Este post forma parte de “Recuerdos de Centroamérica”, una serie de relatos fotográficos de mi viaje por Centroamérica.

En el 2008 hice mi primer viaje largo: nueve meses por Sudamérica y Centroamérica. Mi objetivo era terminar en México, pero me volví antes porque estaba cansada, no tenía plata y no sabía si podría seguir viajando. México quedó como uno de mis grandes destinos pendientes junto con la India —me fui de viaje a Asia con el objetivo de terminar en la India, y todavía no lo logré—.

Los relatos de ese primer viaje por América Latina los escribí en un blog que ya no existe y que se llamó Diario de una mochilera. Muchos de ustedes me pidieron que subiera esos relatos acá. Yo les propongo algo mejor —o que al menos me divierte más que copiar y pegar esos textos que ya no quiero releer—: voy a escribir posts nuevos. Voy a revisitar esos lugares a través de mis recuerdos. Y en fotos.

Así que hoy inauguro la primera parte de esta serie latinoamericana: Recuerdos de Centroamérica. Durante abril y mayo verán fotorrelatos de mi paso por Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala. Después, aunque no de manera inmediata, seguiré por Sudamérica. Espero que los disfruten, para mí era algo pendiente incluir estos destinos en mi blog, así que allá vamos.

(Pido disculpas: estas fotos las saqué con una cámara compacta que tenía el lente muy sucio, así que si ven algunas manchitas hagan de cuenta que son detalles retro.)

Guna Yala, un paraíso en 365 islas (Panamá)

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La comarca de Guna Yala —antes llamada Kuna Yala o Archipiélago de San Blas— es uno de mis lugares en el mundo.

Es un conjunto de 365 islas y cayos ubicado en el Caribe panameño y habitado por los guna —también llamados kuna o cuna—, una comunidad indígena de Panamá y Colombia.

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Llegué a Guna Yala en velero, después de 48 horas de navegación desde Cartagena de Indias y con una tormenta eléctrica en el medio —pero eso lo cuento mejor en mi libro—. Un viajero hondureño que conocí en Colombia me lo había dicho: “San Blas es uno de los lugares más lindos del mundo, tenés que ir”. Lo que veía desde la cubierta del barco ya me gustaba. Si esto no es el paraíso, el paraíso dónde está.

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En el velero éramos diez: dos chicos belgas, un polaco, una pareja israelí, tres alemanes, el capitán y yo. Nuestra primera parada fue en El Porvenir, la isla-capital de la comarca, donde nos sellaron la entrada a Panamá en el pasaporte. Estaba nublado, pero el aire tenía la pesadez típica del Caribe. Habíamos llegado.

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Mientras los demás hacían el trámite de migraciones, salí a dar una vuelta por la isla. Estaba casi vacía. De lejos se veían otros veleros, algunas canoas de madera e islas dispersadas sobre un mar muy turquesa.

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El color del agua cambiaba según cómo le diera el sol. Cuando se nublaba, el mar parecía oscuro. Cuando salía el sol, se veía en el fondo y todos los peces que nadaban adentro. El archipiélago ocupa una franja de unos 300 kilómetros de largo por 10 de ancho. Solo unas 40 islas están habitadas por los guna.

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Se estima que la comunidad guna está conformada por 50 mil habitantes: los asentamientos más grandes están en Guna Yala (31 mil habitantes), en la franja costera frente al archipiélago y en Colombia (unos 2000). Están organizados en tres comarcas autónomas, una de ellas Guna Yala. Si bien pertenecen geográficamente a Panamá, los guna se autogobiernan. Los líderes de las comarcas se reúnen dos veces por año en el Onmaket Nega o Congreso General a discutir los temas que conciernen a la comunidad.

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Cada comarca, a su vez, está formada por comunidades o aldeas. En Guna Yala hay 49, y cada una tiene su saila, el líder político y espiritual que se encarga de proclamar las leyes internas, organizar el sistema de impuestos y mantener el orden civil dentro de su grupo. Además, los saila transmiten a través de canciones las leyendas, mitología e historia de los guna.

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El capitán dio algunas vueltas para que viéramos algo del paisaje antes de anclar. En Guna Yala vi islas-pueblo, islas con dos cabañas, islas con palmeras, islas vacías.

