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En la ruta, Islandia

Cuando uno está por viajar a un país que no conoce, una de las cosas más importantes que debería hacer antes de ir es chequear qué clima suele hacer en esa época del año. No hay nada peor que empacar ropa liviana y tener que salir corriendo a comprar abrigo, o sacar a pasear la bufanda y el polar y que queden en el fondo de la mochila durante el tiempo que dure el viaje. Sacamos el pasaje a Islandia para fines de mayo/principios de junio sabiendo que llegaríamos unas semanas antes de que empezara el verano, pero no nos quedaba otra opción: era la fecha en la que ambas coincidiríamos en Europa. “Por lo menos no vamos en pleno invierno”, dijimos, sospechando que un país que está tan al norte y que en inglés se llama Iceland (Hielolandia) debía ponerse bastante fresco.

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Es loco que el GPS te marque que estás en esta parte del mundo (y en un lugar que, de verdad, debería llamarse la Tierra del Hielo)

Cuando llegó el momento de armar la mochila, busqué el clima de Reykjavík en tiempo real y vi que la temperatura diaria oscilaba entre 6 y 12 grados (mientras en Barcelona estábamos a más de 20 y París prometía otros tantos). “Seis grados no es tan terrible”, le dije a Lau para convencerla de que no pasaríamos frío: “Cuando llegué a Madrid hacía cero grados y nevaba, y con la ropa que tengo estuve bien. Esto no va a ser nada”. Pero el tema de los números es que son eso: solo números. El clima también tiene que ser puesto en contexto (no es lo mismo decir “hace nueve grados pero no hay viento así que ni se siente” que decir “hace nueve grados y hay una humedad que te cala los huesos”), y me parece que ni Lau ni yo pensamos que sobrevivir a la ciclotimia climática de Islandia iba a convertirse en un desafío más de este viaje.

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Ya puse esta foto en otro post, pero ahora la entiendo mejor!

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Casitas en Akureyri

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Y casitas en Seyðisfjörður

El clima cambia tan rápido como el paisaje

Creo que lo aprendimos el día que llegamos. La primera mañana que salimos a caminar por Reykjavík nos jactamos de tener calor. Mirá qué sol, qué lindo día, ni llevo la campera, má qué nueve grados, está divino acá, me encanta este aire fresco, no es un frío que te corte la cara, es hasta reconfortante, nos decíamos. A mitad de la caminata se nubló y creo que ninguna de las dos lo confesó enseguida, pero tuvimos frío. Yo tenía una lucha interna entre volver a la casa, abrigarme y no salir de ahí, o seguir caminando para entrar en calor y olvidarme de ese viento helado que me subía por las piernas. ¿Y si no nos alcanzaba el abrigo? Empezamos a mirar los sweaters islandeses con cariño (hasta que vimos los precios).

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Y nos encontramos con estos carteles en todas partes

Al día siguiente amaneció lloviendo (lo de amaneció es una manera de decir, porque cuando no oscurece nunca no sé si se puede decir que amanece). Pensamos que sería un día perdido y nos quedamos adentro. A la media hora dejó de llover y salió un sol radiante, así que salimos también. Hicimos una caminata hasta el faro yendo en contra de nuestro nuevo amigo (o enemigo): el viento. Pero con abrigo (y sin paraguas, que no trajimos) (traigan paraguas si vienen a Islandia). Empecé a desear haber traído guantes y gorro (al final me tuve que comprar).

Las remeras de las tiendas de souvenirs ya nos lo habían advertido: “¿No te gusta el clima de Islandia? Esperá cinco minutos”. En un mismo día podés tener nieve, lluvia, viento, sol y arco iris por doquier. No sé qué cambia más rápido: si el clima o los paisajes que vemos en la ruta (en un mismo trayecto podés ver glaciares, valles verdes, fiordos, cascadas, escenas lunares, acantilados y montañas nevadas mientras te morís de calor adentro del auto y te congelás cuando abrís la ventana; esto genera el efecto me saco las polainas me pongo las polainas me las vuelvo a sacar y mejor me las pongo otra vez).

