La hospitalidad del desierto de Marruecos

Probablemente imaginemos el desierto como uno de los lugares más inhóspitos del planeta. Y si nos remitimos a los hechos, puede que sea cierto: en el desierto casi no existe la sombra (al menos no “natural”), en verano la temperatura puede llegar a los 60ºC, en invierno la noche se vuelve tan fría que cala los huesos (y mucho más a personas que están acostumbradas a vivir con un promedio de 30ºC), no hay agua (a la vista, aunque esta se esconde bajo la arena), en medio de las dunas no hay electricidad ni mucho menos internet ni mucho menos aire acondicionado o calefacción. Sin embargo, en el desierto encontré a las personas más hospitalarias de Marruecos. Y me pregunto: ¿por qué será? ¿Será que cuanto más “hostil” o difícil es el medio, más hospitalaria es su gente? ¿Será que como ellos saben lo difícil que es adaptarse a una geografía así, quieren recibir de la mejor manera posible a quienes se animan a visitarlos? En el desierto, además, encontré los colores más intensos e hipnotizantes. Así que este post fotográfico es un homenaje a ellos dos: los colores y la gente de Erg Chebbi.

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* Alí

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Él es Alí. Lo conocimos uno de los primeros días. Estábamos sentados sobre una de las dunas de Erg Chebbi, hablando acerca del desierto y la nada, y a lo lejos apareció un misterioso hombre con capucha. Caminó hacia nosotros con tranquilidad y cuando lo vimos de cerca nos dimos cuenta de que estaba usando cuatro capas de ropa (contamos cuatro capuchas). Era plena tarde, el sol estaba alto y debía hacer por lo menos 25ºC, pero Alí tenía mucho frío. Se sentó con nosotros y tímidamente sacó fósiles de su cartera y nos los mostró. Le dijimos que no podíamos comprarle nada ya que viajábamos con mochila y los fósiles nos agregarían mucho peso, nos dijo que no había problema y se quedó ahí sentado conversando un largo rato con nosotros. Nos contó que es uno de los pocos que aún vive como nómada en el desierto (la mayoría de la gente ya se estableció definitivamente en Merzouga o Hassi Labiad, en la entrada de las dunas), que su papá se dedica a recolectar fósiles y él los vende. Le pedimos permiso para fotografiarlo y aceptó, nuevamente con cierta timidez. Antes de irse nos escribió su mail en la arena para que le mandáramos las fotos.

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Estas fotos las sacó Andi mientras Alí y yo charlábamos y nos sacábamos fotos uno a otro (él también me fotografió a mí).

* Marrón

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En las afueras del desierto, toda la gama de marrones está presente. El marrón de la tierra. El marrón del polvo que se levanta cada vez que pasa una 4×4 a toda velocidad. El marrón de las rutas y de los caminos. El marrón de las casas de adobe que construyeron las familias nómadas cuando dejaron de ser nómadas y se asentaron en un lugar definitivo. El marrón de las jaimas (carpas) de aquellos que siguen viviendo como nómadas en medio de las dunas. El marrón de mis zapatillas, antes negras. El marrón de mis medias, antes negras también. El marrón de toda mi ropa, que quedó impregnada de polvo y tierra. El marrón de todos los camellos que viven en el Sahara marroquí. El marrón de la paja de la que se alimentan. El marrón de la piel de los marroquíes, curtidos por el sol. El marrón de sus djellabas (esos tapados con capuchas que usan todos por estas latitudes), que combina con todo lo anterior. El marrón de Merzouga y Hassi Labied, dos pueblos que en mi cabeza quedaron definidos por ese color.

* Azul

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Dicen que los nómadas son “los hombres azules”. Se los ve a lo lejos con sus turbantes azules, con sus djellabas azules, con sus detalles azules. El turbante azul los protege del viento, de la arena, del sol. El azul de su ropa, al parecer, se destiñe sobre su piel y les da un tinte azulado (por eso lo de “hombres azules”). El azul, en el desierto, es la opción más acertada y no sólo por una cuestión de frescura: es que ese color combina a la perfección con ese cielo tan intenso que tienen en aquella zona del mundo.

