Destino final: San Pedro de Atacama

Empezamos el viaje a dedo hacia nuestro último destino de Chile: San Pedro de Atacama. 1200 kilómetros que esperamos poder hacer en dos días. Como pasa con todos los lugares turísticos, hay opiniones encontradas acerca de San Pedro: muchos dicen que es lindo pero demasiado turístico, otros nos dicen que no nos perdamos los alrededores. Lo cierto es que San Pedro de Atacama es uno de los pueblos más caros de Chile (país que ya de por sí es caro para viajar). Para nosotros será nuestro lugar de paso antes de cruzar a Bolivia. Estamos en cuenta regresiva: si bien no tenemos fecha de vuelta ni planes, decidimos pasar Navidad y Año Nuevo con Olga y Mirla, dos de mis mejores amigas peruanas, así que ese es nuestro primer gran objetivo: viajar un poco por Bolivia y llegar a Lima (por tierra) antes del 24 de diciembre.

Este es el mapa del recorrido que hicimos de Coquimbo a San Pedro de Atacama:

La tarde antes de dejar Coquimbo salimos a pasear con Luis, nuestro anfitrión de Couchsurfing. Recorremos el barrio inglés, vamos al puerto, miramos a los pescadores, nos encontramos con bastante arte callejero. Si bien Coquimbo está “opacada” —turísticamente— por La Serena (la ciudad de al lado, más colonial) siento que es un lugar que tiene alma. Me gusta. La Serena, en cambio, no me cautivó demasiado. Para despedirnos de la ciudad, Luis nos invita a tomar la once a la casa de su abuela. ¿Qué es esto de la once, si no transcurre a las 11 de la mañana ni de la noche sino entre las 5 y las 9 pm? Los chilenos nos dieron varias teorías: “Es lo que ustedes llaman merienda. Consiste en tomar café o té junto con pan, dulce de leche, manteca, mermelada, palta, tomate, queso, huevos… A veces nosotros ni cenamos, tomamos la once y ya está”, nos dijo un chico de Couchsurfing. “La once se refiere al aguardiente: A-G-U-A-R-D-I-E-N-T-E tiene once letras; los trabajadores le decían ‘la once’ o ‘vamos a tomar la once’ para que nadie se diera cuenta de que iban a tomar alcohol durante la tarde (en la época colonial no se podía)”, nos contó un camionero. “Dicen que viene de la palabra lonche o lunch en inglés”, nos dijo una señora. Lo cierto es que tomar la once es algo bien chileno, y si está preparada por una abuela, mucho mejor: “Son cosas que te pasan si hacés Couchsurfing”, nos dice Luis mientras comemos las empanadas caseras de queso que nos preparó su abuela.

[singlepic id=7779 w=625 float=center] Algunas imágenes de Coquimbo, uno de los últimos lugares que visitamos en Chile

[singlepic id=7775 w=625 float=center] Pelícanos en una de las caletas de Coquimbo

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Día 1: avanzamos 350 km

A la mañana siguiente agarramos las mochilas y salimos a la ruta. Luis vive al lado de la ruta 5 así que es fácil empezar el trayecto. Pasan cuarenta y cinco minutos, me empieza a doler el brazo (hay mucho viento y cuesta mantenerlo firme), y frena Tito. Está apurado: “Suban suban, apuren, que no los vean”, nos mete en el auto y arranca a toda velocidad. “Es que mi jefa me prohibió que subiera gente y anda por aquí cerca, no quiero que me vea porque después me reta”, nos dice. En el camino a La Higuera, donde nos deja, se dedica a gastar la bocina con cada mujer que pasa cerca.

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Nos bajamos del auto y no esperamos ni cinco minutos: una camioneta frena de golpe. “Los vi allá en Coquimbo y tenía ganas de llevarlos, pero no pude parar porque iba por el otro carril”, nos dice Agustín apenas subimos. Ofrece llevarnos hasta Copiapó, a 280 km, donde vive. Me acomodo en el asiento de atrás, junto a su guitarra, y las horas se nos pasan volando: Agustín es viajero y tiene muchas historias. En el 2011 se fue de gira con su banda por América Latina en una casa rodante construida por él. Le pregunto qué tal la experiencia y nos dice que fue una de las mejores de su vida. Conocieron muchísima gente, intercambiaron música por alojamiento y comida: “Tocábamos en todas partes, nos encantaba hacerlo, era algo que disfrutábamos mucho”. La camioneta tenía espacio para diez personas así que siempre subían mochileros en el camino.

Cuando llegamos a Copiapó decidimos frenar por el día. Todavía es temprano, pero nos queda más de la mitad de camino y no queremos llegar de noche. Agustín nos sugiere que vayamos a conocer Bahía Inglesa (o el Parque Nacional Pan de Azúcar, aunque para eso necesitamos movilidad propia y no tenemos), nos regala su carpa para que podamos acampar en la playa y nos dice que si no tenemos dónde dormir lo llamemos y nos quedemos con él en Copiapó. Nos despedimos y hacemos dedo hacia Bahía Inglesa para pasar un día de playa (claramente fuera de itinerario).

