Desde un bus rojo

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No sé si puedo escribir acerca de Londres. Es una de las pocas ciudades en el mundo que siempre quise conocer, junto con Nueva York, Estambul y Liverpool. En general quiero conocer países y no ciudades específicas. En general quiero conocer el mundo y no países específicos. Pero si tengo que ponerme específica, entonces sí: Londres es una de las pocas ciudades que siempre soñé con conocer, incluso antes de soñar con empezar a viajar. Así que llegar a Londres fue como asistir a una primera cita que esperaba hace tiempo (despareja, ya que a mí me habían hablado mucho de él, pero él no sabía ni sabe nada de mí). Creo que intenté ponerme linda.

La primera vez que vi Londres en vivo fue desde la ventanita de un avión: estaba volviendo de República Checa a Buenos Aires e hicimos escala en alguno de sus aeropuertos. De tanto haberla visto en películas, sentí que la conocía. Casi me pongo a llorar. Tantas cosas que me gustan nacieron o surgieron o vivieron en Londres. Tantos músicos, actores, libros, tanto imaginario popular mundial. Pero esa vez tuve que conformarme con visitar el aeropuerto, escuchar el acento británico e irme con ganas de volver. Y hace unos días, estando en Bruselas, me dije eso que suelo decirme: “Estoy tan cerca de Londres… ¿por qué no voy?”. Y fui. O mejor dicho vine.

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Crucé desde Calais, en el norte de Francia, en bus. Nos metieron adentro de un tren (con bus y todo) y atravesamos el Canal de la Mancha por un túnel subacuático. Mejor ni pensarlo, aunque la verdad que ni te enterás que vas por debajo del agua. El pasaje decía que llegaríamos a las 16.35 a Victoria Coach Station (la estación central de buses de Londres), así que supuse que esa sería la hora de llegada local (debería serlo, ¿no? Porque sería tan ridículo como decir “estaremos llegando a Buenos Aires a las 17.55 hora Pakistaní”). Entonces cuando poco antes de las tres de la tarde vi que por la ventana aparecía el principio de una ciudad, me dije: “Qué lindo lugar, qué casitas tan inglesas, ¿dónde estaremos?”. Porque era evidente que, faltando casi dos horas para la hora estipulada, eso no podía ser Londres.

Miré todo con cariño (“ahhh Inglaterra, por fin un lugar donde vuelvo a entender los carteles y las conversaciones”), me llamó la atención la cantidad de restaurantes de comida india y que todas las construcciones fuesen bajas (tampoco es que esperara edificios, pero no sé, me gustaron las casitas de esa ciudad todavía sin nombre que se iba expandiendo en mi ventana). A los pocos minutos un double-decker bus (los buses rojos de dos pisos, esos tan icónicos) nos pasó por al lado como diciendo “holaestásenLondres” y yo nada, ni enterada, seguía pensando que estábamos en las afueras de algún otro lugar, hasta que vi un cartel que indicaba que Central London era acá cerca y dije sí, entonces estoy en Londres nomás. Llegamos a la estación de buses a las 16.35 hora francesa, 15.35 hora inglesa. Polémico. Mientras pasábamos de los suburbios al centro recordé la frase de Caparrós: “A los pueblos se llega; a las ciudades se entra”.

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No sé si puedo escribir acerca de Londres. Es muy grande, es muy Londres, le tengo mucho respeto y no conocí casi nada. Los primeros días me moví de un lugar a otro en el Tube (así le dicen al metro o subte acá) y la ciudad me pareció un conjunto deshilvanado de lugares. Me faltaba, como le dirían, “the big picture”, una vista más general, un pantallazo que me permitiera unir mentalmente todos los barrios que había visitado y entender qué estaba cerca de qué. Lo bueno de ir en metro es que llegás más rápido, lo malo es que no ves lo que pasa entre un punto y otro y te quedan muchos espacios en blanco (o en negro). Como no tengo mucho apuro decidí cambiar el metro por el bus rojo de dos pisos (que además de tener muy buena vista cuesta la mitad) (acá todo es carísimo) y dedicarme a mirar la ciudad por la ventana y desde arriba.

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“¿Viste que nosotros somos de la generación que explica todo?”, me dijo una vez un amigo en Buenos Aires, y nos reímos. Siento que Londres es la ciudad donde todo está muy explicado, hay instrucciones muy detalladas para hacer (o no hacer) las cosas. Para el que no conoce es muy útil, ya que en todas partes hay mapas zonales y carteles con los recorridos de los buses y la ubicación de las paradas más cercanas. Pero más allá de eso, hay cosas que me causan gracia (como que, por ejemplo, en la puerta del baño haya un cartel que diga “now wash your hands”, o que un señor esté explicando por el altoparlante de una estación, mientras afuera diluvia, que el piso está mojado debido a “las malas condiciones climáticas”). Hay cosas que me parecen obvias y por eso graciosas, aunque tal vez sea reconfortante que alguien me las recuerde en una ciudad tan grande como esta. 

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Los buses rojos son muy puntuales. En cada parada hay una pantalla que indica en cuántos minutos llega el próximo y es raro que haya que esperar más de cinco (excepto de noche, cuando tienen menos frecuencia, pero siguen llegando dentro de todo rápido). Para mí, el transporte público acá funciona muy bien: el metro llega a todas partes y es rápido (aunque carísimo), los buses son un poquito más lentos pero tienen un andar muy suave. Sin embargo, varios ingleses con los que hablé se quejan. Me parece que en todas partes la gente se queja del funcionamiento de las cosas de su ciudad, es como un deporte que tenemos. Pienso, mientras viajo, que tal vez vivir una ciudad consiste en entender su lógica (¿cómo funciona el transporte público? ¿La gente pide perdón si te empuja? ¿Se respetan las filas? ¿La gente sonríe?). Uno que viene de afuera, como yo, puede pensar que con tomarse dos o tres veces el bus, como yo, ya entiende algo de la ciudad, y no. Se necesita toda una vida de transporte público para empezar a entender. Este fragmento de Los años de peregrinación del chico sin color, de Murakami, viene al caso:

[quote style=”boxed”] A principios de la década de los noventa, cuando la economía japonesa todavía experimentaba cierto crecimiento económico, un influyente rotativo estadounidense publicó una fotografía a gran tamaño que captaba el instante en que algunos usuarios bajaban, una mañana de invierno, por las escaleras de la estación de Shinjuku en la hora punta. Todos los individuos que salen en la foto miran hacia abajo como por mutuo acuerdo, con expresión sombría, apagada; parecen peces enlatados. El pie de foto rezaba: “Es posible que Japón se haya convertido en un país próspero, pero la mayoría de estos japoneses cabizbajos no parecen demasiado felices”. La fotografía dio la vuelta al mundo.

