyéndole la fortuna a mi amigo…

Ópera china

Así son los días en Penang, no planeo demasiado y las cosas surgen solas.

El día que llegué, como conté, me fui a recorrer la isla en auto con Julio, un mexicano, y Rizuan, un malayo-musulmán que nos llevó a un almuerzo musulmán y nos habló acerca de su religión.

Otro día fui con Journey (mi amiga china), Tipi (su amiga china), el novio australiano de su amiga, una familia de Indonesia, una pareja de Sudáfrica y EEUU, una mujer india-malaya, a comer al hot-pot de Georgetown. El hot-pot es el mejor invento chino que conozco: se trata de un buffet en el que, por aproximadamente 20 pesos argentinos, uno puede comer hasta reventar. Lo divertido es que la comida está cruda y cada cual la prepara en el “hot-pot” (olla caliente) de su mesa: una especie de cacerola dividida en dos con sopa de pollo o sopa de especias en donde se sumerge y cocina la comida.

Al día siguiente fui con Journey y Chin Chin a conocer “el mercado más local” de Penang, varios templos y parques; a la noche fuimos al festival de la comunidad Sikh y terminamos bailando con todos los extranjeros en medio de un grupo de treinta hindúes al ritmo de la música sikh.

Después nos encontramos con el grupo de couchsurfers y una banda de músicos franceses, británicos y españoles y nos fuimos caminando por Georgetown mientras uno de los chicos tocaba el acordeón… Y mañana, quién sabe cómo será mi día.

Es cierto, cuando uno viaja, el tiempo pasa a ser totalmente relativo: los amigos de hace pocas horas ya parecen de toda la vida, una semana es como un mes y la edad, raza o nacionalidad de las personas que uno va conociendo es lo de menos.

Mientras esté acá, no importa cuántos días sean, me seguiré dedicando a pelar esta cebolla de la que se asoman personajes nuevos a cada momento.

Ah, sí, y a comer: cada comunidad mantiene su propia comida y todos quieren que uno pruebe sus platos típicos, así que en Penang, una de las actividades más comunes y que más estuve praticando es comer a toda hora y en todo lugar.

Cualquier excusa es buena para probar algo nuevo.

El hot-pot chino: elegís tu comida (cruda) y la cocinás en tu propia cacerolita en medio de la mesa

Probando comida típica en el festival de los Sikh

Con Couchsurfers de alrededor del mundo

Un almuerzo musulmán en el barrio

Georgetown

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“Hey, farang! Sawatdee pee mai!” (¡Feliz año nuevo tailandés!)

Voy rumbo a Ko Phi Phi, destino mundialmente conocido por dos características bastante disímiles: fue uno de los lugares más golpeados por el tsunami del 2004 y fue también una de las locaciones donde se filmó La Playa (la película de Danny Boyle… donde actúa Leo Di Caprio).

Tengo que cruzar de una costa a la otra del país: estoy en la isla de Ko Phanghan (el mapa está dos posts atrás), en el golfo de Tailandia, y voy hacia una isla que está en el Mar de Andamán, un sector del Océano Índico. Parece un trayecto bastante simple: barco – colectivo hasta la otra costa – barco. Pero no, el viaje me lleva casi 12 horas en las que me subo a una combi, a un catamarán, a un colectivo, a un taxi, a otro taxi, a un “big bus”, a otro taxi y a un barco. Es lo que acá venden en todas las agencias de viaje como “joint ticket” (pasaje conjunto, o combo de pasajes). Y no queda otra que comprarlo, porque viajar por cuenta propia es más caro, más difícil y probablemente llevaría el triple de tiempo (aunque no lo crean).

Estos viajes en el interior de Tailandia son bastante caros. Por ejemplo, el combo anterior cuesta unos 1000 baht, algo así como 30 dólares. Pero no puedo negar que son giras cómicas y hasta misteriosas. Lo cierto es que no importa en qué agencia de viajes se compre el pasaje, finalmente todos terminan viajando en los mismos transportes.

El procedimiento es así: comprás un “joint ticket” para el cual te dan un recibo que dice que pagaste el monto total del viaje al destino final que hayas elegido, el pasaje correspondiente al primer medio de transporte y un sticker con una palabra en thai para que te pegues en la remera. Es decir que uno se pregunta constantemente si se quedará a mitad de camino o si, en la próxima parada, alguien va a reconocer el recibo y darle el pasaje para el tramo siguiente. Es un enigma. Igual que el sticker que uno lleva encima, que bien puede decir “paseame soy turista”, “aguante Rambo” o “busco marido”.

