Por las calles (lluviosas) de Rosario

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Nuestro último día en Rosario llovió. No, no llovió, se partió el cielo al medio y cayeron baldazos y baldazos de agua durante un largo rato.

La lluvia en un viaje puede tener personalidades múltiples. Por un lado, en un viaje largo, la lluvia es la excusa perfecta para quedarse adentro y descansar, mirar una película, leer, escribir. Por otro lado, en un viaje corto, la lluvia puede ser la culpable de arruinarnos uno de los pocos días que teníamos para salir a conocer. Hace un tiempo, sin embargo, aprendí a tenerle cariño a los días de lluvia. Estando en Asia —donde la lluvia abunda— los usé para descansar y atosigarme de series y películas. Hace unos meses, cuando conocí al fotógrafo Diego Koltán y sus fotocharcos, descubrí que los días de lluvia tienen un después que es visualmente fantástico. La lluvia produce charcos y los charcos producen mundos reflejados bajo nuestros pies. Desde que Diego me hizo ver todo lo que se refleja en los charcos, mi mirada ya no volvió a ser la misma. Desde aquel día, cada vez que llovió yo pensé, feliz: Qué bueno, en un rato este lugar va a estar lleno de fotocharcos. Y desde que lo conocí a Damián y sus burbujas, tuve otra razón para que me gustaran los días de lluvia: el antes y el después de la lluvia son momentos ideales para salir a hacer burbujas. Cuanta más humedad y menos sol, mejor. Más grandes y coloridas salen.

[singlepic id=6853 w=625 h= float=center] Fotocharcos

[singlepic id=6870 h=625 float=center] y burbujas

Así que durante nuestro último día en Rosario salimos a caminar. Todavía no llovía pero se la veía venir. Estábamos paseando por el Bv. Oroño, mirando casas y detalles, cuando me pasó algo muy cómico y lindo a la vez. Dos chicos me gritaron desde un auto “¡Aniko! ¡Aniko! ¡¡Te leemos!!” y me sacaron una foto y una sonrisa. Pocos minutos después se largó el aguacero y no hubo paraguas que resistiera. Era hora de comer y yo recordaba haber visto un restaurante Beatle cerca, así que lo buscamos y nos refugiamos ahí adentro. Para mí, que soy fan de Los Beatles desde antes de nacer, fue como entrar al paraíso. El lugar estaba lleno de fotos, cuadros, detalles y dibujos de Los Beatles. En las pantallas pasaban recitales y shows de ellos como solistas. Arriba había un museo que contaba toda la historia de la banda, con elementos de colección. Así que gracias a la lluvia pude dedicarle varias horas al lugar y salí feliz de haber estado en contacto con mi música preferida.

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Cuando nos fuimos ya no llovía, así que decidimos caminar por la Costanera. Casi no había gente en la calle. Y ahí los vimos: fotocharcos a montones, decenas de imágenes reflejadas en el piso. Y nos pusimos a fotografiar.

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La caminata nos llevó hasta el Monumento a la Bandera, donde nos encontramos con el resto del equipo viajero y decidimos hacer una intervención burbujística. El clima era perfecto. Bien húmedo, bien pesado, bien nublado. Damián sacó el kit y se puso a hacer burbujas. Inmediatamente aparecieron chicos, que siempre tienen el radar de las burbujas bien prendido, con sus respectivos padres. El Monumento se llenó de curiosos que miraban las burbujas y nos miraban a nosotros. A varios le contamos nuestro proyecto, nuestra vida de viajeros. Muchos otros se acercaron a nosotros y nos dijeron: “¡Vi las burbujas y sabía que eran ustedes!”. La Burbuseñal funcionó. No vimos demasiado de Rosario, pero pasamos una tarde lindísima gracias a la lluvia.

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[singlepic id=6861 w=625 h= float=center] Dino y Aldana, los chicos de Magia en el Camino, emburbujados

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Escribo esto mientras en Buenos Aires llueve y todo me parece gris. Esperaré a que pare para, aunque sea, salir a mirar cómo se refleja mi ciudad en el agua que se acumula en sus baches.

