Mui Ne: Lazy Days

Mui Ne, cinco horas al norte de Ho Chi Minh, en la costa de Vietnam, es un pueblito en el que no hay demasiado para hacer.

Sin embargo, “todo el mundo” viene acá.

Podés nadar en el mar (no será cristalino como en Tailandia o Indonesia, pero es mar al fin).

Podés hacer kitesurfing.

Podés alquilarte una moto de agua o de tierra.

Podés comer mariscos pescados casi delante tuyo (y tan baratos…).

Podés mezclarte con la camada de alemanes, rusos, yanquis, australianos y demases que frecuentan este lugar.

Podés encontrar el alojamiento más barato del pueblo enclavado dentro de un complejo de bungalows frente al mar (5 dólares la noche en cuarto compartido, con pileta de natación, mar a pocos pasos, wi-fi y buena onda).

Podés, como yo, ser la única ridícula que se alquila una bici en vez de una moto o un jeep (porque es más barata, obvio, un dólar contra ocho, e ideal para bajar la comida) para ir a “las dunas” (un intento de desierto frente al mar), pedalear como loca los 20 km con pequeñas subidas, llegar al desierto y en vez de caminar tirarte en la arena agotada a descansar, para luego emprender el regreso a la velocidad de la luz y llegar al hostel en media hora solamente porque tenías ganas de comerte la súper ensalada de frutas que preparan al lado por un dólar.

O podés pasar un par de días sin hacer demasiado pero sintiéndote feliz porque sacaste pocas fotos pero de las que te gustan.

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Saigón: vida callejera y ciudad cosmopolita

– Miss, Miss! Cold beer for one dollar!

Escucho que me ofrece una vietnamita con desesperación mientras camino despacio por delante de su bar. ¿Creerá que con eso me va a convencer? PFF… Sigo de largo pero a ella no le importa, atrás mío se acerca un grupo de cinco chicos con toda la cara de estar buscando cerveza barata.

¿Para eso vienen a Vietnam?

Sigo caminando por Phan Ngu Lao, el famoso distrito de los mochileros de Saigón: un par de manzanas repletas de bares, restaurantes, hostels y guesthouses, lugares de internet, negocios de souvenirs, agencias de viaje, casas de masajes, tatuajes baratos, mototaxistas y gringos por doquier.

Un gran barrio turístico.

Parece que este distrito se repite en todas las grandes ciudades: la famosa Khao San Road en Bangkok, nuestra querida calle Florida en Buenos Aires, Chinatown en Kuala Lumpur y en el resto de los países asiáticos…

No sé, lo bueno de hacer Couchsurfing y quedarse en la casa de gente local en barrios no turísticos es que evitás pasar por estos lugares (no digo que sean zonas “desagradables”, pero sí algo artificiales y orientadas a una sola cosa: hacer que el turista consuma).

Saigón me deslumbró.

Literalmente, fui con la boca abierta durante cada viaje en el asiento de atrás de la moto de Kristine (la chica vietnamita que me alojó durante cuatro días en su casa).

No me esperaba una ciudad tan cosmopolita, tan llena de luz y energía, con tanto movimiento de día y de noche, tan… viva.

Saigón (o Ho Chi Minh City) desborda de vida.

Cada mañana, antes de levantarme de la cama, a eso de las 6 de la mañana, ya escuchaba los gallos cantando, la música que brotaba de las casas, el alboroto de la gente preparándose para salir.

A las 7 am Kristine y yo nos enfrentábamos al tráfico en su scooter y desde ahí podía ver a las mujeres vendiendo frutas y verduras en la vereda, a los empresarios desayunando su noodle soup en mesitas al aire libre, a la gente mayor sentada en reposeras mirando el tráfico pasar.

El tráfico en Vietnam es algo que jamás hubiera imaginado antes.

Primero, traten de imaginarse una ciudad donde hay más (muchas más) motos que autos (incluso puede ser que haya más motos que personas).

Todas las familias tienen por lo menos una; empresarios, vendedoras de frutas, chicas como Kristine, estudiantes, oficiales, todos se mezclan en el tráfico caótico de Saigón en sus scooters.

Acá no hay traffic-jam, acá todas las mañanas hay moto-jams: una pegada a la otra, esperan que cambie el semáforo para arrancar a toda velocidad.

Visto desde arriba, es un espectáculo. Visto desde adentro, da un poco de miedo: las motos avanzan como hormigas en todas las direcciones, algunas doblan cortando el tránsito que viene de frente, nadie respeta los carriles, otras giran en U mientras una tanda viene de la izquierda y otra más grande de la derecha y todos logran seguir su camino ilesos.