El sticker misterioso y yo

Yo tuve una situación así: después de tomar el primer barco desde Ko Phanghan hasta tierra firme y el colectivo siguiente hasta el pueblo de Suratthani, quedé “varada”. Todos los turistas hicieron cambio de colectivo menos yo, porque mi recibo correspondía a otra agencia de viajes y nadie me lo reconocía. Me dijeron que llamara por teléfono al número que figuraba en el papel y pidiera que fueran a buscarme.

Primero: no tenía idea de dónde estaba parada.

Segundo: tenía menos idea de cómo explicar eso en tailandés.

Así que le pedí a una mujer que llamara y a los 20 minutos llegó el taxi a buscarme. Pero no era un taxi cualquiera, no, era una especie de camioneta tuneada (como esta), con la parte de atrás abierta, con capacidad para ocho pasajeros. Así que nos fuimos, el taxista, mi sticker y yo hasta la parada del próximo medio de transporte. Llegamos a un restaurante, el taxista frenó y me dijo que me bajara ahí. Al fondo, una mujer sentada a un escritorio manejaba la sucursal de la agencia de viajes que me correspondía. Me dio los pasajes restantes, otro sticker para mi remera y me mandó con el taxista al “big bus” que me llevaría a Krabi, pueblo donde después podría hacer la conexión con el barco a Ko Phi Phi.

Mi odisea podría haber sido aburrida, pero no elegí mejor día para viajar que Songkran: el año nuevo tailandés.

¿Y en qué consisten los festejos de año nuevo acá? Son tres días feriados en los que los tailandeses preparan sus mangueras, cargan sus pistolas de agua y sus baldes y empapan de agua y pintura a quien se les cruce. Me parece una manera genial de aplacar los 40 grados de calor de abril. Así que mientras iba en el taxi tuneado recibí muchos “Hey farang! Sawatdee pee mai!” (Hey gringa, feliz año nuevo!”) seguidos de pistolazos, pintadas en la cara y sonrisas. El ambiente que se vive es muy alegre y divertido, a los tailandeses le encanta saludar a los extranjeros en inglés y sacarnos fotos (lo cual me resulta gracioso, pero lo mismo deben pensar ellos cuando nosotros los fotografíamos… ¿para qué querrán una foto mía?).

Hasta 1888, Songkran marcaba el principio del nuevo año en Tailandia y en varios países del Sudeste Asiático, y era un momento de mucha espiritualidad en el que se visitaba a los ancianos, amigos, familiares y vecinos. A mediados del siglo pasado dejó de tener un significado astrológico y se convirtió en un festejo tradicional del país… y en tres días de vacaciones símil carnaval.

Actualmente, el año comienza cada primero de enero y Songkram se festeja entre el 13 y 15 de abril.

El festejo comenzó en el norte del país y se cree que es una adaptación del festival Holi de la India. Songkran es un momento de limpieza y renovación: durante estos días, muchas personas van a un wat (templo budista) a rezar y a llevar ofrendas a los monjes, otros limpian las imágenes de Buda con agua y fragancias y algunos llevan arena al monasterio de su barrio en representación de la suciedad que acarrearon en sus pies durante el resto del año. Hay quienes hacen promesas para el año entrante y quiene aprovechan para limpiar sus hogares a fondo.Y todos se suman en el ritual de tirarse agua: es una manera de “limpiar la suciedad” de las personas. Comenzó como una manera de mostrar respeto hacia el otro: tras limpiar las imágenes de Buda se utilizaba esa agua “bendecida” para darle buena fortuna a los mayores y a la familia. Pero hoy en día pasó a ser una gran guerra amistosa de pistolas de agua y baldes en la que no se salva nadie. Yo tampoco, obvio.

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¡¿Dónde están mis ojotas?!
Mi experiencia en Ko Phanghan, la isla de la Full Moon Party

Tailandia es un país preparado para el turismo, definitivamente. Me lo dice la gente que me cruzo y me doy cuenta a pesar de llevar (“sólo” o “ya”) una semana acá. ¿Cómo hacés para comunicarte? Es la pregunta que más recibo desde tierras argentinas. No es nada difícil, les cuento, pensé que iba a ser peor. Hasta me siento decepcionada de lo fácil que es (en los lugares turísticos, claro).