* Said

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En Hassi y Merzouga está lleno de Couchsurfers (personas que ofrecen un lugar donde dormir en sus casas). Cuando me puse a mirar posibles anfitriones (creyendo que no encontraría a nadie) me apareció una lista interminable de perfiles. Todos decían lo mismo: “Bienvenidos” (palabra célebre que no dejarán de escuchar ni un día de su estadía en Marruecos) y daban su número de teléfono para que los contactaran sin tanta web de por medio. Es curioso: en las grandes ciudades es muy raro que un couchsurfer ponga su número de celular en su perfil, a la vista de todos. En las grandes ciudades, tan aceleradas ellas, para hacer Couchsurfing hay que pasar por un proceso lento: buscar potenciales anfitriones, escribirles uno por uno, esperar a que se conecten y respondan, coordinar un horario exacto para encontrarse, llegar a tiempo, ajustarse a la (seguramente) ajustada agenda del anfitrión… En Merzouga y Hassi Labied, en cambio, la gente da su número de celular sin problemas. En Merzouga y Hassi, pueblos tan lentos y tranquilos, nadie siente desconfianza hacia el otro, todos viven con las puertas abiertas y con los celulares en los perfiles de Couchsurfing. Yo contacté a cuatro couchsurfers, les pasé mi número y todos me llamaron casi en el acto o ese mismo día.

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Finalmente decidimos quedarnos con Said, un chico de 23 años y uno de los couchsurfers más conocidos de la zona. Estaba alojando, también, a un austríaco y a una china, así que compartimos un atardecer, un tajine, varios partidos de cartas (de un juego que ya ni recuerdo cómo se llama y casi que ni recuerdo cómo se juega, pero en el que perdí repetidas veces) y dos días de nuestras vidas. Él es silencioso y sonriente, amable y simpático. El último día, antes de despedirnos, me contó que tiene una amiga argentina con la que habla por internet; al parecer él le pasó mi blog y ella le dijo que ya lo conocía. (Si estás por ahí, Amiga de Said: ¡Hola! :) ). Estamos todos conectados, de Buenos Aires a Hassi Labied.

* Rojo

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El desierto no siempre es amarillo. Durante unos minutos, cuando el sol pega de costado, las dunas de Erg Chebbi toman un tinte rojizo…

* Amarillo – dorado – naranja

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Y durante el resto del día, pasan por un arco iris de amarillos, naranjas y dorados.

* Verde

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¿Quién dijo que en el desierto no hay verde? Los oasis también existen… Y para muchas mujeres, son lugares de reunión.

* Ellos y Ellas

Y después están todos ellos, algunos anónimos, algunos fugaces, con quienes compartimos un té, una sonrisa al pasar, una tarde, una foto, un “salam aleikum” (el saludo árabe), un “bonjour” (los marroquíes también hablan francés), una risa.

[singlepic id=4167 w=800 float=center] Como la hermana de Moha (el chico del relato anterior, “Nómada”), con quien no pude hablar (por las barreras idiomáticas de siempre), pero se divirtió poniéndome un pañuelo bereber en la cabeza. Parecemos dos nenas jugando…

[singlepic id=4238 h=800 float=center] Como otro Moha, a quien apodamos “Mohita” por su corta edad (15 años, aunque no lo parezca). Íbamos bastante a la tienda de su hermano a comprar comida y siempre nos atendía con risa, quién sabe por qué. Yo le dije: Moha, hacé de cuenta que estás hablando por teléfono. Y sin que se lo pidiera dos veces, agarró el tubo e hizo su performance.

[singlepic id=4187 w=800 float=center] Estos niños se divertían siendo llevados por los más grandes en carreta.

[singlepic id=4190 w=800 float=center] Y “los grandes” se divertían jugando al fútbol, deporte universal.

[singlepic id=4221 w=800 float=center] Mustapha (uno de los encargados del albergue donde nos quedamos varios días) mostrando su destreza con el “whisky bereber” (el té)

[singlepic id=4247 w=800 float=center] Moha número tres (ya les dije que Mohamed es el nombre más común del mundo…), el otro guía con quien pasamos un día en el desierto. Tiene 18 años y casi no habla inglés ni español, así que nos limitamos a compartir tés, fotos y sonrisas… Lo de siempre.

[singlepic id=4177 w=800 float=center] Y todas esas personas que nos cruzamos en el pueblo. Cada cual, seguramente, tendrá su historia.

* Alí (bis)

El último día en Erg Chebbi, después de una jornada de filmación y de nuestra aparición como extras en una película hollywoodense/francesa, nos fuimos nuevamente a las dunas para ver el último atardecer en el desierto. Andi se fue primero y, cuando lo alcancé, estaba hablando con alguien. Me dijo, con muchísima alegría: “¡Mirá a quién me encontré!”. Y agregó: “¿Quién es la única persona que puede estar usando cuatro capuchas con este calor?”. ¡Alí!

