Desafío Islandia: final del juego

Terminó el Desafío Islandia. Lo que empezó como una idea delirante en España terminó como uno de los mejores viajes que hice. No hay nada mejor que jugar, reírse, animarse y viajar.

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Una de las callecitas de Seydisfjordur. Llegamos, dejamos las mochilas por ahí (en plena calle) y nos fuimos a sacar fotos.

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Puertas sin llave

Estos son los posts que publicamos (junto con Lau) del viaje de 16 días por Islandia:

Desafío Islandia (introducción) (y la versión de Lau)

Desafío Islandia (1): Llegar a París en dos días (Lau)

Desafío Islandia (2): Meter todo en una sola mochila y no perder el avión

Desafío Islandia (3): Desconectar en Reykjavík (Lau)

Desafío Islandia (4): Subirnos a un barco de pescadores

Desafío Islandia (5): Hacer dumpster diving (Lau)

Desafío Islandia (6): Sobrevivir al clima

Desafío Islandia (7): Abrazar a cinco islandeses (Lau)

Desafío Islandia (8): Encontrar la fábrica de artistas

Desafío Islandia (9): No pagar ni una noche de alojamiento (Lau)

Desafío Islandia (10): Dar la vuelta a la isla a dedo

Bonus: Hacer el Círculo Dorado sin hablar (y la versión de Lau)

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La bandera de Islandia en una pared de Reykjavík

Si bien hicimos muchas de las cosas que nos propusimos, también tuvimos varios desafíos fallidos, como por ejemplo:

Tocar una canción de Björk en el ukelele (llevé el instrumento de paseo) (¡además los temas de Björk tampoco son fáciles!)

– Ir a comer un pancho con Bjork en Reykjavík (juro que lo intentamos vía Twitter)

Hacer un stencil (la intención estuvo, pensábamos hacer dos stencils: uno que dijera Desafío Islandia y otro con la Galliseñal, pero no lo hicimos por falta de tiempo y cansancio)

Aprender cinco expresiones en islandés (yo me aprendí una que me encanta: þetta reddast, que quiere decir “todo va a salir bien”, “it will all work out one way or another”)

Conocer a un escritor islandés y que nos firme su libro (estuve cerca: me compré el libro “The little book of the Icelanders” de Alda Sigmundsdóttir, la contacté y le dije que quería conocerla, pero justo el día que estuve en Reykjavík ella no podía, así que será la próxima)

Ver un puffin (antes de viajar no teníamos ni idea de qué eran estos puffins que sonaban tan parecido a muffins, después nos esteramos de que son unos pájaros lindísimos que viven por la zona, creímos ver uno en Vik pero era un falso puffin, así que nos quedamos con las ganas)

Que nos chamuye un islandés. Los islandeses no chamuyan. Creo que ni nos miraron. La máxima expresión fue cuando frenaron dos autos, a lo lejos, con cuatro chicos en cada uno, nos silbaron y se fueron enseguida. Seguro que eran italianos.

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Hora pico en Reykjavík

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Hicimos dumpster diving (Lau lo cuenta en su blog)

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No aprendimos a hablar el islandés

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Nos dejamos llevar y aparecimos en lugares inesperados

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Nos bancamos la lluvia como dos reinas

Dimos abrazos gratis

Dimos abrazos gratis

Encontramos gatos

Encontramos gatos

Acariciamos caballos

Acariciamos caballos

Vimos un falso puffin

Vimos un falso puffin (¿ven que en el hueco hay algo rojo y blanco? Pensamos que era un puffin y cuando nos acercamos descubrimos que era una botella. FAIL.

Dormimos frente a un paisaje distinto casi todos los días

Dormimos frente a un paisaje distinto casi todos los días

Está bien, no aprendimos islandés, pero vi esta pared y me gustó, así que le pedí una foto a Lau... Y después me enteré de que esa frase significa:

Está bien, no aprendimos islandés, pero vi esta pared y me gustó, así que le pedí una foto a Lau… Y después me enteré de que esa frase significa:

esto: "Sé el cambio que quieres ver en el mundo"

esto: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”

Mis conclusiones de Islandia:

– En Islandia todo es posible. Creo que cuando un lugar es tan seguro, uno se anima a hacer cosas que no haría en su casa. Dimos la vuelta a dedo, salimos a la ruta a cualquier hora, fuimos por los pueblos pidiendo frazadas (mantas), abrazamos islandeses, comimos langosta gratis en un hotel, revisamos los tachos de basura, le preguntamos a la gente en la calle si podíamos quedarnos en su casa, fuimos en busca de una fábrica que habíamos visto en una revista, aprendimos a vivir con la puerta abierta y a dejarnos llevar. Cuando encontramos el libro “50 crazy things to do in Iceland” (un libro con 50 propuestas locas para hacer en Islandia, a la venta en todas las librerías) nos dimos cuenta de que no éramos tan originales con esto de los desafíos. Al parecer Islandia da para todo.

Todas las rutas son postales

Todas las rutas son postales

– Islandia es un lugar para estar. Durante nuestras dos semanas no hicimos mucho (en términos turísticos) sino que nos dedicamos a fluir con el camino, a ir a donde nos lleven, a dejar que el país nos guíe.

Lau buscando puffins

Lau buscando puffins

Islandia es caro pero se puede hacer barato. Nuestros presupuesto diario fue de 6 euros (promedio) (hubo días de gasto cero), pero para eso hicimos dedo, cocinamos casi todas las comidas y acampamos. (Próximamente haré la guía para viajar por Islandia con datos útiles y más info).

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– El sol de medianoche tiene efectos sobre el comportamiento de las personas (o por lo menos sobre mí). Todos los días a las 11/12 de la noche me agarraba un ataque de risa descontrolada y me ponía hiperactiva. Tienen que probarlo alguna vez en la vida.

Este nene también estaba hiperactivo cuando lo conocimos (como a las 11 de la noche de un martes)

Este nene también estaba hiperactivo cuando lo conocimos (como a las 11 de la noche de un martes)

– En Islandia hay poco tráfico pero van como locos. Esto no lo digo yo, sino que lo leí en el libro que les recomiendo al final del post. Nos levantó una chica de 18 años que se creía corredora de Fórmula 1. Estuvimos a punto de llevarnos puestos a varios que venían de frente. Ah, y por si conducen, sepan que no hay señalizaciones en la ruta salvo unos cartelitos para mirar con lupa que indican, unos 10 metros antes, hacía qué lado tenés que ir para llegar a tal pueblo.

Pero si se pierden tampoco importa...

Pero si se pierden tampoco importa…

– En Islandia todos se conocen (bueno… no toooodos… pero en vez de seis grados de separación, en Islandia debe haber uno o dos grados de separación). Como son pocos (300.000 habitantes) y los pueblos son muy chiquitos, hay un gran sentido de comunidad, así que todos se enteran de todo. Nos contaron la historia de un señor que se iba a un pueblo que no conocía, entraba a un bar al azar, se sentaba en una mesa cualquiera y le decía a la persona que tenía enfrente: te apuesto a que en menos de cinco minutos podemos encontrar algún amigo o familiar en común. Y lo encontraban siempre.

Fue imposible poner a todos los perros a posar para la foto

Fue imposible poner a todos los perros a posar para la foto

– En Islandia todos tienen un amigo que hace tal cosa. Por ejemplo: cuando nos quedamos en la casa de la pareja en Olafsvik, le comenté al chico que quería subirme a un barco de pescadores. Se lo dije a las 11 de la noche como un comentario al pasar. Él agarró el teléfono y llamó a su tío, el tío era un político del pueblo y conocía a todos los pescadores del lugar, así que se puso en contacto con ellos pero le dijeron que como había llovido mucho había olas de tres metros y tendrían que navegar durante 18 horas seguidas. Desistí. Pero pregunté: ¿y qué pasaría si voy sola en un barco con diez pescadores? ¿No es medio un peligro? Me dijeron: no, acá la gente se preocupa mucho por su honor, si te hicieran algo todo el pueblo se enteraría y los castigarían por eso.

O sea que esto no pasaría

O sea que esto no pasaría

– Los islandeses no responden emails. Pensamos que era algo personal, que no estábamos siendo lo suficientemente corteses o claras con nuestros mensajes. Hasta que leí (en el mismo libro del final) que no, que es normal, que los mails se leen pero no se responden. Van a ver, hagan el intento.

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– En Islandia hay elfos. Dicen. Son parte de la mitología del país y mucha gente cree en ellos. Viven en las rocas, por eso muchas veces se ven rocas en medio de las rutas y nadie las mueve: son hogares y no hay que molestarlos. Nosotras no vimos ninguno. Uno de los desafíos del libro 50 crazy things to do in Iceland es “have sex with an elf”. Se ve que está de moda por allá.

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– Islandia fue el viaje de la sincronicidad: en cada lugar nos encontramos con la persona que nos teníamos que encontrar. Quizá tardaba un poco más pero estaba ahí, esperando que nos crucemos gracias a todas esas casualidades que se fueron sucediendo.

Todos nos fueron llevando hacia otras personas y situaciones...

Todos nos fueron llevando hacia otras personas y situaciones…

– Islandia sana. Estar tan lejos de todo hace que las cosas tomen otra perspectiva. Eso, sumado a la naturaleza (impactante), a la seguridad, al agua pura, al clima y al ambiente de tranquilidad, cura.

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– Islandia es un lugar al que querés volver antes de haberte ido. Me veo pasando una temporada en Reykjavík, escribiendo un libro durante el invierno. Es un país que genera mucha nostalgia del presente.

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– En Islandia las puertas siempre están abiertas. La tía de los chicos que nos recibieron en Olafsvik nos invitó a comer a su casa; cuando nos despedimos nos dijo: “Cuando vuelvan a mi pueblo no tienen que mandarme un mail ni llamarme antes. Tampoco tienen que golpear la puerta de mi casa. No cerramos con llave, así que entren nomás”.

Si se quieren enamorar del mundo, vayan a Islandia. Es todo lo que puedo decirles.

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Playa cerca de Vik

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¡Hasta la próxima!

