Saudade de Lisboa

Siempre quise conocer Lisboa. No sé por qué, era uno de esos lugares que me atraía sin una razón específica, tal vez por algo tan simple como la musicalidad de su nombre (“Lishboa”, me encanta cómo suena). Lo mismo me pasaba con Cartagena de Indias, en Colombia: me llamaba sin un por qué, simplemente por el mero hecho de existir yo sentía que ella estaba ahí, esperándome. En el caso de Lisboa, sentía (o presentía) que era una ciudad que generaba saudade incluso antes de conocerla. Saudade es ese sentimiento de extrañamiento, de melancolía, que ocurre cuando uno se separa de algo/alguien amado y siente la necesidad de volver a verlo. El escritor portugués Manuel de Melo decía que es “un bien que se padece y un mal que se disfruta”. Como una tristeza feliz. Y yo sentía que Lisboa iba a ser algo así, como la saudade hecha ciudad.

  [singlepic id=6537 w=500 float=center] Algunas de las fotos de este post fueron sacadas con una cámara Lomo (Diana Mini)

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Después de pasar unos días entre las góndolas de Aveiro y de hacer dedo hasta Nazaré, el camino nos llevó a Lisboa. Yo iba con una lista escrita en mi cuaderno, una lista que había ido construyendo los días previos con Sofía y otros portugueses que nos cruzamos en el camino. “Lisboa: Cosas para hacer. Caminar por Mouraria y Alfama, los antiguos barrios árabes. Comer pastel de nata en Belém. Tomar el tranvía 28. Subir a Barrio Alto. Ir al mirador en Príncipe Real. Visitar el castillo. Buscar las estatuas del Marquez de Pombal. Mirar a los artistas callejeros en Baixa. Caminar la Avenida Liberdade de punta a punta. Sentir la multiculturalidad en Martin Moniz, el barrio de inmigrantes. Estar atenta a los elevadores. Visitar la estación de tren de Rossio. Ir a la casa museo de Pessoa. Comprar el libro Viaje a Portugal de Saramago”. También iba con ciertas imágenes en mi cabeza, con retazos de una Lisboa que había visto solamente en postales y había oído simplemente en historias. Quería encontrarme gatos en las ventanas, mujeres mirando la vida pasar desde su balcón, músicos callejeros, callecitas empedradas en subida, tranvías amarillos, paredes despintadas, mosaicos y restos del pasado árabe.

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Cuando uno viaja por tierra, la relación con las ciudades capitales es otra. Generalmente los vuelos internacionales aterrizan en la capital del país de destino, entonces no queda otra que empezar el viaje por la gran ciudad. Cuando uno va por tierra, en cambio, no tiene por qué empezar a conocer el país por su capital, sino que la ruta se arma de otra manera, los recorridos no son impuestos sino intuitivos. Y cuando es así, hay que esperar a que la capital nos llame, es ella la que nos tiene que decir “llegó la hora de venir”. Hay viajeros a los que no les gustan las capitales: a mí me encantan. Siento que condensan como ningún otro lugar la idiosincracia del país, con todo lo bueno y todo lo malo que lo caracteriza. Son como la exacerbación del modo de ser de una nación. Me encantan los pueblos también, pero creo que hay que conocer ambas caras (grandes ciudades y pueblos) para poder comenzar a entender a un país. Llegar a una ciudad nueva me genera esa sensación (excitante y desesperante a la vez) de que los días no me van a alcanzar para ver todo lo que quiero. Lo bueno de eso es que siempre quedan excusas para volver a visitarlas.

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Mi primera imagen de Lisboa fue el movimiento de la estación de autobuses. La gente subía y bajaba de los transportes con un destino claro: algunos se estarían yendo de visita a otro pueblo, otros estarían volviendo a casa. Nosotras estábamos un poco a la deriva, haciendo tiempo mientras esperábamos la respuesta de un couch al que habíamos contactado. Cuando obtuvimos el sí nos tomamos el metro hasta su casa, y cuando salimos a la superficie pensé: Esta ciudad es el escenario perfecto para una película de Woody Allen. ¿Cómo es posible que todavía no haya filmado nada acá? La casa en la que nos quedamos las primeras noches no era una casa cualquiera, era una de esas que se conocen como “La Casa del Pueblo”: antigua y con muchas habitaciones, con gente de todas partes (y por todas partes), clases de yoga y de danza gratuitas, cacerolas del tamaño de palanganas llenas de arroz, vecinos que entraban y salían, multitudes que iban de visita para ver la proyección de películas de los martes a la noche, colchones en el piso, fotos en las paredes, un baño más grande que una habitación y un suelo que crujía cada vez que alguien caminaba. Entrar ahí fue como ingresar a Lisboa por una puerta grande muy local.