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Sin repetir y sin soplar: paisajes que podés ver en un mismo tramo de la ruta 1 (casi la única del país) de Islandia. 1,2,3 ¡va! – Fiordos

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Hielo en verano

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Geisers

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“Bosques” (entre comillas porque acá casi no hay árboles)

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Cascadas

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Lagos

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Montañas

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Luces

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y arco iris completos

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Una de las chicas que nos levantó haciendo autostop nos dijo que el servicio meteorológico islandés no es muy confiable: “Es muy difícil predecir el clima, mucha gente lo mira en la tele por diversión, pero en general las predicciones siempre fallan”. Ahora entiendo por qué en ciertos países el clima es una tema central de conversación. Islandia tiene un desorden de personalidad climática y paisajística, y eso la hace encantadoramente impredecible.

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Puede pasar, por ejemplo, que te despiertes con esta vista de los fiordos

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Y que media hora después aparezca una nube y esa misma vista se ponga así

Hace 19 horas que está lloviendo

De Reykjavík seguimos camino hacia la península de Snæfellsnes, en el noroeste, pero cometimos un gran error (por distraídas): no miramos si el clima iba a estar mejor en el norte o en el sur (tal vez daba igual mirar o no mirar). Después de pasar la noche en el pueblito pesquero de Stykkishólmur (nota: en Islandia casi todos son pueblitos pesqueros) (nota 2: me resulta imposible recordar los nombres de cada lugar), el destino (o la chica que nos levantó en la ruta, bajo la lluvia) quiso que caigamos en Arnarstapi. Entre dedo y dedo se había largado a llover, así que habíamos tenido que refugiarnos en una estación de servicio en medio de la nada a esperar que pare. No paraba. La estación estaba por cerrar así que nos aventuramos a la ruta. Éramos tres (adoptamos por un rato a un estadounidense que viajaba con mochila y un par de esquíes) y una chica se apiadó y nos levantó. Así fue como caímos a Arnarstapi, el pueblo donde vivía la mamá de esta chica. Llovía a chorros.

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Esto fue solo el principio

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Siguió por horas

A falta de un lugar cerrado donde dormir (ya entenderán por qué, cuando subamos el Desafío 9), buscamos un hueco en el pasto (este país es puro pasto) y armamos la carpa bajo la lluvia. Eran las seis de la tarde. No teníamos otra cosa que hacer que mirarnos las caras hasta que dejara de llover. Un poco de mal humor, salí a golpear las puertas de las casas cercanas. Quizá alguien se apiadaba de nosotras y nos invitaba a dormir adentro. Nada. Todas las casas vacías. Volví empapada y con tremendo olor a ganso (tengo una campera con pluma de ganso y cada vez que la toca el agua quedo con olor a perro mojado). Teníamos miedo de que la carpa filtrara y ahí sí que estábamos fritas, pero se la bancó bien. Creo que nunca tuve tanto frío en los pies como esa noche (ma: estoy bien, no te horrorices, vos sabés que a veces exagero). Me habré dormido a las tres de la mañana. Afuera era de día. Soñé que comía chicle y se me salía una muela entera, desde la raíz.

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Casitas típicas en Arnarstapi

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Otra imagen de Arnarstapi

No paró de llover en toda la noche (la no-noche). Cuando nos despertamos, a eso de las once de la mañana, seguía lloviendo. Charlamos un rato, escuchamos cómo seguía lloviendo, repetimos varias veces lo mucho que nos gustaba esa lluvia (#quélluviademierda fue el hashtag del día) y nos quedamos dormidas como hasta las tres de la tarde. No podíamos hacer otra cosa, la carpa era nuestro único refugio seguro. Toda nuestra ropa estaba mojada. Nuestro espíritu de aventura estaba mojado. A eso de las cuatro de la tarde le dije a Lau: “¿Escuchás? Creo que está parando”. Y al minuto dejó de llover y se despejó como si nunca hubiese pasado nada. Salimos a los saltos, hicimos un baile de victoria, desarmamos la carpa lo más rápido que pudimos, fuimos a dar una vuelta y seguimos viaje antes de que se largue otra vez.

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Acá habíamos acampado la tarde anterior

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Así se veía el paisaje post-lluvia

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En otros lugares, como Akureyri, recurrimos al refugio de las cafeterías durante las horas de lluvia

Cómo pega el sol de medianoche

La única vez que estuve en un país escandinavo fue cuando viajé a Laponia sueca. Fui en primavera y tuve la suerte de ver la aurora boreal, pero me quedé con muchas ganas de pasar 24 horas seguidas de oscuridad en invierno y 24 horas seguidas de luz en verano. Lo que más me intrigaba era el sol de medianoche.

