Recuerdos de Centroamérica (4):
Honduras, ruinas mayas y agua turquesa

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Recuerdos de Centroamérica”: fotorrelatos e historias de mi viaje por América Central en el 2008.[/box]

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Después de nuestros días despistadas por las calles de Costa Rica y de nuestro recorrido en bus por Nicaragua, Belén —mi amiga y compañera de viajes durante un mes— y yo cruzamos al que sería nuestro último país juntas: Honduras. Como a Belu le quedaban muy pocos días, dejé que ella eligiera el destino, así que nos fuimos a Copán a conocer las ruinas mayas.

* Las ruinas de Copán

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Cruzamos la frontera entre Nicaragua y Honduras y pasamos la noche en Choluteca. Al día siguiente viajamos a Tegucigalpa, la capital, y de ahí a Copán Ruinas, el pueblo más cercano a las ruinas mayas del mismo nombre.

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Copán Ruinas es un pueblito turístico, pero no por eso deja de ser encantador.

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El ritmo de vida es tranquilo, la gente es amable y el pueblo es seguro.

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Hay construcciones coloniales y otras de piedra.

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Y como el pueblo es chiquito, la gente suele moverse a pie, en bicicleta o en tuk-tuk.

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En el hostel de Copán Ruinas vi este mapa: decía que marcaras con una chinche de qué parte del mundo venías, así que dejamos la nuestra en Buenos Aires.

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A la mañana siguiente nos despertamos temprano y fuimos caminando hasta el parque arqueológico de las ruinas de Copán (a 1.5 km), un complejo que forma parte de la Ruta Maya, un área que abarca parte de Honduras, Guatemala, El Salvador, Belice y el sudeste de México.

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Los primeros en recibirnos fueron ellos, los papagayos.

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En sus marcas… listos… ¡ya!

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Me acuerdo de que esta escena nos resultó simpática. Recién, leyendo la wikitravel de Copán, vi que uno de los consejos es: “Andá temprano así ves a los guardaparques dándole de comer a los papagayos” (?). Nosotras pensamos que habíamos sido las únicas.

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Las ruinas de Copán son menos visitadas que otras, como Tikal o Chichén Itza, pero no por eso menos interesantes.

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A diferencia de otras grandes civilizaciones sudamericanas, como los incas, los mayas no desaparecieron: sus descendientes siguen habitando parte de la región maya de Centroamérica y México, mantienen algunas de sus tradiciones y hablan uno de los 44 dialectos maya, además de español. Las ruinas que conforman la Ruta Maya son el legado de los “antiguos mayas”, una de las civilización más importantes de la Mesoamérica precolombina.

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Durante sus 2000 años de historia, los antiguos mayas pasaron por tres períodos diferenciados: el período preclásico (1000 a.C. al 320), el período clásico (320 a 987 d.C) y el período posclásico (1000 a 1687). Durante el preclásico, los mayas eran comunidades sedentarias dedicadas al cultivo y la caza. Fue el período clásico el que marcó su apogeo, ya que durante esa época pasaron a ser una de las sociedades más pobladas y culturalmente dinámicas del mundo.

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Los mayas tenían conocimientos muy profundos de matemática, astronomía y astrología, y desarrollaron un sistema de escritura por jeroglíficos que fue de los más avanzados de occidente. Durante esa época hubo mucho desarrollo intelectual, artístico y arquitectónico, y con el aumento de la población surgieron las ciudades-estado como Tikal (Guatemala), Palenque (México) y Copán.

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Cada ciudad era independiente y tenía su gobernante. Además, cada sociedad tenía su zona de cultivo, centro ceremonial, campo de pelota y sector de viviendas.

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Los restos más notables de esta época son las pirámides escalonadas construidas en los centros religiosos, los palacios de los gobernantes y las estelas (las esculturas hechas en honor a sus reyes, como la de esta foto). En Copán se descubrieron más de 4500 estelas.

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Se dice que Copán fue “la París de los mayas” por su importancia artística y cultural. La ciudad fue un centro ceremonial y político, así como uno de los principales núcleos artísticos y científicos de la civilización.

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En Copán hay más esculturas que en cualquier otra ciudad precolombina. Además de las estelas, uno de los restos más impresionantes es la Escalera de jeroglíficos que pueden ver en esta foto. Tiene 63 escalones y está conformada por más de 1500 bloques tallados que narran la historia de uno de los reyes más importantes de Copán y de la ciudad en sí. Es el texto precolombino más extenso, aunque algunos escalones se dañaron y eso dificulta su desciframiento.