[box border=”full”]Este post es el epílogo de Rosario en movimiento, las impresiones de mi primera visita a Rosario.

Pueden conocer al creador de los fotocharcos en su web: charcosenelmundo.com

Para saber más acerca de las burbujas: burbujasporahi.com

Para saber qué hacer cuando llueve, en cualquier lugar del mundo: Guía para aprovechar un día de lluvia [/box]

Los viajeritos (que vieron mucho y aún se sorprenden ante una burbuja)

—¿Y a vos te gusta viajar?
Le pregunto a Pampa, sabiendo lo que me va a responder.
— Sí, mucho.
—Es lo más lindo que hay, viste.

Le respondo con una sonrisa de complicidad, de viajera a viajero.

 [singlepic id=6662 w=625 float=center] Burbujas en el agua

Mientras Damián le hace una grulla de papel, Pampa nos cuenta que estuvieron en Japón pero que la cultura le pareció bastante cerrada: “Ahí todos se preocupan por no molestar al otro, entonces cada cual está metido en lo suyo y queda mal interrumpir”. De China nos dice que estuvieron poco tiempo, “solamente tres meses”, y que la comida de allá es totalmente distinta a la que encontrás en cualquier restaurante chino de Argentina. Asegura, también, que en Filipinas se come chinchulín como en Argentina. Yo lo escucho atenta, aprendo de su experiencia. Él lleva diez años viajando, yo solamente cinco. Da charlas en colegios de todo el mundo y habla con mucha convicción, se lo nota acostumbrado y cómodo ante el público. Ah, un pequeño detalle: Pampa tiene tan solo 10 años. Es uno de los cuatro hijos de Cande y Herman Zapp, los escritores de “Atrapa tu Sueño”, una pareja (ahora familia) que se dedica a recorrer el mundo hace casi 13 años en su auto Graham Paige (y a quienes les dediqué el primer post de Familias Viajeras).

 [singlepic id=6677 w=625 float=center] Los Zapp

Descubrí el libro de los Zapp en el 2008, poco días antes de salir de viaje por América latina. Recuerdo que entré a una librería de Buenos Aires y lo vi. No tenía plata en el bolsillo, pero tenía una tarjeta de puntos. Cuando pregunté el precio y mostré mi tarjeta ocurrió uno de esos hechos que inocentemente tildamos de “casualidad”: tenía los puntos justos (ni uno más ni uno menos) para canjear el libro. Me lo llevé y dejé que los relatos de Cande y Herman me acompañaran y me fortalecieran durante mi primer viaje sola. Hace pocos meses tuve la suerte de conocerlos en persona: me invitaron a una reunión de viajeros en su casa de Los Cardales y me sentí, por primera vez en mi vida, dentro de una sesión real de Viajeros Anónimos (mi grupo de autoayuda virtual para adictos a los viajes).

  [singlepic id=6674 w=625 float=center] Versión reducida de VVAA (la primera vez que fui éramos como 60 personas)

Esta es mi segunda visita, estamos todos sentados a la mesa, pocos días después de Navidad. Pampa agarra la grulla y la hace volar con su mano. Nos dice que solamente necesita un palito para imaginar que tiene una nave espacial y divertirse durante horas. Al rato nos cuenta acerca de su educación a distancia, de la que se encarga Cande. “Una vez estábamos estudiando Geografía sentados en una roca en la base del Everest. Una de las preguntas del ejercicio era ¿Cuál es la montaña más alta del mundo? ¡Facilísimo! ¡El Everest! ¿Y dónde está ubicado? Acá atrás mío.” Pampa da charlas en colegios desde los 7 años: “Cuando yo doy charlas para otros chicos me prestan mucha más atención que cuando habla papá, se animan a hacerme muchísimas preguntas. Una de las más raras que me hicieron fue si habíamos estado en la Luna”.