Tsukuru ignoraba si la mayoría de los japoneses eran de veras infelices o no. El motivo por el que todos los pasajeros que bajan las escaleras de la atestada estación de Shinjuku por las mañanas miran hacia abajo no es porque sean infelices, sino más bien porque están atentos a sus pasos. En las grandes estaciones, en las horas punta, eso es vital para no tropezar, para no perder un zapato. [/quote]  

Por eso yo puedo llegar y mirar de afuera y sacar mis conclusiones, pero probablemente se queden muy cortas para empezar a entender las complejidades de la ciudad.

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Cada vez que voy en un bus rojo me siento arriba de todo, intento ocupar el primer asiento (tiene una vista panorámica única) y miro los árboles y las casas. Ya empezó la primavera y todo está floreciendo. Las veredas están llenas de pétalos, la ciudad toma color y lo combina con el gris. Hablando de color, Londres tiene muchos tonos de rojo: el de los ladrillos de las casas, el de los buses, el de las cabinas telefónicas, el de los buzones, el de los carteles del metro. El cielo estuvo bastante gris estos días, excepto el fin de semana pasado que salió el sol, y la calle y los mercados se llenaron de gente. Me encanta que acá el clima sea un tema serio de conversación. El cielo gris me gusta, le da un ambiente especial al lugar y los colores se ven más intensos. No sé cómo será esto en invierno.

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Mientras el bus avanza, canto mentalmente “and if a double-decker bus, crashes into us, to die by your side is such a heavenly way to die”, del tema There is a light that never goes out, de The Smiths. Escucho conversaciones en todos los idiomas: mucho castellano, italiano, árabe, portugués, mucho inglés mezclado con otras cosas. Veo gente de todas partes, huelo comida de todos los continentes. Esta debe ser una de las ciudades más multiculturales del mundo, probablemente junto con Nueva York. Me dicen también que es una ciudad muy clasista y consumista y que hay muchos conflictos sociales. Que importa mucho el cómo te vestís y cuánto tenés, que hay muchos robos. Yo, en mi rol de outsider, no sé cuánto puedo llegar a ver o comprender de esto.

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Fui a la masa crítica londinense (la bicicletada que se hace por lo menos una vez por mes en más de 300 ciudades del mundo) y no pude evitar compararla con la de Buenos Aires. Tal vez podría decir: si querés conocer un poco más a una sociedad, andá a su masa crítica. Empezó a las siete de la tarde, nos reunimos frente al río, debajo de uno de los puentes, y salimos a andar. Seríamos unas 200 o 300 bicis como mucho. En Buenos Aires somos 2000 y es una fiesta y un quilombo. Esta fue bastante ordenada. Hubo algunos bocinazos de parte de los autos y algunos silbidos de parte de los ciclistas. Había uno que llevaba música, otros con alguna bandera y unas pocas bicis raras. Me pareció todo muy british (acá todo es muy british y me encanta). Por ejemplo, pasamos al lado de dos cerezos florecidos y vi que un chico se los señaló a otro y uno dijo: “Oh, lovely!”. Y me acordé de esto:

https://www.youtube.com/watch?v=BUSIjfUX-BU

En medio de mi visita a Londres me fui unos días a Liverpool (en otro post contaré) y volví. De a ratos me siento medio perdida. Londres es enorme y hay demasiado para ver. En lugares así, si no me la paso yendo de un lugar a otro me agarra un sentimiento de culpa: “estoy en Londres, no puedo NO ir a tal y tal lado, no puedo NO ver tal cosa”, y después resulta que me la paso el día entero sentada en una librería leyendo una pila de libros, o me la paso caminando por un parque mirando a los patos, o me la paso subida a un bus de dos pisos mirando por la ventana, o me la paso repitiendo zonas que me gustan y dejo de ir a otras a las que “debería ir”. Y me siento culpable, como si estuviera desperdiciando el tiempo que tengo en Londres.

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Una tarde me bajé en la estación Picadilly y lo primero que hice fue entrar a una librería que estaba a la salida. Me quedé horas. Agarré varios libros y me puse a leer, pero hubo uno que me sacudió más que el resto: The idle traveller – The art of slow travel, de Dan Kieran. Lo empecé a leer y dije eureka, me encontré. El adjetivo “idle” tiene muchos significados: ocioso, perezoso, libre, desocupado, sin trabajo, inactivo. El idle traveller que plantea el libro es un viajero que avanza lento y pasa largos ratos sin hacer nada (“nada” en un sentido práctico o pragmático), observando, caminando, pensando; es un estilo de viaje que tiene más que ver con una terapia interna que con un recorrido turístico (cito y traduzco: “idle travel (…) es una travesía espiritual. Es una peregrinación diseñada para hacerte crecer como persona, para ayudarte a reconectar con vos mismo y con otros, para curarte de tus traumas. En una palabra, es terapéutico”).

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En el primer capítulo, “Travel, don’t just arrive” (algo así como Viajá, no solo llegues), el autor cuenta que debido a su miedo a volar decidió dejar de tomar aviones y hace todos sus viajes por tierra; al viajar despacio, es capaz de unir un punto con otro, de ver cómo el paisaje y la cultura van cambiando de a poco. En “Be your own guide” (Sé tu propio guía) habla acerca de la presión que todos sentimos cada vez que visitamos un lugar (tengo que ir a tal y tal lugar, tengo que hacer tal y tal cosa) y propone conocer los lugares a través de la literatura o de las películas, o de la música  (en vez de a través de las guías de viaje tradicionales) ; propone hacer tu propio recorrido sin sentirte mal si no vas a la lista de lugares que mencionan las guías o si decidís ir a ese lugar donde, según ellas, “no hay nada para ver”. En todos lados hay cosas para ver. Todavía no terminé de leerlo, pero siento que encontré un libro que me hace sentir menos sola en mi manera de viajar. Cada vez hago menos cosas (que “debería hacer”) en los lugares y eso de a ratos me hace sentir incómoda o fuera de lugar (muchas veces me preguntan: ¿cómo que fuiste a tal lado y no hiciste tal cosa? ¿Pero qué hiciste entonces? ¿Para qué fuiste?). Pero ahora vuelvo a confirmar que cada cual tiene su manera de viajar y que no estoy sola en esto de viajar lento y de pasar el tiempo caminando o mirando por la ventana.

Por eso no sé si puedo escribir acerca de Londres: es que no hice casi nada.

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[box border=”full”]Información útil para viajar a Londres:

– Londres es muy caro. Sabelo antes de viajar para no llevarte sorpresas.