  [singlepic id=6454 w=625 float=center] La vista desde la terraza de la casa

  [singlepic id=6465 w=625 float=center] El gato que me esperaba en la terraza

  [singlepic id=6466 w=625 float=center] Ropa colgando de los techos

  [singlepic id=6470 w=625 float=center] Mujeres en las ventanas

  [singlepic id=6488 w=625 float=center] Y arte callejero por todas partes

Al día siguiente salimos a caminar, a perdernos por sus callecitas. Y pasó eso que pasa de vez en cuando, cuando los planetas se alinean: todo parecía estar mágicamente vacío, como si la ciudad estuviese existiendo solamente para nosotras. Caminamos, caminamos, caminamos todo el día. Subimos, bajamos, tomamos una y otra curva, frenamos a descansar en algún banquito, usamos escaleras, dimos vueltas por ahí. Y Lisboa seguía siendo nuestra: vacía, silenciosa, tan antigua y tan romántica. Por momentos me recordaba a Praga, por momentos me recordaba a todas las ciudades coloniales que conocí en mi vida, por momentos me recordaba a un lugar en el que nunca estuve pero al que siempre quise volver. Si eso no es saudade

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Lisboa no puede ocultar su edad: es una de las ciudades más antiguas del mundo (es la más antigua de Europa Occidental) y toda su historia está impregnada en sus paredes. Algunos dicen que Lisboa es de origen griego, otros dicen que es de origen fenicio. Su nombre en latín era Ulyssippo y, según la mitología, los griegos se referían a ella como Olissipo, un nombre que derivaba de Ulises (a quien conocían como Odiseo), ya que creían que la ciudad había sido fundada por Ulises tras huir de Troya. Alrededor del siglo 2 AC el territorio pasó a formar parte de Lusitania, una provincia del Imperio Romano, y su nombre mutó a Felicitas Julia. Siglos más tarde (DC), durante las Invasiones Bárbaras, la ciudad fue ocupada por distintas tribus y, en el 585, recibió el nombre Ulishbona. En el 711 la ciudad fue ocupada por fuerzas árabes del norte de África y del Cercano Oriente, y esta es la parte de la historia que más me fascina: siento una gran atracción (inexplicable) hacia todo lo árabe (su arquitectura, su idioma, su caligrafía, su arte, su literatura, su comida, sus mercados, sus medinas, sus leyendas) y me encanta llegar a lugares donde puedo ver las huellas árabes que dejaron los hechos históricos.

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Lisboa pasó a llamarse al-ʾIšbūnah. Los musulmanes construyeron mezquitas, casas y muros, el árabe se impuso como idioma oficial y el Islam como religión, aunque cristianos y judíos podían mantener sus creencias. Luego de este paréntesis árabe, la historia siguió: Lisboa sufrió invasiones vikingas, fue reconquistada por los católicos en 1147 durante las Cruzadas, se convirtió en capital de Portugal en 1255, vivió una guerra civil, fue el punto de partida de las expediciones portuguesas a América, fue un punto de comercio estratégico y puerto de esclavos, formó parte de la Monarquía Hispánica de Felipe II y obtuvo su independencia (junto con Portugal) en 1640. En 1755 un terremoto mató a entre 60.000 y 100.000 personas; tras el desastre, la ciudad fue reconstruida por el Marqués de Pombal, quien en vez de recuperar la ciudad medieval decidió destruir lo que había sobrevivido al terremoto y reconstruyó la ciudad siguiendo las normas urbanísticas de la época.

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Me produce respeto caminar por lugares donde hay tanta historia concentrada. En esos momentos quisiera tener una máquina del tiempo y poder trasladarme a cada época para ver y entender cuáles eran los deseos, las pasiones, las vivencias, los sentimientos de la gente que caminaba por esas calles y habitaba ese espacio.

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Unos días después cambiamos de couch y nos fuimos a la casa de Marina y Patricia. La casualidad (o no) hizo que Marina nos comentara que la tienda Lomo de Lisboa estaba alquilando cámaras Lomo (analógicas) para usar durante unos días. Esa misma noche, agarré (de “casualidad” otra vez) un libro de la biblioteca de las chicas y me encontré con un texto llamado “Las 10 profecías del futuro analógico” (por Lomo). Y lo que leí me cayó en el momento justo. Les copio algunos fragmentos que me gustaron.