Si les interesa viajar a Islandia o aprender más acerca del modo de ser de los islandeses, les recomiendo este libro (desopilante), escrito por Alda Sigmundsdóttir (una islandesa de nacimiento que creció en otros países y, cuando volvió a Islandia, pudo mirar su propia cultura con otros ojos).

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Y también les recomiendo (les ruego) que escuchen el disco “My head is an animal” de Of Monsters and Men, una banda islandesa. Lo escuché por primera vez estando allá y les aseguro que la música combina a la perfección con el paisaje.

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[box border=”full”]Este es el último post de la serie Desafío Islandia, un viaje/juego que hicimos en conjunto con Laura, de Los Viajes de Nena. Fuimos subiendo fotos a Instagram, Facebook y Twitter y relatando en tiempo real nuestras locas (y no tan locas) aventuras por Islandia. [/box]

Desafío Islandia (10): Dar la vuelta a la isla a dedo

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Empezamos con timidez. Cuando Lau me desafió a dar toda la vuelta a Islandia a dedo tuve mis dudas. Era la primera vez que iba a recorrer un país entero solamente haciendo autostop y si bien estaba dispuesta a cumplir el desafío, sabía (o creía saber) que había algunos transportes pagos de los que no podríamos escapar: por ejemplo, el consabido bus que va del aeropuerto (que en el caso de Islandia está en Keflavík, a 45 minutos de la capital) al centro de la ciudad. “Bueno, que el viaje a dedo empiece desde Reykjavík”, dijimos como para no ponernos tanta presión. Pero oh sorpresa.

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Aterrizamos en Islandia como a las 11 de la noche y el cielo seguía claro (no lo sabíamos aún, pero esa falta de oscuridad nos daría un coraje y una sensación de inmunidad únicas) (por no decir que nos desquiciaríamos por completo). Fuimos en busca del bus barato (en Islandia nada es barato, pero nos habíamos enterado de que había uno que costaba €12 en vez de €16) y cuando llegamos a la oficina, del otro lado del aeropuerto, vimos que estaba cerrada. Volvimos en busca del bus normal pero el último ya se había ido. No queríamos pagar €100 por un taxi así que nos acercamos a una combi y le explicamos lo que nos había pasado. Nos dijo que nos subamos y quedamos un poco perplejas: ¿podía ser tan fácil? Sin haberlo planeado terminamos viajando a dedo hasta el centro de Reykjavík junto con el piloto y las azafatas del vuelo.

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Fotocharco del cielo a las 12 de la noche

El día siguiente pasamos por una oficina de turismo en Reykjavík para pedir un poco de asesoramiento en cuanto a qué ruta tomar. Las palabras del chico que trabajaba ahí fueron las siguientes: “¿Cómo piensan moverse? ¿Tienen transporte propio o van a dedo? Vayan a dedo, es muy fácil y seguro. Planeen los dos primeros días y después improvisen”. Ajá. Nada de “es muy peligroso chicas, están locas, paguen un bus, alquilen un coche, tengan un itinerario”, no. Vayan a dedo, nos dijo con frescura. Y a otra cosa. Así que lo más importante ahora era decidir hacia qué lado empezar: ¿norte o sur? A las dos nos pintó el norte, y arrancamos. 

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La ventana pasó a ser una tele

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Y la ruta, nuestro hábitat

El ritmo del viaje quedó marcado desde el primer día: como estábamos en plan relax y nunca se hacía de noche, siempre salimos a la ruta después del mediodía (a veces, incluso a las seis o siete de la tarde). No había por qué madrugar. En toda la vuelta a dedo pagamos por dos transportes, y ambos fueron buses urbanos para alejarnos algunos kilómetros de Reykjavík y empezar directamente en la ruta. Así que salimos de la capital en bus, nos paramos después de una rotonda y en cuatro minutos frenaron tres autos: al primero le dijimos que no gracias (fue solo una intuición: el señor no nos generó confianza), el segundo iba para otro lado y en el tercero nos subimos. Era una pareja española-rumana que también estaba de viaje. Lo bueno de ir con otros viajeros es que ellos también están conociendo y dispuestos a parar en cualquier lugar para sacar fotos.

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Selfie grupal con los primeros chicos que nos levantaron

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Frenamos un montón de veces a sacar fotos

La primera dificultad del viaje se presentó en Olafsvík, un pueblo que se empeñaba en no dejarnos seguir avanzando. Llegamos tarde y con lluvia, nos paramos al costado de la ruta y no pudimos salir. No frenaba nadie. Pero todo pasa por algo: un rato después de resignarnos, mientras buscábamos dónde poner la carpa, una pareja islandesa nos invitó a quedarnos en su casa con ellos y su hijo. Nos conocimos en la calle, nos quedamos dos noches, no quisimos irnos nunca más. Pero seguimos. Cuando vimos que salir de Olafsvík seguía siendo difícil, apelamos a un recurso nuevo: las canciones y bailes.

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La tía de uno de los chicos nos invitó a cenar a su casa y pudimos compartir una comida con una familia islandesa

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Cuando nos fuimos, este nene se nos colgó, nos abrazó y nos quiso bloquear el paso de la puerta para que nos quedáramos.

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Esta es la ruta de Olafsvík de la cual no podíamos salir

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Creo que fue uno de los lugares de los que más costó salir

Estábamos paradas en la ruta, aburridas, así que agarré mi teléfono y puse la canción más energizante que encontré. Hace poco perdí toda mi música (la tecnología se vuelve loca a veces), así que lo más movido que tenía eran tres temas de David Guetta. Puse Titanium y se armó la rave. No solo saltamos como dos desquiciadas sino que le cambiamos la letra y encajamos la palabra “Borgarnés” (el nombre del pueblo al que queríamos llegar) cada vez que Sia cantaba “fire away fire away” (inténtenlo: “Boooorgarneees, Boooorgarneees”). Tuvo éxito: nos levantó un señor (para mí, el doble de David Lynch) que iba directo a Borgarnes. La canción se convirtió en nuestro mantra por el resto del viaje. Aunque no fue el único.

Nos empezamos a dar cuenta de que hacer dedo en Islandia no solo era muy fácil, sino también muy divertido. Era extender el brazo y dejar que la gente fuese armando nuestra ruta. Así fue como llegamos a Siglufjörður, un pueblito a 40 km del Círculo Polar Ártico, gracias a una señora que vivía ahí; así fue como conocimos a un guatemalteco (el único de su pueblo) que vivía en Islandia hacía 17 años y estaba feliz de hablar en castellano con alguien; así fue como fuimos y volvimos en el día al lago Myvatn (hicimos un day trip a dedo) y nos sentimos victoriosas cuando nos dejaron en la puerta de la casa de nuestro couch, en un pueblo de 35 habitantes.

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Caímos acá sin planearlo, gracias a la señora que nos levantó

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El pueblo se llama Siglufjörður y terminó siendo uno de nuestros preferidos

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Muy fotogénico

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Ella fue la señora que nos llevó a ese pueblo

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El guatemalteco de Islandia

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Al lado del lago Myvatn

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Volver de lago fue difícil porque casi no pasaban autos

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Pero este señor (que no hablaba una pepa de inglés) nos llevó

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Hasta este pueblito, donde nos estábamos quedando

Cuando llegamos a Akureyri, la ciudad más importante del norte de Islandia, nos empezamos a envalentonar. Las reglas del buen autoestopista dicen que uno debería irse a la salida de las ciudades para hacer dedo. Nosotras no teníamos ganas de caminar así que empezamos a hacer dedo en pleno centro (ojo: las ciudades islandesas son muuuuy tranquilas y no tienen hora pico ni demasiado tráfico, así que no estábamos haciendo algo muy loco). Era cuestión de probar lo imposible: y sí, frenaron autos en medio de la ciudad. Lau tenía razón: viajar a dedo se hace vicio muy rápido. Ahí mismo, en Akureyri, decidimos inaugurar otro recurso: los carteles. Teníamos ganas de que Maradona, Messi y el Papa (los íconos argentinos del siglo 21) estuviesen presentes en nuestro viaje. Y eso hicimos.

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Muchos pensaron que estábamos haciendo dedo “a” Argentina (en vez de “desde” Argentina), pero nos levantaron igual.

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Y la contracara del cartel no podía generar otra cosa que risas

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El centro de Akureyri, donde nos paramos a hacer dedo

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No tuvimos que esperar mucho.

A medida que íbamos avanzando hacia el este, la sensación de no nos frena nadie iba aumentando. Era pararse en la ruta y extender el pulgar para que, unos minutos después, alguien nos subiera a su auto. Nos sentíamos todopoderosas. Viajamos con franceses, con una islandesa de 18 años, con una pareja embarazada, con una pareja y su nena, con dos polacos, con una geóloga, con islandeses que no hablaban inglés, con alemanas, con canadienses. Todo iba muy bien hasta que, por primera vez en mi corta carrera autoestopística (debo haberme subido, hasta ahora, a unos 80/100 autos en siete países), tuve miedo. Puede que haya sido irracional, pero lo sentí. Y estas cosas también hay que contarlas.

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En nuestra odisea para llegar a la fábrica de artistas nos levantó una pareja islandesa de nuestra edad: él, lleno de tatuajes de Thor (el dios mitológico); ella, una chica que decía creer en fantasmas y tener un demonio adentro de su cuerpo. Lo primero que dijeron fue que en Islandia la gente veía muchas películas y les daba miedo levantar autoestopistas (lo cual nos pareció raro, porque todos nos decían lo contrario y ya habíamos comprobado lo fácil que era hacer dedo). “No se preocupen, no las vamos a secuestrar”, dijo él, y empezaron a sacar temas de conversación: “En Islandia no hay crimen organizado”, “acá es muy difícil conseguir drogas duras, casi no hay heroína”, “creo en Thor, Jesús me aburre”, “tengo un demonio que vive adentro mío y se hace más fuerte cuando tengo miedo”, “se me apareció el tío de él, que había muerto hacía muchos años”. No eran los temas más comunes para hablar en un auto, pero tampoco incomodaban. 