Cambio: 1 libra = 1.21 euros = 1.67 dólares (abril 2014)

Transporte: el precio del viaje en metro varía dependiendo la hora (es más caro en hora pico), a qué zona vayas y cómo pagues. Si pagás en efectivo, un viaje cuesta 4,20 libras; si pagás con la tarjeta Oyster (a mí me prestaron una, pero se puede comprar online o en las estaciones) te cuesta entre 2,20 y 3,20 el viaje entre las zonas 1 y 3. Los buses son más baratos: 1,45 libras con la Oyster y 2,40 libras en efectivo. Si vas a estar varios días te conviene comprar los pases (con la Oyster): hay un pase diario de 7 libras (podés viajar ilimitadamente durante todo el día) y otro de siete días por 30 libras. También hay un sistema de bicing (ojo, solo se puede pagar con tarjeta que tenga chip): cuesta 2 libras por sacar la bici y la primera media hora de uso es gratis. Esta web es muy útil para saber cómo llegar de un lugar a otro en transporte público: tfl.gov.uk

Alojamiento: las camas en dormitorios compartidos de hostels empiezan en 10 libras aprox. Son muy básicas y con baño afuera. Hacé couchsurfing.

Comida: hay muchos lugares de comida al paso donde podés comprar sandwiches, ensaladas, sushi, rolls, kebabs por entre 3 y 8 libras. Si te sentás a comer vas a gastar entre 5 y 10 libras como mínimo. Los supermercados tienen secciones con comidas preparadas (cuestan entre 2 y 4 libras). Lo más barato es cocinar en el hostel o casa donde te alojes. Salir a tomar algo es caro: un vaso de cerveza te puede costar entre 4 y 9 libras.

Los museos son gratis.

– Caminar también, aunque Londres es gigante y te puede llevar varias horas ir de un lugar a otro.

– Hay un montóooon de walking tours temáticos por 9 libras. Si te interesa conocer algún tema en especial, te los recomiendo. Sino, pedí un mapa y hacelo por tu cuenta. También hay walking tours gratuitos, aunque se suele dejar propina al final.

Si te gusta el arte callejero, Londres es un paraíso. La zona de Shoreditch está llena de murales y stickers.

– Transporte a otras ciudades: los buses más baratos son Megabus y National Express; también se usa blablacar y liftshare (coches compartidos). [/box] 

Comodín
(Valparaíso y yo, amor a segunda vista)

“Valparaíso qué disparate eres 
qué loco puerto loco
qué cabeza con cerros desgreñada
no acabas de peinarte nunca
tuviste tiempo de vestirte
siempre te sorprendió la vida
te despertó la muerte en camisa
en largos calzoncillos…”

Pablo Neruda

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Lo mío con Valparaíso no fue amor a primera vista (léase claramente: “no fue”). Aunque parezca raro (considerando que soy excesivamente enamoradiza de los lugares), no sentí mariposas instantáneas como con, por ejemplo, ustedes-ya-saben-quién. Me habían hablado tanto de Valpo que esperaba entrar en estado de shock amoroso apenas lo viera. Las frases que me dijeron antes de viajar —“está lleno de gatos y de murales”, “es ideal para caminar”, “está frente al océano Pacífico”, “tiene casas de colores”, “vas a querer quedarte a vivir”— parecían querer convencerme de que yo ya estaba enamorada de Valparaíso pero nunca me había enterado. Entonces llegué con la idea de que tenía (teniai) que estar enamorada y no me sentí tan así. Y me dio culpa. ¿Cómo puede ser? Si esta ciudad es perfecta…

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A veces escuchamos tanto acerca de un lugar que inconscientemente (o conscientemente) nos convencemos de que tenemos que sentirnos de tal manera al verlo por primera vez. Es como cuando nos dicen: “Tengo a alguien ideal para presentarte: no sabés, es alto/bajo, rubio/morocho, músico/ingeniero, le encantan losperros/losgatos, es fan de lacumbia/losbeatles. Te va a encantar, son tal para cual, no entiendo cómo no se cruzaron todavía”. Y una va a la cita toda arreglada pensando que se va a encontrar con el futuro amor de su vida, y en el camino se imagina cuántos hijos van a tener y qué nombres les van a poner y dónde van a vivir y cómo va a ser la casa y qué van a plantar en la huertita y resulta que cuando se ven todo muy lindo pero no hay feeling. ¿Esto era? La famosa cita a ciegas: a veces funciona y la mayoría de las veces no. Y la desilusión es más grande, porque una iba casi con el vestido de novia puesto.

[singlepic id=7749 w=625 float=center] El anti fan de Neruda

Igual no sé por qué estoy exagerando tanto (creo que por diversión nomás, quiero que mi nuevo estilo de escritura sea la exageración, para variar un poco), si lo cierto es que me enamoré de Valparaíso, pero tardé dos días más de lo normal. Debo estar madurando, ahora que me acerco a los 30 (?). Lo que pasó, en realidad, es que la ciudad me fue seduciendo de a poco, sutilmente. No se me tiró encima como Barcelona: “Hola, soy Barcelona, soy divina, miráme, vos sabés que te gusto, mirá mirá este mural, hola soy un gato de Barcelona, hola soy la Rambla, hola soy el Raval, ya sé que me amás”. Valpo fue más lento, pero no por eso menos exitoso en su intento.

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Me gusta sentir la femineidad o masculinidad de las ciudades, y tengo teorías al respecto (con muy pocos fundamentos científicos): para mí hay ciudades que son mujeres y ciudades que son hombres. En realidad todos los lugares son un yin yang, pero algunos tienen un lado más marcado. Barcelona, para mí, es mujer. Y Valparaíso, después de varias caminatas, me pareció hombre. Un bohemio silencioso y soñador, con la mirada perdida hacia el mar. Y me atrevo a decir, incluso, que ambos lugares son novios y mantienen una relación a distancia: Barna y Valpo un solo corazón. (Ella lo dejó, por si acaso, y se fue a probar suerte a Europa. Él la espera, siempre.). Y yo me metí en un trío amoroso: Aniko Valparaíso Barcelona.

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El enamoramiento fue creciendo sin que me diera cuenta. Pasamos las primeras noches en Viña del mar (nota: el área metropolitana de Gran Valparaíso incluye Valpo, Viña, Concón y Reñaca, entre otros poblados), en la casa de una lectora amiga, y nuestro contacto con Valparaíso (la ciudad, el centro histórico de la región de Gran Valparaíso) fue más distante: íbamos durante la tarde y volvíamos a Viña antes de que se hiciera de noche. Era como conocerlo de lejos, una cita con horarios delimitados: “Hoy se pueden ver pero hasta las siete. Después te quiero de vuelta en casa. Nada de estar saliendo con muchachos de noche”. Así que pasamos varios días en Viña, tan cercana (a unos 20 minutos en micro) y tan distinta a Valpo (y tan distintas ambas a Reñaca, ese rincón veraniego tan “exclusivo”). Desde la ventana de Reñaca (donde pasamos, de casualidad, nuestra primera noche en Chile) vimos Valparaíso por primera vez, a lo lejos, tapado por un cartel redondo de Burger King (auspicia este momento). En Valpo no vimos, a simple vista, ni un McDonald’s, ni un Burger, ni un Starbucks ni ninguno de esos lugares que son los mismos en todas partes del mundo. Fue una buena señal. La plata está en Viña, dice la gente. El arte en Valpo.

