Les presento “Usted está aquí”, mi nuevo libro, pensado para leer y completar durante un viaje

“Usted está aquí” es un libro para leer y completar: tiene relatos de mis 10 años de viajes por el mundo, así como preguntas, consignas y sugerencias para que vos lo completes mientras viajás. Es una invitación a reconectar con el papel, a dejar de lado las pantallas y a vivir el viaje con todos los sentidos (y emociones). En este post te cuento cómo surgió, cómo lo fui armando y dónde se consigue.

No recuerdo en qué parte de Buenos Aires estábamos —no sé por qué se me viene  a la cabeza Puerto Madero— ni qué día era —inicios de 2017. Recuerdo que estábamos sentadas al aire libre, recuerdo el cielo azul intenso y el brillo del sol rebotando sobre una hoja de mi cuaderno. Recuerdo a mi amiga Estefi diciéndome: “Quiero que hagas un libro donde en cada doble página haya de un lado un relato tuyo y del otro una consigna para completar. Se lo voy a proponer a la editorial”. Recuerdo que me volví a casa pensando: “No puedo esperar para empezar ese proyecto”.

Los journals (o, dicho correctamente, los guided-journals) son libros que empezaron a hacerse conocidos gracias a “Wreck this journal” de Keri Smith. Son libros interactivos, guiados, en los que el autor propone y el lector completa. En general tienen consignas de escritura, dibujo, fotografía, ceatividad y/o preguntas de autoconocimiento. Por eso, cada ejemplar terminado es único y refleja la personalidad e intereses del lector, quien lo llena a su manera. En un journal no existen respuestas correctas o incorrectas.

Descubrí los guided-journals en el 2014, cuando viajé a Liverpool (para saciar mi Beatlemanía), entré a la tienda de un museo y me encontré con lo que llamé un libro-cuaderno titulado “642 things to write about”. Pesaba como medio kilo y tenía las páginas casi en blanco, y en cada una había 1-4 consignas de textos para escribir. Me lo llevé y lo cargué durante meses en mi supuesta mochila minimalista (“los libros no pesan” era mi mantra). A partir de ese momento me volví fan de los journals y empecé a comprar todos los que se me cruzaron en el camino.

Mis dos compañeros de viaje offline por Moscú (2018): mi journal “Mapa subjetivo de viaje” y un cuaderno en blanco

Unos años después, en el 2017, decidí crear “Mapa subjetivo de viaje”, mi primer journal. Lo hice por necesidad: no había encontrado un diario interactivo para usar durante un viaje, y por eso hice el mío, casi a medida. Unos meses después, cuando la editorial en la que trabajaba Estefi aprobó su idea, nos pusimos a trabajar en el que luego sería “Usted está aquí. Un diario para explorar el mundo”. Formamos equipo: Estefi como editora, Vero Gatti como ilustradora y diseñadora y yo como autora de los textos y las consignas.

Lo que más tiempo me llevó (y una de las cosas que más disfruté) fue encontrarle la estructura interna al libro. Sabíamos esto:

  • Queríamos que el libro hiciese un recorrido escrito por mis 10 años de viajes (es decir, que tuviese relatos en primera persona en casi todas sus páginas)
  • Queríamos que cualquier persona se lo pudiese llevar de viaje y completarlo, sin necesidad de irse de viaje durante meses o años (es decir, que tuviese preguntas y propuestas aplicables a cualquier viaje)

Algunos de mis cuadernos de viajes

Una de las primeras cosas que hice fue releer mis cuadernos de viaje. Eso me ayudó a ponerme en el lugar de mi yo del pasado, a recordar qué pensaba y sentía cuando empecé a soñar con viajar, qué miedos tenía, qué preguntas me daban vueltas por la cabeza. Quería descubrir qué de todo lo que había vivido viajando podía pasarle a cualquiera que se fuese de viaje. Pensé en las etapas que atravesé, pensé en las emociones que sentí, en las preguntas, los descubrimientos, las dudas, las desilusiones, las vueltas, los aprendizajes. Pensé mis viajes en verbos, y terminé con esta lista como guía:

Etapa 1: planear / soñar
Etapa 2: llegar / sorprenderse / descubrir
Etapa 3: adaptarse
Etapa 4: preguntarse / desilusionarse / sentir
Etapa 5: aceptar / apropiarse
Etapa 6: volver / aprender

En un viaje, por más corto o largo que fuese, casi siempre había pasado por esas etapas internas. Así que ordené los futuros relatos del libro en torno a ese eje: el viaje interior.

Finalmente, cada capítulo quedó así:

📍La primera parte es puro wanderlust: el deseo de viajar, las ganas de irse a otro lado, los planes, las decisiones, los miedos, las certezas.

📍La segunda parte tiene que ver con las primeras impresiones, la llegada a un lugar desconocido, los sentidos que se activan, el estado de asombro y sorpresa constante.

📍La tercera parte es la adaptación a rutinas ajenas: comer, dormir, transportarse en una cultura distinta, y todas las reflexiones e historias que esas actividades tan cotidianas pueden generar.

📍La cuarta parte es el lado B, las desilusiones, las preguntas, las dudas existenciales, lo que no sale como esperábamos.

📍La quinta parte es cuando aceptamos, cuando nos apropiamos del viaje, nos olvidamos de lo que “deberíamos estar haciendo” y lo vivimos a nuestra manera, siguiendo nuestros deseos personales.

📍Y la sexta parte es el regreso a casa y todos los aprendizajes con los que volvemos.

Este es el mini escritorio en Biarritz en el que escribí este libro

Escribí los textos y pensé las consignas todavía en Biarritz, a lo largo del invierno (dos de mis libros salieron de inviernos vascos), y Vero fue diseñando e ilustrando cada capítulo a medida que se los entregaba (todo desde su interpretación personal, la parte visual fue creada desde cero por ella). El proceso completo (hasta que tuvimos el libro impreso en las manos) duró dos años. Cuando el libro por fin estuvo listo para entrar a imprenta, la editorial argentina que iba a publicarlo entró en crisis y el proyecto se canceló. El plan original era que el libro estuviese disponible en todas las librerías, quioscos de revistas y (tal vez) aeropuertos de Argentina. Con la rescisión del contrato, eso cambió. Finalmente, Vero y yo decidimos publicarlo de manera independiente, al igual que el resto de mis libros.

¿Por qué lo titulamos “Usted está aquí”?

El objetivo de este libro es invitarte a estar presente, a vivir el aquí y ahora de un viaje.

Cuando no viajábamos con tecnología era más fácil (no quedaba otra), pero ahora la hiperconectividad, las transmisiones en vivo y la foto para Instagram pueden hacernos perder el foco de lo importante. Por eso, este libro te invita a desconectarte de la pantalla, a reconectar con los sentidos y a registrar el viaje (y lo que sentís) en papel, solo para vos.

¿Qué diferencias (y similitudes) tiene con “Mapa subjetivo de viaje”?

  • El eje es distinto: “Mapa subjetivo de viaje – Un diario para documentar lo cotidiano y lo extraordinario de tus viajes” es un journal creativo pensado para completar antes, durante y después de un viaje. El diario te invita a olvidarte de “los imperdibles” y de “lo que hay que hacer” y a viajar a tu ritmo, en torno a tus intereses y gustos personales. “Usted está aquí. Un diario para explorar el mundo” hace un recorrido por las distintas etapas y momentos internos de un viaje: los planes, los miedos, el asombro, la adaptación, las desilusiones, las preguntas, los aprendizajes, y te invita a ponerte en contacto con todo lo que te pasa por dentro mientras viajás. Si “Mapa subjetivo de viaje” invita a mirar hacia afuera, “Usted está aquí” invita a mirar hacia adentro.
  • Cantidad de consignas: “Mapa subjetivo de viaje” tiene más de más de 70 consignas creativas para completar con textos, imágenes o collages, y el objetivo es que cada uno lo llene de sus historias personales, emociones y momentos vividos. “Usted está aquí” tiene más de 50 consignas para completar, la mayoría de ellas para escribir.
  • El contenido es distinto: “Mapa subjetivo de viaje” no tiene relatos, yo casi no aparezco como autora (excepto en el Manifiesto inicial). “Usted está aquí”, en cambio, tiene relatos escritos en primera persona por mí a lo largo de casi todas sus páginas.
  • Las ilustraciones son distintas: “Mapa subjetivo de viaje” está ilustrado por María Luque, y “Usted está aquí” por Vero Gatti.
  • El objetivo es el mismo: ambos diarios nacieron como un homenaje a los viajes offline, slow y de autoconocimiento. Mi objetivo es que cada persona llene las consignas como quiera, cree un ejemplar único de cada diario y, a la vez, se conozca mejor, reconecte con el papel y explore el mundo (o su ciudad) desde su óptica personal.