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Vamos mechando con fotos de paisajes, así esto no se pone tenso

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Se hizo un silencio, ellos intercambiaron algunas palabras en islandés y nos dijeron que habían decidido ir a visitar a un amigo y que nos llevarían un pueblo más lejos: “No tenemos nada mejor que hacer un domingo que pasear turistas”. Ok. Las rutas del este de Islandia están bastante desiertas, así que aceptamos seguir viaje. Acto seguido, él (que manejaba el auto) le dio un pedacito de papel a ella, ella puso algún tipo de polvo oscuro en el papel (desde mi lugar no pude ver qué era) y lo dobló chiquito, se lo devolvió y él se lo puso en la boca. Podría haber sido cualquier cosa, no lo sé, pero mi intuición (o paranoia) me dijo que se estaba drogando con algo. Inmediatamente después entramos a un túnel de seis kilómetros de largo (cruzaba por el medio de una montaña) y me puse muy nerviosa. Había algo de estos chicos que me daba muy mala vibra.

Los túneles de Islandia tienen carriles muy angostos, por eso no se puede ir a más de 60 y, cuando viene otro vehículo de frente, uno de los dos tiene que estacionar al costado (hay zonas para eso) y dejar que el otro pase. Cuando pasamos al lado del primer hueco sentimos un leve volanteo, como si el chico hubiese amagado con estacionar y se hubiese arrepentido enseguida. Ahí me subió el terror por el cuerpo. Un túnel así (vacío, completamente vacío, e interminable) era el escenario perfecto para cualquier cosa (¿quién nos iba a ver?). Le dije a Lau que estaba asustada y ella también me miró con cara de miedo. Sin decirlo, ambas nos pusimos a pensar en qué hacer si se les ocurría frenar, cómo actuar, cómo defendernos (no hay mejor arma que estar mentalizada). Yo, que no soy de hablar mucho, tuve el impulso de hacer conversación, mucha conversación, de lo que sea, para no dejar huecos de silencio. Así que hablamos sin parar hasta que salimos del túnel y ahí les pedimos que nos dejen en la próxima estación de servicio con la excusa de que yo estaba descompuesta. Puede que me haya imaginado cualquier cosa, pero confío en mi intuición y hubo algo de ese auto que me hizo sentir muy pero muy mal.

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Todas las estaciones de servicio tienen un paisaje postal de fondo

En fin. La ruta siempre logra su balance y todo lo que vino después fue espectacular. Llegamos a la fábrica de artistas. Nos levantó un tractor (el conductor no hablaba inglés pero se mataba de risa de cómo le copamos el tractor) y fuimos hasta una granja. En medio de la ruta se nos acercaron dos caballos Bon Jovi (de pelo largo y ochentoso) para que los acariciemos. Nos hicimos amigas de un patito que estaba perdido en un arroyo. Una pareja francesa nos vio en la ruta bajo la lluvia, se arrepintió y dio la vuelta para pasar a buscarnos (nuestras plegarias y gestos de “porfa porfa” funcionaron). Nos levantó el mismo auto dos veces, de casualidad. Se nos sumó un chino por un trayecto y se ve que nos trajo suerte porque en el camino vimos un arco iris completo. Cuando llegamos al sur de la isla ya nos sentíamos invencibles. Ni qué decir cuando terminamos de dar la vuelta y volvimos a pisar Reykjavík. Pero todavía nos faltaba un último desafío: llegar al aeropuerto a dedo. A la una de la mañana.

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El señor y su tractor

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Vimos a estos caballos de lejos y nos acercamos pensando que se iban a alejar.

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Y pasó esto.

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Quisimos ayudar a este patito que estaba perdido en la ruta

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Llegamos a lugares así

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Vimos un montón de tonos de verde

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El chino nos trajo suerte

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Una chica alemana nos sacó una foto analógica

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Esta chica era geóloga y nos explicó muchas de las cosas que íbamos viendo por la ventana

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Esta parejita nos enseñó a decir cosas en islandés

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Este chico estuvo haciendo dedo como dos horas con sus esquíes, sin suerte. Le propusimos hacer autostop juntos y nos levantaron en cinco minutos. Girl power.

Nuestro vuelo de vuelta salía a las 6 de la mañana, lo que quería decir que tendríamos que estar en el aeropuerto a las 4, y para eso teníamos que salir a las 3 o antes. Nos fuimos a la ruta a las 12 de la noche, con luz de noche (o luz de día, da igual, no había oscurecido nada) y en ese momento, cuando nos paramos frente a una ruta desolada a medianoche, sentí que estábamos del tomate. “Lau, ¿vos te das cuenta de lo que estamos haciendo? Son las 12 de la noche y tenemos que llegar al aeropuerto sí o sí. Si fallamos el taxi nos va a costar carísimo. Me animo a hacer esto solamente acá porque es Islandia y este país da para todo, pero tengo miedo de que no nos levante nadie”. No pasaron ni dos minutos: enseguida nos levantaron dos chicos (un plomero y un electricista) que estaban volviendo a su casa. Nos dejaron en una intersección, a 10 km de Keflavík. Todavía faltaba un tramo.

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Salimos de Reykjavík poco después de ver esta imagen (esa foto es de las 11 de la noche)

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Esta fue la luz que nos acompañó durante el trayecto

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La ruta estaba tan vacía que podríamos habernos sentado a hacer un picnic en el medio. A los pocos minutos vimos a lo lejos un auto que se acercaba y le hicimos dedo y señal de “porfa porfa”. Frenó. Apenas lo vimos nos dimos cuenta de que era un taxi y que estaba en horario de trabajo. Lau se acercó, le abrió la puerta y le dijo, en medio de nuestra caradurez provocada por el sol de medianoche: “We don’t have money”. Ambas creímos que el tipo se iba a ir, pero no: nos dijo que subiéramos igual porque estaba yendo para el aeropuerto y se ve que le dio pena dejarnos ahí. Así que cerramos el círculo del desafío haciéndole dedo a un taxi. Llegamos al aeropuerto más rápido que si hubiésemos ido en bus. Terminamos el viaje a lo grande.

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 [box border=”full”]Estadísticas y conclusiones finales:

  • Durante los 16 días de viaje nos levantaron 38 vehículos (y frenaron muchos más, pero varios no iban a donde queríamos).
  • Esperamos entre 5 segundos y una hora (el promedio de espera debe haber sido de 10 minutos).
  • Recorrimos más de 1500 kilómetros por la ruta 1 (circular) y rutas adyacentes.
  • Pagamos solamente dos transportes (ambos buses urbanos para salir de Reykjavík hasta la ruta), así que tuvimos un gasto total de 700K (€ 4,50) .
  • En esos 38 vehículos viajamos con 32 hombres y 23 mujeres (contando acompañantes).
  • Nos frenó una sola casa rodante (había cientos por la ruta) pero iba para el otro lado. ¡Ufa!
  • Nacionalidades de esos 38 vehículos: 22 islandeses, 16 extranjeros (franceses, polacos, estadounidenses, canadienses, alemanes, españoles, rumanos, guatemaltecos, italianos).
  • Hicimos dedo bajo la lluvia y con viento, quedamos varadas en intersecciones por las que pasaron cinco autos en una hora, nos costó salir de ciertas ciudades, bailamos, mostramos carteles y superamos el desafío con éxito.

Nunca me olvidaré de cómo me impresionaron las palabras de Juan Villarino, santo patrono del autostop, tiempo antes de que yo empezara a hacer dedo: “Todos nacemos con un boleto gratis a cualquier lugar del mundo”. Está pegado en nuestro pulgar. [/box]

Bonus track: estos son algunos de los gestos que nos hicieron desde adentro de los autos (como excusa para no levantarnos). La interpretación es libre.

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Este es un clásico: “me encantaría chicas, pero por alguna razón tengo el auto vacío y no puedo llevarlas”

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Saludo acompañado de sonrisa: ¡que les vaya bien!

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Este lo vimos por primera vez en Islandia: cola de ballena.

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Probablemente quiso decir que iba acá nomás.

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Esta también fue exclusiva de Islandia: “Perdonen chicas, voy al almacén a comprar leche y vuelvo” (lo del cartón de leche es real).

autostop-por-islandia-49 [box border=”full”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 9: No pagar ni una noche de alojamiento ya está en el blog de Lau. Ella publica los desafíos impares y yo los pares. [/box]

[box border=”full”]Agradecimientos: muchas gracias a Harbour Hostel (Stykkishólmur), Gerdi Guesthouse (Vatnajökull), Hafaldan HI Hostel (Seydisfjordur) y Arsalir Gistihús B&B (Vik) por alojarnos durante nuestro periplo! [/box]

Desafío Islandia (8): Encontrar la fábrica de artistas

Sincronicidad (Synchronicity): según Carl Jung, la sincronicidad es la simultaneidad de dos eventos que no son causa y efecto entre sí pero que están vinculados por el sentido. Son esas coincidencias no casuales (lo que muchas veces llamamos “señales”) en las que el universo intenta decirnos cosas. 

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Esta historia empezó antes de que nos diéramos cuenta. Quizá en el aeropuerto de Reyjkavík, cuando un impulso me hizo guardarme una copia de la revista Atlantica (“All about Iceland”). Quizá cuando Lau anotó el nombre del único miembro de Couchsurfing en Seyðisfjörður para tener un contacto por si acaso. Quizá cuando nadie nos levantaba en la ruta hacia los fiordos del este. Quizá cuando volvimos a encontrarnos al italiano y le dijimos de sacarnos una foto con él. Quizá cuando decidimos viajar a Islandia y dejar que el camino nos lleve a donde quisiera. Quizá mucho antes, en Buenos Aires, cuando participé de una movida artística que se dedicaba a embellecer lo efímero. O quizá en el 2005, cuando una empresa de pescado decidió mudar su base de operaciones a otra parte de Islandia. Como sea, esta es una historia de sincronicidad.

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Vamos a sincerarnos: viajamos a Islandia sin ningún tipo de plan ni itinerario. Por un lado, porque no tuvimos tiempo de preparar nada (los días previos al viaje fueron caóticos); por otro, porque nos divertía la idea de ser viajadas por un lugar. ¿Y a dónde van a ir en Islandia? A donde nos lleven. Eso hizo, quizá, que el día que aterrizamos en Reykjavík nos pusiéramos a recolectar folletos, revistas y guías a lo loco, tal vez para sentirnos un poco menos culpables de haber llegado tan poco informadas.