[singlepic id=7785 w=625 float=center] Vamos en busca de las gaviotas…

Enseguida nos levanta una familia en camioneta y el padre nos dice que nos acomodemos atrás, en la caja (la parte abierta). Perfecto. Me encanta viajar ahí atrás y sentir el vientito. A los 15 minutos la camioneta frena en medio de la nada. El padre se baja y nos dice: “A mi hijo le duele el corazón…” (me asusto) “…y me pidió que por favor vengan adentro con nosotros” (ahhh…). Le decimos que estamos bien, que no se haga problema, y seguimos camino. Al rato un camión se pone atrás nuestro, pegadito, y veo que el conductor levanta su celular y nos saca una foto desde arriba. Una imagen que me hubiese gustado tener de recuerdo: nosotros dos en la caja rodeados de mochilas, en una camioneta blanca en una ruta chilena en algún lugar del planeta Tierra.

[singlepic id=7784 w=625 float=center] Primeras imágenes de Bahía Inglesa

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Finalmente llegamos a Bahía Inglesa, un pueblito mínimo que en verano explota. El mar está ahí nomás. Damián grita de golpe: “AH NO, ¡mirá el color del agua!”. Es transparente. Turquesa celeste clarito caribeño transparente. Se ve el fondo. Se ve todo lo que está adentro. Es un pedazo de mar Caribe al que le falló el GPS. Meto los pies: está frío pero me acostumbro rápido. Lo malo es el viento, así que nos refugiamos en la carpa y dormimos un ratito. Estamos en plena siesta cuando vemos algo negro que se mueve en círculos por una de las paredes de tela: es un perro y acaba de mear en nuestro hogar. Nos bautizó la carpa. Es la señal de que tenemos que levantar campamento e ir pensando dónde vamos a dormir. Nos acercamos a una casa y preguntamos dónde queda el camping. El dueño ofrece llevarnos en su camioneta, le queda de paso ya que tiene que salir de la ciudad. Le preguntamos a dónde va. “A Copiapó”. Nos miramos. “Vamos con vos”. Lo llamamos a Agustín y le avisamos que vamos para su casa.

Conclusión del día de Demian (dicho casi a los gritos y con emoción): “Viajando te pasan cosas extraordinarias todos los días. ¡La gente se tiene que animar!”.

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Día 2: avanzamos 768 km

A la mañana siguiente, Agustín nos deja en la ruta y otra vez nos entregamos al azar. Le digo a Damián: “Quiero que frene un camión con cama, desayuno, películas y música”. Hoy me da un poco de fiaca hacer dedo, pero ya estamos en el baile. A la media hora frena un camión que va directo a Antofagasta (y a mitad de camino nos dice que, como no tiene que volver a Copiapó, va a seguir hasta Calama). No nos podría haber ido mejor: Calama está a 768 km de Copiapó y a 100 km de San Pedro de Atacama. Daniel, el conductor, me deja al mando de la música, así que vamos escuchando de todo. Al principio pongo música en castellano, pero cuando me dice que también le gusta la música en inglés escuchamos Guns ’n’ Roses, Audioslave, Los Beatles y cantamos al unísono. Frenamos a almorzar en la ruta con sus compañeros: dos camioneros chilenos y un paraguayo. El paraguayo quiere sacarse fotos en la mano del desierto así que nos desviamos un poco de la ruta y vamos en caravana de camiones a sacarnos fotos con la escultura.

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El camino es desértico. Aridez total. No hay nada de nada. Nadie (casi nadie) puede vivir en un lugar tan seco. Daniel nos cuenta historias durante todo el viaje (él hace esta ruta todo el tiempo y conoce cada detalle del camino): “Se ven cosas raras en el desierto. Dicen que hay una pareja que hace dedo de noche y cuando uno frena desaparecen, nunca suben… Uno mira por el espejo y ya no están… También hay una niñita que siempre hace dedo en la curva que acabamos de pasar. Se sube, se sienta adelante, conversa y a los diez minutos si miras ya no está más. Ahí adelante hay un cementerio de guagüitas, está lleno de niñitos que murieron y de noche penan y mueven el camión”. A él nunca le pasó, pero por si acaso, no se anima a quedarse a dormir en esas zonas.

[singlepic id=7788 w=625 float=center] Esto fue lo último que vimos del mar

[singlepic id=7789 w=625 float=center]  Después, desierto total

También nos habla acerca de los personajes de la ruta. Hay un médico que vive en el desierto, al borde del camino: “Hace varios años se quedó dormido mientras manejaba y chocó. Toda su familia murió y él se volvió loco y se quedó a vivir ahí mismo en el lugar del accidente. Construyó casas de barro y vive ahí. Siempre nos pide que le demos agua o nos frena para conversar”. Dicho y hecho, unos kilómetros después, un señor con una barba muy blanca y un traje igual de blanco nos hace señas con un bidón en la mano. Está un poco enojado porque los camiones que iban adelante siguieron de largo. Le damos agua y se vuelve a su refugio (blanco también). “Hay días en que nos quedamos conversando, pero hoy está molesto”, nos cuenta Daniel.