[quote style=”boxed”] “Our 10 Prophecies of the Analogue Future are the key to unlocking your analogue potential. You are not a robot. You are not a CPU. You are not binary. You are a human being. You are complex, reflective and emotion-full. You are surrounded by beauty and energy and change and light. Don’t ignore it. The world is a wonderful place. Explore it. Love it. Live it.”

“Rub your aching eyes and wonder why you communicate all day without really talking to anybody.”

“Let loose, embrace the uncertainty and go with the flow. You begin to rediscover the analogue world.”

“Beauty appears where you least expected it and once again you realise; it doesn’t matter so much what something looks like, but how you look at it.”

“It’s exciting to touch something, to feel it, smell it, taste it, to have something in your hands that doesn’t disappear with the click of a button. Analogue is authentic, real, immediate. And so is life.”

“It sounds as unbelievable as it’s simple; choose analogue and your whole life will change. You learn to trust your senses rather than an LCD, you poke your nose into everything, you realise that the best things in life happen spontaneously and that curiosity is the most natural thing in the world.”

“Live offline but share online.” [/quote]

 (Estos son fragmentos del original, les recomiendo leer el texto entero en la página de Lomo)

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Hace tiempo que me siento cansada de las redes sociales. Cansada de ver el mundo y de comunicarme a través de una pantalla. Cansada de la velocidad de internet. Pero es mi eterno dilema: ¿Puedo hacer un blog sin difundirlo por Facebook? ¿Tiene sentido sacar fotos y no compartirlas? ¿Alguien me leería si desaparezco de la red? Hay días en los que pienso en dedicarme solamente a escribir libros y dar el blog por terminado. Pero son épocas: si estoy escribiendo este post es porque hay algo en mí que todavía sigue acá y que quiere permanecer, aunque sea por ahora, en el mundo digital. Sin embargo, hace tiempo que estoy intentando tener una vida más analógica, pero cuesta cortar con los vicios virtuales, sobre todo cuando mi trabajo depende de internet.

   [singlepic id=6522 h=625 float=center] Habiendo tantas otras profesiones que no requieren de una computadora…

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Y cuando leí ese texto de reivindicación de lo analógico sentí nuevamente una ola de nostalgia, una saudade por lo offline, unas ganas de volver a la época en la que internet no existía y las relaciones (con otras personas, con uno mismo, con el mundo) se establecían de forma más directa y real. Sentí ganas de quedarme en los cuadernos, en las postales, en los álbums de figuritas, en las notitas escritas en papeles, en las conversaciones sin teclados, en los encuentros espontáneos, en el rollo de fotos, en las cartas y los naipes, en lo hecho a mano, en todo eso que hoy nos parece tan retro y tan obsoleto. Así que al día siguiente alquilamos una Lomo (yo una Diana Mini, Laura un Ojo de Pez) y salimos a mirar la ciudad con ojos de 35 mm.

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Caminamos, tomamos el tranvía, comimos pastel de nata, escribimos en nuestros cuadernos, disparamos fotos sin pensarlas demasiado y sin darle importancia a lo técnico. Decidimos quedarnos en Lisboa unos días más de los planeados, pero la lluvia no nos dejó hacer demasiado. Llovió dos días seguidos, llovió tanto que mis zapatillas eran piletas de natación, llovió tanto que se me mojó todo lo que llevaba en la mochila, llovió tanto que nos agarramos un paraguas roto que encontramos en el metro y además compramos otro, llovió tanto que no pudimos ver todo lo que queríamos ver. Y Lisboa nos despidió así, en ese estado lluvioso, gris, melancólico pero real. Real porque la lluvia fue algo que cayó, que existió, que pude sentir, y no algo que escuché en un noticiero o que vi en una foto. Fue la despedida adecuada de una ciudad que me ayudó a conectarme nuevamente con mi parte offline. Y ahora sé que hasta que no vuelva a visitarla seguiré teniendo saudade de ella. Pero no me queda otra que esperar, y eso es lo lindo de la vida analógica: que la espera también se disfruta.