 [singlepic id=6667 w=625 float=center] Pampa

Los Zapp derribaron el mito de que “no se puede viajar con chicos”. Ellos, a falta de uno, tuvieron cuatro, todos en el camino y nunca dejaron de viajar. Pampa (10 años) nació en Estados Unidos, Tehue (7) nació en Argentina, Paloma (5) nació en Canadá y Wallaby (3) nació en Australia. Juntos recorrieron América, parte de Oceanía y Asia, y hace pocos días partieron a buscar el auto —que quedó estacionado en Sudáfrica— para recorrer el continente africano.

 [singlepic id=6680 h=625 float=center] Pampa

 [singlepic id=6679 w=625 float=center] Tehue

 [singlepic id=6671 w=625 float=center] Paloma

  [singlepic id=6673 h=625 float=center] Wallaby

Me siento a jugar con Paloma, de cinco años, y no puedo creer que estoy hablando con otra viajerita. Le pregunto si le gusta viajar y me dice que sí. Se los ve felices, cada uno con su estilo y su personalidad: Wallaby es un torbellino de energía, Pampa es lector e intelectual, Tehue es más silencioso y sorprende con su repertorio de risas bizarras y Paloma es una pequeña princesa. Me encanta verlos leer, pintar, cantar, saltar y entretenerse con lo que tengan a mano. Pero lo que más me gusta de haberlos conocido es saber que estos cuatro viajeritos tienen más mundo encima que muchos chicos (y adultos) que conozco, que vieron toda clase de paisajes, convivieron con gente de todas las culturas y que aún así se siguen sorprendiendo con algo tan simple como las burbujas. Siguen siendo niños, a pesar de ser adultos de entre 72 y 240 años en la Escala Philippe.

 [singlepic id=6659 h=625 float=center] Imágenes de la burbujeada

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Y lo que me encanta de haberlos conocido, además, es que me ayudaron a corroborar que las burbujas son algo que va más allá de la edad, del idioma, del lugar: son universales, son mágicas para todos y en cualquier momento de la vida. Ellos, que vieron tanto, me lo demuestran con sus sonrisas, con sus gritos, con sus saltos.

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Después de haber conocido a los Zapp me doy cuenta de lo difícil que debe ser, para cada familia que los hospeda, dejarlos ir. Son una familia encantadora y generan una energía tan positiva y feliz a su alrededor que dan ganas de tenerlos cerca. Así que propongo una reencarnación selectiva: si algún día vuelvo a nacer, quiero hacerlo a bordo del auto de los Zapp. ¡Quiero ser su quinta hija viajerita!

 [singlepic id=6678 w=625 float=center] ¡Gracias por demostrarnos que todo se puede!

[box border=”full”]Pueden conocerlos, contactarlos y comprarles el libro a través de su web: argentinaalaska.com[/box]

Montevideo con Paula (parte 2 de 2)

[box border=”full”] El mundo

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso— reveló. —Un montón de gente, un mar de fueguitos.—
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

(De El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano)[/box] [singlepic id=5574 w=625 float=center] [singlepic id=5575 w=625 float=center]

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Este post es la continuación de Montevideo sin Paula. Entre ambos conforman la crónica de mis diez días en la capital uruguaya.

[singlepic id=5659 w=625 float=center] Pau y yo

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Parte 2: Montevideo con Paula
(o El maravilloso y fantástico mundo de Pau y Ani)

Día P: Sábado. Llega Pau. La marmota se despierta. Empiezan a pasar cosas insólitas.

Hoy es el día P (P de Pau, obvio). Estoy feliz, mi amiga llega a eso de las 6 de la tarde.