Alí estaba igual de feliz que nosotros por el reencuentro. No lo habíamos planeado, pero nos habíamos vuelto a encontrar (y ni siquiera fue en el mismo lugar donde nos conocimos, así que la casualidad fue aún mayor). Hablamos, nos volvimos a sacar fotos todos juntos y, antes de despedirnos, Alí nos dijo: “Amigos, hoy cenan en mi casa”. “Bueno Alí, pero ¿dónde es tu casa?”, le preguntamos (como para saber si nos adentraríamos en el desierto o cenaríamos en el pueblo). “No pregunten, sólo vengan, hoy cenan conmigo”, nos dijo con la mirada cálida y la sonrisa tímida que tanto lo caracterizan. Así que a las 8.30 de la noche nos encontramos con él en Hassi Labied (el pueblito donde nos estábamos quedando) y nos fuimos juntos la casa donde vive con su tía y su abuela cuando no está en el desierto (también en ese pueblo). Nos agasajaron con dulces, tés, dátiles y un enorme cous cous de verduras y pollo. Alí, que siempre se había mostrado tímido, no paró de hablarnos: nos contó que fue camellero, que también fue cocinero, que trabajó en la construcción y que ahora vende fósiles. Nos contó también que es vegetariano, que ama a los animales y que aprendió español gracias a internet (chateando y hablando por Skype). Nos dijo que él no quiere un matrimonio arreglado, quiere amor de verdad, no quiere que sus padres le busquen una mujer como todavía es costumbre en algunos sectores del país. Nos contó que estuvo enfermo por culpa del agua del desierto, que se volvió “loco” y estuvo internado por un año. Nos contó que quiere irse a otro país, conocer lugares fuera de África. Nos contó de todo hasta que se hizo tarde y nos despedimos. Nos acompañó hasta mitad de camino al albergue y se fue a usar internet.

Alí es una de las personas más lindas, simples y sinceras que conocí en este viaje por Marruecos. Una de esas personas que hace que viajar valga la pena. A aquellos que tienen miedo de viajar o que creen que el mundo está poblado de gente “mala” les digo: Alí es un claro ejemplo de la hospitalidad que define al ser humano. Esto es lo que pasa cuando uno sale a conocer el mundo y sus culturas: se encuentra con gente buena, se encuentra con personas que tienen tanta curiosidad y ganas de entablar una conexión con el que viene de lejos como uno. No hay que tenerle miedo a lo desconocido, a las culturas diferentes, a quienes hablan otros idiomas. Les aseguro que nuestra humanidad va más allá de cualquier raza, religión o nacionalidad.

Y el desierto es uno de esos lugares que siempre quedarán en mí, por más lejos que esté. Mientras toda esta gente lo siga habitando, será uno de mis lugares en el mundo.

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Huacachina: perdidas en el desierto

“No puedo creer que me hayas convencido de hacer esto”, me dice Mirla mientras subimos con muchísimo esfuerzo una de las dunas de arena que envuelven al oasis de Huacachina. “Ya falta poco”, le respondo, intentando consolar tanto a ella como a mí. Pero no falta poco. Cada vez que frenamos para recuperar la respiración, cuento las huellas que dejamos en la arena: como mucho, habremos dado siete pasos. Seguimos subiendo. Los pies se me hunden hasta los tobillos a cada paso, el corazón me late aceleradísimo y siento que los músculos de mis piernas van a explotar. No es nada fácil caminar por la arena, mucho menos si esa arena pertenece a una duna, mucho menos si esa duna forma parte de un desierto (y mucho menos si no tenés un buen estado físico). Caminamos diez pasos y frenamos, caminamos otros diez pasos y frenamos otra vez. Miro hacia arriba y me da envidia ver que hay gente que ya está sentada en la cima de la montaña de arena, lista para contemplar el atardecer sobre el desierto. Falta poco, sólo un tramo más. Lo hago corriendo, no quiero darle tiempo de descanso a mis piernas, no quiero ni pensar en que estoy cansada. Finalmente llegamos y me tiro boca arriba en la arena.

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Recupero de a poco la respiración y miro hacia todos lados. Desde ahí podemos ver la ciudad de Ica de un lado y el oasis de Huacachina del otro. Hay personas haciendo sandboard en la duna de enfrente, algunos buggys dando vueltas por ahí, parejas sentadas en la arena y gente que sigue subiendo. Pasa uno que va empujando su bicicleta, cruza frente nuestro y sigue hacia otra duna más alta; más tarde lo vemos bajar: hace todo el camino de vuelta en su bici a toda velocidad, con las ruedas semihundidas en la arena, como si estuviese bajando por una enorme ladera de manteca. Todos son como hormiguitas en un inmenso desierto de arena. “Desde esa duna de arriba se ve mejor, ¿seguimos subiendo?”, pregunta una de las dos. “No, ya está, quedémonos acá”, responde la otra.