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Dentro del parque arqueológico también está el museo Maya, que vale la pena visitar.

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Dentro del museo hay una réplica a escala real del Templo de Rosalila, que fue encontrado intacto bajo tierra en 1989 por un arqueólogo hondureño. Los mayas construían templos dedicados a los gobernantes de turno y, en general, cuando el rey cambiaba, el templo en su honor era destruido y reemplazado por otro. El templo de Rosalila se usó para diversas ceremonias, entre ellas el culto al rey. Lo curioso es que no fue destruido sino enterrado, y encima se le construyó otra pirámide.

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En el museo también hay esculturas originales que permiten conocer aún más la cosmovisión que tenían los mayas.

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Las ruinas de Copán son los únicos restos mayas que visité hasta ahora.

* Días en familia en Roatán

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Al día siguiente, Belu y yo tomamos un colectivo a San Pedro Sula y ahí nos separamos: ella se fue al aeropuerto y yo a un hostel para esperar a mis papás que llegaban al día siguiente. Mi mamá y mi papá me visitaron dos veces durante mis viajes: la primera en Honduras y la segunda en Hungría. Cuando tuvimos que decidir dónde pasar unos días juntos, elegimos las Islas de la Bahía. Los tres somos muy playeros.

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Las Islas de la Bahía es un departamento hondureño ubicado sobre el mar Caribe, a 60 kilómetros de la costa norte del país. El archipiélago está conformado por tres grupos geográficos:

1. Las Islas de la Bahía (Roatán, Guanaja y Utila, y otras islas más chiquitas)
2. Los Cayos Cochinos (más de sesenta)
3. Las islas Barbareta, Morat y Santa Elena (más chiquitas que las tres principales)

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De todas esas elegimos Roatán, la más grande de las islas y la capital de la región.

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¿Vieron que cuando uno piensa en el mar se le vienen a la mente postales paradisíacas del Caribe?
Bueno, Roatán es algo así.

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Tiene un mar con un color que a veces cuesta creer que exista.

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Yo soy más del mar con olas que del mar sopa, pero a uno así no puedo decirle que no.

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Y estos saltos acrobáticos al mar-pileta me encantan.

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Y hacer avistaje de pajaritos,

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de tortugas,

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y de iguanas,

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así todas juntas,

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también me encanta.

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Si bien los primeros en llegar a las islas fueron los españoles, los primeros en asentarse fueron los británicos. Durante su historia, Roatán fue tomada y ocupada varias veces por piratas. Luego, la isla fue disputada por ingleses y españoles —con guerra entre ambos países de por medio— hasta que, en 1838, las Islas de la Bahía quedaron en manos de Honduras.

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Roatán tiene 77 kilómetros de largo y varios pueblos o asentamientos. Nosotros decidimos quedarnos en unas cabañas en West End, una zona con bastantes bares y dive shops. Pasamos una semana en familia y aprovechamos para recorrer las distintas zonas de la isla.

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Un buen dato: Roatán y Utila son de los lugares más baratos del mundo para sacar el certificado PADI de buceo.

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Una de las zonas que más me interesaba conocer era Punta Gorda, el primer establecimiento garífuna de Honduras.

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Los garífunas son un grupo étnico zambo descendiente de africanos, caribes y arahuacos originario de varias regiones de Centroamérica y el Caribe. También se los conoce como garinagu o caribes negros.

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Se estima que en Honduras, Belice, Guatemala, Nicaragua y Estados Unidos hay más de 600 000 garífunas.

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Se dice que el origen de los caribes negros fue en 1635, cuando dos barcos que venían con esclavos africanos —desde lo que hoy es Nigeria— naufragaron cerca de la isla de San Vicente, en el Caribe. Los esclavos se escaparon del barco y llegaron a la isla, donde fueron recibidos y protegidos por los caribes. Los matrimonios entre ellos formaron el pueblo Garinagu, hoy garífuna.

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Cuando los ingleses invadieron San Vicente y los franceses —que estaban asentados ahí— se rindieron, los británicos consideraron que los caribes negros eran esclavos y los deportaron a Jamaica y Roatán.

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En 1796, más de 5000 garífunas fueron deportados desde San Vicente, aunque solo la mitad sobrevivió el viaje hasta Roatán. Ahí se asentaron y permanecen hasta hoy.

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Punta Gorda es una zona tranquila y poco turística donde se puede presenciar el día a día de los habitantes.