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Después de unas 10 horas de música y charlas, Daniel llega a Calama y nos deja en el cruce a San Pedro: estamos solamente a 100 km (al lado de todo lo que hicimos, parece nada). Es de noche, son las 9 y ya está oscurísimo, pero decidimos intentarlo igual. Nos paramos debajo de un farol, hacemos un cartel que dice San Pedro de Atacama y cada vez que pasa un auto nos autoalumbramos con la luz del celular para que nos vean de lejos, sonreímos y movemos el cartel. Nadie frena, obviamente. Debemos parecer los dos fantasmas de la ruta. Así que a las 10 nos damos por vencidos y terminamos durmiendo en Calama (todavía no nos animamos a acampar al costado de la ruta tan cerca de una ciudad).

Al día siguiente salimos a San Pedro en bus. Estamos demasiado cansados como para seguir haciendo dedo después de dos días de tanto viaje. Finalmente llegamos a San Pedro de Atacama y ahí corroboro que lo importante no es llegar a destino, sino vivir todo lo que pasa entremedio. San Pedro (o por lo menos su centro) es tan turístico que no me inspira a escribir nada ni a sacar fotos. Los paisajes que lo rodean parecen muy lindos, pero debatimos y decidimos conocer los del lado boliviano. Un día antes de irnos de Chile hacemos un show de burbujas en una de las escuelas del pueblo: si pudimos hacerlas en el lugar más árido del mundo, podremos hacerlas en cualquier otro lugar.

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Ahora, Uyuni nos espera (a mí, por tercera vez). Estamos a pocos pasos de cruzar a Bolivia, el lugar en el que empezó todo, el país que me inspiró a viajar.

Usted está aquí

Wherever you are, you are here
(John Lennon)

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A medida que avanzamos hacia el norte de Chile me empieza a pasar algo raro: me olvido de en qué parte del mundo estoy. Durante varios días mi cabeza mezcla muchas cosas: por un lado, voy leyendo “El interior” de Martín Caparrós (el relato de su viaje por el interior de Argentina) y cada vez que miro por la ventana pienso, por un segundo, que estoy en alguna ruta pampeana; por otro, me adelanto mentalmente a nuestro próximo destino: Bolivia; de a ratos me siento en Perú (ciertos lugares de Chile me recuerdan mucho a los pueblos costeros de Perú, país en el que pasaremos Navidad con mis amigas); y de repente me acuerdo: estamos en Chile. Para sumarle a esto, todos los días sueño con estar en Asia (una paradoja: cuando llegué a Tailandia, primer país asiático que visité, deseé poder teletransportarme a América Latina. Ahora quiero que sea al revés). Es la ansiedad, tan típica de mí, y ese no poder frenar los pensamientos de deseo de estar siempre en un lugar distinto al que estoy. Un viajero no piensa en el último viaje sino en el próximo, dicen. Y a veces me pasa que no pienso ni siquiera en el que estoy, sino en el que me gustaría estar.

Los chilenos que conocimos durante este viaje nos hablaron mucho acerca del valle de Elqui —un lugar, al parecer, bastante místico y energético— así que nos vamos para allá desde Coquimbo, ciudad de la en la que estamos haciendo Couchsurfing. Cuando llegamos a Pisco Elqui, uno de los pueblos del valle, mis tiempos (el mental, el real) se alinean. Aunque de esto me daría cuenta después. Los primeros días estoy bastante triste: no tengo ganas de hacer nada, no quiero estar en ningún lugar. Ni en Chile, ni en Argentina, ni en Asia, ni en el planeta Tierra. Si un ovni me ofreciera llevarme bien lejos le diría que sí. Todos tenemos heridas que sanar y yo estoy con las mías.

[singlepic id=7757 w=625 float=center]  Pisco Elqui

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[singlepic id=7766 w=625 float=center]  Oscuridad

Como no tenemos carpa nos quedamos en un hostal, el primero desde que empezamos a viajar. La primera noche nos sentamos a charlar con Santiago, el dueño, y con el resto de los viajeros. Santiago nos cuenta historias extraordinarias de sus viajes (viajó, y mucho), pero hay una que me queda grabada: una vez, las circunstancias hicieron que se quedara viviendo y trabajando de cocinero en Rurrenabaque (la selva de Bolivia), en una posada que recibía grupos de gente con problemas psiquiátricos. Una agencia organizaba viajes de un mes por Bolivia y Perú para grupos de 10 o 12 personas que habían sufrido situaciones de mucho estrés. Iban con médicos y viajaban en un ambiente muy controlado: los sometían a situaciones “extremas” (como caminar por la selva durante horas o enfrentarse con animales salvajes) para hacerlos reaccionar y devolverles un poco de vida. El objetivo era que se despejaran mentalmente, que se recuperaran gracias al viaje. Y mientras Santiago habla, pienso en voz alta: “Claro: viajoterapia”. Nunca había hecho esa unión de palabras, pero me resulta demasiado obvia y no sé cómo no me di cuenta antes: los viajes también curan. Son terapia para el alma.

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Pasamos dos días en Pisco Elqui sin hacer nada. Por “nada” me refiero a que no salimos a andar a caballo por las montañas ni vamos a conocer otros pueblos. A mí, por lo menos, no me sale otra cosa que hacer nada. A la vez me siento un poco culpable, como si estuviese perdiendo el tiempo: “Estoy acá, quién sabe cuándo volveré, y no estoy haciendo nada de lo que debería estar haciendo”.

Unos días después entiendo por qué. 