Paso la tarde en el jardín botánico y en el jardín japonés con gente de Couchsurfing: Andrea y Fer (una pareja uruguaya muy simpática que se está por ir de viaje a Guatemala y Belice), Gustavo (un chico de Tenerife que está viviendo en Uruguay), Andrés (el chico que “me reconoció” ayer en el colectivo y que resulta que también es couchsurfer), Emilia (mi amiga brasilera, esa que conocí hace dos años y medio en Montevideo y con la que me volví a encontrar acá), Alexandre (un amigo brasilero de Emilia) y Rebecca (su hija). La excusa de la reunión es hacer burbujas gigantes, pero hay tanto viento que salen medio malas. Así que vamos al súper, compramos comida y nos quedamos haciendo picnic al solcito.

[singlepic id=5619 w=625 float=center] Con Emilia, Andrea y Fer en el botánico

[singlepic id=5628 w=625 float=center] El jardín japonés

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A las 6 me voy a Tres Cruces (la terminal terrestre de Montevideo) para recibir a Pau. Vino con su valijita tamaño pocket. Ella es pocket y es genial. Se las presento. A Pau la conocí en uno de los mejores lugares del mundo: las escaleras del Wayna Picchu. ¿Vieron que en las fotos típicas de Machu Picchu se ve, de fondo, una montaña con forma de cara acostada? Bueno, ese es el Wayna Picchu. Si llegan temprano a Machu Picchu, como yo aquella vez que fui en el 2008, pueden ser uno de los pocos cientos de privilegiados que suben al Wayna Picchu para ver las ruinas desde arriba. Ahí mismo, en esa escalera, en esa montaña, en ese momento conocí a Pau, a su hermana Flor y a Vero, tres chicas argentinas que hoy son de mis más amigas. Pau es muy genia, aunque no me deja hablar mucho de ella (es humilde y no quiere aceptar que es una genia) (ya veo la cara que me estás poniendo mientras lees, Pau, ¡lo lamento! yo solamente digo la verdad), así que me acotaré a relatar los cuatro días ESPECTACULARES (término que le robé a ella) que vivimos juntas en Montevideo. Si los seis días que estuve sola en Montevideo fui una marmota en estado de hibernación, los cuatro días que pasé con Pau estuvieron cargados de realismo mágico…

[singlepic id=5678 h=625 float=center] Pau

La noche de la llegada de Pau nos encontramos con Eduardo, un chico uruguayo de Couchsurfing, en Isla de Flores y Santiago de Chile (Barrio Sur) para ver los tambores, una de las tradiciones montevideanas que más me gustan. En esta oportunidad nos toca ver a Cuareim, uno de los grupos de candombe de Montevideo. Si visitan Montevideo no pueden dejar de ver el candombe, esta expresión cultural de origen africano que surgió durante la época colonial y tomó forma en conventillos como Medio Mundo y Ansina.

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Hace frío, así que nos paramos cerca de las llamas. Antes de empezar a tocar, los instrumentos se calientan al lado del fuego. Espero, paciente e impaciente a la vez. La última vez que estuve en los tambores fue hace más de dos años; era verano, era la misma hora pero todavía era de día. Ahora hace frío, mucho. Empieza el toque. Van por el medio de la calle y nosotras caminamos al lado, los vamos acompañando desde la vereda. Al rato frenan a descansar. Tengo tanto frío en los pies que no puedo caminar más. Estamos por irnos cuando un amigo de Eduardo, músico de la banda La Tabaré, nos dice que tiene dos entradas gratis para la ópera: en este mismo momento están presentando Turandot (de Giacomo Puccini) a pocas cuadras de donde estamos, así que aceptamos el regalo y nos vamos los cuatro a ver la ópera. La ópera. O sea: pasamos de tambores a ópera en pocos minutos. Llegamos al teatro, tenemos solamente dos entradas pero nos dejan pasar a todos igual… esos milagros montevideanos.

[singlepic id=5636 w=625 float=center] De esto…

[singlepic id=5637 w=625 float=center] … a esto. Así de sorprendentes son los viajes.

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Día F (de feria, de fuego): Domingo. Feria callejera. Burbujas. Rock. Oda al fuego.