Siempre está el conductor que zigzaguea a toda velocidad, la chica que maneja mientras manda un mensaje de texto, la que va dormida abrazándose a la espalda del marido, los que llevan a los tres nenes (uno adelante del padre que va manejando, otro PARADO en el medio del asiento y otro atrás de todo colgado de la madre), los amigos que van charlando de moto a moto.

Y además están los miles de peatones que, al igual que yo, necesitan cruzar la calle (que en la mayoría de los casos no tienen semáforo, son doble mano y siempre tienen motos yendo y viniendo).

¿Cómo hacemos?

Seguramente estarán pensando “a correr lo más rápido posible”.

ERROR.

Acá hay una sola manera de cruzar y seguir vivo: caminar de una vereda a la otra muy muy MUY despacio.

– Vos cruzá y olvidate de las motos, ni las mires, me explica Kristine.

Si caminás despacio, pueden calcular si esquivarte por adelante o por atrás.

Así es…También sirve rezar.

Cada mañana, después de este desayuno motorizado de adrenalina, Kristine me dejaba en el centro de la ciudad, me prometía que a las seis me pasaba a buscar por ahí y seguía camino hacia su trabajo.

Yo me dedicaba a recorrer la ciudad a pie.

Así descubrí que Saigón es una gran ciudad con mucho ambiente de barrio y vida callejera.

Todos desayunan, almuerzan y cenan en mesitas sobre la vereda, hay reposeras puestas especialmente hacia la calle para mirar las motos pasar, está repleto de vendedores ambulantes de frutas y verduras, de lustrabotas, de mototaxistas.

La gente está siempre afuera, incluso los negocios no tienen puertas sino que directamente les falta la pared de adelante.

Caminando me deslumbré con la arquitectura colonial francesa de la ciudad, con los edificios altos e iluminados, con las tiendas y boutiques de grandes marcas internacionales, con los negocios chiquitos repletos de productos falsos (desde dvds y libros fotocopiados hasta todas las guías Lonely Planet a precios bajísimos), con los mercados… y con las banderas comunistas que flamean por toda la ciudad.

Porque no se olviden que el gobierno de Vietnam sigue siendo comunista.

Caminando me crucé con varios personajes.

Como un nene de unos 10 años que se me acercó corriendo en la entrada de una pagoda china (templo), me saludó, se presentó en perfecto inglés, me preguntó de dónde era, me presentó a los papás y después le agarró timidez y se fue.

Como otro nene de unos 5 años que en el mismo templo chino me persiguió gritando una frase en vietnamita, me sonrió, me saludó como loco con la mano y saltó para salir en mis fotos.

Como la mujer que me vio caminando con el mapa en la mano totalmente perdida, me frenó, me sacó el mapa, leyó el nombre del lugar que buscaba y sin decir palabra me señaló con la mano que caminara derecho y doblara a la izquierda en la primera esquina.

Como el taxista que me vio sentada en la vereda del mercado, comiendo un dragon fruit y esperando a Kristine, y me preguntó de dónde era, a dónde iba, etcétera, etcétera.

Jamás sufrí el acoso del que me habló mucha gente, excepto cuando me metí a caminar en el famoso distrito mochilero.

Pero me alejaba dos cuadras y ahí ya nadie me ofrecía productos o servicios, ahí solamente me miraban con curiosidad, me sonreían y me decían algún que otro hello.

El último día decidí hacer un tour por el río Mekong, algo así como el “Amazonas” del Sudeste Asiático, que nace en China y pasa por Burma, Tailandia, Vietnam, Laos y Camboya.

Si quieren conocer los pueblitos y ciudades del río, recomiendo no tomar ningún tour (por más barato que sea) e ir por su cuenta, porque lo que nos mostraron a nosotros no me pareció gran cosa.

Yo quería ver el mercado flotante  y cuando fuimos no había más que unos pocos barcos intercambiando frutas; quería ver las casas locales y conocer a la gente, pero nos llevaron a los negocios de souvenirs y a ver cómo se elaboraban los caramelos de coco.

El río en sí es muy lindo, transmite paz y tranquilidad, es como ir al Delta argentino pero con palmeras, frutos exóticos, más calor, barcos más coloridos y… vietnamitas.

Pero a mí, una argentina que pasó todos los fin de semanas de su infancia en el Tigre, no me sorprendió demasiado. Para quienes no están acostumbrados a la vida de río, debe ser emocionante.