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La tarde que nos estamos por volver a Coquimbo me siento a comer un poco de pan en el jardín y aparece un personaje peculiar: un señor con unas rastas muy rubias, una barba muy larga y un aspecto muy hippie. Me habla como si ya hubiésemos charlado antes:

—Oh man, that San Pedro I took two days ago is still making me sick. I haven’t been able to eat for 48 hours.

Al parecer tomó San Pedro y hace dos días que se siente muy mal del estómago y no puede comer. Lo único que hace es dormir. Le respondo en inglés y en algún momento de la conversación me dice: “Your accent sounds different today” (“Tu acento suena distinto hoy”). No sé a qué se refiere, así que le respondo, como intentando explicarle por qué mi acento es raro: “I’m Argentinian” (“Soy argentina”). Y ahí se da cuenta de que me confundió con otra huésped del hostal, pero lo bueno es que la situación es una buena excusa para empezar a charlar. Damián se suma a la conversación y, sin darnos cuenta ni haberlo planeado, hablamos durante horas.

Se presenta como Bunny Man, es de Estados Unidos, tiene 54 años y empezó a viajar a los 38 (“empecé tarde”). Tiene un hijo y una hija y da la vuelta al mundo (solo) dos veces por año. ¿Cómo? Trabaja en la Marina de Estados Unidos (como civil) y cada año se embarca en Japón en una misión secreta (“no puedo contarles de qué se trata, pero estamos en busca de un submarino”). Tiene varios meses al año de vacaciones y los usa para viajar. Camina sin zapatos y es una de esas personas llena de enseñanzas y puro amor. Está viviendo en el hostal hace tres semanas: “Cuando estuve en Egipto pasé varias semanas yendo de un oasis a otro, está vez pensé ¿por qué no quedarme solamente en un oasis durante varias semanas?”. Y eso hace: él simplemente está acá.

[singlepic id=7760 h=625 float=center] El Hostal San Pedro, donde pasamos varios días haciendo viajoterapia sin darnos cuenta

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Hablamos acerca de los viajes, del miedo que tienen muchas personas a salir de su ciudad, de sus experiencias en Asia y África, del poder del amor, de la necesidad de generar un cambio de conciencia mundial, de todas esas cosas que vistas de lejos suenan hippies y new age pero que, en mi opinión, son las que salvarán al mundo. Nos enganchamos tanto en la conversación que decidimos posponer nuestra vuelta y quedarnos una noche más en Pisco Elqui para seguir charlando con él. Se generó una conexión tan linda que por primera vez en varios días siento que quiero estar ahí y en ningún otro lugar. Esa noche, Bunny Man recupera el apetito (ofrecimos cocinarle algo) y empieza a sentirse mejor. Nos dice, varias veces: “Wow, you two are healing me, I feel hungry again. Thank you! Make sure to write it down” (“Ustedes dos me están curando. Volví a tener hambre. ¡Gracias! Asegurate de escribirlo”). Yo le digo: “We are healing each other, so thank you too” (“Nos estamos curando mutuamente, así que gracias también”).

Al día siguiente, cuando nos despedimos, le pregunto:

—Después de 16 años de viajar, ¿crees que las despedidas se hacen más fáciles?
—No, siempre son difíciles.
—Por eso prefiero decir “nos vemos pronto” en vez de chau.
—Entonces nos vemos pronto.

Mientras volvemos a Coquimbo pienso que, en definitiva, no hicimos nada en el valle de Elqui, y esa fue la clave de la viajoterapia. Hay lugares donde lo que importa es estar. No “ver” ni “hacer”, sino estar. Situarse en ese tiempo y en ese espacio y vivir el presente. Ser consciente de que uno está ahí, en un momento irrepetible, y entregarse por completo. Ser capaz de decirse a uno mismo: you are here (me gusta más la versión en inglés de esta frase, porque “are” puede significar tanto “estar” como “ser”), estoy acá, soy acá. Y no querer estar en ningún otro lugar.

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[box border=”full”] Más información de Pisco Elqui: 

– Buses desde La Serena a Pisco Elqui: 4000 pesos chilenos. El bus de vuelta cuesta 3000.

– El valle de Elqui es ideal para mirar las estrellas. Se hacen tours astronómicos, yo me quedé con muchas ganas pero no pude porque estaba nublado. Cuestan entre 12.000 y 15.000 pesos chilenos por persona. Sino, simplemente siéntense a mirar el cielo de noche.

– En Pisco Elqui hay varias tienditas donde comprar comida y cocinarse. Los precios son los mismos que en el resto de Chile (nos habían dicho que era mucho más caro, pero nos pareció igual).

– Lo lindo del valle es recorrer sus pueblos. Lo lindo de Pisco Elqui es estar ahí y relajarse mentalmente.