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Tres días después decidimos ir a Valparaíso e instalarnos unos días ahí: es necesario conocer una ciudad en todos sus horarios para ver cómo va cambiando, es necesario dormir en ella para conocerla. Le tocó a Damián buscar un anfitrión de Couchsurfing y no pudo haber tenido mejor intuición: caímos en una de esas casas con alma. Apenas entramos miré por la ventana y pensé: “Algún día quiero vivir en una casa como esta. Antigua, de techos altos, con la madera que cruje, con el mar de fondo, con plantas por todos lados y así de luminosa”. Al hacer couchsurfing uno va coleccionando casas, y al igual que pasa con los lugares, hay algunas que cambian nuestra experiencia de viaje por el solo hecho de estar ahí, de existir, y dejarnos pasar unos días en su interior con quienes la habitan.

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Hablando de casas con alma, también pasamos por la Sebastiana, la casa de Pablo Neruda en la cima de Valparaíso. Otra casa como las que me gustaría habitar: a puro mar. Océano Pacífico en todas sus ventanas, una biblioteca y un sillón para escribir mirando hacia la ciudad. Neruda eligió bien sus viviendas: formó un triángulo entre Santiago (su casa ahí: la Chascona, llamada así en honor a Matilde Urrutia, su amante y luego mujer, por sus rulos despeinados), Valparaíso e Isla Negra (donde está su tercera casa). El Triángulo de Neruda. Y el mar, su gran amor era el mar. Yo volví a meter los pies en el Pacífico (después de ¿cuántos años sin verlo?) y me recargué de energía. Y decidí que quiero ser catadora de mares. *Mete un dedo en el agua, lo prueba: hmmm, este mar tiene una textura suave, un nivel de sal exquisito, olas en movimiento constante, sonido musical. Le pongo un… 10. Ideal para maridar (digo, en general, para casarse con él).*

[singlepic id=7668 w=625 float=center] Vista desde una de las ventanas de La Sebastiana

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De los seis días que pasamos en Valpo no hubo uno en el que no saliéramos a caminar. Gran actividad que les recomiendo: caminar, perderse. La ciudad está hecha para eso. Vean lo típico pero salgan de la ruta preestablecida. Una tarde me senté en un banco en uno de los cerros y me quedé mirando el puerto desde arriba. Cada 15 o 20 minutos pasaba un grupo en tour: llegaban, miraban, click y se iban. Nadie se sentó en un banco a mirar el vuelo de las gaviotas. Había que seguir el itinerario. Me sentí una extra puesta ahí para ellos: “Y aquí tenemos a la que se cree catadora de mares”. Click. “Y más allá, una gaviota”. Click.

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Valparaíso es un anfiteatro formado por más de 40 cerros, cada cual con su nombre y sus características. Por eso todo está en subida y en bajada: la ciudad está en un plano inclinado. Eso hace, además, que haya miradores, escaleras y ascensores por todos lados. En esta ciudad está la sede del Congreso, la Armada de Chile, el Servicio Nacional de Aduanas, el puerto. La gente tiene su rutina y va a trabajar todos los días como en muchos lugares del mundo, pero tener tanto mar de fondo debe generar cierto sentido de relajo. A mí me pareció una ciudad tranquila: no sé si habremos ido en temporada baja o en un momento raro (había paro de municipales y era época de elecciones), pero las calles (especialmente las de arriba) estaban silenciosas, tranquilas, somnolientas, como si se estuviesen desperezando y pidiendo cinco minutitos más. Eso, para mí, es una virtud.

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Los murales están por todas partes. Y cuando digo por todas partes quiero decir por todas partes. No debe haber una cuadra sin un poco de color. Hasta las escaleras están pintadas. La ciudad como lienzo, como hoja en blanco para ser intervenida. Pero los colores no están solo en los dibujos, también están en las paredes, en las casas. A eso hay que sumarle ese descascarado típico que genera el aire de mar, y a eso las gaviotas que revolotean, y a eso, por sobre todo, los gatos. Gatos en cada ventana, en cada escalón, en cada puerta, en cada esquina. Gatos por todas partes. Gran combinación: gatos y gaviotas, una muestra de que conviven dos mundos: el mar y la ciudad. Una teoría (otra) sin fundamento científico: el día que los gatos dominen el mundo (porque ese día va a llegar pronto, visto y considerando que en internet hay más videos de gatos que pornografía), Valparaíso va a ser su sede de gobierno. Acá los dueños ya son ellos, así que me los imagino, en un futuro gatuno no muy lejano, mirando la ciudad desde los cerros, controlando su reino en silencio desde el marco de alguna ventana.

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Una tarde, mientras caminábamos por ahí, lo vi: un naipe. Fui corriendo a levantarlo y me encontré con algo que solamente había visto en Savannakhet (Laos): un mazo entero, abandonado. Ese es un regalo que me dan muy pocos lugares. Decidí elegir uno y agarré el comodín. Si no lo agarro acá, no lo voy a tener nunca. La carta más fácil de usar y más difícil de encontrar. El comodín vale por todo, en cualquier juego, en cualquier mazo, en cualquier país: el comodín vale por todo. Y supongo que hay ciudades que también valen por todo: valen por lo que cada uno haya ido a buscar. Yo siempre busco el mar, el arte callejero, los gatos, y creo que nunca encontré las tres cosas tan condensadas y bien combinadas en un solo lugar. Excepto en Valparaíso. Así que quizá empiece a formar un mazo de ciudades, en vez de números y de palos, y cuando quiera ganar el juego de los viajes tiraré sobre la mesa el lugar que para mí representa el comodín, que puede ser cualquiera, pero que en mi caso resultó ser Valparaíso. Y eso que no fue amor a primera vista. Y eso que me avisaron que iba a pasar.

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[singlepic id=7704 w=625 float=center]  Este cáctus florece una vez al año. Su flor dura uno o dos días y luego muere. Tuvimos la suerte de verlo florecido en Valparaíso.

[box border=”full”]Info útil para visitar Valparaíso:

– Hay buses que salen constantemente desde Santiago a Valparaíso y Viña. Algunos como turbus y condorbus tienen ofertas y son más baratos si los comprás por internet (te puede costar $1700 via web vs $4000 en la terminal).

– Cambio aproximado (noviembre 2013): 1 usd equivale a 520 pesos chilenos

– Hay micros (en Chile se le dice “micros” a los minibuses urbanos e interurbanos) que van de Viña a Valpo todo el tiempo. Cuestan aprox $600 de ida.

– La micro 612 “O” recorre todos los cerros de Valpo. Subite y hacé el city tour gratuito.

– Los cerros Alegre y Concepción son los más turísticos y, si bien son muy lindos, son más caros.

– El cerro Playa Ancha tiene (en mi opinión) las mejores vistas (especialmente de noche).