Son diarios que se complementan. :)

[box type=star] Ficha técnica:

Título: Usted está aquí – Un diario para explorar el mundo
Escrito por: Aniko Villalba
Ilustrado y diseñado por: Vero Gatti
Editado por: Estefanía Romano
Género: libro de relatos ilustrado, con consignas para completar por el lector
Temáticas: viajes, creatividad, slow travel, mindfulness
Páginas: 168
Interior: dos colores (amarillo y negro), papel de 120 gr.
Tamaño: 20 x 14 cm
ISBN: 9789878609829
País: Argentina, 2019, publicación independiente

En todas sus páginas hay:
📍relatos de los 10 años de viajes de Aniko Villalba
📍ilustraciones de Vero Gatti
📍consignas y ejercicios creativos para que el lector complete durante su viaje

Por ser una edición independiente y autogestionada por las autoras, el libro NO se consigue en librerías, solamente a través de estos puntos de venta:

Pedilo ahora desde acá. Y, si querés compartir alguna de sus páginas o seguir su recorrido en redes, podés usar el hashtag #UstedEstaAquiDiario

Mi segundo libro: “El síndrome de París”

Hace casi un año y medio que empecé a trabajar en este libro y ahora que está terminado me toca presentárselos y no sé qué decir. Es como cuando tuve que dar una conferencia acerca de mis viajes y al tomar consciencia de que estaba parada sobre un escenario con las luces apuntándome y el público esperando a oscuras me puse nerviosa y me olvidé de todo. Tengo tan naturalizado este libro que me cuesta mirarlo desde afuera. Y como ya lo van a leer, espero, tampoco tiene sentido que les adelante mucho. Además José, mi editor, no me deja ser tan anticipativa y explicativa. Ojalá que no esté leyendo este post, y si lo está haciendo es obvio que me lo está editando mentalmente.

Lo práctico:
mi segundo libro se llama “El síndrome de París”,
tiene 256 páginas,
seis capítulos,
está editado por José Sainz,
ilustrado por Vero Gatti,
es una edición independiente
y sale el 13 de abril.

El relato abarca mi último viaje largo, de casi dos años, por Sudamérica y Europa. La historia empieza en octubre de 2013, poco antes de irme de Buenos Aires, y termina en junio de 2015, después de vivir nueve meses en Francia. La contratapa dice así:

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Empecé a escribirlo en octubre de 2014 en mi escritorio de Biarritz, la ciudad francesa en la que viví, y lo terminé hace unos días en mi escritorio de Buenos Aires. En realidad lo empecé mucho antes, en nueve cuadernos que fui llenando en cafés, colectivos, casas ajenas, aeropuertos, veredas y plazas y que después releí y pasé en limpio. El post “El síndrome de París y el lado oscuro de los viajes” tiene mucho que ver con este libro, aunque ese texto fue el detonante de algo más grande.

Gran parte del libro salió de anotaciones hechas en estos cuadernos

Gran parte del libro salió de anotaciones hechas en estos cuadernos

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El proceso de trabajo fue muy distinto al de “Días de viaje”, que escribí y edité de manera intensiva en nueve meses en los que casi no me dediqué a otra cosa.

“El síndrome de París”, en cambio, fue tomando forma más despacio
mientras nadaba cincuenta idas y vueltas en la pileta,
mientras desidealizaba un estilo de vida,
mientras tenía miedo de desilusionar,
mientras buscaba respuestas acerca de la muerte,
mientras me sentía perdida
y me enamoraba de L
y llenaba journals
y abría un blog nuevo
y me volvía más loca de los cuadernos
y escuchaba llover en Biarritz.
Creció cuando frené,
cuando dejé de ser viajera y volví a ser lectora
y tuve un escritorio de vidrio en el que pegué post-it rosas con recordatorios de autores que admiro:
“Escribí borradores de mierda”,
“La buena escritura consiste en decir la verdad”,
“Escribí el libro que querés leer”,
Write hard and clear about what hurts”.
Y entendí que para escribir no hay más truco que sentarse todos los días,
no dejar de mover la mano
y permitir que el cuerpo duela.

En algún lado leí que escribir un libro es como en ir en auto por una ruta oscura. Solo se ven pocos metros pero son los suficientes para seguir avanzando y llegar a destino. Empecé “El síndrome de París” sin saber que se llamaría así, durante más de un año no tuvo nombre hasta que me di cuenta. Lo empecé con una idea y una estructura y terminó siendo otra cosa, es un libro que mutó mientras lo escribía, al igual que yo. En ese proceso fue muy importante tener un editor como José, que además de corregirme y orientarme hizo de psicólogo y coach motivacional. Hay escritores que tienen un censor interno, yo tengo un mini José que me habla cuando él no está: “Aniko, eso no, cambiá ese comienzo, esa frase está buenísima, ampliá esa imagen, extendé ese momento, no te permito publicar eso, si ponés esa palabra sacás mi nombre del libro”, y así. Es algo que le pasa a muchas autoras que trabajan con José, ya hicimos una reunión sin él y lo comprobamos. También fue muy importante tener a una ilustradora y amiga como Vero que supo entender la estética visual que buscaba para este libro.

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Este fue el primer adelanto que me mandó.

“Ya no puedo ver la tapa de tu primer libro”,
me dijo Vero, que también ilustró “Días de viaje”.
“Yo ya no puedo leer mi primer libro”, le dije.
“Mirá cuando digamos lo mismo de este,
que ahora nos encanta,
mirá cuando no podamos verlo más”.
Es parte de una evolución, supongo.
“Ya no sos la del primer libro”,
me dijo José en alguna de nuestras tardes de edición.
“Este libro es transformador”,
me dijo Andrea, que casi no me conocía, la segunda vez que me vio.
“Se publica para desenamorarse”,
leí, no sé dónde.
Y por eso debe ser que llegué hasta acá otra vez.

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Fragmento de otra de las ilustraciones del libro, by vero gatti

Soñé que la presentación era así:
iba muy poca gente,
mi papá decía mi sobrenombre de la infancia adelante de todos,
la presentadora se ponía nerviosa y se atragantaba,
José se escondía entre el público,
Vero también,
me dejaban sola,
había un empleado de supermercado anunciando las ofertas del día por altoparlante,
caía un satélite sobre el colegio de al lado
y una mujer avisaba que algunos de los autos estaban arruinados.
Abría las cajas y la imprenta me había mandado otro libro:
una novela gráfica escrita por un italiano.

Los espero el 13 de abril en Matienzo y veremos si todo eso se cumple. (Daré más info de la presentación cuando se acerque la fecha, por ahora agenden nomás). Y si quieren comprar el libro en preventa, ya está disponible en mi Tienda a precio especial y con regalitos (se entrega a partir del 13 de abril). Prometo que apenas salga de imprenta le sacaré un montón de fotos y hasta le haré un videíto para que puedan verlo más de cerca. Mientras tanto, a esperar.

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Escribir un libro… y presentarlo en sociedad

[box type=”star”]Este post pertenece a “Escribir un libro”, una serie que surgió por necesidad personal: así como alguna vez me fui de viaje por primera vez, sin tener idea de cómo hacerlo, una vez empecé a escribir mi primer libro sin tener mucha idea tampoco. Esta serie intenta mostrar los pasos que di para autopublicarme y los estados por los que pasé. Es un viaje literario por mis mundos de papel.[/box]

Simplemente este pequeñísimo post para contarles que este viernes 30 presento mi libro en el Mu (Hipólito Yrigoyen 1440, Ciudad de Buenos Aires) y que están invitados. Empieza a las 8 de la noche y la idea es que nos juntemos a charlar y relajarnos. Habrá una charlita, espacio para preguntas, mini expo de fotos, venta y firma de libros, amigos viajeros y buena onda. ¡Los espero!