En general, todos los carteles están en thai y en inglés, los menúes de los restaurantes también tienen el subtítulo en inglés (y en algunos casos la foto del plato), la mayoría de la gente sabe decir (o por lo menos entiende) “hello”, “thank you”, “how much?”. No esperan que uno les hable en su idioma, sino que directamente saludan con un sawatdee (saludo tradicional thai) y hablan en inglés (un inglés que a veces cuesta entender, pero inglés al fin).

Pero cuando uno se sale un poquito de la ruta turística, las cosas cambian.

La experiencia de ir a Chinatown en Bangkok fue divertida, ahí sí que nadie hablaba inglés… y yo que necesitaba saber cómo llegar a la estación de subte más cercana. ¿Qué hice? Me aprendí el nombre de la estación (Hua Lamphong) y me fui acercando a distintas personas que parecían ser policías, oficiales, cuidadores o algo por el estilo. Los miré con cara de perdida y les dije “Hua Lamphong?”, a lo que me indicaron con señas cómo llegar. Lo gracioso es que cada persona me iba indicando de a dos cuadras, me marcaban con el brazo que caminara derecho y que doblara a la izquierda, por ejemplo, y cuando hacía ese trayecto y no veía ni rastros de la estación de subte, le preguntaba a otra persona que nuevamente me daba una indicación de dos cuadras y así, cuatro personas después, llegué.

Pero mis aventuras en Bangkok quedaron atrás. Si bien la ciudad me fascinó, no soporté eso de transpirar más que haciendo una hora de spinning adentro de una olla a presión. Detalle interesante: hablando con una alemana, me dijo que Bangkok le gustó pero que le pareció una ciudad muy ruidosa, contaminada y sucia. ¿Bangkok? ¿La misma Bangkok que conocí yo? ¿O será que nosotros estamos tan acostumbrados al caos que cualquier ciudad medianamente ordenada nos parece de avanzada? ¿O será que ellos están tan acostumbrados al orden que cualquier ciudad medianamente ruidosa les parece incivilizada? Qué dilema… Yo creo que hay que buscar un punto medio entre ambas.

Y Bangkok es una ciudad que vale la pena conocer, se los aseguro. Probablemente tendré que volver cuando quiera volar a Myanmar, ya que a ese país sólo se puede entrar en avión (bah, por tierra también, pero es complicado). Capítulo aparte.

Como dije, me vine a la playa. Todavía no a LA Playa de Leo Di Caprio, esa será mi próxima parada… (Sí, ese lugar es REAL).

Ahora estoy en Ko Phanghan, una de las tres islas de la provincia de Suratthani, unos 600 kilómetros al sur de Bangkok.

Llegué en colectivo y ferry, unas 12 horas de viaje, de noche y sin dormir. Hay formas más cómodas de llegar, obvio: el avión, para los que pueden gastar un poco más y tienen menos tiempo, y el tren, que es más cómodo y tiene camas en lugar de butacas. Hubiese venido en tren, pero los pasajes estaban agotados hacia varios días (me avivé tarde). En estas islas hay opciones para todos: los que prefieren vacaciones en resorts cinco estrellas, van directo a Ko Samui; los que quieren sacar el certificado de buceo bien barato, eligen Ko Tao; y los que quieren gastar poco pero ir a una playa de agua turquesa y arena que parece talco, derechito a Ko Phanghan.

Ah, y hay otra razón para elegir esta isla: las famosísimas Full Moon Parties.

Tengo que confesar que por más famosísimas que sean, yo no sabía demasiado sobre estas parties hasta que llegué acá.

La cosa es así: esta fiesta existe desde 1988 y se celebra cada luna llena. La primera vez que se hizo fue para 20 o 30 personas que descubrieron que la luna llena, al parecer, se veía mejor acá que en cualquier otro lugar del mundo. Hoy en día, la isla recibe entre 20.000 y 30.000 personas por fiesta (!). Muchos llegan del continente o de las otras islas y se quedan en Ko Phanghan solamente para la fiesta y vuelven completamente borrachos en el ferry a sus respectivos paraderos. La fiesta se hace en Sunrise Beach, una de las playas de Haad Rin, uno de los pequeños pueblitos de esta isla.