– Súbanse al trole y a los ascensores (nosotros no pudimos porque estaban de paro).

– Para ir a la casa de Neruda en Isla Negra tenés que tomar un bus desde la terminal. Cuesta $ 2300 y tarda 1 hora 40 min. La entrada a la casa de Neruda cuesta $4000. Nosotros fuimos en bus y volvimos a dedo en el día.

– Vayan a ver el atardecer a las dunas de Concón.[/box]

Por las calles de Santiago

(Atención: este es uno de esos posts repletos de fotos, así que esperá unos minutos a que termine de cargar. Mientras tanto te invito a escuchar un tema que me gusta mucho y que una mañana entró por la ventana de la casa donde nos quedamos en Santiago.)

No pude conseguir un mapa de Santiago: las oficinas de información turística estaban cerradas por el paro de los municipales, el que vi en la librería era demasiado caro y muy poco transportable, y ningún restaurante tenía “un mapita” de la ciudad. Así que caminamos sin mapa. Usamos guías circunstanciales, como los planos de las estaciones de subte, las indicaciones de la gente en la calle o de los carabineros, los mapas-carteles que aparecían en las esquinas más concurridas de cada barrio. Y no sé si fue por la falta de expectativas y de rumbo fijo, pero Santiago me sorprendió mucho, para bien.

[singlepic id=7508 w=700 float=center] Encontré cosas como: árboles felices

[singlepic id=7516 w=700 float=center] Gatos

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[singlepic id=7529 w=700 float=center] Arte callejero

[singlepic id=7535 w=700 float=center] Detalles ocultos

[singlepic id=7541 w=700 float=center] Reflejos

[singlepic id=7549 w=700 float=center] Montañas de fondo

[singlepic id=7572 w=700 float=center] Parejitas mimosas en tooodos los parques

[singlepic id=7591 w=700 float=center] Propaganda pre-elecciones

[singlepic id=7502 w=700 float=center] Pianos

[singlepic id=7608 h=700 float=center] Mensajes en las paredes

Estuvimos siete días en la capital chilena y nos dedicamos a recorrerla a pie (aunque para distancias más largas nos hicimos habitués del metro). Yo no tenía una idea previa de la ciudad, nunca había escuchado demasiado acerca de ella (además es muy difícil imaginar una ciudad que uno no conoce). Cada vez que decía que iba a viajar a Chile, los elogios se los llevaba Valparaíso, y Santiago era mencionada más al pasar. Debe ser difícil competir con Valpo. Así que sin esperar que pasara, Santiago me encantó. Sentí un magnetismo que me fue llevando por cada uno de sus caminos.

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En cada caminata descubrimos rincones distintos, pasadizos que llevaban a barrios ocultos, murales y colores en todas las paredes. En Santiago vi pedacitos de Buenos Aires, de Montevideo, de Rosario, de Barcelona, de ciudades centroamericanas. Me pareció una ciudad con mucha cultura latina, más de la que me esperaba. Pensé: “Esta ciudad es una mezcla de muchas”. Al igual que todas, ¿no? Buenos Aires, Montevideo, Santiago se entrecruzan, se combinan entre sí y forman esas ciudades sudamericanas que tanto me gustan. Por eso a veces me pregunto si es posible extrañar a una ciudad en su totalidad o si lo que extrañamos son pedacitos sueltos de cada lugar. Lo dije alguna vez y lo sostengo: no hay que perderse las capitales, ya que condensan la cultura de un país como ningún otro lugar. Soy tan fan de los pueblitos como de las grandes ciudades. Y nada mejor que caminarlas todo lo que se pueda.

[singlepic id=7501 w=700 float=center] Uno puede encontrarse cosas como: chicos patinando en el Centro Gabriela Mistral

[singlepic id=7505 h=700 float=center] Adolescentes en los parques

[singlepic id=7509 w=700 float=center] Esquinas esquinas esquinas

[singlepic id=7510 h=700 float=center] Iglesias abandonadísimas

[singlepic id=7523 h=700 float=center] Saludos ocultos (mirá si justo es tu cumpleaños…)

[singlepic id=7531 h=700 float=center] Gatos pintados

[singlepic id=7534 w=700 float=center] Robots haciendo campaña para presidente

[singlepic id=7536 h=700 float=center] Cosas que caen

[singlepic id=7542 w=700 float=center] Manifestaciones

[singlepic id=7543 w=700 float=center] Linda luz

[singlepic id=7544 w=700 float=center] Gente trabajando

[singlepic id=7550 w=700 float=center] Instalaciones raras

[singlepic id=7555 w=700 float=center] Deseos

[singlepic id=7559 w=700 float=center] Bicis copadas

[singlepic id=7551 w=700 float=center] Caritas en las raíces de los árboles

[singlepic id=7562 w=700 float=center] Candados de amor en los puentes

[singlepic id=7565 w=700 float=center] Los ojos de Neruda (en la Chascona, una de sus casas)

[singlepic id=7574 w=700 float=center] Músicos de todo tipo

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[singlepic id=7582 w=700 float=center] Detalles simpáticos

[singlepic id=7587 w=700 float=center] Autos malos

[singlepic id=7593 w=700 float=center] Preparativos

[singlepic id=7597 w=700 float=center] Mercados callejeros

[singlepic id=7602 h=700 float=center] Muestras de fotos al aire libre

Como no íbamos con imágenes previas ni objetivos concretos, todo nos sorprendió: los parques tan verdes y bien cuidados, la cantidad de ciclistas (y las bicis modernas), las montañas nevadas a lo lejos, los puestos de comida callejera, la infinita colección de murales, los pianos sueltos por ahí, la amabilidad y buena onda de la gente, la presencia de Pablo Neruda y su poesía.

Santiago me ayudó a reconectarme con varias cosas que tenía abandonadas, especialmente la música y la fotografía. Una tarde salí a caminar sola, me puse los auriculares y caminé escuchando música: Manu Chao, Calle 13, Beatles, Calamaro, Macaco, El cuarteto de nos, Fito y Fitipaldis, Cerati, Kevin Johansen, No te va gustar, El Kuelgue, Ska-p, The Smiths, Spinetta. Y recordé cuánto me gusta escuchar música mientras viajo por lugares nuevos. Volví a hacer fotografía callejera (Santiago es una ciudad ideal para eso) y recordé cuánto me gusta dejarme llevar por la intuición y sacar fotos sin pensar.

[singlepic id=7530 w=700 float=center] Estas son algunas de mis preferidas

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[singlepic id=7599 w=700 float=center] Prueben el terremoto, no se van a arrepentir.

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Pasamos la semana en casa de Jose, una amiga chilena que conocí durante mi primer viaje (en Bolivia) y con quien seguí en contacto. No nos veíamos hacía seis años y fue como si hubiese sido ayer que caminábamos juntas por La Paz. Cuando nos despedimos, le dije: “Nos vemos pronto”. Porque estoy segura de algo: Santiago es una ciudad a la que voy a volver.