Nos despertamos. El frío no tiene piedad. Hago el esfuerzo por no re-marmotearme. Salimos a pasear con Fosse (mi amigo que nos está alojando) a la feria Tristán Narvaja, una feria callejera que se realiza todos los domingos en Montevideo desde hace más de cien años. Como en todo mercado de pulgas, acá se ve y se consigue de todo: libros, antiguedades, lámparas, pipas, cuadros, ropa, animales, tambores, frutas, verduras y un larguísimo etcétera. Nos perdemos un rato entre los puestitos. Me compro mi primera planta. Sí: nunca tuve una planta propia (cuya existencia dependa solamente de mí) en toda mi vida. Esto de viajar hace que no pueda tener plantas ni gatos. Espero que esta sobreviva.

[singlepic id=5638 w=625 float=center] Me compré una parecida a esta.

[singlepic id=5643 w=625 float=center] Imágenes de la feria Tristán Narvaja

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Pau está con que quiere comer mejillones, así que nos vamos a Punta Carretas, el punto más austral de la costa de Montevideo a comer pescado fresco. Mejillones no hay, pero pedimos rabas, papas fritas con cebolla, pedacitos de pescado rebozado y provoleta. Todo en la gama del amarillo. Una delicia. Salimos a caminar pero el frío es demasiado torturador.

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Esa misma tarde nos mudamos a lo de Andrea y Fer, los chicos de Couchsurfing que conocí ayer en el jardín botánico y que ofrecieron alojarnos. Cuando llegamos a su casa nos encontramos cara a cara con lo que parece el paraíso: un living divino con dos sillones enormes, una alfombra y una estufa a leña (¡prendida!). Nos la pasamos los siguientes diez o quince minutos gritando: “¡Nooo! ¡Qué buena estufa! ¡Espectacular! ¡Qué lindo que está acá!”. Casi casi hacemos una danza tribal de agradecimiento frente al fuego, pero no sabemos los pasos, así que desistimos. Después de haber pasado varias noches sin calefacción, el calor del fuego es una bendición.

[singlepic id=5667 w=625 float=center] Mi amigo Chucho y su banda Rockadictos

A la noche nos vamos a ver el recital de Rockadictos (banda de mis amigos) y Buenos Muchachos en un bar de Ciudad Vieja. Volvemos a la casa y nos vamos a dormir felices con el fuego y las estufas. Nos despertamos en medio de la noche con mucho calor y un ataque de risa incontrolable. Nos la pasamos quince minutos riéndonos irónicamente: “¡Ah no, pero acá no se puede estaaaar, hace demasiado calor! ¡Mañana nos mudamos eh!”. Qué lindo que es reírse estando de viaje. Qué lindo que es viajar con amigas con las que compartís tantos códigos y cosas en común. Qué buen invento que es el fuego.

***

Día C (de casino): Lunes. Tu pasaje no sirve. Le aposté al 30 y ganamos.

Desde que llegué a Uruguay estoy bastante desconectada de internet. Estoy, realmente, de vacaciones.

Antes de salir a pasear se me ocurre chequear los mails y me desayuno con una lindísima y grata noticia de Colonia Express (la empresa de barcos que hace el trayecto Buenos Aires – Colonia y con la que tengo planeado volver el jueves, en tres días). El mail dice lo siguiente:

“Por medio del presente, le informamos que por un error en el sistema se la ha permitido acceder a algunos pasajeros a la frecuencia del 19/7. Dicha salida no está programada ya que ese día no contamos con frecuencias a Buenos Aires. Le pedimos disculpas por los inconvenientes ocasionados, y le ofrecemos las siguientes alternativas para que Ud pueda elegir la más conveniente: reprogramar su salida para el viernes en cualquier de los horarios disponibles o devolverle el dinero abonado.”

Traducción: el pasaje que compraste con más de un mes y medio de anticipación NO TE SIRVE. Pero te lo decimos ahora, tres días antes de que salgas, para que ya no puedas conseguir nada a buen precio y tengas que pasar los últimos días de tu viaje preocupándote por comprar un pasaje nuevo para poder volver en la fecha en la que tenías planeado volver.