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Los días siguientes los pasamos entre playas,

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tormentas tropicales,

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caracoles,

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agua transparente

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y atardeceres. Fue una vacación dentro de mi viaje.

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[box type=”info”]Acerca de la seguridad en Honduras

Viajé a Honduras en el 2008 y, si bien los lugares que conocí me gustaron mucho, no puedo no hacer una mención acerca de la seguridad. Honduras fue, lamentablemente, uno de los pocos países —quizá el único— en el que me sentí insegura en varias oportunidades. El cruce de frontera desde Nicaragua no fue una experiencia que repetiría (lo comenté en el post de viajar sola), en Tegucigalpa vi que muchas tiendas tenían guardias de seguridad armados (con rifles) en las puertas y carteles que le pedían a la gente que dejara sus armas afuera (después nos enteramos de que gran parte de la población estaba armada y que el gobierno estaba haciendo una campaña para desarmar a la población). En ciudades como Choluteca y San Pedro Sula nos dio miedo salir de noche porque nos habían alertado que era peligroso y cuando bajaba el sol todo quedaba tan desolado que parecía tierra de nadie. En Tegucigalpa nos subimos a un taxi y el conductor nos dijo que cerráramos las ventanas porque era común que te apuntaran con armas para robarte (y también nos dijo que era común que los mismos conductores robaran), ahí vimos también como la gente le tiraba botellas a los colectivos.

Con esto no pretendo asustar ni tampoco hablar mal de un país que a nosotras nos recibió bien, sino decirles que la inseguridad en Honduras es un problema real. San Pedro Sula fue nombrada una de las ciudades más violentas del mundo, con un promedio de tres homicidios al día (más que nada a causa del enfrentamiento entre las maras). Yo estuve dos días ahí y no me pasó nada ni vi nada raro, pero tampoco me arriesgué a caminar sola por lugares alejados de mi hostel. En Tegucigalpa se recomienda no salir a caminar de noche por ninguna parte de la ciudad, no meterse en callejones y no salir con cosas valiosas ni mucha plata a la calle. Las zonas turísticas del país están bastante controladas, pero eso no quiere decir que no haya robos. A mí, repito, no me pasó nada, pero la inseguridad fue algo que sentí en el aire.

Quizá alguno de ustedes estuvo por Honduras hace poco —o es hondureño— y puede compartirnos su experiencia. No dejen de viajar a este país porque hay lugares muy lindos para ver, pero presten atención y pídanle consejos a la gente local.[/box]

[box type=”star”]Esta fue la cuarta entrega de la serie “Recuerdos de Centroamérica”: fotorrelatos e historias de mi viaje por América Central en el 2008. Te invito a leer los relatos de PanamáCosta Rica y Nicaragua. En el próximo y último capítulo: Guatemala.[/box]

Recuerdos de Centroamérica (2):
Costa Rica y pura vida

[box type=”star”]Este post es la segunda entrega de “Recuerdos de Centroamérica”, una serie de relatos fotográficos de mi viaje por Centroamérica en el 2008. [/box]

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Mi primer encuentro con Costa Rica fue cómico.

Llegué a San José, la capital, en bus desde Panamá y busqué un teléfono público para llamar a Diego, un argentino amigo de mi prima que estaba viviendo ahí y había ofrecido alojarme. En vez de darme la dirección de su casa de antemano, me había pedido que apenas llegara lo llamara. Me pareció raro, pero seguí sus órdenes. La charla fue algo así:

—Hola Diego, soy Aniko, ya llegué a San José.

—Buenísimo, ¿estás en la Coca-Cola?

—¿En qué?

—En la estación de buses, acá le decimos la Coca-Cola porque antes era una fábrica.

—Ah, no sé, supongo que sí. ¿Me pasás la dirección de tu casa?

—No sé si sabías pero acá las calles no tienen nombre ni número.

—¿Eh?

—Sí, no hay direcciones, así que te voy a indicar cómo llegar. Estás cerca así que podés venir caminando.

—Bueno…

—Salí de la estación, caminá 600 metros al norte, ahí te vas a topar con un árbol grande, girá a la izquierda y caminá 300 metros hasta un Rostipollo, de ahí vas hacia el sur y tomás la segunda calle, después doblás y vas a ver una fila de casas todas iguales, la mía es la que tiene la puerta verde y un poste enfrente. (Nota: esto me lo estoy inventando, no me acuerdo de las indicaciones exactas, digo por si algún tico me está leyendo.)