– Muchas gracias Santiago, dueño del Eco Hostal San Pedro, por la amabilidad y las historias. Lugar muy recomendado para quedarse. Es de los hostales más económicos de Pisco Elqui y está muy bien cuidado. Tienen más info en su web. [/box]

Comodín
(Valparaíso y yo, amor a segunda vista)

“Valparaíso qué disparate eres 
qué loco puerto loco
qué cabeza con cerros desgreñada
no acabas de peinarte nunca
tuviste tiempo de vestirte
siempre te sorprendió la vida
te despertó la muerte en camisa
en largos calzoncillos…”

Pablo Neruda

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Lo mío con Valparaíso no fue amor a primera vista (léase claramente: “no fue”). Aunque parezca raro (considerando que soy excesivamente enamoradiza de los lugares), no sentí mariposas instantáneas como con, por ejemplo, ustedes-ya-saben-quién. Me habían hablado tanto de Valpo que esperaba entrar en estado de shock amoroso apenas lo viera. Las frases que me dijeron antes de viajar —“está lleno de gatos y de murales”, “es ideal para caminar”, “está frente al océano Pacífico”, “tiene casas de colores”, “vas a querer quedarte a vivir”— parecían querer convencerme de que yo ya estaba enamorada de Valparaíso pero nunca me había enterado. Entonces llegué con la idea de que tenía (teniai) que estar enamorada y no me sentí tan así. Y me dio culpa. ¿Cómo puede ser? Si esta ciudad es perfecta…

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A veces escuchamos tanto acerca de un lugar que inconscientemente (o conscientemente) nos convencemos de que tenemos que sentirnos de tal manera al verlo por primera vez. Es como cuando nos dicen: “Tengo a alguien ideal para presentarte: no sabés, es alto/bajo, rubio/morocho, músico/ingeniero, le encantan losperros/losgatos, es fan de lacumbia/losbeatles. Te va a encantar, son tal para cual, no entiendo cómo no se cruzaron todavía”. Y una va a la cita toda arreglada pensando que se va a encontrar con el futuro amor de su vida, y en el camino se imagina cuántos hijos van a tener y qué nombres les van a poner y dónde van a vivir y cómo va a ser la casa y qué van a plantar en la huertita y resulta que cuando se ven todo muy lindo pero no hay feeling. ¿Esto era? La famosa cita a ciegas: a veces funciona y la mayoría de las veces no. Y la desilusión es más grande, porque una iba casi con el vestido de novia puesto.

[singlepic id=7749 w=625 float=center] El anti fan de Neruda

Igual no sé por qué estoy exagerando tanto (creo que por diversión nomás, quiero que mi nuevo estilo de escritura sea la exageración, para variar un poco), si lo cierto es que me enamoré de Valparaíso, pero tardé dos días más de lo normal. Debo estar madurando, ahora que me acerco a los 30 (?). Lo que pasó, en realidad, es que la ciudad me fue seduciendo de a poco, sutilmente. No se me tiró encima como Barcelona: “Hola, soy Barcelona, soy divina, miráme, vos sabés que te gusto, mirá mirá este mural, hola soy un gato de Barcelona, hola soy la Rambla, hola soy el Raval, ya sé que me amás”. Valpo fue más lento, pero no por eso menos exitoso en su intento.

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Me gusta sentir la femineidad o masculinidad de las ciudades, y tengo teorías al respecto (con muy pocos fundamentos científicos): para mí hay ciudades que son mujeres y ciudades que son hombres. En realidad todos los lugares son un yin yang, pero algunos tienen un lado más marcado. Barcelona, para mí, es mujer. Y Valparaíso, después de varias caminatas, me pareció hombre. Un bohemio silencioso y soñador, con la mirada perdida hacia el mar. Y me atrevo a decir, incluso, que ambos lugares son novios y mantienen una relación a distancia: Barna y Valpo un solo corazón. (Ella lo dejó, por si acaso, y se fue a probar suerte a Europa. Él la espera, siempre.). Y yo me metí en un trío amoroso: Aniko Valparaíso Barcelona.

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El enamoramiento fue creciendo sin que me diera cuenta. Pasamos las primeras noches en Viña del mar (nota: el área metropolitana de Gran Valparaíso incluye Valpo, Viña, Concón y Reñaca, entre otros poblados), en la casa de una lectora amiga, y nuestro contacto con Valparaíso (la ciudad, el centro histórico de la región de Gran Valparaíso) fue más distante: íbamos durante la tarde y volvíamos a Viña antes de que se hiciera de noche. Era como conocerlo de lejos, una cita con horarios delimitados: “Hoy se pueden ver pero hasta las siete. Después te quiero de vuelta en casa. Nada de estar saliendo con muchachos de noche”. Así que pasamos varios días en Viña, tan cercana (a unos 20 minutos en micro) y tan distinta a Valpo (y tan distintas ambas a Reñaca, ese rincón veraniego tan “exclusivo”). Desde la ventana de Reñaca (donde pasamos, de casualidad, nuestra primera noche en Chile) vimos Valparaíso por primera vez, a lo lejos, tapado por un cartel redondo de Burger King (auspicia este momento). En Valpo no vimos, a simple vista, ni un McDonald’s, ni un Burger, ni un Starbucks ni ninguno de esos lugares que son los mismos en todas partes del mundo. Fue una buena señal. La plata está en Viña, dice la gente. El arte en Valpo.