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Mi cajita de souvenirs de Aveiro

Si bien no soy fan de los souvenirs —con excepción de las postales— creo que entrar a las tiendas donde se venden estos productos es muy útil para obtener un pantallazo acerca de “lo típico” que uno podrá encontrarse en una ciudad, región o país. Cuando estuve en el aeropuerto de Londres (a la vuelta de mi viaje por República Checa) hice tiempo en los negocios de souvenirs, no para comprar, sino por la curiosidad de saber cómo se presenta el país ante (y como quiere ser recordado por) los visitantes extranjeros. Encontré lo que imaginan: buses rojos de dos pisos en miniatura, bolsos con fotos de Los Beatles, posavasos con imágenes de la Reina, alcancías con forma de cabinas telefónicas rojas, tazas con la bandera de Inglaterra, pastilleros con el logo del metro de Londres. Los íconos típicos que todos conocemos de Inglaterra (aunque, como yo, nunca hayamos viajado más allá de su aeropuerto). Íconos que son parte de la identidad cultural del país pero que no por eso lo definen.

[singlepic id=6383 w=625 float=center] Mosaicos en Portugal

Cuando llego a un lugar del que no sé ni conozco demasiado entro a las tiendas de souvenirs y no entiendo muy bien el por qué de los productos: sí, ese gallo es muy simpático, pero ¿por qué hay gallos en todos los negocios de souvenirs de Lisboa? ¿Y por qué en Barcelona está lleno de estatuitas de hombres, mujeres y niños cagando? ¿Y quién es ese señor que aparece en todas las postales y pósters de Indonesia? Es cuando uno sale de las tiendas y camina por las calles que descubre la razón de ser de cada uno de esos objetos (y que empieza a armar, a la vez, su propia cajita de cositas y momentos).

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Cuando partimos hacia Aveiro, la primera ciudad que íbamos a visitar en Portugal, yo no tenía mucha idea de qué esperar. Lo poco que sabía de Portugal lo había aprendido a través de mis viajes a sus colonias. El país, sin embargo, siempre me había llamado la atención, tal vez por eso de que es chiquito, está “en la punta” y mucha gente se lo saltea durante su viaje a Europa (en general los que aterrizan en Madrid se van hacia el lado de Francia. En general.). Empezamos el viaje en Aveiro por una razón: porque Sofía, portuguesa lectora de mi blog, vive ahí y nos invitó a visitarla. Antes de viajar, nos anticipó: “Aveiro tiene canales y la llaman la Venecia de Portugal”.

 [singlepic id=6410 w=625 float=center] Y así es…

[singlepic id=6412 h=625 float=center] La conocimos de noche

[singlepic id=6418 h=625 float=center] Con sus farolitos prendidos

[singlepic id=6419 h=625 float=center] Y sus barcitos

El viaje en bus desde Madrid se hizo mucho más largo de lo que esperábamos (tardamos como nueve horas, con una parada de hora y media en Coimbra), pero la vista desde la ventana fue como un trailer o anticipo del país: árboles amarillos por el otoño, montañas bajas, rutas sinuosas, casitas dispersadas por el campo, huertas en los jardines, tranquilidad. Llegamos a Aveiro de noche; Sofía nos llevó a su casa y, tras dejar las cosas, nos acompañó a caminar por el centro de la ciudad. Nunca repetí tanto la palabra “divino” como esa noche. Todo en Aveiro me parecía divino: las callecitas empedradas, los farolitos, los azulejos de los frentes de las casas, los restaurantes y barcitos, los moliceiros (barcos tradicionales de los pescadores, utilizados originalmente para juntar moliço o algas) descansando sobre el agua, los canales que bordean el centro, saber que esa agua es parte de una ría (confluencia del río con el mar), la gente caminando tranquilamente por la ciudad. Y al día siguiente, tras caminar la ciudad con luz, la sensación de que todo era “divino” fue aún mayor.

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[singlepic id=6382 h=625 float=center] Con lluvia y todo…

[singlepic id=6385 h=625 float=center] Es un lugar encantador

[singlepic id=6395 w=625 float=center] Tan tranquilo como se ve

[singlepic id=6402 w=625 float=center] Colorido

[singlepic id=6407 h=625 float=center] Romántico

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[singlepic id=6396 w=625 float=center] Con pequeños detalles

[singlepic id=6413 w=625 float=center] Con sus góndolas

[singlepic id=6384 w=625 float=center] Y sus casas

Durante esos pocos días en Aveiro empecé a aprender acerca de “lo típico” de Portugal. La sopa de entrada. El vino que acompaña todas las comidas. La presencia del pan en la mesa. Las sardinas. El pez como alimento principal. Los azulejos y mosaicos en las paredes. Los gatos en las ventanas. El corcho (Portugal es el mayor exportador de corcho del mundo. Les recomiendo ver este video: “Save Miguel” para entender por qué la producción de corcho es importante para el medio ambiente). El fado (el estilo musical más conocido de Portugal, en el cual pienso indagar en estos días). La influencia árabe en la arquitectura. El modernismo de ciertos edificios. El uso de colores pasteles en paredes y ventanas. Los dibujos en blanco y negro de los empedrados. Las macetas con flores en los balcones. Los pocos niños que se ven en las calles. Los puestos callejeros de castañas. El carácter pacífico de los portugueses.