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Escribir un libro (6): ingrávida

[box type=”star”]Este post pertenece a “Escribir un libro”, una serie que surgió por necesidad personal: así como alguna vez me fui de viaje por primera vez, sin tener idea de cómo hacerlo, una vez empecé a escribir mi primer libro sin tener mucha idea tampoco. Esta serie intenta mostrar los pasos que di para autopublicarme y los estados por los que pasé. Es un viaje literario por mis mundos de papel.[/box]

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Creo que estos últimos cuatro días viajé más en ascensor que durante mis 28 años de vida de edificio. Siempre viví en un piso 18, así que los ascensores forman parte de mi rutina desde que nací: para mí son uno de los medios de transporte más necesarios para salir al mundo real. Supongamos que paso, como mínimo, dos minutos por día en el ascensor, eso multiplicado por 365 días da 730 minutos, por 28 años da 20 440 minutos, lo que equivale a 340 horas o 14 días: es decir que pasé (por lo menos) dos semanas de mi vida solamente viajando en ascensor. Debe ser por eso que los ascensores forman parte de mis sueños (y pesadillas) recurrentes. Intento imaginar dos semanas en las que lo único que hago es subir bajar subir bajar subir bajar subir bajar subir bajar y siento que la vida pierde un poco de sentido. A estos 14 días de viaje en ascensor tengo que sumarle estos últimos cuatro, casi completos, porque toda esta semana lo único que hice fue bajar subir bajar subir bajar.

El ciclo ascensoril empezó el viernes pasado, cuando la imprenta me mandó los libros terminados a casa y tuve que bajar a buscarlos. Hacía tiempo que no estaba tan ansiosa. Unas noches antes, por ejemplo, había soñado que la imprenta me entregaba los libros el mismo día de la presentación: varias mujeres los traían en sobres marrones y se los iban dando a los invitados en bandejas, yo agarraba uno, rompía el sobre y veía una tapa que no era la de mi libro (era una foto fallada, como si le faltara la mitad del archivo). Me desesperaba: “¡Pero este no es mi libro! ¡Gente! ¡No es mi libro!”. Pero a nadie le importaba.
[singlepic id=7380 h=600 float=center] Esta es la última prueba de tapa que hizo la imprenta (y que yo en persona firmé y aprobé, así que no había chances de que saliera mal)

El encuentro cara a cara con la versión final de mi libro fue algo que, durante varios días, me generó pavor. ¿Y si estaba mal impreso? ¿Si encontraba un error descomunal de ortografía en la contratapa? ¿Si el papel que usaban no era el mismo? ¿Si se olvidaban de que la encuadernación era cosida? Cualquier cosa podía salir mal. La noche anterior me costó mucho quedarme dormida: no quería que las horas se me fueran tan rápido, no quería que se acercara el momento tan de golpe.

Al día siguiente, a eso de las 11 am, tocaron el timbre. Los 18 pisos en bajada se me hicieron eternos. En la planta baja me esperaba un hombre con varias cajas marrones cerradas. Me pidió que firmara un remito, las cargó en dos de los ascensores y se fue. Me metí en uno y subí, sola, con cuatro cajas. Como mi ascensor es lento y el tramo es largo, no aguanté: agarré la llave de casa y, cual asesina serial, clave la punta en la caja de más arriba y rompí la cinta scotch que la cerraba. La abrí con desesperación y ahí lo (los) vi: mi libro estaba tal cual lo había imaginado, incluso más lindo. Lo primero que hice fue sacar uno (el mismo que más tarde me autodediqué y puse en mi biblioteca), acariciarle la tapa (es muy suave) (tengo problemas de tactilidad extrema) y olerlo: tenía olor a libro (¿existe un olor mejor para un escritor? Deberían hacer perfumes de eso). Entré a casa cual madre primeriza que llega con su bebé recién nacido, guardé varias cajas en el cuartito donde trabajo y me quedé ahí sentada, rodeada de cientos de libros silenciosos que me miraban como diciendo: “Mejor que nos saques rápido de acá”. Me parecía (y me sigue pareciendo) algo muy raro saber que esos mil libros salieron de mí.

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Los días siguientes me dediqué a firmarlos. Más raro aún: ¿cómo se dedica un libro? ¿Existirá un taller de dedicatorias literarias para principiantes? Fui improvisando según lo que me generara el nombre y el país o ciudad de origen de quien me lo había comprado. Y, después del fin de semana largo, empezaron las primeras entregas de los libros comprados durante la preventa. Le dije a mis lectores de Buenos Aires que podían pasar de 9 a 21 durante los siguientes cuatro días para darles los libros personalmente, sabiendo que no podría moverme de mi casa (ni ir al baño, porque es sabido que el timbre suena cuando uno va al baño) durante esa franja horaria. Fue un concierto de timbrazos: sin exagerar, debo haber subido y bajado treinta veces por día. Lo bueno es que aproveché esos supuestos tiempos muertos de los viajes en ascensor mejor que nunca.

[singlepic id=7356 w=350 float=center]  Como se imaginarán, no tengo muchas fotos de estos últimos días. Este es el original de la ilustración que me hizo Vero Gatti para la solapa con mi pequeña biografía.

Cada vez que bajaba con un libro en la mano y el nombre de su futuro lector, me preguntaba con qué palabras o reacciones me encontraría abajo. Muchos se sorprendieron de verme (una de las lindas cosas de hacer un libro sin intermediarios es poder conocer a los lectores), algunos me abrazaron, otros me regalaron chocolate y libros, muchos me agradecieron por haberles respondido algún mail en el pasado, hubo hasta quien me preguntó qué almorcé y quién cocinó. Pero la pregunta más frecuente fue una: “¿Y cuál es tu próximo viaje?”. Y mi respuesta: “No sé, sólo sé que me voy pronto”. Qué lindo haber llegado a un punto en el que tengo que viajar para poder generar material nuevo.

Cada vez que bajaba con un libro, además, aprovechaba esos segundos en los que estábamos a solas (el libro de turno y yo) para mirarle detalles de la ilustración de la tapa (genia, Vero) o para leer algún párrafo al azar. Lo malo de haber escrito un libro es que me lo sé de memoria y dejó de sorprenderme hace tiempo. Siento, además, que no le va a sorprender a nadie y enseguida me dan ganas de escribir otro para tapar este. Sé que en unos años este libro ya no me va a gustar, pero como me dijo un amigo, es bueno que así sea, porque quiere decir que estaré evolucionando. Voy a dejar pasar bastantes años antes de releerlo porque no puedo mirarlo sin ojo crítico, no puedo abrirlo y no intentar encontrar un error (en uno de los tantos viajes en ascensor releí la contratapa y pensé: “Ay no, me equivoqué, veintidós no va con tilde en la o, soy una tarada, cómo no lo chequeé”, y entré corriendo a la página de la RAE para comprobar que ya me estaba volviendo loca). Mi antídoto contra esto es pensar en futuros libros (ya los estoy escribiendo en mi cabeza): “…quiero que tenga el mismo tamaño que este, para que sean como una colección, quiero que tenga más ilustraciones o fotos y que se llame de tal manera”.

[singlepic id=7377 w=625 float=center] Una lectora me regaló estas banderitas :) (¡gracias!)

En una de estas tantas subidas y bajadas, un vecino me dijo:

—¡Qué bien te va con Mercado Libre! Hoy ya te vi un montón de veces.

—Jaja, no, es que estoy vendiendo un libro.

—¿Y qué portal usás?

—Ninguno, tengo un blog y los vendo por ahí.

—Ah, ¿y el libro de quién vendés?

—El mío.

—¿Tuyo? ¡Felicitaciones! ¿Y de qué es?

—De viajes…

—Ahh, yo quiero viajar a China, así que te lo voy a pedir.

—Bueno, pero mirá que no es una guía… Son historias que me pasaron a mí.

—Uyy qué bueno, ¿y tenés página de internet? ¿Dónde te puedo buscar?

—Sí, viajandoporahipuntocom.

—¡Ahora te leo!

Y salió del ascensor. Y en ese momento me di cuenta de que las tres lucecitas que indicaban el peso que había en el ascensor se apagaron. O sea que yo, para el ascensor, o era una pluma o estaba casi flotando, porque su medidor indicaba que adentro no había nadie.

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La última en pasar a buscar su libro el viernes a la noche fue Vale, una lectora que conocí hace tiempo y a la que no veía hacía varios meses. La invité a subir un rato para charlar y desenchufarme (juro que estos días estuve trabajando por cuatro personas, necesito delegar). Hablamos de todo un poco, fuimos dejando que la charla tomara sus caminos, y en algún momento señalé mi libro y le dije: “Yo esto lo hice por mí, necesitaba cerrar un ciclo, darle un sentido a estos últimos cinco años”. Y ella me dijo: “Es como cuando a los nenes del jardín le dan una carpetita a fin de año con todos sus dibujos”. Claro (y ahí me di cuenta): acabo de pasar a primer grado. Terminé el jardín de infantes de los viajes. Ahora empieza la primaria, se vienen temas nuevos, más complejos, distintos. Seguramente en dos años (quiero escribir un libro cada dos años, o más seguido) mi mirada será otra y veré este primer libro con ternura, como el producto de una nena de jardín.