—Ajá…

No sé cómo hice pero llegué. Al día siguiente fui al aeropuerto a buscar a mi amiga Belu, con quien viajaría durante un mes y medio por Costa Rica, Nicaragua y Honduras. A la vuelta nos perdimos, como era obvio, y estuvimos dando vueltas durante una hora por una zona donde todas las casas eran iguales. Costa Rica nos estaba dando la bienvenida.

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* Primera parada: Quepos y el Parque Nacional Manuel Antonio

Pasamos dos días en San José y, por sugerencia de Diego, fuimos a conocer Quepos y el Parque Nacional Manuel Antonio, en la costa del Pacífico. No teníamos mucho plan de viaje.

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Manuel Antonio está a 130 kilómetros de San José y es el parque nacional más pequeño del país —tiene menos de 7 kilómetros cuadrados—, pero reconocido como uno de los más lindos del mundo. Costa Rica es el país con mayor porcentaje de territorio cubierto por parques nacionales: el 24 por ciento son áreas protegidas. Es, también, un país donde se practica mucho el ecoturismo.

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El paisaje de Manuel Antonio es una mezcla de playas de arena blanca, montañas y selvas tropicales. Es, también, una de las zonas con mayor biodiversidad del país: tiene 109 especies de mamíferos y 184 especies de pájaros. En mi memoria, Costa Rica queda definida por una palabra: naturaleza.

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Apenas llegamos al parque nos recibieron los monos,

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los perezosos,

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los mapaches (este le abrió la mochila a alguien en busca de comida),

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y todo de tipo de lagartos.

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Pasamos el día en el mar y caminando por los senderos del parque.

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Quepos, el pueblo que está al lado del Parque Nacional, es uno de los más turísticos. Costa Rica, en general, recibe mucho turismo y es un destino que muchos eligen para retirarse. Algunos le dicen “la Suiza de Centroamérica”: tiene una de las 22 democracias más antiguas del mundo, abolió su ejército en los años cuarenta, tuvo un presidente premio Nobel de la Paz y es uno de los países más estables y con mejor calidad de vida de la región.

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Me encantan los países tropicales, y una de las cosas que más me gustan es la fruta que crece en esa región: bien dulce y a disposición en cualquier vereda o supermercado.

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Esos primeros días fueron días de playa. Belu y yo nos habíamos reencontrado después de seis meses sin vernos así que nos pusimos al día con las charlas y disfrutamos de la onda relajada de Costa Rica y de la buena onda de los ticos —mote cariñoso que se le da a los costarricenses—.

* Segunda parada: La Fortuna y el volcán Arenal

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No tengo suficientes fotos de Costa Rica. Me hubiese gustado sacar más, estas no alcanzan a mostrar la riqueza natural del país, pero espero que al menos les permitan hacerse una idea de la variedad de paisajes que hay.

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Nuestro paso por Costa Rica coincidió con mi cumpleaños, así que Belu me dijo que eligiera dónde quería pasarlo. Le dije que tenía ganas de ver un volcán activo de cerca y de ir a las aguas termales, así que nos fuimos a La Fortuna, el pueblo más cercano al volcán Arenal.

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Elegí un hostel “caro” —creo que costaba unos cinco dólares más, pero tenía pileta y quería darme el gusto por mi cumple—. La mañana de mi cumple, Belu infló globos de colores y me dio veintitrés tirones de orejas —costumbre argentina—, después pasamos el resto del día en las piletas de agua termal y a la noche fuimos a ver el volcán Arenal de cerca: al estar oscuro, se podía ver el hilo de lava —de lejos, al menos, parecía un hilo— que salía del cráter y bajaba despacio por la pendiente. El Arenal está activo y entró varias veces en erupción.

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A pesar de que en los alrededores de la Fortuna se puede hacer todo tipo de actividades (canyoning, rafting, trekking, canopy), yo me dediqué a sacarle fotos a los carteles. No me pregunten por qué y no pregunten cuál es la oferta de los 500 usd porque no sé, pero me imagino algunas cosas.

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* Tercera parada: Montezuma y Santa Teresa

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Viajar por tierra en Costa Rica lleva tiempo. Viajes de pocos kilómetros pueden llevar varias horas y las rutas no están bien señalizadas, así que hay que ir mentalizado a que todo lleve más horas. Alguien me dijo que los caminos en Costa Rica no están bien comunicados debido a que no hay ejército y no se necesitan movilizaciones rápidas. Si alguien sabe, cuente.