[singlepic id=6416 w=625 float=center] También probé los ovos moles,

 [singlepic id=6415 w=625 float=center] dulces de huevo típicos de Aveiro

[singlepic id=6420 h=625 float=center] Ventanitas como esta se ven a montones

[singlepic id=6392 w=625 float=center] Y gatos curiosos también

[singlepic id=6389 w=625 float=center] Ropa colgando al aire libre, un clásico (me encanta)

[singlepic id=6405 w=625 float=center] Azulejos por todas partes (muchos con postales típicas del país, otros con imágenes religiosas, otros con fragmentos de Historia)

[singlepic id=6394 h=625 float=center] Y muy pocos chicos

De lo típico de Aveiro me quedo con dos cosas: la arquitectura (esas callecitas, esos empedrados, esas ventanitas, esas casitas) y los dibujos de las góndolas (pueden verlos en las fotos, son muy cómicos).

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[singlepic id=6398 h=625 float=center] Y los simpáticos dibujos de las góndolas

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Y si bien entramos a varias tiendas de souvenirs y miramos los azulejos, las góndolas en miniatura y las latas de sardinas, me di cuenta de que los souvenirs más valiosos son aquellos que uno no se puede llevar a su casa más que en el recuerdo. Mi cajita de souvenirs de Aveiro muchas cositas adentro. Gente sentada en los cafecitos. La ropa colgando de las ventanas (ese piyama a lunares). Las calles estrechas, tan estrechas que cuando pasa un auto hay que pegarse contra la pared para hacer lugar. Ese gato que nos miraba desde la ventana. Su dueño, que al vernos saludando al gato abrió la puerta y lo hizo salir para que nos conociera. Lukas, el perro que esperaba a sus dueños sentado en la puerta de un café donde paramos a almorzar. El cocinero, un italiano que nos explicó lo que era una bifana (sandwich de cerdo) y nos preparó una con salsa de champignones. La camarera venezolana que nos dijo que amaba el acento argentino. La risa que nos provocó ver los dibujos “atrevidos” de los moliceiros (barquitos). Las cenas y las charlas compartidas con Sofía (su biblioteca, los libros que me permitió espiar, los consejos de viaje que nos dio). La adicción que genera comer tremoço (un tipo de legumbre que se pela con los dientes) por primera vez. Las paredes pintadas de amarillo por las luces de los faroles. Los peces saltando del agua. El conductor del moliceiro diciéndonos, a lo lejos, “¡sáquenme una foto para Facebook!” mientras desaparecía con su barquito bajo un puente. La sensación de morder un ovo mole (dulce de huevo, típico de Aveiro) por primera vez. Las gotitas de lluvia sobre los paraguas. El arco iris que apareció sobre el puente cuando dejó de llover. El romanticismo de las calles empedradas. El fado que se escapaba de una tienda de música en una esquina. La felicidad de llegar, por fin, a Portugal, después de tanto tiempo y de tantas ganas. Y la alegría de saber que mi cajita no se consigue en cualquier tienda de regalos, sino que la fui armando yo misma, de a poco, con el solo hecho de haber viajado a Aveiro.

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Las paredes de Coimbra

Llegamos a Coimbra con lluvia. Viajamos en auto desde Aveiro (a 40 minutos) con Sofía, la lectora portuguesa que nos estaba alojando, y su amigo Mario, arquitecto y profesor de historia del arte. Coimbra es una ciudad de 150.000 habitantes y uno de los centros universitarios más importantes del país, por lo que era lógico esperar que hubiera muchos estudiantes dando vueltas por las calles. Pero no. La ecuación lluvia + frío + sábado + crisis (que acá en Portugal también se siente) hizo que nos encontráramos con una ciudad casi desierta. Pero lo bueno de las ciudades universitarias (y esto es algo que comprobé tanto en La Plata, Argentina, como en Yogyakarta, Indonesia) es que uno puede conocer las ideas, preocupaciones y deseos de quienes las habitan a través de sus paredes. El arte callejero —sus mensajes, sus protestas, sus lemas, su color— parece ser inseparable del ámbito universitario.