Si bien en Islandia no vimos el sol de medianoche propiamente dicho (es un fenómeno que ocurre pocos días al año y muy cerca del Círculo Polar Ártico, cuando el sol baja hasta el borde del horizonte y, sin llegar a esconderse, vuelve a subir), desde que llegamos no tuvimos ninguna noche oscura. En el sur de la isla las noches fueron azules y tenues (con una luz parecida a cuando está por amanecer) y en el norte las noches fueron blancas y luminosas, como un cielo de mediodía. O sea que hace como trece días que estamos viviendo en el mismo día: hace 288 horas que no nos oscurece. Hay gente a la que le cuesta dormir por la falta de oscuridad: a mí me encanta, y lo malo de esto es lo rápido que uno se acostumbra a tener luz durante toda la noche (digo malo porque cuando vuelva a un país con oscuridad voy a sentir que algo me falta).

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Foto del puerto de Stykkishólmur de noche (12 de la noche)

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Foto del puerto de Stykkishólmur de día (mediodía)

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Seyðisfjörður después de medianoche

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Ólafsvik después de medianoche

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Sacando fotos en Stykkishólmur a las 12 de la noche

Que haya luz de día cuando el cuerpo espera oscuridad me genera varias cosas. Por un lado, todo se tiñe de surrealismo. Caminar por un pueblo a las dos de la mañana, sabiendo que la gente duerme, y poder ver los barcos y sacar fotos como si fuesen las tres de la tarde me parece algo irreal y hasta un poco bizarro. Se siente una calma chicha rarísima y te da una sensación de seguridad e inmunidad única (los peligros casi siempre se potencian cuando es de noche, así que salir a caminar a cualquier hora no es un problema, no hay hombres escondidos en callejones oscuros). Por otro lado, es muy fácil colgar y salir tarde a todas partes: total, hay luz de sobra. Esto hace que salgamos a la ruta a hacer dedo a las tres de la tarde sin preocuparnos por que la noche se nos venga encima (no se nos viene nunca).

Y por otro lado, este exceso de luz nos genera algo que bautizamos “el efecto sol de medianoche”: todos los días, a eso de las 12 de la noche, nos agarra una pseudo-borrachera de sol que nos acelera, nos hace reírnos de cualquier estupidez y rodar por el piso de diversión (literalmente, el otro día, a la una de la mañana, nos reímos tanto que me caí al pasto, me dio un ataque de carcajadas y después me colgué mirando cómo avanzaban las nubes por el cielo celeste). Es la droga natural de Islandia.

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Esta foto no está al revés, es que la saqué acostada desde el pasto, esa vez que me caí de tanto reírme

Según internet (que ya no sé si es una fuente fiable o no), la falta de oscuridad genera hipomanía, un estado caracterizado por la desinhibición, la euforia y un exceso de energía; también aumenta la creatividad y la energía productiva, provoca un torrente de ideas, acelera el pensamiento, sube el autoestima y genera un leve déficit de atención. Es un estado que también se da en el trastorno bipolar y la ciclotimia. Quizá Islandia está jugando con nuestras mentes y replicando su desorden de personalidad climática en nuestro estado de ánimo. Quizá por eso son las dos de la mañana y yo sigo sentada frente a una ventana escribiendo como una desquiciada y mirando cómo afuera no oscurece.

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Pájaros cerca de Hjalteyri

Nota: si van a viajar a Islandia tengan en cuenta que estoy escribiendo esto en junio. En invierno el panorama es distinto: nieva un montón, muchas rutas cierran, se forman paredes de hielo altas como camiones, hay muy pocas horas de luz, hace mucho más frío y pueden ver auroras boreales. Y además todo es relativo: nosotras estamos abrigadas con toda la ropa que tenemos, mientras los islandeses ya están de short y manga corta porque, para ellos, ya empezó el verano.

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Otra foto del puerto de Stykkishólmur, que me encantó

Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 5: Hacer dumpster diving ya está en el blog de Lau. Ella publica los desafíos impares y yo los pares.