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Tres días después decidimos ir a Valparaíso e instalarnos unos días ahí: es necesario conocer una ciudad en todos sus horarios para ver cómo va cambiando, es necesario dormir en ella para conocerla. Le tocó a Damián buscar un anfitrión de Couchsurfing y no pudo haber tenido mejor intuición: caímos en una de esas casas con alma. Apenas entramos miré por la ventana y pensé: “Algún día quiero vivir en una casa como esta. Antigua, de techos altos, con la madera que cruje, con el mar de fondo, con plantas por todos lados y así de luminosa”. Al hacer couchsurfing uno va coleccionando casas, y al igual que pasa con los lugares, hay algunas que cambian nuestra experiencia de viaje por el solo hecho de estar ahí, de existir, y dejarnos pasar unos días en su interior con quienes la habitan.

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Hablando de casas con alma, también pasamos por la Sebastiana, la casa de Pablo Neruda en la cima de Valparaíso. Otra casa como las que me gustaría habitar: a puro mar. Océano Pacífico en todas sus ventanas, una biblioteca y un sillón para escribir mirando hacia la ciudad. Neruda eligió bien sus viviendas: formó un triángulo entre Santiago (su casa ahí: la Chascona, llamada así en honor a Matilde Urrutia, su amante y luego mujer, por sus rulos despeinados), Valparaíso e Isla Negra (donde está su tercera casa). El Triángulo de Neruda. Y el mar, su gran amor era el mar. Yo volví a meter los pies en el Pacífico (después de ¿cuántos años sin verlo?) y me recargué de energía. Y decidí que quiero ser catadora de mares. *Mete un dedo en el agua, lo prueba: hmmm, este mar tiene una textura suave, un nivel de sal exquisito, olas en movimiento constante, sonido musical. Le pongo un… 10. Ideal para maridar (digo, en general, para casarse con él).*

[singlepic id=7668 w=625 float=center] Vista desde una de las ventanas de La Sebastiana

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De los seis días que pasamos en Valpo no hubo uno en el que no saliéramos a caminar. Gran actividad que les recomiendo: caminar, perderse. La ciudad está hecha para eso. Vean lo típico pero salgan de la ruta preestablecida. Una tarde me senté en un banco en uno de los cerros y me quedé mirando el puerto desde arriba. Cada 15 o 20 minutos pasaba un grupo en tour: llegaban, miraban, click y se iban. Nadie se sentó en un banco a mirar el vuelo de las gaviotas. Había que seguir el itinerario. Me sentí una extra puesta ahí para ellos: “Y aquí tenemos a la que se cree catadora de mares”. Click. “Y más allá, una gaviota”. Click.

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Valparaíso es un anfiteatro formado por más de 40 cerros, cada cual con su nombre y sus características. Por eso todo está en subida y en bajada: la ciudad está en un plano inclinado. Eso hace, además, que haya miradores, escaleras y ascensores por todos lados. En esta ciudad está la sede del Congreso, la Armada de Chile, el Servicio Nacional de Aduanas, el puerto. La gente tiene su rutina y va a trabajar todos los días como en muchos lugares del mundo, pero tener tanto mar de fondo debe generar cierto sentido de relajo. A mí me pareció una ciudad tranquila: no sé si habremos ido en temporada baja o en un momento raro (había paro de municipales y era época de elecciones), pero las calles (especialmente las de arriba) estaban silenciosas, tranquilas, somnolientas, como si se estuviesen desperezando y pidiendo cinco minutitos más. Eso, para mí, es una virtud.

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Los murales están por todas partes. Y cuando digo por todas partes quiero decir por todas partes. No debe haber una cuadra sin un poco de color. Hasta las escaleras están pintadas. La ciudad como lienzo, como hoja en blanco para ser intervenida. Pero los colores no están solo en los dibujos, también están en las paredes, en las casas. A eso hay que sumarle ese descascarado típico que genera el aire de mar, y a eso las gaviotas que revolotean, y a eso, por sobre todo, los gatos. Gatos en cada ventana, en cada escalón, en cada puerta, en cada esquina. Gatos por todas partes. Gran combinación: gatos y gaviotas, una muestra de que conviven dos mundos: el mar y la ciudad. Una teoría (otra) sin fundamento científico: el día que los gatos dominen el mundo (porque ese día va a llegar pronto, visto y considerando que en internet hay más videos de gatos que pornografía), Valparaíso va a ser su sede de gobierno. Acá los dueños ya son ellos, así que me los imagino, en un futuro gatuno no muy lejano, mirando la ciudad desde los cerros, controlando su reino en silencio desde el marco de alguna ventana.

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Una tarde, mientras caminábamos por ahí, lo vi: un naipe. Fui corriendo a levantarlo y me encontré con algo que solamente había visto en Savannakhet (Laos): un mazo entero, abandonado. Ese es un regalo que me dan muy pocos lugares. Decidí elegir uno y agarré el comodín. Si no lo agarro acá, no lo voy a tener nunca. La carta más fácil de usar y más difícil de encontrar. El comodín vale por todo, en cualquier juego, en cualquier mazo, en cualquier país: el comodín vale por todo. Y supongo que hay ciudades que también valen por todo: valen por lo que cada uno haya ido a buscar. Yo siempre busco el mar, el arte callejero, los gatos, y creo que nunca encontré las tres cosas tan condensadas y bien combinadas en un solo lugar. Excepto en Valparaíso. Así que quizá empiece a formar un mazo de ciudades, en vez de números y de palos, y cuando quiera ganar el juego de los viajes tiraré sobre la mesa el lugar que para mí representa el comodín, que puede ser cualquiera, pero que en mi caso resultó ser Valparaíso. Y eso que no fue amor a primera vista. Y eso que me avisaron que iba a pasar.