[singlepic id=7375 w=625 float=center] Estoy casi de bricolage en casa, armando fotopostales como loca.

Antes de irse, Vale vio un papelito que yo había escrito en algún momento de la tarde. Decía: “INGRÁVIDA” (lo hice después de que el ascensor no reconociera mi peso). Y me preguntó qué significaba. “Algo ingrávido no tiene gravedad, como que flota…”, le expliqué. Y ella tapó el “IN” y me dijo: “Grávida en portugués significa embarazada: pensé que era algo así como desembarazada.

Y sí, después de casi nueve meses de trabajo, me desembaracé.

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[box border=”full”]El próximo viernes 30 de agosto presento mi libro en el Mu (Hipólito Yrigoyen 1440, CABA) a partir de las 20 hs. Hablaré un poquito, expondré algunas fotos, habrá sorteos, venta y firma de libros, amigos viajeros y buena onda. La idea es quedarnos ahí charlando hasta que querramos. ¡Los espero![/box]

Escribir un libro (5): dejarlo ir

[box type=”star”]Este post pertenece a “Escribir un libro”, una serie que surgió por necesidad personal: así como alguna vez me fui de viaje por primera vez, sin tener idea de cómo hacerlo, una vez empecé a escribir mi primer libro sin tener mucha idea tampoco. Esta serie intenta mostrar los pasos que di para autopublicarme y los estados por los que pasé. Es un viaje literario por mis mundos de papel.[/box]

Pensé que este día no iba a llegar nunca, pero llegó: terminé el libro. Lo dejé ir. Si cuento desde el día que lo empecé a escribir (en Brasil), pasaron siete meses. Si cuento desde el día que lo empecé a pensar (antes de salir de Buenos Aires rumbo a Bolivia), pasaron más de cinco años. Si cuento desde el día que empecé a imaginar que tal vez un día escribiría un libro, supongo que pasó casi toda mi vida. Antes creía que lo más difícil era empezar a escribirlo: ahora sé que lo que más cuesta es terminarlo, liberarlo, dejarlo ser sin mí.

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Mi plazo para terminar mi libro era el 29 de julio, día de mi cumpleaños. Quería —por alguna de esas extrañas supersticiones, tal vez porque el 2 y el 7 son mis números preferidos desde siempre— terminar de escribirlo con 27 años y no con 28. ¿Qué importancia tendrá, no? Si al fin y al cabo sigo siendo la misma. Pero fue una buena motivación y cumplí el plazo. El 22 de julio llevé el archivo a la imprenta para que hicieran la primera prueba. Y, el 25, cuando vi mi libro impreso y encuadernado por primera vez, morí de amor.

Me encanta el color —“ahuesado”— y la suavidad —extra-soft (?)— del papel que le elegí, me encanta ver mis palabras impresas sobre páginas reales, me encantan la tapa y las ilustraciones que le hizo Vero, me encanta cómo quedan las fotos en blanco y negro. Y al releerlo por vez número ¿45? ¿63? y darme cuenta de que podía recitarlo de memoria, entendí que el momento había llegado: ya no podía leerlo más, era hora de lanzarlo al mundo. Así que le hice las últimas correcciones y, el 29, volví a la imprenta y di el ok final. Así que ahí está ahora, en su sala de parto de papel, pasando de ser uno a ser mil.

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Ilustraciones by Vero Gatti

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Torta cumpleañera (de mazapán, como corresponde) 

Y creo que llegó el momento de presentárselos como corresponde.

En el taller de narrativa de Orsai (el que hice durante los últimos tres meses y por el cual también estuve voluntariamente retenida en Buenos Aires), Pedro no nos permitía auto-prologar nuestros textos antes de leerlos en voz alta: es decir, nada de estar explicando, antes de tiempo, “este texto que voy a leer se trata de” o “esto lo escribí por” o “es muy malo pero es lo que me salió” ni “mejor los pongo en contexto y después leo”. Había que leer de una. El que diera explicaciones por adelantado tendría que poner una moneda invisible en el frasco imaginario. Así que estoy a punto de poner una tonelada de monedas invisibles de todos los países con tal de poder decir algunas cositas, aunque nada que rompa las sorpresas —que tampoco sé si las hay, pero… en fin—. Acá va.

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Libro, ustedes. Ustedes, libro.

***ALERTA: SPOILERS***

Mi primer libro se llama “Días de viaje – Relatos en primera persona”. Es un libro de texto y no de fotografía —si bien tiene algunas pocas fotos en blanco y negro—: aviso porque ya veo que muchos lo van a recibir, lo van a abrir emocionados y, al pasar las páginas van a gritar: “¡Pero no tiene dibujitos! ¡Devolveme la plata!”. (El libro de fotografía a todo color es un proyecto al que le tengo muchas ganas, pero será en un tiempito, ahora necesito disfrutar este.) Tiene 352 páginas —es medio gordito, pero liviano y transportable a la vez, ya verán— y es un intento de resumir o condensar estos últimos cinco años de viajes por América latina, Asia, Europa y África. Si se leyeron todo el blog de punta a punta, seguramente reconocerán varias de las historias —aunque mejor escritas y más cuidadas—: ojo, el libro no es un compilado ni un Viajando por ahí The Movie, sino que tiene un eje propio, pero varias historias nacieron acá, en este blog. Creo que lo escribí, ante todo, por una necesidad muy personal: para darle un sentido a estos últimos cinco años; para, en diez o treinta años, poder agarrar ese libro y decir: “Esto me pasó de los 22 a los 27”.
[singlepic id=7367 w=450 float=center] Esto que ven es la primera prueba del libro (la tapa, si se fijan, está hecha en papel y no en su material final, así que este está medio rústico pero quedará en mi biblioteca para siempre)

El título surgió por una característica muy mía: mi mala memoria. Soy incapaz de recordar los hechos por sus fechas —hasta me cuesta saber qué hice el miércoles pasado o el último febrero— y desde que empecé a viajar descubrí que mi calendario mental funciona mejor con “días” que con números o nombres, así que empecé a recordar lo que vivía como: “el día que hice tal cosa en tal lugar” o “el mes que viajé a tal país”. Reconozco al año 2008 como tal porque fue cuando me tomé un bus de ida hacia América latina. Recuerdo abril de 2010 como el mes que me fui a Asia. Pero también tuve hechos como “el día que crucé el Caribe en velero” o “la semana que tuve dengue” o “el día que cinco chinas me invitaron a tomar el té” y que jamás sabré con exactitud en qué fecha del calendario estándar (occidental) ocurrieron. Al viajar, creo yo (por lo menos esto me pasa), la unidad de tiempo que importa es el día: cada mañana, al despertarme estando de viaje, sé que durante las próximas 24 horas van a pasarme cosas que ni me imagino, sé que cada día va a ser distinto al anterior. Por eso quiero pasarme la vida viajando. Para no aburrirme.

[singlepic id=7368 w=450 float=center]  Sin ponerse de acuerdo, en mi cumple me regalaron dos globos: uno, el rojo grandote de la foto, otro, el globo aerostático que ven acá. Se ve que todo indicaba que era el momento de dejar ir a mi libro cual globo…

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Ahora que el libro está en imprenta siento que me sobra el tiempo y no sé muy bien qué hacer. Será que es hora de pensar en volver a viajar.

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Tengo ganas:

De viajar.

De retomar este blog.

De escribir otro libro.

De viajar.

De sacar fotos.

De volver a viajar.

¿Ya dije que tengo ganas de viajar?

Espero que sea como andar en bicicleta: una de esas cosas que uno nunca olvida cómo hacer.

[box type=”star” border=”full”]Cómo conseguir el libro: “Días de viaje” está a la venta en mi Tienda online. Lo compran por ahí y va por correo a todo el mundo.[/box]

[box border=”full”]Este post es el último (creo) de la serie “Escribir un libro”

Escribir un libro (1): mundo de papel

Escribir un libro (2): etapas y miedos

Escribir un libro (3): qué leo mientras escribo

Escribir un libro (4): el insomnio, el falso jet-lag y oh los trolls

Escribir un libro (5): dejarlo ir [/box]

Escribir un libro (4): el insomnio, el falso jet lag y oh los trolls

[box type=”star”]Este post pertenece a “Escribir un libro”, una serie que surgió por necesidad personal: así como alguna vez me fui de viaje por primera vez, sin tener idea de cómo hacerlo, una vez empecé a escribir mi primer libro sin tener mucha idea tampoco. Esta serie intenta mostrar los pasos que di para autopublicarme y los estados por los que pasé. Es un viaje literario por mis mundos de papel.[/box]

Volví.