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Un rato después de llegar tuvimos el primer contacto con los guna: las mujeres se acercaron al velero en canoas de madera para saludar y ofrecer sus artesanías.

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Lo primero que me llamó la atención fue la ropa. Qué colores. Qué diseños. ¿Se vestirían así para los turistas?

Después supe que no: los guna son uno de los grupos indígenas más tradicionales e independientes de América Latina. A pesar de haber estado en contacto constante con culturas europeas y americanas, nunca perdieron sus costumbres, cultura, idioma y creencias. Esas telas coloridas son parte de su vestimenta diaria.

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La sociedad guna es matriarcal, y los roles están bien definidos. Las mujeres se encargan de las tareas domésticas —cocinan, lavan, cosen, limpian y juntan agua de los ríos— y de administrar el dinero de la familia. Son ellas quienes confeccionan y venden las molas, el tejido tradicional de la comunidad (el mismo que usan en su ropa).

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Las abuelas transmiten las tradiciones del pueblo a las nuevas generaciones a través de cantos, bailes, consejos y enseñanzas. Las hijas mujeres son valoradas ya que traen hombres nuevos a la familia: después del matrimonio, el marido se muda con la familia de su mujer y trabaja durante varios años como aprendiz de su suegro.

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Los hombres, a diferencia de las mujeres, ya no se visten de manera tradicional. Ellos son los encargados de pescar y recolectar cocos: la economía de las guna está basada en la pesca, la agricultura y la venta de molas. Los hombres suelen salir a recolectar cocos a las cinco de la mañana, luego se dedican a pescar, a trabajar en los cultivos, a reparar las viviendas y a tallar utensilios de madera. Muchos cargan sus cayucos (canoas) con langosta, pulpo, cangrejos y peces y van de barco en barco ofreciendo la pesca del día. Hay otros, aunque son los menos, que se dedican a confeccionar molas con las mujeres.

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En cada isla hay un sector reservado para estacionar los cayucos, las canoas que los guna construyen y usan para ir de una isla a otra. Están construidos de un solo tronco y tallados con un machete. Todos los cayucos tienen remos y timón, y algunos una vela o motor fuera de borda. Son indispensables para la vida diaria: las mujeres los usan para ir a tierra firme o acercarse a los barcos, los hombres los usan para ir a las plantaciones de maíz y yuca y para pescar sobre los arrecifes.

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En las aldeas más chicas existe una tradición: cuando el último habitante de una familia muere, se quema la casa y se mandan sus cenizas al mar en una balsa.

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Una de las cosas que más me gustó de Guna Yala es que todos los establecimientos y servicios turísticos están manejados por los guna: no se permite inversión extranjera en las islas. No hay resorts, no hay free shops, no hay nada que pueda arruinar el medio ambiente. Las construcciones, además, están hechas con elementos tomados del entorno. Las casas son de bambú, madera y palma. La cocina suele estar fuera de la casa, y la cama —una hamaca paraguaya— adentro.

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El baño suele ser un cuartito de madera ubicado en un muelle sobre el mar, y la ducha es un balde de agua dulce y medio coco que sirve de recipiente. La electricidad es limitada: muchas familias usan paneles solares para abastecerse de energía. En algunas aldeas hay televisión, en las más chiquitas no.

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Una vez que se llega a Guna Yala, cada capitán decide en qué zona quedarse durante las dos noches que dura la visita. Nosotros anclamos frente a Chichimé, una isla con dos casas.

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Podíamos elegir si dormir en la cubierta del barco o en hamacas paraguayas en la isla. Yo prefiero el barco, me gusta sentir el movimiento del agua.

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Pasamos esos días nadando, haciendo snorkel entre los corales, yendo de una isla a otra y charlando con la familia guna de Chichimé. Ahí vi uno de los peces más lindos de mi vida: azul-violeta con puntitos fluorescentes. Era algo así, aunque no exactamente ese.

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En Chichimé aprendí acerca de las molas, el tejido tradicional de los guna. En lengua kuna, mola significa ropa. Estas telas son, además de una de las mayores fuentes de ingreso de la comunidad, parte de la vestimenta tradicional de las mujeres. Las molas, además, cohesionan a los guna como comunidad y les dan reconocimiento internacional. Muchos ejemplares están en museos de Europa.