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[singlepic id=5669 w=625 float=center] Va una foto de un gato para que el momento sea menos tenso

Me indigno. Realmente me indigno ante la situación. Generalmente viajo sin planes y sin fechas, pero esta vez compré la vuelta para el jueves 19 por un solo motivo: para estar presente en el cumpleaños de mi hermana. Así que quiero volver el jueves sí o sí. No me sirve que me cambien la fecha. Nos vamos a Tres Cruces a reclamar. Lo que nos dicen en el mostrador de Colonia Express parece un chiste: “Tienen que reclamar por mail a Buenos Aires. Cuando reciban la respuesta —que generalmente tarda 48 horas— tienen que imprimir el mail y traerlo acá así se lo muestro a mi supervisora y vemos cómo hacemos con el cambio o la devolución”. Increíble. Finalmente decido comprar un pasaje en Seacat que me cuesta el doble de lo que me costó el de Colonia Express. Apenas tengo una computadora cerca mando un mail a Colonia Express para que me devuelvan la plata y me cubran la diferencia del pasaje que saqué con Seacat. (Al día siguiente, me llega un mail diciendo “que me devolvieron la plata + la diferencia”. AL DÍA DE HOY TODAVÍA NO ME DEVOLVIERON NADA.)

[singlepic id=5632 w=625 float=center] Después de tanta queja nos agarra hambre…

[singlepic id=5633 w=625 float=center] y vamos en busca de un bodegón como este.

Salimos de Tres Cruces y preguntamos cómo llegar a Parque Rodó. “Ah no chicas, ¡están muy lejos! ¡Como a 15 cuadras!”. Ya sabemos, pero queremos caminar. “¡Pero es muy lejos!”, nos repite una mujer muy simpática que se preocupa mucho por nuestra seguridad y nuestras piernas. Son casi las 3, quedamos en encontrarnos con chicos de Couchsurfing a eso de las 4 y todavía no almorzamos. Estamos antojadas de pastas. Yo le digo a Pau que seguro que en el camino vamos a encontrar algún barcito, pero caminamos y no vemos nada abierto. Entramos a un quiosco y le preguntamos al dueño si sabe de algún bodegón o lugarcito para comer. Nos dice que por esa zona no hay nada. De repente se ilumina: “Miren, acá cerca hay un restaurantito donde se come muy bien y es barato. Está adentro de una clínica, en la próxima cuadra”. Así que terminamos comiendo vermicceli al pesto en el café de una clínica de barrio. Después nos hacemos un par de electrocardiogramas, ya que estamos.

 [singlepic id=5649 h=625 float=center] Algunas fotos de niños uruguayos

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Vamos un rato al Parque Rodó a encontrarnos con los chicos de couch. Pasamos una linda, aunque breve, tarde (el sol baja muy rápido en invierno) y nos despedimos. Vamos hacia la Rambla. Hace mucho frío y tenemos ganas de ir al baño. Lo más cercano que vemos es el casino, así que entramos con el plan de usar el baño e irnos. Apenas cruzamos la puerta, el de seguridad nos mira y yo me río con un poco de nervios (“Seguro que se dio cuenta de que entramos solo para ir al baño”, pienso).

—Chicas, ¿cuántos años tienen?

—¿De verdad nos preguntás? ¡No lo puedo creer! ¡Qué halago! Yo tengo 27 (le digo)

—A ver, muéstrenme el documento…

—Bueno, pero en realidad te mentí. Tengo 26, cumplo 27 en diez días…

—Está bien, pasen chicas, pero tienen que dejar la mochila en el guardarropas.

—Venimos a usar el baño nada más, ¿igual tenemos que dejarla? Son cinco minutos.