Bah, en realidad nunca me fui de la computadora (qué triste), pero hace 24 días que no escribo acá. Creo que en estos tres años nunca dejé pasar tanto tiempo sin subir un post. Es que estoy en un estado medio zombi (zombi sedentario, encima): hace 24 días que casi no duermo. Nunca tuve tanto insomnio, dudas, preguntas y mareo: siento jet-lag sin haber viajado. Falso jet-lag (de los peorcitos que existen, porque ni siquiera tuvieron viaje que los provocara). Y hablando de viajes, hace mucho que no me voy por ahí. (Tengo miedo de haberme olvidado de cómo se viaja). Todo perdió un poco de sentido.

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(Aviso: las fotos de este post son instagrameras porque ahora, como si fuera poco,
también estoy en Instagram. Así que capaz que no tienen mucho que ver con el texto pero son lindas para poner de fondo.)

Estos 24 días se pasaron tan rápido que no pensé que fueran tantos: recién los conté en el calendario y dije FAH. No puede ser. Durante este silencio de blog estuve acá, en el teclado y frente a la pantalla, pero haciendo otras cosas. Cosas no virtuales, porque a veces lo virtual medio que me cansa. Vamos a lo práctico: les cuento un poco qué hice con respecto al libro en esta recta final (por si alguno está haciendo lo mismo y necesita una pequeña guía o, por lo menos, compañía para no sentirse tan solo):

* Busqué imprenta (les aseguro que entrar a una imprenta que te gusta es una sensación muy linda, casi de enamoramiento).

* Elegí el papel para el interior y la terminación de la tapa (va a ser muy suave. Soy muy táctil, así que mi libro tiene que ser muy suave).

* Saqué el ISBN (algo así como el documento de identidad del libro) (por si lo necesitan, en Argentina se gestiona acá www.camaradellibro.com.ar y es un trámite fácil y rápido).

[singlepic id=7343 w=450 float=center] Respiré: ooohmmm…

* Busqué lugar donde presentarlo en agosto (estoy en eso, ya daré novedades y haré la invitación formal) (espero que sea donde yo creo que va a ser) (ah, y convenceré al lugar donde sea que vaya a ser de que me deje hacer una expo de fotos en conjunto).

* Me reuní con mi editora e ilustradora (genias ambas, qué haría sin ellas).

* Me armé una tiendita online para gestionar la venta del libro desde ahí (horas leyendo tutoriales y mirando videos).

* Me di una vueltita por la FLIA (Feria del Libro Independiente) para ver qué onda (y encontré muchas cosas lindas y más ganas de ver a mi librito en persona).

[singlepic id=7349 w=550 float=center] Y me encontré, por ejemplo, con el arma de instrucción masiva que ronda por Buenos Aires

* Intenté vivir sin pensar en el libro (no pude).

* Releí y me autoedité como nunca en mi vida. Y ahí fue cuando dejé de vivir y de salir de mi casa y todo empezó a perder un poco de sentido. Llega un momento en que hay que largar, dejar que el libro siga su curso, y a mí ya me llegó la hora. El otro día volví a releer las 350 páginas (sí, es larguito) en tres días y cuando terminé no sabía dónde estaba ni cómo me llamaba. Salí de casa y casi me pisa un auto. Sentí que necesitaba vacaciones de mí misma.

[singlepic id=7336 w=450 float=center] Y trabajé en compañía de este gatito (a falta de uno real)

Pero en estos 24 días (y antes también), me pasaron otras cosas, más allá del libro en sí. Leí por ahí, por ejemplo, que Borges se autopublicó su primer libro y, para hacerlo conocido, se fue a la reunión de no me acuerdo qué club o revista literaria y le pidió al dueño que discretamente deslizara un ejemplar en cada sobretodo del guardarropas. Así se aseguraba de que alguien lo leería. Esa historia me recordó que todos empezaron de cero: ningún escritor nació con su libro terminado bajo del brazo. Y es bueno tener eso en mente (sobre todo los que recién empezamos).

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Estos días descubrí, también, que tengo una legión de trolls viviendo en mi interior. Van en tren por mi cabeza gritando cosas que sólo yo escucho. No paran de hablar nunca, ni siquiera cuando duermo, y como se van moviendo de un lado a otro es difícil atraparlos (mucho menos callarlos). Juntan las dos manos, forman un megáfono y, con los pelos al viento, disparan: “Tu libro es una cacaaaaa”, “a nadie le van a interesar tus cosaaaas”, “eso ya lo leyeron en el blooooog”, “taradaaaaa”, “qué te hacés la escritora vooooooos”. Y me sacan la lengua. Eso es lo peor: me sacan la lengua y se burlan. Tengo un troll para cada día. Troll Story. Y cuando pienso en este ejército de trolls que vive en mi cabeza (espero no ser la única que los tiene) me doy cuenta de que a veces no hay nadie peor que nosotros mismos a la hora de criticarnos, de meternos miedos, de hacernos dudar. Los temores más difíciles de superar son los autoinfundados. Yo estoy aprendiendo a convivir con mis trolls (eso sí: trato de darles cada vez menos de comer). Sino pasa esto:

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Ya sé:

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Los últimos tres meses me quedé quieta en Buenos Aires, además de por el libro, por otra razón: cursé, durante 12 viernes, un taller literario. Y no cualquier taller: uno de los “masters” de Orsai (revista/editorial/bar/blog/detodounpoco a la que hago odas y alabanzas cada vez que puedo), a cargo de Pedro Mairal (si no lo leyeron, les recomiendo El gran surubí: una novela en sonetos, una historia enorme condensada en las palabras necesarias). Encontré, todos los viernes, un huequito de Buenos Aires en el que me sentí cómoda y que me ayudó a no pensar tanto en viajar. El taller se terminó hace unos días (snif) y, casi a la vez, también se terminó mi libro: va a imprenta la semana que viene. Ya nace.

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Eso quiere decir que se cierra un ciclo y se vienen cosas nuevas, nuevos viajes, nuevas historias. Ya siento necesidad de partir hacia otros rumbos (no me importa cuáles, mientras no sea esta silla y esta ventana que ya me conozco de memoria). Y siento necesidad de hacer cosas nuevas. El otro día le dije a Damián: “Me parece que cuando mande el libro a imprenta no voy a saber qué hacer con tanto tiempo libre”, y enseguida me respondí (porque ni siquiera lo dejo responder, estoy en un estado en el que me respondo a mí misma): “Ya sé, voy a empezar otro libro”.

Tengo muchas ganas de seguir con los libros, es el formato de escritura que me gusta.

Y tengo muchas ganas de seguir con los viajes, es el formato de vida que amo.

[singlepic id=7353 w=450 float=center] Los atardeceres desde mi ventana son espectaculares (por suerte), pero ya está: necesito ver el sol desde otro ángulo, desde otra parte del mundo.

Así que, como siempre, gracias por la paciencia. Soy una persona a modo de prueba y hacer cada cosa me lleva su tiempo. Cuando el libro esté en mis manos lo presentaré como corresponde, no antes (una nunca sabe, vio). Lo bueno de estos 24 días en silencio es que ya estoy 24 días más cerca de volver a viajar. Espero, como dije al principio, no haberme olvidado de cómo se hace.

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En la FLIA me encontré con esta lindísima ilustración de Gabi Rubí y sentí que esto es lo que necesito: un boleto para viajar a donde sea que tenga que estar. El lugar me llamará solo…

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[box border=”full”]Este post forma parte de la serie (bastante desordenada por cierto) “Escribir un libro”

Escribir un libro (1): mundo de papel

Escribir un libro (2): etapas y miedos

Escribir un libro (3): qué leo mientras escribo

Escribir un libro (4): el insomnio, el falso jet lag y oh los trolls

Escribir un libro (5): dejarlo ir[/box]

Escribir un libro (3): Qué leo mientras escribo

[box type=”star”]Este post pertenece a “Escribir un libro”, una serie que surgió por necesidad personal: así como alguna vez me fui de viaje por primera vez, sin tener idea de cómo hacerlo, una vez empecé a escribir mi primer libro sin tener mucha idea tampoco. Esta serie intenta mostrar los pasos que di para autopublicarme y los estados por los que pasé. Es un viaje literario por mis mundos de papel.[/box]

Sé que estoy silenciosa. Es que estoy leyendo mucho. No puedo pasar un segundo sin tener una página —o una pantalla— escrita frente a los ojos. Viajar en colectivo me parece el mejor programa del mundo —especialmente si hay tráfico y embotellamiento y va bien lento— porque me permite tomarme esa media hora, cuarenta minutos o dos horas para leer un libro sin interrupciones (excepto la vez que decidí no leer y me puse a escribir lo que me pasaba por la cabeza). Me encanta usar cualquier tiempo de espera para leer. Lo peor de esto (que es una adicción, lo acepto) es que no puedo leer un solo libro a la vez: yo leo varios. Tiene mucho que ver con mi manera de ser: yo soy de esas que abren treinta (a veces más) pestañas en el Chrome y tiene la mente enfocada en treinta cosas distintas. Multitasking le dicen. A mí me sale bárbaro. Por eso con los libros soy igual: no leo uno y después otro, sino que leo varios a la vez, voy mechando, leo un cuento por acá, un poema por allá, un artículo en un blog, tres capítulos de una novela y después confundo libros, me olvido quién escribió qué y todo se me mezcla. Pero me encanta.