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Nuestra tercera parada fue la península de Nicoya, también del lado del Pacífico. Para que se den una idea, el viaje de La Fortuna a Montezuma nos llevó casi 14 horas, aunque según escribí en mi diario de viajes —porque tanto no me acuerdo— ese día nos despertamos tarde, perdimos el primer transporte y eso hizo que viajáramos desincronizadas y tuviéramos varias horas de espera entre un pueblo y otro. Fue un día larguísimo, de eso sí me acuerdo.

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En todos los lugares que visitábamos de Costa Rica había una constante: vida salvaje por todas partes.

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Belu y yo somos chicas de ciudad, así que todo nos sorprendía —y aunque no lo fuéramos, también—.

¡Mirá esa ardilla!

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¡Lagartija!

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¡Otra!

Y así.

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Montezuma empezó como una aldea de pescadores y se hizo popular entre los viajeros en los años ochenta. Entre sus habitantes hay gente local, mochileros y ecoturistas, así como gente que va por el yoga y artes curativas y otros que van por el festival de cine que se hace ahí cada año.

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Montezuma, además, es conocida por sus cascadas. Lean bien el cartel, así entienden la situación que pasó después.

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Una tarde, Belu y yo decidimos ir a conocerlas. Apelo otra vez a mi diario y les transcribo lo que escribí al respecto. Fue una de las situaciones más graciosas —en retrospectiva— del viaje:

“Las cascadas de Montezuma son tres. Para llegar a la primera hay que cruzar por el medio del río, y para ver la segunda y la tercera hay que escalar, atravesar un bosque y bajar por una soga. Estuvimos un rato en la primera y decidimos ir a conocer las otras, así que nos internamos en la selva. Estábamos caminando cuando escuchamos algo que parecía un rugido y nos asustamos bastante porque venía de un arbusto muy cercano. Decretamos que era un jabalí y que estaba enojado, así que empezamos a acelerar el paso. Le dije a Belu: “Me parece que está muy cerca”, y la maldita salió corriendo antes de que pudiera terminar la frase y me dejó sola llorando de risa en medio del bosque. Pensé que iba a volver o que iba a esperarme más adelante, pero no. La perdí por completo. Me empecé a poner nerviosa porque el rugido era cada vez más fuerte y alrededor no había nadie. Dije, con voz fuerte: “¿Belu?”. Nada. Dije su nombre un poco más fuerte y al no tener respuesta terminado gritando ¡Beléeeeen! ¡Beléeeeen! como una desesperada. El ruido del río tapaba cualquier sonido. Me preocupé. ¿Dónde estaba Belu? ¿Y si se hacía de noche y no aparecía? ¿Y si le había pasado algo? Tendría que salir a buscar ayuda para encontrarla. ¡Beléeeeeen! Nada. Tal vez se había patinado y se había caído. ¿Y si la había alcanzado el jabalí? ¡Beléeeeeen! No aparecía. Diez minutos después la encontré con dos pibes (?) abajo, en la otra cascada. Había corrido, había bajado por una soga y había terminado ahí. Los chicos nos acompañaron hasta la salida del bosque y desaparecieron.” 

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Desde aquel día, siempre le digo a Belu que aquella vez en Costa Rica me dejó sola con el jabalí, y lloramos de risa. “Te fuiste y ni me esperaste! Fue un sálvese quien pueda.” A todo esto, nunca supimos qué animal era. Algunos nos dijeron que era un mono, para nosotras siempre habrá sido un jabalí enojado.

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Y así pasamos las dos semanas en Costa Rica, entre naturaleza, animales salvajes, parques nacionales, playas, calles sin nombre, amigos y buena onda.

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Espero volver pronto. Me quedó pendiente la costa del Caribe y además tengo a uno de mis mejores amigos de Argentina viviendo allá.

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Si van a Costa Rica, una de las expresiones que más escucharán en boca de los ticos es ¡pura vida! Si alguno de ustedes está leyendo, sabrá explicar esto mejor que yo, pero pura vida se usa en muchos momentos de la conversación: como saludo, como agradecimiento, como calificativo, para demostrar admiración. Quiere decir que está todo bien, súper, feliz.

Victor Manuel Sánchez Corrales, un investigador de la Universidad de Costa Rica, lo resume así: “La expresión se encuentra hoy tan intrínsecamente ligada con el lenguaje y la cultura costarricenses, que constituye una marca grupal-comunitaria que trasciende las fronteras y muestra nuestra forma particular de ver el mundo”. Pura vida.