Mi itinerario no coincide con la luna llena (faltan como tres semanas), así que cuento según lo que escuché, vi o leí por ahí.

Al parecer antes de que empiece la fiesta todos se pintan el cuerpo con pintura fluorescente, compran los famosos buckets (baldes) de alcohol y se van para la playa. Hay varios DJs que pasan distinto tipo de música, más que nada electrónica. Me la imagino como una gran Creamfields at paradise. Hay fiesta de la espuma, malabaristas y, al día siguiente, un gran mercado negro de ojotas y venta de remeras que dicen “Has anybody seen my shoes?”.

Un descontrol.

Obviamente los precios de los hostels y hoteles se duplican o triplican. Para los nostálgicos, se realizan también la Half Moon Party y la Black Moon Party. Lo más gracioso es que el pueblo de Haad Rin (mínimo) está lleno de puestos de tatuajes, osea: empedate, tatuate y al día siguiente olvidate de arrepentirte. La Full Moon Party queda en tu piel para siempre (y en tu ropa también, la pintura fluorescente no sale con nada). The Ko Phanghan Experience, me dice un israelí que la vivió, y me cuenta que nunca probó un Red Bull tan fuerte como el de acá (tan pero tan fuerte que en Israel prohibieron su importación).

Ahora que estamos en la época “entre-fiestas”, la isla está tranquila.

Más allá de las motitos que van y vienen por los caminos de tierra, se puede caminar, comer y dormir con serenidad.

Es impresionante la gran cantidad de israelíes que hay acá, no sé nada de estadística, pero me atrevo a decir que uno de cada cuatro es israelí (los tres restantes son alemanes, tailandeses y algún europeo random). Perdón, son muy buena onda, pero no puedo evitar recordar a Zohan cada vez que los escucho hablar en inglés. Por ahora latinoamericanos, cero.  No escuché ni una palabra de español desde que llegué, todo hellowhereareyoufrom. Tengo ganas de hablarles a todos en porteño y que nadie entienda nada.

Qué descubrí en Ko Phanghan:

  • Que la comida más rica, más barata y mejor preparada es la de los carritos callejeros. La cocinan en el momento, adelante tuyo y la cocinera es una tailandesa de verdad, no un europeo que se vino a vivir acá y puso un restaurante
  • Que la comida tailandesa es demasiado rica…
  • Que la gente duerme hasta muy tarde (mucha joda). Un día me caí de la cama a las 8 am, fui a la playa y juro que no había NADIE más que yo y una chica que corría de punta a punta con una lata de Redbull en la mano. Lo de la lata es mentira. Corría haciendo su ejercicio matutino supongo
  • Que no hay vendedores ambulantes en la playa (al menos no en ésta) como por ejemplo en Brasil (los que te venden las hamacas paraguayas), en Perú (los heladeros) o en Ecuador (los artesanos). Acá, nada. Eso me gusta de los vendedores tailandeses: que no acosan. Si entrás a su negocio, te dejan mirar tranquila sin decirte cada cinco minutos que tienen buenas ofertas para vos, que eso te queda divino, que si llevás dos te regala uno, etcétera…
  • Que eso de que esta es la playa de los hippies es una gran mentira. Creo que si vi cuatro personas que catalogan como hippies, es demasiado. Está lleno de europeos que vienen por la fiesta, a mi no me engañan
  • Que, por ahora, nuestro Caribe no tiene nada que envidiarle a las playas de Tailandia, aunque no sé si tendré que retractarme cuando llegue a las Ko Phi Phi Islands
  • Que todo el mundo viene en grupo, y yo sola… ¿Nadie tiene ganas de unas vacaciones en Tailandia? :)

Actualización con algunos precios (¡2010!): El hotelito en el que me quedo (cuarto privado con baño, ventilaitor, acceso a swimming pool) cuesta ¡8 dólares la noche! Es genial. Con respecto a mi gasto en comida, depende, si comés en los carritos de la calle pagás 1 dólar por un plato abundante. Sino, en los restaurantes, de 2.50 para arriba. ¡Super económico y muy rico!

 

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Datos y curiosidades de Tailandia

Primero, un mapa a pedido de mi amiga Belu :)

En rojo marqué el recorrido que ya hice (Bangkok – Chumphon – Ko Phangan) y en azul el que quiero hacer (Phuket – Ko Phi Phi – tren a Malasia). Voy hacia Malasia y Singapur, así que el norte de Tailandia lo haré en unos meses cuando termine el recorrido por Indonesia y Filipinas.