 

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En estos meses, mientras escribía mi libro, leí mucho. Retomé ese hábito incontrolable de leer todo lo que tuviese cerca. La mayoría de estos libros me encontraron a mí (más que yo a ellos), así que comparto algunos títulos con ustedes, por si les interesa (son varios y hay de todo un poco).

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– El camino del artista (Julia Cameron). Este no es un libro que se lee sino que se transita. Es un curso de creatividad, un libro que ayuda a entrar en contacto con nuestros deseos (o sueños, o capacidades, o talentos) y ponerlos en práctica. Lo empecé hace varias semanas pero voy de a poco. Lo que más me gusta (aunque no todos los días lo hago) es la propuesta de las morning pages (o “páginas matutinas”): escribir, todas las mañanas, tres páginas de fluir de conciencia. Sin pensar, sólo escribir. Les aseguro que salen cosas muy interesantes. Gracias Nati por recomendarme este libro.

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– Mientras escribo (Stephen King). Empecé a leer a Stephen King cuando tenía doce o trece años. Me devoraba sus novelas. Con el tiempo lo abandoné y, después de unos diez años sin leerlo, me encontré con uno de sus libros en el momento justo. Me leí casi todo On writing (en inglés) de un tirón, en el avión de ida a Sudáfrica. Lo leí en la pantalla y no pude subrayar nada, pero me acuerdo que sentí varias cosas: una, que Stephen King lo escribió con un lenguaje muy cercano (tan cercano que sentí que me estaba contando su vida mientras tomábamos un café), dos, que esa cercanía me ayudó a verlo como una persona con miedos, dudas, aciertos y fracasos como cualquier otra, y tres, que todo eso me hizo sentirme acompañada en el oficio de escribir. Un libro para tener siempre por ahí, cerquita.

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– APE (Author, Publisher, Entrepreneur): How to publish a book (Guy Kawasaki y Shawn Welch). Una obra de referencia para cualquiera que esté pensando en escribir un libro y en autoeditarselo. Kawasaki y Welch explican cómo ser tu propio autor, editor y emprendedor y cómo auto-publicar tu libro. El libro toca temas como por qué sí y por qué no escribir un libro, la industria editorial tradicional versus el self-publishing (publicación independiente), ventajas y desventajas de publicar de manera independiente, la revolución de los ebooks, etapas de escritura, errores comunes, canales de distribución, entre muchos otros. Muy útil para quienes, como yo, empiezan a meterse en el mundo de la publicación autogestionada. Gracias Andres por la recomendación.

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– If you want to write: A book about Art, Independence and Spirit (Brenda Ueland). Este es un libro al que llegué de casualidad, a través de APE (el anterior). En el capítulo dedicado a la escritura, Kawasaki dice que If you want to write (traducido al español como “Si quieres escribir”) es su obra de referencia y el libro que siempre lee antes de empezar a escribir, así que me intrigó y lo compré en ebook. Brenda Ueland (periodista, escritora, editora, profesora) lo escribió en 1938 y, además de hablar de escribir en sí, habla acerca de la creatividad que todos tenemos adentro. Lindo libro para darse cuenta de que todos tenemos los mismos miedos y para animarnos a escribir con sinceridad.

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– La nieta del Señor Linh (Philippe Claudel). Este es un libro que se puede leer en una tarde y que logra desarmar a cualquiera por la simpleza y la ternura con la que está escrito. Es la historia del señor Linh, un anciano que perdió todo en la guerra y que se exilia en barco con una valija y Sang Diu, su nieta de seis semanas. Ambos llegan a un país nuevo (no se sabe a cual, la historia está escrita con muy pocos datos concretos) y tienen que adaptarse a un lugar donde no conocen el idioma y no tienen a nadie. Es una historia que me hizo sonreír, llorar y sentir impotencia, todo a la vez. Gracias Lau por prestarme este libro.

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– Oliverio Girondo, Antología. No sé mucho de poesía, pero cada vez me gusta más leerla. Hace un tiempo vi una película que se llama “El lado oscuro del corazón” donde gran parte de los diálogos son poesías de Girondo, Benedetti y Juan Gelman, y después de eso me compré este libro. La parte que más me gusta es la que pertenece a su obra Espantapájaros, de 1932. Me parece que no hay mejor manera de insultar a alguien —con altura, claro está— que dedicándole el poema “Que los ruidos te perforen los dientes”.

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– La vida de Pi (Yann Martel). Descubrí a Yann Martel de casualidad, cuando me encontré con un libro suyo, abandonado, en la habitación compartida de un hostel laosiano. El libro en cuestión era “Self”. Lo leí, investigué un poco al autor (me encanta investigar la vida de los autores y de los actores) y me enteré de que había escrito una obra muy elogiada: La vida de Pi (que en el cine se estrenó como Una aventura extraordinaria). Me compré el libro en España y lo leí en la playa de Brasil. Lo devoré. Es un libro que no pude dejar hasta terminarlo. Si bien el final da vuelta la historia lo que más me gustó es que cada cual puede elegir cómo interpretarlo, al igual que cada cual puede elegir cómo relatarse su propia vida.

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– Un mundo feliz (Aldous Huxley). Este es un libro que leí tres veces, en tres momentos muy distintos de mi vida: durante el colegio secundario, en la universidad y ahora, hace unas semanas. Algo me hizo volver a él, ya no me acuerdo qué, pero le hice caso a esa voz que me decía que volviera a leerlo. Como tengo muy mala memoria, no me acordaba de mucho, así que disfruté (o más bien padecí) la historia de ese mundo distópico por tercera vez. En el capítulo 18 Bernard le pregunta a John, el salvaje: “¿Te sentó algo mal que comiste?”, a lo que John responde: “Sí, comí civilización. Y me sentó mal; me enfermó”.

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– Una geografía del tiempo (Robert Levine). Otro libro que llegó a mi vida de casualidad. Entré a una librería para comprarle un libro a una amiga y lo vi. El título me llamó la atención y el subtítulo (“o cómo cada cultura percibe el tiempo de manera un poquito diferente”) aún más. El autor habla acerca de algo que fui notando en mis viajes pero a lo que nunca supe ponerle nombre: las distintas percepciones del tiempo de cada cultura (por algo en algunos lugares se vive con más lentitud y en otros con más acelere, o en ciertas sociedades está mal visto ser impuntual y en otras es normal llegar tarde). Según él, el tiempo forma parte de un lenguaje silencioso que es muy difícil de aprender y que siempre afecta al viajero. Una de las distinciones más interesantes es la que hace entre las culturas que viven según “el tiempo del reloj” y “el tiempo de los acontecimientos” (o de la naturaleza).

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– Elogio de la lentitud: Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad (Carl Honoré). Este libro sigue la linea del anterior, aunque habla más que nada acerca de la revolución de lo slow y muestra cómo en muchos lugares del mundo la gente está desacelerando su estilo de vida y viviendo con menos velocidad. Me hizo acordar mucho a mis días en el desierto, donde el lema de la gente es: “La prisa mata”.

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– Orsai y derivados. Soy fan de la revista Orsai (y de todo lo que se formó a su alrededor) y últimamente la estoy mencionando mucho. Para los que no la conocen, Orsai es una revista creada por Hernán Casciari, escritor argentino que vive en España, y que “desafía” a la industria editorial actual y demuestra que hacer una revista de calidad, con notas largas y sin ningún tipo de publicidad e intermediarios es posible. Ya van por la número 13 y dudo que frenen. Lo malo de leer Orsai es que me genera ganas de leer más textos de todos los autores que escriben ahí, y eso hace que no tenga tiempo de tener vida social. Así que además de Orsai estuve leyendo bastante a Casciari (“El pibe que arruinaba las fotos”, “España decí alpiste” y “Charlas con mi hemisferio derecho”) y a Pedro Mairal (autor de “El gran surubí”, una novela escrita en sonetos que les recomiendo muchísimo).