[box type=”star”]Este post es la segunda entrega de “Recuerdos de Centroamérica”, una serie de relatos fotográficos de mi viaje por Centroamérica en el 2008. En el próximo capítulo: Nicaragua. [/box]

Recuerdos de Centroamérica:
Guna Yala, un paraíso en 365 islas

[box type=”star”]Este post forma parte de “Recuerdos de Centroamérica”, una serie de relatos fotográficos de mi viaje por Centroamérica.[/box]

En el 2008 hice mi primer viaje largo: nueve meses por Sudamérica y Centroamérica. Mi objetivo era terminar en México, pero me volví antes porque estaba cansada, no tenía plata y no sabía si podría seguir viajando. México quedó como uno de mis grandes destinos pendientes junto con la India —me fui de viaje a Asia con el objetivo de terminar en la India, y todavía no lo logré—.

Los relatos de ese primer viaje por América Latina los escribí en un blog que ya no existe y que se llamó Diario de una mochilera. Muchos de ustedes me pidieron que subiera esos relatos acá. Yo les propongo algo mejor —o que al menos me divierte más que copiar y pegar esos textos que ya no quiero releer—: voy a escribir posts nuevos. Voy a revisitar esos lugares a través de mis recuerdos. Y en fotos.

Así que hoy inauguro la primera parte de esta serie latinoamericana: Recuerdos de Centroamérica. Durante abril y mayo verán fotorrelatos de mi paso por Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala. Después, aunque no de manera inmediata, seguiré por Sudamérica. Espero que los disfruten, para mí era algo pendiente incluir estos destinos en mi blog, así que allá vamos.

(Pido disculpas: estas fotos las saqué con una cámara compacta que tenía el lente muy sucio, así que si ven algunas manchitas hagan de cuenta que son detalles retro.)

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Guna Yala, un paraíso en 365 islas (Panamá)

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La comarca de Guna Yala —antes llamada Kuna Yala o Archipiélago de San Blas— es uno de mis lugares en el mundo.

Es un conjunto de 365 islas y cayos ubicado en el Caribe panameño y habitado por los guna —también llamados kuna o cuna—, una comunidad indígena de Panamá y Colombia.

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Llegué a Guna Yala en velero, después de 48 horas de navegación desde Cartagena de Indias y con una tormenta eléctrica en el medio —pero eso lo cuento mejor en mi libro—. Un viajero hondureño que conocí en Colombia me lo había dicho: “San Blas es uno de los lugares más lindos del mundo, tenés que ir”. Lo que veía desde la cubierta del barco ya me gustaba. Si esto no es el paraíso, el paraíso dónde está.

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En el velero éramos diez: dos chicos belgas, un polaco, una pareja israelí, tres alemanes, el capitán y yo. Nuestra primera parada fue en El Porvenir, la isla-capital de la comarca, donde nos sellaron la entrada a Panamá en el pasaporte. Estaba nublado, pero el aire tenía la pesadez típica del Caribe. Habíamos llegado.

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Mientras los demás hacían el trámite de migraciones, salí a dar una vuelta por la isla. Estaba casi vacía. De lejos se veían otros veleros, algunas canoas de madera e islas dispersadas sobre un mar muy turquesa.

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El color del agua cambiaba según cómo le diera el sol. Cuando se nublaba, el mar parecía oscuro. Cuando salía el sol, se veía en el fondo y todos los peces que nadaban adentro. El archipiélago ocupa una franja de unos 300 kilómetros de largo por 10 de ancho. Solo unas 40 islas están habitadas por los guna.

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Se estima que la comunidad guna está conformada por 50 mil habitantes: los asentamientos más grandes están en Guna Yala (31 mil habitantes), en la franja costera frente al archipiélago y en Colombia (unos 2000). Están organizados en tres comarcas autónomas, una de ellas Guna Yala. Si bien pertenecen geográficamente a Panamá, los guna se autogobiernan. Los líderes de las comarcas se reúnen dos veces por año en el Onmaket Nega o Congreso General a discutir los temas que conciernen a la comunidad.

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Cada comarca, a su vez, está formada por comunidades o aldeas. En Guna Yala hay 49, y cada una tiene su saila, el líder político y espiritual que se encarga de proclamar las leyes internas, organizar el sistema de impuestos y mantener el orden civil dentro de su grupo. Además, los saila transmiten a través de canciones las leyendas, mitología e historia de los guna.