Durante alguno de nuestros primeros días en Reykjavík me puse a hojear una de las revistas y me choqué con un artículo que me llamó mucho la atención: el título era “Stuck in Stöðvarfjörður” (“Atrapados en Stöðvarfjörður”) y contaba que en un pueblito de los fiordos del este (“los remotos fiordos del este”, según la periodista), un grupo de artistas locales y extranjeros había recuperado una fábrica de pescado abandonada y la estaba convirtiendo en un centro artístico, creativo y comunitario autosustentable. Yo había llegado a Islandia sin una lista obligatoria de lugares que quería conocer (estaba abierta a lo que surgiera) y de golpe esa fábrica se puso en el puesto número uno. Me encanta ver paisajes, pero estas movidas artísticas autogestionadas le ganan a casi todo. Le mostré el artículo a Lau y me guardé la revista con intención de encontrar esa fábrica, aunque tuve algunas dudas: Tal vez no sea tan fácil acceder a esta comunidad, quizá no quieren recibir a nadie de afuera, es obvio que no voy a poder entrar a la fábrica solo porque la vi en una revista… Ver ese espacio artístico por dentro y conocer a los que estaban a cargo del proyecto se convirtió en mi desafío personal.

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Dimos la vuelta a la isla en el sentido de las agujas del reloj (escribo en pasado porque ya nos fuimos de Islandia, pero hagamos de cuenta que seguimos ahí…) pero, como dije antes, sin demasiado plan. Una pareja canadiense que nos levantó en la ruta nos recomendó visitar Seyðisfjörður (se pronuncia “seidisfiordur”) (no saben lo que nos costaba recordar los nombres de cada lugar), un pueblito de los fiordos del este (no el de la fábrica sino otro, aunque suenan parecido), así que fuimos para allá. Buscamos couch, un poco a último minuto, y solamente encontramos a un chico italiano, así que nos anotamos su nombre para tener un contacto por las dudas, pero nunca le avisamos que íbamos para allá.

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Imágenes de Seyðisfjörður

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Llegamos a Seyðisfjörður con el desafío de no pagar ni una noche de alojamiento en pie (Laura escribirá al respecto), y al no conseguir dónde quedarnos fuimos en busca del italiano. No sabíamos por dónde empezar a buscarlo, así que optamos por lo que teníamos a mano: estábamos paradas al lado de un restaurante, así que entramos y le preguntamos a la chica de la barra si conocía a un chico italiano de tal nombre. Se quedó callada, hizo como que pensaba y se rió: “Sí chicas, está acá, es el chef”. Sabemos que en los pueblos casi todos se conocen, pero que haya estado en el primer lugar que lo buscamos fue demasiada coincidencia. Esa noche fuimos a tomar una cerveza con él y sus amigos y nunca pensamos que el italiano, sin saberlo, sería el nexo entre nosotras y la fábrica de artistas.

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Es verdad que el mundo es un pañuelo…

Al día siguiente nos paramos a la salida del pueblo con la intención de llegar a dedo a Stöðvarfjörður, el pueblito de la fábrica, o de por lo menos recorrer los fiordos del este, acampar en algún lugar y seguir rumbo al sur para volver a Reykjavík en tres días. Si bien tenía muchas ganas de conocer la fábrica no sabía qué tan accesible sería la ruta para llegar al pueblo y como ya nos quedaba poco tiempo en Islandia no queríamos quedarnos clavadas en medio de la nada. Ciertas partes de la isla, como el este, tienen muy pocos turistas y rutas casi desiertas, así que salir de (o llegar a) algunos pueblos a dedo no es fácil. Ese día dejamos que el azar decidiera por nosotras.

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Teníamos chances de quedar “varadas” en lugares así…

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Con rutas desiertas y casi nada de gente.

Todos los autos que pasaban nos ignoraban. ¿Tendremos algo?, le pregunté a Lau. Era raro que nadie nos hiciera ni un gesto de reconocimiento.  Si todo iba a ser a ese ritmo, no íbamos a llegar nunca. Casi una hora después (lo cual, en términos autoestopísticos islandeses, es mucho) frenó una camioneta. Mientras se acercaba le hicimos un mini bailecito de felicidad y cuando estacionó nos dimos cuenta de que el conductor era el italiano. Conclusión: si están haciendo dedo y no frena ningún auto, paciencia: siempre los levanta el que los tenía que levantar (y puede que tarde un poco más en pasar a buscarlos).

Avanzamos por la ruta muy contentas, charlando hasta por los codos con el italiano, y cuando llegamos a Egilsstaðir le dijimos que no podía irse sin que nos sacáramos una foto juntos. Pero esa vez, en lugar de hacer una autofoto (o selfie) como hicimos con casi toda la gente que nos levantó a dedo, quisimos hacer una foto de verdad, así que Lau se acercó al único auto que estaba estacionado cerca y le preguntó al chico que manejaba si podía sacarnos una foto. Dijo que sí, se bajó del auto, nos sacó la foto y nos preguntó a dónde íbamos. Era irlandés.

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La foto en cuestión

—Queremos llegar a Stöðvarfjörður.

Le mostramos el lugar en el mapa, pensando que no iba a conocerlo (es un pueblo de 200 habitantes, y la mayoría de la gente a la que le hablamos del lugar no sabía dónde quedaba).

—¿Ah sí? Yo vivo ahí… Soy músico y estoy trabajando en un proyecto con otros artistas, estamos armando un estudio de grabación.

—Qué bien… ¿Puede ser que en ese pueblo hay una fábrica de pescado abandonada que está siendo convertida en un centro artístico? Porque lo vimos en una revista y tenemos muchas ganas de ir a conocerla…

—Sí, justamente ahí estoy trabajando yo. Miren, si nos esperan un rato, mi novia y yo podemos llevarlas…

Nah.

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Foto: thecoolhunter.net

No podía ser. Ni que nos hubiésemos puesto de acuerdo. Si no hubiera sido por la antiselfie, si no hubiera sido por el italiano, si no hubiera sido por todo lo que pasó antes…

Sin embargo, un rato después, la propuesta de ir con ellos se pinchó. Tenían que hacer bastantes trámites y al parecer tenían otros planes, así que quedamos en lo siguiente: nosotras haríamos dedo para intentar llegar, y si ellos nos veían en la ruta cuando volvieran al pueblo nos levantarían. Por dentro volví a dudar: ¿y si esto es una señal de que no tenemos que ir? Ya eran como las seis de la tarde y empezaba a hacer frío. Nos esperaba una ruta muy vacía y no teníamos ganas de acampar a la intemperie (habíamos pasado demasiado frío las noches anteriores). Si llegábamos al pueblo de la fábrica tampoco teníamos dónde dormir. Nos quedaba poco tiempo en Islandia y contábamos los días como las monedas para el colectivo: “No nos alcanzan”. La decisión quedaba en mí, era yo la que quería ir a la fábrica. Lau, por suerte, me bancaba.

—Vamos, intentémoslo, no quiero quedarme con la duda o la bronca por no haber ido.

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Ubicación de la fábrica (donde dice “Here”). Nosotras estábamos más o menos de donde sale la flecha azul. Foto: inhere.is

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Hicimos dedo y pasamos por este paisaje

Costó bastante llegar y pasaron muchas cosas en el medio (contaré más al respecto en el próximo post —“Dar la vuelta a la isla a dedo”— ya que son historias de autostop). Casi quedamos varadas en una intersección por la que habrán pasado cinco autos en una hora hasta que finalmente nos levantó una chica alemana e hicimos los últimos 26 kilómetros hasta el pueblo. La fábrica se veía desde la ruta (el pueblo tiene muy pocas calles), así que le pedimos a la alemana que nos deje ahí mismo. Además de murales, la ex fábrica de pescado tenía pintado su nuevo nombre artístico: “Here” (“Aquí”). En ese momento me acordé mucho de Algún Lado, una movida iniciada, en parte, por Vero Gatti, mi amiga e ilustradora personal, en Buenos Aires en el 2009. Consistía en intervenir lugares que estaban a punto de ser demolidos: se hacía una convocatoria de artistas y quien quisiera podía ir a pintar murales y stencils, colgar fotos, hacer música y poner globos. La idea era llenar esos espacios de arte antes de que desaparecieran. Yo participé con un mural bastante humilde del Submarino Amarillo.

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Primeras imágenes de la fábrica de artistas de Stöðvarfjörður

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Este edificio no forma parte de la fábrica, pero también fue intervenido por artistas.

Nos acercamos, golpeamos las puertas de la fábrica y nada, no hubo respuesta. Era domingo y no sé veían más que dos o tres de los doscientos habitantes. Preguntamos por Rósa, una de las artistas, y nos indicaron dónde quedaba su casa, así que fuimos a golpearle la puerta (en Islandia esto de golpear puertas de desconocidos es normal). No estaba. Nos fuimos medio resignadas al camping. ¿Y si no volvíamos a ver al irlandés? ¿Y si la fábrica estaba cerrada al día siguiente? ¿Y si habíamos llegado tan lejos para verla de afuera? En ese momento la sincronicidad volvió a hacer lo suyo: nos cruzamos con el irlandés (Vinny) y su novia (Una) que acababan de llegar. Nos habían cocinado una pizza y ofrecieron llevarnos a conocer la fábrica la mañana siguiente. Aquel fue el día de golpear puertas: para no morirnos de frío en la carpa decidimos ir a pedir frazadas, así que golpeamos tres puertas más (de las casas más cercanas) y nos fuimos a dormir con seis frazadas encima (y fueron seis porque paramos de pedir, sino creo que hubiésemos conseguido veinte, fácil).

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Fue más fuerte que nosotras: antes de ponerlas en la carpa hicimos un patchwork de frazadas.

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Felices porque íbamos a dormir calentitas.