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– Haruki Murakami: después del terremoto. Murakami es uno de mis escritores preferidos y su género, el realismo mágico, es uno de los que más me atrapa. Este libro lo acabo de empezar, así que todavía no puedo decir mucho. Son seis cuentos que surgieron a causa del terremoto de 1995 de Kobe (Japón) y que están escritos con ese estilo tan humano, simple y atrapante de Murakami.

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– Viajes y otros viajes (Antonio Tabucchi). Este es el último libro que me compré y otro de los que estoy leyendo en este momento. En la introducción, Tabucchi dice: “He viajado mucho (…) y lo siento como un enorme privilegio, porque posar los pies en el mismo suelo durante toda la vida puede provocar un peligroso equívoco, el de hacernos creer que esa tierra nos pertenece, como si no la tuviéramos en préstamo, al igual que todo en la vida lo tenemos en préstamo”. Es un libro que estoy leyendo con un lápiz en la mano y que no puedo parar de marcar: “El deseo de conocer nunca es bastante”, “La escritura es un viaje fuera del tiempo y del espacio”, Viajando, uno se topa sobre todo con los vivos”, “Me gustaba mucho leer el viaje en los rostros de los demás”, “Las únicas fronteras que no cambiarán nunca son las del cuerpo humano”. Un libro y un escritor que me hacen sentirme muy acompañada en mis viajes en colectivo y en mis viajes por el mundo.

Creo que, después de viajar, leer es una de las cosas más lindas del mundo.

 

[box border=”full”]Este post forma parte de la serie (bastante desordenada por cierto) “Escribir un libro”

Escribir un libro (1): mundo de papel

Escribir un libro (2): etapas y miedos

Escribir un libro (3): qué leo mientras escribo

Escribir un libro (4): el insomnio, el falso jet lag y oh los trolls

Escribir un libro (5): dejarlo ir[/box]

Escribir un libro (2): etapas y miedos

[box type=”star”]Este post pertenece a “Escribir un libro”, una serie que surgió por necesidad personal: así como alguna vez me fui de viaje por primera vez, sin tener idea de cómo hacerlo, una vez empecé a escribir mi primer libro sin tener mucha idea tampoco. Esta serie intenta mostrar los pasos que di para autopublicarme y los estados por los que pasé. Es un viaje literario por mis mundos de papel.[/box]

Debo ser una de las personas más miedosas que conozco, aunque no lo crean.

Unos días antes de salir de viaje por primera vez (allá por enero de 2008) me tiré sobre la cama, me largué a llorar cual nena chiquita y le dije a mi mamá que no me quería ir. Tenía miedo. Estaba muy asustada: ¿y si todo lo que me había dicho la gente era verdad? ¿Si me pasaban cosas horribles durante el viaje? ¿Si el mundo era malo como muchos me lo habían pintado? ¿Si me moría en algún país desconocido? De repente, la idea de irme sola por ahí me generaba horror. Y eso de tener que escribir mis experiencias en un blog de viajes (no este, el anterior) que iba a ser leído por cientos (tal vez miles) de extraños me generaba más horror aún. ¿Y si no estaba a la altura de mis propias expectativas? ¿Y si a nadie le gustaba lo que escribía? Unos días después, me enfrenté a ese miedo y me fui. Por suerte.

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Ahora estoy igual que aquella vez, pero con mi libro. Tengo miedo. Estoy aterrada. Me voy a dormir pensando en que voy a enterrar el borrador para que nunca salga a la luz, voy a cambiarme el nombre, voy a cambiar el nombre de mi blog y volveré a empezar de cero en otro planeta. ¿Qué se yo acerca de escribir un libro? Nada. ¿Por qué se me ocurrió hacer algo así? No sé. ¿Todavía estoy a tiempo de cancelar todo? Sí.

Cumplir sueños puede dar (mucho) miedo. Siempre es más fácil quedarse donde uno está, con todas las certezas y la supuesta seguridad. Empezar algo nuevo implica ir por un camino no señalizado que puede llevarnos a cualquier lugar. Yo tuve miedo de empezar a viajar y ahora tengo miedo de publicar mi primer libro: es decir, sentí miedo de hacer las dos cosas que más soñé en mi vida. Por suerte me animé a viajar (y no se crean que porque soy valiente, porque no lo soy, sino porque había algo más fuerte que yo que me impulsaba a irme). Ahora estoy tan cerca de darle vida a algo que tanto esperé que no puedo evitar sentir miedo y ansiedad. Debe ser algo de primeriza, espero.

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Y para hacer algo de catarsis y ordenar un poco lo que viví en estos últimos seis meses, comparto con ustedes las etapas por las que pasé mientras escribía mi libro.

0. Anotaciones sueltas en aeropuertos: “Esto tal vez me sirva para algún libro”

No me pregunten por qué, pero empecé a escribir los primeros fragmentos de mi libro en aeropuertos. En realidad no escribía esos textos pensando en este libro, sino en algún libro que alguna vez haría en el futuro. Por lo general, en los aeropuertos tenía varias horas de espera y no tenía internet, así que aprovechaba esos momentos para escribir. En el aeropuerto de Londres, por ejemplo, a mi vuelta de República Checa, llené varias páginas. Hice eso durante todo el 2012, pero el resultado no eran más que palabras sueltas, posts en blogs y anotaciones en cuadernos. No sabía cómo uniría todo eso ni cuándo.

*

1. La revelación en el metro: “¡Ya sé!”

Ocurrió en un metro de Barcelona y fue lo más parecido a un grito de Eureka! Hacía tiempo que quería escribir un libro de viajes pero no le encontraba la vuelta, no sabía alrededor de qué ejes ordenar todo el material que tenía y eso no me permitía empezar. Pero una tarde en Barcelona me iluminé, saqué el cuaderno de turno y anoté todas esas ideas que iban apareciendo en mi cabeza. De repente sabía qué quería decir y cómo. Elegí las historias que contaría, anoté los temas que quería tratar. Era diciembre de 2012. Esa tarde me encontré con un amigo, nos sentamos a tomar un té y le dije: “Empecé mi libro”.

*

2. Miedo a la página en blanco: “Mañana empiezo”

Empezar a escribirlo fue lo más difícil. Tardé semanas. No tenía el miedo a la página en blanco sino el miedo a las trescientas páginas en blanco. No sabía por dónde empezar, tenía mucho material, mucho para decir y no sabía ni cómo empezar a decirlo. Lo peor era que cada vez que me sentaba frente a la computadora terminaba navegando en internet y me perdía en el Triángulo Virtual de las Bermudas. La distracción siempre estaba a una pestaña de distancia. Cuando volvía a tierra firme me daba cuenta de que tenía otras cosas que hacer y, al final, lo urgente siempre le ganaba a lo importante y mi libro quedaba para mañana.

*

3. Escribir sin pensar y que fluya: “Me encanta esto”

Empecé a escribir de verdad en el lugar donde menos planeaba empezar: en Brasil, durante mis vacaciones en Florianópolis. Me llevé la compu pensando que no la iba a prender, pero terminé escribiendo cada tarde en una terraza frente al mar. En esa etapa escribía lo que me saliera: ideas, textos enteros, borradores, fragmentos, listas. Dejaba que la escritura fluyera, no pensaba demasiado, no corregía nada, solamente comenzaba a darle forma a una idea. Nunca fui muy ordenada así que empezaba capítulos por el medio, copiaba y pegaba textos de mi blog, copiaba textos de mis cuadernos, los reescribía, los acortaba, los estiraba. Lo más difícil era ordenar todo el contenido, dividirlo en capítulos, decidir qué poner y qué no, pero en ese momento no me preocupaba tanto por eso, solamente escribía acerca de los temas que más me gustaban. Y lo disfrutaba.

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4. Escribir un poco más en serio: “Es imposible”

Brasil debió haber tenido un efecto mágico, porque cuando volví a Buenos Aires inmediatamente me bloqueé. Me costó mucho retomar, escribir tantas páginas me parecía algo imposible y me resultaba muy pero muy fácil distraerme. Me llevó unas semanas generarme la rutina de la escritura y cuando me metí no salí más. Empecé a pasar entre ocho y doce horas seguidas frente a la computadora: me despertaba, desayunaba y hasta que no me iba a dormir no me levantaba del asiento. Fue la etapa en la que empecé a recordar mis viajes con más detalle y a sentir que estaba volviendo a recorrer todos esos caminos sin salir de mi casa. Creo que fue la parte más linda y más difícil.