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El capitán dio algunas vueltas para que viéramos algo del paisaje antes de anclar. En Guna Yala vi islas-pueblo, islas con dos cabañas, islas con palmeras, islas vacías.

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Un rato después de llegar tuvimos el primer contacto con los guna: las mujeres se acercaron al velero en canoas de madera para saludar y ofrecer sus artesanías.

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Lo primero que me llamó la atención fue la ropa. Qué colores. Qué diseños. ¿Se vestirían así para los turistas?

Después supe que no: los guna son uno de los grupos indígenas más tradicionales e independientes de América Latina. A pesar de haber estado en contacto constante con culturas europeas y americanas, nunca perdieron sus costumbres, cultura, idioma y creencias. Esas telas coloridas son parte de su vestimenta diaria.

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La sociedad guna es matriarcal, y los roles están bien definidos. Las mujeres se encargan de las tareas domésticas —cocinan, lavan, cosen, limpian y juntan agua de los ríos— y de administrar el dinero de la familia. Son ellas quienes confeccionan y venden las molas, el tejido tradicional de la comunidad (el mismo que usan en su ropa).

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Las abuelas transmiten las tradiciones del pueblo a las nuevas generaciones a través de cantos, bailes, consejos y enseñanzas. Las hijas mujeres son valoradas ya que traen hombres nuevos a la familia: después del matrimonio, el marido se muda con la familia de su mujer y trabaja durante varios años como aprendiz de su suegro.

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Los hombres, a diferencia de las mujeres, ya no se visten de manera tradicional. Ellos son los encargados de pescar y recolectar cocos: la economía de las guna está basada en la pesca, la agricultura y la venta de molas. Los hombres suelen salir a recolectar cocos a las cinco de la mañana, luego se dedican a pescar, a trabajar en los cultivos, a reparar las viviendas y a tallar utensilios de madera. Muchos cargan sus cayucos (canoas) con langosta, pulpo, cangrejos y peces y van de barco en barco ofreciendo la pesca del día. Hay otros, aunque son los menos, que se dedican a confeccionar molas con las mujeres.

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En cada isla hay un sector reservado para estacionar los cayucos, las canoas que los guna construyen y usan para ir de una isla a otra. Están construidos de un solo tronco y tallados con un machete. Todos los cayucos tienen remos y timón, y algunos una vela o motor fuera de borda. Son indispensables para la vida diaria: las mujeres los usan para ir a tierra firme o acercarse a los barcos, los hombres los usan para ir a las plantaciones de maíz y yuca y para pescar sobre los arrecifes.

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En las aldeas más chicas existe una tradición: cuando el último habitante de una familia muere, se quema la casa y se mandan sus cenizas al mar en una balsa.

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Una de las cosas que más me gustó de Guna Yala es que todos los establecimientos y servicios turísticos están manejados por los guna: no se permite inversión extranjera en las islas. No hay resorts, no hay free shops, no hay nada que pueda arruinar el medio ambiente. Las construcciones, además, están hechas con elementos tomados del entorno. Las casas son de bambú, madera y palma. La cocina suele estar fuera de la casa, y la cama —una hamaca paraguaya— adentro.

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El baño suele ser un cuartito de madera ubicado en un muelle sobre el mar, y la ducha es un balde de agua dulce y medio coco que sirve de recipiente. La electricidad es limitada: muchas familias usan paneles solares para abastecerse de energía. En algunas aldeas hay televisión, en las más chiquitas no.

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Una vez que se llega a Guna Yala, cada capitán decide en qué zona quedarse durante las dos noches que dura la visita. Nosotros anclamos frente a Chichimé, una isla con dos casas.

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Podíamos elegir si dormir en la cubierta del barco o en hamacas paraguayas en la isla. Yo prefiero el barco, me gusta sentir el movimiento del agua.

Pasamos esos días nadando, haciendo snorkel entre los corales, yendo de una isla a otra y charlando con la familia guna de Chichimé. Ahí vi uno de los peces más lindos de mi vida: azul-violeta con puntitos fluorescentes.

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En Chichimé aprendí acerca de las molas, el tejido tradicional de los guna. En lengua kuna, mola significa ropa. Estas telas son, además de una de las mayores fuentes de ingreso de la comunidad, parte de la vestimenta tradicional de las mujeres. Las molas, además, cohesionan a los guna como comunidad y les dan reconocimiento internacional. Muchos ejemplares están en museos de Europa.