[singlepic id=7605 h=700 float=center] Y esta es la foto que más me gusta, porque siento que refleja parte de la esencia de la ciudad: la de hacer arte como niños.

[box border=”full”] Algo de información para visitar Santiago:

  • Cambio: 1 dólar equivale a aproximadamente 510/520 pesos chilenos (datos de noviembre 2013). Con 500 pesos chilenos podés hacer alguna de las siguientes cosas: comprarte una botella de agua de 500 ml (y te sobran unas monedas) / casi que pagar un viaje en metro (cuesta 560, 610 o 670, según la hora) / comprarte un sandwich de soya en la calle (aunque cuesta encontrarlos a ese precio) / comprarte 4 o 5 hallullas (panes). FE DE ERRATA: se escribe “hallullas” y no “ayuyas” como había puesto yo, jeje, cuando lo vi escrito en una bolsa no lo podía creer, es una palabra que jamás pensé que se escribía así. Un viajero inglés nos dijo que para él era el pan “hallellujah”. :)
  • Un menú (con entrada, plato principal, postre y bebida) ronda los 3000/6500 pesos (de 6 a 13 dólares). Obviamente si buscás podés conseguir mejores precios, pero este es el promedio. Conviene hacer las compras en La Vega, el mercado central.
  • Las empanadas abundan y son un buen snack. Cuesta entre 500 y 800 pesos. Una palta cuesta alrededor de 600 pesos (1 dólar con algo). Son deliciosas.
  • Con el metro (subte) llegás a todos lados, así que es una buena opción para moverse. Todo queda relativamente cerca, así que si te gusta caminar, la ciudad es ideal para eso. También está lindo para recorrer en bici (hay varias ciclovías). Lo bueno es que para disfrutar de la ciudad no hay que pagar entradas a (casi) ningún lado.
  • Estos son algunos lugares que conocí y me gustaron mucho: barrio Yungay, Centro Gabriela Mistral, calle Lastarria, barrio Brasil, zona Concha y Toro, pasajes patrimoniales, Feria persa Bío Bío, el Parque de las Esculturas, la zona del Centro, Providencia. Pero caminen y armen su propio mapa emocional de Santiago.
  • Entrar a La Chascona (la casa de Neruda) cuesta $4000 (8 usd) o $1500 (3 usd) si sos estudiante. Lo recomiendo.
  • Si vas a estar mucho tiempo en Chile y planeás hacer Couchsurfing, es una buena opción comprarte una tarjeta SIM para estar comunicado con tu anfitrión. Cuesta 1500 pesos (3 dólares), viene con una carga inicial (generalmente de 1000) y se compra en la calle.
  • Según estuve viendo, una cama compartida en un hostel cuesta entre 5000 y 10.000 pesos (10 a 20 dólares) y una habitación privada (en hostel) entre 8000 y 20.000 pesos (16 a 40 dólares). Recomiendo, como siempre, Couchsurfing.[/box]

Las paredes de Coimbra

Llegamos a Coimbra con lluvia. Viajamos en auto desde Aveiro (a 40 minutos) con Sofía, la lectora portuguesa que nos estaba alojando, y su amigo Mario, arquitecto y profesor de historia del arte. Coimbra es una ciudad de 150.000 habitantes y uno de los centros universitarios más importantes del país, por lo que era lógico esperar que hubiera muchos estudiantes dando vueltas por las calles. Pero no. La ecuación lluvia + frío + sábado + crisis (que acá en Portugal también se siente) hizo que nos encontráramos con una ciudad casi desierta. Pero lo bueno de las ciudades universitarias (y esto es algo que comprobé tanto en La Plata, Argentina, como en Yogyakarta, Indonesia) es que uno puede conocer las ideas, preocupaciones y deseos de quienes las habitan a través de sus paredes. El arte callejero —sus mensajes, sus protestas, sus lemas, su color— parece ser inseparable del ámbito universitario.

[singlepic id=6316 h=625 float=center] Calles vacías

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[singlepic id=6328 w=625 float=center] Con pocas personas 

[singlepic id=6374 w=625 float=center] y muchos paraguas

[singlepic id=6377 w=625 float=center] (¡muchos!)

[highlight]Las paredes de Coimbra están repletas de mensajes como estos:[/highlight]

[singlepic id=6308 w=625 float=center] ¡Huelga general!

[singlepic id=6347 w=625 float=center] Fragmento de “Imagine” de John Lennon

[singlepic id=6346 w=625 float=center] “Elvis está muerto”

[singlepic id=6339 h=625 float=center] “Más cultura, menos policía”

[singlepic id=6338 w=625 float=center] “No importa qué tan oscura sea la noche, el sol siempre saldrá”

[singlepic id=6337 w=625 float=center] “Sin banderas, sin fronteras”

[singlepic id=6333 w=625 float=center] “Arma de distracción masiva”

[singlepic id=6334 w=625 float=center] “Educate”

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[singlepic id=6327 w=625 float=center] “Compro luego existo”

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[singlepic id=6318 w=625 float=center] “Tú eres lo que me hace falta, tú y sólo tú”

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[singlepic id=6369 w=625 float=center] “Mirá televisión, caminá en el asfalto, mandá a tus hijos al colegio, andá al trabajo. Repetí conmigo: “SOY LIBRE”

[singlepic id=6342 w=625 float=center] “Nunca confíes en un hippie”. Si ellos lo dicen…

[highlight]Puede que desde lejos no se note, pero las paredes de Coimbra, además, están llenas de colores y texturas:[/highlight]

[singlepic id=6354 w=625 float=center] Desde lejos no se ve

[singlepic id=6356 w=625 float=center] pero a medida que uno se acerca

[singlepic id=6365 w=625 float=center] empieza a ver los colores de las paredes

[singlepic id=6371 w=625 float=center] sus elementos

[singlepic id=6366 h=625 float=center] sus combinaciones

[singlepic id=6370 w=625 float=center] sus tonos

[singlepic id=6331 w=625 float=center] sus decoraciones

[singlepic id=6343 w=625 float=center] y sus texturas.

[highlight]Y si uno mira más de cerca aún, ve que las paredes de Coimbra, además, sostienen placas, objetos, poemas y nombres de calles y Repúblicas (agrupaciones estudiantiles):[/highlight]

[singlepic id=6344 w=625 float=center] “La República de los Kágados” (los “kágados” son una especie de tortuga)

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[singlepic id=6326 h=625 float=center] “Calle de las quiebra espaldas”

[singlepic id=6360 w=625 float=center] “Mi casa es bella, mi mundo un paraíso, amor y paz adentro de ella, es todo lo que preciso”

[singlepic id=6361 w=625 float=center] “Calle de las lágrimas”

[highlight]Y caminando por las calles de Coimbra uno se encuentra, de repente, con que las paredes tienen huecos (también conocidos como janelas o ventanas) donde también ocurren cosas. La “no-pared” también forma parte de la vida urbana:[/highlight]

[singlepic id=6372 w=625 float=center] La gente las usa para secar ropa

[singlepic id=6324 w=625 float=center] Y para inventar macetas

[singlepic id=6373 w=625 float=center] Los gatos las usan para sentarse, dormir u observar

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[singlepic id=6335 h=625 float=center] Y las señoras, para no perderse nada de lo que pasa afuera

[singlepic id=6336 h=625 float=center] y para darle vida a las típicas postales portuguesas.