[singlepic id=6316 h=625 float=center] Calles vacías

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[singlepic id=6328 w=625 float=center] Con pocas personas 

[singlepic id=6374 w=625 float=center] y muchos paraguas

[singlepic id=6377 w=625 float=center] (¡muchos!)

[highlight]Las paredes de Coimbra están repletas de mensajes como estos:[/highlight]

[singlepic id=6308 w=625 float=center] ¡Huelga general!

[singlepic id=6347 w=625 float=center] Fragmento de “Imagine” de John Lennon

[singlepic id=6346 w=625 float=center] “Elvis está muerto”

[singlepic id=6339 h=625 float=center] “Más cultura, menos policía”

[singlepic id=6338 w=625 float=center] “No importa qué tan oscura sea la noche, el sol siempre saldrá”

[singlepic id=6337 w=625 float=center] “Sin banderas, sin fronteras”

[singlepic id=6333 w=625 float=center] “Arma de distracción masiva”

[singlepic id=6334 w=625 float=center] “Educate”

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[singlepic id=6327 w=625 float=center] “Compro luego existo”

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[singlepic id=6318 w=625 float=center] “Tú eres lo que me hace falta, tú y sólo tú”

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[singlepic id=6369 w=625 float=center] “Mirá televisión, caminá en el asfalto, mandá a tus hijos al colegio, andá al trabajo. Repetí conmigo: “SOY LIBRE”

[singlepic id=6342 w=625 float=center] “Nunca confíes en un hippie”. Si ellos lo dicen…

[highlight]Puede que desde lejos no se note, pero las paredes de Coimbra, además, están llenas de colores y texturas:[/highlight]

[singlepic id=6354 w=625 float=center] Desde lejos no se ve

[singlepic id=6356 w=625 float=center] pero a medida que uno se acerca

[singlepic id=6365 w=625 float=center] empieza a ver los colores de las paredes

[singlepic id=6371 w=625 float=center] sus elementos

[singlepic id=6366 h=625 float=center] sus combinaciones

[singlepic id=6370 w=625 float=center] sus tonos

[singlepic id=6331 w=625 float=center] sus decoraciones

[singlepic id=6343 w=625 float=center] y sus texturas.

[highlight]Y si uno mira más de cerca aún, ve que las paredes de Coimbra, además, sostienen placas, objetos, poemas y nombres de calles y Repúblicas (agrupaciones estudiantiles):[/highlight]

[singlepic id=6344 w=625 float=center] “La República de los Kágados” (los “kágados” son una especie de tortuga)

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[singlepic id=6326 h=625 float=center] “Calle de las quiebra espaldas”

[singlepic id=6360 w=625 float=center] “Mi casa es bella, mi mundo un paraíso, amor y paz adentro de ella, es todo lo que preciso”

[singlepic id=6361 w=625 float=center] “Calle de las lágrimas”

[highlight]Y caminando por las calles de Coimbra uno se encuentra, de repente, con que las paredes tienen huecos (también conocidos como janelas o ventanas) donde también ocurren cosas. La “no-pared” también forma parte de la vida urbana:[/highlight]

[singlepic id=6372 w=625 float=center] La gente las usa para secar ropa

[singlepic id=6324 w=625 float=center] Y para inventar macetas

[singlepic id=6373 w=625 float=center] Los gatos las usan para sentarse, dormir u observar

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[singlepic id=6335 h=625 float=center] Y las señoras, para no perderse nada de lo que pasa afuera

[singlepic id=6336 h=625 float=center] y para darle vida a las típicas postales portuguesas.

[highlight] Las paredes hablan acerca de la ciudad a la que pertenecen. Solamente es cuestión de escucharlas…[/highlight]

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[singlepic id=6322 w=625 float=center] “Aquí vivimos, aquí sonreímos, aquí perduraremos”

Otoño en Portugal

Veranos en Brasil

Como muchas familias argentinas, durante mi infancia y mi adolescencia pasé incontables veranos en Brasil. No recuerdo dónde fue que vi el mar por primera vez, pero en mi imaginación, ese mar que me cautivó desde muy chica (y que me generó ese incurable deseo de vivir frente a él) fue el mar brasilero. Durante aquellos veranos descubrí mi pasión por el agua, me creí sirena y comencé a sospechar que en otra vida había sido hija de un marinero o parte de la civilización perdida de la Atlántida. En Brasil aprendí a hablar portuñol y me enamoré del sonido de palabras como frango, morango, abacaxi, presunto, praia, suco, gostoso y “fuchiboli”. Escuché Axé Bahía y tuve las canciones bom xi bom xi bom bom bom y sigurucha amarucha sigurucha-cha-cha-cha-cha sonando en mi cabeza durante meses (sin saber muy bien de qué iban).