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La técnica de confección de las molas es compleja: se cosen de dos a siete telas de distintos colores, una encima de la otra, y luego se las va recortando por capas para formar figuras. Existen dos tipos de molas: las turísticas y las tradicionales. Las turísticas suelen tener dos capas de tela, una sola gama de colores y dibujos figurativos (animales, plantas, escenas de naturaleza). Llevan más o menos una semana de trabajo y no tienen un tamaño predeterminado.

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Las molas tradicionales son mucho más elaboradas: están compuestas por formas geométricas, lineas, puntos y algunas figuras reconocibles (animales o plantas, por ejemplo). Se hacen con hilos de por lo menos seis colores y con varias capas de tela. Estas molas tienen el tamaño indicado para caber en las blusas de las mujeres y pueden llevar entre dos y nueve meses de trabajo. Son las que se exponen en museos.

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Uno de los habitantes de Chichimé me mostró esta mola que estaba confeccionando para su sobrino. Le pregunté si la vendía y me dijo que no. Las molas también se usan para mantener viva la tradición guna, ya que los diseños representan su cosmovisión. No hay dos molas iguales, todas se hacen a mano y los dibujos quedan a elección del artista.

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El master mola maker de Chichimé —como se presentó él— me contó que nunca había salido de las islas ni tampoco había ido a la escuela. Aprendió varios idiomas gracias a la visita de turistas de todas partes del mundo: además de su lengua, hablaba español e inglés y algunas palabras de italiano, francés y japonés. Todo lo que necesitaba para trabajar, me contó, lo encargaba por teléfono —sí, hay celulares— a otra isla o a Ciudad de Panamá. Le compré uno de sus trabajos, tengo esa mola en mi casa y es uno de los mejores recuerdos que me llevé de mis viajes.

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Se cree que los guna llegaron a la región tras emigrar de los bosques del Darién oriental y del norte de Colombia durante la conquista española. La Comarca Tulenega —que incluía al actual territorio de Guna Yala y a comunidades asentadas en Colombia— se formó por ley en 1870 en Colombia, pero cuando Panamá se separó en 1903, la comarca quedó dividida en dos, con la mayoría de los habitantes del lado panameño y el gobierno desconoció la ley. Durante los primeros veinte años de independencia de Panamá, los guna tuvieron enfrentamientos con los gobiernos nacionales, que quisieron “hispanizarlos” y erradicar su cultura.

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Las autoridades panameñas intentaron despojarlos de sus tierras, prohibir su idioma, desconocer sus costumbres y cambiar su vestimenta. En 1921 obligaron a las mujeres a sacarse el aro de la nariz —que reciben tras un ritual cuando llegan a la pubertad— y a occidentalizar su ropa, y las tensiones y enfrentamientos derivaron en la Revolución kuna de 1925. Finalmente, tras un tratado de paz, el gobierno panameño aceptó que los guna se autogobernaran y se comprometió a proteger sus costumbres. Así se creó la comarca indígena de Guna Yala.

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En Chichimé pasé unas horas jugando con un nene guna. Fue, creo, la primera vez que jugué con un nene con quien no compartía el idioma. Pero nos entendimos muy bien: él se escondía detrás de una palmera y yo lo buscaba, y después cambiábamos los roles.

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También hicimos dibujos en la arena con palitos.

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Y, con permiso de su mamá, le saqué algunas fotos.

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Esos días en Guna Yala —cuando fuí, todavía se llamaba San Blas— fueron de los mejores de mi viaje. O de mis viajes. Amo la playa, amo el mar, me encanta nadar, me encanta navegar, me pone muy feliz entrar en contacto con gente de otras culturas. Estaba en mi elemento.

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A veces me pregunto por qué me fui. Y a veces me pregunto si volver o no. Puede que ya no sea lo mismo. Quizá sea mejor guardar estos lugares en el recuerdo.

Este post pertenece a la serie fotográfica “Recuerdos de Centroamérica”. Y para ustedes, ¿cuál es su lugar en el mundo?