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[singlepic id=7704 w=625 float=center]  Este cáctus florece una vez al año. Su flor dura uno o dos días y luego muere. Tuvimos la suerte de verlo florecido en Valparaíso.

[box border=”full”]Info útil para visitar Valparaíso:

– Hay buses que salen constantemente desde Santiago a Valparaíso y Viña. Algunos como turbus y condorbus tienen ofertas y son más baratos si los comprás por internet (te puede costar $1700 via web vs $4000 en la terminal).

– Cambio aproximado (noviembre 2013): 1 usd equivale a 520 pesos chilenos

– Hay micros (en Chile se le dice “micros” a los minibuses urbanos e interurbanos) que van de Viña a Valpo todo el tiempo. Cuestan aprox $600 de ida.

– La micro 612 “O” recorre todos los cerros de Valpo. Subite y hacé el city tour gratuito.

– Los cerros Alegre y Concepción son los más turísticos y, si bien son muy lindos, son más caros.

– El cerro Playa Ancha tiene (en mi opinión) las mejores vistas (especialmente de noche).

– Súbanse al trole y a los ascensores (nosotros no pudimos porque estaban de paro).

– Para ir a la casa de Neruda en Isla Negra tenés que tomar un bus desde la terminal. Cuesta $ 2300 y tarda 1 hora 40 min. La entrada a la casa de Neruda cuesta $4000. Nosotros fuimos en bus y volvimos a dedo en el día.

– Vayan a ver el atardecer a las dunas de Concón.[/box]

La ruta de la fortuna

Hacer dedo es como tirar los dados.
(Juan Villarino, santo patrono de los autoestopistas.
Adaptación de un comentario dicho por él en alguna charla)

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—¿Y qué plan de viaje tienen, chicos?

—No tenemos una ruta muy definida. Queremos ver algo de Sudamérica, cruzar a Europa cuando sea primavera allá (marzo, abril) (si se puede en barco, mejor) y llegar a Asia por tierra. Nos encantaría ir hasta Oceanía y volver por el otro lado, pero no sabemos… No tenemos fecha de vuelta ni rumbo fijo, así que iremos viendo a medida que avanzamos.

Esta debe ser la pregunta que más se repite durante un viaje: “¿Y cuál es tu plan?”. Nos obsesiona saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, qué ruta tenemos armada, qué queremos conocer. A mí me encanta planear, pero en otro sentido: planear como los pájaros, dejarme llevar por el viento, por las corrientes de aire, por el camino. Es curioso cómo una palabra que usamos tanto tiene significados tan distintos, casi opuestos.

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Lo cierto es que, como le decimos a todos los que nos preguntan, salimos de Buenos Aires sin rumbo definido. Decidimos dejar que el camino y sus representantes (a saber: camioneros, gente que nos levanta en su auto, gente que nos invita a sus casas, gente que nos cruzamos en la calle) nos lleven a donde quieran. Hoy, por ejemplo, salí a caminar por Santiago de Chile sin mapa (no conseguí ninguno) y, gracias a ese sin rumbo, llegué a rincones inesperados. Y a la vez hoy llegué a esos rincones porque hace unas semanas salimos de Buenos Aires y nos pusimos a disposición de la ruta y sus caprichos. Así logramos, por ejemplo, viajar de Buenos Aires a Santiago sin tomarnos un solo bus.

[singlepic id=7442 w=700 float=center] El primer lugar que visitamos de Mendoza fue San Rafael

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[singlepic id=7443 w=700 float=center] Ahí nos dedicamos a caminar,

[singlepic id=7445 w=700 float=center] buscamos dibujos en los árboles,

[singlepic id=7446 w=700 float=center] hicimos burbujas gigantes,

[singlepic id=7450 w=700 float=center] fuimos al río,

[singlepic id=7452 w=700 float=center] y a sus cafés.

Después de pasar unos lindísimos días en Mendoza (ciudad y provincia), nos pusimos como meta cruzar la Cordillera en cualquier vehículo que nos frenara y llegar a la capital chilena en el mismo día. Habíamos tenido buena racha: de San Nicolás a Villa Mercedes (San Luis) dedo directo en camión (fueron 10 horas con muchas historias de por medio y una frase para enmarcar: “La ruta es lo más lindo que hay”); de Villa Mercedes a San Rafael (Mendoza), en el auto de un mendocino que conocimos en Villa Mercedes; de San Rafael a Mendoza ciudad, en un auto de concesionaria (el contador de kilómetros ni había empezado a girar, cuando nos subimos el conductor le sacó los plásticos protectores al asiento y cuando nos dejó en la ciudad nos dijo: “Muchas gracias por la compañía”. Gracias a vos). Así que nos teníamos fe, aunque cada vez que uno se para al costado de la ruta pasan cosas distintas.