[highlight] Las paredes hablan acerca de la ciudad a la que pertenecen. Solamente es cuestión de escucharlas…[/highlight]

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[singlepic id=6322 w=625 float=center] “Aquí vivimos, aquí sonreímos, aquí perduraremos”

Por las calles de Fez (Marruecos)

Hace unas semanas inauguré la sección “Callejeando por ahí” con un relato fotográfico de las calles de Barcelona. Cuando pregunté qué otro lugar querían conocer a través de fotos, alguien dijo Marruecos. Ya escribí acerca de Fez (no sé si recuerdan el Post Interactivo al estilo “Elige tu propia aventura viajera” que les hice con tanto amor) (les recomiendo que lo jueguen antes o después de ver estas fotos, así pueden comprender un poco más la ciudad), pero nunca compartí todas las fotos que tengo de esta medina tan alocada como encantadora. Así que con ustedes: Fez a través de imágenes. (Son muchas fotos así que dejen que el post cargue.)

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[singlepic id=5344 w=625 float=center] Bienvenidos a la medina de Fez, un lugar donde a toda hora pasan cosas como estas…

[singlepic id=5269 h=625 float=center] hay mujeres lavando la ropa en las fuentes públicas,

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[singlepic id=5313 h=625 float=center] no hay autos pero hay burros y caballos para transportar y transportarse,

[singlepic id=5293 w=625 float=center] los juegos de mesa se juegan en las veredas,

[singlepic id=5303 w=625 float=center] hay nenes haciendo la medialuna,

[singlepic id=5281 w=625 float=center] hay lectores chicos y grandes,

[singlepic id=5315 w=625 float=center] hay bebés llorando,

[singlepic id=5300 h=625 float=center] hay músicos callejeros,

[singlepic id=5270 w=625 float=center] hay fans del Barça,

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[singlepic id=5273 w=625 float=center]

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[singlepic id=5276 w=625 float=center] hay curtiembres donde se trabaja el cuero (ocultas en medio de la medina laberíntica),

[singlepic id=5277 w=625 float=center] hay hojas de menta para combatir los aromas,

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[singlepic id=5278 w=625 float=center] hay mucho trabajo hecho a mano,

[singlepic id=5282 h=625 float=center] hay sandwiches a 10 dirham (1 euro),

[singlepic id=5285 w=625 float=center] hay dibujos en las paredes,

[singlepic id=5286 w=625 float=center] y cuadrados numerados (según me contaron, son “para las elecciones”, si alguien sabe que me explique…)

[singlepic id=5287 w=625 float=center] hay padre madre e hijo,

[singlepic id=5288 w=625 float=center] hay madre e hija,

[singlepic id=5283 w=625 float=center] hay amigas,

[singlepic id=5289 w=625 float=center] hay coiffeurs,

[singlepic id=5291 w=625 float=center] hay amontonamiento,

[singlepic id=5290 w=625 float=center] y desolación,

[singlepic id=5294 w=625 float=center] se venden zapatitos,

[singlepic id=5296 h=625 float=center] remedios,

[singlepic id=5298 w=625 float=center] hierbas,

[singlepic id=5295 h=625 float=center] anteojos,

[singlepic id=5299 w=625 float=center] zapatos,

[singlepic id=5314 w=625 float=center] medias y pantuflas,

[singlepic id=5321 w=625 float=center] alfombras,

[singlepic id=5323 h=625 float=center] más alfombras,

[singlepic id=5325 w=625 float=center] incluso más alfombras,

[singlepic id=5330 w=625 float=center] y cosas que no se sabe qué son (entre otras),

[singlepic id=5297 h=625 float=center] hay gente que espera,

[singlepic id=5311 h=625 float=center] y espera,

[singlepic id=5304 h=625 float=center] gente que se va,

[singlepic id=5312 w=625 float=center] y se va,

[singlepic id=5310 w=625 float=center] y se va,

[singlepic id=5306 w=625 float=center] gente que camina,

[singlepic id=5309 w=625 float=center] gente que corre,

[singlepic id=5307 w=625 float=center] gente que va en bicicleta,

[singlepic id=5308 w=625 float=center] gente que carga cosas,

[singlepic id=5339 w=625 float=center] gente que arregla cosas,

[singlepic id=5326 h=625 float=center] gente que afila cosas,

[singlepic id=5327 w=625 float=center] gente que lava cosas,

[singlepic id=5340 w=625 float=center] gente que pega cosas,

[singlepic id=5341 h=625 float=center] (como estas),

[singlepic id=5336 h=625 float=center] gente que se duerme,

[singlepic id=5342 w=625 float=center] gente que se sienta a mirar,

[singlepic id=5343 w=625 float=center] o que sale a pasear por lugares inesperados,

[singlepic id=5319 w=625 float=center] hay locales y viajeras que se sacan fotos juntas,

[singlepic id=5316 h=625 float=center] y personas como ella, que habla con los viajeros a pesar de no compartir el mismo idioma,

[singlepic id=5317 w=625 float=center] y muestra orgullosa su arte,

[singlepic id=5305 w=625 float=center] hay casas de té,

[singlepic id=5320 h=625 float=center] hay palacios con puertas de oro,

[singlepic id=5338 h=625 float=center] hay mezquitas,

[singlepic id=5322 w=625 float=center] hay escaleras al cielo,

[singlepic id=5324 h=625 float=center] hay niños,

[singlepic id=5331 w=625 float=center] 

[singlepic id=5332 w=625 float=center]

[singlepic id=5333 h=625 float=center]

[singlepic id=5337 h=625 float=center] muchos,

[singlepic id=5335 w=625 float=center] y muy adorables,

[singlepic id=5334 w=625 float=center] hay mundos imaginarios en las paredes,

[singlepic id=5328 w=625 float=center] hay mundos dentro de los espejos,

[singlepic id=5329 w=625 float=center] en Fez pasan muchas cosas,

[singlepic id=5301 w=625 float=center] solamente es cuestión de asomarse a través de las ramas y mirar un poco más allá.