La mañana siguiente todo fluyó. Fuimos para la fábrica y Vinny nos hizo un recorrido y nos contó la historia del lugar. En el 2005, la empresa de pescado del pueblo decidió mudarse al norte del país y la fábrica cerró: treinta y dos de las doscientas personas de la comunidad perdieron su trabajo. Al poco tiempo cerró la oficina de correo, el banco y el supermercado, y mucha gente joven empezó a irse del pueblo porque no veía futuro. En el 2010, Rósa y Zdenek (una pareja islandesa-checa) y otras trece personas lograron convencer al gobierno de que no demoliera la fábrica (lo cual iba a costar una fortuna) y compraron el edificio de 2800 metros cuadrados por menos de mil euros. Crearon HERE Creative Center con el objetivo de ser una plataforma creativa, ofrecer un espacio alternativo y autosustentable y reactivar la comunidad.

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Arroyito en medio del pueblo

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La fábrica por dentro

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Taller de fabricación de juguetes de madera

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Sala de estar

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Casi todos los objetos son recuperados de la basura o fabricados por ellos

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Hay mucho trabajo en madera

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Instalación con lamparitas

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Lugar de reunión

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Este era el frigorífico. Tiene la mejor acústica de la fábrica.

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Acá va a ser la residencia para los artistas

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Estas son casi las únicas ventanas de la fábrica, por ahora.

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Otro taller

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Un trabajo terminado (saqué la foto porque estoy casi segura de que ese mantelito es húngaro… Mi mamá tiene varios casi iguales).

Mientras caminábamos por el interior, Vinny nos explicó qué función había cumplido cada área cuando aquello era una fábrica de procesamiento de pescado y qué función cumplía ahora. Después de mucho trabajo, habían logrado construir un estudio de radio, una galería, talleres de trabajo, varias sala de estar y estaban planeando hacer una sala de conciertos, un estudio de grabación, un café, un museo, un mercado, un centro de exhibiciones y un teatro. Mucho se construyó con materiales recolectados de los escombros de la fábrica y, si bien hay mucho por hacer, un espacio que podría haber quedado abandonado se está llenando de arte y proyectos gracias al esfuerzo y la pasión de un grupo de personas. Tengo la sensación de que cada vez voy a encontrarme con más lugares así alrededor del mundo. Ojalá que aparezcan en manadas, como honguitos después de la lluvia.

Desafío principal (y mini desafíos intermedios): completo.

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Pasamos de esto

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a esto.

[box border=”full”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 7: Abrazar a cinco islandeses ya está en el blog de Lau. Ella publica los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Desafío Islandia (6): Sobrevivir al clima

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En la ruta, Islandia

Cuando uno está por viajar a un país que no conoce, una de las cosas más importantes que debería hacer antes de ir es chequear qué clima suele hacer en esa época del año. No hay nada peor que empacar ropa liviana y tener que salir corriendo a comprar abrigo, o sacar a pasear la bufanda y el polar y que queden en el fondo de la mochila durante el tiempo que dure el viaje. Sacamos el pasaje a Islandia para fines de mayo/principios de junio sabiendo que llegaríamos unas semanas antes de que empezara el verano, pero no nos quedaba otra opción: era la fecha en la que ambas coincidiríamos en Europa. “Por lo menos no vamos en pleno invierno”, dijimos, sospechando que un país que está tan al norte y que en inglés se llama Iceland (Hielolandia) debía ponerse bastante fresco.

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Es loco que el GPS te marque que estás en esta parte del mundo (y en un lugar que, de verdad, debería llamarse la Tierra del Hielo)

Cuando llegó el momento de armar la mochila, busqué el clima de Reykjavík en tiempo real y vi que la temperatura diaria oscilaba entre 6 y 12 grados (mientras en Barcelona estábamos a más de 20 y París prometía otros tantos). “Seis grados no es tan terrible”, le dije a Lau para convencerla de que no pasaríamos frío: “Cuando llegué a Madrid hacía cero grados y nevaba, y con la ropa que tengo estuve bien. Esto no va a ser nada”. Pero el tema de los números es que son eso: solo números. El clima también tiene que ser puesto en contexto (no es lo mismo decir “hace nueve grados pero no hay viento así que ni se siente” que decir “hace nueve grados y hay una humedad que te cala los huesos”), y me parece que ni Lau ni yo pensamos que sobrevivir a la ciclotimia climática de Islandia iba a convertirse en un desafío más de este viaje.

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Ya puse esta foto en otro post, pero ahora la entiendo mejor!

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Casitas en Akureyri

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Y casitas en Seyðisfjörður

El clima cambia tan rápido como el paisaje

Creo que lo aprendimos el día que llegamos. La primera mañana que salimos a caminar por Reykjavík nos jactamos de tener calor. Mirá qué sol, qué lindo día, ni llevo la campera, má qué nueve grados, está divino acá, me encanta este aire fresco, no es un frío que te corte la cara, es hasta reconfortante, nos decíamos. A mitad de la caminata se nubló y creo que ninguna de las dos lo confesó enseguida, pero tuvimos frío. Yo tenía una lucha interna entre volver a la casa, abrigarme y no salir de ahí, o seguir caminando para entrar en calor y olvidarme de ese viento helado que me subía por las piernas. ¿Y si no nos alcanzaba el abrigo? Empezamos a mirar los sweaters islandeses con cariño (hasta que vimos los precios).

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Y nos encontramos con estos carteles en todas partes

Al día siguiente amaneció lloviendo (lo de amaneció es una manera de decir, porque cuando no oscurece nunca no sé si se puede decir que amanece). Pensamos que sería un día perdido y nos quedamos adentro. A la media hora dejó de llover y salió un sol radiante, así que salimos también. Hicimos una caminata hasta el faro yendo en contra de nuestro nuevo amigo (o enemigo): el viento. Pero con abrigo (y sin paraguas, que no trajimos) (traigan paraguas si vienen a Islandia). Empecé a desear haber traído guantes y gorro (al final me tuve que comprar).

Las remeras de las tiendas de souvenirs ya nos lo habían advertido: “¿No te gusta el clima de Islandia? Esperá cinco minutos”. En un mismo día podés tener nieve, lluvia, viento, sol y arco iris por doquier. No sé qué cambia más rápido: si el clima o los paisajes que vemos en la ruta (en un mismo trayecto podés ver glaciares, valles verdes, fiordos, cascadas, escenas lunares, acantilados y montañas nevadas mientras te morís de calor adentro del auto y te congelás cuando abrís la ventana; esto genera el efecto me saco las polainas me pongo las polainas me las vuelvo a sacar y mejor me las pongo otra vez).

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Sin repetir y sin soplar: paisajes que podés ver en un mismo tramo de la ruta 1 (casi la única del país) de Islandia. 1,2,3 ¡va! – Fiordos

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Hielo en verano

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Geisers

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“Bosques” (entre comillas porque acá casi no hay árboles)

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Cascadas

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Lagos

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Montañas

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Luces

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y arco iris completos

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Una de las chicas que nos levantó haciendo autostop nos dijo que el servicio meteorológico islandés no es muy confiable: “Es muy difícil predecir el clima, mucha gente lo mira en la tele por diversión, pero en general las predicciones siempre fallan”. Ahora entiendo por qué en ciertos países el clima es una tema central de conversación. Islandia tiene un desorden de personalidad climática y paisajística, y eso la hace encantadoramente impredecible.

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Puede pasar, por ejemplo, que te despiertes con esta vista de los fiordos

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Y que media hora después aparezca una nube y esa misma vista se ponga así

Hace 19 horas que está lloviendo

De Reykjavík seguimos camino hacia la península de Snæfellsnes, en el noroeste, pero cometimos un gran error (por distraídas): no miramos si el clima iba a estar mejor en el norte o en el sur (tal vez daba igual mirar o no mirar). Después de pasar la noche en el pueblito pesquero de Stykkishólmur (nota: en Islandia casi todos son pueblitos pesqueros) (nota 2: me resulta imposible recordar los nombres de cada lugar), el destino (o la chica que nos levantó en la ruta, bajo la lluvia) quiso que caigamos en Arnarstapi. Entre dedo y dedo se había largado a llover, así que habíamos tenido que refugiarnos en una estación de servicio en medio de la nada a esperar que pare. No paraba. La estación estaba por cerrar así que nos aventuramos a la ruta. Éramos tres (adoptamos por un rato a un estadounidense que viajaba con mochila y un par de esquíes) y una chica se apiadó y nos levantó. Así fue como caímos a Arnarstapi, el pueblo donde vivía la mamá de esta chica. Llovía a chorros.

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Esto fue solo el principio

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Siguió por horas

A falta de un lugar cerrado donde dormir (ya entenderán por qué, cuando subamos el Desafío 9), buscamos un hueco en el pasto (este país es puro pasto) y armamos la carpa bajo la lluvia. Eran las seis de la tarde. No teníamos otra cosa que hacer que mirarnos las caras hasta que dejara de llover. Un poco de mal humor, salí a golpear las puertas de las casas cercanas. Quizá alguien se apiadaba de nosotras y nos invitaba a dormir adentro. Nada. Todas las casas vacías. Volví empapada y con tremendo olor a ganso (tengo una campera con pluma de ganso y cada vez que la toca el agua quedo con olor a perro mojado). Teníamos miedo de que la carpa filtrara y ahí sí que estábamos fritas, pero se la bancó bien. Creo que nunca tuve tanto frío en los pies como esa noche (ma: estoy bien, no te horrorices, vos sabés que a veces exagero). Me habré dormido a las tres de la mañana. Afuera era de día. Soñé que comía chicle y se me salía una muela entera, desde la raíz.

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Casitas típicas en Arnarstapi

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Otra imagen de Arnarstapi

No paró de llover en toda la noche (la no-noche). Cuando nos despertamos, a eso de las once de la mañana, seguía lloviendo. Charlamos un rato, escuchamos cómo seguía lloviendo, repetimos varias veces lo mucho que nos gustaba esa lluvia (#quélluviademierda fue el hashtag del día) y nos quedamos dormidas como hasta las tres de la tarde. No podíamos hacer otra cosa, la carpa era nuestro único refugio seguro. Toda nuestra ropa estaba mojada. Nuestro espíritu de aventura estaba mojado. A eso de las cuatro de la tarde le dije a Lau: “¿Escuchás? Creo que está parando”. Y al minuto dejó de llover y se despejó como si nunca hubiese pasado nada. Salimos a los saltos, hicimos un baile de victoria, desarmamos la carpa lo más rápido que pudimos, fuimos a dar una vuelta y seguimos viaje antes de que se largue otra vez.