  • Tailandia fue antiguamente el reino de Siam. En 1939 pasó a llamarse Prathet Thai (ประเทศไทย) que significa “país libre” o tierra de los Thai (Thailand y por ende Tailandia)
  • Su capital es Bangkok y el idioma oficial el tailandés. Tiene 65 millones de habitantes
  • Es una monarquía constitucional, el rey es Bhumibol Adulyadej (Rama IX, nacido en Estados Unidos) y el Primer Ministro Abhisit Vejjajiva (nacido en el Reino Unido). El rey está en el trono desde 1949 y es el jefe de estado que más tiempo lleva en el cargo en todo el mundo
  • Alrededor del 95% de los tailandeses son budistas de la tradición theravāda pero también existen minorías de musulmanes, cristianos e hindúes. En las provincias del sur del país prevalece el Islam
  • Tailandia es la segunda economía más fuerte del Sudeste Asiático después de Indonesia. Depende principalmente de sus exportaciones de arroz y del turismo
  • El honor es un concepto muy importante en la cultura tailandesa, por eso jamás se los ve discutiendo o gritando en público
  • El saludo o reverencia que realizan juntando las manos se llama wai
  • Es de mala educación tocar la cabeza de una persona o señalar algo o alguien con los pies. Es un insulto pisar la comida o pasar por encima de una persona que está sentada o acostada en el piso. Tampoco está bien visto poner los pies sobre la silla, estos deben estar siempre sobre el piso. No se debe apuntar los pies hacia la imagen de Buda y siempre hay que sacarse los zapatos al entrar a una casa o templo
  • La cocina tailandesa mezcla cinco sabores: dulce, picante, agrio, amargo y salado. La comida básica es el arroz, que está en casi todas las comidas. ¡Y es tan pero tan rica que temo volver rodando!
  • Es ilegal pisar billetes o monedas ya que tienen la imagen del rey
  • Tailandia es un país muy abierto y tolerante con respecto a la homosexualidad. Bangkok es una de las ciudades más gay friendly del mundo, pero por otro lado los gays no pueden estudiar para ser profesores ni unirse al ejército
  • La comida se come con palitos o con un tenedor y una cuchara: la cuchara se usa como tenedor y el tenedor como cuchillo (o para empujar la comida sobre la cuchara). A los tailandeses les parece muy raro que alguien use el tenedor para llevarse la comida a la boca (¡eso estuve haciendo todos estos días!). Cuando se termina de comer, se pone el tenedor encima de la cuchara, en medio del plato
  • Los autos tienen el volante del lado derecho y se maneja por la izquierda (primera vez que veo esto in real life)
  • El himno nacional se pasa dos veces por día en los lugares públicos, en trenes y subtes. Los tailandeses frenan lo que sea que estén haciendo y se quedan parados hasta que el himno termina. Por respeto, los extranjeros deben hacer lo mismo (no como yo que me di cuenta varios segundos después de que todo el parque estaba congelado escuchando el himno)
  • Los perros de Tailandia pueden tener seguro de vida: hay una compañía que ofrece remuneración en caso de muerte de la mascota. Si el perro es de origen extranjero con pedigrí, el seguro lo cubre hasta por 500.000 baht (unos 20.000 dólares), si es de raza local, por unos 500 dólares
  • Muchos motociclistas andan sin casco pero con barbijo (por qué, no lo descubrí todavía)
  • En los pueblos, cuando los tailandeses se despiertan, es muy común que salgan a barrer las veredas o las playas
  • Por ahora no encontré ninguna una calle que siga una linea recta por muchos metros, en general forman S u otras letras por el estilo… Siempre tardo muchísimo en llegar a lugares a los que decido ir.
  • Además de que el alfabeto thai es muy complicado de aprender por su escritura y pronunciación, hay algo más: los hombres terminan sus frases con khráp y las mujeres dicen kha
  • Por lo que vi hasta ahora, los tailandeses comen a toda hora… Hoy salí a caminar a las 7 de la mañana y ya estaban preparando pollo frito
  • En Tailandia hay más de 5000 (sí, cinco mil) 7-Eleven (una cadena estadounidense que vende comida, golosinas, galletitas, artículos de farmacia… algo así como un “mini super” o un quiosco grande con mucho aire acondicionado).

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