[singlepic id=7457 w=700 float=center] Algunos pedacitos de Mendoza

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[singlepic id=7464 h=700 float=center] Adivine usted cuál es la parte más tocada de esta escultura

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Tomamos un colectivo de la terminal de Mendoza hasta la YPF Mercosur y nos paramos ahí, en la salida de la última estación de servicio antes de ruta 7 (una de las rutas que atraviesa la Cordillera). Pasaron tres horas y no frenó nadie. Bah, sí, frenaron varios, pero a) iban para otro lado, b) eran chilenos que tenían ganas de llevarnos pero no tenían lugar, c) eran chilenos que querían llevarnos pero no se animaban a cruzar la frontera con nosotros, d) eran parejas que no se ponían de acuerdo (él quiso llevarnos y ella votó negativo). Entre el sol del mediodía y mi mal humor (llega un punto en el que hacer dedo me cansa mucho) frenó Miguel, un mendocino que estrenaba auto, y ofreció dejarnos en Uspallata, a mitad de camino entre Mendoza y la frontera. Nos subimos.

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[singlepic id=7481 w=700 float=center] Imágenes de Uspallata

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En el camino surgieron los temas de conversación que siempre aparecen cuando nos subimos a un auto (no sé si es casualidad o es que hay un acuerdo generalizado de hablar de estas cosas): el sentido de la vida y la felicidad. Bajamos en Uspallata y nos dijeron que lo mejor era caminar dos kilómetros hasta el puesto de Gendarmería y hacerle dedo a los camiones que salían de esa aduana, así que ahí fuimos, con mochilas y mucho sol, y volvimos a pararnos en la ruta.

[singlepic id=7490 w=700 float=center] Acá nos dejaron. De ahí caminamos 2 km por la ruta.

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Después de 30 minutos frenó un camión y nos levantó Manuel, un chileno a quien apodé “el camionero cumbiero”. Fuimos todo el viaje escuchando música a todo volumen, cantando y aplaudiendo al ritmo de un cumbia mix que incluía grandes éxitos peruanos, Wachiturros y hits argentinos de los noventa como un-dos-tres-todosparabajo-un-dos-tres-todospararriba. Cuando agarramos el camino de los caracoles (las curvas y contracurvas de las montañas), Manuel nos dijo: “Esta es la segunda vez que hago este camino… la primera fue la semana pasada y fui to’ cagao”, y al ver nuestras caras: “No, mentira, hace ocho años que lo hago”.

[singlepic id=7469 w=700 float=center] Ejemplo de un camino de caracoles.

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Atravesamos el túnel por medio de la cordillera y cuando vimos el cartel que anunciaba que estábamos dejando Argentina e ingresando a Chile, Manuel tocó la bocina y nosotros aplaudimos contentos. Chile prometía.

Llegamos a la frontera y Manuel nos dejó ahí: “Pucha chiquillos, qué pena, yo por mí con gusto los llevaría más abajo, pero si estaciono el camión aquí me van a sacar a tiros”. Él ya había hecho los trámites de aduana en el puesto exclusivo para camiones (donde nos levantó), así que nos despedimos y quedamos solos en medio de las montañas nevadas, a 3100 metros de altura, en plena Cordillera de los Andes. Entramos al puesto de migraciones. ¿Sería fácil hacer el cruce a pie? Alguien nos había contado que había intentado cruzar una frontera caminando y no lo habían dejado. La rueda mágica seguía girando: nuestro día podía terminar tanto en Santiago como deportados de vuelta a Uspallata por no tener transporte propio.

[singlepic id=7494 w=700 float=center] Vista desde la frontera

Nos dijeron que teníamos que pedir el permiso de “cruce a pie”, así que lo solicitamos y nos dejaron pasar. Los trámites fueron rápidos: por suerte llegamos en un momento en el que casi no había colectivos turísticos, así que ni siquiera tuvimos que hacer fila. Pasamos las mochilas por el scanner y salimos del edificio. Ya estábamos en Chile (alegría: nuestro primer cruce de frontera), pero el desafío seguía: eran las 7 de la tarde y todavía nos faltaban 147 km para llegar a Santiago.

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Los gendarmes nos indicaron dónde pararnos para hacer dedo (“al lado del cartel verde”), así que nos abrigamos, cruzamos los dedos y nos pusimos ahí. La frontera cerraba a las 8 y se venía la noche. Menos de quince minutos después frenaron Emiliano y Agostina, una pareja mendocina. Nos preguntaron a dónde íbamos y les dijimos: “A Santiago, pero aunque no vayan para allá, sáquennos de la frontera”. Ellos iban a Reñaca, un poblado al lado de Viña del Mar, por otra ruta, pero ofrecieron llevarnos hasta la intersección de la ruta que iba a Santiago para que pudiéramos hacer dedo ahí. Pero resulta que durante el viaje nos pusimos a charlar muy entusiasmados (de Asia, de hacer dedo, de vivir la vida, de buscar lo que a uno le hace feliz) y se hizo de noche, así que nos invitaron a quedarnos con ellos en Reñaca y llevarnos a Santiago a la mañana siguiente, ya que ellos también iban para allá.

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Así que sin haberlo planeado ni imaginado, nos fuimos a dormir frente al mar, con el ruido de las olas de fondo y ese aire húmedo y pegajoso tan típico de los pueblos costeros. Y ahí me dije: cuando hacés dedo, siempre te levanta el que te tenía que levantar. Por eso lo mejor es dejar los planes fijos de lado, abrir las alas, cerrar los ojos, entregarse al viento y volar.

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