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Acá habíamos acampado la tarde anterior

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Así se veía el paisaje post-lluvia

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En otros lugares, como Akureyri, recurrimos al refugio de las cafeterías durante las horas de lluvia

Cómo pega el sol de medianoche

La única vez que estuve en un país escandinavo fue cuando viajé a Laponia sueca. Fui en primavera y tuve la suerte de ver la aurora boreal, pero me quedé con muchas ganas de pasar 24 horas seguidas de oscuridad en invierno y 24 horas seguidas de luz en verano. Lo que más me intrigaba era el sol de medianoche.

Si bien en Islandia no vimos el sol de medianoche propiamente dicho (es un fenómeno que ocurre pocos días al año y muy cerca del Círculo Polar Ártico, cuando el sol baja hasta el borde del horizonte y, sin llegar a esconderse, vuelve a subir), desde que llegamos no tuvimos ninguna noche oscura. En el sur de la isla las noches fueron azules y tenues (con una luz parecida a cuando está por amanecer) y en el norte las noches fueron blancas y luminosas, como un cielo de mediodía. O sea que hace como trece días que estamos viviendo en el mismo día: hace 288 horas que no nos oscurece. Hay gente a la que le cuesta dormir por la falta de oscuridad: a mí me encanta, y lo malo de esto es lo rápido que uno se acostumbra a tener luz durante toda la noche (digo malo porque cuando vuelva a un país con oscuridad voy a sentir que algo me falta).

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Foto del puerto de Stykkishólmur de noche (12 de la noche)

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Foto del puerto de Stykkishólmur de día (mediodía)

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Seyðisfjörður después de medianoche

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Ólafsvik después de medianoche

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Sacando fotos en Stykkishólmur a las 12 de la noche

Que haya luz de día cuando el cuerpo espera oscuridad me genera varias cosas. Por un lado, todo se tiñe de surrealismo. Caminar por un pueblo a las dos de la mañana, sabiendo que la gente duerme, y poder ver los barcos y sacar fotos como si fuesen las tres de la tarde me parece algo irreal y hasta un poco bizarro. Se siente una calma chicha rarísima y te da una sensación de seguridad e inmunidad única (los peligros casi siempre se potencian cuando es de noche, así que salir a caminar a cualquier hora no es un problema, no hay hombres escondidos en callejones oscuros). Por otro lado, es muy fácil colgar y salir tarde a todas partes: total, hay luz de sobra. Esto hace que salgamos a la ruta a hacer dedo a las tres de la tarde sin preocuparnos por que la noche se nos venga encima (no se nos viene nunca).

Y por otro lado, este exceso de luz nos genera algo que bautizamos “el efecto sol de medianoche”: todos los días, a eso de las 12 de la noche, nos agarra una pseudo-borrachera de sol que nos acelera, nos hace reírnos de cualquier estupidez y rodar por el piso de diversión (literalmente, el otro día, a la una de la mañana, nos reímos tanto que me caí al pasto, me dio un ataque de carcajadas y después me colgué mirando cómo avanzaban las nubes por el cielo celeste). Es la droga natural de Islandia.

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Esta foto no está al revés, es que la saqué acostada desde el pasto, esa vez que me caí de tanto reírme

Según internet (que ya no sé si es una fuente fiable o no), la falta de oscuridad genera hipomanía, un estado caracterizado por la desinhibición, la euforia y un exceso de energía; también aumenta la creatividad y la energía productiva, provoca un torrente de ideas, acelera el pensamiento, sube el autoestima y genera un leve déficit de atención. Es un estado que también se da en el trastorno bipolar y la ciclotimia. Quizá Islandia está jugando con nuestras mentes y replicando su desorden de personalidad climática en nuestro estado de ánimo. Quizá por eso son las dos de la mañana y yo sigo sentada frente a una ventana escribiendo como una desquiciada y mirando cómo afuera no oscurece.

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Pájaros cerca de Hjalteyri

Nota: si van a viajar a Islandia tengan en cuenta que estoy escribiendo esto en junio. En invierno el panorama es distinto: nieva un montón, muchas rutas cierran, se forman paredes de hielo altas como camiones, hay muy pocas horas de luz, hace mucho más frío y pueden ver auroras boreales. Y además todo es relativo: nosotras estamos abrigadas con toda la ropa que tenemos, mientras los islandeses ya están de short y manga corta porque, para ellos, ya empezó el verano.

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Otra foto del puerto de Stykkishólmur, que me encantó

[box border=”full”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 5: Hacer dumpster diving ya está en el blog de Lau. Ella publica los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Desafío Islandia (4): Subirnos a un barco de pescadores

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Reykjavík

Atención: puede que este post no tenga nada que ver con el título. Puede que sea una excusa para hablar de otras cosas. Puede que no incluya mar. Puede que no haya necesidad de estar diciendo esto.

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Objetivo: ser pescadora por un día

Si pudiera elegir lo que fui (o lo que seré) en otras vidas, digo sin dudarlo: pescadora, capitana, sirena o cualquier tipo de ser vivo que habite en el mar. Nunca viví en un lugar con mar, pero me siento mucho más de agua que de tierra. Hay gente que se marea en los barcos, yo me mareo cuando me bajo. Cuando era chica, una de las cosas que más me deprimía era pensar que nunca iba a vivir frente al mar porque “no me había tocado”, como si uno tuviese que quedarse en el lugar que nació por obligación. Buenos Aires es la ciudad con menos mar del mundo, y me ponía triste pensar que estaba condenada a quedarme en el asfalto porque no había tenido suerte en la lotería de “nacer con mar” versus “nacer sin mar”. Cuando empecé a viajar me di cuenta de que ese sueño de “dejar todo y poner un bar en la playa” no es algo tan irreal ni imposible: uno puede elegir dónde vivir (en mi caso sería “dejar de viajar y hacerme una casita en la playa” o “seguir viajando y estacionar una casa rodante en la playa”). Cuando termine de recorrer el mundo por tierra (bah, lo de terminar es imposible), dedicaré la segunda o tercera parte de mi vida a recorrerlo por agua. 

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El puerto de Reykjavík (la foto la saqué casi a las 12 de la noche. La luz es natural).

Una de las primeras cosas que le dije a Lau cuando nos pusimos a pensar en los desafíos de Islandia fue: “Quiero subirme a un barco de pescadores, quiero irme a navegar con ellos unas horas y ver cómo trabajan. Y si me gusta me quedo (?)”. Es un sueño que tengo hace bastante. Una de las vidas que más me intriga es la de los pescadores y, si pudiera, cambiaría de lugar con ellos por un rato para ver qué se siente trabajar en el mar. Cuando llegamos a Reykjavík quedé tan encantada con la ciudad que me olvidé de todo lo referido a los barcos, pescadores y demases. 

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Algunas imágenes de nuestra caminata por la capital islandesa

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Colores

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Detalles

No puedo no hablar acerca de Reykjavík. Antes de venir para acá, esa ciudad no era más que la capital impronunciable de un país que quedaba muy lejos. Me costaba decirla y mucho más escribirla, y no tenía ni idea de lo que podía esperarnos en un lugar, para mí, tan remoto (Reykjavík es la capital más al norte del mundo). Otra gran incógnita (mucho más que los paisajes, que uno puede ver por adelantado haciendo una búsqueda en Google u hojeando libros de fotografía) eran los islandeses: ¿cómo serían los habitantes de esa isla de hielo? ¿Cuáles serían sus características? ¿Vivir en una isla tan cerca del Ártico, con tantos meses de oscuridad y de luz y con una naturaleza tan salvaje los moldearía de una manera muy distinta al resto de los mortales?

Una de las cosas que más me interesa ver cuando viajo es hasta qué punto la geografía afecta a los habitantes del lugar: sé que la geografía no es un factor único ni determinante (uno no es “de tal manera” por ser de una isla ni “de tal otra” por ser de la montaña), pero que ser de un paisaje y no de otro te hace desarrollar ciertas características: seguro. Y mientras estábamos en el avión rumbo al norte del mundo tuve un pensamiento; me dije: Imaginate si los países cambiaran de lugar: si Argentina (con su misma forma y tamaño) quedara en Islandia, e Islandia (con su forma de isla y su tamaño actual) quedara en Argentina, los habitantes de ambos países seríamos otros. Tal vez América Latina haría chistes acerca del ego de los islandeses, y muchos se preguntarían si los argentinos vivimos en iglús”.

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Más Reykjavík

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Reykjavík, junto con Vientiane (la capital de Laos), me parece una de las capitales más tranquilas y relajadas del mundo (por lo menos del mundo que conozco hasta ahora). Las postales que se venden en sus tiendas opinan lo mismo: una tiene el dibujo de un autobús casi vacío en medio de una calle desierta y en el epígrafe dice Rush hour in Reykjavík (“hora pico en Reykjavík”). Acá el concepto de hora pico debe ser inexistente, este es un pueblo disfrazado. Pero tiene su movida: hay mucho arte callejero, muchos cafecitos donde sentarse a leer o socializar y mucha fiesta. Y un punto en común con Buenos Aires: en Reykjavík se sale después de las 12 de la noche, mínimo. ¿Por qué? Porque tomar alcohol en los bares es tan caro que la gente se reúne en las casas, hace previas y sale de pubbing después de eso.

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Las paredes de Reykjavík andan diciendo…

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Hay ciertas ciudades (cada vez que me refiero a Reykjavík como ciudad siento que debería ponerle comillas de cada lado) que despiertan mi lado sedentario. Es que tengo dos sueños encontrados, quizá opuestos, o por lo menos no simultáneos: uno es viajar toda la vida, conocer todo el mundo que pueda, no dejar de moverme, y el otro es tener mi casita de madera frente al mar y que esa casita sea estática y que tenga una habitación con las paredes repletas de libros, un sillón bien cómodo donde sentarme a leer y un escritorio bien cómodo donde pasarme la vida escribiendo y no hacer otra cosa que eso. Reykjavík toca ese lado mío y hasta me provoca un poco de angustia: Quiero quedarme acá, ¿cómo hago para no querer quedarme acá?