—Sí. Si fuera una cartera podrían llevarla, pero como es una mochila…

Ahí me pongo medio tarada (ya venía muy tentada por lo de que nos pidieran documento), agarro mi mini mochila y le digo al guardia, con buena onda: “O sea que si uso la mochila de mochila no puedo entrar… pero… ¿y si la uso de cartera?” (y me pongo la dos tiras en un brazo y la acomodo como si fuera una canasta). Se ríe. No, igual hay que guardarla.

[singlepic id=5674 w=625 float=center] No tengo fotos en el casino, así que van algunas random.

Vamos al baño y cuando salimos Pau me dice, con total convicción: “Ani, juguemos. Siento que tenemos que jugar un número”.

Compramos el mínimo: una ficha de 200 uruguayos (10 usd) entre las dos y nos posicionamos al lado de la ruleta. ¿Alguna vez vieron a dos chicas inexpertas que no tienen ni idea de cómo comportarse en un casino? Se lo perdieron entonces. Esas somos nosotras. Yo jamás jugué a la ruleta y no sé ni cómo es que se hacen las apuestas. El tipo (no sé cómo se le dice al que te da las fichas) nos cambia la ficha de 200 por 10 fichas de 20. Agarramos cinco cada una y empezamos a apostarle a distintos números. Primero le juego al 27 (ya que le dije al guardia que yo tenía 27…) y Pau le juega a un número que no recuerdo. No sale ninguno. En la segunda o tercera vuelta decido jugarle al 30. Como entre que hacemos la apuesta y giran la ruleta pasan varios minutos, me olvido de que le jugué a ese número y me pongo a charlar con Pau de otras cosas. De repente escucho: “Neeegro el treinta”. Me quedo dura. La miro a Pau. Miro el tablero con las apuestas. “Pará Pau, ¡¡yo le jugué al 30!!”, grito. Pau me pone una de las mejores caras que le vi en mi vida y se empieza a reír tanto que llora. Yo no aguanto la risa y estallo. Somos dos locas riéndonos como dos gallinas en medio de la seriedad del casino. Lloramos de risa. Suerte que fui al baño recién porque sino me hacía encima. Nos ganamos 700 pesos uruguayos (de los cuales jugamos 200 más), recuperamos nuestra pequeña inversión y encima nos quedamos con algo. No lo podemos creer, es LA anécdota del viaje. Entramos al casino para ir al baño, le jugamos a la ruleta y ganamos.

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***

Día M (de momentos mágicos): Martes. Ahí va.

Hoy es nuestro último día en Montevideo. Mañana nos vamos a Colonia y el jueves ya nos volvemos a Buenos Aires. Pero la magia no cesa… Nos pasan cosas como estas:

* Salimos a caminar con Andrea y en la calle me encuentro una carta (un 3 de espadas), la primera desde que llegué a Uruguay.

* Vamos a almorzar chivitos y nos atiende la moza con más buena onda del mundo. Es muy simpática y pareciera que con nosotras dos, más. Incluso nos da un beso y nos desea buen viaje. ¿Será que emanamos algún tipo de energía positiva? Yo creo que sí.

* Queremos ir para Ciudad Vieja y, sin saberlo, nos tomamos el colectivo que más vueltas debe dar: el 191. Si el camino era recto, este bondi dibuja todo tipo de figuras geométricas para llegar de A a B. Nos encanta: es como un city tour gratuito.

* Nos agarra un ataque de uruguayensis y empezamos a repetir las palabras ta, ahí va, bo y seguro en todas las frases. :)

* Caminamos por Ciudad Vieja y nos encontramos, de casualidad total, con mi amigo Fosse (el que me alojó durante mi etapa marmota). Él está trabajando pero se toma un descanso y nos acompaña a pasear por ahí.

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Y en el medio de esto nos reímos, revivimos el momento del casino, sacamos fotos, charlamos, nos relajamos, nos olvidamos de todas las preocupaciones y respiramos ese aire montevideano tan cargado de tranquilidad, de buenas vibras y de magia.

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