Todo esto me hace pensar que cada cual ve una región, ciudad o país con ojos distintos, por eso cada experiencia de viaje siempre es diferente y totalmente personal.

Una vez leí una frase que dice que las cosas no las vemos como son, sino que las vemos como somos, y me parece que aplica perfectamente al viajar.

Y cuando observo a los turistas congregados en calles como Khao San o Phan Ngu Lao, donde lo más “local” que se consigue es la cerveza nacional, me pregunto qué experiencia se lleva cada uno a su casa, qué encontraron y qué fueron a buscar, cómo contarán la historia una vez que hayan vuelto a su país de origen.

Y ahí sí que no tengo una sola respuesta, lo único que puedo decir es que no hay que guiarse demasiado por las opiniones ajenas, ya que cada cual cuenta la experiencia desde su propia subjetividad.

Yo incluida.

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Vietnam: amor a primera vista

Lo confieso: salí de Camboya rumbo a Vietnam con una idea “poco positiva” acerca del país y de la gente.

Siempre digo que no me guío por opiniones ajenas ya que cada cual lo cuenta según cómo fue su viaje, pero muchos viajeros “respetados” (?) me dijeron que Vietnam no les había gustado nada por la actitud de la gente local, por el acoso hacia el turista, por el caos y por los robos.

Y me lo dijeron con tanta convicción que hasta me asustaron un poco (no mucho) y pensé: debe ser que a Vietnam lo amás o lo odiás.

¿Qué sentiré frente a este país que siempre quise conocer?

Mis últimos días en Camboya fueron una mezcla poco balanceada de estrés y tranquilidad.

Phnom Penh, la capital, es, para decirlo en porteño, un quilombo.

No hace falta que te bajes del colectivo ni que salgas de tu hostel: los mototaxistas y conductores de tuk-tuk te van a encontrar. Así que no corras porque no hay dónde esconderse.

– Miss Miss, you want motorbike? le decís que no al primero y aparece el segundo (que estaba frenado al lado y vio que dijiste no) y te ofrece nuevamente “motorbike” pensando que tal vez a él le vas a decir que sí porque te cayó mejor que el anterior.

Cruzás la calle (intentando que no te atropellen y caminando por la franja angostísima de vereda como si fuese un acantilado) y te persigue el conductor de tuk-tuk:

– Hello Sir! (ni siquiera lady)

– Where you want to go? Tuk-tuk?

– No, no, gracias.

Pero ser amable no sirve y tampoco entienden que quieras caminar.

– I take you miss, OK I take you later, I take you tomorrow, I take you next week!

Si los ignorás, te gritan cosas poco felices en inglés y en khmer (camboyano).

Así que cuando no pude más opté por dos vías: hablar en castellano o ser irónica en inglés.

– Miss Miss, tuk-tuk, you want? No entiendo lo que me decís, no hablo inglés. Ahí se desconciertan.

– Tuk-tuk?

– Cheap?

Y la otra, cuando estuve a punto de mandar a todo el gremio a freír arroz:

– Miss! Where are you going? Motorbike!

– Oh, ok, I need to cross the street, you take me? (Oh, sí, necesito cruzar la calle, ¿me llevarías?)

Templo en Phnom Penh

Los típicos “kioskos móviles” del Sudeste Asiático (este en Phnom Penh)

Templo en Phnom Penh

Casitas típicas de la capital de Camboya

Panadería a la calle (Phnom Penh)

No sé si Phnom Penh vale la pena, no es tan malo como suena, pero yo personalmente preferí los pueblos del interior de Camboya antes que la capital.

Igualmente tuve que quedarme tres días para tramitar la visa de Vietnam, así que aproveché para visitar las Killing Fields, el museo del genocidio, el palacio del rey y caminar un poco por ahí.

Después pasé mis últimos tres días en el país en Kampot, pueblito al sur a orillas del río, con una temperatura mucho más agradable y una paz que necesitaba.

Kampot

Chicos camboyanos que posaron para la foto

El boliche de Kampot (?)

Cosas que se ven en la ruta (Camboya)

El lunes a las 7 AM tomé el colectivo que me llevaría de Kampot a Ho Chi Minh City (ciudad más conocida como Saigón, antigua capital de Vietnam del sur y de la colonia francesa de la Cochinchina) pensando que me iba a encontrar con algo parecido a Phnom Penh (algo así como un pueblo grande que se cree ciudad) y con gente que me iba a mirar mal o con resentimiento por la guerra pensando que era yanqui.