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De día

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De medianoche

Por lo poco que la conozco, me parece que es una ciudad ideal para escritores. Dicen que cuanto más duro es el clima, más literatura (y trabajos creativos) producen sus habitantes. Me pasó lo mismo en Laponia sueca: me veo pasando una temporada acá, escribiendo un libro, haciendo un taller literario intensivo o un retiro de escritoterapia (si es que existe, y si no lo inventamos). De a ratos pienso que vendría durante el invierno, cuando casi no hay luz ni distracciones, aunque esto de tener luz natural durante lo que debería ser la noche también tiene su encanto. El sol de medianoche (que en esta época todavía no es el sol de medianoche propiamente dicho) le da un aura irreal a los lugares. Que el cielo sea claro cuando debería estar oscuro (¿debería según quién?) y que eso permita hacer cosas en cualquier momento del día sin importar el horario me hace pensar que acá (en Reykjavík, en Islandia) todo es posible. 

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Una noche salimos a tomar algo (lo de “tomar algo” es relativo porque la cerveza es carísima: un vaso cuesta por lo menos 800K o 5 euros) con Joanna, nuestra couch, y después de eso fuimos a caminar por la ciudad. Eran las 12 de la noche y había luz, así que ¿por qué no? Paseamos por el Old harbour (puerto antiguo) y vimos, a lo lejos, lo que parecían ser barcos pesqueros abandonados en un terreno baldío. Nos acercamos, nos paramos abajo y miramos hacia arriba: la hélice era más alta que cualquiera de nosotras tres y los barcos, vistos desde abajo, parecían los edificios que Reykjavík no tiene. Uno de los barcos tenía una escalera. Joanna nos dijo: ¿subimos? Y yo, sin pensarlo: sí. Si hubiese estado oscuro no me hubiese animado, pero la luz de medianoche da inmunidad (además tengo una teoría, y escribiré más al respecto, de que el sol de medianoche “pega” y pone a la gente en un estado raro).

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Y acá se viene toda una secuencia de fotos del cementerio de barcos. Este, en la foto, parece más chiquito de lo que es.

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La hélice gigantesca

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Ahí se ve la escalera por la que subí

La escalera tenía más de 50 escalones y no formaba parte del barco, sino que estaba apoyada contra él, y se movía un poquito. Joanna y yo empezamos a subir, pero a los pocos escalones le dio vértigo y desistió, así que seguí sola. Subí como poseída. No podía no subir a ese barco, tenía algo que me atraía. Desde chica me encanta subirme a distintos tipos de barcos y ver cómo son por dentro, cómo funcionan, qué máquinarias tienen, qué se ve desde arriba. Llegué hasta la cubierta y vi el mar y la ciudad, y me dieron muchísimas ganas de navegar durante semanas o meses. No cumplí mi desafío personal, pero fue una de las experiencias más surrealistas que tuve: subirme a un barco pesquero gigante que está estacionado en la tierra e iluminado por la luz natural de medianoche en una capital que parece un pueblo en un país que está bien al norte de todo y del que no sabía casi nada. Subirme a un barco que debería estar en el agua pero no, y apoyarme contra la baranda y mirar a lo lejos como si estuviera en altamar y sentir una atracción aún más fuerte por los puertos y no saber bien por qué.

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La vista desde arriba

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Todavía nos quedan algunos días más acá, así que no descarto la posibilidad de lograr convertirme en pescadora islandesa por un rato.

[box border=”full”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 3: Desconectar en Reykjavík ya está en el blog de Lau. Ella publicará los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Desafío Islandia (2): Meter todo en una sola mochila y no perder el avión

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Foto al costado de una ruta islandesa

Encontrar un pasaje barato (no baratísimo, sino razonable) de Europa a Islandia no fue fácil. Lau y yo pasamos horas por Skype mirando vuelos que salieran de España, de Francia y de Inglaterra y nos dimos cuenta de que si bien lo más barato era volar desde Londres, llegar a la capital inglesa desde Barcelona en poco tiempo no iba a ser de lo más fácil ni económico (hay que cruzar por agua sí o sí y eso iba a encarecernos el recorrido previo). Cuando por fin encontramos un pasaje a buen precio desde París nos dimos cuenta de que, al ser una aerolínea de bajo costo, lo que nos ahorrábamos por un lado tendríamos que pagarlo por otro. En las condiciones del vuelo decía que podíamos llevar una mochila de mano (bastante chiquita) cada una y que despachar (facturar) equipaje nos costaría sesenta euros más (€ 30 de ida y € 30 de vuelta por persona). Nos pareció mucho, pero no queríamos perdernos ese vuelo, así que lo compramos, no pagamos el extra del equipaje y dejamos ese problema para más adelante. Obviamos la advertencia (“si lo pagás online ahora te va a salir más barato que pagarlo en el aeropuerto al hacer el check-in”) y nos olvidamos del asunto.

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Llegamos a París a dedo y nos fuimos a pasear…

Unos días antes de volar nos dimos cuenta de que si no queríamos pagar una fortuna por despachar las mochilas tendríamos que achicar y guardar todo (las cosas de Lau y mis cosas) en una sola mochila. Así, por lo menos, gastaríamos treinta euros cada una en vez de sesenta. ¿Lograríamos meter una carpa (bastante grande), dos bolsas de dormir, un aislante, la ropa de abrigo, zapatillas, shampú y algún que otro extra en una mochila de 50 litros? Estaba difícil. Islandia ya nos desafiaba a lo lejos.

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En esta mochila debía ir todo.

Llegamos a París un martes a la noche y nuestro avión salió el miércoles a las 10.05 de la noche. Si tuviese un diario íntimo, hubiese escrito una cronología más o menos así.

Miércoles 21 de mayo: hoy nos vamos a Islandia (corazón corazón corazón)

9.00 am: Me despierta un ruido fuertísimo. ¿Qué está pasando, de dónde viene eso? Anoche me acosté a las cuatro de la mañana porque me quedé resolviendo problemas técnicos del blog, necesito descansar. Estamos en la casa de Bruno, un amigo brasilero que nos ofreció alojamiento mientras él está en Brasil. Salto de la cama, muy dormida, abro la cortina y veo que del lado de afuera me mira un señor con bigote y un taladro. No sé qué decirle. Cierro la cortina, vuelvo a dormir.

11.30 am: Nos despertamos. Estamos agotadas por los dos días de viaje a dedo. Me pongo a limpiar y ordenar la casa. Lavo los platos, despejo la mesa para pasarle un trapo y tengo la brillante idea de poner los dos individuales (los mantelitos, de plástico) parados contra la pared, cerca de las hornallas. Los dejo ahí porque no encuentro otro hueco. Ya los saco, pienso. Me olvido.

11.45 am: Golpean la ventana. Es el señor del taladro, necesita pasar a la casa para hacer un arreglo. Le explicamos (en una mezcla de español, portugués, italiano y un escasísimo francés) que no somos las dueñas y que no podemos dejarlo pasar. Nos dice que no hay problema, que vuelve en unos días, y repite la palabra burako burako mientras señala el hueco en el que estuvo trabajando esta mañana.

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Mientras tanto, París nos espera…

12.00 pm: Lau se pone a preparar el desayuno. Mete pan en la tostadora y salta la térmica, así que prende una hornalla y lo calienta en la sartén.

12.04 pm: Escucho un grito de ¡ay no! Voy a la cocina a ver qué pasó. Se derritieron los individuales (los que puse contra la pared, que encima eran de plástico). Entre las dos no hacemos una. (Perdón Bruno, ¡perdón!)

12.30 pm: Objetivo: armar la mochila (nótese: “la” y no “las”) y salir a pasear un rato por París. Bien, empieza el desafío. Qué llevar, qué dejar. Mi mochila no es muy espaciosa y ya con las dos bolsas de dormir está casi llena. Empezamos a dejar cosas: ropa de verano chau, libros chau, zapatillas chau. Metemos todo. Entra, pero nos queda la carpa afuera (es bastante grandecita) y mi mochila no tiene correas para atarla. Ya veremos cómo hacemos.

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El paquete negro es la carpa. Las dos bolsas de supermercado tienen comida.

1.55 pm: Nos fijamos en internet cuánto se tarda en llegar al aeropuerto para calcular a qué hora tenemos que salir. La aplicación del metro dice que llegamos en 25 minutos, en un foro dice que por lo menos 45 minutos. “Bueno, será media hora, con salir de acá a las seis y media de la tarde estamos bien.”

2 a 5.30 pm: Caminamos por París. Tomamos el metro hasta la Torre Eiffel y volvemos bordeando el Sena. Pasamos por Notre Dame, por el puente de los candados, por el barrio latino. Me siguen encantando las construcciones, algunas me recuerdan mucho a Buenos Aires, me gustan mucho las chimeneas parisinas. Quiero comer macarrons, son mi nueva adicción junto con el mazapán. Necesito que Lau los pruebe para que me diga si son tan ricos como pienso (a ella no le gusta el mazapán. No entiende nada). Busco el lugar que vende unos muy frescos y baratos, ni me acuerdo dónde queda, pero mi instinto de gorda me lleva hasta esa esquina. Compramos una bolsita y cuando estamos por emprender el regreso a la casa se larga a llover. No hubo aviso: alguien le dio play a la lluvia y empezaron a caer proyectiles de agua del cielo. Nos refugiamos en el techito de afuera de una patisserie tunecina, nos sentamos en la vereda y comemos macarrons mirando la lluvia. Es linda París con lluvia, pienso. Creo que me gusta más que la otra vez que vine. O, mirándolo en retrospectiva, no la pasé taaan mal, es que estaba en un mal momento y eso afecta mucho la experiencia. Ahora me doy cuenta de que hice y vi un montón de cosas, pero me sentía sola y perdida y eso no me permitió disfrutar del todo. Esta vez es distinto. O quizá cuando sabés que sólo tenés diez minutos para estar en París lo ves todo más lindo.

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Macarrons, París y lluvia

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Tengo miedo que el puente se caiga con tantos candados.