Quiénes me ayudaron en esta etapa (que duró unos meses): Freedom (una aplicación que les recomiendo mucho y que permite cortar la conexión de nuestra computadora a internet por las horas que querramos) y Scrivener (el software de escritura que uso y que le recomiendo a cualquiera que escriba).

*

5. Primera relectura: “Esto es una mierda”

Escribí el primer borrador sin releerme demasiado. Fui cambiando los capítulos de lugar, dividí el libro en tres grandes partes y trabajé en cada parte por separado. Cuando consideré que había terminado el primer borrador (un esqueleto básico y medio enclenque), releí todo lo que había escrito. Si bien hubo cosas que me gustaron, lo primero que pensé fue: “Esto es una mierda” y me deprimí. Estuve a punto de borrar todo y olvidarme del asunto.

*

6. Auto edición: “Bueno, no estaba tan mal, pero ahora está un poco mejor”

Después de releerme y de amigarme con lo que había escrito, empecé a autoeditarme. Durante esta etapa me di cuenta de que además de escribir, me gusta mucho editar. Me encanta podar el texto, recortarlo, sacarle todo lo que sobra. Lo más lindo fue reencontrarme con fragmentos que ni me acordaba de haber escrito y, después de sorprenderme (porque algunos me gustaron bastante), ser capaz de mejorarlos, de pulirlos. Creo que una de las mejores maneras de editar un texto es dejarlo descansar por unos días o semanas (o meses incluso) y después volver a él como si fuese un desconocido.

En esta etapa estoy todavía, en la autoedición número mil, y todavía me faltan un par de relecturas para sentir que está listo (aunque probablemente nunca esté listo del todo). Después de mí pasará a otra editora (o, mejor dicho, a una de verdad) y a diez amigos que ofrecieron leerlo y darme su opinión.

*

7. Publicación inminente: “Ya quiero tenerlo en mis manos” vs “No quiero que esto salga nunca a la luz”

Los sentimientos son contradictorios: por un lado quiero tener mi libro ya, por otro no quiero terminar de escribirlo nunca. Quiero verlo listo y a la vez quiero enterrarlo y no publicarlo. Pero supongo que, una vez que esté terminado, va a ser lindo desprenderme de él ya que va a tomar vida propia y va a empezar a viajar por ahí, de mano en mano, de ojos en ojos… Y una vez que lo termine podré pensar en futuros libros y en futuros viajes.

Cada vez falta menos pero todavía me queda mucho por resolver. Estoy en busca de imprenta, así que cualquier dato que puedan darme (de imprentas en Buenos Aires) les agradezco mucho. Espero poder empezar la preventa en junio y sacarlo en julio, antes de mi cumple (el 29). Si quieren ir reservando el suyo, pueden hacerlo a través del formulario de contacto.

Escribir este post, créase o no, me bajó un poco el nivel de miedo y ansiedad.

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PD: Se me suspendió el viaje a Esteros del Iberá, así que por ahora, ninguna travesía en mente.

[box border=”full”]Todas las ilustraciones de este post son de Vero Gatti y pertenecen a su libro Regalitos Semanales. Estoy muy feliz porque la tapa de mi libro va a estar ilustrada por ella. Les dejo su Facebook para que la sigan y le digan lo genia que es: http://www.facebook.com/holaverogatti [/box]

[box border=”full”]Este post forma parte de la serie “Escribir un libro”

Escribir un libro (1): mundo de papel

Escribir un libro (2): etapas y miedos

Escribir un libro (3): qué leo mientras escribo

Escribir un libro (4): el insomnio, el falso jet lag y oh los trolls

Escribir un libro (5): dejarlo ir[/box]

Escribir un libro (1): mundo de papel

[box type=”star”]“Escribir un libro” es una serie de posts que surge por necesidad personal. Al igual que cuando me fui de viaje por primera vez —sin tener ni idea de “cómo viajar”— hace unos meses empecé a escribir un libro sin tener ni idea de cómo se escribe un libro (y mucho menos de cómo se autopublica). A medida que me fui metiendo más en este proyecto —tan lindo como solitario como agotador— empecé a escribir menos en este blog (no porque no viajara, sino porque al estar tan enfocada en un libro sentía que ya no me quedaban palabras disponibles para poner acá). Pero después pensé: si relaté tantos viajes por el mundo, ¿por qué no relatar uno por el mundo literario o por mi mundo interior? 

No sé qué saldrá de esta serie, lo único que quiero es dejar por escrito el proceso por el que estoy pasando mientras escribo mi primer libro, cual diario íntimo de una chica que está practicando para ser escritora. Esto es algo que me servirá para ordenar sentimientos e ideas y que tal vez le servirá a otros en el futuro. O no. Nunca se sabe. Pero estoy tan metida en este proyecto que no puedo no contarlo acá. Quiero compartir textos que estoy leyendo, quiero hacer un poco de catarsis y sentirme menos sola, quiero pedirles ayuda y consejos y algo de compañía virtual. Será la parte más blogdevida de Viajando por ahí.

A los interesados en viajes, no teman: la semana que viene me voy a los Esteros del Iberá (Argentina) y haré crónicas viajeras (de las de siempre) desde allá. Además, después de la publicación de este libro vendrá un nuevo viaje largo (y cuando digo largo quiero decir laaaargo) y habrá blog para rato. Y después, espero, vendrán nuevos libros. Y nuevos viajes. Y así sucesivamente.

Así que empecemos este viajecito por el mundo de papel y que sea lo que tenga que ser. [/box]

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Por qué un libro

Siento amor por los libros desde el día que aprendí a leer. Los colecciono en mi biblioteca, dejo que ellos me encuentren, los extraño cuando me voy de viaje y los vuelvo a disfrutar cada vez que me reencuentro con ellos. Para mí, los libros son más que un conjunto de hojas escritas: son mundos fabricados con palabras, son objetos que nos transportan a otras realidades, a otros tiempos, a otras reglas, a otras mentes. Creo que tengo más libros que ropa y me desespera saber que aún me quedan tantos por leer, que no me va a dar la vida para leerlos todos. Pero a la vez agradezco tenerlos en mi vida hace tanto tiempo, porque ser lectora me permitió empezar a viajar mucho antes de salir de mi casa por primera vez.

Cuando descubrí que lo que más me gustaba hacer en esta vida —además de viajar— era escribir, supe que quería ser escritora de libros. Nunca soñé con escribir blogs ni revistas: siempre quise poner mis palabras en libros. La relación del lector con un libro es otra: es más íntima, más profunda, más dedicada. Leer un libro es un ritual, es algo que se hace despacio, que se disfruta, es hasta un acto físico. El libro, para mí, tienen una magia que otros soportes no tienen, es un objeto con el que podemos tener un vínculo emocional. Yo a mis libros los quiero.

El día que empecé a viajar supe que uno de mis grandes objetivos era escribir un libro con todo lo que fuese viviendo en el camino. Sin embargo, nunca le puse una fecha. Sabía que iba a escribir un libro pero no sabía cuándo y tampoco lo quería forzar. Lo empecé a pensar y a escribir en mi cabeza y dejé que fuera tomando forma y creciendo solo. Y un día, cinco años después de haber salido, sentí que el momento había llegado. No sentí ganas sino necesidad de escribirlo. Me di cuenta de que necesitaba poner muchas cosas por escrito, necesitaba convertir todas esas experiencias, vivencias y sensaciones en algo tangible, en un objeto que pudiese tocar y dar a otros, en un mundo contenido entre dos tapas y construido a través de cientos de páginas. Así que acepté el desafío —no me quedó otra— y empecé a escribir un libro. Pero, al igual que la primera vez que me fui de viaje sola, me metí de lleno en algo que no tenía ni idea cómo hacer. ¿Cómo se escribe un libro? ¿Cuántas horas lleva? ¿Cómo es el proceso? ¿Qué cuento y qué no? ¿Cuántas páginas tiene que tener? ¿Qué cantidad de capítulos? No sabía. Pero lo empecé igual.

Hoy mi libro está casi todo escrito. Faltan muchas relecturas, pero la esencia está ahí. Serán 350 páginas repletas de viajes y de sueños.

*

Y para no defraudar al público viajero:

Lectores en la medina de Fez (Marruecos)

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[box border=”full”]Este post forma parte de la serie “Escribir un libro”

Escribir un libro (1): mundo de papel

Escribir un libro (2): etapas y miedos

Escribir un libro (3): qué leo mientras escribo

Escribir un libro (4): el insomnio, el falso jet lag y oh los trolls

Escribir un libro (5): dejarlo ir[/box]