Tuve que hacer trasbordo en Phnom Penh (no hay manera de escaparle a esta ciudad) y cuando me subí al segundo colectivo (que ya estaba repleto), miré las caras y pensé:

– Momento, acá hay algo raro, ellos no son camboyanos, tienen los ojos más achinados (sí, hay grados de achinamiento de ojos), ellos son vietnamitas.

Y así era: un grupo turístico de 35 vietnamitas de 45 años para arriba, todos cargando bolsas y bolsas de souvenirs y frutas, hablando y riéndose a lo loco cual colectivo a Bariloche en pleno viaje de egresados.

La mujer vietnamita que estaba en el primer asiento me miró y me sonrió de una forma que me dieron ganas de abrazarla y adoptarla como abuela.

Qué calidez por favor.

Vietnam 1, Viajeros Respetados O.

Me tocó el asiento del fondo, al lado del baño, de un camboyano y de un vietnamita. El camboyano ni bola, pero el vietnamita me ofreció comida, agua y hasta se bajó del colectivo para comprarme una SIM card cuando le dije que necesitaba mandar un mensaje de texto.

Vietnam 2, Viajeros Respetados O.

En el mismo viaje me puse a charlar con una mujer de Washington DC y le pregunté acerca de Vietnam.

Me habló maravillas y hasta me armó el itinerario detallado.

A todo esto mi “miedo” y desconfianza hacia Vietnam se desvanecían rápidamente.

El colectivo feliz

En algún momento del viaje el colectivo se subió a un barco y cruzamos el río.

No sé por qué “supuse” que ese cruce de río equivalía al cruce de frontera (el “staff” del colectivo ya había recolectado nuestros pasaportes y yo “supuse”, otra vez, que ellos harían los trámites correspondientes y que, por ende, ni nos enteraríamos que habíamos cambiado de país).

Entonces me puse a mirar todo con ojos de Ya llegué a Vietnam.

Mientras íbamos en el barco, nenes sin manos golpearon las ventanas del colectivo, se señalaron los muñones y rogaron plata.

Pensé que eran los hijos de los ex combatientes de la guerra.

Después, otra vez en la ruta, vi carteles escritos en khmer y pensé que como era un pueblo de frontera debía haber carteles en ambos idiomas.

Más adelante vi un monje budista y pensé que el monje también vivía Vietnam.

Y después vi… la bandera de Camboya.

Y ahí apareció una voz en mi cabeza que me dijo “pero vos tenés un pedo atravesado“.

Debe ser la falta de sueño y el calor.

Finalmente cruzamos la frontera (a pie, y cada cual hizo el trámite correspondiente antes de volver al colectivo) y ahí sí que el paisaje cambió.

O tal vez no el paisaje en sí, pero mi feeling fue distinto.

De repente vi que las calles tenían veredas anchas (y veredas de verdad, no de tierra), que las casas estaban más separadas entre sí, que la gente cenaba en la calle, que había tranquilidad.

Llegamos a Saigón a las 8 PM y quedé anonadada a primera vista.

Kristine, la couchsurfer vietnamita que me está alojando, me pasó a buscar en su moto y me llevó a su casa.

En el camino vi edificios, luces, modernidad.

¡Esto es una ciudad de verdad!

Mientras cenábamos pho, la sopa típica de Vietnam, le pregunté cuál era la actitud de la gente local frente a los extranjeros y especialmente frente a los estadounidenses.

Me dijo que no tenían resentimiento, que ellos miran hacia adelante ya que quieren crecer como país, que la gente es muy amable y todos sonríen.

Al día siguiente salimos a las 7 de la mañana de su casa, Kristine me dejó en el centro y se fue a trabajar.

Caminé durante todo el día y sentí una alegría que no pensé que iba a sentir: ya me encanta este país, me encanta la gente, todos me sonríen, los taxistas no me acosan (hasta diría que son tímidos y respetuosos, les decís que no y es no), la ciudad es muy linda.

Tiene sectores llenos de árboles que me hace acordar a San Isidro, barcitos y cafés que son muy Buenos Aires, calles más tranquilas que parecen Montevideo… y los vendedores ambulantes, mesitas y comida en la calle y el caos de motos que me recuerda que estoy en el Sudeste Asiático.

Ahora me acuerdo por qué me gusta tanto viajar.

PD: (Gracias a todos los que votaron para que viniera a Vietnam… ¡den la cara!)

Pleno centro, cerca de la catedral

La Catedral de Notre Dame

Barriendo la vereda

Kristine (izq.) y su amiga, tomando un café en Saigón

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