5.35 pm: Hablando de diez minutos, tenemos que volver ya a la casa y con esta lluvia imposible caminar. Me empieza a dar un poco de ansiedad pensar en todo lo que tenemos que hacer antes de ir al aeropuerto. Armamos una lista mental de tareas: ordenar la casa, sacar la basura, cerrar la mochila y engancharle la carpa en alguna parte, preparar sandwiches para el camino, decidir qué hacemos con los fideos que sobraron de anoche, guardar la ropa que dejamos secando. Pero primero lo primero: tenemos que comprar dos individuales para reponerle a Bruno. Nos confiamos: seguro que en el supermercado que está a una cuadra de la casa hay.

6 a 6.30 pm: Buscando individuales por París. Es la ley de Murphy: cuando buscás algo no lo encontrás (y después aparecen por todas partes). No puede ser que en este súper no haya algo tan básico como mantelitos individuales. Damos una vuelta por el barrio y nada. Ya estamos en cuenta regresiva, tenemos que ir al aeropuerto urgente, si llega a haber algún percance más perdemos el avión.

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6.30 a 7.15 pm: Volvemos a la casa y hacemos todo lo que quedó pendiente a toda velocidad. Le dejo una nota a Bruno explicándole la situación (te los reponemos a la vuelta, te lo prometo). Cerramos mochila sacamos basura pasamos escoba calentamos fideos juntamos todo salimos cerramos puerta nos vamos.

7.30 pm: Viajamos al aeropuerto. Tenemos que combinar metro con RER (tren). Nos damos cuenta de que vamos a tardar más de lo que pensamos. Ya está, no podemos hacer nada. Cuando estás en medio de una historia sabés que puede tener varios desenlaces y que todos son igual de posibles: o perdemos el avión o esta noche estamos en Islandia. Sacamos los fideos (siguen calentitos) y cenamos en el tren con un tenedor de plástico. Nos bajamos en la parada de la Terminal 1 y vamos corriendo hacia la Terminal 3. El reloj sigue en su cuenta regresiva, el check-in cierra en un rato.

8.45 pm: Llegamos al check-in. Lo primero que nos pregunta la del mostrador es si tenemos visa para Islandia. Por un segundo dejamos de respirar. ¿Visa? Pero no necesitamos… ¿A qué van? Turismo. Ah, está bien. Llega el momento de despachar la mochila, nos da miedo pensar cuánto nos van a cobrar, pero ya está (hoy con el apuro nos olvidamos de hacer el trámite del equipaje vía web, así que estamos a merced de lo que nos quiera cobrar la aerolínea, que seguro va a ser más de treinta euros). Ponemos la mochila en la balanza, nos pregunta si sólo queremos facturar una, le decimos que sí, le pone la cintita y la manda para adentro. No nos cobra nada. ¿Qué onda? ¿Habremos leído mal las condiciones del vuelo? ¿Nos cobrarán al retirarlo? ¿Nos retendrán el equipaje por morosas?

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9.50 pm: Nos subimos al avión y caemos en la cuenta de lo que estamos por hacer: Nos vamos a Islandia. ¡Islandia! Cerca de Groenlandia, a mitad de camino del continente americano, ¡a Islandia! ¿Qué nos esperará allá? Silencio, poca gente, paisajes inmensos… ¿Habrá gatos en Islandia?

10.05 pm: Despegamos. Recién ahora me acuerdo de lo poco que me gusta volar y del miedo que me da estar tan arriba. El despegue no es bueno, afuera hay tormenta, el avión está haciendo ruidos raros y se mueve mucho. De repente agarra un pozo de aire (o lo que sea) y baja de golpe. Hay mucha turbulencia. Me pongo mal, me quiero bajar, no quiero estar acá, nos vamos a morir todos. Lau me agarra la mano y me habla durante todo el viaje para que me distraiga.

10.10 pm a 1.05 am: Volamos durante tres horas. El avión se estabiliza y se me pasa el miedo. Miro por la ventana: salimos de noche pero a medida que avanzamos se va haciendo de día. Pienso: la geografía de Islandia no puede no afectar a sus habitantes. La geografía de cualquier lugar no puede no afectarnos. ¿Cómo será vivir tan lejos, tener períodos tan largos de oscuridad, tener un sol que brilla 24 horas seguidas, ser una isla cerca del Ártico?

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Esta iglesia es el punto más alto de Reyjkavík

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Primeras casitas islandesas

1.05 pm: Aterrizamos en Reykjavík a las 11.05 pm hora local. El cielo sigue claro. Por ir en busca del bus más barato (que a esa hora ya no sale) perdemos el último transporte al centro de la ciudad. El taxi cuesta €100. Terminamos haciendo dedo y viajamos en una combi con el piloto y las azafatas del vuelo que acaba de llegar de Boston. Llegamos a la casa de nuestra couch como a las dos de la mañana y afuera sigue siendo de día. Islandia nos recibió mejor de lo que esperábamos.

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 1: llegar a París a dedo en dos días ya está en el blog de Lau. Ella publicará los desafíos impares y yo los pares. [/box]

Desafío Islandia

Hay lugares del mundo que uno puede imaginar o intuir cómo son. Quizá no conozcamos la India pero nos damos un idea de qué nos puede esperar allá. Puede que nunca hayamos estado en Costa Rica pero tenemos alguna que otra imagen mental que seguramente se asemeje a lo que es el país. Australia puede parecernos lejano, pero es un destino del que sabemos, aunque sea, algo. Hay otros lugares que son muy difíciles de predecir: sabemos que existen y ahí terminan las certezas. Cómo vive la gente, qué se siente estar ahí, cómo es la geografía son interrogantes para los que no tenemos más respuestas que las que ofrece una enciclopedia. Pero son lugares que, quizá por parecer tan misteriosos y alejados de nuestra realidad, generan intriga y fascinación. Es, para mí, el caso de Islandia. 

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Primeras imágenes de Reykjavík

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Islandia es un país que siempre quise conocer. Si alguien me pregunta por qué, le diría que no sé. Porque está ahí. O quizá por su ubicación en el mapa: ¿cómo será vivir en un país tan al norte del mundo? O tal vez por su nombre: en inglés, Iceland significa tierra de hielo. O quizá porque sé tan poco de esa isla tan alejada de mi realidad. Porque, sinceramente, ¿qué sé de Islandia? Casi nada. Que es la patria de Björk (lo cual es tan generalizador como decir que Argentina es la tierra de Maradona), que tiene mucha naturaleza, que tiene muchos meses de oscuridad y muchos de luz, que está muy lejos de todo (por lo menos desde mi perspectiva).

Hace unos meses descubrí que no era la única que sentía esa atracción por Islandia: hablando con Lau coincidimos en que alguna vez queríamos pisar ese país. Y hace unas semanas, el deseo pasó a ser una realidad.

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—Quiero ir a Islandia.

—Yo también.

—Y bueno, aprovechemos que vamos a coincidir en Europa y veamos si conseguimos algún pasaje barato.

La búsqueda por internet fue ardua, hasta que una noche, vía Skype, encontramos un vuelo a muy buen precio desde París.

—¿Vamos?

—Y dale.

Lo compramos y dejamos el futuro viaje en stand by. Cada cual estaba bastante ocupada con sus cosas (viajes, libros) y todavía faltaban como dos meses para subirnos al avión. A medida que se acercaba la fecha, empezamos a hablar con gente que ya había estado. La primera opinión que recibí fue de un inglés: “Sí, estuve. Es horrible, es una isla volcánica y no hay para ver”. Sus palabras me chocaron. ¿Cómo que horrible? Para vos será horrible. Pero como sobre gustos no hay acuerdos, decidí no debatir. Las opiniones siguientes parecían coincidir en lo mismo: “Islandia es increíble”, “Islandia es naturaleza en estado puro”, “Islandia es carísimo”. El vuelo se nos venía encima y nosotras no teníamos nada planeado ni mucho tiempo para hacerlo (las semanas anteriores fueron una vorágine de eventos), y nos preocupaba, sobre todo, el tema de los precios.

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Monedas islandesas

Una noche, hablando de nuestro pronto viaje y de nuestra planeación cero, nos dimos cuenta de que no teníamos ni idea con qué íbamos a encontrarnos y eso nos generaba una preocupación (mínima) y bastante adrenalina. Estábamos en Asturias (España), y Lau lanzó una casi apuesta al aire: “El desafío de este viaje va a ser no pagar ni una noche de alojamiento”. Y empezamos a delirarla: “Podemos pedir refugio en las iglesias y cuarteles de bomberos”, me dijo ella. “¡Ya sé! Tenemos que ir presas, cometer un delito leve y que nos detengan una noche. Seguro que las cárceles son muy limpias y ordenadas”, le retruqué. Saqué el cuaderno y la lapicera y empecé a tomar nota. Se venía algo bueno. Empezamos a disparar ideas y ya no sé quién dijo qué, pero las dos pensamos lo mismo: el viaje a Islandia tenía que ser un juego, una colección de misiones disparatadas, una lista de objetivos ridículos para cumplir. La isla tenía que ser el tablero de un juego de mesa a gran escala. Así surgieron desafíos como “salir en la tele islandesa”, “dar la vuelta a la isla a dedo disfrazadas del Papa Francisco o con una careta de Messi”, “navegar con pescadores”, “abrazar a cinco islandeses” y “juntar monedas tocando el ukelele”.

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El del mural, para mí, parece Maradona.

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¿Hay gatos en Islandia?

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Hace dos días que estamos en Reykjavík y ya nos pasó de todo. Islandia es el país donde todo es posible, pero de eso hablaremos más adelante. Ahora damos por inaugurado el Desafío Islandia y los invitamos a proponernos misiones para cumplir durante estas dos semanas. Lau y yo nos iremos turnando para relatar los resultados en nuestros blogs (ella escribirá acerca del desafío 1 en su blog, yo acerca del 2 en el mío, ella del 3 en el suyo y así sucesivamente). Pueden hacer sus propuestas a través del hashtag #desafioislandia o en nuestras páginas de Facebook (no prometemos cumplir con todo, veremos qué nos permite Islandia). ¡Que empiece el juego!

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Casitas islandesas y luz a la 1 am

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[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. Ella publicará los desafíos impares y yo los pares. [/box]

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