Perdí la cuenta de la cantidad de veces que viajé a ese país vecino, tan gigante, tan distinto y tan cercano. Fui con mi familia y con amigos; a veces en avión, otras veces en auto. Conocimos Recife, Natal, Fortaleza, Maceió, Florianópolis, Porto Seguro. En uno de aquellos veranos de preadolescencia conocí a dos hermanos gemelos de San Pablo y estuve convencida durante años de que los brasileros eran los hombres más lindos y encantadores del mundo. Años después también aprendí que algunos podían ser bastante mentirosos. En aquella época viajaba, literalmente, “de vacaciones”: todavía no concebía que pudiera existir otro tipo de viaje. Y para mí ir a Brasil era lo más normal del mundo: estaba cerca, tenía playa y se llenaba de argentinos. Era tan normal, supongo, como para un europeo ir a las playas de Croacia o para un japonés ir al exotismo de Bali. Brasil formó parte inseparable de la mayoría de los veranos de mi vida.

[singlepic id=6299 w=625 h= float=center] No tengo fotos de Brasil acá en esta computadora, así que pongo una foto del mar que representa a todos los mares y mi amor por ellos…

Primavera en Macau

La segunda vez que viajé a Macau estaba empezando la primavera. Después de un larguísimo verano en el Sudeste Asiático y un corto pero intenso invierno en China, encontrarme con un Macau que estaba floreciendo fue como volver a nacer. Muchos no podían entender qué le veía a Macau, esa península al sur de China que para mucha gente no es más que un gran complejo de casinos donde la única actividad posible es apostar (no por nada la llaman “Las Vegas de Asia”). Pero mi vuelta no tenía nada que ver con los casinos: había decidido volver a Macau porque me había quedado encantada con su arquitectura colonial, con sus callecitas, con sus carteles en portugués, con sus colores pasteles. Volvía para visitar a mis amigos, para redescubrir su centro histórico, para comerme una egg tart más. Volvía porque me parecía que una ex colonia portuguesa, en manos de China desde 1999, no era algo que se viera todos los días.

Esa fue la vez que decidí que si me quedaba a vivir en Asia, quería establecerme en Macau. Para mí Macau tenía (y aún tiene) todo: historia, arquitectura, gastronomía fusión, tranquilidad, buen clima y un barco que me dejaba en Hong Kong en menos de una hora. En esa visita a Macau conocí por primera vez a un portugués. Todavía me acuerdo. Era de noche, yo estaba buscando el restaurante donde me esperaba gente de Couchsurfing y, como estaba medio perdida, le pedí indicaciones a un chico que también caminaba por ahí. Me respondió en portugués y me sentí feliz de poder entablar una conversación usando dos idiomas. Estaba trabajando en Macau y también era Couchsurfer. Unos días después caminé con Journey, mi amiga china, por las calles vacías de Coloane (una aldea de pescadores en el otro extremo de la península) y me sentí como en un pueblito de Bahía al que jamás había ido. Y cuando encontré el Patio de la Eterna Felicidad, pensé: “Ya está, yo me quedo acá”.

 [singlepic id=6296 w=625 h= float=center] Todas estas fotografías las saqué en mis dos viajes a Macau (2010 y 2011)

[singlepic id=6294 w=625 h= float=center] Macau es famosa por sus casinos (que generan más ingresos por año que los de Las Vegas)

[singlepic id=6295 w=625 h= float=center] Y si bien las apuestas y el juego son parte de su “atractivo”, Macau es mucho más que eso

[singlepic id=6291 w=625 h= float=center] Tiene un centro histórico que es Patrimonio de la Humanidad

[singlepic id=6292 h=625 float=center] Tiene farolitos, teatros, balconcitos y construcciones típicas portuguesas

[singlepic id=6297 h=625 float=center] Tiene iglesias y colores pasteles

[singlepic id=6287 h=625 float=center] También tiene templos chinos

[singlepic id=6293 h=625 float=center] y chinos (¡claro!)

[singlepic id=6289 w=625 h= float=center] Inscripciones en portugués (aunque ningún habitante de Macau parecía hablar el idioma)

[singlepic id=6298 w=625 h= float=center] Y un patio donde todo es posible.