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La técnica de confección de las molas es compleja: se cosen de dos a siete telas de distintos colores, una encima de la otra, y luego se las va recortando por capas para formar figuras. Existen dos tipos de molas: las turísticas y las tradicionales. Las turísticas suelen tener dos capas de tela, una sola gama de colores y dibujos figurativos (animales, plantas, escenas de naturaleza). Llevan más o menos una semana de trabajo y no tienen un tamaño predeterminado.

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Las molas tradicionales son mucho más elaboradas: están compuestas por formas geométricas, lineas, puntos y algunas figuras reconocibles (animales o plantas, por ejemplo). Se hacen con hilos de por lo menos seis colores y con varias capas de tela. Estas molas tienen el tamaño indicado para caber en las blusas de las mujeres y pueden llevar entre dos y nueve meses de trabajo. Son las que se exponen en museos.

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Uno de los habitantes de Chichimé me mostró esta mola que estaba confeccionando para su sobrino. Le pregunté si la vendía y me dijo que no. Las molas también se usan para mantener viva la tradición guna, ya que los diseños representan su cosmovisión. No hay dos molas iguales, todas se hacen a mano y los dibujos quedan a elección del artista.

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El master mola maker de Chichimé —como se presentó él— me contó que nunca había salido de las islas ni tampoco había ido a la escuela. Aprendió varios idiomas gracias a la visita de turistas de todas partes del mundo: además de su lengua, hablaba español e inglés y algunas palabras de italiano, francés y japonés. Todo lo que necesitaba para trabajar, me contó, lo encargaba por teléfono —sí, hay celulares— a otra isla o a Ciudad de Panamá. Le compré uno de sus trabajos, tengo esa mola en mi casa y es uno de los mejores recuerdos que me llevé de mis viajes.

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Se cree que los guna llegaron a la región tras emigrar de los bosques del Darién oriental y del norte de Colombia durante la conquista española. La Comarca Tulenega —que incluía al actual territorio de Guna Yala y a comunidades asentadas en Colombia— se formó por ley en 1870 en Colombia, pero cuando Panamá se separó en 1903, la comarca quedó dividida en dos, con la mayoría de los habitantes del lado panameño y el gobierno desconoció la ley. Durante los primeros veinte años de independencia de Panamá, los guna tuvieron enfrentamientos con los gobiernos nacionales, que quisieron “hispanizarlos” y erradicar su cultura.

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Las autoridades panameñas intentaron despojarlos de sus tierras, prohibir su idioma, desconocer sus costumbres y cambiar su vestimenta. En 1921 obligaron a las mujeres a sacarse el aro de la nariz —que reciben tras un ritual cuando llegan a la pubertad— y a occidentalizar su ropa, y las tensiones y enfrentamientos derivaron en la Revolución kuna de 1925. Finalmente, tras un tratado de paz, el gobierno panameño aceptó que los guna se autogobernaran y se comprometió a proteger sus costumbres. Así se creó la comarca indígena de Guna Yala.

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En Chichimé pasé unas horas jugando con un nene guna. Fue, creo, la primera vez que jugué con un nene con quien no compartía el idioma. Pero nos entendimos muy bien: él se escondía detrás de una palmera y yo lo buscaba, y después cambiábamos los roles.

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También hicimos dibujos en la arena con palitos.

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Y, con permiso de su mamá, le saqué algunas fotos.

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Esos días en Guna Yala —cuando fuí, todavía se llamaba San Blas— fueron de los mejores de mi viaje. O de mis viajes. Amo la playa, amo el mar, me encanta nadar, me encanta navegar, me pone muy feliz entrar en contacto con gente de otras culturas. Estaba en mi elemento.

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A veces me pregunto por qué me fui. Y a veces me pregunto si volver o no. Puede que ya no sea lo mismo. Quizá sea mejor guardar estos lugares en el recuerdo.

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie fotográfica “Recuerdos de Centroamérica”. Mi destino final era México, pero no pude llegar en ese viaje. Si estás viajando por Centroamérica y tenés el plan de seguir hasta México y visitar la Riviera Maya, te dejo una web con algunas ideas de qué hacer en Cancún. Odigoo Viajes es una agencia de viajes enfocada en ecoturismo, turismo de naturaleza y tours culturales, y busca generar alianzas con proveedores locales para promover un turismo sustentable. Algo cada vez más necesario en esta época. [/box]

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