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Mientras miramos el desierto le cuento a Mirla que una vez, cuatro amigas y yo nos perdimos en ese mismo lugar. Fue en el 2008, cuando Huacachina era un lugar… cómo definirlo… más vacío. Alguien nos había contado que existía otro oasis, más chiquito que Huacachina, que era totalmente virgen e inhabitado. Solamente tenía una laguna y árboles con frutas exóticas. Quisimos ir a conocerlo. Nos paramos en la esquina donde salían los buggys y le pedimos a un conductor que nos dejara lo más cerca posible de ese oasis. Nos acercó hasta un lugar, nos dijo que teníamos que cruzar una duna y que el oasis iba a estar del otro lado, y se fue. Nos había llevado de onda, sin pedirnos ni un sol a cambio, pero tenía que seguir con su tour. Quedamos solas en medio de la nada. No se veía Ica ni Huacachina, solamente dunas por todos lados. Empezamos a caminar, logramos cruzar la duna que nos había señalado el conductor y nos encontramos con… más dunas. No había ningún oasis a la vista. Nos empezamos a preocupar. ¿Cómo íbamos a salir de ahí? Estábamos literalmente en medio del desierto, sin agua, sin comida, sin abrigo. Si se venía la noche, chau.

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Caminamos durante un rato más —ni recuerdo cuánto, en el desierto se pierde la noción del tiempo— y seguíamos en medio de la nada. Una de mis amigas se puso a llorar de la desesperación. Vimos que un buggy se acercaba a lo lejos y le hicimos señas para que frenara. Tenía capacidad para cuatro personas y tres de sus asientos estaban ocupados. Le pedimos al conductor que por favor nos acercara a Huacachina o a Ica. “Bueno, las llevo pero son 30 soles cada una” (algo así como 10 dólares por persona). Y nos salió de adentro: “¡Ah no! ¡30 soles ni en pedo!”. Estábamos perdidas en medio del desierto pero igual íbamos a regatear nuestro rescate. Finalmente nos llevó y no recuerdo cuánto pagamos, pero 30 soles seguro que no. Nos dejó en una de las dunas que rodea a Huacachina y, como estábamos agotadas por aquella aventura, nos quedamos las cinco acostadas en la arena durante por lo menos una hora. Una de las chicas dijo: “Lo único que falta para que este día sea aún más irreal, es que haya fuegos artificiales”. Claro, fuegos artificiales en medio del desierto.

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Nos quedamos dormidas, ya era de noche pero no hacía tanto frío. De repente escuchamos un “PUM” que venía de lejos. Yo pensé que alguien había disparado un arma. Escucho que una de mis amigas dice: “¡No lo puedo creer! ¡Miren, miren!”. Miramos hacia arriba y sí: fuegos artificiales de todos los colores envolvían el oasis. Más tarde nos enteramos de que venían de una feria regional que se estaba realizando en Ica, la ciudad cercana a Huacachina. Fue un día totalmente surrealista.

Termino de contarle la historia a Mirla y le digo que esta vez Huacachina me decepcionó un poco. El lugar es mucho más turístico que antes, todo está más caro, van todos de levante. No me gusta, siento que perdió la magia, que ya no es un lugar oculto.

Como ya empieza a refrescar, volvemos hacia el oasis. El camino de vuelta es rapidísimo, bajamos corriendo, dando saltos enormes. La arena es blandita, no ofrece resistencia y no lastima. Siento que estoy caminando sobre nubes, en mi cabeza suena el tema “Walking on the moon” de The Police. Pienso en que las dunas cambiaron de forma, ya no son las mismas del 2008. Y me doy cuenta de que después de haber vivido “Aquel Día” en el desierto, ya no hay nada de Huacachina que pueda sorprenderme.

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Les dejo algunos precios por si visitan Huacachina:

  • Cambio: un dólar equivale aprox. a 2.70 soles (septiembre 2011).
  • Hostel: 15 soles la noche en dormitorio compartido.
  • Menúes de almuerzo y cena: desde 10/15 soles (incluye una entrada, un plato principal y una bebida).
  • Tour en buggy: entre 30 y 40 soles (no lo hice esta vez pero esos fueron los precios que escuché, probablemente se pueda regatear).
  • Bus a Lima: 22 soles (4 horas)
  • Subir a las dunas y ver el atardecer sobre el desierto, es gratis. Y perderse en el desierto, no tiene precio.

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