Cada ciudad es un pequeño mundo y caminar sus calles es una de las mejores maneras de adentrarse por un ratito en ellos…

[box type=info] Más info:
* ¿Querés sentirte un ratito en Fez? Te recomiendo jugar al Elige tu propia aventura en Fez, el primer post interactivo de Viajando por ahí.
* ¿Estás planeando viajar a Marruecos? Acá te dejo una Guía práctica con toda la info que recopilé durante mi viaje: opciones de alojamiento, medios de transporte, costos, comidas, itinerario, seguridad y más.[/box]

Palermo Arte (o Cosas que extraño cuando no estoy acá)

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.[/box]

Si pudiera elegir un lugar de Buenos Aires donde vivir, sería una casita en algún pasaje de Palermo Viejo. Tendría que ser una casa vieja, con muchas flores en la ventana y con paredes disponibles para intervenirlas. Que sea una Casa Graffiti, un lugar donde pueda convocar a todos los artistas callejeros y decirles: Tomen la pintura, hagan lo que quieran, pónganle color a mis paredes. Y si quieren, organicen recitales, muestras de fotos, movidas musicales. Que sea una Casa del Arte.

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El arte callejero es una de las expresiones que más me gustan: es un arte desinteresado, un arte con el único fin de ser arte, un arte que da color hasta a la ciudad más gris, un arte que expresa la voz de la gente joven, un arte que habla, que grita, que estalla a través de la pintura, un arte que es de todos y de nadie, un arte que no busca quedar bien con nadie, un arte efímero. Por eso siempre me sentí tan bien en Yogyakarta (la ciudad donde viví en Indonesia), porque cada vez que salía por la ciudad y veía los mensajes pintados en las paredes sentía que había una movida joven, que la gente no estaba dormida sino que pensaba, opinaba y se expresaba a través del color. Allá en Asia también encontré arte callejero.

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Hace unos días encontré uno de los cuadernos que escribí durante mi viaje por América latina (2008) y uno de los textos contenía la siguiente lista:

[quote style=”boxed”]

  • Las cuatro estaciones, ver cómo las hojas van cambiando de color, caen de los árboles, cubren las veredas y hacen ruidito cuando las piso.
  • El cielo azul y despejado [se ve que andaba por lugares medio grises]
  • Salir un domingo a pasear por la ciudad y que todo esté abierto [visité pueblos y ciudades donde los domingos no sale ni el perro].
  • Sentarme en un café con mesitas en la vereda y leer.
  • Viajar en bondi.
  • Sentarme en Plaza Francia un domingo y escuchar a la banda que esté tocando.
  • Saber que todas las noches hay algún evento cultural en algún lugar de la ciudad.
  • Las movidas artísticas, las inauguraciones, las muestras de fotos, las bandas que tocan en los bares, los shows homenaje a algún artista, los recitales al aire libre.
  • Los centros culturales.
  • El arte callejero.[/quote]

El título era Cosas que extraño de Buenos Aires.

En resumen: hojitas de otoño, arte en las paredes, posibilidad de escuchar música en vivo en cualquier lugar y a toda hora. Esa es mi respuesta a la pregunta que siempre me hacen, esas son las cosas que muchas veces me hacen falta cuando estoy afuera. Son cosas que ocurren en todos los barrios, pero que para mí siempre fueron sinónimo de Palermo, tal vez porque, como les dije, crecí y me moví por ahí durante muchos años. Así que mi post de hoy es un homenaje a los colores de Palermo, con pocas palabras pero muchas imágenes.

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Asia de la “A” a la “Z”: J de Juventud

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

J de Juventud

Cuando estoy por viajar a un país, o simplemente cuando sueño con viajar a algún lugar del mundo, no puedo evitar preguntarme cómo será “la juventud” del país en cuestión. Quiero decir, qué características tendrá la generación de los veintipico.

¿Serán idealistas? ¿Lucharán por alguna causa en especial? ¿Estarán politizados? ¿Qué tipo de arte harán para expresarse? ¿Qué autores leerán? ¿Leerán, harán arte? ¿Qué estará de moda? ¿Qué estará de moda en el circuito under? ¿Qué tipo de música escucharán? ¿Qué música harán? ¿Cuáles serán sus preocupaciones? ¿Cuáles serán sus sueños? ¿Cuál será su rutina? ¿Sentirán descreimiento ante el mundo a causa de la historia o la realidad de su país? ¿o estarán luchando para crear un lugar mejor? ¿Serán pesimistas u optimistas? ¿Se organizarán bajo tribus urbanas? ¿Qué pensarán de los extranjeros? ¿Tendrán deseos de viajar? ¿Serán receptivos ante los viajeros? ¿O estarán completamente metidos en su mundo?

Antes de viajar a Asia no tenía idea con qué tipo de “juventud” iría a encontrarme acá. Incluso antes de irme de viaje por América latina no sabía qué imaginarme y me sorprendí al descubrir qué parecidos que somos a los peruanos, a los colombianos, a los ecuatorianos, a todas las generaciones de los veintipico del continente. Pero pensé que tal vez América latina, por tener un idioma y una historia en común, era una cosa y que Asia, que ante mis ojos se presentaba como “un mundo aparte”, sería otra. Temía que fuese un lugar tan distinto que haría que me resultara imposible conectarme con la gente de mi generación.

Pero no fue así, aunque en algunos países fue más difícil que en otros. Hay países donde siento que la juventud está exponenciada (o más a la vista), lugares como Malasia, Singapur, Hong Kong, Macau, China, Indonesia donde es más fácil “verlos”, ver cómo se visten, qué comen, a dónde salen, a qué se dedican; pero hay otros lugares donde me resultó más difícil entrar en contacto con ellos, como por ejemplo Camboya (que es, justamente, uno de los países con la población más joven) o Laos, porque no estaban “mostrándose” tanto. Sin embargo esa fue mi experiencia particular y puede que estuviera menos receptiva en algunos países y más abierta en otros.

Lo que me di cuenta es que lo que varía entre la gente joven de un país y la gente joven de otro son las formas: todos se expresan, pero algunos lo hacen a través del cine, otros de la fotografía, otros de la música, otros del baile; todos se reúnen, algunos con la excusa de comer, otros con la excusa de cantar, otros con la excusa de bailar; todos tienen sueños, expectativas, frustraciones, alegrías y tristezas; todos se enamoran, son felices y sufren; todos tienen intereses, ocupaciones, rutinas, planes, ideas, sueños, deseos.

Y ahora que descubrí que acá no son marcianos :P me intriga mucho conocer a la “juventud árabe” y a la “juventud africana”. En este momento siento lo mismo que sentía antes de venirme a Asia: que tal vez nuestras realidades sean tan distintas que no podré encontrar un punto de contacto con ellos. Aunque sospecho que no es así, pero lo comprobaré el día que esté allá.

Esta foto la saqué en Yogyakarta (Indonesia), la ciudad con más arte callejero que conocí hasta ahora en Asia. Me gusta usar algo que llamo el índice graffiti para ver cómo se expresa la gente joven, con qué fuerza lo hace y qué mensaje intenta transmitir. Y en Yogyakarta vi muchísimos murales ecologistas pidiendo “Salvemos al futuro, salvemos al mundo”.

 

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