Invierno en El Jadida y en Colonia

Mi último invierno duró demasiado. Durante casi un año esta estación me persiguió sin piedad por tres continentes. Una partecita de ese invierno la viví en El Jadida, una ciudad marroquí ubicada en la costa atlántica. Después de casi un mes y medio de viaje, era la primera vez que me iba sola por el país. Y elegí visitar El Jadida por una sola razón: porque había sido colonia portuguesa y aún conservaba los restos de aquella época. Me quedé dos días y no me crucé ni con un extranjero. Caminé por la antigua medina portuguesa —sola, porque todo parecía estar vacío— y descubrí, o al menos creí descubrir, la fusión árabe-portuguesa de la ciudad: paredes de colores pasteles recortadas por puertas de forma árabe, farolitos y carteles en portugués, mujeres con su vestimenta musulmana, hombres con djellaba, gatos por todas partes y chicos jugando en las calles.

A mi regreso a Argentina me fui a visitar un lugar que jamás pierde su encanto: Colonia del Sacramento, en Uruguay. Fui abrigada, hacía mucho frío y se me congelaban los pies. Caminé por las calles empedradas y en cada uno de los espejos y charcos vi reflejado mi viaje anterior a esa misma ciudad. Colonia le pertenece a Uruguay hace mucho tiempo (al igual que El Jadida le pertenece a Marruecos, Macau a China y Brasil a sí mismo), pero la huella de Portugal no desapareció, sino que es un aspecto esencial de la personalidad de cada ex colonia. Viajé a cada uno de estos lugares en una estación distinta de mi vida y conocerlos fue conocer, también, a ese país que los fundó, los conquistó y/o los gobernó durante algún momento de su historia. A través de ellos me fui acercando, sin darme cuenta, a Portugal.

  [singlepic id=6285 w=625 h= float=center] La antigua ciudad portuguesa en El Jadida, Marruecos

[singlepic id=6280 w=625 h= float=center] Puertas de estilo árabe

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[singlepic id=6284 h=625 float=center] Hombres con djellaba

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[singlepic id=6281 w=625 h= float=center] Y una antigua cisterna portuguesa, la atracción principal del lugar.

[singlepic id=6276 w=625 h= float=center] Después le tocó el turno a Colonia, en Uruguay

[singlepic id=6275 w=625 h= float=center] Una de las ciudades más románticas y encantadoras…

[singlepic id=6279 w=625 h= float=center] Con casitas antiguas

[singlepic id=6277 w=625 h= float=center] Y los mejores atardeceres que vi en mi vida.

[singlepic id=6278 w=625 h= float=center] 

Otoño en Portugal

Siempre sentí atracción por Portugal, supongo que por varios motivos. No es tan visitado como el resto de Europa (por lo menos los viajes “tradicionales” no incluyen a Portugal en su ruta). Allá en Argentina no se sabe tanto de Portugal como de, por ejemplo, Italia, España o Francia. Muchos españoles, incluso, me confesaron que dieron la vuelta al mundo pero todavía no visitaron su país vecino (no puedo decir nada porque me pasa lo mismo con Chile y juro que muero por ir). Todo lo que sabía de Portugal lo aprendí a través de mis viajes a sus colonias o de alguna que otra película o libro. De sus grandes escritores sólo leí a Saramago (tengo una deuda pendiente con Pessoa). Lisboa es una ciudad de la que estoy enamorada sin haberla conocido (se me hace que es una de las ciudades más nostálgicas y fascinantes de Europa). Desde que empecé este blog, mi contacto más directo con Portugal era Sofía, una lectora con la que nos escribíamos en nuestros respectivos idiomas (y aún así lográbamos entendernos). Estuve a punto de viajar a Portugal en Semana Santa de este año, cuando estaba en Barcelona, pero desistí porque no tenía mucho tiempo (me faltaban pocos días para volver a Buenos Aires y no quería que mi visita fuese un viaje relámpago). Cuando una amiga me dijo que Portugal era como el Uruguay de Europa, morí de amor y supe que esta vez tenía que venir. Y por suerte Laura, escritora y viajera, mi compañera en este viaje (que supuestamente iba a ser a España), aceptó cambiar de ruta.

Y así, sin haberlo planeado, el otoño me encontró en Portugal. Y ya siento que lo poquito que vi de este país es tal como lo imaginaba: maravilhoso.

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[singlepic id=6300 h=625 float=center] Primeras imágenes de Coimbra, donde el otoño portugués nos recibió con lluvia

[singlepic id=6301 h=625 float=center] Cafecito típico

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[singlepic id=6303 w=625 h= float=center] Primeros fotocharcos (un día de lluvia muy bien aprovechado)

[singlepic id=6305 w=625 h= float=center] Otoño en Portugal

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